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HARLAN

COBEN

FACTOR

DE RIESGO

Traducción de

Fernando González Corrugedo


Título original inglés: Miracle Cure.

Autor: Harlan Coben.

© Harlan Coben, 1991, 1992.

© de la traducción: Fernando González Corrugedo, 2019.

© de esta edición: RBA Libros, S.A., 2019.

Av. Diagonal, 189 - 08018 Barcelona

rbalibros.com

Primera edición: abril de 2019.

REF.: OAFI865

ISBN: 978-84-9187-411-9

GAMA, SL • PREIMPRESIÓN

Queda rigurosamente prohibida sin autorización por escrito

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Todos los derechos reservados.

CONTENIDO

NOTA DEL AUTOR

PRÓLOGO

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EPÍLOGO

PARA CORKY,

LA MEJOR MAMI DEL MUNDO

NOTA DEL AUTOR1

Bueno, si este es el primero de mis libros que vas a leer, para. Devuélvelo. Coge otro. No pasa nada. Puedo esperar.

Si sigues ahí, que sepas que no he leído Factor de riesgo en al menos veinte años. Es la segunda novela que publiqué; la escribí cuando tenía poco más de veinte años y aún era un chaval algo simplón que trabajaba en el sector turístico, preguntándome si debía seguir los pasos de mi padre y mi hermano e ingresar —qué escalofrío— en la facultad de Derecho.

Soy muy crítico con esta obra, pero supongo que todos lo somos con nuestros primeros trabajos. Piensa en esa redacción que escribiste en el colegio, por la que te dieron un sobresaliente, la que el profesor te dijo que mostraba una gran «inspiración»... y que un día, rebuscando por un cajón, leíste y, al hacerlo, se te encogió el corazón y dijiste: «Tío, ¿en qué estaría pensando?». ¿Te suena de algo? Pues así es como uno se siente a veces con sus primeras novelas.

Esta es en ocasiones algo moralizante, y otras veces parece un poco antigua (aunque lo cierto es que me habría gustado que los conceptos sobre medicina fueran algo más anticuados, pero eso es otro asunto). Quizá pienses que basé parte de la historia en una situación real. No lo hice. Este libro se adelantó a lo que ocurrió después. Y no voy a decir más, porque podría arruinarte la lectura.

De todos modos, con todos sus defectos, es un libro que me encanta. Factor de riesgo tiene una energía y una capacidad de afrontar peligros que no estoy muy seguro de conservar después de todo este tiempo. Yo ya no soy aquel tipo, pero no pasa nada. Nadie se queda estancado en sus pasiones y en su trabajo. Y eso es bueno.

Disfrútalo.

HARLAN COBEN

1 .Cinco años antes de convertirse en el famoso creador de Myron Bolitar, Harlan Coben escribió a principios de la década de 1990 dos novelas que durante mucho tiempo quedaron descatalogadas. Factor de riesgo es la segunda de ellas. Casi tres décadas después de su debut, decidió recuperarlas, pero mantuvo un espíritu muy crítico respecto a ellas, que a nuestro juicio (y el de muchísimos fans) es excesivo. Por esta razón, hemos querido publicarla. Estamos ante una novela que ya contiene todos los elementos que han hecho de Coben uno de los autores actuales con mayor número de seguidores. (N. de los ee.)

PRÓLOGO

VIERNES, 30 DE AGOSTO

El doctor Bruce Grey intentaba no andar demasiado deprisa. Redujo el paso y reprimió la tentación de echar a correr por el suelo sucio de la terminal de llegadas internacionales del aeropuerto Kennedy, dejar atrás a los funcionarios de aduanas e inmigración y salir al aire húmedo de la noche. Sus ojos iban de un lado a otro. Cada pocos pasos fingía una molestia en el cuello para poder mirar a sus espaldas y asegurarse de que no lo seguían.

«¡Para ya! —se dijo—. Déjate de estar al acecho como una versión cutre de James Bond. Estás temblando como si estuvieras enfermo de malaria, por Dios. Solo te falta llevar una pancarta».

Pasó por al lado de la cinta transportadora de maletas y saludó cortésmente a la ancianita que se había sentado junto a él en el vuelo. La buena mujer no había cerrado la boca en todo el viaje; le había estado hablando sobre su familia, sobre lo que le gustaba volar, sobre su último viaje transcontinental. La verdad es que era una dulzura, como la abuelita de cualquiera, pero aun así Bruce había cerrado los ojos y había fingido estar dormido en un intento por lograr un poco de paz y de silencio. Pero, naturalmente, el sueño no llegaba. Y tardaría un tiempo en hacerlo.

«Pero igual no era una dulce ancianita cualquiera, Bruce, muchacho. Igual es que venía siguiéndote...».

Rechazó la voz interior con una sacudida nerviosa de la cabeza. Todo aquello lo estaba trastornando. Primero estuvo seguro de que lo seguía el tipo con barba del avión. Después se fijó en el grandote con el pelo repeinado para atrás y el traje de Armani de la cabina de teléfono. Y no olvidemos la rubia guapa a la salida de la terminal. También había estado siguiéndolo.

Y ahora, la ancianita.

«Echa el freno, Bruce. Lo que menos falta nos hace ahora es andar con paranoias. Mente clara, colega... Eso es lo que buscamos».

Bruce dejó atrás la cinta transportadora de equipajes y se acercó al funcionario de aduanas.

—Pasaporte, por favor.

Bruce le tendió el pasaporte.

—¿No lleva equipaje, señor?

Negó con la cabeza.

—Solo de mano —respondió.

El funcionario miró el pasaporte y luego a Bruce.

—Está usted muy distinto de la fotografía.

Bruce esbozó una sonrisa cansada, que se desvaneció al instante. La humedad era casi insoportable. Tenía la camisa del traje pegada a la piel, la corbata tan suelta que el nudo prácticamente había desaparecido. La frente perlada de gotas de sudor.

—Sí..., he cambiado un poquito.

—¿Un poquito? En esta foto tiene el pelo oscuro y lleva barba.

—Ya lo sé...

—Ahora tiene el pelo rubio y va afeitado.

—Ya le he dicho que he cambiado un poco...

«Por suerte, en la foto del pasaporte no se distingue el color de los ojos, porque también querría saber por qué me cambiaron de castaños a azules».

El funcionario de aduanas no parecía muy convencido.

—¿Viaje de placer o de negocios?

—De placer.

—¿Siempre lleva tan poco equipaje?

Bruce tragó saliva y se encogió de hombros.

—No soporto tener que esperar a que salgan las maletas.

El funcionario dirigió la mirada a la fotografía del pasaporte y luego otra vez al rostro de Bruce, y de nuevo a la foto.

—¿Quiere abrir la maleta, por favor?

Bruce apenas podía mantener las manos lo bastante firmes para marcar la combinación. Necesitó tres intentos para que la maleta se abriera, por fin, con un chasquido.

—Aquí la tiene.

El funcionario rebuscó entre el contenido con los ojos entrecerrados.

—¿Qué es esto? —preguntó.

—Unas carpetas.

—Eso ya lo veo —replicó el hombre—. ¿Para qué son?

—Soy médico —le explicó Bruce con la voz entrecortada—. Quería revisar los historiales de unos pacientes mientras estaba fuera.

—¿Siempre hace eso cuando se va de vacaciones?

—No siempre.

—¿Cuál es su especialidad?

—Soy internista en el Columbia Presbyterian —respondió Bruce con una media verdad. Decidió omitir el detalle de que también era experto en salud pública y epidemiología.

—Entiendo —dijo el funcionario—. Ojalá mi médico fuera tan entregado como usted.

De nuevo Bruce intentó sonreír. Y otra vez fracasó en el intento.

—¿Y este sobre tan bien cerrado?

Bruce sintió que se le estremecía todo el cuerpo.

—¿Disculpe?

—¿Qué es este sobre marrón?

Intentó poner una expresión despreocupada.

—¡Oh! Solo es una información médica para enviársela a un colega —logró decir.

El funcionario mantuvo la mirada fija en los ojos rojos de Bruce durante un buen rato.

—Entiendo —dijo mientras volvía a meter el sobre en la maleta con toda la calma. Luego, una vez que hubo revisado el resto del contenido de la maleta, firmó la declaración de aduanas de Bruce y le devolvió el pasaporte—. Entréguele la tarjeta a aquella mujer al salir.

Bruce recogió la maleta.

—Gracias —dijo.

—¡Ah, doctor!

Bruce levantó la vista.

—Tal vez debiera ir a visitar a algún colega —le sugirió el funcionario—. Si no le importa que un lego le dé una opinión médica, tiene usted muy mal aspecto.

—Lo haré.

Bruce cogió la maleta y miró para atrás. La viejecita seguía esperando el equipaje. Al hombre de la barba y a la rubia guapa no se los veía por ninguna parte. El tipo grandote del traje de Armani seguía hablando por teléfono.

Bruce se apartó del mostrador de la aduana. Con la mano derecha agarraba demasiado fuerte la maleta, con la izquierda se frotó la cara. Alargó la declaración de aduanas a la mujer y atravesó las puertas correderas de cristal para salir a la zona de espera. Fue recibido por una multitud de rostros expectantes. Gente que se ponía de puntillas, que atisbaba desde todas partes a cada apertura de las puertas de cristal para luego bajar la cabeza, decepcionada, al ver que quien se acercaba al umbral era una cara desconocida.

Bruce avanzó con paso firme entre los amigos y familiares que esperaban, entre los chóferes de vehículos de alquiler con nombres escritos en letreros que sujetaban contra el pecho. Se acercó al mostrador de billetes de Japan Airlines, a su derecha.

—¿Hay algún buzón por aquí? —preguntó.

—A su derecha —respondió la mujer—. Junto al mostrador de Air France.

—Gracias.

Pasó junto a un cubo de basura y dejó caer despreocupadamente en su interior la tarjeta de embarque hecha trocitos. Se había creído muy listo por haber reservado el billete con un nombre falso. Muy listo, sí, hasta que llegó al aeropuerto y le informaron de que no podía obtener un billete internacional emitido a un nombre distinto del que figura en el pasaporte.

Vaya, pues.

Por suerte, en el avión había mucho espacio libre. Y aunque tuvo que comprar otro billete a su nombre, lo de reservar uno a un nombre ficticio no había sido una idea tan estúpida. Antes de la hora real de salida, nadie podía descubrir en qué vuelo tenía su reserva porque su nombre no figuraba en el ordenador. Una pura genialidad por su parte.

«Sí, señor Bruce. Eres un auténtico genio».

Sí, claro. Un genio. Menuda idiotez.

Localizó el buzón de correos junto al mostrador de Air France. Unos pasajeros hablaban con el empleado de la aerolínea. Nadie le prestó la menor atención. Recorrió rápidamente la sala con la mirada. La anciana, el barbudo y la rubia guapa o bien se habían marchado, o bien estaban todavía en los trámites de aduana. El único «espía» que tenía a la vista era el tipo grandote del traje de Armani que en ese momento cruzaba a toda prisa las puertas de cristal y salía del edificio de la terminal.

Bruce soltó un suspiro de alivio. Ya nadie lo miraba. Se fijó de nuevo en la ranura del correo. Metió la mano en la bolsa y rápidamente deslizó por ella el sobre marrón lacrado. Su póliza de seguro había iniciado su viaje con total garantía.

¿Y ahora qué?

Desde luego, no podía irse a casa. Si alguien lo estaba buscando, el apartamento de Upper West Side sería el primer sitio donde mirarían. Y a aquellas horas de la noche tampoco la clínica era buena idea. Allí sería igual de fácil pescarlo.

«La verdad es que no soy muy bueno para estas cosas. No soy más que el típico médico normal y corriente que fue a la universidad; luego, a la facultad de medicina; se casó; tuvo un hijo; aprobó los cursos de residente; se divorció; perdió la custodia del niño y ahora trabaja más de la cuenta. No estoy para jugar a los espías».

Pero ¿tenía otra elección? Podía acudir a la policía, pero ¿quién iba a creerle? Todavía no tenía ninguna prueba tangible. Diantre, si ni siquiera estaba seguro de lo que ocurría. ¿Qué podía decirle a la policía?

«Prueba con esto para empezar, querido Bruce: “¡Socorro! ¡Protéjanme! Ya han asesinado a dos personas y muchísimas más pueden seguir la misma suerte, ¡yo incluido!”».

Tal vez fuera verdad. Tal vez no. La cuestión: ¿qué era realmente lo que sabía con certeza? Respuesta: no gran cosa. Más bien casi nada. Bruce sabía que, si acudía a la policía, lo único que lograría sería destruir la clínica y todo el importante trabajo que habían llevado a cabo allí. Había dedicado los tres últimos años a esa investigación y no estaba dispuesto a entregar a esos malditos fanáticos el arma que necesitaban para acabar con el proyecto. No, tendría que manejar el asunto de otra forma.

Pero ¿cómo?

Se cercioró una vez más de que no lo seguían. Ya habían de­saparecido todos los espías enemigos. Eso estaba bien. Un poco de alivio, qué agradable. Llamó con la mano a un taxi amarillo y se subió al asiento de atrás.

—¿Adónde?

Bruce pensó un instante, repasando todas las novelas de intriga que había leído en su vida. ¿Adónde iría George Smiley o, mejor aún, Travis McGee o Spenser?

—Al Plaza, por favor.

El taxi arrancó. Bruce miró por la ventanilla trasera. No parecía que ningún coche siguiera al taxi cuando inició la carrera hacia Manhattan por la autopista Van Wyck. Bruce se arrellanó en el asiento, apoyó la cabeza en el respaldo. Intentó respirar profundamente y relajarse, pero no dejaba de temblar de miedo.

«Piensa, puñetas. No es momento para sueñecitos».

Lo primero: necesitaba un nuevo alias. Sus ojos fueron de izquierda a derecha y acabaron mirando el nombre del taxista en la licencia, Benjamin Johnson. Bruce le dio la vuelta al nombre: John Benson. Ese sería su nombre hasta el día siguiente. John Benson. Solo hasta el día siguiente. Bueno, si conseguía seguir vivo hasta entonces.

No osaba pensar más allá.

En la clínica todos creían que aún estaba de vacaciones en Cancún, México. Nadie —absolutamente nadie— sabía que todo aquello de las vacaciones era una mera maniobra de distracción. Bruce representó el papel de viajero feliz todo lo mejor que pudo. Se compró ropa de playa, voló a Cancún el último viernes, se registró en el hotel Cancún Oasis, pagó su semana por adelantado y dijo en recepción que iba a alquilar un barco y estaría ilocalizable. Después se afeitó la barba, se cortó y se tiñó el pelo y se puso unas lentillas de color azul. Hasta a él mismo le costaba reconocer su imagen en el espejo. Volvió al aeropuerto, salió de México, facturó el vuelo a su verdadero destino con el nombre de Rex Veneto y empezó a investigar sus terribles sospechas.

Sin embargo, la verdad resultó ser todavía más chocante de lo que había imaginado.

En ese momento el taxi se detuvo delante del hotel Plaza, en la Quinta Avenida. Las luces de Central Park parpadeaban al otro lado de la calle y al norte. Bruce pagó al conductor y le dio una propina ni mayor ni menor de lo correcto y entró en el lujoso vestíbulo del establecimiento. A pesar del traje de marca, se sentía llamativamente desaliñado. Su chaqueta estaba arrugadísima; los pantalones, hechos una pasa. Tenía toda la pinta de llevar una ropa que venía de estar una semana en el fondo del cesto de la ropa sucia; desde luego, muy lejos de lo que su madre catalogaría como «presentable».

Echó a andar hacia el mostrador de recepción cuando atisbó algo con el rabillo del ojo que lo hizo parar en seco.

«Te lo estás imaginando, Bruce. No es el mismo tío. No puede serlo».

Notó que se le aceleraba el pulso. Dio media vuelta, pero no vio al tipo grande con traje de Armani por ningún sitio. ¿De veras había visto a aquel hombre? Probablemente no, pero no había razón para correr riesgos. Se marchó del hotel por la puerta de atrás y se fue andando al metro. Compró un billete, tomó la línea 1 hasta la calle Catorce, cambió a la línea A y fue hasta la calle Cuarenta y dos, tomó la línea 7 para cruzar la ciudad y saltó del vagón un instante antes de que se cerrasen las puertas en la Tercera Avenida. Se pasó otra media hora cambiando de trenes al azar, entrando o saliendo siempre en el último segundo y, finalmente, terminó el juego en la calle Cincuenta y seis y la Octava Avenida. Ahí, «John Benson» anduvo unas pocas manzanas y se metió en el Days Inn, un hotel en el que el doctor Bruce Grey nunca se había hospedado.

Cuando llegó a su habitación del piso undécimo, cerró la puerta con llave y colocó la cadena de seguridad.

¿Y ahora qué?

Llamar por teléfono podía ser peligroso, pero Bruce decidió arriesgarse. Hablaría con Harvey solo un momento y colgaría. Descolgó el teléfono y marcó el número de la casa de su socio. Harvey contestó al segundo tono de llamada.

—¿Diga?

—Harvey, soy yo.

—¿Bruce? —Su voz denotaba sorpresa—. ¿Qué tal todo por Cancún?

Bruce no hizo caso de la pregunta.

—Tengo que hablar contigo.

—Dios, esto parece grave. ¿Algo va mal?

—Por teléfono no —dijo Bruce, cerrando los ojos.

—Oye, pero ¿de qué hablas? ¿Sigues todavía...? —preguntó Harvey.

—Por teléfono no —repitió—. Hablamos mañana.

—¿Mañana? Pero qué demonios ocurre...

—No me hagas más preguntas. Nos vemos mañana por la mañana a las seis y media.

—¿Dónde?

—En la clínica.

—¡Dios! Pero ¿estás en peligro? ¿Es por lo de los asesinatos?

—No puedo seguir habl...

Clic.

Bruce se quedó helado. Había oído un ruido en la puerta.

—¡Bruce! —gritó Harvey—. ¿Qué ha sido? ¿Qué sucede?

El corazón de Bruce empezó a acelerarse. No apartaba los ojos de la puerta.

—Mañana —susurró—. Mañana te lo explico todo.

—Pero...

Colgó el auricular con suavidad. Harvey no pudo terminar la frase.

«No estoy preparado para esto. Dios mío, por favor, haz que sea mi cerebro, que me engaña. Yo no estoy preparado para esto. Realmente no estoy preparado para una cosa así...».

No se oyó ningún ruido más y, por un instante, Bruce se preguntó si no habría sido todo pura imaginación de sus sobrexci­tadas neuronas. Tal vez no había habido ningún ruido. Y si lo había habido, ¿qué tenía de extraño? Estaba en un hotel de Nueva York, por el amor de Dios, no en un estudio de grabación insonorizado. Tal vez fuera simplemente la camarera. O simplemente un botones.

«Tal vez fuera simplemente el tipo grandote del pelo planchado para atrás y el traje de Armani a medida».

Se acercó muy despacio a la puerta. Primero adelantó lentamente la pierna derecha; luego arrastró la izquierda. Nunca había sido precisamente un atleta, nunca había sido el individuo con la mejor coordinación del mundo. En ese preciso momento parecía como si estuviera bailando una especie de foxtrot para tarados.

Clic.

Le dio un vuelco el corazón. Las piernas le flaquearon. No había error posible sobre la procedencia del ruido.

La puerta.

Se quedó paralizado. Su respiración le resonaba tan fuerte en los oídos que estaba convencido de que la oían todos los que estaban en aquel piso.

Clic.

Un sonido metálico breve, rápido. No un sonido titubeante, sino un clic de lo más preciso.

«Corre, Bruce. Corre y escóndete».

Pero ¿dónde? Estaba en una habitación pequeña del piso 11 de un hotel. ¿Adónde diantre iba a poder huir y esconderse? Dio un paso más hacia la puerta.

«Puedo abrirla muy deprisa, ponerme a gritar como un poseso y salir corriendo por el pasillo como un paciente psicótico que huye. Podría...».

El golpe de nudillos sonó tan de repente que casi suelta un chillido.

—¿Quién es? —preguntó prácticamente a gritos.

—Toallas —respondió una voz masculina.

Bruce se acercó aún más a la puerta. «Toallas, sí. Y un huevo».

—No necesito ninguna —aclaró con firmeza sin abrir la puerta.

Pausa.

—De acuerdo. Buenas noches, señor.

Oyó los pasos del señor Toallas alejarse de la puerta. Bruce apoyó la espalda contra la pared y continuó el camino hacia la puerta. Le temblaba todo el cuerpo. A pesar del potente aire acondicionado de la habitación, tenía la ropa empapada de sudor y el pelo pegado a la frente.

¿Y ahora qué?

«La mirilla, señor James Bond de los cojones. Echa un vistazo por la mirilla».

Bruce obedeció a esa voz interior. Se volvió lentamente y aproximó el ojo a la mirilla. Nada. Allí no había nada de nada. Nada ni nadie. Intentó mirar a la izquierda y después a la derecha.

Entonces la puerta se abrió de golpe.

La cadena se rompió como si fuera un hilo. El pomo de metal salió disparado e impactó contra la cadera de Bruce. Toda la zona se le encendió de dolor. Y, en un acto reflejo, quiso cubrirse la cadera con la mano. Eso resultó ser una equivocación. Un puño gigante salió volando de detrás de la puerta directo a la cara de Bruce. Intentó esquivarlo, pero no fue lo suficientemente rápido. Los nudillos aterrizaron sobre el puente de la nariz de Bruce con un ruido sordo aterrador y le aplastaron los huesos y el cartílago. La sangre brotó de inmediato de la nariz.

«Ay, madre mía; oh, Dios santo...».

Se tambaleó hacia atrás llevándose la mano a la nariz. El tipo grandote del traje de Armani entró en la habitación y cerró la puerta. Se movía con una rapidez y una elegancia que contrastaban con su voluminoso cuerpo.

—Por favor... —logró decir Bruce antes de que una mano poderosa del tamaño de un guante de boxeador le tapara la boca para silenciarlo. La mano chocó sin miramientos contra las ventanas aplastadas de la nariz y tiró de ellas hacia arriba. Una oleada ardiente de dolor le recorrió la cara.

El hombre sonrió y saludó cortésmente con la cabeza, como si acabaran de presentarlos en algún sarao. Luego levantó el pie y le soltó una patada con una precisión experta. El golpe destrozó la rótula de Bruce, que oyó el chasquido seco del hueso de la rodilla al fracturarse. La mano del hombre se apretó más sobre su boca para ahogar el grito. Luego, la mano gigante se fue para atrás justo lo suficiente para impactar con fuerza contra la mandíbula de Bruce y partirle otro hueso y hacerle saltar varios dientes. El hombre agarró entonces la mandíbula rota con los dedos, los metió en la boca de Bruce y tiró fuerte para abajo. Fue un dolor enorme, desgarrador. Bruce notó que los tendones de la boca se le rasgaban del todo.

«Oh, Dios mío, por favor...».

El hombretón del traje de Armani soltó a Bruce, que se derrumbó sobre el suelo como un saco de patatas. La cabeza le daba vueltas. Vio, como si fuera a través de una niebla turbia, que el tipo examinaba una mancha de sangre de su traje. Parecía muy irritado por aquella mancha, molesto ante la perspectiva de que no se quitase bien ni en la tintorería. Sacudió la cabeza y luego se fue hasta la ventana y corrió la cortina.

—Ha escogido un piso estupendo, alto —dijo en tono despreocupado—. Eso nos facilitará las cosas.

El tipo grande se apartó de la ventana. Dio unos pasos para llegar a donde Bruce se retorcía de dolor. Se agachó, asió con firmeza a Bruce por un pie y levantó suavemente en el aire la pierna destrozada. El sufrimiento era insoportable. Unos calambrazos de dolor le recorrían el cuerpo con el más leve movimiento del miembro roto.

«Por favor, Dios mío, por favor, haz que me desmaye».

De pronto, Bruce se dio cuenta de lo que aquel hombre iba a hacer. Quiso preguntarle qué quería, quiso ofrecerle todo cuanto tenía, quiso pedirle compasión, pero de su boca deshecha no salió más que un balbuceo. Lo único que podía hacer era elevar la mirada en una súplica sin esperanza, unos ojos llenos de pánico. La sangre le corría por la cara y le bajaba por el cuello y el pecho.

Por entre una nube de dolor, Bruce vio la expresión de los ojos de aquel hombre. No era una mirada bestial, enloquecida; no era una mirada de odio ni sedienta de sangre; no era la mirada de un asesino psicótico. Aquel hombre estaba tranquilo. Ocupado. Era alguien que llevaba a cabo una tarea tediosa. Objetiva. Impasible.

«Para este tío esto no es nada —pensó Bruce—. Un día más en la oficina».

El hombre metió la mano en el bolsillo y lanzó al suelo un bolígrafo y una hoja de papel. Luego agarró bien el pie de Bruce con una mano en el talón y la otra en los dedos. Bruce dio una sacudida, asaltado por unos espasmos de dolor incontrolables. El hombre hizo flexionar sus músculos antes de hablar.

—Voy a retorcerle el pie hasta ponérselo del revés —dijo finalmente—, hasta que los dedos queden mirando a la espalda y los huesos rotos perforen la piel.

Hizo una pausa, le dirigió una sonrisa ausente y colocó mejor los dedos de la mano para tener más agarre.

—Le soltaré cuando termine de escribir la nota de suicidio, ¿entendido?

Bruce escribió una nota muy breve.

1

SÁBADO, 14 DE SEPTIEMBRE

Sara Lowell miró su reloj de pulsera. Dentro de veinte minutos debutaría en la televisión nacional ante treinta millones de personas. Una hora después, su futuro estaría decidido.

Veinte minutos.

Tragó saliva, se levantó poco a poco y se puso bien el aparato de la pierna. El pecho se le trababa a cada respiración. Necesitaba moverse, hacer algo antes de enloquecer. El metal del aparato le rozaba la pierna, le irritaba la piel. Después de tantos años, Sara seguía sin poder acostumbrarse a aquella torpe limitación artificial. A la cojera sí. La cojera llevaba con ella desde que tenía memoria. Le resultaba algo casi natural. Ahora bien, no se le habían quitado las ganas de arrojar aquel trasto a un río.

Inspiró profundamente para intentar relajarse y luego se revisó el maquillaje en el espejo. Tenía la cara un tanto pálida, pero eso no era nada nuevo. Era como la cojera; estaba acostumbrada. Llevaba los cabellos rubio miel recogidos para resaltar sus facciones delicadas, preciosas, y sus grandes ojos verdes como de muñeca. Tenía la boca ancha, los labios sensuales y carnosos hasta el punto de parecer hinchados. Se quitó las gafas metálicas y limpió los cristales. Se le acercó uno de los de producción.

—¿Preparada, Sara? —le preguntó.

—Cuando queráis —contestó con una sonrisa poco convincente.

—Muy bien. Entras con Donald en quince minutos.

Sara miró al otro protagonista, Donald Parker. A sus sesenta años, le doblaba la edad y mil millones de veces la experiencia. Llevaba en NewsFlash desde los primeros años, desde antes de los fantásticos índices de audiencia de Nielsen y una cuota de pantalla que ningún otro programa de noticias había alcanzado hasta entonces ni desde entonces. En pocas palabras: Donald Parker era una leyenda del periodismo de televisión.

«¿En qué demonios me he metido? Todavía no estoy preparada para una cosa así».

Sara recorrió con la vista su material por enésima vez. Las palabras empezaron a ponerse borrosas. Se preguntó una vez más cómo había llegado tan lejos tan deprisa. Su mente recorrió en un instante los años de universidad, la columna en el New York Herald, el trabajo en la televisión por cable, los debates en el canal de la televisión pública. A cada peldaño que subía, Sara se cuestionaba su capacidad para subir uno más. Se había enrabietado con las habladurías y los celos de sus colegas, las voces viperinas que murmuraban: «Ojalá yo tuviera parientes famosos... ¿Con quién se ha acostado?... Es por la dichosa cojera».

Pero no, la verdad del asunto era algo mucho más simple: el público la adoraba. Ni siquiera cuando se ponía dura o sarcástica con algún invitado la gente se hartaba de ella. Es cierto que su padre había sido director general de Salud Pública y su marido era una estrella del baloncesto, y también que su infancia traumática y su belleza física la habían ayudado. No obstante, Sara no olvidaba lo que le había dicho su primer jefe: «En este oficio nadie puede sobrevivir solo con su físico. Si acaso, es más bien una desventaja. Todo el mundo tendrá la idea preconcebida de que, como eres una rubia muy guapa, es imposible que seas brillante. Ya sé que eso es injusto, Sara, pero así son las cosas. No puedes limitarte a ser tan buena como tus competidores; tienes que ser mejor. Porque, si no, te pondrán la etiqueta de cabeza hueca. Como no seas la persona más brillante de las que salgan ahí, te echarán del escenario a patadas».

Sara repitió aquellas palabras como si fueran un grito de batalla, pero su confianza se negaba a abandonar las trincheras. La noche de su debut traía un reportaje sobre las irregularidades financieras del reverendo Ernest Sanders, el telepredicador que había fundado la Santa Cruzada, y un pez gordo y escurridizo (es decir, que no merecía su confianza). De hecho, el reverendo Sanders había aceptado aparecer en persona tras la emisión del reportaje y responder de las posibles acusaciones en una entrevista en directo (con la condición de que el programa sacase en pantalla el número de teléfono gratuito para donaciones, por supuesto). Sara había procurado presentar la historia lo más imparcialmente posible. Se limitaba a constatar hechos con un mínimo de insinuaciones y conclusiones, aunque en el fondo Sara conocía la verdad del reverendo Ernest Sanders. Eso no había modo de evitarlo, sencillamente.

Aquel hombre era pura escoria.

El estudio bullía de actividad. Los técnicos consultaban medidores y ajustaban focos. Los cámaras colocaban adecuadamente los objetivos. Iban probando el teleprónter, no más de tres palabras por línea para que los espectadores no vieran moverse los ojos del presentador. Directores, productores, ingenieros y asistentes corrían de un lado para otro del decorado, que representaba una sala de estar grande sin techo y con una sola pared, como si un gigante hubiera roto el exterior para poder fisgar en el interior. Un hombre al que Sara no conocía se le acercó corriendo.

—Aquí tiene —le dijo, y le tendió unas cuantas hojas de papel.

—¿Qué es esto? —preguntó ella.

—Papeles.

—No; quiero decir, ¿para qué son?

—Para ojearlos —le respondió, encogiéndose de hombros.

—¿Ojearlos?

—Claro, ya sabe, como cuando se hace un corte para publicidad y la cámara se aleja y entonces usted los ojea.

—¿De veras?

—La hace parecer importante —le aseguró él antes de marcharse a toda prisa.

Sara negó con la cabeza. Vaya. Todavía tenía mucho que aprender...

Sin darse ni cuenta empezó a cantar en voz baja. Solía cantar en la ducha o en el coche, preferiblemente acompañada por una radio a toda potencia, pero en ocasiones, cuando estaba nerviosa, empezaba a cantar en público. Y muy fuerte.

Cuando llegó al estribillo de Tattoo Vampire alzó la voz y empezó a tocar una guitarra inexistente. Ahora ya estaba en plena actuación. Y bailaba como una loca.

En ese momento se percató de que todos la miraban con curiosidad.

Bajó las manos a los costados y dejó que su guitarra inexistente pasara al olvido. La canción se le fue de los labios. Sonrió. Se encogió de hombros.

—Oh..., perdón.

El equipo regresó al trabajo sin volver a mirarla siquiera. Ya sin la guitarra de aire, Sara intentó pensar en algo que le resultase entretenido y reconfortante.

Al instante se acordó de Michael. Se preguntó qué estaría haciendo en ese momento. Probablemente estaría de vuelta a casa después del entreno de baloncesto. Se imaginó ese cuerpo de casi dos metros de altura abriendo la puerta con una toalla blanca sobre los hombros y el sudor empapándole la camiseta gris de entrenar. Siempre usaba unos pantalones cortos que daban la nota: unos naranjas o amarillo chillón o unos de color rosa al estilo hawaiano hasta la rodilla o unos shorts de surfista diseñados por cualquier chiflado. Sin perder el paso, rodearía el carísimo piano y se dirigiría al estudio, donde pondría cualquier cosa de Bach, luego se desviaría hacia la cocina, se serviría un vaso de zumo de naranja recién exprimido y se lo bebería de un trago. Finalmente, se dejaría caer en el sillón reclinable y se dejaría llevar por la música de cámara.

Michael.

Otro golpecito en el hombro.

—Teléfono.

El mismo hombre que le trajo los papeles le traía ahora un teléfono portátil.

Lo cogió.

—¿Diga?

—¿Ya has empezado a cantar?

Una sonrisa le iluminó el rostro. Era Michael.

—¿Blue Öyster Cult? —le preguntó.

—Sí.

—Déjame adivinarlo —dijo Michael, y se quedó pensando unos instantes—. Don’t Fear the Reaper?

—No, Tattoo Vampire.

—Dios, qué horror. Y bien, ¿qué haces ahora?

Sara cerró los ojos. Empezaba a notarse ya más relajada.

—Nada en concreto, la verdad. Estoy por aquí, en el plató, esperando la hora.

—¿Has tocado la guitarra inexistente?

—¡Pues claro que no! —respondió ella—. ¡Soy una profesional del periodismo, por el amor de Dios!

—Ya, ya. ¿Cómo están esos nervios?

—En estos momentos de lo más tranquilos, la verdad —contestó.

—Mentirosa.

—Vale, estoy muerta de miedo. ¿Contento?

—Eufórico —le contestó—. Pero no te olvides de una cosa.

—¿De qué?

—Que siempre te mueres de miedo antes de salir en antena y que, cuanto más miedo tienes, más rompedora estás.

—¿Eso crees?

—Lo sé muy bien —dijo Michael—. Ese pobre tipo va a alucinar, ya lo verás.

—¿En serio? —le preguntó ella con un incipiente brillo en la cara.

—Sí, en serio. Ahora déjame que te haga una pregunta rápida: ¿esta noche tenemos que ir a la fiesta de gala de tu padre?

—Déjame darte una respuesta rápida: sí.

—¿Esmoquin? —preguntó Michael.

—Otro sí.

—Estos eventos son tan aburridos...

—Qué me vas a decir...

Hubo una pausa.

—¿Por lo menos podré montármelo contigo durante la fiesta?

—¿Quién sabe? —respondió Sara—. Igual tienes suerte. —Sujetó un momento el auricular entre el cuello y el hombro—. ¿Vendrá Harvey a la fiesta esta noche?

—Tengo que recogerlo de camino.

—Vale. Sé que no se entiende muy bien con mi padre...

—Quieres decir que tu padre no se entiende bien con él —corrigió Michael.

—Lo que sea. ¿Hablarás con él esta noche?

—¿De qué?

—Déjate de juegos ahora, Michael —dijo ella—. Estoy preocupada por tu salud.

—Escucha, con la muerte de Bruce y con todos los problemas de la clínica, Harv ya tiene más que suficiente. No quiero darle más la lata.

—¿Ya te ha comentado lo del suicidio de Bruce? —preguntó Sara con interés.

—No, no me ha dicho ni una palabra —dijo Michael—. Si he de serte sincero, estoy un poco preocupado por él. Ya no sale nunca del laboratorio. Trabaja día y noche.

—Harvey siempre ha sido así.

—Ya lo sé, pero esta vez es distinto.

—Dale un poco más de tiempo, Michael. Solo hace dos semanas que murió Bruce.

—Hay algo más que lo de Bruce.

—¿A qué te refieres?

—No lo sé. Es algo que tiene que ver con la clínica, supongo.

—Michael, por favor, dile lo de tu estómago.

—Sara...

—Habla con él esta noche... Hazlo por mí.

—De acuerdo —aceptó él de mala gana.

—¿Me lo prometes?

—Sí, te lo prometo. Ah, oye, Sara.

—¿Qué?

—Cébate en el reverendo ese.

—Te quiero, Michael.

—Yo también te quiero.

Sara notó un golpecito en el hombro.

—Diez minutos.

—Tengo que irme —dijo por el teléfono.

—Hasta la noche, entonces —dijo Michael—. Pienso montármelo con una famosa estrella de la tele en el cuarto de cuando era pequeña.

—Sigue soñando.

Un dolor agudo atravesó de nuevo el abdomen de Michael Silverman nada más colgar el teléfono. Se dobló por la cintura; la mano apretada bajo el tórax, la cara retorcida en una mueca. Llevaba ya varias semanas con molestias intermitentes en el estómago. Al principio pensó que no era más que una gripe, pero ahora no estaba tan seguro. El dolor se le hacía cada vez más insoportable. Solo pensar en comida le daban ganas de vomitar.

La Séptima Sinfonía de Beethoven flotaba por el cuarto como un soplo de bienvenida. Michael cerró los ojos y dejó que la melodía le masajeara suavemente los músculos doloridos. Sus compañeros de equipo siempre le daban el coñazo con lo de sus gustos musicales. Reece Porter, el ala-pívot negro que capitaneaba el equipo junto con Michael, no paraba de meterse con él.

—Pero ¿cómo puedes escuchar esa mierda, Mikey? —le preguntaba—. Si no tiene compás ni ritmo.

—Ya comprendo que el oído musical de Chopin no puede compararse con el de MC Hammer —le replicaba Michael—, pero intenta ser más abierto de mente. Tú escucha, Reece. Deja que las notas fluyan a través de ti.

Reece hacía una pausa y se ponía a escuchar unos momentos.

—Me siento como si estuviera atrapado en la consulta de un dentista —dijo—. ¿Cómo puedes motivarte con una mierda así para un partido? Si no se puede bailar ni nada.

—Ya, pero tú escucha, solo eso.

—No tiene letra —alegó Reece.

—¿Y esa contaminación acústica tuya sí? ¿Acaso puedes entender la letra en medio de ese barullo?

—Eres el típico esnob blanco, Mikey —le espetó Reece entre risas.

—Prefiero que me llames «blanco tonto del culo», gracias.

El bueno de Reece. Michael alzó un vaso de zumo de naranja recién exprimido, pero la simple idea de darle un sorbo le produjo náuseas. El año pasado la rodilla, y ahora el estómago. Era algo incomprensible. Siempre había sido el jugador con mejor salud de la liga. Había pasado las primeras diez temporadas de la NBA sin un rasguño, y luego se destrozó la rodilla hacía poco más de un año. Y había sido durísimo recuperarse de una operación de rodilla a su edad... Lo último que le faltaba: esas misteriosas molestias estomacales.

Dejó el vaso sobre la mesa, cruzó el cuarto y se aseguró de que el vídeo estaba preparado. Luego apagó el equipo de música y encendió la televisión. Sara iba a debutar en NewsFlash en cuestión de minutos. Michael se revolvió en el asiento. Se puso a darle vueltas y más vueltas al anillo de casado y luego se frotó la cara. Intentó relajarse, pero, al igual que Sara, no podía. No había por qué estar nervioso, se recordó a sí mismo. Todo lo que le había dicho a Sara por teléfono era verdad. Era una reportera fantástica, la mejor. Aguda y rápida. Mucho. Bien preparada y, sin embargo, espontánea. Un poquito sabihonda, a veces. Con sentido del humor cuando hacía falta. Un bulldog casi siempre.

Michael había descubierto de primera mano lo dura que podía ser una entrevista con Sara. Se habían conocido hacía seis años, cuando en el New York Herald le encargaron que lo entrevistase dos días antes de que empezaran las finales de la NBA. Ella tenía que escribir un trabajo de tipo personal, sobre su vida fuera de la cancha y no sobre el deporte. Pero a Michael eso no le gustó. No quería que su vida personal, y sobre todo su pasado, se plasmara en unos titulares. Eso no le importaba a nadie, le dijo a Sara, recurriendo a unos términos subidos de tono para subrayar su punto de vista, y luego le colgó el teléfono para darle más énfasis. No obstante, a Sara Lowell no era tan fácil quitársela de encima. Para ser más precisos, Sara Lowell no sabía lo que era darse por vencida. Quería aquella entrevista. Y fue a por ella.

Una sacudida de dolor espantó los recuerdos. Michael se apretó la parte baja del abdomen y se dobló sobre el sofá. Apretó y esperó. El dolor fue cediendo lentamente.

«¿Qué demonios me pasa?».

Se echó para atrás, contemplando la fotografía de Sara y él que estaba en el estante detrás de la tele. Se quedó mirando la foto, se vio inclinado sobre Sara sujetándola con los brazos alrededor de su estrecha cintura. Se la veía tan diminuta, tan increíblemente bella, tan condenadamente frágil... Con frecuencia se preguntaba qué era lo que le daba a Sara aquella apariencia tan inocente, tan delicada. Desde luego, su figura no. A pesar de la cojera, Sara hacía ejercicio tres veces por semana. Tenía un cuerpo pequeño, prieto, atlético; tal vez explosivo fuera el mejor término para describirlo. Tremendamente sexi. Michael volvió a examinar la fotografía intentando mirar a su esposa de forma objetiva. Habría quien dijera que su tez pálida de porcelana era lo que le daba aquel aspecto tan natural, pero no era exactamente eso. Sus ojos, pensó Michael en ese momento, aquellos grandes ojos verdes que reflejaban fragilidad y dulzura, y, a la vez, mantenían toda su capacidad de mostrarse agudos y perspicaces. Eran ojos confiados y ojos en los que se podía confiar. Un hombre podía sumergirse en aquellos ojos, desaparecer en ellos para siempre, perder allí su alma para toda la eternidad.

También eran tremendamente sexis.

El teléfono interrumpió sus pensamientos. Michael alargó la mano hacia atrás y descolgó el auricular.

—¿Diga?

—Hola, Michael.

—¿Qué tal todo, Harvey?

—Nada mal. Escucha, Michael, no quiero entretenerte. Ya sé que el programa está a punto de empezar.

—Tenemos un par de minutos. —De fondo se oyó un estrépito difuso—. ¿Qué es todo ese ruido? ¿Sigues en la clínica?

—Ajá —respondió Harvey.

—¿Cuándo fue la última vez que dormiste un poco?

—¿Eres mi madre?

—Solo pregunto —dijo Michael—. Pensaba que tenía que recogerte en tu apartamento.

—No he podido ni salir de aquí —dijo Harvey—. He mandado a una enfermera que me alquilara un esmoquin y me lo trajera. Estos días estoy ocupadísimo. Eric y yo estamos agobiados. Como no está Bruce...

Harvey dejó de hablar.

Hubo un momento de silencio.

—Todavía no me hago a la idea, Harv —dijo Michael con cautela, esperando que su amigo estuviera dispuesto por fin a hablar del suicidio de Bruce.

—Ni yo tampoco —dijo Harvey, inexpresivo. Luego añadió—: Oye, tengo que preguntarte una cosa.

—Dispara.

—¿Sara va a ir a la fiesta benéfica de esta noche?

—Llegará un poco más tarde.

—Pero ¿estará allí?

Michael notó la urgencia del tono de su viejo amigo. Hacía casi veinticuatro años que conocía a Harvey, desde que un interno de segundo año, que se llamaba doctor Harvey Riker, tomó a su cargo a un Michael Silverman de ocho años al que habían llevado a toda prisa al Hospital Saint Barnabas con un brazo roto y un traumatismo craneoencefálico.

—Pues claro que estará.

—Bien. Entonces nos vemos esta noche.

Michael se quedó mirando el auricular, perplejo.

—¿Está todo en orden, Harv?

—Todo perfecto —masculló.

—Entonces, ¿a qué viene esta llamada de teléfono como clandestina?

—No es... nada. Te lo contaré más tarde. ¿A qué hora vendrás a recogerme?

—A las nueve y cuarto. ¿Vendrá Eric?

—No —contestó Harvey—. Uno de los dos tiene que atender el negocio. Tengo que irme, Michael. Te veo a las nueve y cuarto.

Michael oyó el clic del teléfono.

El doctor Harvey Riker colgó el teléfono. Lanzó un suspiro profundo y se pasó la mano por esos cabellos largos y rebeldes, de un castaño canoso, un cruce entre los de Albert Einstein y Art Garfunkel. Aparentaba cada uno de los cincuenta años que tenía. Los músculos se le habían quedado fofos por la falta de ejercicio. Su rostro era de una normalidad casi tediosa. Nunca había sido un tío cachas, desde luego, pero con los años se había ido estropeando como un Chianti de dos dólares.

Abrió el cajón de la mesa del despacho, se sirvió un lingotazo rápido de whisky y se lo ventiló de un golpe. Le temblaban las manos. Estaba asustado.

«Solo se puede hacer una cosa. Tengo que hablar con Sara. Es la única forma. Y después...».

Mejor no pensar en ello.

Hizo girar la silla en redondo para mirar las tres fotografías que tenía sobre la cajonera. Cogió la de la derecha del todo, la de él de pie junto a su amigo y socio, Bruce Grey.

Pobre Bruce.

Los dos policías de paisano habían escuchado muy atentos las sospechas de Harvey, habían asentido a la vez con la cabeza y habían tomado notas. Cuando Harvey intentó explicar que Bruce no era de los que se suicidan, lo escucharon muy atentos, asintieron a la vez y tomaron notas. Cuando les contó que Bruce le había llamado por teléfono la noche que se tiró por la ventana del undécimo piso del Days Inn, lo escucharon muy atentos, asintieron a la vez y tomaron notas... para llegar a la conclusión de que el doctor Bruce Grey se había suicidado.

Habían encontrado una nota de suicidio en el lugar de los hechos, le recordaron los detectives. Un experto en grafología había confirmado que la había escrito Bruce. El caso abierto quedó cerrado.

En un abrir y cerrar de ojos.

La segunda foto enmarcada de la cajonera era de Jennifer, la que había sido su esposa durante veintiséis años y que ahora era su ex, porque acababa de abandonarlo definitivamente. La tercera era de Sidney, su hermano pequeño, cuya muerte de sida tres años antes había cambiado para siempre la vida de Harvey. En la imagen, Sidney aparecía de lo más saludable, bronceado, un pelín regordete. Al morir, dos años después, tenía la piel de un blanco macilento en los sitios donde no estaba cubierta de lesiones amoratadas, y pesaba menos de cuarenta kilos.

Harvey meneó la cabeza. Todos se habían ido.

Se inclinó hacia delante y cogió la fotografía de su exmujer. Sabía bien que él tenía tanta culpa como ella (o más) del fracaso de su matrimonio. Veintiséis años. Veintiséis años de matrimonio, de sueños compartidos y sueños rotos cruzaron veloces por su cabeza. ¿Y por qué? ¿Qué había sucedido? ¿Cuándo había permitido Harvey que su vida privada se derrumbara? Pasó suavemente las puntas de los dedos por la imagen de Jennifer. ¿Acaso podía reprocharle a Jennifer que se hartase de la clínica?, ¿que no quisiera sacrificar su vida por una causa?

La verdad es que sí.

«No es sano, Harvey. Estás todo el tiempo trabajando».

«Jennifer, ¿es que no entiendes lo que intento conseguir?».

«Pues claro que sí, pero esto ya es más que una obsesión. Tienes que tomarte un descanso».

Pero no podía. Reconocía que su dedicación al trabajo traspasaba ya todos los límites, pero es que su otra vida le resultaba algo tan insignificante cuando consideraba el objetivo que perseguía en la clínica... Así que Jennifer se marchó. Hizo las maletas y se mudó a Los Ángeles, a vivir con su hermana, Susan, la exmujer de Bruce Grey. Sí, Harvey y Bruce habían sido cuñados, además de socios y amigos íntimos. Casi sonrió al imaginarse a las dos hermanas viviendo juntas en California. Hablando de cosas divertidas. Le parecía oír a Jennifer y Susan discutiendo sobre cuál de las dos había tenido el marido más abominable. Probablemente el premio hubiera sido para Bruce, pero seguro que, como estaba muerto, las chicas lo pondrían en un altar.

Lo cierto era que todo el mundo de Harvey, su mundo entero, para bien o para mal, estaba allí. En la clínica y el sida. La peste negra de los años ochenta y noventa. Después de ver a su hermano destrozado y deshecho, con los huesos quebrados por el sida, Harvey dedicó su vida a destruir ese temido virus, a borrarlo de la faz de la Tierra. Como Jennifer explicaba a cuantos quisieran oírla, la meta que Harvey se había propuesto se convirtió en una obsesión devoradora, una obsesión que a veces asustaba al propio Harvey. Sin embargo, había llegado ya muy lejos en su búsqueda. Por fin, Bruce y él habían hecho verdaderos progresos, verdaderos avances y...

Llamaron a la puerta. Harvey se volvió, sentado en la silla.

—Adelante, Eric.

El doctor Eric Blake giró el pomo.

—¿Cómo has sabido que era yo?

—Porque eres el único que llama. Entra. Acabo de hablar con tu viejo compinche de la escuela.

—¿Michael?

Harvey asintió. Eric Blake había entrado a formar parte del equipo de Bruce y Harvey dos años antes, cuando se dieron cuenta de que dos médicos solos no podían atender a tantos pacientes. Eric era un buen muchacho, pensaba Harvey, aunque se tomaba la vida un poco demasiado en serio. Estaba bien eso de ser serio, sobre todo si tratabas con pacientes de sida todo el día; pero una persona también tiene que soltarse un poco, hacer algo no del todo convencional, permitirse algún detalle disparatado para sobrevivir a la experiencia cotidiana del sufrimiento y la muerte.

Eric tenía incluso un semblante demasiado rígido. Su rasgo más distintivo era su pelo pelirrojo estropajoso y bien cortado. Al mirarlo, la palabra que a uno le venía a la mente era pulcro. Zapatos brillantes. Un buen sastre. La corbata siempre planchada y con el nudo perfecto; la cara recién afeitada incluso después de cuarenta y ocho horas de guardia.

Harvey, por su parte, llevaba siempre la corbata suelta, casi por las rodillas; no creía en los afeitados hasta que la barba empezaba a picar y le hubiera hecho falta una escopeta para ponerle el pelo en su sitio a perdigonadas.

Eric Blake había crecido en la misma manzana de un barrio residencial de Nueva Jersey que Michael. La primera vez que Michael se convirtió en paciente de Harvey en el hospital, el pequeño pelirrojo Eric Blake lo visitaba a diario y se quedaba por la habitación todo lo que le permitían. En aquellos tiempos, Harvey era un interno desbordado de trabajo, pero le gustaba pasar cualquier momento libre que tenía haciéndole compañía a Michael. Hasta Jennifer, voluntaria en el hospital por entonces, se sentía atraída por aquel crío. Muy pronto, Harvey y Jennifer establecieron una relación especial con aquel irresistible muchacho que vivía atrapado en un mundo de constantes malos tratos.

A lo largo de los años Harvey y Jennifer vieron crecer a Michael, pasar de la infancia a la adolescencia y a la edad adulta. Iban a verlo jugar al baloncesto, a sus recitales de música y a las cenas de los premios, y aplaudían sus logros como unos padres orgullosos. Estaban allí para consolarlo después de las palizas, después del suicidio de su madre, después de que su padrastro lo abandonara. Ahora, al volver la vista atrás, Harvey se preguntó si aquella relación tan próxima con Michael no habría agravado el mayor problema que tenían Jennifer y él como pareja: la falta de hijos.

Quizá sí. Lo intentaron, pero Jennifer no conseguía llevar los embarazos a término. Tal vez si hubiera podido las cosas habrían sido distintas.

Dudoso. Muy dudoso.

Harvey se preguntó si Jennifer seguiría en contacto con Michael. Sospechaba que sí.

—¿Le has dicho a Michael...? —empezó a preguntar Eric.

Harvey lo interrumpió con un movimiento de cabeza.

—Todavía no. Solo quería asegurarme de que Sara estaría en la fiesta de esta noche.

—¿Y estará?

—Sí.

—¿Y qué le vas a decir?

—Todavía no lo sé —contestó Harvey.

—No tiene ningún sentido. Vaya, ahora que estamos tan cerca de...

—No estamos tan cerca.

—¿No estamos tan cerca? —repitió Eric—. Pero Harvey, mira ahí fuera. Hay personas que están vivas gracias a ti.

—Gracias a esta clínica —le corrigió.

—Lo que sea. Cuando hagamos públicos los resultados, entraremos en la historia de la medicina al lado de Jonas Salk.

—A mí me preocupa más el presente.

—Pero nos hace falta publicidad para recaudar dinero suficiente para poder continuar...

—Basta —lo interrumpió Harvey, mirando el reloj—. Vamos a hacer una comprobación rápida de los historiales y luego nos vamos al salón. —Esbozó una sonrisa cansada—. Quiero ver el reportaje de Sara sobre el reverendo Sanders.

—Ese no es que sea muy amigo de la causa.

—No —asintió Harvey—. Muy amigo no es.

Eric cogió una de las fotografías de la cajonera.

—Pobre Bruce.

Harvey asintió con la cabeza, pero no dijo nada.

—Ojalá su muerte signifique algo —dijo Eric—. Ojalá Bruce no haya muerto en vano.

Harvey se encaminó hacia la puerta cabizbajo.

—Sí, ojalá, Eric.

George Camron se quitó el traje de Armani gris de raya diplomática, dobló con cuidado los pantalones por los pliegues y lo colgó de una percha de madera. Dos semanas antes se había visto obligado a quemar otro Armani, y eso le había molestado mucho. Menudo despilfarro. Tendría que tener más cuidado con su guardarropa. Los trajes de seda manchados de sangre aumentaban los gastos generales.

George, un hombre muy corpulento, disfrutaba con las cosas más selectas de la vida. Solo usaba trajes a medida. Solo se hospedaba en los hoteles más lujosos. Solo frecuentaba los restaurantes para los gourmets más refinados. El pelo, que se peinaba para atrás, se lo esculpían (no se lo cortaban, se lo esculpían) los estilistas más caros del mundo (no esteticistas, sino estilistas). Disfrutaba de manicuras y pedicuras.

Se acercó al teléfono del hotel, descolgó el auricular y apretó el 7.

—Servicio de habitaciones —dijo una voz—. ¿Qué podemos hacer por usted, señor Thompson?

En el Ritz siempre se dirigían a los clientes por su nombre cuando llamaban. El toque personal de un hotel realmente de primera. A George le gustaba. Thompson era el nombre falso que utilizaba entonces, por supuesto.

—Caviar, por favor. Iraní, no ruso —pidió.

—Sí, señor Thompson.

—Y una botella de Bollinger de 1979. Muy frío.

—Sí, señor Thompson.

George colgó el teléfono y se relajó sobre la enorme cama de matrimonio. Había recorrido un largo camino desde sus humildes comienzos en Wyoming, un largo camino desde sus días como militar en Vietnam, un largo camino desde Tailandia, el país que ahora consideraba su hogar. El hogar de George era ahora una amplia variedad de habitaciones de hotel elegantes. La suite Somerset Maugham en el Oriental de Bangkok. El ático sobre el puerto en el Peninsula de Hong Kong. La suite esquinera en el Crillon de París. La suite presidencial en el Hassler de Roma.

George miró la hora en su reloj, encendió el televisor con el mando a distancia y puso el Canal 2. Dentro de unos pocos minutos empezaría NewsFlash, con Donald Parker y Sara Lowell. Tenía mucho interés en ver ese programa.

Sonó el teléfono. George contestó.

—Hola.

—Soy...

—Ya sé quién es —lo interrumpió George.

—¿Recibió el último pago?

—Sí.

—Bien —repuso la voz.

Una voz que sonaba nerviosa. George no estaba muy convencido de que eso le gustase. Las personas nerviosas tienden a cometer errores.

—¿Puedo hacer alguna cosa más por usted? —inquirió.

—Pues la verdad es que...

Otro trabajo. Excelente. George no tenía ni idea de quién era su patrón, ni le importaba. Ni siquiera sabía si la voz que oía al otro lado del teléfono era la del superior o la de un mero intermediario. Era igual. El suyo era un trabajo en el que no se hacían preguntas. Él hacía su faena, cobraba la paga y adiós. Las preguntas no venían al caso.

—Lo escucho —dijo.

—El último trabajo que le encargué... ¿salió sin problemas? ¿No hubo complicaciones?

—Habrá leído los periódicos. ¿Usted qué cree?

—Sí, bueno, solo quería estar seguro. ¿Tiene las carpetas del doctor Grey?

—Aquí están —dijo George—. ¿Cuándo quiere recogerlas?

—Pronto. Muy pronto. ¿Ha utilizado guantes y mascarilla tal y como le dije?

—Sí.

—¿Y no pasó nada más?

George se preguntó por un momento si debía decirle a su patrón lo del paquete que Bruce Grey había echado al correo en el aeropuerto. Pero no, no era asunto que le concerniese. A él lo habían contratado para matar a aquel hombre; hacer que pareciese un suicidio; apoderarse de las carpetas y papeles que llevara encima, y dejar el dinero, los efectos personales y los documentos de identificación intactos. Punto. Ninguna instrucción sobre paquetes enviados por correo.

Aunque, claro está, el asunto sí le concernía. No tendría que haberle dejado echar el paquete en el buzón. Nunca. Fue un error, de eso George estaba convencido, pero no tuvo manera de impedírselo. Sacudió la cabeza. Tal vez hubiera debido hacer más comprobaciones antes de aceptar el trabajo. Algo había que no era correcto.

—Nada más —dijo George.

—¿Está seguro?

George se aclaró la garganta. El doctor Bruce Grey se lo había puesto rematadamente fácil. Lo de que optara por alojarse en un piso alto del hotel fue una bendición para George; le permitió emplear cualquier medio que le apeteciese para provocar dolor y pedirle la nota de suicidio. Y los traumatismos que le había practicado al doctor Grey no se apreciarían al quedar aplastado contra la acera.

—Sí, estoy seguro —dijo George—. Y en el futuro no haga que me repita. Es una pérdida de tiempo.

—Perdone.

—¿Ha dicho algo de otro trabajo?

—Sí —dijo la voz—. Quiero que elimine a... otra persona.

—Le escucho.

—¿Hay alguien con usted?

—No.

—Oigo voces.

—Es la televisión —explicó George—. Está a punto de empezar NewsFlash. El debut de Sara Lowell.

La voz del teléfono pareció sobresaltarse.

—Pero... por qué... ¿por qué dice usted eso?

«Qué reacción tan extraña», pensó George.

—Me ha preguntado por las voces —replicó.

—Ah, claro. —La voz intentaba recuperar la calma, pero la tensión era inconfundible—. Sí, quiero que elimine a alguien más.

—¿Cuándo?

—Esta noche.

—Eso es muy poco tiempo. Le costará más.

—Por eso no se preocupe.

—Muy bien —dijo George—. ¿Dónde?

—En casa del doctor John Lowell. Esta noche da una fiesta benéfica de gala.

A George casi se le escapa la risa. Sus ojos saltaron otra vez a la televisión. El doctor Lowell. El director general de Sanidad. El padre de Sara Lowell. Eso explicaba la extraña reacción. Se preguntó si Sara estaría en la fiesta.

—¿El mismo método que con los dos primeros? —dijo George.

—Sí.

George sacó el estilete del bolsillo, lo abrió y examinó la hoja, larga y brillante. Sería un trabajo poco pulcro, de eso no cabía duda. Contempló su guardarropa y se decidió por el polo de Ralph Lauren de color verde que había adquirido en Chicago. Le quedaba un poco apretado en los hombros, de todas formas.

2

«No te pongas nerviosa. No te pongas nerviosa. No te pongas nerviosa...».

—Cinco segundos —oyó Sara.

El anuncio le encogió el estómago. Por un breve instante estuvo a punto de ponerse a cantar otra vez. Se obligó a cerrar la boca, se colocó bien las gafas y esperó.

«Voy a hacerlo muy bien. Voy a dejar a alguien alucinado. Voy a...».

—¡Cuatro, tres, dos...! —La mano apuntó a las dos personas sentadas ante la mesa de escritorio.

—Buenas noches, soy Donald Parker.

«Por favor, no cantes...», pensó Sara.

—Yo soy Sara Lowell. Bienvenidos a NewsFlash.

La finca del doctor Jonh Lowell en los Hamptons era enorme. Una mansión de estilo Tudor asentada majestuosamente sobre cuatro hectáreas de paisaje bien cuidado. Tenía pista de tenis de hierba, además de piscina interior y exterior, tres jacuzzis, dos saunas, una cabaña espaciosa, un helipuerto y más habitaciones de las que Lowell sabía cómo ocupar. La casa había sido de su abuelo, un capitalista que, según los manuales liberales, había sometido a violación y pillaje la tierra y a sus habitantes en beneficio propio. El padre de John, sin embargo, prefirió dejar de lado el negocio familiar y se hizo cirujano. Y John siguió su ejemplo. Se ganaba muy bien la vida, aunque la práctica de la medicina no fuera ni de lejos tan lucrativa como el pillaje y la violación.

Dentro de unas pocas horas, el ala este estaría llena hasta los topes de algunas de las personas más ricas del mundo, todas las cuales habían donado miles de dólares al Centro del Cáncer Erin Lowell para poder asistir. John iba a tener que sonreír un montón y estar atento. Odiaba hacer eso. Durante su controvertido mandato como director general del Servicio de Salud Pública a principio de los ochenta, John Lowell no aprendió mucho sobre diplomacia ni sutileza política. Organizó una cruzada llena de celo para acabar con el cáncer, aplastando lo que y a quien se interpusiera en su camino. Declaró la guerra a los fumadores de cigarrillos, con un comentario airado en la televisión nacional: «Los cigarrillos son armas mortales, así de claro y así de simple. No siento ninguna compasión por los fumadores que se regalan a sí mismos un cáncer de pulmón. No les importa si hacen enfermar a otras personas con humo de segunda mano, ni tampoco si hacen enfermar mortalmente a sus propios hijos. Es increíble que podamos convivir con gente tan egoísta y destructiva».

Aquel comentario conmocionó a todo el país. La industria del tabaco presionó para que John Lowell fuera destituido. Fracasó, pero no por falta de esfuerzo. Y desde aquel día quedaron trazadas las líneas de batalla y, aunque John ya no era director general, continuaba en su lucha.

—Hola, papá.

John Lowell se volvió hacia su hija mayor, Cassandra. Llevaba un albornoz de baño y sandalias.

—Cassandra, pero ¿adónde vas?

—Voy a darme un chapuzón rápido en la piscina. Me apetece —respondió.

—Pero tu hermana va a salir dentro de unos minutos. Todos los invitados están entrando para verla.

Los ojos de Cassandra se nublaron un poco, pero John no pareció darse cuenta.

—Solo será un momento.

—Tendrías que entrar con todos los demás y ver a Sara.

De nuevo pareció no advertir la mirada desafiante de su hija.

—Vas a grabar el programa, ¿verdad? —preguntó Cassandra.

—Claro.

—Pues entonces podré ver a mi hermana todas las veces que quiera. Qué suerte tengo.

—Cassandra...

Echó a andar sin hacer caso de su padre. Sara. El nombre de su hermana pequeña siempre la rodeaba como una bandada de miles de pájaros diminutos. «Sara está enferma». «Tenemos que llevar a Sara al hospital». «No seas tan bruta cuando juegues con Sara». Para su padre, Cassandra nunca había sido tan bonita, tan amable, tan ambiciosa ni tan inteligente como Sara.

Con su madre era distinto. Erin Lowell quería a Cassandra tanto como a Sara, a pesar de que esta fuera más bonita, más amable, más ambiciosa, más trabajadora y más inteligente. Dios, cómo echaba de menos a mamá. Hacía ya más de diez años, pero aun así el dolor era fresco, constante y, a veces, acaparador.

Ese día el calor era de nuevo asfixiante, y muchos de los invitados se habían librado del bochorno con un chapuzón en la piscina. La mayoría ya empezaban a dirigirse al interior de la casa para ver el debut de la maravillosa Sara en NewsFlash. No obstante, al descubrir que Cassandra se dirigía a la piscina, varios de los hombres se quedaron inmóviles.

Cassandra era alta y tenía una mirada salvaje, con un pelo oscuro ondulado y la piel aceitunada. Era tan distinta de Sara que nadie podía sospechar que fueran hermanas. Para decirlo en dos palabras: Cassandra era ardiente. Abrasaba. Abrasaba peligrosamente. Mientras que para describir los ojos de Sara se podía hablar de estanques apacibles, los de Cassandra echaban fuego como brasas.

Cassandra llegó a la piscina y se quitó las sandalias. Con una tenue sonrisa dejó que el albornoz le resbalara por los hombros. El albornoz cayó al suelo y reveló un reluciente traje de baño de una pieza que luchaba por encerrar sus voluptuosas curvas. Se subió al trampolín, sabiendo que los ojos de todos iban tras ella, y dio un salto hacia delante. Luego estiró los brazos hacia arriba y se sumergió en el agua fresca, que le erizó la piel. Empezó a nadar; su largo torso avanzaba con cada brazada y sus piernas bien contorneadas se movían muy ligeramente. Su cuerpo se abría paso en el agua sin esfuerzo, formando apenas una pequeña onda.

—Son casi las ocho —avisó una voz desde la casa—. El NewsFlash está a punto de empezar.

De nuevo las mujeres empezaron a ir hacia la casa, pero los hombres no podían liberarse con facilidad del embrujo de Cassandra. Oh, sí, se esforzaban por parecer indiferentes, encogiendo la barriga en silencio y tirando de sus camisas para cubrir imperfecciones demasiado obvias. Pasaban junto a ella poco a poco, tratando desesperadamente de echarle un último vistazo.

Cassandra salió de la piscina y se dirigió despacio hacia una tumbona. No se molestó en secarse. Metió la mano en el bolsillo del albornoz y sacó unas gafas de sol, se las puso y se tumbó boca arriba con las piernas cruzadas. Procuró parecer que descansaba tranquilamente, pero detrás de las gafas de sol sus ojos no paraban de moverse.

Descubrió al gordinflón Stephen Jenkins, el antiguo senador por Arkansas de sesenta y dos años. Stephen, al que Sara y ella llamaban tío Stevie, era un viejo amigo de la familia. John Lowell y él habían ido juntos a Amherst, sus respectivas esposas habían dado fiestas juntas, sus hijos habían ido juntos a los campamentos de verano. Todo de lo más cariñoso y agradable. Y, seamos francos, tener un encuentro sexual con el líder de la minoría conservadora del Senado de Estados Unidos había sido una especie de desafío para la treintañera Cassandra. Aunque, desde luego, no podía decirse que fuera sexualmente excitante.

—Hola, Cassandra —dijo Jenkins en voz alta.

—Hola, tío Stevie.

Cassandra había considerado también la idea de seducir al guapo hijo soltero del senador, pero Bradley era un auténtico plasta. Y aún peor: era amigo de Sara. Cada vez que se veían se ponían los dos a charlar durante horas, sin hacer el menor caso a Cassandra. Si Sara y Bradley hubieran sido amantes, Cassandra tal vez se lo habría planteado. Pero no lo eran. Desde el día de su boda, hacía ya dos años, Sara estaba dedicada a Michael hasta el extremo del más absoluto aburrimiento.

Cassandra se puso un poco de aceite bronceador en la mano y empezó a masajearse las piernas. El senador Jenkins la observaba desde el otro lado de la piscina con los ojos bien abiertos y voraces.

—¿Stephen? —exclamó la señora Jenkins—. ¿Bradley?

El senador apartó la mirada de mala gana.

—Un minuto, querida.

—¡Deprisa, venid todos! ¡Sara ya ha salido!

Entonces, todos se movieron rápidamente. En unos instantes todos estaban dentro viendo la televisión. Cassandra siguió tumbada y cerró los ojos. Sara en la televisión nacional. «¿A quién puñetas le importa?».

Sara sintió un nudo en el estómago. Sabía que el reverendo Ernest Sanders estaba sentado en el cuarto de al lado, esperando a que lo entrevistara. Sabía manejarse en las entrevistas; era escurridizo como un cochinillo untado con manteca. Si al reverendo Sanders no le gustaba una pregunta, la esquivaba con un antiguo método muy eficaz: la ignoraba. Conseguía frustrar y desbaratar a cualquier entrevistador, incluso a los mejores.

La mayor parte del reportaje de Sara sobre Sanders y su Santa Cruzada estaba grabado, así que se quitó las gafas, respiró hondo e hizo un esfuerzo por mantener la calma. Había revisado las pautas tantas veces que se sabía de memoria hasta la última palabra. Se puso a cantar suavecito para sus adentros y escuchó solo algunos trocitos de la historia:

Tras empezar hace doce años con apenas unas pocas docenas de miembros, el reverendo Ernest Sanders, antiguo miembro de varios grupos de supremacía blanca, convirtió la Santa Cruzada en un sólido movimiento que ahora reúne a miles de miembros por todo el país. La Santa Cruzada, que combina lo que Sanders llama «profundos valores religiosos» y «derechos tradicionales estadounidenses», se ha visto envuelta en controversias desde sus inicios...

[...] El Servicio de Impuestos Internos nos ha confirmado que ni el reverendo Ernest Sanders ni su esposa, Dixie, han presentado la declaración de la renta desde hace doce años... El reverendo Sanders ha gastado hasta diez mil dólares al día en su propia persona y en varias mujeres jóvenes durante sus viajes «misionales» a algunas islas del Caribe, sin que haya reclutado un solo miembro nuevo para la Santa Cruzada [...] Han desaparecido millones de dólares de los donativos a la Santa Cruzada [...] El FBI investiga por corrupción a los mandos superiores del reverendo Sanders...

Cuando se acabó la parte grabada de la historia, la cámara giró para enfocar el rostro familiar y reconfortante de Donald Parker. Sara dejó de cantar por completo.

—Tenemos en el estudio al reverendo Sanders —declaró Parker—. Buenas noches, reverendo Sanders.

Ernest Sanders apareció en una pantalla y no en persona. Como en el programa Nightline de Ted Koppel, los invitados muy pocas veces o nunca se sentaban en la misma sala que los entrevistadores. Bajo la imagen de Sanders apareció un número de teléfono gratuito.

—Buenas noches, Donald. —Sanders tenía una voz agradable, relajada. Sara sintió que el nudo de su estómago se tensaba. El pastor llevaba un terno azul claro, un bisoñé evidente y una alianza de oro. Sin reloj. Sin más joyas. Nada ostentoso. Tenía una cara amable, que daba confianza; la cara de un tío favorito o de un vecino cordial. Enarbolaba firmemente uno de sus activos principales: su luminosa sonrisa.

—Gracias por acompañarnos.

—Gracias, señor Parker.

Donald Parker le hizo la primera pregunta.

—Ya ha visto usted el reportaje, reverendo Sanders. ¿Tiene algún comentario al respecto?

La expresión de Sanders se mostraba tan tranquila que Sara sintió ganas de gritar.

—Soy un hombre de Dios —dijo con un suave acento del sur—. Soy comprensivo con los deseos humanos.

—No estoy muy seguro de entenderle, señor Sanders.

—Para mí y para cuantos temen a Dios en toda nuestra nación está muy claro lo que aquí se pretende. No considero que tenga necesidad de rebajarme al nivel de la señorita Lowell y contestar sus acusaciones.

—No se ha presentado ninguna acusación, reverendo Sanders —interrumpió Sara, y volvió a ponerse las gafas metálicas—. ¿Lo que pone usted en cuestión son los hechos que se presentan en el reportaje?

—No sea usted tan ladina, señorita Lowell. Sé muy bien lo que anda buscando.

—¿Y qué es, reverendo Sanders?

—Hacerse un nombre —contestó con una sonrisa—. Una fama rápida. ¿Y qué mejor modo que intentar arrastrar por el barro el buen nombre de un simple predicador? Un hombre que predica la Biblia en toda su gloria, que ayuda a esos menos afortunados...

—Reverendo Sanders —lo interrumpió Sara—, sus ingresos personales del año pasado están calculados en más de trece millones de dólares, y sin embargo no pagó usted el impuesto sobre la renta. ¿Puede explicárnoslo?

Sanders ni se inmutó.

—Si no me equivoco, señorita Lowell —dijo—, su familia no está exactamente falta de recursos económicos. Me parece recordar que su padre tiene una mansión bastante espaciosa de su propiedad. ¿También hay que cuestionar su economía?

—Mi padre declara sus ingresos cada año —replicó—. Mi padre puede explicar de dónde sale hasta el último centavo. ¿Puede usted hacer lo mismo?

—Naturalmente —declaró con énfasis—. Sus mentiras e insinuaciones no engañan al pueblo elegido de Dios. Muchos han intentado apartar a los justos de los senderos del Señor, pero la Santa Cruzada seguirá adelante. La Santa Cruzada no permitirá que Satanás triunfe.

—¿Puede precisar estas supuestas mentiras? —preguntó Sara—. ¿Puede ser más concreto?

Sanders alzó los ojos al cielo y sacudió la cabeza.

—Satanás usa las palabras para retorcer la bondad y la rectitud y hacerlas aparecer como males —explicó como si fuera un maestro de escuela regañando a un alumno insubordinado—, pero no nos engañará. Hoy vivimos en una sociedad desbordada por la inmoralidad, pero nos mantenemos firmes. ¿Qué ha pasado con los valores familiares y éticos en este país, señorita Lowell? Personas temerosas de Dios como mi esposa, Dixie, y yo mismo ya no podemos educar a nuestros hijos en esta sociedad. Se obliga a los niños a asistir a escuelas públicas de las que se ha expulsado a Dios y en las que se da la bienvenida a los homosexuales. ¿Acaso el Señor no nos dice...?

—Discúlpeme, señor, pero al parecer iba usted a responder a las cuestiones planteadas en nuestro reportaje.

—¿Qué cuestiones? Su reportaje no se ocupa de las cuestiones importantes de Estados Unidos. Y estoy hablando del Armagedón, señorita Lowell. Los miembros de la Santa Cruzada entienden bien lo que está sucediendo. Entienden que vivimos en una era de Sodoma y Gomorra, que los herejes y los infieles atacan a Dios. Dixie y yo hacemos el trabajo del Señor, pero Él nos auxilia. A todos nos envía señales que usted prefiere ignorar.

—El reportaje hablaba de su situación eco...

—Fíjese en eso que llaman «el virus del sida», por ejemplo —la interrumpió Sanders, alzando la voz en exceso—. Lo que llama usted «el nuevo fenómeno del sida» no es más que el capítulo final de Sodoma y Gomorra. Está muy claro que Dios ha castigado con su plaga a esos homosexuales y pervertidos infames e inmorales.

—Reverendo Sanders...

—¿Por qué le resulta tan difícil creerlo? —preguntó con voz serena y una sonrisa que era ahora más brillante, con ojos chispeantes—. La mayoría de los estadounidenses creen en la obra de Dios tal y como la transcribe la Biblia. ¿Por qué, entonces, va a ser difícil creer que el Señor sigue actuando en nuestros tiempos presentes? No tenemos ninguna dificultad en aceptar la historia de las plagas del antiguo Egipto. ¿Por qué, entonces, es tan difícil aceptar una plaga en los Estados Unidos modernos? La aflicción caiga sobre quien haga oídos sordos. Los pecadores, señorita Lowell, ya no tienen un lugar en el que ocultarse. Si el sida no es una señal de lo que está por llegar, si el sida no le lleva a aceptar que Nuestro Señor es su única salvación y su único arrepentimiento, nada podrá mostrarle la luz. Estará condenada.

Sara cerró los ojos e intentó mantener su ira bajo control. Se daba cuenta de que tenía que continuar con la misma línea de preguntas, que sería una equivocación apartarse del tema de sus irregularidades financieras. Sin embargo, la ira que la embargaba tenía otras ideas.

—¿Y qué me dice de las otras víctimas, reverendo Sanders? —le preguntó, intentando mantener la calma en la voz.

—¿Qué otras víctimas?

—Sí, ¿qué me dice de las llamadas víctimas inocentes del sida, los niños recién nacidos que llegan con esa enfermedad mortal o las personas que contraen el virus a través de transfusiones de sangre? ¿Cómo explica usted el hecho de que el sida sea actualmente la primera causa de muerte entre los hemofílicos?

Otra vez aquella maldita sonrisita de suficiencia.

—Yo no lo explico, señorita Lowell. Yo no explico nada. La Biblia lo explica por mí. Lea las palabras del Señor y lo verá con sus propios ojos. La Biblia nos dice que no todas las criaturas vivas de los tiempos de Noé eran crueles y sin corazón, y sin embargo el Señor decidió salvar solamente a las criaturas que entraron en el arca. Y en la historia de Moisés, ¿por qué los inocentes se vieron obligados a sufrir aquel vendaval de plagas que asediaba Egipto? La Biblia nos da una respuesta muy simple, señorita Lowell. Que los caminos del Señor son inescrutables. ¿Quiénes somos nosotros para poner en cuestión sus planes finales? Lo sé, lo sé, es un viejo tópico, pero resulta que es verdad. No puede usted negar que la gran mayoría de los afectados por esta plaga divina son personas anormales de conductas perversas, y que sí, que en ocasiones los inocentes han de pagar por los pecados de sus hermanos. Es por eso por lo que les pido a todos que regresen de nuevo al Señor y se arrepientan antes de que sea demasiado tarde. El Señor no permitirá que se encuentre una cura para ese mal hasta que haya librado a todo el planeta de los inmorales...

«Menuda jugada, Sara». Le había hecho caer en la trampa. Había permitido que aquel imbécil se subiera a la tarima y se pusiera a predicar. Y ya era hora de bajarlo de allí.

—Reverendo Sanders, ¿por qué no ha presentado usted la declaración de la renta desde hace doce años? ¿Por qué su esposa, Dixie, y usted no han pagado un céntimo de impuestos sobre la renta en todo este tiempo?

Donald Parker estaba sentado cómodamente, expectante. No quería interrumpir. El director del programa indicó que venía un corte publicitario, pero Donald le hizo un gesto de que lo retrasara.

—Señorita Lowell, usted conoce la ley tan bien como yo. Este gran país de nuestros desvelos se esfuerza por proteger la libertad religiosa, a pesar de lo que intentan hacer algunos comunistas y ateos. Puede que hayan logrado un éxito temporal y expulsado a Dios de las escuelas y asesinado a niños no nacidos, pero la marea va a cambiar...

—Gracias, reverendo Sanders, pero estábamos hablando de sus impuestos. Trate de responder a la pregunta, por favor.

—Estoy contestando a su pregunta, señorita Lowell. Dixie y yo somos ciudadanos respetuosos con la ley. Pagamos la cuota de impuestos que nos corresponde.

—¿Cuánto pagó usted de impuestos sobre la renta el año pasado, reverendo Sanders?

—Las iglesias no tienen que pagar impuestos. Es lo que se llama separación entre la Iglesia y el Estado. Puede leer sobre el tema en la Constitución.

—He leído la Constitución, reverendo Sanders —dijo Sara, colocándose bien las gafas—, pero, con el debido respeto, usted no es una iglesia. Sin duda, no pretenderá sugerir que las personas que trabajan en las iglesias pueden librarse de pagar impuestos y obligar a los estadounidenses que trabajan duro a llevar también su carga, ¿o sí?

La sonrisa le flaqueó un tanto y, durante un breve momento, apareció una grieta en la fachada, que permitió atisbar el alma fría que había tras la sonrisa.

—Por supuesto que no —dijo—. Tergiversa usted todo lo que se le dice para conformarlo a sus propósitos, y los justos lo saben. Los justos no se desviarán del camino del Señor por sus mentiras. Repito cuanto he dicho hasta aquí. He pagado mi parte proporcional de impuestos. Todo este tema no es más que una trama de los laicistas para arruinar mi buen nombre.

En ese momento, Donald Parker intervino por fin:

—Gracias, reverendo Sanders. Haremos una pausa y volveremos después de este mensaje. No se vayan.

—Doctor Lowell, ¿puedo hablar con usted un momento?

El doctor Lowell levantó la mirada, visiblemente molesto.

—¿No puede esperar a que termine el programa, Ray?

—Ahora hay anuncios —dijo Raymond.

Era el doctor Raymond Markey, que trabajaba para el Departamento de Salud y Servicios Humanos. Un hombre bajito, con unos brazos y unas piernas que parecían demasiado cortos para el cuerpo. Los gruesos cristales de sus gafas aumentaban cinco veces el tamaño de esos ojos pequeños y oscuros y le conferían un aspecto más bien de bobo de película antigua que de doctor en Medicina. La verdad es que ahora Markey apenas ejercía la medicina. Su trabajo como secretario adjunto del departamento lo introducía en el terreno político mucho más de lo que estaba dispuesto a admitir.

Con un profundo suspiro, John Lowell se levantó y salió de la habitación. Los dos hombres caminaron juntos por el pasillo. Una vez solos del todo, Lowell dijo:

—Muy bien, ¿de qué se trata?

Los gigantescos ojos de Raymond Markey exploraron el pasillo como los haces de dos focos del patio de una cárcel.

—Esta noche va a venir a su fiesta.

—¿Qué? —El rostro de Lowell se puso rojo de ira—. No quiero a ese hombre en mi casa. Creí que lo había dejado claro.

—Y lo dejó.

—Es demasiado peligroso —susurró—. En este momento, con esta fiesta, con todo.

—No importa —dijo Markey—. Vendrá. Creí que debería decírselo.

Lowell renegó en silencio, apretando los puños.

—Ese hijo de puta nos va a destruir a todos.

Mientras la fiesta iba llegando a su apogeo, el grupo de hombres que rodeaba a Cassandra luchaba por ocupar el centro del escenario como actores engreídos. Sin embargo, a Cassandra, habituada a escenas así, no podían importarle menos. Se limitaba a sonreír encantadora, seductora, saludando con la cabeza aquí y allá, pero sin escuchar nunca de verdad. Sí, sí, todos eran hombres importantes. Randall Crane era el propietario de varios grupos empresariales. Había aparecido en la portada de la revista Fortune con un aire de lo más serio y distinguido. Ahora bien, era un pelmazo. Todos eran de lo más aburridos. Si aquellos hombres no poseyeran unas cantidades tan descomunales de dinero, nadie se habría molestado siquiera en escuchar sus peroratas autocomplacientes.

Un grupo de hombres bien vestidos comentaba el debut de Sara en NewsFlash. Cassandra recorrió con la mirada la gran sala de baile de la mansión y reconoció la mayor parte de los casi trescientos invitados. «Hipócritas», pensó. La verdad es que les importaba una buena mierda lo de la lucha contra el cáncer. Habían ido para que los vieran, para hacer relaciones e impresionar. Si eso exigía rascarse el bolsillo y dar un poco de dinero para la beneficencia, estupendo, era el precio de la entrada. Pero lo importante era que lo vieran a uno.

Randall Crane interrumpió sus pensamientos.

—¿Sabes cómo he llegado aquí esta noche, Cassandra? —preguntó.

—No, Randall —le contestó sin mirarlo apenas—. ¿Por qué no me lo cuentas?

—En mi helicóptero privado —dijo orgulloso—. Acabo de comprar ese pajarito. De ocho plazas. Y tengo piloto, copiloto y azafata propios con dedicación exclusiva.

—¿Azafata? —repitió Cassandra—. ¿En un helicóptero?

Randall Crane asintió con la cabeza.

—Vinimos desde el tejado de mi rascacielos de la calle Cuarenta y siete hasta aquí en menos de una hora.

—Me dejas muy impresionada, Randall.

El viejo sonrió encantado.

—¿Quieres que demos una vuelta en él? Ni te imaginas lo rápido que vuela.

Se había metido en la cama con Randall Crane hacía más de tres años, y el hombre había durado más o menos lo que un chaval de quince años en su primera vez. Casi no había podido ni quitarse los pantalones.

—Tendrías que aprender a ir más despacio, Randall —le dijo ella con una sonrisa maliciosa—. La velocidad no siempre es buena, ya sabes.

Mientras veía ruborizarse a Randall, Cassandra descubrió a Michael en la esquina del fondo, de pie en un rincón con aquel medicucho amigo suyo.

Michael estaba rematadamente guapo con su esmoquin; era el único hombre de la fiesta que se atrevía a llevar una pajarita morada de flores y una faja a juego en vez de las negras convencionales. Pero así era Michael. Siempre un poco alejado del centro. Hacía casi seis meses que Cassandra no lo había visto, pero seguía con un aspecto fantástico.

La verdad es que era algo extraño. Durante años, Cassandra había ido robándole a Sara todos sus novios, empezando por Eddie Myles, su primer enamorado en el instituto. Cassandra había montado el acto de seducción de tal forma que Sara no tuviera más remedio que encontrarse con los dos.

Y así fue.

A Sara se le pusieron los ojos como platos cuando vio a su novio con los pantalones en los tobillos y Cassandra arrodillada delante de él. El rostro se le retorció con angustia. Pero Eddie no fue más que el primero. Para Cassandra se convirtió en un juego. Un nuevo desafío. Cada vez que Sara se arriesgaba a confiar en alguien, su hermana iba a por él. Con cada seducción, las heridas de Sara volvían a sangrar. La inseguridad fue instalándosele en la psique. Sara se hizo más consciente de sus problemas de salud. Se le fue esfumando la confianza. Convirtió el sarcasmo en una defensa. Cassandra observaba cómo su hermana se iba distanciando del mundo exterior. Se dedicaba a sus estudios, se quedaba sola en su habitación poniendo aquella espantosa música heavy metal a toda pastilla. Hasta que no quedaron más chicos a cuya casa pudiera ir Cassandra.

Pero Sara se había hecho la mosquita muerta. De alguna manera, la muy ladina había pescado al mejor de todos. Al cabrón de Michael. A aquel cabrón guapísimo y maravilloso.

Cassandra dio un paso hacia delante.

—Perdonen un momento, caballeros.

Los hombres se fueron separando para dejarle paso. Cassandra no podía quitar los ojos de Michael. Habían pasado seis meses desde la última vez que se vieron. Y en seis meses podían haber cambiado muchas cosas.

Cassandra avanzaba hacia Michael.

En el asiento de atrás de una limusina del estudio, Sara no podía estarse quieta. Intentaba deshacerse de la excitación del programa, pero el flujo constante de adrenalina no se lo permitía. Se balanceaba atrás y adelante en el mullido asiento de cuero, con un torbellino de ideas en la cabeza. Había pasado del Blue Öyster Cult al sonido más contemporáneo de Depeche Mode, pero seguía sin reducir la marcha. A mitad de Basphemous Rumor, el chófer de la limusina levantó la ventanilla de separación para aislarse del sonido.

Bien.

Pronto vería a Michael. Resultaba una cursilada, pero en días como ese lo mejor era rememorar cada uno de los detalles con su marido. Con una mueca, Sara se soltó el aparato de la pierna y se frotó el pie. Los aparatos para las piernas habían mejorado de forma espectacular con los años, desde los tiempos en que tenía que llevar uno muy pesado de metal que le apretaba como un tornillo de banco a los de fibra de vidrio actuales, que ceñían pero no comprimían. Aun así, el aparato estorbaba y la pierna le daba pinchazos dolorosos cuando tenía que llevarlo mucho tiempo. Se dio un masaje con una mano experta en el pie y la parte baja de la pantorrilla. La sangre empezó a circular otra vez.

Sara había nacido dos meses antes de tiempo, y desde el principio fue una niña enfermiza. Unas infecciones le afectaron los pulmones y le produjeron una neumonía y una infancia llena de complicaciones de salud. El difícil parto también le había provocado un daño irreparable en un nervio del pie izquierdo. De niña, Sara necesitaba un aparato y unas muletas de metal para caminar. Ahora ya no usaba muletas, pero el aparato y, de vez en cuando, un bastón seguían a la vista.

Toda su juventud estuvo llena de visitas constantes al hospital y viajes para ver médicos especialistas y terapeutas. Durante interminables días soleados de verano, Sara se veía obligada a permanecer encerrada en su cuarto en vez de jugar al aire libre con los otros niños. Los tutores iban a verla a casa o al hospital porque se perdía muchas clases. Tenía pocos amigos. Las compañeras de colegio nunca la hacían rabiar ni se mofaban de ella, pero daban de lado a aquella extraña niña y la trataban como a una especie de intrusa. A Sara no le permitían asistir a clase de gimnasia. En los recreos tenía que sentarse en los escalones. Los otros niños la miraban con cautela, casi asustados de aquella muchachita frágil y pálida, como si representara la muerte en un lugar que solo entendía de inmortalidad.

Por mucho interés que pusiera en intentar no serlo, Sara fue siempre distinta, siempre consentida, siempre atrasada. Y lo odiaba. Al hacerse mayor, Sara fue aprendiendo que la cojera y el aparato no eran tan difíciles de superar como la percepción de los demás. Cada vez que sufría un revés, a los profesores les faltaba tiempo para excusarse en su salud.

—No es por tu culpa, Sara. Si tuvieras mejor salud...

Sin embargo, cada vez que le decían eso, Sara tenía ganas de gritar. No quería escuchar más excusas ni utilizarlas para justificar sus carencias; lo que quería era superarlas. Controlar eso. Borrarlas del mapa.

El conductor salió de la carretera y tomó el camino de entrada a la casa. Había coches estacionados por todas partes: Rolls Royces, Mercedes, grandes limusinas de toda suerte, coches con matrículas especiales del gobierno. Algunos chóferes estaban de pie alrededor del camino de entrada, fumando cigarrillos y charlando. Otros permanecían en su coche y leían la prensa.

Cuando la limusina llegó a la casa, Sara volvió a ponerse el aparato, agarró el bastón y se encaminó con todo el garbo que pudo hacia la puerta de entrada.

Michael dio otro sorbo a su Perrier. Sentía un dolor constante que le machacaba el abdomen, pero no se lo comentó a Harvey. Había planeado decirle algo, pero esa noche Harvey estaba tan distraído que Michael decidió esperar. Observó que los ojos de Harvey saltaban nerviosos de uno a otro de los invitados reunidos en la gran sala de baile. Su aspecto general, siempre con un toque de desaliño, era un desastre absoluto.

—¿Te encuentras bien, Harv?

—Estupendo —respondió rápidamente.

—¿Estás pensando en algo?

—Pues... ¿A qué hora tiene que aparecer Sara?

Era la tercera vez que lo preguntaba.

—En cualquier momento —dijo Michael—. Pero ¿por qué demonios es tan importante?

—Nada —contestó Harvey con una sonrisa algo tensa—. Tu esposa y yo estamos teniendo un fogoso romance a tus espaldas, eso es todo.

—¿Otra vez? No soporto que me robes a las mujeres, Harv.

Harvey se dio unos golpecitos en la barriga e intentó alisarse aquel pelo alborotado.

—¿Qué puedo decirte? Soy un semental.

—¿Qué planes tienes para la semana que viene? —le preguntó después de dar otro pequeño trago a su agua.

—¿La semana que viene?

—Tu cumpleaños, Harv.

—Ah —dijo Harvey—, eso.

—Solo se cumplen cincuenta una vez, muchachote.

Harvey apuró lo que quedaba de su martini.

—No me lo recuerdes.

—Cincuenta años —dijo Michael, soltando un silbido—. Cinco décadas enteras.

—Cierra el pico, Michael.

—Medio siglo. Las bodas de oro. Cuesta creerlo.

—Eso es un amigo, Mike. Gracias.

—Venga, Harv —dijo Michael, sonriendo—. Nunca has tenido mejor aspecto.

—Sí, bueno, es que me canso de quitarme a las mujeres de encima a fuerza de palos. —Harvey miró detrás de Michael y descubrió que Cassandra se dirigía hacia ellos—. Hablando de apartar a las mujeres a fuerza de palos...

—¿Qué?

—Alarma de cuñada.

—¿Dónde?

—Hola, Michael —dijo Cassandra, dándole unas palmaditas en el hombro.

—Justo detrás de ti.

—Gracias. —Michael se volvió de mala gana hacia Cassandra—. Buenas noches, Cassandra.

—Cuánto tiempo sin verte, Michael —le dijo—. Mucho. Seis meses, creo.

—Una cosa así. ¿Te acuerdas de mi amigo Harvey Riker?

—Ah, sí. El médico.

Harvey dio un paso adelante.

—Me alegro de volver a verte, Cassandra.

Cassandra hizo un ligero gesto con la cabeza, ignorándolo, porque no quitaba los ojos del rostro de Michael.

—¿Qué tal me ves esta noche, Michael?

—Bien.

—¿Bien? —repitió ella.

Michael se encogió de hombros.

—Eso no compromete a nada —señaló Cassandra.

Michael volvió a encogerse de hombros. Cassandra dirigió su atención a Harvey por un brevísimo instante.

—Doctor Riker, ¿está usted de acuerdo con la valoración de Michael?

Harvey se aclaró la garganta.

—Esto... Me vienen a la cabeza un montón de palabras, Cassandra. Pero bien no es una de ellas.

Cassandra sonrió brevemente, con la mirada de nuevo puesta en Michael.

—Michael, ¿podemos hablar un momento? —preguntó.

—Mira, Cassandra...

—No hay problema —interrumpió Harvey—. De todos modos, necesito llenar el vaso.

Los dos lo miraron mientras se alejaba. En la parte delantera del salón, los músicos de la orquesta contratada por el doctor Lowell terminaron de interpretar Tie a Yellow Ribbon y pasaron a Feelings. El vocalista sonaba como un gato atrapado en un horno.

—¿Te apetece bailar? —preguntó Cassandra.

—No, gracias.

—¿Por qué no?

—No estoy de humor. ¿De qué querías hablar conmigo?

—Deja de ser tan grosero, Michael. Te lo diré enseguida. Finjamos que estos son los preliminares. Has oído hablar de los preliminares, ¿verdad?

—Me parece que leí algo sobre el tema en Cosmopolitan.

—Muy bien. ¿Te gusta mi vestido?

—Divino. ¿Qué quieres?

—Michael...

—No pretenderás realmente empezar otra vez la misma mierda, ¿verdad?

—¿Qué mierda?

—Sabes muy bien qué mierda, Cassandra.

—Ah, ¿sí?

—Estoy casado con Sara, por el amor de Dios. ¿Te acuerdas de Sara, esa rubia, pequeñita, preciosa, con un gusto horrendo para la música y que es tu hermana?

—¿Y qué?

—Entonces, ¿por qué no dejas de molestarme? —dijo Michael, alzando los ojos—. ¿Por qué siempre tienes que acercarte a mí como una fulana de telenovela?

Cassandra se lo quedó mirando.

—No apruebas mi comportamiento, ¿eh, Michael?

—No me corresponde a mí aprobar o desaprobar.

—Bueno, ¿y qué piensas de mí, entonces? —le preguntó, dando un sorbo a la bebida—. Pero de verdad.

—Pienso que eres estupenda —le dijo—. Eres muy guapa, divertida y lista, pero cuando te comportas de este modo —añadió, encogiéndose de hombros— me pones medio enfermo.

—Eres tan encantador... —Cassandra alargó la mano y la puso sobre el pecho de Michael. Luego le guiñó el ojo, se inclinó hacia delante y lo besó en la mejilla.

—¿Por qué has hecho eso? —le preguntó él.

Volvió a guiñarle el ojo y señaló a su espalda.

—Por eso —dijo.

Michael dio media vuelta. De pie, en la entrada, Sara los observaba.

Unas pocas horas antes, George había conseguido robar un coche y cambiarle la placa de la matrícula. Estuvo un rato dando vueltas por la zona próxima a la finca de los Lowell para asegurarse de que se aprendía todas las posibles vías de huida antes de aparcar el vehículo en un solar abandonado, a varios kilómetros de distancia. Una vez allí, untó el paté de hígado de oca en una tostada y se sirvió un vino tinto. Muy joven. Un Beaujolais-Villages.

El almuerzo perfecto.

Una vez terminó, limpió el coche, miró el reloj y arrancó de vuelta hacia la mansión del doctor Lowell. Metió la mano en el bolsillo de sus pantalones de Banana Republic y sacó el estilete. Apretó el botón del muelle con el pulgar. La hoja larga y fina saltó con un elegante movimiento.

Espléndido.

Cerró la hoja y volvió a guardársela en el bolsillo. Basta de juegos. Basta de vino y canciones. Era hora de ponerse a trabajar.

3

Harvey Riker decidió tomarse otro martini. El tercero. ¿O era el cuarto? No estaba seguro. Harvey no era un gran bebedor, pero últimamente se había descubierto echando el ojo a las botellas con un respeto y un deseo nuevos. Habían pasado tantas cosas las últimas semanas... ¿Por qué ahora? ¿Por qué cuando estaban a punto de acorralar e incluso destruir el virus del sida tenía que suceder todo aquello? Le tendió el vaso al camarero.

—Otro —dijo sin más.

El camarero titubeó, pero luego cogió el vaso.

—El último, ¿de acuerdo?

Harvey asintió. El camarero tenía razón. Ya era más que suficiente. Dio media vuelta y volvió con la gente. Michael seguía hablando con Cassandra. Tío, aquella mujer era otra cosa. Y luego hablan del calor. Cualquiera se quemaría solo con estar al lado de aquel sol. O pillaría una insolación.

«¿Qué edad debe de tener, Harvey? Es lo bastante joven como para ser tu hija, calculo».

Se encogió de hombros. Las fantasías no hacen daño, ¿verdad? No obstante, enseguida volvió a centrarse en otro asunto: el asunto. Sus ojos recorrieron el salón, pero seguía sin haber señales de Sara.

—Hola, doctor Riker.

Harvey se volvió hacia aquella voz conocida.

—¡Hombre, Bradley! ¿Cómo estás?

Bradley Jenkins, el hijo del senador, le ofreció una sonrisa.

—Mucho mejor, gracias.

—¿Alguna complicación?

Bradley negó con la cabeza.

—Ahora mismo me encuentro estupendamente —respondió—. Es como una especie de milagro... Solo que no sé lo que durará.

Harvey miró a aquel joven de voz suave. Sara se lo había presentado hacía años, mucho antes de que Bradley se convirtiera en paciente suyo o de que sospechara siquiera que tenía sida.

—Tampoco nosotros, Bradley —le dijo en tono serio—. Lo importante es continuar con el tratamiento. Interrumpirlo a la mitad puede ser más peligroso que la enfermedad en sí.

—Estaría loco si lo interrumpiera.

—¿Cuándo te toca la próxima visita?

Bradley no llegó a contestar porque su padre se interpuso en medio de los dos.

—Ni una palabra más —le susurró el senador Jenkins a Harvey—. Venga conmigo.

Harvey hizo lo que el senador le pedía. Fue tras él por el largo pasillo, dejando uno o dos metros entre ambos. El senador Stephen Jenkins se detuvo junto a la última puerta, la abrió, miró hacia atrás para asegurarse de que no había nadie mirando en el pasillo y luego hizo un gesto a Harvey para que entrara. Cerró la puerta tras ellos.

Se encontraban en la biblioteca del doctor Lowell. Una sala enorme, de dos niveles, repleta desde el suelo hasta el alto techo de gruesos libros encuadernados en cuero. Había una escalera móvil para facilitar el acceso a los volúmenes de los estantes más altos y un pasillo volado que rodeaba la sala como una pista de atletismo. Las estanterías, el suelo y los muebles eran de color roble oscuro.

El senador Jenkins se puso a dar vueltas.

—Tendría que ser más prudente y no hablar con mi hijo en público.

—Solo estábamos conversando —le dijo Harvey—. Esto es una fiesta. La gente charla.

—¿Sabe usted lo que ocurriría si la gente descubriera la verdad sobre Bradley?

Harvey hizo una pausa.

—¿La paz en Oriente Medio?

—No se haga el gracioso conmigo, Riker.

—¿El apocalipsis nuclear? ¿El final de las secuelas de Viernes 13?

—Estoy en deuda con usted, doctor Riker, pero no me pinche, por favor.

—Usted no me debe nada —dijo Harvey con tono cortante.

—Le ha salvado la vida a mi hijo.

—Eso no lo sabemos. Solo estaremos seguros con el tiempo.

—Aun así —dijo el senador—, es alentador. Le estoy muy agradecido.

—Me conmueve.

—También he sabido lo de la muerte de su socio, el doctor Grey. Mi sentido pésame.

—¿Le apetece hacer una donación pública a su causa favorita?

El senador soltó una risita sin ningún humor.

—No.

—Entonces, ¿qué me dice de hacer que el Senado vote concedernos más fondos?

—Usted sabe que no puedo hacer eso. Los medios de comunicación y la oposición me harían trizas.

—¿Por ayudar a curar una enfermedad mortal?

—Por gastarme los dólares ganados con esfuerzo por los contribuyentes para ayudar a un puñado de pervertidos inmorales y afeminados.

—¿Como su hijo?

El senador bajó la cabeza.

—Un golpe bajo, Riker —le dijo—. Muy bajo. Si llegara a saberse que Bradley era... —Calló de pronto.

—¿Gay? —Harvey terminó la frase por él—. ¿Es esa la palabra que buscaba? Bueno, pues no se sabrá, por lo menos por mí no.

—En ese caso, haré todo cuanto pueda por ayudar a su clínica..., pero discretamente, por supuesto. —El senador Jenkins se paró a pensar un momento—. Además —continuó—, hay otras maneras de recaudar más dinero sin involucrarme a mí.

—¿Como qué?

—Hacer públicos sus resultados.

—Es demasiado pronto.

—Nunca es demasiado pronto —replicó Jenkins—. ¿No cree usted que en Washington ya hay rumores sobre sus éxitos? ¿Cómo piensa que lo descubrí yo? Basta con que enseñe a la prensa unos cuantos análisis de sus pacientes. Con que les enseñe los de ese chico, Krutzer, o los de Paul Leander.

—¿Y qué me dice de Bradley? —sugirió Harvey casi sonriente—. No hay duda de que el hijo de un senador atraería más la atención que un par de gais desconocidos.

—A él no puede utilizarlo.

—¿Aunque eso significara salvar más vidas...? ¿O es que su hijo es el único homosexual que se merece que lo salven?

—No puede utilizar a Bradley, Riker. Y eso es incontestable. ¿Entendido?

—Entendido, senador. Entiendo que hay cosas más importantes que las vidas humanas. Como las campañas para la reelección, por ejemplo.

El senador se acercó un paso más. Era un hombre alto y el doctor, a su lado, parecía muy menudo.

—Empiezo a estar cansado de tanta indignación moral por su parte, doctor Riker. Tiene las de perder, y he visto hundirse a mucha gente por errores más pequeños.

—¿Es una amenaza?

—No, un aviso. Alguien puede decidir darle una patada si se pone demasiado pesado.

Harvey le devolvió la mirada al senador.

—Me parece que me toma por alguien que no vale una mierda —replicó en tono calmado—. Si mi clínica se va a pique, hay cierto senador por Arkansas, un derechista de mente estrecha, que se hundirá conmigo.

—Caray, está usted ciego, Riker —le espetó el senador Jenkins negando con la cabeza—. Ni siquiera entiende en qué se ha metido.

—Pues dígamelo usted.

—Su causa tiene una buena cantidad de enemigos —continuó Jenkins—. Hay muchísima gente a la que no le importaría acabar con sus investigaciones. Gente poderosa.

—¿Como usted?

Jenkins dio un paso atrás y sacudió la cabeza.

—Yo solo pretendo salvar la vida de mi hijo —dijo en voz baja—. Pero hay personas importantes que quieren que se cierre la clínica... definitivamente.

—Eso ya lo sé, pero puedo arreglarme.

El senador Stephen Jenkins echó a andar hacia la puerta y la abrió.

—No —dijo—, no creo que pueda.

Sara se quedó mirando a Michael y a Cassandra. Apretó la empuñadura del bastón con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos. Reprimió el deseo de machacar a Cassandra con ese mismo bastón. Cerró los ojos por un instante. Comprendió que eso sería seguirle el juego a su hermana, ya que lo que pretendía Cassandra era justamente ponerla nerviosa. Aun así, no por eso dejó de sentir una oleada de rabia y de celos que le pintó las mejillas de rojo.

Dios sabía que ya tendría que estar acostumbrada al modus operandi de Cassandra.

Se aclaró la garganta y empezó a andar hacia ellos, pero alguien le bloqueó el paso.

—Buenas noches, señorita Lowell.

Levantó la vista, sorprendida.

—Ah, buenas noches, reverendo Sanders.

—Por favor —dijo el predicador con su famosa sonrisa iluminándole la cara—, concédame un momento.

La acompañó hacia el pasillo vacío hasta quedar fuera del campo de visión.

—No esperaba verlo aquí —empezó Sara.

«¿Y qué demonios está haciendo aquí, por cierto?».

—La Santa Cruzada es un importante contribuyente a la organización de su padre —explicó—. Así que su padre no tuvo más remedio que invitar a un representante de nuestra organización. Y como yo siempre quise conocer al prestigioso doctor Lowell, decidí ser yo ese representante.

—Entiendo —replicó Sara.

—Sí, señorita Lowell, a pesar de su crítica despiadada a la Santa Cruzada y a lo que como temerosos de Dios creemos...

—Yo no he hablado de creencias en el reportaje —lo interrumpió Sara—. Me he referido a las finanzas y los impuestos.

Sanders sonrió.

—Se cree usted muy lista, ¿verdad que sí, señorita Lowell? —le dijo Sanders—. ¿De veras cree que su mezquino reportaje puede hacer daño a mi ministerio? Es usted idiota. Al intentar destruirme ha conseguido justo lo contrario.

Sara se apoyó en el bastón.

—No sé de qué me habla, pero si me disculpa... —dijo, y se dispuso a regresar a la fiesta, pero Sanders alargó la mano y la sujetó con firmeza por el codo.

—No han dejado de enviarnos dinero desde que finalizó la transmisión, señorita Lowell. Nuestro número de teléfono suena como un loco. La publicidad gratuita del programa...

—Suélteme o me pongo a cantar con voz de tiple.

La sujetó aún más fuerte. Continuó:

—Sus ataques contra mí han movilizado a mis partidarios. Los justos ven una amenaza y se alzan para ayudar...

—¿Hay algún problema por aquí?

Sanders soltó el brazo de Sara y se volvió rápidamente hacia la voz. Recuperó la sonrisa.

—¡Caramba, si es Michael Silverman! ¡La estrella del baloncesto! Soy un gran fan suyo. Me alegro de conocerlo.

Sara vio que Sanders tendía la mano. Los ojos de Michael echaban chispas, apenas conseguía contener la ira. Sara se acercó a Michael y le acarició el hombro. Los músculos de Michael estaban tensos y agarrotados. Él siguió ignorando la mano tendida del reverendo. Unos segundos después, Sanders la retiró casi sin suavizar la sonrisa.

—Sí, bien, ha sido muy agradable hablar con ustedes —farfulló Sanders—, pero debo volver de inmediato a la fiesta.

—Oh, ¿de veras? —replicó Michael.

Sanders estaba empapado de sudor.

—Espero volver a verlos en la fiesta —dijo—. Adiós, señorita Lowell.

—Adiós, reverendo.

Sanders se volvió hacia Michael.

—Ah, por cierto, señor Silverman, la Santa Cruzada apoya de forma incondicional a Israel. He pensado que debería saberlo.

Michael se quedó mirando cómo Sanders desaparecía por el pasillo.

—Permiso para machacarle la cabeza.

—Permiso denegado... Por ahora.

—Ya nunca me dejas divertirme —dijo Michael, empezando a relajarse un poco.

—Lo siento.

—Así que apoya de forma incondicional a Israel. ¿No es estupendo, cariño? Apostaría a que algunos de sus mejores amigos son judíos.

Sara asintió con la cabeza.

—Y probablemente quiera convertirse.

—Yo le haré la circuncisión.

Michael estrechó fuertemente a Sara.

—¿Te encuentras bien? —le preguntó.

—Muy bien —respondió Sara. Se quitó las gafas y las limpió con el pañuelo de Michael—. Así, ¿qué ha hecho esta noche, mi valiente héroe?

—Lo de siempre. —Michael se encogió de hombros—. He salvado a niños pequeños de las llamas, he luchado contra el crimen en las calles, he sufrido los coqueteos de tu hermana.

Sara se rio.

—Cassandra es un pelín agresiva.

—Solo un pelín, como Napoleón. No te habrás molestado, ¿verdad?

—¿Yo? —preguntó Sara—. Qué va. Aunque he sentido un fuerte deseo de aplastarle la cabeza con el bastón.

—¡Esta es mi chica!

—Supongo que te has defendido con bravura.

Michael se llevó la mano al pecho.

—Mi castidad permanece intacta.

—Bien.

—Por cierto, esta noche has estado estupenda.

Sara arqueó las cejas.

—Quiero decir en el programa, boba. No me extraña que Sanders estuviera cabreado. Has ido a machete contra él.

—Pero probablemente tenga razón, Michael. Lo único que hará el informe es dar alas a sus adeptos y aportarle unos cuantos más. Eso es todo.

—A corto plazo, puede ser. Pero hasta los imbéciles acaban aprendiendo.

—No son imbéciles. Un poco crédulos, tal vez...

—Lo que sea —le replicó él, cogiéndola de la mano—. ¿Preparada para presentarte ante el público que te adora?

—No del todo.

—Bueno, entonces sígueme, minina.

—¿Adónde?

—Antes, por la tarde, me has dicho algo de montármelo contigo, creo recordar.

—Ah, ¿sí? No me acuerdo.

—Ha sido justo después de que me llamaras «taladro».

—¡Oh! —dijo, echando a andar hacia la escalera—. Ahora me acuerdo.

—¡Senador Jenkins!

Stephen Jenkins se volvió hacia la voz. Su sonrisa falsa de buscavotos, que lucía clavada en su flácido rostro, se mostró todavía más agradable.

—Hola, reverendo —dijo—. ¡Qué maravilla verlo a usted!

El senador Jenkins y el reverendo Sanders se dieron un buen apretón de manos. El senador sabía que Sanders era una de las personas más influyentes en el sur. A lo largo de los últimos diez años, la derecha religiosa había sido crucial para la reelección del senador Jenkins y nadie le procuraba tantos votos como el reverendo Ernest Sanders. Si alguien tenía a Sanders de su lado, se dedicaba a alabarlo como un auténtico descendiente de los profetas. Si lo tenía en contra, bueno, el demonio recibía mejor trato que él en sus sermones. Por suerte para Jenkins, el reverendo lo había respaldado. Sin su apoyo bien enraizado, el senador tal vez hubiera perdido en la última ronda frente a aquel progresista en ascenso que los demócratas habían presentado contra él.

—Gracias, Stephen. Menuda fiesta, ¿verdad?

—Oh, sí —repuso Jenkins.

Sin ni siquiera hacer un gesto con la cabeza o cruzar una mirada de complicidad, los dos hombres echaron a andar por el largo pasillo hasta que estuvieron lo suficientemente lejos de las miradas y los oídos. Sus sonrisas desaparecieron de inmediato. Ernest Sanders se acercó al oído de Jenkins con la expresión tensa y decidida.

—No estoy muy satisfecho con la lista de invitados de esta fiesta —dijo.

—¿A qué se refiere?

—¿Qué diantre hace aquí el doctor Harvey Riker?

—Es muy amigo de la hija de John —le explicó Jenkins.

—Eso no es bueno, Stephen. Que este hombre esté aquí... sirve para conferirle cierta legitimidad, ¿no le parece?

El senador asintió, aunque en realidad no estaba de acuerdo. Sabía también que su viejo amigo John Lowell estaba infinitamente más molesto por tener a Sanders allí que a Riker. John había dejado muy claro que no quería que nadie supiera de su relación con el predicador.

—Últimamente han pasado muchas cosas —continuó Sanders—. Será mejor que estemos preparados. Creo que deberíamos reunirnos la semana que viene.

—¿Dónde?

—En Bethesda.

El senador asintió de nuevo.

—¿Se queda mucho tiempo en la ciudad, reverendo? —preguntó.

—No —respondió Sanders—. Me marcho mañana por la tarde. Solo he venido por lo de la entrevista y... ¿cómo lo diría? —Hizo una pausa, pensativo—. Para mantener unida la sagrada coalición.

Jenkins sintió un latigazo frío recorrerle la espalda.

—No le entiendo —dijo.

Sanders miró directamente a Stephen Jenkins.

—No hay nada de lo que preocuparse, Stephen —dijo—. Yo me ocuparé de todo.

Unas pocas horas después, Harvey Riker descubrió a Sara, sola, junto a la barra del bar. «Por fin —pensó, mientras algo semejante al alivio le recorría el cuerpo—, una oportunidad para hablar con ella a solas». Durante los últimos quince minutos, Harvey había estado observando a Sara y a Bradley Jenkins sumidos en lo que parecía una conversación muy seria. Fueron interrumpidos por el padre de Bradley, que se unió a ellos y se llevó a Bradley consigo. Nada sorprendente. Harvey sabía que Sara era la confidente de Bradley. Y probablemente el senador Jenkins también lo supiera.

Sara estaba apoyada sobre su bastón dando pequeños sorbos a su bebida. Harvey se le acercó.

—Aquí estás —empezó—. Llevo toda la noche buscándote. Enhorabuena por el programa.

—Gracias, Harvey —dijo ella tras darle un beso en la mejilla—. ¿Cómo andas?

—Muy bien.

—¿Y la clínica?

—Bien —respondió, encogiéndose de hombros.

—¿Has hablado ya con Michael?

—¿De qué?

—De su estómago.

—No —repuso—. ¿Qué le pasa a su estómago?

—Lo mataré —dijo Sara, frunciendo el ceño.

—¿Qué le pasa a su estómago?

—Lleva más de una semana con unos dolores de estómago terribles.

Harvey asintió. Por fin lo entendía.

—Eso explica las muecas que lleva haciendo toda la noche.

—Es que no me lo puedo creer —continuó Sara—. Me prometió que hablaría contigo.

—No le eches la culpa a él, Sara. Esta noche no he estado demasiado receptivo. Es probable que haya pensado que era un mal momento.

—Entonces, ¿qué problema hay?

—Necesito hablar contigo de una cosa importante. —A pesar de lo que hubiera prometido antes, Harvey había ido bastante más allá del cuarto martini. Le pegó otro trago y disfrutó de la sensación de frescor del líquido circulándole por la boca antes de engullirlo. Tal vez antes estuviera un poquito alegre, pero ahora tenía la mente sobria y alerta—. Es sobre la clínica —empezó a explicar lentamente, sopesando cada palabra antes de articularla—, y creo que también sobre la muerte de Bruce.

Se detuvo. Hizo un gesto con la mano.

—Vamos a dar un paseo.

Cruzaron la cristalera y salieron al amplio espacio de los terrenos ajardinados. Había muchos invitados por allí porque la fiesta iba esparciéndose desde el salón de baile lleno de gente hacia los prados y los jardines de diseño formal que había detrás. Caminaron los dos en silencio hasta pasar la piscina, la cabaña y las pistas de tenis. Sara condujo a Harvey hacia el cobertizo donde su padre tenía los caballos. Abrió la puerta de la cuadra y la invadió el olor a heno y animales. Entraron. Un caballo relinchó.

—Es una finca hermosa —dijo Harvey.

—Sí que lo es.

Harvey acarició la ancha frente de un gran caballo gris.

—¿Montas mucho a caballo? —preguntó.

Sara sacudió la cabeza.

—Cassandra es la amazona de la familia. Cuando era niña a los médicos no les gustaba la idea de verme encima de un caballo, así que nunca monté.

—Oh.

—Bueno, ¿por qué no me cuentas qué ocurre?

—Vas a pensar que estoy loco.

—No sería nada nuevo.

Harvey soltó una risita y luego recorrió con la mirada la zona para asegurarse de que no había nadie.

—Muy bien —dijo lentamente—, vamos allá. Como bien sabes, Bruce y yo llevábamos casi tres años dirigiendo la clínica, haciendo todo lo posible por mantener en secreto nuestros resultados y evitar la prensa a cualquier precio.

—Lo sé —apuntó Sara—, pero nunca he entendido por qué. Normalmente lo que más buscan las clínicas y los médicos es la atención de los medios.

—Normalmente sí. Y yo, por mi parte, no tengo nada en contra de lo de ver mi cara sonriente en la tele. Pero esto es muy distinto, Sara; es algo gordo. En primer lugar, nuestro tratamiento es experimental. En estos casos, hasta un rumor de éxito genera unas expectativas que probablemente no podamos satisfacer. En segundo lugar, trabajamos solo con cuarenta pacientes, y muchos de ellos no quieren que sus casos se hagan públicos por razones obvias. El sida sigue siendo una plaga maligna en nuestra sociedad, una plaga que provoca prejuicios y discriminaciones de primer orden.

—Entiendo.

—Pero ahora han entrado en juego algunos factores nuevos.

—¿Como qué?

—Dinero —indicó rotundamente—. Nos estamos quedando sin él y necesitamos más con urgencia. Sin un poco de presión popular para que el gobierno federal nos alargue la subvención y sin algunas donaciones independientes, la clínica no podrá sobrevivir por mucho más tiempo. Y... —Hizo una pausa—. Hay algo más —añadió—. Algo que tienes que jurarme que mantendrás en secreto.

—Adelante.

—Júralo.

Sara lo miró, perpleja.

—Lo juro.

—Probablemente hayas oído algunos rumores, Sara —dijo tras un profundo suspiro de alivio—. Por mucho esfuerzo que pongamos en que las cosas no se sepan, empiezan a haber filtraciones. Todo empezó con el éxito del fármaco contra el virus aislado en el laboratorio. Luego se lo inyectamos a ratones. En poco tiempo el VIH fue destruido en prácticamente cada caso, y lo mismo sucedió cuando experimentamos con los monos.

Sara tragó saliva.

—¿Qué tratas de decirme? —le preguntó.

—Algo así no puede mantenerse en secreto por mucho tiempo —continuó Harvey—, y quiero ser franco: pensamos que iba siendo hora de dar a conocer los hechos, poco a poco, claro está.

Sara se quedó boquiabierta. Había oído algún rumor, pero lo había desechado como si fuera una mera ilusión.

—¿Quieres decir que...? —preguntó.

—Que hemos encontrado una cura —confirmó Harvey—, o por lo menos un tratamiento muy eficaz contra el virus del sida.

—Dios mío.

—Todavía no funciona siempre —se apresuró a explicar—, y no es una cura milagrosa en el sentido clásico. Es un tratamiento largo y a menudo doloroso, pero en varios casos hemos logrado un gran éxito.

—Pero ¿por qué, entonces, queréis mantenerlo en secreto?

Harvey Riker se sacó un pañuelo del bolsillo y se limpió el sudor de la cara. Sara nunca lo había visto tan tenso y cansado.

—Buena pregunta —le respondió—. El VIH, lo que llamamos virus de inmunodeficiencia humana, es un bichejo muy escurridizo. Resultó difícil saber con certeza si estábamos bloqueando realmente los efectos del virus o si solo nos estaba eludiendo él a nosotros durante un tiempo. El VIH cambia de forma constante, muta, incluso se oculta en el interior de las células humanas. Así que no sabíamos nada de los verdaderos efectos a largo plazo de lo que hacíamos. Imagínate que asegurábamos que teníamos una cura para el sida y luego descubríamos que estábamos equivocados, Sara.

—Sería catastrófico —dijo ella.

—Por decirlo suavemente. Y luego tenemos que batallar con el Departamento de Salud y Servicios Humanos.

—¿El Departamento de Salud y Servicios Humanos? ¿Y qué tienen que ver ellos con eso?

—Todo. Es un gigante de la burocracia, y los burócratas siempre tienen un modo de frenar las cosas para que vayan a paso de tortuga. El Servicio Nacional de Salud, demonios, la Administración de Alimentación y Medicamentos, los Centros de Prevención y Control de las Enfermedades, los Institutos Nacionales de Salud... Puñeta, todos están regulados por el Departamento de Salud y Servicios Humanos.

—Burócratas encima de burócratas.

—Exacto. Es una de las razones por las que tenemos nuestras cajas de seguridad fuera del país, donde ese departamento no pueda meter las narices cuando se aburren o el ego de algún burócrata se sale de madre.

—Ahora no te sigo.

—Sabes que trabajé de médico en Vietnam, ¿verdad?

Sara asintió en silencio.

—Bueno, me pasé un montón de tiempo en el Sudeste de Asia. Es una sociedad silenciosa. Misteriosa. Nadie interfiere en los asuntos de uno. Bruce y yo decidimos guardar todos nuestros análisis de laboratorio (muestras de tejido, análisis de sangre, ese tipo de cosas) en Bangkok para que estuvieran fuera del alcance.

—¿Para evitar parte de la burocracia?

Él asintió.

—De todos modos, en algunos casos su función es justificable, sin duda. Por ejemplo, la FDA se empeña en hacer pruebas durante años con los medicamentos nuevos para garantizar que son seguros. Probablemente hayas leído cosas sobre medicamentos experimentales que la FDA no permite tomar a los pacientes de sida.

—Nunca he creído que esto tenga mucho sentido.

—Es un debate complicado, pero estoy de acuerdo contigo. Si el sida es una enfermedad terminal, ¿qué daño puede causarle a un pobre desgraciado que experimenten con él si ya está en el corredor de la muerte? Lo que nosotros esperábamos hacer en la clínica era proporcionar a la FDA tantas pruebas que se pudiera impedir cualquier retraso innecesario. Y, al mismo tiempo, ir haciendo pruebas con nuestro compuesto sin el pánico y la atención mediática que podrían causar nuestros resultados.

Sara se quedó un momento pensando.

—Pero ¿no podríais presentar vuestros resultados a los de la administración en secreto? Seguro que os concederían más fondos en cuanto vieran algunos resultados positivos.

—Olvidas —le respondió él con una sonrisa— que las personas que deciden esos asuntos son políticos. ¿Puedes imaginarte a un político con la boca cerrada sobre un tema de esta magnitud? Imposible, Sara. Intentarían exprimirlo al máximo para sacarle todos los votos que pudieran.

—Buena observación.

—Y una cosa más. No todos los peces gordos están a favor de nuestro programa. Por ejemplo, tu padre.

—Las objeciones de mi padre a vuestra clínica son diferentes —replicó ella a la defensiva—. Si supiera que ya habéis encontrado una cura...

—Quizá me he precipitado al hablar —la interrumpió—. Tu padre es un terapeuta entregado a su trabajo y nunca cuestionaría su compromiso con la lucha por acabar con el sufrimiento humano. No estoy de acuerdo con su postura ante el sida, pero comprendo que es una diferencia de opiniones, no de ideología. Pero hay otros, Sara; tipos como ese cabrón de Sanders y sus seguidores lobotomizados, que harían lo que fuera para impedir nuestra investigación.

—Pero no entiendo qué tiene que ver todo esto con la muerte de Bruce. Si estabais tan cerca de alcanzar el objetivo, ¿por qué se suicidó?

Harvey bajó la cabeza. Clavó los ojos enrojecidos y cansados en sus zapatos.

—Esa es justamente la cuestión.

—¿El qué?

Se puso a juguetear con la pajita de la copa.

—Pongamos que yo quiero demostrarte que realmente habíamos dado con una cura para el sida —dijo—. ¿Qué podría enseñarte para demostrar esa pretensión sin sombra de duda?

—Historiales clínicos.

Harvey asintió.

—En otras palabras: pacientes ya curados, ¿verdad?

—Verdad.

—Bruce, Eric y yo lo veíamos del mismo modo. La parte más importante de nuestra investigación son los pacientes, Sara. Es evidente que si podemos presentar al mundo a los pacientes que se hayan curado totalmente, pacientes que no sigan siendo VIH positivos, tendremos las pruebas necesarias para apoyar nuestra afirmación.

—Entendido.

—El problema es que ahora dos de nuestros mejores casos, Bill Whitherson y Scott Trian están muertos.

—¿Por culpa del sida? —preguntó Sara.

—Asesinados —respondió Harvey negando con la cabeza.

A Sara la palabra le cayó como un bofetón en seco.

—¿Qué?

—Los dos murieron por múltiples heridas de arma blanca con dos semanas de diferencia el uno del otro.

—No leí nada de eso.

—Los asesinatos de gais pocas veces llegan a las primeras páginas, Sara.

—¿Has hablado con la policía?

—Les pareció una coincidencia interesante, pero nada más —explicó—. Indicaron otras similitudes entre ambos hombres: los dos eran gais, los dos vivían en Greenwich Village, los dos tenían el pelo castaño, etcétera.

—Puede que tuvieran razón —dijo Sara—. Podía ser solo una coincidencia.

—Ya lo sé. Yo también lo pensé.

—¿Pero?

—Pero ahora Bruce también ha muerto.

—¿Y crees que su suicidio tiene relación con esto?

Harvey Riker hizo una pausa y exhaló profundamente.

—Yo no creo que Bruce se suicidara, Sara. Creo que lo asesinaron.

Sara notó que se le secaba la boca.

—Pero ¿cómo puede ser eso? ¿No había una nota?

—Sí.

—¿Y no era de puño y letra de Bruce?

—Sí.

—Entonces, ¿cómo...?

—No estoy muy seguro de cómo lo hicieron. Podía ser una buena falsificación o cualquier cosa... No lo sé.

En el rostro de Sara apareció una expresión de perplejidad.

—Entonces —dijo—, ¿lo que insinúas es que a Bruce lo arrojaron por la ventana?

—Lo que digo es que merece la pena considerarlo. Se suponía que Bruce estaba de vacaciones en Cancún. ¿Qué clase de persona acorta unas vacaciones para volver a casa y suicidarse? Y algo más.

—¿Qué?

—Pocos minutos antes de morir, Bruce me llamó por teléfono. Me pareció que estaba cagado de miedo. Dijo que tenía que hablar conmigo en privado de algo importante. Estoy seguro de que era sobre los asesinatos. Hablamos solo uno o dos minutos y luego colgó de repente.

—¿Bruce te dijo dónde estaba?

—No.

—Déjame hacerte otra pregunta —continuó Sara, cuya mente iba ahora a toda velocidad—. ¿Hay otros casos clínicos válidos que puedas presentar, además de las dos víctimas de asesinato?

—Sí. Por lo menos otros cuatro. Ya sé que esta historia parece una locura, Sara, y sí, sé que hay un millón de soluciones racionales más a todo esto. Podría haber un trastornado antigay rondando por la clínica y que siguiera a Whitherson y a Trian a sus casas y los matara. Incluso podría ser otro paciente o alguien del personal. Pero esto es algo tan grande, tan importante, Sara... Si alguien, y reconozco que es un «si» muy grande, si alguien los asesinó por su relación con la clínica y ese alguien hace lo mismo con el resto, eso significaría otro retraso en la demostración de que el tratamiento funciona. Y ese retraso podría costar miles, tal vez hasta cientos de miles de vidas.

—Entiendo tu punto de vista —le dijo Sara—, pero ¿por qué me lo cuentas a mí?

Harvey sonrió, aunque su expresión seguía reflejando el agotamiento.

—Yo no tengo muchas cosas, Sara. Me he divorciado. No tengo hijos. Mi único hermano murió de sida. Mi padre murió hace años y mi madre tiene alzhéimer. Estoy todo el día trabajando, así que tampoco tengo muchos amigos. —Hizo una pausa como si quisiera coger un poco de fuerza—. Para mí, Michael ha sido siempre como un hijo. Eso te convierte a ti, bueno, en una nuera de primera clase. Te guste o no, Michael y tú sois mi familia.

—Sí que nos gusta —dijo ella en tono suave. Le cogió de la mano—. ¿Le has contado esto a alguien más?

—Voy a decírselo a Michael, pero quería hablarlo antes contigo. Y Eric lo sabe, naturalmente. Ha estado maravilloso desde que entró en la clínica el año pasado. Dependo de él para casi todo.

—Me alegro de que funcionara tan bien.

—Sí, bueno, Eric y yo empezamos a cuestionarnos nuestra cordura después de todo este follón de los asesinatos. Ya no estamos seguros de si somos unos dementes rematados o solo un par de conspiradores paranoicos. Trabajar en una enfermedad como esta acaba volviéndote un poco chiflado. ¿Querrás ayudarme a investigar este tema?

—Me pondré a ello inmediatamente —accedió Sara—. Tengo un amigo en Homicidios, el detective Max Bernstein. Hablaré con él. Pero tengo otra sugerencia.

—¿Cuál?

Sara titubeó.

—Déjame hacer un reportaje sobre la clínica —dijo finalmente.

—¿Qué?

—Lo haremos en directo en NewsFlash. La publicidad positiva obligará al gobierno a refinanciar la clínica.

—No lo sé, Sara —dijo Riker—. Igual los de Washington se cabrean.

—¿Y qué? —replicó ella—. Después del reportaje tendrás a todo Estados Unidos de tu parte. Los políticos no se atreverán a cerrar el centro.

Harvey bajó la mirada y estuvo unos instantes sin hablar.

—¿Harv?

—¿Se podría mantener en secreto la identidad y la dirección? —preguntó—. Que no salgan nombres de médicos, ni nombres de pacientes, ni nada así. No puedo arriesgar la confidencialidad de mis pacientes.

—Ningún problema.

Harvey miró alrededor con los ojos empañados de temor.

—Si crees que puede funcionar...

—Tiene que funcionar —insistió Sara—. Como has dicho antes, es hora de que el mundo lo sepa.

—De acuerdo, pues —accedió Harvey—. Hazlo. —Sacudió la cabeza en un vano intento por aclarar las ideas. Trataba de alegrar la cara—. Ahora cambiemos de tema un ratito. ¿Cómo estás?

—De hecho —dijo Sara con un atisbo de sonrisa—, necesito que me hagas un pequeño favor.

—Tú dirás.

—Necesito que me encuentres un tocólogo.

Ahora fue Harvey quien se sorprendió.

—Dios, Sara, ¿estás...?

Sara se encogió de hombros, intentando contener la excitación. Estaba deseosa de decir que sí, de ver la cara que ponía Michael después de recibir los resultados positivos del análisis.

—Solo tengo un retraso.

—Tal vez esta sea una pregunta poco sensible, pero ¿qué pasa con tu carrera?

—En este aspecto, no hay problema. Puedo seguir grabando los programas hasta que nazca, y a las cadenas les encanta hacer publicidad con los permisos de maternidad. Al parecer, eso pone los índices por las nubes.

—¿Puedes estar en el Columbia Presbyterian mañana a las diez de la mañana?

—Sí.

—Bien. Pregunta por la doctora Carol Simpson. Ya sabrá que vas a ir. —Hizo una pausa y luego añadió con un tono serio—: Sé que Michael y tú llevabais tiempo intentándolo. ¿Se lo has dicho?

Sara negó con la cabeza.

—Prefiero esperar los resultados de los análisis —dijo—. No quiero que se haga muchas ilusiones si no es más que otra falsa alarma.

—¿Te importa si quedo allí contigo?

—Me gustaría.

—Fantástico. Entonces nos vemos allí.

—¿Harvey?

—¿Sí?

—No te olvides de hablar con Michael sobre lo de su estómago. Él no te dirá nada, pero la verdad es que le está dando bastantes problemas.

—Hablaré con él ahora mismo.

George estaba sentado en su coche, detrás de unos frondosos arbustos, donde empezaba el camino de entrada de la casa del doctor Lowell. Echó una ojeada a su Piaget de oro. Se hacía tarde. La fiesta iba cuesta abajo. Muchos de los invitados ya se habían marchado.

George llevaba horas sentado en el coche vigilando cuando su supuesta víctima llegó a la casa en una limusina reluciente. Aquella alma de cántaro andaba ahora por la enorme mansión disfrutando del paté de fuagrás y el champán Dom Pérignon, alternando con la jet set, y sin tener ni idea de que al cabo de unas pocas horas el estilete en manos de George le abriría en canal las arterias y pondría fin a su vida para siempre.

Examinó la hoja del estilete por delante y por detrás. Hasta en plena oscuridad refulgía amenazadora.

Una limusina bajó por el camino de entrada y se alejó. George alzó la mirada. Reconoció inmediatamente la matrícula. El flujo de adrenalina, tan familiar, le recorrió las venas.

Hizo girar la llave de contacto y la siguió.

4

Era un contraataque rápido dos contra uno. Michael se había enfrentado a cientos de ellos en su carrera; a miles, quizá. Observó al primer seleccionado por los New York Knicks de los nuevos fichajes, un chaval negro esquelético de la Memphis State University que se llamaba Jerome Holloway, fintar hacia él con la velocidad del rayo. A la izquierda de Jerome corría Mark Boone, el segundo seleccionado de los Knicks, un blanco grandote de Brigham Young que parecía un destripaterrones gigante. Los dos chavales iban lanzados contra el viejo veterano con los ojos llenos de determinación.

«Venid con papá», pensó Michael.

Michael sabía defender un dos contra uno mejor que nadie: confundir a ambos, especialmente al que conducía la pelota. La clave estaba en hacer que ese chico, Holloway, hiciera un pase malo o retrasarlo el tiempo suficiente para que llegaran los compañeros de equipo de Michael, sus refuerzos.

Michael amagó con la cabeza atrás y adelante, alternando los intentos de bloquear el avance de Holloway hacia el aro e ir a por Boone, el jugador que estaba solo. Tenía toda la pinta, pensó, de un hombre a punto de sufrir un ataque. Pero eso era bueno; a los novatos había que espabilarlos.

Jerome Holloway iba derecho al aro. En el último instante, Michael se interpuso. Jerome dio un salto, buscó desesperadamente con la mirada a Boone, que corría por el otro lado. Michael casi sonríe. En cuanto los pies de Holloway dejaran el suelo, estaría vendido. Error. El típico error de novato. Como era de esperar, al chico se le puso cara de susto y empezó a mover los brazos hacia el pecho, preparándose para pasarle la pelota a Boone.

Como quitarle un caramelo a un niño.

Michael se deslizó entre los dos con la intención de robar el balón en el pase y salir corriendo por la pista en un rápido contragolpe. Había hecho eso mismo innumerables veces. Muchos partidos se habían decidido con un cambio de ritmo así. Michael dio un paso adelante y alargó el brazo a la línea de pase justo en el momento en que Holloway iba a soltar el balón.

Pero Holloway se hizo atrás. El intento de pase y la cara de pánico no eran más que una trampa. Michael quedó entonces completamente descolocado y tuvo que ver cómo Holloway ponía el balón entre mano y antebrazo con una sonrisa y se deslizaba hacia la canasta. El mate entró por el aro con una fuerza notable. El tablero vibró tras el ataque.

Holloway aterrizó y se volvió hacia Michael. La sonrisa seguía plantada en su rostro. Casi sin aliento, Michael logró decirle:

—Ya lo sé. Ya lo sé. En mi cara, ¿eh?

—Tú lo has dicho, vieja gloria, no yo. Pero me encanta jugar contra leyendas.

—Esto es un entreno, chaval. Estamos en el mismo equipo.

—Los Knicks hasta el final. Por cierto, qué pantalones tan bonitos.

—¿Te gustan?

—¿Flores de color rosa y aguamarina? Muy en la onda.

Corrieron hacia el otro lado de la pista. Después de la pachanga, los diez jugadores estaban empapados de sudor. Los cuerpos brillaban bajo la luz tenue. Michael tenía calor, estaba cansado, un poco en baja forma. El dolor de barriga tampoco le ayudaba mucho.

La próxima temporada sería la duodécima de Michael en los New York Knicks. Había empezado igual que Holloway, como número uno de los nuevos fichajes. Tras titularse en la Universidad de Stanford con veintidós años, en su primera temporada en la NBA ya se había convertido en una estrella al ganar el premio al Rookie del año y entrar en el equipo del All Stars. Ese mismo año, los Knicks pasaron del último al segundo puesto en la Conferencia Este, o sea, veinte partidos ganados más. Al año siguiente, Michael condujo al equipo hasta la final, que perdieron tras un enfrentamiento a siete partidos con los Phoenix Suns. Dos años después recogía su primer anillo de campeón de la NBA. En su carrera ya llevaba ganados tres, siempre con los Knicks; lo habían seleccionado diez veces para el All Stars y había sido el número uno del campeonato en robos de balón y asistencias durante ocho temporadas.

Nada mal para una vieja gloria.

Michael jugaba de escolta polivalente, porque hacía de todo. Había muchos que anotaban tanto como él, un par que pasaban como él, pero prácticamente ninguno que supiera defender como él. Si se sumaba todo, se obtenía el jugador que necesitaba cualquier equipo que quisiera ser campeón.

—¿Qué pasa, Michael? ¿Te pesan los años? ¡Mueve el culo!

Michael se oyó coger aire. La voz pertenecía al nuevo primer entrenador de los Knicks, Richie Crenshaw. Richie había sido el elegido en segunda ronda por los Boston Celtics el mismo año que los Knicks eligieron a Michael en primera. En los tiempos de Crenshaw como jugador habían tenido una cierta rivalidad, pero una rivalidad amistosa en casi todos los aspectos. Los dos se llevaban muy bien fuera de la cancha. Ahora, Richie Crenshaw era el entrenador de Michael y seguían siendo buenos amigos.

«¡Vete a la mierda, Richie!», le gritó Michael, pero para sus adentros.

Los pulmones le ardían; tenía la garganta seca. Se estaba haciendo mayor, puñeta, a pesar de que los dioses de la salud siempre le habían sonreído en las más de diez primeras temporadas que había estado en la NBA. Sin lesiones. Tuvo un accidente náutico hace unos años, pero sucedió en vacaciones, así que no contaba. En casi diez temporadas completas solo se perdió dos partidos y fue por un tirón en la ingle poco importante. Increíble, desde luego. Inaudito. Pero entonces debió de pasar algo que cabreó un montón a los dioses. Michael cayó mal en un partido contra los Washington Bullets y se torció la rodilla. Para acabar de empeorar las cosas, el animal de Big Burt Wesson, el matón de los Bullets lanzó sus ciento veinte kilos encima de Michael en la pista. El pie de Michael estaba firmemente plantado en el suelo. Pero su rodilla no. Se torció para el lado malo..., para atrás, en realidad. Se oyó un fuerte chasquido y el grito de Michael atronó el estadio.

Más de un año retirado del baloncesto.

Le pusieron una escayola enorme en la pierna que era más o menos igual de eficaz que una coquilla de tweed. Meses enteros cojeando y oyendo a Sara hacerle rabiar.

«—Deja de imitar mi cojera. Eso no es nada bonito. Genial. Me he casado con una actriz de comedias.

»—Pues podríamos formar una pareja de cómicos —había sugerido Sara con entusiasmo—. El Dúo Cojitrancos. Arrastraríamos la pata para reírnos. Tendríamos tanta gracia como una muleta de goma.

»—Horrible. Horroroso. Ni gota de gracia. Déjalo ya.

»—¿Que no es divertido? Pues entonces formamos una pareja de baile. Cojea a la izquierda. Cojea a la derecha. Podríamos cambiar los aparatos de las piernas durante un tango.

»—Para ya. Socorro. Policía. Que alguien se la cargue».

Tanto Michael como Sara reconocían que tal vez no pudiera volver a jugar, y estaban preparados para ello. Michael nunca había sido un deportista descerebrado que pensara que una carrera en el baloncesto podía durar eternamente. En el Partido Republicano se hablaba de presentarlo a las elecciones al Congreso cuando se retirase. Sin embargo, Michael no estaba por la labor de dejarlo. Todavía no, al menos. Se pasó un año entero trabajando duramente con un fisioterapeuta que le encontró Harvey y que logró reconstruir su rodilla destrozada.

Y ahora estaba metido en las sesiones de pretemporada de los Knicks para intentar recuperar la forma y jugar. Pero mientras que la rodilla le funcionaba perfectamente con su aparato como de tornillo, el abdomen le complicaba las cosas. La noche antes le prometió a Harvey que aparecería por la clínica antes de las tres para hacerse un chequeo completo. Con un poco de suerte, Harv le haría unos análisis, vería que otra vez se trataba solo de algún bichejo estúpido, le recetaría unas inyecciones de antibióticos y se marcharía por donde había venido.

Harvey. Cielo santo, ¿qué ocurría? Michael y Sara casi no habían dormido la noche antes. Se fueron a casa, hicieron el amor otra vez entre un revoltijo de ropa de gala y después se sentaron y se pusieron a analizar lo que les había contado Harvey. Si eso que les había contado era cierto, si verdaderamente había descubierto un tratamiento para el virus del sida...

Un compañero del equipo hizo pantalla para que pasara. Michael aprovechó el bloqueo y corrió del lado izquierdo al derecho de la cancha. Vio con el rabillo del ojo que el reloj de la pared marcaba las diez. Una hora más y se iría a la zona residencial de la ciudad a ver a Harvey. A la Clínica. Con C mayúscula en su cabeza.

No es que le apeteciera mucho hacer esa visita. Parecía de inmaduros decirlo, pero aquel sitio le ponía de los nervios. No estaba seguro de si era la magnitud de aquella enfermedad o su homofobia no tan latente, pero la clínica de Harvey lo intimidaba. Bueno, en realidad le daba pavor.

Para ser sinceros, Michael nunca se había encontrado demasiado cómodo con los gais. Sí, consideraba que había que tratar a los homosexuales como a todos los demás, que su vida privada era asunto suyo, que discriminar a alguien por sus preferencias sexuales estaba mal. Reconocía que Sanders y su pandilla de fanáticos desnutridos eran gente delirante y peligrosa. Pero, aun así, Michael se descubría de vez en cuando haciendo el típico chiste de mariquitas, o refiriéndose a algún afeminado como «ese mariconazo», o manteniendo las distancias con alguien que era «un mariposón descarado». Se acordó de cuando su compañero de equipo Tim Hiller, un buen amigo y en apariencia mujeriego, dejó atónito al mundo de los deportes cuando admitió que era gay. Michael permaneció a su lado, lo defendió, pero al mismo tiempo se distanció de él. No es que su amistad se fuera al garete, pero Michael fue dejando que se difuminara poco a poco. Y eso le hacía sentirse mal.

En la pista le pasaron la pelota a Reece Porter, el mejor amigo de Michael en el equipo y el único que pasaba de los treinta aparte de él. Reece vio a Michael y le lanzó el balón.

—Métela tú, Mikey —le gritó Reece.

Michael hizo un amago precioso en las narices del novato Holloway, dribló por el medio de la zona y lanzó a canasta con suavidad. Mientras observaba cómo la pelota se deslizaba despacio hacia el aro, Jerome Holloway apareció volando por los aires. El novato golpeó el balón con la palma de la mano y lanzó la esfera de color naranja fuera del perímetro, a los asientos del público. Un tapón impecable.

El novato volvió a exhibir su mejor sonrisa. Michael levantó una mano.

—No lo digas. Otra vez en tu cara, ¿verdad?

La sonrisa arrogante se hizo más amplia.

—Llevas la palabra Spalding escrita en la frente, vieja gloria.

Michael oyó las risas. Eran de Reece Porter.

—¿De qué puñetas te ríes?

Reece apenas si podía controlarse.

—¡Vieja gloria! —consiguió decir entre hipidos—. ¿Vas a tragarte esa mierda, Mikey?

Michael se volvió hacia Holloway.

—Saca la pelota del perímetro, campeón, y finta mientras yo te cubro.

—¿Uno contra uno? ¿En serio? —preguntó el jovencito sin poder creerlo.

—Lo has pillado.

—Te desbordaré tan rápido que no sabrás siquiera si me has visto allí.

—Sí, vale —dijo Michael muy sonriente—. Venga, vamos, campeón.

Jerome Holloway cogió el balón. Dio un par de botes y empezó a acelerar en dirección a Michael. Lo había sobrepasado ya un par de metros cuando se dio cuenta de que ya no tenía el balón.

—Pero ¿qué demo...?

Holloway se volvió a tiempo de ver a Michael hacer un gancho sin oposición. Ahora le tocaba sonreír a Michael.

Jerome Holloway se rio.

—Sí, sí, ya lo sé. En tu cara, ¿eh?

Reece gesticulaba y se reía como si le hubiera tocado la lotería.

—Puedes apostar a que sí, colega. En toda tu cara. Qué fastidio.

—Eso parece —aceptó Holloway—. ¿Sabes una cosa, Michael? Eres una vieja gloria que sabe mucho. Apuesto a que aprenderé un montón viéndote.

Vieja gloria. Michael suspiró profundamente.

—Gracias, Jerome.

Sonó un silbato.

—Cinco minutos —avisó Crenshaw, el entrenador—. Id a beber algo y luego quiero que todos lancéis cincuenta tiros personales cada uno.

Los jugadores corrieron hasta la fuente, todos menos Michael, que se quedó donde estaba, doblado hacia delante, con las manos apoyadas en las rodillas. Richie Crenshaw se le acercó.

—Te he visto con mejor aspecto, Michael.

Michael siguió tomando aire con inspiraciones profundas.

—Te agradezco los ánimos, entrenador.

—Bueno, es que es cierto. No querrás que te mienta, ¿verdad?

—Puede que un poco sí.

—¿La rodilla te está dando la lata?

Michael negó con la cabeza.

—Pues parece que algo te da la lata.

—Estoy... —La siguiente palabra no llegó a pronunciarla. Un latigazo de dolor le traspasó todo el abdomen. Soltó un grito corto, potente, y se apretó el vientre por debajo de la caja torácica.

—¡Michael!

El que gritó fue Jerome Holloway. Con los ojos desorbitados por el miedo, el novato volvió corriendo a la pista. Reece Porter lo siguió a toda velocidad.

—Mikey —dijo arrodillándose a su lado—. ¿Qué te pasa?

Michael no le contestó. Se derrumbó en el suelo, retorciéndose de dolor. Era como si le estuvieran rasgando las entrañas con unas garras afiladas.

—¡Llamad a una ambulancia! —gritó Reece—. ¡Deprisa!

La doctora Carol Simpson acompañó a Sara a la zona de espera del pabellón Atchley. Situado al lado del edificio principal del Columbia Presbyterian, el pabellón Atchley albergaba las consultas particulares de muchos de los numerosos doctores del centro médico. Cuando Harvey se llevó a Michael y a Sara a recorrer el Centro Médico Columbia Presbyterian para enseñárselo un año antes, Sara se había quedado atónita ante el tamaño de las instalaciones, por no hablar de su reputación. Estaba la maternidad, un centro pediátrico muy conocido, y el pabellón Harkness, donde se acogía a los pacientes privados. El Instituto Neurológico y el Instituto Psiquiátrico, cada uno con su propio edificio, y considerados los mejores del mundo en su campo, por no mencionar el Instituto Oftalmológico Harkness, el Hospital Ortopédico de Nueva York, el Hospital Sloane, la Clínica Urológica Squier, la Clínica Vanderbilt y el gigantesco edificio del Hospital Milstein recién terminado. Y toda aquella brillantez médica se había instalado al oeste de Broadway entre las calles Ciento sesenta y cinco y Ciento sesenta y ocho del Harlem hispano.

Una o dos manzanas más lejos, hacia el norte y el oeste, estaban las residencias de estudiantes de la Universidad de Medicina y Cirugía de Columbia, también una de las escuelas de medicina de mayor reputación y más selectas del país. Ahora bien, otras cinco manzanas más al norte estaba el parque J. Hood Wright, un nombre respetable para uno de los primeros callejones del crack, donde cuantos pasaban podían ser testigos o participar del tráfico de drogas. Su proximidad al hospital, había dicho Harvey medio en broma, lo convertía en el lugar ideal para la sobredosis.

Una de las secciones más nuevas y más pequeñas de todo el centro médico, casi oculta a las miradas, estaba cerca de la calle Ciento sesenta y cuatro. Por fuera nadie hubiera pensado que aquel edificio destartalado se dedicaba a la medicina curativa y experimental. Lo habían bautizado con el nombre del hermano de Harvey Riker, el pabellón Sidney, y era un área de estudios epidemiológicos protegida por el secreto y la alta seguridad. Nadie podía entrar sin permiso de los doctores Harvey Riker o Eric Blake. Personal y pacientes eran muy reducidos, y todos ellos habían sido seleccionados uno a uno personalmente por Riker y el difunto doctor Bruce Grey. Los miembros del consejo del centro médico raramente trataban de esa nueva sección en público, si es que lo hacían alguna vez.

La doctora Simpson indicó una silla a Sara y luego se acercó a una ventana para entregar un tubo de ensayo con la sangre de Sara a una enfermera.

—Lleve esto al laboratorio. Dígales que hagan un beta hCG de inmediato.

—Sí, doctora.

—¿Un beta hCG? —preguntó Sara.

—Una manera complicada de decir «prueba de embarazo» —le explicó Carol Simpson—. A los médicos nos gusta usar palabras en clave que nadie más entienda. Hace que parezcamos más inteligentes, ¿no crees?

A Sara le había gustado Carol Simpson. Al contrario que muchas otras de su profesión, no había nada en ella estirado o intimidante. Su actitud relajada la hacían sentirse cómoda.

—Si tú lo dices... —replicó Sara.

—Bueno, tenemos que hacer algo para justificar tantos años de estudios y de internos y de residentes..., aparte de llevar la matrícula de médico para poder aparcar ilegalmente delante del Macy’s.

—¿Haces eso?

—Solo en las rebajas.

Por lo menos había otras cuarenta pacientes sentadas y matando el tiempo en la sala de espera, que levantaban la vista de las revistas con miradas furtivas y deseosas de que saliera su médico y las llamara.

—Llámame esta tarde —dijo Carol—. Para entonces ya tendremos los resultados.

—Fantástico —dijo Sara.

—Y procura no preocuparte. Ya sé que estás nerviosa, pero intenta no pensar demasiado en el tema. Haz lo que hago yo cuando necesito distraer la mente: comprar hasta reventar.

—Bien, hola, señoras.

Sara y Carol se giraron y vieron a Harvey acercarse hacia ellas. De toda su persona emanaba el agotamiento, pensó Sara. Tenía la cabeza ligeramente inclinada hacia un lado, como si dormitara; la espalda encorvada, como caída.

—Hola, Harvey —dijo la doctora Simpson.

—Hola, Carol. ¿Cómo está mi paciente favorita, doctora?

—Estupendísimamente. Dentro de unas horas sabremos los resultados del análisis. —La doctora Simpson giró la cabeza hacia las que esperaban en la sala—. ¿La señora Golden?

Una mujer con una barriga enorme miró en su dirección.

—Yo.

—Venga. Usted es la próxima concursante.

Harvey y Sara le dijeron adiós y se fueron hacia el ascensor.

—Estás en buenas manos —dijo Harvey—. Puede que Carol Simpson sea muy joven, pero ya está considerada una de las tocólogas más importantes del país.

—Me cae bien.

—Oye, Sara, de lo que te dije anoche...

—¿Sí?

—Bueno, a la luz del día, mis teorías de la conspiración siempre me parecen un poco más delirantes. No me tomes la palabra, ¿vale?

—De momento, todavía no, pero ¿de verdad que la clínica ha encontrado una cura?

—En algunos casos..., tal vez en la mayoría, sí. Como te dije anoche, todavía estamos en fase de desarrollo y no ha funcionado en todo el mundo, pero...

Sonó el pitido del busca. Harvey miró los números que aparecían en la pantalla del aparato.

—Oh, mierda.

—¿Qué es?

Pero él ya corría hacia el mostrador de las enfermeras y descolgaba un teléfono.

—Ese número significa que es una urgencia. —Marcó el número y le cogieron el teléfono al primer tono—. Soy el doctor Riker. —Pausa—. ¿Qué? ¿Cuándo? —Otra pausa—. Voy inmediatamente —Volvió a colgar el auricular.

—Es Michael. Acaban de trasladarlo a la sala de urgencias.

El cadáver estaba en el maletero.

George siguió adelante. La noche anterior el cuerpo del maletero estaba lleno de vida. Tenía sueños, esperanzas, objetivos, deseos. Como la mayoría de las personas, probablemente solo quisiera ser feliz, encontrar su pequeño hueco en este mundo. Quizá fuera una persona luchadora, que intentaba hacer cuanto podía, que se aferraba a las pocas alegrías que le ofrecía la vida e intentaba esquivar las abundantes adversidades. Ahora estaba muerto.

Muerto. Desaparecido. Nada.

No era otra cosa que tejidos en destrucción, útiles solo para estudiantes de medicina y velado solo por su afligida familia. ¿Por qué, se preguntó George, a la gente le importa tanto el envoltorio vacío de un hombre, su fachada? ¿Por qué tratan esa carne sin valor como algo sin precio? ¿Era inclinación innata del hombre ver solo la máscara externa del ser humano y no reconocer su alma? ¿O acaso George estaba siendo demasiado duro con sus congéneres? Tal vez el hombre solo necesitara aferrarse a algo tangible cuando se enfrentaba a lo intangible definitivo.

«Material del duro, George. Muy profundo».

Soltó una risita y encendió un pitillo.

La noche anterior, después de la fiesta de gala del doctor Lowell, George había seguido a la limusina hasta que el largo automóvil plateado depositó a la víctima delante de su apartamento en la ciudad.

Perfecto.

Como un verdadero profesional, George ya había estudiado el edificio y la zona circundante. Sabía que su víctima vivía en el apartamento 3 A. Sabía que no había portero. Aparcó el coche al otro lado de la calle y entró en el edificio de apartamentos. Subió por las escaleras en vez de tomar el ascensor, se detuvo delante de una puerta con un 3A borroso clavado encima. George se preguntó por qué, con todo el dinero que tenía, la víctima había elegido vivir en aquel cuasi tugurio. Podía vivir donde quisiera: la Quinta Avenida, el Central Park West, el edificio San Remo, el Dakota, en cualquier parte. George se encogió de hombros y dejó de pensar en ello. No era de su incumbencia.

Buscó en el bolsillo con los dedos y sacó una herramienta pequeña. Hizo palanca dos veces en la cerradura, igual que había hecho en el Days Inn con el doctor Bruce Grey. Esta vez, sin embargo, no permitió que el sonido del cerrojo al soltarse fuera audible. Atacar por sorpresa, como George había aprendido hacía ya mucho tiempo, era un éxito seguro. Bruce Grey sospechaba ya, así que una simple llamada con los nudillos sobre la puerta no lo hubiera hecho ponerse delante del panel de madera sin más. Porque Bruce Grey estaba preparado para un ataque y, por lo tanto, en guardia. Pero lo de derribar la puerta encima de él en el preciso instante en que se sentía a salvo, cuando pensaba que la puerta era algo seguro y no había nadie tras ella, fue justo todo lo que George necesitaba.

Esa otra víctima, sin embargo, no sospechaba nada. Al contrario que Grey, no tenía ni idea de que la muerte lo acechaba en el pasillo. Lo único que George necesitaba era llamar a la puerta.

Una vez inutilizada la cerradura, George volvió a guardarse la herramienta en el bolsillo y golpeó la madera.

Se oyó una voz dentro.

—¡Un momento!

George oyó a la víctima acercarse a la puerta. Se preguntó si aquel hombre sería tan estúpido como para abrirla sin preguntar quién era. Pero volvió a oírse la voz.

—¿Quién es?

George sabía que el hombre estaba de pie justo detrás de la puerta, probablemente inclinado hacia delante para mirar por la mirilla, así que lanzó todo su peso contra la puerta sin titubear. Los tablones se aplastaron contra el hombre que estaba tras ellos y lo lanzaron contra el suelo al otro lado de la habitación.

George se movió a toda prisa. Cerró la puerta y se lanzó sobre su presa. Agarró con la mano el cuello de aquel hombre y empezó a apretar. Se oyó un ruido rápido de estrangulamiento. Luego, silencio. El hombre se debatió, aferrándose con las manos y dando patadas, pero eran golpes desesperados e imprecisos. No incomodaban a George. Sin soltar la mano de la garganta, George puso la cara a unos centímetros de la de su víctima.

—Solo hay una forma de que te perdone la vida —dijo George con una voz tan monótona que resultaba escalofriante, como si leyera un texto preparado—. Y es que hagas todo lo que yo te diga. Desvíate un ápice de lo que te digo y morirás. ¿Entendido?

A aquel hombre se le salían los ojos por falta de oxígeno y el terror añadido. Consiguió asentir con la cabeza.

—Bien. Te soltaré. Grita o intenta escapar y conocerás un dolor que muy pocos han experimentado.

Lo soltó. El hombre se balanceó atrás y adelante con unas náuseas incontrolables.

George se puso de pie y observó el suplicio de aquel hombre con una expresión cercana al puro aburrimiento.

—Ahora vamos a bajar a mi coche —dijo cuando le pareció que su víctima ya podía entenderlo— y recorreremos la ciudad como un par de colegas. Haz lo que te diga sin rechistar y no te haré daño.

El hombre asintió. Su obediencia inmediata hizo las cosas mucho más fáciles. Si George se hubiera visto obligado a matarlo allí mismo, habría tenido que limpiar la sangre, deshacerse de cualquier posible pista y, lo peor de todo, arrastrar un cadáver hasta el coche sin que nadie lo viera. Mucho más difícil.

Cruzaron la calle juntos y George abrió el maletero.

—Entra ahí.

—Pero...

George le agarró una mano y la apretó hasta romperle un par de huesos. Con la mano libre le tapó la boca y ahogó su grito. Luego agarró bien la mano destrozada y apretó un poco más fuerte para que los huesos fracturados se rozaran entre sí y cortaran los tendones. La cara del hombre se puso blanca como el papel.

—Te he dicho que hagas lo que te digo sin rechistar. ¿Ahora te acordarás?

El hombre asintió rápidamente y se metió en el maletero. George sabía que el hombre quería preguntarle si habría aire suficiente allí dentro una vez cerrado, pero no se atrevió. Ya había experimentado el dolor. George sabía muy bien que el dolor puede ser una amenaza mayor que la muerte.

Observó la calle. Tres hombres acababan de doblar la esquina y avanzaban hacia ellos. Se los veía francamente borrachos, andando en una línea sinuosa que se cruzaba constantemente con la de los otros. George cerró el maletero y arrancó el coche.

Encontró una carretera abandonada que ya había utilizado antes para sus propósitos. Aparcó el coche y sacó la navaja de la guantera. Según las instrucciones que le habían dado por teléfono, George se puso unos guantes de cirujano y una mascarilla. Se sintió como un médico que se prepara para una operación importante.

—Bisturí —dijo en voz alta. Se rio de su propio chiste.

Se bajó del coche y fue al maletero. Aquella era la parte de su trabajo que a George le resultaba más intrigante. Siempre se preguntaba qué pasaría por la cabeza de las víctimas. Un rato antes su mundo era un mundo normal, corriente, seguro en apariencia. Y, de repente, lo habían amenazado, atacado y encerrado en un maletero. Ya no tenía voz ni voto en lo que le sucedía.

¿Qué pasaría por su cabeza?

Fue un pensamiento fugaz. George sabía que al final eso no importaba. Para George lo único que importaba era terminar el trabajo.

Cuando George abrió el maletero, el hombre lo miró con ojos de animal atrapado.

—¿Q... q... qué...?

George se llevó el dedo a los labios cubiertos con la mascarilla.

—Chis.

Alargó la mano y agarró al hombre por la cabeza para sujetarlo. Luego empuñó la navaja y puso la punta bajo la nariz del hombre, con la hoja fría directamente en las ventanas de la nariz. Bajó la empuñadura hacia la boca, casi tocando los labios, y empujó la cuchilla para arriba. Rompió el fino tejido, atravesó el cartílago, penetró en el cerebro. La sangre salió a borbotones. El cuerpo tuvo un espasmo, pero la muerte fue instantánea. Su última mirada quedó fija en George; una mirada de ojos muy abiertos que no entendían.

George sacó la navaja y, exactamente igual que con sus dos primeros trabajos, apuñaló el cuerpo dos docenas de veces. Un sonido líquido, de desgarro, acompañaba su metódica faena. Y la expresión de George se mantuvo serena mientras él hundía el cuchillo una y otra vez.

Todo quedó hecho un desastre. George sabía que iba a tener que dejar el cadáver en el maletero toda la noche. Y luego ya podría tirarlo en la zona adecuada. Con los otros no tenía importancia dónde apareciera el cadáver, pero esta vez la voz del teléfono le había dado instrucciones muy específicas de que lo dejara en el callejón que estaba detrás de un bar gay del Greenwich Village llamado Black Magic. George sabía que por la noche esos sitios estaban llenos de toda clase de sucesos extraños. Estaban abarrotados de gente. Decidió que sería más seguro deshacerse del cadáver a la luz del día, cuando la zona estaba vacía.

Al día siguiente, George se despertó temprano, recuperado tras un sueño reparador y sosegado. Llevó el coche de vuelta a la ciudad y acabó deteniéndose detrás del bar Black Magic. Un tugurio con una pinta infecta, pensó. Le recordó a la calle Patpong de Bangkok. Patpong, el famoso barrio de prostitución de Bang­kok, se dirigía a los heterosexuales, pero todo el mundo sabía que dos manzanas más al norte había un área exclusivamente dedicada a los homos. Y Pattaya, la popular playa de vacaciones tailandesa no muy lejos de Bangkok, tenía una calle entera repleta de niños dispuestos a servir a sus clientes masculinos sin preguntas ni vacilaciones.

«Degenerados», pensó George.

Detuvo el coche y se bajó. Miró arriba y abajo del callejón. Nadie. Un montón de bolsas de plástico llenas de basura apiladas junto a la entrada trasera del bar. La entrada trasera, bromeó George. Qué apropiado.

Echó una última mirada, extrajo el cadáver del maletero y lo arrojó entre las bolsas de basura, volvió a subirse al coche y se marchó. Llevaba recorridas tres manzanas cuando se miró en el espejo retrovisor.

¡Demonios! Tenía el pelo horrible.

5

Sara cojeaba detrás de Harvey, que corría hacia la zona de urgencias. Diez metros enfrente de la entrada casi choca con Eric Blake, que había hecho un giro sin mirar para tomar la misma dirección.

—¿Te han avisado a ti también? —preguntó.

Harvey asintió. Los dos hombres, tras apenas un par de zancadas, irrumpieron por la puerta de la sala de espera. Inmediatamente descubrieron a Reece Porter. Harvey fue el que llegó a su lado primero.

—¿Qué ha pasado?

—No lo sé. Mikey se apretó con fuerza la barriga y se cayó al suelo. Está ahí dentro.

—Vamos, Eric.

Los dos médicos desaparecieron detrás de una puerta con un letrero de «Prohibido el paso». Un momento después, Sara entraba cojeando en el pabellón de urgencias.

Reece levantó la mirada y se sorprendió al verla ya en el hospital.

—¿Qué haces aquí?

—¿Dónde está? —preguntó Sara sin hacer caso de la pregunta de Reece—. ¿Está bien?

—El médico de urgencias ya se está ocupando de él. Y Harvey y Eric están también ahí dentro.

—¿Qué ha ocurrido?

—No lo sé. Estábamos entrenando como siempre, haciendo bromas y eso. Hemos parado para hacer descanso y un minuto después...

—Un minuto después, ¿qué?

—Mikey se ha derrumbado en el suelo con las manos en la barriga. Hemos avisado una ambulancia y yo me he venido con él. Parecía que el dolor le ha dado un poco de tregua durante el camino. Cuando hemos llegado aquí, le he dicho a la enfermera que avisara a Eric y a Harv.

—¿Está consciente?

—Sí, está despierto. Supongo que le ha sentado mal alguna comida o algo... Con todos esos platos chinos que come sin parar... Pero, ahora, contesta mi pregunta: ¿qué haces tú aquí?

—Tenía cita con mi médico, ahí en la puerta de al lado.

—¿Te encuentras mal?

En su voz sonaba la calidez de un interés sincero. Sara oyó a unos niños que susurraban al fondo:

—¡Mira, mamá, ese es Reece Porter!

Los más de dos metros que medía Reece era una estatura mediana para la NBA, pero en cualquier otro sitio le daban un aspecto medio friki. Su altura siempre atraía miradas fascinadas.

—Estoy bien —respondió Sara, abrazándolo con fuerza—. Gracias por venir con él, Reece.

—Es un amigo —dijo Reece simplemente, encogiéndose de hombros—. Y no estés demasiado preocupada por Mikey. Tiene una flor en el culo. ¿Te acuerdas de lo asustados que estábamos la última vez que nos vimos en un hospital? ¿Con toda aquella sangre y lo demás?

Sara se acordaba. Todos los años, cuando terminaba la temporada de baloncesto, Michael y ella se iban con Reece y Kureen, su esposa euroasiática, a pasar unas vacaciones alejados de todo. Hacía cinco años, cuando Michael y Sara empezaban a tener una relación seria, decidieron alquilar un pequeño crucero entre los cuatro en Florida y explorar los Cayos y las Bahamas. Aquella temporada de baloncesto había sido especialmente larga, porque no terminó hasta que los Knicks vencieron a los Seattle Supersonics en un enfrentamiento final a siete partidos extenuantes y durísimos. Así que los cuatro estaban ansiosos por escapar del mundo, de los fans y de la prensa.

Durante el tercer día de viaje, Michael y Reece se levantaron temprano, contrataron a un chaval con una motora rápida y se fueron a hacer esquí acuático. El chaval iba borracho y estrelló la lancha contra unas rocas mientras arrastraba a Michael en los esquís. Tuvieron que evacuarlo a toda prisa a un hospital bahameño porque sangraba mucho, y se pasó en cama las tres semanas siguientes.

—Me acuerdo —dijo Sara en voz baja.

—Pero Mikey es, como diría uno de los novatos, una vieja gloria dura de pelar. Se pondrá bien.

Sara intentó encontrar consuelo en las palabras de Reece, pero había algo en el fondo de su mente que no dejaba de pincharle y decirle que no se iba a poner bien y que nada volvería a estar del todo bien otra vez.

—¿Qué pasa aquí? —preguntó Harvey.

El joven residente, en cuya placa identificativa ponía «John Richardson», levantó la mirada y habló con rápida precisión.

—Todavía no estamos seguros. Sufre un dolor abdominal agudo. En la exploración física el hígado es palpable a cuatro centímetros por debajo del margen costal. Es extremadamente blando.

—Decir que duele a rabiar sería mucho más exacto —logró decir Michael, que estaba tumbado boca abajo en la camilla.

—¿Constantes vitales?

—Todas estables.

Harvey se acercó a la cama.

—Tienes buen aspecto, campeón.

—Pues me siento hecho una mierda, entrenador.

—Era broma. También tienes pinta de estar hecho una mierda.

Michael consiguió sonreír.

—Ya veo que tengo aquí a todo el equipo. ¿Cómo andas, Eric?

—Bien. ¿Crees que tengo que avisar al doctor Sagarel, Harv?

Harvey asintió.

—Te veo dentro de un momentito, Mike —dijo Eric.

—Aquí te espero. —Michael dirigió su atención a Harvey—. ¿Quién es el doctor Sagarel?

—Un gastroenterólogo.

—Claro. Tendría que haberlo supuesto.

—¡Cielo santo, Michael! ¡Pero qué pantalones llevas! Son horrorosos. Te has superado.

—He pedido un médico y me viene un crítico de moda.

Harvey le palpó la zona del hígado.

—¿Te duele?

—Como un condenado hijo de puta.

Harvey enderezó la espalda y se volvió hacia el residente.

—¿Ya le han extraído sangre para las pruebas?

—Sí.

—Que le hagan una radiografía simple del abdomen inmediatamente.

—También necesitaré completar el historial —dijo Richardson—. Podría ser que hubiera consumido algo que...

—No. Lleva semanas con este dolor. Y ya tiene ictericia evidente.

Eric regresó a la habitación.

—El doctor Sagarel llegará en una media hora.

—Michael —le preguntó Harvey—. ¿Últimamente has notado algo extraño en la orina?

—El otro día me salió un Datsun cinco puertas.

—Muy gracioso. Ahora contesta a mi pregunta.

Harvey vio que el miedo se concentraba en los ojos de Michael.

—No lo sé. Puede que sea de un color más oscuro.

Los médicos intercambiaron una mirada de complicidad.

—¿Qué? —preguntó Michael—. ¿Qué tengo?

—Todavía no lo sé. Eric, asegúrate de que hacen un cribado de hepatitis en la sangre. Y también recuentos de VEB y de VCM. Y que luego lo lleven abajo y le hagan una ecografía abdominal.

—Ya vamos un paso por delante de usted.

—¿Me lo dices en cristiano? —preguntó Michael.

—Todos los síntomas apuntan a una hepatitis —le explicó Harvey—. Eric y el doctor Richardson van a llevarte abajo a rayos X. Te veré dentro de un ratito.

El doctor Raymond Markey, secretario adjunto de Salud del Departamento de Salud y Servicios Humanos, contempló desde su ventana el frondoso verdor del complejo de Bethesda, Maryland. Para él los Institutos Nacionales de la Salud suponían un cruce entre un balneario europeo y una base militar. Desde su despacho, situado en la esquina, la naturaleza parecía extenderse a lo largo de muchos kilómetros. Aunque sabía más cosas. Sabía, por ejemplo, que a unos quince kilómetros de allí el gran jefazo, el presidente de Estados Unidos, iniciaba la reunión del brunch semanal con el vicepresidente. Ambos se reunían casi todos los lunes para tomar un almuerzo ligero y conversar de temas serios. Raymond había asistido a algunos de esos almuerzos. No le interesaron en particular ni el debate ni la comida.

Dio un profundo suspiro, se quitó las gafas y se frotó los ojos. Era espantosamente miope. Cuando observaba el vasto pasaje sin las gafas, el mundo se convertía en una gran pintura abstracta. Los brillantes colores se entremezclaban y parecía moverse en una retícula caleidoscópica.

Volvió a ponerse las gafas, se olvidó de la vista sedante y lanzó una mirada a los dos informes que tenía sobre la mesa. En el primero había un sello de «Confidencial» y llevaba numerosos precintos en el sobre, de modo que Markey podía estar bien seguro de que nadie lo había abierto antes que él. El sobre, además, había sido tratado con productos especiales para que no pudiera leerse el contenido a contraluz. Cualquier manipulación dejaba marcas permanentes, lo cual suponía una seguridad exagerada, pero a veces toda precaución era poca.

En el segundo ponía «Pabellón Sidney. Centro Médico Columbia Presbiterian, Nueva York». La seguridad que rodeaba a este sobre era menor.

«Secretario adjunto de Salud del Departamento de Salud y Servicios Humanos, un título muy largo, pero más bien mediocre», pensó Raymond Markey. Aunque él sabía qué se escondía detrás. Su departamento tenía a su cargo el Servicio de Salud Pública de Estados Unidos y controlaba organismos gubernamentales como la Administración de Alimentación y Medicamentos, los Centros de Prevención y Control de las Enfermedades y los Institutos Nacionales de Salud, así que no podía decirse que el suyo fuera un cargo sin importancia o meramente honorífico.

Markey alargó la mano en busca del abrecartas y abrió el sobre confidencial. Luego puso los informes uno al lado del otro. El normal había sido cumplimentado por el doctor Harvey Riker, y por primera vez faltaba la firma del doctor Bruce Grey. Qué lástima. Y respecto del informe confidencial... Bueno, era preferible no ponerse a pensar en su procedencia. Repetir en voz alta el nombre de su autor podría ser un riesgo para la salud de uno. Incluso un riesgo mortal.

Markey cotejó los informes en busca de discrepancias evidentes. Una le saltó inmediatamente a la vista.

El número de pacientes.

De acuerdo con el informe de Riker, habían tratado a cuarenta y un pacientes, dos de los cuales habían sido asesinados en las últimas semanas. Riker se limitaba a transcribir datos, sin sacar ninguna conclusión, pero hacía mención de la extraña coincidencia de que dos pacientes hubieran muerto a causa de múltiples puñaladas con apenas un par de semanas de diferencia. Markey se dio cuenta, además, de que Riker nunca se refería a la muerte de Grey como un suicidio, sino como «un golpe muy duro» o «una muerte sin sentido».

Una curiosa descripción, reflexionó.

Examinó de nuevo los informes. El del sello «Confidencial» señalaba claramente que al principio eran cuarenta y dos pacientes, no cuarenta y uno. «¿Por qué esa discrepancia?», se preguntó Markey. Dudaba mucho de que fuera un error. Nadie se equivoca en esa clase de situaciones. Tenía que haber una razón para la discrepancia. Solo tenía que descubrirla.

Volvió al principio del informe confidencial. Estaba seguro de que Harvey Riker era el origen de la discrepancia. Lo conocía bien y no se fiaba de él. Muchos años antes, cuando Raymond Markey era jefe de personal en el Hospital de Saint Barnabas de Nueva Jersey, se había topado por primera vez con un joven interno que se llamaba Harvey Riker. Ya entonces, Riker aborrecía las reglas y normativas. Y ahora que esas reglas y normativas venían impuestas por los servicios gubernamentales, Markey sabía que Riker sería aún más proclive a considerarlas flexibles. Era un hombre de muchísimo talento, pero muy poca disciplina. Era necesario vigilarlo. Y de cerca.

Ah, ahí está. En la página 2.

En la página 2 del documento confidencial se transcribía la lista de todos los miembros del equipo y los pacientes del pabellón Sidney. Markey fue repasando el informe de Riker hasta dar con la lista de pacientes. Los contó. Sí, cuarenta y dos en el confidencial. Cuarenta y uno en el del doctor. ¿Qué nombre faltaba en el informe de Riker?

No le llevó mucho tiempo encontrarlo. Era un nombre que muy bien podrían haber subrayado.

Raymond descolgó con mano temblorosa el teléfono que estaba detrás de la mesa del despacho. Era más que probable que el oficial estuviera interceptado, pero su línea particular la revisaba a diario con sumo cuidado. «Nunca se es demasiado precavido». Marcó el número. Al otro lado descolgaron el auricular después de tres timbrazos.

—¿Sí?

—Tengo el informe confidencial. Me ha llegado esta mañana.

—¿Y?

Markey tragó saliva.

—Todavía no he podido leerlo entero —dijo—, pero creo que es mejor que actuemos deprisa. Se van acercando.

—Entonces, tal vez tendríamos que mandar a alguien a Bang­kok. ¿Cuándo podré tener una copia?

—Te la pondré hoy mismo en el correo.

—Muy bien.

—Hay algo más.

—Dime.

—El doctor Riker trabaja con mucho secreto con un paciente importante —dijo Markey—. Dejó el nombre fuera de la lista de su informe.

—¿Quién es?

—Bradley Jenkins. El hijo del senador...

—Ya sé quién es. —Hubo un breve silencio—. Eso explica muchas cosas, Raymond.

—Ya lo sé —dijo Markey.

—Hazme llegar ese informe enseguida.

—Te lo mando inmediatamente. Lo tendrás en la mesa mañana por la mañana.

—Gracias, Raymond. Adiós.

—Adiós, reverendo Sanders.

Todavía apoyándose con fuerza en el bastón, Sara fue cojeando hacia la habitación de Michael. Había muchas cosas en marcha, muchas cosas que sucedían al mismo tiempo. La enfermedad de Michael, su posible embarazo, aquel extrañísimo misterio en torno a la clínica de Harvey. Dos pacientes asesinados. ¿Coincidencia?

Tal vez, pero ella no lo creía. Decidió llamar a Max Bernstein en cuanto surgiera una oportunidad. Puede que él supiera algo.

Dobló la esquina y abrió la puerta de la habitación de Michael. Ese día se notaba el pie rígido, más como un palo sujeto a la pierna que de carne y hueso. Michael la miró desde la cama. La cara se le iluminó al verla. Sara se acercó a la cama y le dio un suave beso.

—¿Te encuentras mejor? —le preguntó.

—Mucho mejor —respondió.

—Me has dado un susto de muerte, ¿sabes? He llamado a mi padre. Estará aquí enseguida.

—Sara —dijo él—. ¿Qué hacías tú hoy en el hospital?

Sara vaciló.

—No quería decirte nada hasta que estuviera segura —contestó.

Michael se incorporó y preguntó con voz inquieta:

—¿Segura de qué? ¿Estás bien?

Sara asintió con un gesto. La mirada preocupada y tierna de Michael le llegó al corazón.

—¿Sabes lo que me viene cada mes?

—Me hago cargo —contestó Michael—. Me lo explicaron de sobra en la clase de naturales de séptimo.

Sara soltó una risita, pero la ansiedad no abandonaba el rostro de Michael.

—Bueno, pues tengo un atraso de seis semanas.

—¿Estás embarazada? —le preguntó con unos ojos como platos.

—Todavía no lo sé. Tendré los resultados dentro de unas horas.

—¡Dios mío, Sara! ¿Por qué no me lo habías dicho?

Sara se sentó junto a él en la cama y le cogió una mano entre las suyas.

—No quería que nos hiciéramos ilusiones, por si era otra falsa alarma. No soporto verte con esa cara de frustración... —Miró hacia otro lado, pero Michael le girió el rostro hacia él con delicadeza.

—Sara, te quiero. Si no podemos tener hijos, eso no cambiará.

Ella apoyó la cara contra su pecho.

—¿Lo dices de verdad?

—Sí, lo digo de veras —aseguró él con una risa.

—Te llevaste una buena birria cuando te casaste conmigo.

—Sí, pero una birria que es un bombón. Y una máquina en la cama.

—No seas descarado. Se supone que estás enfermo.

—Pero todavía me enciendo cuando hace falta. El médico dice que es bueno para la salud.

—Qué gracioso. Yo no se lo he oído decir.

—¿Y qué le has oído decir?

—Algo de que tienes ictericia en la piel y que puede que sea hepatitis.

—Bueno, ¿y es verdad? ¿Tengo la piel amarilla?

Sara lo observó bien.

—Estás de un amarillo subido.

—Gracias.

—Pero te favorece.

Llamaron a la puerta con un golpe seco y luego el padre de Sara asomó la cabeza por la rendija.

—¿Interrumpo algo?

—Pasa, pasa —le dijo Michael—. Todos los médicos me vienen bien.

John Lowell entró en la habitación. Era de estatura media y extraordinariamente guapo. El pelo gris y abundante, con raya al medio, le confería un aire de distinción. En las mejillas se le formaban unos hoyuelos cuando sonreía y también tenía otro en la barbilla, pero lo que atraía de inmediato eran sus ojos, unos ojos tan verdes y vivos como los de Sara. Cruzó la habitación, le dio un beso a su hija y estrechó la mano de Michael.

—Me temo que esto está un tanto fuera de mi especialidad. ¿Quién te ha visitado?

—Harvey y Eric... ¿Te acuerdas de mi amigo Eric Blake?

—Desde luego. He oído que está trabajando con el doctor Riker en la... en la clínica.

A John Lowell se le ensombreció la cara al mencionar la clínica. Tanto Sara como Michael se dieron cuenta. Michael decidió disimular, pero Sara no.

—Pues sí, trabaja allí —dijo ella—. Y la clínica está haciendo unos progresos maravillosos.

—Espléndido —dijo su padre con un tono que ponía fin a cualquier otro comentario sobre el tema—. Entonces, Michael, ¿qué es lo que tienes?

—Me están haciendo análisis, pero creen que es hepatitis.

—¿Qué especialista ha recomendado Harvey Riker?

—El doctor Sagarel.

—Un buen médico —dijo John con un movimiento de aprobación—. Haz caso de lo que te diga Sagarel, Michael, no de esos dos epidemiólogos amigos tuyos.

—Sabes perfectamente que Harvey Riker es un médico fuera de serie, uno de los mejores en su campo —contraatacó Sara.

—Seguro que sí y...

—Y la clínica está a punto de lograr un gran avance en la lucha contra el sida.

—Me alegro de oírlo —dijo John sin ningún entusiasmo—. Cuanto antes, mejor. Necesitamos esos fondos en otro sitio.

—¿Cómo puedes decir eso?

—No empecemos otra vez con lo mismo, ¿de acuerdo? —sugirió Lowell—. Es una simple cuestión de economía.

—¿De economía? —repitió Sara—. ¿La economía es más importante que salvar vidas?

—Por favor, no utilices ese argumento de predicador simplista conmigo —le dijo su padre en tono ecuánime—. Ya lo he usado yo lo suficiente ante los subcomités del Senado para que me vaya a afectar ahora. Lo cierto es que solo una cantidad equis de dólares se destinan a temas de sanidad y de investigación médica. Una cantidad equis y punto. Una parte va a la Asociación del Corazón, otra a mi Centro del Cáncer y luego están la distrofia muscular, la artritis reumatoide, la tercera edad, mil cosas. Y todos competimos por los mismos fondos. Y ahora llega el sida y se lleva una tajada astronómica, por no decir desproporcionada, del pastel.

—Lo dices como si fuera una especie de concurso —apuntó Sara—. ¿Es que la compasión...?

—Estamos en el mundo real —la interrumpió el padre—. En el mundo real tienes que vértelas con las realidades económicas. Y el hecho es que cada dólar que se gasta en el sida hay que quitárselo a todas esas otras organizaciones.

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Дата выхода на Литрес:
14 ноября 2024
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461 стр. 2 иллюстрации
ISBN:
9788491874119
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