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365 días con el Padre Pío
Gianluigi Pasquale

Presentación de la edición española
Al libro 365 días con el Padre Pío lo podríamos llamar «hermano mayor» del tan conocido y leído librito de bolsillo Buenos días.
Buenos días, traducción española del italiano Buona giornata, nos ofrece, igual que 365 días con el Padre Pío, un «Pensamiento para cada día del año». En Buenos días, esos pensamientos están tomados o de los escritos del Padre Pío o de palabras pronunciadas por el Santo. En 365 días con el Padre Pío, en cambio, todos los pensamientos se han sacado del Epistolario; es decir, de las cartas escritas por el Santo capuchino a sus directores espirituales, los padres Benedetto y Agostino da San Marco in Lamis, y a sus dirigidos espirituales.
En el primero, Buenos días, los pensamientos son muy breves, a veces de una o dos líneas, aunque no por eso menos ricos de contenido. Fijándome en esta brevedad, lo he llamado «hermano menor» de 365 días con el Padre Pío. En este, los textos son mucho más amplios, a veces cartas enteras, como la dirigida al papa Pablo VI en 1968. Por este motivo, le he dado el rango de «hermano mayor» de Buenos días. Y al «hermano mayor» le deseo la misma amplia acogida que sigue teniendo, en italiano y en las versiones a otros muchos idiomas, su «hermano menor».
***
He de confesar que la traducción española no ha sido, al menos en bastantes casos, nada fácil. Quizá porque en este estilo epistolar, sobre todo cuando el autor, como en este caso, piensa que las cartas nunca llegarán a personas distintas del destinatario, la redacción se suele cuidar menos. Posiblemente también –el Fraile capuchino lo dice expresamente en algunos casos–, porque el Padre Pío escribió muchas de estas cartas robando horas al sueño y muy cansado después de haber pasado casi todas las horas del día atendiendo a la gente, sobre todo en el confesonario. Y, sin duda, porque el «Crucificado del Gárgano», especialmente cuando tenía que manifestar a sus directores espirituales sus profundas experiencias místicas, no encontraba palabras adecuadas para hacerlo y recurría a colocar, uno tras otro, sustantivos, verbos, adverbios... Si el texto italiano lo hallamos entre «densas nubes» –expresión tantas veces usada por el Padre Pío en sus cartas–, ¿cómo conseguir que sea clara su traducción española?
Al traducir los textos italianos, se ha buscado, como es lógico, la fidelidad: fidelidad, ante todo, al contenido; fidelidad, en lo posible, al estilo usado por el autor; y fidelidad también a la grafía empleada, que, al tratarse de cartas escritas en el arco de 13 años, alterna en el uso de mayúsculas y minúsculas, en la puntuación… La fidelidad al estilo hace que, en muchos casos, la lectura no resulte ni fluida ni agradable.
***
El Padre Pío –lo podrá comprobar el lector– aconseja repetidas veces la lectura de buenos libros. El libro que el lector tiene en sus manos es, sin duda alguna, excelente.
Al acercarnos al pensamiento de cada día, cabe seguir –y es muy aconsejable hacerlo– el consejo que el Padre Pío da a Raffaelina Cerase en carta del 14 de julio de 1914: «Antes de ponerte a leer esos libros eleva tu mente al Señor y suplícale que Él mismo se haga guía de tu mente, se digne a hablarte al corazón y mueva Él mismo tu voluntad». Si actuamos de ese modo, no hay duda de que nos ayudará eficazmente a progresar en los tres objetivos que el Santo de Pietrelcina propone a Assunta di Tomaso en carta del 24 de septiembre de 1916: «Daremos gloria a nuestro Padre del cielo, nos santificaremos a nosotros mismos y daremos buen ejemplo a los demás».
12 de octubre de 2010
Elías Cabodevilla Garde, OFMCap.
Prólogo
Conozco a muchísimas personas, sobre todo jóvenes, que cada día rezan a Dios a través del Padre Pío y con el Padre Pío. Lo hacen considerándolo todavía como «Padre», aunque él ya es, desde hace algunos años, «san Pío» de Pietrelcina. Y estas personas –decía que muchas en Italia, pero otras muchas también en el extranjero– se dirigen al «Estigmatizado del Gárgano» en los momentos y situaciones más normales de su jornada, mostrando una devoción que se manifiesta de múltiples formas: guardando una estampa en la cartera, que muestran al primero que les pregunta por su fe; exponiendo su fotografía bien visible en su trabajo y hasta en los carteles de las autopistas; leyendo fragmentos de sus incomparables Cartas, que hoy están recogidas en un verdadero Epistolario. Estas Cartas son una riquísima mina, todavía no explotada en su totalidad, de espiritualidad cristiana, que muestran un profundo amor por la humanidad humilde y pobre, sobre todo por aquella que cada día trabaja y sufre, haciendo posible tanto la historia del mundo como la historia de la salvación. Las Cartas del Padre Pío hablan directamente al corazón de quien las lee y le hablan de Dios. Se trata de una correspondencia dirigida a hombres y mujeres, a los que el Padre Pío escuchó a lo largo de decenas de años en su confesionario, deseosos y nunca saciados –como lo estamos nosotros– de poder intuir el rostro maravilloso de Jesús, que nos prometió estar con nosotros cada día, todos los días, hasta el fin del mundo (Mt 28,20), también hoy. Y precisamente a esos hombres y mujeres el Padre Pío les escribía muchas cartas, llenas, entre otras cosas, de imágenes inéditas y de metáforas extraídas de nuestra realidad más cotidiana, y con referencias frecuentes a sucesos de la naturaleza, a representaciones del paisaje, al calor de los afectos familiares y de la amistad; en suma, a la manera de ser de la gente típicamente italiana, en la que laten todavía un carácter firme y una religiosidad profunda.
Convencido de que Jesús mantiene, también para este año nuevo, la promesa de «estar con nosotros» todos los días, pensé que, a través de un pensamiento diario extraído de las Cartas del Padre Pío, esta promesa resultaría todavía más tangible. Un pensamiento de cada día del Padre Pío –no creo que sea una osadía afirmarlo– es para nosotros un pensamiento de cada día de Jesús, el único que nos ama y nos cura plenamente: porque ambos han sido perforados por los «clavos de la historia», los estigmas. Jesús realmente y el Padre Pío por gracia, pero ambos físicamente. Los «clavos de la historia» son, en efecto, los del soplo del espíritu de Dios sobre el hombre, que, día tras día, nos impulsa a la conversión, haciendo madurar en nosotros las líneas maravillosas de la imagen de Cristo (Ef 4,13). Gracias a este enfoque trinitario del tiempo tiene lugar para todos, antes o después, un día de conversión.
En este sentido, un día de conversión tuvo lugar también para mí, que no conocía casi nada del Padre Pío, aun siendo un cohermano suyo, aunque sí había «oído hablar» de él. El descubrimiento del Santo comenzó en Alemania, hace ahora ya diez años, cuando era estudiante de los Jesuitas en la Sankt Georgen Hoschschule de Frankfurt y huésped del célebre e imponente santuario mariano de Liebfrauen de dicha ciudad, atendido por los capuchinos. Me encontraba en Alemania desde hacía tiempo. Recuerdo aún aquella gélida mañana de primavera de 1999, cuando el joven guardián, fray Paulus Terwitte, me pidió dar dos conferencias sobre el Padre Pío en vista de su beatificación, que tendría lugar poco después, concretamente el 2 de mayo, en Roma. Le dije: «¿Por qué precisamente yo?». Me respondió: «No porque eres capuchino, sino porque eres italiano como el Padre Pío». Mi pregunta no nacía de que tendría que hablar en alemán y en el santuario donde los sábados por la mañana –como sucede también hoy– dan sus conferencias los mejores teólogos alemanes, católicos y luteranos, sino de la verdadera dificultad de que del Padre Pío, como he dicho, no sabía casi nada.
Pero acepté el reto; y fue así como me puse a estudiar detenidamente las fuentes, es decir, las Cartas que ahora publico aquí. Me pareció estar ante el filón de una inexplorada mina de oro, no solamente teológica, sino también rica de un precioso conjunto de sugerencias y de intuiciones espirituales, aptas para poder vivir hoy, con y según el corazón de Jesús, con el fruto de un gran consuelo. En estos pensamientos el Padre Pío ofrece, en efecto, consejos eficaces sobre cómo poder creer en Dios, esperar en medio de las tribulaciones, amar y perdonar al prójimo, gozar en cualquier circunstancia de la existencia. En ellos late el vigor del hermano capuchino, que trata de ayudar a las personas sobre todo a fortalecerse en la vida cristiana, considerada por el Padre Pío como una auténtica propuesta de felicidad para la realización humana. En estos pensamientos, además, se puede encontrar toda la experiencia pastoral que él maduró en los años de su vida franciscana, al dirigir por los caminos del Espíritu a muchas almas, algunas encontradas probablemente una sola vez, y otras de forma continuada, en lo que hoy se llamaría el acompañamiento espiritual. Los pensamientos de estas Cartas, por tanto, se dirigen a todos: laicos, sacerdotes, religiosos, no creyentes y, también, jóvenes. En efecto, de todos ellos, el descubrimiento que más me seduce ha sido el de haber conocido en este «diario» a un Padre Pío increíblemente joven y actual. Además, me he dado cuenta de ello figurativamente al visitar, algunos años después, los lugares de su vida en el Gárgano (Foggia) y de su infancia en Pietrelcina (Benevento), en cuyos conventos abundan sus fotos de fraile joven, con aquellos ojos grandes, luminosos y dulcísimos.
El Padre Pío permaneció siempre joven, como percibiremos leyéndolo en estos pensamientos para cada día, de forma que también nosotros llegaremos al final del año más rejuvenecidos que al inicio. Sucede siempre así para quien vive el tiempo y el paso de los días de modo auténticamente cristiano: dándose cuenta de que, «mientras nuestro hombre exterior se va deteriorando, el interior se renueva de día en día» (2Cor 4,16). Y este es precisamente el secreto, aquel que el Padre Pío llamaba «el secreto del gran Rey» (Tob 12,7). Que para un cristiano –no sólo para un franciscano– coincide exactamente con una Persona: Jesús.
Venecia, 23 de septiembre de 2007
San Pío de Pietrelcina
Gianluigi Pasquale, OFMCap.
Fuentes y selección de textos
La presente antología de textos está tomada toda ella del Epistolario de san Pío de Pietrelcina, que, por otra parte, constituye la parte más importante de sus escritos. La correspondencia epistolar del Padre Pío tiene una notable amplitud de modulaciones: desde la exhortación a la dirección espiritual de las almas, desde la homilética a la exégesis bíblica, desde la reflexión existencial o acontecimientos históricos del momento a las confidencias personales de los propios estados de ánimo y de los aspectos espirituales más íntimos. Atendiendo a esta amplitud, la elección de los textos se ha hecho privilegiando aquellas reflexiones y exhortaciones no muy condicionadas por una situación ocasional determinada, o que, aunque suscitadas por una particular exigencia del momento, son aplicables a las diversas categorías y a las condiciones de vida de los posibles lectores de esta selección.
De este modo, si el Santo de Pietrelcina se dirige frecuentemente a sus hijos espirituales con expresiones tales como: «Nuestro Señor te ama, hijita mía, y te ama tiernamente (…)», o: «Recuerda, hijita, que la caridad tiene tres elementos (…)», o también: «Vive tranquila, mi querida hijita (…)», el lector puede imaginar con razón que estas palabras van dirigidas al corazón de cada ser humano –incluido a él mismo y ante todo a él mismo–, en camino por las vías de la perfección cristiana.
Cuidadosamente seleccionados de la amplia tipología de las más intensas páginas espirituales del Padre Pío, los textos han sido asignados oportunamente a los diferentes días del año, buscando, en lo posible, la sintonía con la celebración del año litúrgico. Esto se ha hecho con asignaciones precisas a las principales solemnidades y fiestas fijas (Navidad, Epifanía, Asunción, Inmaculada Concepción, etc.), y a algunas fiestas y memorias de santos (santos Pedro y Pablo, san Francisco, santa Teresa, etc.); mientras que, para las fiestas movibles, se ha tomado como referencia el calendario litúrgico del 2008, sobre todo para el período «fuerte» de Cuaresma-Pascua-Pentecostés, subrayando, por ejemplo, con reflexiones sobre la pasión y muerte de Jesús, los viernes de Cuaresma, pero teniendo en cuenta el arco de oscilación del tiempo cuaresmal y pascual de los diferentes años, para poder, de esta forma, ofrecer para cualquier año un conjunto de reflexiones que, más que seguir un esquema rígido, abrace el misterio pascual en su totalidad; ya que, como debería ser conocido por todos los cristianos, los momentos de la pasión, muerte y resurrección de Jesús forman un todo indivisible.
Para los otros días y períodos del año, a veces se han tenido en cuenta algunos eventos importantes de la experiencia espiritual del Padre Pío, como las primeras señales de la transverberación, el 8 de septiembre de 1911; y, sobre todo, por la carta al Padre Benedetto da San Marco in Lamis, en la que describe su propia estigmatización, carta fechada el 22 de octubre de 1918 pero en la que hace referencia a lo que aconteció el 20 de septiembre y, en consecuencia, asignada a esta última fecha. Con más frecuencia se ha hecho coincidir el día con el de la fecha en la que cada carta fue escrita.
En muchísimos casos se han tenido en cuenta las condiciones psicológicas de las «estaciones del año» que más pueden ayudar a comprender y a hacer fructificar las exhortaciones, los consejos y las reflexiones de Padre Pío, como: las reflexiones sobre el «hielo» interior y la espera de la primavera de gracias en el tiempo invernal; las semejanzas «solares» y las exhortaciones a estar atentos ante la relajación en verano; o las exhortaciones a las «santas lecturas» en el otoño. Nótese, en relación con esto, una reflexión sobre el otoño del espíritu, asignada al 1 de octubre. Son sólo algunos ejemplos entre los muchos casos de asignación de este tipo, que cada uno podrá reconocer en relación con su propio estado espiritual y su propia sensibilidad.
En varios casos se ha articulado en una serie de dos, tres o cuatro días una amplia reflexión de nuestro Santo, dividiendo un texto que trata el mismo tema en partes que, en cierto modo, forman una unidad independiente. Así, por ejemplo, la secuencia sobre las «máximas para la vida devota» del 2 al 5 de enero, extraídas de la carta a Antonietta Vona del 15 de noviembre de 1917.
Una elección concreta ha sido la de textos particulares del principio y del fin del año, una «apertura» y un «cierre» significativos: la primera, una exhortación a ponerse en camino, seguida de una «cadena» de textos sobre las virtudes cristianas, fundamento de la misma existencia cristiana; la última, una serie del intensísimo testamento espiritual, que recalca la gratitud en las relaciones con Dios por la gracia multiforme derramada abundantemente en la existencia entera.
Cada texto va acompañado de la indicación de la carta, de la fecha y de la persona a la que va dirigida, y de la referencia al Epistolario completo, aparecido en cuatro volúmenes entre 1973 y 1984, con la indicación del volumen, seguido del número de la página:
Padre Pío de Pietrelcina, Epistolario, bajo la supervisión de Melchiorre da Pobladura y Alessandro da Ripabottoni, Ediciones Padre Pío de Pietrelcina, Convento Santa María de las Gracias, San Giovanni Rotondo (FG) 1973-1984, 4 volúmenes:
I. Correspondencia con los directores espirituales (1910-1922), 1973, pp. 1387.
II. Correspondencia con la noble señora Raffaelina Cerase (1914-1915), 1975, pp. 583.
III. Correspondencia con las hijas espirituales (1915-1923), 1977, pp. LXXX-1173.
IV. Correspondencia con diferentes categorías de personas, 1984, pp. 1039.
Enero
1 de enero
Os recomiendo vivamente: preocupaos de hacer vuestros pobres corazones cada día más gratos a nuestro Maestro y de actuar de modo que el presente año sea más fértil en obras buenas que el pasado; ya que, conforme pasan los años y la eternidad se nos acerca, es necesario redoblar el entusiasmo y elevar nuestro espíritu a Dios, sirviéndole con mayor diligencia en todo aquello a lo que nos obligan nuestra vocación y la profesión cristiana. Sólo esto nos puede hacer gratos a Dios; sólo esto nos puede hacer salir libres del gran mundo que no es de Dios y de todos nuestros enemigos; sólo esto, por tanto, nos puede hacer llegar al puerto de la salvación eterna.
Afrontemos también las pruebas de la vida presente, a las que la divina providencia nos irá sometiendo; pero no nos desanimemos ni nos angustiemos; combatamos como valientes y recibiremos el premio que Dios ha reservado a las almas fuertes. Recordad, hijas, las palabras que el divino Maestro dirigió un día a sus discípulos y que hoy os dice a vosotras: «No se turbe vuestro corazón». Sí, hijas, no se turben vuestros corazones en el momento de la prueba, porque Jesús ha prometido su real asistencia a quien le sigue. (…)
Jesús haga que vuestros corazones sean cada vez más suyos.
(2 de enero de 1918, a
Antonietta Vona, Ep. III, 832)
2 de enero
Para vivir continuamente en una vida devota, no te hace falta más que aceptar en tu espíritu algunas máximas excelentes y generosas.
La primera que yo deseo que tengas es esta de san Pablo: «Todo redunda en bien de los que aman a Dios». Y, por cierto, ya que Dios puede y sabe sacar el bien incluso del mal, ¿con quién hará esto sino con aquellos que, sin reserva alguna, se entregan a Él? Incluso los mismos pecados, de los que Dios, por su bondad, nos tiene alejados, son ordenados por su divina providencia al bien de los que le sirven. Si el santo rey David no hubiera pecado, nunca habría adquirido una humildad tan profunda; ni la Magdalena habría amado tan ardientemente a Jesús si él no le hubiera perdonado tantos pecados; y Jesús no habría podido perdonárselos si ella no los hubiera cometido.
Considera, mi queridísima hijita, esta gran obra de la misericordia divina: él convierte nuestras miserias en favores y, con el veneno de nuestras iniquidades, realiza cambios saludables en nuestras almas. Dime, pues, ¿qué no hará con su gracia de nuestras aflicciones, nuestros sufrimientos y las persecuciones que nos angustian? Y, por eso, aunque te sucediera no sufrir aflicciones de ninguna clase, cree que, si amas a Dios con todo tu corazón, todo se convertirá en bien; y, aunque no logres comprender por dónde vendrá este bien, ten la certeza de que llegará. Si Dios pone ante tus ojos el lodo de la ignominia, no es sino para devolverte una mirada más clara y para hacerte admirable ante sus ángeles, como un espectáculo digno y amable. Y si Dios te hace caer, es para conseguir en ti lo que realizó en san Pablo al hacerle caer del caballo.
Por tanto, que las caídas no te hagan perder el valor; anímate a una confianza renovada y a una humildad más profunda. Descorazonarse e impacientarse después de que se ha caído en el error es una estratagema del enemigo, es cederle las armas, es darse por vencido. Por tanto, no debes hacerlo, ya que la gracia del Señor está siempre atenta para socorrerte.
(15 de noviembre de 1917,
a Antonietta Vona, Ep. III, 822)
3 de enero
La segunda máxima que deseo que lleves siempre gravada en tu espíritu es que Dios es nuestro padre; ¿y qué tienes que temer cuando se es hija de tal padre, sin cuya providencia no caerá nunca un cabello de tu cabeza? ¿No es en verdad muy extraño que, siendo nosotros hijos de tal padre, tengamos y podamos tener otro pensamiento que no sea el de amarlo y servirlo? Cuida y gobierna tu alma y tu familia como él quiere, y no te preocupes; porque, si haces esto, verás cómo Jesús cuida de ti. «Piensa en mí, que yo pensaré en ti», dijo Jesús en una ocasión a Sta. Catalina de Siena; y el Sabio dice: «Padre eterno, vuestra providencia lo gobierna todo».
(15 de noviembre de 1917,
a Antonietta Vona, Ep. III, 822)
4 de enero
La tercera máxima es que debes observar lo que el divino Maestro enseñó a sus discípulos: «¿Qué os ha faltado?».
Considera atentamente, mi buena hijita, este pasaje. Jesús había mandado a los apóstoles a todo el mundo, sin dinero, sin bastón, sin sandalias, sin alforjas, vestidos sólo con una túnica; y después les dijo: «Cuándo os mandé de este modo, ¿acaso os faltó algo?». Y ellos respondieron que nada les había faltado.
Ahora, yo te digo, hijita: cuando estuviste atormentada, aun en el tiempo en que, por desgracia, no sentías mucha confianza en Dios, dime: ¿en algún momento te encontraste oprimida por el sufrimiento? Me responderás que no. ¿Y por qué, pues –agregaré yo–, no tener confianza en superar todas las demás adversidades? Si Dios no te ha abandonado en el pasado, ¿cómo podrá abandonarte en el futuro, cuando ahora, más que en el pasado, quieres ser suya de aquí en adelante? No temas que te pueda ocurrir algo malo de este mundo, porque quizá no te sucederá nunca. Pero, en todo caso, si te sobreviniera, Dios te dará la fuerza para sobrellevarlo. El divino Maestro mandó a S. Pedro que caminara sobre las aguas. S. Pedro, al soplar el viento y ante el peligro de la tempestad, tuvo miedo y esto le hizo casi sumergirse; pidió ayuda al Maestro y este le reprendió, diciendo: «Hombre de poca fe, ¿por qué has dudado?»; y, extendiéndole la mano, lo agarró. Si Dios te hace caminar sobre las aguas tempestuosas de la adversidad, no dudes, hijita mía, no temas; Dios está contigo; ten valor y serás liberada.
(15 de noviembre de 1917,
a Antonietta Vona, Ep. III, 822)
5 de enero
La cuarta máxima es aquella de la eternidad. Poco debe importar a los hijos de Dios vivir estos brevísimos momentos que pasan, con tal de que vivan en la gloria eternamente con Dios. Hijita, considera que ya vas encaminada hacia la eternidad, que ya has puesto allí un pie. Con tal de que ella sea feliz por tu causa, ¿qué importa que estos momentos transitorios sean de sufrimiento para ti?
La quinta máxima que yo te suplico que tengas siempre fija en la mente es aquella del apóstol S. Pablo: «Mira que yo no me glorío en otra cosa sino en la cruz de mi Jesús».
Ten en tu corazón, hijita, a Jesucristo crucificado, y todas las cruces del mundo te parecerán rosas. Los que han sentido las punzadas de la corona de espinas del Salvador, que es nuestra cabeza, en modo alguno sienten las otras heridas.
(15 de noviembre de 1917,
a Antonieta Vona, Ep. III, 822)
6 de enero
Tengo los ojos siempre fijos en oriente, en medio de la noche que lo rodea, para distinguir aquella estrella milagrosa que guió a nuestros padres a la gruta de Belén. Pero en vano fijo mis ojos para ver surgir este astro luminoso. Cuanto más busco, menos logro ver; cuanto más me esfuerzo y más ardientemente lo busco, más me veo envuelto en mayores tinieblas. Estoy solo de día, estoy solo de noche, y ningún rayo de luz viene a iluminarme; nunca una gota de refrigerio viene a avivar una llama que me devora continuamente, sin jamás consumirme.
Una sola vez he sentido, en la parte más íntima y secreta de mi espíritu, algo muy delicado que no sé cómo explicar. El alma comenzó a sentir su presencia, sin poder verla; y, enseguida, lo diré así, él se acercó tan íntimamente a mi alma que esta advirtió claramente su roce; exactamente –para dar una pálida figura– como suele suceder cuando nuestro cuerpo toca estrechamente otro cuerpo.
No sé decir otra cosa sobre esto; sólo le confieso que, al principio, fui presa de un gran pánico; pero que este pánico, poco a poco, se fue transformando en una celestial euforia. Me pareció que ya no me hallaba en estado de viandante; y no sabría decirle si, cuando sucedió esto, me di cuenta o no de que estaba todavía en mi propio cuerpo. Sólo Dios lo sabe; y yo no sabría decirle nada más para darle a entender mejor este acontecimiento.
(8 de marzo de 1916, al P. Benedetto
da San Marco in Lamis, Ep. I, 756)
7 de enero
Nuestro Señor te ama, hijita mía, y te ama tiernamente; y si Él, a veces, no te hace sentir la dulzura de este amor, lo hace para llevarte a una humildad mayor y para que te des más cuenta de lo despreciable que eres. Pero no dejes por eso de recurrir a su santa benignidad con toda confianza, particularmente en el tiempo en que lo representamos como pequeño niño en Belén. Porque, hijita mía, ¿para qué se aferra Él a esta dulce y amable condición sino para llevarnos a amarlo confiadamente y a entregarnos amorosamente a Él?
Permanece muy cerca de la cuna de este gracioso niño, especialmente en estos días santos de su nacimiento. Si amas las riquezas, aquí encontrarás el oro que los Reyes magos le dejaron; si amas el humo de los honores, aquí encontrarás aquel incienso; y si amas las delicadezas de los sentidos, sentirás la olorosa mirra, que perfuma toda la gruta. Sé rica de amor hacia este niño celestial; respetuosa en la familiaridad que tendrás con él mediante la oración; y toda delicada en la alegría de sentir en ti las santas inspiraciones y los afectos de ser solamente suya.
Mantén el buen ánimo en lo que se refiere a tus pequeños resentimientos y defectos; pasarán, sin duda; y, si no pasan, serán para ti un ejercicio de humildad y de mortificación. Vive tranquila, hijita mía, y no temas, porque Jesús está contigo. Sigue en el camino que has emprendido y no reduzcas jamás la marcha.
(30 de diciembre de 1918,
a Maria Gargani, Ep. III, 346)
8 de enero
Mantente siempre fuerte en la fe y estate siempre vigilante, que de ese modo serán ahuyentadas todas las malas artes del enemigo. Esta es precisamente la exhortación que nos da el príncipe de los apóstoles, san Pedro: «Sed sobrios y estad vigilantes. Vuestro enemigo, el diablo, ronda como león rugiente, buscando a quién devorar. Resistidle firmes en la fe»; y, para estimularnos más, añade también: «Sabiendo que vuestros hermanos que están en el mundo soportan estas mismas cosas».
Sí, amada hija de Jesús, especialmente en las horas de la lucha reaviva tu fe en la verdad de la doctrina cristiana y, de manera particular, reaviva la fe en las promesas de vida eterna que nuestro dulcísimo Señor hace a quienes combaten con fuerza y coraje. Sirva para infundirte ánimo y para consolarte saber que no estás sola en el sufrir, que todos los seguidores del Nazareno esparcidos por el mundo padecen las mismas cosas: también ellos están todavía expuestos a las tribulaciones.
(26 de noviembre de 1914,
a Raffaelina Cerase, Ep. II, 245)
9 de enero
El conocimiento de los designios divinos sobre ti debe servirte, por una parte, para ejercitar tu alma en la gratitud hacia tan buen Padre, prodigando tu alma en continuas acciones de gracias al benefactor celestial, uniendo a este fin tus bendiciones a las de María santísima Inmaculada, de los ángeles y de todos los bienaventurados moradores de la Jerusalén celestial. Por otra parte, debe servirte como empuje, para no asustarte y no detenerte a mitad de trayecto por las penas y los dolores que es necesario soportar para llegar a la meta de este largo camino.
El Señor me ha permitido manifestarte todas estas cosas, sobre todo para que no estés insegura en tu carrera. Corre, pues, y no te canses; el Señor te guía y dirige tus pasos para que no caigas en este camino. Corre, te digo, porque el camino es largo y el tiempo es bastante breve. Corre, corramos todos, de modo que, al final de nuestro viaje, podamos decir con el santo Apóstol: «Porque yo estoy a punto de ser inmolado, y el momento de mi partida es inminente. Yo he combatido mi combate, yo he terminado mi carrera, yo me he mantenido fiel».
(9 de enero de 1915, a
Raffaelina Cerase, Ep. II, 291)
10 de enero
Las tinieblas que rodean el cielo de vuestras almas son luz; y hacéis bien en decir que no veis nada y que os encontráis en medio de una zarza ardiendo. La zarza arde, el aire se llena de densas nubes, y el espíritu no ve ni comprende nada. Pero Dios habla y está presente en el alma que siente, comprende, ama y tiembla.
Hijitas mías, animaos; no esperéis al Tabor para ver a Dios; ya lo contempláis en el Sinaí. Pienso que el vuestro no es el estómago interior revuelto e incapaz de gustar el bien; él ya no puede apetecer más que el Bien Sumo en sí mismo y no ya en sus dones. De aquí nace el que no quede satisfecho con lo que no es Dios.
El conocimiento de vuestra indignidad y deformidad interior es una luz purísima de la divinidad, que pone a vuestra consideración tanto vuestro ser como vuestra capacidad de cometer, sin su gracia, cualquier delito.
Esta luz es una gran misericordia de Dios, y fue concedida a los más grandes santos, porque pone el alma al abrigo de todo sentimiento de vanidad y de orgullo; y aumenta la humildad, que es el fundamento de la verdadera virtud y de la perfección cristiana. Santa Teresa también tuvo este conocimiento y dice que, en ciertos momentos, es tan penoso y horrible que podría causar la muerte si el Señor no sostuviera el corazón.
(7 de diciembre de 1916, a las
hermanas Ventrella, Ep. III, 541)
11 de enero
El conocimiento de la indignidad potencial, que consiste en saber qué seríamos o qué podríamos hacer sin la asistencia de la gracia, y del que hemos hablado hasta ahora, no debe confundirse con la indignidad actual.
La primera hace a la criatura aceptable y grata a los ojos del Altísimo; la segunda la hace detestable, porque es el reflejo de la iniquidad presente en el alma, en la conciencia.
Vosotras, en las tinieblas en que os encontráis la mayor parte de las veces, confundís una con otra; y, del conocimiento de lo que podríais ser, teméis que ya sois aquello que es sólo posible en vosotras.
El ignorar si ante Dios sois dignas de amor o de odio es un sufrimiento y no un castigo, porque nadie teme ser indigno cuando verdaderamente lo quiere ser o lo es. Tal incertidumbre es permitida por Dios para todos los seres humanos, para que no presuman y para que caminen con cautela en la consecución de la salvación eterna.
(7 de diciembre de 1916, a las
hermanas Ventrella, Ep. III, 541)
12 de enero
Recordad esto: si el demonio hace ruido, es señal de que todavía está afuera y no dentro. Lo que debe aterrorizarnos es su paz y su sintonía con el alma humana. Creedme, ya que os hablo como hermano y con la autoridad de sacerdote y en calidad de vuestro director: desechad estos vanos temores; alejad estas sombras que el demonio va poniendo en vuestras almas para atormentarlas y para alejarlas, si fuera posible, también de la comunión diaria.
Sé que el Señor permite al demonio estos asaltos para que la misericordia divina os haga más gratas a Él; y quiere que vosotras os asemejéis a Él en las angustias que padeció en el desierto, en el huerto y en la cruz; pero os debéis defender, alejándolo y despreciando sus malignas insinuaciones.
(7 de diciembre de 1916, a las
hermanas Ventrella, Ep. III, 541)
13 de enero
Estate atenta para no perder de vista la presencia divina a causa de las actividades que realices. No emprendas nunca tarea alguna u otra acción cualquiera sin haber elevado antes la mente a Dios, dirigiéndole a Él, con santa intención, las acciones que vas a realizar. Harás lo mismo con la acción de gracias al término de todas tus actividades, examinándote si todo lo has realizado siguiendo la recta intención deseada al principio; y, si te encuentras manchada, pide humildemente perdón al Señor, con la firme resolución de corregir los errores.
No debes desanimarte ni entristecerte si tus acciones no te salen con la perfección que buscaba tu intención; ¡qué quieres! Somos frágiles, somos tierra, y no todo terreno produce los mismos frutos según la intención del sembrador. Pero, ante nuestras miserias, humillémonos siempre, reconociendo que no somos nada sin la ayuda divina.
(17 de diciembre de 1914,
a Raffaelina Cerase, Ep. II, 273)
14 de enero
Inquietarnos después de una acción porque no ha salido según la intención pura que se tenía no es humildad; es signo claro de que el alma no había puesto la perfección de su obra en la ayuda divina, sino que más bien había confiado demasiado en sus propias fuerzas.
Mi Raffaelina se preservará de esta secreta filosofía de Satanás, desechando sus sugerencias tan pronto como las haya advertido. La gracia vigilante del Señor te libere en todo momento de ser conquistada, incluso levemente, por ese espíritu maligno. Nunca es de poca importancia para un alma desposada con el Hijo de Dios haber caído, incluso en cosas pequeñas, en las malas artimañas de este terrible monstruo.
(17 de diciembre de 1914, a
Raffaelina Cerase, Ep. II, 273)
15 de enero
Nunca te entregues con tu espíritu a tus trabajos o a otras acciones tan intensamente que llegues a perder la presencia de Dios. Para eso, te ruego que renueves con frecuencia la recta intención que has tenido desde el principio; que recites de vez en cuando las oraciones jaculatorias, que son como muchos dardos que van a herir el corazón de Dios y a obligarle, acéptame esta expresión que no es en absoluto exagerada en nuestro caso, a obligarle, digo, a concedernos sus gracias y su ayuda en todo.
No te sientes a la mesa sin haber orado antes y haber pedido la ayuda divina, para que el alimento que con desgana vamos a tomar para alivio de nuestro cuerpo no haga daño a tu espíritu. Después, siéntate a la mesa procurándote algún pensamiento devoto, dándote cuenta de que está presente el Maestro divino con sus apóstoles santos en la última cena que tuvo con los suyos, al instituir el sacramento del altar.
En resumen: esforcémonos para que la cena corporal nos sirva de preparación para la absolutamente divina de la santísima Eucaristía.
(17 de diciembre de 1914, a
Raffaelina Cerase, Ep. II, 273)
16 de enero
No te levantes nunca de la mesa sin antes haberle dado las debidas gracias al Señor. Haciéndolo así, nada tendremos que temer de parte de la maldita gula. Al comer, cuídate de la caprichosa selección de los alimentos, sabiendo que basta poco o nada si lo que se quiere es satisfacer al estómago. No tomes nunca más alimento del necesario, y procura ser moderada en todo, buscando con interés inclinarte más hacia la sobriedad que hacia el exceso. No pretendo, sin embargo, que te levantes de la mesa en ayunas; no, no es esta mi intención. Actúa en todo con prudencia, norma para todas las acciones humanas.
No se acuestes nunca sin haber examinado antes tu conciencia sobre cómo has pasado el día, y no antes de haber dirigido todos tus pensamientos a Dios, de haberle ofrecido y consagrado tu persona e incluso la de todos los cristianos, especialmente mi pobre persona, ya que eso mismo hago yo por ti.
Además, ofrece para gloria de su divina majestad el descanso que vas a tomar, y no olvides nunca al ángel de la guarda, que siempre está contigo, que no te abandona nunca, ni siquiera ante las ofensas que puedas hacerle.
(17 de diciembre de 1914, a
Raffaelina Cerase, Ep. II, 273)
17 de enero
Comprendo que el alma en la que habita Dios teme siempre, en cada paso que da, ofenderle; y este santo temor resulta casi insoportable si se centra en el cumplimiento de los propios deberes. Pero esta alma debe animarse, porque es precisamente este temor el que no le dejará caer en faltas, si se decide a seguir adelante. Hermano mío, si permanecer en pie dependiera de nosotros, seguro que, al primer soplo, caeríamos en manos de los enemigos de nuestra salvación. Confiemos siempre en la piedad divina, y experimentaremos cada vez más lo bueno que es el Señor. (…)
Entre tanto, te suplico fervientemente que no pierdas el tiempo pensando en el pasado. Si fue bien empleado, demos gloria a Dios; si mal, detestémoslo y confiemos en la bondad del Padre celestial. Más aún, te exhorto a poner tu corazón en la paz de este consolador pensamiento: vuestra vida, en aquello en que no haya sido bien empleada, ya ha sido perdonada por nuestro dulcísimo Dios.
Aleja con todo interés las angustias e inquietudes del corazón; de otro modo, todos tus esfuerzos conseguirán poco o ningún beneficio. Tengamos por cierto que, si nuestro espíritu está turbado, los asaltos del demonio, que suele aprovecharse de nuestra natural debilidad para conseguir sus objetivos, serán más frecuentes y más directos. Estemos muy atentos a este punto, de no poca importancia para nosotros: tan pronto como nos demos cuenta de caer en el desá-nimo, reavivemos nuestra fe y abandonémonos en los brazos del Padre del cielo, dispuesto a acogernos siempre que con sinceridad recurramos a Él.
(9 de febrero de 1916, al P. Basilio
da Mirabello Sannitico, Ep. IV, 191)
18 de enero
Hijita mía, no temas las tempestades del duro invierno, porque, en la medida en que este sea más duro, la primavera será más rica en flores y la cosecha más abundante. En cualquier cosa que diga o haga el tentador, Dios va obteniendo en ti su admirable objetivo, que es el de completar tu transfiguración en Él. No prestes atención, mi queridísima hijita, a los susurros y a las sombras adversas del enemigo; y cree la verdad que encierra esta afirmación, que hago con plena autoridad de director tuyo y con plena seguridad de conciencia. Temer perderte entre los brazos de la bondad divina llama más la atención que el temor del niño estrechado entre los brazos maternos. Aleja cualquier duda o preocupación, que, por lo demás, son permitidas por la caridad divina con el mismo fin antes indicado.
Los movimientos de diástole y sístole que sientes en el corazón nacen del amor que rechaza y del amor que atrae. Por tanto, vive tranquila, extiende tu alma ante el sol eterno y no temas sus rayos ardientes y abrasadores. Extiende, digo, tu alma, hijita queridísima de mi corazón, ante este sol de eterna belleza, si anhelas que se abra el capullo para dejar salir de él la hermosísima mariposa.
(21 de mayo de 1918, a
Antonietta Vona, Ep. III, 857)
19 de enero
Ten paciencia, hijita mía, al soportar tus imperfecciones, si de veras quieres la perfección.
Acuérdate de que este es un punto importantísimo si queremos avanzar en los caminos que nos conducen a Él. Cuando no puedas caminar a grandes pasos por este camino, confórmate con pasos pequeños, esperando pacientemente a tener piernas para correr o, mejor, alas para volar; confórmate, mi buena hijita, con ser por el momento una pequeña abeja de la colmena, que bien pronto se convertirá en una abeja madura, capaz de fabricar la miel.
Humíllate amorosamente ante Dios y los hombres, porque Dios habla a quien tiene las orejas bajas. «Escucha –dice él a la esposa del Cantar de los Cantares–, medita y baja tus orejas, olvídate de tu pueblo y de la casa paterna». Hazlo como el hijito cariñoso que se postra rostro en tierra cuando habla al Padre del cielo; y espera la respuesta de su oráculo divino.
Dios llenará tu vaso de su bálsamo, cuando lo vea vacío de los perfumes del mundo; y, cuanto más te humilles, más te ensalzará.
(21 de mayo de 1918, a
Antonietta Vona, Ep. III, 857)
20 de enero
Me veo casi en la absoluta imposibilidad de poder expresar la obra del amado. El infinito amor, con la inmensidad de su fuerza, ha conquistado al fin la dureza de mi alma; y me veo anulado y reducido a la impotencia.
Él se va derramando totalmente en el pequeño vaso de esta criatura, que sufre un martirio indecible y que se ve incapaz de llevar el peso de este inmenso amor. ¡Oh! ¿Quién vendrá a sostenerme? ¿Qué haré para llevar al infinito en mi pequeño corazón? ¿Qué haré para guardarlo siempre en la estrecha celda de mi alma?
(12 de enero de 1919, al P. Benedetto
da San Marco in Lamis, Ep. I, 1111)
21 de enero
Mi alma se va derritiendo de dolor y de amor, de amargura y de dulzura al mismo tiempo. ¿Qué haré para sostener tan inmensa actuación del Altísimo? Lo poseo en mí, y es motivo de tal alegría que me lleva, sin que lo pueda evitar, a decir con la Virgen Santísima: «Se alegra mi espíritu en Dios mi Salvador».
Lo poseo en mí, y siento la necesidad imperiosa de decir con la esposa del Cantar de los Cantares: «Encontré al que ama mi alma... lo abracé y no lo soltaré». Pero es entonces cuando me siento incapaz de sostener el peso de este amor infinito, de mantenerlo entero en la pequeñez de mi existencia; y me invade el terror, porque quizá tenga que dejarlo por la incapacidad de poder contenerlo en el estrecho espacio de mi corazón.
Este pensamiento, que, por otro lado, no es infundado (mido mis fuerzas, que son limitadísimas, incapaces e impotentes para tener siempre fuertemente abrazado este divino amor), me tortura, me aflige y siento que el corazón salta de mi pecho.
(12 de enero de 1919, al P. Benedetto
da San Marco in Lamis, Ep. I, 1111)
22 de enero
Padre mío, no puedo sobreponerme a este dolor; en el esfuerzo que me supone, me siento aniquilado, me siento desfallecer; y no sabría decirle si vivo o no en esos momentos. Estoy fuera de mí. Dolor y dulzura se contraponen en mí y reducen mi alma a un dulce y amargo desvanecimiento.
Los abrazos del bienamado, que en este momento se suceden con gran profusión y, diría, que sin pausa y sin medida, no son capaces de extinguir en ella el agudo martirio de sentirse incapaz de llevar el peso de un amor infinito.
(12 de enero de 1919, al P. Benedetto
da San Marco in Lamis, Ep. I, 1111)
23 de enero
¿Para qué, pues, vivimos nosotros? Después de habernos consagrado a él en el bautismo, somos todos de Jesucristo. Por tanto, el cristiano debería tener como suyo el dicho de este santo Apóstol: «Para mí la vida es Cristo», yo vivo para Jesucristo, vivo para su gloria, vivo para servirlo, vivo para amarlo. Y cuando Dios nos quiera quitar la vida, el sentimiento, el afecto, que tendríamos que tener, debería ser precisamente el de quien, después de la fatiga, va a recibir la recompensa, el de quien, después del combate, va a recibir la corona.
¡Gustemos, sí, gustemos, oh, mi querida Raffaelina, saboreemos esta excelsa disposición del alma de tan gran apóstol! Sí, es verdad que todas las almas que aman a Dios están dispuestas a todo por amor al mismo Dios, teniendo el convencimiento pleno de que todo redundará en su propio beneficio. Estemos preparados siempre para reconocer en todos los acontecimientos de la vida el orden sapientísimo de la divina providencia, adoremos y dispongamos nuestra voluntad para conformarla siempre y en todo a la de Dios, ya que de este modo glorificaremos al Padre celestial y todo nos será beneficioso para la vida eterna.
(23 de febrero de 1915, a
Raffaelina Cerase, Ep. II, 340)
24 de enero
El apóstol se alegra al pensar que por nada será confundido y que de ningún modo descuidará su deber de apóstol de Jesucristo. Se alegra también de que en su cuerpo, incluso en medio de todas las cadenas a las que está sometido, Jesús siempre será glorificado. Si vive, exaltará a Jesucristo por medio de su vida y de su predicación, también estando en cárcel, como ya lo había hecho hasta ahora predicando a Jesucristo a los del pretorio; si, en cambio, es martirizado, glorificará a Jesucristo ofreciéndole el supremo testimonio de su amor.
Por tanto, declara abiertamente que su vivir es Cristo, que es para él como el alma y el centro de toda su vida, el motor de todas sus acciones, la meta de todas sus aspiraciones. Y, después de haber dicho que su vida es Jesucristo, añade también que su morir es una ganancia para él, porque con su martirio dará a Jesús testimonio solemne de su amor, conseguirá que su unión con Jesús sea más irrompible, y aumentará también la gloria que le espera.
¿Qué dices, Raffaelina, de este modo de hablar? ¡Las almas mundanas, al no tener ningún conocimiento de gustos sobrenaturales y celestiales, al oír semejante lenguaje, se ríen y tienen razón! Porque el hombre animal, dice el Espíritu Santo, no percibe las cosas que son de Dios. Ellas, pobrecillas, que no tienen otros gustos que no sean de barro y de tierra, no pueden hacerse una idea de la felicidad que las almas espirituales dicen experimentar al padecer y morir por Jesucristo.
¡Oh, cuánto mejor para ellas si, en lugar de maravillarse y de reírse, reconocieran su culpa y admiraran, al menos en silencioso respeto, la entrega afectuosa de estas almas, que tienen un corazón tan encendido en amor divino!
(23 de febrero de 1915, a
Raffaelina Cerase, Ep. II, 340)
25 de enero
En san Pablo estos dos sentimientos procedían de la caridad perfecta. El de ser disuelto para unirse a Jesucristo en perfecta unión en la gloria, que habría sido mejor para él, es decir, que le era más deseable que el continuar viviendo sobre esta tierra; y este deseo era impulsado únicamente por la caridad perfecta que tenía por su Dios. En cambio, el otro sentimiento o deseo le venía también de una caridad perfecta, pero que tenía por objeto inmediato la salvación del prójimo. En otras palabras, este deseo estaba motivado por el objeto principal, Dios, pero se concretaba por reflejo en la salvación de las almas.
El primer deseo, es decir, el de ser disuelto de este cuerpo, él lo ve y lo encuentra más útil para sí, y lo desea con todo el ardor con que un alma justa puede desear unirse a su Dios. En cambio, el segundo deseo, es decir, el de dejar o, mejor dicho, el de seguir viviendo en medio de los trabajos y de las fatigas para procurar la salvación de las almas, él, lleno del espíritu de Jesucristo, lo ve más necesario para los demás o, mejor, al haber tenido la revelación (como parece deducirse de lo que dice inmediatamente después, y el mismo hecho parece que confirma mi interpretación, porque él no fue martirizado por entonces, sino que recuperó la libertad) de que no moriría entonces, se resigna y lo padece por amor de la salvación de las almas, como un hijo que ama tiernamente a su padre se somete, por el afecto que le tiene, a todas las humillaciones y también al cumplimiento exacto de ciertos servicios bajísimos que a su padre le agrade imponerle.
Este tierno hijo lo hace todo, no sólo para no contravenir en nada el deseo de su padre, sino con el fin de complacerle en todo.
(23 de febrero de 1915, a
Raffaelina Cerase, Ep. II, 340)
26 de enero
Mantén el buen ánimo; abandónate en el corazón divino de Jesús; y todas tus preocupaciones déjaselas a él. Colócate siempre en el último lugar del grupo de los que aman al Señor, teniendo a todos por mejores que tú. Sé verdaderamente humilde con los demás, porque Dios resiste a los soberbios y da la gracia a los humildes. Cuanto más crezcan las gracias y los favores de Jesús en tu alma, más debes humillarte, imitando siempre la humildad de nuestra Madre del cielo, la cual, en el instante en que llega a ser Madre de Dios, se declara sierva y esclava del mismísimo Dios. En las cosas prósperas y adversas que te sucedan, humíllate siempre bajo la mano poderosa de Dios, aceptando con humildad y paciencia no sólo aquellas cosas que son de tu agrado, sino también, y con humildad y paciencia, todas las tribulaciones que Él te mande para hacerte cada vez más grata a Él y más digna de la patria celestial.
Ser tentada es signo evidente de que el alma es muy grata al Señor. Acepta, pues, todo en actitud de agradecimiento. No creas que esto es sólo una opinión mía, no; el mismo Señor empeñó su palabra divina: «Y porque tú eres grato a Dios –dice el ángel a Tobías (y en la persona de Tobías a todas las almas gratas a Dios)– fue necesario que te probara la tentación».
Anímate, pues, hija queridísima de Jesús; y alégrate también, incluso en medio de las tentaciones y tribulaciones, sabiendo bien que todo esto es un regalo singularísimo que la bondad del Padre del cielo hace a tu alma; y en todo sé agradecida siempre a tan buen Padre, por medio de su queridísimo Hijo Jesucristo.
(29 de enero de 1915, a
Annita Rodote, Ep. III, 48)
27 de enero
Si la Providencia ha alejado de nosotros el motivo de descuidar el alma para poder preocuparnos de mejorar nuestro cuerpo, ha sido infinita la sabiduría de Dios al haber puesto en nuestras manos todos los medios para poder hermosear nuestra alma, también después de haberla deformado con la culpa. Basta que el alma quiera colaborar con la gracia divina para que su belleza pueda alcanzar tal esplendor, tal belleza, tal hermosura que logre atraer hacia sí, por amor o por asombro, no sólo los ojos de los ángeles sino los del mismo Dios, de acuerdo al testimonio de la misma sagrada escritura: «El rey [es decir, Dios] se prendará de tu belleza».
(16 de noviembre de 1914, a
Raffaelina Cerase, Ep. II, 226)
28 de enero
Hija mía, persuadámonos y resignémonos ante esta gran y terrible verdad: el amor propio no muere nunca antes que nosotros. Ciertamente nos duele tan triste verdad, que hemos heredado como castigo de la culpa original; pero es necesario resignarse y tener paciencia con nosotros mismos; y, en la paciencia, según la enseñanza divina, poseeremos nuestra alma. Posesión tanto más estable cuanto menos esté mezclada con inquietudes y problemas, también en lo que se refiere a nuestras imperfecciones.
Los asaltos sensibles y las secretas actuaciones del amor propio se sentirán siempre mientras pisemos esta tierra. Para no ofender a Dios y no manchar el alma, basta que no demos nuestro consentimiento con voluntad deliberada. Esta virtud de la indiferencia es tan excelente que ni el hombre viejo, ni la parte sensible, ni la naturaleza humana con sus facultades naturales han sido capaces de conseguirla. Ni siquiera el mismo divino Maestro, como hijo de Adán, aunque exento de pecado, y a pesar de las apariencias, logró ser indiferente en su parte sensible y según sus facultades naturales; al contrario, deseó no morir en la cruz, porque tal indiferencia estaba reservada al fruto de la misma cruz; es decir, al espíritu, a la parte superior, a las facultades poseídas por la gracia.
Por tanto, hijita mía, quédate tranquila. Cuando te suceda que quebrantas las exigencias de la indiferencia en cosas indiferentes, por súbitos impulsos del amor propio y de las pasiones, póstrate, en cuanto te sea posible, con tu corazón ante Dios y dile con confianza y humildad: «Señor, misericordia, porque soy una pobre enferma». Después, levántate en paz; y, con ánimo tranquilo y sereno y con santa indiferencia, prosigue tus actividades.
(12 de febrero de 1917, a
Maria Gargani, Ep. III, 266)
29 de enero
Ten esto siempre grabado en tu mente: que los hijos de Israel estuvieron durante cuarenta años en el desierto antes de llegar a la tierra prometida, si bien, para este viaje, habrían sido más que suficientes seis semanas. Pero no les fue permitido investigar por qué Dios los conducía por caminos tortuosos y ásperos; y todos aquellos que se rebelaron, murieron antes de llegar a ella. El mismo Moisés, que era gran amigo de Dios, murió en la frontera de la tierra prometida, y sólo la vio de lejos, sin poder gozarla. No te fijes mucho en el camino que pisas; ten los ojos siempre fijos en el que te guía y en la patria celeste hacia la que Él te conduce. ¿Por qué preocuparte sobre si será por los desiertos o por los campos que tú alcanzarás la meta, con tal de que Dios esté siempre contigo y tú llegues a la posesión de la bienaventurada eternidad? Créeme, mi buena hijita; desea también lo que me has manifestado; pero que todo lo hagas con calma; y sé paciente al esperar las misericordias del Señor.
(6 de diciembre de 1917, a
Antonietta Vona, Ep. III, 828)
30 de enero
Hijito mío, ¿por qué estás angustiado en tu espíritu? ¿Por qué te ves lleno de miserias y debilidades? Pues bien, he ahí otro motivo para conseguir un beneficio para tu alma. He ahí otra fuente de mérito para ti. Humíllate delante del buen Dios; pídele continuamente la gracia de salir de este estado de enfermedad y de debilidades; deséalo ardientemente; y no dejes de hacer lo que sabes que puedes hacer para poder curarte.
Mientras tanto, si quieres ser perfecto, sé paciente al soportar tus imperfecciones. Este es un punto importante para el alma que ha profesado buscar la perfección. «En vuestra paciencia –dice el divino Maestro– poseeréis vuestra alma». En consecuencia, sé paciente al soportarte a ti mismo y tus propias enfermedades; y, mientras tanto, ingéniate para poner en práctica los medios que tú conoces, y que has aprendido de mí y de los demás. Tus miserias y debilidades no te deben espantar, porque Jesús las ha visto en ti bastante peores, y no por eso te rechazó. Y mucho menos te rechazará ahora que tú intentas por todos los medios poder curarte. La divina misericordia nunca ha rechazado a esta clase de miserables; al contrario, les concede su gracia, poniendo el trono de su gloria sobre su ambición y vileza.
(30 de enero de 1919, a
fray Marcellino Diconsole, Ep. IV, 396)
31 de enero
Te he dicho muchas veces que, en la vida espiritual, es necesario caminar de buena fe, sin prejuicios y sin soberbias. Haz de este modo: aplícate, en la medida en que lo permitan tu capacidad y tu debilidad, a querer hacer siempre el bien. Si lo consigues, alaba y da gracias al Señor por ello; si, a pesar de toda tu atención y buena voluntad, no consigues hacerlo totalmente o en parte, humíllate profundamente ante Dios, pero sin desanimarte; proponte estar más atento en el futuro, pide el auxilio divino, y continúa adelante.
Sé bien que tú no quieres hacer el mal intencionadamente. Y los otros males que el Señor permite y que tú cometes sin que lo desees, que te sirvan para humillarte, para mantenerte lejos de la vanagloria. Por tanto, no temas y no te angusties en adelante por las dudas de tu conciencia; porque sabes bien que, después de esforzarte y de hacer cuanto está en tus manos, no hay motivo para temer y angustiarse.
(30 de enero de 1919, a
fray Marcellino Diconsole, Ep. IV, 396)
Febrero
1 de febrero
Humíllate siempre ante la piedad de nuestro Dios y ofrécele siempre la acción de gracias por todos los favores que te ha concedido, y esta será la mejor de las disposiciones para recibir los nuevos favores que el Padre celestial, en los abismos de su amor por ti, te va a conceder. En buena lógica, no merece nuevas gracias el que no responde a las que ha recibido con el agradecimiento y la constante acción de gracias, sin cansarse nunca. Sí, confía en Dios y agradece siempre todo, y de este modo desafiarás y vencerás todas las iras del infierno.
(20 de abril de 1915, a
Raffaelina Cerase, Ep. II, 403)
2 de febrero
El cuadro de la vida, si está formado por representaciones de las culpas cometidas, es equivocado y, como consecuencia, viene del demonio. Tú eres amada por Jesús; y Jesús ya ha perdonado tus culpas; y, por tanto, ya no puede haber lugar para el abatimiento del espíritu. El querer persuadirte de lo contrario es una verdadera pérdida de tiempo, es una ofensa que se hace al Corazón de nuestro tiernísimo Amante. Si, por el contrario, el cuadro de la vida es la representación de lo que podrías o pudiste ser, entonces viene de Dios.
El deseo de estar en la paz del claustro es santo, pero es necesario moderarlo. Es mejor hacer la voluntad de Dios, esperando todavía un poco más fuera del sagrado recinto para no faltar a la caridad, que gozar de la fresca sombra del sagrado claustro. Sufrir y no morir era el dicho de santa Teresa; y el de san Francisco de Sales: «Vivir para sufrir siempre». Es dulce el purgatorio cuando se sufre por amor a Dios.
(26 de agosto de 1916, a
Maria Gargani, Ep. II, 236)
3 de febrero
Las pruebas por las que sientes traspasada el alma ten por cierto que son señales del amor divino y alhajas para el alma. Todo lo que sucede en ti es obra de Jesús; y debes creer que es así. A ti no te toca juzgar la obra del Señor; pero sí debes someterte humildemente a esas divinas actuaciones. Deja plena libertad a la gracia que actúa en ti; y recuerda que nunca debes inquietarte ante las situaciones adversas que te puedan sobrevenir, con el convencimiento de que hacerlo sería un impedimento a la acción del Espíritu divino.
Por eso, en cuanto sientas que algún sentimiento de inquietud se va suscitando en ti, recurre a Dios y abandónate en Él con total y filial confianza; porque está escrito que quien confía en Él, no quedará nunca defraudado. Valentía siempre, y siempre adelante. Pasará el invierno y vendrá la interminable primavera, tanto más rica de bellezas cuanto más duras fueron las tempestades.
La aridez de espíritu, en la que te sientes sumergida y perdida, es una prueba dolorosísima pero amabilísima por el fruto que de ella viene al espíritu. Es querida por Dios para poner fin en ti a una devoción superficial, que no santifica al alma y que es y le puede resultar perjudicial. Es también querida por Dios para llevar al alma a adquirir la verdadera devoción, que consiste en una voluntad decidida de poner en práctica lo que conduce al servicio de Dios, sin ninguna satisfacción personal. En resumen, obra el bien porque es bien y porque da gloria y agrada a Dios.
El alma que se encuentra en este estado no debe de ningún modo perder el ánimo; no debe dejar de hacer nada de lo que acostumbraba hacer en tiempo de consuelos espirituales; al contrario, debe procurar multiplicar sus prácticas de devoción y estar siempre atenta y vigilante sobre sí misma.
(26 de agosto de 1916, a
Maria Gargani, Ep. II, 236)
4 de febrero
Usted sabe bien cómo me hace sufrir el ver a tantos pobres ciegos, que huyen, más que del fuego, de la dulcísima invitación del divino Maestro: «Venid a mí todos los que tenéis sed, y yo os daré de beber».
Mi espíritu se siente extremadamente triste al encontrarse ante estos verdaderos ciegos, que ni siquiera sienten piedad de sí mismos, de modo que sus pasiones de tal modo les han privado del sentido común que ni siquiera sueñan en venir a beber de esta verdadera agua del paraíso.
Un momento de reflexión, padre, y después dígame si tengo razón al sufrir por la locura de estos ciegos. Mire cómo triunfan cada día más los enemigos de la cruz. ¡Oh, cielos!, ellos arden continuamente en un fuego vivo, entre mil deseos de satisfacciones terrenales.
Jesús les invita a que vayan a satisfacer la sed en aquella agua viva. Jesús conoce muy bien la gran necesidad que tienen de beber hasta saciarse de esta nueva agua, que él tiene destinada a quienes verdaderamente tienen sed, para no perecer en las llamas por las que son devorados.
Jesús les dirige esta tiernísima invitación: «Venid a mí todos los que tenéis sed, y yo os daré de beber». Pero, ¡Dios mío!, ¿qué respuesta recibe de estos infelices? Estos desgraciados dan pruebas de no entender; se alejan; y, lo que es peor, acostumbrados desde hace años a vivir en ese fuego de satisfacciones terrenas, envejecidos entre esas llamas, ya no escuchan estas amorosas invitaciones, y ni siquiera se dan cuenta del peligro grave, horroroso, en el que están.
(10 de octubre de 1915, al P. Agostino
da San Marco in Lamis, Ep. I, 666)
5 de febrero
¿Qué remedio se debe emplear con estos Judas infelices para hacerlos recapacitar? ¿Qué remedio se puede aplicar para que estos verdaderos muertos resuciten? ¡Ah!, padre mío, el alma se me rompe de dolor; también a estos Jesús les ha dado un mensaje, un abrazo, un beso. Pero para estos miserables ha sido un mensaje que no los ha santificado; un abrazo que no los ha convertido; un beso, ¡ah!, estoy por decir, que no los ha salvado y que a la gran mayoría quizá no los salvará nunca.
La piedad divina ya no los ablanda; no se sienten atraídos por los beneficios; no se corrigen con los castigos; ante las dulzuras se insolentan; con las dificultades se pervierten; en la prosperidad se encolerizan; en la adversidad desesperan; y, sordos, ciegos, insensibles a las dulces invitaciones y a los duros reproches de la piedad divina que podrían sacudirlos y convertirlos, no hacen sino afirmarse en su endurecimiento y transformar en más densas sus tinieblas.
Pero, padre mío, ¡qué tonto soy!; ¿quién me asegura que no me hallo también yo en el número de estos infelices? También yo siento sed de esta agua del paraíso; pero, ¿quién sabe si no es precisamente aquella otra agua la que ardientemente desea mi alma?
Y este tormento se va intensificando más y más, a medida que esta agua no apaga la sed sino que, por el contrario, la aumenta cada día.
¿No es quizá este, padre, un motivo poderosísimo para pensar con razón que el agua que desea mi pobre alma quizá no sea precisamente aquella de la que el dulcísimo salvador nos invita a beber a grandes sorbos?
(10 de octubre de 1915, al P. Agostino
da San Marco in Lamis, Ep. I, 666)
6 de febrero
Quiera el Señor, fuente de toda vida, no negarme esta agua tan dulce y tan preciosa, que Él, en la exuberancia de su amor a los hombres, prometió a quien tiene sed de ella. Yo, padre mío, deseo ardientemente esta agua; se la pido a Jesús con lamentos y suspiros continuos. Pídale también usted que no me la oculte; dígale, padre, que él conoce la gran necesidad que tengo de esta agua, la única que puede curar a un alma herida de amor.
Consuele este tiernísimo esposo del Cantar de los Cantares a un alma que tiene sed de Él; y la consuele con aquel mismo beso que le pedía la sagrada esposa. Dígale que, hasta que un alma no haya llegado a recibir ese beso, no podrá nunca firmar con Él un pacto en estos términos: «Yo soy todo para mi amado y mi amado es todo para mí».
¡Quiera el Señor no abandonar a quien ha puesto sólo en Él toda su confianza! ¡Ah!, que esta esperanza mía no quede nunca defraudada, y que yo le sea siempre fiel…
(10 de octubre de 1915, al P. Agostino
da San Marco in Lamis, Ep. I, 666)
7 de febrero
Proponte, por tanto, corresponder generosamente (al amor de predilección de Dios para contigo), haciéndote digno de él; es decir, semejante a él en las perfecciones adorables ya indicadas en las Escrituras y en el Evangelio, y que tú ya has aprendido. Pero, hermano mío: para que se dé esta imitación, es necesaria la continua reflexión y meditación sobre su vida; de la reflexión y meditación nace la estima de sus actos; y de la estima, el deseo y el empeño de la imitación. Todo esto nos viene proporcionado por nuestras leyes. Mantengámonos constantes en la exacta observancia de las mismas y seremos perfectos.
Sobre todo tienes que insistir en lo que es la base de la santidad cristiana y el fundamento de la bondad: en la virtud de la que nuestro divino Maestro y nuestro seráfico Padre se nos propone como modelos: me refiero a la humildad. Humildad interna y externa; más interna que externa; más vivida que mostrada; más profunda que visible.
(19 de agosto de 1918, a
fray Gerardo da Deliceto, Ep. IV, 25)
8 de febrero
Tengámonos por lo que somos de verdad: nada, miseria, debilidad; una fuente de perversidad sin límites ni atenuantes, capaces de convertir el bien en mal, de abandonar el bien por el mal, de atribuirnos el bien que no tenemos o aquel bien que hemos recibido en préstamo, y de justificarnos en el mal y, por amor del mismo mal, despreciar al Sumo Bien.
Con este convencimiento grabado en la mente, tú:
1º: no te complacerás nunca en ti mismo por algún bien que puedas acoger en ti, porque todo te viene de Dios y a Él debes dar honor y gloria;
2º: no te lamentarás nunca de las ofensas, te vengan de donde te vinieren;
3º: perdonarás todo con caridad cristiana, teniendo bien presente el ejemplo del Redentor, que llegó incluso a excusar ante su Padre a los que le crucificaron;
4º: gemirás siempre como pobre delante de Dios;
5º: no te maravillarás de ningún modo de tus debilidades e imperfecciones; pero, reconociéndote por lo que eres, te avergonzarás de tu inconstancia y de tu infidelidad a Dios; y, ofreciéndole tus propósitos y confiando en Él, te abandonarás tranquilamente en los brazos del Padre del cielo, como un tierno niño en los de su madre.
(19 de agosto de 1918, a fray
Gerardo da Deliceto, Ep. IV, 25)
9 de febrero
Desconfía, mi querida hijita, de todos aquellos deseos que, según el juicio común de las personas que poseen el espíritu del Señor, no pueden alcanzar su objetivo. Tales son, en efecto, aquellos deseos de algunas perfecciones cristianas que pueden admirarse e imaginarse pero no practicarse, y de aquellas perfecciones de las que muchos hablan sin convertirlas en obras.
Ten por seguro, mi querida hija, que quien nos garantiza con seguridad nuestra perfección es la virtud de la paciencia; y, si esta virtud hay que practicarla con los demás, conviene ejercitarla ante todo con nosotros mismos. Quien aspira al puro amor de Dios, no necesita tener paciencia con los otros como debe tenerla consigo mismo. Es necesario resignarse, mi querida hijita, a soportar nuestra imperfección para poder llegar a la perfección. Digo soportar nuestra imperfección con paciencia, y no digo amarla y acariciarla, porque la humildad se fortalece en este sufrimiento.
(3 de marzo de 1917, a
Erminia Gargani, Ep. III, 678)
10 de febrero
Es ya el momento de confesarlo: nosotros somos miserables, ya que es poco el bien que podemos practicar. Pero Dios, en su bondad, se compadece de nosotros, llega a complacerse también de ese poco, y acepta la preparación de nuestro corazón. Pero, ¿en qué consiste esta preparación de nuestro corazón? Según la palabra divina, Dios es infinitamente más grande que nuestro corazón, y este supera a todas las otras realidades cuando, dejando aparte el preocuparse de sí mismo, prepara el servicio que debe ofrecer a Dios; es decir, cuando acepta el compromiso de servir a Dios, de amarlo, de amar al prójimo, de observar la mortificación de los sentidos externos e internos, y otros buenos propósitos.
Durante ese tiempo, nuestro corazón se prepara y dispone sus obras para un grado eminente de perfección cristiana. Todo esto, mi buena hija, no es en modo alguno proporcionado a la grandeza de Dios, que es infinitamente más grande que todo el universo, que nuestras capacidades, que nuestras acciones externas. Una inteligencia que considere esta grandeza de Dios, su bondad y su dignidad inmensa, no puede dejar de ofrecerle grandes preparativos.
Que esta preparación le presente un cuerpo mortificado sin rebelión alguna; una atención a la plegaria sin distracciones voluntarias; una dulzura grandísima al hablar sin amargura; una humildad sin sentimiento alguno de vanidad. He aquí, hija mía, unos buenos preparativos. Es verdad que hay quienes no ven que serían necesarios preparativos mucho mayores para servir a Dios; pero es necesario también encontrar a quien pueda realizarlos; porque, cuando nos disponemos a ponerlos en práctica, es fácil detenerse, viendo que en nosotros estas perfecciones no pueden ser ni tan altas ni tan absolutas.
Se puede mortificar la carne, aunque no del todo, ya que siempre habrá alguna rebelión. Nuestra atención será interrumpida a menudo por las distracciones. Pero, ante todo esto, ¿convendrá inquietarse, turbarse, preocuparse y afligirse? De ningún modo.
(3 de marzo de 1917, a
Erminia Gargani, Ep. III, 678)
11 de febrero
¿Queremos caminar bien? Dediquémonos a recorrer con empeño el camino que queda más cerca de nosotros. Grabad bien en la mente lo que voy a decir: con frecuencia deseamos ser buenos ángeles y descuidamos ser buenos hombres. Nuestra limitación nos ha de acompañar hasta el féretro; no podemos alcanzar nada sin tierra. No hay que relajarse ni distraerse, ya que somos como pequeños polluelos, pero sin alas. En la vida física, morimos poco a poco, y esta es una ley ordinaria querida por la providencia; y, de la misma manera, hay que morir a nuestras imperfecciones, también día a día. Felices imperfecciones, podríamos exclamar, que nos hacen conocer nuestra gran miseria y que nos ejercitan con humildad en el desprecio de nosotros mismos, en la paciencia y en la diligencia. Pero a pesar de esas imperfecciones, Dios observa la preparación de nuestro corazón, que es perfecta.
(3 de marzo de 1917, a
Erminia Gargani, Ep. III, 678)
12 de febrero
Contentémonos con caminar a ras de tierra, pues estar en alta mar nos marea y nos produce vómitos. Mantengámonos a los pies del divino Maestro con la Magdalena. Practica las pequeñas virtudes propias de tu pequeñez: la paciencia, la tolerancia con nuestro prójimo, la humildad, la dulzura, la afabilidad, el sufrimiento de nuestras imperfecciones, y otras muchas virtudes.
Te aconsejo la santa simplicidad, como virtud que estimo mucho. Fíjate en lo que tienes ante ti, sin romperte mucho la cabeza pensando en los peligros que ves a lo lejos. Te parecen poderosas unidades militares, y no son otra cosa que sauces con muchas ramas. No les prestes atención, pues, de otro modo, podrías dar pasos equivocados. Ten siempre el firme y general propósito de querer servir a Dios con todo el corazón y durante todo el tiempo de la vida. No te preocupes por el mañana; piensa sólo en hacer el bien hoy; y, cuando llegue el mañana, se llamará hoy; y entonces se pensará en él.
Para practicar la santa simplicidad, se necesita también una gran confianza en la divina providencia. Es necesario, hija mía, imitar al pueblo de Dios que, cuando estaba en el desierto, tenía severamente prohibido recoger el maná en mayor cantidad que el necesario para un día. También nosotros hagamos la provisión del maná para un solo día; y no dudemos, hija mía, de que Dios proveerá para el día siguiente y para todos los días de nuestro peregrinar.
(3 de marzo de 1917, a
Erminia Gargani, Ep. III, 678)
13 de febrero
Proponeos, mis queridísimos hijitos, corresponder siempre generosamente a vuestra vocación, haciéndoos dignos de Jesús, semejantes a él en las perfecciones adorables ya indicadas en la sagrada escritura y en el santo evangelio y ya aprendidas por vosotros. Pero, hijitos míos, para que se dé la imitación, es necesaria la diaria meditación y reflexión sobre su vida; de la meditación y de la reflexión brota la estima de sus actos; y de la estima, el deseo y la fuerza de la imitación.
Sí, hijitos, imitad a Jesús en la obediencia pronta y sin discusiones; imitad a Jesús en la paciencia, porque con la paciencia poseeréis vuestras almas; imitad a Jesús en la humildad, tanto interna como externa; pero más interna que externa, más sentida que mostrada, más profunda que visible.
(7 de enero de 1919, a
los novicios, Ep IV, 380)
14 de febrero
Imitad a Jesús en la caridad, porque él reconoce como suyos sólo a los que conservan celosamente esta preciosa margarita; y recordad siempre que, cuando nos presentemos ante su divina presencia, todo su juicio girará sobre la caridad. Haced vuestro el dicho del gran obispo de Hipona: «Mi peso es mi amor». Sí, pesad todas vuestras acciones con la balanza del amor, e iréis tejiendo una corona de méritos para el cielo.
El hastío que experimentáis al practicar la virtud y la oración ni os debe asustar ni os debe llevar a retroceder en la práctica de una y de otra. Continuad en ello; y no os tiene que parecer una pérdida de tiempo, ya que ese tiempo está empleado y gastado en practicar la obediencia.
Las tentaciones no os asusten: son la prueba a la que Dios quiere someter al alma cuando la ve con las fuerzas necesarias para sostener el combate de obtener con sus propias manos la corona de la gloria.
La gracia divina os sirva de defensa y de apoyo en todo.
(7 de enero de 1919, a
los novicios, Ep IV, 380)
15 de febrero
Jesús me dice que, en el amor, es él quien me deleita a mí; en los dolores, en cambio, soy yo quien le deleito a él. Por tanto, desear la salud sería ir a buscar alegrías para mí y no buscar alivio para Jesús. Sí, yo amo la cruz, la cruz sola; la amo porque la veo siempre en los hombros de Jesús. Ahora bien, Jesús ve muy bien que toda mi vida y todo mi corazón están consagrados totalmente a él y a sus sufrimientos.
¡Oh!, padre mío, perdóneme si uso este lenguaje; sólo Jesús puede comprender cuán grande es mi pena cuando se despliega ante mí la escena dolorosa del Calvario. Es igualmente incomprensible el alivio que se da a Jesús, no sólo al compartir sus dolores, sino cuando encuentra un alma que, por su amor, no le pide consuelos, sino más bien tomar parte en sus mismos sufrimientos.
Cuando Jesús quiere darme a conocer que me ama, me da a gustar, de su dolorosa pasión, las llagas, las espinas, las angustias… Cuando quiere alegrarme, me llena el corazón de aquel espíritu que es todo fuego, me habla de sus delicias; pero, cuando es él el que quiere ser amado, me habla de sus dolores, me invita, con voz de súplica y de mandato a la vez, a ofrecerle mi cuerpo para aligerarle sus sufrimientos.
¿Quién le resistirá? Me doy cuenta de que le he hecho sufrir demasiado con mis miserias; de que le he hecho llorar demasiado con mi ingratitud; de que le he ofendido demasiado. No quiero a otros, sino sólo a Jesús; no deseo ninguna otra cosa (que es el mismo deseo de Jesús) que sus sufrimientos.
(1 de febrero de 1913, al P. Agostino
da San Marco in Lamis, Ep. I, 334)
16 de febrero
Anímate, porque tu sufrimiento es según Dios. Si la naturaleza se queja y reclama sus derechos, es porque esta es la condición del hombre que está en camino. Si, secreta o calladamente, experimenta el dolor de los sufrimientos y naturalmente quisiera huir de ellos, es porque el hombre fue creado para la felicidad y las cruces fueron una consecuencia del pecado. Mientras se está en este mundo, tendremos que sentir siempre la natural aversión a los sufrimientos. Es esta una cadena que nos acompañará por doquier.
Ten la certeza de que, si con lo más alto del espíritu deseamos la cruz y al fin la abrazamos y nos sometemos a ella por amor a Dios, no por eso dejaremos de sentir en la parte interior el reclamo de la naturaleza que no quiere sufrir. En efecto, ¿quién amó más la cruz que el Maestro divino? Pues bien, también su humanidad santísima, en su agonía aceptada voluntariamente, pidió que el cáliz se alejara de él, si eso fuera posible.
(13 de mayo de 1915, a
Raffaelina Cerase, Ep. II, 417)
17 de febrero
Nuestra conversación continua sea siempre en el cielo o, al menos, en el costado de Jesús. Continúa, pues, gritando con el apóstol: «Yo llevo en mi espíritu y en mi cuerpo la cruz de nuestro Señor Jesucristo»; porque, en este momento, es el suspiro más coherente con lo que vive tu espíritu. O bien: «Estoy con Cristo espiritualmente clavado en la cruz», hasta que llegue el momento en el que tengas que exclamar: «En tus manos encomiendo mi espíritu».
Sé, por desgracia, que tú querrías apresurar el momento de repetir esta última frase; pero, hijita mía, ¿puedes decir ya el «Todo está cumplido»? A ti, quizá, te parezca que sí; a mí me parece que no. Tu misión no está cumplida todavía; y más que de ser absorbida en Dios debes tener sed de la salvación de los hermanos: «Tengo sed».
Es cierto que también allá arriba puede llevarse a cabo la obra de la mediación; pero, según el modo humano de entendernos, parece que los santos se preocupan más de las miserias de los demás cuando están en la tierra.
(26 de abril de 1919, a
Margherita Tresca, Ep. III, 219)
18 de febrero
Hijita mía, no temas nada en relación con tu espíritu. Todo es obra del Señor; y, por tanto, ¿de qué puedes tener miedo? Como consecuencia, déjale actuar, incluso cuando no sientas que debes dejarle actuar; es decir, acepta con resignación la voluntad de Dios, también cuando él no te permita una dulce resignación. Hijita mía, tú sufres y tienes motivos para quejarte. Laméntate, pues, y a gritos; pero no temas. La víctima de amor que busca la voluntad de Dios debe gritar que no puede más y que le es imposible resistir los caprichos del amado, que la quiere y la deja, y la deja mientras la quiere.
Pide al Señor que me conceda lo que desde hace tiempo le estoy pidiendo con insistencia; pídele que me haga comprender con luz íntima y con claridad lo que la autoridad me dice; y, en premio, tú obtendrás la misma gracia. De tus sufrimientos deduce los míos, que son muy superiores a los tuyos; y aprende a ayudarme. Tú dices que me basta con que me lo aseguren; y a ti, ¿por qué no te es suficiente?
(26 de abril de 1919, a
Margherita Tresca, Ep. III, 219)
19 de febrero
Fortalécete con el sacramento eucarístico. En medio de tantas desolaciones no deje tu alma de cantar frecuentemente a Dios el himno de la adoración y de la alabanza. Vive siempre alejada de la corrupción de la Jerusalén carnal, de las asambleas profanas, de los espectáculos corruptos y corruptores, de todas esas sociedades de los impíos.
Dispón tus labios, como hizo el divino Redentor, y sigue bebiendo con él las negras aguas del Cedrón, aceptando con piadosa resignación el sufrimiento y la penitencia. Atraviesa con Jesús este torrente, sufriendo con constancia y valentía los desprecios del mundo por amor a Jesús. Vive recogida, y toda tu vida quede escondida en Jesús y con Jesús en el huerto de Getsemaní, es decir, en el silencio de la meditación y de la oración. No te asusten ni la oscuridad de la noche de la humillación y de la soledad ni el aumento de las mortificaciones. Siempre adelante, adelante, Raffaelina; la amargura del torrente de la mortificación no te detenga. La persecución de los mundanos y de todos los que no viven del espíritu de Jesucristo no te aparten de seguir ese camino que han recorrido los santos. Corre siempre por la pendiente del monte de la santidad y no te desanime el sendero escabroso. Sigue caminando junto a Jesús, y si, siguiéndole a él, estás a salvo de todo, es también muy cierto que triunfarás, como siempre, en todo.
(4 de agosto de 1915, a
Raffaelina Cerase, Ep. II, 470)
20 de febrero
Jesús, el hombre de los dolores, querría que todos los cristianos le imitaran. Ahora bien, Jesús me ofreció este cáliz también a mí; y yo lo acepté; y he aquí por qué no me priva de él. Mi pobre sufrir no sirve para nada; pero Jesús se complace en él, porque lo amó tan intensamente aquí en la tierra. Por eso, en ciertos días especiales, en los que él sufrió más intensamente en esta tierra, me hace sentir el sufrimiento incluso con más fuerza.
¿No debería bastarme sólo esto para humillarme y para buscar vivir escondido a los ojos de los hombres, porque he sido hecho digno de sufrir con Jesús y como Jesús?
¡Ah!, padre mío, siento que mi ingratitud a la majestad de Dios es demasiado grande.
(1 de febrero de 1913, al P. Agostino
da San Marco in Lamis, Ep. I, 334)
21 de febrero
Medita el fiat de Jesús en el huerto; ¡cuánto le habría pesado para hacerle sudar y sudar sangre! Pronuncia tú también este fiat, tanto en las cosas prósperas como en las adversas; y no te inquietes ni te rompas la cabeza pensando en cómo lo pronuncias. Se sabe que en las cuestiones difíciles la naturaleza huye de la cruz, pero no por eso se puede decir que el alma no se ha sometido a la voluntad de Dios, cuando la vemos, a pesar de la fuerza que siente en contra, ponerla en práctica.
¿Quieres tener una prueba concreta de cómo la voluntad pronuncia su fiat? La virtud se conoce por su contrario. Puesta por el Señor en una prueba, sea esta difícil o sencilla, dime: ¿te sientes movida a rebelarte contra Dios? O, mejor, pongamos como ejemplo lo imposible: intentas rebelarte. O, dime, ¿no te horrorizas ante el simple hecho de oír estas frases blasfemas? Pues bien, entre el sí y el no, no existe, no puede darse, nada intermedio.
Si tu voluntad huye de la rebelión, ten por seguro que está sometida, tácita o expresamente, a la voluntad de Dios y, en consecuencia, también ella pronuncia a su modo su fiat.
(30 de enero de 1915, a
Raffaelina Cerase, Ep. II, 321)
22 de febrero
San Pablo nos advierte que «los que son verdaderos cristianos han crucificado su carne con los vicios y las concupiscencias». De la enseñanza de este santo Apóstol se deduce que quien quiere ser verdadero cristiano, es decir, quien vive con el espíritu de Jesucristo, debe mortificar su carne, no por otra finalidad, sino por devoción a Jesús, quien por amor a nosotros quiso mortificar todos sus miembros en la cruz. Esa mortificación debe ser estable, firme, constante y que dure toda la vida. Más aún, el perfecto cristiano no debe contentarse con una mortificación rígida sólo en apariencia, sino que debe ser dolorosa.
Así debe llevarse a cabo la mortificación de la carne, ya que el Apóstol, no sin motivo, la llama crucifixión. Pero alguien podría contradecirnos: ¿por qué tanto rigor contra la carne? Insensato, si reflexionaras atentamente en lo que dices, te darías cuenta de que todos los males que padece tu alma provienen de no haber sabido y de no haber querido mortificar, como se debía, tu carne. Si quieres curarte en lo hondo, en la raíz, es necesario dominar, crucificar la carne, porque es ella la raíz de todos los males.
El Apóstol añade además que a la crucifixión de la carne va unida la crucifixión de los vicios y de las concupiscencias. Ahora bien, los vicios son todos los hábitos pecaminosos; las concupiscencias son las pasiones; es necesario mortificar y crucificar constantemente unos y otras para que no arrastren a la carne al pecado; quien se quede sólo en la mortificación de la carne es semejante a aquel necio que edifica sin cimientos.
(23 de octubre de 1914, a
Raffaelina Cerase, Ep. II, 197)
23 de febrero
La vanagloria es un enemigo que acecha sobre todo a las almas que se han consagrado al Señor y que se han entregado a la vida espiritual; y, por eso, puede ser llamada, con toda razón, la tiña del alma que tiende a la perfección. Ha sido llamada con acierto por los santos carcoma de la santidad.
Nuestro Señor, para mostrarnos hasta qué punto la vanagloria es contraria a la perfección, lo hace con aquella reprensión que hizo a los apóstoles, cuando los vio llenos de autocomplacencia y de vanagloria, porque los demonios obedecían las órdenes que ellos les daban: «Sin embargo, no os alegréis porque los espíritus se os someten».
Y para erradicar del todo de sus mentes los tristes efectos de este maldito vicio, que suele conseguir insinuarse en los corazones, los atemoriza poniendo ante sus ojos el ejemplo de Lucifer, precipitado desde las alturas por la vana complacencia en la que cayó ante la grandeza a la que Dios le había ensalzado: «Veía a Satanás, que caía del cielo como un relámpago».
Este vicio hay que temerlo todavía más porque no hay una virtud contraria para combatirlo. En efecto, cada vicio tiene su remedio y la virtud contraria; la ira se destierra con la mansedumbre; la envidia con la caridad; la soberbia con la humildad; etc. Sólo la vanagloria no tiene una virtud contraria para ser combatida. Ella se insinúa en los actos más santos; y, hasta en la misma humildad, si no se está atento, ella coloca con soberbia su tienda.
(2 de agosto de 1913, al P. Agostino
da San Marco in Lamis, Ep. I, 396)
24 de febrero
San Crisóstomo, hablando de la vanagloria, dice: «Cuantas más obras realices, buscando aplastar la vanagloria, tanto más la estimulas». ¿Y cuál es la causa de esto? Dejemos que nos lo diga el mismo santo doctor: «Porque todo lo malo proviene del mal; sólo la vanagloria procede del bien; y, por eso, no se extingue con el bien, sino que se infla más».
El demonio, querido padre, sabe muy bien que un lujurioso, un ladrón, un avaro, un pecador tienen más motivos para avergonzarse y para sonrojarse que para gloriarse; y, por eso, se cuida mucho de tentarlos por ese lado, y les ahorra esta batalla. Pero no se la ahorra a los buenos, sobre todo al que se esfuerza por tender a la perfección. Todos los otros vicios se yerguen sólo en los que se dejan vencer y dominar por ellos; pero la vanagloria levanta la cabeza precisamente en aquellas personas que la combaten y la vencen. Se envalentona al asaltar a sus enemigos, sirviéndose de las mismas victorias que han conseguido contra ella. Es un enemigo que no se detiene nunca; es un enemigo que entra en batalla en todas nuestras obras y que, si no se está vigilante, nos hace sus víctimas.
En efecto, nosotros, para huir de las adulaciones de los demás, preferimos los ayunos ocultos y secretos a los visibles; el silencio, al hablar elocuente; ser despreciados, a ser tenidos en cuenta; los desprecios, a los honores. ¡Oh!, Dios mío. También en esto la vanagloria quiere, como suele decirse, meter la nariz, acometiéndonos con vanas complacencias.
(2 de agosto de 1913, al P. Agostino
da San Marco in Lamis, Ep. I, 396)
25 de febrero
Tenía mucha razón San Jerónimo, al comparar la vanagloria con la sombra. De hecho, la sombra sigue al cuerpo a todas partes; y hasta le mide los pasos. Se aleja el cuerpo, se aleja también ella; camina a paso lento, también ella hace lo mismo; se sienta, y entonces también ella toma la misma posición.
Lo mismo hace la vanagloria; sigue por todos lados a la virtud. En vano intentaría el cuerpo huir de su sombra; esta, siempre y en todas partes, le sigue y camina a su lado. Lo mismo le sucede a quien se ha dedicado a la virtud, a la perfección: cuanto más huye de la vanagloria, más es asaltado por ella. Temamos todos, querido padre, a este nuestro gran enemigo. Lo teman todavía más aquellas dos almas elegidas, porque este enemigo tiene un algo de inexpugnable.
Estén siempre alerta; no se deje a este enemigo tan poderoso entrar en la mente y en el corazón; porque, si consigue entrar, desflora las virtudes, corroe la santidad, corrompe todo lo que hay de belleza y de bondad.
Traten de pedir continuamente a Dios la gracia de verse preservadas de este vicio pestilente, porque «Todo don perfecto viene de arriba, del Padre de las luces». Abran sus corazones a la confianza en Dios. Recuerden siempre que todo lo que hay de bueno en ellas es puro regalo de la suma bondad del Esposo celestial.
(2 de agosto de 1913, al P. Agostino
da San Marco in Lamis, Ep. I, 396)
26 de febrero
Graben bien en su mente; esculpan fuertemente en sus corazones; y convénzanse de que nadie es bueno «sino sólo Dios»; y que nosotros no tenemos otra cosa que la nada. Vayan meditando continuamente lo que san Pablo escribe a los fieles de Corinto: «¿Qué tienes que no lo hayas recibido? Y, si lo recibiste, ¿por qué te glorías como si no lo hubieras recibido?». «No que seamos capaces –dice además– de pensar algo por nosotros mismos, como si fuera cosa nuestra; nuestra capacidad nos viene de Dios».
Cuando se sientan tentadas de vanagloria, repitan con san Bernardo: «Ni por ti lo inicié, ni por ti lo dejaré». ¿No comencé mi viaje por los caminos del Señor? Entonces, por ellos quiero seguir; por ellos continuaré mi marcha. Si el enemigo les asalta por la santidad de su vida, que le griten a la cara: mi santidad no es fruto de mi espíritu, sino que es fruto del espíritu de Dios que me santifica. Es un don de Dios; es un talento que me ha prestado mi Esposo para que yo negocie con Él y después le rinda estrecha cuenta de la ganancia obtenida.
(2 de agosto de 1913, al P. Agostino
da San Marco in Lamis, Ep. I, 396)
27 de febrero
Las virtudes son como quien tiene un tesoro, que, si no lo tiene escondido a los ojos de los envidiosos, se lo robarán. El demonio está siempre vigilando; y él, el peor de todos los envidiosos, busca arrebatar este tesoro, que son las virtudes, tan pronto como lo descubre; y lo hace asaltándonos con ese enemigo tan poderoso que es la vanagloria.
Nuestro Señor, siempre atento a nuestro bien, para preservarnos de este gran enemigo, nos lo advierte en varios lugares del evangelio. ¿Acaso no nos dice que, si queremos hacer oración, nos retiremos a nuestro cuarto, cerremos la puerta y oremos de tú a tú con Dios, para que nuestra oración no sea conocida por los demás?; ¿que, al ayunar, nos lavemos la cara para que no descubramos nuestro ayuno a los demás en la suciedad y la palidez del rostro?; ¿que, al dar limosna, no sepa la mano derecha lo que hace la izquierda?
(2 de agosto de 1913, al P. Agostino
da San Marco in Lamis, Ep. I, 396)
28 de febrero
Sean precavidas para no hablar nunca con otras personas, a excepción de su director y de su confesor, de aquellas cosas con las que el buen Dios las va favoreciendo. Dirijan siempre todas sus acciones a la gloria de Dios, exactamente como quiere el Apóstol: «Ya comáis, ya bebáis, ya hagáis cualquier otra cosa, hacedlo todo para gloria de Dios». Vayan renovando esta santa intención de tanto en tanto. Examínense al final de cada acción; y, si descubren alguna imperfección, no se turben por ello; pero avergüéncense y humíllense ante la bondad de Dios; pidan perdón al Señor y suplíquenle que las preserve de esa falta en el futuro.
Renuncien a toda vanidad en sus vestidos, porque el Señor permite las caídas de estas almas en esas vanidades.
Las mujeres que buscan las vanidades de los vestidos no podrán nunca vestirse de la vida de Jesucristo, y pierden los adornos del alma tan pronto como entra este ídolo en sus corazones. Su vestido esté, como quiere san Pablo, decente y modestamente adornado; pero sin cosidos de pieles, sin oro, sin perlas, sin prendas preciosas que suenen a riqueza y suntuosidad.
(2 de agosto de 1913, al P. Agostino
da San Marco in Lamis, Ep. I, 396)
29 de febrero
A los mundanos les parece increíble que haya almas que sufren al ver que la providencia les prolonga la vida. Sin embargo, ahí está la historia de los santos, que es y será la maestra de la humanidad.
De los sufrimientos atroces que sufren las almas de los justos al verse lejos de su centro podemos formarnos, oh Raffaelina, una pálida idea fijándonos en lo que esas almas sufren, incluso al tener que satisfacer las necesidades más vitales de la vida, como el comer, el beber y el dormir. Y si la piedad de Dios no acudiera, especialmente en ciertos momentos y en ciertos días, con una especie de milagro, privándoles de la reflexión mientras realizan esos actos necesarios para la vida, para las pobrecitas es tal el tormento que experimentan al realizar una tal acción, que además no pueden evitar que yo, sin miedo a mentir, no sabría encontrar una comparación adecuada como no sea lo que debieron de experimentar los mártires que fueron quemados vivos, entregando así sus vidas a Jesús en testimonio de su fe.
Es fácil que esta comparación a alguno le resulte una exageración hermosa y vacía, pero yo, mi querida Raffaelina, sé lo que me digo. El día del juicio universal veremos ciertamente a estas almas que, sin haber dado su sangre por la fe, digo que las veremos coronadas, igual que los mártires, con la palma del martirio.
(23 de febrero de 1915, a
Raffaelina Cerase, Ep. II, 340)
Marzo
1 de marzo
Toda falta, aun mínima, que cometo, es para el alma una espada de dolor que le traspasa el corazón. En ciertos momentos me veo empujado a exclamar como el Apóstol, si bien, ¡ay de mí!, no con la misma perfección: «Ya no soy yo quien vive», pues siento que hay alguien en mí.
Otro efecto de esta gracia es que mi vida se está convirtiendo en un cruel martirio; y sólo encuentro consuelo al resignarme a vivir por amor de Jesús; aunque, ¡ay de mí!, padre mío, también en este consuelo la pena que siento en ciertos momentos es insoportable, porque el alma querría que la vida entera estuviera sembrada de cruces y de persecución.
Los mismos actos naturales, como serían el comer, el beber, el dormir son para mí muy penosos. El alma, en este estado, gime porque las horas transcurren muy lentas para ella. Al término de cada jornada, se siente como aligerada de un grave peso y muy aliviada; pero al momento vuelve a recaer en una profunda tristeza, al pensar que le quedan muchos días de destierro; y es precisamente en esos momentos cuando el alma quiere gritar: «¡Oh vida, qué cruel eres para mí!, ¡qué larga eres! ¡Oh vida, que ya no eres vida para mí sino tormento! ¡Oh muerte, no sé quién puede tenerte miedo, ya que por ti se nos abre la vida!».
Antes de que el Señor me favoreciera con esta gracia, el dolor de mis pecados, la pena que sentía al ver al Señor tan ofendido, la plenitud de los afectos que sentía por Dios no eran tan intensos como para hacerme salir de mí mismo y, a veces, pareciéndome insoportable este dolor, me llevaban a desahogarme con gritos agudísimos, sin poder contenerme. Pero después de esta gracia, el dolor se ha hecho aún más agudo, hasta parecerme que el corazón salta de un lado a otro.
Ahora me parece que comprendo cuán duro fue el martirio de nuestra queridísima Madre, cosa que antes no me había sido posible. ¡Oh, si los hombres pudieran comprender este martirio! ¿Quién lograra sufrir con nuestra tan querida corredentora? ¿Quién le negaría el bellísimo título de «reina de los mártires»?
(7 de julio de 1913, al P. Benedetto
da San Marco in Lamis, Ep. I, 381)
2 de marzo
Mi queridísimo padre, querría por un momento abrirle mi interior para hacerle ver la llaga que el dulcísimo Jesús ha abierto amorosamente en mi corazón. Este, por fin, ha encontrado un amante que se ha enamorado de él de tal forma que no sabe cómo intensificar ese amor.
A este amante usted ya lo conoce. Es un amante que no se enfada nunca con quien le ofende. Sin número es el número de sus misericordias, que mi corazón lleva consigo. Este corazón reconoce no tener absolutamente nada de que gloriarse ante él. Él me ha amado, ha querido preferirme a muchas criaturas.
Y cuando le pregunto qué he hecho para merecer tantos consuelos, él me sonríe y me va repitiendo que a tan gran intercesor nada se le niega. Como recompensa me pide sólo amor; pero, ¿no se lo debo por gratitud?
¡Oh, si pudiera, padre mío, alegrarle un poco, de la misma forma que él me alegra a mí! Él de tal forma se ha enamorado de mi corazón que me hace arder de su fuego divino, de su fuego de amor. ¿Qué es este fuego que me invade totalmente? Padre mío, si Jesús nos hace tan felices en la tierra, ¿qué será en el cielo?
(3 de diciembre de 1912, al P. Agostino
da San Marco in Lamis, Ep. I, 316)
3 de marzo
A veces me pregunto si habrá almas que no sientan arder el pecho con el fuego divino, especialmente cuando se encuentran ante él, en el sacramento. Esto me parece imposible, sobre todo si se trata de un sacerdote, de un religioso. Quizá las almas que afirman que no sienten este fuego no lo sienten porque tal vez su corazón es más grande. Sólo con esta benigna interpretación me es posible no aplicarles el vergonzoso calificativo de mentirosos.
Hay momentos en que se me presenta a la mente la severidad de Jesús, y es entonces cuando sufro amargamente; me pongo a considerar sus bromas y esto me llena de gozo. No puedo no abandonarme a esta dulzura, a esta felicidad… ¿Qué es, padre mío, lo que siento? Tengo tanta confianza en Jesús que, incluso si viera el infierno abierto ante mí y me encontrara a la orilla del abismo, no desconfiaría, no me desesperaría, confiaría en él.
Tal es la confianza que me inspira su mansedumbre. Cuando me pongo a considerar las grandes batallas contra el demonio que, con la ayuda divina, he superado, son tantas que no es posible contarlas.
¡Quién sabe cuántas veces mi fe habría vacilado y mi esperanza y mi caridad se habrían debilitado, si él no me hubiera tendido la mano; y mi intelecto se habría oscurecido, si Jesús, sol eterno, no lo hubiera iluminado!
Reconozco también que soy del todo obra de su infinito amor. Nada me ha negado; más aún, tengo que manifestar que me ha dado más de lo que le he pedido.
(3 de diciembre de 1912, al P. Agostino
da San Marco in Lamis, Ep. I, 316)
4 de marzo
Escuche, padre mío, los justos lamentos de nuestro dulcísimo Jesús: «¡Con cuánta ingratitud es pagado mi amor por los hombres! Sería menos ofendido por ellos si los hubiera amado menos. Mi Padre no quiere soportarlos más. Yo quisiera dejar de amarlos pero… [y aquí Jesús guarda silencio y suspira; y después continúa] pero, ¡ay de mí!, ¡mi corazón está hecho para amar! Los hombres ruines y perezosos no hacen ningún esfuerzo por vencer las tentaciones; o, lo que es más grave, se deleitan en sus iniquidades. Las almas más predilectas para mí, puestas en la prueba, me fallan; los débiles se dejan llevar por el desánimo y la desesperación; los fuertes se van relajando poco a poco.
Me dejan en las iglesias solo de noche, solo de día. Ya no se preocupan del sacramento del altar; no se habla nunca de este sacramento de amor; e incluso aquellos que hablan de esto, ¡ay de mí!, con qué indiferencia, con qué frialdad lo hacen.
Mi corazón es olvidado; nadie se preocupa ya de mi amor; yo estoy siempre afligido. Mi casa se ha convertido para muchos en un lugar de diversión; también para mis ministros, que yo siempre he mirado con predilección, que he amado como a la pupila de mis ojos; ellos deberían confortar mi corazón lleno de amarguras; ellos deberían ayudarme en la redención de las almas. En cambio, ¿quién lo creería?, de ellos debo recibir ingratitudes y olvidos. Veo, hijo mío, a muchos de estos que… [aquí se calló, los sollozos le cortaron la voz, lloró en secreto] que, bajo hipócritas apariencias, me traicionan con comuniones sacrílegas, despreciando las luces y las fuerzas que continuamente les regalo…».
Jesús continuó todavía lamentándose. Padre mío, ¡cómo me hace sufrir ver llorar a Jesús! ¿Lo ha experimentado también usted?
«Hijo mío –continuó Jesús–, tengo necesidad de víctimas para calmar la ira justa y divina de mi Padre; renuévame la ofrenda de todo tu ser, y hazlo sin reservarte nada».
El sacrificio de mi vida, padre mío, se lo he renovado; y, si siento en mí algún sentimiento de tristeza, este tiene lugar al contemplar al Dios de los dolores.
Si le es posible, trate de encontrar almas que se ofrezcan al Señor en calidad de víctimas por los pecadores. Jesús le ayudará.
(12 de marzo de 1913, al P. Agostino
da San Marco in Lamis, Ep. I, 341)
5 de marzo
Desearía decirle muchas cosas bellas, todas de Jesús; pero me doy cuenta de que esto debe quedar en un piadoso deseo, porque las fuerzas, que desde hace algunos días siento que se debilitan, no me lo permiten. Pero, ¡Jesús sea bendito! Por su amor me contento con lo estrictamente necesario.
Modere, querido padre, se lo suplico, sus ansiedades en lo que se refiere a su espíritu, porque me parece que es una pérdida de tiempo en nuestro caminar hacia el cielo; y lo que es peor, por muchas de estas ansiedades, que en sí mismas pueden ser santas, y por nuestra fragilidad y por el azuzar insistente del demonio, todas nuestras bellas acciones, permítaseme la expresión, quedan manchadas por un poco de falta de confianza en la bondad de Dios.
Es sólo un sutilísimo hilo que tiene atrapado al espíritu, pero que le impide, y de forma notable, remontar el vuelo en los caminos de la perfección y obrar con santa libertad. Es una grave injuria que el alma hace a nuestro celestial Esposo; y, como consecuencia, ¡ay de mí!, el dulcísimo Señor de cuántas gracias nos priva sólo porque la puerta de nuestro corazón no le queda abierta con santa confianza. El alma, si no se decide a salir de este estado, se atrae sobre sí muchos castigos.
No le parezca exagerada, querido padre, esta afirmación mía. Traigamos a la memoria aquel inmenso pueblo de Dios en el desierto; por falta de confianza muy pocos llegaron a poner el pie en la tierra prometida. Su propio jefe, quiero decir Moisés, por haber dudado al golpear aquella piedra de donde debía salir agua para quitar la sed de aquel pueblo sediento, fue gravemente castigado y no pisó la tierra prometida.
(17 de agosto de 1913, al P. Agostino
da San Marco in Lamis, Ep. I, 405)
6 de marzo
Siento el vivísimo deseo, sin que casi nunca piense yo en procurarlo, de pasar todos los instantes de mi vida amando al Señor; quisiera estar estrechamente unido a Él por una de sus manos y recorrer con alegría aquella vía dolorosa, en la que me ha puesto; pero lo digo también con tristeza en el corazón, con confusión en el ánimo y con rubor en el rostro, que mis deseos no se corresponden precisamente con la realidad.
Basta cualquier cosa para agitarme; basta que me olvide de las aseveraciones que usted me hace para arrojarme en la más densa noche del espíritu, que me hace sufrir día y noche. ¡Dios mío!, ¡padre mío!, ¡qué gran castigo me ha traído mi infidelidad del pasado!
Querría que mi mente no pensara más que en Jesús, que el corazón no palpitara más que por él sólo y siempre, y todo esto se lo prometo repetidamente a Jesús. Pero, ¡ay de mí!, me doy perfecta cuenta de que la mente se olvida o, mejor dicho, se queda en la durísima prueba, bajo la cual está el espíritu; y el corazón no hace otra cosa que marchitarse en este dolor.
(6 de marzo de 1917, al P. Benedetto
da San Marco in Lamis, Ep. I, 872)
7 de marzo
Es verdad que todo está consagrado a Jesús y que todo lo intento sufrir por él. Pero no logro convencerme de esto. De hecho me veo privado de esa luz; y esto es suficiente para que me llene de miedo y de terror y crea que estoy bajo los rigores de la divina justicia. Y, a mi modo de ver, lo que más me confirma en esta verdad es el ver que Dios cada día es más excelso a los ojos de mi espíritu, el verlo cada día más lejano, y el ver incluso que este Dios se va rodeando más y más de densas nubes.
Mi espíritu está siempre fijo en este objeto, que nunca se aparta de mi mente; y, cuanto más fijo en él mi mirada, más me doy cuenta de que se va escondiendo en esta nube, que es semejante a esos vapores que se levantan del suelo mojado cuando sale el sol.
Por otra parte, el Padre celestial no cesa de hacerme partícipe de los dolores de su unigénito Hijo, también físicamente. Estos dolores son tan agudos que no es posible ni describirlos ni imaginarlos. Además, no sé si es falta de fortaleza o si hay culpa en ello cuando, puesto en esta situación, sin querer, lloro como un niño.
Es para mí una prueba durísima no saber si, en eso que hago, agrado a Dios o le ofendo. Muchas aseveraciones me han sido dadas en relación con esto; pero, ¡qué quiere!, no se tienen ojos para ver. Y, además, el enemigo quiere meter siempre su cola para arruinar todo. Va insinuando que tales aseveraciones no abarcan todas mis acciones y mucho menos que son para siempre.
(6 de marzo de 1917, al P. Benedetto
da San Marco in Lamis, Ep. I, 872)
8 de marzo
Dios, Dios, no quiero, no, desesperarme; no quiero, no, injuriar a tu infinita bondad; pero, no obstante todos los esfuerzos por confiar, siento en mí, vivo y claro, el oscuro cuadro de tu abandono y tu rechazo.
Dios mío, yo confío, pero esta confianza está llena de temores; y es esto lo que hace más amarga mi aflicción.
Oh, Dios mío, si yo pudiera convencerme, aunque mínimamente, de que este estado no es un rechazo de tu parte y de que yo no te ofendo, estaría dispuesto a sufrir, y centuplicado, este martirio.
Dios mío, Dios mío… ¡ten piedad de mí!
Padre mío, ayúdeme con sus oraciones y con las de otros. ¡Cómo querría no sentir esta pena amarguísima! He dejado todo para agradar a Dios, y mil veces habría dado mi vida para sellar mi amor por Él; y ahora, oh Dios, qué amargo me resulta experimentar en lo íntimo del corazón que Él está irritado conmigo; y no puedo, no, encontrar paz en mi desventura. Mi corazón tiende irresistiblemente y con todo su ímpetu hacia su Señor; pero una mano de hierro me rechaza siempre… Figúrese un pobre náufrago, agarrado a una tabla de salvación, a quien cada ola y cada ráfaga de viento amenazan con anegarlo.
O mejor, figúrese mi estado presente semejante al de un condenado a muerte, que siente palpitar continuamente el corazón porque espera ser conducido al patíbulo de un momento a otro. Y este estado me hace sufrir en la más oscura noche, cuando me esfuerzo más que nunca por encontrar a mi Dios.
(20 de febrero de 1922, al P. Benedetto
da San Marco in Lamis, Ep. I, 1263)
9 de marzo
Anímate, mi queridísimo hijo; si tú no tienes suficiente oro ni incienso para ofrecer a Jesús, tendrás al menos la mirra del sufrimiento; y me conforta saber que él lo acepta con agrado, como si este fruto de vida lo quisiera unir a la mirra de su sufrimiento, tanto en su nacimiento como en su muerte. Jesús glorificado es bello, pero me parece que lo es mucho más crucificado.
Por tanto, hijito mío, prefiere estar en la cruz a estar al pie de la misma; prefiere agonizar con Jesús en el huerto que compadecerlo, porque aquello te asemeja más al divino Prototipo. ¿En qué circunstancia puedes hacer actos de unión inquebrantable de tu corazón y de tu espíritu a la santa voluntad de Dios, de mortificación del yo y de amor en tu crucifixión, si no es en los asaltos desabridos y rigurosos que te vienen de nuestros enemigos?
Pero, mi queridísimo hijito, ¿no te he inculcado muchas veces que te despojes de todo lo que no es Dios para revestirte de nuestro Señor crucificado? Ahora bien, es Dios el que permite que tu corazón esté en la aridez y en la oscuridad; no es, pues, un castigo sino un regalo. No te desanimes en el camino que estás recorriendo, porque todo es agradable a Dios; y ya que tu corazón quiere serle siempre fiel, Él no pondrá en tus hombros más peso del que puedes soportar, y llevará contigo la carga hasta que vea que tú doblas de buen grado tus espaldas. (…)
Haz un particular ejercicio de dulzura y de sumisión a la voluntad de Dios, no sólo en las cosas extraordinarias, sino también en aquellas pequeñas de cada día. Estos actos hazlos no sólo por la mañana, también durante el día y por la noche, con un espíritu tranquilo y gozoso; y, si te sucediera que no los haces, humíllate y sigue adelante. Ten por seguro que aquí está tu pasión dominante.
(20 de enero de 1918, a fray Emmanuele
da San Marco La Catola, Ep. IV, 419)
10 de marzo
Es bueno aspirar a la más alta perfección cristiana, pero no hay que filosofar sobre ella, sino sobre nuestra conversión y sobre nuestro progreso en la misma en los acontecimientos diarios, dejando el éxito de nuestro deseo a la providencia de Dios y abandonándonos en sus brazos de padre, como lo hace un chiquillo que, para crecer, come cada día lo que le prepara su padre, confiando en que no le faltará el alimento en la medida de su apetito y de su necesidad. (…)
Guárdate de los escrúpulos y de las inquietudes de conciencia; y ten calma absoluta en lo que te dije de palabra, porque te lo dije en nuestro Señor. Permanece en la presencia de Dios por los medios que te indiqué y que sabes.
Guárdate de la tristeza y de las inquietudes, porque no hay cosa que impida tanto caminar hacia la perfección. Hijito mío, pon dulcemente tu corazón en las llagas de nuestro Señor, pero no a fuerza de brazos. Ten una gran confianza en su misericordia y bondad, que Él no te abandonará nunca; pero no dejes por eso de abrazar fuertemente su santa cruz.
(20 de enero de 1918, a fray Emmanuele
da San Marco La Carola, Ep. IV, 419)
11 de marzo
¿Me será dada y otorgada por Jesús la gracia de al menos morir en el lugar adonde él, con tanta bondad paterna, me llamó? Esta dulce esperanza me sostiene y me anima a seguir viviendo.
Mientras tanto, ya que Jesús no ha querido que yo consagre a mi querida madre provincia toda mi persona, me he ofrecido al Señor como víctima por todas las necesidades espirituales de la misma, y esta ofrenda la voy repitiendo continuamente ante el Señor. Estoy contento al poder ver que, al menos en parte, mi ofrenda ha sido aceptada. Quiera el buen Jesús acogerla plenamente.
¿Qué decirle del actual estado de mi espíritu? La terrible crisis, a la que me referí en mi carta anterior, va aumentando cada día más. En el momento presente, el alma está encerrada en un cerco de hierro. Por una parte teme ofender a Dios en todo lo que hace, y esto le provoca tanto terror que sólo puede ser equiparado a las penas de los condenados.
Padre, no crea que en esta afirmación mía haya algo de exageración; la realidad es exactamente esa. Una de estas noches, ante este pensamiento, me pareció que me moría. El Señor me hizo probar todas las penas que sufren allá abajo los condenados.
Pero, por otra parte, lo que más me atormenta es que, en este tiempo, siento agigantarse en mi alma el deseo de amar a Dios y de corresponder a sus beneficios.
(11 de marzo de 1915, al P. Benedetto
da San Marco in Lamis, Ep. I, 541)
12 de marzo
El Apóstol nos advierte: «Si vivimos según el Espíritu, caminemos según el Espíritu», casi como si quisiera decirnos para nuestra común edificación: ¿Queremos vivir espiritualmente, es decir, movidos y guiados por el Espíritu Santo? Preocupémonos por mortificar el espíritu propio, el cual nos infla, nos vuelve impetuosos, nos deseca; en otras palabras, entreguémonos a reprimir la vanagloria, la ira y la envidia: tres espíritus malignos que tienen esclavos a la mayor parte de los hombres. Estos tres espíritus malignos son absolutamente contrarios al espíritu del Señor.
(23 de octubre de 1914, a
Raffaelina Cerase, Ep. II, 197)
13 de marzo
Déjate guiar amorosamente por la divina providencia, lo mismo quiera hacerte caminar a ras de tierra y por desiertos, que por las aguas de los consuelos sensibles y espirituales. Ten en la mano tu perfume; pero, si se presenta algún otro aroma delicioso, no dejes de olerlo, dando gracias, porque el perfume se usa para no quedarse por mucho tiempo sin algún consuelo y gozo espiritual.
Mantente firme en cualquier estado en que Jesús quiera ponerte para que tu corazón sea totalmente para él, pues no hay cosa mejor que esa. Despójate, pues, a base de continuas renuncias, de tus afectos terrenos, de todas las cosas que te tienen prisionera; y ten por cierto que el rey del cielo te dará sus regalos para atraerte a su santo amor.
Veo en tu corazón una profunda resolución de querer servir a Dios; y esto me garantiza que serás fiel en los ejercicios de piedad y en la práctica constante de lo que lleva a la adquisición de las virtudes. Pero te advierto una cosa, que tú ciertamente no ignoras. Cuando se sucedan las faltas por motivo de enfermedad, es necesario no maravillarte por eso, sino que, después de detestar la ofensa que Dios recibe en ellas, es necesario buscar una humildad gozosa, para descubrir y percatarnos de nuestra miseria.
(12 de enero de 1917, a
Erminia Gargani, Ep. III, 669)
14 de marzo
Confianza y amor, hijita mía, confianza y amor en la bondad de nuestro Dios. Tú sufres, pero anímate, que tu sufrimiento es con Jesús y por Jesús; y no es un castigo sino una prueba para tu salvación.
Convéncete, pues; yo te lo aseguro de parte del Señor: en tus dolores está Jesús, y además en el centro de tu corazón; tú no estás separada ni lejos del amor de este Dios tan bueno. Experimentas en ti la delicia del pensamiento de Dios; pero sufres aún al estar lejos de poseerlo plenamente y al verlo ofendido por las criaturas desagradecidas. Pero no puede ser de otro modo, hijita mía; quien ama, sufre; es la norma constante para el alma que peregrina en esta tierra; el amor no plenamente satisfecho es un tormento, pero tormento dulcísimo. Tú lo experimentas.
Continúa sin temor, hijita mía, envolviéndote en este misterio de amor y de dolor al mismo tiempo, hasta que le plazca a Jesús. Este estado es siempre temporal; vendrá la divina consolación, completa, irresistible. En este estado de aflicción, continúa, mi buena hijita, rezando por todos, sobre todo por los pecadores, para reparar tantas ofensas como se hacen al divino Corazón.
Me parece que tú un día te ofreciste víctima por los pecadores; Jesús escuchó tu plegaria, aceptó tu ofrenda. Jesús te ha dado la gracia de soportar el sacrificio. Pues bien, ¡adelante todavía un poco más!; la recompensa no está lejos.
(9 de abril de 1918, a
Maria Gargani, Ep. III, 312)
15 de marzo
Recordemos que la suerte de las almas elegidas es el sufrir; el sufrimiento soportado cristianamente es la condición que Dios, autor de todas las gracias y de todos los dones que llevan a la salvación, ha puesto para darnos la gloria. Alcemos, pues, los corazones, llenos de confianza en sólo Dios; humillémonos bajo su mano poderosa; aceptemos de buen grado las tribulaciones a las que la piedad del Padre celestial nos somete, para que nos ensalce en el tiempo de la visita. Que toda nuestra preocupación sea sólo esta: «Amar y agradar a Dios», sin preocuparnos para nada de todo lo demás, sabiendo que Dios cuidará siempre de nosotros, más de lo que se pueda decir o imaginar.
(26 de noviembre de 1914,
a Raffaelina Cerase, Ep. II, 245)
16 de marzo
¡Qué sublime y suave es la dulce invitación del divino Maestro: «Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame»! Era esta invitación la que hacía decir a santa Teresa aquella oración al Esposo divino: «Sufrir o morir». Era también esta invitación la que hacía exclamar a santa María Magdalena de Pazzi: «Sufrir siempre y no morir». Era también a causa de esta invitación el que nuestro seráfico padre san Francisco, arrebatado en éxtasis, exclamara: «Es tanto el bien que yo espero, que en cada sufrimiento me deleito».
Lejos de nosotros lamentarnos de las aflicciones y enfermedades que Jesús quiera mandarnos. Sigamos al divino Maestro por la senda del Calvario cargados con nuestra cruz; y, cuando él quiera colocarnos en la cruz, es decir, tenernos en cama enfermos, démosle gracias y tengámonos por afortunados por el gran honor que se nos hace, sabiendo que estar en la cruz con Jesús es un acto muchísimo más perfecto que el de sólo contemplarlo a él en la cruz.
(26 de noviembre de 1914, a
Raffaelina Cerase, Ep. II, 245)
17 de marzo
Pide con confianza ilimitada a Jesús, con la esposa del Cantar de los Cantares, que te arrastre detrás de él y que te haga sentir la fragancia de los perfumes de sus ungüentos, para que puedas correr totalmente detrás de él, con todas las fuerzas del alma y las facultades del cuerpo, por dondequiera que él vaya.
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