Читать книгу: «Ni una palabra»

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Título original: Hold tightz

© Harlan Coben, 2008

© traducción de Esther Roig, 2009

© de esta edición digital: RBA Libros, S.A., 2013.

Avda. Diagonal, 189 - 08018 Barcelona.

www.rbalibros.com

REF.: OEBO299

ISBN: 978-84-9006-772-7

Conversión a libro electrónico: Víctor Igual, S. L.

Queda rigurosamente prohibida sin autorización por escrito del editor cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra, que será sometida a las sanciones establecidas por la ley. Todos los derechos reservados.

Índice

Portada

Créditos

Dedicatoria

NOTA DEL AUTOR

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AGRADECIMIENTOS

Notas

En memoria de los cuatro abuelos de mis hijos:

Carl y Corky Coben

Jack y Nancy Armstrong

Os echamos mucho de menos a todos

NOTA DEL AUTOR

La tecnología utilizada en este libro es real. No sólo es real, sino que el programario y el equipo descrito están en venta y al alcance de todos. Los nombres de los productos se han cambiado, pero, vaya, ¿a quién va a detener esto?

1

Marianne jugueteaba con su tercer chupito de Cuervo, maravillándose de su infinita capacidad para destruir todo lo bueno que podía haber en su lastimosa vida, cuando el hombre que estaba a su lado gritó:

—¡Oye, preciosa, el creacionismo y la evolución son perfectamente compatibles!

La saliva del hombre acabó en el cuello de Marianne. Ella hizo una mueca y lanzó una rápida mirada al hombre. Llevaba un gran bigote poblado que parecía salido de una película pornográfica de los setenta. Estaba sentado a la derecha de Marianne. La rubia oxigenada con los cabellos encrespados a quien intentaba impresionar con aquella charla tan estimulante estaba sentada a su izquierda. Marianne era el desafortunado embutido de aquel malogrado sándwich.

Intentó ignorarlos. Contempló su vaso como si fuera un diamante que estuviera evaluando para un anillo de compromiso. Marianne tenía la esperanza de que esto hiciera desaparecer al hombre del bigote y a la mujer de cabellos pajizos. Pero no fue así.

—Estás loco —dijo Pelopaja.

—Tú escúchame.

—De acuerdo. Te escucho. Pero creo que estás loco.

—¿Queréis cambiar de taburete, para poder estar al lado? —preguntó Marianne.

Bigotes le puso una mano en el brazo.

—Quieta, guapa, quiero que tú también lo oigas.

Marianne iba a protestar, pero decidió que sería mejor no hacerlo. Volvió a mirar su bebida.

—Veamos —siguió Bigotes—, sabes lo de Adán y Eva, ¿no?

—Claro —dijo Pelopaja.

—¿Te lo tragas?

—¿Lo de que él fue el primer hombre y ella la primera mujer?

—Así es.

—Ni hablar. ¿Y tú?

—Sí, ya lo creo. —Se acarició el bigote como si éste fuera un pequeño roedor que necesitara amor—. La Biblia cuenta lo que pasó. Primero fue Adán y después Eva, a quien crearon con una de sus costillas.

Marianne bebió. Bebía por muchas razones. La mayoría de las veces lo hacía para divertirse. Había estado en demasiados sitios parecidos a éste, intentando enrollarse con alguien y esperando que hubiera algo más. Sin embargo, esa noche, la idea de marcharse con un hombre no le interesaba en absoluto. Bebía para aturdirse y le estaba funcionando. En cuanto se soltó, la cháchara insustancial la distrajo. Le ayudó a aliviar el dolor.

Había metido la pata.

Como siempre.

Su vida había sido una carrera para alejarse de todo lo que fuera virtuoso y honesto, a la búsqueda del siguiente chute imposible de obtener, un estado perpetuo de aburrimiento interrumpido por subidones lastimosos. Marianne había destruido algo bueno y cuando lo intentó recuperar, volvió a meter la pata.

En el pasado hizo daño a los más cercanos a ella. Era como un club exclusivo para aquellos a los que mutilar emocionalmente: las personas a las que amaba. Pero ahora, gracias a su reciente mezcla de idiotez y egoísmo, podía añadir a perfectos desconocidos a la lista de víctimas de la Masacre Marianne.

Por algún motivo, hacer daño a desconocidos parecía peor. Todos hacemos daño a los que amamos, ¿no? Pero era mal karma hacer daño a inocentes.

Marianne había destruido una vida. Tal vez más de una.

¿Para qué?

Para proteger a su hija. Eso era lo que había creído.

Imbécil.

—Veamos —siguió Bigotes—, Adán engendró a Eva o como sea que se diga.

—Vaya mierda sexista —dijo Pelopaja.

—Pero palabra de Dios.

—Que la ciencia ha refutado.

—Espera un momento, guapa. Escucha. —Levantó la mano derecha—. Tenemos a Adán —levantó la mano izquierda— y tenemos a Eva. Tenemos el Jardín del Edén, ¿de acuerdo?

—De acuerdo.

—Adán y Eva tienen dos hijos. Caín y Abel. Y entonces Abel mata a Caín.

—Caín mata a Abel —corrigió Pelopaja.

—¿Estás segura? —Frunció el ceño, pensando. Después sacudió la cabeza—. Bueno, da igual. Uno de los dos muere.

—Abel muere. Caín lo mata.

—¿Estás segura?

Pelopaja asintió.

—Bueno, entonces sólo tenemos a Caín. Y la pregunta es: ¿con quién se reprodujo Caín? Veamos, la única mujer disponible es Eva y se está haciendo mayor. ¿Cómo sobrevivió la humanidad?

Bigotes calló, como si esperara un aplauso. Marianne levantó los ojos al cielo.

—¿Entiendes el dilema?

—Quizá Eva tuvo otro hijo. Una chica.

—¿Así que tuvo relaciones con su hermana? —preguntó Bigotes.

—Por supuesto. En aquella época, todos tenían relaciones con todos, ¿o no? Adán y Eva fueron los primeros. Tuvo que haber varios incestos.

—No —dijo Bigotes.

—¿No?

—La Biblia prohíbe el incesto. La respuesta está en la ciencia. A eso me refiero. A que la ciencia y la religión pueden coexistir. Se trata de Darwin y su teoría de la evolución.

Pelopaja parecía sinceramente interesada.

—¿Cómo?

—A ver. Según los darwinistas, ¿de dónde descendemos?

—De los primates.

—Exacto, monos, simios o lo que sea. En fin, a Caín lo echan y deambula solo por este maravilloso planeta. ¿Me sigues?

Bigotes tocó el brazo de Marianne, asegurándose de que le prestaba atención. Ella se volvió lentamente en su dirección. Sin el bigote porno, pensó, se podría aguantar.

Marianne se encogió de hombros.

—Te sigo.

—Bien. —El hombre sonrió y arqueó una ceja—. Y Caín es un hombre, ¿no?

Pelopaja quería recuperar protagonismo.

—Sí.

—Con necesidades masculinas normales, ¿no?

—Sí.

—Pues él va deambulando por ahí y siente la entrepierna. Sus necesidades naturales. Y un día, mientras cruza un bosque —otra sonrisa, otro mimo al bigote—, Caín tropieza con una mona atractiva. O gorila. U orangután.

Marianne le miró.

—¿Estás de broma o qué?

—No. Piensa un momento. Caín reconoce algo en la familia de monos. Son los más cercanos a los humanos, ¿no? Elige a una de las hembras y... bueno, eso. —Une las manos en silencioso aplauso por si ella no se había enterado—. Y entonces la primate queda embarazada.

—Qué barbaridad —dijo Pelopaja.

Marianne volvió su atención a la bebida, pero el hombre le tocó de nuevo el brazo.

—¿No ves que tiene sentido? El primate tiene una cría. Medio simio, medio hombre. Es como un simio, pero lentamente, con el tiempo, el dominio humano pasa a primer plano. ¿Lo ves? ¡Voilà! La evolución y el creacionismo se unen.

Sonrió como si esperara una estrella dorada.

—A ver si me aclaro —intervino Marianne—. ¿Dios está en contra del incesto, pero a favor de la bestialidad?

El hombre del bigote le dio una palmadita condescendiente en el hombro.

—Lo que yo intento explicar es que todos esos pedantes titulados en ciencias que creen que la religión no es compatible con la ciencia carecen de imaginación. Ahí está el problema. Los científicos sólo miran a través del microscopio. Los religiosos sólo miran las palabras escritas en la página. Tanto a unos como a otros los árboles les impiden ver el bosque.

—El bosque —dijo Marianne—. ¿No será el mismo bosque de la mona guapa?

El ambiente cambió en ese momento. O quizá fueron imaginaciones de Marianne. Bigotes dejó de hablar. La miró un buen rato. A Marianne no le hizo gracia. Había algo diferente. Algo fuera de lugar. Tenía los ojos negros, como un vidrio opaco, como si se los hubieran metido a la fuerza, como si no tuvieran vida. Parpadeó y después se acercó más.

La estudió.

—Vaya, cariño. ¿Has estado llorando?

Marianne se volvió a mirar a la mujer de los cabellos pajizos. Ella también la miró.

—Tienes los ojos rojos —siguió el hombre—. No pretendo entrometerme, pero ¿va todo bien?

—Perfectamente —dijo Marianne. Le pareció que arrastraba un poco la voz—. Sólo quiero beber en paz.

—Por supuesto, ya lo veo. —Levantó las manos—. No pretendía molestar.

Marianne mantuvo la mirada fija en su bebida. Esperó ver movimiento de reojo. No pasó nada. El hombre del bigote seguía de pie a su lado.

Tomó un largo sorbo. El camarero limpió una taza con la misma habilidad del que lleva muchos años haciendo lo mismo. Marianne casi esperaba verle escupir dentro, como en el lejano Oeste. Las luces eran tenues. Detrás de la barra estaba colgado el típico espejo oscuro y antiestético para espiar a los demás clientes en una luz brumosa y más halagadora.

Marianne miró al hombre del bigote en el espejo.

Él le devolvió la mirada con hostilidad. Ella se quedó mirando fijamente aquellos ojos, incapaz de moverse.

La hostilidad pronto se convirtió en sonrisa, y Marianne sintió un escalofrío en la nuca. Le observó volviéndose para marcharse y, cuando salió, soltó un suspiro de alivio.

Sacudió la cabeza. Caín reproduciéndose con un simio... sí, claro.

Marianne buscó la bebida. Le tembló en la mano. Bonita distracción esa teoría estúpida, pero su cabeza no podía mantenerse alejada de los malos pensamientos mucho tiempo.

Pensó en lo que había hecho. ¿Realmente parecía tan buena idea en aquel momento? ¿Lo había pensado bien: el coste personal, las consecuencias para los demás, las vidas que cambiaría para siempre?

Probablemente no.

Había habido perjudicados. Había habido injusticia. Había habido rabia ciega. Había habido deseo ardiente y primitivo de venganza. Y todo aquel rollo bíblico (o evolucionista, claro) del «ojo por ojo»... ¿Cómo llamarían a lo que había hecho?

Represalia masiva.

Cerró los ojos y se los frotó. Su estómago gruñó. Sería el estrés. Abrió los ojos. Ahora la barra parecía más oscura. La cabeza le daba vueltas.

Era demasiado temprano para eso.

¿Cuánto había bebido?

Se agarró a la barra, como se suele hacer en noches como ésa, cuando te tumbas después de beber demasiado y la cama empieza a girar y tienes que agarrarte para que la fuerza centrífuga no te lance por la ventana más cercana.

El gruñido del estómago se agudizó. Entonces abrió del todo los ojos. Un rayo de dolor le atravesó el abdomen. Marianne abrió la boca, pero no le salió el grito: un dolor cegador la mantenía en silencio. Se dobló sobre sí misma.

—¿Te encuentras bien?

Era la voz de Pelopaja. Sonaba muy lejos. El dolor era espantoso. El peor que Marianne había sentido jamás, al menos desde el parto. El parto es una prueba de Dios. Esa criatura a la que amarás y cuidarás más que a ti misma, cuando llegue, te causará un dolor físico que ni siquiera puedes imaginar.

Bonita manera de empezar una relación, ¿no?

A saber lo que deduciría Bigotes de esto.

Unas cuchillas de afeitar —así era como lo sentía— se le clavaban en las entrañas como si pugnaran por salir. Todo pensamiento racional desapareció. El dolor la consumía. Incluso olvidó lo que había hecho, el daño que había causado, no sólo ahora, hoy, sino a lo largo de su vida. Sus padres habían envejecido y se habían marchitado por culpa de su despreocupación adolescente. Su primer marido había quedado destrozado por sus constantes infidelidades, su segundo marido por la forma en que lo trató, y después su hija, las pocas personas que la habían considerado su amiga más de unas pocas semanas, los hombres que utilizaba antes de que la utilizaran a ella...

Los hombres. Tal vez esto también era una forma de represalia. Hiérelos antes de que te hieran.

Estaba segura de que iba a vomitar.

—Baño —logró decir.

—Te llevo.

Otra vez Pelopaja.

Marianne sintió que caía del taburete. Unas manos fuertes la cogieron por las axilas y la incorporaron. Alguien —Pelopaja— la acompañó al fondo. Andó a trompicones hacia el servicio. Sentía la garganta inverosímilmente seca. El dolor en el estómago le impedía ponerse derecha.

Aquellas manos fuertes la guiaban. Marianne mantenía los ojos fijos en el suelo. Oscuridad. Sólo veía sus propios pies arrastrándose, apenas alzándose del suelo. Intentó levantar la cabeza, vio la puerta del servicio delante, se preguntó si llegaría algún día. Llegó.

Y siguió avanzando.

Pelopaja seguía sosteniéndola por las axilas. Empujó a Marianne más allá de la puerta del servicio. Marianne intentó frenar. Su cerebro no obedeció la orden. Intentó gritar, decirle a su salvadora que se habían pasado de largo, pero la boca tampoco le funcionaba.

—Por aquí —susurró la mujer—. Será mejor.

—¿Mejor?

Sintió que la mujer empujaba su cuerpo contra la palanca de metal de una puerta de emergencia. La puerta se abrió. Era la salida de atrás. Era lógico, se imaginó Marianne. ¿Para qué ensuciar el baño? Era mejor devolver en un callejón y tomar el aire. El aire fresco le sentaría bien. El aire fresco le haría sentirse mejor.

La puerta se abrió del todo, golpeando contra la pared exterior con fuerza. Marianne salió dando un traspié. El aire le sentó bien. Pero no de maravilla. El dolor seguía allí. Aunque el frío en la cara fue muy agradable.

Entonces fue cuando vio la furgoneta.

La furgoneta era blanca con las ventanas tintadas. Las puertas traseras estaban abiertas, como una boca esperando tragársela toda. Y de pie, junto a las puertas, cogiendo a Marianne y empujándola hacia dentro, estaba el hombre del bigote poblado.

Marianne intentó echarse atrás, sin obtener ningún resultado.

Bigotes la lanzó como si fuera un saco de serrín. Marianne aterrizó en el suelo de la furgoneta dando un golpe seco. Él entró, cerró las puertas y se colocó de pie junto a ella. Marianne se acurrucó en posición fetal. Todavía le dolía el estómago, pero el miedo se estaba imponiendo.

El hombre se estiró el bigote y le sonrió. La furgoneta se puso en marcha. Pelopaja debía de estar al volante.

—Hola, Marianne —dijo él.

Ella no podía moverse, no podía respirar. Él se sentó a su lado, echó atrás un puño y la golpeó con fuerza en el estómago.

Si antes le dolía, ahora el dolor entró en otra dimensión.

—¿Dónde está la cinta? —preguntó.

Y entonces empezó a hacerle daño en serio.

2

—¿Estáis seguros de que queréis hacerlo?

Hay veces que sales corriendo por un precipicio. Es como en uno de esos dibujos animados de los Looney Tunes, en que el Coyote corre a toda velocidad y sigue corriendo incluso después de haber sobrepasado el precipicio y entonces se para, mira hacia abajo y sabe que se desplomará sin que pueda hacer nada por impedirlo.

Pero a veces, prácticamente siempre, no está tan claro. Está oscuro y tú estás cerca del borde del precipicio, pero te mueves lentamente, porque no estás seguro de la dirección que estás tomando. Tus pasos son decididos, pero siguen siendo pasos a ciegas en la noche. No te das cuenta de lo cerca que estás del borde, de que la tierra blanda puede ceder, de que puedes resbalar un poco y hundirte de golpe en la oscuridad.

Fue entonces cuando Mike supo que él y Tia estaban en aquel borde, cuando aquel instalador, aquel joven tan moderno, con rastas, los brazos esmirriados llenos de tatuajes y las uñas sucias y largas, los miró y les planteó la maldita pregunta en un tono demasiado siniestro para su edad.

¿Estáis seguros de que queréis hacerlo...?

Ninguno de ellos debería estar en aquella habitación. Mike y Tia Baye (pronunciado bye como en goodbye) estaban en su propia casa, eso sí, una típica mansión de un barrio residencial de Livingston, pero aquel dormitorio se había convertido en territorio enemigo para ellos y absolutamente prohibido. Mike se fijó en que todavía quedaba una cantidad asombrosa de restos del pasado. Los trofeos de hockey seguían allí, aunque antes presidían la habitación y ahora parecían acobardados en la parte posterior del estante. Los pósteres de Jaromir Jagr y su héroe favorito más reciente, Chris Drury, seguían en su sitio, pero estaban descoloridos por el sol o quizá por la falta de atención.

Mike se perdió en sus recuerdos. Recordó a su hijo Adam cuando leía Goosebumps[1] y el libro de Mike Lupica sobre los atletas infantiles que alcanzaban metas imposibles. Solía estudiar la página de deportes como un estudioso del Talmud, sobre todo los resultados de hockey. Escribía a sus jugadores preferidos para pedirles autógrafos y los colgaba en la pared con pegamento. Cuando iban al Madison Square Garden, Adam insistía en esperar en la salida de jugadores de la calle 32, cerca de la Octava Avenida, para que le firmaran los discos con los que jugaba.

Todo aquello se había esfumado, si no de aquella habitación, sí de la vida de su hijo.

Adam había superado aquellas cosas. Era normal. Ya no era un niño, sino apenas un adolescente que avanzaba demasiado rápido y con demasiada fuerza hacia la edad adulta. Sin embargo, la habitación parecía evitar seguirle el ritmo. Mike se preguntó si sería una especie de vínculo con el pasado para su hijo, si Adam encontraría consuelo en su niñez. Quizá una parte de Adam seguía anhelando aquellos días en que deseaba ser médico, como su querido padre, cuando Mike era el héroe de su hijo.

Pero sólo eran ilusiones.

El instalador enrollado —Mike no recordaba su nombre, Brett, o algo por el estilo— repitió la pregunta:

—¿Estáis seguros?

Tia tenía los brazos cruzados. Su expresión era severa: no albergaba ninguna duda. A Mike le pareció mayor, pero no por esto menos hermosa. No hubo duda en su voz, sólo un indicio de exasperación.

—Sí, estamos seguros.

Mike no dijo nada.

La habitación de su hijo estaba bastante oscura porque sólo estaba encendido el flexo de la mesa. Hablaban en susurros, a pesar de que no corrían peligro de que les oyeran. Jill, su hija de once años, estaba en la escuela. Adam, su hijo de dieciséis, estaba en una excursión de dos días del instituto. No quería ir, por supuesto —para él, ahora estas cosas eran un «rollazo»—, pero era obligatorio y asistirían incluso los menos aplicados de sus amigos poco aplicados, de modo que podrían quejarse de aburrimiento todos a una.

—¿Entendéis cómo funciona?

Tia asintió en perfecta comunión con la sacudida negativa de cabeza de Mike.

—El programa registrará todo lo que vuestro hijo teclee —dijo Brett—. Al acabar el día, la información se archiva y se os envía un correo informativo. Podréis verlo todo, todas las webs que visite, todos los correos que mande o que reciba, todos los mensajes instantáneos. Si Adam hace un PowerPoint o crea un documento de Word, también lo veréis. Todo. Podéis seguirlo en tiempo real si queréis. Sólo tenéis que clicar sobre esta opción.

Señaló un pequeño icono con las palabras ¡ESPÍA EN TIEMPO REAL! en un rojo llamativo. Los ojos de Mike se pasearon por la habitación. Los trofeos de hockey se burlaban de él. A Mike le sorprendía que Adam no los hubiera guardado. Mike había jugado al hockey universitario en Dartmouth. Le contrataron los New York Rangers, jugó para su equipo de Hartford un año y llegó a jugar en dos partidos de la Liga Nacional. Había transmitido su amor por el hockey a Adam, que había empezado a patinar a los tres años. Empezó de portero en el hockey júnior. La portería oxidada seguía fuera, en la entrada, con la red rasgada por las inclemencias del tiempo. Mike había pasado muchos buenos momentos lanzando discos a su hijo. Adam había sido buenísimo —con posibilidades aseguradas en el deporte universitario—, pero hacía seis meses lo había dejado.

Así, sin más. Adam dejó el palo, las protecciones y la máscara y dijo que estaba harto.

¿Fue entonces cuando empezó?

¿Fue aquella la primera señal de su declive, de su retraimiento? Mike intentó que no le afectara la decisión de su hijo, intentó no ser como esos padres entrometidos que parecían igualar la capacidad deportiva con el éxito en la vida, pero la verdad era que el abandono de Adam había dolido mucho a Mike.

Pero a Tia le había dolido más.

—Le estamos perdiendo.

Mike no estaba tan seguro. Adam había sufrido una gran tragedia —el suicidio de un amigo— y sin duda estaba pasando por una fase de angustia adolescente. Estaba taciturno y silencioso. Pasaba todo el tiempo en su habitación, básicamente ante aquel viejo ordenador, jugando a juegos de fantasía o enviando mensajes instantáneos o quién sabe qué. Pero ¿no era esto lo que hacían casi todos los adolescentes? Apenas hablaba con sus padres, casi no respondía, y cuando lo hacía, era con gruñidos. Pero ¿esto también era tan raro?

Esta vigilancia había sido idea de ella. Tia era abogada penalista en Burton y Crimstein, de Manhattan. En uno de los casos en los que había trabajado había tratado con un blanqueador de dinero llamado Pale Haley. A Haley lo había atrapado el FBI espiando su correspondencia por Internet.

Brett, el instalador, era el informático del gabinete de Tia. Mike se quedó mirando las uñas sucias de Brett, las uñas que estaban tocando el teclado de Adam. Era esto en lo que Mike no dejaba de pensar. Aquel chico de uñas asquerosas estaba en la habitación de su hijo y estaba utilizando la posesión más preciada de Adam.

—Acabo enseguida —dijo Brett.

Mike había visitado el sitio de E-SpyRight Web y había visto el primer reclamo en grandes letras en negrita:

¿LOS PEDERASTAS ABORDAN A SUS HIJOS?

¿SUS EMPLEADOS LES ROBAN?

Y entonces, en letras más grandes y más negras, el argumento que había sostenido Tia:

¡TIENE DERECHO A SABERLO!

El sitio incluía testimonios:

«Su producto salvó a mi hija de la peor pesadilla de un padre, ¡un depredador sexual! ¡Gracias, E-SpyRight!»

Bob - Denver, CO

«Descubrí que mi empleado de más confianza robaba en mi oficina. ¡No podría haberlo hecho sin su programa!»

Kevin - Boston, MA

Mike se había resistido.

—Es nuestro hijo —había dicho Tia.

—Ya lo sé. ¿Te crees que no lo sé?

—¿No estás preocupado?

—Por supuesto que lo estoy. Y aun así...

—¿Aun así qué? Somos sus padres. —Y entonces, como si releyera el anuncio, dijo—: Tenemos derecho a saber.

—¿Tenemos derecho a invadir su intimidad?

—¿A protegerlo? Sí. Es nuestro hijo.

Mike sacudió la cabeza.

—No sólo tenemos derecho —dijo Tia, acercándose más a él—. Tenemos esta responsabilidad.

—¿Tus padres sabían todo lo que hacías?

—No.

—¿Y todo lo que pensabas? ¿Todas las conversaciones que mantenías con tus amigos?

—No.

—Pues esto es de lo que estamos hablando.

—Piensa en los padres de Spencer Hill —contraatacó ella.

Esto hizo callar a Mike. Se miraron.

—Si pudieran volver a empezar —dijo Tia—, si Betsy y Ron recuperaran a Spencer...

—No puedes hacer eso, Tia.

—No, escúchame. Si tuvieran que empezar de nuevo, si Spencer estuviera vivo, ¿no crees que desearían haberlo vigilado más de cerca?

Spencer Hill, un compañero de clase de Adam, se había suicidado hacía cuatro meses. Fue aterrador, evidentemente, y había afectado mucho a Adam y a sus compañeros. Mike se lo recordó a Tia.

—¿No crees que esto puede explicar el comportamiento de Adam?

—¿El suicidio de Spencer?

—Por supuesto.

—Hasta un cierto punto, sí. Pero tú sabes que ya estaba cambiando. Esto sólo ha acelerado las cosas.

—Podría ser que dándole un poco de tiempo...

—No —dijo Tia, en un tono que cerraba toda posibilidad de debate—. Esa tragedia puede que haga más comprensible el comportamiento de Adam, pero no lo hace menos peligroso. En realidad, todo lo contrario.

Mike se lo pensó.

—Deberíamos decírselo —dijo.

—¿Qué?

—Decirle que estamos vigilando su comportamiento en la red.

Ella hizo una mueca.

—¿Para qué?

—Para que sepa que le vigilamos.

—Esto no es como ponerte un coche patrulla detrás para que no corras.

—Es exactamente esto.

—Entonces hará lo mismo pero en casa de un amigo o utilizará un cibercafé o vete a saber.

—¿Y qué? Tenemos que decírselo. Adam introduce sus pensamientos íntimos en ese ordenador.

Tia dio un paso adelante y le puso una mano en el pecho. Incluso ahora, después de tantos años, su contacto seguía produciendo efecto en él.

—Está metido en algún lío, Mike —dijo—. ¿Es que no lo ves? Tu hijo tiene problemas. Puede que beba o que tome drogas o quién sabe qué. Deja de esconder la cabeza bajo el ala.

—No escondo la cabeza en ninguna parte.

La voz de Tia era casi suplicante.

—Tú quieres el camino fácil. ¿Qué esperas? ¿Que Adam lo supere con el tiempo?

—No es lo que estoy diciendo. Pero piénsalo bien. Esto es tecnología nueva. Él pone sus pensamientos y emociones secretas aquí dentro. ¿Te habría gustado que tus padres lo supieran todo de ti?

—Ahora el mundo es diferente —dijo Tia.

—¿Estás segura de esto?

—¿Qué mal hacemos? Somos sus padres. Queremos lo mejor para él.

Mike volvió a sacudir la cabeza.

—No querrás saber todos los pensamientos de una persona —dijo—. Hay cosas que es mejor que sean privadas.

Ella le cogió la mano.

—¿Te refieres a un secreto?

—Sí.

—¿Estás diciendo que todos tienen derecho a tener secretos?

—Por supuesto que lo tienen.

Ella le miró de una forma curiosa y a él no le gustó.

—¿Tienes secretos? —preguntó ella.

—No me refería a mí.

—¿Tienes secretos que no me cuentas? —insistió Tia.

—No. Pero tampoco quiero que conozcas todos mis pensamientos.

—Y yo no quiero que tú conozcas los míos.

Los dos se detuvieron aquí, antes de que ella se echara un poco hacia atrás.

—Pero si he de elegir entre proteger a mi hijo o respetar su intimidad —dijo Tia—, pienso protegerlo.

La discusión —Mike no quería clasificarla de pelea— duró un mes. Mike intentó volver a ganarse a su hijo. Invitó a Adam al centro comercial, al salón recreativo, incluso a conciertos. Adam rechazó todas sus invitaciones. Estaba fuera de casa a todas horas, por mucho que le pusieran una hora límite de llegada. Dejó de presentarse a la hora de la cena. Sus notas se resintieron. Lograron que fuera a una visita con un terapeuta, quien consideró que podía tratarse de una depresión. Propuso que se le medicara, pero primero quería volver a ver a Adam. Él se negó de plano.

Cuando insistieron para que volviera a ver al terapeuta, Adam estuvo fuera de casa dos días. No contestaba al móvil. Mike y Tia estaban fuera de sí. Al final resultó que se había escondido en casa de unos amigos.

—Le estamos perdiendo —había insistido Tia.

Y Mike no dijo nada.

—Al fin y al cabo, sólo somos los cuidadores, Mike. Los tenemos un tiempo y después se van a vivir su vida. Quiero que siga con vida y sano hasta que le dejemos marchar. El resto será cosa de él.

Mike asintió.

—De acuerdo, entonces.

—¿Estás seguro? —preguntó Tia.

—No.

—Yo tampoco. Pero no dejo de pensar en Spencer Hill.

Mike volvió a asentir.

—¿Mike?

Él la miró y ella le sonrió a su manera maliciosa, la sonrisa que él había visto por primera vez un día frío de otoño en Dartmouth. Aquella sonrisa se había incrustado en el corazón de Mike y había permanecido allí.

—Te quiero —dijo Tia.

—Yo también te quiero.

Y después de esto decidieron que espiarían a su hijo mayor.

3

Al principio no había habido ningún mensaje instantáneo o correo realmente dañino o sospechoso. Pero esto cambió de repente tres semanas después.

Sonó el intercomunicador en el cubículo de Tia.

—Ven a mi oficina enseguida —dijo una voz áspera.

Era Hester Crimstein, la gran jefa de su bufete. Hester siempre convocaba a sus subordinados personalmente, nunca lo delegaba a su ayudante. Y siempre parecía un poco mosqueada, como si ya tuvieras que saber que deseaba verte y debieras materializarte mágicamente sin hacerle perder el tiempo a ella con el intercomunicador.

Hacía seis meses, Tia había vuelto a trabajar de abogada para el bufete de abogados de Burton y Crimstein. Burton había muerto hacía años. Crimstein, la afamada y muy temida abogada Hester Crimstein, estaba muy viva y en forma. Era internacionalmente conocida como especialista en temas penales e incluso tenía un programa propio en el canal de telerrealidad truTV con el ingenioso nombre de Crimstein contra el Crimen.

Hester Crimstein gritó por el intercomunicador con su brusquedad habitual:

—¡Tia!

—Voy.

Tia guardó el informe de E-SpyRight en el cajón de arriba y bajó por el pasillo de despachos acristalados con vistas a un lado, el de los socios séniores, y cubículos sin ventilación al otro. Burton y Crimstein tenía un sistema de castas con una soberana al mando. Había socios séniores, sin duda, pero Hester Crimstein no permitía que ninguno de ellos añadiera su nombre a la cabecera.

Tia llegó al espacioso despacho de la esquina. La ayudante de Hester apenas levantó la cabeza cuando ella pasó por delante. La puerta del despacho de Hester estaba abierta. Casi siempre lo estaba. Tia se paró y golpeó la pared junto a la puerta.

Hester paseaba arriba y abajo. Era una mujer menuda, pero no parecía pequeña. Parecía compacta y fuerte y más bien peligrosa. A Tia no le parecía que paseara en realidad, sino que acechara. Desprendía calor, una sensación de poder.

—Necesito que hagas una deposición en Boston el sábado —dijo sin preámbulos.

Tia entró en el despacho. Los cabellos de Hester siempre estaban encrespados y los llevaba teñidos de un color rubio apagado. Lograba dar la sensación de estar al mismo tiempo hostigada y totalmente serena. Algunas personas exigen atención, Hester Crimstein era como si te agarrara de las solapas, te sacudiera y te obligara a mirarla a los ojos.

—Claro, por supuesto —dijo Tia—. ¿De qué caso?

—Beck.

Tia lo conocía.

—Éste es el expediente. Llévate al especialista en informática. El chico de la postura espantosa y los tatuajes que dan pesadillas.

—Brett —dijo Tia.

—Sí, ése. Quiero que revise el ordenador personal de este hombre.

Hester le entregó el expediente y siguió paseando.

Tia lo miró.

—Es el testigo del bar, ¿no?

—Así es. Coge un avión mañana. Vete a casa y estúdialo.

—De acuerdo, como quieras.

Hester paró de caminar.

—¿Tia?

Tia estaba hojeando el expediente. Intentaba centrarse en el caso, en Beck, en la deposición y en la posibilidad de ir a Boston. Pero el maldito informe de E-SpyRight no paraba de darle la lata. Miró a su jefa.

—¿Estás pensando en algo? —preguntó Hester.

—Sólo en esta deposición.

Hester frunció el ceño.

—Bien. Porque este tipo es un montón de mierda mentirosa. ¿Me comprendes?

—Mierda mentirosa —repitió Tia.

—Sí, señora. Está claro que no vio lo que dice que vio. No es posible. ¿Me entiendes?

—¿Y quieres que lo demuestre?

—No.

—¿No?

—Más bien lo contrario.

Tia frunció el ceño.

—No te entiendo. ¿No quieres que demuestre que es un borrico mentiroso?

—Así es.

Tia se encogió de hombros.

—¿Te importa explicarte?

—Me encantaría. Quiero que te sientes con él, le sonrías y le hagas millones de preguntas. Quiero que te pongas algo ajustado y más bien corto. Quiero que le sonrías como si fuera una primera cita y todo lo que diga te pareciera fascinante. No debe haber escepticismo en tu tono. Todo lo que diga es una verdad evangélica.

Tia asintió.

—Quieres que hable con total libertad.

—Sí.

—Lo quieres todo grabado. Toda la historia.

—También, sí.

—Para poder desmontar su versión en el juzgado.

Hester arqueó una ceja.

—Y con el famoso estilo Crimstein.

—De acuerdo —dijo Tia—. Entendido.

—Pienso servir sus pelotas para desayunar. Tu tarea, siguiendo con la metáfora, es comprar los víveres. ¿Puedes hacerlo?

El informe del ordenador de Adam: ¿cómo debería hacerlo? Primero llamar a Mike. Juntarse, leerlo y decidir qué hacer a continuación...

—¿Tia?

—Sí, puedo hacerlo.

Hester dejó de caminar. Dio un paso hacia Tia. Era un palmo más bajita, pero a Tia no se lo parecía.

—¿Sabes por qué te he elegido para esta tarea?

—Porque soy graduada en la Facultad de Derecho de Columbia, soy una gran abogada y en los seis meses que llevo aquí no me has dado ni un solo trabajo que no pudiera hacer un macaco.

—Pues no.

—Entonces, ¿por qué?

—Porque eres mayor.

Tia la miró.

—No me refería a esto. ¿Cuántos años tienes? ¿Cuarenta y tantos? Yo te llevo al menos diez años. Pero el resto de mis abogados júnior son críos. Querrían portarse como héroes. Creerían que pueden demostrar lo que valen.

—¿Y yo no?

Hester se encogió de hombros.

—Si lo haces, te despido.

No había nada que decir, de modo que Tia mantuvo la boca cerrada. Bajó la cabeza y miró el expediente, pero su cabeza no paraba de volver a su hijo, su maldito ordenador y aquel informe.

Hester esperó un instante. Lanzó a Tia la mirada que había desmontado a más de un testigo. Tia le sostuvo la mirada intentando que no la afectara.

—¿Por qué elegiste este bufete? —preguntó Hester.

—¿La verdad?

—Preferentemente.

—Por ti —dijo Tia.

—¿Debería sentirme halagada?

Tia se encogió de hombros.

—Me has pedido la verdad. La verdad es que siempre he admirado tu trabajo.

Hester sonrió.

—Sí. Sí, soy el no va más.

Tia esperó.

—Pero ¿por qué más?

—Esto es más o menos todo —dijo Tia.

Hester negó con la cabeza.

—Hay algo más.

—No te entiendo.

Hester se sentó en su silla. Indicó a Tia que hiciera lo mismo.

—¿Quieres que me explique otra vez?

—De acuerdo.

—Elegiste este bufete porque lo dirige una feminista. Pensaste que entendería que te hubieras tomado unos años para cuidar a tus hijos.

Tia no dijo nada.

—¿Acierto?

—Hasta cierto punto.

—Pero mira, el feminismo no tiene nada que ver con ayudar a una compañera. Se trata más de proporcionar un plano de igualdad. De dar a las mujeres opciones, no garantías.

Tia esperó.

—Tú elegiste la maternidad. No deberían castigarte por eso. Pero tampoco debería hacerte especial. En cuestión de trabajo perdiste esos años. Te saliste de la fila. Y no puedes volver al mismo sitio. Un plano de igualdad. Y si un hombre dejara el trabajo para cuidar a sus hijos, le trataríamos igual. ¿Entiendes?

Tia hizo un gesto poco comprometedor.

—Has dicho que admirabas mi trabajo —siguió Hester.

—Sí.

—Yo decidí no tener hijos. ¿Admiras eso?

—No creo que sea algo que se deba admirar o no.

—Exactamente. Y lo mismo sucede con tu elección. Yo elegí mi profesión. No me salí de la fila. Así que en cuestión de derecho, ahora estoy en el primer puesto. Pero al acabar el trabajo, no encuentro en casa a un guapo médico y una verja de madera y los dos hijos coma cuatro. ¿Entiendes lo que te digo?

—Sí.

—Espléndido. —Los orificios nasales de Hester temblaron al subir de tono la mirada incendiaria—. Así que cuando estés en mi despacho, en mi despacho, tus pensamientos son todos para mí, para complacerme y servirme, no para lo que vas a hacer de cena o si tu hijo llegará tarde al entrenamiento de fútbol. ¿Está claro?

Tia quería protestar, pero el tono no dejaba mucho espacio para el debate.

—Está claro.

—Bien.

Sonó el teléfono y Hester contestó.

—¿Qué? —Silencio—. Será idiota. Le dije que tuviera la boca cerrada. —Hester dio la vuelta a la silla. Era la señal para Tia, que se levantó y salió, deseando fervientemente estar preocupada sólo por algo tan inocuo como la cena o el entrenamiento de fútbol.

Se paró en el pasillo y cogió el móvil. Se guardó el expediente debajo del brazo, e incluso después de la reprimenda de Hester, su cabeza volvió inmediatamente al mensaje que contenía el informe de E-SpyRight.

Los informes a menudo eran tan largos —Adam navegaba mucho y visitaba muchas páginas, y tenía muchos «amigos» en lugares como MySpace y Facebook— que las impresiones eran absurdamente voluminosas. En general, sólo los hojeaba, como si esto lo hiciera menos invasivo de la intimidad, cuando en realidad significaba que no podía soportar saber tanto.

Volvió rápidamente a su mesa, sobre la que tenía la preceptiva foto familiar. Estaban los cuatro: Mike, Jill, Tia y, por supuesto, Adam, en uno de los pocos momentos que les concedía audiencia, fuera, en el escalón de la entrada. Todas las sonrisas parecían forzadas, pero aquella foto le proporcionaba un gran consuelo.

Sacó el informe de E-SpyRight y encontró el correo que la había sobresaltado. Lo leyó otra vez. No había cambiado. Pensó qué podía hacer y se dio cuenta de que no era sólo decisión suya.

Tia sacó el móvil y buscó el número de Mike. Tecleó el texto y apretó ENVIAR.

Mike todavía llevaba puestos los patines de hielo cuando llegó el mensaje.

—¿Es Manillas? —preguntó Mo.

Mo ya se había quitado los patines. El vestuario, como todos los vestuarios de hockey, apestaba. El problema era que el sudor se metía en todas las protecciones. Un gran ventilador oscilante se mecía adelante y atrás. No ayudaba mucho. Los jugadores de hockey ya no se percataban del olor. Pero un forastero habría entrado y se habría desmayado por la peste.

Mike miró el número de teléfono de su mujer.

—Sí.

—Dios, qué pillados estáis.

—Sí —dijo Mike—. Me ha mandado un mensaje. Está pilladísima.

Mo hizo una mueca. Mike y Mo eran amigos desde la época de Dartmouth. Habían jugado en el equipo de hockey juntos, Mike era el goleador del ala izquierda, y Mo el más duro de los defensas. Casi un cuarto de siglo después de licenciarse —ahora Mike era cirujano de trasplantes y Mo hacía trabajos sucios para la Agencia Central de Inteligencia— seguían desempeñando los mismos papeles.

Los otros jugadores se quitaban las protecciones con cautela. Todos se hacían mayores y el hockey era un deporte para jóvenes.

—Sabe que es tu hora de hockey, ¿no?

—Sí.

—Pues debería abstenerse.

—Sólo es un mensaje, Mo.

—Te matas a trabajar en el hospital toda la semana —dijo él, con aquella sonrisita que nunca te dejaba claro si bromeaba o no—. Es la hora de hockey y es sagrada. Ya debería saberlo.

Mo estaba presente aquel día frío de otoño en que Mike vio por primera vez a Tia. De hecho, Mo la había visto primero. Habían jugado el partido de inauguración contra Yale. Mike y Mo eran júniores. Tia estaba en las gradas. Durante el calentamiento previo al partido —esa parte en la que patinas en círculo y te estiras— Mo le había dado un codazo y había señalado a Tia con la cabeza diciendo:

—Bonito jersey de cachorritos.

Así fue como empezó.

Mo tenía la teoría de que todas las mujeres irían detrás de Mike o de él. Mo se llevaba a las que se sentían atraídas por los chicos malos, mientras que Mike se llevaba a las chicas que veían verjas de estacas en sus fantasías. Así que en el tercer tiempo, con una ventaja cómoda de Dartmouth, Mo se peleó y pegó una paliza a un jugador de Yale. Mientras lo machacaba, se volvió, guiñó el ojo a Tia y evaluó su reacción.

Los árbitros los separaron. Mo patinó hacia la tribuna de castigo, pero antes se inclinó para decirle a Mike:

—Para ti.

Palabras proféticas. Coincidieron en una fiesta después del partido. Tia había ido con un sénior, pero no estaba interesada en él. Hablaron de su pasado. Él le dijo enseguida que quería ser médico y ella quiso saber desde cuándo lo sabía.

—Creo que desde siempre —contestó él.

Tia no quiso aceptar aquella respuesta. Indagó más, de una forma que él acabaría por reconocer como personal. Finalmente, Mike se sorprendió contándole que había sido un niño enfermizo y que los médicos eran sus héroes. Ella le escuchó como nadie lo había hecho ni lo haría. No es que iniciaran una relación, sino que se lanzaron a ella. Comían juntos en la cafetería. Estudiaban juntos por la noche. Mike le llevaba vino y velas a la biblioteca.

—¿Te importa si leo su mensaje? —preguntó Mike.

—Es una pesada.

—Exprésate, Mo. No te cortes.

—Si estuvieras en la iglesia, ¿te mandaría mensajes?

—¿Tia? Probablemente.

—Bueno, léelo. Y después dile que nos vamos a un bar de titis genial.

—Sí, hombre. Ahora mismo.

Mike apretó una tecla y leyó el mensaje.

Necesito hablar. Algo que he encontrado en el informe del ordenador. Ven a casa enseguida.

Mo vio la expresión en la cara de su amigo.

—¿Qué?

—Nada.

—Bien. Entonces seguimos con el plan del bar de titis para esta noche.

—Nunca dijimos de ir a un bar de titis.

—¿No serás uno de esos mariquitas que prefieren llamarlos «clubes para caballeros»?

—Se llame como se llame, no puedo.

—¿Te hace volver a casa?

—Tenemos un problema.

—¿Qué?

Mo no conocía el significado de «personal».

—Con Adam —dijo Mike.

—¿Mi ahijado? ¿Qué pasa?

—No es tu ahijado.

Mo no era el padrino porque Tia no lo había permitido. Pero eso no impedía que Mo pensara que lo era. Cuando bautizaron al niño, Mo se había colocado en primera fila junto al hermano de Tia, el padrino de verdad. Mo le miró con hostilidad. Y el hermano de Tia no dijo ni palabra.

—¿Y qué es lo que pasa?

—Todavía no lo sé.

—Tia es demasiado protectora, ya lo sabes.

Mike dejó el móvil.

—Adam ha dejado el equipo de hockey.

Mo hizo una mueca como si Mike hubiera insinuado que su hijo se había introducido en el culto al demonio o la bestialidad.

—Vaya.

Mike se desató los patines y se los quitó.

—¿Cómo puede ser que no me lo hayas dicho? —preguntó Mo.

Mike empezó a despegar y quitarse los protectores de los hombros. Se marcharon algunos compañeros, que se despidieron del doctor. La mayoría conocía suficientemente a Mo para mantenerse apartados de él.

—Te he traído yo —dijo Mo.

—¿Y qué?

—Que has dejado tu coche en el hospital. Perderás tiempo si te acompaño a recogerlo. Te llevaré a casa.

—No creo que sea buena idea.

—Lo siento. Quiero ver a mi ahijado y descubrir qué estáis haciendo mal.

4

Cuando entraron en su calle, Mike vio que Susan Loriman, su vecina, estaba fuera. Fingía hacer algo en el jardín —arrancar hierbas, plantar o algo por el estilo—, pero Mike sabía que era otra cosa lo que pretendía. Pararon en la entrada y Mo miró a la vecina que estaba arrodillada.

—Buen culo.

—Seguramente su marido estará de acuerdo contigo.

Susan Loriman se levantó. Mo la observó.

—Sí, pero su marido es un idiota.

—¿Por qué dices eso?

Hizo un gesto con la barbilla.

—Por los coches.

En la entrada estaba aparcado el coche deportivo del marido, un Corvette tuneado rojo. Su otro coche era un BMW 550i negro, y el de Susan un Dodge Caravan de color gris.

—¿Qué les pasa?

—¿Son de él?

—Sí.

—Tengo una amiga —dijo Mo— que es la tía más buena que hayas visto en tu vida. Es hispana, latina o algo así. Antes era luchadora profesional y se hacía llamar Pocahontas. ¿Te acuerdas de aquellos números tan sexis que daban en el Canal Once por las mañanas?

—Sí, me acuerdo.

—Bueno, pues la tal Pocahontas me contó que cada vez que ve a un tipo con un coche como ése, cuando se le acerca con las ruedas trucadas y el motor revolucionado y le echa miraditas, ¿sabes qué le dice?

Mike negó con la cabeza.

—«Siento lo de tu pene».

Mike no pudo evitar sonreír.

—«Siento lo de tu pene». Ya ves, ¿a que está bien?

—Sí —reconoció Mike—. Es mortal.

—Es difícil responder a esto.

—Sin duda.

—Así que tu vecino... el marido de ella, ¿no?, tiene dos. ¿Qué crees que significa?

Susan Loriman miró hacia ellos. A Mike siempre le había parecido sumamente atractiva, la madre más estupenda del barrio, a la que los adolescentes se referían como una MQMF, es decir, «madre que me follaría», aunque a él no le gustara pensar en siglas tan groseras. No es que Mike fuera a hacer nada al respecto, pero esta clase de cosas se siguen notando al estar vivo. Susan tenía los cabellos tan negros que parecían azules y en verano siempre los llevaba recogidos en una cola. Vestía pantalones cortos y llevaba gafas de sol a la última y en sus preciosos labios rojos siempre esbozaba una sonrisa maliciosa.

Cuando sus hijos eran más pequeños, Mike se la encontraba en el parque infantil de Maple Park. No pretendía nada, pero le gustaba mirarla. Conoció a un padre que intencionadamente atosigó al hijo de Susan para que entrara en el equipo de la Liga Infantil sólo para poder verla en los partidos.

Ese día no llevaba gafas y su sonrisa era tensa.

—Parece tremendamente triste —comentó Mo.

—Sí. Oye, espérame un momento, ¿de acuerdo?

Mo iba a decir alguna tontería, pero vio algo en la cara de Susan y calló.

—Sí, por supuesto —dijo.

Mike se acercó y Susan intentó seguir sonriendo, pero el rictus empezaba a desvanecerse.

—Hola —dijo Mike.

—Hola, Mike.

Él sabía por qué Susan estaba fuera fingiendo trabajar en el jardín y no quería hacerla esperar.

—No tendremos los resultados de la tipificación tisular de Lucas hasta mañana.

Ella tragó saliva y asintió demasiado rápido.

—De acuerdo.

Mike quería acercarse y tocarla. En la consulta podría haberlo hecho. Los médicos lo hacen. Pero no era el lugar apropiado para hacerlo, así que se decidió por una frase manida:

—La doctora Goldfarb y yo haremos todo lo posible.

—Lo sé, Mike.

Su hijo de diez años, Lucas, padecía glomerulosclerosis segmental focal —GSF, para abreviar— y necesitaba urgentemente un trasplante de riñón. Mike era uno de los mejores cirujanos de trasplantes de riñón del país, pero había pasado este caso a su socia, Ilene Goldfarb. Ilene era la jefa de cirugía de trasplante del NewYork Presbyterian y la mejor cirujana que Mike conocía.

Él e Ilene trataban con personas como Susan todos los días. Podía soltar el rollo sobre el distanciamiento, pero las muertes seguían afectándolo. La muerte se le metía dentro, le fastidiaba por la noche, le señalaba con el dedo, se burlaba de él. La muerte nunca era bienvenida, nunca se aceptaba. La muerte era su enemiga, una ofensa constante, y no tenía ninguna intención de perder a este niño por culpa de esa hija de puta.

En el caso de Lucas Loriman, evidentemente era algo extrapersonal. Era la razón principal para que le hubiera pasado el caso a Ilene. Mike conocía a Lucas. Era un niño un poco especial, demasiado bueno para su edad, con gafas que siempre parecían resbalarle por la nariz y unos cabellos que no había forma humana de peinar. A Lucas le encantaban los deportes, pero era torpe en todos. Cuando Mike entrenaba a Adam en el jardín, Lucas se acercaba a observar. Mike le ofrecía un palo, pero Lucas no lo quería. Así que cuando fue consciente de que jugar no sería su destino en la vida, Lucas empezó a apasionarse por la transmisión: «El doctor Baye tiene el disco, esquiva a la izquierda, lanza... ¡estupenda parada de Adam Baye!».

Mike recordó a aquel niño tan bueno subiéndose las gafas y volvió a pensar que no tenía ninguna intención de dejarle morir:

—¿Duermes bien? —le preguntó Mike.

Susan Loriman se encogió de hombros.

—¿Quieres que te recete algo?

—Dante no cree en esas cosas.

Dante Loriman era su marido. Mike no quiso reconocerlo ante Mo, pero su evaluación había dado en el clavo: Dante era un idiota. En apariencia era un tipo simpático, pero se podía ver lo estrecho de miras que era. Corrían rumores de que estaba relacionado con la mafia, aunque eso podría deberse a su aspecto. Llevaba los cabellos engominados hacia atrás, camisetas sin mangas, colonia en exceso y joyas demasiado llamativas. A Tia le hacía gracia —«está bien para variar entre tanto estirado»—, pero Mike siempre sentía que había algo raro en él, el machismo de un tipo que quería dar la talla, pero que en realidad sabía que no la daría nunca.

—¿Quieres que hable con él? —preguntó Mike.

Ella negó con la cabeza.

—Vais a la farmacia de la avenida Maple, ¿no?

—Sí.

—Llamaré y dejaré una receta. Puedes recogerla si quieres.

—Gracias, Mike.

—Nos vemos mañana.

Mike volvió al coche. Mo estaba esperando con los brazos cruzados. Llevaba unas gafas de sol que le daban una apariencia de lo más imperturbable.

—¿Una paciente?

Mike pasó de largo. No hablaba de los pacientes. Mo lo sabía.

Mike se paró frente a su casa y la contempló unos instantes. Se preguntó por qué el hogar parecía tan frágil como sus pacientes. De derecha a izquierda, la calle estaba llena de viviendas como la suya que pertenecían a parejas que habían llegado de todas partes y un buen día se habían parado en el jardín, mirando la casa y pensando: «Sí, aquí es donde vamos a vivir y educar a nuestros hijos, donde vamos a proteger nuestras esperanzas y nuestros sueños. Aquí, en esta burbuja». Abrió la puerta.

—Hola.

—¡Papá! ¡Tío Mo!

Era Jill, su princesa de once años, que venía corriendo con una sonrisa estampada en la cara. Mike sintió que se le ablandaba el corazón: era una reacción instantánea y universal. Cuando una hija sonríe a su padre así, el padre, sin importar la etapa de la vida en la que se encuentre, de repente es el rey.

—Hola, cielo.

Jill abrazó a Mike y después a Mo, pasando del uno al otro con absoluta soltura. Se movía con la misma comodidad con la que un político saluda a las masas. Detrás de ella, casi escondiéndose, estaba su amiga Yasmin.

—Hola, Yasmin —dijo Mike.

A Yasmin le caían los cabellos sobre la cara, como un velo. Su voz apenas se oía:

—Hola, doctor Baye.

—¿Tenéis clase de baile hoy? —preguntó Mike.

Jill lanzó una mirada de advertencia a Mike que ninguna niña de once años debería poder hacer.

—Papá —susurró.

Entonces Mike lo recordó. Yasmin había dejado de bailar. Había dejado prácticamente todas las actividades. Unos meses atrás hubo un incidente en la escuela. Su profesor, el señor Lewiston, un buen hombre que normalmente hacía muchos esfuerzos para mantener el interés de los alumnos, hizo un comentario fuera de lugar sobre el vello facial de Yasmin. Mike no recordaba bien los detalles. Lewiston se disculpó inmediatamente, pero el daño a la preadolescente ya estaba hecho. Los compañeros empezaron a llamar a Yasmin «XY» como el cromosoma, o simplemente «Y» para poder fingir que era una abreviatura de Yasmin aunque en realidad fuera una nueva manera de fastidiarla.

Todos sabemos que los niños pueden ser crueles.

Jill no dejó de ser su amiga y se esforzó mucho para que siguiera formando parte del grupo. Mike y Tia estaban muy contentos con ella. Yasmin lo dejó, pero a Jill le seguía encantando la clase de baile. De hecho, Jill estaba encantada con todo lo que hacía, y se tomaba todas las actividades con una energía y un entusiasmo que se contagiaba a todos los que la rodeaban. Para que luego hablen de la herencia y la educación: dos hijos, Adam y Jill, educados por los mismos padres que presentaban personalidades diametralmente opuestas.

Cada uno es como es.

Jill estiró la mano y cogió la de Yasmin.

—Vamos —dijo. Yasmin la siguió.

—Hasta luego, papá. Adiós, tío Mo.

—Adiós, guapa —dijo Mo.

—¿Adónde vais? —preguntó Mike.

—Mamá nos ha pedido que salgamos. Vamos a dar una vuelta en bici.

—No olvidéis los cascos.

Jill levantó los ojos al cielo con su simpatía habitual.

Un minuto después, Tia salió de la cocina y frunció el ceño al ver a Mo.

—¿Qué hace él aquí?

—Me he enterado de que espiabais a vuestro hijo. Muy bonito.

Tia lanzó una mirada a Mike que le penetró la piel. Mike se encogió de hombros. Ésta era una danza interminable entre Mo y Tia, la de la hostilidad aparente, pero en realidad se habrían defendido a muerte en una trinchera.

—La verdad es que me parece una buena idea —dijo Mo.

Esto los sorprendió. Los dos le miraron.

—¿Qué? ¿Tengo monos en la cara?

—Creía que habías dicho que le estábamos sobreprotegiendo —comentó Mike.

—No, Mike, he dicho que Tia lo está sobreprotegiendo.

Tia lanzó otra mirada furiosa a Mike. De repente Mike recordó dónde había aprendido Jill a silenciar a su padre con una mirada. Jill era la discípula, Tia la maestra.

—Pero en este caso —siguió Mo—, por mucho que me duela reconocerlo, tiene razón. Sois sus padres. Deberíais saberlo todo.

—¿No crees que tiene derecho a la intimidad?

—¿Derecho...? —Mo frunció el ceño—. Adam está haciendo el tonto. Mirad, todos los padres espían a sus hijos de alguna manera, ¿no? Es vuestro trabajo. Sólo vosotros veis los informes, ¿no? Habláis con sus profesores sobre lo que hace en la escuela, decidís lo que come, dónde vive, todo. Esto sólo es un paso más.

Tia asentía con la cabeza.

—Debéis educarlos, no mimarlos. Todos los padres deciden cuánta independencia conceden a sus hijos. Tenéis el mando. Deberías saberlo, esto no es una república, es una familia. No tenéis que entrometeros, pero sí deberíais tener la capacidad de tomar medidas. El conocimiento es poder. Un gobierno puede abusar de él porque no desee lo mejor para ti. Vosotros lo deseáis para él. Los dos sois inteligentes. ¿Qué mal hay?

Mike se limitó a mirarlo.

—¿Mo? —preguntó Tia.

—Sí.

—¿Estamos de acuerdo?

—Vaya, espero que no. —Mo se sentó en un taburete de la cocina—. ¿Qué habéis encontrado?

—No te lo tomes a mal —dijo Tia—, pero creo que deberías irte.

—Es mi ahijado. Yo también deseo lo mejor para él.

—No es tu ahijado. Y basándonos en lo que acabas de decir, no hay nadie que piense más en él que sus padres. Y por mucho que tú te preocupes por él, no entras en esa categoría.

Él la miró fijamente.

—¿Qué?

—No soporto darte la razón.

—¿Cómo crees que me siento yo? —dijo Tia—. Estaba segura de que espiarlo era lo mejor hasta que tú me has dado la razón.

Mike observaba. Tia se mordía el labio y él sabía que sólo lo hacía cuando era presa del pánico. Las bromas eran para disimular.

—Mo —dijo Mike.

—Sí, sí, ya me he enterado. Me largo. Sólo una cosa.

—¿Qué?

—¿Me enseñas tu móvil?

Mike hizo una mueca.

—¿Por qué? ¿No te funciona el tuyo?

—Enséñamelo, por favor.

Mike se encogió de hombros y se lo pasó a Mo.

—¿Qué operadora tienes? —preguntó Mo.

Mike se lo dijo.

—¿Todos tenéis el mismo teléfono? ¿Incluido Adam?

—Sí.

Mo miró el móvil un momento más. Mike miró a Tia. Ella se encogió de hombros. Mo dio la vuelta al móvil y se lo devolvió.

—¿De qué iba esto?

—Luego te lo cuento —dijo Mo—. Ahora ocúpate de tu hijo.

5

—¿Qué has visto en el ordenador de Adam? —preguntó Mike.

Se sentaron a la mesa de la cocina. Tia tenía los cafés preparados. Ella tomaba un descafeinado y Mike un expreso. Uno de los pacientes de Mike trabajaba en una empresa que fabricaba cafeteras con bolsas individuales en lugar de filtro y le había regalado una tras un trasplante con éxito. La cafetera era sencilla de utilizar: coges una bolsa, la introduces y te hace el café.

—Dos cosas —dijo Tia.

—De acuerdo.

—Primero, está invitado a una fiesta mañana por la noche en casa de los Huff —dijo Tia.

—¿Y?

—Que los Huff están fuera este fin de semana. Según dice el correo, pasarán la noche colocándose.

—¿Alcohol, drogas, qué?

—El mensaje no es claro. Tienen pensado inventarse una excusa para quedarse a dormir para poder... cito textualmente... «ponerse como una moto».

Los Huff, Daniel Huff, el padre, era el capitán de la policía local. Su hijo, a quien todos llamaban DJ, seguramente era el chico más problemático de su curso.

—¿Qué? —dijo ella.

—Lo estoy asimilando.

Tia tragó saliva.

—¿A quién estamos educando, Mike?

Él no dijo nada.

—Sé que no quieres ver esos informes de ordenador, pero... —cerró los ojos.

—¿Qué?

—Adam ve pornografía en Internet —dijo ella—. ¿Lo sabías?

Él no dijo nada.

—¿Mike?

—¿Y qué quieres que hagamos? —preguntó Mike.

—¿No te parece mal?

—Cuando tenía dieciséis años, yo miraba el Playboy.

—Eso es diferente.

—¿Ah, sí? Era lo que teníamos entonces. No teníamos Internet. De haberlo tenido seguramente es lo que habría hecho; lo que fuera por ver a una mujer desnuda. La sociedad actual es así. No puedes mirar a ninguna parte sin que te salga algo sexual. Si un chico de dieciséis años no se esforzara por ver mujeres desnudas, sería muy raro.

—¿Entonces te parece bien?

—No, por supuesto que no. Pero no sé qué podemos hacer.

—Hablar con él —dijo Tia.

—Ya lo he hecho —dijo Mike—. Le he explicado cómo funciona el sexo. Que es mejor cuando hay sentimientos. He intentado enseñarle a respetar a las mujeres, a no verlas como un objeto.

—Esto último —dijo Tia—. Esto último no lo ha entendido.

—Ningún adolescente lo entiende. Sinceramente, no sé si lo entiende algún adulto.

Tia bebió un poco de café. Dejó la pregunta no formulada en el aire.

Mike podía ver las patas de gallo en los ojos de su esposa. Ella las observaba a menudo en el espejo. Al contrario que tantas mujeres que tenían problemas de imagen, Tia siempre había estado muy segura de su aspecto. Sin embargo, últimamente Mike se había dado cuenta de que ya no contemplaba su reflejo y se sentía bien. Había empezado a teñirse las canas. Veía las arrugas, las bolsas, los rasgos normales de la edad, y la hacían sentir mal.

—Con un adulto es distinto —dijo ella.

Mike quería decir algo consolador, pero decidió abandonar ahora que llevaba ventaja.

—Hemos abierto la caja de Pandora —dijo Tia.

Esperaba que todavía estuvieran hablando de Adam.

—Sin duda.

—Quiero saber. Y no soporto saber.

Mike le cogió la mano.

—¿Qué hacemos con lo de la fiesta?

—¿Tú qué crees?

—No podemos dejar que vaya —dijo Mike.

—¿Le obligamos a quedarse en casa?

—Supongo.

—Me dijo que él y Clark irían a casa de Olivia Burchell. Si no le dejamos ir, sabrá que sucede algo.

Mike se encogió de hombros.

—Mala suerte. Somos sus padres. Podemos mostrarnos irracionales.

—De acuerdo. Entonces le decimos que queremos que se quede mañana por la noche.

—Sí.

Tia se mordió el labio inferior.

—Se ha portado bien toda la semana, ha hecho los deberes. Normalmente le dejamos salir el viernes por la noche.

Sería una batalla. Ambos lo sabían. Mike estaba dispuesto a pelear, pero ¿quería hacerlo en este caso? Es preciso elegir los campos en los que se debe batallar, y prohibirle ir a casa de Olivia Burchell haría que Adam desconfiara.

—¿Y si le decimos que debe volver a una hora? —preguntó.

—¿Y si no vuelve qué? ¿Nos presentamos en casa de los Huff?

Tia tenía razón.

—Hester me ha llamado a su despacho —dijo Tia—. Quiere que vaya a Boston mañana para hacer una deposición.

Mike sabía lo mucho que esto significaba para ella. Desde que Tia había vuelto a trabajar, casi todas sus tareas habían sido rutinarias.

—Me alegro.

—Sí. Pero esto significa que no estaré en casa.

—No te preocupes. Yo me encargaré —dijo Mike.

—Jill se queda a dormir en casa de Yasmin, o sea que no estará.

—De acuerdo.

—¿Alguna idea para impedir que Adam vaya a esa fiesta?

—Déjame pensarlo —dijo Mike—. Puede que tenga una idea.

—De acuerdo.

Vio una expresión rara en la cara de su esposa y se acordó.

—Has dicho que te preocupaban dos cosas.

Ella asintió y algo le ocurrió a su cara. No mucho. De haber estado jugando al póquer, se podría haber calificado de tic. Es lo que sucede cuando llevas mucho tiempo casado. Interpretas fácilmente los tics, o quizá tu compañero ya no se toma la molestia de disimular. En cualquier caso, Mike sabía que no sería una buena noticia.

—Unos mensajes instantáneos —dijo Tia—. De hace dos días.

Metió la mano en el bolso y lo sacó. Mensajes instantáneos. Los chicos hablaban tecleando a tiempo real. El resultado venía con el nombre y dos puntos, como un mal guión. Los padres, que mayoritariamente habían pasado muchas horas de la adolescencia haciendo lo mismo por teléfono, se quejaban de este invento. A Mike no le parecía tan mal. Nosotros teníamos teléfonos, ellos tienen mensajería instantánea y mensajes de texto. Es lo mismo. A Mike le recordaba a los viejos que maldicen los videojuegos de la siguiente generación y se suben a un autobús con destino a Atlantic City para ver vídeos. ¿No es una hipocresía?

—Echa un vistazo.

Mike se puso las gafas de leer. Hacía sólo unos meses que las utilizaba y ya las detestaba. El alias de Adam seguía siendo HockeyAdam1117. Lo tenía desde hacía años. El 11 era el número de Mark Messeir, su jugador de hockey preferido, seguido del número de Mike, el 17, de su época en Dartmouth. Era raro que Adam no lo hubiera cambiado. O quizá tenía mucho sentido. O mejor aún, no significaba nada.

CeJota8115: ¿Estás bien?

HockeyAdam1117: Sigo pensando que deberíamos decir algo.

CeJota8115: Hace mucho tiempo. Sigue callado y estarás a salvo.

Según el temporizador, no se había escrito nada en todo un minuto.

CeJota8115: ¿Sigues ahí?

HockeyAdam1117: Sí.

CeJota8115: ¿Todo bien?

HockeyAdam1117: Todo bien.

CeJota8115: Bien. Nos vemos el viernes.

Se acababa aquí.

—«Sigue callado y estarás a salvo» —repitió Mike.

—Sí.

—¿Qué crees que significa? —preguntó.

—Ni idea.

—Podría ser algo de la escuela, como que hubieran visto copiar a alguien en un examen, por ejemplo.

—Podría ser.

—O podría no ser nada. Podría formar parte de uno de esos juegos de aventuras en la red.

—Podría ser —repitió Tia, sin ningún convencimiento.

—¿Quién es CeJota8115? —preguntó Mike.

Ella sacudió la cabeza.

—Es la primera vez que veo a Adam chateando con él.

—O ella.

—Así es, o ella.

—«Nos vemos el viernes». Así que CeJota8115 estará en la fiesta de Huff. ¿Nos sirve de algo?

—No sé de qué nos puede servir.

—¿Se lo preguntamos?

Tia meneó la cabeza.

—Demasiado impreciso, ¿no crees?

—Sí —aceptó Mike—. Y representaría reconocer que le estamos espiando.

Se callaron y Mike volvió a leerlo. Las palabras no habían cambiado.

—¿Mike?

—Sí.

—¿Sobre qué debería callar Adam para estar a salvo?

Nash, con el espeso bigote en el bolsillo, estaba sentado en el asiento del pasajero de la furgoneta. Pietra, sin la peluca de pelo pajizo, conducía.

En la mano derecha, Nash sostenía el móvil de Marianne. Era una BlackBerry Pearl con la que se podían mandar correos, hacer fotos, ver vídeos, enviar mensajes de texto, sincronizar el calendario y la libreta de direcciones con el ordenador, e incluso llamar.

Nash tocó una tecla. La pantalla se encendió. Apareció una fotografía de la hija de Marianne. La miró un momento. Pensó, pensó. Clicó sobre el icono del correo electrónico, encontró las direcciones que quería, y empezó a escribir.

¡Hola! Me voy unas semanas a Los Ángeles. Llamaré cuando vuelva.

Firmó «Marianne», y luego copió y agregó el mensaje a dos direcciones más. Después apretó ENVIAR. Los que conocían a Marianne no se preocuparían mucho. Por lo que sabía Nash, era su modus operandi: desaparecer y volver a aparecer.

Pero esta vez... bueno, desaparecer, sí.

Pietra había drogado la bebida de Marianne mientras Nash la distraía con su teoría de Caín y el simio. Después de meterla en la furgoneta, Nash la golpeó con saña y durante un buen rato. Al principio lo hizo para infligirle dolor. Quería que hablara. Cuando se convenció de que se lo había contado todo, la golpeó hasta matarla. Se mostró paciente. La cara tiene catorce huesos estáticos. Quería fracturar y hundir cuantos más mejor.

Nash golpeó la cara de Marianne con una precisión casi quirúrgica. Algunos golpes estaban dirigidos a neutralizar a su adversario: que no se defendiera; otros pretendían causar un dolor espantoso, y había otros cuya intención era originar destrucción física. Nash los conocía todos. Sabía cómo protegerse los nudillos y las manos utilizando la máxima fuerza posible, cómo cerrar el puño para no hacerse daño y cómo pegar con la palma de la mano eficazmente.

Justo antes de que Marianne muriera, cuando su respiración se volvió áspera por la sangre acumulada en la garganta, Nash hizo lo que siempre hacía en aquellas situaciones. Paró y comprobó que todavía siguiera consciente. Después la obligó a mirarle, fijó sus ojos en los de ella y vio su terror.

—¿Marianne?

Quería que le prestara atención. La tenía. Y entonces susurró las últimas palabras que oiría Marianne:

—Dile a Cassandra que la echo de menos, por favor.

Y entonces, finalmente, la dejó morir.

La furgoneta no era robada. Le habían cambiado las matrículas para confundir. Nash se instaló en el asiento de atrás, metió un pañuelo en la mano de Marianne y le apretó los dedos con él. Utilizó una hoja de afeitar para cortar la ropa de la moribunda y, cuando estuvo desnuda, sacó ropa limpia de una bolsa de plástico. Le costó pero logró vestirla. La camiseta rosa era demasiado ceñida, pero era justamente lo que quería. La falda de piel era ridículamente corta.

Pietra había elegido la ropa.

Habían encontrado a Marianne en un bar de Teaneck, Nueva Jersey. Ahora estaban en Newark, en los barrios bajos del Distrito Quinto, conocido por sus prostitutas y asesinos. La confundirían con una de ellas, una puta apaleada hasta la muerte. Newark tenía un índice de asesinatos per cápita tres veces mayor que Nueva York. Por eso Nash le había pegado una buena paliza y le había roto casi todos los dientes. No todos. De haberle quitado todos los dientes habría sido demasiado evidente que quería ocultar su identidad.

Así que dejó algunos intactos. Pero una comprobación dental, suponiendo que encontraran suficientes pruebas para hacer una comparación, sería difícil y llevaría mucho tiempo.

Nash volvió a ponerse el bigote y Pietra la peluca. Era una precaución innecesaria. No había nadie. Descargaron el cadáver en un contenedor de basura. Nash echó una mirada al cuerpo de Marianne.

Pensó en Cassandra. Sentía un peso en el corazón, pero al mismo tiempo esto le daba ánimos.

—¿Nash? —dijo Pietra.

Él le sonrió débilmente y volvió a subir a la furgoneta. Pietra puso en marcha la furgoneta y se marcharon.

Mike se paró frente a la puerta de Adam, respiró hondo y la abrió.

Adam, vestido de negro gótico, se volvió rápidamente.

—¿No sabes llamar?

—Es mi casa.

—Y ésta es mi habitación.

—¿En serio? ¿Pagas por ella?

En cuanto pronunció estas palabras, las detestó. Una justificación paterna clásica. Los niños se burlaban y dejaban de prestar atención. Él lo habría hecho de pequeño. ¿Por qué lo hacemos? ¿Por qué, cuando juramos no repetir los errores de la generación anterior, hacemos exactamente lo mismo?

Adam ya había apretado una tecla que había dejado la pantalla en blanco. No quería que su padre supiera por dónde estaba navegando. Si él supiera...

—Tengo buenas noticias —dijo Mike.

Adam lo miró. Cruzó los brazos e intentó poner mala cara, pero no lo consiguió. El chico era alto, más alto que su padre ya, y Mike sabía que podía ser duro. Era implacable en la portería. No esperaba que los defensas le protegieran. Si alguien se metía en su área, Adam lo echaba.

—¿Qué? —preguntó Adam.

—Mo nos ha conseguido asientos de tribuna para los Rangers contra los Flyers.

La expresión del joven no cambió.

—¿Para cuándo?

—Para mañana por la noche. Mamá se va a Boston para hacer una deposición. Mo nos recogerá a las seis.

—Llévate a Jill.

—Se queda a dormir en casa de Yasmin.

—¿La dejas quedarse en casa de XY?

—No la llames así, es mezquino.

Adam se encogió de hombros.

—Lo que tú digas.

«Lo que tú digas», típica respuesta adolescente.

—Vuelve directamente del instituto y pasaré a recogerte.

—No puedo ir.

Mike echó un vistazo a la habitación. Parecía diferente de cuando había entrado a escondidas con el tatuado Brett, el de las uñas sucias. Aquella idea volvió a angustiarlo. Las uñas sucias de Brett habían estado sobre el teclado. Estaba mal, espiar estaba mal. Pero, por otra parte, si no lo hacían, Adam iría a una fiesta con alcohol y quizá drogas. Así que espiar había sido una buena solución. Por otro lado, Mike también había ido a un par de fiestas como ésas cuando era menor y había sobrevivido. ¿Era peor persona por aquello?

—¿Qué significa que no puedes ir?

—Voy a casa de Olivia.

—Me lo ha dicho tu madre. Vas a casa de Olivia continuamente. Se trata de los Rangers contra los Flyers.

—No quiero ir.

—Mo ya ha comprado las entradas.

—Dile que invite a otro.

—No.

—¿No?

—Sí, no. Soy tu padre. Vendrás al partido.

—Pero...

—Nada de peros.

Mike se volvió y salió de la habitación antes de que Adam pudiera decir nada más.

«Vaya», pensó Mike. «¿Es posible que yo haya dicho “nada de peros”?».

6

La casa estaba muerta.

Así era como la describiría Betsy Hill. Muerta. No estaba simplemente silenciosa o en calma. La casa estaba hueca, esfumada, difunta: su corazón había cesado de latir, la sangre había dejado de fluir, las entrañas habían empezado a descomponerse.

Muerta. Muerta y bien muerta, ni más ni menos.

Muerta como su hijo Spencer.

Betsy deseaba mudarse de aquella casa muerta, a donde fuera. No quería quedarse en aquel cadáver en descomposición. Su marido, Ron, creía que era demasiado pronto. Probablemente tenía razón. Pero Betsy no podía soportarlo. Flotaba por la casa como si ella fuera el fantasma, y no Spencer.

Los gemelos estaban abajo viendo una película. Betsy se detuvo a mirar por la ventana: todas las casas del barrio tenían las luces encendidas, éstas todavía estaban vivas, aunque los que las habitaran también tuvieran problemas. Una hija que se drogaba, una esposa ligona, un marido que trabajaba demasiado, un hijo con autismo: cada casa tenía su ración de tragedia. Cada casa y cada familia tenía sus secretos. Pero sus casas seguían vivas. Todavía respiraban.

La casa de los Hill estaba muerta.

Betsy miró calle abajo y pensó que todos sus vecinos habían asistido al funeral de Spencer. Habían sido discretamente atentos, le habían ofrecido su apoyo y consuelo, intentando disimular la expresión acusadora. Pero Betsy la veía. Siempre. No querían verbalizarla, pero sentían muchos deseos de culparlos, a ella y a Ron, porque así una cosa como aquélla nunca podría pasarles a ellos.

Ya se habían marchado todos, los vecinos y los amigos. La vida nunca cambia en realidad, si no formas parte de la familia. Para los amigos, incluso los más íntimos, es como ver una película triste: te conmueve de verdad y te duele, pero después llega un punto en que no deseas sentir tanta tristeza y dejas que la película termine para luego poder irte a casa.

Sólo la familia se ve obligada a soportarlo.

Betsy fue a la cocina. Preparó una cena con salchichas y macarrones con queso para los gemelos, que acababan de cumplir siete años. A Ron le gustaba hacer las salchichas de Frankfurt a la barbacoa, hiciera sol o lloviera, en invierno o en verano, pero los gemelos se quejaban si la salchicha se chamuscaba ni que fuera un poco. Betsy las preparó en el microondas. Los gemelos estarían encantados.

—¡A cenar! —gritó.

Los gemelos no le hicieron caso, como siempre. Igual que hacía Spencer. El primer aviso fue sólo eso: un primer aviso. Se habían acostumbrado a ignorarlos. ¿Fue parte del problema? ¿Había sido una madre demasiado permisiva? ¿Había sido demasiado indulgente? Ron se quejaba de esto, de que había dejado pasar demasiadas cosas. ¿Había sido esto? Si hubiera sido más exigente con Spencer...

Demasiados condicionales.

Los presuntos especialistas dicen que el suicidio adolescente no es culpa de los padres. Es una enfermedad, como un cáncer. Pero incluso ellos, los especialistas, la miraban con una expresión parecida a la desconfianza. ¿Por qué no lo llevaron a ver a un terapeuta? ¿Por qué ella, su madre, ignoró los cambios que había sufrido Spencer y los atribuyó a los clásicos cambios de humor adolescentes? Creyó que se le pasaría. Los adolescentes se comportan así.

Fue al salón. Las luces estaban apagadas, y el televisor iluminaba a los gemelos. No se parecían en nada. Se quedó embarazada de ellos por fecundación in vitro. Spencer había sido hijo único durante nueve años. ¿Esto también era una razón? Ella creyó que tener un hermano sería bueno para él, pero en realidad ¿lo único que quieren los hijos no es la atención infinita y total de sus padres?

La pantalla iluminaba las caras de los gemelos. Los niños parecen en muerte cerebral cuando ven la televisión. La mandíbula floja, los ojos desmesuradamente abiertos: era bastante horrible.

—Ya —dijo.

Ningún movimiento.

Tic tac, tic tac, y Betsy explotó:

—¡YA!

El grito los sobresaltó. Betsy se acercó y apagó el televisor.

—¡He dicho que a cenar! ¡Cuántas veces tengo que repetirlo!

Los gemelos se arrastraron en silencio hasta la cocina. Betsy cerró los ojos e intentó respirar hondo. Así era ella. Calmada hasta que estallaba. Hablando de cambios de humor... Tal vez era hereditario. Tal vez Spencer estaba condenado desde que fue engendrado.

Se sentaron a la mesa. Betsy se acercó con una sonrisa forzada. «Venga, ya estoy bien». Les sirvió e intentó que hablaran con ella. Uno de ellos charlaba, el otro no. Así había sido desde el suicidio de Spencer. Uno de los gemelos afrontaba la situación ignorándola por completo, el otro estaba abatido.

Ron no estaba en casa. Otra vez. Algunas noches volvía a casa, aparcaba el coche en el garaje y se quedaba allí llorando. A veces Betsy temía que dejara el motor encendido, cerrara la puerta del garaje e hiciera lo mismo que su hijo: acabar con el dolor. Todo aquel asunto contenía una ironía perversa. Su hijo se había quitado la vida, y la forma más evidente de acabar con el futuro dolor era hacer lo mismo.

Ron no hablaba nunca de Spencer. Dos días después de la muerte de su hijo, Ron cogió la silla donde se sentaba a la mesa y la guardó en el sótano. Los tres hijos tenían armarios con su nombre. Ron había quitado el nombre de Spencer, y había llenado el armario de trastos. «Fuera de su vista», pensó ella.

Betsy lo afrontaba de otra manera. A veces intentaba absorberse en otros proyectos, pero la aflicción lo hacía todo demasiado pesado, como si estuviera en uno de esos sueños en que corres por la nieve, en que todos los movimientos son como si nadaras en una piscina de jarabe. En otros momentos, como éste, sólo deseaba regodearse en la aflicción. Deseaba dejar que entrara y la destruyera hasta la médula, con una satisfacción casi masoquista.

Limpió los restos de la cena y preparó a los gemelos para acostarse. Ron todavía no había vuelto. No le importaba. No se peleaban, ella y Ron. Ni una sola vez desde la muerte de Spencer. Tampoco habían hecho el amor. Ni una sola vez. Vivían en la misma casa, seguían conversando, seguían amándose, pero se mantenían separados como si cualquier ternura fuera demasiado insoportable.

El ordenador estaba encendido, con el Internet Explorer en la pantalla. Betsy se sentó y tecleó una dirección. Pensó en sus amigos y vecinos, y en su reacción ante la muerte de su hijo. El suicidio era algo realmente diferente. De algún modo era menos trágico, le otorgaba más distancia a la muerte. Spencer, pensaban, era un chico infeliz, y por este motivo ya era una persona rota. Mejor que desaparezca una persona rota que una entera. Y lo peor de esto, para Betsy al menos, era que aquel horrible razonamiento en cierto modo tuviera sentido. Saber de un niño medio muerto de hambre, que muere en una selva africana, no duele ni la mitad que saber que la preciosa niña que vive en tu calle se muere de cáncer.

Todo parece relativo y esto en sí ya es bastante horrible.

Tecleó la dirección de MySpace: www.myspace.com/Spencerhillmemorial. Los compañeros de clase de Spencer habían creado esta página para él pocos días después de su muerte. Había fotos, montajes y comentarios. En el sitio donde normalmente se ponía la foto por defecto, había un dibujo con una vela encendida. Sonaba «Broken Radio» de Jesse Malin con un poco de colaboración de Bruce Springsteen, uno de los temas preferidos de Spencer. El pie junto a la vela era una cita de la canción: «Los ángeles te quieren más de lo que tú crees».

Betsy la escuchó un ratito.

Allí era donde Betsy pasaba casi toda la noche los días posteriores a la muerte de Spencer: visitando su página en Internet. Leía comentarios de chicos que no conocía. Miraba las fotos de su hijo a lo largo de los años. Pero al cabo de un tiempo se le hizo amargo. Las bonitas chicas que lo habían creado, que también se afligían con el Spencer ahora muerto, apenas le habían dirigido la palabra en vida. Demasiado tarde. Todos decían que le echaban de menos, pero pocos parecían haberlo conocido.

Los comentarios, más que epitafios, parecían garabatos arbitrarios en el anuario de un muerto:

«Siempre recordaré la clase de gimnasia con el señor Myers...».

Aquello había sido en séptimo. Hacía tres años.

«Aquellos partidos de fútbol, cuando el señor V quería un quarterback...».

Quinto.

«Todos sentimos escalofríos en aquel concierto de Green Day...».

Octavo.

Todo poco reciente. Todo poco sincero. El duelo parecía más de cara a la galería que otra cosa, demostraciones públicas de aflicción para los que realmente no lo sentían demasiado, para los que la muerte de su hijo sólo era un bache en su camino a la universidad y un buen empleo, una tragedia, sin duda, pero más cercana a un requisito de la vida que podías incluir en el currículo, como realizar servicios de voluntariado o presentarse a tesorero del consejo de estudiantes.

Había muy poco de sus amigos de verdad: Clark, Adam y Olivia. Pero así era como debía ser. Los que realmente sufrían por él no lo hacían en público: cuando duele de verdad, te lo guardas para ti.

Hacía tres semanas que Betsy no visitaba el sitio. Había habido poca actividad. Era lo normal, sobre todo con los jóvenes. Ya estaban con otras cosas. Miró la presentación de diapositivas. Estaban todas las fotografías y daba la sensación de que las lanzaran a una gran pila. Las imágenes giraban, se paraban y después venía la siguiente dando vueltas a colocarse encima de la primera.

Betsy miró y sintió que se acercaban las lágrimas.

Había muchas fotos de la Escuela Elemental Hillside. Estaba la clase de primero de la señora Roberts. Y la de tercero de la señora Rohrback. La señora Hunt en cuarto. Había una fotografía del equipo de baloncesto tras vencer en su categoría. Spencer estaba encantado con aquella victoria. En el partido anterior se había lastimado la muñeca, sólo una pequeña torcedura, y Betsy se la había vendado. Recordaba haber comprado la venda. En la fotografía, Spencer tenía aquella mano levantada en señal de victoria.

Spencer no era un gran atleta, pero en aquel partido había hecho la cesta de la victoria a seis segundos del final. En séptimo. Betsy se preguntó si lo había visto alguna vez tan feliz.

Un policía local había hallado el cadáver de Spencer en la azotea del instituto.

En la pantalla del ordenador las fotos seguían girando. Los ojos de Betsy se humedecieron. Se le nubló la vista.

La azotea del instituto. Su precioso hijo. Entre basura y botellas rotas.

Para entonces todos habían recibido el mensaje de texto de despedida de Spencer. Un mensaje de texto. Así es como su hijo les comunicó lo que estaba a punto de hacer. El primer mensaje había sido para Ron, que estaba en Filadelfia en una convención de ventas. El móvil de Betsy había recibido el segundo, pero estaba en Cuck E. Cheese’s, la pizzería donde nacen las jaquecas paternales, y no oyó llegar el mensaje. Hasta una hora más tarde, después de que Ron dejara seis mensajes en su teléfono, cada uno más frenético que el anterior, no vio el texto en su móvil, el mensaje final de su hijo:

Lo siento, os quiero a todos, pero es demasiado difícil. Adiós.

La policía tardó dos días en encontrarlo en la azotea del instituto.

¿Qué era tan difícil, Spencer?

Nunca lo sabría.

También había mandado el mensaje a algunas personas más. Amigos íntimos. Era con ellos con quienes le había dicho Spencer que estaría. Con Clark, Adam y Olivia. Pero ninguno de ellos lo había visto. Spencer no se había presentado. Había salido solo. Tenía pastillas encima —robadas de casa— y se había tomado demasiadas porque algo era demasiado difícil y quería acabar con su vida.

Había muerto solo en aquella azotea.

Daniel Huff, el policía local que tenía un hijo de la edad de Spencer, un chico llamado DJ con el que a veces salía, había llamado a su puerta. Recordaba haberla abierto, ver su cara y desmayarse.

Betsy intentó dominar las lágrimas. Intentó centrarse en la presentación de diapositivas, en las imágenes de su hijo vivo. Y entonces, sin más ni más, llegó una foto que lo cambió todo.

A Betsy se le paró el corazón.

La fotografía desapareció tan pronto como llegó. Se apilaron más fotos encima. Betsy se llevó una mano al pecho, intentando despejarse. La foto. ¿Cómo podía volver a verla?

Volvió a parpadear. Intentó pensar.

A ver, para empezar formaba parte de una presentación. Se repetiría. Sencillamente podía esperar. Pero ¿cuánto tardaría en volver a empezar? ¿Y entonces qué? Volvería a desaparecer, y sólo podría verla unos segundos. Necesitaba verla con atención.

¿Podría congelar la pantalla cuando volviera a aparecer?

Tenía que haber alguna forma.

Vio pasar las otras fotografías girando, pero no eran lo que ella quería. Quería volver a ver aquella fotografía. La de la muñeca torcida.

Volvió a pensar en aquel partido entre escuelas de séptimo porque se acordó de algo curioso. ¿No acababa de recordar aquel momento en que le puso la venda a Spencer? Ya lo creo. Aquello había sido el catalizador, seguro.

Porque el día antes del suicidio de Spencer, había sucedido algo parecido.

Se había caído y se había torcido la muñeca. Ella se había ofrecido a vendársela, como hizo antes, en séptimo. Pero Spencer quiso que le comprara una muñequera. Betsy la compró. Él la llevaba el día que murió.

Por primera y, evidentemente, última vez.

Clicó sobre la presentación. Fue a parar a un sitio, slide.com, que le pidió la contraseña. Maldita sea. Seguramente la había creado uno de los chicos. Lo pensó un momento. La seguridad no sería gran cosa con algo así. Sólo se creaba para que los compañeros la utilizaran e introdujeran las fotos que quisieran en la rotación.

De modo que la contraseña tenía que ser algo simple.

Tecleó SPENCER.

Después clicó OK.

Funcionó.

Aparecieron las fotografías. Según el encabezamiento, había ciento veintisiete fotografías. Las repasó rápidamente hasta que encontró la que quería. Le temblaba tanto la mano que le costó situar el cursor sobre la imagen. Lo logró y después apretó el botón de la izquierda.

La fotografía apareció en tamaño grande.

La miró atentamente.

Spencer sonreía en la foto, pero era la sonrisa más triste que ella hubiera visto jamás. Estaba sudando; su cara tenía un brillo como si estuviera colocado. Parecía borracho y derrotado. Llevaba la camiseta negra, la misma que llevaba aquella última noche. Tenía los ojos rojos, quizá por el alcohol o las drogas, pero sin duda a causa del flash. Spencer tenía unos ojos azules preciosos. El flash siempre le hacía parecer un demonio. Estaba al aire libre, o sea que debieron sacarla de noche.

Aquella noche.

Spencer tenía una copa en la mano, y allí, en la misma mano, llevaba la muñequera.

Se quedó helada. Aquello sólo tenía una explicación.

Aquella foto se había tomado la noche que Spencer murió.

Y mirando el fondo de la fotografía vio a varias personas dando vueltas, y se dio cuenta de otra cosa.

Al fin y al cabo, Spencer no estuvo solo.

7

Como casi cada día laborable desde hacía diez años, Mike se despertó a las cinco de la mañana. Hizo ejercicio durante una hora exactamente. Fue en coche a Nueva York cruzando el George Washington Bridge y llegó al centro de trasplantes New York-Presbyterian a las siete.

Se puso la bata blanca y fue a hacer la ronda. Había momentos en que este acto estaba a punto de convertirse en rutina. No variaba mucho, pero Mike se esforzaba por acordarse de lo importante que era para la persona que estaba en la cama. Sólo el hecho de estar en un hospital nos hace vulnerables y nos asusta. Si estamos enfermos o incluso al borde de la muerte, parece que la persona que se interpone entre nosotros y un mayor sufrimiento, entre nosotros y la muerte, es el médico.

¿Cómo no va a desarrollar un médico un cierto complejo de Dios?

Peor aún, a veces Mike pensaba que era saludable tener ese complejo, aunque con benevolencia. «Significas mucho para el paciente. Deberías actuar como Dios».

Había médicos que hacían la ronda a toda prisa. Había momentos en que Mike habría querido apresurarse. Pero la verdad es que, si lo das todo, sólo te lleva un minuto o dos más por paciente. Así que escuchaba y apretaba una mano si era necesario o se mantenía a distancia, dependiendo del paciente y cómo le veía.

Estaba en su consulta a las nueve. La primera paciente ya había llegado. Lucille, su enfermera, la estaría atendiendo. Esto le daba diez minutos para revisar las historias y los resultados de las pruebas del día anterior. Se acordó de su vecino y buscó los resultados de Loriman rápidamente en el ordenador.

No había llegado nada todavía.

Era raro.

Una tira rosa llamó la atención de Mike. Alguien había pegado un post-it sobre su teléfono.

Ven a verme

Ilene

Ilene Goldfarb era su colega y jefe de cirugía de trasplantes en el New York-Presbyterian. Se habían conocido durante la residencia en cirugía de trasplantes y ahora vivían en la misma ciudad. Ilene y él eran amigos, o eso creía Mike, pero no íntimos, y esto hacía que la sociedad funcionara. Vivían a unos tres kilómetros de distancia, tenían hijos que iban a las mismas escuelas, pero, aparte de esto, tenían pocos intereses en común, y no necesitaban verse fuera del trabajo, pero confiaban profesionalmente el uno en el otro y se respetaban.

Si quieres poner a prueba las recomendaciones de tu médico, pregúntale lo siguiente: si tu hijo estuviera enfermo, ¿a qué medico lo mandarías?

La respuesta de Mike era Ilene Goldfarb. Y esto decía todo lo que necesitabas saber de su competencia como médico.

Bajó por el pasillo. Sus pasos sobre el suelo gris industrial eran silenciosos. Los pósteres colgados en las paredes descoloridas eran amables a la vista, sencillos y con tanta personalidad como las obras de arte que se suelen encontrar en una cadena de moteles de categoría media. Él e Ilene deseaban que su consulta transmitiera un «aquí estamos para el paciente y sólo para el paciente». En la consulta sólo tenían diplomas y títulos profesionales porque esto parecía ser lo más reconfortante. No tenían nada personal, ni un contenedor de lápices hecho por sus hijos, ni fotografías familiares, ni nada por el estilo.

A menudo los hijos de alguien iban allí a morir. A los padres no les apetecía ver la imagen de niños sanos sonrientes. En absoluto.

—Hola, doctor Mike.

Se volvió. Era Hal Goldfarb, el hijo de Ilene. Era estudiante de último curso de instituto, dos años mayor que Adam. Había puesto Princeton como primera opción para la universidad y pensaba cursar estudios de medicina. Había conseguido créditos suficientes en la escuela para pasar tres mañanas a la semana haciendo prácticas con ellos.

—Hola, Hal. ¿Cómo va el instituto?

El chico sonrió a Mike sinceramente.

—Superado.

—Último año y ya te han admitido en la universidad, a eso le llamo yo tenerlo superado.

—Y que lo digas.

Hal llevaba unos pantalones de algodón y una camisa azul, y Mike no pudo evitar compararlo mentalmente con el negro gótico de Adam y sintió una punzada de envidia. Como si le leyera la mente, Hal dijo:

—¿Cómo está Adam?

—Bien.

—Hace mucho que no le veo.

—Deberías llamarle —dijo Mike.

—Sí, lo haré. Será divertido salir.

Silencio.

—¿Está tu madre en la consulta? —preguntó Mike.

—Sí. Pasa.

Ilene estaba sentada a su mesa. Era una mujer menuda, delgada, exceptuando sus dedos con forma de garra. Llevaba los cabellos recogidos en una cola severa y gafas de montura de concha a caballo entre unas gafas de bibliotecaria y unas gafas de moda.

—Hola —dijo Mike.

—Hola.

Mike levantó el post-it rosa.

—¿Qué pasa?

Ilene soltó un ruidoso suspiro.

—Tenemos un problemón.

—¿Con quién? —preguntó Mike.

—Con tu vecino.

—¿Loriman?

Ilene asintió.

—¿El resultado de la prueba tisular es malo?

—Es un resultado raro —dijo ella—. Pero tenía que pasar tarde o temprano. Me sorprende que sea la primera vez.

—¿Me lo vas a contar?

Ilene Goldfarb se quitó las gafas. Se metió una varilla en la boca y la chupó.

—¿Conoces bien a la familia?

—Viven al lado.

—¿Sois amigos?

—No. ¿Por qué? ¿Qué tiene que ver eso?

—Podríamos tener un dilema ético —dijo Ilene.

—¿En qué sentido?

—Dilema puede que no sea la palabra adecuada. —Ilene miró a lo lejos, hablando más consigo misma que con Mike—. Más bien una línea ética difuminada.

—¿Ilene?

—Mmm...

—¿De qué estás hablando?

—La madre de Lucas Loriman llegará en media hora —dijo.

—La vi ayer.

—¿Dónde?

—En su jardín. Finge que trabaja en el jardín a menudo.

—Me lo imagino.

—¿Por qué lo dices?

—¿Conoces a su marido?

—¿A Dante? Sí.

—¿Y?

Mike se encogió de hombros.

—¿Qué pasa, Ilene?

—Se trata de Dante —dijo ella.

—¿Qué le pasa?

—No es el padre biológico del chico.

Así sin más. Mike esperó un momento.

—Bromeas.

—Sí, eso es lo que hago. Ya me conoces, la doctora Bromista. Es un buen chiste, ¿no?

Mike se quedó callado. No preguntó si estaba segura o quería hacer más pruebas. Ella ya lo habría previsto. Ilene también tenía razón en que era sorprendente que esto no hubiera ocurrido antes. Dos pisos más arriba estaban los genetistas. Uno de ellos le dijo a Mike que en pruebas poblacionales al azar, más del diez por ciento de los hombres tenían hijos que, sin ellos saberlo, no eran sus hijos biológicos.

—¿Alguna reacción a la noticia? —preguntó Ilene.

—¿Vaya?

Ilene asintió.

—Quise que fueras mi colega —dijo ella— por lo bien que te expresas.

—Dante Loriman no es un buen tipo, Ilene.

—Es la sensación que tenía.

—Es mal asunto —dijo Mike.

—Como el estado de su hijo.

Se quedaron un rato más callados.

Sonó el intercomunicador.

—¿Doctora Goldfarb?

—Sí.

—Ha llegado Susan Loriman. Antes de tiempo.

—¿Ha venido con su hijo?

—No —dijo la enfermera—. Oh, pero ha venido con su marido.

—¿Qué haces tú aquí?

La investigadora jefe del condado, Loren Muse, no le hizo caso y se acercó al cadáver.

—Por Dios —dijo uno de los agentes en voz baja—, hay que ver lo que le ha hecho en la cara.

Los cuatro permanecieron en silencio. Dos de los agentes eran los primeros en llegar al escenario. El tercero era el detective de homicidios que teóricamente estaba al cargo del caso, un gandul veterano con barrigón y modales de policía quemado llamado Frank Tremont. Loren Muse, la investigadora jefe del condado de Essex y la única mujer, era la más baja del grupo por más de un palmo.

—PM —pronunció Tremont—. Y no estoy hablando de militares.

Muse lo miró interrogativamente.

—PM, de puta muerta.

Ella frunció el ceño ante su sonrisita. Las moscas revoloteaban sobre la masa carnosa que antes había sido un rostro humano. No había nariz ni cuencas de los ojos, ni siquiera una boca.

Uno de los agentes dijo:

—Es como si le hubieran metido la cara en una trituradora de carne.

Loren Muse contempló el cadáver. Dejó que los agentes farfullaran. Algunas personas farfullan para calmar los nervios. Muse no era una de ellas. Ellos la ignoraron. Lo mismo que Tremont. Ella era la superior inmediata de Tremont, de todos en realidad, y sentía el resentimiento que desprendían como si fuera humedad subiendo de la acera.

—Eh, Muse.

Era Tremont. Le miró, con aquel traje marrón y la barriga fruto de demasiadas noches de cerveza y demasiados días de dónuts. Era un problema en potencia. Desde que la habían ascendido a investigadora jefe del condado de Essex se habían filtrado quejas a los medios. La mayor parte eran procedentes de un periodista llamado Tom Gaughan, que estaba casado con la hermana de Tremont.

—¿Qué pasa, Frank?

—Como he preguntado antes: ¿qué haces tú aquí?

—¿Tengo que darte explicaciones?

—El caso es mío.

—Lo es.

—Y no necesito que mires por encima de mi hombro.

Frank Tremont era un incompetente sin remedio, pero debido a sus relaciones personales y sus años de «servicio», también era bastante intocable. Muse no le hizo caso. Se agachó, sin dejar de mirar la carne que antes había sido una cara.

—¿Ya tienes identificación? —preguntó.

—No. Ni cartera, ni bolso.

—Probablemente robado —ofreció uno de los agentes.

Muchos asentimientos masculinos.

—Una banda —dijo Tremont—. Fíjate.

Señaló un pañuelo verde que la mujer muerta apretaba en la mano.

—Podría ser la nueva banda, un puñado de chicos negros que se hacen llamar Al Qaeda —dijo uno de los agentes—. Van de verde.

Muse se puso de pie y dio una vuelta al cadáver. Llegó la furgoneta del forense. Alguien había cerrado el escenario con cinta policial. Una docena de prostitutas, quizá más, estaban detrás de la cinta, alargando el cuello para ver mejor.

—Que los agentes hablen con las profesionales —dijo Muse—. A ver si conseguimos un alias, al menos.

—Vaya por Dios —dijo Frank Tremont suspirando teatralmente—. Como a mí no se me habría ocurrido...

Loren Muse no dijo nada.

—Eh, Muse.

—¿Qué pasa, Frank?

—No me gusta que estés aquí.

—Y a mí no me gusta este cinturón marrón con los zapatos negros. Pero los dos tenemos que aguantarnos.

—No hay derecho.

Muse sabía que no le faltaba razón. La verdad era que le encantaba su prestigioso puesto nuevo como investigadora jefe. Muse, sin haber cumplido los cuarenta, era la primera mujer que ocupaba este cargo. Estaba orgullosa. Pero echaba de menos el trabajo de campo. Echaba de menos los homicidios. De modo que participaba siempre que podía, sobre todo cuando un imbécil quemado como Frank Tremont se encargaba del caso.

La forense, Tara O’Neill, se acercó y echó a los agentes.

—Vaya mierda —susurró O’Neill.

—Bonita reacción, doctora —dijo Tremont—. Necesito huellas enseguida para poder cotejarlas en el sistema.

La forense asintió.

—Ayudaré a interrogar a las prostitutas, y a buscar a algunos miembros de esa escoria de banda —dijo Tremont—. Si te parece bien, jefa.

Muse no respondió.

—Una puta muerta, Muse. Aquí no hay un buen titular para ti. No es una prioridad.

—¿Por qué ella no es una prioridad?

—¿Qué?

—Has dicho que no hay un buen titular para mí. Y después has añadido que «no es una prioridad». ¿Por qué no?

Tremont hizo una mueca burlona.

—Ah, claro, qué fallo. Una puta muerta es prioritario. La tratamos como si acabaran de cargarse a la esposa del gobernador.

—Es por esta actitud, Frank. Por eso estoy aquí.

—Sí, claro, por esto. Yo te explicaré cómo ve la gente a las putas muertas.

—No me lo digas: ¿como si se lo hubieran buscado?

—No. Pero escucha y a lo mejor aprendes algo. Si no quieres acabar muerta en un contenedor, no te metas en líos en el Distrito Quinto.

—Deberías ponerlo en tu epitafio —dijo Muse.

—No me malinterpretes. Pillaré a este chiflado. Pero no me vengas con prioridades y titulares. —Tremont se acercó un poco más, hasta que su estómago tocaba el de Loren. Muse no retrocedió—. Este caso es mío. Vuelve a tu despacho y deja el trabajo para los adultos.

—¿O?

Tremont sonrió.

—No te convienen tantos problemas, guapa. Créeme.

Se fue hecho una furia. Muse se volvió. La forense se estaba concentrando en abrir su maletín de trabajo, fingiendo no haber oído nada.

Muse hizo un esfuerzo y estudió el cadáver. Intentó ser una investigadora clínica. Los hechos: la víctima era una mujer blanca. A juzgar por la piel y el cuerpo parecía tener unos cuarenta años, pero las calles podían envejecer mucho. No tenía tatuajes a la vista.

Ni cara.

Muse sólo había visto algo tan destructivo en una ocasión. Cuando tenía veintitrés años, pasó seis semanas con la policía estatal en la autopista de Nueva Jersey. Un camión cruzó la mediana y se estrelló de cara contra un Toyota Celica. El conductor del Toyota era una chica de diecinueve años que volvía a casa para las vacaciones.

La destrucción fue espeluznante.

Cuando finalmente arrancaron el metal, la chica de diecinueve años tampoco tenía cara. Como ésta.

—¿Causa de la muerte? —preguntó Muse.

—Todavía no estoy segura. Pero vaya, este criminal es un hijo de puta chiflado. Los huesos no están simplemente rotos. Es como si los hubieran aplastado a pedacitos.

—¿Cuánto hace?

—Diría que diez o doce horas. No la mataron aquí. No hay bastante sangre.

Muse ya se había dado cuenta. Examinó la ropa de la prostituta, el top rosa, la falda estrecha de piel, los tacones de aguja.

Meneó la cabeza.

—¿Qué?

—Esto no está bien —dijo Muse.

—¿Qué pasa?

Su móvil vibró. Miró el nombre en la pantalla. Era su jefe, el fiscal del condado Paul Copeland. Miró hacia Frank Tremont. Él la saludó con la mano abierta y sonrió.

Muse contestó el teléfono.

—Hola, Cope.

—¿Qué estás haciendo?

—Trabajando en un escenario.

—Y fastidiando a un colega.

—Un subordinado.

—Un subordinado problemático.

—Pero estoy por encima de él, ¿no?

—Frank Tremont va a armar jaleo. Nos echará a los medios encima, pondrá en pie de guerra a sus colegas detectives. ¿Nos conviene tanta agresividad?

—Creo que sí, Cope.

—¿Por qué lo dices?

—Porque está enfocando mal el caso.

8

Dante Loriman entró primero en la consulta de Ilene Goldfarb. Estrechó la mano de Mike con demasiada firmeza. Susan entró detrás. Ilene Goldfarb se levantó y esperó detrás de su mesa. Se había puesto las gafas otra vez. Se inclinó y estrechó rápidamente la mano a los dos. Después se sentó y abrió un sobre que tenía en la mesa.

Dante se sentó primero. No miró en ningún momento a su esposa. Susan se sentó en una silla a su lado. Mike se quedó detrás, apartado. Cruzó los brazos y se apoyó en la pared. Dante Loriman empezó a arremangarse la camisa cuidadosamente. Primero la manga derecha, después la izquierda. Apoyó los codos en los muslos y fue como si desafiara a Ilene Goldfarb a darle una mala noticia.

—¿Qué? —preguntó Dante.

Mike observó a Susan Loriman. Tenía la cabeza alta. Estaba quieta y contenía la respiración. Demasiado quieta. Como si sintiera su mirada, Susan volvió su preciosa cara hacia Mike. Él se mantuvo neutral. Era el caso de Ilene. Él sólo era un espectador.

Ilene siguió leyendo la historia, aunque parecía hacerlo de cara a la galería. Cuando terminó, cruzó las manos sobre la mesa y miró un punto entre los padres.

—Hemos realizado las pruebas tisulares pertinentes —dijo.

Dante interrumpió.

—Quiero ser yo.

—¿Disculpe?

—Quiero darle a Lucas un riñón.

—No es compatible, señor Loriman.

Así, sin más.

Mike mantuvo los ojos fijos en Susan Loriman. Ahora le tocaba a ella mantenerse neutral.

—Ah —dijo Dante—. Creía que el padre...

—Varía —dijo Ilene—. Existen muchos factores, como creo que expliqué a la señora Loriman durante su visita anterior. Lo ideal sería una tipificación HLA con seis antígenos compatibles. Basándonos en la tipificación HLA, usted no sería un buen candidato, señor Loriman.

—¿Y yo? —preguntó Susan.

—Usted es mejor. No es perfecta, pero es más compatible. Normalmente lo mejor es un hermano. Cada hijo hereda la mitad de los antígenos de cada padre y existen cuatro combinaciones de antígenos heredados posibles. Dicho con sencillez, un hermano tiene un veinticinco por ciento de posibilidades de ser totalmente compatible, un cincuenta por ciento de ser medio compatible, con tres antígenos, y un veinticinco por ciento de posibilidades de no ser compatible en absoluto.

—¿Y Tom qué es?

Tom era el hermano menor de Lucas.

—Por desgracia, la noticia es mala. Su esposa es la más compatible por ahora. Pondremos también a su hijo en el banco de trasplantes de riñones de cadáver, a ver si encontramos un candidato mejor, pero me parece poco probable. La señora Loriman podría considerarse suficientemente buena, pero sinceramente no es una donante ideal.

—¿Por qué no?

—Sólo es compatible con dos antígenos. Cuanto más cercano a seis, más probable es que el cuerpo de su hijo no rechace el nuevo riñón. Cuanto mejor sea la compatibilidad de antígenos, menos probable es que tenga que pasarse la vida tomando medicación y sometiéndose a diálisis constante.

Dante se pasó la mano por los cabellos.

—¿Y ahora qué hacemos?

—Tenemos un poco de tiempo. Como he dicho, podemos poner su nombre en la lista. Buscamos y seguimos sometiéndolo a diálisis. Si no aparece nada nuevo, utilizamos el de la señora Loriman.

—Pero le gustaría encontrar algo mejor —dijo Dante.

—Sí.

—Tenemos otros parientes que han dicho que donarán a Lucas si pueden —dijo Dante—. Podría hacerles la prueba.

Ilene asintió.

—Confeccionen una lista: nombres, direcciones y el parentesco sanguíneo exacto.

Silencio.

—¿Hasta qué punto está grave, doctora? —Dante dio la vuelta en la silla y miró atrás—. ¿Mike? Sé sincero con nosotros. ¿Hasta qué punto es grave?

Mike miró a Ilene, que le hizo una señal con la cabeza para que hablara.

—Es grave —dijo Mike.

Miró a Susan Loriman cuando lo dijo. Susan apartó la mirada.

Discutieron opciones durante diez minutos más y después los Loriman se marcharon. Cuando Mike e Ilene se quedaron a solas, Mike cogió la silla de Dante y levantó las manos al cielo. Ilene fingió que estaba ocupada ordenando carpetas.

—¿Qué? —preguntó Mike.

—¿Crees que debería habérselo dicho?

Mike no contestó.

—Mi trabajo es tratar a su hijo. Él es mi paciente. El padre no.

—¿De modo que el padre no tiene derechos?

—No he dicho eso.

—Has realizado unas pruebas médicas y gracias a eso te has enterado de cosas que has ocultado al paciente.

—No a mi paciente —refutó Ilene—. Mi paciente es Lucas Loriman, el hijo.

—Así que nos callamos lo que sabemos.

—Voy a preguntarte una cosa. Imagina que descubro con una prueba que la señora Loriman engañó al señor Loriman, ¿estaría obligada a decírselo a él?

—No.

—¿Y si descubriera que traficaba con drogas o robando dinero?

—Estás yendo demasiado lejos, Ilene.

—¿Ah, sí?

—No se trata de drogas o dinero.

—Lo sé, pero en ambos casos es irrelevante para la salud de mi paciente.

Mike se lo pensó.

—Supongamos que descubres un problema médico en la prueba de Dante Loriman. Supongamos que descubres que tenía un linfoma. ¿Se lo dirías?

—Por supuesto.

—Pero ¿por qué? Como has dicho, no es tu paciente. No es asunto tuyo.

—Vamos, Mike. Eso es diferente. Mi trabajo es ayudar a mi paciente, Lucas Loriman, a mejorar. La salud mental forma parte del conjunto. Antes de realizar un trasplante, obligamos a nuestros pacientes a asesorarse psicológicamente, ¿no? ¿Por qué? Porque nos preocupa su salud mental en esta situación. Provocar un terremoto en casa de los Loriman no beneficiará a la salud de mi paciente. Punto, final de la historia.

Ambos callaron un momento.

—No es tan fácil —dijo Mike.

—Lo sé.

—Este secreto nos pesará.

—Por eso te lo he contado. —Ilene separó los brazos y sonrió—. ¿Por qué he de ser yo la única que no duerma por la noche?

—Eres una gran colega.

—¿Mike?

—¿Sí?

—Si fueras tú, si yo hiciera una prueba como ésta y descubriera que Adam no es tu hijo biológico, ¿querrías saberlo?

—¿Que Adam no es mi hijo? ¿Le has visto las orejas?

Ella sonrió.

—Estoy intentado plantear una hipótesis. ¿Querrías saberlo?

—Sí.

—¿Así, sin más?

—Soy un pirado del control. Ya lo sabes. Necesito saberlo todo.

Mike calló.

—¿Qué? —preguntó ella.

Se echó hacia atrás y cruzó las piernas.

—¿Vamos a seguir ignorando al elefante que hay en esta habitación?

—Es lo que tenía pensado, sí.

Mike esperó.

Ilene Goldfarb suspiró.

—Anda, dilo.

—Si nuestro primer juramento es «primero no hacer daño»...

Ella cerró los ojos.

—Sí, sí.

—No tenemos un buen donante para Lucas Loriman —dijo Mike—. Todavía estamos buscando.

—Lo sé. —Ilene cerró los ojos y dijo—: Y el candidato más evidente sería el padre biológico.

—Exactamente. Es nuestra mejor baza para conseguir una compatibilidad aceptable.

—Tenemos que hacerle una prueba. Es nuestra prioridad.

—No podemos olvidarlo —dijo Mike—. Aunque queramos.

Intentaron asimilarlo.

—¿Y qué hacemos ahora? —preguntó Ilene.

—No creo que tengamos muchas opciones.

Betsy Hill esperaba en el aparcamiento del instituto con la intención de interceptar a Adam después de clase.

Miró hacia atrás, hacia la «fila de las mamás», la acera de la avenida Maple donde las madres —de vez en cuando había un padre, pero era la excepción que confirmaba la regla— esperaban en sus coches o se juntaban para chismorrear, aguardaban que acabara la escuela para acompañar a sus hijos a clase de violín, al dentista o a clase de karate.

Betsy Hill había sido una de esas madres.

Había empezado como una de esas madres que esperan delante de la guardería de la Escuela Elemental Hillside y después en la Escuela Secundaria en Mount Pleasant y finalmente aquí, a veinte metros de donde estaba ahora. Recordaba esperar a su precioso Spencer, oír el timbre, mirar a través del parabrisas y observar a los niños salir en tromba como hormigas que se esparcen detrás de la comida. Ella sonreía cuando le veía y casi siempre, sobre todo entonces, Spencer le devolvía la sonrisa.

Echaba de menos ser una madre joven, la ingenuidad que se experimenta con el primer hijo. Fue diferente con los gemelos, incluso antes de la muerte de Spencer. Volvió a mirar a las madres, y la forma en que se movían sin preocupación ni miedos, y deseaba odiarlas.

Sonó el timbre. Se abrieron las puertas. Los alumnos salieron en oleadas gigantes.

Y Betsy casi se puso a buscar a Spencer.

Fue uno de esos breves momentos en que el cerebro no es capaz de soportarlo más, y olvida lo horrible que es todo, y crees, durante un breve segundo, que todo ha sido una pesadilla. Spencer saldría, con la mochila al hombro, que hacía que adoptara la postura encorvada típica del adolescente, y Betsy le vería y pensaría que necesitaba un corte de pelo y que estaba demasiado pálido.

La gente habla de las etapas del duelo: negación, rabia, negociación, depresión, aceptación, pero esas etapas tienden a difuminarse más bien en tragedia. Nunca dejas de negarlo. Una parte de ti siempre está enfadada. Y la mera idea de «aceptación» es obscena. Algunos psiquiatras prefieren la palabra «conclusión». Semánticamente el concepto era mejor, pero a Betsy le seguía dando ganas de gritar.

¿Qué estaba haciendo allí exactamente?

Su hijo estaba muerto. Hablar con uno de sus amigos no iba a cambiarlo.

Pero por alguna razón le parecía que podía hacerlo.

Spencer quizá no había estado solo aquella noche. ¿Qué cambiaba esto? Era una idea demasiado formularia, sí, pero no le devolvería a su hijo. ¿Qué esperaba encontrar?

¿Conclusión?

Y entonces distinguió a Adam.

Caminaba solo, encorvado bajo el peso de la mochila. Todos parecían encorvados en realidad. Betsy mantuvo los ojos fijos en Adam y se colocó de modo que interceptara su paso. Como casi todos los chicos, Adam caminaba con los ojos bajos. Betsy esperó, colocándose más a la izquierda o a la derecha, asegurándose de estar frente a él.

Finalmente, cuando se acercó bastante, dijo:

—Hola, Adam.

Él se paró y levantó la cabeza. Era un chico guapo, pensó Betsy. Todos lo eran a aquella edad. Pero Adam también había cambiado. Todos habían cruzado una línea adolescente. Era más grande, alto y musculoso, más un hombre que un chico. Todavía podía ver al niño en su rostro, pero también veía una especie de desafío.

—Oh —dijo—. Hola, señora Hill.

Adam iba a apartarse, desviándose hacia la izquierda.

—¿Puedo hablar contigo un momento? —dijo Betsy llamando su atención.

Él se paró de golpe.

—Oh, claro. Por supuesto.

Adam trotó hacia ella con flexibilidad. Adam siempre había sido un buen atleta. Spencer, no. ¿También esto era culpa del desenlace de su hijo? La vida es mucho más fácil en pueblos como ése si eres un buen deportista.

Se paró a un par de metros de ella. No podía mirarla a los ojos, pero pocos chicos de instituto lo hacen. Betsy estuvo callada unos segundos. Sólo le miró.

—¿Quería hablar conmigo? —preguntó Adam.

—Sí.

Más silencio. Más miradas. Él se retorció.

—Lo siento mucho —dijo.

—¿Qué?

Aquella respuesta lo sorprendió.

—Lo de Spencer.

—¿Por qué?

Él no contestó, sin mirarla a los ojos todavía.

—Adam, mírame.

Seguía siendo la adulta, y él el niño. La obedeció.

—¿Qué pasó aquella noche?

Tragó saliva y dijo:

—¿Qué pasó?

—Estabas con Spencer.

Él negó con la cabeza. Palideció.

—¿Qué pasó, Adam?

—Yo no estaba.

Ella levantó la foto de la página de MySpace, pero sus ojos volvían a estar fijos en el suelo.

—Adam.

Él levantó la cabeza y Betsy le puso la foto frente a la cara.

—Éste eres tú, ¿no?

—No lo sé, podría ser.

—Esta foto se sacó la noche que murió.

Él negó con la cabeza.

—¿Adam?

—No sé de qué me habla, señora Hill. Aquella noche no vi a Spencer.

—Vuelve a mirar...

—Tengo que irme.

—Adam, por favor...

—Lo siento, señora Hill.

Él echó a correr. Volvió corriendo al edificio de ladrillo, dio la vuelta hacia la parte posterior y desapareció.

9

La investigadora jefe Loren Muse miró su reloj. Hora de reunirse.

—¿Tienes mis cosas? —preguntó.

Su ayudante era una joven llamada Chamique Johnson. Muse había conocido a Chamique durante un famoso juicio por violación. Tras un agitado comienzo en la fiscalía, Chamique se había vuelto indispensable.

—Ahí están —dijo Chamique.

—Es gordo.

—Lo sé.

Muse cogió el sobre.

—¿Está todo aquí?

Chamique frunció el ceño.

—Pues no, no es lo que me pediste.

Muse se disculpó y cruzó el pasillo hacia el despacho del fiscal del condado de Essex, más concretamente, el despacho de su jefe, Paul Copeland.

La recepcionista —era nueva y Muse era mala para recordar los nombres— la saludó con una sonrisa.

—La están esperando todos.

—¿Quién me está esperando?

—El fiscal Copeland.

—Has dicho «todos».

—¿Disculpe?

—Has dicho que me estaban esperando. «Todos» insinúa que hay más de una persona. Probablemente más de dos.

La recepcionista parecía aturdida.

—Ah, claro. Son cuatro o cinco.

—¿Con el fiscal Copeland?

—Sí.

—¿Quiénes?

Ella se encogió de hombros.

—Otros detectives, creo.

Muse no estaba segura de qué conclusión sacar. Había pedido una reunión en privado para hablar de la situación políticamente delicada que se había creado con Frank Tremont. No tenía ni idea de por qué podía haber otros detectives en el despacho del fiscal.

Oyó las risas antes de entrar en la habitación. Eran seis, incluido su jefe, Paul Copeland. Todos hombres. Frank Tremont estaba entre ellos, además de tres detectives. El último de ellos le sonaba vagamente. Tenía una libreta y un bolígrafo frente a él y, sobre la mesa, una grabadora.

Cope —así era como todos llamaban a Paul Copeland— estaba sentado a su mesa y se reía con ganas de algo que le acababa de susurrar Tremont.

Muse sintió que se le encendían las mejillas.

—Hola, Muse —dijo.

—Cope —dijo ella, saludando a los demás con la cabeza.

—Entra y cierra la puerta.

Ella entró. Se paró y sintió todos los ojos clavarse sobre ella. Más calor en las mejillas. Se sintió estafada e intentó mirar furiosamente a Cope. Él no se dejó intimidar. Cope sonreía haciéndose el tonto y estaba tan guapo como siempre. Ella intentó comunicarle con la mirada que primero quería hablar con él a solas, que se sentía como si hubiera caído en una emboscada, pero como acababa de pasar, él no se dejó intimidar.

—Empecemos, si os parece.

Loren Muse dijo:

—De acuerdo.

—Espera, ¿conoces a todo el mundo?

Cope levantó ampollas cuando ocupó el cargo de fiscal del condado y asombró a todos nombrando a Muse su investigadora jefe. Normalmente el puesto era para uno de los rudos veteranos, siempre varones, que se suponía que guiaba al político nombrado por el sistema. Loren Muse era una de las detectives más jóvenes del departamento cuando la eligió. Cuando los medios le preguntaban qué criterio había utilizado para elegir a una mujer joven antes que a veteranos mucho más experimentados, él respondía con una sola palabra:

—Méritos.

Y allí estaba ella, en una habitación con cuatro de los veteranos despechados.

—No conozco a este caballero —dijo Muse, indicando con la cabeza al hombre de la libreta y el bolígrafo.

—Ah, perdona. —Cope alargó una mano como un presentador de televisión y se puso la sonrisa mediática—. Es Tom Gaughan, un periodista del The Star-Ledger.

Muse no dijo nada. El cuñado gacetillero de Tremont. Aquello iba de mal en peor.

—¿Empezamos? —preguntó Cope.

—Cuando quiera, Cope.

—Bien. Frank tiene una queja. Frank, adelante, tienes la palabra.

Paul Copeland se acercaba a los cuarenta. Su esposa había muerto de cáncer poco después del nacimiento de su hija, que ahora tenía siete años, Cara. La había criado él solo. Al menos hasta ahora. Ya no tenía fotos de Cara sobre la mesa. Antes sí. Muse recordaba que, al ocupar el puesto, Cope tenía una en el estante detrás de su silla. Un día, después de condenar a un pederasta, Cope la había quitado. Ella nunca le preguntó por qué, pero se imaginaba que estaba relacionado con aquel caso.

Tampoco había fotos de su prometida, pero, en el perchero de Cope, Muse podía ver un esmoquin envuelto en plástico. La boda era el próximo sábado y Muse asistiría. De hecho, era una de las damas de honor.

Cope siguió sentado detrás de su mesa, esperando a que Tremont hablara. No había más sillas vacías, de modo que Muse permaneció de pie. Se sentía vulnerable y cabreada. Un subordinado iba a quejarse de ella y Cope, su supuesto defensor, iba a permitirlo. Se esforzó por no ponerse a gritar «sexismo», porque de haber sido un hombre, a nadie se le hubiera ocurrido que tuviera que soportar las imbecilidades de Tremont. Tendría poder para echarlo a patadas, con repercusiones políticas y mediáticas o sin ellas.

Se quedó quieta y furiosa.

Frank Tremont se levantó el cinturón, aunque permaneció sentado.

—Bueno, sin ánimo de faltarle al respeto, señora Muse, pero...

—Investigadora jefe Muse —dijo Loren.

—¿Disculpa?

—No soy la señora Muse. Tengo un título. Soy la investigadora jefe. Tu jefe.

Tremont sonrió. Se volvió lentamente hacia sus compañeros detectives y después hacia su cuñado. Su expresión divertida parecía decir: ¿Veis a qué me refiero?

—Qué susceptible. —Y después, sin molestarse en disimular el sarcasmo—: ¿No, investigadora jefe Muse?

Muse miró a Cope. Él se quedó quieto. Su cara no le transmitió ningún consuelo. Se limitó a decir:

—Perdón por la interrupción, Frank, sigue.

Muse sintió que las manos se le cerraban con fuerza.

—Bien, en fin, tengo veintiocho años de experiencia en la policía. Me tocó el caso de la prostituta en el Distrito Quinto. Una cosa es que ella se presente sin ser invitada. No me gusta. No es el protocolo. Pero bueno, si Muse quiere fingir que puede ser útil, por mí adelante. Pero empieza a dar órdenes. Se pone al mando, minando mi autoridad ante los agentes.

»No me parece justo.

Cope asintió.

—El caso era tuyo.

—Sí.

—Háblame de él.

—¿Eh?

—Háblame del caso.

—Todavía no sabemos mucho. Una prostituta hallada muerta. Alguien le hizo trizas la cara. La forense cree que la mataron a golpes. Todavía no hemos conseguido identificarla. Preguntamos a otras prostitutas, pero nadie sabía quién era.

—¿Las otras prostitutas no saben cómo se llama —preguntó Cope—, o no la conocen de nada?

—No hablan mucho, pero ya sabe cómo va esto. Nadie ha visto nada. Las haremos hablar.

—¿Algo más?

—Encontramos un pañuelo verde. No es exacto, pero es del color de una banda nueva. Haré que me traigan a algunos de los miembros conocidos de esta banda. Les apretaremos las tuercas, a ver si alguno de ellos canta. También estamos buscando en el ordenador por si hay algún caso de prostituta muerta con el mismo modus operandi en la zona.

—¿Y?

—Por ahora nada. Bueno, tenemos a muchas prostitutas muertas. Huelga decirlo, jefe. Ésta es la séptima este año.

—¿Huellas?

—Hemos buscado en el condado. Nada. A nivel del FBI tardará un poco más.

Cope asintió.

—Bien, y ¿tú te quejabas de que Muse...?

—Mire, no quiero dar problemas, pero las cosas claras: ella ya no debería ocupar el puesto. Usted la eligió porque es mujer. Lo entiendo. Es la realidad de hoy. Un hombre acumula años, trabaja bien, y no significa nada si no tiene la piel negra o le falta el pito. Lo entiendo. Pero esto también es discriminación. A ver, sólo porque yo sea hombre y ella mujer no significa que se salga con la suya, ¿no? Si yo fuera su jefe y cuestionara todo lo que hace, seguro que se pondría a gritar que la violo o la acoso o algo así y me pondría una demanda.

Cope volvió a asentir.

—Tiene lógica. —Se volvió a mirar a Loren—. ¿Muse?

—¿Qué?

—¿Algún comentario?

—Para empezar, no estoy segura de ser la única en la habitación que no tiene pito.

Miraba a Tremont.

—¿Algo más? —dijo Cope.

—Me siento como un saco de arena.

—De ninguna manera —dijo Cope—. Eres su superior, pero esto no significa que tengas que hacerle de canguro, ¿no? Yo soy tu superior, y no te hago de canguro.

Muse echaba humo.

—El detective Tremont lleva mucho tiempo aquí. Tiene amigos y es respetado. Por eso le he concedido esta oportunidad. Quiere acudir a la prensa con su opinión. Presentar una queja formal. Le he pedido que celebráramos esta reunión, que fuéramos razonables. He dejado que invitara al señor Gaughan, para que viera que trabajamos de forma abierta y sin hostilidades.

Todos miraron a Muse.

—Ahora te lo preguntaré otra vez —dijo Cope a Loren. La miró a los ojos—. ¿Tienes que hacer algún comentario a lo que acaba de decir el detective Tremont?

Ahora Cope sonreía. No mucho. Sólo un rictus en la comisura de los labios. Y de repente ella lo comprendió.

—Sí —dijo Muse.

—Tienes la palabra.

Cope se echó hacia atrás y unió las manos detrás de la cabeza.

—Empecemos por el hecho de que no creo que la víctima sea una prostituta.

Cope arqueó las cejas como si fuera la frase más asombrosa que había pronunciado nadie jamás.

—¿Ah, no?

—No.

—Pero he visto la ropa que llevaba —dijo Cope—. Acabo de oír el informe de Frank. Y el lugar donde encontraron el cuerpo. Todos saben que es donde se mueven las prostitutas.

—Incluido el asesino —dijo Muse—. Por eso tiró allí su cuerpo.

Frank Tremont se echó a reír.

—Muse, sólo dices tonterías. Necesitas pruebas, cielo, no sólo intuición.

—¿Quieres pruebas, Frank?

—Por supuesto, oigámoslas. No tienes nada.

—¿Qué te parece su color de piel?

—¿Qué?

—Que es blanca.

—Ah, qué maravilla —dijo Tremont, levantando ambas manos—. Esto me encanta. —Miró a Gaughan—. Apúntalo todo, Tom, porque esto no tiene precio. Insinúo que quizá, sólo quizá, una prostituta no sea una prioridad y soy un neandertal fascista. Pero cuando ella dice que nuestra víctima no puede ser una puta porque es blanca, esto se considera buen trabajo policial.

Señaló con un dedo en dirección a Loren.

—Muse, necesitas un poco más de tiempo en la calle.

—Has dicho que había habido seis prostitutas muertas más.

—Sí, ¿y qué?

—¿Sabías que las seis eran afroamericanas?

—Eso no significa una mierda. Tal vez las otras seis eran... yo qué sé... altas. Y ésta era baja. ¿Significa esto que no puede ser puta?

Muse se acercó al tablón de anuncios de la pared de Cope. Sacó una fotografía del sobre y la pegó.

—Esta fotografía se tomó en el escenario del crimen.

Todos miraron.

—Es la gente que estaba detrás de la cinta policial —dijo Tremont.

—Muy bien, Frank. Pero la próxima vez levanta la mano y espera a que te pregunte.

Tremont cruzó los brazos.

—¿Qué se supone que miramos?

—¿Qué ves aquí? —preguntó Muse.

—Prostitutas.

—Exactamente. ¿Cuántas?

—No lo sé. ¿Quieres que las cuente?

—Sólo un cálculo.

—Quizá veinte.

—Veintitrés. Bien hecho, Frank.

—¿Y a dónde quieres ir a parar?

—Por favor, cuenta cuántas de ellas son blancas.

Ninguno tuvo que mirar mucho rato para saber la respuesta: cero.

—¿Intentas decirme, Muse, que no hay prostitutas blancas?

—Sí las hay. Pero en esta zona son muy pocas. Retrocedí tres meses. Según los expedientes de arrestos, no se ha arrestado a ninguna blanca por prostitución en el radio de tres calles durante todo ese período. Y como has indicado tú, sus huellas no están archivadas. ¿De cuántas prostitutas habituales puedes decir lo mismo?

—De muchas —dijo Tremont—. Vienen de fuera del estado, se quedan una temporada, se mueren o se mudan a Atlantic City. —Tremont separó las manos—. Vaya, Muse, eres fantástica. No sé si debería dimitir.

Soltó una risita. Muse no se rió.

Muse sacó más fotografías y las pegó en el tablón.

—Mira los brazos de la víctima.

—Sí, ¿qué?

—No tiene marcas de agujas, ni una sola. La prueba de toxicología muestra que no había drogas ilegales en su organismo. Así que Frank, de nuevo: ¿cuántas prostitutas blancas del Distrito Quinto no son yonquis?

Esto le aplacó un poco.

—Está bien alimentada —siguió Muse—, que significa algo, pero no demasiado actualmente. Muchas prostitutas están bien alimentadas. No tiene marcas ni fracturas anteriores a este incidente, lo que tampoco es habitual para una prostituta que trabaje en esta zona. No podemos decir mucho de sus dientes porque casi se los arrancaron todos, y los que quedan están en muy mal estado. Pero mira esto.

Puso otra fotografía enorme en el tablón.

—¿Zapatos? —preguntó Tremont.

—Premio, Frank.

La mirada de Cope le ordenó que dominara su sarcasmo.

—Y zapatos de puta —siguió Tremont—. Tacones de aguja, provocativos. No como esas zapatillas que llevas tú, Muse. ¿Te pones tacones alguna vez?

—No, Frank. ¿Y tú?

Esto hizo a reír a todos. Cope meneó la cabeza.

—¿Adónde quiere ir a parar? —preguntó Tremont—. Son zapatos de catálogo de prostituta.

—Mira las suelas.

Utilizó un lápiz para señalar.

—¿Qué debería ver?

—Nada. Ésa es la cuestión. No están sucias. Ni un rasguño.

—Son nuevas.

—Demasiado nuevas. He ampliado la foto. —Puso otra fotografía—. Ni una rascadita. Nadie ha caminado con ellas. Ni un paso.

La habitación quedó en silencio.

—¿Y?

—Buena respuesta, Frank.

—Que te den, Muse, esto no significa...

—Por cierto, no tenía semen en su interior.

—¿Y? Tal vez éste era su primer cliente de la noche.

—Tal vez. También tiene un bronceado que deberías examinar.

—¿Un qué?

—Un bronceado.

Intentó parecer incrédulo, pero estaba perdiendo apoyos.

—Hay una razón para que llamen putas callejeras a esas chicas, Muse. En las calles estás al aire libre. Estas chicas trabajan fuera. Mucho.

—Dejando de lado el hecho de que apenas hemos tenido sol últimamente, las marcas del bronceado no coinciden. Están aquí —señaló los hombros—, y no está bronceada en el abdomen, esa zona está totalmente blanca. En resumen, esta mujer llevaba camiseta, no tops con el ombligo al aire. Y después está el pañuelo que encontramos en su mano.

—Debió de arrancárselo al asesino durante el ataque.

—No, no lo arrancó. Está claro que lo pusieron allí. Se movió el cuerpo, Frank. ¿Y vamos a creernos que él se lo arrancó de la cabeza mientras luchaban, y se lo dejó cuando abandonó el cuerpo? ¿Te parece creíble?

—Puede que la banda quiera enviar un mensaje.

—Podría ser. Pero también está la propia paliza.

—¿Qué tiene de raro?

—Es exagerada. Nadie pega a una persona con tanta precisión.

—¿Tienes una teoría?

—La evidente. Alguien no quería que la reconociéramos. Y algo más. Mira dónde la tiraron.

—Un sitio conocido por sus prostitutas.

—Así es. Sabemos que no la mataron allí. La tiraron allí. ¿Por qué allí? Si era una prostituta, ¿por qué querrían que lo supiéramos? ¿Para qué tirar a una prostituta en una zona conocida por la prostitución? Te diré por qué. Porque si de entrada la toman por una prostituta y un detective gordo y perezoso se encarga del caso y ve la salida más fácil...

—¿A quién estás llamando gordo?

Frank Tremont se levantó y Cope dijo suavemente:

—Siéntate, Frank.

—¿Va a permitir que...?

—Calla —dijo Cope—. ¿Has oído?

Todos se pararon.

—¿Qué?

Cope se puso la mano detrás de la oreja.

—Escucha, Frank. ¿Lo oyes? —Su voz era un susurro—. Éste es el sonido de tu incompetencia puesto en evidencia ante el público. No sólo tu incompetencia, sino tu estupidez suicida al ir a por tu superior cuando los hechos no te dan la razón.

—No tengo por qué escuchar...

—Calla y escucha. Tú escucha.

Muse se esforzó por no reírse.

—¿Ha estado escuchando, señor Gaughan? —preguntó Cope.

Gaughan se aclaró la garganta.

—He oído lo que tenía que oír.

—Bien, porque yo también. Y ya que ha pedido que grabáramos esta reunión, yo también lo he hecho. —Cope sacó una pequeña grabadora de detrás de un libro de su mesa—. Por si acaso su jefe quería oír qué se había dicho exactamente aquí y su grabadora no funcionara bien. No nos gustaría que alguien pensara que ha manipulado la historia para favorecer a su cuñado, ¿verdad?

Cope sonrió a todos. Nadie le devolvió la sonrisa.

—Caballeros, ¿algo más que decir? No, bien. Todos a trabajar, pues. Frank, tómate el resto del día libre. Quiero que pienses en tus opciones y tal vez revises nuestras grandes ofertas de jubilación.

10

Cuando Mike llegó a casa, echó un vistazo a la de los Loriman. Ningún movimiento. Sabía que le tocaba dar el siguiente paso.

Primero, no hacer daño. Ése era el credo.

¿Y segundo?

Esto era más peliagudo.

Tiró las llaves y la cartera en la bandejita que Tia había colocado porque Mike siempre perdía las llaves y la cartera. Funcionaba. Tia había llamado tras aterrizar en Boston. Ahora estaba enfrascada con el trabajo preparatorio y por la mañana tomaría declaración al testigo. Tardaría un poco, pero cogería el primer avión que pudiera. «No te apresures», le había dicho él.

—¡Hola, papá!

Jill dio la vuelta a la esquina. Cuando Mike vio su sonrisa, se esfumaron alegre y felizmente los Loriman y todo lo demás.

—Hola, cielo. ¿Está Adam en su habitación?

—No —dijo Jill.

Se acabó la felicidad.

—¿Dónde está?

—No lo sé. Creía que estaba aquí.

Lo llamaron. Sin éxito.

—Tu hermano debía vigilarte —dijo Mike.

—Estaba aquí hace diez minutos —dijo la niña.

—¿Y ahora?

Jill frunció el ceño. Cuando fruncía el ceño, todo el cuerpo parecía seguirlo.

—Creía que esta noche iríais al partido de hockey.

—Y vamos.

Jill parecía agitada.

—¿Qué pasa, cariño?

—Nada.

—¿Cuándo has visto a tu hermano por última vez?

—No lo sé. Hace unos minutos. —Empezó a morderse una uña—. ¿No debería estar contigo?

—Seguro que volverá enseguida —dijo Mike.

Jill parecía insegura. Mike se sentía igual.

—¿Vas a acompañarme a casa de Yasmin de todos modos? —preguntó ella.

—Por supuesto.

—Espera que recoja la bolsa, ¿vale?

—Claro.

Jill subió la escalera. Mike miró su reloj. Él y Adam habían hecho planes; debían salir de casa en media hora, dejar a Jill en casa de su amiga y acercarse a Manhattan para ver el partido de los Rangers.

Adam debería estar en casa. Debería estar vigilando a su hermana.

Mike respiró hondo. Bueno, mejor no ser presa del pánico todavía. Decidió conceder diez minutos más a Adam. Revisó el correo y volvió a pensar en los Loriman. No valía la pena retrasarlo. Él e Ilene habían tomado una decisión. Era hora de poner manos a la obra.

Encendió el ordenador, buscó su agenda de direcciones, clicó sobre la información de contacto de los Loriman. El móvil de Susan Loriman estaba en la lista. Él y Tia no la habían llamado nunca, pero era algo normal entre vecinos: tenías los números por si había alguna urgencia.

Esto lo era.

Marcó el número. Susan contestó al segundo timbre.

—¿Diga?

Tenía una voz cálida y amable, casi susurrante. Mike se aclaró la garganta.

—Soy Mike Baye —dijo.

—¿Pasa algo?

—Sí. Bueno, nada nuevo. ¿Estás sola ahora mismo?

Silencio.

—Ya hemos devuelto el devedé —dijo Susan.

Mike oyó otra voz, que parecía la de Dante y preguntaba:

—¿Quién es?

—Blockbuster —dijo ella.

Bueno, pensó Mike, no está sola.

—¿Tienes mi teléfono?

—Muy pronto. Gracias.

Clic.

Mike se frotó la cara con ambas manos. Qué bien. Muy pero que muy bien.

—¡Jill!

La niña se asomó al rellano.

—¿Qué?

—¿Adam ha dicho algo al llegar a casa?

—Sólo ha dicho «Hola, petarda».

Sonrió al decirlo.

Fue como si Mike oyera la voz de su hijo. Adam quería a su hermana, y ella le quería a él. Los hermanos suelen pelearse, pero estos dos casi nunca lo hacían. Quizá sus diferencias los salvaban de las peleas. Por muy frío o taciturno que se hubiera vuelto Adam, nunca la tomaba con su hermanita.

—¿Tienes alguna idea de adónde puede haber ido?

Jill negó con la cabeza.

—¿Está bien?

—Está perfectamente, no te preocupes. Te llevaré a casa de Yasmin en un momento, ¿de acuerdo?

Mike subió los escalones de dos en dos. Sintió una punzada en la rodilla, una antigua lesión de su época de jugador de hockey. Se la había hecho operar hacía unos meses por un amigo, un cirujano ortopédico llamado David Gold. Mike le dijo a David que no quería dejar el hockey y le preguntó si el juego le había causado un daño a largo plazo. David le dio una receta de Percocet y contestó:

—No me llegan muchos ex jugadores de ajedrez, como puedes suponer.

Abrió la puerta de la habitación de Adam. El cuarto estaba vacío. Mike buscó pistas para averiguar adónde podría haber ido su hijo. No encontró ninguna.

—Oh, no habrá... —dijo Mike en voz alta.

Miró el reloj. Adam ya debería estar en casa... no debería haberse marchado en ningún momento. ¿Cómo podía haber dejado sola a su hermana? Sabía que no debía hacerlo. Mike sacó el móvil y apretó la tecla de marcado rápido. Lo oyó sonar y después la voz de Adam que le pedía que dejara un mensaje.

—¿Dónde estás? Tenemos que marcharnos pronto al partido. ¿Has dejado sola a tu hermana? Llámame inmediatamente.

Apretó la tecla de FIN.

Pasaron diez minutos. No llegó nada de Adam. Mike volvió a llamar. Dejó otro mensaje con los dientes apretados.

—¿Papá? —dijo Jill.

—Sí, mi vida.

—¿Dónde está Adam?

—Seguro que vuelve a casa enseguida. Mira, te dejaré en casa de Yasmin y volveré a por tu hermano, ¿de acuerdo?

Mike llamó y dejó un tercer mensaje en el móvil de Adam explicando que volvería enseguida. Volvió mentalmente a la última vez que había hecho esto —dejar mensajes repetidos en buzones de voz—, cuando Adam huyó y no supieron nada de él en dos días. Mike y Tia se habían vuelto locos intentando localizarlo y al final no había sido nada.

Esperaba que no estuviera jugando a esto otra vez, pensó Mike. Y entonces, en ese mismo momento, pensó: «Dios, espero que esté jugando a eso otra vez».

Mike buscó una hoja de papel, escribió una nota y la dejó sobre la mesa de la cocina.

ADAM:

HE IDO A ACOMPA—AR A JILL, CUANDO VUELVA NOS VAMOS ENSEGUIDA.

La mochila de Jill tenía una insignia de los New York Rangers detrás. No le gustaba mucho el hockey, pero la mochila había sido de su hermano. A Jill le encantaba heredar cosas de Adam. Últimamente le había dado por ponerse un anorak verde demasiado grande para ella de la época en que Adam jugaba al hockey de alevines. El nombre de Adam estaba bordado en el lado derecho delantero.

—¿Papá?

—¿Qué, cielo?

—Estoy preocupada por Adam.

No lo dijo como una niña jugando a comportarse como una adulta. Lo dijo como una niña demasiado lista para su edad.

—¿Por qué lo dices?

Ella se encogió de hombros.

—¿Te ha dicho algo?

—No.

Mike entró en la calle de Yasmin, esperando que Jill dijera algo más. Pero no dijo nada.

En los viejos tiempos, cuando Mike era un niño, dejabas a los niños y te marchabas o quizá esperabas en el coche hasta que se abría la puerta. Ahora acompañabas a tus hijos hasta la puerta. Normalmente esto fastidiaba un poco a Mike, pero cuando se trataba de pasar la noche, sobre todo a aquella edad tan temprana, Mike prefería asegurarse de que llegara sana y salva a su destino. Llamó a la puerta y abrió Guy Novak, el padre de Yasmin.

—Hola, Mike.

—Hola, Guy.

Guy todavía llevaba el traje del trabajo, aunque se había aflojado la corbata. Llevaba gafas de pasta de montura muy a la moda y los cabellos parecían estratégicamente despeinados. Guy era otro de los padres del pueblo que trabajaba en Wall Street, aunque Mike nunca había logrado tener la menor idea de qué hacía exactamente ninguno de ellos. Fondos de protección, fideicomisos, servicios de crédito u ofertas públicas de venta de acciones o trabajar en el parqué o en seguros o vender bonos, cualquier cosa, para Mike todo era una gran masa difuminada de cuestiones económicas.

Guy llevaba años divorciado y, según los partes que le daba su hija de once años, salía con muchas mujeres.

—Todas sus novias hacen la pelota a Yasmin —le había dicho Jill—. Es muy divertido.

Jill se adelantó.

—Adiós, papá.

—Adiós, preciosa.

Mike esperó un segundo, viéndola marcharse, y después se volvió a mirar a Guy Novak. Era sexista, pero Mike prefería dejar a su hija con una madre sola. Que su hija preadolescente pasara la noche en una casa con sólo un adulto varón... no debería importarle. Él también cuidaba a las niñas a veces sin Tia. Y aun así...

No sabían qué decirse. Mike rompió el silencio.

—Bueno —dijo—, ¿qué planes tienes para esta noche?

—Podría llevarlas al cine —dijo Guy—. Y a tomar un helado en Cold Stone Creamery. Espero que no te importe, pero he invitado a una amiga. Vendrá con nosotros.

—Por mí bien —dijo Mike, pensando: «Mejor aún».

Guy miró hacia atrás. Cuando vio que las niñas habían desaparecido, volvió a mirar a Mike.

—¿Tienes un momento? —preguntó.

—Claro, ¿qué sucede?

Guy salió afuera. Cerró la puerta. Miró hacia la calle y hundió las manos en los bolsillos. Mike lo miraba de perfil.

—¿Va todo bien? —preguntó Mike.

—Jill se ha portado muy bien —dijo Guy.

Mike no sabía bien cómo reaccionar y permaneció en silencio.

—No sé qué debo hacer. Cuando eres padre, haces lo que puedes, ¿no? Lo haces lo mejor que sabes para criar a tus hijos, alimentarlos, educarlos. Yasmin ya tuvo que pasar por un divorcio cuando era muy pequeña. Pero se adaptó. Era feliz, extrovertida y tenía amigos. Y entonces va y sucede una cosa así.

—¿Te refieres a lo del señor Lewiston?

Guy asintió. Se mordió el labio y la mandíbula le tembló.

—Habrás visto cómo ha cambiado Yasmin.

Mike optó por la verdad.

—Parece más retraída.

—¿Sabes lo que le dijo Lewiston?

—La verdad es que no.

Él cerró los ojos, respiró hondo y volvió a abrirlos.

—Supongo que Yasmin se estaba portando mal, no prestaba atención, lo que sea. No lo sé. Cuando hablé con Lewiston, me dijo que la había advertido dos veces. La cuestión es que Yasmin tiene un poco de vello facial. No mucho, pero bueno, un poco de bigote. No es algo en lo que un padre vaya a fijarse, y su madre no está por aquí, así que nunca pensé en hacerle electrolisis ni nada. El caso es que él estaba explicando los cromosomas y ella no paraba de susurrar en el fondo de la clase, así que Lewiston finalmente estalló. Dijo: «Algunas mujeres desarrollan rasgos masculinos como el vello facial. Yasmin, ¿estás escuchando?». Algo así.

—Qué horror —dijo Mike.

—Es inexcusable, ¿no? No se disculpó enseguida porque, según él, no quería llamar más la atención sobre lo que había dicho. Para entonces todos los niños de la clase habían empezado a hacer bromas. Yasmin estaba muerta de vergüenza. Empezaron a llamarla Mujer Barbuda y XY, por el cromosoma masculino. Al día siguiente el profesor se disculpó, imploró a los niños que dejaran de burlarse de ella, yo me presenté, me cabreé con el director, pero para entonces era como pretender que no hubiera sonado el timbre, ya me comprendes.

—Sí.

—Niños.

—Sí.

—Jill no ha abandonado a Yasmin, y es la única. Es algo increíble en una niña de once años. Sé que seguramente le toca cargar con algunas pullas por esto.

—Puede soportarlo —dijo Mike.

—Es una buena niña.

—Igual que Yasmin.

—Deberías estar orgulloso de ella. Es lo que quería decirte.

—Gracias —dijo Mike—. Pasará, Guy. Dale tiempo.

Guy miró a lo lejos.

—Cuando estaba en tercer curso, había un niño llamado Eric Hellinger. Eric siempre tenía una gran sonrisa estampada en la cara. Se vestía como un auténtico hortera, pero por lo visto le daba igual. Él siempre sonreía. Un día vomitó en plena clase. Fue asqueroso. Olía tan mal que tuvimos que salir del aula. En fin, después de esto, los niños empezaron a burlarse de él. Le llamaban Pestellinger. No se acabó nunca. La vida de Eric cambió. La sonrisa desapareció y, para serte sincero, cuando le veía solo en los pasillos después en el instituto, tenía la sensación de que no volvería a sonreír.

Mike no dijo nada, pero conocía una historia parecida. Todas las infancias tienen una, su propio Eric Hellinger o Yasmin Novak.

—La cosa no mejora, Mike. Así que he puesto la casa a la venta. No quiero mudarme. Pero no sé qué más hacer.

—Si Tia o yo podemos ayudar... —empezó Mike.

—Os lo agradezco. Y os agradezco que dejéis que Jill pase la noche aquí. Es muy importante para Yasmin. Y para mí. Así que gracias.

—Encantados.

—Jill dijo que esta noche llevabas a Adam al partido de hockey.

—Ése es el plan.

—Entonces no te entretendré. Gracias por escucharme.

—De nada. ¿Tienes mi móvil?

Guy asintió. Mike dio una palmadita en el hombro a Guy y volvió al coche.

Así era la vida, un maestro pierde los nervios diez segundos y lo cambia todo para una niña. Es una locura cuando lo piensas. También hizo que Mike pensara en Adam.

¿Le habría ocurrido algo parecido a su hijo? ¿Un único incidente, quizá algo muy ínfimo, había desviado a Adam del camino?

Mike pensó en aquellas películas en que los protagonistas viajan a través del tiempo, en las que vuelven atrás y cambian una cosa y entonces todo lo demás cambia también, como un efecto dominó. Si Guy pudiera volver atrás en el tiempo y no dejar ir a la escuela a Yasmin aquel día, ¿sería todo igual? ¿Sería más feliz Yasmin, o al obligarla a mudarse y quizá aprender una lección sobre lo crueles que pueden ser las personas, acabaría siendo mejor al final?

¿Quién demonios podía saberlo?

La casa seguía vacía cuando Mike llegó. No había rastro de Adam. Ni había llegado ningún mensaje de él.

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14 августа 2024
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370 стр. 1 иллюстрация
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9788490067727
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