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FABULACIONES EN PROSA

CUADERNOS DE OBRA FUNDAMENTAL
Responsable literario: Francisco Javier Expósito
Diseño y cuidado de la edición: Armero Ediciones
Conversión a libro electrónico: Criteri Digital i Multimèdia, S.L.
© Fundación Banco Santander, 2014
© De la introducción, Alberto Díaz-Díaz
© De los textos, Herederos de Gastón Baquero 2014
ISBN: 978-84-92543-56-4
Reservados todos los derechos. De conformidad con lo dispuesto en el artículo 534-bis del Código Penal vigente, podrán ser castigados con penas de multa y privación de libertad quienes reprodujeren o plagiaren, en todo o en parte, una obra literaria, artística o científica fijada en cualquier tipo de soporte sin la preceptiva autorización.
Í N D I C E
Alberto Díaz-Díaz
[ II ] PRÓLOGO
[ 19 ] BIBLIOGRAFÍA
[ 25 ] PROCEDENCIA DE LOS TEXTOS
Gastón Baquero
FABULACIONES EN PROSA
[ 31 ] SOBRE AUTOANTOLOGÍA O AUTOSELECCIÓN DE POEMAS
[ 33 ] COMENTARIOS LITERARIOS
[ 53 ] SYMPOSIUM SOBRE PAUL VALÉRY
[ 59 ] PARÉNTESIS PARA HABLAR DE GOETHE
[ 65 ] NOTA SOBRE LA MUERTE DE FARINELLI
[ 69 ] PALABRAS ANTE EL BUSTO DE VICTOR HUGO
[ 75 ] GEORGE BERNARD SHAW: VIAJERO AL MUNDO DE LAS SOMBRAS
[ 81 ] NOTA EN EL CENTENARIO DE GOGOL
[ 85 ] EL PROFESOR JULIÁN MARÍAS
[ 89 ] PRIMERA NOTA EN LA MUERTE DE THOMAS MANN
[ 93 ] SEGUNDA NOTA SOBRE THOMAS MANN: EL FIN DE UNA ÉPOCA
[ 97 ] EN EL CENTENARIO DE LA MUERTE DE SØREN KIERKEGAARD
[ 105 ] BARRÈS Y ESPAÑA
[ 111 ] LITERATURA Y PERIODISMO
[ 117 ] CLAUDEL, O EL RETORNO A LA GRANDEZA
[ 123 ] SAN PABLO: EL RENACIMIENTO POR EL ESPÍRITU
[ 129 ] LA TRAYECTORIA MORAL DE ALBERTO SCHWEITZER
[ 133 ] SOMERSET MAUGHAM: VOLUNTARIO DE LA SEGUNDA DIVISIÓN
[ 139 ] EL PERÚ A LA LUZ DEL INCA
[ 143 ] DON MANUEL, EN AMÉRICA
[ 145 ] MENÉNDEZ PIDAL HISTORIADOR (I)
[ 149 ] NACIMIENTO DE SIMÓN BOLÍVAR
[ 153 ] SANTA TERESA, DOCTORA DE LA HISPANIDAD
[ 157 ] NAVIDAD: ¿HIJO DEL HOMBRE O HIJO DE DIOS?
[ 161 ] LA BATALLA DE CARABOBO
[ 165 ] TRES CLÁSICOS DE AMÉRICA: BELLO, GUTIÉRREZ, CARO
[ 177 ] BAJAS EN LA CULTURA EUROPEA
[ 179 ] ¿DEBEMOS CELEBRAR EL QUINTO CENTENARIO?
[ 181 ] LO NEGRO Y LO DORADO DE LA COLONIZACIÓN DE AMÉRICA
[ 183 ] MARTÍN ALONSO PINZÓN, DESCUBRIDOR DE PUERTO RICO
[ 191 ] LA VERDADERA MANUELITA SÁENZ
[ 195 ] EL NACIMIENTO, HECHO HISTÓRICO
[ 199 ] DE SAN SALVADOR A AYACUCHO
[ 205 ] UNA CARTA DE GASTÓN BAQUERO A SIMONE LERCH
Alberto Díaz-Díaz
[ 207 ] COLOFÓN POÉTICO
A mis padres
In memoriam
Alberto Díaz-Díaz
PRÓLOGO
ANTECEDENTES
Crear un marco situacional, circunstancial para la obra de Gastón Baquero se torna una verdadera tortura psicológica. No es que detrás no subyazca un marco histórico y una intención ideológica, como ocurre con todo autor. Se trata de la consecuencia derivada de la contención, del freno internacional arrojado sobre la expresión abierta y clara de la situación de los intelectuales cubanos exiliados. Cuando se trata de iluminar un hecho real, concreto, la ambigüedad no hace sino oponerse a la inspiración. Es la venganza de las musas a la manipulación del producto; el tabú que ronda la manifestación directa del modo de pensar y de estar en el mundo. Con estos condicionamientos es muy difícil andar adelante. En ocasión del suicidio del escritor cubano-norteamericano Calvert Casey en Roma en 1969, Baquero escribió un artículo muy interesante en El Alcázar (10 de junio de 1969), titulado «En la muerte de un escritor desesperado». La síntesis del mismo es explicar la angustia que sufre el intelectual cuando no puede expresar su postura ante el mundo.
Basándonos en las premisas anteriores, sentadas por el propio autor, presentamos el testimonio de ese gran humanista que es el hombre preocupado tanto por los destinos patrios como por los destinos del género humano. Encontrándose ya Baquero en territorio de garantías a la integridad personal, el Diario de la Marina publicó su despedida el 19 de abril de 1959. Allí decía lo siguiente:
Veníamos en silencio, sin escribir, desde la aparición de la censura. Meses y meses previos al desenlace de una etapa histórica, nos vieron callados, y posiblemente interpretados por algunos frívolos o por algunos ciegos apasionados como indiferentes a un dolor patrio o como partícipes de la mentalidad y ejecutoria que producía esos dolores. A cada cual su juicio, su interpretación, su creencia, que sólo puede modificar el tiempo. Es inútil razonar contra los prejuicios.
El objetivo de la presente edición no es analizar la persona de Gastón Baquero, pero ya es tiempo de comenzar a desmitificar aquello que los prejuicios han erigido tan perjudicialmente; hacer todo lo posible por meter en juego a la razón. Las colaboraciones de Baquero en el Diario durante el año 1958 comenzaron a limitarse mucho, hasta llegar a desaparecer por completo el 29 de septiembre de aquel año. La huida de Batista y la consiguiente instauración de los revolucionarios cubanos en el poder no constituyeron un óbice para el regreso del articulista a su oficio. Siguió su silencio hasta romperlo con el escrito que citamos. Más adelante dice:
Las personas de nuestra manera de pensar nos veíamos cada día más arrojadas a un callejón sin salida. Estábamos contra el crimen y la violencia, pero no podíamos irnos con la revolución. Comprendíamos que ya la tragedia cubana avanzaba con violencia arrasadora y que no tenía nada que hacer la voz del periodista, y menos si este pertenecía a la ideología conservadora.
Vale la pena detenerse a reflexionar por qué daña tanto la confesión sincera de ser conservadores. El silencio es la respuesta del noble ante el desmantelamiento del orden que le resulta imposible detener. Callar es una forma digna de protestar. En el mismo texto, Baquero dice: «Cabe la adaptación sinuosa, o el combate. Aquella es innoble y este el absurdo». Es la postura que corresponde al hombre de principios, al partidario de la evolución pacifista y ordenada de los acontecimientos.
Baquero fue el primer intelectual cubano que tuvo que huir para salvar su vida. Era un hombre que se había forjado a sí mismo, lo que llaman en inglés un self-made man, y hoy en todos los idiomas. Erigió su destino y su fortuna de hombre desde el pozo profundo de la extrema pobreza hasta el florecimiento de la «persona realizada». Alcanzó un nivel de vida, lo que se suele llamar una «posición», de un estándar considerable. Perdió todo. Lo que más duele perder no es el desahogo económico. Pesa mucho más el nivel de consideración y estima social alcanzado, el respeto y el prestigio. Descender peldaños desde la cumbre hasta el anonimato crea, no hay que dudarlo, un trastorno de la personalidad.
Esa escisión que sufre todo hombre forzado a abandonar su entorno rigió toda la vida de Gastón Baquero, desde 1959 hasta su muerte en 1997. El hombre fuera del ajetreo social que implica una «posición» añora lo perdido. Los aplausos se reviven en la mente. Es la voz manifiesta de la esquizofrenia que sufre todo exiliado. No hay que ser necesariamente un megalómano para, al menos, intentar revitalizar en la memoria aquellas «viejas glorias» hoy ausentes. El hombre creador o creativo dispone de un gran recurso a su alcance. La imaginación puede proporcionarnos todo aquello de que carecemos en cualquier momento. Es un recurso extremadamente socorrido y verdaderamente económico.
El síntoma más acusado de esta necesidad de repoblar el universo emocional severamente afectado por sus carencias y ausencias lo encontramos en la obra poética de Baquero producida en España. Véase para confirmarlo su libro de poesía Memorial de un testigo (1966). Ahora, el mismo Baquero que desde sus inicios en la poesía trata como tema central la soledad absoluta y el desamparo existencial del ser humano, tan bien expuesto en su magistral poema «El mendigo en la noche vienesa», comienza a hacerse acompañar de una pléyade de hombres egregios. Sin entrar para nada en temas de psicoanálisis, ello representa su deseo de figurar, también, a su tiempo, en el panteón de los hombres ilustres.
Baquero es un híbrido del mestizaje entre África y España. Como producto de una fusión racial, nace ya un hombre dividido entre el mundo euro peo y el mundo africano. El resultado de toda mezcla es disidente por excelencia. La no pertenencia a un grupo definido nos separa de todos por igual y nos hace rebeldes por naturaleza. Ese fue el caso de Gastón Baquero. Y todo trauma marca la biografía de un hombre, que ya sabemos se vuelca directa o indirectamente sobre aquello que se escribe.
Las obsesiones y las carencias de Baquero son el tema de toda su producción literaria. La presente selección no constituye una excepción. Aquí concurren las figuras del mismo retablo universal que puebla su poesía y que también llena sus horas de soledad y añoranzas. Si en su crítica a Memorial de un testigo Guillermo Díaz-Plaja ve, de forma muy clara, la «aterradora soledad» que el poeta vierte sobre el fondo imaginario de sus versos, siguiendo sus escritos y comentarios en prosa podemos apreciar lo mismo.
Ante todo, Baquero necesita aferrarse a una fe. Sólo una profesión de fe puede servirle de lenitivo, de bálsamo amortiguador de sus múltiples heridas internas, arraigadas en lo profundo de su alma escindida. Siente en su cuerpo drenado por la hemorragia —léase sufrimientos— los clavos que atravesaron el cuerpo de Cristo. Esta identificación del dolor propio con los padecimientos de quien él considera el Redentor de la Humanidad le impele a justificar históricamente el Nacimiento de Cristo —al menos a intentar buscarle una condición de hecho histórico—. De ahí pasa a exaltar los valores espirituales de san Pablo o santa Teresa, y no se contenta con ello; el «prurito espiritual» le lleva a mostrar una obra filantrópica llevada a cabo por Alberto Schweitzer. Los beneficiados por esa obra son africanos. Aquí brota a la superficie, de rechazo, otro de los temas perennes del poeta: la cuestión racial.
CRONISTA UNIVERSAL, HUMANISTA Y FABULADOR
Podemos, sin temor a equivocarnos, asociar a Gastón Baquero con aquellos hombres del Renacimiento que encabezaron el humanismo. Tuvo por meta el dominio del conocimiento representado por el quehacer de lo hombres y el protagonismo de Dios. Tarea ambiciosa y plagada de fatigas que suele no encontrar recompensa a los esfuerzos invertidos por el desinterés del hombre hacia su prójimo.
En el año 1960 y bajo el título de «Saint-John Perse, cronista del universo», publicaba Baquero en la revista Índice de Madrid un brillante ensayo que muy bien puede hoy aplicarse a su obra. Nada escapó a su avidez de estudioso y a su compromiso con Dios y la Historia. Las «picardías» de Cristóbal Colón, la maternidad americana de Isabel la Católica, el Descubrimiento,la hispanidad como identidad de un mundo con espíritu y alma propia, la independencia de la América hispana como continuidad de la reafirmación y la razón de ser de España; todo adquiere dentro de su creación un tono de integridad, de asunción de la responsabilidad que permite el avance hacia formas de progreso que buscan la unidad y el desarrollo de los vínculos y nexos del hombre. Parece no querer dejar nada inconcluso, no ser indiferente ante nada que concierna al género humano y a su relación con Dios.
Este cultivador de la estética de la rosa fertilizó su formación en contacto directo con los grandes maestros de América y Europa —especialmente los de España—. Se acercó a todos los que podían enriquecer su patrimonio cultural y aplacar su sed de aprender. Con profusión hace gala de su memoria al recordar a los exiliados españoles. Nos habla de la llegada y participación cultural en La Habana de figuras como Ramón Menéndez Pidal,María Zambrano, Rafael Marquina, Juan Chabás, Pedro Salinas, o el omnipresente Juan Ramón Jiménez. Algunos de ellos concurren en el presente volumen para contribuir al homenaje a Paul Valéry.
Si los nombres anteriores iluminan sus fuentes hispanas, los que les siguen provienen de todo el mundo. Estas páginas retratan varias épocas, son una diacronía de aconteceres humanos que pasan de un siglo a otro y de un país a otro con la espontaneidad de lo que no conoce fronteras. La promiscuidad que caracteriza a un espíritu auténticamente universal reúne figuras de relieve internacional y atemporales, junto a exponentes de carácter local,pero que pusieron sus esfuerzos al servicio del desarrollo de la conciencia y del espíritu del hombre. Goethe, Bernard Shaw, Paul Claudel, Andrés Bello,Miguel Antonio Caro, Thomas Mann, Søren Kierkegaard, Victor Hugo,Farinelli, son tan sólo una muestra mínima de un interés y unas fuentes inextinguibles. ¡Qué fuerza para poetizar el encuentro con estos grandes del mundo literario! No deja fuera la labor de académicos, de historiadores, de estudiosos ni artistas; Julián Marías, Manuel Gómez Moreno, etc. Visita todos los períodos históricos con la familiaridad de un asiduo. Ello demuestra un elevado consumo de lectura que ha sido perfectamente digerido.
La otra gran virtud de este humanista e hispanista de raigambre es su capacidad para fabular. Nos presenta los hechos históricos envueltos en un halo de atractivo misterio y mágica fascinación. Es la técnica de la fábula aplicada al ensayo. De la mano de Baquero disfrutamos con igual fruición del magisterio ejercido por Caro, Bello y Gutiérrez que de la esencia de la herencia humanística legada por Farinelli, o nos deleitamos en las crónicas de los aconteceres del Descubrimiento con la figura de Cristóbal Colón gravitando en medio del rigor histórico. No digamos ya el carácter de aventura rica en descripciones y minuciosidad de detalles con que describe las batallas libradas por la independencia de América; la cronología de Bolívar o la aún más amena presentación de la figura de Manuela Sáenz.
Un estudioso en profundidad de la obra de Gastón Baquero no tarda en percatarse de que sus escritos en prosa no son otra cosa que una extensión de sus poemas. Hablamos, pues, de poetizaciones en prosa. No tenemos más que constatar cómo sus grandes temas de recurrencia: literatura, historia, religión, filosofía, música, etc., se reiteran o se recrean tanto en sus versos como en sus ensayos. Damos el título de algunos poemas representativos de las temáticas redundantes de la obra de Baquero que de modo directo o indirecto se tratan en esta recopilación: «Nacimiento de Cristo», «Brandeburgo 1526», «El galeón», «Pequeña elegía para Rafael Marquina», «Manuela Sáenz baila con Giuseppe Garibaldi el rigodón final de la existencia». Citemos ahora ejemplos de ensayos relacionados que se recogen en la presente obra: «Navidad: ¿Hijo del hombre o hijo de Dios?», «El Nacimiento, hecho histórico», «Martín Alonso Pinzón, descubridor de Puerto Rico», «Nacimiento de Simón Bolívar», «La verdadera Manuelita Sáenz». La ilustración dada basta para presentar el objetivo y contenido de este trabajo, que no es otro que ofrecer una nueva muestra de la capacidad poetizadora de Baquero. Sirva como puntual homenaje al centenario de su nacimiento.
A. D.-D.
BIBLIOGRAFÍA
POESÍA
Poemas, La Habana, Imprenta Serafín García, 1942.
Saúl sobre su espada, La Habana, Clavileño, 1942.
Poemas escritos en España, Madrid, Cuadernos Hispanoamericanos, núm. 127, julio de 1960.
Memorial de un testigo, Madrid, Rialp, 1966.
Magias e invenciones, Madrid, Ediciones de Cultura Hispánica, 1984.
Poemas invisibles, Madrid, Verbum, 1991.
Autoantología comentada, Madrid, Signos, 1992.
Poesía completa, Salamanca, Fundación Central Hispano, 1995.
Poesía completa, Madrid, Verbum, 1998.
Gastón Baquero, la patria sonora de los frutos: antología poética, selección y prólogo de Efraín Rodríguez Santana, La Habana, Letras Cubanas, 2001.
Antología poética, selección y prólogo de Francisco Brines, Valencia, PreTextos, 2002.
ENSAYO
Pro-defensa del derecho de propiedad: tres artículos y una sola idea, La Habana, 1945.
El periodismo como espejo de nuestro tiempo, La Habana, Ediciones del Ministerio de Educación, 1950.
Escritores hispanoamericanos de hoy, Madrid, Instituto de Cultura Hispánica, 1961.
Estado actual de la Comunidad Hispánica de Naciones, Madrid, Servicio de Publicaciones del Ministerio del Trabajo, 1966.
Darío, Cernuda y otros temas poéticos, Madrid, Editora Nacional, 1969.
La Enciclopedia de Cuba, coordinada por Gastón Baquero, San Juan (Puerto Rico), Enciclopedia y Clásicos Cubanos, 1973. «Tres siglos de prosa en Cuba» (tomo 2: Prosa y teatro); «La novela cubana del sigloXIX» (tomo 3: Novela. Costumbrismo); «El negro en Cuba» (tomo 6: Prosa de guerra. Sociedad. Filosofía); «La charada china: una de las magias o poetizaciones de la realidad» (tomo 8: Geografía. Folklore. Educación. Economía); «La mítica ciudad llamada La Habana» (tomo 9: Municipios: Pinar del Río, La Habana).
Gertrudis Gómez de Avellaneda, Madrid, Fundación Universitaria Española, 1974.
«La narrativa de Carlos Alberto Montaner», en Estudios sobre la nueva literatura hispanoamericana, Madrid, Planeta/Universidad de Arkansas, 1978.
Páginas españolas sobre Simón Bolívar, edición de Gastón Baquero, Madrid, Ediciones de Cultura Hispánica, 1983.
Indios, blancos y negros en el caldero de América, Madrid, Ediciones de Cultura Hispánica, 1991.
Acercamiento a Dulce María Loynaz, edición y participación de Gastón Baquero, Madrid, Ediciones de Cultura Hispánica, 1993.
Ensayo, Salamanca, Fundación Central Hispano, 1995.
La fuente inagotable, Valencia, Pre-Textos, 1995.
Primeros textos (1936-1945), edición de Alberto Linares Brito, La Laguna (Tenerife), Ateneo de La Laguna, 2001.
Eternidad de Juan Ramón Jiménez, Madrid, Huerga & Fierro Editores, 2003.
Polémica literaria entre Gastón Baquero y Juan Marinello (1944), edición de Amauri Francisco Gutiérrez Coto, Sevilla, Espuela de Plata, 2005.
Geografía literaria (1945-1996), edición de Alberto Díaz-Díaz, Madrid, Huerga & Fierro Editores, 2007.
Andaluces, edición de Alberto Díaz-Díaz, Sevilla, Renacimiento, 2009.
Cubanos ilustres, edición de Alberto Díaz-Díaz, Madrid, Visión Libros, 2009.
Apuntes literarios de España y América, edición de Alberto Díaz-Díaz, Sevilla, Renacimiento, 2011.
Perfil íntegro de Gastón Baquero, edición de Alberto Díaz-Díaz, Madrid, Visión Libros, 2011.
Perfil íntegro de Gastón Baquero, edición de Alberto Díaz-Díaz, Saarbrücken, Editorial Académica Española, 2012.
De Góngora a Juan Ramón Jiménez, edición de Alberto Díaz-Díaz, Saarbrücken, Editorial Académica Española, 2013.
LIBROS PROLOGADOS POR GASTÓN BAQUERO
RUBINOS, José, Selección de cien artículos y ensayos cortos, La Habana, Úcar García Editores, 1957.
MARTÍNEZ ARIZALA, Aurelio, Un infierno rojo en el Caribe. Los crímenes monstruosos en la Cuba comunista, Madrid, Servicio Exterior del Libro Actual, 1962.
BARBA, ANTONIO, Cuba, el país que fue. Unos recuerdos, Barcelona, Maucci, 1964.
TOUS, Adriana, La poesía de Nicolás Guillén, Madrid, Ediciones de Cultura Hispánica, 1971.
La fiesta innombrable (antología), edición de Víctor Manuel Mendiola y Luis Soto, México D. F., El Tucán de Virginia, 1972.
BRULL, Mariano, La casa del silencio, Madrid, Ediciones de Cultura Hispánica, 1976.
ALDAYA, Alicia G. R., La narrativa de Hilda Perera, Madrid, Playor, 1978.
LLERANA, Edith, Las catedrales del agua, Madrid, Playor, 1981.
PÉREZ CISNEROS, Enrique, La abolición de la esclavitud en Cuba, Tibás (Costa Rica), Litografía e Imprenta LIL, 1987.
MARTÍ, José, La edad de oro, Madrid, Mondadori España, 1990.
LEZAMA LIMA, José, La Habana. JLL interpreta su ciudad, Madrid, Verbum, 1991.
ROSSARDI, Orlando, Los espacios llenos, Madrid, Verbum, 1991.
DE LA SELVA, Salomón, El soldado desconocido, Madrid, Ediciones Libertarias, 1994.
Carbonell Cortina, Néstor, Por la libertad de Cuba. Una historia inconclusa, Miami, Ediciones Universal, 1996.
Barba Jacob, Porfirio, La estrella de la tarde, edición de Ángel Luis Vigaray, Madrid, Huerga & Fierro Editores, 2002.
BIBLIOGRAFÍA COMPLEMENTARIA
DÍAZ-DÍAZ, ALBERTO, Destellos y desdén (Biografía de Gastón Baquero), Madrid, ADVICIUM, 2008.
——, Luces y tinieblas (Biografía de Gastón Baquero), Saarbrücken, Editorial Académica Española, 2012.
VV. AA., Entrevistas a Gastón Baquero, Madrid, Betania, 1998.
PROCEDENCIA DE LOS TEXTOS
«Sobre autoantología o autoselección de poemas»: inédito, archivo de José Olivio Jiménez, actualmente Archivo personal de Alberto Díaz-Díaz.
«Comentarios literarios»: inédito, archivo de Radio Nacional de España.
«Symposium sobre Paul Valéry»: Diario de la Marina, La Habana, 12 de agosto de 1945.
«Paréntesis para hablar de Goethe»: Diario de la Marina, La Habana, 27 de agosto de 1946.
«Nota sobre la muerte de Farinelli»: Diario de la Marina, La Habana, 12 de mayo de 1948.
«Palabras ante el busto de Victor Hugo»: Diario de la Marina, La Habana, 6 de diciembre de 1949.
«George Bernard Shaw: viajero al mundo de las sombras»: Diario de la Marina, La Habana, 4 de noviembre de 1950.
«Nota en el centenario de Gogol»: Diario de la Marina, La Habana, 23 de julio de 1952.
«El profesor Julián Marías»: Diario de la Marina, La Habana, 14 de octubre de 1952.
«Primera nota en la muerte de Thomas Mann»: Diario de la Marina, La Habana, 3 de agosto de 1955.
«Segunda nota sobre Thomas Mann: el fin de una época»: Diario de la Marina, La Habana, 19 de agosto de 1955.
«En el centenario de la muerte de Søren Kierkegaard»: Diario de la Marina, La Habana, 12 de noviembre de 1955.
«Barrès y España»: ABC, Madrid, 3 de mayo de 1962.
«Literatura y periodismo»: Arriba, Madrid, 14 de marzo de 1965.
«Claudel, o el retorno a la grandeza»: Arriba, Madrid, 28 de marzo de 1965.
«San Pablo: el renacimiento por el espíritu»: Arriba, Madrid, 27 de junio de 1965.
«La trayectoria moral de Alberto Schweitzer»: Arriba, Madrid, 12 de septiembre de 1965.
«Somerset Maugham: voluntario de la segunda división»: Arriba, Madrid, 19 de diciembre de 1965.
«El Perú a la luz del Inca»: Arriba, Madrid, 3 de abril de 1966.
«Don Manuel, en América»: El Alcázar, Madrid, 22 de febrero de 1969.
«Menéndez Pidal historiador i»: El Alcázar, Madrid, 26 de noviembre de 1969.
«Nacimiento de Simón Bolívar»: El Alcázar, Madrid, 24 de julio de 1970.
«Santa Teresa, doctora de la Hispanidad»: ABC, Madrid, 15 de octubre de 1970.
«Navidad: ¿Hijo del hombre o hijo de Dios?»: El Alcázar, Madrid, 23 de diciembre de 1970.
«La batalla de Carabobo»: El Alcázar, Madrid, 25 de junio de 1971.
«Tres clásicos de América: Bello, Gutiérrez, Caro»: Poesía Hispánica (Segunda Época), núm. 235, Madrid, julio de 1972.
«Bajas en la cultura europea»: El Nuevo Herald, Miami, 14 de enero de 1986.
«¿Debemos celebrar el quinto centenario?»: El Nuevo Día, San Juan de Puerto Rico, 18 de abril de 1992.
«Lo negro y lo dorado de la colonización de América»: El Nuevo Día, San Juan de Puerto Rico, 9 de agosto de 1992.
«Martín Alonso Pinzón, descubridor de Puerto Rico»: El Nuevo Día, San Juan de Puerto Rico, 11 de octubre de 1992.
«La verdadera Manuelita Sáenz»: El Nuevo Día, San Juan de Puerto Rico, 21 de agosto de 1994.
«El Nacimiento, hecho histórico»: El Nuevo Día, San Juan de Puerto Rico, 18 de diciembre de 1994.
«De San Salvador a Ayacucho»: inédito, Archivo de la Biblioteca de la AECI.
«Una carta de Gastón Baquero a Simone Lerch»: inédita, Archivo personal de Alberto Díaz-Díaz.
SOBRE AUTOANTOLOGÍA O AUTOSELECCIÓN DE POEMAS1
J. O. J., huésped del Reino en que habitaba J. R. J., me pide seleccione unos poemas míos para la revista El Cardo de Bronce.
¿Cómo puede hacerse esto? ¿Cómo, uno mismo, puede atreverse a amputar fragmentos del único poema que en verdad escribe un autor? Porque, en realidad, ¿realidad?, sí, realidad, uno escribe siempre el mismo poema; se es autor de un poema y nada más, como se es protagonista de una vida solamente. Si leyésemos con fruto, con atención y tensión suficientes, nos bastaría con leer un poema de un autor para conocer toda su obra.
Lo que Stravinski dijera de Vivaldi («No, Vivaldi no ha escrito seiscientos conciertos; ha escrito seiscientas veces el mismo concierto») puede decirse también de Stravinski, por mucho que él creyese estar variando a cada momento.
No hay nada más difícil que variar, cambiar de órbita, trasladarse de un territorio adherido a la piel y al alma a otro territorio radicalmente, definitivamente diferente. Estamos enjaulados en la tierra, y enjaulados también en la cárcel del Yo. «Nadie —se ha dicho— puede saltar fuera de su sombra». Nadie, admitámoslo, puede escribir más de un poema.
Si tuviésemos paciencia para esperar la maduración, la fermentación de nuestro espíritu en la gran cuba fermentadora que es el topos, el lugar donde vivimos, produciríamos, cuando llegase la hora natural del parto, un poema, y nada más que uno. Síntesis de lo vivido, de lo realmente conquistado por el espíritu en el mundo, ese poema contendría maravillosamente unificada esta dispersión, esta frívola atomización de la realidad con que nos entretenemos, y a la cual llamamos altaneramente «obra poética», «suma de poemas».
Para el autor, todos sus poemas son el mismo; todos son fragmentos de su poema. Por eso le produce una terrible sensación de monotonía leer un libro suyo, leer más de un poema suyo. ¿Y de dónde puede sacar autoridad y razón para seleccionar, para decirse: este poema es mejor que aquel, este me gusta más que el otro? Dado que un poema es siempre la punta infinitamente pequeña de un iceberg, la ceniza de un incendio que brilló un momento, como una estrella errante, el autor lee siempre el poema completo, en tanto que lector sólo puede leer el muñón, el fragmento terriblemente mutilado y parcial, de lo que fuera, o quiso haber sido, el Poema en el alma del autor. ¿Cómo puede saber uno, que conoce entero, ontológica y biológicamente el poema, cuál es el mejor, el más representativo, el más acertado? Para complacer (y agradecer) a J. O. J. y a El Cardo de Bronce la solicitud que me hacen, he acudido al procedimiento de la ruleta, de los dados, del azar. Esta selección está hecha, no por mí, sino por el azar. Un azar, confiésese, guiado por mis secretas preferencias.2
1 Mecanoscrito hallado en el archivo personal donado por nuestro amigo José Olivio Jiménez, antes de morir.
2 Por motivos que no hemos podido corroborar, El Cardo de Bronce nunca llegó a publicar esta selección realizada por el autor. No obstante, si el lector desea conocer esas «secretas preferencias» de que habla Baquero, puede verificarlo en su Antología comentada citada en la bibliografía del presente volumen.
COMENTARIOS LITERARIOS3
GUILLERMO CABRERA INFANTE: TRES TRISTES TIGRES
De una de las novelas hispanoamericanas más importantes del siglo, Tres tristes tigres, del cubano Guillermo Cabrera Infante, acaba de aparecer una curiosa edición nueva. Lo curioso está en que esta famosa obra, que despertó interés tanto en España como en Hispanoamérica, se presenta ahora en su versión completamente pura, original, intacta, ya que se ha recogido el texto tal como lo escribiera Cabrera Infante, y no como lo dejara, un poco reducido, la censura.
La censura que se ejerció en aquellos años en España sobre libros como este no era una censura política; era más bien una censura de las costumbres, de la moral, eliminándose ciertas frases que parecían procaces o pecaminosas, y ciertos episodios un tanto escabrosos. Pero a pesar de esto, cuando se leyó Tres tristes tigres, el deslumbramiento que produjeron la imaginación, el ingenio, los juegos de palabras de Cabrera Infante permitieron que se le admirara el libro sin saber si estaba o no censurado.
La realidad es que esta nueva edición añade muy poco a la anterior, porque a veces son diez líneas más, diez líneas menos; sesenta palabras más, sesenta palabras menos. Pero de todas maneras tiene un gran interés en la literatura reconstruir intacto, tal como fue creado por su autor, un texto como este de los Tres tristes tigres, que es un verdadero juego de palabras, un juego de ingenio.
En esta obra Cabrera Infante, que ganó la fama internacional con ella —está traducida a dieciocho idiomas la novela a pesar de sus dificultades lingüísticas—, recogió el habla popular de ciertos barrios de La Habana y los juegos de palabras que allí son muy habituales, porque ocurre igual que en la Argentina, que se juega mucho con el idioma para crear en los barrios, y entre los grupos afines, una especie de idioma propio, una especie de lenguaje de la tribu.
Y con Tres tristes tigres consiguió también Cabrera Infante atraer la atención del mundo europeo sobre una forma viva de la literatura hispanoamericana, que tuvo con esta novela —si es que puede llamársele novela— un verdadero renacimiento, una llamada de atención en toda Europa. Es de agradecer que haya aparecido tal como la escribiera él; no obstante que, aun faltando, como digo, palabras y algunos episodios, la obra era maravillosa; puede decirse casi que era una obra perfecta.
DOMINIQUE BONA: LOS OJOS NEGROS
Los ojos negros, de la escritora francesa Dominique Bona, son la biografía de toda una familia famosa, la del poeta José María de Hérédia, un francés, un parnasiano ilustre, que ha quedado en la historia como un caso casi tan sorprendente como el de Conrad, porque es un hombre que aprendió la lengua ya de mayor y llegó a ser el más famoso, el más cuidadoso de los parnasianos franceses. Es el poeta por antonomasia. Él fue realmente el maestro de Pierre Louÿs, de Henri de Régnier en sus comienzos, del propio Paul Valéry.
Este hombre tenía tres hijas, de las cuales la más conocida, que vivió hasta 1963, fue María, es el personaje central de la biografía escrita por Dominique Bona. Hay que decir que el libro resulta ameno, un poco erótico o picaresco, como se quiera llamar, porque cuenta las relaciones de estas hijas, las de «los ojos negros» —por eso se llama así el libro—, con los poetas. Su casa estaba siempre llena de poetas, y las tres se casaron con escritores.
Nada menos que una de ellas se casó con Henri de Régnier, María, la protagonista central. La otra se casó con Pierre Louÿs. Es decir que todas ellas se fueron encaminando por ese sendero de la poesía familiar. En casa de Heredia se celebraban constantes reuniones, y todos los importantes poetas de su tiempo o nacieron allí o se exhibieron allí o vivieron allí.
La biografía vale la pena leerla porque es al mismo tiempo la de todo el período poético —tan hermoso—, que termina en realidad cuando Paul Valéry se separa del parnasianismo, que ya estaba muy gastado, y echa a andar por su cuenta su propia poesía. Pero la significación de los parnasianos en la poesía francesa es de tal naturaleza que siempre despierta interés conocer cómo era la vida de esta gente.
María Heredia fue gran amiga de Proust. Juntos crearon una academia llamada de «Los Canacos» —una gracia de salón que hicieron entre ellos y que tuvo mucho éxito— y conservaron su amistad toda la vida.
María vivió hasta 1963, ya lo dije. Y cuenta su historia las cosas más llamativas, más brillantes, más interesantes de toda la literatura francesa. André Gide, Paul Valéry…, todos pasan por aquella casa, y todos dejan una huella de poesía y de amor. Es muy curiosa la relación de María con su esposo Henri de Régnier, porque este hombre era un hombre inconmovible, era un hombre como de mármol al que no le importaban para nada las veleidades de su esposa. Y llegó al extremo de que tuvieron un hijo, que todo el mundo sabía que no era de él, y aquel niño se crio en medio de esa orgía de libertades y de fiestas en que vivían ellos, y llamaba papá a todos los poetas que iban a la casa, menos a su propio padre que era Henri de Régnier.
De anécdotas como estas está lleno el libro. Es un libro que me atrevo a recomendar vivamente porque da un cuadro casi completo de un instante poderosísimo de la literatura francesa.
RAFAEL HELIODORO VALLE: FLOR DE MESOAMÉRICA
Los medios culturales centroamericanos están recordando en este año de 1991 el centenario del nacimiento en Tegucigalpa de Rafael Heliodoro Valle. Este fue uno de los principales escritores del siglo XX centroamericano, que formó escuela, como es casi una tradición en esa zona; la formó, fundamentalmente, en México, donde vivió más de sesenta años y donde todo el mundo creía que era mexicano.
Heliodoro Valle, que debe ser recordado con respeto, con amor, porque es uno de los verdaderamente grandes creadores, investigadores, críticos de la lengua de Hispanoamérica, de la literatura, dejó obras de grandísimo interés. Es bueno recordar en este instante de evocar su centenario la Historia del pensamiento social y político de Centroamérica4, que es una maravilla editada por el Fondo de Cultura Económica, donde hallamos concentrada de una manera estupenda toda la preocupación de los escritores de todos los tiempos en los cinco países centroamericanos. Y es espectacular ver ahí la importancia que alcanza, cuando se le estudia antológicamente, el pensamiento político, social y estético de Rubén Darío, por ejemplo. Pero todos los grandes de Centroamérica están estudiados en esa Historia del pensamiento social y político de Centroamérica.
Otro libro fundamental de Heliodoro Valle fue su Diccionario de escritores hispanoamericanos, muy antiguo —es del año 27—, donde ya encontramos, por ejemplo, que figura Alejo Carpentier como escritor importante, pero además como miembro del Partido Comunista. Si se piensa que esto fue en el año 1927, hay que preguntarse cómo se compagina este dato de Heliodoro Valle con los datos que conocemos sobre Alejo Carpentier publicando en Madrid en el 31 Écue-Yamba-Ó.
Hay otros libros muy importantes de Valle, pero yo quiero rendirle tributo a su memoria mencionando solamente Flor de Mesoamérica, que es una antología general bellísima de los grandes instantes humanos, etc., de todos los países. Flor de Mesoamérica es un libro que vale él solo para perpetuar un nombre, unas letras de cualquier país o de cualquier región.
VICENTE GERBASI: EL SOLITARIO VIENTO DE LAS HOJAS
Está de moda, puede decirse, la poesía hispanoamericana en España. A consecuencia de los recientes simposios y encuentros celebrados en distintos centros culturales, los poetas hispanoamericanos están en los labios de todos. Ya hemos hablado de los famosos, de los más conocidos, pero hoy quiero hablar de un libro reciente, que me parece importantísimo, de uno de los grandes poetas de Venezuela: Vicente Gerbasi. Este es un poeta cuya historia y cuya obra merecen ser conocidas. Quiero hablar de este libro último de él, que se llama El solitario viento de las hojas, porque refunde o sintetiza toda la obra y la visión poética de Gerbasi.
Él es uno de los fundadores del famoso grupo venezolano Viernes. Nació en 1913 y se mantiene prodigiosamente lúcido y laborioso. Tiene publicados muchos libros, Bosque doliente por ejemplo, y Mi padre, el inmigrante, libros de poemas que le valieron el Premio Municipal de Poesía de Venezuela, de Caracas, y luego el Premio Nacional de Literatura.
Ahora, este libro que estoy mencionando, El solitario viento de las hojas, vuelve a llamar la atención, porque Gerbasi sigue en su gran línea de la reflexión filosófica, pero hecha en forma altamente lírica, es decir que su pensamiento filosófico no devora a la poesía, sino a la inversa. Él pone la filosofía a los pies de la poesía. Sus poemas típicos —quiero citar uno de ellos para que se vea su manera— son muy breves. Este se llama «El sombrero del mago», y dice:
Uno va aprendiendo
poco a poco a hablar
y uno se convierte
en un mago que
saca del sombrero
del Universo liebres
interplanetarias. Somos
los tristes del espacio.
Dice Vicente Gerbasi.
GORE VIDAL: VERDE OSCURO, ROJO VIVO
Los escritores norteamericanos se van acercando cada vez más a interesarse por los sucesos, por la vida, y hasta por la literatura del mundo hispanoamericano. Nada menos que el famoso Gore Vidal —uno de los grandes santones y de los más peligrosos escritores de Norteamérica— ha escrito un libro sobre Centroamérica. El libro se llama Verde oscuro, rojo brillante5. Es un libro sobre una revolución y una dictadura en un país centroamericano, visto desde la perspectiva habitual con que los extranjeros ven estas cosas, casi como si fuese una obra teatral o algo llamativo, como lo veía Graham Greene, por ejemplo, en la cosa de Haití.
Pero Gore Vidal hace una novela muy bien hecha, muy a la norteamericana actual, en la que aparece un auténtico general centroamericano —no dice el país, pero da igual, todos son iguales—, un general que lleva diecinueve años de dictadura. Luego, el bufón de ese general, un escritor francés que es el que escribe los discursos, la vida de la familia… Todos los detalles más apasionantes y llamativos que encontramos por aquí y por allá en las relaciones de la vida política de Centroamérica, los recoge Gore Vidal muy bien.
El libro es realmente muy bueno, visto literariamente nada más, porque si lo enfocáramos desde un punto de vista sociológico o del respeto que estos países merecen, pues nos quedaríamos muy disgustados con la obra de Gore Vidal, porque una vez más conviertan las tragedias de nuestros países —los países hispanoamericanos— en pura materia de comedia, de argumento, de risa, y no de drama.
VICENTE GERBASI6
La poesía hispanoamericana está de actualidad en España por el hecho notable de que hace muy pocos días un grupo de poetas notabilísimos de distintos países de América leyeron su obra en presencia de los reyes de España en el Palacio Real. Esta consagración tan hermosa permitió oír la voz nada menos que de poetas de gran calidad, poco conocidos en España casi todos, pero de enorme calidad, como es el caso de Olga Orozco, la grande grande Argentina; de Gonzalo Rojas, el chileno; de Westphalen, el peruano; de Matos Paoli, el puertorriqueño; de Álvaro Mutis, el colombiano.
Echamos de menos, los amantes de la poesía hispanoamericana, nombres de otros grandes autores, pero comprendemos que no es posible en una sola función, en una sola velada, abrumar ni a los reyes ni a nadie con una muchedumbre de poetas.
Para reparar en cierta forma esta ausencia, quiero recordar hoy el reciente libro de un gran poeta venezolano, Vicente Gerbasi. Es el libro titulado El solitario viento de las hojas. Magistral por todos sus conceptos esta obra, hecha por un poeta nacido en 1913, de gran obra, extensa, fundador del famoso grupo Viernes de Venezuela, que semejante al grupo Piedra y Cielo de Colombia renovaron la poesía de su país. Vicente Gerbasi sigue produciendo, no obstante sus años, y sus lectores tenemos la alegría, repito, de ver en estos momentos en las librerías de Madrid su libro El solitario viento de las hojas. Recordamos su obra, famosísima en su tiempo, Retumba como un sótano del cielo, que transformó, en cierta medida, una parte de la poesía hispanoamericana, como lo hizo Westphalen en el Perú y como lo ha hecho Olga Orozco en la Argentina.
MICHAEL BENTON: TRAS LAS HUELLAS DE LOS DINOSAURIOS
El escritor británico Michael Benton ha visto traducida al español y publicada, hace unos días, su obra muy conocida en el mundo anglosajón titulada Tras las huellas de los dinosaurios.
Dicho así, parece que el libro es una vez más una fantasía sobre los dinosaurios, pero se trata de un libro justamente afamado porque es una recopilación y un catálogo de todo lo que se conoce hasta ahora sobre los dinosaurios, aquellos extraños animales que fueron los dueños del planeta, los amos del planeta como se dice, y que se fueron extinguiendo de una manera muy extraña, lentamente.
En la actualidad, o desde unos años a esta parte, se ha despertado un gran interés por conocer mejor la vida y la muerte de los dinosaurios, porque se ha comprendido que el hábitat de la Tierra, el medio ambiente, todo esto que hoy estudia la ecología y que está tan de actualidad, tiene mucho que ver con lo ocurrido en aquellos tiempos, cuando desaparecieron los dinosaurios. Por eso, este libro de Michael Benton resulta enormemente apasionante, por las conclusiones que cada lector puede sacar sobre lo que ocurrió y lo que puede ocurrir en el planeta si prosiguen las catástrofes ecológicas, los descuidos, las agresiones al medio ambiente que hoy están a la orden del día en todas partes.
El libro tiene, además, el valor, la gran curiosidad, de que resume todas las hipótesis conocidas sobre la desaparición de los dinosaurios, y trae además un catálogo donde se recorren y se citan todos los museos que en el mundo tienen algunas muestras del mundo de los dinosaurios. Este mundo, quiero repetirlo, hoy tiene una gran actualidad porque están ocurriendo en nuestro planeta, otra vez, hechos terribles como los que probablemente ocurrieron en el tiempo aquel, que determinaron la desaparición de los dueños del planeta, que eran los dinosaurios, y que ahora —por repetidos— pueden también determinar la desaparición de los actuales dueños del planeta, que somos los humanos.
PATRICK LEIGH FERMOR: VIAJE A TRAVÉS DE LAS ANTILLAS
Quienes conocíamos de antiguo el libro de Patrick Leigh Fermor llamado Viaje a través de las Antillas podemos sentirnos regocijados, ya que hoy es posible compartir esta alegría, este conocimiento, con los nuevos lectores, con la nueva generación.
El libro de Fermor acaba de ser reeditado por la editorial Labor, y sigue conservando su viejo título de Viaje a través de las Antillas, que es una traducción de su original en inglés, que realmente se llamaba El árbol del viajero7, un viaje a través de las islas del Caribe. Esta obra realmente es sensacional, yo diría casi que es única entre los libros de viaje de este siglo, porque recoge todas las actualidades, no del turismo corriente, sino del contacto íntimo con las naciones. No queda una sola isla de todo el gran arco antillano y de Centroamérica inclusive que no haya sido visitada largamente por Fermor, y con una gran simpatía.
Este es uno de los escritores ingleses que en este siglo mostraron mayor independencia siempre. Él salió a pelear por su cuenta en Grecia y en otros sitios, y dondequiera que vio la libertad amenazada se fue a pelear con la mayor libertad e independencia, y además hasta con cierto secretismo, porque no hacía de sus participaciones campañas ni nada público, de partido, sino que iba a dar su vida, a ofrecer su vida, por la libertad dondequiera que la veía ofendida o amenazada.
El producto de este libro, Viaje a través de las Antillas, es asombroso, porque limpia todos los viejos prejuicios que hay sobre el Caribe, y de ser simplemente unas islas muy bellas, muy rumbosas —en el sentido de lujo y en el de rumba—, él va descubriendo el alma, el sufrimiento, el ser íntimo de todas esas islas que están en el gran arco antillano, entre el norte y el sur del continente americano, y que constituyen una de las avanzadas mayores para el contacto con el mundo europeo.
Leigh Fermor es un hombre libre de prejuicios, nunca a lo largo del libro hace la menor defensa del imperialismo, ni del neocolonialismo, ni de la potencia inglesa o norteamericana, etc., sino que, sin hacer del libro tampoco un panfleto contra esas metrópolis y esos países dominantes, enseña cuáles son las consecuencias terribles que esas islas todas pagaron, y siguen pagando, por la dependencia a que están sometidas, quiéranlo o no, a sus antiguas metrópolis.
CECIL BEATON: MI TÍA BOLIVIANA8
Cecil Beaton, aquel inglés famoso por su buen gusto para los decorados, el teatro, la fotografía, etc., tiene también una conexión muy interesante con Iberoamérica. Es a través de su libro, que está de nuevo en las librerías, titulado Mi tía boliviana. Nadie relacionaba a Cecil Beaton con Bolivia, pero él cuenta del matrimonio de una tía suya con un diplomático, un general boliviano, que fue una figura de mucho renombre en Londres también, y cuenta además cómo de niño fue allí a Bolivia y la vida que hizo, etc.
Es un libro sumamente bello porque ese es un momento en que la Gran Bretaña, o sea, Inglaterra, y Bolivia tenían una estrechísima amistad, al extremo de que era parte, se puede decir, de toda la vida boliviana la diplomacia inglesa. Hay que recordar que por aquellos tiempos, y un poco más tarde también, fue famoso incidente que un dictador de Bolivia, Melgarejo, se molestó con el embajador inglés en Sucre, y lo hizo montar en un burro, colocándolo de espaldas además, durante treinta minutos. Al llegar a Londres la noticia —reinaba todavía Victoria la grande de Inglaterra—, esta reina, que era bastante curiosa de carácter, perdió la cabeza y ordenó que saliera la escuadra inmediatamente. Cuando le explicaron, con cierto miedo, que no podía ir la escuadra porque en Bolivia no había puerto, ella se molestó tanto que pidió un mapa y un lápiz, y sobre el nombre de Bolivia que le señalaron hizo una cruz y dijo: «Bolivia no existe».
Pero para Cecil Beaton y para todos los amigos de las relaciones amistosas entre Bolivia e Inglaterra —amistosas y de comercio, de negocios, etc.— aquel país era una maravilla. Y así lo cuenta en este libro suyo, Mi tía boliviana, que es una verdadera delicia biográfica, y que por muchos motivos se ve que está escrito por el hombre que fue capaz de montar fabulosamente en el cine la obra My Fair Lady, hecha como se sabe sobre el Pigmalión de Bernard Shaw. El mismo buen gusto, los detalles increíbles están presentes en este libro. Y hay además un hecho anecdótico: toda la ropa que llamó tanto la atención en la película My Fair Lady la tomó Cecil Beaton del vestuario que conservaban en su casa de la tía de Bolivia, o sea la tía boliviana, que es el nombre del libro.
RAMÓN PALOMARES
Se celebró en una gran fiesta, aquí en Madrid, la aparición del libro número 1000 de la colección creada por la Comisión Nacional del Quinto Centenario del Descubrimiento de América, que se propuso producir primero quinientos libros para el 92, pero fue tanto el éxito y tanto el esfuerzo que se hizo, y tantas las ayudas recibidas de distintas editoriales, que ya se ha llegado, ahora en el mismo mes de junio en que estamos, a publicar el número 1000 de sus títulos.
Es difícil escoger, porque hay verdaderas maravillas de todos los órdenes, de todas las épocas, pero yo me atrevo a seleccionar, como un homenaje a la poesía hispanoamericana, uno de esos libros publicados por el Quinto Centenario. Es el llamado Trilogía, del poeta venezolano Ramón Palomares, nacido en Escuque, en Mérida venezolana, en mayo del 35.
Es este libro algo excepcional, que yo me atrevo a incluir entre los libros realmente hispanoamericanos, de poesía hispanoamericana, producidos en Hispanoamérica. Quiero decir que hay muchos libros de poesía publicados en aquellos países como en este, que están hechos por personas nacidas en uno de estos territorios, pero que no responden ni a la psicología, ni al vocabulario, ni a la filosofía de la vida de ninguno de nuestros países.
En Trilogía, Ramón Palomares, el venezolano, ofrece un verdadero prodigio de uso del habla popular con el habla culta; de la poesía popular con la poesía culta. Y es un verdadero libro de mestizaje. Mestizaje porque está sumamente vivo el idioma español hablado en Caracas a través de los siglos, con las reminiscencias, las supervivencias del habla indígena venezolana, que se notan en muchos autores y en ciertas regiones de aquel país.
El libro lleva un prólogo, magnífico, de Carlos Contramaestre, que es el agregado cultural de Venezuela aquí en España. Tiene hecho un estudio fervoroso, donde aparte de recordar que este poeta, Palomares, viene realmente de la gran escuela de Vicente Gerbasi, uno de los grandes poetas de Venezuela de este siglo, enseña cómo Palomares ha sabido ser extraordinariamente moderno y, al mismo tiempo, extraordinariamente respetuoso de las tradiciones lingüísticas y folclóricas de América. Como es difícil juzgar todo esto, voy a leer un breve poema del libro, titulado «Noche»9, donde dice:
Metete vos en el caldo, Juan León,
Juan León
que no hay nadita qué comer,
que descasea la carne y la yuca y las alverjas,
metete en la olla y hacete humo
aunque sólo tengás hueso y pellejo y dos dientes de abajo
Juan León.
[Olleta, cocélo bien.
cocélo que ya le vamos a echar sal,
con la candela sale el humito, por la boca
sale el humito.
«Juan León:
Acordate cuando estabas por el monte
que cortates hojas de bijao,
que te metites por los zanjones,
ay Juan,
te picó la mapanar,
no te pudiste parar más.»
Andate por las montañas, humo,
por la cuesta de las canciones, humo,
por el cielo azulito.
Llevame humo,
llevame ruido de la candela,
llevate a Juan León,
nubecita.]
¿A qué te sabe el caldo?
Me sabe a muy salado, me sabe a piedras y a palo santo,
me sabe como a tierra, como a hoja de ocumo,
a leche de cambur.
Andá ve que el viento se llevó la troja.
Mirá que el sol se está comiendo los zanjones,
que la tierra se está cuarteando.
¿Como que se fueron todos los de esta casa?
¿Como que ya desaparecieron todos los corotos y el olor de todos?
Dejáme ver, humo.
Dejáme ver, viento.
¿Qué se hizo la casa de Juan León?
PABLO NERUDA: VEINTE POEMAS DE AMOR
Esta nueva edición aporta sobre todo un recuerdo, un homenaje a uno de los libros que importaron más a la gente en Hispanoamérica y en España. Fue el primer libro de Neruda que consiguió una gran audiencia. Tenía él nada más que veinte años de edad cuando lo hizo en 1924, y ya había publicado por lo menos tres libros antes, porque fue un hombre como Darío, muy prolífico y muy precoz. Pero los Veinte poemas de amor se convirtieron en América en uno de los éxitos más grandes de todos los tiempos.
Ha sido por lo tanto muy oportuno, aprovechando que Jorge Edwards ha hecho una biografía de Neruda, reciente, que fue un gran amigo de Neruda y que compartió, digamos, los avatares de Neruda en América con el libro de los Veinte poemas de amor. Él cuenta que cuando llegaban a un país cualquiera a dar un recital o una conferencia, si no recitaba los Veinte poemas de amor, la gente se sentía defraudada. Y es realmente un libro que quizás no sea lo mejor de Pablo Neruda, como es natural —era muy joven—, pero fue muy importante para el sentimiento. Sobre todo «Farewell» y «Puedo decir los versos más tristes esta noche», etc., se convirtieron en algo que todavía todo el mundo recuerda en América, como ocurrió con Rubén Darío en su tiempo.
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Su poesía surrealista es la que va a tener más trascendencia. Residencia en la tierra me parece que es un libro capital en la poesía de cualquier lugar, sea de Hispanoamérica o de Europa, y capital en la obra de él. Porque es surrealista, es cuando él se abre a otro tipo de investigación del mundo, es cuando está en Rangún como cónsul allí, muy solo, y siente qué nuevo es el mundo, el mundo misterioso del Asia y del agua, etc., y se abre entonces hacia una poesía distinta, nueva, que creo es la que va a perdurar.
RAMIRO DÁVILA GRIJALBA: TRAGEDIA DE LA PRISIÓN
Y MUERTE DE ATAHUALPA
A medida que nos acercamos a la celebración del Quinto Centenario del Descubrimiento de América las editoriales, tanto de España como del Nuevo Mundo, se vuelcan en la producción de libros relacionados con este acontecimiento.
Hoy queremos hablar de una obra poco divulgada en España, pero sumamente importante, del escritor ecuatoriano Ramiro Dávila Grijalba. Es una obra de arte, es una obra de teatro si se quiere, titulada Tragedia de la prisión y muerte de Atahualpa. Esta obra la compuso él de acuerdo con los textos, clásicos ya, de todos los cronistas coloniales, de los testimonios quechuas de la Conquista, y hay una parte de imaginación del autor. Pero se usa sobre todo la versión de Guamán Poma de Ayala y de Titu Cusi Yupanqui, que son los textos del reverso de la Conquista citados por Miguel León Portilla, donde se da la otra imagen, la otra cara de la Conquista, es decir, la opinión de los vencidos, la opinión de los indígenas o aborígenes.
Ramiro Dávila Grijalba ha conseguido hacer lo que casi parecía imposible en nuestros tiempos, una verdadera tragedia en el estilo de las grandes tragedias de la humanidad, como si fuese escrita por un Sófocles, por un Esquilo. La Tragedia de la prisión y muerte de Atahualpa es algo conmovedor, tremendo, porque mediaron en ellas las pasiones humanas, las sorpresas, y sobre todo los frutos de la incomprensión que dominó o primó sobre las relaciones entre españoles e indígenas en los primeros tiempos de la Conquista. Atahualpa pasó, como Moctezuma en México, por una breve etapa, digamos, de amistad, de entendimiento, con los españoles. Pero poco después, ya por intrigas personales, ya por ambiciones de riqueza, ya por no entenderse sobre todo en el lenguaje que cada uno empleaba, en el uso de las palabras, en el conocimiento del idioma recíproco, fueron surgiendo incomprensiones, fricciones y conflictos que determinaron al fin la prisión del emperador y su terrible muerte.
Ramiro Dávila Grijalba, ecuatoriano, ha conseguido transformar todo ese material, que es realmente trágico en sí mismo, en una auténtica obra de arte, en una tragedia, ya lo dije, griega, con toda la perfección, con todos los detalles de las grandes tragedias escritas por los mejores del mundo. Tiene un coro, como el coro de los griegos, tiene los personajes movidos a la misma manera griega, y además tiene como gran contenido una explicación de carácter psicológico, de carácter humano, donde, por un lado, si resplandece la crueldad de Pizarro resplandece también la bondad de los misioneros, y se dan las dos caras de la moneda, tal y como ocurrió en la Conquista de América, en la colonización, donde hubo una de cal y otra de arena, donde ni todo fue bueno ni todo fue malo y donde hay que tener en cuenta, siempre que pensemos en esto, en cualquier región del Nuevo Mundo, que si hubo hombres que por su carácter, por su manera de ser o por sus prejuicios, fueron crueles y tremendos con los aborígenes, con los hombres de allí, con los indios, hubo también siempre hombres que inclusive dieron su vida por defender los derechos, la libertad, la vida tranquila, etc., de los moradores de allí, de los vencidos.
En esta Tragedia de Atahualpa encontramos los personajes, digamos, malignos, es decir, los empeñados en destruir a este hombre por robarle toda su riqueza, los que le engañaron inclusive —porque él como se sabe pagó su rescate, llenó una habitación entera, la llenó de oro, de brillantes, de toda clase de joyas— y después de haber hecho eso, por intrigas entre los conquistadores, sin embargo lo condenaron a muerte.
Pero en la obra de este escritor, Ramiro Dávila Grijalba, vemos cómo hasta el último momento estuvo a su lado acompañándole, no sólo el sacerdote, que tenía, digamos, la obligación, sino también hombres, que podemos llamar oficiales de la corona española, que no estaban de acuerdo con aquella muerte que le daba Pizarro y hasta el último momento estuvieron pidiéndole y además amenazaron, cosa que hicieron luego, en venir a la Corte a denunciar como un crimen la muerte del emperador Atahualpa.
De modo que con este libro, aparte de su belleza intrínseca, que es mucha, tenemos un nuevo texto que nos permite mirar con mayor objetividad, con mayor imparcialidad y mejor conocimiento de causa toda la enorme tragedia que ocurrió en América a partir de 1492.
IVAN VAN SERTIMA: LOS EGIPCIOS DESCURIERON AMÉRICA
La proximidad del descubrimiento de América está dando lugar a una edición constante de libros, algunos de ellos muy sorprendentes, tratándose de conseguir por algún medio aclarar de una vez la enorme suma de misterios que hay en derredor al descubrimiento hecho por Cristóbal Colón en 1492.
Ahora acaba de aparecer un libro llamado a ser sensacional porque se titula nada menos que Los egipcios descubrieron América. Está escrito por un historiador de Surinam llamado Ivan van Sertima. Sertima es un historiador que tiene cierto nombre en aquellas zonas antillanas, y él ha estudiado muy a fondo la cuestión del descubrimiento, y llega a la conclusión, apoyado nada menos que por Thor Heyerdahl —el hombre de la Kontiki— de que en efecto los negros de Nubia, del Bajo Nilo, entre Asuán —Egipto— y Jartum —o sea Sudán—, se adelantaron a los vikingos y a Colón en el descubrimiento de América.
Habla de un rey, Abubakari II, que en 1311 fue al frente de una expedición compuesta, dice, por unas 400 naves —parecen demasiadas naves, pero bien, él lo dice—, y que esa flota descubrió lo que se ha llamado «el derrotero », que efectivamente existió, y existe, un derrotero que podemos situar entre las islas Canarias y las Bahamas, que es una especie, como se dice, de río dentro del mar que lleva directamente de una a otra orilla del Atlántico. Esto fue descubierto por los árabes también hacia esos tiempos, y Van Sertima insiste en que hay que modificar la historia y reconocerle a estos pueblos negros, egipcios, la autoría o la prioridad nada menos que en la llegada al territorio de América.
Esta afirmación suya viene a sumarse a los cientos de afirmaciones, más o menos peregrinas, sorprendentes, a las que ya estamos acostumbrados desde hace mucho tiempo.
3 Estos comentarios literarios los realizó el poeta en Radio Nacional de España en 1991.
4 El título de la obra es Historia de las ideas contemporáneas en Centroamérica.
5 El título es en realidad, Verde oscuro, rojo vivo.
6 En dos ocasiones comentó Baquero la obra de este poeta venezolano.
7 Traducido literalmente del original, The Traveller’s Tree.
8 El título original de la obra es My Bolivian Aunt: a Memoir.
9 Sin duda alguna, Baquero intentó hacer uso de su memoria sin tener en cuenta su avanzada edad en el momento en que comenta el libro. Por esta razón confunde el título del poema que lee, que es en realidad «Juan León». En el libro no existe ningún poema con el título de «Noche». Empero, aparecen dos que hacen alusión a la nocturnidad: «De noche» y «El noche». Véase Ramón Palomares, Trilogía, Madrid, Ediciones de Cultura Hispánica, 1990, págs. 70 y 72. Por otra parte, ha sido necesario copiar todo el texto del poema partiendo del original en el mencionado libro, págs. 73 y 74 ya que eran muchas las omisiones (se añaden entre corchetes las estrofas no leídas). La musicalidad criolla que ostenta la composición era muy grata al cubano y por ello intentó recordar a partir de ese elemento intrínseco. También tiene Palomares en común con Baquero los diminutivos.
SYMPOSIUM SOBRE PAUL VALÉRY
En la noche del viernes último, y por iniciativa de Mariano Brull, la Sociedad Lyceum y Lawn Tennis Club acogió en su seno a un grupo de escritores, poetas, pintores, profesores, artistas, convocados para sostener un Symposium sobre Paul Valéry. Se trataba de reunir una gavilla de espíritus interesados en evocar la obra y memoria del maestro recientemente desaparecido, y a la luz de este propósito obrose un primer milagro considerable: el de reunir, en Cuba, en torno a una mesa que obligaba a apretada vecindad, un equipo de hombres que, pese a su dedicación a las tareas de la inteligencia, no suelen conservar muy buena inteligencia entre ellos mismos, y con frecuencia andan desperdigados en franca animosidad recíproca o en desdeñoso apartamiento. Una mesa larga y estrecha, de protocolar tapete verde, se vio de súbito poblada por el asiento de unas cuantas de las cabezas más agudas, más inquietas, más amorosas del espíritu que entre nosotros cuentan. A una doble teoría extensa de hombres seguía, en un extremo de la mesa, una radiante constelación de mujeres. (Y entre paréntesis: ¿por qué las mujeres, aun siendo de altísima inteligencia como las que allí se reunieron, tienden a agruparse de modo tan señalado, creando un trasunto sutil de gineceo dondequiera que se encuentren? ¿A qué grave ley obedecen, que salen como en bandada de trémulas golondrinas a cobijarse en un rincón, y a mirar desde allí, con inteligencia suprema, sí, pero con cierto aire de hamadriadas sorprendidas en el baño? ¡Las mujeres!, ¡siempre tan misteriosas, tan profundas, tan iluminadoras del mundo!). Aquel agruparse de las mujeres en Constelación de las Pléyades nos proporcionaba la emocionada alegría de oír de cuando en cuando escaparse de entre ellas, fuese la voz de María Zambrano, que tiene un tono de delicada música elegíaca, de fuente que emana desde claridades hondísimas hacia una oscuridad exterior que la abruma y suspende, o fuese la voz de Camila Henríquez Ureña, que se adivina hecha para explicar, para conducir un conocimiento, para extenderse como vínculo vivo, civilizado, culto de raíz, entre la maestra y el discípulo. Y nos permitía más aquella escisión automática practicada por nuestras musas del Symposium: porque en tanto nosotros, los del otro lado, los hombres, consumíamos turnos y turnos, y derrochábamos citas, contrapunteos, cuasi polémicas, disentimientos, cuando las mujeres hablaban lo realizaban doctamente, no por el tono, sino por la modestia y consideración con que lo hacían; nosotros tuvimos lección inolvidable con la impresionante intervención primera de María Zambrano, que dijo así como de pasada, con sólo asomarse un poco a la ventana de un castillo interior certeramente iluminado y enhiesto, las cosas capitales de la noche…
Este primer Symposium consumiose en discutir los caracteres que tendrá el homenaje póstumo que se le prepara a Valéry. Cada uno de nosotros expuso su criterio, iniciando las conversaciones Mariano Brull, que evocó recuerdos personales de Valéry, escogidos con la intención de enderezar el Symposium por aquella especial característica de «hombre europeo» que fuera Valéry. Conduciéndonos hacia «lo europeo», desembocaríamos forzosamente en lo universal, y en la preocupación del destino de este universal a la luz de la Inteligencia, desde la dimensión del Espíritu. Valéry aparece aquí como un dios lar irreemplazable. De aquí que se produjera alguna que otra divergencia o discrepancia en cuanto a los caracteres mismos del homenaje, pero nunca en lo atañedero al homenaje en sí. Y cuente que en torno de aquella mesa nos sentamos: María Zambrano, Camila Henríquez Ureña, Julia Rodríguez Tomeu (y citando estas tres de la Constelación de las Pléyades queremos resumir la presencia de las demás); luego: Mariano Brull, Eduardo Ortega y Gasset, Emilio Ballagas, Eugenio Florit, José Lezama Lima, Wilfredo Lam, monsieur Levy, Guy Pérez Cisneros, Raimundo Lazo, Luis Baralt, Miguel de Marcos, Gustavo Duplessis Saavedra, Rafael Marquina, Luis Amado Blanco, y más luego, fuera de la mesa de conversación, Cintio Vitier, Juan Chabás, Ludwig Schajovich10, representando tácitamente a aquellos otros muchos que, como ellos, colocáronse al margen del debate por exceso de modestia, pero sin perder en lo más mínimo esa «intervención con el silencio» que practicaran también muchos de la mesa, y que sirvió de modo espléndido a la constante presencia de ese «compañero de diálogo» sin el cual ni la inteligencia ni la vida tendrían razón de existir.
Partiendo del hecho mecánico de concurrir, de «colaborar» hombres de credos y tendencias disímiles, temperamentos a menudo erizados y sorbidos por la superstición de una «hostilidad necesaria», se estaba ya rindiendo a Valéry un cuantioso homenaje. Porque si al conjuro de su evocación no hubiésemos sabido renunciar provisionalmente a los personalismos y faltas de entendimiento, que tanto daño hicieran y hacen entre nosotros a la posible obra de la inteligencia, habría significado esto que no sentíamos ni aun a distancia el influjo ejemplar de aquella actitud de «asociación en la inteligencia y para la inteligencia» que hiciera de Paul Valéry uno de los centros indiscutibles de la cultura occidental durante los últimos veinte años. Esta primera noche de Symposium en honor de Valéry dejó cumplida a plenitud su intención: nos reunió a los dispersos, nos dio una tarea común que realizar y nos despertó las ansias de proseguir cultivando el intercambio intelectual entre nosotros. Probablemente el acuerdo final de la noche, que consistió en fijar una nueva fecha para reunirnos de nuevo y conversar ya específicamente sobre los temas y obra de Valéry, no obedecía en lo profundo sino al deseo, inexpresado desde luego, que sentimos todos de dar un nuevo rostro a nuestra realidad cultural. Si Dios quiere, nos reuniremos nuevamente el próximo viernes, ya para objeto más elevado, más técnico, pero más apto por ello mismo para soldar esa imprescindible corriente de comprensión, de colaboración, de entendimiento, que de no existir entre los hombres mismos que representan la cultura no puede aspirar a influenciar el mundo que la rodea. Buena parte de la crisis de la inteligencia, o mejor, de la crisis de la influencia de la inteligencia en el mundo moderno, se encuentra en la ausencia de corriente, de colaboración franca y elevada, entre los representativos o exponentes de la inteligencia. Sin decirlo, sin subrayarlo, Valéry laboró intensamente por la fraternidad universal y el trabajo común de aquellos hombres que en todas las latitudes conceden primacía a los valores del espíritu, y se encuentran por esto prestos sin descanso para crearles en el mundo práctico una primacía práctica, entre los hechos, a esos valores. Sabía Valéry que sin el reconocimiento y la aplicación de los módulos y cauces trazados por la inteligencia, por la cultura, sería imposible aspirar al más simple entendimiento real entre los hombres y naciones. Tuvo la perspicacia de denunciar, inmediatamente después de la Primera Guerra Mundial, que se imponía la búsqueda de una nueva forma de sociedad universal de hombres y pueblos, cimentada en algo duradero, universal, inmodificable por los tintes de banderas u opiniones. Por esto trabajó como pocos hombres lo han hecho hasta el presente. Entre las innumerables enseñanzas que deja en todos los campos de la actividad espiritual, resplandece su actitud moral ante el mundo.
De aquí que tenga, a nuestros ojos, tan enorme valor el hecho de que nos reunamos a la égida de su nombre todos aquellos que poseemos, en grado mayor o menor, la santa sed de ver prevalecer en el mundo los ideales de civilización, de cultura, de universalidad: los ideales de la Inteligencia. Aun las mismas discrepancias, y por el hecho de representar libertad, forman parte del trabajo positivo o indispensable que hemos de realizar al objeto de que ese Libro que se desea contenga el homenaje de los hombres y mujeres que en Cuba viven y padecen con la inteligencia resulte un auténtico esfuerzo de nuestra intelectualidad, de nuestros artistas todos, por afirmar, en muestra de tributo al maestro de este afán, los valores de la inteligencia, de la cultura, de la civilización, en el seno de un mundo histórico que parece considerarlos como simple escoria repudiable y estéril. En esta idea, todos los concurrentes al Symposium se mostraron concordes. Queda ponerla en práctica, darle realidad. Las dificultades que el caso plantea son, también, «tema Valéry», asunto que el maestro, con el ejemplo, dejó planteado y resuelto.
10 Se refiere a Ludwig Schajowicz. Los errores ortográficos en los nombres de origen extranjero eran muy frecuentes en Baquero.
PARÉNTESIS PARA HABLAR DE GOETHE
Tenemos un artículo por continuar y por finalizar. Es el que dice, bajo el título común de «La mano en la herida», lo que concierne a la existencia entre nosotros de una conciencia histórica. Y dicen que no es periodístico, de buen periodista, dejar en suspenso un artículo, como si fuese episodio cinematográfico que se interrumpe cuando el protagonista se encuentra esposado, claveteado a una línea de ferrocarril y el tren viene rugiendo encima de él como un huracán. Pero como a la larga leen los que leen y no leen los que no leen, un tema puede y debe ser manejado en la peculiar técnica que imponga su condición. Hay temas que admiten y hasta reclaman los paréntesis, los añadidos, las ilustraciones, que vienen por numerosos que sean a enriquecer y a explicar en detalle lo que de ningún otro modo puede resumirse en un párrafo o en una cuartilla.
Tema de esos es el de la conciencia histórica. Cuántas cosas hay que decir y cuántas hay que callar para que el lector, si existe, llegue a formarse una idea justa de cuál sea la justa idea que uno tenga. De todos modos, cada uno cree de uno y de las ideas de uno, no lo que esto sea en verdad, sino lo que ese cada uno esté dispuesto, predispuesto, preparado, inédito, inclinado o negado a creer. De aquí que en el fondo no importe mucho exponer en excesivo detalle una tesis. La gente creerá de ella lo que quiera, y nunca falta quien, al cabo de doscientos o trescientos artículos periódicos, alimentado por un mismo fuego, defensor de una misma tesis, sale diciendo que la tesis de uno es radicalmente opuesta a la que el periódico proclama día a día. En consecuencia, no ha de inquie tarnos ni poco ni mucho abrirle un nuevo paréntesis al tema de la conciencia histórica. Ocurre, lector, que mañana es día 28 de agosto. Naturalmente, este día dice poco a la memoria. Sin embargo, ese día vino al mundo un hombre al que nunca debe dejarse de lado, porque sólo en muy singulares ocasiones ha visto la humanidad nacerle un ejemplar tan espléndido, tan vigoroso, tan brillante. El día 28 de agosto de 1749 vino al mundo, en Fráncfort del Mein, Alemania, Johann Wolfgang Goethe.
«Se dice: Goethe, como se dice: Orfeo», esta fue la fórmula insuperable que encontró Paul Valéry para resumir en el título de un magistral discurso la valoración histórica y cultural, la ubicación como antes se decía, del último gran europeo de considerable importancia, por su obra y por la repercusión de su obra. La historia de la cultura europea, entendida sobre todo como sucesiva aparición de grandes figuras que resumían en un momento dado el sentido y la orientación profunda de esa cultura, puede dividirse sin titubeos en: hasta Goethe y a partir de Goethe. Con su desaparición húndese en el otro lado de la historia un tipo de hombre que ya no volvería a producirse. No se trata, obsérvese, de la sabiduría, ni de la curiosidad intelectual, ni de la capacidad para apresar el sentido de los acontecimientos. Hombres de estos hay siempre. Después del Goethe sabio, botánico, minerólogo, poeta, novelista, aparecieron muchos nombres que brillaron en esos mismos campos con universalidad más o menos próxima a la suya. No está en eso lo singular, lo único de Goethe. Es un punto final de estirpe, porque en él se agotan los hombres vivientes ante la naturaleza. Goethe es quizás el último hombre que supo vivir, en el sentido de hacer de una vida una pura comunicación, una recomunicación con la vida misma, con lo viviente. Fue en realidad un lúcido confundido, un fundido, un disuelto en la vida, que aprovechó la posibilidad espiritual dada al hombre para expresar lo que vive. Hay un pensamiento suyo en el cual no se ha parado mientes con la detención debida: «Para pensar no sirve de nada el pensar». Aquí está la síntesis del vitalismo, porque es él también quien dice que la vida vive por sí misma en los hombres, y que basta con vivir, con dejar que la vida haga lo suyo, para que el hombre conozca la gama de lo viviente, que va desde el fondo amorfo de la vida en bruto hasta la cima ordenada de la vida en espíritu. Se autodefinía llamándose «un barómetro», es decir, un hombre que vivía hundido en la naturaleza, metido en la palpitante trama del cosmos como si fuese un medidor de su intensidad, de su calor, de su color, de su potencia.
Lo objetivo es su norma, y odia sinceramente lo subjetivo, que le sabe a decadencia, a hospital. «Veo —dice en un poema— con ojos que sienten, siento con manos que ven». Este fundir el mundo de lo íntimo con el de lo externo, esta capacidad de ser profundo en la superficie de las cosas, y superficial en lo entrañado de ellas, hace de Goethe un maestro para la conciencia moderna. Pues esta conciencia pierde contacto con la vida, con la naturaleza, con lo viviente pleno, porque se enferma de subjetivismo, de intimidad parcial, de profundidad a la cual se llega por desvío de la genuina profundidad. Lo profundo no está dentro ni está fuera, sino que está dentro y está fuera. Goethe dice que a él le importaba igual hacer cucharas o cucharillas, porque sentía con toda su impresionante cultura del cuerpo, con toda la adecuación extraña que lograra entre su cuerpo y el cosmos, que cuanto pasa por la mano del hombre pasa por su alma, y que cuanto sale del alma va, etéreo, sublime, alado, cuanto se quiera, pero conducido, rozado por la mano. Por este camino Goethe se hizo el artífice del vivir, del saber estar vivo, plena y auténticamente vivo. Parecerá de pronto que todos somos, por inexorable lección de la naturaleza, unos sabios o al menos unos diestros vivientes, conocedores del vivir, puesto que también somos objeto de la vida. No será fácil, nos decimos, establecer distinciones en una función que le acontece a la persona, quiéralo ella o no. Si la vida es una, todos los que vivimos exprimentamos su unidad, su mismidad: pertenecemos a una cosa que es vivir, ¿cómo sería posible que no supiésemos hacer lo que nos es dado hecho por la naturaleza? A esta pregunta responde la experiencia de Goethe, que llamaba a su vida «una aventura única». Goethe nos dice que la historia, la acumulación de ruinas, de castillos, de conocimientos vividos por otros, se levanta como un obstáculo frente a la vida propia. Cada hombre tiene que recorrer por sí mismo un camino que se hace más fácil y más claro gracias a la herencia, pero que nadie puede torcer ni superar. Los conflictos, los embrollos que se hace el hombre en medio de su tiempo o en medio de su ideología, no son sino amputaciones, deformaciones que le asaltan porque olvida la ley mayor que gobierna su vida, que es la vida misma. «Aquello que no se sabe es cabalmente lo que podría utilizarse, y aquello que se sabe no se puede utilizar». En otros términos, la vida no puede someterse a fórmulas, todas las fórmulas son muertas para el vivir, porque llegan a posteriori de este, y el ser humano, cada uno a su turno, ha de habérselas con algo muy superior a las fórmulas, algo primario, fuerte, dominador, que acabará algún día por desenvolverse en fórmulas, pero serán fórmulas para los demás. Es el momento en que la vida pasa a ser historia. Goethe no quiere enredarse en eso que llaman enseñanzas de la historia. No quiere tampoco angustiarse demasiado por resolver problemas que están por venir; no se plantea las cosas en formación como problemas, porque tiene la conciencia de que para el hombre no hay, en rigor, nada problemático, ya que su único problema es la vida misma, y, esta, a lo que se sabe, no ha sido jamás problemática, sino rotundamente solución, salida, continuidad, progreso. Cuando se le acorrala, cuando se le llama a definir lo indefinible, echa mano de la naturaleza. Dice: «Ella me ha metido en la danza, y ella me hará salir de la danza». A ella me confío, es su lema.
Y esto, nos preguntamos, ¿no es sensualismo, no es una incitación a vivir fuera de norma, ajeno a la ley? No, responde Goethe, porque la vida, cuando se la vive naturalmente, cuando no se la hostiga y asfixia con pretensiones superiores a las fuerzas del hombre, encuentra siempre un camino de expresión que coincide con el camino de la luz. Engáñase quien vea en la actitud de Goethe una escuela de desorden. Precisamente por vivir hundido tan plenamente en la vida no se le escapa el ritmo de esta, la armoniosa conformación de sus leyes. La naturaleza tiene un estilo que se define por aquello que él denomina «la docta, la justa armonía». A lo que Goethe aspira es a retrollevar al hombre a una forma de vida que podemos llamar sideral, por no decir cósmica. Las estrellas tienen una ley que las rige, y, sin embargo, las estrellas no viven sumidas en una problemática que sólo acierta a inventar nuevos problemas, entorpeciéndose la vida de su ley mejor. El impulso de lo viviente, cuando no se lo obstaculiza, lleva hacia lo alto, hacia «la ordenación y la ley». Y si falla tanto este impulso entre los hombres modernos, el fracaso está en que se ha vuelto de espaldas a la naturaleza, no en el sentido superficial de los «naturalistas», sino en el sentido de fundirse, confundirse, vivirse en la vida del cosmos como tal cosmos: como entidad que está por encima de la historia, hecha ella misma una historia que no conoce el tiempo ni el espacio, sino la pura vida. En ese andar, en ese volver a ser naturaleza estelar, encuéntrase la enseñanza de Goethe, el Libertador. Quiso cortar las ligaduras, derribar los muros, soltar hacia los aires más altos la naturaleza que hay en el hombre. No se puede reducir una actitud tan importante, tan henchida de caminos saludables, con la sola afirmación de panteísmo. El tema de Goethe y el cristianismo es tan vasto, tan rico, que exige comentario expreso, porque se trata de la aparente antinomia albedrío-naturaleza, que cuenta en Goethe con su más luminoso ejemplo viviente. Quien desee formarse un cuadro aproximado de las razones que tenemos para pensar en Goethe como en un maestro que la modernidad ha de llamar en auxilio suyo a cada instante, recuerde tan sólo aquella extraña relación que había entre Goethe y los elementos. Él sentía la vibración de las estrellas, él reconocía las conmociones sísmicas, él escuchaba «la llegada del alba». Sirvió a la humanidad dándole un tipo de hombre que se acercaba a Dios no sólo por el rito, sino también por el organismo todo.
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