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«Desde hace más de una década, Geert Lovink es una de las pocas voces realmente profundas, lúcidas y originales en un campo teórico, el de los estudios sobre la sociedad digital, saturado de ruido apocalíptico o integrado». —César Rendueles
«Una mordaz denuncia a una tecnología que transforma la noción misma del yo en el interior de una plataforma de intercambio». —Eva Illouz
«Lovink disecciona nuestras adicciones digitales con el explosivo poder de la teoría crítica. Una aventura salvaje al interior del corazón del yo digital y una llamada de alerta a liberarnos de nuestra propia esclavitud». —Donatella della Ratta
«Una aguda crítica del nihilismo de plataformas, considerado sobre todo como una perversión del diseño computacional». —Bernard Stiegler
Geert Lovink (Ámsterdam, 1959) es teórico de medios, crítico de Internet y autor de Uncanny Networks (2002), My First Recession (2003), Fibra Oscura (2004), Zero Comments (2007), Redes sin causa (2016), Social Media Abyss (2016) y Tristes por diseño (2019). En 2004, Lovink fundó el Institute of Network Cultures [Instituto de Culturas de la Red] en la Universidad de Ciencias Aplicadas de Ámsterdam. Esta institución organiza conferencias, publicaciones y redes de investigación tales como Video Vortex (vídeo en línea), Unlike Us (alternativas a las redes sociales), Critical Point of View (Wikipedia), Society of the Query (cultura de búsqueda) o MoneyLab (modelos de negocio con base en Internet en el mundo del arte). Sus proyectos recientes abordan la industria editorial digital y el futuro de la crítica de arte.

Tristes por diseño
Las redes sociales como ideología
Geert Lovink
Traducción de Matheus Calderón Torres

Autor Geert Lovink
Traducción Matheus Calderón Torres
Corrección Sonia Berger
Diseño de colección Rosa Llop
Imagen cubierta Daniel García Andújar
Producción del ePub Bookwire
Edición consonni
C/ Conde Mirasol 13-LJ1D,
48003 Bilbao.
www.consonni.org
Primera edición en español:
julio de 2019, Bilbao.
Título original:
Sad by design. On platform nihilism
eISBN: 978-84-16205-48-6
Esta obra está sujeta a la licencia Reconocimiento - NoComercial - SinObraDerivada 4.0 Internacional (CC BY-NC-ND 4.0). Los textos, traducciones e imágenes pertenecen a sus autoras/es.
consonni es una editorial con un espacio cultural independiente en el barrio bilbaíno de San Francisco. Desde 1996 producimos cultura crítica y en la actualidad apostamos por la palabra escrita y también susurrada, oída, silenciada, declamada; la palabra hecha acción, hecha cuerpo. Desde el campo expandido del arte, la literatura, la radio y la educación, ambicionamos afectar el mundo que habitamos y afectarnos por él.
Agradecimientos
Tres años han pasado desde que entregué el manuscrito de Social Media Abyss. Mirando hacia atrás, este periodo se ha definido por el Brexit, Trump y Cambridge Analytica. Los equivalentes de Wikileaks, Anonymous y Snowden estuvieron ausentes (quizás con la excepción del soplón de CA Chris Wylie). Hubo mucha regresión ideológica y estancamiento «multipolar», acelerado por un mercado de acciones en auge, excesos de bienes raíces, una guerra en marcha en Siria y un cambio climático realmente existente. Si bien el «debate sobre las redes sociales» llegó a los medios masivos, la resistencia y las alternativas estuvieron prácticamente ausentes, con la excepción de la alt-right.
En tanto el discurso público en torno a la «modificación de comportamiento» y la «vigilancia generalizada» se intensificaban, me alejé del formato panorama preferido en mis libros previos. La financiación cultural de los Países Bajos para nuevos proyectos en nuestro Institute of Network Cultures se había secado (principalmente debido a los nuevos muros de apartheid erigidos entre el sector de educación/investigación y el sector cultural). Esto nos forzó a entrar en modo supervivencia y trabajar para terceros, principal razón por la que no estoy informando sobre las actividades de nuestras redes aquí (aun cuando MoneyLab todavía está en funcionamiento y varios experimentos de publicación digital continúan, a pesar del cierre del PublishingLab en 2018).
Gracias a David Caste en Pluto Press y a los editores de la serie Digital Barricades por tener en cuenta este proyecto editorial.
Trabajar junto al corrector de estilo Luke Munn (Auckland) fue una experiencia tremendamente afable y de lo más agradable.
Mis diálogos en Berlín a través de los años con Pit Schultz, Michael Seeman, Volker Grassmuck, Andreas Kallfelz, Stefan Heidenreich y Alexander Karschnia han resultado vitales para mi bienestar intelectual. Mi gratitud con Steven Shapiro, Ana Peraica, Marc Tuters, Mieke Gerritzen, Franco Berardi, Letizia Chiappini, Daniel de Zeeuw, Ellen Rutten, Alex Foti, Isabel de Maurissens, Morris Kolman, Marie Lechner, Florian Cramer, Katharina Teichgräber, Michael Dieter, Tripta Chandola, Tatjana Seitz y Donatella della Ratta por sus inspiradores comentarios sobre diferentes capítulos.
En el Institute of Network Cultures me gustaría agradecer en particular a Miriam Rasch, Inte Gloerich y Patricia de Vries por sus detalladas respuestas y apoyo. Gracias también a Silvio Lorusso, Leonieke van Dipten y Margreet Riphagen, quienes dejaron el INC en 2018, y a Barbara Dubbeldam y Kelly Mostert, quienes recientemente se unieron. El equipo entero ha sido esencial en el funcionamiento de un centro de investigación tan crítico e inspirador.
Un agradecimiento especial va para Ned Rossiter, por su amistad y dedicado feedback durante estos años; y a Linda y Riddim DJ «System of Chaos» Kazimir por su increíble apoyo, a quienes dedico este libro.
Ámsterdam, octubre de 2018.
Geert Lovink
Introducción: la Sociedad de lo Social
«Existen 87.146 líderes intelectuales en LinkedIn». – «Los pintores de verdad no pintan las cosas como son… las pintan como ellos mismos creen que son». Vincent van Gogh, sobre el arte falso – ¡Descargue ese camión de disgustos! Eslogan de la alt-left – «La web: Hemos notado que estás usando un Ad Blocker. Yo: He notado que ustedes están usando 32 servicios de rastreo». Matt Weagle – «Una nueva seguridad conlleva una nueva vulnerabilidad». Lulzsec – «La verdad es para perdedores, Johnny Boy». (Being John Malkovich) – Nuestro centro de atención es el desafío cosmotécnico que nos pone en contacto directo con nuestros esclavos (tributo a Yuk Hui) – «Siempre supe que era un buen escritor pero pensé que haría poesía, o ficción, no los emails que terminé haciendo». (OH) – «Das Handy un die Zuhandenheit des Virtuellen» (ensayo alemán) – «Una de mis técnicas favoritas de autolesión es googlear pasajes aéreos a Bali». Addie Wagenknecht – «No es el tamaño, sino la escala la que cuenta». Barnett Newman – «Alerta: Podrías no gustarle a la gente después de esto». – «Smart is the new smoking». Johanna Sierpstra – «Por favor dele “me gusta” a nuestro ataque de envenenamiento de DNS aquí». – «¡TENGO LA CASA PARA MÍ SOLO ESTA NOCHE! *se pone a mirar su teléfono». «Internet es como el Viejo Oeste. Creíamos ser los vaqueros, pero resulta que somos los búfalos». AnthroPunk.
Bienvenido al nuevo estado de lo normal. Las redes sociales están reformateando nuestras vidas interiores. En tanto la plataforma y el individuo se vuelven inseparables, las redes sociales se vuelven idénticas a lo «social» en sí mismo. Sin mayor curiosidad sobre lo que traerá «la próxima web», hablamos de cualquier suerte de información que se nos permita digerir durante los días aburridos. La antigua confianza en la estacionalidad de los periodos de expectativa que vienen y van ha sido destruida. En cambio, un nuevo realismo se ha impuesto, como publicaba en un tuit Evgeny Morozov: «El utopismo tecnológico de los 90 postulaba que las redes debilitan o reemplazan las jerarquías. En realidad, las redes amplifican las jerarquías y las hacen menos visibles»1. Una posición amoral respecto al intenso uso de las redes sociales hoy en día sería el no emitir un juicio superior y ahondar en cambio en el tiempo superficial de las almas perdidas como nosotros. ¿Cómo se puede escribir una fenomenología de las conexiones asincrónicas y los efectos culturales, formular una crítica despiadada de todo lo mentalmente programado en el cuerpo social de las redes, sin mirar lo que pasa dentro? Embarquémonos, por tanto, en un viaje al interior de este tercer espacio denominado lo tecno-social.
Nuestro querido Internet podría ser descrito como una «hidra inversa con cien culos»2, pero de todas formas lo adoramos: es el basurero de nuestro cerebro. Apenas somos conscientes del frenesí online que nos rodea, no podemos ni pretender siquiera que nos importa la cínica lógica de la publicidad3. Los escándalos de las redes sociales se nos presentan, como escribió Franz Kafka una vez, «como un camino en otoño: tan pronto como se barre, vuelve a cubrirse de hojas secas». De la manipulación comportamental a las fake news, lo que leemos siempre gira en torno a la bancarrota de credibilidad de Silicon Valley. No obstante, muy pocos han sufrido consecuencias serias de algún tipo. La evidencia, aparentemente, no es suficiente: el estiércol se rastrilla, los datos se filtran y los delatores delatan; y sin embargo nada cambia. Ninguno de los temas verdaderamente relevantes logra resolución. No hay un Internexit en camino. No importa cuántas intrusiones y violaciones de privacidad ocurran, no importa cuántas campañas de concienciación y debates públicos se organicen, la abrumadora indiferencia permanece.
Contémplese el rápido retorno a la normalidad que siguió el escándalo de Cambridge Analytica de marzo de 2018. La centralización de la infraestructura y servicios que nos proveyeron de tanto confort se veía como inevitable, incluso ineluctable4. ¿Por qué no hay todavía alternativas viables a las plataformas principales? Algún día comprenderemos el Thermidor digital; pero ese «algún día» parece no llegar nunca.
¿Cuál es el destino de la crítica sin consecuencias? Como Franco Berardi me explicó cuando lo visité en Bolonia para discutir este proyecto editorial, es la verdad la que nos pone tristes. Nos faltan modelos de rol y héroes. En cambio, lo que tenemos son paranoicos buscadores de la verdad. En tanto nuestras respuestas a la alt-right y a la violencia sistémica resultan tan predecibles e impotentes, Franco me sugirió dejar de hablar. No responder. Rechazar volvernos noticias. No alimentar a los trolls. La tecno-tristeza, como se explica en este libro, no tiene fin, no toca fondo. ¿Cómo hacemos para revertir la aceleración de la alienación, un movimiento que inevitablemente termina en un trauma? En vez de gestos vacíos y patéticos, deberíamos ejercitar una nueva táctica de silencio, dirigiendo la energía y recursos liberados hacia la creación de espacios temporales de reflexión.
En su libro de 2018 Anti-Social Media: How Facebook Disconnects Us and Undermines Democracy, Siva Vaidhyanatham lucha contra la creciente brecha entre buenas intenciones y cruda realidad: «La dolorosa paradoja de Facebook es que la devoción sincera de la compañía a hacer un mundo mejor invitó a nefastos partidos a secuestrarla para difundir el odio y la confusión: la firme creencia de Zuckerberg en su propia experiencia, autoridad y núcleo ético, lo cegaron a él y a su compañía del daño que estaba facilitando y causando. Si Facebook hubiese estado menos obsesionado con hacer un mundo mejor, podría haber evitado contribuir a las fuerzas que han hecho al mundo peor»5. Véase aquí el estancamiento realmente existente ahora que el mundo está digitalizado. Como dijo Gramsci, «El viejo mundo se muere. El nuevo tarda en aparecer. Y en ese claroscuro surgen los monstruos».
En el papel, nuestros desafíos globales se ven enormes; en pantalla, fracasan en ser traducidos a la vida diaria. En vez de mirar justo a los ojos a estas fuerzas titánicas, nos encontramos adormecidos, con un humor agridulce, distraídos, raros y algunas veces directamente deprimidos. ¿Deberíamos interpretar el intenso uso de las redes sociales como un mecanismo de supervivencia? La nuestra es una era profundamente no heroica, no mitológica, simplemente chata. Después de todo, los mitos son historias que necesitan tiempo para desarrollar una audiencia amplia, para construir sus tensiones, para representar su drama. No: nuestro tiempo está marcado por las micropreocupaciones del frágil yo. Cada uno tiene sus razones para apagarse y para cubrirse en su coraza. Mientras que las corporaciones pueden crecer por las noches hasta convertirse en estructuras gigantescas, estrafalarias en su infraestructura, nuestro entendimiento del mundo se queda atrasado, o se reduce incluso.
El limitado entendimiento restringe nuestra habilidad para encuadrar el problema. No estamos enfermos6. El alarmismo se ha desgastado a sí mismo. Si queremos golpear al capitalismo de plataformas, un análisis desde la economía política no será suficiente. ¿Cómo podríamos construir una identidad colectiva, una auto-hermenéutica con la que podamos vivir? En efecto, ¿qué autoimagen sería la que fuera más allá de interpretaciones legibles por la máquina? ¿El selfie como máscara? «Me encanta ese en el que llevas gafas de sol, en el que sonríes con orgullo». Incapaces de precisar un problema o articular una respuesta, el irresistible atractivo de hacer swipe, actualizar y dar like parece más fuerte que nunca. Con Slavoj Žižek, podemos decir que sabemos que las redes sociales son malvadas, pero que continuamos usándolas.
«Lo que hace nuestra situación tan ominosa es el generalizado sentido de bloqueo. No hay una forma clara de salir de este, y la elite dominante está claramente perdiendo su habilidad de dominar»7. Nuestro ambiente y sus condiciones operativas han sido dramáticamente transformados y aun así nuestro entendimiento de tales dinámicas se ha quedado rezagado. «El alambre de púas de la red permanece invisible», como señaló una vez Evgeny Morozov.
El problema tiene todavía que ser identificado: ya no hay más «social» fuera de las redes sociales. En la jerga italiana, el término «red social» ha sido acortado: «¿Estás en lo social?». Esta es nuestra Sociedad de lo Social8. Nos quedamos mirando a la caja negra, preguntándonos sobre la pobreza de la vida interior de hoy en día. Para superar ese punto muerto, este libro propone integrar una crítica radical. Busca alternativas a través de la organización de un encuentro subjetivo con la multitud y sus dependencias íntimas de sus aparatos móviles.
La cultura de Internet exhibe signos de una crisis existencial de mediana edad. Como alguna vez escribió Julia Kristeva, «no hay nada más triste que un Dios muerto». La novedad se ha ido, la innovación se ha ralentizado, la base de usuarios se ha estabilizado. En contraste con la nostalgia de los años noventa, no podemos decir realmente que hubo una vez un periodo feliz de adultez temprana. Como en la mayoría de culturas no occidentales, fue directamente hacia el matrimonio a una edad joven –con todas las restricciones que conlleva–. ¿Quién se atreve a referirse a los «nuevos» medios ya? Solo los outsiders inocentes ocasionalmente harán mención a este término alguna vez promisorio. Si algo ocurre, parece más bien ser una rápida diseminación de lo retrógrado, un anhelo por días más simples y primitivos. ¿Qué vamos a hacer con esta nostalgia romántica por el nacimiento de la realidad virtual, las torpes interfaces web tempranas y los pioneros de net.art? A Claude Lévi-Strauss se le ocurrió una explicación posible: «El hombre solo crea verdaderamente al comienzo; en cualquier campo de que se trate, solo el primer paso es íntegramente válido. Los que siguen titubean y se arrepienten, se esmeran en recuperar palmo a palmo el territorio superado»9.
Este volumen, el sexto en mis crónicas de Internet10, lidia con un reino digital que no solo se mezcla con lo cotidiano, sino que cada vez más lo afecta, al contraer nuestras capacidades y limitar nuestras realidades. Este libro gira en torno a temas de medios sociales como el culto a los selfies, la política de los memes, la adicción a Internet y el nuevo comportamiento narcisista por defecto. Dos décadas después de la «manía del puntocom» deberíamos poder responder a la pregunta de cómo funcionan las redes sociales de «segundo orden», pero no podemos. Entonces, si bien la «pregunta sobre las redes sociales» puede ser omnipresente, si queremos enfrentarnos a «[inserte su patología aquí] por diseño» primero tenemos que entender su funcionamiento interno: las operaciones se explican aquí a través de los vectores de la distracción y la tristeza. Los mecanismos de la tristeza son seguidos por una segunda sección centrada más en la teoría y la estrategia, desde el concepto de «plataforma» hasta la invisibilidad de la «violencia tecnológica». La tercera sección trata sobre la locura selfie, su contraparte anónima (el «diseño de la máscara») y si el desarrollo de memes progresistas es posible en primer lugar. La sección final examina las industrias de extracción de datos corporativos y los sistemas de vigilancia que orientan el comportamiento masivo hacia una nueva forma de alienación social. El concepto de los «comunes» va en contra de estas lógicas, y termino preguntando si este ofrece una posible salida.
¿Qué sucede cuando la teoría ya no se presenta como un gran diseño y más bien se consume como una idea surgida en el último momento? Internet no es un campo en el que los intelectuales públicos desempeñan algún papel del que hablar. A diferencia de épocas anteriores, las ambiciones intelectuales tienen que ser modestas. Antes de diseñar alternativas y formular principios regulatorios, es vital comprender la psicología de las plataformas de redes sociales. Tristes por diseño combina una crítica radical de Internet con una confrontación de los (demasiado reales) altibajos mentales de los usuarios de las redes sociales. Como observó Clifford Geertz, «entender la cultura de un pueblo expone su normalidad sin reducir su particularidad». Para Geertz, «en el estudio de la cultura, el análisis penetra en el cuerpo mismo del objeto, es decir, comenzamos con nuestras propias interpretaciones de lo que nuestros informantes son o piensan que son y luego las sistematizamos»11. Este libro acepta el desafío de Geertz, analizando aspectos de las culturas en línea de hoy en día que muchos usuarios experimentan, desde sentimientos de vacío, adormecimiento e indiferencia hasta las contradictorias posturas en torno al selfie y a los memes y su política regresiva.
Parecemos desencantados con nuestras culturas en línea de facto. El think tank británico Nesta resumió perfectamente nuestra condición actual: «A medida que el lado oscuro de Internet se está volviendo cada vez más claro, la demanda pública de alternativas más responsables, democráticas y más humanas está creciendo». Y, sin embargo, los investigadores también son lo suficientemente honestos como para ver que desafiar las dinámicas existentes no será fácil. Estamos en un callejón sin salida. «Internet se encuentra dominado por dos narrativas reinantes: la estadounidense, donde el poder se concentra en manos de unos pocos grandes jugadores, y el modelo chino, donde la vigilancia del gobierno parece ser el leitmotiv. Entre la Big Tech y el control gubernamental, ¿dónde se ubican los ciudadanos?». Etiquetar a los usuarios de las redes sociales como «ciudadanos» es obviamente un encuadre político, una jerga común dentro de los círculos de ONG de la «sociedad civil global». ¿Es esta nuestra única opción para escapar de la identidad del consumidor? Nesta puso dos preguntas estratégicas sobre la mesa: «¿Podría Europa construir el tipo de alternativas que pondrían a los ciudadanos de nuevo en el asiento del conductor?». Y, en lugar de tratar de construir el próximo Google, ¿debería concentrase Europa en construir las infraestructuras descentralizadas que impidan en primer lugar la emergencia del próximo Google?
El estado actual de lo social no debería sorprender. Los medios técnicos han sido socialmente antagónicos, socavando y aislando en lugar de conectar. En Futurability, Franco Berardi caracteriza el final de la década de 1970 como la línea divisoria, el momento en que la conciencia social y la tecno-revolución se separaron. Esto es cuando «entramos en la era del tecnobarbarismo: la innovación provocó la precariedad, la riqueza creó una miseria masiva, la solidaridad se convirtió en competencia, el cerebro conectado se desconectó del cuerpo social y la potencia del conocimiento se desconectó del bienestar social»12. Como señaló Bernard Stiegler, la velocidad del desarrollo técnico ha seguido acelerándose, «ampliando dramáticamente la distancia entre los sistemas técnicos y la organización social, como si, en tanto la negociación entre ellos pareciera imposible, su divorcio final resulte inevitable»13. Para The Invisible Committee, las redes sociales «trabajan para lograr el aislamiento real de todo el mundo. Inmovilizando los cuerpos. Manteniendo a todos enclaustrados en su burbuja significante. El juego de poder del poder cibernético es dar a todos la impresión de que tienen acceso a todo el mundo cuando en realidad están cada vez más separados, dar la impresión de que tienen más y más “amigos” cuando son cada vez más y más autistas»14.
¿Qué hacer con las redes sociales? Los últimos años han estado dominados por una profunda confusión. Para algunos, el no uso parece ser en vano. Evgeny Morozov, por ejemplo, tuitea: «No quiero que #Zuckerberg renuncie. Y no necesitamos que #borren-Facebook: es tan realista como pedir que #borrenlascarreteras. Lo que necesitamos es un New Deal para los #datos. #Europa tiene que despertar!». Y, mientras que Siva Vaidhyanathan critica duramente a Facebook, él mismo se niega a dejarlo y borrar su cuenta. Para otros, el no uso es precisamente la respuesta. Una de las primeras propuestas podría ser el libro de 2013 Off the Network, Disrupting the Digital World de Ulises Mejías, que afirmaba «no pensar en la lógica de las redes»15. De manera más reciente, pero también en esas líneas, el movimiento por el «derecho a desconectarse» ha empezado a tomar forma16. Tómese la revista Disconnect, solo disponible fuera de línea, una antología de comentarios, ficción y poesía que solamente se puede leer si apagas tu conexión WiFi17. Junto con el uso (a regañadientes) o el no uso, existe un tercer enfoque que podría ser catalogado como «mal uso». En un artículo para el The Guardian titulado «Cómo desaparecer de Internet», Simon Parkin proporcionó a los lectores (en línea) un manual sobre cómo convertirse en un fantasma digital. «Eliminar cosas es simplemente inútil», afirmó. ¿Su consejo en vez de eso? Crear cuentas falsas y búsquedas mal dirigidas. Su conclusión, que hace que su titular sea engañoso en el mejor de los casos, es que es casi imposible desaparecer. Las opciones se limitan a la gestión de la reputación, ya sea conducida fastidiosamente por nosotros o –para aquellos con el dinero para pagarlo– llevada a cabo por compañías especializadas.
¿Qué pasa si es demasiado tarde para dejar Google, Twitter, Instagram o WhatsApp, sin importar cómo de desintoxicados digitalmente estemos en otras esferas de la vida? Afrontémoslo: a los ojos de Silicon Valley, la experiencia a lo Burning Man de estar fuera de la red una vez al año y las innumerables visitas diarias en línea a Facebook no son opuestas, sino acuerdos complementarios. Ergo, estamos a la vez en línea y fuera de línea18. La crítica se encuentra en una posición similar y contradictoria. El mundo se ha entrampado con sus argumentos, admite Andrew Keen en su libro de 2018 How to Fix the Future, Staying Human in the Digital Age. Keen pregunta cómo podemos reafirmar nuestra agencia sobre la tecnología. No somos los conductores de asiento trasero después de todo. A diferencia de la protección de la privacidad, una demanda que muchos consideran eurocéntrica y burguesa, Keen exige la integridad de los datos. El manoseo de datos tiene que parar. «La vigilancia en última instancia no es un buen modelo de negocio. Y si hay algo que la historia nos enseña, es que los malos modelos de negocio eventualmente mueren».19 Y enumera las «cinco balas» de John Borthwick para «arreglar el futuro: plataformas de tecnología abierta, regulación antimonopolio, diseño centrado en el ser humano responsable, la preservación del espacio público y un nuevo sistema de seguridad social»20.
No obstante, la agencia necesaria para implementar estos arreglos parece maniatada. Los críticos de Internet tienen un poder limitado. Incapaces de establecer contactos o escapar de los «medios antiguos», han sido encasillados en el papel del experto o el comentarista individual, excluidos de cualquier diálogo público más amplio sobre lo que se debe hacer. Los académicos también parecen algo impotentes: impulsados por una lógica de revisión por pares y clasificación, publican dentro del cerrado universo de la revista, con su acceso limitado e impacto aún más limitado. Así, si bien los investigadores ciertamente recopilan evidencia valiosa sobre el poder económico de las plataformas de redes sociales, la crítica tecnológica en general sigue siendo dispersa, incapaz de institucionalizar su propia práctica y crear escuelas de pensamiento más cohesionadas.
Recientemente estamos siendo testigos del surgimiento del pico de datos. Al igual que el pico del petróleo, se trata del punto teórico en el que se ha alcanzado la tasa máxima de extracción de datos. Desde la perspectiva del usuario, los datos no se producen conscientemente a partir del trabajo intencional. La recopilación de datos se vuelve ubicua, un procedimiento siempre presente desencadenado por cualquier movimiento, cualquier acto, cualquier clic o deslizamiento. Desde una perspectiva corporativa, el almacenamiento de datos parece ilimitado, la capacidad ya no es un recurso escaso. Así, aunque la mayoría de los expertos (en Inteligencia Artificial) le dirán lo contrario, el hype del Big Data ha alcanzado su punto máximo. Gartner, por ejemplo, ya había eliminado grandes volúmenes de datos de su ciclo de sobreexplotación en 2015. El pico de datos es el momento en que los gigantes de Internet ya saben todo sobre usted, el momento en que los detalles adicionales comienzan a inclinar la balanza y hacen que su régimen de datos (lenta pero inexorablemente) implosione. Nos encontramos en el punto de inflexión. Después de este momento, y contra los evangelistas del crecimiento eterno, cada dato tiene el potencial de hacer que toda la colección sea no más valiosa, sino menos. Después de este momento, el valor de los datos adicionales disminuye a un punto cero, corriendo con el riesgo de una «contaminación» de perfiles de tal forma que estos se desintegren.
El fantasma de datos del yo comienza a desmoronarse. El sistema produce tal cantidad de datos que cualquiera se convertirá en sospechoso o bien nadie lo hará. Los detalles vitales ya no serán notados. La producción de información, una vez definida como la producción de diferencias significativas, es tal que vira y se vuelve un cero: sobrecarga del sistema. La «mina de oro» de los datos de repente se convierte en basura digital. Compañías como Google son conscientes de los peligros de tales giros hegelianos y se proponen rescatar sus valiosos activos de datos21. Vale la pena remarcar que tal cambio de política no proviene de ningún levantamiento popular contra el «agotamiento social» debido a la adquisición de máquinas inteligentes. No, esta es una iniciativa estrictamente interna dirigida a la autopreservación. En la nueva versión de Android, ninguna de las funcionalidades de seguimiento ha sido eliminada. Google simplemente recopila menos datos, para su propio bienestar.
Las plataformas luchan para contrarrestar el pico de datos anunciando nuevas medidas. Por primera vez, el sistema operativo Android de Google se basará en la moderación y la reducción: «En lugar de mostrarte todas las formas en que puedes usar tu sistema operativo del teléfono para hacer más, está creando funciones para ayudarte a usarlo menos»22. El tablero propuesto te dirá «con qué frecuencia, cuándo y durante cuánto tiempo estás usando cada aplicación en tu teléfono. También te permitirá establecer límites a ti mismo». Piense aquí en emplear tableros de autocuantificado como Fitbit en las aplicaciones de redes sociales de su teléfono, lo que facilita la desactivación de notificaciones: «Cuando llegue la hora de acostarse, su teléfono pasará automáticamente al modo No molestar».
Otros productos siguen la misma senda. El sistema de búsqueda de Google, por su parte, responde al pico de datos con un nuevo plan para mostrar «anuncios más útiles». En un giro similar, la nueva actualización para YouTube incluye una configuración en la que la aplicación recuerda a los usuarios que deben «tomarse un descanso» de ver vídeos23. Y en paralelo a estos movimientos, Google ha lanzado una campaña de «bienestar». ¿El eslogan? «La buena tecnología debería mejorar la vida, no distraernos de ella».24 ¿Qué valores se enfatizan cuando avanzamos hacia una etapa superior de desarrollo? ¿Un mejor multitasking? Este reciente viraje a la autolimitación es realmente extraño. En última instancia, ¿Google ralentizará los intercambios en tiempo real para poder incorporar la reflexión? ¿Qué pasa si la mejora solo puede lograrse hablando en contra de la cultura (mortal) dominante? ¿Por qué la tecnología del «tiempo bien aprovechado» debería ayudar a que te desconectes de ella?25
Tales respuestas al pico de datos son preventivas, luchan por prevenir el desastre. Con el peligro de la entropía que se avecina en el futuro (cercano), la recopilación de datos ya no es un fin en sí mismo. Para los titanes tecnológicos, el siguiente paso crítico podría ser eliminar el valor de los datos recopilados sin molestar a los usuarios. Este plan de rescate de perfil se vende al usuario como una contribución a su «bienestar digital», un gesto de «responsabilidad corporativa». Podríamos llamar a esto «retroceso por diseño». Google ya ha anticipado cualquier posible descontento. En un gesto a lo pre-crimen de Minority Report, esta respuesta omite la fase de resistencia e instala la síntesis hegeliana de manera preliminar. Hemos superado la cultura de la apropiación. Silicon Valley ya sabe que queremos relajarnos. ¿Cómo responderán los usuarios al moralismo predeterminado de tales cambios? Contra estos gestos benevolentes, deberíamos considerar implementar colectivamente los principios de «prevención de datos» nosotros mismos.
Ante estas condiciones, necesitamos más que nunca estudios sobre Internet. Y, sin embargo, de alguna manera estos han fracasado en ser reconocidos y apoyados como una disciplina seria. Parafraseando a Habermas, podemos hablar del «proyecto inacabado» de la digitalización como la última etapa de la modernización, una que la Bildungselite posterior a 1968 difuminó categóricamente, convencida de que el rumor de la ingeniería que produjo las herramientas de Internet no la afectaría. Si bien podemos estudiar Cine, Teatro y Literatura, este no es el caso de Internet, que no ha logrado establecerse como una disciplina académica distinta con sus propios programas de licenciatura, maestría y doctorado a tiempo completo. Para defender esta brecha, las instituciones sueltan el mismo guion de que «todavía es muy temprano» –como si no hubiera suficientes personas que ya estuviesen usando Internet–. ¿Dónde está nuestro «conflicto de las facultades»? En todo el mundo, nadie parece estar dispuesto a hacerse cargo, a dar ese (tembloroso pero significativo) primer paso Los programas artísticos de los nuevos medios de comunicación se han cerrado silenciosamente, se han fusionado en empresas académicas inofensivas e introspectivas como las «humanidades digitales» o se han incluido en la lógica de «difusión» de los medios y las comunicaciones. Como resultado, los «hombres blancos geeks» de la ingeniería y los potenciales «capitalistas de riesgo» de las escuelas de negocios han logrado un dominio cultural –replicando sin cesar los esquemas de Silicon Valley y dejando al margen a aquellos con antecedentes en ciencias sociales, artes y humanidades o diseño.
La arabista italiana y compañera activista Donatella della Ratta, que enseña cultura digital en la Universidad John Cabot en Roma, agrega otro elemento: «El sujeto en línea está tan profundamente involucrado que ya no puede notar ni el teléfono ni Internet. La generación joven no se preocupa por el dispositivo tecnológico en sí, simplemente lo han borrado, lo han olvidado. Mis alumnos se aburren si hablo de tecnología per se. Quieren hablar sobre sentimientos, sobre sus cuerpos y emociones… simplemente ya no ven la tecnología». ¿Cuáles son las consecuencias de esta «fatiga tecnológica» que se propaga rápidamente, justo en el momento en que las controversias finalmente han llegado a la arena política tradicional?
A medida que la sociabilidad se agota, las decisiones sobre el compromiso y la conexión se confunden: «Uno tiene que saber con qué comprometerse y luego comprometerse con él. Incluso si eso significa hacer enemigos. O hacer amigos. Una vez que sabemos lo que queremos, ya no estamos solos, el mundo se repuebla. En todas partes hay aliados, cercanías y una gradación infinita de posibles amistades»26. Contrástese este sueño ambicioso y decisivo de The Invisible Commitee con la observación de Mark Fisher sobre la falta de automotivación entre los estudiantes y la falta de sanciones si están ausentes o no se desempeñan bien: «No reaccionan a esta libertad comprometiéndose con un proyecto propio, sino recayendo en la lasitud hedónica (o anhedónica): la narcosis suave, la dieta probada del olvido: Playstation, tv y marihuana». Frente a la sobrecarga permanente de información, se dice que los millennials están «demasiado confiados», negándose cortésmente a «aprender más» y en cambio sintiéndose atraídos por «cosas que son más importantes». El concepto de un «interior social» ya no es una paradoja.
Así que antes de lanzarnos a los debates sobre alternativas y estrategias, Tristes por diseño siente la necesidad de explorar este terreno más bien vago e indefinido de la fatiga de la decisión y el agotamiento del ego. Esta vez no habrá recuentos de viajes, ni informes pomposos sobre iniciativas del Institut of Network Cultures tales como Unlike US, Video Vortex y MoneyLab. El mercado exige que me centre y presente a la desesperación en línea en su forma más atractiva. En ensayos anteriores, he escrito sobre el blogging nihilista y sobre la psicopatología de la sobrecarga de información. Este libro retoma esos hilos, examinando en particular la interacción entre nuestro estado mental y la condición tecnológica. Aquí investigo la realidad social desde perspectivas mentales como la distracción y la tristeza. El título del libro puede leerse como una triangulación de «adicción por diseño», el famoso estudio sobre máquinas tragamonedas de Las Vegas de Natasha Dow Schüll, la «distracción por diseño» de James Williams y la «privacidad por diseño» de Ann Cavoukian.
Por último, pero no menos importante, detengámonos en la palabra «diseño» del título de este libro. ¿Otro diseño es posible?27 Una cosa es deconstruir la sosa innovación del design thinking gerencial. ¿Qué papel pueden desempeñar todavía el diseño (y la estética en general) para superar el estancamiento actual? Un camino posible aquí es evaluar críticamente las culturas de diseño realmente existentes, antes de apresurarnos en la promoción de un concepto de diseño radical sobre otro.
No podemos tan solo tener una vida, sino que estamos condenados a diseñarla. La colorida fotografía Benetton noventera de la miseria global se ha convertido en una realidad cotidiana. Los barrios pobres están inundados por ropa de diseño y calzado. Los refugiados de Versace ya no son rarezas. La envidia y la competencia nos han convertido en sujetos de una conspiración estética de la que es imposible escapar. El mcluhanesco programa de «ayuda a embellecer los patios de chatarra» ahora es una realidad global. Atrás han quedado los días en que se suponía que el diseño de la Bauhaus potenciaba la realidad cotidiana de la clase trabajadora. Hemos superado el punto de diseño como una capa adicional, una mejora que apunta a ayudar sutilmente a los ojos y las manos. El diseño ya no es una disciplina pedagógica que pretende elevar el gusto de la gente común para darle sentido y propósito a su vida diaria. No: nosotros vamos a por el estilo de vida de los ricos y famosos. Lo ordinario ya no es suficiente, el mantra es hacia delante y hacia arriba. Nosotros, el 99 %, reclamamos el estilo de vida exclusivo del 1 %. Esta es la aspiración del planeta H&M.
Al igual que el denim desgarrado y decolorado, todas nuestras deseadas mercancías han sido ya utilizadas, tocadas, alteradas, mezcladas, likeadas y shareadas antes de que las compremos. Venimos pre-consumidos. Con la distribución radical de los estilos de vida extravagantes viene la pérdida de la semiología. Ya no hay más control del significado. Las marcas pueden significar cualquier cosa para cualquiera. Esta es la precariedad del signo.
Nuestro hermoso desastre ya no es un accidente o un signo trágico de una decadencia interminable, sino una parte integral del diseño general. La cultura del diseño de hoy es una expresión de nuestras vidas intensamente prototípicas. Somos los adictos a la experiencia que desean exprimir los placeres de la vida para agotarla por completo. Y, sin embargo, es notable el poco progreso transformador que hemos logrado. Queremos mucho, y hacemos tan poco. Nuestro estado precario se ha hecho perpetuo.
Cuando nos enfrentamos con la precariedad de la ciencia ficción, esa extraña tecno-realidad que tenemos por delante, la primera asociación que nos viene a la mente son los conformistas años cincuenta. Claro, nos hubiera gustado vivir en una película de Blade Runner, pero nuestra realidad se parece más a una novela de Victor Hugo o una película de Douglas Sirk en donde lo hiperreal toma el mando. El aburrimiento, la ansiedad y la desesperación son el desafortunado desenlace. Esa es la «precariedad realmente existente», comparable al «socialismo realmente existente» en el período saliente de la Guerra Fría. Precariedad casual, por donde se mire. El terror de la comodidad nos vuelve locos. La monotonía de todo ello está contrastada y acelerada por el ocasional estilo modernista de IKEA que, en teoría, debería animarnos, pero que al final solo provoca una revuelta interna contra esta realidad manufacturada. ¿Qué se debe hacer con los trabajadores que no tienen nada que perder excepto sus gafas de sol Ray-Ban? No podemos esperar a Godot, ni siquiera por una fracción de segundo. No importa lo desesperada que sea la situación, la rebelión simplemente no ocurrirá. En el mejor de los casos, asistimos a un festival, expandimos nuestra mente y nuestro cuerpo, y luego volvemos a hundirnos en el vacío.
Una vez que el silencio se ha desvanecido, salimos de nuestras cámaras de eco arti-geek-académicas. La situación política actual exige abstenernos de propuestas «tecnosolucionistas» y en cambio migrar estos supuestamente restringidos «problemas de Internet» a contextos más grandes como el de la precariedad, las políticas tecnológicas poscoloniales, las cuestiones de género, la acción por el cambio climático o el urbanismo alternativo. A pesar de todo el potencial de fatalismo e introspección, mantengámonos en la línea del eslogan de Mark Fisher: «Pesimismo de las emociones, optimismo del acto»28. Como un gesto a este momento, mi investigación sobre las culturas críticas de Internet concluye con una contribución al «debate de los comunes». Como dijo Noam Chomsky, «hay mucho que podemos hacer para doblar el arco de la historia hacia la justicia, para tomar prestada la frase que hizo famosa Martin Luther King. La forma más fácil es sucumbir a la desesperación y ayudar a garantizar que suceda lo peor. La manera sensata y valiente es unirse a aquellos que trabajan por un mundo mejor, dando uso a las amplias oportunidades disponibles»29.
1Twitter, 11 de julio de 2017.
2Laura Penny, «Who does she think she is» [¿Quién se cree que es?] https://longreads.com/2018/03/28/who-does-she-think-she-is/
3Mara Einstein: «Si un amigo nos dice que le gustó la última película de Jurassic Park no hay razón para no creerle. Desafortunadamente, lo que también hemos llegado a creer es que amasar amigos en Facebook o seguidores en Twitter tiene que ver en última instancia con compartir con compatriotas. No es así: se trata de crear una audiencia para los publicistas. De ese modo, nuestras relaciones se vuelven medios para facilitar transacciones de mercado, o en el lenguaje del mercado, estas han sido monetizadas». Black Ops Marketing, OR Books, Nueva York, 2016, pág. 8.
4http://highscalability.com/blog/2018/8/22/what-do-you-believe-now-that-you-didnt-five-years-ago-centra.html.
5Siva Vaidhyanathan, Anti-Social Media, Oxford University Press, Nueva York, 2018, pág. 10.
6En su artículo «Desenmascarando los mitos más grandes sobre “adicción a la tecnología”» (https://undark.org/article/technology-addiction-myths/), Christopher Ferguson afirma que, contrariamente a otras investigaciones que difundieron el «pánico moral», la tecnología no es una droga, no es una enfermedad mental y no conduce al suicidio. Estas son guerras estadísticas entre psicólogos que están atrapados en los sesgos de su propia realidad empírica, producidos por sus parámetros de investigación. Mi punto aquí es tener cuidado con la medicalización del lenguaje cotidiano.
7Slavoj Žižek, The Year of Living Dangerously, Londres, Verso, 2012, pág. 127.
8La Sociedad de lo Social no es solo una referencia divertida a la Sociedad del Espectáculo de Guy Debord, sino una provocación a la ausencia casi total de la sociología tradicional en el «debate de las redes sociales». El concepto puede leerse también como una extensión de un ensayo previo, escrito en 2012 y titulado «¿Qué es lo social en las redes sociales?», publicado en Social Media Abyss, Cambridge, Polity, 2016.
9Claude Lévi-Strauss, Tristes Trópicos, Paidos, Barcelona, 1988, pág. 462.
10Volúmenes previos: Dark Fiber, MIT Press, 2002; My First Recession, V2/NAi, 2003; Zero Comments, Routledge, 2007; Networks without a Cause, Polity, 2012; Social Media Abyss, Polity, 2016.
11Clifford Geertz, La interpretación de las culturas, Barcelona, Gedisa, 1987, pág. 28.
12Franco Berardi, Futurability, The Age of Impotence and the Horizon of Possibility, Verso, Londres/Nueva York, 2017, pág. 172.
13Bernard Stiegler, Technics and Time, 2, Disorientation, Stanford University Press, Stanford, 2009, pág. 3.
14The Invisible Committee, Now, Semiotext(e), Sur de Pasadena, 2017, pág. 48.
15Ulises Mejías, Off the Network, Disrupting the Digital World, University of Minnesota Press, Minneapolis, 2013. También he usado el «Discourses on dysconnectivity and the right to disconnect» [Discursos sobre la desconexión y el derecho a desconectarse] de Pepita Hesselberth, en New Media & Society, 2018, Vol. 20(5), págs. 1994-2010.
16Para una visión general véase Pepita Hesselberth, «Discourses on dysconnectivity and the right to disconnect» [Discursos sobre la desconexión y el derecho a desconectarse], en New Media & Society, 2018, Vol. 20(50), págs. 1994-2019.
17https://thedisconnect.co/. «Creemos que deberías poder desconectarte de Internet sin sacrificar las posibilidades de una plataforma digital. Al forzarte a físicamente desconectar tu conexión de Internet, The Disconnect crea una dinámica que te permite vincularte con el contenido digital a tu propio ritmo».
18En 2011, Nathan Jurgenson argumentó que debemos abandonar la asunción dualista digital de que los espacios on y offline están separados. «Las redes sociales tienen todo que ver con el mundo físico y nuestras vidas fuera de línea están cada vez más influenciadas por las redes sociales, incluso cuando estamos desconectados. Debemos despojarnos del sesgo digital dualista porque nuestras páginas de Facebook son, en efecto, “la vida real”, y nuestra existencia offline es crecientemente virtual». https://thesocietypages.org/cyborgology/2011/09/13/digital-dualism-and-the-fallacy-of-web-objectivity/.
19Andrew Keen, How to Fix the Future, Atlantic Books, Londres, 2018, pág. 192.
20Andrew Keen, op. cit., pág. 41.
21Escrito en respuesta e inspirado por Bernard Stiegler, Automatic Society, Volume 1: The Future of Work, Polity Press, Cambridge, 2016, págs. 6-18.
22Dieter Bohn, «Google’s Most Ambitious Update in Years», The Verge, 8 de mayo de 2018. https://www.theverge.com/2018/5/8/17327302/android-p-update-new-features-changes-video-google-io-2018. Thanks to Michael Dieter for contributing to this research.
23Véase: https://www.androidauthority.com/youtube-take-a-break-864783/.
24Eslogan de la página web https://www.wellbeing.google
25Simone Stolzoff, «Technology’s ‘Time Well Spent’ movement has lost its meaning» [«El movimiento tecnológico del “tiempo bien aprovechado” ha perdido su significado»], https://qz.com/1347231/technologys-time-well-spent-movement-has-lost-its-meaning/.
26The Invisible Committee, Now, Semiotext(e), Sur de Pasadena, 2017, pág. 16.
27Título de la tesis de PhD de Maja Van der Velden, University of Bergen, 2009. (http://www.globalagenda.org/).
28Mark Fisher, «Optimism of the Act», www.k-punk.org/optimism-of-the-act.
29«The growth of right-wing forces is ominous» [«El crecimiento de las fuerzas de derecha es ominoso»], entrevista con Noam Chomsky, 22 de junio de 2018: https://frontline.thehindu.com/politics/the-growth-of-rightwing-forces-is-ominous/article10108703.ece.
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Superando al desilusionado Internet
Eslogan de marca: Bien distraído, completamente extraído™ – «La inteligencia artificial no es la respuesta a la estupidez organizada». Johan Sjerpstra – «Por favor no me escribas a menos que me vayas a pagar». Molly Soda – «El capitalismo tardío es como tu vida amorosa: se ve mucho menos desolado a través de un filtro de Instagram». Laurie Penny – «Me pregunto cuánta gente a favor de la necesidad de libre expresión y debate racional ha bloqueado y silenciado trolls». Nick Srnicek – «La posverdad es al capitalismo digital lo que la contaminación es al capitalismo de energías fósiles: un subproducto de sus operaciones». Evgeny Morozov – «He visto al ejército de trolls, y somos nosotros». Erin Gün Sirer.
El desencanto con Internet es un hecho1. La iluminación no nos trae liberación sino depresión. El aura alguna vez fabulosa, que rodeaba a nuestras queridas aplicaciones, blogs y redes sociales se ha desinflado. Deslizar, compartir y poner «Me gusta» se sienten como rutinas mecánicas, gestos vacíos. Hemos comenzado a borrar amigos y a dejar de seguir, pero no podemos permitirnos eliminar nuestras cuentas, ya que esto implica un suicidio social. Si «la verdad es lo que sea que produzca más globos oculares», como afirma Evgeny Morozov, la única opción que queda es una huelga general de clics. Como esto no está sucediendo, nos sentimos atrapados, encontrando consuelo en los memes.
El enfoque de múltiples verdades de la política de identidad, según Slavoj Žižek, ha producido una cultura del relativismo2. El «consentimiento de fabricación» de Lippmann y Chomsky se ha detenido. Como lo explica Žižek en una entrevista en la televisión británica, el Gran Hermano ha desaparecido3. Ya no existe el Servicio Mundial de la BBC, la voz de radio moderada que una vez nos proporcionó opiniones equilibradas e información fiable. Cada pieza de información conlleva la sospecha de autopromoción, elaborada por gerentes de relaciones públicas y consultores de comunicación, y por nosotros mismos como usuarios (somos nuestros propios becarios de marketing). Lo que está colapsando es la imaginación de una vida mejor. Al protestar, no son «los condenados de la Tierra» los que se están rebelando porque no tienen nada más que perder, sino la clase media estancada y los «jóvenes profesionales urbanos» que se enfrentan a una precariedad permanente.
La conformidad masiva no dio frutos. Una vez que el affaire con la aplicación se acaba y la adicción se revela, el estado de ánimo vira hacia el aborrecimiento y los pensamientos contemplan dejar el vicio de golpe. ¿Qué viene tras el detrimento exorbitante? Después de la arrogancia viene la culpa, la vergüenza y el remordimiento. La pregunta es cómo el descontento actual finalmente se desarrollará al nivel de la arquitectura de Internet. ¿Qué es el tecno-arrepentimiento? ¿Cómo podemos reintroducir la idea de una web descentralizada?, se pregunta la iluminada comunidad tecnológica norteamericana, después de décadas de apoyo poco crítico a sus propios adictivos monopolios en formación4. ¿Su respuesta? Escribe más código. En contraste, la respuesta europea al «Internet roto» es una iniciativa de infraestructura pública llamada soberanía tecnológica y la «pila pública» (veremos más sobre esto en el capítulo 5).
Lo que algunos ven como un alivio es experimentado por muchos como frustración, e incluso odio. El Otro en línea ya no puede ser clasificado como un «amigo». «Si la gente en el mundo exterior le asusta, la gente en Internet le aterrorizará», es una advertencia general que se aplica a todos los sitios. La conciencia sobre los trolls nunca ha sido tan alta. Incapaces de escapar y condenados a permanecer en línea, nuestro encuentro existencial con el troll parece inevitable. Los usuarios están bajo la amenaza de un colapso socioeconómico y, una vez pobres, están sujetos a la economía del posdinero, en la que solo circulan entidades imaginarias. Una vez que han sido dados de baja, estar en línea es su último refugio.
«Estamos aterrojodidos». Así es como Jarett Kobek resumió el sentimiento general en su novela I Hate the Internet, publicada en 2016. La culpa y la frustración son a la vez personales y políticas, a escala global. Ubicada en las calles gentrificadas de San Francisco, la historia describe cómo las computadoras coordinan la explotación de «la población excedente como esclavos perpetuos». ¿Qué sucede una vez que la comprendemos que «todas las computadoras del mundo fueron construidas por esclavos en China» y que tú eres la persona que usa esos mismos dispositivos? ¿Qué sucede cuando nos reconocemos personalmente como los cómplices culpables, «sufriendo la indignación moral de un escritor hipócrita que se ha beneficiado del botín de la esclavitud»?5
¿Qué sucede si la economía actual de Internet de lo gratuito es el escenario futuro predeterminado para el 99 %? Esta es la parte intrigante de la filosofía Hazlo Tú Mismo de Kobek, que él presenta como una ciencia ficción del presente. ¿Qué sucederá cuando la concentración de poder y dinero en manos de unos pocos se vuelva irreversible y abandonemos toda esperanza de una redistribución de ingresos? Para Kobek, este ya es el caso. El dinero tradicional ha fracasado, reemplazado por la microfama de los influencers, «la última moneda válida del mundo», que es incluso más susceptible a las oscilaciones que el dinero. «El dinero tradicional había dejado de ser un intercambio de humillación por comida y refugio. El dinero tradicional se había convertido en el equivalente de un mundo de fantasía».
Kobek se describe a sí mismo como un defensor de la «mala novela» en contraste con la ficción literaria de la Guerra Fría patrocinada por la CIA llamada «buena novela» –una categoría que continúa existiendo en la obra de Jonathan Franzen, «quien escribió sobre personas del Medio Oeste de los Estados Unidos que no tienen mucha eumelanina en sus epidermis». Las novelas malas se definen aquí como historias que «imitan a la red de computadoras en su obsesión con los medios de comunicación basura, en su presentación irrelevante e irregular de contenido», historias llenas de personajes que tienen un «profundo afecto por la literatura juvenil», como Heinlein, Tolkien y Rand. Todo esto te hace preguntarte en qué categoría podría encajar la actualización de Dave Eggers de 1984, The Circle. ¿Puede esta historia sobre la economía predictiva, impuesta por una fusión ficticia de Google y Facebook, ser clasificada como mala novela original en esta categoría? ¿Qué sucede cuando ya no somos capaces de distinguir entre utopía y distopía?
Para Kobek, la fama e Internet son dispositivos para despojarnos de agencia. La promesa de la fama engaña a las personas con imágenes de éxito grotesco. Mientras crean en sus sueños, todo el mundo es un artista y una celebridad, emulando a ejemplos como Beyoncé y Rihanna, que son inspiraciones en lugar de buitres. Tales casos de celebridades mostraron «cómo las personas impotentes mostraron sus súplicas ante sus amos». Los fans son compañeros de viaje en un viaje por la vida; no son consumidores que compran un producto o servicio. Según Kobek, «los pobres están condenados a Internet, un recurso maravilloso para ver televisión de mierda y experimentar angustia por los salarios de otras personas». Construido por «hombres sin sentido», Internet no invoca más que basura y odio, dejando a los pobres con las manos vacías, sin nada que vender. Los pobres hacen dinero para Facebook, nunca será al revés.
El estilo de Kobek se ha comparado con el de Houellebecq debido a la dureza de sus personajes. Deambulamos por el ambiente cínico de las startups de la Bahía de San Francisco donde manifestantes «lanzan piedras al bus de Google», pero Kobek se niega a llevarnos dentro. Esta es la perspectiva de los marginados y los desesperados, una perspectiva que al menos promete algunas ideas reales. Se nos hace notorio el imaginario colectivo desértico de la clase geek, esa mezcla de Hacker News, Reddit, 4chan, juegos y porno. A diferencia de una novela de ciberpunk, no ingresamos al ciberespacio, no nos enchufamos y nos deslizamos por los perfiles que fluyen a través de Instagram. No se trata de una «ilusión del fin». Y esta es la principal diferencia de la generación revolucionaria-utópica de 1968: tenemos la extraña sensación de que algo apenas ha comenzado. En esta era distópica e hiperconservadora, ya no nos enfrentamos al deber histórico de enfrentar la finalidad de los episodios de la sociedad, como el Estado del Bienestar, el Neoliberalismo, la Globalización o la Unión Europea. En cambio, nos han atraído a un estado perpetuo de retromanía, porque, como señaló el fenecido Mark Fisher, es el presente el que desapareció («Make America Dank Again»).
Dentro de estos pseudoeventos no hay cronología, ni desarrollo, ni principio ni medio, y mucho menos un final. Estamos más allá del proceso terminal, se trata del mosaico posmoderno. Todo se está acelerando. Este debe ser el estilo catastrófico del siglo XXI presentado en tantas películas. Sin embargo, seguimos encapsulados, capturados dentro de bucles cibernéticos que no van a ninguna parte, observando paralizados a medida que pasan ciclos sin sentido de eventos, series y temporadas. ¿Qué sucede cuando la ansiedad de la saturación de información se convierte en un profundo sentimiento de vacío? Una vez que hemos pasado este punto, lo digital no desaparece, ni termina. Los acontecimientos simplemente ya no se convierten en espectáculos romanos. En cambio, experimentamos el simulacro como realidad primordial. No podemos procesar una sobreproducción tan repentina de la realidad.
Ya no encendemos las noticias de televisión pensando que estamos viendo una película. Lo hemos superado. No es la vida lo que se ha convertido en cinematográfico; son el escenario cinematográfico y sus efectos los que dan forma a los grandes diseños de nuestras sociedades tecnológicas. Las películas anticiparon nuestra condición, y ahora estamos en medio de la ciencia ficción de antaño. El filme Minority Report es ahora una realidad tecno-burocrática, impulsada por la integración de flujos de datos una vez separados. Black Mirror no es una broma. La realidad virtual de verdad se siente como Matrix. Los reality shows de TV de Trump demostraron ser ensayos. Sus tuits son en verdad las políticas de Estados Unidos. Todo esto nos hace añorar una ficción realmente extemporánea y extraña. La lógica de vanguardia todavía parece viva con el papel de artistas bohemios siendo asumido por ingenieros y empresarios. Hemos dejado atrás el escenario del arte y el entretenimiento como «propuestas» y «escenarios». La última industria en lidiar con el remolino de lo falso y lo real es la propia industria de las noticias. La hiperrealidad se convierte en nuestra situación cotidiana, independientemente de si se la percibe como aburrida o marginal.
Veamos la desilusión radical como forma y celebremos el regreso de su sumo sacerdote, Jean Baudrillard. La rabia de las redes sociales no es solo una condición médica de unos pocos, es la condición humana. ¿Se convertirá el desencanto en una revuelta, como Camus contempló una vez? El agotamiento espiritual ciertamente está ahí (#sleepnomore). Con las manos vacías, discutimos una brillante pero impotente crítica del algoritmo, una tras otra. Para ponerlo en términos espaciales, el mundo infinito del ciberespacio, una sala que contiene una casa que contiene una ciudad, se ha derrumbado en un paisaje árido y expuesto en el que la transparencia se transforma rápidamente en paranoia. En lugar de perdidos en un laberinto, somos arrojados al aire libre, vigilados y manipulados, sin centros de comando a la vista.
Las mil mesetas de tuits, blogs, historias de Instagram y actualizaciones de Facebook han creado una cultura de profunda confusión. Se suponía que la fragmentación nos enriquecería. ¿Recuerdan que la diferencia radical se presentaba como belleza fractal? Todo bien. Entonces, ¿por qué deberíamos pagar ahora la factura por todas las consecuencias imprevistas? No se suponía que esto fuera a suceder. ¿Es esta la Derridalandia que una vez soñamos? Los medios convencionales juegan un papel decisivo en este proceso de decadencia. El papel de los medios de comunicación como «cámaras de compensación» para los hechos y las opiniones se ha visto socavado durante décadas por el aumento de las fuerzas centrípetas en la sociedad que ya no aceptan sentimientos particulares de épocas del baby boom, como la verdad y la independencia. A pesar de que su legitimidad se ha desvanecido, su influencia sigue siendo sustancial. Esto crea un ambiente de ambivalencia permanente.
Después de décadas de arduo trabajo para deconstruir la ideología dominante de los medios de comunicación convencionales, no hay vuelta atrás. El consenso liberal está roto. La impresionante incapacidad de «la prensa» para lidiar con los cambios en la sociedad (desde el cambio climático hasta la desigualdad de ingresos) ha llevado a una forma generalizada de indiferencia. ¿Por qué molestarse con los muertos vivientes? Los puntos ciegos teóricos de las sucesivas generaciones posmodernas son demasiado numerosos para enumerarlos. El gran elefante en la habitación aquí es Jürgen Habermas. Muchos de nosotros todavía suscribimos su noción de la esfera pública burguesa como un escenario donde las diferentes opiniones compiten en un diálogo racional, incluso si no creemos en los valores fundamentales de la sociedad occidental, como la democracia. ¿Y quién sería el «contrapúblico» en este contexto? ¿El «contenido generado por el usuario» de 4chan, Reddit o canales de YouTube como PewDiePie? ¿Cuál es la respuesta organizada a todo esto? Condena moral y negación. Y nosotros mismos como activistas, ¿qué tenemos para ofrecer? ¿Cómo se ve una versión contemporánea de Indymedia? ¿Y dónde está, ahora que la necesitamos tanto? Si es posible un modelo federado de filtrado de noticias de abajo hacia arriba, entonces construyámoslo.
Hay una crisis de «cultura participativa». Veamos el ejemplo de danah boyd y cómo está deconstruyendo el discurso de alfabetización mediática en el que muchos de nosotros teníamos grandes esperanzas. Una lectura cínica de las noticias ha ensombrecido las capacidades críticas. A raíz de las elecciones de 2016 de Donald Trump, se preguntó si la alfabetización mediática había sido contraproducente6. Es perezoso culpar solo al trolling, al clickbait y a las fake news de la caída de la legitimidad de las noticias. Para la generación del baby boom anterior a Internet, la alfabetización era sinónimo de la capacidad de cuestionar fuentes, deconstruir opiniones y leer ideología en mensajes casi neutrales. Hoy en día, el significado de alfabetización ha cambiado, refiriéndose a la capacidad de los ciudadanos para producir su propio contenido en forma de respuestas, contribuciones, publicaciones en blogs, actualizaciones de redes sociales e imágenes subidas a canales de vídeo y sitios para compartir fotos.
Sin embargo, este giro de consumidor crítico a productor crítico tuvo un precio: la inflación de la información. La autoridad para filtrar las noticias pasó de los medios de difusión de arriba abajo a los gigantes de la tecnología. Según boyd, la alfabetización mediática se ha asemejado a una desconfianza de los medios de comunicación y ya no a la crítica basada en hechos. En lugar de considerar la evidencia de los expertos, ha llegado a ser suficiente para exponer la propia experiencia. La indignación ha triunfado, se ha atrofiado el debate razonable. El resultado es una cultura altamente polarizada que favorece el tribalismo y la autosegregación.
La situación actual exige un replanteamiento de las demandas habituales de los activistas y actores de la sociedad civil con respecto a la «alfabetización mediática». ¿Cómo se puede informar mejor a la audiencia general? ¿Es este un diagnóstico preciso del problema actual en primer lugar? ¿Cómo se pueden hacer agujeros en burbujas de filtro? ¿Cómo puede el Hazlo-Tú-Mismo ser una alternativa viable cuando las redes sociales ya han experimentado en tales términos? ¿Y podemos seguir confiando en el potencial emancipador de «replicar a los medios de comunicación» a través de las ya conocidas aplicaciones de redes sociales? ¿Cómo funciona la manipulación hoy? ¿Sigue siendo productivo deconstruir The New York Times (y sus equivalentes)? Si la década de los setenta produjo Para leer al Pato Donald7, ¿quién va a escribir Para usar Facebook? ¿Cómo explicaría el funcionamiento del newsfeed de Facebook a su base de usuarios? ¿Sigue siendo una caja negra?
Si queremos culpar a los algoritmos, ¿cómo podemos popularizar su complejidad a grandes audiencias? Un ejemplo de ello podría ser Armas de destrucción matemática de Cathy O’Neil8, en el que describe cómo «los modelos matemáticos mal concebidos abarcan la economía, desde la publicidad hasta las cárceles». Su pregunta es cómo domesticar y, sí, desarmar los algoritmos peligrosos. Tales modelos matemáticos no son herramientas neutrales. Sin embargo, en la vida cotidiana, experimentamos cada vez más el ranking como destino. «Prometiendo eficiencia y equidad, distorsionan la educación superior, aumentan la deuda, estimulan el encarcelamiento masivo, golpean a los pobres en casi todos los momentos y socavan la democracia». En esta cuenta de sus trabajos en numerosas industrias, O’Neil muestra que este software es «no solo construido a partir de datos, sino también de las elecciones que hacemos sobre a qué datos prestar atención y cuáles omitir. Esas opciones no solo se refieren a la logística, los beneficios y la eficiencia. Son fundamentalmente morales». Y sesgados por clase, agrega: «Los privilegiados son procesados por personas, las masas por máquinas». Una vez instalados y funcionando por un tiempo, estos «motores de diferencia» crean su propia realidad y justifican sus propios resultados, un modelo que O’Neil denota como de autoperpetuación y altamente destructivo.
Técnicas tales como las filtraciones, las fake news, los bots sociales, el uso de materiales comprometedores en política y la propaganda de agitación confunden el clima político. La desorientación es suficiente: ya no es necesario manipular los resultados electorales. En esta era posfactual, nos quedamos con las creencias instantáneas de comentaristas famosos y expertos en medios. Mire los tuits de Donald Trump, una forma definitiva de alfabetización mediática y una perversa epifanía de la autoexpresión9. Los tuits personales se han vuelto indistinguibles de la política, la propaganda estatal y la guerrilla informacional. En este sentido, el poder ya no funciona a través de la seducción de la sobreexposición pornográfica a imágenes 3D de alta resolución. Ya no se trata del Big Data, sino del singular data: pequeños mensajes con una «tremenda» secuela. A este nivel, dejamos atrás los reinos del glamour de Hollywood y el reality de televisión y entramos en el reino de la comunicación-con-consecuencias en tiempo real, un híbrido de próximo nivel en el que el poder ejecutivo soberano y el marketing se vuelven inseparables.
Aparte de los impulsos tecnodecisionistas, ¿qué ofrece el psicoanálisis contemporáneo? El punto de partida parece ser el renacimiento del narcisismo como diagnóstico cultural. El trabajo al que me referiré aquí es El egoísmo de los Otros: un ensayo sobre el miedo al narcisismo, de Kristin Dombek. Si bien este texto evita las referencias a las culturas de Internet y se abstiene de quejas sobre selfies y redes sociales, el ensayo apunta al cambio crucial en el análisis de los métodos terapéuticos a los métodos cuantitativos. El narcisismo de hoy es de naturaleza social y contagiosa y consiste en rasgos «que pueden medirse a través de grandes grupos de personas»10. La Generación Yo se extiende por el planeta. Necesitamos ir más allá de las metáforas de la enfermedad cuando se habla de Trump, la derecha alternativa y las redes sociales en general. Podría ser un error fatal (tanto a nivel de diagnóstico como táctico) intentar marginar a la ensimismada derecha populista como si se tratase de «pacientes enfermos». En una reseña, leemos que «el propio punto de vista de Dombek se hace eco de la visión del filósofo René Girard, quien argumentó que nuestra tendencia a ver el narcisismo en los padres y compañeros es un esfuerzo para asegurarnos de que si aquellos que deseamos no nos responden de manera ideal, es porque ellos están enfermos, no porque nosotros no seamos interesantes»11.
Más allá del miedo al narcisismo, echemos otro vistazo a Trump, un hombre que «parece ser sumamente consciente del hecho de que siempre está actuando. Se mueve a través de la vida como un hombre que sabe que siempre lo están observando». Esta cita previa a las elecciones ha sido tomada de una pieza de junio de 2016 aparecida en The Atlantic llamada «La mente de Donald Trump»12. Allí se le describe como «desconcertante»: «una extroversión exagerada combinada con un bajo nivel de afabilidad». La lista de sus características es impresionante. Se le describe como «impulsado por una dinamo, inquieto, incapaz de quedarse estático, sin necesidad de dormir muchas horas». Una característica cardinal de la alta extroversión es la búsqueda de recompensa sin descanso. Impulsado por la actividad de los circuitos de dopamina en el cerebro, los actores altamente extrovertidos son impulsados a perseguir experiencias emocionales positivas. «La ira puede alimentar la malicia, pero también puede motivar el dominio social, alimentando el deseo de ganar la adoración de los demás… la ira está en el núcleo del carisma de Trump… dominado por la extroversión exuberante, la teatralidad constante y el deseo de trascender como celebridad», que nunca piensa dos veces sobre el daño colateral que dejará atrás.
Las personas altamente narcisistas atraen la atención hacia sí mismas. La auto-referencia repetida y desordenada es una característica distintiva de su personalidad. Con el tiempo, las personas se molestan, si no se enfurecen, por su egocentrismo. Cuando los narcisistas comienzan a decepcionar a aquellos a quienes alguna vez deslumbraron, su descenso puede ser especialmente precipitado. Todavía hay verdad hoy en el proverbio antiguo: «El orgullo precede a la caída». El mundo está saturado de una sensación de peligro y una necesidad de fortaleza. No se puede confiar en el mundo. En esta arena brutal, el héroe exitoso es el feroz combatiente que lucha para ganar. ¿Está preocupado por las fantasías de que el mundo se está acabando debido al egoísmo de los demás? «¿Quién es realmente Donald Trump? ¿Qué hay detrás de la máscara del actor? Puedo discernir poco más que motivaciones narcisistas y una narrativa personal complementaria sobre ganar a cualquier precio. Es como si Trump hubiera invertido tanto de sí mismo en desarrollar y perfeccionar su papel socialmente dominante que ya no le queda nada para crear una historia significativa para su vida o para la nación. Siempre es Donald Trump interpretando a Donald Trump, luchando para ganar, pero sin saber por qué»13.
¿Dónde podríamos encontrar el punto de partida para la filosofía del descrédito hoy en día? ¿Debemos buscar un seguimiento secular de la crítica de la religión? ¿Qué es el ateísmo dentro del contexto de la información? ¿Cuál es nuestro tótem y cuál el tabú? La multiplicidad de fuentes y puntos de vista, una vez celebrada como «diversidad de opinión», ahora está llegando a su «punto cero» nihilista. En lugar de una acumulación de significado que conduce a percepciones potencialmente críticas (o incluso al conocimiento), la información implosiona en un conjunto de indiferencias (una situación que posiblemente conduzca a la desaparición de canales como Twitter, ya que prosperan en expresiones, juicios y preferencias individuales).
En estos días, los dogmas institucionales se ocultan dentro del folklore de los medios, cableados en arquitecturas de red, dirigidos por algoritmos. El rechazo mental de la autoridad está ahora tan extendido y se ha hundido tanto en las rutinas y mentalidades diarias que se ha vuelto irrelevante si negamos, respaldamos o deconstruimos una información en particular. Este es el aspecto truculento de la disposición actual de las redes sociales.
Atrincherados en sus habitaciones, los productores de memes se han vuelto inmunes a cualquier crítica por parte de los moralistas liberales de la tercera vía. Su firewall de indiferencia aún no ha sido hackeado. La deconstrucción irónica tampoco está haciendo el trabajo. Tara Burton señala que «dada la anarquía ideológica inherente al shitposting, tiende a desafiar el análisis. Los shitposters, que no están limitados por nada, crean una trampa retórica para sus enemigos, que tienden a estar limitados por tener un punto real»14. «El shitposting no puede ser refutado, solo puede ser repetido», concluye Burton. Esta no es la edad del Hombre/Mujer del Renacimiento; aquí la desilusión es simplemente abrumadora.
Nos encontramos sobrepasados por los eventos de los medios que se desarrollan en tiempo real. ¿Es este espectáculo una cortina de humo para medidas más drásticas a largo plazo? ¿Cuál es nuestro plan? Las estrategias políticamente correctas de la «sociedad civil» son todas bien intencionadas y están relacionadas con temas importantes, pero parecen estar avanzando hacia un universo paralelo, incapaz de responder al diseño de memes cínicos que está tomando rápidamente posiciones de poder clave. ¿Hay formas de no solo devolver el golpe, sino también estar un paso por delante? ¿Qué tenemos en mente?
¿Cómo podemos pasar de Data a Dada y convertirnos en una vanguardia del siglo XXI, una que verdaderamente entienda el imperativo tecnológico y muestre que somos lo social en las redes sociales? En resumen, ¿cómo desarrollamos, y luego ampliamos, los conceptos críticos y juntamos la política y la estética de una manera que hable a los millones en línea? Identifiquemos los obstáculos, sabiendo que es hora de actuar. Sabemos que burlarse del penoso mundo de los xenófobos no está funcionando. Están en la ofensiva; nosotros, no. ¿Qué podemos hacer aparte de unirnos?15 ¿Podemos esperar algo del diseñador como lobo solitario? ¿Cómo puede organizarse el trabajo político contemporáneo fuera de Facebook y Twitter? ¿Necesitamos aún más herramientas para unirnos? ¿Ya ha comenzado a usar DuckDuckGo, Meetup, Diaspora, Mastodon, DemocracyOS o Loomio? ¿Dónde están los sitios de citas colectivas para el activismo político? ¿Cómo podemos diseñar y luego movilizar un deseo colectivo y en red que nos unifique en una «diversidad profunda»? ¿La promesa de redes abiertas y distribuidas va a hacer el trabajo o estás buscando lazos fuertes y todas las consecuencias que vienen con ellos?
Generaciones han estudiado los errores fatales cometidos en el período de entreguerras, pero ¿cuál es la conclusión ahora que nos estamos moviendo hacia una situación similar? ¿Cómo sería una vida no fascista en estos días? ¿Podemos seguir inspirándonos en Los orígenes del totalitarismo de Hannah Arendt (en el que encontramos la cita de David Rousset, «los hombres normales no saben que todo es posible»), la Psicología del Fascismo de Wilhelm Reich, la Dialéctica de la Ilustración de Adorno y Horkheimer, Masa y poder de Elias Canetti y –la obra que definió mi propio destino intelectual– Las fantasías masculinas de Klaus Theweleit? No hace falta decir que esta es una lista subjetiva, ya que hay tantos clásicos en este género16. ¿Nos ayudarán estos autores a descubrir cuáles son las causas definitorias de la regresión? ¿Cómo podemos ubicar los problemas clave, y luego actuar sobre ellos, sabiendo que hemos identificado los factores socio-psicológicos que están causando el punto de inflexión?
1Un borrador previo de este capítulo fue publicado en junio de 2017 en E-flux Journal #83: https://www.flux.com/journal/83/141287/overcoming-internet-disillusionment-on-the-principles-of-meme-design/. La parte correspondiente al diseño de memes ha sido trasladada al capítulo 8.
2El diseñador e investigador Silvio Lorusso (http://silviolorusso.com/), quien proveyó de comentarios valiosos a esta pieza, notó que un relativismo similar se ha asentado en la cultura visual. Esta podría ser la razón por la cual diseñadores gráficos entrenados y profesionales son los menos cualificados para producir memes efectivos. En respuesta, los memes son con frecuencia asociados a una cultura amateur underground. La creación de memes es por tanto descrita como un proceso misterioso, por ejemplo en el documental sobre el «primer meme», el Techno Viking (como se discute en el capítulo 9).
3Slavoj Žižek sobre Trump, el Brexit, y las fake news, Channel 4 News, 13 de febrero de 2017. https://www.youtube.com/watch?v=ByKXcIPi7MI.
4Véase: https://www.computing.co.uk/ctg/news/3036546/decentralising-the-web-why-is-it-so-hard-to-achieve.
5Jarett Kobek, I Hate the Internet [Odio Internet], Serpent’s Tail, Londres, 2016, pág. 25.
6danah boyd, «Did Media Literacy Backfire?», 12 de enero de 2017: http://dmlcentral.net/media-literacy-backfire/.
7En 2018, OR Books publicó una reimpresión del clásico de 1971 Para leer al Pato Donald, de Dorfman y Mattelart: https://es.wikipedia.org/wiki/Para_leer_al_Pato_Donald
8Cathy O’Neil, Armas de destrucción matemática, Madrid, Capitán Swing, 2017.
9Véase https://www.cjr.org/tow_center/donald_trump_media_organization.php. «De muchas maneras, Donald Trump se ve a sí mismo no solo como opuesto a la prensa existente sino en competencia con ellos, también». La pieza argumenta que, a través de Twitter y otros varios canales, Trump está dirigiendo su propia compañía de medios. (Gracias a Marc Tuters por la referencia.)
10Kristin Dombek, The Selfishness of Others—An Essay on the Fear of Narcissism, Farrar, Straus & Giroux, Nueva York, 2016.
11Jennifer Schuessler, «I’m OK, You’re a Narcissist», New York Times, 31 de julio de 2016: https://www.nytimes.com/2016/08/01/books/review-the-selfishness-of-others-or-im-ok-youre-a-narcissist.html
12Dan P. McAdams, «The Mind of Donald Trump», The Atlantic (junio de 2016): https://www.theatlantic.com/magazine/archive/2016/06/the-mind-of-donald-trump/480771/. En español en Perfil.com (enero 2017): https://www.perfil.com/noticias/elobservador/que-tiene-trump-en-la-cabeza.phtml
13Ibid.
14Tara Burton, «Apocalypse Whatever», Real Life (13 de diciembre de 2016), http://reallifemag.com/apocalypse-whatever/.
15Materiales sobre el concepto propuesto de «redes organizadas» sobre el que escrito por varios años junto a Ned Rossiter han sido compilados en Organization after Social Media, Minor Compositions, 2018. Puede descargar el libro gratis aquí: http://www.minor-compositions.info/wp-content/uploads/2018/06/organizationaftersocialmedia-web.pdf.
16Aquí puede ser también relevante mencionar al psicohistoriador neoyorquino Lloyd deMause, (https://en.wikipedia.org/wiki/Lloyd_deMause), cuyo estudio de 1984 Reagan’s America [Los Estados Unidos de Reagan] puede ser leído como fuente de inspiración para nosotros hoy.
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Sobre la ideología de las redes sociales
«Somos desconocidos a nosotros mismos; y esto tiene un buen fundamento». Friedrich Nietzsche – «En los Datos confiamos». Priconomics – «Internet fracasa en escalar con gracia». Chris Ellis – «Quiero que mi propio bot me sorprenda». – «Hay una grieta en todo. Así es como entra la luz». Leonard Cohen – «Por eso es el hombre señor de las contradicciones». Thomas Mann.
Internet ha llegado a su etapa hegemónica. Ya no es necesario investigar el potencial de los «nuevos medios» y deconstruir sus intenciones. En las últimas décadas, se creía prematuro asociar el uso intensivo de los millones de personas durante las 24 horas del día, los 7 días de la semana, a estructuras profundas como el (sub) consciente. Ahora que vivimos plenamente en los tiempos de las redes sociales, se ha vuelto pertinente hacer precisamente eso: vincular la tecnología con la psique. La gestión de una conciencia contradictoria ha superado a la ansiedad social sobre la mala fe1. Esta ha sido durante mucho tiempo la tesis de Slavoj Žižek. Ocupémonos de esta tesis, tomando en serio la afirmación cínica sobre que «ellos saben lo que hacen, pero lo hacen de todos modos» y apliquémosla a las redes sociales.
Los efectos de las revelaciones de Edward Snowden se han adentrado profundamente en nuestras rutinas diarias de navegación e intercambio. Sabemos que los sistemas de vigilancia nos observan, pero ¿quién puede decir honestamente que es consciente de ellos? Las máscaras artísticas se promocionan como escudos protectores del rostro, pero ¿quién las usa realmente? Internet puede romperse, como dice la frase (y los ingenieros de tecnologías de la información han llegado a un consenso sobre este preocupante análisis), pero esto no se puede decir de las redes sociales2. Lo mismo es cierto de la evidencia de Sherry Turkle de que los teléfonos inteligentes reducen nuestras capacidades de desarrollar empatía y disfrutar de la soledad liberada de dispositivos conectados3. ¿Cuán difícil se ha vuelto enfrentar el aburrimiento fuera de línea y simplemente detenerse en el acto espiritual de la «presencia radical»? Admitámoslo: es directamente una tortura.
«Eres lo que compartes».4 Este eslogan expresa la transformación de la unidad autónoma del yo en una entidad externa que está reproduciendo constantemente su capital social al exponer valor (datos) a otros. Seamos realistas: nos negamos a percibirnos a nosotros mismos como «esclavos de la máquina». Las plataformas actuales están raspando lo social, pero rechazamos de manera educada experimentarlo de esta manera. ¿Qué significa cuando todos estamos de acuerdo en que hay un elemento adictivo en el uso de las redes sociales de hoy en día y sin embargo ninguno de nosotros es aparentemente un adicto? ¿De verdad regresamos esporádicamente?5 ¿Qué es exactamente lo que se captura aquí? Si acaso, estamos encapsulados por la esfera social como tal, no por software, protocolos, arquitecturas de red o las demasiado infantiles interfaces.
Hipnotizados por el hechizo de lo social y guiados por las posiciones y opiniones de nuestro círculo social inmediato, estas son nuestras rutinas diarias: ver primero las historias recientes, afinar las preferencias de filtro, saltar a lo primero que no hayamos leído, actualizar nuestra vida con eventos, despejar y actualizar todo, marcar como «no ahora», guardar los enlaces para más tarde, ver la conversación completa, silenciar al ex, configurar un panel secreto, hacer una encuesta, comentar a través de un complemento social, agregar un vídeo al perfil, seleccionar una reacción (amor jaja, wow, triste o enojado), interactuar con quienes nos mencionan, realizar un seguimiento del estado cambiante de la relación de los demás, seguir a un líder de opinión clave, recibir notificaciones, crear un slideshow que enlace con nuestro avatar, volver a publicar una foto, perderse en el timeline, bloquear a amigos para que dejen de ver nuestras actualizaciones, personalizar la imagen de portada, crear algunos titulares «que deben verse», conversar con un amigo y observar que a «1.326.595 personas les gusta este tema». Las redes sociales demandan un espectáculo sin fin, y nosotros somos los artistas. Siempre activos en sesión, seguimos dando vueltas en busca de más, hasta que la aplicación #DigitalDetox nos apague o se nos convoque a entrar en terrenos diferentes.
Las redes sociales se han expandido mucho más allá de ser un «discurso» dominante. Los medios aquí no están limitados a texto e imágenes, sino que comprenden las operaciones de software, interfaces y redes, respaldadas por infraestructuras técnicas de oficinas y centros de datos, consultores y limpiadores, que trabajan íntimamente con los movimientos y hábitos de los miles de millones conectados. Abrumados por esta complejidad, los estudios de Internet han reducido su atención de las promesas, los impulsos y las críticas utópicas a «mapear» el impacto de la red. Desde las humanidades digitales a la ciencia de datos, vemos un cambio en la indagación orientada a la red, de si y por qué, qué y quién, a simplemente cómo, de una socialidad de las causas a una socialidad de los efectos de la red. Una nueva generación de investigadores humanistas se ve atraída hacia la trampa del Big Data, ocupados capturando el comportamiento del usuario al tiempo que producen un seductor atractivo visual para una audiencia hambrienta de imágenes (y viceversa).
Sin darnos cuenta, hemos llegado a la siguiente etapa, todavía sin nombre: la era hegemónica de las plataformas de redes sociales como ideología. Por supuesto, los productos y servicios suelen estar sujetos a una ideología. Hemos aprendido a «leer» la ideología en ellos. Pero ¿hasta qué punto podemos decir convincentemente que estos mismos se han convertido en ideología? Una cosa es afirmar que el CEO de Facebook Mark Zuckerberg es un ideólogo que trabaja al servicio de la inteligencia de los EE. UU. o que documenta a grupos comunitarios o políticos al usar su plataforma de maneras no anticipadas por su diseño original. Otra muy distinta es trabajar en una teoría integral de las redes sociales. Ahora es el momento crucial para que la teoría crítica recupere el territorio perdido y produzca exactamente esto: un cambio de las estadísticas cuantitativas y el «mapeo» de los efectos cualitativos más desordenados, más subjetivos, pero en conjunto más profundos: los efectos incompatibles de este ubicuo formato de lo social. Es liberador para la investigación separarse del enfoque instrumental del marketing (viral) y las relaciones públicas. Deje de complacer y promover, comience a analizar y criticar. Las tecnologías de red se están convirtiendo rápidamente en el «nuevo estado de lo normal», retirando sus operaciones y gobernanza de la vista. Tenemos que politizar la Nueva Electricidad, las utilidades privadas de nuestro siglo, antes de que desaparezcan en el fondo.
Ahora, una década después de la ola de crítica de Internet del año 2008, la fase que nos presentó a Nicolas Carr, Sherry Turkle, Jaron Lanier y Andrew Keen está llegando a su fin. La fácil oposición de utopistas californianos versus europesimistas ha sido superada por problemas planetarios más grandes, como el futuro del trabajo, el cambio climático y los contragolpes políticos. La promesa social, política y económica de Internet como una red de redes descentralizada yace en ruinas. Las alternativas a las redes sociales, introducidas durante el turbulento año de 2011, no han logrado ningún progreso en absoluto6. Además, a pesar de todas las predicciones críticas bienintencionadas, los rebaños no han migrado a pastos más verdes en otros lugares. El panorama general es uno de estancamiento en un campo definido por la dominación corporativa de un puñado de jugadores. Todos estamos atrapados en el lodo de las redes sociales, y es hora de preguntar por qué.
Comparable al estancamiento de finales de la década de 1970 en la crítica de los medios convencionales, un enfoque de economía política no será suficiente si queremos proponer estrategias viables. Necesitamos llevar la crítica de Internet más allá de la regulación normativa del comportamiento y politizar la ansiedad de los jóvenes y sus adicciones y distracciones particulares. ¿Cómo podemos basar la crítica en disciplinas tales como estudios urbanos, poscoloniales y de género y tomar el dominio digital desde esos rincones? Una posible salida podría ser una respuesta posfreudiana a la pregunta: ¿qué hay en la mente de un usuario?7 Tenemos que responder la pregunta en función de lo que realmente ofrecen las redes sociales. ¿A qué deseos apelan? ¿Por qué actualizar un perfil es un hábito tan aburrido pero extrañamente seductor? ¿Podemos desarrollar un conjunto de conceptos críticos que describan nuestra atracción compulsiva a las redes sociales sin reducirla a la retórica de la adicción?
La prominencia de la ideología como término central en los debates se ha desvanecido desde mediados de los años ochenta. El telón de fondo de la teoría de la ideología en la década de 1970 fue el espectacular pico del poder del aparato estatal (también llamado Estado del Bienestar) que se encargó de administrar el compromiso de clase de la posguerra. Si bien El final de la Ideología de Daniel Bell, proclamado en 1960, había anunciado la victoria del neoliberalismo al final de la Guerra Fría, hubo un sentimiento intuitivo de que la ideología (con i minúscula) aún no había abandonado el escenario. A pesar de los esfuerzos concertados para disminuir el papel de los intelectuales públicos y los discursos críticos, el Mundo Sin Ideas aún no estaba al alcance.
La «ideología californiana», definida en 1995 por Richard Barbrook y Andy Cameron, nos ayudó a rastrear los motores de Internet de vuelta a sus raíces en la Guerra Fría (y la cultura hippie ambivalente), al igual que el clásico de Fred Turner de 2006, De la contracultura a la cibercultura. Pero la perspectiva histórica no sirve de mucho si no puede explicar el éxito persistente de las redes sociales desde la década de 1990 y su atractivo actual. Ahora, como en la década de 1970, el papel de la ideología en la navegación por los límites de los sistemas existentes es demasiado real. Estudiar ideología es echar un vistazo más de cerca a esta vida cotidiana, aquí y ahora. Lo que sigue siendo particularmente inexplicable es la aparente paradoja entre el sujeto hiperindividualizado y la mentalidad de rebaño de lo social. ¿Qué pasa con lo social? Mejor aún, ¿qué hay de correcto en ello? La positividad social es tan residual en California como en la escena del ciberespacio italiano, donde un abrazo gramsciano de la «red social» se toma aún como una señal de que la multitud puede vencer al mainstream en su propio acto de mediación. En este sentido, los críticos, activistas y artistas italianos no son diferentes a muchos otros: hiperconscientes de todas las controversias que rodean a los servicios de Silicon Valley y, sin embargo, persistentemente positivos acerca de esa poción mágica llamada «red social».
Una función de la ideología definida por Louis Althusser es el reconocimiento, la famosa (e infame) interpelación del sujeto que es convocado. Sobre la base de esta idea, podríamos hablar del proceso de convertirse en usuario. Esta es la parte inadvertida de la saga de las redes sociales. Las plataformas se presentan como evidentes: simplemente son. Después de todo, facilitan nuestras sofisticadas vidas y todos los que cuentan están ahí. Pero antes de ingresar, todos deben crear una cuenta, completar un perfil y elegir un nombre de usuario y contraseña. Minutos más tarde, ya eres parte del juego y empiezas a compartir, crear, jugar, como si siempre hubiera sido así. El perfil es el a priori, un componente sin el que no pueden operar el perfilamiento ni la publicidad dirigida. Es a través de la puerta de entrada del perfil como nos convertimos en su sujeto.
Para Althusser, vivimos dentro de la ideología de esta manera –la fórmula se aplica en particular a las redes sociales en las que a los sujetos se les refiere como usuarios que no existen sin un perfil–. Aunque algo autoritario y hermético, el uso de la ideología como un concepto puede justificarse porque las redes sociales en sí mismas son una estructura altamente centralizada y de arriba hacia abajo. En esta era del capitalismo de plataforma, la arquitectura de las redes sociales cierra activamente las posibilidades, sin dejar espacio para que los usuarios reprogramen sus espacios de comunicación.
A pesar de todo el posmodernismo y el neoliberalismo cínico que lo ha considerado redundante, el hecho de que la ideología gobierne de nuevo no es una sorpresa (de hecho, es más notable cómo se ha producido la caída en desgracia del concepto). El principal problema es que cada vez somos menos conscientes de cómo. Además, cuando se trata de redes sociales, tenemos una «falsa conciencia iluminada» –sabemos muy bien lo que estamos haciendo cuando estamos totalmente absortos, pero lo hacemos de todos modos–. Esto incluso cuenta a un nivel meta para la popularidad de las ideas de Žižek y podría ser una de las mejores formas de explicar su éxito. Todos somos conscientes de las manipulaciones algorítmicas del newsfeed de Facebook, el efecto filtro burbuja en las aplicaciones y la presencia persuasiva de la publicidad personalizada. Atraemos actualizaciones, las 24 horas del día, los 7 días de la semana, en una economía global de interdependencias en tiempo real, donde se nos ha enseñado a leer los feeds de noticias como indicadores interpersonales de la condición planetaria. Entonces, ¿cómo necesita actualizarse Louis Althusser?8
Cuatro décadas después de la era de Althusser, no asociamos la ideología con el Estado de la misma manera que lo hicieron él y sus seguidores. Calificar a Facebook y Google como parte de la definición althusseriana de «aparato de Estado ideológico» suena extraño, cuando no exótico. En esta era de neoliberalismo tardío y populismo de derechas, la ideología se asocia con el mercado, no con el Estado, que se ha retirado a la esfera de la seguridad del mercado. Pero no lo olvidemos, fue la propia teoría de la ideología la que contribuyó a la «crisis del marxismo». Abrió las diversas cuestiones planteadas por movimientos estudiantiles, feministas y otros «nuevos movimientos sociales», agravando el estancamiento y la eventual quiebra de la Unión Soviética. El creciente interés por los medios y los «estudios culturales» hizo el resto.
Retransmitida en vivo al mundo vía satélite, la caída del Muro de Berlín en 1989 se convirtió en una noticia instantánea e inmanejable, lanzada a la circulación junto a otras historias. Ya entonces, los partidos comunistas debilitados no podían «anexarse» y contener el arco iris de la justicia y problemas de redistribución del estado social «apropiado» (o revolucionario), mucho menos sus prácticas contraculturales. Debido a esto, las tácticas de sobredeterminación en nombre de la clase trabajadora también dejaron de funcionar. Al llamado «mosaico de minorías» que rechazó la nueva normalidad se le dejó literalmente a su suerte, sin ningún marco político general, y mucho menos una estructura organizativa o incluso un antagonista. En una década, la teoría marxista como crítica ideológica había perdido el dominio de dos de sus fuerzas centrípetas definitorias: el Estado y el Partido. Como resultado, la ideología como foco principal de atención en filosofía y ciencias sociales desapareció en gran medida. Y esta ausencia se manifestó en la creencia común de que, si bien las «ideas todavía importaban», ya no podían gobernar la vida de las personas. Hoy en día, las ideas son elogiadas porque pueden moldear el futuro, pero formalizadas en reglas y normas, se creen demasiado rígidas y estáticas para gobernar nuestra vida cotidiana contradictoria y desordenada bajo el capital.
Lo que está incrustado como ortodoxia en Althusser puede actualizarse a través del ensayo de Wendy Chun de 2004 sobre el software como ideología. El trabajo de Chun, junto con Jodi Dean y otros, habló enérgicamente a los teóricos de los medios reconciliados sobre el pico de la transición neoliberal y el triunfo del software privativo. 2004 fue la época dorada de la Web 2.0, una era en la que el software se consideraba sinónimo, o incluso era confundido, con PCs y computadoras portátiles. Chun escribió entonces: «El software es un análogo funcional a la ideología. En un sentido formal, las computadoras entendidas como software y hardware son máquinas de ideología». Chun observó que el software «cumple con casi todas las definiciones formales de ideología que tenemos, desde la ideología como falsa conciencia hasta la definición de ideología de Louis Althusser como una “representación” de la relación imaginaria de los individuos con sus condiciones reales de existencia»9. En una era de efectos microperceptivos incrustados y programación de transmisiones, la ideología no se refiere simplemente a una esfera abstracta donde se libra la batalla de ideas. En su lugar, piénselo más en términos de un sentido de encarnación spinoziano: desde las repetidas tensiones por hacer swipe hasta el síndrome de la contractura de cuello por mirar hacia abajo al móvil (el text neck) y a tener los hombros permanentemente encorvados por el síndrome del laptop.
Así que Althusser necesita adaptarse, y no solo en términos de un análisis de clase. Pero es notable cómo un marco ideológico althusseriano se adapta perfectamente al mundo de hoy. Como afirma Chun, «el software, o quizás los sistemas operativos más precisos, nos ofrecen una relación imaginaria con nuestro hardware: no representan transistores, sino computadoras de escritorio y contenedores de reciclaje. El software produce usuarios. Sin el sistema operativo (SO) no habría acceso al hardware; sin sistema operativo no hay acciones, no hay prácticas, y por lo tanto no hay usuario. Cada sistema operativo, a través de sus anuncios, interpela a un “usuario”: lo convoca y le ofrece un nombre o una imagen con el cual se puede identificar». Podríamos decir que las redes sociales realizan la misma función y son aún más poderosas. Entender las redes sociales como ideología significa observar cómo esta une a los medios, la cultura y los complejos de identidad en un desenvolvimiento cultural cada vez mayor, vinculando género, estilo de vida, moda, marcas y chismes de celebridades con noticias de la radio, la televisión, las revistas y la web, y reconociendo que todo esto está impregnado de los valores empresariales del capital de riesgo y la cultura startup, valores que llevan consigo un lado sombrío de disminución de las condiciones de vida y creciente desigualdad.
«¿Qué estás haciendo?», decía la frase original de Twitter. La pregunta marca las raíces materiales de las redes sociales. Las plataformas de medios sociales nunca han preguntado qué estás pensando (o soñando, para tal caso). Las bibliotecas del siglo XX están llenas de novelas, diarios, tiras cómicas y películas de personas que expresan lo que estaban pensando. Sin embargo, en la era de las redes sociales, parecemos confesar menos lo que pensamos. Se considera demasiado arriesgado, demasiado privado. Compartimos lo que hacemos y vemos, pero siempre de manera organizada. Compartimos juicios y opiniones, pero sin pensamientos. Nuestro Yo está simplemente demasiado ocupado para eso. Flexibles, abiertos, deportivos y sexys, estamos siempre en movimiento, siempre listos para conectarnos y expresarnos.
Con la visibilidad social 24/7, los aparatos y aplicaciones se interiorizan en el cuerpo. Esta es una transposición de lo que Marshall McLuhan llamó extensiones del hombre en una inversión de hombre. Una vez que la tecnología enmaraña nuestros sentidos y se mete bajo nuestra piel, la distancia colapsa y ya no sentimos que estamos cruzando trechos. Con Jean Baudrillard, podríamos hablar de una implosión de lo social en el dispositivo de mano, en el que se cristaliza una acumulación sin precedentes de capacidad de almacenamiento, potencia de cálculo, software y capital social. Dirigidos por nuestras autónomas puntas de los dedos, las cosas se meten en nuestra cara y se vierten en nuestros oídos. Esto es lo que Michel Serres admira tanto en la plasticidad de navegación de la generación móvil: la suavidad de sus gestos, simbolizada en la velocidad del pulgar, que pueden enviar actualizaciones en segundos, dominar la microconversación y captar el estado de ánimo de una tribu global en un instante.
Para mantenernos en el terreno francés de las referencias, las redes sociales como un aparato de «actuación activa» sexy y deportiva lo convierten en un vehículo perfecto para la literatura de la desesperación, personificada en (las políticas d)el cuerpo de Michel Houellebecq: «Nuestra civilización padece un agotamiento vital», escribe en Ampliación del campo de batalla. «En el siglo de Luis XIV, cuando el apetito por la vida era grande, la cultura oficial enfatizaba la negación de los placeres y de la carne; recordaba con insistencia que la vida mundana solo ofrece satisfacciones imperfectas, que la única fuente verdadera de felicidad está en Dios. Un discurso así no se podría tolerar ahora. Necesitamos la aventura y el erotismo, porque necesitamos oírnos repetir que la vida es maravillosa y excitante».10
Hay una cualidad autoevidente en las redes sociales. Al deslizar y hacer tapping en las actualizaciones, los usuarios se rodean de una ilusión que se siente natural desde el primer momento. No hay una curva de aprendizaje ni un rito de paso pronunciados, no se necesita sangre, sudor ni lágrimas para penetrar en la jerarquía social. Desde el primer día la configuración de la red nos hace sentir como en casa. Es como si Messenger, WhatsApp, WeChat y Telegram siempre hubieran existido. Pero es precisamente esta familiaridad inmediata y sin esfuerzo lo que se convierte en la principal fuente de descontento en el camino. Ya no jugamos, como en los buenos viejos tiempos de Lamda MOO o Second Life. Intuitivamente sentimos que las redes sociales son un escenario de lucha donde mostramos nuestro «experiencialismo»11, donde la jerarquía está dada, y los detalles de perfil como género, raza, edad y clase no son simplemente «datos» sino medidas decisivas en la escalera de la estratificación social.
La comunidad de redes sociales a la que nos deslizamos tan fácilmente (y que dejamos atrás en el momento en que cerramos sesión) puede abarcar un imaginario, pero no es falso. La plataforma no es un simulacro de lo social. Las redes sociales no «enmascaran» lo real. Ni su software ni su interfaz son irónicos, de múltiples capas o complejos. En este sentido, las redes sociales ya no son (o todavía no son) posmodernas. Las paradojas en el trabajo aquí no son lúdicas. Las aplicaciones no nos parecen absurdas, por no hablar de dadaístas. Son autoevidentes, funcionales, incluso algo aburridas. Lo que nos parece convincente no es la performatividad de las interfaces en sí mismas (lo que parece ser la característica de la realidad virtual, ahora en su segundo ciclo de sobreexpectación, 25 años después de su primera aparición). No, lo que nos atrae es lo social, el flujo interminable.
Las redes no son meramente lugares de competencia entre fuerzas sociales rivales. Este es un punto de vista demasiado idealizado. Si solo fuera así. Lo que falla particularmente en este punto de vista es la noción de «puesta en escena». Las plataformas no son escenarios; reúnen y sintetizan datos (multimedia), sí, pero lo que falta aquí es el elemento (curatorial) del trabajo humano. Es por eso que no hay medios en las redes sociales. Las plataformas operan debido a su software –procedimientos automatizados, algoritmos y filtros–, no a través de un gran equipo de editores y diseñadores. Su falta de empleados es su esencia, es lo que hace que los debates actuales sobre el racismo, el antisemitismo y el yihadismo en las redes sociales sean tan inútiles. Forzadas por los políticos, las plataformas de los medios sociales ahora emplean ejércitos de editores («limpiadores») para hacer el trabajo demasiado humano de monitorear y moderar, filtrando supuestas ideologías antiguas que se han negado a desaparecer (más sobre las plataformas en el capítulo 5).
Mientras que los dispositivos como los teléfonos inteligentes y las cámaras tienen una calidad fetiche (exagerada y, por tanto, en última instancia limitada), la red social no se registra con el mismo tipo de estado. El poder de las redes sociales se debe a su propia banalidad. La red se ha vuelto ecológica, comparable a la teoría de Sloterdijk de las esferas. Nos rodea como el aire. Es una Lebenswelt, una burbuja (filtro), una cúpula invisible comparable a la cosmovisión medieval y a imaginadas colonias de Marte. Todas las creencias antiguas se aplican y tienen su legitimidad, desde la cueva de Platón hasta la mónada cerrada de Leibniz. Elija una narrativa: se aplica a nuestra realidad en las redes sociales. Esto también cuenta para la perspectiva de la «ideología». La cosmología de hoy consiste en capas de aplicaciones de citas, portales de fútbol, foros de software, videojuegos y sitios de televisión como Netflix, todo ello unido a motores de búsqueda, sitios de noticias y redes sociales. Como en el caso del aire, demostrar la existencia de este entorno ubicuo será una tarea difícil. Pero una vez que la ideología revela su lado feo, la terapia funciona a través del inconsciente, las paradojas comienzan a desmoronarse y la ideología se desenreda.
De vuelta al año 2004, Wendy Chun se ocupaba del tema de las metáforas al tomar en serio al software como un nuevo tipo de realismo social: «El software y la ideología encajan perfectamente entre sí porque ambos intentan mapear los efectos materiales de lo inmaterial y postular lo inmaterial a través de señales visibles. A través de este proceso, lo inmaterial emerge como una mercancía, como algo por derecho propio». Los detalles parecen menos interesantes de tratar: «los usuarios saben muy bien que sus carpetas y escritorios no son realmente carpetas y escritorios, pero los tratan como si lo fueran, refiriéndose a ellos como carpetas y como escritorios. Esta lógica es, según Slavoj Žižek, crucial para la ideología». Vale la pena señalar que la categoría de «amigos» en Facebook se ha convertido en una metáfora similar. Seguramente podemos decir lo mismo del newsfeed de Facebook o de manejar un canal de YouTube.
Entonces, ¿qué sucederá cuando la audiencia se vuelva demasiado para lidiar con ella? Más importante que deconstruir las apariencias superficiales, en palabras de Chun, es reconocer que «la ideología persiste en las acciones de uno en lugar de en las creencias de uno. La ilusión de la ideología no existe en el nivel del conocimiento, sino en el nivel del hacer». Aquí, la retórica de la «interactividad» confunde más de lo que revela. Los usuarios negocian con interfaces, cálculos y controles. Pero estas superficies ocultan por debajo la funcionalidad, lo que significa que nunca pueden «interactuar» de manera suficientemente directa como para entender. La economía del «Me gusta» «detrás» de nuestros dispositivos inteligentes es un ejemplo de redes sociales particularmente relevante. ¿Qué sucederá cuando revelemos que nunca hemos creído en nuestros propios «Me gusta»?, ¿cuando revelemos que nunca nos gustaron en primer lugar?
Evaluemos los bots y la economía del «Me gusta» por lo que son: características clave del capitalismo de plataforma que capturan valor a espaldas de los usuarios. Las redes sociales no son una cuestión de gusto o estilo de vida como en «una elección del consumidor», son nuestro modo tecnológico de lo social. En el siglo pasado, nunca habríamos considerado escribir cartas o hacer una llamada telefónica una cuestión de gustos. Eran «técnicas culturales», flujos masivos de intercambio simbólico. Poco después de su introducción, las redes sociales se transformaron de un servicio en línea promocionado en una infraestructura esencial, apuntalando prácticas sociales equivalentes a escribir cartas, enviar telegramas y telefonear. Es precisamente en este cruce de «convertirse en infraestructura» donde (re) abrimos el archivo de la ideología.
1Una versión previa de este capítulo apareció en e-flux Journal #75, septiembre de 2016: https://www.e-flux.com/journal/75/67166/on-the-social-media-ideology/
2http://www.netimperative.com/2016/04/facebooks-context-collapse-massive-drop-personal-sharing/. Hay creciente evidencia de que las experiencias personales de primera mano ya no son compartidas por Juan y Juana Pérez. Nicolas Carr lo denomina «restauración de contexto»: «Cuando la gente empieza a apartarse de transmitir detalles íntimos sobre ellos mismos, es una señal de que están buscando reestablecer algunos límites en sus vidas sociales, reparar los muros que las redes sociales ha roto. […] Están virando su rol de actor al de productor o editor o agregador». http://www.roughtype.com/ 10 de abril del 2016.
3Sherry Turkle, Reclaiming Conversation [Reconquistando la conversación], Penguin Press, Nueva York, 2015.
4Charles Leadbeater, We-Think, Profile Books, Londres, 2008, pág. 1.
5Cuando los términos o síntomas se inflan, pierden su significado. Este también podría ser el caso de la adicción. Si sociedades enteras se vuelven adictas, el término pierde su capacidad para crear diferencias y es hora de buscar conceptos alternativos. Un concepto posible podría ser el término «pegajosidad». Julia Roberts sobre las redes sociales: «Es como una especie de algodón de azúcar: se ve muy atractiva, y no puedes resistirte a entrar allí, y luego terminas con los dedos pegajosos, y duró un instante».
6Véase el anuncio para el lanzamiento de la plataforma Unlike Us, en julio de 2011: http://networkcultures.org/unlikeus/about/.
7Una variación del popular dibujo de Freud con una mujer desnuda dentro de su cabeza titulado «¿Qué hay en la mente de un hombre?», un póster que también decoró mi dormitorio adolescente en 1976-1977.
8Una referencia al famoso ensayo de Louis Althusser Ideología y Aparatos ideológicos de Estado (Notas de Investigación), aparecido por primera vez en La Pensée 151, junio de 1970.
9Todas las citas están tomadas de Wendy Chun, On Software, or the Persistence of Visual Knowledge, Grey Room 18, MIT Press (Cambridge), Invierno de 2004, págs. 26-51.
10Michel Houellebecq, Ampliación del campo de batalla, Anagrama, Barcelona, 1999, pág. 23.
11Término introducido por James Wallman en su libro Stuffocation, Living More With Less, Penguin Books, Londres, 2015.
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La distracción y sus descontentos
«Don’t get high on your own supply». Ten Crack Commandments — El Otro como Distracción: Sartre sobre el Mindfulness (conferencia de la Open University) — «Ella nunca sintió que pertenecía a algún lado, excepto cuando estaba echada en su cama, pretendiendo ser otra persona». Rainbow Rowell — «Este contenido no está disponible para todos los publicistas». — «In my head i do everything right». Lorde — «Hace 15 años, Internet era un escape del mundo real. Ahora, el mundo real es un escape de Internet». Noah Smith — «No alimente a las plataformas». (camiseta) — «Mis palabras no importan y yo no importo, pero todo el mundo debería escucharme de todos modos». Pinterest — «Stop Liking, Start Licking» (publicidad de helado) — #AsíSeSienteLaAnsiedad — «Deja el vicio, hombre». W. Burroughs.
Las redes no son exactamente bóvedas de placer1. El descontento crece en torno a sus formas y causas: desde la presunta interferencia rusa en las elecciones presidenciales de Estados Unidos en 2016, hasta las declaraciones de Sean Parker, presidente fundador de Facebook, en las que admitía que el sitio dio a los usuarios un disparador rápido, expuesto bajo la denominación de «adicción por diseño». Parker dijo que «es un bucle de retroalimentación basado en la validación social… exactamente el tipo de cosa que se le habría ocurrido a un hacker como yo, porque estás explotando una vulnerabilidad en la psicología humana»2. Luego vino Justin Rosenstein, inventor del botón de «Me gusta» de Facebook, que compara a Snapchat con la heroína. O Leah Pearlman, miembro del mismo equipo, que admitió que su descontento con el botón de «Me gusta» y otros bucles de retroalimentación adictivos había crecido3. O Chamath Palihapitiya, otro antiguo alto ejecutivo de Facebook, que afirmó que las redes sociales están desgarrando a la sociedad y que recomendaba a la gente «tomarse un descanso radical»4. En Anti-Social Media, Siva Vaidhyanathan escribe que Facebook nos engancha como una bolsa de patatas fritas: «Ofrece placeres frecuentes y banales. Rara vez involucra nuestras facultades críticas con la suerte de profundidad que demanda la articulación consciente de la experiencia. Podríamos conectarnos a Facebook en un momento de aburrimiento y levantar los ojos una hora después, preguntándonos dónde se fue esa hora y por qué la gastamos en una experiencia tan poco interesante y a la vez no desagradable»5.
Tras leer artículos así en la prensa, ¿quién no se sentiría traicionado? La razón cínica se impone en tanto nos damos cuenta de los trucos jugados en nosotros. Las pantallas no son lo que parecen. Tan pronto como cualquier campaña de segmentación por comportamiento –el behavioral targeting – sale a la luz, nuestros prejuicios se confirman, en tanto que los efectos de tales campañas empiezan a desgastarse y los departamentos de marketing salen a la búsqueda de nuevas formas de administración de la percepción. ¿Cuándo van las redes sociales a desplazarse completamente hasta ocupar una etapa en la historia mundial? ¿No va a acabarse nunca? Esto lleva a la pregunta: ¿qué significa que nos hayamos vuelto conscientes de tal «distracción organizada»? Sabemos que estamos distraídos, y aun así continuamos siendo distraídos: esa es la distracción 2.0.
Un descontento similar se deja sentir en mi propio filtro burbuja al realizar crítica de las redes. ¿Qué hacer una vez que tomamos conciencia de que estamos arrinconados desde todos los lados y debemos llegar a un acuerdo con esta sumisión mental? ¿Cuál es el rol de la crítica y de las alternativas en tal situación desesperada de ubicuidad? Tomemos como ejemplo a los críticos de las criptodivisas, que deben haber experimentado la sensación de salir perdiendo respecto a la locura del bitcoin, sintiéndose incluidos en el mismo saco que un montón de tipos mediocres en Facebook. La depresión es una condición general, ya sea consciente o inconsciente. ¿Es Internet todo lo que hay? El descontento con la matriz cultural del siglo XXI inevitablemente se mueve desde el rótulo de «tecnología» hacia una economía política de la sociedad en general. Ubiquemos nuestra incapacidad colectiva para cambiar la arquitectura de Internet a la luz de la más amplia «fatiga democrática» y el auge de autoritarismos populistas, como se discutía en la antología de 2017 El Gran Retroceso6.
Pero también tengamos en cuenta que existe un lado oscuro en este comprensible gesto. Con frecuencia, los análisis críticos –de manera involuntaria– desembocan en juicios morales. ¿No deberíamos, en vez de ello, realizar la incómoda pregunta de por qué tantos fueron atraídos hacia el abismo de las redes sociales en primer lugar? ¿Es quizás por la «desorganización de la voluntad» de la que hablaba Eva Illouz en su estudio «Por qué duele el amor: una explicación sociológica»7? Los muchos que defendían la utilidad de Facebook, WhatsApp e Instagram, al mismo tiempo expresaron sentimientos encontrados sobre la vigilancia moral del CEO Mark Zuckerberg, encubriendo así una incapacidad –percibida de manera generalizada– para tomar decisiones de por vida. Esa situación es la que Illouz describe como una «ambivalencia impasible», una nueva arquitectura de la elección en la que las consideraciones racionales y emocionales se difuminan, causando una crisis de compromiso en la elección de parejas, un patrón que también vemos en el debate sobre las redes sociales. Quiero dejarlo, pero no puedo. Hay demasiado, pero es aburrido. Es útil, pero lo detesto. Si nos atrevemos a admitirlo, nuestras adicciones están inundadas de un vacío en la expectativa de nuestra vida desconectada del flujo.
La dopamina es la metáfora de nuestra época. El neurotransmisor representa los acelerados ciclos de alzas en nuestro humor antes de que terminemos colapsando. El flujo en las redes sociales varía desde arrebatos de expectativa a largos periodos de insensibilidad. La movilidad social está marcada por oscilaciones similares. La buena y mala suerte tropiezan entre ellas. La vida sigue su curso, hasta que repentinamente te encuentras a ti mismo en una trampa de «extorsión», con tu dispositivo secuestrado por ransomware, por algún tipo de programa malicioso. Pasamos de intensas experiencias de satisfacción basadas en el trabajo colectivo (si es que tenemos suerte) a largos periodos de incertidumbre laboral, repletos de aburrimiento. Nuestra interconectada vida es una historia de periodos de repentino crecimiento acelerado seguidos de largos periodos de estancamiento en el que permanecer conectado no sirve ya a ningún propósito. Constantes empujones psicológicos nos mantienen enganchados. Como resultado, estamos muertos por dentro. Nos sentimos derrotados, abrumados, estresados, ansiosos, nerviosos, estúpidos, tontos, inútiles8. Los cambios de humor están programados: una subida constante de ánimo por las mañanas, seguida de una caída parabólica por las tardes.
Llamémosle hoovering social: somos aspirados de vuelta, motivados por sugerentes mejoras de las condiciones, que nunca se materializan. Las arquitecturas de las redes sociales nos encierran, legitimadas por el efecto de red que hace parecer que todo el mundo está involucrado en ellas (o al menos asumen que deberían estarlo). La certeza, experimentada hace una década, de que los usuarios se comportaban como enjambres, moviéndose juntos de manera libre de una plataforma a otra, se ha probado equivocada. Salirse de una plataforma parece obstinadamente fútil. Tenemos que saber el paradero de nuestros exnovios, los eventos en el calendario y los conflictos sociales entre viejas y nuevas tribus. Uno podría desagregar a una persona, de-suscribirse, cerrar sesión o bloquear a acosadores individuales, pero los trucos que te mantienen vinculado al sistema prevalecen en última instancia. Bloquear y eliminar son considerados un acto de amor con uno mismo, de otro modo enganchado. La sugerencia misma de dejar las redes sociales del todo está más allá de nuestra imaginación.
Nuestra incomodidad con «lo social» empieza a herir. Últimamente, la vida parece abrumadora. Permanecemos en silencio, pero volvemos antes de que pase demasiado tiempo. El hecho de que no haya salida o escape lleva a la ansiedad, al agotamiento extremo o a la depresión. En su Pequeña Filosofía de la abstinencia digital, el escritor neerlandés Hans Schnitzler da cuenta de los liberadores síntomas de la abstinencia que experimentan sus estudiantes de la Amsterdam Bildung Academy cuando descubren la mágica experiencia de caminar por el parque sin tener que tomar fotografías para Instagram9. Al mismo tiempo, escuchamos un creciente disgusto con las respuestas New Age que apelan a la «escuela de la Vida» frente a la sobrecarga digital. Los críticos de Internet dan voz a la indignación sobre el uso instrumental de la ciencia del comportamiento, enfocada a manipular al usuario, solo para darse cuenta que sus preocupaciones terminan convertidas en recomendaciones de «détox digitales» en cursos de autocontrol. Nada más pasa después de las confesiones de MiDistracción al estilo Alcohólicos Anónimos. ¿Debería uno estar satisfecho con una reducción del 10 % del tiempo gastado en usar dispositivos tecnológicos? ¿Cuánto tiempo transcurre hasta que el efecto se agota?
¿También extrañas la tranquilizante sensación de estar envuelto en una manta para acabar con esa intranquilidad? El bienintencionado consejo de autoayuda se convierte en parte del problema, en tanto simplemente refleja la avalancha de aplicaciones destinadas a crear «una mejor versión de ti mismo»10. En vez de eso, debemos encontrar formas de politizar la situación. Un acercamiento desde el «capitalismo de plataforma» debería, en primer lugar, alejarse de cualquier solución basada en la metáfora de la adicción: los miles de millones online no están enfermos, ni tampoco soy un paciente11. El problema no es nuestra falta de fuerza de voluntad sino nuestra incapacidad colectiva para imponer un cambio.
Enfrentamos un retorno de la diferencia alto-bajo en la sociedad, con una elite offline que ha delegado su presencia online a sus asistentes personales, en contraste con el frenético 99 % que no puede ya más sobrevivir sin acceso online 24/7, luchando contra los largos viajes diarios al trabajo, el pluriempleo y las presiones sociales, haciendo malabares para lidiar con amigos, familiares y complejas relaciones sexuales –con ruido en todos los canales–. Otra tendencia regresiva es la del «giro televisual» de la experiencia en la web, debido al aumento de los vídeos online en todas las plataformas, la rehabilitación de canales de televisión clásicos en los dispositivos de Internet y el auge de servicios como Netflix. Un pensamiento de ducha –un shower thought – de Reddit lo pone de este modo: «Surfear en la web se ha vuelto como mirar televisión en los viejos tiempos, solo moviéndonos entre un puñado de sitios web buscando algo nuevo que esté puesto»12. Considerar a las redes sociales como una nueva televisión es parte de una erosión de largo plazo de la alguna vez celebrada cultura participativa, un desplazamiento de la interactividad a la interpasividad13. Este mundo es masivo pero vacío. Lo que quedan son los rastros visibles de una rabia colectiva de aquellos que sí comentan. Leemos lo que los trolls tienen que decir, y desplazamos con un rápido movimiento de dedos la inmundicia verbal en ira.
Una de las consecuencias no intencionadas del uso de las redes sociales es la creciente reticencia a tener intercambios verbales directos. En una publicación en su blog –«Odio los teléfonos», James Fisher se queja acerca de la disfuncionalidad de los centros de teleoperadores y califica a toda la telecomunicación «sincrónica» como ineficiente: «La comunicación textual asincrónica es como todo el mundo se comunica a distancia hoy en día. Está aquí para quedarse»14. De acuerdo a Fisher, matar a los teléfonos es un gran mercado. Es parte de una revolución silenciosa. No hay rabia contra el teléfono y la forma más efectiva de sabotear el medio es ya no contestar llamadas. Durante una visita a un centro de formación profesional en medios en Ámsterdam, me explicaron que la escuela había introducido recientemente una clase de «comunicación» para nativos digitales, después de que una empresa se quejara de que los becarios eran incapaces de conversar por teléfono para hablar con los clientes. En la línea de los hallazgos de Sherry Turkle15, el curso entrena a los estudiantes en cómo mantener una conversación por el teléfono y en la vida real.
Durante un diálogo, ya sea al teléfono o sentados uno junto a otro en un café, tomamos la ruta «hermenéutica» y extendemos la conversación. Ese es el arte de la interpretación, cuando nos complacemos en la exégesis de una situación, publicación o episodio. Es un paisaje semiótico expansivo, donde el significado no está atado al compromiso. Al contrario: se trata de evitar tomar decisiones, se trata de sondear en el mundo de lo posible. Nos perdemos en el tiempo mientras preguntamos, explicamos, interrumpimos y divagamos, tratando de adivinar el significado de los titubeos y gestos corporales de nuestro compañero. Esta experiencia extensiva es lo opuesto a la de la técnica de la comprensión, visibilizada en la condensada forma del meme. Estos mensajes visuales comprimen problemáticas complejas en una imagen, añadiendo una capa irónica, con el objetivo explícito de duplicar y propagar el mensaje que puede ser aprehendido en una milésima de segundo, antes de que pasemos el dedo por la pantalla y rápidamente nos desplacemos a la próxima publicación. Los memes suplican que les demos like y hacen visible la distracción, como en el caso del meme del novio distraído16.
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