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UN REFLEJO VELADO
EN EL CRISTAL

HELEN MCCLOY
UN REFLEJO VELADO
EN EL CRISTAL
TRADUCCIÓN DE RAQUEL GARCÍA ROJAS

SENSIBLES A LAS LETRAS, 77
Título original: Through a Glass, Darkly
Primera edición en Hoja de Lata: noviembre del 2021
© The Estate of Helen McCloy, 1932
© de la traducción: Raquel García Rojas, 2021
© de la fotografía de la solapa: The Estate of Helen McCloy
© de la presente edición: Hoja de Lata Editorial S. L., 2021
Hoja de Lata Editorial S. L.
Avda. Galicia, 21, 4.º E, 33212 Xixón, Asturies [España]
info@hojadelata.net / www.hojadelata.net
Diseño de la colección: Trabayadores culturales Glayíu
Diseño de la portada: Pixelbox
Corrección: Olaya González Dopazo
ISBN: 978-84-18918-22-3
Producción del ePub: booqlab
La traducción de este libro se rige por el contrato tipo propuesto por ACE Traductores.
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CAPÍTULO UNO
Tienes el rostro que a una mujer conviene
como celosía de su alma,
la clase de belleza que en el infierno
llaman humana, Faustina.
La señora Lightfoot estaba de pie junto a la ventana mirador.
—Siéntese, señorita Crayle. Me temo que tengo malas noticias.
Los labios de Faustina mantuvieron su acostumbrada sonrisa afable, pero un atisbo de recelo asomó a sus ojos. Solo un instante. Luego los párpados cayeron. Ese momento, sin embargo, fue desconcertante, como si un vagabundo se hubiese asomado de pronto por la ventana del piso de arriba de una casa en apariencia vacía y protegida contra las intrusiones.
—¿Sí, señora Lightfoot?
Hablaba en voz baja y clara, el tono refinado que se esperaba de todas las profesoras de Brereton. Era alta para su sexo y delgada hasta el extremo de la fragilidad, con muñecas y tobillos delicados y manos y pies estrechos. Todo en ella sugería candor y dulzura: el alargado óvalo de su rostro, cetrino y serio; los ojos azules, empañados, atentos y un poco miopes; el cabello sin adornos, leve halo castaño claro que se agitaba con suavidad cada vez que movía la cabeza. Parecía ya bastante serena mientras cruzaba el despacho hacia un sillón.
La serenidad de la señora Lightfoot igualaba a la de Faustina. Hacía mucho tiempo que había aprendido a reprimir las señales externas del azoramiento. En ese momento su orondo semblante se mostraba imperturbable, con cierto aire a la reina Victoria en el puchero malhumorado del labio inferior y los ojos claros y redondos algo saltones entre las blancas pestañas. En cuanto a indumentaria, se inclinaba por los tonos cuáqueros —el clásico marrón grisáceo apagado que las modistas llamaban «topo» en los años treinta y «anguila» en los cuarenta— y tejidos bastos de tweed o grueso terciopelo, sedas fuertes o gasas vaporosas según la estación y las circunstancias, que por las noches combinaba con las perlas buenas de su madre y encajes antiguos. Incluso su abrigo de invierno era de piel de topo, la única con esa misma mezcla de gris paloma y marrón ciruela. Esta constante preferencia por un color tan recatado le daba un aire de moderación que siempre impresionaba a los padres de sus alumnas.
—No espero malas noticias —continuó Faustina. Luego esbozó una modesta sonrisa—. En fin, no tengo familia cercana.
—No es nada de eso —replicó la señora Lightfoot—. Para no andarme con rodeos, señorita Crayle, debo pedirle que abandone Brereton. Con seis meses de sueldo, por supuesto. Su contrato así lo estipula. Pero debe marcharse de inmediato. Mañana, como muy tarde.
Faustina entreabrió los exangües labios.
—¿A mitad del trimestre? Señora Lightfoot, eso es… ¡inaudito!
—Lo lamento, pero tiene que irse.
—¿Por qué?
—No puedo decírselo.
La señora Lightfoot se sentó tras su escritorio, una espineta colonial de palisandro reconvertida. Junto al vade malva, había adornos de cobre y un cuenco de porcelana rojo sangre lleno de dulces y oscuros caramelos de violeta.
—¡Y yo que pensaba que todo iba tan bien! —A Faustina se le quebró la voz—. ¿Es por algo que haya hecho?
—No es nada de lo que sea usted directamente responsable. —La señora Lightfoot alzó de nuevo los ojos, brillantes y transparentes como el cristal. Igual que el cristal, parecían brillar por reflexión, como si no tuvieran una sola chispa de luz propia—. Digamos que no termina de ajustarse a la esencia del espíritu de Brereton.
—Disculpe, pero debo pedirle que sea más específica —se aventuró Faustina—. Tiene que tratarse de algo terminante o no me pediría que me fuese a mitad del trimestre. ¿Está relacionado con mi carácter? ¿O con mi competencia como profesora?
—Ninguna de las dos cosas se ha puesto en cuestión. Es solo que… En fin, no encaja en el modelo de Brereton. Ya sabe que hay ciertos colores que desentonan entre sí, el rojo tomate con el rojo vino, por ejemplo. Pues es lo mismo, señorita Crayle. Su sitio no está aquí. Pero no debe desanimarse: aún puede resultar útil y ser feliz en otro tipo de escuela. En esta no encontrará su lugar.
—¿Cómo puede estar tan segura si solo llevo cinco semanas aquí?
—Los conflictos emocionales se desarrollan rápido en la atmósfera de un internado femenino. —La resistencia siempre hacía que la señora Lightfoot hablara en un tono más cortante y aquella era una resistencia inesperada de alguien que siempre había parecido tímido y sumiso—. Es una cuestión tan sutil que apenas puedo expresarlo con palabras, pero debo pedirle que se marche por el bien del colegio.
Faustina se había levantado, sacudida por la vana furia de la impotencia.
—¿Se da cuenta de cómo afectará esto a mi futuro? ¡La gente pensará que he hecho algo terrible! ¡Que soy cleptómana o lesbiana!
—Créame, señorita Crayle, esos son asuntos de los que no se habla en Brereton.
—¡Se hablará si le pide a una profesora que se marche en mitad del primer trimestre sin explicarle por qué! Hace solo unos días dijo que mi clase era «de lo más satisfactoria». Esas fueron sus palabras exactas. Y ahora… Alguien debe de estar contando mentiras sobre mí. ¿Quién es? ¿Qué le ha dicho? ¡Tengo derecho a saberlo si me va a costar el empleo!
Algo que podría haber sido compasión asomó a los ojos de la señora Lightfoot.
—Le aseguro que lo siento por usted, señorita Crayle, pero lo único que no puedo ofrecerle es una explicación. Me temo que no lo había considerado desde su punto de vista hasta ahora. Verá, Brereton significa muchísimo para mí. Cuando me hice cargo de la escuela, tras el fallecimiento de la señora Brereton, el colegio se moría también. Yo le insuflé vida. Ahora nuestras chicas vienen de todos los estados de la Unión, incluso de Europa desde la guerra. No somos solo otra ridícula escuela privada para señoritas. Tenemos una tradición académica. Se dice que la educación es lo que recuerdas cuando ya has olvidado tu formación. Las graduadas en Brereton recuerdan más que las muchachas de otras escuelas. Dos jóvenes de Brereton que se encuentran fuera de aquí, sin haberse visto nunca, a menudo se reconocen por la forma de pensar y de hablar de nuestra institución. Desde la muerte de mi esposo, esta escuela ha ocupado su lugar en mi vida. No acostumbro a ser una persona cruel, pero si me enfrento a la posibilidad de que arruine usted Brereton, puedo ser absolutamente despiadada.
—¿Arruinar Brereton? —repitió Faustina con un hilo de voz—. ¿Cómo iba yo a arruinar Brereton?
—Digamos que por el ambiente que crea.
—No sé a qué se refiere.
La mirada de la señora Lightfoot se perdió en la ventana abierta. Fuera crecía la hiedra y las sombras de las hojas moteaban el ancho alféizar. Más allá, el sol del atardecer bañaba la descolorida hierba otoñal con una luz diluida y clara. El crepúsculo del día y el crepúsculo del año parecían confluir en una mutua despedida del calor y la luminosidad.
La señora Lightfoot exhaló un hondo suspiro.
—Señorita Crayle, ¿está segura de que no puede imaginárselo?
Tras una pausa momentánea, Faustina recuperó impulso.
—Por supuesto que estoy segura. ¿No podría decírmelo, por favor?
—No era mi intención llegar hasta donde he llegado. No diré nada más.
Faustina reconoció el tono concluyente y siguió con voz lenta y derrotada, como una anciana.
—No creo que consiga otro trabajo de profesora con el curso tan avanzado, pero si optase a algún puesto el año que viene, ¿podría remitirlos a usted? ¿Estaría dispuesta a decirle a la directora de otra escuela que soy una profesora de arte competente, que en realidad no ha sido culpa mía tener que abandonar Brereton de forma tan repentina?
Los ojos de la señora Lightfoot se tornaron fríos y firmes, la mirada de un cirujano o un verdugo.
—Lo lamento, pero de ningún modo puedo recomendarla como profesora a nadie más.
Todo lo que había de infantil en Faustina salió a la superficie. Sus claras pestañas se anegaron de lágrimas. Los desvalidos labios le temblaban. Pero no protestó más.
—Mañana es martes —añadió enseguida la señora Lightfoot—. Por la mañana solo tiene una clase, debería darle tiempo a hacer el equipaje. Y creo que por la tarde se reúne con el comité para la obra de teatro griega, a las cuatro. Si se marcha nada más terminar, podrá coger el tren de las seis y veinticinco para Nueva York. A esa hora, su partida llamará poco la atención. Las muchachas estarán vistiéndose para cenar. A la mañana siguiente, en la asamblea, anunciaré que se ha ido y que las circunstancias hacen imposible su regreso, muy a mi pesar. No tiene por qué haber habladurías. Será lo mejor para la escuela y para usted.
—De acuerdo.
Medio cegada por el llanto, Faustina se dirigió a trompicones hacia la puerta.
Fuera, en el amplio pasillo, un rayo de sol caía en oblicuo desde la ventana de la escalera. Dos chiquillas de catorce años bajaban también, Meg Vining y Beth Chase. La severidad varonil del uniforme de Brereton no hacía sino realzar la belleza femenina de Meg: piel sonrosada, rizos corlados, ojos de un brillo neblinoso como zafiros estrella; pero ese mismo uniforme sacaba a relucir los rasgos poco atractivos de Beth: pelo desmochado y parduzco como un ratón, rostro pálido y afilado y un cómico y caprichoso jaspeado de pecas.
Al ver a Faustina, las dos caritas se volvieron insulsas como agua de arroz mientras dos agudas vocecillas entonaban a coro: «¡Buenas tardes, señorita Crayle!».
Faustina asintió en silencio, como si no confiara en su propia voz. Dos pares de ojos la siguieron de soslayo mientras subía al siguiente rellano. Ojos abiertos como platos, pero no inocentes. Más bien curiosos y suspicaces.
Faustina apretó el paso y llegó arriba jadeando. Allí se paró a escuchar. Por el hueco de la escalera subía una diminuta risita, atiplada como la de unos duendecillos histéricos o como si fueran ratones.
Faustina se alejó de aquel sonido casi a la carrera por el pasillo del segundo piso. A su derecha se abrió una puerta. Una doncella, con cofia y delantal, salió y miró por la ventana que había al fondo del corredor. Su cabello rubio reflejó el último rayo de sol con un destello como de latón deslustrado.
Faustina logró serenar sus temblorosos labios.
—Arlene, me gustaría hablar contigo.
La muchacha dio un violento respingo y giró en redondo, sobresaltada y hostil.
—¡Ahora no, señorita, tengo que trabajar!
—Ah… Está bien. Más tarde, entonces.
Cuando Faustina pasó por su lado, Arlene retrocedió y se pegó a la pared. Las dos niñas la habían mirado con picardía, con sentimientos encontrados, pero aquel rostro de cutis irregular estaba marcado por una emoción dominante: el terror.
CAPÍTULO DOS
¿Qué víboras acudían a mudar la piel,
qué obscenas sierpes enroscadas
alargaban el suave cuello
para acariciar a Faustina?
Faustina entró en la habitación de la que acababa de salir Arlene. Una alfombra de piel blanca cubría el suelo de color caramelo. Blancas cortinas enmarcaban la ventana. La cómoda estaba pintada de amarillo narciso. Sobre la blanca repisa de la chimenea había varios candelabros de latón con colgantes de cristal y velas de arrayán, de cera verde y aromática. La butaca orejera y el banco de la ventana estaban forrados de cretona color crema con un estampado de flores violetas y hojas verdes. Los colores eran alegres como una mañana de primavera, pero… la cama estaba sin hacer, la papelera sin vaciar y el cenicero a rebosar de ceniza y de colillas.
Faustina cerró y cruzó la habitación hacia el banco de la ventana, donde yacía un libro abierto. Empezó a pasar las páginas con una urgencia frenética. Entonces llamaron a la puerta. Cerró el libro y lo escondió detrás de un cojín, que luego compuso de nuevo para que no se notase que lo habían movido.
—¡Adelante!
La joven del umbral parecía salida de un manuscrito iluminado con caligrafía cúfica, donde aún puede verse a esas damas persas —muertas hace dos mil años— a lomos de unas yeguas con los ojos tan negros, la piel tan blanca, tan ligeras y esbeltas como ellas. Podría haber llevado sus mismos brocados dorados y rosas con elegancia, pero el clima de Estados Unidos y el siglo veinte la habían vestido con una pulcra falda de franela gris y un suéter verde pino.
—Faustina, los trajes griegos… —Pero enseguida se detuvo—. ¿Qué ocurre?
—Por favor, entra y siéntate —contestó Faustina—. Quiero preguntarte una cosa.
La otra obedeció en silencio y optó por el banco de la ventana en lugar del sillón.
—¿Un cigarrillo?
—Gracias.
Despacio, meticulosamente, Faustina colocó la cigarrera de nuevo sobre la mesa.
—Gisela, ¿qué pasa conmigo?
Esta respondió con prudencia.
—¿A qué te refieres?
—¡Sabes de sobra a qué me refiero! —Faustina hablaba con voz seca y cascada—. Tienes que haber oído rumores sobre mí. ¿Qué es lo que dicen?
Unas pestañas largas y negras son tan prácticas como un abanico para ocultar los ojos. Cuando Gisela alzó otra vez las suyas, tenía una mirada ambigua. Hizo un leve gesto con la mano, que arrastró el humo del cigarrillo, hacia el cojín que tenía al lado.
—Siéntate y no te alteres, Faustina. No creerás de verdad que tengo ocasión de oír rumores, ¿no? Soy extranjera y vine aquí como refugiada. Nadie confía nunca en los extranjeros, sobre todo en los refugiados. Demasiados se han mostrado desagradecidos e incapaces de adaptarse. Yo no tengo amigas íntimas aquí. La escuela me tolera porque mi alemán es correcto y mi acento vienés resulta más agradable a vuestros oídos que la forma de hablar de los berlineses. Pero mi nombre, Gisela von Hohenems, tiene aún connotaciones desagradables con la guerra tan reciente. Así que… —Se encogió de hombros—. Paso muy poco tiempo tomando el té o charlando con un cóctel en la mano.
—Estás evitando la pregunta. —Faustina se sentó, pero sin relajarse—. No puedo ser más directa: ¿has oído algún rumor sobre mí?
El bello contorno de la boca de Gisela se deformó con esa expresión que nuestros amigos denominan «carácter» y nuestros enemigos «tozudez».
—No —contestó cortante.
Faustina suspiró.
—¡Ojalá los hubieras oído!
—¿Por qué? ¿Quieres que la gente chismorree sobre ti?
—No. Pero ya que lo hacen, me gustaría que chismorreasen contigo porque eres la única persona a la que puedo preguntar. La única que podría contarme lo que se va diciendo por ahí y quién lo dice. La única amiga de verdad que he hecho aquí. —Entonces, con una repentina timidez, se sonrojó—. ¿Puedo considerarte mi amiga?
—Por supuesto. Soy tu amiga y espero que tú la mía. Pero sigo perdida con todo esto. ¿Qué te hace pensar que circulan rumores sobre ti?
Faustina aplastó con cuidado el cigarrillo en el cenicero.
—Me han despedido. Así, sin más.
Gisela se quedó boquiabierta.
—Pero ¿por qué?
—No lo sé. La señora Lightfoot no ha querido explicármelo. A menos que pueda llamarse explicación lo que no ha sido sino un cúmulo de tópicos imprecisos sobre mi falta de adecuación al modelo de Brereton. Me voy mañana. —Faustina se atragantó con la última palabra.
Gisela se inclinó hacia delante para cogerle la mano. Fue un error. Las facciones de Faustina se retorcieron. Los ojos se le llenaron de lágrimas como si una mano invisible y cruel quisiera sacárselos de las órbitas.
—Y eso no es lo peor.
—¿Qué es lo peor?
—Está pasando algo a mi alrededor. —Las palabras le salían a borbotones, como si ya no pudiera contenerlas ni un segundo más—. Hace tiempo que me doy cuenta, pero no sé qué es. Hay todo tipo de indicios. Detalles.
—¿Como cuáles?
—¡Mira mi habitación! —Faustina hizo un gesto de amargura—. Las chicas del servicio no hacen aquí lo que pueden hacer por ti o por las otras profesoras. Nunca me abren la cama por la noche y la mitad de los días ni siquiera está hecha. Jamás tengo agua fresca en el termo ni limpian el polvo. He de vaciar la papelera y el cenicero yo misma. Una vez, la ventana se quedó abierta todo el día y, cuando fui a acostarme, esto estaba helado.
—¿Por qué no te has quejado a la señora Lightfoot o al ama de llaves?
—Lo pensé, pero soy nueva aquí y este trabajo era muy importante para mí. Además, no quería meter a Arlene en un lío. Es ella la que tendría que arreglar mi habitación y siempre me ha dado pena, con lo torpe y tímida que parece. Al final hablé yo misma con ella, pero fue como hablar con una sordomuda.
—¿No te oía?
—Me oía perfectamente, pero no escuchaba. Había una obstinación y una resistencia ocultas tras esa apariencia inexpresiva que no fui capaz de vencer. —Faustina se encendió otro cigarrillo, demasiado absorta para ofrecerle el estuche a Gisela—. La muchacha no se mostró insolente ni huraña, solo… retraída. Masculló algo así como que no se había dado cuenta de que mi cuarto se había descuidado, prometió encargarse de ello en el futuro y luego siguió sin hacerlo. Hace un rato me ha evitado casi como si me tuviese miedo, pero eso es absurdo, por supuesto. ¿Quién iba a tener miedo de un ratón de biblioteca como yo?
—¿Y te basas solo en la actitud de Arlene?
—¡No! Todo el mundo me rehúye.
—Yo no.
—Gisela, de verdad, tú eres la única excepción. Si propongo a cualquiera de las demás profesoras ir a tomar un té al pueblo o una copa a Nueva York, se niegan. No una vez ni dos, siempre. No solo dos o tres profesoras, todas ellas… Menos tú. Y se niegan con un reparo muy extraño, como si yo tuviese algo de malo. La semana pasada, en Nueva York, me crucé con Alice Aitchison en la Quinta Avenida, frente a la biblioteca. Yo hice por sonreír, pero desvió la mirada y fingió no haberme visto, aunque estoy segura de que me vio. Fue muy evidente, en realidad. Y luego está lo de las niñas en clase.
—¿Son insubordinadas?
—No, no es eso. Hacen todo lo que les digo. Incluso me plantean preguntas inteligentes sobre las lecciones, pero…
—Pero ¿qué?
—Me observan.
Gisela se echó a reír.
—Ojalá mis alumnas me observasen a mí. Sobre todo cuando estoy explicando algo en la pizarra.
—No es solo cuando estoy explicando algo —le aclaró Faustina—. Me observan constantemente. Dentro y fuera del aula, sus miradas me persiguen. Es algo… antinatural.
—¡Sobre todo en clase!
—No te burles —protestó Faustina—. Es muy serio. Siempre están como al acecho y, aun así…, a veces tengo la extraña sensación de que no me están observando a mí.
—No te entiendo.
—No puedo explicarlo bien porque ni yo misma lo comprendo, pero… —En ese momento se le ahogó la voz—. Parece que observan y escuchan como si esperasen que ocurriera algo. Algo de lo que yo no soy consciente.
—¿Quieres decir como si esperaran que te desmayases o que te pusieras histérica?
—Tal vez, no lo sé. Algo así. Pero no me he desmayado ni me he puesto histérica en la vida. Y aún hay más. Para empezar, son demasiado amables conmigo. Por otra parte, cuando me las cruzo en el camino de la entrada o en el pasillo, tienen una mirada entre curiosa y cómplice. Como si supieran más de mí misma que yo. Y es muy frecuente que se echen a reír en cuanto me doy la vuelta. No con esa risita alegre de las colegialas normales, sino con una risa nerviosa que suena como si fuera a convertirse en llanto o en gritos en cualquier momento.
—¿Qué actitud tenía la señora Lightfoot cuando te ha pedido que te marcharas?
—Fría, al principio, y luego… casi parecía apenada por mí.
Gisela sonrió con ironía.
—Eso es lo más raro que has dicho hasta ahora. La señora Lightfoot parece muy dura y egocéntrica.
—Tiene que haber alguna razón para lo que ha hecho —prosiguió Faustina—. Despedirme a mitad del trimestre va a costarle a la escuela seis meses de salarios no devengados y perder una profesora de arte muy competente que será difícil sustituir con el curso tan avanzado. Pero se ha mostrado inflexible. Ni siquiera está dispuesta a darme referencias si busco empleo en otro colegio.
—Tienes derecho a una explicación —reflexionó Gisela—. ¿Por qué no contratas a un abogado para que hable con ella?
—No lo soportaría. Se correría la voz. Nadie querría contratar a una profesora que llama a su abogado al menor indicio de problemas.
—Sí que te ha puesto entre la espada y la pared, ¿no?
Gisela suspiró y se recostó en el cojín que tenía a la espalda. Estaba más duro de lo que esperaba. Cambió de postura y el cojín cayó hacia un lado. Al darse la vuelta para colocarlo, vio que por detrás asomaba la esquina de un libro: un libro viejo, encuadernado en piel de vaquetilla y con gofrados en oro, de cantos deteriorados.
—¡Ay! Lo siento muchísimo. —Faustina cogió el libro a toda prisa y se abrazó a él. Gisela no pudo ver el título—. ¡Habrás estado muy incómoda!
—En absoluto. Acabo de darme cuenta de que estaba ahí. —Gisela se levantó con un ágil movimiento y la flexible elegancia de un gatito. En su voz se hizo patente una sombra de frialdad—. Siento no poder ayudarte más. —Se dirigía a la puerta, pero al cabo de unos pasos se detuvo y se giró—. Casi se me olvida a qué había venido. Iba a preguntarte si tendrías los diseños de los trajes para la obra listos mañana, aunque supongo que ya no te molestarás.
Faustina seguía de pie junto al banco de la ventana, aferrada con fuerza al libro.
—Ya están terminados y la señora Lightfoot quiere que se los pase al comité antes de irme.
—Está bien, pues nos reuniremos en mi habitación, ya sabes. A las cuatro.
Gisela cruzó el pasillo en dirección a su cuarto. Cuando entró y cerró la puerta, se quedó unos segundos inmóvil, con el ceño fruncido. Luego fue a su escritorio y abrió la puerta de cristal de la librería. Los libros estaban colocados con esmero en tres baldas y sin un solo hueco, pero los del estante inferior parecían más holgados de lo habitual. Fue recorriendo los lomos con la vista hasta llegar a una colección de varios volúmenes, encuadernados en piel de vaquetilla y con gofrados en oro, de cantos deteriorados. Faltaba el primero.
Aún algo ceñuda, se sentó. Había cuatro hojas de papel de carta extendidas sobre el tablero abatible, tres de ellas ya cubiertas con su letra y la cuarta en blanco. Se la acercó y empezó a escribir:
P. D. ¿Por casualidad has leído las Memorias de Goethe? Yo tengo la edición francesa, traducida por madame Carlowitz, y Faustina Crayle me ha cogido prestado el primer volumen sin cumplir con la formalidad de pedir permiso. Me he enterado por azar, ahora mismo, mientras intentaba ocultármelo. No tengo ni idea de para qué lo querrá y tampoco le daría la menor importancia si no fuera por el modo que tiene todo el mundo aquí de tratar a la pobre Faustina, como ya te he comentado. Algo debe de haberle llegado a la señora Lightfoot, porque la propia Faustina me ha dicho que la ha despedido.
Hay algo siniestro en todo este asunto y, si te soy sincera, empiezo a asustarme un poco. Ojalá ahora, más que nunca, estuvieras en Nueva York. Sé que tú encontrarías una explicación razonable. Pero no estás aquí, así que… Soy incapaz de salir al pasillo después de las diez, cuando la lamparita de noche azul es la única luz que hay encendida, sin mirar a mi espalda y esperar ver… No sé muy bien qué, pero algo sin duda extraño y desagradable.
Gisela dejó la pluma y, con aire indeciso, leyó lo que había escrito. Sin darse tiempo para cambiar de opinión, dobló las cuatro hojas, las metió en un sobre, lo cerró y le puso un sello. Cogió de nuevo la pluma y escribió en el anverso:
Doctor Basil Willing
Park Avenue, 18-A
Nueva York
Remítase al destinatario
Se puso el abrigo y bajó corriendo las escaleras con la carta.
Fuera, el viento helado de aquel anochecer de noviembre le cortaba las mejillas y le enredaba el pelo. Las nubes, grises pero aún levemente iluminadas, se hacían jirones con el vendaval. Avanzó a paso ligero sobre un manto crujiente de hojas caídas y recorrió los ochocientos metros que había hasta la verja en pocos minutos.
Vio a otra joven junto al buzón que daba a la carretera.
—Hola, Alice —la saludó—. ¿Ya han recogido el correo de la tarde?
—No. Por ahí llega ahora mismo el cartero.
Alice Aitchison aparentaba unos diecinueve años, pero cierta firmeza e independencia la delataban como profesora joven más que como alumna veterana. Era una belleza madura y otoñal, con ojos brillantes color avellana, piel dorada como la miel y labios carnosos pintados de un rojo afrutado. Llevaba un conjunto de color castaño, igual que su pelo, y una bufanda naranja oscuro que le tapaba el escote de la chaqueta. Sonrió cuando el viejo Ford se acercó traqueteando hasta detenerse junto a ellas y un hombre enfundado en una chaqueta impermeable de cuadros y con botas reforzadas se bajó del coche.
—¡Dos cartas más en el último momento! —Alice cogió la de Gisela y se la dio junto con la suya.
—Muy bien. —El cartero las metió en la saca—. Sí que tienen correspondencia las mujeres de este sitio. Novios, supongo —añadió luego con un simpático guiño.
El Ford ya se alejaba chirriando de nuevo cuando ellas dos se dieron la vuelta para regresar a la escuela.
—¿Tu novio es médico? —preguntó Alice.
Gisela la miró sorprendida. Alice era bastante tosca en su manera de hablar y de comportarse cuando las profesoras mayores no estaban delante, pero la suponía una chica bien educada, no de las que leen las direcciones escritas en las cartas de los demás.
—Sí, psiquiatra. ¿Por qué lo preguntas?
—Creo que ya he visto ese nombre en algún sitio: Basil Willing.
Ahora Gisela la miró divertida.
—Es bastante conocido. Y una vez resuelta tu duda, me gustaría preguntarte una cosa.
—Dispara.
—Tú llevas aquí más que yo —empezó— y…
—¡No me lo recuerdes! —la interrumpió Alice con amargura—. ¡Cinco años seguidos en este mundo sin hombres! Es como vivir en un convento o en una prisión para mujeres.
—¿Cinco? Creía que este también era tu primer año en Brereton.
—Antes estuve cuatro años en Maidstone. No como profesora, solo como alumna. Lo único que quería era acabar y graduarme. ¡Qué vida tan salvaje me esperaba después! Te sorprenderías si te contara los planes que hacía por entonces. —Su mirada se perdió más allá de Gisela, plomiza y melancólica—. Quedaban solo tres semanas para la graduación cuando mi padre se pegó un tiro.
—Vaya. —Gisela se había quedado sin palabras—. Lo siento, no lo sabía.
—Solo ha pasado un año, pero ya nadie se acuerda. —Alice la miró desafiante—. Otro especulador más de Wall Street que apostó al caballo que no debía y no pudo soportarlo. Me quedé sin nada. Oí que la señora Lightfoot buscaba una profesora de arte dramático, así que le pedí a la señorita Maidstone que me recomendase. Creía que Brereton sería una mejora respecto a Maidstone, pero qué va. Estoy hartísima de todo. Quiero un trabajo en Nueva York, donde pueda vivir como un ser humano.
—¿Maidstone era igual que esto?
—El mismo principio, aunque con distinta aplicación. Se supone que Maidstone es una escuela más moderna y saludable. Las chicas beben leche, salen de caminata y duermen sobre fardos de heno. Vida sencilla a precio de lujo. Solo se permiten visitas los domingos por la tarde y siempre con supervisión. Mi pobre padre creyó que sería bueno para mí, pero acabé con más ganas que nunca de salir al mundo real.
—Te guste o no te guste Brereton, aquí estás más en casa que yo —continuó Gisela—. Tu trabajo te permite tener una relación más cercana con las chicas y no eres mucho mayor que ellas. Supongo que hablarían contigo de cosas de las que no hablarían conmigo.
Alice la miró con recelo.
—¿De qué?
—Faustina Crayle.
—No sé a qué te refieres.
—Yo creo que sí —replicó Gisela—. Me he dado cuenta de cómo la miras a veces, con una curiosidad hostil, como si pensaras que tiene algo raro.
—Memeces —contestó Alice con grosería—. Faustina Crayle no es más que una mentecata. Eso no tiene nada de raro. Al contrario, es bastante habitual. Es endeble y apocada, sosa y siempre está desesperada por agradar a los demás. No tiene sentido del humor ni habilidad para hacer amigos. Una futura solterona. Una víctima nata. La señorita Faustina Pusilánime. Esa clase de persona que siempre está tomando vitaminas sin que le hagan el menor efecto. Habrás reparado en el frasquito de riboflavina y no sé qué más junto a su plato a la hora de la cena, ¿no? Con gente así no se puede hacer nada, su carácter es su perdición. Nació para ser el blanco de todas las burlas y de todos los perdonavidas, y la Vieja Percherona es bastante perdonavidas.
—¿Vieja Percherona? —repitió Gisela sin entender esa nueva expresión.
Alice esbozó una mueca burlona.
—Es como llaman las chicas a la señora Lightfoot.
—Entonces —continuó Gisela pensativa—, si Faustina perdiese su empleo, ¿podría ser simplemente porque no tiene el carácter necesario para ser una buena profesora?
—Tal vez. —Alice la observaba haciendo cábalas—. ¿Ha perdido su empleo?
—Eso no es asunto mío, ni tuyo tampoco. —Gisela se apresuró a cambiar de tema—. ¿Crees que podría recuperar la carta que acabo de enviar si telefoneo al jefe de correos en el pueblo y le explico que necesito que me la devuelvan?
Alice soltó una estridente carcajada.
—Querida, tu carta está ahora en manos del servicio postal del Tío Sam. Tendrías que abrirte paso a machetazos por una jungla de papeleo y rellenar cincuenta formularios por quintuplicado. E incluso así dudo que te la devolvieran. ¿Por qué quieres recuperarla? ¿Demasiado ardiente?
—Pues claro que no. —Gisela estaba molesta.
—¿Entonces qué?
—He escrito una posdata por impulso y ahora me arrepiento, pero, en fin, supongo que sería lo que aquí llamáis «perseguir berenjenales».
—¿Te refieres a «meterse en un arcoíris»? —replicó la otra con malicia.
Habían llegado a la puerta principal. Alice giró el pomo y empujó.
—Qué raro, han echado el pestillo.
Gisela tocó el timbre. Se quedaron allí tiritando en medio de la ventisca mientras la última luz del día se apagaba y la oscuridad crecía a su alrededor.
—¡Al diablo! —exclamó Alice—. Vamos por la puerta de atrás, siempre está abierta.
Gisela asintió, aunque sospechaba que a la señora Lightfoot no le harían gracia esas informalidades.
Fueron arrastrando los pies por el camino que rodeaba el edificio, con las cabezas desnudas agachadas contra el viento y las manos sin guantes metidas en los bolsillos. Las ventanas del salón estaban a oscuras, pero cuando dieron la vuelta a la esquina, la luz que salía de la cocina atravesaba hospitalaria la penumbra. Alice abrió la puerta de servicio y Gisela entró tras ella.
En esa antigua casona de campo, la cocina era más grande que el salón de un piso corriente en Nueva York. Una cocina diseñada en la época en que había cocineras de sobra y los salarios eran exiguos, de modo que nadie se preocupaba de cuántas manos hacían falta para preparar una comida. Los aparatos y pertrechos modernos —la cocina de gas, la pila de acero inoxidable y el frigorífico eléctrico— parecían fuera de lugar en esa enorme estancia con su ristra de ventanas encortinadas y su suelo de tablones de roble que se fregaba y se enceraba todos los días.
La cocinera estaba en la pila, pelando y lavando coles de Bruselas. Del horno salía un aroma a castañas asadas. La mesa del centro estaba repleta de hojas y flores otoñales: crisantemos, flores de amelo, hojas de roble y de zumaque. Faustina las estaba colocando en un enorme jarrón de cristal Steuben, tarea habitual de las profesoras de menor antigüedad en Brereton. Iba vestida como para salir a la calle, con un abrigo azul y un sombrero de fieltro marrón.
Alice se detuvo y le preguntó:
—¿Acabas de entrar?
—Sí. —Faustina la miró con un vago aire de sorpresa. En ese momento se abrió la puerta de la escalera de servicio y Arlene entró en la cocina. Llevaba una bandejita de té en una mano—. He estado media hora cortando flores en el jardín. —La respuesta parecía más vehemente de lo que requería una pregunta tan casual—. ¿Por qué lo dices?
—Ah, por nada. —Alice arqueó una ceja y torció el gesto en una perfecta mezcla de desdén e incredulidad—. Creí que te había visto asomada a una de las ventanas de arriba ahora mismo, cuando veníamos por el camino de la entrada.
Un estruendo de cristal y porcelana haciéndose añicos siguió a sus palabras. La bandeja de Arlene se había caído al suelo.
—¿Es que no puedes ir con más cuidado, Arlene? —le gritó con aspereza la cocinera—. ¡Otras dos tazas perdidas! Cuando yo era joven, nos enseñaban a cuidar la porcelana buena, pero hoy en día sois todas unas atropellaplatos. ¿Qué pasa? ¿Enamoriscada?
Arlene estaba inmóvil, mirando a Faustina con ojos aterrorizados.
—Ve a por la escoba y el cogedor y limpia este desastre —siguió la cocinera—. Le diré a la señora Lightfoot que te lo descuente del sueldo.
—¡Déjenme pagarlo a mí! —repuso Faustina en un impulso—. Al fin y al cabo, soy yo quien la ha sobresaltado.
Alice había observado la escena con ferviente interés.
—¡No seas boba, Faustina! —terció entonces—. Tú no has hecho nada. ¿O sí? —añadió volviéndose hacia Gisela.
—No —convino esta última algo reacia—. Nada que yo haya visto.
Aquella respuesta pareció alterar a Alice, pero la joven no dijo nada más hasta que Gisela y ella estuvieron de nuevo solas, cruzando el comedor en dirección al vestíbulo.
—Imagino que eres consciente de que han sacado a cinco chicas de la escuela desde que empezó el curso.
—No. Sabía que se habían marchado tres, no pensaba que fueran tantas como cinco.
—Y dos de las doncellas se despidieron de forma muy repentina. —Alice miró a su compañera. La luz que entraba desde la puerta del pasillo realzaba su expresión: tenía los ojos brillantes y los labios rojos curvados en una mueca socarrona y despectiva—. Voy a decirte una cosa, Gisela von Hohenems. Si le has hablado a tu novio psiquiatra de Faustina Crayle, ¡lo lamentarás!
CAPÍTULO TRES
Vino y veneno lujurioso, leche y sangre,
en ti mezclados…
Gisela continuó con esa sensación de inquietud todo el día siguiente, bastante desproporcionada teniendo en cuenta lo poco que sabía de Faustina. Sin embargo, cierto eco de una situación similar parecía agazaparse en el umbral de su memoria consciente. Emociones asociadas a esos otros hechos olvidados estaban alcanzando la esfera del discernimiento transformadas en una impresión perturbadora y funesta. Era como el hombre que padece neurosis de guerra y se encoge de miedo al oír una explosión sin saber por qué lo hace. Una vez más, se daba cuenta de que las emociones circulan con más libertad que los hechos o los conceptos por los diversos planos de la consciencia.
Tenía pocas esperanzas de recibir una respuesta inmediata de Basil Willing. Su última carta le había llegado desde Japón. Por lo que sabía, aún podía estar en el extranjero con la Marina. Le había escrito, en gran parte, porque no tenía nadie más a quien confiarse.
No volvió a ver a Faustina hasta la reunión del comité para la obra de teatro griega. Alice fue la primera en llegar, con un cigarrillo colgando de la comisura de los labios.
—¿Qué es todo eso de que han despedido a Faustina? —le preguntó con perezosa insolencia al tiempo que se acurrucaba en el banco de la ventana.
—Yo no sé más —repuso Gisela—. Solo que se va.
—¿Por qué? —insistió la otra.
—No lo sé.
Ninguna de las dos oyó la puerta al abrirse, pero ahora Faustina estaba en el umbral con una carpeta de bocetos bajo el brazo.
—He llamado —aseguró tímidamente—. Supongo que no me habéis oído. Como oía voces, he entrado.
Alice la miró burlona.
—No te apures tanto por tus modales. Estoy segura de que has actuado con total corrección.
A Faustina le temblaba la mano mientras abría la carpeta.
—No quería que pensarais que escuchaba a escondidas.
—¿Y por qué íbamos a pensar una cosa así? —replicó Alice.
Faustina desplegó los bocetos sobre la mesa. Luego la miró con toda intención.
—No sé por qué, Alice, pero siempre parece que sospecháis algo parecido de mí.
La otra se echó a reír.
—¡Menudos humos! A ver si controlas ese genio.
Faustina se estremeció.
—¿Por qué me hablas así?
Gisela cogió un boceto a la acuarela de una mujer ataviada con un antiguo vestido griego.
—¿Este es para Medea?
—Sí. —Su amiga pareció alegrarse de que cambiara de tema—. Me pasé una mañana entera documentándome solo para este traje. Le he dibujado el peplo sobre la cabeza porque así es como lo llevaban las mujeres cuando estaban de luto. Medea vive en estado de duelo desde el principio de la obra. Los pliegues tendrían que colocarse con el máximo cuidado posible. Un peplo desaliñado era señal de provincialismo.
—Entonces, Medea debería llevarlo así —interrumpió Alice—. ¿No era una bárbara?
—Una bárbara que llevaba muchos años en Grecia —la corrigió Gisela—. Y princesa, además.
—Habría que coser algo pequeño pero que pese en las puntas —siguió Faustina—. Como los plomos que nuestras abuelas llevaban en el dobladillo de la falda.
—¿Qué es lo otro que tiene en la cabeza? —le preguntó Alice—. Parece un canasto.
—¡Es una antigua mitra griega! —exclamó Faustina—. La corona en forma de modius de Deméter. Muchas mujeres griegas se ceñían el cabello con una cinta así.
—Medea no se habría vestido a imagen de una maestra de economía doméstica con pretensiones como Deméter. Era una feminista y una hechicera.
—No estoy tan segura —intervino Gisela—. Las mujeres de la Antigüedad estaban orgullosas de su asociación con la elaboración del pan. La propia palabra lady significa «dadora de pan».
—¿Preferirías que llevase una tiara? —ofreció Faustina—. ¿Como Hera y Afrodita?
—Lo preferiría, sí, con mucho —porfió Alice.
—No es difícil cambiar la mitra por una tiara. ¿Y el calzado? ¿Os gustan las sandalias con flores bordadas?
—¡Ojalá tuviera yo un par así! —dijo enseguida Gisela—. Son una maravilla.
Alice, sin embargo, las miraba con desagrado.
—Demasiado convencionales. ¿Por qué no unos zapatos de cordones forrados con piel de gato, con el hocico y las garras como adorno? Las mujeres griegas los llevaban ¡y pensad en lo que nos íbamos a divertir matando y desollando un gato! O dos gatos. Uno para cada zapato.
—¿Y por qué no despellejar al gato vivo, ya que estás? —ironizó Gisela—. Seguro que disfrutabas.
Alice ni se inmutó.
—Creerás que soy una salvaje, pero lo cierto es que me aburre la vida que llevo aquí, nada más. Haría lo que fuera por un poco de emoción.
—¿Qué os parecen Jasón y Creonte? —Faustina había sacado otros dos bocetos.
—Me gustan —repuso Gisela—. Jasón tiene esa cara de soldado profesional guapo y tonto y has convertido a Creonte en presidente del Club Rotario local, pero al estilo griego.
De pronto, Alice dejó escapar una estridente carcajada.
—¡Faustina, eres desternillante! ¿No te das cuenta de que has dibujado a Medea como una ramera?
—¿Por qué lo dices? —preguntó esta avergonzada.
—Por la túnica y el manto. Son azul jacinto, el color reservado a las prostitutas.
—Ah… —Faustina apeló a Gisela—: ¿Es verdad?
—Me temo que sí —admitió su amiga—, aunque yo no había caído en ello.
—Pues claro que es verdad —espetó Alice con arrogancia—. ¿Nunca has leído nada sobre el Cerámico, el barrio de los prostíbulos de Atenas? Si un hombre llamado Teseo deseaba a una mujer en particular llamada Melita, cogía un trozo de tiza y escribía en la pared: «Teseo quiere a Melita». Si ella aceptaba, escribía debajo: «Melita quiere a Teseo» y lo esperaba allí con una ramita de mirto entre los dientes.
—Pero ¿no sería solo en Atenas? —objetó Faustina—. La obra se desarrolla en Corinto.
—¡Entonces tendrás que dedicar otra mañana entera a investigar cómo vestían las rameras en Corinto! —A Alice parecía divertirle la perspectiva de cargar con más trabajo a Faustina—. Aunque tal vez ya lo sabes. Supongo que conoces bastante bien las tradiciones de las prostitutas. ¿Has oído hablar de Rosa Diamond?
El rostro de Faustina se encendió con un tono carmesí malsano.
—No. Y en cualquier caso no puedo hacer otro boceto porque me voy esta tarde. Para siempre.
—¡Qué suerte la tuya!
—No es ninguna suerte. Yo no quiero irme.
—¿Y entonces, por qué te vas?
Gisela intervino de nuevo:
—No hay necesidad de hacer otro boceto para el traje de Medea. Será fácil cambiar el color cuando elijamos la tela. ¿Qué tal un amarillo pálido? Iría igual de bien que el jacinto con las sandalias de flores.
—Como queráis —aceptó Alice indiferente. Luego cogió otro boceto—. ¿Qué es esto? Parece un chal de cachemira de imitación comprado en Hoboken.
Faustina miró desesperada a Gisela.
—Es el manto envenenado que Medea le regala a la prometida de Jasón. En el texto se dice varias veces que es «multicolor». He copiado el diseño de la fotografía de un jarrón griego de la época de Eurípides, solo que, en lugar de las violetas del modelo original, le he puesto hojas de dedalera porque es una planta venenosa.
—¿Y Medea iba a descubrir sus cartas así? —objetó Alice—. Si alguien me enviase a mí un manto bordado con hojas de dedalera, sospecharía. Como cualquier lector de novelas policiacas.
—Pero la hija de Creonte no leía novelas policiacas —repuso Gisela—. Es un buen toque de simbolismo. Justo lo que haría alguien que creyese en la magia, como Medea.
—¿Y esos colores? —siguió Alice—. A mí me parecen persas.
—Los persas y los griegos se influyeron unos a otros —se defendió Faustina—. Esa es una de las cosas interesantes que he descubierto. Cuando uno se pone a buscar algo, siempre aprende muchísimas otras cosas que no tienen nada que ver. ¿Sabíais que los sibaritas enviaban las invitaciones a sus fiestas con un año de antelación para tener tiempo suficiente de planificar la comida y el atuendo con el máximo lujo? ¿Y que los griegos jugaban al tenis? Era un deporte espartano y jugaban desnudos.
—¡Enhorabuena, Faustina! Qué investigación tan meticulosa. —Alice se lo estaba pasando en grande—. La próxima vez que baje a la pista de tenis, iré completamente desnuda. Y cuando la señora Lightfoot proteste, le diré: «Fue idea de Faustina Crayle. Me dijo que los griegos siempre jugaban desnudos y que sin duda alguna debería probarlo».
—¡Pero yo no he dicho que debas probarlo! —Faustina estaba al borde de las lágrimas—. ¡Por favor, no hagas eso, Alice!
—Sí, ya lo creo que sí. —En los ojos de la joven bullía la malicia.
—No, ya lo creo que no —terció Gisela—. No dejes que te tome el pelo con tanta facilidad, Faustina.
—Ah… Es una broma. —Faustina se había quedado pálida de nuevo y muy seria—. Si ya hemos terminado, os dejo estos bocetos y me llevo solo el de Medea para cambiar la mitra esta tarde antes de irme.
Cuando la puerta se cerró a su espalda, hubo un breve silencio. Luego Alice voceó desafiante:
—¡No me mires así! No soporto a la gente como ella. Tiene que espabilar.
—¿Ah, sí? Has sido muy cruel, Alice. Y era algo innecesario, ahora que se marcha.
—Eres una blandengue. —Alice aplastó el último de los muchos cigarrillos que se había fumado y se levantó—. Alguien debería enseñar a Faustina a defenderse.
—¿Apaleándola hasta dejarla casi sin sentido? Porque eso es lo que has hecho, psicológicamente.
Alice se detuvo en el umbral de la puerta. Su belleza morena y madura nunca había parecido tan seductora. Hizo amago de hablar otra vez, pero luego solo murmuró: «¡Al diablo!» y se fue sin decir ni una palabra más.
Cuando Gisela terminó sus clases, salió a dar un paseo por los jardines con la esperanza de que el ejercicio físico purgase su mente de los fantasmas del subconsciente.
Era uno de esos días de otoño engañosos, cuando la clara luz del sol parece cálida y se nota fría. Un camino que serpenteaba entre árboles la llevó hasta el riachuelo que limitaba los terrenos de Brereton. Para volver cogió otro y salió de la arboleda a una pradera que subía en pendiente desde el arroyo hasta la escuela. Se detuvo al ver a alguien dibujando detrás de un caballete en medio del claro.
Era Faustina.
Llevaba de nuevo su abrigo azul, pero esta vez tenía la cabeza descubierta. Los alargados rayos del sol vespertino doraban el pálido halo de su cabello y le daban a su rostro un fulgor desacostumbrado. De espaldas a la casa, esbozaba las vistas desde la pradera: una fila de sauces bordeando el riachuelo y, al otro lado, una colina con unos cuantos árboles dispersos, de hojas inmóviles en aquel día sin viento, recortados contra un cielo brillante y azul. A sus pies había una caja de pinturas y con la mano izquierda sostenía una pequeña paleta. Manejaba el pincel con trazos hábiles y rápidos, tan absorta en lo que hacía que no pareció advertir la presencia de Gisela.
Sin hacer ruido —llevaba zapatos con suela de goma—, esta se acercó un poco más para echar un vistazo al dibujo sin molestar a Faustina. Entonces ocurrió algo; algo tan inexplicable que Gisela se paró en seco.
Faustina seguía ensimismada en su boceto. La mano que sujetaba el pincel aún se movía con destreza y precisión, pero había perdido velocidad. De pronto, cada gesto que hacía era lánguido y pesado, como los movimientos de los personajes en una película a cámara lenta.
En esa tarde mansa y soleada, el propio tiempo parecía ralentizarse, como un reloj al que hay que dar cuerda. El universo no estallaba, como afirman algunos físicos modernos: expiraba lentamente de puro agotamiento… Entonces se levantó la brisa y agitó las ramas de los árboles. Se movían con un tempo normal. Solo Faustina Crayle parecía cada vez más y más somnolienta, como si el pincel se le fuera a caer de entre los lánguidos dedos en cualquier instante. Había algo aterrador en ese repentino desvanecimiento de su impulso vital. Parecía una máquina que se apagaba porque la electricidad se hubiera derivado para algún otro propósito…
Cuánto tiempo estuvo allí de pie, nunca llegaría a saberlo. La sacó de ese estado un grito que le hizo olvidar todo lo demás. Venía de una de las ventanas abiertas detrás de Faustina.
Gisela corrió hacia la que tenía más cerca. Era la biblioteca. Estaba vacía y, salvo por una cortina que se estremecía con la brisa, allí nada se movía. Reinaba la penumbra, pues las oscuras persianas estaban medio bajadas y bloqueaban las doradas lanzas del sol crepuscular. La puerta del pasillo estaba cerrada. Había otra puerta entreabierta. De aquella rendija salía una voz aguda sacudida por los sollozos:
—¡Beth, no! ¡Por favor! ¿Qué hago?
Gisela dio la vuelta y entró corriendo en aquella estancia más pequeña y amueblada con varios escritorios. Allí las cortinas volaban descontroladas, pues tanto la puerta que daba al pasillo como las ventanas, enfrente, estaban abiertas. Meg Vining estaba en cuclillas en el suelo. Su rostro, por lo general tan sonrosado y hermoso, parecía ahora casi desagradable…, lívido y tenso. A su lado yacía Beth Chase, mustia, inconsciente. Sus pecas ya no resultaban cómicas. Destacaban, marrones como manchas de tinta antiguas, en un semblante que se había vuelto casi cadavérico.
Gisela se arrodilló enseguida y frotó las manos heladas de la muchacha. Tenía el pulso tan débil que le costó varios intentos encontrárselo.
—Una conmoción. —Su voz firme acalló los lamentos de Meg—. Dile al ama de llaves que traiga mantas y botellas de agua caliente.
—¿Qué ha pasado?
La voz temblorosa era de Faustina. Estaba fuera, al otro lado de una puerta ventana, con los ojos abiertos como platos. Aún tenía el pincel mojado en la mano. A su espalda quedaba el paisaje que había estado dibujando: la pradera que bajaba hasta el arroyo y la colina alzándose hasta encontrarse con el cielo. Dio un paso adelante para cruzar el umbral.
Meg Vining gritó:
—¡No! ¡No te acerques a mí!
—¡Margaret! Contrólate. —Gisela se sorprendió de la aspereza de su propio tono—. Faustina, ve a buscar al ama de llaves, por favor. Dile que traiga mantas y botellas de agua caliente. Beth Chase se ha desmayado. Deprisa.
—Por supuesto. —Faustina salió por la puerta del pasillo.
Gisela se quitó la chaqueta, envolvió con ella a Beth y meció a la chiquilla en sus brazos.
—¿Qué ha pasado? —le preguntó a Meg sin apartar la vista del pálido rostro de Beth.
—No lo sé.
Entonces se volvió hacia ella.
—¿Cómo que no lo sabes? Algo habrá pasado.
Un rosa intenso inundó las mejillas de Meg. El labio inferior formaba una mueca obstinada.
—No sé por qué se ha desmayado, señorita Von Hohenems. Será por algo que haya visto. O a lo mejor está enferma. Ha gritado y se ha caído redonda sin más.
Gisela oyó unos pasos que se acercaban a toda prisa por el pasillo. Apenas le quedaban unos segundos a solas con Meg. Intentó aprovechar ese momento.
—Esto es muy serio, Margaret. Dime la verdad. ¿Qué ha ocurrido?
—Le he dicho la verdad, señorita Von Hohenems. —Ahora los ojos de la muchacha brillaban fríos como diamantes azules, pero se le quebraba la voz.
—Me parece que no.
Antes de que pudiera continuar, sin embargo, la señora Lightfoot irrumpió en la habitación seguida por Faustina y el ama de llaves, que iba cargada de mantas.
Fue la señora Lightfoot la que subió a Beth al piso de arriba. Gisela nunca había visto esa faceta de su carácter, una ternura maternal contenida que encontraba desahogo en el cuidado de los hijos de los demás. No pensaba en sí misma ni en la escuela cuando acomodó a Beth en su propia cama y suspiró aliviada de corazón cuando el color fue volviendo poco a poco a aquellas pálidas y demacradas mejillas y un leve sudor le oscureció el claro cabello castaño de las sienes.
Al fin, Beth alzó las rubias pestañas y recorrió con la mirada esa habitación desconocida.
—¿Qué…? ¿Dónde…?
—No te muevas e intenta descansar —le dijo con dulzura la señora Lightfoot—. El ama de llaves se quedará aquí contigo y te traerá lo que necesites. —Luego la directora se levantó y miró a las demás—. Gracias, señorita Von Hohenems, por actuar con tanta prontitud. Margaret, acompáñame a mi despacho.
—Sí, señora Lightfoot.
El rostro de Meg se veía de nuevo terso y sonrosado cuando salió tras ella de la habitación.
Mientras se dirigía por el pasillo a su propio dormitorio, Gisela oyó unos pasos apresurados. Faustina la alcanzó y se puso a su lado, con la respiración entrecortada.
—¿Por qué la señora Lightfoot no me ha dicho nada? Es mi último día. Un taxi viene a recogerme dentro de una hora. ¿No podría haber sido un poco más amable?
—¿Tienes idea de por qué se ha desmayado Beth? —repuso Gisela.
—No, ¿y tú?
—Estaba de espaldas a la casa.
Faustina se detuvo cuando llegaron a la puerta de su cuarto.
—Yo llevaba unos veinte minutos allí, pintando. Luego he oído a una niña gritar. Ha sido tal el sobresalto que me ha costado un poco reponerme. Ya sabes lo que es concentrarse en una tarea como dibujar o escribir. Al darme la vuelta, no he visto a nadie, pero las ventanas estaban abiertas y he supuesto que el grito vendría de allí. He ido corriendo a la que tenía más cerca, la de la sala de escritura.
—¿Me has visto a mí correr hacia la biblioteca? —le preguntó Gisela.
—No. Debes de haber reaccionado más rápido que yo. Para cuando he llegado, ya estabas allí, de rodillas en el suelo junto a Beth.
—Yo he ido a la sala de escritura por la biblioteca y tú directamente desde la pradera del jardín, y aun así has tardado más.
—Me he quedado de piedra. —Los ojos de Faustina suplicaban perdón—. Y no ando tan rápido como tú.
—Estabas en la ventana que queda justo enfrente de la puerta del pasillo. Esa puerta estaba abierta. ¿Has visto a alguien allí?
—No. No… —Faustina fruncía el ceño y parecía vacilar—. No puedo decir que haya visto a nadie…
—¿Pero has visto algo? —insistió impaciente Gisela.
—Ahora que lo dices, sí que me ha dado la impresión de que algo se movía en el pasillo. Pero estaba oscuro, con las persianas venecianas medio bajadas, y en realidad no prestaba atención a eso. Os miraba a ti y a Beth.
—Te he visto pintando —continuó la otra—, cuando subía por el sendero desde el arroyo. Ya en ese momento te movías despacio, más de lo habitual. ¿Te encontrabas mal?
—Mal no, solo me notaba somnolienta. Apenas podía mantener los ojos abiertos. Ha sido ese grito tan espantoso lo que me ha espabilado. ¿Sabes que el miedo puede despertarte de golpe? Incluso si estás profundamente dormida, una pesadilla te despierta.
—Entonces, ¿te has asustado?
—Sí. ¿Tú no?
—Supongo que sí, pero no lo suficiente para no reaccionar. ¿Ahora estás bien?
—Sí. —Faustina suspiró y luego esbozó una débil sonrisa—. Solo un poco cansada.
—Te ayudaré con el equipaje —se ofreció Gisela.
—¿De verdad? Eres muy amable. Aunque ya no hay mucho que hacer, lo he preparado casi todo esta mañana. Tengo muy pocas cosas.
Cuando las últimas dos maletas, bastante desvencijadas, estuvieron cerradas y aseguradas con las correas, Faustina cogió un libro de la mesita de noche: un libro viejo, encuadernado en piel de vaquetilla y con gofrados en oro, de cantos deteriorados.
—Es tuyo —dijo con un atisbo de vergüenza—. El primer volumen de tus Memorias de Goethe. Me tomé la libertad de cogerlo prestado un día que no estabas. Quería buscar una cosa.
—Gracias.
Al cogerlo, Gisela miró de reojo las guardas. Con tinta ya vieja, de un marrón claro desvaído, alguien había escrito en letra muy fina e inclinada: Amalie de Boissy Neuwelcke, 1858. Una vez más, algo pareció revolverse en los confines de su mente, a un paso del alcance de la memoria…
—Ven a mi habitación y tómate una taza de té antes de irte —le sugirió—. Aún quedan unos minutos para que llegue tu taxi.
La luz del día se apagaba cuando entraron en el cuarto de Gisela y esta encendió una lámpara con pantalla de seda ambarina. Preparó el té en una anticuada tetera de plata, con un quemador de alcohol para calentar el agua, y lo sirvió con limón.
—¡Por tu futuro! —Gisela alzó su taza con cortesía, como si fuera una copa de vino—. Que tu próximo trabajo sea mejor.
Pero Faustina no estaba para galanterías. Dejó la taza después del primer sorbo.
—No tengo futuro —dijo inexpresiva.
—Tonterías. Bébete el té antes de que se enfríe. Te reconfortará.
Obediente, Faustina bebió. Siempre era así de conformista. ¿O sería más apropiado decir «sugestionable»?
—Gracias. —Esta vez dejó la taza vacía—. Me voy ya. No puedo tener al taxi esperando y no quiero perder el tren de Nueva York.
—Te acompaño a la puerta. Y no olvides escribirme en cuanto tengas una dirección fija.
Salieron al pasillo. Faustina parecía una figura insignificante y triste: se marchaba para siempre de la escuela una fría noche de otoño con su fino abrigo azul de primavera y una sola persona, de todas las que vivían en Brereton, dispuesta a acompañarla a la puerta y despedirse de ella.
Caminaba unos pasos por delante de Gisela cuando doblaron la esquina y llegaron a las escaleras. La luz de un par de apliques de pared en el pasillo llegaba hasta el primer rellano. Más allá, los escalones se hundían en las sombras, pues aún no había ninguna lámpara encendida en la planta baja.
En ese primer rellano, iluminada de lleno, estaba la señora Lightfoot, inmóvil. Tenía una mano apoyada en la barandilla y miraba hacia abajo, a la oscuridad del vestíbulo. Iba recién peinada, con el cabello blondo escarchado acomodado en suaves rizos, y ya vestida de noche con tonos de camafeo: llevaba un chal de terciopelo color topo, que le caía en pesados pliegues hasta los tobillos y apenas dejaba ver una falda de gasa y la puntera de unos zapatos de satén, todo de la misma tonalidad, con toques de blanco en el cuello —armiñado y gardenias—, un destello de las perlas. Las mangas le llegaban hasta los codos y se había puesto unos guantes largos plisados de un blanco inmaculado. Aún seguía con los ojos clavados en las sombras del vestíbulo cuando su voz se alzó cortante:
—¡Señorita Crayle!
—¿Sí, señora Lightfoot?
Faustina contestó desde lo alto de la escalera. La señora Lightfoot se sobresaltó y se volvió para mirar hacia arriba. Hubo un momento de silencio casi opresivo, roto por la propia Faustina.
—¿Me ha llamado?
La señora Lightfoot habló de nuevo, pero sin el aplomo que solía caracterizarla.
—¿Cuánto tiempo lleva ahí parada?
—Apenas unos segundos. —Faustina sonrió vacilante—. Tenía tanta prisa que he sentido el impulso de bajar y adelantarla, pero no he querido hacerlo, desde luego. Habría sido una tremenda descortesía.
—Sí, lo habría sido. —La señora Lightfoot apretó los labios—. Puesto que lleva tanta prisa, no quisiera retrasarla, señorita Crayle. Buenas noches.
La directora empezó a bajar las escaleras, elegante figura envuelta en fluido terciopelo con la espalda recta y la cabeza alta, como habían enseñado a las mujeres de su generación. Faustina y Gisela la siguieron a una distancia prudencial.
La señora Lightfoot ya había llegado al último escalón cuando Arlene, con vestido negro y delantal blanco, salió del salón y encendió la lámpara del vestíbulo. El súbito resplandor reveló un espacio vacío y con el mismo aspecto de siempre. No había pista alguna que diese a entender qué había atraído la mirada de la señora Lightfoot cuando estaba en el rellano del primer piso.
—Vas con retraso, Arlene —le recriminó malhumorada—. Deberías encender esta luz antes de que la escalera se quede a oscuras. Alguien podría caerse.
—Sí, señora —contestó huraña la muchacha.
La señora Lightfoot se estiró uno de los guantes con elaborada despreocupación.
—¿Has visto a alguien hace un instante, en el vestíbulo? ¿O en el comedor cuando salías de la despensa?
—No, señora. No he visto ni un alma. —Una especie de malicia le torció el gesto—. ¿Y usted?
—¡Por supuesto que no!
Sin embargo, la voz de la directora había perdido autoridad.
El timbre del teléfono hizo añicos la calma. La señora Lightfoot se sobresaltó como si aquel repentino estruendo fuera más de lo que podían soportar sus nervios. Gisela se dio cuenta, con la intensidad de una revelación, de que algo o alguien había asustado a la señora Lightfoot casi tanto como a Beth Chase…
Arlene fue a la extensión que había junto al armario de la escalera.
—Escuela Brereton. ¿Con quién? Un momento. Es para usted, señorita Von Hohenems. Conferencia de larga distancia, persona a persona, del doctor Basil Willing.
CAPÍTULO CUATRO
Como sombra de carcajada o un suspiro,
fina envoltura de angustia fúnebre…
Sabía que iría de negro. Era una mujer europea, vienesa, y de la generación de Chanel, ¿cómo iba a verse arreglada de verdad con cualquier otro color? Esta vez llevaba un vestido de crepé mate, ingeniosamente entallado en la cintura y que caía con gracia sobre los esbeltos pies enfundados en medias negras, finas como sombras, y ligerísimas sandalias de tacón alto. Ni mangas ni tirantes interrumpían la tersa línea de aquellos hombros blancos. No lucía joyas ni en el cuello ni en el pelo, pero algo en la postura de su cabeza sugería un destello de alhajas, el fantasma de unos antepasados que hubieran llevado corona. Tenía el pelo un poco más corto que la última vez, peinado hacia atrás por encima de las orejas. Bajo las oscuras y lustrosas ondas, su rostro brotaba pálido y delicado como una flor blanca. Los ojos le brillaban con un suave resplandor, más luminosos que relucientes.
Le cogió ambas manos.
—Gisela… —En ese momento no fue capaz de decir nada más.
Alegría y ternura confluyeron en la sonrisa de ella. Una alegría mansa que le trajo recuerdos de Europa y del mundo anterior a la guerra. Otra guerra más, pensó con amargura, y no quedará nadie que pueda sonreír así. Por un instante, la vio como un fragmento a la deriva de una civilización perdida, rota y aun así adorable como una estatua mutilada del Ática o de Lidia.
Luego estaba sentado a su lado en el banco tapizado de la pared y el camarero les servía dos Martinis fríos con bíter en la mesa que tenían enfrente.
La mirada de Gisela se detuvo en su corbata blanca, algo amarillenta después de seis años en el cajón de una cómoda.
—Sin uniforme… ¿Por mucho tiempo?
—¡Para siempre si Dios quiere! —exclamó él fervientemente a modo de brindis—. Por eso he elegido este sitio para vernos hoy. —Miró a su alrededor, a la estridente discordancia de colores metálicos que era la última moda en decoración—. No hay nada menos castrense que el club Crane.
—Bueno… —Gisela volvió a sonreír—. Ese bar de la Primera Avenida al que solíamos ir no era lo que se dice muy militar.
—¿Te acuerdas de aquello?
—¿Creías que lo iba a olvidar?
El resto se lo dijeron con los ojos. Luego Basil se echó a reír.
—Mi bar preferido, lo admito. Allí todos parecían personajes de Dickens o de Saroyan. Pero no es el mejor lugar para celebrar mi regreso de entre los muertos. Estoy haciendo cuanto puedo por recuperar el pasado. He vuelto a mi antiguo empleo como asesor médico para la Fiscalía, aunque el cargo de fiscal lo ocupa ahora otra persona y también hay un nuevo alcalde. Mi puesto como director del departamento de Psiquiatría en el hospital Knickerbocker se lo dieron a un amigo mío, Dunbar, un compañero al que vi por última vez en Escocia, pero he conseguido la misma posición en un hospital mejor, el Murray Hill. Los inquilinos a los que había subarrendado mi casa durante este tiempo han vuelto a Chicago. Juniper y yo nos mudamos ayer. Si consigo convencerlo de que no es necesario redecorarla, por descuidado que parezca todo, empezaré a sentirme de verdad en casa otra vez. Solo me falta una cosa.
—¿El qué?
—Tú.
Un ligero rubor tiñó las pálidas mejillas de Gisela.
—¿Por qué estás dando clases en Brereton? —siguió luego Basil en un tono casi acusador.
—Una tiene que vivir, tanto si los demás entienden esa necesidad como si no.
—Ese no es tu sitio. ¿Estás obligada por contrato?
—Hasta junio.
—Y estamos en noviembre. Pues rescíndelo.
—¡Querido, qué cosas tienes! ¿Eso es una broma?
—Nunca he hablado tan en serio. Brereton no es sano para ti. Ni siquiera es seguro.
—¿A qué te refieres?
—Has tenido demasiado trato con esa tal… ¿Cómo se llamaba? Faustina Crayle.
—¡Ah, la carta! —Gisela se rio—. Se me había olvidado por completo. No la mencionaste cuando hablamos por teléfono y quedamos en vernos esta noche. Ahora que estoy aquí contigo, ni siquiera me parece real.
—Pero te lo parecerá luego, cuando vuelvas.
—Ya ha pasado todo.
—Claro, porque Faustina se ha ido.
—¿No lo crees?
—Las personas que la han echado siguen allí.
El camarero les sirvió unas mollejas. Cuando los dejó otra vez solos, Basil se inclinó hacia delante.
—En la carta no dabas detalles. Me gustaría que me contases cuándo notaste algo raro en la señorita Crayle por primera vez y qué fue.
—Faustina no tenía nada raro en sí misma —protestó Gisela—. Lo extraño era la forma en que los demás reaccionaban delante de ella.
—Es lo mismo. ¿Cuándo empezó?
—A los pocos días de que llegara. —Estaba sorprendida de que se lo tomase tan en serio.
—¿Y el primer incidente?
—No me acuerdo —repuso con cierto pesar—. Hay muchas cosas que hacer cuando empiezas en un trabajo nuevo y también era mi primer trimestre. Llevaría yo allí como una semana, más o menos, cuando fui dándome cuenta de que Faustina era impopular. La hostilidad parecía haberse iniciado entre el personal de servicio y luego se extendió a las alumnas y por último a las demás profesoras, hasta que se convirtió en una persecución. Luego la despidieron.
—¿Eso fue todo?
—Hubo algunos percances más después de que te escribiera.
—Cuéntame.
Gisela le dio todos los detalles.
—¿Por qué las demás profesoras evitaban a la señorita Crayle? —inquirió Basil—. ¿No se te ocurre ninguna razón?
Gisela vaciló.
—Me daba la extraña impresión de que le tenían miedo. Y claro, uno odia lo que teme.
—¿Qué podían temer?
—¡No lo sé! Era todo muy… misterioso. El espíritu gregario, supongo. Y además tengo una sensación rarísima, como si conociera o hubiera leído algo parecido en algún sitio hace mucho tiempo.
—Es posible. En cuanto terminé de leer tu carta, llamé a Brentano’s para pedir un ejemplar de las Memorias de Goethe en la edición francesa traducida por madame Carlowitz.
—Yo releí el primer volumen cuando Faustina me lo devolvió, pero no encontré nada que me recordase a su situación.
—Porque no sabías lo que estabas buscando —observó Basil—. Incluso ahora desconoces cuál es la verdadera situación de Faustina.
Una orquesta de baile irrumpió con la última aberración musical del momento. Gisela suspiró.
—¿Cómo podemos hablar de algo tan intangible en un sitio así?
—Pues vámonos a otra parte —contestó él sin pensárselo—. Esto no te gusta demasiado, ¿verdad?
—No, pero…
Para entonces, Basil ya había llamado a un atónito camarero para pagar la cuenta de una cena que no habían probado.
Y así fue como los habituales de un bar de barrio en la Primera Avenida se sorprendieron aquella noche con la súbita intrusión de una exótica pareja, forasteros de la Quinta o de Park. La mujer con un abrigo largo de terciopelo negro y solapas de seda color fuego. El hombre con sombrero de copa y uno de esos pañuelos blancos, como salido de una película. Más educados que los de la Quinta o Park, en la Primera Avenida no se les quedaron mirando ni murmuraron. La Primera es ante todo tolerante. Toleraría incluso a los ricos que no se lo merecen si se comportan como es debido y no arman escándalo.
—Deberíamos haber venido aquí desde el principio. —Basil observó con nostalgia las paredes oscurecidas por el tiempo, el humo y el hollín de la ciudad—. No ha cambiado nada.
—La gramola es nueva —objetó Gisela.
Ambos miraron con fastidio aquel monstruo iluminado que los deslumbraba a través de una neblina de humo de cigarrillos.
—Parece uno de esos peces fosforescentes del fondo del mar —murmuró luego. Entonces cedió al espíritu del local—. ¿Tienes alguna moneda?
—Solo si prometes no poner eso de los renos.
Entretanto, Basil pidió lo de siempre: sándwiches de queso tostados y esa cerveza que era casi tipo Pilsen. Gisela volvió a la mesa radiante porque había encontrado el «Vals del zapato de cristal», de la suite La Cenicienta, compuesta por el abuelo de Basil, Vassily Krasnoy.
—Sincopado, desde luego, pero aun así es maravilloso. No sé cómo habrá acabado ahí, todo lo demás son melosidades.
Nadie más escuchaba. En la mesa de al lado, dos vagabundos se repartían un vaso de cerveza y escudriñaban un tabloide que alguien había desechado, serios y absortos como eruditos descifrando un manuscrito medieval. Demacrados, hambrientos, sucios… ¿Qué habían encontrado en las noticias del día para distraerlos por completo de sus propios problemas?
Entonces, uno de ellos habló:
—Te lo digo yo, no hay cura para la caspa. La ciencia no se lo explica.
—Pero aquí pone… —El otro empezó a leer en voz alta con dificultad—: «Primero, lavar meticulosamente la cabeza…».
—¡Una página de Saroyan! —susurró Gisela—. El club Crane no puede superar esto.
Era tan fácil charlar allí y tenían tanto que contarse que no volvieron a hablar de Faustina hasta que Gisela empezó a mirar intranquila el reloj que había sobre la barra.
—Detesto pensar que tienes que volver a ese sitio. —Basil bajó la vista y la clavó en su tercer vaso de cerveza—. La señora Lightfoot no arruinaría la carrera de esa chica a menos que fuera responsable de algún modo de lo que ha ocurrido.
—¿Quieres decir que la propia Faustina va por ahí jugando malas pasadas a la gente? Pero ¿cómo? ¿Y por qué?
—Cuando la señorita Crayle te preguntó si habías oído rumores sobre ella, le dijiste que no. ¿Por qué?
—Sé que la gente hablaba de ella, pero no lo que decían. E incluso si lo hubiera sabido… Una no le repite los chismorreos a la víctima si se trata de una amiga. Es una de esas cosas que, sencillamente, no se hacen. Una ley no escrita. Como contarle a un hombre que su esposa le es infiel.
—¿Ni siquiera si la víctima te lo pide?
—¡Sobre todo si la víctima te lo pide! Nadie quiere verse de verdad como lo ven los demás. Cuando alguien pregunta algo así, lo que quiere en realidad es sentirse reafirmado. Igual que no hay artista ni escritor que desee jamás una auténtica crítica de la obra que muestra. Solo alabanzas. Los reyes persas solían matar al mensajero que les llevaba malas noticias. A todos nos gustaría hacer eso.
—Me pregunto si de verdad te callaste por ese motivo —insistió Basil—. Podría ser que ni tú misma te fíes de la señorita Crayle.
—¡No! —exclamó Gisela—. Siempre he confiado en ella. Haría lo que estuviese en mi mano por ayudarla.
—¿Seguro?
—Sí.
—Entonces, consigue que acceda a que yo la represente. Mañana iré a Brereton y pediré explicaciones a la señora Lightfoot. Como psiquiatra, me interesan esos asombrosos efectos de las habladurías en Brereton.
—¡Bobadas! Solo intentas evitarme problemas.
—¡Qué egoísta por mi parte! Aunque yo no utilizaría la palabra «problemas», diría más bien «peligros».
—¿Por qué?
—Hay algo malicioso en todo este asunto. A Faustina Crayle le ha costado el empleo. La malicia, oculta y triunfante, resulta terrible. Podría buscar una nueva víctima.
—Faustina está en Nueva York, de momento. En el Fontainebleau. —Gisela sacó una tarjeta de visita de su bolso bordado con cuentas—. Si tienes un lápiz o una pluma, le escribiré una nota aquí mismo.
Basil pidió prestada una estilográfica al camarero.
—Y ahora te llevaré a la estación. Si es que de verdad tienes que coger ese tren de las once y diez.
—Mañana por la tarde hay una fiesta en Brereton, ¿te apetece venir?
—Estaré testificando en una vista por demencia. Iré a Brereton por la mañana.
—¡Y por la mañana yo tengo clase! —Gisela esbozó una mueca.
—¿Estás libre para cenar el viernes por la noche?
—Me parece perfecto. El sábado no hay clases, así que no tendré que volver corriendo a la escuela.
El coche se detuvo en un stop entre la Primera y la Segunda Avenida. El cruce estaba desierto y oscuro, pues los almacenes de ambos lados tenían los postigos bajados y la única farola de la calle quedaba lejos, en la esquina. En ese momento no había ningún peatón. Sin decir palabra, se volvieron el uno hacia el otro y sus labios se encontraron.
Al cabo, Gisela se movió y Basil la liberó de su abrazo.
—He viajado diez mil kilómetros para esto —le dijo—. Querían que me quedase en Japón otro año más, o dos.
—Me alegro de que no lo hicieras —contestó ella temblorosa.
—¿De verdad? ¡Entonces rompe ese contrato con Brereton!
—Es que… No lo sé.
—¿El qué no sabes?
—Esta noche, cualquier mujer que no fuese una lunática o una tarada te parecería adorable. Mañana… —Se encogió de hombros—. No hace falta que vayas más lejos, la estación está solo a dos manzanas.
Sin contestar, Basil soltó el embrague. El coche se deslizó hacia las luces oropeladas de la avenida Lexington. En Grand Central, inclinó la cabeza para besarle la mano.
—Iré a Brereton mañana por la mañana.
—¿Por la mañana? ¡Pero tendrás que ver a Faustina primero!
—A la señorita Crayle la veré esta noche.
CAPÍTULO CINCO
Desde que el Diablo jugó con Dios a los dados
por ti, Faustina…
El Fontainebleau era un producto de la otra inflación, después de la otra guerra. Tenía pretensiones de hotel de lujo; en realidad era el mismo hostal para señoritas trabajadoras de siempre, solo que racionalizado y chapado en oro. No se admitían huéspedes varones. Las habitaciones eran celdas estrechas y apenas amuebladas. El edificio en sí mismo, sin embargo, era un rascacielos en los límites de un barrio de moda, con salas de visitas muy llamativas en la primera planta y una piscina y una pista de squash en el sótano. Sus promotores explotaban dos temores femeninos básicos: el miedo a parecer desastrada y el miedo a parecer indecente. No obstante, Basil sospechaba que no era ninguna de esas inquietudes tópicas lo que había llevado a Faustina a un lugar tan frecuentado y protegido.
Cuando entraba al vestíbulo, su mente retrocedió veinte años, a la época en que era un joven recién llegado a Nueva York y pasaba por el Fontainebleau a saludar a las chicas que conocía de su ciudad natal, en Baltimore. Chicas cuyos padres solo les permitían trabajar o estudiar en Nueva York si prometían alojarse en ese hotel para mujeres.
No había cambiado nada. Las salas de visitas seguían brillando con su mármol falso y sus muebles de metal con acabado de caoba. A esas horas aún estaban concurridas por muchachas envueltas en abrigos de piel de lobo o de conejo, que parecían casi de zorro o armiño, dando las buenas noches a jóvenes candorosos que las habían llevado al teatro o al cine. La ingenuidad de esas caras radiantes, bocas inmaduras y largas muñecas nudosas le hacía sentirse viejo, prudente y cansado mientras descolgaba el teléfono interno y preguntaba por la señorita Crayle.
—Dígame.
—Me llamo Basil Willing. Usted no me conoce, pero soy amigo de Gisela von Hohenems.
—Ah, sí, le he oído mencionar su nombre.
—Acabo de dejarla en el tren de regreso a Brereton. Hemos cenado juntos y me ha contado algunas cosas sobre su situación. Me gustaría hablar con usted, tal vez pueda ayudarla.
—Es muy amable. Quizá mañana…
—El asunto puede ser más urgente de lo que imagina. Estoy abajo, en el vestíbulo. ¿Es demasiado tarde para verla esta noche?
—No, no… Supongo que no. Hay una terraza en la azotea. Si sube en el ascensor directo, nos encontraremos allí. No tenemos cuartos de estar y el vestíbulo siempre está abarrotado a estas horas.
Cuando Basil llegó a la azotea, solo había una pareja en un rincón apartado. Apenas distinguía sus caras, dos manchas blancas borrosas, y las ascuas rojas de dos cigarrillos. Se dirigió a la otra esquina y se apoyó en el antepecho. Ya de noche, la luz de las calles y de otros edificios altos mantenía ese lugar en un perpetuo e inquietante crepúsculo. Había un seto enano en una jardinera revestida de azulejos y algunos muebles de metal, todo como arenoso por el polvo de la ciudad. La vista, no obstante, era sobrecogedora. Masas cúbicas de mampostería, amontonadas al azar contra el cielo nocturno, brillaban con luces amarillas como si cien procesiones con antorchas estuvieran ascendiendo cien montes pelados para celebrar la noche de Walpurgis en la cima. Siempre era difícil darse cuenta de que ese esplendor tan ingenioso era el crecimiento fortuito de una ciudad ya demasiado grande para la isla donde nació. Su concepto del Fontainebleau se tornó un poco más bondadoso. Tal vez sí podía ofrecer algo a una muchacha de Oshkosh que esta no encontraría desde las ventanas traseras de la tercera planta de un edificio de arenisca roja.
—¿Doctor Willing?
Le gustó su voz. Tranquila, reservada, con una pronunciación de claridad lapidaria. Se dio la vuelta y vio a una joven casi de su misma estatura, pero tan delgada, con hombros tan estrechos y encorvados que no parecía corpulenta. Llevaba un vestido sencillo, blanco o de algún tono claro que parecía blanco en la oscuridad. Su rostro ovalado y su cabello fino y ondeante eran ambos de color galleta, de distintas intensidades pero casi tan pálidos como el vestido. Lo condujo hasta unas sillas que había alrededor de una mesita baja y se sentaron.
—Empezaré explicándole por qué he venido —dijo Basil—. No me gusta el cariz de las cosas que han estado ocurriendo en Brereton. Gisela ha vuelto allí y temo por ella.
—¿Por ella? —repitió aquella vocecita insulsa—. No veo por qué Gisela ha de tener ningún problema.
Basil empezó a lamentar haber accedido a encontrarse con Faustina en la azotea. Era imposible verla con claridad en esa extraña penumbra artificial. Alta, espigada, con los costados y los hombros rectos, el cutis, el pelo y el vestido blanquecinos, parecía plana e insustancial como una muñeca de papel recortable. E igual de inexpresiva.
—Gisela simpatizó con usted en la escuela —le explicó—. Los chismosos podrían fijar en ella su atención ahora que usted no está. Era su única confidente, ¿no es así?
—Sí, le conté todo lo que había pasado.
—¿Todo?
Si el semblante de Faustina cambiaba de color, si desviaba la mirada, Basil no podía distinguirlo. Estaba sentada muy derecha en aquella luz tan débil, en apariencia serena. La respuesta fue evasiva.
—No hay nada que pueda añadir ahora. —Hasta su voz era la misma: frágil, árida, precisa, un poco pedante—. Doctor Willing, usted es psiquiatra, ¿verdad?
—Sí.
—¿Por eso lo ha enviado Gisela a verme? ¿Cree que eran imaginaciones mías lo de que la gente siempre me observaba? ¿Que soy una neurótica o algo peor?
—Señorita Crayle, seré sincero. Gisela no pensó nada de eso, pero yo sí, cuando me contó su historia.
—¿Y ahora?
—No podría decirlo sin un examen psiquiátrico completo.
—Jamás se ha cuestionado mi salud mental —protestó Faustina—. Y físicamente siempre he estado bien. Tengo una ligera anemia, pero tomo hierro y vitaminas. ¿De verdad cree que es necesario someterme a un examen psiquiátrico?
—Hay otra forma de averiguarlo, una forma más sencilla, si tiene ánimos para ello.
—¿De qué se trata?
—Permítame hablar con la señora Lightfoot en su nombre. Le debe una explicación. Tal vez me cuente algo que no quisiera contarle a usted.
—Ah.
Faustina seguía siendo una imagen borrosa en esa oscuridad onírica, pero ahora la voz la delató. Basil habría entendido que estuviera ofendida o enfadada por la actitud despótica de la señora Lightfoot, pero ¿por qué tenía miedo?
—Gisela me ha dicho que no tiene usted familia. ¿Es correcto?
—Sí. A nadie salvo al señor Watkins. Era el abogado de mi madre. Cuando ella murió, él pasó a ser mi tutor y fideicomisario.
—¿Y no se le ha ocurrido hablarle de este asunto?
—El señor Watkins es un hombre mayor, práctico y concreto. Y no tengo nada concreto que decirle, excepto que me han despedido sin explicaciones. No podía hablar de esto con un hombre así.
—O él o yo deberíamos ir a ver a la señora Lightfoot de su parte.
—Preferiría que fuese usted.
—Será un mal trago, ¿puede afrontarlo ahora? Yo creo que debería, todo su futuro depende de ello.
—Está bien. —Su voz aún sonaba acobardada, pero se había teñido de un matiz de temeridad: la última y desesperada osadía de los tímidos cuando están atrapados—. Lo afrontaré. Ahora.
—Estupendo, pues iré a verla mañana —continuó Basil con brío—. ¿Estará aquí en los próximos días?
—Sí. Quiero recuperarme un poco.
—¿Y luego?
—Si no encuentro otro trabajo, me iré a Nueva Jersey. Mi madre me dejó una casita en la costa, en Brightsea. Puedo pasar el invierno allí.
—Espero que no lo considere una impertinencia, pero ¿y su situación económica?
—La señora Lightfoot me ha pagado seis meses de sueldo y tengo algunos ahorros. Si soy cuidadosa, puedo vivir con ello seis u ocho meses.
—¿Eso es todo?
—Tengo la casa de Brightsea. Y heredaré algunas otras cosas de mi madre cuando cumpla los treinta. Joyas. Casi todo baratijas, supongo, aunque el señor Watkins dice que hay algunas piedras preciosas. Él puede adelantarme dinero si lo necesito antes del próximo otoño. Cumpliré treinta años en octubre.
—¿Tiene idea de por qué no lo heredó todo al mismo tiempo que la casa?
—No es una propiedad muy valiosa, así que mi madre me la dejó entera y fue legalmente mía en cuanto llegué a la mayoría de edad. Pero esas pocas joyas buenas son el único capital que tendré jamás y mamá temía que las vendiera y derrochase el dinero si las heredaba siendo demasiado joven para entender el valor de la seguridad. Verá, ella murió cuando yo tenía siete años. Dejó el dinero justo para que terminase los estudios. En vacaciones, el señor Watkins me enviaba a campamentos de verano y corría él mismo con los gastos porque no estaba casado ni tenía hijos propios y en realidad no sabía qué otra cosa hacer conmigo.
—¿No tenía usted tías ni primos por ninguna de las dos partes?
—No. Lo cierto es que sé muy poco sobre mi familia, doctor Willing. Solo recuerdo a mi madre como una mujer hermosa con el cabello castaño rojizo envuelta en un chaquetón de piel de foca, con guantes blancos de cabritilla y violetas prendidas a los manguitos. Tengo otra imagen suya, toda de blanco con una sombrilla de mango largo, de lino blanco bordado. De mi padre no me acuerdo en absoluto, debió de morir cuando yo era muy pequeña. Me he preguntado muchas veces si no tendría parientes. —Su voz se tornó entonces más melancólica—. Siempre supe que mi madre estaba sola en el mundo, pero me parecía raro que mi padre tampoco tuviese familia. En alguna ocasión llegué a preguntárselo al señor Watkins, pero siempre me ha dicho, muy convencido, que no me queda ningún pariente vivo y que debo hacerme a la idea de estar sola.
—Cuando haya visto a la señora Lightfoot, me gustaría hablar con ese señor Watkins. ¿Cómo puedo localizarlo?
—Tiene un despacho en la esquina de Broad con Wall.
Basil se sorprendió.
—¡No será Septimus Watkins!
Había dado por hecho que el «señor Watkins» era algún picapleitos poco conocido con una oficina diminuta en un callejón. Nada en Faustina sugería que el abogado de su madre fuera uno de los juristas más preclaros de su generación.
—Sí, así se llama. Pero si de verdad quiere verlo en persona, va a tener que madrugar. —Faustina esbozó una sonrisa vacilante, como si sus músculos faciales estuvieran desacostumbrados al gesto—. Tiene un horario de oficina muy peculiar, de seis a siete de la mañana.
—¿De verdad? —Basil estaba convencido de que se equivocaba. Sería sencillo llamar a la secretaria de Watkins para concertar una cita a una hora más razonable si decidía ir a verlo. Entonces se levantó—. Me alegro de que vaya a hacer frente a este asunto.
Faustina lo acompañó al ascensor.
—¿Me llamará en cuanto regrese a Nueva York?
—Por supuesto —asintió él. Luego la observó pensativo—. Me gustaría preguntarle otra cosa. ¿Por qué tomó prestado el primer volumen de las Memorias de Goethe de Gisela? ¿Tenía algún motivo en especial?
—No. Siempre me ha interesado Goethe.
La experiencia en psiquiatría había enseñado a Basil a reconocer a un mentiroso poco avezado, pero no era el momento de descubrirla. Primero debía ganarse su confianza. El hecho de que hubiera soltado esa mentirijilla con tanta torpeza le impresionó. En lo esencial, era honesta. No se la imaginaba como el cerebro de un elaborado engaño ni de una confabulación.
—Doctor Willing… —A Faustina se le ahogó la voz.
—¿Sí?
La joven respiró hondo y lo miró.
—Le diga lo que le diga la señora Lightfoot mañana, por favor, crea en mi buena fe, ¿lo hará?
—Voy allí a representar sus intereses —contestó él muy serio—. ¿Desea contarme algo más antes de que me marche?
La puerta del ascensor se abrió con un ruido metálico. Faustina entrecerró los ojos como si esa luz repentina y deslumbrante le hubiera dado una bofetada. Por primera vez, Basil vio claramente su rostro: una carita estrecha y anémica de expresión afable. Casi diría que inocente, si no hubiera estado tan desfigurada por la duda y la inseguridad.
—No. Ahora no —susurró—. Pero me gustaría verlo lo antes posible cuando vuelva.
—La llamaré mañana por la tarde. ¿No coge este ascensor?
—No, este va directo al vestíbulo y yo me alojo en la dieciséis. Buenas noches y gracias.
Cuando las puertas se abrieron de nuevo en la planta baja, Basil se preguntó qué le habría dicho si el ascensor hubiera tardado unos segundos más en llegar…
A la mañana siguiente, a las nueve y media, le pidió a su secretaria del hospital que llamase al despacho de Septimus Watkins y concertase una cita con el responsable del bufete.
Cuando colgó, la joven lo miró perpleja.
—Su secretario dice que el señor Watkins no concierta visitas.
De mal humor, Basil cogió el teléfono él mismo y repitió la operación. La voz de un hombre contestó cantarina, como si fuese un ritual:
—El señor Watkins no concierta visitas.
—Pero…
—Puede verlo cualquier mañana que lo desee, señor, entre las seis y las siete.
—¿Se trata de una broma? —preguntó Basil indignado—. Ni siquiera sabe quién soy.
—No, señor. —El secretario era tan cortés y distante como un sirviente inglés—. Es una antigua norma de este despacho. El señor Watkins recibe a cualquier persona que lo desee entre las seis y las siete de la mañana, sin cita previa.
Basil colgó irritado y bajó a buscar su coche. Tardó dos horas sin parar de conducir hasta llegar a Brereton. Aminoró la marcha al pasar por el portón de hierro, mientras observaba inquisitivo el edificio y los alrededores. El césped y los macizos de flores estaban tan cuidados como los que rodean una cárcel. La propia escuela era un feo caserón de ladrillo rojo que parecía marrón bajo la lúgubre luz que se filtraba entre las nubes de noviembre.
Cuando llamó al timbre, salió a abrir una doncella vestida con uniforme de cambray azul. Su mirada apagada se avivó ante la inesperada visión de un visitante varón.
—¿Está la señora Lightfoot?
—¿Le está esperando, señor?
—No, pero creo que querrá recibirme si le entrega mi tarjeta.
Los labios de la muchacha se movieron en silencio mientras leía: «Doctor Basil Willing, asesor médico de la Fiscalía de Distrito del Condado de Nueva York ». Por un instante, lo miró con la desvergonzada codicia del cazador de autógrafos nato. Luego recordó su adiestramiento.
—Por favor, señor, pase. Iré a ver si la señora Lightfoot está en las dependencias de la escuela.
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