Читать книгу: «¿Y tú qué miras?»
«La hilarante cuenta de Sidibe en Twitter no es casualidad: la biografía de la actriz de Empire sobre su infancia en Nueva York y cómo ascendió a la fama de manera inesperada en Hollywood es incisiva, ingeniosa y maravillosamente sustancial». —Entertainment Weekly
«Una lectura a la altura de la inolvidable actitud de su título… le hará enamorarse de esta mujer divertida, talentosa, maravillosa y un poco mezquina». —Glamour
«El libro de Gabby, una amalgama de complejidad, inteligencia y humor, promete ser tan exitoso como su carrera como actriz». —People
«Su talento para entretener queda claro en cada página. […] Auténtica y accesible, [Sidibe] tiene tanto material de su infancia y adolescencia que podría haber vendido sus memorias antes incluso de encarnar su primer papel en la gran pantalla… ¿Y tú qué miras? no solo habla de la Sidibe celebridad, sino de la Sidibe narradora». —The A.V. Club
«La autobiografía de Gabourey Sidibe no tiene nada que ver con las típicas memorias de los famosos. Es buena. Muy buena. Y no solo porque sea reveladora (que lo es), sino porque está bien escrita. […] Es observadora y divertida, sin caer nunca en la complacencia y la pretensión». —Cosmopolitan Online
«[Sidibe] nos presenta su tan esperada autobiografía, una versión inteligente, compleja, ingeniosa y divertida de la experiencia americana distinta de todo lo que hemos leído hasta ahora. […] Irreverente, hilarante y nada tradicional, ¿Y tú qué miras? ocupa su lugar y llena un vacío en la estantería de escritores como Mindy Kaling, David Sedaris y Lena Dunham». —BookBub
«¡Eres la BOMBA, chica!» —Barack Obama
«La deliciosa autobiografía de Gabourey Sidibe, ¿Y tú qué miras?, ofrece una memorable perspectiva de lo que sucede cuando los sueños de una niña negra se hacen realidad, por dentro y por fuera. Desde su infancia única como hija de una madre cantante de metro y un padre polígamo hasta su batalla con la depresión o la consecución de su papel como Precious, Sidibe habla sin miedo, con una gracia increíble y una sinceridad fascinante. Lo que ofrece de sí misma en estas páginas es un regalo». —Roxane Gay, autora de Mala feminista
«En este libro, Gabourey Sidibe cimenta su estado como reina de Hollywood del no callarse nada y mejor amiga perspicaz a modo de voz interior. Sincera, divertida y encantadora hasta la insensatez, sus relatos revelan a la niña bajo el camisón y muestran Hollywood tal como es: un concurso de camisetas mojadas y una industria que a veces se redime seleccionando a la estrella correcta. Gabby es esa estrella y en cada página queda más claro: su honestidad, su pasión y su ingenio son una bendición». —Lena Dunham
«“Me limité a escribir la verdad y me hizo sentir mejor”. Ese es el tema de este libro único y universal escrito por una mujer joven, una sorpresa absoluta y un clásico instantáneo. Gabby combina Nueva York y Senegal, las calles y las alturas, la valentía y la inseguridad, las risas y la seriedad. Su verdad nos ayuda a encontrar la nuestra… ¿Y puede haber un regalo mejor que ese?». —Gloria Steinem
«Es imposible conocer a Gabby y no amarla. Y al leer su libro, es imposible no amarla aún más. Con una escritura atrevida, valiente, sin pretextos, su historia inspira a dar un paso adelante y adueñarse de la vida con una compasión y una seguridad tan potente que derribará cualquier puerta». —Laura Linney
«Es la tía más guay del planeta Tierra. Os juro que es la BOOOOOOMBA esta mujer. Lista, graciosa, entretenida, carismática, sincera a rrrrrabiar, analítica, crítica consigo misma y con lo que le rodea, ¿he dicho ya que es desternillante?, muy tierna, pero sobre todo es ROMPEDORA. Para mí leer esta autobiografía ha sido un ecuador vital». —María Unanue, Pikara Magazine
«El libro que todo el mundo querría dar a su hija». —The New York Times
Gabourey Sidibe es una actriz multipremiada conocida sobre todo por su papel protagonista en Precious, película basada en la novela Push de Sapphire. Desde entonces ha interpretado a Queenie en American Horror Story: Coven y a Denise en Difficult People, y en la actualidad puede vérsela como Becky en la serie que causa furor en la cadena estadounidense Fox Empire. ¿Y tú qué miras? es su primer libro.

Fotografía: @ Keenon Perry, Plethora Media Group
Autoría Gabourey Sidibe
Traducción Gemma Deza Guil
Corrección Sonia Berger
Diseño de colección Rosa Llop
Imagen de cubierta Lyona
Producción ePub Bookwire
Edición consonni
C/ Conde Mirasol 13-LJ1D
48003 Bilbao
www.consonni.org
Primera edición en español:
marzo de 2022, Bilbao
eISBN: 978-84-16205-91-2
Edición original: This is just my face. Try not to stare, Houghton Mifflin Harcourt, 2017
© 2017 by Gabourey Sidibe. All rights reserved
© de la traducción, Gemma Deza Guil, 2022
© de la imagen de cubierta, Marta Puig (Lyona), 2022
© de esta edición, consonni ediciones, 2022
Esta obra ha recibido una ayuda a la producción editorial literaria del Departamento de Cultura y Política Lingüística del Gobierno Vasco.
consonni es una editorial con un espacio cultural independiente en el barrio bilbaíno de San Francisco. Desde 1996 producimos cultura crítica y en la actualidad apostamos por la palabra escrita y también susurrada, oída, silenciada, declamada; la palabra hecha acción, hecha cuerpo. Desde el campo expandido del arte, la literatura, la radio y la educación, ambicionamos afectar el mundo que habitamos y afectarnos por él.
¿Y tú qué miras?
Gabourey Sidibe
Traducción de Gemma Deza Guil

1
Sirena con cola en una bañera con patas
No os metáis con Gabby. Es guapa… a su manera.
—Prácticamente todas las niñas de mi clase de séptimo
Noche de Halloween hace un año. Hacía meses que no estaba en casa, así que, cuando mi amiga favorita, Kia, me dijo: «Venga, ¡A DORMIR! Deja el móvil en el cuarto de baño de invitados y mete ese trasero en la cama», sabía que tenía razón. Nos habíamos hecho amigas durante el rodaje de la película Precious. Kia era la ayudante de producción y su trabajo, básicamente, era hacerme de niñera. Con el tiempo se ha convertido en una de mis mejores amigas, además de en mi socia productora y en una de las pocas personas que me conoce mejor que yo misma. Por ejemplo, en aquellos momentos sabía que, aunque dijera que estaba bien, no lo estaba. Lo cierto es que estaba cansada. No me apetecía deambular por la ciudad borracha. El correo electrónico que acababa de recibir decía… ¡joder!, que en dos días tenía que volver a tomar un vuelo. Apenas había tenido tiempo para ver a mi madre y a mi hermano o para almorzar con mi Gay Preferido.
Lo más duro de quedarse en casa el día de Halloween es ver todos los tuits, fotos de Instagram y mensajes de texto de personas más molonas que tú disfrazadas y de fiesta. Todo eso resulta más divertido para esas personas que para mí porque ellas no se dedican a disfrazarse para ganarse la vida, como hago yo…, o al menos de eso intentaba convencerme, aunque no lo estaba consiguiendo. La verdad es que disfrazarme me sigue pareciendo muy divertido. Escuché mi teléfono vibrar. Tendría que haberlo dejado en el cuarto de baño, como me había sugerido Kia, pero… No es que sea adicta al teléfono ni nada de eso… ¡Claro que lo eres! ¡Cierra el pico! Da igual, el caso es que, entre las fotografías de disfraces golfos que aparecían en mi canal de contenidos, había mensajes de amigos que me preguntaban: «¿Cómo que te quedas en casa? ¡Ven aquí con nosotros, capulla!». También había unas cuantas fotografías y vídeos de personas disfrazadas de Precious para Halloween. Precious, el personaje que había interpretado en mi primera película. El personaje que a la gente le parecía hilarante confundir conmigo… Iban disfrazados de MÍ.
Alguien me envió una fotografía de un hombre negro con tejanos y un jersey. Llevaba una almohada remetida por debajo de la camisa y más almohadas bajo las perneras para simular que estaba embarazado y era gordo. Llevaba la cara maquillada de un tono más oscuro que el suyo, ese tono de «negro como el tizne que casi nunca se ve». A modo de atrezo, en una mano sostenía una libreta y, en la otra, un cubo de pollo frito vacío. Estaba de pie junto a una mujer negra con un chándal gris que fumaba un cigarrillo y sostenía una sartén como si fuera un bate. Era Mary, la madre de Precious. Tronchante.
Cuando estaba en cuarto curso, me puse un vestido de fiesta de mi madre y salí a jugar al truco o trato disfrazada de Escarlata O’Hara en Lo que el viento se llevó. Jamás se me había pasado por la cabeza, jamás de los jamases, que algún día alguien se disfrazara de mí para Halloween. Menudo honor, ¿no?
Pero yo no me sentía halagada. Me sentía ofendida. Tan ofendida que me propuse ignorar durante unas cuantas semanas a los «amigos» que me habían enviado aquellas fotografías. (Soy bastante organizada con mis actos de mezquindad; me gusta planearlos con antelación).
El problema es que lo que me ofende no es que la gente se disfrace de «mí». Sé que lo único que están haciendo es disfrazarse del personaje al que di vida. A su manera, Precious es un personaje icónico y probablemente tenga más significado para la gente que se disfraza de ella que para mí. Soy perfectamente consciente del hecho de que, aunque interpretara a Precious, no soy ella. Podemos tener la misma cara y el mismo cuerpo, pero representamos dos cosas completamente distintas. Precious es una superviviente y yo me niego a ser la superviviente de nadie porque prefiero pensar en mí misma como una ganadora. Así que, aunque las caras negras pintadas más oscuras y los disfraces de gorda con almohadas me impactaron como si me hubieran dado un sartenazo en la cara, en realidad no es eso de lo que hablo. Entiendo que el espectador medio pueda considerarlos un homenaje, una fantasía o algo original. No me quejo de eso; de lo que me quejo es de que mis amigos se rían de esos disfraces y pretendan que a mí también me hagan gracia. Me quejo de sentirme obligada a reírme de mi aspecto. ¡Y no me da la gana, joder!
Antes de conocer a Lee Daniels, que me seleccionó para el papel de Precious y me dirigió, mi vida era muy distinta. Conocerlo tuvo un efecto dominó tan potente que puedo trazar muy fácilmente hasta él el origen de la vida que llevo ahora, el hecho de estar tecleando en mi MacBook en mi apartamento del Upper West Side. Todos los síes que consiga en la vida a partir de ahora serán la consecuencia de que él pronunciara aquel primer sí. Fue el primer hombre en el mundo que me dijo: «Eres bella y esto es lo que vamos a hacer con tu belleza». Ha hecho más por mí que mi propio padre. Me ha enseñado más con gruñidos de lo que ningún maestro me ha enseñado nunca con palabras. Todos sus cumplidos me saben a gloria y cada crítica que me hace es como si me clavara mil cuchillos en las entrañas. (Suelo decirle que lo que me pasa con él es que tengo síndrome de Estocolmo).
Un día, mientras andaba sentada esperando a que se estrenara Precious para poderle decir por fin a todo aquel que había sido mezquino conmigo alguna vez que se jodiera, Lee me telefoneó. Me dijo que su amigo André Leon Talley acababa de ver un pase de la película por tercera vez y que le había encantado. ¡Que yo le había encantado! Yo no tenía ni idea de quién era André Leon Talley, pero Lee parecía tan emocionado que abrí el ordenador para buscarlo en Internet mientras Lee seguía con su cháchara.
—¡Anda, qué guay! —exclamé, fingiendo que me enteraba de lo que estaba pasando.
—No sabes quién es, ¿verdad? —me preguntó Lee.
Iba demasiado lenta tecleando.
—No, pero estoy muy emocionada igualmente. ¿Es colega tuyo?
—¡No, tonta! Bueno, ¡sí! Él es Vogue, ¡cariño! ¡ÉL ES VOGUE! ¡Lo es TODO! ¡Y quiere que salgas en portada!
Para entonces yo ya había leído «editor de la edición estadounidense de la revista Vogue […] editor colaborador […] ha estado en primera fila en los desfiles de moda de Nueva York, París, Londres y Milán durante más de 25 años» en la Wikipedia. Resulta que es una leyenda. Mi ignorancia sobre su existencia solo podía explicarse por mi ignorancia general sobre el mundo de la moda.
Mi respuesta fue:
—Hostia… ¡qué guay!
Aún estaba asimilando qué significaba todo aquello. Estaba asimilando que alguien me quisiera en la portada de cualquier revista, por no mentar ya Vogue. ¡Joder! Toda esa gente que había sido mala conmigo se iba a tener que tragar sus palabras.
—¿Hola? ¿Gabby? Cariño, ¡estamos hablando de VOGUE! —me gritó Lee desde el otro lado del hilo.
Y finalmente yo también chillé:
—¡Ay! ¡Madre mía! ¿De verdad? ¡¡¿Yo en portada?!!
Era justo la respuesta que él esperaba.
—¡Sí! ¡TÚ, Gabbala! ¡TÚ! ¡Le encantas! Le encanta la película. LE ENCANTA. Eres una estrella, Gabby. ¡Una estrella!
Las palabras de Lee bombeaban oxígeno a mi ego.
Había tenido tan poco que hacer en la etapa entre el final del rodaje de Precious y el estreno de la película… Pero esperar sentada sabiendo que algo bueno estaba por venir me resultaba casi tan enervante como esperar sentada sabiendo que algo malo se avecinaba. Me estaba volviendo majareta. Podía estar emocionadísima en un minuto y deprimida al siguiente. Vivía pendiente de que Lee me llamara para recordarme que no era ninguna perdedora, que era una ganadora y que dentro de poco me aguardaba algo bueno.
Y aquella era una de esas llamadas.
—¡Soy una estrella! —grité también.
No acababa de creérmelo del todo. Seguía pareciéndome una locura que yo pudiera ser la estrella para alguien. Pero, después de que Lee lo dijera, empezaba a parecerme verdad.
—¡Así es, pequeña! Tengo un montón de cosas que hablar contigo. ¿Por qué no vienes a verme a mi apartamento?
—¿Cuándo?
—¡Pues ahora mismo! ¡Ven!
Aquellos momentos me dieron la vida durante la eternidad que precedió al estreno de la película. En menos de diez minutos iba subida en un tren camino de su apartamento.
Fui todo el trayecto hacia casa de Lee entusiasmada por la idea de que un pez gordo de la moda de quien nunca había oído hablar quisiera ponerme en la portada de su exclusiva revista. Fantaseaba acerca de lo divertida que sería la sesión de fotos con Vogue. Me imaginaba disfrazada de sirena chapoteando en una bañera con patas vacía, con un largo collar de perlas colgándome del cuello y enroscado en los dedos de mi mano izquierda. Mi cara sonriente reposaría en el dorso de mi mano derecha, con el codo asomando por el borde de la bañera. Mi cabello ondearía en el aire, apartado de mi rostro, a lo Ariel/Beyoncé. Mi cola de aletas púrpura y turquesa acariciaría el borde de la bañera. El suelo y las paredes serían dorados y una bella cortina de ducha en tono rojo satinado aparecería corrida para revelar esta maravilla que soy yo. ¡YO! Por el suelo habría esparcidos grandes diamantes. ¿Por qué en el suelo? Porque sería tan rica que todas esas cosas me traerían sin cuidado.
Para cuando llegué al edificio de Lee ya se me había ocurrido incluso el titular perfecto para mi portada. A aquellas alturas había estado tantas veces en casa de Lee que me bastó con saludar con la mano al portero al entrar en el ascensor. Mientras subía, vi el titular componiéndose en grandes letras sobre mi cabeza. Diría así: «Gabourey Sidibe. Deberías haber sido más amable con ella» y Vogue en letras más pequeñas debajo de mi nombre o, bueno, donde cupiera.
Muchas veces, cuando salía del ascensor en la planta de Lee escuchaba su música disco a todo volumen a través de la puerta cerrada de su apartamento o bien lo oía gritándole emocionado a alguien algo sobre una de sus películas. En aquella ocasión escuché una voz estentórea a través del manos libres chillando: «¡Esa puta gorda va a salir en portada!». Las palabras procedían del apartamento de Lee y seccionaron por la mitad mi fantasía. Me quedé paralizada.
—¿Me has oído bien, Lee? Voy a poner a esa puta gorda en la portada de Vogue. Me flipa. ¡Esa gorda va a ser PORTADA! —gritó André.
—¡¡¡¡SÍ!!!! ¡¡¡Lo tiene TODO!!! —gritó Lee, dándole la razón.
—Me da igual lo que tenga que hacer, ¡pero esa puta gorda negra va a salir en portada!
Entre carcajadas, hicieron planes para mí, para mi culo gordo y para la portada. No era la portada de una revista cualquiera, sino de Vogue. Permanecí allí de pie en silencio, escuchando a hurtadillas una conversación que no debía oír sobre cómo colarme en un mundo del que supuestamente no debía formar parte. Y no me sentía mal, pero tampoco ya superemocionada. Esperé a que acabaran de hablar.
Me habían llamado «puta gorda» antes. Y también me habían llamado «puta gorda negra». Pero aquello era distinto. A André le había encantado mi papel en la película, le había encantado mi interpretación y quería sacarme en la portada de su revista. Pero yo seguía siendo una puta gorda. Una puta gorda negra.
Yo sabía bien qué aspecto tenía. Tenía espejos en casa. Y me veía en las fotos. No es que fuera una sorpresa. Simplemente había dado por supuesto que, si era capaz de demostrar un talento digno de elogio, si demostraba que podía destacar, que no era solo quien los demás pensaban que era… supongo que pensé que dejaría de ser una gorda. Tal vez suene estúpido. Ahora ya lo sé. Pero entonces pensaba que, si conseguía que el mundo me viera tal como yo me veía, entonces mi cuerpo no sería lo que permanecería en el recuerdo. No sería esa chica gorda. Ni sería esa chica de piel negra. Sería Gabby. Sería el ser humano.
Pensé que protagonizar una película cambiaría eso. ¿No debería haberlo hecho? ¿No debería cambiarlo el hecho de salir en portada de una revista? Pero ¿cómo podía hacerlo si la mismísima persona que me estaba colocando en portada me estaba llamando «puta gorda negra» a mis espaldas? Todos eran muy amables conmigo, pero empezaba a darme cuenta de que, para sus adentros, tenían una opinión distinta, de que yo seguía estando demasiado gorda y seguía siendo demasiado negra. El mundo no había cambiado porque yo hubiera hecho una película.
Era yo quien había cambiado. Y quizá eso debería bastar.
Lee y André pusieron fin a su conversación y yo volví a entrar en el ascensor y bajé a pedirle al portero que llamara al interfono y me anunciara como si acabara de llegar. A una gran parte de mí le habría gustado hacer borrón y cuenta nueva, no haber escuchado algo que no olvidaría nunca. Al llegar al apartamento, Lee me recibió emocionado. Me dijo que André acababa de telefonearle y que ambos estaban entusiasmados con lo que me deparaba el futuro.
—Es para MORIRSE, ¿verdad? ¿No te parece increíble? ¡TÚ! ¡En la portada de Vogue! Estoy flipando.
Estaba tan emocionado como antes. No mencionó que André me hubiera llamado «puta gorda negra» y yo tampoco le dije que lo había escuchado. Lee no me había llamado «puta gorda», pero no había salido en mi defensa. Aunque tampoco estaba segura de qué podía haber dicho para defenderme. Estoy gorda y soy negra, y a menudo yo misma uso el término «puta» para referirme a mí. ¿Dónde está entonces la mentira? ¿Cómo puedes defender eso? Él prefirió celebrarlo.
—¡SÍ! ¡Yo también flipo! ¡Estoy muy emocionada! —respondí.
No estaba segura de si debía explicarle lo que había oído. Y, si lo hacía, no estaba segura de que pudiera permitirme sentirme ofendida. Era cierto que André me había llamado «puta gorda» un montón de veces (unas cien), pero también había dicho que iba a convertirme en su chica de portada. Y había dicho que era una estrella. ¿Cómo podía sentirme ofendida? Debería estar agradecida. Había montones de putas negras en el mundo que nunca serían portada de una revista. Y, además, André es un hombre negro y corpulento que ocupa una posición de poder. ¿Cuántas veces había tenido que aguantar él que lo llamaran «puto gordo negro» tanto a sus espaldas como a la cara? Estoy segura de que más de las que le habría gustado. Quizá las suficientes para no solo asimilar aquel insulto como un cumplido, sino para proferirlo él también como un piropo. ¿Y acaso no lo era? ¿Qué significaría para él ponerme a mí en la portada de Vogue? De puto gordo negro a puta gorda negra… ¿Lo consideraría él una victoria?
Quizá tuviera que revisar mi idea de qué es un insulto. ¿Era aquel insulto el mejor cumplido que obtendría nunca del mundo de la moda (que acabaría tildándome tanto a mí como a mi cuerpo de «chiste»)? ¿Oír aquella conversación a hurtadillas me había ayudado a topar con un mensaje importante, un mensaje que decía que debería amar el odio? ¿Es así como uno se convierte en una celebridad? «No te ofendas. Alégrate de que sepan quién eres».
Lo desconozco, pero lo que sí sé es que a mí me ofendía. Cuando alguien dice algo negativo sobre mí, hiere mis sentimientos. Siempre ha sido así y probablemente siempre lo será. Ya no me duele tanto como cuando era más joven, pero sigue doliéndome. Nunca me alegrará que alguien diga algo feo sobre mí. Nunca me regodearé en la atención negativa. Me parece ridículo que me pidan que lo haga. ¡Soy un puto ser humano! No soy débil. Pero soy humana.
No me parece gracioso que la gente se meta almohadas bajo la ropa para parecerse a mí. No me parece gracioso que la gente se pinte la cara para parecerse a mí. Y tampoco me parece gracioso que un desconocido me llame «puta gorda», independientemente de lo que pueda ofrecerme. No me parece gracioso que no se me permita decir que me han herido los sentimientos. Tener sentimientos no es señal de debilidad, de eso estoy convencida. Así que, ¿por qué debería fingir que tengo sentido del humor solo para que alguien pueda propasarse conmigo?
La gente tiene su opinión sobre mí. Por el momento, esa opinión parece ser solo sobre mi cuerpo. Incluso si encontrara una cura para el cáncer y ganara un Premio Nobel, comentarían: «Desde luego que el cáncer es una lacra y me alegro de que exista una cura, pero vaya cuerpo más asqueroso tiene. ¡Le convendría pasar menos tiempo en el laboratorio y más en el gimnasio!». Incluso la gente dispuesta a ponerme en la portada de una revista se pregunta cuánto como o cómo me las apaño para pasar por una puerta. Lo mejor que puedo hacer con este tipo de opiniones es hacer caso omiso y escuchar solo la mía. Podría adelgazar, eso por supuesto. Pero soy una tía guay en cualquier talla. Soy inteligente. Soy divertida. Tengo talento. Soy maravillosa. Soy negra. Soy gorda. Y a veces soy un poco putilla. Es más, suelo ser una «mala puta». (La palabra «puta» es bastante confusa, ¿no?).
Todavía no he salido en la portada de Vogue. Supongo que no encontraron una bañera con patas lo bastante grande para mí y mi cola de sirena. Tuve que conformarme con aparecer en las páginas de Vogue, en un reportaje sobre la chica del mes. Aun así, sigo considerándolo una victoria para las putas gordas negras del mundo, André Leon Talley incluido.
2
Virgen de por vida
Un tipo acaba de enviarme por mensaje privado una foto de su polla que no le he pedido, pero en su perfil pone: «Dios lo hace todo posible»…
Estoy muy confusa.
—Mi Twitter
Mi madre y yo siempre hablamos de cómo afrontaríamos un intento de violación. A veces decidimos que lucharíamos con uñas y dientes. Le morderíamos la polla a nuestro atacante; en nuestra mente, el violador insiste en los preliminares y seguramente querría que lo complacieran oralmente. Le mordemos la polla, se encoge de dolor y salimos corriendo de la casa o echamos a correr por el callejón gritando, con sangre chorreándonos por las comisuras de la boca. En otras ocasiones, le seguimos el juego y satisfacemos todas sus peticiones. Le transmitimos una falsa sensación de seguridad y, cuando menos se lo espera, le clavamos las uñas en la cara y los genitales y salimos corriendo de la casa o echamos a correr por el callejón gritando, con sangre chorreándonos de las uñas. Nunca estamos juntas en las situaciones con las que fabulamos. Nos cuesta imaginar que un violador pudiera mirarnos a ambas juntas y pensar «gangbang». No. Siempre estamos solas, en casa o entrando en el metro a altas horas de la noche.
Confieso que mi madre y yo no contemplamos situaciones en las que nuestras estrategias acaban con nosotras muertas. Ni tampoco nos planteamos quedarnos paralizadas por el miedo. Pero sí que hablamos sinceramente sobre cómo nos vemos a nosotras mismas intentando zafarnos de un ataque. Considero que es algo que todas las madres e hijas deberían hablar. Y, ya que estamos, también considero que todos los padres e hijos deberían hablar de por qué no hay que violar a nadie. Tengo la teoría de que muchos padres e hijos no hablan sobre la violación, y eso nos obliga a mi madre y a mí a sacar el tema cada vez que voy a verla.
Cuando tenía veintisiete años fui a visitar a mi madre, que seguía viviendo en el mismo apartamento de Harlem en el que me crie. Esperé sentada mientras ella trajinaba en la cocina preparándome algo para comer y una taza de té y me preguntaba si quería algo más. Ahora me hace de camarera porque soy una invitada en su casa. De hecho, monta tal teatro cada vez que me ve que me hace sentir como una adulta y una niña al mismo tiempo. Cuando me independicé, pensé que seguiría concibiendo aquel apartamento como mi hogar mientras mi familia siguiera viviendo allí. Pero no fue así. De hecho, me entristece muchísimo volver allí y sentirme más como una visita que como la hija de mi madre o la hermana pequeña de mi hermano. Todo se me antoja más pequeño. Las puertas son más bajas, el lavabo está más cerca del suelo y ya no sé ni siquiera cómo encender la televisión. Me he hecho mayor.
Así que andábamos en la cocina hablando sobre violaciones, como de costumbre, cuando mi madre dijo:
—Más te vale pelear de verdad si te pasa. Sería muy duro en tu caso, porque aún eres virgen y esa no es una manera de perder la virginidad.
¿¿¿Perdón???
Se me fundieron los cables. Me había llamado virgen y lo había dicho con toda confianza y con un deje de compasión. Allí estaba yo, con mis veintisiete años y tras vivir sola desde hacía dos y ella sabía, sin ningún género de duda, que yo era virgen. Poco importaba que yo tuviera novio en aquel entonces, porque ella seguía firmemente convencida de que era virgen, tan convencida, de hecho, como para mencionarlo en una conversación sobre un tema que no tenía nada que ver con eso. Pero se equivocaba. No era virgen. Y sigo sin serlo. Así es. Lo he hecho.
Sin embargo, me fascina la virginidad. Perderla, mantenerla, hacerlo solo con las manos y la boca porque consideras tu vagina un delicado premio con el cual agasajar a tu marido la noche de bodas. Sacrificas tu ano para salvar tu vagina de porcelana, para evitar que la aplaste y la haga añicos algún tipo que no sepa lo que se hace. Lo entiendo, chica. Más o menos. O mejor dicho… no. La verdad es que no lo capto, pero no estoy aquí para juzgar a nadie. Todo el mundo tiene sus razones para aferrarse a la virginidad… hasta que deja de tenerlas. Y, francamente, creo que así es como tiene que ser. Dejar que un tipo te meta su cosa en realidad es bastante fuerte. Es algo serio. Pero yo no pensaba eso sobre mi virginidad antes de perderla. No la veía como un tesoro o una joya valiosa. Había sentido el peso de mi virginidad desde que mi amigo, un chico, me dijo, cuando yo tenía dieciséis años, que si seguía siendo virgen a los veintiuno y lo necesitaba, me haría el favor de desvirgarme. Lo dijo sin venir a cuento. Estaba tan seguro de que yo suscitaba tan poco deseo que tendría que crucificarse y desvirgarme como acto de caridad. Bendito sea. No se me ocurría nada más triste que un polvo por compasión. No es normal. No podía permitir que eso sucediera. Así que empecé a contemplar la virginidad como una carga de la que tenía que zafarme para poder ser como el resto de mis amigas, normal. Unos años más tarde miré a mi alrededor y, al caer en la cuenta de que era la única virgen que quedaba, tuve un ataque de pánico.
Si crees que te voy a contar qué pasó, te equivocas. No hay ninguna historia. Tenía veinte años. No era ninguna niña. Y no me forzaron, pero tampoco me había planteado cómo sería más de lo que lo habían hecho mis amigas. Simplemente pensé: «Bueno, ya está bien». Y ¡bum!, dejé de ser virgen. Luego vino el arrepentimiento. Pero no me arrepentía de haber perdido la virginidad, sino de mis prisas por hacerlo. Me había parecido tan importante que casi se había convertido en una misión para mí. ¿Cómo pasaría? ¿Con quién pasaría? ¿Dónde pasaría? ¿Me sentiría más adulta después? ¿Me convertiría de repente en una mujer sensual con cinturita de avispa, pechos grandes y un buen culo? ¿Sería otra Jessica Rabbit o Beyoncé? La respuesta fue «no». No me convertí en ninguna de esas cosas y el dónde, cómo y con quién también fueron una decepción.
¡Pero tampoco hay que alarmarse! Al menos sabía el nombre completo y la edad de él de antemano. No tenía un nombre compuesto y pensé: «Caray, tus padres no te querían lo suficiente ni para ponerte un segundo nombre… ¡Qué pena!». Y para asegurarme de que no tendría que volver a verlo nunca, compartí con él ese pensamiento.
Me miró y luego estalló en carcajadas. Le parecía graciosa. Y eso me bastó, así que me lo tiré.
¿Me juzgas por ello? Pues recuerda que tú también la cagabas a los veinte años, posiblemente más que yo. ¡No lo olvides!
Durante un tiempo después de aquello intenté disfrutar con el sexo, pero no lo conseguí. Con nadie. Y lo intenté de verdad. Me iba con chicos muy atractivos, pero no disfrutaba más que con los feos. Lo probé con chicos que de verdad querían mantener una relación conmigo, pero no me hacían sentir mejor que los que solo buscaban algo que hacer un viernes por la noche. Intenté verlo como un juego. Intenté interpretar a un personaje para comprobar si ella se lo pasaba mejor, pero no fue así. Seguía pensando que el problema era cada uno de los chicos con los que estaba, algo personal. Tal como he dicho, me esforcé de verdad. Pero siempre me sentía igual: fría, vacía, sin sentimientos.
Fue una época muy rara de mi vida. Estaba cayendo en una depresión y, aunque no me superencantaba el sexo, al menos cada encuentro se convertía en algo en lo que podía concentrarme para distraerme del hecho de que todo en mi vida me hacía profundamente infeliz.
Entonces no era consciente, pero aquella fase de seudopromiscuidad fue parte de mi depresión, no una distracción de esta. La pobre, tonta y promiscua Gabby. Vaya por delante que no hubo tantos hombres. Solo unos cuantos. Pero a eso fue a lo que me dediqué, con idas y venidas, entre los veinte y los veintidós años. La llamo mi «fase promiscua».
Hay algo de hacer terapia que me parece importantísimo. Yo adoro a mi madre, pero había muchas cosas de las que no podía hablar con ella durante mi fase azada. No podía decirle que era incapaz de dejar de llorar y que odiaba todo lo relacionado conmigo. Mi madre siempre ha sido una mujer independiente con montones de amigos que la quieren y creen que es la persona con más talento que existe. Su vida a los veinte no se parecía en nada a la mía. Las pocas veces que intenté sincerarme con ella pareció no dar demasiada importancia a lo que me pasaba. Cuando estaba triste por algo, me decía que tenía que ser más fuerte y, cuando estaba enfadada, me decía que no fuera tan quisquillosa. Mi madre siempre tenía fe en que las cosas saldrían bien, pero que me dijera «Mañana será otro día» a mí no me bastaba. La primera vez que le confesé que estaba deprimida, se echó a reír. Literalmente. Pero no porque sea una mala persona, sino porque pensó que era una broma. ¿Cómo era posible que no fuera capaz de recomponerme yo sola, como hacía ella, como hacían sus amigas, como hacía la gente normal?
Y yo seguí sumiéndome en mis pensamientos tristes. En pensamientos sobre la muerte. No dormía por las noches. Y cuando por fin se hacía de día, tenía que ir a clase. Entonces estudiaba en el City College de Nueva York, que estaba a cinco minutos a pie de mi casa, pero no había día en que no llegara a clase llorando y sudando la gota gorda, con la respiración entrecortada y convencida de que iba a morir. Durante un tiempo pensé que tenía ataques de asma. Fue más tarde cuando caí en la cuenta de que lo que tenía eran ataques de ansiedad. Estaba hecha un lío.
Dejé de comer. A veces no comía nada durante días. Y, a menudo, cuando estaba demasiado triste para dejar de llorar, me bebía un vaso de agua y me comía una rebanada de pan y luego la vomitaba. Después de vomitar dejaba de estar triste. Me sentía relajada por fin. Así que nunca comía nada hasta que tenía ganas de vomitar y solo después de hacerlo conseguía distraerme del pensamiento al que le estuviera dando vueltas en la cabeza. Estar conmigo era una fiesta.
Al final me decidí a hablar con un médico. Era estudiante de secundaria y pobre, lo que significaba que tenía una excelente atención sanitaria: el Medicaid. (Por extraño que resulte, ahora que soy una actriz de treinta y tres años en activo no puedo permitirme lo que sí podía costearme a los veintidós. ¡Viva América!). Encontré una doctora y le expliqué todo lo que me pasaba y me hacía sufrir. Nunca había elaborado toda la lista y, al escucharme, caí en la cuenta de que lidiar con todo aquello yo sola era inviable.
La doctora me preguntó si tenía pensamientos suicidas.
—Bueno, aún no, pero, cuando los tenga, sé cómo hacerlo —le contesté.
No tenía miedo a morir y, de haber existido un botón que borrara mi existencia de la faz de la Tierra, lo habría pulsado, porque habría sido más fácil y menos desagradable que suicidarme. Según la doctora, con eso bastaba. Me recetó un antidepresivo y me sugirió empezar a hacer terapia. Terapia dialéctico-conductual. Sí, ya lo sé. ¡¿Qué diantres es eso?!
La doctora me explicó que la terapia dialéctico-conductual (DBT) era una terapia cognitivo-conductual diseñada para tratar el trastorno límite de la personalidad. Podía optar a un programa de tratamiento de seis meses con sesiones de terapia en grupo destinadas a ayudar a gestionar las emociones y los comportamientos que podían ser síntomas de un trastorno límite de la personalidad. Las sesiones eran de lunes a viernes, de 12:00 a 15:00 horas.
¿Tenía yo trastorno límite de la personalidad? No. Para nada. Pero la doctora opinaba que era el mejor tratamiento que podía costearme con mi seguro de pacotilla. Y como de todos modos estaba suspendiendo en el instituto, si me sobraba algo, era tiempo. En pocas palabras, era la candidata perfecta para la DBT aunque mi diagnóstico real fuera solo por depresión con un ligero trastorno alimentario. (Digo «solo» y «un ligero», como si aquello no estuviera arruinándome la vida. Iba a morir. Qué risa). Mi doctora estaba entusiasmada con suscribirme al programa. De hecho, recuerdo pensar que quizá lo estuviera demasiado.
Mientras me explicaba qué era la DBT y en qué podía ayudarme, dejé de prestar atención. Asentía con la cabeza cada vez que hacía una pausa y de vez en cuando intercalaba algún: «Ah, vale». Pero en aquella época era incapaz de concentrarme en nada. Ni siquiera cuando alguien me hablaba directamente en una estancia en silencio. Lo que pensaba era en que tendría que saltarme la escuela para asistir a terapia y en si merecería o no la pena. Y pensaba también en cómo se lo explicaría a mi familia.
Regresé a casa de la consulta de la doctora con un frasco de antidepresivos y una nueva oportunidad en la vida. Primero le comuniqué la noticia a mi hermano. Le expliqué a Ahmed cómo me sentía y que había tenido que acudir en busca de ayuda. Me sugirió que leyera la Biblia y viera misa en la televisión con él los domingos por la mañana. También dijo que lamentaba no haber sido consciente de mi malestar y que le habría gustado serlo para poder ayudarme. Tendría que habérselo dicho antes. Yo siempre había pensado que mi hermano era tan egocéntrico como cualquier otro veinteañero. Y no confiaba en que otras personas pudieran cuidar de mí. En el caso de Ahmed, me equivocaba.
Decidí explicárselo a mi madre mientras estaba en la cama, dormida. La desperté suavemente y, mientras seguía en duermevela, procedí a transmitirle el hecho superimportante de mi tratamiento para la depresión como si estuviera plenamente despierta y fuera capaz de asimilar la noticia. Confiaba en que no pudiera reaccionar.
Mira, mi madre me quiere más de lo que seguramente yo seré capaz de entender nunca. Quiere que tenga la mejor vida posible y sus miedos sobre mí emanan del amor. Teniendo todo eso en mente… el primer instinto de mi madre fue decirme que no sentía lo que en realidad sentía, que simplemente estaba montando un drama. Fue como si me diera un bofetón, pero ahora sé que lo único que pretendía es que no tuviera ganas de morirme. Había invertido tanto tiempo en intentar mantenerme con vida que le desgarraba el corazón imaginar que yo habría preferido que no lo hiciera. Sufría pensando que yo sufría. Y se lo tomó como algo personal.
Su segundo instinto fue hablarme de una época en su vida en la que estaba triste y no era capaz de dormir. Como yo. Me explicó que cada día, cuando se levantaba, pensaba en que Dios la ayudaría a superarlo, y que lo hizo. Le agradecí que se sincerara conmigo, pero lo que describió no tenía nada que ver con lo que yo estaba viviendo. No conseguí hacerle entender que, para mí, Dios no era suficiente. No conseguí hacerle entender que yo ya no era capaz de levantarme de la cama sola.
Así que empecé la DBT: cinco días a la semana, tres sesiones al día, cada una de ellas dirigida por un terapeuta distinto. Dos de esos días iba a terapia de grupo y los jueves iba a terapia individual. Yo era la más joven del grupo; los demás me sacaban unos diez años. Muchos de los asistentes habían probado varios cócteles de medicamentos y terapia antes de la DBT. Algunos habían sobrevivido a intentos de suicidio y hospitalizaciones en la planta de psiquiatría. También los había que se habían pasado años en una lista de espera y habían invertido todos sus ahorros en poder asistir a las sesiones de DBT. Yo, por mi parte, me las había apañado para llegar allí en volandas un día después de mencionarle mis sentimientos a la doctora. Era la que tomaba la dosis más baja de uno de los antidepresivos más suaves, y la verdad es que estaba funcionando. Y solo tenía veinte años, así que aún tenía que echar a perder mi vida.
Para mí, aquellas sesiones eran divertidas. Gran parte del programa consistía en llevar un diario y anotar mis pensamientos y sentimientos y luego leerlos en voz alta delante de los demás. Se me daba bien escribir mis pensamientos y sentimientos y leerlos en voz alta. De fábula, vamos. (¿Has visto mi perfil en Twitter?). Me adapté enseguida al programa y, básicamente, empecé a patear mi depresión. Me estaba convirtiendo rápidamente en la persona más feliz del campamento de los tristes (así era como me llamaban).
Había una mujer que me odiaba. Decía que era demasiado perfecta, que era la favorita de todo el mundo y que estaba harta. Era una capulla integral, pero, si somos justos, ella sí que tenía un trastorno límite de la personalidad. Lo estaba pasando peor que yo y debía resultarle duro verme sonriendo y riendo. Salvo a ella, a la mayoría de las personas de mi grupo les caía bien. Yo hacía bromas sobre mi dolor y me pasé el primer mes del programa sintiéndome mentalmente más sana que el resto de los presentes. Creía que no necesitaba tanta ayuda como ellos. (Ahora entiendo por qué aquella zorra me odiaba). Pero, tanto si estaba más sana como si no, lo cierto es que estaba en aquella DBT con mis compañeros porque necesitaba ayuda. En gran parte, mi «felicidad» era fingida y los chistes no eran más que una coraza. Uno de los terapeutas lo llamaba «la cebolla». Se reía de mis chistes impertinentes y luego decía: «Vale, Gabby, pero ahora pela la cebolla. ¿Qué hay debajo de ese chiste? Veamos… ¿Es miedo? Pela la cebolla». ¡Puñetero hippy!
Al principio pensaba: «¡Cierra el pico, Jacob! Te he visto fumándote un cigarrillo ahí fuera. No eres quién para decirme nada». Pero, al cabo de tres meses, ya tenía menos prejuicios. Me esforzaba por ser sincera acerca de mis sentimientos con todo el mundo, inclusive conmigo misma. Estaba pelando la cebolla. También estaba emocionalmente más estable. Seguía bregando con el trastorno de alimentación, pero ya no quería morirme. Le estaba agradecida al programa y a la doctora que me había sugerido apuntarme. Los pensamientos que había tenido, la ausencia de temor a la muerte, la tristeza emocional incontrolable… No tenía ni idea de quién era la chica que los había experimentado, pero ya no era yo. Y, definitivamente, no es la persona que escribe estas líneas hoy.
Hubo algo, no obstante, que no cambió: seguía enrollándome con tíos al azar. Tardé un poco más en aprender que me merecía, al menos, que alguien me gustara para dejar que se restregara contra mí. Con el tiempo empecé a creer que me merecía algo más que que alguien me follara y se olvidara de mí. Decidí probar el celibato por un tiempo, aunque preferí no contarlo por ahí para no parecer un bicho raro.
—Más te vale pelear de verdad si te pasa. Sería muy duro en tu caso, porque aún eres virgen y esa no es una manera de perder la virginidad —me repitió mi madre.
Estaba tan convencida de lo que decía que lo dijo dos veces. Se me quedó mirando fijamente, a la espera de una respuesta.
De repente me di cuenta, en medio del silencio por mi desconcierto, de que mi madre pensaba que estábamos más unidas de lo que en realidad estábamos. Pensó que, como hablarle de mi depresión me había ido tan bien, le contaría que había perdido la virginidad cuando sucediera. Me tenía por una florecilla delicada. Y también le parecía un poco triste que tuviera veintisiete años y siguiera siendo virgen.
¿Cómo se lo decía?
—Claro, mamá, pelearé con todas mis fuerzas. ¿Me preparas un sándwich?
3
Por qué no hay que casarse a cambio de un permiso de residencia permanente
La historia de dos personas que se casaron, se conocieron y se enamoraron.
—Eslogan de la película Matrimonio de conveniencia
Podría describir a mi madre, Alice Tan Ridley, de muchas maneras. Hippy de espíritu libre es una de ellas (en realidad, yo soy la única que la llama hippy y nunca lo he hecho en su cara). Le traen sin cuidado las reglas y las rompe con frecuencia. Deja que cada cual viva como quiera. Le gustaría que fuera socialmente aceptable que los hombres heteros lloraran y llevaran vestidos y faldas. (Dicho esto, me ha pedido que la entierren con pantalones).
Mi madre es la tía favorita de todo el mundo. Es la más pequeña de nueve hijos, todos ellos nacidos y criados en una calle polvorienta de una ciudad de Georgia de la que nadie ha oído hablar. Tiene una tonelada de hermanas que tuvieron hijos cuando ella era aún una niñita, así que lleva ayudando a criar niños toda su vida. Se convirtió en ayudante de maestra de preescolar a los trece años. Y se ha formado en el arte del entretenimiento desde que nació.
Se siente cómoda siendo quien es y sabe que es maravillosa. Y si alguien cree que no lo es, se equivoca. Es la persona más segura de sí misma que existe. En el mundo entero. También es la persona con más talento en kilómetros a la redonda. En miles de kilómetros, quizá. Desde luego, en esta ciudad. Deslumbra como un diamante porque es una puñetera estrella. Esa es otra expresión que utilizo para describir a mi madre… pero nunca delante de ella tampoco.
Si lo que he dicho sobre mi madre es objetivamente verdad o no, al menos es lo que ella cree de sí misma y, un poco al estilo del «pienso, luego existo», acaba siendo verdad porque es su verdad. Es una seguridad en uno mismo difícil de encontrar. Yo llevo toda mi vida intentando sentirla, pero aún me queda muy lejos. Que no me malinterprete nadie. ¡Soy una tía genial! Pero la seguridad de mi madre en sí misma es increíble e hipnótica, como un espectáculo de magia. ¿Te imaginas ser su hija? Es un incordio. Como un espectáculo de magia.
Cuando nacimos Ahmed y yo, mi madre trabajaba en las escuelas públicas de la ciudad de Nueva York como asistente de maestra, impartiendo clase a niños con capacidades diferentes. Sus alumnos tenían síndrome de Down, parálisis cerebral y otras discapacidades. Cuando la clase salía de excursión al zoo o al circo, o incluso a ver un partido de baloncesto al Madison Square Garden, nos llevaba con ellos. Cuando empezamos a ir a la escuela, fuimos al mismo colegio en el que enseñaba mamá. Al menos una vez al día yo pedía permiso para ir al lavabo e iba a visitarla a su clase, agarraba algo para comer, les preguntaba a mis amigos cómo estaban y luego regresaba a mi aula.
Alice ha trabajado como cantante profesional desde niña e incluso mientras era maestra tenía su propio espectáculo: un almuerzo góspel cada domingo en el célebre Cotton Club de Harlem. Siempre andaba cantando. Cantaba el himno estadounidense en las reuniones escolares y en coros de distintas iglesias, pero su espectáculo en el Cotton Club era un trabajo de verdad. Poseía una voz asombrosa que no tenía ninguna intención de desperdiciar.
Lo del entretenimiento era algo natural. En el autobús y en el tren, mi madre jugaba al veoveo con mi hermano y conmigo o nos contaba el cuento de «La fea durmiente», un cuento que se había inventado sobre una niña tan fea que se quedó dormida mientras esperaba a un príncipe con quien casarse. Muchas veces, mi madre se inventaba un cuento de hadas a partir de cualquier cosa que hubiera visto en la tele después de que mi hermano y yo nos fuéramos a dormir. Otros pasajeros escuchaban sus historias y reían con nosotros. Yo los odiaba, porque odiaba a los desconocidos. Mi madre, por el contrario, les sonreía mirándolos a la cara. Mi madre desprendía felicidad.
Por eso su matrimonio con mi padre carecía de sentido para mí de niña.
Mi padre siempre me ha parecido el hombre más aburrido del planeta. No se ríe y sonríe aún menos de lo que ríe. Es taxista. Y siempre me ha parecido que eso es tanto una descripción de su personalidad como su profesión. Lo recuerdo siempre trabajando. A veces nos llevaba en coche a la escuela por la mañana, pero la mayoría de los días no lo hacía. Parecía odiar la risa de sus hijos. En ocasiones, mientras estaba fuera, mi hermano y yo nos tumbábamos en la cama de mis padres con mi madre. Ella nos hacía cosquillas y nos dejaba cabalgarla por la espalda mientras intentaba derribarnos. Nos partíamos de risa hasta que, de repente, cuando escuchábamos la puerta de casa cerrarse de un portazo, mi madre decía:
—Vaya. El Sr. Hombre ha llegado.
Aquel portazo ponía fin oficialmente a la diversión. De repente, mi padre aparecía en la puerta del dormitorio con la nariz en alto.
—Risas, risas y más risas. ¡Parece que no sabéis hacer otra cosa que reír! Todo el día riendo, por Dios santo. ¡Qué ruidosos sois! Se os oye desde el ascensor.
Dicho lo cual se iba a la cocina a cenar. Solo. Mi madre ponía los ojos en blanco y lo imitaba haciendo mímica, y yo volvía a reírme. Bien alto. Mi padre es africano y tiene acento cuando habla en inglés. «Africano» es otro término que utilizo para describir su personalidad. Africano, taxista, aburrido.
Mi padre quería que viviéramos teniéndole miedo porque lo consideraba una señal de respeto. Pero, como yo no le tenía miedo, solía meterme en líos. En parte, la culpa era de mi risa. Tengo una risa que parece más un chillido estridente seguido de un resoplido estentóreo que una risa normal. Si las personas pudieran elegir el sonido de sus risas, probablemente yo escogería algo que no sonara como si viviera debajo de un puente y les diera un susto a los personajes de un cuento de hadas mientras van de camino a casa de su abuelita. Mi padre detestaba mi risa y estaba convencido de que podía cambiarla, de que no me esforzaba lo suficiente. Me amenazaba con pegarme los labios con pegamento para no tener que oírla. Alguna vez también me había amenazado con sellarme la boca y el culo para que, al reír o tirarme un pedo, explotara. ¡Y lo decía en serio! Sé que suena horrible, pero es lo más divertido que ha dicho nunca. (Era más divertido cuando no lo pretendía). Yo fingía tenerle miedo, pero, en cuanto me quedaba sola, me partía el culo pegado con pegamento de risa.
Cuando tenía unos seis años, mi padre y yo tuvimos una discusión monumental. Empezó cuando mencionó su plan de vivir conmigo cuando fuera anciano. Dijo que yo tendría que cuidarlo, cocinar para él y limpiarlo como una buena mujer musulmana, etcétera, etcétera.
¡Ah, sí! Yo era musulmana de nacimiento. Pero un año antes de aquella conversación, cuando tenía cinco años, tomé la decisión consciente de dejar de serlo. Seré sincera: quería comer beicon como mi madre y ya me habían advertido sobre todo eso de limpiar y cocinar para él, así que la elección fue fácil.
Había llegado el momento de decirle a mi padre que bajo ningún concepto iba a permitir que viviera conmigo y mi futuro marido e hijos. Ni siquiera me gustaba vivir con él entonces. Para resumir mi aportación a aquella discusión, dije algo parecido a: «¡Ni lo sueñes!».

Papá y Ahmed. Esta es una de mis fotografías preferidas de Ahmed de bebé. Yo no había nacido aún, así que todavía era bastante feliz. Soy lo peor que podía pasarle a ese niño. Mi padre parece esforzarse en no sonreír, el muy tonto…
Cortesía de Gabourey Sidibe
—Cuando eras pequeña —me respondió—, te dormías aquí, apoyada en mi pecho. ¡En este pecho! ¡Y te encantaba!
Estaba intentando abrirse camino en mi hogar del futuro haciéndome sentir culpable.
—¡De eso hace años! —le espeté yo—. Mi marido y yo estaremos demasiado ocupados para tenerte viviendo con nosotros. ¡No puedo permitírmelo!
Al final, mi padre decidió tener más hijos que lo quisieran más que yo y se sintieran agradecidos de que conviviera con ellos. Le deseé buena suerte entonces y sigo deseándosela ahora. Han transcurrido más de veinticinco años y sigo sin querer vivir con él.
Lo que vengo a decir es que mi madre y mi padre eran como la noche y el día. Mientras mi padre estaba en el trabajo, en nuestra casa resonaban risas, y, cuando mi madre se iba, la casa se sumía en la oscuridad y o bien hacía demasiado frío o demasiado calor. En cualquier caso, era incómoda. Siempre me venía a la mente aquella canción de Bill Withers, «Ain’t No Sunshine When She’s Gone», porque era justo lo que me parecía, que cuando mi madre se iba no lucía el sol. ¿Cómo podían dos personas tan diferentes haberse amado lo suficiente para casarse y tener hijos?
¡El sueño americano!
Mi padre, Ibnou Sidibe, es senegalés. Su padre era un político que ejerció de alcalde de la tercera ciudad más importante de Senegal, Thiès (pronunciado chess). Mi padre era su segundo hijo de su segundo matrimonio. Su primogénito había fallecido a los dos años, lo cual había convertido a mi padre en su hijo mayor, una posición muy destacada en una familia senegalesa. A mi padre lo enviaron a estudiar arquitectura a Francia. En algún momento después de licenciarse, pensó en trasladarse a Estados Unidos. Nunca le he preguntado por qué; siempre he dado por supuesto que era para hacer fortuna, como en un cuento de hadas en el que vendía su preciada vaca a cambio de habichuelas mágicas para sembrar una planta con la que poder hacer un barco para navegar hasta América. No hay pruebas de que mi padre llegara aquí en un barco hecho de un tallo de habichuelas mágicas que consiguió a cambio de vender su excepcional vaca, pero siempre me ha gustado más esa idea. Mi padre siempre ha sido tan aburrido que he rellenado los huecos de su historia vital con extravagancias para que me caiga un poco mejor.
Lo más probable es que llegara en avión. Se alojó con familiares, amigos y donde buenamente pudo, e incluso durmió en vestíbulos de hoteles y edificios de apartamentos, pero no creo que lo hiciera durante mucho tiempo. Aprendió inglés bastante rápido, hizo amigos, encontró una habitación y consiguió algunos empleos. Pero para poder quedarse en este país necesitaba encontrar una esposa. Les comunicó su plan a sus amigos y, a través de ellos, Ibnou conoció a Alice. Le ofreció unos 4.000 dólares por casarse con él para poder conseguir el permiso de residencia permanente.
Y ella aceptó. Mi madre dice que le caía bien y que por eso se casó con él. Dice que el dinero no importaba.
Mi padre la cortejó durante todo un año después de casarse antes de que al final ella se enamorara lo suficiente como para acostarse con él. ¡Sí, has leído bien! Mi madre es tan sofisticada que tienes que casarte con ella y esperar un año antes de que te dé juego. Él se la llevó a África, a visitar su ciudad natal, y ella cuenta que fue allí donde se enamoró de él y decidió que era su marido de verdad y que construirían una vida juntos.
Antes de aquel viaje, mi madre creía que África estaba poblada por salvajes con lanzas que perseguían leones. Mi madre, una niña de piel oscura, creció en la zona más racista de Estados Unidos: el Sur profundo. Sobrevivió a las fuentes de agua potable «Solo para blancos» y a que el KKK llamara a su puerta buscando a un tío suyo. Hollywood, el mismo Hollywood en el que gente blanca con un bronceado luminoso interpretaba a reinas y faraones egipcios, nunca le explicó a mi madre que Cleopatra se parecía a ella, que Cleopatra tenía la piel oscura y un cuerpo redondeado. Pero cuando mi madre aterrizó en Senegal, vio un mar de gente negra parecida a ella. Un mar de personas que se parecían a su madre y a su padre, y a toda su familia. Y eran hermosos. Eran médicos y abogados y artistas, madres, hermanas, hermanos y padres. Y no eran salvajes. Ninguno de ellos eran gente indefensa robada y esclavizada para construir una nación que los mataría y los condenaría. África fue un espejo para mi madre. Era su hogar. Es fácil enamorarse de África. Es fácil enamorarse en África. Creo que mi madre se enamoró de África, no de Ibnou (o, al menos, esa es mi teoría). ¿Por qué, si no, iba a pasar por alto mi madre las dos señales luminosas de la maldición inminente que acompañaba su «matrimonio por el permiso de residencia permanente, pero también porque me importas como persona»?
Primera señal: mi madre y la madre de mi padre parecían gemelas. Lo digo de verdad. Todo el mundo en la familia de mi padre se parece a todo el mundo en la familia de mi madre. Incluso mi padre es idéntico al hermano de mi madre, y no por esa vaguedad del «todos se parecen». Y es que resulta que los ancestros de mi madre, que fueron robados de África y vendidos en el mercado negrero, procedían de Senegal. Un análisis sanguíneo confirmó que los antepasados de Alice son los antepasados de Ibnou. ¡Mi madre y mi padre descienden del mismo linaje! ¿No es muy fuerte? Además, los dos eran portadores del mismo trastorno genético de la sangre, la enfermedad de la hemoglobina C, que provoca una ruptura anormal de los glóbulos rojos. Les aconsejaron que no tuvieran hijos. Y eso fue antes de que se enamoraran. ¡Antes de África! Después de África, al parecer a mi madre se le olvidaron los inconvenientes de casarse con alguien cuya madre era clavada a ella.
Segunda señal: la exnovia de mi padre. ¡Has leído bien! Mientras estaban en su ciudad natal, mi padre le presentó a mi madre a su prima hermana, Tola. Mi padre había salido con Tola antes de partir de Senegal para ir a estudiar a Francia. Al conocer a Alice, Tola preguntó si podía ser la otra esposa de mi padre. Ocurre que, en Senegal, a los hombres se les permite casarse simultáneamente con varias mujeres. Poligamia, se llama. Mi abuelo tenía más de una esposa y numerosos hijos. Cada esposa vivía en su propia casa con su descendencia, y mi abuelo iba de casa en casa, de familia en familia. Es su cultura. A mi padre lo criaron para llevar esa vida, y también es la vida para la cual criaron a mi abuela y a las mujeres senegalesas, y la aceptan.
Pero Alice no. Alice le dejó claro a Ibnou que, si quería casarse con Tola, primero tendría que divorciarse de ella. Ibnou le aseguró a Alice que Tola y él habían acabado y que estaba consagrado a ella y a su nuevo matrimonio. Y ella le creyó. Al regresar de África, Alice llevó a Ibnou a Georgia a conocer a su familia antes de volver a Nueva York. Un año más tarde tuvieron a Ahmed, que nació con la enfermedad de la hemoglobina C. Apenas tres meses después de dar a luz a mi hermano, mi madre se quedó embarazada de mí. Había tres de cuatro posibilidades de que yo también naciera con ese trastorno sanguíneo, pero, como ya es habitual en mi vida, rompí la estadística. Menos de tres años después de casarse por el permiso de residencia permanente, pero porque me importas como persona, Alice e Ibnou tenían la familia nuclear perfecta y vivían en un pisito de tres dormitorios con terraza en uno de los barrios más duros de Brooklyn: Bed-Stuy (donde hemos nacido Notorious B.I.G., Jay Z ¡y yo!). Y vivieron felices y comieron perdices.
Bueno, no… En realidad no.
No recuerdo ninguna época en la que no supiera que el de mis padres era un matrimonio infeliz. No es que anduvieran siempre discutiendo, que lo hacían… Era algo más que eso. Nosotros tres —mi madre, Ahmed y yo— parecíamos vivir una vida completamente distinta a la de mi padre. Mi padre o bien estaba en el trabajo o bien leyendo el periódico en silencio. Era impenetrable. Recuerdo llamarlo por su nombre durante minutos, a un paso de distancia de él, y que me ignorara sin más. No quedábamos al alcance de su radar, a menos que fuera para gritarnos o reírse de nosotros. A mí me llamaba «Gordinflona» y a Ahmed «Frida», un nombre de niña con el que Ibnou se refería a él cuando consideraba que se estaba comportando como un mariquita. Si discutía con Ibnou, me pegaba y yo lloraba y entonces se sentía culpable y me llamaba «su princesa». A veces me daba dinero. Desde muy niña me di cuenta de que era amable conmigo cuando lo hacía sentir mal, así que aprendí a echarme a llorar en el momento justo (una habilidad que me vino muy bien cuando me hice actriz). A menudo, mi padre nos pegaba para dejar claro que le pertenecíamos, que éramos de su propiedad y que podía hacer con nosotros lo que quisiera. A Alice no le parecía bien y le reprendía y discutía con él para protegernos. Así que mi padre empezó a pegarnos solo cuando mi madre no estaba en casa.
Yo decidí hablar con voz de bebé en un intento fallido por parecer más mona y ahorrarme problemas. (Era una arrastrada entonces y sigo siéndolo ahora). Mi padre le decía cosas a mi madre como: «Tenemos que tener otro hijo. Si tuviéramos otro hijo, la niña crecería y dejaría de hablar así de una vez». Mi madre siempre le respondía: «¡NI MUERTA tengo otro hijo contigo! Maltratas a los niños que tienes. No voy a tener más para que también los maltrates». ¿Me entiendes? Sé que eran un matrimonio infeliz. Esperaba que mi madre dejara a Ibnou con el tiempo. ¡Me moría de ganas de que lo hiciera!
Que quede claro que no creo que mi padre fuera un maltratador adrede. Su intención era hacernos niños mejores y, por ende, mejores personas. O para ser más exactos, intentaba convertirnos en la clase de niño que él era capaz de reconocer: niños callados que lo escuchasen sin cuestionarlo. Quería niños que fueran como él, así que nos crio como su padre lo había criado a él. Ahmed y yo éramos demasiado extraños, teníamos demasiada personalidad.
Mi padre regresaba a su Senegal natal con frecuencia. Solía llevarnos consigo a Ahmed y a mí, pero, en una ocasión, cuando yo tenía unos cuatro años y Ahmed cinco, se fueron ellos dos solos. Pasaron allí más de un mes. Cuando regresaron, Ahmed nos explicó a mi madre y a mí que lo habían llevado a una fiesta en una gran casa llena de gente que no paraba de regalarle dinero a mi padre. Me mosqueó haberme perdido una fiesta tan chula con dinero gratis, pero ahora sé lo que pasó: estábamos escuchando a mi hermano narrar la boda de mi padre. Sí. Ibnou había ido a Senegal a casarse con Tola como siempre le había prometido que haría (y en contra de lo que siempre le había prometido a mi madre). Estoy segura de que, si Ibnou me hubiera llevado a mí en lugar de a Ahmed, yo habría regresado a casa y habría berreado: «¡Mamá, papá se ha casado con aquella señora!». Ahmed era mucho más inocente; él creía en la bondad, en la esperanza y en todas esas patrañas. Yo nací siendo cínica, recelando, nací siendo una divorciada de cuarenta y cinco años. Habría informado de hasta el último detalle que hubiera visto en aquella boda y se habría destapado el pastel en cuanto hubiera regresado a Estados Unidos.

Gabou de pequeñita. Mis padres nos enviaban a Ahmed y a mí a casa de mis abuelos maternos en Georgia durante el verano. Ojalá me acordara de aquella época, pero era demasiado pequeña. Mira qué naricilla tenía. ¡Qué monería, por Dios! ¿No te parece?
Cortesía de Gabourey Sidibe
Pero el hecho es que fue Ahmed quien estuvo, no yo, así que, por el momento, no hubo demasiados cambios… hasta dos años después, cuando mi madre se encontraba de viaje fuera de la ciudad y mi padre llegó a nuestro apartamento con un bebé.
—Es vuestro hermano, Malick —nos dijo.
El bebé tenía más o menos un año. Papá me lo puso en los brazos.
—Ya no eres una cría pequeña —me dijo con todas las letras—. Tienes que dejar de hablar con esa lengua de trapo. Esto es un bebé. Tú ya eres una niña grande. Se acabó, ¿entendido?
—Sí, papá —respondí yo con una voz más de bebé que nunca. (Sería yo quien decidiera cuándo ponía fin a aquel juego, no él).
Aquel bebé me parecía una ricura, pero no me creía que fuera mi hermano. Los africanos suelen llamar hermanos, hermanas, madres, padres, tías y tíos a cualquiera. Eso no implica que seas su pariente.
—¿De dónde ha venido este bebé? —pregunté.
—Del aeropuerto —respondió Ibnou.
—¿Y dónde estaba antes del aeropuerto? ¿Quién ha hecho este bebé?
—Yo —contestó él.
—¿De verdad? ¿Tú has hecho a este bebé? ¿Con quién? ¿Nos lo vamos a quedar para siempre? ¿Dónde va a dormir? ¿Quién le va a enseñar a hablar inglés? ¿Conoce mamá a este bebé? ¿Podemos permitirnos tenerlo?
Ibnou se retractó.
—Es vuestro primo. Es el hijo de mi hermano. ¡Solo está de visita! ¡Vuelve a casa esta noche! No es mi bebé. ¡Eres igual que mami!
Siempre me decía que era igual que mi madre. La llamaba «mami». ¿No es adorable?
Dejé de hacer preguntas y volví a concentrarme en conseguir que aquel bebé me quisiera. Aquella noche, Ibnou llevó al bebé al aeropuerto para que regresara a casa con Tola. Yo no la conocí… todavía.
Cuando Alice regresó de su viaje, la recibí gritando:
—¡Mami! ¡Papá ha traído un bebé! ¡Dice que es mi hermano! ¡Papá tiene un bebé!
Pero ella dio por sentado lo mismo que yo había asumido: que los africanos siempre dicen que todo el mundo es de su familia cuando en realidad no lo es.
Dos años después, Tola se vino a vivir con nosotros. Todos sabíamos que era la prima de papá y la madre del bebé Malick que había venido a Estados Unidos por un día. Pero, en aquella ocasión, Tola vino sola y Malick se quedó en África. ¿Cómo es posible que Tola acabara viviendo con nosotros? Bueno, pues resulta que Ibnou había convencido a Alice de que le escribiera una carta de invitación. Para entonces, Ibnou ya tenía la ciudadanía estadounidense, pero, como Tola no era ciudadana norteamericana, un estadounidense de nacimiento (Alice) tenía que extenderle una invitación. Ibnou había convencido a Alice para ayudar a una hermana suya a entrar en Estados Unidos de la misma manera, así que a mi madre aquello no le vino de nuevas ni le pareció sospechoso. A ti puede parecértelo porque estás leyendo la historia del tirón, pero, en realidad, el engaño de Ibnou tardó años en fraguarse.
Y así fue como Tola acabó en Estados Unidos y, como había pasado cuando la hermana de Ibnou había llegado, alojada con nosotros (esa historia la dejo para otro momento). Y así fue también como yo tuve que compartir mi habitación y mi cama. Para mí fue horrible, porque era, y sigo siendo, una criatura solitaria. Odio a los desconocidos, como ya he dicho antes, y odio tener invitados en casa. Ibnou me dijo en una ocasión que cada vez que alguien venía a nuestra casa, yo no dejaba de preguntar cuándo iba a marcharse. Y le creo. Incluso ahora, cuando viene algún amigo a mi apartamento, cuento los minutos hasta que se va para poderme quitar por fin los pantalones. (Ser adulto va de esperar a poderte quitar los pantalones).
En cualquier caso, Tola se quedó con nosotros durante tres o cuatro meses. Alice fue superacogedora e incluso la llevó a comprarse su primer abrigo de invierno. Tola cocinaba y limpiaba, pero, en mi opinión, no era demasiado interesante. No era más que otra africana aburrida que vivía en nuestra casa y de la que no podía deshacerme. Era otro Ibnou.
Ibnou acabó encontrándole a su prima/esposa secreta un apartamento a unos diez minutos a pie del nuestro. Y entonces fue cuando mi padre dejó de venir a casa por la noche. Una mañana, de camino a la escuela, Alice se presentó por sorpresa en el nuevo apartamento de Tola. Ibnou estaba allí y Alice vio su ropa tirada al lado de la cama de Tola. Él le juró que habían estado hablando y estaba demasiado cansado para volver a casa, así que se quedó a dormir allí, pero que solo habían dormido, eso era todo. Alice dijo que de acuerdo y se marchó.
Probablemente a estas alturas estés pensando: «¡Por lo que más quieras, déjalo ya!». Es lo que pienso yo mientras escribo esto. Y también es lo que pensaba (y probablemente decía) en aquel entonces.
Pero eso es porque hay cosas que no tenía en cuenta. Como el hecho de que dos años antes, cuando Ahmed tenía siete y yo seis, Ibnou y Alice habían tenido una discusión monumental y, para castigarla, él había llamado al Departamento de Bienestar Infantil y la había acusado de maltratarnos a Ahmed y a mí.
Había sido una tarde agradable como cualquier otra hasta que el Departamento de Bienestar Infantil vino a buscarnos. Yo tenía muchas ganas de regresar a casa de la escuela porque sabía que había helado de naranja en la nevera y Chips Ahoy! en un armario de la cocina y quería tomarme un bol de helado con dos galletas clavadas encima mientras miraba los dibujitos animados en la tele. Eso era lo único en lo que pensaba e incluso hoy es mi recuerdo más marcado de aquel día. Lo que no sabía era que el Departamento de Bienestar Infantil se había dejado caer por nuestra escuela algo antes, aquel mismo día, porque mi madre era maestra allí y estaba en el edificio. Mi madre había conseguido cortarles el paso antes de que nos sacaran de clase y les había suplicado que nos recogieran en casa en lugar de en el colegio para evitar que nuestros compañeros de clase lo presenciaran.
Yo acababa de guardar el helado en el congelador cuando dos agentes llamaron a la puerta. A Ahmed y a mí se nos llevaron una mujer negra con el pelo rizado y otra persona cuyo rostro no soy capaz de recordar. Seguramente fuera un hombre, y blanco. A Ahmed y a mí nos separaron en dos casas de acogida distintas. Él fue con una gran familia en algún lugar de Queens, con unos padres que lo trataban con cariño (lo llevaron a IHOP). Y a mí me colocaron en una especie de casa de acogida a lo Annie, regentada por un par de hermanas gemelas idénticas. También eran idénticas en maldad y cada una de ellas tenía un hijo de mi misma edad. Había otros dos niños más y una chica adolescente que se negaba a hablar con nadie. Las gemelas nos amenazaban con azotarnos si no hacíamos lo que nos ordenaban. Y mientras que alimentaban a sus hijos biológicos con comida caliente cada mediodía y noche, a los niños en acogida solo nos daban sándwiches de mantequilla de cacahuete y mermelada. Eso sí que era maltrato. Las gemelas me cortaron el pelo y me pusieron lacitos para el día de la fotografía en la nueva escuela en la que me matricularon.
Fue horrible. Todavía no sé si estaba en Brooklyn o en Queens. No sabía cómo volver a casa. No sabía qué había dicho para acabar allí. No sabía dónde estaba mi hermano ni si volvería a verlos a él o a mi familia algún día.
A Alice la pillaron desprevenida. Por supuesto que no nos maltrataba a ninguno de los dos. Ibnou la había denunciado solo para hacerle daño. Cuando telefoneó al Departamento de Bienestar Infantil, imaginó que a quien sacarían de la ecuación sería a Alice, dado que era a ella a quien estaba castigando. No esperaba que se nos llevaran a mí y a Ahmed. Para recuperarnos, tanto Ibnou como Alice tuvieron que someterse a una investigación. Cada día, al salir del trabajo, Alice iba directa a los juzgados con cualquier documentación que imaginara que podía ayudarla a recuperarnos. Después de estar en casas de acogida durante casi tres semanas, los agentes del Departamento de Bienestar Infantil nos llevaron de regreso a casa y fue entonces cuando supimos lo que había pasado, que había sido papá quien nos había hecho aquello. Para mí fue el final. Mi padre estaba muerto para mí, y empecé a hacer campaña para que mi madre se divorciara de él. Pero Alice estaba esperando el momento oportuno. Quería poner fin a aquel matrimonio, pero sabía que tenía que hacerlo de un modo que le garantizara que Ahmed y yo estuviéramos seguros. Fue más o menos entonces cuando Alice empezó a enseñarnos a Ahmed y a mí ejercicios de defensa personal. Nos enseñó a dar patadas y a gritar si Ibnou o algún amigo suyo intentaba recogernos de la escuela alguna vez sin que ella nos hubiera advertido antes que iban a hacerlo. Nos enseñó a patalear y gritar si alguna vez estábamos con Ibnou y nos llevaba al aeropuerto sin su conocimiento. La década de 1980 fue una locura, es lo único que puedo decir.
Avancemos ahora un par de años: Ibnou le pide a Alice que le escriba una carta a Tola invitándola a venir a Estados Unidos y Alice finalmente ve que se acerca su oportunidad.

El verano después de que Tola viniera a vivir con nosotros en Estados Unidos, a Alice y a su banda del Cotton Club les propusieron actuar en un festival en Marruecos. Ella quería ir, pero sabía que mi padre no era capaz de cuidar de nosotros por sí solo teniendo trabajo y Ahmed y yo éramos demasiado pequeños para quedarnos solos. De manera que se decidió que Tola volviera a instalarse en nuestro apartamento para ocuparse de nosotros en ausencia de mi madre. Y allí estaba yo, compartiendo de nuevo mi cama con una mujer adulta.
La noche antes de que mi madre regresara a casa, Ahmed y yo hicimos algo que solíamos hacer mucho entonces: nos despertamos en plena noche y nos encontramos en el pasillo para hablar de los sueños que habíamos tenido o de si había o no dibujos animados en la tele. Pero aquella noche, la noche antes de que mi madre regresara a casa, yo tenía algo más de lo que hablar.
—Tola no está en mi cama —dije—. ¿La has visto?
—No. Pero tampoco está en el salón.
Miré por encima de Ahmed en dirección al dormitorio de nuestros padres. La puerta estaba cerrada. Supe entonces que Tola y mi padre estaban durmiendo juntos. Era la primera vez que se me pasaba aquello por la cabeza, pero sabía que estaba en lo cierto. Sabía que Ibnou era superaburrido y, sin rodeos, el peor padre del mundo, pero la idea de que le pusiera los cuernos a mi madre con alguien que nos había presentado como su prima ni siquiera se me había ocurrido. Esas cosas pasaban en las telenovelas, no a la gente real. Ahmed, que seguía siendo muy inocente, no se daba cuenta de nada. No es que sea tonto; es solo que es una persona muy dulce y a quien no le gusta inmiscuirse en la vida de los demás. En eso se parece a mi madre. ¿Y yo? Pues yo soy más como Ibnou, recelo de todo el mundo y me lo tomo todo muy a pecho.
Cuando Alice regresó a casa al día siguiente, yo estaba tan contenta de verla de nuevo que decidí saborear el momento y esperar a informarle de la desaparición de Tola de mi habitación. No tuve que esperar mucho tiempo. Tola pasó la noche (otra vez) en mi cama (otra vez); tras tanta celebración, (supongo que) se le hizo tarde para volver a casa. Alice e Ibnou hicieron el amor (o lo que fuera, ¡qué asco!) y ambos fueron al cuarto de baño después para ducharse juntos (¡puaj! ¡Más asco todavía!). Tola entró y, al sorprenderlos, colapsó. Empezó a llorar y a gritarle a Ibnou en wolof. Luego se marchó corriendo de casa. Ibnou le explicó a Alice que lo único que le pasaba a Tola es que estaba desconcertada. ¿Cómo podía ser que un matrimonio tuviera relaciones sexuales? ¡Qué raro y qué asco! ¡Yo te entiendo, Tola!
Alice sabía lo que se cocía y aprovechó el momento para destapar la verdad. Salió detrás de Tola y la acorraló en un portal.
—Tola, ¿te estás acostando con Ibnou?
—¡No, no! Solo es mi primo —mintió ella.
—¿Es tu marido? —la presionó Alice.
—¡No! ¡No! ¡Es mi primo! ¡Solo eso!
Alice reflexionó unos instantes e interrogó a Tola por su bebé, Malick, al que había dejado en África.
—¿Malick es un hijo bastardo de Ibnou?
Cualquiera que conozca a los musulmanes sabe que la palabra «bastardo» puede desencadenar tempestades. Me he pasado toda la vida oyéndole a mi padre decirme que no traiga a casa a ningún bastardo, que el embarazo fuera del matrimonio es uno de los pecados más graves, que la vergüenza que traería a la familia sería irreversible y que bajo ningún concepto podía hacer que esa vergüenza cayera sobre él. Llamar bastardo al hijo de Tola fue como clavarle una puñalada a su orgullo y a su dignidad.
—¡NO! ¡No es ningún bastardo! ¡Estamos casados! —respondió Tola.
¡Por fin! Tras años de estar secretamente casado con su prima, de concebir con ella un hijo y de meter a su segunda esposa en casa de la primera, pillaron a Ibnou con las manos en la masa. Había mentido y maquinado todo el tiempo que había podido, pero ahora que la verdad había salido a la luz no tenía más elección que dejar que Alice se marchara conmigo y con Ahmed.
Al día siguiente, Alice nos llevó a Ahmed y a mí a comprar ropa para el inicio del nuevo año escolar. Yo empezaba cuarto curso. Nos dijo que nos íbamos a mudar de casa, que por fin íbamos a dejar a Ibnou y por fin íbamos a salir de Brooklyn. Hicimos las maletas e Ibnou no protestó. Lo que no sabíamos entonces era que Tola volvía a estar embarazada…, que Ibnou tenía una nueva familia que nos sustituiría en cuanto saliéramos por la puerta. Nos trasladamos a una habitación en casa de mi tía Dorothy en Harlem. Tres meses después, Tola dio a luz a otro hijo y, con el tiempo, trajeron a Malick a Estados Unidos junto con una hija mayor de Tola de una relación anterior. Los cinco parecían una familia feliz. No puedo asegurarlo al cien por ciento, porque lo único que hacían era sentarse en silencio y ver el telediario en francés. Pasado un tiempo, Ibnou se casó con Tola en Estados Unidos para que ella también consiguiera el permiso de residencia permanente.

Retrato de familia. ¡¡¡LÁSERS!!! Los años ochenta fueron lo mejor que ha habido, ¿a que sí? ¿Y mi madre puede ir mejor peinada? Mira qué cejas, con ese arco de infarto. ¡Es una DIOSA NEGRA!
Cortesía de Gabourey Sidibe
Ibnou y Alice siguieron siendo amigos al margen de lo que yo opinara sobre ello. Ibnou nos había maltratado a todos, nos había pegado cuando había querido, nos había enviado a casas de acogida, se había casado en secreto con su prima, la había metido en nuestra casa, tenía una familia con ella a nuestras espaldas y nos había obligado a mudarnos a Harlem, a una habitación individual con dos camas individuales, mientras su nueva familia se quedaba con nuestra casa. La capacidad de Alice para perdonar me dejaba estupefacta. Seguía permitiendo que mi padre entrara en nuestra casa, y mi padre no desaprovechaba la ocasión. No pagaba la pensión por sus hijos porque, además de Tola, se había casado con otras mujeres en África y no dejaba de procrear.
En la actualidad, Ibnou tiene más de sesenta años y sigue concibiendo hijos. Tiene más hijos de los que sabemos. Ya no se parece al tipo que en su día me amenazaba con pegarme los labios con pegamento para que me estuviera calladita si me reía demasiado alto, y yo ya no soy la niñita que solo lo veía como un taxista africano aburrido. Pero nuestra relación es… complicada. Sigo intentando ver mi relación con Ibnou tal como hace Alice. Ella siempre me dice: «No dejes que nadie te robe la felicidad. Si no quieren estar contigo o pasar tiempo contigo, déjalos que se vayan. Recomponte y sigue adelante. Has venido a este mundo sola y los pulmones de la persona de al lado no te ayudarán a respirar».
Es tan lista… aunque se casara con alguien cuya madre es idéntica a ella.
4
Me lo dijo una vidente
Gabby, todo lo que tienes de clarividente lo tienes de chiflada.
—Jussie Smollett
¡Anda! ¡Se me ha olvidado decir que Tola era vidente! O, al menos, así es como se ganaba la vida. Cuando mamá, Ahmed y yo nos mudamos de nuestro apartamento en Brooklyn y Tola se instaló con papá, la habitación de Ahmed se convirtió en su consulta. Digo «consulta» siendo un poco generosa. Seguía pareciéndose mucho a la habitación de Ahmed, incluso seguía estando allí su cama. Tola hacía pasar a esa habitación a sus clientes y se sentaba en el suelo mientras ellos tomaban asiento en la cama o delante de ella, también en el suelo. Tenía una bolsita con conchas de cauri y, al parecer, era capaz de leerlas para predecir el futuro. De niña, yo me lo creía a pies juntillas. Y pensaba que todos lo hacíamos, así que nunca me molesté en preguntar si de verdad era vidente o no. No se me ocurría que alguien pudiera fingir algo así. ¡Ay! ¡Era tan joven e inocente!
En los primeros tiempos después de la ruptura, mis padres hicieron un intento de custodia compartida. Ahmed y yo regresábamos a Brooklyn los viernes después de la escuela y volvíamos a casa de mi tía Dorothy, en Harlem, el lunes al salir del colegio. Yo me pasaba el fin de semana en nuestro antiguo apartamento, con su nuevo mobiliario, sus nuevos olores, mi nueva madrastra y mi nuevo hermanito. El apartamento en el que me había criado no me resultaba familiar sin mi madre allí. Sin mi familia allí. Había unas cuantas fotografías de mí y de Ahmed en un estante, pero parecían fuera de lugar. Parecíamos dos niños estadounidense en casa de una familia africana. Mi padre y Tola hablaban en wolof. Yo solo sabía un poco de wolof de cuando había visitado Senegal y no entendía bien lo que decían. Las únicas voces americanas que había por allí eran la mía y la de Ahmed, y ninguna de las dos parecía contar. Nosotros éramos los extranjeros ahora. Cuando Tola tuvo a su segundo hijo, mi hermano Abdul, a mi padre volvió a parecerle importante enseñarme a ser una «buena mujer y madre musulmana». Por eso tenía que ayudar a Tola con el recién nacido mientras mi padre conducía un taxi por la ciudad de Nueva York. A mí no me importaba. Quería mucho a Abdul y no quería perderme ni un segundo de su vida de bebé. Aunque por entonces yo solo tenía nueve años, me ocupaba de Abdul mientras Tola atendía a sus clientes.
Africanos de un montón de países distintos acudían a ver a Tola para conocer su futuro. Gente de Senegal como ella y como mi padre, gente también de Malí, de Nigeria, de Sudáfrica, ¡de todas partes! Para mí era como un arcoíris de todas las tonalidades y culturas de negro y marrón. En una ocasión, mientras estaba allí, ¡vinieron incluso unas afroamericanas! Era un domingo. Lo recuerdo porque aquellas dos mujeres mayores negras venían directamente de la iglesia, vestidas de punta en blanco. Una vestía de amarillo integral con un sombrero blanco. Y la otra iba toda de blanco con un sombrero blanco y negro. Me encantaron. Estaba emocionadísima de ver a otras estadounidenses en aquel apartamento. Tuve la sensación de haber estado perdida en otro país cuyo idioma no hablaba pero, al doblar una esquina, vi un McDonald’s y supe que todo estaba bien. Cuando llegaron aquellas señoras vestidas de domingo, Tola estaba atendiendo a otro cliente, así que se sentaron en el salón conmigo mientras yo veía un programa infantil en Comedy Central y cebaba a Abdul. Yo apenas hablaba con los africanos que venían a que les leyeran el futuro. Me gustaba hablar con ellos lo justo para escuchar sus acentos y dialectos, pero luego solía volver a concentrarme en lo que fuera que estuviera viendo en la tele, así que la conversación era mínima. ¡Pero el día de las afroamericanas no fue así para nada! Sometí a aquellas señoras a una batería de preguntas indiscretas. Les pregunté por qué querían que les predijeran el futuro, quién les había hablado de Tola y dónde estaba su iglesia. Ellas me preguntaron si Abdul era mi hijo o mi hermano. ¡Qué mala educación! Comentaron que hablaba muy bien inglés. Les di las gracias y les dije que llevaba practicándolo desde que tenía un año. Parecieron impresionadas, pero solo porque no se dieron cuenta de que estaba siendo sarcástica. Me encantaron aquellas señoras negras. No solo me recordaron a mi madre y a cómo solía ser nuestro apartamento, sino que me ayudaron a darme cuenta de que Tola podía ejercer de vidente para todo tipo de personas. De alguna manera, yo había dado por sentado que solo podía predecirles el futuro a africanos, que hablaba con espíritus africanos que le desvelaban los futuros secretos de otras personas africanas. Recuerda que tenía nueve años. Y entonces se me ocurrió que, si podía leerles el futuro a aquellas señoras negras, ¡entonces igual también podía decirme a mí qué me depararía la vida!
Una noche de verano, cuando ya tenía diez años cumplidos, le pedí que me leyera el futuro. Ella soltó una carcajada, porque debí de parecerle muy mona, y me dijo que sí. Sacó sus conchas de cauri y nos sentamos en el suelo del salón mientras papá miraba las noticias francesas en la televisión. (Juro por Dios que siempre mira el telediario francés. Debe de preocuparle mucho lo que sucede en Francia). En aquel entonces, Abdul ya había empezado a andar, pero yo lo retenía como un rehén sobre mi regazo porque solo tenía la sensación de que me quería si lo tenía abrazado. Tola me preguntó qué quería saber. Lo que yo de verdad quería saber era si alguna vez tendría un novio. Quería saber si Thomas, que vivía en mi edificio, estaba tan pillado de mí como yo de él. Y también quería saber si me vendría pronto la regla. Pero papá estaba a cinco pasos de distancia, en el sofá, y no me pareció apropiado formular ese tipo de preguntas. En lugar de eso, solté una risita, puse los ojos en blanco y dije:
—¡Yo qué sé! ¡El futuro! Lo que quiero saber es… el futuro y todo eso.
Agarró sus conchas en una mano, las agitó unas cuantas veces y luego las dejó caer en un bol que había colocado en el suelo entre ambas. Volvió a agarrarlas, las agitó de nuevo y las lanzó otra vez al bol.
—Veo que te espera un gran futuro —dijo al fin.
—¡¿Voy a ser psicóloga?! —le pregunté muy emocionada.
Tola no entendió la pregunta, así que la pasó por alto y respondió:
—Vas a ser famosa.
¡Buá! Eso sí que no lo había visto venir. Cuando era algo más pequeña había querido ser cómica, pero había abandonado ese sueño a los ocho años. También me había imaginado siendo famosa. Lo que más me habría gustado era ser cómica, para poder ir a clubes nocturnos y viajar.
—¿Haciendo de cómica? —quise saber.
Tampoco entonces Tola entendió mi pregunta, pero me dijo:
—No. No lo sé. ¡Pero sí sé que serás famosa!
—¿Cómo? —insistí yo.
—No lo sé, pero vas a serlo —me tranquilizó.
No me cuadraba. En aquel entonces, mamá había dejado de ser una maestra paraprofesional y se había convertido en una destacada intérprete en el metro. (Sí, lo sé, pero ya lo explicaré un poco más adelante). Tenía un montón de fans bajo tierra y Ahmed y yo estábamos seguros de que un día alguien la descubriría, se haría famosa, sonaría en la radio y nosotros nos haríamos ricos y papá y su estúpida familia nueva, Tola incluida, se arrepentirían de habernos obligado a mudarnos de nuestra casa y de haber convertido nuestro antiguo apartamento en un pequeño Senegal. Entonces mi madre adoptaría a Abdul y seríamos felices. Ese era el plan. Yo pensaba que eso era lo que iba a ver Tola. No estaba segura de cómo había dado con eso de que quien se haría famosa iba a ser yo.
—¿Estás segura?
Agarró las conchas, las agitó y volvió a lanzarlas al cuenco.
—Sí. Vas a ser famosa como Oprah.
—¿Estás segura de que no quieres decir que mi madre va a ser famosa?
Tola miró las conchas, pero no las volvió a recoger. Parecía estar viendo algo realmente en aquellas conchas, parecía estar viendo algo que no acababa de entender.
—Tu madre… un poco. Pero eres tú. Tú eres la famosa. Tu madre es famosa porque tú eres famosa.
Pues perfecto. No estaba segura de por qué me veía siendo famosa, pero me parecía fantástico. Fantástico y sospechoso.
—¿Y qué más? —pregunté, ansiosa por saber más.
—Que te quedarás muy flaca.
Aquello sí que empezaba a sonar bien.
—¡Hala! ¡Papá! ¡Voy a ser flaca! —exclamé, emocionada de compartir aquella noticia con él, a la que él respondió con una de sus extrañas risotadas.
—Tendrás gemelos cuando seas mayor —vaticinó Tola—. Dos niñas.
Aquello se le estaba yendo de las manos. Dejé que Abdul se marchara a cuatro patas de mi regazo y de mi útero. Por supuesto… era posible. Mi abuela materna tenía una gemela, eso lo sabía, así que lo llevábamos en los genes. Pero tener gemelos sonaba caro. Un bebé era divertido, pero no sabía cómo iba a costearme tener dos bebés al mismo tiempo.
—¿Seré rica? —le pregunté.
—Hummm —respondió ella.
—Ay, qué bien. Suena bien…
Era una pregunta tonta. Si iba a ser famosa, ¡por supuesto que también sería rica! ¡Buá! Y si Tola sabía que sería famosa y rica, entonces estaba claro que era la mejor vidente del mundo. ¡Y, además, iba a quedarme flaca! Eso explicaba por qué todos los africanos de la ciudad viajaban a Bed-Stuy para verla. ¡La muy capulla hablaba sin tapujos!
—Entonces ¿tendré un marido? —le pregunté, como si mi padre fuera a permitirme tener hijos fuera del matrimonio.
—Por supuesto —respondió Tola—. Tu marido será un buen musulmán.
Me vine abajo. Si las miradas matasen, Tola haría tiempo que ya no estaría entre nosotros. De adulta, he conocido a muchos tipos geniales que han resultado ser musulmanes. Pero, de niña, casarme con un musulmán significaba casarme con mi padre. Y eso era algo que, a la edad de cinco años, ya había decidido que no pasaría nunca.
—Serás una buena esposa musulmana casada con un buen africano musulmán —continuó Tola.
Entonces fue cuando me di cuenta de que, en realidad, no era vidente. Era imposible. Yo era incapaz de ser una «buena esposa musulmana», como tampoco lo había sido mi madre cuando se había casado con papá.
Le expliqué a mamá lo de mis vaticinios y nos reímos juntas. ¿Gemelas? ¿Fama? ¿Yo una «buena esposa musulmana»? Supuse que la gente iba a videntes para poder reírse luego de sus predicciones. Tres años después, Tola dio a luz a gemelas. Dos niñas. Y aquella fue la última confirmación que necesitaba: Tola podía ser vidente, pero no veía bien.
Diría que sí creo en los videntes. Lo confieso. Creo que algunas personas tienen la capacidad de ver las cosas con más claridad que la mayoría. Y creo que todos tenemos un sentido de la intuición, pero que algunos de nosotros tenemos una capacidad innata de ver algo que aún no ha sucedido. Y si esa habilidad es tan potente que puedes cobrarles a los demás por ponerla en práctica, me parece bien. Mi madre asegura que su madre era vidente, que si MaDear (así es como mi familia llama a mi abuela) decía que iba a ocurrir algo, acababa ocurriendo. Mi madre también dice que, cuando era niña, descubrió que también era vidente. Dice que soñó con una familia en África que era igual que la suya en Georgia y que más que un sueño le pareció un recuerdo. Pero aquello la asustó, de manera que rezó a Dios para que le quitara ese poder y, según mi madre, lo hizo. Acabo de telefonear a mi madre para confirmar todo esto y dice que no se acuerda de pedirle a Dios que le quitara ese poder y que, desde luego, ella nunca diría que su madre o ella eran videntes. Aun así, yo sigo creyendo que somos una familia intuitiva y que esa intuición es solo parte de ser mujer. Las mujeres son las que dan a luz y también son las que saben que vas a echar tu vida a perder si te haces un tatuaje en el cuello. Quizá lo de ser vidente nos venga de familia. O quizá lo que me venga de familia sea pensar que eres mucho más especial y tienes mucho más talento que nadie.
Si me dejo llevar por la sospecha, podría pensar que Tola me dijo lo que creía que yo quería escuchar. A fin de cuentas, yo no era más que una niña. Si realmente podía leer aquellas conchas, ¿por qué no le revelaban cuánto los odiaba a papá y a ella? ¿Dónde estaban aquellas conchas cuando tuve que compartir mi habitación y mi cama con la amante de mi padre que fingía ser solo su prima? ¿Fueron esas conchas las que le revelaron a Tola que yo era infeliz y sufría en aquel apartamento con ellos? Lo más probable es que se compadeciera de mí y decidiera decirme que sería rica y famosa para que me sintiera mejor. (No lo digo como algo malo, pero eso no convierte a Tola en vidente). Si de verdad hubiera sido vidente, me habría dicho que me pusiera ropa interior aquel día de séptimo en el que me rompí el tobillo y tuvieron que enyesarme el pie mientras me intentaba tapar la vagina con una libreta. ¡Muchas gracias, Tola! El hecho de que yo haya acabado siendo famosa no demuestra nada. Es pura coincidencia.
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#Blackgirlmagic
Gabby SidiBae
@GabbySidibe
Necesito hacerme amiga de una chica guay de mi
edificio a la que no le importe venir a ayudarme a
quitarme las trenzas.
#objetivos
18:44 - 21 Mar 2015
Creo que me gusta la idea de los videntes porque me aburre la cotidianeidad. Es más divertido fantasear con lo que pasará o debería pasar. Mi vida es mucho mejor en mi cabeza. Ahí hago lo que quiero. Por ejemplo, tengo una fantasía recurrente y muy real con afeitarme la cabeza. En mi fantasía, estoy de pie en un dormitorio con una luz preciosa y grandes ventanales. Llevo puesto un pijama de seda rosa, como el que TLC llevaba en el vídeo de «Creep». Proyecto la vida en la distancia. Pétalos de flores caen flotando sobre mi rostro y una suave brisa acaricia mi pijama. Una maquinilla eléctrica llega hasta mis manos volando por la habitación. Lentamente, me afeito el cabello, línea a línea, hasta quedar completamente rapada. Entonces sonrío. Al fin soy feliz.
Me paso la vida rodando una película o una serie de televisión, lo que significa que, durante gran parte del año, mi aspecto recae en manos de más personas de las que soy capaz de contar. Si me apetece cortarme el pelo, no puedo hacerlo sin antes hablarlo con cuatro productores, un presentador de televisión y el director del departamento de peluquería. Tengo que pedir permiso y luego tiene que haber una reunión. Me paso siete meses al año llevando una peluca rubia mientras ruedo cada temporada de la serie Empire1. Es exactamente igual que cuando tenía catorce años y mi madre me prohibió ponerme un pendiente en la nariz. Con la salvedad de que Empire me paga más que mi madre, así que me inclino más a hacer lo que me dicen. (Eso sí, sigo cerrando la puerta de mi dormitorio de un portazo y farfullo por lo bajini: «¡Odio este sitio!»).
Pero ahora estoy de vacaciones, ¡así que mi pelo vuelve a ser mío! Ahora mismo llevo largas extensiones trenzadas. Se las llama «trenzas senegalesas». Son de un tono castaño medio con, supuestamente, reflejos castaño miel. Pero, vamos, los reflejos en realidad son rubios y no me queda más remedio que admitirlo. No es el color que yo quería. Yo quería un cabello moreno que se confundiera con mi color natural. Quería algo sutil, porque no soy del tipo de personas que se arriesga con su aspecto. Llevo toda mi vida esforzándome por encajar y me da la sensación de que llevar el pelo teñido es como dibujarme una diana alrededor de la cara. ¿Cómo he podido acabar siendo rubia?
Cuando fui a la tienda de trenzas de la Calle 34 donde compro el pelo (¡Ah, sí! Voy a una tienda a comprar pelo. ¡No finjas que no has visto Good Hair, anda!), la dependienta, que hablaba como una metralleta, me sugirió que me decantara por tonos más claros. Parecía mucho más segura que yo y yo me sentía cada vez menos segura y cada vez más incómoda, porque la gente empezaba a mirarme. Aquel día no iba demasiado bien peinada. La noche antes me había cortado las trenzas y me había plantado en la tienda de pelo con una peluca, una gorra con visera negra de los Yankees y gafas de sol. Pretendía ir de incógnito, pero uno de los dependientes ya me había preguntado si me importaba sacarme una foto con los empleados y un cliente había preguntado si yo era «la famosa Gabrielle Swordbee». Y yo lo único que quería era largarme de allí lo antes posible. Estaba demasiado incómoda para pensar con claridad en reflejos, así que me limité a aceptar el consejo de la dependienta de que mis trenzas tenían que ser castañas y rubias. ¡Maldita seas, Dependienta Tan Segura de Ti Misma!
Ahora vuelvo a estar en mi apartamento. Es la 1:30 h de un viernes por la noche (¿o sábado de madrugada?) y llevo todo el día conectada a Internet bregando con encargar pelo con la esperanza de que puedan arreglarme las trenzas y tener toda la cabellera negra en lugar de castaña y rubia porque ya ha habido quince personas en Instagram que se han metido con mi pelo. Dejé que me pusieran trenzas rubias porque intentaba arriesgarme a probar algo nuevo. ¡Sé divertida! ¡Vive un poco! Ese pelo rubio que tengo que llevar nueve meses al año podría ser mío de verdad. (¿O no?). Pensé que, una vez me tiñera, podría dejar de preocuparme por todo eso. Debería haber sido más lista y no haberme aventurado a salir de mi zona de confort «castaña oscura-morena». ¡Menuda decepción!
No estoy segura de por qué me importa tanto lo que digan esas quince personas (y subiendo) acerca de mi pelo. Si soy sincera, también les parece horrible mi vestido, pero eso no me hace sentir tan mal. Estoy acostumbrada a que detesten mi ropa. ¡Pero no mi pelo! ¿Por qué me ha abandonado Dios así? Lo que pasa es que me he condicionado a que gran parte de mi confianza en mí misma dependa de mi pelo. Mi seguridad en mí misma se basa, en parte, en mis movimientos de pelo y, en otra parte, en enroscarme mechones alrededor del dedo. Así es como flirteo. Y así es como mamá gana dinero. El tema de la ropa no lo tengo resuelto. Nunca estoy segura de cómo debería ir vestida a un evento elegante. Pero ¿el pelo? Yo siempre sé exactamente cómo quiero ir peinada: con el pelo suelto y al vuelo, con un flequillo que me enmarque la cara. Nunca llevo el pelo recogido. ¡Jamás! Ha habido algunos intentos. Algunos peluqueros han intentado hacerme coletas, pero, en cuanto salgo por la puerta, me las quito y me disculpo ante ellos con un «Lo siento. No me lo permiten. Decisión ejecutiva». Un día me gustaría llevar un moño alto, pero lo que a mí me gustaría y aquello con lo que me siento cómoda no tiene nada que ver. He reflexionado mucho sobre esto, lo cual me lleva a pensar que tengo resuelto el tema del pelo. Así que, cuando alguien me ataca por ese flanco, me duele.
De niña, era mi madre quien mandaba sobre mi pelo. Yo no tenía control alguno sobre él. Los fines de semana me hacía poner dos cojines del sofá en el suelo delante de ella mientras se sentaba en el único cojín que quedaba en su sitio. Me hacía sentarme en los cojines del suelo, entre sus piernas, y me trenzaba el cabello mientras miraba todas las series de televisión que había grabado durante la semana.
Que me trenzaran el pelo era una tortura. Permanecer sentada a lo indio durante horas hacía que se me durmieran mis regordetas piernecitas. Me revolvía en los cojines hasta acabar cayéndome y obligar a mi madre a dejar de peinarme, de estirarme del pelo y de trenzármelo el tiempo suficiente para ponerme de pie y volver a sentarme en otra postura. Movida por la impaciencia, me llevaba la manita al pelo para palpar cuánto quedaba sin trenzar, lo cual hacía que me despeinara y entonces mi madre me pegaba en la mano con el peine y me decía que me estuviera quietecita de una vez.
Había indultos. Mi madre hacía pausas de diez minutos cada hora para fumarse un pitillo y yo aprovechaba para dar saltitos arriba y abajo para despertarme las piernas. Cuando acababa la pausa del cigarrillo, ambas íbamos a hacer pipí y luego me decía que dejara de lloriquear y volviera a sentarme en los cojines para que pudiera acabar.
—¿Cuántas faltan? —le gritaba yo entre lágrimas, con los ojos hinchados.
—¡Cien! ¡Siéntate! —respondía mi madre.
Y yo me sentaba y ponía muecas de amargura y deseaba haber nacido niño. A veces mi madre tardaba dos días en trenzarme el pelo, lo que demuestra que se lo tomaba con calma. En la actualidad, un peluquero profesional tarda unas cinco horas en peinarme, y tengo una cabeza de tamaño adulto. Apuesto a que si no me hubiera quejado tanto y mi madre no hubiera tenido que fumarse un cigarrillo cada hora para tranquilizarse, podría haber concluido mi cabeza de tamaño niña en unas cuatro horas. ¡Quizá incluso en tres!
Lo confieso: en aquel entonces yo era un poco exagerada. ¿Que si dolía? ¡Pues claro que dolía! Era un martirio. (Ahora ya no duele porque tengo el cuero cabelludo muerto y no noto nada). Yo era una niña dramática y, sobre todo, me molestaba que mi hermano pudiera hacer lo que quisiese mientras yo tenía que permanecer sentada con mi madre durante horas. Solo nosotras dos. No empleaba aquel rato para pedirle consejos sobre enamoramientos o sobre cómo hacer amigos, y ella tampoco lo aprovechaba para enseñarme nada. Yo me quejaba y ella miraba sus series.
Secretamente, me gustaba ver a mi madre mirar sus series. Cuando me quedaba en silencio, daba la sensación de que se olvidaba de mi presencia y trenzarme el pelo se convertía solo en algo que hacía con las manos. Lo mismo podría haber estado tricotando o jugando con un yoyó. Estaba sola, mirando las series que le gustaban tras una larga semana de trabajo y de criar a dos hijos. Y yo la observaba ser una adulta, una persona, no solo mi madre. La escuchaba hablar con la pantalla del televisor cuando reaparecía la hija largamente desaparecida de Erica Kane, Kendall, en Todos mis hijos. O cuando Viki Lord rompía con Clint Buchanan y luego, un año más tarde, volvía a casarse en Solo se vive una vez. Me daba la sensación de poder espiar quién era mi madre cuando sus hijos no estaban cerca. Quizá incluso estuviera espiando mi propio futuro. Quizá estuviera viendo a la mujer en la que me convertiría…, una mujer con un pelo largo y sedoso…

Servicio de guardería Gabby. ¡Sí, llevo ropa con estampado de palmeras! ¡No sabes nada de moda! Aunque no se vean en la foto, mis calcetines también tenían palmeras. Me gustaría que se me tuviera en cuenta, por favor, gracias. ¡Y mira otra vez qué nariz! ¡Es que NO PUEDO! ¡Qué mona!
Cortesía de Gabourey Sidibe
Mi madre y yo tenemos el pelo muy diferente. Mi madre lo tiene moreno y brillante y es fácil de mantener. Aunque toda persona negra que haya existido sobre la faz de la Tierra lo haya dicho ya un millón de veces, aclararé que se supone que ese pelo procede de ancestros amerindios. Por la razón que fuera, mi madre se llevó el gordo en cuanto a herencia capilar. Cuando yo iba a primero, se teñía el pelo de un rojo púrpura oscuro y vestía prendas de ropa rojas a conjunto. Fue una de las épocas más emocionantes de mi vida. Me parecía que mi madre era tan moderna… y lo era de verdad. Recuerdo un día a punto de llegar el verano en el que llevaba un vestido cruzado con cinturón rojo, un sombrero con ribete rojo a conjunto y aquel cabello rojo púrpura perfectamente peinado hacia dentro en una melenita. Y pintalabios rojo. ¡Era una fuerza de la naturaleza! (¡Mi padre no le llegaba ni a la suela de los zapatos!). Me moría de ganas de crecer y ser como ella. Quería tener su mismo pelo rojo púrpura y vestir ropas rojo púrpura también. Y quería vivir en una casa rojo púrpura y conducir un coche rojo púrpura y vivir a lo grande, una vida rojo púrpura. Ese era mi sueño. Sé que suena infantil y, por favor, no me juzgues, pero sigue siéndolo.
Yo, por otra parte, tengo el pelo áspero de nacimiento. Nací con la cabeza cubierta de rizos pequeñitos, morenos y grises. Has leído bien, nací con pelo gris. Un pelo gris duro y tieso, imposible de domar. Mis padres imaginaron que aquellos mechones grises desaparecerían al cabo de un tiempo, pero no. Cuanto mayor me hacía, más pelo gris me salía. A mi madre la paraban desconocidos en el tren para decirle:
—¡Anda! ¡Tu bebé tiene el pelo gris! ¡Debe de ser muy afortunada! Eso es una bendición.
Pero, en la escuela, lo que me decían los otros niños era:
—¿Por qué tienes el pelo gris? ¡Eres vieja! ¡Te han echado una maldición!
Y yo lo odiaba: las bromas, no mi pelo. Mi pelo me encantaba. Cuando mi madre me dijo que tendría todo el pelo canoso cuando tuviera veintitantos, me puse megafeliz. Me moría de ganas de parecerme a Lena Horne en su fase mayor, la más elegante. O a Alexandra de Josie y las melódicas. Creía que el pelo gris me hacía parecer distinguida, como un caballeroso capitán de barco. O como la sabia abuela sauce de Pocahontas. Esperaba que mi cabello gris acabara adoptando la forma de un relámpago en medio de mi cabeza. Me sentía especial… salvo en la escuela. Allí, esa sensación de ser «especial» se convertía más bien en una sensación de ser «diferente». Los niños son unos capullos y lo fastidian todo.
En el instituto confeccioné una lista de todas las cosas por las que se mofaban de mí. El objetivo de aquella lista era comprobar qué podía cambiar para que dejaran de meterse conmigo. El pelo gris me pareció lo más fácil de abordar, así que le pregunté a mi madre si podía teñirme. Estaba segura de que me diría que no. El año anterior, cuando le había preguntado si podía hacerme la permanente en lugar de trenzarme el pelo, estuvimos dos meses batallando antes de que finalmente diera su brazo a torcer. Ella misma llevaba el cabello con una permanente muy prieta, a lo Shirley Temple, y con demasiada espuma (para mayor fijación). Cuando por fin cedió, me hizo exactamente el mismo peinado que llevaba ella y parecíamos gemelas. ¿Dónde estaba el Departamento de Bienestar Infantil entonces?
A mi madre parecía gustarle mi pelo gris tanto como a mí, pero acabé convenciéndola de que me dejara teñírmelo negro azabache. La mañana después de teñírmelo, me moría de ganas de ir a la escuela. ¡Y mi madre también estaba emocionadísima! Decidí no mencionarles nada a mis amigos y compañeros de clase; prefería deslumbrarlos con mi nuevo peinado. Pero no fue eso lo que pasó. Ni siquiera se dieron cuenta. Empecé a dejar caer pistas, pero nadie se percató. Después de comer, acabé soltando:
—¡Hola! ¿Hay alguien ahí? ¡Tengo el pelo moreno! ¡Ya no es gris! Me lo he teñido.
—Ah —respondieron mis amigos—. Sí, es verdad. Te queda bien.
Se me llevaban los demonios.
Cuando llegué a casa, mi madre me estaba esperando para que le contara qué tal había ido mi gran cambio de look.
—¿Qué te han dicho tus amigos del pelo? —me preguntó con una sonrisa.
—¡Mamá! ¡Que solo es pelo! No tiene ninguna importancia.
—Ah. Vale —respondió ella.
Y ella también se llevó un disgusto. Estaba tan triste como yo. Los niños son unos capullos que lo echan todo a perder.
En secundaria, mi madre había dejado de preocuparse de mi pelo por completo. Estaba harta de tener que ocuparse de mí y de mi hermano todo el tiempo, así que se limitó a hacer la señal de la paz y gritar: «¡Me retiro!». Y hablaba tanto del pelo como de casi todo lo demás. Seguiría pagando lo que Ahmed o yo necesitáramos, pero se nos permitía tomar la mayoría de las decisiones y cometer nuestros propios errores. No teníamos hora de vuelta a casa, podíamos hacer pellas y cambiarnos el cabello a nuestro antojo. Mi hermano abandonó los estudios en secundaria. Y yo tomé una decisión igual de nefasta: me teñí el pelo de rubio. Una permanente mal hecha me había obligado a cortarme el cabello, que se había vuelto aún más indomable que antes, de manera que, cuando un amigo me sugirió que me lo decolorara, fui lo bastante joven y estúpida como para contestar «¿Por qué no?». Mi amigo, un tipo llamado Calrisian, decidió teñirse de rubio platino también. Tenía problemas con sus padres y se había ido de casa, a vivir con su hermano mayor. Como yo, apenas tenía normas que cumplir y faltaban pocas semanas para las vacaciones de verano. Nuestras vidas se habían convertido en una película de Mad Max. Y pensamos: «¡A freír espárragos! ¡Nos teñimos de rubio!».
Él lo hizo primero. Creo que compramos (robamos) una especie de pasta decolorante de la tienda de productos de belleza y se la puso en el pelo. Luego Calrisian me la aplicó en el cabello y me lo peinó enmarcándome la cara y alisándomelo por detrás de las orejas. Unos veinte minutos más tarde, ambos colocamos la cabeza bajo la ducha en el cuarto de baño y nos quitamos el decolorante. Su pelo quedó de color rubio platino, justo como él quería. El mío quedó… naranja, como la fruta. Mi pelo gris había adquirido un tono amarillento enfermizo y se había vuelto aún más alambrado e indomable. Pero eso no fue lo peor.
¿Sabes ese vello facial que todos tenemos, tan corto y fino que normalmente no se aprecia? Pues a mí tampoco se me veía… hasta que se volvió naranja fluorescente porque el decolorante que me puso mi amigo se me había escurrido por la cara. Cuando me aclaré el pelo y me lo sequé con el secador parecía que acabara de sacar la cabeza de una bolsa de Cheetos. No recuerdo cómo reaccionaron mis amigos de la escuela a mi nuevo peinado. Es posible que haya bloqueado el recuerdo, en cuyo caso, ¡gracias, cerebrito mío!
Con el tiempo tuve que afeitarme la cara porque el resplandor naranja atraía a las polillas. En cuanto a mi pelo naranja… ¿sabíais que el decolorante y el cloro no son buena combinación? Porque yo no. Fui a la piscina con mis primos y ¡adiós, pelo naranja! ¡Hola, pelo verde! Así es, se me puso el pelo verde. No recuerdo qué hice para quitarme aquel color. (Gracias otra vez, cerebrito). Supongo que le prendí fuego, cobré el dinero del seguro y luego me mudé a Canadá.
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