Читать книгу: «Grandes Novelas»
Títulos originales:
The Time Machine;
The Island of Doctor Moreau;
The Invisible Man;
The War of the Worlds
© The Literary Executors of the Estate of H. G. Wells.
© de la traducción de La máquina del tiempo y La guerra de los mundos: Raquel Herrera, 2012.
© de la traducción de La isla del doctor Moreau y El hombre invisible: Pilar Ramírez Tello, 2012.
© del prólogo Jacinto Antón, 2012.
© de esta edición digital: RBA Libros, S.A., 2013.
Avda. Diagonal, 189 - 08018 Barcelona.
www.rbalibros.com
REF.: OEBO487
ISBN: 978-84-9006-960-8
Composición digital: Víctor Igual, S. L.
Queda rigurosamente prohibida sin autorización por escrito del editor cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra, que será sometida a las sanciones establecidas por la ley. Todos los derechos reservados.
Índice
Prologo
GRANDES NOVELAS
LA MÁQUINA DEL TIEMPO
1
2
3
4
5
6
7
8
9
10
11
12
EPÍLOGO
APÉNDICE: PREFACIO DE WELLS (1931)
LA ISLA DEL DOCTOR MOREAU
INTRODUCCIÓN
1. EN EL BOTE DEL LADY VAIN
2. EL HOMBRE QUE NO IBA A NINGUNA PARTE
3. EL ROSTRO EXTRAÑO
4. EN LA BORDA DE LA GOLETA
5. EL DESEMBARCO EN LA ISLA
6. LOS ATERRADORES BARQUEROS
7. LA PUERTA CERRADA
8. EL LAMENTO DEL PUMA
9. LA CRIATURA DEL BOSQUE
10. EL LAMENTO DEL HOMBRE
11. LA CAZA DEL HOMBRE
12. LOS PREDICADORES DE LA LEY
13. EL PARLAMENTO
14. LA EXPLICACIÓN DEL DOCTOR MOREAU
15. SOBRE EL PUEBLO DE LAS BESTIAS
16. DE CÓMO EL PUEBLO DE LAS BESTIAS PROBÓ LA SANGRE
17. UNA CATÁSTROFE
18. APARECE MOREAU
19. EL «DÍA FESTIVO» DE MONTGOMERY
20. A SOLAS CON EL PUEBLO DE LAS BESTIAS
21. LA REGRESIÓN DEL PUEBLO DE LAS BESTIAS
22. EL HOMBRE SOLO
EL HOMBRE INVISIBLE
1. LA LLEGADA DE LO DESCONOCIDO
2. LAS PRIMERAS IMPRESIONES DEL SEÑOR TEDDY HENFREY
3. LAS MIL Y UNA BOTELLAS
4. EL SEÑOR CUSS HABLA CON EL DESCONOCIDO
5. EL ROBO EN LA PARROQUIA
6. LOS MUEBLES QUE SE VOLVIERON LOCOS
7. EL DESCONOCIDO QUEDA AL DESCUBIERTO
8. EL TRAYECTO
9. EL SEÑOR THOMAS MARVEL
10. LA VISITA DEL SEÑOR MARVEL A IPING
11. EN EL COACH AND HORSES
12. EL HOMBRE INVISIBLE PIERDE LOS NERVIOS
13. EL SEÑOR MARVEL INTENTA RENUNCIAR
14. EN PORT STOWE
15. EL HOMBRE QUE CORRÍA
16. EN EL JOLLY CRICKETERS
17. EL VISITANTE DEL DOCTOR KEMP
18. EL HOMBRE INVISIBLE DUERME
19. ALGUNOS PRINCIPIOS ESENCIALES
20. EN LA CASA DE GREAT PORTLAND STREET
21. EN OXFORD STREET
22. LOS GRANDES ALMACENES
23. EN DRURY LANE
24. EL PLAN FALLIDO
25. LA CAZA DEL HOMBRE INVISIBLE
26. EL ASESINATO DE WICKSTEED
27. EL SITIO DE LA CASA DE KEMP
28. EL CAZADOR CAZADO
EPÍLOGO
LA GUERRA DE LOS MUNDOS
LIBRO I: LA LLEGADA DE LOS MARCIANOS
1. LA VÍSPERA DE LA GUERRA
2. LA ESTRELLA FUGAZ
3. EN HORSELL COMMON
4. EL CILINDRO SE ABRE
5. EL RAYO DE CALOR
6. EL RAYO DE CALOR EN LA CARRETERA DE CHOBHAM
7. CÓMO LLEGUÉ A CASA
8. EL VIERNES POR LA NOCHE
9. EMPIEZA LA LUCHA
10. BAJO LA TORMENTA
11. EN LA VENTANA
12. LO QUE VI DE LA DESTRUCCIÓN DE WEYBRIDGE Y SHEPPERTON
13. CÓMO ME ENCONTRÉ CON EL CURA
14. EN LONDRES
15. LO QUE HABÍA OCURRIDO EN SURREY
16. EL ÉXODO DE LONDRES
17. EL NIÑO DEL TRUENO
LIBRO II: LA TIERRA DOMINADA POR LOS MARCIANOS
1. ENTERRADOS
2. LO QUE VIMOS DESDE LA CASA EN RUINAS
3. LOS DÍAS DE ENCIERRO
4. LA MUERTE DEL CURA
5. LA QUIETUD
6. LA OBRA DE QUINCE DÍAS
7. EL HOMBRE DE PUTNEY HILL
8. LONDRES MUERTO
9. RUINAS
10. EPÍLOGO
¡QUE VIENEN LOS MARCIANOS (Y LOS MORLOCKS, Y LAS BESTIAS DE MOREAU, Y EL HOMBRE INVISIBLE)!
por
JACINTO ANTÓN
Abro mi viejo libro con manos temblorosas y ahí siguen todos: los despiadados marcianos, los sombríos caníbales morlocks, el coro de bestias semihumanas de la isla de Moreau y Griffin, el pavoroso hombre invisible. Imposible reunir tanta conmoción, tanta aventura y tanto escalofrío en un solo volumen como no sea en este de las grandes obras de H. G. Wells. Si ustedes no han leído estas cuatro novelas que se cuentan entre lo más emocionante que se ha escrito nunca no saben dónde se adentran, lo que les espera. Aunque, claro, es difícil que nadie desconozca del todo este póquer de títulos seminales de la literatura universal —y no solo fantástica (Wells es uno de los padres de la ciencia ficción)— que han sido versionados y homenajeados de mil y una maneras en otras obras y soportes, incluidas numerosas películas. Bienvenidos, sea cual sea su caso, a este territorio deslumbrante de lo asombroso.
Cuando yo me sumergí en el tomo primero de las obras completas de Wells en la edición de clásicos del siglo XX de Janés Editor (Barcelona, 1953) de la biblioteca de mi padre, una edición de casi mil quinientas páginas en papel biblia y encuadernada en piel azul oscura (hoy un tanto desvaída), era aún un niño, un lector inocente de diez años acunado en tebeos, libros juveniles, las antiguas adaptaciones de Araluce y los primeros encuentros con Julio Verne, Salgari o Karl May. H. G. Wells llegó entonces, y marcó mi vida. Fue el despertar a la narrativa adulta, al verdadero placer estremecedor de la lectura, al sentido de la maravilla y a la vez a la percepción consciente de lo tenebrosa que puede ser la existencia. Luego han venido otras grandes experiencias literarias: el descubrimiento del uno mismo (y del bricolaje, si me permiten la broma) en Robinson Crusoe, el del erotismo en el Decamerón —¡no lo suficientemente alto en los estantes de mi padre!—, el del amor en El cuarteto de Alejandría, el de Egipto en Sinuhé, el del mar y la cobardía redimida en Lord Jim… Pero estas cuatro grandes novelas de Wells, leídas en rápida sucesión esa primera vez, casi sin levantar la cara del libro, y luego vueltas a releer una y otra vez, siguen ocupando un lugar esencial en mi biografía de lector.
La primera fue La guerra de los mundos. Les podría recitar de memoria fragmentos del sobrecogedor inicio con el que el autor abre el telón y que nos meten de cabeza en el reino de lo impensado y lo terrible: ¡una invasión marciana! (la primera a la que tuvimos que hacer frente, la madre de todas las invasiones extraterrestres —y no solo—). «A través de los abismos del espacio, espíritus que son a los nuestros lo que nuestros espíritus son a los de las bestias de alma perecedera; inteligencias vastas, frías e implacables, contemplaban esta tierra con ojos envidiosos y trazaban con lentitud y seguridad sus planes de conquista». Inigualable. La sensación desazonadora de que alguien allá arriba nos podía mirar como si fuéramos microbios o bacilos me hacía encorvar los hombros mientras la oscuridad invadía paulatinamente la biblioteca de casa y el haz de la lámpara de pie, remedo del rayo mortal de los marcianos, marcaba un inquietante círculo de luz sobre las páginas.
En La guerra de los mundos nos vamos adentrando en un relato de tono tan realista, cargado de detalles y escrito en tono casi periodístico que hay que hacer un esfuerzo para mantener la calma y no creer que estás leyendo la crónica estricta de un verdadero cataclismo, la derrota de la civilización, la matanza de la humanidad. Incluso se nos dice que un ejemplar de marciano se conserva «casi completo» en alcohol en el Museo de Historia Natural de Londres (¡tenemos que pedir que nos lo enseñen en la próxima visita!). No es de extrañar que la adaptación radiofónica de 1938 del Mercury Theatre de Orson Welles desatara el pánico como lo hizo. Me ha encantado saber, muchos años después de la primera lectura, que H. G. Wells dedicó mucho tiempo a pasear en bicicleta por los escenarios reales de la campiña inglesa donde se producen las primeras llegadas de los invasores marcianos a fin de describir los parajes con exactitud. Imagino al autor, con su aspecto simpático de sabio despistado y amable, saludando a la gente a la que iba a matar de maneras tan crueles en su novela y planeando escenas de destrucción masiva en los pacíficos pueblecitos que atravesaba.
La guerra de los mundos (1898) se presenta como una advertencia, un toque de atención a lo que nos puede caer encima, a los peligros que acechan a la raza humana. Después de leerla ya no vuelves a ser el mismo, te entra una especie de pesimismo cósmico (que es lo que luego llevó a su extremo Lovecraft). Y es que los invasores vienen a merendársenos como si no fuéramos más dignos de interés que el ganado. No hay posibilidad de conversaciones de paz ni de treguas. Aún hoy me sobresalto como la primera vez al oír el sonido metálico de las cabezas de los cilindros marcianos al desatornillarse desde dentro o el ruido ominoso de los invasores al ensamblar a martillazos sus letales máquinas. Por supuesto en la cabeza se me mezclan las páginas de Wells con las imágenes de la película de 1953 de Byron Haskin —¡la sombra del marciano en la pared!— , el rock progresivo de la versión musical de Jeff Wayne y la tremebunda nueva versión de Spielberg de 2005 con Tom Cruise, en la que los trípodes gigantes de los extraterrestres (¡bravo, Steven!) cuentan con cestas para recoger la cosecha humana (Wells escribió que cargaban recipientes metálicos «a la manera que cuelga un saco de los hombros de un trapero»: estamos en los predios del terror más primordial, claro, ¡el hombre del saco!).
Sin embargo ni los más espectaculares efectos especiales del genio de Hollywood son capaces de igualar el poder de conmoción de la descripción que nos brinda Wells de sus marcianos chupadores de sangre, definitivamente antipáticos: una masa grisácea y redonda del tamaño de un oso que brilla como cuero humedecido, dotada de una boca cuyos bordes sin labios, temblorosos y palpitantes, segregan saliva. «Los que no hayan visto un marciano vivo se imaginarán difícilmente el horror extraño de su aspecto, la singular boca en forma de V (…) el gorgóneo grupo de los tentáculos (…) me sentí abrumado de asco y de miedo». Asquerosas bestias, y llegan bien armadas. Afortunadamente carecen de sexo, al menos en ese aspecto nos dejarán tranquilos. «El miedo a los marcianos me envolvía por todas partes», dice el protagonista. Solo podemos asentir. ¡Imaginen lo que fue leerlo con diez años! Quizá nada sintetiza más la desazón y la sensación de urgencia que provoca toda la novela que el grito de aquella vieja en el camino de Woking devastado por el Rayo Ardiente: «¡Que vienen!». Contra ellos, contra los marcianos, Wells envía a los húsares de Cardigan; no había nada mejor. En fin, en nuestra época tampoco lo hacen muy bien los tanques y aviones.
Pasada la orgía de destrucción, aún faltaba lo peor. Es imposible leer la segunda parte, «La Tierra dominada por los marcianos», sin hundirse moralmente. Enterrados, atrapados, escondidos, en compañía de gente tan pirada como el vicario y el artillero, nos aplasta el peso de la soledad y el desvalimiento que provoca la destrucción del orden social, por no hablar de lo que deprime ser tan conscientes de haberte convertido en la parte mala de la cadena alimentaria. No les revelo nada si les digo que la humanidad sale adelante, pero no como vencedora de la guerra sino como mera superviviente. Por pura chiripa, y a esperar la próxima… «Hemos aprendido a no considerar en lo sucesivo nuestro planeta como segura e inviolable morada del hombre».
Uno desembarca en La isla del doctor Moreau pensando que no le va a intranquilizar tanto. Craso error. Yo aún tengo pesadillas con las cosas terribles que pasan allí, en la isla Noble (!). Ríase usted de los experimentos de la InGen de Hammond en la Isla Nublar de Parque Jurásico. Al lugar, un islote volcánico, llega Edward Prendick, un aficionado a la historia natural que ha naufragado y ha sido recogido por una goleta que lleva un extraño cargamento de animales a la isla. Ya a bordo empieza a encontrarse con personajes extraños, bestiales, no sé si me entienden. En tierra descubre para su horror que la isla es desde hace once años la estación experimental de Moreau, un científico que tuvo que alejarse de Inglaterra por la crueldad desaforada de sus experimentos con animales. El hombre, por supuesto, no ha escarmentado y se dedica a llevar al extremo sus escalofriantes proyectos lunáticos. «Animales humanizados, triunfos de la vivisección». Un hombre-leopardo, una mezcla de hiena y cerdo, hombres-buey, el mono-chivo, la yegua-rinoceronte, el hombre-mono, la vieja y maloliente zorra-osa, la mujer-cerda (!), etcétera.
No sé por qué lo que me viene a la cabeza una y otra vez al recordar la novela no son los rostros de ese retorcido y grotesco bestiario sino los chillidos del felino sometido a infinitas torturas durante la historia para su transformación («como si todo el dolor del mundo hubiese encontrado una voz»). En la novela es un puma, pero siempre pienso en la mujer pantera y en el rostro (¡y el cuerpo!) de María (Barbara Carrera), que era la más fina creación de Moreau en la película de 1977 con Burt Lancaster en el papel del doctor y Michael York como protagonista (ha habido otras dos películas famosas, la de 1933, con Charles Laughton y Bela Lugosi, y la de 1996, con Marlon Brando y Val Kilmer; tres grandes Moreau, Lancaster, Laughton y Brando, sin duda).
La novela ha sido considerada en nuestros tiempos como un ejemplo de los terribles pecados y riesgos de la manipulación genética. Moreau no llega a tanto, lo suyo es más pedestre, pero vale como modelo de científico obsesionado con enmendar la plana a la naturaleza. Nos encontramos ante un émulo de Frankenstein, claro. La novela es muchísimo más rica y abunda en simbolismos y alegorías, amén de invitar a una reflexión sobre la naturaleza del hombre y ni les digo sobre la crueldad con los animales. Se ha señalado que Wells reprodujo la experiencia colonial europea cargando las tintas en la parábola. A mí me fascina la semejanza de Moreau con Próspero, el protagonista de La tempestad de Shakespeare. Moreau, con ciencia y no con magia, se ha rodeado de dolientes Calibanes en su isla a los que también somete justificado por un poder y una sabiduría superiores. Asimismo, hay una lectura bíblica de la historia, con Moreau como un dios que regala a sus criaturas el envenenado (y doloroso) don de la conciencia y la humanidad mostrando al tiempo toda la crueldad de un Yahvé con bisturí. Margared Atwood ha señalado muy certeramente la relación de Moreau con la encantadora Circe de la Odisea, que convierte a los compañeros de Ulises precisamente en cerdos. Por supuesto hay mucho Darwin (acelerado) en el relato…
En el ecuador de este azorado discurrir por las cuatro grandes novelas de H. G. Wells, déjenme hablarles un poco sobre el escritor. Era un hombre que fue de la nada al todo. Podría haberse quedado en dependiente de mercería y acabó convertido en un fino intelectual de enorme influencia que se codeaba con los presidentes de Estados Unidos, que reclamaban su opinión, y visitando a Lenin en el Kremlin y entrevistando al mismísimo Stalin. Quizá uno de los mayores elogios que se pueden rendir a sus libros es que los nazis los quemaron públicamente; también en eso fue un precursor de la ciencia ficción que vendría (Farenheit 451).
Bertie Wells, como lo llamaban familiarmente, provenía de un hogar humilde. Su madre había sido (y volvió a ser) sirvienta y su padre era un tipo que jugaba muy bien al críquet pero que fracasó en su pequeño comercio y redujo a su familia prácticamente a la miseria. El joven Wells casi no tuvo educación por falta de medios y solo un increíble esfuerzo personal y su sufrida madre le sacaron del destino de oscuro empleado para convertirlo en una de las personalidades más brillantes, admiradas y respetadas de su tiempo. Estudió ciencias con entusiasmo, tuvo la suerte de recibir enseñanzas de biología y zoología de T. H. Huxley, nada menos (el gran popularizador y valedor de Darwin influyó mucho en su pupilo: la teoría de la evolución empapa sus novelas), y se convirtió él mismo en maestro para decantarse hacia la escritura y el periodismo.
La máquina del tiempo (1895), una de las cuatro novelas que aquí tienen, le lanzó a la fama. La siguieron en asombrosa sucesión sus otras tres obras maestras: La isla del doctor Moreau (1896), El hombre invisible (1897) y La guerra de los mundos (1898). En poco tiempo se convirtió en un autor de enorme popularidad traducido a todas las grandes lenguas y que eclipsó a su predecesor en el género fantástico, Julio Verne. Por supuesto, Wells fue mucho más que un escritor de género. Su dimensión política (socialista escéptico, era un notable portavoz de la izquierda británica), social —baste con decir que abogó por los derechos de las mujeres y que en 1924 participó en una pionera campaña ¡en defensa de las ballenas!— y cultural fue extraordinaria y de hecho buena parte de sus obras no tienen nada que ver con la ciencia ficción. En realidad, todas, incluidas las que son el sujeto de estas líneas —siendo como son estupendas historias—, están imbuidas de ideas y de una gran carga de reflexión social y política. H. G. Wells no se consideraba, ni era, un inocuo autor de aventuras fantásticas, sino un escritor de hálito profético que quería reflexionar sobre temas de gran relevancia y advertir al mundo de lo que se le venía encima. Que además sea apasionante y entretenidísimo resulta una suerte.
Wells adelantó en sus novelas —y permítanme recomendarles si estas cuatro son de su agrado Cuando el durmiente despierta y En los días del cometa— muchas cosas: la guerra aérea, las armas atómicas, la llegada a la Luna… Otras, como la invisibilidad, aún están por verse (lo siento: no he podido evitar el comentario).
Me resisto a no darles unos apuntes sobre su vida íntima. Porque aunque no coincida con el resto del perfil, el amigo Wells era en el aspecto sentimental bastante un viva la virgen cuyos numerosos affaires sexuales, en busca de la plenitud emocional que no alcanzaba en sus matrimonios (se casó dos veces), resultaron notorios. Amaba a sus esposas pero se acostaba con la que se le pusiera a tiro. Tuvo hijos fuera del matrimonio, uno de ellos en 1914 con la novelista Rebecca West.
Volvamos a las novelas. De La máquina del tiempo conservo una fuerte sensación de soledad, aún más que de sobresalto y desasosiego, que ya es decir. ¿Hay soledad más grande que la de ese hombre atravesando los eones a bordo de su artefacto de frágil apariencia que puede dejarle varado en los meandros más inhóspitos del tiempo? Es también la soledad del lector sumergido en los millares de libros que jalonan su vida. Como en las otras novelas, la plasmación cinematográfica de esta nos ha legado imágenes que resultan inseparables del texto y de nuestras primeras materializaciones a través de la imaginación durante la lectura. La propia máquina, el primer ingenio científico, mecánico, para viajar en el tiempo jamás descrito, aparece tan bien construida en el canónico film de 1960 Time Machine (en España se tituló El tiempo en sus manos) que yo ya no puedo imaginarla de otra manera. Alguien ha escrito que lo que Wells describe es una especie de bicicleta costumizada en un taller suburbano, una máquina en parte reloj, en parte vieja radio y cámara de cine. En la novela es de delicada armazón metálica, con partes de níquel, de marfil y cristal, y unas varillas de cuarzo; dispone de un asiento —el cine lo convirtió en un sillón victoriano— y una simple palanca para moverse en el pasado y el futuro, y se apoya sobre unos raíles de bronce.
«Me propongo explorar el tiempo», declara el viajero en el tiempo, del que nunca sabremos el nombre. Su relato ante los escépticos invitados que constituyen su auditorio, arranca con la explicación de lo que se siente en ese trayecto. Son sensaciones, nos dice, sumamente desagradables, parecidas a montar en una montaña rusa. Los efectos lumínicos resultan casi alucinógenos, el peligro y la incertidumbre, grandes, pero nuestro viajero no pierde en ningún momento su perspectiva científica. Tras unos tanteos y después de ver cosas que no ha sido dado contemplar a ser humano alguno, nuestro hombre va a parar de manera bastante accidentada a un remoto futuro —los cuadrantes de la máquina indican el año 802 701— donde lo primero que se encuentra es la inquietante estatua de una esfinge, que constituye uno de los grandes iconos del misterio y del terror de toda la literatura.
Estamos en un extraño mundo idílico poblado por una humanidad bella, frágil, inocente y desvitalizada, los eloi. Al viajero le parece que hemos degenerado en una Edad de Oro estéril y apática, una sociedad «comunista» opulenta y gandula. Pertrechado con las ideas darwinistas de Wells, el protagonista no entiende cómo la supervivencia de los más fuertes puede haber derivado en semejante placidez desmotivada. Pero por supuesto, aún no conoce a los morlocks.
El encuentro con los caníbales y horripilantes morlocks, que se ceban en los eloi, es traumático para el viajero en el tiempo, nuestro valiente Prometeo con su cerillita, pero yo diría que incluso aún más para los lectores. Para muchos de nosotros ha sido la verdadera iniciación en el horror. Como con los marcianos o las bestias infrahumanas de Moreau, H. G. Wells consigue crear unos monstruos que están en la cima de la literatura moderna.
Uno de los rasgos más sobresalientes de Wells, lo que lo hace en verdad único, es su capacidad para mezclar las ideas con la aventura, la filosofía y la ficción. Si los desmotivados eloi son trasuntos de la aristocracia eduardiana, los industriosos morlock en sus oscuros túneles representan al proletariado en su aspecto más brutal (el autor parece mirarlos a ambos desde la perspectiva del científico). Aunque, claro, tener en cuenta estas y otras metáforas sociales de la novela es irrelevante para que uno disfrute de ella como un cosaco.
He dejado para el final El hombre invisible, que me parece la más sintética, reconcentrada y moderna de las cuatro novelas, y quizá la más perturbadora. Quizá porque todos hubiéramos querido alguna vez ser invisibles, y con fines a menudo poco confesables. ¿No es acaso Griffin la apoteosis del voyeur? La película El hombre sin sombra (2000), de Paul Verhoeven, basada en la novela, lleva hasta el extremo esta idea: el científico invisible aprovecha para violar a una mujer a la que codicia y espía desde hace tiempo y que, literalmente, no sabe lo que le cae encima.
Los acontecimientos de la novela transcurren en la tranquila localidad real de Iping. La llegada de un misterioso forastero a la posada Coach and Horses desata los comentarios de la gente. Enseguida comienzan a ocurrir, ya lo verán, cosas raras. El tipo es extraño, sin duda, debe de haber sufrido un accidente, lleva la cabeza vendada, su nariz parece postiza y pintada, nunca se quita las gafas; cuando un perro le desgarra la pernera del pantalón debajo aparece color negro. Los muebles de su habitación parecen moverse solos. El horror se dispara cuando el forastero, presionado y furioso, retira lentamente el vendaje que le cubre la cara para mostrar que detrás… no hay nada. La escena la trasladó al cine de manera escalofriante James Whale en 1933 y es imposible recordar sin un estremecimiento a Claude Rains despojándose de las vendas.
H. G. Wells se basó en numerosos cuentos de historias y seres fantásticos invisibles (espectros, fantasmas, etcétera) pero su novela se enraíza en la ciencia: Griffin es un científico y su invisibilidad es resultado de un experimento —se ha hecho transparente merced a cambios en la pigmentación— y no causada de manera sobrenatural. Las limitaciones que sufre el hombre invisible, sometido pese a todo a las leyes de la física (he ahí la grandeza de la imaginación de Wells), constituyen uno de los elementos más interesantes del relato: debe ir desnudo, la comida se hace visible en el tracto digestivo, deja huellas en la nieve. Curiosamente, cuando se viste para aparentar humanidad material es cuando resulta más monstruoso.
De la historia de Griffin, que uno lee, aunque esté solo, con la inquietante sensación de que hay alguien más en la habitación —ya me dirán si no es así—, me quedo con la idea de que aún hay un gato invisible por el mundo: en efecto, Griffin consuma primero su experimento de invisibilidad con un minino blanco que encuentra en su ventana. Por supuesto, Wells recalca la dimensión moral del relato convirtiéndolo en una reflexión sobre la ética de la ciencia: El hombre invisible es la historia del científico brillante que enloquece destruido por su propio éxito, ese Griffin que deviene un delincuente y asesino al que finalmente no podemos sino compadecer cuando es cazado como una alimaña y golpeado sin piedad con una pala. Para mí no hay momento tan fascinante en toda la literatura como el postrero en que el Griffin agonizante comienza a materializarse lentamente ante la mirada de sus asombrados perseguidores.
Se ha dicho que la gran desilusión es la esencia de la obra de Wells. En esa mirada escéptica, un punto amarga, realista, sobre la frágil condición humana y la finitud de sus obras (y su ciencia) el escritor se nos muestra de una absoluta modernidad. La lectura de sus novelas nos deja un poso no solo de maravillas sino de melancolía y, sí, de miedo. En el trance de leerlas hemos perdido la inocencia de creer en un universo comprensible y controlable, no digamos ya amable. Allí fuera pasan cosas extraordinarias, nos dice Wells, pero son peligrosas y, por encima de todo, no nos hacen mejores. Sobrevivir a los marcianos, escapar de la isla de Moreau, lograr que retrocedan los morlocks y observar cómo el hombre invisible recupera su corporeidad una vez liquidado es aparentemente tranquilizador y, sin embargo, no solo todo lo que hemos vivido ha dejado una impresión indeleble en nuestras almas, sino que la victoria sobre el lado oscuro resulta patéticamente provisional. Pasen y lean.
J. A.
GRANDES NOVELAS
LA MÁQUINA DEL TIEMPO
1
El viajero en el tiempo (pues así convendría llamarlo) estaba exponiendo un asunto que nos costaba entender. Brillaban y resplandecían sus ojos grises, y su cara de habitual pálida ahora estaba acalorada y animada. El fuego ardía con intensidad, y el resplandor leve de las luces incandescentes en forma de lirios de plata se filtraba hasta las burbujas que destellaban y circulaban en nuestras copas. Nuestras sillas, que eran obra suya, nos envolvían y acariciaban en vez de limitarse a darnos asiento, y la atmósfera relajada tras la cena era la propia de cuando el pensamiento discurre libre de las ataduras de la precisión. Y nos planteaba el asunto de la siguiente manera, marcando los distintos puntos con un flaco dedo índice, mientras permanecíamos sentados admirando perezosamente su entusiasmo por la nueva paradoja (pues así la considerábamos), y su prolijidad al respecto.
—Deben seguirme atentamente. Me veré obligado a contradecir una o dos ideas que están aceptadas de manera casi universal. Por ejemplo, que la geometría que enseñan en la escuela se basa en un error.
—¿No es mucho esperar que partamos de eso? —apuntó Filby, un tipo pelirrojo al que le gustaba discutirlo todo.
—No es mi intención pedirles que acepten algo sin que haya motivos razonables para ello. No tardarán en admitir lo que necesito que admitan. Ya saben, por supuesto, que una línea matemática, una línea de grosor cero, no existe en la realidad. ¿Les enseñaron eso, verdad? Pues tampoco existen los planos matemáticos. Estas cosas no son más que meras abstracciones.
—Así es —intervino el psicólogo.
—Tampoco un cubo, al tener solo longitud, amplitud y grosor, puede existir en la realidad.
—En eso discrepo —dijo Filby—. Por supuesto que un cuerpo sólido puede existir. Todas las cosas reales…
—Eso cree la mayoría de la gente, pero espere un segundo. ¿Puede existir un cubo «instantáneo»?
—No le sigo… —dijo Filby.
—¿Puede un cubo que no dura nada en absoluto tener existencia real?
Filby se quedó pensativo.
—Claramente —prosiguió el viajero—, cualquier cuerpo real debe extenderse en cuatro direcciones: debe tener longitud, anchura, grosor y… duración. Pero debido a una flaqueza natural de la carne, que les explicaré en un instante, tendemos a pasar por alto este hecho. En realidad hay cuatro dimensiones, tres de las cuales denominamos planos del espacio, y una cuarta, la del tiempo. Se da, no obstante, la tendencia a establecer una distinción irreal entre las tres primeras dimensiones y la cuarta, porque ocurre que nuestra consciencia se desplaza intermitentemente en una dirección por esta última desde el comienzo hasta el fin de nuestras vidas.
—Eso —intervino un hombre muy joven, haciendo esfuerzos espasmódicos por volver a encenderse el puro por encima de la lámpara—, eso sí que está claro.
—Ahora, resulta muy llamativo que se haya pasado tanto por alto —continuó el viajero, alegrándose un poco—. Esto es lo que se entiende por la cuarta dimensión, aunque algunas personas hablan de la cuarta dimensión y no lo saben. No es más que otra manera de considerar el tiempo. «No hay ninguna diferencia entre el tiempo y cualquiera de las otras tres dimensiones del espacio excepto que nuestra conciencia se desplaza por él». Pero algunos insensatos han entendido mal esta idea. ¿Todos están al caso de lo que se dice sobre la cuarta dimensión?
—Yo no —respondió el gobernador provincial.
—Sencillamente se trata de lo siguiente. De que se considera que el espacio, tal y como nuestros matemáticos lo entienden, posee tres dimensiones, que pueden denominarse longitud, anchura y grosor, y siempre se define respecto a tres planos, cada uno de ellos en ángulo recto respecto a los otros. Pero algunas personas con inclinaciones filosóficas se han dedicado a preguntar que por qué tres dimensiones en particular, ¿por qué no marcar una diferencia más en ángulo recto respecto a las otras tres?, e incluso han elaborado toda una geometría de esta cuarta dimensión. El profesor Simon Newcomb la expuso en la New York Mathematical Society hace apenas un mes. Ustedes saben que en una superficie plana, que solo tiene dos dimensiones, podemos representar la figura de un cuerpo sólido tridimensional, pues de manera similar ellos creen que con maquetas en tres dimensiones podrían representar una figura de cuatro, si consiguieran dominar su perspectiva. ¿Lo ven?
—Eso creo —murmuró el gobernador provincial, y, frunciendo el ceño, se sumió en un estado de introspección, moviendo los labios como quien repite palabras místicas—. Sí, creo que ahora lo entiendo —añadió al cabo de un rato, animándose un instante.
—Bueno, pues no me importa explicarles que llevo ya un tiempo trabajando en esta geometría de las cuatro dimensiones. Algunos de mis resultados son curiosos. Por ejemplo, he aquí el retrato de un hombre a los ocho años, otro a los quince, otro a los diecisiete, otro a los veintitrés y así sucesivamente. Todos estos retratos son claramente secciones, por así llamarlas, representaciones tridimensionales de su ser en la cuarta dimensión, que es algo fijo e inalterable.
»Los científicos —prosiguió el viajero, tras la pausa requerida para que los demás pudieran asimilar lo que acababa de explicarles— saben muy bien que el tiempo no es más que un tipo de espacio. Aquí les presento un diagrama científico popular, un registro meteorológico. Esta línea que trazo con el dedo muestra el movimiento del barómetro. Ayer estaba muy alta, por la noche cayó y esta mañana ha vuelto a ascender, subiendo lentamente hasta aquí. ¿Acaso el mercurio no ha trazado esta línea en alguna de las dimensiones del espacio que suelen reconocerse? Pues sí que ha trazado esa línea, y debemos concluir, por tanto, que esa línea ha seguido la dimensión temporal.
—Pero —le interrumpió el médico, mirando fijamente un ascua de la chimenea—, ¿si el tiempo es en realidad la cuarta dimensión del espacio, por qué se considera y por qué se ha considerado siempre como algo distinto? ¿Y por qué no podemos desplazarnos en el tiempo como nos desplazamos por las demás dimensiones del espacio?
El viajero sonrió.
—¿Está seguro de que podemos desplazarnos libremente en el espacio? Podemos ir a derecha y a izquierda, adelante y atrás con bastante libertad, cosa que los hombres siempre han hecho. Admito que podemos desplazarnos libremente en dos dimensiones. Pero ¿y arriba y abajo? La gravedad nos limita en eso.
—No exactamente —protestó el médico—. Existen los globos.
—Pero antes de los globos, a excepción de los saltos espasmódicos y las irregularidades de la superficie, el hombre no poseía libertad de movimiento vertical.
—Aun así podía desplazarse un poco hacia arriba y hacia abajo —insistió el médico.
—Era muchísimo más fácil hacia abajo que hacia arriba.
—Pero no es posible desplazarse en el tiempo, no se puede escapar del instante presente.
—Apreciado señor, justo en eso es en lo que se equivoca. Ahí es donde el mundo entero se ha equivocado. Siempre escapamos del instante presente. Nuestras existencias mentales, que son inmateriales y no poseen dimensiones, discurren por la dimensión temporal a una velocidad uniforme desde que nacemos hasta que morimos. Como si viajáramos «hacia abajo», si comenzáramos nuestra existencia a más de ochenta kilómetros por encima de la superficie de la Tierra.
—Pero ese es el gran problema —repuso el psicólogo—. Es posible desplazarse en todas direcciones en el espacio, pero no en el tiempo.
—Ese es el germen de mi gran descubrimiento. Usted se equivoca al afirmar que no podemos desplazarnos en el tiempo. Por ejemplo, si tengo el recuerdo vívido de un incidente vuelvo al instante en que tuvo lugar; es decir, mi mente se distrae. Salto atrás durante un instante. Claro que no disponemos de los medios para permanecer en el pasado durante cierto periodo de tiempo, no más de los que poseen un salvaje o un animal para permanecer dos metros por encima del suelo. Pero un hombre civilizado tiene más capacidades que un salvaje en este sentido. Puede vencer la gravedad con un globo, ¿y por qué no debería esperar que acabe deteniendo o acelerando su desplazamiento por la dimensión temporal, o incluso dándose la vuelta y viajando en sentido opuesto?
—Ay, eso… —empezó Filby—, no es más que…
—¿Por qué no? —preguntó el viajero.
—Va en contra de la razón —afirmó Filby.
—¿Qué razón? —preguntó el viajero.
—Puede demostrar que lo negro es blanco a fuerza de argumentos —resumió Filby—, pero nunca me convencerá.
—Probablemente no. Sin embargo, ahora empiezan a ver el objeto de mis investigaciones en la geometría de las cuatro dimensiones. Hace tiempo que empecé a imaginarme una máquina…
—¡Para viajar en el tiempo! —exclamó el hombre muy joven.
—Que viajara indistintamente hacia cualquier dirección del espacio y del tiempo, como el conductor decida.
Filby se limitó a reírse.
—Pero tengo confirmación experimental —dijo el viajero.
—Resultaría extraordinariamente práctico para un historiador —sugirió el psicólogo—. ¡Podría viajar en el tiempo y verificar la versión aceptada de la batalla de Hastings, por ejemplo!
—¿Y no cree que llamaría la atención? —preguntó el médico—. Nuestros ancestros no toleraban muy bien los anacronismos.
—Podría aprender griego de los mismos labios de Homero y Platón —pensó el hombre muy joven.
—En cuyo caso seguro que suspendería el examen de acceso a la universidad. Los estudiosos alemanes han mejorado mucho el griego.
—Y luego está el futuro —continuó el hombre muy joven—. ¡Imagínense! ¡Uno puede invertir todo su dinero, dejar que acumule intereses, y correr al futuro!
—Para descubrir una sociedad —intervine yo— basada en principios estrictamente comunistas.
—¡De todas las teorías alocadas y extravagantes…! —empezó el psicólogo.
—Sí, eso me parecía, por lo que nunca había hablado de ella hasta…
—¡La comprobación experimental! —exclamé yo—. ¿Va a comprobar eso?
—¡El experimento! —gritó Filby, que ya mostraba signos de agotamiento.
—Veamos su experimento, en cualquier caso —dijo el psicólogo—, aunque no son más que patrañas, ya lo saben.
El viajero nos sonrió a todos. Y a continuación, aún con una leve sonrisa y con las manos metidas en los bolsillos de los pantalones, salió despacio de la habitación y oímos como arrastraba las zapatillas por el largo pasillo hasta su laboratorio.
El psicólogo nos miró.
—Me pregunto con qué nos saldrá…
—Con algún juego de manos, supongo —dijo el médico, y Filby intentó hablarnos de un mago que había visto en Burslem; pero antes de que terminara el prólogo, el viajero regresó y la anécdota de Filby quedó interrumpida.
El viajero sostenía en la mano un armazón metálico brillante, poco más grande que un reloj pequeño, fabricado con suma delicadeza. Era en parte de marfil y en parte de una sustancia cristalina y transparente. Y ahora tengo que ser explícito, porque lo que viene a continuación —a no ser que se acepte su explicación—, resulta completamente inexplicable. El viajero cogió una mesa pequeña octogonal de las que había repartidas por la habitación y la puso delante de la chimenea, con dos patas sobre la alfombra. Sobre esta mesa colocó el mecanismo. Entonces acercó una silla y se sentó. En la mesa solo había otro objeto, una lámpara pequeña, cuya luz brillante se proyectaba de pleno sobre la maqueta. También había una docena de velas a su alrededor, dos montadas en candelabros de latón encima de la repisa y diversas en apliques, de modo que la habitación estaba muy iluminada. Yo me senté en una butaca baja lo más cerca posible del fuego, y la adelanté hasta quedar casi entre el viajero y la chimenea. Filby se sentó detrás del viajero, y miraba por encima de su hombro. El médico y el gobernador provincial lo observaban de perfil desde la derecha, y el psicólogo desde la izquierda. El hombre muy joven se puso detrás del psicólogo. Todos estábamos atentos. Me parece increíble que pudiera realizar alguna clase de truco en tales condiciones, por muy sutil que hubiera sido al concebirlo y hábil al ejecutarlo.
El viajero nos miró y luego observó el mecanismo.
—¿Y bien? —le espetó el psicólogo.
—Este pequeño objeto —empezó el viajero, apoyando los codos sobre la mesa y juntando las manos por encima del aparato—, no es más que una maqueta. Mi plan es elaborar una máquina para viajar en el tiempo. Habrán detectado que parece particularmente torcida, y que esta barra presenta un brillo extraño, como si en cierto modo fuese irreal. —Señaló la parte comentada con el dedo—. Además, aquí hay una palanquita blanca, y allí otra.
El médico se levantó de la silla y miró detenidamente aquel objeto.
—Qué finura en la elaboración —señaló.
—He tardado dos años en hacerla —replicó el viajero. Y a continuación, cuando todos habíamos imitado la acción del médico, añadió—: Ahora quiero que entiendan claramente que al pulsar esta palanca la máquina se desliza al futuro, y esta otra revierte el movimiento. Esta silla representa el asiento del viajero en el tiempo. Ahora voy a pulsar la palanca, y la máquina se irá. Se desvanecerá, pasará al tiempo futuro y desaparecerá. Mírenla bien. Miren también la mesa, y comprueben que no hay ningún truco. No quiero desperdiciar esta maqueta ni que luego me digan que soy un charlatán.
Se hizo una pausa, quizá de un minuto. Parecía que el psicólogo iba a decirme algo, pero cambió de idea. A continuación el viajero extendió el dedo hacia la palanca.
—No —dijo de repente—. Déjeme la mano.
Y volviéndose hacia el psicólogo, cogió la mano del individuo y le pidió que extendiera el dedo índice, para que fuera el propio psicólogo quien enviara la maqueta de la máquina del tiempo a su viaje interminable. Todos vimos girar la palanca. Estoy absolutamente seguro de que no hubo truco alguno. Entró un soplo de viento y saltó la llama de la lámpara. Una de las velas de la repisa se apagó y de repente la maquinita giró, se volvió borrosa, pareció un fantasma puede que durante un segundo, formando una especie de remolino de latón y marfil que centelleaba débilmente; y entonces se esfumó… ¡Había desaparecido! A excepción de la lámpara, la mesa estaba vacía.
Todo el mundo quedó en silencio durante un instante. Entonces Filby mostró entre exclamaciones su sorpresa.
El psicólogo se recuperó del estupor y miró de repente bajo la mesa. Al verlo, el viajero se rio alegremente.
—¿Y bien? —dijo, imitando un poco al psicólogo. Entonces se levantó y se acercó hasta el bote de tabaco que había sobre la repisa, y empezó a rellenar su pipa de espaldas a nosotros.
Nos miramos los unos a los otros.
—Mire usted —intervino el médico—, ¿de verdad se toma todo esto en serio? ¿De verdad cree que su máquina ha viajado en el tiempo?
—Por supuesto —respondió el viajero, agachándose para prender una astilla en el fuego. Entonces encendió su pipa y se volvió para mirar al psicólogo a la cara, quien, para demostrar que no estaba alterado, se sirvió también un puro y trató de encenderlo sin cortarle la punta—. Y, además, tengo una máquina grande casi terminada allí dentro —señaló hacia el laboratorio—, y cuando esté montada pretendo emprender yo mismo el viaje.
—¿Pretende decir que la máquina ha viajado al futuro? —preguntó Filby.
—Al futuro o al pasado, no sé con certeza a cuál de ellos.
Al cabo de un rato al psicólogo se le ocurrió una idea.
—Tiene que haberse desplazado al pasado, si es que ha ido a alguna parte.
—¿Por qué? —preguntó el viajero.
—Porque asumo que no se ha movido en el espacio, y si viajara hacia el futuro ahora seguiría aquí, ya que tiene que haber pasado por este tiempo.
—Pero —intervine yo— si viajara al pasado ya la habríamos visto en cuanto hemos entrado en la habitación, y el pasado jueves cuando estuvimos aquí, y el jueves anterior, ¡y así sucesivamente!
—Son objeciones importantes —señaló el gobernador provincial en un tono de imparcialidad, volviéndose hacia el viajero.
—En absoluto —replicó el viajero. Y se dirigió al psicólogo—: Piense. Usted lo puede explicar. Se presenta por debajo del umbral, ya sabe, se presenta diluida.
—Claro —dijo el psicólogo, y nos tranquilizó—. Se trata de un tema muy sencillo de la psicología. Tendría que haberlo pensado. Queda bastante claro, y explica divinamente la paradoja. No podemos verla, ni reconocerla, más que el rayo de una rueda al girar, o una bala volando por los aires. Si viaja en el tiempo cincuenta o cien veces más rápido que nosotros, si recorre un minuto mientras para nosotros transcurre un segundo, la impresión que genere supondrá, por supuesto, una quincuagésima o una centésima parte de lo que sería si no estuviera viajando en el tiempo. Así queda bastante claro. —Pasó la mano por el espacio donde había estado la máquina—. ¿Lo ven? —dijo, riéndose.
Nos sentamos mirando fijamente la mesa vacía durante lo que debió de ser un minuto. Entonces el viajero nos preguntó qué pensábamos de todo aquello.
—Esta noche parece bastante convincente —comentó el médico—, pero esperen a mañana. Esperen al sentido común de la mañana.
—¿Les gustaría ver la auténtica máquina del tiempo? —preguntó el viajero. Y acto seguido, con la lámpara en la mano, nos condujo por el largo pasillo, lleno de corrientes de aire, que llevaba a su laboratorio.
Recuerdo vívidamente la luz parpadeante, la silueta de su cabeza extraña y ancha, el baile de sombras, que todos lo seguimos, perplejos pero incrédulos, y que en el laboratorio pudimos contemplar una versión más grande del pequeño mecanismo que habíamos visto desvanecerse ante nuestros ojos. Tenía partes de níquel, partes de marfil, partes que debía de haber limado o serrado de un cristal de roca. La máquina estaba prácticamente acabada, pero las cristalinas barras torcidas se hallaban sin terminar en el banco junto a unos dibujos. Cogí una para examinarla mejor. Me pareció que era cuarzo.
—Mire usted —repitió el médico—, ¿de verdad habla en serio? ¿O se trata de un truco… como el fantasma que nos enseñó las Navidades pasadas?
—Con esta máquina —respondió el viajero, sujetando la lámpara en alto— pretendo explorar el tiempo, ¿queda claro? Nunca en la vida he hablado más en serio.
Ninguno de nosotros sabía muy bien cómo tomárselo.
Mi mirada se cruzó con la de Filby por encima del hombro del médico, y me hizo un guiño solemne.
2
Creo que en aquel momento ninguno de nosotros creyó en la máquina del tiempo. Lo cierto es que el viajero era uno de esos hombres que son tan listos que nadie los cree. Nunca tenías la sensación de saberlo todo de él; tras su franqueza lúcida siempre sospechabas alguna reserva sutil, alguna ingeniosidad emboscada. Si hubiese sido Filby quien mostrara la maqueta y explicara el asunto con las palabras del viajero, nos habríamos mostrado mucho menos escépticos porque habríamos percibido sus motivaciones: hasta un charcutero entendería a Filby. En cambio, uno de los rasgos del viajero era la impulsividad, y desconfiábamos de él. Cosas que habrían hecho famoso a un hombre menos inteligente parecían trucos en sus manos. Es un error hacer las cosas con demasiada facilidad. La gente seria que se lo tomaba en serio nunca se fiaba del todo de su comportamiento; de algún modo eran conscientes de que arriesgarse a confiar en él era como amueblar una habitación infantil con porcelana fina. Así que no creo que ninguno de nosotros hablara mucho sobre los viajes en el tiempo en los días transcurridos entre aquel jueves y el siguiente, aunque el potencial de dichos viajes ocupaba, sin duda alguna, la mayoría de nuestras mentes. Me refiero a su carácter factible, es decir, a lo increíble que resultaba desde un punto de vista práctico, a las curiosas posibilidades de anacronismo y de confusión total que sugería. Por mi parte, me preocupaba particularmente el truco de la maqueta. Recuerdo haberlo discutido con el médico, con quien me encontré el viernes en el Linnaean. Comentó que había visto algo similar en Tubinga, e insistió bastante en que se apagó la vela. Pero el modo en que había realizado el truco, eso no se lo podía explicar.
El jueves siguiente volví a Richmond —me parece que era uno de los invitados más habituales del viajero—, y, como llegué tarde, me encontré a cuatro o cinco hombres ya reunidos en su salón. El médico estaba de pie ante el fuego con una hoja de papel en una mano y el reloj en la otra. Busqué con la mirada al viajero y…
—Son las siete y media —anunció el médico—. Supongo que será mejor que cenemos.
—¿Dónde está…? —pregunté, nombrando a nuestro anfitrión.
—¿Acaba de llegar? Pues es bastante raro. Ha sufrido un retraso inevitable. Me pide en esta nota que si no ha vuelto a las siete empecemos a cenar. Dice que se explicará cuando vuelva.
—Es una lástima dejar que se estropee la cena —comentó el director de un diario muy conocido, y acto seguido el médico tocó el timbre.
El psicólogo era el único, aparte del médico y yo, que había asistido a la cena anterior. Los otros hombres eran Blank, el director de periódico antes mencionado, cierto periodista y otro hombre, silencioso, tímido y barbudo, a quien no conocía, que, según pude observar, no abrió la boca en toda la velada. Durante la cena se especuló un poco sobre la ausencia del viajero, y yo sugerí en tono medio jocoso que quizá había viajado en el tiempo. El director preguntó a qué me refería, y el psicólogo ofreció un relato inexpresivo del «truco y la paradoja ingeniosa» que había presenciado una semana atrás. Estaba en plena explicación cuando la puerta del pasillo se abrió despacio y sin hacer ruido. Yo estaba sentado hacia la puerta y lo vi primero.
—¡Hola! —dije—. ¡Al fin!
La puerta se abrió más y el viajero apareció ante nosotros. Lancé un grito de sorpresa.
—¡Santo cielo! Pero, hombre, ¿qué le ocurre? —exclamó el médico, que lo vio a continuación. Y la mesa entera se volvió hacia la puerta.
Se encontraba en un estado terrible. Llevaba la chaqueta polvorienta y sucia y las mangas manchadas de verde; el pelo, desordenado, y me pareció que más encanecido, puede que por el polvo y la suciedad o porque realmente había perdido color. El rostro mostraba una palidez espectral; tenía un corte marrón en la barbilla, medio curado, y una expresión demacrada, ojerosa, como de haber sufrido mucho. Dudó en la puerta un instante, como si la luz lo hubiera deslumbrado. Entonces entró en la habitación. Caminaba con la misma cojera que yo había visto en los vagabundos que tienen los pies doloridos. Lo mirábamos fijamente en silencio, esperando a que hablara.
No dijo ni una palabra, sino que se acercó lentamente hasta la mesa, e hizo un gesto en dirección al vino. El director sirvió una copa de champán y se la acercó. El hombre la vació, y pareció sentarle bien, pues miró alrededor de la mesa y volvió a esbozar su antigua sonrisa.
—¿Qué diablos ha estado haciendo, hombre? —le espetó el doctor.
El viajero no pareció oírlo.
—No quiero interrumpirlos —dijo, con voz algo entrecortada—. Estoy bien.
Se detuvo, alzó la copa para que le sirvieran más, y se la bebió de un trago.
—Qué bien —murmuró.
Sus ojos se iluminaron, y un color débil volvió a sus mejillas. Su mirada pestañeó al revisar nuestras caras mostrando su aprobación de manera poco expresiva, y luego recorrió la habitación cálida y cómoda. Volvió a hablar, aún como si avanzara a tientas entre las palabras.
—Voy a lavarme y a vestirme, y luego bajaré y se lo contaré todo… Guárdenme un poco de ese cordero. Me muero por un poco de carne.
Miró hacia el director del periódico, que era una visita poco habitual, y le deseó que estuviera bien. El director se dispuso a hacerle una pregunta.
—Si le respondo ahora mismo… —replicó el viajero—. Estoy… mareado. Me encontraré mejor dentro de un minuto.
Dejó la copa y se dirigió hacia la puerta que daba a la escalera. Volví a fijarme en su cojera y en el ruido amortiguado de sus pisadas, y, levantándome de mi sitio, le miré los pies al salir. Solo llevaba un par de calcetines andrajosos y manchados de sangre. Luego la puerta se cerró tras él. Me planteé seguirle, hasta que recordé cuánto detestaba armar escándalo. Pasé un minuto, quizá, pensando en las musarañas. Entonces oí que el director de periódico decía: «Asombroso comportamiento de un científico eminente», pensando, como solía, en titulares. Y ese comentario devolvió mi atención a la brillante mesa de la cena.
—¿A qué juega? —preguntó el periodista—. ¿Se ha dedicado a hacer de mendigo? No lo entiendo.
Mi mirada se encontró con la del psicólogo, y leí mi propia interpretación en su rostro. Pensé en el viajero cojeando dolorosamente escaleras arriba. No creo que nadie más hubiera advertido la cojera.
El primero en recuperarse de la sorpresa fue el médico, que tocó el timbre —el viajero detestaba que los criados sirvieran durante la cena— para pedir un plato caliente. Entonces el director se concentró en su cuchillo y su tenedor con un gruñido, y el hombre silencioso hizo lo mismo. Se reanudó la cena. En la conversación abundaron las exclamaciones durante un rato, con intervalos de asombro, hasta que la curiosidad del director se hizo irresistible.
—¿Es que nuestro amigo sobrevive barriendo la esquina, o tiene fases de Nabucodonosor y vive entre animales? —interrogó.
—Estoy seguro de que se trata del asunto de la máquina del tiempo —dije, y retomé el relato de nuestra reunión anterior que estaba haciendo el psicólogo.
Los nuevos huéspedes se mostraron francamente incrédulos. El director planteó objeciones.
—¿Qué viaje en el tiempo ha sido este? Nadie se cubriría de polvo al adentrarse en una paradoja, ¿verdad? —Y entonces, al ocurrírsele la idea, recurrió a caricaturizarlo. ¿Acaso no tenían cepillos para la ropa en el futuro? El periodista tampoco se lo creía, de ninguna manera, y se sumó al director en la fácil tarea de ridiculizar todo aquel asunto. Ambos pertenecían al nuevo tipo de periodista: eran hombres jóvenes, muy alegres e irreverentes.
—Informa nuestro corresponsal especial de pasado mañana —estaba diciendo, o más bien gritando el periodista, cuando el viajero volvió. Iba vestido con ropa corriente de noche, y su mirada demacrada era lo único que quedaba del cambio que tanto me había sorprendido.
—¡Digo que estos tipos de aquí afirman que ha viajado hasta mediados de la próxima semana! —comentó el director, desternillándose—. ¡Cuéntenos algo del pequeño Rosebery, por favor! ¿Qué querrá a cambio de contárnoslo todo?
El viajero se dirigió hasta el lugar reservado para él sin decir nada. Sonrió tranquilamente, como solía hacer.
—¿Dónde está mi cordero? —preguntó—. ¡Qué placer volver a clavar el tenedor en la carne!
—¡La historia! —exclamó el editor.
—¡Al diablo la historia! —replicó el viajero—. Quiero algo de comer. No diré palabra hasta introducir un poco de peptona en mis arterias. Gracias. Y la sal.
—Una palabra —intervine yo—. ¿Ha estado viajando en el tiempo?
—Sí —respondió el viajero con la boca llena, asintiendo.
—Daría un chelín por cada línea de un relato palabra por palabra —afirmó el director.
El viajero extendió la copa en dirección al hombre silencioso y la rozó con la uña, ante lo que cual el hombre silencioso, que lo había estado mirando fijamente, se sobresaltó de repente y le sirvió vino. El resto de la cena resultó incómodo. Aún me surgían preguntas repentinas, y me atrevería a decir que a los demás también. El periodista trató de aliviar la tensión contando anécdotas sobre Hettie Potter. El viajero se concentró en la cena, y demostró tener el apetito de un vagabundo. Mientras se fumaba un cigarrillo, el médico observó al viajero con la mirada entrecerrada. El hombre silencioso parecía aún más torpe, y bebía champán, sin parar y decidido, por puro nerviosismo. Al fin el viajero apartó el plato y nos miró.
—Supongo que debo pedir disculpas —empezó—, sencillamente me moría de hambre. He tenido un viaje increíble. —Extendió la mano para coger un puro, y le arrancó la punta—. Pero vengan al salón de fumar. Es una historia demasiado larga para contarla ante los platos grasientos.
Y tocando el timbre al pasar, nos condujo hasta la habitación de al lado.
—¿Ha hablado de la máquina a Blank, Dash y Chose? —me preguntó, reclinándose en su sillón mientras nombraba a los tres huéspedes nuevos.
—No es más que una paradoja… —protestó el director.
—Esta noche no puedo discutir. No me importa contarles la historia, pero no puedo discutir. —Y prosiguió—: Les contaré lo que me ha sucedido, si lo desean, pero deben evitar interrumpirme. Quiero contarlo. Tengo muchísimas ganas. La mayor parte les parecerá mentira. ¡Pues que así sea! Piensen lo que piensen, es cierto, hasta la última palabra. Yo estaba en mi laboratorio a las cuatro de la tarde, y desde entonces… he vivido ocho días… ¡unos días que ningún ser humano ha vivido jamás! Aunque estoy prácticamente exhausto, no dormiré hasta que se lo haya explicado. Después me iré a la cama. Pero ¡sin interrupciones! ¿De acuerdo?
—De acuerdo —dijo el editor, y el resto lo repetimos.
Y así el viajero empezó su historia tal y como la expongo a continuación. Primero se reclinó en su sillón y hablaba agotado. Luego se fue animando. Al escribirlo percibo con demasiada intensidad la insuficiencia de la tinta y la pluma —y por encima de todo, mi propia ineptitud— para expresar la naturaleza de su explicación.
Supongo que se leerá con la atención necesaria, pero ni siquiera así se puede ver el rostro blanco y sincero del viajero iluminado por el círculo brillante de la lámpara pequeña, ni oír la entonación de su voz. ¡Resulta imposible relatar hasta qué punto su expresión seguía los giros de su historia! La mayoría de quienes lo escuchábamos estábamos a la sombra, porque no habían encendido las velas de la sala de fumar, y solo el rostro del periodista y las piernas del hombre silencioso a partir de las rodillas quedaban iluminados. Al principio nos mirábamos de vez en cuando los unos a los otros. Al cabo de un rato dejamos de hacerlo, y solamente mirábamos el rostro del viajero.
3
—El jueves pasado les expliqué a algunos de ustedes los principios de la máquina del tiempo, y les mostré el aparato incompleto en el taller. Lo cierto es que ahora está un poco desgastada por el viaje, una de las barras de marfil está rajada y una barra de latón está torcida, pero el resto está bastante entero. Esperaba terminarla el viernes, sin embargo, el viernes, cuando la tenía prácticamente montada, me di cuenta de que a una de las barras de níquel le faltaban más de dos centímetros, y tuve que mandarla a que la rehicieran, así que el aparato no estuvo completo hasta esta mañana. Eran las diez en punto del día de hoy cuando la primera máquina del tiempo empezó su andadura. Le di el último toque, comprobé todas las tuercas, puse una gota más de aceite en la barra de cuarzo y me senté en la silla. Supongo que un suicida, en el momento de llevarse una pistola a la sien, estará tan intrigado por lo que va a ocurrir como lo estaba yo entonces. Agarré la palanca de inicio con una mano y la de parada con la otra, empujé la primera y, casi de inmediato, la segunda. Me pareció que daba vueltas, me dio la impresión de que me caía, como en una pesadilla, y, mirando a mi alrededor, vi el laboratorio exactamente igual que antes. ¿Había ocurrido algo? Por un instante sospeché que mi intelecto me había engañado. Entonces me fijé en el reloj. Un segundo antes, me había parecido, marcaba las diez y un minuto o dos, ¡y ahora eran casi las tres y media!
»Tomé aliento, apreté la mandíbula, agarré la palanca de inicio con ambas manos y salí disparado con un ruido sordo. El laboratorio se volvió borroso y se oscureció. La señora Watchett entró y se dirigió, al parecer sin verme, hacia la puerta del jardín. Supongo que tardó un minuto o así en cruzar la habitación, pero me pareció que iba disparada como un cohete. Empujé la palanca hasta el final. Se hizo de noche como si hubieran apagado una lámpara, y al momento se hizo de día otra vez. El laboratorio se volvió vago y borroso, y luego fue desvaneciéndose cada vez más. Oscureció hasta mañana por la noche, luego se hizo otra vez de día, otra vez de noche, de día otra vez, cada vez más rápido. Un murmullo se arremolinaba en mis oídos, y se apoderó de mí un estado de confusión extraño y mudo.
»Temo que no puedo transmitir las sensaciones particulares del viaje en el tiempo. Son demasiado desagradables. Se produce una sensación exactamente igual a la que se tiene en una montaña rusa, ¡de movimiento precipitado e inevitable! Sentí la misma expectativa horrible de choque inminente. Al aumentar el ritmo, la noche seguía al día como el aleteo de un ala negra. El débil indicio del laboratorio parecía apartarse de mí, y vi que el sol corría a toda velocidad por el cielo, saltando a cada minuto, y cada minuto señalaba un día. Supuse que el laboratorio había quedado destruido y había salido al aire libre. Me pareció ver un andamio, pero ya iba demasiado rápido para ser consciente de ningún elemento móvil. El caracol más lento que pasara arrastrándose iría demasiado acelerado para mí. La sucesión centellante de oscuridad y luz me hacía demasiado daño a la vista. Entonces, en las oscuridades intermitentes, vi que la luna completaba a toda velocidad sus cuartos y pasaba de nueva a llena, y me pareció atisbar las estrellas que la rodeaban. En ese momento, al seguir avanzando, todavía ganando velocidad, la palpitación del día y la noche se fundió en un solo gris continuo; el cielo adoptó una maravillosa profundidad azul, un color espléndido y luminoso como el del comienzo del anochecer; el sol que se agitaba se convirtió en un rayo de fuego, un arco brillante en el espacio; la luna, en una franja fluctuante aún más imprecisa, y ya no veía las estrellas salvo algún que otro círculo brillante que parpadeaba sobre el fondo azul.
»El paisaje era neblinoso e indefinido. Yo seguía en la colina sobre la que ahora se asienta esta casa, y el saliente se alzaba por encima de mí, desdibujado en gris. Vi crecer algunos árboles, que cambiaban como nubes de vapor, ahora marrones, ahora verdes; crecían, se extendían, se estremecían y morían. Vi edificios enormes alzarse tenues y hermosos, y pasar como sueños. La superficie entera de la Tierra parecía cambiada, fundiéndose y fluyendo bajo mis ojos. Las manecillas de los contadores que registraban mi velocidad corrían cada vez más. En ese momento noté que el cinturón solar oscilaba arriba y abajo, de solsticio en solsticio, en menos de un minuto, por tanto mi ritmo era de más de un año por minuto, y a cada minuto la nieve blanca centelleaba a través del mundo y desaparecía, seguida de un verde luminoso y breve de primavera.
»Las sensaciones desagradables del comienzo ya resultaban menos agudas, y acabaron confluyendo en una especie de euforia histérica. Noté una oscilación torpe e intensa de la máquina que no era capaz de explicarme, pero estaba demasiado confundido para prestarle atención, así que, llevado por una especie de locura, me lancé hacia el futuro. Al principio apenas me planteé detenerme, apenas pensaba en nada salvo en estas nuevas sensaciones, pero en ese momento una nueva sucesión de impresiones surgió en mi mente —cierta curiosidad y, con ella, cierto temor—, hasta que acabaron apoderándose de mí. ¿Qué extraños progresos de la humanidad, qué avances maravillosos respecto a nuestra civilización rudimentaria, pensé, no aparecerían cuando me parara a mirar el mundo vago y fugaz que corría y fluctuaba ante mis ojos? Vi una construcción majestuosa y espléndida alzándose a mi alrededor, más descomunal que cualquiera de los edificios de nuestra época, y que aun así parecía hecha de brillo y neblina. Vi un verde muy intenso remontando la ladera, y permanecer en ella sin que hubiera ningún intervalo invernal. Incluso a través del velo de mi confusión la Tierra parecía muy hermosa. Y así fue como mi mente decidió parar.
»El riesgo más peculiar radicaba en la posibilidad de encontrar alguna sustancia en el espacio que la máquina o yo ocupáramos. Mientras viajara a gran velocidad a través del tiempo, este asunto apenas importaba ya que me hallaba, por así decirlo, atenuado, me desplazaba como el vapor a través de los intersticios de las sustancias que se interpusieran. Pero si me detenía me introduciría, molécula a molécula, en lo que se encontrara en mi camino; mis átomos entrarían en contacto con los del obstáculo de tal modo que se produciría una reacción química profunda, posiblemente una explosión de largo alcance, de modo que mi aparato y yo explotaríamos y saldríamos disparados fuera de todas las dimensiones posibles, hacia lo desconocido. Había recordado esta posibilidad una y otra vez mientras construía la máquina, pero entonces la había aceptado alegremente como un riesgo inevitable, ¡como uno de los riesgos que el hombre tiene que correr! Ahora que el riesgo era seguro, ya no lo veía con la misma alegría. Lo cierto es que, sin darme cuenta, la extrañeza absoluta de todo, las vibraciones y los balanceos compulsivos de la máquina y, sobre todo, la sensación de estar cayendo sin parar me habían alterado totalmente los nervios. Me dije que no podría detenerme nunca, y en un arranque de mal genio decidí parar de inmediato. Como un estúpido impaciente, empujé la palanca hasta el final y el aparato se puso a dar vueltas precipitadamente, por lo que salí disparado de cabeza.
»Oí un trueno. Debí de quedarme pasmado un instante. Una implacable granizada silbaba a mi alrededor, y me hallaba sentado sobre hierba blanda delante de la máquina, volcada. Todo parecía gris aún, pero en ese momento me percaté de que la confusión que notaban mis oídos había desaparecido. Miré a mi alrededor. Me encontraba en lo que parecía el pequeño pedazo de césped de un jardín, rodeado de arbustos de rododendros, y me fijé en que sus flores malva y púrpura caían como gotas de lluvia debido al golpeteo del granizo, que rebotaba y bailaba, procedente de una nube situada encima de la máquina, y barría la tierra como si fuera humo. Enseguida estuve calado hasta los huesos. “Menuda hospitalidad con un hombre que ha viajado durante incontables años para veros”, comenté.
»En ese momento pensé en lo estúpido que era por mojarme. Me puse en pie y miré a mi alrededor. Una figura colosal, al parecer tallada en piedra blanca, se alzaba indefinida más allá de los rododendros a través del brumoso aguacero, pero el resto de lo que pudiera haber en aquel mundo resultaba invisible.
»Me costaría describir lo que sentía. Cuando las columnas de granizo se fueron diluyendo, vi la figura blanca con más claridad. Era muy grande, pues un abedul plateado solo le alcanzaba el hombro. Era de mármol blanco, y parecía una esfinge alada, pero las alas, en vez de llevarlas verticales a los lados, las tenía extendidas, como si planeara cernerse. El pedestal, que me dio la impresión de que era de bronce, estaba cubierto de verdín. Quiso el azar que el rostro estuviera orientado hacia mí; sus ojos vacíos parecían vigilarme, y se dibujaba una débil sonrisa en sus labios. Estaba muy erosionada, lo que le confería un desagradable aspecto enfermizo. Me quedé mirándola, no mucho rato, medio minuto, quizá, o media hora. Parecía avanzar y retroceder según si el granizo que caía ante ella se volvía más denso o más fino. Acabé apartando la mirada un instante, y vi que la cortina de granizo se había deshilachado y que el cielo se estaba iluminando con la promesa del sol.
»Volví a alzar la vista hacia la figura blanca agachada, y de repente comprendí la temeridad absoluta que representaba mi viaje. ¿Qué aparecería cuando la cortina brumosa se hubiera retirado del todo? ¿Qué no debía de haberles ocurrido a los hombres? ¿Y si la crueldad había devenido una pasión común? ¿Y si en ese intervalo de tiempo la raza humana había perdido su humanidad y había pasado a ser algo inhumano, adverso y dotado de un poder abrumador? Puede que yo le pareciera un antiguo animal salvaje, de los más espantosos y repugnantes para nuestros semejantes, una criatura asquerosa a la que eliminar sin miramientos.
»Empecé a ver otras formas descomunales, edificios enormes con parapetos complicados y columnas elevadas, mientras se me aparecía una ladera boscosa al aminorar la tormenta. Me entró un ataque de pánico. Me volví, frenético, hacia la máquina del tiempo y traté de volver a ponerla en pie. Mientras, los rayos del sol atravesaron la tormenta. Se apartó el aguacero gris y se desvaneció como las ropas que arrastra un fantasma. Por encima de mí, en el azul intenso del cielo veraniego, los restos débiles y marrones de unas nubes se arremolinaron hacia la nada. Cerca de mí, los grandes edificios se destacaban, claros y nítidos, brillaban con la humedad de la tormenta y resaltaban en blanco debido al granizo sin fundir apilado en su camino. Me sentí desnudo en un mundo extraño. Me sentí como quizá se siente un pájaro en el aire despejado, a sabiendas de que el halcón lo sobrevuela y se abatirá sobre él. Mi miedo se convirtió en frenesí, tomé aire, apreté los dientes y volví a forcejear con la máquina, presionando con la muñeca y la rodilla. Cedió a mi esfuerzo desesperado y se dio la vuelta, golpeándome violentamente. Con una mano en el asiento y la otra en la palanca, me quedé de pie jadeando, dispuesto a volver a montarme.
»Pero al replantearme una pronta retirada recuperé el coraje. Miré con más curiosidad y menos temor en dirección al mundo del futuro remoto. En una abertura circular, en lo alto de la pared de la casa más cercana, vi un grupo de figuras vestidas con ropajes suaves y suntuosos. Me habían visto, y me miraban directamente.
»Entonces oí unas voces que se acercaban. A través de los arbustos, junto a la Esfinge Blanca, se acercaban las cabezas y los hombros de unos hombres que corrían. Uno de ellos salió al camino que conducía al césped donde me encontraba con mi máquina. Era una criatura menuda, puede que de un metro y cuarto, vestida con una túnica púrpura ceñida con un cinturón de cuero. Calzaba unas sandalias o unos coturnos, no lograba distinguirlo muy bien; llevaba las piernas desnudas hasta las rodillas, y la cabeza descubierta. Al fijarme en eso, me di cuenta por primera vez de lo cálido que era el aire.
»Me pareció una criatura muy hermosa y grácil, pero indescriptiblemente débil. Su rostro enrojecido me recordó al de los tísicos más bellos, poseedores de esa hermosura hética de la que tanto oíamos hablar. Al verlo recuperé de repente la confianza y aparté las manos de la máquina.
4
—Al segundo nos hallábamos cara a cara, esa criatura frágil del futuro y yo. Se acercó a mí y se rio ante mis ojos. La ausencia de cualquier atisbo de miedo en su comportamiento me sorprendió de inmediato. Entonces se volvió hacia los otros dos que lo seguían y les habló en una lengua extraña, muy dulce y líquida.
»Se estaban acercando otros, y en ese momento me rodeó un grupito de unas ocho o diez de estas criaturas exquisitas. Uno de ellos se dirigió a mí. Me percaté, por raro que parezca, de que mi voz era demasiado áspera y profunda para ellos. El hombrecito dio un paso adelante, dudó, me tocó la mano. Entonces sentí otros tentaculitos suaves en la espalda y los hombros. Querían asegurarse de que era real. No había nada alarmante en todo aquello. De hecho, aquellas personitas hermosas tenían algo que inspiraba confianza: cierta delicadeza elegante, cierta soltura infantil. Y, además, parecían tan frágiles que era capaz de imaginarme arrojando a una docena de ellos al suelo como si fueran bolos. Pero hice un movimiento brusco de advertencia cuando vi sus manitas rosadas tocando la máquina del tiempo. Por suerte me acordé, antes de que fuera demasiado tarde, de un peligro que había olvidado. Metí las manos por encima de las barras de la máquina, desenrosqué las pequeñas palancas que la pondrían en marcha y me las guardé en el bolsillo. Luego me volví para ver qué podía hacer para comunicarme.
»Y entonces, al fijarme con más detenimiento en sus rasgos, detecté algunas peculiaridades más de su belleza, propia de la porcelana de Dresde. Su cabello, todo rizado, acababa abruptamente en el cuello y las mejillas, no tenían ni el más leve rastro de vello en la cara, y sus orejas eran singularmente diminutas. Tenían la boca pequeña, con brillantes labios rojos más bien finos, y sus barbillas diminutas acababan en punta. Sus ojos eran grandes y afables, y, aunque esto puede parecer egotismo por mi parte, me pareció ya entonces que mostraban menos interés del que podría haber esperado por su parte.
»Como no hacían ningún esfuerzo por comunicarse conmigo, si no que se limitaban a rodearme sonriendo y hablando mediante suaves arrullos los unos con los otros, inicié la conversación. Señalé la máquina del tiempo y a mí mismo. Entonces, al dudar un instante sobre cómo expresar el tiempo, señalé el sol. De inmediato, una figurita extrañamente hermosa vestida a cuadros púrpuras y blancos siguió mi gesto, y me sorprendió cuando imitó el ruido del trueno.
»Me quedé estupefacto un instante, aunque la trascendencia de su gesto quedaba bastante clara. La cuestión se me planteó bruscamente: ¿eran estúpidas esas criaturas? No se pueden figurar cuánto me afectó. Verán, siempre me había imaginado que las gentes del año ochocientos dos mil y pico estarían increíblemente adelantadas en cuanto a conocimientos, arte y todo lo demás. Y entonces uno de ellos me hacía de repente una pregunta con la que demostraba tener el intelecto de uno de nuestros niños de cinco años; me preguntaba, de hecho, ¡si había venido del sol en una tormenta! Tuve que desechar la opinión que me había formado a partir de sus ropas, sus extremidades delicadas y ligeras y sus rasgos frágiles. Sentí como la decepción se apoderaba de mí. Por un instante pensé que había construido la máquina del tiempo en vano.
»Asentí, señalé en dirección al sol y les ofrecí una interpretación tan vívida del trueno que se sorprendieron. Todos retrocedieron un paso y se inclinaron. Entonces uno se acercó riéndose, ofreciéndome una guirnalda de bonitas flores totalmente nuevas, y me la puso alrededor del cuello. La idea fue recibida con aplausos melodiosos, y en ese momento todos se pusieron a correr arriba y abajo en busca de flores, y me las arrojaban encima entre risas, hasta que quedé casi sepultado por ellas. Ustedes, que no han visto cosa igual, apenas pueden imaginarse qué flores tan delicadas y maravillosas habían creado los incontables años de cultura. Entonces alguien sugirió que su juguete debería exhibirse en el edificio más próximo, y así me condujeron más allá de la esfinge de mármol blanco, que parecía haberse dedicado a observar mi perplejidad durante todo aquel tiempo con una sonrisa, hacia un enorme edificio gris de piedra desgastada. Al seguirlos me sobrevino el recuerdo de mis confiadas expectativas de una posteridad profundamente solemne e intelectual, junto con una sensación de júbilo irresistible.
»El edifico tenía una entrada enorme, y en conjunto poseía unas dimensiones colosales. Como es lógico, mi atención se centraba en la multitud creciente de personitas y en los grandes portales que se abrían ante mí, oscuros y misteriosos. La impresión general del mundo que veía por encima de sus cabezas era la de una inmensidad enmarañada de arbustos y flores hermosas, un jardín que llevara tiempo descuidado, pero desprovisto, no obstante, de malas hierbas. Vi varias espigas altas de extrañas flores blancas, que debían de medir más de treinta centímetros, repartidas entre la proliferación de pétalos pálidos. Se iban dispersando, como si fueran silvestres, entre los arbustos multicolor, pero, como he dicho, no las examiné con atención en ese instante. La máquina del tiempo quedó abandonada en el césped entre los rododendros.
»El arco de la puerta estaba profusamente tallado, pero, por supuesto, no pude observar la talla con atención, aunque al pasar me pareció ver indicios de antiguos adornos fenicios, y me sorprendió que estuvieran muy rotos y desgastados. Otras tantas personas vestidas de colores brillantes salieron a mi encuentro en la puerta, y así entramos. La ropa sucia del siglo XIX me otorgaba un aspecto bastante grotesco, pero además iba engalanado con flores y me rodeaba una masa de ropajes de colores luminosos suaves y de cuerpos blancos brillantes, que formaba un remolino de risas y palabras alegres.
»La amplia puerta grande se abrió hasta una sala proporcionalmente grande adornada de marrón. El techo estaba en sombra, y las ventanas, en parte decoradas con vidrio de colores y en parte sin decorar, dejaban entrar una luz templada. El suelo era de grandes bloques de un metal blanco muy duro; no eran placas ni losas, sino bloques, y estaba tan desgastado —me imaginé que por las idas y venidas de generaciones pasadas—, que los tramos más transitados estaban muy hundidos. En la sala había, atravesadas, innumerables mesas de losas de piedra pulida que se alzaban unos treinta centímetros del suelo, y sobre ellas montones de fruta. Reconocí unas frutas que parecían frambuesas y naranjas hipertrofiadas, pero casi todas me resultaban extrañas.
»Entre las mesas había repartidos gran cantidad de cojines. Sobre ellos se sentaron los que me habían traído, indicándome que hiciera lo mismo. Con una ausencia significativa de miramientos, comenzaron a comerse la fruta con las manos, arrojando pieles y rabillos y demás en las aberturas redondas de los laterales de las mesas. No me resistí a seguir su ejemplo, pues tenía hambre y sed. Mientras, inspeccioné la sala a mi antojo.
»Y puede que lo que más me sorprendiera fuera su aspecto ruinoso. Las vidrieras de colores, en las que solo se veía un dibujo geométrico, estaban rotas por muchos sitios, y las cortinas que colgaban por el extremo inferior estaban cubiertas de polvo. Me llamaron la atención unas grietas en la esquina de la mesa de mármol que tenía al lado. No obstante, en general me resultaba un lugar extremadamente suntuoso y pintoresco. Debía de haber un centenar de personas comiendo en el salón, y la mayoría de ellas, sentadas tan cerca de mí como podían, me observaban con interés, con sus ojitos brillando por encima de la fruta que se estaban comiendo. Todos iban vestidos con el mismo material sedoso, suave pero resistente.
»La fruta, por cierto, era su único alimento. Estas personas del futuro remoto eran vegetarianos estrictos, y mientras estuve con ellos, pese a algunos antojos carnales, también tuve que hacerme frugívoro. De hecho, luego descubrí que los caballos, el ganado, las ovejas, los perros, todos se habían extinguido, como el ictosaurio. La fruta, en cambio, estaba deliciosa. Una fruta en particular, cuya temporada duró todo el tiempo que permanecí allí —una cosa harinosa que iba en una cáscara de tres caras— estaba especialmente rica, y la convertí en mi alimento básico. Al principio todos aquellos frutos extraños me sorprendieron, y también las extrañas flores que vi, pero más tarde empecé a percatarme de su importancia.
»Sea como sea, les estoy contando la cena de fruta en un futuro ahora muy distante. En cuanto sacié un poco mi apetito, decidí intentar aprender el habla de los nuevos hombres que me acompañaban. Estaba claro que eso era lo que debía hacer a continuación. Las frutas parecían adecuadas para empezar, y, cogiendo una de ellas, empecé a emitir una serie de ruidos y gestos interrogatorios. Tuve dificultades considerables para transmitirles lo que quería decir. Al principio mis esfuerzos provocaron miradas de sorpresa o risas inextinguibles, hasta que una criaturita rubia pareció captar mi propósito y repitió un nombre. Tuvieron que parlotear y explicarse largo y tendido el asunto los unos a los otros, y mis primeros intentos de imitar los ruiditos exquisitos de su idioma causaron enorme regocijo. No obstante, me sentía como un maestro entre niños, e insistí hasta que logré dominar una veintena de sustantivos; luego me puse con los pronombres demostrativos, e incluso con el verbo «comer». Pero iba lento, y aquella gente tan pequeña enseguida se cansaba y quería escapar de mis interrogatorios, así que decidí, más bien porque se hacía necesario, dejarles que impartieran sus lecciones en pequeñas dosis, cuando estuvieran dispuestos a hacerlo. No tardé mucho en averiguar que serían dosis muy breves, pues nunca he conocido a personas más indolentes y que se cansaran con más facilidad.
»Algo extraño que no tardé en descubrir de mis pequeños anfitriones fue su falta de interés. Se me acercaban gritando, sorprendidos, como niños, pero, igual que los niños, no tardaban en dejar de examinarme y se alejaban en busca de otro juguete. Cuando la cena y mis primeros intentos de conversación concluyeron, reparé por primera vez en que casi todos los que me habían rodeado al comienzo se habían marchado. Resulta extraño, también, lo rápido que empecé a desdeñar a aquellas personitas. Atravesé el portal hacia el mundo soleado en cuanto hube satisfecho el hambre. No dejaba de encontrarme con más hombres del futuro, que, tras sonreírme y gesticular amistosamente, volvían a dejarme a mi suerte.
»La tranquilidad del anochecer se apoderó del mundo cuando salí del gran salón, y la escena quedó iluminada por la luz cálida del sol de poniente. Al principio las cosas resultaron muy confusas. Todo era tan distinto del mundo que conocía, incluso las flores… El gran edificio del que había salido estaba situado en la falda del amplio valle del río, pero el Támesis se había desviado más de un kilómetro de su ubicación actual. Decidí subir hasta lo alto de una montaña que debía de estar a unos dos kilómetros y medio, desde la cual podría contemplar una vista más amplia del año 802 701 d. C. Porque esa, debería explicar, era la fecha que registraban los pequeños indicadores de mi máquina.
»Mientras avanzaba estaba atento a cualquier impresión que pudiera ayudarme a explicar el esplendor ruinoso en que hallaba aquel mundo, porque ruinoso lo estaba. Subiendo un poco la colina, por ejemplo, había una pila grande de granito ligado con masas de aluminio, un laberinto enorme de paredes escarpadas y montones desmoronados, entre los cuales se aglomeraban plantas muy hermosas en forma de pagoda —ortigas, probablemente—, pero teñidas de un marrón increíble en las hojas, y que no pinchaban. Eran los restos abandonados de una estructura enorme, construida para fines que no logré determinar. Fue allí donde estaba destinado a vivir, en fecha posterior, una experiencia muy extraña —el primer indicio de un descubrimiento aún más extraño—, pero de eso hablaré cuando corresponda.
»Desde una terraza en la que descansé durante un rato, miré a mi alrededor cuando se me ocurrió una idea repentina: me percaté de que no se veían casas pequeñas. Al parecer la casa solitaria, y puede que incluso la casa en general, ya no existía. Repartidos entre la vegetación había edificios palaciegos, pero la casa y la casita, que constituyen rasgos tan característicos de nuestro paisaje inglés, habían desaparecido. “Comunismo…”, me dije.
»Otro pensamiento me asaltó inmediatamente. Miré la media docena de figuritas que me seguían, y entonces me di cuenta de que todos llevaban el mismo tipo de ropa, de que todos tenían el mismo rostro lampiño y presentaban la misma redondez afeminada en las extremidades. Tal vez resulte extraño que no me hubiera dado cuenta antes, pero todo era tan raro… Ahora lo veía con claridad. Estas personas del futuro eran todas similares, en cuanto a su vestimenta y en cuanto a las diferencias de textura y comportamiento que ahora sirven para distinguir los sexos. Y los niños no me parecían sino miniaturas de sus padres. Entonces pensé que los niños de esa época eran extremadamente precoces, al menos físicamente, y más adelante hallé confirmaciones abundantes de mi opinión.
»Al ver el desahogo y la seguridad con que vivían estas gentes, sentí que esta estrecha semejanza entre los sexos era, a fin de cuentas, lo que cabría esperar; porque la fuerza del hombre y la suavidad de la mujer, la institución de la familia y la distinción de ocupaciones no son más que necesidades militantes propias de una época basada en la fuerza física. Cuando la población está equilibrada, la fertilidad abundante deviene un mal más que un bien para el Estado; donde la violencia es inusual y los descendientes están seguros, es menos indispensable —de hecho, no lo es en absoluto— tener una familia eficiente, y la especialización de los sexos en referencia a las necesidades de los hijos desaparece. Los comienzos de todo esto los estamos viendo en nuestros propios tiempos, y en esta época futura se había completado. Esto, debo recordarles, fue lo que especulé en aquel momento. Más tarde llegaría a entender lo mucho que se alejaba esa idea de la realidad.
»Mientras cavilaba todas estas cosas, me llamó la atención una estructura bonita y pequeña, una especie de pozo bajo una cúpula. Pensé por un instante en lo extraño que era que aún existieran los pozos, y retomé el hilo de mis especulaciones. No había edificios grandes hacia lo alto de la montaña, y como mi aguante al caminar parecía resultar milagroso, en ese momento me dejaron solo por primera vez. Imbuido de una extraña sensación de libertad y aventura, continué hasta la cima.
»Allí hallé un asiento de un metal amarillo que no reconocí, corroído en algunas partes con una especie de óxido rosa y medio sepultado entre un musgo blando, con brazos tallados y limados en forma de cabezas de grifos. Me senté en él y contemplé la amplia vista de nuestro viejo mundo bajo la puesta de sol de aquel largo día. Era la vista más dulce y hermosa que he visto nunca. El sol ya se había hundido en el horizonte y el oeste era de un dorado intenso, tintado con franjas horizontales de púrpura y carmesí. Por debajo quedaba el valle del Támesis, por donde discurría el río como una tira de acero bruñido. Ya he mencionado los grandes palacios repartidos entre la vegetación multicolor, algunos en ruinas y otros aún ocupados. De vez en cuando se alzaba una figura blanca o plateada en el jardín abandonado de la Tierra, aquí y allá surgía la abrupta línea vertical de una cúpula o un obelisco. No había setos, ni indicios del derecho a la propiedad, ni campos de cultivo; la Tierra entera se había convertido en un jardín.
»Mientras observaba todo esto empecé a interpretar las cosas que había visto, y la interpretación que cobró forma aquella noche consistía en algo así. (Más adelante descubrí que solo había entendido media verdad, o que solo logré entrever una faceta de la verdad).
»Me pareció que me había encontrado con una humanidad en decadencia. La puesta de sol rojiza me hizo pensar en el crepúsculo de la humanidad. Por primera vez empecé a percatarme de una consecuencia extraña del esfuerzo social que realizamos. Pensándolo bien, dicha consecuencia es también bastante lógica. La fuerza resulta de la necesidad; la seguridad potencia la debilidad. El esfuerzo por mejorar las condiciones de vida —el auténtico esfuerzo civilizador que hace que la vida sea cada vez más segura— había ido en aumento constante hasta alcanzar un punto álgido. La humanidad unida había conseguido un triunfo tras otro sobre la Naturaleza. Cosas que ahora son meros sueños se habían convertido en proyectos deliberadamente emprendidos y ejecutados por el hombre. ¡Y el resultado de ello era lo que yo había visto!
»A fin de cuentas, los servicios sanitarios y la agricultura de hoy en día siguen en una fase rudimentaria. La ciencia de nuestra época apenas ha abordado el campo de las enfermedades humanas, pero, aun así, expande sus operaciones de manera constante y continua. La agricultura y la horticultura destruyen alguna que otra mala hierba y cultivan puede que una veintena de plantas sanas, pero dejan que la mayoría de ellas compita como pueda por el equilibrio. Mejoramos gradualmente nuestras plantas y animales favoritos —que son pocos—, mediante la cría y el cultivo selectivos: ahora un melocotón nuevo y mejorado, ahora una uva sin pepitas, ahora una flor más fragante y grande, ahora una raza más conveniente de ganado. Los mejoramos gradualmente porque nuestros ideales son vagos y vacilantes, y nuestro conocimiento, limitado; porque la Naturaleza, a su vez, también es tímida y lenta en nuestras torpes manos. Algún día todo esto estará mejor organizado, y continuará mejorando. Ese es el rumbo de la corriente a pesar de los remolinos. El mundo entero será inteligente, educado y cooperativo; las cosas se moverán cada vez más rápido para subyugar a la Naturaleza. Y al final, reajustaremos de manera sabia y cuidadosa el equilibro de la vida animal y vegetal para adaptarlo a nuestras necesidades humanas.
»Este ajuste, digo, debía de haberse realizado, y se había hecho bien; se había hecho para siempre en el periodo de Tiempo al que mi máquina había saltado. No había mosquitos en el aire, en la tierra no prosperaban la maleza ni los hongos; por todas partes había fruta y aromáticas y encantadoras flores, y las mariposas brillantes volaban de un lado a otro. Se había alcanzado el ideal de la medicina preventiva. Las enfermedades se habían erradicado. Durante mi estancia no detecté ninguna evidencia de que hubiera enfermedades contagiosas. Y más adelante tengo que relatarles que incluso los procesos de putrefacción y descomposición se habían visto profundamente afectados por estos cambios.
»También se habían logrado triunfos sociales. Veía al género humano alojado en lugares espléndidos, vestido maravillosamente, y aún no los había visto entregados a esfuerzo alguno. No había señales de lucha, ni económica ni social. Las tiendas, los anuncios, el tráfico, todo aquel comercio que domina nuestro mundo, había desaparecido. Era natural que aquella noche dorada me imaginara un paraíso social. Me pareció que habían hecho frente al problema del crecimiento de la población, y la población había dejado de aumentar.
»No obstante, este cambio en las condiciones de vida comportó algunas adaptaciones inevitables al cambio. ¿Cuál, a no ser que la ciencia biológica sea un cúmulo de errores, es el fundamento de la inteligencia y el vigor humanos? La penuria y la libertad, condiciones bajo las cuales los que son activos, fuertes y sutiles sobreviven y los débiles se hunden; condiciones que hacen resaltar la alianza leal entre hombres capaces, basada en la contención, la paciencia y la decisión. Y la institución de la familia, y las emociones que surgen en ella, los celos feroces, la ternura por los hijos, la abnegación parental, todas hallan su justificación y apoyo en los peligros inminentes que puedan sufrir los hijos. Ahora, ¿cuáles son esos peligros inminentes? Está surgiendo un sentimiento, que crecerá, contra los celos conyugales, contra la maternidad feroz, contra la pasión de toda clase; ahora son cosas innecesarias, cosas que nos incomodan, vestigios salvajes, discordias en un mundo agradable y refinado.
»Pensé en la ligereza física de aquella gente y en su falta de inteligencia, y en aquellas ruinas grandes y abundantes, lo cual reforzó mi idea de la conquista perfecta de la Naturaleza. Porque tras la batalla viene la calma. La humanidad había sido fuerte, enérgica e inteligente, y había dedicado toda su vitalidad abundante a alterar las condiciones en que vivía. Y ahora se producía la reacción a esas condiciones alteradas.
»Bajo las nuevas condiciones de confort y seguridad perfectos, esa energía nerviosa, que en nosotros es fuerza, se convertiría en debilidad. Ya en nuestra época ciertas tendencias y deseos, antes necesarios para sobrevivir, suponen una fuente constante de fracasos. El coraje físico y el amor por la batalla, por ejemplo, no ayudan mucho al hombre civilizado, puede que incluso sean obstáculos para él. Y en un estado de equilibrio y seguridad físicos, el poder, tanto intelectual como físico, estaría fuera de lugar. Me pareció que durante muchos años no se había presentado el peligro de la guerra o la violencia, ni el de las bestias salvajes, ni el de las enfermedades que consumen al hombre y exigen una constitución fuerte, ni la necesidad de trabajar duro. Para una vida semejante, los que deberíamos llamar débiles están tan bien provistos como los fuertes, y ya no son débiles. En realidad están mejor provistos, porque los fuertes se inquietarían al no poder dar salida a su energía. Sin duda, la belleza exquisita de los edificios que veía era el fruto de los últimos brotes de una energía que había dejado de tener sentido en el género humano; eran edificios surgidos antes de que el hombre se acomodara en perfecta armonía con las condiciones en las que vivía. Era el colofón al triunfo que dio comienzo a la gran paz final. Este ha sido siempre el destino reservado a la energía almacenada: se entrega al arte y el erotismo, y luego vienen la languidez y la decadencia.
»Incluso el ímpetu artístico acabaría marchitándose, casi ya se había marchitado en esa época. Adornarse con flores, bailar, cantar a la luz del sol: eso era lo que quedaba del espíritu artístico, y nada más. Incluso aquello acabaría desvaneciéndose en la inactividad satisfecha. Nos mantenemos motivados por el yugo del dolor y la necesidad, y me parecía que aquí, por fin, ¡se había roto ese odiado yugo!
»Mientras permanecía en la oscuridad creciente pensaba que con aquella explicación simple había logrado entender el problema del mundo, había descifrado el secreto de aquella gente tan encantadora. Es posible que los mecanismos que habían diseñado para controlar el aumento de la población hubieran funcionado demasiado bien, y que el número de ciudadanos, en vez de mantenerse estable, hubiese disminuido. Eso justificaría las ruinas abandonadas. Mi explicación era muy sencilla, y bastante verosímil, ¡como la mayoría de las teorías equivocadas!
5
—Mientras me hallaba reflexionando sobre ese triunfo demasiado perfecto del hombre, la luna llena, amarilla y gibosa, salió de la luz plateada que desbordaba por el noreste. Las figuritas brillantes dejaron de moverse allí abajo, un búho silencioso pasó revoloteando, y el frescor de la noche me hizo estremecerme. Decidí bajar y averiguar dónde podía dormir.
»Busqué el edificio que conocía. Entonces mi mirada recorrió la figura de la Esfinge Blanca sobre el pedestal de bronce, que se destacaba más al salir la luna brillante. Veía el abedul plateado delante de ella. Allí estaban la maraña de rododendros, negros bajo la luz pálida, y el pequeño manto de césped. Volví a mirar. Una duda extraña enfrió mi autocomplacencia. “No —me dije categóricamente—, ese no era el césped”.
»Pero lo era, pues el rostro blanco y leproso de la esfinge estaba orientado hacia él. ¿Se imaginan lo que sentí al darme cuenta? No, no pueden. ¡La máquina del tiempo había desaparecido!
»Enseguida me asaltó, como un latigazo en la cara, el temor de perderme mi propia época, de quedarme indefenso en ese mundo nuevo y extraño. La sola idea me producía una sensación física. Notaba que me agarraba el cuello y no me dejaba respirar. Luego me entró miedo y eché a correr dando grandes zancadas por la ladera. Me caí y me hice un corte en la cara, pero no perdí el tiempo en contener la sangre, sino que me puse en pie de un salto y seguí corriendo, mientras un hilo cálido me resbalaba por la mejilla y la barbilla.
»Sin dejar de correr, me iba diciendo: “La han movido un poco, la han metido bajo los arbustos para apartarla del camino”. No obstante, corría con todas mis fuerzas. Con la certeza que a veces acompaña a un temor excesivo, sabía que esa convicción era ridícula, sabía instintivamente que se habían llevado la máquina donde yo no pudiera encontrarla. Me costaba respirar. Creo que cubrí la distancia entre la cima de la colina y el trozo de césped, que debían de ser tres kilómetros, en diez minutos. Y no soy un hombre joven. Mientras corría maldije en voz alta la insensatez de haberme fijado y de haber dejado la máquina allí, solo para malgastar aire. Grité muy fuerte, pero nadie respondió. Ninguna de aquellas criaturas parecía moverse en aquel mundo iluminado por la luna.
»Cuando regresé al césped se confirmaron mis peores temores. No se veía ni rastro de la máquina. Sentí debilidad y frío al encontrarme con el espacio vacío entre la maraña negra de arbustos. Lo recorrí frenéticamente, como si la máquina pudiera estar escondida en una esquina, hasta que me detuve de repente y me agarré el pelo con las manos. Por encima de mí se alzaba la esfinge en su pedestal de bronce: blanca, brillante, leprosa a la luz de la luna que salía. Parecía sonreír burlándose de mi desgracia.
»Podría haberme consolado pensando que las personitas habían puesto el mecanismo a buen recaudo, si no hubiera estado convencido de su incapacidad física e intelectual. Eso era lo que me inquietaba: la sensación de que existía algún poder hasta entonces insospechado, cuya intervención había hecho desaparecer mi invento. No obstante, de algo estaba seguro: a no ser que alguien de otra época hubiera fabricado un duplicado exacto, la máquina no podía haberse desplazado en el tiempo. El sistema de acoplamiento de las palancas —más tarde les enseñaré el método— impedía que pudieran manipularla con ese fin una vez extraídas. La habían movido, estaba escondida solamente en el espacio. Si así era, ¿dónde podía estar?
»Debí de sumirme en una especie de frenesí. Recuerdo que corrí furiosamente entre los arbustos iluminados por la luna rodeando la esfinge y asusté a un animal blanco que, bajo la luz tenue, me pareció que era un ciervo pequeño. Recuerdo también que, más tarde, aquella misma noche, golpeé los arbustos con los puños cerrados hasta que me corté en los nudillos con las ramitas quebradas y empecé a sangrar. Luego, sollozando y delirando a causa de la angustia, bajé hasta el enorme edificio de piedra. El salón grande estaba a oscuras, silencioso y desierto. Resbalé en el suelo irregular y al caer me di un golpe contra una de las mesas de malaquita; por poco me rompo la espinilla. Encendí una cerilla y continué más allá de las cortinas polvorientas de las que les he hablado.
»Allí hallé un segundo salón grande cubierto de cojines, sobre los cuales dormían tal vez una veintena de personitas. No me cabe duda de que mi segunda aparición les resultó bastante extraña, pues surgí de repente de la oscuridad silenciosa emitiendo ruidos inarticulados y acompañado por el chisporroteo y el destello de una cerilla, cuya existencia habían olvidado.
»—¿Dónde está mi máquina del tiempo? —empecé, berreando como un niño enfadado, poniéndoles las manos encima y sacudiéndolos a todos. Debió de resultarles muy extraño. Algunos se reían, pero la mayoría parecían muy asustados. Cuando los vi de pie, rodeándome, me di cuenta de que tratar de reavivar la sensación de miedo era lo más estúpido que podría haber hecho dadas las circunstancias, porque, teniendo en cuenta su comportamiento durante el día, me planteé que el miedo también debía de estar olvidado.
»Bruscamente, apagué la cerilla, y, haciendo caer a una de las personitas a mi paso, atravesé otra vez el comedor dando tumbos y salí a la luz de la luna. Oí gritos de terror y ligeras pisadas corriendo y tropezando aquí y allá. No recuerdo todo lo que hice mientras la luna se deslizaba por el cielo. Supongo que fue la inesperada naturaleza de mi pérdida lo que me volvió loco. Me sentía completamente aislado de mi propia especie, como un animal extraño en un mundo desconocido. Debí de ir delirando de un lado a otro, gritando y llorando por Dios y el destino. Recuerdo que sentí una fatiga horrible a medida que avanzaba la larga noche de desesperación; que miré en uno u otro lugar imposible; que busqué entre ruinas iluminadas por la luna y toqué a criaturas extrañas en las sombras negras, hasta que acabé dejándome caer en la tierra cerca de la esfinge, llorando de desdicha absoluta. No me quedaba nada salvo el sufrimiento. Por fin me quedé dormido, y cuando me desperté era de día, y una pareja de gorriones saltaba a mi alrededor en el césped, al alcance de mi mano.
»Me incorporé en la frescura de la mañana, intentado recordar cómo había llegado hasta allí y por qué me invadía una sensación profunda de abandono y desesperación. Entonces vi las cosas claras. A la luz clara y razonable del día podía abordar mi situación con imparcialidad. Veía la locura desenfrenada de mi frenesí nocturno y podía razonar conmigo mismo. “Ponte en lo peor —me dije—. Imagina que la máquina se ha perdido, que la han destruido. Debo mostrarme tranquilo y paciente y averiguar cómo es la gente para hacerme una idea clara de cómo se perdió mi máquina, y descubrir dónde conseguir materiales y herramientas; al fin y al cabo, quizá podría construir otra”. Esa sería mi única esperanza; puede que fuera una esperanza débil, pero era mejor que la desesperación. A fin de cuentas, aquel era un mundo bonito y curioso.
»Lo más probable es que se hubieran llevado la máquina a otro sitio. Aun así, debía permanecer tranquilo y paciente, hallar su escondite y recuperarla mediante la fuerza o la astucia. Tras decidir todo aquello me puse en pie y miré alrededor, preguntándome dónde podría bañarme. Estaba exhausto, entumecido y sucio por el viaje. La frescura de la mañana me hacía desear refrescarme también. No podía lamentarme más. De hecho, mientras me enfrascaba en mis asuntos, ya me cuestionaba la excitación intensa de la noche anterior. Analicé con cuidado el terreno que rodeaba el manto de césped. Perdí el tiempo inútilmente haciendo preguntas, que transmití tan bien como pude, a las personitas que pasaban. Ninguno logró entender mis gestos, algunos se quedaban impasibles sin más, otros pensaban que era una broma y se reían de mí. Me costó muchísimo mantener las manos apartadas de sus bonitos rostros risueños. Era un impulso estúpido, pero costaba refrenar al diablo nacido del miedo y la ira ciega que seguía dispuesto a aprovecharse de mi perplejidad. El césped me resultó mejor consejero. Detecté un surco marcado en él, a mitad de camino entre el pedestal de la esfinge y las huellas de mis pies donde, al llegar, forcejeé con la máquina volcada. Había otras señales de que se la habían llevado, como unas extrañas huellas estrechas, parecidas, me dio la impresión, a las que dejaría un perezoso. Eso hizo que mi atención se fijara en el pedestal. Era, como creo haber dicho, de bronce. No era un bloque sin más, sino que estaba muy ornamentado con paneles con marcos muy pronunciados a cada lado. Me acerqué y les di unos golpes. El pedestal estaba hueco. Examinando los paneles con cuidado vi que no coincidían con todos los marcos. No había ni picaportes ni cerraduras, pero probablemente los paneles, si eran las puertas que me imaginaba, se abrían desde dentro. Una cosa me quedó muy clara: no me costó mucho esfuerzo inferir que la máquina del tiempo estaba dentro del pedestal. Cómo había llegado hasta allí era un problema distinto.
»Vi las cabezas de dos personas vestidas de naranja aproximándose a través de los arbustos por debajo de unos manzanos cubiertos de flores. Me volví sonriéndoles y les hice señas para que se acercaran más. Vinieron, y entonces, señalando el pedestal de bronce, intenté darles a entender mi deseo de abrirlo, pero tras el primer gesto que esbocé para comunicarlo, se comportaron de un modo muy extraño. No sé cómo transmitirles su expresión. Imagínense que hicieran un gesto extremadamente grosero ante una mujer muy fina, la expresión de aquellas personas era como la cara que ella pondría. Se marcharon como si hubieran recibido el peor insulto del mundo. A continuación lo intenté con un tipo de aspecto dulce vestido de blanco, con idénticos resultados. De alguna manera, su comportamiento hizo que me avergonzara de mí mismo. Aun así, como saben, yo quería la máquina del tiempo, e insistí. Cuando aquel tipo se marchó como los demás, perdí los estribos. Lo alcancé en tres zancadas, lo agarré por la parte suelta del traje en torno al cuello y comencé a arrastrarlo hacia la esfinge. Entonces vi el horror y la repugnancia en su rostro y lo solté de repente.
»Sin embargo, aún no me habían derrotado. Golpeé los paneles de bronce con el puño y me pareció oír que algo se movía dentro —en concreto, me pareció oír una especie de risita—, pero supongo que me equivoqué. Entonces cogí una piedra grande del río, me acerqué y me dediqué a golpear uno de los paneles hasta aplanar un adorno en forma de espiral, lo que hizo caer el verdín en laminillas de polvo. Aunque debían de haber oído mis golpes racheados a un kilómetro a la redondea, ninguna de las delicadas personitas se me acercó. Vi a una multitud en las laderas, mirándome furtivamente. Al final, acalorado y agotado, me senté para vigilar el lugar, pero estaba demasiado inquieto para vigilar durante mucho rato, y soy demasiado occidental para soportar una guardia larga: podría trabajar en un problema durante años, pero esperar inactivo durante veinticuatro horas ya es otra cuestión.
»Me levanté al cabo de un rato y empecé otra vez a caminar sin rumbo fijo por los arbustos hacia la colina. “Paciencia —me dije—. Si quieres recuperar la máquina debes dejar en paz a la esfinge. Si quieren quitarte la máquina, no ayudas nada destrozando sus paneles de bronce, y si no, la recuperarás en cuanto puedas pedirla. Es inútil quedarte sentado entre tantas cosas desconocidas ante un enigma semejante. Así solo caerás en la monomanía. Enfréntate a este mundo. Aprende cómo funciona, obsérvalo, no te apresures en hacer suposiciones sobre su significado. Al final hallarás soluciones para todo”. Entonces, de repente, reparé en lo cómica que era la situación: pensé en los años que había pasado estudiando y esforzándome por acceder a la edad futura, y la pasión con la que ahora ansiaba salir de ella. Me había metido en la trampa más complicada e imposible jamás diseñada por el hombre. Aunque yo era el único responsable de lo sucedido, no pude evitarlo, y me reí en voz alta.
»Cuando entré en el gran palacio me pareció que la gente pequeña me evitaba. Puede que fuera una impresión, o puede que tuviera algo que ver con los golpes que había propinado a las puertas de bronce. El hecho es que estaba bastante seguro de que me evitaban. Procuraba, no obstante, no mostrar preocupación, y me abstuve de perseguirlos; y al cabo de uno o dos días las cosas volvieron a ser como antes. Avancé lo que pude con el idioma, y además exploré un poco aquí y allá. Puede que me perdiera algún elemento sutil o que su idioma fuera demasiado sencillo, ya que estaba compuesto casi por entero de sustantivos y verbos. No parecía que hubiera muchos términos abstractos, si es que había alguno, y apenas se empleaba el lenguaje figurativo. Sus frases solían ser simples y constar de dos palabras, y yo no lograba transmitir o comprender nada más que las proposiciones más sencillas. Decidí relegar mi máquina del tiempo y el misterio de las puertas de bronce bajo la esfinge todo lo posible en la memoria, hasta que a fuerza de aprender pudiera volver a ellos de manera natural. Pero, como comprenderán, una sensación vaga me retenía en un círculo de escasos kilómetros en torno al punto de llegada.
»Por lo que veía, todo aquel mundo mostraba la misma riqueza exuberante del valle del Támesis. Desde cada colina a la que subía veía idéntica abundancia de edificios espléndidos, de una variedad interminable de materiales y estilos, los mismos matorrales espesos de hoja perenne, los mismos árboles y helechos arborescentes cargados de flores. Aquí y allá el agua brillaba como la plata, y a lo lejos la tierra se alzaba formando colinas azules ondulantes, fundiéndose con la serenidad del cielo. Un elemento peculiar, que en ese momento atrajo mi atención, era la presencia de ciertos pozos circulares, unos cuantos, al parecer, y de gran profundidad. Había uno junto al camino que recorrí en mi primera caminata hacia la colina. Como los demás, tenía los bordes de bronce, trabajado de un modo curioso, y una cúpula pequeña que lo protegía de la lluvia. Cuando me senté en el borde de estos pozos, miré hacia el hueco oscuro pero no vi el brillo del agua, ni logré ningún reflejo con una cerilla encendida. Pero en todos ellos oía ruido, un ruido sordo, como la vibración de un motor muy grande, y descubrí, al encender las cerillas, que por ellos bajaba una corriente constante de aire. Además, arrojé un trocito de papel por uno, y en vez de revolotear lentamente hacia abajo, el pozo no tardó en engullirlo.
»Al cabo de un tiempo logré conectar estos pozos con unas torres altas que había repartidas por las colinas, porque por encima de ellas solía correr un levísimo aire, como la brisa que en un día cálido corre sobre una playa abrasada por el sol. Atando cabos, llegué a convencerme de que se trataba de un extenso sistema de ventilación subterránea, cuyo valor real costaba imaginar. Al principio me sentí inclinado a asociarlo con el sistema sanitario de aquella gente. Era una conclusión evidente, pero totalmente errónea.
»Ahora debo admitir que aprendí muy poco de desagües, campanas, modos de transporte y equipamientos similares durante el tiempo que pasé en ese futuro real. En algunas de las visiones y utopías de tiempos venideros que he leído, se explican con todo detalle las construcciones, las relaciones sociales y este tipo de cosas. Pero aunque resulta fácil obtener tales detalles cuando el mundo entero está contenido en la imaginación de uno, estos son complemente inaccesibles para un viajero real inmerso en realidades como las que encontré. ¡Imagínense la descripción de Londres que un negro, recién llegado del África Central, ofrecería a su tribu! ¿Qué sabría él de compañías de ferrocarril, de movimientos sociales, de cables de teléfono y telégrafo, de la empresa de entrega de paquetes, de giros postales y demás ? Pero nosotros, al menos, ¡estaríamos dispuestos a explicárselas! Y a pesar de lo que él supiera, ¿qué podría hacerle entender o lograr que se creyera su amigo, que no había viajado? ¡Piensen, entonces, en lo mucho que se asemejan un negro y un hombre blanco de nuestra época, y en el tiempo transcurrido entre las gentes de la Edad de Oro y yo mismo!
»En cuanto a las sepulturas, por ejemplo, no veía señales de cremación ni nada que indicara que hubiera tumbas, pero pensé que debía de haber cementerios (o crematorios) en algún punto más allá del alcance de mis exploraciones. Esta era otra de las preguntas que me planteaba, y mi curiosidad por este tema se vio en principio frustrada. La cuestión me tenía intrigado y me condujo a nueva observación, que aún me sorprendió más: la de que no había ni ancianos ni enfermos entre estas gentes.
»Debo confesar que la satisfacción que experimenté con mis primeras teorías sobre una civilización automática y una humanidad en decadencia no duró mucho, pero no se me ocurría ninguna otra. Déjenme que les plantee mis dificultades. Los grandes palacios que había explorado no eran más que espacios para vivir, con espaciosos comedores y apartamentos para dormir. No encontraba ni maquinaria ni aparatos de ninguna clase, sin embargo estas gentes iban vestidas con telas agradables que seguro que a veces había que renovar, y sus sandalias, aunque poco decoradas, eran muestras bastante complejas del trabajo del metal. Esas cosas tienen que hacerse de alguna manera, y las personitas no parecían conservar ninguna tendencia creativa. No había tiendas, ni talleres, ni nada que indicara que importaban productos. Se pasaban todo el tiempo jugando delicadamente, bañándose en el río, flirteando medio juguetones, comiendo fruta y durmiendo. No veía cómo se mantenían en funcionamiento las cosas.
»Pero volvamos a la máquina del tiempo: algo, no sabía el qué, la había metido en el pedestal hueco de la Esfinge Blanca. ¿Por qué? No tenía ni idea de por qué. Y tampoco sabía qué significaban esos pozos sin agua, esas columnas que parecían parpadear. Me parecía que me faltaba información. Me sentía… ¿cómo expresarlo? Imagínense que hallan una inscripción salpicada de frases completamente comprensibles, con otras frases intercaladas con palabras, y letras incluso, absolutamente desconocidas para ustedes. Pues bien, en el tercer día de mi visita, ¡así se me presentaba el mundo del año 802 701!
»Ese día, también, hice una amiga… o algo así. Ocurrió que, mientras observaba a algunas de las personitas bañándose en un bajío, una de ellas sufrió un calambre y empezó a deslizarse a la deriva río abajo. La corriente principal corría bastante rápido, pero sin demasiada fuerza, ni siquiera para un nadador mediocre. Podrán hacerse una idea de la extraña deficiencia de estas criaturas cuando les diga que ninguna de ellas hizo el menor intento de rescatar a la criaturita débil y llorosa que se estaba ahogando ante sus ojos. Cuando me di cuenta, corrí a quitarme la ropa y, metiéndome en un tramo más bajo del río, atrapé a la pobre chiquitina y la conduje sana y salva a tierra. Bastó frotarle un poco las extremidades para que recuperara la conciencia, y obtuve la satisfacción de ver que estaba bien antes de dejarla. Tenía en tan baja estima a los suyos que no esperaba ninguna clase de gratitud por su parte, pero en eso, no obstante, me equivocaba.
»Esto ocurrió por la mañana. Por la tarde me encontré con la mujercita, pues eso me parecía que era, mientras volvía de una exploración hacia el que era mi centro de operaciones. La mujercita me recibió con gritos de alegría y me regaló una guirnalda grande de flores, que evidentemente había hecho para mí y solo para mí. Aquello me conmovió. Debía de sentirme muy solo. Hice lo que pude para expresar gratitud por el regalo. No tardamos en sentarnos juntos en una pequeña pérgola de piedra, conversando, sobre todo a base de sonrisas. La simpatía de la criatura me conmovía como me habría conmovido un niño. Nos pasamos flores, y ella me besó las manos. Yo hice lo mismo con las suyas. Entonces traté de hablar, y descubrí que se llamaba Weena, lo cual, aunque no sabía lo que quería decir, parecía bastante apropiado. Ese fue el comienzo de una extraña amistad que duró una semana, y terminó… ¡como les contaré!
»Era como una niña. Quería estar conmigo todo el tiempo. Trataba de seguirme a todas partes, y en mi siguiente viaje de exploración se me ocurrió agotarla, y luego la dejé exhausta y llamándome bastante quejosa. Pero había que dominar los problemas del mundo. Me dije que no había viajado al futuro para entablar un flirteo en miniatura. Sin embargo, cuando nos separamos, su aflicción fue tan enorme, sus objeciones a mi marcha en ocasiones tan desesperadas que, en conjunto, me pareció que su devoción me causaba tanta molestia como consuelo. No obstante, de alguna manera me confortaba enormemente. Pensé que lo que la hacía aferrarse a mí no era más que una atracción infantil; no supe hasta que fue demasiado tarde lo que le había infligido al dejarla. No entendí hasta que fue demasiado tarde lo que ella significaba para mí. Porque, solo con su deseo de agradarme y de demostrar, a su manera débil y vana, que le importaba, la encantadora criaturita había conseguido que volver al entorno de la Esfinge Blanca fuera casi como volver a casa, y yo buscaba su diminuta figura blanca y dorada en cuanto volvía de la colina.
»Fue también gracias a ella como supe que el miedo no había abandonado del todo aquel mundo. No mostraba miedo de día, y por extraño que parezca, confiaba en mí: por ejemplo, en un momento alocado en que le hacía muecas amenazadoras se rio de ellas sin más. Sin embargo, temía la oscuridad, temía las sombras, temía las cosas negras. La oscuridad era lo único que temía. Se trataba de una emoción particularmente apasionada, que me hacía pensar y observar. Entonces descubrí, entre otras cosas, que estas personitas se reunían en las casas grandes al anochecer y dormían en manadas. Si uno se acercaba a ellos sin luz provocaba un tumulto de aprensión. Nunca hallé a ninguno fuera de las puertas, o durmiendo a solas dentro, una vez había anochecido. Pero seguía siendo tan estúpido que no entendía lo que significaba ese miedo y, pese a la angustia de Weena, insistía en dormir apartado de aquellas multitudes.
»La afligía mucho, pero al final su extraño afecto por mí triunfó, y durante nuestra relación, durmió cinco noches, incluida la última de todas, con la cabeza recostada en mi brazo. Pero hablando de ella pierdo el hilo de la historia. Debió de ser la noche antes de su rescate cuando desperté al amanecer. La había pasado inquieto, tuve un sueño desagradable: me ahogaba, y unas anémonas de mar me tocaban la cara con sus palpos blandos. Me desperté de golpe, y con la extraña sensación de que un animal grisáceo acababa de salir corriendo de la habitación. Intenté volver a dormirme otra vez, pero estaba intranquilo e incómodo. Era la hora gris y tenue en que las cosas empiezan a salir a rastras de la oscuridad, cuando todo es incoloro y visible, y, no obstante, irreal. Me levanté, fui hacia el salón grande y salí a las piedras de delante del palacio. Pensé que haría de mi necesidad virtud, y vería el amanecer.
»Se estaba poniendo la luna, y la luz mortecina y la primera palidez del amanecer se habían mezclado en una penumbra espectral. Los arbustos eran negros como la tinta, la tierra, de un gris sombrío, el cielo no tenía color ni alegría. Y en lo alto de la colina creí ver fantasmas. En tres ocasiones seguidas, mientras examinaba la ladera, vi unas figuras blancas. Dos veces me pareció ver una criatura blanca y solitaria de tipo simiesco, corriendo bastante rápido colina arriba, y una vez, cerca de las ruinas, vi una hilera de criaturas semejantes cargando un cuerpo oscuro. Se movían apresuradamente. No vi qué fue de ellos. Se desvanecieron entre los arbustos. Deben entender que el amanecer aún era poco definido. Tenía esa sensación gélida e incierta del comienzo del día, que tal vez conozcan. Dudaba de lo que veía.
»Cuando el cielo se hizo más brillante hacia el este y llegó la luz del día y sus colores vivos volvieron otra vez al mundo, examiné a fondo la vista. Pero no vi rastro de mis figuras blancas. No eran más que criaturas de la penumbra. “Deben de haber sido fantasmas —me dije—. Me pregunto de cuándo”.
»Recordé una extraña idea de Grant Allen que me hizo reír. Él argumentaba que si cada generación muere dejando fantasmas, el mundo acabará atestado de ellos. Según esa teoría, dentro de 802 000 años serían una multitud, y no me sorprendió ver a cuatro de golpe. Sin embargo, la broma no me dejó satisfecho, y me pasé toda la mañana pensando en ellos, hasta que el rescate de Weena los apartó de mi mente. Me recordaban al animal blanco al que había sobresaltado cuando buscaba, enfebrecido, la máquina del tiempo. Weena resultaba una sustituta agradable, aunque, de todas formas, la idea anterior no tardaría en apoderarse de manera mucho más obsesiva de mi pensamiento.
»Creo haber comentado que el tiempo de esta Edad de Oro era mucho más cálido que el nuestro. No puedo explicarlo. Es posible que el Sol fuera más cálido, o que la Tierra estuviera más cerca del Sol. Es habitual asumir que el Sol se irá enfriando paulatinamente en el futuro, pero la gente, que no conoce especulaciones como las del joven Darwin, olvida que los planetas deben acabar cayendo uno por uno en el cuerpo paterno. Cuando estas catástrofes sucedan, el Sol brillará con energía renovada, y podría ser que algún planeta interior hubiera sufrido este destino. Fuera cual fuera el motivo, lo cierto es que el sol era mucho más cálido que el que conocemos nosotros.
»Pues bien, una mañana abrasadora —la cuarta, creo—, mientras buscaba resguardarme del calor y la luz en unas ruinas colosales cerca de la casa grande donde dormía y me alimentaba, ocurrió esta cosa extraña: al encaramarme por unos montones de mampostería, hallé una galería estrecha, cuyo final y ventanas laterales estaban bloqueados por las piedras caídas. En contraste con el brillo exterior, al principio me pareció de una negrura impenetrable. Entré en la galería a tientas, porque el paso de la luz a la oscuridad hizo que viera manchas de color dando vueltas ante mí. De repente me detuve, maravillado. Un par de ojos, luminosos debido al reflejo de la luz externa, me observaban en la oscuridad.
»El miedo instintivo a las bestias salvajes se apoderó de mí. Cerré los puños y miré fijamente aquellos ojos deslumbrantes. Tenía miedo de volverme. Entonces pensé en la seguridad absoluta en que parecía vivir la humanidad. Y recordé el extraño terror a la oscuridad. Vencí en cierta medida el miedo, di un paso adelante y hablé. Admitiré que mi voz sonaba discordante y apenas la controlaba. Extendí la mano y toqué algo blando. De inmediato los ojos se dispararon hacia un lado, y algo blanco pasó corriendo junto a mí. Me volví, con el corazón en un puño, y vi una extraña figura simiesca, con la cabeza caída de un modo peculiar, corriendo por el espacio iluminado por el sol detrás de mí. Tropezó contra un bloque de granito, se tambaleó hacia un lado y al cabo de un instante se había escondido en una sombra negra bajo otra pila en ruinas.
»La impresión que obtuve de todo aquello es, por supuesto, imperfecta, pero sé que era de un blanco apagado y que tenía unos extraños ojos grandes rojos y grisáceos; también que el pelo rubio le cubría la cabeza y la espalda. Como digo, fue demasiado rápido para verla con claridad y no puedo afirmar si corría a cuatro patas o con los antebrazos muy caídos. Tras una pausa de un segundo la seguí hasta el segundo montón de ruinas. Al principio no la encontraba, pero, tras un rato en la oscuridad profunda, me topé con una de esas aberturas en forma de pozo de las que les he hablado, medio cubierta por una columna caída. De repente se me ocurrió algo: tal vez aquella cosa se había escurrido por el pozo. Encendí una cerilla y, mirando hacia abajo, vi una criatura pequeña y blanca que se movía, con ojos grandes y brillantes que me miraban fijamente mientras se retiraba. Me dio escalofríos. ¡Era tan parecida a una araña humana! Bajaba por la pared, y entonces vi por primera vez unos peldaños de metal y una barandilla formando una especie de escalera hacia el fondo del pozo. Entonces la cerilla me quemó los dedos, se me cayó de las manos y se apagó; para cuando encendí otra el pequeño monstruo había desaparecido.
»No sé cuánto tiempo pasé sentado mirando por aquel pozo. Tardé en lograr convencerme de que la cosa que había visto era humana. Pero poco a poco fui percatándome de la verdad: el hombre ya no era una sola especie, sino que había derivado en dos animales distintos, y mis gráciles niños del mundo superior no eran los únicos descendientes de nuestra generación, sino que aquella criatura blanquecina, obscena y nocturna que había aparecido de repente ante mí también era heredera de todas las épocas anteriores.
»Pensé en las columnas que parecían parpadear y en mi teoría sobre el sistema de ventilación subterráneo. Empecé a sospechar para qué servía en verdad. ¿Y qué pintaba, me preguntaba, este lémur en mi esquema de una organización perfectamente equilibrada? ¿Cómo se relacionaba con la serenidad indolente de los hermosos habitantes del mundo superior? ¿Y qué se escondía allí abajo, al final del pozo? Me senté en el borde diciéndome que, en cualquier caso, no había nada que temer, y que debía descender por allí para resolver mis problemas. ¡Y al mismo me aterrorizaba ir! Mientras dudaba, dos de los hermosos habitantes del mundo superior se acercaron corriendo en su juego amoroso, y cruzaron la luz del día hacia la sombra. El macho perseguía a la hembra arrojándole flores mientras corría.
»Parecieron afligirse al hallarme con el brazo apoyado contra la columna volcada, mirando por el pozo. Al parecer era de mala educación señalar aquellas aberturas, porque cuando señalé el pozo e intenté formular una pregunta al respecto en su idioma, aún se afligieron más y se volvieron. Como les interesaban mis cerillas, encendí unas cuantas para divertirlos. Insistí en hablar del pozo, y volví a fracasar, así que en ese momento los dejé, pues pensé volver con Weena y ver qué podía sonsacarle. Pero ya tenía la mente revolucionada y mis suposiciones e impresiones se estaban adaptando a este nuevo cambio. Ahora tenía una pista sobre la utilidad de aquellos pozos, sobre las torres de ventilación, sobre el misterio de los fantasmas, y, cómo no, ¡sobre el significado de las puertas de bronce y el destino de la máquina del tiempo! Y, muy vagamente, se me empezó a ocurrir una idea para resolver el problema económico que me tenía intrigado.
»Esta era mi nueva idea. Estaba claro que la segunda especie de hombres era subterránea. Se daban tres circunstancias en particular que me hacían plantearme que sus escasas salidas a la superficie se debían a un hábito subterráneo prolongado. En primer lugar, estaba el aspecto blanquecino común a la mayoría de los animales que viven la mayor parte del tiempo a oscuras, como los peces blancos de las cuevas de Kentucky, por ejemplo. Luego, esos ojos grandes, con la capacidad de reflejar luz, son rasgos comunes de los animales nocturnos; piensen en el búho o el gato. Y por último, la confusión evidente ante el sol, la huida precipitada aunque desordenada y torpe hacia la oscuridad, y la manera particular de dejar caer la cabeza mientras les daba la luz; todo aquello reforzaba la teoría acerca de la sensibilidad extrema de la retina.
»Bajo mis pies, entonces, la tierra debía de estar profusamente dividida en túneles, y esos túneles eran el hábitat de la nueva raza. La presencia de conductos de ventilación y pozos en las laderas —por todas partes, de hecho, a excepción del valle del río— mostraba lo extensas que eran sus ramificaciones. ¿Qué más natural, entonces, que asumir que era en este mundo subterráneo artificial donde se realizaba el trabajo necesario para el confort de la raza diurna? Se trataba de una idea tan convincente que la acepté de inmediato, y a continuación me dediqué a suponer cómo se había producido esta división de la especie humana. Me atrevería a decir que adivinarán la forma que adoptó mi teoría, aunque no tardé en darme cuenta de lo mucho que distaba de la verdad.
»Al principio, basándome en los problemas de nuestra época, me pareció tan claro como el día que el aumento gradual de las diferencias meramente sociales y temporales entre el capitalista y el trabajador en el presente eran la clave de toda aquella situación. No dudo que les resultará bastante grotesco —¡y muy increíble!—, pese a que ahora ya se dan circunstancias que señalan en esa dirección. Existe la tendencia a utilizar el espacio subterráneo para los usos menos ornamentales de la civilización; vean si no el metro de Londres, por ejemplo, los nuevos ferrocarriles eléctricos, los pasos subterráneos, los talleres y restaurantes que hay bajo tierra, que se multiplican sin parar. Evidentemente, pensé, esta tendencia se había incrementado hasta que la industria acabó perdiendo su lugar bajo el cielo. Quiero decir que se había ido adentrando cada vez más en fábricas subterráneas cada vez más grandes, pasando cada vez más tiempo ahí dentro, hasta que al final… Incluso ahora, ¿acaso cualquier trabajador del East End no vive en condiciones tan artificiales que está prácticamente separado de la superficie natural de la tierra?
»De hecho, la tendencia exclusiva de la gente más rica —motivada, sin duda, por el refinamiento, cada vez mayor, de su educación y el abismo creciente entre ellos y la ruda violencia de los pobres— ya está causando el cierre, en su beneficio, de partes considerables de la superficie de la tierra. En Londres, por ejemplo, puede que la mitad del campo más hermoso esté cerrado contra los intrusos. Y este mismo abismo creciente —provocado por la ampliación y el coste del proceso educativo superior y el aumento de las facilidades y tentaciones para desarrollar hábitos refinados por parte de los ricos— hará que el intercambio entre clases, la promoción del matrimonio entre ellas que hoy en día retrasa la división de nuestra especie según la estratificación social, sea cada vez menos frecuente. De modo que, al final, en la superficie estarían los ricos, los que buscan el placer, el confort y la belleza, y debajo de ella, los pobres, los trabajadores que se adaptan constantemente a las condiciones de su trabajo. Una vez allí, sin duda tendrían que pagar el alquiler, y no poco, y la ventilación de sus cavernas, y si se negaran morirían de hambre o se asfixiarían con los retrasos en el pago. Los que estuvieran tan formados que fueran infelices y rebeldes morirían, y, por fin, al conseguirse el equilibrio permanente, los supervivientes se adaptarían tan bien a las condiciones de la vida subterránea y estarían tan contentos con ella como las gentes del mundo superior con la suya. A mi parecer, la belleza refinada y la palidez lánguida suponían consecuencias naturales de todo aquello.
»El gran triunfo de la humanidad con el que había soñado adoptó una forma distinta en mi mente. No se había producido el triunfo de la educación moral y la cooperación general que había imaginado, sino que vi una auténtica aristocracia, dotada de una ciencia perfeccionada, que había llevado el sistema industrial actual a su conclusión lógica. Su triunfo no había sido simplemente un triunfo sobre la Naturaleza, sino un triunfo sobre la Naturaleza y el prójimo. Esta, debo advertirles, era mi teoría de entonces. No contaba con ningún oportuno cicerone como los de las novelas utópicas. Puede que mi explicación fuera totalmente errónea, pero todavía creo que era la más creíble. No obstante, siguiendo con esta suposición, la civilización equilibrada a la que por fin se había llegado debía de haber superado su cénit tiempo atrás, y ahora se había sumido en el declive. Su seguridad, demasiado perfecta, había llevado a los habitantes del mundo superior a degenerar lentamente, y habían disminuido en tamaño, fuerza e inteligencia. Eso ya lo había visto claro. Lo que les había ocurrido a los habitantes del mundo subterráneo aún no lo sospechaba, pero, por lo que había visto de los morlocks —ese, por cierto, era el nombre con que denominaban a aquellas criaturas—, podía figurarme que la modificación del tipo humano era aún más profunda que la sufrida por los eloi, la hermosa raza que ya conocía.
»Entonces surgieron dudas acuciantes. ¿Por qué se he habían llevado los morlocks mi máquina del tiempo? Estaba seguro de que eran ellos quienes se la habían llevado. ¿Por qué, además, si los eloi eran los amos, no podían devolverme la máquina? ¿Y por qué les aterraba tanto la oscuridad? Procedí a interrogar a Weena sobre este mundo subterráneo, como he dicho, pero volví a quedar decepcionado. Al principio no entendía mis preguntas, y luego se negaba a contestarlas. Se echaba a temblar como si aquel tema le resultara insoportable. Y cuando la presioné, quizá con cierta dureza, rompió a llorar. Fueron las únicas lágrimas, a excepción de las mías, que vi jamás en la Edad de Oro. Cuando las vi dejé de importunarla acerca de los morlocks, y mi única preocupación fue hacer desaparecer aquellas muestras de la herencia humana de los ojos de Weena. No tardó en sonreír y dar palmadas mientras yo quemaba solemnemente una cerilla.
6
—Les parecerá extraño, pero tardé dos días en poder seguir la pista recién encontrada del modo que, a todas luces, era el adecuado. Sentía una aversión particular hacia aquellos cuerpos pálidos. Tenían el color medio blanquecino de los gusanos y demás bichos que se ven conservados en alcohol en los museos de zoología. Y eran terriblemente fríos al tacto. Supongo que mi repulsión se debía, sobre todo, a la influencia amable de los eloi, cuya repugnancia hacia los morlocks empezaba a comprender.
»La noche siguiente no dormí bien. Debía de estar un poco trastornado. Sentía la opresión de la perplejidad y la duda. En una o dos ocasiones me asaltó un miedo al que no pude atribuir un motivo claro. Recuerdo arrastrarme sin hacer ruido por el salón donde las personitas dormían a la luz de la luna —aquella noche Weena estaba entre ellos—, y tranquilizarme con su presencia. Pensé, aun así, que al cabo de pocos días la luna debía entrar en su último cuarto y las noches se oscurecerían, y que entonces las apariciones de esas desagradables criaturas del subsuelo, aquellos lémures blanquecinos, aquellas nuevas alimañas, sustitutas de las antiguas, podrían ser más abundantes. Estaba seguro de que solo podría recuperar la máquina del tiempo si me atrevía a penetrar en los misterios subterráneos, pero no era capaz de enfrentarme al misterio. Si hubiera tenido un compañero todo habría sido distinto, pero me sentía muy solo, y la mera idea de deslizarme hacia la oscuridad del pozo me horrorizaba. No sé si entenderán mis sentimientos, pero nunca llegué a sentir que tenía las espaldas cubiertas.
»Fue esta agitación, esta inseguridad, quizá, lo que me condujo cada vez más lejos cuando salía a explorar. Al dirigirme por el suroeste hacia el terreno en pendiente que ahora se llama Combe Wood observé a lo lejos, en dirección al Banstead del siglo XIX, una enorme estructura verde, de aspecto muy distinto a todo lo que había visto antes. Era más grande que el mayor de los palacios o ruinas que conocía, con una fachada de estilo oriental, que tenía el lustre, así como el tinte verde pálido, azulado, de algún tipo de porcelana china. Esta diferencia de estilo indica una diferencia de uso, y me vi impelido a seguir explorando. Pero se estaba haciendo tarde, y me había topado con aquel lugar tras un recorrido largo y cansado, así que decidí posponer la aventura hasta el día siguiente y volví al cariño y las caricias de la pequeña Weena. Sin embargo, a la mañana siguiente percibí con suficiente claridad que mi curiosidad respecto al Palacio de Porcelana Verde era una forma de engañarme a mí mismo para eludir, un día más, una experiencia que me aterrorizaba. Decidí descender sin más dilación, y salí temprano en dirección a un pozo cercano a las ruinas de granito y aluminio.
»La pequeña Weena corría conmigo. Bailaba a mi lado hacia el pozo, pero cuando me vio apoyarme en el borde y mirar hacia abajo, se quedó desconcertada. “Adiós, pequeña Weena”, dije, y la besé.
»Tras dejarla en el suelo, empecé a palpar el parapeto en busca de los ganchos para bajar. De forma bastante precipitada, debo confesar, ¡porque temía que mi coraje se esfumara! Al principio ella me miraba asombrada. Luego soltó un grito de lo más lastimero, corrió hacia mí y empezó a tirar de mí con sus manitas. Creo que su oposición me armó de valor para seguir. Me solté, puede que un poco bruscamente, y al cabo de un instante estaba metido en el pozo. Vi su rostro angustiado por encima del parapeto, y le sonreí para tranquilizarla. Entonces tuve que bajar la vista hacia los inestables ganchos a los que me aferraba.
»Creo que descendí unos doscientos metros. Fui agarrándome a las barras metálicas que sobresalían de las paredes del pozo, y como estaban adaptadas a las necesidades de una criatura mucho más pequeña y ligera que yo, no tardé en sufrir calambres y fatigarme debido al esfuerzo. Aunque la fatiga ¡no era lo peor! Una de las barras cedió de repente bajo mi peso, y casi me descuelgo hacia la oscuridad inferior. Durante un instante me sujeté con una mano, y tras aquella experiencia no me atreví a volver a detenerme. A pesar de que los brazos y la espalda me dolían muchísimo, continué bajando tan rápido como pude. Mirando hacia arriba vi la abertura, un pequeño disco azul en el que se veía una estrella, mientras que la cabeza de la pequeña Weena asomaba redonda y negra. Oía el ruido sordo de una máquina cada vez más fuerte y opresivo debajo de mí. Todo, salvo el pequeño círculo en lo alto, era profundamente oscuro, y cuando volví a levantar la vista Weena había desaparecido.
»El malestar era desesperante. Me planteé intentar trepar otra vez y dejar en paz al mundo subterráneo, pero incluso mientras daba vueltas a esta idea seguía bajando. Al fin, vislumbré que se aproximaba, a unos treinta centímetros a mi derecha, una fisura estrecha enla pared. Me balanceé hacia ella y descubrí que se abría a un túnel horizontal estrecho donde podía echarme y descansar. No veía el momento… Me dolían los brazos, tenía la espalda agarrotada y temblaba debido al temor prolongado a una caída. Además, la oscuridad inquebrantable había tenido un efecto penoso en mis ojos. La vibración y el zumbido de la maquinaria que bombeaba aire al final del túnel llenaban el espacio.
»No sé cuánto tiempo pasé tendido. Me despertó una mano suave que me tocaba el rostro. Me levanté de golpe en la oscuridad, agarré las cerillas y, tras encender una rápidamente, vi tres criaturas blancas encorvadas, similares a la que había visto en la superficie de las ruinas, retirándose a toda prisa de la luz. Al vivir, como vivían, en lo que me parecía una oscuridad impenetrable, tenían los ojos anormalmente grandes y sensibles, como las pupilas de los peces abisales, y reflejaban la luz del mismo modo. No me cabe duda de que me veían pese a la oscuridad opaca, y no parecían temer nada de mí aparte de la luz. En cuanto encendí la cerilla para verlos huyeron atropelladamente, escurriéndose por cloacas y túneles oscuros, desde donde sus ojos me fulminaban de un modo extrañísimo.
»Intenté llamarlos, pero al parecer poseían un lenguaje distinto del de los habitantes del mundo superior; lo que me obligaba a valerme solo de mis propios medios, y la idea de huir en vez de seguir explorando persistía. Aun así, me dije: “Ahora estás listo para ello”, y mientras avanzaba a tientas por el túnel me di cuenta de que el ruido de la máquina aumentaba. En ese momento las paredes se abrieron y fui a parar a un gran espacio abierto. Encendí otra cerilla y vi que había entrado en una enorme caverna con arcos, que se extendía hacia la oscuridad absoluta más allá del alcance de mi luz. Lo que vi de ella era lo poco que podía ver con la llama de una cerilla.
»Mi recuerdo no puede ser sino vago. Unas figuras grandes en forma de máquinas salían de la penumbra y proyectaban sombras negras y grotescas, en las que los morlocks, borrosos y espectrales, se protegían del resplandor. Se trataba, por cierto, de un lugar muy cargado y opresivo, y en el aire se notaba el hálito débil de sangre recién vertida. Un poco por debajo de la imagen central se veía una mesita de metal blanco con algo que parecía comida. ¡Los morlocks eran carnívoros! Recuerdo que, a pesar de todo, me pregunté qué animal lo bastante grande para proporcionar el pedazo de carne roja que veía había logrado sobrevivir allí. Todo era muy indefinido: el olor pesado, las formas grandes sin sentido, las figuras obscenas que acechaban en las sombras, ¡esperando que la oscuridad me envolviera otra vez! Entonces la cerilla se consumió, me quemó los dedos y cayó formando un puntito rojo que se retorcía en la oscuridad.
»He pensado mucho en lo poco preparado que iba para semejante experiencia. Cuando empecé con la máquina del tiempo, partí de la absurda suposición de que los hombres del futuro tendrían aparatos mucho más adelantados que los nuestros. Había ido sin armas, sin medicamentos, sin nada para fumar —¡a ratos añoraba tanto el tabaco!—, incluso sin cerillas suficientes. ¡Si hubiera pensado en una Kodak! Podría haber captado esa impresión del mundo subterráneo en un segundo, y examinarla cuando quisiera. En cambio, me encontraba allí solamente con las armas y los poderes que la naturaleza me había dado: manos, pies y dientes, y cuatro cerillas que aún me quedaban.
»Temía abrirme paso entre toda aquella maquinaria, y hasta que no brilló el último destello de luz no descubrí que apenas me quedaban cerillas. No me había planteado hasta aquel instante que necesitara racionarlas, y había malgastado casi media caja para asombrar a los habitantes del mundo superior, para quienes el fuego era una novedad. Ahora, como les cuento, me quedaban cuatro, y mientras permanecía a oscuras, una mano me tocó, unos dedos largos me palparon la cara, y percibí un olor particularmente desagradable. Me pareció oír la respiración de una multitud de esas criaturas espantosas a mi alrededor. Noté que me quitaban la caja de cerillas de la mano con sumo cuidado, y que otras manos tiraban de mi ropa por detrás. No soy capaz de describir lo desagradable que me resultó que esas criaturas invisibles me examinaran. La repentina consciencia de que ignoraba cómo pensaban y funcionaban me sobrevino con gran claridad en la oscuridad. Les grité tan fuerte como pude. Empezaron a apartarse, y entonces advertí que se me acercaban otra vez. Me agarraron con más fuerza, susurrándose ruidos extraños los unos a los otros. Me estremecí violentamente, y volví a soltar un grito discordante. Aquella vez no se asustaron, y parecieron alegrarse al acercarse a mí. He de confesar que estaba terriblemente asustado. Decidí encender otra cerilla y escapar bajo la protección de su resplandor. Así procedí, y alargando a duras penas el parpadeo con un trozo de papel que llevaba en el bolsillo, logré retirarme al túnel estrecho. Apenas había entrado en él cuando se me apagó la luz, y en la oscuridad oí a los morlocks susurrando como el viento entre las hojas y golpeteando como la lluvia mientras corrían hacia mí.
»No tardaron en agarrarme varias manos, y no cabía duda de que intentaban volver a meterme dentro. Encendí otra cerilla y la agité ante sus rostros deslumbrados. Apenas pueden imaginarse lo asquerosos e inhumanos que resultaban, ¡esos rostros pálidos, timoratos, con grandes ojos sin párpados, grises y rosados!, al cegarlos y asustarlos. Pero no me quedé a mirar, se lo prometo; volví a retirarme, y cuando se me acabó la segunda cerilla encendí la tercera. Casi se había consumido cuando alcancé la abertura del túnel. Me tendí en el borde, pues la vibración de la bomba grande que había debajo me mareaba. Entonces, mientras palpaba a los lados en busca de los ganchos protuberantes, noté que me agarraban los pies por detrás y tiraban de mí hacia dentro. Encendí mi última cerilla… y se apagó de inmediato. Pero ahora tenía la mano en los ganchos, y, pataleando con fuerza, me zafé de las garras de los morlocks y no tardé en subir por el pozo mientras todos se me quedaban mirando, parpadeando, excepto un pequeño infeliz que me siguió por algún motivo y que casi se queda mi bota a modo de trofeo.
»El ascenso me resultó interminable. Cuando solo faltaban seis o siete metros me sobrevino una náusea mortal. Me costó muchísimo reprimirla. Los últimos centímetros fueron una lucha espantosa contra esa debilidad. La cabeza no dejaba de darme vueltas, y tenía la sensación de estar cayendo. Al fin, no obstante, conseguí llegar a la entrada del pozo y salí tambaleándome de las ruinas hacia la luz cegadora del sol. Caí de cara. Incluso la tierra olía a algo dulce y limpio. Entonces recuerdo que Weena me besó manos y orejas, y que oí las voces de otros eloi. Luego me quedé un rato inconsciente.
7
—Ahora, en efecto, me hallaba en peor situación que antes. Hasta entonces, excepto durante la angustiosa noche que pasé tras la pérdida de la máquina del tiempo, había conservado la esperanza de lograr escapar, pero esa esperanza se tambaleaba debido a los nuevos descubrimientos. Hasta entonces pensaba que mis únicos obstáculos eran la simplicidad infantil de las personitas y unas fuerzas desconocidas que solo debía comprender para vencerlas; pero el carácter escalofriante de los morlocks era algo totalmente nuevo, algo inhumano y maligno. El instinto me hacía aborrecerlos. Antes me sentía como debe de sentirse un hombre que cae en un pozo: mi preocupación era el pozo y cómo salir de él. Ahora me sentía como una bestia en una trampa, cuyo enemigo no tardaría en abalanzarse sobre ella.
»Puede que les sorprenda el enemigo al que temía. Era la oscuridad de la luna nueva. Weena me había metido esa idea en la cabeza a partir de unos comentarios al principio incomprensibles sobre las noches oscuras. Ya no me costaba tanto adivinar qué quería decir con las noches oscuras. La luna estaba menguando: cada noche había un intervalo más largo de oscuridad. Y entonces empecé por fin a entender por qué los habitantes del mundo superior temían a las tinieblas. Me preguntaba, sin darle muchas vueltas, qué vileza horrible debían de cometer los morlocks con la luna nueva. Estaba bastante seguro de que mi segunda hipótesis era errónea: puede que antiguamente los habitantes del mundo superior fueran la aristocracia favorecida y los morlocks, sus criados mecánicos, pero hacía tiempo que no era así. Las dos especies resultantes de la evolución del hombre tendían hacia una relación completamente nueva, o ya habían llegado a ella. Como los reyes carolingios, los eloi habían decaído hasta volverse, aunque bellos, inútiles. Seguían siendo los amos de la tierra a pesar de todo, porque a los morlocks, subterráneos desde hacía innumerables generaciones, la superficie diurna les acabó resultando intolerable. E inferí que los morlocks les hacían las ropas y cubrían sus necesidades cotidianas, puede que porque el viejo hábito de servir había perdurado. Lo hacían como un caballo piafa con la pata o un hombre disfruta matando animales por afición: porque existen necesidades antiguas y pasadas que han quedado grabadas en su organismo. Pero estaba claro que, en parte, el antiguo orden se había visto alterado. La Venganza de los Débiles se acercaba a pasos agigantados. Mucho tiempo atrás, miles de generaciones atrás, el hombre había expulsado a su hermano de las comodidades y la luz del sol, y ahora ese hermano volvía… ¡cambiado! Los eloi estaban aprendiendo de nuevo una vieja lección. Volvían a familiarizarse con el miedo. De repente recordé la carne que había visto en el mundo subterráneo. El recuerdo flotaba en mi mente de un modo extraño, no volvía como si lo trajera la corriente de mis reflexiones, sino que se presentaba casi como una pregunta externa. Traté de recordar su forma. Tenía la vaga sensación de que era algo conocido, pero entonces no sabía de qué se trataba.
»Sin embargo, por indefensas que se hallaran las personitas en presencia del miedo misterioso, yo estaba hecho de un material distinto. Yo venía de nuestra época, de esta madurez de la raza humana, en la que el miedo no paraliza y el misterio ha perdido sus terrores. Yo al menos me defendería. Así que, sin más dilación, decidí fabricarme armas y un refugio donde dormir. Al tener donde refugiarme podría recuperar parte de la confianza que había perdido al comprender a qué criaturas yacía expuesto noche tras noche y enfrentarme a ese mundo. Sabía que sería incapaz de dormir hasta que mi cama estuviera a salvo de ellos. Me estremecí de horror al pensar cómo debían de haberme examinado ya.
»Me pasé la tarde dando vueltas por el valle del Támesis, pero no hallé nada que se pudiera considerar inaccesible. Todos los edificios y árboles parecían al alcance de trepadores tan hábiles como, a juzgar por sus pozos, debían de ser los morlocks. Luego volvieron a mi memoria los altos pináculos del Palacio de Porcelana Verde y el brillo pulido de sus muros, y por la noche subí por las colinas hacia el suroeste, cargando a Weena a hombros como si fuera una niña. Según mis cálculos, el palacio estaba a once o doce kilómetros, pero en realidad debía de estar a casi treinta. Cuando lo descubrí era una tarde húmeda, y en esas condiciones las distancias engañan y parecen menores. Además, tenía el talón de un zapato suelto y un clavo me atravesaba la suela —eran zapatos viejos y cómodos que llevaba por casa—, así que iba cojo. Ya se había puesto el sol cuando me encontré ante el palacio, recortado en negro contra el amarillo pálido del cielo.
»Weena, que se había mostrado encantada cuando empecé a cargar con ella, al cabo de un rato quiso que la bajara y corría junto a mí, y de vez en cuando salía disparada a un lado y al otro para coger flores, que me metía en los bolsillos. Mis bolsillos siempre habían sorprendido a Weena, pero acabó concluyendo que eran un jarrón excéntrico para adornos florales. Al menos ella los utilizaba para eso. Esto me recuerda… Al cambiarme de chaqueta he encontrado…
El viajero en el tiempo hizo una pausa, se llevó la mano al bolsillo y colocó en silencio dos flores marchitas, no muy distintas a dos malvas grandes y blancas, en la mesita. Entonces siguió relatando.
—Cuando se cernió el silencio de la noche sobre el mundo, mientras continuábamos por la cima de la colina hacia Wimbledon, Weena estaba cansada y quería volver a la casa de piedra gris. Le señalé los pináculos lejanos del Palacio de Porcelana Verde y logré que entendiera que era allí donde buscábamos un refugio contra su miedo. ¿Saben esa gran calma que adquieren las cosas antes del anochecer? Incluso la brisa se detiene en los árboles. Para mí siempre hay algo expectante en la quietud de la noche. El cielo estaba despejado, distante y vacío a excepción de unas pocas barras horizontales hacia poniente. Pues bien, aquella noche la expectación se tornó del color de mis miedos. En la calma oscura mis sentidos parecían prodigiosamente agudizados. Incluso me daba la impresión de que hasta notaba el hundimiento de la tierra bajo mis pies; en realidad, casi podía ver a los morlocks en su hormiguero a través de ella, yendo de un lado a otro, esperando a que anocheciera. La excitación me hizo imaginarme que se tomarían mi invasión de sus madrigueras como una declaración de guerra. ¿Y por qué se habían llevado mi máquina del tiempo?
»Así que seguimos adelante en silencio, y el crepúsculo se hizo noche. El lejano azul claro se desvaneció y salieron las estrellas una tras otra. La tierra se volvió indefinida y los árboles, negros. Los miedos y la fatiga se apoderaron de Weena. La cogí en brazos y le hablé y la acaricié. Entonces, cuando la oscuridad creció, me pasó los brazos por el cuello y, cerrando los ojos, apoyó delicadamente su cara contra mi hombro. Así, bajamos por una pendiente larga hasta un valle, tan oscuro que casi me metí en un riachuelo. Logré vadearlo, y subí por el lado opuesto. Pasé junto a varias casas para dormir y una estatua; era un fauno o algo semejante, pero sin cabeza. Allí también había acacias. Hasta entonces no había visto a ningún morlock, pero aún era temprano, y todavía tenían que transcurrir horas más oscuras hasta que se alzara la luna menguante.
»Desde la cima de la siguiente colina vi un bosque denso que se extendía, ancho y negro, ante mí. Dudé. No veía dónde acababa, ni a la izquierda ni a la derecha. Muy cansado —los pies, sobre todo, me dolían mucho—, paré, me descargué a Weena del hombro y me senté en el césped. Ya no veía el Palacio de Porcelana Verde y no sabía qué dirección tomar. Miré hacia la espesura del bosque y pensé en lo que podía ocultar. Bajo la densa maraña de ramas quedaría fuera del alcance de las estrellas. Aunque no acechaba ningún peligro —un peligro que no dejaba que mi imaginación agravara—, quedaban todas las raíces con las que podía tropezar y los troncos con los que podía chocar. Tras aquel día tan agitado, yo también estaba muy cansado, de modo que decidí no enfrentarme al bosque, sino pasar la noche en lo alto de la colina abierta.
»Me alegré al descubrir que Weena estaba profundamente dormida. La envolví con mi chaqueta y me senté a su lado a esperar que saliera la luna. La ladera estaba silenciosa y desierta, pero en la negrura del bosque se percibía de vez en cuando el movimiento de algún ser vivo. Las estrellas brillaban por encima de mí, pues la noche estaba muy despejada. Me consoló un poco volver a ver su brillo. No obstante, todas las antiguas constelaciones habían desaparecido del cielo: hacía tiempo que ese movimiento tan lento que resulta imperceptible en el transcurso de un centenar de vidas humanas las había desplazado hasta formar nuevas agrupaciones. No obstante, me pareció que la Vía Láctea seguía siendo la misma franja irregular de polvo de estrellas de antaño. Hacia el sur, según me pareció, había una estrella roja muy brillante que me resultaba nueva; era aún más espléndida que nuestra verde Sirio. Y entre todos estos puntos centelleantes de luz brillaba un planeta resplandeciente, amable y constante como el rostro de un viejo amigo.
»Al mirar las estrellas se empequeñecieron mis preocupaciones y todas las pesadumbres de la vida terrestre. Pensé en la insondable distancia a la que se encontraban, y en la deriva lenta e inevitable de sus movimientos desde el pasado desconocido hasta el futuro desconocido. Pensé en la gran precesión que describe el polo de la Tierra. Esa revolución silenciosa solo se había producido en cuarenta ocasiones a lo largo de los años que había recorrido. Y durante esas escasas revoluciones se habían erradicado todas las actividades, las tradiciones, las organizaciones complejas, las naciones, los idiomas, las literaturas, las aspiraciones, incluso el recuerdo mismo del Hombre tal como lo conocía. En su lugar se hallaban estas criaturas frágiles que habían olvidado su ascendencia elevada, y las criaturas blancas a las que me dirigía aterrorizado. Entonces pensé en el Gran Miedo que se tenían ambas especies, y por primera vez me expliqué, con un escalofrío repentino, la procedencia de la carne que había visto. Pero ¡era demasiado horrible! Miré a la pequeña Weena, que dormía junto a mí, con el rostro blanco e iluminado bajo las estrellas, y descarté de inmediato esa idea.
»Durante aquella larga noche mantuve a los morlocks apartados de mi mente tanto como pude, y pasé el rato intentado ver si podía hallar rastros de las viejas constelaciones en la nueva confusión. El cielo seguía muy claro, salvo por alguna que otra nube ligera. No es raro que a ratos me quedara dormido. Entonces, a medida que transcurría mi vigilancia, fue surgiendo en el cielo una luz tenue hacia el este, como el reflejo de un fuego incoloro, y la luna menguante se alzó, fina, puntiaguda y blanca. No tardó en llegar el amanecer, rebasándola y desbordándola, pálido al principio, y luego cada vez más rosado y cálido. Ningún morlock se nos había acercado. Lo cierto es que aquella noche no había visto ninguno en la colina. Y con la confianza que me otorgaba el nuevo día, casi pensé que mi miedo había sido excesivo. Me levanté y vi que el tobillo del pie calzado con el zapato del tacón suelto se me había hinchado y me dolía el talón, así que volví a sentarme, me quité los zapatos y los arrojé a un lado.
»Desperté a Weena y nos metimos en el bosque, que ahora era verde y agradable en vez de negro e imponente. Encontramos algo de fruta con la que interrumpir el ayuno. No tardamos en cruzarnos con otras personitas delicadas, que reían y bailaban a la luz del sol como si en la naturaleza no hubiera nada como la noche. Y entonces volví a pensar en la carne que había visto. Ahora estaba seguro de lo que era, y en el fondo de mi corazón compadecí a este último y débil arroyo de la gran riada de la humanidad. Estaba claro que el declive humano llegó a un punto en que la comida de los morlocks comenzó a escasear. Debían de alimentarse de ratas y alimañas similares. Ahora el hombre también discrimina mucho menos y es menos selectivo en cuanto a su alimentación que antes, mucho menos que cualquier mono. Sus prejuicios contra la carne humana no corresponden a un instinto profundamente arraigado. ¡Y así, esos hijos inhumanos de los hombres…! Traté de valorar el tema con espíritu científico. A fin de cuentas, eran mucho menos humanos que nuestros ancestros caníbales de hace tres o cuatro mil años, estaban muy alejados de ellos, y la inteligencia que habría convertido aquella situación en tormento había desaparecido. ¿Por qué debía preocuparme? Estos eloi no eran más que ganado engordado, que como si fueran hormigas los morlocks conservaban y cazaban, incluso es probable que los criaran. ¡Y allí estaba Weena bailando a mi lado!
»Entonces intenté protegerme del horror que se apoderaba de mí considerándolo un castigo riguroso debido al egoísmo humano. El hombre se había conformado con vivir cómodo y deleitarse con los esfuerzos del prójimo, había tomado la necesidad como consigna y excusa, y en la plenitud de la vida la necesidad se lo había hecho pagar. Incluso intenté burlarme de esa aristocracia desgraciada y decadente tal como haría Thomas Carlyle. Pero no podía pensar así. Por intensa que fuera su degradación intelectual, los eloi habían conservado una forma demasiado humana que despertaba mi compasión y me apremiaba a compartir su degradación y su miedo.
»En aquel momento tenía ideas muy vagas sobre qué camino tomar. Mi primera idea fue conseguir un lugar seguro para refugiarme y hacerme armas de metal o piedra como pudiera. Esa necesidad era perentoria. A continuación, esperaba procurarme algún tipo de fuego, para disponer del arma de una antorcha, porque sabía que nada sería más eficiente contra los morlocks. Luego quería inventar alguna clase de artilugio para romper y abrir las puertas de bronce bajo la Esfinge Blanca. Había pensado en un ariete. Estaba convencido de que si lograba entrar por esas puertas cargado con una antorcha encontraría la máquina del tiempo y podría escapar. Pensaba que los morlocks no eran lo bastante fuertes para haberla arrastrado muy lejos. Había decidido llevarme a Weena conmigo, a nuestra época. Y mientras tramaba esos planes seguía caminando hacia el edificio que se me había antojado elegir como vivienda.
8
—Hallé el Palacio de Porcelana Verde, cuando llegué a él al mediodía, desierto y ruinoso. En las ventanas solo quedaban restos destrozados de los cristales, y las grandes láminas del revestimiento verde se habían desprendido del marco metálico corroído. El palacio se alzaba sobre una colina cubierta de césped; antes de entrar en él, mirando hacia el noreste, me sorprendió ver un gran estuario, o incluso una ensenada, donde me parecía que debían de haber estado Wandsworth y Battersea. Entonces pensé —aunque nunca llegué a elaborar tal idea—, en lo que les habría ocurrido o estaría ocurriendo a las criaturas del mar.
»Examiné el material del palacio, que resultó ser, en efecto, porcelana, y a lo largo de la fachada vi una inscripción hecha en caracteres desconocidos. Pensé, bastante tontamente, que Weena podría ayudarme a interpretarlo, pero lo único que descubrí fue que ni siquiera concebía la idea de la escritura. Siempre me pareció, creo, más humana de lo que era, puede que porque su afecto era muy humano.
»Dentro de las grandes valvas de la puerta, que estaban abiertas y rotas, encontramos, en vez del salón habitual, una galería larga iluminada por muchas ventanas laterales. Al primer vistazo me recordó a un museo. El suelo embaldosado estaba cubierto de polvo, y había una llamativa miscelánea de objetos cubiertos también de polvo gris. Entonces descubrí, en el centro de la sala, lo que sin duda era la parte inferior de un esqueleto enorme, extraño y descarnado. Reconocí por los pies oblicuos que era una criatura extinguida del tipo de los megaterios. El cráneo y los huesos superiores yacían a su lado sobre el polvo denso, y en el punto donde había ido calando agua de lluvia a través de una gotera del tejado, la criatura se había podrido. Más adelante, en la galería, se hallaba el tórax enorme de un brontosauro. Mi hipótesis del museo se veía confirmada. Dirigiéndome hacia el lateral me encontré con lo que parecían estanterías inclinadas, y tras apartar la gruesa capa de polvo que las cubría, di con unas viejas vitrinas de cristal propias de nuestra época. Debían de estar herméticamente cerradas, a juzgar por lo bien conservados que estaban algunos de sus contenidos.
»¡Estaba claro que nos hallábamos entre las ruinas de un South Kensington del futuro! Aquí, al parecer, se encontraba la sección paleontológica, un muestrario espléndido de fósiles, sin duda, aunque el proceso inevitable de deterioro, que se había visto frenado durante un tiempo y que gracias a la extinción de bacterias y hongos había perdido el noventa y nueve por ciento de su fuerza, volvía no obstante a seguir su curso, lento pero seguro, sobre todos esos tesoros. Aquí y allá hallaba rastros de las personitas en forma de extraños fósiles hechos pedazos o ensartados y apuntalados con varillas. En algunos casos se habían llevado los frascos a la fuerza, imaginaba que los morlocks. El lugar estaba muy silencioso. El polvo grueso amortiguaba nuestros pasos. Weena, que se había dedicado a hacer rodar un erizo de mar por el cristal inclinado de una vitrina, se acercó en ese momento y me miró, me cogió la mano en silencio y se puso a mi lado.
»Al principio me sorprendió tanto aquel monumento antiguo de una época intelectual que no pensé en las posibilidades que planteaba. Incluso la preocupación por la máquina del tiempo retrocedió un poco en mi mente.
»A juzgar por su tamaño, el Palacio de Porcelana Verde albergaba mucho más que una galería de paleontología; debía de haber galerías históricas, ¡puede que incluso una biblioteca! Para mí, al menos en las circunstancias de entonces, aquellas salas resultarían muchísimo más interesantes que ese espectáculo de geología antigua en pleno deterioro. Explorando, hallé otra galería corta, perpendicular a la primera. Parecía dedicada a los minerales, y al ver un bloque de sulfuro me acordé de la pólvora. Sin embargo, no logré encontrar nitrato de potasio; lo cierto es que no había nitratos de ninguna clase. Sin duda hacía mucho tiempo que se habían disuelto. Pero no me olvidé del sulfuro, que me hizo seguir cierta línea de pensamiento. En lo que respecta a los restantes contenidos de la galería, aunque en conjunto eran los mejor conservados de los que vi, me interesaban poco. No soy especialista en mineralogía, y continué por un pasillo muy decadente paralelo a la primera sala en la que había entrado. Parece ser que esta segunda sección se había dedicado a la historia natural, pero todo lo que había en ella se había vuelto irreconocible: restos escasos, resecos y ennegrecidos de lo que habían sido animales disecados, momias secas en tarros que antes contenían alcohol, un polvo marrón de plantas marchitas. ¡Eso era todo! Lo sentí mucho, porque me habría encantado rastrear las pacientes readaptaciones mediante las que se había logrado conquistar la naturaleza animada. Entonces llegamos a una galería de dimensiones sencillamente colosales, pero particularmente mal iluminada, cuyo suelo se hundía un poco desde el extremo por el que había entrado. Del techo colgaban unos globos blancos —muchos de ellos rotos y destrozados—, lo cual indicaba que en principio el lugar se había iluminado de manera artificial. Aquí me hallaba más en mi elemento, porque a mi izquierda y a mi derecha se alzaban las dimensiones mastodónticas de grandes máquinas, todas muy corroídas y muchas rotas, pero algunas aún estaban bastante enteras. Saben que tengo cierta debilidad por los mecanismos, y me sentí inclinado a quedarme entre ellos, más aún por el hecho de que la mayoría eran interesantes rompecabezas y a duras penas podía adivinar para qué servían. Me imaginé que si conseguía resolverlos me hallaría en posesión de unos poderes que podría utilizar contra los morlocks.
»De pronto Weena se me acercó mucho, de forma tan repentina que me sobresaltó. Si no hubiera sido por ella creo que no me habría percatado de que el suelo de la galería no estaba hundido. El final al que había llegado estaba muy elevado, e iluminado por extrañas ventanas en forma de rendijas. A medida que uno avanzaba, el suelo se juntaba con estas ventanas, hasta que había un hoyo como el patio de una casa londinense ante cada una de ellas, y solo se veía una franja estrecha de la luz del día por encima. Continué avanzando despacio, cavilando acerca de las máquinas, y estaba demasiado concentrado para percatarme de la disminución gradual de la luz, hasta que la creciente aprensión de Weena captó mi atención. Entonces vi que la galería terminaba en una densa oscuridad. Dudé, y al mirar alrededor vi que el polvo era menos abundante y regular. Al adentrarse en la oscuridad la capa de polvo mostraba unas huellas pequeñas y estrechas. La sensación de la presencia inmediata de los morlocks se reavivó al verlas. Sentí que perdía el tiempo analizando mentalmente la maquinaria. Recordé que la tarde estaba muy avanzada, y que aún no tenía ni armas, ni refugio, ni ningún modo de hacer fuego. De repente, en el fondo de la oscuridad remota de la galería, oí un golpeteo particular, y los mismos ruidos extraños que había oído en el fondo del pozo.
»Cogí a Weena de la mano. Entonces se me ocurrió una idea, la solté de sopetón y me volví hacia una máquina de la que sobresalía una palanca no muy distinta a las que hay en una garita de señales. Me encaramé a la base y agarré la palanca, inclinándola con todo mi peso hacia un lado. Abandonada en el pasillo central, Weena comenzó a gimotear. Había acertado al juzgar la resistencia de la palanca, porque cedió tras presionar un minuto, y volví junto a Weena con un mazo en la mano que juzgué suficiente para el cráneo de cualquier morlock con el que me cruzara. ¡Qué inhumano, podrán pensar, querer ir a matar a mis propios descendientes! Pero, por algún motivo, resultaba imposible apreciar la humanidad de aquellas criaturas. Solo el hecho de no querer abandonar a Weena y el convencimiento de que si me enzarzaba a aplacar mi sed asesina la máquina del tiempo podría verse perjudicada evitaron que entrara directamente a la galería a matar a las bestias que oía.
»Pues bien, con el mazo en una mano y Weena en la otra, salí de aquella galería y entré en otra aún más grande, que al principio me recordó a una capilla militar decorada con banderas ajadas. En ese momento me percaté de que los trapos marrones chamuscados que colgaban a los lados eran restos decadentes de libros. Hacía tiempo que se habían deshecho, y ya no quedaba nada impreso, pero por allí y por allá había tapas combadas y cierres metálicos rotos que lo indicaban bastante bien. Si hubiera sido un hombre de letras quizá habría podido moralizar sobre la inutilidad de toda ambición, en cambio lo que más me sorprendió fue el enorme esfuerzo desperdiciado que atestiguaba aquella maraña sombría de papel podrido. Confieso que pensé brevemente en la Philosophical transactions y en mis diecisiete artículos sobre óptica física.
»Luego, al subir por una escalera amplia, llegamos a lo que tal vez había sido una galería de química técnica, donde esperaba hacer descubrimientos útiles. A excepción de un extremo donde el techo se había hundido, la galería estaba bien conservada. Inspeccioné con entusiasmo todas las vitrinas que no estaban rotas. Por fin, en una de las más herméticas, hallé una caja de cerillas. Las probé, ansioso. Funcionaban perfectamente. Ni siquiera estaban húmedas. Me volví hacia Weena y grité en su lengua: “¡Baila!”.
»Ahora contaba con un arma contra las horribles criaturas a las que temíamos. Y así, en aquel museo abandonado y ruinoso, sobre la gruesa alfombra de polvo, y para gran deleite de Weena, ejecuté solemnemente una especie de danza, silbando The Land of the Leal con tanta alegría como pude. La danza era, en parte, un modesto cancán, con mucho baile de pies y de falda (en la medida en que mi frac me lo permitía), y, en parte, una creación original. Porque soy inventivo por naturaleza, eso ya lo saben.
»Todavía ahora creo que el hecho de que la caja de cerillas se hubiera salvado del desgaste del tiempo inmemorial era algo verdaderamente insólito, tan insólito como afortunado. Sin embargo, por extraño que parezca, encontré una sustancia aún más improbable: alcanfor. Lo hallé en un tarro sellado, que por casualidad, imagino, había quedado realmente hermético. Primero me pareció que era cera de parafina, y por eso rompí el cristal. Pero el olor del alcanfor era inconfundible. Pese al declive universal, aquella sustancia volátil había logrado sobrevivir puede que durante miles de siglos. Me recordó a un cuadro que vi pintado con la tinta sepia del fósil de un belemnites que debía de haber perecido y se había fosilizado millones de años atrás. Iba a tirar el tarro cuando recordé que el alcanfor era inflamable y ardía con una llama buena y brillante; es decir, que de hecho era una vela excelente, y me lo metí en el bolsillo. Sin embargo, no hallé explosivos, ni ningún modo de echar abajo las puertas de bronce. Hasta el momento, mi palanca de hierro era lo más útil que había encontrado. No obstante, salí de la galería eufórico.
»No puedo relatarles todo lo que sucedió aquella larga tarde. Exigiría un gran esfuerzo de memoria recordar mis exploraciones en el orden adecuado. Recuerdo una larga galería de panoplias de armas oxidadas, y que dudé entre mi palanca y un hacha o una espada. Pero no podía cargar armas, y la barra de hierro parecía más prometedora contra las puertas de bronce. Había varias pistolas y rifles. La mayoría formaban amasijos de óxido, pero muchas eran de un metal nuevo y aún estaban bastante enteras. Los cartuchos o la pólvora que puede que una vez hubiera se habían podrido hasta convertirse en polvo. Vi una esquina chamuscada y destrozada; puede, pensé, que por la explosión de algunas muestras. En otro lugar había un amplio surtido de ídolos: polinesios, mexicanos, griegos, fenicios, de todos los países de la Tierra que se me ocurrían. Y allí, cediendo a un impulso irresistible, escribí mi nombre sobre la nariz de un monstruo sudamericano de esteatita que me agradó especialmente.
»A medida que se acercaba la noche menguaba mi interés. Fui recorriendo una galería tras otra, todas polvorientas y silenciosas, a menudo ruinosas; a veces los objetos expuestos no eran más que pilas de óxido y lignito, otros estaban mejor conservados. De repente me encontré cerca de la maqueta de una mina de estaño, y entonces, de la manera más accidental, descubrí, en una caja hermética, ¡dos cartuchos de dinamita! Grité eureka y rompí la caja, entusiasmado. De pronto me sobrevino una duda. Vacilé. Busqué una pequeña galería lateral e hice la prueba. En la vida he sentido una decepción más grande que la que experimenté tras esperar cinco, diez, quince minutos una explosión que nunca llegó a producirse. Claro que eran cartuchos de fogueo, como tendría que haber adivinado por su aspecto. Creo que, si no lo hubieran sido, habría salido corriendo precipitadamente a volar la esfinge y las puertas de bronce, y habría reventado (como así se demostró) mi oportunidad de encontrar la máquina del tiempo al hacerlas desaparecer.
»Fue después de eso, me parece, cuando llegamos a un pequeño patio abierto dentro del palacio. Estaba cubierto de verde y tenía tres árboles frutales. Allí descansamos y nos relajamos. Hacia la puesta de sol empecé a reflexionar sobre la situación en la que nos encontrábamos. La noche se cernía sobre nosotros y aún no tenía ningún escondite inaccesible. Pero entonces todo esto me preocupaba muy poco. Poseía algo que puede que fuera la mejor defensa posible contra los morlocks: ¡tenía cerillas! También llevaba el alcanfor en el bolsillo, por si necesitara una llama. Me parecía que lo mejor que podíamos hacer era pasar la noche al aire libre, protegidos por un fuego. Por la mañana iba a recuperar la máquina del tiempo. Para ello, de momento, contaba con mi palanca de hierro. No obstante, ahora que sabía más cosas, ya no pensaba lo mismo de aquellas puertas de bronce. Hasta entonces había evitado forzarlas, sobre todo debido al misterio que se ocultaba al otro lado. No me había parecido que fueran muy fuertes y esperaba que mi barra de hierro bastara para la tarea.
9
—Salimos del palacio mientras en el horizonte aún se veía una parte del sol. Estaba decidido a llegar a la Esfinge Blanca por la mañana temprano, y me proponía adentrarme antes de que anocheciera en los bosques que me habían detenido la noche anterior. Mi plan era llegar lo más lejos posible aquella noche, y luego encender un fuego y dormir protegido por su resplandor. Por lo tanto, mientras avanzábamos recogí todos los palitos y la hierba seca que encontré, y no tardé en llevar una buena brazada de tales restos. Con esta carga avanzábamos más despacio de lo que me había imaginado, y además Weena estaba cansada. Yo también empezaba a tener sueño. Se hizo totalmente de noche antes que llegáramos al bosque. Weena se habría detenido al pie de la colina cubierta de arbustos que limitaba con el bosque, pues temía la oscuridad ante nosotros, pero una sensación peculiar de calamidad inminente, que en realidad debería haberme servido de advertencia, me hacía continuar. Llevaba sin dormir una o dos noches, y estaba febril e irritable. Sentía que el sueño me perseguía, y los morlocks con él.
»Mientras dudábamos, vi tres figuras agazapadas, borrosas, entre los arbustos negros detrás de nosotros. Estábamos rodeados de matorrales y hierbas altas, y no me sentía a salvo de su aproximación insidiosa. Según mis cálculos, el bosque tenía menos de kilómetro y medio de ancho. Si lográbamos atravesarlo hasta la ladera desnuda, me parecía que allí encontraríamos un lugar para descansar mucho más seguro; pensé que con las cerillas y el alcanfor conseguiría iluminar todo el camino a través del bosque. Era evidente que si me dedicaba a encender cerillas tendría que abandonar la leña, así que, reticente, la dejé en el suelo. Y entonces se me ocurrió sorprender a nuestros amigos, que estaban a nuestras espaldas, prendiéndole fuego. Acabé descubriendo lo atroz y estúpido de este proceder, que me pareció una medida ingeniosa para cubrir nuestra retirada.
»No sé si alguna vez se han planteado lo inusual que debe de resultar una llama en un lugar sin hombres y de clima templado. El calor del sol no suele ser lo bastante intenso para prender fuego, ni siquiera concentrado por las gotas de rocío, como a veces ocurre en regiones más tropicales. Los rayos pueden marchitar y ennegrecer, pero rara vez dan lugar a un incendio extendido. En alguna ocasión, los restos vegetales en descomposición arderán al fermentar y calentarse, pero casi nunca generarán llamas. En esta decadencia de la Tierra, el arte de hacer fuego también se había olvidado. Las lenguas rojas que lamían mi montón de leña resultaban totalmente nuevas y extrañas para Weena.
»Quería correr hacia el fuego y jugar con él. Creo que se habría metido dentro si yo no la hubiera retenido. Pero la atrapé, y pese a sus protestas, la empujé delante de mí hacia el bosque. El resplandor de mi fuego iluminaba un trecho del camino. Al mirar en ese momento hacia atrás, vi, a través de los troncos apretujados, que la llama se había extendido desde el montón de palitos hasta los arbustos de al lado, y que se dibujaba una línea curva de fuego por la hierba de la colina. Me reí al verlo, y me volví otra vez hacia los árboles oscuros que tenía delante. Estaba muy negro, y Weena se aferraba convulsivamente a mí, pero aún había, cuando mis ojos se acostumbraron a la oscuridad, luz suficiente para evitar los troncos. Por encima de mi cabeza solo había negrura, excepto donde un remoto trozo de cielo azul brillaba aquí y allá en lo alto. No encendí ninguna cerilla porque no me quedaban manos libres. Llevaba a mi pequeña colgando del brazo izquierdo, y tenía la barra de hierro en la mano derecha.
»Durante un rato no oí nada salvo el crujido de las ramitas bajo mis pies, el susurro débil de la brisa, mi propia respiración y el latido de mis vasos sanguíneos en los oídos. Entonces me pareció identificar un golpeteo a mi alrededor. Continué muy decidido, el golpeteo se volvió más claro y detecté los mismos ruidos y voces extrañas que había oído en el mundo subterráneo. Era evidente que varios morlocks me estaban rodeando. En efecto, al cabo de un minuto noté que me tiraban de la chaqueta, y luego algo en el brazo. Weena se estremeció violentamente y luego se quedó muy quieta.
»Había llegado la hora de usar una cerilla, pero para cogerla debía dejar a la muchacha. Eso hice, y mientras buscaba a tientas en el bolsillo, empezó una pelea en la oscuridad, a la altura de mis rodillas, completamente silenciosa por parte de ella y con los mismos arrullos peculiares por parte de los morlocks. Unas manitas blandas trepaban despacio por mi chaqueta y mi espalda, e incluso me tocaron el cuello. Entonces rasqué y se encendió la cerilla. La sostuve en lo alto y vi que las espaldas blancas de los morlocks huían entre los árboles. Rápidamente saqué un trozo de alcanfor del bolsillo y me preparé para encenderlo en cuanto la cerilla empezara a menguar. Entonces miré a Weena. Yacía agarrada a mis pies, casi inmóvil, con la cara pegada al suelo. De repente me asusté y me incliné hacia ella. Me dio la impresión de que apenas respiraba. Encendí el bloque de alcanfor y lo arrojé al suelo, y cuando chisporroteó y brilló y repelió a los morlocks y a las sombras, me arrodillé y la levanté. ¡Detrás de nosotros el bosque parecía lleno del bullicio y el murmullo de una gran multitud!
»Weena parecía haberse desmayado. Me la subí con cuidado al hombro y me levanté para seguir avanzando, y entonces me di cuenta de algo horrible. Mientras maniobraba con las cerillas y Weena, me había dado la vuelta varias veces, y ahora no tenía la menor idea de en qué dirección debía continuar. Por lo que sabía, podríamos estar dirigiéndonos otra vez hacia el Palacio de Porcelana Verde. Me inundó un sudor frío. Tenía que pensar rápidamente qué hacer. Decidí encender un fuego y acampar donde estábamos. Dejé a Weena, aún inmóvil, sobre un tronco cubierto de hierba, y me apresuré a recoger palitos y hojas, ya que el primer trozo de alcanfor se estaba gastando. En la oscuridad que me rodeaba, los ojos de los morlocks brillaban como carbúnculos.
»El alcanfor parpadeó y se apagó. Encendí una cerilla y dos figuras blancas que se habían aproximado a Weena huyeron disparadas. Una de ellas estaba tan cegada por la luz que vino directa hacia mí y noté el crujido de sus huesos al golpearla con el puño. Soltó un grito consternado, se tambaleó un poco y cayó. Encendí otro trozo de alcanfor y seguí preparando la hoguera. En ese momento me percaté de lo seco que estaba parte del follaje por encima de mi cabeza, pues desde mi llegada con la máquina del tiempo, hacía ya una semana, no había llovido nada, así que en vez de buscar ramitas caídas entre los árboles, empecé a dar saltos y a arrancar ramas. No tardé en conseguir un fuego asfixiante y humeante de madera verde y palitos secos, que me permitía ahorrar alcanfor. Entonces me volví hacia Weena, que estaba tendida junto a mi palanca de hierro. Hice lo que pude por revivirla, pero yacía como muerta. Ni siquiera estaba seguro de si respiraba o no.
»Ahora, el humo del fuego se aproximaba hacia mí y creo que me envolvió en una pesadez repentina. Además, el vapor del alcanfor llenaba el aire. Como no necesitaría avivar el fuego en una hora y me sentía agotado tras el esfuerzo, me senté. El bosque estaba invadido por un murmullo amortiguado que no comprendía. Creo que eché una cabezada y volví a abrir los ojos. Estaba todo oscuro, y los morlocks me manoseaban. Zafándome de sus dedos, me metí rápidamente la mano en el bolsillo en busca de la caja de cerillas y… ¡había desaparecido! Entonces me agarraron y volvieron a abalanzarse sobre mí. En un instante supe lo que había sucedido. Me había quedado dormido y el fuego se había apagado. La amargura de la muerte me invadió el alma. Todo el bosque parecía oler a madera ardiendo. Me agarraron del pescuezo, del pelo, de los brazos, y tiraron hacia abajo. La horrible sensación de tener todas esas criaturas blandas amontonadas encima de mí en la oscuridad resulta indescriptible. Era como estar en la tela de una araña monstruosa. Me derribaron y caí. Noté que unos dientecitos me mordisqueaban el cuello. Me volví, y al hacerlo mi mano se encontró con la palanca de hierro. Eso me dio fuerzas. Me esforcé por levantarme, zafándome de las ratas humanas, y, agarrando la barra por un extremo, les aticé donde me parecía que debían de estar sus caras. Sentí que la carne y el hueso cedían bajo mis golpes, y quedé libre por un instante.
»El extraño júbilo que a menudo acompaña a la lucha encarnizada se apoderó de mí. Sabía que tanto Weena como yo estábamos perdidos, pero decidí hacer pagar a los morlocks por la carne que comían. Me apoyé de espaldas contra un árbol, balanceando la barra de hierro ante mí. En el bosque entero se oían su agitación y sus gritos. Transcurrió un minuto. Sus voces parecieron alzarse y volverse más agudas por la excitación, y sus movimientos, más rápidos, pero no se me acercaba ninguno. Seguí mirando fijamente la oscuridad, hasta que de repente concebí una esperanza. ¿Y si los morlocks tenían miedo? Acto seguido ocurrió algo extraño. La oscuridad pareció iluminarse. Empecé a vislumbrar a los morlocks que me rodeaban, tres de ellos aporreados a mis pies, y entonces me di cuenta, incrédulo y sorprendido, de que los demás salían corriendo de detrás de mí, en un flujo incesante, adentrándose en el bosque que quedaba delante. Y ya no tenían las espaldas blancas, sino que parecían rojizas. Mientras seguía boquiabierto, vi una chispita que recorría un espacio iluminado por las estrellas entre las ramas, para luego desvanecerse. Así comprendí el olor de madera quemada, el murmullo amortiguado que se estaba convirtiendo en estruendo racheado, el brillo rojo y la huida de los morlocks.
»Salí de detrás del árbol y, al volver la vista, vi, a través de las columnas negras de los árboles más próximos, las llamas del bosque ardiendo. Era mi primer fuego, que me perseguía. Entonces miré hacia Weena, pero había desaparecido. Los silbidos y crujidos que oía detrás de mí y las explosiones sordas de los árboles que estallaban en llamas me dejaban poco tiempo para pensar. Con la barra de hierro aún preparada, rastreé el camino de los morlocks. Las llamas me seguían de cerca. Hubo un momento que avanzaron tan rápido por la derecha que me adelantaron y tuve que desviarme hacia la izquierda. Acabé saliendo a un pequeño espacio abierto, y en aquel momento un morlock se me acercó dando tumbos, me dejó atrás y ¡continuó derecho hasta el fuego!
»Entonces vi lo más extraño y horrible, me parece, de todo lo que contemplé en aquella época futura. El espacio entero brillaba como el día con el reflejo del fuego. En el centro había una loma o un túmulo, rematado por un espino chamuscado. Detrás ardía otra parte del bosque, donde se retorcían las lenguas de fuego amarillas formando una valla incandescente. En la ladera había treinta o cuarenta morlocks, deslumbrados por la luz y el calor, que iban chocando unos con otros con gran desconcierto. Al principio no me percaté de su ceguera y, enloquecido por el miedo, los golpeaba furiosamente con mi palanca cuando se me acercaban; maté a uno y lisié a unos cuantos más. Pero tras observar los gestos de uno de ellos, que se movía bajo el espino recortado contra el cielo rojo, y oír sus gemidos, me convencí de su indefensión y sufrimiento absolutos ante el resplandor, así que dejé de pegarles.
»Pero todavía se me acercaba alguno, y yo lo esquivaba rápidamente, movido por el horror y la agitación que desencadenaban en mí. Llegó un momento en que las llamas menguaron un tanto, y temí que las repugnantes criaturas pudieran verme. Me planteé incluso comenzar la pelea matando a unos cuantos antes de que eso ocurriera, pero el fuego volvió a arder intensamente y no moví la mano. Recorrí la colina entre ellos, evitándolos, buscando el rastro de Weena. Pero Weena había desaparecido.
»Acabé sentándome en la cima de la loma, observando aquel conjunto increíble y extraño de seres ciegos que deambulaban de un lado a otro y se comunicaban con ruidos raros, mientras el resplandor del fuego los dominaba. La espiral de humo surcaba el cielo, y entre los jirones desperdigados de esa bóveda roja brillaban las estrellitas, lejanas como si pertenecieran a otro universo. Dos o tres morlocks se me acercaron dando tumbos, y los aparté a puñetazos, temblando.
»Pasé la mayor parte de aquella noche convencido de que era una pesadilla. Me mordía y gritaba movido por el intenso deseo de despertar. Golpeé el suelo con las manos, me levanté y volví a sentarme, deambulé de un lado a otro y me senté otra vez. Acababa frotándome los ojos y pidiéndole a Dios que me dejara despertarme. En tres ocasiones vi a los morlocks agachar las cabezas, atormentados, y correr a meterse en las llamas. Pero, al final, por encima del rojo decreciente del fuego, de las masas arremolinadas de humo negro, de los tocones blanqueados y ennegrecidos y de las cada vez menos numerosas criaturas pálidas, llegó la luz blanca del día.
»Volví a buscar rastros de Weena, sin hallar ninguno. Me quedó claro que habían dejado su pobre cuerpecito en el bosque. No puedo describir el alivio que sentí al pensar que había escapado al espantoso destino que parecía esperarle. Mientras pensaba en eso, me sentí impelido a iniciar una masacre de las abominaciones indefensas que me rodeaban, pero me contuve. La loma, como he comentado, era una especie de isla en medio del bosque. Desde la cima veía, a través de la nube de humo, el Palacio de Porcelana Verde, y desde allí podía orientarme hacia la Esfinge Blanca. Entonces, dejando atrás los restos de aquellas almas malditas que seguían yendo y viniendo y quejándose mientras clareaba el día, me até un poco de hierba alrededor de los pies y me fui, cojeando entre cenizas humeantes y troncos negros, que aún palpitaban con el fuego, hacia el escondite de la máquina del tiempo. Caminaba despacio, pues estaba casi derrotado, y además cojeaba, y me sentía tremendamente desgraciado por la horrible muerte de la pequeña Weena. Me parecía una calamidad abrumadora. Ahora, en esta vieja y conocida habitación, parece la pena de un sueño más que una pérdida real, pero aquella mañana volví a sentirme absoluta y terriblemente solo. Empecé a pensar en mi casa, en mi chimenea, en algunos de ustedes, y con estos pensamientos me asaltó una añoranza dolorosa.
»Pero, mientras pisoteaba las cenizas humeantes bajo la luz brillante de la mañana, hice un descubrimiento. En el bolsillo del pantalón aún había algunas cerillas sueltas. La caja debió de volcarse antes de perderse.
10
—A eso de las ocho o nueve de la mañana recalé en el mismo asiento de metal amarillo desde el que contemplé el mundo la noche de mi llegada. Pensé en las conclusiones precipitadas que extraje aquella noche y no pude evitar una risa amarga por habérmelas creído. Volvía a encontrarme con el mismo escenario hermoso, el mismo follaje abundante, los mismos palacios espléndidos y ruinas magníficas, el mismo río plateado que corría entre sus fértiles orillas. Las ropas alegres de las personas bonitas se movían de un lado a otro entre los árboles. Algunos se estaban bañando en el lugar exacto donde salvé a Weena, lo que me hizo sentir una punzada aguda y repentina de dolor. Y como borrones en el paisaje se alzaban las cúpulas que coronaban los caminos del mundo subterráneo. Ahora entendía qué era lo que ocultaba toda la belleza de la gente del mundo superior. Sus días eran muy agradables, tan agradables como los que pasa el ganado en el campo. Y como el ganado, no conocían enemigos y no se preparaban para nada. Y su fin era el mismo.
»Me entristecía pensar cuán breve había sido el sueño del intelecto humano. Se había suicidado. Se había concentrado en el confort y las facilidades, en formar una sociedad equilibrada con la estabilidad y la permanencia como consignas, y que había hecho realidad tales esperanzas. La vida y la prosperidad debían de haber alcanzado una seguridad casi absoluta. Los ricos estaban seguros de sus riquezas y comodidades, y los trabajadores de su vida y su trabajo. Sin duda en aquel mundo perfecto no había problemas de empleo, no quedaba ninguna cuestión social sin respuesta. Y le siguió una gran tranquilidad.
»Pasamos por alto la ley de la naturaleza según la cual la versatilidad intelectual es la compensación por el cambio, el peligro y los problemas. Un animal en perfecta armonía con su entorno es un mecanismo perfecto. La naturaleza nunca apela a la inteligencia hasta que el hábito y el instinto devienen inútiles. No hay inteligencia donde no hay cambio ni necesidad de cambio. Solo participan de la inteligencia los animales que tienen que enfrentarse a una enorme variedad de penurias y peligros.
»Así que, tal como yo lo veo, el hombre del mundo superior se había decantado por la belleza débil, y el mundo subterráneo por la simple industria mecánica. Pero a ese estado perfecto aún le faltaba un elemento para lograr la perfección mecánica: la permanencia absoluta. Al parecer, a medida que transcurría el tiempo, la alimentación del mundo subterráneo, como fuera que se llevara a cabo, se había desorganizado. Volvió la madre necesidad, a la que se había conjurado durante unos miles de años, y empezó por abajo. El mundo subterráneo, en contacto con la maquinaria, que, por perfecta que sea, aún requiere un poco de pensamiento, no solo la costumbre, probablemente se había visto obligado, pese a presentar las demás características humanas disminuidas, a conservar bastante más iniciativa que el superior. Y cuando otros tipos de carne les fallaron, volvieron al viejo hábito hasta entonces prohibido. Así lo entendía en mi última reflexión sobre el mundo del año 802 701. Quizá sea la explicación más errónea que pueda idear la inteligencia mortal, pero así es como lo interpreté, y así se lo presento.
»Tras las fatigas, agitaciones y terrores de los días pasados, y a pesar de mi profunda pena, aquel asiento y la vista tranquila y la luz cálida del sol resultaban muy agradables. Estaba muy cansado y somnoliento, por lo que mi teorización no tardó en convertirse en sopor. Al percatarme de ello, seguí mis impulsos y, tras echarme en el césped, me entregué a un sueño largo y reparador.
»Me desperté poco antes de la puesta de sol. Con la tranquilidad de que los morlocks ya no me sorprenderían dormido, bajé desperezándome por la colina hacia la Esfinge Blanca. Llevaba la palanca en una mano, y la otra jugaba con las cerillas del bolsillo.
»Entonces me encontré con algo inesperado. Al acercarme al pedestal me encontré con las hojas de bronce abiertas. Las habían deslizado hasta encajarlas en unas guías.
»Al verlo me detuve, poco antes de llegar, dudando si entrar o no.
»Dentro había una estancia pequeña, y en un lugar elevado, en la esquina, estaba la máquina del tiempo. Yo tenía las palancas pequeñas en el bolsillo. Así que, tras todos los preparativos que había elaborado para sitiar la Esfinge Blanca, se presentaba una mansa rendición. Arrojé la barra de hierro, lamentando casi no tener que usarla.
»Un pensamiento repentino me sobrevino al inclinarme hacia el portal. Por una vez, al menos, entendía cómo pensaban los morlocks. Reprimí unas ganas intensas de reírme y pasé por debajo del marco de bronce y me subí a la máquina del tiempo. Me sorprendió detectar que la habían engrasado y limpiado a fondo. Desde entonces también sospecho que los morlocks habían llegado incluso a desmontar parte de la máquina para intentar, a su torpe manera, comprender para qué servía.
»Sin embargo, cuando me puse a examinarla, mientras disfrutaba solo de tocar el aparato, ocurrió lo que esperaba. Los paneles de bronce se deslizaron de repente y chocaron contra el marco con un ruido metálico. Estaba a oscuras. Atrapado. O eso pensaban los morlocks. Me reí alegremente de que así lo creyeran.
»Oía su risa entre murmullos mientras se acercaban. Intenté encender una cerilla muy despacio. Solo tenía que colocar las palancas y desaparecer como un fantasma. Pero había pasado una cosa por alto. Las cerillas eran de aquellas tan espantosas que solo se encienden en la caja.
»Pueden imaginarse cómo perdí la calma de golpe. Las pequeñas bestias estaban muy cerca. Una me tocó. Me volví en la oscuridad para golpearlos con las palancas, dispuesto a escabullirme hacia la silla de la máquina. Entonces me alcanzó una mano, y luego otra. Solo tenía que luchar contra los dedos insistentes para no perder las palancas, al tiempo que palpaba para poder encajarlas. Lo cierto es que casi me quitan una. Cuando se me escurrió de la mano, tuve que dar un cabezazo a oscuras —oí como retumbaba el cráneo del morlock— para recuperarla. Esta última rebatiña, fue, a mi parecer, más reñida que la pelea del bosque.
»Por fin conseguí colocar la palanca y tirar de ella. Las manos que intentaban aferrarse a mí se soltaron. La oscuridad se desvaneció ante mis ojos. Me hallé rodeado de la misma luz gris y el mismo remolino que ya he descrito.
11
—Ya les he hablado del malestar y la confusión que acompañan al viaje en el tiempo. Y esta vez no iba bien sentado en la silla, sino ladeado y colocado de un modo inestable. Durante un tiempo indefinido me aferré a la máquina mientras se balanceaba y vibraba, sin fijarme en el trecho que recorría, y cuando volví a mirar los indicadores quedé asombrado de dónde había llegado. Uno de los indicadores registra días; otro, miles de días; otro, millones de días, y otro, miles de millones. En vez de retroceder con las palancas las había empujado para avanzar, y cuando volví a mirar estos indicadores descubrí que la manecilla de los miles giraba tan rápido como la de los segundos en un reloj… hacia el futuro.
»A medida que avanzaba, un cambio peculiar iba apoderándose del aspecto de las cosas. El gris palpitante se volvió más oscuro; entonces —aunque todavía viajaba a una velocidad prodigiosa— la sucesión intermitente del día y de la noche, que solía indicar un ritmo más pausado, se reanudó y se hizo cada vez más marcada. Al principio me sorprendió mucho. Las alternancias del día y la noche se hicieron cada vez más lentas, igual que el recorrido del sol por el cielo, hasta que parecieron alargarse durante siglos. Al fin, un crepúsculo constante se cernió sobre la Tierra, un crepúsculo solo interrumpido alguna que otra vez cuando un cometa resplandecía por el cielo oscurecido. La franja de luz que antes señalaba el sol hacía tiempo que había desaparecido, pues el sol había dejado de ponerse: tan solo se alzaba y caía por el oeste, y se iba volviendo más ancho y rojo. Todo rastro de la luna había desaparecido. La corona de estrellas, cada vez más lenta, había dado lugar a puntos de luz progresivos. Al fin, poco antes de que yo parara, el sol, rojo y muy grande, se detuvo inmóvil en el horizonte, como una cúpula gigante que brillaba con un calor tenue, y de vez en cuando desaparecía brevemente. Llegó un momento en que volvió a brillar con más intensidad, pero no tardó en regresar al calor rojo y sombrío. Con esta ralentización de la salida y la puesta del sol comprendí que el arrastre planetario había finalizado. La Tierra se había posado con una cara mirando hacia el Sol, aunque en nuestra época la Luna da a la Tierra. Con mucho cuidado, pues recordaba que antes había caído de cabeza, empecé a revertir el movimiento. Las manillas fueron perdiendo velocidad hasta que la de los miles parecía inmóvil y la del día ya no marcaba un mero vaho en la escala. Fui aminorando hasta que los débiles contornos de una playa desierta se hicieron más visibles.
»Me detuve con suma delicadeza y permanecí sentado en la máquina del tiempo, mirando a mi alrededor. El cielo ya no era azul. Hacia el noreste era negro como la tinta, y en la oscuridad brillaban intensa y constantemente las estrellas de un blanco pálido. Por encima de mi cabeza el cielo era de un rojo oscuro sin estrellas, y hacia el sureste brillaba hasta alcanzar un escarlata intenso; allí, recortado en el horizonte, se hallaba el disco enorme del sol, rojo e inmóvil. A mi alrededor las piedras eran de un tono rojizo chillón, y el único rastro de vida que detecté al principio fue la vegetación, muy verde, que cubría todas las zonas prominentes por el lado que daba al sureste. Era el mismo verde intenso que se ve en el musgo del bosque o en los líquenes de las cuevas: plantas que como estas crecen en un crepúsculo eterno.
»La máquina se encontraba sobre una playa en pendiente. El mar se extendía hacia el suroeste, alzándose hacia un horizonte brillante y cerrado contra el cielo pálido. No había olas, ni grandes ni pequeñas, ya que no corría la más leve brisa. Solo una ondulación aceitosa se alzaba y hundía como una respiración leve, y demostraba que el mar eterno aún se movía y seguía vivo. En el lado donde a veces rompía el agua había una gruesa capa de sal incrustada, rosa bajo el cielo desvaído. Notaba una opresión en la cabeza, y me fijé en que respiraba muy rápido. La sensación me recordó a mi única experiencia de montañismo, y a partir de ahí determiné que el aire estaba mucho más enrarecido que ahora.
»En lo alto de la cuesta desierta oí un grito discordante, y vi una especie de mariposa blanca gigante que se inclinaba y revoloteaba hacia el cielo, hasta desaparecer por encima de unas lomas bajas a lo lejos. El ruido de su voz era tan sombrío que me estremecí y me senté más firme en la máquina. Volví a mirar lo que me rodeaba y vi que, bastante cerca, lo que pensaba que era una masa rojiza de roca se me acercaba lentamente. Entonces vi que en realidad se trataba de una criatura monstruosa parecida a un cangrejo. ¿Se imaginan un cangrejo tan grande como esa mesa de allá, con múltiples patas que se mueven lentas y vacilantes, unas pinzas descomunales que se balancean, unas antenas largas como látigos de carretero, que se agitan y palpan, y unos ojos protuberantes que brillan a cada lado de su frente metálica? Tenía la espalda ondulada y decorada con tachones irregulares, y el cuerpo salpicado de incrustaciones verdosas. Veía los abundantes palpos de su complicada boca, que parpadeaban y tanteaban al moverse.
»Mientras miraba esa aparición siniestra que se arrastraba hacia mí, sentí un cosquilleo en la mejilla, como si una mosca se hubiera posado en ella. La aparté con la mano, pero al cabo de un instante había vuelto, y casi de inmediato se me acercó otra al oído. Conseguí atrapar algo que tenía hilos, pero se escabulló rápidamente de mi mano. Con una aprensión espantosa, me volví y vi que había agarrado la antena de otro cangrejo monstruoso que estaba justo detrás de mí. Sus ojos malvados se movían en sus órbitas, su boca mostraba un enorme apetito, y sus enormes pinzas bamboleantes, cubiertas de algas viscosas, se abatían sobre mí. En un instante tenía la mano en la palanca, y había puesto un mes entre esos monstruos y yo. Pero seguía en la misma playa, y los vi claramente en cuanto me detuve. Decenas de ellos se arrastraban por todas partes, bajo la luz sombría, entre las capas frondosas de verde intenso.
»No puedo transmitir la sensación de desolación abominable que se cernía sobre el mundo. El cielo rojo a poniente, la negrura hacia el norte, el salado Mar Muerto, la playa de guijarros repleta de estos monstruos asquerosos que se movían tan despacio, el verde uniforme y de aspecto venenoso de las plantas como líquenes, el aire fino que oprimía los pulmones; todo contribuía a crear un efecto devastador. Avancé cien años más, y allí seguía el mismo sol rojo, un poco más grande, un poco más apagado, el mismo mar mortecino y el mismo aire helado, y la misma multitud de crustáceos terrestres se arrastraba saliendo de entre las algas verdes y las rocas rojas. Y en el cielo, hacia el oeste, vi una línea pálida y curva, como una enorme luna nueva.
»Viajé, parando de vez en cuando, en grandes etapas de más de mil años, atraído por el misterio del destino de la Tierra, observando con una fascinación extraña cómo el sol crecía y disminuía en el cielo hacia el oeste, y la vida de la antigua Tierra se iba consumiendo. Al fin, dentro de más de treinta millones de años, la enorme cúpula al rojo vivo del sol había llegado a ocultar casi una décima parte de los cielos oscuros. Entonces me detuve una vez más, pues la multitud de cangrejos que se arrastraban había desaparecido, y la playa, toda roja a excepción del verde lívido de hepáticas y líquenes, parecía inerte. Y ahora estaba salpicada de blanco. Me invadió un frío glacial. Unos pocos copos blancos descendían arremolinándose una y otra vez. Hacia el noreste, la nieve brillaba bajo la luz de las estrellas del cielo azabache, y veía una cresta ondulada de montículos de un blanco rosado. En la orilla del mar había un ribete de hielo, y masas a la deriva más adentro, pero en su mayor parte, la extensión de aquel océano salado, sanguinolenta bajo el eterno atardecer, seguía sin congelarse.
»Miré a mi alrededor para ver si quedaban rastros de vida animal. Una aprensión indefinible me mantenía en el asiento de la máquina. Pero no vi nada que se moviera, por tierra, mar o aire. La sustancia viscosa y verdosa de las rocas bastaba para demostrar que no se había extinguido la vida. En el mar había aparecido un banco de arena, y el agua se había retirado de la playa. Me pareció ver un objeto negro aleteando en el banco, pero se quedó inmóvil al mirarlo, y me imaginé que la vista me había engañado y que el objeto negro no era más que una roca. Las estrellas brillaban intensamente en el cielo y creo que titilaban muy poco.
»De repente me percaté de que el contorno circular del sol había cambiado en el lado del oeste, de que en la curva había aparecido una concavidad, una bahía. Y vi que crecía. Permanecí puede que un minuto mirando horrorizado esta negrura que se cernía sobre el día, y luego me di cuenta de que empezaba un eclipse. O la Luna o el planeta Mercurio atravesaban el disco solar. Naturalmente, al principio pensé que era la Luna, pero tengo muchos motivos para inclinarme a pensar que lo que realmente vi fue el tránsito de un planeta interior que pasaba muy cerca de la Tierra.
»La oscuridad crecía a pasos agigantados; comenzaron a soplar unas ráfagas refrescantes de viento frío, procedentes del este, y aumentó la lluvia de copos blancos en el aire. De la orilla del mar llegó una ola y un susurro. Aparte de estos ruidos, el mundo estaba silencioso. ¿Silencioso? Resultaría difícil transmitir su quietud. Todos los ruidos del hombre, el balido de las ovejas, los reclamos de los pájaros, el zumbido de los insectos, el bullicio que compone la música de fondo de nuestras vidas, todo aquello había terminado. A medida que se espesaba la oscuridad, los copos arremolinados se volvieron más abundantes, bailando ante mis ojos, y el frío del aire, más intenso. Al fin, uno a uno, rápidamente, uno tras otro, los picos blancos de las colinas lejanas se desvanecieron en la oscuridad. La brisa se convirtió en un viento gimiente. Vi la sombra negra central del eclipse extendiéndose hacia mí. Al cabo de un instante solo se veían las estrellas pálidas. Todo lo demás era oscuridad, sin un solo rayo de luz. El cielo estaba absolutamente negro.
»Me invadió el horror ante aquella oscuridad enorme. El frío, que me calaba hasta la médula, y el dolor que sentía al respirar se apoderaron de mí. Me estremecí y me invadió una náusea mortal. Entonces el borde del sol apareció como un arco al rojo vivo en el cielo. Me bajé de la máquina para recuperarme. Me notaba mareado e incapaz de enfrentarme al viaje de vuelta. Así, mareado y confuso, volví a ver a la criatura moviéndose en el bajío —ya no me cabía duda de que se trataba de una criatura— recortada contra el agua roja del mar. Era una cosa redonda, puede que del tamaño de una pelota o puede que más grande, de la que salían arrastrándose unos tentáculos; parecía negra en contraste con el agua farragosa y sanguinolenta, y saltaba a intervalos por ella. Sentí que me desmayaba, pero un temor horrible a quedarme indefenso en aquel crepúsculo remoto y atroz me animó mientras me encaramaba a la silla.
12
—Así que volví. Debí de permanecer inconsciente en la máquina durante mucho tiempo. La sucesión intermitente de días y noches se reanudó, el sol volvió a ser dorado y el cielo, azul. Respiré con mayor libertad. Los contornos fluctuantes de la Tierra fluían y refluían. Las manecillas de los contadores giraban hacia atrás. Acabé viendo otra vez las sombras borrosas de algunas casas, las evidencias de la humanidad decadente, que también cambiaron y desaparecieron, y llegaron otras. En ese momento, cuando el indicador de los millones alcanzó el cero, disminuí la velocidad. Empecé a reconocer nuestra arquitectura insignificante y familiar, la manecilla de los miles corrió otra vez hasta el punto de partida, la noche y el día se turnaban cada vez más despacio. Entonces me encontré entre las viejas paredes del laboratorio, y frené con mucha delicadeza el mecanismo.
»Vi un detalle que me pareció extraño. Creo que les he contado que cuando partí, antes de ir a toda velocidad, la señora Watchett había cruzado la habitación, desplazándose, según me pareció, como un cohete. Al volver, pasé otra vez por el minuto en que cruzó el laboratorio, pero ahora cada uno de sus movimientos parecía la inversión exacta de los anteriores. La puerta del extremo inferior se abrió y ella se deslizó sin hacer ruido por el laboratorio, casi todo el rato de espaldas, y desapareció tras la puerta por la que había entrado previamente. Justo antes me pareció ver a Hillyer un instante, pero pasó como un rayo.
»Entonces detuve la máquina, y vi mi viejo y conocido laboratorio a mi alrededor, mis herramientas y mis aparatos tal y como los había dejado. Bajé de la máquina temblando, y me senté en mi banco. Pasé varios minutos estremeciéndome violentamente hasta que me calmé. Me rodeaba otra vez mi viejo taller, y estaba igual que siempre. ¡Tal vez me había quedado dormido y todo había sido un sueño!
»¡Pero no, no era así! La máquina había salido de la esquina sureste del laboratorio, y al volver había aparecido en la del noreste, contra la pared donde la vieron. Eso corresponde a la distancia exacta desde el pequeño trozo de césped hasta el pedestal de la Esfinge Blanca, donde los morlocks habían metido mi máquina.
»Durante un rato se me quedó el cerebro paralizado. Hasta que me levanté y me acerqué por el pasillo, cojeando, porque aún me dolía el talón, y me notaba muy sucio. Vi el Pall Mall Gazette en la mesa junto a la puerta y vi que llevaba fecha de hoy, y mirando hacia el reloj vi que eran casi las ocho. Oí sus voces y el ruido de platos. Dudé… Estaba tan mareado y débil… Entonces me llegó el aroma de la carne, rica y saludable, y abrí la puerta. Ya conocen el resto. Me lavé, cené y ahora les estoy contando esta historia.
»Sé —dijo tras una pausa— que todo esto les resultará absolutamente increíble. Para mí lo único increíble es estar aquí ahora en esta vieja habitación conocida, mirando sus rostros amables y relatándoles estas extrañas aventuras.
Miró al médico.
—No, no puedo esperar que me crean. Tómenselo como una mentira… o una profecía. Digan que lo he soñado en el taller. Piensen que me he dedicado a especular sobre el destino de nuestra raza hasta tramar esta ficción. Cuando digo que es cierto, consideren mi afirmación como una mera pincelada artística para realzar el interés del relato. Y si fuera una historia, ¿qué les habría parecido?
Siguió fumando su pipa y empezó a dar golpecitos nerviosos a las barras de la chimenea como solía. Se hizo un silencio momentáneo. Las sillas empezaron a crujir y los zapatos, a rozar la alfombra. Aparté la mirada del rostro del viajero, y miré a su público. Estaban a oscuras, y unos puntitos de color daban vueltas ante ellos. El médico parecía absorto en la contemplación de nuestro anfitrión. El director del periódico miraba fijamente el extremo de su cigarro, el sexto. El periodista buscaba a tientas su reloj. Los demás, creo recordar, estaban inmóviles.
El director se puso en pie, suspirando.
—¡Qué pena que no escriba usted relatos! —exclamó, apoyando la mano en el hombro del viajero.
—¿No se lo cree?
—Pues…
—Ya me imaginaba que no.
El viajero se volvió hacia nosotros.
—¿Dónde están las cerillas? —preguntó. Encendió una y habló por encima de su pipa, dándole caladas—. La verdad es que… a mí ya me cuesta mucho creerlo… y aun así…
Su mirada recayó con una pregunta muda en las flores blancas marchitas encima de la mesita. Entonces se fijó en la mano con que sostenía la pipa, y vi que miraba unas cicatrices medio curadas que tenía en los nudillos.
El médico se levantó, se acercó a la lámpara y examinó las flores.
—El gineceo es extraño —señaló.
El psicólogo se inclinó hacia delante para verlo, extendiendo la mano para coger una muestra.
—¡Que me aspen si no es la una menos cuarto! —se lamentó el periodista—. ¿Cómo regresaremos a casa?
—Hay muchos coches de caballos en la estación —le recordó el psicólogo.
—Qué curioso —intervino el médico—, desconozco por completo el orden natural de estas flores. ¿Puedo quedármelas?
El viajero dudó, hasta que de repente dijo:
—Desde luego que no.
—¿De dónde las sacó, en realidad? —insistió el médico.
El viajero se puso la mano en la cabeza, y habló como si intentara retener una idea que se le escapaba.
—Me las metió en el bolsillo Weena, cuando viajé en el tiempo. —Recorrió la habitación con la mirada—. No sé qué diablos ha sucedido. Esta habitación y ustedes y el ambiente cotidiano resultan demasiado para mi memoria. ¿Llegué a construir una máquina del tiempo, o una maqueta de máquina del tiempo? ¿O no es más que un sueño? Dicen que la vida es sueño, un pobre y querido sueño a veces, pero no puedo soportar una vida que no sea así. Es una locura. ¿Y de dónde ha venido ese sueño? Debo ir a ver la máquina. ¡Si es que existe!
Agarró la lámpara rápidamente y la llevó, entre resplandores rojos a través de la puerta y hacia el pasillo. Lo seguimos. E iluminada por la luz parpadeante de la lámpara, allí estaba la máquina, chata, fea y torcida; un aparato de latón, ébano, marfil y cuarzo brillante translúcido. Parecía sólida —alargué la mano y toqué una barra—, unas manchas marrones salpicaban el marfil, tenía trozos de hierba y musgo en las partes inferiores, y otra barra muy torcida.
El viajero apoyó la lámpara en el banco y pasó la mano por la barra estropeada.
—Pues ya lo ven —comentó—. La historia que les he contado era verdad. Siento haberles hecho pasar frío.
Cogió la lámpara, y, sumidos en un silencio absoluto, volvimos a la sala de fumar.
Él vino hasta la entrada con nosotros y ayudó al director a ponerse el abrigo. El médico lo miró a la cara y, dudando un poco, le dijo que sufría exceso de trabajo, ante lo que el otro se rio mucho. Lo recuerdo de pie en la entrada abierta, gritando buenas noches.
Compartí el coche con el director, que pensaba que aquel relato era una «mentira chabacana». Por mi parte, era incapaz de llegar a ninguna conclusión. La historia era fantástica e increíble, y el relato muy creíble y sobrio. Me pasé casi toda la noche despierto pensando en él. Decidí volver a ver al viajero al día siguiente. Me dijeron que estaba en el laboratorio, y como conocía bien la casa, subí. El laboratorio, no obstante, estaba vacío. Me quedé mirando la máquina del tiempo durante un minuto y extendí la mano y toqué la palanca. El mamotreto chato y sólido se balanceó como una rama agitada por el viento. Me sorprendió muchísimo lo inestable que era, y tuve un recuerdo extraño de los días de infancia, cuando me prohibían que toqueteara las cosas. Retrocedí por el pasillo. El viajero salió a mi encuentro en el salón de fumar. Venía de la casa. Llevaba una cámara pequeña bajo un brazo y una mochila bajo el otro. Se rio cuando me vio, y me dio el codo en vez de la mano.
—Estoy tremendamente ocupado con esa cosa de ahí dentro —comentó.
—Pero ¿no se trata de un engaño? ¿De veras viaja en el tiempo?
—Sí, de veras que sí. —Me miró con sinceridad a los ojos. Dudó. Su mirada recorrió la habitación—. Solo quiero media hora. Sé por qué ha venido, y ha sido usted muy amable. Allí hay algunas revistas. Si se queda a comer le demostraré esto de viajar en el tiempo con todo detalle, con muestras y todo, si no le importa que me marche ahora.
Accedí, sin comprender en verdad la importancia de sus palabras, y él asintió y salió al pasillo. Oí el portazo del laboratorio, me senté en una silla y cogí un periódico. ¿Qué era lo que iba a hacer el viajero antes de comer? Al ver un anuncio recordé de repente que había prometido reunirme con Richardson, el director del periódico, a las dos. Miré el reloj, y vi que era casi la hora de acudir a mi compromiso. Me levanté y recorrí el pasillo para contárselo al viajero.
Al agarrar el picaporte oí una exclamación, extrañamente truncada al final, y un chasquido y un ruido sordo. Una ráfaga de aire se arremolinó en torno a mí al abrir la puerta, y dentro oí el ruido de cristales rotos. El viajero no estaba allí. Por un instante me pareció ver una figura fantasmal, indefinida, sentada en una masa arremolinada de negro y latón, una figura tan transparente que se veía con total claridad el banco que había detrás, lleno de hojas con dibujos, pero este fantasma se desvaneció al frotarme los ojos. La máquina del tiempo había desaparecido. Salvo por las agitadas nubes de polvo, el extremo más alejado del laboratorio estaba vacío. Al parecer, una hoja del tragaluz acababa de romperse.
Sentí un asombro irracional. Sabía que había ocurrido algo raro, y durante un instante no supe qué era lo que resultaba tan extraño. Mientras seguía de pie, mirando, se abrió la puerta del jardín y entró el criado.
Nos miramos el uno al otro. Entonces empezaron a surgir ideas.
—¿Ha salido el señor por allí? —pregunté.
—No, señor. No ha salido nadie por aquí. Esperaba encontrarlo aquí.
En aquel momento lo entendí. A riesgo de decepcionar a Richardson me quedé a esperar al viajero, a esperar la segunda y quizá más extraña historia, y las muestras y fotos que traería con él. Pero ahora empiezo a temer que tendré que esperar toda la vida. El viajero desapareció hace tres años. Y, como todo el mundo sabe, nunca ha regresado.
EPÍLOGO
Resulta imposible no hacerse la pregunta. ¿Volverá alguna vez? Puede que haya vuelto a deslizarse al pasado, y haya caído entre los peludos salvajes bebedores de sangre de la Edad de Piedra sin Pulir, en los abismos del mar cretácico, o entre los grotescos saurios, los enormes reptiles del periodo jurásico. Incluso puede que ahora —si me permiten expresarlo así— esté paseándose por un arrecife de coral oolítico, acechado por plesiosaurios, o junto a los solitarios lagos salinos de la Edad Triásica. ¿O habrá ido hacia delante, a una época más cercana, en la que los hombres aún sean hombres, pero los enigmas de nuestra época se hayan respondido y nuestros tediosos problemas estén resueltos? A la edad adulta de la raza, porque yo, por mi parte, ¡no puedo creer que estas últimas épocas de experimentación débil, teoría fragmentaria y discordia mutua sean realmente la época culminante del hombre! Por mi parte, digo. Él, yo lo sé —pues habíamos debatido el tema mucho antes de que construyera la máquina del tiempo—, solo se imaginaba el Avance de la Humanidad en términos sombríos, y veía el acopio creciente de la civilización como una acumulación estúpida que inevitablemente debía caer y acabar destruyendo a sus creadores. Si es así, solo nos queda vivir como si no lo fuera, pero para mí el futuro aún es negro y vacío, una vasta ignorancia iluminada en puntos ocasionales por el recuerdo de su relato. Y guardo, para consolarme, dos extrañas flores blancas, ahora marchitas, marrones, planas y quebradizas, como prueba de que incluso cuando la mente y la fuerza habían desaparecido, la gratitud y la ternura mutua todavía habitaban el corazón del hombre.
APÉNDICE: PREFACIO DE WELLS (1931)
La máquina del tiempo se publicó en 1895. Es evidente que se trata de la obra de un escritor inexperto, pero presenta ciertas originalidades que han evitado que desapareciera, y aún encuentra editores y puede que incluso lectores tras haber transcurrido un tercio de siglo. A excepción de ciertas correcciones menores, se escribió, tal y como ha acabado publicándose, en una habitación alquilada de Sevenoaks, en Kent. Entonces el autor vivía al día de su trabajo de periodista, hasta que llegó un mal mes en que los periódicos con los que estaba acostumbrado a colaborar apenas le publicaron ni le pagaron artículos, y como todas las oficinas de Londres que lo soportaban ya contaban con un gran surtido de artículos aún inéditos, le pareció inútil seguir escribiendo hasta dar salida a ese bloque. Por eso, en vez de preocuparse por aquel cambio terrible de perspectivas, escribió esta historia pensando en encontrarle mercado en un ámbito distinto. Recuerda que la escribió una noche de verano, tarde, con la ventana abierta, mientras una desagradable casera se quejaba desde la oscuridad del uso excesivo de la lámpara, por lo que se añadió al mundo de ensueño su negativa a irse a la cama mientras la lámpara siguiera encendida; el autor escribió con ese acompañamiento, y recuerda también discutir sobre el relato y comentar sus implicaciones mientras paseaba por Knole Park con la amada compañera que tan firmemente lo apoyó durante aquellos años movidos de bienes escasos e incertidumbre esperanzada.
La idea del relato parecía, en aquellos tiempos, su «única idea». Se la había guardado hasta entonces con la esperanza de escribir algún día un libro mucho más largo que La máquina del tiempo, pero la necesidad urgente de hacer algo vendible le obligó a explotarla de inmediato. Como el lector exigente percibirá, es un libro muy irregular: el debate inicial está mucho mejor planeado y escrito que los capítulos finales. Sale una historia muy exigua de una raíz muy profunda. La parte del principio, la explicación de la idea, ya había visto la luz en el National Observer de Henley en 1893. Fue la segunda mitad la que se escribió apresuradamente en Sevenoaks en 1894.
Esa única idea ahora es de todo el mundo. Nunca había sido la idea particular del autor. Había otras personas que se estaban acercando a ella. Se gestó en la mente del autor a partir de las discusiones con algunos estudiantes en los laboratorios y en la sociedad de debate del Royal College of Science en los ochenta, y ya la había puesto a prueba de diversas maneras antes de darle esta aplicación concreta. Es la idea de que el tiempo es la cuarta dimensión y que el presente normal es una sección tridimensional de un universo en cuatro dimensiones. La única diferencia entre la dimensión temporal y las demás, siguiendo este planteamiento, radica en el movimiento de la conciencia en ella, a través del cual se constituye el avance del presente. Es evidente que puede haber diversos «presentes» visibles según la dirección en que se observe el avance temporal; este método de establecer la concepción de la relatividad no se aplicó científicamente hasta mucho tiempo después, y es evidente, dado que la sección denominada «presente» es real y no «matemática», que tendría cierta profundidad variable. El «ahora» no es, por tanto, instantáneo, es una medida temporal más corta o más larga, un punto que aún debe valorarse adecuadamente en el pensamiento contemporáneo.
Pero mi historia no se dedica a explorar ninguna de estas posibilidades. No tenía la más remota idea de cómo realizar tal exploración. No estaba lo bastante formado en ese campo, y desde luego un relato no era el modo de seguir investigando. Así que la exposición inicial evita la paradoja para presentar un romance imaginativo que posee muchas características del periodo de Stevenson y el Kipling de los inicios en que se escribió. El autor ya había escrito un experimento al estilo pseudo-tectónico de Nathaniel Hawthorne, un experimento que se publicó en el Science Schools Journal (1888-1889) y que, felizmente, ya no se puede encontrar. Ni todo el oro del señor Gabriel Wells servirá para recuperar esa versión. Y también hice una descripción de la idea que iba a publicarse en el Fortnightly Review en 1891 pero que nunca llegó a editarse. Ahí se llamaba «El universo rígido». Ese también se ha perdido y no lo podré recuperar, aunque un predecesor menos ortodoxo, «El redescubrimiento de lo único», que insistía acerca de la individualidad de los átomos, vio la luz en el número de julio de ese mismo año. Entonces el director, el señor Frank Harris, se dio cuenta del hecho de que publicaba con veinte años de adelanto, se lo reprochó horriblemente al autor y volvió a interrumpir la impresión. Si queda algún ejemplar debe de estar en los archivos del Fortnightly Review, aunque dudo que quede alguno. Durante años pensé que tenía una copia, pero cuando la busqué había desaparecido.
La historia de La máquina del tiempo, distinguible de la idea, «está anticuada» no solamente en cuanto a su tratamiento, sino también en cuanto a su concepción. Parece, al volver a repasarla una vez más, una interpretación muy infantil para su ahora maduro autor. Sin embargo, alcanza los límites de su filosofía sobre la evolución humana de aquella época. En la actualidad la idea de la distinción social de la humanidad entre eloi y morlocks le resulta un poco burda. Cuando era un adolescente, Swift ejerció una fascinación tremenda en él, y el pesimismo ingenuo de esta imagen del futuro humano es, como en la análoga Isla del doctor Moreau, un torpe tributo a un maestro al cual debe mucho. Además, los geólogos y astrónomos de entonces nos contaron mentiras terribles sobre la «inevitable» congelación del mundo, y de la vida y la humanidad con él. No parecía haber escapatoria. Todo el juego de la vida terminaría en un millón de años o menos. Esto fue lo que nos inculcaron con todo el peso de su autoridad, mientras que ahora, sir James Jeans, autor de libros sobre astronomía y física, en su sonriente Universe around us nos promete millones de millones de años. Con tanta ley científica a su favor, el hombre podría hacer de todo e ir a todas partes, y el único rastro de pesimismo que queda en la perspectiva humana actual es un débil regusto del lamento por haber nacido demasiado pronto. E incluso la filosofía psicológica y biológica moderna ofrece vías para escapar de esa aflicción.
Hay que equivocarse para madurar, por lo que el autor no tiene remordimientos por esta obra juvenil, sino que se aferra de buen grado a su vanidad en los momentos en que su amada máquina del tiempo vuelve a aflorar en ensayos y discursos, ya que aún resulta práctica y adecuada en retrospectiva o como profecía. El viaje en el tiempo del doctor Barton, fechado en 1929, está encima de su escritorio mientras escribe, y contiene muchas cosas con las que ni siquiera soñábamos hace treinta y seis años. Así que La máquina del tiempo ha durado tanto como la bicicleta con cuadro diamante, que apareció cuando se publicó el libro por primera vez. Y ahora va a imprimirse y publicarse de manera tan admirable que su autor está seguro de que lo sobrevivirá. Hace tiempo que ha abandonado la práctica de escribir prólogos para libros, pero esta es una ocasión excepcional y está muy orgulloso y feliz de decir una o más palabras en recuerdo y reconocimiento de su homólogo jovial y necesitado, que vivió en la tercera dimensión hace treinta y seis años.
LA ISLA DEL DOCTOR MOREAU
INTRODUCCIÓN
El primer día de febrero de 1887, el Lady Vain se perdió tras colisionar con un pecio cuando se encontraba, aproximadamente, a 1º de latitud sur y 107º de longitud oeste.
El día 15 de enero de 1888 (es decir, once meses y cuatro días después), mi tío, Edward Prendick, un caballero que, sin lugar a dudas, subió a bordo del Lady Vain en Callao, y que se había dado por muerto, fue rescatado a 5º 3’ de latitud sur y 101º de longitud oeste en un pequeño bote de nombre ilegible, pero que, supuestamente, habría pertenecido al Ipecacuanha, una goleta desaparecida. La historia que relató fue tan extraña que lo tacharon de demente. Más adelante alegó que no recordaba nada de lo sucedido desde que escapó del Lady Vain. Los psicólogos de la época analizaron su caso como un ejemplo curioso de los lapsos de memoria producidos por la tensión física o mental. La siguiente narración la encontró entre sus papeles el abajo firmante, su sobrino y heredero, aunque no la acompañaba ninguna petición expresa con respecto a su publicación.
La única isla que se conoce en la región donde rescataron a mi tío es la isla de Noble, un pequeño islote volcánico deshabitado. En 1891 la visitó el HMS Scorpion. Un grupo de marineros desembarcó en ella, pero no encontraron más vida que unas curiosas polillas blancas, algunos cerdos y conejos, y unas cuantas ratas muy peculiares. No se capturó ningún ejemplar de los mencionados y, por ello, los detalles más esenciales de este relato carecen de confirmación. Una vez aclarado este punto, no veo ningún mal en ofrecer esta extraña historia al público, de acuerdo, o eso creo, con las intenciones de mi tío. Por lo pronto, puede decirse algo en su favor: mi tío desapareció sin dejar rastro cuando se hallaba, aproximadamente, a 5º de latitud sur y 105º de longitud oeste, y reapareció en la misma región oceánica once meses después. Tuvo que sobrevivir de una manera u otra durante ese intervalo de tiempo. Y, al parecer, una goleta llamada Ipecacuanha, capitaneada por un borracho llamado John Davis, partió de Arica con un puma y otros animales en enero de 1887. También se sabe que dicho navío era bien conocido en varios puertos del Pacífico Sur y que, finalmente, desapareció de esos mares (con una considerable cantidad de copra a bordo) tras partir de Banya con destino desconocido en diciembre de 1887, fecha que encaja perfectamente con la historia de mi tío.
CHARLES EDWARD PRENDICK
1
EN EL BOTE DEL LADY VAIN
No pretendo añadir nada a lo que ya se ha escrito sobre la desaparición del Lady Vain. Como todo el mundo sabe, la embarcación colisionó con un pecio diez días después de partir de Callao. El cañonero HMS Myrtle encontró la chalupa con siete de sus tripulantes dieciocho días más tarde, y la historia de sus infortunios ha llegado a ser tan conocida como la del caso Medusa, aún más terrible. No obstante, a la historia publicada del Lady Vain debo ahora sumar otra tan horrible como la primera y mucho más extraña. Hasta el momento se ha dado por sentado el fallecimiento de los cuatro hombres del bote, pero eso no es correcto. Tengo la mejor de las pruebas para realizar dicha afirmación, ya que yo era uno de esos cuatro hombres.
Sin embargo, en primer lugar, debo aclarar que jamás hubo cuatro hombres en el chinchorro, sino tres. Constans, «a quien el capitán vio saltar al bote» (Daily News, 17 de marzo de 1887), por suerte para nosotros y por desgracia para él, no nos alcanzó. Descendió por los cabos enredados bajo los estayes del destrozado bauprés, pero una de las cuerdas pequeñas se le enganchó en el talón al soltarse y quedó colgado boca abajo durante un instante, antes de caer y golpearse contra un motón o una verga que flotaba en el agua. Remamos hacia él, pero no salió a la superficie.
Digo que fue una suerte para nosotros que no nos alcanzara, pero también podría añadir que fue una suerte para él, ya que solo contábamos con un pequeño barril de agua y unas cuantas galletas saladas empapadas, tan repentina había sido la alarma, tan poco preparados estábamos para el desastre. Como creíamos que la gente de la chalupa estaría mejor abastecida (aunque, al parecer, no fue así), intentamos hacerles señas. No nos oyeron, así que, a la mañana siguiente, cuando amainó la llovizna (cosa que no ocurrió hasta pasado el mediodía), ya no vimos ni rastro de ellos. Por culpa del cabeceo del bote, no éramos capaces de mantenernos en pie para mirar a nuestro alrededor. Grandes olas agitaban el mar, y bastante teníamos con procurar mantenernos de proa a ellas. Los otros dos náufragos que habían logrado escapar conmigo eran un hombre llamado Helmar, pasajero como yo, y un marino cuyo nombre desconozco, un tipo bajo y robusto que tartamudeaba al hablar.
Ocho días en total pasamos a la deriva, famélicos y, una vez se acabó el agua, atormentados por una sed intolerable. Después del segundo día, el mar se fue aplacando hasta convertirse en una calma superficie cristalina. Para un lector corriente resulta de todo punto imposible imaginar esos ocho días. Por suerte para él, no cuenta con nada en su memoria que se lo permita. Pocas palabras intercambiamos al cabo del primer día; permanecíamos tumbados en el bote mirando el horizonte u observábamos con ojos cada vez más grandes y demacrados cómo la miseria y la debilidad hacían presa en los demás. El sol no tenía piedad. El agua se acabó el cuarto día, y ya nos enfrentábamos a ideas extrañas que solo expresábamos con la mirada; pero no fue hasta el sexto día, si mal no recuerdo, cuando Helmar dijo en voz alta lo que todos teníamos en mente. Recuerdo que nuestras voces sonaban secas y débiles, así que no nos quedó más remedio que acercarnos más y no explayarnos demasiado. Yo me opuse a la propuesta con todas mis fuerzas, prefería hundir el bote y perecer juntos entre los tiburones que nos seguían; sin embargo, cuando Helmar dijo que beberíamos si se aceptaba la propuesta, el marinero se avino a ello.
Sin embargo, yo no aceptaba echarlo a suertes, y, por la noche, el marinero no dejó de susurrar al oído de Helmar, mientras yo aguantaba sentado en la popa, con mi navaja en la mano, aunque dudo que hubiese sido capaz de luchar. Por la mañana acepté la propuesta de Helmar y lo echamos a cara o cruz con unas monedas de medio penique.
Le cayó en suerte al marinero, pero era el más fornido y no quiso acatar la decisión, así que atacó a Helmar con las manos desnudas. Forcejearon y estuvieron a punto de ponerse en pie. Me arrastré por el bote hacia ellos con la intención de ayudar a Helmar agarrando al marinero por la pierna, pero este último perdió el equilibro con el movimiento de la embarcación, y los dos cayeron juntos por la borda. Se hundieron como piedras. Recuerdo haberme reído y preguntarme por qué reía.
Me tumbé en una de las bancadas durante no sé cuánto tiempo, pensando que, de quedarme las fuerzas necesarias para ello, habría bebido agua de mar para enloquecer y morir más deprisa. Mientras estaba así tumbado, vi una vela acercarse por el horizonte, aunque le presté tanto interés como a un cuadro. A pesar de que mi mente debía de estar ya divagando, recuerdo todo lo acontecido con suma nitidez. Recuerdo que mi cabeza se balanceaba al ritmo del mar, y que el horizonte bailaba arriba y abajo con su vela. Sin embargo, también recuerdo con idéntica claridad que me creí muerto, y que me parecía una broma muy pesada que hubiesen estado tan cerca de salvarme antes de que yo abandonara mi cuerpo.
Durante lo que se me antojó una eternidad permanecí con la cabeza en la bancada, observando la danzarina goleta (se trataba de un barco pequeño, con aparejos en proa y popa) acercarse por el mar. Siguió dando bordadas, trazando un arco cada vez más amplio, ya que navegaba justo contra el viento. En ningún momento se me ocurrió intentar llamar su atención, y no recuerdo nada en concreto desde el momento en que vislumbré su costado hasta que me encontré en un pequeño camarote de popa. Conservo la vaga imagen de unas personas subiéndome a una pasarela, y de un gran rostro redondo salpicado de pecas y rodeado de pelo rojo que me miraba por encima del bordo. También me quedé con la impresión de haber tenido cerca de la mía una cara oscura de ojos extraordinarios, aunque lo tomé por una pesadilla hasta que volví a encontrarla. Curiosamente, también recuerdo que me hicieron tragar alguna sustancia. Y eso es todo.
2
EL HOMBRE QUE NO IBA A NINGUNA PARTE
El camarote en el que me encontraba era pequeño y algo desordenado. Justo a mi lado estaba sentado un hombre bastante joven, de pelo rubio, hirsuto bigote color paja y labio inferior caído, que me sostenía la muñeca. Nos miramos el uno al otro sin hablar durante un minuto. Tenía unos inexpresivos ojos gris pálido.
Entonces llegó un ruido de arriba, como si movieran de un lado a otro una cama de hierro, y el quedo gruñido de enfado de un animal de buen tamaño. A la vez que ello sucedía, el hombre habló de nuevo.
Repitió su pregunta:
—¿Cómo se encuentra?
Creo que respondí que me encontraba bien. No recordaba cómo había llegado hasta allí. Tuvo que ver la duda en mi cara, ya que yo no podía expresarme de otro modo.
—Lo recogimos de un bote, estaba usted muriéndose de hambre. El nombre que llevaba el bote era Lady Vain, y tenía marcas extrañas en la borda.
En aquel instante me fijé en mi mano, tan flaca que parecía una sucia cartera de cuero llena de huesos sueltos, y me vino a la memoria todo lo acontecido en el barco.
—Tome un poco de esto —me dijo, y me dio una dosis de un líquido rojo helado.
Sabía a sangre y me ayudó a recuperar fuerzas.
—Ha tenido suerte de que lo recogiera un barco con un médico a bordo —añadió; hablaba con una entonación extraña, con un leve ceceo.
—¿De qué barco se trata? —pregunté despacio, ronco después de tanto tiempo en silencio.
—De un pequeño mercante que ha pasado por Arica y Callao. No he preguntado nunca de dónde partió. Supongo que viene de la tierra de los majaderos. Yo soy un pasajero, embarqué en Arica. El dueño del barco (y su capitán), un burro llamado Davis, perdió su certificado o algo similar. Ya sabe a qué clase de hombre me refiero; llama al barco el Ipecacuanha, imagínese, aunque cuando hay mucha mar y poco viento, está claro que tiene el mismo efecto que la raíz que le da nombre.
Entonces volvimos a oír el ruido de antes, un gruñido y la voz de un ser humano a la vez. Después, otra voz pidió a un «idiota de remate» que lo dejara ya.
—Estaba casi muerto —siguió contando mi interlocutor—. La muerte le anduvo muy cerca, sin duda, pero le he dado algo para ayudarlo. ¿Nota el brazo dolorido? Es por las inyecciones. Lleva inconsciente unas treinta horas.
Me costaba pensar con rapidez, me distraían los gañidos de varios perros.
—¿Puedo tomar comida sólida? —pregunté.
—Gracias a mí. Están preparando estofado de cordero.
—Sí, no me iría mal un poco de cordero —respondí.
—Lo cierto es que me muero por saber cómo se quedó solo en ese bote —dijo, tras vacilar un instante; me pareció detectar una leve suspicacia en sus ojos—. ¡Malditos aullidos!
De repente salió del camarote y lo oí discutir violentamente con alguien cuyas respuestas eran para mí un galimatías. En cualquier caso, me dio la impresión de que el asunto terminaba en confrontación física, aunque supuse que me engañaban mis oídos. Después, el hombre gritó algo a los perros y regresó al camarote.
—¿Y bien? —preguntó desde la puerta—. Iba usted a empezar su historia.
Le di mi nombre, Edward Prendick, y le conté que había decidido estudiar historia natural para aliviar la monotonía de mi cómoda independencia económica. Aquello pareció interesarle.
—Yo también me dediqué algún tiempo a la ciencia, hice biología en el University College: extraer el ovario de una lombriz y la rádula de un caracol, ya sabe. ¡Dios mío! Eso fue hace diez años. Pero siga, siga, cuénteme lo del bote.
Se quedó satisfecho con la franqueza de mi historia, que relaté con frases concisas (ya que me sentía muy débil), y, cuando terminé, volvió al tema de la historia natural y a sus estudios biológicos. Empezó a interrogarme con atención sobre Tottenham Court Road y Gower Street.
—¿El Caplatzi sigue siendo un negocio floreciente? ¡Menuda tienda era!
No cabía duda de que había sido un estudiante de medicina corriente, y no dejaba de volver al tema de los music-halls. Me contó varias anécdotas.
—Lo dejé todo hace diez años —me dijo—. ¡Entonces era un tipo alegre! Pero me comporté como un joven estúpido… Me agoté antes de cumplir los veintiuno. Me atrevería a decir que todo ha cambiado… Ahora tengo que ir a ver a ese idiota del cocinero y ver qué está haciendo con su cordero.
De nuevo comenzaron los gruñidos de arriba, tan de repente y con tanta ferocidad que me sobresaltaron.
—¿Qué es eso? —le pregunté cuando salía, pero la puerta ya se había cerrado.
Regresó con el cordero estofado, y yo estaba tan emocionado con su apetitoso olor que olvidé por completo el ruido del animal.
Tras pasar un día alternando sueño con comida, me sentí lo bastante recuperado para salir de mi camastro y acercarme a la escotilla para mirar el verde mar, que intentaba hacer las paces con nosotros. Calculé que la goleta navegaba a favor del viento. Montgomery, pues así se llamaba el hombre de pelo rubio, entró de nuevo mientras yo miraba el mar, y le pedí algo de ropa. Él me prestó algunas prendas suyas de lona, ya que, según dijo, las que yo llevaba puestas en el bote las habían tirado por la borda. Su ropa me estaba bastante holgada, pues Montgomery era grande y de extremidades largas.
Me dijo, como si nada, que el capitán estaba completamente borracho en su camarote. Mientras me vestía, empecé a preguntarle algunos detalles sobre el destino del barco. Él respondió que se dirigía a Hawai, pero que primero tenían que dejarlo a él en tierra.
—¿Dónde? —pregunté.
—En una isla… Donde vivo. Que yo sepa, no tiene nombre.
Se me quedó mirando con el labio inferior caído y, de repente, pareció tan deliberadamente estúpido que se me ocurrió que pretendía eludir mis preguntas.
—Estoy listo —le dije, y salimos del camarote; él iba delante.
3
EL ROSTRO EXTRAÑO
En la escalerilla, un hombre nos impedía el paso. Estaba de pie, de espaldas a nosotros, asomado al borde de la escotilla. Era, por lo que veía, un hombre deforme, bajo, ancho y torpe, de espalda torcida, cuello peludo y cabeza hundida entre los hombros. Iba vestido con ropa de sarga azul oscuro y tenía un cabello negro tan grueso que resultaba peculiar. Oí a los perros invisibles ladrar con furia, y el hombre retrocedió, de modo que se dio con la mano que yo había extendido para apartarlo de mi camino. Se volvió con rapidez animal.
El negro rostro que apareció ante mí me alarmó en grado sumo. La cara sobresalía formando algo que recordaba vagamente a un hocico, y la enorme boca medio abierta dejaba ver los dientes más grandes que había visto en un ser humano. Tenía los ojos inyectados en sangre por los extremos, con apenas un círculo de blanco alrededor de las pupilas avellana. Un curioso halo de nerviosismo le iluminaba el rostro.
—¡Maldito seas! —exclamó Montgomery—. ¿Por qué diablos no te quitas de en medio?
El hombre de cara negra se apartó, sin decir palabra.
Subí por las escalerillas sin poder evitar mirarlo, casi en contra de mi voluntad. Montgomery se quedó a los pies de las escaleras un momento.
—Ya sabes que no debes estar por aquí —dijo con voz pausada—. Tu sitio está arriba.
—Ellos… no me quieren arriba —respondió el hombre de cara negra, amedrentado; hablaba despacio, con una especie de ronquera.
—¡Que no te quieren arriba! —exclamó Montgomery en tono amenazador—. Pues yo te digo que subas.
Estaba a punto de añadir algo más cuando, de repente, alzó la vista en mi dirección y me siguió escaleras arriba. Me había detenido en medio de la escotilla, mirando atrás, todavía preso del asombro que me producía la grotesca fealdad de aquella criatura de cara negra. Jamás había contemplado un rostro tan repulsivo y extraordinario, y, sin embargo, a pesar de la contradicción, también experimentaba la rara sensación de que, de algún modo, ya me había topado antes con los mismos rasgos y gestos que en aquel momento me pasmaban. Más adelante se me ocurrió que seguramente lo habría visto cuando me subían a bordo, aunque eso apenas satisfacía mi sospecha de un encuentro previo. A pesar de todo, dado lo singular del rostro, no me cabía en la cabeza que pudiera haber olvidado las circunstancias concretas del acontecimiento.
El gesto de Montgomery para que lo siguiera me devolvió al mundo, así que me volví hacia él y contemplé la cubierta principal de la pequeña goleta. Por los sonidos que había oído antes estaba medio preparado para ver lo que vi. Efectivamente, jamás había contemplado una cubierta tan sucia. Estaba llena de trozos de zanahoria, tiras de una cosa verde y una porquería indescriptible. Atados con cadenas al palo mayor había varios perros de caza de aspecto espeluznante que empezaron a dar brincos y a ladrarme; y, junto a la mesana, un enorme puma sufría estrecheces en el interior de una jaula de hierro tan pequeña que el animal ni siquiera podía volverse. Más allá, bajo los macarrones de estribor, había unas conejeras de gran tamaño y, a su lado, había una pobre llama metida en una jaula que, más que jaula, era cajita. Los perros llevaban unos bozales de tiras de cuero. El único ser humano en cubierta era un marinero demacrado y silencioso que controlaba el timón.
Las remendadas y sucias cangrejas estaban tensas con el viento, y en lo alto de la arboladura, el barquito parecía haber desplegado todas las velas de las que disponía. El cielo estaba despejado; el sol, a medio camino de su descenso por el oeste. A nuestro lado corrían largas olas que la brisa coronaba de espuma. Dejamos atrás al timonero y llegamos al coronamiento del barco, donde nos quedamos un rato mirando juntos el agua que se arremolinaba bajo la popa y las burbujas que bailaban y se desvanecían en su estela. Me volví y examiné el desagradable navío de punta a punta.
—¿Es una colección de animales flotante? —pregunté.
—Eso parece —respondió Montgomery.
—¿Para qué son estas bestias? ¿Son mercancía, curiosidades? ¿Cree el capitán que va a venderlas en algún lugar de los Mares del Sur?
—Eso parece, ¿verdad? —respondió Montgomery, volviéndose de nuevo hacia el mar.
De repente oímos un gañido y una sarta de furiosas blasfemias que llegaban de la escotilla de las escaleras, y el hombre deforme de cara negra subió por ellas a toda prisa. Justo detrás de él salió un hombre grueso de pelo rojo y gorra blanca. Al ver al primero, los perros, que ya se habían cansado de ladrar para aquel entonces, se pusieron muy nerviosos y reanudaron los aullidos y saltos, tirando de las cadenas. El hombre negro vaciló ante ellos, y aquello dio al pelirrojo la oportunidad de aparecer tras él y encajarle un tremendo puñetazo entre los omóplatos. El pobre diablo cayó como derribado por un rayo y rodó por la porquería entre los nerviosos perros. Por suerte para él, llevaban bozales. El pelirrojo dejó escapar un alarido de alegría y se tambaleó, a riesgo de, según me pareció, caer de espaldas por la escotilla o de bruces sobre su víctima.
Montgomery estalló nada más salir el segundo hombre.
—¡No se mueva de ahí! —gritó en tono de protesta; un par de marineros aparecieron en el castillo de proa.
El hombre de cara negra, aullando con una voz muy singular, rodó bajo los pies de los perros, pero nadie intentó ayudarlo. Los animales hicieron lo que pudieron por molestarlo, dándole con los hocicos. Hubo un breve baile de estilizados cuerpos grises sobre la torpe figura postrada. Los marineros de delante los animaban a gritos, como si se tratase de un excelente deporte. Montgomery dejó escapar un alarido de rabia y recorrió la cubierta a grandes zancadas. Lo seguí.
A los pocos segundos el hombre de rostro oscuro se había puesto en pie y se tambaleaba hacia delante. Se dio contra los macarrones que había junto a los obenques del palo mayor, desde donde, entre jadeos, lanzaba miradas furibundas a los perros. El pelirrojo se reía, satisfecho.
—Mire, capitán —dijo Montgomery, con el ceceo más marcado, agarrando al pelirrojo por los hombros—, esto no puede seguir así.
Me puse al lado de Montgomery. El capitán se volvió a medias y lo miró con la expresión solemne y embotada de un borracho.
—¿El qué? —preguntó. Y tras contemplar con aire adormilado el rostro de Montgomery durante un minuto, añadió—: ¡Condenado matasanos!
Con un raudo movimiento, se liberó los brazos y, tras dos intentos frustrados, se metió los pecosos puños en los bolsillos.
—Ese hombre es un pasajero —dijo Montgomery—. Le aconsejo que no le ponga las manos encima.
—¡Váyase al infierno! —gritó el capitán bien alto; de repente, se volvió y se alejó, tambaleándose, hacia un lado—. Es mi barco y hago lo que quiero.
Creo que Montgomery podría haberlo dejado estar, teniendo en cuenta que aquel bruto estaba borracho, pero se puso algo más pálido y siguió al capitán a los macarrones del barco.
—Escuche, capitán —dijo—, no puede maltratar a mi hombre. No han dejado de molestarlo desde que subió a bordo.
Por un minuto los vapores etílicos dejaron al capitán sin palabras.
—¡Condenado matasanos! —fue lo único que consideró necesario indicar.
Me di cuenta de que Montgomery tenía el genio muy vivo, y también de que aquella pelea llevaba gestándose algún tiempo.
—Está borracho —intervine, quizá con excesiva rigidez—, no servirá de nada.
Montgomery torció de mala manera su caído labio inferior y repuso:
—Siempre está borracho, ¿cree que eso es excusa para atacar a sus pasajeros?
—Mi barco —empezó el capitán, agitando la mano con un inestable vaivén para señalar las jaulas— era un barco limpio. Mírelo ahora —añadió, y cierto era que el barco estaba de cualquier manera menos limpio—. La tripulación —siguió diciendo—, una tripulación limpia y respetable.
—Aceptó transportar los animales.
—Ojalá nunca hubiese oído hablar de su isla infernal. ¿Quién diablos… quiere animales para una isla como esa? Y ese hombre suyo… Si es que es un hombre. Es un lunático. Y no tiene por qué andar por la popa. ¿Cree usted que todo el barco es suyo?
—Los marineros empezaron a molestar al pobre diablo en cuanto subió a bordo.
—Y eso es lo que es, un diablo, un feo diablo. Mis hombres no lo soportan. Yo no lo soporto. Nadie lo soporta. Ni usted tampoco.
—Usted deje en paz al hombre, de todos modos —respondió Montgomery, volviéndose y asintiendo con la cabeza mientras hablaba.
Sin embargo, el capitán tenía ganas de pelea.
—Si aparece otra vez por este lado del barco, le sacaré las entrañas —aseguró, alzando la voz—, se lo juro. ¡Le sacaré las condenadas entrañas! ¿Quién es usted para decirme a mí lo que tengo que hacer? Le digo que soy el capitán del barco… capitán y propietario. Aquí soy la ley, entérese, la ley y los profetas. El trato era llevar a un hombre y a su ayudante a Arica, y traerlo de vuelta con algunos animales, no cargar con un diablo loco y un matasanos estúpido, un…
Bueno, no es necesario repetir lo que le dijo a Montgomery. Vi que este último daba un paso adelante, así que me interpuse.
—Está borracho —insistí, y el capitán inició una imprecación aún más vil que la anterior—. Cállese —le dije, volviéndome bruscamente hacia él, consciente del peligro reflejado en el blanco rostro de Montgomery.
De ese modo conseguí que el aluvión de insultos cayera sobre mí.
No obstante, me alegraba haber evitado lo que se me antojaba demasiado cercano a una refriega, aunque fuese al precio de ganarme el ebrio resentimiento del capitán. No creo haber oído nunca tantas palabras malsonantes juntas procedentes de una sola boca, a pesar de que he frecuentado compañías bastante excéntricas. Algunos insultos me resultaron difíciles de soportar, y eso que soy un hombre apacible. Sin embargo, cuando ordené al capitán que se callara, olvidé que yo no era más que el resto humano de un naufragio, sin recursos y sin posibilidad de pagar pasaje, un mero accidente que dependía de la munificencia (o de la recompensa que esperaran obtener) del barco. El capitán me lo recordó haciendo bastante hincapié en ello. En cualquier caso, evité una pelea.
4
EN LA BORDA DE LA GOLETA
Aquella noche avistamos tierra tras la puesta de sol, y la goleta se puso al pairo. Montgomery me dio a entender que se trataba de su destino. Estaba demasiado lejos para distinguir ningún detalle; a mí entonces me pareció una simple extensión llana de color azul desvaído en el incierto mar gris azulado. De ella surgía un penacho de humo casi vertical que se perdía en el cielo.
El capitán no estaba en cubierta cuando se realizó el avistamiento. Después de descargar su furia sobre mí, había bajado dando traspiés y, según creo, se quedó dormido en el suelo de su camarote. El segundo prácticamente asumió el mando. Se trataba del individuo demacrado y taciturno que habíamos visto al timón. Al parecer, él también estaba de malas con Montgomery y no nos hizo caso a ninguno de los dos. Cenamos con él en hosco silencio, después de que fracasaran mis intentos de iniciar una conversación. Entonces me percaté también de que los hombres trataban a mi compañero y a sus animales con unos modales especialmente bruscos. Montgomery era reticente a hablar de sus intenciones con respecto a las criaturas y de su destino, y, aunque mi curiosidad iba en aumento, no lo presioné más.
Seguimos hablando en el alcázar hasta que el cielo estuvo cuajado de estrellas. Salvo por algún que otro sonido procedente del castillo de proa, iluminado por un resplandor amarillo, y por el ruido que hacían los animales de vez en cuando al moverse, la noche estaba en calma. El puma yacía acurrucado en el suelo, observándonos con sus ojos relucientes, como una montañita negra en la esquina de su jaula. Los perros parecían dormir. Montgomery sacó unos puros.
Me habló de Londres en tono nostálgico y me hizo todo tipo de preguntas sobre cómo había cambiado. Hablaba como un hombre que adorase la vida en la ciudad, pero que, de repente, se hubiese visto irrevocablemente separado de ella. Chismorreé lo mejor que pude de esto y de aquello. Conforme avanzaba la noche, más consciente era de lo extraña que me resultaba aquella persona, y, mientras hablaba, examinaba su curioso rostro pálido a la tenue luz del mar, en cuya oscuridad se escondía su islita.
El hombre, a mi parecer, había salido de la nada solo para salvarme la vida. Al día siguiente bajaría por la borda y volvería a desaparecer de mi existencia. Aun en circunstancias más normales, era algo que me habría dado en qué pensar. En primer lugar, era muy singular que un hombre culto viviera en una islita desconocida, a lo que se sumaba la extraordinaria naturaleza de su equipaje. Me vi repitiendo la pregunta del capitán: ¿para qué querría los animales? ¿Y por qué había fingido que no eran suyos cuando le hice los primeros comentarios al respecto? Además, su ayudante tenía unas extrañas características que me habían impresionado hondamente. Estas circunstancias envolvían al hombre en un halo de misterio que hizo volar mi imaginación y me dificultó el habla.
Hacia medianoche nuestra charla sobre Londres se fue apagando y nos quedamos recostados en los macarrones, mirando con aire soñador el silencioso mar iluminado por las estrellas, cada uno sumido en sus propios pensamientos. Era una atmósfera propicia para que aflorasen los sentimientos, así que empecé por mi gratitud.
—Si me permite decirlo —confesé al cabo de un rato—, me ha salvado la vida.
—Suerte —respondió—, pura suerte.
—Prefiero agradecérselo al que lo ha hecho posible.
—No se lo agradezca a nadie. Estaba en un aprieto y yo sabía cómo ayudarlo, así que lo mediqué y lo alimenté igual que si hubiera recogido algún espécimen. Me aburría y buscaba algo que hacer. De haberme levantado con mal pie o de no haberme gustado su cara, bueno…, cabría preguntarse dónde estaría usted ahora.
—En cualquier caso… —insistí, aunque su comentario me había desanimado un poco.
—Ha sido la suerte, le repito —me interrumpió—, como todo lo que ocurre en la vida de un hombre. Los cretinos son los únicos que no lo ven. ¿Por qué me encuentro aquí ahora, proscrito de la civilización, en vez de ser un hombre feliz que disfruta de todos los placeres de Londres? Simplemente porque, hace once años, una noche de niebla, perdí la cabeza durante diez minutos.
Se calló.
—¿Sí? —lo animé.
—Eso es todo.
Volvimos a guardar silencio. Al final, se rio.
—La luz de las estrellas tiene algo que le suelta a uno la lengua. Soy un imbécil, pero, por algún motivo, desearía contárselo.
—Me cuente lo que me cuente, puede confiar en mi discreción, si ese es el problema.
Estaba a punto de comenzar, entonces sacudió la cabeza, vacilante.
—No lo haga —comenté—. A mí me da lo mismo. Al fin y al cabo, será mejor que se guarde su secreto. No ganaría más que un poco de alivio, si yo respetara su confianza. Y si no… ¿qué?
Gruñó, sin terminar de decidirse. Me dio la impresión de que él estaba en desventaja, con ganas de ser indiscreto, y, a decir verdad, yo no sentía curiosidad por saber lo que podría haber impulsado a un joven estudiante de medicina de Londres a hacer lo que hubiese hecho. Tenía mi imaginación. Me encogí de hombros y me volví. Sobre el coronamiento, una silenciosa figura negra contemplaba las olas: era el extraño ayudante de Montgomery. Volvió la vista atrás rápidamente al notar mi movimiento y apartó la mirada de nuevo.
Puede que a los lectores les parezca poca cosa, pero para mí fue como un puñetazo repentino. La única luz que teníamos cerca era la de un farol junto al timón. La cara de la criatura salió de la penumbra un solo instante para volverse hacia la claridad, y entonces vi que los ojos que me miraban brillaban con una luz verde pálido.
En aquel momento no sabía que a veces los ojos humanos tienen una luminosidad rojiza, y aquello me pareció un rasgo profundamente antinatural. La figura negra, con sus ojos de fuego, atravesó todos mis pensamientos y sensaciones humanos, y, durante un instante, sacó a la superficie los horrores olvidados de la niñez. Acto seguido el efecto desapareció tan deprisa como había aparecido. La silueta negra de un hombre ordinario, una figura sin nada destacable, asomada al coronamiento, recortada contra las estrellas.
—Creo que iré a acostarme —dijo Montgomery—, si ya ha tenido bastante por hoy.
Respondí con alguna incongruencia. Bajamos a los camarotes y me deseó buenas noches en la puerta del mío.
Tuve unos sueños muy desagradables. La luna menguante salió tarde, y un fantasmal haz de tenue luz blanca cruzó mi camarote y proyectó una siniestra sombra en el entablado junto a mi camastro. Entonces, los perros se despertaron y comenzaron a aullar, así que soñé a ratos y apenas dormí hasta que llegó el alba.
5
EL DESEMBARCO EN LA ISLA
A primera hora de la mañana (era la segunda mañana tras mi recuperación, y creo que cuatro días después de mi rescate) salí de un laberinto de sueños agitados, sueños con pistolas y muchedumbres vociferantes, y me llegaron unos gritos roncos de arriba. Me restregué los ojos y me quedé escuchando el ruido sin saber, por un instante, dónde me encontraba. De repente oí unos pies desnudos corriendo, a alguien transportando objetos pesados, y un violento crujir y repiquetear de cadenas. Distinguí el sonido del agua cuando el barco dio bruscamente la vuelta, y una espumosa ola de un verde amarillento dio contra la ventanita redonda y la dejó mojada. Me vestí a toda prisa y subí a cubierta.
Desde las escaleras vi las amplias espaldas y el pelo rojo del capitán recortados contra el cielo sonrojado (pues ya amanecía) y, por encima de sus hombros, el puma que daba vueltas colgado de un aparejo armado en la botavara de mesana. El pobre animal parecía tener un miedo atroz y se acurrucaba en el fondo de su jaulita.
—¡Echadlos por la borda! —bramaba el capitán—. ¡Echadlos por la borda! El barco quedará limpio en cuanto nos libremos de todos.
Estaba en mi camino, así que me vi obligado a darle un toque en el hombro para salir a cubierta. Se volvió, sobresaltado, y retrocedió unos cuantos pasos, tambaleándose, para mirarme. No hacía falta un ojo experto para dictaminar que el hombre seguía borracho.
—¡Eh! —dijo tontamente. Después, con un brillo en los ojos, añadió—: Vaya, pero si es el señor… el señor…
—Prendick.
—¡Prendick y un cuerno! Cállese… Ese es su nombre, el señor Cállese.
No tenía sentido responder a aquel bruto, pero, indudablemente, no me esperaba su siguiente reacción. Levantó la mano para señalar la pasarela en la que Montgomery hablaba con un hombretón de pelo cano vestido con unos sucios pantalones de franela azul y que, al parecer, acababa de subir a bordo.
—Por aquí, condenado señor Cállese, por aquí —rugió el capitán.
Montgomery y su acompañante se volvieron al oírlo.
—¿Qué quiere decir? —pregunté.
—Por aquí, condenado señor Cállese, eso es lo que quiero decir. Al agua, señor Cállese, ahora mismo. Estamos vaciando el barco, limpiando mis benditas cubiertas. Así que al agua que va.
Me quedé mirándolo, pasmado. Entonces se me ocurrió que aquello era justo lo que quería: la perspectiva de ahorrarme todo un viaje como único pasajero de aquel borrachín pendenciero no era nada que fuera a lamentar. Me volví hacia Montgomery.
—No podemos llevarlo —dijo su compañero sin más.
—¡Que no pueden llevarme! —repetí, horrorizado; tenía el rostro más firme y decidido que había visto en mi vida—. Mire… —empecé a protestar, volviéndome hacia el capitán.
—Al agua —repitió él—. Este barco no es para bestias ni para cosas peores que las bestias, se acabó. Usted se va al agua, señor Cállese. Si no lo quieren, pues se queda a la deriva, pero ¡vaya que si se va! Con sus amigos. ¡He terminado con esta condenada isla para siempre jamás! Ya he tenido bastante.
—Pero, Montgomery… —supliqué.
Él torció el labio inferior e, impotente, señaló con la cabeza al hombre de pelo gris que tenía al lado para indicar que no podía hacer nada por ayudarme.
—Me encargaré de usted ahora mismo —dijo el capitán.
Entonces dio comienzo un curioso altercado a tres bandas. Apelé a todos ellos por turnos, primero al hombre de pelo gris para que me dejara tomar tierra y después al capitán borracho para que me permitiera seguir a bordo. Incluso rogué a gritos a los marineros. Montgomery no dijo palabra; se limitaba a sacudir la cabeza.
—Que se va al agua, le digo —era la cantinela del capitán—. ¡Que se pudran las leyes! Aquí soy el rey.
Al final, debo confesar que se me quebró la voz en medio de una vigorosa amenaza. Sufrí un ataque de irritabilidad histérica y me fui a popa, donde me quedé con la mirada perdida, destrozado.
Mientras tanto, los marineros iban desembarcando rápidamente paquetes y animales enjaulados. Cargaban aquella variada colección de mercancías en una gran lancha con dos velas al tercio alzadas, que se había situado a sotavento de la goleta. En aquel momento no vi a los trabajadores de la isla que recibían los paquetes, ya que el costado de la goleta me tapaba el casco de la lancha.
Ni Montgomery ni su acompañante me prestaron la menor atención, sino que se dedicaron a ayudar y dirigir a los cuatro o cinco marineros que descargaban sus posesiones. El capitán se metió en medio, estorbando más que ayudando. Yo me debatía entre la desesperación y la desesperanza. Un par de veces, mientras esperaba a que las cosas se solucionaran solas, me dejé llevar por el impulso de reírme ante mi desdichado dilema. Me sentía aún más desgraciado por la falta de desayuno. El hambre y la escasez de glóbulos sanguíneos le arrebatan toda la virilidad al hombre. Me daba perfecta cuenta de que carecía de la energía necesaria para resistirme a lo que el capitán decidiera hacer para expulsarme, o para obligar a Montgomery y a su compañero a llevarme con ellos. Así que aguardé pasivamente mi destino, y el traslado de las pertenencias de Montgomery a la lancha prosiguió como si yo no existiera.
Cuando por fin terminó la descarga, llegó el momento del forcejeo para empujarme hacia la pasarela, aunque mi resistencia dejó mucho que desear. A pesar de las circunstancias, no pude evitar fijarme en los extraños rostros marrones de los hombres que estaban con Montgomery en la lancha. Ya la habían cargado por completo y desatracado del barco. Una franja de agua verde cada vez más amplia apareció debajo de mí, y retrocedí con todas mis fuerzas para evitar caer de cabeza.
Los obreros de la lancha gritaron con sorna, y oí que Montgomery los insultaba. Entonces, el capitán, el segundo y uno de los marineros que lo ayudaban me empujaron hacia la popa. Llevábamos a remolque el bote del Lady Vain, que estaba medio lleno de agua, no tenía remos y estaba desprovisto de víveres de cualquier clase. Me negué a subir a bordo, lanzándome cuan largo era sobre cubierta. Al final me bajaron con una cuerda (ya que no tenían escala de viento) y me dejaron a la deriva.
Me alejé poco a poco de la goleta. Sumido en una especie de aletargamiento observé a los marineros ocuparse de las jarcias y a paso lento, aunque seguro, el navío dio la vuelta y se puso a favor del viento. Las velas se agitaron e hincharon al recibir el primer impulso, y yo me quedé mirando como su costado curtido por la intemperie se escoraba bruscamente hacia mí. Después salió de mi campo visual.
No volví la cabeza para seguirla con la mirada. Al principio apenas podía creerme lo sucedido. Me acuclillé en el fondo del bote, pasmado, y me limité a observar el desierto mar, que estaba como una balsa de aceite. Entonces me di cuenta de que volvía estar en mi propio infierno, salvo que ahora era un infierno medio anegado. Al mirar por la borda vi la goleta a lo lejos, con su capitán pelirrojo mofándose de mí desde el coronamiento, y, al volverme hacia la isla, vi que la lancha se hacía cada vez más pequeña a medida que se acercaba a la playa.
De repente comprendí con claridad la crueldad de aquel abandono. Carecía de medios para llegar a tierra, a no ser que tuviera la suerte de llegar a ella yendo a la deriva. Cabe recordar que seguía débil a causa de mi exposición a los elementos; tenía el estómago vacío y me sentía desfallecer, de lo contrario, habría demostrado más valor. Sin embargo, dadas las circunstancias, empecé a sollozar y a gimotear cómo no lo había hecho desde la infancia. Las lágrimas me corrían por la cara. En un ataque de desesperación, la emprendí a puñetazos con el agua del fondo del bote y pateé la borda como un salvaje. Recé en voz alta a Dios para que me dejara morir.
Бесплатный фрагмент закончился.
