Читать книгу: «Psicoanálisis y discurso jurídico»
© de esta edición digital: RBA Libros, S.A., 2018.
Diagonal, 189 - 08018 Barcelona.
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REF.: GEBO501
ISBN: 9788424938147
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Índice
NOTA PRELIMINAR
PRÓLOGO
PSICOANÁLISIS Y DISCURSO JURÍDICO
NORMALIDAD Y LOCURA. APORTACIÓN PSICOANALÍTICA A LA CONDUCTA CRIMINAL
HACERSE CARGO: CULPA Y RESPONSABILIDAD
LA VERDAD EN PSICOANÁLISIS
LA INUTILIDAD DEL MAL
LA DIMENSIÓN SUBJETIVA DE LA LEY: INTRODUCCIÓN AL CONCEPTO DE SUPERYÓ
¿CÓMO AFECTA EL INCONSCIENTE DE LOS JUECES A SU INTERPRETACIÓN DE LA LEY?
DIAGNÓSTICO DIFERENCIAL DE LA VIOLENCIA DE GÉNERO
CIENCIA Y DERECHO: POSITIVISMO CRIMINOLÓGICO
EPÍLOGO. POR QUÉ SEGUIMOS HABLANDO DE FREUD
NOTAS
NOTA PRELIMINAR
Los trabajos que aparecen en el presente volumen fueron presentados en Madrid y Barcelona en dos jornadas tituladas «Psicoanálisis y Derecho», organizadas por el Servicio de Formación Continua del Consejo General del Poder Judicial en noviembre de 2013 y febrero de 2014 y se publican con el expreso consentimiento de este. Vaya por delante nuestra inmensa gratitud para Félix Azón, exmiembro del Consejo General del Poder Judicial, que con su esfuerzo y entusiasmo hizo posible la realización de aquellas jornadas. Para algunos ha resultado ser un valioso instrumento de reflexión. En la confianza de que a otros también pueda resultarles de interés, hemos decidido hacerlos públicos.
INTRODUCCIÓN AL PSICOANÁLISIS Y SU ALCANCE
por
GUSTAVO DESSAL
Ofrecer una visión general introductoria sobre el psicoanálisis en el lapso de una hora es una labor rayana en lo imposible. No obstante, asumo el desafío a condición de que la audiencia esté dispuesta a aceptar las limitaciones de mi exposición, y hacer de ellas un estímulo para saber un poco más acerca de este discurso que, a pesar de su controvertida fama, es reconocido como uno de los que más ha transformado la cultura occidental.
Me gustaría comenzar con una sencilla observación. Resulta curioso que numerosas personas, tanto en el ámbito de la opinión corriente como de la supuestamente ilustrada, y por lo general en todos los casos sin conocimiento directo de lo que es el psicoanálisis, manifiesten un rechazo hacia esa disciplina, al tiempo que celebran con verdadera convicción toda la inmensa basura que se consume bajo el epígrafe de la «autoayuda», o se muestren entusiastas defensoras de una psicología a la que consideran científica por el mero hecho de que sus postulados han sido verificados en experimentos con ratones de laboratorios. Esas mismas personas que se consideran incapaces de aceptar nada que no esté bendecido por el canon de la cientificidad no dudan en admitir alegremente toda clase de supercherías en lo que se refiere al terreno de lo subjetivo. Peor aún, abrazan con auténtica pasión el creciente empuje hacia la explicación genética de todos y cada uno de los componentes de la vida humana.
Los psicoanalistas estamos habituados a esta clase de opinión. Los argumentos han variado con el paso de las décadas, y en la actualidad ya no es la Asociación de Madres Católicas Alemanas la que pone el grito en el cielo, como lo hizo en los años veinte del siglo pasado, condenando las teorías sexuales del doctor Freud. Pero la resistencia hacia el psicoanálisis perdura, incluso a pesar de que también su reconocimiento y su aceptación social hayan conquistado un importante consenso. El propio Freud fue consciente de que su descubrimiento había provocado un cataclismo en la sensibilidad social, y en 1925 publicó al respecto un ensayo titulado «Las resistencias al psicoanálisis», donde explica algunas de las razones. Del mismo modo que la teoría heliocéntrica de Copérnico y el evolucionismo de Darwin fueron objeto de una furiosa oposición, el psicoanálisis también infligió una «herida narcisista» al conjunto de la humanidad, al arrebatarle otra de sus milenarias creencias: que la conciencia y la voluntad gobiernan nuestra vida y nuestras acciones. Muchas personas no están dispuestas a renunciar a esta creencia, y prefieren aferrarse desesperadamente a la idea de que si algo se interpone en la buena marcha de sus asuntos, ello se debe a circunstancias que les son ajenas: la mala suerte, el destino, la injusticia de los otros, incluso la voluntad de Dios, a la que solo cabe obedecer. Cualquier cosa antes que atreverse a formularse a sí mismos la más mínima pregunta sobre su participación en aquello que les sucede. Como veremos, los seres humanos se horrorizan ante la idea de que no son libres en sus acciones, y a la vez experimentan una atracción magnética hacia la esclavitud. Por lo tanto, para explicarnos la encarnizada hostilidad que el psicoanálisis ha despertado, debemos tomar en cuenta esta paradoja del odio hacia un discurso que, por una parte, nos obliga a renunciar a la idea de autodominio y, por otra, ofrece la posibilidad de una emancipación que nos aterroriza.
El psicoanálisis, siguiendo a Freud, es una disciplina y una praxis que abarca tres grandes aspectos. En primer lugar, constituye una teoría sobre la subjetividad. En segundo lugar, se trata de un método clínico de aproximación y tratamiento del sufrimiento psíquico. Por último, el psicoanálisis es también un instrumento que permite leer las diversas manifestaciones de la cultura, ofreciendo una visión que complementa y amplía aquellas que nos brindan otras disciplinas, como la filosofía, la sociología, la antropología, la economía, por nombrar tan solo algunas.
Voy a intentar, de forma sintética, darles algunos elementos básicos sobre cada uno de estos tres aspectos en los tres siguientes apartados.
LA TEORÍA SOBRE EL SUJETO
El psicoanálisis no es una cosmovisión del mundo. No pretende proporcionar una explicación totalizadora de la vida humana. Como cualquier otra disciplina, opera mediante un recorte preciso de su objeto y su objetivo. Por lo tanto, comencemos por señalar los dos conceptos que lo distinguen, y que sin duda han despertado en muchas ocasiones una violenta oposición: el inconsciente y la sexualidad.
Para referirnos a ambos, es preciso asumir algunos postulados fundamentales. Según el primero, el psicoanálisis hace del lenguaje el principio básico y diferencial del sujeto humano. La objeción de que en el reino animal existen formas comparables de comunicación que alcanzan el estatuto de lenguaje, resulta de inmediato falaz si advertimos que, por ejemplo, el vuelo de una abeja, la danza de cortejo de un pájaro, o el grito de los delfines, son sin duda un método de comunicación basado en el intercambio de signos, es decir, de la correlación entre una señal y un significado, una correlación indisoluble y que no admite equívocos: es lo que es. El lenguaje humano, por el contrario, es un sistema de significantes, es decir, de términos que no poseen una significación cerrada, sino que dependen, por una parte, del contexto gramatical y semántico y, por otra, del uso personal. Dicho de otro modo: cuando un sujeto habla, su palabra no solo tiene la propiedad de alcanzar un valor metafórico que excede la literalidad de su significado, sino que además esa palabra tiene una carga «personal», basada en la singularidad histórica, existencial, vivencial, motivo por el cual el lenguaje humano es más propenso al malentendido que al entendimiento.
Por otra parte, el lenguaje es una estructura preexistente al individuo. Aprendemos a hablar una lengua que nos precede, una lengua cuya peculiaridad consiste en poseer una inmensa fuerza material (el lenguaje construye la realidad en la que creemos) y, a la vez, una notable debilidad en el plano del significado. Una palabra, una frase, un discurso pueden querer decir una cosa y su contrario. No solo en la clínica psicoanalítica reconocemos hasta qué punto el sujeto es capaz de emplear el lenguaje para no decir nada, o para decir lo contrario de lo que se había propuesto. El discurso de cualquier político nos ofrece un excelente ejemplo para darnos cuenta de que el lenguaje puede, en el fondo, no significar absolutamente nada.
Esta contradicción entre la potencia formadora de la palabra y su debilidad significativa es el fundamento del lo que el psicoanálisis define como el inconsciente.
No se trata de una fuerza que habita en la oscuridad de nuestra mente, ni de un instinto primigenio y atávico que asoma como si se tratase de un duende misterioso. El inconsciente es sencillamente el concepto que Freud forjó para explicar algo que es indudable: que cuando hablamos, en el fondo no sabemos lo que estamos diciendo, puesto que, aunque creemos que nuestra voluntad y nuestra intención gobiernan el sentido de lo que enunciamos, en verdad nuestro discurso se ve rebasado constantemente por una significación que, o bien sobra, o bien falta. Nunca tenemos el sentimiento de que hemos dicho exactamente lo que queríamos decir. Cuando me refiera al método analítico, comprenderán que está diseñado para explotar al máximo esta propiedad desconcertante del lenguaje.
Por lo tanto, y ante la imposibilidad de encontrar en tan pocos minutos una definición precisa del inconsciente, digamos que se trata del efecto que se produce cuando, al hablar, nos vemos sorprendidos por la aparición de un sentido inesperado, que provoca en nosotros cierta incomodidad, incluso el desagrado de comprobar que, más allá de nuestras convicciones, el lenguaje nos ha traicionado, haciéndonos decir algo que no queríamos, pero que a partir de ese momento no será fácil desmentir. En suma, el inconsciente es el nombre de la discordancia que existe entre lo que creemos ser y lo que somos sin saberlo. El ejemplo más sencillo es el acto fallido. Algunos son tan elocuentes que es difícil no asumirlos, como cuando una mujer embarazada, al ser interrogada sobre la preferencia por el sexo de la criatura que espera, responde muy convencida: «Me resulta absolutamente indistinto. Seré feliz tanto si es un niño como si es un varón». Otros son más difíciles de comprender, como es el caso de aquellas personas que, habiendo decidido una determinada acción, no pueden menos que reconocer que se las ingenian para no obtener jamás el resultado que buscan. Mientras la psicología ve en este último ejemplo un error de estrategia, y le propone al sujeto una metodología para «optimizar» sus recursos a fin de alcanzar los máximos beneficios en sus inversiones vitales, el psicoanálisis encuentra en esa discordancia la expresión de un conflicto psíquico que no puede encararse ni con procedimientos cosméticos, ni con estrategias extrapoladas de la ideología empresarial.
Todo el mundo sabe que la sexualidad es uno de los grandes capítulos del psicoanálisis. Lamentablemente, los críticos siguen insistiendo en que ese acento es puramente accesorio, que se le ha dado una importancia desproporcionada al tema, aunque esos mismos críticos son los que devoran cualquier artículo de sexología barata, en la que se recomiendan trucos para alcanzar el máximo de satisfacción sexual.
Es cierto que el psicoanálisis le concede una importancia absolutamente decisiva a la vida sexual, pero no lo ha hecho por intentar promover una ideología determinada al respecto. En primer lugar, debemos aclarar que el término «sexualidad» tiene poco que ver con el sentido corriente del término. Lo sexual, para el psicoanálisis, no se funda en la idea de las relaciones genitales. Estas constituyen un mero avatar de la conducta sexual, que es en realidad mucho más amplia y compleja. Más amplia, porque la sexualidad abarca prácticamente todo el campo de la relación del sujeto con su propio cuerpo, dado que en sus inicios es fundamentalmente autoerótica. Y más compleja, porque compromete un funcionamiento bastante alejado de la representación tradicional del coito. Si el sexo ocupa un lugar primordial en la teoría psicoanalítica, es porque lo tiene en la vida psíquica de los sujetos. Y si los sujetos están atravesados de cabo a rabo por esta problemática, es por la sencilla y a la vez aplastante realidad de que el sexo, en su valor psíquico, es decir, en el papel que desempeña en nuestra vida mental, carece en el ser humano de todo apoyo instintivo. Lo cual significa algo tan simple como esto: que nuestra identidad sexual es originariamente una incógnita, un lugar vacío que habrá de encontrar una orientación, resultante de una serie de factores que en la historia de un sujeto se articulan siguiendo una lógica muy compleja. Por una parte, la influencia de ciertas experiencias vividas. Por otra, el hecho de que cada sujeto encontrará en dichas experiencias determinadas marcas que condicionarán el modo en que a partir de entonces habrá de buscar su satisfacción. Si hay algo peculiar en la sexualidad humana es el hecho de que, más allá de una aparente maduración evolutiva, en la vida adulta subsisten de forma fragmentada, dispersa, descompuesta, los elementos primarios de la sexualidad infantil, que continúan ejerciendo una influencia fija y en principio inmodificable. Por lo tanto, la asunción de una identidad sexual es el resultado de un proceso complejo, en el cual el producto final carece de toda solidez ontológica, y es más bien una apariencia funcional que puede ser válida durante toda la vida, o verse afectada ante determinadas contingencias vitales. Pero es importante señalar que los elementos originarios de la sexualidad infantil, el placer oral, anal, sádico o masoquista, el exhibicionismo y el voyeurismo, no solo no son disueltos por la evolución hacia formas adultas de sexualidad, sino que subsisten como elementos acompañantes y estimulantes de las relaciones genitales, o pueden también ejercerse de forma aislada, o bien ser la causa ignorada de síntomas. El mirar o mostrarse durante el acto sexual puede formar parte de la dinámica del erotismo, o también convertirse en un fin en sí mismo, desligado de toda vinculación con el coito. Y en ocasiones, la represión de alguno de estos componentes parciales puede dar lugar al surgimiento de un síntoma. Tenemos el ejemplo de cómo la represión del deseo de mirar puede generar un amplio espectro de notables síntomas inhibitorios, que varían desde las dificultades para el conocimiento hasta la espectacularidad de la ceguera histérica, del mismo modo en que la represión de un deseo exhibicionista puede ser el origen de una agorafobia.
Lo que subyace a todas las innumerables variaciones de la sexualidad humana, que demuestran la imposibilidad de alcanzar un modelo ideal, es el descubrimiento de que el inconsciente, es decir, el lugar donde se inscriben las marcas determinantes de la vida de un sujeto, carece de las representaciones que habrían de proporcionarnos un saber sobre lo que significa ser hombre o mujer. El drama humano, en lo tocante a la sexualidad, consiste en que toda identidad no tiene más alcance que el de un simulacro, una mascarada que se fabrica con el collage de distintos elementos, fundamentalmente las identificaciones a figuras significativas primordiales, es decir, los modelos parentales. Ciertos simulacros son más exitosos y duraderos que otros, pero en el fondo todos ellos están amenazados por la posibilidad de que una contingencia de la vida los desbarate, y la existencia como hombre o mujer quede cuestionada mediante las preguntas cifradas en un síntoma: «¿Quién soy? ¿Qué soy? ¿Cuál es el deseo que late en el fondo de todo aquello que he creído ser?».
La identidad sexual forma parte de la ficción general en la que consiste la realidad humana. Somos la única especie que habita en un espacio ficcional, construido a partir de la función creadora del lenguaje. Eso significa que nuestra existencia supone la absoluta desnaturalización de todas y cada una de nuestras funciones vitales. Comer, defecar, copular y cualquier otra conducta que pudiéramos suponer guiada por los mecanismos automáticos de la información genética o instintiva, sufren una profunda alteración como consecuencia de los asombrosos efectos que el lenguaje y su potencia simbólica ejercen sobre la materia viviente. Podría darles numerosos ejemplos sobre los curiosos comportamientos que tienen la mayoría de las personas cuando hacen eso que llamamos «sus necesidades». Pero estoy seguro de que cada uno de ustedes sabe muy bien de lo que estoy hablando: del ritual singular y privado que debe llevar a cabo para lograr satisfacerlas. Por supuesto, en el terreno de la copulación la cosa es incluso mucho más evidente. Hacer el amor no es lo mismo que el coito, y el coito es algo más complicado que la mecánica de los órganos genitales. Entre el cuerpo y el acto, entre el deseo y su satisfacción, se interpone una compleja trama de condiciones, peculiaridades, significaciones, interpretaciones, exigencias, fantasías, que alejan por completo la sexualidad humana de todo fundamento natural. Una de las consecuencias más importantes de esta desnaturalización de nuestra vida es el hecho de que la ficción en la que habitamos tiene dos grandes características que hacen de nuestra existencia un conflicto permanente. En primer lugar, estamos constituidos como seres fallidos, es decir, seres cuyo formato no se adapta a ninguna clase de normalidad preestablecida. De ahí que cualquier pretensión ideológica o terapéutica de alcanzar la normalidad es sencillamente una estafa moral y una práctica iatrogénica. Y en segundo lugar, que nuestras posibilidades de encontrar la felicidad o la satisfacción son limitadas y parciales. Por ello, en el fondo, la existencia de todo sujeto se reduce a la búsqueda imposible de una satisfacción inalcanzable. Lograrla es el sueño inconsciente de todo el mundo, y tenemos un término especial para nombrar el fracaso ineludible al que todos estamos condenados: lo llamamos la «castración». Si tuviera que definir qué es el psicoanálisis en una sola frase, diría exactamente esto: es una forma singular de tratar el sufrimiento humano, que le enseña al sujeto a comprender los estériles esfuerzos que ha invertido tratando inútilmente de vencer la inexorable ley de la castración.
Antes de pasar al siguiente apartado, el que se refiere a la aplicación terapéutica del método analítico, no quiero dejar al menos de nombrar uno de sus descubrimientos más importantes, y que sigue despertando aún hoy una fuerte resistencia. En efecto, de alguna manera, la idea de que la conciencia no alcanza a explicar el comportamiento humano ha acabado por ser reconocida. Por supuesto, eso no implica una necesaria aceptación del concepto de inconsciente. Muchos prefieren atribuir aquello que escapa a nuestra intención o voluntad a la influencia de los factores genéticos y hormonales. Tampoco la sexualidad es hoy en día un tabú. Al respecto, el psicoanálisis ha contribuido a derribar los prejuicios y a flexibilizar la mentalidad social. La mayoría de las mujeres y de los homosexuales de ambos sexos desconocen hasta qué punto los postulados del psicoanálisis fueron decisivos para transformar sus condiciones en Occidente. Pero la opinión social y académica sigue empecinada en la antigua creencia de que es propio de la naturaleza del hombre buscar el bien y evitar aquello que puede atraerle el sufrimiento. No es necesario ser psicoanalista para desmentir esta creencia. Basta mirar a nuestro alrededor, o a uno mismo, para reconocer hasta qué punto el mal ejerce una extraña fascinación, y que no hay peor enemigo que aquel que habita en nuestro interior. Nada se interpone más en el camino de nuestros propósitos que esa misteriosa tendencia que nos empuja al fracaso, a repetir el error, a recrearnos una y otra vez en aquello que es fuente de malestar y perjuicio. Freud llamó «pulsión de muerte» a esa fuerza silenciosa, desconocida y oscura que nos inclina a buscar en el dolor, en el sufrimiento, en suma, en el mal, una misteriosa y extraviada satisfacción. Resulta verdaderamente asombroso comprobar que la gente persiste en creer que sus elecciones se basan en aquello que conviene a su bienestar, cuando innumerables ejemplos nos demuestran hasta qué punto, y con cuánta frecuencia, saboteamos de forma inconsciente aquello que nos proponemos obtener. Esta extraña propensión hacia nuestro propio mal se manifiesta en los sujetos siguiendo un diverso espectro, que puede abarcar tanto los pequeños síntomas que perjudican el transcurrir de la vida y los deseos como las tendencias suicidas que no siempre se muestran de manera franca, sino que a menudo se expresan mediante comportamientos autodestructivos que pueden cobrar la apariencia de circunstancias fortuitas.
Para resumir, entonces, y antes de entrar en la materia del método terapéutico, repasemos algunos de los postulados que hemos tratado de sintetizar:
a) El inconsciente como manifestación de los efectos del lenguaje en el ser humano.
b) La sexualidad como búsqueda de satisfacción exiliada de toda armonía natural.
c) La pulsión de muerte, o tendencia que trabaja silenciosamente en contra del principio del placer.
EL MÉTODO TERAPÉUTICO
Comencemos por una afirmación que pertenece al psicoanalista Jacques Lacan: «El psicoanálisis es para la gente que se toma en serio su existencia». Esta frase, sencilla en su aparente significado, encierra todo el espíritu de aquello en lo que consiste la terapia analítica.
Para buscar la ayuda analítica, no se requiere ninguna aptitud especial, ni conocimiento previo, ni condiciones intelectuales. El psicoanálisis es una terapia que se ocupa del sufrimiento psíquico, mediante un único instrumento: la palabra. Pero si hay una exigencia ineludible que el analista deberá verificar en aquel que demanda una ayuda terapéutica, es el hecho de que el sujeto se muestre como alguien animado no solo por una voluntad de curación, que como veremos es solo aparente, sino por la convicción de que la existencia es un asunto que debe encararse en toda su seriedad. Dicho de otro modo, no son las características del cuadro clínico lo que condiciona las posibilidades de asumir una terapia analítica, sino la posición ética del sujeto. Tomarse en serio la existencia supone que aquel que sufre debe estar dispuesto a formularse una interrogación sobre su vida, y atreverse a la tarea de buscar respuestas que no se encuentran en un decálogo de la felicidad, ni en un diccionario que traducirá en términos sencillos la explicación de sus padecimientos, ni en un recetario de conductas o ejercicios mentales a los que obedecer.
Tomarse en serio la existencia implica atreverse a extraer las consecuencias de lo que los síntomas pueden revelar, poseer el coraje de descubrir hasta qué punto su verdad puede estar en franca contradicción con el ideal de sí mismo. En ese sentido, poco importa que su trastorno sea grande o pequeño, agudo o crónico. Lo que cuenta es el grado de compromiso que habrá de invertir en su resolución, y el ánimo de aceptar que el camino que tendrá que transitar es tan valioso como el resultado final.
A partir de ese momento, no se requiere ninguna otra condición especial. El psicoanálisis es un dispositivo que se adapta a la medida de cualquier sujeto. El motor será siempre algún conflicto, que puede variar desde una pena de amor hasta un delirio erotomaníaco, desde una timidez algo excesiva hasta el sentimiento de persecución más atroz, desde un desasosiego sin motivo aparente hasta la melancolía con impulsos suicidas. Aunque desde luego existen criterios para determinar la gravedad de un trastorno, es fundamentalmente el paciente quien define aquello que para él constituye un síntoma, así como la importancia que tiene en su vida. La primera sorpresa será descubrir que el psicoanalista no es un guía espiritual: no juzga, ni diagnostica, ni prescribe. Se limita a brindar las condiciones para que la palabra del sujeto se expanda en toda su potencia, adquiera un vuelo que progresivamente se aleje de la referencia empírica, y se interne por derroteros que la desprendan del sentido aparente, de la significación común, de la comprensión inmediata. En ocasiones, el analista permanecerá silencioso, en otras, podrá decir algo contundente. Pero en todo momento se mantendrá en la retaguardia, a la espera de que sea el sujeto quien, con su discurso, ofrezca la oportunidad de intervenir.
El psicoanálisis se ocupa de los síntomas, pero de un modo especial, incomparable con la manera en que lo hacen todas las demás psicoterapias. Mientras estas últimas se empeñan fundamentalmente en eliminarlo, el psicoanálisis opera mediante una cautela que tiene una doble explicación. Por una parte, porque el síntoma le proporciona al sujeto una satisfacción inconsciente a la que no está fácilmente dispuesto a renunciar, de tal modo que —aunque resulte inaudito— pondrá un empeño en aferrarse a él proporcionalmente tan intenso como la supuesta intención de curarlo. Una mujer puede quejarse durante años de su soledad sentimental, y al mismo tiempo hacer todo lo necesario para asegurar que continúe. Un hombre se lamentará de su fobia a los medios de transporte, pero se resistirá a admitir que la restricción que eso supone para su vida le asegura al mismo tiempo una coartada para ocultarse a sí mismo el deseo inconsciente de huir de su vida familiar. Un joven que es aún virgen consultará acongojado porque ama a una mujer que siendo lesbiana no le corresponde, y persistirá en la impotencia de ese amor para evitar el riesgo de afrontar el pánico que le produce el cuerpo femenino. Decía que el analista obra con una doble precaución, y he aquí el segundo motivo: con independencia de los inconvenientes que pueda suponer para la vida de un sujeto, el síntoma es la reserva donde se alojan algunos de los aspectos más íntimos y auténticos del ser que lo padece. De tal modo que estamos obligados a actuar sobre ese síntoma tomando los recaudos necesarios para no dañar esa potencial riqueza que alberga. Psicoanalizarse no consiste simplemente en desembarazarse de todo aquello que resulta molesto. Es, ante todo, aprender a establecer una negociación ética entre el placer de la imagen que queremos sostener de nosotros mismos y la realidad de nuestros deseos inconfesables, entre la comodidad de la ignorancia y el dolor de la revelación, entre la mentira que nos conviene y la verdad que nos avergüenza. El resultado final puede conducir a que el síntoma acabe por desaparecer, o se alivie, o se vuelva manejable, o permanezca reducido en un mínimo rincón de nuestra vida desde el cual ya no consiga entorpecer nuestro camino. Así, el psicótico que llegó atormentado por los mensajes obscenos de sus alucinaciones auditivas podrá tal vez acallar la intensidad de su volumen, incluso ignorar el sentido de los mensajes, hasta convertirlos en un murmullo que no le impida vivir. Y el obsesivo que debía regresar a cada rato a su casa para verificar que no había estrangulado a su mujer será capaz de admitir con cierto grado de humor la hostilidad inconsciente que contamina todas sus relaciones amorosas.
Pero sobre todo, el psicoanálisis es una terapéutica que no buscará jamás acomodar al sujeto a un modelo de normalidad. El psicoanálisis se burla de la normalidad; más aún, denuncia en la ideología de la normalidad el oscuro propósito de eliminar todo aquello que resulte inconveniente para el programa de uniformización de la vida, indispensable para el control social, político y económico de las masas humanas.
LAS APLICACIONES DEL PSICOANÁLISIS
Aunque su aplicación a la terapéutica resulta ser el objetivo primordial del discurso analítico, no podemos dejar de mencionar, para poner fin a esta introducción, que la teoría del sujeto ha abierto una perspectiva inédita en la comprensión de innumerables fenómenos humanos. El concepto de inconsciente ha arrojado una luz nueva sobre el arte, la literatura, la creación poética, la comprensión de los mecanismos sociales, políticos y económicos. Sin el psicoanálisis, cualquier acercamiento a la realidad humana carece de uno de los elementos más importantes para su interpretación: dicha realidad no puede confesarnos sus enigmas si no somos capaces de admitir que ninguna fórmula universal logrará abrir las puertas del conocimiento, y que solo una teoría que contemple la dialéctica entre lo único y lo múltiple, lo excepcional y lo general, hará justicia a la infinita y poliédrica riqueza en la que consiste la existencia de los seres humanos.
PSICOANÁLISIS Y DISCURSO JURÍDICO
NORMALIDAD Y LOCURA. APORTACIÓN PSICOANALÍTICA A LA CONDUCTA CRIMINAL
GUSTAVO DESSAL
Hablar sobre la locura en el contexto de una interlocución con personas encargadas de administrar esa función tan decisiva como improbable que se denomina «justicia», es tal vez una de las mejores formas de introducir la concepción que el psicoanálisis tiene sobre el ser humano.
Arriesgándome a insistir en argumentos que ya han sido comentados por mis colegas, quiero recordar que el psicoanálisis aborda al hombre y a la mujer desde una triple perspectiva que no reconoce excepción alguna: su condición de seres hablantes, sexuados y mortales. Esta triple perspectiva, que no solo orienta al psicoanálisis en su doctrina teórica sino también en el método y la práctica que emplea para tratar el sufrimiento psíquico, es la consecuencia de afirmar lo que calificamos como acontecimiento primario, en cuanto fundamental y creador del ser humano: el encuentro del cuerpo, del ente biológico, con el lenguaje, una materialidad que le es heterogénea y exterior.
Que el lenguaje sea en el hombre, y ante todo, fundador de lo que denominamos «subjetividad», es el principio decisivo y definitorio que el psicoanálisis sostiene para deducir de allí un enfoque que asume, en toda su gravedad, lo singular de la existencia humana: el hecho de que ella se eleva por encima de sus puras determinaciones biológicas, las transforma, las altera, las manipula, las contradice, las contamina, hasta el extremo de anular casi por completo todo rastro de lo que en el terreno de lo viviente reconocemos como el automatismo de los instintos. Dicho esto, avancemos hacia el segundo aspecto de esta perspectiva triple que anunciaba al comienzo, y que ha sido prácticamente ignorado por la tradición filosófica. La condición sexuada del ser hablante nos mete de lleno en una problemática específica, por tratarse del único ser vivo que no solo carece de una información innata que lo habilite para el ejercicio de sus funciones sexuales, sino que, más aún, aquello que denominamos masculinidad o femineidad forma parte de algo extremadamente voluble, impreciso, no solo sujeto a los factores de la cultura dominante en cada época, a los símbolos de la tradición o de la vanguardia, sino marcadamente variable en cada individuo, sin que al respecto pueda deducirse una norma, salvo deslizándose hacia el más absoluto y ridículo de los prejuicios ideológicos.
Lo que denominamos «sexuación» en el enfoque psicoanalítico es el complejo proceso por el cual un sujeto, con independencia de su género biológico, debe declarar una identidad sexual, involucrarla en el lazo social y encontrar en el campo de la realidad aquellas peculiaridades que suscitan lo que entendemos por deseo, y que en modo alguno sigue un patrón colectivo y uniforme.
Por último, la tercera dimensión implicada en ese específico nudo con el que el psicoanálisis procura atrapar algún saber sobre la condición humana, me refiero a la muerte, sería tan solo un acontecimiento de la especie si no fuese porque el lenguaje le otorga al sujeto la posibilidad de incluirla en el seno de la existencia, de su existencia única, pero a la vez como un verdadero agujero, es decir, como el enigma mayor que puede ser rodeado de palabras, símbolos, rituales y creencias, ninguna de las cuales logrará jamás saturar una experiencia que, al igual que la del nacimiento, es irrepresentable. Es decir, que su vivencia solo puede asumirse a partir de lo que sucede en el otro, el semejante, pero jamás en uno mismo.
En síntesis: palabra, sexo y muerte constituyen las tres dimensiones que orientan la posición del psicoanálisis. Si la locura es una puerta privilegiada hacia la comprensión del sujeto, es porque el psicoanálisis promueve la abolición del concepto de normalidad, salvo para hacer justicia a la aseveración de Pascal de que existe la locura de todos, esencial al ser humano, y que sería una locura de otro estilo no tener la locura de todos.
Comencemos, pues, por referirnos a esa «locura de todos», paradigma sobre el que debemos reflexionar más que nunca en la actualidad que vivimos, la de un mundo en el que sufrimos el creciente empuje a una definición globalizada y única de la vida. La locura de todos debe subdividirse en dos partes. Por una, el hecho de que las palabras, que supuestamente deberían obrar al servicio de la comprensión y el entendimiento mutuo, por el contrario, nos confunden, nos extravían y nos desorientan. Esto sucede porque el sentido, lejos de estar fijado por las leyes que rigen la estructura gramatical, semántica y lexical de una lengua, no solo está sometido a una pluralidad de evocaciones, sino que en cada uno dicho sentido se escucha y se decodifica siguiendo el curso de una interpretación, de una historia y de un contexto subjetivo que lo vuelve intraducible a una significación común o compartida. Dicho de otra manera, mi mujer, mi perro, mi patria, mi vocación y mis zapatos, son cada uno de ellos términos cuyo alcance no solo rebasa la definición establecida, sino que supera lo que yo mismo soy capaz de saber cuando hablo de lo que hablo. La locura de todos es, entonces, una manera de nombrar lo que en psicoanálisis conocemos como el inconsciente. El inconsciente, más allá del misticismo y la mistificación que una grotesca vulgata le haya atribuido, es el hecho irrefutable de que al ser humano le está negada la potestad de la autotransparencia, y que está condenado a ignorar la causa de la mayoría de los deseos y acciones de su vida, gobernados ellos por una fuerza significativa que supera por entero lo que entendemos bajo la idea de intención. La locura de todos es también el reconocimiento de que cada uno tiene su locura: vive, actúa, siente y piensa en el marco de una locura que le es propia, de la que al fin de cuentas es muy poco lo que sabe, y que solo gracias al tenue arreglo de la convención, el acuerdo, el pacto social, la empatía y otros apaños imaginarios, podemos simular que compartimos eso que calificamos de «sentido común», lo cual hace posible disimular esa locura personal, intransferible, secreta y, a menudo, inconfesable.
Lejos de suponer que estas afirmaciones solo tienen el valor y la consistencia de una metáfora poética, hemos de tomarlas en todo su alcance real, que consiste en decir que la sinrazón no es un mero accidente, una contingencia en el recto devenir de la conducta humana, sino que es literalmente consustancial al ser del hombre. Y si se desea una prueba fehaciente, convengamos en que no hallaremos en la locura de un sujeto individual menos lógica razonante que la que comprobamos en esa gigantesca y colectiva locura a la que el discurso científico técnico, paradigma de la sublime razón, nos ha conducido.
Claro está que el genio de Pascal no ha pasado por alto que existe otra locura, a la que con el divino arte de su retórica supo distinguir como aquella «de otro estilo» que no sería la de todos. Nos internamos aquí en el territorio —familiar al hombre del derecho, al juez, al legislador, al fiscal, al abogado— que la psiquiatría clásica ha establecido como psicosis, atribuyéndole la categoría de enfermedad mental. El psicoanálisis es heredero de esa clasificación, a la que le otorga una causalidad enteramente psíquica, afirmando a la vez la necesidad de no convertirla de manera sistemática en un sinónimo de locura. Es decir, que si estamos advertidos de la locura general del ser hablante, debemos aumentar la complejidad del tema añadiendo que ser psicótico no implica necesariamente estar loco, puesto que en algunos casos la psicosis no manifiesta los signos clínicos de la locura, los cuales permanecerán más o menos estabilizados mediante mecanismos estudiados por la clínica psicoanalítica, pero cuya explicación excede el tiempo del que disponemos hoy.
No obstante desearía enfatizar hasta qué punto la idea de normalidad carece de todo fundamento clínico, que es tan solo un producto ideológico, es decir, una falsa representación. Para ello nos basta el sencillo y paradójico ejemplo de que un sujeto es tanto más «normal», en el sentido vulgar de la palabra, cuando conserva cierta distancia, incluso un determinado descrédito, del personaje con el que se disfraza cotidianamente, mientras que uno de los signos patognomónicos del psicótico es la absoluta e inconmovible convicción de sentirse idéntico al yo con el que se identifica, sea este el del perseguido, el redentor, el salvador de la humanidad, la reencarnación de un espíritu o el elegido de Dios.
Sería imposible sintetizar aquí la extraordinaria riqueza y variedad que presentan las estructuras psicóticas, los sistemas delirantes, los fenómenos alucinatorios, y todas esas fascinantes manifestaciones que se hacen presentes en el campo clínico. Pero en virtud del público al que me dirijo, debo circunscribirme al interés que ello pueda despertar en ustedes, o sea, la posibilidad de que alguna de estas variaciones patológicas se sospeche o se demuestre como subyacente a un acto que desafía, ignora o traspone la frontera de la ley, posibilidad que, en ausencia y desconocimiento de datos estadísticos, me atrevo a suponer que constituye una proporción relativamente pequeña en las numerosas e inmemoriales formas con las que los seres humanos han sabido cruzar esa barrera.
Un acto criminal podrá obedecer a la locura, como puede serlo también un matrimonio, pero su intencionalidad, su impulsividad, su premeditación o su obnubilación no necesariamente nos conducirán al diagnóstico de psicosis. Por otra parte, no es menester del psicoanalista determinar de qué modo la psicosis, una vez demostrada en el sustrato causal de un pasaje al acto criminal, debe ser o no considerada un atenuante. Entramos aquí de lleno en ese complejo terreno en el que la filosofía del derecho y el psicoanálisis confluyen con sus aproximaciones y diferencias. Sin embargo, esta es una excelente ocasión para sostener que la experiencia clínica psicoanalítica ha permitido sacar a la luz una serie de consideraciones fundamentales, cuyo conocimiento puede aportarle a los oficiantes del derecho y la justicia no solo una materia de reflexión, sino también algo que podría desembocar en una profunda renovación de algunos de los fundamentos esenciales del derecho.
En primer lugar, hemos de establecer un axioma del psicoanálisis, y que en términos de Jacques Lacan se expresa del siguiente modo: «De nuestra posición de sujetos, somos siempre responsables». Llevar a cabo aunque no sea más que un pequeño desarrollo de esta breve frase, que situada en su contexto revela un alcance que justificaría cientos de páginas, me permitirá proporcionarles algunos elementos que considero indispensables para lo que podríamos calificar como la «conciencia legal», es decir, la locura de todos ustedes, si se me permite jugar con el humor de Pascal.
Que el inconsciente haya sido admitido en el campo médico, psicológico, sociológico y otras disciplinas que incumben a lo subjetivo, no significa que el psicoanálisis haga de ese concepto y de la función que cumple en la vida humana algo que nos autorice a sostener la idea de un determinismo absoluto. Si la conclusión del psicoanálisis fuese que el ser humano es un mero juguete de su inconsciente, una víctima ignorante de la causalidad que mueve los hilos de sus deseos, sean estos sublimes o pervertidos, deberíamos exonerar a todos y cada uno de nosotros de cualquier responsabilidad sobre nuestros actos y sus consecuencias. Nos veríamos conducidos a la absurda idea de que el inconsciente sería la coartada perfecta, la proclamación de que la libertad del hombre está por principio inhabilitada, maniatada, o es sencillamente inconcebible. En este punto, la frase antes citada encuentra su sentido y su plena resonancia, puesto que conjuga dos términos en apariencia irreconciliables: el de sujeto y el de responsabilidad.
El sujeto, tal como el término lo expresa, está sujetado a una serie de marcas, representaciones, símbolos y significaciones enigmáticas que conforman la trama textual de toda vida humana. Lo que el psicoanálisis ha descubierto bajo el término «inconsciente», es que ninguno de nosotros es el autor de su texto, sino el personaje que actúa en el interior de una ficción escrita por Otro, en particular por ese Otro primario, preexistente, determinante, que es el deseo de los padres. El sujeto está sujetado a la inexorable acción, seducción, subducción de ese deseo, que puede imponérsele bajo las figuras del ideal, la extorsión, la amenaza, la culpabilidad, el deber o tantas otras. Pero la frase que estamos analizando comienza así: «De nuestra posición de sujetos...». La clave es aquí el término posición, que introduce de forma subrepticia pero decidida la afirmación de que el sujeto toma una posición frente a aquello que lo constituye. Tomar posición no significa que el sujeto elija en términos de libertad y de conciencia. Pero todo el desarrollo que el psicoanálisis ha hecho de la ética parte de ese instante, absolutamente contingente y cronológicamente imposible de fechar, en el que un ser humano le imprime su propio sesgo a las determinaciones y los azares de la vida que le han salido a su encuentro, sesgo que le confiere a ese sujeto su carácter único, irrepetible, y cuya causa es imposible de atrapar. De ahí que el psicoanálisis contemple como deber ético el compromiso que todo sujeto debe tener en la búsqueda y en la elaboración de las cartas de su destino, así como en la asunción del estilo singular con el que ha jugado la partida.
Para no dejar a medias la frase que venimos analizando, nos falta realzar el «siempre», lo que introduce en lo contingente de la posición de un sujeto el universal de una responsabilidad que ni siquiera en la psicosis hallaría su excepción. Si el cuerdo y el loco comparten esta condición de sujetos responsables, también participan, aunque en distinta medida, en algo que nadie mejor que Kafka supo expresar, y que el discurso analítico formalizó teóricamente: el hecho de que hay algo en la ley que no puede ser enteramente comprendido, que el ser hablante no está habilitado para subjetivar la totalidad de la ley, y que su introyección está siempre condicionada a una cierta imposibilidad. Lo prueba el hecho, verificado en la experiencia del clínico a poco que se encuentre familiarizado con los complejos laberintos mentales, de que se puede burlar la ley como forma inconsciente de demandar un castigo. Que el psicoanálisis haya descubierto los mecanismos causales de la psicosis no significa que le atribuya a esa causalidad el carácter de una acción mecánica, como lo sería si acaso se descubriera que el origen de la psicosis, conforme al deseo científico, se encontraría en una determinada secuencia de alteraciones genéticas, cromosómicas o enzimáticas. Señalemos al pasar que, incluso si alguna vez ello llegase a demostrarse, el psicótico no quedaría exento de afrontar sus síntomas en un plano existencial, del mismo modo en que una ceguera congénita no le ahorra a quien la padece la labor de asumirla y reconducirla de alguna manera. Es en ese «de alguna manera» donde más allá de su clasificación diagnóstica encontramos la huella del sujeto, la marca de su singularidad, lo que lo distingue a pesar de las determinaciones recibidas. Como comenta Imre Kertész en una de sus novelas: frente al trozo de pan sobre el cuerpo de un hombre que acaba de morir en el tren que viaja hacia Auschwitz, alguien puede estirar la mano y devorarlo, y otro puede subordinar a su propia dignidad la desesperación del hambre. ¿De qué depende? No los diferencia ni el bien ni el mal, solo la marca del sujeto. El psicoanálisis no señala dónde se encuentra el bien. Prefiere tomar sus recaudos frente a toda ideología que predica un saber sobre la respuesta.
Mi colega Luis Seguí, en su excelente libro Sobre la responsabilidad criminal, ha dedicado un buen número de páginas, ilustradas con casos de la literatura jurídica, a analizar con sumo detalle los distintos grados de responsabilidad que un clínico debe saber distinguir en las psicosis, pero sin olvidar que en ningún caso habremos de encontrarnos con una excepción a la fórmula que he tratado de explicar: «De nuestra posición de sujetos, somos siempre responsables».
Esta frase muy bien puede —y debe— complementarse con esta otra: el sujeto tiene el deber de reconocerse en la estructura, que también compromete al psicótico, al hombre al que en ocasiones se le supone carecer de todo juicio para comprender sus actos. El psicótico, como cualquier otro ser hablante, debe ser dignificado con la posibilidad de brindarle el lugar donde reconocer su locura, e intentar darle un cauce diferente. Desde luego, esta apuesta del psicoanálisis no solo no está reñida con la reclusión, sino todo lo contrario. La ausencia de castigo puede ser suplida por el propio sujeto mediante el autocastigo, que por lo general será más implacable.
No quisiera concluir sin al menos referirme de pasada a una temática que también nos concierne, aunque su tratamiento exigiría numerosos encuentros. Me refiero a la cuestión, controvertida por su impacto y que requeriría una revisión conforme a los conocimientos que el psicoanálisis ha logrado extraer a partir de su experiencia clínica, de que crímenes abominables hayan sido cometidos por personas consideradas «normales». Me refiero sobre todo a las agudas consideraciones que Hannah Arendt ha puesto de relieve en su libro Eichmann en Jerusalén. La catástrofe histórica del nazismo ha sacado a relucir dos cuestiones fundamentales. La primera es que el delirio es intrínseco a la razón. La segunda es que un delirio no es una proposición falsa, sino un determinado estado de la verdad que puede incluso ser compartido por millones de personas. A estas sabias observaciones de Hannah Arendt, el psicoanálisis le añade la revelación de que la figura del hombre normal es una ficción definitivamente caduca: más aún, concluida. Vemos asomar ya en el presente los signos anticipatorios de un mundo en el que todo podrá ser normal, y es precisamente esta extensión indefinida del concepto lo que le ha asestado el golpe mortal. Aplastados los límites éticos bajo el peso disolutivo de los ideales de la civilización contemporánea, que adoptan con toda claridad la forma de un imperativo sádico al servicio de los más oscuros intereses corporativos, todo se volverá normal, lo cual equivale a decir que nada lo será.
Por ese motivo el psicoanalista, desde el modesto y reducido lugar donde puede hacer escuchar su reflexión, está comprometido «pascalianamente» a defender el derecho de la locura de todos, y también la dignidad de aquella que solo es la de algunos.
HACERSE CARGO: CULPA Y RESPONSABILIDAD
LUIS SEGUÍ
I
Como ha señalado nuestro colega Gustavo Dessal, el psicoanálisis no es solo un método de tratamiento de los problemas psíquicos, sino también una teoría de la subjetividad. También ha señalado que tanto el derecho como el psicoanálisis buscan la verdad del acto, cada uno en su ámbito, e incluso comparten una cantidad de conceptos —libertad, responsabilidad, culpa, demanda, verdad, ley, castigo o transgresión— cuya homofonía no debe, sin embargo, confundir acerca de su significado. Ambos discursos aspiran a la producción de saber ocupándose del mismo sujeto, un sujeto cuya ilimitada variedad de comportamientos produce consecuencias merecedoras de la atención de los juristas tanto como de los psicoanalistas. No obstante, sostener que ambas disciplinas se refieren al mismo sujeto no implica desconocer que existe una diferencia radical entre los dos: mientras que para el derecho el inconsciente difícilmente se tiene en cuenta en el momento de juzgar un acto, el psicoanálisis no concibe al sujeto sino como sujeto del inconsciente, con las consiguientes diferencias al tiempo de situar la culpa y la responsabilidad. Es evidente que una y otra adquieren una mayor notoriedad mediática en cuanto se refieren a hechos lesivos concernientes a la jurisdicción penal, dada la evidente trascendencia pública de los actos criminales. Sin embargo, los diferentes grados en los que culpa y responsabilidad pueden presentarse en cada caso no se limitan al derecho público, sino que se extienden al conjunto del ámbito jurídico, en cuanto las acciones humanas tienen consecuencias tanto si se dirimen conflictos que chocan con el interés público como cuando se trata de intereses privados. De ahí, pues, la pertinencia de ilustrar con ejemplos de diverso carácter la también distinta funcionalidad con la que operan ambos conceptos, atendiendo al común denominador del hacerse cargo, es decir, asumiendo que todo acto de un sujeto —y ello incluye las omisiones—, así como las palabras, produce consecuencias. Consecuencias de muy diverso alcance, pero de las que los sujetos protagonistas deben responder.
Y dado que el hilo conductor a través del cual se extiende esta exposición es el concepto de responsabilidad, conviene recordar que tanto este sustantivo como el adjetivo responsable son relativamente recientes en términos históricos, ya que ambos aparecen con posterioridad al año 1700. Como ha señalado el profesor Manuel Cruz, el Breve diccionario etimológico de la lengua castellana de Joaquín Corominas data la primera aparición documentada de responsable en 1737; en inglés se registra responsability a partir de 1787, y en francés, responsabilité, en 1798. La historización de estos términos cobra importancia porque su emergencia es contemporánea con ese fenómeno de «aceleración histórica» conocido como Ilustración, y en especial si se tiene en cuenta el período transcurrido entre la primera y la segunda revoluciones industriales, que coincide igualmente con el ciclo político revolucionario que se extiende desde Inglaterra hasta Francia para, a continuación, atravesar el océano y recorrer el continente americano de norte a sur. Simultáneamente a la exaltación del individualismo y al descubrimiento —por llamarlo así— de la ciudadanía, se planteó la cuestión del alcance de la responsabilidad que cada cual podía asumir en relación con sus actos, dando origen a una teoría y una doctrina jurídica sobre la responsabilidad civil —conviene recordar que las relaciones obrero-patronales se regulaban entonces por la vía civil, y era inexistente aún lo que se llama actualmente «derecho laboral o social»—, y otra relativa a la responsabilidad penal, para cuya construcción y desarrollo fue determinante la obra de Cesare Beccaria De los delitos y las penas, aparecida en 1764 y que mereció de inmediato la atención de los inquisidores, que lo incluyeron con urgencia en el Index de libros satánicos. Este texto, fundador del derecho penal de la modernidad, instauró el axioma cognitationis poenam nemo patitur —el pensamiento no delinque— que sancionó el derecho a la libertad de conciencia que dos siglos antes había anticipado el Edicto de Nantes, con el que Enrique IV había intentado basar la convivencia entre calvinistas y católicos, y que para el papa Clemente VIII era «la peor cosa del mundo». Pero si bien en términos jurídicos nadie puede ser acusado por lo que piensa, este principio no tiene su equivalente en el psicoanálisis, donde el pensamiento sí delinque en cuanto el sujeto debe hacerse moralmente responsable del contenido de sus pensamientos, como igualmente ocurre con el contenido de los sueños, puesto que —como ha señalado Gustavo Dessal— en el inconsciente no hay registro de la diferencia entre deseo y acto. La diferencia sustancial consiste en que mientras que en el ámbito del derecho la transgresión de la ley acarrea una sanción, sea esta penal o civil, decidida por un juez en función del grado de culpa imputable al transgresor y a la responsabilidad que le atribuya, el psicoanálisis asigna al sujeto el papel de juez de sí mismo.
Hay que destacar que Sigmund Freud se ocupó tempranamente de las motivaciones de los delincuentes y su relación con los procesos inconscientes. En 1906 pronunció en Viena una conferencia, invitado por el profesor de jurisprudencia Alex Löffler, que después se editó con el título «La indagatoria forense y el psicoanálisis», cuyo tema volvió a abordar en trabajos posteriores. En 1916, en el artículo «Algunos tipos de carácter dilucidados en el trabajo psicoanalítico», sostuvo que en ciertos casos es el sentimiento de culpa previo a la comisión del delito el que impulsa al sujeto a ejecutarlo. En 1930 criticó severamente, en otro artículo titulado «La peritación forense en el caso Halsmann», la vulgarización de su teoría del Edipo por parte de juristas y peritos intervinientes en el proceso en el que se acusaba a un joven del asesinato de su padre. Jacques Lacan, a su vez, daría testimonio en los años treinta del siglo pasado de su interés por los casos criminales en su tesis De la psicosis paranoica en sus relaciones con la personalidad, así como en el texto «Motivos del crimen paranoico: el crimen de las hermanas Papin», dedicado a comentar el doble asesinato protagonizado por Christine y Léa Papin por los mismos años. En 1950, Lacan presentó junto con Michel Cénac la ponencia «Introducción teórica a las funciones del psicoanálisis en criminología», en la XIII Conferencia de Psicoanálisis en Lengua Francesa, donde denunciaba cómo se iba imponiendo en la criminología y el derecho penal una «concepción sanitaria» tendente a depositar en la psiquiatría la determinación de la responsabilidad, ignorando la condición humana del sujeto sometido a la ley. Sostenía Lacan igualmente en esta ponencia que el castigo es ineficaz como medio para la rehabilitación y la reinserción social del condenado, a menos que el sujeto haya asumido la responsabilidad subjetiva por su acto; o, dicho de otro modo, para él era fundamental para emprender cualquier posible vía de reinserción social que los sujetos concernidos consigan integrar en su propia historia el hecho delictivo ejecutado.
II
La constatación de que la condición humana no predispone a los hombres a la sujeción voluntaria de las pulsiones obliga a preguntarse por qué, a pesar de ello, el sujeto es capturado por el discurso de la ley, un discurso que le es ajeno en tanto que su naturaleza animal le impulsa a dar satisfacción a sus instintos. Para intentar explicar esta paradoja, Sigmund Freud construyó el mito del asesinato del padre como origen de la ley, una variante de las teorías contractualistas de las que participaban, con matices, Althusius, Hobbes, Spinoza, Pufendorf, Locke o Rousseau, pero también Kant, y mucho más recientemente John Rawls, aunque para estos últimos el paso al estado civil obedecería más a un imperativo moral que al mero utilitarismo. El mito freudiano es un relato en el que se cuenta que, después de aquel crimen primordial, los hermanos parricidas pactaron no matarse entre sí y respetar la prohibición del incesto, un pacto que sin embargo no borra completamente la huella de aquel asesinato primigenio, y condena a las generaciones futuras a cargar con la culpa por aquella deuda simbólica. El paso del estado de naturaleza a la cultura está representado por el advenimiento de un sujeto hablante, sexuado y consciente de su condición de mortal. De ahí que el psicoanálisis, cuando se refiere al sujeto, no alude a una presunta naturaleza humana, sino a la condición humana, porque al incorporarse a la lengua, el sujeto abandona precisamente aquello que lo hacía natural. Así, independientemente del contenido mitológico de la narración freudiana, imposible de verificar históricamente, el malestar que padecen todos los sujetos como consecuencia de haber tenido que reprimir sus pulsiones coincide con la emergencia del primer derecho. Walter Benjamin llamó «violencia fundadora» a aquel acto de fuerza del que surgió el pactum societatis, por el que los hombres acordaron no matarse entre ellos, seguido del pactum subjectionis, que delegaba en un poder externo el uso de la «violencia conservadora» que asegurase la convivencia. Hay una ley que se le impone a cada uno como un fenómeno estructural, inconsciente, esa zona oscura desatendida en general por el discurso jurídico, ante la cual el sujeto ha de comparecer como culpable para responder por esa deuda simbólica «que no cesa de pagar cada vez más en su neurosis». Y hay otra ley, la que contiene el corpus iuris, el derecho positivo mediante el cual el poder del Estado regula la convivencia social. Como en tantas otras ocasiones, es en la mejor literatura donde se pueden hallar ejemplos que ilustran acerca de este sentimiento inconsciente de culpa. Freud gustaba de citar tres grandes textos clásicos para ilustrar la pervivencia del mito y sus consecuencias trágicas: tanto en Edipo como en Hamlet y en Los hermanos Karamázov, el talento de Sófocles, Shakespeare y Dostoievski se plasmó respectivamente en sendos crímenes parricidas en los que, además, está presente la motivación sexual. El proceso, de Franz Kafka, comienza cuando dos policías acuden al domicilio de Joseph K para anunciarle que está arrestado, y que «se ha iniciado la instrucción de su proceso, del que se le informará de todo a su debido tiempo». Ante las protestas de inocencia de Joseph K, uno de los policías le responde: «los que nos mandan [...] no tratan, por así decirlo, de localizar la culpabilidad entre la población, sino que, como dice la ley, se sienten llamados por la culpabilidad y entonces nos mandan a nosotros, los guardianes». La metáfora contenida en esta obra genial alude, precisamente, a esa culpa inconsciente de la que nada sabe el sujeto y que, sin embargo, los encargados de hacer cumplir la ley —agentes del superyó— huelen a distancia.
En un texto muy conocido de Sigmund Freud —¿Por qué la guerra?, del año 1932— escrito para contestar a una interpelación formulada por Albert Einstein, Freud sostenía que «una comunidad humana se mantiene unida merced a dos factores: el imperio de la violencia y los lazos afectivos, llamados identificaciones». Quería significar que el lazo social —la argamasa que mantiene unido a un grupo humano— se sostiene, fundamentalmente, en la vinculación afectiva entre sus integrantes, y cuando esa cohesión se debilita o desaparece, el discurso del amo se impone mediante la coerción. La transgresión de la ley debe ser reprimida y castigada, de un lado para evitar fenómenos de imitación, pero también para poner en acto la presencia de ese Otro que penaliza a aquellos en quienes han fracasado lo que los juristas denominan «frenos inhibitorios», y que el psicoanálisis llama superyó. Freud no se engañaba acerca de la condición humana, como lo revela la lectura de El malestar en la civilización, un texto de madurez donde escribe que «el prójimo no es solamente un posible auxiliar y objeto sexual, sino una tentación para satisfacer en él la agresión, explotar su fuerza de trabajo sin resarcirlo, usarlo sexualmente sin su consentimiento, desposeerlo de su patrimonio, humillarlo, infligirle dolores, martirizarlo y asesinarlo». Es preciso señalar, sin embargo, que agresividad y violencia no son lo mismo, aunque en ocasiones es difícil establecer los límites entre una y otra. La agresividad es común a todos los seres vivos, y por lo que se refiere a los sujetos hablantes, sexuados y mortales, se trata de una encrucijada estructural en la que —como explica Lacan en su texto La agresividad en psicoanálisis— esta aparece como «una tendencia correlativa de un modo de identificación que llamamos narcisista». Esa configuración imaginaria de la agresividad no llevará necesariamente al pasaje al acto violento si —como tendencia— es eficazmente reconducida para que las personas concernidas puedan incluirse en un lazo social normal, un espacio donde el malestar, que siempre existirá, no desemboque en la perversión o en el abismo sin fondo de la psicosis. El mismo Freud definió como «angustia social» la generada por la amenaza de castigo por parte del Otro social, tan solo mitigada por la presencia de un superyó capaz de interiorizar el principio de autoridad en cada uno de los miembros de la comunidad. Advirtió también, sin embargo, que ni la amenaza de castigo ni el reproche social eran suficientes para evitar que los hombres liberasen esa «hostilidad primaria y recíproca» que pervive desde el principio de los tiempos, sin duda más próxima a la concepción hobbesiana del homo homini lupus que a una visión idealizada de la condición humana. A partir de las últimas décadas del siglo XX, a la par con el proceso globalizador, es perceptible el cuestionamiento, en ocasiones radical, de muchas instituciones en las que tradicionalmente se confiaba como pilares de la convivencia y el orden social: la familia, las iglesias, el sistema escolar e, incluso, las estructuras jurídico-institucionales en su conjunto. Esta crisis obliga a interrogarse acerca del modo en que se inscriben las instituciones en la subjetividad, y también por las causas que influyen para que se opere lo que el profesor e integrante de la École National de la Magistrature de Francia, Denis Salas, ha denominado «la desimbolización» de las instituciones. O, dicho de un modo más simple, a partir de cuándo, si es que es posible cifrarlo aunque sea aproximadamente, los ciudadanos dejan de tener respeto por ese orden simbólico cuya expresión más acabada es la ley.
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