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LA ARGENTINA ENTRE DOS GUERRAS

Hay acontecimientos y figuras históricas cuyas vidas y logros han sido distorsionados y vilificados por las leyendas de ciertos sectores de la memoria colectiva hasta tal punto que la verdad histórica ha quedado oscurecida u olvidada, incluso cuando está respaldada por evidencia empírica. Tal es el caso de dos de las figuras más relevantes de la política argentina durante 1916 y 1938: Hipólito Yrigoyen y Agustín P. Justo.

La Argentina de la década de 1930 era un país admirado, respetado, temido y envidiado por sus vecinos. A nivel cultural, por su grado de alfabetización, y a nivel económico, industrial y militar porque se hallaba a la cabeza no solo de Sudamérica, sino también de toda América Latina. La Argentina de aquel entonces era, como lo han afirmado autores argentinos y extranjeros, un país opulento. ¿Dónde está hoy aquel país? Al decir de Margaret Mitchell, “si queréis hallarlo, buscadlo en los libros de historia. Es una civilización que el viento se llevó”.

George V. Rauch. Cursó estudios subgraduados en Queens College (City University of New York), recibió su licenciatura y doctorado en New York University. Su tésis doctoral fue publicada por la editorial Praeger (Westport, Connecticut) en 1999 con el título Conflict in The Southern Cone: The Argentine Military and The Boundary dispute with Chile: 1879-1902. Además publicó Armored Vehicles of the Argentine Army, Argentina’s Fábrica militar de Aviones: 1927-1955 y Piston-Engined Fighters of the Argentine Air Force: 1919-1955 (La Plume de Temps Villebois, Francia).

GEORGE V. RAUCH

LA ARGENTINA ENTRE DOS GUERRAS

1916-1938

De Yrigoyen a Justo


Índice

  Cubierta

  Acerca de este libro

  Portada

  Epígrafe

  Acrónimos y siglas

  Prefacio

  Capítulo 1. La primera presidencia de Hipólito Yrigoyen, 1916-1922 Yrigoyen, el hombre del misterio La primera presidencia, 1916-1920 La economía argentina durante la Primera Guerra Mundial Yrigoyen y la clase obrera La política exterior argentina Sobre el desarrollo de recursos minerales Yrigoyen y el gobierno representativo Notas

  Capítulo 2. Marcelo T. de Alvear en la Casa Rosada La economía YPF bajo Alvear La refinería de petróleo de La Plata Mosconi y la lucha contra la Standard Oil La Standard Oil en Bolivia Alvear y su gabinete Alvear y las Fuerzas Armadas El cisma de 1924 Alvear y los ferrocarriles de capitales británicos Remembranzas de Buenos Aires en la década de 1920 Relaciones exteriores Notas

  Capítulo 3. El retorno de Yrigoyen La segunda presidencia de Yrigoyen Las luchas de Yrigoyen contra el Congreso Relaciones exteriores Las relaciones con países vecinos Cuesta abajo Yrigoyen y la clase obrera La hora de la espada De complot en complot (I) Notas

  Capítulo 4. El Ejército en el poder: el gobierno provisional Uriburu versus Justo La economía bajo el gobierno provisional Las Fuerzas Armadas Las elecciones de abril de 1931 La Legión Cívica De complot en complot (II) La Exposición Comercial Británica de 1931 Notas

  Capítulo 5. Justo en la Casa Rosada: tecnócratas al timón Dentro del marco constitucional Productos metalúrgicos De petroleros y otros buques El Banco Central y el Plan Nacional de Recuperación Económica Un sistema nacional de carreteras Los talleres de los Ferrocarriles del Estado: la industria ferroviaria argentina La otra cara de la moneda: los ferrocarriles de propiedad británica Las Fuerzas Armadas El Congreso bajo la Concordancia Notas

  Capítulo 6. Relaciones exteriores Estados Unidos Brasil Bolivia Chile Paraguay La Séptima Conferencia Panamericana El incidente entre la Argentina y Chile En el frente de combate Relaciones argentino-chilenas después de la guerra del Chaco Uruguay España Alemania Italia Notas

  Capítulo 7. Industrialización Hacia una economía administrada La industria textil La diversificación de la producción agrícola La industria del cemento Las industrias eléctricas La industria metalúrgica La industria naval La Dirección de Fabricaciones Militares El Compre Nacional Una visión conflictiva sobre los orígenes de la industrialización argentina Conclusiones Notas

  Capítulo 8. La hora del crepúsculo

  Conclusiones

  Bibliografía

  Índice de nombres

  Álbum de imágenes

  Créditos

Friends, Romans, countrymen, lend me your ears;

I come to bury Caesar, not to praise him.

The evil that men do lives after them

The good is oft interred with their bones

William Shakespeare, Julio César, tercer acto, segunda escena

Acrónimos y siglas


ABC Argentina, Brasil, Chile
AFD Distribuidores Argentinos de Frutas
AFNE Astilleros y Fábricas Navales del Estado
AGFE Administración General de Ferrocarriles del Estado
AGN Archivo General de la Nación
Astarsa Astilleros Argentinos Río de la Plata
CADE Compañía Argentina de Electricidad
CAP Corporación Argentina de Productores
CARI Consejo Argentino para las Relaciones Exteriores Internacionales
CATE Compañía Alemana Transatlántica de Electricidad
CATITA Compañía de Talleres de Transportes y Afines
CHADE Compañía Hispano-Argentina de Electricidad
Chadopyf Compañía Hispano-Argentina de Obras Públicas y Finanzas
CIADE Compañía Ítalo Argentina de Electricidad
CMN Colegio Militar de la Nación
Cosach Compañía Chilena de Nitratos
DDT dicloro difenil tricloroetano
DGFM Dirección General de Fabricaciones Militares
DGP Dirección General de la Exploración del Petróleo
DUEG Deustsch Ueberseeische Elektricitäts Gesellschaft
ESG Escuela Superior de Guerra
ESMA Escuela de Mecánica de la Armada
FBAP Ferrocarril de Buenos Aires y el Pacífico
FBAGS Ferrocarril Buenos Aires Gran Sur
FCAR Ferrocarril Central Argentino
FCCA Ferrocarril Central Argentino o Ferrocarril Central Norte Argentino
FMA Fábrica Militar de Aviones
FOF Federación Obrera Ferroviaria
FOM Federación Obrera Marítima
FORA Federación Obrera Regional Argentina
FORJA Fuerza de Orientación Radical de la Nueva Argentina
HAC Historia Argentina Contemporánea
Hafdasa Hispano-Argentina Fábrica de Automóviles Sociedad Anónima
HAHR Hispanic American Historical Review
JLAS Journal of Latin American Studies
PAN Partido Autonomista Nacional
PDN Partido Demócrata Progresista
SETA Sección Experimental de Transporte Aéreo
Somisa Sociedad Mixta Siderúrgica Argentina Sociedad Anónima
SRA Sociedad Rural Argentina
UCR Unión Cívica Radical
UF Unión Ferroviaria
UIA Unión Industrial Argentina
UT Unión Tranviaria
Sofina Société Financière de Transports et d’Entreprises Industrielles
TAMET Talleres Metalúrgicos San Martín
YPF Yacimientos Petrolíferos Fiscales
WICO West India Company

Prefacio

Hay ciertos acontecimientos y ciertas figuras históricas cuyas vidas y logros han sido distorsionados y vilificados por las leyendas de ciertos sectores de la memoria colectiva hasta tal punto que la verdad histórica ha quedado oscurecida u olvidada, incluso cuando está respaldada por evidencia empírica. Tal es el caso de dos de las figuras más relevantes de la política argentina durante 1916 y 1938: Hipólito Yrigoyen y Agustín P. Justo.

Mi preocupación sobre los orígenes de la industrialización argentina, una labor de investigación de décadas, por simple lógica me llevó a investigar documentos de embajadores, agregados comerciales y militares y cónsules norteamericanos e ingleses, y, por ende, a incursionar en materia política. Hallé estos documentos más verídicos, realistas y honestos que la plétora de trabajos realizados por historiadores revisionistas tanto de izquierda como de derecha, por una sencilla razón: aquellos diplomáticos y agregados deseaban reportar a sus respectivos gobiernos lo que veían en la Argentina factualmente, verídicamente, pues no tenían ningún hueso que roer. En cambio, los revisionistas procuraban demonizar, desacreditar a los gobiernos de los años 30 por meras razones políticas, que los llevaron absurdamente a negar los verdaderos logros en materia económica y social de aquellas épocas. La Argentina de la década de 1930 era un país admirado, respetado, temido y envidiado por sus países vecinos. A nivel cultural, por su grado de alfabetización, y a nivel económico, industrial y militar se hallaba a la cabeza no solo de Sudamérica, sino de toda América Latina. En cuanto a política social se refiere, el país no estaba a la altura de vecinos como Chile y Uruguay. Debemos recordar que Estados Unidos recién llegó a contar con una legislación obrera adecuada en 1933, cuando Franklin Delano Roosevelt asumió la presidencia. Las leyes promulgadas en Estados Unidos eran similares a las promulgadas por Otto von Bismark en Alemania en las décadas de 1880 y 1890. Sin embargo, la Argentina de aquel entonces era, como lo han afirmado autores argentinos y extranjeros, un país opulento. Espero que la presente obra sirva para clarificar tales mitos para poder apreciar mejor a la verdadera Argentina de aquellos tiempos.

* * *

Debo agradecer las atenciones y colaboraciones de viejos y grandes amigos, entre ellos Arne L. Brunner, Ingo Würster, Lorenz Geyer, “Opa” Westphal y Julio Horacio Rubé, quienes generosamente compartieron su valioso tiempo durante la gestación de este trabajo. En especial quiero agradecer la paciente y abnegada dedicación de mi esposa Helene, quien me acompañó en múltiples viajes a los archivos nacionales de Estados Unidos e Inglaterra y al Archivo Histórico del Ejército Argentino.

La dedicatoria de este libro es una y simple: a mi esposa Helene, que hoy nos mira desde el cielo.

Burlington, Carolina del Norte, octubre de 2020

CAPÍTULO 1
La primera presidencia de Hipólito Yrigoyen, 1916-1922

En la mañana del 12 de octubre de 1916, Hipólito Yrigoyen, líder de la Unión Cívica Radical (UCR), tomó el juramento tradicional del cargo ante el Congreso y asumió la presidencia de la Argentina. Después de la ceremonia, Yrigoyen fue transportado en carroza por la avenida de Mayo desde el edificio del Congreso hasta la Casa Rosada. Una multitud jubilosa, enardecida, estimada en cien mil personas, se alineaba a lo largo de esta gran vía. Los hoteles de la zona habían alquilado sus balcones a precios exorbitantes. Los ansiosos espectadores que aguardaban en los tejados y balcones cercanos prorrumpieron en vítores y aplaudieron al ver que la carroza presidencial se aproximaba. Yrigoyen se puso de pie en el carruaje, sonriendo y saludando a la multitud. Un grupo de seguidores entusiastas desengancharon a los caballos y tiraron del carruaje. Buenos Aires celebró la transferencia pacífica del poder de la elite gobernante a la UCR, un nuevo partido político que representaba a las clases medias y trabajadoras. Yrigoyen fue el primer presidente argentino en ser electo bajo la ley 8.871, conocida popularmente como Ley Sáenz Peña. Había sido promulgada por el Congreso el 10 de febrero de 1912, y estableció el sufragio masculino secreto, obligatorio y universal, los principios por los que el partido radical había bregado durante mucho tiempo.1

Una vez en la Casa Rosada, en una sencilla ceremonia el presidente saliente, Victorino de la Plaza, delegó el mando a su sucesor. Curiosamente, esta fue la primera vez que estos hombres se encontraron, un hecho que no pasó desapercibido para la prensa de Buenos Aires. Ese día, La Nación publicó un artículo en el que señalaba que Yrigoyen no había expresado ningún deseo de reunirse con el presidente De la Plaza, ni haber solicitado detalles sobre el funcionamiento del gobierno. Por primera vez desde 1862, un jefe ejecutivo delegó su cargo a un sucesor sin intercambiar una sola palabra antes de la ceremonia oficial. Irónicamente, Yrigoyen llegó a la Casa de Gobierno mediante el proceso electoral; dada la opción, hubiera preferido llegar a hacerlo a través de una revolución.2

Rara vez un presidente de la República Argentina asumió el cargo bajo circunstancias más auspiciosas, y rara vez habría un hombre más querido u odiado.

Yrigoyen, el hombre del misterio

Hipólito Yrigoyen, sobrino de Leandro N. Alem, era una figura bastante oscura en ese momento. Nacido en 1852, cursó estudios en una escuela religiosa a los siete años. Poco se sabe de sus años de formación, aunque se dice que trabajó como carrero. En 1872, tal vez en deferencia a la creciente influencia de su tío, fue nombrado comisario para el distrito de Balvanera y fue despedido años más tarde por cometer irregularidades en el proceso electoral. En 1873 ingresó a la Facultad de Derecho de la Universidad de Buenos Aires. En 1878 fue elegido diputado a la Legislatura provincial de Buenos Aires. En 1880, después de la derrota de Carlos Tejedor, líder del Partido Autonomista, fue electo diputado al Congreso Nacional. No parece haber jugado un papel activo: Yrigoyen se ausentaba constantemente y rara vez participó en debate alguno.3

Sin embargo, cuando renunció a ese cargo en 1882, después de solo un año y cuatro meses había acumulado suficiente capital para adquirir considerables parcelas de tierra. Yrigoyen llegó a poseer 25 leguas cuadradas de fértiles campos, se convirtió en invernador ganadero e ingresó en el negocio del engorde de ganado. Este repentino enriquecimiento hizo que sus frecuentes críticas moralistas a la clase dominante debido a su corrupción fueran huecas y oportunistas, ya que contenían más que un toque de hipocresía.

Yrigoyen ni fumaba ni bebía. Frecuentaba la compañía de mujeres, y tuvo una serie de amoríos, de los que engendró varios hijos, pero nunca se casó. Según uno de sus biógrafos, ejerció la abogacía en la firma de su tío, probono en la mayoría de los casos, aunque de hecho nunca completó la carrera. Fue designado presidente del Consejo de Educación, y más tarde enseñó en una escuela normal. Una diferencia significativa debe tenerse en cuenta: la reputación de Alem por su valentía demostrada en los campos de batalla de Cepeda y de Paraguay le valió el respeto de muchos. Su manera franca y palabra elocuente le merecieron el respeto y el afecto de muchos que una vez lo habían rechazado como “el hijo del ahorcado”. La naturaleza generosa de Alem prevaleció, y perdonó las afrentas pasadas. Su sobrino, Yrigoyen, por el contrario, continuaría avivando sus quejas hacia la elite gobernante. Esto explicaría su naturaleza bastante malhumorada y su consecuente conciencia de sí mismo, lo que lo llevó a guardarse mucho para sí cuando no se dedicaba a la política.4

En una época en la que abundaban los oradores elocuentes en Argentina, Yrigoyen rara vez hablaba en público, y prefería ponerse en contacto con individuos o pequeños grupos de dos o tres personas. Su estilo de hablar era divagando. En las palabras de un testigo ocular:

A la edad de dieciocho años, el camarada Enzo Navone y yo comenzamos a visitar los diferentes comités de los nuevos partidos políticos. Visitamos el Comité Radical de Balvanera y nos encontramos con nada menos que Hipólito Yrigoyen. Elegante en su traje negro y sombrero de hongo, desplegó toda la gama de trucos del político experimentado y veterano de mil batallas dialécticas. Su discurso abundó en expresiones y manierismos de la jerga de los suburbios y su gramática dejó algo que desear. Ajustaba el tono de tales discursos según la audiencia. Nos quedamos desencantados por toda la experiencia, y decidimos visitar un Comité Socialista. El ambiente y las personas que conocimos eran completamente diferentes y nos sentimos más como en casa aquí. Había una biblioteca bien surtida de la que prestaban libros.5

Vale la pena señalar el efecto que el encuentro cara a cara de Yrigoyen produjo en Carlos Ibarguren, que al principio era un admirador sincero y más tarde sería uno de sus críticos más severos:

La impresión que dejó en mi espíritu esta breve audiencia con Yrigoyen fue simpática; en el trato de este personaje había indudablemente una atracción singular, demostraba un deseo tal de agradar, de seducir que su afabilidad rayaba en lo melifluo. Su físico, nada vulgar, revelaba una personalidad original, alto, flexible, de ademanes reposados, de rostro moreno, diríase de Oriente, pues su fisonomía daba esa impresión, sobre todo cuando adoptaba actitudes serias o solemnes que le imprimían un aspecto enigmático de Buda. Maestro en el arte de engatusar y de tejer, como las telas de arañas extendidas para atrapar adeptos y vencer enemigos.6

Yrigoyen aparecía muy raramente en público y no permitía que lo fotografiasen. Debido a sus convicciones, evitaba la ostentación y el lujo, no bebía café ni alcohol, excepto durante las comidas. Fue un ferviente espiritista que trató de contactar al espíritu del dictador paraguayo Francisco Solano López. No le gustaban las comodidades modernas, como el cine, el automóvil o el teléfono. Una vez en el poder, confiaba en los servicios de un viejo sirviente de confianza para llevar mensajes. Estos hábitos bastante curiosos lo cubrieron con un aura de misterio que lo convirtió en un mito entre las clases bajas y un objeto de burla para las clases medias y altas. Tenía una personalidad dominante, incluso amigos y seguidores lo caracterizaron como un mandón. Yrigoyen ni formuló políticas ni hizo discursos públicos, sino que, como el London Times observaría más tarde, “se movía de maneras misteriosas, creando tras de sí un velo que le confería el aspecto de una deidad”.7

Yrigoyen era un introvertido típico, egocéntrico y autocrático. Mientras que sus predecesores dejaron la tarea de llenar vacantes en los ocho ministerios y otras organizaciones gubernamentales a sus ministros del gabinete y a los funcionarios de dichos organismos, él personalmente seleccionó no solo a los subsecretarios de todos los ministerios del gobierno, sino a todos los empleados, desde los maestros de escuela primaria y secundaria, hasta los empleados de los niveles más bajos. Los asuntos exteriores de la nación eran manejados únicamente por Yrigoyen, quien respondía todos y cada uno de los telegramas recibidos. Cuando advertía que un funcionario o líder en la maquinaria del partido radical comenzaba a tener sus propios partidarios, Yrigoyen conjuraba una manera inteligente de sacarlo del medio. Una vez confió al conde von Luxburg, el embajador alemán, que él era el responsable por la política exterior. El sello distintivo de cualquier primer mandatario exitoso es la capacidad de seleccionar hombres de talento como sus jefes de departamento, así como contar con la generosidad de espíritu necesaria para permitirles desarrollarse y brillar por sí mismos. Los ocupantes anteriores de la Casa Rosada habían seleccionado hombres de probada capacidad como miembros del gabinete. Julio Argentino Roca, por ejemplo, eligió a Amancio Alcorta como ministro de Relaciones Exteriores, al general Luis M. Campos como ministro de Guerra, al comodoro Martín Rivadavia para el Ministerio Naval, a Osvaldo Magnasco como ministro de Justicia y Educación Pública. En cambio, Yrigoyen eligió a hombres que nunca habían ocupado cargos públicos: en palabras de uno de sus biógrafos, seleccionó a personas que en su mayor parte no valían nada. El ministro de Educación Pública tenía la mentalidad de un maestro de escuela primaria provincial, el de Guerra era un civil tranquilo y amable sin ninguna aptitud conocida, cuya lealtad al presidente era la de un perro fiel (hacia su amo), el de Finanzas era un agente, un destinatario en la compra y venta de ganado. Los mejores entre los ocho ministros eran hombres prácticamente desconocidos, sin personalidad ni (grandes) hechos que pudieran llamar suyos.8

La primera presidencia, 1916-1920

Según los historiadores radicales, Yrigoyen llegó a la presidencia decidido a mejorar las condiciones de la clase trabajadora. Sin embargo, accedió al poder sin el más mínimo indicio de un programa para lograr este objetivo. En cambio, para atraer a la masa de trabajadores, las mimó y halagó. En el Congreso, los diputados radicales provinciales allanaron el camino para muchos de sus compañeros provinciales que, deslumbrados por el encanto de la Capital, llegaron a Buenos Aires. Para asegurar su lealtad, el gobierno se vio obligado a crear puestos de trabajo por cientos. El número de empleados municipales de la ciudad de Buenos Aires creció de 11.732 en 1914 a 14.097 en 1920 y a 14.801 al final de su mandato en 1922. Del mismo modo, los recién graduados de las escuelas normales o de las universidades de la ciudad podían contar con una “palabra” de los jefes políticos del partido radical para asegurarse un trabajo en cualquiera de los diversos ministerios gubernamentales. También empleó el sistema de clientelismo liberalmente para fortalecer al partido entre las clases medias urbanas.9

Para atraer votos de la clase trabajadora, Yrigoyen manipuló su imagen. Después de asumir la presidencia donó su salario, como lo había hecho antes. Sin duda, los radicales, tal como otros gobiernos anteriores, recurrieron al clientelismo para atraer a los votantes, pero demostraron poca motivación para promulgar legislación capaz de mejorar la suerte de la clase trabajadora. Los primeros gremios obreros en la Argentina se establecieron en la segunda mitad del siglo XIX, comenzando con los tipógrafos en 1867, los panaderos en 1886, los maquinistas de locomotoras y foguistas en 1887 y los carpinteros en 1889. Las organizaciones buscaban mejorar las condiciones de trabajo, así como sus salarios. Cuando la patronal trató de ignorar estas demandas, la clase trabajadora respondió con paros. Entre los primeros en declararse en huelga fueron los tipógrafos en 1874, seguidos por los panaderos en 1886, los ferroviarios en 1886 y los carpinteros en 1889. Estas acciones ocurrieron con mayor frecuencia durante las décadas siguientes. Hubo cuatro huelgas importantes en 1890, siete en 1892, nueve en 1894, diecinueve en 1895 y veintiséis en 1896. A principios del nuevo siglo, tales paros ocurrieron en números cada vez más crecientes: 231 en 1902 y 198 en 1910.10

Cuando Roca asumió la presidencia por segunda vez, las relaciones con Chile se hallaban en un punto crítico por una larga y molesta disputa fronteriza. Una vez que esta cuestión se resolvió con éxito en 1902, el presidente centró su atención en las cuestiones sociales, y percibió la necesidad de una legislación laboral adecuada que estableciera relaciones entre capital y trabajo, instituyera deberes y derechos recíprocos y mitigara abusos. En 1904, decididos a resolver los problemas sociales de manera humanitaria, Roca y los líderes de la generación del 80 enviaron al Congreso una propuesta de proyecto de ley nacional de derecho laboral. La legislación proyectada contenía no menos de 465 artículos que se ocupaban de una amplia gama de temas, tales como contratos laborales, accidentes de trabajo, duración de la jornada laboral, higiene y seguridad en el lugar de empleo, trabajo en el hogar, y la creación de tribunales de conciliación y arbitraje. El Partido Socialista lo aprobó con entusiasmo pero, curiosamente, el proyecto produjo la seria oposición de la Federación Obrera Regional Argentina (FORA), la Unión General de Trabajadores y, como era de esperar, de la Unión Industrial.11

En 1907 Alfredo B. Palacios, diputado socialista del distrito de la Boca, presentó un proyecto de ley que regulaba el trabajo de niños y mujeres. En ese mismo año el diputado Julio A. Roca, hijo del expresidente, propuso un aumento en el presupuesto del Ministerio del Interior para permitir la creación de una entidad para desarrollar una legislación laboral adecuada. A pesar de la oposición en el Senado, el proyecto fue aprobado, y un decreto presidencial de fecha 14 de marzo de ese año estableció el Departamento Nacional del Trabajo, que en el transcurso de los siguientes doce años promulgaría más de cincuenta leyes laborales, aunque algunas de sus disposiciones se aplicarían gradualmente. A través de los valientes esfuerzos tanto de anarquistas como de líderes laborales socialistas, la jornada laboral de ocho horas fue instituida por el uso el 1 de mayo de 1904, y oficialmente sancionada como ley 11.544 el 12 de septiembre de 1929. Se aprobaron leyes que establecían el descanso dominical (1905), que regulaban el trabajo de las mujeres y los menores (1907) y la ley 9.868 relacionada con accidentes de trabajo, promulgada el 29 de septiembre de 1915.12

Antes de su elección en 1916 Yrigoyen hizo uso de la maquinaria del partido radical para distribuir alimentos y otros favores entre los votantes potenciales. Rara vez se interesaba en cuestiones sociales ni tenía la previsión de idear ningún programa socioeconómico para mejorar la condición de la clase trabajadora. Dicha legislación laboral, que existía en los estatutos, era obra en gran parte de la “oligarquía” y líderes socialistas, como Alfredo B. Palacios y Nicolás Repetto.13

La economía argentina durante la Primera Guerra Mundial

Al estallar la Primera Guerra, Inglaterra impuso un bloqueo naval contra Alemania y las otras potencias centrales, que se extendió hasta el límite de 5 kilómetros el hemisferio occidental. Como resultado, el comercio exterior de la Argentina disminuyó 26% entre 1913 y 1914, como se puede ver en los cuadros 1.2 y 1.3. La economía argentina ya estaba en medio de una fuerte recesión en 1913, como resultado de las guerras de los Balcanes, que afectaron la Bolsa de Londres. Como consecuencia, los mercados financieros argentinos y los depósitos bancarios decayeron. Esto a su vez provocó un repentino drenaje de las reservas de oro en la Caja de Conversión, que cayeron de 266.865.177 pesos oro en 1913 a 231.053.506 a finales de abril de 1914, y a 194.452.621 para el 1 de agosto. El 20 de julio, el diputado Miguel Coronado pidió el establecimiento de una comisión especial para tomar las medidas apropiadas para controlar la crisis económica que enfrentaba la nación. El estallido de la Primera Guerra Mundial causó un breve pánico que se comprobó cuando, el 2 de agosto, el Congreso promulgó un decreto declarando el 3 de agosto día feriado, y cerrando la Caja de Conversión. Transcurrido ese período, el Congreso aprobó la ley 9.506 el 30 de septiembre de 1914, que prorrogó el plazo estipulado por el decreto por treinta días. En consecuencia, la Caja de Conversión permanecería cerrada hasta el 25 de agosto de 1927.14

Cuadro 1.1. Comercio internacional argentino, 1912-1918


Año Pesos oro (48 peniques)*
1912 948.530.731
1913 1.015.383.181
1914 725,661.481
1915 887.667.285
1916 939.130.093
1917 930.401.227
1918 1.302.069.240

* El peso oro equivalía a 96,5 centavos de dólar, o sea, 48 peniques de libra esterlina.

Fuente: Ernesto Tornquist, El desarrollo económico de la República Argentina en los últimos cincuenta años (Buenos Aires, 1920) p. 134.

Cuadro 1.2. Comercio internacional argentino, 1912-1918

(millones de pesos oro, 48 peniques)


Año Exportaciones Importaciones Balance
1912 501.667 446.863 +54.804
1913 519.156 496.227 +22.928
1914 403.131 322.529 +80,601
1915 582.179 305.448 +207.091
1916 572.998 366.130 +206.868
1917 560.178 380.321 +169.848
1918 801.401 500.602 +300.863

Fuente: Ernesto Tornquist, El desarrollo económico de la República Argentina en los últimos cincuenta años, p. 134.

Cuadro 1.3. Comercio internacional argentino, 1912-1918


Año Pesos oro de 48 d.
1912 948.530.731
1913 1.015.383.181
1914 725,661.481
1915 887.667.285
1916 939.130.093
1917 930.401.227
1918 1.302.069.240

Fuente: Ernesto Tornquist, El desarrollo económico de la República Argentina en los últimos cincuenta años, p. 134.

Cuadro 1.4. Comercio internacional argentino, 1912-1918

(millones de pesos oro, 48 peniques)


Año Exportaciones Importaciones Balance
1912 501.667 446.863 +54.804
1913 519.156 496.227 +22.928
1914 403.131 322.529 +80,601
1915 582.179 305.448 +207.091
1916 572.998 366.130 +206.868
1917 560.178 380.321 +169.848
1918 801.401 500.602 +300.863

Fuente: Ernesto Tornquist, El desarrollo económico de la República Argentina en los últimos cincuenta años, p. 134.

Cuadro 1.5. Intercambio argentino con las potencias centrales y Bélgica, 1912-1918 (millones pesos oro, 48 peniques)


Año Alemania Austria-Hungría Bélgica
Imp. Exp. Exp. Imp. Exp.
1912 74,2 4,04 2,57 23,6 38,8
1913 83,9 6,93 3,24 25,8 35,1
1914 47,4 3,02 3,48 14,3 20,1
1915 7,6 .355 1,58 1,49 -
1916 .500 10,9 - .465 -
1917 .294 .9,7 - .96 -
1918 .221 .1,2 - .159 -

Fuente: Ernesto Tornquist, El desarrollo económico de la República Argentina en los últimos cincuenta años, p. 137.

La falta de importaciones impactó gravemente en los sectores industriales, que dependían de los materiales importados, como la industria de la construcción. Como consecuencia, el valor de los permisos de construcción en Buenos Aires disminuyó de 142,2 millones de pesos papel (pesos moneda nacional, m$n) en 1913 a 56,1 en 1914 y 22,2 en 1917. La caída de la inversión extranjera paralizó las construcciones ferroviarias, mientras que la industria en general fue perjudicada por la abrupta reducción de las importaciones de maquinarias, materias primas y equipos.15

El bloqueo británico cerró efectivamente el comercio con las potencias centrales, y el comercio con Bélgica terminó con la invasión alemana. Las exportaciones cayeron de 519,6 millones de pesos oro en 1913 a 405,1 millones en el año siguiente, pero se recuperarían en 1915, cuando los niveles previos a la guerra fueran superados debido a un aumento en las compras por parte de las potencias aliadas. Las importaciones disminuyeron 14% en el mismo período y no recuperarían sus niveles previos a la guerra hasta 1919, como se puede ver en los cuadros 1 y 2. Los ingresos por objetos de la tierra, que conformaban la mayor parte de los ingresos del gobierno, cayeron de 207,5 millones de dólares en 1913 a 125,1 en 1914 y a 100,7 millones para el año siguiente, como se ve en el cuadro 1.6. Dado que Argentina carecía de una base industrial adecuada, dependía totalmente de fuentes extranjeras para material de transporte, materiales eléctricos y de construcción.

Las importaciones disminuyeron 14% en el mismo período y no recuperarían sus niveles previos a la guerra hasta 1919, como se puede ver en los cuadros 1.1 y 1.2. Los ingresos por productos de la tierra, que conformaban la mayor parte de los ingresos del gobierno, descendieron de 207,5 de millones de dólares en 1913 a 125,1 en 1914 y caerían a 100,7 para el año siguiente, como se ve en el cuadro 1.6. Dado que la Argentina carecía de una base industrial adecuada, dependía totalmente de fuentes extranjeras para sus equipos de transporte, equipos eléctricos, materiales de construcción, maquinaria industrial, combustible y materias primas. El carbón galés proporcionaba el 90% de las importaciones de carbón de la Argentina. Más del 70% del carbón proveniente de Gales era empleado por empresas de capital británico, especialmente los ferrocarriles. Las importaciones de combustible disminuyeron de 4,8 millones de toneladas en 1913 a 1 millón en 1917, como se ve en el cuadro 1.7. Por la escasez de combustibles los ferrocarriles e industrias argentinos se vieron obligados a utilizar leña local, principalmente de las provincias del norte. Los ferrocarriles estatales de trocha angosta transportaron 2,4 millones de toneladas en 1917, y un total de 17,5 millones de toneladas de carbón de leña durante 1914-1917. Sin embargo, la leña no era un sustituto ideal, ya que 3 toneladas simplemente proporcionaban la energía equivalente a una sola una tonelada de carbón.16

Cuadro 1.6. Importación de bienes capitales, 1913-1919

(millones de pesos oro)


Tipo 1913 1914 1915 1916 1917 1918 1919
Material de transporte 13 21 6 6 5 3,5 8
Materiales eléctricos 7 6,5 3,5 2 2 2 3
Maquinaria de agricultura 10 4 4 3,5 4 4 5,5
Material de construcción 42 21 15 6 5,5 5,5 9,5
Maquinaria industrial 8 5 2,5 2 2 1,5 3
Hierro, metales 9 7 3 0,7 0,4 0,3 0,5

Fuente: Adolfo Dorfman, Historia de la industria argentina (Solar-Hachette, Buenos Aires, 1970).

La crisis energética también afectó a la Armada, ya que la mayoría de sus buques consumían carbón. Para mantener la flota operativa, el ministro de Marina ordenó realizar exploraciones con el fin de localizar yacimientos de carbón. Los exploradores navales pronto ubicaron yacimientos de carbón en la provincia andina de San Juan y en el territorio de Santa Cruz, en la Patagonia. Cuando fueron llevados a cabo experimentos con el carbón argentino en un laboratorio naval, estos revelaron que era tan bueno como el carbón chileno, que había sido utilizado durante mucho tiempo por la marina de ese país. En ocasión de que ciertas publicaciones oficiales objetaron la calidad del carbón argentino, oficiales de la Armada refutaron críticas y enfatizaron la necesidad de un plan de desarrollo minero. El ministro de Agricultura, sin embargo, insistió en que la responsabilidad de la exploración de minerales recaía sobre su Oficina de Minas y negó a la Marina el permiso para encarar la minería del carbón. En todo caso, el gobierno no aprobó los fondos requeridos. Como resultado, la producción fue mínima y alcanzó solo unas 5.000 toneladas métricas en 1918.17

Cuadro 1.7. Importaciones argentinas de combustibles, 1913-1917

(en toneladas)


Tipo 1913 1914 1915 1916 1917
Carbón 4.046.278 3.421.526 2.543.887 1.884.781 707.712
Coque 21.317 14.657 11.143 10.496 3.904
Petróleo 192.546 161.731 303.956 303.235 3.088.383
Total 4.260.141 3.597.985 2.858.985 2.198.512 1.019.999

Fuente: L. Brewster Smith, Harry T. Collings y Elizabeth Murphey, The Economic Position of Argentina during the War (Department of Commerce, Bureau of Foreign and Domestic Commerce, Miscellaneous Series 88, U.S. Government Printing Office, Washington DC, 1920) p. 93.

Desarrollo industrial

Según el Censo 1914, en la Argentina existían 48.779 establecimientos industriales con 410.201 empleados, una inversión de capital de 1.787.662.000 dólares y una producción anual de 1.861.780.00 millones de dólares. Pero el Censo Industrial de 1935 eliminaría más de 4.000 empresas anteriormente clasificadas como establecimientos industriales que en realidad eran empresas comerciales, como talleres de reparación de calzado, estudios fotográficos, peluquerías y tiendas de costura. De los 39.000 establecimientos industriales, la mayoría eran aquellos dedicados a elaborar alimentos, incluidos frigoríficos, ingenios azucareros, molinos de harina, y los que fabricaban muebles y los artículos de cuero.18

Debido a la falta de yacimientos de hierro y depósitos de carbón, la industria metalúrgica se limitaba a un reducido número de talleres de reparación de ferrocarriles y tranvías, y pequeñas fundiciones que empleaban chatarra o lingotes importados. Durante la guerra, una serie de artículos previamente importados fueron fabricados localmente. La Argentina también exportó a los beligerantes grandes cantidades de mantas de lana, cuero, monturas, botas, zapatos, alcohol, queso, mantequilla, caseína y cigarrillos. La fabricación de anilinas a partir del algarrobo comenzó en 1918, y dicho producto fue exportado a Italia. Las bañaderas –otrora importadas de Estados Unidos–, así como los utensilios de cocina y las variedades más baratas de vasos, jarras y lámparas también se produjeron en cantidad. Una firma comenzó a producir bombillas eléctricas mientras que una planta de papel de reciente creación entregaba 20 toneladas de papel prensa por día a un periódico de Buenos Aires. Desde el punto de vista técnico, muchas de estas industrias carecieron de los técnicos especializados y la experiencia necesaria, y en muchos casos de las materias primas. No es de extrañar que, en el período de posguerra, cuando se reanudaran las importaciones, estos productos no lograron competir con productos extranjeros y las plantas que los producían cesaron sus actividades.19

En respuesta a la recesión económica, a finales de 1916 Yrigoyen presentó al Congreso un proyecto de ley sobre la colonización agrícola-ganadera. Era un programa similar a los adoptados por Australia y Nueva Zelanda que incluiría una subdivisión de la tierra, que pasaría a manos de los colonos, y no solo beneficiaría a la agricultura y el ganado, sino también a los productos agrícolas. También preveía una emisión de 250 millones de pesos para consolidar la deuda pública, 16 millones de pesos para desarrollar la industria petrolera y excavar cuarenta nuevos pozos, la emisión de 100 millones de m$n para establecer un banco agrícola y una marina mercante. En lugar de intentar llegar a un consenso, Yrigoyen lanzó un ataque fulminante contra los conservadores, acusándolos de “abandonar al país a su propio destino en períodos de crisis económica”. El diputado radical Horacio B. Oyhanarte continuó, en la misma vena, culpando al ancien regime que había gobernado a través de “treinta años de infamia” y era el único responsable de la crisis económica, y ello provocó un ardiente debate parlamentario. El diputado conservador Gustavo Martínez Zuviría criticó al gobierno radical por carecer de un plan financiero. La Cámara de Diputados aprobó el proyecto a mediados de febrero de 1917 pero, antes de que el Senado pudiera actuar, la administración abandonó el apoyo al préstamo propuesto, alegando que el alto costo del dinero prestado por los bancos lo hacía poco práctico.20

A partir de agosto de 1914 las importaciones se desplomaron y la guerra secó el crédito extranjero e interno. Por lo tanto, el mercado interno se contrajo. El desempleo urbano aumentó del 6,7% en 1913 al 13,7% en 1914 y al 19,4% en 1917. Si bien la guerra llevó enormes beneficios a algunos, también implicó inflación. El costo de vida subió de 92% en 1924 a 157% en 1918. Algunas de las necesidades básicas de cada día, como el queso, el aceite de oliva y el querosén, que se importaban, aumentaron en más de 500%. El precio de ciertos productos básicos nacionales, como la carne, también se incrementó, ya que los compradores de los países aliados ofrecían precios más altos para los suministros muy necesarios, pero los salarios no fueron aumentados y los salarios reales declinaban. Descontentos, los trabajadores exigieron salarios más altos y mejores condiciones de trabajo. Cuando la patronal se negó a negociar, los obreros se declararon en huelga.

Cuadro 1.8. Entradas gubernamentales producto de impuestos aduaneros (en miles de pesos oro)


Año Impuestos importaciones Impuestos exportaciones
1913 199.167 8.270
1914 118.362 6.755
1915 94.895 5.877
1916 104.962 5.379
1917 96.686 5.795
1918 88.455 7.313

Fuente: Ernesto Tornquist, El desarrollo económico de la República Argentina en los últimos cincuenta años, pp. 285-286.

Yrigoyen y la clase obrera
Las huelgas marítimas

El 30 de noviembre, miembros de la Federación Obrera Marítima (FOM) organizaron una huelga contra dos líneas navieras costeras que operaban desde la Boca, el antiguo distrito portuario de Buenos Aires, la Compañía Argentina de Navegación y la Compañía de Navegación Antonio Delfino, subsidiaria de la Línea Sudamericana de Hamburgo. Estas empresas habían entablado una feroz competencia por el comercio costero y el lucrativo servicio de pasajeros entre Buenos Aires y Montevideo. Esto provocó una guerra de tarifas que hizo imperativo reducir costos. Como resultado, desde 1914 los salarios fueron reducidos de un promedio de 120 pesos a 90. La huelga había sido programada para coincidir con el comienzo de los embarques de la nueva cosecha. Yrigoyen ordenó la intervención de Ramón Gómez, ministro del Interior. En una entrevista de prensa, Gómez defendió a la clase obrera y denunció a las empresas por no haber negociado. Finalmente, a finales de diciembre ambas partes acordaron someter el asunto al arbitraje por parte del jefe de policía. El arbitraje concedió a los huelguistas sus demandas salariales y la huelga terminó. En 1918, la FOM contaba con una membresía total de 9.100 afiliados entre tripulaciones de buques costeros, remolcadores y barcazas operaban en el puerto de Buenos Aires y otros 3.226 en otros puertos de la Argentina, con un total de 12.336 miembros a nivel nacional. Esto representaba el 95% de todos los trabajadores marítimos empleados; un logro importante dentro del movimiento sindical argentino. La FOM era ahora la piedra angular de los planes de la FORA para establecer un movimiento laboral nacional. Como contrapeso al sindicato de trabajadores, Pedro Christophensen, un naviero noruego, y otros miembros del poderoso Centro de Navegación Atlántica, varias empresas de ferrocarriles, empresas de tranvías y otras de servicios públicos, así como organizaciones de firmas de exportación e importación, crearon la Asociación del Trabajo.21

En septiembre de 1918, la FOM exigió voz cada vez que se producía una nueva vacante de empleo. Después de un breve intento de negociación en diciembre, que fracasó, en enero de 1919 el Centro de Cabotaje, entidad compuesta por las empresas de navegación interior y costera, impuso un cierre patronal. La Asociación Laboral y las compañías de navegación estaban considerando seriamente un boicot naviero. Teniendo en cuenta que Inglaterra necesitaba suministros de alimentos, el Foreign Office le pidió a sir Reginald Tower, el embajador británico en Buenos Aires, que utilizara su influencia con las firmas que integraban el Centro de Cabotaje y cancelaron el boicot. En enero, cuando los remitentes acordaron aumentar los salarios, a cambio la FOM acordó deponer las medidas. Con las elecciones que se avecinaban en el horizonte, Yrigoyen intervino y decidió poner fin a la huelga imponiendo un gravamen portuario adicional destinado a ser un salario de bloqueo para indemnizar a los trabajadores.22

La huelga de trabajadores municipales

En marzo de 1917, los recolectores de basura empleados por la Municipalidad de Buenos Aires fueron a la huelga. Los ingresos municipales habían disminuido de 51,5 millones de pesos en 1914 a 43,6 en 1915 y a 39,8 en 1916. Severamente faltas de fondos, las autoridades intentaron imponer recortes salariales para reducir los gastos. Los recortes se habían hecho antes de que el partido radical llegara al poder y fueron seguidos por pequeños paros laborales. En ese momento, los socialistas en el Congreso se levantaron en defensa de los trabajadores municipales. Cuando se produjo una gran huelga en 1917, el gobierno radical culpó al Partido Socialista. Esto no era más que un pretexto que sirvió para justificar la reacción del gobierno. Golpeó con una mano pesada, disparando a todos los huelguistas y ordenando a la policía reprimir por la fuerza cualquier intento de organizar piquetes. Dado que la mayoría de los huelguistas eran españoles, algunos funcionarios municipales hablaban públicamente de deshacerse de todos los extranjeros. La mayoría de los dueños de tiendas de comestibles en Buenos Aires eran españoles, y trabajaron estrechamente con los radicales, proporcionando apoyo financiero a cambio de favores. Esta exhibición de xenofobia sirve para ilustrar el grado de hipocresía y cinismo demostrado por la jerarquía radical. El Partido Socialista produjo pruebas documentadas de que las autoridades municipales estaban reemplazando a los huelguistas por hombres reclutados en comités radicales. La policía, por su parte, abusó de muchos de los “gallegos”, como comúnmente se denomina a los españoles en la Argentina, hasta que el embajador español finalmente intervino y presentó una protesta diplomática.23

Las huelgas ferroviarias

Yrigoyen ha sido retratado por los fieles del partido radical como “el padre de los pobres” y amigo de la clase obrera. Aparentemente el presidente interpretaba el papel del Estado como el de un mediador que promovería la armonía entre las clases, en lugar de reprimir a los obreros. En la práctica, su apoyo a la clase obrera fue condicional y oportunista. Los sindicatos ferroviarios eran muy susceptibles a las maquinaciones del ala de la UCR controlada por Yrigoyen. Dichos sindicatos se agruparon en grandes talleres de reparación que empleaban a 1.500 y 2.000 trabajadores respectivamente. Estos trabajadores calificados poseían un alto nivel de alfabetización y eran fáciles de movilizar para acciones laborales. Durante las huelgas ferroviarias que ocurrieron a lo largo de 1917, Yrigoyen intentó motivar a los trabajadores a cambiar las lealtades de los sindicatos dominados por socialistas o anarcosindicalistas. Cuando esto fracasó, el caudillo intervino en las huelgas, obligando a las compañías ferroviarias a modificar las reglas de trabajo, aumentar los salarios y restablecer al personal que había sido despedido. Cuando estas tácticas fracasaron y las huelgas continuaron, Yrigoyen provocó un enfrentamiento entre La Fraternidad, un sindicato con inclinaciones socialistas, y la Federación Obrera Ferroviaria (FOF), la más militante y de tendencias anarcosindicalistas, destruyendo así la solidaridad sindical. Yrigoyen logró su objetivo y los sindicatos se dividieron; así, destruyó sin escrúpulos el movimiento.24

Las huelgas de los frigoríficos de 1917-1918

A principios de noviembre de 1917, se produjeron una serie de paros en el frigorífico Swift en Berisso, un suburbio de La Plata. En respuesta, el gobierno despachó infantes de marina para proteger las instalaciones de la compañía y la huelga fracasó. En diciembre, una delegación obrera entregó a la dirección de La Blanca y La Negra dos grandes frigoríficos en Avellaneda, un suburbio industrial de Buenos Aires, una lista de demandas que incluía salarios más altos, jornada de ocho horas, pago adicional por horas extras y asistencia médica para accidentes laborales. Cuando estas demandas fueron rechazadas, los trabajadores fueron a la huelga. Los frigoríficos emplearon rompehuelgas y solicitaron protección a la policía, que envió un destacamento montado. Cuando un grupo de varios cientos de trabajadores se manifestaron cerca de las puertas de La Negra, matones de la compañía abrieron fuego mientras la policía montada cargaba contra los manifestantes y los atacaba con sables. Como resultado, dos trabajadores murieron y varios resultaron heridos. La mayoría de los trabajadores de frigoríficos de Berisso eran inmigrantes europeos de Europa Oriental con pasaportes rusos. Según un testigo ocular de esos acontecimientos, “ya que los rusos no se habían naturalizado y no votaban, el gobierno no vio razón alguna para apoyarlos. Además, no eran miembros de un sindicato, y la huelga pronto se derrumbó”.25

La Semana Trágica de 1919

Uno de los fracasos más tristemente célebres de la primera presidencia de Yrigoyen fue un intento de conciliación en enero de 1919, que culminó en las masacres laborales más graves en la historia de la Argentina. La Semana Trágica tuvo su origen en la planta metalúrgica de Pedro Vasena e Hijos (Compañía Argentina de Hierro y Acero). Los talleres Vasena empleaban a más de 2.000 trabajadores en sus plantas de Avellaneda y otros 3.000 en La Plata –ambas en la provincia de Buenos Aires– y en Nueva Pompeya, un suburbio de clase obrera de la ciudad de Buenos Aires. La firma poseía un tren de laminación con una capacidad anual de unas 15.000 toneladas y barras de hierro de palanquilla y laminados de acero obtenidos de la chatarra. En 1910, el precio percibido por sus productos osciló entre 58 y 77 dólares por tonelada métrica. Debido a la escasez inducida por la guerra, durante 1919-1920 los precios oscilaban entre 149 y 175 dólares.26

Cuando se negaron las demandas obreras de salarios más altos y menos horas, los trabajadores de Vasena declararon una huelga. Como resultado de los disturbios, hubo muchos muertos y heridos, pero su número empalidecería en comparación con aquellos que caerían víctimas de otros enfrentamientos por producirse. La inflación hizo que los salarios reales cayeran. La empresa Vasena era conocida entre los barrios de clase trabajadora por los salarios de hambre, por las jornadas laborales de once horas y por el absoluto desprecio por la seguridad en el lugar de trabajo. El 3 de enero, los trabajadores dispararon contra un grupo de policías que escoltaban carros cargado con metales destinados a la planta de Nueva Pompeya. Como resultado, un sargento de policía resultó herido y murió dos días después. El martes 7 de enero, los huelguistas entraron en el fuego cruzado de una trampa inteligentemente colocada. La policía estaba armada con armas Winchester y Mauser a repetición, y los trabajadores, con un escaso número de revólveres. En el enfrentamiento resultante, cinco trabajadores cayeron muertos y veinte heridos.27

El miércoles, en solidaridad con los trabajadores de Vasena, una huelga que comenzó en la zona portuaria pronto se convirtió en una huelga general. El viernes 9 de enero se trasladó el cortejo fúnebre de los trabajadores asesinados por la policía en el Vasena, seguido por una multitud. Enloquecidos por los rompehuelgas empleados por la compañía y los provocadores agentes de policía, la muchedumbre convirtió su dolor en ira, y esa ira produjo un frenesí de destrucción. Los asistentes atacaron la estación de tranvías y las oficinas de las obras de Vasena, donde el directorio y miembros de la Asociación del Trabajo estaban reunidos. La policía abrió fuego contra la multitud, estimada en unas mil personas, y se produjo una batalla campal. Esa tarde, el general Luis J. Dellepiane, comandante de la guarnición de Campo de Mayo, en las afueras de la Capital Federal, llegó a la cabeza de un batallón de infantería equipado con ametralladoras reforzado por artillería de campaña liviana y empleó a estas tropas para reprimir a los huelguistas. El número estimado de muertes oscila entre 142 y 200. No hay fundamentos ni versiones consistentes de los eventos que ocurrieron en esa semana llena de acontecimientos. Según otra versión, cuando Yrigoyen se enteró de que Dellepiane marchaba hacia la Capital, temiendo un golpe de Estado, ofreció su renuncia. Este rumor fue propagado en los cafés de Buenos Aires frecuentados por radicales y sus simpatizantes para culpar únicamente a Dellepiane por la brutal represión ejercida para sofocar las huelgas. Según estos rumores, Dellepiane actuó sin el conocimiento o la autorización del presidente.28

Esta explicación es poco convincente por varias razones. En primer lugar, porque Dellepiane era un simpatizante radical de la vieja escuela. En segundo lugar, debido a la actitud dominante mostrada por Yrigoyen a lo largo de su carrera política Su estilo de gobierno se resume en una de sus famosas frases: “Yo soy el presidente, soy el vicepresidente, y yo soy los ministros”. En tercer lugar, debido a la estricta adhesión de Dellepiane al lema del Ejército de “Subordinación y valor”, como lo demostraría su posterior historia. En cuarto lugar, porque Dellepiane autorizó a las tropas bajo su mando a distribuir revólveres y municiones a voluntarios civiles, presumiblemente con el permiso de Yrigoyen.

El astuto caudillo culpó a socialistas y anarquistas por los acontecimientos de la Semana Trágica. Eran los chivos expiatorios tradicionales sobre las que por lo general ventilaba su spleen. Por último, ya que Yrigoyen deseaba evitar “un intento de revolución social” ordenó la movilización de tropas desde Campo de Mayo hasta Buenos Aires, y luego confió el mando de ellas, así como las de todas las fuerzas policiales y bomberos, a un general de “prestigio y calidad”, es decir, Dellepiane.29

Las huelgas patagónicas

Durante la Primera Guerra Mundial, la lana argentina se exportaba a los aliados, cuya demanda se incrementó de 49,6 millones de pesos oro en 1914 a 101 millones en 1918. Luego del armisticio, los precios de la lana cayeron dramáticamente. Como resultado de las importaciones en tiempo de guerra, el mercado de Londres estaba sobreabastecido de lana y los almacenes británicos se hallaban abarrotados con 2,5 millones de fardos de lana australiana y neozelandesa invendibles. Al mismo tiempo, en la Argentina los ganaderos de ovinos de la Patagonia se enfrentaron con grandes reservas de lana sin vender. Para afrontar la crisis económica, los empleadores despidieron a muchos trabajadores y redujeron los salarios, mientras que el precio de los alimentos básicos se duplicó. La Patagonia es una vasta región en el extremo sur del continente compartido por la Argentina y Chile, con una extensión de 1.073.060 kilómetros cuadrados de los cuales 911.843,2 pertenecen a la Argentina y 131.233,6 a Chile. El sector argentino de la Patagonia estaba subdividido en territorios nacionales hasta la década de 1950, cuando fueron declarados provincias. La provincia de Santa Cruz limita con la de Chubut al norte, con Chile al sur y con el océano Atlántico al este. Tiene una superficie de 243.934 kilómetros cuadrados y, según el censo de 1914, 9.928 habitantes. En 1920 Río Gallegos, la capital territorial, era una ciudad de unos 3.500 habitantes. A principios del siglo XX, la Patagonia argentina era descripta como “el lejano oeste”: remota, despoblada, subdesarrollada y refugio para parias y forajidos. Las principales actividades económicas eran el frigorífico y la cría de ovejas. La cría de ovejas fue la principal actividad económica hasta que se establecieron cuatro frigoríficos, dos propiedad de la Swift, uno de Armour y el otro de un sindicato de ganaderos argentinos.30

Al inicio de la Primera Guerra Mundial, la Sociedad Obrera de Río Gallegos, fundada en 1910, y la FORA promovían activamente la sindicalización de los peones en las estancias de ovejas y difundían literatura anarquista. Una serie de huelgas azotó a la Patagonia argentina durante 1914-1918, huelgas que producirían la inevitable secuela de detenciones, redadas policiales y cierre de comités sindicales. Los líderes sindicales y los organizadores fueron en su mayor parte italianos y españoles, de acuerdo con las olas de inmigración que emigraron a la Argentina durante el último cuarto del siglo XIX. Los simpatizantes eran en su mayoría chilenos, del archipiélago de Chiloé, golpeados por la pobreza al punto de que, según un testigo ocular de los acontecimientos que estaban a punto de desarrollarse, “constituían una masa generalmente analfabeta, o semianalfabeta, dócil, sumisa, atávicamente propensa al alcoholismo”.31

Los mayores comercios del territorio eran propiedad de la Sociedad Anónima Importadora, comúnmente conocida como La Anónima, establecida en 1908, parte del grupo Braun Menéndez. Se trataba de un conglomerado que incluía una flota ballenera, una línea naviera y ranchos de ovejas en los sectores argentino y chileno de la Patagonia. La clase media de Río Gallegos estaba compuesta principalmente por inmigrantes españoles, dueños de pequeñas tiendas que simplemente no podían competir con las grandes tiendas de La Anónima.32

La chispa que eventualmente detonaría el conflicto ocurrió en enero de 1920, cuando los empleados de la tienda La Anónima de Río Gallegos fueron a la huelga. Poco después, Antonio Soto, un español nativo de Galicia, llegó a la ciudad. Soto era un brillante orador de destacados antecedentes intelectuales y fue quien pronto resultó electo secretario general de la Sociedad Obrera. En julio, tuvo su bautismo de fuego como líder sindical, cuando exigió mejores salarios. Los trabajadores de hoteles y los estibadores de todo el territorio desataron una huelga hasta que sus demandas fueron satisfechas. Pero el inquieto Soto aún no había terminado. A sugerencia suya, a mediados de septiembre la Sociedad Obrera solicitó un permiso para celebrar una reunión el 1 de octubre, para conmemorar la muerte del anarquista español Francisco Ferrer Guardia, ejecutado por las autoridades españolas en Barcelona en 1909. Actuando bajo las órdenes del gobernador territorial, Diego Ritchie, el jefe de policía de Río Gallegos se negó a expedir tal permiso. El gobernador interino de Santa Cruz era Edelmiro Correa Falcón, un periodista conservador que también fue secretario general de la Sociedad Rural de esa provincia, entidad que defendía los intereses de la clase estanciera. Sin amilanarse, el día 30 la Sociedad Obrera convocó una huelga general de 48 horas y distribuyó volantes por toda la ciudad. Ritchie envió un destacamento policial que saqueó la tienda que imprimió los folletos, cerró las oficinas editoriales del periódico La Gaceta del Sur, allanó las oficinas de la Sociedad Obrera, donde se estaba llevando a cabo una reunión, y arrestó a todos los presentes.33

Ismael Viñas, el juez de distrito, un radical y amigo personal del presidente Yrigoyen, revisó el expediente y ordenó la liberación de los prisioneros. Después de muchas vacilaciones, el gobierno federal intervino y ordenó a Correa Falcón que lo hiciera. Correa Falcón se percató de que ya no tenía el control. Toda la provincia estaba en huelga, los puertos se hallaban cerrados y en las zonas rurales la temporada de parición de las ovejas se acercaba.34

Con la entusiasta aprobación de la Liga Patriótica, los ganaderos y comerciantes formaron y equiparon la Guardia Ciudadana, para “mantener la ley y el orden”, pero el tiempo se estaba acabando. La Liga Patriótica Nacional se había formado en 1901, cuando la Argentina y Chile estaban una vez más al borde de la guerra sobre sus límites, para proporcionar práctica de fusil e instrucción cerrada.35 Por fin Yrigoyen decidió intervenir. A principios de enero convocó a un oficial radical al mando del 10.º regimiento de caballería, el teniente coronel Héctor Benigno Varela, a la Casa Rosada. Varela y su asistente, y el teniente Elbio Carlos Anaya, segundo jefe de la unidad, fueron recibidos en el despacho presidencial. Yrigoyen los saludó con afabilidad, y habló abstracta y lentamente. Recordó sus años de lucha en el partido radical, y luego se puso de pie, indicando que la entrevista había terminado. Varela preguntó qué se iba a hacer en Santa Cruz. Con un toque de confianza y calidez, Yrigoyen respondió: “Teniente Coronel, vaya a ver lo que está sucediendo y cumpla con su deber”.36

El 8 de enero el Ministerio de Marina anunció que infantes de marina habían sido despachados a Río Gallegos, y que un escuadrón naval estaba en estado de alerta. Un buque-tanque de la armada con tropas adicionales llegó algo más tarde ese mismo día. El 10 el remolcador naval ARA Querandí arribó a Río Gallegos con 50 hombres del 10.º de caballería. En la noche del 28 de enero de 1921, 150 hombres del 10.º y el 20.º del segundo regimiento de caballería bajo órdenes de Varela abordaron el ARA Guardia Nacional, un transporte naval con destino a Río Gallegos. El 29 el teniente comandante Ángel Yza, el recién nombrado gobernador de Santa Cruz llegó a Río Gallegos. Yza y el juez Viñas eran radicales y se entendían bien. El primero se reunió con los líderes de la huelga y finalmente llegó a un acuerdo. Los huelguistas se rindieron a las autoridades, liberaron a los rehenes que habían tomado, entregaron su escaso arsenal y devolvieron los caballos capturados. Pronto se reanudó el trabajo en las estancias de ovejas.37

Aparentemente los trabajadores habían triunfado, pero la Sociedad Rural lanzó una insidiosa campaña en la prensa local contra el gobierno por ser demasiado blando con los huelguistas. En julio, no es de extrañar, los ganaderos y la dirección de las plantas frigoríficas renegaron del acuerdo y se despidió a los activistas mientras se movilizaba el comité provincial de la Liga Patriótica. En respuesta, los trabajadores declararon un boicot contra los dos hoteles existentes en Río Gallegos, más tarde extendido a todas las tiendas propiedad de La Anónima. El gremio de taxistas se adhirió al boicot al negarse a transportar pasajeros a los hoteles o a las tiendas. La Sociedad Obrera terminó declarando una huelga general. La policía de Río Gallegos, aunque pequeña, estaba decidida a sofocar cualquier protesta o huelga. Dispensada por una orden judicial, allanó las oficinas de la Sociedad Obrera y destruyó el mobiliario y la modesta biblioteca. Los enfurecidos trabajadores convergieron en las estancias para incitar a los peones a plegarse a la huelga y tomaron rehenes, comida y caballos. La mayoría de los estancieros huyeron para ponerse a salvo con sus familias. Sin embargo, uno de ellos, un alemán llamado Schroeder, eligió defender su estancia. El 5 de noviembre un grupo de diez huelguistas a caballo, nueve de los cuales eran chilenos, llegaron a la estancia de Schroeder gritando “¡Viva la huelga!” mientras agitaban banderas rojas. Los hombres de la familia Schroeder abrieron fuego. Después de sufrir dos muertos y varios heridos, los chilenos se retiraron. Temiendo que regresaran en mayor número, la familia se amontonó en un automóvil rumbo a Puerto Coyle, donde telegrafiaron a la policía y pidieron apoyo. Alarmado, Yrigoyen ordenó el envío de tropas adicionales a Santa Cruz. Varela y su regimiento se embarcaron hacia Río Gallegos el 4 de noviembre, llegando a Puerto Loyola, ubicado a doce kilómetros de esa capital, el día 9. Varela no estaba dispuesto a negociar, sino totalmente decidido a sofocar la huelga de una vez por todas. Según fuentes anarquistas, más de 1.500 huelguistas, de los cuales la gran mayoría eran chilenos, fueron ejecutados sin juicio alguno en los campos y cerros de la Patagonia. Sin embargo, la mayoría de los historiadores dan una cifra bastante más baja, de 300 a 500 muertos, mucho más creíble. En directo contraste, las fuerzas navales enviadas a la Patagonia trataron a los huelguistas humanamente y, según varios testigos oculares, “se comportaron como caballeros”.38

En Río Gallegos, Varela fue homenajeado por la Sociedad Rural, y los principales políticos conservadores aclamaron “al heroico funcionario que había librado a los estancieros de la pesadilla de una revolución liderada por elementos extranjeros”. Cuenta la leyenda que numerosos miembros de la comunidad británica presentes cantaron “For he is a Jolly Good Fellow” en su honor. Mientras se hallaba en Río Gallegos miembros de la Sociedad Rural, la Liga Patriótica y la Liga de Comercio e Industria se reunieron en el puerto para despedirse del “héroe” que regresaba a Buenos Aires, pero una recepción muy diferente esperaba a Varela en la capital. Para la clase trabajadora, los anarquistas y socialistas, Varela era simplemente un carnicero que regresaba con las manos teñidas en sangre. Para los radicales, era simplemente una vergüenza. Solo una multitud de partidarios de la Liga Patriótica lo saludó en el muelle. Una vez en Buenos Aires, Varela se reunió con el ministro de Guerra, quien a regañadientes le dio permiso para ver al presidente. Después de varios intentos fallidos de hablar con Yrigoyen, quien obviamente trataba de evitarlo, Varela ingresó en su despacho sin previo aviso, antes de que los secretarios temblorosos y asombrados pudieran detenerlo. Sin amoscarse, Yrigoyen lo saludó amistosamente diciéndole: “¡Teniente coronel! ¡Usted es precisamente el hombre a quien deseaba ver!”. Varela estaba bajo escrutinio en la prensa local y en el Congreso. A pesar de la lejanía de la Patagonia, los detalles de las masacres habían comenzado a llegar a Buenos Aires. El juez Viñas había reunido detalles de testigos oculares sobre lo ocurrido en Santa Cruz y los había remitido al Departamento de Trabajo. Antonio de Tomaso, diputado socialista de Buenos Aires, expuso la verdad y exigió una investigación del Congreso. Una vez que se enfrentó a Yrigoyen, Varela mencionó los ataques de la prensa y le pidió una declaración oficial que reivindicara sus acciones y un decreto que recompensara a sus subalternos con promociones. También pidió al presidente que pusiera fin a las críticas de los socialistas. Yrigoyen, con calma, convocó al ministro de Guerra, mencionó el comunicado y el decreto solicitados por Varela, y luego concluyó la entrevista diciendo: “¡Quédese tranquilo, teniente coronel!”.39 Ni el comunicado ni el decreto fueron emitidos. Después de todo, el mandato de Yrigoyen expiraría en octubre. Entonces, ¿qué hay de la investigación del Congreso exigida por De Tomaso? Cuando se votó en la Cámara de Diputados, la mayoría radical lo hizo en contra de la moción y ese fue el final del asunto.40

Historiadores radicales que examinan la primera presidencia de Yrigoyen han omitido referencias a la Semana Trágica de Buenos Aires y a las masacres en la Patagonia, o simplemente distorsionaron los hechos. Según Gabriel del Mazo, cuando las compañías ferroviarias de propiedad británica exigieron tropas para sofocar las huelgas Yrigoyen rechazó tal solicitud y respondió:

Señores, [deben] entender que todos los privilegios en este país han terminado, y que las Fuerzas Armadas de la nación solo serán desplegadas para defender su honor e integridad. Este gobierno no pondrá fin a esta huelga mediante el uso de la fuerza.41

Sin embargo, las Fuerzas Armadas fueron empleadas para sofocar a los huelguistas en forma aún más violenta. En un estudio reciente de la movilización popular bajo el gobierno radical, Joel Horowitz concluyó que los disturbios rurales en áreas como la Patagonia amenazaron al gobierno porque muchas de las propiedades pertenecían a las elites locales o estaban controladas por intereses británicos. Como señala Alan Rouquié, la mayoría de los oficiales no olvidarían la actitud de un gobierno más preocupado por su imagen que por recompensar o justificar el comportamiento de Varela.42

Para un historiador británico, el episodio patagónico “se erige como la más grave acusación moral al gobierno radical, que descuidadamente dio al Ejército una mano libre para actuar como desea y exterminar despiadadamente a los huelguistas, aprovechando la lejanía de la región y las pobres comunicaciones con Buenos Aires que impidieron que la historia se conociera en Buenos Aires. El gobierno no tenía compromisos electorales en el sur, ya que la zona estaba formada por territorios nacionales sin derecho a voto. En vista de los acontecimientos de 1919, parece justo concluir que los obreros principalmente chilenos en Chubut y Santa Cruz se convirtieron en víctimas de los esfuerzos del gobierno para mejorar sus relaciones con los militares”.43

A pesar de su carisma innegable y su talento como político, Yrigoyen sufría un gran defecto de carácter: era totalmente inescrupuloso. Durante una reunión partidaria en 1894, Leandro N. Alem, su tío y mentor y la persona que lo conocía mejor, observó que Yrigoyen era la fuerza más poderosa que había conocido, porque no tenía escrúpulos. Por lo tanto, hacía lo que era conveniente más bien que lo que era decente. Estos rasgos con el correr del tiempo resultarían en su derrocamiento y subsecuentemente en el fracaso de la democracia en la Argentina.44

La política exterior argentina

Carlos Escudé resumió de la siguiente manera las relaciones argentinas con Estados Unidos como un enfrentamiento que comenzó con la Primera Conferencia Panamericana en 1889, pero prevaleció hasta la década de 1940: una determinación de proyectar el liderazgo argentino en el hemisferio o al menos en América Latina y, a la vez, de obstaculizar cualquier decisión que pudiera limitar de forma alguna su libertad de acción y consecuencias; por ello, la Argentina se opuso prácticamente a todas las propuestas del Departamento de Estado.45

La inmensa mayoría del público argentino favorecía a los aliados. El conde von Luxburg, embajador alemán en la Argentina, aseguró a su gobierno que el 80% de la población favorecía la causa aliada. Tal vez esta declaración contiene una ligera exageración; sin embargo, otras estimaciones, especialmente las de los observadores alemanes contemporáneos, confirmaron que el sentimiento público en la Argentina era más favorable a los aliados De hecho, los argentinos sentían tan fuertemente la causa aliada que aportaron más de 60.000 voluntarios y sirvieron con los aliados durante la Primera Guerra Mundial. Sin embargo, Yrigoyen fue inflexiblemente determinado y la Argentina se mantuvo neutral durante esa contienda.46

Irónicamente, la neutralidad argentina en ambas guerras mundiales beneficiaría a Brasil y Gran Bretaña más que a la Argentina. Brasil y Chile rompieron relaciones con Alemania, seguidos por Bolivia, Perú y Uruguay. Brasil también intervino militarmente en este conflicto enviando una división naval que operaba en la costa noroeste de África. Una contribución bastante modesta y de corta duración de la que Brasil no solo se benefició políticamente, sino que fortaleció aún más la alianza no escrita que ya existía entre ese país con Estados Unidos.47

A comienzos del siglo XX los empresarios estadounidenses no estaban preparados para exportar a la Argentina o a cualquier otra parte de América del Sur porque no había líneas estadounidenses de navegación que sirvieran tales rutas regularmente, ni agentes u agencias estadounidenses de bancos en la Argentina. Sin embargo, esta situación cambiaría radicalmente antes del inicio de las hostilidades, ya que Estados Unidos había comenzado a proyectarse económicamente a través de América del Sur, una tierra en la que Gran Bretaña ejercía un claro dominio en términos de inversión y exportaciones. Las oportunidades proporcionadas por la apertura del canal de Panamá y la guerra en Europa generaron un nuevo interés en el mercado sudamericano en Estados Unidos. La firma Swift fue la primera, Armour le siguió en el año siguiente y en 1914 The First National Bank of New York inauguró una sucursal en Buenos Aires. Muchas otras firmas les seguirían, marcando el inicio de una feroz competencia entre Gran Bretaña y Estados Unidos por el lucrativo mercado argentino.48

Sin embargo, los acontecimientos en Europa precederían a todas las demás consideraciones. El 4 de enero de 1915, en respuesta al bloqueo británico, el káiser proclamó como zona de guerra las aguas que rodean Gran Bretaña e Irlanda. Después de quince días, todos los buques mercantes que se encontraran en estas aguas serían hundidos. Pero el 14 de febrero la presión estadounidense obligó a Alemania a ciertas concesiones. Como resultado, los buques neutrales, buques hospitales y los buques que transportaban mercancías para socorrer a Bélgica serían exentos. Pero, forzada por imperativos militares, Alemania reanudó la guerra submarina sin restricciones el 1 de febrero de 1917. Como resultado, Estados Unidos rompió relaciones diplomáticas tres días después, y el 5 de abril declaró la guerra a Alemania.

El 4 de abril el Monte Protegido, un velero argentino con destino a Róterdam, fue hundido dentro de la zona de guerra, seguido el 22 de junio por el hundimiento del vapor Toro. El gobierno argentino elevó una severa de protesta. Aprovechando una laguna legal, ya que el barco había zarpado antes de que Alemania proclamara una guerra submarina sin restricciones, la Wilhemstrasse reaccionó de una manera conciliadora. El 28 de agosto Alemania concedió a la Argentina todas sus demandas, sin duda porque Berlín no quería poner en peligro las relaciones económicas que aún existían con la Argentina. Aunque el comercio directo entre ambas naciones se detuvo por el bloqueo británico, las exportaciones argentinas a los Países Bajos, Suecia y Dinamarca habían aumentado, ya que estos países actuaron como intermediarios en la bolsa argentino-alemana (cuadro 1.9).

Un detalle significativo no revelado hasta mucho más tarde fue que Yrigoyen había hecho un compromiso secreto con Luxburg de que los barcos argentinos no navegarían en la zona de guerra.49

Cuadro 1.9. Exportaciones argentinas a Dinamarca, Holanda y Suecia (miles de pesos oro)


Año Dinamarca Holanda Suecia
1910 1.278.992 4.489.730 775.436
1913 778.028 24.297.932 1.153.436
1914 894.052 12.893.731 1.933.114
1915 1.605.869 19.641.148 5.237.200
1916 6.429.127 29.003.432 10.638.985
1917 3.969.077 5.274.277 2.608.260
1918 1.263.238 1.094.611 4.457.348

Fuente: Ernesto Tornquist, El desarrollo económico de la República Argentina en los últimos cincuenta años, pp. 139-143.

La fallida conferencia de neutrales propuesta por Yrigoyen

El 6 de enero de 1916, el presidente Wilson instó a las naciones latinoamericanas a adherirse a un pacto panamericano que exigía garantías mutuas de integridad territorial e independencia política bajo una forma republicana de gobierno. Esta fue una petición bastante irónica cuando se considera que en 1906, después de invadir Cuba en ese año, Estados Unidos había instalado a un diplomático estadounidense como gobernador de la isla ocupada, y en los meses siguientes invadirían a México, la República Dominicana y Haití. Chile era reacio, y tenía la intención de preservar la unidad de la Argentina, Brasil y Chile (ABC), mientras que el ministro de Relaciones Exteriores de Brasil tendía a apoyar a Chile e hizo todo lo que estaba en su poder para persuadir a la Argentina de hacer lo mismo. En el caso, la oposición de las otras repúblicas estadounidenses finalmente llevó a Estados Unidos a abandonar la idea. Una vez que Estados Unidos entró en guerra, Yrigoyen concibió la idea de celebrar un congreso latinoamericano de neutrales en Buenos Aires para reafirmar la independencia de los gobiernos en el ámbito de la política exterior. Las invitaciones no se enviaron hasta fines de abril y mayo. Sin embargo, después de una conferencia con el embajador argentino, el presidente Woodrow Wilson le confió al secretario de Estado Robert Lansing que la iniciativa de Yrigoyen tenía pocas posibilidades de éxito. Lansing, a su vez, instruyó a los representantes estadounidenses en varias capitales latinoamericanas para transmitir que, en opinión del Departamento de Estado, la conferencia no serviría para nada. Para cuando las invitaciones oficiales llegaron a los gobiernos de las otras naciones hemisféricas, Brasil, Cuba, República Dominicana y Panamá habían roto relaciones con Alemania, y el resto estaban considerando acciones similares. Sin dejarse intimidar, en octubre de 1917 Yrigoyen intentó revivir su iniciativa e hizo un segundo intento de celebrar una conferencia. A finales de diciembre solo el gobierno de México había aceptado, esperanzado en que la conferencia proporcionara un foro donde pudiera denunciar la intervención estadounidense en sus asuntos internos. La prensa de Buenos Aires informó sobre la llegada de la delegación mexicana en tonos irónicos y el tema fue pronto olvidado. La conferencia fue un fracaso total.50

Durante julio y diciembre de 1916 representantes de la embajada británica, la Food and Drug Administration y el Departamento del Tesoro de Estados Unidos consideraron la escasez de trigo prevaleciente y recomendaron negociaciones con la Argentina para aliviar esta carencia y ver alternativas para financiar esas compras, Yrigoyen no solo se opuso a la idea de otorgar crédito a los aliados, sino que en marzo de 1917 prohibió nuevas exportaciones de trigo y harina. Dicha medida irritó sobremanera a los aliados, ya que estas restricciones no se aplicaban a Brasil, a Paraguay y más particularmente a España, donde suponían con razón que los granos y otros productos básicos eran reexportados a Alemania. En respuesta, Francia, Gran Bretaña e Italia reenviaron notas de protesta. Como hemos visto, la Argentina experimentaba una aguda escasez de carbón, otros combustibles, maquinaria y materias primas. A sugerencia de Gran Bretaña, el Departamento de Estado notificó al gobierno argentino que, a menos que se requisaran buques mercantes alemanes estacionados en puertos argentinos, y no se pusieran dichos cereales incondicionalmente a disposición de los aliados, los préstamos concedidos por los bancos estadounidenses a la Argentina no se renovarían, ni se concederían licencias de exportación adicionales para artículos como carbón, papel de diario y otros productos necesarios. Así, a pesar de sí mismo, Yrigoyen se vio obligado a conceder préstamos a los aliados por un monto de 40 millones de libras esterlinas (200 millones de pesos oro).51

La política exterior de Yrigoyen no difería de aquellas establecidas por sus predecesores conservadores, quienes mantenían y defendían la causa de la soberanía política argentina y la de las otras repúblicas latinoamericanas, así como contra Estados Unidos y su interpretación tan peculiar del panamericanismo. Sin embargo, los historiadores radicales invariablemente citarán su fallido intento de crear una organización panamericana que excluiría a Estados Unidos o exaltara sus deseos expresos de que la Argentina explotara sus recursos minerales y desarrollara una marina mercante. Según una fuente, “luego de la compra del Bahía Blanca, y un poco de ingenio y energía, mediante el arrendamiento o la compra de buques extranjeros amarrados en varios puertos del país, mediante la reparación de buques viejos. Por fin se estableció una flota de 100.000 toneladas”. Pero, a excepción del ARA Bahía Blanca, no se compraron otros barcos. Por lo tanto, la pretensión de que Yrigoyen fundó la Marina Mercante Argentina es una exageración, particularmente cuando se tiene en cuenta que esta realmente disminuyó de un total de 188.892 toneladas en 1914 a 145.891 en 1921. El declive se produjo cuando varios buques argentinos en ruta a Europa fueron vendidos a Francia y otras naciones aliadas una vez que llegaron a su destino. Yrigoyen no es del todo culpable de esto, ya que la tendencia había comenzado bajo su predecesor, De la Plaza, pero él no hizo nada para evitar nuevas ventas o para impedir que ciertos barcos aliados navegaran bajo la bandera argentina.

Sobre el desarrollo de recursos minerales

Yrigoyen es generalmente reconocido por el establecimiento de Yacimientos Petrolíferos Fiscales (YPF), la entidad petrolera estatal responsable de la exploración y producción de petróleo y gas, y el transporte, la refinación y comercialización de gas y productos petroleros. En realidad la creación de YPF no fue más que la reorganización de una agencia que existía anteriormente. El 13 de diciembre de 1907, cuando un equipo de la Dirección General de Minas estaba perforando tratando de localizar fuentes de agua cerca de Comodoro Rivadavia y halló petróleo. Detalles del descubrimiento fueron inmediatamente transmitidas al presidente José Figueroa Alcorta, quien respondió al día siguiente con un decreto de creación de una reserva nacional, en concesión privada, en un área de cinco leguas (unos 25 kilómetros cuadrados, o unas 200.000 hectáreas) en todas las direcciones de la localidad de Comodoro Rivadavia. Para hacer el proyecto de ley más agradable a los partidarios de laissez faire en el Congreso, tanto conservadores como radicales, el presidente redujo el tamaño de la reserva estatal a 7.950 hectáreas. Cuando el proyecto de ley fue finalmente aprobado por el Senado como ley 7.059 en 1910, las reservas estatales se redujeron aún más, a 5.000 hectáreas. Con el fin de fomentar la naciente industria petrolera estatal, el 24 de diciembre de 1910 el presidente Roque Sáenz Peña emitió un decreto que trascendía la administración de los yacimientos petrolíferos estatales a la recién creada Dirección General de la Exploración del Petróleo (DGP) de Comodoro Rivadavia seguía siendo una dependencia del Ministerio de Agricultura. Para dirigir a la DGP, Sáenz Peña seleccionó una comisión de cinco hombres encabezada por Luis A. Huergo, un distinguido ingeniero.52

Durante septiembre de 1910 y agosto de 1911, Gran Bretaña fue sacudida por huelgas masivas en los yacimientos de carbón del sur de Gales, que eventualmente involucraron a treinta mil mineros. Las huelgas estaban afectando la producción y exportación de carbón, perturbando así la economía argentina y despertando gran preocupación pública. A principios de 1912, un artículo en La Prensa, uno de los diarios más prestigiosos de la Argentina, instó al gobierno a desarrollar su industria petrolera y redujo la dependencia del país del carbón importado. La DGP se vio frustrada por las escasas asignaciones presupuestarias. Bajo los auspicios de la ley 7.059, la DGP había recibido 500.000 pesos, pero no recibió fondos en absoluto en 1911 y solo un millón de pesos en 1912. Decidido a incrementar la producción de petróleo y promover una mayor eficiencia. En 1913 Huergo solicitó 15 millones de pesos para permitir la exploración de toda la reserva de 5.000 hectáreas, desarrollar instalaciones adecuadas de almacenamiento de petróleo y establecer una flota petrolera, pero el Congreso solo aprobó 1,5 millón de pesos. Las compañías petroleras privadas no estaban sujetas a restricción alguna y bajo el gobierno de De la Plaza adquirieron más tierras. En 1926 habían adquirido un total de 646.845 hectáreas.53

La crisis energética inducida por la guerra afectó mucho más a la Armada Argentina que al Ejército, ya que la mayoría de sus barcos eran quemadores de carbón. Por lo tanto, el almirante Juan Sáenz Valiente, ministro de Marina, resolvió que esta fuerza se encargara de transportar y refinar el crudo de Comodoro Rivadavia. Se instaló una pequeña refinería en el Arsenal Naval del Río de la Plata, en la base naval de Río Santiago. En Puerto Militar, la principal base naval del país, y en Río Santiago, se instalaron cinco tanques de almacenamiento de petróleo, con una capacidad de 2.000 metros cúbicos cada uno. Un pequeño buque tanque de 2.670 toneladas de desplazamiento, el Ministro Ezcurra, fue ordenado a Greenock & Grangemouth Dockyard Co. Ltd. de Escocia a un costo de 50.424 libras esterlinas. Fue lanzado en abril de 1914 y completado en junio de ese año. La marina también arrendó otro petrolero de la firma Chadwick-Weir de Londres, el Wanetta, de 4.000 toneladas. Esto permitió a la Marina mantener servicios regulares de navegación entre Comodoro Rivadavia y Buenos Aires. La demanda excedía la oferta y varios clientes importantes pronto se agregaron a una lista creciente, que incluía los Ferrocarriles del Estado, la Compañía Ítalo-Argentina de Electricidad, la Municipalidad de Buenos Aires, la Oficina de Arsenales del Ejército, la Oficina de Navegación y Puertos, la Oficina del Puerto de Buenos Aires y muchos otros. El Ministerio de Marina, el más importante de todos los clientes, compró más de 20.000 metros cúbicos de petróleo en 1914.

El Ministerio de Marina fue puesto a cargo de la flota de buques tanque capitaneados por oficiales navales y operados por tripulaciones navales hasta el 17 de octubre de 1921, cuando el control fue transferido a la Dirección General. Los oficiales navales permanecieron a cargo de los buques, pero ahora las tripulaciones provenían de la Marina Mercante.54

Siempre indeciso, Yrigoyen carecía de fuertes convicciones sobre el papel del Estado en la industria petrolera y se negó a tomar ninguna decisión hasta que pudiera inspeccionar los yacimientos petrolíferos personalmente, lo que, característicamente, pospuso hasta 1918. En 1916 el gobierno propuso un préstamo de 100 millones de pesos, de los cuales 16 millones se utilizarían para el desarrollo de los yacimientos petrolíferos: excavación de nuevos pozos, construcción de edificios de almacenamiento y compra de dos barcos petroleros adicionales y equipos varios. Pero, luego de que la Cámara de Diputados aprobó el proyecto, Yrigoyen lo abandonó. Cuando Huergo murió en 1913, fue reemplazado como jefe de la Comisión Administrativa por Leopoldo Sol. El desarrollo efectivo de los yacimientos petrolíferos no comenzaría hasta 1914, pero en noviembre de 1917, debido a demoras del Ministerio de Agricultura en cumplir su cometido, la Comisión dimitió en bloque. Yrigoyen nombró al capitán Felipe Fliess como el nuevo administrador de los campos petroleros de Comodoro Rivadavia. Fliess, era un antiguo director asistente de la Escuela Naval Militar que realizó un detallado estudio de los campos petroleros de la finca, pero no tenía experiencia en la industria petrolera. Sin embargo, tenía la riqueza de conocimientos técnicos aplicados adquiridos en la Subdivisión de Ingeniería de la Marina desde la década de 1870 y podría actuar más eficazmente. De manera característica, Yrigoyen intervino dispersando la autoridad en los niveles inferiores mientras mantenía el control personalmente. Yrigoyen a menudo desarrollaba políticas paralelas a espaldas de sus propios ministros o expertos, con las contradicciones y confusiones resultantes. No opuso los puestos vacantes de la Comisión Administrativa y dejó los campos petroleros dentro de la órbita del Ministerio de Agricultura, que nombró a sus propios contadores y personal de supervisión. Absolutamente frustrado por la persistente injerencia de Joaquín Spinelli, quien controlaba las finanzas en el Ministerio de Agricultura, Fliess renunció en agosto de 1921. Fue reemplazado por otro oficial naval, pero el Ministerio de Agricultura todavía mantuvo el control financiero, y constantemente no proporcionó fondos suficientes para adquirir los materiales más necesarios. En enero de 1922, cuando las acusaciones de corrupción implicaron a la Oficina de Minas, su director dimitió. En marzo, el escándalo inminente obligó a la dimisión del ministro de Agricultura, Alfredo De Marchi. Fue reemplazado por Emilio Vargas Gómez, otro designado por Yrigoyen, quien pronto descubrió que la corrupción y el favoritismo prevalecieron en la industria petrolera estatal y pidió una investigación en el Congreso. Para desviar a la opinión pública de esta situación embarazosa, Yrigoyen decretó una reorganización de la industria. El 3 de junio de 1922 disolvió la Dirección General y creó YPF para reemplazarla. En julio, un grupo de diputados liderado por Rodolfo Moreno, un conservador que obtuvo el apoyo de los socialistas y los radicales disidentes, pidió una investigación en el Congreso, pero la moción fue vetada por la mayoría radical. La tarea de reorganizar YPF de una manera lógica y eficiente sería emprendida por un nuevo administrador jefe designado por el sucesor de Yrigoyen, Marcelo T. de Alvear.55

A pesar de la suposición general de que en los asuntos económicos Yrigoyen era un nacionalista, siguió el patrón establecido por todos los gobiernos conservadores anteriores y mantuvo una estrecha relación con los ferrocarriles de propiedad británica. Aunque quería controles más estrictos sobre las operaciones ferroviarias, nunca intentó nacionalizarlas. No mostró ningún interés en la reforma y el desarrollo del sector agrícola. En el período posterior a la guerra, cuando el incipiente sector industrial aplaudió la protección que permitiría competir con el flujo revivido de las importaciones extranjeras, solo favoreció la protección de las industrias tradicionales que procesaban productos de la agricultura y la ganadería.56

Yrigoyen y el gobierno representativo

Cuando Yrigoyen asumió la presidencia en octubre de 1916, los conservadores tenían el control del Senado y de la mayoría de los gobiernos provinciales. La UCR tenía el control del gobierno de la Capital Federal y en las provincias de Córdoba, Entre Ríos, Mendoza, Santa Fe y Santiago del Estero. Para Yrigoyen, su elección fue un mandato popular y era dolorosamente consciente de que la mayoría conservadora podía bloquear sus iniciativas. Para eludir esto y llevar a cabo su programa de “reparación nacional” decidió reemplazar a los gobiernos provinciales que habían sido elegidos fraudulentamente “para corregir los abusos de poder”, pero su objetivo inmediato era crear regímenes de subordinado a él. Durante su primer mandato intervino en las provincias en veinte ocasiones, quince de ellas cuando el Congreso estaba en receso. En realidad, a pesar de la racionalización de Yrigoyen, estas intervenciones estaban políticamente motivadas y tenían la intención de poner fin a la hegemonía conservadora en esas provincias.57

Yrigoyen a menudo había acusado a la elite de terratenientes que gobernaba la Argentina desde 1862 de haberse enriquecido. Esto era cierto, pero también había enriquecido al país. En 1895 la renta per cápita argentina era comparable a la de Alemania, Holanda y Bélgica y superior a la de Austria, Italia, Noruega, España, Suecia y Suiza.58

La “oligarquía” había demostrado su flexibilidad estableciendo un diálogo que finalmente condujo a la UCR a la Casa Rosada. Yrigoyen, por otro lado, había adoptado fórmula simple para reunir a sus fieles detrás de él, una fórmula que sería imitada por Juan Domingo Perón décadas más tarde: Yrigoyen y la UCR simbolizaban la nación; la oposición, la “oligarquía”, su némesis. Su falta de voluntad para tolerar la disidencia se caracteriza mejor por un episodio que ocurrió cuando la Unión Cívica celebró su Convención Nacional en enero de 1891: cuando algunos de los delegados nominaron a Bartolomé Mitre para la presidencia, Yrigoyen se opuso y le dijo a Aristóbulo del Valle: “¿Cómo? ¿Quiere que me haga mitrista? ¡Esto sería lo mismo que pedirme que me haga brasileño!”. Mitre era un expresidente, miembro destacado de la generación de 1837 y un distinguido historiador. En palabras de Félix Luna:

Era Mitre sin duda el primer ciudadano de la República. Su personalidad revestía un simbolismo casi místico (aire) de austeridad y pureza. No solo se lo apreciaba como estadista, sino que su labor en los campos de la historia, el periodismo y las letras le había rodeado de un prestigio que trascendía las fronteras.59

Alem bien observó que “Hipólito ni perdonaba ni olvidaba”. Su intransigencia causó cismas y deserciones dentro de la Unión Cívica. Debido a sus métodos dictatoriales, muchos de sus primeros simpatizantes abandonaron el partido, entre ellos Juan B. Justo, quien sería el fundador de Partido Socialista Argentino en 1896, y Lisandro de la Torre, quien estableció la Liga del Sur en 1897.

Una democracia requiere la participación de todos los partidos. El acuerdo político alcanzado en 1912 supuestamente reunió a conservadores y radicales para permitir la inclusión y la competencia pero, después de ganar las elecciones de 1916, Yrigoyen empleó su autoridad presidencial para excluir a la oposición política y privarla de sus bases de poder restantes. Esto no auguraba un futuro auspicioso para la democracia argentina.60

Notas

1 Arturo Capdevila, “Primera presidencia de Yrigoyen”, HAC (vol. l, 2.ª sección) pp. 248-249; José Ferrer, Las Fuerzas Armadas en la política argentina hasta 1930 (Ph. D. Dissertation, University of New Mexico) p. 95.

2 Manuel Gálvez, Vida de Hipólito Yrigoyen (Club de Lectores, Buenos Aires, 1983) pp. 27-26; Félix Luna, Yrigoyen (Sudamericana, Buenos Aires, 1988) pp. 15-32, 60-65. Yrigoyen poseía veinticinco leguas cuadradas (la legua cuadrada equivale a unas 944 hectáreas). David Rock, Politics in Argentina 1890-1930: The rise and fall of Radicalism (Cambridge University Press, 1975) pp. 52-53; Elena Piñeiro, Los radicales anti-personalistas: historia de una disidencia, 1916-1943 (disertación doctoral, Universidad Torcuato Di Tella, Buenos Aires, 2007) pp. 20-21.

3 Manuel Gálvez, Vida de Hipólito Yrigoyen, pp. 65-70.

4 Carlos Ibarguren, La historia que he vivido (Sudamericana, Buenos Aires, 1999) p. 337.

5 Severino Diéguez, Anarquista soy! Memorias de un militante anarquista (mimeo, Buenos Aires, 1981) pp. 38-42. Entrevista con Enrico Italo Navone, Buenos Aires, 6 de noviembre de 2005. Enzo Navone era un italiano naturalizado proveniente de Bassa Val Bisagno. Se unió al Partido Socialista unos días más tarde. Aunque Diéguez estaba totalmente de acuerdo con la plataforma socialista, no le gustaba la disciplina estructurada del partido, y halló al movimiento anarcosindicalista más a su gusto.

6 Carlos Ibarguren, La historia que he vivido, pp. 338-341.

7 Severino Diéguez, Anarquista soy!, pp. 11-14; Manuel Gálvez, Vida de Yrigoyen, p. 214; Ricardo Weinmann, Argentina en la Primera Guerra Mundial: neutralidad, transición política y continuismo económico (Biblos, Buenos Aires, 1994) p. 38.

8 Manuel Gálvez, Vida de Hipólito Yrigoyen, pp. 238-239.

9 Joel Horowitz, “Bosses and clients: Employment in the Buenos Aires of the Radicals, 1916-1930”, Journal of Latin American Studies (vol. 31, 1999) p. 643; Severino Diéguez, Anarquista soy!, p. 41. Según esta fuente, jóvenes maestras que llegaran acompañadas por sus madres o un miembro masculino de la familia no obtendrían empleo alguno. Carl E. Solberg, Oil and Nationalism in Argentina: A History (Stanford University Press, Stanford, 1979) pp. 52-53.

10 Raúl A. Molina, “Presidencia de Marcelo T. de Alvear”, HAC (vol. I, 2ª sección) pp. 309-323.

11 Abelardo Levaggi, “Historia del derecho argentino del trabajo”, Iustoria (revista electrónica, núm. 3, septiembre de 2006, Buenos Aires) pp. 31-32.

12 Raúl Castagnino, “La vida literaria argentina entre 1916 y 1930”, HAC (vol. 2, 2.ª sección) p. 143; Abelardo Levaggi, “Historia del derecho argentino del trabajo”, pp. 51-53; Sandra McGee Deutsch, Counterrevolution in Argentina, 1900-1932: The Argentine Patriotic League (University of Nebraska Press, 1986) p. 29; Severino Diéguez, Anarquista soy!, pp. 47-49.

13 Abelardo Levaggi, “Historia del derecho argentino del trabajo”, pp. 53-62. La ley 9.853, que extendió los mismos beneficios a los maquinistas ferroviarios, fue aprobada por el Congreso el 21 de junio de 1915 seguida en 1918 por la ley 10.690, que estableció fondos de jubilaciones para el resto del personal ferroviario. Los seguros sociales se establecieron en 1904 con la ley 4.339, que creó la caja de jubilaciones y pensiones de los empleados públicos. Le siguieron la creación de cajas jubilatorias por gremios en 1915, la caja de maquinistas de La Fraternidad (ley 9.653) en 1918, la ley 10.690 que cubría al resto del personal ferroviario, la caja de servicios públicos (ley 11.110) y en 1923 la caja de bancarios y empleados del seguro (ley 11.232). Luciana Anapios, “La ley de jubilaciones de 1924 y la posición del anarquismo en la Argentina”, Revista de Historia del Derecho (Buenos Aires, núm. 46, julio-diciembre de 2013) pp. 27-32. En 1923 el Congreso estableció una comisión bicameral para estudiar y desarrollar una ley nacional de jubilación. El proyecto fue presentado al Congreso y se aprobó como Ley de Jubilación 11.289 de 1924, pero después de una serie de huelgas instigadas por anarquistas y sindicalistas y la presión del sector de la gestión, fue derogada en 1926.

14 Alec G. Ford, El patrón oro 1880-1914: Inglaterra y la Argentina (Editorial del Instituto, Buenos Aires, 1966) pp. 298-305; Horacio J. Cuccorese, Historia económica financiera argentina: 1862-1930 (El Ateneo, Buenos Aires, 1966) pp. 90-94, 100-102.

15 Joseph A. Tulchin, “The Argentine economy during the First World War-I”, The Review of the River Plate (19 de junio de 1970) pp. 901-903; Joseph A. Tulchin, “The Argentine economy during the First World War- III”, The Review of the River Plate (10 de julio 1970) pp. 44-45; Carl E. Solberg, Oil and Nationalism in Argentina, pp. 25-27, John R. Bradley, Minerals Division, Fuel and Power in Latin America (US Department of Commerce, Bureau of Foreign and Domestic Commerce, Trade Promotion Series 126, United States Government Printing Office, Washington, 1931) pp. 62-63.

16 L. Brewster Smith, Harry T. Collings y Elizabeth Murphey, The Economic Position of Argentina during the War (Department of Commerce, Bureau of Foreign and Domestic Commerce, Miscellaneous Series 88, Washington DC, 1920) pp. 60-61, 96-97; Adolfo Dorfman, Historia de la industria argentina (Solar-Hachette, Buenos Aires, 1970) pp. 340-350. El petróleo proporciona 10.500 calorías por kilogramo, carbón 7.500 y el carbón de leña solo 2.265.

17 “Interview with Dipl. Eng. Helmuth Krieger, Mineola, New York, 11 July 2011”, in Carl E. Solberg, Oil and Nationalism in Argentina, pp. 27-28. Krieger recordaba que durante 1917-1925 barcos argentinos en aguas patagónicas ocasionalmente se detenían en Santa Cruz y laboriosamente extraían suficiente carbón para proveerse.

18 Paul H. Lewis, The Crisis of Argentine Capitalism (University of North Carolina, Chapel Hill, 1990) pp. 34-35; Adolfo Dorfman, Historia de la industria argentina, pp. 298-306, 328-337, 340-350; L. Brewster Smith, Harry T. Collings y Elizabeth Murphey, The Economic Position of Argentina during the War, pp. 67-69. Para las exportaciones no tradicionales durante la guerra, Ernesto Tornquist, El desarrollo económico de la República Argentina en los últimos cincuenta años (Buenos Aires, 1920) pp. 168-176.

19 Horacio J. Cuccorese, Historia económica financiera argentina, pp. 100-102.

20 Carl E. Solberg, Oil and Nationalism in Argentina, pp. 36-37.

21 David Rock, Politics in Argentina, pp. 129-131; Aurelio González Climent, Nicolás Mihanovich: su vida, su obra, sus barcos (Buenos Aires, 1988) pp. 50-51, 64-65, 234-243. Nicolás Mihanovich fue un inmigrante croata que entró en el negocio del transporte marítimo en la cuenca del río Paraná. En 1898 era propietario de la Sociedad Anónima de Navegación. Llegó a ser el principal magnate naviero de América del Sur, con una flota de casi doscientos buques, incluyendo buques de carga y pasajeros, remolcadores y barcazas. Frustrados sus intentos de hallar capital adicional para expandirse en la Argentina, en 1909 se asoció con el barón D’Erlanger, un aristócrata francés radicado en Londres que sugirió a Mihanovich la formación de una empresa angloargentina en la capital británica. La firma fue denominada The Argentine Navigation Company, una empresa que legalmente era británica y de capital inglés, pero económica y operativamente argentina. La compañía tenía un directorio en Londres y otro en Buenos Aires, con un capital de 2,1 millones de libras esterlinas. En 1916 operaba una flota de 324 buques, incluyendo vapores de pasajeros y carga, remolcadores y barcazas. En 1917 Mihanovich se retiró y vendió la compañía a inversores británicos.

22 Severino Diéguez, Anarquista soy!, pp. 35-38; David Rock, Politics in Argentina, pp. 182-183.

23 Sandra McGee Deutsch, Counterrevolution in Argentina, 1900-1932, pp. 64-65; David Rock, Polítics in Argentina, pp. 131-134; Joel Horowitz, “Bosses and clients: Employment in the Buenos Aires of the Radicals, 1916-1930”.

24 Sandra McGee Deutsch, Counterrevolution in Argentina, 1900-1932, pp. 69-70; Paul B. Goodwin, Los ferrocarriles británicos y la UCR, 1916-1930 (La Bastilla, Buenos Aires, 1974) pp. 288-289.

25 David Rock, Politics in Argentina, pp. 152-154; Severino Diéguez, Anarquista soy!, pp. 35-39. La Rusia zarista en ese momento incluía partes de Polonia, Letonia y, por supuesto, a un buen número de judíos. Dado que todos llegaron bajo pasaportes rusos, los funcionarios de inmigración argentinos simplemente enumeraron su nacionalidad como “ruso”, término que también se aplicaba a los judíos por esa razón.

26 Ysabel F. Rennie, The Argentine Republic (The Macmillan Company, Nueva York, 1945) pp. 214-215; Dionisio Petriella y Sara Sosa Miatello, Diccionario biográfico ítalo-argentino (Asociación Dante Alighieri, Buenos Aires, 1976) pp. 690-691, W. W. Ewing, comisionado comercial, Construction Materials and Machinery in Argentina and Bolivia (Department of Commerce, Bureau of Foreign and Domestic Commerce Special Agent Series 188, Government Printing Office, Washington, 1920) pp. 71-73; Donna J. Guy, “La industria argentina, 1879-1940: mercado de acciones y capitalización extranjera”, Desarrollo Económico (vol. 22, núm. 87, 1982) pp. 364-365; “Interview with Dipl. Eng. Helmuth Krieger, Mineola, New York, 11 July 2011”, in Carl E. Solberg, Oil and Nationalism in Argentina, pp. 27-28. Al no lograr capital para su expansión en Buenos Aires, la firma lo hizo en el mercado londinense, apareciendo así legalmente como una empresa británica, y de hecho tenía directorios y administración con sede en Londres, pero el poder de decisión recayó en la familia, de ahí que la firma fuera, de facto, todavía argentina. Según Krieger, la firma había diseñado y construido un horno Siemens Martin con una capacidad de 150 toneladas y un tren laminador. Los talleres Vasena comenzaron a competir contra TAMET, parte del Grupo Tornquist. A principios de la década de 1920, Vasena se declaró en bancarrota y sus plantas y equipos se incorporaron a la organización TAMET existente.

27 Ysabel F. Rennie, The Argentine Republic, p. 215; David Rock, “Lucha civil en La Argentina”, Desarrollo Económico (vol. 11, núm. 42, 43 y 44, 1971-1972) pp. 165-215; Severino Diéguez, Anarquista soy!, pp. 45-51. Pocos de los trabajadores estaban armados y la mayoría de sus armas eran revólveres Velodog de pequeño calibre utilizadas por los ciclistas contra los ataques de perros. Navone y algunos de los otros, según el nieto de Diéguez, llevaban revólveres Lefaucheux antiguos.

28 Sandra McGee Deutsch, Counterrevolution in Argentina, pp. 74-75; Nicolás Babini, “La Semana Trágica: pesadilla de una siesta de verano”, Todo es Historia (núm. 5, 1967) pp. 8-20; David Rock, Politics in Argentina, pp. 176-178.

29 Manuel Gálvez, Vida de Hipólito Yrigoyen, p. 303; Ricardo Weinmann, La Argentina en la Primera Guerra Mundial, p. 88; entrevistas con el coronel José L. Picciuolo y el teniente coronel Carlos R. Doglioli, del Ejército Argentino, 2 y 4 de noviembre de 2005 en Buenos Aires.

30 Osvaldo Bayer, La Patagonia Rebelde (Nueva Imagen, Ciudad de México, 1980) pp. 31-32, Ernesto Tornquist, El desarrollo económico de la República Argentina en los últimos cincuenta años, p. 165.

31 Severino Diéguez, Anarquista soy!, pp. 71-72; Osvaldo Bayer, La Patagonia Rebelde, pp. 36-40.

32 Osvaldo Bayer, La Patagonia rebelde, pp. 21-29.

33 Severino Diéguez, Anarquista soy!, pp. 72-73; Osvaldo Bayer, La Patagonia rebelde, pp. 53-58.

34 Osvaldo Bayer, La Patagonia rebelde, pp. 59-63.

35 La Liga Patriótica Argentina fue un grupo paramilitar nacionalista, creado oficialmente en Buenos Aires el 16 de enero de 1919, durante los trágicos eventos de la semana. Presidida por Manuel Carlés, profesor del Colegio Militar y de la Escuela Superior de Guerra, también contó entre sus miembros al diputado Santiago G. O’Farrell. La Liga se fusionó con la Legión Cívica Argentina en 1931. La Liga Patriótica Argentina formó parte de un movimiento mayor.

36 Osvaldo Bayer, La Patagonia rebelde, pp. 91-92, 96-102; entrevistas con el coronel José L. Picciuolo y el teniente coronel Carlos R. Doglioli, del Ejército Argentino, 2 de noviembre de 2005 en Buenos Aires; Severino Diéguez, Anarquista soy!, pp. 73-74, James R. Scobie, Buenos Aires Plaza to Suburb: 1870-1910 (Oxford University Press, Nueva York, 1974) p. 240.

37 Osvaldo Bayer, La Patagonia rebelde, pp. 102-103.

38 Severino Diéguez, pp. 73-74; James R. Scobie, Buenos Aires Plaza to Suburb, p. 240.

39 Osvaldo Bayer, La Patagonia rebelde, pp. 322-328.

40 Alain Rouquié, Poder militar y sociedad política en la Argentina (Emecé, Buenos Aires, 2 vols., 1981) vol. 1, p. 149, carta de Manuel Seaone a Severino Diéguez, Buenos Aires, 8 de octubre de 1972. Seaone asistió al Congreso durante estos sucesos. En rechazo por la reacción oficial, renunció poco después.

41 Gabriel del Mazo, El radicalismo: ensayos sobre su historia (Gure, Buenos Aires, 2 vols., 1957-1959) vol. 1, pp. 208-209.

42 Joel Horowitz, Argentina’s Radical Party and Popular Mobilization: 1916-1930 (State University of Pensilvania, University Park Pennsylvania, 2008) pp. 140-144; Alain Rouquié, Poder militar y sociedad política en la Argentina, vol. 1, p. 149.

43 David Rock, Politics in Argentina, pp. 202-203.

44 Al concluir una reunión del partido radical, en voz alta, Alem comentó que Yrigoyen era “la fuerza política más poderosa que había conocido porque carecía de escrúpulos”. Lisandro de la Torre observó que el hombre que vio en silencio el fracaso de Alem y la caída fue su sobrino. Bajo su ropa negra y su manera taciturna, de sus repetidas renuncias a toda ambición personal, bajo sus lágrimas frecuentes y fáciles, Yrigoyen era intrigante, engañoso, ambicioso. Manuel Gálvez, Vida de Hipólito Yrigoyen, p. 111; Ysabel F. Rennie, The Argentine Republic, p. 194.

45 Carlos Escudé, Realismo periférico: fundamentos para la nueva política exterior argentina (Planeta, Buenos Aires, 1992) p. 241; Carlos Escudé, La Argentina: ¿paria internacional? (De Belgrano, Buenos Aires, 1984) pp. 60-61 He combinado elementos de ambas obras en aras de la brevedad.

46 Ricardo Weinmann, La Argentina en la Primera Guerra Mundial, pp. 65-66; Ingo Jomenesch, “Vicente Almandos Almonacid: Einini Argentenische Luft-As des Ersten Weltkrieges”, Pucará (serie 2, vol. 11, 1991) pp. 7-9, André Louis Maurois, “Vicente Almandos Almonacid: el Cóndor Riojano”, Pucará (serie 2, vol. 11, 1991) pp. 11-14. El total incluía a muchos argentinos hijos de de inmigrantes, así como residentes nacidos en el extranjero. La parte del león (40.000 personas) sirvió con las Fuerzas Armadas italianas.

47 Pablo E. Arguindeguy y Horacio Rodríguez, Las fuerzas navales argentinas: historia de la flota de mar (Instituto Browniano, Buenos Aires, 1995) p. 71. Para más detalles de la entente entre Brasil y Estados Unidos, ver Bradford E. Burns, The Unwritten Alliance: Rio Branco and Brazilian-American relations (Columbia University Press, Nueva York, 1966).

48 Ricardo Weinmann, La Argentina en la Primera Guerra Mundial, pp. 67-70; Bradford E. Burns, The Unwritten Alliance, pp. 72-73; La Argentina y las firmas norteamericanas (Sociedad Americana, Buenos Aires, 1958) pp. 51-54.

49 Robert M. Grant, U-Boats Destroyed (Putnam & Co. Ltd., Londres, 1964) pp. 21-22, 41-42; Harold F. Peterson, Argentina and the United States, 1810-1960 (State University of New York, Albany, 1964) pp. 308-312.

50 Frederick B. Pike, Chile and the United States: 1880-1962: The emergence of Chile’s social crisis and the challenge to United States diplomacy (University of Notre Dame Press, Notre Dame, 1963) pp. 54-55. El término “las potencias del ABC” fue empleado por vez primera durante conferencia celebrada en Niagara Falls, Nueva York, cuando la Argentina, Brasil y Chile mediaron entre Estados Unidos y México. Harold Peterson, Argentina and the United States, pp. 326-338; Joseph A. Tulchin, La Argentina y los Estados Unidos: historia de una desconfianza (Planeta, Buenos Aires, 1990) pp. 110-112, Manuel Gálvez, Vida de Hipólito Yrigoyen, pp. 270-274.

51 Ricardo Weinman, La Argentina durante la Primera Guerra Mundial, pp. 118-119; Harold Peterson, Argentina and the United States, pp. 316-319, 353; Thomas F. McGann, Argentina, the United States and the Interamericana System:1880-1914 (Harvard University Press, Cambridge, 1957) pp. 111-114; Manuel Gálvez, Vida de Hipólito Yrigoyen, pp. 340; Félix Luna, Yrigoyen, pp. 292-293; Aurelio González Climent y Anselmo González Climent, Historia de la Marina Mercante Argentina (Buenos Aires, 20 vols., 1972-1973) vol. 4, pp. 130-131. Doce buques alemanes quedaron internados en puertos argentinos, Arguindeguy, Apuntes sobre los buques de la Armada Argentina Argentina (Comando en Jefe de la Armada, Secretaría General Naval, Departamento de Estudios Históricos, Serie B, Historia Naval Argentina, Buenos Aires, vols. 1-7, 1972) vol. 5, pp. 2294-2298. El Bahía Blanca era un vapor de 18.500 toneladas de desplazamiento atracado en Puerto Madryn al comenzar las hostilidades. Fue adquirido por la Armada Argentina en 1917 por la suma de 495.000 libras esterlinas.

52 La Dirección General de Minas Geología y Orografía fue un organismo dependiente del Ministerio de Agricultura establecido en 1904. Enrique Mosconi, El petróleo argentino (AGEPE, Buenos Aires, 2 vols., 1958) vol. 1: pp. 32-36; Carl E. Solberg, Oil and Nationalism in Argentina, pp. 7-8, 11-14, 109-110; James R. Scobie, Buenos Aires: Plaza a suburb, 1870-1910 (Oxford University Press, Nueva York, 1974) pp. 72n, 74, 80-86. Graduado de la Universidad de Buenos Aires, Huergo diseñó una red de canales para elevar el nivel del río Salado en la provincia de Córdoba. Mientras estaba en comisión en Inglaterra, diseñó 120 puentes ferroviarios y el puerto para la ciudad de San Fernando. Huergo cofundó la Sociedad Científica Argentina en 1872 y el Instituto Geográfico Argentino, en 1879. Enseñó en la recién creada Escuela de Matemáticas de la Universidad de Buenos Aires durante 1874-1881, hasta que fue nombrado decano. Entre sus muchos otros logros, en 1907 Huergo diseñó el Puerto Nuevo de Buenos Aires.

53 Para más detalles de las huelgas mineras de carbón en Gran Bretaña, véase Bob Holton, British Syndicalism 1900-14: Myths and Realities (Pluto Press, Londres, 1976); Carl E. Solberg, Oil and Nationalism in Argentina, pp. 10-21.

54 Pablo F. Arguindeguy y Horacio Rodríguez, Las fuerzas navales argentinas, pp. 178-180; Pablo E. Arguindeguy, Apuntes sobre los buques de la Armada, vol. 5, pp. 2294-2298, 2309-2321. El Ministro Ezcurra fue el primer petrolero de la Armada que podía transportar 2.000 metros cúbicos de petróleo. Enrique Mosconi, El petróleo argentino, vol. 1, pp. 26-27; Carl E. Solberg, Oil and Nationalism in Argentina, pp. 20-21, 57-58; Enrique Mosconi, Dichos y hechos (El Ateneo, Buenos Aires, 1938) p. 152.

55 Enrique Mosconi, El petróleo argentino, pp. 48-50; Marcos Kaplan, “Política del petróleo durante la primera presidencia de Yrigoyen: 1916-1922”, Desarrollo Económico (vol. 12, núm. 45, 1972) pp. 9-12; George V. Rauch, Conflict in the Southern Cone: The Argentine military and the boundary dispute with Chile: 1870-1902 (Praeger, Westport, 1999) pp. 147-148; Carl E. Solberg, Oil and Nationalism in Argentina, pp. 42-47, 60-67; Paul B. Goodwin, “The politics of rate-making: The British-Owned Railways and the Unión Cívica Radical, 1921-1928”, JLAS (vol. 6, núm. 2, 1974) p. 253.

56 Paul B. Goodwin, Los ferrocarriles británicos, p. 289; Carl E. Solberg, Oil and Nationalism in Argentina, p. 57; Peter H. Smith, “Los radicales argentinos y la defensa de los intereses ganaderos: 1916-1930”, Desarrollo Económico (vol. 7, núm. 25, 1967) pp. 799-804; Adolfo Dorfman, Historia de la industria argentina, pp. 349-350.

57 Jorge A. Mitre, “Presidencia de Victorino de la Plaza: su gestión presidencial”, HAC (vol. 1, 2.ª sección, 1963) pp. 236-239; Peter G. Snow, Argentine Radicalism: The history and doctrine of the Radical Civic Union (Universidad de Iowa Press, Iowa City, 1966) pp. 31-32; David Rock, Politics in Argentina, p. 114.

58 Geoffrey Jones y Andrea Lluch, Ernesto Tornquist: Making a fortune in the Pampas (Harvard Business School Harvard Business School Publishing, Boston, 2008) pp. 1-2; Carlos Díaz Alejandro, Essays on the Economic History of the Argentine Republic (Yale University Press, New Haven, 1970) p. 2.

59 Félix Luna, Yrigoyen, p. 98; Smith, “Los radicales argentinos y la defensa de los intereses ganaderos: 1916-1930”, pp. 796-797.

60 Ysabel F. Rennie, The Argentine Republic, p. 192; Joel Horowitz, Argentina’s Radical Party, p. 62; Eduardo Alemán y Sebastián Salegh, “Political realignment and democratic breakdown in Argentina: 1916-1930”, Sage Publications Journal (vol. 20, núm. 6, 2012) pp. 1-6.

CAPÍTULO 2
Marcelo T. de Alvear en la Casa Rosada

A pesar de sus evidentes fracasos, Yrigoyen aún controlaba la bien aceitada máquina partidaria, y un amplio sector de la clase obrera todavía lo apoyaba. Merced a sus frecuentes intervenciones, el radicalismo ejercía un dominio casi absoluto en las provincias. Por lo tanto, confiaba en una victoria arrolladora de la UCR en las próximas elecciones presidenciales. Sin embargo, el artículo 74 de la Constitución Argentina limitaba al presidente a un mandato de seis años y solo podía ser reelegido después de un intervalo equivalente. Yrigoyen, por lo tanto, requería como sucesor a alguien de bajo perfil sin un gran atractivo carismático o un gran apoyo popular, pues así no representaría una seria amenaza para él. Alguien que, llegado el momento, le entregara la presidencia. Astutamente, el viejo caudillo eligió a Marcelo T. de Alvear. Alvear, quien había sido electo a la Cámara de Diputados en 1912, provenía de una antigua familia patricia. Al ser electo en 1916, Yrigoyen le ofreció el Ministerio de Guerra. Cuando Alvear declinó esta oferta, lo designó embajador en París, cargo que ejerció durante 1917-1922.1

Cuando el período de Yrigoyen llegaba a su fin, las tensiones entre las filas radicales se intensificaron, y dentro de la UCR surgió un sector antipersonalista opuesto a Yrigoyen, a la corrupción administrativa, las intervenciones en las provincias, la interferencia en la administración militar, policial y pública, en la política electoral y en el uso de las Fuerzas Armadas como fuente de patrocinio político. Lo acusaban de crear un gabinete compuesto por hombres sin inteligencia, carácter o experiencia cuyo único atributo era su obediencia ciega; además de rendir pleitesía, de gratificar al proletariado e incitar a la guerra de clases. Algunos historiadores han afirmado que Alvear fue seleccionado como concesión a la elite terrateniente, otros han argumentado que señalaba el retorno de “la oligarquía” al poder. Ninguna de las dos interpretaciones aplicaba. Yrigoyen escogió a Alvear como sucesor razonando que, como Marcelo había pasado muchos años en el extranjero, carecía de magnetismo personal y de apoyo popular, por ende no sería un rival, sino alguien que “guardaría la presidencia para él”. En consecuencia, cuando Alvear completara su mandato, le entregaría debidamente el gobierno. Para la vicepresidencia, Yrigoyen escogió a Elpidio González, individuo que ciertamente no brillaba por su inteligencia, pero alguien en quien confiar. González fue ministro de Guerra durante 1916-1918, y luego jefe de policía de Buenos Aires. Manuel Gálvez lo describió como “un tipo tranquilo y de buen carácter sin ninguna aptitud conocida, salvo por una devoción perruna hacia el presidente”. Además, su elección le daría la oportunidad de intervenir en los nombramientos burocráticos.2

Alvear aún se hallaba en París cuando se propuso su candidatura. El viernes 10 de marzo de 1922 se convocó la convención del partido radical bajo la presidencia del doctor Francisco Beiró. El sábado 11 de marzo, como era costumbre, Yrigoyen visitó el café París, en la avenida de Mayo, donde habló con muchos delegados de la convención de la provincia de Buenos Aires. El domingo 12 se proclamó la fórmula Alvear-González. Yrigoyen calculó que Alvear sería fácil de controlar y planeó no solo ser el poder detrás del trono, sino también ejercer el poder real. La UCR emergió ganadora de las elecciones de 1922 con 47,75% del voto popular, y obtuvo asimismo la mayoría en la Capital Federal, Catamarca, Córdoba, Entre Ríos, Jujuy, La Rioja, San Luis, Santa Fe y Santiago del Estero. El día del traspaso del mando, el 12 de octubre de 1922, Yrigoyen le dijo a Alvear que quería firmar algunos decretos que había dejado sin rubricar. Con ese propósito en mente, formó un gabinete “bajo la mesa” en la casa de su exministro de Finanzas Domingo Salaberry, en la calle Córdoba. Desde esta base, tenía la intención de seguir dirigiendo el país hasta que “Elpidio [González] se hiciera cargo de la presidencia y derrocara a Alvear”. Los miembros de este gabinete de sombras otorgaban audiencias como si aún estuvieran en el poder. Sin embargo, Remigio Lupo alertó a Alvear de la conspiración. Alvear actuó rápidamente y logró abortar la conspiración. Partidario de la estricta observancia de la Constitución, el nuevo presidente detestaba el insensible desprecio demostrado por Yrigoyen por las leyes del país y la usurpación de autoridad que legítimamente pertenecía a otras ramas del gobierno.3

Las diferencias sociales y regionales jugaron un papel importante en el cisma más reciente dentro de la UCR. El sector antipersonalista representaba una fuerza claramente popular en la provincia de San Juan, donde la UCR era controlada por la elite tradicional. Lo mismo podría decirse de los radicales del sur de Córdoba, quienes albergaban serias dudas sobre la “justicia social” tan sui generis que profesaba Yrigoyen. Sin embargo, el gobernador de Tucumán Octaviano Vera, que apoyaba a los antipersonalistas, gozó de un gran apoyo popular.4

El gabinete de Alvear estaba compuesto por radicales antipersonalistas, a excepción del nuevo ministro de Obras Públicas, Eufrasio Loza, un yrigoyenista incondicional. El Ministerio del Interior fue confiado a José Nicolás Matienzo, un jurista ilustrado, profesor universitario y exmagistrado. Para el Ministerio de Hacienda fue elegido Rafael Herrera Vegas, para Relaciones Exteriores, Ángel Gallardo; para el Justicia y Educación, Celestino J. Marcó; para Agricultura, Tomás Le Breton, para el de Guerra el coronel Agustín P. Justo y para el de Infantería de Marina, el almirante Manuel Domecq García. Aunque Alvear dio a sus ministros total libertad de acción, solo Gallardo, Justo y Domecq García servirían durante todo el mandato.5

Ante la oposición de los yrigoyenistas, el nuevo gobierno deseaba establecer un modus operandi con los conservadores. A cambio de su cooperación, los conservadores querían poner fin a las intervenciones federales por decreto ejecutivo tan a menudo empleadas por Yrigoyen desde 1919 y su hábito de sancionar los gastos por decreto u otros medios encubiertos para proporcionar fondos con que subvencionar el patrocinio del que su gobierno tanto dependía. Ya que los antipersonalistas también querían poner fin a estas prácticas, no había dificultades para llegar a un acuerdo, algo que irritaba a los yrigoyenistas, que protestaban a viva voz por lo que consideraban “el contubernio”, un término acuñado y a menudo utilizado por Yrigoyen. Tal medida solo sirvió para demostrar una vez más la falta de voluntad de cooperación y del exclusivismo partidista que caracterizó a los personalistas.6

Ambas facciones radicales se enfrentaron en el Senado en diciembre de 1922, durante el proceso de confirmación de los miembros recién elegidos de Jujuy. La ausencia de varios senadores personalistas impidió el quórum. Cuando los radicales disidentes y los conservadores plantearon una moción para obligar a los senadores ausentes a comparecer en las cámaras, fueron bloqueados por el vicepresidente González. El senador Vicente Gallo, a su vez, planteó una moción para censurar a González.7

En octubre, los yrigoyenistas cuestionaron la elección del gobernador de Córdoba, el doctor Julio A. Roca. Estas elecciones se celebraron a pesar de la abstención de los personalistas. Con el fin de derrocar a Roca, Yrigoyen instruyó a sus fieles a solicitar una intervención federal. La moción fue sancionada por la Cámara de Diputados y transmitida al Senado en marzo de 1923. En la apertura de las sesiones legislativas de ese año Alvear decidió esperar la decisión del Congreso.8

La economía

En el período inmediato de la posguerra, la demanda europea de la clase de productos agrícolas y ganaderos que la Argentina exportaba disminuyó, lo que repercutió negativamente en los precios de estos productos básicos, como se ve en los cuadros 2.2 y 2.3. Al mismo tiempo, se reanudó la demanda insatisfecha de equipos de capital y repuestos, así como de otros artículos no disponibles durante los años de guerra. La balanza comercial desarrolló un grave déficit por un total de 79.993.202 de pesos de oro acumulado entre 1921 y 1923, como se puede ver en el cuadro 2.5. El arduo proceso que el Congreso exigía para aprobar el presupuesto agitó a la opinión pública. Durante junio y julio de 1923, en una serie de artículos La Nación y La Prensa, los principales diarios de Buenos Aires, criticaron las políticas económicas del gobierno aconsejando moderación en el futuro. Con el fin de reducir el déficit presupuestario, el gobierno pidió al Congreso que aumentara todos los aranceles en 80%. Sin embargo, el partido radical estaba dividido sobre la cuestión arancelaria. La Comisión de Presupuesto reclamó un aumento de solo el 25%, junto con la reducción de tarifas a productos de primera necesidad. Sin embargo, el gobierno solicitó un incremento en las tarifas aduaneras del 60%. Dado que querían mantener bajos los precios de los alimentos básicos y otros productos en beneficio de las clases medias y trabajadoras, la mayoría de los radicales y socialistas votaron en contra de los nuevos aumentos arancelarios y, en cambio, aprobaron un aumento de todos los derechos específicos en 25%. Incapaz de evitar que el Congreso aprobara un presupuesto por 670 millones de pesos en papel que había solicitado a 1.000 millones, el ministro de Hacienda dimitió el 24 de septiembre, y fue reemplazado por el más severo Víctor M. Molina el 9 de octubre. Mientras tanto, el gobierno trabajó en varias soluciones innovadoras para corregir la situación económica, la primera de las cuales era un impuesto sobre la renta. El 20 de junio de 1924, en un discurso ante el Congreso, Alvear subrayó la necesidad de modificar el anticuado sistema tributario de la nación heredado del gobierno del Virreinato, basado exclusivamente en los impuestos aduaneros. Era necesario unificar y simplificar los impuestos internos para evitar superponer los impuestos provinciales. Además, subrayó la importancia de reabrir el Fondo de Conversión, volviendo así al patrón oro.9

A comienzos de 1925 el mercado, y especialmente los bancos, sufrían una escasez de efectivo fácilmente disponible. Los funcionarios del Banco Nación querían resolver esta crisis empleando activos del Fondo de Conversión y hacienda mediante nuevas emisiones, pero Medina simplemente se negó a inundar el país con monedas espurias. En cambio, de acuerdo con los decretos promulgados durante febrero y marzo, propuso emitir una emisión respaldada por el oro depositado en ciertas legaciones y en el Banco Nación, un total de 30.959.800 pesos oro. Una vez logrado esto, se autorizó una emisión de pesos m$n 70.135.911.10

Un decreto de 12 de mayo de 1925 autorizó la reapertura del Fondo de Conversión; gracias a una política fiscal sólida, el gobierno podía presumir de un superávit de 50.400.000 de pesos m$n durante 1923 y 1927. El Fondo de Conversión aumentó a 477.582.406 de pesos oro en 1927, mientras que los depósitos de oro en el Banco Nación ahora se situaron en 30.000.000 de pesos oro.11

YPF bajo Alvear

Durante el primer mandato de Yrigoyen, debido a su interferencia y la de los miembros de su gabinete YPF fue una agencia estatal desorganizada plagada de corrupción.

Consideradas su brillante carrera diplomática y experiencia, Alvear inspiró confianza en la comunidad diplomática. Los círculos empresariales extranjeros en Buenos Aires consideraron el desarrollo de la industria petrolera nacional una cuestión de la más alta prioridad. Como resultado, varias firmas estadounidenses establecieron filiales argentinas. Sin embargo, si las compañías petroleras extranjeras esperaban un cambio en la política del nuevo presidente que significara nuevas concesiones, pronto se decepcionarían. Para revitalizar YPF Alvear eligió al coronel Enrique Mosconi, un ingeniero militar especializado. Temprano defensor de la industrialización, Mosconi actuó brillantemente como director del Arsenal del Ejército y más tarde, en 1921, como director del Servicio Aeronáutico del Ejército. Agustín P. Justo, ministro de Guerra, quien era asimismo ingeniero civil y militar, lo recomendó a Alvear. Bajo Mosconi YPF se convirtió en una agencia autónoma del gobierno y en un símbolo de la independencia económica argentina.12

En febrero de 1923, después de una evaluación concienzuda de YPF, Mosconi envió un informe detallado en el que identificó claramente las muchas deficiencias incurridas, así como un plan organizativo. Después de leer el informe de Mosconi, Alvear respondió emitiendo un decreto de fecha 23 de abril de 1923 que le dio autonomía administrativa a la empresa, aunque todavía bajo el Ministerio de Agricultura. Alvear nombró una comisión administrativa de seis hombres presidida por un director general y Enrique Mosconi fue seleccionado para el puesto.13

Poco después de hacerse cargo de YPF, Mosconi presentó un plan en virtud del cual se sometería a una importante reorganización, y a un incremento del suministro de agua para Comodoro Rivadavia y de buques-tanque, mediante la incorporación de dos nuevos buques. Se construyeron nuevas instalaciones de almacenamiento de petróleo cerca de los yacimientos petrolíferos y en las principales ciudades, comenzando con la construcción de tres tanques de almacenamiento de petróleo de 10.000 toneladas cada uno en Dock Sud, en el puerto de Buenos Aires, y otros en Rosario y Concepción del Uruguay. También pidió la adición de una planta de topping (la refinería más simple diseñada para preparar materias primas para la fabricación petroquímica o para la producción de combustible industrial) a la pequeña refinería existente en Comodoro Rivadavia, y la mejora de las capacidades de carga y descarga mediante una segunda vía de ferrocarriles de trocha angosta al muelle existente. La planta de energía existente se modernizó y amplió para proporcionar la electricidad necesaria para las nuevas máquinas de bombeo introducidas. Más importante aún, el plan requería una refinería.

Cuadro 2.1. Deuda nacional argentina, 1916-1928

(millones, pesos papel)


Año Deuda consolidada Deuda flotante Deuda total
1916 1.242 428 1.670
1918 1.314 571 1.885
1920 1,257 484 1.742
1922 1.294 789 2.083
1924 1.523 750 2.273
1925 1.743 504 2.248
1926 1.845 517 2.363
1927 2.155 453 2.669
1928 2.225 465 2.690

Fuente: Elena Salerno y Andrés Regalsky, “Mercados de capitales, desarrollo ferroviario y endeudamiento público en los Ferrocarriles del Estado, 1916-1928”, in Jorge Schvarzer, Andrés Regalsky y Teresita Gómez (eds.), Estudios sobre la historia de los ferrocarriles argentinos (Universidad de Buenos Aires, Buenos Aires, 2003) p. 168.

Cuadro 2.2. Gastos gubernamentales, 1916-1924

(millones de pesos papel)


Año Entradas Gastos Balance
1913 370 403 -32
1916 255 384 -129
1917 254 389 -135
1918 354 421 -86
1919 410 427 -17
1920 559 487 -72
1921 466 560 -94
1922 463 614 -151
1923 542 632 -89
1924 594 671 -77

Fuentes: Elena Salerno y Andrés Regalsky, “Mercados de capitales, desarrollo ferroviario y endeudamiento público en los Ferrocarriles del Estado, 1916-1928”, p. 161.

Cuadro 2.3. Promedio de precios para cereales, 1918-1923

(pesos papel)


Año Trigo Lino Maíz
1918 12,90 23,59 5,86
1919 14,53 25,56 7,25
1921 20,95 24,71 9,08
1922 16,21 17,20 8,56
1923 12,42 19,69 8,04
1924 11,70 21,25 8,81

Fuente: Horacio J. Cuccorese, Historia económica financiera argentina, 1862-1930 (El Ateneo, Buenos Aires, 1966) p. 107.

Cuadro 2.4. Precio promedio para productos ganaderos , 1918-1923

(en pesos papel)


Año Vaquillonas Vacas Terneros Lana
1918 150.43 117.13 55.39 24.35
1919 181.25 142.26 79.56 17.45
1920 171.82 146.17 86.03 13.48
1921 130.78 97.39 50.92 5.98
1922 84.68 53.28 32.66 7.99
1923 85.86 51,26 31.71 12.68

Fuente: Horacio J. Cuccorese, Historia económica financiera argentina, 1862-1930, p. 10.

Cuadro 2.5. Intercambio comercial argentino, 1920-1927

(pesos papel)


Año Exportaciones Importaciones Balanza de pagos
1920 1.044.083.370 934.967.669 +109.117.671
1921 671.129.920 749.533.697 -78.409.277
1922 676.068.289 689.645.471 -13.633.182
1923 771.361.262 868.430.096 -97.068.834
1924 1.011394.582 828.709.993 +182.684.589
1925 867.929.882 876.847.666 -8.917.784
1926 792.178.322 822.496.497 -30.317.975
1927 1.099.325.088 836.610.598 +157.713.490

Fuente: Horacio J. Cuccorese, Historia económica financiera argentina: 1862-1930, p. 111.

Cuadro 2.6. Estado de los pozos petrolíferos en Comodoro Rivadavia, 1923-1929


Año Pozos de petróleo de gas Pozos Varios* Abandonados Total
1923 130 9 68 47 254
1924 175 6 88 53 322
1925 257 11 122 68 458
1926 353 20 136 77 586
1927 470 14 148 82 714
1928 604 12 152 92 860
1929 808 17 111 100 1.036

* Incluyen pozos en proceso de perforación, armados, etcétera.

Fuente: Enrique Mosconi, El Petróleo Argentino (AGEPE, Buenos Aires, 1958) p. 169.

Bajo una conducción sólida, eficiente y honesta, la producción de crudo en Comodoro Rivadavia aumentó constantemente, como se ve en el cuadro 2.6.14

Para reemplazar instalaciones insalubres, Mosconi se aseguró de que los trabajadores de los yacimientos petrolíferos tuvieran una vivienda adecuada. Se erigieron edificios permanentes de mampostería cerca de los campos petrolíferos. Las viviendas de los técnicos y trabajadores responsables de la exploración y perforación de pozos requeridos eran portátiles. Por consiguiente, fueron adquiridas confortables casas prefabricadas de madera producidas por empresas privadas en Buenos Aires. El pan, un artículo de suma importancia, era bastante caro en Comodoro Rivadavia; para resolver el asunto, Mosconi ordenó la construcción de una panadería para abastecer al personal de YPF. Además, planeó y supervisó la construcción de una tienda de suministros, equivalente a sus similares en el Ejército de Estados Unidos, una capilla, un comedor que proporcionaba comidas nutritivas a precios accesibles y un dispensario. Estas comodidades y el suministro regular del agua y la electricidad requeridos hicieron la vida en Comodoro Rivadavia mucho más llevadera.15

La flota de buques petroleros de YPF fue complementada por un petrolero costero de 4.310 toneladas, el Ministro Lobos, que se sumó a la flota existente en junio de 1923, y dos buques cisterna oceánicos, el Florentino Ameghino de 10.278 toneladas entregado en 1925 y el Ministro Frers de 11.348 toneladas que arribó en 1927. Además, se incorporaron tres remolcadores de 500 toneladas, cinco barcazas con un desplazamiento de 250 a 550 toneladas y un barco piloto.16

La refinería de petróleo de La Plata

Cuando Mosconi fue designado director del Servicio Aéreo del Ejército en agosto organizó la primera unidad de combate, el Grupo Aéreo 1, promovió la expansión de los talleres en El Palomar y alentó vuelos de formación por todo el país no solo para entrenar a los pilotos, sino para establecer la creación de rutas aéreas pioneras que en un futuro próximo serían atendidas por aerolíneas civiles. En agosto de 1922, cuando uno de estos vuelos de distancia estaba ya programado, se enteró de que la West India Company (WICO), la empresa que suministraba combustible al Servicio Aéreo, se negaba a vender a menos que el Ejército pagara por adelantado. Indignado, Mosconi irrumpió en las oficinas de WICO y se enfrentó a un joven estadounidense corpulento fumando un cigarro “de dimensiones extraordinarias”, quien le advirtió que tal procedimiento era la política de la compañía. Ofendido, Mosconi dejó esa oficina, resuelto a luchar por todos los medios legales contra los monopolios. Esta resolución se materializaría en la refinería de petróleo de La Plata que liberaría al Servicio Aéreo y a la nación de tales limitaciones.17

En un informe al ministro de Agricultura del 23 de febrero de 1923, Mosconi había propuesto aumentar la perforación para incrementar la producción (cuadro 2.6); también subrayó la necesidad de establecer una planta de topping que emprendiera la producción de gasolina y querosén. Este fue el germen de una idea que se materializaría en lo que eventualmente sería la refinería de petróleo de propiedad estatal en La Plata. Como consecuencia, el 22 de mayo se hizo una licitación para una planta capaz de refinar 2.000 toneladas de petróleo crudo al día y producir gasolina, querosén, gasoil y fueloil. Diez empresas se presentaron; seis europeas y cuatro americanas. El 17 de agosto, cuando las ofertas fueron evaluadas, Bethlehem Steel Corporation de Pensilvania fue declarada ganadora. Una vez aprobado el contrato, el gobierno autorizó a YPF a financiar la refinería a través del crédito y otorgó a YPF un préstamo de 14,2 millones de pesos papel en Notas del Tesoro, que Bethlehem Steel solo aceptó después de que Carlos Madariaga, miembro de la Comisión Administrativa, las garantizó con su fortuna personal. La suma fue posteriormente elevada por el gobierno a 24,9 millones de pesos. La refinería se ubicaría en Ensenada, una ciudad portuaria cerca de La Plata.18

Bethlehem Steel comenzó a trabajar en la refinería el 14 de enero de 1925 y la planta, aún incompleta, dio comienzo a sus operaciones el 23 de diciembre de ese año. Una vez terminada la construcción, según lo estipulado por contrato, personal de Bethlehem Steel operó la refinería hasta que el personal de YPF fue totalmente capacitado. Para formar a futuros técnicos, se ofrecieron cursos complementarios en la Escuela Industrial de la Nación. Cuando comenzó la producción en La Plata, en términos de capacidad total figuraba entre las diez mayores refinerías del mundo.19

Con el fin de satisfacer la creciente demanda de gasolina, Mosconi decidió aumentar la producción de esta. Por lo tanto, el 24 de mayo de 1927, la Comisión de Compras de YPF en Nueva York presentó licitaciones para una planta de topping capaz de refinar 1.800 metros cúbicos de crudo y producir gasolina, gasoil y utilizar el residuo para producir otros derivados del petróleo. Cuatro fabricantes presentaron ofertas y, con mucho, la más conveniente en términos de precio y fecha de finalización fue la ofrecida por la M. W. Kellogg Company, de Houston, Texas. Sin embargo, cuando comenzaron las negociaciones con Kellogg, Bethlehem Steel presentó una propuesta de equipo idéntico a un precio más conveniente y un tiempo de finalización más corto, y se le adjudicó el contrato. Para complementar esta refinería, en abril de 1929 se inauguró una fábrica de envases metálicos equipada con las máquinas más modernas disponibles con capacidad de mil latas de cinco galones por hora, así como un aserradero que producía cajas de embalaje para estos envases.20

En 1923 YPF comenzó a desarrollar un sistema nacional de distribución, comenzando con una pequeña gasolinera en la calle Brasil. A mediados de la década de 1920 producía gasolina de aviación, gasolina y querosén. En 1927 la refinería de Comodoro Rivadavia producía querosén, Agricol –un combustible especialmente creado para tractores agrícolas–, combustible diésel y lubricantes para motores. Finalmente, en 1929 se establecieron pequeñas refinerías en los campos petrolíferos Plaza Huincul (Neuquén) y en Salta.21

Mosconi y la lucha contra la Standard Oil

Cuando Mosconi se hizo cargo de YPF en 1922 la empresa poseía una flota de cuatro petroleros que desplazaban 21.560 toneladas, prácticamente no tenía infraestructura y valía 61,9 millones de pesos papel. En 1930 había siete buques que desplazaban 67.970 toneladas y nueve auxiliares con un desplazamiento combinado de 2.216 toneladas, varias refinerías y pueblos enteros fueron construidos en Comodoro Rivadavia y Caleta Olivia en Santa Cruz, Plaza Huincul en Neuquén y Campamento Vespucio en Salta, y tenía un capital agregado de 228,4 millones de pesos m$n (101,2 millones de dólares en ese momento), como se muestra en el cuadro 2.8. La WICO era una subsidiaria de Standard Oil establecida en 1902 para distribuir productos petrolíferos a través de América Latina. En ese momento, carente de una industria petrolera propia, la Argentina importaba el 95% de todos sus requerimientos de petróleo, y WICO era el principal proveedor. En 1911 WICO adquirió el control de la Compañía de Aceites de Campana, a la que renombró Compañía Nacional de Petróleo. Sin embargo, como la legislación argentina prohibía a las empresas extranjeras el uso del término “nacional”, llegó a ser conocida como la Compañía Nativa de Petróleo y construyó una pequeña refinería en Campana.22

Para 1916, WICO tenía un monopolio virtual, ya que proporcionaba el 95% de la gasolina y el 80% del querosén importado por la Argentina. La compañía fue objeto de escrutinio parlamentario en enero de 1917, cuando una coalición de conservadores y radicales criticó el impuesto existente sobre el querosén como una carga para las familias de clase trabajadora, y atacó a la empresa que trabajaba solo materiales importados. Para evitar el derecho de aduana sobre el querosén, WICO lo importó, así como también lubricantes y otros subproductos etiquetándolos como “petróleo crudo”, es decir, sin refinar.23

La Standard Oil Company, la empresa matriz de WICO, se había ganado una bien merecida y desagradable reputación en Colombia, México, Estados Unidos y Venezuela. En agosto de 1923 Francisco M. Uriburu, abogado de Standard Oil, un influyente político conservador y miembro de una de las familias más distinguidas de la elite provincial, y los señores Armstrong, Eskesen y Leith, que representaban a la Standard Oil, se reunieron con Adolfo Güemes, el gobernador de Salta. Querían obtener un contrato de la Legislatura provincial que concediera a esa empresa el derecho a buscar, explorar y desarrollar petróleo y petróleo por productos en 90.000 hectáreas de terreno gubernamental en toda la provincia. El proyecto se presentó el 12 de septiembre. El gobernador pidió veinticuatro horas para estudiar la propuesta. Después de consultar con el gobierno federal, Güemes negó la solicitud de la Standard Oil. La firma retiró su propuesta y se presentó directamente a la Legislatura.24

Con el fin de preservar los yacimientos petrolíferos de la nación, el 24 de enero de 1924 Alvear ejerció su prerrogativa ejecutiva mediante la promulgación de dos decretos que establecieron una enorme reserva estatal de petróleo de 33,5 millones de hectáreas para impedir que los especuladores lograran acceso a extensiones adicionales. En respuesta, la Dirección de Minas eliminó todas las peticiones adquiridas con fines especulativos. El gobernador de Salta, el mencionado Adolfo Güemes, era nieto de Martín Güemes, un venerado héroe de la guerra por la independencia y un radical que había lanzado un vasto programa de obras públicas financiado por el gobierno federal, incluyendo el ferrocarril de Huaytiquina que conectaba Salta con Chile. Desafortunadamente, las divisiones existentes dentro del partido radical permitieron a la Unión Provincial regresar al poder en 1925. Joaquín Corbalán, el nuevo gobernador, se opuso enérgicamente a lo que la elite local consideraba la injerencia del gobierno federal. Entretanto, Mosconi acusó a la Sandard Oil de monopolizar la zona petrolera de Salta en combinación con Leach Brothers, una firma británica que había adquirido unas 20.000 hectáreas de tierras petroleras potencialmente ricas en el distrito El Quemado de Salta.25

Mientras que Alvear estaba decidido a oponerse a la expansión de la Standard Oil en las provincias del noroeste, los gobernadores Joaquín Corbalán de Salta y Benjamin Villafañe Chaves de Jujuy estaban igualmente decididos a resistir las políticas de Alvear con todos los medios a su disposición. Ambos eran abogados experimentados con un amplio conocimiento del código minero y gozaban del apoyo de las familias patricias locales. Ambos también estaban ganando apoyo popular porque se creía ampliamente que las regalías pagadas por la Standard beneficiarían a sus provincias económicamente deprimidas. En nombre del gobierno, Mosconi contrarrestó ofreciendo a estas provincias regalías del 13% en lugar del 10% prometido por Standard Oil. Pero Corbalán y Villafañe persistieron obstinadamente en sus fines.26

La razón era bastante evidente. La Standard Oil había obtenido acceso en otros países a través de subterfugios y sobornos. Comprensiblemente molesto, Mosconi indicó las verdaderas intenciones detrás de bambalinas:

La Standard Oil obtuvo el apoyo de políticos, empresarios y funcionarios, como el señor Robustiano Patrón Costas, presidente del Senado provincial, el doctor Francisco Uriburu, senador provincial, y otros de esta tendencia política [que] son fervientes admiradores de la empresa extranjera a pesar de sus antecedentes nocivos, por el comportamiento indescriptible de la Standard Oil, servida por empleados, funcionarios corruptos y por políticos ignorantes, o por ambiciones bastardas vinculadas financieramente a esa empresa.27

Cuadro 2.7. Producción de petróleo en Comodoro Rivadavia, 1922-1930 (metros cúbicos)


Año YPF Firmas privadas Total
1922 343.910 106.610 450.520
1923 400.048 122.771 522.819
1924 544.367 182.211 726.578
1925 809.272 323.872 933.144
1926 720.243 492.245 1.212.488
1927 792.374 494.599 1.286.973
1928 811.931 491.156 1.303.087
1929 807.213 490.295 1.297.508
1930 721.592 448.128 1.169.719

Fuente: Enrique Mosconi, El petróleo argentino, pp. 95-96.

La Standard Oil en Bolivia

En 1921 la Standard Oil adquirió la concesión Richmond Levering y Braden Associates en los departamentos bolivianos de Chuquisaca, Santa Cruz y Tarija, aparentemente sin el conocimiento o el consentimiento del gobierno boliviano. El 22 de julio de 1922 se celebró un contrato entre el gobierno boliviano y la Standard Oil, en virtud del cual la empresa obtuvo concesiones para una superficie de 11 millones de hectáreas y el pago de regalías del 11%. La Standard Oil redujo rápidamente sus actividades y concentró sus operaciones en cuatro yacimientos petrolíferos: Bermejo, Camiri, Camindi y Sarandita. En 1924 logró hallar petróleo en Bermejo. La zona se extiende hacia el sur hasta el río Bermejo, que constituye la frontera con la Argentina. En 1928 ocho pozos estaban en funcionamiento y en 1931 se completaron dos pequeñas refinerías en Camiri y Sarandita. La producción de petróleo promedió 6.000 toneladas anuales durante 1930-1932. Dado que Bolivia era un país sin litoral, en 1925 Standard Oil solicitó permiso al gobierno argentino para construir un oleoducto desde Bolivia hasta la frontera con la Argentina. Para permitir que el petróleo boliviano llegara al Atlántico, se construiría un sistema de canales a lo largo del río Bermejo desde donde sería transportado a un puerto en el Paraná. El gobernador de Salta opinó que el gobierno argentino no debía negar tal solicitud.28

Sin embargo, no especificó quién emprendería la construcción del sistema de canales ni quién financiaría dicho proyecto. En 1927, el gobierno argentino rechazó la solicitud de la Standard Oil y elevó los aranceles aduaneros en el petróleo boliviano tan alto que las exportaciones se hicieron prohibitivas. Cuando sus esfuerzos para comercializar el petróleo boliviano fueron bloqueados, la Standard Oil tapó los pozos próximos al Bermejo y ajustó la producción para satisfacer las necesidades bolivianas. La política petrolera de Alvear fue notablemente exitosa y agresiva. Cuando asumió la responsabilidad de YPF, que estaba en ruinas bajo Yrigoyen, ella se convirtió en una empresa altamente rentable, económicamente viable y en rápida expansión.29

Cuadro 2.8. YPF: capital acumulado (millones pesos papel)


Año Capital
1922 61,9
1923 71,4
1924 83,0
1925 95,3
1926 110,2
1927 137,2
1928 166,2
1929 197,5
1930 228,4

Fuente: Enrique Mosconi, El petróleo argentino, p. 184.

Alvear y su gabinete

Yrigoyen escogió a hombres mediocres que podía dominar para formar su gabinete y sus dependencias y limitó aún más sus funciones por su interferencia constante. Sus ministros fueron elegidos no por sus talentos sino por su sumisión, y como observó un observador contemporáneo: “Algunos de ellos parecen haber sido ladronzuelos oportunistas, que hacían de las suyas mientras el sol brillaba”. Su gobierno tenía una desagradable reputación porque estaba plagado de corrupción de arriba a abajo, como afirma un astuto testigo ocular: “Con la única excepción, irónicamente, del propio Yrigoyen”.30

Yrigoyen se sentía incómodo en compañía de hombres vestidos de frac y sombreros de copa, hombres con uniformes y con títulos universitarios. A menudo optó por ignorar el consejo de los expertos. En su examen de la estructura económica y política argentina, Felix Weil registra un episodio característico. Yrigoyen llamó a los miembros de la Asociación de Exportadores de Granos antes de que él les ordenara (sic) que pagaran más por el trigo. Cuando un portavoz le respondió que la oferta y la demanda en el mercado mundial hacían imposible un aumento, Yrigoyen replicó:

No le creo. La ley de la oferta y la demanda es un viejo cuento de hadas. Sé con seguridad que pueden pagar más al agricultor si realmente ustedes quieren, y si no ya lo verán.31

En contraste directo con Yrigoyen, Alvear seleccionó hombres de talento, de probada capacidad como sus ministros y jefes de departamento, en quienes podía confiar para poner fin a la corrupción, el favoritismo político y la confusión administrativa que personificaba el gobierno de Yrigoyen. José Nicolás Matienzo, un distinguido jurista, fue nombrado ministro del Interior. Tomás Le Breton fue elegido para dirigir el Ministerio de Agricultura. Era un exembajador muy respetado en Estados Unidos y fue elegido senador por la capital en 1922. Aunque la Argentina era la nación más industrializada de América Latina, el sector textil y de la confección iban a la zaga de sus similares en Brasil y México. Durante la Primera Guerra Mundial, la escasez de materias primas obligó a algunos fabricantes textiles a reducir la producción. Le Breton alentó la colonización en la región del Chaco, supervisó la distribución de semillas gratuitas, promovió el asentamiento de inmigrantes y contrató a expertos estadounidenses en siembra de algodón para mejorar el producto. El área sembrada de algodón se expandió rápidamente de 15.615 hectáreas durante la temporada 1921-1922 a 22.604 en 1922-1923, 62.658 en 1923-1924, 104.515 en 1924-1925 y 110.058 en 1925-1926. La producción de algodón aumentó, en consecuencia, de 12.490 toneladas durante 1921-1922 a 24.290 en 1927-1928.32

En el Ministerio de Obras Públicas, Eufrasio Loza, el único radical personalista del gabinete, dimitió. Para reemplazarlo, en febrero de 1925 Alvear nombró a Roberto M. Ortiz, hijo de inmigrantes vascos españoles y exdiputado, que había trabajado como abogado corporativo para los ferrocarriles de propiedad británica. En agosto de 1924 Alvear lo nombró administrador general de Réditos. Ortiz conocía bien las triquiñuelas empleadas por las compañías ferroviarias de capital británico, un conocimiento que más tarde utilizaría para obligarlos a reducir sus tasas de flete y así beneficiar a los pequeños productores agrarios. Se gastaron casi 340 millones de pesos m$n en mejoras en los puertos de Buenos Aires, Mar del Plata, Quequén, Puerto Deseado, Comodoro Rivadavia y Bahía Blanca, y muelles en muchos puertos a lo largo de los ríos Paraná y Uruguay. Otros 200 millones se invirtieron en las obras de agua de la capital y las obras de riego en Río Negro. Nuevas presas fueron construidas en Las Maderas, Los Sauces, San Carlos, Potrero de Funes y Río Tercero. Además, se construyeron ramales ferroviarios que conectaban Córdoba a La Puerta, Formosa a Embarcación, Barranqueras a Metán, San Juan a Jáchal, entre otros, así como el edificio de la Oficina Central de Correos en el centro de Buenos Aires y numerosos hospitales y escuelas. Cuando Alvear asumió el cargo en 1922, indicó su voluntad de cooperar con los sindicatos ferroviarios, pero mientras Loza ocupaba el Ministerio de Obras Públicas, a pesar de varios decretos del gobierno, las compañías ferroviarias se negaron a conceder a sus trabajadores vacaciones anuales pagas y licencias por enfermedad. El gobierno intervino y las empresas finalmente acordaron pagar las licencias por enfermedad, pero no las vacaciones.33

Loza renunció a mediados de 1925 supuestamente por razones de salud, pero en realidad por escándalos relacionados con las condiciones de los Ferrocarriles del Estado, cuya deuda superaba los 141 millones de dólares. Su reemplazo, Roberto M. Ortiz, tuvo que abordar otro tema: las demandas de los trabajadores por salarios más altos. Las empresas se negaron a negociar un aumento con la Unión Ferroviaria (UF) indicando que negociarían directamente con los trabajadores. Gracias a la intervención de Ortiz durante 1925-1926, los ferrocarriles reconocieron a la UF y celebraron acuerdos que establecían condiciones y salarios que perduraron hasta la llegada de Perón en la década de 1940.34

Cuando los ferrocarriles de propiedad británica elevaron sus gastos de flete, los productores agrícolas se quejaron ante los ministerios de Obras Públicas y Agricultura. En respuesta, el gobierno intervino y pidió a las empresas que redujeran sus tarifas de flete, pero se encontraron con negativas en todos los ámbitos. Ortiz convocó a los gerentes generales de los ferrocarriles a su oficina y los hizo conscientes de la difícil situación de los productores causada por la caída del precio del trigo, la avena y el centeno en el mercado mundial. Los funcionarios de la compañía respondieron que no podían reducir los fletes, por lo que Ortiz les pidió que consideraran posibles maneras de ayudar a los productores. Los ferrocarriles ofrecían almacenar de forma gratuita estos cultivos en sus depósitos hasta el 31 de diciembre. Ortiz les agradeció la oferta, pero renovó su petición de tasas más bajas para el trigo transportado a distancias superiores a 150 kilómetros. Los funcionarios de la compañía prometieron considerar el asunto y la entrevista terminó. Las empresas dejaron el asunto en manos de sus abogados, pero no lograron convencer al gobierno argentino. A regañadientes, los ferrocarriles tenían que reducir sus tasas en 5% en distancias entre 150 y 200 kilómetros y 10% para mayores distancias. Además, se suprimió el aumento del 5% para el transporte de cereales permitido por la ley 10.650 para cubrir el costo de las jubilaciones y las pensiones ferroviarias. Las nuevas tasas estarían en vigor en 1926. Los abogados de las compañías ferroviarias lograron arrastrar el asunto a los tribunales hasta 1929, cuando Yrigoyen, quien había sido reelegido a la presidencia por segunda vez, rescindió la reversión de las tasas de flete impuestas por Ortiz.35

Alvear y las Fuerzas Armadas

Los militares estaban extremamente molestos por la interferencia disruptiva de Yrigoyen en los asuntos del Ejército; el presidente, ignorando los procedimientos establecidos, concedió ascensos a capricho. Además, a la urgente solicitud de nuevo equipo militar presentada por el coronel Eduardo Señorans, jefe del Estado Mayor del Ejército, Yrigoyen respondería invariablemente: “¡No se preocupe coronel, tengo excelentes relaciones con mis colegas de los países vecinos y mientras viva, no habrá peligro de conflicto con ellos!”.36

En un principio consideró al general de división José Félix Uriburu para el puesto de ministro de Guerra. Se trataba del oficial más prestigioso del Ejército Argentino: era muy bien considerado por las diversas misiones militares alemanas. Notorio germanófilo, Uriburu fue un defensor de la neutralidad durante la Primera Guerra Mundial. En 1922, mientras todavía estaba en París, el presidente electo Alvear se reunió con Marshall Joseph Joffre, comandante en jefe del ejército francés hasta 1916. Durante la conversación Joffre le hizo saber que la elección de Uriburu para el cargo de ministro de Guerra tendría posibles repercusiones en los países aliados.37

La Logia General San Martín, una sociedad militar secreta establecida en enero de 1921, no tenía una agenda política. El objetivo principal de sus miembros fundadores era precisamente el contrario: eliminar la política partidista que sus fundadores consideraban una amenaza para la disciplina del Ejército. La Logia determinó que el general Luis Dellepiane no debía ser elegido para el puesto de ministro de Guerra porque estaba demasiado cerca de Yrigoyen, al tiempo que defendía la candidatura de un oficial que no era uno de sus miembros, el coronel Agustín P. Justo, director del Colegio Militar de la Nación desde 1915.38

Alvear escogió al coronel Justo para ocupar el Ministerio de Guerra. El 2 de marzo de 1923 se estableció la Inspección General del Ejército y el teniente general José Félix Uriburu fue designado a su cargo. Nacido en julio de 1868 en una de las familias tradicionales de la elite de Salta, ingresó en el Colegio Militar de la Nación en marzo de 1885 y se graduó tres años más tarde con un excelente promedio. Fue destinado al Primer Batallón de Infantería y participó en la revuelta de 1890 dirigida por Leandro N. Alem. Como resultado, Uriburu fue dado de baja del Ejército, pero más tarde fue reinstalado a través de la influencia de su familia. En 1896 fue asignado a la Comisión de Demarcación que determinó los límites entre la Argentina y Chile. A finales de 1897 fue asignado al Arsenal de Guerra y a la rama de artillería, luego transferido al Estado Mayor. En 1900 se matriculó en la recién creada Escuela Superior de Guerra (ESG) y se graduó en enero de 1902. En marzo de ese año fue promovido mayor con un promedio sobresaliente. Se ofreció como voluntario para cursos de formación avanzada en Alemania. A su llegada fue enviado al regimiento de artillería alemán. Cuando regresó a la Argentina en 1905, fue ascendido a teniente coronel y luego como comandante del Octavo Regimiento de Caballería. En julio de 1907 fue designado director de la ESG y regresó a Alemania en noviembre del año siguiente. Ascendido a coronel en septiembre de 1909, se desempeñó como director de la ESG hasta septiembre de 1913, cuando fue ascendido a brigadier y luego reasignado al Estado Mayor. En enero de 1923 fue nombrado inspector general del Ejército. Dirigió las maniobras a gran escala celebradas en Córdoba durante 1925 y participó, en estrecha colaboración con el ministro de Guerra, en la redacción de la Ley de Armamento 11.266 promulgada en 1926. Luego fue nombrado vocal del Consejo Superior de Guerra y en mayo de 1929 se retiró del ejército luego de 43 años de servicio.39

Bajo la conducción de Justo y Uriburu, el Ejército inició un programa de reorganización con un gasto de 100 millones de pesos oro (96,5 millones de dólares). Se crearon tres brigadas de caballería independientes, y las cinco divisiones existentes se reorganizaron para reflejar las experiencias de la Gran Guerra en Europa. Se establecieron dos destacamentos de montaña en Mendoza y Salta, así como tres destacamentos de zapadores-ingenieros, tres destacamentos de zapadores, dieciocho secciones de comunicaciones y otras unidades auxiliares. El plan también contemplaba la modernización del material del Ejército y, lo que es más importante, sentar las bases de una industria armamentística, un ambicioso plan que preveía la construcción de plantas para producir pistolas, rifles, ametralladoras, equipos de comunicaciones, municiones de armas de infantería, proyectiles de artillería y aeronaves. El Ejército alcanzó un alto nivel de eficiencia demostrado en las maniobras anuales llevadas a cabo durante 1926-1928. En diciembre de 1927, estaba formado por 25.379 personas entre oficiales, suboficiales y tropas.40

Bajo el liderazgo del almirante Manuel Domecq García, la Marina también recibió una atención especial. En virtud de la ley 11.222 promulgada el 20 de noviembre de 1924 se autorizaron 9,5 millones de pesos oro para la modernización de los acorazados ARA Rivadavia y ARA Moreno entregados en 1915 y los cuatro destructores construidos bajo el programa de 1911. Durante 1925-1926 los acorazados fueron modificados con cambio del carbón por petróleo en astilleros americanos donde fueron instalados nuevos directores de control de tiro y, asimismo, la artillería fue modificada. Los cuatro destructores de 1911 sufrieron modificaciones similares en astilleros argentinos. A fines de 1926 el Congreso sancionó la ley 11.378 que asignó la suma de 75 millones de pesos oro para la construcción de tres cruceros ligeros, cinco destructores, seis submarinos, buques auxiliares, nuevas bases navales y aeronaves para el Servicio Aeronáutico Naval. Las Fuerzas Armadas argentinas eran más grandes, mejor entrenadas y alojadas que en cualquier otro momento en su historia. El agregado militar de Estados Unidos señaló que la nación en su conjunto estaba orgullosa de su Ejército y Marina, y quería que se mantuvieran en un alto nivel de eficiencia, lo suficientemente poderosos y grandes como para evitar cualquier acto de agresión de otras potencias y también para mantener su posición como la principal nación sudamericana.41

El cisma de 1924

Yrigoyen estaba confiado absolutamente en que podría continuar gobernando el país luego de la toma de posesión de Alvear. Pero una vez que se dio cuenta de que Alvear no iba a ser su títere, detrás de la escena el viejo caudillo que todavía estaba apoyado por la mayoría de los radicales hizo todo lo posible para obstaculizar la tarea de alguien que consideraba “su sucesor desagradecido”. Desde el comienzo del gobierno de Alvear, la división del partido radical entre una mayoría que seguía ciegamente los dictados de la imperiosa voluntad de Yrigoyen, conocida como “personalista”, y la minoría que se opuso a él, o “antipersonalista”, se intensificó gradualmente. Los antipersonalistas se opusieron no solo al abuso inconstitucional de Yrigoyen de su Poder Ejecutivo, sino al sistema desenfrenado de patrocinio que había implantado.42

La sesión legislativa de 1924 comenzó mal, un portento de cosas por venir. En la primera sesión, celebrada el 25 de junio, cuando el presidente presenta tradicionalmente lo que en Estados Unidos se conoce como “el estado de la nación”, Elpidio González, el vicepresidente de la República, llamativamente estaba ausente y Leopoldo Melo, el presidente provisional del Senado, tomaba su lugar. Melo anunció que el vicepresidente se ausentó “porque no quería presidir el acto en solidaridad con sus amigos políticos”, a saber, los yrigoyenistas. Este acto sin precedentes de absoluto desprecio por el presidente, el Congreso y toda la nación fue severamente criticado por diputados socialistas y conservadores. Una amarga lucha se trabó en el Congreso cuando los personalistas avanzaron una moción exigiendo la intervención federal en la provincia de Córdoba, gobernada por Julio A. Roca del Partido Demócrata Nacional o Conservador. Córdoba era un bastión conservador que Yrigoyen intentó sin éxito controlar durante su presidencia. Disgustado por las disputas internas en el seno del partido, Roca dimitió en febrero de 1924 pero su dimisión fue rechazada por la Legislatura provincial. Sin inmutarse, los personalistas exigieron la intervención federal de la provincia, pero se vieron frustrados por una alianza entre los antipersonalistas y los conservadores. En julio de 1924, el Senado rechazó la intervención propuesta.43

Sin embargo, el mandato de Roca estaba a punto de expirar y se programaron elecciones para nuevo gobernador. Yrigoyen juzgó a Córdoba de tal importancia que, contrariamente a su práctica habitual de evitar las apariciones personales, viajó a esa provincia para advocar por “la causa” y dirigir la campaña personalista. Muy a su pesar, el espíritu de disciplina partidario y unidad inculcado por Roca prevaleció y Ramón J. Cárcano fue electo gobernador de la provincia para el período 1925-1928.44

El retorno al patrón oro fue una buena nueva para los mercados de bolsa extranjeros. El peso argentino fue revaluado frente a la libra esterlina y el dólar estadounidense. En Gran Bretaña, The Financial News, The Times y The Westminster Gazette de Londres publicaron editoriales más favorables sobre la economía argentina. Cuando la noticia de la decisión del gobierno argentino de reabrir el Fondo de Conversión llegó a J. P. Morgan & Co. de Nueva York, los periodistas preguntaron qué créditos recibiría la Argentina, y la empresa respondió: “¡Ilimitados!”. Estos fueron años altamente prósperos en Estados Unidos también, y los banqueros de Nueva York prestaron 2 mil millones de dólares a varios países latinoamericanos de los cuales alrededor de 290 millones de dólares fueron para el gobierno argentino. Además, el gobierno español extendió al argentino un crédito de 100 millones de pesetas, parte de las cuales cubrirían la compra de dos destructores de construcción española para la Armada Argentina.45

En 1921 y 1922, con el fin de proteger al sector agrícola estadounidense, el Congreso de ese país promulgó nueva legislación que elevó los aranceles a la mayoría de los productos exportados por la Argentina. Sea por razones sanitarias o para evitar la competencia, esta medida excluyó efectivamente los productos argentinos de ingresar a Estados Unidos y no solo impidió el desarrollo de intercambio comercial entre ambos países, sino que reforzó los lazos económicos argentinos con el Imperio Británico. Sin embargo, la industria estadounidense estaba ansiosa por expandir su participación en el mercado argentino, que era el más rico de toda América Latina. Varias firmas estadounidenses establecieron filiales que comercializaban productos importados que con el correr del tiempo se convertirían en plantas industriales. Entre ellas se hallaban Colgate-Palmolive, General Motors, Chrysler, Otis Elevator, Williams Chemical & Medical, entre muchas otras.46

Alvear y los ferrocarriles de capitales británicos

Para el cargo de ministro de Obras Públicas ocupado previamente por Mosconi, Alvear seleccionó a Roberto M. Ortiz. Hijo de inmigrantes vascos, Ortiz era un abogado corporativo empleado por el Ferrocarril de Buenos Aires y el Pacífico (FBAP), pero cortó todos los lazos con los ferrocarriles al convertirse en concejal, antes de ser elegido diputado en el Congreso. Al ser nombrado ministro de Obras Públicas en febrero de 1915, se reunió con los líderes de La Fraternidad y la FOF, oyó detenidamente sus demandas y luego se reunió con representantes de las compañías ferroviarias británicas para aconsejarles lo que los trabajadores esperaban y lo que se debía conceder. Era “un infiltrado” que sabía cómo funcionaban las cosas y hasta qué punto los trabajadores tenían razón. Ortiz conocía el lado flaco de las compañías ferroviarias y los trucos empleados. Como vimos, a pesar de numerosas quejas de los productores rurales, los ferrocarriles habían aumentado sus tarifas. Cuando en agosto de 1925, el precio mundial del trigo, la avena y el centeno cayeron, Ortiz no solo obligó a los ferrocarriles a reducir sus tasas, sino a conceder a los productores almacenamiento libre para sus cultivos. Los ferrocarriles británicos culparon a los agitadores socialistas por el creciente resentimiento hacia el capital extranjero. Sin embargo, la prensa británica anunció que las nuevas líneas serían completadas por el Ferrocarril del Oeste en 1927, mientras que el Central Buenos Aires y el Pacífico habían construido varios ramales en San Juan y Mendoza. En septiembre, el Congreso autorizó al Gran Sur a construir 464 kilómetros de ramales en la provincia de Buenos Aires, desde Azul, e incluso los que unían Tres Arroyos con Bahía Blanca, con un costo estimado de 6.000.000 de libras, mientras que el Central Argentino aguardaba la aprobación por el Congreso de un plan de expansión que agregaría más de 800 kilómetros a su red ferroviaria. El Central también anunció planes para la electrificación de sus líneas suburbanas de Maldonado a Villa Ballester y desde el cruce de Coghlan a Tigre.47

Para determinar si las tarifas de flete existentes eran equitativas, Ortiz nombró a Manuel E. Castello, exdirector de la Administración General de Ferrocarriles del Estado (AGFE), para determinar si los beneficios obtenidos por los ferrocarriles superaban el 6,8% establecido por la Ley Mitre. Las conclusiones a las que llegó Castello en su informe fueron categóricas. El Gran Ferrocarril del Oeste había superado el margen del 6,8% en los últimos tres años. Un segundo informe estableció además que el Ferrocarril Central Argentino había excedido los márgenes durante los cinco años anteriores. A medida que salieron a la superficie informes adicionales, el gobierno promulgó una legislación que obligaba a las compañías ferroviarias a reducir sus tarifas.48

Aunque Alvear detestaba emplear los fulminantes ataques xenófobos que lanzaba Yrigoyen contra el capital extranjero, particularmente los ferrocarriles de propiedad británica, los criticaba y jamás se subordinó a sus intereses. Poco después de asumir la Presidencia, se percató de que un préstamo concertado con los británicos en virtud de la Trade Facilities Act incluía una cláusula que exigía al gobierno argentino asegurar que las nuevas líneas ferroviarias no fueran emplazadas cerca de la red existente de ferrocarriles británicos. Enfurecido, Alvear bruscamente informó a los negociadores británicos que la Argentina no era una colonia británica, y amenazó con cancelar el préstamo. Al ser reprochados tan energéticamente, los funcionarios británicos eliminaron la cláusula ofensiva.49

Remembranzas de Buenos Aires en la década de 1920

Desde los comienzos del proceso de consolidación nacional en 1862, el crecimiento socioeconómico de Buenos Aires transformó una antigua y pequeña ciudad sin ninguna de las comodidades modernas, pocas calles pavimentadas, con escasos edificios de alguna importancia, en una de las ciudades más dinámicas, vibrantes, atractivas e interesantes de las Américas.50

Entre 1904 y 1914 la población de la ciudad portuaria creció de 945.000 a 1.561.000 habitantes y en la próspera década de 1920 aumentó en 594.000 habitantes y pasó de 1.693.000 en 1920 a 2.287.000 habitantes a fines de la década. A mediados de la década de 1920, la capital argentina contaba con una impresionante variedad de teatros, cinematógrafos, galerías de arte y museos, coronados por dos instituciones de renombre mundial, la Universidad de Buenos Aires y el teatro Colón, uno de los teatros líricos más prestigiosos del mundo. Este nivel altamente sofisticado de desarrollo cultural hizo de Buenos Aires un centro de cultura incomparable para cualquier otra ciudad latinoamericana e igualado solo por pocas otras ciudades del mundo. Durante los años de Alvear atrajo una afluencia de visitantes prominentes que incluyeron al príncipe de Gales, a Umberto de Savoia, príncipe del Piamonte, al ex zar de Bulgaria, Fernando I, a Luis Fernando Hohenzollern, príncipe de Prusia, al nieto del káiser Guillermo II, a Vittorio Emanuele Orlando, el ex primer ministro italiano, a lord George Curzon y otros. Un distinguido grupo de personalidades del mundo científico y artístico siguió su ejemplo, que incluían a Albert Einstein, al popular ensayista Hermann von Keyserling, el dramaturgo italiano Luigi Pirandello y muchos otros. Buenos Aires también se convirtió en un objetivo para grandes hazañas de la aviación, como el primer vuelo transatlántico de España al Nuevo Mundo, emprendido por el mayor Ramón Franco; el vuelo de París a Nueva York y parte de Sudamérica, emprendido por Dieudonné Costes y su copiloto, Joseph Le Brix, a bordo del Breguet XIX GR Nungesser-Coli, y el “vuelo de cuatro continentes” del comandante Francesco de Pinedo.51

Cuadro 2.9. El presupuesto argentino, 1920-1927


Año Cantidad
1920 +6.000.000
1921 -84.000.000
1922 -129.000.000
1923 -25.000.000
1924 +2.600.000
1925 +37.000.000
1926 +3.400.000
1927 +7.400.000

Fuente: Raúl A. Molina, “Presidencia de Alvear”, HAC (Buenos Aires, 1963, vol. 1, 2ª sección, 1963) p. 321.

Cuadro 2.10. Comercio argentino con Estados Unidos-1920-1930 (en miles de dólares)


Año Argentina, exporaciones Argentina, importaciones Balanza de intercambio
1920 207.777 213.726 -59,49
1921 59.926 110.836 -50,91
1922 85,678 95,542 -9,86
1923 115.276 112.782 +24,94
1924 75.298 117.093 -41,79
1925 80.170 148.759 -65,48
1926 88.058 143.575 -55,51
1927 97.240 163.455 -66,21
1928 99.438 178.800 -79,36
1929 117.581 210.288 -92,70
1930 71.891 129.862 -59,71

Fuente: adaptado de Harold F. Peterson, Argentina and the United States, 1810-1960 (State University of New York, Albany, 1964) p. 342.

Relaciones exteriores
Una carrera de armamentos navales en Sudamérica

A comienzos del siglo XX, el Ministerio de Relaciones Exteriores de Brasil estaba encabezado por José María da Silva Paranhos, barón de Rio Branco. En ese momento, la elite brasileña se vio perturbada por el crecimiento de la República Argentina, que era económica y militarmente más poderosa que Brasil. Para contrarrestar la superioridad naval argentina, Rio Branco formuló un plan de expansión naval destinado a hacer valer el papel de Brasil como la principal potencia naval en América del Sur. El 14 de diciembre de 1904 el Congreso autorizó la construcción de tres acorazados, tres cruceros acorazados, seis destructores, doce torpederos y tres submarinos. En 1905 el gobierno brasileño ordenó a la firma británica Armstrong & Whitworth a través de la firma de Walter Brothers, sus agentes en Brasil, la construcción de estos nuevos materiales. La Armstrong presentó dos diseños alternativos para tres “buques acorazados” o acorazados costeros con un desplazamiento de 13.000 toneladas, y dos cruceros blindados de 9.630 toneladas. Sin embargo, el gobierno brasileño decidió no continuar con dichos planes. Después de considerables retrasos, el 23 de julio de 1906 el almirante Julio de Noronha, ministro de Marina de Brasil, concluyó un acuerdo con la Armstrong para tres acorazados que serían denominados Minas Gerais, São Paulo y Rio de Janeiro.52

Pero en octubre de 1906, cuando la Royal Navy reveló al HMS Dreadnought, un diseño revolucionario, el gobierno brasileño ordenó detener la construcción de los buques ordenados a la Armstrong, ya que era harto evidente que ese nuevo diseño británico había convertido en obsoletos los acorazados propuestos. En consecuencia, el 20 de febrero de 1907, el almirante Alexandrino Faria de Alencar, nuevo ministro de Marina de Brasil, firmó un nuevo contrato para dos acorazados de tipo Dreadnought que eran más grandes y poderosos que su famoso predecesor. El São Paulo y el Minas Gerais desplazarían 19.280 toneladas (normal) y 21.200 toneladas (completo).

Para servir como scouts, o exploradores rápidos para la flota, dos cruceros ligeros fueron ordenados a Vickers-Armstrong, el Bahía y el Rio Grande do Sul, con un desplazamiento de 150 toneladas completos y una velocidad máxima de 27 nudos. Dado que los torpederos de 400 toneladas originalmente previstos no se consideraban “suficientemente marineros” para operar en las tormentosas aguas del Atlántico Sur, se requerirían buques algo mayores con un desplazamiento de 650 toneladas. Como parte de este programa, diez destructores de la clase Pará fueron ordenados a la firma británica Yarrow, así como tres submarinos tipo Laurenti y un buque madre de submarinos a la casa Fiat, en Italia.53

Para su disgusto, Rio Branco juzgó erróneamente la situación, ya que la respuesta argentina no tardó en llegar. En agosto de 1908, la Cámara de Diputados votó 55 millones de dólares para armamento naval. Una comisión naval argentina zarpó hacia Europa y se abrieron licitaciones para dos acorazados y doce destructores. El concurso sería memorable: veinte de los principales astilleros del mundo presentaron ofertas. El 21 de enero de 1910 la comisión naval adjudicó el contrato para dos acorazados de 27.800 toneladas con un armamento principal de doce cañones de 305 mm L.50 a la Fore River Company, de Quincy, Massachusetts, mientras que los contratos por doce destructores fueron igualmente divididos entre astilleros británicos, franceses y alemanes.54

Los acorazados, que se habrían de denominar Rivadavia y Moreno, tendrían un desplazamiento estándar de 28.000 toneladas (30.000 toneladas completamente cargados) y serían propulsados por tres turbinas Curtiss de 39.500 HP y una velocidad máxima de 23 nudos.55

El Minas Gerais arribó a Río el 17 de abril de 1910 y el São Paulo el 25 de octubre. A pesar de la presencia de técnicos británicos a bordo, ambos buques llegaron con sus motores en mal estado de funcionamiento. El 22 de noviembre las tripulaciones de ambos barcos se amotinaron, y varios de sus oficiales fueron asesinados. El motín fue finalmente sofocado, pero el gobierno tenía tan poca confianza en la lealtad de la Marina que ordenó que los mecanismos de cierre del armamento principal fueran retirados y almacenados en tierra. Durante meses ambos acorazados permanecieron anclados, descuidados, sin funcionamiento, y oxidándose. Deplorando la ausencia de entrenamiento y disciplina entre las tripulaciones brasileñas, lord Brassey comentó que a veces los acorazados eran posesiones peligrosas para sus dueños.56

Eustace Tennyson d’Eyncourt, un arquitecto naval de la Armstrong que cumplió con el doble papel de diseñador y vendedor con gran habilidad, partió hacia Río a principios de agosto; ya que los brasileños estaban listos para contrarrestar los acorazados argentinos, ordenaron un buque de guerra que los superaría por un amplio margen. En agosto de 1910 d’Eyncourt viajó a Brasil y después de largas discusiones con el nuevo ministro de la Marina, el marqués Joaquim Marques Batista de Leão aceptó un diseño que montaba un armamento principal de catorce cañones de 12 pulgadas que costarían considerablemente menos. El barco fue finalmente botado en enero de 1913, pero el gobierno brasileño detuvo los pagos del Río de Janeiro y en julio la nave fue adquirida por Turquía por una suma de 1.200.000 libras esterlinas. Por su parte, el astillero de Fore River había ofrecido a la Argentina la opción de un tercer buque de la clase del Rivadavia. Aunque el ministro argentino consideraba que los dos acorazados argentinos como rivales eran más que suficientes para enfrentar a los tres buques brasileños, el gobierno argentino asumió esta opción. Independientemente de esta decisión, el editor de La Prensa, defensor de la expansión naval, inició una suscripción popular para recaudar dinero para el tercer buque. En 1910 Roque Sáenz Peña, el sucesor de José Figueroa Alcorta en la Presidencia, decidió poner fin a la carrera armamentista. Para ello envió dos misiones diplomáticas a Río. Una de ellas, de carácter público, fue confiada al ministro plenipotenciario Manuel Montes de Oca, y la segunda, de carácter secreto, a Ramón J. Cárcano. Aunque no se establecieron acuerdos formales por escrito, Rio Branco acordó detener la construcción del tercer acorazado si la Argentina, a su vez, acordaba cancelar su tercer acorazado. Pero el ingenioso y sutil brasileño había actuado con duplicidad. Los altos mandos de la Armada brasileña demandaban un buque más potente. Para remplazar al Rio de Janeiro, el Riachuelo, una nave que desplazaría más de 31.000 toneladas y con cañones de 381 mm, fue ordenado en su lugar. Pero la caída de los precios del caucho y el café en el mercado mundial convirtió este acorazado en un lujo que Brasil simplemente ya no podía permitirse. La muerte de Rio Branco marcó el fin de los intentos de Brasil de arrebatar la superioridad naval a la Argentina.57

Tradicionalmente, quienes formulaban la política exterior de Brasil consideraban a su país aislado en América del Sur por repúblicas hispanoamericanas que codiciaban sus territorios y recursos. Sin embargo, paradójicamente, fueron las políticas expansionistas de Brasil mientras todavía era una colonia portuguesa las que condujeron a la ocupación de la Banda Oriental del Río de la Plata (la actual República Oriental del Uruguay) en 1816. Esto eventualmente llevaría a la guerra con la República Argentina en 1825. El Río de la Plata y afluentes eran la hidrovía a través de la cual fluía el comercio brasileño a regiones que de otra manera serían inaccesibles. Precisamente en la cuenca del Plata los intereses brasileños chocaban con los de la Argentina, Paraguay y Uruguay.58

Brasil había engrandecido su territorio, ora por el arbitraje o la fuerza, a costa de sus vecinos más pequeños. De todos estos, Bolivia fue el país que experimentó las mayores pérdidas de territorio a manos de Brasil. En 1867 comenzaron las negociaciones con el Imperio de Brasil para territorios ricos en caucho en la Amazonía. Supuestamente se llevaron a cabo negociaciones basadas en el de utis possidetis de facto. Sin embargo, miles de caucheros brasileños habían emigrado a esta zona. Según los términos de este tratado, Bolivia entregó 300.000 kilómetros cuadrados de territorio, de los cuales 251.000 se hallaban en una zona de Amazonia denominada el Acre. Este episodio involucró a los territorios de Acre que previamente pertenecían a Bolivia. En 1899 el Acre era la zona productora de caucho más rica del mundo, en un momento en que Charles Goodyear patentó un proceso de vulcanización del caucho que lo hacía más durable y flexible. Como resultado, el caucho comenzó a reemplazar al cuero en máquinas y motores de vapor. También se convirtió en la principal materia prima en productos elásticos que iban desde partes de máquinas hasta neumáticos para carruajes y automóviles. Esto llevó el precio del caucho a niveles sin precedentes. La inaccesibilidad de la zona impidió la colonización efectiva por parte de Bolivia, pero la penetración brasileña continuaba inexorablemente. Ansioso por desarrollar la región, en diciembre de 1901 el gobierno de Bolivia otorgó una concesión al Sindicato Boliviano de Nueva York, una empresa angloamericana. El Sindicato quedó facultado para actuar como fiduciario fiscal para Bolivia recaudando impuestos en el área designada y recibiendo el 40% del impuesto recaudado en recompensa.59

En represalia a las concesiones hechas al Sindicato, el gobierno brasileño retiró a su cónsul de Puerto Alonso y bloqueó el río Amazonas al comercio boliviano. Para complicar aún más las cosas, en agosto de 1902 los colonos se agruparon bajo un nuevo líder, Plácido de Castro, un gaúcho brasileño de Rio Grande do Sul que pronto ganó el control de la región, con la excepción de Puerto Alonso. Silverio Neri, el gobernador del estado brasileño de Amazonas, envió abiertamente armas y municiones a los rebeldes. Puerto Alonso se mantuvo durante seis meses y finalmente se rindió. En enero de 1903 ambas naciones se preparaban a enviar tropas al Acre. La expedición boliviana encabezada por el presidente Pando llegó al Acre después de un agotador viaje que diezmó sus filas. Según una fuente boliviana, menos de la mitad de los 750 hombres su destino. Mientras tanto, Nicolás Suárez, un agricultor de caucho boliviano, había organizado un contingente armado en un esfuerzo desesperado por retener su plantación de caucho y preservar la soberanía boliviana en la zona. Pero a mediados de enero de 1903, cuando los restos de la expedición del presidente José Manuel Pando finalmente llegaron a la zona, ya era demasiado tarde. La resistencia boliviana había sido dominada por refuerzos brasileños, y Brasil anexó toda la región. Finalmente, un acuerdo conocido como Tratado de Petrópolis se concluyó en noviembre de 1903 y Bolivia entregó 191.000 kilómetros cuadrados de su territorio, sin duda la mayor pérdida territorial experimentada por esta desafortunada república durante el siglo XX.60

Desde que Hipólito Yrigoyen asumió la Presidencia en octubre de 1916, ignoró persistentemente las necesidades de las Fuerzas Armadas, mientras que los vecinos más poderosos de la Argentina no descuidaban las suyas. En octubre de 1918, una misión francesa llegó a Brasil para crear, entrenar y equipar el Servicio Aéreo del Ejército brasileño. Se establecieron dos escuadrones de combate y uno de reconocimiento fotográfico y en 1921, la rama de aire poseía unos 150 aviones. Un Servicio Aéreo Naval fue establecido en 1916, y a principios de la década de 1920 operaba más de cien aviones de origen estadounidense, británico e italiano. El Ejército brasileño también contrató una misión militar francesa, bajo cuyos consejos el Ejército brasileño adquirió una gran cantidad de material de artillería francesa y tanque excedentes de guerra.61

Cuando la Real Armada británica confiscó dos acorazados chilenos en construcción en astilleros británicos, en compensación el gobierno inglés donó más de cincuenta aviones de combate y entrenamiento para los servicios aéreos militares y navales chilenos. Además, transfirió cinco submarinos de la clase Holland que se hallaban en construcción en astilleros estadounidenses a Chile. A su vez, el gobierno chileno adquirió una sexta unidad de esta clase.62

El rearme emprendido por estos países concernía a altos oficiales de las Fuerzas Armadas argentinas que veían la necesidad de modernizar urgentemente el equipo militar. No es de extrañar que la cuestión del desarme sería uno de los puntos clave que se tratarían durante la próxima Conferencia Panamericana en Santiago de Chile.63

La Conferencia de Santiago sobre el Desarme

Para encabezar la misión argentina a Santiago, el canciller Gallardo seleccionó a Manuel Augusto Montes de Oca, un experimentado diplomático y antiguo cónsul en Gran Bretaña. Montes de Oca fue secundado por Fernando Saguier, exembajador en Bolivia, y el recientemente designado embajador en Chile, Manuel E. Malbrán. En la Conferencia Naval de Washington celebrada durante el 2 de noviembre de 1921 y el 6 de febrero de 1922, las principales potencias celebraron un acuerdo de diez años que establecía limitaciones no solo del tamaño de los buques capitales, sino que también fijó la proporción de acorazados asignados a las principales marinas del mundo. En septiembre de 1922, cuando estas resoluciones fueron tratadas en la tercera asamblea de la Sociedad de Naciones en Ginebra, los delegados brasileños estaban bajo instrucciones específicas de su gobierno de no aceptar resolución alguna que restringiera el poder naval del Brasil.64

Una de las cuestiones planteadas por Chile, que llegaría a ser conocida como “Tesis XII”, fue una propuesta según la cual los países participantes considerarían una convención destinada a reducir el gasto en armamentos en igual proporción. Poco antes del inicio de la conferencia, el gobierno brasileño invitó a la Argentina a reunirse con Chile para llegar a un acuerdo sobre la limitación de armamentos. El 2 de diciembre se advirtió al embajador brasileño que, tras una cuidadosa consideración, el presidente Alvear estaba de acuerdo con el canciller. Sin embargo, José Félix Alves Pacheco, ministro de Relaciones Exteriores de Brasil, asumió erróneamente que los argentinos en principio no se oponían a la propuesta. Sin embargo, el 4 de diciembre Tomás Le Breton, ministro de Relaciones Exteriores interino, informó al embajador brasileño que la Argentina no aceptaría tal invitación para evitar sospechas entre las otras naciones que fueron excluidas de tal reunión. Esto fue interpretado como un agravio por Brasil. Sin embargo, el 5 de diciembre el gobierno brasileño envió invitaciones formales a la Argentina. Al día siguiente, en una nota formal, el gobierno argentino declinó la invitación. La respuesta dada a la invitación brasileña se hizo pública días después. El gobierno argentino se mostró reacio a participar en reuniones parciales para discutir temas destinados al debate general. El momento adecuado para presentar esas propuestas sería durante la próxima conferencia en Santiago, cuando otros países podrían emitir sus propias opiniones al respecto. Además, había poco tiempo para dar al asunto la atención que merecía. Según fuentes brasileñas, la incómoda situación entre la Argentina y Brasil se agravó aún más con un artículo de Jorge A. Mitre publicado el 7 de diciembre en La Prensa, que declaraba totalmente inaceptable la propuesta brasileña. Era simplemente una versión actualizada de la política de Rio Branco de imperialismo pacífico y hegemonía. El tema fue tomado por la prensa de Buenos Aires en general. Pero había una justificación sustancial para esa actitud. En un desfile durante las celebraciones del centenario de la independencia de Brasil, se exhibieron con orgullo los aviones, la artillería y los tanques adquiridos recientemente en Europa. La Razón, un importante diario de Buenos Aires, publicó datos de fuentes oficiales comparando los gastos militares y navales en los países del ABC. Mientras que la Argentina destinaba el 9,2% de su presupuesto a las Fuerzas Armadas y el 7,5% a los gastos navales, Brasil empleaba el 12,1 y el 9,1% y Chile el 9,7 y 20,4% respectivamente. Los argentinos no eran los únicos en sospechar los móviles brasileños. En Santiago Henry P. Fletcher confió a Melo Franco que en Estados Unidos Brasil era acusado de intentar establecer una posición de superioridad y hegemonía entre otras naciones latinoamericanas.65

El gobierno brasileño quedó sorprendido por tal respuesta. En verdad, los argentinos tenían todas las razones para desconfiar de cualquier iniciativa brasileña en materia de armamentos. Desde el punto de vista argentino, la fides punica brasileña fue ampliamente demostrada a través de su historia y sus acciones. Aunque el Tratado de Tordesillas había trazado una línea de demarcación entre los imperios de España y Portugal, Brasil se había expandido mucho más allá de esos límites. Además, había tomado tierras de sus vecinos más pequeños por la fuerza. La última víctima, como hemos visto, fue la indefensa Bolivia. La rivalidad entre la Argentina y Brasil llevó a ambos países a la guerra por la posesión de Uruguay en 1825. En 1851 Juan Manuel de Rosas declaró la guerra a Brasil. En noviembre de 1851 Brasil concluyó una alianza con Justo José de Urquiza, gobernador de la provincia de Entre Ríos, el gobierno de la provincia de Corrientes y Uruguay. En febrero de 1852, el Ejército brasileño participó en la batalla de Caseros, que marcó el fin del régimen de Rosas. Después de Caseros, surgieron dos estados nacionales argentinos separados que luchaban por el control de la nación: Buenos Aires y la Confederación. En un esfuerzo concertado para mantener a la Argentina dividida, Brasil respaldó a la Confederación. Aunque la Argentina y Brasil fueron aliados durante la guerra del Paraguay, a ambos gigantes les resultó difícil trabajar juntos porque nunca habían confiado plenamente el uno en el otro. Los argentinos no habían olvidado la duplicidad de Rio Branco en 1911 en el asunto del tercer acorazado. La Argentina y Chile habían participado en una carrera armamentista propia durante 1890-1902. El mero hecho de que Brasil estuviera respaldando una propuesta chilena era una de las muchas razones por las cuales los argentinos desconfiaban de cualquier proposición brasileña sobre el desarme. Los frecuentes contactos entre el diplomático brasileño Afrânio de Melo Franco y el presidente chileno Arturo Alessandri durante la conferencia llevaron a los diplomáticos argentinos a sospechar de la existencia de un tratado secreto entre ambos países.66

A medida que se acercaba la víspera de la Conferencia de Santiago, el gobierno de Warren Harding cometió un gran error diplomático. Una misión naval norteamericana fue enviada a Brasil para asistir en la organización y el entrenamiento de la Marina. La Marina brasileña se hallaba en deplorable estado. Si bien consistía, en papel, de dos acorazados, dos cruceros exploradores y diez destructores durante 1908 y 1910, la penosa realidad era que dicha marina demostró ser lamentablemente deficiente. Casi todas las naves en la flota experimentaban problemas. Las calderas y los condensadores estaban en pésimas condiciones, la mayoría de las plantas motrices no eran confiables y ninguno de estos buques podía alcanzar su velocidad original. A mediados de 1917, Brasil declaró la guerra a las potencias centrales y su Armada patrulló el Atlántico Sur. Sin embargo, el acorazado São Paulo estaba en tan malas condiciones que, en junio de 1918, mientras estaba en ruta a Estados Unidos, experimentó problemas con el motor. Catorce de sus dieciocho calderas fallaron y tuvo que recalar en Bahía para reparaciones. La nave requirió ayuda de la tripulación del acorazado estadounidense USS Nebraska, que había sido asignado para tareas de patrullaje en aguas territoriales brasileñas. Finalmente, escoltado por el USS Nebraska y el crucero USS Raleigh, el São Paulo llegó a Nueva York 42 días después. La nave fue sometida a extensas reparaciones en Estados Unidos, pero dichas tareas recién finalizarían en 1920. En 1921 la nave realizó un crucero a Lisboa para transportar los despojos mortales de un antiguo emperador de Brasil, pero a pesar de la reciente modernización el buque estaba en mal estado, y según los exoficiales de la Armada Imperial Alemana presentes, la tripulación experimentó considerables problemas para operar la intrincada maquinaria.67

La conferencia comenzó el 25 de marzo, con una sesión solemne en el Congreso chileno. Fue inaugurada con un discurso del presidente Alessandri exaltando el legado histórico del panamericanismo. Como corresponde al país anfitrión, un chileno, Agustín Edwards Mac-Clure, fue designado presidente de la asamblea y otro chileno fue nombrado secretario general. Edwards, quien también encabezó la delegación chilena, era un veterano diplomático que había servido como ministro de Relaciones Exteriores durante varias administraciones. Al pasar por Buenos Aires, Edwards le dio al canciller argentino la seguridad de que las políticas chilenas estarían en línea con las de la Argentina, “hasta tal punto que actuarían como un solo país”. Según Harold Peterson, en la conferencia de Santiago fueron presentadas sesenta y siete resoluciones, y se aprobaron un tratado y tres convenios. Estados Unidos firmó y ratificó los cuatro. Aunque la Argentina firmó también el tratado y los convenios, no ratificó ninguno de ellos. A lo largo de la conferencia, los delegados argentinos concentraron su fuego en la propuesta avanzada por Chile. En cuanto a la primera parte de esa declaración, dado que los estadounidenses se negaron a levantar las restricciones existentes contra las exportaciones argentinas, la actitud argentina era bastante comprensible. En cuanto a la segunda parte, considerando esta historia de las relaciones argentino-chilenas, la respuesta argentina fue lógica. Sin embargo, algo más preocupaba a los delegados de la mayoría de las naciones latinoamericanas: la exclusión de México de la Conferencia. Como cuestión de política, Estados Unidos se negó a reconocer a los gobiernos de facto. Después del asesinato del presidente Francisco Madero en 1913, Estados Unidos se negó a reconocer al gobierno del general Victoriano Huerta y sus sucesores. Carlos Trejo, embajador de México en Chile, aprovechó la amplia cobertura dada por la prensa chilena al caso mexicano para explicar la ausencia de México de la conferencia.68

La actitud adoptada por México le granjeó la simpatía de la gran mayoría de los otros delegados latinoamericanos. Miembros del público que observaban los procedimientos desde las galerías y enormes multitudes en las calles vociferaban entusiasta y estrepitosamente su apoyo a México. Pronto surgieron dos facciones entre los delegados latinoamericanos: una que sostenía que la Unión Panamericana estaba dominada por Estados Unidos y proponía la reforma; la otra, integrada por Estados Unidos y sus aliados, que propugnaban por mantener el statu quo. El bando que defendía la reforma estaba compuesto por los delegados de Costa Rica, Cuba, Haití, República Dominicana, Panamá, Colombia, Venezuela, Guatemala, El Salvador y Honduras. A medida que el movimiento en favor de la reforma cobraba nuevo impulso, los delegados estadounidenses ejercieron presión sobre algunos de los delegados. El delegado colombiano manifestó súbitamente estar de acuerdo con Estados Unidos, mientras que el delegado dominicano renunció. La delegación uruguaya cambió de bando, mientras que la delegación chilena trató de mediar. Agustín Edwards fustigó a los delegados cubanos y los acusó de ser responsables del posible colapso de la Unión Panamericana. El proyecto de reforma finalmente se derrumbó. A lo largo de estas negociaciones Agustín Edwards fue criticado por su trato despótico y desdeñoso con los demás delegados latinoamericanos y por haberlos tratado con suma descortesía.69

En su informe al gobierno mexicano Trejo hizo hincapié en el fracaso de la delegación chilena. Por su parte, el movimiento obrero se movilizó en repudio a las políticas americana y chilena.70

La declaración de principios de Brasil

La tesis chilena XII sería discutida por una comisión de armamento presidida por Henry P. Fletcher, exembajador de Estados Unidos en Chile y líder de la delegación americana. Antonio Huneeus Gana, exministro de Relaciones Exteriores chilenas, serviría como mediador de la comisión. De acuerdo con las instrucciones recibidas de Río, Melo Franco, el jefe de la delegación brasileña, anunció que Brasil no contemplaba una guerra de conquista. El tamaño de las Fuerzas Armadas brasileñas era modesto en comparación con el de otros países de América del Sur. A pesar de la precaria condición de su Marina, la delegación brasileña estaba dispuesta a celebrar un acuerdo que limitaría el tonelaje de los buques capitales a un máximo de 80.000 toneladas por un período de cinco años.71

La delegación argentina sugirió a su vez un límite máximo de 55.000 toneladas. El tonelaje máximo para los buques capitales se convirtió en el núcleo de la cuestión. Cada uno de los dos acorazados argentinos tenía un desplazamiento de 27.800 toneladas o un total de 55.600 toneladas, por lo tanto, se hallaban dentro del límite propuesto. Los buques brasileños, por otro lado, desplazaban 21.000 toneladas o un total de 42.000 toneladas. Si Brasil aceptaba el máximo de 55.000 toneladas, eso solo dejaría un excedente de 13.000 toneladas para otro buque capital. Para los brasileños, la contrapropuesta argentina perpetuaba el statu quo. El límite máximo de 80.000 toneladas, por otro lado, permitiría a Brasil adquirir un acorazado de 35.000 toneladas. A todos los efectos, la conferencia se había convertido en un diálogo entre sordos.72

Un diálogo entre sordos

Existen diferentes versiones de lo acontecido en la Conferencia. Según Eugênio Vargas García, en un intento de romper el punto muerto y llegar a una solución aceptable, el presidente Alessandri convocó a los jefes de las delegaciones de los países del ABC (la Argentina, Brasil y Chile) a reunirse en el palacio presidencial. En esa reunión Alessandri sugirió un plan naval de dos etapas de cinco años cada una. Durante la primera etapa, 1923-1928, se permitiría un máximo de 66.000 toneladas para buques capitales, 85.000 toneladas para cruceros y 15.000 toneladas para submarinos. En la segunda etapa, 1928-1933, el máximo permitido para los buques capitales sería de 85.000 toneladas y en todas las demás categorías el tonelaje máximo permitido aumentaría un tercio. El 30 de abril Manuel Montes de Oca anunció que el gobierno argentino no apoyaría ningún acuerdo que condujera a mayores gastos militares y navales, lo que, en consecuencia, traería consigo un período de paz armada. La respuesta argentina fue definitiva y puso fin a toda discusión posterior.73

La Conferencia de Desarme no logró su propósito. No fue la única decepción que esperaba a Alessandri. Los modales de Agustín Edwards enfurecieron y ofendieron a la mayoría de los delegados. Para demostrar su descontento, los delegados de las otras naciones latinoamericanas se negaron a asistir a los diversos banquetes ofrecidos por la delegación chilena. El embajador mexicano en su informe concluyó que esto era una prueba evidente del fracaso experimentado por las delegaciones estadounidense y chilena. Esto sería absolutamente verídico. La Conferencia de Santiago sobre Desarme Naval apenas ha sido mencionada en obras estadounidenses sobre la historia de América Latina. Un libro chileno que pretende retratar la historia diplomática chilena omite flagrantemente el episodio por completo.74

Consecuencias

En un tête à tête informal durante la conferencia, el jefe del Estado Mayor del Ejército brasileño se reunió con su homólogo chileno. En el curso de la conversación, el militar chileno insinuó que ante la eventualidad de una guerra entre Brasil y Argentina, Chile se pondría del lado de Brasil. Esto solo sirvió para confirmar las sospechas argentinas. El gobierno argentino sospechaba la existencia de un tratado secreto entre Brasil y Chile. Aunque no existía tal tratado, las frecuentes reuniones entre Melo Franco y el presidente Alessandri suscitaron conjeturas, particularmente cuando Chile apoyó la posición brasileña en materia de tonelaje máximo de los buques capitales. La Argentina participó en una carrera armamentística naval con Chile a principios de siglo, y con Brasil antes de la Primera Guerra Mundial. Realizando un gran esfuerzo y considerables gastos, la nación del Plata había logrado equipar a una marina inigualada en América del Sur y desarrollado una infraestructura adecuada en tierra para entrenar al personal, y mantener y reparar las unidades de la flota en excelentes condiciones.75

A mediados de 1923, a petición del presidente de Brasil, Arthur Bernardes, el jefe de la misión naval estadounidense, el contraalmirante Carl Vogelgesang, elaboró un programa de diez años de construcción naval. El programa preveía la construcción de destructores, 15.000 toneladas; submarinos, 6.000 toneladas; cruceros de 60.000 toneladas y acorazados de 70.000 toneladas. La máxima prioridad se daría a la construcción de seis submarinos de 1.000 toneladas cada uno, así como de destructores. Los acorazados reemplazarían a buques ya existentes de ese tipo cuando llegaran al final de su vida operativa.76

El plan de construcciones navales propuesto por Brasil suscitó preocupaciones en Washington, lo que se refleja en un telegrama del 11 de junio de 1934 del secretario de Estado de Estados Unidos al encargado de negocios en Brasil:

El plan de construcciones naval propuesto presentado al contraalmirante Vogelgesang es muy preocupante para este departamento. Mientras que desde un punto técnico puramente naval este programa puede ser justificable, el desembolso parece ser exorbitante y completamente desalentador a las necesidades de un país como Brasil que no está amenazado por parte alguna. La política cardinal de este gobierno es la paz y la promoción entre los países latinoamericanos de las relaciones más amistosas. Se han dirigido severas críticas contra la misión naval de este gobierno a Brasil. El motivo de la misión fue la amistad con Brasil, ya que, si no se hubiera enviado una misión estadounidense, una misión similar de algún país europeo habría sido contactada en su lugar y la de este gobierno habría perdido la oportunidad de ejercer su influencia para la moderación en el armamento naval. Llevar a cabo un programa de este tipo en la escala propuesta daría una amplia justificación a las críticas que ya se han dirigido contra esta misión. Por favor, explique las opiniones del secretario de Estado bajo estas premisas al contraalmirante Vogelgesang.77

Cuatro días más tarde, el encargado en Brasil respondió después de una entrevista con el contraalmirante Vogelgesang, quien estaba confinado a la cama con fiebre:

El almirante informa que el presidente desea iniciar un programa de sustitución de unidades viejas y desgastadas y que a petición del ministro de Marina se presentó un programa de reemplazo que cubre un período de diez años. No ha habido una nueva construcción desde 1912, los submarinos existentes ya no son útiles y solo cinco de los once destructores están ahora en servicio; los otros son de poco valor militar. Los acorazados no han sido contemplados ni recomendados, excepto que el tonelaje de acorazados debe ser utilizado para el reemplazo del Minas Gerais y el São Paulo, los dos acorazados existentes. El almirante me informa que el embajador Morgan, ahora en Estados Unidos, tiene una copia de las recomendaciones que se hicieron al ministro de Marina. El almirante Vogelgesang me ha declarado que la actitud de la misión ante la nueva construcción es armonizar lo más cerca posible las opiniones del secretario de Estado como él y el deseo del gobierno brasileño de modernizar la fuerte defensa naval.78

Aparentemente la respuesta del contraalmirante Vogelgesang vía el encargado no satisfizo del todo al secretario Charles Evans Hughes, porque el 16 de junio respondió más enfáticamente:

Dado que el Minas Gerais y el São Paulo y otras unidades de la Armada de Brasil son prácticamente obsoletas, es cierto que Brasil está ahora en una posición inferior en relación con la Argentina y Chile, pero el nuevo programa en lugar de poner a Brasil en pie de igualdad con esos países lo colocará en una posición muy superior que requerirá una nueva construcción naval por parte de ellos por la misma razón; es decir, el deseo de no quedar en una posición de inferioridad. Cualquier resultado como este sería muy desafortunado y produciría una condición de rivalidad en armamentos en este hemisferio que hasta ahora no ha existido, felizmente. El Departamento siente que este asunto es tan fuerte que prefiere relevar a la misión naval antes que asumir la responsabilidad del programa naval que la misión ha propuesto.79

Crosby, el encargado, respondió que el almirante Volgesang le pidió que informara al secretario de Estado que, de acuerdo con los deseos del secretario, se retiraban las recomendaciones para un programa naval hechas por la misión naval. Pero el 9 de diciembre el secretario de Estado envió un telegrama al embajador Edwin Vernon Morgan, quien había regresado a Brasil informándole que la edición matutina de The New York Times contenía un despacho de Buenos Aires de fecha 8 de diciembre informando que la Cámara de Diputados de Brasil acababa de aprobar una resolución que recomendaba la construcción de doce buques de guerra, incluidos dos cruceros de aproximadamente 10.000 toneladas cada uno, cuatro destructores de 1.440 toneladas cada uno, un destructor de 1.800 toneladas y cinco submarinos de entre 1.300 y 1.500 toneladas. También se recomendó un mayor desarrollo de la aviación. Pero al día siguiente el embajador Morgan respondió:

Resolución adoptada por el Comité Naval de la Cámara corresponde a la información contenida en el telegrama 77 del Departamento de Estado. Siguiendo la recomendación del ministro de Marina se renovó con frecuencia en los últimos años. Es poco probable que los recursos nacionales permitan llevar a cabo cualquier programa de este tipo. Probablemente los pedidos se realizarán en el extranjero, si es que lo hacen, en varios países con empresas que otorgan pagos a largo plazo.80

La superioridad de la flota argentina era muy aparente para las autoridades navales estadounidenses y brasileñas. Más allá del tonelaje y del número de cañones en sus respectivas flotas, la Armada Argentina tenía otra ventaja considerable sobre su contraparte brasileña: la innegable eficiencia de sus oficiales y hombres. La Armada Argentina llegó tarde a la era del vapor: adquirió su primer buque de vapor en 1851, un antiguo paquebote, y no recibiría sus primeros buques de guerra de vapor construidos específicamente como tales hasta 1874. La interminable disputa fronteriza con Chile fomentó el crecimiento y la profesionalización de la Armada en todas sus armas. La Escuela Naval Militar fue establecida en octubre de 1872. El número de cadetes aumentó paulatinamente de treinta y cinco en 1872 a cincuenta en 1880, pero el verdadero crecimiento no comenzaría hasta la década de 1890, cuando el cuerpo de cadetes comenzó a aumentar rápidamente: 77 en 1895, 88 en 1896, 110 en 1897 y 140 en 1898. La Escuela de Mecánica de la Armada (ESMA) había existido bajo diversas denominaciones desde 1880. La ESMA capacitó a fogoneros, maquinistas y electricistas para que manejaran los nuevos y cada vez más sofisticados buques que se estaban incorporando a la flota en expansión. En la década de 1890, los estudiantes de los países vecinos competían para ser incluidos en sus listas. Las constantes fricciones con Chile llevaron a la expansión de la flota, que en 1898 sería la más grande, poderosa y mejor equipada del Cono Sur.81

El 16 de noviembre de 1907, la Gran Flota Blanca de la Armada de Estados Unidos, compuesta por dieciséis acorazados y auxiliares variados, zarpó para un viaje de circunnavegación. A fines de enero de 1908, mientras navegaba frente a la costa argentina en mares agitados y olas de 6 metros, Los oficiales estadounidenses se asombraron al ver a varios escuadrones de buques de guerra de color verde-gris que se acercaba hacia ellos. Eran cruceros de la Armada Argentina que habían navegado cientos de kilómetros en mares tormentosos para saludarlos. Durante horas, las flotas realizaron las maniobras más intrincadas e intercambiaron posiciones de sotavento para escuchar las bandas de los demás. Los cruceros impresionaron al contraalmirante Richard Wainwright. Uno de sus oficiales exclamó: “¡Aunque es pequeña, esa es una verdadera marina!”.82

La desafortunada y tragicómica carrera de los acorazados brasileños contrasta vívidamente con la muy activa y exitosa historia operativa de los dos acorazados argentinos. Esta comparación sirve para ilustrar la diferencia abismal existente entre ambas marinas. El Minas Gerais fue sometido a una revisión importante durante la década de 1930. Originalmente estaba destinada a reacondicionar al São Paulo también, que se encontraba en tan malas condiciones que apenas podía alcanzar una velocidad de 10 nudos. El Minas Gerais fue reacondicionado de nuevo en 1939, pero durante la Segunda Guerra Mundial ambos barcos fueron empleados como baterías flotantes en los puertos del noreste. El São Paulo fue vendido a chatarreros en 1951, y el Minas Gerais siguió en 1953.83

Los acorazados argentinos fueron entregados a la Armada Argentina en 1915 y disfrutaron de historias operativas activas y prolongadas. Convertidos a la quema de petróleo en 1926, participaron en numerosos cruceros de entrenamiento, incluyendo uno a Brasil en 1933 y de nuevo en 1939. En enero de 1937, después de completar las maniobras anuales con la flota en el Atlántico Sur, un crucero los llevó al Pacífico. Fueron escoltados por dos cruceros, cinco destructores y un petrolero. El escuadrón visitó los puertos chilenos y peruanos. Los acorazados se dirigieron entonces a Europa. El Moreno asistió a la revista naval celebrada en Spithead en honor a la coronación del rey Jorge VI. El Rivadavia navegó hacia Brest, donde los buques gemelos se encontraron y se dirigieron a Wilhelmshaven. El Rivadavia patrulló las aguas del Atlántico Sur durante la Segunda Guerra Mundial y navegó más de 29.000 millas durante 1941-1945. Los dos buques permanecieron en condiciones operativas hasta ser finalmente puestos en situación de reserva en 1948. Fueron vendidos a chatarreros en 1957.84

La Argentina fue la única república sudamericana que añadió algo mayor que naves del tipo destructor a su flota. Dos cruceros pesados fueron ordenados desde los astilleros italianos en 1927 y entregados en 1931. Asimismo, en 1935 se ordenó a la construcción de un crucero liviano que sería entregado en 1939. En ese año, la Armada formuló planes para adquirir un acorazado de 35.000 toneladas, y el 9 de septiembre de 1941 el Congreso promulgó la ley 12.690 y se destinaron 1.358 millones de m$n (340 millones de dólares) para gastos de defensa, de los cuales 712 millones (4.178 millones de dólares) fueron destinados a un plan de expansión naval según el cual la Armada adquiriría un acorazado, tres cruceros ligeros, seis submarinos, veinte lanchas mototorpederas de alta velocidad y 220 aviones. Este programa no pudo ser implementado debido al estado de guerra prevaleciente en Europa y luego a la política de neutralidad adoptada por el gobierno argentino.85

Las relaciones con Chile

Luego de lograr su independencia, la Argentina cesó de funcionar como Estado nacional y el país quedó fragmentado en una larga serie de guerras civiles. Mientras tanto, Chile emergió como una nación fuerte y unificada en la década de 1840 y comenzó a proyectarse al exterior. En sus guerras del siglo XIX contra Bolivia y Perú, Chile había prevalecido, y después de siglos de lucha con los salvajes araucanos el sur había sido finalmente conquistado. Como resultado, Chile desarrolló una política exterior. A estas alturas, luego de décadas de guerras internas y externas y más de un siglo de lucha con los araucanos en la pampa, la Patagonia, la parte sur de la Argentina había sido reconquistada y efectivamente ocupada por el Ejército Argentino. Chile codiciaba la Patagonia y la reclamaba. La Argentina, que había sido reconstituida como Estado nacional en 1862, también reclamaba la Patagonia y estaba dispuesta a la guerra para afirmar sus derechos. La disputa, que llevó a ambos países al borde de la guerra en varias ocasiones, fue finalmente resuelta por la mediación en 1902. Los años de conflictos fronterizos y el creciente poder de la Argentina provocaron considerable inquietud en Chile.86

En la década de 1880, con un trasfondo de victoria en la guerra del Pacífico, una estabilidad política comparativa y una economía en auge, los chilenos comenzaron a considerarse a sí mismos como una raza superior latinoamericana. Chile se deleitaba en su nueva prosperidad, pero a principios de la década de 1890 la economía y la población de la Argentina experimentaban un ritmo de crecimiento más rápido y vertiginoso.87

En 1894, mientras comparaba con tristeza la creciente disparidad entre las economías de ambas naciones, un exministro de Finanzas chileno señaló:

En 1878 la situación financiera de la República [Argentina] era prácticamente idéntica a la de Chile. Los ingresos gubernamentales de Chile fueron de 15,5 millones y los de la República Argentina de 18 millones de dólares. Ninguna de las naciones poseía entonces ingresos extraordinarios independientemente de la mano de obra y el capital de sus habitantes; por lo tanto, podría calcularse que la riqueza y la capacidad productiva de los dos pueblos estaban en equilibrio, dado que con una población casi igual su producción y presupuestos eran similares. A partir de 1894 la situación es muy diferente. Chile ha adquirido ingresos extraordinarios de nitrato y yodo que en 1892 produjeron un ingreso neto de 26.535.759 dólares en moneda común. La República Argentina no ha adquirido recursos excepcionales. Toda su renta proviene de impuestos soportados en su totalidad por sus habitantes, su capital y su mano de obra. Sin embargo, Chile, incluso con nitrato, tuvo un ingreso total de 64 millones de pesos, y la República Argentina, sin nitrato, tuvo un ingreso total en 1893 de 124 millones.88

El sorprendente crecimiento de la población y la economía argentinas también se extendió a las Fuerzas Armadas. En las maniobras de 1898, se convocó a 60.000 hombres y 20.000 guardias nacionales. En su mensaje anual al Congreso en mayo de ese año, el presidente Uriburu podía enorgullecerse de que 22.000 hombres, todo su equipo, trenes de equipaje, caballos y mulas, así como 252 piezas de artillería, habían sido enviados a las zonas de concentración inicial sin siquiera alterar los horarios o servicios de los ferrocarriles. La Armada Argentina logró la paridad con la flota chilena en 1895 y la supremacía naval en 1898. En la República Argentina, Chile encontraría un rival considerablemente más fuerte y mucho mejor adaptado para la guerra que los aliados andinos que había vencido en la guerra del Pacífico.89

Era harto evidente que en cuanto a progreso material y poder militar la Argentina aventajaba a Chile por un margen considerable. Muchos en Chile consideraban al presidente Federico Errázuriz Echaurren un líder débil y vacilante con asesores disolutos que había claudicado vergonzosamente ante una Argentina descarada, y que entregó vastos territorios nacionales.90

El retroceso inconfundible de Chile en la situación económica, militar e internacional irritaba sobremanera a un escritor nacionalista chileno, Francisco Encina, quien escribiría:

La proximidad a la Argentina debe contarse entre los factores y las causas de nuestra inferioridad económica. No es esta una causa permanente de inferioridad. En el pasado su acción, si bien impidió el cultivo y la consiguiente transformación de nuestros suelos aptos para la ganadería, en cambio derramó alguna actividad industrial y comercial a lo largo de casi todo el territorio chileno. En un futuro lejano, hasta puede llegar a ser factor favorable. Pero entre 1860 y 1911, ha sido esta vecindad, a la vez, sangría y árbol que nos ha hecho sombra.91

En los siguientes párrafos, Encina trata de expresarse con lírico entusiasmo al tiempo que distorsiona la realidad:

Mientras que el desarrollo agrícola nacional se realizó dentro de la extensión de suelo feraz fácilmente cultivable, el chileno recorrió las pampas argentinas que en ese tiempo tenían difícil acceso al Atlántico, solo en calidad de comerciante. Recogía los productos de ultracordillera para entregaros al industrial chileno, que, a su turno, los libraba a la exportación. La ganadería argentina alimentó a las matanzas chilenas, que elaboraban el sebo y el charqui destinado al litoral del Pacífico.92

Encina intenta pintarnos un escenario idílico donde uno puede imaginar a comerciantes honestos y pacíficos trashumando ganados por las vastas y despobladas llanuras de la Argentina, saludando alegremente a los sufridos habitantes de las pampas. Sin embargo, ese párrafo oculta muchas mentiras no escritas ni dichas en voz alta: los indios araucanos, procedentes del vecino Chile, comenzaron a filtrarse a través de los pasos andinos en las llanuras de la Argentina a mediados del siglo XVII atraídos por las riquezas en caballos y ganado que ofrecía las pampas. En un período de cincuenta años entre 1820 y 1870, los araucanos robaron 11 millones de cabezas de ganado y 2 millones de caballos, más de 3.000 casas, capturaron y asesinaron 50.000 personas y tomaron 20 millones de pesos oro en mercancías.93

Además, en un vasto tramo de territorio desde la pampa en el sureste hasta los Andes en Occidente, las constantes incursiones indias establecían límites efectivos para el desarrollo de la tierra por parte de los colonos. En 1872 Bahía Blanca casi cayó en sus manos. El control por parte de los indios del sector meridional de la provincia de Buenos Aires y los sectores occidental y septentrional de Santa Fe significaba la preservación de una forma primitiva de producción y la filtración del ganado y otros efectos robados en estas correrías hacia Chile.94

Francisco A. Encina, amén de ser un nacionalista chileno, también era un revisionista histórico. Su estilo engañosamente agradable atrajo a otros imitadores. Sin embargo, estudiosos como Ricardo Donoso lo criticaron por ignorar las reglas más básicas de la historiografía y de plagiar la Historia general de Chile de Diego Barros Arana.95

Otro crítico severo de las obras y el estilo de Encina señaló:

Indigna a los eruditos por la forma caballeresca en la que no tiene en cuenta todas las reglas de la nave del historiador profesional, indigna a los liberales actuales porque ataca a Barros Arana y a toda la tradición liberal en la historiografía chilena, conmociona los sentimientos filopietistas de muchos al reducir despiadadamente a figuras de tamaño en toda una galería de pater patriae y magnificar el papel histórico de otros héroes.96

Más allá de la devastación que infligían en las pampas, los indios crearon una especie de tierra de nadie en una vasta región comprendida desde los Andes hasta el Atlántico. Por otra parte, se reunían asiduamente con comerciantes e inmigrantes ilegales chilenos que establecían asentamientos a lo largo de las laderas orientales de los Andes, desde Mendoza hasta Neuquén. Tal fue el caso de Malbarco, una aldea de 600 habitantes al sur de Mendoza. Los squatters chilenos no solo mantenían estrechas relaciones con los indios, sino que también participaron en sus redadas. De esta manera, los habitantes de Malbarco llegaron a poseer 5.000 cabezas de ganado, 4.000 caballos y 1.000 ovejas y cabras. El gobierno chileno otorgaba rangos militares y oficinas civiles tanto a los indios como a los cuatreros, y prácticamente todos los principales jefes indios respondían al llamado de las autoridades chilenas. Algunos de estos caciques actuaban como capataces de ganaderos chilenos, que invernaban sus rebaños en tierras al este de los Andes, en territorio argentino.97

Un historiador argentino recuerda la conexión entre indios y chilenos:

Durante el siglo XIX hasta las expediciones enviadas durante las presidencias de Sarmiento y Avellaneda, los malones indígenas, muchos de ellos planeados en Chile, penetraban principalmente en el territorio argentino y retornaban con un cuantioso botín que luego sería distribuido en Chile. A este respecto es importante tener presente lo que nos reveló en 1898 José Viedma. El cacique Juan Agustín, de negra fama en Mendoza por sus atrocidades, era en Chile Juan Agustín Terrado, honradísimo propietario nombrado por aquel gobierno subdelegado suyo y juez de Barrancas; el cacique Caepe de Neuquén es persona de prosapia, como que está casado con una sobrina del distinguido general Bulnes, y el mayordomo de la estancia de este personaje era el cacique Ailal, de tan ingrata tradición entre nosotros, el capitanejo Cayuman, tan pillo y ladrón como los anteriores, se transformaba en Chile en el propietario D. Bernardo Palacios, juez chileno de Río Grande, y D. Manuel Palacios, antiguo comisario en Los Molles era otro bribón instigador de los salteos y los robos de los indios que usufructuaban réditos crecidos.98

Las numerosas solicitudes del gobierno argentino para la cooperación chilena en los esfuerzos por poner fin al comercio ilícito de ganado entre los indios y los comerciantes chilenos y las persistentes notas de protesta diplomática fueron recibidas con igualmente persistentes negativas chilenas. Los temores de que los araucanos constituirían la punta de lanza para una invasión chilena de la Patagonia no fueron infundados. Funcionarios del gobierno chileno habían concertado tratados con los indios para obtener el reconocimiento de sus reclamos por la soberanía de tierras al este de los Andes. La fuga de recursos ocasionada por el mantenimiento de las fuerzas fronterizas, el sistema de fuertes, la devastación a los asentamientos fronterizos y el robo masivo de ganado que eventualmente abastecería el mercado chileno ya no eran tolerables para una nación que por fin estaba movilizando sus energías, comenzando a modernizar su infraestructura y a poblar sus espacios vacíos con colonias agrícolas. Después de una serie de enfrentamientos en los que el Ejército Argentino, luchando cara a cara, mano a mano, con los araucanos en una serie de enfrentamientos los derrotó, la campaña a la que los argentinos con orgullo justificable se refieren como “conquista del desierto” estaba a punto de comenzar.99

El general Julio A. Roca, comandante de las fuerzas fronterizas, formuló una estrategia para poner fin a la amenaza que representaban los indios. La estrategia de Roca requería una serie prolongada de ataques céleres por parte de pequeños destacamentos de caballería e infantería. La guerra sería llevada a territorio indio, privándolos de sus rebaños robados, que eran su único medio de sustento. El objetivo principal era quebrar su espíritu por el miedo y el terror, ablandándolos antes de que cayera el golpe final. En marzo de 1878 Roca fue designado ministro de Guerra. A fines de 1878, mejor equipado y montado que nunca, el Ejército Argentino estaba listo para dar comienzo a esta fase de la campaña planificada. En abril de 1879 comenzaron las operaciones y dos meses y medio después se completó la conquista del desierto. Más de 14.000 indios habían sido tomados prisioneros, 1.313 guerreros o “indios de lanza” cayeron muertos. El resto huyó a través de los Andes a su Chile natal y más de 15.000 ligas cuadradas de territorio fueron efectivamente añadidas al patrimonio nacional. Sin embargo, la amenaza india no se había resuelto por completo. Se requerirían más operaciones en las estribaciones andinas durante 1881-1883 hasta que las últimas bandas merodeando al este de los Andes fueran muertas o capturadas.100

La pérdida de los enormes rebaños de ganado robados por los indios en la pampa argentina se sintió con fuerza en Chile. La disponibilidad de estos rebaños tuvo tal impacto en los mercados chilenos que, después de cada incursión india en la Argentina, el precio del ganado en el mercado chileno se desplomaría. El fin del comercio ilícito y la falta de control de la Patagonia fueron amargamente resentidos por Encina y sus acólitos. Estas cuestiones y actitudes seguirían siendo un factor irritante que complicaría y enturbiaría las relaciones argentino-chilenas durante el siglo XX.101

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