Читать книгу: «El último detalle»
Título original: The Final Detail
© Harlan Coben, 1999
© traducción de Alberto Coscarelli, 2010
© de esta edición digital: RBA Libros, S.A., 2013.
Avda. Diagonal, 189 - 08018 Barcelona.
www.rbalibros.com
OEBO244
ISBN: 978-84-9006-638-6
Conversión a libro electrónico: Víctor Igual, S. L.
Queda rigurosamente prohibida sin autorización por escrito del editor cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra, que será sometida a las sanciones establecidas por la ley. Todos los derechos reservados.
Índice
Portada
Créditos
Cita
Cap. 1
Cap. 2
Cap. 3
Cap. 4
Cap. 5
Cap. 6
Cap. 7
Cap. 8
Cap. 9
Cap. 10
Cap. 11
Cap. 12
Cap. 13
Cap. 14
Cap. 15
Cap. 16
Cap. 17
Cap. 18
Cap. 19
Cap. 20
Cap. 21
Cap. 22
Cap. 23
Cap. 24
Cap. 25
Cap. 26
Cap. 27
Cap. 28
Cap. 29
Cap. 30
Cap. 31
Cap. 32
Cap. 33
Cap. 34
Cap. 35
Cap. 36
Cap. 37
Cap. 38
Cap. 39
Cap. 40
Otros títulos
Para la tía Evelyn de Revere, con mucho, muchísimo amor.
Y en memoria de Larry Gerson (1962-1998).
Cierras los ojos y todavía ves su sonrisa
1
Myron estaba tumbado junto a una preciosa morena vestida sólo con un tanga, sostenía una bebida tropical sin sombrilla en una mano, el agua turquesa del Caribe le remojaba los pies, la arena era una resplandeciente alfombra de polvo blanco, el cielo de un azul tan puro que sólo podía ser el lienzo vacío de Dios, el sol relajante y tibio como una masajista sueca con una copa de coñac, pero él se sentía totalmente desgraciado.
Los dos llevaban en esa isla paradisíaca unas, calculaba, tres semanas. Myron no se había molestado en contar los días. Suponía que tampoco Terese. La isla parecía tan remota como la de Gilligan’s: sin teléfono, algunas luces, sin coches, muchísimo lujo, nada parecido a Robinson Crusoe, y bueno, tampoco tan primitiva como podía serlo. Myron sacudió la cabeza. Puedes apartar al chico de la televisión, pero no puedes quitar la televisión de la cabeza del chico.
En un punto medio del horizonte, avanzando hacia ellos y abriendo una herida blanca en la tela turquesa, apareció el yate. Cuando Myron lo vio, se le encogió el estómago.
No sabía con precisión dónde estaban, aunque la isla tenía un nombre: Saint Bacchanals. Sí, en serio. Era un pequeño trozo del planeta propiedad de una de aquellas megalíneas de cruceros que utilizaban una parte de la isla para que los pasajeros nadasen, preparasen barbacoas y disfrutasen de un día en «su isla paradisíaca personal». Personal. Sólo ellos y los otros dos mil quinientos turistas apretados en un pequeño trozo de playa. Sí, personal, muy bacanal.
Ese lado de la isla, en cambio, era muy diferente. Había una única casa, propiedad del director ejecutivo de la línea de cruceros, un híbrido entre una choza con techo de paja y la finca de una plantación. La única persona en un radio de dos kilómetros era un criado. La población total de la isla: quizás unos treinta, todos empleados de la empresa de cruceros.
El yate apagó el motor y se acercó.
Terese Collins deslizó nariz abajo las gafas de sol Bolle y frunció el entrecejo. En tres semanas ninguna embarcación, excepto los enormes barcos de cruceros —que tenían nombres tan sutiles como Sensación, Éxtasis o Punto G—, había pasado por delante de su trozo de arena.
—¿Le has dicho a alguien dónde estábamos? —preguntó Terese.
—No.
—Quizá sea John.
John era el antes mencionado director ejecutivo de la mencionada empresa de cruceros, un amigo de Terese.
—No lo creo —dijo Myron.
Myron había conocido a Terese Collins hacía, siendo generosos, unas tres semanas. Terese estaba «de vacaciones» de su empleo como presentadora de la CNN en el horario de máxima audiencia. Unos amigos bien intencionados les habían llevado casi a la fuerza a una fiesta de beneficencia y de inmediato se habían sentido atraídos el uno por el otro, como si su desgracia y dolor mutuos fuesen imanes. Comenzó como un poco más que un reto: déjalo todo y escapa. Desaparece con alguien que encuentras atractivo y apenas conoces. Ninguno de los dos se echó atrás, y doce horas más tarde estaban en Saint Maarten. Veinticuatro horas después, estaban ahí.
A Myron, un hombre que había dormido con un total de cuatro mujeres en toda su vida, que nunca había disfrutado con citas de una sola noche, ni siquiera en los días en que estaban de moda o claramente libres de cualquier enfermedad, que nunca había mantenido relaciones sexuales sólo por la sensación física, sin las anclas del amor o el compromiso, la decisión de huir le había parecido del todo correcta.
No le había dicho a nadie adónde iba o durante cuánto tiempo. Sobre todo porque él mismo no tenía ni idea. Había llamado a sus padres y les había dicho que no se preocupasen, algo equivalente a decirles que desarrollasen agallas y respirasen bajo el agua. Le había enviado a Esperanza un fax y le había dado poderes para administrar MB SportsReps, la agencia deportiva que ahora dirigían en sociedad. Ni siquiera había llamado a Win.
Terese lo miraba.
—Sabes quién es.
Myron no dijo nada. Se le aceleró el pulso.
El yate se acercó. Se abrió la puerta de la cabina en la proa, y como Myron se temía, Win apareció en cubierta. El pánico lo dejó sin aire. Win no era de los que hacían visitas casuales. Si estaba ahí, significaba que algo iba muy mal.
Myron se levantó. Aún estaba demasiado lejos para gritar, así que se limitó a levantar una mano. Win asintió con un gesto.
—Espera un segundo —dijo Terese—. ¿No es el tipo cuya familia es propietaria de Lock-Horne Securities?
—Sí.
—Le entrevisté una vez. Cuando el mercado se hundió. Tiene un nombre largo y pomposo.
—Windsor Horne Lockwood III —dijo Myron.
—Sí. Un tipo extraño.
Si ella supiese.
—Guapo como el que más —continuó Terese—, con ese estilo del dinero-rancio, club-de-campo, nacido-con-un-palo-de-golf-deplata-en-las-manos.
Como si la hubiese escuchado, Win se pasó una mano por los rizos rubios y sonrió.
—Vosotros dos tenéis algo en común —dijo Myron.
—¿Qué?
—Ambos creéis que es guapo como el que más.
Terese observó el rostro de Myron.
—Vas a regresar.
Había una nota de aprensión en su voz.
—Win no hubiese venido por ningún otro motivo —asintió Myron.
Terese le cogió la mano. Era el primer momento de ternura entre ellos en las tres semanas desde la fiesta de beneficencia. Podía parecer extraño —amantes solitarios en una isla, sexo constante, ni un beso amable, ni una suave caricia o unas palabras susurradas—, pero su relación iba de olvidar y sobrevivir: dos almas desesperadas de pie entre los escombros, sin ningún interés en reconstruir absolutamente nada.
Terese había pasado la mayor parte de los días dando largos paseos en solitario. Él los había pasado sentado en la playa haciendo ejercicio o algunas veces leyendo. Se encontraban para comer, dormir y el sexo. Por lo demás, se dejaban solos el uno al otro, si no para curarse, al menos para restañar la herida. Myron sabía que Terese también había sido vapuleada, que alguna tragedia reciente la había golpeado muy hondo y duro, hasta el tuétano. Pero nunca le había preguntado qué había pasado. Ella tampoco se lo había preguntado a él.
Una regla tácita de su pequeña locura.
El yate se detuvo y echó el ancla. Win bajó a una pequeña motora. Myron aguardó. Se movió sobre los pies como si se preparase. Cuando la embarcación se acercó lo suficiente a la orilla, Win apagó el motor.
—¿Mis padres? —gritó Myron.
Win sacudió la cabeza.
—Están bien.
—¿Esperanza?
Un leve titubeo.
—Necesita tu ayuda.
Win metió los pies en el agua con mucha cautela, casi como si esperase que sostuviese su peso. Iba vestido con una camisa blanca de tela Oxford de manga larga, un pantalón corto Lilly Pulitzer de unos colores tan chillones como para repeler a los tiburones. El Yuppie Marinero. Su constitución era delgada, pero los antebrazos parecían serpientes de acero que se movían debajo de la piel.
Terese se puso de pie cuando Win se acercó. Win admiró la vista sin que se le salieran los ojos de las órbitas. Era uno de los pocos hombres que Myron conocía capaces de hacerlo. Cuestión de educación. Cogió la mano de Terese y sonrió. Intercambiaron un saludo. Las sonrisas falsas y las palabras inútiles lo siguieron. Myron permanecía rígido, sin escuchar. Terese se disculpó y fue hacia la casa.
Win miró atentamente cómo se alejaba. Después dijo:
—Un culo de primera clase.
—¿Te refieres a mí? —preguntó Myron.
Win mantuvo la mirada bien atenta en el objetivo.
—En la tele siempre aparece sentada detrás de la mesa —comentó—. Uno nunca adivinaría que tiene un culo tan perfecto. —Sacudió la cabeza—. La verdad, un auténtico desperdicio.
—Sí —dijo Myron—. Quizá debería levantarse un par de veces durante cada informativo. Darse unas cuantas vueltas, agacharse, cosas por el estilo.
—Ya estás con lo de siempre. —Win arriesgó una rápida mirada a Myron—. ¿Habéis tomado alguna foto de la acción, tal vez filmado un vídeo?
—No, eso es lo que harías tú —señaló Myron—, o quizás una estrella del rock muy pervertida.
—Una pena.
—Sí, una pena, entendido. —¿Un culo de primera?—. ¿Qué pasa con Esperanza?
Terese por fin desapareció a través de la puerta principal. Win exhaló un suave suspiro y se volvió hacia Myron.
—El yate tardará media hora en repostar. Entonces nos marcharemos. ¿Te importa si me siento?
—¿Qué ha pasado, Win?
No respondió, sino que se sentó en una tumbona y se reclinó. Entrelazó las manos detrás de la cabeza y cruzó los tobillos.
—Te diré una cosa. Cuando decides darte el piro, lo haces por todo lo alto.
—No me he dado el piro. Sólo necesitaba un descanso.
—Sí, sí.
Win miró a la distancia, y la comprensión golpeó a Myron en la cabeza. Había herido los sentimientos de Win. Extraño pero probablemente cierto. Win podía ser un sociópata aristocrático de sangre azul, pero, ah amigo, todavía era humano, más o menos. Los dos hombres habían sido inseparables desde la facultad, y no obstante Myron se había largado sin ni siquiera llamarlo. En muchos sentidos, Win no tenía a nadie más.
—Pensaba llamarte —dijo Myron con voz débil.
Win se mantuvo inmóvil.
—Pero sabía que si se presentaba algún problema, serías capaz de encontrarme.
Era verdad. Win podía encontrar la legendaria aguja en un pajar.
Win agitó una mano.
—Lo que tú digas.
—¿A ver, qué pasa con Esperanza?
—Clu Haid.
El primer cliente de Myron, un lanzador diestro suplente en el ocaso de su carrera.
—¿Qué pasa con él?
—Está muerto —respondió Win.
Myron sintió que las piernas le flaqueaban un poco. Se dejó caer en la tumbona.
—Le dispararon tres veces en su propia casa.
Myron bajó la cabeza.
—Creía que se había enderezado.
Win no dijo nada.
—¿Qué tiene que ver Esperanza con esto?
Win consultó su reloj.
—Más o menos a esta hora con toda probabilidad la están arrestando por su asesinato.
—¿Qué?
Una vez más. Win no dijo nada. Detestaba repetirse.
—¿Creen que Esperanza lo mató?
—Me alegra ver que las vacaciones no han perjudicado tus agudos poderes de deducción.
Win volvió la cara hacia el sol.
—¿Qué pruebas tienen?
—Para empezar, el arma asesina. Manchas de sangre. Fibras. ¿Tienes un protector solar?
—¿Pero cómo…? —Myron observó el rostro de su amigo. Como siempre, no dejaba traslucir nada—. ¿Lo hizo?
—No tengo ni idea.
—¿Se lo preguntaste?
—Esperanza no quiere hablar conmigo.
—¿Qué?
—Tampoco quiere hablar contigo.
—No lo comprendo. Esperanza no mataría a nadie.
—Estás muy seguro de ello, ¿no?
Myron tragó saliva. Había creído que su reciente experiencia le ayudaría a comprender mejor a Win. Él también había matado. Es más, a menudo. Ahora que Myron había hecho lo mismo, creía que debería haber un nuevo vínculo. Pero no lo había. En realidad, todo lo contrario. La experiencia compartida estaba abriendo un nuevo abismo.
Win consultó su reloj.
—¿Por qué no vas a preparar la maleta?
—No tengo nada que necesite llevarme.
Win señaló hacia la casa. Terese estaba allí y los miraba en silencio.
—Entonces di adiós al culo de primera y pongámonos en marcha.
2
Terese se había puesto una bata. Se apoyó en el marco de la puerta y esperó.
Myron no sabía qué decir. Se decidió por un:
—Gracias.
Ella asintió.
—¿Quieres venir? —preguntó Myron.
—No.
—No puedes quedarte aquí para siempre.
—¿Por qué no?
Myron lo pensó un momento.
—¿Sabes algo de boxeo?
Terese olisqueó el aire.
—¿Detecto el claro olor de una metáfora deportiva?
—Eso me temo —dijo Myron.
—Uf. Continúa.
—Todo este asunto es como un combate de boxeo —comenzó Myron—. Hemos estado esquivando, retrocediendo, eludiendo e intentando mantenernos alejados de nuestro oponente. Pero sólo podemos hacerlo durante un tiempo. Al final tendremos que lanzar un puñetazo.
Terese hizo una mueca.
—Vaya, da pena.
—Una ocurrencia del momento.
—Y no muy acertada —añadió ella—. A ver qué te parece ésta. Hemos probado el poder de nuestro oponente. Nos ha tumbado en la lona. De alguna manera conseguimos ponernos de pie. Pero nuestras piernas todavía son de goma, y nuestros ojos apenas si ven. Otro gran golpe y la pelea se acabará. Lo mejor será seguir bailando. Lo mejor es evitar que te peguen y esperar y mantener la distancia.
Difícil de rebatir.
Guardaron silencio.
—Si vienes a Nueva York, llámame y… —dijo Myron.
—Vale.
Silencio.
—Sabemos lo que pasará —continuó Terese—. Nos encontraremos para tomar una copa, quizá nos metamos en la cama, pero no será lo mismo. Estaríamos incómodos a más no poder. Fingiremos que nos volveremos a reunir, y ni siquiera nos mandaremos una felicitación de Navidad. No somos amantes, Myron. Ni siquiera amigos. No sé qué demonios somos, pero estoy agradecida.
Se oyó el graznido de un pájaro. Las pequeñas olas entonaron su dulce canción. Win estaba en la playa, con los brazos cruzados, su cuerpo terriblemente paciente.
—Que te vaya bien, Myron.
—A ti también —contestó él.
Win y Myron volvieron al yate en la lancha. Un tripulante le ofreció a Myron una mano. Myron la cogió y subió a bordo. El yate zarpó. Myron permaneció en cubierta contemplando cómo la playa se hacía más pequeña. Estaba apoyado en la borda de teca. Teca. Todo en este navío era oscuro, rico y de teca.
—Ten —dijo Win.
Myron se volvió. Win le arrojó un Yoo-Hoo, su bebida favorita, una mezcla entre gaseosa y leche con chocolate. Myron sonrió.
—El primero que bebo en tres semanas.
—Los dolores de la abstinencia —señaló Win—. Han tenido que ser una verdadera agonía.
—Sin televisión y sin Yoo-Hoo. Es un milagro que haya sobrevivido.
—Sí, casi has vivido como un monje —opinó Win. Luego, con otra mirada a la isla añadió—: Bueno, como un monje que folla mucho.
Ambos estaban matando el tiempo.
—¿Cuánto tardaremos en regresar? —preguntó Myron.
—Ocho horas de navegación —respondió Win—. Un avión chárter nos espera en Saint Bart’s. El vuelo dura unas cuatro horas.
Myron asintió. Sacudió la lata y la abrió. Bebió un buen trago y se volvió hacia el agua.
—Lo siento —dijo.
Win no hizo caso de la declaración, o quizás era suficiente para él. El yate aumentó la velocidad. Myron cerró los ojos y dejó que el agua y la suave espuma le acariciasen el rostro. Pensó por un momento en Clu Haid. Clu no había confiado en los agentes —«un peldaño por debajo de los pedófilos», así los describía— y, por lo tanto, le pidió a Myron que negociase su contrato, pese a que Myron sólo era estudiante de primer año de abogacía en Harvard. Myron lo hizo. Le gustó. Pronto aparecería MB SportsReps.
Clu era un desastre adorable. Aficionado sin límites a las fiestas; por no mencionar todo lo que podía meterse por la nariz o por las venas. Nunca acudía a una fiesta que no le gustase. Era un tipo pelirrojo con una barriga de osito de peluche, apuesto, con aire juvenil, un cantamañanas de cuidado e inmensamente encantador. Todo el mundo amaba a Clu. Incluso Bonnie, su sufrida esposa. Su matrimonio era un bumerán. Ella le echaba, él daba vueltas en el aire por un tiempo, y ella lo pillaba en el retorno.
Clu parecía haber estado aflojando un poco la marcha. Después de todas las veces que Myron le había sacado de los problemas —suspensiones por dopaje, acusaciones de conducir borracho, lo que fuese—, Clu había engordado, llegado al final de su reino del encanto. Los Yankees lo habían fichado, lo habían sometido a un duro régimen y le habían dado una última oportunidad para la redención. Clu se había mantenido a raya por primera vez. Había asistido a las reuniones de Alcohólicos Anónimos. Su pelota rápida había vuelto de nuevo.
Win interrumpió sus pensamientos.
—¿Quieres saber lo que pasó?
—No estoy seguro —respondió Myron.
—Ah.
—La última vez la jodí. Tú me avisaste, pero no hice caso. Un montón de personas murieron por mi culpa. —Myron sintió que las lágrimas asomaban a sus ojos. Las contuvo—. No tienes idea lo mal que acabó.
—¿Myron?
Se volvió hacia su amigo. Sus miradas se encontraron.
—Recupérate —dijo Win.
Myron soltó un sonido: una parte sollozo, dos partes de risa.
—Detesto cuando me mimas.
—Quizá preferirías que te soltase unas cuantas frases hechas inútiles —añadió Win. Hizo girar el licor en la copa y bebió un sorbo—. Por favor, selecciona una de las siguientes y después seguiremos adelante: la vida es dura; la vida es cruel; la vida es un juego de azar; algunas veces las personas buenas se ven obligadas a hacer cosas malas; algunas veces mueren personas inocentes; sí, Myron, la has jodido, pero esta vez lo harás mejor; no, Myron, no la has jodido, no es culpa tuya; todo el mundo tiene un límite y ahora conoces el tuyo. ¿Puedo dejarlo ya?
—Por favor.
—Entonces comencemos con Clu Haid.
Myron asintió, bebió otro trago de Yoo-Hoo, se acabó la lata.
—Al parecer todo le iba de maravilla a nuestro viejo compañero de facultad —dijo Win—. Lanzaba bien. Parecía reinar en el paraíso doméstico. Pasaba los análisis de dopaje. Cumplía con el toque de queda con horas de sobras. Todo eso cambió hace dos semanas cuando un análisis de dopaje por sorpresa dio un resultado positivo.
—¿Qué sustancia?
—Heroína.
Myron sacudió la cabeza.
—Clu no les dijo ni una palabra a los medios —continuó Win—, pero en privado afirmó que el análisis había sido un montaje. Que alguien le había echado algo en la comida y más tonterías por el estilo.
—¿Cómo lo sabes?
—Esperanza me lo dijo.
—¿Acudió a Esperanza?
—Sí, Myron. Cuando Clu no pasó el análisis, naturalmente buscó a su agente para que le ayudase.
Silencio.
—Vaya —dijo Myron.
—No quiero entrar en el fiasco que es ahora mismo MB SportsReps. Basta decir que Esperanza y Big Cyndi hicieron todo lo que pudieron. Pero es tu agencia. Los clientes te contratan a ti. Muchos se habrán mostrado muy disgustados por tu súbita desaparición.
Myron se encogió de hombros. Quizás algún día se preocuparía.
—Así que Clu no pasó el análisis.
—Lo suspendieron de inmediato. Los medios olieron la sangre y fueron a por él. Perdió todo los patrocinadores. Bonnie le echó de casa. Los Yankees lo desheredaron. Sin nadie más a quien acudir, Clu visitó repetidas veces tu despacho. Esperanza le dijo que no estabas disponible. Su temperamento se hizo más violento con cada visita.
Myron cerró los ojos.
—Hace cuatro días Clu se enfrentó a Esperanza fuera del despacho. Para ser más precisos en el aparcamiento Kinney. Discutieron. Se dijeron palabras muy duras y un tanto insultantes. Según los testigos, Clu le dio un puñetazo en la boca.
—¿Qué?
—Vi a Esperanza al día siguiente. Tenía la mandíbula hinchada. Apenas si podía hablar, aunque así y todo decidió decirme que me metiese en mis propios asuntos. En mi opinión, creo que hubiese sufrido más si varios de los otros empleados del aparcamiento no los hubiesen separado. Al parecer, Esperanza hizo amenazas del tipo te haré-pagar-por-esto-hijo-de-puta-picha-floja mientras les tenían separados.
Myron sacudió la cabeza. No tenía sentido.
—A la tarde siguiente a Clu lo encontraron muerto en el apartamento que alquilaba en Fort Lee —prosiguió Win—. La policía se enteró del altercado anterior. Luego se firmaron una serie de órdenes de registro y encontraron el arma asesina, una pistola de nueve milímetros, en tu oficina.
—¿En mi oficina?
—Sí, en la oficina de MB.
Myron sacudió la cabeza de nuevo.
—Tuvieron que ponerla allí.
—Sí, quizá. También había fibras que se correspondían con la moqueta del apartamento de Clu.
—Las fibras no significan nada. Clu estuvo en la oficina. Es probable que las llevase él mismo hasta allí.
—Sí, quizá —dijo Win de nuevo—. Pero las manchas de sangre en el maletero del coche de la compañía pueden ser más difíciles de explicar.
Myron casi se cayó.
—¿Sangre en el Taurus?
—Sí.
—¿La policía confirmó que la sangre era de Clu?
—El mismo grupo sanguíneo. La prueba del ADN llevará varias semanas.
Myron no podía creer lo que estaba oyendo.
—¿Esperanza había usado el coche?
—Aquel mismo día. Según los registros de peaje, el coche cruzó el puente de Washington de regreso a Nueva York en menos de una hora del asesinato. Como dije, le mataron en Fort Lee. El apartamento está a unos tres kilómetros del puente.
—Esto es una locura.
Win no dijo nada.
—¿Cuál es el móvil? —preguntó Myron.
—La policía todavía no tiene uno firme. Pero se han ofrecido varios.
—¿Cuáles?
—Esperanza es una nueva socia de MB SportsReps. Se había quedado al mando. El primer cliente de la compañía estaba a punto de marcharse.
Myron frunció el entrecejo.
—Un motivo bastante débil.
—Él también acababa de atacarla. Quizá Clu la culpaba por todas las cosas malas que le estaban sucediendo. Quizás ella quería vengarse. ¿Quién sabe?
—Antes dijiste algo de que no quería hablar contigo.
—Sí.
—¿Así que le preguntaste a Esperanza por los cargos?
—Sí.
—¿Y?
—Me dijo que tenía el asunto controlado —respondió Win—. También me dijo que no me pusiese en contacto contigo. Que no quería hablar contigo.
Myron pareció extrañado.
—¿Por qué no?
—No tengo ni idea.
Se imaginó a Esperanza, la belleza hispana que había conocido en los días que actuaba como luchadora profesional con el nombre de Pequeña Pocahontas. Hacía una vida de eso. Había estado con MB SportsReps desde el principio: primero como secretaria y ahora que había acabado abogacía, como socia de pleno derecho.
—Pero yo soy su mejor amigo —dijo Myron.
—Como bien sé.
—¿Entonces por qué diría algo así?
Win juzgó que la pregunta no requería respuesta. Guardó silencio.
La isla estaba ahora fuera de la vista. En cualquier dirección no había otra cosa que el agua azul del Atlántico.
—Si no me hubiese largado... —comenzó Myron.
—¿Myron?
—¿Qué?
—Otra vez te estás lamentando. No soporto los lamentos.
Myron asintió y se apoyó en la madera de teca.
—¿Alguna idea? —preguntó Win.
—Hablará conmigo —afirmó Myron—. Cuenta con ello.
—Ahora mismo acabo de llamarla.
—¿Y?
—No ha cogido el teléfono.
—¿Has probado con Big Cyndi?
—Ahora se aloja con Esperanza.
Ninguna sorpresa.
—¿Qué día es hoy? —preguntó Myron.
—Martes.
—Big Cyndi todavía es gorila en el Leather-N-Lust. Podría estar allí.
—¿De día?
Myron se encogió de hombros.
—Las desviaciones sexuales no tienen horas.
—A Dios gracias —dijo Win.
Guardaron silencio, el barco se mecía suavemente.
Win miró hacia el sol con los ojos entrecerrados.
—Hermoso, ¿no?
Myron asintió.
—Debes estar harto del sol después de todo este tiempo.
—Mucho —asintió Myron.
—Vamos bajo cubierta. Creo que disfrutarás.
3
Win había cargado una montaña de vídeos en el yate. Miraron los viejos episodios de Batman (aquellos con Julie Newmar como Cat Woman, y Lesley Gore como Pussycat ¡doble miau!), La extraña pareja (Óscar y Félix en Pasapalabra), un episodio de En los límites de la realidad («Servir al hombre») y uno más actual, Seinfeld (Jerry y Elaine visitan a los padres de Jerry en Florida). Olvídense del estofado. Ésta era comida para el espíritu. Pero ante la posibilidad de que no fuese lo bastante sustanciosa, también había Doritos, ganchitos de queso, más Yoo-Hoo e incluso una pizza recalentada de Calabria’s Pizzería en Livingston Avenue.
Win. Podía ser un sociópata, pero vaya tío.
El efecto de todo el conjunto estaba más allá de lo terapéutico, el tiempo pasado en el mar y más tarde en el aire era como una cámara hiperbárica emocional, una oportunidad para que el alma de Myron se recuperase de los dolores del síndrome de descompresión, para volver a la súbita reaparición en el mundo real.
Los dos amigos apenas si hablaron, excepto para suspirar por Julie Newmar como Cat Woman (cada vez que ella aparecía en pantalla con su ajustado traje de gata negro, Win decía: «miauuefecto»). Ambos tenían cinco o seis años cuando emitieron la serie por primera vez, pero algo en Julie Newmar como Cat Woman destrozaba completamente cualquier noción freudiana de latencia. Por qué, ninguno de los dos lo podía decir. Quizá su villanía. O algo más primitivo. Esperanza sin duda tendría una opinión interesante. Intentó no pensar en ella —un trabajo inútil y agotador cuando no podía hacer nada al respecto—, pero la última vez que había hecho algo así había sido en Filadelfia con Win y Esperanza. La echaba de menos. Mirar los vídeos no era lo mismo sin sus comentarios.
El yate atracó y se dirigieron al avión privado.
—La salvaremos —afirmó Win—. Después de todo, somos los buenos.
—Dudoso.
—Ten fe, amigo mío.
—No, me refiero a que seamos los buenos.
—Tendrías que saberlo.
—Ya no —dijo Myron.
Win puso aquella cara con la barbilla sobresaliente, aquella que había venido a bordo del Mayflower.
—Esta crisis moral tuya —comentó— te favorece muy poco.
Una rubia espectacular de voz ronca como sacada de un viejo número de cabaret los recibió desde la cabina del avión de la compañía Lock-Horne. Les sirvió bebidas entre risitas y mohines. Win le sonrió. Ella le devolvió la sonrisa.
—Curioso —dijo Myron.
—¿Qué es curioso?
—Siempre contratas azafatas espectaculares.
Win frunció el entrecejo.
—Por favor. Prefiere que la llamen asistenta de vuelo.
—Perdona mi torpe insensibilidad.
—Intenta ser un poco más tolerante —dijo Win—: adivina cómo se llama.
—¿Tawny?
—Cerca. Candi. Con i latina. Y no le pone el punto. Le dibuja un corazón encima.
Win podía ser más cerdo, pero resultaba difícil imaginar cómo.
Myron se sentó. La voz del piloto sonó en el sistema de megafonía. Se dirigió a ellos por el nombre, y después despegó. Un avión privado. Un yate. Algunas veces era agradable tener amigos ricos.
Cuando llegaron a la altitud de crucero, Win abrió lo que parecía una caja de puros y sacó un móvil.
—Llama a tus padres —dijo.
Myron permaneció callado por un momento. Le invadió una nueva oleada de culpa, que le coloreó las mejillas. Asintió, cogió el móvil, marcó el número. Sujetó el móvil con demasiado fuerza.
Atendió su madre.
—Mamá… —dijo Myron.
Su madre comenzó a llorar. Consiguió llamar a su padre, que cogió el supletorio en la planta baja.
—Papá…
Y entonces él también comenzó a llorar. Llanto estereofónico. Myron se apartó el teléfono del oído por un momento.
—Estaba en el Caribe —explicó—, no en Beirut.
Una explosión de risas por parte de ambos. Después más llantos. Myron observó a Win. Éste permaneció impasible. Myron puso los ojos en blanco, pero por supuesto también estaba complacido. Quéjense todo lo que quieran, ¿a quién no le gusta que le quieran de esta manera?
Sus padres comenzaron una charla insensata; insensata a posta, sospechó Myron. Aunque podían ser unos plastas, sus padres tenían la maravillosa capacidad de saber cuándo no debían preguntar. Consiguió explicar dónde había estado. Escucharon en silencio. Después su madre preguntó:
—¿De dónde nos llamas ahora?
—Desde el avión de Win.
Ahora exclamaciones en estéreo.
—¿Qué?
—La compañía de Win tiene un avión privado. Te acabo de decir que él me recogió…
—¿Estás llamando desde su teléfono?
—Sí.
—¿Tienes idea de lo que cuesta?
—Mamá…
Pero la charla sin sentido se acabó deprisa. Cuando Myron colgó unos segundos después, se echó hacia atrás. La culpa reapareció como una ducha helada.
Sus padres ya no eran jóvenes. No lo había pensado antes de largarse. No había pensado en un montón de cosas.
—No tendría que haberles hecho esto —dijo Myron—, y tampoco a ti.
Win se removió en el asiento; un lenguaje corporal que en su caso era todo un detalle. Candi apareció de nuevo. Bajó una pantalla y apretó un interruptor, apareció una película de Woody Allen. La última noche de Boris Grushenko. Ambrosía para la mente. La vieron sin hablar. Cuando acabó, Candi le preguntó a Myron si quería darse una ducha antes de aterrizar.
—¿Perdón? —dijo Myron.
Candi soltó una risita, lo llamó tontorrón y se alejó.
—¿Una ducha?
—Hay una en la parte de atrás —dijo Win—. También me tomé la libertad de traerte una muda.
—Eres un buen amigo.
—Lo soy, tontorrón.
Myron se duchó y se vistió, y después todos se abrocharon los cinturones de seguridad para la aproximación. El avión descendió sin demora, con un aterrizaje tan perfecto que podría haber sido coreografiado por los Temptations. Una limusina los aguardaba en la pista. Cuando descendieron del avión, el aire parecía extraño y desconocido, como si hubiesen estado visitando otro planeta en lugar de otro país. También llovía con fuerza. Bajaron la escalerilla a la carrera y entraron en la limusina, que ya tenía las puertas abiertas.
Se sacudieron un poco.
—Supongo que te quedarás conmigo —dijo Win.
Myron había estado viviendo en un ático en Spring Street con Jessica. Pero eso era antes.
—Si te va bien.
—Me va bien.
—Podría irme con mis padres…
—Acabo de decir que me va bien.
—Me buscaré un lugar.
—No hay prisa —dijo Win.
La limusina se puso en marcha. Win unió los dedos para formar una capillita. Siempre lo hacía. Quedaba muy bien. Con los dedos unidos, apoyó los índices en los labios.
—No soy la mejor persona con quien hablar de estos temas —dijo—, pero si quieres hablar de Jessica, Brenda o lo que sea…
Separó los dedos, e hizo un gesto con la mano derecha. Win lo intentaba. Los asuntos del corazón no eran su fuerte. Sus sentimientos respecto a las relaciones románticas podían ser calificados objetivamente como «deplorables».
—No te preocupes —manifestó Myron.
—Entonces de acuerdo.
—De todas maneras, gracias.
Un asentimiento rápido.
Después de una década de luchar con Jessica —años de estar enamorado de la misma mujer, pasar por una ruptura importante, volver a encontrarse, dudar, crecer hasta reunirse de nuevo—, se había acabado.
—Echo de menos a Jessica —dijo Myron.
—Creía que no íbamos a hablar de ello.
—Lo siento.
Win se removió de nuevo en el asiento.
—No, continúa.
Como si hubiese preferido que le hicieran un tacto rectal.
—Es que… supongo que una parte de mí siempre estará enredada en Jessica.
Win asintió.
—Como algo en un fallo mecánico.
Myron sonrió.
—Sí. Algo así.
—Entonces amputa el miembro y déjalo atrás.
Myron miró a su amigo.
Win se encogió de hombros.
—He estado mirando Sally Jessy en los ratos libres.
—Ya se nota —afirmó Myron.
—El episodio titulado «Mamá me quitó el anillo del pezón» —dijo Win—. No me avergüenza decir que me hizo llorar.
—Es bueno ver que te pones en contacto con tu lado sensible. —Como si Win lo tuviese—. ¿Qué viene a continuación?
Win consultó su reloj.
—Tengo un contacto en las celdas del juzgado de Bergen County. Ya tendría que estar allí.
Apretó el botón del altavoz y marcó unos números. Escucharon el timbre del teléfono. Después de dos timbrazos una voz respondió:
—Schwartz.
—Brian, soy Win Lockwood.
El habitual silencio reverente cuando se escucha ese nombre. Luego:
—Hola, Win.
—Necesito un favor.
—Di.
—Esperanza Díaz. ¿Está ahí?
Una breve pausa.
—No lo has oído de mí —dijo Schwartz.
—¿Oír qué?
—Vale, siempre que nos entendamos mutuamente. Sí, está aquí. La trajeron esposada hace un par de horas. Todo muy de tapadillo.
—¿Por qué de tapadillo?
—No lo sé.
—¿Cuándo será procesada?
—Supongo que mañana por la mañana.
Win miró a Myron. Éste asintió. Esperanza permanecería detenida toda la noche. No era una buena señal.
—¿Por qué la detuvieron tan tarde?
—No lo sé.
—¿Viste cómo la traían esposada?
—Sí.
—¿No le permitieron entregarse por su cuenta?
—No.
De nuevo los dos amigos se miraron el uno al otro. El arresto a última hora. Las esposas. La noche en la celda. Alguien en la oficina del fiscal estaba cabreado e intentaba dejar las cosas muy claras. No era nada bueno.
—¿Qué más puedes decirme? —preguntó Win.
—No mucho. Como dije, llevan todo esto muy a la chita callando. El fiscal ni siquiera lo ha comunicado a los medios. Pero lo hará. Con toda probabilidad antes de las noticias de las once. Un anuncio rápido, sin tiempo para preguntas, esa clase de cosas. Demonios, yo ni siquiera me hubiese enterado de no haber sido un gran aficionado.
—¿Un gran aficionado?
—A la lucha profesional. Verás, la reconocí de sus viejos días de luchadora. ¿Sabías que Esperanza Díaz era la Pequeña Pocahontas, la princesa india?
Win miró a Myron.
—Sí, Brian, lo sabía.
—¿De verdad? —Brian estaba ahora muy excitado—. La Pequeña Pocahontas era mi gran preferida. Una gran luchadora. De primera clase. Entraba en el cuadrilátero con aquel pequeño bikini de ante, y después comenzaba a luchar contra las otras tías, tías muy grandes, revolcándose por el suelo y hacía cosas, lo juro por Dios, era tan caliente que se me derretían hasta las uñas.
—Gracias por la imagen —dijo Win—. ¿Algo más, Brian?
—No.
—¿Sabes quién es su abogada?
—No. —Después—: Ah, otra cosa. Tiene a alguien más o menos con ella.
—¿Más o menos con ella, Brian?
—Afuera. En la escalinata del juzgado.
—No estoy seguro de entenderte —dijo Win.
—Afuera, bajo la lluvia. Está sentada allí. Si no supiese que no es posible, juraría que es la vieja compañera de equipo de la Pequeña Pocahontas. Mamá Gran Jefe. ¿Sabías que Mamá Gran Jefe y la Pequeña Pocahontas fueron el equipo campeón intercontinental tres años seguidos?
Win suspiró.
—No me digas.
—Vete a saber lo que significa intercontinental. Me refiero a ¿qué es intercontinental? No estoy hablando de ahora, de hace cinco u ocho años, como mínimo. Pero, tío, eran impresionantes. Grandes luchadoras. Hoy, bueno, la liga ya no tiene clase.
—Mujeres que luchan vestidas con bikini —dijo Win—. Ya no las hacen como antes.
—Eso es. Demasiadas falsificaciones, pechos de silicona, al menos es como lo veo. Una de ellas va a caer sobre el estómago y bum, las tetas revientan como un neumático viejo. Así que ahora ya no lo sigo mucho. Quizá si estoy haciendo zapping y algo me llama la atención puede que eche un vistazo…
—Hablabas de una mujer bajo la lluvia.
—Correcto, Win, vale, lo siento. En cualquier caso, está allí, sea quien sea. Sentada en los escalones. Los polis le preguntaron qué estaba haciendo. Dijo que estaba esperando a su amiga.
—¿Así que está allí ahora mismo?
—Sí.
—¿Qué aspecto tiene, Brian?
—Como el Increíble Hulk. Sólo que da más miedo. Y quizás es más verde.
Win y Myron intercambiaron una mirada. No había duda. Mamá Gran Jefe también conocida como Big Cyndi.
—¿Alguna cosa más, Brian?
—No, en realidad no. —Después preguntó—: ¿Así que conoces a Esperanza Díaz?
—Sí.
—¿En persona?
—Sí.
Un silencio de asombro.
—Jesús, tú sí que has vivido, Win.
—Así es.
—¿Crees que podrías conseguirme su autógrafo?
—Haré todo lo que pueda, Brian.
—¿Quizás una foto autografiada? ¿De la Pequeña Pocahontas en bikini? Soy un gran aficionado.
—Ya lo veo, Brian. Adiós.
Win colgó y se reclinó en el asiento. Se volvió hacia Myron, que asintió. Win cogió el intercomunicador y le dijo al chófer que los llevase al juzgado.
4
Cuando llegaron al juzgado en Hackensack eran casi las diez de la noche. Big Cyndi estaba sentada bajo la lluvia, con los hombros encorvados; al menos Myron creyó que era Big Cyndi. A lo lejos, parecía como si alguien hubiese aparcado un escarabajo Volkswagen en las escalinatas del juzgado.
Myron se bajó del coche y se acercó.
—¿Big Cyndi?
La masa oscura soltó un gruñido sordo, una leona que advierte a un animal inferior que se ha perdido.
—Soy Myron.
El gruñido se acentuó. La lluvia había aplastado el peinado punky de Big Cyndi contra el cuero cabelludo, para convertirlo en otro estilo Julio César. El color de hoy era difícil de descifrar —a Big Cyndi le gustaba la variedad en el tinte capilar— pero no se parecía a ningún color que pudiese encontrarse en estado natural. A veces le gustaba combinar los tintes al azar y ver qué pasaba. También insistía en que la llamasen Big Cyndi. No Cyndi. Big Cyndi. Incluso se había hecho cambiar el nombre legalmente. Los documentos oficiales decían: Cyndi, Big.
—No puedes quedarte aquí toda la noche —añadió Myron.
Big Cyndi rompió su silencio.
—Váyase a casa.
—¿Qué ha pasado?
—Usted se marchó.
La voz de Cyndi era como la de un niño perdido.
—Sí.
—Nos dejó solas.
—Lo siento. Pero ahora he vuelto.
Se arriesgó a dar otro paso. Ojalá tuviese algo para calmarla. Como dos litros de Häagen-Dazs. O un cordero pascual.
Big Cyndi se echó a llorar. Myron se acercó poco a poco, con la mano derecha un tanto extendida por si ella quería olisquearla. Pero ahora los gruñidos habían desaparecido, reemplazados por los sollozos. Myron apoyó la palma en un hombro que parecía una pelota de fútbol.
—¿Qué pasó? —preguntó de nuevo.
Ella se sorbió los mocos. Sonoramente. El sonido casi abolló el guardabarros de la limusina.
—No se lo puedo decir.
—¿Por qué no puedes?
—Ella me dijo que no lo hiciera.
—¿Esperanza?
Big Cyndi asintió.
—Necesitará nuestra ayuda —dijo Myron.
—No quiere su ayuda.
Las palabras le dolieron. Continuó lloviendo. Myron se sentó en el escalón a su lado.
—¿Está furiosa porque me marché?
—No se lo puedo decir, señor Bolitar, lo siento.
—¿Por qué no?
—Ella me dijo que no lo hiciera.
—Esperanza no puede afrontar todo esto por su cuenta —afirmó Myron—. Necesitará un abogado.
—Ya tiene uno.
—¿Quién?
—Hester Crimstein.
Big Cyndi jadeó como si se hubiese dado cuenta de que había hablado demasiado, pero Myron se preguntó si el desliz no había sido intencionado.
—¿Cómo consiguió a Hester Crimstein? —preguntó Myron.
—No puedo decir nada más, señor Bolitar. Por favor, no se enfade conmigo.
—No estoy enfadado, Big Cyndi. Sólo estoy preocupado.
Entones Big Cyndi le sonrió. La visión hizo que Myron contuviese un alarido.
—Es agradable tenerle de vuelta —dijo ella.
—Gracias.
Big Cyndi apoyó la cabeza en su hombro. El peso lo hizo vacilar, pero consiguió mantenerse más o menos erguido.
—Ya sabes lo que siento por Esperanza —dijo Myron.
—Sí —dijo Big Cyndi—. Usted la quiere. Y ella le quiere a usted.
—Entonces déjame ayudar.
Big Cyndi apartó la cabeza de su hombro. La sangre volvió a circular.
—Creo que ahora debe irse.
Myron se levantó.
—Venga. Te llevaremos a casa.
—No, me quedo.
—Está lloviendo y es muy tarde. Alguien podría intentar atacarte. No es un lugar seguro.
—Puedo cuidar de mí misma —señaló Big Cyndi.
Él había querido decir que no era seguro para los atacantes, pero lo dejó correr.
—No puedes quedarte aquí toda la noche.
—No voy a dejar a Esperanza sola.
—Pero ni siquiera sabe que estás aquí.
Big Cyndi se apartó la lluvia de la cara con una mano del tamaño de un neumático de camión.
—Lo sabe.
Myron se giró hacia el coche. Win estaba ahora apoyado en la puerta, con los brazos cruzados, el paraguas apoyado en el hombro. Mucho Gene Kelly. Le hizo un gesto a Myron.
—¿Estás segura? —preguntó Myron.
—Sí, señor Bolitar. Ah, y mañana llegaré tarde al trabajo. Espero que lo comprenda.
Myron asintió. Se miraron el uno al otro, la lluvia resbaló por su rostro. Un coro de risas hizo que ambos se volviesen hacia la derecha y mirasen el edificio con aspecto de fortaleza donde estaban las celdas. Esperanza, la persona más cercana a ambos, estaba encarcelada allí. Myron dio un paso hacia la limusina. Después se giró.
—Esperanza no mataría a nadie —afirmó.
Esperó a que Big Cyndi asintiera o al menos moviese la cabeza. Pero no lo hizo. Volvió a encorvar los hombros y desapareció dentro de sí misma.
Myron entró en el coche. Win lo siguió. Le dio a Myron una toalla. El conductor puso la limusina en marcha.
—Hester Crimstein es su abogada —dijo Myron.
—¿La señora Court TV?
—La misma.
—Ah —dijo Win—. ¿Cómo se llama su programa?
—Crimstein on Crime —contestó Myron.
Win frunció el entrecejo.
—No está mal.
—Ha publicado un libro con el mismo título. —Myron sacudió la cabeza—. No deja de ser extraño. Hester Crimstein ya no acepta muchos casos. ¿Cómo es que Esperanza la consiguió?
Win se tocó la barbilla con el índice.
—No lo puedo afirmar a ciencia cierta, pero creo que Esperanza tuvo una aventura con ella hace un par de meses.
—Bromeas.
—Bueno, sí, soy un chico muy divertido. ¿No te ha parecido gracioso?
Listillo. Pero tenía sentido. Esperanza era la bisexual perfecta: todos, sin importar sexo ni preferencias, la encontraban sumamente atractiva. Si ibas a jugar a dos bandas, lo mejor es tener un atractivo universal.
Myron lo pensó por unos momentos.
—¿Sabes dónde vive Hester Crimstein? —preguntó.
—Dos edificios más allá del mío, en Central Park West.
—Vayamos a hacerle una visita.
Win frunció el entrecejo.
—¿Para qué?
—Quizá pueda decirnos algo.
—No hablará con nosotros.
—Quizá lo haga.
—¿Qué te hace pensar eso?
—Para empezar —dijo Myron—, me siento especialmente encantador.
—Dios mío. —Win se inclinó hacia delante—. Chófer, pise el acelerador.
5
Win vivía en el Dakota, uno de los edificios más pijos de Manhattan. Hester Crimstein vivía dos manzanas al norte, en el San Remo, otro edificio pijo. Entre los inquilinos estaban Diane Keaton y Dustin Hoffman, pero el San Remo era más conocido por ser el edificio que había rechazado la solicitud de Madonna para vivir allí.
Había dos entradas, ambos con porteros vestidos como Brezhnev dando un paseo por la Plaza Roja. Brezhnev I anunció en un tono seco que la señora Crimstein «no estaba presente». No miento, utilizó la palabra «presente»; las personas no lo hacían a menudo en la vida real. Le sonrió a Win y miró a Myron por encima de la nariz. No era una tarea fácil —Myron le pasaba unos quince centímetros— y obligó a Brezhnev I a echar la cabeza hacia atrás de forma tal que los orificios nasales parecían la entrada oeste del túnel de Lincoln. ¿Por qué los sirvientes de los ricos y famosos se comportaban más altivos que sus amos?, se preguntó Myron. ¿Era simple resentimiento? ¿Era porque los miraban todo el día por encima de la nariz y por lo tanto necesitaban la ocasión de ser ellos quienes mirasen hacia abajo? ¿O sencillamente las personas atraídas por estos empleos eran unos inseguros lameculos?
Los pequeños misterios de la vida.
—¿Espera que la señora Crimstein vuelva esta noche? —preguntó Win.
Brezhnev I abrió la boca, se detuvo, miró con desconfianza, como si temiese que Myron fuese a defecar en la alfombra persa. Win leyó la expresión y se lo llevó a un aparte, alejando a ese miembro inferior de la chusma.
—No tardará en regresar, señor Lockwood. —Ah, así que Brezhnev I había reconocido a Win; nada extraordinario—. La clase de aerobic de la señora Crimstein concluye a las once.
Gimnasia a las once de la noche. Bienvenido a los noventa, donde el tiempo de ocio se succiona de la vida como otro producto más de liposucción.
No había sala de espera ni dónde sentarse en el San Remo —la mayoría de los edificios pijos no alientan ni siquiera a los inquilinos aprobados a holgazanear—, así que salieron a la calle.
Central Park estaba al otro lado de la calle; más o menos árboles y un muro de piedra, y eso era todo. Montones de taxis pasaban hacia el norte. La limusina de Win había partido —calculaban que podrían caminar las dos manzanas hasta la casa de Win—, pero había otras cuatro limusinas aparcadas en una zona prohibida. Una quinta se detuvo. Una limusina Mercedes de color plateado. Brezhnev corrió hacia la puerta del vehículo como si ya no aguantase más la necesidad de mear y adentro hubiese un baño.
Un hombre anciano, calvo, excepto por una corona de pelo blanco, se apeó tambaleante, tenía la boca retorcida como si hubiese sufrido una embolia. Le siguió una mujer que parecía una ciruela pasa. Ambos vestían prendas de lujo y debían rondar los cien años. Había algo en ellos que preocupó a Myron. Sí, parecían marchitos. Viejos, desde luego. Pero Myron intuyó que había algo más. La gente habla de los encantadores viejecitos, pero estos dos no podían ser más opuestos a esa idea, los ojos vidriosos, los movimientos furiosos, furtivos y temerosos. La vida les había arrebatado todo lo bueno, la esperanza de la juventud, para dejarles sólo una vitalidad basada en algo feo y odioso. La amargura era lo único que les quedaba. Si la amargura estaba dirigida a Dios o a la humanidad, Myron no lo podía decir.
Win le dio un codazo. Miró a la derecha y vio a una figura, que reconoció de la televisión como Hester Crimstein, dirigiéndose hacia ellos. Tiraba a rellenita, al menos para las retorcidas normas actuales de Kate Moss, y su rostro era carnoso y angelical. Calzaba unas Reebok blancas, calcetines blancos, pantalones elásticos verdes que probablemente hubiesen hecho fruncir el entrecejo a Kate, una sudadera, y un sombrero de punto con el pelo rubio mate asomando por debajo. El viejo se detuvo cuando vio a la abogada, sujetó la mano de la señora ciruela y se apresuró a entrar.
—¡Puta! —consiguió decir el viejo por el lado bueno de la boca.
—Que te zurzan, Lou —le respondió Hester.
El viejo se detuvo, pareció que iba a decir algo más, y se alejó cojeando.
Myron y Win intercambiaron una mirada y se acercaron.
—Un viejo adversario —dijo ella a modo de explicación—. ¿Alguna vez han oído el viejo refrán de que sólo los buenos mueren jóvenes?
—Por supuesto.
Hester Crimstein hizo un gesto con ambas manos hacia la pareja anciana como si fuese Carol Merrill mostrando un coche flamante.
—Ahí tienen la prueba. Hace un par de años ayudé a sus hijos a poner un pleito al hijo de puta. Nunca vi nada parecido. —Echó la cabeza hacia atrás—. ¿Se han fijado en que algunas personas son como los chacales?
—¿Perdón?
—Se comen a los cachorros. Así es Lou. Y mejor que no hable de esa bruja arrugada con la que vive. Una puta de cinco dólares que dio el braguetazo. Resulta difícil de creer viéndola ahora.
—Comprendo —dijo Myron, aunque no era verdad. Intentó seguir adelante—. Señora Crimstein me llamo…
—Myron Bolitar —lo interrumpió ella—. Por cierto, es un nombre horrible. Myron. ¿En qué estarían pensando sus padres?
Una buena pregunta.
—Si sabe quién soy, entonces sabe por qué estoy aquí.
—Sí y no —dijo Hester.
—¿Sí y no?
—Bueno, sé quién es porque soy una fanática de los deportes. Solía verle jugar. El partido contra Indiana en la final del campeonato de la NCAA fue todo un clásico. Sé que los Celtics le ficharon en primera ronda, ¿cuánto hace, once, doce años?
—Algo así.
—Pero, con sinceridad, y no pretendo ofender a nadie, no estoy segura de que tuviese la velocidad requerida para ser un gran profesional, Myron. El lanzamiento, sí. Siempre podía lanzar. Sabía usar el físico, pero cuánto mide, ¿uno noventa y cinco?
—Más o menos.
—Lo hubiese pasado mal en la NBA. Es sólo la opinión de una mujer. Pero por supuesto el destino se ocupó de eso al lesionarle la rodilla. Sólo un universo alternativo sabe la verdad. —Sonrió—. Ha sido un placer hablar con usted. —Ella miró a Win—. Con usted también, pico de oro. Buenas noches.
—Espere un segundo —dijo Myron—. Estoy aquí por Esperanza Díaz.
Ella fingió una exclamación de sorpresa.
—¿De verdad? Y yo que creía que sólo quería recordar su carrera atlética.
Myron se volvió hacia Win.
—El encanto —susurró Win.
Luego miró de nuevo a Hester.
—Esperanza es mi amiga —dijo.
—¿Y?
—Quiero ayudar.
—Fantástico. Comenzaré a enviarle los honorarios. Este caso le costará un pastón. Soy muy cara. No puede imaginar lo que cuesta el mantenimiento de este edificio. Ahora los porteros quieren uniformes nuevos. Creo que algo de color malva.
—No es a eso a lo que me refiero.
—¿Ah, no?
—Me gustaría saber qué está pasando con el caso.
Hester hizo una mueca.
—¿Dónde ha estado estas últimas semanas?
—Fuera.
—¿Fuera dónde?
—En el Caribe.
Ella asintió.
—Bonito bronceado.
—Gracias.
—Pero podría haberse bronceado en una cabina de rayos UVA. Tiene la pinta de un tipo que frecuenta las cabinas de rayos UVA.
Myron miró de nuevo a Win.
—El encanto, Luke —susurró Win en su mejor representación de Alex Guinnes como Obi-Wan Kenobi—. Recuerda el encanto.
—Señora Crimstein…
—¿Alguien puede dar testimonio de su paradero en el Caribe, Myron?
—¿Perdón?
—¿Tiene problemas de audición? Pregunto si alguien puede verificar su paradero en el momento del supuesto asesinato.
Presunto asesinato. Al tipo le disparan tres veces en su casa pero el asesinato es sólo «presunto». Abogados.
—¿Por qué quiere saberlo?
Hester Crimstein se encogió de hombros.
—La presunta arma asesina fue presuntamente encontrada en las oficinas de una tal MB SportsReps. Es su compañía, ¿no?
—Lo es.
—Y usted utiliza el coche de la empresa donde la presunta sangre y las presuntas fibras fueron presuntamente encontradas.
—Aquí la palabra clave es «presunta» —le sopló Win.
Hester Crimstein miró a Win.
—Vaya, pero si habla.
Win sonrió.
—¿Cree que soy sospechoso? —preguntó Myron.
—Claro, ¿por qué no? Se llama duda razonable, pimpollos. Soy una abogada defensora. Somos fantásticas con las dudas razonables.
—Por mucho que desee ayudar, hay un testigo de mi paradero.
—¿Quién?
—No se preocupe por eso.
Otro encogimiento de hombros.
—Fue usted quien dijo que quería ayudar. Buenas noches. —Ella miró a Win—. Por cierto, es usted el hombre perfecto: muy guapo y casi mudo.
—Cuidado —le dijo Win.
—¿Por qué?
Win señaló a Myron con el pulgar.
—En cualquier momento pondrá en marcha su encanto y reducirá a escombros su resistencia.
Hester miró a Myron y se echó a reír.
Myron lo intentó de nuevo.
—¿Qué ha ocurrido? —preguntó.
—¿Perdón?
—Soy su amigo.
—Sí, creo que ya lo ha mencionado.
—Soy su mejor amigo. Me preocupo por ella.
—Bien, mañana le pasaré una nota durante el recreo y averiguaré si a ella también le cae bien. Luego podrán encontrarse en Pop’s y compartir una gaseosa.
—No es eso lo que… —Myron se detuvo, le dirigió su lenta sonrisa un-tanto-despistado-pero-estoy-aquí-para-ayudar. La sonrisa 18: el modelo Michael Landon, excepto que no podía quebrar la ceja—. Sólo quiero saber qué ha pasado. Creo que es fácil de entender.
El rostro de Hester se suavizó.
—Usted fue a la Facultad de Derecho, ¿no?
—Sí.
—Nada menos que a Harvard.
—Sí.
—Entonces debió de faltar el día que explicaron lo que nosotros llamamos privilegio abogado-cliente. Si quiere le puedo recomendar algunos excelentes libros sobre el tema. O quizá prefiera ver algún episodio de Ley y orden. Por lo general lo mencionan antes de que el viejo fiscal le diga a Sam Waterston que no tiene un caso y debería hacer un trato.
Vaya con el encanto.
—Sólo se está cubriendo el culo —dijo Myron.
Ella se miró las nalgas. Después frunció el entrecejo.
—No es tarea fácil, se lo aseguro.
—Creía que usted era una abogada de primera.
Ella suspiró, se cruzó de brazos.
—Vale, Myron, le escucho. ¿Por qué me estoy cubriendo el culo? ¿Por qué no soy la extraordinaria abogada que creía que era?
—Porque no permitieron que Esperanza se entregase por propia voluntad. Porque se la llevaron esposada. Porque la retienen durante la noche en lugar de hacerla pasar por el sistema en el mismo día. ¿Por qué?
Ella bajó las manos a los costados.
—Buena pregunta, Myron. ¿Por qué cree que fue?
—Porque a alguien de allí no le gusta su abogada de primera fila. Alguien en la oficina del fiscal probablemente la tiene tomada con usted y se descarga con su cliente.
—Es una posibilidad —admitió ella—. Pero tengo otra.
—¿Cuál?
—Quizás a ellos no les guste su empleador.
—¿Yo?
Ella fue hacia la puerta.
—Háganos a todos un favor, Myron. Manténgase fuera de esto. Sólo manténgase lejos. Y quizá deba buscarse un abogado.
Hester Crimstein se volvió y desapareció en el interior. Myron se volvió hacia Win, que estaba inclinado por la cintura y miraba la entrepierna de Myron.
—¿Qué demonios estás haciendo?
—Quería ver si te ha dejado por lo menos algún trocito de los huevos.
Continuó mirando.
—Muy divertido. ¿Qué crees que quiso decir con que a ellos no les gusta su empleador?
—No tengo la menor idea —respondió Win—. No debes culparte a ti mismo.
—¿Qué?
—Por el aparente fracaso de tu encanto. Te has olvidado de un componente crucial.
—Qué es...
—La señora Crimstein tuvo una aventura con Esperanza.
Myron vio adónde quería ir a parar.
—Por supuesto. Tiene que ser lesbiana.
—Exacto. Es la única explicación racional para su capacidad de resistirse ante ti.
—Eso, o en realidad un muy curioso acontecimiento paranormal.
Win asintió. Comenzaron a caminar por Central Park West.
—También es una prueba de una regla que empieza a asustarme —añadió Win.
—¿Cuál es?
—La mayoría de las mujeres que conoces son lesbianas.
—Casi todas —admitió Myron.
6
Caminaron las dos calles hasta la casa de Win, miraron un rato la tele, se fueron a la cama. Myron yació en la oscuridad agotado, pero el sueño parecía esquivo. Pensó en Jessica. Luego intentó pensar en Brenda, pero el mecanismo de defensa automático lo rechazó. Aún estaba demasiado fresco. Y pensó en Terese. Esa misma noche estaba sola en la isla por primera vez. Durante el día la soledad de la isla era pacífica, discreta y bienvenida; por la noche la soledad parecía más un oscuro aislamiento, las paredes negras de la isla cerrándose, silenciosas y asfixiantes como un ataúd enterrado. Él y Terese siempre habían dormido abrazados. Ahora se la imaginaba acostada sola en aquella profunda oscuridad. Y se preocupaba por ella.
Se despertó a la mañana siguiente a las siete. Win ya se había marchado, pero le había dejado una nota donde decía que se encontraría con Myron en el juzgado a las nueve. Myron se sirvió un bol de cereales, descubrió escarbando en el paquete con la mano izquierda que Win ya se había llevado el juguete de regalo del interior, se duchó, vistió, y consultó su reloj. Las ocho. Tiempo de sobra para llegar al juzgado.
Bajó el ascensor y cruzó el famoso patio del Dakota. Había llegado a la esquina de la Setenta y dos y Central Park West cuando vio tres figuras conocidas. Myron sintió que se le aceleraba el pulso. FJ, iniciales de Frank Junior, estaba entre dos tipos gigantescos. Los dos mastodontes parecían experimentos de laboratorio que habían salido muy mal, como si alguien hubiese mezclado glándulas genéticas con un exceso de esteroides anabólicos. Llevaban camisetas sin mangas y aquellos pantalones con cordones de los levantadores de pesas que se parecían sospechosamente a pantalones de pijama.
El joven FJ sonrió en silencio a Myron con sus labios finos. Llevaba un traje azul malva tan brillante que parecía como si alguien lo hubiese rociado con brillantina. FJ no se movió, no dijo nada, sólo sonrió a Myron con ojos que no parpadeaban y aquellos labios finos.
La palabra de hoy, chicos y chicas, es ofídico.
FJ por fin dio un paso adelante.
—Oí que estabas de regreso en la ciudad, Myron.
Myron se tragó una réplica. No era una muy graciosa, algo acerca de un bonito grupo de bienvenida, y mantuvo la boca cerrada.
—¿Recuerdas nuestra última conversación? —continuó FJ.
—Vagamente.
—Mencioné algo acerca de matarte, ¿no?
—Quizá saliera en la conversación —dijo Myron—. No lo recuerdo bien. Tantos tipos duros, tantas amenazas.
Los mastodontes intentaron fruncir el entrecejo, pero incluso sus rostros tenían demasiados músculos, y los movimientos requerían demasiados esfuerzos. Se conformaron con mostrarse ceñudos y bajaron un poco las cejas.
—En realidad estuve a punto de hacerlo —añadió FJ—. Hace cosa de un mes. Te seguí hasta un cementerio en Nueva Jersey. Incluso me acerqué por detrás de ti con mi arma. Curioso, ¿no?
Myron asintió.
—Como escribió Henny Youngman.
FJ inclinó la cabeza.
—¿Quieres saber por qué no te mate?
—Por Win.
El sonido de su nombre fue como un vaso de agua fría en los rostros de los dos mastodontes. Llegaron incluso a retroceder, pero se recuperaron pronto con unas cuantas flexiones. FJ permaneció tan tranquilo.
—Win no me asusta —dijo.
—Incluso el animal más idiota —señaló Myron— tiene un mecanismo de supervivencia innato.
La mirada de FJ se cruzó con la de Myron. Intentó mantener el contacto, pero era difícil. No había nada detrás de los ojos de FJ que no fuese podredumbre y decadencia; era como mirar a través de las ventanas rotas de un edificio abandonado.
—Chorradas, Myron. Chorradas. No te maté, porque, bueno, ya parecías sufrir muchísimo. Fue como, ¿cómo decirlo?, como si matarte hubiese sido un acto de misericordia. Como dije antes, divertido, ¿verdad?
—Deberías considerar la posibilidad de dedicarte a la comedia —asintió Myron.
FJ se rió y agitó una mano a nada en particular.
—En cualquier caso, no tiene importancia. Mi padre y mi tío te aprecian, y sí, no vemos ninguna razón para molestar a Win sin necesidad. Ellos no te quieren muerto, así que yo tampoco.
Su padre y su tío eran Frank y Herman Ache, dos de los legendarios rompedores de piernas de Nueva York. Los Ache habían crecido en las calles y habían prosperado gracias a la cantidad de personas que se habían cargado. Herman, el hermano mayor y el más importante, había cumplido los sesenta y tantos y le gustaba fingir que no era escoria rodeándose de las cosas exquisitas de la vida: clubes privados que no le querían, exposiciones de arte de nuevos ricos, fiestas de beneficencia, chefs franceses que trataban a cualquiera que les diese menos de cincuenta dólares de propina como si fuesen personas que no pudiesen limpiarle las suelas de los zapatos. En otras palabras, escoria con ingresos altos. El hermano menor de Herman, Frank, era un psicópata que había producido un retoño psicópata que ahora estaba ante Myron, y seguía siendo lo que siempre había sido: un feo matarife que consideraba los chándales de terciopelo brillante de K mart como alta costura. Frank se había calmado a lo largo de los últimos años, pero nunca le había funcionado del todo. La vida, al parecer, tenía poco sentido para Frank Senior sin tener a alguien a quien torturar o herir.
—¿Qué quieres, FJ?
—Vengo a hacerte una proposición.
—Caray, esto sí que se pone interesante.
—Quiero comprarte tu negocio.
Los Ache dirigían TruPro, una empresa de representaciones deportivas bastante grande. TruPro siempre había carecido del más mínimo escrúpulo, contrataban a jóvenes atletas con las mismas restricciones morales que un político que planea una campaña para recaudar fondos. Pero entonces el dueño se endeudó hasta el cuello. Deudas de las malas. Las deudas que atraen a la clase de hongos equivocada. Los hermanos Ache, los hongos en cuestión, entraron en escena y, como los entes parasitarios que eran, se comieron cualquier cosa que diera señales de vida, y ahora mordisqueaban la carcasa.
No obstante, ser un agente deportivo era hasta cierto punto una manera honrada de ganarse la vida, y Frank Senior, deseoso de darle a su hijo lo que todos los padres quieren, le entregó las riendas al joven FJ en cuanto salió de la Facultad de Economía. En teoría FJ debía dirigir TruPro de la manera más honesta posible. Su padre había matado y torturado para que su hijo no tuviese que hacerlo; sí, el auténtico sueño americano con, todo hay que decirlo, un giro un tanto retorcido. Pero FJ parecía incapaz de liberarse de los viejos hábitos de la familia. Por qué era un misterio que fascinaba a Myron. ¿La maldad de FJ era genética, heredada de su padre como una nariz prominente, o como muchos otros chicos, sólo buscaba ganarse la aceptación de su padre demostrando que la bellota podía ser tan ferozmente psicópata como el roble?
Naturaleza o educación. El debate continúa.
—MB SportsReps no está a la venta —respondió Myron.
—Creo que actúas sin mucha cabeza.
Myron asintió.
—Lo archivaré en la carpeta de «Algún día puede que lo lamente».
Los mastodontes hicieron un ruido, dieron un paso adelante, y movieron los cuellos al unísono. Myron señaló a uno, después al otro.
—¿Quién os prepara la coreografía?
Deseaban verse insultados —saltaba a la vista—, pero ninguno de los dos sabía qué significaba la palabra «coreografía».
—¿Sabes cuántos clientes ha perdido MB SportsReps en las últimas semanas? —preguntó FJ.
—¿Un montón?
—Yo diría que una cuarta parte de tu lista. Un par de ellos se vinieron con nosotros.
Myron silbó, fingió indiferencia, pero no le agradaba nada oírlo.
—Ya los recuperaré.
—¿Eso crees? —FJ volvió a sonreír con la sonrisa de ofidio; Myron casi esperaba ver una lengua bífida asomar entre los labios—. ¿Sabes cuántos más te dejarán cuando se enteren del arresto de Esperanza?
—¿Un montón?
—Tendrás suerte si te queda uno.
—Eh, entonces seré como Jerry Maguire. ¿Has visto la película? «Muéstrame la pasta», «Me encantan los negros». —Myron le dedicó a FJ su mejor interpretación de Tom Cruise—. Tú me completas.
FJ permaneció impasible.
—Estoy dispuesto a ser generoso, Myron.
—Estoy seguro de que sí, FJ, pero la respuesta sigue siendo no.
—No me importa lo limpia que fuese tu representación. Nadie puede sobrevivir al escándalo financiero en el que estás a punto de meterte.
No era un escándalo financiero, pero Myron no estaba de humor para las correcciones.
—¿Hemos terminado, FJ?
—Claro. —FJ le dedicó una última sonrisa de víbora. La sonrisa pareció saltar de su cara, arrastrarse hacia Myron, y después deslizarse por su espalda—. ¿Qué te parece si un día de éstos quedamos para comer?
—Cuando quieras —dijo Myron—. ¿Tienes móvil?
—Por supuesto.
—Llama a mi socia ahora mismo y arréglalo.
—¿No está en la cárcel?
Myron chasqueó los dedos.
—Lástima.
A FJ le pareció divertido.
—¿Mencioné que algunos de tus viejos clientes están utilizando ya mis servicios?
—Eso dijiste.
—Si te pones en contacto con cualquiera de ellos —hizo una pausa, lo pensó— me sentiré obligado a tomar represalias. ¿He hablado claro?
FJ debía tener unos veinticinco años, hacía menos de un año que había salido de la Harvard Business School. Después había ido a Princeton. Un chico listo. O un padre poderoso. En cualquier caso, un rumor decía que cuando un profesor de Princeton quiso acusar a FJ de plagio, desapareció y sólo se pudo encontrar su lengua, en la almohada de otro profesor que estaba considerando presentar los mismos cargos.
—Claro como el agua, FJ.
—Bien, Myron. Volveremos a hablar.
Si es que Myron aún tenía lengua.
Los tres hombres subieron al coche y se marcharon sin decir otra palabra. Myron controló los latidos de su corazón y consultó el reloj. Hora de ir al juzgado.
7
La sala del juzgado de Hackensack se parecía mucho a las que aparecen en televisión. Series como El abogado, Ley y orden e incluso Judge Judy captan la apariencia física muy bien. Por supuesto, no pueden captar la esencia que emana de las pequeñas cosas: el débil hedor subyacente del sudor inducido por el miedo, el uso excesivo de desinfectante, la leve sensación pegajosa de los bancos, las mesas y las balaustradas; lo que a Myron le gustaba llamar los factores intangibles. Myron tenía el talonario preparado para pagar la fianza de inmediato. Él y Win lo habían hablado la noche anterior y habían calculado que el juez fijaría una cantidad entre los cincuenta y los setenta y cinco mil dólares. Esperanza carecía de antecedentes y tenía un empleo fijo. Estos factores jugarían a su favor. Si la suma ascendía más, ningún problema. Los bolsillos de Myron podían ser no muy profundos, pero la ganancia neta de Win era equivalente al producto nacional bruto de un pequeño país europeo.
Había una legión de reporteros aparcados afuera, toneladas de camionetas con cables y antenas de satélite, y por supuesto las antenas fálicas, que se alzaban hacia el cielo como si buscasen al esquivo dios de las grandes audiencias. Estaban Court TV, News 2 New York, ABC News, CNN, Eyewitness News. Todas las ciudades en todas las regiones del país podían ver Eyewitness News. ¿Por qué? ¿Por qué era tan atractivo el nombre? También estaban los nuevos programas a cual más sórdido, como HardCopy, Access Hollywood, Current Affair, aunque la distinción entre ellos y las noticias locales se había convertido en algo difuso hasta el punto de no existir. Eh, al menos HardCopy y similares eran un poco más honestos porque no ofrecían el más mínimo valor social que los redimiese. Además, no tenías que aguantar a los hombres del tiempo.
Un par de reporteros reconocieron a Myron y le llamaron. Myron puso su cara de póquer —serio, firme, preocupado y confiado— y se abrió paso entre ellos con la retahíla de «Sin comentarios». Cuando entró en la sala, lo primero que vio fue a Big Cyndi; no era una sorpresa porque destacaba como Louis Farrakhan en un B’nai B’rith. Estaba encajada en una hilera de asientos en los que no había nadie excepto Win. Nada de particular. Si quieres reservar asientos, envías a Big Cyndi; a las personas no les gusta disculparse para pasar junto a ella. La mayoría prefieren quedarse de pie. O incluso irse a casa.
Myron entró en la hilera de Big Cyndi, pasó por encima de las rodillas que parecían cascos de motorista, y se sentó entre sus amigos.
Big Cyndi no se había cambiado desde la noche anterior ni tampoco aseado. La persistente lluvia había lavado parte del tinte del pelo; manchas rojas y amarillas se habían secado alrededor de su cuello. El maquillaje, siempre aplicado en cantidades suficientes para moldear un busto de yeso, también había sufrido el castigo de la lluvia, y su rostro ahora se parecía a las velas multicolores de una menorah dejadas demasiado tiempo al sol.
En alguna ciudad, las acusaciones de asesinato eran algo común y se atendían a la manera de la producción en serie. No era el caso en Hackensack. Esto era algo importante: un caso de asesinato que involucraba a un famoso. No había ninguna prisa.
El alguacil comenzó a anunciar los casos.
—Esta mañana he tenido un visitante —le susurró Myron a Win.
—¿Ah, sí?
—FJ y dos gorilas.
—Vaya —dijo Win—. ¿El chico portada de Pandilleros modernos manifestó su habitual surtido de coloridas amenazas?
—Sí.
Win casi sonrió.
—Tendremos que matarlo.
—No.
—Sólo estás demorando lo inevitable.
—Es el hijo de Frank Ache, Win. No se debe matar al hijo de Frank Ache.
—Comprendo. ¿Entonces prefieres matar a alguien de una familia mejor?
La lógica de Win. Tenía sentido en la forma más horrorosa posible.
—Sólo veamos cómo avanzan las cosas, ¿vale?
—No dejes para mañana lo que puedas exterminar hoy.
Myron asintió.
—Tendrías que escribir uno de esos libros de autoayuda.
Guardaron silencio. Fueron pasando los casos: un robo con allanamiento de morada, un par de asaltos, demasiados robos de coches. Todos los sospechosos se veían jóvenes, culpables y furiosos. Siempre con el rostro ceñudo. Tipos duros. Myron intentó no hacer una mueca, intentó recordar que todos son inocentes hasta que se demuestre lo contrario, intentó recordar que Esperanza también era una sospechosa. Pero no ayudó mucho.
Por fin Myron vio a Hester Crimstein entrar en la sala, vestida con su mejor atuendo profesional: un elegante traje beige, una camisa color crema, y un peinado con demasiada laca. Ocupó su lugar en la mesa de la defensa, y se hizo silencio en la sala. Dos guardias entraron con Esperanza por una puerta abierta. Myron la vio, y algo parecido a la coz de una mula le dio en el pecho.
Esperanza iba vestida con el mono naranja fluorescente de la cárcel. Olvídense del gris o de las rayas; si el prisionero quería escapar, iba a destacar como un rótulo de neón en un monasterio. Llevaba las manos esposadas delante. Myron sabía que Esperanza era pequeña —quizás un metro cincuenta y siete, cincuenta kilos— pero nunca la había visto tan pequeña. Mantenía la cabeza alta, desafiante. La Esperanza clásica. Si tenía miedo, no lo demostraba.
Hester Crimstein apoyó una mano amiga en el hombro de su cliente. Esperanza asintió. Myron intentó con desesperación captar su mirada. Tardó unos instantes, pero finalmente Esperanza miró en su dirección y lo miró con una resignada y leve sonrisa de «Estoy bien». Myron se sintió mejor.
—El pueblo contra Esperanza Díaz —leyó el alguacil.
—¿Cuál es la acusación? —preguntó la jueza.
El ayudante del fiscal de distrito, un chico que apenas parecía lo bastante mayor para tener vello púbico, se levantó junto a un pedestal.
—Asesinato en segundo grado, Su Señoría.
—¿Cómo se declara?
La voz de Esperanza era fuerte.
—Inocente.
—¿Fianza?
—Su Señoría, el pueblo requiere que la señorita Díaz permanezca detenida sin fianza —solicitó Cara de Niño.
Hester Crimstein gritó: «¿Qué?», como si hubiese acabado de oír las más irracionales y peligrosas palabras que cualquier ser humano hubiese dicho en cualquier circunstancia.
Cara de Niño permaneció tan tranquilo.
—La señorita Díaz está acusada de matar a un hombre disparándole tres veces. Tenemos pruebas…
—No tienen nada, Su Señoría. Nadas circunstanciales.
—La señorita Díaz no tiene familia ni está arraigada en la comunidad —prosiguió el chico—. Creemos que todo ello supone un sustancial peligro de fuga.
—Es una tontería, Su Señoría. La señorita Díaz es socia de una empresa de representación deportiva muy importante en Manhattan. Es una licenciada en derecho que en la actualidad se está preparando para iniciar el ejercicio de su profesión. Tiene muchos amigos y raíces en la comunidad. Y no tiene ningún antecedente.
—Pero, Su Señoría, no tiene familia…
—¿Y qué? —interrumpió Crimstein—. Sus padres están muertos. ¿Es eso una razón para castigar a una mujer? ¿Los padres muertos? Esto es escandaloso, Su Señoría.
La jueza, una mujer de unos cincuenta años, se echó hacia atrás.
—Su petición para negar la fianza parece extrema —le dijo a Cara de Niño.
—Su Señoría, creemos que la señorita Díaz tiene una gran cantidad de medios a su disposición y buenas razones para huir de la jurisdicción.
Crimstein continuó con un apopléjico:
—¿De qué está hablando?
—La víctima del crimen, el señor Haid, retiró hace poco una suma de dinero superior a los doscientos mil dólares. Ese dinero falta en su apartamento. Es lógico asumir que el dinero fue sustraído durante la consumación del asesinato…
—¿Qué lógica? —gritó Crimstein—. Su Señoría, esto es una tontería.
—El abogado de la defensa mencionó que la señorita Díaz tiene amigos en la comunidad —continuó Cara de Niño—. Algunos de ellos están aquí, incluido su empleador, Myron Bolitar. —Señaló a Myron. Todas las miradas se volvieron hacia él. Myron permaneció muy quieto—. Nuestra investigación demuestra que el señor Bolitar ha estado ausente por lo menos durante una semana, quizás en el Caribe, incluso en las islas Caimán.
—¿Y qué? —gritó Crimstein—. Deténganle si eso es un crimen.
Pero Cara de Niño no había acabado.
—Junto a él está Windsor Lockwood de Lock-Horne Securities. —Cuando todas las miradas se volvieron hacia Win, él asintió y respondió con un leve gesto regio—. El señor Lockwood era el asesor financiero de la víctima y responsable de la cuenta de donde se retiraron los doscientos mil.
—Pues arréstenle a él también —vociferó Crimstein—. Su Señoría, esto no tiene nada que ver con mi cliente, excepto, quizá, para demostrar su inocencia. La señorita Díaz es una concienzuda trabajadora hispana que se abrió camino estudiando por la noche. No tiene antecedentes y debe ser puesta en libertad de inmediato. En caso contrario, tiene derecho a una fianza razonable.
—Su Señoría, hay demasiado dinero dando vueltas —afirmó Cara de Niño—. Los doscientos mil dólares desaparecidos. La posible conexión de la señorita Díaz con el señor Bolitar y, por supuesto, el señor Lockwood, que proviene de una de las familias más ricas de la región…
—Un momento, Su Señoría. Primero, el fiscal de distrito sugiere que la señorita Díaz ha robado y ocultado ese dinero presuntamente desaparecido y que lo utilizará para fugarse. Luego sugiere que le pedirá al señor Lockwood, que no es más que un asociado comercial, que le provea de fondos. ¿Cuál de las dos posibilidades? Y mientras la oficina del fiscal del distrito intenta inventarse una conspiración monetaria, ¿por qué a uno de los hombres más ricos del país le parece apropiado conspirar con una pobre mujer hispana para cometer un robo? Toda la idea es ridícula. La fiscalía no tiene un caso, así que se han inventado toda esta tontería del dinero que suena tan creíble como un avistamiento de Elvis…
—Es suficiente —dijo la jueza. Se apoyó en el respaldo y golpeó con los dedos en el estrado. Miró a Win por un segundo, y después a la mesa de la defensa—. Me preocupa el dinero desaparecido —señaló.
—Su Señoría, le aseguro que mi cliente no sabe nada del dinero.
—Me sorprendería que su posición fuese otra, señorita Crimstein, pero los hechos presentados por el fiscal de distrito son preocupantes. Se niega la fianza.
Crimstein abrió los ojos como platos.
—Su Señoría, esto es un ultraje…
—No es necesario gritar, abogada. La oigo muy bien.
—Protesto enérgicamente…
—Ahórreselo para las cámaras, señorita Crimstein. —La jueza golpeó con el mazo—. Siguiente caso.
Se oyeron los murmullos contenidos. Big Cyndi comenzó a aullar como una viuda en un noticiario de guerra. Hester Crimstein acercó la boca a la oreja de Esperanza y le susurró algo. Esperanza asintió, pero no parecía escucharla. Los guardias se la llevaron hacia una puerta. Myron intentó de nuevo cruzar una mirada con ella, pero Esperanza no quiso —o tal vez no deseaba— mirarle.
Hester Crimstein se volvió y dirigió a Myron una mirada tan furiosa que él casi se agachó. Se le acercó e intentó mantener la expresión neutra.
—Sala siete —le dijo a Myron, sin mirarlo y casi sin mover los labios—. Por el pasillo a la izquierda. Cinco minutos. No le diga nada a nadie.
Myron no se molestó en asentir.
Crimstein se alejó deprisa y comenzó con los «Sin comentarios» antes de llegar a la puerta. Win suspiró, sacó un papel y un bolígrafo del bolsillo de la chaqueta y comenzó a escribir algo.
—¿Qué estás haciendo? —preguntó Myron.
—Ya lo verás.
No tardó mucho.
Dos polis de paisano acompañados por el olor de la colonia barata se acercaron. Sin duda de la división de homicidios. Antes de que pudiesen presentarse, Win dijo:
—¿Estamos arrestados?
Los dos polis parecieron confusos. Después uno respondió:
—No.
Win sonrió y le dio la hoja de papel.
—¿Qué demonios es esto?
—El número de teléfono de nuestros abogados. —Se levantó y llevó a Myron hacia la puerta—. Que tengan un día especial.
Llegaron a la sala de conferencias de la defensa antes de que pasasen los cinco minutos. La habitación estaba vacía.
—¿Clu retiró la pasta? —preguntó Myron.
—Sí —contestó Win.
—¿Lo sabías?
—Por supuesto.
—¿Cuánto?
—El fiscal del distrito dijo doscientos mil dólares. No tengo razón para negar esa estimación.
—¿Tú le dejaste?
—¿Perdón?
—¿Dejaste que Clu retirase doscientos mil?
—Era su dinero.
—¿Pero tanto dinero?
—No era asunto mío —manifestó Win.
—Tú conoces a Clu, Win. Podría haber sido para drogas, deudas de juego o…
—Es más que probable que lo fuese —admitió Win—. Pero soy su asesor financiero. Le asesoro en estrategias de inversión. No soy su conciencia, su mamá, su canguro o ni siquiera su agente.
Ya. Pero ahora no había tiempo para eso. Una vez más, Myron reprimió la culpa y pensó en las posibilidades.
—Clu nos autorizó a recibir sus estados de cuentas, ¿no?
Win asintió. MB SportsReps insistían en que todos los clientes utilizasen los servicios de Win y se reuniesen con él en persona una vez cada tres meses por lo menos para repasar sus cuentas. Era por el bien de ellos y el de Myron. Demasiados atletas eran víctimas de abusos debido a la ignorancia. Myron recibía las copias de los estados de cuentas de la mayoría de sus clientes para poder ayudarlos a seguir el rastro de los ingresos y gastos, montar algún sistema de pagos de facturas automático, esa clase de cosas.
—O sea, que retirar esa cantidad hubiese aparecido en nuestra pantalla —dijo Myron.
—Sí.
—Esperanza tuvo que saberlo.
—De nuevo afirmativo.
Myron frunció el entrecejo.
—Por lo tanto, le da al fiscal otro motivo para el asesinato. Sabía lo del dinero.
—Por supuesto.
Myron observó a Win.
—¿Qué hizo Clu con el dinero?
Win se encogió de hombros.
—¿Quizá Bonnie lo sepa?
—Lo dudo —opinó Win—. Se han separado.
—Vaya novedad. Siempre se están peleando, pero ella siempre lo recibe de nuevo.
—Quizá. Pero esta vez se trata de una separación legal.
Myron se sorprendió. Bonnie nunca había llegado tan lejos. Su ciclo de peleas siempre había sido constante: Clu hacía algo estúpido, seguido por una gran discusión. Bonnie lo echaba por un par de noches, quizás una semana. Clu suplicaba perdón, Bonnie lo perdonaba. Clu se comportaba bien por un tiempo, Clu hacía algo estúpido de nuevo, y el ciclo volvía a comenzar.
—¿Buscó un abogado y presentó la documentación?
—Según Clu.
—¿Te lo dijo él?
—Sí, Myron, eso es lo que significa «según Clu».
—¿Cuándo te dijo todo eso?
—La semana pasada. Retiró el dinero. Dijo que ella ya había comenzado con los trámites del divorcio.
—¿Cómo se sentía?
—Mal. Esperaba otra reconciliación.
—¿Dijo algo más cuando retiró el dinero?
—Nada.
—Y no tienes idea…
—Ninguna.
Se abrió la puerta de la sala de conferencias. Hester Crimstein entró, echaba espuma por la boca.
—Malditos gilipollas. Les dije que se mantuviesen apartados.
—No nos acuse de esto —dijo Myron—. El error es suyo.
—¿Qué?
—Conseguirle la fianza tendría que haber sido un juego de niños.
—Si no hubieran estado en la sala, lo hubiese sido. Han caído en la trampa del fiscal. Quería demostrar a la jueza que la acusada tenía medios para fugarse, y de pronto señala a un famoso ex jugador y a uno de los playboys más ricos del país sentados en primera fila.
Comenzó a pasearse dando pisotones como si en la moqueta gris se hubiesen iniciado varios incendios.
—Esta jueza es una fanática liberal —continuó—. Por eso comencé con todas aquellas tonterías de la hispana trabajadora. Detesta a los ricos probablemente porque ella lo es. Tener a este niño bonito —señaló con un gesto a Win— sentado en primera fila fue como agitar una bandera confederada delante de un juez negro.
—Tendría que dejar el caso —dijo Myron.
La abogada volvió la cabeza hacia él.
—¿Se ha vuelto loco?
—La fama juega en su contra. A la jueza quizá no le gusten las personas ricas, pero tampoco parece tener mucha simpatía por los famosos. No es la abogada adecuada para el caso.
—Estupideces. He defendido tres casos antes con esta jueza. Y los gané los tres.
—Quizás eso tampoco le gusta.
Crimstein pareció perder un poco de vapor. Se apartó para sentarse en una silla.
—Fianza denegada —dijo más para sí misma que para cualquier otro—. No puedo creer que incluso tuviesen la desfachatez de solicitar que se negase la fianza. —Se sentó algo más recta—. Muy bien, esto lo jugaremos de la siguiente manera. Voy a presionar en busca de respuestas. Mientras tanto, ustedes no digan nada. Nada de hablar con los polis, el fiscal o la prensa. Nada. Nada hasta que averigüemos qué creen que han hecho.
—¿Nosotros tres?
—¿Es que no me escucha, Myron? Creen que es una conspiración monetaria.
—¿Que nos involucra a los tres?
—Sí.
—¿Pero cómo?
—No lo sé. Mencionaron que fue al Caribe, quizás a las islas Caimán. Todos sabemos lo que eso significa.
—Depositar dinero en cuentas de paraísos fiscales —dijo Myron—. Pero dejé el país hace tres semanas, incluso antes de que retirasen el dinero. Y nunca estuve cerca de las Caimán.
—Es probable que todavía no tengan nada firme —opinó Crimstein—. Pero van a ir a por ustedes por todo lo alto. Espero que sus libros estén en orden porque les garantizo que dentro de una hora, los requisarán.
Un escándalo financiero, pensó Myron. ¿FJ no había mencionado algo así?
Crimstein volvió su atención hacia Win.
—¿Todo eso de la retirada de los doscientos mil es verdad?
—Sí.
—¿Pueden probar que Esperanza lo sabía?
—Probablemente.
—Maldita sea.
Meditó un momento.
Win fue a un rincón. Sacó el móvil, marcó, comenzó a hablar.
—Métame en el caso —dijo Myron.
Crimstein lo miró.
—¿Perdón?
—Como señaló anoche, soy abogado. Nómbreme abogado defensor junto con usted, y cualquier cosa que me diga entrará dentro de la relación abogado-cliente.
Ella negó con la cabeza.
—Una, nunca colaría. La juez verá lo que es, una estratagema para que no pueda testificar. Dos, es una idiotez. No sólo apestará a una jugada defensiva desesperada, sino que parecerá que le estamos callando porque tenemos algo que ocultar. Tres, aún puede que le acusen de todo esto.
—¿Cómo? Ya se lo dije. Estaba en el Caribe.
—Así es. Donde nadie sino el playboy podría encontrarle. Es conveniente.
—Cree…
—No creo nada, Myron. Sólo le digo lo que el fiscal podría estar pensando. Por ahora estamos adivinando. Vuelva a su oficina. Llame a su contable. Asegúrese de que sus libros están en regla.
—Lo están —afirmó Myron—. Nunca he robado ni un centavo.
Hester se volvió hacia Win.
—¿Y qué pasa con usted?
Win colgó el teléfono.
—¿Qué pasa conmigo?
—También revisarán sus libros.
Win enarcó una ceja.
—Lo intentarán.
—¿Están limpios?
—Puede comer en ellos —contestó Win.
—Bien. Dejaré que sus abogados se ocupen. Ya tengo bastante de qué ocuparme.
Silencio.
—¿Cómo la sacamos de allí? —preguntó Myron.
—Nosotros no la sacamos. Yo la saco. Manténgase apartado.
—No recibo órdenes de usted.
—¿No? ¿Qué le parece recibirlas de Esperanza?
—¿Qué pasa con Esperanza?
—Es su petición, no la mía. Manténgase apartado de ella.
—No me creo que lo haya dicho.
—Créalo.
—Si quiere que me mantenga apartado —dijo Myron—, tendrá que decírmelo a la cara.
—Muy bien —dijo Crimstein con un fuerte suspiro—. Vamos a ocuparnos de eso ahora mismo.
—¿Qué?
—¿Quiere preguntárselo a ella? Deme cinco minutos.
8
—Tengo que volver a la oficina —dijo Win.
Myron se sorprendió.
—¿No quieres oír lo que Esperanza tenga que decir?
—No tengo tiempo.
Su tono dio un portazo a cualquier discusión. Win acercó la mano al pomo de la puerta.
—Si necesitas de mis talentos especiales —añadió—, tengo el móvil.
Salió a la carrera en el momento en que entraba Hester Crimstein. Ella lo miró desaparecer por el pasillo.
—¿Adónde va?
—A su oficina.
—¿Cómo es que de pronto le ha entrado tanta prisa?
—No pregunte.
Hester Crimstein enarcó una ceja.
—Umm.
—¿Umm, qué?
—Win era quien estaba a cargo de la cuenta donde desapareció el dinero.
—¿Y?
—Quizá tenía un motivo para silenciar a Clu Haid.
—Eso es bastante ridículo.
—¿Me está diciendo que es incapaz de asesinar?
Myron no contestó.
—Si sólo la mitad de las historias que he oído de Windsor Lockwood son verdad…
—Usted sabe que no se debe hacer caso de los rumores.
Ella lo miró.
—Por lo tanto si le cito como testigo y le pregunto si alguna vez ha visto a Windsor Horne Lockwood III matar a alguien, ¿qué respondería?
—No.
—Vaya. Creo que también faltó a la clase sobre el perjurio.
Myron no se molestó con una réplica.
—¿Cuándo puedo ver a Esperanza?
—Venga. Le está esperando.
Esperanza estaba sentada a una mesa larga. Aún vestía el mono naranja de la cárcel, las manos ahora libres de las esposas apoyadas delante de ella, su expresión serena como la imagen de una iglesia. Hester le hizo una seña al guardia, y ambos salieron de la habitación.
Cuando se cerró la puerta, Esperanza le sonrió.
—Bienvenido a casa.
—Gracias —contestó Myron.
La mirada de Esperanza se posó en él.
—Si tu bronceado fuese más oscuro, podrías pasar por mi hermano.
—Gracias.
—Veo que sigues siendo un pico de oro con las damas.
—Gracias.
Ella casi sonrió. Incluso en estas condiciones, Esperanza se veía radiante. La piel tersa y el pelo negro brillaban contra el fondo naranja fluorescente. Sus ojos todavía despertaban recuerdos de lunas mediterráneas y blusas de campesina blancas.
—¿Te sientes mejor ahora? —le preguntó ella.
—Sí.
—¿Se puede saber dónde estabas?
—En una isla privada en el Caribe.
—¿Durante tres semanas?
—Sí.
—¿Solo?
—No.
Cuando él no explicó más, Esperanza se limitó a decir:
—Detalles.
—Me escapé con una hermosa presentadora de televisión que apenas conocía.
Esperanza sonrió.
—¿Ella, no sé cómo decir esto con delicadeza, te folló hasta el tuétano?
—Así es.
—Me alegra oírlo. Si hay un tipo que necesitaba que se lo follasen hasta el tuétano…
—Correcto, soy ese tipo. Votado como el tipo más necesitado de que se lo follasen por el último curso.
A ella le gustó la frase. Se echó hacia atrás y cruzó las piernas como si estuviese en un bar. Curioso en este entorno, por decir algo.
—¿No le dijiste a nadie dónde estabas?
—Así es.
—Sin embargo, Win te encontró en cuestión de horas.
Ninguno de los dos se sorprendió. Permanecieron en silencio durante un par de segundos. Después Myron preguntó:
—¿Estás bien?
—Sí.
—¿Necesitas algo?
—No.
Myron no estaba seguro de cómo continuar, qué tema tocar o cómo abordarlo. Una vez más Esperanza cogió la pelota y comenzó a driblar.
—¿Así que tú y Jessica habéis acabado? —preguntó ella.
—Sí.
Era la primera vez que lo decía en voz alta. Le sonó extraño.
Esta vez la hizo sonreír de oreja a oreja.
—Ah, no hay mal que por bien no venga —exclamó triunfante—. ¿De verdad que se ha acabado? ¿La reina puta se ha ido para siempre?
—No la llames así.
—¿Se ha ido para siempre?
—Eso creo.
—Di que sí, Myron. Te sentirás mejor.
Pero él no pudo.
—No estoy aquí para hablar de mí.
Esperanza se cruzó de brazos. No dijo nada.
—Te sacaremos de ésta —añadió Myron—. Te lo prometo.
Ella asintió, continuó mostrándose despreocupada; si hubiese sido fumadora, estaría soplando anillos de humo.
—Será mejor que vuelvas a la oficina. Ya hemos perdido demasiados clientes.
—No me preocupa.
—A mí sí. —Su voz adquirió un tono tajante—. Ahora soy socia.
—Ya lo sé.
—Así que soy dueña de una parte de MB SportsReps. Si quieres autodestruirte, vale. Pero no arrastres mi deseado culo contigo, ¿de acuerdo?
—No me refería a eso. Sólo me refería a que ahora mismo tenemos preocupaciones más grandes.
—No.
—¿Qué?
—No tenemos preocupaciones más grandes. Quiero que te mantengas apartado de esto.
—No lo entiendo.
—Tengo a una de las mejores abogadas defensoras del país trabajando en mi caso. Que ella se ocupe.
Myron intentó dejar que sus palabras se asentasen, pero eran como niños traviesos que se disputaban una golosina. Se inclinó un poco hacia delante.
—¿Qué está pasando aquí?
—No puedo hablar de ello.
—¿Qué?
—Hester me dijo que no debía hablar del caso con nadie, ni siquiera contigo. Nuestras conversaciones no están protegidas.
—¿Crees que hablaría?
—Te pueden forzar a testificar.
—Entonces mentiría.
—No tendrás que hacerlo.
Myron abrió la boca, la cerró, probó de nuevo.
—Win y yo te podemos ayudar. Somos buenos en esto.
—No te ofendas, Myron, pero Win es un psicópata. Le quiero, pero no necesito esa clase de ayuda. Y tú —Esperanza se detuvo, miró hacia el techo, separó los brazos, bajó la mirada para mirarlo—, eres una mercancía estropeada. No te culpo por largarte. Es probable que fuese lo correcto. Pero no finjamos que has vuelto a la normalidad.
—No he vuelto a la normalidad —asintió él—. Pero estoy preparado para esto.
Esperanza negó con la cabeza.
—Concéntrate en MB. Harán falta todos tus esfuerzos para mantenerla a flote.
—¿No vas a decirme qué pasó?
—No.
—No tiene ningún sentido.
—Acabo de explicarte mis razones…
—¿De verdad temes que vaya a declarar contra ti?
—Yo no he dicho eso.
—¿Entonces qué es? Si crees que no estoy a la altura, vale, me lo creeré. Pero eso no te puede impedir hablar conmigo. De hecho, probablemente me dirías que continúe hurgando. ¿Qué está pasando aquí?
Su rostro se cerró.
—Ve a la oficina, Myron. ¿Quieres ayudar? Salva nuestro negocio.
—¿Lo mataste?
Lo lamentó en el momento en que sus palabras salieron de su boca. Lo miró como si él acabase de extender un brazo por encima de la mesa y la hubiese abofeteado.
—No me importa si lo hiciste —insistió Myron—. Estaré a tu lado incondicionalmente. Quiero que lo sepas.
Esperanza recuperó la compostura. Apartó la silla y se levantó. Por unos momentos lo miró, observó su rostro como si estuviese buscando algo que normalmente estaba allí. Después dio media vuelta, llamó al guardia, y salió de la habitación.
9
Big Cyndi estaba atendiendo la recepción cuando Myron llegó a las oficinas de MB SportsReps. Tenían una ubicación de primera, en pleno centro de Park Avenue. El edificio Lock-Horne había sido propiedad de la familia de Win desde que el gran-gran-gran-etcétera abuelo Horne (¿o era Lockwood?) había derrumbado una tienda india y comenzado a construirlo. Myron le alquilaba el espacio a Win con un gran descuento. A cambio Win se encargaba de todas las finanzas de los clientes de Myron. El arreglo era una ganga para Myron. Con el prestigio de la dirección y la capacidad de garantizar a sus clientes los servicios financieros del casi legendario Windsor-Horne Lockwood III, MB SportsReps tenía un aire de legitimidad que pocas compañías pequeñas podían proclamar.
MB SportsReps estaba en el piso doce. Un ascensor se abría a la recepción. Mucha clase. Los teléfonos sonaban. Big Cyndi puso a las personas en espera y lo miró. Se veía incluso más ridícula de lo habitual. No era tarea fácil. En primer lugar, los muebles eran demasiado pequeños para ella, y las patas de la mesa bailaban sobre sus rodillas como algo que puede sucederle a un padre cuando visita el parvulario de su hijo. En segundo lugar, aún no se había lavado ni cambiado desde la noche anterior. En otra situación, Myron el empresario, siempre consciente de la imagen, hubiese hecho un comentario, pero ahora no le pareció un momento apropiado o seguro.
—La prensa está apelando a todos los trucos para llegar hasta aquí, señor Bolitar —Big Cyndi siempre lo llamaba señor Bolitar. Le gustaban las formalidades—. Dos de ellos incluso han fingido ser posibles clientes que provenían de las primeras divisiones de los institutos.
Myron casi no se sorprendió.
—Dile al guardia del vestíbulo que esté muy alerta.
—También están llamando un montón de clientes. Están preocupados.
—Pásamelos. Líbrate de todos los demás.
—Sí, señor Bolitar. —Como si quisiese saludar a un oficial. Big Cyndi le entregó una pila de papeles azules—. Éstas son las llamadas de los clientes de esta mañana.
Él comenzó a repasar la pila.
—Para su información —continuó Big Cyndi—, les dijimos a todos que se había ido por uno o dos días. Después una semana o dos. Luego comenzamos a inventarnos emergencias: problemas familiares, ayudar a un cliente enfermo, esa clase de cosas. Pero algunos de los clientes se cansaron de las excusas.
Myron asintió.
—¿Tienes una lista de los que nos han dejado?
Big Cyndi ya la tenía en la mano. Se la dio, y él se dirigió hacia su despacho.
—¿Señor Bolitar?
Él se volvió.
—¿Sí?
—¿Estará bien Esperanza?
De nuevo aquella voz diminuta y distante que desmentía su tamaño, como si la enorme forma que tenía delante se hubiese tragado a un niño y estuviese pidiendo ayuda.
—Sí, Big Cyndi. Estará bien.
—¿Usted la ayudará, verdad? ¿Pese a que ella no quiere que lo haga?
Myron hizo un medio gesto de asentimiento. No pareció satisfacerla, así que agregó:
—Sí.
—Bien, señor Bolitar. Es lo correcto y se debe hacer.
Él no tenía nada que añadir, así que entró en su oficina. Myron no había estado en MB en seis semanas. Extraño. Había trabajado tanto y tan fuerte para construir MB SportsReps —M de Myron, B de Bolitar, un nombre con gancho, ¿no?— y ahora la había abandonado. Como si nada. Abandonado su negocio. Sus clientes. Y a Esperanza.
Habían acabado las reformas —habían cortado una parte de la sala de reuniones y la recepción para que Esperanza pudiese tener su propio despacho—, pero la nueva habitación continuaba sin acabarse. Por lo tanto, Esperanza había estado utilizando su despacho. Se sentó a su mesa y de inmediato el teléfono comenzó a sonar. No le hizo caso durante unos segundos, la mirada puesta en la pared de clientes, con las fotos de todos los atletas en acción que MB representaba. Se fijó en la imagen de Clu Haid. Clu estaba en la base del lanzador, inclinado hacia delante, a punto de estirarse, la mejilla abultada con la bola de tabaco de mascar, mirando una señal que sólo él veía.
—¿Qué has hecho esta vez, Clu? —preguntó en voz alta.
La foto no le respondió, algo que probablemente era bueno. Pero continuó mirando. Había sacado a Clu de tantos líos a lo largo de los años que no pudo dejar de preguntarse: ¿si no me hubiese largado al Caribe, habría sido capaz de sacar a Clu de éste también?
Una introspección inútil: uno de los muchos talentos de Myron.
Big Cyndi lo llamó.
—¿Señor Bolitar?
—Sí.
—Sé que me dijo que sólo le pasase a los clientes, pero Sophie Mayor está al teléfono.
Sophie Mayor era la nueva propietaria de los Yankees.
—Pásamela.
Oyó un clic y dijo «Hola».
—Myron, Dios mío. ¿Qué demonios está pasando?
Sophie Mayor no era muy dada a los prolegómenos corteses.
—Todavía estoy tratando de aclararme.
—Creen que su secretaria mató a Clu.
—Esperanza es mi socia —le corrigió él aunque no tenía claro por qué—. Ella no mató a nadie.
—Estoy aquí con Jared. —Jared era su hijo, y el «cogerente general» de los Yankees; co significa comparte el título con alguien que sabe lo que hace porque él recibió el empleo por nepotismo. Jared significa nacido después de 1973—. Tenemos que decirle algo a la prensa.
—No estoy seguro de cómo puedo ayudar, señora Mayor.
—Me dijo que Clu lo había superado, Myron.
Él no dijo nada.
—Las drogas, las bebidas, las fiestas, los problemas —continuó Sophie Mayor—. Dijo que todo había quedado atrás.
Estaba a punto de defenderse pero se lo pensó mejor.
—Creo que lo mejor será hablar de esto en persona —dijo Myron.
—Jared y yo estamos de viaje con el equipo. Ahora mismo estamos en Cleveland. Volvemos a casa esta noche.
—¿Qué tal entonces mañana por la mañana?
—Estaremos en el estadio —respondió ella—. A las once.
—Allí estaré.
Myron colgó el teléfono. Big Cyndi le pasó de inmediato la llamada de un cliente.
—Aquí Myron.
—¿Dónde demonios has estado?
Era Marty Towey, un defensor de los Viking. Myron respiró hondo y soltó una frase medio preparada: estaba de vuelta, las cosas iban muy bien, no te preocupes, el dinero entra a raudales, tengo un contrato aquí mismo, muy ocupado buscando nuevos patrocinadores, bla, bla, bla. Vaselina. Vaselina.
Marty era duro de pelar.
—Maldita sea, Myron. Escogí MB porque no quería que me atendiesen los subalternos. Quería tratar con el gran jefe. ¿Entiendes lo que quiero decir?
—Claro, Marty.
—Esperanza es bonita y todo eso. Pero no eres tú. Te contraté a ti. ¿Lo entiendes?
—Ya he vuelto, Marty. Todo irá bien, te lo prometo. Escucha, estaréis en la ciudad dentro de un par de semanas, ¿no?
—Jugamos contra los Jets dentro de dos semanas.
—Bien. Me encontraré contigo en el partido y después nos iremos a cenar juntos.
Cuando Myron colgó, se dio cuenta de que había desatendido tanto los asuntos de los clientes que ni siquiera sabía si Marty estaba jugando en el nivel All-Pro, o si sólo lo tenían en el banquillo a la espera de traspasarlo. Diablos, tendría que ponerse al día.
Las llamadas fueron más o menos por el estilo durante las dos horas siguientes. La mayoría de los clientes se calmaron. Algunos permanecieron sin decidirse. Nadie más le abandonó. No había arreglado nada, pero había conseguido reducir la sangría a un goteo serio.
Big Cyndi llamó y abrió la puerta del despacho.
—Problemas, señor Bolitar.
Un desagradable, aunque no desconocido, olor comenzó a emanar desde la puerta.
—¿Qué demonios…? —comenzó Myron.
—Apártese, nena.
La voz áspera sonó detrás de Big Cyndi. Myron intentó ver quién era, pero Big Cyndi le tapaba la línea de visión como un eclipse solar. Por fin se apartó, y los mismos dos policías de paisano del juzgado se apresuraron a entrar. El más grande tenía unos cincuenta y tantos, los ojos somnolientos, harto del mundo y una de aquellas caras que parecían sin afeitar incluso después de afeitarse. Vestía una trinchera con las mangas que apenas si le llegaban a los codos y zapatos que tenían más rozaduras que una pelota de béisbol de Gaylord Perry. El tipo más bajo era joven y realmente feo. Su rostro le recordó una foto ampliada de un piojo. Vestía un traje gris claro con chaleco —la prenda informal de Sears para el representante de la ley— y una de aquellas corbatas Looney Tunes que gritaba 1992.
El terrible olor comenzó a penetrar por las paredes.
—La orden —dijo el grandullón. No mascaba un puro, pero tendría que haberlo hecho—. Antes que me diga que estamos fuera de nuestra jurisdicción, aún trabajamos con Michael Chapman, en Manhattan Norte. Llámelo si tiene un problema. Ahora fuera de la silla, gilipollas, así podemos revisar este lugar.
Myron arrugó la nariz.
—Jesús, ¿cuál de ustedes usa la colonia?
Piojo le dirigió una mirada rápida a su compañero. La mirada decía: «Eh, aceptaré que me disparen por este tipo, pero no voy a aceptar la culpa del pestazo». Comprensible.
—Escúcheme, listillo —continuó el grandullón—. Mi nombre es detective Winters…
—¿De verdad? ¿Su mamá le puso Detective?
Apenas un suspiro.
—… y éste es el detective Martínez. Apártese de ahí, atontado.
El olor comenzaba a afectarle.
—Joder, Winters, tiene que dejar de pedirle colonia prestada a los asistentes de vuelo.
—Siga con lo suyo, chistoso.
—De verdad, ¿en la etiqueta pone usar en abundancia?
—Es un auténtico comediante, Bolitar. Hay tantos graciosos como usted en la trena que es una pena que no televisen Sing Sing.
—Creía que ya habían registrado el lugar.
—Lo hicimos. Ahora hemos vuelto para buscar los libros de contabilidad.
Myron señaló a Piojo.
—¿No puede hacerlo él solo?
—¿Qué?
—Nunca conseguiré quitar el olor de aquí.
Winter sacó un par de guantes de látex; eran para no estropear cualquier posible huella digital. Se los colocó con mucha alharaca, incluso movió los dedos, y sonrió.
Myron le guiñó un ojo.
—¿Quiere que me agache y me sujete los tobillos?
—No.
—Joder, con lo que necesito una cita.
¿Quiere chinchar a un poli? Utilice el humor gay. Myron aún no había conocido a ningún poli que no fuese completamente homofóbico.
—Le vamos a hacer pedazos este lugar, gracioso —dijo Winters.
—Lo dudo —replicó Myron.
—¿Ah sí?
Myron se levantó, buscó en el archivador detrás de él.
—Eh, no puede tocar nada de aquí dentro.
Myron no le hizo caso, sacó una cámara de vídeo pequeña.
—Sólo para llevar un registro de lo que hacen, agente. En el actual clima de falsas acusaciones de corrupción policial, no queremos ningún malentendido. —Myron puso en marcha la cámara y enfocó al grandullón—. ¿Verdad?
—No —dijo el grandullón, con la mirada fija en la cámara—. No queremos ningún malentendido.
Myron mantuvo el ojo en el visor.
—La cámara capta su verdadera esencia, detective. Estoy seguro de que si vemos la filmación incluso podríamos oler su colonia.
Piojo ocultó una sonrisa.
—Por favor, quítese de nuestro camino, señor Bolitar —dijo Winters.
—Por supuesto. Cooperación es mi segundo nombre.
Comenzaron la búsqueda, que consistió básicamente en coger todos los documentos a los que pudieron echar mano, meterlos en cajas y llevárselos. Las manos enguantadas lo tocaron todo, y Myron sintió como si le tocasen a él. Intentó parecer inocente —a saber qué significaba eso—, pero no podía evitar sentirse nervioso. La culpa es una cosa curiosa. Tenía muy claro que no había nada irregular en los expedientes, pero no obstante se sentía a la defensiva.
Myron le dio la cámara de vídeo a Big Cyndi y comenzó a llamar a los clientes que habían dejado MB. La mayoría no cogió el teléfono. Los pocos que lo hicieron intentaron desviar la conversación. Myron se mostró amable, convencido que pasarse de agresivo sería contraproducente. Sólo les dijo que estaba de regreso y que le gustaría mucho hablar con ellos lo antes posible. Un montón de ejem y ajás de aquellos que hablaron con él. Nada inesperado. Recuperar su confianza llevaría tiempo.
Los polis acabaron y se marcharon sin ni siquiera decir adiós. Vaya modales. Big Cyndi y Myron observaron cómo se cerraban las puertas del ascensor.
—Esto va a ser muy difícil —dijo Myron.
—¿Qué?
—Trabajar sin los archivos.
Big Cyndi abrió el bolso y le mostró los discos.
—Está todo aquí.
—¿Todo?
—Sí.
—Las cartas y la correspondencia, vale, pero necesito los contratos…
—Todo —repitió ella—. Compré un escáner y escaneé todos los documentos del despacho. Hay una copia de seguridad en una caja en el CitiBank. Actualizo los discos cada semana. Por si se produce un incendio o cualquier otra emergencia.
Esta vez, cuando sonrió, el encogimiento de Myron apenas si fue perceptible.
—Big Cyndi, eres una mujer sorprendente.
Era difícil saberlo debajo de la máscara de lápices de cera fundida, pero casi le pareció que se sonrojaba.
Sonó el intercomunicador. Big Cyndi atendió el teléfono.
—¿Sí? —Pausa. Luego su voz se hizo grave—. Sí, hágala subir.
Colgó.
—¿Quién es?
—Bonnie Haid quiere verle.
Big Cyndi hizo entrar a la viuda Haid a su despacho. Myron estaba de pie detrás de la mesa, sin saber qué hacer. Esperó a que hiciese el primer movimiento, pero no lo hizo. Bonnie Haid se había dejado crecer el pelo, y, por un momento, se sintió de nuevo en Duke. Clu y Bonnie sentados en un sofá en el sótano de la casa de estudiantes, con otro barril de cerveza detrás de ellos, el brazo de Clu sobre el hombro de ella, vestida con una sudadera gris, las piernas recogidas debajo de las nalgas.
Tragó saliva y se movió hacia Bonnie. Ella dio un paso atrás y cerró los ojos. Levantó una mano para detenerle como si creyese que no podría soportar el dolor de su intimidad. Myron permaneció donde estaba.
—Lo siento —dijo Myron.
—Gracias.
Permanecieron así, dos bailarines que esperan a que comience la música.
—¿Puedo sentarme? —preguntó Bonnie.
—Por supuesto.
Ella se sentó. Myron titubeó y después decidió volver a sentarse a su mesa.
—¿Cuándo has regresado? —preguntó Bonnie.
—Anoche. No supe lo de Clu hasta entonces. Lamento no haber estado aquí por ti.
Bonnie ladeó la cabeza.
—¿Por qué?
—¿Perdón?
—¿Por qué lamentas no haber estado aquí? ¿Qué podrías haber hecho?
Myron se encogió de hombros.
—Quizás ayudar.
—¿Ayudar cómo?
Bolitar se volvió a encoger de hombros, abrió los brazos.
—No sé qué decir, Bonnie. Estoy perdido.
Ella lo miró por un momento, desafiante. Después bajó los ojos.
—Sólo me estoy descargando con cualquiera que tenga delante —dijo—. No me hagas caso.
—No me importa; descárgate.
Bonnie casi consiguió sonreír.
—Eres un buen tipo, Myron. Siempre lo fuiste. Incluso en Duke había algo en ti que era, no lo sé, quizá noble.
—¿Noble?
—Suena ridículo, ¿verdad?
—Mucho —asintió Myron—. ¿Cómo están los chicos?
Ella se encogió de hombros.
—Timmy tiene dieciocho meses, o sea que no se da cuenta de nada. Charly tiene cuatro años, y ahora está bastante confuso. Mis padres cuidan de ellos.
—No quiero continuar sonando como un mal cliché —dijo Myron—, pero si hay algo que pueda hacer…
—Una cosa.
—Di.
—Háblame del arresto.
Myron se aclaró la garganta.
—¿Qué pasa con el arresto?
—Me he encontrado con Esperanza unas cuantas veces a lo largo de los años. Supongo que me resulta difícil creer que ella matase a Clu.
—No lo hizo.
Bonnie entrecerró un poco los ojos.
—¿Por qué estas tan seguro?
—Conozco a Esperanza.
—¿Eso es todo?
Él asintió.
—Por ahora.
—¿Has hablado con ella?
—Sí.
—¿Y?
—No puedo entrar en detalles —sobre todo porque no conocía ninguno; Myron casi agradecía que Esperanza no le hubiese dicho nada—, pero ella no lo hizo.
—¿Qué pasa con todas las pruebas que encontró la policía?
—Todavía no puedo responder a eso, Bonnie. Pero Esperanza es inocente. Encontraremos al verdadero asesino.
—Pareces muy seguro.
—Lo estoy.
Guardaron silencio. Myron esperó, mientras pensaba en cómo abordarlo. Había preguntas que necesitaba hacer, pero esta mujer acababa de perder a su marido. Había que caminar con cuidado ante el riesgo de tropezar con una mina terrestre emocional.
—Voy a hurgar en el asesinato —dijo Myron.
Ella parecía confusa.
—¿Qué quieres decir con hurgar?
—Investigar.
—Pero si eres un agente deportivo.
—También tengo algo de experiencia en ese ramo.
Ella le observó.
—¿Win también?
—Sí.
La viuda asintió como si de pronto todo tuviese sentido.
—Win me aterra.
—Es sólo porque estás cuerda.
—¿Ahora vas a intentar descubrir quién mató a Clu?
—Sí.
—Comprendo —asintió Bonnie. Se removió en el asiento—. Dime una cosa, Myron.
—Lo que sea.
—¿Cuál es tu prioridad en este asunto: encontrar al asesino o liberar a Esperanza?
—Es la misma cosa.
—¿Y si no lo es? ¿Y si te enteras de que Esperanza le mató?
Tiempo de mentir.
—Entonces será castigada.
Bonnie comenzó a sonreír como si pudiese ver la verdad.
—Buena suerte —dijo.
Myron apoyó un tobillo en la rodilla. «Ahora tranquilo,» pensó.
—¿Puedo preguntarte algo?
Ella se encogió de hombros.
—Claro.
Suave, suave.
—No pretendo faltarte al respeto, Bonnie. No pregunto esto por ser un entrometido…
—La sutileza nunca ha sido tu fuerte, Myron. Haz la pregunta de una vez.
—¿Tú y Clu teníais problemas?
Una sonrisa triste.
—¿No los hemos tenido siempre?
—Oí que esta vez era algo más serio.
Bonnie cruzó los brazos debajo de los senos.
—Vaya, vaya. No hace ni un día que has vuelto y ya te has enterado de tantas cosas. Trabajas rápido, Myron.
—Clu se lo mencionó a Win. ¿Le habías pedido el divorcio?
—Sí.
Ninguna vacilación.
—¿Puedes decirme qué pasó?
En la distancia, el fax comenzó con su chirrido infernal. El teléfono continuó sonando. Myron sabía que no los interrumpirían. Big Cyndi había trabajado durante años como gorila en un bar sadomasoquista; cuando la situación lo requería podía ser tan agradable como un rinoceronte rabioso con un grave problema de hemorroides. Bueno, en realidad podía serlo también cuando la situación no lo requería.
—¿Por qué quieres saberlo? —preguntó Bonnie.
—Porque Esperanza no le mató.
—Se está convirtiendo en algo así como un mantra para ti, Myron. Si lo repites una y otra vez te lo acabas creyendo, ¿no?
—Yo lo creo.
—¿Y?
—Si ella no le mató, alguien lo hizo.
Bonnie lo miró.
—Si ella no le mató, alguien lo hizo —repitió. Pausa—. Antes no estabas alardeando. De verdad tienes experiencia en esto.
—Sólo estoy intentando descubrir quién le mató.
—¿Preguntando por nuestro matrimonio?
—Preguntando por cualquier cosa turbulenta en su vida.
—¿Turbulenta? —La viuda soltó una carcajada—. Estamos hablando de Clu, Myron. Todo era turbulento. Lo difícil era encontrar un momento de calma.
—¿Cuánto tiempo llevabais juntos? —preguntó Myron.
—Ya sabes la respuesta.
La sabía. Primer año en Duke. Bonnie había bajado al sótano de la casa de estudiantes vestida con un suéter con un monograma, un collar de perlas y una preciosa cola de caballo. Myron y Clu se ocupaban del barril de cerveza. A Myron le gustaba trabajar con el barril porque le mantenía tan ocupado que no bebía mucho. No vayan a hacerse una idea errónea. Myron bebía. Casi era un requisito en la vida universitaria de aquellos días. Pero nunca había sido un buen bebedor. Siempre parecía perderse aquel punto de diversión, aquel zumbido entre la sobriedad y la vomitera. Era casi inexistente para él. Algo en sus ancestros, suponía. Le había ayudado en los últimos meses. Antes de escaparse con Terese, Myron había intentado el viejo sistema de ahogar las penas. Pero, seamos sinceros, por lo general vomitaba antes de llegar al olvido.
Una bonita manera de prevenir el abuso del alcohol.
En cualquier caso, el encuentro de Clu y Bonnie había sido muy simple. Bonnie entró. Clu apartó la mirada del barril y fue como si el capitán Marvel lo hubiese paralizado con un rayo. «Caray», murmuró Clu, la cerveza se derramaba en un suelo tan empapado que los ratones a menudo se quedaban pegados y se ahogaban. Entonces Clu saltó por encima de la barra, fue tambaleante hacia Bonnie, hincó una rodilla en tierra, y se le declaró. Tres años más tarde formalizaron su compromiso.
—Entonces, después de todos estos años, ¿qué ha ocurrido?
Bonnie bajó la mirada.
—No tiene nada que ver con el asesinato.
—Es probable que así sea, pero necesito tener una imagen completa de su vida, encontrar un hilo para tirar…
—Gilipolleces, Myron. Te digo que no tiene nada que ver con el asesinato, ¿vale? Déjalo ya.
Él se pasó la lengua por los labios, cruzó las manos, las puso sobre la mesa.
—En el pasado tú le habías echado por alguna otra mujer.
—Nada de una mujer. Mujeres. En plural.
—¿Es lo que pasó de nuevo esta vez?
—Había jurado apartarse de las mujeres. Me prometió que no habría ninguna más.
—¿Quebrantó su promesa?
Bonnie no respondió.
—¿Cómo se llamaba?
—Nunca lo supe —respondió con voz suave.
—¿Pero había alguien más?
De nuevo no respondió. No era necesario. Myron intentó ponerse en su piel de abogado por un momento. Que Clu tuviese una aventura era una cosa muy positiva para la defensa de Esperanza. Cuantos más motivos encontrabas, más dudas razonables podías crear. ¿La novia lo había matado porque él quería continuar junto a su esposa? ¿Lo había hecho Bonnie llevada por los celos? Después estaba lo del dinero desaparecido. ¿La novia y/o Bonnie lo sabían? ¿No podía ser otro motivo añadido para el asesinato? Sí, a Hester Crimstein le gustaría. Lanzas suficientes posibilidades en un juicio, enturbias las aguas todo lo posible, y la absolución es casi del todo inevitable. Era una ecuación sencilla: confusión equivale a duda razonable, que equivale a veredicto favorable.
—Había tenido aventuras antes, Bonnie, ¿por qué era diferente esta vez?
—Dame un descanso, Myron, ¿vale? Clu ni siquiera está enterrado.
Él se apartó.
—Lo siento.
Bonnie desvió la mirada. Su pecho se alzaba y descendía, su voz luchaba por mantenerse firme.
—Sé que sólo intentas ayudar —dijo—. Pero todo esto del divorcio… ahora mismo duele demasiado.
—Lo comprendo.
—Si tienes más preguntas…
—Oí que Clu no pasó el análisis de dopaje.
Era demasiado para dejarlo estar.
—Sólo sé lo que leí en los periódicos.
—Clu le dijo a Win que estaba trucado.
—¿Qué?
—Clu afirmó que estaba limpio. ¿Tú qué crees?
—Creo que Clu era un desastre maravilloso. Ambos lo sabemos.
—¿Entonces estaba consumiendo de nuevo?
—No lo sé. —Ella tragó saliva y cruzó una mirada con Myron—. Hacía semanas que no le veía.
—¿Y antes?
—En realidad, parecía limpio. Pero siempre era bueno en ocultarlo. ¿Recuerdas aquella intervención que intentamos hace tres años?
Myron asintió.
—Todos lloramos. Le rogamos que lo dejase. Por fin Clu también se derrumbó. Lloró como un bebé, dijo que estaba dispuesto a dar un giro en su vida. Dos días más tarde sobornó a un guardia y se escapó de la rehabilitación.
—¿Entonces crees que sólo estaba enmascarando los síntomas?
—Bien podría ser. Era muy bueno haciéndolo. —Titubeó—. Pero no lo creo.
—¿Por qué no?
—No lo sé. Quizás es sólo una ilusión, pero en realidad creo que esta vez estaba limpio. En el pasado siempre acababas descubriendo cómo simulaba la normalidad. Interpretaba un papel para mí o los chicos. Pero esta vez parecía más decidido. Como si supiese que este cambio era su última oportunidad para comenzar de nuevo. Trabajó como nunca le había visto hacerlo en nada. Creía que también lo estaba superando. Pero algo tuvo que echarle atrás…
La voz de Bonnie se apagó, y ahora sus ojos estaban cargados con lágrimas. Sin duda se estaba preguntando si no había sido ella aquel empujón, si de verdad Clu había estado limpio y ella le había echado de casa y le había metido de nuevo en el mundo de sus adicciones. Myron casi le dijo que no se culpase a sí misma, pero tuvo el buen sentido de callarse el manido tópico.
—Clu siempre necesitaba alguien u otra cosa —prosiguió ella—. Era la persona más dependiente que he conocido.
Myron asintió, dispuesto a alentarla.
—Al principio aquello me resultó atractivo, que me necesitase tanto. Pero al final resultó agotador. —Bonnie lo miró—. ¿Cuántas veces tuvieron que sacarle las castañas del fuego?
—Demasiadas —admitió Myron.
—Hay algo que me pregunto, Myron. —Se irguió un poco en la silla, ahora con los ojos más claros—. Me pregunto si entre todos no le hicimos un flaco favor. Quizá si no hubiésemos estado allí para salvarlo, tal vez podría haber cambiado. Si le hubiese echado hace años, a lo mejor hubiese tenido que corregirse y sobrevivir a todo esto.
Myron no dijo nada, sin molestarse en señalar la contradicción inherente en sus palabras: le había echado y él había acabado muerto.
—¿Sabías lo de los doscientos mil dólares? —preguntó Myron.
—Me enteré por boca de la policía.
—¿Tienes alguna idea de dónde pueden estar?
—No.
—¿O por qué pudo necesitarlos?
—No.
Ahora su voz sonaba muy distante, su mirada perdida por encima del hombro de Myron.
—¿Crees que era para drogas?
—Los periódicos dijeron que dio positivo en heroína —dijo Bonnie.
—Eso tengo entendido.
—Sería algo nuevo en Clu. Sé que es una adicción muy cara, pero doscientos mil dólares parecen excesivos.
Myron asintió.
—¿Tenía algún problema?
Bonnie lo miró.
—Me refiero además de los habituales. ¿Usureros, deudas de juego o algo por el estilo?
—Supongo que es posible.
—Pero no lo sabes.
Bonnie sacudió la cabeza, con la mirada aún perdida.
—¿Sabes en qué estoy pensando?
—¿En qué?
—En su primer año de profesional. La clase A con los Bisontes de Nueva Inglaterra. Inmediatamente después de que negociases su contrato. ¿Lo recuerdas?
Myron asintió.
—Una vez más, me pregunto...
—¿Te preguntas qué?
—Aquélla fue la primera vez que nos unimos todos para salvarle el culo.
Una llamada telefónica a medianoche. Myron saliendo del sueño para atender el teléfono. Clu llorando, casi incoherente. Había estado en el coche con Bonnie y con su viejo compañero de habitación en Duke, Billy Lee Palms, el receptor de los Bisontes. Conducía borracho, para ser más preciso. Había estrellado el coche contra una farola. Las heridas de Billy Lee eran menores, pero habían tenido que llevar a Bonnie al hospital. Clu, sin un rasguño, había sido arrestado, obviamente. Myron había tenido que salir pitando a Massachusetts occidental, con un montón de pasta en la mano.
—Lo recuerdo —dijo Myron.
—Tú acababas de conseguirle un patrocinio de aquella gran empresa lechera. Conducir borracho ya era bastante malo, pero si a eso le sumas un herido, bueno, podía ser destruido. Pero nosotros nos cuidamos de él. Se pagó a las personas adecuadas. Billy Lee y yo declaramos que una camioneta nos había cerrado el paso. Lo salvamos. Ahora me pregunto si hicimos lo correcto. Quizá si Clu hubiese pagado el precio entonces, quizás hubiese ido a la cárcel en lugar de caer en…
—No hubiese ido a la cárcel, Bonnie. Posiblemente le hubiesen quitado el carnet de conducir y lo hubiesen condenado a realizar servicios comunitarios por un tiempo.
—Vete tú a saber. La vida es cuestión de olas, como cuando tiras una piedra en un estanque, Myron. Algunos filósofos creen que todo lo que hacemos cambia el mundo para siempre. Incluso los actos más sencillos. Como salir de casa cinco minutos más tarde, o tomar una ruta diferente para ir al trabajo; lo cambia todo para el resto de tu vida. No me lo creo del todo, pero cuando se trata de cosas importantes, no sé, veo que las ondas perduran. O quizá comenzó antes de aquello. Cuando era un niño. La primera vez que comprendió que podía lanzar una esfera blanca con una velocidad sorprendente, la gente le trataba de una forma especial. Tal vez nosotros sólo continuamos el condicionamiento de aquel día. O lo llevamos a un nivel adulto. Clu aprendió que siempre habría alguien para salvarlo. Y lo hicimos. Aquella noche lo salvamos, y después vinieron las acusaciones de asalto, y el comportamiento obsceno y los análisis de dopaje fracasados y todo el resto.
—¿Crees que el asesinato fue un resultado inevitable?
—¿Tú no?
—No —respondió Myron—. Creo que la persona que le disparó tres veces es la responsable.
—La vida pocas veces es tan sencilla, Myron.
—Pero el asesinato lo es generalmente. Al final alguien le disparó. Fue así como murió. No murió porque le ayudamos a salir de algunos excesos autodestructivos. Alguien lo asesinó. Y esa persona, no tú, yo o los que se preocupaban por él, tiene la culpa.
Ella lo pensó por un momento.
—Quizá tengas razón.
Pero no parecía convencida.
—¿Sabes por qué Clu le pegó a Esperanza?
Bonnie negó con la cabeza.
—La policía también me lo preguntó. No sé. Quizás iba colocado.
—¿Se ponía violento cuando estaba colocado?
—No. Pero suena como si hubiese estado muy presionado. Quizá sólo se sentía frustrado porque ella no podía decirle dónde estabas.
Otra oleada de culpa. Esperó que desapareciese.
—¿A quién más podría haber acudido, Bonnie?
—¿A qué te refieres?
—Dijiste que necesitaba ayuda. Yo no estaba. Tú no hablabas con él. ¿Entonces a quién podía acudir?
Ella se lo pensó.
—No estoy segura.
—¿Algún amigo, compañero de equipo?
—No lo sé.
—¿Qué tal Billy Lee Palms?
Ella se encogió de hombros como si dijese no lo sé.
Myron lanzó unas cuantas preguntas más, pero no consiguió nada importante. Al cabo de un rato, Bonnie consultó la hora.
—Tengo que volver con los chicos —dijo.
Él asintió, se levantó de la silla. Esta vez, ella no lo detuvo. Myron la abrazó y Bonnie le devolvió el abrazo, sujetándolo con fuerza.
—Hazme un favor —dijo Bonnie.
—Di.
—Salva a tu amiga. Comprendo por qué necesitas hacerlo. Y no quiero que vaya a la cárcel por algo que no hizo. Pero después déjalo estar.
Myron se apartó un poco.
—No te entiendo.
—Como dije antes, eres un tipo noble.
Pensó en la familia Slaughter y en cómo había acabado; algo dentro de él volvió a ser aplastado de nuevo.
—La universidad queda muy atrás ya —dijo Myron con voz suave.
—No has cambiado.
—Te sorprenderías.
—Todavía necesitas justicia, los finales limpios y hacer lo correcto.
Myron no dijo nada.
—Clu no te lo puede dar —señaló Bonnie—. No era un hombre noble.
—No merecía ser asesinado.
Bonnie apoyó una mano en su brazo.
—Salva a tu amiga, Myron. Luego deja marchar a Clu.
10
Myron subió en el ascensor los dos pisos hasta el centro neurálgico de Lock-Horne Security. Unos hombres blancos agotados —había también mujeres y minorías, más cada año, pero el número en el recuento total todavía era muy escaso— se movían de un lado a otro, partículas sometidas a un calor al punto de ebullición, los teléfonos grises sujetos a sus oídos como cordones umbilicales que proporcionaban el soporte vital. El nivel de ruido y el espacio abierto le recordaba a Myron los casinos de Las Vegas, aunque los tupés eran mejores. Las personas gritaban de entusiasmo o agonía. El dinero se ganaba y se perdía. Los dados rodaban, giraban las ruletas y se repartían las cartas. Los hombres miraban constantemente un tablero electrónico, con el asombro en sus rostros, observando los precios de las acciones como los jugadores esperan que se detenga la ruleta en un número o los viejos israelitas miraban a Moisés y sus nuevas tablas de la ley.
Éstas eran las trincheras de las finanzas, los soldados armados apiñados, todos intentando sobrevivir en un mundo donde ganar menos de seis cifras significaba cobardía y probablemente la muerte. Los terminales informáticos parpadeaban a través de un diluvio de notas amarillas. Los guerreros bebían café y enterraban las fotos de familias enmarcadas debajo de un volcánico estallido de análisis de precios, declaraciones financieras y revisiones corporativas. Todos vestían camisas blancas y corbatas con nudo Windsor, con las americanas bien colgadas en los respaldos de las sillas, como si las sillas tuviesen un poco de frío o estuviesen preparándose para comer en Le Cirque.
Win no se sentaba aquí, por supuesto. Los generales de esta guerra —los gurús, los grandes productores, los pesos pesados, como quieras llamarlos— estaban acampados en el perímetro, sus oficinas junto a las ventanas, apartando a los soldados de a pie de cualquier rastro del cielo azul, aire fresco o cualquier elemento endémico a los seres humanos.
Myron subió por una pendiente alfombrada hacia un despacho en una esquina. Win por lo general estaba solo en su despacho. Hoy no. Myron asomó la cabeza, y un puñado de tipos trajeados se volvieron hacia él. Muchísimos trajes. Myron no podía decir cuántos. Quizá seis u ocho. Había una masa confusa de grises y azules con corbatas y pañuelos de rayas rojas, como la estela de una reconstrucción de la guerra civil. Los más viejos, tipos distinguidos de cabellos blancos con la manicura hecha y gemelos en los puños de las camisas, estaban sentados en las sillas de cuero color burdeos más cercanas a la mesa de Win y asentían mucho. Los jóvenes, apretujados en los sofás contra la pared, las cabezas gachas, tomaban notas como si Win estuviese divulgando el secreto de la vida eterna. De vez en cuando, los hombres jóvenes miraban a los viejos, atisbaban su glorioso futuro, que consistiría básicamente en una silla más cómoda y menos notas.
Las libretas eran el rasgo que los identificaba. Eran los abogados. Los viejos probablemente cobraban más de cuatrocientos dólares la hora, los jóvenes, doscientos cincuenta. Myron no se preocupó con la aritmética, sobre todo porque le llevaría demasiado esfuerzo contar cuántos trajes había en la habitación. No importaba. Lock-Horne se lo podía permitir. La redistribución de la riqueza —o sea, mover el dinero sin crear, producir o hacer algo nuevo— producía una ganancia increíble.
Myron Bolitar. El agente deportivo marxista.
Win dio una palmada y todos fueron despachados. Se levantaron lo más lentamente posible —los abogados cobraban por minuto, algo así como las líneas eróticas menos la prima garantizada— y salieron por la puerta del despacho. Los viejos salieron primero, los jóvenes les siguieron como esposas japonesas.
Myron entró.
—¿Qué está pasando?
Win le hizo un gesto a Myron para que se sentase. Luego se echó hacia atrás e hizo aquello de la capillita con las manos.
—Esta situación —dijo— me tiene preocupado.
—¿Te refieres al dinero que retiró Clu?
—Sí, en parte —respondió Win. Movió las puntas de los dedos antes de apoyar los índices en el labio inferior—. Me siento muy desgraciado cuando escucho la palabra «citación» y «Lock-Horne» en la misma frase.
—¿Y qué? No tienes nada que ocultar.
Win esbozó una sonrisa.
—¿Qué quieres decir?
—Deja que miren tus libros. Eres muchas cosas, Win. La honestidad es la primera de ellas.
Win sacudió la cabeza.
—Eres tan ingenuo.
—¿Qué?
—Mi familia dirige una firma financiera.
—¿Y?
—Pues que la más mínima insinuación puede destruir dicha firma.
—Creo que estás exagerando —dijo Myron.
Win enarcó una ceja, se llevó una mano al oído.
—¿Perdón?
—Venga, Win. Siempre hay algún escándalo u otro en Wall Street. La gente ya casi ni se fija.
—Ésos son escándalos de información confidencial.
—¿Y?
Win hizo una pausa, lo miró.
—¿Estas siendo obtuso a posta?
—No.
—La información confidencial es algo del todo diferente.
—¿Qué quieres decir?
—¿De verdad necesitas que te lo explique?
—Supongo que sí.
—Muy bien. Vamos a lo básico; la información confidencial es estafar o robar. A mis clientes no les importa si robo o estafo, siempre y cuando sea en su beneficio. De hecho, si cualquier acto ilegal aumentase sus carteras, la mayoría de los clientes sin duda lo apoyaría. Pero si su consejero financiero está jugando con sus cuentas personales, o algo también terrible, si su institución bancaria está involucrada en algo que le daría al gobierno el derecho de requisar sus archivos, los clientes se pondrían nerviosos.
—Ya veo dónde podría haber un problema —asintió Myron.
Win golpeó la superficie de la mesa con los dedos. Para él, era una muestra de agitación importante. Difícil de creer, pero por primera vez Win parecía un tanto nervioso.
—Tengo a tres despachos de abogados y dos firmas de publicidad trabajando en el asunto —confirmó.
—¿Trabajando cómo?
—Lo habitual —respondió Win—. Reclamando favores políticos, preparando una demanda contra la Oficina del Fiscal de Bergen County, por libelo y calumnias, colocando historias positivas en los medios, viendo qué jueces se presentarán a la reelección.
—En otras palabras —dijo Myron—, a quién puedes comprar.
Win se encogió de hombros.
—¿Aún no te han requisado los archivos?
—No. Pienso acabar con la posibilidad antes de que cualquier juez siquiera piense en firmar la orden.
—En ese caso quizá tendríamos que pasar a la ofensiva.
Win volvió a unir los dedos. Su gran mesa de caoba estaba pulida hasta el punto de que su reflejo parecía el de un espejo, como sacado de un viejo anuncio de lavavajillas donde un ama de casa se entusiasma al verse reflejada en un plato.
—Te escucho.
Myron recapituló su conversación con Bonnie Haid. El teléfono rojo en la estantería de Win —su batfono, tan enamorado del viejo aparato de Alan West que lo tenía tapado con una campana de cristal— le interrumpió varias veces. Win tuvo que atender las llamadas. En su mayoría eran de abogados. Myron oía el pánico de los abogados viajar a través del auricular y todo el camino a través de la mesa. Comprensible. Windsor Horne Lockwood III no era la clase de tipo al que desilusionar.
Win permanecía en calma. Su final de la conversación se podía reducir básicamente a dos palabras: cómo y cuánto.
Cuando Myron acabó, Win dijo:
—Hagamos una lista. —No cogió un bolígrafo. Tampoco Myron—. Uno, necesitamos los registros telefónicos de Clu.
—Se alojaba en un apartamento en Fort Lee —dijo Myron.
—La escena del crimen.
—Correcto. Clu y Bonnie alquilaron el apartamento cuando traspasaron a Clu en mayo. —A los Yankees. Un gran contrato que le dio a Clu, un veterano entrado en años, la última oportunidad para despilfarrar—. Se trasladaron a la casa en Tenafly en julio, pero el contrato de alquiler siguió en vigor por otros seis meses. Así que cuando Bonnie le echó, fue allí donde acabó.
—¿Tienes la dirección? —preguntó Win.
—Sí.
—Entonces bien.
—Envía los registros a Big Cyndi. Le diré que ella los repase.
Conseguir los registros de llamadas telefónicas era muy sencillo. ¿No lo cree? Abra las Páginas Amarillas de su ciudad. Escoja a un investigador privado al azar. Ofrézcale pagarle dos mil por la factura telefónica de cualquiera. Algunos le dirán que sí sin más, pero la mayoría intentará sacarle tres mil, la mitad del pago irá al subordinado en la compañía telefónica al que tienen que sobornar.
—También necesitamos investigar las tarjetas de crédito, la cuenta corriente, lo que sea, y ver en qué se había metido últimamente.
Win asintió. En el caso de Clu, era mucho más fácil. Toda su cartera financiera la tenía Lock-Horne Securities. Win había creado una cuenta separada para Clu, de manera que pudiese manejar sus finanzas de una forma mucho más sencilla. Incluía una tarjeta de débito VISA, las domiciliaciones de las facturas mensuales y un talonario de cheques.
—También necesitamos encontrar a la novia misteriosa —dijo Myron.
—No tendría que ser tan difícil —opinó Win.
—No.
—Como sugeriste antes, nuestro viejo hermano de la fraternidad, Billy Lee Palms, podría saber algo.
—Podemos buscarlo —dijo Myron.
Win levantó un dedo.
—Una cosa.
—Te escucho.
—Tendrás que hacer la mayoría del trabajo de a pie por tu cuenta.
—¿Por qué?
—Tengo un negocio que atender.
—Yo también —dijo Myron.
—Perdiste tu negocio y has perjudicado a dos personas.
—Tres —le corrigió Myron—. Te olvidas de Big Cyndi.
—No. Hablo de Big Cyndi y Esperanza. A ti te dejo aparte por razones obvias. Nuevamente, si quieres los clichés habituales, por favor, a ver qué te parece éste: tú te lo guisas, tú te lo comes…
—Ya te entiendo —le interrumpió Myron—. Pero aún tengo un negocio que proteger, si no por mi bien, al menos por el de ellas.
—No hay ninguna duda. —Win señaló hacia las trincheras—. Pero pese al riesgo de parecer melodramático, soy responsable de esas personas. De sus trabajos y seguridad financiera. Tienen familias, hipotecas y escuelas que pagar. —Observó a Myron con sus ojos azul hielo—. Es algo que no me tomo a la ligera.
—Lo sé.
Win se echó hacia atrás.
—Permaneceré involucrado, por supuesto. Y una vez más si se necesitan mis talentos particulares…
—Esperemos que no —le interrumpió Myron.
Win se encogió de hombros otra vez. Luego dijo:
—Curioso, ¿no?
—¿Qué?
—No hemos ni siquiera mencionado a Esperanza en todo esto. ¿Por qué crees que es?
—No lo sé.
—Quizás —añadió Win—, tenemos alguna duda sobre su inocencia.
—No.
Win enarcó la ceja, pero no dijo nada.
—No estoy siendo sólo emocional —continuó Myron—. Lo he estado pensando.
—¿Y?
—No tiene sentido. En primer lugar, ¿por qué Esperanza mataría a Clu? ¿Cuál es su móvil?
—El fiscal parece creer que ella lo mató por el dinero.
—Correcto. Y creo que es justo decir que ambos sabemos que no es así.
Win hizo una pausa, asintió.
—No, Esperanza no mataría por dinero.
—Entonces no tenemos un motivo.
Win frunció el entrecejo.
—Yo diría que esa conclusión es en el mejor de los casos prematura.
—Vale, pero ahora analicemos las pruebas. El arma, por ejemplo.
—Adelante —dijo Win.
—Piensa en ello por un segundo. Esperanza tiene un gran altercado con Clu delante de testigos, ¿correcto?
—Sí.
Myron levantó un dedo.
—Uno, ¿sería lo bastante estúpida para matar a Clu tan poco tiempo después de la pelea pública?
—Una observación justa —concedió Win—. Pero quizá la discusión en el garaje sólo subió las apuestas. Tal vez después de aquello Esperanza comprendió que Clu estaba fuera de todo control.
—Vale, digamos que Esperanza fue lo bastante idiota como para matarlo después de la pelea. Obviamente, sabría que era sospechosa, ¿no? Me refiero, a que había testigos.
Win asintió lentamente.
—Lo acepto.
—¿Entonces por qué estaba el arma asesina en el despacho? Esperanza no es tan estúpida. Trabajó con nosotros antes. Se conoce todas las minucias. Demonios, cualquiera que vea la tele sabe que debe deshacerse del arma.
Win titubeó.
—Comprendo lo que estás diciendo.
—Por lo tanto tuvieron que poner el arma allí. Y si pusieron el arma allí, consecuentemente la sangre y las fibras también las pusieron allí.
—Lógico.
Win estaba haciendo su mejor Señor Spock. El batfono sonó de nuevo. Win atendió y acabó con el asunto en segundos. Volvieron al razonamiento.
—Por otro lado —señaló Win—, nunca me he encontrado con un asesinato perfectamente lógico.
—¿A qué te refieres?
—La realidad es confusa y está llena de contradicciones. Mira el caso de O. J.
—¿El qué?
—El caso O. J. —repitió Win—. Si se derramó tanta sangre que hasta O. J. acabó empapado, ¿cómo es que se encontró tan poca?
—Se cambió de ropa.
—¿Y? Incluso si lo hizo, cualquiera hubiese esperado encontrar más que unas pocas gotas en el salpicadero, ¿no? ¿Si O. J. volvió a su casa y se duchó, cómo es que no encontraron sangre en los azulejos, en las tuberías o donde fuese?
—Entonces ¿crees que O. J. era inocente?
Win volvió a fruncir el entrecejo.
—No me entiendes.
—Explícamelo.
—Las investigaciones de un asesinato nunca tienen un sentido completo. Siempre hay rotos en el tejido de la lógica. Varios inexplicables. Quizás Esperanza cometió un error. Tal vez no creyó que la policía sospecharía de ella. Quizá creyó que el arma estaría más segura en el despacho que, digamos, en su casa.
—Ella no le mató, Win.
Win separó las manos.
—¿Quién entre nosotros es incapaz, dadas las circunstancias correctas, de asesinar?
Un pesado silencio.
Myron tragó con fuerza.
—Por el bien de la discusión, vamos a asumir que el arma la colocaron allí.
Win asintió poco a poco, la mirada fija en Myron.
—La pregunta es: ¿quién la dejó?
—Y por qué —añadió Win.
—Por lo tanto, necesitamos hacer una lista de sus enemigos —dijo Myron.
—Y nuestros.
—¿Qué?
—Esta acusación de asesinato nos está haciendo mucho daño a los dos —contestó Win—. Por lo tanto, debemos mirar varias posibilidades.
—¿Por ejemplo?
—Primero —dijo Win—, quizás estamos interpretando demasiadas cosas en este montaje.
—¿Qué quieres decir?
—A lo mejor no se trata en absoluto una venganza personal. Quizás el asesino se enteró de la discusión en el garaje y llegó a la conclusión de que Esperanza sería la sospechosa adecuada.
—¿Quieres decir que todo esto no es más que una manera de desviar la atención del verdadero asesino? ¿Nada personal?
—Es una posibilidad —admitió Win—. Ni más ni menos.
—Vale —admitió Myron—. ¿Qué más?
—El asesino quiere causarle un gran daño a Esperanza.
—La opción obvia.
—Y al parecer está funcionando —dijo Win—. Y la posibilidad número tres: el asesino quiere perjudicarnos a uno de nosotros dos.
—O —dijo Myron— a nuestras empresas.
—Sí.
Algo así como un gigantesco yunque de los dibujos animados cayó sobre la cabeza de Myron.
—Alguien como FJ.
Win se limitó a sonreír.
—Y —continuó Myron— Clu estaba haciendo algo ilícito, algo que necesitaba de una gran cantidad de dinero…
—Entonces FJ y su familia serían los primeros señalados —acabó Win por él—. Por supuesto, si olvidamos el dinero por un momento, FJ disfrutaría de cualquier oportunidad para aplastarte. ¿Qué mejor manera de diezmar tu empresa y encarcelar a tu mejor amiga?
—Dos pájaros de un tiro.
—Precisamente.
Myron se reclinó en la silla, agotado de pronto.
—No me gusta la idea de involucrarme con los Ache.
—A mí tampoco —manifestó Win.
—¿Tú? Antes, querías matar a FJ.
—A eso me refiero. Ahora no puedo. Si el joven FJ está detrás de esto, tenemos que mantenerlo vivo para poder demostrarlo. Atrapar sanguijuelas es peligroso. El exterminio sin más es la acción preferida.
—Así que ahora hemos eliminado tu opción favorita.
Win asintió.
—Triste, ¿verdad?
—Trágico.
—Pero todavía es peor, viejo amigo.
—¿Qué quieres decir?
—Inocente o culpable —dijo Win—, Esperanza nos está ocultando algo.
Silencio.
—No tenemos otra alternativa —prosiguió Win—. Necesitamos investigarla también a ella. Hurgar un poco en su vida personal.
—No me gusta la idea de involucrarme con los Ache —declaró Myron—, pero menos aún me gusta la idea de invadir la intimidad de Esperanza.
—Ten miedo —asintió Win—. Ten mucho miedo.
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