Читать книгу: «Tiempo muerto»

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Título original: Fade Away

© Harlan Coben, 1998

© Traducción de Eduardo García Murillo

© de esta edición digital: RBA Libros y Publicaciones, S.L.U., 2013.

Avda. Diagonal, 189 - 08018 Barcelona.

www.rbalibros.com

OEBO053

ISBN: 978-84-9867-862-8

Conversión a libro electrónico: Víctor Igual, S. L.

Queda rigurosamente prohibida sin autorización por escrito del editor cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra, que será sometida a las sanciones establecidas por la ley. Todos los derechos reservados.

Índice

Portada

Créditos

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Agradecimientos

Otros títulos

Para Larry y Craig,

los hermanos más fabulosos que un

chico podría tener jamás.

Si no me creen, pregúntenselo a ellos

1

—Pórtate bien.

—¿Yo? —dijo Myron—. Siempre soy un encanto.

Calvin Johnson, el nuevo director general de los New Jersey Dragons, precedía a Myron Bolitar por el pasillo de la pista de Meadowlands, ahora a oscuras. Sus pasos resonaban sobre las baldosas y despertaban ecos en los puestos de comida de la cadena Harry M. Stevens, los carritos de las heladerías Carvel, los dispensadores de galletitas saladas y los quioscos de recuerdos, todos desiertos. El olor a perrito caliente (aquel olor a plástico y química, pero tan delicioso) impregnaba las paredes. La quietud del lugar era desesperante. No hay nada más deshabitado y carente de vida que un estadio deportivo vacío.

Calvin Johnson se detuvo delante de una puerta que daba acceso a la tribuna cubierta.

—Esto tal vez te parezca un poco extraño —dijo—. Limítate a seguirle la corriente, ¿de acuerdo?

—De acuerdo.

Calvin puso una mano sobre el pomo y respiró hondo.

—Clip Arnstein, el propietario de los Dragons, nos espera dentro —anunció.

—Y sin embargo no tiemblo —apostilló Myron.

Calvin Johnson meneó la cabeza.

—No te pases de listo.

Myron se señaló el pecho.

—Llevo corbata y todo.

Calvin Johnson abrió la puerta. La tribuna daba al centro del recinto. Los encargados de mantenimiento estaban montando la pista de baloncesto sobre la superficie de hielo utilizada para practicar hockey. Los Devils habían jugado la noche anterior. Esta noche era el turno de los Dragons. El palco era una preciosidad. Contaba con veinticuatro asientos almohadillados y dos monitores de televisión. A la derecha había un mostrador chapado en madera para la comida, por lo general pollo frito, perritos calientes, bolitas de patata, bocadillos de salchichas con pimienta... esa clase de cosas. A la izquierda había un carrito metálico con un bar bien aprovisionado y una mininevera. El palco disponía también de un cuarto de baño privado, para que los peces gordos no tuvieran que mezclarse con los jugadores sudados.

Clip Arnstein les esperaba de pie. Lucía traje azul oscuro y corbata roja. Dos mechones de pelo gris surgían de los costados de una enorme calva cubriéndole las orejas. Pese a sus setenta y pico años, era corpulento aún y tenía el pecho amplio como un tonel. Sus manos eran grandes y estaban surcadas por gruesas venas azules; la piel aparecía salpicada de manchas marrones. Nadie habló. Nadie se movió. Clip miró con atención a Myron durante varios segundos, examinándolo de pies a cabeza.

—¿Le gusta la corbata? —preguntó Myron.

Calvin Johnson le dirigió una mirada de advertencia. El viejo no se movió de su sitio.

—¿Cuántos años tienes, Myron?

Una interesante pregunta para abrir el fuego.

—Treinta y dos.

—¿Juegas?

—Un poco.

—¿Te mantienes en forma?

—¿Quiere que haga unas cuantas flexiones?

—No, no será necesario.

Nadie invitó a Myron a tomar asiento, y nadie se sentó. Es cierto que las únicas sillas disponibles eran las de los espectadores, pero le resultaba extraño estar de pie para hablar de negocios. De repente, seguir de pie le empezó a resultar difícil. Se puso nervioso. No sabía qué hacer con las manos. Sacó una pluma y la sostuvo en la mano, pero no le pareció lo más adecuado. Metió las manos en los bolsillos y adoptó una postura extraña.

—Myron, queremos hacerte una proposición interesante —dijo Clip Arnstein.

—¿Una proposición? —Siempre hacía falta empezar por el interrogatorio de sondeo.

—Sí. Yo fui quien te contrató.

—Lo sé.

—Hace diez años. Cuando aún estaba con los Celtics.

—Lo sé.

—En primera ronda.

—Todo eso ya lo sé, señor Arnstein.

—Tenías un futuro prometedor, Myron. Eras listo. Tu toque era increíble. Rezumabas talento por todas partes.

—Podría haber sido un fuera de serie —admitió Myron.

Arnstein frunció el entrecejo. Era un rictus famoso, que había perfeccionado a lo largo de más de cincuenta años en el baloncesto profesional. Aquel gesto característico apareció por primera vez en los años cuarenta, cuando Clip jugaba en los ya desaparecidos Rochester Royals. Se hizo aún más famoso durante el tiempo en que entrenó a los Boston Celtics. Se convirtió en una marca de fábrica legendaria cuando llevó a cabo todas sus famosas adquisiciones (haciendo honor a su sobrenombre, «esquilaba» a la competencia) como presidente del equipo. Tres años antes Clip se había convertido en propietario mayoritario de los New Jersey Dragons, y ahora residía en East Rutherford, justo en la salida 16 de la autopista de Nueva Jersey.

—¿Has querido imitar a Brando? —preguntó con voz malhumorada.

—Curioso, ¿verdad? Es como si Marlon estuviera en el palco.

La expresión de Clip Arnstein se suavizó de repente. Asintió lentamente y dedicó a Myron una mirada paternal.

—Te lo tomas a broma para disimular el sufrimiento que te causa —dijo con seriedad—. Lo comprendo.

—¿Puedo hacer algo por usted, señor Arnstein?

—Nunca has jugado un solo partido profesional, ¿verdad, Myron?

—Sabe muy bien que no.

Clip asintió.

—Tu primer partido de la pretemporada. Tercer cuarto. Ya habías anotado dieciocho puntos. No está nada mal para un novato en su primer encuentro. Fue cuando el destino se interpuso en tu camino.

El destino adoptó la forma del enorme Burt Wesson, de los Washington Bullets. Hubo una colisión, un dolor lacerante y luego, nada.

—Fue espantoso —añadió Clip.

—Ya.

—Siempre me ha sabido mal lo que te pasó. Qué lástima.

Myron miró a Calvin Johnson. Calvin permanecía con la vista fija en otra parte y los brazos cruzados; sus suaves facciones negras semejaban un plácido estanque.

—Ya —repitió Myron.

—Por eso me gustaría concederte una segunda oportunidad.

—¿Perdón? —dijo Myron, que parecía no haber oído bien.

—Tenemos un hueco en el equipo. Me gustaría contratarte.

Myron esperó. Miró a Clip. Después miró a Calvin Johnson. Ninguno de los dos se reía.

—¿Dónde está? —preguntó.

—¿El qué?

—La cámara oculta. ¿Es para el programa de Ed McMahon? Soy un gran admirador suyo.

—No es ninguna broma, Myron.

—Debería serlo, señor Arnstein. Hace diez años que no juego a baloncesto de competición. Me destrocé la rodilla, ¿se acuerda?

—Demasiado bien, pero como tú mismo has dicho, fue hace diez años. Sé que fuiste a rehabilitación para recuperarte.

—Y también sabrá que intenté volver. Hace siete años. La rodilla no resistió.

—Era demasiado pronto. Acabas de decirme que vuelves a jugar.

—Partidos amistosos los fines de semana. Es muy diferente de la NBA.

Clip desechó el argumento con un ademán.

—Estás en forma. Hasta te has ofrecido a hacer flexiones.

Myron entornó los ojos, miró a Clip y luego a Calvin Johnson, cuyos rostros permanecían inexpresivos.

—¿Por qué tengo la sensación de que algo se me escapa? —preguntó.

Clip sonrió por fin. Miró a Calvin Johnson. Calvin forzó una sonrisa.

—Tal vez debería ser menos... —Clip hizo una pausa, mientras buscaba la palabra— oscuro.

—No estaría mal.

—Quiero que entres en el equipo. Me da igual si juegas o no.

—Aun así, sigue siendo un poco oscuro —dijo Myron tras una pausa, al ver que los otros seguían callados.

Clip exhaló un profundo suspiro. Se acercó al bar, abrió una pequeña nevera parecida a las que hay en los hoteles y sacó una lata de Yoo-Hoo. Lo había previsto todo.

—¿Aún bebes este mejunje?

—Sí —respondió Myron.

Clip le arrojó la lata a Myron sin decir nada, luego sirvió un par de vasos de whisky y le pasó uno a Calvin Johnson.

A continuación señaló los asientos situados junto a la ventana de cristal. Exactamente en mitad de la pista. Excelente. Muy bonito el palco, también. Hasta Calvin, que medía dos metros, pudo estirar un poco las piernas. Los tres hombres se sentaron el uno al lado del otro, mirando al frente, otra forma rara de hablar de negocios. En teoría, había que sentarse uno delante del otro, preferentemente a los lados de una mesa o escritorio. En cambio, estaban sentados codo con codo, contemplando cómo montaban la pista los de mantenimiento.

—Salud —dijo Clip.

Dio un sorbo al contenido de su vaso. Calvin Johnson se limitó a sujetar el suyo. Myron agitó su lata de Yoo-Hoo, tal como indicaban las instrucciones.

—Si no me equivoco —continuó Clip—, ahora eres abogado.

—Digamos que me he licenciado —repuso Myron—, pero no practico mucho.

—Eres agente deportivo.

—Sí.

—No confío en los agentes deportivos.

—Yo tampoco.

—La mayoría son unas sanguijuelas.

—Nosotros preferimos el término «entidades parásitas» —puntualizó Myron—. Es más políticamente correcto.

Clip Arnstein se inclinó hacia delante y clavó la mirada en los ojos de Myron.

—¿Cómo sé que puedo confiar en ti?

—Por mi cara —contestó Myron, señalándose—. Rezuma honradez.

Clip no sonrió. Se acercó un poco más y dijo:

—Lo que vas a oír es estrictamente confidencial.

—De acuerdo.

—¿Me das tu palabra de que no saldrá de esta habitación?

—Sí.

Clip vaciló, miró a Calvin Johnson y se removió en su asiento.

—Conoces a Greg Downing, por supuesto.

Por supuesto. Myron se había criado con Greg Downing. Desde el momento en que compitieron en una liga local, cuando cursaban sexto grado, a menos de treinta kilómetros de donde Myron estaba sentado ahora, se convirtieron en rivales. Cuando llegaron al instituto, la familia de Greg se mudó a la población vecina de Essex Fells porque su padre no quería que su hijo compartiera el estrellato con Myron. La rivalidad pasó entonces a una fase más exacerbada. Compitieron en ocho ocasiones mientras estudiaban en el instituto, con cuatro victorias para cada uno. Luego se matricularon en universidades cuyos equipos de baloncesto eran famosos y tenían un largo historial de rivalidad. Myron fue a Duke; Greg, a Carolina del Norte.

La rivalidad personal fue en aumento.

Durante sus respectivas carreras, compartieron dos portadas de Sports Illustrated. Ambos equipos ganaron el torneo de la ACC por dos veces, pero el de Myron conquistó un campeonato nacional. Tanto Myron como Greg fueron convocados para la selección nacional, los dos como escoltas. Para cuando se licenciaron, Duke y Carolina del Norte se habían enfrentado en doce ocasiones. Duke había cosechado ocho victorias. Cuando llegó la oferta de la NBA, los dos fueron escogidos en primera ronda.

La rivalidad personal llegó a su cenit.

La carrera de Myron terminó cuando topó con el gigantesco Burt Wesson. Greg Downing eludió el destino y se convirtió en uno de los principales escoltas de la NBA. Durante sus diez años de carrera con los New Jersey Dragons, Downing fue convocado ocho veces para la selección nacional. Fue el mejor anotador de triples en dos ligas, de tiros libres en cuatro y de asistencias en una. Mereció tres portadas de Sports Illustrated y ganó un campeonato de la NBA.

—Le conozco —respondió Myron.

—¿Hablas a menudo con él? —preguntó Clip Arnstein.

—No.

—¿Cuándo fue la última vez que lo hicisteis?

—No me acuerdo.

—¿Hace pocos días?

—Creo que hace diez años que no nos hablamos.

—Ya —dijo Clip. Bebió otro sorbo de whisky. Calvin aún no había tocado su bebida—. Bien, estoy seguro de que has oído hablar de su lesión.

—El tobillo, ¿no? —contestó Myron—. Cada día se publica algo al respecto. Está recluido, trabajando para recuperarse.

Clip asintió.

—Ésa es la versión que proporcionamos a los medios; pero no es verdad.

—¿No?

—Greg no está lesionado —dijo Clip—. Ha desaparecido.

—¿Desaparecido? —Myron tenía la sensación de que estaban sondeándolo.

—Sí.

Clip dio otro sorbo. Myron también bebió un sorbo, algo bastante difícil cuando se trata de un Yoo-Hoo.

—¿Desde cuándo? —preguntó.

—Hace cinco días.

Myron miró a Calvin. Su aspecto era plácido, con esa expresión que le había hecho acreedor del sobrenombre de Témpano cuando jugaba, porque nunca transmitía la menor emoción. Igual que en ese momento.

Myron probó de nuevo.

—Cuando dice que Greg ha desaparecido...

—Volatilizado —lo interrumpió Clip—. Evaporado. Desvanecido. Sin dejar rastro. Elige la expresión que más te guste.

—¿Ha llamado a la policía?

—No.

—¿Por qué?

Clip hizo un ademán disuasorio.

—Ya conoces a Greg. No es un tipo convencional. —Vaya descubrimiento—. Nunca hace lo que debería —continuó Clip—. Odia la fama. Le gusta estar solo. Ya ha desaparecido otras veces, pero nunca en la fase de play off.

—¿Y?

—Y existen muchas posibilidades de que se haya entregado a sus bajos instintos —dictaminó Clip—. Es un genio encestando, pero debemos admitir que le falta un tornillo. ¿Sabes lo que hace después de los partidos?

Myron negó con la cabeza.

—Hace de taxista. Sí, señor, conduce un jodido taxi. Dice que le acerca al hombre de la calle. No aparece en actos públicos. No concede entrevistas. Ni siquiera participa en festivales benéficos. Viste como alguien salido de una comedia de enredos de los años setenta. Está como una cabra.

—Lo cual hace que sea inmensamente popular entre los aficionados —dijo Myron—. Y como consecuencia, se venden más entradas.

—De acuerdo —admitió Clip—, pero eso sólo sirve para reforzar mis argumentaciones. Si llamamos a la policía, podría ser perjudicial tanto para él como para el club. ¿Te imaginas el circo que montarían los medios?

—No sería conveniente —admitió Myron.

—En efecto. Supón que Greg está descansando en French Lick o en cualquier pueblo de mala muerte al que vaya a pescar o a hacer cosas por el estilo. Joder, no acabaríamos nunca. Sin embargo, sospecho que está tramando algo.

—¿Tramando algo?

—Sí, aunque no lo sé. Son simples elucubraciones, pero no necesito un jodido escándalo. Y menos ahora, con los play off encima. ¿Sabes a qué me refiero?

No del todo, pero Myron decidió dejarlo correr por el momento.

—¿Quién más está enterado?

—Sólo nosotros tres.

Los de mantenimiento ya habían montado las canastas. Después, empezaron a poner asientos adicionales. Como la mayor parte de las pistas, en la de Meadowlands se ponen más asientos para el baloncesto que para el hockey, en este caso unos mil. Myron tomó otro sorbo de Yoo-Hoo y dejó que resbalara por su lengua. Esperó hasta que se deslizara por su garganta y formuló la pregunta evidente.

—¿Dónde encajo yo?

Clip vaciló. Su respiración era profunda, casi forzada.

—Sé que pasaste unos años en el FBI —dijo por fin—. No conozco los detalles, por supuesto. Ni siquiera vagamente, pero lo suficiente para saber que tienes experiencia en estos asuntos. Queremos encontrar a Greg. Sin hacer ruido.

Myron no dijo nada. Por lo visto, su trabajo «confidencial» para los federales era el secreto peor guardado de Norteamérica. Clip bebió otro trago de whisky. Miró el vaso lleno de Calvin y después a Calvin. Éste bebió por fin. Clip volvió a fijar su atención en Myron.

—Greg está divorciado —continuó—. En esencia, es un solitario. Todos sus amigos, joder, todos sus conocidos, son compañeros de equipo. Constituyen su grupo de apoyo, si lo prefieres así. Su familia. Si alguien sabe dónde está, si alguien lo ayuda a esconderse, ha de ser uno de los Dragons. Te seré sincero. Esos tipos son unos engreídos; están convencidos de que nuestra misión en la vida es servirles y que su principal enemigo es la directiva del club. Nosotros contra el mundo y toda esa mierda. No nos dirán la verdad. No dirán la verdad a los periodistas. Y si les abordas como una, digamos, «entidad parásita», tampoco hablarán contigo. Has de ser un jugador. Es la única manera de ganarte su confianza.

—O sea, quiere que entre en el equipo sólo porque necesita encontrar a Greg. —Myron parecía indignado, aunque no era su intención. Advirtió que los otros dos también se habían dado cuenta. Sintió vergüenza y se ruborizó.

Clip apoyó una mano en su hombro.

—He hablado en serio, Myron. Podrías haber sido uno de los grandes. Uno de los mejores.

Myron bebió un gran trago de Yoo-Hoo.

—Lo siento, señor Arnstein, pero no puedo ayudarle.

—¿Qué? —dijo Clip, con el ceño fruncido.

—Tengo una profesión. Soy agente deportivo. Me debo a mis clientes. No puedo abandonarlo todo así como así.

—Cobrarás la paga mínima pactada para los jugadores, lo que significa doscientos mil dólares brutos. Y sólo faltan un par de semanas para los play off. Seguirás hasta entonces pase lo que pase.

—No. Mis días de jugador terminaron hace tiempo. Además, no soy detective privado.

—Pero necesitamos encontrarlo. Podría estar en peligro.

—Lo siento. La respuesta es no.

Clip sonrió.

—Supón que mejoro la oferta.

—No.

—Una prima extra de cincuenta mil dólares.

—Lo siento.

—Aunque Greg apareciera mañana, la oferta seguiría en pie. Cincuenta de los grandes. Más un tanto por ciento del dinero recaudado en los play off.

—No.

Clip se reclinó en su asiento. Contempló su bebida, metió un dedo dentro, la removió.

—Dices que eres agente, ¿no? —dijo con despreocupación.

—Sí.

—Soy íntimo amigo de los padres de tres de los chicos que saldrán elegidos en primera ronda. ¿Lo sabías?

—No.

—¿Y si te garantizara que uno de ellos requerirá tus servicios?

Myron aguzó el oído. Había sido un disparo al azar, pero bastante certero. Intentó conservar una expresión de indiferencia, al estilo del Témpano, pero su corazón se aceleró.

—¿Cómo puede conseguirlo?

—No te preocupes por el cómo.

—No me parece ético.

Clip resopló.

—Vamos, Myron, no me vengas con monsergas. Si me haces este favor, la MB SportsReps conseguirá la representación de un jugador. Garantizado. Pase lo que pase con lo de Greg.

MB SportsReps era la empresa de Myron. Myron Bolitar, ergo MB. Representantes de deportistas, ergo SportsReps. Póngase junto: MB SportsReps. Myron dio con este nombre él solito, pero todavía ninguna agencia de publicidad importante había solicitado sus servicios.

—Y digamos cien mil dólares de prima extra —dijo.

Clip sonrió.

—Has aprendido mucho —señaló.

Myron se encogió de hombros.

—Setenta y cinco mil —dijo Clip—, y será mejor que lo aceptes; no intentes estafar a un estafador.

Los dos hombres se estrecharon la mano.

—Se me ocurren algunas preguntas más sobre la desaparición —dijo Myron.

Clip se puso de pie.

—Calvin contestará a todas tus preguntas —repuso—. He de irme.

—¿Cuándo quiere que empiece a entrenar?

—¿A entrenar? —Clip pareció sorprenderse.

—Sí. ¿Cuándo quiere que empiece?

—Esta noche tenemos partido.

—¿Esta noche?

—Por supuesto —respondió Clip.

—¿Quiere que juegue esta noche?

—Jugamos contra nuestro antiguo equipo, los Celtics. Calvin se encargará de que tengas el uniforme antes de que empiece el partido. Conferencia de prensa a las seis para anunciar tu fichaje. No te retrases. —Clip se encaminó hacia la puerta—. Y ponte esa corbata. Me gusta.

—¿Esta noche? —repitió Myron, pero Clip ya se había ido.

2

Cuando Clip salió del palco, Calvin Johnson se permitió una leve sonrisa.

—Ya te advertí que sería raro.

—Muy raro —admitió Myron.

—¿Has terminado tu brebaje alimenticio de chocolate?

Myron dejó la lata sobre el asiento.

—Sí.

—Vamos. Debes prepararte para el gran debut.

Calvin Johnson caminaba ágilmente, con la espalda muy recta. Era negro, medía dos metros de estatura y era delgado, pero no desgarbado ni desproporcionado. Lucía un traje verde oliva de Brooks Brothers hecho perfectamente a medida, una corbata perfectamente anudada y unos zapatos perfectamente lustrados. Su cabello rizado presentaba entradas y su frente se veía prominente y brillante. Cuando Myron se había matriculado en Duke, Calvin cursaba el último año en Carolina del Norte. Eso significaba que tenía unos treinta y cinco años, aunque aparentaba más. Calvin había jugado más de doce temporadas como profesional. Cuando se retiró, tres años antes, todo el mundo sabía que acabaría en la junta directiva. Empezó como segundo entrenador y ascendió a gerente. Poco tiempo antes había sido nombrado vicepresidente y director general de los New Jersey Dragons. Claro que eran simples títulos honoríficos. Clip dirigía el espectáculo. Directores generales, vicepresidentes, gerentes, entrenadores, preparadores físicos, todo el mundo se doblegaba a su voluntad.

—Espero que te vaya bien —dijo Calvin.

—¿Por qué no me iba a ir bien?

Calvin se encogió de hombros.

—He jugado contra ti —dijo.

—¿Y qué?

—Jamás he topado con un hijo de puta más competitivo que tú. Eras capaz de pisotear la cabeza de cualquiera con tal de ganar. Ahora sólo vas a calentar el banquillo. ¿Cómo te sentará eso?

—Podré superarlo —contestó Myron.

—Ya.

—Me he vuelto más tolerante.

Calvin meneó la cabeza.

—No lo creo.

—¿No?

—Quizá pienses que te has ablandado. Hasta es posible que creas que puedes prescindir por completo del baloncesto.

—Y así es.

Calvin se detuvo, sonrió, abrió los brazos.

—Pues claro. Basta con mirarte. Podrías posar como modelo del deportista retirado. Un estupendo ejemplo para tus colegas. Tu carrera quedó hecha añicos pero supiste superarlo. Volviste a la universidad, a la Facultad de Derecho de Harvard, nada menos. Fundaste tu propio negocio, una empresa de representación de deportistas. ¿Aún sales con aquella escritora?

Se refería a Jessica. Siempre daban la impresión de formar una pareja sin futuro.

—Sí —contestó Myron.

—De modo que conseguiste la carrera, el trabajo y la tía buena. Sí, de puertas afuera eres feliz y estás bien adaptado.

—Y de puertas adentro también.

Calvin negó con la cabeza.

—No lo creo.

—Oye —dijo Myron, mosqueado—, yo no pedí que me metieran en el equipo.

—No, pero tampoco te opusiste demasiado..., excepto para aumentar el precio.

—Soy agente, y mi trabajo consiste en aumentar el precio.

Calvin se detuvo y lo observó.

—¿De veras crees que es necesario entrar en el equipo para encontrar a Greg?

—Eso parece pensar Clip.

—Clip es un gran hombre, pero a menudo tiene motivos ocultos.

—¿Como cuáles?

Calvin siguió andando, sin responder.

Cuando llegaron al ascensor apretó el botón y las puertas se abrieron de inmediato. Entraron y empezaron a bajar.

—Mírame a los ojos —dijo Calvin—. Mírame a los ojos y confiesa que nunca has pensado en volver a jugar.

—¿Quién no piensa en eso? —repuso Myron.

—Sí, pero dime que no has dado un paso más. Dime que nunca has soñado con el regreso. Incluso ahora, cuando estás viendo un partido en la tele, dime que no sientes envidia. Admite que jamás piensas en lo maravillosa que es la fama cuando ves a Greg. Dime que nunca te dices: «Yo era mejor que él». Greg es fantástico, uno de los diez mejores jugadores de la liga, pero sabes que tú eras mejor, Myron. Los dos lo sabemos.

—Eso fue hace mucho tiempo.

—Sí. —Calvin esbozó una sonrisa—. Exacto.

—¿Qué quieres decir? —preguntó Myron.

—Has venido para encontrar a Greg. Cuando lo hayas encontrado, te irás. La novedad se habrá terminado. Clip podrá decir que te dio una oportunidad, pero no estuviste a la altura de las circunstancias. Seguirá siendo el chico bueno y seguirá teniendo buena prensa.

—Buena prensa —repitió Myron, recordando su inminente comparecencia ante los medios—. ¿Uno de sus motivos ocultos?

Calvin se encogió de hombros.

—Da igual. Lo importante es que entiendas que no tienes la menor posibilidad. Sólo jugarás durante el tiempo reservado a los suplentes, y pocas veces ganamos o perdemos por mucho, así que eso no sucede, y aunque suceda, incluso aunque juegues de forma espectacular, los dos sabemos que se trata sólo del tiempo de la basura. No jugarás bien porque eres un hijo de puta muy competitivo, necesitas los puntos para influir en el resultado del partido, si no ya no te implicas al máximo...

—Entiendo —dijo Myron.

—Eso espero, amigo mío. —Calvin miró las numerosas luces, que se reflejaron en sus ojos pardos—. Los sueños nunca mueren. A veces crees que han muerto, pero solamente están hibernando, como un oso grande y viejo. Y si ha hibernado durante mucho tiempo, despertará muy hambriento y de mal humor.

—Deberías escribir canciones country —apuntó Myron.

Calvin meneó la cabeza.

—Sólo pretendía dar un buen consejo a un buen amigo.

—Muy agradecido. ¿Por qué no me cuentas lo que sabes acerca de la desaparición de Greg?

El ascensor se detuvo y las puertas se abrieron. Calvin salió el primero.

—No hay mucho que decir —repuso—. Jugamos contra los Sixers en Filadelfia. Después del partido, Greg subió al autocar con todos los demás. Cuando llegamos aquí, bajó del autocar con todos los demás. La última vez que lo vieron estaba subiendo a su coche, solo. Eso es todo.

—¿Cómo estuvo Greg aquella noche?

—Jugó bien. Consiguió veintisiete puntos.

—¿Y su estado de ánimo?

Calvin reflexionó por un instante.

—No observé nada especial —contestó.

—¿Alguna novedad en su vida?

—¿Novedad?

—Cambios, ya sabes.

—Bien, el divorcio. Ha sido bastante... problemático. Tengo entendido que Emily puede ponerse muy difícil cuando quiere. —Calvin se detuvo y dirigió a Myron su sonrisa de gato de Cheshire.

—¿Tienes algo en mente, Témpano? —le preguntó Myron sin devolverle la sonrisa.

—¿Emily y tú no estuvisteis enrollados durante un tiempo? —dijo Calvin.

—Hace mucho de eso.

—Fuisteis novios en la universidad, si no recuerdo mal.

—Como ya te he dicho, de eso hace mucho.

—Bien. —Calvin se puso a andar de nuevo—. Con las mujeres eras todavía mejor que Greg.

Myron hizo caso omiso del comentario.

—¿Clip está enterado de mi, digamos, pasado con Emily?

—Es muy minucioso.

—Eso explica por qué me ha elegido.

—Es posible que lo tuviera en cuenta, pero no creo que sea un dato relevante.

—¿No?

—Greg odia a Emily. Nunca confió en ella. Sin embargo, desde que empezó la batalla por la custodia, se produjo un cambio en Greg.

—¿Por qué lo dices?

—Primero, porque firmó un contrato para anunciar calzado deportivo de la marca Forte.

—¿Greg? ¿Un contrato publicitario? —preguntó Myron, sorprendido.

—Es muy secreto. Lo anunciarán a final de mes, justo antes de los play off.

Myron lanzó un silbido.

—Le habrán pagado una buena suma.

—Y que lo digas. Más de diez millones al año.

—Tiene sentido —apuntó Myron—. Es un jugador enormemente popular que se ha negado a hacer publicidad de cualquier tipo durante más de una década. Es una oferta irresistible. A Forte le va muy bien con las zapatillas de atletismo y las de tenis, pero es poco conocido en el mundo del baloncesto. Greg les proporciona una credibilidad instantánea.

—En efecto —admitió Calvin.

—¿Tienes idea de por qué cambió de opinión después de tantos años?

Calvin se encogió de hombros.

—Tal vez cayó en la cuenta de que se estaba haciendo mayor y quiso asegurarse el porvenir. Quizás el motivo fuese el divorcio. Tal vez recibió un golpe en la cabeza y despertó con un ápice de sensatez.

—¿Adónde fue a vivir después del divorcio?

—A la casa que tiene en Ridgewood, en el condado de Bergen.

Myron conocía bien la zona. Calvin le proporcionó la dirección a petición suya.

—¿Dónde vive Emily? —quiso saber a continuación.

—Se fue a vivir con los niños a casa de su madre, creo que en Franklin Lakes o cerca de allí.

—¿Habéis llevado a cabo alguna investigación? Ya sabes, tarjetas de crédito, cuentas bancarias, esa clase de cosas.

Calvin negó con la cabeza.

—Clip pensó que el asunto era demasiado complejo para confiárselo a una agencia de detectives. Por eso te llamamos. He pasado por delante de la casa de Greg en varias ocasiones; en una de ellas llamé a la puerta. No vi el coche en el sendero de acceso ni en el garaje. Las luces estaban apagadas.

—Pero ¿nadie ha entrado en su casa?

—No.

—O sea, que lo mismo pudo resbalar en la bañera y darse un golpe en la cabeza.

Calvin lo miró.

—No vi luces encendidas. ¿Crees que se bañaba a oscuras?

—Buena observación —convino Myron.

—Menudo investigador estás hecho.

—Soy lento pero seguro.

Llegaron a la sala del equipo.

—Espera aquí —le indicó Calvin.

—¿Puedo hacer una llamada? —preguntó Myron tocando su teléfono móvil.

—Adelante.

Calvin abrió la puerta y entró. Myron conectó el teléfono y marcó. Jessica contestó al segundo timbrazo.

—¿Hola?

—Tengo que cancelar la cena de esta noche —dijo Myron.

—Será mejor que la excusa sea buena —repuso Jessica.

—Es inmejorable. Jugaré un partido de baloncesto con los New Jersey Dragons.

—Estupendo. Que tengas suerte, querido.

—Hablo en serio. Voy a jugar con los Dragons. En realidad, jugar no es la palabra correcta. Sería más preciso decir que voy a calentar su banquillo.

—¿Lo dices en serio?

—Es una larga historia, pero sí, ahora soy oficialmente jugador de baloncesto profesional.

—Nunca me he tirado a un jugador de baloncesto profesional —dijo Jessica tras un breve silencio—. Me siento como Madonna.

—Como una virgen —apuntó Myron.

—Caramba. Eso sí que es una referencia pasada de moda.

—Sí, bueno, qué quieres que te diga. Soy de los años ochenta.

—Bien, señor Años Ochenta, ¿vas a contarme qué está pasando?

—Ahora no tengo tiempo. Esta noche, después del partido. Te dejaré una entrada en la taquilla.

Calvin asomó la cabeza.

—¿Qué talla usas? ¿Una cuarenta y cuatro?

—Cuarenta y seis. Tal vez cuarenta y ocho.

Calvin asintió y se retiró. Myron marcó el número particular de Windsor Horne Lockwood III, presidente de la prestigiosa firma de inversiones Lock-Horne Securities, en el centro de Manhattan. Win contestó al tercer timbrazo.

—Articule —contestó Win.

Myron meneó la cabeza.

—¿Articule?

—He dicho que articule, no que repita mis palabras.

—Tenemos un caso —anunció Myron.

—¡Yupiiii! —exclamó Win con su peculiar acento de Filadelfia—. Estoy encantado, emocionado, pero antes de mearme encima, he de hacerte una pregunta.

—Dispara.

—¿Se trata de una de tus habituales obras de caridad?

—Déjate de estupideces —replicó Myron—. La respuesta es no.

—¿Cómo? ¿Nuestro valiente Myron no emprende una cruzada moral?

—Esta vez no.

—Cielo santo; habla, por Dios.

—Greg Downing ha desaparecido. Nuestro trabajo es encontrarlo.

—¿Y qué recibimos a cambio?

—Setenta y cinco de los grandes como mínimo, más la representación de un jugador de primera división.

Myron decidió que aún no era el momento de informar a Win sobre su cambio provisional de carrera.

—Vaya, vaya... —Win parecía muy complacido—. Dime, ¿qué hay que hacer para empezar?

Myron le dio la dirección de la casa de Greg en Ridgewood.

—Nos encontraremos allí dentro de dos horas.

—Cogeré el Batmóvil —dijo Win, y colgó.

Calvin abrió la puerta y le tendió un uniforme de los Dragons, de color púrpura y azul verdoso.

—Pruébatelo.

Myron sintió un nudo en el estómago.

—¿El treinta y cuatro? —preguntó en voz baja.

—Sí —respondió Calvin—. Como tu antiguo número en Duke. Me he acordado. —Tras una pausa, añadió—: Ve a probártelo.

—No hace falta —dijo Myron sacudiendo la cabeza—. Estoy seguro de que es de mi talla.

3

Ridgewood era una zona residencial de lujo, uno de esos antiguos suburbios que aún se autodenominan pueblos, donde el noventa y cinco por ciento de los estudiantes acaban yendo a la universidad y nadie deja que sus hijos se relacionen con el otro cinco por ciento. Había un par de calles de casas iguales, como recuerdo de la expansión suburbana de los años sesenta, pero en su mayor parte las magníficas casas de Ridgewood databan de una época anterior, en teoría más inocente.

Myron localizó la vivienda de los Downing sin problemas. Era de estilo victoriano, muy grande, aunque no en exceso, de tres plantas con ripias de cedro perfectamente desteñidas. En la parte izquierda se alzaba una de esas torres redondas con la parte superior puntiaguda. El porche, descomunal, tenía todas las características de los que solía dibujar Norman Rockwell, con una mecedora doble, una bicicleta de niño apoyada contra la barandilla y un trineo para la nieve, aunque hacía seis semanas que no nevaba. En el sendero de entrada había una canasta de baloncesto, algo herrumbrosa, y en dos ventanas de arriba se veían brillantes pegatinas del cuerpo de bomberos rojas y plateadas. Unos robles ancianos flanqueaban el camino como centinelas curtidos por la intemperie.

Win aún no había llegado. Myron aparcó y bajó la ventanilla. Era un día perfecto de mediados de marzo y el cielo aparecía azul y despejado. Los pájaros trinaban como se espera de ellos. Intentó imaginar a Emily en aquel decorado, pero no lo consiguió. Era mucho más fácil visualizarla en un rascacielos de Nueva York o en una de esas mansiones de nuevos ricos, pintadas todas de blanco, con esculturas de Ertè, perlas negras y un exceso de espejos recargados. Hacía diez años que no hablaba con Emily. Quizás hubiera cambiado. O tal vez la hubiese juzgado mal cuando se conocieron, muchos años atrás. No sería la primera vez.

Era curioso estar de nuevo en Ridgewood. Jessica había crecido allí. Ya no le gustaba volver, pero ahora los dos amores de su vida, Jessica y Emily, tenían algo más en común, el pueblo de Ridgewood, lo cual podía sumarse a la lista de características compartidas, como conocer a Myron, haber sido cortejadas por Myron, haberse enamorado de Myron y haber destrozado el corazón de Myron como si fuera un tomate aplastado con un tacón de aguja. Lo de siempre.

Emily había sido la primera. El primer año de carrera era ya un poco tarde para perder la virginidad, si había que hacer caso de las fanfarronadas de los amigos; pero si realmente se había producido una revolución sexual entre los adolescentes norteamericanos a finales de los años sesenta y principios de los setenta, Myron se la había perdido o bien se había equivocado de bando. Siempre había tenido éxito con las mujeres, pero mientras sus amigos se daban aires hablando de sus experiencias orgiásticas, Myron parecía atraer a las chicas equivocadas, a las buenas chicas, las que aún decían no..., o que habrían dicho sí, si Myron hubiera tenido el valor (o la intuición) de intentarlo.

Todo aquello cambió en la universidad cuando conoció a Emily, y con ella, la pasión. Es una palabra bastante manoseada, de acuerdo, pero Myron pensó que podía aplicarse en este caso. Se trataba como mínimo de lujuria desenfrenada. Emily era la clase de mujer a la que los hombres etiquetan de «caliente», término que consideran opuesto a «hermosa». Cuando uno ve a una mujer hermosa, quiere escribirle un poema. Cuando él veía a Emily quería enzarzarse en una lucha cuerpo a cuerpo para ver cuál de los dos desnudaba primero al otro. Aquella muchacha era puro sexo, tal vez con cinco kilos más de los necesarios, pero exquisitamente distribuidos. Constituían una mezcla explosiva. Ambos tenían menos de veinte años, estaban lejos de casa por primera vez y eran creativos. ¿Qué más podía pedirse?

Sonó el teléfono del coche. Myron descolgó el auricular.

—Supongo que habrás planeado forzar la puerta de los Downing, ¿verdad? —Era la voz de Win.

—Sí.

—Entonces, aparcar tu coche delante de dicha puerta no es una decisión muy inteligente por tu parte.

Myron miró alrededor.

—¿Dónde estás?

—Conduce hasta el final de la manzana. Tuerce a la izquierda y luego en la segunda a la derecha. Estoy aparcado detrás del edificio de oficinas.

Myron colgó y puso en marcha el coche. Siguió las instrucciones de Win y entró en el aparcamiento. Win se encontraba apoyado contra su Jaguar, con los brazos cruzados. Como siempre, tenía aspecto de estar posando para la portada del WASP Quarterly. Ni uno solo de sus cabellos rubios estaba fuera de sitio. Su tez era algo sonrosada, sus facciones, aristocráticas y tal vez demasiado perfectas, parecían de porcelana. Llevaba pantalones de color caqui, chaqueta cruzada de color azul, náuticos sin calcetines y una llamativa corbata de Lilly Pulitzer. Win hacía honor a la imagen que uno se haría de un tipo llamado Windsor Horne Lockwood III: elitista, egocéntrico y engreído.

Bien, dos de tres no estaba nada mal.

El edificio de oficinas albergaba una mezcla por lo demás ecléctica. Ginecólogo. Electrólisis. Servicio de entrega de citaciones judiciales. Especialista en nutrición. Gimnasio femenino. No era de extrañar que Win estuviera apostado cerca de la entrada del gimnasio femenino. Myron se acercó.

—¿Cómo sabías que estaba aparcado delante de la casa? —preguntó.

Una mujer de poco más de veinte años, que llevaba una malla negra de licra, salió cargada con un bebé. No había tardado mucho en recuperar su figura. Win le dedicó una sonrisa. La mujer se la devolvió.

—Me encantan las madres jóvenes —dijo Win.

—A ti lo que te gusta son las mujeres que usan prendas de licra —lo corrigió Myron.

Win asintió.

—Exacto. —Se puso unas gafas de sol—. ¿Empezamos?

—¿Crees que entrar por la fuerza en esa casa nos puede traer algún problema?

Win le miró como diciendo: «Fingiré que no he oído tu pregunta». Otra mujer salió del gimnasio. Por desgracia, ésta no justificaba que Win le sonriese.

—Infórmame —dijo Win—. Y apártate. Quiero que vean el Jaguar.

Myron le contó todo cuanto sabía. Durante los cinco minutos que tardó en hacerlo salieron del gimnasio ocho mujeres. Sólo dos fueron recompensadas con la Sonrisa. Una de ellas llevaba leotardos atigrados. También fue merecedora de la Sonrisa, pero en versión Alto Voltaje.

El rostro de Win no daba la impresión de estar registrando nada de lo que Myron decía. Incluso cuando le contó que iba a sustituir durante una temporada a Greg, siguió mirando con aire esperanzado hacia la puerta del gimnasio. Era perfectamente normal que Win se comportase así.

—¿Alguna pregunta? —quiso saber Myron una vez que hubo terminado.

Win se acarició el labio inferior con un dedo.

—¿Crees que la de los leotardos atigrados lleva ropa interior?

—No lo sé —respondió Myron—, pero lo que sí lleva es un anillo de boda, te lo puedo asegurar.

Win se encogió de hombros. Le daba igual. No creía en el amor ni en las relaciones sentimentales con el sexo opuesto. Quien lo considerase machismo puro y duro se equivocaría. Las mujeres no eran objetos para Win; a veces se ganaban su respeto.

—Sígueme —dijo Win.

Se encontraban a menos de un kilómetro de la casa de los Downing. Win ya había explorado el terreno y había descubierto el camino que menos posibilidades ofrecía para ser vistos ni levantar sospechas. Echaron a andar en silencio, con la seguridad de dos hombres que se conocen bien desde hace mucho tiempo.

—Hay un aspecto interesante en todo esto —señaló Myron.

Win esperó.

—¿Te acuerdas de Emily Shaeffer? —preguntó Myron.

—El nombre me suena.

—Salí con ella dos años cuando iba a Duke.

Win y Myron se habían conocido en Duke, donde habían compartido habitación durante cuatro años. Win había introducido a Myron en las artes marciales y le había allanado el camino con los federales. Ahora era un alto ejecutivo de Lock-Horne Securities, una empresa de seguridad con domicilio en Park Avenue, dirigida por la familia de Win desde que empezaron a surgir esa clase de empresas. Myron le alquilaba un par de oficinas a Win, y éste se encargaba de todos los asuntos económicos de los clientes de MB SportsReps.

Win meditó por unos instantes.

—¿Era la que hacía ruiditos de mono?

—No —respondió Myron.

—¿Quién era la que hacía ruiditos de mono? —Win parecía sorprendido.

—No tengo ni idea.

—Quizá saliera conmigo.

—Tal vez.

Win pensó, y se encogió de hombros.

—¿Qué pasa con ella? —preguntó al fin.

—Estaba casada con Greg Downing.

—¿Divorciada?

—Sí.

—Ahora me acuerdo. Emily Shaeffer. Maciza.

Myron asintió.

—Nunca me gustó —añadió Win—. A excepción de aquellos ruiditos que hacía. Eran bastante interesantes.

—Ella no era la que hacía ruiditos de mono.

Win sonrió con placidez.

—Las paredes eran delgadas —dijo.

—¿Te dedicabas a escuchar?

—Sólo cuando bajabas la persiana para que yo no pudiera mirar.

Myron meneó la cabeza.

—Eres un cerdo —dijo.

—Lo prefiero a ser un mono.

Llegaron al jardín delantero y se encaminaron hacia la puerta. La estrategia consistía en aparentar familiaridad con la casa. Si rodeaban la casa hacia la parte de atrás, encorvando la espalda para no ser vistos, alguien podía darse cuenta. Dos hombres encorbatados que se acercan a una puerta no suelen parecer ladrones.

Había un teclado con números y una lucecita roja encendida.

—Una alarma —señaló Myron.

Win negó con la cabeza.

—Sí, pero falsa. Es sólo una luz. Deben de haberla comprado en Sharper Image. —Win examinó la cerradura e hizo chasquear la lengua—. Mira que comprar una Kwiktight con lo que gana un jugador de baloncesto profesional —añadió con evidente desagrado—. Para el caso, lo mismo le serviría una Play-Doh.

—¿Qué opinas de la cerradura?

—No está cerrada con llave.

Win ya había sacado la radiografía. Las tarjetas de crédito eran demasiado rígidas. La radiografía funcionaba mucho mejor. Abrieron la puerta en el tiempo aproximado que habrían necesitado para abrirla con la llave, y entraron en el vestíbulo. La puerta tenía una ranura a modo de buzón, y el correo estaba desperdigado por el suelo. Myron echó un vistazo a las fechas de algunos sobres. Hacía cinco días, por lo menos, que nadie entraba allí.

La decoración era de un agradable estilo rústico, a lo Martha Stewart, al igual que los muebles, sencillos en apariencia pero con un precio desorbitado. Pino, mimbre, antigüedades y flores secas por todas partes. El olor a popurrí era intenso y empalagoso.

Se separaron. Win subió al estudio. Encendió el ordenador y empezó a grabar todo en disquetes. Myron descubrió el contestador automático en la sala de estar. El aparato anunciaba la hora y la fecha de cada mensaje. Muy conveniente. Myron apretó un botón. La cinta se rebobinó y empezó a reproducir los mensajes. Con el primero, que según la voz digitalizada se había recibido a las nueve y dieciocho minutos de la noche en que Greg había desaparecido, Myron tuvo suerte.

Una voz temblorosa de mujer dijo: «Soy Carla. Estaré en el reservado de la parte de atrás hasta la medianoche». Clic.

Myron rebobinó la cinta y volvió a escuchar. Había gran cantidad de ruidos de fondo: gente que charlaba, música, tintineo de vasos. La llamada debía de haberse efectuado desde un bar o un restaurante, sobre todo si se tenía en cuenta la referencia al reservado. ¿Quién era la tal Carla? ¿Una amiguita? Quizá sí. ¿Qué otra persona podría llamar a esas horas de la noche para concertar una cita? Estaba claro que aquélla no había sido precisamente una noche cualquiera. Greg Downing había desaparecido entre la hora a la que se había hecho la llamada y la mañana siguiente.

Extraña coincidencia.

¿Dónde se habían encontrado, suponiendo que Greg hubiera acudido a la cita? Y ¿por qué Carla, fuera quien fuese, hablaba con una voz tan temblorosa? ¿O sólo eran imaginaciones de Myron?

Escuchó el resto de la cinta. No había más mensajes de Carla. Si Greg no se había presentado en el reservado en cuestión, ¿no habría llamado Carla otra vez? Parecía lo más probable. Por ahora, Myron sólo podía suponer que Greg Downing había visto a Carla en algún momento anterior a su desaparición.

Una pista.

Había además cuatro llamadas de Martin Felder, el agente de Greg. Su inquietud parecía acrecentarse de un mensaje a otro. El último decía: «Joder, Greg, ¿por qué no me llamas? ¿Es grave lo del tobillo? No me dejes en la inopia, ahora que estamos cerrando el trato con Forte. Llámame, ¿de acuerdo?».

Después había tres llamadas de un tipo llamado Chris Darby, que al parecer trabajaba para Forte Sports Incorporated. También hablaba como si fuera presa del pánico. «Marty no quiere decirme dónde estás. Creo que está jugando con nosotros, Greg, intenta subir la cantidad convenida o algo por el estilo. Pero nosotros hicimos un trato, ¿verdad? Voy a dejarte mi número de teléfono, ¿de acuerdo, Greg? ¿Es grave la lesión?»

Myron sonrió. El cliente de Martin Felder había desaparecido, pero hacía todo lo posible para darle un cariz positivo a la situación. Agentes. Pulsó el selector de modalidad varias veces.

Finalmente la pantalla reveló el código que Greg había memorizado para llamar a su teléfono y escuchar los mensajes: 173. Un nuevo truco del gremio. Ahora, Myron podía llamar cuando le viniera en gana, marcar el 173 y escuchar los mensajes dejados en el contestador automático. Pulsó el botón de rellamada. Otro nuevo truco para descubrir cuál había sido la última llamada efectuada por Greg. Tras dos timbrazos, respondió una voz de mujer.

—Kimmel Brothers —dijo.

Myron colgó y fue a reunirse con Win en el estudio de arriba. Win siguió copiando archivos en disquetes mientras Myron registraba los cajones. No encontró nada de interés.

Se trasladaron al dormitorio principal. La cama de matrimonio estaba hecha y las dos mesitas de noche aparecían cubiertas de estilográficas, llaves y papeles.

Las dos. Lo cual era curioso si se tenía en cuenta que el hombre vivía solo.

Myron recorrió la habitación con la mirada y se detuvo en una butaca de lectura que hacía las veces de cómoda. Las ropas de Greg estaban tiradas sobre uno de los brazos y el respaldo. Bastante normal, pensó Myron, ya que no todo el mundo era tan pulcro y ordenado como él. Miró otra vez y observó algo peculiar en el otro brazo de la butaca. Había dos prendas de vestir: una blusa blanca y una falda gris.

Myron miró a Win.

—Tal vez pertenezca a la señorita Ruiditos de Mono —apuntó Win.

Myron hizo un gesto de negación con la cabeza.

—Hace meses que Emily no vive aquí. ¿Por qué iba a seguir su ropa sobre esta butaca?

El cuarto de baño también resultó ser un lugar interesante. Un gran jacuzzi a la derecha, una gran ducha con sauna y dos tocadores. Primero examinaron los armarios del lavabo. Uno contenía un tubo de espuma de afeitar, un desodorante roll-on, un frasco de loción Polo para después del afeitado y una maquinilla de afeitar Gillette Atra. En el otro encontraron un estuche de maquillaje abierto, perfume Calvin Klein, polvos de talco y desodorante roll-on Secret. En el suelo, al lado del armario, había caído un poco de talco. También había dos maquinillas de afeitar Lady Schick desechables en la jabonera, junto al jacuzzi.

—Tiene una amiguita —dijo Myron.

—Un jugador profesional de baloncesto enrollándose con una tía soltera y sin compromiso —comentó Win—. Qué gran revelación. Ahora es cuando uno de nosotros debería gritar «Eureka».

—Sí, pero suscita preguntas interesantes —observó Myron—. Si su novio ha desaparecido de repente, ¿por qué no lo ha denunciado?

—No es necesario si está con él —repuso Win.

Myron asintió y a continuación le mencionó el mensaje críptico de Carla.

Win sacudió la cabeza.

—Si planeaban fugarse —dijo—, ¿por qué especificó ella dónde iban a encontrarse?

—No lo hizo. Sólo habla de un reservado de la parte de atrás de algún lugar, a medianoche.

—Aun así, no es lo que suele hacerse antes de desaparecer. Digamos que, por algún motivo, Carla y Greg deciden esfumarse por un tiempo. ¿Crees que Greg no sabría el lugar y la hora de la cita antes de encontrarse con ella?

Myron se encogió de hombros.

—Quizás ella cambiase el lugar de la cita.

—¿De un reservado normal a uno en la parte de atrás?

—Que me aspen si lo sé.

Registraron el resto de la planta superior, pero no encontraron gran cosa. El empapelado de la habitación del hijo de Greg tenía un motivo de coches de carreras y había un póster de papá superando a otro jugador de baloncesto. El cuarto de la niña estaba decorado con motivos de dinosaurios y mucho púrpura. Tampoco allí encontraron pistas. De hecho, no aparecieron hasta que bajaron al sótano.

Cuando encendieron las luces, Myron las descubrió al instante.

El sótano era un cuarto de juegos para niños en toda regla. Las paredes estaban pintadas con colores alegres. Había montones de coches Little Tikes, enormes juegos Lego y una casa de plástico con un tobogán. Las paredes estaban decoradas con escenas de películas de Disney, como Aladín y El rey León, había un televisor y un vídeo, y objetos para cuando los chicos crecieran, como un billar romano y un tocadiscos automático. Había también mecedoras, colchones y sofás...

Y también había sangre. Una buena cantidad en forma de gotas en el suelo. Y más manchando la pared.

Myron sintió un regusto amargo en la boca. Había visto sangre muchas veces, pero aún le afectaba. A Win no. Win se acercó a las manchas como si fuera lo más normal del mundo. Se agachó para ver mejor.

—Consideremos el aspecto positivo —dijo irguiéndose—. Es posible que tu puesto provisional en los Dragons pase a ser permanente.

4

No encontraron ningún cadáver. Sólo sangre.

Win utilizó las bolsas para envolver bocadillos que había encontrado en la cocina para recoger muestras. Diez minutos más tarde abandonaron el lugar, dejando la cerradura de la puerta principal como la habían encontrado. Un Oldsmobile Delta del 88 pasó de largo. Dos hombres iban sentados delante. Win asintió.

—Es la segunda vez —dijo Myron.

—No, la tercera —lo corrigió Win—. Los vi cuando llegué.

—No parecen muy expertos en el tema —apuntó Myron.

—No —concedió Win.

—¿Te encargarás de investigar la matrícula?

Win asintió.

—También investigaré la cuenta bancaria de Greg y los movimientos de la tarjeta de crédito. —Abrió la puerta del Jaguar—. Me pondré en contacto contigo cuando haya descubierto algo. Como mucho serán un par de horas.

—¿Vuelves a la oficina?

—Antes tengo clase con el maestro Kwon.

El maestro Kwon era el instructor de tae kwon do de ambos. Los dos eran cinturón negro; Myron había alcanzado la categoría de segundo dan y Win la de sexto, lo cual lo convertía en uno de los mejores hombres de raza blanca del mundo en este tipo de lucha. Win era el mejor experto en artes marciales que Myron había conocido. Estudiaba diferentes tipos de artes, entre ellas jujitsu, kung-fu y jeetkundo. Era verdaderamente contradictorio. La primera impresión que daba era la de ser medio maricón. En realidad, era un luchador que causaba estragos. Por mucho que aparentase ser un tipo normal, bien adaptado, era cualquier cosa menos eso.

—¿Qué vas a hacer esta noche? —le preguntó Myron.

Win se encogió de hombros.

—No lo sé.

—Puedo conseguirte una entrada para el partido —dijo Myron.

Win no contestó.

—¿Quieres ir?

—No —respondió Win. A continuación se sentó al volante, puso en marcha el motor y salió disparado con un chirriar de neumáticos. Myron lo vio alejarse; no dejaba de sorprenderle la agresividad de su amigo. De todos modos, para parafrasear una de las cuatro preguntas de la pascua judía, ¿por qué iba a ser ese día diferente de cualquier otro?

Consultó su reloj. Aún le quedaban unas cuantas horas antes de la conferencia de prensa. El tiempo suficiente para pasarse por la oficina y comentarle a Esperanza su repentino cambio de profesión. El que hubiera sido contratado para jugar con los Dragons iba a afectarla más que cualquier otra cosa.

Tomó la carretera 4 hasta el puente George Washington. No había colas en los peajes. Era una viva demostración de que Dios existía. Sin embargo, el Henry Hudson estaba colapsado. Se desvió cerca del Columbia Presbyterian Medical Center para acceder a Riverside Drive. Los chicos de la escobilla de goma, los sin techo que te «limpiaban» el parabrisas con una mezcla de grasa, salsa de tabasco y orina, a partes iguales, ya no estaban apostados en el semáforo. Por obra y gracia del alcalde Giuliani, conjeturó Myron. Habían sido sustituidos por hispanos que vendían flores y algo que parecían tiras de papel. Preguntó en una ocasión qué era, y le contestaron en español. Myron creyó entender que el papel olía bien y perfumaba la casa. Tal vez fuese el popurrí que olió en casa de Greg.

Riverside Drive estaba relativamente despejada. Myron llegó al aparcamiento de la calle Cuarenta y seis y le arrojó las llaves a Mario. Mario nunca aparcaba el Ford Taurus en batería junto al Rolls, el Mercedes y el Jaguar de Win. De hecho, se las arreglaba para encontrar un sitio adecuado debajo de lo que parecía haber sido un nido de palomas extraviadas. Se trataba de un claro caso de discriminación automovilística. Era una acción de muy mal gusto, pero ¿dónde estaban los grupos de apoyo?

El edificio de Lock-Horne Securities estaba en la confluencia de Park Avenue con la Cuarenta y seis, perpendicular al edificio Helmsley, un barrio de lujo. La calle bullía debido a la actividad de las altas finanzas. Varias limusinas estaban aparcadas en doble fila delante del edificio. La horrorosa escultura moderna que recordaba los intestinos de una persona se alzaba en su lugar habitual. Hombres y mujeres vestidos de ejecutivo estaban sentados en los escalones; devoraban bocadillos a excesiva velocidad, sumidos en sus pensamientos. La mayoría hablaban con ellos mismos, ensayaban una entrevista vespertina importante o rememoraban una equivocación cometida esa misma mañana. La gente que trabajaba en Manhattan había aprendido a rodearse de otras personas, pero en la soledad más absoluta.

Myron entró en el vestíbulo y pulsó el botón del ascensor. Saludó con un movimiento de cabeza a las azafatas de Lock-Horne, conocidas por todo el mundo como «las geishas». Eran aspirantes a modelo o a actriz, o a ambas cosas, y habían sido contratadas para acompañar a los peces gordos a las oficinas de Lock-Horne Securities y hacer gala de su atractivo. Win había sugerido la idea después de regresar de un viaje por el Lejano Oriente. Myron creía que se trataba de una acción descaradamente machista, pero aún no había descubierto en qué sentido.

Esperanza Diaz, su apreciada socia, lo recibió en la puerta.

—¿Dónde coño estabas? —preguntó.

—Hemos de hablar —dijo Myron.

—Más tarde. Tienes un millón de mensajes.

Esperanza llevaba una blusa blanca, lo cual producía un contraste demoledor con su cabello oscuro, sus ojos negros y aquella piel morena que brillaba como la luz de la luna sobre el Mediterráneo. A Esperanza la había descubierto un profesional de la moda cuando tenía diecisiete años, pero su carrera se torció y acabó triunfando en el mundo de la lucha libre profesional. Sí, la lucha libre profesional. Se hizo famosa con el sobrenombre de Pequeña Pocahontas, la valiente princesa india, la joya de las Fabulosas Damas de la Lucha Libre (FDLL). Su indumentaria consistía en un bikini de ante, y siempre interpretaba el papel de chica buena en la obra moralizante que era la lucha libre profesional. Era joven, menuda, de cuerpo bien formado, hermosa y lo bastante morena para pasar por india. Los antecedentes raciales eran irrelevantes para la FDLL. El auténtico nombre de la Esposa de Sadam Husein, la malvada muchacha del harén cubierta con un velo negro, era Shari Weinberg.

El teléfono sonó. Esperanza descolgó el auricular.

—MB SportsReps. Espere un momento, acaba de llegar. —Desvió la vista hacia Myron—. Es Perry McKinley. Es la tercera vez que llama hoy.

—¿Qué quiere?

Esperanza se encogió de hombros.

—A ciertas personas no les gusta tratar con subordinados.

—Tú no eres una subordinada.

Ella lo miró con rostro inexpresivo.

—¿Vas a hablar con él o no?

Ser un representante de deportistas era como ser un entorno multiusos (en el sentido informático de la expresión), con la capacidad de realizar una amplia variedad de servicios tan sólo con apretar un botón. Abarcaba más que la simple gestión negociadora. Los agentes, en teoría, tenían que estar preparados para ser contables, consejeros financieros, agentes de la propiedad inmobiliaria, terapeutas, asesores de imagen, agentes de viajes, consejeros familiares, consejeros matrimoniales, chóferes, chicos de los recados, mediadores con los padres, lacayos, lameculos y un largo etcétera. Si uno no estaba dispuesto a hacer todo eso por el cliente, ya lo haría otro.

La única forma de competir era contar con un equipo, y Myron se sentía satisfecho de haber reunido uno muy eficaz, aunque pequeño. Win, por ejemplo, se ocupaba de las finanzas de todos los clientes de Myron. Había comprado acciones para cada uno, se entrevistaba con ellos cinco veces al año, como mínimo, les explicaba con pelos y señales qué estaban haciendo con su dinero y por qué. La colaboración de Win hizo que el prestigio de Myron aumentase. Win era casi una leyenda por sus logros económicos. Su reputación era impecable (al menos en el mundo de las finanzas), y nadie superaba su historial de éxitos. Proporcionó a Myron una credibilidad instantánea en un negocio en el que ésta no era precisamente moneda corriente.

Myron era el experto en leyes; Win era el experto en administración de empresas. Esperanza era la factótum, el camaleón infatigable que sustentaba el conjunto. Y el conjunto funcionaba.

—Tenemos que hablar —insistió Myron.

—Pues hablaremos —dijo Esperanza, como sin dar importancia a su petición—. Primero, responde a esa llamada.

Myron entró en la oficina, que tenía una espléndida vista a Park Avenue. En una pared había carteles de musicales de Broadway; en otra, retratos de los personajes favoritos de Myron: los hermanos Marx, Woody Allen, Alfred Hitchcock y otros clásicos. En una tercera pared había fotografías de los clientes de Myron. No había tantas como éste habría deseado. Se preguntó qué tal quedaría la foto de un jugador de la NBA en el centro.

Bien, concluyó. Muy bien.

Levantó el auricular.

—Hola, Perry.

—Joder, Myron, me he pasado todo el día intentando localizarte.

—Bien, Perry, ¿y tú cómo estás?

—Oye, no quiero parecer impaciente, pero esto es importante. ¿Sabes algo de lo de mi barco?

Perry McKinley era jugador profesional de golf. Había hecho algo de dinero; aunque no era muy famoso, los aficionados sabían quién era. A Perry le encantaba navegar y se le había antojado un nuevo velero.

—Sí, tengo algo —respondió Myron.

—¿Qué compañía?

—La Prince.

Perry no pareció muy impresionado.

—Sus barcos son correctos —masculló—. Nada espectacular.

—Aceptarán tu barco viejo a cambio. Tendrás que hacer cinco apariciones en público.

—¿Cinco?

—Sí.

—¿Por un Prince de seis metros de eslora? Es demasiado.

—Al principio exigían diez, pero tú eliges.

Perry reflexionó un instante.

—De acuerdo; pero antes quiero ver el barco para saber si me gusta. Mide seis metros, ¿verdad?

—Eso me han dicho.

—Bien, de acuerdo. Gracias, Myron. Eres el mejor.

Colgaron. El regateo: un componente imprescindible en el entorno multiusos de un agente. Nadie soltaba un centavo por nada en aquel negocio. Un favor exigía otro favor en compensación. ¿Quieres una camisa? Úsala en público. ¿Quieres un coche gratis? Estrecha unas cuantas manos mientras te exhibes en él. Las grandes estrellas del deporte podían exigir ingentes cantidades a cambio de su respaldo. Los deportistas menos conocidos se lanzaban ávidamente sobre las sobras.

Myron contempló la montaña de mensajes y sacudió la cabeza. ¿Cómo demonios iba a conseguir jugar con los Dragons y, al mismo tiempo, mantener a flote MB SportsReps?

Llamó por el interfono a Esperanza.

—Ven, por favor —le pidió.

—Estoy en mitad de...

—Ahora.

—Joder, eres un hijo de puta machista.

—No me agobies.

—Huy, qué miedo; será mejor que lo deje todo y te obedezca de inmediato. —Esperanza colgó el auricular y entró como una exhalación, fingiendo estar aterrorizada y sin aliento—. ¿He llegado a tiempo?

—Sí.

—¿Qué pasa?

Myron se lo contó. Cuando le dijo que iba a jugar con los Dragons, se sorprendió al comprobar que no despertaba la menor reacción en ella. Qué raro. Primero Win, y ahora Esperanza. Ambos eran sus amigos más íntimos y aprovechaban cualquier oportunidad para meterse con él. No obstante, ninguno de los dos se había aprovechado de la evidente ventaja. El silencio sobre el tema de su regreso a las competiciones deportivas empezaba a ponerlo nervioso.

—A tus clientes no les va a gustar —comentó Esperanza.

—Di mejor a nuestros clientes —la corrigió Myron.

Esperanza hizo una mueca.

—¿Ser paternalista te tranquiliza más?

Myron hizo caso omiso del comentario.

—Tenemos que encontrarle el lado positivo —señaló.

—¿Cómo cuál?

—No estoy seguro. —Myron se retrepó en su sillón—. Podemos alegar que la publicidad que se le dará los beneficiará.

—¿En qué?

—Primero, me permitirá establecer nuevos contactos. —Las ideas acudían a la mente de Myron mientras hablaba—. Segundo, conoceré mejor a los patrocinadores, sabré más acerca de ellos. Más gente oirá hablar de mí e, indirectamente, de mis clientes.

Esperanza resopló.

—¿Crees que colará?

—¿Por qué no?

—Porque es una estupidez. «Indirectamente, de mis clientes.» Vaya tontería.

Tenía razón.

—¿A qué viene tanto alboroto? —le preguntó Myron—. El baloncesto sólo me quitará un par de horas al día. Estaré aquí el resto del tiempo. Llevaré a todas partes el móvil. Además no duraré mucho en el equipo.

Esperanza lo miró con escepticismo.

—¿Qué pasa? —inquirió Myron, y al ver que ella sacudía la cabeza, añadió—: No, quiero saberlo. ¿Qué pasa?

—Nada —le respondió Esperanza. Lo miró a los ojos, con las manos enlazadas sobre el regazo—. ¿Qué dice la zorra sobre todo esto? —preguntó con dulzura.

Era su forma de referirse a Jessica.

—¿Quieres hacer el favor de dejar de llamarla así?

Ella lo miró como si dijese: «No tengo ganas de discutir». En una época muy, muy lejana, Jessica y Esperanza se habían tolerado mutuamente, pero poco después, aquélla se largó y ésta fue testigo directo del estado en que había quedado Myron. Algunas personas aprenden a superar cualquier tipo de resentimiento. Esperanza, en cambio, los interiorizaba. Le daba igual que Jessica hubiera regresado.

—¿Qué opina? —insistió Esperanza.

—¿Sobre qué?

—Sobre las perspectivas de paz en Oriente Medio —le espetó Esperanza—. ¿A qué crees que me refiero? Vas a jugar otra vez.

—No lo sé. Aún no hemos tenido oportunidad de hablar de ello. ¿Por qué lo dices?

Esperanza volvió a sacudir la cabeza.

—Vamos a necesitar a alguien aquí —dijo, y dio por concluida la discusión—. Alguien que conteste a las llamadas, que se encargue del ordenador..., esa clase de cosas.

—¿Se te ocurre alguien?

Esperanza asintió.

—Cyndi —repuso.

Myron palideció.

—¿Te refieres a la Cyndi en que estoy pensando?

—Podría contestar al teléfono, hacer recados. Es muy trabajadora y eficiente.

—Ah, pero sabe hablar —ironizó Myron. Big Cyndi había sido compañera de Esperanza en el equipo de lucha libre bajo el sobrenombre de la Gran Jefa.

—Obedecerá órdenes. Hará el trabajo sucio. No es ambiciosa.

Myron reprimió una exclamación ahogada.

—¿No está trabajando de guardia de seguridad en un local de strip-tease?

—No es un local de strip-tease. Es un bar de sadomasoquistas.

—Perdón —dijo Myron.

—Y ahora trabaja en la barra.

—¿La han ascendido?

—Sí.

—Bien, me sabría muy mal frustrar su brillante carrera si le pido que venga a trabajar aquí.

—No seas gilipollas —le espetó Esperanza—. Trabaja en el bar por las noches.

—Vaya —dijo Myron—. ¿El local no convoca a ingentes multitudes?

—Conozco a Cyndi. Sé que lo hará bien.

—La gente se asustará —señaló Myron—. ¡Si me asusta a mí!

—Se quedará en la sala de reuniones. Nadie la verá.

—No lo sé.

Esperanza se levantó.

—Bien, pues encuentra a alguien. Tú eres el jefe, el cerebro. Yo sólo soy una secretaria de mierda. Jamás osaría cuestionar tu forma de tratar a nuestros clientes.

Myron sacudió la cabeza.

—Eso ha sido un golpe bajo —dijo. Se inclinó hacia delante, con los codos sobre el escritorio y las manos bajo el mentón—. De acuerdo —añadió, y dejó escapar un profundo suspiro—. Le daremos una oportunidad.

Myron aguardó. Esperanza le devolvió la mirada.

—¿Es ahora cuando debo dar saltitos y mostrarme infinitamente agradecida? —dijo por fin.

—No, ahora es cuando me largo. —Myron consultó su reloj—. Tengo que hablar con Clip acerca de unas manchas de sangre antes de la conferencia de prensa.

—Que te diviertas. —Esperanza se encaminó hacia la puerta.

—Aguarda un momento —dijo Myron—. ¿Tienes clase esta noche?

Esperanza cursaba estudios nocturnos en la Facultad de Derecho de Nueva York.

—No —respondió ella, volviéndose.

—¿Quieres ir al partido? —Myron carraspeó—. Puedes..., no sé, traer a Lucy, si quieres.

Lucy era la pareja actual de Esperanza. Antes de enrollarse con ella, Lucy había estado saliendo con un hombre llamado Max. Sus preferencias sexuales parecían no estar del todo definidas.

—Hemos roto —anunció Esperanza.

—Vaya, lo siento. —Myron parecía desconcertado—. ¿Cuándo?

—La semana pasada.

—No me dijiste nada.

—Tal vez porque no era asunto tuyo.

Myron asintió. Tenía toda la razón.

—Bien, pues tráete a una, eh, nueva amiga, si quieres. O ven sola. Jugamos contra los Celtics.

—No me apetece.

—¿Estás segura?

Esperanza asintió de nuevo y salió del despacho. Myron se puso la chaqueta y bajó al aparcamiento, donde Mario le arrojó las llaves sin levantar la vista. Tomó el túnel Lincoln y salió a la carretera 3. Pasó por delante de una enorme y popular tienda de productos electrónicos llamada Tops. El letrero consistía en una gigantesca nariz sobre una leyenda que rezaba: «Tops está justo debajo de sus narices». Real como la vida misma. Lo único que se echaba de menos eran unos pelos gigantescos asomando por las fosas nasales. Estaba a unos dos kilómetros de Meadowlands cuando el teléfono del coche sonó.

—He conseguido algunos datos —dijo Win.

—Adelante.

—Durante los últimos cinco días no se ha producido el menor movimiento en las cuentas bancarias y en las tarjetas de crédito de Greg Downing.

—¿Nada?

—Nada.

—¿Algún reintegro en metálico?

—Ninguno en los últimos cinco días.

—¿Y antes? Tal vez sacó un montón de dinero antes de esfumarse.

—Estamos trabajando en ello. Aún no lo sé.

Myron cogió la salida de Meadowlands. Reflexionó sobre lo que todo aquello significaba. No era gran cosa, por el momento, pero aun así las noticias no parecían buenas. Nada resultaba muy prometedor: ni la sangre en el sótano, ni que Greg hubiese desaparecido, ni que sus cuentas bancarias no presentasen movimiento alguno.

—¿Algo más? —preguntó.

Win vaciló.

—Puede que no tarde mucho en saber dónde tomó esa copa el bueno de Greg con la hermosa Carla.

—¿Dónde?

—Después del partido. Para entonces, habré averiguado algo más.

5

—El deporte es una forma de folclore —dijo Clip Arnstein en la sala llena de periodistas—. Lo que estimula nuestra imaginación no es sólo la victoria y la derrota, sino las historias. Las historias de perseverancia. Las historias de fuerza de voluntad. Las historias de trabajo duro. Las historias que parten el corazón. Las historias de milagros. Las historias de triunfo y tragedia. Las historias de regresos.

Clip miró a Myron, con los ojos humedecidos apropiadamente para la ocasión y su mejor sonrisa paternal. Myron reprimió un intenso deseo de esconderse bajo la mesa ante la que estaba sentado.

Después de una pausa premeditada, Clip se volvió hacia el público. Los periodistas guardaron silencio. Algunos flashes destellaron. Clip tragó saliva varias veces, como si hiciera acopio de fuerzas para continuar. Alzó sus ojos humedecidos hacia el público.

«Un poco melodramático —pensó Myron—, pero una estupenda interpretación, pese a todo.»

La conferencia de prensa estaba más concurrida de lo que Myron había supuesto. No había ni un asiento libre y muchos periodistas estaban de pie. Debía de ser un día de pocas noticias importantes. Clip se tomó su tiempo para recuperar la compostura, que en apariencia había perdido.

—Hace algo más de una década contraté a un jugador excepcional —prosiguió—, un jugador al que creía destinado a triunfar. Era excelente en los saltos, poseía un sentido intuitivo de la estrategia de juego, una voluntad tenaz de superación y, sobre todo, se trataba de un ser humano maravilloso. Todos sabemos qué le ocurrió a Myron Bolitar aquella fatídica noche en Landover, Maryland. No es mi intención escarbar en el pasado, pero como ya he dicho al principio de esta conferencia de prensa, el deporte es folclore. Hoy los Dragons conceden a ese joven la oportunidad de tejer su propia leyenda deportiva. Hoy los Dragons permiten a ese joven la posibilidad de poseer de nuevo lo que le fue arrebatado de forma cruel hace tantos años.

Myron notó que se ruborizaba y, a fin de apartar la mirada de los periodistas, la fijó en un lunar de la mejilla de Clip, con tal intensidad que su vista empezó a nublarse, afortunadamente.

—No será fácil, Myron —añadió Clip, hablándole directamente. A Myron se le hacía imposible mirarlo a los ojos—. No te hemos hecho promesas. No sé qué pasará a partir de este momento. No sé si esto será la culminación de tu historia o el inicio de un nuevo capítulo, pero aquellos que amamos el deporte debemos mantener encendida la llama de la esperanza. Es propio de nuestra naturaleza. Es propio de la naturaleza de todos los verdaderos combatientes y aficionados. —Hizo una pausa tras quebrársele la voz, y prosiguió—: Ésta es la realidad. He de recordártelo, Myron, aunque no me guste. Te doy la bienvenida al equipo en nombre de los New Jersey Dragons, a ti, un hombre con clase y valentía. Te deseamos lo mejor. Sabemos que, pase lo que pase en la pista, honrarás a este club.

Guardó silencio, apretó los labios y musitó un «gracias». Después extendió la mano hacia Myron, que se dispuso a interpretar su papel. Se levantó para estrechar la mano de Clip. No obstante, éste tenía otras ideas. Rodeó a Myron con los brazos y lo atrajo hacia sí. Los flashes destellaron como luces estroboscópicas de discoteca. Cuando Clip lo soltó por fin, se secó los ojos con dos dedos. Joder, el tipo hubiera podido competir con Al Pacino. Luego lo condujo hacia el estrado.

—¿Qué se siente al volver? —preguntó a voz en cuello un periodista.

—Miedo —contestó Myron.

—¿Cree que posee el nivel necesario para jugar en la NBA?

—No, la verdad es que no.

La sinceridad de la respuesta hizo que todos enmudeciesen. Pero sólo por un segundo. Clip rió y los presentes lo imitaron. Quizás imaginaba que se trataba de una broma. Myron no se tomó la molestia de desengañarlos.

—¿Cree que aún es capaz de meter triples? —inquirió otro.

Myron asintió.

—Creo que aún soy capaz —repuso—. Pero no estoy seguro de que lo consiga.

Más carcajadas.

—¿Por qué regresa después de tanto tiempo, Myron? ¿Qué fue lo que le convenció para volver justo ahora?

—La Hermandad de los Clarividentes.

Clip se puso en pie y atajó otras preguntas con una mano alzada.

—Lo siento, amigos, pero esto ha sido todo por ahora. Myron debe prepararse para el partido de esta noche.

Myron siguió a Clip hasta la oficina de éste. Calvin ya había llegado. Clip cerró la puerta.

—¿Qué pasa? —preguntó antes de sentarse.

Myron le habló de la sangre en el sótano. Clip palideció. Los dedos del Témpano se crisparon sobre el respaldo de la silla.

—¿Qué es lo que intentas decirme? —preguntó con aspereza Clip.

—¿Que qué intento decirle? Pues me parece clarísimo.

Clip se encogió de hombros.

—No lo entiendo.

—No hay nada que entender. Greg ha desaparecido. Nadie sabe nada de él desde hace cinco días. No ha sacado dinero del banco ni utilizado su tarjeta de crédito. Y, se lo repito, hemos descubierto sangre en el sótano de su casa.

—En el cuarto de jugar de los niños, ¿verdad? Es lo que dijiste antes. En el cuarto de jugar de los niños.

Myron asintió.

Clip dirigió una mirada inquisitiva a Calvin y alzó las manos con las palmas hacia arriba.

—¿Qué mierda significa eso?

—No estoy seguro.

—No significará alguna clase de juego sucio, ¿verdad? —preguntó Clip—. Piénsalo, Myron. Supongamos que Greg fue asesinado. Entonces ¿dónde está su cadáver? ¿Se lo llevó su asesino o asesinos? ¿Qué crees que pasó allí? ¿Los asesinos sorprendieron a Greg o qué? ¿Estaba solo? ¿En el cuarto de jugar de los críos, donde, debo suponer, Greg jugaba con sus muñequitas? ¿Lo mataron allí y lo arrastraron fuera de la casa sin dejar manchas de sangre, excepto en el sótano? —Clip abrió los brazos—. ¿Dónde está la lógica de todo esto?

La puesta en escena también había intrigado a Myron. Dirigió una mirada furtiva a Calvin, que parecía sumido en sus pensamientos.

—Podría haber pasado —añadió Clip, poniéndose de pie—, que uno de los hijos de Greg se cortase mientras jugaba...

—Pues debió de ser un corte muy grande —señaló Myron.

—O se dio un golpe en la nariz. Las narices sangran mucho. Eso mismo; podría tratarse de una simple hemorragia nasal.

Myron asintió.

—O quizá pasaban el rato matando pollos —le dijo—. También podría ser eso, ¿no?

—Menos sarcasmos, Myron.

Myron esperó un momento. Miró a Calvin; luego a Clip, y dijo:

—Usted me ha contratado para encontrar a Greg. Estoy siguiendo una buena pista. Sin embargo, no quiere ni oír hablar de ella.

—Si insinúas que no quiero oír que Greg está metido en líos...

—No, no insinúo eso. Usted tiene miedo de algo, y no es sólo de que Greg pueda estar metido en líos. Me gustaría saber qué es.

Clip miró a Calvin. Éste asintió de forma casi imperceptible. Clip volvió a sentarse. Tamborileó con los dedos sobre la mesa. El reloj de pie del rincón hizo tictac, como un eco de pega.

—Ten por seguro que sólo estamos preocupados por Greg. De veras.

—Ya.

—¿Sabes qué es una OPA, una oferta pública de adquisición de acciones?

—Estaba vivo en los ochenta —dijo Myron—. De hecho, alguien comentó el otro día que yo era un tipo muy de los ochenta.

—Bien, estoy padeciendo una ahora, y bien hostil, por cierto.

—Pensaba que era el accionista mayoritario.

Clip negó con la cabeza.

—Sólo poseo el cuarenta por ciento —repuso—. Ningún otro accionista tiene más del quince por ciento. Un par de accionistas minoritarios se han unido para intentar echarme. —Apoyó los puños sobre el escritorio como si fueran dos pisapapeles—. Dicen que pienso demasiado en el baloncesto y muy poco en los negocios. Sólo debería ocuparme de tratar con los jugadores y de las relaciones públicas. Votan dentro de dos días.

—¿Y qué?

—En este momento, la votación está muy reñida. Si se produjese un escándalo, estaría acabado.

Myron miró a los dos hombres y aguardó unos segundos.

—Me está pidiendo que calle lo que sé —dijo al fin.

—No, no, por supuesto que no —protestó Clip—. No estoy pidiéndote eso, te lo aseguro. Sencillamente no quiero que la prensa monte un escándalo por algo que quizá no sea nada. No puedo permitir que algo desagradable salga a la luz en este preciso momento.

—¿Desagradable?

—Exacto.

—¿Por ejemplo?

—Que me condenen si lo sé.

—Pero Greg podría estar muerto.

—Si ése es el caso, no viene de uno o dos días más, aunque te parezca muy egoísta por mi parte. Si a Greg le ha pasado algo, tiene que haber algún motivo.

—¿Un motivo?

Clip alzó las manos.

—No lo sé, joder. Desentierras a un muerto, o incluso a un hombre que ha estado un tiempo oculto, y empiezan a salir gusanos. ¿Sabes lo que quiero decir?

—No —repuso Myron.

—No puedo permitirme eso, Myron —prosiguió Clip—. Ahora no. Hasta después de la votación al menos.

—¿Me está diciendo que mantenga la boca cerrada? —preguntó Myron.

—En absoluto. Lo que no queremos es que cunda el pánico de forma innecesaria. Si Greg está muerto, tampoco le serviría de nada. Si ha desaparecido, está en tus manos la posibilidad de esquivar el acoso de los medios o salvarlo.

Myron aún no se lo había contado todo, pero decidió no insistir más, por el momento.

—¿Tiene idea de por qué alguien vigilaría la casa de Greg?

—¿La están vigilando? —preguntó Clip con expresión de estupor.

—Creo que sí.

Clip miró a Calvin.

—¿Calvin?

—Ni idea —respondió Calvin.

—Yo tampoco lo sé, Myron —dijo Clip—. ¿Y tú?

—Aún no. Una pregunta más: ¿tenía novia Greg?

Clip volvió a mirar a Calvin, que se encogió de hombros y contestó:

—Ligaba mucho, pero no creo que hubiera ninguna en especial.

—¿Conoces a alguna de las mujeres con las que estaba enrollado?

—Por el nombre no. La mayoría eran seguidoras: del equipo, ya sabes.

—¿Por qué? —preguntó Clip—. ¿Crees que se ha fugado con una tía?

—Ni idea —repuso Myron. Se puso de pie y añadió—: Será mejor que vaya al vestuario. El partido está a punto de comenzar.

—Espera.

Myron se detuvo.

—Por favor, Myron —le pidió Clip—. Ya sé que no lo parece, pero estoy muy preocupado por Greg. Quiero encontrarlo sano y salvo. —Tragó saliva. Las arrugas de su piel parecieron más pronunciadas. El rostro había adquirido un color enfermizo—. Si eres honesto y me aseguras que revelar lo que sabemos puede beneficiar a Greg, lo aceptaré. Cueste lo que cueste. Piénsalo. Quiero lo mejor para él. Lo aprecio mucho. Os aprecio a los dos. Sois unos hombres estupendos. Lo digo en serio. Os debo muchísimo.

Clip tenía los ojos arrasados en lágrimas. Myron no sabía muy bien qué hacer. Decidió asentir y no decir nada. Abrió la puerta y se marchó.

Cuando se acercaba al ascensor, oyó una voz ronca conocida.

—¡Pero si es el Chico Que Vuelve!

Myron miró a Audrey Wilson. Vestía su habitual indumentaria de reportera: chaqueta azul, jersey de cuello alto y lo que llamaban tejanos «lavados a la piedra». Su maquillaje era escaso o inexistente, y llevaba las uñas cortas y sin pintar. El único toque de color lo ponían sus zapatillas deportivas azul verdoso: unas Chuck Taylor Cons. Su aspecto no tenía nada de espectacular. No es que sus rasgos fuesen inapropiados, pero tampoco destacaba por nada; simplemente estaban ahí. Tenía una cabellera negra y abundante cortada al estilo paje, con flequillo.

—¿Detecto cierto aire cínico en tus palabras? —preguntó.

Audrey se encogió de hombros.

—No pensarás que me he tragado toda esa historia, ¿verdad?

—¿A qué te refieres?

—Tu repentino deseo de... —Audrey Wilson consultó sus notas—: «tejer tu propia leyenda en el tapiz esplendoroso del deporte». —Alzó la vista y sacudió la cabeza—. Ese Clip sí que tiene labia, ¿eh?

—Tengo que cambiarme, Audrey.

—¿Y si primero me cuentas la verdad?

—¿La verdad? Joder, Audrey, ¿por qué no pides una primicia? Me encanta cuando los periodistas dicen eso.

La mujer sonrió. Tenía una hermosa sonrisa.

—¿Por qué estás a la defensiva, Myron?

—¿Yo? Nunca.

—En ese caso, ¿qué me dices de una declaración para la prensa, para utilizar otro tópico?

Myron asintió y se llevó una mano al pecho en un gesto melodramático.

—Un ganador nunca abandona, un perdedor nunca gana.

—¿Esa frase es de Lombardi?

—De Felix Unger en La extraña pareja, cuando Howard Cossell apareció como estrella invitada —respondió Myron. Dio media vuelta y se encaminó hacia el vestuario.

Audrey lo siguió. Se trataba, sin duda, de la periodista deportiva más importante del país. Cubría en exclusiva a los Dragons para el periódico más vendido de la Costa Este. Tenía su propio programa de radio en la WFAN, en una de las horas de máxima audiencia. También se encargaba de presentar un programa de entrevistas los domingos por la mañana en la ESPN llamado Hablando de deportes. Y, sin embargo, como casi todas las mujeres que había en aquella profesión monopolizada por hombres, su posición era inestable y su carrera siempre estaba al borde del derrumbe, por más alto que hubiera llegado.

—¿Cómo está Jessica? —preguntó Audrey.

—Bien.

—Hace un mes que no hablo con ella. Quizá debería llamarla. Hablar de mujer a mujer con el corazón en la mano, ya sabes.

—Eso no sería jugar limpio.

—Intento facilitarte las cosas, Myron. Aquí está pasando algo raro. Sabes que tarde o temprano voy a descubrirlo. Sería mejor que me lo contaras.

—De verdad que no sé de qué estás hablando.

—Primero, Greg Downing desaparece del equipo en misteriosas circunstancias...

—¿Qué hay de misterioso en una lesión de tobillo?

—Luego, tú ocupas su puesto después de haber estado retirado de la competición durante casi once años. ¿No te parece extraño?

Fantástico, pensó Myron. Acababa de empezar y ya despertaba sospechas. Llegaron a la puerta del vestuario.

—Tengo que dejarte, Audrey. Ya hablaremos más tarde.

—Cuenta con ello —aseveró la mujer. Y mientras dedicaba a Myron una dulce sonrisa sarcástica, añadió—: Buena suerte, campeón. Acaba con ellos.

Myron asintió, respiró hondo y abrió la puerta.

Empieza el espectáculo.

6

Nadie saludó a Myron cuando entró en el vestuario. Nadie fue a su encuentro. Ni siquiera lo miraron. En la estancia no se hizo el silencio, como cuando en las antiguas películas de vaqueros el sheriff empujaba la puerta chirriante y entraba contoneándose en la taberna. Tal vez ése fuera el problema. Tal vez hubiese sido necesario que la puerta chirriara. A lo mejor debería mejorar sus contoneos.

Sus nuevos compañeros de equipo estaban desparramados por el vestuario como calcetines en las habitaciones de un campus universitario. Tres de ellos estaban tirados sobre los bancos, semidesnudos y semidormidos. Otros dos en el suelo, con las piernas sostenidas en alto por los asistentes, que procedían a hacerles masajes. Un par de ellos hacían botar sendos balones. Cuatro estaban apoyados contra las taquillas. La mayoría masticaba chicle al tiempo que, con los diminutos auriculares de sus walkmans metidos en los oídos, escuchaban música a todo volumen, como si pretendieran competir entre sí.

Myron localizó fácilmente el lugar que le correspondía. Todas las demás taquillas tenían placas de bronce en las que aparecía el nombre del jugador. La de Myron, no. Tenía un trozo de cinta adhesiva pegado, con las palabras «M. Bolitar» escritas con rotulador negro. Ni inspiraba confianza ni hablaba de compromisos.

Miró alrededor tratando de encontrar a alguien con quien hablar, pero los walkmans constituían la barrera ideal, el elemento que les permitía aislarse del mundo exterior y refugiarse en su espacio particular. Myron vio a Terry TC Collins, la famosa superestrella del equipo, sentado solo en un rincón. TC era el último ejemplo del atleta mimado, consagrado por los medios, el tipo que «minaba» el noble mundo de los deportes «tal como lo conocemos», fuera cual fuera el significado de aquella expresión. Era un portento de la naturaleza. Dos metros y cinco centímetros de estatura, musculoso, nervudo. Su cabeza rasurada brillaba bajo los fluorescentes. Corrían rumores de que era negro, aunque costaba distinguir un fragmento de piel debajo de tantos tatuajes. Además de éstos, parecía haber hecho del piercing un estilo de vida. Parecía una versión terrorífica de Mr. Proper.

Myron atrajo la mirada de TC, sonrió y lo saludó con un movimiento de la cabeza. TC lo atravesó con los ojos y desvió su atención hacia otra parte. No se le daba muy bien hacer nuevas amistades.

Su uniforme estaba colgado donde debía. Ya habían cosido su nombre en la espalda con letras mayúsculas: bolitar. Lo contempló por un par de segundos. Después, lo descolgó y se lo puso. Todo se le antojaba una especie de déjà vu. El tacto suave del algodón; el cordón de los pantalones; la ligera presión en la cintura cuando se los puso; la leve tirantez de la camiseta sobre los hombros; las manos expertas que metían los faldones dentro de los pantalones; el modo de anudar las zapatillas, todo le causaba escalofríos. Hasta le costaba respirar. Cerró los ojos, se sentó y esperó a que aquella extraña sensación se desvaneciera.

Al cabo de un momento los abrió y observó que muy pocos jugadores llevaban ya suspensorios, pues preferían aquellos pantalones cortos ceñidos de licra. Myron se atuvo a lo clásico.

Después sujetó a su pierna un chisme que había recibido durante años el nombre de «rodillera». Era como si llevara un compresor metálico. Lo último que se puso fue el chándal. Los pantalones tenían docenas de broches de presión en las piernas, de modo que un jugador podía quitárselos de una manera espectacular cuando salía a la pista.

—Eh, chico, ¿cómo va?

Myron se levantó y estrechó la mano de Kip Corovan, uno de los entrenadores auxiliares del equipo. Kip vestía una chaqueta a cuadros tres tallas más pequeña. Las mangas le llegaban al antebrazo. La barriga sobresalía desafiante. Parecía un granjero en un baile de pueblo.

—Va bien, entrenador.

—Estupendo, estupendo. Llámame Kip. O Kipper. Casi todo el mundo me llama Kipper. Siéntate, relájate.

—¿Todo bien, Kipper?

—Fantástico; nos alegra que estés con nosotros. —Kipper acercó una silla, la colocó con el respaldo hacia Myron y se sentó a horcajadas—. Seré sincero contigo, Myron, ¿de acuerdo? A Donny no le ha hecho ninguna gracia. No se trata de nada personal, compréndelo. Le gusta elegir a sus jugadores y le revienta que los de arriba interfieran en sus asuntos, ya sabes a qué me refiero.

Myron asintió. Donny Walsh era el entrenador principal.

—Bien, bien —prosiguió Kipper—. Donny es un tío legal. Te recuerda de los viejos tiempos, le gustabas mucho, pero tenemos un equipo que se dispone a jugar los play off. Con un poco de suerte, podemos ganar todos los partidos que juguemos en casa. Nos llevó un tiempo encontrar el equilibrio. Perder a Greg nos perjudicó, pero al final hemos conseguido enderezar las cosas. Ahora apareces tú. Clip no nos explica por qué, pero insiste en que te integremos en el equipo. Estupendo, Clip es el gran jefe, de modo que ningún problema, pero queremos que nuestros muchachos sigan viento en popa a toda vela, ¿comprendes?

La cháchara de Kipper estaba mareando a Myron, que sólo atinó a decir:

—Claro. No quiero causar problemas.

—Lo sé. —Kipper se levantó, devolvió la silla a su sitio—. Eres un buen tío, Myron. Siempre fuiste legal. Es lo que necesitamos ahora. Un tío de primera, ¿no te parece?

Myron asintió.

—Alguien que navegue con el viento en popa a toda vela —dijo.

—Espléndido, magnífico. Nos veremos fuera. Y no te preocupes. No saldrás a menos que arrasemos. —Kipper se subió los pantalones sobre la tripa y cruzó el vestuario y gritó—: Preparados, muchachos.

Nadie le hizo caso. Lo repitió varias veces, dio unas palmadas en la espalda a los jugadores conectados a sus walkmans para que lo escucharan. Fueron necesarios diez minutos para que doce deportistas profesionales se desplazaran menos de tres metros. El entrenador Donny Walsh entró con aires de superioridad, reclamó la atención de los jugadores y empezó a repetir los tópicos de siempre. No significaba que fuera un mal entrenador. Cuando juegas una media de cien partidos por temporada, es difícil que se te ocurra algo nuevo.

La charla duró dos minutos. Algunos de los chicos no se molestaron en desconectar sus walkmans. TC estaba muy ocupado quitándose las joyas, una tarea que exigía gran concentración y un equipo de técnicos experimentados.

Al cabo de otro par de minutos la puerta del vestuario se abrió. Todos se desprendieron de sus minicasetes y salieron. Myron comprendió que se dirigían hacia la pista.

El partido iba a empezar.

Se puso al final de la fila. Tragó saliva varias veces. Un escalofrío recorrió su cuerpo. Mientras subía por la rampa, oyó una voz que chillaba por la megafonía: «¡Y ahoraaaaaa, vuestros New Jersey Dragons!». Sonó la música estruendosa. El equipo se puso a correr.

La ovación fue ensordecedora. Los jugadores se dividieron automáticamente en dos hileras para realizar los ejercicios de precalentamiento. Myron lo había hecho en infinidad de ocasiones tiempo atrás, pero por primera vez pensó en lo que estaba haciendo. Cuando uno era una estrella o un principiante, calentaba sin prisas, con calma. No había motivos para esforzarse. Tenía todo el partido para demostrar al público de lo que era capaz. Los suplentes (algo que Myron nunca había sido) se tomaban los calentamientos de dos maneras. Algunos salían, daban saltitos, movían los brazos como aspas. En una palabra: se exhibían. Otros se quedaban al lado de las superestrellas, les entregaban el balón, se comportaban como un sparring con un boxeador.

Myron se dirigió hacia la zona de tiros libres. Alguien le pasó el balón. Durante el calentamiento, estás convencido de manera inconsciente de que todos los ojos están pendientes de tus movimientos, aunque, en realidad, la mayoría de la gente aún no ha encontrado su asiento, está comprando algo para comer, charlando o contemplando a la multitud; ni siquiera los pocos que prestan atención a la pista se preocupan de ti. Myron hizo dos fintas y encestó. Joder, pensó. El partido aún no había empezado y ya no sabía qué hacer.

Cinco minutos después, los jugadores empezaron a ensayar tiros libres. Myron buscó a Jessica con la mirada. No fue difícil localizarla. Fue como si un foco la iluminase, como si avanzara y la multitud retrocediera, como si fuera un Da Vinci y las demás caras un nuevo marco. Jessica le sonrió y Myron experimentó una oleada de calor.

Sintió algo parecido a un sobresalto; se dio cuenta de que era la primera vez que Jessica iba a verlo jugar un partido que no fuera amistoso. Estos pensamientos le hicieron detenerse. Y recordar. Durante breves segundos su mente retrocedió hacia el pasado. El dolor y la culpa se apoderaron de él, hasta que un balón rebotó en el tablero y le golpeó en la cabeza. Aquel pensamiento, sin embargo, siguió resonando.

«Estoy en deuda con Greg.»

Sonó el timbre y los jugadores se acercaron al banquillo. Walsh volvió a repetir algunos tópicos y se aseguró de que cada uno de sus muchachos supiera a quién debía marcar. Los jugadores asintieron, sin escuchar. TC seguía echando chispas por los ojos. Myron quiso creer que esos comportamientos se debían a la tensión, aunque, en realidad, no estaba muy seguro de ello. Tampoco dejaba de vigilar a Leon White, el compañero de habitación de Greg cuando jugaban fuera y su mejor amigo dentro del equipo. El grupo se dispersó. Los jugadores de ambos equipos se acercaron al círculo central, se saludaron con apretones de manos y palmadas. Empezaron a hacerse señas con la mano a fin de averiguar quién marcaba a quién, puesto que no lo habían escuchado medio minuto antes. Los dos entrenadores anunciaron a gritos las tácticas defensivas, hasta que el balón se alzó en el aire.

Por lo general, el baloncesto es un deporte de cambios de ritmo en el cual el marcador está muy disputado hasta los minutos finales. Aquella noche no. Los Dragons arrasaron. Ganaban por doce puntos al terminar el primer tiempo, por veinte en el segundo y por veintiséis al final del tercer período. Myron empezó a ponerse nervioso. La ventaja era la suficiente para que lo dejaran jugar. No había contado con ello. Una parte de él animó en silencio a los Celtics con la esperanza de que redujeran las distancias y pudiera seguir con el culo pegado al banquillo de aluminio. Pero ya no había remedio. Cuando faltaban cuatro minutos, los Dragons ganaban por veintiocho puntos. Walsh echó un vistazo al banquillo. Nueve de los doce jugadores ya habían jugado. Walsh murmuró algo a Kipper. Éste asintió y se acercó al banquillo, hasta detenerse delante de Myron, quien sintió que se le aceleraba el corazón.

—El entrenador ha decidido utilizar a todo el equipo —anunció—. Quiere saber si deseas jugar.

—Lo que él decida —contestó Myron. Lo último que deseaba en el mundo era salir a la pista, pero no podía decirlo. Habría sido impropio de él. Tenía que interpretar el papel de buen jugador, el equipo es lo primero, haré lo que el entrenador me pida. No conocía otra forma de comportarse.

Se solicitó tiempo muerto. Walsh volvió a mirar hacia el banquillo.

—¡Gordon! ¡Reilly! ¡Entráis por Collins y Johnson! —exclamó.

Myron dejó escapar un suspiro. Después se enfadó consigo mismo por sentir tanto alivio. Se preguntó qué clase de jugador era. ¿Qué clase de hombre prefiere quedarse en el banquillo? Entonces la verdad emergió y lo abofeteó.

No estaba allí para jugar al baloncesto.

¿En qué demonios estaba pensando? Se encontraba allí para dar con Greg Downing. Aquello era su coartada, nada más. Como en la policía. Sólo porque un tipo finja ser un camello no tiene por qué convertirse en camello. Debía aplicar allí el mismo principio. El hecho de que Myron fingiera ser un jugador de baloncesto no lo convertía en jugador.

El pensamiento no era muy consolador.

Medio minuto después, se produjo. Myron no pudo evitar sentir una punzada de miedo.

Lo desencadenó una voz pastosa de cerveza que se alzaba con claridad sobre todas las demás. Era lo bastante profunda y diferente para distinguirse entre el griterío de los fanáticos.

—Eh, Walsh—gritó la voz—. ¿Por qué no sacas a Bolitar?

Myron sintió un vacío en el estómago. Sabía lo que vendría a continuación. Ya había sido testigo antes, aunque nunca había sido el protagonista. Quiso que la tierra se lo tragara.

—¡Sí! —coreó otra voz—. ¡Queremos ver al nuevo!

Más gritos de conformidad.

Estaba ocurriendo. La multitud estaba poniéndose de parte de los segundones, pero no de forma positiva, sino del modo más paternalista y burlón posible. Había llegado el momento de ser amables con los suplentes. El partido ya está ganado. Ahora queremos reírnos un rato.

El nombre de Myron se oyó unas cuantas veces más; luego vino el cántico. Empezó como un susurro, pero fue en aumento. «¡Queremos a Myron! ¡Queremos a Myron!» Fingió no oírlo, fingió concentrarse intensamente en lo que estaba ocurriendo en la pista y confió en no haberse puesto colorado. El reclamo se hizo más rotundo, hasta concentrarse en una sola palabra, repetida hasta la saciedad, mezclada con carcajadas: «¡Myron! ¡Myron! ¡Myron!».

Tenía que poner fin a aquello. Sólo había una forma. Miró el reloj. Aún faltaban tres minutos. Tenía que entrar. Sabía que no sería el final de la rechifla, pero al menos tranquilizaría a la multitud. Volvió la cabeza hacia el extremo del banquillo. Kipper estaba mirándolo. Myron asintió. Kipper se inclinó hacia Walsh y le susurró algo al oído. Walsh no se levantó.

—Bolitar, entra por Cameron —se limitó a indicarle.

Myron tragó saliva y se puso de pie. La multitud estalló en risotadas. Se dirigió hacia la mesa del cronometrador mientras se quitaba el chándal. Notaba las piernas rígidas. Hizo una seña al cronometrador, que asintió e hizo sonar la bocina. Myron salió a la pista. Señaló a Cameron, quien al dirigirse hacia el banquillo le dijo:

—Marca a Kraven.

—En sustitución de Bob Cameron —anunciaron por el altavoz—, entra el número 34. ¡Myron Bolitar!

La multitud enloqueció. Chillidos, silbidos, aullidos, carcajadas... Alguien podía creer que le estaban deseando lo mejor, pero no era así. Le deseaban lo mismo que se desea al payaso del circo. Querían ver pifias, y Bolitar era su hombre.

De pronto, Myron comprendió que aquél era su debut en la NBA.

Tocó el balón cinco veces antes de que el partido terminara. En cada ocasión le dedicaron vítores y abucheos por partes iguales. Sólo tiró a canasta una vez. Por un instante dudó, pues sabía cómo reaccionaría la multitud, cualquiera que fuese el resultado, pero algunas acciones son automáticas. El balón entró con un alegre silbido. Por suerte, ya sólo quedaban treinta segundos y casi todo el mundo empezaba a abandonar el estadio. Los aplausos fueron mínimos. Pero durante aquellos breves instantes en que Myron cogió el balón, sus dedos acariciaron los surcos, dobló el codo y acunó el balón un centímetro y medio por encima de la palma y la frente, extendió el brazo hacia delante, la muñeca se curvó, las yemas de los dedos bailaron sobre la superficie del balón y crearon el efecto de retroceso ideal, Myron estuvo solo. Miraba fijamente el aro, sólo el aro, ni por un instante el balón que describía un arco en el aire. Durante aquellos breves instantes sólo existieron Myron, el aro y el baloncesto, y todo aquello le hizo sentirse bien.

El vestuario estaba mucho más animado después del partido. Myron consiguió conocer a casi todos los jugadores, excepto a TC y Leon White, el único hombre con el que deseaba intimar. Eran figuras. No debía precipitarse. Podría resultar perjudicial. Tal vez al día siguiente. Lo intentaría de nuevo.

Se desnudó. La rodilla empezaba a dolerle, como si alguien estuviera tirando de los tendones. Se aplicó una bolsa de hielo y la sujetó con una venda elástica. Se encaminó cojeando hacia las duchas, se bañó, se secó y, cuando terminaba de vestirse, se dio cuenta de que TC se cernía sobre él.

Myron alzó la vista. TC ya había vuelto a colocarse sus pendientes. Primero en las orejas, por supuesto: tres en una y cuatro en la otra. Después uno en la nariz. Vestía pantalones de cuero negros y una holgada camiseta negra de tirantes que le permitía exhibir otros dos pendientes: uno que perforaba el pezón izquierdo y otro en el ombligo. Myron no consiguió adivinar qué representaban los tatuajes. Parecían remolinos. TC llevaba gafas de sol, de las que se cerraban por los costados ocultando los ojos.

—Tu joyero debe de enviarte una felicitación de Navidad cojonuda —dijo Myron.

Por toda respuesta TC sacó la lengua, perforada por otro pendiente cerca de la punta. Myron casi se atragantó. Su reacción pareció complacer a TC, quien le dijo:

—Eres nuevo, ¿verdad?

—Exacto. —Myron tendió la mano hacia él—. Myron Bolitar.

TC hizo caso omiso del gesto.

—Te van a sacudir el polvo.

—¿Perdón?

—Te van a sacudir el polvo. Eres el nuevo. Tienen que sacudirte el polvo.

Algunos jugadores se echaron a reír.

—¿Que me tienen que sacudir el polvo? —repitió Myron.

—Sí. Eres el nuevo, ¿verdad?

—Exacto.

—Entonces te van a sacudir el polvo.

Más risas.

—Exacto —dijo Myron—. Me tienen que sacudir el polvo.

—No lo olvides. —TC asintió, hizo chasquear los dedos, lo señaló y se fue.

Myron terminó de vestirse. ¿Sacudirme el polvo?

Jessica estaba esperándolo al otro lado de la puerta del vestuario. Sonrió. Myron le devolvió la sonrisa; se sintió como un tonto. Ella lo abrazó y le dio un beso fugaz. Myron olfateó el aire. Ambrosía.

—Ah —dijo una voz—. ¿No es enternecedor?

Era Audrey Wilson.

—No hables con ella —le advirtió Myron en tono de broma—. Es el anticristo.

—Demasiado tarde —dijo Audrey. Tomó a Jessica del brazo—. Jes y yo nos vamos a tomar unas copas y hablar de los viejos tiempos.

—Dios, eres una desvergonzada. —Myron se volvió hacia Jessica—. No le digas nada.

—No sé nada.

—Así me gusta —le dijo Myron—. ¿Adónde vamos?

—A ningún sitio —respondió Jessica. Señaló hacia atrás con el pulgar. Win estaba apoyado contra la pared, absolutamente sereno y plácido—. Ha dicho que ibas a estar ocupado.

—Vaya. —Myron miró a Win, que asintió. Se encaminó hacia él.

—Greg sacó dinero de su cuenta por última vez desde un cajero automático a las once y tres minutos de la noche en que desapareció.

—¿Dónde?

—Manhattan. Una sucursal del Chemical Bank, cerca de la calle Dieciocho, en el West Side.

—Lógico —dijo Myron—. Carla llama a Greg a las nueve y dieciocho minutos, le dice que se encontrarán en el reservado de la parte de atrás. Antes de ir a verla, él se detiene en un cajero y saca dinero.

—Gracias por ese análisis de lo evidente —dijo Win en tono de sorna.

—Es un don.

—Sí, lo sé. Alrededor de ese cajero automático hay ocho bares en un radio de cuatro manzanas. He limitado mi investigación a ésos. De los ocho, sólo dos tienen lo que se podría llamar un «reservado» en la parte de atrás. Aquí tienes los nombres.

Hacía mucho tiempo que Myron no le preguntaba a Win cómo se las apañaba.

—¿Quieres que vayamos en mi coche? —preguntó.

—No puedo ir —respondió Win.

—¿Por qué?

—Estaré fuera por unos días.

—¿Cuándo te vas?

—Salgo del aeropuerto de Newark dentro de una hora.

—Un poco precipitado, ¿no?

Win no se molestó en contestar. Los dos hombres salieron por la entrada de jugadores. Cinco chicos corrieron hacia Myron y le pidieron un autógrafo. Myron los complació. Uno de ellos, de unos diez años, cogió el papel, miró la firma de Myron y soltó:

—¿Quién es?

—Un suplente —respondió otro de los chicos.

—¡Eh, chico! —dijo Win—. Para ti es el Señor Suplente.

Myron lo miró.

—Gracias.

Win hizo un gesto de asentimiento.

El primer chico miró a Win.

—¿Tú eres alguien?

—Soy Dwight D. Eisenhower —contestó Win.

—¿Quién?

—Vaya juventud —dijo Win abriendo los brazos, y se alejó. Las despedidas no eran precisamente su especialidad.

Myron se dirigió hacia su coche. Cuando introdujo la llave en la puerta, sintió que le daban una palmada en la espalda. Era TC, que lo señaló con un dedo cargado de anillos y susurró:

—No lo olvides —dijo TC.

Myron asintió.

—Me van a sacudir el polvo.

—Exacto —repuso TC, y se marchó.

7

Myron llegó al MacDougal’s Pub, el primer bar de la lista de Win. El reservado de la parte de atrás estaba vacío, de modo que lo ocupó. Permaneció un rato sentado con la esperanza de que alguna fuerza sobrenatural le revelara si aquél era el local donde Greg se había citado con Carla. No sintió nada, ni positivo ni negativo. Tal vez debería ir a ver a una espiritista.

La camarera se acercó con parsimonia, como si el esfuerzo que necesitaba para cruzar el local fuera comparable al de abrirse paso por una capa de nieve profunda y mereciera un premio por conseguirlo. Myron le dedicó una de sus mejores sonrisas, tipo Christian Slater, cordial pero perversa. No debe confundirse con el tipo Jack Nicholson, perversa pero cordial.

—Hola —la saludó.

La camarera dejó un posavasos sobre la mesa.

—¿Qué le apetece? —preguntó al tiempo que intentaba sin éxito emplear un tono amistoso. Es difícil encontrar camareras simpáticas en Manhattan, excepto las de cadenas como TGI Friday o Bennigan, donde te dicen su nombre y añaden que serán tu «camarera», como si pudieras confundirlas con otra cosa, por ejemplo, con tu asesor financiero o tu médico de cabecera.

—¿Tienen Yoo-Hoo? —preguntó Myron.

—¿El qué?

—Olvídelo. Una cerveza.

La mujer lo miró sin pestañear.

—¿De qué marca?

La sutileza no iba a servirle de nada a Myron.

—¿Le gusta el baloncesto? —preguntó.

La camarera se encogió de hombros.

—¿Sabe quién es Greg Downing?

—Sí.

—Greg me habló de este lugar —añadió Myron—. Me comentó que había estado aquí la otra noche.

—¿Sí?

—¿Trabajó el sábado por la noche?

La camarera hizo un gesto de asentimiento con la cabeza.

—¿Atendió esta mesa?

—Sí —respondió ella con evidente impaciencia.

—¿Lo vio?

—No. Sólo me ocupo de las mesas. ¿Una Michelob le va bien?

Myron consultó su reloj y fingió sobresaltarse.

—¡Caramba!, cómo pasa el tiempo. Tengo que irme. —Le dio dos dólares—. Gracias por su paciencia.

El siguiente bar de la lista era el Swiss Chalet. A pesar de su nombre, era un antro. En teoría, el papel pintado debía hacer creer a los clientes que las paredes del local estaban forradas de madera. Quizás hubiese obrado el efecto deseado si no hubiera estado arrancado en tantos puntos. La chimenea albergaba un falso tronco iluminado, que fracasaba en su intento de recrear el ambiente del típico refugio de alta montaña para esquiadores. Por algún motivo ignoto, habían colgado en el centro del bar una de aquellas bolas con espejitos que hay en las discotecas. No había pista de baile. No había luces. Sólo aquella bola con espejitos. Otro elemento característico de los auténticos chalets suizos, pensó Myron. El local olía a cerveza rancia y vómito, lo cual es típico de ciertos bares, donde el hedor se ha filtrado de tal modo en las paredes que es como si miles de roedores hubieran acabado muertos y podridos en su interior.

El tocadiscos automático emitía a todo volumen Little Red Corvette, de Prince. ¿O se trataba del Artista Antes Conocido Como Prince? ¿No se llamaba así ahora? Claro que, cuando Little Red Corvette había salido a la venta, aún se lo conocía como Prince. ¿Quién era, pues? Myron intentó resolver aquel dilema crucial, pero empezó a confundirle tanto como las paradojas temporales de la serie de Regreso al futuro, así que dejó de darle vueltas.

El lugar estaba casi vacío. Un tipo que llevaba una gorra de los Houston Astros y un bigote tupido era el único cliente sentado a la barra. Una pareja se magreaba sentada a la mesa que estaba en el centro del local. A ninguno de los dos parecía importarle. En la parte de atrás, otro cliente tomaba una cerveza con gesto furtivo, como si estuviera en la sección de películas porno de su videoclub.

Myron ocupó una vez más el reservado y de nuevo entabló conversación con la camarera, más dispuesta a colaborar que la anterior. Cuando llegó a lo de que Greg le había hablado del Swiss Chalet, la chica dijo:

—¿En serio? Pues sólo lo he visto una vez por aquí.

Bingo.

—¿El sábado por la noche, tal vez?

La joven frunció el entrecejo mientras pensaba.

—Eh, Joe —gritó al hombre que atendía la barra—. Downing estuvo aquí el sábado por la noche, ¿verdad?

—¿Quién quiere saberlo? —preguntó Joe con expresión torva. Parecía un cruce de comadreja y rata. Excelente combinación.

—Estaba hablando con este tío.

Joe miró a Myron y abrió desmesuradamente los ojos.

—Ah, usted es el nuevo de los Dragons, ¿verdad? Lo vi en el telediario. El del nombre raro.

—Myron Bolitar —dijo Myron.

—Sí, eso, Myron. ¿Se acercará por aquí algún día con sus compañeros?

—No lo sé.

—Tenemos una amplia y exclusiva clientela de celebridades —dijo Joe mientras secaba la barra con lo que parecía un trapo de gasolinera—. ¿Sabe quién estuvo aquí una vez? Cousin Brucie. El pinchadiscos. Un buen tío.

—Lamento no haberlo conocido —comentó Myron.

—Sí, bueno, también contamos con otros tipos famosos entre nuestra clientela, ¿verdad, Bone?

El hombre de la gorra de los Astros y el bigote tupido levantó la cabeza y asintió.

—Como ese que se parecía a Soupy Sales. ¿Te acuerdas de él?

—Vaya si me acuerdo. Celebridades, sí, señor.

—Pero no era Soupy Sales, sino alguien que se le parecía.

—Había algunas diferencias.

—¿Conoce a una tal Carla? —preguntó Myron.

—¿Carla?

—La chica que iba con Greg.

—¿Se llama así? No, no la conozco. Tampoco conocí a Greg. Entró así como a hurtadillas, de incógnito. No los molestamos. —Respiró hondo y echó los hombros hacia atrás—. En el Swiss Chalet respetamos la privacidad de las celebridades que nos visitan. —Señaló a Myron con el trapo—. Se lo dirá a los demás chicos, ¿de acuerdo?

—Lo haré —le aseguró Myron.

—Al principio, ni siquiera estuvimos seguros de que fuera Greg Downing.

—Como con Soupy Sales —añadió Bone.

—Exacto, exacto. Pero en este caso era el verdadero Greg.

—De todos modos, el tipo se parecía a Soupy. Un gran actor, ese Soupy.

—Un fuera de serie —admitió Bone.

—¿Había estado aquí antes? —preguntó Myron.

—¿El tipo que se parecía a Soupy?

—Imbécil —espetó Joe, y le arrojó el trapo a Bone—. ¿Qué le importa a él eso? Está hablando de Greg Downing.

—¿Cómo coño iba a saberlo? ¿Tengo aspecto de trabajar para una de esas redes de apoyo psicológico o qué?

—Chicos... —musitó Myron.

Joe alzó una mano.

—Lo siento, Myron. Estas cosas no suelen pasar en el Swiss Chalet. Todos nos llevamos bien, ¿verdad, Bone?

Bone abrió los brazos.

—¿Quién no se lleva bien?

—Eso era lo que quería decir. Y no, Myron. Greg no es cliente habitual. Era la primera vez que venía por aquí.

—Igual que Cousin Brucie —dijo Bone—. Sólo vino aquella vez.

—Exacto, pero a Cousin le gustó el bar. Me di cuenta enseguida.

—Pidió una segunda copa, lo que es muy revelador.

—Tienes toda la razón. Dos copas. Podría haberse tomado una y largarse. Claro que lo que pidió fueron Coca-Colas light.

—¿Y Carla? —preguntó Myron.

—¿Quién?

—La mujer que estaba con Greg.

—¿Qué pasa con ella?

—¿La había visto antes?

—Nunca la había visto. ¿Y tú, Bone?

Bone meneó la cabeza.

—No —respondió—. Me habría acordado.

—¿Por qué lo dice?

—Tenía unas tetas de campeonato —dijo Bone sin vacilar, y se puso las manos en forma de cuenco delante del pecho—. Unos melones alucinantes.

—Pero no era muy guapa.

—Nada guapa—admitió Bone—. Demasiado mayor para un chico tan joven.

—¿Qué edad tendría? —preguntó Myron.

—Era mayor que Greg Downing, eso seguro. Yo diría que cuarenta y muchos. ¿No, Bone?

Bone asintió.

—Pero con un par de tetas de primera.

—Gigantescas.

—De mamut.

—Sí, creo que eso ya lo he comprendido —dijo Myron—. ¿Algo más?

Los dos hombres parecieron sorprenderse.

—¿Color de los ojos? —inquirió Myron.

Joe parpadeó y miró a Bone.

—¿Tenía ojos?

—Que me aspen si lo sé.

—¿Color del pelo? —probó Myron.

—Castaño —respondió Joe—. Castaño claro.

—Negro —dijo Bone.

—Puede que tengas razón —convino Joe.

—No, quizá fuese más claro.

—Pero se lo aseguro, Myron. Vaya delantera. Como cañones.

—Los cañones de Navarone —dijo Bone.

—¿Greg y ella se fueron juntos?

Joe miró a Bone, que se encogió de hombros.

—Creo que sí —dijo Joe.

—¿Saben a qué hora?

Joe negó con la cabeza.

—¿Usted lo sabe, Bones? —probó Myron.

La visera de la gorra de los Astros se volvió hacia Myron como si la hubieran estirado con una cuerda.

—¡Bones no, joder! —gritó—. ¡Bone! No hay «s» al final. ¡Bone! ¡B-O-N-E! ¿De qué coño tengo aspecto, Big Ben?

Joe le tiró el trapo otra vez.

—No insultes a un famoso, imbécil.

—¿Famoso? Joder, Joe, ¡pero si no es más que un suplente! No es como Soupy. Es un don nadie, un cero a la izquierda. —Bone se volvió hacia Myron. Su hostilidad se había desvanecido por completo—. No se enfade, Myron.

—¿Por qué iba a enfadarme?

—Oiga, ¿tiene alguna fotografía suya? —preguntó Joe—. La pondríamos en la pared. Podría dedicarla a sus amigos del Swiss Chalet. Empezaríamos una pared dedicada a los famosos. ¿Qué le parece?

—Lo siento —dijo Myron—. No llevo ninguna encima.

—¿Podría enviarnos una? Autografiada, quiero decir. O la trae la próxima vez que venga.

—Sí, la próxima vez.

Myron continuó haciendo preguntas, pero no averiguó nada más, excepto la fecha del cumpleaños de Soupy. Se marchó y echó a andar calle arriba. Pasó por delante de un restaurante chino con patos muertos colgados en el escaparate. Patos abiertos en canal, el aperitivo ideal. Tal vez la cadena Burger King debería colgar vacas descuartizadas tras los cristales. Atraería a los niños.

Intentó ordenar un poco las piezas. Carla llama a Greg por teléfono y le pide que se reúna con ella en el Swiss Chalet. ¿Por qué? ¿Por qué aquel lugar en concreto? ¿No quieren ser vistos? ¿Por qué no? ¿Y quién coño es Carla? ¿Cómo encajan estos datos con la desaparición de Greg? ¿Qué significa la sangre en el sótano? ¿Volvieron a casa de Greg, o éste fue a casa solo? ¿Carla era la chica con la que vivía? Y en tal caso, ¿por qué se encontraron allí?

Myron estaba tan sumido en sus pensamientos que no vio al hombre que se acercaba hasta que casi tropezó con él. Claro que llamarle hombre era subestimarlo. Era más bien un muro de ladrillo disfrazado de ser humano. Llevaba una de esas camisetas blancas ajustadas debajo de una especie de camisa floreada sin abotonar. Un cuerno de oro colgaba entre sus abultados pectorales. El típico cachas descerebrado. Myron intentó pasar por la izquierda. El muro de ladrillo le cerró el paso. Luego lo intentó por la derecha. El muro de ladrillo le cerró de nuevo el paso. Lo intentó por ambos flancos una vez más. El muro de ladrillo volvió a cerrarle el paso.

—Oye, ¿sabes bailar el cha-cha-chá? —le preguntó Myron.

Muro de Ladrillo reaccionó tal como se espera que reaccione un muro de ladrillo. No había sido una de las ocurrencias más afortunadas de Myron, de todos modos. El hombre era enorme, del tamaño de un eclipse de luna. Myron oyó pasos. Otro hombre, también de proporciones desmesuradas, aunque clasificable dentro de la especie humana, se colocó detrás de Myron. El segundo hombre llevaba pantalones de camuflaje, una nueva moda urbana.

—¿Dónde está Greg? —preguntó Pantalones de Camuflaje.

Myron fingió sobresaltarse.

—¿Qué? Oh, no le había visto.

—¿Eh?

—Por los pantalones —dijo Myron—. Se confunde con el entorno.

A Camuflaje no le gustó el comentario.

—¿Dónde está Greg?

—¿Greg?

Inteligente réplica.

—Sí. ¿Dónde está?

—¿Quién?

—Greg.

—¿Greg qué?

—¿Intentas hacerte el gracioso?

—¿Usted cree que me hago el gracioso?

Camuflaje miró a Muro de Ladrillo. Muro de Ladrillo permaneció en silencio. Myron sabía que la probabilidad de que se produjera un enfrentamiento cuerpo a cuerpo era muy elevada. También sabía que era bueno en eso. Claro que aquellos matones también debían de serlo, o al menos eso imaginaba. Pese a lo que pudiera verse en las películas de Bruce Lee, era casi imposible que un solo hombre derrotara a dos o más contrincantes experimentados. Los luchadores experimentados no eran tontos. Trabajaban en equipo. Nunca atacaban de uno en uno.

—Bien —dijo Myron—, ¿queréis tomar una cerveza? Charlemos un poco.

Camuflaje resopló.

—¿Tenemos pinta de que nos guste hablar?

Myron señaló a Muro de Ladrillo.

—Él sí.

Había tres modos de salir ileso de una situación semejante. El primero consistía en huir, que siempre era una buena opción. Pero existía un problema: sus dos adversarios estaban lo bastante cerca y, al mismo tiempo, lo bastante alejados, para agarrarlo o derribarlo. Demasiado arriesgado. Segunda opción: tus oponentes te subestiman. Te comportas como si estuvieras asustado y acobardado, y después, zas, los sorprendes. No podía aplicarse en el caso de Myron. Los matones pocas veces subestiman a un tipo que mide un metro noventa y pesa cien kilos. Tercera opción: atacas primero. Al hacerlo, aumentas las probabilidades de dejar a uno fuera de combate antes de que el segundo atine a reaccionar. Esta acción, no obstante, exige un delicado análisis. Hasta que alguien golpea, nadie podría decir con seguridad si el enfrentamiento físico habría podido evitarse. Pero si se espera a que alguien golpee primero, la opción queda obviamente anulada. A Win le gustaba la opción tres. En cualquier caso, la prefería aun cuando sólo hubiera un oponente.

Myron no tuvo oportunidad de elegir. Muro de Ladrillo le lanzó un puñetazo a la región lumbar. Intuyó el golpe y logró esquivarlo con un movimiento que le permitió salvar el riñón y evitar males mayores. Casi al mismo tiempo giró en redondo y le dio un codazo en la nariz a Muro de Ladrillo. Se oyó un crujido sobrecogedor, semejante al sonido de un nido de pájaros aplastado por un puño.

El triunfo fue transitorio. Como Myron había temido, aquellos tipos sabían lo que estaban haciendo. Pantalones de Camuflaje atacó casi al mismo tiempo, asestando un puñetazo allí donde su camarada había fallado. Myron sintió un espantoso dolor en el riñón. Le flaquearon las piernas, pero enseguida pudo recuperarse. Se inclinó hacia Muro de Ladrillo y le dio una patada por la espalda. La falta de equilibrio perjudicó su puntería. La patada fue a parar al muslo de Camuflaje. No le hizo mucho daño, pero consiguió echarlo hacia atrás. Muro de Ladrillo empezaba a recuperarse. Tanteó a ciegas y encontró el pelo de Myron. Lo agarró y tiró con fuerza de él. Myron hundió las uñas en los sensibles espacios que hay entre los nudillos. Muro de Ladrillo chilló. Pantalones de Camuflaje volvió a la carga. Golpeó a Myron en el estómago. Dolió. Muchísimo. Myron comprendió que las cosas se estaban poniendo complicadas. Hincó una rodilla en tierra y dirigió la mano hacia la entrepierna de Muro de Ladrillo con un movimiento certero. A Muro de Ladrillo los ojos casi se le salieron de las órbitas. Se desplomó como si hubiera estado sentado sobre un taburete y de repente se lo hubieran quitado. Pantalones de Camuflaje asestó un golpe seco en la sien de Myron, que a punto estuvo de perder el conocimiento. Recibió otro puñetazo. Sus ojos empezaron a desenfocarse. Intentó incorporarse, pero las piernas no le respondieron. Sintió una patada en las costillas. El mundo empezó a desvanecerse.

—¡Eh!, ¿qué está pasando ahí? ¡Eh, ustedes!

—¡Basta! ¿Qué demonios pasa?

A pesar de su estado de semiinconsciencia, Myron reconoció aquellas voces. Eran Joe y Bone, los del bar. Myron aprovechó la oportunidad para escabullirse a cuatro patas. No hubiera sido necesario. Pantalones de Camuflaje ya había ayudado a Muro de Ladrillo a ponerse en pie. Los dos huyeron.

Joe y Bone se acercaron a toda prisa y se interesaron por Myron.

—¿Está bien? —preguntó Joe.

Myron asintió.

—No se olvide de enviarnos la foto con su autógrafo. Cousin Brucie nunca la envió.

—Les enviaré dos —prometió Myron.

8

Convenció a Joe y a Bone de que no llamaran a la poli. No tuvo que esforzarse mucho. A casi nadie le gusta verse involucrado en asuntos que requieren la intervención de la policía. Ayudaron a Myron a subir a un taxi. El conductor, en una clara muestra de mestizaje, llevaba puesto un turbante y escuchaba música country. Myron dio la dirección de Jessica en el Soho y se derrumbó sobre el asiento roto. Afortunadamente, el chófer no parecía tener mucho interés por conversar.

Myron examinó mentalmente su cuerpo. Al parecer no tenía nada roto. Como máximo, algunas costillas contusionadas, y eso podría superarlo. El dolor de cabeza era otro tema. Un comprimido de Tylenol con codeína lo ayudaría a dormir; por la mañana tomaría Advil o algo más fuerte. No se puede hacer nada para combatir un traumatismo craneal, únicamente concederle tiempo y controlar el dolor.

Jessica le recibió en bata, en la puerta. Myron sintió que le faltaba el aliento; solía pasarle a menudo cuando estaba ante ella. Jessica omitió las reprimendas; llenó la bañera, lo ayudó a desnudarse y se coló detrás de él. El agua sobre la piel le proporcionó una sensación muy placentera. Se reclinó sobre Jessica mientras ésta le envolvía la cabeza con paños. Exhaló un profundo suspiro de alivio y felicidad.

—¿Cuándo fuiste a la Facultad de Medicina? —preguntó.

—¿Te sientes mejor? —contestó Jessica al tiempo que le daba un beso en la mejilla.

—Sí, doctora. Mucho mejor.

—¿Quieres explicarme qué ha pasado?

Myron así lo hizo. Ella escuchó en silencio, mientras le hacía masajes en las sienes con las yemas de los dedos. Aquellas manos eran un verdadero bálsamo. Myron supuso que seguramente había mejores cosas en la vida que estar en aquella bañera, apoyado en la mujer amada, pero no se le ocurrió ninguna. El dolor empezó a remitir.

—¿Quiénes crees que eran? —preguntó Jessica.

—Ni idea —contestó Myron—. Imagino que matones a sueldo.

—¿Querían saber dónde está Greg?

—Eso parece.

—Si dos matones así me estuvieran buscando, yo también desaparecería.

Aquel argumento también había cruzado por la mente de Myron.

—Sí.

—¿Cuál va a ser tu próximo paso?

Myron sonrió y cerró los ojos.

—¿Cómo? ¿No hay sermones? ¿No vas a decirme que es excesivamente peligroso?

—Demasiados tópicos. Además, eso no es todo.

—¿Qué quieres decir?

—Hay algo que aún no me has contado.

—Yo...

Ella apoyó un dedo sobre sus labios.

—Sólo dime qué piensas hacer a continuación.

Myron se recostó. Era aterradora la facilidad con que ella adivinaba sus pensamientos.

—Tendré que empezar a hablar con ciertas personas.

—¿Por ejemplo?

—Su agente. Su compañero de cuarto, un tipo llamado Leon White. Emily.

—Emily. ¿No fue novia tuya en la universidad?

—Eso es —dijo Myron. Se imponía un rápido cambio de tema, antes de que empezara a leerle el pensamiento otra vez—. ¿Cómo ha ido la velada con Audrey?

—Muy bien. Hablamos casi todo el rato de ti.

—¿Y qué dijisteis?

Jessica empezó a acariciarle el pecho. Poco a poco, el tacto dejó de ser meramente balsámico. Las yemas de sus dedos recorrían su pecho como una pluma. Suave. Demasiado suave. Como Perlman cuando toca el violín.

—Eh, Jess.

Ella le hizo callar.

—Tu culo —dijo en voz baja.

—¿Mi culo?

—Sí, de eso estuvimos hablando. —Para subrayar sus palabras, le rodeó una nalga con la mano—. Hasta Audrey tuvo que admitir, mientras corrías por la pista, que estabas para comerte.

—También tengo una mente —protestó Myron—. Un cerebro. Sentimientos.

Jessica bajó la boca hasta su oreja. Cuando sus labios tocaron el lóbulo, Myron sintió un escalofrío.

—¿A quién le importan? —susurró ella.

—Eh, Jess...

—Shhhh —dijo ella, mientras la otra mano bajaba por su pecho—. Yo soy la doctora, ¿recuerdas?

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