Читать книгу: «Un amor de juventud»

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Editado por Harlequin Ibérica.

Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Núñez de Balboa, 56

28001 Madrid

© 2019 Heidi Rice

© 2020 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Un amor de juventud n.º 2808 septiembre 2020

Título original: Contracted as His Cinderella Bride

Publicada originalmente por Harlequin Enterprises, Ltd.

Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial. Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.

Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.

® Harlequin, Bianca y logotipo Harlequin son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited.

® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia. Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.

Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited. Todos los derechos están reservados.

I.S.B.N.: 978-84-1348-696-3

Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.

Índice

Créditos

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Epílogo

Si te ha gustado este libro…

Capítulo 1

CALLING Riders cerca de Strand. Voy a la joyería Mallow and Sons a recoger un paquete para llevarlo a Bloomsbury.

Alison Jones se detuvo bruscamente delante de un semáforo en ámbar en Waterloo Bridge mientras aguzaba el oído para tratar de descifrar lo que le decían por radio.

Hacía horas que la fría lluvia le había calado el impermeable. A las seis de la tarde había estado a punto de acabar el trabajo, deseando meterse en una bañera llena de agua caliente y lamerse las heridas provocadas por otra jornada laboral pedaleando por las calles de Soho. Pero, al recibir la llamada, había respondido en su radio:

–Ciclista 524, lista para el reparto.

Aún le quedaban por pagar varias mensualidades del préstamo que había pedido para cubrir el gasto del funeral de su madre. También tenía que pagar el alquiler de su habitación en una casa en Whitechapel que compartía con otros estudiantes de diseño de modas. Además, ya no podía mojarse más de lo que estaba.

–Es un paquete pequeño, un anillo de compromiso –le dijo el repartidor por la radio–. El cliente se llama Dominic LeGrand. La dirección es…

Un escalofrío le recorrió el cuerpo. Apenas prestó atención a la dirección, los recuerdos le inundaron la mente, haciéndola retroceder al verano en el que había cumplido trece años.

Un aroma a hierba y rosas. El calor del sol de Provenza. La voz profunda y paternalista de Pierre LeGrand, tan guapo, tan encantador…

–Llámame papá, Alison –le había dicho Pierre LeGrand.

La sonrisa de su madre, despreocupada, llena de esperanza.

–Esta vez va en serio, Ally. Pierre me ama. Pierre va a cuidar de nosotras –le había dicho su madre.

Alison sintió calor en el bajo vientre al evocar la imagen de Dominic, el hijo de Pierre de dieciséis años, tan real como si hubiera sido ayer, no doce años atrás. Dominic, con labios sensuales y cínica sonrisa, una misteriosa cicatriz sobre su ceja izquierda, un pelo sumamente corto y rubio que lanzaba destellos dorados bajo la luz del sol.

Dominic, un hombre bello, peligroso, fascinante… Un ángel caído, que convirtió en peligroso y emocionante aquel perfecto verano.

–No puedo hacer ese reparto –graznó Ally por la radio recordando la última noche en Provenza.

El rostro de su madre, tan triste y frágil, con un moratón en el pómulo. El olor a espliego y ginebra. La voz de su madre, asustada y ligeramente borracha, diciéndole:

–Ha ocurrido una cosa terrible, cielo. Pierre está muy enfadado conmigo y con Dominic. Tenemos que marcharnos.

Al enterrar a su madre, cuatro años atrás, había dejado de revivir el horror de aquella noche. Al enterrar a su madre, delante de la tumba, había sentido un gran alivio. Por fin, Minica Jones descansaba en paz.

El claxon de un autobús la sacó de su ensimismamiento. No, no podía hacer ese reparto. No quería volver a ver a Dominic LeGrand. Sobre todo, ahora que Dominic ya no era un inquieto chico protagonista de sus sueños de adolescente sino un promotor inmobiliario multimillonario. Un donjuán, a juzgar por el relato que su exnovia, una supermodelo, había vendido a un periódico un año atrás por una cantidad de dinero de seis cifras. El anillo de compromiso debía ser para Mira… algo, según había leído hacía un mes.

–¿Qué? ¿Por qué no quieres hacer el reparto? Acabo de poner tu nombre en el ordenador –le dijo el coordinador–. O lo haces o pierdes el trabajo. Tú eliges.

Ally respiró hondo en un intento por controlar el pánico.

Tenía que hacer ese reparto, no le quedaba otra alternativa. No podía permitirse el lujo de perder el trabajo.

–Está bien, lo haré. Repite la dirección, por favor.

–No va a haber ninguna boda, Mira. No deberías haberte enrollado con Andre, tu profesor de esquí –dijo Dominic LeGrand sin alzar la voz.

No estaba triste ni disgustado, solo furioso. Habían hecho un trato. Y su «prometida» lo había roto.

–Pero…. ya te dije que no había sido nada, Dominic –respondió Mira con los ojos llenos de lágrimas y la voz quebrada.

Dominic no aguantaba más. Esa mujer tenía la madurez emocional de una criatura de dos años.

–Desde el principio de nuestro trato dejé muy claro que esperaba exclusividad. No voy a casarme con una mujer de la que no puedo fiarme.

–No me acosté con Andre, te lo juro –contestó Mira–. Estaba un poco borracha y coqueteé con él, eso fue todo.

Mira se inclinó sobre el escritorio de Dominic, con postura provocativa le enseñó el amplio escote e hizo una mueca con los labios.

–No te voy a mentir, la verdad es que me gusta que estés un poco celoso –añadió ella.

–No estoy celoso, Mira, pero sí estoy enfadado. No has cumplido con lo que habíamos acordado y es posible que eso ponga en riesgo mi negocio respecto a Waterfront –que era la única razón por la que Dominic había pedido a Mira que se casara con él.

El consorcio Jedah era propietario de los terrenos en los que él quería construir, en Brooklyn. El consorcio estaba formado por un grupo de ricos magnates del petróleo del Oriente Medio, todos ellos de ideas muy conservadoras. Se habían mostrado reacios a hacer negocios con él desde el año anterior, desde el artículo publicado en un periódico sobre su relación con Catherine Zalinski. Los miembros del consorcio tenían miedo de entrar en negocios con un hombre que, al parecer, no podía controlar su libido y tampoco a las mujeres con las que se relacionaba.

Un matrimonio, supuestamente, solucionaría el problema. Pero aquella misma tarde se habían publicado fotos de su prometida besando a su profesor de esquí.

–El motivo de este matrimonio era lograr que se dejara de hablar de mi vida privada en público –añadió Dominic, por si ella aún no lo había entendido.

–Pero me dejaste sola durante todo un mes –se quejó Mira con una mueca infantil–. Esperaba que vinieras a Klosters, pero no lo hiciste. Y hace aún más que no nos acostamos juntos. ¿Qué querías que hiciera?

Dominic no había tenido tiempo de ir a Klosters a verla y, en realidad, tampoco había tenido excesivas ganas de hacerlo. El trato con Mira había sido una equivocación. Se había aburrido de ella antes de lo que había imaginado, tanto en la cama como fuera de ella.

–Quería que no pegaras la boca a la de otro hombre y que no te abrieras de piernas.

–Dominic, no digas esas cosas. Haces que me sienta una furcia barata.

–Mira, puedes ser cualquier cosa… menos barata –respondió él con cinismo.

El insulto la hizo ponerse tensa.

–Por favor, márchate. Hemos terminado.

–Eres… eres un bastardo sin corazón.

Al instante de sentir la bofetada de Mira, Dominic se puso en pie y la agarró por la muñeca para evitar que volviera a abofetearle. Fue entonces cuando le asaltó el amargo recuerdo de otra bofetada aquel verano en el que, por fin, su padre le había invitado a formar parte de su mundo, aunque solo hubiera sido para echarle a patadas al cabo de un mes. Y recordó la voz de la chica que le defendió:

–No pegues más a Dominic, papá, le vas a hacer daño.

–Hay gente que se merece que le hagan daño, ma petit –había contestado su padre.

–Tienes razón, Mira, no tengo corazón. También soy un bastardo. Y estoy orgulloso de ello, me da fuerza –declaró Dominic soltando la muñeca de Mira–. Y ahora sal de aquí si no quieres que haga que te arresten por agresión.

–Te odio –dijo Mira con labios temblorosos.

«¿Y qué?», se preguntó Dominic fríamente mientras ella salía apresuradamente de su estudio.

Dominic se acercó al mueble bar, se secó una gota de sangre de la comisura de la boca y se sirvió un whisky escocés.

Solo disponía de una semana para encontrar a otra mujer con la que casarse y así poder expandir su negocio. Un negocio que había construido de la nada después de salir de la casa de su padre aquel verano con costillas rotas y marcas de correazos en la espalda.

Había hecho autostop, un conductor de camiones se había apiadado de él y le había llevado hasta París. Durante el trayecto, se había jurado a sí mismo que jamás volvería a hablar ni a ver a su padre, y también que le demostraría a él y a todos los que le habían menospreciado lo equivocados que estaban.

Encontraría otra esposa. Con un poco de suerte, una que le obedeciera y mantuviera las piernas cerradas. Pero esa noche iba a celebrar su buena suerte. ¡De menuda se había librado!

Capítulo 2

APÁRTATE de mi camino, imbécil –dijo una mujer, empujándola.

Ally, aún montada en la bicicleta, se raspó la pierna con el pedal y estuvo a punto de caerse mientras la mujer pasaba de largo y se metía en un deportivo rojo.

Ally se bajó de la bicicleta. ¿No era esa Mira… algo? ¿La destinataria del anillo que estaba a punto de entregar?

La mujer parecía furiosa. ¿Problemas en el paraíso?

«Eso no es asunto tuyo», se dijo a sí misma.

Empujando la bicicleta, se acercó a la parte posterior de la mansión, en un extremo de una plazoleta. Respiró hondo, apoyó la bicicleta contra el muro de la casa y llamó al timbre.

«Él no va a abrir la puerta, lo hará alguno de sus empleados. Tranquilízate de una vez».

La lluvia había alcanzado proporciones de Monzón. Estaba calada hasta los huesos. Para colmo de males, le dolía enormemente la herida que se había hecho en la pierna con el pedal de la bicicleta.

Se apartó ligeramente de la puerta y vio que solo había luz en una de las ventanas, en el primer piso. Tragó saliva y volvió a llamar al timbre. Vio la silueta de un hombre en la ventana, un hombre alto y de hombros anchos.

«No es él, no es él, no es él», se repitió a sí misma mientras oía pisadas acercándose a la puerta.

Se pegó al pecho la bolsa de repartir. Lo que debía hacer era sacar la caja con el anillo para así entregarla tan pronto como se abriera la puerta.

Mientras intentaba abrir los cierres mojados de la bolsa, se encendió una luz en el vestíbulo y, a los pocos segundos vio una silueta a través de los paneles de cristal esmerilados de la puerta de la entrada.

–Bonsoir –dijo él al abrir.

Esa voz pronunciando una palabra en francés le acarició la piel y la hizo temblar de pies a cabeza. ¿Cómo era posible que aún le afectara de esa manera? Ahora era una mujer adulta, no una adolescente en medio de la pubertad.

–Entre si no quiere ahogarse –murmuró él haciéndose a un lado para permitirle el paso.

Dominic siempre había sido guapo, pero la madurez había transformado sus hermosos rasgos adolescentes en un atractivo de una intensidad devastadora.

Sus cabellos rubio dorado habían oscurecido hasta adquirir un color castaño con mechas doradas, y lo llevaba lo suficientemente largo como para que las puntas se le rizaran a la altura del cuello de la camisa. Esos ojos castaño oscuro seguían igual de serios que siempre, ella nunca le había visto reír.

Mientras devoraba los cambios en él, se dio cuenta de hasta qué punto había aumentado el cansancio de la expresión de sus ojos y cómo se había marcado la crueldad de la cínica curva de esos labios sensuales.

El temblor de su cuerpo alcanzó proporciones sísmicas.

–Vite, garçon, antes de que nos ahoguemos los dos –le ordenó él, haciéndola darse cuenta de que se le había quedado mirando.

Con un esfuerzo, Ally pasó al vestíbulo.

«Dale el anillo y esta pesadilla acabará».

Bajó la cabeza para hurgar en la bolsa de reparto y deseó no haberse quitado el casco; por suerte, él no parecía haberla mirado, porque la había llamado chico.

El ruido de las gotas de agua cayendo en el suelo del vestíbulo le resultó ensordecedor.

–Ah, eres una chica –murmuró él después de cerrar la puerta.

–Soy una mujer –le corrigió ella–. ¿Es eso un problema?

–No –casi jadeó al verle esbozar esa sonrisa ladeada que tan bien recordaba–. Tu cara me resulta familiar.

–No –negó Ally presa del pánico.

«Por favor, que no me reconozca. Eso solo empeoraría las cosas».

Precipitadamente, Ally consiguió sacar la pequeña caja de la bolsa y se la dio. Desgraciadamente, sus dedos entraron en contacto con los de Dominic y fue como si una corriente eléctrica le subiera por el brazo.

–Estás temblando. Quédate hasta que te seques un poco –dijo él, más como una orden que como una sugerencia.

–No, gracias, estoy bien. Y ahora, por favor, firme aquí –dijo Ally, ofreciéndole la pequeña maquina digital.

Dominic agarró la máquina y, al hacerlo, volvió a rozarle los dedos.

–Estás helada –dijo él en tono de enfado e impaciente–. Deberías quedarte aquí hasta que pase la tormenta.

Dominic firmó, le devolvió la máquina y añadió:

–Es lo menos que puedo ofrecerte después de haberte hecho venir con este tiempo para nada.

–¿Para nada? ¿Y eso? –nada más hacer esas preguntas, Ally deseó haberse mordido la lengua.

«Cállate, Ally. ¿Por qué le has preguntado eso?»

El corazón le golpeaba las costillas con fuerza, le sorprendía no haberse desmayado. Pero más aún le sorprendió la respuesta de él.

–Para nada porque he roto mi compromiso matrimonial hace diez minutos.

Ahora comprendía la cólera de la tal Mira. Dominic la había dejado.

Dominic abrió el paquete, sacó la pequeña caja de terciopelo y la abrió.

A Ally le dio un vuelco el corazón. Era un sencillo, pero exquisito anillo, de oro y platino.

Era el anillo que su madre le había dicho que el padre de Dominic le había ofrecido aquel verano. Un sueño que había muerto la terrible noche que Pierre LeGrand las había echado de su casa, una pérdida que había torturado a su madre el resto de sus días.

–Pierre ha sido el único hombre que me ha querido de verdad y yo lo he estropeado todo, cielo –le había confesado su madre, culpándose de lo ocurrido. Pero… ¿qué era lo que había hecho para encolerizar a Pierre hasta ese punto?

Dominic cerró la caja de terciopelo ruidosamente y Ally volvió al presente.

–Lo siento –murmuró ella.

–No lo sientas –contestó él–. Este noviazgo ha sido un error. Y las ochenta mil libras que he pagado por el anillo digamos que es un daño colateral.

Ally guardó el aparato digital en la bolsa con manos temblorosas. No podía controlar las emociones que la embargaban.

–En fin, será mejor que me vaya y siga con mi trabajo –dijo Ally.

Quería irse. Quería olvidar. Los recuerdos eran demasiado dolorosos.

–Vamos, pasa y tómate una copa, necesitas entrar en calor –le ordenó él.

¿Estaba flirteando con ella? No era posible. Ese hombre salía con supermodelos y ricas herederas, mujeres con estilo y sex appeal, algo que ella nunca poseería.

–Y, además, hay que curarte esa herida –añadió Dominic.

–¿Qué?

–La pierna –los ojos oscuros de Dominic se clavaron en su pierna–. Te está sangrando.

Ally bajó la mirada. Las mallas se le habían desgarrado y la pantorrilla le sangraba. Todo ello debido a su altercado con la novia, la exnovia, de Dominic.

–No es nada. Tengo que irme.

Pero al volverse para marcharse, las palabras de Dominic la detuvieron.

–Arrêtes. Claro que es algo, estás sangrando. Se te puede infectar. No vas a salir de aquí hasta que esa herida esté limpia.

La emoción que la embargó estuvo a punto de ahogarla. No podía permanecer allí, no podía aceptar la brusca e imperativa amabilidad de él.

–Tengo que hacer otro reparto –añadió ella con premura–. No puedo quedarme.

–Si es por dinero, pagaré por tu tiempo. No quiero que me remuerda la conciencia por no prestar atención a una mensajera herida.

Dominic estaba demasiado cerca. El pulso se le aceleró. Y entonces, inesperadamente, Dominic le puso un dedo bajo la barbilla y se la alzó.

–Eh, un momento… Yo te conozco –Dominic empequeñeció los ojos mientras la miraba fijamente. La intensidad de esa mirada la hizo temblar de pies a cabeza.

Ally fue a ponerse el casco para evitar que él la reconociera, pero ya era demasiado tarde.

–¿Monique? –murmuró él.

–No, yo no soy Monica. Monica está muerta. Soy su hija.

–¿Allycat? –Dominic parecía igual de confuso que como se sentía ella.

Allycat.

El apodo se abrió paso en su memoria. El apodo que él le había puesto todos esos años atrás. Un apodo del que, por aquel entonces, se había sentido orgullosa.

De súbito, inesperadamente, la adrenalina que la había mantenido hasta ese momento la abandonó y solo sintió vergüenza y angustia. Y un sofoco inapropiado.

Ally respiró hondo varias veces en una lucha por contener un sollozo.

–Respira, respira, Allycat –murmuró Dominic.

Ally se llenó los pulmones de aire y, con ello, una buena dosis del aroma de él, una mezcla de especias, pino y jabón.

–¿Mal día?

–De lo peor –contestó Ally, aún haciendo un ímprobo esfuerzo para no echarse a llorar.

«¿Por qué estás tan disgustada? Dar pena a Dominic LeGrand no es lo peor que puede pasarte».

–Te entiendo perfectamente –dijo él con una irónica sonrisa, lo que le hizo mucho más atractivo y totalmente inalcanzable.

Ally forzó una sonrisa y agarró con fuerza el casco.

–Ha sido un placer volverte a ver, Dominic. Y ahora… en fin, tengo que marcharme ya.

Pero cuando echó a andar hacia la puerta, Dominic le salió al paso.

–No te vayas, Allycat. Vamos, quédate un rato. Así te secarás y te curaremos esa herida.

Ally alzó la cabeza y lo miró a los ojos. Y lo que vio en ellos no fue pena ni impaciencia, sino una intensidad pragmática, como si Dominic estuviera tratando de penetrarle el alma. Y vio otra cosa, algo que no pudo interpretar ni comprender, porque parecía… deseo. Pero no, eso no podía ser.

–No puedo quedarme –repitió ella con voz temblorosa.

–Sí, claro que puedes. Y como he dicho, pagaré por tu tiempo.

–No, no es necesario que lo hagas. Además, estoy agotada. Voy a agarrar la bicicleta y me voy a ir directamente a casa.

Tenía que marcharse inmediatamente si quería evitar sucumbir al deseo de quedarse y de que Dominic la cuidara.

«¡Vaya, quién habría imaginado que la tímida y protegida hija de Monique iba a convertirse en una mujer extraordinaria y tan valiente como Juana de Arco!»

–Entonces, ¿ya no tienes que hacer más repartos esta noche? –preguntó Dominic.

La chica frunció el ceño. Pero, a pesar de saber que la habían pillado mintiendo, lo miró directamente a los ojos.

–No, ya no tengo más repartos. Te he mentido.

Dominic lanzó una queda carcajada.

–Touché, Allycat.

Dominic paseó la mirada por el juvenil y delgado cuerpo de ella que vibraba por la tensión. Los altos y firmes pechos, que el empapado tejido del impermeable dejaba ver, se agitaban al ritmo de la entrecortada respiración de ella. Llevaba el cabello, castaño y ondulado, recogido en una corta cola de caballo. Ally tenía el cutis muy pálido, casi transparente, y profundas ojeras. Eso, unido a la mancha de aceite en la barbilla, debería conferirle un aspecto desastroso. Sin embargo, parecía la doncella de Orleans, apasionada y decidida.

Y, por ello, hermosa.

No muy diferente a su madre, según lo que podía recordar de ella.

Monica Jones había sido la amante de su padre durante ese corto verano en el que su padre le había admitido en su casa. Pero la verdad era que era la hija de Monica, la chica que tenía delante, de quien se acordaba con mayor claridad.

Una niña aquel verano, quizá diez u once años, que le había seguido a todas partes como un perrillo faldero. Y le había defendido durante el altercado con su padre. Le había plantado cara a aquel sinvergüenza y, por ello, él había sentido una extraña conexión con la chica. Y, al parecer, esa conexión no había muerto. No del todo.

Aunque se había transformado en algo mucho más potente, a juzgar por la descarga eléctrica que le había corrido por el brazo al tocarla.

Era deslumbrante a la vez que natural. El súbito deseo de agarrarle el rostro y besarla le tomó por sorpresa.

¿Por qué la deseaba, teniendo en cuenta que carecía de toda sofisticación? ¿Qué más le daba a él que ella tuviera frío, que estuviera mojada y que tuviera una herida en la pantorrilla? No era asunto suyo.

Quizá se debiera a la sorpresa de volver a verla y a los recuerdos que había evocado.

–Cuando te hayas secado y hayamos curado tu herida pediré un taxi para que te lleve a tu casa, a ti y a tu bicicleta –de ninguna manera iba a permitir que fuera en bicicleta hasta su casa esa noche, en medio de una tormenta que más bien parecía un huracán.

La vio temblar y después notó el pequeño charco a los pies de ella.

–Hay un baño en el primer piso. Sécate. En el mueble, hay ropa seca, ponte lo que quieras. Entretanto yo iré a por el botiquín, después me reuniré contigo ahí.

El rostro de ella enrojeció. Se la veía cansada y tensa, parecía un gatito asustado.

–No tienes por qué molestarte –dijo ella.

–Lo sé –respondió Dominic–. Venga, sube ya, antes de que me inundes el vestíbulo.

Capítulo 3

POR FIN he averiguado dónde tenía escondido el botiquín mi ama de llaves –anunció el anfitrión de Ally nada más entrar en el amplio estudio del primer piso, y dejó el botiquín encima de la mesa de caoba.

Ally se tragó el nudo de la garganta producido por la angustia. ¿Cómo conseguía Dominic absorber todo el oxígeno de una estancia al entrar en ella? En fin, al menos ya había entrado en calor, estaba seca y limpia. Desgraciadamente, el enorme chándal que había encontrado en la habitación de invitados, contigua al estudio, olía a él. Se lo había puesto después de darse una ducha increíblemente rápida en el baño de la habitación.

Ahora que iba descalza, Dominic aún le parecía más alto. Los pantalones de traje y la camisa blanca de confección impecable acentuaban el buen tono muscular y la esbeltez de su cuerpo.

–Ya veo que has encontrado algo de ropa –dijo Dominic mirándola con intensidad.

–Sí, gracias –respondió ella con nerviosismo.

–¿Te sangra aún la herida de la pierna?

–Creo que no. Me he limpiado la herida con la ducha. Creo que está bien.

–Vamos a ver –Dominic le indicó un sillón en un rincón del estudio–. Siéntate para que eche un ojo a esa herida.

A Ally se le erizó la piel. Pensó en negarse, pero vio que Dominic no iba a aceptar un no por respuesta. Entonces, atravesó la estancia, intentando no cojear, y se sentó en el sillón. Cuanto antes acabaran con eso antes podría volver a respirar con normalidad.

Se quedó perpleja al ver que Dominic se arrodillaba delante de ella. Se agarró con fuerza a los brazos del sillón cuando él abrió el botiquín y comenzó a hurgar dentro.

¿Cómo era posible que se encontrara en esa situación? ¿Cómo era posible que estuviera jugando a los médicos con Dominic LeGrand, en su mansión, en la intimidad de su estudio, vestida con un chándal de él y prácticamente nada más?

Sintió una intensa comezón en la entrepierna.

¿Por qué se avergonzaba de su reacción? Los dos eran adultos. Dominic siempre la había cautivado, incluso de jovencito, y ahora era un reconocido donjuán. Lo que ocurría era que encontraba a Dominic abrumador; sobre todo, teniendo en cuenta la poca experiencia que ella tenía con los hombres.

Entre cuidar a su madre, encargarse del sostén de la familia y los estudios, no había tenido tiempo ni oportunidades para nada más. De hecho, seguía siendo virgen. Eso explicaba por qué la exagerada reacción de ella ante una persona tan arrolladora como Dominic.

Tras esa explicación de por qué Dominic la atraía tanto, se lo quedó mirando mientras él dejaba encima de una mesa baja unas gasas y toallitas desinfectantes.

A pesar de estar arrodillado, su cabeza estaba casi al mismo nivel que la de ella. La luz de la lámpara alumbraba los mechones dorados de él. También se fijó en la cicatriz y se preguntó cómo se la habría hecho.

Cuando Dominic le agarró un pie, ella dio un respingo en el asiento. Sintió un profundo calor en el sexo cuando los callosos dedos de Dominic le rodearon el tobillo.

–¿Te duele? –preguntó Dominic clavando sus ojos color chocolate en los de ella.

–No, es solo… –«ningún hombre me ha tocado ahí nunca. Increíble que un tobillo pueda ser una zona erógena».

–Bien –Dominic frunció el ceño, pero no insistió–. Si te hago daño, dímelo.

Ally asintió, el cuerpo entero le vibró cuando Dominic le subió la pernera del pantalón hasta por encima de la rodilla.

–Una herida fea –murmuró él mientras agarraba una de las toallitas desinfectantes–. ¿Cómo te la has hecho?

–Me crucé con tu novia cuando ella salía de tu casa.

–¿Mira te ha hecho esto? –dijo él sin disimular una repentina cólera.

Ally asintió, a pesar de que se arrepentía de habérselo dicho.

¿Para qué sacar el tema de la ruptura del noviazgo de Dominic? Al contárselo, se había mostrado pragmático, pero podía haberle restado importancia falsamente. Igual que había fingido no dar importancia a que su padre, años atrás, se hubiera referido a él como a su «hijo bastardo» durante una cena, sentados a la mesa; o igual que la falsa sonrisa de él al recibir una bofetada de Pierre, y ella tratando de defenderle.

–Hay gente que se merece que le hagan daño, ma petit –la respuesta del padre de Dominic todavía la turbaba.

Nadie se merecía eso y mucho menos Dominic, que aquel verano le había parecido un alma perdida, con secretos que se había negado a compartir.

¿Y si realmente le dolía haber roto con Mira? ¿Y si su enfado era una forma de disimular, de ocultar su sufrimiento?

–Perdona, no era mi intención disgustarte.

–¿Disgustarme? ¿Qué has hecho tú para disgustarme?

–He mencionado tu ruptura, te la he recordado. Ha debido ser terrible para ti romper tu noviazgo.

–Alison –dijo él con una nota de condescendencia en la voz–. En primer lugar, no me has causado ningún disgusto. Quien me ha sacado de mis casillas es ella con su comportamiento de insufrible niña mimada. Te ha hecho una herida…

–Ha debido ser un accidente –lo interrumpió Ally, enternecida por la preocupación que mostraba Dominic.

–Conociendo a Mira, lo dudo mucho –dijo él–. Y, en segundo lugar, la ruptura no me ha causado ningún disgusto. Ese noviazgo ha sido un error y habría sido mucho peor si me hubiera casado con ella.

–Pero… has debido estar enamorado de ella en algún momento, ¿no?

–¿Eso crees? –dijo Dominic con una cínica sonrisa–. ¿Por qué piensas que he debido estar enamorado?

–Porque… porque ibas a casarte con ella –¿no era evidente?

Dominic ladeó la cabeza y se la quedó mirando.

–Ya veo que eres igual de romántica que cuando tenías diez años –declaró Dominic con un claro paternalismo.

–No tenía diez años cuando nos conocimos, tenía trece –le corrigió ella.

–¿En serio? –Dominic empleó un tono burlón–. Ah, tan mayor.

Ally, sumamente incómoda, cambió de postura en el asiento. Ya no era una niña, tenía veinticinco años. Y aunque su experiencia sexual fuera muy limitada, lo compensaba con creces lo mucho que le había tocado vivir.

–Puede que fuera romántica entonces, pero ya no lo soy –declaró Ally.

–En ese caso, ¿por qué creías que yo tenía que estar enamorado de Mira? –preguntó Dominic como si eso fuera lo más ridículo del mundo.

–Quizá porque tenías pensado pasar el resto de la vida con ella –respondió Ally sarcásticamente.

–Nuestra relación no era una relación amorosa –dijo Dominic en tono pragmático mientras seguía tratándole la herida–. Necesitaba casarme, tener esposa, para asegurarme un buen negocio, y Mira cumplía los requisitos necesarios. Al menos, eso era lo que pensaba yo. Pero aunque no me hubiera dado cuenta a tiempo del error que estaba a punto de cometer, se suponía que nuestro matrimonio no iba a durar más de unos cuantos meses.

–¿Era un matrimonio con fecha de caducidad? –preguntó ella, atónita por el cinismo de Dominic.

–Puede que me equivocara al proponerle a Mira que se casara conmigo, pero no soy tan imbécil como para atarme a ella durante el resto de mi vida… ni a ninguna otra mujer –concluyó Dominic.

–Entiendo –dijo Ally, aunque no lo entendía.

De repente, se acordó del día en que había sorprendido a Dominic fumando en uno de los jardines del castillo de su padre, después de que este se hubiera estado metiendo con él durante el almuerzo y de que le hubiera llamado algo, en francés, que ella no había entendido pero que se había tratado de algo malo.

–No deberías fumar, es malo para la salud. Papá se va a enfadar contigo –le había dicho ella.

–Ve y chívate si quieres, Allycat. A él le va a dar igual.

Entonces había sonreído de la misma manera que estaba sonriendo ahora, pero entonces ella había notado tristeza en su mirada y se había dado cuenta de que el insulto le había dolido más de lo que aparentaba. Sin embargo, ahora no veía tristeza en los ojos de Dominic, solo humor por la ingenuidad de ella.

Dominic acabó de vendarle la herida.

–Bueno, ya está –anunció él pasándole una mano por la pierna, y ella tembló–. ¿Qué tal?

–Bien –respondió ella, y se sonrojó cuando Dominic lanzó una ronca carcajada. ¿Se había dado cuenta Dominic de que no estaba pensando solo en su pierna?

Una sonrisa sensual curvó los labios de él.

Sí, lo sabía.

Dominic apoyó ambas manos en los brazos del sillón para incorporarse, encajonándola durante unos segundos.

El corazón le latía con una fuerza vertiginosa, igual que otras partes de su cuerpo, cuando él le ofreció una mano.

–Vamos a ver qué tal andas –dijo Dominic.

Cruzaron la estancia para ver qué tal andaba.

–¿Sigues bien? –preguntó Dominic sonriendo.

–Sí, todo bien –respondió ella, devolviéndole la sonrisa.

–¿Te apetece una copa? –Dominic le soltó la mano para acercarse al mueble bar que tenía entre las estanterías.

–¿Has dicho en serio eso de pedirme un coche para que me lleve a casa? –preguntó ella, porque no quería beber y después ir hasta el East End de Londres en bicicleta.

–Por supuesto.

–En ese caso, me encantaría tomar una copa. Gracias.

–¿Qué te apetece? Tengo whisky, ginebra, brandy… –Dominic abrió la puerta del mueble bar y añadió–: ¿Una copa de Merlot? ¿Un refrescante Chablis?

–Cómo se nota que eres francés –bromeó ella.

–Cést vrai. Soy francés. Me tomo el vino muy en serio –declaró Dominic enfatizando su acento francés, y la hizo sonreír.

–El Merlot suena bien –contestó Ally.

Dominic sirvió una copa de vino y le rozó los dedos al dársela. El brazo volvió a picarle, pero esta vez ni la asustó ni se avergonzó de ello. Estaba excitada.

–¿Bon? –preguntó Dominic.

–Muy bueno.

Dominic apoyó la cadera en el mueble bar y se cruzó de brazos, y Ally pudo ver la contracción de sus pectorales a través del tejido de la camisa blanca de lino.

–¿Tú no bebes? –preguntó Ally.

–Ya me he tomado un whisky esta noche. Además, quiero mantener la cabeza despejada.

–¡Ah!

Quería preguntarle por qué sentía la necesidad de mantener la cabeza despejada, pero la sensual sonrisa de Dominic se lo impidió.

Se distrajo con la sorprendente belleza del rostro de Dominic, sumamente viril. Tomó otro sorbo de vino y dejó que el calor del alcohol se extendiera por su torso. Aquello era mucho mejor que pedalear hasta Whitechapel en medio de un chaparrón.

–¿Te gusta la vista? –preguntó él con voz profunda y en tono burlón.

Ally parpadeó, cegada por el ardor de esa sonrisa. Momentáneamente.

Las mejillas le ardieron.

«Por favor, Ally, deja de mirarlo y di algo, cualquier cosa».

–¿De qué negocio se trata? –preguntó ella.

–¿Negocio? –Dominic arqueó las cejas.

–Sí, el negocio por el que estabas dispuesto a casarte sin amor.

–Un negocio sumamente importante para mí –contestó Dominic–. Hay un extenso terreno urbanizable frente al paseo marítimo de Brooklyn, el único de esas características en los cinco distritos. Quiero hacerme con él y construir; principalmente, casas. Por desgracia, es propiedad de un grupo de hombres que se niegan a entrar en tratos con alguien que consideran… Cómo lo diría… ¿de dudosa moral? Durante la primera etapa del proyecto sobre todo, mi vida privada debe dar la impresión de ser sólida y estable. Tenía pensado divorciarme una vez que lo tuviera todo bajo control.

–Así que ibas a casarte por dinero, ¿no?

–El dinero es importante, como debes saber muy bien –dijo Dominic, y ella se ruborizó–. Pero no, no se trata solo de dinero. Quiero ampliar mi negocio, dar un salto cualitativo. Este proyecto serviría para lograr que LeGrand Nationale dominara el mercado del desarrollo inmobiliario en Estados Unidos.

No, no era solo una cuestión de dinero, sino también de prestigio. ¿Tan sorprendente era que eso fuese tan importante para Dominic, cuando había tenido que demostrar su valía desde muy joven? No podía echarle en cara su ambición, a pesar de que su cinismo la entristecía.

–Bueno, dejemos de hablar de mis negocios –murmuró él descruzando los brazos y acercándose a ella. Al llegar a su lado, le acarició la mejilla con la yema de un dedo, y un intenso calor se agolpó en su entrepierna–. Háblame de ti. ¿Cómo es que estás de mensajera en una bicicleta? ¿Tan mal te ha ido en la vida, Allycat?

El apodo de antaño le inflamó los sentidos, pero la atención que él le estaba prestando era aún más potente. Debía tener cuidado, aquello era solo una conversación, nada más.

–No muy mal –mintió ella–. Trabajo de repartidora porque se paga bien y puedo compaginarlo con los estudios. Yo… estoy estudiando en la universidad.

–Así que eres lista además de bonita –Dominic le pasó el dedo pulgar por los labios y ella, instintivamente, abrió la boca y suspiró.

–Si te pidiera permiso para besarte, Alison, ¿qué responderías?

Ally asintió sin pensar.

Besar a Dominic no era una buena idea, pero Ally era incapaz de controlar la euforia que le corría por las venas. La idea de que Dominic la deseara era aún algo más tóxico que su aroma o el hecho de que le estuviera acariciando el cuello.

–Debes responder en voz alta.

–Sí.

«Por favor».

–Merci –el ronco agradecimiento le provocó nudos en el estómago.

Se dio en la pared con las nalgas cuando él la empujó. Entonces, Dominic deslizó la mano por debajo de la camisa del chándal antes de cubrirle los labios con los suyos. Un gemido escapó de su garganta y Dominic le penetró la boca con la lengua.

Se la acarició con maestría, con exigencia, al tiempo que deslizaba una mano por debajo de la cinturilla de los pantalones y le cubría una nalga.

–¿No llevas bragas? –preguntó Dominic con las pupilas visiblemente dilatadas.

–Estaban… estaban mojadas –respondió ella con voz ahogada.

–Voy a tener que castigarte por eso, Alison –murmuró Dominic en tono burlón, pero apasionado al mismo tiempo.

Un profundo deseo se apoderó de ella.

–Quiero verte, ¿dáccord?

Ally volvió a asentir, había perdido el habla.

Dominic le alzó la camisa del chándal y se la sacó por la cabeza. Ella tembló mientras él paseaba la mirada por el húmedo sujetador deportivo que llevaba puesto.

–Très belle.

Dominic le agarró ambas muñecas, le alzó los brazos y se los pegó a la pared. Los pechos de ella, alzados, pidieron atención mientras su respiración se tornaba más y más trabajosa.

Dominic le cubrió un pecho con la mano libre y lo sacó de la copa del sujetador.

–Magnifique… –murmuró él antes de bajar la cabeza para chupar y mordisquear el pezón.

Ally no podía dejar de temblar y gemir. Era demasiado y, a la vez, no suficiente. Sentía el miembro erecto de él, preso dentro de los pantalones, en el vientre; pero quería sentirlo dentro de ella.

Dominic levantó la cabeza, le desabrochó el sujetador, liberó el otro pezón y continuó la tortura.

Ally se agitaba y suplicaba cuando Dominic, por fin, volvió a cubrirle la boca con la suya. La enorme erección entre sus muslos, sus pechos desnudos pegados al torso de él. El miembro de Dominic encontró ese punto en su entrepierna, lo frotó y oleadas de placer la sacudieron.

El orgasmo le sobrevino rápida e intensamente, y fue incapaz de controlarlo. Arqueó el cuerpo mientras parecía estallarle en mil pedazos.

Apenas podía respirar cuando Dominic, con voz áspera, le dijo al oído.

–Dieu, ¿has tenido un orgasmo, Alison?

Al abrir los ojos, Ally le encontró mirándola con un deseo tan fiero que le resultó aterrador y liberador simultáneamente.

Dominic no parecía demasiado contento. De hecho, daba la impresión de estar perplejo. ¿Había hecho ella algo malo?

–Sí… –respondió Ally–. Yo… lo siento, no he podido contenerme. ¿Debería haberlo hecho?

Dominic, sorprendiéndola, echó la cabeza hacia atrás y echó a reír.

–Creo que debería irme ya –murmuró ella, confusa y avergonzada.

Pero Dominic no la soltó y dejó de reír.

–No, de ninguna manera. Acabamos de empezar, a pesar de que te hayas adelantado.

–He dicho que lo sentía… –con un beso, Dominic acalló su protesta. Fue un beso exigente y posesivo.

–No tienes de qué disculparte –declaró él–. ¿Tienes idea de lo adorable que eres?

Dominic había hablado en voz baja, pero con una sinceridad que le llegó al corazón. Entonces, él le puso una mano en el rostro y la miró con gesto de aprobación.

¿Qué estaba pasando? Aquello le parecía demasiado íntimo, demasiado emocional. Era más que sexo.

–Por favor, Dominic… –comenzó a decir Ally.

–Sssss –Dominic le acarició el hombro y ella se estremeció de placer–. Me gustaría acostarme contigo, Alison. ¿Qué te parece?

–A mí… a mí también me gustaría.

«Muchísimo».

–Bien.

Dominic le dedicó una maliciosa sonrisa. Después, le soltó los brazos, le quitó el sujetador y la dejó plantada delante de él desnuda de cintura para arriba.

–Très, très belle –murmuró él con voz espesa, cargada de deseo–. No sabía que mis pantalones de chándal pudieran sentar tan bien.

Ally cruzó los brazos para cubrirse los pechos, brutalmente consciente de lo desnuda que estaba, y más si se comparaba con él.

Entonces, Dominic la levantó en sus brazos.

Ally le rodeó el cuello mientras él la llevaba a la habitación de invitados. Era una habitación lujosa con una cama grande y algunas antigüedades. Dominic cerró la puerta del estudio, así que la única luz que iluminaba la estancia era la del cuarto de baño, que tenía la puerta abierta, y la luz que entraba por la ventana del mirador.

Dominic la dejó en la cama y el pulso se le aceleró cuando él comenzó a desabrocharse la camisa y a desnudarse.

La luz de la luna le bañaba la piel bronceada y los músculos de su torso. Era un cuerpo magnífico. Se quedó sin respiración mientras contemplaba el oscuro vello que rodeaba las aureolas de Dominic para luego bajarle como un reguero y desaparecer bajo la cinturilla. Se le secó la garganta cuando Dominic se abrió la cremallera de los pantalones y se quitó los zapatos.

El erecto miembro saltó cuando se bajó los calzoncillos.

Sus miradas se encontraron. A Ally le pareció milagroso no desmayarse cuando Dominic se tumbó en la cama.

–Quítate esos pantalones, ma belle –dijo él.

Ally se bajó los pantalones del chándal y los tiró al suelo. Dominic se colocó encima de ella y Ally lanzó un quedo grito.

Sus cuerpos desnudos estaban en contacto. Los dedos de Dominic electrificaron todas sus terminaciones nerviosas mientras colocaba su miembro en el sexo de ella.

–Estás completamente mojada, ma belle –dijo él con ardor–. Dime qué es lo que te gusta.

«No lo sé».

Ally se tragó la respuesta. No sabía cómo contestar a esa pregunta. Dominic era el primer hombre que la veía desnuda, el único que la había tocado, que la había acariciado…

Arqueó las caderas y gimió cuando él volvió a acariciarle el clítoris con el pulgar.

–¿Te gusta esto? –preguntó él, pero ahora sin tocarla.

–Sí, sí… más, por favor… –no le importaba que Dominic notara su desesperación. Quería volver a sentir ese glorioso alivio.

–¿Puedo tocarte yo también? –preguntó ella.

El profundo gruñido que él emitió junto a su garganta fue una bendición.

–Oui.

Ally le acarició el pecho y sintió la contracción de los pectorales. Le sintió temblar de pies a cabeza al rodearle el miembro. Sintió pánico momentáneamente al sopesar el tamaño y dureza del pene de Dominic. ¿Sería posible que eso tan grande y duro le cupiera dentro?

Pero cuando el dedo pulgar de Dominic volvió a acariciarle el clítoris todo pensamiento la abandonó.

Ally le acarició mientras él también la acariciaba. Pero mientras que las caricias de Dominic eran firmes y seguras, las suyas eran tímidas e indecisas. No obstante, le produjo un inmenso placer el estremecimiento de él cuando le tocó la punta del pene. Podía sentir el ardor de él, igual que el suyo. Separó las piernas y alzó las caderas, incapaz de controlar el deseo. Dominic le introdujo un dedo y ella casi enloqueció.

–Estás muy estrecha. Hace bastante que no haces el amor, ¿verdad? –preguntó él.

Ally asintió, ¿qué otra cosa podía hacer? Nunca había sentido semejante placer.

–Vamos, córrete, ma chérie –dijo Dominic.

Y, sin más, Ally alcanzó el clímax. Lanzó un ronco grito y una gloriosa sensación la envolvió. Pero cuando flexionó los dedos se dio cuenta de que aún tenía agarrado el rígido y duro miembro de él.

Dominic abrió un cajón de la mesilla de noche, sacó un sobre y lo abrió. Entonces, le apartó la mano de su erección.

–Ya no aguanto más –murmuró él con urgencia.

Dominic se puso el preservativo y entonces la penetró. Ally sintió un agudo dolor y ahogó un grito.

–¡Merde! –Dominic se detuvo.

Ally se mordió el labio para no gritar. El intenso placer que había sentido se tornó en dolor, pero lo peor fue la expresión horrorizada que vio en el rostro de Dominic.

Se había dado cuenta.

Ally se movió en un intento por acomodar mejor el miembro de Dominic dentro de ella, albergaba la esperanza de recuperar el deseo que había desaparecido de súbito.

–No te muevas –gruñó él–. No quiero hacerte aún más daño.

–No te preocupes, no me duele.

–No mientas. Es la primera vez, ¿verdad?

Ally quería mentir, no quería ver la expresión de culpabilidad de él. Pero no podía hacerlo, era demasiado evidente.

–Sí, pero no tiene importancia –respondió ella en un susurro.

–Será mejor que salga de dentro de ti.

–No, no, por favor –Ally lo agarró por los hombros–. No pares. No quiero que pares.

El dolor había disminuido y la llama del deseo empezaba a arder de nuevo.

–Maldita sea, Alison, no sabes lo que me pides. No estoy seguro de poder tener el cuidado necesario.

–No quiero que tengas cuidado, Dominic. Lo único que necesito es que me trates como a una mujer.

«Trátame como si fuera tu mujer».

Esa idea estúpida y romántica se hizo eco en su mente.

–No soy una mujer delicada. Sé lo que quiero.

«Y lo que quiero eres tú».

Ally enterró los dedos en los cabellos de él, animándole a continuar. Dominic lanzó una maldición, pero le acarició la mejilla y le pasó el pulgar por los labios.

–D´accord, ma belle –susurró él con los ojos oscurecidos y la mirada intensa.

Entonces, lentamente, se introdujo por completo dentro de ella. El extremo del pene le acarició un punto en su interior y ella jadeó, un delicioso estremecimiento de placer le recorrió el cuerpo.

–¿C´est bien? –preguntó Dominic, su perfecto inglés le había abandonado.

–Sí –gimió ella–, muy bien.

Dominic se movió despacio al principio, pero sus empellones se tornaron más rápidos y con la misma intensidad que el ardor de ella.

Oleadas de placer la sacudieron una vez más. Le agarró con fuerza mientras una salvaje tormenta la absorbía. Sus gemidos se tornaron en gritos mientras se sentía como si el cuerpo se le estuviera derritiendo y, en ese momento, Dominic se dejó caer sobre ella, acompañando sus gritos y gemidos con los suyos.

Agotada, exhausta, Ally se abrazó a él.

«Es solo sexo. Es solo una noche. No significa nada».

Pero no podía ignorar que, después de doce años, sus sueños se habían convertido en realidad. Y la espera había merecido la pena.

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