Читать книгу: «Desaparecida»
Título original inglés: Long Lost
© Harlan Coben, 2009.
© Traducción de Alberto Coscarelli, 2010.
© de esta edición digital: RBA Libros, S.A., 2013.
Avda. Diagonal, 189 - 08018 Barcelona.
www.rbalibros.com
REF: OEBO305
ISBN: 978-84-9006-778-9
Composición digital: Víctor Igual, S. L.
Queda rigurosamente prohibida sin autorización por escrito del editor cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra, que será sometida a las sanciones establecidas por la ley. Todos los derechos reservados.
Índice
Dedicatoria
PRIMERA PARTE
Cita
1
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SEGUNDA PARTE
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27
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39
AGRADECIMIENTOS
Notas
PARA SANDRA WHITAKER,
LA TÍA MÁS GUAY DEL MUNDO ENTERO.
PRIMERA PARTE
«Aguanta.
Esto te dolerá como nunca te ha dolido.»
WILLIAM FITZSIMMONS, I Don’t Feel It Anymore
1
«Tú no conoces su secreto», me dijo Win.
«¿Debería?»
Win se encogió de hombros.
«¿Es malo?», pregunté.
«Mucho», respondió Win.
«Entonces quizás no quiera saberlo.»
Dos días antes de conocer el secreto que ella había guardado durante una década —en apariencia el íntimo secreto que no solo nos devastaría a los dos sino que cambiaría el mundo para siempre—, Terese Collins me llamó a las cinco de la mañana para sacarme de un sueño casi erótico y meterme en otro. Solo dijo: «Ven a París».
No había oído su voz en... ¿cuánto?, quizás siete años, y se oía el crepitar de la estática en la línea. Ella no se preocupó por cosas como el hola o cualquier preámbulo. Me desperté del todo y pregunté:
—¿Terese? ¿Dónde estás?
—En un precioso hotel en la margen izquierda llamado D’Aubusson. Te encantará. Hay un vuelo de Air France que sale esta noche a las siete.
Me senté. Terese Collins. Las imágenes sacudieron mi mente: un biquini de infarto, aquella isla privada, la playa abrasada por el sol, una mirada que derretía el acero, un biquini de infarto.
Vale la pena mencionar dos veces el biquini.
—No puedo.
—París.
—Lo sé.
Casi una década atrás nos fugamos a una isla como dos almas perdidas. Creí que nunca más nos volveríamos a ver, pero lo hicimos. Unos pocos años más tarde me ayudó a salvar la vida de mi hijo. Después, puf, desapareció sin dejar rastro... hasta ahora.
—Piénsalo —añadió ella—. La Ciudad de la Luz. Podríamos amarnos toda la noche.
Conseguí tragar.
—Sí, claro, pero, ¿qué haremos durante el día?
—Si no recuerdo mal es probable que necesites descansar.
—Además de vitamina E —señalé, sin poder evitar la sonrisa—. No puedo, Terese. Tengo una relación.
—¿Con la viuda del 11-S?
Me pregunté cómo lo sabía.
—Sí.
—Esto no tiene nada que ver con ella.
—Perdona, pero creo que sí.
—¿Estás enamorado? —preguntó.
—¿Importaría si dijese que sí?
—No.
Cambié de tema.
—¿Qué pasa, Terese?
—No pasa nada. Quiero pasar contigo un fin de semana romántico, sensual, lleno de fantasías en París.
Otro trago.
—No he sabido nada de ti en... ¿siete años?
—Casi ocho.
—Te llamé —dije—. Muchas veces.
—Lo sé.
—Te dejé mensajes. Te escribí. Intenté encontrarte.
—Lo sé —repitió.
Siguió un silencio. No me gusta el silencio.
—¿Terese?
—Cuando necesitaste de mí, cuando me necesitaste de verdad, estuve allí, ¿no?
—Sí.
—Ven a París, Myron.
—¿Así de sencillo?
—Sí.
—¿Dónde has estado todos estos años?
—Te lo contaré todo cuando estés aquí.
—No puedo. Tengo una relación con una persona.
De nuevo aquel maldito silencio.
—¿Terese?
—¿Recuerdas cuándo nos conocimos?
Sucedió después del mayor desastre de mi vida. Supongo que lo mismo le pasó a ella. Unos amigos bienintencionados nos habían «obligado» a asistir a una gala benéfica, y tan pronto como nos vimos el uno al otro fue como si nuestras respectivas miserias se convirtiesen en imanes. No creo mucho que los ojos sean el espejo del alma. He conocido demasiados pirados capaces de convencerte de esa seudociencia. Pero la tristeza era tan obvia en los ojos de Terese... En realidad emanaba de todo su ser, y aquella noche, con mi propia vida en ruinas, era lo que necesitaba.
Terese tenía un amigo propietario de una pequeña isla caribeña cerca de Aruba. Nos largamos allí aquella misma noche sin decirle nada a nadie. Acabamos pasando allí tres semanas, amándonos casi sin hablar, desapareciendo y desgarrándonos el uno al otro, porque no había mucho más que hacer.
—Por supuesto que lo recuerdo.
—Ambos estábamos destrozados. Nunca hablamos de eso. Pero los dos lo sabíamos.
—Sí.
—Fuiste capaz de superar aquello que te destrozó. Es natural. Nos recuperamos. Nos destruyen y luego nos recuperamos.
—¿Y tú?
—No pude recuperarme. Ni siquiera creo que lo desease. Estaba destrozada y quizás fue mejor mantenerme así.
—No sé si te sigo.
En ese momento su voz era suave.
—No creí, no, bórralo, sigo sin creer que me gustase ver cómo sería mi mundo reconstruido. No creo que me gustase mucho el resultado.
—¿Terese?
No respondió.
—Quiero ayudar.
—Quizás no puedas —contestó—. Quizás no tenga sentido.
Más silencio.
—Olvida que he llamado, Myron. Cuídate.
Luego desapareció.
2
—Ah —exclamó Win—, la deliciosa Terese Collins. Un culo de primera clase, algo sensacional.
Estábamos sentados en las destartaladas gradas plegables del gimnasio del Kasselton High School. Los habituales olores a sudor y jabón industrial llenaban el aire. Todos los sonidos, como en todos los gimnasios similares de este vasto continente, llegaban distorsionados, y los extraños ecos formaban el equivalente auditivo de una cortina de baño.
Me encantan los gimnasios como éste. Crecí en ellos. Pasé muchos de mis momentos más felices en idénticos recintos mal ventilados con una pelota de baloncesto en la mano. Me encanta el sonido del driblaje. Me encanta la pátina de sudor que comienza a aparecer en los rostros durante los calentamientos. Me encanta la sensación del cuero granulado en las yemas; ese momento de pureza neorreligiosa cuando te centras en el borde del aro, lanzas la pelota, encestas y no hay nada más en el mundo.
—Me alegra que la recuerdes.
—Un culo de primera clase, algo sensacional.
—Sí, ya te oí la primera vez.
Win había sido mi compañero de habitación en el colegio universitario Duke. Ahora era mi socio y, junto con Esperanza Díaz, mi mejor amigo. Su verdadero nombre era Windsor Horne Lockwood III, y le sentaba bien: rizos dorados separados por una raya trazada con un tiralíneas; tez rubicunda; un rostro patricio; bronceado de golfista; ojos azul hielo. Vestía unos carísimos pantalones de color caqui con una raya que rivalizaba con la del pelo, una americana azul Lily Pulitzer con el forro rosa y verde y un pañuelo en el bolsillo abullonado como la flor lanzaagua de un payaso.
Una vestimenta decadente.
—Cuando Terese estaba en la tele —continuó Win con su estirado acento de instituto privado con el tono de alguien que le explica algo obvio a un niño un tanto retrasado—, no podías apreciar la calidad. Estaba sentada detrás de la mesa de los presentadores.
—Ajá.
—Pero cuando la vi con aquel biquini —para aquellos que llevan la cuenta, el mismo que mencioné antes, el de infarto—, bueno, es un activo estupendo. Un desperdicio en una presentadora. Es una tragedia cuando lo piensas.
—Como el Hindenburg —señalé.
—Una referencia hilarante —aprobó Win—, y, oh, tan oportuna.
La expresión de Win siempre es altiva. Las personas miran a Win y ven a un elitista, un esnob, alguien con dinero de toda la vida. En su mayor parte, están en lo cierto. Pero hay una parte en la que se equivocan... y esa parte puede hacer que un hombre sufra graves daños.
—Continúa —dijo Win—. Acaba la historia.
—Ya está.
Win frunció el entrecejo.
—Entonces, ¿cuándo te marchas a París?
—No voy.
Había comenzado el segundo cuarto en la cancha. Era un partido de baloncesto de los chicos de quinto grado. Mi novia —el término parece un tanto pobre, pero no estoy seguro de si «amiga con derecho a roce», «persona importante» o «compañera» podría aplicarse—, Ali Wilder, tiene dos hijos, y el menor juega en este equipo. Se llama Jack y no es muy bueno. Lo digo no por juzgar o predecir futuros éxitos —Michael Jordan no empezó a jugar en el equipo del instituto hasta cursar tercero—, sino como una mera observación. Jack es grande para su edad, alto y pesado, lo que a menudo conlleva una falta de velocidad y coordinación. Hay algo como de trotón en su manera de correr.
Pero a Jack le encantaba el juego, y eso lo era todo para mí. Era un chico dulce, encerrado en su mundo pero de una manera positiva, y necesitado, como corresponde a un niño que pierde a su padre de una forma tan trágica y prematura.
Ali no podía venir hasta la media parte y yo, al chico, le apoyaba.
Win continuaba con el entrecejo fruncido.
—A ver si lo entiendo. ¿Has rechazado pasar un fin de semana con la adorable señora Collins y su culo de primera clase en un hotelito de París?
Siempre era un error hablar de relaciones con Win.
—Así es —respondí.
—¿Por qué? —Win se volvió para mirarme. Parecía perplejo de verdad. Entonces su rostro se relajó—. Ah, espera.
—¿Qué?
—Ha engordado, ¿no?
Win.
—No tengo ni idea.
—¿Entonces?
—Ya sabes, estoy comprometido, ¿lo recuerdas?
Win me miró como si estuviese defecando en la cancha.
—¿Qué? —pregunté.
Se echó hacia atrás en el asiento.
—Eres una maricona como una casa.
Sonó la bocina. Jack se puso las gafas protectoras y fue hacia la mesa de los árbitros con aquella maravillosa media sonrisa tontorrona. Los chicos de quinto grado de Livingston jugaban contra sus archirrivales de Kasselton. Intenté no sonreír con suficiencia ante el entusiasmo, no tanto de los chicos, sino de los padres en las gradas. No quiero generalizar, pero las madres se dividen en dos grupos: las charlatanas, que aprovechan la ocasión para socializar, y las sufridoras, las que viven y mueren cada vez que sus retoños tocan la pelota.
Los padres a menudo son más problemáticos. Algunos consiguen mantener la ansiedad más o menos controlada, reniegan por lo bajo, se muerden las uñas. Otros gritan a voz en cuello. Se meten con los árbitros, los entrenadores y los chicos.
Un padre, sentado dos filas delante de nosotros, tenía lo que Win y yo llamábamos el «síndrome de Tourette del espectador», y se pasaba todo el partido metiéndose a gritos con todos los que tenía a su alrededor.
Mi perspectiva en este campo es mucho más clara que en la de la mayoría. He sido agraciado con el don del atleta natural. Fue una sorpresa para toda mi familia desde el gran triunfo atlético conseguido por un Bolitar mucho antes de que yo apareciese, cuando mi tío Saúl ganó un torneo de tejos en un crucero de la Princess en 1974. Acabé el bachillerato en el Livingston High School como jugador del año. Fui el base estrella de Duke, donde dirigí al equipo en dos temporadas del campeonato de la NCAA. Los Boston Celtics me seleccionaron en primera ronda.
Entonces, pataplum, a tomar viento.
—Cambio —gritó alguien.
Jack se acomodó las gafas y corrió a la cancha.
El entrenador del equipo rival señaló a Jack y gritó:
—¡Tú, Connor! Te toca el nuevo. Es grande y lento. A ver si lo mueves un poco.
El padre con el síndrome de Tourette gimió:
—Es un partido muy igualado. ¿Por qué lo hacen entrar ahora?
¿Grande y lento? ¿Había oído bien?
Miré al entrenador del Kasselton. Llevaba el pelo con reflejos, peinado con gomina como un puercoespín, y una perilla negra recortada que le daba el aspecto del envejecido bajista de una banda de música. Era alto; yo mido un metro noventa y dos y ese tipo me sacaba cinco centímetros, además de, calculé, unos diez o quince kilos.
—¿Es grande y lento? —le repetí a Win—. ¿Te puedes creer que el entrenador acabe de gritar eso?
Win se encogió de hombros.
Yo también lo intenté. El calor del juego. Déjalo correr.
El marcador estaba empatado a veinticuatro cuando ocurrió el desastre. Fue inmediatamente después de un tiempo muerto y al equipo de Jack le tocaba subir la pelota hacia la canasta del equipo rival. Kasselton decidió hacer presión por sorpresa. Jack estaba solo. Le pasaron la pelota, pero por un momento, con la presión encima, no supo qué hacer. Ocurre.
Buscó ayuda. Se volvió hacia el banco del Kasselton, el más cercano a él, y el gran entrenador del pelo puntiagudo gritó:
—¡Lanza! ¡Lanza! —Y señaló la canasta.
La canasta errónea.
—¡Lanza! —gritó de nuevo el entrenador.
Jack, a quien por naturaleza le gusta complacer y confía en los adultos, le obedeció.
La pelota entró. En la canasta equivocada. Dos puntos para Kasselton.
Los padres de Kasselton estallaron en vivas e incluso risas. Los padres de Livingston alzaron las manos al aire y gimieron por el error del chico de quinto grado. Entonces el entrenador del Kasselton, el tipo del pelo puntiagudo y la perilla de bajista, chocó palmas con el segundo entrenador, señaló a Jack, y le gritó:
—¡Eh, chico, hazlo de nuevo!
Posiblemente Jack era el chico más alto de la cancha, pero en ese momento parecía como si intentase con todas sus fuerzas ser lo más pequeño posible. La media sonrisa tontorrona desapareció. Le temblaban los labios. Parpadeaba. Todas las partes del chico se encogían y también mi corazón.
Un padre del Kasselton no dejaba de gritar. Se rió, se llevó las manos a la boca como si fuese un megáfono de carne y gritó:
—¡Pásasela al chico del otro equipo! ¡Es nuestro mejor jugador!
Win le tocó el hombro.
—Vas a callarte ahora mismo.
El padre se volvió hacia Win, y vio la vestimenta decadente, el pelo rubio y las facciones de porcelana. Estaba a punto de burlarse y soltar una réplica, pero algo —probablemente el instinto de supervivencia básico y un cerebro de reptil— hizo que se lo pensara mejor. Sus ojos se cruzaron con los azul hielo de Win y luego los bajó.
—Sí, lo siento, eso estaba demás —se disculpó.
Yo apenas lo oí. No podía moverme. Permanecí sentado en la grada y miraba al ufano entrenador de los pelos puntiagudos. Sentía latir la sangre.
Sonó la bocina; final de la media parte. El entrenador, que no salía de su asombro, continuaba riéndose y sacudiendo la cabeza. Uno de sus ayudantes se acercó para estrecharle la mano. También lo hicieron algunos padres y espectadores.
—Tengo que irme —dijo Win.
No respondí.
—¿Debería quedarme? ¿Por si acaso?
—No.
Win hizo un gesto y se marchó. Yo seguía mirando al entrenador del Kasselton. Me levanté y comencé a bajar las desvencijadas gradas. Mis pisadas sonaban como truenos. El entrenador caminó hacia la puerta. Lo seguí. Entró en los lavabos sonriendo como el idiota que sin duda era. Lo esperé junto a la puerta.
Cuando salió, le dije:
—Un tipo con clase.
Llevaba las palabras «Entrenador Bobby» bordadas en la camisa. Se detuvo y me miró.
—¿Perdón?
—Animar a un chico de diez años a que lance a la canasta equivocada —dije—. Y después aquella divertida frase de «Eh, chico, haz-lo otra vez» ayudó a humillarlo. Es un tipo con mucha clase, entrenador Bobby.
El entrenador entrecerró los ojos. De cerca era grande, ancho y tenía los brazos gruesos, los nudillos grandes y una frente de Neandertal. Conocía el tipo. Todos lo conocen.
—Parte del juego, amigo.
—¿Burlarse de un chico de diez años es parte del juego?
—Meterse en su mente. Forzar a tu oponente a cometer un error.
No dije nada. Me tomó la medida y decidió que, podía conmigo. Los tipos grandes como el entrenador Bobby están seguros de que pueden con casi todos. Yo únicamente lo miré.
—¿Tiene algún problema? —preguntó.
—Son chicos de diez años.
—Sí, claro, chicos. ¿Qué es usted, uno de esos padres mariquitas que creen que todos han de ser iguales en la cancha? Nadie debe sentirse herido, nadie debe ganar o perder... Eh, quizás incluso ni siquiera deberíamos llevar el marcador, ¿no?
El segundo entrenador del Kasselton se acercó. Vestía una camisa a juego que decía «Segundo entrenador Pat».
—¿Bobby? Está a punto de comenzar la segunda parte.
Me acerqué un paso.
—Déjelo en paz.
El entrenador Bobby me dirigió el previsible gesto burlón y respondió:
—¿O qué?
—Es un chico sensible.
—Bu, bu. Si es tan sensible, quizás no debería jugar.
—Y quizás usted no debería entrenar.
El segundo entrenador, Pat, se adelantó. Me miró, y aquella sonrisa cómplice que yo conocía muy bien apareció en su rostro.
—Vaya, vaya, vaya.
—¿Qué? —preguntó Bobby.
—¿Sabes quién es este tipo?
—¿Quién?
—Myron Bolitar.
Casi podías ver como Bobby procesaba el nombre, como si en la frente tuviese una ventana y el hámster que corría en la rueda estuviese cogiendo velocidad. Cuando las sinapsis acabaron su función, su sonrisa casi arrancó las esquinas de la perilla.
—Aquella gran «superestrella» —llegó incluso a marcar las comillas con los dedos— que no pudo entrar con los profesionales. ¿El famoso fracaso de la primera vuelta?
—El mismo —añadió el segundo entrenador.
—Ahora lo pillo.
—Eh, entrenador Bobby —dije.
—¿Qué?
—Deje al chico en paz.
Frunció el entrecejo.
—No querrá meterse conmigo.
—Tiene razón. No quiero. Quiero que deje al chico en paz.
—Ni hablar, amigo. —Sonrió y se me acercó un poco más—. ¿Le causa algún problema eso?
—Sí, por supuesto.
—Entonces, ¿qué le parece si usted y yo lo discutimos un poco cuando acabe el partido? ¿En privado?
Las chispas comenzaron a encenderse en mis venas.
—¿Me está retando a una pelea?
—Sí. A menos, por supuesto, que sea un gallina. ¿Es un gallina?
—No soy un gallina —respondí.
Algunas veces soy muy bueno en las réplicas cortantes. Intento mantenerme a la par.
—Tengo un partido que dirigir. Pero después usted y yo arreglaremos cuentas. ¿Me sigue?
—Lo sigo.
De nuevo con la réplica instantánea. Voy lanzado.
Bobby apoyó un dedo en mi cara. Pensé en mordérselo; eso siempre capta la atención de cualquiera.
—Es un hombre muerto, Bolitar. ¿Me oye? Un hombre muerto.
—¿Un hombre tuerto?
—Un hombre muerto.
—Oh, claro, porque si fuese tuerto, no le vería muy bien. Ahora que lo pienso, si fuese un muerto, tampoco podría.
Sonó la bocina. Pat dijo:
—Vamos, Bobby.
—Un hombre muerto —repitió él.
Me llevé una mano al ojo, como si fuese tuerto, y grité: ¿Dónde está? Pero ya se había marchado.
Lo observé. Tenía aquel balanceo lento y seguro, los hombros echados hacia atrás, los brazos moviéndose casi demasiado. Iba a gritarle algo estúpido cuando sentí una mano en mi brazo. Me volví. Era Ali, la madre de Jack.
—¿De qué iba todo esto? —preguntó Ali.
Ali tiene unos enormes ojos verdes y una cara bonita y franca que encuentro irresistible. Quería levantarla y besarla, pero algunos dirían que ése no era el mejor lugar.
—Nada —respondí.
—¿Qué tal ha ido la primera parte?
—Perdemos por dos.
—¿Jack marcó?
—No lo creo, no.
Ali observó mi rostro por un momento y vio algo que no le gustó. Me giré y volví a las gradas. Me senté. Ali se sentó a mi lado. Cuando llevaban dos minutos de juego, me preguntó:
—¿Cuál es el problema?
—Ninguno.
Me removí en la incómoda grada.
—Mentiroso —dijo Ali.
—Solo estoy siguiendo el juego.
—Mentiroso.
La miré, miré su bonito rostro franco, las pecas que no tendrían que estar allí a su edad pero que la hacían condenadamente adorable, pero también vi algo más.
—Tú también pareces un poco distraída.
No solo hoy, pensé, sino también durante las últimas semanas las cosas no habían ido muy bien entre nosotros. Ali se había mostrado distante y preocupada y no había querido hablar del tema. Yo había estado muy ocupado con el trabajo, así que no había insistido.
Ali mantuvo la mirada en la cancha.
—¿Jack jugó bien?
—Muy bien —respondí. Luego añadí—: ¿A qué hora sale tu vuelo mañana?
—A las tres.
—Te llevaré al aeropuerto.
Erin, la hija de Ali, se matriculaba en la Universidad Estatal de Arizona. Ali, Erin y Jack iban a volar hasta allí para pasar la semana dedicados a instalar a la estudiante.
—No pasa nada. Ya he alquilado un coche.
—Me gustaría llevarte.
—No te preocupes.
Su tono cortó cualquier discusión sobre el tema. Intenté acomodarme y mirar el partido. Mi pulso continuaba acelerado. Pocos minutos más tarde, Ali preguntó:
—¿Por qué continúas mirando al otro entrenador?
—¿Qué entrenador?
—Aquel con el pelo mal teñido y la perilla a lo Robin Hood.
—Busco modelos para acicalarme.
Ella casi sonrió.
—¿Jack jugó mucho en la primera mitad?
—El tiempo habitual.
Acabó el partido; Kasselton ganó por tres. Sus seguidores aplaudieron. El entrenador, un buen tipo a todas luces, había preferido no hacer jugar a Jack en la segunda mitad. Ali estaba un tanto inquieta por eso —el entrenador por lo general procuraba que todos los chicos jugasen el mismo tiempo—, pero decidió dejarlo correr.
Los equipos se retiraron a los vestuarios para discutir las incidencias del partido con sus entrenadores. Ali y yo esperamos fuera de la puerta del gimnasio, en el pasillo del colegio. No tuve que esperar mucho. Bobby vino hacia mí con el mismo balanceo, aunque ahora sus manos se habían transformado en puños. Lo acompañaban otros tres tíos, incluido Pat, todos grandes, con sobrepeso y ni siquiera la mitad de duros de lo que creían ser. Bobby se detuvo a un metro de mí. Sus tres compañeros se desplegaron con los brazos cruzados sobre el pecho y me miraron.
Por un momento nadie habló. Solo me miraron como si fuesen a comerme.
—¿Ésta es la parte en la que me meo en los pantalones? —pregunté.
Bobby comenzó de nuevo con el dedo.
—¿Conoce el Landmark Bar de Livingston?
—Claro.
—Esta noche a las diez. En el aparcamiento de atrás.
—Se pasa de mi hora de recogida —dije—, y tampoco soy de esa clase de citas. Primero una invitación a cenar, unas flores.
—Si no se presenta —se acercó más con el dedo— buscaré alguna otra manera de obtener satisfacción. ¿Me pilla?
No, pero antes de que pudiera pedirle una aclaración se marchó. Sus compañeros lo siguieron. Me miraron por encima del hombro. Los saludé con la mano como si fuese un bebé. Uno de ellos insistió en la mirada y yo le soplé un beso. Se volvió como si le hubiese dado una bofetada.
Soplar un beso. Mi movimiento favorito para provocar la homofobia.
Me volví hacia Ali, vi su rostro y pensé: «Oh, oh...».
—¿Qué demonios ha sido eso?
—Pasó algo durante el partido antes de que llegases —respondí.
—¿Qué?
Se lo dije.
—¿Te enfrentaste al entrenador?
—Sí.
—¿Por qué? —preguntó.
—¿Qué quieres decir con por qué?
—Lo has complicado todavía más. Es un bocazas. Los chicos lo entienden.
—Jack casi lloraba.
—Entonces yo me ocuparé. No necesito tu rollo de macho.
—No iba de macho. Quería que dejara de molestar a Jack.
—No me extraña que Jack no jugase en la segunda mitad. Su entrenador probablemente vio tu estúpido comportamiento y fue lo bastante listo como para no avivar las llamas. ¿Ahora te sientes mejor?
—Todavía no —dije—, pero después de que le aplaste la cara en el Landmark sí, creo que sí.
—Ni se te ocurra.
—Ya lo has oído.
Ali sacudió la cabeza.
—No me lo puedo creer. ¿Qué demonios te pasa?
—Estaba apoyando a Jack.
—Ése no es tu papel. Aquí no tienes ningún derecho. Tú no eres...
Se interrumpió.
—Dilo, Ali.
Cerró los ojos.
—Tienes razón. No soy su padre.
—No era eso lo que iba a decir.
Lo era, pero lo dejé correr.
—Puede que no sea mi papel, si es que la cosa iba de eso, solo que no iba de eso. Podría haber ido a por ese tipo incluso si lo hubiese dicho de otro chico.
—¿Por qué?
—Porque está mal.
—¿Quién eres tú para reprochárselo?
—¿Reprochárselo? Puedes hacer las cosas bien o hacerlas mal. Él lo hizo mal.
—Es un estúpido arrogante. Algunas personas son así. Es la vida. Jack lo comprende, o lo comprenderá con la experiencia. Eso es parte del crecimiento; tratar con los estúpidos. ¿Es que no lo ves?
No dije nada.
—Si mi hijo resultó tan herido —prosiguió Ali, furiosa a más no poder—, ¿quién te crees que eres para no decírmelo? Incluso te pregunté de qué estabais hablando en la media parte, ¿lo recuerdas?
—Sí.
—Dijiste que no era nada. ¿En qué estabas pensando, en proteger a la viejecita?
—No, por supuesto que no.
Ali sacudió la cabeza y guardó silencio.
—¿Qué? —pregunté.
—Te he dejado acercarte demasiado a él.
Sentí que mi corazón se hacía añicos.
—Maldita sea —añadió.
Esperé.
—Para ser un tipo maravilloso que por lo general es la mar de perceptivo, a veces puedes ser muy obtuso.
—Vale, quizás no tendría que haber ido a por él. Pero si hubieses estado allí cuando le gritó a Jack que lo hiciese de nuevo, si hubieses visto el rostro de Jack...
—No estoy hablando de eso.
Me detuve; pensé.
—Entonces tienes razón. Soy obtuso.
Mido un metro noventa, Ali es treinta centímetros más baja. Se me acercó y echó la cabeza hacia atrás para mirarme.
—No voy a Arizona para instalar a Erin. Al menos no solo por eso. Mis padres viven allí y sus padres viven allí.
Sabía a quién se refería con «sus»: a su difunto marido, al fantasma que había aprendido a aceptar e incluso, a veces, a abrazar. El fantasma nunca se va. Ni siquiera estoy seguro de si debería, aunque hay momentos en los que desearía que lo hiciese y, por supuesto, pensar eso es una cosa horrible.
—Ellos, me refiero a los abuelos por las dos partes, quieren que nos vayamos a vivir allí. Para tenernos cerca. Tiene sentido cuando lo piensas.
Asentí porque no sabía qué otra cosa hacer.
—Jack y Erin y, diablos, yo también, lo necesitamos.
—¿Necesitáis qué?
—Una familia. Sus padres necesitan ser parte de la vida de Jack. No pueden soportar el frío allí arriba más tiempo. ¿Lo entiendes?
—Por supuesto que lo entiendo.
Mis palabras sonaron raras incluso a mis oídos, como si las hubiese dicho otro.
—Mis padres han encontrado un lugar que quieren que veamos —dijo Ali—. Está en el mismo edificio que el de ellos.
—Los edificios no están mal —dije, por decir algo—. Los gastos son pocos. Pagas una tasa mensual y ya está.
Ahora fue ella la que no dijo nada.
—Así que para decirlo claro, ¿qué significa eso para nosotros?
—¿Quieres trasladarte a Scottsdale? —preguntó.
Titubeé.
Ella apoyó una mano en mi brazo.
—Mírame.
Lo hice. Entonces dijo algo que nunca vi venir:
—Lo nuestro no es para siempre, Myron. Ambos lo sabemos.
Un grupo de chicos pasó corriendo junto a nosotros. Uno chocó conmigo y se disculpó. Un árbitro tocó el silbato. Sonó una bocina.
—¿Mamá?
Jack, bendito sea su pequeño corazón, apareció por la esquina. Ambos nos volvimos para dedicarle una sonrisa. No nos sonrió. Por lo general, no importa lo mal que haya jugado, Jack viene corriendo como un cachorro, con muchas sonrisas y levantando las manos. Es parte del encanto del chico. Pero aquel día no.
—Hola, chico —dije, porque no estaba seguro de qué decir. En muchas ocasiones oigo a las personas en situaciones similares decir: «Un buen partido», pero los chicos saben que es una mentira y que los compadeces y eso les hace sentirse peor.
Jack corrió hacia mí, me rodeó la cintura con los brazos, enterró su rostro en mi pecho y comenzó a sollozar. Sentí que otra vez se me partía el corazón. Permanecí allí, con las manos en su nuca. Ali miraba mi rostro. No me gustó lo que vi.
—Un mal día —dije—. Todos lo tenemos. No dejes que eso te afecte, ¿vale? Hiciste todo lo que pudiste, no se puede pedir más. —Entonces añadí algo que el chico nunca comprendería pero que era absolutamente cierto—: La verdad es que estos partidos no tienen ninguna importancia.
Ali puso las manos en los hombros de su hijo. Él me soltó, se volvió hacia ella y ocultó el rostro de nuevo. Permanecimos así durante un minuto, hasta que se calmó. Di una palmada y me obligué a sonreír.
—¿Alguien quiere un helado?
Jack reaccionó de inmediato.
—¡Yo!
—Hoy no —dijo Ali—. Tenemos que hacer las maletas y prepararnos.
Jack frunció el entrecejo.
—Quizás en otro momento.
Esperé que Jack dijese «jooo, mamá», pero quizás él también había percibido algo en su tono. Agachó la cabeza y luego se volvió hacia mí sin decir nada más. Chocamos los nudillos —así era como nos decíamos hola y adiós, el saludo de los nudillos— y Jack fue hacia la puerta.
Ali hizo un gesto con los ojos para que mirase a la derecha. Seguí el gesto hasta el entrenador.
—Ni sueñes pelearte con él.
—Me desafió —respondí.
—Los grandes hombres se apartan.
—Quizás en las películas. En los lugares llenos con polvos mágicos, conejos de Pascua y hadas bonitas. Pero en la vida real, el hombre que se aparta es considerado un cobardica de tomo y lomo.
—Entonces por mí, ¿vale? Por Jack. No vayas a ese bar esta noche. Prométemelo.
—Dijo que si no iba, buscaría satisfacción o algo así.
—Es un bocazas. Prométemelo.
Me obligó a mirarla a los ojos.
Titubeé pero no mucho tiempo.
—Vale, no iré.
Ella se volvió para alejarse. No hubo ningún beso, ni siquiera uno en la mejilla.
—¿Ali?
—¿Qué?
El pasillo de pronto pareció muy vacío.
—¿Hemos acabado?
—¿Quieres vivir en Scottsdale?
—¿Quieres que te responda ahora mismo?
—No. Pero yo ya sé la respuesta. Tú también.
3
No estoy muy seguro de cuánto tiempo pasó. Quizás un minuto o dos. Entonces me fui hacia el coche. El cielo estaba gris. La llovizna me mojó. Me detuve por un momento, cerré los ojos y alcé el rostro al cielo. Pensé en Ali. Pensé en Terese en un hotel de lujo de París.
Bajé el rostro, di dos pasos más y fue entonces cuando vi al entrenador Bobby y a sus colegas en un Ford Expedition.
Un suspiro.
Los cuatro estaban allí: el segundo entrenador Pat al volante, el entrenador Bobby en el asiento del copiloto y los otros dos trozos de carne con ojos sentados atrás. Saqué el móvil y apreté la tecla de marcado rápido. Win respondió a la primera.
—Articule —dijo Win.
Es así como responde siempre, incluso cuando ve con toda claridad en el identificador de llamadas que soy yo, y sí, es cabreante.
—Será mejor que des la vuelta.
—Oh —exclamó Win con la voz de un niño feliz en la mañana de Navidad—, bueno, bueno.
—¿Cuánto tardarás?
—Estoy al final de la calle. Sospeché que iba a pasar algo así.
—No le dispares a nadie.
—Sí, mamá.
Mi coche estaba cerca del final del aparcamiento. El Expedition me siguió a marcha lenta. La lluvia arreció un poco. Me pregunté cuál sería su plan —sin duda algo estúpidamente chulesco— y decidí seguirle el juego.
Apareció el Jaguar de Win y esperó en la distancia. Yo conduzco un Ford Taurus, también conocido como El Gallinero. Win detesta mi coche. No quiere sentarse en él. Saqué las llaves y apreté el mando a distancia. El coche hizo el típico ruido y se abrieron las cerraduras. Entré. Entonces el Expedition se movió. Aceleró y se detuvo detrás mismo del Taurus para impedirme la salida. Bobby fue el primero en saltar del vehículo; se acariciaba la barbilla. Sus dos colegas lo siguieron.
Exhalé un suspiro y miré como se acercaban por el espejo retrovisor.
—¿Puedo hacer algo por usted? —pregunté.
—Oí que su chica le metía la bronca —respondió.
—Espiar las conversaciones es de mala educación, entrenador Bobby.
—Me dije que quizás cambiaría de opinión y no aparecería. Así que pensé que podríamos solucionar esto ahora mismo. Aquí.
Bobby acercó su rostro al mío hasta casi tocarlo.
—A menos que sea un gallina.
—¿Ha comido atún?
El Jaguar de Win se detuvo junto al Expedition. Bobby dio un paso atrás y entrecerró los ojos. Win se apeó. Los cuatro hombres lo miraron y fruncieron el entrecejo.
—¿Quién demonios es ése?
Win sonrió y levantó una mano como si lo acabasen de presentar en un programa de entrevistas y quisiese agradecer los aplausos del público presente en el estudio.
—Es un placer estar aquí —dijo—. Muchas gracias a todos.
—Es un amigo —expliqué—. Está aquí para nivelar las probabilidades.
—¿Él? —Bobby rió. El coro lo imitó—. Oh sí, claro.
Salí del coche. Win se acercó un poco más a los tres colegas.
—Le romperé el culo —anunció Bobby.
Me encogí de hombros.
—Le deseo suerte.
—Por aquí hay mucha gente. Hay un claro en el bosque detrás de aquel campo —dijo, y señaló el camino—. Nadie nos molestará allí.
—¿Tendría la bondad de decirme cómo conoce la existencia de ese claro? —preguntó Win.
—Yo fui aquí al instituto. Allí le rompí el culo a mucha gente. —Sacó pecho mientras añadía—: También fui el capitán del equipo de fútbol.
—Qué guay —dijo Win con un tono monótono—. ¿Puedo llevar su cazadora del equipo en el baile de graduación?
Bobby señaló con un dedo gordo en la dirección de Win.
—Tendrá que usarla para quitarse la sangre si no se calla.
Win intentó con todas sus fuerzas no mostrarse demasiado risueño.
Pensé en mi promesa a Ali.
—Somos dos adultos —dije. Me parecía estar escupiendo vidrio molido con cada palabra—. Tendríamos que ser capaces de evitar llegar a las manos, ¿no le parece?
Miré a Win. Win fruncía el entrecejo.
—¿De verdad ha utilizado la expresión «llegar a las manos»?
Bobby apareció en mi espacio personal.
—¿Es un gallina?
Otra vez con la gallina.
Pero soy un gran hombre y los grandes hombres se van. Sí, claro.
—Sí —respondí—. Soy un gallina. ¿Contento?
—¿Lo habéis escuchado, muchachos? Es un gallina.
Hice una mueca pero me mantuve firme. O débil, todo depende de cómo se mire. Sí, el gran hombre. Ése era yo.
Creo que nunca había visto a Win tan desolado.
—¿Le importaría mover ahora el coche para que me pueda marchar? —pregunté.
—Vale —respondió Bobby—, pero se lo avisé.
—¿Me avisó de qué?
Estaba de nuevo en mi espacio personal.
—No quiere pelear, vale. Pero entonces queda abierta la temporada de caza de su chico.
Sentí latir la sangre en mis oídos.
—¿De qué habla?
—El chico espástico que lanzó a la canasta equivocada será el objetivo durante el resto de la temporada. Si tenemos la oportunidad de que falle, la aprovecharemos. Si vemos una oportunidad para meternos en su mente, la usaremos.
No estoy seguro de si me quedé boquiabierto. Miré hacia Win para asegurarme de que había escuchado bien. Win ya no parecía tan desolado. Se frotaba las manos.
Me volví hacia el entrenador.
—¿Habla en serio?
—Como la vida misma.
Repasé mi promesa a Ali buscando un agujero. Después de la lesión que acabó con mi carrera en el baloncesto necesité probarle al mundo que me sentía bien. Así que estudié abogacía en Harvard. Myron Bolitar, el estudiante-atleta, el educado e impecable abogado. Me había licenciado en derecho. Eso significaba que podía encontrar agujeros.
En realidad, ¿qué había prometido hacer? Pensé en las palabras exactas de Ali: «Esta noche no vayas al bar. Prométemelo».
Bueno, eso no era un bar, ¿verdad? Era una zona boscosa detrás de un instituto. Claro, podía estar desafiando la intención de la ley, pero no la letra. Aquí lo importante era la letra.
—Pues vamos allá —dije.
Los seis caminamos hacia el bosque. Win prácticamente daba saltos. A unos veinte metros entre los árboles había un claro. El suelo estaba cubierto de colillas y latas de cerveza. El instituto. Nunca cambia.
Bobby ocupó su lugar en el centro del claro. Levantó el brazo derecho y me hizo un gesto para que me acercase. Lo hice.
—Caballeros —llamó Win—, permítanme un momento de su tiempo antes de que ellos comiencen.
Todas las miradas se volvieron hacia él. Win estaba con el segundo entrenador y los otros dos matones cerca de un árbol.
—Creo que sería una negligencia por mi parte —continuó Win— no ofrecerles este importante consejo.
—¿De qué coño está hablando? —preguntó Bobby.
—No hablo con usted. Este consejo es para sus tres amiguitos. —La mirada de Win recorrió sus rostros—. Quizás se sientan tentados en algún momento de intervenir para ayudar al entrenador Bobby. Ése sería un grave error. El primero que dé aunque solo sea un paso en su dirección acabará hospitalizado. Observen que no he dicho detenido, herido, o siquiera dañado. Hospitalizado.
Todos se limitaron a mirarlo.
—Éste es el final de mi consejo. —Se volvió hacia mí y el entrenador—. Ahora volvamos al asunto que nos ha traído hasta aquí y sigamos con la riña anunciada.
Bobby me miró.
—¿Este tipo es de verdad?
Pero yo ya estaba metido de lleno en el asunto y eso no era bueno. La furia me consumía. Y eso es un error cuando peleas. Hay que calmar un poco las cosas, evitar que el pulso se dispare, conseguir que la descarga de adrenalina no te paralice.
Bobby me miró y por primera vez vi la duda en sus ojos. Pero en ese momento recordé cómo se había reído, cómo había señalado la canasta equivocada, y lo que había dicho:
«¡Eh, chico, hazlo de nuevo!».
Respiré hondo.
Bobby levantó los puños como un boxeador. Yo hice lo propio, aunque mi pose era mucho menos rígida. Mantuve las rodillas flexionadas, salté un poco. Bobby era un tipo muy grande y el matón local y acostumbrado a intimidar a sus oponentes. Pero estaba fuera de su liga.
Unos rápidos apuntes sobre la pelea. Uno, la regla principal: nunca sabes de verdad cómo irá. Cualquiera puede soltar un puñetazo afortunado. Confiarse demasiado es siempre un error. Pero la verdad era que el entrenador no tenía ninguna posibilidad. No digo eso por falsa modestia o por ser repetitivo. A pesar de que los padres en aquellas gradas querían creer en sus entrenadores y sus ligas de tercer grado, superagresivas, los atletas generalmente se gestan en el útero. De acuerdo, necesitas el ansia, el entrenamiento y la práctica, pero la diferencia, la gran diferencia, es la capacidad natural.
La naturaleza siempre estará por encima de la preparación.
Yo había sido dotado de unos reflejos rapidísimos y una perfecta coordinación mano-ojo. No fanfarroneo. Es como el color del pelo, la estatura o el oído. Es así. Y aquí ni siquiera hablo de los años de entrenamiento para mejorar mi cuerpo y aprender a pelear. Aunque también es eso.
Bobby hizo lo más previsible. Se acercó y lanzó un golpe abierto. Un golpe abierto carece totalmente de efectividad contra un luchador veterano. Aprendes pronto que cuando peleas en serio, la distancia más corta entre dos puntos es la línea recta. Pegas unos golpes estupendos cuando lo sabes.
Me moví un poco a la derecha. No mucho. Lo suficiente para desviar el golpe con la mano izquierda y mantenerme lo bastante cerca para responder. Me metí dentro de la defensa abierta de Bobby. El tiempo se había ralentizado. Podía golpear entre varios objetivos blandos.
Escogí la garganta.
Doblé el brazo derecho y golpeé con el antebrazo en la nuez del cuello.
Bobby soltó un cacareo. La pelea se había acabado en ese instante. Lo sabía, o al menos tendría que haberlo sabido. Tendría que haberme retirado y dejarlo caer jadeando al suelo.
Pero aquella voz burlona seguía sonando en mi cabeza...
«Eh, chico, hazlo de nuevo... El resto de la temporada será un objetivo... Si tenemos una oportunidad para confundirlo, la aprovecharemos... ¡Gallina!»
Tendría que haberlo dejado caer. Tendría que haberle preguntado si ya tenía suficiente y darlo por acabado. Pero en aquel momento se había desbordado la furia. No podía contenerla. Doblé el brazo izquierdo y comencé a girar con todas mis fuerzas en el sentido contrario a las agujas del reloj. Pensaba golpearlo de lleno en el rostro con el codo.
Mientras giraba comprendí que sería un golpe tremendo. La clase de golpe que hunde los huesos de un rostro. La clase de golpe que requiere cirugía y meses de calmantes.
En el último instante recuperé algo de sentido común. No me detuve, pero me contuve un poco. En lugar de pegarle de lleno, mi codo cruzó la nariz de Bobby. Brotó la sangre. Se escuchó un sonido como si alguien hubiese pisado una rama seca.
Bobby se desplomó con todo el peso.
—¡Bobby!
Era el segundo entrenador. Me volví hacia él, levanté las manos con las palmas hacia fuera y grité:
—¡No!
Pero fue demasiado tarde. Pat dio un paso adelante, con el puño en alto.
El cuerpo de Win apenas se movió. Solo la pierna. Descargó un puntapié en la rodilla izquierda de Pat. La articulación se dobló de lado, de una manera en la que nunca debía doblarse. Pat soltó un alarido y cayó al suelo como si le hubiesen disparado.
Win sonrió y arqueó la ceja hacia los otros dos hombres.
—¿El siguiente?
Ninguno de los dos se atrevió siquiera a respirar.
Mi furia se disipó en el acto. Bobby estaba ahora de rodillas, sujetándose la nariz como si fuese un animal herido. Lo miré. Me sorprendió mucho ver como un hombre derrotado se parece a un chiquillo.
—Deje que lo ayude.
La sangre manaba de la nariz a través de los dedos.
—¡Apártese de mí!
—Necesita presionarse la herida. Detener la hemorragia.
—¡Apártese de mí!
Estaba a punto de decir algo en mi defensa cuando sentí una mano en el hombro. Era Win. Sacudió la cabeza como si quisiese decirme: «No sirve de nada». Tenía razón.
Salimos del bosque sin decir palabra.
Cuando llegué a casa una hora más tarde había dos mensajes de voz. Ambos eran breves y concisos. El primero me sorprendió. Las malas noticias viajan rápido en los pueblos.
«No puedo creer que rompieses tu promesa», dijo Ali.
Pues ya estaba.
Exhalé un suspiro. La violencia no resuelve nada. Win tuerce el gesto cuando lo digo, pero la verdad es que cada vez que recurría a la violencia, que solía ser algo bastante frecuente, nunca acababa allí. La violencia se transmite y reverbera. Resuena y su eco nunca parece acallarse.
El segundo mensaje era de Terese:
«Por favor, ven».
Cualquier intento de ocultar la desesperación había desaparecido.
Dos minutos más tarde vibró mi móvil. El identificador de llamadas me dijo que era Win.
—Tenemos un pequeño problema.
—¿Cuál es?
—El segundo entrenador va a necesitar cirugía ortopédica.
—¿Qué pasa con él?
—Es un oficial de policía de Kasselton. Un capitán, para ser precisos, aunque no le pediré llevar su cazadora del equipo en el baile de graduación.
—Vaya.
—Al parecer están pensando en hacer arrestos.
—Ellos comenzaron.
—Oh, sí —dijo Win—, y estoy seguro de que todos en el pueblo aceptarán nuestra palabra frente a la de un capitán de la policía local y tres residentes de toda la vida.
Tenía toda la razón.
—Pero se me ocurre —prosiguió— que podríamos disfrutar de unas semanas en Tailandia mientras mi abogado resuelve este asunto.
—No es mala idea.
—Me han hablado de un nuevo club para caballeros de Bangkok, en la calle Patpong. Podríamos iniciar allí nuestro viaje.
—No lo creo —dije.
—Qué puritano. En cualquier caso, tendrías que desaparecer por un tiempo.
—Ése es mi plan.
Colgamos. Llamé a Air France.
—¿Queda algún billete para el vuelo de esta noche a París?
—¿Su nombre, señor?
—Myron Bolitar.
—Ya tiene usted billete. ¿Desea ventanilla o pasillo?
4
Utilicé los puntos de viajero habitual para conseguir alguna ventaja. No necesito bebidas gratuitas o una comida mejor, pero el espacio para las piernas significa mucho para mí. Cuando viajo en clase turista siempre me toca el asiento entre dos señoras enormes con problemas de espacio, y delante de mí, sin falta, hay una vieja diminuta cuyos pies ni siquiera tocan el suelo, pero que necesita echar el asiento hacia atrás todo lo humanamente posible para llegar casi al orgasmo cuando oye que el respaldo se aplasta contra mis rodillas, tumbándolo al máximo para que pueda pasarme todo el vuelo mirándole la caspa del cuero cabelludo.
No tenía el número de teléfono de Terese, pero recordaba el Hotel D’Aubusson. Llamé y dejé un mensaje en el que le anunciaba que iba de camino. Subí al avión y me puse los auriculares del iPod. Muy pronto me sumí en aquel duermevela de los vuelos, pensando en Ali: la primera vez que salía con una mujer con hijos, nada menos que una viuda, la manera como ella me había dado la espalda después de decir: «Lo nuestro no es para siempre, Myron...».
¿Tenía razón?
Intenté imaginarme la vida sin ella.
¿Amaba a Ali Wilder? Sí.
Había amado a tres mujeres en mi vida. La primera fue Emily Downing, mi novia del colegio universitario Duke. Había acabado por abandonarme en favor de mi rival universitario de Carolina del Norte. Mi segundo amor, lo más cercano a una compañera del alma que he tenido, fue Jessica Culver, una escritora. Jessica también había aplastado mi corazón como si fuese un vaso de plástico; o quizás al final fui yo quien aplastó el suyo. Es difícil saberlo a estas alturas. La había amado con toda mi alma, pero no había sido suficiente. Ahora estaba casada. Con un tipo llamado Stone.[1] Stone. No es broma.
La tercera, bueno, Ali Wilder. Yo había sido el primer hombre con quien ella había salido después de que su marido muriese en la Torre Norte el 11-S. Nuestro amor era fuerte, pero también más sereno, más maduro, y quizás el amor no debía ser así. Sabía que el final dolería pero no sería devastador. Me pregunté si eso también venía con la madurez, o si después de años de que te rompiesen el corazón, de forma natural comenzabas a protegerte.
O quizás Ali tenía razón. Lo nuestro no era para siempre. Así de sencillo.
Hay un viejo dicho yiddish que me parece muy adecuado, aunque no por elección: «El hombre planea, Dios se ríe». Soy todo un ejemplo. Mi vida ya estaba diseñada. Fui una estrella del baloncesto desde la infancia, destinado a ser un jugador de la NBA con los Boston Celtics. Pero en mi primer partido de la pretemporada, Gran Burt Wesson se me llevó por delante y me arruinó la rodilla. Intenté volver, pero hay una gran diferencia entre valentía y efectividad. Mi carrera se acabó antes de pisar la cancha.
También estaba destinado a ser un hombre de familia como lo había sido el hombre que más admiraba en el mundo: Al Bolitar, mi padre. Se había casado con su novia, mi madre, Ellen, se habían ido a vivir al suburbio de Livingston, en Nueva Jersey, y habían criado una familia, trabajado duro y organizado barbacoas en el patio trasero. Así se suponía que sería mi vida: un padre amante, 2,6 hijos, las tardes sentado en aquellas gradas destartaladas mirando a mi propio hijo, quizás un perro, una canasta oxidada en la entrada del garaje, visitas a Home Depot y Modwell’s Sporting Goods los sábados. Ya se hacen una idea.
Pero aquí estoy, pasados los cuarenta, todavía soltero y sin familia.
—¿Le apetece alguna bebida? —me preguntó la azafata.
No soy bebedor, pero pedí un whisky con soda. La copa de Win. Necesitaba algo que me adormeciese un poco, que me ayudase a dormir. Volví a cerrar los ojos. De nuevo al bloqueo. El bloqueo es bueno.
Entonces, ¿dónde encajaba Terese Collins, la mujer por la que estaba cruzando el océano?
Nunca pensaba en Terese en términos de amor. Al menos no de esa manera. Pensaba en su piel tersa y su olor de manteca de cacao. Pensaba en la pena que emanaba de ella a oleadas. Pensaba en la manera como habíamos hecho el amor en aquella isla, dos náufragos. Cuando Win por fin vino a buscarme con un yate para llevarme a casa, era más fuerte gracias al tiempo que habíamos pasado juntos. Ella no. Nos dijimos adiós, pero la historia no había acabado. Terese me ayudó cuando más lo necesitaba, hacía ocho años, y entonces había vuelto a desaparecer con su dolor.
Ahora había regresado.
Durante ocho años, Terese Collins había desaparecido no solo para mí, sino de la vista del público. En los noventa, había sido una figura popular de la televisión, la principal presentadora de la CNN, y de pronto, puf, desapareció.
El avión aterrizó y fue hasta la puerta de desembarque. Cogí mi maleta —no hace falta facturar cuando se va solo por un par de noches— y me pregunté qué me esperaba. Fui el tercero en desembarcar, y con mis pasos largos ocupé de pronto el lugar número uno cuando llegamos a la cola de la aduana e inmigración. Había confiado en pasar sin problemas, pero acababan de aterrizar otros tres vuelos y había un atasco. La cola serpenteaba entre las cuerdas al estilo Disney World. Se movía deprisa. Los agentes en su mayoría dejaban pasar a las personas con un gesto, y solo dedicaban una mirada de trámite a cada pasaporte. Cuando fue mi turno, la funcionaria de inmigración miró mi pasaporte, luego mi cara, otra vez el pasaporte, y de nuevo a mí. Su mirada se demoró. Le sonreí, sin pasarme con el encanto Bolitar. No quería que la pobre mujer comenzase a desnudarse detrás del mostrador.
La funcionaria se volvió como si le hubiese dicho una grosería. Le hizo un gesto a un agente. Cuando me miró de nuevo, deduje que debía mejorar mi juego. Agrandar la sonrisa. Aumentar el encanto de poco a máximo.
—Póngase al lado, por favor —dijo ella con el entrecejo fruncido.
Yo continuaba sonriendo como un idiota.
—¿Por qué?
—Mi colega se ocupará de su caso.
—¿Soy un caso? —pregunté.
—Por favor, póngase al lado.
Estaba reteniendo la cola y los pasajeros de detrás de mí no estaban nada contentos.
Me aparté. El otro agente uniformado dijo:
—Por favor, sígame.
No me gustó, pero, ¿qué podía hacer? Me pregunté, ¿por qué yo? Quizás había una ley francesa contra ser demasiado encantador; tenía que ser eso.
El agente me llevó a un pequeño cuarto sin ventanas. Las paredes desnudas eran de color beige. Había dos ganchos detrás de la puerta que servían de percheros. Las sillas eran de plástico. Había una mesa en un rincón. El agente cogió mi maleta y la puso sobre la mesa. Comenzó a buscar en su interior.
—Vacíese los bolsillos, por favor. Póngalo todo en esta bandeja. Quítese los zapatos.
Lo hice. Billetero, BlackBerry, monedas, zapatos.
—Tengo que cachearlo.
Lo hizo muy a fondo. Iba a hacerle un chiste sobre cómo lo estaba disfrutando o quizás decirle que, después, un viaje en un Bateau Mouche no estaría nada mal, pero me pregunté cuál debía de ser el sentido del humor francés. ¿Acaso Jerry Lewis no era aquí un ídolo? Quizás un chiste visual sería más apropiado.
—Por favor, siéntese.
Lo hice. Se marchó, llevándose la bandeja con mis pertenencias. Durante media hora me quedé allí solo, esperando sentado, como se suele decir. No me gustó.
Dos hombres entraron en el cuarto. El primero era joven, veintitantos, apuesto, con el pelo rubio y aquella barba de tres días que los chicos guapos utilizan para parecer más duros. Vestía vaqueros, botas y una camisa con las mangas arremangadas hasta el codo. Se apoyó en la pared, cruzó los brazos sobre el pecho y mascó un palillo.
El segundo hombre tendría unos cincuenta y tantos, con unas grandes gafas con montura de acero y un pelo gris que se acercaba peligrosamente a la calvicie. Se secaba las manos con una toalla de papel cuando entró. Su cazadora de cuero parecía una de aquellas que Members Only vendía en 1986.
Para que después hablen de los franceses y su alta costura.
El tipo mayor llevó la conversación.
—¿Cuál es el propósito de su visita a Francia?
Lo miré, después al mascador del palillo, y de nuevo a él.
—¿Quién es usted?
—Soy el capitán Berleand. Él es el inspector Lefebvre.
Le hizo un gesto a Lefebvre, que masticó el palillo un poco más.
—¿El propósito de su visita? —insistió Berleand—. ¿Negocios o placer?
—Placer.
—¿Dónde se alojará?
—En París.
—¿En qué parte de París?
—En el Hotel D’Aubusson.
No lo anotó. Ninguno de los dos tenía bolígrafo ni papel.
—¿Estará solo? —preguntó Berleand.
—No.
Berleand continuaba secándose las manos con la toalla de papel. Se detuvo, utilizó un dedo para subirse las gafas en el puente de la nariz. Cuando seguí sin decir nada más, se encogió de hombros como diciéndome: «¿Y?».
—Me reuniré con un amigo.
—¿El nombre del amigo?
—¿Es necesario? —pregunté.
—No, señor Bolitar, soy curioso y hago las preguntas sin ninguna razón aparente.
A los franceses les da por el sarcasmo.
—¿El nombre?
—Terese Collins.
—¿Cuál es su ocupación?
—Soy agente.
Berleand pareció confuso. Lefebvre, al parecer, no hablaba inglés.
—Soy representante de actores, atletas, escritores, animadores —expliqué.
Berleand asintió, satisfecho. Se abrió la puerta. El primer agente le dio a Berleand la bandeja con mis pertenencias. Él la dejó en la mesa, junto a mi maleta. Luego comenzó a secarse las manos de nuevo.
—Usted y la señora Collins no viajaron juntos, ¿verdad?
—No, ella ya está en París.
—Comprendo. ¿Cuánto tiempo piensa permanecer en Francia?
—No estoy seguro. Dos, tres noches.
Berleand miró a Lefebvre. Éste asintió, se separó de la pared y fue hacia la puerta. Berleand lo siguió.
—Lamento las molestias —dijo Berleand—. Espero que disfrute de una agradable estancia.
5
Terese Collins me esperaba en el vestíbulo.
Me abrazó, pero no fuerte. Su cuerpo se apoyó en el mío en busca de apoyo, pero tampoco demasiado, ni colapso total ni nada parecido. Ambos nos mostrábamos reservados en nuestro primer encuentro. Así y todo, cuando nos abrazamos, cerré los ojos y me pareció que podía oler la manteca de cacao.
Mi mente regresó a aquella isla del Caribe, pero sobre todo volvió —seamos sinceros— a la cosa que nos definía de verdad: el sexo que te atraviesa el alma. Aquel desesperado sujetarse y destrozarse que te hace comprender, de una forma nada sadomasoquista, que el dolor —el dolor emocional— y el placer no solo se mezclan, sino que se incrementan el uno al otro. Ninguno de los dos tenía interés en las palabras, los sentimientos, los falsos consuelos, el sujetarse las manos, o tan siquiera los abrazos reservados, como si todo eso fuese demasiado tierno, como si una suave caricia pudiese reventar aquella frágil burbuja que de momento nos protegía a ambos.
Terese se apartó. Seguía siendo toda una belleza. Había envejecido un poco, pero en algunas mujeres —quizás en la mayoría de las mujeres de estos tiempos de excesivos estiramientos— un poco de envejecimiento funciona.
—¿Qué pasa? —pregunté.
—¿Ésa es tu primera frase después de todos estos años?
Me encogí de hombros.
—Yo empecé con «Ven a París» —dijo Terese.
—Me estoy esforzando en contener el encanto, al menos hasta saber qué está mal.
—Debes de estar agotado.
—Estoy bien.
—Tengo una habitación para nosotros. Un dúplex. Dormitorios separados para que podamos tener esa opción.
No dije nada.
—Tío. —Terese consiguió sonreír—. Es fantástico verte de nuevo.
Yo sentía lo mismo. Quizás nunca había sido amor, pero estaba allí, fuerte, sincero y especial. Ali dijo que lo nuestro no era para siempre. Con Terese, bueno, quizás no estábamos hechos para el día a día, pero había algo, algo difícil de definir, algo que podías poner en un estante durante años y olvidarte y dar por sentado que quizás era así como debía ser.
—Sabías que vendría —dije.
—Sí, y sabes que habría hecho lo mismo si hubieras sido tú quien hubiese llamado.
Lo sabía.
—Estás fantástica —dije.
—Ven. Vayamos a comer algo.
El conserje cogió mi maleta y dirigió de soslayo una mirada de admiración a Terese antes de obsequiarme con aquella sonrisa universal de hombre a hombre que dice: «Menuda suerte, cabrón».
La Rue Dauphine es una calle angosta. Una furgoneta blanca había aparcado en doble fila junto a un taxi y ocupaba casi toda la calle. El conductor del taxi gritaba lo que solo podía suponer eran obscenidades francesas, pero bien podía haber sido solo una forma muy agresiva de pedir indicaciones.
Giramos a la derecha. Eran las nueve de la mañana. En Nueva York a esa hora ya estarían en plena marcha, pero los parisinos aún se estaban levantando de sus camas. Llegamos al Sena por el Pont Neuf. A nuestra derecha, en la distancia, veía las torres de la catedral de Nôtre Dame. Terese comenzó a caminar junto a la ribera en aquella dirección, donde están las casetas verdes famosas por sus libros antiguos, pero que en realidad parecen más interesadas en vender vulgares recuerdos para turistas. Al otro lado del río se alzaba una gigantesca fortaleza con un magnífico tejado abuhardillado que, citando a Bruce Springsteen, era atrevida y austera.
Cuando nos acercamos a Nôtre Dame, dije:
—Te sentirías avergonzada si encorvase la espalda, arrastrase la pierna izquierda y gritase: ¡Santuario!
—Alguien podría confundirte con un turista —contestó Terese.
—Bien dicho. Quizás debería comprarme una gorra con mi nombre escrito en la cinta.
—Sí, entonces pasarías desapercibido.
Terese aún tenía aquella increíble manera de caminar, la cabeza erguida, los hombros echados hacia atrás, la postura perfecta. Otra cosa más de la que acababa de darme cuenta sobre las mujeres de mi vida: todas tenían un andar de fábula. Me resulta sensual el caminar confiado, la manera casi felina que tienen algunas mujeres de entrar en una habitación, como si ya la poseyesen. Puedes saber mucho por la manera como camina una mujer.
Nos detuvimos en la terraza de un bistrot en Saint Michel. El cielo aún estaba gris, pero el sol luchaba para hacerse con el control. Terese se sentó y observó mi rostro durante un largo tiempo.
—¿Tengo algo entre los dientes? —pregunté.
Terese consiguió sonreír.
—Dios, te he echado de menos.
Sus palabras flotaron en el aire. No sabía si era ella quien hablaba o era la ciudad. París es así. Se ha escrito mucho sobre su belleza y esplendores, y desde luego, todo muy cierto. Cada edificio es una pequeña maravilla arquitectónica, una fiesta para los ojos. París es como una hermosa mujer que se sabe hermosa, le gusta el hecho de ser hermosa y, en consecuencia, no tiene que esforzarse tanto. Es fabulosa y usted y ella lo saben.
Pero más que eso, París te hace sentir, a falta de un término mejor, vivo. Táchelo. París hace que quieras sentirte vivo. Quieres actuar, ser, saborear cuando estás aquí. Quieres sentir, simplemente sentir, y no importa qué. Todas las sensaciones se ven incrementadas. París quiere que llores, rías, te enamores, escribas un poema, hagas el amor y compongas una sinfonía.
Terese pasó la mano por encima de la mesa y cogió la mía.
—Podrías haber llamado —dije—. Podrías haberme dicho que estabas bien.
—Lo sé.
—No me he movido. Mi oficina todavía está en Park Avenue. Todavía comparto el apartamento de Win en el Dakota.
—También has comprado la casa de tus padres en Livingston —añadió ella.
No era un desliz. Terese sabía de la casa. Sabía de Ali. Terese quería que supiese que me había estado siguiendo.
—Desapareciste sin más —dije.
—Lo sé.
—Intenté encontrarte.
—Eso también lo sé.
—¿Podrías dejar de decir «lo sé»?
—Vale.
—Entonces, ¿qué pasó? —pregunté.
Ella apartó la mano. Su mirada se dirigió hacia el Sena. Una joven pareja pasó junto a nosotros. Discutían en francés. La mujer estaba furiosa. Recogió una lata de refresco aplastada y se la lanzó a la cabeza al chico.
—No lo entenderías —respondió Terese.
—Eso es peor que «lo sé».
Su sonrisa era tan triste...
—Soy un producto caducado. Te hubiera hundido conmigo. Te quiero demasiado como para permitir que eso ocurra.
Lo comprendí solo a medias.
—No lo tomes como una ofensa, pero eso suena como un exceso de racionalización.
—No lo es.
—Entonces, ¿dónde has estado, Terese?
—Oculta.
—¿De qué?
Ella sacudió la cabeza.
—Entonces, ¿por qué estoy aquí? —pregunté—. Por favor, no me digas que es porque me echabas de menos.
—No. Quiero decir, sí te echo de menos. No tienes idea de cuánto. Pero tienes razón, no te llamé por eso.
—¿Y?
Apareció el camarero con un delantal negro y camisa blanca. Terese pidió por los dos en un francés fluido. Yo no hablo ni una palabra de francés, así que bien podría haberme pedido un pañal sobre una tostada de pan integral.
—Hace una semana recibí una llamada de mi ex marido.
Ni siquiera sabía que había estado casada.
—No he hablado con Rick en nueve años.
—Nueve años —repetí—. Es más o menos cuando nos conocimos.
Ella me miró.
—No te asombres por mi capacidad matemática. Las matemáticas son uno de mis talentos ocultos. Intento no ufanarme.
—Te estás preguntando si Rick y yo aún estábamos casados cuando nos fugamos a aquella isla —dijo.
—En realidad no.
—Eres tan correcto...
—No —dije. Pensé de nuevo en el dolor del alma en aquella isla—, no lo soy.
—¿Cómo puedo estar segura?
—De nuevo, talentos ocultos, intento no ufanarme.
—Está bien. Pero déjame que te tranquilice. Rick y yo ya no estábamos juntos cuando nos conocimos.
—Entonces, ¿qué quería tu ex marido Rick?
—Dijo que estaba en París. Que era urgente que viniese.
—¿A París?
—No, a Six Flags Great Adventure en Jackson, Nueva Jersey. Pues claro que a París.
Ella cerró los ojos. Esperé.
—Lo siento. No era necesario.
—No, me gusta cuando te pones sarcástica. ¿Qué más dijo tu ex?
—Me dijo que me alojase en el Hotel D’Aubusson.
—¿Y?
—Eso es todo.
Me acomodé en la silla.
—¿Eso fue todo lo que te dijo? ¿«Eh, Terese, soy Rick, tu ex marido con el que no hablabas desde hace una década, ven a París de inmediato y alójate en el Hotel D’Aubusson, y oh, es urgente»?
—Algo así.
—¿No le preguntaste por qué era urgente?
—¿Te estás haciendo el tonto aposta? Por supuesto que se lo pregunté.
—¿Y?
—No me lo quiso decir. Dijo que necesitaba verme en persona.
—¿Y tú lo dejaste todo y viniste?
—Sí.
—Después de todos estos años, tú vas... —Me interrumpí—. Espera un momento. Dijiste que estabas oculta.
—Sí.
—¿También te ocultabas de Rick?
—Me ocultaba de todos.
—¿Dónde?
—En Angola.
¿Angola? Lo dejé correr por el momento.
—¿Cómo te encontró Rick?
Apareció el camarero. Traía dos tazas de café y lo que parecía ser un sándwich de jamón y queso sin tapa.
—Los llaman Croque Monsieurs —me explicó.
Lo sabía. Un sándwich de jamón y queso sin tapa, pero con un nombre de fantasía.
—Rick trabajaba conmigo en la CNN —dijo—. Es probablemente el mejor reportero de investigación del mundo, pero detesta estar ante la cámara, así que siempre está fuera de escena. Supongo que me rastreó.
Terese estaba menos bronceada de lo que lo estaba en aquella isla bendecida por el sol. Los ojos azules tenían menos brillo, pero aún veía el anillo dorado en cada pupila. Siempre me han gustado las mujeres de pelo oscuro, pero sus rizos más claros me habían conquistado.
—Bien. Continúa.
—Así que hice lo que me pidió. Llegué aquí hace cuatro días. Desde entonces no he tenido ni una sola noticia de él.
—¿Lo llamaste?
—No tengo su número. Rick fue muy específico. Me dijo que se pondría en contacto conmigo cuando llegase. Hasta ahora no lo ha hecho.
—¿Por eso me has llamado?
—Sí. Tú sabes buscar a las personas.
—Si soy tan bueno buscando personas, ¿cómo es que no te pude encontrar?
—Porque no pusiste mucho empeño.
Eso podía ser verdad.
Se inclinó hacia delante.
—Yo estaba allí, ¿lo recuerdas?
Sí, lo recordaba.
No añadió lo obvio. Me había ayudado entonces, cuando una vida muy importante para mí colgaba de un hilo. Sin ella, hubiese fracasado.
—Ni siquiera sabes si tu ex ha desaparecido.
Terese no respondió.
—Bien podría ser que estuviese buscando una pequeña revancha. Quizás ésta es la idea un tanto retorcida que tiene Rick de lo que es una broma. O quizás, sea lo que sea, no era tan importante. En realidad quizás cambió de opinión.
Siguió mirándome un poco más.
—Si ha desaparecido, no sé muy bien cómo ayudarte. Sí, de acuerdo, puedo hacer algo en casa. Pero estamos en un país extranjero. No hablo ni una palabra del idioma. No tengo a Win para ayudarme, a Esperanza o a Big Cyndi.
—Yo estoy aquí. Hablo el idioma.
La miré. Había lágrimas en sus ojos. La había visto destrozada, pero nunca con ese aspecto. Sacudí la cabeza.
—¿Qué es lo que no me estás diciendo?
Ella cerró los ojos. Esperé.
—Su voz —respondió.
—¿Qué pasa con la voz?
—Rick y yo comenzamos a salir en mi primer año de estudios universitarios. Estuvimos casados durante diez años. Trabajamos juntos casi cada día.
—Vale.
—Lo sé todo de él, todos sus estados de ánimo. ¿Sabes a qué me refiero?
—Supongo.
—Pasamos temporadas en zonas de guerra. Descubrimos cámaras de tortura en Oriente Medio. En Sierra Leona vimos cosas que ningún ser humano debería ver. Rick sabía cómo mantener la perspectiva personal. Siempre se mostraba ecuánime, siempre mantenía sus emociones controladas. Detestaba la exageración que acompaña de forma natural a las noticias en la televisión. Así que he oído su voz en toda clase de circunstancias.
Terese volvió a cerrar los ojos.
—Pero nunca le había escuchado ese tono.
Le tendí la mano sobre la mesa, pero ella no la cogió.
—¿Como qué? —pregunté.
—Había un temblor que nunca le había oído. Creí... creí que quizás había estado llorando. Estaba más allá del terror; y eso en un hombre al que jamás había visto antes asustado. Dijo que quería que estuviese preparada.
—¿Preparada para qué?
Ahora había lágrimas en sus ojos. Terese unió las manos como si rezase, con la punta de los dedos apoyados en el puente de la nariz.
—Dijo que lo que iba a decirme cambiaría toda mi vida.
Me eché hacia atrás y fruncí el entrecejo.
—¿Utilizó esa frase exacta, cambiar toda tu vida?
—Sí.
Terese tampoco era aficionada a la hipérbole. No estaba muy seguro de cómo tomármelo.
—¿Dónde vive Rick? —pregunté.
—No lo sé.
—¿Podría vivir en París?
—Podría.
Asentí.
—¿Se volvió a casar?
—Eso tampoco lo sé. Como dije, no hemos hablado en mucho tiempo.
No iba a ser fácil.
—¿Sabes si todavía trabaja para la CNN?
—Lo dudo.
—Quizás podrías darme una lista de amigos y familiares, algo con lo que empezar.
—Está bien.
Su mano temblaba cuando cogió la taza de café y se la llevó a los labios.
—¿Terese?
Ella mantuvo la taza levantada, como si la utilizase para protegerse.
—¿Qué podría decirte tu ex marido que podría cambiar toda tu vida?
Terese desvió la mirada.
Autobuses rojos de dos pisos circulaban junto al Sena cargados de turistas. Todos los autobuses llevaban el anuncio de una tienda en el que aparece una atractiva mujer con la Torre Eiffel en la cabeza. Tenía un aspecto ridículo e incómodo. El sombrero Torre Eiffel se veía pesado, mal equilibrado en la cabeza de la mujer, sujetado por una delgada cinta. El cuello de cisne de la modelo se torcía como si estuviese a punto de quebrarse. ¿A quién se le había ocurrido que era una buena manera de hacer publicidad de la moda?
Aumentaba el número de peatones. La chica que había arrojado la lata aplastada ahora estaba haciendo las paces con el damnificado. Ah, los franceses. Un guardia urbano comenzó a hacer gestos a una camioneta blanca que obstaculizaba el tráfico. Me volví y esperé a que Terese respondiera. Dejó la taza de café.
—No me lo imagino.
Pero había un tono de ahogo en su voz. Una buena pista si estuviese jugando a las cartas con ella. No me mentía. De eso estaba bastante seguro. Pero tampoco me lo estaba contando todo.
—¿No existe ninguna posibilidad de que tu ex solo se muestre vengativo?
—Ninguna.
Se detuvo, miró a lo lejos e intentó rehacerse.
Había llegado el momento de dar el gran paso.
—¿Qué fue lo que pasó, Terese?
Ella sabía a qué me refería. Sus ojos rehuían los míos, pero una pequeña sonrisa apareció en sus labios.
—Tú tampoco me lo dijiste nunca —respondió.
—Nuestra regla tácita en la isla.
—Sí.
—Pero ahora no estamos en aquella isla.
Silencio. Ella tenía razón. Yo tampoco le había dicho nunca qué me había llevado a aquella isla, qué me había destrozado. Por lo tanto, quizás me tocaba a mí hablar primero.
—Se suponía que debía proteger a alguien. Me equivoqué. Ella murió por mi culpa. Para complicar las cosas, reaccioné de mala manera.
Violencia, pensé de nuevo. El eco que no se apagaba.
—Has dicho ella —señaló Terese—. ¿Era una mujer a quien debías proteger?
—Sí.
—Visitaste su tumba. Lo recuerdo.
No dije nada. Ahora era el turno de Terese. Me recliné en la silla y dejé que se preparase. Recordé lo que Win me había dicho de su secreto, que era muy malo. Estaba nervioso. Mi mirada vagó sin rumbo y entonces vi algo que captó mi atención.
La furgoneta blanca.
Te acostumbras a vivir de esta manera después de un tiempo. Supongo que en guardia. Miras en derredor y comienzas a ver esquemas y te preguntas. Ésa era la tercera vez que veía la misma furgoneta. O al menos creía que era la misma. Había estado delante del hotel cuando salimos. Para ser más preciso, la última vez que la vi, el agente de tráfico le estaba pidiendo que se moviese.
Sin embargo, seguía estando en el mismo lugar.
Me volví hacia Terese. Ella vio mi expresión y preguntó:
—¿Qué?
—Puede que la furgoneta blanca nos esté siguiendo.
No añadí «No mires», ni nada por el estilo. Terese no hubiese cometido ese error.
—¿Qué debemos hacer? —preguntó.
Lo pensé. Las piezas empezaron a encajar. Deseé estar equivocado. Por un momento imaginé que todo eso se podía acabar en cuestión de segundos. El ex marido conducía la furgoneta, nos espiaba. Me acercaba, abría la puerta y lo sacaba de detrás del volante.
Me levanté y miré sin más a la ventanilla del conductor. No tenía sentido seguir el juego si estaba en lo cierto. Había un reflejo, pero así y todo conseguí ver el rostro sin afeitar, y todavía más, el palillo.
Era Lefebvre, el del aeropuerto.
No intentó ocultarse. Se abrió la puerta y salió. De la puerta del pasajero apareció a la vista el poli mayor, Berleand. Se acomodó las gafas y sonrió casi como disculpándose.
Me sentí como un idiota. Los polis de paisano del aeropuerto. Eso me tendría que haber servido de aviso. Los funcionarios de inmigración no vestirían de paisano. El interrogatorio irrelevante. Una demora. Tendría que haberlo visto.
Lefebvre y Berleand metieron las manos en los bolsillos. Pensé que iban a sacar las armas, pero sacaron unos brazaletes rojos con la palabra «policía» escrita en ellos. Se las colocaron en los bíceps. Miré a la izquierda y vi a unos polis de uniforme que venían hacia nosotros.
No me moví. Mantuve las manos a los lados, donde pudiesen verlas con claridad. Tenía una somera idea de lo que estaba pasando, pero ése no era el momento para movimientos bruscos.
Mantuve la mirada fija en Berleand. Se acercó a nuestra mesa, miró a Terese y nos dijo a ambos:
—Por favor, ¿podrían venir con nosotros?
—¿De qué va esto? —pregunté.
—Hablaremos de ello en comisaría.
—¿Estamos arrestados? —pregunté.
—No.
—Entonces no iremos a ninguna parte hasta que sepamos de qué se trata.
Berleand sonrió. Miró a Lefebvre. Lefebvre sonrió detrás del palillo.
—¿Qué? —pregunté.
—¿Cree que estamos en Estados Unidos, señor Bolitar?
—No, pero creo que ésta es una democracia moderna con algunos derechos inalienables. ¿Estoy equivocado?
—No tenemos los derechos Miranda en Francia. No necesitamos acusarlo para detenerlo. Es más, puedo retenerlos a los dos durante cuarenta y ocho horas casi por puro capricho.
Berleand se acercó a mí, se acomodó de nuevo las gafas y se secó las manos en los costados de los pantalones.
—Se lo preguntaré de nuevo: ¿Tienen la amabilidad de venir con nosotros?
—Me encantaría —respondí.
6
Nos separaron allí mismo, en plena calle.
Lefebvre la escoltó hasta la furgoneta. Fui a protestar, pero Berleand me dirigió una mirada aburrida que indicaba que mis palabras en el mejor de los casos serían superfluas. Me llevó a un coche. Conducía un agente de uniforme. Berleand se acomodó conmigo en el asiento trasero.
—¿Cuánto dura el viaje? —pregunté.
Berleand consultó su reloj de pulsera.
—Unos treinta segundos.
Quizás calculó en exceso. De hecho, yo había visto el edificio antes: la fortaleza de piedra arenisca «atrevida y austera» al otro lado del río. Los tejados con buhardillas estaban cubiertos con láminas de pizarra, y también las torres cónicas dispersas por todo el conjunto. Podríamos haber ido a pie. Entrecerré los ojos cuando nos acercamos.
—¿La reconoce? —preguntó Berleand.
No era ninguna sorpresa que antes me hubiese llamado la atención. Dos guardias armados se apartaron cuando nuestro coche atravesó la imponente arcada. El portal parecía unas fauces que nos tragaban por entero. Al otro lado había un gran patio. Ahora estábamos rodeados por imponentes edificios. Fortaleza, sí, eso encajaba. Te sentías un poco como un prisionero de guerra en el siglo XVIII.
—¿Qué?
La reconocí, sobre todo por los libros de Georges Simenon y porque sabía que en los círculos de las fuerzas de la ley era legendaria.
Había entrado en el patio del 36 Quai des Orfèvres: la famosa jefatura de policía francesa. Piensen en Scotland Yard. Piensen en Quantico.
—Vaaaya —estiré la palabra al tiempo que miraba a través de la ventanilla—, sea lo que sea esto, es grande.
Berleand levantó las palmas.
—Aquí no nos ocupamos de las infracciones de tráfico.
Caramba con los franceses. La jefatura de policía era una fortaleza sólida, intimidatoria, gigantesca y absolutamente preciosa.
—Impresionante, ¿no?
—Incluso sus comisarías son maravillas arquitectónicas —comenté.
—Espere a ver el interior.
No tardé en averiguar que Berleand estaba siendo de nuevo sarcástico. El contraste entre la fachada y lo que había en el interior era como un brutal puñetazo. El exterior había sido creado para durar siglos; el interior tenía todo el encanto y la personalidad de los lavabos públicos de una autopista. Las paredes eran de un blanco sucio, o quizás habían sido blancas pero se habían amarilleado con los años. No había pinturas, ningún adorno en las paredes, pero sí los suficientes raspones como para preguntarme si alguien había corrido encima de ellas con zapatos de tacón. El linóleo que cubría el suelo quizás había estado de moda allá por 1957.
No había ascensores hasta donde pude averiguar. Subimos por unas anchas escaleras, la versión francesa de una caminata de precalentamiento. La subida parecía no acabar nunca.
—Por aquí.
Los cables al aire se entrecruzaban en el techo y daban el aspecto de decorado para un anuncio de peligro de incendios. Seguí a Berleand por un pasillo. Pasamos junto a un horno microondas colocado en el suelo. Había impresoras, pantallas y ordenadores junto a las paredes.
—¿Se trasladan?
—No.
Me llevó a una celda, quizás de metro ochenta por metro ochenta. Individual. Tenía cristales en lugar de barrotes. Dos bancos sujetos a las paredes formaban una V en el rincón. Los colchones eran delgados, azules y tenían el sospechoso aspecto de las colchonetas de lucha que recordaba del gimnasio del instituto. Una manta de color naranja raída, como las de una línea aérea de bajo coste usada durante demasiado tiempo, descansaba plegada sobre el banco.
Berleand abrió los brazos como un maître dándome la bienvenida al Café Maxim’s.
—¿Dónde está Terese?
Berleand se encogió de hombros.
—Quiero un abogado.
—Y yo quiero darme un baño de burbujas con Catherine Deneuve —replicó él.
—¿Me está diciendo que no tengo derecho a que un abogado esté presente durante el interrogatorio?
—Así es. Puede hablar con uno antes, pero no estará presente durante el interrogatorio. Le seré sincero. Le hará parecer culpable. Y además a mí me cabreará. Así que no se lo recomiendo. Mientras tanto, póngase cómodo.
Me dejó solo. Intenté pensar, sin hacer ningún movimiento brusco. Las colchonetas estaban pegajosas y no quería saber de qué. El olor era rancio, esa horrible mezcla de sudor, miedo y, ejem, otros fluidos corporales. El hedor se colaba en mi nariz y se pegaba. Pasó una hora. Oí el microondas. Un guardia me trajo comida. Pasó otra hora.
Cuando Berleand volvió, yo estaba apoyado en un trozo limpio que había encontrado en la pared de vidrio.
—Espero que su estancia haya sido cómoda.
—La comida —dije—. Esperaba una comida mejor, siendo ésta una cárcel parisina y todo eso.
—Hablaré con el cocinero personalmente.
Berleand abrió la puerta de cristal. Lo seguí por el pasillo. Esperaba que me llevase a una sala de interrogatorios, pero no fue así. Nos detuvimos delante de una puerta con un cartel que decía: «GROUPE BERLEAND». Lo miré.
—¿Su nombre de pila es Groupe?
—¿Se supone que eso es un chiste?
Entramos. Deduje que «Groupe» probablemente significaba «grupo» y a juzgar por lo que había en el interior del cuarto comprobé que había acertado. Había seis mesas apiñadas en un despacho que no recibiría el adjetivo de espacioso ni aunque solo hubiese habido una. Debíamos de estar en el último piso, porque el techo de la buhardilla hacía que se inclinase a través de la mayor parte de la habitación. Tuve que agacharme al entrar.
Cuatro de las seis mesas estaban ocupadas con lo que supuse eran otros inspectores, parte del Groupe Berleand. Había monitores anticuados, de aquellos que ocupaban casi la mitad de la mesa. Fotos de familia, banderines de los equipos deportivos favoritos, un cartel de Coca-Cola, un calendario con mujeres desnudas, toda la atmósfera se correspondía muy poco a una jefatura de policía de alto nivel y mucho al cuarto trasero de una tienda de tubos de escape de Hoboken.
—Groupe Berleand —dije—. ¿Es usted el jefe?
—Soy un capitán de la Brigada Criminal. Éste es mi equipo. Siéntese.
—¿Dónde, aquí?
—Claro. Aquélla es la mesa de Lefebvre. Utilice su silla.
—¿No hay cuarto de interrogatorios?
—No deja de pensar que está en Estados Unidos. Realizamos todas las entrevistas en el despacho del equipo.
Los otros inspectores parecían no hacer el menor caso de nuestra charla. Dos tomaban café y charlaban. El otro escribía en su mesa. Me senté. Había una caja de toallas de papel en la mesa. Berleand cogió una y comenzó a secarse las manos de nuevo.
—Hábleme de su relación con Terese Collins.
—¿Por qué?
—Porque me encanta estar al corriente de los últimos cotilleos. —Había sarcasmo bajo ese casi humor—. Hábleme de su relación.
—No la había visto en ocho años.
—Sin embargo, aquí están los dos.
—Sí.
—¿Por qué?
—Me llamó para invitarme a pasar unos días en su ciudad.
—¿Y usted lo dejó todo sin más y voló hasta aquí?
Me limité a enarcar una ceja por respuesta.
Berleand sonrió.
—Casi he estropeado otro estereotipo francés, ¿no?
—Comienza a preocuparme, Berleand.
—¿Así que vino para una cita romántica?
—No.
—¿Entonces?
—No sé por qué quería que viniese. Solo intuí que estaba en problemas.
—¿Y usted la quería ayudar?
—Sí.
—¿Sabía para qué necesitaba ayuda?
—¿Antes de llegar? No.
—¿Y ahora?
—Sí.
—¿Le importaría decírmelo?
—¿Tengo otra alternativa? —pregunté.
—En realidad, no.
—Su ex marido ha desaparecido. Le llamó, le dijo que tenía algo urgente que discutir con ella y luego desapareció.
Berleand pareció sorprendido, ya fuese por la respuesta o por el hecho de que me mostrase tan dispuesto a cooperar. Yo tenía mis propias sospechas al respecto.
—Entonces, ¿la señora Collins le llamó para qué, para ayudarla a encontrarlo?
—Así es.
—¿Por qué a usted?
—Cree que soy bueno para esa clase de cosas.
—Creí que me había dicho que era un agente. Que representaba a artistas. ¿Cómo le convierte eso en bueno a la hora de encontrar a personas desaparecidas?
—Mi negocio es un tanto personal. Me llaman para hacer un montón de cosas extrañas para mis clientes.
—Comprendo —dijo Berleand.
Entró Lefebvre. Aún tenía el palillo. Se acarició la barba y se detuvo a mi derecha. Me miró con una expresión feroz. Damas y caballeros, les presento al poli malo. Miré a Berleand, que parecía estar diciéndole: ¿En serio es necesario? Él se encogió de hombros.
—Usted aprecia a la señora Collins, ¿no es así?
—Sí.
Lefebvre, dispuesto a interpretar a su personaje como tocaba, me continuó mirando como si quisiese despellejarme. Se quitó el palillo de la boca y dijo:
—¡Mentiroso de sábana![2]
—¿Perdón?
—Usted —repitió con un furioso y fuerte acento francés—, usted es un mentiroso de sábana.
—Y usted —repliqué—, es una almohada mentirosa.
Berleand se limitó a mirarme.
—Mierda —dije—. Almohada. ¿Lo pesca?
Berleand parecía mortificado. No podía culparlo.
—¿Ama a Terese Collins? —preguntó.
Me mantuve en la senda de la verdad.
—No lo sé.
—Pero, ¿están unidos?
—No la he visto en años.
—Eso no cambia nada, ¿verdad?
—No. Supongo que no.
—¿Conoce a Rick Collins?
Por alguna razón, al escuchar decírselo, me sorprendió que Terese hubiese tomado su apellido, pero, claro, se conocían desde la universidad. Supongo que es lo natural.
—No.
—¿Nunca lo conoció?
—Nunca.
—¿Qué puede decirme de él?
—Nada de nada.
Lefebvre apoyó una mano en mi hombro y apretó un poco.
—Mentiroso de sábana.
Lo miré.
—Por favor, dígame que no es el mismo palillo del aeropuerto. Porque si lo es, esto que estamos haciendo es muy poco higiénico.
—¿La señora Collins tiene razón? —preguntó el capitán.
Me volví hacia él.
—¿Qué?
—¿Es usted bueno encontrando personas?
Me encogí de hombros.
—Creo que sé dónde está Rick Collins.
Berleand miró a Lefebvre. Lefebvre se irguió un poco.
—¿Ah sí? ¿Y dónde está?
—En alguna morgue cercana —respondí—. Alguien lo asesinó.
7
Berleand me sacó del despacho del Groupe Berleand y giró a la derecha.
—¿Adónde vamos? —pregunté.
Se secó las manos en las perneras y respondió:
—Usted sígame.
Caminamos por un pasillo con una abertura lateral que caía cinco pisos. Una red de acero cubría el espacio.
—¿Para qué está la red? —pregunté.
—Hace dos años trajimos a un sospechoso de terrorismo. Una mujer. Cuando caminábamos por este pasillo, sujetó a uno de los guardias e intentó arrojarse con él por encima de la barandilla.
Miré abajo. Era una caída larga.
—¿Murieron?
—No, otro agente los sujetó por los tobillos. Por eso ahora hay una red.
Subió dos escalones a lo que parecía ser el ático.
—Cuidado con la cabeza —me avisó Berleand.
—¿Sospechoso de terrorismo?
—Sí.
—¿Se ocupan del terrorismo?
—Terrorismo, homicidios, los límites ya no están tan claros. Hacemos un poco de todo.
Entramos en el ático. Esta vez tuve que agacharme mucho. Había prendas en unas cuerdas.
—¿Aquí hacen la colada?
—No.
—¿De quién son esas prendas?
—De las víctimas. Aquí es donde las secamos.
—Es una broma, ¿no?
—No.
Me detuve y las miré. Había una camisa azul oscura rasgada y cubierta con manchas de sangre.
—¿Pertenecen éstas a Rick Collins?
—Sígame.
Abrió una ventana y salió al tejado. Se volvió y me miró para que lo siguiese.
—Es una broma, ¿no? —repetí.
—Una de las grandes vistas de París.
—¿Desde el tejado del 36 Quai des Orfèvres?
Salí al tejado de pizarra y vaya si tenía razón en cuanto al panorama. Berleand encendió un cigarrillo, le dio una calada tan grande que creí que todo el cigarrillo se convertiría en ceniza y soltó el humo en una larga exhalación por la nariz.
—¿Interroga aquí a menudo?
—Para ser sincero, ésta es la primera vez.
—Podría amenazar con tirar a alguien a la calle.
—No es mi estilo.
—Entonces, ¿por qué estamos aquí?
—No se nos permite fumar en el interior del edificio y estaba desesperado por un cigarrillo.
Dio otra profunda calada.
—No me importa cumplir la norma. Solo fumar en la calle. Puedo subir y bajar los cinco pisos a la carrera como una manera de hacer ejercicio. Pero entonces me quedo sin aliento por el tabaco.
—Se anulan el uno al otro —dije.
—Así es.
—Podría pensar en dejarlo.
—Pero entonces no tendría una razón para subir y bajar las escaleras y entonces no haría ejercicio. ¿Me sigue?
—Todo lo que puedo, Berleand.
Se sentó y miró al espacio. Me hizo un gesto para que hiciese lo mismo. Así que ahí estaba yo, en el tejado de una de las jefaturas de policía más famosas del mundo, contemplando la vista más extraordinaria de Nôtre Dame.
—Mire allí.
Señaló por encima de su hombro derecho. Miré a través del Sena y allí estaba: la Torre Eiffel. Sabía lo turístico que es sentirse impresionado por la Torre Eiffel, pero solo la miré por un momento.
—Sorprendente, ¿no?
—La próxima vez que me detenga, no me olvidaré de traer una cámara.
Se echó a reír.
—Su inglés es muy bueno —comenté.
—Nos lo enseñan desde pequeños. También pasé un semestre en el Amherst College en mi juventud y trabajé durante dos años en un programa de intercambio con Quantico. Oh, y tengo todas las series de los Simpson en DVD en versión original.
—Eso debe bastar.
Dio otra calada al cigarrillo.
—¿Cómo lo asesinaron? —pregunté.
—No debería decir algo así como: «Ajá, ¿cómo sabe que lo han asesinado?»
Me encogí de hombros.
—Como usted dijo, aquí no investigan infracciones de aparcamiento.
—¿Qué puede decirme de Rick Collins?
—Nada.
—¿Qué me dice de Terese Collins?
—¿Qué quiere saber?
—Es muy hermosa.
—¿Es eso lo que quiere saber?
—Investigué un poco. Aquí también vemos la CNN, por supuesto. La recuerdo.
—¿Y?
—Hace una década ella estaba en la cumbre de su profesión. De pronto desapareció y no hay ni una mención de ella en Google desde entonces. Lo averigüé. Ningún empleo. Ningún domicilio, nada.
No respondí.
—¿Dónde ha estado?
—¿Por qué no se lo pregunta a ella?
—Porque ahora mismo se lo pregunto a usted.
—Ya se lo he dicho. No la he visto en ocho años.
—¿No tenía ni idea de dónde estaba?
—No lo sabía.
Sonrió y me señaló moviendo un dedo.
—¿Qué?
—Ha dicho no lo sabía. Tiempo pasado. Eso implica que ahora sabe dónde ha estado.
—Su buen inglés —dije—. Ha vuelto para perseguirme.
—¿Entonces?
—Angola —respondí—, o al menos, eso es lo que me dijo.
Asintió. Una sirena de la policía francesa se puso en marcha. Los franceses tienen una sirena diferente a la nuestra: más insistente, horrible, como el hijo preferido de una alarma de coche barata y el timbre de respuesta equivocada de los programas de preguntas y respuestas. Dejamos que rompiese nuestro silencio y esperamos a que se alejase.
—Hizo algunas llamadas, ¿verdad? —pregunté.
—Unas cuantas.
—¿Y?
No dijo nada más.
—Sabe que yo no lo maté. Ni siquiera estaba en el país.
—Lo sé.
—¿Pero?
—¿Puedo ofrecer otro escenario?
—Adelante.
—Terese Collins asesinó a su ex marido —dijo Berleand—. Necesitaba una manera de hacer desaparecer el cuerpo, alguien en quien pudiese confiar para que le ayudara a limpiar el estropicio. Le llamó a usted.
Fruncí el entrecejo.
—¿Entonces cuando respondí, ella me dijo: «Acabo de matar a mi ex marido en París, por favor ayúdame»?
—Bueno, quizás solo le dijo que volase aquí. Quizás le dijo el propósito después de su llegada.
Sonreí. Eso ya estaba durando demasiado.
—Usted sabe que ella no me dijo eso.
—¿Cómo podría saberlo?
—Usted nos estaba escuchando.
Berleand no me miró. Continuó fumando y mirando el panorama.
—Cuando me retuvo en el aeropuerto —añadí—, colocó un micro en alguna parte. Quizás en mi zapato. Lo más probable en el móvil.
Era la única cosa que tenía sentido. Encontraron el cuerpo, quizás buscaron en el móvil de Rick Collins o lo que fuese, encontraron que su ex esposa estaba en la ciudad, le pincharon el teléfono, vieron que ella me llamaba, me retuvieron en el aeropuerto lo suficiente para instalar un micro y comenzaron la vigilancia.
Por eso me había mostrado tan sincero con Berleand; él ya conocía todas las respuestas. Había esperado ganarme su confianza.
—Su teléfono móvil —respondió—. Reemplazamos la batería con un aparato de escucha que contiene la misma carga. Es muy nuevo, lo último en tecnología.
—Por lo tanto, sabe que Terese cree que su ex ha desaparecido.
Movió la cabeza atrás y adelante.
—Sabemos que eso fue lo que le dijo.
—Vamos, Berleand. Escuchó su tono. Estaba desesperada de verdad.
—Parecía estarlo —asintió.
—¿Y?
Apagó la colilla.
—También escuchamos lo que no decía —manifestó Berleand—. Le ha mentido. Usted lo sabe, yo lo sé. Esperaba que quizás usted pudiese sacárselo, pero vio la furgoneta. —Lo pensó un momento—. Fue entonces cuando se dio cuenta de que lo espiábamos.
—Así que ambos somos muy listos.
—O no tan listos como creemos.
—¿Han informado a los familiares?
—Lo estamos intentando.
Intenté ser sutil, pero de nuevo me dije que ya no valía la pena.
—¿Quién es el familiar más cercano?
—Su esposa.
—¿Tiene un nombre?
—Por favor, no abuse —dijo Berleand.
Sacó otro cigarrillo, se lo metió entre los labios y lo dejó colgar mientras lo encendía con una mano, lo cual mostraba que había hecho eso muchas veces antes.
—Encontraron sangre en el escenario del crimen —explicó—. Mucha. La mayor parte pertenecía a la víctima, claro. Pero las pruebas preliminares nos dicen que también había sangre de otra persona. Así que recogimos una muestra de sangre de Terese Collins y haremos una prueba de ADN.
—Ella no lo hizo, Berleand.
Guardó silencio.
—Hay algo más que no me dice —señalé.
—Hay mucho que no le digo. Usted no es parte del Groupe Berleand.
—¿No me podría nombrar como adjunto o algo así?
Volvió a mostrar aquella expresión mortificada.
—No puede ser una coincidencia —afirmó—. Que lo asesinasen inmediatamente después de la llegada de su ex.
—Usted oyó lo que me dijo. Su ex parecía asustado. Probablemente se había metido en algún lío; por eso le llamó.
Nos interrumpió el móvil. Berleand lo cogió, se lo llevó al oído y escuchó. Seguro que mi nuevo amigo Berleand sería un estupendo jugador de póquer, pero algo ensombreció su rostro y se quedó allí. Ladró algo en francés, claramente enojado a la vez que intrigado. Luego guardó silencio. Después de unos momentos, cerró el móvil, apagó la colilla y se puso de pie.
—¿Problemas? —pregunté.
—Eche una última mirada. —Berleand se limpió los fondillos con ambas manos—. No permitimos que muchos turistas vengan aquí.
Lo hice. A algunos les puede resultar extraña esta jefatura con su espectacular vista. Decidí aprovechar la oportunidad para mirar y recordar por qué el asesinato era semejante abominación.
—¿Adónde vamos? —pregunté.
—El laboratorio ha recibido los resultados preliminares del ADN de la sangre.
—¿Ya?
Se encogió de hombros en un gesto un tanto teatral.
—Nosotros los franceses somos algo más que vino, comida y mujeres.
—Es una pena. ¿Cuál es el resultado?
—Creo —comenzó, mientras se agachaba para atravesar la ventana— que debemos hablar con Terese Collins.
8
La encontramos en la misma celda en la que yo había estado media hora antes.
Tenía los ojos enrojecidos e hinchados. Cuando Berleand abrió la puerta, desapareció toda pretensión de fortaleza. Se abrazó a mí y yo la retuve. Sollozó contra mi pecho. La dejé hacer. Berleand permaneció allí. Lo miré directamente a los ojos. Él hizo otra vez aquel gran encogimiento de hombros.
—Los dejaremos ir a los dos —dijo—, si están de acuerdo en entregar sus pasaportes.
Terese se apartó y me miró. Ambos asentimos.
—Tengo unas preguntas más antes de que se marche —añadió Berleand. ¿Está de acuerdo?
—Me doy cuenta de que soy una sospechosa —manifestó Terese—. La ex esposa en la misma ciudad después de todos estos años, la llamada telefónica entre nosotros, lo que sea. No importa; solo quiero que atrape a quien mató a Rick. Así que pregunte lo que quiera, inspector.
—Aprecio su sinceridad y cooperación. —Parecía ahora titubeante, casi demasiado deliberado. Algo que había escuchado durante aquella llamada telefónica en el tejado lo había desconcertado. Me pregunté qué se traía entre manos.
—¿Sabía que su ex marido se había vuelto a casar? —preguntó Berleand.
Terese sacudió la cabeza.
—No lo sabía. ¿Cuándo?
—¿Cuándo qué?
—¿Cuándo se volvió a casar?
—No lo sé.
—¿Puedo preguntarle el nombre de su esposa?
—Karen Tower.
Terese casi sonrió.
—¿La conoce?
—Sí.
Berleand asintió y volvió a frotarse las manos. Esperaba que preguntase cómo conocía a Karen Tower, pero lo dejó correr.
—Hemos recibido los resultados de los análisis de sangre preliminares del laboratorio.
—¿Ya? —Terese pareció sorprendida—. Pero si he dado la muestra, cuándo, ¿hará una hora?
—No, la suya, no. Ésa llevará un poco más de tiempo. Se trata de la sangre que encontramos en la escena del crimen.
—Ah.
—Algo curioso.
Ambos esperamos. Terese tragó como si estuviese preparándose para recibir un golpe.
—La mayoría de la sangre, para ser precisos casi toda ella, pertenece a la víctima, Rick Collins —respondió Berleand. Su voz era ahora mesurada, como si estuviese intentando abrirse camino entre lo que fuese que iba a decir—. Eso no es una sorpresa.
Seguimos sin decir nada.
—Pero había otra mancha de sangre que encontramos en la alfombra, no muy lejos del cuerpo. No sabemos muy bien cómo llegó allí. Nuestra teoría original también fue la más obvia: hubo una pelea. Rick Collins hirió a su asesino.
—¿Y entonces? —pregunté.
—En primer lugar, encontramos cabellos rubios con la sangre. Cabellos rubios largos. Como los de una mujer.
—Las mujeres matan.
—Sí, por supuesto.
Él se interrumpió.
—¿Pero? —dije.
—Pero todavía parece imposible que la sangre sea del asesino.
—¿Por qué?
—Porque, según las pruebas de ADN, la sangre y el pelo rubio pertenecen a la hija de Rick Collins.
Terese no gritó. Solo dejó escapar un gemido. Le fallaron las rodillas. Me moví deprisa y la sujeté antes de que cayese al suelo. Interrogué a Berleand con la mirada. Él no parecía sorprendido. La observaba; evaluaba esta reacción.
—Usted no tiene hijos, ¿verdad, señora Collins?
Todo el color había desaparecido de su rostro.
—¿Puede darnos un segundo? —pregunté.
—No, estoy bien —afirmó Terese. Recuperó el control y miró a Berleand con firmeza—. No tengo hijos. Usted ya lo sabía, ¿verdad?
Berleand no respondió.
—Cabrón —le dijo ella.
Quería preguntar qué estaba pasando, pero quizás era el momento de cerrar la boca y escuchar.
—Aún no hemos podido encontrar a Karen Tower —añadió Berleand—. Pero supongo que esta hija era suya.
—Supongo —dijo Terese.
—Usted, por supuesto, no sabía nada de ella.
—Así es.
—¿Cuánto hace que se divorciaron usted y el señor Collins?
—Nueve años.
Yo ya había tenido suficiente.
—¿Qué demonios está pasando aquí?
Berleand no me hizo caso.
—Por lo tanto, incluso si su ex marido se casó muy poco después, esta hija en realidad no podría tener más de cuanto, ¿ocho años?
Eso hizo que reinase el silencio en la habitación.
—Por consiguiente —continuó Berleand—, ahora sabemos que la pequeña hija de Rick estuvo en la escena del crimen y que resultó herida. ¿Dónde cree que está ahora?
Optamos por volver a pie al hotel.
Cruzamos el Pont Neuf. El agua tenía un color verde fangoso. Sonaban las campanas de una iglesia. Los paseantes se detenían en mitad del puente y sacaban fotos. Un hombre me pidió que le sacase una a él y la que supuse era su novia. Se pusieron muy juntos. Conté hasta tres y tomé la foto. Luego les pregunté si les importaba que les hiciese otra. Conté de nuevo hasta tres, la hice y entonces me dieron las gracias y se marcharon.
Terese no había dicho ni una palabra.
—¿Tienes hambre? —le pregunté.
—Tenemos que hablar.
—De acuerdo.
No se detuvo ni un momento al pasar por el Pont Neuf, la Rue Dauphine y el vestíbulo del hotel. El conserje, en el mostrador de recepción, nos saludó con un amable «Bienvenidos», pero ella pasó a su lado con una rápida sonrisa.
Una vez que se cerraron las puertas del ascensor, se volvió hacia mí y me dijo:
—Tú querías conocer mi secreto, lo que me llevó a aquella isla, por qué he estado huyendo durante todos estos años.
—Si quieres decírmelo... —dije de una manera que sonó incluso compasiva a mis propios oídos—. Si puedo ayudar...
—No puedes. Pero de todas maneras debes saberlo.
Bajamos en el cuarto piso. Abrió la puerta de su habitación, me dejó pasar y cerró la puerta. La habitación era de un tamaño normal, pequeña para lo habitual en Estados Unidos, con una escalera de caracol que llevaba a lo que imaginé era el ático. Se parecía mucho a lo que se suponía que era: una casa parisina del siglo XVI, aunque con un televisor de pantalla plana y DVD incorporado.
Terese fue hacia la ventana para alejarse de mí lo más posible.
—Ahora voy a decirte algo, pero quiero que primero me prometas una cosa.
—¿Qué?
—Prométeme que no intentarás consolarme —dijo.
—No te entiendo.
—Te conozco. Escucharás esta historia y querrás ayudarme. Querrás abrazarme o sujetarme o decir las cosas correctas, porque es así como eres. No lo hagas. Hagas lo que hagas, estaría mal.
—De acuerdo.
—Prométemelo.
—Lo prometo.
Ella se acurrucó todavía más en el rincón. Al diablo con después; yo quería abrazarla ahora.
—No tienes por qué hacerlo —señalé.
—Sí, debo. Solo que no sé cómo.
No dije nada.
—Conocí a Rick en mi primer año en Wesleyan. Yo venía de Shady Hills, Indiana, y era el perfecto cliché: la reina del baile que sale con el capitán del equipo, con todas las posibilidades de éxito, dulce como el azúcar. Yo era aquella niña guapa y empollona que estudia mucho y se pone muy nerviosa pensando que fracasará en el examen y que luego termina antes que todos y comienza a poner aquellos refuerzos en su libreta. ¿Recuerdas aquellas pequeñas cosas blancas que parecían Life Savers de menta, aquellos caramelos que parecían anillas?
No pude evitar la sonrisa.
—Sí.
—También era aquella chica guapa que quiere que todos escarben debajo de la superficie para ver que es algo más que guapa, pero la única razón por la que escarban es porque eres guapa. Ya sabes de qué va.
Lo sabía. Para algunos eso puede sonar poco modesto. No lo era. Era sincero. Como París, Terese no era ciega a su belleza, ni tampoco fingía lo contrario.
—Así que me teñí el pelo rubio de oscuro para parecer más lista y fui a un colegio pequeño de artes liberales del nordeste. Llegué, como muchas otras chicas, con mi cinturón de castidad bien cerrado y solo mi capitán del instituto tenía la llave. Él y yo íbamos a ser la excepción. Íbamos a hacer que la relación a larga distancia durase.
Yo recordaba también a aquellas chicas de mis años en Duke.
—¿Cuánto crees que duró? —preguntó.
—¿Dos meses?
—Digamos que uno. Conocí a Rick. Era un torbellino. Listo, divertido y sensual de una manera que jamás había visto antes. Era el radical del campus, con el pelo rizado, penetrantes ojos azules y la barba que rascaba cuando le besaba...
Su voz se apagó.
—No puedo creer que esté muerto. Esto va a sonar vulgar, pero Rick era un alma especial. Era bondadoso de verdad. Creía en la justicia y la humanidad. Y alguien lo mató. Alguien acabó con su vida con toda la intención.
No hice ningún comentario.
—Me estoy desviando —dijo ella.
—No hay prisa.
—Sí, la hay. Necesito acabar con esto. Si me demoro, me detendré, me haré pedazos y nunca me lo sacarás. Es probable que Berleand ya lo sepa. Por eso me dejó ir. Deja que te dé la versión resumida. Rick y yo nos licenciamos, nos casamos y trabajamos como reporteros. Con el tiempo acabamos en la CNN, yo delante de las cámaras, Rick detrás. Esa parte ya te la conté. En algún momento quisimos iniciar una familia. O al menos yo lo quise. Rick, creo, no lo tenía tan claro, o quizás intuía lo que se avecinaba.
Terese se acercó a la ventana, apartó con suavidad la cortina a un lado y miró al exterior. Me acerqué un paso. No sé por qué. Solo que de alguna manera necesitaba hacer el gesto.
—Tuvimos problemas de infertilidad. Me dijeron que era algo común. Muchas parejas los tienen. Pero cuando quieres hacerlo, parece que todas las mujeres que encuentras están embarazadas. La infertilidad es uno de los problemas que crece exponencialmente con el tiempo. Todas las mujeres que conocía eran madres, y todas se veían felices y gratificadas, y todo parecía ser muy natural. Comencé a evitar a las amigas. El matrimonio se resintió. El sexo se convirtió solo en algo para la procreación. Tienes un único objetivo. Recuerdo que hice un reportaje de las madres solteras de Harlem, aquellas chicas de dieciséis años que quedaban embarazadas con tanta facilidad, y comencé a odiarlas porque consideraba que era endiabladamente injusto.
Me daba la espalda. Me senté en una esquina de la cama. Quería verle el rostro, aunque solo fuese una parte. Desde mi nuevo punto de observación, conseguía ver un trozo, quizás una vista de cuarto creciente.
—Continúo yéndome por las ramas.
—Estoy aquí.
—Quizás no lo hago. Quizás necesite contarlo de esta manera.
—De acuerdo.
—Visitamos médicos. Lo intentamos todo. Fue todo bastante horrible. Me inyectaron Pergonal, hormonas y Dios sabe qué. Nos llevó tres años, pero finalmente concebimos. Todos lo llamaron un milagro médico. Al principio, tenía miedo hasta de moverme. Cada dolor, cada punzada, creía que iba a abortar. Pero después de un tiempo, me encantó estar embarazada. ¿No suena antifeminista? Siempre decía que las mujeres que hablan y hablan de sus maravillosos embarazos me irritaban, pero yo era como ellas. Me encantaba. No tenía náuseas. El embarazo nunca se me volvería a presentar, era un milagro, y lo disfrutaba. El tiempo voló y, antes de darme cuenta, tenía una hija de dos kilos y medio. Le pusimos el nombre de Miriam, como mi difunta madre.
Un viento gélido heló mi corazón. Ahora sabía cómo iba a acabar la historia.
—Ahora tendría diecisiete años —dijo Terese con una voz muy distante.
Hay momentos en los que sientes que te invade el silencio, y todo permanece inmóvil y frágil. Nos quedamos así, Terese, yo y nadie más.
—Creo que no ha pasado un día en los últimos diez años sin que no haya intentado imaginar cómo sería ahora. Diecisiete años. En el último año de instituto. Por fin habrían pasado los años rebeldes de la adolescencia. La torpe etapa de la adolescencia se habría acabado, y ella sería hermosa. Volvería a ser mi amiga. Se estaría preparando para entrar en la universidad.
Las lágrimas acudieron a mis ojos. Me moví un poco a la izquierda. Los ojos de Terese estaban secos. Empecé a levantarme. Su cabeza giró de inmediato en mi dirección. No, nada de lágrimas. Algo peor. La devastación total, aquella que hace que las lágrimas parezcan una nadería, impotentes. Levantó una palma en mi dirección como si fuese una cruz y yo un vampiro al que detener.
—Fue culpa mía —dijo.
Comencé a sacudir la cabeza, pero ella cerró los ojos fuertemente como si mi gesto fuese un estallido de luz intolerable. Recordé mi promesa, me aparté e intenté mantener una expresión neutra.
—Se suponía que aquella noche yo no debía trabajar, pero en el último minuto necesitaban a alguien que presentase las noticias de las ocho. Yo estaba en casa. Entonces vivíamos en Londres. Rick estaba en Estambul. Pero las ocho de la noche... no sabes cómo deseaba aquel horario de máxima audiencia. No podía perdérmelo. Aunque Miriam estuviera durmiendo. La carrera, ¿no? Llamé a una buena amiga, a la madrina de Miriam, y le pregunté si podía dejarla con ella unas pocas horas. Dijo que no había ningún problema. Desperté a Miriam y la instalé en el asiento trasero. El reloj corría y me urgía llegar a maquillaje. Así que conduje muy rápido. Las calles estaban mojadas. Así y todo, ya casi estábamos allí; como mucho a unos quinientos metros. Dicen que no recuerdas los grandes accidentes, sobre todo cuando pierdes el conocimiento. Pero yo lo recuerdo todo. Recuerdo que vi los faros. Giré el volante a la izquierda. Quizás habría sido mejor seguir recto. Matarme yo y salvarla a ella. Pero no, fue un impacto lateral. De su lado. Incluso recuerdo su grito. Fue corto, más como una inspiración. El último sonido que hizo. Yo estuve en coma durante dos semanas, pero como Dios tiene un retorcido sentido del humor, me dejó vivir. Miriam murió en el choque.
Nada.
Ahora tenía miedo de moverme. Tenía la sensación de que la habitación estaba inmóvil, como si incluso las paredes y los muebles estuviesen conteniendo el aliento. No pretendía hacerlo, pero di un paso hacia ella. Me pregunté si esa parte del consuelo a menudo no sería egoísta, si el consolador también lo necesita, incluso más que el consolado.
—No —dijo ella.
Me detuve.
—Por favor, déjame sola. Solo por un momento, ¿de acuerdo?
Asentí, pero ella no me miraba.
—Claro, lo que tú digas —respondí.
No añadió nada más, pero de nuevo había dejado sus deseos bien claros. Así que fui hasta la puerta y salí.
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