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Histoire de La Commune de 1871 © lom ediciones / txalaparta Primera edición en Chile, abril de 2021 Impreso en 1000 ejemplares ISBN impreso: 9789560014009 ISBN digital: 9789560014177 Primera edición de txalaparta Enero de 2004 © autor: H. Prosper-Olivier Lissagaray © de la traducción: R. Marín y D. Iribar Maquetación: Amagoia Arrastio Fotografía de Portada : Barricadas de la Comuna, abril de 1871. Esquina de la Plaza del Ayuntamiento con la calle Rivoli. Pierre-Ambroise Richebourg (1810-1875) Metropolitan Museum of Art (New York) LOM ediciones. Concha y Toro 23, Santiago Teléfono: (56-2) 2860 6800 lom@lom.cl | www.lom.cl Registro n°: 403.021 editorial txalaparta s.l.l. www.txalaparta.eus Impreso en los talleres de LOM Miguel de Atero 2888, Quinta Normal Impreso en Santiago de Chile

Índice

  Introducción

  Primera parte El desastre

  Capítulo I Prólogo del combate el derrumbamiento del segundo imperio Francia antes de la guerra Capítulo II Cómo los prusianos se apoderaron de parís y los rurales de Francia Capítulo III Primeros ataques de la coalición contra parís. Los batallonesde la guardia nacional se federan y se incautan de sus cañonesLos prusianos entran en París Capítulo IV Los monárquicos abren fuego contra París se constituye El comité central Thiers ordena el asalto

  Segunda parte La Comuna

  Capítulo V El 18 de marzo Capítulo VI El comité central convoca a los electores. los alcaldes de París y los diputados del sena se alzan contra aquel Nuestros corazones destrozados, llaman a los vuestros. Los alcaldes y adjuntos de París y los diputados del sena a la guardia nacional y a todos los ciudadanos Capítulo VII El comité central se proclama, reorganiza los servicios y se adueña de París Capítulo VIII Los alcaldes, los diputados, los periodistas y la asamblea se lanzan contra París. La reacción se enfrenta a los federados Capítulo IX El comité central vence todos los obstáculos y obliga a los alcaldes a capitular Capítulo X Proclamación de la comuna Capítulo XI La comuna en Lyon, en Saint-Etienne, en Le Creusot Capítulo XII La comuna en Marsella, Toulouse y Narbona Capítulo XIII Primeras sesiones de la comuna deserción de los alcaldes y adjuntos Capítulo XIV Salida el 3 de abril los parisinos son rechazados en todas partes. Flourens y Duval asesinados. Los versalleses asesinan a los prisioneros Capítulo XV La comuna vencida en Marsella y Narbona Capítulo XVI Los grandes recursos de la comuna. las debilidades de su consejo el comité central decreto sobre los rehenes la banca Capítulo XVII Los primeros combates de Neuilly y de Asnieres organización y derrota de los conciliadores Capítulo XVIII El manifiesto de la comuna las elecciones complementarias del 16 de abril hacen que surja una minoría primeras disputas. gérmenes de derrota Capítulo XIX Las parisinas suspensión de hostilidades para la evacuación de Neuilly el ejército de Versalles y el de París Capítulo XX Los servicios públicos: hacienda, guerra, policía, relaciones exteriores, justicia, enseñanza, trabajo y cambio Capítulo XXI Los francmasones se unen a la comuna primera evacuación del fuerte de Issy creación del comité de salud pública Capítulo XXII Rossel sustituye a Cluseret estallan las rivalidades rencillas en la comuna. Rossel continúa la obra de cluseret la defensa del fuerte de Issy Capítulo XXIII París bombardeado el Fuerte de Issy sucumbe la comuna renueva su comité de salud pública. Rossel huye Capítulo XXIV Las conspiraciones contra la comuna Capítulo XXV La política de Thiers con las provincias. La traición de la izquierda Capítulo XXVI Impotencia del segundo comité de salud pública. Son evacuados el fuerte de Vanves y el pueblo de Issy. El manifiesto de la minoría. La explosión de la Avenida Rapp. Cae derribada la columna Vendôme Capítulo XXVII París en vísperas de la muerte. Versalles

  Tercera parte Lucha a vida o muerte

  Capítulo XXVIII Los versalleses entran. El domingo 21, a las tres de la tarde, se disuelve la asamblea de la comuna 285 Capítulo XXIX Lunes, 22 los versalleses invaden los barrios del este París se alza Capítulo XXX Martes, 23 toma de montmartre las primeras matanzas en bloque Arde París La última noche del Hôtel-de-Ville Capítulo XXXI Miercoles, 24 los miembros de la comuna evacuan el Hôtel-de-Ville. Toma del panteón los versalleses fusilan a los parisinos en masa.Los federados fusilan a seis rehenes la noche del cañón Capítulo XXXII Jueves, 25 toda la orilla izquierda en manos de las tropas Muerte de delescluze Los «brassardiers» activan la matanza la alcaldía del XI, abandonada Capítulo XXXIII La resistencia se concentra en Belleville. El viernes 26 son fusilados 48 rehenes en la calle haxo El sábado 27 es invadido todo el distrito XX toma del Pere-lachaise El domingo 28 termina la batalla a las once de la mañana El lunes 29 se rinde el fuerte de Vincennes

  Cuarta parte La venganza

  Capítulo XXXIV la furia versallesa Los mataderos Los tribunales prebostales muerte de varlin. La peste Los enterramientos Capítulo XXXV Los convoyes de prisioneros el invernadero Satory Las detenciones Los delatores La prensa la extrema izquierda maldice a los vencidos Manifestaciones en el extranjero Capítulo XXXVI Los pontones Los primeros procesos Capítulo XXXVII Los consejos de guerra Los suplicios Balance de las condenas Capítulo XXXVIII Nueva Caledonia. El destierro Capítulo XXXIX La asamblea de la desgracia El mac-mahonado Los indultos El gran regreso

Introducción

La Comuna era, esencialmente, un gobierno de la clase obrera, fruto de la lucha de la clase productora contra la clase apropiadora, la forma política al fin descubierta para llevar a cabo dentro de ella la emancipación económica del trabajo.

Karl Marx

La guerra civil en Francia

H.P.O. Lissagaray y la bibliografía de la Comuna

La bibliografía de la comuna de parís es muy extensa y variada en sus interpretaciones. Todavía hoy, los artículos, folletos y libros dedicados a esta primera experiencia de la clase obrera en el ejercicio del poder político tienen un gran interés. Son reeditadas las obras de los participantes en la Comuna y también las obras posteriores a la misma que desarrollan sus experiencias. Desde los escritos de Benoit Malon y K. Marx, pasando por los de Lenin y Trotsky, ha sido la corriente socialista la que ha extraído más enseñanzas del movimiento de 1871; aunque la historiografía no marxista posterior a la Comuna ha sido, también, muy extensa1.

A partir de la derrota de la Comuna, en mayo de 1871, en Francia, Inglaterra, Bélgica y Suiza, aparecen folletos y libros tanto de los partidarios del gobierno de Versalles como de los comuneros y adictos a la Comuna. Entre los escritores acérrimos enemigos de la Comuna destacan el mismo Thiers2, el general G. Vinoy3 y la conocida obra de Maxime Du Camp, Les convulsions de Paris4. En estas obras los comuneros son presentados como agentes de los prusianos, bandidos y terroristas, y la Asociación Internacional de Trabajadores como la organizadora de la conspiración, todo ello con el fin de justificar la represión llevada a cabo por las fuerzas del orden durante la semana sangrienta que siguió al fracaso de la Comuna.

Entre los autores simpatizantes de la Comuna y los participantes en ella no existe un criterio uniforme acerca de la interpretación y evaluación de los hechos. Las diferencias entre los federalistas y socialistas, y los republicanos son muy pronunciadas. En primer lugar, destacan las memorias de dirigentes como Elisée Reclus, Louise Michel y Jean Larocque5.

En segundo lugar, los relatos históricos de Gaston Da Costa, Charles Beslay, Benoit Malon, Arthur Arnould, Gustave Lefrançais y primero, formado políticamente en los medios estudiantiles revolucionarios del Barrio Latino, pertenecía al grupo blanquista y era uno de sus más jóvenes dirigentes. Colaboró con Raoul Rigault en la Comisión de Policía y Seguridad, y escribió La Commune vécue, publicada en París en 1903-19056. Ch. Beslay, que evolucionó desde un liberalismo burgués a un socialismo liberal, siguiendo a los prudhonianos, llegó a ser el delegado de la Comuna ante el Banco de Francia y escribió Mes souvenirs 1830-1848-1870 y La Verité sur la Commune7.

A Benoit Malon se debe uno de los escritos más importantes para la comprensión del carácter proletario de la Comuna: La troisième défaite du prolétariat français8. De oficio jornalero, Malon, se adhirió a la ait, primero en la corriente prudhoniana y luego en la colectivista. Fue, junto con Varlin, uno de los que mantuvo organizada la sección francesa de la Internacional. Elegido diputado por la Asamblea Nacional, dimitió y se incorporó a la Comuna, destacando como miembro de la Comisión de Trabajo y Cambio. Después del fracaso huyó a Suiza y se adhirió al ala federalista de la Internacional. En 1880 regresó a Francia y fundó con el exanarquista Paul Brousse9 el partido de los «posibilistas». Desde 1885 editó la Revue Socialiste, y se fue aproximando a la tendencia dirigida por Marx.

La Histoire populaire et parlamentaire de la Commune de Paris10 escrita por Arthur Arnould fue utilizada por Stalin al elaborar su folleto ¿Anarquismo o Socialismo? Arnould fundó el Journal du Peuple y fue elegido por el cuarto distrito del Comité de la Comuna. Al separarse de los republicanos se unió a la minoría socialista, adoptando los criterios federalistas. Huyó a Suiza. En el mismo país se refugió también Gustave Lefrançais, autor de Étude sur le mouvement communaliste á Paris, en 187111, obra que resultó muy bien acogida por la Federación del Jura y por Kropotkin, en particular.

Finalmente, una de las obras más conocidas sobre la Comuna fue la de H. P. O. Lissagaray, Histoire de la Commune de 1871, editada por Kistemaeckers en Bruselas en 187612, con varias ediciones posteriores en francés, traducida al alemán y al castellano en 1931 en una colección dirigida por Wenceslao Roces, de la Editorial Cenit.

Hippolythe Prosper-Olivier Lissagaray, nació en Toulouse el 24 de noviembre de 1838.13 Cursó estudios de filología y realizó un viaje por América. En 1860 regresó a Francia y se convirtió en uno de los opositores de Luis Napoleón a través de sus artículos en el periódico L’Avenir, fundado por él y que no tardó en ser el centro del movimiento democrático del S.O. de Francia. Conocido por sus agresivos artículos y por un duelo con el bonapartista Cassagnac, le son impuestas varias multas y es condenado a pena de prisión. Sale de la cárcel en la primavera de 1870 y huye a Bruselas. Proclamada la República, se dirige a Tours, donde colabora con Gambetta en la organización de los ejércitos de reserva. Es trasladado al frente en enero de 1871, y allí le sorprende el armisticio.

Desmovilizado, después del 18 de marzo se traslada a París y se adhiere a la Comuna, fundando los periódicos L’Action, journal politique quotidien14, cuyo primer número ve la luz el 4 de abril y el último el 9 del mismo mes, y Le Tribun du Peuple15 que aparece el 17 de mayo y del que salen solo ocho números. A través de estos periódicos se exigían enérgicas medidas políticas y militares supeditando toda consideración de principios y teorías a las necesidades del momento. Participó directamente en los combates de los últimos días en el distrito once y en Belleville. En el último instante se marcha a Londres, donde entra en contacto con el círculo de Marx, aunque nunca se afilió a ninguna organización. Amnistiado en 1880 con el último grupo de comuneros, vuelve a Francia, donde funda y dirige el periódico La Bataille (1881-1883). Reemprende su publicación en 1888 hasta 1893, donde combate las aspiraciones del general Boulanger. Muere el 25 de enero de 1901.

Además de la Histoire de la Commune y de sus artículos en L’Avenir, Le Tribun du Peuple y La Bataille, es necesario destacar dos obras más: Les huits Journées de Mai derrière les barricades, editada por el Bureau du Petit Journal, en 187116, y La Visión de Versailles, editada en Bruselas en 187317.

Por último, mencionar como aportaciones al estudio histórico y político de la Comuna el folleto de Karl Marx La guerra civil en Francia y el libro de P. Lavrov18 Parizhskaia Kommuna, obras fundamentales para la interpretación de los hechos de la Comuna, que sirvieron de base a los análisis que sobre el poder político realizaron posteriormente los autores marxistas, especialmente Lenin19, Trotsky20 y Stalin21.

Algunos datos históricos y políticos de la Comuna

En julio de 1870 estalla la guerra franco-prusiana. En los primeros momentos, Napoleón iii parecía el invasor22, pero las rápidas victorias de los prusianos convirtieron la guerra en un problema de defensa nacional para los franceses. Sin embargo, el proletariado francés, con una visión más clara de la situación, sobre todo los grupos organizados como las secciones parisinas de la Asociación Internacional de Trabajadores, llevaron a cabo un vigoroso ataque a la amenaza de guerra y lanzaron un Manifiesto a los trabajadores de todos los países23, dirigido fundamentalmente a los «hermanos de Alemania» en nombre de la paz, señalando que la guerra sería fratricida y que las divisiones no llevarían más que al triunfo completo del despotismo.

En Alemania, el joven Partido Social Demócrata, dirigido por Liebknecht y A. Bebel, se abstuvo de votar los créditos de guerra pedidos por Bismarck, pues no podían apoyar al gobierno, pero tampoco la agresión de Napoleón iii. El curso victorioso para los prusianos de la guerra, la derrota y capitulación de Sedán llevó a la caída del ii Imperio (2 de septiembre), y dos días más tarde era proclamada la República con un gobierno provisional de Defensa Nacional24. Gambetta intenta organizar varios ejércitos en el interior y Thiers es enviado a Europa en busca de ayuda. En París, sitiado por los prusianos, era reorganizada y armada la Guardia Nacional, dentro de la cual los obreros representaban una gran mayoría25. Fracasados los intentos de Thiers, derrotados los ejércitos de Gambetta y sitiado el ejército imperial en Metz, el gobierno provisional dimitió y convocó elecciones para la Asamblea que fue elegida en febrero de 1871, después del armisticio entre París y los prusianos.

La organización que el gobierno de Defensa Nacional hizo de las elecciones a la Asamblea llevó a que esta estuviera formada por una gran mayoría de monárquicos, legitimistas y orleanistas, una minoría de liberales y republicanos y solo cuatro de los candidatos socialistas revolucionarios26: Pyat, Malon, Gambon y Tolain. Después de elegir a Thiers como jefe del gobierno, la Asamblea debía firmar la paz con los prusianos aceptando las condiciones de Bismarck: cesión de Alsacia-Lorena, una fuerte indemnización y la ocupación de París.

La Guardia Nacional eligió un nuevo Comité Central y mantuvo en su poder las armas y los cañones construidos mediante suscripción pública. Los prusianos entraron en el barrio de los Campos Elíseos, aunque solo ocuparon los fuertes del norte y este de París; la mayoría de la población se retiró a los distritos obreros. Thiers, que había trasladado el gobierno a Versalles, ordenó la evacuación de la administración de la capital. En París quedaron como grupos organizados el nuevo Comité Central de la Guardia Nacional, los grupos sindicales obreros y las secciones de la Internacional.

Mientras, la Asamblea reunida en Burdeos aprobó una serie de decretos desfavorables a la pequeña burguesía, que acrecentó la indignación del pueblo de París.

Como afirma Engels27, Thiers «se daba cuenta de que las clases poseedoras estaban en peligro mientras los obreros estuviesen armados». Por lo tanto, después de una «especie de consejo de guerra» según el prefecto de policía Chopin, celebrado el día 17, intenta el golpe de fuerza sobre París. A partir de las tres de la madrugada del día 18, las tropas versallesas ocupan los puntos estratégicos de la orilla derecha del Sena, mientras que varios destacamentos se dirigen a los depósitos de cañones de la capital. El más importante era el de Montmartre, conocido como «Campo polaco». Pero la intervención del comité de vigilancia del distrito xviii, en el que Ferré y Louise Michel eran los principales dirigentes, frena el avance de las tropas del gobierno, y a las nueve de la mañana la derrota de las mismas era total. Thiers había declarado la guerra civil, y el pueblo de París, armado, se disponía a resistir los ataques de las clases poseedoras, representadas por el gobierno de Versalles y el ejército prusiano28. Engels afirmó, en 1891:29 «El carácter de clase del movimiento de París, que antes se había relegado a un segundo plano por la lucha contra los invasores extranjeros, resalta con trazos netos y enérgicos desde el 18 de marzo en adelante».

El desarrollo económico y social de Francia durante el siglo xix, la progresiva independencia política de los obreros de París y la experiencia de 1848, entre otros factores, hacían que las reivindicaciones de los obreros y del movimiento popular representasen una amenaza contra el orden social y político existente. Esta situación quedaba endurecida al estar los obreros organizados y armados. El 26 de marzo era elegida y el 28 proclamada la Comuna. La mayoría de los dirigentes eran jacobinos y blanquistas y el resto internacionalistas,30 entre los que prevalecían los partidarios de la Escuela de Proudhon31. El día 29 eran organizadas las comisiones de la Comuna en una comisión ejecutiva32 que el 20 de abril quedó constituida por los delegados de las nueve comisiones de la forma siguiente: Finanzas (Jourde, empleado de banca y prudhonista); Guerra (Cluseret, militar adherido a la Internacional); Justicia (Protot, hijo de campesinos, abogado republicano); Seguridad Nacional (Rigault, blanquista); Subsistencias (Viard, empleado de comercio, posteriormente anarquista); Trabajo y Cambio (Léo Frankel, obrero joyero, partidario de Marx); Relaciones Exteriores (Grousset, periodista jacobino y posteriormente socialista oportunista); Servicios Públicos (Andrieu, empleado administrativo, miembro de la Internacional); Enseñanza (Vaillant, ingeniero, doctor en Ciencias y médico, blanquista). De esta manera, tanto los órganos dirigentes como la misma Comuna de París, estaban integrados por las fuerzas populares de la capital.

Es interesante destacar el papel de las cámaras sindicales. Al final del Segundo Imperio se pueden contar treinta y cuatro sindicatos obreros o cámaras sindicales a los que es necesario añadir cuarenta y tres cooperativas de producción y siete de consumo. Son organizaciones recientes y débiles, que sufren un importante deterioro debido a la guerra y de las que, sobre todo, destaca su colaboración con la Comisión de Trabajo y Cambio, y Frankel en particular33.

Destaquemos, también, el papel de los clubs34 organizados paralelamente a las cámaras sindicales y a las secciones de la Internacional, y que desde octubre de 1870 ya propagan la idea de formar una Comuna Revolucionaria de París, motivo por el que fueron clausurados. A pesar de ello, su actividad continuó, confeccionando listas de candidatos a la Asamblea, entre los que destacan posteriores dirigentes de la Comuna: Delescluze, Lefrançais, Blanqui, Pyat, Gambon... Uno de los primeros objetivos era la educación política de los ciudadanos, objetivo que queda superado durante la Comuna por el de las necesidades sociales. Denuncian el derecho de propiedad y admiten como necesaria la supresión de todo privilegio35, elaboran numerosos programas sociales como bases para la edificación de la nueva sociedad36, atacan la influencia del clero defendiendo la separación de la Iglesia y el Estado, reclaman la emancipación de las mujeres37 y denuncian la prostitución. Exigen la reorganización de los servicios públicos, reduciendo la administración a la estrictamente necesaria y la reorganización de la policía –algunos incluso preconizan su supresión38-, insisten en la autonomía comunal y en la necesaria unidad de sus miembros. Actitud esta última que hace que acusen de deserción la retirada de los minoritarios (internacionalistas) del Consejo de la Comuna, aunque en más de un punto sostienen concepciones políticas próximas. Otro principio mantenido por los clubs es el de la soberanía del pueblo. Su participación en la defensa de la Comuna es muy importante, aunque crítica en algunos aspectos.

Por último, resaltemos el papel de las secciones parisinas de la Internacional39. En primer lugar, y como ya hemos indicado anteriormente, los internacionalistas no forman un bloque homogéneo, pues una mayoría es partidaria de las ideas de Proudhon y una minoría de las de Marx, incluyendo algunos blanquistas que colaboran con la mayoría de la Comuna. La Internacional no aparece como organización en el 18 de marzo, aunque destacan en esta fecha dirigentes como Assi, Avrial, Duval y Varlin. En los primeros momentos, las secciones de la Internacional dudan en comprometerse con el Comité Central, y es necesaria toda la autoridad de Frankel para superar las dudas. Otro aspecto destacable son las insuficientes relaciones de las secciones parisinas con el Consejo General de Londres, aunque de esto no puede deducirse, en ningún momento, que Marx no estuviera informado de lo que sucedía en París, pues mantenía correspondencia directa con Frankel, Varlin y otros. La Federación de París contaba con veintinueve secciones y no disponía de órgano central de prensa, pero su opinión se reflejaba en La Révolution Politique et Sociale. Sus deficiencias estribaban fundamentalmente, además de en su heterogeneidad, en la falta de un programa coherente y de una organización centralizada, sin la cual muchas de sus iniciativas quedaban diluidas en los numerosos frentes de lucha de los que participaban.

Destaquemos, además de los grupos organizados, el importante papel jugado por la prensa. Dos aspectos es necesario exponer. En primer lugar, la falta de decisión y energía en suprimir la prensa adscripta al gobierno de Versalles. Algunos de los periódicos enemigos de la Comuna subsistieron durante casi todo el tiempo.

Lissagaray atribuye este hecho perjudicial para la Comuna a la desorganización de la Comisión de Seguridad y Policía, y a la incompetencia de la misma, sobre todo de Raoul Rigault. Pero es necesario destacar que esto era más bien la consecuencia de que no se lograran superar las antiguas formas de la libertad de opinión y de prensa. Así como se dieron cuenta de que la clase obrera no podía ejercer el poder político con la vieja máquina del Estado y lo aplicaron en los aspectos más directamente ligados a la represión (ejército y policía), no llegaron a dilucidar la importancia que tenía el cambiar de modos y formas de acción en los aspectos de propaganda, como la prensa; pues al mismo tiempo la existencia de la prensa reaccionaria, la de la Comuna, dirigida por intelectuales pequeño-burgueses, no reflejaba tanto la opinión de una organización, a pesar de su sincero deseo de servir a la causa común, como la de sus fundadores o directores40.

Esta falta de energía es formulada y denunciada por Lavrov de la forma siguiente: «El París de los ricos y el de los proletarios míseros, el de los contrastes sociales, en tanto que Comuna política, exigía en el nombre de los principios liberales una completa libertad de palabra, de reunión, de critica de gobierno, etc. París, que acababa de realizar la revolución en interés del proletariado, y que se había señalado por principio el de realizarla en las instituciones, necesitaba, en tanto que Comuna del proletariado obrero emancipado, medidas revolucionarias, es decir, dictatoriales, con respecto a los enemigos del nuevo régimen»41.

Esta debilidad en el ejercicio del poder no solo destaca en el aspecto de la propaganda, sino también en aspectos políticos y militares fundamentales remarcados por Marx en el Manifiesto de la Asociación Internacional de Trabajadores sobre la guerra civil en Francia precisamente unos días después del desastre de la Comuna. Estos aspectos eran, por una parte, su actuación respecto a la actividad de los versalleses en la Comuna y la pasividad de los comuneros ante la huida hacia Versalles de los funcionarios del gobierno de Thiers, dejándoles la posibilidad de organizar el ejército de la represión42 y, por otra, su actuación dudosa y finalmente desfavorable respecto al Banco de Francia.

Estas deficiencias y la permanencia de las antiguas formas de acción están directamente relacionadas con la falta de consistencia de un programa político que, además, se hallaba todavía confuso y, por lo tanto, poco determinado. Agravado todo ello por las divergencias existentes entre los dirigentes de la Comuna. Esta confusión política y estas divergencias fueron señalados por Marx en una carta a los dirigentes de la Internacional en París, Frankel y Varlin, en mayo de 187143.

También por Lavrov, que en su estudio sobre la Comuna afirma que el primero de marzo de 1871, días antes de la proclamación de la Comuna, las «personalidades dirigentes de la Internacional en París no tenían todavía un programa político definido»44 y que «después del 18 de marzo París estaba en manos del proletariado, pero sus líderes, desconcertados por su inesperado poder, no tomaron las medidas de seguridad más elementales»45. El mismo Lissagaray los señalaba al reproducir una declaración de un miembro del Comité Central de la Guardia Nacional, en la que afirma que su talla no está a la altura del papel que deben jugar y que la única salida es la de sustraerse a las responsabilidades. Posteriormente, Trotsky, en su polémica con Kautsky, afirma que «reverenciaremos el recuerdo de la Comuna, a pesar de su restringida experiencia, la falta de preparación de sus militantes, la confusión de su programa, la ausencia de unidad entre sus dirigentes, la indecisión de sus proyectos, el excesivo desorden en sus decisiones y del espantoso desastre en que fatalmente concluyó»46.

Un breve examen de las medidas tomadas por el Consejo de la Comuna en las Comisiones de Trabajo, Enseñanza, Justicia y Finanzas, y de las divergencias entre el poder político y el militar, nos dará una pequeña imagen de la inexistencia de un programa político definido y de las contradicciones que representaba la puesta en práctica de determinados objetivos.

En la Declaración al pueblo francés, del 19 de abril, se afirma «el reconocimiento y consolidación de la República como única forma de gobierno compatible con los derechos del pueblo y el desarrollo regular y libre de la sociedad»; y el 13 de mayo, L. Frankel declara que «no debemos olvidar que la Revolución del 18 de marzo ha sido realizada por la clase obrera. Si no hacemos nada por esta clase, no veo la razón de ser de la Comuna»47. La misma Comisión de Trabajo, sostenida por las organizaciones de base, manifiesta la necesaria intervención del Estado en las relaciones del capital y del trabajo. Ahora bien, frente a la claridad de estos principios, las medidas tomadas son parciales y dirigidas exclusivamente a la solución de determinados aspectos de política social inmediata. Fundamentalmente son abordados el problema del paro, el de los alquileres, el control de los mercados y se prohibe el trabajo de noche de los panaderos. Respecto al paro se encarga a las cámaras sindicales la elaboración de un censo de talleres abandonados, un estudio sobre las condiciones necesarias para la explotación de estos talleres, no por los antiguos propietarios (huidos a Versalles), sino por la asociación cooperativa de los trabajadores allí empleados, y la constitución de un jurado arbitral para decidir las condiciones de la cesión definitiva de los talleres a las sociedades obreras y la indemnización a los patronos correspondientes.

El control de los mercados se realiza mediante su revisión por la Comisión de Trabajo, la adjudicación de los mercados a las corporaciones y el establecimiento de precios obligatorios fijados por Intendencia, la cámara sindical de la corporación, una delegación de la Comisión y la Comisión de Finanzas correspondiente. Además de las medidas señaladas anteriormente, se soluciona también el problema de los desempeños del Monte de Piedad, que afecta a los obreros en paro y a los comerciantes, y el de vencimientos de créditos que afecta a los comerciantes y artesanos.

En la Comisión de Enseñanza se regula la enseñanza laica y se organizan dos escuelas profesionales, peticiones realizadas por los adheridos a la Internacional y algunas cámaras sindicales. Al mismo tiempo, se realizan en algunos distritos campañas favorables a la gratuidad de la enseñanza (distrito xx).

La reforma del sistema judicial, basada en la necesidad de disponer de unos servicios de justicia gratuitos y en la elección de los jueces, era deseada por los miembros de la Comuna. Protot, delegado de la Comisión de Justicia, no pudo realizar más que algún arreglo en el sistema vigente, lo que provocó algunos descontentos en la opinión popular. Por último, la vacilación y la no nacionalización de la Banca llevó a que la Comuna se hallara siempre sometida a un insuficiente presupuesto para abordar los problemas de la guerra y de la organización interior, a pesar de los préstamos que tomó , y de que el gobierno de Versalles pudiera utilizar fondos de la Banca para destruir la Comuna.

Respecto a las divergencias entre el poder político y el militar, es necesario destacar que varios organismos se disputaron la dirección de los asuntos políticos y militares, el Comité Central de la Guardia Nacional, el Consejo de la Comuna y el Comité de Salud Pública. Pero el problema fundamental no era el de qué organismo detentaba la delegación del poder popular, sino de si el poder militar debía estar sometido al poder político o mantener una autonomía total, y de cuál era la organización más apropiada de este poder militar, pues no podemos olvidar que el primer y más importante problema de la Comuna era la guerra. El Comité Central de los veinte Distritos incluía en su programa para las elecciones comunales el mantenimiento de la autonomía de la Guardia Nacional, el reconocimiento del principio de elegibilidad de todos los jefes militares y la subsistencia de la organización federativa del ejército popular parisino. Además, la supresión del ejército permanente en el interior de la ciudad48. La Comuna llevó a cabo la última de las reivindicaciones, al disponer la supresión del reclutamiento. Pero la autonomía de la Guardia Nacional quedó mermada al constituir como jerarquías militares superiores a la comisión militar (entre los que destacan Pindy, Eudes, Duval...) y el delegado para la guerra (entre los que destacan Cluzeret, Rossel y Delescluze). Con estos dos organismos se aseguraba la dirección política del aparato militar. Estas medidas llevaron a una continuada lucha entre los órganos de la Comuna y los de la Federación de la Guardia Nacional. La preponderancia de los órganos civiles es sostenida generalmente por toda la literatura revolucionaria comunalista, aunque de forma más acentuada por los socialistas federalistas que por los jacobinos y blanquistas.

El intento de explicar las causas de la inexistencia de una estrategia política definida y determinada nos llevaría, necesariamente, al estudio, no solo del modo de producción existente en Francia a mediados del siglo xix, sino al de la formación social dominante, y al análisis de las clases y capas sociales que intervinieron en la constitución de la Comuna, de sus necesidades político-económicas y de la correlación de fuerzas entre estas clases sociales. También al análisis de las organizaciones y de grupos dirigentes en determinados aspectos de cada una de las clases sociales interesadas en el derrocamiento del gobierno de Versalles y en la instauración de un poder popular. Es necesario considerar que todo este análisis debe realizarse en el marco de una situación de guerra con el imperialismo prusiano.

Ahora bien, lo que sí puede afirmarse, pues la realidad de los acontecimientos lo confirma, es que la Comuna fue el intento de una revolución popular, ya que no debemos olvidar que en la Francia de 1871 el proletariado no formaba la mayoría del pueblo. Y la revolución no podía ser popular si no englobaba tanto al proletariado como a los campesinos como fuerzas sociales fundamentales del pueblo. La Comuna intentó esta alianza, mediante los movimientos comunalistas que se produjeron en otras poblaciones aparte de París, si bien no alcanzó sus objetivos por las múltiples causas internas y externas conocidas. De todas formas, aunque la clase obrera compartiera el poder con las clases medias parisinas, destaca el reflejo del papel dirigente que jugó la clase obrera en el seno del movimiento popular, como indica Marx en La guerra civil en Francia49, al escribir que «era esta la primera revolución en que la clase obrera fue abiertamente reconocida como la única capaz de iniciativa social incluso por la gran masa de la clase media parisina (tenderos, artesanos, comerciantes), con la sola excepción de los capitalistas ricos. La Comuna los salvó, mediante una sagaz solución de la constante fuente de discordias dentro de la misma clase media: el conflicto entre acreedores y deudores»50.

Si bien la clase obrera no fue la única detentadora del poder político, ya que comerciantes, artesanos y profesionales liberales jugaron también un importante papel, la Comuna ha servido de importante experiencia para el movimiento obrero posterior y para la elaboración de la teoría socialista del poder y del Estado, además de que supo combinar el problema nacional, surgido de la invasión prusiana, con el internacionalismo propio de la clase obrera51.

Marx mismo aprovechó esta experiencia en su lucha posterior, destacando la elaboración realizada a raíz del Congreso de Gotha52.

Posteriormente, cabe señalar el desarrollo llevado a cabo por Lenin, destacando sus folletos El Estado y la Revolución, La Revolución Proletaria y el renegado Kautsky, además de su aplicación práctica a partir de la Revolución Rusa.

Los rasgos fundamentales de la experiencia de la Comuna, extraída por Lenin y la generación bolchevique de 1917, se condensan en los puntos siguientes, elaborados por Lenin en abril de 191753: «1º La fuente del poder, no está en una ley, previamente discutida y aprobada por el Parlamento, sino en la iniciativa directa de las masas populares desde abajo y en cada lugar, en la toma directa del poder, para emplear un término en boga. 2º Sustitución de la policía y del ejército, como instituciones apartadas del pueblo y contrapuestas a él, por el armamento directo de todo el pueblo; con este poder guardan el orden público los mismos obreros y campesinos armados, el mismo pueblo en armas. 3º Los funcionarios y la burocracia son sustituidos también por el poder directo del pueblo, o, al menos, sometidos a un control especial, se transforman en simples mandatarios, no solo elegibles, sino amovibles en todo momento, en cuanto el pueblo lo exija; se transforman en casta privilegiada, con una elevada retribución, con una retribución burguesa de sus puestecitos, en obreros de un arma especial, cuya remuneración no exceda al salario corriente de un obrero calificado. En esto, solo en esto, radica la esencia de la Comuna de Paris como tipo especial de Estado».

Francesc Bonamusa

(Agosto de 1970)

1.- Citemos entre las obras más interesantes las de Georges Bourgin, Histoire de la Commune, París, 1907; La Guerre de 1870-1871 et la Commune, París, 1939; Maurice Dommanget, Hommes et choses de la Commune, Marsella, hacia 1937; Edouard Vaillant, un grand socialiste (1840-1915), París, 1956; Henri Guillemin, L’héroïque défense de Paris (1870-1871), París, 1959; Heinrich Koechlin, Die Pariser Commune im Bewusstsein ihrer Anhänger, Mulhouse, 1950, trad. castellana, Buenos Aires, 1965; Guy de La Batut, Les Pavés de Paris. Guide illustré de Paris révolutionnaire, París, 1937; Albert Ollivier, La Commune, París, 1939, trad. castellana, Madrid, 1967; Edward S. Mason, The Paris Commune. An Episode in the History of the Socialist Movement, Nueva York, 1930.

2.- Notes et souvenirs (1870-1873), París, Calmann-Lévy, 1901.

3.- et la Commune. Opérations de l’armée de Paris et de l’armée de réserve, París, Plon, 1872.

4.- París, Hachette 1878-1879, 4 vols.

5.- Elisée Reclus, La Commune de Paris au jour le jour 18 mars-28 mai 1871, París, Reinwald-Schleicher 1908. Louise Michel, Mémoires, París, F. Roy, 1886.Jean Larocque, Souvenirs révolutionnaires, París, Savine, 1888.

6.- En la editorial Anciènne maison Quantin, 3 vols.

7.- La primera editada en París, Neuchatel y Bruselas, Sandoz et Fischbacher 1874. La segunda en Bruselas, Kistemaeckers y en Neuchatel, Sandoz, 1878.

8.- Neuchatel, G. Guillaume fils, 1871.

9.- Había pertenecido a la Federación del Jura y militaba en ella cuando Kropotkin ingresó en la misma (P. Kropotkin, Memorias de un revolucionario), p. 597, editorial Cajica, Puebla, México,1965.

10.- Bruselas, Kistemaeckers, 1871, 3 vols.

11.- Neuchatel, Imp. G. Guillaume fils, 1871.

12.- Reeditado en París en 1896 por Dentu. Posteriormente se han publicado varias reediciones más.

13.- Según Jean Bruhat, Jean Dautry y Emile Tersen en La Commune de 1871, París 1960, Edition Sociales.

14.- El principal colaborador era Henri Maret y tenía una extensión de dos páginas en gran formato, vendiéndose al precio de 10 cts.

15.- Los principales colaboradores eran Henri Maret y Edmond Lepelletier. Su extensión era de dos páginas en gran formato y se vendía al precio de 10 cts.

16.- viii-322 págs. Es un esquema de la Histoire de la Commune de Paris, 1871.

17.- Es una evocación literaria de las pesadillas de los jueces de Versalles que asisten a la resurrección de sus víctimas.

18.- Desterrado durante la persecución realizada a raíz del atentado al zar Alejandro ii, tomó parte en la Comuna de París, que le envió a Bruselas y a Londres para organizar la ayuda exterior. Pudo escapar de la represión y en 1873 se estableció en París, donde fundó el periódico Vperiod. Socialista convencido ya, elaboró sus doctrinas sociológicas. Durante los años de la principal campaña terrorista se mantuvo alejado del movimiento revolucionario ruso. Posteriormente se unió a la Narodnaya Volya.

19.- El Estado y la Revolución, Petrogrado, 1917. La Revolución Proletaria y el renegado Kautsky, Moscú, Petrogrado, 1918.

20.- Terrorisme et communisme (L’anti-Kautsky). Edición original, mayo 1920. Edición consultada, París 1963.

21.- Anarquismo y socialismo.

22.- Marx afirma que Thiers influyó en el Segundo Imperio para la guerra con Prusia «arremetiendo ferozmente contra la unidad alemana, no por considerarla como un disfraz del despotismo prusiano, sino como una usurpación contra el derecho conferido a Francia de mantener desunida a Alemania» (La guerra civil en Francia, p. 38).

23.- Entre los firmantes del manifiesto destacan Camélinat, Langevin, Benoit, Malon, etc., que jugarán más tarde un importante papel en la Comuna.

24.- En el que destacan Jules Favre, Gambetta, Picard, Rochefort, Jules Simon, etc. J. Bruhat, J. Dautry y E. Tersen, La Commune de 1871, p. 70.

25.- F. Engels, Introducción a la guerra civil en Francia de Karl Marx, Berlín, 1891. Editorial Progreso, Moscú, p. 7. Marx, La guerra civil en Francia, Editorial Progreso, Moscú, p. 53.

26.- La Candidatura estaba formada por cuarenta y tres miembros de la Asociación Internacional de Trabajadores, la Cámara Federal de las Sociedades Obreras y la delegación de los veinte distritos. J. Bruat, J. Dautry y E. Tersen, La Commune de 1871, pp. 90-92.

27.- Introducción a La guerra civil en Francia, p. 8.

28.- J. Bruhat, J. Dautry y E. Tersen, La Commune de 1871, pp. 103-104.

29.- F. Engels, Introducción a La guerra civil en Francia, p. 10.

30.- Entre ellos destacan: Charles Beslay, Charles Longuet, Jean Baptiste Clément, Louis-Jean Pindy, A. A. Assi, Victor Duval (primer delegado de la Comisión de Policía y Seguridad), Albert Theisz (director de Correos) y, sobre todo, Benoit Malon, Allemane, François Jourde (dirigente de la Comisión de Hacienda), R. Z. Camélinat (director de la Casa de la Moneda), Eugène Varlin (dirigente de los sindicatos obreros, miembro de la Comisión de Finanzas y uno de los dirigentes de la Internacional en París), Léo Frankel (dirigente de la Comisión de Trabajo y Cambio y el más joven de los de la Internacional).

31.- F. Engels, Introducción a La guerra civil en Francia, p. 12.

32.- La primera comisión ejecutiva estaba formada por Eudes, Tridon, Vaillant, Lefrançais, Duval, Pyat, y Bergeret.

33.- J. Bruhat, J. Dautry y E. Tersen, op. cit. p. 150.

34.- Id., pp. 153-166.

35.- Le Proletaire, 10 de mayo de 1871.

36.- Según Bruhat, Dautry y Tersen, de los conservados el que mejor lo resume es del Club Saint Ambroise.

37.- Destacan entre ellos el Club de Libres Penseurs y el Club de la Révolution Sociale (Bruhat, Dautry y Tersen).

38.- La Révolution politique et sociale, 2 de abril de 1871.

39.- J. Bruhat, J. Dautry, E. Tersen, op. cit., pp. 145-150.

40.- Le Mot d’Ordre, de Rochefort; Le Crit du Peuple, de Jules Vallès; Le Vengeur, de Félix Pyat (J. Bruhat, J. Dautry y E. Tersen, op. cit., p. 170).

41.- P. L. Lavrov, La Comuna de París del 18 de marzo de 1871, edición de la Librería Goloss, Petrogrado 1919. (Trotsky, Terrorisme et communisme, p. 124.) Primera edición. Ginebra, 1880.

42.- «Hasta los guardias municipales, en vez de ser desarmados y encerrados como procedía, tuvieron las puertas de París abiertas de par en par para huir a Versalles y ponerse a salvo. No solo no se molestó a las gentes de orden, sino que incluso se les permitió reunirse y apoderarse tranquilamente de más de un reducto en el mismo centro de París». (Marx, La guerra civil en Francia, p. 46.) «En su repugnacia a aceptar la guerra civil iniciada por el asalto nocturno que Thiers realizó contra Montmartre, el Comité Central se hizo responsable esta vez de un error decisivo: no marchar inmediatamente sobre Versalles, entonces completamente indefenso, acabando así con los manejos conspirativos de Thiers y de sus rurales». (Marx, La guerra civil en Francia, pp. 47-48.)

43.- «La Comuna parece perder mucho tiempo en bagatelas y querellas personales. Se ve que hay otras influencias que las de los obreros. Pero todo esto no significaría nada si recobrasen el tiempo perdido». (Carta de Marx a Frankel y Varlin (13 mayo 1871), reproducida en J. Bruhat, J. Dautry y E. Tersen, Op. Cit., p. 147.)

44.- P. L. Lavrov, La Comuna de París del 18 de marzo de 1871, Petrogrado, 1919, pp. 64-65. Reproducido en Terrorisme et Communisme, de L. Trotsky, p. 116.

45.- P. L. Lavrov, op. cit. p. 71. Reproducido en Terrorisme et Communisme, p. 116.

46.- L. Trotsky, Terrorisme et Communisme, p. 113.

47.- J. Bruhat, J. Dautry Y E. Tersen, op. cit., p. 195.

48.- De la proclama electoral del Comité Central de los 20 Distritos. Citado por Lefrançais en Étude sur le mouvement communaliste à Paris 1871. Piéces Justificatives, p. 33. Consultado en Ideologías y tendencias en la Comuna de París, p. 272, de Heinrich Koechlin.

49.- P. 59.

50.- El 18 de abril, la Comuna publicó un decreto sobre vencimientos, concediendo una moratoria de tres años para el pago de las deudas.

51.- «La Comuna era la verdadera representación de todos los elementos sanos de la sociedad francesa, y, por consiguiente, el auténtico gobierno nacional. Pero, al mismo tiempo, como gobierno obrero y como campeón intrépido de la emancipación del trabajo, era un gobierno internacional en el pleno sentido de la palabra. Ante los ojos del ejército prusiano, que había anexionado a Alemania dos provincias francesas, la Comuna anexionó a Francia los obreros del mundo entero» (K. Marx, La guerra civil en Francia, p. 61.).

52.- Marx, Crítica del Programa de Gotha, mayo de 1875. Publicado por Engels en 1891.

53.- V. I. Lenin, La dualidad de poderes, Pravda, 9 de abril de 1917. Obras escogidas, Editorial Progreso, Moscú, vol. 2, pp. 40-41.

Primera parte El desastre

Capítulo I Prólogo del combate el derrumbamiento del segundo imperio Francia antes de la guerra

El Imperio es la paz.

Luis Napoleón Bonaparte

Octubre de 1892

9 de agosto de 1870. En tres días, el Imperio ha perdido tres batallas. Douay, Frossard, Mac-Mahon se han dejado sorprender, aplastar. Alsacia está perdida, el Mosela al descubierto, Emile Ollivier ha convocado al Cuerpo Legislativo. Desde las once de la mañana, París se ha echado a la calle, llena la plaza de la Concordia, los muelles, la calle Bourgogne, rodea el Palais-Bourbon.

París espera la consigna de los diputados de la izquierda. Son, desde la derrota, la única autoridad moral. Burgueses, obreros, todos se les unen. Los talleres han vomitado un verdadero ejército a la calle; capitaneando los grupos, se ven hombres de probada energía.

El Imperio cruje, está a punto de derrumbarse. Las tropas, formadas delante del Cuerpo Legislativo, están emocionadas, dispuestas a pasarse al pueblo, a pesar del viejo mariscal Baraguey-d’Hilliers, gruñón y cubierto de entorchados. Gritos: «¡A la frontera!». Los oficiales murmuran: «¡Nuestro puesto no está aquí!».

En la sala de Pas-Perdus, republicanos que han forzado la consigna, apostrofan a los diputados adictos al Imperio y claman por la República. Los mamelucos, pálidos, se escabullen por entre los grupos. Thiers llega asustado; le acosan y responde: «¡Implantadla, pues, vuestra República!». Pasa el presidente Schneider hacia el sillón presidencial. Gritos: «¡Abdicación! ¡Abdicación!».

Los diputados de la izquierda, a quienes acosan los delegados de los que aguardan fuera, acuden aturdidos: «¿A qué esperáis? ¡Está todo preparado! ¡Presentaos en lo alto de la escalinata o en la verja!». «¿Hay bastante gente? ¿No sería mejor dejarlo para mañana?». No hay, en efecto, más que cien mil hombres. Alguien viene a decir a Gambetta: «En la plaza Bourbon aguardaremos varios millares». Otro, el que escribe, apremia: «Haceos cargo del poder, que aún es tiempo; mañana os veréis obligados a afrontar la situación, cuando sea ya desesperada». De aquellos cerebros embotados no brota una idea; de las bocas abiertas no sale una palabra.

Se abre la sesión. Jules Favre invita a la asamblea del desastre a que tome en sus manos el gobierno. Los mamelucos, furiosos, amenazan, y, en la sala de Pas-Perdus, se presenta, desgreñado, Jules Simon: «Quieren fusilarnos»; yo me presenté en medio del recinto con los brazos cruzados y les dije: «¡Fusiladnos si queréis!». Una voz le grita: «¡Acabad de una vez!». «¡Sí, es preciso acabar!», y vuelve a sentarse, con gesto trágico.

Se acabaron las contemplaciones. Los mamelucos, que conocen bien a la gente de la izquierda, recobran el aplomo, y, quitándose de encima a Emile Ollivier, imponen por la fuerza un ministerio encabezado por Palikao, el saqueador del Palacio de Verano. Schneider levanta la sesión precipitadamente. El pueblo, suavemente rechazado por las tropas, vuelve a apelotonarse a la entrada de los puentes, corre detrás de los que salen de la Cámara, a cada instante cree proclamada la República. Jules Simon, ya lejos de las bayonetas, le cita para el día siguiente en la plaza de la Concordia. Al día siguiente, la policía ocupa todas las bocacalles.

La izquierda dejaba en manos de Napoleón iii los dos últimos ejércitos de Francia. El 9 de agosto, hubiera bastado un empujón para barrer aquel despojo de Imperio; Pietri, el prefecto de Policía, lo ha reconocido. Guiado por su instinto, el pueblo brinda sus brazos. Pero la izquierda rechaza la revuelta liberadora, y abandona al Imperio el cuidado de salvar a Francia. Hasta los turcos tuvieron en 1876 más inteligencia y más ímpetu.

Francia pasa tres semanas enteras rodando al abismo, ante la impasibilidad de los imperialistas y los apóstrofes declamatorios de la izquierda.

En Burdeos, meses más tarde, una asamblea aúlla contra el Imperio, y en Versalles se alza un clamor entusiasta cuando un gran señor declama: «¡Varus, devuélvenos nuestras legiones!». ¿Quién increpa y quién aplaude esta suerte? La misma alta burguesía que se pasó dieciocho años muda, besando el polvo y entregando a Varus sus legiones.

Aceptó el segundo Imperio por miedo al socialismo, como sus padres se habían entregado al primero para clausurar la revolución. Napoleón i le prestó dos grandes servicios, que no se pagan con la apoteosis, por grande que esta sea. Impuso a Francia una centralización y mandó a la tumba a cien mil miserables, que caldeados aún por el vendaval revolucionario, podían alzarse el día menos pensado, reclamando la parte que les correspondía en los bienes nacionales. A cambio de esto, dejó a la burguesía aparejada para los amos de mañana. Al arribar al régimen parlamentario, adonde Mirabeau quería exaltarla de un salto, estaba absolutamente incapacitada para gobernar. Su motín de 1830, transformado en revolución por el pueblo, fue una irrupción de estómagos glotones. La alta burguesía de 1830 no tenía más que una aspiración, como la del 89: atracarse de privilegios, artillar la fortaleza que defendía sus dominios, subyugar y explotar al nuevo proletariado. Con tal de engordar, el porvenir del país le importa poco. Para dirigir a Francia y embarcarla en sus aventuras, el rey orleanista tiene carta blanca, como el César. Cuando en el 48 un nuevo arranque del pueblo le entrega el timón, no acierta a empuñarlo más de tres años en su mano gotosa, y a pesar de todas las proscripciones y matanzas, el primer advenedizo se alza insensiblemente con él.

Del 51 al 69 reanuda sus orgías de Brumario. La burguesía jubilosa de ver salvados sus privilegios, deja que Napoleón iii desangre el país, lo enfeude a Roma, lo deshonre en México, lo aísle en Europa y lo entregue al prusiano. Lo puede todo, por sus influencias, por su riqueza, y no protesta ni con un voto ni con un murmullo. En el año 69, otro empujón del pueblo la enfrenta con el poder; no tiene más que veleidades de eunuco: se lanza a besar la bota del tirano, y pone lecho de rosas al plebiscito que rebautiza la dinastía.

¡Pobre Francia! ¿Quién pugna por salvarte de la invasión? El humilde, el trabajador, el que, desde hace tantos años, lucha por rescatarte del Imperio.

Al llegar aquí, tenemos que detenernos un momento. ¿A quién se debe esta jornada del 9 de agosto de 1870, esta guerra, esta invasión, estos hombres, estos partidos? Viene obligado un prólogo en las tragedias que van a reseñarse. Lo menos árido posible, pero al que el lector que quiera enterarse deberá prestar atención.

Ojeada retrospectiva

Seis años después de 1852, el Imperio industrial soñado por los saint-simonianos estaba flamante todavía. Muy rezagado respecto a sus más humildes vecinos, el país seguía siendo un gran taller, alimentado por una fuente, hasta entonces misteriosa, del ahorro. Enriquecida por nuevos mercados, la provincia se había olvidado de los siete u ocho mil deportados y proscritos, hábilmente seleccionados por el terror.

El clero, tan crecido por la instauración del sufragio universal, acogía con los brazos abiertos a aquel emperador «salido de la legalidad para reintegrarse al derecho», como había dicho de él el obispo Darboy, comparándole con Carlomagno y con Constantino. La alta y la media burguesía, se brindaban solícitas para todos los servicios que placiese al amo encomendarles. El Cuerpo Legislativo, galoneado como un lacayo, humillado y sin derechos, se hubiera aterrado de tenerlos. Una vasta red de policía, hábil y alerta, vigilaba los menores movimientos. Estaban suprimidos los periódicos de oposición; salvo cinco o seis atraillados, suspendido el derecho de reunión y asociación; el libro y el teatro, castrados. Con tal de asegurarse la paz, el Imperio cerraba herméticamente todas las válvulas.

De tarde en tarde, en París se escuchaba una estrofa de La Marsellesa, un grito de libertad en el entierro de Lamennais o en el de David d’Angers; una silba en la Sorbona, durante las palinodias de Nisard; algún que otro manifiesto clandestino de los proscritos de Londres o de Jersey, al que apenas se prestaba oído; algún destello de los Castigos, de Victor Hugo pero ni un ligero estremecimiento de la masa; la vida animal lo absorbía todo. Napoleón iii, ridículo fantoche cesáreo, podía decir en el 56 a las víctimas de la inundación del Ródano: «Las inundaciones son como la revolución, y a una y a otras hay que volverlas a su cauce para que no se salgan nunca más de él». Las prodigiosas empresas francesas, su riqueza multiplicada, las fanfarrias de la guerra de Crimea, con la que Napoleón iii pagó su deuda a los ingleses. Todo en el mundo hablaba de Francia, excepto la propia Francia.

Los obreros de París se reponían, no del golpe de Estado del 51, que apenas les había salpicado, sino de la matanza de junio del 48, que ametralló sus barrios, y fusiló y deportó a millares de trabajadores. Ganaban el pan, sin creer debérselo al Imperio, osando incluso a manifestarse contra él al mismo tiempo. En las elecciones del 57, salieron elegidos por París cinco candidatos hostiles, entre ellos Darimon, discípulo de Proudhon, y Emile Ollivier, quien, hijo de un proscrito, había pronunciado estas palabras: «Yo seré el espectro del 2 de diciembre». Al año siguiente, otros dos candidatos de la oposición: Ernest Picard, abogado de lengua acerada, y Jules Favre, celebridad del foro, defensor de los insurrectos bajo Luis-Felipe, exconstituyente del 48, que acababa de cobrar nuevo prestigio con su defensa de Orsini.

Este italiano tuvo la fortuna de vencer con su derrota. Las bombas de enero de 1858 respetaron la única víctima que buscaban: Napoleón iii, de cuyo yugo quería Orsini liberar a Italia, y que fue precisamente su libertador. En seguida una reacción arrojó a las prisiones y al destierro a una nueva hornada de republicanos; pero, a los pocos meses de morir ejecutado Orsini, el ejército francés marchaba sobre Austria. Esta guerra de liberación encontró el calor de la opinión francesa; el arrabal de Saint-Antoine aclamaba al emperador, y cada victoria obtenida era una fiesta en sus hogares. Y cuando Napoleón iii volvió al país sin acabar la campaña de liberación de Italia, el alma francesa se llenó, como la italiana, de amargura.

Creyó aplacar los ánimos de la nación con una amnistía general que no benefició a casi nadie, pues la mayoría de los vencidos de diciembre gozaban ya de libertad desde hacía tiempo. Apenas quedaban unos centenares de víctimas en Argelia, en Francia, y los desterrados más ilustres o más conocidos: Víctor Hugo, Raspail, Ledru-Rollin, Louis Blanc, Pierre Leroux, Edgard Quinet, Bancel, Félix Pyat, Schoelcher, Clément Thomas, Edmond Adam, Etienne Arago, etc. Unos pocos, los más famosos, se aferraban al pedestal del destierro, que les daba fama y quietud. De todos modos, su actuación política hubiera sido estéril; no era la hora de los hombres de acción. A Blanqui volvieron a meterle en la cárcel apenas ponerle en libertad y le condenaron a cinco años54 de prisión, acusado de conspirar contra el régimen.

Se tramaban verdaderas conspiraciones contra el Imperio, se preparaban acontecimientos. Al año de sellarse la falsa paz con Austria, Garibaldi reanuda la campaña de emancipación de Italia, desembarca en Sicilia con mil hombres, franquea el estrecho, marcha sobre Nápoles, y el 9 de noviembre de 1860, pone en manos de Víctor Manuel un nuevo reino. Napoleón iii, que quiere cubrir la retirada del rey de Nápoles, se ve obligado a retirar su flota. Pronto le dará orden de que zarpe rumbo a México.

México

España e Inglaterra tenían créditos que liquidar. También los tenía Jecker, un suizo, aventurero de grandes vuelos y acreedor usurario del gobierno clerical de Miramon, que había huido ante el gobierno legal de Juárez. Jecker se puso de acuerdo con Morny, hermano del emperador y presidente del Cuerpo Legislativo, elegante empresario del 2 de diciembre, príncipe de los grandes agiotistas enriquecidos en las innumerables empresas de los últimos años. Convinieron el precio, y el segundo hijo de Hortensia se encargó de poner a cobro los créditos del suizo con una expedición del ejército francés. Anteriormente este ya había sido mancillado con la expedición a China, en la que el general Cousin-Montauban le condujo al saqueo, reservando un collar ofrendado a la emperatriz, la cual le premió ridículamente con el título de duque de Palikao.

Esta mujer, que no era francesa, como no lo fue ninguna de las soberanas que se distinguieron en nuestros desastres, hábilmente influida por Morny, por el arzobispo de México, por Almonte y Miramon, solicitada por el clero y los realistas mejicanos, fue convencida en seguida para la idea de la expedición. Su marido, un soñador, sonrió ante la perspectiva de conquistar México para el imperio, aprovechándose de la guerra de secesión que dividía a Estados Unidos. En enero del 62, las fuerzas francesas e inglesas desembarcaban en Veracruz, donde las españolas las habían precedido. Inglaterra y España se dan cuenta en seguida de que no van allí más que a gestionar los intereses de Jecker y de una dinastía cualquiera, y se retiran, dejando solas a las tropas francesas, mandadas por Lorencey. Corren rumores de que Almonte negocia la corona de México con Maximiliano, hermano del emperador de Austria, de acuerdo con las Tullerías. El ministro Billault lo niega descaradamente. Un mes después, Lorencey se pronuncia por Almonte y declara la guerra a la República mejicana. El general Forey acude a México con refuerzos; la opinión se alarma. La izquierda, Emille Ollivier, Picard, Jules Favre, hablan en nombre de Francia. Billault les contesta con un ditirambo.

Las elecciones del 63

El pueblo da señales de vida. Las válvulas empiezan a funcionar, el niño del golpe de Estado iba haciéndose hombre. París se agitaba; en el Barrio Latino brotaban a cada paso periódicos panfletarios; manifestaciones de estudiantes y obreros protestaban contra las matanzas de Polonia, que se levantaba heroicamente contra Rusia. El gallinero estaba más que alborotado; en las elecciones parisinas de mayo del 63 salieron derrotados todos los candidatos oficiales y triunfó la coalición de izquierdas, con los nombres de los diputados salientes a la cabeza: Jules Favre, Emile Ollivier, Picard, Darimon; tras ellos, Eugène Pelletan, lamartiniano rezagado; Jures Simon, filósofo ecléctico que en el año 51 se había negado a prestar juramento, lo prestó en el 63; Guéroult, cesarista liberal; Havin, burgués volterianizante, y Thiers, antiguo ministro de Luis-Felipe, jefe de los coaligados contra la República del 48, que se dejó engañar por Luis Bonaparte y a quien ahora se elegía por el daño que podía hacer al Imperio.

Blanc, obrero tipógrafo, presentó su candidatura contra la de Havin, director de Le Siècle, alegando que también los obreros tenían derechos. Su actitud fue muy mal vista; varios talleres se declararon en contra de él. Todavía los obreros no veían más allá de la política. «¡Con tal de que sea un proyectil de oposición, tanto me da uno como otro!», decía un obrero ante el cual se discutían los méritos de Pelletan. Pero quería que el proyectil fuese conocido.

Los sesenta

Meses después, en febrero del 64, se reproduce la afirmación obrera, esta vez con mayor precisión. Se trataba de sustituir en París a dos diputados, Jules Favre y Havin, elegidos también por provincias. Sesenta obreros publicaron un manifiesto redactado por Tolain, un obrero cincelador. Ultramoderado en la forma, era, por su espíritu, categóricamente revolucionario:

«Señores de la oposición –dice el manifiesto–, en política estamos de acuerdo con ustedes, pero ¿lo estamos también en lo que toca a la economía social? Se ha repetido hasta la saciedad que desde 1789 no hay clases, que todos los franceses son iguales ante la ley. ¿Cómo hemos de creer en la verdad de eso, nosotros que no tenemos más bienes de fortuna que nuestros brazos, que sufrimos todos los días las imposiciones del capital, que vivimos sujetos a leyes de excepción? Nosotros, que vemos cómo la infancia de nuestros hijos se asfixia en la atmósfera desmoralizadora y malsana de las fábricas y del aprendizaje; que tenemos que contemplar cómo nuestras mujeres desertan forzosamente del hogar en busca de un trabajo con el que no pueden, afirmamos que la igualdad proclamada por la ley es letra muerta. Pero, se nos dirá, los diputados que elegís pueden abogar tan bien como vosotros, mejor que vosotros por las reformas que anheléis. ¡No!, contestamos. A nosotros no nos representa nadie, pues en una reciente sesión del Cuerpo Legislativo no hubo ni una sola voz que se levantase a formular, tal como nosotros los sentimos, nuestros anhelos, nuestras aspiraciones, nuestros derechos; no, nosotros, que nos resistimos a creer que la miseria sea una institución de origen divino, no estamos representados en el Parlamento; no estamos representados, porque nadie ha dicho que en la clase obrera se atenúe diariamente el espíritu antagónico. Proclamamos que doce años de paciencia han sido bastantes, que el momento propicio ha llegado... En 1848, la elección de diputados obreros consagró de hecho la igualdad política, en 1864 consagrará la igualdad social».

¡Qué lejos estamos del Parlamento de 1848, en que la clase obrera volvía contra la burguesía sus propias máximas! En 1863 se establecía su propio principio sobre una base absolutamente nueva: el derecho económico. Era ya una inmensa revolución.

Los Sesenta tenían razón al decir que para los obreros no regía la ley. Un año antes, habían sido condenados por delito de coalición los tipógrafos huelguistas de varias imprentas de París. Mas no por ello el manifiesto dejó de ser malísimamente recibido. Contra estos obreros que se jactaban de ser una clase, no solamente se alzó el clamor de la prensa, sino que apareció un nuevo manifiesto firmado por ochenta obreros que reprochaban a sus camaradas aquel llamamiento tan inoportuno a la cuestión social, que venía a sembrar la discordia y a restablecer las distinciones de casta. Los Sesenta presentaron como candidato a Tolain, cuya profesión de fe apoyó Delescluze, antiguo comisario general de la República, dos veces proscrito, en el 52 y en el 58. La candidatura obrera no logró más que 424 votos contra 14.807 que obtuvo Garnier-Pagès, lamentable despojo del gobierno provisional de 1848.

Pero el grito de los Sesenta no se lo llevó el viento. Los diputados de la izquierda pidieron que se derogase la ley sobre coaliciones. El Imperio se avino a modificarla, y Emile Ollivier, poco inclinado a desempeñar el papel de espectro infecundo, se prestó a hacer suyo el proyecto. Este era lo bastante pérfido para autorizar las huelgas, pero sin reconocer el derecho de asociación. A pesar de todo, los obreros consiguieron que se redujese algo la jornada de trabajo y se constituyeron algunas sociedades obreras: las de los broncistas, joyeros, hojalateros, ebanistas, estampadores de telas, etc.

La Internacional

El 28 de septiembre del 64 se echó a volar por todo el mundo, más fuerte que el de los Sesenta, este magnífico grito: «La emancipación de los trabajadores ha de ser obra de los trabajadores mismos». Salió del Saint-Martin’s Hall, de Londres, de una asamblea de delegados obreros en la que estaban representados varios países de Europa. Aunque se venía gestando desde hacía varios años la idea de unión, no tomó cuerpo hasta el año 62, en que la Exposición Universal, celebrada en Londres, puso en contacto a los delegados obreros de Francia con las Trade’s Unions inglesas. Fue entonces cuando se pronunció este brindis: «¡Por la futura alianza de todos los obreros del mundo!». En el año 63, en un motín pro Polonia, surgió en Saint-James la idea de una reunión internacional. Tolain, Perrachon, Limousin, por Francia, y los ingleses por su país, se pusieron a organizar las convocatorias. En el año 64, Europa presenció, por primera vez, un congreso de los Estados Unidos del Trabajo. Ningún político asistió a esta sesión extraordinaria, ninguno cooperó en la fundación de la gran obra. Karl Marx, el genial investigador, desterrado de Alemania y de Francia, que aplicó a la ciencia social el método de Spinoza, fue el que ofreció la admirable fórmula. Se decidió dar a la asociación el nombre de «Internacional», se nombró un comité encargado de redactar los estatutos y se acordó que el consejo general residiese en Londres, único asilo seguro, y se convocó una segunda asamblea para el año siguiente. Un mes más tarde, aparecían los estatutos de la nueva organización, y los delegados franceses, entre los que estaban Tolain y Limousin, abrían la oficina francesa de la Internacional en esa calle de Gravilliers, de fuerte tradición revolucionaria.

Proudhon moría a principios del año 65, después de comprender y describir este mundo nuevo. Los obreros hicieron una gran manifestación de duelo a su cadáver. Un mes después, viendo desfilar por los bulevares el fastuoso entierro de Morny, el hermano del emperador, que se había muerto dejando muy preocupado a su socio y compinche Jecker, el público gritaba: «¡Que se repita!».

«La idea más grande del reino»

Las tropas del general Forey entraron en México el 3 de junio del 63. Doscientos notables, escogidos por Almonte, llamaban a Maximiliano de Austria a ocupar el trono mejicano. La maniobra era clarísima. La izquierda interpela, demuestra que la expedición cuesta a Francia 14 millones mensuales, y retiene lejos del país a 40.000 hombres. El archiduque no se ha marchado aún; todavía es tiempo de tratar con la República mejicana. El ministro que había reemplazado a Billault, Rouher, ardiente republicano en el 48 y ahora acérrimo imperialista, exclama con tono patético: «La historia proclamará genio al que tuvo el valor de abrir nuevas fuentes de riqueza y de progreso a la nación por él gobernada». Y por una mayoría abrumadora, el Parlamento, tan servil en el 64 como en el 63, integrado en gran parte por los mismos, vota por aclamación que continúe la guerra. Maximiliano, tranquilizado por la votación, cede a las instancias del emperador y, provisto de un buen tratado que articula Napoleón iii, acepta la corona y entra en México, escoltado por el general Bazaine, el sucesor de Forey. Los patriotas mejicanos vuelven a alzarse contra el sobrino de Napoleón, repitiendo la guerra de España de 1808. Atacan y aíslan a las tropas francesas. Bazaine organiza contraguerrillas de bandidos y, en nombre de Francia y del nuevo Imperio, saquea ciudades, confisca bienes de propiedad privada y comunica a sus jefes de cuerpo: «No admito que se hagan prisioneros; todo rebelde, cualquiera que sea, debe ser inmediatamente fusilado». Sus atrocidades indignan al gobierno de Washington, desmoralizando a sus propias tropas. Nos lo dice un alto jefe, un hombre nada gazmoño, un antiguo juerguista arruinado, que, protegido por las actrices, se refugia en el ejército a la sombra de un matrimonio ventajoso: el marqués de Galliffet. Pero México no suministraba, por el momento, más que cadáveres. Maximiliano solicita de Francia un empréstito de 250 millones. Los diputados de la izquierda describen el trágico desarrollo de aquella desdichada aventura. Rouher, el ministro, los cubre de desdén y de profecías: «La expedición de México es la idea más grande del reino; Francia ha conquistado a un gran país para la colonización». Los mamelucos aplauden. El empréstito mejicano, moralmente garantizado, es cubierto por banqueros avispados. Y el presupuesto de la expedición (no se atreven a llamarla guerra) queda en pie: 330 millones para pagas y mantenimiento de las tropas. La extrema izquierda, que aún se atreve a protestar, es abucheada.

La opinión despierta

Fuera, les aplaudían. En abril, una manifestación de mil quinientos estudiantes acude ante la embajada de Estados Unidos, sin que la policía logre contenerla, a rendir un homenaje al presidente Lincoln, asesinado por los esclavistas. En junio, estallan en París numerosas huelgas. En las elecciones municipales de julio, las provincias, hasta entonces fieles al Imperio, parecen desertar. «¡Derrumbemos el ídolo!», dice el Comité de Descentralización de Nancy, en el que figuran como iconoclastas, al lado de los ciudadanos Jules Simon y Eugène Pelletan, los señores de Falloux, de Broglie, Guizot. En septiembre, Le Siècle entona un himno extraño: «Algo grande acaba de levantarse en el mundo. Nos constaba que este frío de muerte que sopla por la superficie de nuestra sociedad no había ganado la entraña del pueblo, ni helado el alma popular, que las fuentes de vida no estaban cegadas. Nuestro oído no estaba acostumbrado a tales palabras, que nos han hecho estremecer de júbilo hasta el fondo del corazón». El que así vaticina es Henri Martin, el de la Historia de Francia clásica y coronada. He aquí unas líneas sacadas del Manifiesto de la Internacional, reunidas en Londres: «Considerando que la emancipación de los trabajadores ha de ser obra de los trabajadores mismos; que los esfuerzos de los trabajadores deben tender a conseguir para todos derechos y deberes iguales y a vencer el predominio de toda clase... que, no siendo la emancipación de los obreros un problema local ni nacional, sino social, interesa por igual a todos los países... esta Asociación internacional, al igual que todas las sociedades e individuos adheridos a ella, declaran que no reconocen más base de conducta hacia los hombres en general que la Verdad, la Justicia y la Moral, sin distinción de color, de nacionalidad, ni de credo, y consideran como un deber reclamar para todos por igual los derechos del hombre y del ciudadano». Los grandes diarios de Europa se expresan en los mismos términos que Henri Martin. A través de ellos, la Internacional entra solemnemente en la escena del mundo como potencia reconocida y eclipsa al congreso de estudiantes de todos los países celebrado poco después en Lieja. El congreso de Lieja no logra conmover más que al Barrio Latino, representado por Albert Regnard, Germain Casse, Jaclard y otros. Los delegados franceses se presentan tremolando una bandera negra, la única –dicen– que cubre a Francia de duelo por la pérdida de sus libertades. Al regresar, fueron expulsados de la Academia de París. El Barrio Latino no olvidó esto y cuando el emperador fue al Odeón una noche de marzo del 66, organizó una manifestación de protesta, vengándose a la vez de quien le había mutilado el jardín de Luxembourg.

En esta época, se oyó un gemido en el Palais-Bourbon. A pesar de las urnas mixtificadas, unos cuantos, muy pocos, muy ricos o de vieja influencia provincial, lograron atravesar las mallas administrativas y llegar al Cuerpo Legislativo. Votan por las Tullerías, se inquietan un poco por el gerente del inmueble y cuarenta y cinco de ellos piden unas briznas de libertad. Rouher se enfada y los cuarenta y cinco, cuya enmienda obtuvo sesenta y tres votos, retroceden y votan el mensaje que el Cuerpo Legislativo depositó a los pies del emperador.

El clero y el Imperio

Uno solo de los poderes del Estado, el inmutable, no había abdicado. Do ut des: tal es la divisa clerical. El clero tendió los brazos a Luis Napoleón a cambio de que este le doblase la pitanza. El presidente hubo de pagar la expedición de Roma (1849) con la ley Falloux sobre enseñanza, y con una serie de favores dispensados a las congregaciones, las asociaciones religiosas y los jesuítas. El emperador abrazó las doctrinas ultramontanas, dejó que en su suelo brotasen vírgenes milagrosas, se allanó al dogma de la Inmaculada Concepción y sobre todo a este cuasidogma: Roma, soberana del universo católico. La guerra de Italia, la expedición de Garibaldi, la derrota de las tropas pontificias, la anexión de Nápoles, pusieron furioso al Papa. Se desató contra Napoleón iii una rabiosa campaña pontificia y episcopal. El emperador ya no era Constantino, sino Judas. Napoleón iii cobra miedo, no se atreve a seguir adelante; además, está su mujer. Y si él padece a los curas como aliados, ella los ama con el amor galante de la convertida. El Papa ha apadrinado a un hijo suyo y le ha ofrendado la rosa de oro, reservada a las soberanas virtuosas. El convenio celebrado con el reino de Italia, acordando retirar de la zona; dentro del plazo estipulado, el ejército francés de ocupación, puso frenético al clero. El hombre blanco de Roma contestó con una encíclica seguida del Syllabus. Los obispos no hicieron caso del gobierno, anatematizando el espíritu y la vida modernos y publicaron el Syllabus, lleno de insultos. Esto les valió los beneplácitos de Su Santidad. Su actitud era tan retadora, que en marzo del 65, el propio ministro que, cediendo a presiones del clero y la emperatriz, había expulsado a Renan de su cátedra por llamar a Jesucristo un hombre incomparable, pronunció en el Senado una violenta diatriba contra el Syllabus. Un senador dio a conocer una estadística según la cual, en 1856, las asociaciones religiosas reconocidas agrupaban a 65.000 personas, con una fortuna inmueble de 260 millones de francos, habiendo razones para suponer que la de las asociaciones no reconocidas no bajaba tampoco de esa cifra. ¡Imagínese lo que esta fortuna habría crecido en los últimos diez años! El cardenal Bonnechose no se dignó disfrazar apenas el pensamiento del Syllabus, y sostuvo que las congregaciones religiosas solo tenían deudas. Rouher se hizo el desentendido, temiendo a este clero que, a pesar de las cortesanías de forma, se alzaba en bloque frente al Imperio, dispuesto a todas las luchas por la dominación.

La amenaza prusiana

Es el punto muerto del régimen. El Imperio no dio a Francia ningún principio nuevo; las condiciones económicas que le alentaron han desaparecido. Perdió su razón de ser; exteriormente, no es ya más que una expresión militar sujeta a todas las rivalidades. Los gérmenes de discordia sembrados en Italia empiezan a brotar por todas partes. Alemania ansiaba la unidad como la península. Dos potencias se la brindaban. Austria, aunque demasiado vieja ya para hacer de Fausto, se adelantó, y mientras Napoleón iii se hundía en México, ella convocaba en Francfurt, en el año 63, a los príncipes confederados. Prusia, su rival, que presumía de liberalismo, no acudió, pero de las intrigas de la Dieta brotó una voz alemana que permitió a Prusia y a Austria reivindicar unos derechos cualesquiera sobre los ducados sometidos a la soberanía de Dinamarca: Sleswig y Holstein. Los mandatarios de la Dieta desmembran el territorio danés, cocinan la Confederación, y, en el año 66, Austria ocupa Holstein, Prusia Sleswig. A los periódicos franceses que protestan, les contestan brutalmente los periódicos de Berlín: «Francia teme que Alemania se transforme en la primera potencia del mundo. La misión de Prusia es implantar la unidad alemana». Prusia no oculta esta misión cuando Bismarck acude a Biarritz a pedir a Napoleón iii la neutralidad de Francia en una guerra contra Austria. La obtiene, hace inevitable el conflicto desde el año 66, denuncia en marzo los planes militares de Austria y en abril firma un tratado de alianza con Italia, que el emperador aprueba. La víspera de las hostilidades, el 11 de junio, Napoleón iii informa al Cuerpo Legislativo de esta política mortal. El Cuerpo Legislativo la hace suya por 239 votos contra 11. El punto muerto está franqueado; el Imperio va a precipitarse por la otra pendiente.

El 3 de julio del 66, Austria es aplastada en Sadowa. Su victoria en Italia no cambia la situación. Cede Venecia y abandona Alemania para dejar sitio a una Prusia rica y poderosa, con un dictador militar, jefe de la gran familia. Napoleón iii intenta hablar de compensaciones territoriales. Bismarck le contesta con una Alemania presta a alzarse como un solo hombre; el otro le cree, se dice que el ejército francés no está preparado contra aquella Prusia abrumada por sus victorias y lo escucha sin replicar. Cuatro años más tarde, no vacilará en lanzar a este mismo ejército francés contra una Prusia alemana con fuerzas multiplicadas.

Sin periódicos que la instruyan, simpatizando siempre con Italia, hostil a la Austria absolutista, confiada en el liberalismo de Prusia, la masa francesa no advierte el peligro. Fue en vano que unos cuantos hombres de estudio lo demostrasen claramente en el Cuerpo Legislativo. Los serviles no quisieron oír, y 219 votos contra 45 declararon que, lejos de sentirse amenazada, Francia debía confiar. Celebraron como una victoria la neutralización de Luxemburgo. El público no vio en esto más que una guerra que se evitaba. Al manifiesto de los estudiantes de Alsacia-Lorena protestando contra los odios y las guerras nacionalistas, los estudiantes de Berlín respondieron que ellos protestaban contra la neutralización. He ahí el tono de la joven burguesía prusiana. El gobierno de Prusia prohibía a sus súbditos afiliarse a la Internacional.

Internacionalistas y blanquistas

La Internacional, apartada del estruendo de las armas, celebraba en Ginebra, algunas semanas después de Sadowa, el 3 de septiembre del 66, su primer Congreso General. Sesenta delegados, provistos de mandatos en forma, representaban a varios cientos de miles de adheridos. «El pueblo no quiere seguir combatiendo locamente para dar gusto a los tiranos –dice el informe de los delegados franceses–. El trabajo quiere conquistar el puesto que le corresponde en el mundo por su sola influencia, al margen de todas las que ha venido padeciendo siempre, e incluso buscado». En la fiesta que siguió a los trabajos del Congreso, la bandera de la Internacional, enarbolada por encima de las banderas de todas las naciones, ondea su divisa en letras blancas: «No más derechos sin deberes, no más deberes sin derechos». Los delegados ingleses fueron registrados a su paso por Francia; los de Francia habían tomado precauciones. Apenas regresar, reanudaron su propaganda. En febrero del 67 se ofrecen a la huelga de los broncistas contra sus patronos. El cincelador Theisz y algunos otros del Comité de Huelga se adhieren a la Internacional; otros permanecen ajenos a ella, e incluso hostiles. El Comité en pleno se dirige a Londres, donde las Trade’s Unions le entregan 2.500 francos; el efecto moral de esto es tan grande, que los patronos capitulan. El prefecto de policía felicita al Comité por el buen comportamiento de los huelguistas durante la crisis.

Les había dejado celebrar grandes reuniones. El gobierno quería dar una lección a los burgueses de la oposición y acentuar la diferencia entre la Internacional y la joven burguesía revolucionaria.

Esta veía con muy malos ojos aquellas organizaciones de trabajadores, cerradas a todo el que no fuera obrero, recelaba de su apartamiento de la política, las acusaba de fortalecer el Imperio. Algunos de estos jóvenes, educados en las tradiciones de Blanqui y de los agitadores de antaño, que creían la miseria generadora de la liberación, se mostraban fogosos, no sin valor como Protot, el abogado, y Tridon, el rico estudiante, casi célebre por sus Hébertistes, que habían acudido al Congreso de Ginebra a censurar a estos delegados obreros, traidores, según ellos, a la revolución. Los delegados, que no veían en estos hijos de burgueses más que la reencarnación juvenil de sus padres, les reprocharon su absoluta ignorancia del mundo obrero y los maltrataron equivocadamente. Esta generación era mejor, y ahora sus órganos, los periódicos del Barrio Latino: La Libre Pensée, de Eudes Flourens, el hijo del fisiólogo, que había luchado por la independencia de Creta; La Rive Gauche, donde Longuet publicaba su Dinastie des Lapalisse y Rogeard sus Propos de Labienu, no se aislaban del proletariado en su cuerpo a cuerpo con el Imperio. La Policía hacía incursiones frecuentes en aquellos locales, perseguía las menores reuniones, urdía complots tomando como pretexto la simple lectura en el café de la Renaissance de una proclama en la que Félix Pyat, revolucionario honorario, incitaba desde Londres a los estudiantes a las barricadas: «Es necesario obrar; vuestros padres no iban a Lieja, acampaban en Saint-Merry».

Vejeces que suenan a hueco, sobre todo en vísperas de la Exposición Universal, en la que París se echa a la calle a disfrutar de la alegría y del espectáculo de los soberanos extranjeros. Bismarck pudo tomar las últimas medidas de los hombres y de las cosas del Imperio. Moltke, el vencedor de Austria, visitó tranquilamente nuestras fortificaciones. Sus oficiales brindaron por la toma de París. París, casa de Europa, como decía la princesa de Metternich, divirtió prodigiosamente a todos los príncipes. Solo silbaron una bala polaca disparada contra el zar por un refugiado, Berezowski, y el viento huracanado de México.

Abandonado desde el 66 por su imperial expedidor, dócil a Estados Unidos, el emperador Maximiliano fue apresado y fusilado el 19 de junio del 67. «La más bella idea del reino» se resumía en millares de cadáveres franceses, en el odio de México saqueado, en el desprecio de Estados Unidos, en la pérdida escueta de mil millones. Bazaine, que regresó de la campaña cubierto de oprobio, no tardó en florecer de nuevo entre los generales más en boga.

La Exposición Universal fue el último cohete del esplendor imperial. No dejó más que el olor a pólvora. La burguesía republicana, inquieta ante los puntos negros que se cernían en el horizonte, se dedicó a copiar a la Internacional, imaginó la alianza de los pueblos y encontró bastantes adhesiones para celebrar un gran congreso en Ginebra el 8 de septiembre del 67. Lo presidió Garibaldi. La Internacional celebraba en este momento, en Lausana, su segundo Congreso, y los obreros alemanes, al contrario de los estudiantes de Berlín, enviaron una calurosa proclama contra la guerra. El Congreso de Ginebra convocó al de Lausana; llega, habla de un nuevo orden que arrancaría al pueblo de la explotación del capital, y acapara hasta tal punto la discusión, que algunos republicanos, delegados de París en el congreso de alianza, entre ellos Chaudey, uno de los ejecutores testamentarios de Proudhon, brindaron a los obreros el apoyo de la burguesía liberal para la emancipación común. Estos aceptaron, y el congreso terminó con la fundación de una Liga de la Paz.

Republicanos y socialistas

Dos meses después, habla el cañón a las puertas de Roma. Garibaldi se ha lanzado sobre los Estados Pontificios y se estrella en Mentana contra las tropas francesas enviadas por la emperatriz y por Rouher. El general De Failly, a cuyo mando estaban las tropas, supo atizar el odio de los patriotas italianos, telegrafiando a las Tullerías: «Nuestros fusiles nuevo modelo han hecho maravillas». Pero si Napoleón iii pudo hacer una vez más de Francia el soldado del Papa, la democracia francesa sigue siendo la reivindicadora de la idea como en el 49. Cinco días antes del encuentro de Mentana resuenan gritos de «¡Viva Italia! ¡Viva Garibaldi!» ante Napoleón iii y el emperador de Austria, que salen de un banquete en el Hôtel-de-Ville. El 2 de noviembre, la multitud, agolpada en el cementerio de Montmartre, rodea la tumba de Manin, el gran defensor de Venecia. Por primera vez, los obreros llenan los bulevares. Pocas horas después de la ocupación de Roma, una delegación conducida por el internacionalista Tolain exige a los diputados de la izquierda que dimitan en masa. Jules Favre la recibe, protesta contra la forma y contesta a los obreros que le dicen: «Si el proletariado se levanta por la República, ¿puede contar con el apoyo de la burguesía liberal, como fue convenido hace dos meses en Ginebra?».

«Señores obreros, ustedes solos hicieron el Imperio, a ustedes toca ahora deshacerlo». Jules Favre aparentaba olvidar que el Imperio había sido engendrado por la Asamblea del 48, de la que él fuera mandatario. En los hombres del 48 persistía aún la aversión contra los obreros revolucionarios. Sus herederos eran también de corazón cerrado: «El socialismo no existe, o por lo menos, nosotros no queremos contar con él», había dicho Ernest Picard.

Le Courrier Français, único periódico socialista de la época, muestra muy bien la línea trazada. Un joven escritor, Vermorel, conocido ya por La Jeune France y por sus excelentes estudios sobre Mirabeau, le daba vida con su pluma y su dinero. Este periódico reveló la historia de los hombres del 48, su política mezquina, antisocialista, que había hecho inevitable el 2 de diciembre. Los obreros, los republicanos de vanguardia, lo leían, pero a los viejos y a muchos de los nuevos republicanos les indignaban que se tocase a sus glorias. Fueron en vano las condenas, los anónimos más amenazadores; todos los duelistas del Imperio cayeron sobre Vermorel. Las gentes del 48 clamaron que estaba sobornado, que era un agente de Rouher. El periódico le fue arrebatado. Otros muchos habían de seguirle.

Napoleón iii, cacoquimio de cincuenta y siete años, pretende rejuvenecerse con una posición liberal. El espectral Emile Ollivier, ascendido al rango de consejero, alienta la experiencia con la esperanza de gobernar al impotente. Con ayuda de grandes recursos financieros, será posible lanzar un periódico y celebrar reuniones políticas, bajo el riesgo de incurrir en graves penas. Rouher gime, Persigny escribe: «El Imperio parece hundirse por todas partes». Pero el Imperio se obstina, fiado en sus magistrados y en su policía. Para el ramillete de mayo del 68, contaba con La Lanterne, folleto semanal. Les Propos de Labienus, las impertinencias académicas del Courrier du Dimanche, las crudezas acerbas del Courrier Français no sacudieron la risa contagiosa. La Lanterne de Rochefort lo hizo, aplicando a la política los procedimientos y los despropósitos del vodevilismo. Y todos los partidos pudieron regodearse con los dioses y diosas de las Tullerías, transformados en héroes de la Belle Hélène. La burla no plació al príncipe ni a su esposa. Dos meses después, Rochefort, condenado a prisión, se refugiaba en Bruselas, pero los revoltosos brotaban por todas partes. En París, Le Rappel, inspirado desde Jersey por Víctor Hugo, a quien un alejandrino retenía en la orilla del mar; Le Réveil de Delescluze, áspero jacobino hostil a los charlatanes; en Toulouse, Agen, Auch, Marsella, Lille, Nantes, Lyon, Arras, en el Sur, en el Norte, en el Centro, en el Este, en el Oeste, cien periódicos encendían hogueras de libertad. Surgía una muchedumbre de jóvenes, desafiando las prisiones, las multas, los encuentros con la Policía y agarrando al Imperio y a sus ministros, a sus funcionarios por el cuello, detallando los crímenes de diciembre, diciendo: «¡Hay que contar con nosotros, la generación que levantó el Imperio ha muerto!». Folletos, publicaciones populares, pequeñas bibliotecas, historias ilustradas de la Revolución, bastaban apenas para satisfacer el ansia de saber que se despertaba. La joven generación obrera, que no había disfrutado el fuerte alimento de la que hizo el 48, lo engullía todo a grandes bocados.

Las reuniones públicas, extraordinariamente concurridas, estimulaban estas llamaradas de ideas. Hacía veinte años que París no veía una palabra libre florecer en los labios. A pesar de que el comisario estaba dispuesto a disolver las reuniones a la menor palabra malsonante, muchos exaltados venían a volcar su fuego sobre un público insospechado, sobre todo en los barrios populares, donde dominaban los provincianos, atraídos desde hacía quince años por las grandes obras de París. Estos, más nuevos que los parisinos de pura sangre, mezclan su robustez a su nerviosa prontitud, reclaman discusiones profundas.

La Internacional en el correccional

La Policía pudo entrever entonces que la Internacional no era el instigador, como estúpidamente creía desde la manifestación de Mentana. Ordenó persecuciones de las que la calle Gravilliers se aprovechó para desplegar su bandera, desconocida hasta entonces entre la multitud. El fiscal de S. M. Imperial estuvo «atentísimo» con aquellos honrados trabajadores, cuya asociación no estaba, desgraciadamente, autorizada.

El instigador, Tolain, hizo la defensa colectiva: «Desde 1862, nuestra consigna es que los trabajadores no deben buscar su emancipación más que por sí mismos. No teníamos más que un medio de salir de la falsa situación que nos creaba la ley; violarla para que se viese que era mala; pero no la hemos violado, pues el gobierno, la policía, la magistratura han podido o han sabido tolerarlo todo». El juez, tan amable como el propio fiscal, impuso a los detenidos cien francos de multa y declaró disuelta la Asociación Internacional domiciliada en París. Sin pérdida de tiempo, constituyóse un nuevo bureau: Malon, Landrin, Combault, Varlin, un encuadernador, reunió en unos cuantos días diez mil francos para los huelguistas de Ginebra. Nuevas persecuciones.

Varlin asume la defensa; esta vez, el tono sube: «Una clase oprimida en todas las épocas y bajo todos los reinos, la clase del trabajo, pretende aportar un elemento de regeneración. Solamente un viento de absoluta libertad conseguirá limpiar esta atmósfera cargada de iniquidades. Cuando una clase ha perdido la superioridad moral que la hacía predominante, debe desvanecerse si no quiere ser cruel, porque la crueldad es el único recurso de los poderes que caen». Tres meses de prisión rezaba la sentencia, «por haber afirmado la existencia, la vitalidad y la acción de la Asociación Internacional, interviniendo en la reciente huelga de los obreros de Ginebra, moralmente o alentando la lucha entre patronos y obreros». El bureau de París fue disuelto nuevamente.

No por eso dejó la Asociación de estar representada en septiembre en Bruselas, en el iii Congreso de la Internacional, que invitó a todos los trabajadores a oponerse a una guerra entre Francia y Alemania. La mayoría votó, a pesar de Tolain, por la propiedad colectiva; y el gobierno imperial se aprovechó de esto para asustar a algunos republicanos que empezaban a inquietarle seriamente.

Gambetta

El 2 de noviembre del 68, día de los difuntos, descubren en el cementerio de Montmartre, bajo una piedra enmohecida, la tumba del representante Baudin, asesinado el 2 de diciembre del 51 en Saint-Antoine. Quentin, redactor de Le Réveil, increpa al Imperio. La multitud grita: «¡Viva la República!». La publicación Pueblo y Juventud habla de venganza y la promete en breve. Le Réveil de Delescluze, L’Avenir National de Peyrat, La Revue Politique de Challemel-Lacour y otros periódicos conquistados por el ejemplo abren una suscripción para erigir a Baudin una tumba que perpetúe su memoria. Hasta Berryer se suscribe. El Imperio lleva a los tribunales a los periodistas y a los oradores del 2 de diciembre. Un abogado joven defiende a Delescluze. Totalmente desconocido para el público, se destaca desde hace algunos años entre la juventud estudiantil y la del foro, donde sorprendió a los maestros en un extraño proceso llamado de los 54. No se entretiene alabando a Baudin. Ya de entrada, Gambetta ataca al Imperio, evoca con trazos de Corneille el 2 de diciembre, encarna el dolor, la cólera, la esperanza de los republicanos; con su voz torrencial, sumerge al fiscal de S. M. Imperial y, con los cabellos flotando al viento, desabrochado, aparece durante una hora como el profeta del castigo. La nueva Francia se vio sacudida como por el alumbramiento de una conciencia. El proceso de Baudin marcó el límite fatal del Imperio. Cometió este la tontería de creer que el 2 de diciembre habría manifestaciones y puso en pie un ejército, dirigido por Pinard,un pequeño ministro del Interior. París, suficientemente vengado, se contentó con reír. El Imperio, ridiculizado, agobió a los periodistas con multas y meses de prisión, clausuró las reuniones públicas y tendió todos sus tentáculos administrativos. Esto ocurría en vísperas de unas elecciones generales.

La misión de los serviles del 63 había terminado. Siguieron a Napoleón iii hasta el crimen de lesa patria. Bastante más culpables que en el 57, dieron a luz la hegemonía prusiana lanzando a Italia en brazos de Prusia. Continuaron financiando la guerra de México, aclamaron a la segunda expedición romana y a Rouher con su: «Jamás, jamás dejará Francia que Italia tenga a Roma por capital».

No hay disculpas para estas bajezas, para estas traiciones. Todos estos diputados oficiales eran altos burgueses, grandes industriales, financieros, emparentados con la administración, el ejército, la magistratura, el clero. Contra su opinión nada podía prevalecer. Preferían seguir viviendo a sabiendas de que, a fin de cuentas, el trabajo lo paga todo. En las elecciones del 69 no tuvieron otro programa que el del emperador, no buscaron otro elector que el ministro. Fue el pueblo quien, una vez más, hubo de salvar las apariencias.

Las elecciones del 69

París no quiere más periódicos dictadores de elecciones. Encuentra él mismo candidatos y frecuentemente contra los diputados del 63, a quienes los mejores oradores de las reuniones públicas, Lefrançais, Briosne, Langlois, Tolain, Longuet, etc., provocan en vano a controversias públicas. Frente al viejo Carnot, Belleville alza al joven tribuno Gambetta, que acepta las reivindicaciones de los electores y enarbola la bandera «irreconciliable» frente a Jules Favre, a Rochefort. Contra Garnier-Pagés, afrontando la competencia de Raspail, los obreros presentan a Briosne, uno de los suyos, con el fin de afirmar «el derecho de las minorías, la soberanía del trabajo». Guéroult será combatido por el abogado Jules Ferry, autor de un bonito juego de palabras sobre el prefecto Haussmann. Jules Simon, Pelletan, tendrán también contrincantes. Emile Ollivier, que ha acumulado odios, quiere medirse en una reunión pública del Châtelet con Bancel, joven diputado del 52 que vuelve rejuvenecido del destierro. «¡Viva la libertad!», gritan al renegado. La policía desenvaina y persigue a los republicanos que suben a la Bastilla cantando La Marsellesa.

El 24 de mayo salen elegidos Gambetta, Bancel, Pelletan, Picard y Jules Simon. En el segundo turno, los señores Thiers, Garnier-Pagés y Jules Favre. Este último nombre arranca gritos de «¡Viva La Lanterne!», y comienzan en el bulevar las manifestaciones, que ganan Belleville y Saint-Antoine. La policía desliza por ellas bandas de forajidos infiltrados revoltosos disfrazados con blusas blancas, que derriban los quioscos, rompen los cristales de los escaparates y provocan detenciones en masa. Los redactores de Le Rappel y de Le Réveil y los oradores de los mítines son detenidos. Las prisiones y los fuertes de Bicêtre albergan a mil quinientos presos. Un habitual de las Tullerías, Jules Amigues, escribe: «Hay que descapitalizar París».

El material electoral de provincias dio al Imperio, reconciliado con los obispos después de lo de Mentana, bajo la presión de la tuerca administrativa, una gran mayoría. Sin embargo, los orleanistas se habían infiltrado. Una cuarentena formaba la oposición izquierdista. De 280 diputados, Napoleón iii disponía de las dos terceras partes, bastantes para responder ásperamente a los poco perspicaces que hablaban de reformas, y para escribir que no cedería «ante los movimientos populares». El tiroteo de La Ricamarie subraya estas frases. El 17 de junio, la tropa dispara sobre los mineros huelguistas, mata a once hombres y a dos mujeres, y tiende en tierra a numerosos heridos, entre ellos a una muchacha a la que Palikao impidió que fuera socorrida. Era el primer éxito en Francia de aquella maravilla de fusil Chassepot. Un senador, general de la gendarmería, propuso una especie de fusilamiento en bloque y que se llegase a un acuerdo con los demás gobiernos para suprimir todas las asociaciones y ligas obreras.

El Imperio y los obreros

Aquel bellaco no era tonto más que a medias; las sociedades obreras no auguraban nada bueno a este gobierno sin principios que jugaba con dos barajas, tolerando la huelga de los broncistas y condenando la de los sastres, suprimiendo el bureau de la Internacional y alentando las reuniones del pasaje Raoul, tan pronto autorizando a los delegados de las cámaras sindicales a reunirse, como persiguiéndolos. Estas cámaras sindicales, formadas desde hacía algún tiempo en muchas industrias, querían constituirse en federación. Sus delegados, Theisz, Avrial, Langevin, Varlin, Dereure, Pindy, que erraban de local en local, acabaron, en el verano del 69, por encontrar uno grandísimo en la calle de La Corderie, que más tarde había de hacerse célebre. La Federación subarrendó una parte del local a diferentes círculos y sociedades: las del bronce, los carpinteros, el círculo mutualista, integrado en gran parte por el primer bureau de la Internacional: D’Alton-Shee, Langlois, etcétera. Es decir, el círculo de estudios sociales que había reorganizado la Internacional después del primer proceso. La comunidad local hizo creer en la identidad de la Asociación Internacional y la Federación de Cámaras Sindicales. Era un error. Varios de los delegados de la Federación solo formaban parte de la Internacional personalmente; las sociedades que representaban no querían comprometer su existencia ligándose a la Internacional y algunos de sus miembros, por esta razón, no eran muy partidarios de estas sociedades.

El público no tomaba muy en serio estas agrupaciones sindicales; le sugestionaba más aquella misteriosa Internacional que contaba, según se decía (y el bureau de París lo dejaba decir), por millones sus afiliados y sus fondos. En septiembre del 69, celebró en Basilea su cuarto congreso. Entre los delegados franceses figuraban Tolain, Langlois, Varlin, Pindy, Longuet, Murat, Aubry de Rouen. Se discutió sobre colectivismo, individualismo, abolición del derecho de herencia, etc.;y se proclamó la misión militante del socialismo, ya que le había salido una rival: la Alianza Internacional de la Democracia Socialista, fundada el año anterior por el anarquista Bakunin. Un delegado alemán, Liebknecht, felicitó a los obreros de París: «Sabemos que habéis estado y seguiréis estando en la vanguardia del ejército revolucionario». Se proclamó el «París libre» como sede del próximo congreso.

Se podía haber dicho, en efecto, que París era libre, a juzgar por sus periódicos y por lo que se hablaba en las reuniones. El Cuerpo Legislativo se clausuró sin fijar fecha de apertura, después de una carta del emperador concediendo algunos menudos derechos a los diputados. Esto hacía que las voces de la calle se oyesen mucho más. Se consideraba al hombre de las Tullerías como moralmente acabado y físicamente quebrantado. Le Réveil, analizando su enfermedad, no le concedía más que tres años de vida; la emperatriz, la corte, los funcionarios, eran acribillados por flechazos mucho más agudos que los de La Lanterne de otro tiempo. Los mítines se orientaban hacia la política y en Belleville los hubo que fueron disueltos a sablazos. En las vallas de los nuevos edificios de las Tullerías, donde el contratista había mandado escribir: «Aquí no entra el público», una mano escribió: «Sí, algunas veces».

Los tribunales de justicia no funcionaban. Y como Rouher había sido mandado al Senado y los nuevos ministros eran desconocidos, se creyó en un nuevo régimen. Se aprovechaba cualquier ocasión para atacar. El emperador convocó al Cuerpo Legislativo para el 29 de noviembre. Un diputado de la izquierda, Kératry, se permite sugerir que debería convocarse el 26 de octubre, que había violado la Constitución, y que era preciso que los diputados fueran el 26 a la plaza de la Concordia a reconquistar, aunque sea a la fuerza, su sitio en el PalaisBourbon. La Réforme se apodera de la idea. Gambetta escribe desde Suiza: «¡Allí estaré!». Raspail y Bancel lo mismo. Jules Ferry declara que responderá al «insolente decreto».

El tiroteo de Aubin habla también de forma elocuente; el 8 de octubre, son muertos por las tropas catorce obreros huelguistas y heridos cincuenta más. París se caldea. El 26 puede convertirse en una jornada memorable; la izquierda se asusta y firma un manifiesto concienzudamente razonado para cubrir su retirada. Los hombres de vanguardia van a increparla para que explique esta doble actitud. Jules Simon, Ernest Picard, Pelletan, Jules Ferry, Bancel se dirigen a la convocatoria recusada por Jules Favre, Garnier-Pagés y otros que pretenden no depender más que de su conciencia. En la sala hay apenas doscientos militantes, jóvenes y viejos, escritores, oradores de reuniones públicas, obreros y socialistas conocidos. La presidencia recae en Millière, recientemente despedido por una gran compañía que no admite empleados socialistas. Los diputados dan un espectáculo lamentable, excepto Bancel, envuelto en sus palabrerías del 48, y Jules Simon, que conserva toda su sangre fría. Este último disculpa la ausencia de Gambetta, al que califica de «reserva para el porvenir», expone las razones estratégicas que hacen de la plaza de la Concordia un lugar peligroso y fustiga al Imperio, que finge ignorar que allí están todos para entablar su proceso. Les interrumpen, les recuerdan lo ocurrido en junio. Los diputados salieron llenos de un resentimiento que tuvieron que tragarse. No volvió a hablarse del 26 de octubre pero el gobierno hizo formidables preparativos, de los que se burló París como en el año anterior.

Dos oposiciones

Desde este momento, hay ya dos oposiciones: la de los parlamentarios de izquierda y la de los socialistas, a los que se adhiere un gran contingente de obreros, de empleados, de la pequeña burguesía. Estos dicen: «Los más hermosos discursos no han impedido nada, nada nos han dado; es menester hacer algo, sacudir el Imperio hasta descuajarlo». Se presenta la ocasión para ello. El 21 de noviembre, París tiene que sustituir a cuatro diputados: Gambetta, Jules Favre, Picard y Bancel, que han optado por las provincias. Belleville pasa de manos de Gambetta a manos de Rochefort. El autor de La Lanterne acepta los votos de Gambetta, llega de Bélgica y provoca en las reuniones un entusiasmo descabellado. Sus competidores, salvo Carnot, se retiran. Para abofetear al emperador se admite que Rochefort preste el juramento obligatorio. En todos los demás sitios, el partido de acción no exige juramentos, designa a Ledru-Rollin, Barbès, Félix Pyat. El viejo tribuno se niega a ir, el segundo muere en La Haya, Félix Pyat no tiene el menor deseo de dedicarse a resolver rompecabezas. Solo Rochefort es elegido: en las otras tres circunscripciones triunfan los hombres del pasado, dos del 48, Emmanuel Arago, el atravesado Crémieux, y un viejo y gárrulo republicano, Glais-Bizoin.

Los tres se unieron a la izquierda, que acaba de fustigar en un manifiesto el mandato imperativo: «La libertad de discusión –decían estos señores–, el poder de la verdad, son las armas con que cuentan para recurrir los abajo firmantes; no emplearán otras, salvo en el caso de que la fuerza trate de ahogar sus voces». Tuvieron que oír lo suyo. «La izquierda no ha sido formada para reivindicar las libertades que el tercer partido obtendrá más fácilmente. Al aislarse del pueblo, se incapacita uno de antemano para tomar otras armas, deja de cooperar al advenimiento de la República y se convierte en conservador del Imperio».

Esto era leer en el alma de muchos. Se dibujaban dos izquierdas, una llamada cerrada, bajo la presidencia del dragón Jules Grévy, custodia de los principios puros; la otra, abierta a un tercer partido, conglomerado de híbridos, liberales, orleanistas, imperialistas incluso, amasada por el amigo de Emile Ollivier, Ernest Picard, víctima de la comezón ministerial.

El Ministerio Emile Ollivier

Como la lesión imperial se hacía cada vez mayor, Emile Ollivier suplicó a Napoleón iii que releyese cierto capítulo de Maquiavelo, en el que se habla de la necesidad de afrontar con nuevos ministros cada nueva situación. Napoleón iii lo leyó, y encargó constituir un ministerio a este maquiavélico Ollivier, que se comprometía, aun garantizando la libertad, a luchar «cuerpo a cuerpo con la Revolución». «¡Del orden, respondo yo!», había dicho el emperador al Cuerpo Legislativo. El año 1870 se abrió bajo la doble constelación de estas potencias. Emile Ollivier, presidente del Consejo de Ministros; en Hacienda, un reaccionario del 48, Buffet; el general Le Boeuf, en Guerra; un cualquiera, en el Interior, donde según el general Fleury, perro viejo del 2 de diciembre, hacía falta «una mano de hierro».

Después de la elección de Belleville, el partido de acción no se detuvo. Las reuniones públicas no eran más que fiebre, hasta el punto de inquietar a Delescluze, que constataba la existencia de una avalancha de exaltados desconocidos. Su Réveil y Le Rappel se quedaban bastante más atrás que La Marseillaise, fundada en diciembre por Rochefort, ametralladora que disparaba sin descanso, y cuya redacción, por la que desfilaba desde la mañana hasta la noche la multitud, parecía un campamento. Los redactores están dispuestos a todo. Un primo del emperador, el príncipe Pierre Bonaparte, fiera encerrada en Auteuil, atacó violentamente, en L’Avenir de la Corse, al periódico corso La Revanche, cuyo corresponsal parisino, Paschal Grousset, respondió en La Marseillaise. El príncipe provoca a Rochefort, pero Paschal Grousset se ha anticipado y ha enviado a Auteuil a dos de sus colaboradores, Ulric de Fonvielle y Victor Noir, buen mozo de veinte años, valiente en extremo. Pierre Bonaparte responde brutalmente que se batirá con Rochefort, no con dos instrumentos. Habla de carroñas. Un disparo. Victor Noir va a caer al patio con el corazón atravesado por un balazo. París en pleno recibe el tiro. Aquel joven muerto, aquel Bonaparte asesino, conmueven a todos los hogares, despiertan la piedad de la mujer y la pasión del marido. Cuando al día siguiente La Marseillaise grita: «Pueblo francés, ¿no crees que decididamente esto es ya demasiado?», el motín fue cosa fuera de duda, y hubiera estallado de no haber retenido la policía el cadáver en Auteuil.

El 12 de enero del 70, doscientos mil parisinos suben por los Campos Elíseos para hacer grandes funerales a su hijo. El ejército, reforzado con las guarniciones vecinas, ocupa todos los puntos estratégicos, y el mariscal Canrobert, olfateando el tufo de diciembre, promete el tiroteo. En Auteuil, Delescluze y Rochefort, que ven inminente la matanza, obtienen la promesa de que se llevará el ataúd al cementerio, en contra de Flourens y de los revolucionarios que quieren llevarlo a París. No hubiesen franqueado la barrera, que apenas dejó pasar a Rochefort y al frente de una columna, rápidamente rechazada a la altura de los Campos Elíseos. Los mamelucos se quejaron de que no se hubiera aprovechado la ocasión para hacer la sangría que estimaban indispensable.

El primer acto del liberal Emile Ollivier fue pedir que se persiguiese a Rochefort. Obtiene el voto afirmativo el día 17, a pesar, es preciso decirlo, de la oposición de la extrema izquierda. La multitud que rodeaaba el Palais-Bourbon, reprimida a golpes, gritó: «¡Viva la República!», ante la terraza de las Tullerías por donde se paseaba el emperador.

El segundo acto liberal del ponente de la ley sobre las coaliciones fue dirigir al ejército contra los obreros de Creusot, que pedían administrar por sí mismos su caja de retiro, alimentada con su propio dinero.

El presidente del Cuerpo Legislativo, Schneider, jefe de este coto feudal, había expulsado a los miembros del comité obrero, que llevaban a Assi a la cabeza. Schneider abandonó el sillón presidencial, acudió a su baronía con tres mil soldados y dos generales, volvió a toda su gente a las canteras y envió un gran número de sus obreros al Tribunal de Autun.

El bureau de la Internacional, formado de nuevo con otro nombre, protestó contra la «pretensión de los capitalistas que, no contentos con detentar todas las fuerzas económicas, quieren además disponer, y disponen, de hecho, de todas las fuerzas sociales, ejército, policía, tribunales, para el mantenimiento de sus inicuos privilegios». El rumor de la huelga fue ahogado por la marea ascendente de París.

Rochefort, condenado a seis meses de cárcel, es entregado por los diputados. La noche del 7 de febrero lo detienen ante la redacción de La Marseillaise. Flourens grita: «¡A las armas!», echa la zarpa al comisario y, seguido por un centenar de manifestantes, se dirige a Belleville y levanta una barricada en el Temple. La tropa llega, Rochefort se ve abandonado y encuentra a duras penas un refugio. Al día siguiente, París se entera de la detención de Rochefort, así como de todos los redactores de La Marseillaise y de numerosos militantes. Se agitan las masas en los barrios. En la calle Saint-Maur se levantó una barricada que es defendida. Va a presentarse ocasión para la sangría, cuando aparece un manifiesto firmado por obreros, muchos de los cuales pertenecen al bureau de la Internacional: Malon, Pindy, Combault, Johannard, Landrin, etc.: «Por primera vez desde hace diecinueve años se han levantado barricadas; la ruina, la bajeza, la vergüenza, van a acabar de una vez... La Revolución adelanta a grandes pasos; no obstruyamos su camino con una impaciencia que podría resultar desastrosa. En nombre de la República social que todos queremos, invitemos a nuestros amigos a no comprometer semejante situación».

Estos trabajadores fueron escuchados por el pueblo pero las detenciones continuaron. Un obrero mecánico, Mégy, detenido antes de la hora legal, mata al policía que fuerza su puerta. Delescluze sostiene que Mégy estaba en su derecho de defenderse. Se le condena a trece meses de prisión. El abogado de Mégy, Protot, es apaleado, amordazado. El día 14 hay cuatrocientas cincuenta personas encerradas, acusadas de haber participado en el «complot de febrero», como lo llamaba esta magistratura, a quien su actual jefe, Emile Ollivier, trataba en el 59 de «podredumbre».

Como tal se manifestó el 21 de febrero, en Tours, en el proceso del asesino de Víctor Noir. La Constitución imperial concedía a los Bonaparte el privilegio de un Tribunal Supremo, compuesto de funcionarios del Imperio. La fiera de Auteil rugió. Seguro de sus jueces, dijo que Victor Noir le había abofeteado. El profesor Tardieu, médico oficial, lo confirmó, y el procurador general, un vulgar criado, arrancó la absolución. Tardieu, abucheado por los estudiantes de París, hizo suspender sus cursos. La juventud de las escuelas se tomó el desquite en un banquete ofrecido a Gambettta. «Nuestra generación –dijo este– tiene por misión terminar, completar la Revolución Francesa; no debe llegar el centenario de 1789 sin que Francia haya hecho algo por la justicia social». Fustigó el culto a Napoleón i, que había llevado a la restauración del Imperio, y dijo: «Es un monstruo en lo moral, como los monstruos lo son en lo físico».

El plebiscito

En la discusión sobre el plebiscito, Gambetta igualó a Mirabeau. Napoleón iii, hipnotizado siempre por la sombra de su falso tío, había decidido adoptar el gran remedio que intentara Napoleón i cien días antes de Waterloo. El 19 de julio del 69, rechazaba todavía la idea de un plebiscito; el 4 de abril del 70 lo pedía con esta fórmula: «¿El pueblo francés aprueba las reformas operadas en la Constitución desde 1860?». Gambetta puso al descubierto la trampa, probó que el Imperio no podía soportar la más mínima dosis de libertad, y habló en favor de la República. El plebiscito fue servilmente votado.

«Daremos pruebas de una actividad devoradora», había dicho Emile Ollivier, que continuaba su serie de frases inauditas. Los primeros devorados fueron los obreros de Anzin y, en seguida, los de Creusot, condenados el 6 de abril. La Internacional los encomendó a los trabajadores. «Cuando se absuelve a los príncipes que matan y se condena a los obreros que no piden más que vivir de su trabajo, nos corresponde salir al paso de esta nueva ignominia, con la adopción de las viudas y los huérfanos». Todos los periódicos de vanguardia, respondiendo a este llamamiento, abrieron suscripciones.

El 8 de mayo era la fecha señalada para la comedia. Durante un mes, los poderes públicos, la administración, los magistrados, el clero, los funcionarios de todas clases, no vivieron más que para el plebiscito. Se fundó un comité bonapartista, dotado con un millón por el Crédit Foncier. Para espantar al burgués, un redactor de Le Figaro llenó un volumen con las estupideces que se escaparon en algunas reuniones públicas. Su periódico lanzó contra los republicanos la Sociedad de los garrotes reunidos. El bergante del Lampion, inventor, en el 48, de los guardias nacionales aserrados entre dos planchas, del vitriolo lanzado con bombas, de las mujeres que vendían a los soldados aguardiente envenenado, del municipal empalado, de los bonos por tres damas de Saint-Germain, etc. Bajo este Imperio que hizo brotar todas las pústulas, Villemessant había creado el periódico-tipo de la prensa regocijante, Le Figaro. Una escuadra de graciosillos, más o menos plumíferos, iban a la corte, a la ciudad, al teatro, a la caza del chisme, del escándalo del día, de la anécdota incitante, escuchando detrás de las puertas, olisqueando los cubos del agua sucia, registrando los bolsillos, a veces cobrando la pieza, y recibiendo a menudo un puntapié. Liviano, conservador, religioso, Le Figaro era órgano y publicista del trabajo de dignatarios, bolsistas y golfas que se alzaban con los escudos tan pícaramente como alzaban las piernas. La gente de letras lo había adoptado, hallando en él a un tiempo cebo y tablado. El gobierno lo utilizaba para insultar a la oposición, ridiculizar a los republicanos, calumniar las reuniones públicas o dar fe de los falsos complots que podían empujar a los tímidos hacia el Imperio. Su éxito creó rivales. En el año 70, esta prensa aretinesca, rica, con clientela pingüe, daba de comer a una nube de proxenetas literarios, que hubiesen desnudado a su propia madre en público con tal de colocar sus artículos. Se les lanzó a la lucha plebiscitaria y muchos de ellos fueron a provincias a reforzar la prensa local obligada a cierta moderación.

Los republicanos, los de la oposición, escasos de periódicos, andaban aún peor de organización. En casa del viejo Crémieux, que se las daba de Néstor, celebraron una reunión en que tres diputados, entre ellos Jules Simon y

siete periodistas, se encargaron de hablar al pueblo y al ejército. Redactaron dos artículos. Los diecisiete diputados del grupo Picard rehusaron adherirse por no querer hacer «ninguna revolución»; La Marseillaise y Le Rappel se negaron a insertar los dos artículos porque en ellos no se hablaba más que de República y no llevaban firmas de obreros. Éstos, afortunadamente, sabían vivir sin portavoces. El 24 de abril, la Corderie envió el siguiente manifiesto a los trabajadores de las ciudades y del campo: «Insensato será quien crea que la Constitución de 1870 ha de permitirle más cosas que la de 1852... No... El despotismo no puede engendrar más que despotismo. Si deseáis acabar de una vez con las máculas del pasado, el mejor medio, a nuestro juicio, es que os abstengáis o que depositéis en la urna una candidatura no constitucional».

Más vibrante que el de la izquierda fue el llamamiento de Garibaldi al ejército francés: «Yo quisiera no ver en vosotros más que a los descendientes de Flerus y Jemmapes; entonces, aunque inválido, saludaría vuestra soberbia bandera de la República y marcharía aún a vuestro lado».

Por su parte, los periodistas republicanos y las reuniones públicas, suplieron la pobreza del manifiesto e hicieron la verdadera campaña, jugándose la libertad con una abnegación a la que eran totalmente ajenos los republicanos de relieve, los más ricos, de los cuales daban un escudo, ni más ni menos. El único generoso fue Cernuschi, el antiguo miembro de la Constituyente romana, que envió doscientos mil francos.

Esto no era nada contra este Imperio que tenía en sus manos los Bancos públicos y el terror. El 30 de abril enviaba a Mazas a los redactores del manifiesto de la Corderie y a los agitadores obreros Avrial, Malon, Theisz, Héligon, Assi, etc. El 17 de mayo amañó un complot. Su policía acababa de detener en una casa pública a un antiguo soldado, Beaury, provisto de dinero y de una carta de Flourens, refugiado en Londres, que le mandaba a Francia para asesinar al emperador. «La Internacional anda mezclada en el asunto», juran Le Figaro y el mundo oficial. De nada sirve que las sociedades de la Corderie protesten, ni que la Internacional escriba: «Sabemos de sobra que los sufrimientos de todas clases que padece el proletariado obedecen más al estado económico que al despotismo accidental de unos cuantos fabricantes de golpes de Estado, y no deberíamos de perder el tiempo soñando con la eliminación de uno de ellos». El gobierno secuestra el manifiesto, se incauta de los periódicos. Emile Ollivier ve la mano de la Internacional por todas partes, telegrafía a todos los tribunales para que se detenga a los afiliados que residan en sus respectivas demarcaciones. Las órdenes de detención más inverosímiles pesan sobre gran parte de la población. Del 1 al 8 de mayo, ningún republicano está seguro. Los diputados de la izquierda no duermen en sus casas. Delescluze y varios periodistas se ven obligados a refugiarse en Bélgica.

El plebiscito arrojó siete millones doscientos diez mil votos a favor y un millón quinientos treinta mil en contra. Desde 1852, el régimen imperial había reunido, por tres veces, más de siete millones de sufragios, favorables, pero nunca tantos votos hostiles. Las grandes ciudades estaban conquistadas, las poblaciones pequeñas y el campo seguían al lado del poder establecido. Era el resultado previsto. Sabiamente contenidas por una administración de innumerables tentáculos, las poblaciones del campo, atemorizadas por el pillaje, votaron «sí» en las urnas, pensando que así obtendrían la paz. El Imperio tomó estos millones de súbditos pasivos por militantes; el millón quinientos mil de activos, fue desdeñado. Los mamelucos pidieron que se hiciesen cortes siniestros. Emile Ollivier les organizó un proceso en el Tribunal Supremo, donde se juzgaría, conjuntamente, al famoso Beaury y a setenta y dos revolucionarios de nombres más o menos famosos, Cournet, Razoua, de Le Réveil; y Mégy, Tony-Moilin, Fontaine, Sapia, Ferré, de las reuniones públicas.

Tercer proceso de la Internacional

Mientras tanto, los obreros del manifiesto antiplebiscitario fueron entregados a los tribunales correccionales, confundidos con acusados a quienes ellos no conocían. El procurador había inventado dos categorías: los jefes y los miembros de una sociedad secreta. «Desde ahora –dice a los obreros– os perseguiremos sin tregua ni descanso», y leyó su requisitoria, publicada la víspera por Le Figaro, en la que el pobre hombre atribuía la Internacional a Blanqui. Chalain habló por sus amigos del primer grupo, demostró que la Internacional era la asociación más conocida y discutida del mundo. «Hija de la necesidad, ha surgido para organizar la Liga internacional del trabajo esclavizado, en París, en Londres, en Viena, en Berlín, en Dresde, en Venecia, en los departamentos franceses... Sí, somos culpables por no aceptar las fórmulas de unos economistas tan ignorantes que califican de leyes naturales los fenómenos industriales resultantes de un estado transitorio y son lo bastante duros de corazón como para glorificar un régimen apoyado en la explotación y el sufrimiento... Sí, los proletarios están hartos de resignarse... A pesar de la nueva ley sobre coaliciones, la fuerza armada está a disposición de los fabricantes. Los trabajadores que se libraron de los fusiles han padecido largos meses de prisión, han recibido de los magistrados los epítetos de bandidos, de salvajes... ¿Qué se podrá obtener con impedirnos que estudiemos las reformas que tienden a asegurar una renovación social? Con eso, solo se logrará hacer la crisis cada vez más profunda, el remedio cada vez más radical...». Theisz habló por las Cámaras sindicales y probó que su organización era distinta de la Internacional, y remontándose a la verdadera causa del debate, dijo: «Todas vuestras constituciones afirman y pretenden garantizar la libertad, la igualdad y la fraternidad. Ahora bien. Cada vez que un pueblo acepta una fórmula filosófica abstracta, política o religiosa, no se concede a sí mismo tregua ni reposo hasta que no hace pasar este ideal al terreno de los hechos. Es preciso que la conciencia del pueblo sea harto generosa para que, afligido sin cesar por la penuria y el paro, no os haya pedido aún cuenta de vuestras riquezas. Todo el que vive de su trabajo, obreros, pequeños industriales y pequeños negociantes languidece, vegeta, mientras que la fortuna pública pertenece a los usureros, a los negociantes, a los agiotistas». Léo Frankel, representante de los extranjeros afiliados residentes en Francia, dice: «La unión de los proletarios de todos los países se ha realizado; ninguna fuerza podrá ya dividirlos». Otros detenidos defendieron su causa. Duval recordó la frase de los patronos durante la huelga de los fundidores de hierro: «Los obreros volverán al trabajo cuando tengan hambre».

Desde la primera audiencia, los abogados, los profesionales del Foro asistían a las sesiones encadenados por la novedad de opiniones, por la claridad y la elocuencia de aquel mundo obrero que no sospechaban. «No hay nada que decir, después de oírles», nos confesaba un joven abogado, Clément Laurier, no menos que Gambetta en el proceso Baudin. Elocuencia de corazón, tanto como de razón. Al principio de una de las audiencias, el tribunal despacha los delitos de derecho común. Comparece un pequeño a quien sus padres abandonan: «¡Dádnoslo! –exclamaron los obreros– lo adoptaremos, le daremos medios de vida y un oficio». El presidente encontró esta fórmula improcedente. Los acusados, Avrial, Theisz, Malon, Varlin, Pindy, Chalain, Frankel, Johannard, Germain, Casse, Combault, Passedouet, etc. fueron condenados de dos meses a un año de cárcel. Solo dos fueron absueltos: Assi, a quien, a pesar de Le Fígaro, fue imposible descubrir relaciones con la Internacional, y Landeck, que renegó.

La candidatura de Hohenzollern

La paz de diciembre ha vuelto. Paz en la calle, agitadores detenidos o en el destierro, periódicos suprimidos o aterrorizados, como La Marseillaise. Paz en el Cuerpo Legislativo, donde la extrema izquierda está aterrada, la oposición dinástica de los Picard. De repente, a principios de julio, se extendieron rumores de guerra. Un príncipe prusiano, un Hohenzollern, se presenta como candidato al trono de España, vacante desde la expulsión de Isabel, y esto constituye, al parecer, un insulto a Francia. Un aturdido, Cochery, interpela al ministro de Asuntos Extranjeros, el duque de Gramont, un fatuo a quien Bismarck llamaba «el hombre más necio de Europa». El duque acude el 5 de julio y declara que Francia no puede dejar que una potencia extranjera «ponga a uno de sus príncipes en el trono de Carlos v». La izquierda exige explicaciones, documentos diplomáticos.

«¡Huelgan los documentos!», aúlla un soldado de caballería salido de un bosque de Gers, llamado Cassagnac, deportador en 1852, rey de los bribones en tiempos de Guizot, jefe de los mamelucos con Napoleón iii, que se desvivía desde hacía veinte años por llenar sus bolsillos sin fondo. «¡Bravo!», exclaman con él los familiares de las Tullerías. Toda ocasión es buena contra esa Prusia que se ha burlado de Napoleón iii.

Su hijo no reinaría, había dicho la emperatriz, si no tomaba venganza de Sadowa. Esta era también la opinión del marido. Este criollo sentimental, cruzado de flemático holandés, peloteado siempre entre dos contrarios, que había ayudado a renacer a Italia y a Alemania, llegó a soñar con ahogar el principio de las nacionalidades, que con tanto calor había proclamado y del que había sido el único en no comprender nada. Prusia, que seguía esta evolución, se armaba desde hacía tres años sin descanso, se sentía preparada, deseaba la agresión. La extranjera, enardecida por su loca camarilla de bailarines de cotillón, de oficiales de salón tan bravos como ignorantes, de neo-decembristas que querían refrescar su 52, empujada por un clero que presentaba como aliados a los católicos de Alemania. Eugenia de Montijo hizo franquear a su débil marido el umbral del sueño a la realidad, le puso en las manos la bandera de «su» guerra,la suya, como decía la camarilla. El 7 de julio, el «hombre más necio» pidió al rey de Prusia que retirase la candidatura de Hohenzollern; el Senado creyó que convenía esperar, y el día 9, declara el emperador «puede conducir a Francia donde él quiera, que solo él debe ser quien pueda declarar la guerra». El mismo día, el rey responde que aprobará la renuncia del Hohenzollern; un día más tarde, Gramont exige una respuesta del príncipe, y, por su parte, añade: «Tomo mis precauciones para no ser sorprendido». El 12 de julio, el príncipe ha retirado su candidatura. «Es la paz –dice Napoleón iii–; lo siento porque la ocasión era buena».

La camarilla, consternada, cada vez más loca por la guerra, rodea, acucia al emperador y logra, sin gran trabajo, encender de nuevo la antorcha. La renuncia de Hohenzollern no basta; es preciso que el propio rey Guillermo firme una orden. Los mamelucos lo exigen, van a interrogar al gabinete sobre sus «irrisorias lentitudes». Bismarck no esperaba tener tan buena suerte. Seguro de vencer, quería aparecer como atacado. El día 13, Guillermo aprueba sin reservas la renuncia del príncipe. No importa; en las Tullerías quieren la guerra a toda costa. Por la noche, nuestro embajador Benedetti recibe orden de pedir al viejo rey que se humille hasta prohibir al prusiano que rectifique su renuncia. Guillermo responde que es inútil una nueva audiencia, que se reafirma en sus declaraciones, y, al encontrarse en la estación de Ems con nuestro embajador, le repite sus palabras. Un telegrama pacífico anuncia a Bismarck que ha sido muy cortés esta entrevista. El canciller consulta a Moltke y al ministro de la Guerra: «¿Estáis dispuestos?». Ellos prometen la victoria. Bismarck amaña el telegrama, le hace decir que el rey de Prusia ha despachado, sin más, al embajador de Francia, lo publica como suplemento en la Gaceta de Colonia, y lo envía a los agentes de Prusia en el extranjero.

La guerra

La emperatriz y los, mamelucos están mucho más entusiasmados que Bismarck. Ya tienen su guerra: «¡Prusia nos insulta!», estampa inmediatamente Le Constitutionnel. «¡Crucemos el Rin! Los soldados de Iéna están listos!». La noche del 14 de julio, bandas encuadradas por la policía recorren los bulevares vociferando: «¡Abajo Prusia! ¡A Berlín!». Benedetti llega al día siguiente. Puede aclararlo todo con una palabra. No le oyen, se hunden cada vez más en la trampa. Gramont y Le Boeuf leen en el Senado una declaración de guerra en que se considera al suplemento de la Gaceta de Colonia como un documento oficial. El Senado se alza en una sola aclamación. Un ultra quiere hacer una observación, le atajan: «¡Nada de discursos! ¡Hechos!». En el Cuerpo Legislativo, los serviles se indignan cuando la oposición exige que se exhiba ese despacho «oficialmente comunicado a todos los gabinetes de Europa». Emile Ollivier, que no puede enseñarlo, invoca comunicaciones verbales, lee telegramas de los que se desprende que el rey de Prusia ha aprobado la renuncia. «Con eso, no se puede ir a la guerra», dice la izquierda, y Thiers: «Rompéis por una cuestión de forma... Yo pido que se nos muestren los despachos que han motivado la declaración de guerra». Se le injuria. «¿Dónde está la prueba –dice Jules Favre– de que el honor de Francia se haya comprometido?». Los mamelucos patalean, 159 votos contra 84 rechazan toda investigación. Emile Ollivier exclama, radiante: «Desde hoy comienza, para mis colegas y para mí, una gran responsabilidad. La aceptamos de todo corazón».

Inmediatamente una comisión finge estudiar los proyectos de ley que van a alimentar la guerra. Llama a Gramont, no exige el despacho que se supone dirigido a los gabinetes. Le hace leer lo que quiere, y vuelve a decir al Cuerpo Legislativo: «Guerra y Marina se encuentran en condiciones de hacer frente, con notable prontitud, a las necesidades de la situación». Gambetta pide explicaciones. Emile Ollivier tartamudea de cólera. La comisión concluye: «¡Con nuestra palabra basta!». Los proyectos de ley se votan casi por unanimidad, solo diez diputados votan en contra. Ese es todo el valor de la izquierda.

La izquierda había combatido la guerra, desde luego, pero toda su vitalidad se había refugiado en la lengua. Nadie entró de lleno en el problema. Ni un llamamiento al pueblo, ni una frase dantoniana. Entre todos aquellos jóvenes y viejos, hombres del 48, tribunos irreconciliables, no hubo ni una sola gota de la pura sangre revolucionaria que tantas veces, no hacía mucho, había corrido a torrentes en las épocas heroicas.

El único que se levantó de toda esta alta burguesía descontenta, su verdadero jefe, Thiers, se había limitado a hacer una demostración.

Él, tan veterano en los secretos de Estado, sabía que nuestra ruina era segura, pues conocía bien nuestra espantosa inferioridad en todos los

órdenes. Hubiera podido congregar a la izquierda, al tercer partido, a los periodistas, hacer palpar la locura del ataque y, apoyándose en sus colegas, conquistada la opinión, decir a la tribuna, a las Tullerías:

«Combatiremos vuestra guerra como una traición». Pero no quiso más que descartar su responsabilidad, dejar limpia «su memoria», como él decía. No pronunció las palabras que realmente contenían la verdad:

«No podéis absolutamente nada». Y aquellos opulentos burgueses, que no hubieran expuesto ni una migaja de su fortuna sin formidables garantías, se jugaron las cien mil existencias y los millones de franceses sobre la palabra de un Gramont y las bravatas de un Le Boeuf.

El ministro de la Guerra dijo cien veces a los diputados, a los periodistas, en los pasillos, en los salones, en las Tullerías: «¡Nosotros estamos preparados, Prusia no lo está!». Jamás los Loriquets pudieron atribuir a los generales populares de la Revolución, los Rossignol, los Carteaux, enormidades como las que este tambor mayor, de feroces mostachos, prodiga a todo el que quiere oírle: «¡Niego el ejército prusiano!» «¡Aquí tienen ustedes el mejor mapa militar!», y enseñaba su espalda; «¡No me falta ni un mal botón de polaina!». «¡Le llevo quince días de ventaja a Prusia!». El plebiscito había revelado a Prusia el número exacto de nuestros soldados en filas: trescientos treinta mil; de ellos, solo unos doscientos sesenta mil a lo sumo (cifra transmitida desde hacía tiempo por las embajadas extranjeras), podían oponerse al enemigo. En las Tullerías se almacenaban informes sobre el crecimiento militar de aquella Prusia que, en el 66, podía concentrar doscientos quince mil hombres en Sadowa, y que disponía ahora de medio millón. Solo nuestros gobernantes se negaban a ver y a leer. El 15 de julio, Rouher seguido de un tropel de senadores, fue a decir a Napoleón iii: «Desde hace cuatro años, el emperador ha elevado al máximo poder la organización de nuestras fuerzas militares. ¡Gracias a Vuestra Majestad, Francia está preparada, Señor!».

Las blusas blancas hicieron de jaleadores. Fueron, con la policía, a manifestarse, y embadurnaron con basura la puerta de la embajada alemana. El burgués, ganado por las mentiras oficiales, cerrado a los periódicos extranjeros, creyendo en el ejército desde hacía tantos años invencible, se dejó arrastrar, después de haber ansiado tanto la Italia una, contra la Alemania que buscaba su unidad. La ópera se sintió patriota, reclamó La Marsellesa a petición de un viejo escéptico, Girardin, senador designado, que desde las columnas de su periódico arrojaba a Alemania al otro lado del Rin.

A esto era a lo que Napoleón iii llamaba «el ímpetu irresistible de Francia».

Resistencia obrera

Para honra del pueblo francés, había otra Francia harto distinta. Los trabajadores parisinos quisieron cortar el paso a esta guerra criminal, a esta hez patriotera que agita sus fangosas oleadas. El 15, en el momento en que Emile Ollivier hincha su ligero corazón, algunos grupos que se han formado en la Corderie bajan a los bulevares. En la plaza Cháteau-d’Eau55 se les une mucha gente; la columna, grita: «¡Viva la paz!», canta el estribillo del 48:

Para nosotros, los pueblos son hermanos

Y los tiranos enemigos

Desde Cháteau-d’Eau hasta la puerta de Saint-Denis, barrios populares, los aplausos se multiplican. La gente silba en los bulevares Bonne-Nouvelle y Montmartre, donde se producen riñas con bandas heterogéneas. La columna llega hasta la calle Paix, a la plaza Vendôme, donde es abucheado Emile Ollivier, a la calle Rivoli y al Hôtel-de-Ville. Al día siguiente, se encuentran grupos mucho más numerosos todavía en la Bastilla, y vuelve a empezar la pugna. Ranvier, pintor de porcelanas, muy popular en Belleville, marcha a la cabeza con una bandera. En el bulevar Bonne-Nouvelle cargan sobre ellos los gendarmes y los dispersan.

Impotentes para sublevar a la burguesía, los trabajadores franceses se vuelven hacia los de Alemania: «Hermanos, protestamos contra la guerra; queremos paz, trabajo y libertad. Hermanos, no escuchéis las voces a sueldo que tratan de engañaros respecto al verdadero espíritu de Francia». Su noble llamamiento recibió su recompensa. Los trabajadores de Berlín, respondieron: «También nosotros queremos paz, trabajo y libertad. Sabemos que a un lado y otro del Rin viven hermanos con los cuales estamos dispuestos a morir por la República universal». Grandes y proféticas palabras, escritas en el libro de oro del porvenir de los trabajadores.

Desde hacía tres años, no había estado realmente en la brecha nadie más que un proletariado de espíritu moderno, y con él los jóvenes que de la burguesía se pasaron al pueblo. Solo ellos mostraron algún valor político; ellos son, asimismo, los únicos que, en la parálisis general de julio de 1870, encuentran algún nervio para intentar la salvación. El odio del Imperio no los olvidará nunca, ni aun en lo más encarnizado de la guerra. En esos momentos, los tribunales de Blois juzgan a setenta y dos acusados, a unos del complot urdido contra el plebiscito, a otros de toda clase de crímenes políticos. La mayor parte de ellos no se conocían. Solo treinta y siete serán absueltos; entre ellos, Cournet, Razoua, Ferré. Mégy irá a presidio.

La bestia de la guerra está suelta, los pulmones resuenan en París, que se ilusiona con victorias, y los periodistas bien informados entran en Berlín dentro de un mes; lo malo es que en la frontera faltan víveres, cañones, fusiles, municiones, mapas, zapatos. Un general telegrafía al ministro: «No sé dónde están mis regimientos». No hay nada para equipar y armar a los guardias móviles, ejército de segunda fila. Toda ilusión de alianza es imposible. Austria está inmovilizada por Rusia; Italia, por la negativa de Napoleón iii a ceder Roma a los italianos.

Napoleón sale de Saint-Cloud el 28 de julio, en el ferrocarril de circunvalación, sin atreverse a cruzar por París, a pesar del «ímpetu irresistible»; él, que durante tanto tiempo hizo piafar en la capital a sus cien guardias. Jamás volverá a entrar en sus muros. Su único consuelo será, algunos meses más tarde, ver a sus oficiales, a su servil burguesía, superar cien veces sus matanzas.

El principio del fin

Su caída será fulminante. Su primer parte a Francia trae la noticia de que su hijo ha recibido un balazo en el campo de batalla de Sarrebruck, escaramuza insignificante transformada en victoria. Apenas llegado a Metz, se derrumba; sus lugartenientes no obedecen a sus órdenes y se hacen derrotar a su antojo. Aquel ejército prusiano que negaba el jefe de Estado Mayor Le Boeuf, enfrenta desde finales de julio cuatrocientos cincuenta mil hombres a los doscientos cuarenta mil franceses, penosamente desperdigados por nuestra frontera. Esta es invadida por el enemigo, que nos ataca el 4 de agosto, y destroza en Wissembourg la división Abel Douay; el día 6, en Spickeren-Forbach, a Frossard, el preceptor del joven héroe de Sarrebruck; el mismo día, en WorthFroeschwiller, derrota a todo el cuerpo de Mac-Mahon, cuyos restos huyen atropellándose. El águila de hojalata dorada ha caído de la bandera. Napoleón iii telegrafía a su mujer: «Todo está perdido, tratad de sosteneros en París».

Toda la guerra ofrece una buena presa a la Bolsa. La de Crimea tuvo el canard tártaro; esta otra tuvo, el día 6, el «canard» mac-mahoniano: veinticinco mil enemigos y el príncipe Carlos, prisioneros. París se engalana, la gente se abraza, canta La Marsellesa; a última hora, se acuerda comprobar la noticia. Era falsa; el Ministerio lo anuncia así a las seis de la tarde, dice que sabe –mentira– quién ha sido el falsario y que lo persigue. La verdadera victoria fue una jugada de Bolsa.

El día 7, ya no hubo más remedio que confesar los desastres. Por mucho que Emile Ollivier amañe los partes, por más que la española declame a lo María Teresa: «¡Seré la primera en el peligro!», lo único que ve París es la invasión. La República, el gran recurso de las horas trágicas, la que expulsó a los prusianos de Valmy, está en todas las bocas. Emile Ollivier proclama el estado de sitio, lanza a los gendarmes contra los grupos, no quiere convocar al Cuerpo Legislativo. Sus colegas le obligan a ello; entonces hace anunciar que toda manifestación será considerada como signo de connivencia con el enemigo, y que en el bolsillo de un espía prusiano se ha encontrado este parte: «¡Valor! ¡París se subleva, el Ejército francés será cogido entre dos fuegos!». Algunos diputados de la izquierda y varios periódicos han pedido que se arme inmediatamente a todos los ciudadanos. Emile Ollivier amenaza a los periódicos con la ley marcial. Vana amenaza. Desde que la patria está en peligro, renacen las energías. El 9 de agosto, en la apertura del Cuerpo Legislativo parece lucir, por un momento, la esperanza de salvación.

No fue más que un relámpago. La izquierda siguió siendo la izquierda, desconfiando de un pueblo que, por su parte, se muestra reticente a tomar la iniciativa. El 10 de agosto rechazó lo que se le ofrecía, y dejó que la espada prusiana entrara hasta la empuñadura.

54.- A cuatro (el 14 de junio de 1861). (N. del ed.)

55.- Hoy plaza de la República.

Capítulo II Cómo los prusianos se apoderaron de París y los rurales de Francia

¡Atrevámonos! Esta palabra encierra toda la política del momento...

informe de saint just a la convención

El día 12 de agosto ya no cabe negar la evidencia, cerrar los ojos a las mentiras de Rouher, de Le Boeuf (destituido a la fuerza), ni a la estupidez del mando general confiado por el emperador a Bazaine, entre el júbilo del público que no ha cesado de decir: «¡Lo que nos hace falta es un Bazaine!». Un día después, algunos diputados piden que se nombre un comité de defensa. «¿Para qué?», dice Barthélemy-Saint-Hilaire, hombre sagacísimo, alter ego de Thiers, «El país se ha tranquilizado».

Los encarnizados del día 9, que se hallan muy lejos de estar tranquilos, recurren a calamidades para agitar los ánimos. En Le Rappel se encuentran los hombres de acción que escaparon de Sainte-Pélagie; los diputados de izquierda son citados en casa de Nestor. Estos señores, tan atolondrados como el día 9, parecen mucho más preocupados ante la idea de un golpe de Estado que ante las victorias prusianas. Crémieux exclama sencillamente: «Esperemos algún nuevo desastre; la toma de Estrasburgo, por ejemplo».

El asunto de La Villette

No había más remedio que esperar. Sin estos fantasmas no se podía hacer nada. La pequeña burguesía parisina creía en la extrema izquierda, ni más ni menos que lo que había creído antes en los ejércitos de Le Boeuf. Los que quisieron ir más allá se estrellaron. El domingo 14, el reducido grupo blanquista que bajo el Imperio nunca había querido mezclarse a los grupos obreros y no creía más que en los golpes de mano, intenta una sublevación. Contra el parecer de Blanqui, a quien se consultó, Eudes, Brideau y sus amigos, atacan en La Villette el puesto de zapadores bomberos, en el que se guardan algunas armas. Hieren al centinela y matan a uno de los gendarmes que acuden al lugar del asalto. Dueños del terreno, los blanquistas recorren el bulevar exterior, hasta Belleville, gritando: «¡Viva la República!» «¡Mueran los prusianos!». Lejos de constituir un reguero de pólvora, hacen el vacío en torno suyo. La multitud los mira de lejos, asombrada, inmóvil, inducida a la sospecha por los policías que la desviaban del verdadero enemigo: el Imperio. Gambetta, pésimamente informado acerca de los medios revolucionarios, pidió que se juzgase a las personas detenidas. El consejo de guerra solicitó seis penas de muerte. Para impedir estos suplicios, algunos hombres de corazón fueron a visitar a George Sand y a Michelet, que les dio una carta conmovedora. El Imperio no tuvo tiempo de llevar a cabo las ejecuciones.

El general Trochu escribió también unas líneas: «Pido a los hombres de todos los partidos que hagan justicia con sus propias manos a esos hombres que no ven en las desgracias públicas más que una ocasión para satisfacer detestables apetitos». Napoleón iii acababa de nombrarle gobernador de París y comandante en jefe de las fuerzas reunidas para su defensa. Este militar, cuya única gloria consistía en unos cuantos folletos, era el ídolo de los liberales por haber criticado al Imperio. A los parisinos les cayó en gracia porque tenía buen tipo, hablaba bien y no había fusilado a nadie en los bulevares. Con Trochu en París y Bazaine fuera, todo podía esperarse.

El día 20 de agosto, Palikao anuncia desde la tribuna que Bazaine ha rechazado a tres cuerpos de ejército en Jaumont el día 18. Se trataba de la batalla de Gravelotte, cuyo último resultado fue dejar incomunicado a Bazaine con París y arrojarle hacia Metz. Pronto se abre camino la verdad: Bazaine está bloqueado. El Cuerpo Legislativo no dice una palabra. Aún queda un ejército libre, el de Mac-Mahon, mezcla de soldados vencidos y de tropas bisoñas; poco más de cien mil hombres. Ocupa Châlons, puede resguardar a París. El propio Mac-Mahon se ha dado cuenta de ello según dicen, y quiere retroceder. Palikao, la emperatriz y Rouher se lo prohíben y telegrafían al emperador: «Si abandonáis a Bazaine, estalla la revolución en París». El temor a la revolución es para las Tullerías una obsesión mayor que el miedo a Prusia. Tanto es así, que mandan a Beauvais, en vagón celular, a casi todos los presos políticos de Sainte-Pélagie.

Sedán

Mac-Mahon obedece. Por contener la revolución, deja Francia al descubierto. El 25 de agosto llegan al Cuerpo Legislativo las noticias de esta marcha insensata que lleva al ejército deshecho entre doscientos mil alemanes victoriosos. Thiers, que vuelve a estar en el candelero después de los desastres, demuestra en los pasillos que eso es una locura. Nadie sube a la tribuna. Todos esperan estúpidamente lo inevitable. La emperatriz sigue mandando sus equipajes al extranjero.

El día 30 por la mañana somos sorprendidos, aplastados en Beaumont, y durante la noche Mac-Mahon empuja al ejército desbandado a la hondonada de Sedán. El 1 de septiembre por la mañana, se ve sitiado por doscientos mil alemanes y setecientos cañones que rodean todas las alturas. Napoleón iii solo acierta a desenvainar su espada para entregársela al rey de Prusia. El día 2, todo el ejército cae prisionero. Europa entera lo sabe aquella misma noche. Los diputados no se movieron. En la jornada del día 3, algunos hombres enérgicos trataron de sublevar los bulevares; fueron rechazados por los gendarmes. Por la noche, una inmensa multitud se apiñaba ante las verjas de la Cámara de Diputados. Hasta media noche, la izquierda no se decide. Jules Favre pide que se constituya una comisión de defensa, la destitución de Napoleón iii, pero no la de los diputados. «¡Fuera!», grita la gente: «¡Viva la República!». Gambetta corre a las verjas y dice: «No tenéis razón. Es menester seguir unidos y no andar con revoluciones». Jules Favre, rodeado por el pueblo al salir de la Cámara, se esfuerza por calmar al público.

El 4 de septiembre

De haber oído París a la izquierda, Francia hubiera capitulado. El 7 de agosto –lo confesaron más tarde–, Jures Favre, Jules Simon y Pelletan, fueron a decir al presidente Schneider: «Ya no podemos resistir; no hay más remedio que entrar en tratos cuanto antes»56. Pero el 4 por la mañana París leyó esta engañosa proclama: «No han sido hechos prisioneros más que cuarenta mil hombres; dentro de poco, tendremos dos nuevos ejércitos; el emperador ha caído prisionero durante la lucha». París acude como un solo hombre. Los burgueses, recordando que son guardias nacionales, se endosan el uniforme, toman el fusil y quieren forzar el puente de la Concordia. Los gendarmes, asombrados al ver a una gente tan distinguida, dejan el paso libre; la multitud sigue adelante e invade el Palais-Bourbon. A la una, a pesar de los desesperados esfuerzos de la izquierda, el pueblo obstruye las tribunas. Ya es hora. Los diputados, ejerciendo de ministros en funciones, tratan de hacerse con el gobierno. La izquierda secunda con todas sus fuerzas esta combinación, y se indigna de que haya quien se atreva a hablar de República. Estallan gritos en la tribuna. Gambetta hace esfuerzos inauditos, conjura al pueblo a que aguarde el resultado de las deliberaciones. Este resultado se sabe de antemano. Es una comisión de gobierno nombrada por la asamblea; es la paz solicitada, aceptada a toda costa; es, para colmo de vergüenza, la monarquía más o menos parlamentaria. Una nueva ola echa abajo las puertas, llena la sala, expulsa o anega a los diputados. Gambetta, lanzado a la tribuna, tiene que pronunciar la destitución. El pueblo quiere aún más: ¡la República! Y se apodera de los diputados de la izquierda para ir a proclamarla al Hôtel-de-Ville.

Este pertenecía ya al pueblo. En el patio de honor se disputaban el campo, la bandera tricolor y la bandera roja, aplaudidas por unos, silbadas por otros. En la sala del Trono, numerosos diputados arengaban a la muchedumbre.

Llegan, entre aclamaciones, Gambetta, Jules Favre y otros diputados de la izquierda. Millière cede su sitio a Jules Favre, diciendo: «Hoy por hoy, lo que urge es una cosa: expulsar a los prusianos». Jules Favre, Jules Simon, Jules Ferry, Gambetta, Crémieux, Emmanuel Arago, Glais-Bizoin, Pelletan, Garnier-Pagés y Picard se constituyeron en gobierno y leyeron sus nombres a la multitud. Hubo muchas reclamaciones. Les gritaron nombres revolucionarios: Delescluze, Ledru-Rollin, Blanqui. Gambetta, muy aplaudido, demostró que solo los diputados de París eran aptos para gobernar. Esta teoría hizo entrar en el gobierno a Rochefort, exrecluso de Sainte-Pélagie, que volvía cubierto de popularidad.

Enviaron a buscar al general Trochu, para suplicarle que dirigiese la defensa. El general había prometido, bajo su palabra de bretón, católico y soldado, «hacerse matar en las escaleras de las Tullerías en defensa de la dinastía». Como las Tullerías no fueron atacadas (el pueblo las desdeñó), Trochu, libre de su triple juramento, subió las escaleras del Hôtel-de-Ville. Exigió que se le encomendase a Dios, y pidió la presidencia. Se le concedió esta, y lo demás.

Doce ciudadanos entraron así en posesión de Francia. Se declararon legitimados por aclamación popular. Tomaron el pomposo nombre de Gobierno de Defensa Nacional. Cinco de estos doce hombres eran los que habían perdido a la República del 48.

Francia era completamente suya. Al primer murmullo levantado en la Concordia, la emperatriz se recogió las faldas, escurriéndose por una escalera de servicio. El belicoso Senado, con Rouher a la cabeza, se había despedido a la francesa. Como pareciera que algunos diputados iban a reunirse en el Palais-Bourbon, bastó enviar a su encuentro un comisario provisto de sellos. Los grandes dignatarios, los empingorotados funcionarios, los feroces mamelucos, los imperiosos ministros, los solemnes chambelanes, los bigotudos generales: todos se escabulleron miserablemente el 4 de septiembre, como una pandilla de cómicos de la legua abucheados.

Los delegados de las Cámaras sindicales y de la Internacional se presentaron aquella misma noche en el Hôtel-de-Ville. Durante el día, la Internacional había enviado una nueva proclama a los trabajadores de Alemania, conjurándoles a que se negasen a intervenir en la lucha fratricida. Una vez cumplido su deber de fraternidad, los trabajadores franceses no pensaron más que en la defensa, y pidieron un gobierno que la organizase. Gambetta los recibió muy bien y respondió a todas sus preguntas. El día 7, en el primer número de su periódico La Patrie en Danger, Blanqui y sus amigos, puestos en libertad como todos los detenidos políticos, fueron a «ofrecer al gobierno su apoyo más enérgico y absoluto».

La confianza de París

París entero se entregó a estos diputados de la izquierda, olvidó sus últimos desfallecimientos, los engrandeció con las proporciones del peligro. Asumir, acaparar el poder en semejante momento, pareció uno de esos golpes de audacia de que solo el genio es capaz. Este París, hambriento desde hacía ochenta años de libertades municipales, se dejó imponer como alcalde al antiguo empleado de Correos del 48, Etienne Arago, hermano de Emmanuel, que lloriqueaba frente a cualquier audacia revolucionaria. Él nombró en los veinte distritos a los alcaldes que quiso, los cuales, a su vez, eligieron los adjuntos que les dio la gana. Pero Arago anunciaba elecciones muy pronto, y hablaba de hacer revivir los grandes días del 92; en cambio, Jules Favre, orgulloso como un Danton, gritaba a Prusia y a Europa: «No cederemos ni una pulgada de nuestro territorio, ni una piedra de nuestras fortalezas». Y París aceptaba, entusiasmado, esta dictadura de heroica facundia. El 14 de septiembre, cuando Trochu pasaba revista a la Guardia Nacional, trescientos mil hombres escalonados en los bulevares, la plaza de la Concordia y los Campos Elíseos, prorrumpieron en una aclamación inmensa, llevando a cabo un acto de fe análogo al de sus padres en la mañana de Valmy.

Sí, París se entregó sin reservas a esta izquierda, a la que había tenido que violentar para la revolución. Su impulso de voluntad no duró más de una hora. Una vez por tierra el Imperio, creyó que todo había terminado y volvió a abdicar. Fue en vano que lúcidos patriotas trataran de mantenerle en pie. Inútilmente escribía Blanqui: «París es tan inexpugnable como invencibles éramos; París, engañado por la prensa fanfarrona, ignora lo grande del peligro; París abusa de la confianza». París se entregó a sus nuevos amos, cerró obstinadamente los ojos. Sin embargo, cada día traía un síntoma nuevo. La sombra del sitio se aproximaba, y la defensa, lejos de alejar las bocas inútiles, llenaba la ciudad con doscientos mil habitantes del extrarradio. Los trabajos exteriores no avanzaban. En lugar de hacer que todo París empuñase los picos y, con los clarines a la cabeza, banderas al viento, conducir fuera del casco de la ciudad, en columnas de a cien mil hombres, a los nietos de los desniveladores del Campo de Marte, Trochu confiaba los trabajos a los contratistas ordinarios que, según decían, no encontraban brazos. Apenas se había estudiado la altura de Châtillon, clave de nuestros fuertes del Sur, cuando, el 19 de septiembre, se presenta el enemigo, y barre del llano a una tropa enloquecida de zuavos y soldados que no quisieron batirse. Y al día siguiente, aquel París que los periódicos declaraban imposible de cercar, es envuelto por el ejército alemán y queda aislado de las provincias.

Esta falta de pericia alarmó rápidamente a los hombres de vanguardia. Estos habían prometido su apoyo, no una fe ciega. El 5 de septiembre, queriendo centralizar para la defensa y el mantenimiento de la República a las fuerzas del partido de acción, habían propuesto a las reuniones públicas que nombrasen en cada distrito un comité de vigilancia encargado de fiscalizar la actualización de los alcaldes y de recibir las reclamaciones. Cada comité debía nombrar cuatro delegados; el conjunto de estos constituiría un comité central de los veinte distritos. Esta forma de elección tumultuaria dio como resultado un comité de obreros, de empleados, de escritores conocidos en los movimientos revolucionarios y en las reuniones de los últimos años. El comité estaba instalado en la sala de la calle de la Corderie, cedida por la Internacional y por la Federación de Cámaras Sindicales.

Primeros desacuerdos

La Internacional y la Federación de Cámaras Sindicales habían suspendido sus trabajos ya que la guerra y el servicio de la Guardia Nacional absorbían todas las actividades. Algunos de los miembros de los Sindicatos y de los internacionalistas se hallaban en los comités de vigilancia y en el Comité Central de los veinte distritos, lo que hizo que se atribuyera equivocadamente este comité a la Internacional. El día 15, el comité fijó un manifiesto pidiendo: la elección de las municipales, que se pusiese la policía en manos del comité, la elección y la responsabilidad de todos los magistrados, la libertad absoluta de prensa, de reunión, de asociación; la expropiación de todos los productos de primera necesidad, el racionamiento, que se armase a todos los ciudadanos, y el envío de comisarios para conseguir el levantamiento de las provincias. En todo ello, no había nada que no fuera perfectamente legítimo. Pero París empezaba apenas a gastar su provisión de confianza, y los periódicos burgueses gritaban: «¡Al prusiano!», el gran recurso del que no quería razonar. Sin embargo, los nombres de algunos firmantes eran conocidos en la prensa: Germain Casse, Ch. L. Chassin, Lanjalley, Lefrançais, Longuct, Leverdays, Millière, Malon, Pindy, Ranvier, Vaillant, Jules Vallès.

El 20 de septiembre, Jules Favre vuelve a Ferriéres, donde ha pedido a Bismarck que indique cuáles son sus condiciones de paz. Había ido a Ferriéres como simple amateur, sin que lo supieran sus colegas, según dice en el informe de su entrevista, entrecortada por las lágrimas. Si hemos de dar crédito al secretario de Bismarck, «no derramó ni una sola, aun cuando se esforzase por llorar». Inmediatamente, el comité de los veinte distritos se reunió en masa y mandó a pedir al Hôtel-de-Ville que se procediese a la lucha a todo trance y a la elección municipal, ordenada por decreto cuatro días antes. «Tenemos necesidad –había escrito el ministro del Interior, Gambetta– de ser apoyados y secundados por asambleas directamente nacidas del sufragio universal». Jules Ferry recibió a la delegación, dio su palabra de honor de que el gobierno no negociaría en modo alguno, y anunció las elecciones municipales para finales de mes. Tres días más tarde, un decreto las aplazaba indefinidamente.

Así, este poder, apenas instalado, reniega de sus compromisos, rechaza el consejo que él mismo ha solicitado. ¿Tiene, tal vez, el secreto de la victoria? Trocho apunta: «La resistencia es una locura heroica». Picard: «Nos defenderemos para que no padezca el honor; pero es quimérica toda esperanza». El elegante Crémieux: «Los prusianos entrarán en París como un cuchillo en la manteca»57. El jefe del Estado Mayor de Trochu: «No podemos defendernos; estamos decididos a no defendernos», y en lugar de advertir lealmente de ello a París, en lugar de decirle: «Capitula inmediatamente o dirige tú mismo tu lucha», estos hombres, que declaraban imposible la defensa, reclaman la dirección exclusiva de esta.

¿Qué se proponen, entonces?: Pactar. No tienen otro objetivo, desde las primeras derrotas. Los reveses que exaltaban a sus padres habían puesto a los hombres de la izquierda al nivel de los diputados imperiales. Transformados en gobierno, tocan la misma tocata, mandan a Thiers que recorra toda Europa postulando la paz, y a Jules Favre que se entreviste con Bismarck. Cuando todo París les grita: «¡Defendednos! ¡Expulsemos al enemigo!», aplauden, aceptan, y dicen por lo bajo: «Tú, anda a tratar». No hay en la historia una traición más vil. Los hombres del Cuatro de Septiembre ¿han falseado o no la misión que se les había encomendado? «Sí», dirá el veredicto de los siglos.

El mandato que habían recibido era ciertamente tácito, pero formal de tal modo que todo París se estremeció ante el relato de lo de Ferrières. La simple idea de capitular conmovía a los tenderos más tranquilos. París, de un extremo a otro, había abrazado el partido de la lucha a toda costa. Los defensores tuvieron que avenirse a demorar las cosas, ceder a lo que llamaron la «locura del sitio», considerándose los únicos de París que no habían perdido la cabeza. Se lucharía, puesto que los parisinos no querían cejar; pero se lucharía solamente para que perdiesen su petulancia. El 14, cuando Trochu volvió de ver «lo que jamás no tuvo ante sus ojos a ningún general de ejército: trescientos batallones organizados, armados, rodeados por toda la población que aplaudía la defensa de París». Dicen que se emocionó y anunció que podría sostener los fuertes58. Hasta ahí llegó el colmo de su entusiasmo. Sostenerse, no abrir las puertas. En cuanto a instruir a fondo a aquellos trescientos mil guardias nacionales, unirlos a los doscientos cuarenta mil soldados móviles y marinos amontonados en París, y hacer con todas estas fuerzas un poderoso torrente con el que se expulsaría, hasta el Rin al enemigo, nada. En semejante cosa nunca pensó. Tampoco se les pasó por la mente a sus colegas, que solo discutieron con él acerca del juego que había que hacer con los generales prusianos.

La comedia de la defensa

Trochu era partidario de los procedimientos suaves, como beato poco amigo de escándalos inútiles. Puesto que, conforme a todos los manuales militares, la gran ciudad tenía que caer, ya se encargaría él de que su caída fuese lo menos sangrienta posible. Así, dejando que el enemigo se instalase con toda comodidad en torno a París, Trochu organizó con miras a la galería algunas escaramuzas. Solo en Chevilly tuvo lugar, el día 30, un encuentro serio donde, después de conseguir alguna ventaja, retrocedimos, abandonando una batería falta de refuerzos y de servicios.

El público creyó en un éxito, engañado siempre por aquella prensa que había gritado: «¡A Berlín!». Pero entonces suenan dos toques de rebato: Toul y Estrasburgo han capitulado. Flourens, popularísimo en Belleville, da el empujón. Sin escuchar más que a su propia fiebre, llama a los batallones del barrio y el 5 de octubre desciende al Hôtel-de-Ville, exige el reclutamiento en masa, que se haga una salida, las elecciones municipales, el racionamiento. Trochu que, por distraerle, le había colgado el título de jefe de las fortificaciones, le coloca un hermoso discurso y consigue desembarazarse de él. Como afluían delegaciones pidiendo que París tuviese voz y voto en la defensa, que nombrase su consejo, su comuna, el gobierno acabó por decir que su dignidad le prohibía acceder a tales peticiones. Este malestar produjo el movimiento del 8 de octubre. El comité de los veinte distritos protestó por medio de un enérgico bando. Setecientas u ochocientas personas se estacionaron bajo las ventanas del Hôtel-de-Ville gritando: «¡Viva la Comuna!». La masa no había llegado todavía a perder la fe. Acudió un gran número de batallones. El gobierno los revisó y declaró imposibles las elecciones, teniendo en cuenta la razón irrefutable de que todo el mundo tenía que estar en las murallas.

El gran público se tragaba ávidamente estos bulos. El día 16, Trochu había escrito al compadre Etienne59: «Seguiré hasta el final el plan que me he trazado». Los papanatas volvieron a repetir el estribillo de agosto, cuando lo de Bazaine: «Dejémosle hacer, tiene su plan». Los agitadores fueron acusados de prusianos, y la acusación no encontró el menor obstáculo, ya que Trochu, como buen jesuíta, no había dejado de hablar, repitiendo su proclama inaugural, de «un pequeño número de hombres cuyas opiniones culpables cooperan con los proyectos del enemigo». París se dejó mecer todo el mes de octubre por un rumor de expediciones que empezaban con triunfos y acababan en retiradas. El 13 tomamos Bagneux, y un ataque un poco vivo nos hubiera devuelto Châtillon; pero Trochu no tiene reservas. El día 21, una cuña por encima de la Malmaison traspasa de parte a parte la debilidad del bloqueo y lleva el pánico hasta Versalles; pero, en lugar de empujar a fondo, el general Ducrot no utiliza más que seis mil hombres, y los prusianos lo reducen de nuevo, tomándole dos cañones. El gobierno transformaba estos retrocesos en reconocimientos afortunados, embriagaba a París con la magnífica defensa de Châteaudun, explotaba los despachos de Gambetta, a quien habían enviado a provincias el día 8 porque en París, como creía en la defensa, les molestaba.

Los alcaldes alentaban esta dulce confianza. Tenían su sede en el Hôtel-de-Ville con sus adjuntos, a dos pasos del gobierno, y estos sesenta y cuatro hombres no tenían más que abrir los ojos para ver claro. Pero pertenecían, en su mayor parte, al número de los liberales y republicanos doctrinarios tan bien representados por la izquierda60. A veces, arañaban la puerta de los defensores, les dirigían tímidas preguntas, recibían vagas seguridades. No creían en ellas, y querían que París les creyese. «Puestos –dijo Corbon, uno de los más importantes– frente a una población ansiosa que nos preguntaba qué pensaba el gobierno, nos veíamos obligados a respaldar a este, a decir que se consagraba por entero a la defensa, que los jefes del ejército estaban llenos de abnegación y trabajaban con ardor. Decíamos todo esto sin saberlo, sin creerlo; porque la verdad es que nosotros no sabíamos nada»61.

En la Corderie, en los clubs, en el periódico de Blanqui, en Le Réveil de Delescluze, en Le Combat de Félix Pyat, se da publicidad al plan del Hôtel-de-Ville. ¿Qué significan estas salidas parciales, nunca sostenidas? ¿Por qué se deja a la Guardia Nacional mal armada, desorganizada, fuera de toda acción militar? ¿Cómo va la fundición de cañones? Seis semanas de charlatanería, de ociosidad, no dejan lugar a dudas respecto a la incapacidad, pero no respecto a la mala intención de la defensa. El mismo pensamiento despunta en todos los cerebros. ¡Que los convencidos sustituyan a los escépticos! ¡Que se rehaga París!

¡Que la casa común del 92 salve otra vez a la ciudad y a Francia entera! Le Combat, que predicaba la Comuna en apóstrofes hinchados, cuyos oropeles atraían más que la nerviosa dialéctica de Blanqui, lanzó el 27 de octubre una bomba espantosa: «Bazaine va a entregar Metz, irá a negociar la paz en nombre de Napoleón iii; su edecán está en Versalles». El Hôtel-de-Ville desmiente esta noticia, «tan infame –dice– como falsa. Bazaine, el glorioso soldado, no ha cesado de hostigar al ejército sitiado con brillantes salidas». El gobierno pide para el periodista «el castigo de la opinión pública». La opinión pública respondió a esta petición con un diluvio de abucheadores, quemó el periódico y hubiera acuchillado al periodista si este no llega a huir. Al día siguiente Le Combat declaró haber recibido la noticia de Flourens, al cual había llegado por mediación de Rochefort, que se hallaba en inmejorables relaciones con su colega Trochu.

Este mismo día, un golpe de mano afortunado nos entregaba Le Bourget, al noroeste de París, y el Estado Mayor cacareó un triunfo el día 29. Durante todo este día, dejó a nuestros soldados sin víveres, sin refuerzos, bajo el fuego de los prusianos, que volvieron el 30 con quince mil hombres y arrebataron de nuevo el pueblo a sus seiscientos defensores. El 31 de octubre París despertó con tres golpes en mitad del pecho: la pérdida de Le Bourget, la capitulación de Metz y de todo el ejército del «glorioso soldado Bazaine», y la llegada de Thiers, que venía a negociar un armisticio.

Jornada del 31 de octubre

Los defensores, convencidísimos de que París conseguiría la paz, hicieron pegar en las paredes, uno junto a otro, el armisticio esperado y la capitulación indudable, «una noticia buena y otra mala»62.

París dio un respingo, ni más ni menos que a la misma hora Marsella, Toulouse y Saint-Etienne. Una hora después de haber sido pegados los carteles bajo la lluvia, la multitud grita delante del Hôtel-de-Ville: «¡Nada de armisticios!», y a pesar de la resistencia de los guardias móviles, invade el vestíbulo. Etienne Arago, sus adjuntos Floquet y Henri Brison acuden, juran que el gobierno se desvive por la salvación de la patria. La primera oleada de gente se retira, otra llama a la puerta. A mediodía, Trochu aparece en la escalera, cree poner fin al conflicto con una arenga. Le responden: «¡Muera Trochu!». Jules Simon le releva y llega hasta la plaza, a detallar las ventajas del armisticio. Le gritan: «¡Nada de armisticios!». No consigue salir del paso sino pidiendo a la multitud que designe diez delegados que le acompañasen al Hôtel-de-Ville. Trochu, Jules Favre, Jules Ferry y Picard los reciben en la sala del Trono. Trochu demuestra, con una oratoria ciceroniana, que Le Bourget no tiene ningún valor y asegura que acaba de tener noticia de la capitulación de Metz. Una voz: «¡Mentira!». La voz sale de una diputación del comité de los veinte distritos y de los comités de vigilancia, que acaba de entrar en la sala. Otros, para acabar de una vez con Trochu, quieren que continúe; de pronto suena en la plaza un tiro que interrumpe el monólogo y hace que el orador desaparezca. Le sustituye Jules Favre, que reanuda el hilo de su demostración.

Mientras Jules Favre pronuncia un discurso, los alcaldes deliberan en la sala del Consejo Municipal. Para calmar la agitación proponen la elección de las municipalidades, la formación de los batallones de la Guardia Nacional, y su unión al ejército. El lacrimoso Etienne va a llevar estos paños calientes al gobierno.

Son las dos y media. Una multitud enorme, contenida de mala manera por los guardias móviles, invade la plaza y grita: «¡Muera Trochu! ¡Viva la Comuna!», tremolando banderas con el letrero: «¡Nada de armisticio!». Las delegaciones que han entrado en el Hôtel-de-Ville no acaban de salir, a la muchedumbre se le agota la paciencia, atropella a los móviles, lanza a la sala de los alcaldes a Félix Pyat, que había ido allí de curioso. Pyat se agita, protesta porque aquello es cotrario a las normas, porque él quiere entrar allí «por elección, no por irrupción». Los alcaldes le apoyan lo mejor que pueden, anuncian que han pedido las elecciones de las municipalidades, que el decreto está disponible para la firma. La multitud sigue empujando, sube hasta la sala del Trono, donde pone fin a la oración de Jules Favre, que va a reunirse con sus colegas. Estos en principio votan la proposición de los alcaldes, salvo en lo que se refiere a fijar la fecha de las elecciones.

Aproximadamente a las cuatro, la gente invade el salón. Rochefort promete las elecciones municipales. La multitud lo transmite a los demás defensores. Uno de los delegados de los veinte distritos se sube a la mesa, proclama la destitución del gobierno, pide que se encargue a una comisión hacer las elecciones en un plazo de cuarenta y ocho horas. Los nombres de Dorian, el único ministro que tomó en serio la defensa, Louis Blane, Ledru-Rollin, Victor Hugo, Raspail, Delescluze, Blanqui, Félix Pyat, Millière, son aclamados.

Si esta comisión hubiera podido hacer evacuar y guardar el Hôtel-de-Ville, fijar una proclama, la jornada hubiera terminado bien. Pero Doriat se negó y Louis Blanc, Victor Hugo, Ledru-Rollin, Raspail, Félix Pyat se callaron o volvieron la espalda. Flourens tiene tiempo de acudir. Irrumpe en el local con sus tiradores de Belleville; sube a la mesa en torno a la cual se hallan los miembros del gobierno, los declara prisioneros, y propone la formación de un comité de salud pública. Unos aplauden, otros protestan, declarando que no se trata de sustituir una dictadura por otra. Flourens gana la partida, lee los nombres, el suyo el primero, seguido de los de Blanqui, Delescluze, Millière, Ranvier, Félix Pyat, Mottu. Se entablan discusiones interminables. Los hombres del Cuatro de Septiembre se sienten salvados a pesar de los guardias na-cionales que les tienen presos, y sonríen a estos vencedores que dejan que la victoria se les escape de las manos.

A partir de este momento, todos se pierden en un dédalo de embrollos. Cada sala tiene su gobierno, sus oradores, sus tarántulas. Tan negra es la tormenta, que, hacia los ocho, algunos guardias nacionales reaccionarios pueden, en las mismas narices de Flourens, liberar a Trochu y a Ferry. Otros se llevan a Blanqui, que es libertado por los francotiradores. En la sala del alcalde, Etienne Arago y sus adjuntos convocan para el día siguiente a los electores, bajo la presidencia de Dorian y de Schoelcher. Hacia las diez, se fija su proclama en todo París.

Durante toda la jornada, París se mantuvo en actitud expectante.

«El 31 de octubre por la mañana –dice Jules Ferry–, la población parisina era, de lo más alto a lo más bajo de la escala, absolutamente hostil a nosotros63. Todo el mundo decía que merecíamos ser destituidos». Uno de los mejores batallones, llevado a apoyar al gobierno por el general Tamisier, comandante supremo de la Guardia Nacional, alza las culatas de sus fusiles al llegar a la plaza. Todo cambió en cuanto se supo que el gobierno había sido hecho prisionero; sobre todo, al conocer los nombres de los que le sustituían. La lección pareció demasiado fuerte. Unos, que hubieran admitido a Ledru-Rollin o a Victor Hugo, no podían tragar a Blanqui ni a Flourens. La llamada había resonado inútilmente todo el día. Por la noche, la generala dio resultado. Los batallones, refractarios por la mañana, llegaron a la plaza Vendôme; aunque es verdad que la mayor parte de ellos fueron creyendo que las elecciones eran cosa concedida. Una asamblea de oficiales reunidos en la Bolsa no consintió esperar el voto regular hasta que no vio el pasquín Dorian-Schoelder. Trochu y los evadidos del Hôtel-de-Ville volvieron a encontrar a sus fieles. El Hôtel-de-Ville, en cambio, quedaba desamparado.

La mayor parte de los batallones que estaban en favor de la Comuna, creyendo las elecciones decretadas, se habían vuelto a sus cuarteles. Quedaban apenas un millar de hombres sin armas, y los ingobernables tiradores de Flourens que vagaban en aquel caos. Blanqui firmaba y firmaba. Delescluze trató de salvar algún resto de este movimiento. Buscó a Dorian, recibió la confirmación formal de que las elecciones de la Comuna se celebrarían al día siguiente y las del gobierno provisional el día posterior. Registró estas promesas en una nota en la que el poder insurreccional declaraba esperar a las elecciones y la hizo firmar por Milliére, Blanqui y Flourens. Milliére y Dorian fueron a dar cuenta de este documento a los miembros de la defensa. Milliére les proponía que saliesen juntos del Hôtel-de-Ville, dejando a Dorian y a Schoelcher proceder a las elecciones, con la condición expresa de que no se ejercería ninguna persecución. Los miembros de la defensa aceptaron y Milliére les dijo: «Señores, quedan ustedes en libertad», cuando los guardias nacionales pidieron que los primeros se comprometiesen por escrito los prisioneros se indignaron de que se dudase de su palabra. Milliére y Flourens no pudieron convencer a los guardias de la inutilidad de las firmas.

De pronto, Jules Ferry ataca la puerta de la plaza Lobau. Se ha aprovechado de su libertad, ha reunido algunos batallones; uno, sobre todo, de móviles bretones que apenas entienden el francés. Delescluze y Dorian marchan delante, anuncian el arreglo que creen concluido, convencen a Ferry de que espere. A las tres de la mañana, baten en la plaza los tambores de Trochu; el batallón bretón penetra en el Hôtel-de-Ville por el subterráneo del cuartel Napoleón, y sorprende y desarma a muchos tiradores; Jules Ferry invade la sala del gobierno. Los indisciplinados no opusieron resistencia. Jules Favre y sus colegas fueron libertados. El general Tamisier, recordó a los amenazantes bretones los acuerdos debatidos durante la noche y, como garantía de un olvido recíproco, sale del Hôtel-de-Ville entre Blanqui y Flourens. Trochu recorre las calles y los muelles rodeado de enardecidos batallones.

Plebiscito y elecciones

Así se desvanecía en humo esta jornada que hubiera podido dar nueva vida a la defensa. La incoherencia de los hombres de vanguardia rehizo al gobierno su maltrecha virginidad septembrina. El gobierno explotó aquella misma noche el suceso, arrancó los pasquines de Dorián-Schoelcher, concedió las elecciones municipales para el día 5, pero las hizo pagar con un plebiscito, planteando la cuestión imperialmente: «Los que quieran sostener al gobierno votarán sí». De nada sirvió que el comité de los veinte distritos lanzase un manifiesto, ni que Le Réveil, La Patrie en Danger y Le Combat expusieran las mil razones por las que había que votar no. París, por miedo a dos o tres hombres, abrió un nuevo crédito a este gobierno que acumulaba ineptitudes sobre insolencias, y le dijo «te quiero» 322.900 veces. El ejército, los móviles, dieron 237.000 síes. No hubo más que 54.000 civiles y 9.000 militares que dijeran que no.

¿Cómo es posible que estos sesenta mil hombres lúcidos, tan rápidos, tan enérgicos, no supieron gobernar nunca a la opinión? Porque se fraccionaron en cien corrientes. La fiebre del sitio no era como para disciplinar al partido revolucionario, tan dividido algunas semanas antes. Nadie trataba de imponer esa disciplina. Delescluze y Blanqui vivían encerrados en su círculo de amigos o de partidarios. Félix Pyat, que ofrecía un fusil de honor a quien matase al rey de Prusia o patrocinaba la hoguera en que debía asarse al ejército alemán, solo se convertía en hombre práctico cuando se trataba de salvar el propio pellejo. Los demás, Ledru-Rollin, Louis Blanc, Schoelcher, etc., la esperanza de los republicanos bajo el Imperio, habían vuelto del destierro asmáticos, comidos de vanidad y de egoísmo, irritados contra la nueva generación socialista que ya no hacía caso de sus sistemas. Los radicales, inquietos por su porvenir, no iban a comprometerse en el comité de los veinte distritos. Por eso la sección de los Gravilliers de 1870-71 no pudo ser nunca más que un foco de impresiones, en lugar de un centro director, y todo lo arreglaba con manifestaciones como la de 1793.

Mas allí, por lo menos, había vida, una lámpara, aunque humosa, siempre vigilante. ¿Qué dan los pequeños burgueses? ¿Dónde están sus jacobinos, sus cordeliers? En la Corderie veo perfectamente a los hijos perdidos de la pequeña burguesía que esgrimen la pluma o toman la palabra, pero ¿dónde está el grueso de su ejército?

Todo calla. Fuera de los faubourgs, París es la alcoba de un enfermo, donde nadie se atreve a levantar la voz. Esta abdicación moral es el verdadero fenómeno psicológico del sitio, fenómeno tanto más extraordinario, cuando coexiste con un admirable ardor de resistencia. Unos hombres que dicen: «Preferimos poner fuego a nuestras casas antes que rendirlas al enemigo», se indignan de que haya quien se atreva a disputar el poder a los miedosos del Hôtel-de-Ville. Si temen a los aturdidos, a los febriles, a las colaboraciones comprometedoras, ¿por qué no asumen ellos la dirección del movimiento? Y se limitan a gritar: «¡Nada de motines ante el enemigo! ¡Nada de exaltados!», como si valiese más una capitulación que un motín, como si el 10 de agosto, el 31 de mayo, no hubiesen sido otros tantos motines ante el enemigo, como si no hubiese una solución entre la abdicación y el delirio.

El 5 y el 7 repitieron su voto plebiscitario, nombrando entre los veinte alcaldes a doce criaturas de Etienne Arago. Cuatro de los nuevos, Dubail, Vautrain, Desmarest y Vacherot, demócrata intransigente bajo el Imperio, eran unos burgueses intratables. La mayor parte de los adjuntos, de tipo liberal; apenas algunos internacionalistas muy moderados: Tolain, Murat, Heligon, y unos cuantos militantes: Malon, Jaclard, Dereure, Oudet y Léo Meillet.

Los barrios, fieles, eligieron a Delescluze por el xix y, por el xx a Ranvier, Milliére, Flourens, que no pudieron asistir ya que la gente del Hôtel-de-Ville, violando la convención Dorian-Tamisier, habían cursado órdenes de detención contra los manifestantes del 31 de octubre64.

Les acusaron, naturalmente, de haber sido agentes a sueldo de la policía imperial. Dijeron que acababan de descubrirse sus expedientes en la Prefectura. En la Alcaldía central, Jules Ferry sustituye a Etienne Arago, demasiado comprometido el 31 de octubre, y ponen al mando de la Guardia Nacional a Clément Thomas, el que cargó contra los proletarios en junio del 48, en vista de que Tamisier, indignado por la violación de los acuerdos, había dimitido.

A principios de noviembre, no había nada perdido. El ejército, los soldados de a pie, los marinos, daban, según el plebiscito, 246.000 hombres y 7.500 oficiales. Se podían entresacar cómodamente en París

125.000 guardias nacionales capaces de hacer la campaña, y dejar otros tantos para la defensa interior. Las transformaciones de armas, los cañones, debían procurarse en algunas semanas; los cañones sobre todo, dando cada cual lo que podía para dotar al batallón de magníficas piezas de artillería, orgullo tradicional de los parisinos. ¿Dónde encontrar mil artilleros? decía Trochu. En cada mecánico de París hay madera de artillero, cosa que la Comuna puso bien de relieve. Y en todos los órdenes la misma superabundancia. En París, hormigueaban ingenieros, contramaestres, jefes de taller, equipos con los que podían formarse todos los cuadros. Tenían, esparcidos por el suelo, todos los materiales necesarios para una victoria.

París, engañado

Los pedantes del ejército regular no veían en todo esto más que barbarie. Aquel París para el que ni Hoche, ni Marceau, ni Kléber hubiesen sido demasiado jóvenes, ni demasiado creyentes, ni demasiado puros, tenía como generales a los peores guiñapos del Imperio y del orleanismo: al Vinoy de diciembre, a Ducrot, a Suzanne, a Leflô. Un fósil presuntuoso como Chabaud-Latour mandaba como genial jefe. En su amable intimidad, les divertía mucho esta defensa, pero encontraban la broma demasiado larga. El 31 de octubre les exasperó contra la Guardia Nacional, y hasta última hora se negaron a utilizarla.

En lugar de coordinar las fuerzas de París, de dar a todos los mismos cuadros, la misma enseña, el hermoso nombre de Guardia Nacional, Trochu dejó en pie las tres divisiones: ejército, infantería, civiles. Esto era consecuencia natural de su opinión acerca de la defensa. El ejército, amotinado por los estados mayores, aborrecía a aquel París que le imponía, según decían, fatigas inútiles. Los soldados de provincias, empujados por sus oficiales, flor y nata de hidalgüelos, se agriaron también. Todo el mundo, al ver despreciados a los guardias nacionales, también los despreciaban, los llamaban los «a todo trance», los «treinta sueldos». Desde el comienzo del sitio, los parisinos recibían un franco cincuenta céntimos –treinta sueldos o sous– de indemnización. Todos los días se temían colisiones.

El 31 de octubre no trajo ningún cambio en cuanto al fondo de las cosas. El gobierno rompió las negociaciones que no hubiera podido llevar adelante sin sucumbir, a pesar de su victoria.Decretó la creación de la fundición de cañones pero no por eso creyó más en la defensa, y siguió navegando con la proa definida hacia la paz. Su gran preocupación, como él mismo ha escrito, era el motín. No era solamente de la locura del sitio de lo que quería salvar a París, sino, ante todo, de los revolucionarios. Los grandes burgueses arrojaron esta magnífica sospecha. Antes del 4 de septiembre habían declarado, dice Jules Simon, «que si se armaba a la clase obrera y esta tenía alguna probabilidad de imponerse, no se batirían de ningún modo», y la noche del 4 de septiembre, Jules Favre y Jules Simon fueron al Cuerpo Legislativo a tranquilizarlos, a decirles que los defensores no estropearían la casa. La fuerza irresistible de los acontecimientos había armado a los obreros; era preciso inmovilizar al menos sus fusiles. Desde hacía dos meses, la gran burguesía buscaba el momento oportuno. El plebiscito le dijo que ese momento había llegado ya. Trochu tenía a París en sus manos, y la burguesía, por medio del clero, tenía en sus manos a Trochu, tanto más cuanto que este creía no depender más que de su conciencia. Curiosa conciencia de infinitos fosos, con más artilugios que los de un teatro. Trochu creía en los milagros, mas no en los prodigios; en las Santas Genovevas, pero no en las Juanas de Arco; en las legiones del más allá, pero de ningún modo en los ejércitos que brotan de la tierra. Por eso, desde el 4 de septiembre consideraba como un deber engañar a París. Pensaba: «Voy a rendirte, pero es por tu bien». Después del 31 de octubre creyó su misión doblada, vio en sí mismo al arcángel, al San Miguel de la sociedad amenazada. Este es el segundo período de la defensa, que se sostiene tal vez en un gabinete de la calle Postes, porque los jefes del clero vieron, con más claridad que nadie, el peligro de un advenimiento de los trabajadores. Sus manejos fueron muy hábiles. Una especie de obispo a lo Turpín, calzado, barbudo, jovial, gran vaciador de botellas y trenzador de cotillones, de mano ancha y lengua expedita, Bauer, no se separaba de Trochu y atizaba sus recelos en contra de la Guardia Nacional. Supieron poner en todas partes el grano de arena en el punto vital, penetrando en los estados mayores, en las ambulancias, en las alcaldías. Como el pescador que forcejea con un pez demasiado grande, ahogaron a París en su fluido, le extrajeron su savia a tirones. El 28 de noviembre dio Trochu el primero de estos tirones: una salida de gran espectáculo. El general Ducrot, que mandaba las fuerzas, se anunció cual un nuevo Leónidas: «Lo juro ante vosotros, ante la nación entera: no volveré a París si no es muerto o victorioso. Podréis verme caer, pero no me veréis retroceder». Esta proclama exaltó a todo París. Se creyó en vísperas de Jemmapes, cuando los voluntarios parisinos escalaban las crestas guarnecidas de artillería, porque esta vez la Guardia Nacional iba a hacer fuego.

Hubiéramos debido abrirnos paso por el Marne para unirnos a los ejércitos de provincias y pasar el río Nogent. El ingeniero Ducrot había tomado mal las medidas; los puentes no estaban en condiciones. Hubo que esperar hasta el día siguiente. El enemigo, en lugar de ser sorprendido, pudo ponerse a la defensiva. El 30, con un magnífico impulso, ganamos Champigny. Al día siguiente, Ducrot permaneció inactivo, mientras el enemigo, desguarneciendo Versalles, acumulaba sus fuerzas sobre Champigny. El 2 de diciembre, reconquistó una parte del pueblo.

La lucha fue ruda durante toda la jornada. Los miembros del gobierno, a quienes su grandeza retenía en el Hôtel-de-Ville, se hicieron representar en el campo de batalla por una carta de su muy querido presidente. Por la noche acampamos en nuestras posiciones, pero helados. El «querido presidente» tenía dada orden de que se dejasen las mantas en París, y habíamos partido sin tiendas ni ambulancias. Al día siguiente, Ducrot declaró que debíamos retirarnos, y ante París, ante la nación entera, este bravucón deshonrado se volvió a la capital a reculones. Volvíamos, entre muertos y heridos, con ocho mil bajas de cien mil hombres, de los cuales habían entrado en combate cincuenta mil.

Trochu descansó veinte días sobre estos laureles. De este ocio se aprovechó Clément Thomas para disolver y difamar al batallón de tiradores de Belleville, poco disciplinado, sin duda, pero que había tenido muertos y heridos. Basándose en el simple informe del general que mandaba en Vincennes, difamaba igualmente al 200° batallón. Echaban el guante a Flourens. El 21 de diciembre, estos encarnizados depuradores se dignaron, por fin, a preocuparse un poco por los prusianos. Los móviles del Sena fueron lanzados, sin cañones contra las murallas de Stains, y al ataque contra Le Bourget. El enemigo los recibió con una artillería aplastante. La ventaja conseguida por la derecha en Ville-Evrard no fue aprovechada. Los soldados regresaron desmoralizados. Algunos gritaron: «¡Viva la paz!». Cada nueva empresa acusaba al plan Trochu, fatigaba a las tropas, pero no podía nada contra el valor de los guardias nacionales. Estos, durante dos días, en la explanada de Avron, casi al descubierto, sostuvieron el fuego de sesenta piezas. Cuando los muertos eran ya muchos, Trochu descubrió que la posición no tenía ninguna importancia y mandó evacuarla.

La confianza se quebranta

Estos fracasos empezaron a gastar la credulidad parisina. El hambre picaba cada vez más. La carne de caballo era ya un manjar. La gente devoraba perros, ratas y ratones. Las mujeres, con un frío de 17 grados bajo cero, o entre el barro del deshielo, esperaban horas enteras una ración de náufrago. En vez de pan, una masa negra que retorcía las tripas. Las criaturitas se morían sobre el seno exhausto de sus madres. La leña valía a peso de oro. El pobre no tenía para calentarse más que los despachos de Gambetta anunciando los éxitos conseguidos en provincias. A finales de diciembre, se encendieron los ojos, agrandados por las privaciones. ¿Iban a sucumbir con las armas intactas?

Los alcaldes seguían sin moverse, se acantonaban en su papel de despenseros, vedándose a sí mismos toda pregunta indiscreta, evitaban abrir procesos verbales para evitar hasta la apariencia de una municipalidad65. Jules Favre les ofrecía pequeñas reuniones semanales, en las que se charlaba amistosamente acerca de las interioridades del sitio. Solo hubo uno que cumpliese con su deber: Delescluze. Había adquirido una gran autoridad por sus implacables artículos contra la defensa, publicados en Le Réveil. El 30 de diciembre interpeló a Jules Favre, dijo a los alcaldes y adjuntos: «Vosotros sois los responsables» y pidió que se agregase el consejo a la defensa. La mayor parte de sus colegas protestaron, sobre todo Dubail y Vacherot. El 4 de enero, Delescluze volvió a la carga presentando una proposición radical: dimisión de Trochu y de Clément Thomas; movilización de la Guardia Nacional; institución de un consejo de defensa; renovación de los comités de guerra. Tampoco fue escuchado.

El comité de los veinte distritos apoyó a Delescluze e hizo aparecer el 6 un cartel rojo, redactado por Tridon y por Jules Vallès: «¿Ha cumplido con su misión el gobierno que se ha encargado de la defensa nacional?... No... Con su lentitud, su inercia, su indecisión, los que nos gobiernan nos han conducido al borde del abismo... No han sabido ni administrar ni combatir... La gente se muere de frío, ya casi de hambre... Salidas sin objeto, mortales luchas sin resultado, fracasos repetidos... El gobierno ha dado la medida de su capacidad, nos mata. La perpetuación de este régimen es la capitulación... La política, la estrategia, la administración del 4 de septiembre, continuación del Imperio, están juzgadas. ¡Paso al pueblo! ¡Paso a la Comuna!». Por impotente que el comité fuese para la acción, su pensamiento era justo, y él siguió siendo, hasta el fin del sitio, el mentor sagaz de París.

La masa, que quería nombres ilustres, se apartó de los carteles. Algunos de los firmantes fueron detenidos. Trochu, sin embargo, se sintió lastimado, y aquella misma noche hizo escribir en todos los muros: «E1 gobernador de París no capitulará».

Cuatro meses después del 4 de septiembre, París volvió a aplaudir. Pareció muy extraño que, a pesar de la declaración de Trochu, dimitieran Delescluze y sus adjuntos.

Era preciso, sin embargo, taparse los ojos para no ver el nuevo Sedán hacia el que la defensa conducía a París. Los prusianos bombardeaban las casas por encima de los fuertes de Issy y de Vanves, sus obuses jalonaron de cadáveres algunas calles. El 30 de diciembre, Trochu declaraba imposible toda nueva acción, invocaba la opinión de todos los generales, y acababa pidiendo ser sustituido. Los días 2, 3 y 4 de enero del 71, los defensores discutieron la elección de la asamblea que habría de sobrevivir a la catástrofe. París no duraría ni hasta el 15, a no ser por la indignación de los patriotas.

Los barrios no llamaban ya a los hombres de la defensa más que la banda de Judas. Los grandes lamas democráticos que se habían retirado el 31 de octubre, volvían a la Comuna. La Alianza Republicana, en la que el antiguo Ledru-Rollin oficiaba ante una media docena de turiferarios, la Unión Republicana y las demás capillas se volvían a ella, pidiendo enérgicamente una asamblea parisina que organizase la defensa. El gobierno se sintió acuciado en extremo. Si la pequeña burguesía y la clase media se unían al pueblo, era imposible capitular sin una protesta formidable. Aquella población, que lanzaba hurras bajo los obuses, no se dejaría entregar como un rebaño. Antes, había que mortificarla, que curarla de su «enfatuamiento», según la frase de Jules Ferry, había que purgarla de su fiebre. «La Guardia Nacional no estará satisfecha, hasta que haya tumbados en tierra diez mil guardias nacionales», decían en el Hôtel-de-Ville. Acosados por Jules Favre, y Picard por un lado, y por el otro, por los sencillos Emmanuel Arago, Garnier-Pagés, Pelletan, el emoliente Trochu se decidió a dar una última representación.

Buzenval

Se resolvió como una farsa, preparada paralelamente a la capitulación. En la noche del 18 al 19 de enero, los defensores reconocían que un nuevo fracaso traería consigo la catástrofe. Trochu quiso asociar así a los alcaldes para lo referente a la capitulación y al aprovisionamiento. Jules Simon, Garnier-Pagés se avienen a que se rinda París, solo oponen reservas en lo que concierne a Francia. Garnier-Pagés propone que se nombren en unas elecciones especiales los mandatarios encargados de capitular. Tal fue su vela de armas66.

El 18 ponen a París en pie y a los prusianos alerta, con gran estruendo de trompetas y tambores. Para este esfuerzo supremo, Trochu no ha sabido reunir más de 84.000 hombres, entre ellos 19 regimientos de la Guardia Nacional, a los que hace pasar la noche, fría y lluviosa, en los barrizales de los campos del monte Valerien.

El ataque iba contra las defensas que cubren Versalles por la parte de La Bergerie. El 19, a las diez de la mañana, con un arranque de tropas veteranas, según lo confesó Trochu en la tribuna versallesa, los Guardias Nacionales y los móviles que formaban la mayoría del ala izquierda y del centro ganaron el reducto de Montretout, el parque de Buzenval, una parte de Saint-Cloud, llegaron hasta Garches; ocuparon, en una palabra, todas las posiciones que les fueron señaladas. El general Ducrot, que mandaba el ala izquierda, llegó con dos horas de retraso, y por más que su ejército estuviese integrado principalmente por tropas de línea, no avanzaba.

Habíamos conquistado algunas alturas capitales. Los generales no las artillaron. Los prusianos pudieron barrer a sus anchas dichas crestas. A las cuatro, lanzaron sus columnas de asalto. Al principio, los nuestros flaquearon, pero después se rehicieron y detuvieron el movimiento del enemigo. A eso de las seis disminuyó el fuego de este; Trochu ordenó la retirada. Sin embargo, quedaban intactos cuarenta mil hombres de la reserva entre el monte Valérien y Buzenval. Hablaron de ciento cuarenta piezas de artillería, treinta, a lo sumo. Los generales, que apenas se habían dignado comunicar con la Guardia Nacional, declararon que no soportarían una segunda noche, y Trochu hizo evacuar Montretout y todas las posiciones conquistadas. A la vuelta, algunos batallones lloraban de rabia. Todos comprendieron que se les había hecho salir para sacrificarlos67.

París, que había creído en la victoria, se despertó al toque de difuntos de Trochu. El general pedía un armisticio de dos días para recoger los heridos, enterrar a los muertos y, además, «tiempo, arruajes y muchos camilleros». Entre muertos y heridos, las bajas no pasaban de 3.000 hombres.

Esta vez, por fin, París vio el abismo. Los defensores, dejando de disimular por más tiempo, reunieron a los alcaldes y les dijeron que toda resistencia era imposible. Trochu añadió, para consolarles, que «desde el cuatro de septiembre por la noche había declarado que sería una locura intentar sostener un sitio contra el ejército prusiano»68. Pronto la siniestra noticia corrió por la ciudad.

Durante cuatro meses de sitio, París lo había aceptado todo por anticipado: el hambre, la peste, el asalto, todo menos la capitulación. En este punto, el 20 de enero del 71, París seguía siendo, a pesar de su credulidad y de su debilidad, el de septiembre del 70. Cuando estalló esta noticia, hubo primero una estupefacción enorme, como ante los crímenes monstruosos, contra natura. Las llagas de los cuatro meses se avivaron clamando venganza. El frío, el hambre, el bombardeo, las largas noches en las trincheras, los niños que morían a millares, los muertos sembrados en las salidas, ¡todo esto para caer en la vergüenza, para dar escolta a Bazaine, para convertirse en un segundo Metz! París creía oír la burla prusiana. En algunos, la estupefacción se transformó en furor. Los mismos que suspiraban por la rendición adoptaron actitudes encrespadas. El pálido rebaño de alcaldes se encabritó. El 21 por la noche les recibió de nuevo Trochu y les dijo que todos los generales consultados, e incluso los oficiales de menos graduación, habían convenido aquella misma mañana en la imposibilidad de una nueva salida. En pie, de espaldas al fuego, con apuestos ademanes, les demostró matemáticamente la absoluta necesidad de entablar negociaciones con el enemigo, declaró que por su parte no quería intervenir en ellas, y, con aquella lengua suya de incontables revoluciones, insinuó a los alcaldes que capitulasen por él. Los alcaldes hicieron algunos gestos, llegaron hasta a protestar, imaginándose que no eran responsables de la solución.

Al salir de allí, los defensores deliberaron. Jules Favre pidió a Trochu que dimitiera. El apóstol pretendía que se le destituyese, queriendo aparecer incapitulable ante la historia, ofreciéndoles, por lo demás, una frase digna de Escobar: «Detenerse ante el hambre es morir, no capitular»69. Los defensores se caldearon un poco cuando, a las tres de la madrugada, se anunció que la prisión de Mazas acababa de ser forzada. Flourens y otros detenidos políticos han sido libertados por una tropa de guardias nacionales. Nuestros defensores, que olfateaban un 31 de octubre, precipitan sus resoluciones y reemplazan a Trochu por el general Vinoy. El bonapartista se hizo rogar. Jules Favre y Leflô, ministro de la Guerra, le hicieron ver al pueblo en pie, la inminente insurrección, y al prefecto de policía que presentara su dimisión. Los hombres del 4 de septiembre del 70 estaban suplicando a los del 2 de diciembre del 51. Vinoy se dignó ceder. Empezó, como buen bonapartista, por armarse contra París, desguarneció sus líneas frente a los prusianos, llamó a las tropas de Suresnes, Gentilly, Les Lilas, puso en pie a la caballería y a la gendarmería. Un batallón de móviles de Finistère se hizo fuerte en el Hôtel-de-Ville, mandado por un coronel de la Guardia Nacional, Vabre, cruelísimo reaccionario. Clément Thomas, en una furibunda proclama, «Los facciosos se unen al enemigo» y conjuró a la Guardia Nacional a «levantarse como un solo hombre para destrozarlos». No la había alzado como un solo hombre contra los prusianos.

El 22 de enero

Flotaban en el aire signos de cólera, pero no de una jornada seria. Muchos revolucionarios, entre ellos Blanqui, sintiendo que las cosas estaban llegando ya al fin, no admitían un movimiento que, de resultar victorioso, hubiera salvado a los hombres de la defensa y ocupado el lugar de estos para capitular. Otros, cuya razón no iluminaba al patriotismo, enardecidos aún por los ardores de Buzenval, creían en la salida en masa y decían: «hay que salvar el honor». En algunas reuniones la víspera, votaron que se opondrían con las armas a la capitulación, y se dieron cita delante del Hôtel-de-Ville.

Al mediodía, el tambor redobla en Batignolles. A la una y media, aparecen algunos grupos armados en la plaza del Hôtel-de-Ville. La multitud se apelotona. El adjunto del alcalde, G. Chaudey, recibe a una diputación; desde el 31 de octubre el gobierno moraba en el Louvre. El orador expone las quejas de París, pide que se implante la Comuna. Chaudey afirma que la idea de la Comuna es una idea falsa, que él la ha combatido y la combatirá enérgicamente. Era hombre de naturaleza muy violenta y terriblemente ergotista. Llega en esto una nueva diputación más fogosa. Chaudey se enfada, insulta, incluso. La emoción crece; el 101, que llegaba de la orilla izquierda, grita: «¡Mueran los traidores!». El 207, de Batignolles, que ha recorrido los bulevares, desemboca en la plaza por la calle del Temple y se alinea delante del Hôtel-de-Ville, cuyas salidas están todas cerradas.

Suenan disparos; las ventanas del Hôtel-de-Ville se envuelven en humo. Resguardados detrás de los faroles y de los montículos de arena, algunos guardias nacionales, mandados por Sapia y Raoul Rigault, hacen frente al fuego de los móviles. Otros disparan contra las casas de la avenida Victoria. El tiroteo sonaba desde hacía muchas horas, cuando aparecieron los gendarmes por la esquina de la avenida. Detrás iba Vinoy. Los insurrectos se baten en retirada. Fueron aprehendidos una docena de ellos y conducidos al Hôtel-de-Ville, donde Vinoy quería fusilarlos. Jules Ferry los hizo reservar para los consejos de guerra. Los manifestantes, la multitud inofensiva, tuvo treinta bajas entre muertos y heridos; las del Hôtel-de-Ville no pasaron de un muerto y dos heridos.

El gobierno cerró los clubs y lanzó numerosas órdenes de detención. Ochenta y tres personas, inocentes en su mayor parte, según ha dicho el general Soumain, fueron detenidas. Se aprovechó esta ocasión para enviar a Delescluze, a pesar de sus sesenta y cinco años y de la bronquitis aguda que le minaba, a reunirse en Vincennes con los detenidos del 31 de octubre, arrojados, en revuelta confusión, a la húmeda fortaleza. Le Réveil y Le Combat fueron suprimidos.

Una indignada proclama denunció a los insurrectos como «partidarios del extranjero», único recurso de los hombres del 4 de septiembre en sus vergonzosas crisis. Solo en esto fueron jacobinos. ¿Quién servía al extranjero, el gobierno, dispuesto en todo momento a capitular, o los prisioneros, siempre encarnizados en la resistencia? La historia dirá que en Metz un numeroso ejército, debidamente dotado de oficialidad, instruido, con soldados veteranos, se dejó entregar sin que un mariscal, un jefe de cuerpo, se levantase para salvarle de Dazaine, mientras que los parisinos, sin guías ni organización, ante doscientos cuarenta mil soldados y guardias móviles ganados para la paz, retrasaron tres meses, con su sangre, la capitulación y la venganza.

Esta indignación de traidores hizo perder aliento a la gente. Ninguno de los batallones antes fieles a Trochu respondió a la llamada de Clément Thomas. Este gobierno, defendido mientras se le creyó gobierno de defensa, aprestaba a todos a la capitulación. El mismo día de la refriega, hizo su última jesuitada. Jules Simon reunió a los alcaldes y a una docena de altos oficiales, y ofreció el mando supremo al militar que propusiera un plan.

Los hombres del 4 de septiembre abandonaron –otros lo hicieron en cuanto lo dejaron exangüe– el París que habían recibido exuberante de vida. Ninguno de los asistentes vio la ironía. Se limitaron a repudiar aquella herencia desesperada. Allí les esperaba Jules Simon. Alguien –el general Leconte– dijo: «Hay que capitular». Los alcaldes comprendieron, por fin, para qué se les había convocado, y algunos se enjugaron una lágrima.

París, entregado

Desde entonces, París vivió como el enfermo que espera la amputación. Los fuertes seguían tronando, continuaban llegando muertos y heridos; pero se sabía que Jules Favre estaba en Versalles. El día 27 a media noche, enmudeció el cañón. Bismarck y Jules Favre se habían entendido «por su honor». París estaba entregado.

Al día siguiente, la defensa dio a conocer las bases de las negociaciones: armisticio de quince días, reunión inmediata de una asamblea; ocupación de los fuertes; todos los soldados y guardias móviles, menos una división, desarmados. La ciudad quedó sumida en una lúgubre tristeza. Las largas jornadas de emoción habían aquietado la cólera. Solamente algunos chispazos cruzaron París. Un batallón de la Guardia Nacional fue a gritar ante el Hôtel-de-Ville: «¡Abajo los traidores!» Por la noche, cuatrocientos oficiales firmaron un pacto de resistencia, eligieron por jefe al comandante del 107°, Brunel, exoficial expulsado del ejército en tiempos del Imperio por sus opiniones republicanas, y resolvieron marchar sobre los fuertes del Este, mandados por el almirante Saisset, a quien los periódicos atribuían una reputación de heroísmo. A media noche, la llamada y el rebato sonaron en los distritos x, xiii y xx. Pero la noche era glacial, y la Guardia Nacional estaba demasiado fatigada para intentar un golpe desesperado. Solamente dos o tres batallones acudieron a la cita. Dos días después, Brunel fue detenido.

El 29 de enero del 71, la bandera alemana ondeaba sobre los fuertes. El pacto estaba firmado desde la víspera. Cuatrocientos mil hombres armados con fusiles, cañones, capitulaban ante doscientos mil. Los fuertes y las defensas, fueron desarmados. Todo el ejército (doscientos cuarenta mil soldados, marinos y móviles) quedaba prisionero. París debía pagar doscientos millones en quince días. El gobierno se jactaba de haber dejado las armas a la Guardia Nacional; pero todos sabían que hubiera sido preciso saquear París para arrebatárselas. En fin, no contento con entregar la capital, el gobierno de la defensa nacional entregaba al enemigo Francia entera.

El armisticio se aplicaba a todos los ejércitos de provincias, excepción hecha del de Bourbaki, cercado casi por completo, el único a quien realmente hubiera beneficiado el armisticio. Cuando llegó un poco de aire fresco de provincias, se supo que Bourbaki, empujado por los alemanes, había tenido que lanzar su ejército a Suiza, después de una comedia de suicidio.

Las elecciones

La fiebre electoral sustituyó a la fiebre del sitio. El 8 de febrero debía enriquecer a Francia con una nueva Asamblea Nacional, y París se preparó para ello. De los hombres de la defensa, Gambetta fue el único inscrito en la mayor parte de las listas, por no haber perdido la esperanza en la patria, sobre todo cuando fue esparcida la proclama que fustigaba la vergonzosa paz y su explosión de decretos radicales.

Algunos periódicos ensalzaban a Jules Favre y a Picard, que habían tenido suficiente osadía para hacerse pasar por los elementos más extremistas del gobierno; nadie se atrevió a llegar hasta Trochu, Jules Simon, Jules Ferry. El partido de vanguardia multiplicó las listas que explicaban su impotencia durante el sitio. La gente del 48, se negó a admitir a Blanqui; pero aceptó, con el fin de aparentar lo que no era, a varios miembros de la Internacional, y su abigarrada lista de neojacobinos y de socialistas tomó el nombre de los Cuatro Comités. Los clubs y los grupos obreros hicieron listas cerradas: en una de ellas figuraba el socialista alemán Liebknecht. La más definida vino de la Corderie.

La Internacional y la Cámara Federal de Sociedades Obreras, mudas durante el sitio, volvieron a alzar su programa: «Es necesario que figuren trabajadores entre las gentes del poder». Se entendieron con el comité de los veinte distritos, y los tres grupos publicaron un manifiesto común. «Esta es la lista –decía– de los candidatos presentados en nombre de un mundo nuevo por el partido de los desheredados. Francia va a reconstituirse nuevamente: los trabajadores tienen derecho a hallar y ocupar su puesto en el orden que se prepara. Las candidaturas socialistas revolucionarias significan denegación a quienquiera que sea, de poner a discusión la República; afirmación de la necesidad del advenimiento político de los trabajadores; caída de la oligarquía gubernamental y del feudalismo industrial». Aparte de algunos nombres familiares al público, como Blanqui, Gambon, Garibaldi, Félix Pyat, Ranvier, Tridon, Malon, Lefrançais, Vallès, Tolain, los candidatos socialistas no eran conocidos fuera de los medios populares: empleados, mecánicos, zapateros, obreros siderúrgicos, sastres, carpinteros, cocineros, ebanistas, cinceladores. Los pasquines fueron escasos. Disponían de muy pocos periódicos para hacer competencia a las trompetas burguesas. Ya les llegará el momento dentro de unas semanas, cuando se elijan los dos tercios de la Comuna. Hoy solo los aceptados por los periódicos burgueses obtendrán un acta. En total, cinco –Garibaldi, Garnbon, Félix Pyat, Tolain y Malon.

La lista que salió el 8 de febrero fue un arlequín de todos los matices republicanos y de todas las fantasías. Louis Blanc, que había sido una buena comadre durante el sitio, y a quien presentaban todos los comités, salvo la Corderie, abrió la marcha con 216.000 votos, seguido de Victor Hugo, Gambetta y Garibaldi. Delescluze, al que hubiera sido preciso aliarse antes, reunió 154.000 sufragios. Luego contaban con un baratillo de jacobinos, radicales, oficiales; alcaldes, periodistas, excéntricos. Uno de ellos fue elegido por haber inventado una cañonera; otro, por místico. Un solo miembro del gobierno se escurrió entre ellos, Jures Favre, al que Millière acababa de denunciar, con pruebas auténticas en la mano, de falsificación, de bigamia, de suplantación de estado. Millière, es cierto, fue elegido. Por una cruel injusticia, el vigilante centinela que durante todo el sitio había demostrado tan gran sagacidad, Blanqui, no obtuvo más que 52.000 votos –aproximadamente los de los opositores del plebiscito– mientras que Félix Pyat sacó 145.000 por sus cantinelas de Le Combat.

Este escrutinio confuso y descabellado daba testimonio, por lo menos, de la idea republicana. París, derrumbado por el Imperio y los liberales, se aferraba a la República, que volvería a abrirle el camino hacia el porvenir. Pero he aquí que, aun antes de haber visto proclamar su voto, se oyó salir de las urnas de provincias un salvaje grito de reacción. Antes de que uno solo de sus elegidos hubiese abandonado la ciudad, vio encaminarse hacia Burdeos una tropa de campesinos, de Pourceaugnacs70, de sombríos clericales, espectros de 1815, de 1830, 1849, que llegaban pavoneándose, furiosos, a tomar posesión de Francia, por medio del sufragio universal. ¿Qué era esta siniestra mascarada? ¿Cómo había podido subir, cual subterránea vegetación, a la superficie y desplegarse en la cumbre del país?

Fue preciso que París y las provincias fuesen aplastados, que el Shylock prusiano se llevara nuestros millones y cortase dos jirones en nuestros flancos, que el Estado de Sitio se abatiese durante cuatro años sobre cuarenta y dos departamentos, que cien mil franceses fuesen borrados de la vida o del suelo natal, que las cucarachas echasen a la calle sus procesiones en toda Francia, para que se reconociese la existencia de aquella gran maquinación reaccionaria que, desde el primer momento hasta la explosión final, los republicanos de París y de provincias, infatigables, denunciaron a los poderes traidores o languidecientes.

La defensa en provincias

En provincias, en el campo, la táctica no fue la misma. En lugar de ser en el propio gobierno, la conspiración fue en torno de él. Durante todo el mes de septiembre, los reaccionarios se agazaparon en sus madrigueras. Las gentes del Hôtel-de-Ville, creyéndose seguras de negociar la paz, no enviaron a provincias más que a un general cualquiera, para el papeleo administrativo. Pero las provincias tomaban la defensa, como la República, en serio. Lyon comprendió, incluso, su deber antes que París, proclamó la República el 4 de septiembre por la mañana, y nombró un Comité de Salud Pública. Marsella y Toulouse organizaron comisiones regionales. Los defensores, seriamente alarmados por esta fiebre patriótica que contrariaba sus planes, dijeron que Francia se dislocaba y delegaron, para rehacerla, en los dos hombres más gotosos de su tropa, Crémieux y Glais-Bizoin, más un antiguo gobernador de Cayena, bárbaro para con los deportados del 52, el almirante bonapartista Fourichon.

Los tres llegaron a Tours el 18 de septiembre, con las oficinas de los Ministerios, todo lo que se llamó después la Delegación. Los patriotas acudieron. En el Oeste y en el Mediodía habían organizado ligas de unión para agrupar a los departamentos contra el enemigo y suplir la falta de impulso central. Rodearon a los delegados de París, pidieron la consigna, medidas vigorosas, el envío de comisarios, y prometieron un apoyo absoluto. Los gotosos respondieron: «Estamos entre gente de confianza, digamos la verdad: no tenemos ejército. Toda resistencia es imposible. Si resistimos, es solo para obtener mejores condiciones». El que lo cuenta lo oyó. No hubo más que una reacción de asco: «¿Cómo? ¿Y esa es vuestra respuesta, cuando millares de franceses os ofrecen sus brazos y su fortuna?».

El movimiento de Lyon

El 28 estallaron los lyoneses. Cuatro departamentos les separaban apenas del enemigo, que podía de un momento a otro ocupar la ciudad, y desde el 4 de septiembre estaban pidiendo armas. La municipalidad elegida el 16, en sustitución del Comité de Salud Pública, no hacía más que disputar con el prefecto ChallemeI-Lacour, jacobino muy quisquilloso. El día 27, por toda defensa, el consejo redujo en 50 céntimos el jornal de los obreros empleados en las fortificaciones, y nombró a un tal Cluseret general de un ejército de voluntarios que aún estaba por crear.

Este general in partibus era un antiguo oficial a quien Cavaignac había condecorado por su comportamiento en las jornadas de junio. Fracasado en el ejército, pidió su separación del mismo, se hizo periodista en la guerra americana de Secesión y se engalanó con el título de general. Incomprendido por la burguesía de los dos mundos, volvió a la política por el otro extremo, se ofreció a los fenianos de Irlanda, desembarcó en ese país, indujo a los fenianos a la sublevación, y una noche los abandonó. La naciente Internacional le vio acudir a ella. Escribió mucho, dijo a los hijos de los mismos a quienes había fusilado en junio: «¡Nosotros o la Nada!», y pretendió ser la espada del socialismo. Como el gobierno del 4 de septiembre se negase a confiarle un ejército, trató a Gambetta de prusiano, y se hizo nombrar delegado de la Corderie –donde le había introducido Varlin, al que engañó mucho tiempo– en Lyon. Este cobarde zascandil persuadió al Consejo de Lyon de que él organizaría un ejército. Todo andaba de mala manera, cuando los comités republicanos de Brotteaux, Guillotière, Croix-Rousse y el Comité Central de la Guardia Nacional decidieron, el día 28, llevar al Hôtel-de-Ville un enérgico programa de defensa. Los obreros de las fortificaciones, capitaneados por Saigne, apoyaron esta actitud con una manifestación, llenaron la plaza Terreaux y, con la ayuda de los discursos y la emoción, invadieron el Hôtel-de-Ville. Saigne propuso que se nombrase una comisión revolucionaria y, al ver entre el público a Cluseret, muy preocupado por sus futuras estrellas, solo salió al balcón para exponer su plan y recomendar calma. Constituida la comisión, no se atrevió a resistir, y partió en busca de sus tropas. En la puerta, el alcalde Hénon y el prefecto le agarraron del cuello: habían entrado en el Hôtel-de-Ville por la plaza de la Comédie. Saigne se lanzó al balcón, gritó la noticia a la multitud, que, cayendo de nuevo sobre el Hôtel-de-Ville, libertó a Cluseret y detuvo a su vez al alcalde y al prefecto.

Los batallones burgueses llegaron a la plaza Terreaux. Poco después desembocaron los de Croix-Rousse y Guillotière. Grandes desgracias podían seguir al primer disparo. Se parlamentó. La comisión desapareció. Cluseret tomó el tren de Ginebra.

Era una advertencia. En varias ciudades aparecieron otros síntomas. Los prefectos presidían las Ligas, se convocaban entre sí. A principios de octubre, el almirante de Cayena no había logrado reunir, acá y allá, más que algunos millares de hombres de los depósitos. De Tours no llegaba ninguna consigna.

La delegación de Tours

El israelita Crémieux, residía en el arzobispado, donde Guibert, papa de los ultramontanos franceses, le daba casa y comida a cambio de toda clase de servicios reclamados por el clero. Crémieux estuvo un día a punto de ser puesto de patitas en la calle. Garibaldi, burlando la vigilancia de Italia, tullido, deformadas las manos por los reumatismos, llegó a Tours a poner al servicio de la República lo que de él quedaba , el corazón y el nombre. Guibert creyó ver llegar al diablo, se enfadó con Crémieux, que confinó a Garibaldi en la prefectura y le expidió tan rápidamente como pudo a provincias.

Con desesperación por poder salir del apuro, los delegados convocaron a los electores. Fue este su único pensamiento honrado. El 16 de octubre, Francia va a nombrar sus representantes cuando el 9 una racha de viento trae a Tours a Gambetta, a quien había llamado Clément Laurier.

Los hombres del Hôtel-de-Ville le vieron partir con alegría, tan seguros de que chocaría con lo imposible, que «nadie del gobierno, ni el general Trochu, ni el general Leflô, había movido la lengua para hablar de una operación militar cualquiera».71 También él tenía su plan: no creer muerta a la nación. Desesperó un instante, al encontrarse con una provincia sin soldados, sin oficiales, sin armas, sin municiones, sin equipos, sin intendencia, sin tesoro; pero se recobró, entrevió inmensos recursos, hombres innumerables: Bourges, Brest, Lorient, Rochefort, Tolon, como arsenales; los talleres de Lille, Nantes, Burdeos, Toulouse, Marsella, Lyon; los mares libres; cien veces más que en el 93, cuando había que luchar a la vez contra el extranjero y contra los vandeanos. Una magnífica llama en las poblaciones; consejos municipales, consejos generales que se imponían, votaban empréstitos, campañas sin un chuán. A su admirable llamamiento respondió Francia con el mismo entusiasmo que París el 14 de septiembre. Los reaccionarios se volvieron a sus madrigueras. Gambetta tuvo de su parte el alma del país, lo pudo todo.

Consiguió hasta aplazar las elecciones, como quería un decreto del Hôtel-de-Ville. Se anunciaban republicanas, belicosas. Bismarck le había dicho a Jules Favre que él no quería una asamblea, porque esta votaría la guerra. Razón de más para quererla. Enérgicas circulares, algunas medidas contra los intrigantes, instrucciones precisas, hubieran libertado y atizado victoriosa esta llama de resistencia. Una asamblea fortalecida por todas las energías republicanas y que tuviera su asiento en una ciudad populosa, podía centuplicar la energía nacional, exigirlo todo del país, la sangre y el oro. Proclamaría la República y, en caso de desgracia, si se veía obligada a negociar, la salvaba del naufragio, nos resguardaba de la reacción. Pero las instrucciones de Gambetta eran formales: «Unas elecciones en París llevarían a unas jornadas de junio». «Prescindiremos de París», se le contestaba. Todo fue inútil, incluso la insistencia de sus íntimos menos revolucionarios, como Laurier. Como varios prefectos, incapaces de levantar el nivel del medio en que se ejercían sus funciones, hacían presentir que las elecciones serían dudosas, Gambetta se apoyó en su timidez, y, por falta de audacia, asumió la dictadura.

Él mismo expuso su lema: «Mantener el orden y la libertad y empujar a la guerra». Nadie perturbaba el orden, y todos los patriotas querían ir a la lucha. Las Ligas contenían excelentes elementos, capaces de dar cuerpos militares, y cada departamento poseía grupos de republicanos probados, a los que se podía confiar la administración y la defensa, bajo la dirección de los comisarios. Desgraciadamente, aquel joven, tan gran agitador, creía en las viejas formas. Las Ligas en cuestión le parecieron gérmenes de secesionismo. Ató de pies y manos a los raros comisarios que designó, entregó todo el poder a los prefectos –astillas del 48, en su mayoría– o a sus colegas de la conferencia de Molé, blandos, tímidos, preocupados por no malgastar nada, algunos por prepararse un colegio electoral. En algunas prefecturas conservaron en sus puestos a los mismos empleados que habían formado las listas de proscripción del 2 de diciembre. ¿No había llamado Crémieux a los bonapartistas «republicanos»? En Hacienda, baluarte de los reaccionarios, en Instrucción Pública, repleta de bonapartistas, se prohibió destituir a ningún titular, y llegó a ser casi imposible trasladarle. Fue observada la consigna de los gotosos: conservar. Salvo algunos jueces de paz y un pequeño número de magistrados, no hubo más cambio que el del alto personal político.

Hasta en guerra se toleró la presencia de adversarios. Las oficinas, que estuvieron mucho tiempo bajo la dirección del bonapartista Loverdo, minaron sordamente el terreno a la delegación. El almirante Fourichon pudo disputar al gobierno las tropas de marina; las compañías de ferrocarriles se hicieron dueñas de los transportes. Se llegó incluso a suplicar al representante del Banco de Francia, que no dio sino lo que quiso. Algunos departamentos votaron un empréstito forzoso, y en proporciones en que era posible cubrirlo de sobra. Gambetta se negó a confirmar sus decisiones. Francia pasó por la humillación de tener que ir a Londres a conseguir un empréstito de guerra.

La defensa emprendió su marcha en provincias apoyándose en dos muletas: un personal sin nervio y la deprimente conciliación. A pesar de todo, surgían los batallones. A la voz de aquel convencido, bajo el activo impulso de Freycinet, su delegado técnico, se reunían restos de tropas, los depósitos vaciaban sus reservas, acudían los móviles. Hacia finales de octubre, estaba en formación un verdadero ejército en Salbris, no lejos de Vierzon, provisto de buenas armas y bajo el mando del general D’Aurelles de Paladine, exsenador y beato, que pasaba por ser un buen caudillo.

A finales de octubre, si en París no había nada perdido, en provincias se ofrecía la victoria. Para organizar el bloqueo de París, los alemanes habían empleado todas sus tropas, salvo tres divisiones, treinta mil hombres de infantería, y la mayor parte de su caballería. No les quedaba ninguna reserva. Estas tres divisiones estaban inmovilizadas, en Orleans y Châteaudun, por nuestras fuerzas del Loira. Al Oeste, al Norte, al Este, la caballería (1.º y 2.º bávaros, 22.º prusiano), aun recorriendo y vigilando una gran extensión de terreno, era incapaz de sostener ese terreno contra la infantería. La línea alemana que cercaba a París, excelentemente fortificada por la parte de la ciudad, estaba a descubierto por el lado de la provincia. La aparición de cincuenta mil hombres, aun cuando se tratase de tropas bisoñas como las que mandaba D’Aurelles de Paladine, hubiera bastado para romper el cerco.

Liberar a París de este, aunque solo fuera momentáneamente, podía significar la presión de Europa y una paz honrosa; no cabía duda de que habría sido de un efecto moral inmenso, consiguiendo que París fuese aprovisionado por los ferrocarriles del Mediodía y del Oeste, y que se ganaría tiempo para la organización de los ejércitos de provincias.

El ejército del Loire

Nuestro ejército del Loire –el 15º cuerpo, en Salbris; el 16º, en Blois–, contaba con 70.000 hombres. El 26 de octubre, D’Aurelles de Paladine recibió orden de ir a tomar Orleans a los bávaros. El día 28 entra en Blois con 40.000 hombres, por lo menos. Por la noche, a las nueve, el comandante de las tropas alemanas le manda decir que Metz ha capitulado. Pasa Thiers, que se dirige a París, y le aconseja que espere. D’Aurelles telegrafía inmediatamente a Tours que aplaza el movimiento.

Un general de mediana vista, en cambio, lo hubiera precipitado todo. Puesto que el ejército alemán de Metz iba a quedar libre para operar y dirigirle hacia el centro de Francia, no había momento que perder para adelantarle. Cada hora que pasaba empeoraba las cosas. Fue el momento crítico de la guerra.

La delegación de Tours, en lugar de destituir a D’Aurelles, se contentó con decirle que concentrase todas sus fuerzas. Esta concentración estaba terminada el 3 de noviembre, y D’Aurelles disponía de 70.000 hombres repartidos entre Mer y Marchenoir. Los acontecimientos le ayudaban. Ese mismo día, la caballería prusiana (una brigada) se vio obligada a abandonar Mantes y a replegarse sobre Vert, intimidada por las poderosas bandas de francotiradores; al mismo tiempo, se había señalado la presencia de considerables fuerzas francesas, compuestas de todas las armas, y que desde Courville se dirigían a Chartres. Si el ejército del Loira hubiese atacado el día 4, arrojando a los bávaros a Orleans y a la 22º división prusiana a Châteaudun, derrotando uno tras otro a los alemanes gracias a su aplastante superioridad numérica, la ruta de París habría quedado libre, y es casi indudable que la capital hubiera sido libertada.

Moltke estaba lejos de ignorar el peligro. Estaba decidido a obrar en caso de necesidad, como Bonaparte ante Mantua, y levantar el bloqueo, sacrificar el parque de asedio que se estaba formando en Villacoublay, concentrar su ejército para la acción en campo raso, y no volver a formar el sitio hasta después de la victoria; es decir, después de la llegada del ejército de Metz. Los bagajes del cuartel general de Versalles estaban ya en los coches; no quedaba más que «enganchar los caballos», ha dicho el coronel suizo D’Erlach, testigo ocular.

D’Aurelles no se movió. La delegación, tan paralítica como él, se contentó con cambiar cartas de delegado a ministro: «Señor ministro –escribe el 4 de noviembre Freycinet–, desde hace algunos días, el ejército y yo mismo ignoramos si el gobierno quiere la paz o la guerra... En el momento en que nos disponemos a ejecutar proyectos laboriosamente preparados, rumores de armisticio turban el ánimo de nuestros generales; incluso yo, si trato de levantar su moral y de empujarlos hacia adelante, ignoro si habré de verme desautorizado mañana». Gambetta responde: «Señor delegado, me doy cuenta como usted de la detestable influencia de las vacilaciones políticas del gobierno... Hay que detener desde hoy nuestra marcha hacia adelante». El 7 de noviembre, D’Aurelles sigue aún inmóvil. El 8 se mueve y recorre unos quince kilómetros; por la noche habla de detenerse. Sus fuerzas reunidas pasan de cien mil hombres. El día 9 se decide a atacar a los bávaros en Coulmiers. Los bávaros evacúan inmediatamente Orleans y se retiran hacia Toury. Lejos de perseguirlos, D’Aurelles anuncia que va a hacerse fuerte delante de la ciudad. La delegación le deja hacer, y Gambetta, que viene al cuartel general, aprueba el plan. Mientras tanto, dos divisiones prusianas, la 3ª y 4ª, expedidas de Metz por ferrocarril, habían llegado al pie de París, circunstancia que permitió a Moltke dirigir la 17ª división prusiana contra Toury, donde llegó el día 12. Además, tres cuerpos del ejército de Metz se aproximaban al Sena a marchas forzadas. Gracias a la voluntaria inacción de D’Aurelles y a la debilidad de la delegación, el ejército del Loira dejó de inquietar a los alemanes.

Hubiera sido necesario destituir al tal D’Aurelles, pero se había dejado pasar la única ocasión para ello; el ejército del Loira, dividido en dos, luchó con Chanzy solo por defender el honor. La delegación tuvo que trasladarse a Burdeos.

A finales de noviembre, era evidente que se estaba perdiendo el tiempo. Los prefectos, encargados de organizar a los móviles y a los movilizados, de hacer la leva en los campos, estaban en lucha perpetua con los generales y no conocían cuál era la situación con respecto al armamento. Los pobres generales del antiguo ejército, que no sabían sacar el menor partido de estos contingentes faltos de toda instrucción militar, actuaban, como ha dicho Gambetta, «cuando no les quedaba otro remedio».

Debilidad de la delegación

La debilidad de la delegación daba alas a la mala voluntad de estos mismos generales. Gambetta preguntaba a algunos de ellos si se avendrían a servir a las órdenes de Garibaldi; admitía que se negasen, hacía liberar a un cura que desde su púlpito ponía precio a la cabeza del general, condescendía en dar explicaciones a los oficiales de Charette, y permitía a los zuavos pontificios que enarbolaran otra bandera que no fuera la de Francia. Confió el ejército del Este a Bourbaki, completamente extenuado y que acababa de llevar a la emperatriz una carta de Bazaine.

¿Le faltaba autoridad? Sus colegas de la delegación no se atrevían siquiera a levantar los ojos, los prefectos no conocían a nadie más que a él, los generales adoptaban en presencia suya maneras de colegiales. El país obedecía, lo daba todo con ciega pasividad. Los contingentes se reclutaban sin dificultad alguna. Las campañas no encontraban ningún refractario, a pesar de hallarse en el ejército todos los gendarmes. Las Ligas más ardorosas cedieron a la primera observación. No estalló movimiento alguno hasta el 31 de octubre. Los revolucionarios marselleses, indignados por la debilidad del Consejo Municipal, proclamaron la Comuna. Cluseret, que desde Ginebra había pedido al «prusiano» Gambetta el mando de un cuerpo de ejército, apareció en Marsella, se hizo nombrar general, desapareció de nuevo y volvió a Suiza, porque su dignidad le impedía servir como simple soldado. En Toulouse, la población expulsó al general, un sanguinario día de junio del 48. En Saint-Etienne, la Comuna duró una hora. En todas partes bastaba una palabra para poner la autoridad en manos de la delegación; hasta tal punto se temía crearle la menor dificultad.

Esta abnegación sirvió exclusivamente a los reaccionarios. Los jesuitas pudieron urdir sus intrigas, parapetándose detrás de Gambetta que los había enviado nuevamente a Marsella, de donde los había expulsado la indignación del pueblo: el clero se encontró en condiciones de seguir negando a las tropas sus edificios, sus seminarios, etcétera; los antiguos jueces de las comisiones mixtas pudieron seguir insultando a los republicanos. El prefecto de Haute-Garonne fue destituido al momento por haber suspendido en el ejercicio de sus funciones a uno de esos honorables magistrados. Los periódicos podían publicar proclamas de pretendientes. Hubo consejos municipales que, olvidándose de todo patriotismo, votaron la sumisión a los prusianos. Por todo castigo, Gambetta los abrumó con un sermón.

Los bonapartistas se reunían descaradamente. El prefecto de Burdeos, republicano ultramoderno, pidió autorización para detener a algunos de estos agitadores. Gambetta respondió: «Esas son prácticas del Imperio, no de la República».

En vista de esto, se alzó, la Vendée conservadora. Monárquicos, clericales, especuladores, esperaban su hora, agazapados en los castillos, en los seminarios intactos, en las magistraturas, en los consejos generales, que la delegación se negó durante mucho tiempo a disolver en masa. Eran lo bastante hábiles como para hacerse representar, por poco que fuera, en los campos de batalla, con el fin de conservar las apariencias del patriotismo. En unas semanas calaron perfectamente a Gambetta, descubriendo detrás del tribuno grandilocuente al hombre irresoluto.

Thiers

Su campaña fue trazada y dirigida desde su origen por los únicos tácticos de alguna importancia que había en Francia: los jesuitas, dueños y señores del clero. Thiers fue el jefe político.

Los hombres del 4 de septiembre habían hecho de él, como es sabido, su embajador. Francia, escasa en diplomáticos desde Talleyrand, no ha tenido otro más fácil de manejar que este hombrecillo. Viajó a Londres, a San Petersburgo, a Viena, a Italia, de la que fue enemigo encarnizado, a buscar, para la Francia vencida, alianzas que se le habían negado. Logró que se burlaran de él en todas partes, solo fue recibido por Bismarck, y negoció el armisticio rechazado el 31 de octubre. Cuando llegó a Tours, en los primeros días de noviembre, sabía que desde aquel momento, la lucha había de ser a vida o muerte. En lugar de abrazarla valerosamente, de poner su experiencia al servicio de la delegación, no tuvo más que un objetivo: enterrar la defensa.

No podía esta tener un enemigo más temible. La suerte que alcanzó este hombre, sin principios de gobierno, sin visión de progreso, sin valor, no hubiera podido alcanzarla en ninguna parte más que entre la burguesía francesa. Pero estuvo siempre en todas partes donde hizo falta un liberal para ametrallar al pueblo, y raras veces se vio un artista más maravilloso en intrigas parlamentarias. Nadie supo como él atacar, aislar un gobierno, agrupar los prejuicios, los odios, los intereses, disfrazar su intriga con una careta de patriotismo y de buen sentido. La campaña de 1870-71 será, indudablemente, su obra maestra. Se había resuelto para su gobierno la cuestión de los prusianos, y no se preocupaba de ellos más que si hubiesen vuelto a pasar el Mosela. El enemigo para él era el defensor. Cuando nuestros pobres «móviles» se agitaban de un lado para otro con una temperatura de veinte grados, Thiers triunfaba con sus desastres. Mientras que en Bruselas y en Londres los mamelucos, fieles a las tradiciones de Coblenza, los Cassagnac, los Amigues, trabajaban por desacreditar a Francia, por hacer fracasar sus empréstitos, enviaban a los prisioneros de Alemania insultos contra la República y llamamientos en pro de una restauración imperial, Thiers agrupaba en Burdeos, en contra de la República y de la defensa, a todas las reacciones de provincias.

La prensa conservadora había denigrado desde el primer momento a la delegación. Después de la llegada de Thiers, hizo una guerra descarada contra aquélla, sin cansarse de hostigarla, de acusar, de calumniar. Gambetta es un «loco furioso», la frase procede de Thiers. Conclusión: la lucha es una locura y la desobediencia, legítima. En el mes de diciembre, esta consigna, repetida por todos los periódicos del partido, se extendió por los campos.

Por primera vez, los terratenientes hallaron oídos en los campesinos. Después de los «móviles», la guerra iba a llevarse a los movilizados; los campos de batalla se aprestaban a recibirlos. Alemania tenía en su poder 260.000 franceses; París, el Loire, el ejército del Este más de 350.000; 30.000 habían muerto, y los hospitales albergaban a millares de heridos. Desde el mes de agosto, Francia había rendido 700.000 hombres, por lo menos. ¿Cuándo iban a detenerse las cosas? Este grito fue lanzado en todas las chozas: «¡Es la República la que quiere la guerra! ¡París está en manos de los secesionistas!». ¿Qué sabía entonces el campesino francés, y cuántos podían decir dónde se encontraba Alsacia? A él, hostil a la instrucción obligatoria, era sobre todo a quien apuntaba la burguesía. ¿No consagró esa burguesía todos sus esfuerzos, por espacio de cuarenta años, en transformar en un coolie al nieto de los voluntarios del 92?

Un aliento de rebeldía pasó por los «móviles», mandados con excesiva frecuencia por reaccionarios de nota. Unos decían al ejército del Loire: «No queremos batirnos por el señor Gambetta». Hubo oficiales que se vanagloriaron de no haber expuesto nunca la vida de sus hombres.

A principios de 1871, las provincias estaban totalmente deshechas. A cada paso se reunían consejos generales disueltos. La delegación seguía el avance del enemigo interior, maldecía a Thiers y se guardaba muy mucho de detenerle. Los hombres de vanguardia que vinieron a decir hasta dónde llegaba el torrente fueron despedidos. Gambetta, cansado, desalentado, vería tristemente cómo se deshacía la defensa. A sus reproches, la gente del Hôtel-de-Ville, respondía enviándole palomas con mensajes declamatorios. En enero, sus despachos llegaban a la invectiva. La capitulación, Vinoy, la entrega del ejército del Este, la convocatoria de una asamblea, fueron el golpe final. Gambetta, fuera de sí, pensó en no autorizar las elecciones, y ante lo inevitable, proclamó inelegibles a los grandes funcionarios y diputados oficiales del Imperio, disolvió los consejos generales, y destituyó algunos magistrados de las comisiones mixtas. Bismarck protestó. La gente del Hôtel-de-Ville se asustó. Jules Simon corrió a Burdeos. Gambetta le recibió con la punta del pie, y ante un grupo de republicanos, le escupió su desprecio por las gentes de la defensa. El jesuíta, bajo estas imprecaciones, dobló la espalda, perdió el dominio de su lengua, no pudo responder más que: «¡Tomad mi cabeza!». «¿Qué quiere usted que haga yo con ella? –le gritó Gambetta–». Expulsado de la prefectura, el defensor se refugió en casa de Thiers, llamó a los periodistas reaccionarios y les dictó una protesta colectiva. Gambetta tuvo por un momento la idea de hacerlo detener pero, viendo el callejón sin salida en que iba a meterse, se retiró.

Al sonar el silbato de las elecciones, la decoración tan laboriosamente preparada apareció tal cual, dejando ver a los conservadores preparados, en pie, con sus listas en la mano. ¡Qué lejos estaba el mes de octubre, en que en muchos departamentos no se habían atrevido a presentar candidatos! El decreto sobre los inelegibles no alcanzó más que a algunos náufragos. La coalición no tenía ninguna necesidad de los carcamales del Imperio, ya que había formado cuidadosamente un personal de nobles de cola, grandes ganaderos y lobos cervales de la industria. El clero, con extraordinaria habilidad, había unido en sus listas a legitimistas y orleanistas, echando los cimientos de la fusión. Los votos se recogieron como si se tratase de un plebiscito. Los republicanos trataron de hablar de una paz honrosa. El campesino no tuvo oídos más que para la paz a toda costa. Las ciudades apenas se defendieron, a lo sumo, eligieron diputados liberales. Solo algunos puntos sobrenadaron en el océano de la reacción. La Asamblea albergó, entre 750 miembros, 450 monárquicos de nacimiento. El jefe aparente de la campaña, Thiers el rey de los liberales, salió elegido en veintitrés departamentos.

La conciliación a todo trance podía igualarse con Trochu. Uno había desprestigiado a París; la otra, a la República.

56.- Encuesta parlamentaria sobre el 4 de septiembre: Jules Favre.

57.- Encuesta parlamentaria sobre el 4 de septiembre: Petetin, de Lareinty.

58.- Encuesta sobre el 4 de septiembre: Garnier-Pagés.

59.- Etienne Arago. (N. del ed.)

60.- Tenaille-Saligny, Tirard, Bonvalet, Greppo, Bertillon, Hérisson, Ribeacourt, Carnot, Ranc, O’Reilly, Mottu, Grivot, Pernolet, Asseline, Corbon, Henri Martin, F. Favre, Clemenceau, Richard, Braleret.

61.- Encuesta sobre el 4 de septiembre.

62.- Encuesta sobre el 4 de septiembre: Jules Ferry.

63.- Encuesta sobre el 4 de septiembre: Jules Ferry.

64.- Jaclard, Vermorel, G. Lefrançais, Félix Pyat, Eudes, Levrault, Tridon, Ranvier, Razoua, Tibaldi, Goupil, Vésinier, Regere, Maurice Joly, Blanqui, Milliére, Flourens. Estos tres últimos pudieron escapar. Félix Pyat se salvó gracias a una payasada, escribiendo a Emmanuel Arago: «¡Qué lástima que sea prisionero tuyo; hubieras sido mi abogado!».

65.- Encuesta sobre el 4 de septiembre: Jules Ferry.

66.- Véanse las actas de la Defensa, arregladas por el abogado Dréo, yerno de Garnier-Pagès.

67.- «Vamos, pues, a hacer escaldarse un poco a la guardia nacional, ya que ella lo quiere», decía un coronel de infantería, molesto por este asunto. - Encuesta sobre el 4 de septiembre: coronel Chaper.

68.- Encuesta sobre el 4 de septiembre: Corbon (t. 4, p. 389).

69.- Jules Simon: Recuerdos del 4 de septiembre.

70.- Grotesco patán, personaje de Molière. (N. del T.)

71.- Encuesta sobre el 4 de septiembre: Gambetta. (T. 1, p. 561.)

Capítulo III Primeros ataques de la coalición contra París. Los batallones de la guardia nacional se federan y se incautan de sus cañones Los prusianos entran en parís

Ni el jefe del Poder ejecutivo, ni la Asamblea Nacional, apoyándose el uno en la otra y fortaleciéndose mutuamente, provocaron en modo alguno la insurrección parisina.

Discurso de Dufaure contra la amnistía

Mayo del 76

¡Qué dolor! después de la invasión, la cámara inencontrable. ¡Haber soñado con una Francia regenerada que con poderoso vuelo se lanzara hacia la luz, y sentirse retroceder medio siglo, bajo el yugo del jesuíta, del terrateniente brutal, en plena congregación! Hubo hombres cuyo corazón estalló. Muchos hablaban de expatriarse. Algunos zascandiles decían: «Esta Cámara es cosa de una hora; lo único que se le ha encomendado es la paz o la guerra». Los que habían seguido la conspiración, al ver a estos devotos de sotanas de color violeta, comprendieron que semejantes hombres no dejarían a Francia antes de haberla hecho pasar bajo su rodillo.

El odio a París

Cuando los escapados de París, todavía estremecidos de patriotismo, con los ojos hundidos pero brillantes de fe republicana, llegaron al Gran Teatro de Burdeos donde se reunía la Asamblea, se encontraron delante de cuarenta años de odios hambrientos. Notoriedades de villorrio, castellanos obtusos, mosqueteros de cabeza de chorlito, dandies clericales y reducidos, para expresar ideas de 1815 a los terceros papeles de 1849; todo un mundo de cuya existencia no sospechaban las ciudades, alineado en orden de batalla contra el París ateo, contra el París revolucionario que había hecho tres Repúblicas y arrollado tantos dioses. Desde la primera sesión reventó su hiel. Al fondo de la sala, un viejo, solo en su banco, se levanta y pide la palabra. Bajo su amplia capa, flamea una camisa roja. Es Garibaldi. Ha querido responder al oír su nombre. Ha querido decir, en una palabra, que rehusa el acta con que París le ha honrado. Los aullidos cubren su voz. Sigue de pie, alza su mano reseca que ha tomado una bandera a los prusianos. Arrecian las injurias. El castigo cae de las tribunas. «¡Mayoría rural! ¡Vergüenza de Francia!», grita la voz sonora de Gaston Crémieux, de Marsella. Los diputados se vuelven, amenazan. Los bravos y los desafíos siguen cayendo de las tribunas. Al salir de la sesión, la multitud aplaude a Garibaldi. La Guardia Nacional le presenta armas, a pesar de Thiers, que apostrofa al oficial que la manda. El pueblo vuelve al día siguiente, forma fila delante del teatro y obliga a los diputados reaccionarios a aguantar sus aclamaciones republicanas. Pero ellos conocen su fuerza y atacan desde el momento en que se abre la sesión. Un rural, apuntando a los representantes de París, exclama: «¡Están manchados por la sangre de la guerra civil!». Uno de los elegidos de París grita: «¡Viva la República!». Los rurales responden: «¡Vosotros no sois más que una fracción del país!». Al día siguiente, el teatro fue rodeado por tropas que rechazaron a distancia a los manifestantes.

Al mismo tiempo, los periódicos conservadores unían sus silbidos contra París, y negaban hasta sus sufrimientos. La Guardia Nacional había huido ante los prusianos; sus únicos hechos de armas eran el 31 de octubre y el 2 de enero; nadie más que ella tenía la culpa de la derrota, ya que hizo fracasar con la sedición los magníficos planes de Trochu y de Ducrot. Estas ideas fructificaban en una provincia que desde hacía mucho tiempo era terreno abonado para ellas. Hasta tal punto llegaba su ignorancia de los sucesos del sitio, que había elegido (y a algunos varias veces) a Trochu, Ducrot, Jules Ferry, Pelletan, Garnier-Pagès y Emmanuel Arago, a quienes París no había concedido la limosna del voto.

Correspondía a los representantes de París hablar del sitio, de las responsabilidades, de la significación del voto parisino, alzar contra la coalición monárquico-clerical la bandera de la Francia republicana. Se callaron o se limitaron a celebrar reuniones pueriles de las que Delescluze salía lastimado, como cuando abandonó la reunión de los alcaldes. Los Epiménides del 48 respondían con banalidades al estruendo de armas del enemigo. La respuesta de los menos viejos fue que había que esperar a ver cómo se presentaban las cosas.

Estas elecciones, estas amenazas, los insultos a Garibaldi y a sus representantes, todos estos golpes sucesivos cayeron sobre un París febril, mal abastecido, al que llegaba mal la harina (el 13 de febrero, Belleville había recibido solamente 325 sacos, en lugar de 800). Esta era, pues, la recompensa de cinco meses de dolor y de tenacidad. Las provincias, a las que París había apelado durante todo el sitio y hacia las cuales tendía los brazos, le gritaban: «¡cobarde!», lanzándole de Bismarck al rey. Pues bien, si era preciso, París defendería él solo la República contra aquella Asamblea rural. El peligro inminente, la dura experiencia de las divisiones del sitio, concentraron las voluntades, forjaron de nuevo un alma colectiva a la gran ciudad. La Guardia Nacional empezó a cerrar filas.

Orígenes del Comité Central

Hacia finales de enero, algunos republicanos y varios intrigantes que corrían tras un mandato, intentaron agrupar a los guardias nacionales con un fin electoral. Se celebró una reunión magna en el Circo de Invierno, bajo la presidencia de Courty, un negociante del tercer distrito. En ella se preparó una lista bastante heterogénea, se decidió celebrar una nueva reunión para acordar lo que había de hacerse en caso de elecciones dobles, y se encargó a un bureau que convocase regularmente a todas las compañías.

Esta segunda reunión tuvo lugar el 15 de febrero, en la sala de Wauxhall, en la calle de la Douane. Pero, ¿quién pensaba entonces en elecciones? Un solo pensamiento ocupaba todos los corazones: ¡la unión de todas las fuerzas republicanas parisinas contra los rurales triunfantes! La Guardia Nacional era tanta como el París viril en su totalidad. La idea clara, simple y esencialmente francesa, de federar los batallones, vivía desde hacía tiempo en el espíritu de todo el mundo. Brotó de la reunión, y se decidió que los batallones se agruparían en torno a un Comité Central.

Se encargó a una comisión que redactase los estatutos. Cada distrito representado en la sala (dieciocho de veinte) nombró inmediatamente un comisario. ¿Quiénes son? ¿Los agitadores del sitio, los socialistas de la Corderie, los escritores de fama? Nada de eso. No hay entre los elegidos ningún hombre que tenga notoriedad alguna. Los comisarios son pequeños burgueses, tenderos, empleados, ajenos a todos los grupitos, incluso a la misma política, en su mayor parte. Se llamaban Génotel, Alavoine, Manet, Frontier, Badois, Morterol, Mayer, Arnold, Piconel, Audoynaud, Soncial, Dacosta, Masson, Pé, Weber, Trouillet, Lagarde, Bouit. Su presidente, Courty, no es conocido más que por la reunión del Circo; es republicano, pero moderado. La idea de la federación apareció desde el primer día como lo que realmente era: republicana, no sectaria y, por lo mismo irresistible. Clément Thomas lo comprendió así, dijo al gobierno que no respondía de la Guardia Nacional y presentó su dimisión. Se le sustituyó provisionalmente por el firmante de la capitulación, Vinoy.

El 24 de febrero, en Wauxhall, ante dos mil delegados de compañías y guardias nacionales, la comisión leyó su proyecto de estatutos e instó a los delegados a que procedieran inmediatamente a la elección de un Comité Central.

Ese día, la reunión era tumultuosa, inquieta, nada capacitada para un escrutinio. Cada uno de los ocho últimos días había traído de Burdeos nuevas amenazas: Thiers, el enterrador de la República del 48, nombrado jefe del poder ejecutivo, que tenía por ministros a Dufaure, a De Larcy, a Pouyer-Quertier, la reacción burguesa legitimista e imperialista; Jules Favre, Jules Simon, Picard, los que habían entregado París; el salario, todavía indispensable hasta que se abriesen los talleres, transformado en limosna72, y, sobre todo, la terrible humillación inminente. El armisticio, prorrogado por ocho días, expiraba el día 26. Los periódicos anunciaban para el 27 la entrada de los prusianos en París. Desde hacía una semana, una pesadilla velaba en los lechos de toda la ciudad. De ahí que la reunión tratase en seguida las cuestiones más candentes. Un delegado propuso: «La Guardia Nacional no reconoce por jefes más que a sus elegidos». Esto equivalía a emanciparla de la plaza Vendôme. Otro: «La Guardia Nacional protesta contra todo intento de desarme, y declara que se resistirá a ello, incluso por la fuerza de las armas». Votado por unanimidad. Y ahora, ¿va a sufrir París la visita del prusiano, a dejarle que se pasee por los bulevares, como en 1815? No hay discusión posible. La Asamblea, caldeada, lanza un grito de guerra. Algunas observaciones de prudencia son ahogadas. Sí, ¡se opondrán por las armas a la entrada de los prusianos! Esta proposición será sometida por los delegados a su círculo de compañía: Y, aplazándose hasta el 3 de marzo, la reunión se dirige en masa a la Bastilla, arrastrando consigo a un gran número de «móviles» y de soldados.

París, ansioso de libertad, se apiñaba desde por la mañana en torno a su columna revolucionaria, de igual manera que había rodeado la estatua de Estrasburgo cuando temía por la patria. Los batallones desfilaban con tambores y banderas a la cabeza, cubriendo la verja y el pedestal de coronas de siemprevivas. A veces, un delegado subía al zócalo y arengaba al pueblo, que respondía: «¡Viva la República!». Una bandera roja ondea sobre la multitud, acaricia el monumento, vuelve a aparecer en la balaustrada. Un gran clamor la saluda, seguido de un largo silencio. Un hombre, escalando la cima del Genio. Y, en medio de las frenéticas aclamaciones del pueblo, se ve, por vez primera desde el 48, la bandera de la Igualdad sombrear esta plaza más roja que ella, teñida por la sangre de mil mártires.

El gobierno hizo tocar alarma en los barrios burgueses. Ningún batallón respondió. Al día siguiente continuaron las peregrinaciones de guardias nacionales, de «móviles», de soldados, conducidos por sus furrieles. Cuando aparecieron llevando grandes coronas de siemprevivas, los clarines, en pie en las cuatro esquinas del pedestal, dieron el toque de carga. Siguió el ejército. Desfiló un batallón de cazadores de a pie. Mujeres vestidas de negro colgaron una bandera tricolor: «¡A los mártires, las mujeres republicanas!». Banderas y estandartes se enrollaron a la columna, la envolvieron, colgaron de la balaustrada, y, por la noche, la columna revolucionaria, revestida de siemprevivas y de oriflamas, apareció triunfante y sombría, duelo del pasado, esperanza del porvenir, hito y mayo gigantesco.

Fiebre patriótica

El 26 de febrero se redoblaron las manifestaciones. Un agente de policía, sorprendido por los soldados cuando les tomaba el número de sus regimientos, fue aprehendido y arrojado al canal, que le arrastró al Sena, hasta donde le siguieron algunos furiosos. Veinticinco batallones desfilaron en esta jornada, preñada de angustia. Los periódicos anunciaban para el día siguiente la entrada del ejército alemán por los Campos Elíseos. El gobierno replegaba sus tropas sobre la orilla izquierda y abandonaba el Palais de l’Industrie. No olvidaba más que los cuatrocientos cañones de la Guardia Nacional acampados en la plaza Wagram y en Passy. Ya la incuria de los capituladores –Vinoy lo ha escrito– había entregado doce mil fusiles de más a los prusianos. ¿Quién sabe si no iba también a extender sus garras aguileñas hasta estas hermosas piezas de artillería salpicadas con la sangre y la carne de los parisinos, marcadas con la cifra de los batallones? Todo el mundo pensó en ello espontáneamente. Los primeros en partir fueron los batallones del orden de Passy y de Auteuil. De acuerdo con la municipalidad, arr astraron al parque Monceau las piezas del Ranelagh. Los demás batallones de París vinieron a buscar sus cañones al parque Wagram y los condujeron a la ciudad, a Montmartre, a La Villette, a Belleville, a la plaza Vosges, a la calle Basfroi, Barrière d’Italie, etc.

Por la noche, París recobró su fisonomía. La llamada, el somatén, los clarines, lanzaron millares de hombres armados a la Bastilla, a Château-d’Eau, a la calle Rivoli. Las tropas enviadas por Vinoy para sofocar las manifestaciones de la Bastilla fraternizaban con el pueblo. La prisión de Sainte-Pélagie fue forzada y Brunel puesto en libertad. A las dos de la madrugada, cuarenta mil hombres subían por los Campos Elíseos y la avenida de la Grande-Armée al encuentro de los prusianos. Los esperaron hasta el amanecer. Los batallones de Montmartre se engancharon a los cañones a su paso, y los llevaron hasta la alcaldía del distrito xviii y en el bulevar Ornano.

A este impulso caballeresco, respondió Vinoy con una insultante orden del día. Este gobierno que injuriaba a París le pedía que, encima, inmolase a Francia. Thiers había firmado la víspera, también con lágrimas en los ojos, los preliminares de paz, dando a Bismarck, a cambio de Belfort, libre acceso a París.

El 27 de febrero, por medio de un bando, seco como un acta, Picard anunció que el 1 de marzo treinta mil alemanes ocuparían los Campos Elíseos.

El 28, a las dos, la comisión encargada de redactar los estatutos del Comité Central se reunió en la alcaldía del distrito iii. Convocó en la calle Rosiers a los jefes de batallones y a los delegados de los diferentes comités militares que se habían creado espontáneamente en París, como el de Montmartre. La sesión, presidida por Bergeret, de Montmartre fue terrible. La mayoría no hablaba más que de batallas, exhibía mandatos imperativos, recordaba la reunión de Wauxhall. Casi por unanimidad, se resolvió tomar las armas contra los prusianos. El alcalde, Bonvalet, muy inquieto por sus huéspedes, hizo rodear la alcaldía y, un poco de buen grado, y otro a la fuerza, consiguió desembarazarse de ellos73.

Durante toda la jornada se armaron los barrios, se apoderaron de las municiones. Algunas piezas de sitio fueron montadas en sus afustes. Los móviles, olvidando que eran prisioneros de guerra, volvieron a tomar las armas en los sectores. Por la noche invadieron el cuartel de la Pepinière, ocupado por los marinos, y llevaron a estos en manifestación a la Bastilla.

La catástrofe hubiera sido indudable sin el valor de algunos hombres que se atrevieron a ir contra la corriente. Toda la Corderie (Comité Central de los veinte distritos, Internacional, Federación de las Cámaras Sindicales) observaba con suspicaz reserva aquel embrión de comité compuesto por desconocidos, a los que no se había visto en ningún movimiento revolucionario. Al salir de la alcaldía del tercer distrito, algunos de los delegados de batallones, que pertenecían asimismo a los grupos de la Corderie, fueron a esta a contar la sesión y la resolución desesperada que en ella se había adoptado. Se esforzaron en disuadirles, y se enviaron oradores a Wauxhall, donde se celebraba una gran reunión. Los oradores consiguieron hacerse oír. Muchos ciudadanos hicieron también grandes esfuerzos por hacer entrar a la concurrencia en razón. El día 28 por la mañana, los tres grupos de la Corderie publicaron un manifiesto conjurando a los trabajadores a que se abstuvieran. «Todo ataque –decían– servirá para exponer al pueblo a los golpes de los enemigos de la Revolución, que ahogarían las reivindicaciones en un torrente de sangre. Recordemos las lúgubres jornadas de junio».

Esto no era más que una voz y de poco timbre. Desde las elecciones generales, el comité de los veinte distritos se reducía a una docena de miembros; la Internacional y las cámaras sindicales no contaban. Los elegidos del Wauxhall, por el contrario, representaban la masa armada. Bastaba con que un obús partiese de Montmartre contra los prusianos, y se entablaría el horrible combate. Así lo supieron comprender, y el 28 de febrero fijaron una imperativa proclama, enmarcada en negro: «Ciudadanos, toda agresión equivaldría al derrumbamiento de la República. Se establecerá, alrededor de los barrios que debe ocupar el enemigo, una serie de barricadas, adecuadas para aislar completamente esta parte de la ciudad. La guardia nacional, de acuerdo con el ejército, vigilará para que el enemigo no pueda comunicarse con las zonas atrincheradas de París». Seguían veintinueve nombres74. Estos veintinueve capaces de calmar a la Guardia Nacional fueron aprehendidos, incluso por la burguesía, que no pareció extrañarse de tal poder.


Avenida de la Grande Armée. Fotografía anónima

Los prusianos en París

Los prusianos pudieron entrar el primero de marzo. El París que el pueblo había reconquistado no era ya el París de los nobles y de los grandes burgueses del 30 de marzo de 1815. La bandera negra que colgaba en las casas, las calles desiertas, las tiendas cerradas, las fuentes cegadas, las estatuas de la Concordia veladas, el gas negándose a alumbrar por las noches, hablaban de una ciudad indómita. Así debió de entregarse Moscú al Gran Ejército. Acampados entre el Sena y el Louvre, que tenía las salidas cerradas, y un cordón de barricadas bordeando el barrio Saint-Honoré, los alemanes parecían cogidos en una trampa. Algunas mujeres públicas que se atrevieron a franquear el límite, fueron tratadas a latigazos. Un café de los Campos Elíseos, que se había abierto para ellos, fue saqueado. Solamente en Saint-Germain se encontró un gran señor que ofreció su techo a los prusianos.

París estaba todavía pálido por la afrenta, cuando una avalancha de nuevas injurias llegó de Burdeos. La Asamblea no solo no había encontrado una frase para asistirle en esta crisis dolorosa, sino que todos sus periódicos, con L’Officiel a la cabeza, se indignaban de que hubiera pensado siquiera en manifestarse contra los prusianos. En las oficinas se firmaba una proposición para fijar la residencia de la Asamblea fuera de París. El proyecto de ley sobre los vencimientos y los alquileres retrasados se anunciaba, preñado de quiebras. La paz acaba de ser aceptada, votada a marchas forzadas. Alsacia, la mayor parte de Lorena, un millón seiscientos veinte mil franceses arrancados a la patria, cinco mil millones, los fuertes del Este de París ocupados hasta la entrega de los primeros quinientos millones, y los departamentos del Este hasta el pago final; tal era el precio con que Bismarck nos traspasaba la Cámara inencontrable.

Para consolar a París de tantas vergüenzas, Thiers nombraba general de la Guardia Nacional al evacuador de Orleans, el brutal comandante del ejército del Loire, destituido por Gambetta, el mismo que, en una carta al emperador publicada recientemente, aún se lamentaba de no haber podido venir a París el 2 de diciembre del 51, para aplastar a los parisinos: D’Aurelles de Paladine. Dos senadores bonapartistas, los fusiladores, a la cabeza del París republicano. En París soplaban vientos de golpe de Estado.

El 3 de marzo enviaron sus delegados al Wauxhall doscientos batallones. El proyecto de estatutos redactado por el Comité Central provisional comenzaba por afirmar la República «como único gobierno de derecho y de justicia, superior al sufragio universal, que es obra suya». «Los delegados –decía el artículo– deberán prevenir todo intento que tenga por fin el derrumbamiento de la República». El Comité Central debía estar formado por tres delegados por distrito, elegidos sin distinción de grado por las compañías, legiones y el jefe de legión. Estos estatutos fueron aprobados. Mientras llegaban las elecciones regulares, la reunión nombró una comisión ejecutiva. Formaban parte de ella: Varlin, Pindy, Jacques Durand, delegados por sus batallones. Se votó por unanimidad la reelección de todos los grados. Se presentó esta moción: «El departamento del Sena se constituirá en República independiente, caso de que la Asamblea descapitalizara París». Moción mal concebida, mal presentada, que parecía aislar a París del resto de Francia; idea antirrevolucionaria, antiparisina, que se volvió cruelmente contra la Comuna. ¿Y quién te alimentará, París, si no es la provincia? ¿Y quién te salvará, hermano de los campos, sino París? Pero París vivía solo desde hacía seis meses; solo él había querido la lucha hasta el fin; solo él había protestado contra la Asamblea realista. Y el abandono, los votos de la provincia y la mayoría rural, hicieron creer a unos hombres prestos a morir por la República universal, que podían encerrar la República en París.

72.- Para obtener un jornal, era preciso pedirlo por escrito, y probar que no se podía conseguir trabajo. (Jules Simon, El gobierno de Thiers)

73.- Un cura, Vidieu, autor de Una Historia de la Comuna, pretende haber descubierto el objeto de este movimiento. «Había, evidentemente, una consigna. Al primer disparo acudiría el enemigo, el monte Valérien incendiaría los más bellos barrios de París, las demás fuerzas prenderían fuego a la ciudad y, mientras tanto, se pescaría libremente en río revuelto».

74.- Alavoine, Bouit, Frontier, Boursier, David-Brisson, Barroud, Gritz, Tessier, Ramel, Badois, Arnold, Piconel, Audoynaud, Masson, Weber, Lagarde, Laroque, Bergeret, Pouchain, Lavalette, Fleury, Maljournal, Chouteau, Cadaze, Castioni, Dutil, Matté, Ostyn. Solo diez de la comisión elegida el 15 figuran en esta lista; algunos, como Dacosta, se habían retirado creyendo que se iba demasiado lejos; otros no asistían a la sesión en la que se firmó el cartel. Delegaciones, juntas revolucionarias, habían presentado a los diecinueve restantes, tan desconocidos como los demás.

Capítulo IV Los monárquicos abren fuego contra París se constituye El comité central Thiers ordena el asalto

Abrigábamos un gran respeto hacia esta gran ciudad, honor de Francia, que acababa de soportar cinco meses de sitio.

Discurso de Dufaure contra la amnistía

Mayo del 76

La guardia nacional respondió al plebiscito rural con la federación; a las amenazas de los monárquicos, con las manifestaciones de la Bastilla; al proyecto de descapitalización y al bofetón de D’Aurelles, con las resoluciones del 3 de marzo. Lo que no pudieron hacer los peligros del sitio, lo hizo la Asamblea: la unión de la pequeña burguesía con el proletariado. La burguesía media se sublevó. El alejamiento de la Asamblea lastimaba su orgullo, la alarmaba en cuanto a la marcha de sus asuntos. La inmensa mayoría de París vio sin pena cómo se organizaba una defensa parisina. El 3 de marzo, el ministro del Interior, Picard, denunció al Comité Central como anónimo y llamó a «todos los buenos ciudadanos a ahogar sus culpables manifestaciones». Nadie se conmovió. La acusación, además, era ridícula. El Comité se manifestaba visiblemente, enviaba informes a los periódicos y actuó exclusivamente para salvar a París de una catástrofe. Al día siguiente de ser acusado, respondió: «El Comité no es anónimo, es la reunión de los mandatarios de unos hombres libres que quieren la solidaridad entre todos los miembros de la guardia nacional. Sus actas han sido siempre firmadas. Rechaza con desprecio las calumnias que le acusan de excitación al pillaje y a la guerra civil. Firmado: Los elegidos de la ciudad en el Wauxhall»75.

El mismo día, D’Aurelles, recién llegado a París, convocaba a los jefes de batallón. De doscientas sesenta respondió una treintena. Él venía, según les dijo, a purgar a la Guardia Nacional de sus malos elementos, y dio una orden del día digna de un gendarme. Por toda respuesta el Comité, por medio de un pasquín, invitó a todos los ciudadanos a organizar círculos de batallón, consejos de legión, y a que nombrasen a sus delegados para el comité definitivo.

Los jefes de la coalición realista vieron perfectamente adónde se iba; tanto más cuanto que la comisión que acompañó a Thiers en sus negociaciones de paz en Versalles les expuso cuadros espantosos de París. La ciudad de la República aumentaba todos los días su arsenal de fusiles y de cañones. Un poco más y el armamento sería completo, si no se daba rápidamente un golpe.

Lo que no acabaron de ver fue la talla de su enemigo. Creyeron en los cuentos de sus gacetas, en la cobardía de los guardias nacionales y en las fanfarronadas de Ducrot, que juraba en las oficinas de la Asamblea odio eterno a los demagogos, sin los cuales hubiera vencido. Los capitanes de la reacción se hincharon hasta creer que se tragarían París.

Toda la reacción contra París

La operación fue llevada a cabo con habilidad, constancia y disciplina clericales. Legitimistas, orleanistas y bonapartistas divididos en la cuestión del nombre del monarca, aceptaron un compromiso imaginado por Thiers: partes iguales en el poder, lo que se llamó el pacto de Burdeos. Además, tratándose de ir contra Paras, no podía haber división.

Desde los primeros días de marzo, sus periódicos de provincias anunciaron incendios y saqueos en París. El 4 de marzo no hubo más que un rumor en las oficinas de la Asamblea: acaba de estallar una insurrección, las comunicaciones telegráficas están cortadas, el general Vinoy se ha retirado a la orilla izquierda. Thiers, que dejaba propagar estos rumores, destacó a París cuatro diputados alcaldes: Arnaud de l’Ariège, Clemenceau, Tirard y Henri Martin. Los emisarios encontraron París «absolutamente tranquilo» y se lo dijeron al ministro del Interior. Picard respondió: «Esa tranquilidad no es más que aparente, es preciso obrar»; y el alcalde del cuarto distrito, Vautrain, dijo: «Hay que coger al toro por los cuernos y detener al Comité Central».

La coalición no dejó pasar un día sin picar al toro. Cayeron sobre París y sus representantes risas, provocaciones e injurias. Algunos como Malon, Ranc, Rochefort y Tridon se retiraron ante el voto que venía a mutilar a la patria, como lo habían hecho Gambetta y los de Alsacia y Lorena. Se le gritó: «¡Buen viaje!». El 8 de marzo, Hugo es maltratado por defender a Garibaldi. Dimite. Abuchean a Delescluze, que pide que se entable acusación contra los defensores. El día 10, cuatrocientos veintisiete rurales se niegan a residir en París. Quieren más: la descapitalización definitiva, Bourges o Fontainebleau. Thiers los halaga: «Jamás Asamblea alguna recibió poderes más extensos –no tenía ni siquiera archivos–. Podrían ustedes hacer, si quisieran, hasta una Constitución». Obtuvo con gran trabajo el traslado a Versalles, más fácil de defender. Esto era llamar a la Comuna, porque París no podía vivir sin gobierno y sin municipalidad.

Fijado así el campo de batalla, se formó un ejército de la desesperación. Los efectos comerciales vencidos, del 13 de agosto al 13 de noviembre del 70, se hicieron exigibles siete meses después, fecha por fecha, con sus intereses. Así, al cabo de tres días, el 13 de marzo, era preciso pagar las letras vencidas el 13 de agosto. Decreto imposible, ya que los negocios estaban en suspenso desde hacía siete meses y no había modo de encontrar crédito; el Banco no había vuelto a abrir sus sucursales. Algunos diputados de París visitaron a Dufaure, que había vivido la vida del sitio. Se mostró irreductible; seguía siendo el verdadero Dufaure del 48. Quedaba en pie la cuestión de los alquileres retrasados, temible para todo París. Millière conjuró a la Asamblea a que la resolviese equitativamente. No obtuvo respuesta. Trescientos mil obreros, comerciantes, artesanos, pequeños fabricantes y tenderos, que habían gastado su peculio durante el sitio y no ganaban nada todavía, quedaron a merced del casero y de la quiebra. Del 13 al 17 de marzo, hubo ciento cincuenta mil protestas. Las grandes ciudades industriales reclamaron. Nada.

Cargada así la mina, la Asamblea se aplazó hasta el 20 de marzo, después de haber obligado a Thiers a afirmar que podría deliberar en Versalles «sin miedo a los adoquines del motín». El hombrecillo tenía también su vencimiento.

París no retrocedía ante todas estas amenazas. Picard, con la intención de amedrentarle, llamó a Courty y le dijo «que los miembros del Comité Central se jugaban la cabeza». Courty hizo casi la promesa de devolver los cañones. El Comité lo desautorizó.

Desde el día 6, el Comité residía en la Corderie, absolutamente independiente de los tres simulacros de grupos. Dio pruebas de habilidad política, burló las intrigas de cierto Raoul du Bisson, exoficial de ejércitos exóticos, cargado de dudosas aventuras, que había presidido la reunión del 24 en Wauxhall y trabajaba por constituir un Comité Central de arriba, con los jefes de batallón. El Comité despachó tres delegados a este grupo, que ofrecía una resistencia muy viva. Barberet, un jefe de batallón, se mostró particularmente intratable; otro, Faltot, arrastró a la reunión: «¡Yo estoy con el pueblo!». La fusión se llevó a cabo definitivamente el 10, día de asamblea general de delegados. El Comité presentó su informe, exponiendo la historia de la semana, el nombramiento de D’Aurelles, el incidente de Courty: «Lo que somos, los acontecimientos lo han dicho; los ataques reiterados de una prensa hostil a la democracia nos lo han enseñado, y las amenazas del gobierno han venido a confirmarlo. Somos la barrera inexorable levantada contra todo intento de derrumbar la República». Los delegados fueron invitados a apresurar las elecciones del Comité Central. Se redactó en seguida un llamamiento dirigido al ejército.

Desde hacía varios días, el gobierno enviaba a provincias a los 220.00 hombres desarmados por la capitulación, «móviles» o desmilitarizables en su mayoría, y los reemplazaba por soldados de los ejércitos del Loire y del Norte. París se inquietaba con estas tropas que los periódicos reaccionarios excitaban contra él. El llamamiento de la reunión decía: «Soldados, hijos del pueblo, unámonos para salvar a la República. Los reyes y los emperadores nos han hecho demasiado daño». Al día siguiente, los soldados defendían este pasquín contra la Policía.

La jornada del 11 de marzo fue pésima para París. Supo a un mismo tiempo su descapitalización y su ruina. Vinoy suprimía seis periódicos republicanos, cuatro de los cuales, Le Cri du Peuple, Le Mot d’Ordre, Le Père Duchéne y Le Vengeur tiraban doscientos mil ejemplares. El consejo de guerra que juzgaba a los acusados del 31 de octubre condenaba a muerte a varios de ellos, entre otros a Flourens y a Blanqui. Triple detonación que asustaba a todo el mundo, a burgueses, republicanos y revolucionarios. Aquella Asamblea de Burdeos, tan mortífera en París, de un corazón, de un espíritu, de una lengua tan contrarios a París, se mostró como un gobierno de extranjeros. Desaparecieron las últimas vacilaciones. El diputado-alcalde del distrito xviii, Clemenceau, trabajaba desde hacía varios días para conseguir la entrega de los cañones de Montmartre, y encontró oficiales bastante bien dispuestos a ello. El comité de la calle Rosiers se opuso; era el comité más importante de todos, por su situación, por el número de sus cañones, y trataba en un pie de igualdad con el Comité Central, al que no envió delegados hasta muy tarde. Cuando D’Aurelles expidió los tiros de caballos a Montmartre, los guardias nacionales negaron las piezas y las transportaron a las colinas, donde el comandante Poulizac, que había de morir en las filas del ejército versallés, construía una especie de parapeto. El comité de la calle Rosiers proporcionó los centinelas, las piezas afluyeron, y llegaron a reunirse ciento setenta.

Se constituye el Comité Central

La Revolución, que no tenía ya periódicos, hablaba ahora por medio de pasquines de todos los colores, de todas las ideas. Flourens y Blanqui, condenados en rebeldía, fijaban protestas en las paredes. Los grupos moderados protestaban también contra los decretos sobre vencimientos. Se organizaban comités en los barrios populares. El del distrito xviii tenía por jefe al fundidor Duval, hombre de energía fría y dominadora. Todos estos comités anulaban las órdenes de D’Aurelles. Disponían, en realidad, de la Guardia Nacional.

Vinoy decía, como Vautrain: «Detengamos al Comité Central» y nada parecía más fácil, ya que todos sus miembros inscribían sus señas en los pasquines. El propio Picard respondía: «Yo no tengo policía, deténgalos usted mismo». Vinoy replicaba: «Eso no es de mi incumbencia». Se le dio al general Valentin, hombre de mano de hierro. El Comité Central, tranquilamente, se presentó el día 15 en la tercera asamblea general de Wauxhall. Se hallaban representados doscientos quince batallones. Garibaldi fue proclamado general en jefe de la Guardia Nacional. Un orador –Lullier, exoficial de marina–, arrebató a la asamblea, pues tenía cierta apariencia de instrucción militar y, cuando no estaba aturdido por el alcohol, tenía algunos momentos de lucidez que despertaban grandes ilusiones. Se hizo nombrar comandante de artillería. A continuación, fueron proclamados los nombres de los elegidos para el Comité Central, unos treinta aproximadamente. Varios distritos no habían votado aún. Era el Comité Central regular, el que habría de entrar en el Hôtel-de-Ville. Muchos de los elegidos pertenecían a la anterior comisión. Los demás, de todas las capas del pueblo, conocidos solamente en los consejos de familia o en su batallón. Los hombres de más relieve no intrigaron para obtener sufragios. La Corderie, los mismos blanquistas, no querían admitir que esa Federación, ese Comité, esos desconocidos fuesen una fuerza.

Es verdad que no les guiaba ningún programa concreto. El Comité Central no es la cabeza de columna de un partido, no tiene un ideal que realizar. Solo ha podido agrupar a tantos batallones una idea sencillísima: defenderse de la monarquía. La Guardia Nacional se constituye en compañía de seguros contra un golpe de Estado; el Comité Central es el centinela. A eso se reduce todo.

El aire es pesado, nadie sabe a dónde se va. El pequeño grupo de la Internacional convoca ingenuamente a los diputados socialistas, para que le expliquen la situación. Nadie piensa en el ataque. El Comité Central ha declarado, por otra parte, que el pueblo no abrirá jamás el fuego, que solamente se defenderá en caso de agresión.

He aquí el agresor

El agresor llegó el 15 de marzo: el señor Thiers. Había esperado apoderarse de nuevo insensiblemente de la ciudad con soldados bien escogidos a los que se había mantenido aislados de los parisinos; pero faltaba tiempo para ello, la fatídica fecha del 20 se echaba encima. Apenas llegó, Thiers fue asaltado y se le acució para que obrase. Los bolsistas andaban en el ajo. Los mismos que habían precipitado la guerra para echar una leña a sus chanchullos, le decían: «No logrará usted hacer operaciones financieras si antes no acaba con estos malvados»76. ¡Acabar con ellos! La siniestra palabra de junio del 48, monstruosa en marzo del 71!

¡Cómo! Ante los ojos de los prusianos, cuando Francia apenas palpita, cuando solo el trabajo puede reconstruirla, ¿va a correr el gobierno de esa misma Francia el riesgo de una guerra civil, va a aventurar tantas vidas de trabajadores? ¿Está seguro, por lo menos, de que acabará con ellos? Por espacio de tres días, casi sin armas, los insurgentes de junio del 48 hicieron frente a los mejores generales de África. En el 71, contra este haz de batallones provistos de buenos fusiles, de cañones que ocupaban las alturas, el gobierno no tiene más que a un Vinoy, la división tolerada por los prusianos, tres mil y los gendarmes, quince mil hombres y harto estropeados. Los siete u ocho mil que han sido traídos del Loire y del Norte, han estado a punto de amotinarse en la primera revista. Mal alimentados, mal abrigados, vagan por los bulevares exteriores. Las parisinos les llevan sopa y mantas a las barracas donde se hielan.

¿Cómo desarmar a cien mil hombres con esta tropa de mala muerte? Porque para llevarse los cañones, había que empezar por desarmar a la Guardia Nacional. Los coaligados se burlaban de los atrincheramientos de Montmartre, de los veinticinco hombres de la calle Rosiers. Consideraban cosa de elemental facilidad recobrar los cañones. Estos se hallaban, en efecto, muy poco guardados, porque cincuenta adoquines por el aire bastaban para detener todo intento de apoderarse de ellos. Que los tocasen, y París entero acudiría en su defensa. No bien hubo llegado a París, recibió Thiers una lección a este respecto. Vautrain había prometido los cañones de la plaza Vosges; los guardias nacionales desclavaron las piezas, y los pequeños burgueses de la calle Tournelles se lanzaron a desempedrar las calles.

Era una insensatez atacar. Thiers no vio nada, ni la desafección de todas las clases sociales, ni la irritación de los barrios. Contemporizar, desarmar a París con concesiones, neutralizar a los rurales con la gran ciudad eran expedientes que estaban muy por encima de su política. Su desprecio al pueblo hizo lo demás. Espoleado por el vencimiento del 20, se lanzó a la aventura, celebró un consejo el día 17 y, sin consultar a los alcaldes, como Picard había prometido, sin dar oídos a los jefes de los batallones burgueses, que aquella misma noche afirmaban que no podían contar con sus hombres, ese gobierno, incapaz de detener a los veinticinco miembros del Comité Central, dio orden de requisar los doscientos cincuenta cañones guardados por todo París.


Se arrancaron adoquines de las calles, como se ve en esta foto de la calle Pelletier. (Foto: Braquehais)

75.- Arnold, J. Bergeret, Bouit, Castioni, Chauviére, Chouteau, Courty, Dutilh, Fleury, Frontier, H. Fortuné, Lacord, Lagarde, Lavalette, Mal journal, Matté, Ostyn, Piconel, Pindy, Prudhomme, Varlin, H. Verlet, Viard. Cinco solamente de los electos del 15 de febrero.

76.- «Algunos especuladores de Bolsa, creyendo que bastaría con una campaña de seis semanas para devolver el impulso a las especulaciones de que vivían, decían: “Es un mal momento por el que pasar, unos cincuenta mil hombres que habrá que sacrificar, después de lo cual el horizonte se aclarará, y los negocios volverán a marchar”» (Encuesta sobre el 4 de septiembre: Thiers).

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