Читать книгу: «Epistolario»
BIBLIOTECA CLÁSICA GREDOS, 161

Asesores para la sección latina: JAVIER ISO y JOSÉ LUIS MORALEJO .
Según las normas de la B. C. G., la traducción de este volumen ha sido revisada por JESÚS ASPA CEREZA
© EDITORIAL GREDOS, S. A.
Sánchez Pacheco, 81, Madrid, 1992.
www.editorialgredos.com
REF. GEBO268
ISBN 9788424931971.
INTRODUCCIÓN GENERAL
Datos biográficos de Marco Cornelio Frontón
En Dión Casio, autor que escribe en los primeros años del s. III d. C., leemos que, hacia el año 136 de esta era, Marco Cornelio Frontón era considerado ya el primer abogado de Roma 1 . En efecto, por aquellos años era ya Frontón un reconocido maestro de Retórica.
Era natural de Cirta, en Numidia, es decir, pertenecía a una provincia proconsular de Roma.
Los testimonios sobre tal procedencia africana son escasos: Minucio Félix nos dice en su Octavius, refiriéndose a Frontón: Cirtensis noster... 2 .
Otro testimonio se nos da en una carta del propio Frontón, dirigida a los triunviros y decuriones de su propia ciudad, recomendando a quienes ostentan tales cargos que nombren como defensor a Postumio Festo, «quien, además, pertenece a nuestra provincia y a una ciudad no muy lejana...» 3 .
Pues bien, su vida parece extenderse desde el año 100/110 hasta el 170 d. C. Su nombre aparece normalmente como Marcus Fronto y así lo encontramos en Sidonio Apolinar 4 . En cuanto al gentilicio, Cornelius, se le atribuye en una inscripción de Pesaro, así como también en Aulo Gelio, Dión Casio y en la Historia Augusta 5 .
Pertenece, por tanto, Marco Cornelio Frontón a un grupo de escritores africanos, una especie de «escuela literaria», dentro, como hemos dicho, de una provincia proconsular romana (al mismo grupo al que pertenecían por aquellos años Apuleyo y Terenciano Mauro).
Tal procedencia dejará, efectivamente, en su obra ciertos rasgos que constituyen lo que se ha venido llamando su africitas, rasgos que, por otra parte, le asocian a autores de esa misma procedencia y se caracterizan por una cierta independencia respecto del centro cultural que sería Roma.
En líneas generales, cierto gusto por lo arcaico, tanto en los modelos literarios a seguir (Catón, Salustio...), como en las expresiones utilizadas y, además, un gran fervor por las cuestiones filosóficas, los debates sobre temas de retórica, eran notas comunes con los de su escuela y, en general, con los autores africanos 6 .
Pronto se traslada Frontón a Roma y hacia los veintidós años se dedica a los estudios que entonces estaban en boga, los autores arcaicos. Agrupa en torno suyo a una serie de estudiosos de tales autores y surgen así los llamados frontonianos, según el testimonio de Sidonio Apolinar 7 .
Fue discípulo de maestros griegos, como Atenodoto y Dionisio «el Tenue» 8 . Por una inscripción de Guelma, ciudad de Numidia que está próxima a Cirta, podemos reconstruir su cursus honorum: triunviro capital, cuestor de la provincia de Sicilia, edil de la plebe y pretor 9 .
En tiempos de Adriano llegó a ser miembro del Senado 10 . Fue designado cónsul (suffectus) en los meses de julioagosto del 143 d. C., cuando eran cónsules efectivos Cayo Belicio Torcuato y Tiberio Claudio Herodes. En el año 157 d. C. se le asignó Asia como provincia proconsular, pero no llegó a ejercer tal proconsulado por razones de salud.
Como datos familiares, su esposa, Gracia, aparece mencionada en sus cartas repetidas veces. De ella tuvo seis hijas, de las que sólo les sobrevivió una, también Gracia de nombre, y que casaría luego con Aufidio Victorino, uno de sus discípulos. De los tres nietos que le dio su hija sólo uno de ellos, Decimano, sobrevivió algunos años, aunque murió todavía niño, en Germania, entre los años 166-169 d. C., precisamente por la misma época en que perdió a su esposa 11 .
Más allá del año 169 no aparece referencia alguna en sus cartas, ni siquiera se alude a la muerte de Lucio Vero, ocurrida a finales de enero de dicho año.
Entre 166-169 d. C., efectivamente, Frontón se queja continuamente de sus dolencias, de su agravamiento y dificultad de movimiento físico, lo que hace suponer que su muerte no debe fijarse después del 170 d. C. 12 .
Después de su muerte, Marco Aurelio estableció que fuesen dedicadas estatuas en su honor, lo mismo que a Junio Rústico, como reconocimiento a dos personas de las que había aprendido, respectivamente, el arte de la Retórica y la Filosofía 13 .
Personalidad de Marco Cornelio Frontón
El reconocimiento de los valores de Frontón era general ya entre sus coetáneos y tal fama afectaba tanto al terreno de lo teórico o didáctico, como maestro de Retórica, como a la aplicación práctica de su elocuencia, a juzgar por sus actuaciones forenses. De éstas no podemos hacernos una idea muy exacta; tan sólo podemos fiarnos del éxito en dicho campo atestiguado por los autores antiguos, y es que no conservamos, de sus discursos, más que algunos fragmentos aislados.
Como maestro de Retórica, tampoco contamos con una exposición completa y sistemática de su doctrina, tan sólo con opúsculos, dentro de su epistolario, como el De eloquentia y el De orationibus y, en general, con datos que aparecen en muchas de sus cartas, que nos permiten suponer su concepto de la Retórica.
Frontón se aparta de las largas teorizaciones, busca, más bien, en la aplicación práctica de su doctrina, llegar directamente a sus discípulos por la conversación, por la carta (como conversación con el interlocutor ausente). Así, con el diálogo entre maestro y discípulos, éstos asimilarán sus enseñanzas y, en definitiva, podrán aplicarlas al servicio directo del Estado, en la actividad del Foro y de la vida política en general; efectivamente, siempre a través de sus cartas, deducimos que muchos discípulos suyos ocuparon relevantes puestos en la administración imperial, por ejemplo, Aufidio Victorino, su yerno, Sexto Calpurnio Juliano, etc.
Frontón trataba de llegar a un estilo sencillo, de hecho logra en sus escritos una gran viveza y ello con frecuencia a base de imágenes abundantes, tomadas casi siempre del mundo cotidiano, de las actividades humanas más comunes, o de la naturaleza más inmediata.
Ya en su época contamos con testimonios de entusiasmo por su forma de expresarse. Por ejemplo, en Aulo Gelio, que era unos treinta años más joven que Frontón, leemos que él mismo, cuando tenía tiempo libre, iba a visitar a Frontón para aprovecharse de su conversación límpida y llena de buenas enseñanzas; además, de tales encuentros siempre aprendía algo nuevo y provechoso. Es más, en alguna ocasión el propio Gelio advierte que también todos los que escuchaban al maestro se quedaban admirados de sus palabras 14 .
Tal vez sea en palabras del emperador Antonino Pío y, sobre todo, de Marco Aurelio, donde encontremos las expresiones más entusiastas ante la elocuencia del maestro. Veamos ejemplos:
En una ocasión escribe Antonino Pío una carta a Frontón como respuesta al discurso que éste había pronunciado ante el Senado (discurso de acción de gracias por habérsele nombrado cónsul), y en dicha carta leemos:
Nihil istis sensibus validius, nihil elocutione salva sanitate tamen civilius... 15
es decir, a la profundidad de sus propios sentimientos Frontón unía la acomodación práctica, aun con toda su pureza, de su elocuencia a la política.
Si nos vamos a la apreciación, ante el mismo discurso, por boca de Marco Aurelio, las cualidades oratorias del maestro arrancan expresiones de elogio todavía más efusivas:
Nihil ego umquam cultius, nihil antiquius, nihil conditius, nihil latinius legi... 16 ,
la cuidadosa elaboración, en el más puro latín, es, a juicio del regio discípulo, la síntesis de todo el discurso. Ni siquiera Marco Porcio Catón, sigue diciendo Marco Aurelio, supera a Frontón, no es Catón mejor en sus invectivas de lo que lo es Frontón en sus elogios; resulta más difícil imitar a Frontón que a un Fidias, a un Apeles, a un Demóstenes... en sus respectivas artes... y, al fin, rompe Marco Aurelio en continuadas exclamaciones, todas ellas sublimes:
O χειρήματα , o τάξις o elegantia! o lepos! o venustas! o verba! o nitor! o argutiae! o άσκησις o omnia! 17
La precisión en los planteamientos, la belleza, la expresividad, ¡todo!
Fuera ya de la valoración entusiasta y afectiva por parte de los citados miembros de la Casa imperial, contamos con algún dato más sobre la buena acogida del estilo frontoniano: en el Panegírico a Constancio se define a Frontón, no como el segundo, en una serie de reconocidos oradores, sino como alterum decus, es decir, «el otro gran ornamento» de la elocuencia romana, junto al propio Cicerón 18 .
El denominador común en los autores latinos posteriores a propósito de Frontón es su gravitas 19 .
De ese concepto de enseñanza inmediata, directa, conversacional, con sus discípulos se deriva, sin duda, su actividad literaria: la forma epistolar como el único medio (al menos, la forma más práctica), de transmitir una enseñanza al discípulo ausente. Por otra parte, el carácter mismo de las cartas, la familiaridad que supone tal medio, evita las frías formulaciones académicas, despersonalizadas, y, aunque cuidadosamente construidas, presentan una aparente simplicidad: en efecto, vemos una clara compensación entre cartas brevísimas, simples notas para agradecer un envío, recomendar a un amigo, fijar una fecha o lugar de encuentro... y otras muchas, de extensión considerablemente superior, en las que, con ocasión de una lectura, una corrección o cualquier tema similar, Frontón expone todo un material didáctico concreto y eficaz.
Marache advierte 20 que Frontón se sentía claramente inclinado a seguir modelos anteriores en el género epistolar, en el caso de Cicerón, era su Epistolario lo que atraía especialmente a Cornelio Frontón.
No podemos, por tanto, separar la condición de preceptor, que, como veremos, define a nuestro autor, de la exposición epistolar y tal vez todo ello deba encuadrarse en el planteamiento «nuevo» que sobre la docencia retórica sentía Frontón: la elocutio novella a la que él personalmente hace referencia expresa en una ocasión 21 parece exigir una forma más directa, eficaz, clara y progresiva sirviéndose del recurso «carta», en su sentido más común, para asuntos de rutina diaria, o como «marco formal», por ejemplo, para temas monográficos.
Frontón, preceptor imperial
Además de los cargos públicos a los que le llevó el prestigio por sus conocimientos literarios y jurídicos, Frontón fue nombrado por Antonino Pío preceptor de sus dos hijos adoptivos, de Marco Aurelio (a partir del año 138 d. C.) y de Lucio Vero (desde el 143 d. C.).
Será con el primero de ellos con quien Frontón llegará a identificarse más y esa relación profunda, de maestro y amigo, durará ya toda su vida. Así, es maestro de Retórica y confidente personal e íntimo, consejero en asuntos de Estado y partícipe de las emociones simples de la vida diaria del propio Marco Aurelio. Y esto, antes y después de haber sido éste nombrado emperador.
De hecho, si el Epistolario frontoniano no tuviese para nosotros ningún otro valor, estaría justificado porque a través de él se perfila claramente y de forma muy completa la personalidad del discípulo imperial, su capacidad y entusiasmo por alcanzar unos conocimientos en el terreno de la elocuencia, su madurez como persona, todo ello al servicio del Estado. Es verdad que no es Marco Aurelio el único destinatario de las cartas del maestro, pero sí es el principal entre ellos porque, además de ser el primero por el número de cartas cruzadas entre ambos, la naturaleza de las mismas resulta de un interés muy por encima de las demás. El hecho de que el propio Marco Aurelio casi siempre conteste a cada carta enviada por Frontón hace, además, que el ciclo informativo sea más efectivo en su caso de lo que lo es con otros destinatarios. Antonino Pío, Lucio Vero, numerosos y variados amigos, incluso la misma madre de Marco Aurelio, son el resto de tales destinatarios del epistolario de Frontón.
Ahora bien, la «funcionalidad» de las cartas, en calidad de preceptor, debe limitarse a los dos hermanos imperiales, Marco Aurelio y Lucio Vero.
Frontón, preceptor de Retórica en lengua latina
En la formación literaria del mundo romano el conocimiento de las lenguas griega y latina era conjunto, se trataba de una formación bilingüe. En la época en que Frontón está en Roma el griego venía a ser la «lengua de la burocracia» en la Corte imperial. A pesar de ello, la formación retórica del futuro emperador se encomendó a un maestro que no sólo tenía, por su lengua, la condición de latino, sino que, además, defendía continuamente la capacidad del latín y su casi superioridad frente a su «hermana mayor» la lengua griega.
Tuvimos ya ocasión de ver cómo Frontón, según Marco Aurelio, dominaba su lengua en toda su pureza,
nihil latinius legi... 22 .
Y es ese «perfecto latín» el que Frontón pretende inculcar a Marco Aurelio: para el maestro, la lengua del Lacio es capaz de lograr la precisión y elegancia del griego, incluso puede superarlo.
Sin duda, en aquellos ambientes había opiniones encontradas sobre las capacidades expresivas y estéticas de ambas lenguas, pero en cualquier ocasión que resulte oportuna Frontón defenderá su propia lengua frente a la supuestamente tenida como superior. Hay, entre otros, un pasaje, concretamente en Aulo Gelio, que recoge una anécdota significativa al respecto: Gelio acompaña a Favorino, un filósofo, a casa de Frontón y se entabla allí una conversación sobre la desproporción entre las sensaciones de los colores que el hombre puede percibir y la limitación de la lengua para expresar tales sensaciones; es más, según Favorino, esa «incapacidad» lingüística es mayor en latín que en griego,
atque eam vocum inopiam in lingua magis latina video quam in graeca... 23 .
Pues bien, Frontón rebate a su interlocutor con una detallada exposición sobre la abundancia de expresiones que tiene precisamente el latín para designar los colores y sus más sutiles matices (por ejemplo, el «rojo», color mencionado por Favorino).
Frontón insiste continuamente, por lo que al conocimiento de la lengua se refiere, en que se debe buscar minuciosamente el valor específico de cada vocablo, en la matización y precisión de cada término: a la riqueza léxica que el latín ofrece ha de aplicarse la más cuidadosa selección en cada caso por el hablante (o el orador).
Un ejemplo más que corrobora ese interés en Frontón por la precisión de los términos y su defensa de las posibilidades del latín como «instrumento» retórico: en una carta a Marco Aurelio, una de las que más se acercan a lo que sería un «monólogo doctrinal», entre otras cosas, Frontón presenta toda una gama de expresiones verbales derivadas del simple luo («lavar»), demostrando que la simple selección de un prefijo, de una sílaba, puede crear múltiples variantes en la aplicación de la forma resultante a cada contexto:
nolim igitur te ignorare syllabae unius discrimen quantum referat... 24 ,
y es que Frontón está plenamente convencido de la dificultad que existe en la cuidadosa valoración de cada vocablo,
quanta difficultas, quam scrupulosa et anxia cura in verbis probandis adhibenda sit... 25 .
En la edición de Frontón que hace Portalupi se advierte, en un pasaje de su Introducción, que Frontón parece suponer el centro de gravedad en el culto de la frase y, más concretamente, en el de la palabra: para el hombre, especialmente para el orador, la «palabra» es por sí misma una cosa, una esencia: sólo por la palabra el hombre puede relacionarse con los demás; las palabras han de ser adecuadas, han de colocarse con destreza, logrando una frase armoniosa, si es que con ellas se quiere conseguir arrastrar a un auditorio (en el terreno práctico del orador) 26 .
Frontón, efectivamente, pretende consolidar, sobre la base de la propia lengua latina como expresión, uná elocuencia válida, una pureza en el lenguaje que le lleva constantemente a rebuscar el sentido último de cada término.
Leopardi explica esa obsesiva minuciosidad frontoniana por los vocablos por una circunstancia más general: según este gran escritor, Frontón era consciente de que la literatura latina, en su más amplio sentido de cultivo de los distintos géneros literarios y sus aplicaciones, había alcanzado ya la meta: no se trataba, pues, de buscar nuevos caminos, sino más bien de recrear lo ya existente. La pureza de la lengua debía buscarse en lo que los autores antiguos podían ofrecer, vocablos del más puro latín, mantenidos fundamentalmente a través de una tradición literaria escrita, más conservadora y purista, no contaminados por la deformación de una lengua hablada, pero sin olvidar tampoco su uso y comprensión por los oyentes, porque, en último término, la lengua es esencialmente vehículo de expresión oral.
Así se explica la tendencia en Frontón al arcaísmo, que encaja bien en el gusto literario de todo el s. II d. C. (como innovación frente al siglo precedente): la innovación lingüística en la literatura escrita se logra reavivando antiguos vocablos 27 .
Conocimiento de la obra frontoniana
A pesar del reconocimiento de que fue objeto la obra de Frontón en su época y en los siglos inmediatos al II d. C., no conservamos tal obra en su totalidad, ni siquiera en buen estado. Es más, hasta 1815, por obra del cardenal Mai, no se descubre el texto del epistolario: Mai descubre un palimpsesto del s. V d. C. en la Biblioteca Ambrosiana de Milán y más tarde se descubrirá, en 1819, en la Biblioteca Vaticana de Roma, lo que sería la segunda parte del códice encontrado en Milán.
La historia del códice es la siguiente: comprende, originariamente, 792 folios y se presenta en graves condiciones, no sólo por estar en dos partes, sino, sobre todo, por haberse escrito sobre él tres veces: la primera, en el s. IV d. C., o a finales del s. V , bajo el rey Teodorico, una «primera mano» escribe en caracteres unciales, a la vista de más de un ejemplar, el texto de Frontón, conservando como particularidad ortográfica los arcaísmos frontonianos, acompañando al texto algunos errores derivados de la lengua vulgar del tiempo en que se escribe y eliminando o corrigiendo palabras equivocadas. Poco después, hacia el año 500, un tal Cecilio, una «segunda mano», añade en los márgenes y espacios entre columnas muchas notas en escritura cursiva, semiuncial, a veces inclinada, con correcciones y tachaduras varias que incluso afectan al texto; las notas repiten cada término de uso infrecuente, o bien, pensamientos de Frontón, ofreciendo incluso al margen, o sobre las líneas, varias lecturas de códices varios hoy perdidos. Una «tercera mano», a finales del s. VI , como parece, en letra cursiva, añade pocas notas y algunas correcciones.
Sobre ellas, un amanuense, en la segunda mitad del s. VII , tal vez en Verona, añade, en caracteres semiunciales, la versión latina de las Actas del Concilio de Calcedonia, habido en el año 451. A pesar de ello, siguen notándose las tres «manos» antes indicadas.
El interés, en Italia septentrional, a fines del año 700, por las cuestiones teológicas discutidas en el Sínodo de Calcedonia y la transcripción latina de las Actas del citado Sínodo, unido a la conversión al catolicismo de los longobardos arríanos, cuya sede era Pavía, pudo justificar que esta ciudad fuese el lugar de procedencia del Códice que contenía tales Actas, y que más tarde llegó a Bobbio.
A mediados del s. xv los monjes paduanos de la congregación de Sta. Justina trataron de renovar y devolver a la biblioteca de Bobbio su antiguo renombre y en 1461, en el índice redactado de los libros que poseía el monasterio, con el n.° 135 de la primera serie del inventario, se encuentra la descripción del referido Códice, en el que se contienen «incompletas» las Actas del Sínodo de Calcedonia. Hacia el año 1600, a su vez, el ya incompleto códice del inventario de 1461 parece desmembrarse en dos partes, con pérdida incluso de algunos folios centrales.
Ya en decadencia clara la biblioteca de Bobbio, su patrimonio fue adquirido por algunas grandes bibliotecas que se venían creando en otros lugares. El cardenal Borromeo, fundador de la Biblioteca Ambrosiana de Milán, mandó en 1605 a Bobbio a un amigo suyo para hacer una lista de los libros que allí existían y tratar con el abad del monasterio la cesión de tales libros a la Ambrosiana. Por tal negociación, en 1606 al menos 74 códices de Bobbio pasaron a Milán y, entre ellos, la segunda parte, y que era la mayor, de las Actas: es el actual Códice Ambrosiano E 147, de 226 folios o 452 páginas, de las que 282 contienen el texto de Frontón.
En 1618 la primera parte, y menor, de las Actas llega a la biblioteca papal del Vaticano, junto a otros códices. Lo atestigua una carta de Pablo V (papa entre 1605-1621) de acción de gracias a los monjes de Bobbio. Contiene la primera parte de las Actas del Concilio de Calcedonia y es el actual Códice Vaticano 5750, de 143 folios, o 286 páginas, de las que 106 corresponden a texto de Frontón.
Que los Códices Ambrosiano E 147 y Vaticano 5750 constituyeron en su momento un único códice es algo que no ofrece dudas: la correspondencia del texto, la naturaleza del pergamino y el tipo de escritura coinciden en ambos.
Ediciones de la obra
De ese primer descubrimiento por Mai del palimpsesto de la Biblioteca Ambrosiana surgirá la «editio princeps», por el propio Mai:
M. Cornelii Frontonis Opera inedita cum epistulis item ineditis Antonini Pii M. Aurelii L. Veri et Appiani nec non aliorum veterum fragmentis invenit et commentario praevio notisque illustravit Angelus Maius..., Pars prior, Mediolani, Regiis Typis, MDCCCXV.
M. Cornelii Frontonis, Pars altera cui adduntur seu edita seu cognita eiusdem Frontonis opera, Mediolani, Regiis Typis, MDCCCXV.
Incluye esta primera edición, en su mayor parte, cartas referidas a la educación de Marco Aurelio y Lucio Vero, además de otras mantenidas con el emperador Antonino Pío y algunas de recomendación a amigos de Frontón, incluso una carta-contestación que se supone que corresponde al historiador Apiano. Algunas de las cartas están redactadas en griego.
La edición no es muy cuidada; los folios no han sido ordenados.
A ella sigue muy pronto una reimpresión, en 1816:
Ad exemplar Mediolanense, Regiis typis, 1815, Francofurti ad Moenum in Libraría Hermanniana, 1815-1816.
En dura polémica con Mai, Niebuhr publicó, en ese mismo año, una edición en colaboración con Heidorf y Buttman:
M. Cornelii Frontonis Reliquiae ab Angelo Maio primum editae. Meliorem in ordinem digestas suisque et Ph. Buttmanni, L. F. Heindorfii, ac selectis A. Maii animadversionibus instructas iterum edidit B. G. Niebuhrius C. F. Accedunt líber de differentiis vocabulorum et ab eodem A. Maio primum edita Q. Aurelii Symmachi octo orationum fragmenta, Berolini, impensis G. Reimer, MDCCCXVI.
Una segunda edición del texto de Frontón publica Mai, ya Director de la Biblioteca Vaticana, edición que comprendía el texto de los dos hallazgos, el de Milán y el de Roma:
M. Cornelii Frontonis et M. Aurelii Imperatoris epistulae L. Veri et Antonini Pii et Appiani epistularum reliquiae. Fragmenta Frontonis et scripta grammatica. Editio prima Romana plus centum epistulis aucta ex codice rescripto Bibliothecae Pontificiae curante Angelo Maio Bibliothecae eiusdem praefecto, Romae, in Collegio Urbano apud Burliaeum MDCCCXXIII.
Tal edición resulta ya más cuidada que la primera por Mai.
En 1830, en Francia, aparece una nueva edición, sobre el texto de los dos palimpsestos, hecha por Cassan, acompañada de traducción francesa:
Lettres inédites de Marc-Aurèle et de Fronton retrouvées sur les palimpsestes de Milán et de Rome traduites avec le texte latin en regard et des notes par M. Arnand Cassan avocat à la Cour Royale de Paris, París, A. Levasseur, libraire au Palais-Royal, 1830.
En Alemania, por obra de Schulze, se hace una reimpresión, en 1832, de la segunda edición de Mai. La tercera por el propio cardenal Mai, en Roma, en 1846, no tuvo gran importancia.
En 1867 surge la edición teubneriana, por Du Rieu, encargándose Naber de la parte crítica del texto; se restituye un orden en los folios y se indican las páginas:
M. Cornelii et M. Aurelii imperatoris epistulae M. Veri et Antonini Pii et Appiani epistularum reliquiae. Post Angelum Maium cum codicibus Ambrosiano et Vaticano iterum contulit G. N. Du Rieu, recensuit Samuel Adrianus Naber, Lipsiae in aedibus Teubneri, MDCCCLXVII.
Edición íntegra, con traducción inglesa y ordenación cronológica de las cartas, es la realizada por Haines:
The correspondence of M. Cornelius Fronto with M. Aurelius Antoninus, L. Verus, Antoninus Pius and various friends edited and for the first time translated into English by C. R. Haines, M. A., F. S. A. In two volumes: I, London, W. Heinemann, New York, G. P. Putnam’s Sons, MCMX1X; II, MCMXX.
Esta edición de Haines ha sido revisada y reimpresa en 1928, 1955 y 1962 (tomo I), y en 1929, 1957 y 1963 (tomo II).
En 1954 aparece la edición crítica por Van den Hout:
M. Cornelii Frontonis Epistulae quas edidit M. P. J. Van den Hout, Gymnasii Augustiniani Professor. Volumen prius Prolegomeno, Textum, Indicem nominum propriorum continens, Lugduni Batavorum in aedibus E. J. Brill, MCMLIV.
Acompaña a tal edición una amplia reseña bibliográfica sobre los estudios críticos de la obra frontoniana.
Siguiendo el texto latino fijado por Van den Hout, aparece en 1974 en Italia la edición por F. Portalupi, acompañada de traducción al italiano:
Opere di Marco Cornelio Frontone, a cura di Felicita Portalupi. Unione Tipografico-Editrice Torinese, Torino, 1974.
Contenido del «corpus» literario de Frontón
Está claro que la recopilación y publicación del Epistolario frontoniano no fue obra del propio Frontón, pero sí parece haber sido algo inmediatamente posterior a su muerte. Se supone que tal idea pudo partir de algún allegado, algún íntimo suyo y, en este sentido, resulta muy probable y lógico que fuese obra de su yerno y discípulo, Aufidio Victorino. En efecto, Aufidio Victorino era también amigo de Marco Aurelio, más aún, llegó a ser un día uno de los personajes más destacados durante el mandato del sucesor de Marco Aurelio, su hijo Cómodo. Es decir, Aufidio Victorino se encontraba en una situación más que favorable para preparar y sacar a la luz la obra de su suegro y maestro. De hecho, las cartas de Frontón resaltarían esa amistad con la familia imperial y, en definitiva, la vinculación a tal familia de la del propio Victorino.
La motivación, por otra parte, pudo ser suya, del mismo Victorino, o bien por sugerencia o mandato expreso del emperador Marco, lo cierto es que, gracias a tal recopilación y publicación, ha llegado hasta nosotros un bloque de escritos frontonianos, esencialmente cartas, que pueden estructurarse:
1)
Obras conservadas
a) Cinco libros de correspondencia entre Frontón y Marco Aurelio cuando éste aún no era emperador:
— El libro I contiene 10 cartas, de las que 3 son de Marco Aurelio; 2 están en griego; la 8.a es para Herodes Ático y la 10.a para Domicia Lucila, madre de Marco Aurelio.
— El libro II contiene 16 (de ellas 12 son escritas por Marco Aurelio); la 12. a , en griego, va dirigida a Domicia Lucila.
— El libro III comprende 22 cartas (11 de M. Aurelio).
— El libro IV comprende 13 cartas (9 escritas por Marco Aurelio).
— El libro V contiene 74 breves «notas» (37 de M. Aurelio).
b) Cuatro libros de correspondencia entre Frontón y Marco Aurelio ya emperador:
— El libro I contiene 10 cartas (5 son de M. Aurelio); de las otras 5 sólo se ha recuperado el comienzo, por el índice de las mismas que precedía al libro.
— El libro II sólo contiene 2 cartas, una de ellas de Marco Aurelio.
— El libro III contiene 11 (5 son del emperador Marco) y, además, hay 5 con numerosas lagunas en el texto.
— El libro IV comprende sólo 2, también en este caso una está escrita por Marco Aurelio.
c) Dos libros de correspondencia entre Frontón y Lucio Vero emperador:
— El libro I comprende 4 cartas, dos de ellas por L. Vero.
— El libro II contiene 10 cartas (4 escritas por L. Vero); la 1. a , bastante amplia, sobre la Guerra Pártica.
d) Cuerpo acéfalo de cartas escritas al emperador Marco Antonino:
Comprende 5 cartas, todas ellas de argumento retórico.
e) Ad M. Antoninum de orationibus:
Pequeño tratado sobre la elocuencia, redactado en forma de carta, dirigida a Marco Aurelio.
f) Un libro de correspondencia entre Frontón y Antonino Pío:
Comprende 9 cartas (2 por Antonino Pío); la 7. a va dirigida a Gavio Máximo.
g) Dos libros de cartas de Frontón a los amigos:
— El libro I comprende 27 cartas, todas escritas por Frontón, dirigidas a 17 corresponsales distintos (entre ellos, a Aufidio Victorino, su yerno, al que dirige 5); la carta 2. a está en griego y, de algunas de ellas (17, 23, 24, 25), sólo se recuperan las primeras palabras del índice que precede al libro.
— El libro II comprende 11 cartas, dirigidas a 6 destinatarios; la 10. a y la 11. a , a los triunviros y decuriones.
h) Principia historiae:
En forma de carta, precedido de una carta a Marco Aurelio.
i) Laudes fumi et pulveris y Laudes Neglegentiae:
Ambos opúsculos en forma de carta.
j) De bello Parthico:
En forma de carta, dirigida a Marco Aurelio.
k) De feriis Alsiensibus:
El opúsculo, también en forma epistolar, dirigido a Marco Aurelio, está precedido de dos cartas, una de Marco Aurelio y otra del maestro, y seguido por una breve carta de Marco Aurelio.
l)
De nepote amisso:
Dos cartas, una escrita por Marco Aurelio y otra por Frontón, motivadas por la muerte del nieto del maestro, y que siguen la línea de las «consolationes», como esquema retórico.
ll)
Arion:
El único escrito que no presenta forma de carta.
m)
Apéndice acéfalo de cartas varias:
Comprende 8 cartas, de las que las 3 primeras, en griego, y la 6. a , en latín, se repiten en otros lugares de la colección; la 4. a , en griego, es de Apiano; la 5. a es la contestación a la anterior por Frontón, también en griego; la 8. a constituye el Discurso sobre el amor, en griego y se supone dirigida a Marco Aurelio, si bien no tiene contestación por él.
2)
Fragmentos de cartas, conservados en otros autores:
— Hay 7 fragmentos: 4 en Carisio; 2 en Servio y 1 en Consencio.
3)
Fragmentos de discursos:
— Un fragmento del discurso pronunciado en el Senado a favor de los cartagineses (conservado por el códice palimpsesto Vaticano Palatino Latino 24).
— Un fragmento, conservado por Carisio, del discurso en defensa de los habitantes de Ptolemaida.
— Un fragmento del discurso en defensa de los habitantes de Nuceria (aunque se ha conservado por Fulgencio, suele tenerse por espurio).
— Una referencia bastante amplia al discurso Contra los cristianos, contenida en el Octavius de Minucio Félix.
4)
Fragmentos de obras no identificables:
— Dos fragmentos, conservados, respectivamente, por Servio e Isidoro de Sevilla.
5)
Fragmentos dudosos:
— Dos fragmentos, conservados uno por Diomedes y otro por Servio.
6)
Epigramas:
— Dos epigramas griegos contenidos en Antología Palatina, vol. XII.
7)
Obras perdidas:
Hay discursos «de aparato», de circunstancia, a los que se alude en el epistolario, como se verá en cada caso, o que son mencionados por otros autores. Así:
— Elogio de Adriano, pronunciado en el Senado (I 110).
— Discurso de acción de gracias a Antonino Pío, en el Senado, por haberle conferido el consulado (I 110).
— Otro discurso cuando entró a ocupar tal cargo (I 302).
— Un discurso al que hace alusión el propio Antonino Pío en una de sus cartas (I 126).
— Uno que menciona el autor del Panegírico de Constancio con ocasión del éxito en Britania obtenido bajo los auspicios de Antonino Pío.
— Agradecimiento de los cartagineses para con Antonino Pío, discurso pronunciado ante el Senado (cf. ed. Portalupi, págs. 512-513, texto totalmente lagunoso).
También existe mención de «discursos de tipo judicial»:
— Contra Herodes Ático (I 60 y 64).
— Defensa de los de Bitinia (II 88 y 98).
— Defensa de los habitantes de Ptolemaida (cf. Carisio, Ars GLK, I 138).
— En defensa de Demostrato Petiliano (II 128 y 234).
— En defensa de Senio Pompeyano (I 232).
— En defensa de Volumnio Sereno, de Concordia (II 76).
— Contra Pélope (tal vez un médico contemporáneo; la referencia, en Sidonio Apolinar, Ep. VIII 10, 3).
— Defensas varias de amigos, a las que el propio Frontón alude en ocasiones, por intereses privados, tutelas, etc., por ej., la herencia de Matidia a favor de la emperatriz Faustina (II 96).
— Contra los cristianos, ya mencionado (cf. Minucio Félix, Octavius IX 6-7).
— Sobre los testamentos en ultramar (I 156...).
— En defensa de los habitantes de Nuceria, también mencionado antes, al que hace referencia sólo Fulgencio (Serm. ant. 35, ed. Helm.).
8)
Obras apócrifas:
Lo son, seguramente, las siguientes:
El Líber de acie Homérica (cf. De instr. copiis I del Pseudo-Eliano).
— Los Libri de re rustica (que aparecen en los Geopónicos ).
— De nominum verborumque differentiis (GLK, VII 519).
— Exempla elocutionum (GLK, VII 445).
Es decir, hemos de suponer que, junto al bagaje del Epistolario, habría al alcance de los contemporáneos de Frontón, y también de los de siglos inmediatos, un «Corpus» de escritos suyos recopilados tal vez por iniciativa del mismo que reunió y publicó sus cartas. La distinta suerte que pudieron correr esos dos bloques de su obra, favorable a las cartas propiamente dichas, bien puede explicarse por ser sus destinatarios fundamentalmente miembros de la familia imperial.
Nuestra traducción
Por razones de simplificación y a la vez uniformidad, hemos preferido hacerla según un único texto, siguiendo la edición de C. R. Haines.
The Correspondence of Marcus Cornelius Fronto with Marcas Aurelius Antoninus, Lucius Verus, Antoninus Pius and va rious friends, The Loeb Classical Library, 1962-1963.
En ocasiones hemos utilizado la edición de Felicita Portalupi, Opere di Marco Cornelio Frontone, Turín, 1974.
La principal ventaja ofrecida por el texto de Haines es, en nuestra opinión, la ordenación cronológica que hace de las cartas, lo que ayuda a perfilar las variantes de estilo, los temas, etc., dominantes según el paso de los años en la vida de Frontón.
Así, la referencia y localización del texto latino se hará normalmente según Haines (tomos I/II, seguido de la página correspondiente). Las ocasiones en que sigamos el texto de edic. de Portalupi se indicarán debidamente en nota a pie de página.
Recogemos en este Epistolario de Frontón todo el «corpus» de cartas propiamente dicho, incluidas las redactadas en griego. En este sentido, agradecemos la colaboración del Dr. D. Vicente Bécares Botas, profesor Titular de Filología Griega en la Universidad de Salamanca, a quien debemos el trabajo de traducción de tales cartas.
Añadimos, como Apéndice, lo que el propio Haines incluye en su edición al final del t. II, es decir, los distintos pasajes que aparecen en autores varios referidos a Frontón, así como algunas cartas de Marco Aurelio a destinatarios varios.
Al no tratarse, en nuestro caso, de una edición crítica, prescindimos de las indicaciones sobre el texto latino en cuanto a variantes textuales, limitándonos, salvo excepciones, en las notas con que acompañamos nuestra traducción, a puntualizaciones de tipo histórico, de estilo, etc. Las lagunas en el texto las reflejamos con «***», y, en textos lagunosos en extremo, prescindimos de los términos aislados que no aporten claridad alguna al contexto.
En la ordenación de las Cartas, de acuerdo, como hemos dicho, con la datación de las mismas por Haines, damos una numeración correlativa, en caracteres arábigos e indicamos la fecha que dicho autor ha fijado en cada caso. Damos asimismo la referencia de tal edición, para la localización correcta.
Además de un índice de nombres propios, ofrecemos una Tabla de correspondencias en la que, además de la localización en la edición seguida y en nuestra propia traducción, reflejamos la dedicatoria (o título) de cada carta y la inicial del que la redacta (F/M/, etc., según sea Frontón, Marco Aurelio, ...).
Finalmente, y no por ello como simple cortesía, queremos agradecer de manera especial al Dr. D. Manuel Díaz y Díaz su contribución a que este nuestro trabajo haya tenido lugar y ello desde la animación inicial a emprenderlo hasta la revisión y observaciones siempre precisas y valiosas, una vez acabado.
Esperamos que con esta traducción que hoy presentamos podamos contribuir al conocimiento de un autor como Marco Cornelio Frontón, al que la suerte ha relegado tal vez siempre sólo por contar con la sombra de la elocuencia de Cicerón.
A. P. M.
1 Cf. DIÓN CAS ., Hist. Rom. 69, 18.
2 Cf . Octavius 9, 6.
3 I, 294 (Ad amicos 2, 11), et ipsum nostrae provinciae et civitatis non longinquae , es decir, Hipona.
4 Cf. SIDON . APOL ., Epist. 10, 8.
5 En GEL ., N. At. 9, 8, 1; en DI Ó N CASIO , Hist. Rom. 69, 18; en Script. Hist. Aug.: CAPIT ., Marc. 2, 5, y Ver. 2, 5.
6 Cf . MARACHE, La critique littéraire de langue latine et le développement du goût archaïsant au II e siècle de notre ère , París , 1952, Págs . 166-169.
7 Cf . Epist . 1, 1, 2, Nam de Marco... propter quod ilium ceteri quique frontonianorum utpote consectaneum aemulati...
8 Cf. I 204 (Ad M. Caes. 4, 12), Ego qui a meo magistro et parente Athenodoto; cf. II 82-83 (De Eloqu. 4, 3), in eos quoque meus magister Dionysius Tenuior.
9 C. I. L. VIII 5350.
10 Cf. II 150 (Ad Ver. imper. 2, 7, 2).
11 Cf. II 232, (De nepote amisso, 2, 10).
12 Es la opinión de Mommsen, en Hermes 8 (1874), 216.
13 Cf. Script. Hist. Aug.: CAPIT ., Marc. 2, 5, y 3, 4.
14 Cf . GEL., N. At. 19, 8, 1, Adulescentulus Romae *** Frontonem visendi gratia pergebam sermonibusque eius purissimis bonarumque doctrinarum plenis fruebar; en 13, 29, 5: ea nos omnia quae Fronto dixit, cum ita ut par erat, non adprobantes tantum, sed admirantes quoque audiremus; incluso 2, 26, 20, si bien en tal ocasión el elogio es por boca de Favorino.
15 Cf. I 126 (Ad Anton. Pium 2).
16 Cf. I 127 (Ad Marc. Caes. 2, 3).
17 Destacando la acumulación de términos sinónimos, latinos y griegos, para reforzar el entusiasmo.
18 Cf . XII Panegyrici Latini VIII (V) 14, 2, edic. R. A. B. Mynors, 1964, pág. 224, itaque Fronto, Romanae eloquentiae non secundum sed alterum decus.
19 Cf. JERÓN ., Epist. 12, gravitatem Frontonis; en SID . APOL ., Epist. 4, 3, se atribuye también la gravitas a Frontón (mientras que a Apuleyo le correspondería la reflexión (pondus).
20 Cf. MARACHE , op. cit., pág. 173.
21 Cf. II 80 (De Eloqu. 4, 1). Sobre la valoración de la lengua y sus recursos y aplicación retórica (renovación léxica, arcaísmos,...), cf. A. PENNACINI , La funzione dell’ arcaismo e del neologismo nelle teorie della prosa da Cornificio a Frontone, Turín, 1974, espec. págs. 97 ss.
22 Cf. I 128 (Ad M. Caes. 4, 3).
23 Cf. N. At. 2, 26 (pasaje recogido por HAINES , II, 260-268).
24 Cf. I 8 (Ad M. Caes. 4, 3, 4).
25 Cf. I, 6, unas líneas antes que el texto mencionado.
26 Cf . F. PORTALUPI, Opere di Marco Cornelio Frontone, Turín , 1974, Pág . 18.
27 Cf. G. LEOPARDI , Discorso sopra la vita e le opere di M. Cornelio Frontone, en vol. II de toda la obra, ed. F. Flora, Milán, 1940, págs. 639-676.
BIBLIOGRAFÍA
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EPISTOLARIO
1
(? a. 139. - I, 2-12)
A mi señor, Frontón:
En todo tipo de conocimientos vale más, en mi opinión, ser totalmente inexperto e inculto que el ser ambas cosas a medias. En efecto, el que es consciente de que está privado de un conocimiento se arriesga menos y, por ello, con menos facilidad cae en el precipicio: la desconfianza, desde luego, está reñida con el atrevimiento. Pero cuando alguien muestra como cosa realmente cierta algo que conoce a la ligera, su falsa seguridad le hace resbalar de múltiples formas.
Se dice también que las disciplinas filosóficas es mejor no haberlas conocido nunca que haberlo hecho por encima y haberlas tocado sólo con la punta de los labios, como suele decirse, y que llegan a ser los peores de todos quienes, quedándose en la antecámara de una ciencia, salen de ella antes de haber entrado. Sin embargo, hay en otras ciencias reductos en los que uno puede refugiarse de alguna forma y puede, durante un cierto tiempo, ser considerado entendido en aquello que ignora.
Ahora bien, por lo que respecta a la elección de las palabras y a su colocación, sale inmediatamente a la luz y nadie puede engañar por demasiado tiempo sin que la persona en cuestión dé a entender claramente que no conoce los términos, que no sabe valorarlos y que los juzga a la ligera, los maneja sin sentido y no distingue ni el tono ni la propiedad de cada palabra.
[2] Por ello, tan sólo muy pocos de los escritores antiguos se comprometieron en ese esfuerzo, en ese arriesgado empeño de seleccionar cada término con el más cuidado afán.
De los oradores, desde que existen hombres en el mundo, uno sólo entre todos, Marco Porcio, así como su diligente seguidor Gayo Salustio 1 .
Entre los poetas, muy especialmente Plauto y todavía más Quinto Ennio, así como su fiel seguidor, Lucio Celio, y también Nevio, Lucrecio, Acio incluso, Cecilio y también Laberio 2 .
Efectivamente, fuera de ésos, pueden reseñarse unos cuantos escritores elegantes en aspectos concretos, por ejemplo, Novio y Pomponio 3 y otros parecidos, por lo que se refiere al uso de términos aldeanos, chistosos y bufonescos. Ata, notable en los propios de mujeres; Sisena, en las expresiones licenciosas; Lucilio, en las propias de cada arte y oficio 4 .
[3] En este sentido, tú tal vez ya te hayas preguntado en qué lugar pongo yo a Marco Tulio 5 que tiene el prestigio de ser cabeza y origen de la elocuencia romana. Yo considero que se ha expresado en todo momento con términos bellísimos y ha sido el más extraordinario de todos los oradores a la hora de saber embellecer lo que quería poner de relieve. Pero me parece que se queda muy lejos en lo que se refiere a la selección demasiado escrupulosa de las palabras, ya sea debido a su grandeza de espíritu, o por huir del esfuerzo, o bien, por una confianza excesiva en sí mismo de que le vendrán rápidamente vocablos que ni siquiera busca, cuando los demás, a pesar de intentarlo, no lo consiguen. Pues bien, me parece haber comprendido (teniendo en cuenta que he leído y releído con atención suma todos sus escritos), que Cicerón ha empleado con enorme abundancia y fluidez todo tipo de palabras, tanto términos propios como figurados, los simples y los compuestos y, los que destacan por doquier en sus obras, los términos distinguidos, en muchas ocasiones llenos de encanto. No obstante, a pesar de eso, en todos sus discursos se encuentran poquísimas palabras inesperadas y fuera de uso, que no se descubren sino por empeño, a base de una cuidadosa búsqueda y recordando bien los antiguos poemas. En efecto, llamo término «inesperado» y «fuera de uso» (insperatum autem atque inopinatum verbum) el que se ofrece fuera de lo que los oyentes o lectores esperan y suponen, de tal forma que si se suprime y se obliga a quien está leyendo a que él mismo busque tal vocablo, no sería capaz de encontrar ninguna otra palabra, o ninguna que se ajuste al significado exacto.
Por esta razón, yo te alabo encarecidamente, porque prestas una escrupulosa atención a este aspecto, de sacar a la luz una palabra desde lo más profundo de ti y la acomodas a lo que quieres significar. Pero, como dije al principio, hay en esta cuestión un gran peligro, el no disponerla debidamente, o de forma poco clara, o sin ser demasiado precisa, como si se tratase de alguien medianamente experto, pues es mucho mejor utilizar términos corrientes y de uso común que extraños y rebuscados, si su significado no es adecuado.
[4] Yo no sabría si es útil demostrar cuán grande es la dificultad y cuán escrupuloso e inquietante es el cuidado que ha de ponerse en la valoración de las palabras, no sea que esta cuestión reprima el ánimo de los jóvenes o debilite su ilusión de adquirirla.
Con mucha frecuencia, una sola letra cambiada, suprimida o sustituida, cambia el significado y el encanto de una palabra y deja ver claramente la elegancia y destreza del que habla. Efectivamente, me he dado cuenta de que cuando tú me leías una y otra vez tus escritos y yo cambiaba una sola sílaba dentro de una palabra, no hacías caso y pensabas que había sido un descuido y que no importaba demasiado. Pues bien, no quisiera que ignorases cuánto importa la variación de una sola sílaba: diré, «lavarse la cara» (os colluere), pero, a propósito del pavimento de los baños, «fregar» (pelluere), no colluere; diré, sin embargo, «bañar las mejillas de lágrimas» (lavere), no pelluere ni colluere, en cambio, de las ropas «lavar» (lavare), no lavere; más aún, del sudor y del polvo, «lavarse» (abluere), no lavare; pero si se trata de una mancha, es más elegante decir «quitar» (eluere) que abluere. Ahora bien, si una cosa está demasiado incrustada y no puede quitarse sin cierto deterioro, yo usaré la expresión plautina elavere 6 . Y así, hablando del vino decimos «mezclar con agua» (diluere), de la garganta «hacer gárgaras» (proluere), y de la pezuña de una bestia de carga «restregar» (subluere).
En tantos ejemplos, tan sólo una, y la misma palabra, [5] cambia de forma y de sentido por la variación de una sílaba y una letra. Y así, ¡por Hércules!, que yo diría con más exactitud un rostro «acicalado» (litam) con cosméticos, un cuerpo «manchado» (conlitum) de cieno, una copa «impregnada» (delitum) de miel, un puñal «untado» (inlitum) de veneno, una vara «recubierta» (oblitum) de muérdago.
Tal vez alguno me preguntase «¿Y quién me prohíbe [6] a mí decir vestimenta lavere y no lavare, sudorem lavare y no abluere?». Desde luego, no podrá nadie, bajo ningún derecho, oponerse a ti, ni implantar una norma, puesto que tú desciendes de padres libres, sobrepasas la renta de los caballeros, se someten a tu voto las cuestiones en el Senado 7 . Ahora bien, los que nos hemos tomado la obligación de atender a los oídos de los cultos, es preciso que tengamos en cuenta con sumo cuidado esos detalles y menudencias.
Sin duda, algunos someten las palabras a golpes de mazo y martillo, como si se tratase de rocas. Otros, en cambio, las modelan con cincel y martillo pequeño, como si fuesen piedras preciosas. Más vale que tú recuerdes lo que se te corrigió, para poder buscar con más habilidad el término apropiado, que el que rehúses y te decepciones por haber sido censurado. Porque si desistes de buscar, no lo encontrarás nunca; si insistes en ello, lo encontrarás.
Finalmente, me ha parecido que tú considerabas cosa [7] superflua el que yo cambiase el orden de una palabra tuya, por ejemplo, decir antes «de tres cabezas» que Gerión 8 . Tampoco olvides esto: en un discurso, la mayor parte de los vocablos, si se cambia el orden, se convierten en términos esenciales o superfluos. Yo podré decir correctamente «nave de tres filas de remos», en cambio, sería superfluo añadir «nave» a «de tres filas de remos». En efecto, no hay peligro de que alguien piense que se llama «trirreme» a una litera, a una carroza o a una cítara. Y es que, por otra parte, cuando tú haces referencia a por qué los partos usan las mangas de su túnica demasiado amplias, escribiste, me parece, una cosa así como si dijeras que el calor «está colgado» (suspendi) de los huecos de la túnica. Y es que, en último término, ¿de qué forma «el calor está colgado»?
Y no es que yo te critique eso, el que te hayas lanzado de forma demasiado atrevida a dar un valor metafórico a la palabra, porque, pienso yo, según expresión de Enio, que «el orador ha de ser atrevido» 9 . Que sea, pues, audaz el orador, como propone Enio, pero que no se aparte nunca del significado que quiere expresar.
Pues bien, sin duda yo aprobé y alabé encarecidamente tu intención, por haber comenzado a buscar palabras, pero desapruebo el descuido en la palabra buscada, porque era inadecuada. En efecto, por las aberturas de las mangas, que tal vez vemos amplias y vaporosas, «estar colgado el calor» no puede ser. El calor, a través de las aberturas de una túnica, puede «despedirse» (depelli), puede «gastarse» (degi), puede «escaparse» (demeare), puede «dar la vuelta alrededor» (circumduci), puede «cambiar de dirección» (intervertí), puede «ventilarse» (eventilari), en definitiva, puede todo antes que «estar colgado» (suspendí), ya que este término significa «algo que está sostenido desde lo alto» y no «pasar» a través de aberturas.
Después de estas cosas te he advertido con qué estudios, [8] ya que así lo quieres, has de prepararte para escribir historia. Sobre ese tema, como mi exposición sería demasiado larga, para no extenderme más en mi carta, pongo punto final. Si tú quieres que te escriba aún más sobre todo eso, adviértemelo en más ocasiones.
2
(? a. 139. - I, 12-14)
A mi señor:
Gracia vino a mí ayer por la noche. Pero para mí ha sido una verdadera gracia 10 el que tú hayas traducido extraordinariamente bien las Máximas 11 y, en particular, ésta que he recibido hoy, de forma casi perfecta, hasta el punto de que podría ponerse en un libro de Salustio y no desentonaría ni sería inferior en nada.
Yo me siento feliz, alegre, en forma, joven en una palabra, cuando tú progresas de esa forma. Es duro lo que voy a exigirte, pero lo que recuerdo que me hizo mucho bien a mí mismo no puedo menos de exigírtelo a ti también. Cambia dos y tres veces la misma máxima, tal como hiciste con aquélla tan cortita 12 . Así pues, las demasiado largas, cámbialas dos y tres veces con decisión y valentía. Todo aquello que intentes, llévalo a cabo hasta el final con ese espíritu, pero, desde luego, con tesón. En realidad, has aspirado a una meta laboriosa, pero hermosa y nueva y por muy pocos conseguida ***. La resolverás perfectamente.
Este trabajo te ayudará mucho en la elaboración de un discurso y, sin duda, a sacar cada día algunas frases de Jugurta o de Catilina 13 .
Con la ayuda de los dioses, cuando vuelva a Roma te exigiré de nuevo unos versos todos los días.
Saludos a tu madre y señora mía.
3
(? a. 139. - I, 14-16)
A mi maestro:
He recibido a la vez dos cartas tuyas. En una de ellas me echabas en cara y argumentabas que había compuesto una máxima sin reflexionar; en la otra, en cambio, intentabas mantener mi entusiasmo con tus elogios. Pero, te aseguro, por mi propia salud, por la de mi madre y por la tuya propia, que se despertó en mi ánimo más alegría por aquella primera carta y que, mientras la iba leyendo, exclamaba repetidamente: «¡qué feliz soy!».
Tal vez alguien se pregunte: «¿Cómo es que te sientes feliz porque haya quien te enseñe de qué forma puedes redactar un pensamiento 14 con suficiente ingenio, claridad, brevedad y elegancia?».
No es eso por lo que yo me considero feliz; «¿por qué, pues?». Porque estoy aprendiendo de ti a decir la verdad. Esta cosa, el decir la verdad, es realmente difícil para dioses y para hombres: a fin de cuentas, ningún oráculo es tan indiscutible que no tenga en sí mismo algún doble sentido, retorcido e ininteligible, con el que se vea enredado el que sea un tanto imprudente e, interpretando las palabras conforme a su gusto, se dé cuenta del sentido capcioso una vez pasada la urgencia del momento.
Pero éste es un asunto ventajoso y una costumbre reconocida, el excusar cosas así tan sólo por un piadoso error y ligereza. En cambio, las tuyas, ya sean acusaciones, o bien se trate de estímulos, muestran de un golpe el camino mismo, sin engaño ni falsas palabras.
Así pues, debería darte las gracias aunque sólo fuese porque me has enseñado a un tiempo a decir la verdad y a escucharla 15 . En consecuencia, se te ha de pagar un doble precio, que tú procurarás que no pueda pagarte. Si no quieres que se te dé nada a cambio, ¿de qué forma podré corresponderte sino con mi acatamiento? No obstante, yo, desagradecido, he preferido para mí el que tú, movido por un celo excesivo *** como estaban esos días tuve tiempo libre, me fue posible *** estudiar bien y componer muchos pensamientos ***.
Adiós, mi bueno y extraordinario maestro. Me alegro de que tú, un magnífico orador, hayas llegado a ser amigo mío. Mi señora te envía un saludo.
4
(? a. 139. - I, 18-20)
¡Salud!, mi excelente maestro 16 :
Si te vuelve algo de sueño después de las noches en blanco, de las que tú te quejas, dímelo por carta, por favor, y, ante todo, te pido una cosa, preocúpate de tu salud. Después, rompe el hacha de Ténedos 17 con que tú amenazas y escóndela en cualquier parte y no abandones tu decisión de dedicarte a la defensa de las causas, o entonces todas las bocas callarán a un tiempo 18 .
Ignoro qué es lo que dices que has compuesto en griego 19 y que te gusta como pocas cosas escritas por ti. ¿No eras tú mismo el que no hace mucho me reprendías severamente cuando yo escribía en griego? La verdad es que en este momento me conviene muchísimo escribir en griego. ¿Por qué razón?, me preguntas; quiero «probar» si aquello que no he aprendido me resulta más fácil, ya que, desde luego, lo que ya conozco me está fallando. Pero, si me quisieras de verdad, ya me hubieses enviado esa novedad que dices que te satisface.
De todas formas, yo, aunque a ti no te gusta, te leo así y la verdad es que sólo por esta razón sigo con vida y resisto.
Me has enviado un material cruel. Aún no he leído el resumen del Celio 20 que me enviaste, ni lo voy a leer antes de haber rebuscado yo mismo el significado. Pero el discurso por el nombramiento como César 21 me retiene con afiladas uñas. Por fin ahora me doy cuenta de cuánto supone el componer con estilo tres o cinco versos, o escribir algo cada día.
Adiós, alma mía. ¿Es que no voy yo a arder por tu amor cuando me escribes una carta así? ¿Qué voy a hacer? No puedo quedarme aquí. Ya me tocó el año pasado, en este mismo lugar 22 y por las mismas fechas, consumirme de nostalgia por mi madre. Ese sentimiento este año me lo causas tú.
Mi señora te envía un saludo.
5
(? a. 139. - I, 20-30)
TRATADO SOBRE EL AMOR 23
Por tercera vez, querido jovencito, te escribo sobre el mismo tema, la primera, por mediación de Lisias, el hijo de Céfalo, la segunda, por la del sabio Platón; la tercera, por medio de este extranjero, casi un bárbaro en cuanto al habla, pero nada torpe 24 .
Te escribo ahora sin dejarme influir por lo anteriormente escrito, así es que no le des de lado a este discurso como si fuese una repetición. Y si te parece éste más extenso que los remitidos a través de Lisias y Platón, sírvate de indicio de que puedo sostener con bellas palabras el que no carezco de argumentos. Presta, pues, atención a si mis palabras no son tan originales como apropiadas.
[2] Parecías querer saber, niño mío, antes de nada por qué yo, no amando con tan gran celo, anhelaba alcanzar lo mismo que los que aman. Te diré entonces, para empezar, por qué es así 25 .
El que está muy enamorado, no está, ¡por Zeus!, dotado naturalmente de una vista más aguda que yo, que no estoy enamorado, pues yo puedo percibir tu belleza no menos que los otros, incluso me atrevería a decir que mucho mejor.
Así, vemos que a los que tienen fiebre y a los que han hecho mucho ejercicio en el gimnasio les sucede lo mismo, pero no por idéntica causa, pues uno tiene sed debido a la enfermedad y el otro a causa de los ejercicios *** otro tanto a mí ***.
Ahora bien, tú no te unirías a mí para tu mal, ni para [3] tu daño tendrías trato conmigo, sino para bien en todo. Y es que los jóvenes bellos sacan más provecho y salen mejor parados de los que no los aman tanto, como las plantas de las aguas: en efecto, las fuentes y los ríos no están enamorados de las plantas sino que, pasando indiferentes por su lado, propician su floración y lozanía. Así, el dinero que yo te diera habrías de considerarlo regalo; el de aquél, en cambio, sueldo.
También los hijos de los profetas saben que a los dioses les son más estimables los sacrificios de acción de gracias que los lisonjeros, pues unos los hacen los favorecidos cuidando la posesión de sus bienes, mientras que los otros los hacen quienes han obrado mal, en prevención de los castigos. Baste con lo dicho sobre lo conveniente y provechoso para ti y para aquél.
Si es justo que obtenga tu favor *** lo has asegurado [4] *** has tramado el amor mismo y los filtros tesalios 26 *** sin culpar *** salvo si a las claras has obrado mal.
Y no olvides que tú mismo estás siendo agravado y [5] afectado con no pequeña injuria por el hecho de que todos sepan y hablen públicamente de ese modo, es decir, que ése es tu amante; así es que te adelantas a llevar el apelativo de tal antes de serlo en realidad, porque, efectivamente, la mayoría de los ciudadanos te llaman el amor de ése. Yo guardaré tu nombre puro y sin ultraje; te llamaré «bello», no «el enamorado». Si él te llama así creyéndolo justo, por ser mayor su pasión, que sepa que no es más apasionado, sino más atrevido.
A las moscas y mosquitos los espantamos y sacudimos sobre todo porque se nos echan encima con desvergüenza y osadía. Hasta las bestias saben escapar de sus perseguidores fundamentalmente y las aves lo hacen de sus cazadores. Y todos los animales se hacen más y más esquivos cuanto mayor es el acecho y la persecución.
[6] Si uno piensa que la belleza es de más rango y más apreciada en proporción a los amantes, se equivoca de medio a medio, ya que vosotros los bellos corréis el peligro de equívoco acerca de vuestra belleza en la buena fe de los oyentes debido a vuestros amantes, mientras que gracias a nosotros, que no lo somos, poseéis una fama más sólida. Y es que si uno que nunca te haya visto quisiera saber cuál es tu aspecto, daría crédito a mi alabanza al saber que no siento amor por ti, en cambio al otro no lo creería, por entender que la alabanza no se hacía conforme a la realidad, sino de acuerdo con el amor.
Así, los que tienen algún defecto físico, deformidad o fealdad, con razón se jactarían de ser sus amantes, pues no serían solicitados por otros que no fueran quienes se acercan a causa del frenesí y la urgencia eróticos. Ahora bien, tu tipo de belleza no es tal que tenga que ganar con el amor, ya que los que no están enamorados tienen la misma necesidad de ti.
A decir verdad, tan inútiles son los amantes para los realmente bellos como los aduladores para quienes merecen justa alabanza. Así, la excelencia, la gloria, la honra, el provecho, el orden, se lo dan al mar los marineros, capitanes, armadores, mercaderes, y los que de una u otra forma navegan y no, ¡por Zeus!, los delfines, que no pueden vivir si no es en el mar. Lo mismo nosotros, que no siendo amantes, alabamos y amamos a los bellos sin interés y cuya vida no podría llevarse privados de sus predilectos. Si bien lo miras, te encontrarás con que los amantes son los culpables de las mayores infamias, ante todo, los jóvenes, para quienes el mal que les sobreviene al comienzo de su larga vida les persigue durante mucho tiempo.
Lo mismo que en los cultos y en los sacrificios, también [7] en la vida importa que los que empiezan se cuiden sobre todo de su buena reputación *** y, sin duda, tampoco los amantes los honran con tales atavíos, antes bien, ellos mismos resultan fanfarrones y ostentosos y, como si dijéramos, se burlan del amor. También tu amante, según dicen, anda componiendo unos escritos amatorios sobre ti, con intención, más que nada, de reducirte, de atraerte a sí y ganar tus favores; pero tales hechos son vergonzosos e injuriosos, una especie de grito obsceno emitido por un animal en celo, como el de las bestias y ganados, que braman, relinchan, mugen, aúllan, por el instinto amoroso. A éstos se asemejan los cantos de los amantes.
En consecuencia, si te entregas a ti mismo al trato con el amante donde y cuando le venga en gana, sin esperar el momento oportuno, ni el lugar, ni el descanso, ni la soledad, se lanzaría derecho, en su impulso frenético, como una bestia, y estaría ansioso de ir a tu encuentro sin ningún pudor.
Después de añadir lo que sigue, pondré fin a este [8] discurso, a saber, que estamos por naturaleza dispuestos a cantar y a admirar, y no a amar, todos los dones y obras divinas que nos han sido dadas para uso, goce y provecho de los hombres, cosas que son total y absolutamente divinas, me refiero a la tierra, al cielo, al sol, al mar, pues tales cosas son más excelentes y superiores a cualquier amor.
[9] Sólo una cosa te añadiré a esto, que si la comunicas a los demás muchachos, has de parecer persuasivo. Probablemente habrás oído, de tu madre o de quienes te han criado, que hay una flor enamorada del sol que sufre lo mismo que los enamorados: ella se levanta con él y le sigue en su curso y cuando aquél se pone, ella se abate, pero ningún otro provecho saca, ni se procura, gracias al amor, un sol más benévolo. Por cierto, es la más despreciada de las plantas y flores, ni se utiliza en las celebraciones festivas, ni para guirnaldas de dioses y de hombres. Parece, jovencito, que quieres ver esa flor: pues yo te la enseñaré si salimos los dos a pasear fuera de las murallas, en dirección al Iliso 27 ***.
6
(? a. 139 - 1, 30-32)
¡Salud!, mi extraordinario maestro:
¡Ea!, sigue, cuanto quieras, amenazándome y acusándome con montones de argumentos; a pesar de ello, nunca lograrás echar fuera a este amante tuyo, me refiero a mí. Y no andaré yo diciendo que amo menos a Frontón, ni lo amaré menos, por el hecho de que tú, con variadas y tan vehementes expresiones, pruebes que deba prestarse más ayuda y hacerse más concesiones a quienes sienten menos amor. Yo, ¡por Hércules!, hasta tal punto perezco de amor por ti y no me asusto por esa firme opinión tuya, y si tú eres más propicio y te sientes más inclinado a otros que no te aman, yo, a pesar de ello, mientras me encuentre con vida y con salud, te amaré.
Por lo demás, en lo que se refiere a la densidad de los conceptos, a la argucia de la invención, al éxito de tus emulaciones, no quiero decir que tú te hayas adelantado a los Áticos 28 , que se complacen mucho en sí mismos y se provocan entre ellos y, sin embargo, no puedo menos de decirlo.
Efectivamente, te amo y considero que, en último término, ha de concedérseles a quienes sienten amor que gocen más por las victorias de sus amados. Hemos vencido, pues, hemos vencido, diría yo. Y es que *** ¿es preferible discutir bajo un artesonado que bajo unos plátanos, dentro de la muralla que extramuros, sin placeres que encontrándose Lais 29 sentada al lado o viviendo en la casa de uno? No puedo apostar por cuál de las dos cosas he de evitar más, por lo que sobre esa Lais ha dogmatizado el orador por antonomasia de nuestro tiempo 30 , o por lo que mi maestro ha dicho sobre Platón.
[2] Eso sí, afirmaré con toda seguridad una cosa: si realmente existiese ese Fedro, si alguna vez ése se hubiese alejado de Sócrates, no hubiese ardido Sócrates por el deseo de Fedro más que yo durante estos días, ¿a qué digo días?, ¡meses diría yo!, por las ansias de verte *** a no ser que al punto se sienta aprisionado por tu amor ***.
Adiós, la cosa más grande para mí de cielos abajo, gloria mía. Me es suficiente con haber tenido un maestro como tú.
Mi señora madre te envía un saludo.
7
(? a. 139. - I, 32-34)
A mi maestro:
Cuando tú descansas y haces lo que es conveniente para tu salud, entonces me das nuevos ánimos. Vive a gusto y tranquilamente. Así es como lo siento: hiciste bien en preocuparte por curar tu brazo.
Tampoco hoy he hecho nada a partir de la una de la tarde, tumbado en mi cama, pues apenas he podido acabar diez imágenes 31 . A las tres de la tarde 32 te acepto como mi compañero y ayudante, ya que no me ha resultado fácil seguir 33 . El caso es que dentro de la isla Enaria hay un lago 34 ; en ese lago, a su vez, hay otra isla y ésta también está habitada. Sobre ello compusimos nuestra imagen.
Adiós, alma mía dulcísima. Mi señora te envía un saludo.
8
(? a. 139. - I, 34-38)
A mi señor:
La imagen que dices que buscas y para encontrarla me tomas a mí como compañero y ayudante, ¿te parecerá mal si yo intento basarla en tu caso y en el de tu padre? Lo mismo que aquella isla en el mar Jónico, o en el Tirrénico, o más bien en el Adriático, o cualquier otro nombre de mar que añadas, pues bien, lo mismo que esa isla de Enaria recibe ella misma, dentro del mar, las olas marinas y las rechaza a su vez, y aguanta igualmente toda la violencia de las naves piratas, de las bestias marinas, de las tempestades y, en cambio, allá dentro, en el lago, protege a otra isla 35 , segura ésta de toda clase de peligros y dificultades, partícipe, además, de toda clase de delicias y caprichos, ya que esa isla de dentro del lago es bañada por las olas de manera uniforme por todas partes y de igual manera recibe la brisa saludable, está habitada, se asoma igualmente al mar, así también tu propio padre soporta las molestias y dificultades del imperio romano y te protege a ti, seguro en la tranquilidad de su regazo, como compañero de la dignidad de su gloria y partícipe de todos los honores.
Por tanto, puedes hacer uso de esta imagen de muchas formas cuando pronuncies el discurso de acción de gracias a tu padre 36 , en cuya intervención conviene que seas de exposición extremadamente rica y detallada.
En efecto, no hay cosa alguna que puedas decir más noble, más cierta, más grata, en toda tu vida que lo que se refiera a celebrar las glorias de tu padre. Luego, aunque yo añada a ésta cualquier otra imagen no te agradará tanto como la que se refiere a tu propio padre: estoy convencido de que estás de acuerdo. Por ello, por mi parte, no añadiré ninguna otra imagen, sino más bien te mostraré el método con que tú puedas intentarlo con toda garantía.
Las imágenes que tú hayas buscado y encontrado sobre este tema, de acuerdo con el sistema establecido, envíamelas para que yo, si son apropiadas y armónicas, pueda disfrutar y amarte.
[2] En primer lugar, tú sabes eso de que una imagen se adapta a tal tema con el fin de que adorne algo, lo desfigure, lo equipare, lo reduzca o lo amplíe, o lo haga pasar de menos a más creíble. Cuando no haya ninguno de esos fines, no habrá lugar para esa imagen. En lo sucesivo, cuando expreses por escrito una imagen, lo harás como si pintases un cuadro, de forma que des a conocer los rasgos distintivos del asunto cuya imagen estás pintando.
Los rasgos de cualquier asunto los elegirás de múltiples formas, semejanza de género, semejanza de forma, el todo, las partes, las peculiaridades, las diferencias, las oposiciones, las consecuencias y resultantes, los nombres, los accidentes, los elementos y casi todas las cosas de las que se toman los argumentos. De tales temas has escuchado muchas cosas cuando tratamos de los «lugares comunes» de las argumentaciones de Teodoro 37 . Si alguno de ellos ha escapado a tu memoria, no será inútil que volvamos a tratarlo de nuevo cuando haya tiempo.
En esta imagen que yo te he esbozado sobre tu padre y tú he tomado uno sólo de los accidentes, la identidad de la seguridad y del disfrute. Ahora tú, a través de esos caminos y senderos que antes te indiqué, has de buscar cómo podrás llegar sin dificultad a Enaria.
Mi dolor del codo no se ha calmado demasiado. [3]
Adiós, mi señor, que sigas bien con tu excelente ingenio. Saluda en mi nombre a mi señora y madre tuya.
La técnica de las imágenes en otra ocasión la seguiremos con más cuidado y detalle. Ahora sólo he tratado los puntos esenciales de las mismas.
9
(? a. 139. - I, 38-44)
ELOGIO DEL HUMO Y DEL POLVO
A su querido César, Frontón:
La mayor parte de los lectores tal vez desprecien el tema debido al título: en efecto, nada serio ha podido tratarse acerca del humo y del polvo; pero tú, gracias a tu excelente ingenio, sin duda sabrás apreciar si esta obra es un pasatiempo o si se trata de un trabajo serio 38 .
[2] Pero el asunto parece que requiere que se digan primero unas cuantas cosas acerca del método de composición, puesto que no hay nada de este tipo escrito en la lengua de Roma que cuente con suficiente dignidad, a no ser lo que los poetas trataron en las comedias o en las atelanas 39 .
Quien piense ejercitarse en temas de esta naturaleza, tratará de encontrar abundantes pensamientos, los dispondrá unos junto a otros y los enlazará de manera sutil, y no añadirá muchas expresiones dobles que resulten inútiles. Así, concluirá toda sentencia de forma breve y bien pensada.
Muy de otro modo en los discursos judiciales, en los que con sumo cuidado procuramos que la mayor parte de los pensamientos concluyan con cierta dureza en ocasiones y hasta con cierto descuido. Pero, a su vez, ha de esforzarse en ese caso en que nada quede sin armonía y entrecortado, es más, que todo, como si se tratase de un vestido sutil, resulte bien acabado en sus remates y adornado con franjas 40 .
Por último, así como conviene que los versos finales en los epigramas contengan cierta chispa, el pensamiento ha de ir rematado con una especie de borde, a modo de broche 41 .
En primer lugar, ha de procurarse siempre la delicadeza. [3] En efecto, este tipo de composición no se escribe con el fin de defender una pena capital, o de aprobar una ley, ni de arengar a un ejército o conmover a una multitud, sino como diversión y entretenimiento. Ahora bien, en ello, como si se hablase de un asunto importante y grandioso, las cosas pequeñas han de tomarse y ponerse al nivel de las grandes. En una palabra, la máxima virtud en este tipo de escritos es la seriedad. Han de insertarse en el momento preciso mitos de dioses o de héroes; de igual modo, versos apropiados y proverbios que vengan a cuento, historietas inventadas con gracia, con tal de que esa historia esté cargada de cierta argumentación agradable.
Entre las primeras dificultades, sin duda está el disponer [4] los argumentos de manera que la ordenación de los mismos se logre acertadamente. Esto es lo que el famoso Platón achaca a Lisias en su Fedro, el haber mezclado una serie de pensamientos de una manera tan improvisada que, sin inconveniente alguno, los primeros podrían pasarse al último lugar y los últimos al primero; esta falta, pues, la evitaremos si enlazamos los argumentos clasificados por géneros, no esparcidos ni añadidos sin discriminación, como los que usaban en la sátira 42 , sino que el pensamiento que va delante venga a cubrir cierta parte extrema de lo que le siga y se extienda sobre ella como si fuese un remate 43 . Cuando haya concluido el pensamiento primero, en ese momento ha de surgir el que le sigue y así, efectivamente, parecerá más bien que hemos dado un paso y no un salto.
[5] Pero éstos no *** La variación, aun cuando lo sea con detrimento, resulta en el discurso más grata que la recta continuidad ***. Lo gracioso ha de decirse de forma seca y lo serio con cierta sonrisa *** con tal de que lo dulce sea puro y casto, Tusculano y Jónico, esto es, propio de un Catón y un Heródoto 44 .
En toda materia es más fácil conocer el arte de decir que conseguir la fuerza de realizarlo como el querer bien y tener buenos deseos, cosas que se consiguen con la voz y con el corazón, sin necesidad de riquezas 45 .
[6] Así pues, según que cada cual se preste más benévolo, así ese alabará a muchos y no sólo a aquellos a quienes otros también los hayan exaltado con sus elogios, sino que acogerá a dioses y hombres que hayan sido más descuidados por los elogios de los demás y en ello dará prueba clara de su benevolencia; como un agricultor es afanoso cuando se dispone a sembrar un campo que no ha sido tocado, y un sacerdote se muestra devoto si tiene que ofrecer un sacrificio en una capilla abandonada y que no está a la mano.
[7] Pues bien, alabaré a unas divinidades sin duda nada frecuentes por lo que respecta a las alabanzas, pero sumamente comunes en el usual culto humano, el Humo y el Polvo, sin los cuales ni los altares, ni los hogares, ni los caminos, como suele decirse, ni los senderos, pueden usarse. Y es que si alguien tiene duda de si el Humo ha de considerarse entre el número de las divinidades, que piense que también los Vientos se tienen entre el grupo de las mismas y las que son exactamente iguales al Humo, las Nieblas y las Nubes, son consideradas diosas y se contemplan en el cielo y, como dicen los poetas, los dioses se cubren de nubes 46 y una nube envuelve a Júpiter y a Juno librándolos de la vista de testigos cuando están en su lecho 47 , y esto únicamente es propio de la naturaleza divina y no se puede coger con la mano ni el humo, ni el sol, ni se puede atar, ni azotarlo, ni retenerlo, ni echarlo fuera, por mínima que sea la ranura por la que se filtre
10
(? a. 139. - I, 44-48)
ELOGIO DE LA NEGLIGENCIA
A su querido César, Frontón:
En efecto, los que cumplen sus deberes con excesivo celo confían poco en la amistad ***
He estado dándole vueltas para componer un elogio en honor a la Negligencia; por qué todavía no lo he redactado, como es evidente, se debe también a mi propia negligencia *** se contiene con la temperancia *** 48 .
Entre la gente común incluso se alaba la negligencia porque concede un rápido perdón a las faltas humanas: a no ser que descuides con facilidad las faltas, muestras poca clemencia.
[2] Ahora bien, en cuanto a que alguien piense que la negligencia es insegura y está expuesta a peligros, me parece todo lo contrario: la diligencia está, con mucho, más sometida a los peligros. En efecto, nadie hay que aceche con sumo empeño a la negligencia, porque piensa que incluso sin asedios, en todo momento y en cualquier parte y como se quiera será fácil engañar a un hombre descuidado. En cambio, frente a personas diligentes y circunspectas, que incluso montan guardia sobre sus bienes, se planean engaños, trampas e insidias. Y, así, la negligencia casi tiene su seguridad en el desprecio, mientras que la diligencia se ve atacada por la astucia.
Incluso a los errores por negligencia se les concede una disculpa más pronta y se da un agradecimiento mayor a los beneficios que deriven de ella. Efectivamente, en contra de la opinión general, resulta grato que un individuo, descuidado en todos los aspectos, no descuide en un momento determinado hacer el bien.
[3] Ya aquella famosa edad de oro, celebrada por los poetas, si se considera atentamente, puede comprenderse que fuera una época de indolencia, teniendo en cuenta que el campo, aunque descuidado, era capaz de dar ubérrimos frutos y proporcionaba toda clase de cosas útiles a hombres negligentes, sin dedicación alguna 49 .
Con estos argumentos precisamente, resulta que la negligencia nace de buena raza, es aceptada por los dioses, aprobada por los sabios, partícipe de virtudes, maestra de la indulgencia, segura frente a las insidias y agradecida ante los favores, se disculpa ante los errores y, por último, se dice de ella que es de oro.
¿Hay alguien que nos prohíba añadir muchos colores a los tintes de púrpura de nuestro querido Favorino? 50 .
Cuanto más confiada en su belleza está cualquier mujer, más fácil es que descuide su cutis y sus cabellos; ahora bien, a la mayoría de ellas la desconfianza en su belleza les hace crear recursos de su diligencia para adornarse con mayor esmero.
El mirto, el boj y demás arbustos con follaje, así como [4] las zarzas, acostumbrados a que con mucho cuidado se les escarbe, se les riegue, se les prepare, se arrastran por la tierra y allí mismo, no lejos del suelo, esparcen sus hojas; en cambio, esos abetos de follaje no recortado y los descuidados pinos llegan a elevar su copa compitiendo con las nubes.
No son lo mismo de diligentes para buscar su alimento [5] y preparar su comida los leones que las hormigas, eso sí, las arañas son, en el arte de tejer, más diligentes que cualquier Penéiope o Andrómaca 51 .
*** Y con artificios absolutamente ingenuos y voluntarios, cosa, sin duda, esencial *** estableció de qué forma ***. Qué porción, por favor, de la herencia de Lóculo 52 ***.
11
(? a. 140-143. - I, 50)
¡Salud!, mi extraordinario maestro:
Sé que el día del cumpleaños de cualquiera los amigos hacen votos por aquél cuyo natalicio se celebra 53 . Por mi parte, puesto que te quiero a ti como a mí mismo, deseo en este día de tu cumpleaños augurarme felicidad.
Así pues, todos los dioses que en cualquier parte del mundo hacen ver al momento y de forma manifiesta su fuerza a los hombres, que a través de los sueños, de los misterios, de la medicina o de los oráculos, ayudan siempre y muestran su poder, a cualquiera de esas divinidades invoco en favor mío con votos y, según el tipo de cada voto, me considero en el lugar desde el que la divinidad consagrada a esa misión pueda escucharme más fácilmente.
[2] Por tanto, ya desde este momento, subo a la cima de Pérgamo y suplico a Esculapio 54 para que conserve bien la salud de mi maestro y la proteja con fuerza. De allí me dirijo a Atenas y, postrado de rodillas, ruego encarecidamente a Minerva, si es que conozco algo de su lengua, que, de manera especialísima, haga pasar ese conocimiento de la boca de Frontón a mi pecho 55 . Vuelvo ahora a Roma y hago votos a los dioses protectores de los caminos y del mar 56 para que todo mi viaje vaya acompañado con tu presencia y para que yo no me sienta fatigado con tanta frecuencia por una nostalgia tan cruel.
Finalmente, a todos los dioses protectores de todos los pueblos y hasta al propio bosque sagrado que hace resonar al Capitolio 57 les pido que nos conceda esta gracia, el que esta fecha en la que tú naciste para bien mío pueda celebrarla contigo con buena salud y alegría.
Adiós, mi dulcísimo y queridísimo maestro. Por favor, cuida tu salud para que cuando yo vuelva pueda verte.
Mi señora te envía un saludo.
12
(? a. 140-143. - I, 52)
A mi señor:
Todas las cosas nos son propicias cuando tú suplicas a los dioses en favor nuestro y la verdad es que ningún otro es más digno que tú para lograr de los dioses lo que les pida; a no ser yo, cuando pido por ti, ningún otro es más digno que tú para pedir por él 58 .
Adiós, mi dulcísimo señor. Saluda a mi Señora.
13
(? a. 140-143. - 1, 52)
A su querido César, Frontón:
*** el discurso, si no se dignifica por la seriedad de las palabras, resulta claramente impúdico e indecente. Finalmente, tampoco tú, cuando hubo que hablar ante el Senado y ante la Asamblea del pueblo 59 , en absoluto hiciste uso de una palabra un tanto pasada de moda, de una figura de expresión poco clara o desacostumbrada.
Y es que has de saber que la elocuencia del César debe ser igual a una tuba, y no a una flauta, ya que en esta última hay menos capacidad de sonido y, por ello, mayor dificultad 60 .
14
(? a. 140-143. — I, 52-54)
¡Salud!, mi extraordinario maestro:
¿Cómo voy a estudiar yo cuando tú te encuentras mal, sobre todo teniendo en cuenta que soy la causa de ese mal tuyo? ¿No voy a agobiarme yo también por toda esa serie de contrariedades? ¡Con toda razón, por Hércules!
En efecto, quién otro ha causado el dolor de tu rodilla que, según me cuentas en tu carta, fue en aumento la última noche; qué otro motivo lo causó sino Centumcella 61 , por no decir que fui yo? ¿Qué voy a hacer yo entonces, si no te veo y me siento angustiado por una preocupación tal?
Añade a eso el que, aun cuando me plazca dedicarme al estudio, me lo impiden los procesos judiciales que, como dicen los entendidos, roban el día entero 62 . A pesar de todo, te he enviado la máxima de hoy y el lugar común de hace tres días.
Ayer todo el día lo pasamos de viaje. Hoy es difícil [2] que pueda hacer cosa alguna, a no ser la máxima, por la tarde. ¿Duermes, me preguntas, durante toda la noche, con lo larga que es? Realmente puedo hacerlo, porque soy de mucho dormir. Pero hace tanto frío en mi habitación que apenas puedo sacar la mano fuera. Aunque, en realidad, es ese asunto lo que especialmente me aparta de los estudios, el que, con gustarme demasiado las letras, he sido un trastorno para ti, junto al Puerto 63 , como es evidente. Así pues, ¡que se vayan a paseo todos los Porcios, los Tubos, los Crispos! 64 , hasta que tú te encuentres bien y yo pueda verte fuerte, aunque sin libros.
Adiós, mi máxima alegría, mi dulcísimo maestro. Mi [3] señora te envía un saludo. Envíame tres máximas y tres lugares comunes.
15
(? a. 140-143. - I, 54-58)
ARIÓN , DE MARCO FRONTÓN
Arión de Lesbos, según la tradición de los griegos el primero en el arte de la lira y del ditirambo 65 , partiendo de Corinto, donde habitaba normalmente, por razones de dinero, con sus grandes riquezas adquiridas a través de la costa de Sicilia y de Italia, se disponía a volver a Corinto, desde Tarento. Como compañeros de navegación escogió sobre todo a hombres de Corinto; su nave la carga, de forma atrevida, con las más grandes riquezas. Cuando la nave se encontraba en alta mar advirtió que sus compañeros, deseosos de apoderarse de lo que transportaban, maquinaban su muerte. Les asegura una y otra vez con súplicas que tendrían para sí todo el oro, que sólo le respetasen la vida.
Después de suplicarlo en vano, consiguió, sin embargo, otro favor: el de cantar, en el final de su vida, cuanto le fuese posible. Los ladrones pensaron salir ganando en ello: además del botín, iban a escuchar a un grandísimo artista cuya voz nadie podría escuchar nunca en lo sucesivo.
Él vistió una túnica tejida en oro, así como también su famosa lira. Entonces, se puso de pie ante la popa, en el lugar más despejado y elevado de la embarcación, en tanto que sus compañeros, cada cual por su lado, se repartían el resto de la nave. En ese momento Arión comienza a cantar con gran entusiasmo, como si estuviese ofreciendo al mar y al cielo el último testimonio-recuerdo de su arte. Al final de su canto, con su última palabra, salta a la mar, un delfín lo recoge, lo carga sobre su lomo, pasa por delante de la embarcación, lo deja en Ténaros 66 , en el punto más alejado de la playa que le era posible al delfín.
Arión desde allí se dirige a Corinto, sana y salva su [2] persona, su vestido, su lira y también su voz. Se presenta ante el rey de Corinto, Periandro, a quien ya desde hacía tiempo le era conocido y apreciado gracias a su arte. Va refiriendo por orden lo que le había ocurrido en la nave y luego en el mar. El rey lo cree, pero tiene algunas dudas por lo milagroso del caso y espera a que pueda llegar la nave y los tripulantes de la misma. Cuando se enteró de que habían entrado en puerto manda que, sin alboroto, se les haga venir ante él: con expresión afable y dulces palabras les pregunta qué era lo que sabían sobre Arión de Lesbos. Ellos, sin titubear, le contestan que habían visto en Tarento a aquel afortunadísimo hombre, que, según rumores, se estaba enriqueciendo, que su arte era cantar acompañado de su lira, que por ese motivo, por su amabilidad, por sus agasajos y por su popularidad se habían entretenido más tiempo.
Al tiempo que decían estas cosas, entra de repente Arión en persona, sano y salvo, tal como se había presentado en la popa, con su vestido tejido en oro y su famosa lira. Los ladrones quedaron consternados ante la repentina aparición y desde ese momento ya no se atrevieron a negar nada o a no creerlo, ni a disculparse.
La hazaña del delfín se atestigua junto a Ténaros: un hombre sentado sobre un delfín, en una pequeña escultura, más como testimonio del hecho que como representación real del mismo 67 .
16
(? a. 140-143. - I, 58-62)
Aurelio César saluda a su querido Frontón:
Sé que más de una vez me has dicho que tratas de encontrar qué podrías hacer que me resultase más grato. Esa ocasión se presenta ahora: ahora precisamente puedes hacer crecer mi amor por ti, si es que eso es posible.
Se acerca el proceso 68 en el que el público no sólo está dispuesto a escuchar tus palabras en un sentido favorable, sino que parece que van a aceptar mal tu propia indignación. Y no veo a nadie que se atreva a advertirte en este asunto. Y es que quienes son menos amigos prefieren verte actuando con cierta inseguridad; en cambio, los que son más íntimos, temen parecer más amigos de tu adversario si te apartan de la acusación de él, que es cosa tuya.
Ahora bien, si tú has preparado para esta ocasión algo que sea expresado con cierta elegancia, no soportan el quitarte a ti la palabra a base de guardar silencio. De esta suerte, ya sea que tú me consideres un temerario consejero, un muuchachillo atrevido, o más amigo de tu adversario, no por eso voy a dejar de aconsejarte con suficiente prudencia lo que creo que es más justo.
Pero, ¿a qué digo «te aconsejaré»?, precisamente yo, que te pido a ti una cosa y te la reclamo con suma insistencia y cuando la consigo vuelvo a prometerte el sentirme obligado a ti? Y tú dirás: «¿y qué? ¡Si yo fuese provocado, no iba a responderle en los mismos términos!». Con todo y con eso, sin embargo, tú conseguirás más gloria para ti si a pesar de ser provocado no le respondes cosa alguna. En realidad, si él actuase el primero, podría disculpársete cuando tú le contestases de cualquier forma; así y todo, yo le he pedido que no sea él quien comience y creo que lo he conseguido.
En realidad, os quiero a los dos, a cada cual por vuestros méritos, y sé que él efectivamente ha sido educado en casa de mi abuelo P. Calvisio 69 , al tiempo que yo lo era por ti. Por esta razón me preocupa mucho que esa cuestión, tan sumamente antipática, se resuelva de la forma más honrosa posible.
Deseo enormemente que apruebes mi sugerencia, pues con ello darás gusto a mi propósito. Yo, sin duda alguna, he preferido escribirte, aun cuando no sea con gran acierto, que haberme callado por falta de confianza.
Adiós, mi queridísimo y grandísimo amigo Frontón.
17
(? a. 140-143. - I, 62-66)
A César, mi señor, Frontón:
Con razón yo me he consagrado a ti, con razón he puesto todos los intereses de mi vida en ti y en tu padre 70 .
¿Qué otra cosa puede hacerse más propia de un amigo, con más agrado, más sinceramente? Deja a un lado, por favor, ese «muchachillo atrevido» o «consejero temerario» 71 . ¡Existe, sin duda, el peligro de que tú aconsejes algo de forma pueril y sin fundamento! Créeme, si tu quieres (al menos yo me fío de mí mismo), superas en prudencia a los de más edad. En una palabra, en este asunto tu parecer es respetable y serio, en cambio el mío lo considero pueril.
En efecto, ¿qué necesidad hay de proporcionar un espectáculo a quienes actúan con rectitud y a quienes hacen lo contrario? Si es que ese tal Herodes es un hombre honesto y correcto, no está bien que una persona así sea echada fuera por obra mía a base de acusaciones injuriosas; en el caso de que sea insignificante e indeseable, no estamos en igualdad de condiciones en nuestro enfrentamiento y de ello no se deriva una pérdida por igual. Y es que toda estrecha relación con una persona sucia, aun cuando puedas superarlo, acaba manchando 72 .
Pero hay algo más cierto, que es persona digna aquella a quien tú consideras digna de tu tutela. Si llego a saber esto, ¡que todos los dioses me castiguen si yo me hubiera atrevido a herir con mis palabras a cualquier amigo tuyo!
Ahora yo quisiera, por tu amor hacia mí, del que me siento muy orgulloso, que me ayudaras también con tu opinión en este asunto.
Que yo no deba decir nada, fuera de la acusación, que pueda herir a Herodes, no lo dudo. Ahora bien, las cosas que corresponden a la acusación en sí y que, desde luego, son terribles, eso es lo que yo tengo en duda, de qué forma he de plantearlo, y para ello pido tu parecer. Hay que hablar de hombres libres cruelmente azotados y despojados de sus bienes 73 incluso de uno a quien se le dio muerte. Hay que hablar de un hijo que faltó a sus deberes y que no respetó los ruegos de su padre 74 ; ha de dejarse clara su crueldad y avaricia. Como un verdugo ha de definirse a Herodes en esta acusación.
Por ello, si en los crímenes esos en los que se basa la acusación piensas que yo debo atacar y cercar al adversario con toda clase de recursos, hazme partícipe de tu parecer, mi muy querido y dulce señor. Si, por el contrario, piensas que también en tales acusaciones debe pasarse por alto alguna otra cosa, lo que tú me aconsejes pensaré que será lo mejor que pueda hacerse.
Desde luego, como ya te he dicho, ten en cuenta una cosa, tenia por segura y decidida, y es que yo no he de decir, fuera de la acusación, cosa alguna acerca de sus costumbres y de lo demás de su vida. Y es que si te parece que yo debo encargarme de la acusación, ya desde ahora mismo te advierto que no estoy dispuesto en modo alguno a servirme de forma abusiva de la ocasión que tal causa me brinda, pero realmente los delitos son terribles y de forma terrible serán expuestos. Aquellos mismos acerca del ultraje y expoliación a personas serán expuestos por mí de manera que sepan a hiel y bilis, así, cuando yo diga «grecucho» o «ignorante» no será una ofensa de muerte 75 .
Adiós, mi querido César, y quiéreme muchísimo, como sueles hacerlo. Yo también agradezco por dos tus pequeñas cartas; por ello me gustaría que cuando me escribas algo lo hagas de tu puño y letra.
18
(? a. 140-143. - I, 66)
¡Salud, mi señor!:
Cuando ya estaba cerrada y sellada mi carta anterior 76 me vino a la mente que lo que va a suceder es que, incluso quienes intervienen en esta causa (sin duda, parece que van a presentarse muchos), tal vez digan algo contra Herodes un tanto inapropiadamente. A este respecto, ¿de qué forma crees tú que pueda hacer frente yo solo?
Adiós, mi señor, y sigue bien, para que yo me sienta feliz. Parece que van a intervenir Capreolo, que ahora no está, y nuestro querido Marciano, incluso se cree que también lo haga Viliano 77 .
19
(? a. 140-143. - I, 66-68)
¡Salud!, mi queridísimo Frontón:
Ya desde ahora, mi queridísimo Frontón, te doy las gracias y te expreso mi reconocimiento, pues no sólo no has rechazado mi consejo, sino que lo has aprobado plenamente.
Respecto a las cosas que me consultas a través de tu amabilísima carta, pienso lo siguiente: todo lo que va encaminado a la causa que estás defendiendo 78 ha de ser expuesto con toda claridad, ahora bien, los detalles que obedecen más bien a tus propios sentimientos, aun cuando hayan sido provocados justamente, sin embargo, deben pasarse en silencio. Así, ni dañarás tu sinceridad en un asunto tan escabroso, ni la moderación en la estima *** los demás a mí *** 79 y, digan lo que quieran, es una cuestión que me preocupa enormemente, el que tú no digas una cosa tal que sea indigna de tu forma de ser, que resulte inútil para este asunto y que parezca discutible a quienes estén presentes.
Adiós, mi queridísimo y afectísimo Frontón.
20
(? a. 140-143. - I, 68-70)
A mi Señor:
Así actuaré, tanto en lo que se refiere a estos asuntos como a mi propia vida, actuaré tal como creo yo que es tu deseo 80 . Te ruego encarecidamente que nunca dejes de decirme lo que tú quieras que haga, sino que, como en esta ocasión me aconsejas debidamente, hazlo así, para que yo no emprenda nunca nada que vaya en contra de tu voluntad.
Y aun preferiría que todos los asuntos *** que se refieren a esta acusación se tratasen uno por uno, para seguir el ejemplo de Cicerón 81 . En efecto, cuando reducen a un mínimo tal hasta lo ya deliberado *** yo más bien deseo *** sobre todo *** pero la discusión no podría en absoluto seguir adelante de esta forma.
Y es que si lo tratásemos con discursos sin fin, aun cuando no me saliese en absoluto de los límites de la acusación, a pesar de ello, es preciso servirse de una mirada un tanto aguda, de una voz potente y de expresiones fuertes, más bien ahora con un gesto así, con el índice amenazador, cosa que conviene que haga «tu hombre» 82 con compostura. Pero es difícil que pueda conseguirse esto de él, porque dicen que arde en deseos de tomar la palabra. Y, sin embargo, ni siquiera le echo en cara esto, sino que te llamo la atención para que los asuntos mismos que entran en la propia acusación no te parezca que se han tratado con demasiada hostilidad.
En realidad, tú mismo me aconsejas que obedezca sobre todo a la verdad: tanto si se juega con las armas o en la palestra, ni siquiera estos ejercicios de entretenimiento pueden realizarse sin entusiasmo con más elocuencia *** he elogiado con más acierto a tu querido «Ópico» 83 .
21
(? a. 140-143. - I, 70-74)
<A mi Señor, Frontón>:
*** Puesto que ya sé cuánto empeño tienes *** <ias ovejas> y las palomas con los lobos y las águilas lo seguían mientras cantaba, sin acordarse de sus tretas, de sus uñas y de sus dientes 84 .
Esta fábula, para quienes la interpretan correctamente, significa efectivamente esto, que fue un hombre de una inteligencia extraordinaria y de una facilidad de expresión increíble, que fue capaz de vencer a muchos por la admiración de sus propias virtudes y de su facilidad de palabra, y que él había fijado su grupo de amigos y seguidores de manera que, aunque eran venidos de diversas nacionalidades, no obstante, se ponían de acuerdo entre ellos, se acostumbraban unos a otros y formaban grupos, los apacibles con los más duros, los tranquilos con los violentos, los moderados con los arrogantes, los tímidos con los crueles 85 , todos, en definitiva, poco a poco, se despojaban de los vicios arraigados en ellos mismos, seguían la virtud, aprendían a ser honestos y dejaban el impudor a cambio de la vergüenza, la contumelia por el respeto, la mala idea por la buena voluntad.
Por ello, si en alguna ocasión ha valido tanto alguien que haya sido capaz de unir entre sí, con amor mutuo, a amigos y servidores, tú, sin duda, conseguirás eso mucho más fácilmente, ya que naciste bien dispuesto para toda clase de virtudes antes de que fueses instruido para ellas.
En efecto, antes de que te llegase la edad apropiada para tu educación, ya estabas perfectamente formado y dotado de todas las buenas artes. Antes de tu pubertad ya eras un hombre de bien y antes de tomar la toga viril ya eras hábil en el arte de hablar. Pero de todas las virtudes, es admirable sobre manera esto, el que unes en concordia a tus amigos. Y, desde luego, no querría pasar por alto que esto es mucho más difícil que aplacar al son de la cítara a fieras y leones 86 , cosa que tú lograrás con bastante facilidad si tienes el cuidado de extirpar totalmente y arrancar de raíz ese único vicio, el que tus amigos se miren con recelo y envidia por su parte y que lo que tú hayas dado a uno, o el beneficio que le hayas proporcionado, piense cada cual que eso lo ha perdido él, o que se le ha quitado.
La envidia es un mal pernicioso entre los hombres y sumamente destructivo y a un mismo tiempo nocivo para uno mismo y para los demás. Pero si tú logras mantenerla lejos de los de tu corte 87 , contarás con amigos bien avenidos y de buen corazón, como los que tienes ahora. Pero si se infiltra por alguna parte, será necesario eliminarla, aunque con penoso esfuerzo. Pero, por favor, hablemos de cosas mejores.
Siento cariño hacia Juliano 88 (sin duda, ahí se ha desviado nuestra conversación). Amo a todos los que te quieren, amo a los dioses, que te protegen, amo la vida por causa tuya, amo tus cartas junto contigo; con tus amigos me veo engullido en la ola del afecto 89 hacia ti.
22
(? a. 140-143. - I, 74-78)
¡Salud, mi queridísimo maestro!:
Aunque mañana voy a encontrarme contigo, sin embargo, no puedo menos de contestarte por escrito unas cuantas líneas, por pocas que sean, a tu carta tan amable, tan grata, en una palabra, tan de buen gusto, mi queridísimo Frontón. Pero, ¿qué es lo que me gustaría antes que nada?, ¿por qué motivo puedo estarte especialmente agradecido? ¿Acaso he de recordar primeramente el que, a pesar de estar tú ocupado en asuntos tan importantes en tu propia casa y fuera de ella, sin embargo, hiciste lo posible por ir a ver a mi querido Juliano 90 y lo hiciste por especialísima atención hacia mí? (la verdad es que sería yo un desagradecido si no lo reconociera).
Pero «¡eso no tiene importancia!». Sin embargo, así es, si a ello añades las demás cosas, el que te quedases allí durante tanto tiempo, el conversar tanto con él, el hablar de mí o de cualquier cosa que sirviese para aliviar su estado de salud, hacer que él, como enfermo, se sintiese más resignado consigo mismo y, como amigo, más amigo respecto a mí; más aún, tú me referías con detalle por escrito cosa por cosa. Al mismo tiempo, como consejero ideal de parte de Juliano, me ponías palabras dulcísimas, consejos enormemente provechosos. ¿Por qué voy a disimular ante ti aquello que en modo alguno puedo disimular? Especialmente el hecho de escribirme tan extensamente, a pesar de que iba a verte al día siguiente: eso realmente fue para mí, con mucho, lo más grato. Por ese motivo yo me consideré el más dichoso sobre todos los hombres, ya que mostraste en ello de manera especialísima y con la mayor delicadeza cuánto me estimas y cuánta confianza tienes en mi amistad.
¿Qué puedo yo añadir sino que te amo merecidamente? Pero, ¿a qué digo «merecidamente»?, porque ¡ojalá yo pudiera amarte como tú mereces!
Y es ésta la razón por la que, en tu ausencia y sin que tú tengas la culpa, yo me enfado contigo y me irrito, porque haces que yo no pueda mostrarte mi amor como quiero, es decir, que mi espíritu no pueda tratar de conseguir tu afecto hasta sus últimas consecuencias.
En cuanto a lo que dices de Herodes 90bis , aguanta, por [2] favor, como dice nuestro Quinto, «persiste con pertinaz persistencia» 91 .
También Herodes te quiere y yo me empeño en ello y el que no te quiere, sin duda es que no tiene entendimiento para comprender, ni ojos para vez; y no digo nada de sus oídos, pues los oídos de todos están subyugados bajo tu voz, sometidos bajo tu yugo 92 .
A mí el día de hoy me está resultando más largo que un día de primavera y la noche que viene me va a resultar más larga que una noche de invierno. La verdad es que deseo ardientemente poder saludar a mi querido Frontón y, sobre todo, dar un abrazo al autor de esa última carta.
Te he escrito de prisa porque me urgía Meciano y [3] era justo que tu hermano 93 volviese pronto a tu lado. Te ruego, pues, que si alguna palabra la encuentras un tanto absurda y no apropiada en su significado, o si la carta está escrita con trazos inseguros, lo atribuyas a la falta de tiempo. En efecto, a la vez que yo te quiero profundamente como amigo, conviene que recuerdes que cuanto amor debo ofrecerte como tal, tanto respeto te debo como mi maestro.
Adiós, mi queridísimo Frontón, más apreciado por mí que todas las cosas.
[4] El Sotadeo de Enio 94 que me has devuelto me parece que está escrito sobre un pergamino más pulido, con una envoltura más bonita y con una letra más cuidada de lo que lo había sido antes. Que se quede Graco con su jarro de mosto mientras nosotros llegamos y, desde luego, no hay miedo de que en este entretanto pueda fermentar Graco con su mosto 95 .
Que sigas bien por siempre, alma queridísima.
23
(? a. 140-143 d. C. - I, 78-80)
A su maestro, su César:
No es necesario que yo diga cuánto me ha gustado la lectura de esos discursos de Graco 96 , ya que tú lo sabes perfectamente, puesto que fuiste tú quien me animaste con enorme juicio y amabilidad a que los leyese. Pues bien, con el fin de que ese libro no te fuese devuelto sin compañía, él solo, añadí también este escrito.
Adiós, mi dulcísimo maestro, extraordinario amigo, a quien yo deberé todo lo que llegue a saber sobre el mundo de las letras.
No soy tan desagradecido como para no comprender lo que tú supones para mí al mostrarme tus extractos 97 y no dejar día a día de inducirme por el verdadero camino y abrirme los ojos, como suele decirse.
Con razón te quiero.
24
(a. 143 d. C. -1, 80)
<A su querido César, Frontón>:
*** te enviaré, pues, en cuanto me sea posible, una copia de ese libro 98 .
Sigue bien, mi querido César, ríe y llena de alegría toda tu vida y disfruta de tus excelentes padres y de tu inteligencia, nada común.
25
(Bayas, a. 143 d. C. - I, 80-82)
Marco César, <Emperador>, a Frontón, mi maestro:
¿Qué podré decir yo que resulte adecuado sobre esta i suerte mía, o de qué forma lanzaré una acusación sobre esta circunstancia mía tan difícil 99 , que me tiene así ligado con un espíritu ansioso y cercado por tan grandes preocupaciones y que ni me deja correr rápidamente junto a mi querido Frontón, mi amigo del alma, y más ahora, con esa enfermedad suya, llegar a estar cerca de él, tener sus manos entre las mías, finalmente, darle con suavidad masajes de la forma menos molesta posible a ese pie enfermo, metérselo y sacárselo del baño, darle la mano al meterse en el agua? 100 . ¿Y tú me llamas amigo a mí, que no voy volando hacia ti aunque tenga que romper con los demás compromisos domésticos?
La verdad es que estoy yo aún más cojo que tú, debido a esa cortedad mía, diría más, a esa pereza. ¡Ay de mí!, ¿qué voy a decir yo?, temo decir cualquier cosa que tú no quieras oír. Porque tú, en realidad, has intentado por todos los medios con esas bromas tuyas y esas palabras tan sumamente amables apartarme de mi preocupación y demostrarme que puedes soportar esas cosas con serenidad de espíritu. En cambio yo, no sé dónde está mi valor, sólo sé una cosa, que mi espíritu se ha ido hacia ti no sé por qué camino.
Procura, hazlo por mí, con toda prudencia, con toda precaución, echar de encima esa enfermedad que soportas gracias a tu entereza, pero que para mí es tan dura e insoportable.
Escríbeme rápidamente, te lo pido por favor, a qué [2] aguas vas a ir y cuándo 101 , y cómo te encuentras ahora, y devuelve así la serenidad a mi espíritu. Yo, entre tanto, llevaré tu carta conmigo, aun tal como está.
Adiós, mi dulcísimo Frontón, aunque conviene que me exprese con más orden (pues realmente tú siempre lo deseas). ¡Oh dioses buenos!, estéis donde estéis, que se restablezca mi dulcísimo y muy querido Frontón, os lo ruego, que se ponga bien, con su cuerpo totalmente sano de una vez, restablecido, que se ponga bien y pueda estar conmigo.
Adiós, el más encantador de los hombres.
26
(a. 143 d. C. - 1, 82-90)
A su querido César, Frontón:
Tú, mi querido César, amas a este Frontón tuyo tan sin medida que apenas te bastan palabras, a pesar de que eres un hombre sumamente elocuente, para expresar ese sentimiento y manifestar tu buen corazón. ¿Qué cosa, te pregunto yo, puede haber más afortunada, qué puede haber más feliz que yo, sólo yo, a quien tú envías cartas tan apasionadas? Y todavía más, como es propio de los amantes, quieres venir corriendo y volar hasta mí.
Suele decir de vez en cuando mi señora y madre tuya, [2] en bromas, que me envidia porque me quieres tanto. ¿Qué diría si leyera esta carta tuya en la que incluso haces votos a los dioses y les pides por mi salud? ¡Dichoso de mí, que soy recomendado a los dioses por tus propios labios! ¿Piensas que dolor alguno sería capaz de atravesar mi cuerpo o mi espíritu ante un gozo tan grande? Puedo andar *** ¡caramba!, ya no me duele nada, me encuentro perfectamente; estoy fuerte, me encuentro bien, estoy a gusto 102 . Podría ir corriendo a donde quieras.
Créeme una cosa: me sentí dominado por una alegría tan grande que no pude contestarte inmediatamente, pero, efectivamente, la carta que ya había contestado a la primera tuya te la he enviado. Retuve al correo 103 siguiente con el fin de poderme recobrar de mi alegría.
He aquí que se ha pasado la noche, ya es otro día, que casi se ha pasado ya, y aún no sé qué contestarte ni cómo hacerlo. En efecto, ¿qué puedo yo ofrecerte más grato, más dulce, más sentido que lo que tú me escribes? Por ello yo gozo, porque me haces indigno, incapaz de devolverte tu favor, ya que, tal como están las cosas, tú me quieres de tal forma que difícilmente puedo yo quererte más.
[3] Pues bien, hasta encontrar algún asunto para una carta un tanto más larga, dime, por favor, ¿a qué se debe que me quieras así? ¿Qué bien te ha hecho a ti este Frontón tuyo para quererlo hasta ese punto? ¿Es que ofreció su cabeza por ti o por los tuyos? ¿Se ofreció en lugar vuestro, por vuestros propios peligros? ¿Fue administrador fiel de alguna provincia? ¿Dirigió un ejército?, ¡nada de eso! Ni siquiera en esos trabajos de cada día presta sus servicios más cerca de ti que los demás; es incluso, a decir verdad, menos asiduo. En efecto, ni va y viene a vuestra casa al amanecer 104 , ni os saluda cada día, ni os acompaña a todas partes, ni os está contemplando siempre. Mira, pues, cómo encontrar rápidamente una respuesta fácil si alguien te pregunta por qué quieres a Frontón.
En lo que a mí respecta, realmente no prefiero otra [4] cosa más que el que no exista justificación alguna de tu amor hacia mí.
No me parece en absoluto amor el que nace por un motivo y se acopla por causas justificadas y concretas: amor entiendo yo que es más bien ese fortuito y libre, que no obedece a causa alguna, que nace más de un impulso que de un motivo preciso, que va entrando en calor, no por unos servicios prestados, que le sirvan de leña, sino por vapores que surgen de manera espontánea. Yo prefiero las cálidas grutas de Bayas a esos hornillos de nuestros baños, en los que el fuego se levanta sin medida, con humo, y en poco tiempo se apaga. En cambio, aquellos otros vapores son puros y duran siempre, son a un tiempo gratos y gratuitos 105 . Exactamente igual, esas amistades que nacen al calor de los servicios prestados en ocasiones contienen humo y lágrimas: tan pronto como te has retirado, se extinguen: es que el amor espontáneo, casual, es inagotable y delicioso.
¿Cuál es la razón por la que ni crece más ni se robustece [5] una amistad nacida de ciertos merecimientos de la misma manera que sí lo hace aquel amor súbito y repentino?
Como no crecen lo mismo en los campos de frutales y en los pequeños jardines los arbolillos plantados y regados por la mano del hombre que como lo hacen en los montes la encina aquella, el abeto, el álamo, el cedro y el pino, que, nacidos de forma espontánea, repartidos sin orden ni concierto alguno, se van formando, no por los esfuerzos de quienes los cultivan, ni por sus afanes, sino gracias a los vientos y a las aguas.
[6]Pues bien, ese amor tuyo no cultivado y nacido sin razón crecerá más y más, eso espero, tal como los cedros y los robles.
Ese amor tuyo, si tuviera que cultivarse por razón de unos servicios, no levantaría más que el mirto y el laurel, en los que hay bastante aroma, pero poco vigor. Y es que, en definitiva, cuanto la fortuna está por encima de la razón, tanto lo está el amor casual sobre el amor obligado.
[7]¿Quién no sabe que razón es el término que indica la capacidad de discernir del ser humano y, en cambio, Fortuna es una diosa, la primera de ellas? ¿Quién no sabe que templos, santuarios, capillas por todas partes los hay dedicados a la diosa Fortuna y, en cambio, a la Razón no le ha sido dedicado ni una estatua, ni un altar? 106 .
No me equivoco, pues, cuando prefiero que el amor tuyo hacia mí nazca de la Fortuna a que lo sea del razonamiento.
[8] Y la verdad es que nunca la razón iguala a la Fortuna, ni en grandeza, ni en utilidad, ni en dignidad. Por ejemplo, no podrás comparar los terraplenes preparados por mano del hombre y de acuerdo con un plan con los montes, ni los acueductos con los ríos, o las balsas con las fuentes.
Pues bien, al razonamiento en las decisiones se le llama prudencia, mientras que a la fuerza de los adivinos se le designa «visión profética». Y nadie se inclinaría más por la opinión de una mujer sumamente prudente que por los vaticinios de la Sibila 107 .
¿A qué lleva todo esto? A que realmente yo preferiría ser amado por inclinación natural y de forma espontánea a serlo por razonamiento y merecimiento propios. Por esta razón, si es que hay alguna justificación de tu amor hacia mí, por favor, querido César, procuremos por todos los medios que no se sepa y que se mantenga oculto.
Deja que la gente dude, que discuta, que riña, que haga conjeturas, como a propósito de la fuente del Nilo 108 , también acerca de nuestro mutuo afecto.
Pero ya son las cuatro 109 y tu mensajero está rezóngando. [9] Fin, pues, a esta carta.
Me encuentro mucho mejor de lo que yo pensaba. Por ahora no pienso nada en los baños. A ti, mi señor, modelo de nuestras costumbres, grandísimo consuelo, ¡cuánto te quiero! Dirás: «¿acaso más que yo a ti?». No soy tan desagradecido como para atreverme a decir una cosa así.
Adiós, mi querido César, pásalo bien con tus padres 110 y cultiva tu ingenio.
27
(Bayas, a. 143 d. C. - I, 90-96)
Marco César, a Frontón, su maestro, ¡salud!:
Atiende ahora a unas cuantas cosas en contra del sueño y a favor del insomnio 111 . Y eso que estoy, creo yo, de parte del adversario 112 , Porque constantemente, de día y de noche, estoy dispuesto a dormir y ni lo dejo ni consiento que me deje él a mí, hasta tal punto nos consideramos como de familia.
Pero deseo ardientemente, ofendido por esa acusación suya, que se aleje un poco de mí y me dé al fin alguna ocasión de una corta velada. Se trata, en efecto, de «breves argumentaciones varias» 113 . De entre ellas, haré uso de la primera argumentación, ya que tú dices que yo me he apropiado de la parte más fácil, la de atacar al sueño, frente a ti, que estás a favor suyo. En realidad, dices tú, ¿quién no es capaz de acusar al sueño fácilmente?
A eso yo te respondo: de lo que la acusación es fácil, de eso mismo la alabanza resulta difícil; a su vez, de lo que la alabanza es difícil, el uso de la misma no resulta útil.
Pero dejemos esto. Ahora, puesto que nos encontramos [2] en Bayas, en este continuo laberinto de Ulises 114 , del propio Ulises he de aplicarme unas cuantas cosas que tienen que ver con este tema.
En efecto, sin duda alguna él no hubiese llegado al cabo de nueve años por fin a su tierra patria, ni hubiera soportado todas las demás cosas que constituyen su Odisea si entonces no «le hubiera vencido un dulce sueño cuando se encontraba descansando. Con todo, al décimo día apareció en su tierra patria» 115 . Pero, ¿qué supuso el sueño?
Y una ráfaga repentina, arrastrando mis embarcaciones, las llevaba mar adentro; mis gentes, llorando, las veían alejarse de la patria 116 .
¿Qué pasó luego junto a la isla de Trinacria?
ni los vientos llevaron sobre mis párpados un dulce sueño y Euríloco dio a mi mente este funesto mensaje 117 .
Más tarde, cuando «a los bueyes del Sol y sus vigorosos rebaños, los degollaron y desollaron, y consumieron sus muslos y engulleron sus visceras» 118 , ¿qué hizo entonces Ulises, una vez despierto?
llorando amargamente, gritó a los dioses inmortales: ¡Ay de mí, que me habéis sumido en este maldito sueño para desgracia mía! 119 .
La verdad es que el sueño ni siquiera permitió a Ulises reconocer su propia patria, de la cual, «incluso el humo que se levantaba deseaba reconocerlo» 120 .
[3] Ahora paso del hijo de Laertes al hijo de Atreo 121 . En efecto, aquello de con todas las fuerzas 122 que le engañó, por cuya causa tantas legiones se dispersan y se dan a la fuga, nace, sin duda alguna, de un verdadero sueño y de lo imaginado en el mismo 123 .
¿Y qué, cuando el poeta elogia a Agamenón?, ¿qué es lo que dice?
no veréis dormir al divino Agamenón.
¿Y que, cuando lo reprende?
un héroe no debe dormir la noche entera 124 ,
versos que, efectivamente, en una ocasión, un destacado orador reprodujo en su propia lengua de forma admirable 125 .
[4] Paso ahora a nuestro Quinto Enio, quien, según dices, había tenido sus comienzos de escritor en un sueño y en lo imaginado en el mismo 126 , pero, sin duda, si él no hubiese despertado de tal sueño, nunca hubiera contado lo que vio en él.
De éste, paso al pastor Hesíodo, que aseguras que llegó [5] a hacerse poeta mientras dormía 127 .
Y es que yo recuerdo haber leído en otro tiempo ante mi maestro:
al pastor Hesíodo, que guardaba su ganado junto a las huellas del veloz caballo cuando se encontró junto al tropel de las Musas 128 .
Ves qué significa «cuando se encontró», es decir, cuando él iba caminando, salieron a su encuentro las Musas.
Pues bien, ¿qué piensas tú acerca del sueño que aquél alaba de forma tan maravillosa?, ¿qué dice?:
(un sueño) profundo, muy agradable, exactamente igual a la muerte 129 .
Estas cosas las he podido disfrutar más por causa de tu [6] afecto que por la confianza en mí mismo. Ahora, una vez que he acusado al sueño, me voy a dormir, porque estas ideas te las he expuesto ya tarde.
Deseo que el sueño no me devuelva mi merecido.
28
(a. 143 d. C. - I, 96-98)
A Marco César, su señor, Frontón:
Al volver a casa me fue entregada una carta que tú, como se ve, me habías escrito a Roma y a Roma había sido llevada.
Por fin hoy ha sido remitida y hace un momento me ha sido entregada. En ella las pocas cosas que yo había dicho en favor del sueño tú las refutas con muchos y muy cuidados argumentos de una manera tan hábil, tan sutil y tan precisa, que si la falta de sueño te proporciona tanta agudeza y tanta gracia, yo preferiría que, en adelante, estuvieras despierto.
Tú, sin embargo, dices que habías escrito tarde, cuando ya ibas a dormirte poco después. Ahí tienes que el sueño, cuando se iba acercando y ya estaba sobre ti, te proporcionó una carta tan refinada. Pues bien, el sueño es como el azafrán, antes de que esté cerca, desde lejos, despide su olor y gusta olerlo a distancia.
[2] Para comenzar, pues, desde el principio de tu carta, dices de una forma elegantísima que «estás de parte del adversario» 130 , porque ***, término tan apropiado que si se elimina no puede sustituirse por otro de su misma utilidad y efecto.
Y aquello expresado realmente con elegancia *** y fuera de lo común, cuando dices «ni todas las demás cosas que constituyen la Odisea».
En efecto, todas esas cosas en latín han sido combinadas [3] y mezcladas por ti entre versos griegos de una forma tan hábil como lo es aquella serie de versos en la danza pirriquia 131 cuando, embadurnados unos con escarlata, otros con tono rojizo y algunos con púrpura de ostras, mezclándose entre ellos, corren de un lado para otro.
Y pasaste luego, con sumo acierto, del hijo de Laertes [4] al de Atreo. He aquí que, a propósito de Quinto Enio, diste otra maliciosa sacudida, cuando dices «si no hubiera despertado del sueño, no hubiera podido contar nunca lo que vio en él», ¡podría haber lanzado algo mi querido Marco César con más fuerza! No hay fantasías tan sutiles, no hay, como dice Levio, engaño alguno tan insidioso 132 .
¿Y qué, si yo pido esto, que no te despiertes? ¡Al fin y al cabo pido que duermas! Otro proverbio propio de bufones: «He aquí con quién puedes jugar a la morra a oscuras» 133 .
Pero, ¿cómo no voy a ser feliz yo, que comprendo estas cosas y las estoy observando y, por si fuera poco, soy nombrado preceptor expresamente? 134 .
¿Con qué propósito maestro yo, que no consigo eso, la única cosa que deseo enseñarte, el que duermas?
Sigue adelante como gustes, con tal que los dioses, ya sea que duermas, o si permaneces despierto, te protejan.
Adiós, mi alegría, sigue bien.
29
(a. 143. - I, 100)
A mi maestro:
La carta de Cicerón ha conmovido extraordinariamente mi ánimo. Bruto había enviado a Cicerón su obra para que la corrigiese *** 135 .
30
(a. 143. - I, 100-102)
<A mi señor>:
*** se endulcen y así, con más eficacia, penetren en el ánimo de los oyentes sin ninguna molestia para ellos.
Éstas son, sin duda, las cosas que tú consideras «retorcidas, faltas de sinceridad, forzadas, que no se ajustan en absoluto a una verdadera amistad». En mi opinión, sin embargo, sin estos recursos, considero toda expresión literaria absurda, ruda, sin elegancia, en definitiva, ineficaz e inútil 136 .
Y no creo que sean más necesarios los recursos de este tipo para los oradores que para los filósofos. En este tema no me serviré de las pruebas al uso entre abogados, como suele decirse, sino entre los más eminentes filósofos, entre los más antiguos y reconocidos poetas, en una palabra, de uso común en la vida diaria y propias de la puesta en práctica de todas las artes.
Veamos, pues, ¿qué te parece a ti aquel príncipe de la [2] sabiduría y, a un mismo tiempo, de la elocúencia, Sócrates? 137 .
A éste, efectivamente, te lo he presentado como testimonio primero y el más destacado, ¿no es cierto que utilizó una forma de hablar en la que no había nada de retorcido, ni a escondidas? ¿Por qué medios acostumbraba él a glosar y a enlazar a Protágoras, a Polo y a Trasímaco, y a los demás sofistas? 138 ¿En qué ocasiones afrontó la situación de una manera abierta?, ¿cuándo dejó de hacerlo con rodeos?, ¿de qué persona crees tú que ha nacido el estilo inverso, que en griego se llama ironía? 139 .
A Alcibíades 140 y a los demás jóvenes impetuosos por razón de su nacimiento, belleza o riquezas, ¿de qué forma solía nombrarlos y dirigirse a ellos?, ¿con brusquedad o con delicadeza? 141 , ¿desaprobando duramente las faltas que cometían o razonándoles con suavidad?
Y, desde luego, no le faltaba a Sócrates tesón y eficacia, en la misma medida que el cínico Diógenes 142 se enfurecía habitualmente.
Y es que, desde el primer momento, vio que, en parte, las mentes de las personas y, sobre todo, de los jóvenes, más fácilmente se vienen al orden y se apaciguan con palabras afables que se vencen con palabras duras y violentas. Así pues, no atacaba los errores de los jóvenes con máquinas de guerra y con arietes, sino que los iba minando con galerías subterráneas 143 y nunca se separaron de él sus oyentes ofendidos, sino solamente estimulados.
En efecto, el género humano es, por naturaleza, rebelde ante quienes le atacan, pero dócil ante quienes se muestran con dulzura. Por esta razón, cedemos con más facilidad ante las súplicas que nos alteramos ante los ataques, y mueven más a la corrección los consejos que las riñas.
Así, cedemos ante la afabilidad de quienes nos amonestan, pero nos rebelamos ante la dureza de quienes nos recriminan.
31
(a. 143. - I, 104-106)
A mi señor:
En cuanto a que crees tú que yo había conciliado el sueño, he estado en vela casi toda la noche, reflexionando conmigo mismo si, tal vez por un excesivo amor a ti, he juzgado con demasiada indulgencia y tolerancia cualquier falta tuya; la verdad es que tú deberías ser más regular y haber progresado más en elocuencia, pero lo cierto es que tu ingenio vacila, bien sea por desidia o tal vez por falta de interés.
Dándoles vueltas con preocupación a estas cosas conmigo mismo, llegaba a la conclusión de que tú habías progresado mucho más de lo que es normal a tu edad, teniendo en cuenta la que es, mucho más de lo que corresponde al tiempo que tú has dedicado a estos estudios, mucho más de lo que yo pensaba, aun cuando de ti esperase cosas sin medida.
Pero lo que me viene a la mente, justo a media noche, es el tipo de proposición que estás escribiendo, nada menos una del género epidíctico 144 , nada más difícil que ésa. ¿Por qué?, porque, aunque son prácticamente tres los tipos de proposiciones, demostrativo, deliberativo y judicial, los otros dos son mucho más fáciles, mucho más variados, más inestables o vulgares; en cambio, el demostrativo 145 , se encuentra en un lugar difícil.
Finalmente, así como hay tres, a modo de fórmulas, del discurso, llano, medio y elevado 146 , junto al género demostrativo no hay lugar alguno para el estilo llano, que es, por otra parte, mucho más necesario para el judicial.
Todo en el género demostrativo debe decirse de forma grandiosa 147 , por todas partes ha de adornarse, por todas partes han de utilizarse elementos decorativos; pocos, en cambio, para el tipo medio 148 .
[2] Sin duda alguna, recuerdas tú las muchas lecturas a las que hasta ahora te has dedicado, comedias, atelanas 149 , oradores arcaicos, de los cuales, sólo unos pocos, o nadie, excepto Catón y Graco, templan su tuba 150 .
La verdad es que todos emiten un mugido o, si se quiere, chillan. Porque, ¿qué hizo Ennio, a quien tú has leído? ¿De qué te sirvieron las tragedias para componer versos en tono sublime?
La mayoría de las veces, efectivamente, los versos ayudan a componer un discurso, pero ayuda más un discurso a componer versos 151 .
Ahora, recientemente, has comenzado a leer discursos pomposamente adornados. No pretendas poder imitarlos en seguida. Más bien, como te he dicho, apliquémonos, esforcémonos. Conmigo como respaldo, como garantía, como responsable 152 , rápidamente te colocarás en la cima de la elocuencia. Los dioses lo harán.
Adiós, mi señor, «y ten esperanza y buen ánimo y confía en el tiempo y en la experiencia» 153 . Saluda a tu señora madre. Cuando mencionas la disciplina de los persas, dices bien baten 154 .
32
(a. 143. - I, 106-108)
Salud, mi Frontón, tan merecidísimamente querido:
Comprendo esa argucia tuya tan sumamente rebuscada, que con tanta amabilidad has tratado de encontrar. Y es que, ya que con alabanzas hacia mí no tenías seguridad, debido al enorme aprecio que sientes por mí has intentado en el ataque la seguridad de tal elogio.
Pero, ¡dichoso de mí, que se ve que soy digno de ser alabado y reprendido también por mi querido Marco Cornelio, extraordinario orador y hombre de bien! ¿Qué voy a decir yo de tu carta, tan extraordinariamente amable, sincera y cariñosa? Sincera, sin embargo, hasta la primera parte de tu escrito, cuando me das tu aprobación, como dice un autor griego, creo que Teofrasto 155 , «al amar, pues, se ciegan en cuanto atienden a la cosa que aman», así has juzgado tú parte de mis escritos guiado de un afecto casi ciego.
Pero (vale la pena que yo no escriba correctamente y que tú, sin ningún mérito por mi parte, sino sólo por el aprecio que sientes por mí, me alabes, tema del que tú últimamente me has dado muchas pruebas y de forma elegantísima en tus cartas), yo, si tú quieres, llegaré a ser algo.
Por lo demás, tu carta consiguió una cosa, el hacerme sentir cuánto me amas. Sin embargo, en lo que se refiere a mi «falta de coraje», sin duda alguna mi ánimo todavía tiene miedo y está un tanto entristecido 156 por si he dicho ante el Senado algo por lo que no merezca tenerte como maestro.
Adiós, mi querido Frontón, ¡qué te diré yo, sino extraordinario amigo!
33
(Julio, a. 143. - I, 108-112)
A mi señor:
En tu última carta me preguntabas por qué no pronuncié mi discurso ante el Senado. El caso es que incluso por un edicto debo yo dar gracias a mi señor y padre tuyo 157 , pero la verdad es que voy a proponer un edicto en favor de los juegos de circo 158 y cuyo comienzo será precisamente así: «En el día en que por vez primera, contando con el favor del máximo soberano, yo debería dar un espectáculo del máximo agrado para el pueblo y plenamente popular, pensé que era oportuno dar gracias como cada día» (y aquí debe seguir una cláusula ciceroniana 159 .
Así pues, pronunciaré el discurso ante el Senado en los Idus de Agosto 160 . ¿Vas a preguntarme tal vez por qué tan tarde? Porque yo nunca me precipito a realizar rápidamente y de cualquier forma una función solemne; pero como debo tratar contigo sin tapujos y sin rodeos, te diré qué es lo que pienso en mi interior.
Al divino Adriano, abuelo tuyo 161 , lo alabé ante el Senado en numerosas ocasiones con decidido afán y sumo empeño también y aún andan esos discursos normalmente en manos de todos. Pues bien, a Adriano, yo (sea dicho esto con la aprobación de tu amor filial), como a Marte Gradivo, como al Padre Dite, propicio y benévolo, más que amarlo lo quise 162 . ¿Por qué? Porque para amar es preciso tener cierta confianza, por eso mismo, al que veneraba con tanta fuerza, no me atreví a mostrarle mi afecto.
A Antonino, en cambio, lo quiero como al sol, al día, a la vida, al aire que respiro, y me doy cuenta de que soy correspondido por él. Si yo no le prodigo elogios, de forma que mi alabanza no quede oculta, escondida entre las Actas del Senado 163 sino que circule de mano en mano y a la vista de todos, soy ingrato incluso respecto a ti.
Así es como dicen que contestó un correo fugitivo: «por mi señor yo correría sesenta millas, pero por mí correría cien, con tal de escapar». También yo, cuando halagaba a Adriano, corría en favor de mi señor; hoy, en cambio, corro para mí, diría yo, y por mi propia satisfacción fijo por escrito tal discurso. Así pues, por mi propio interés, lo haré sin prisa, tranquilamente, dulcemente.
[2] Tú, si también tienes mucha prisa, diviértete entre tanto de otra forma. Colma de besos a tu padre, abrázalo, finalmente, alábalo tú mismo. Por lo demás, es cierto que debes esperar hasta los Idus de Agosto para escuchar lo que quieres de la forma que quieres.
Adiós, mi querido César, y hazte digno de tu padre, y si quieres decir algo por escrito, hazlo con calma.
34
(a. 143. - I, 112-114)
Mi muy ilustre cónsul, Frontón:
¡Me rindo!, has vencido: tú, sin duda alguna, has vencido en el amor a todos los amantes que han existido siempre. Recoge tu corona y que también el heraldo proclame públicamente esa victoria tuya ante tu propio palco 164 :
Marco Cornelio Frontón, cónsul, ha vencido, ha sido coronado en la competición de los grandes amantes.
En cuanto a mí, aunque vencido, no me apartaré, ni haré de menos mis buenas cualidades. Así pues, con toda seguridad, mi querido maestro, me amarás más que hombre alguno ha amado a otro hombre, pero yo, aunque poseo una menor capacidad de amar, te amaré más que ningún hombre te ama y hasta más de lo que tú mismo te amas.
Ahora mi competición será con Gracia 165 , a quien temo no poder superar. En efecto, de ella, como dice Plauto, ...la lluvia de amor no sólo ha traspasado el vestido, sino que, además, ha calado hasta la médula... 166 .
[2] ¡Te das cuenta de la carta que me has escrito! Me atrevería a decir que la que me ha traído al mundo y me ha criado nunca me ha escrito una cosa tan agradable y tan dulce. Y eso no se debe a tu facilidad de palabra, o a tu elocuencia, de otra suerte, no sólo mi propia madre, sino todos los que respiran, al punto cederían ante ti, cosa que hacen, pero esta carta tuya dirigida a mí, ni elocuente ni ilustrada, que desborda por tan gran generosidad, que derrama tanta amabilidad, que brilla por un sentimiento tan grande, no puedo expresar debidamente hasta qué punto ha llenado mi alma de un gozo profundo, la ha impulsado con un deseo tremendamente ardiente, por último, como dice Nevio, «ha llenado mi espíritu de un amor de muerte» 167 .
[3] Aquella otra carta tuya 168 , en la que me explicabas por qué habías retrasado tanto el discurso en el que ibas a elogiar a mi señor ante el Senado, me gustó tanto que no pude contenerme (y tú dirás si actué debidamente) hasta llegar a leérsela en voz alta a mi propio padre.
Hasta qué punto le agradó a él, no viene al caso que yo te lo cuente, ya que tú conoces su enorme benevolencia y, además, la perfecta elegancia de tus cartas. Pero por tal motivo surgió entre nosotros una larga conversación sobre ti, muchísimo más larga que la que tú mantuviste con tu cuestor acerca de mí 169 .
Así pues, no dudo de que allí, en el Foro, te hayan zumbado los oídos durante largo rato 170 .
Mi señor, pues, aprueba y ve con simpatía las causas por las que has retrasado tu discurso hasta fecha más lejana *** 171 .
35
(a. 143. - I, 116)
A mi maestro:
Te he estado escribiendo desde las diez y media de la mañana 172 hasta este momento; he leído también muchas cosas de Catón, cosas que te escribo con la misma pluma 173 y te envío un saludo y trato de saber cómo estás. ¡Oh, cuánto tiempo hace que no te veo! ***.
36
(Agosto, a. 143. - I, 116-118)
<Marco Aurelio César, al honorabilísimo cónsul y maestro suyo>:
... Hace tres días oímos declamar a Polemón «para decir algo acerca de los hombres» 174 . Si quieres saber qué me pareció, atiende: Me parece un labrador laborioso, dotado de grandísima habilidad, que ha plantado una extensa propiedad de una sola clase de trigo y de vid, donde, sin duda, la cosecha es buenísima y los beneficios insuperables. Ahora bien, en ese campo nunca se ven higos de Pompeya, ni legumbres de Aricia, ni rosas de Tarento, ni un agradable bosque, o un denso paraje, o un umbroso plátano. Todas las cosas obedecen más a la utilidad que al gusto 175 y tal vez convenga alabarlas, pero no apetece quererlas.
¿No te parece que soy de opinión atrevida y juicio temerario al juzgar a un hombre de fama tan conocida? Sin embargo, cuando me acuerdo de que te estoy escribiendo a ti, pienso que me atrevo menos de lo que tú querrías.
Nosotros en este sitio nos ahogamos de calor. Ahí tienes incluso un endecasílabo espontáneo 176 . Pues bien, antes de comenzar a hacer versos, hago una pausa contigo.
Adiós, hombre sumamente estimado y muy querido para tu Vero 177 , notabilísimo cónsul, maestro dulcísimo, adiós, alma mía, por siempre amantísima.
37
(Post. al 13 de agosto, a. 143. - I, 118-126)
A mi señor, César Aurelio, tu cónsul, Frontón:
¡Qué olfato tiene la gente en este momento!, ¡qué refinamiento a la hora de escuchar los discursos! Por nuestro Aufidio 178 podrás saber qué grandes aplausos dieron en mi discurso y con qué coro de aclamaciones fue acogido, «en ese momento toda imagen iba adornada con las enseñas patricias» 179 .
Pero cuando, al comparar un linaje noble con uno que no lo es, dije «como si uno cree que el fuego que se levanta de una pira es semejante al que surge de un altar, porque lucen de la misma forma», a eso unos cuantos levantaron un murmullo.
¿Que por qué te refiero esto? Para que tú, mi señor, [2] te dispongas de tal forma cuando vayas a exponer algo ante un auditorio de personas, que sepas que uno ha de adaptarse a sus gustos; por supuesto, no en todas las partes, ni de cualquier forma, sino más bien en ocasiones y tan sólo en parte.
Cuando hagas esto, piensa que actúas de la misma manera y haces lo mismo que cuando, por petición del público, coronáis o dais la libertad a quienes han concluido con valentía su faena ante las fieras 180 , o incluso cuando indultáis a hombres realmente culpables o condenados por un delito, pero que el pueblo os reclama tal favor. En efecto, en todas partes, el pueblo domina y tiene una fuerza considerable. Por ello, actuarás y te expresarás de forma que resulte grato al pueblo.
[3] De ahí que la más alta y comprometida distinción del orador está en que dé gusto al auditorio sin un excesivo detrimento de la perfecta elocuencia y que aquellos rebuscamientos de que dispone para agradar a los oídos de la gente no se vean teñidos de muchos y grandes agravios, que la falta se deba más bien a la debilidad de la composición y de su estructura que a la estupidez de la idea.
También prefiero que una túnica sea delicada más por la suavidad del tejido que por su color afeminado, por su tejido suave o de seda, que sea ella misma color de púrpura, no rojizo ni amarillento.
Vosotros además, a quienes os es preciso hacer uso de la púrpura y de la escarlata, debéis envolver a veces también el discurso con cierto ornato. Harás esto y regularás y hasta moderarás tu forma de expresión con el mejor de los procedimientos. Así lo presiento, en efecto: cualquier cosa que se haya hecho de forma excelente alguna vez en el campo de la elocuencia, tú la has de llevar a la perfección, de una inteligencia tan grande has sido dotado, con tanto entusiasmo y esfuerzo trabajas, al tiempo que en los demás, ya sea entusiasmo falto de inteligencia, o el ingenio solo, sin entusiasmo, ha producido una relumbrante gloria.
Estoy seguro, mi señor, de que vas a dedicar un tiempo aún a escribir en prosa. Y es que, aunque la rapidez de los caballos se ejercita de igual manera, bien que se adiestren corriendo a galope, o a paso de carrera 181 , aquello que sea más necesario ha de ponerse en práctica con más frecuencia.
En este momento yo no actúo así contigo pensando [4] que tienes veintidós años 182 . A esa edad yo apenas había tocado algunas de las obras de los viejos autores, en cambio tú, por tu propio mérito, y por la ayuda de los dioses, has llegado a tal grado de elocuencia cuanto bastaba a los más viejos para alcanzar la gloria y, lo que es más difícil de todo, en cualquier estilo de la oratoria.
En efecto, tus cartas, que me has escrito sin interrupción, me prueban suficientemente que eres capaz de hacer incluso temas menos importantes y conforme al lenguaje familiar 183 .
A propósito del rétor Polemón, a quien me presentaste [5] tú últimamente en una carta tuya como «ciceroniano», yo lo presenté más bien como un filósofo de corte antiguo, en el discurso que pronuncié ante el Senado 184 ; espero no estar equivocado.
¿Qué vas a decir, mi querido Marco, de cómo te parece la forma como yo he reproducido la historia de Polemón? 185 .
A decir verdad, en esta cuestión me ha brindado muchas agudezas Horacio Flaco, poeta memorable y no ajeno a mí a causa de Mecenas y de mis jardines, asociados a su nombre 186 .
En efecto, el propio Horacio, en su libro segundo de Sermones, inserta, si mal no recuerdo, esa fábula de Polemón con estos versos:
arrepentido, Polemón, vas a arrojar las insignias de tu enfermedad, las vendas, los cintajos, la capa corta, como se dice que aquél, después de apurar un trago, rompió las coronas que adornaban su cuello cuando oyó las duras recriminaciones de un maestro que aún no había desayunado 187 .
[6] Los versos que me habías enviado te los he devuelto por medio de nuestro Victorino 188 y lo he hecho de la forma siguiente: con cuidado, traspasé el escrito con una cinta y de esa forma lacré la cinta para que ese pequeño ratón no pueda husmear nada. La verdad es que él nunca me da parte de tus hexámetros, así es de indeseable y malicioso. En cambio sí que me dice que tú, deliberadamente, recitas tus propios versos de forma rápida y seguida: con eso él no puede retenerlos en su memoria. Pues bien, él ha sido recompensado de parte mía. Tiene su premio: que no puede escuchar ningún verso de esa forma. Incluso recuerdo que tú con frecuencia me has advertido que no muestre a nadie tus versos.
[7] ¿Qué tal, mi señor? Sin duda, gozas de buen humor; sin duda, te encuentras bien, sin duda estás sano en todos los sentidos. Procura, pues, de la misma manera, no asustarnos nunca, como lo hiciste el día de tu cumpleaños; lo demás me importa menos, «si algún mal recae sobre ti, que caiga sobre la cabeza de los de la ciudad de Pirra» 189 .
Adiós, mi alegría, mi seguridad, mi gozo, mi gloria. Adiós, y, por favor, quiéreme de cualquier forma, en bromas o en serio.
He escrito una carta a tu madre, carta que, llevado de mi atrevimiento, la he escrito en griego y la he metido en la enviada a ti. Léela tú antes, y si descubres algún barba- rismo, ya que tienes el griego más reciente, corrígelo y luego entrégasela a tu madre. En efecto, no quiero que tu madre me culpe como a un ópico 190 .
Adiós, mi señor, y da un beso a tu madre de mi parte cuando le entregues la carta, para que la lea con más gusto.
38
(a. 143. - I, 126)
Al emperador Antonino Pío Augusto, Frontón:
Como recuerdas, César, cuando yo te di las gracias ante el Senado, por un cierto afán de hablar En efecto, la carta que ese día era leída en voz alta *** Mi Señor, *** Adiós, sigue bien 191 .
39
(a. 143. - I, 126-128)
A Marco Frontón, Antonino César:
Cuán grande es tu consideración para conmigo, ya hace tiempo, ¡por Hércules!, que lo sé sobradamente. Pero me admira enormemente esto, que cosas nuevas y dignas de tu manera de ser *** excelentísimo orador, puedas tú encontrar en un tema tan trillado y tan habitual para ti 192 .
A pesar de ello, sin duda alguna, es mucho más importante el hecho de que lo que tú puedes desarrollar plenamente, incluso quieres hacerlo. Nada más eficaz que esos sentimientos tuyos, nada más apropiado a una forma política que una expresión elocuente, salvando, no obstante, la pureza de la misma.
Y, efectivamente, yo no voy a caer en esa falta, en defraudarte con un elogio sumamente merecido por ti, por miedo a agrandar mis propias alabanzas de una manera desmesurada.
Pues bien, lo planteaste correctamente, y con una elaboración perfecta, a la que precisamente se debe todo honor, si dejamos a un lado el propio argumento. Por lo demás, no fue muy eficaz a la hora de hacerme ver a mí tu propio ánimo; la verdad es que sabía yo bien que tú eras un mediador sumamente complaciente de todas mis acciones y expresiones.
Adiós, mi Frontón, queridísimo mío.
Esa parte de tu discurso referente a la alabanza de mi querida Faustina 193 , con sumo gusto expuesta por ti, me ha parecido más veracidad que elocuencia. En efecto, la verdad es ésta: más querría, ¡por Hércules!, vivir con ella en Giaros que sin ella en el Palatino 194 .
40
(a. 143. - I, 128-130)
<Marco César, a su querido cónsul y maestro>:
Realmente, si los antiguos griegos escribieron algo parecido, que lo vean quienes lo conocen; en cuanto a mí, si se me permite decirlo, ni a Marco Porcio lo he visto nunca tan bueno en sus invectivas 195 como tú en tus elogios.
¡Ah!, si mi señor pudiera ser alabado debidamente, sin duda lo sería por ti, una obra así no se hace ahora.
Cualquiera podría imitar más fácilmente a Fidias, incluso a Apeles, hasta al mismo Demóstenes 196 , o al propio Catón, más que esta obra tuya, tan perfectamente acabada y elaborada. Yo no he leído nunca una cosa más cuidada, nada más clásico, mejor elaborado, más propiamente latino.
¡Dichoso tú, que cuentas con una elocuencia así! ¡Dichoso yo, que he sido confiado a un maestro como tú!
¡Ah!, ¡qué argumentos, qué planteamiento, qué elegancia, qué gracia, qué belleza, qué términos, qué finura, qué expresividad, qué encanto, qué soltura, qué todo!
Malo ha de ser para mí si algún día no apareces con una vara en tu mano, si no se te pone una corona y no se te reserva un palco 197 .
Ese día un heraldo nos ha de llamar a todos nosotros, bueno, ¿qué digo «a nosotros»?, más bien diré a todos los amantes de la lengua y hábiles en el arte de la elocuencia, a ellos, uno por uno, tú los has de guiar con tu vara, los has de amonestar con tus palabras. Hasta ahora yo no he tenido miedo alguno de una admonición como ésta: me sobran muchas razones para que yo llegue a poner mi pie en tu escuela.
[2] Estas cosas te las escribo con muchísima prisa, pues, al enviarte yo una carta tan complaciente de mi señor, ¿qué necesidad había de una carta mía demasiado larga?
Adiós, pues, gloria de la elocuencia romana, gloria de tus amigos, hombre grande, extraordinariamente amable, honorabilísimo cónsul, dulcísimo maestro.
[3] En adelante, guárdate de decir tantas cosas inciertas de mí, sobre todo ante el Senado. Has escrito este discurso de una forma terrible. ¡Ay, si al comienzo de cada capítulo pudiera besar tu cabeza!
¡Te has preocupado demasiado por todo! Después de leído este discurso, en vano nos afanamos, en vano trabajamos, en vano tensamos nuestros nervios.
Adiós, hasta siempre, mi dulcísimo maestro.
41
(a. 143 [en griego], - I, 130-136)
A la madre del César:
¿Cómo podría defenderme para obtener tu perdón por no haberte escrito después de tantos días? ¿No sería más natural que dijese que la verdadera causa han sido mis preocupaciones?
En efecto, estuve componiendo un discurso sobre el Emperador y el proverbio romano dice que no hay que odiar el modo de ser del amigo, sino comprenderlo 198 .
Cómo es el mío, te lo voy a contar y no lo ocultaré. Debido a mis muchas limitaciones naturales y a mi simpleza, me sucede lo mismo que a la que los romanos llaman hiena, cuyo pescuezo, se dice, está rígido y no puede doblarse a uno y otro lado 199 . Otro tanto me sucede a mí cuando me encuentro preparando algo que me absorbe más de lo ordinario, que estoy, en cierto modo, rígido e indiferente para todo lo demás y sólo me afano por aquello, sin volver la cabeza, como la hiena.
También se dice que las serpientes, como las jabalinas, se lanzan de frente, pero tampoco pueden hacer otros giros. Y de la misma forma, a las lanzas y a las flechas, les es más fácil alcanzar el blanco cuando son lanzadas directamente y no son empujadas de lado por el viento, ni hechas caer por mano de Atenea o de Apolo, como las disparadas por Teucro o por los pretendientes 200 .
[2] Estos tres símiles me los aplico a mí mismo, dos de ellos resultan un tanto agrestes y salvajes, el de la hiena y el de la serpiente; el tercero, el de las armas, poco humano y rudo. Pero incluso si dijera que de los vientos hay que alabar sobre todo el de popa, porque conduce recta la nave y no le permite cabecear a un lado y a otro, este cuarto también sería un símil, pero sería forzado. Y si se añade el de la línea recta, por ser la madre de las líneas, diría que este quinto también es un símil, ahora bien, no sólo sin espíritu, como el de las armas, sino hasta incorpóreo.
[3]¿Qué símil se encontraría, pues, convincente? El que fuera, sobre todo, humano y, todavía mejor, si fuera poético; más aún, si participara de la amistad o del amor, el símil resultaría más símil.
Dicen que Orfeo lamentó haber vuelto la vista atrás 201 ; si hubiera mirado y caminado hacia adelante, no lo hubiera lamentado. ¡Basta de símiles!, incluso éste de Orfeo es, de algún modo, poco convincente, así tomado del Hades.
[4] Me defenderé, pues, de la manera que más fácilmente pueda procurar tu perdón. ¿Que cuál es ésta?: primero, que estaba ocupado redactando el encomio del Emperador, lo que sería del mayor agrado para ti y para tu hijo; en segundo lugar, que me acordaba de vosotros y os nombraba por escrito, igual que los amantes nombran a sus amores con cada copa 202 . La verdad es que el impulso artístico por los símiles se nos mete dentro y se nos pega. Éste se me presentó de repente, superior a todos los demás, y que se podría expresar también muy apropiadamente con un símil tomado de la pintura: dicen que el pintor Protógenes tardó once años en pintar el «Yaliso» 203 y que no pintó en los once años nada más que el Yaliso. Pues bien, yo, no uno, sino dos Yalisos he pintado al mismo tiempo, no sólo con su aspecto y formas, sino también con sus caracteres y virtudes, que no son corrientes ni fáciles de pintar, pues uno es el Emperador soberano de toda la tierra y mar y el otro, el hijo del emperador, hijo suyo lo mismo que Atenea de Zeus, e hijo tuyo también, como Hefesto de Hera 204 . Pero ¡lejos de mí este símil de Hefesto!
Esta defensa quizás también resulte muy descriptiva y gráfica, tan rica como es en símiles.
Queda todavía, a la manera de los geómetras, una [5] pregunta: ¿cómo? Si hubiera en esta carta alguna palabra impropia o bárbara o, simplemente, no admitida en ático (o no del todo), no te fijes en ello, mira más bien el sentido de la palabra en sí misma. En efecto, sabes bien que yo no gasto el tiempo en las simples palabras y expresiones. También se dice que aquel famoso escita, Anacarsis 205 , no era precisamente un aticista y, no obstante, era elogiado por sus ideas y razonamientos. No me voy a comparar con Anacarsis en sabiduría, ¡por Zeus!, sino que me igualaré en lo de bárbaro. Él era de Escitia, de los nómadas escitas, y yo libio 206 . Lo mismo que tenemos en común lo de ser nómadas, también nos es común a Anacarsis y a mí el balar, por ser pastores, como balaría cualquiera. Así es que he creado un símil entre cometer barbarismos y balar. Está bien, dejaré ya de no escribir otra cosa más que símiles.
42
(a. 143. - I, 136-140)
<Marco César a Frontón, honorabilísimo cónsul>:
... Asociado por afinidad 207 y no sujeto a tutela, fijado, además, en esa categoría en la que, como dice Ennio, «todos dan consejos vanos y todo lleva al placer» 208 y, lo que muy bien dice Plauto en su Colax acerca del mismo tema:
Los que hayan engañado a uno que se fiaba de ellos,
después de haber hecho y confirmado una promesa,
astutos, aduladores, que están muy cerca del rey,
que dicen una cosa al rey de palabra y otra distinta guardan en su corazón 209 .
En efecto, estas inconveniencias en otro tiempo solían hacerse únicamente a los reyes, en cambio, ahora, son mucho más frecuentes, hay quienes incluso a los hijos de los reyes, como dice Nevio,
los aplauden, halagan y hasta les rinden honores 210 .
Con razón, pues, mi querido maestro, yo me siento arder. Con razón he fijado para mí un único propósito, con razón pienso sólo en una persona cuando tomo en mis manos el estilete.
Pides con muchísimo interés mis hexámetros; yo te los [2] hubiera enviado también rápidamente si los tuviera en mi poder. En efecto, mi librero 211 , a quien tú conoces, me refiero a Aniceto, al salir yo, no ha enviado ninguno de mis escritos. La verdad es que conoce mi manía y temió que si llegaban a mis manos haría lo que acostumbro hacer, hasta los echaría al fuego.
Realmente, para esos versos, no había casi ningún peligro. Más bien, para confesar la verdad a mi maestro, siento amor por ellos. Dedico a eso las noches, lo confieso, pues las horas del día se me pasan en el teatro. Y es que al atardecer, ya fatigado, trabajo menos y por las mañanas me levanto medio dormido.
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