Читать книгу: «Victoria»
You may say I’m a dreamer
But I’m not the only one
I hope someday you’ll join us
and the world will live as one
“Imagine” - John Lennon
Guillermo Bañuelos
Victoria

Bañuelos, Guillermo
Victoria / Guillermo Bañuelos. - 1a ed. - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Autores de Argentina, 2021.
Libro digital, EPUB
Archivo Digital: descarga y online
ISBN 978-987-87-2004-3
1. Narrativa Argentina. 2. Cuentos. I. Título.
CDD A863
EDITORIAL AUTORES DE ARGENTINA
www.autoresdeargentina.com info@autoresdeargentina.com
Victoria
Colección de Cuentos
Guillermo Bañuelos
Título: Victoria
Autor: Guillermo Bañuelos
Concepto creativo de la portada: Carlos Belardinelli
Diseño gráfico: Sergio Rebolledo, Karan Sha
ISBN 978-987-87-2004-3
Este libro fue publicado gracias al apoyo de Study & Immigrate Canada Limited, y con el reconocimiento del Consulado General de Argentina en Toronto.
En esta obra el autor ha cambiado nombres de personas para mantener la privacidad. Información sobre lugares, eventos o incidentes relatados en este libro son producto de la imaginación del autor o brindados ficticiamente y forman parte del trabajo creativo. Cualquier parecido con personas vivas o muertas o semejanza del relato con algunos eventos que pudiesen haber ocurrido, o con trabajos publicados es pura coincidencia.
Se prohíbe la reproducción de este libro, sea en parte o en su totalidad, sea en formato electrónico o en cualquier otro formato, sin el permiso del autor, salvo en citas breves, contenidas en artículos de crítica literaria o reseñas.
No part of this book can be reproduced in any form or without written permission by the author, except in the case of brief quotations, contained in critiques or reviews.
Queda hecho el depósito que establece la LEY 11.723
Impreso en Argentina –Printed in Argentina
A mis padres y
a mis hijos
Nota Editorial
La presente obra publicada por Editorial Autores de Argentina es un reflejo de la diversidad cultural y de la riqueza idiomática latinoamericanas expresadas a través de los relatos del escritor Guillermo Bañuelos.
La publicación de este libro ha sido posible, en parte, gracias al reconocimiento de la obra por parte del Consulado General de la República Argentina en Toronto y también gracias al apoyo de Study & Immigrate Canada Ltd.


Toronto, 22 de noviembre de 2019
Señor Don
Guillermo Bañuelos
Alliston, Ontario
Re: Victoria - Colección de cuentos cortos a publicarse.
Estimado señor Bañuelos:
La biculturalidad argentino-canadiense de los materiales de la mencionada obra a publicarse reflejan extraordinariamente las influencias de Argentina y de Canadá. Cabe destacar que los mismos ya han sido leídos en eventos patrióticos tales como el bicentenario de la Independencia de Argentina y eventos culturales en la Universidad de York con mucho éxito.
Asimismo, deseamos mencionar que muestran, de manera indistinta, la aceptación de una multiplicidad y variedad cultural, base fundamental para el desarrollo de la misma que también incluye las características geográficas y ecológicas de cada una de las culturas mencionadas. La globalidad en que vivimos nos enseña que las distancias se han acortado, aproximando espectacularmente a todos nosotros dentro del marco del respeto a la diversidad y el enriquecimiento mutuo.
Esta obra que usted aspira a publicar, señor Bañuelos, es excepcionalmente la historia de la cultura de Argentina y Canadá y, por ende, el Consulado General de la República Argentina en Toronto reconoce el inmenso valor de esta publicación.
Cordiales saludos

Índice
1 Victoria
2 Margot
3 Forjador de Sueños
4 Monólogo Platónico (1º)
5 Conversando con Milton Friedman (2º)
6 La Mansión Emperrada
7 Acerca de un Virrey y otras Yerbas
8 El Profesor Dupré
9 Quo Vadis
10 Dura Lex, Sed Lex
11 La Bala de Plata
12 Pura Vida
13 Española
14 Ceremonia Ojibwe de Matrimonio
15 El Gatito
16 Un Nombre
17 ¡Qué noche Charlie!
18 Un Hombre Sensato (1º)
19 Apología del Señor Vicerrector (2º)
20 En Algunos días de Julio
21 Culinganglén
22 Una Familia Naturalmente Feliz (1º)
23 Nosotros los Mansilla-Lavié (2º)
24 Levantes eran los de Antes
25 El Sable
26 Agradecimientos
27 Créditos
28 Sobre el Autor
Sinopsis
El joven Eduardo Sosa está en un quirófano listo para ser operado de urgencia. En Londres la señora McCormack se apresta a celebrar el cumpleaños de su marido. Dos acontecimientos a miles de kilómetros de distancia y socialmente inconexos son la génesis del relato que, eventualmente, revela la íntima relación de sus protagonistas. En Victoria, la humanidad, la valentía y la candidez de los personajes, ayudan a aliviar la profunda tristeza causada por una guerra y sugieren la epifanía de una nueva esperanza.
En esta obra se incluyen relatos que desgranan historias mínimas de personajes cotidianos que pueblan nuestra América, desde la Argentina hasta el Canadá. La trama literaria sugiere atmósferas cautivantes y revela eventos históricos del hoy y del ayer situados en América o en Europa. Asimismo, esta colección contiene historias breves de personajes de Buenos Aires y de Bogotá, recuerdos de la vida rural en Costa Rica y en Canadá como también, relatos bizarros, situados en contextos urbanos que trazan líneas tenues separando la locura de la cordura.
Victoria
Primera Parte
El cirujano colgó el teléfono negro con brusquedad y dio instrucciones precisas y con voz firme a los enfermeros. Se comenzaron a hacer los preparativos para la cirugía de emergencia. El paciente yacía muy pálido y se quejaba de fuertes dolores. La peritonitis se había desencadenado súbitamente y el joven sintió miedo de morir en el quirófano. Delirante por la fiebre, recordó a su tío Sebastián fallecido en una operación de urgencia en el pequeño hospital del pueblo…confundido creyó recordar a Lorena, su compañerita de banco en segundo grado, pensó en Bongo su perro, miró las paredes y le pareció que un celestito hubiese sido mejor que aquel color insípido con que las habían pintado…el cirujano ordenó doscientos cincuenta miligramos de pentotal sódico. Un pinchazo en su brazo derecho y la cabeza del paciente se ladeó rápidamente hacia la izquierda.
~~~~~~~~
El confortable piso del suburbio de Langley tiene hermosos ventanales hacia el Este con una vista panorámica del parque West Hampton. La dueña de casa, Victoria McCormack ha elegido personalmente el hermoso piso, en un barrio lujoso de las afueras de Londres. Después de todo, su marido Charles McCormack le consiente sus gustos, y lo único que desea es, verla feliz junto a los dos hijos del matrimonio: Charles Jr. embarcado con la Marina Real y Jonathan, un joven de veinte años sin ambiciones aparentes, muy aficionado a las mujeres, a la música rock metálica, al consumo desenfrenado de alcohol y a las drogas.
La señora McCormack es bonita y se mantiene atractiva vistiendo ropa colorida y alegre. Ella es unos veinte años más joven que su marido, ha descubierto recientemente su interés por la antropología y es así, que toma un curso nocturno para principiantes en la universidad.
La señora McCormack planea participar de un intercambio para estudiantes de antropología en la Universidad Complutense de Madrid y ha comenzado a aprender español. La antropología, junto a su interés por la fotografía y por la pintura la estimulan, y la ayudan a sobrellevar los grandes disgustos que Jonathan causa a toda la familia con sus borracheras, su adicción a las drogas, sus problemas con la policía y un sinnúmero de otros desatinos.
La señora McCormack ya está lista para recibir a los invitados que esa noche celebrarán los sesenta y cinco años de su marido, Charles McCormack. Ella luce un finísimo vestido color bordó y un costoso collar de perlas auténticas que hacen juego con los aros y el anillo que fueron un regalo de su marido. Su rostro vivaz y juvenil muestra una rebosante alegría y una inocultable satisfacción al poder ofrecer esta fiesta en honor a su esposo. Son las 20 horas del día jueves 2 de mayo de 1982, y la fiesta ya va pronto a comenzar…
~~~~~~~~
El cirujano suturó la herida con la diligente asistencia de los enfermeros. La delicada operación se había realizado sin inconvenientes y se había logrado extirpar el apéndice inflamado justo a tiempo. El teniente doctor Sergio Buenaventura, habiendo concluido con la sutura respiró aliviado, se quitó parsimoniosamente la mascarilla y comenzó a limpiarse la cara con una toallita blanca. En ese preciso momento, se oyó una poderosa explosión en algún lugar no muy lejano al quirófano. El reloj de pared indicaba las 16:01 horas. Los frascos y otros objetos en los estantes cayeron al piso, mientras un olor acre inundó rápidamente el ambiente.
El cirujano ordenó a los enfermeros colocar al recién operado en una camilla, y entonces salieron a uno de los pasillos atiborrados de gente en estado de shock y desplazándose hacia alguna salida.
Ya en el pasillo escucharon una segunda explosión, seca y apagada pero potentísima que, esta vez, venía del sentido opuesto a la primera explosión. Allí fue cuando las luces se apagaron totalmente y un humo espeso les dificultó continuar hacia la salida. El paciente comenzó a despertarse de su anestesia y a gemir confundido.
~~~~~~~~
Los invitados elegantemente vestidos, iban llegando al piso. Victoria era el centro de atención, lucía esplendorosa y todos los invitados la elogiaban haciéndole cumplidos muy halagüeños, que ella aceptaba con una sonrisa encantadora. El menú había sido cuidadosamente seleccionado por Victoria: canapés, sushi, salmón y caviar seguidos de una exquisita cena con los mejores vinos. Una orquesta de jazz interpretaba la música de Nat King Cole y de Glen Miller entre otros. “Charles, my friend!” -exclamó Harry Bentley- compañero de Charles en el puesto de artillería del HMS Devonshire durante la segunda guerra. “¡Me pregunto si mi tratamiento capilar con huevos podridos aquella vez, es lo que te ha permitido mantenerte tan joven!”- Los chistes y las bromas iban y venían y la fiesta comenzaba a ponerse de lo más animada. Jonathan, el hijo menor del matrimonio, había consentido ponerse corbata. Nunca hubiera aceptado deshacerse de sus pantalones vaqueros ni tampoco quitarse las botas con punteras de acero y las cadenas en su cintura que llevaba a modo de cinturón. Se lo veía curioso al muchacho, con su pelo teñido de verde y anaranjado, con varias puntas filosas untadas con algún fijador especial. Jonathan obviamente no se sentía a gusto allí, pero le había prometido a su madre quedarse al menos hasta que comenzaran a cenar. Jonathan tenía planes para salir con sus amigos por la noche. Esa misma tarde, antes del comienzo de la fiesta, Charles McCormack padre, había recibido un cable de su hijo mayor Charles Jr. felicitándolo por su cumpleaños y recordándole que sus historias de la guerra -que había escuchado fascinado de niño- le estaban ayudando mucho a sobrellevar condiciones extremas durante la misión en la cual estaba participando.
Segunda Parte
Cuando recuperé el conocimiento -después de la operación- asustado, me di cuenta de que estaba en una balsa con un grupo de tripulantes del Crucero A.R.A General Belgrano, en el cual estaba yo embarcado. Los náufragos vomitaban profusamente. Mi herida en la ingle, resultado de la operación de emergencia, me dolía bastante pero el teniente doctor Buenaventura, el cirujano que me había operado, estaba junto a mí y esto me hizo sentir un poco más tranquilo. Consulté el reloj con un movimiento reflejo, como si estuviese por llegar tarde a alguna de mis clases en la facultad. Eran las 18:07 horas del jueves dos de mayo de 1982.
Conté medio rápido, diecisiete personas hacinadas en la balsa de goma color naranja, cubierta por un techo que la hacía totalmente hermética, a excepción de una apertura por donde se ingresaba a la misma. La balsa subía y bajaba agitada por las olas del Atlántico. Cada uno de estos golpes y caídas de la balsa, me causaban mucho dolor en la herida de mi operación. Hacía mucho frío y uno de los náufragos tenía quemaduras horribles en la cara, en los brazos y en el pecho. Este pobre diablo gemía a veces y parecía llorar otras veces. Mis compañeros me contaron con tristeza como habían visto al crucero hundirse lentamente, después de voltearse a babor y elevar su proa levemente antes de sepultarse en las aguas negras, heladas, profundísimas del Atlántico Sur. Pensamos que dos torpedos ingleses, podrían haber impactado al buque abriendo dos brechas gigantescas en proa y popa.

Uno de los tripulantes de la balsa y quién -por alguna razón- no vomitaba me dijo que había podido tomar unas fotos con su cámara antes de que el crucero se hundiese para siempre. También me contaron que la onda explosiva de los torpedos se extendió de la línea de flotación hacia arriba destruyéndolo todo en las siete cubiertas de altura del crucero.
Poco tiempo hubo para evacuar disciplinadamente a las balsas salvavidas, previamente asignadas a los tripulantes. Las setenta y dos balsas con aproximadamente ochocientos cincuenta náufragos decoraban la inmensidad del furioso océano. Desde la apertura de acceso a la balsa -solo por instantes abierta- yo pude ver algunas balsas subir y luego desaparecer cuando los vaivenes del mar nos impedían ver a la distancia. La tormenta llegó sin preaviso. Una ráfaga furiosa de viento helado entró por la apertura de acceso rompiendo el cordel de cierre. Con la apertura de acceso abierta entraba agua helada que hacía peligrar a la balsa comprometiendo su flotabilidad. El teniente doctor Buenaventura se ocupó de mantener la apertura de acceso cerrada sosteniéndola con su mano, la cual quedaba expuesta al frío, al agua y al viento.
Un tripulante se ocupó de sacar con su calzado -utilizándolo como herramienta de achique- mezcla de agua, petróleo y aceite que había entrado en la balsa echándola por la apertura de acceso. No recuerdo que hora era. Las olas -de seis a ocho metros de altura- de una tormenta que comenzaba, hicieron estragos entre nosotros. La fuerza de las olas, nos arrojaban a unos contra los otros, y en ese caos de confusión y golpes quienes podían, se arrodillaban sosteniendo con su espalda el techo de la balsa, y así evitaban que el agua de las olas que caían sobre la balsa, la colapsara y la hundiera.
Yo seguía tirado, con miedo de morir, sobrellevando estoicamente la situación. El teniente doctor Buenaventura se colocó entre el tripulante que había sufrido quemaduras y yo, mientras nos dispensaba básicos tratamientos paliativos alternativamente. De pronto, y en medio de esa confusión, el tripulante quemado me saludó cariñosamente: “¿Hola jujeño, cómo andai?”-dijo con inconfundible acento cordobés- y ahí recién pude reconocer con sorpresa a Rafa -mi querido amigo Rafael Rivas compañero del servicio militar- y por casualidad también de camarote con quién había hecho una buena amistad. No había podido reconocer a Rafa antes de ese momento, por las horribles quemaduras, que le habían carbonizado y desfigurado el rostro, los brazos y el pecho. Me era virtualmente imposible conciliar la imagen de Rafa, ese ser vivaracho, pelirrojo y con algunas pecas en la cara, con esa figura horriblemente carbonizada -quien me hablaba como si nada le hubiese ocurrido. Rafa continuó: “Vieras, che, la explosión allá abajo; todo se envolvió en un fuego que se expandió en el aire auto consumiéndose. Había mucho humo y salimos corriendo sin poder respirar, entre fierros retorcidos y por los pasillos oscuros, forzando unas portezuelas retorcidas y bien calientes, las cuales chirriaban al abrirlas. Después subimos corriendo por las escaleritas interiores del barco y ayudamos como pudimos a otros con menos suerte, quienes gritaban desesperados pidiendo ayuda desde alguna parte profunda del buque…” Lo miré al teniente doctor Buenaventura y ambos comprendimos, sin decir palabra, que Rafa necesitaba hablar. Y éste agregó: “Culeados los que nos hundieron, si estábamos fuera de la zona de exclusión y rumbo a puerto…” Se quedó callado un momento y agregó: “Che jujeño, te viá a dar esto pa’que se lo des a mis viejos. Deciles que los quiero mucho y dales un beso y un abrazo enorme de mi parte todas las veces que quieras. Con estas quemaduras no tengo más chances que leer Hortensia sentado en una nube Eduardito…” Y entonces Rafa -tiritando de frío- con ayuda del teniente doctor Buenaventura, sacó con dificultad del bolsillo del pantalón una libretita con notas personales, y tal vez poemas que le había visto escribir por las noches antes de dormir. Recogí la libretita con pocas fuerzas, tirado como estaba. El teniente doctor Buenaventura me ayudó a colocarla dentro de una bolsita de plástico y en el bolsillo interno de mi campera. Me saqué entonces la frazada verde-oscuro que tenía encima y comencé a colocársela a Rafa, con ayuda del teniente. Rafa me dio las gracias con una sonrisa tenue y se durmió.
~~~~~~~~
La cena en Londres ha sido sublime. Ahora los invitados comienzan a bailar y entonces una de las amigas de Victoria decide organizar un “convoy” entre todos los participantes que vuelven a sentirse niños. Tomados de la cintura recorren el piso al compás de una canción pegadiza, bamboleándose con alegría, haciendo bromas y arrojando serpentinas. Después del café, los invitados se alistaron en un salón especialmente acondicionado para mirar una película. Para gran sorpresa del Capitán de Navío (R) Charles McCormack, proyectaron una película filmada durante la segunda guerra mundial a bordo de HMS Devonshire. Charles McCormack está mimetizado mirando esas escenas en blanco y negro -sin sonido- donde se ve al joven teniente Harry Bentley, cuando le rompe unos huevos en la cabeza al joven artillero Charles McCormack el 2 de mayo de 1941 día que éste último cumplió veinticuatro años. Todos ríen y alguno se sujeta el estómago entre desopilantes carcajadas.
Jonathan McCormarck -el hijo menor del matrimonio McCormack- está ahora reunido con sus amigos, ya intoxicado con alcohol y consumiendo una segunda dosis de drogas. La noche de primavera es acogedora en el parque. Desde ese lugar, Jonathan puede ver el piso de sus padres y a los invitados a la fiesta celebrando y haciendo el alegre convoy, paseándose por el largo balcón del elegante piso.
Victoria y Charles se levantaron tarde al día siguiente, comieron algo rápido y fueron a jugar un partido de tenis con sus amigos. Por la tarde concurrieron a la galería de arte donde Victoria exponía unas acuarelas. Mientras estaban en la galería de arte, llegó un mensaje entregado personalmente por personal militar, para Jonathan de su hermano Charles. Jonathan recibió al mensajero, leyó el mensaje y lo dejó sobre el escritorio en su cuarto. Luego se volvió a acostar y continuó durmiendo profundamente.
Al volver de la galería de arte esa noche, Victoria abrió sigilosamente la puerta del cuarto de Jonathan y observó que su hijo estaba profundamente dormido. También advirtió, sobre el escritorio, el cable para Jonathan enviado por su hermano Charles. Victoria tomó el mensaje y cerrando la puerta con delicadeza comenzó a caminar lentamente hasta la sala de estar mientras leía el mensaje para su hijo: “¡Hey Jonathan! ¿Cómo anda todo, mi hermano? Te cuento algo estupendo: ¡Ayer hundí un crucero ‘argie’! Uno bien grande con más de mil tripulantes. Mis dos torpedos guiados Tigerfish dieron justo en el blanco y los culeados no tuvieron más que ¡irse al infierno! Hemos visto desde nuestro submarino nuclear a los sobrevivientes en esos botes salvavidas anaranjados meciéndose como… ¡pedazos de mierda en el océano! De todas maneras, ha sido muy difícil para mí Jonathan, ya que estoy combatiendo una infección que es muy dura de tratar. Vamos para casa ahora y entonces podré verte junto a mamá y papá. Un abrazo de tu hermano Charlie”.
~~~~~~~~
La noche del 2 al 3 de mayo fue atroz en la balsa y sin posibilidad de encontrar solución alguna a la miserable condición en la que nos encontrábamos. Las inmensas olas habían caído implacablemente sobre nuestra balsa durante casi toda la noche. Todos -a excepción del teniente doctor Buenaventura, otro tripulante y yo- habían vomitado profusamente durante la tormenta. Estábamos tan débiles, mojados, muertos de frío y desmoralizados que nos hubiésemos entregado a la muerte, como una solución más fácil que intentar sobrellevar nuestra situación. Mi reloj marcaba las 7:11 de la mañana, cuando notamos que el mar parecía comenzar a calmarse un poco. Por la apertura de acceso a la balsa -y fugazmente- alcancé a ver una tenue claridad presagiando un nuevo día. Miré las olas y las imaginé bonitas muchachas danzando elegantes en una pista de baile. Algunas lucían bonetes blancos. En un momento de mayor lucidez pensé que debía tener mucha fiebre y que estaría delirando. La herida me dolía mucho. El teniente doctor Buenaventura administró una dosis de morfina a Rafa quien gemía, se acurrucaba y ya no respondía coherentemente a mis ocasionales preguntas. En esta situación desesperante, se me ocurrió una idea para levantar el ánimo a todos y dije entonces, impulsivamente lo más fuerte que pude y mintiendo: “¡A ver che! Me llamo Sosa y soy Jujeño de Calilegua, y los invito a todos ustedes a mi cumpleaños que se celebra precisamente hoy día”. Después de una pausa para recobrar energías continué: “Aquí tengo una barra de chocolate sin abrir que mi novia me dio como regalo de despedida. Hoy voy a compartirla con ustedes, mis queridos compañeros de esta balsa en el Atlántico Sur” Observé la cara y la expresión de los muchachos de mi balsa. No tenían mucha energía, pero me daban las gracias con miradas tiernas y rostros adustos. Continué: “Le voy a pedir al Señor comandante del Crucero, que nos haga el favor de cortar la barra de chocolate en pedacitos para compartir con todos”. El comandante del crucero, quien había llegado a nuestra balsa a último momento debido a un cambio necesario, parecía un marinero con unos años más. No había jinetas, órdenes, ni otros elementos que denotaran su autoridad.
Mi mente voló fugazmente hacia el año anterior, cuando la tripulación había sido comisionada en un acto solemne. Me resultó difícil conciliar al gallardo comandante del crucero de entonces -con su uniforme blanco impecable, dándonos la bienvenida junto a toda la oficialidad en un emotivo discurso- con este hombre maduro, mojado, débil, con frío y seguramente, con el mismo miedo de morir que todos nosotros teníamos, compartiendo la misma superficie llena de cuerpos golpeados, quemados y malolientes de esa balsa. El comandante sacó un cortaplumas de su bolsillo y comenzó a cortar la barra de chocolate sobre una caja plástica de primeros auxilios. Todos recibimos ese pedacito de chocolate y alguno se lo colocó en la boca, otros lo guardaron para otro momento y fue ahí que comprendí el verdadero significado de aquellas palabras de San Francisco de Asís que me habían enseñado en el colegio: “Oh Maestro, haced que yo no busque tanto a ser consolado sino a consolar…” Después de unos momentos de silencio, el comandante -incorporándose con alguna dificultad- se animó a desentonar con pocas fuerzas un: “que los cumplas feliz…” y entonces algunos se animaron a acompañar en voz baja y otros aplaudieron débilmente con dificultad. Y a mí -lo confieso- se me llenaron rápido los ojos de lágrimas.
La tormenta de la noche anterior ya había amainado un poco, y todos nosotros descansábamos como podíamos evitando que nuestro calzado dañara el piso de la balsa, ya que ello hubiese causado que la balsa se desinflara en el mar, causando la muerte segura de todos los náufragos.
De pronto, a eso de las once de la mañana, escuché decir a un tripulante: “¡Señor! ¡Señor! ¡Buque en la distancia!”. A través de la apertura de acceso a la balsa logramos ver un punto negro a lo lejos. Era imposible establecer de qué se trataba, pero existían buenas posibilidades de que fuera un buque de bandera nacional que nos estuviese buscando. Animado, el comandante tomó el dispositivo de lanzamiento de bengalas y lanzó -en intervalos de un minuto- seis bengalas al cielo gris oscuro.
Luego, el comandante observó con sus prismáticos y alcanzó a distinguir una embarcación mediana y posiblemente de bandera nacional, tal vez encargada del rescate de los náufragos. Repentinamente, nuestro estado de ánimo cambió. Se percibió una corriente de esperanza dentro de la balsa. Un tripulante de Buenos Aires, con muestras de renovado optimismo, hizo su aporte a la cultura vernácula y con un acento inconfundible de Barracas o de San Telmo, espetó: “¡Che muchacho! Resulta que un Jujeño -pariente de Sosa- entra a una ferretería con una motosierra y dice muy enojado: ‘En esta ferretería he comprado esto y me han dicho que podía cortar con ella cien árboles por día… ¡y que sólo he podido cortar cinco árboles, carajo!’ Sorprendido, el empleado toma la motosierra, le revisa el aceite, verifica el nivel de combustible y jalando el arranque la pone en marcha con el consiguiente ruido. El pariente de Sosa, sorprendido y con los ojos enormes exclamó: ¡Mierda! ¿Y ese ruido?” Algunos rieron bajito, otros sonrieron apenas y así, una vez más, aprendí una lección de vida a través de muchachos sencillos y asustados como yo cuando la muerte, mirándonos fijo a los ojos, se paseaba oronda cada vez más cerca de nosotros.
Después de observar por unos cinco minutos, el comandante dejó reposar los prismáticos sobre su pecho y con desgano, dijo: “Estarán con frío los del buque, se alejan de nosotros, no deben haber visto nuestras bengalas”. Y fue entonces cuando la depresión generalizada cayó sobre todos nosotros, como toneladas de rocas gigantescas, cuando comprobamos que éramos abandonados a nuestro destino en el gélido Atlántico Sur.
Desde temprano el mar se mantuvo picado pero estable, aunque estábamos preparados para que se desencadenara una tormenta en cualquier momento. Hacia el mediodía, el comandante repartió unos caramelos del equipamiento de supervivencia de la balsa y un poco de agua desalinizada que habían logrado obtener en un pequeño recipiente. Se comenzaron a notar entonces, los primeros síntomas de una intoxicación, por la incapacidad de orinar debido al terrible frío. Esto se manifestaba en fuertes dolores en los riñones de casi todos los náufragos. Algunos de ellos, con mucho esfuerzo, lograron orinar en bolsitas de plástico, que luego utilizaron como calentadores fugaces para sus manos entumecidas.
Yo seguía recuperándome como podía de mi operación. Por suerte, el doctor Buenaventura estaba alerta y me examinaba con regularidad, colocándome nuevas vendas e higienizando la herida con mucha rapidez, debido al frío reinante. Rafa estaba en posición fetal y hacía un rato que no se movía. El doctor Buenaventura le tomó el pulso, y luego de unos momentos comentó en voz baja: “Cansado está el cordobés, se ha dormido”. Entonces, todos los de la balsa comprendimos el trágico eufemismo. Sacando de mi campera y con dificultad una estampita plastificada de María Auxiliadora -regalo de mamá al momento de la despedida en la dársena- le pedí a un tripulante, que aparentaba estar más entero, que la colocara en el reborde de la costura en el techo de la balsa, para que todos la vieran.
No sé cómo hice, pero juntando todas las energías disponibles dije: “Muchachos, sabemos que lo que nos toca vivir no es agradable, pero este jujeño -sin su apéndice- les dice que también pensemos en nuestros seres queridos que nos esperan porque nos quieren y nos necesitan” Después de una pausa agregué: “Y lo más importante” -dije señalando la estampita en el techo de la balsa- “Es que sepamos que María Auxiliadora no nos va a abandonar en este su mes de Mayo” Hubo un silencio donde creí intuir que todos mascullaban el sentido de mis pobres palabras.
Por la apertura de acceso a la balsa veo desesperanzado unos nubarrones oscurísimos y enormes acercase hacia nosotros a muy baja altura. A las cuatro de la tarde el comandante divisó una balsa flotando a la distancia. Observó durante un minuto más o menos. Luego sin decir nada, le pasó los prismáticos al doctor Buenaventura, quien comenzó a mirar en silencio. Yo estaba muy atento a cualquier comentario o gesto que mi cirujano pudiese hacer, ya que ésta era mi única fuente de información en esos momentos tan terribles. Después de un ratito, el doctor Buenaventura, le comentó al comandante en voz apenas audible -que sin embargo yo pude alcanzar a escuchar: “Todos los de esa balsa sin techo de nuestro crucero han muerto por hipotermia señor…”
Y de pronto, como si las penurias que estábamos pasando no hubiesen sido pocas, un tripulante, le hizo notar al comandante que la balsa estaba perdiendo aire. Buscaron frenéticamente la posible herida en la balsa que drenaba de aire a la misma y no la encontraron. Rápidamente, ambos, el comandante y el teniente doctor Buenaventura tomaron una bomba manual para inflar la balsa, y la colocaron con la ayuda de otros dos tripulantes sobre el botiquín plástico de primeros auxilios para darle sustento. Así los cuatro -por turnos- comenzaron a inflar frenéticamente. A pesar del esfuerzo que hacían, la balsa parecía desinflarse a mayor velocidad con la que intentaban inflarla. En un breve descanso de apenas segundos, mientras un tripulante inflaba con toda su energía, el teniente doctor Buenaventura sacó una foto a color de su familia que llevaba guardada en el bolsillo de su camisa. La miró detenidamente como despidiéndose de ellos. Sin saber qué decir, le pregunté con pocas ganas: “¿Cuantos hijos tiene teniente?” Sin sacar los ojos de la foto me respondió en voz muy baja: “dos nenas” y rápidamente se unió al comandante para continuar inflando la balsa. El sol había comenzado a bajar y la noche empezaba a extender rápidamente un lúgubre manto negro. El viento comenzó a soplar con fuerza, presagiando una tormenta nocturna.
Mis pensamientos me prodigaron un tibio refugio y me puse a pensar en mis viejos, en mi novia y en mi perro Bongo, mientras todos los muchachos de la balsa seguramente también pensaban en sus viejos, en sus novias y en sus perros. Recordé a mamá y a papá cuando vinieron a despedirme en la dársena del puerto y los vi entonces, agitando sus pañuelos blancos y a mamá secarse las lágrimas de los ojos, mientras todos los muchachos, muertos de frío y de miedo seguramente también pensaban en sus seres queridos, despidiéndose de ellos con lágrimas en los ojos, en la misma dársena, del mismo puerto, viendo alejarse lentamente el mismo crucero, rumbo al mismo inexorable destino.
Tercera Parte
Por la Cadena Nacional de Radio y Televisión transmiten la ceremonia de juramento del nuevo presidente constitucional de la República Argentina. Es el 25 de mayo del 2003 y Eduardo mira atentamente la ceremonia mientras toma mate con Victoria, su hija menor de ocho años. Victoria es una niña muy simpática e inteligente. El teléfono celeste suena y con desgano Eduardo atiende. Es su colega del Departamento de Antropología de la Universidad de Cuyo quien le da una buena noticia: el eminente antropólogo español, Javier Pujol, ha aceptado la invitación para realizar una excavación en los cerros de la provincia, junto a estudiantes de grado de la universidad. El Profesor Javier Pujol llegará desde Madrid a Jujuy en una semana con su esposa.
Eduardo tiene unos cuarenta años, es de tez morena y estatura mediana. Conserva el cabello prolijo; su conversación es agradable, pausada y amena. Como director del Departamento de Antropología, Eduardo está muy contento con la noticia que le acaban de dar. Cuelga el teléfono y comienza inmediatamente a pensar en la multitud de preparativos que deben hacer para recibir a los invitados extranjeros.
Victoria, tiene un hermanito un par de años mayor que ella, a quien en la familia le llaman “Rafa”. Eduardo, es divorciado desde hace unos pocos años y recibe a los niños todos los días, aunque ellos viven con su madre, no muy lejos de allí.
La cómoda vivienda de estilo colonial en las afueras de la ciudad es donde Eduardo piensa alojar a los visitantes extranjeros. Tiene allí un cómodo departamento independiente y anexo a la casa principal, adyacente a un bonito jardín, con plantas autóctonas y, que comunica ambas viviendas.
La casa principal donde vive Eduardo es amplia, con una gran sala de estar con vista hacia el jardín. También hay una cocina mediana, una sala de televisión/biblioteca de buen tamaño y un estudio donde Eduardo se ocupa de sus proyectos. En la sala de estar pueden verse sobre una repisa, caracoles, fósiles y una multitud de parafernalia. También hay allí una foto a color finamente enmarcada y tomada en Córdoba, donde Eduardo posa sonriente con un matrimonio de mediana edad, el señor y la señora Rivas, padres de Rafael Rivas, o “Rafa”, como lo recuerda Eduardo.
Contigua a la foto de la familia Rivas y en una sobria placa metálica, se ve una foto del Crucero A.R.A General Belgrano, sus tripulantes y oficialidad con sus impecables uniformes blancos y con el siguiente escrito dirigido: “Al conscripto Eduardo Sosa, clase 1962 en reconocimiento al valor, integridad y humanidad demostrados en el conflicto de las Malvinas, con el afecto especial de todos sus compañeros de la balsa 21ª, Crucero General Belgrano”
El vuelo del Profesor Pujol y de su esposa llegó a tiempo y una delegación de la universidad ya se encontraba en el aeropuerto para darles la bienvenida. El Profesor Pujol –antropólogo de la Universidad Complutense- es alto y delgado; tiene una mirada profunda y sincera. Su esposa es una mujer muy agradable de algo más de sesenta años, quien viste con elegancia y pulcritud. La señora Pujol es buena conversadora y le gusta sacar fotografías.
Al llegar a la casa de Eduardo, después de un agradable viaje en automóvil desde el aeropuerto, ambos huéspedes se sintieron muy contentos de poder estar en Jujuy y agradecieron efusivamente el alojamiento ofrecido por Eduardo. Esa noche serían objeto de una recepción y al día siguiente tendrían un horario completo de actividades y reuniones con los estudiantes de grado que participarían de las excavaciones. La aventura del Profesor Javier Pujol y de su esposa está a punto de comenzar.
La primera jornada de reuniones en el Departamento de Antropología fue muy productiva para todos. Al regresar por la tarde, la señora Pujol encontró a Victoria en el jardín pintando con acuarelas. “¡Qué bonito lo que pintas maja!” -Exclamó la señora Pujol entusiasmada y con un inconfundible acento madrileño- “¿Puedo pintar contigo?” Victoria sonrió y rápidamente le entregó una hoja de papel con un pincel junto a las acuarelas. Ambas comenzaron a pintar flores sentadas en silencio en los sillones del jardín y muy ensimismadas en sus obras. De pronto, Victoria -con total candidez- le preguntó a la señora Pujol: “¿Y vos tenés hijos?” La señora Pujol adquirió repentinamente un tono sombrío y después de una pausa, dejando de pintar, se sentó al lado de Victoria, colocó las acuarelas y el papel de Victoria sobre la mesa, le tomó las manos y mirándola fijo a los ojos le preguntó: “¿Me prometes Victoria, que lo que yo te cuente no se lo contarás nunca a nadie?” Victoria quedó sorprendida y preguntó a su vez: “¿A nadie?” La señora Pujol respondió: “Sí, a nadie, esto debe quedar entre nosotras ¿Vale?” La niña asintió un poco asustada por la repentina transformación en el rostro de la señora Pujol. “Verás mi niña” -comenzó a relatar la señora Pujol- “A veces es difícil contar cosas que duelen, pero tú eres mi amiga, tal vez la única amiga que tengo en este momento…éramos una familia bastante feliz, y digo ‘bastante’ porque la felicidad nunca parece ser completa…teníamos dinero para pasarla bien y nos dábamos gustos caros. Mucho antes de que tú nacieras, mis hijos fallecieron trágicamente en el mismo año…” Victoria a pesar de su corta edad percibió el dolor profundo de su amiga y le dijo con ternura: “Bueno, yo no quiero que te pongas triste, sólo quiero que seamos buenas amigas y que nos contemos cosas lindas”. La señora Pujol, con lágrimas en los ojos, la abrazó y la besó fuertemente. Después de unos momentos Victoria -mirándola fijamente en sus ojos- le dijo: “Entonces quiero que vos también me prometas algo”. Hizo una breve pausa y continuó. “Quiero que me prometas que después de que te regreses a España, un día volverás a mi casa a quedarte conmigo”. La señora Pujol asintió con una leve sonrisa. Victoria entonces sacó del bolsillo del guardapolvo un alfajor regional que no había comido durante el recreo escolar. Partió con sus manitas el alfajor y le entregó una mitad a la señora Pujol. Entonces ambas comieron ese alfajor en silencio -y felices en la mutua compañía- dejando que las migas del alfajor compartido se les cayesen en la ropa, sin que esto les importase en lo más mínimo.
Al día siguiente, Eduardo llegó a su casa un poco tarde cuando ya era de noche. Al entrar en la casa, notó algo raro en el ambiente. Percibió una calma sospechosa e intuyó rápidamente la posibilidad de que hubiesen entrado ladrones y, que todavía pudiesen estar dentro de la casa ocultos en algún rincón. Recordó el robo del que fue víctima dos años antes y los mensajes de la policía alertando a los vecinos sobre posibles robos en el vecindario. Eduardo también observó -preocupado- la ventana entreabierta de la cocina (que estaba seguro de haber cerrado perfectamente por la mañana) La adrenalina le hizo buscar un arma que guardaba en un cajón del escritorio de su estudio. Salió de allí sigilosamente y se dirigió a la sala de estar totalmente en penumbras, sólo el resplandor de la luna nueva iluminaba pobremente la sala de estar. Creyó escuchar leves ruidos extraños que venían de la sala de la televisión cuyas puertas estaban cerradas. Su dedo crispó el gatillo y colocando su espalda contra la pared caminó sigilosamente en dicha dirección. De pronto, se encendieron las luces, se abrieron de par en par las puertas de la salita y allí aparecieron Victoria y Rafa llevando una torta de chocolate. También estaban allí el Profesor Pujol y su esposa, los docentes y los alumnos de grado del Departamento de Antropología quienes comenzaron a entonar un “que los cumplas feliz…” Eduardo, con rápidos reflejos, ocultó el arma debajo de unos almohadones y boquiabierto era la imagen del desconcierto y del bochorno: “¡Che, esto es maravilloso! De veras, ¡muchas gracias!, ¡muchas gracias! Y agregó, con alguna lagrimita que no pudo ocultar: “La última vez que tuve un cumpleaños tan emotivo fue en una balsa, hace muchos años y en medio del Atlántico Sur…esta sorpresa es… ¡Mucho más hermosa!”. Entonces, Victoria se acercó con un paquete cuidadosamente envuelto en papel de regalo: “Esto es para vos papi, feliz cumple, lo hice yo papi, mi amiga me enseño algunos trucos pero lo pinté yo” -dice la niña orgullosamente- Rafa también se acerca con una bandeja de alfajores regionales a modo de regalo que él mismo ha horneado siguiendo las instrucciones de la señora Pujol, quien ha aprendido la receta de una revista de cocina local.
Las semanas pasaron rápido. El proyecto y las excavaciones avanzaron tal como estaba previsto. En los últimos días de la estadía del matrimonio Pujol, Victoria presintiendo una partida inminente, se quedaba hasta tarde en las clases de pintura. También en esos días la señora Pujol se ocupó de cocinar algunos platos especiales para la familia Sosa, incluyendo una deliciosa paella a la valenciana que Eduardo devoró con placer indisimulado. Otro día, la señora Pujol llevó a los niños al centro. Fueron a un parque de diversiones, almorzaron en un restaurante típico y luego entraron de compras en una tienda donde Victoria eligió un bonito vestido y Rafa, una mochila, para sus campamentos con los exploradores. El día anterior a la partida del matrimonio Pujol a España, Victoria entregó a la señora Pujol un regalo que había completado en la escuela: un dibujo pintado con acuarelas del momento en el que el General Belgrano iza la bandera -por primera vez- en las barrancas del Río Paraná. En una tarjetita Victoria escribió con lápiz azul: “Para mi querida amiga y maestra de acuarelas con mucho amor de Victoria”. En letra pequeña a modo de post scriptum se puede leer: “Y no te olvides de la promesa que me hiciste”.
Epílogo
Pasaron casi dos años desde aquella visita del célebre antropólogo español y de su esposa a Jujuy donde se forjo una hermosa amistad con la familia de Eduardo Sosa. Así fue que, durante el mes de mayo del año 2005, el doctor Eduardo Sosa fue invitado por el Gobierno Nacional Argentino a participar de una ceremonia a bordo de un buque argentino, en las coordenadas 55 grados 24 minutos latitud Sur y 61 grados 32 minutos longitud Oeste del Atlántico Sur, donde el Crucero General Belgrano fue hundido el 2 de mayo de 1982.
Luego de haberse arrojado las coronas y flores al mar en una ceremonia de la cual participaron sobrevivientes y familiares de los tripulantes, el buque se dirigió hacia las islas Malvinas donde tuvo lugar una emotiva ceremonia en el Cementerio de Mount Pleasant.
El día 3 de mayo en el libro de visitas del cementerio Eduardo escribió: “La vida nos forzó a una confrontación. Ninguno deseó la muerte del otro. Por un mensaje de Paz para siempre, por nuestras generaciones futuras, Dios quiera tenerlos a todos en Su Gloria. Firmado: un veterano sobreviviente del Crucero General Belgrano” El doctor Eduardo Sosa no indicó su nombre y se marchó rápidamente del lugar.
Un periodista enviado por el periódico londinense “The Guardian”, se encontraba en el cementerio recogiendo información para una nota sobre este evento. El periodista reparó astutamente en el mensaje que Eduardo escribió en forma anónima en el libro de visitas. Su nota periodística publicada al día siguiente en las ediciones impresa y electrónica del periódico incluyó el mensaje dejado por Eduardo en el libro de visitas.
En Madrid, la señora Victoria -viuda de McCormack y viuda de Pujol- toma el té en la sala de estar de su lujoso piso con un hermoso ventanal a través del cual se puede ver la bella fuente de La Cibeles. Victoria luce un impecable vestido color bordó y un collar de perlas auténticas que hacen juego con la pulsera y el anillo que fueran un obsequio de su primer esposo, Charles McCormack Sr. La mucama le sirvió una segunda taza de té a la señora Victoria, quien le agradeció con una sonrisa. En una biblioteca de la sala de estar se puede ver, en uno de los estantes, las fotos finamente enmarcadas de sus hijos Charles Jr. y Jonathan McCormack, ya fallecidos. Victoria se encaminó a su escritorio, encendió la computadora y después de unos momentos comenzó a leer la edición electrónica matutina de “The Guardian” como hacía todos los días, poniéndole esta vez, atención especial a la nota sobre una ceremonia en el cementerio de las Islas Malvinas. Victoria leyó ensimismada y con gran detenimiento las palabras anónimas de un sobreviviente del Crucero General Belgrano dejadas en el libro de visitas del cementerio. Después de leer la nota, y sin poder explicárselo, Victoria fue invadida por una paz profunda que percibió de un celeste diáfano y bellísimo, experimentando un exuberante regocijo, que no había experimentado desde cuando era niña y pintaba acuarelas en la clase de Miss Chesterton, en el exclusivo colegio de niñas de Londres. Después de unos solemnes minutos, Victoria fue a la alacena, abrió la caja de madera donde guardaba los alfajores y tomó uno de los que había horneado el día anterior. Luego, parsimoniosamente, fue a la biblioteca y recogió el álbum con las fotos tomadas durante el viaje a Jujuy. Como anticipando un placer inmenso, se encaminó a la sala de estar y se sentó en un cómodo sillón. Allí, bajo una bella lámpara, comenzó a mirar detenidamente las fotos y a degustar el alfajor, dejando que las migas le cayesen sobre su fina ropa, sin que esto le importase en lo más mínimo. Luego, con absoluta naturalidad, la señora Victoria tomó el teléfono que estaba a su lado y llamó al agente de viajes ordenando un pasaje aéreo de primera clase para la semana entrante con destino final a Jujuy, Argentina. Curioso, el agente de viajes le preguntó: “¿Va usted de vacaciones señora?” Victoria amablemente respondió: “Sólo viajo para cumplir una promesa muy importante” y colgó el teléfono blanco con suavidad.

Dedicado a la Memoria de los Tripulantes del Crucero A.R.A. “General Belgrano”
Margot
“Ya no sos mi Margarita…¡Ahora te llaman Margot!” Tango Margot, Celedonio Flores(*)
A José siempre le gustaron las rubias de ojos claros. Caminaba cansinamente, mascullando la razón de esta obsesiva idea. Recién había salido de su alojamiento con una familia de clase media en un suburbio de París, y se encaminaba por calles grises e insípidas, con grandes complejos habitacionales a ambos lados de la calle, para así llegar a la parada del autobús distante a unas cinco cuadras de allí. El mes de febrero estaba por concluir, y faltaban no muchas semanas para terminar su intercambio estudiantil, que incluía clases en un colegio secundario, donde mejoraba sus conocimientos del francés, y donde además asistía a clases regulares del último semestre de la secundaria. Los organizadores del programa lo habían ubicado con una familia que le proveía el alojamiento y las comidas.
Habían pasado unas cuantas semanas de su llegada a París desde su ciudad natal de Pigüé, Provincia de Buenos Aires, en Argentina. José había ganado una beca del Rotary Club para un intercambio estudiantil en Francia y por esta afortunada circunstancia estaba allí caminando esas largas cuadras y soñando con conocer a una rubia francesa y de ojos claros igualita -en lo posible- a la foto de Catherine Deneuve, la actriz de cine preferida de su madre (y secretamente también de su padre) cuya foto estaba colocada en la sala de estar de su casa. Desafortunadamente, a sus dieciocho años recién cumplidos, y después de casi nueve semanas de estadía en París, aún no había podido conocer a una chica francesa que fuese rubia y de ojos claros.
José había perdido a su padre cuando era un niño de apenas siete años. Miguel Hernández, su padre, había sido un hacendado robusto, generoso y autoritario. Era propietario de una relativa fortuna, amante del campo, de su gente y del folklore nacional. Su madre había insistido, en que al nacer el niño se llamaría Maurice, en honor a su bisabuelo, un inmigrante francés de la provincia de Rouergue en la región administrativa de Occitania en Francia. La opinión del padre se impuso finalmente, y el niño fue bautizado José Hernández, así a secas, en honor al autor del Martín Fierro, tal como su padre había determinado.
Su madre Ivonne Leroux, era una viuda bonita y aún joven, nieta de inmigrantes franceses, y educada en escuelas francesas de Buenos Aires. En la casa había pinturas, fotos, y recuerdos de Francia en las paredes y en vitrinas: el museo del Louvre, la Basílica de Nuestra Señora, fotos de viajes del matrimonio tomadas en la Torre Eiffel, en el Río Sena y multitud de parafernalia francesa por doquier.
Mientras caminaba hacia la parada del autobús, José recordó que, en el año 2015 para celebrar la adhesión de Argentina como Estado Miembro Observador de la Francophonie, se llevó a cabo una ceremonia en la Alianza Francesa de Buenos Aires. Su mamá fue invitada especialmente por el Consulado de Francia y dio una charla sobre un trabajo titulado: “El omelette francés más grande del mundo”.
El recuerdo de la participación de su mamá en esos eventos de la Alianza Francesa llenaba a José de un gran orgullo...pero él ya extrañaba su ciudad y su gente a quienes imaginaba disfrutando del verano en las lagunas y en las sierras de la zona. Recordaba con alegría la fiesta del aniversario de la ciudad el pasado 4 de diciembre y el gigantesco omelette preparado por unos diez cocineros con una suerte de rastrillos de madera, en una enorme sartén de cuatro metros y medio de diámetro, utilizando miles de huevos de gallina, cantidades copiosas de quesos artesanales de la región, y todo esto calentado por un fuego de leña preparado por un equipo de tres peones de campo. A esta fiesta tradicional asistió todo el poblado de Pigüé y otros pueblos de la región y aún personas venidas de provincias distantes como Mendoza. Esta festividad celebraba la presencia y los aportes de la comunidad inmigrante francesa a la ciudad y a la zona.
Inicialmente, unas cuarenta familias llegaron a la Argentina desde la región de Occitania, hacia fines del siglo XIX y fundaron en 1884 la población de Pigüe como una colonia francesa. Muchas otras familias inmigrantes de Francia llegaron más tarde y así la zona se convirtió en un terruño francés en las pampas argentinas.
José había encontrado poca sintonía entre los estudiantes de ese colegio de un suburbio parisino con un alto porcentaje de inmigrantes provenientes de muchos países, que no se comunicaban frecuentemente en francés sino en una multitud de idiomas vernáculos totalmente desconocidos para él. Peor aún, ni siquiera había logrado conocer a una muchacha francesa que fuese rubia y de ojos claros. Y además, el tiempo apremiaba, ya que dentro de breve debía regresar a Pigüé. Esto le crispaba los nervios: al llegar a Pigüé ya no podría decirle a su madre que había conocido a una bella francesita, rubia de ojos claros y que ambos se amaban profundamente.
Entonces, ocurrió el milagro.
José llegó a la parada del autobús a las 7:30 de la mañana el martes después de caminar esas interminables cinco cuadras bajo un cielo gris. Ella ya estaba allí. Notó su perfecta estilizada figura, sus pantalones elegantes, la delicada blusa y, por supuesto, sus ojos claros. Se sonrojó levemente cuando los otros -quienes también esperaban el autobús- parecieron darse cuenta de que José la observaba discretamente. El autobús llegó puntualmente a la parada a las 7:36 de la mañana.
Al día siguiente José llegó a la parada del autobús un poco más temprano que de costumbre. Ella estaba ahí. Tratando de no parecer demasiado interesado, la observó furtivamente mientras otras dos personas -que también esperaban el autobús- parecían distraídas. Esta vez su mirada, transparente y clara, perdida en la distancia, lo sedujo hacia campos rebosantes de jugosas fresas y praderas con girasoles radiantes de energía. Sus labios entreabiertos parecían comenzar a entonar los versos de un melancólico tango. Allí mismo decidió que el nombre de la muchacha sería “Margot”.
Aquella noche José soñó con ella y con sus labios exploró las manos de Margot y se deleitó con el sabor de su dulce piel. Margot también pareció haberle susurrado algo en francés que José no pudo o no supo entender.
El jueves se dio cuenta de que estaba locamente enamorado de Margot. Se preguntó si las otras personas que esperaban el autobús se habrían dado cuenta y si tendría el coraje de hablarle en algún momento. José notó los cabellos rubios de Margot que descansaban con gracia sobre sus hombros. Se deleitó en su fragancia, sintió deseos por ella y se dejó llevar hacia los más eróticos pensamientos que un joven puede atesorar en un corazón palpitante. Allí mismo decidió que Margot sería la madre de su hijo.
Antes de que llegase el autobús, José la miró furtivamente una vez más, y leyó el mensaje del anuncio publicitario de un banco, en el cual la imagen de Margot estaba impresa en tamaño natural: “A VOTRE SERVICE TOUS LES SERVICES DE LA BANQUE NATIONALE DE PARIS”
Ese día el autobús de José también llegó puntualmente a la parada. Eran las 7:36 de la mañana.
(*) Celedonio Flores, (Buenos Aires 1898-1947) Poeta argentino de una gran sensibilidad, muy popular letrista de tangos y frecuentador de la bohemia porteña. Este cuento fue inicialmente publicado en la antología Destello de Dos Naciones (2018).
Forjador de Sueños
El anciano y la mujer caminaban despacio tomados del brazo. Hablaban pausada pero animadamente. A veces, yo los veía en el parque, dándole de comer a las palomas y a los gorriones. Alguna vez noté que otras personas se acercaban a ellos con admiración. Muchas otras veces los vi entrar en la Librería del viejo Marchand, cerca de la Universidad.
Marie, la señora que hacía la limpieza en nuestra casa parroquial, alguna vez me contó historias fantásticas de este anciano muy conocido en la ciudad. Nunca tuve tiempo de ocuparme en corroborar esos relatos, mis obligaciones como párroco auxiliar me demandaban mucho tiempo y dedicación exclusiva. Sin embargo, en breves momentos ociosos, se me había ocurrido pensar que este anciano podría haber sido un explorador famoso, un astuto detective convocado para resolver los más misteriosos crímenes o, tal vez, un célebre mago, capaz de deleitarnos con trucos asombrosos.
Nunca vi al anciano ni a la mujer en misa, aunque tenía la íntima convicción de que ambos me conocían muy bien. Un tiempo después de escuchar los relatos iniciales, escuché otro relato -lúdico esta vez- del Padre Marcel, nuestro párroco titular: una noche después de una agradable tertulia en el piso del anciano (de quién era amigo) y antes de despedirse, el Padre Marcel, queriendo expresar su respeto por el anciano dijo emocionado: “Maestro, usted es inmortal”. La respuesta también emocionada fue un veloz búmeran: “¡Vamos Padre, no hay por qué ser tan pesimista!”
A las 21:30 horas del 13 de junio de 1986, recibí una llamada urgente en la rectoría de la catedral. La persona al otro lado de la línea me pidió encarecidamente que fuera inmediatamente a su casa y me dio la dirección.
Caminé rápido bajo la lluvia. Al entrar al piso, la mujer me acompañó a un cuarto austero donde yacía el anciano muy desmejorado, aunque alerta. Éste me sonrió vagamente y en un correctísimo francés, apenas audible, pidió que nos tomáramos de las manos y que rezáramos un Padre Nuestro. A ambos lados de la cama la mujer y yo nos unimos al anciano, y rezamos esa bella oración que intuí póstuma.
La solemne misa de cuerpo presente fue al día siguiente en la Catedral. Observé a muchas personas de nuestra comunidad y también a muchas otras personas que me eran desconocidas. A un costado del altar mayor el Padre Marcel -sentado a mi lado- me susurraba los nombres de personalidades mundiales, diplomáticos extranjeros y también políticos nacionales sentados junto a humildes parroquianos.
Allí, entre la multitud abigarrada que colmaba la catedral pude identificar a Marie, nuestra señora de la limpieza, quien había sido la primera en hablarme del anciano y de sus proezas.
Entre las muchas coronas de flores, había una enorme de rosas blanquísimas que se destacaba claramente y con la siguiente dedicatoria anónima en grandes letras multicolores: “Al más grande forjador de sueños”.
~~~~~~~~
Han pasado más de treinta años. Bastante he leído de Jorge Luis Borges desde entonces, confirmando que -en verdad- era un gran explorador de los laberintos de la mente humana, un famoso investigador de lo esotérico y -sobre todo- un célebre mago del lenguaje. También confirmé que mis primeros recuerdos ginebrinos de ese anciano, buen caminante, generoso alimentador de palomas y gorriones, asiduo visitador de librerías de la universidad, conversador silencioso y astuto, patético humorista y -en sus últimas horas de vida- piadoso ateo; son los que todavía forjan en mí, sueños que se expanden, se transforman y constantemente se elevan en luminosas volutas multiformes.
-Dedicado a la memoria de Maria Mercedes y de Ricardo Carmelo Esandi-
Taxistas de Buenos Aires
Ciudad Autónoma de Buenos Aires, Argentina, 25 de enero de 2016, 11:30 horas.
¿Qué te parece si subimos por Juncal o Arenales y después vamos hasta Palermo, sin meternos en el bajo que está congestionado a esta hora? Habíamos llegado a Retiro desde La Plata y el autobús nos dejó en la Plaza Canadá.
Estábamos buscando un taxi cuando -providencialmente- paró uno cerca de nosotros. Subimos -mis tres hijos y yo- con las maletas y bolsos. Quedé sorprendido cuando el taxista no tuvo objeción alguna por el excesivo pasaje con su carga adicional. Me sorprendió aún más que me consultara el recorrido a transitar.
El taxista -tenía unos treinta y cinco años- era delgado y atlético, rostro alargado con nariz notable, cabellera color castaño abundante y larga, remera color beige sin inscripción o mensaje, usaba una pulserita tejida de hilos multicolores, shorts y sandalias (atuendo más que apropiado para el calor agobiante que soportábamos en esos días). Una conspicua calcomanía del club de fútbol San Lorenzo de Almagro -adherida al centro del volante- delataba las simpatías futbolísticas del taxista. Entonces, pregunté cándidamente sobre su negocio de taxi y me contestó que trabajaba doce horas por día pero que no se podía quejar, ya que algunas semanas eran mejores que otras y que, generalmente, merodeaba por Retiro para recoger pasajeros en la terminal de autobuses. «Hoy me engancharon de casualidad, ya me iba para otro lado».
La radio del taxi comenzó entonces a dar las noticias más importantes del día, incluso los despidos en el sector público y la devaluación de la moneda. El taxista -después de apagar la radio con rabia- se retorció en el asiento como si le hubieran descargado doscientos veinte voltios en sus genitales y dijo: «Estoy perplejo, traumatizado y creo que esto recién empieza, flaco». Calló por unos segundos como para ordenar sus pensamientos y continuó: «Ahora, hacia fin de este mes, ya siento fuerte los efectos de la devaluación, veo que la gente se mide y no toma taxis como antes». Hizo otra breve pausa e intuí que quizás tenía pensamientos que lo asediaban y que debía exorcizar. «Esta devaluación, es una movida para pauperizarnos a nosotros los laburantes. Mirá, ellos se quitan las retenciones a las exportaciones de granos y carnes, es decir, dejan de pagarle al estado plata que necesitamos para educación, salud, planes de viviendas, obras públicas. En otras palabras, oficializan el latrocinio y, a nosotros, nos quitan los subsidios a la electricidad y al gas...y ni hablar de los despidos. Esa gente -despedida y asustada- junto con los que se están dando cuenta que ya no les alcanza el dinero, no van a tomar taxis y yo, y mi familia, como tantos otros compañeros taxistas y sus familias vamos a sentirlo”. Vi, pegado en la luneta del coche un dibujo hecho por un niño o una niña y -para descomprimir la conversación un poco- le pregunté sobre el dibujo. Sonrió espontáneamente y con alegría. Entonces me contó que su hija de tres años ha hecho el dibujo en el hogar maternal. Es la regalona del papá. Me explica también que su hija mayor de ocho años es muy buena alumna en un colegio parroquial, y que él y su esposa, tratan a ambas niñas con la misma consideración, sin tener preferencia por ninguna de ellas.
Continuó con su relato: “Como te decía, mi señora y yo estamos preocupados por el futuro de nuestras hijas y por las medidas que -violentamente y con rapidez- están implementando; nos quieren acorralar para que la gente acepte cualquier sueldo con tal de mantener el empleo. Fijate que yo no sabía casi nada de política, pero ahora sé quién es quién y cuáles son los planes de los poderosos, de las corporaciones». Mirándome por el espejito retrovisor agrega: «De todas formas, en el fondo, es una cuestión de ‘espiritualidad’; no quieren que nosotros podamos viajar en avión, tomarnos unas vacaciones decentes o mandar a nuestros hijos a la universidad». Habla con un staccato que se parece más bien a los disparos de una ametralladora. «Eso sí, ellos se llenan la boca con rezos y plegarias, casi seguro que algunos comulgan todos los días y no se pierden un Tedeum en la catedral, pero nos quieren sumisos y obedientes... ¿Por qué? Sencillito: quieren controlarnos y para eso usan la prensa, la televisión y otros medios, que ahora son prácticamente todos de ellos…» Noté su rostro endurecido y sus ojos alertas, como anticipando una gran batalla. Después de una breve pausa agregó con vehemencia: «Y además quieren sentirse bien, creando fundaciones para hacer caridad y así ayudar a los pobres y a los pobres-por-venir, es decir, a nosotros. Quieren que haya pobres; no tienen interés en disminuir la pobreza; de otra forma no podrían controlarnos y sus chances de hacer caridad serían mucho menores. Nuestro Papa Francisco lo ha dicho varias veces, pero les importa un bledo, sólo buscan sacarse una foto en el Vaticano para colgar bien visible en sus oficinas… como te decía, es un tema de ‘espiritualidad’, de saber y de querer realmente amar al prójimo como a uno mismo». Mientras esperaba que el semáforo tornara verde en una intersección, sorbió un jugo de frutas que llevaba consigo y continuó, quizás estimulado por mi celosa atención a su relato, y claramente más relajado: En los últimos diez años, gracias a Dios, pude terminar la secundaria estudiando por la noche; con sacrificio le compré el taxi a un tío -que se jubiló- y ahora, estudio filosofía en la universidad. Estoy contento y tengo unos profesores y compañeros fantásticos quienes ya son casi como mi familia. Voy a clase una vez por semana, pero estudio en línea más que nada. Nos juntamos cada dos semanas para debatir y charlar sobre los grandes filósofos griegos clásicos que estamos estudiando ahora... ¿Conocés la alegoría de la caverna? (estaba por confesar mi ignorancia cuando un hecho fortuito me salvó de una segura humillación) Por el carril contiguo y en la dirección opuesta, se aproximaba otro taxi a velocidad reducida. Mi taxista bajó la ventanilla un poco más, tomó una caja de pañuelos de papel y la extendió con su brazo hacia el otro taxista diciéndole al momento en que ambos se cruzaban: ¡Carlitos, es para que te sequés las lágrimas después de la goleada que le dimos a Huracán (*) el domingo! ». El otro taxista le contestó con una grosería, pero con una sonrisa, (aceptable código urbano que conjuga un insulto en cariñosa y burlona respuesta). Mi taxista continuó explicándome: “Carlos es un colega de muchos años con quien sólo podemos hablar de fútbol, mujeres y comida. En política estamos en las antípodas y por eso, si converso con él nunca hablo de política.” Hizo una pausa para sonarse la nariz y continuó: “Como te estaba contando, es todo tan ecléctico en las clases de filosofía, que conversamos sobre Platón y Jauretche al mismo tiempo, como si los siglos y las geografías no existieran, ¿Existe el tiempo?” Sin esperar una respuesta (por suerte para mí) continuó: “Hace poco, en un restorán, durante la cena de fin de curso, en diciembre, descubriendo la profundidad de los conceptos de Platón, cantamos todos espontáneamente y a capela “¡Platón, Platooón! ¡Qué grande sooos! Y después nos cagamos de risa con el profe y los compañeros y compañeras”. Dramatiza el relato del evento gesticulando ampulosamente, levantando sus dos manos del volante, tornando su cabeza para mirarme y agregando casi a los gritos: “¡La gente que estaba en el restorán no la podía creer loco!”
Casi imperceptiblemente La conversación se deslizó hacia otras dimensiones. Sin preámbulos el taxista dijo de pronto: “¿Sabés qué nos diferencia a los seres humanos de los animales?” Le contesté que tal vez la inteligencia, aunque, últimamente, no estaba convencido de eso. El taxista me explicó: “los animales no tienen dos cosas que nosotros los humanos tenemos para nuestra dicha y para nuestra desgracia.” Entonces pensé que un fenómeno inexplicable me retenía, contra mi voluntad, en un areópago griego sobre ruedas, y que estaba en realidad dialogando con el alma de Sócrates o algún otro personaje con mucha sabiduría encarnado en mi taxista. Continuó: “Los seres humanos podemos reír, los animales no lo pueden hacer y esto nos coloca más cerca de los ángeles, que no solamente se ríen mucho y también vuelan, sino que, además, cantan montones, cosa que los animales no pueden hacer, excepto los pájaros -claro está- pero, para ellos cantar o volar es como para nosotros hablar o caminar, así que no cuenta. Y la otra cosa -para nuestra desgracia- es que nosotros los humanos tenemos ego, cosa que los animales parecen no tener y, este ego nos hace cometer las estupideces más grandes y nos está llevando a la autodestrucción con guerras, contaminaciones ambientales, concentración de riquezas enormes en pocas manos.”
Hace una pausa mientras parece cavilar una idea que necesita expresar: “Pero ¡ojo! Que no estoy echándole la culpa al ego. ‘Nosotros’ y ‘ellos’ somos responsables de todo lo que hacemos, de todo lo que pensamos o de todas las intenciones que tenemos porque -esencialmente- todos, ‘ellos’ y ‘nosotros’ somos todos uno” Respiró profundo como sintiendo un alivio importante y, después de unos pocos segundos agregó: “Y por eso te digo que, en realidad, no es la inteligencia lo que nos distingue de los animales sino la supina estupidez que todos -‘nosotros’ y ‘ellos’- derrochamos generosamente.”
Llegamos a nuestro destino. El medidor de peaje indica noventa pesos. Le doy un billete de cien mientras los chicos bajan del taxi las maletas y bolsos. Agradezco sus servicios deseándole que tenga un año venturoso junto a su familia.
El filósofo-taxista me dio la mano augurándome lo mejor. Entonces cerré la puerta del taxi con suavidad y cargando nuestros bolsos y maletas, todos nosotros entramos al hotel.
Taxistas de Buenos Aires
27 de enero de 2016, Aeroparque de la Ciudad de Buenos Aires, Argentina, 10:15 horas.
El primer conductor pidió seiscientos pesos. Me explicó que había que pagar dos peajes, lo cual encarecía el viaje. Me pareció excesivo. Ante la misma pregunta el segundo conductor respondió seductivamente: “Pensá en quinientos pesos, si el reloj marca menos, te cobro menos.”
Hice un rápido estudio comparativo de un viaje anterior y, contabilizando la distancia adicional, el monto a cobrar me pareció más o menos razonable: no más de quinientos pesos y menos si el medidor de peaje marcase menos (no dudé ni un instante que la clarificación era un anzuelo del taxista para asegurarse el viaje). De todas formas, decidí que tomaríamos ese taxi.
Subimos al vehículo con mis hijos y comenzó el viaje hacia el aeropuerto de Ezeiza. Ya estábamos por concluir nuestras vacaciones en la Argentina. Observé que el coche era nuevo -o relativamente nuevo-. El conductor de unos cuarenta y cinco años vestía una camisa color amarillo, llevaba una lapicera en el bolsillo y pantalones vaqueros con vistosas zapatillas deportivas. Su cabellera estaba prolijamente acicalada; los lentes ahumados parecían de una marca cara; no usaba reloj ni anillos. Tenía el rostro de un hombre conocedor de la calle y con un acento porteño inocultable. Curioso, observé un diminuto aro de oro en su lóbulo derecho. El taxi no evidenciaba elementos que me pudieran dar la pauta de quién era el conductor. Sobre el respaldo del asiento delantero, alcancé a ver la licencia municipal de conductor, emitida a Carlos Saturnino Roldán, Licencia CABA-B1-093 con una foto de frente y perfil derecho. También vi un banderín del Club Atlético Huracán colgando del espejito retrovisor. Recorriendo la Autopista General Paz -camino a Ezeiza- recordé mi infancia jugando allí cuando, en ese entonces la avenida tenía solo dos carriles y grandes áreas con parques en la parte que separaba a los carriles. Además, había allí casitas para los jardineros, que parecían salidas de los cuentos de faunos y hadas que mamá solía leerme cuando era niño. Al pasar por la calle Arcos me vino a la memoria la casa en forma de barco que le regalaron a Vito Dumas (**) en dicha calle -perpendicular a la Avenida General Paz- y, le hice saber a mis hijos que yo había vivido en esa misma calle. Al escuchar mi comentario el taxista dijo: “Lindo barrio Núñez, yo soy de Devoto que es un barrio lindo también”.
Esto me dio la oportunidad de iniciar la conversación. Le pregunté sobre Villa Devoto y me contó de la calle donde vivía (calle sin salida con unos vecinos maravillosos), de la buena calidad de la escuela de su hija, “escuela pública pero buena escuela” puntualizó como queriendo explicar que siempre hay excepciones a la regla. Le pregunté -como al pasar- acerca del negocio de taxi y respondió: “Hay que trabajar fuerte para salir adelante con el taxi. Yo hago Capital más que nada y -a veces- como ahora me ligo un viajecito a la provincia”. En cierto momento, y a colación del tema de su negocio de taxi, aventuró que estaba seguro de que el nuevo gobierno nacional -que había asumido el poder hacía unas pocas semanas- sacaría el país adelante. Agregó que el votó por el gobierno elegido y que el nuevo presidente no lo ha defraudado porque “ya hizo lo que dijo que iba a hacer”. Continuó con muchas ganas: “En este país hay que poner orden. La economía es un desastre, yo tengo que pagar mucho para que mi familia se alimente decentemente y, en mi caso, te digo que no tiramos manteca al techo”. Le pregunté entonces si la reciente devaluación podría encarecer el costo de los alimentos. Mi interlocutor contestó rápido y certero: “Mirá hermano, acá había un dólar artificial; hay que dejar que el mercado solito nivele los precios del dólar y de los productos y servicios de la economía. Es la ley de la oferta y de la demanda y así ha funcionado siempre. Si nos ponemos a regular la economía, nos vamos a ir pareciendo más a Cuba donde, ¡Ni papel higiénico tienen! ¡Y fijate lo que le pasó a la Unión Soviética y lo que está pasando en Venezuela!”
Después de una breve pausa para ajustar su espejo retrovisor y acomodarse en su asiento, continuó con su cátedra: “Ya te dije que este país es un desastre y te explico por qué: acá no sabés donde estás parado. Los subsidios a los vagos que no trabajan los tenemos que pagar todos los que trabajamos honestamente y esto no le ayuda al país”. Pregunté - intuyendo la respuesta - si a él no le parecía que, a gente con más necesidades y menos oportunidades, el estado podría darles una mano. Solemne, me explicó entonces con voz arrastrada, propia de hombre con muchas correrías: “Lo que pasa -y te lo digo yo que conozco el tema- es que a la gente pobre no tenés que darle pescado sino enseñarle a pescar”. Al decir esto último su rostro irradió una indisimulada satisfacción, combinada con lo que percibí como genuino orgullo. Hizo una pausa, le bajó el volumen a la radio y continuó en un tono reposado haciendo gala de esa sublime pasión argentina, el esnobismo, agregando: “Si vos quitás los impuestos, los empresarios tienen más recursos para invertir en sus fábricas, porque ¡fijate! Los empresarios quieren prosperar como cualquiera, y así, de esta forma, dejándolos respirar, ellos expanden sus fábricas, compran más y mejores maquinarias, exportan más y así se crean más puestos de trabajo. El dinero que el estado no arrebata a los empresarios con los impuestos ¡vuelve entonces a la gente en forma de más y mejor trabajo, macho!... ¡así de simple!” Se quedó callado por un momento, como saboreando el impacto de su disertación y continuó, esta vez con un análisis microeconómico, que me compartió con una voz que me pareció impostada especialmente para la ocasión: “Aquí lo que pasa es que los pibes de las villas, se gastan el dinero de los subsidios en cerveza o en drogas y entonces, estamos alimentando el vicio de la gente y malgastando los recursos del estado. Yo presidente, a los vagos que ni trabajan ni estudian los pondría a hacer un servicio militar obligatorio, como había antes, y los mandaría a limpiar las villas y arreglar las rutas y calles que están destrozadas”.Siguió con su discurso e indignado por los pecados del estado: “este país estaba lleno de corruptos que te prometían una cosa durante las elecciones y luego cuando llegaban al gobierno hacían todo lo contrario. Además, se llenaban de plata robándonos a nosotros los trabajadores, robando con coimas, robando con impuestos abrumadores… ¿Sabés cuánto pago yo de impuestos a las ganancias?” Entonces repitió a los gritos, quizá olvidando su enojo en la melodía: “¡Seis mil pesos hermano! ¡¡Seis mil pesos!!” Y agregó adulándome burlonamente: “Decime, cuánto dinero es esto a fin de año, sacá la cuenta vos que sos un tipo inteligente”.
Llegamos al aeropuerto internacional y me dice: “te voy a tener que dejar aquí porque allá hay una manifestación de vagos y no quiero que me destruyan el coche”. Entonces estacionó su taxi en un lugar tranquilo, a cierta distancia de la puerta de acceso a la terminal. Sacamos las maletas del baúl y luego -mirando con atención el medidor del peaje, me dijo cándidamente: “Son seiscientos cincuenta”.Lo miré fijo en los ojos durante unos significativos segundos y entonces yo -que de niño fui monaguillo- lo increpé en una voz bien fuerte, (que mis hijos no conocían) y, usando un castellano aporteñado que -espero- no hayan entendido, respondí con bronca: “¡Dále Carlitos, cogéme que soy del campo! ¡Si habíamos quedado que eran quinientos pesos o menos si marcaba menos, pero no ha marcado menos! ¡Así que son quinientos!”
El taxista recogió el dinero de mala gana. Se subió al vehículo mirando para otro lado y partió despacio, supongo que con destino a la Capital Federal. En el avión de regreso a Toronto medité sobre los conceptos de política económica que había aprendido. Decidí que sería bueno que no quedaran en el olvido. Entonces me puse a escribir este sencillo relato, abrevado en la iluminadora conversación que tuve con Milton Friedman, tachero de Villa Devoto.
Después pedí una botellita de vino tinto, seleccioné de la cinemateca del avión una película de los Tres Chiflados, la miré riéndome con muchas ganas y -ya relajado- más tarde me dormí.
(*) Milton Friedman, economista y experto en estadísticas estadounidense. Propulsor de la economía de libre mercado. Recibió el Premio Nobel de Economía en el año 1976.
(**) Vito Dumas: navegante solitario argentino quien a bordo de un velero de dos mástiles y de 31 pies, sin equipo de radiocomunicación, dio la vuelta al mundo partiendo de Buenos Aires en 1942 en plena guerra mundial.
Бесплатный фрагмент закончился.
