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La Argentina después de la tormenta Del ocaso perpetuo al desarrollo estratégico

La Argentina después de la tormenta Del ocaso perpetuo al desarrollo estratégico

Francisco De Santibañes

Índice de contenido

Portadilla

Legales

Introducción

Sección I Capítulo 1. ¿Hacia un nuevo orden conservador?

La Argentina y la transformación del sistema internacional

La rebelión de las naciones

¿Una nueva guerra fría?

Cambio tecnológico

¿El fin del orden liberal?

La Argentina después de la tormenta

Sección II Capítulo 2. Liberales progresistas y conservadores populares

Un mundo menos liberal y más conservador

El conservadurismo popular en su mejor momento

Ante el posible (pero evitable) resurgimiento del fascismo

El conservadurismo popular, en ascenso: ¿llegará a la Argentina?

¿Está preparada la Argentina para la llegada de una ola nacionalista?

La revolución silenciosa

Capítulo 3. El conflicto China/Estados Unidos y el nuevo orden internacional

La Argentina frente a un nuevo escenario internacional

La competencia entre los Estados Unidos y China está cambiando el mundo

¿Qué pueden hacer los Estados para disminuir estas tensiones?

¿El fin de la globalización?

El legado de Angela Merkel

La lucha contra el cambio climático como política de Estado

El rol del pensamiento estratégico en el desarrollo de un país

Capítulo 4. Pandemia

Los efectos políticos del Covid-19

El Sars-CoV-2 y la profunda crisis del multilateralismo

El Covid-19 y la posición de los Estados Unidos en el escenario global

Los desafíos de América Latina tras la pandemia

Hoy más que nunca se necesitan líderes fuertes

¿Tendremos un nuevo baby boom?

Capítulo 5. Trump versus Biden

¿Son importantes las elecciones en los Estados Unidos?

Algunas claves para entender cómo fueron las elecciones en los Estados Unidos

¿Quién nos convenía que ganara en los Estados Unidos?

El triunfo de Joe Biden: algo más que un cambio de gobierno

La gran estrategia de los Estados Unidos

Capítulo 6. Los desafíos de la Argentina

Borges, Sarmiento y la tensión que el país no resolvió

¿Cuándo se jodió la Argentina?

La necesidad de un equilibrio entre la alta y la baja política

Una oportunidad para recuperar el pensamiento estratégico

La Argentina en la tormenta

Algo más que apagar incendios

Capítulo 7. Nuestros déficits

Los déficits institucionales de la Argentina

La preocupante debilidad del sector privado argentino

¿Por qué hay empresarios y científicos que eligen irse de la Argentina?

Los cambios que necesita la Argentina

¿Podrán los intelectuales sacarnos de la decadencia?

Brasil ya piensa en 2040, ¿y la Argentina?

Capítulo 8. Política exterior argentina

La Argentina, Brasil y los peligros de ideologizar la política exterior

Sin margen para desatender la defensa nacional

Hacia un fortalecimiento de la diplomacia

El “poder blando” que la Argentina no debería desaprovechar

Una lección sobre política exterior

¿Cuán autónoma debe ser la Argentina?

Los nuevos desafíos de los think tanks

Capítulo 9. Pensamiento político

Charles de Gaulle: las lecciones de un líder

Michel Houellebecq y el conservadurismo popular

¿Por qué es tan importante estudiar las religiones?

La Argentina sufre la falta de ideas

Las enseñanzas que nos dejó Carlos Escudé

Sección III Capítulo 10. Diálogos

Facundo Manes y Francisco de Santibañes La importancia de la geopolítica en el proyecto argentino

Francis Fukuyama y Francisco de Santibañes Naciones en conflicto en un mundo en crisis

Epílogo. El surgimiento de un nuevo orden internacional y el interés estratégico de la


Santibañes, Francisco deLa Argentina después de la tormenta : cómo dejar de ser el país de las frustraciones perpetuas / Francisco de Santibañes. - 1a ed. - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Vértice de Ideas, 2021.Archivo Digital: descargaISBN 978-987-48031-1-51. Geopolítica. 2. Política Internacional. 3. Economía Política Argentina. I. Título.CDD 337.10982

Diseño de interior y armado de cubierta: Laura Restelli

Diseño de cubierta: Ian Sabanes

© 2021, Francisco de Santibañes

Derechos de edición en castellano reservados para todo el mundo.

© 2021, Vértice de Ideas

Grupo Editorial Deldragón

edicionesdeldragon@gmail.com

www.edicionesdeldragon.com

Digitalización: Proyecto451

Todos los derechos reservados. Prohibida la reproducción total o parcial por cualquier medio sin la autorización del editor. El infractor se hará acreedor a las sanciones establecidas en las leyes sobre la materia. Si desea reproducir contenido de la presente obra, escriba a: publica@ibero.mx

ISBN edición digital (ePub): 978-987-48031-1-5

INTRODUCCIÓN

Durante 2020 vivimos una situación tan traumática como inusual: la aparición de una pandemia. Pocos analistas habían siquiera considerado la posibilidad de que una enfermedad como la del coronavirus pudiera expandirse tan rápido alrededor del mundo y, de esa manera, poner en crisis a los sistemas de salud.

La Argentina no estuvo ajena a esta tormenta. Nuestros hijos no pudieron ir al colegio, miles de negocios cerraron y, más grave aún, muchos compatriotas murieron. El daño ha sido enorme.

Una de las tesis centrales de este trabajo es que, más que producir un cambio radical, lo que ha hecho la pandemia fue acelerar una serie de tendencias que ya veníamos observando. Entre estas se encuentran el crecimiento de un movimiento político al que defino conservadurismo popular y un creciente malestar social que es alimentado por innovaciones como las redes sociales y las nuevas formas de trabajo, así como también el conflicto estratégico entre China y los Estados Unidos. Estas tendencias ya habían generado un escenario más complejo del que estábamos acostumbrados. La aparición de la pandemia lo ha vuelto aún de mayor complejidad.

¿Los argentinos estamos preparados para enfrentar un mundo que nos deja menos margen para cometer errores? Dos temas se repiten una y otra vez a lo largo de estas páginas: nuestra falta de pensamiento estratégico y los enormes déficits institucionales que enfrenta el país. Si no contamos con una estrategia nacional, por un lado, e instituciones sólidas que la respalden, por el otro, no tendremos éxito. No es que no nos podemos dar el lujo de pensar en términos estratégicos porque vivimos en crisis. Vivimos en crisis porque no pensamos de manera estratégica.

Sin embargo, existen motivos para ser optimistas. En primer lugar, porque la tecnología que genera desafíos también nos brinda oportunidades. Las innovaciones nos permitirán combatir el cambio climático y generar riqueza y trabajos de calidad. Este crecimiento será, en gran medida, consecuencia del comercio de servicios y de la aplicación de nuevas tecnologías –como la inteligencia artificial (IA)– en diversos sectores de la economía. De hecho, los avances tecnológicos son los que nos permitieron desarrollar y distribuir las vacunas que pondrán fin a la pandemia. Pero para que los argentinos podamos aprovechar estas oportunidades antes debemos elaborar y consensuar una estrategia.

Es más, incluso si nos va bien y logramos desarrollarnos, tendremos que seguir pensando y actuando de manera estratégica. ¿Qué medidas deberíamos tomar para que los nuevos recursos no lleguen solo a los habitantes de las grandes ciudades, sino también a los del interior? O bien, ¿qué deberíamos hacer ante una abrupta baja de la tasa de natalidad como sucede en Europa o en Japón? Estos son algunos de los desafíos que en la actualidad enfrenta el mundo desarrollado.

El presente trabajo está dividido en tres secciones. La primera incluye un extenso capítulo en el que presento mis tesis principales, describo algunos de los cambios que han tenido lugar en el escenario internacional y, además, me hago algunas preguntas sobre su futuro. (1) El surgimiento de un nuevo orden internacional puede afectar nuestras vidas y, por lo tanto, debe considerarse un insumo central a la hora de elaborar una estrategia nacional.

En la segunda sección incluyo 48 notas que publiqué en la prensa argentina (Infobae, Clarín y Perfil) durante este tiempo de crisis. En principio, estas fueron pensadas como una unidad y, por esa razón, tienen un hilo conductor. Están agrupadas bajo distintas temáticas, entre las cuales se encuentran la aparición y evolución del conservadurismo popular, los cambios sociales que están ocurriendo en los Estados Unidos y la competencia estratégica que tiene lugar entre Washington y Beijing. También discuto sobre algunos desafíos y oportunidades que enfrenta la sociedad argentina y su dirigencia en particular. Analizo, por tomar unos casos, las fortalezas y debilidades de nuestro empresariado, como así también las de nuestro cuerpo diplomático, las Fuerzas Armadas e instituciones académicas. El capítulo final agrupa mis notas sobre pensamiento político.

La última sección está compuesta por los diálogos que mantuve con Facundo Manes y Francis Fukuyama, dos intelectuales que nos ayudan a reflexionar sobre el tiempo que nos toca vivir. Estas páginas pueden interpretarse, asimismo, como un homenaje al diálogo, ese ejercicio profundamente democrático que nos permite elaborar diagnósticos y propuestas.

Es probable que, al finalizar esta obra, el lector termine compartiendo varias de mis preocupaciones, pero mi mayor esperanza es que también surja en él una ilusión. O, mejor aún: una convicción. La convicción de que la sociedad argentina puede y debe dejar atrás la tormenta en la que se encuentra para obtener una visión más clara sobre el país que necesitamos construir.

1- Una versión anterior de este capítulo ya fue publicada. Ver: “¿Hacia un nuevo orden conservador? La Argentina y la transformación del sistema internacional”, en Perspectivas. Revista de Ciencias Sociales, Nº 10, pp. 42-56, julio-diciembre, 2020.

Sección I

CAPÍTULO 1

¿HACIA UN NUEVO ORDEN CONSERVADOR?

LA ARGENTINA Y LA TRANSFORMACIÓN DEL SISTEMA INTERNACIONAL

Muy de vez en cuando el sistema internacional atraviesa un cambio estructural. Hoy somos testigos de uno de esos cambios. ¿Qué características tiene esta transformación? ¿Cuáles son sus causas? ¿Está emergiendo un nuevo orden internacional? ¿Qué estrategia debería adoptar la Argentina ante esta nueva realidad? Estas son algunas de las preguntas que trataré de contestar.

Durante 2020, las naciones del mundo enfrentaron la aparición de una pandemia que produjo enormes costos. Para frenar la propagación del Sars-CoV-2, los gobiernos adoptaron una serie de medidas que, dependiendo el país, tuvieron distinto grado de efectividad. Estas fueron muy efectivas en Asia, pero menos en Europa y en los Estados Unidos. América Latina resultó afectada de manera particular debido, entre otros factores, a los largos períodos de confinamiento. Numerosas economías sufrieron una brusca recesión que, sumada a las cuarentenas, explica la quiebra de miles de empresas. Asimismo, las desigualdades, tanto dentro de las sociedades como entre las naciones, se incrementaron por la falta de acceso a la educación que sufrieron muchos alumnos.

El hecho de que la pandemia haya tenido semejante impacto, llevó a algunos analistas a preguntarse si esto no significaba un cambio en la naturaleza del sistema político y económico. ¿Será el fin del capitalismo? ¿Surgirán nuevos tipos de autoritarismo como consecuencia de los temores que la pandemia ha despertado en las poblaciones? En este capítulo argumento que el Sars-CoV-2 no ha modificado las principales tendencias que veníamos observando en el sistema internacional sino que ellas continúan y, en algunos casos, se han acelerado.

Desde mi posición existen tres tendencias claves. Ellas son: el surgimiento de un nuevo movimiento político llamado conservadurismo popular, la transformación del sistema internacional, pasando de uno dominado por Estados Unidos a otro donde esta potencia debe competir con China por la supremacía, y una serie de transformaciones tecnológicas que está alterando la manera en la que interactuamos.

En su conjunto, estas tendencias tienen la fuerza necesaria para cambiar la distribución de poder a nivel internacional, así como también las ideas que predominan en nuestras comunidades. En la cuarta sección me preguntaré si no nos enfrentamos al surgimiento de un sistema similar al orden conservador que predominó en Europa desde mediados del siglo XIX hasta principios del XX.

Las tendencias y los cambios que he mencionado también afectan los intereses de la Argentina. En la parte final discutiré sobre qué estrategia podría adoptar el país y cuáles son algunas de las limitaciones que deberá superar para poder hacerlo.

La rebelión de las naciones

La primera de las tendencias que está modificando la realidad internacional es el surgimiento de una nueva camada de líderes con ideas opuestas a varios de los principios sobre los que se sostiene el orden liberal. Pero, en primer lugar, ¿qué es el orden liberal? El orden liberal es el conjunto de normas, reglas e instituciones que han regulado las relaciones entre los principales actores del sistema internacional a partir de la Segunda Guerra Mundial, en particular luego de la caída del Muro de Berlín. En las últimas décadas, este orden se sostuvo sobre tres pilares: la promoción de la democracia liberal por medio de la diplomacia (y, en algunos casos, también mediante la fuerza), la defensa de la globalización y el fortalecimiento de instituciones internacionales con cierto grado de autonomía. Los conservadores populares cuestionan estos tres pilares y, al hacerlo, han logrado debilitar al orden liberal.

Si bien los conservadores populares respetan los principios básicos de la tradición conservadora (como son la defensa de la nación, la religión y el modelo tradicional de familia) difieren de esta en, al menos, dos aspectos básicos. En primer lugar, carecen de moderación tanto en la manera en que comunican como en algunas de sus acciones. En segundo lugar, pero no por eso menos importante es el hecho de ser profundamente antielitistas. Esto último resulta clave, pues los lleva a cuestionar a un establishment nacional que, consideran, ha dejado de representar los intereses y los valores de sus pueblos. Incluso, muchos de estos líderes defienden un modelo más directo de democracia que el ejercido por las repúblicas liberales. En palabras del líder de Hungría, no aspiran a vivir en una democracia liberal sino en una democracia iliberal.

Muchos conservadores populares llegaron al poder, por ejemplo Vladimir Putin en Rusia, Narendra Modi en India, Benjamín Netanyahu en Israel, Jair Bolsonaro en Brasil, Donald Trump en los Estados Unidos, Andrzej Duda en Polonia y Viktor Orbán en Hungría. Incluso en el caso de China, podemos decir que Xi Xingping comparte algunas características con los conservadores populares, como son la lucha contra la corrupción de las élites, la concentración de poder en la figura del líder y su nacionalismo.

Otra de las características que comparte esta nueva generación de líderes es un pragmatismo que los ha llevado a sacar provecho político de un malestar social que ya existía en sus sociedades frente a sus clases dirigentes. Además, han hecho un uso efectivo de las redes sociales para saltearse a los medios de comunicación tradicionales y establecer, de esta manera, una relación directa con la población.

Sin embargo, el conservadurismo popular no solo afecta la política doméstica de los países sino también la internacional. En efecto, el nacionalismo de estos conservadores los ha llevado a oponerse a numerosas organizaciones internacionales que en las últimas décadas ganaron responsabilidades. Y esto es así porque, por un lado, desconfían de sus burocracias (a las que ven demasiado cercanas a una agenda progresista) y, por el otro, porque se oponen a cederles soberanía. Su nacionalismo los lleva a creer que las organizaciones multilaterales deben limitarse a facilitar el intercambio de información entre los Estados y no actuar con altos niveles de autonomía.

Quizás el caso más evidente de esto haya sido el de Trump, que retiró a los Estados Unidos del Acuerdo de París y decidió renegociar numerosos acuerdos comerciales para, de esta manera, incrementar el grado de autonomía de su país. Pero el caso europeo también es relevante. En parte, Boris Johnson alcanzó el poder en Gran Bretaña debido a su oposición a la permanencia británica en la Unión Europea, denunciando el rol que las élites europeas han jugado a la hora de restarle soberanía a su pueblo.

Dada la magnitud de los cambios de liderazgo que estoy describiendo, no debe sorprendernos que los niveles de colaboración internacional hayan disminuido en todas las áreas y que la mayoría de los organismos internacionales esté atravesando una profunda crisis.

La Organización Mundial del Comercio (OMC) está paralizada, la ONU ha perdido capacidad para visibilizar su agenda y la Unión Europea atraviesa la mayor crisis de su historia debido al resurgimiento del nacionalismo. Las diferencias que encontramos en esta última, ya no son tan solo entre los países del Norte y del Sur por la distribución de los recursos sino también entre los del Oeste y el Este por la misma definición de qué es una democracia. En definitiva, a las diferencias económicas ahora se le suman las culturales. Por otra parte, los órganos de financiamiento internacional establecidos luego de la Segunda Guerra Mundial, como son los casos del Banco Mundial y del Fondo Monetario Internacional (FMI), han perdido influencia, en cierta medida porque no han sido capitalizados.

Otro punto a señalar es que, si bien los conservadores populares son profundamente capitalistas, están dispuestos a subordinar la búsqueda de la eficiencia económica a otro tipo de objetivos, entre los que se encuentran el mantenimiento de la estabilidad social y la defensa nacional. En esto se diferencian de los líderes liberales progresistas que promueven la globalización y el libre mercado debido, en parte, a su creencia de que las ganancias en productividad compensan los posibles costos del comercio y el libre movimiento de personas. Por el contrario, los conservadores populares suelen oponerse a la entrada de un gran número de inmigrantes por el temor que les causa la pérdida de identidad nacional y, además, consideran que ciertas industrias –especialmente, si tienen valor militar– deben mantenerse apartadas de las reglas que promueven la globalización.

¿La derrota electoral de Trump significa un duro golpe para el conservadurismo popular? No de manera necesaria. Repasemos, en primer lugar, lo que sucedió durante 2020. Electoralmente, varios conservadores populares incrementaron su poder. Con un 64 % de los votos, Modi logró imponerse en India por un margen más amplio que en su elección anterior, y lo logró con un discurso aún más nacionalista. En Gran Bretaña, Boris Johnson no solo ganó la elección sino que transformó al Partido Conservador de uno tradicional a uno conservador popular. Por otra parte, al momento de escribir este texto, Bolsonaro tenía el mayor nivel de aceptación desde el inicio de su mandato. Putin logró, con casi el 80 % de los votos, la aprobación de una reforma constitucional que, seguramente, le permitirá ser reelecto con comodidad. En Polonia, Andrzej Duda consiguió la reelección y en España surgió Vox, partido que alcanzó el tercer lugar en las elecciones que tuvieron lugar a fines de 2019.

Pero más allá de estos resultados, es cierto que la derrota electoral de Trump en los Estados Unidos puede significar, dada la importancia de este país, un cambio de esta tendencia a nivel global.

Existen algunos datos que debemos considerar. En primer lugar, la debilidad política de Trump fue el producto del mal manejo de la pandemia y no de sus ideas. De todas maneras, el presidente deja un Partido Republicano transformado (de conservador tradicional a conservador popular), así como un equilibrio de fuerzas en el Senado y, además, una Corte Suprema con una mayoría conservadora que, seguramente, se mantendrá durante décadas. Todo esto indica que el conservadurismo popular continuará siendo una fuerza política central en los Estados Unidos.

Por otra parte, el liberalismo progresista continúa a la defensiva. Sin nuevas ideas ni motivación suficiente para enfrentar los cuestionamientos que le llegan por derecha e izquierda. Macron, por ejemplo, parece haber modificado algunas de sus posturas, abrazando un discurso más cercano a la tradicional derecha francesa, gaullista, que al liberalismo progresista. Probablemente se deba a la pérdida de respaldo que sufrió su visión original luego de la aparición de los chalecos amarillos.

Tampoco podría decirse que la elección de Joe Biden representa una clara victoria del liberalismo progresista. En efecto, en los últimos años no solo el Partido Demócrata se ha movido hacia la izquierda sino que los liberales progresistas han perdido influencia en muchas de las principales instituciones culturales de los Estados Unidos. De esta manera, han cedido espacio a una nueva generación de académicos y periodistas que parece priorizar ciertas causas (feminismo, lucha contra el racismo y otras) sobre la defensa de principios asociados al liberalismo, como son el pluralismo o la libre discusión de ideas. Quizá la mayor victoria del liberalismo progresista haya sido retomar el control del Partido Laborista en Gran Bretaña gracias a la elección del moderado Keir Starmer.

¿Una nueva guerra fría?

La segunda tendencia que está transformando el sistema internacional es la disputa estratégica entre los Estados Unidos y China. Como ha ocurrido en otras ocasiones a lo largo de la historia, cuando emerge una nueva potencia mundial se desencadenan una serie de mecanismos por los cuales los grados de incertidumbre y de conflictividad tienden a aumentar. Ante la aparición de un Estado con la capacidad de dominar su propia región, Washington podría perder su condición de potencia hegemónica.

Estados Unidos es el único poder hegemónico, porque ha logrado dominar militarmente su propia región, el hemisferio occidental. Disfruta, entonces, de la seguridad que le brinda su situación geográfica y puede intervenir con cierta facilidad en otras áreas geográficas sin temer demasiadas retaliaciones en su territorio. Sin embargo, si China logra alcanzar la misma condición dominante en el sudeste asiático, Washington perderá esta tranquilidad.

Según el académico estadounidense John Mearsheimer, la necesidad por mantener la condición hegemónica es lo que lo llevó a Washington a intervenir en la Primera Guerra Mundial (para evitar que Alemania se convirtiera en el poder hegemónico de Europa), en la Segunda Guerra Mundial (para lograr que Alemania no lo sea en Europa y Japón en Asia), en la Guerra Fría (para que la Unión Soviética no dominara Europa y Asia) y en la Guerra del Golfo (para que Irak se convirtiera en el poder hegemónico de Medio Oriente).

A esto debemos sumarle la incertidumbre que genera no saber cuáles son las verdaderas intenciones de Beijing. ¿El aumento del gasto militar de China se debe a cuestiones defensivas o, por el contrario, tiene como objetivo ponerle fin a la presencia estadounidense en el mar de la China a través, si es necesario, de acciones militares? Por otro lado, en Beijing se preguntan cuáles son las verdaderas intenciones de una potencia que está estrechando lazos con las naciones que rodean a su país. Ante la duda, ambas potencias optan por incrementar su poder militar y fortalecer sus alianzas. Como consecuencia de esto, aumentan los niveles de incertidumbre y de conflictividad.

Si bien esta segunda tendencia se explica, principalmente, por los cambios estructurales del poder que observamos en el sistema internacional, la primera de las tendencias que mencionamos ayuda a acelerarla. El mayor grado de nacionalismo que se observa, tanto en la dirigencia de China y de los Estados Unidos como en las poblaciones, lleva a que la competencia estratégica se apresure.

Repasemos lo que sucedió con la aparición de la actual pandemia. Trump denominó al Sars-CoV-2 como el “virus chino” y culpó al Gobierno de Beijing por su intervención en la Organización Mundial de la Salud (OMS). Lejos de condenar estas declaraciones, durante la campaña presidencial los demócratas acusaron a Trump de no ser suficientemente duro con Beijing. Por otra parte, voceros del Gobierno chino deslizaron la posibilidad de que este coronavirus haya sido introducido en el territorio nacional por el Ejército de los Estados Unidos. Todo esto ha llevado a que disminuyan los niveles de colaboración (inclusive en áreas tan importantes como la salud) entre los Estados.

Esta rivalidad viene debilitando al orden liberal y a las organizaciones internacionales que lo componen, y existe la posibilidad de que estas últimas se conviertan en meros escenarios de la disputa entre las potencias. Podemos ver las discusiones en torno a la influencia que cada país ejerce sobre la OMS, un organismo que debería tener un perfil más técnico que político. O el hecho de que, por primera vez en la historia, Washington haya presentado su propio candidato para presidir el Banco Interamericano de Desarrollo (BID), lo cual parece ser parte de su estrategia para moderar la creciente influencia económica que China viene ganando en América Latina.

Una posible objeción a mi argumento es que, en realidad, no vivimos en un mundo bipolar en el que dos Estados dominan el concierto de las naciones sino en un sistema multipolar en donde la participación de la Unión Europea, India, Japón o Rusia lleva a que la distribución de poder a nivel mundial –y, como consecuencia, los incentivos que enfrenta cada Estado– sea diferente a los que menciono. Podría existir, entonces, un sistema más o menos flexible del que impone la bipolaridad. Pero si repasamos la distribución del poder económico y militar en el mundo, veremos que esto no es así.

Según datos del FMI, en términos de paridad de poder adquisitivo, China representa en la actualidad el 20 % de la economía mundial y los Estados Unidos el 15 %. Los sigue India con el 7,5 %. En términos de gasto militar, los Estados Unidos destinan a sus Fuerzas Armadas el equivalente al 35 % del gasto total a nivel mundial, mientras que China destina el 13 %. Recién después aparecen Arabia Saudita, Rusia e India con aproximadamente un 4 % del total. Lo que llama la atención de estos números no es tanto lo cercano o no que se encuentran los dos actores más importantes del sistema internacional sino la distancia que los separa de los otros Estados.

Para entender la naturaleza de un nuevo sistema internacional, que ya no estará definido por la hegemonía estadounidense que prevaleció durante el orden liberal sino por el conflicto entre China y los Estados Unidos, nos resultará útil compararlo con la Guerra Fría. Una de las principales semejanzas entre ambos períodos es la existencia de armas nucleares. La aparición de estas armas cambió la naturaleza misma del conflicto entre naciones ya que transformó un enfrentamiento militar entre potencias nucleares en un acto prácticamente suicida. Esta es una lección que las potencias mundiales parecen haber aprendido desde el conflicto de los misiles en 1963 y, muy probablemente, se mantenga en las próximas décadas.

A falta de esta opción, el escenario más probable es que la competencia entre Washington y Beijing se dé en otros ámbitos (como son el político, cultural y tecnológico) y, cuando se produzca en el militar, ese enfrentamiento tendría lugar en áreas geográficas alejadas de estas naciones. Esto significa que el conflicto entre China y los Estados Unidos podría trasladarse a regiones como América del Sur, Europa, Medio Oriente y África, donde Estados próximos lucharán las batallas de las potencias.

Pero también existen claras diferencias con la Guerra Fría. Una de las mayores es el poderío económico alcanzado por China. La Unión Soviética nunca logró competir realmente con los Estados Unidos en el plano económico, tanto por el menor tamaño de su economía como de su falta de productividad y desarrollo tecnológico. Por el contrario, China ya es o está en camino de convertirse en un par de los Estados Unidos. Asimismo, en esta disputa, la ideología juega un rol menor. Esto ayudará a disminuir los grados de conflictividad, pues se enfrentan los intereses de dos Estados y no dos visiones incompatibles del mundo.

Cambio tecnológico

La tercera tendencia que está transformando el escenario internacional es la aparición de nuevas tecnologías. A lo largo de la historia, los nuevos medios de producción no solo han afectado las relaciones entre los actores económicos sino que ciertas innovaciones también han modificado el balance de poder militar entre los Estados y las capacidades que estos tienen para ejercer el monopolio del uso de la fuerza dentro de sus fronteras. Predecir los efectos que los cambios tecnológicos tendrán sobre las relaciones internacionales es todo un desafío, pero podemos presentar algunas hipótesis.

La aparición de las redes sociales parece haber modificado la manera en que los líderes políticos se comunican con sus sociedades. Como ya he mencionado, una nueva generación de líderes conservadores ha sacado provecho de esta situación dirigiéndose directamente a su electorado mediante redes como Facebook y Twitter. De esta manera, lograron saltearse a los medios tradicionales de comunicación. Han sido habituales los ataques que emitiera Trump, así como los de Bolsonaro o Netanyahu a medios como el New York Times, O´Globo o Haaretz, a los cuales acusan de representar los intereses de las élites.

Uno de los efectos que ha tenido la creciente debilidad de los medios de comunicación tradicionales (que vienen perdiendo audiencia) es la merma en su capacidad para definir qué es lo que se puede o no se puede publicar. Como resultado, se ha vuelto más fácil hacer uso de las redes sociales para comunicar noticias falsas o atacar de manera violenta a rivales políticos y a distintos miembros de las clases dirigentes. Esto, a su vez, ayudó a polarizar a las sociedades, permitiendo el éxito electoral de políticos con ideas que hasta no hace mucho tiempo hubiesen sido catalogadas de extremistas.

Asimismo, innovaciones en el campo de la producción están transformando la naturaleza misma del trabajo. La automatización ha eliminado numerosos empleos industriales y los nuevos trabajos suelen pertenecer a la economía digital. Por tomar un caso, los trabajadores de la economía gig son contratistas independientes que usan portales de internet, igual que Uber, para contactar a sus clientes. A diferencia de los trabajos industriales del pasado, estos suelen carecer de cobertura y sus ingresos son sumamente variables.

Esto tiende a incrementar los niveles de incertidumbre y genera malestar en un sector de los trabajadores que, ante la falta de resultados de los gobiernos socialdemócratas, ha migrado hacia una nueva derecha. En definitiva, tanto las redes sociales como la digitalización de la economía parecen haber ayudado a fortalecer la primera de las tendencias que describo.

Por otra parte, el crecimiento de la IA y de otro tipo de tecnologías estratégicas ha tendido a centrarse en las dos grandes potencias. Como resultado de esto, la distancia que separa a China y los Estados Unidos del resto de las naciones ha aumentado en el campo tecnológico, acelerando de esta manera la segunda de nuestras tendencias.

En el plano militar, la posibilidad de iniciar ataques informáticos ha fortalecido la posición relativa de China. Dado que estos ataques son comparativamente baratos y difíciles de rastrear, facilitan la adopción de doctrinas asimétricas. A las tecnologías asociadas con la ciberseguridad debemos sumarle su inversión en sistema balísticos y de comunicación, lo que le permite poner en riesgo a la flota estadounidense. Este conjunto de tecnologías estaría, por lo tanto, acelerando la transformación de China en el poder hegemónico en el sudeste asiático. Es así que China, a pesar de gastar en defensa considerablemente menos que los Estados Unidos, está logrando achicar la brecha que los separa en términos de poder militar.

Por último, tecnologías como el 5G y la IA les están brindando más y mejor información a los gobiernos sobre el accionar de la población. ¿Incrementará esto el poder a los regímenes autoritarios respecto a las democracias liberales?

¿El fin del orden liberal?

La principal tesis de este capítulo es que las tres tendencias que he mencionado hasta aquí han tenido, en su conjunto, la capacidad de poner un fin al orden liberal. De hecho, resulta difícil encontrar líderes que apoyen abiertamente tanto al orden liberal como a los tres pilares sobre los que este se sostiene. Podemos pensar en casos específicos como los de Angela Merkel de Alemania y Macron de Francia, pero no en muchos más.

Sin embargo, el hecho de que el orden liberal haya llegado a su fin no significa que el mundo vaya a quedar dominado por la falta de reglas. Seguramente surgirán nuevas reglas y un nuevo orden que responderá a la realidad que impone una nueva distribución del poder, y la aparición (o resurgimiento) de ideas y normas que difieren de las liberales.

Quisiera ahora presentar otra tesis: es posible que lo que estemos presenciando sea el surgimiento de un nuevo orden conservador, que tenga más similitudes con el sistema que prevaleció en Europa desde la caída de Napoleón hasta la Primera Guerra Mundial, que con el liberal.

El llamado concierto de Europa es celebrado por muchos realistas, dado que para ellos significó un modelo cercano a sus principios. En este, efectivamente, primaron el balance de poder y la no intervención en asuntos internos de las naciones (al menos en principio). Tendió a darle preeminencia a la diplomacia y a la resolución de conflictos, ello mediante los encuentros regulares entre líderes nacionales que compartían no solo valores sino también lazos sanguíneos. Como señala Henry Kissinger, este fue un orden que respetó el statu quo y consiguió evitar que se produjeran conflictos militares a gran escala. En el plano doméstico, las ideas que primaron fueron aquellas que se opusieron a la Revolución Francesa y buscaron preservar la influencia de la monarquía y la religión. Fue, en definitiva, un orden realista y conservador.

Dada la exitosa aparición de una nueva generación de líderes conservadores que tiende a poseer una visión realista sobre la política exterior, enfrentamos condiciones similares a las de esos tiempos. Por ejemplo, no encontramos entre ellos un deseo de ideologizar sus relaciones con el resto del mundo. Tampoco observamos la intención de exportar un determinado modelo de gobierno a otras naciones. Se diferencian, no solo de los comunistas de la Unión Soviética –especialmente al inicio de la revolución– sino también de los neoconservadores y de los liberales intervencionistas que, luego de la caída del Muro de Berlín, promovieron la exportación de la democracia liberal de los Estados Unidos. Al ser realistas tienden, por el contrario, a defender el interés nacional y respetar la lógica que impone el balance de poder, independientemente del tipo de gobierno que tenga cada Estado. En principio, estas creencias deberían evitar conflictos innecesarios y traer cierta estabilidad al sistema internacional.

Sin embargo, un orden dominado por los conservadores populares también será uno donde la colaboración internacional y el multilateralismo se volverán más difíciles. Esto es peligroso, porque el mundo actual es más complejo que el de la Europa del siglo XIX. Las naciones necesitan organismos con burocracias capaces de controlar el cumplimiento de las reglas internacionales que facilitan trabajos en conjunto, desde la lucha contra el cambio climático hasta la coordinación de políticas comerciales, monetarias y fiscales, para evitar que tenga lugar una nueva depresión global. Desde luego, el mayor nacionalismo de los conservadores populares pone en jaque el rol de muchas de estas instituciones, dejando dudas sobre la capacidad que la comunidad internacional tendrá para enfrentar una nueva generación de desafíos.

Si el orden anterior fue definido por las normas universales que promueve el liberalismo, el orden conservador probablemente vuelva a poner en el centro de la escena el principio de no interferencia en los asuntos internos de otras naciones y la defensa de los equilibrios de poder. Si las instituciones que dominaron el orden liberal fueron aquellas que buscaron tener un alto grado de autonomía, el orden conservador le dará un rol central a foros que, como es el G7 y el G20, carecen de burocracias centrales y no le demandan soberanía a sus Estados miembros.

Pero, además de conservador, el nuevo orden estará definido por la competencia estratégica que tiene lugar entre los Estados Unidos y China. Uno de los mayores riesgos en este sentido, además de que se produzca un conflicto militar a gran escala, es que la economía mundial se termine dividendo en dos grandes esferas de influencia. Esto quiere decir que algunas naciones formen parte de un bloque cercano a Beijing y otras de un bloque ligado a Washington, lo que significaría una marcha atrás en un proceso de globalización que, si bien ha tendido a incrementar las desigualdades dentro de algunas sociedades avanzadas, permitió disminuir la desigualdad a nivel global gracias a los aumentos de productividad y la generación de riqueza que tuvieron lugar en países en desarrollo como China e India.

Si bien un desacople total como el mencionado resulta poco probable debido al costo económico que esto tendría, tanto para China como para los Estados Unidos ya se ha comenzado a observar la subordinación del comercio a consideraciones de tipo estratégico. De esta manera, los Estados Unidos no solo han impuesto tarifas a productos de China sino también restricciones al ingreso de ciudadanos y de inversiones de este país. Japón, por otro lado, ha anunciado beneficios económicos para que vuelvan a instalarse en su territorio aquellas fábricas que producen en China. El propio Macron, uno de los pocos líderes que siguen defendiendo el orden liberal, ahora sostiene que Francia debería volver a implementar políticas industriales que fortalezcan la producción nacional.

En definitiva, el escenario más probable es que el surgimiento de un nuevo orden internacional no implique el fin globalización sino una nueva etapa de la globalización, en la cual la producción de ciertos bienes, considerados estratégicos, vuelva a concentrarse dentro de las fronteras. De hecho, el comercio de bienes ya había dejado de crecer luego de la crisis de 2008.

Por otra parte, también es posible que el comercio de servicios continúe incrementándose en virtud del surgimiento de la economía digital. Entre 2005 y 2017 el intercambio de datos entre países creció 148 veces y no encontramos motivos por los cuales esto debería detenerse. Es probable que, debido a los peligros que implican para las empresas y los Estados tener cadenas de producción demasiado diversificadas en lo geográfico, el comercio se vuelva menos global y más regional.

Quizás el mayor riesgo que enfrenta la comunidad internacional es que, en vez de ser conservador, el nuevo orden internacional puede terminar mutando en algo diferente. Si bien el conservadurismo difiere profundamente de movimientos nacionalistas como el fascismo, es posible que el primero termine convirtiéndose en algo más peligroso.

Es necesario enumerar algunas de las diferencias que existen entre el conservadurismo y el fascismo. Mientras que el primero defiende el rol de la religión y de las tradiciones, el segundo tiende a ser vanguardista e, incluso, revolucionario. Mientras el conservadurismo tiene una visión realista sobre la política exterior, los movimientos nacionalistas han celebrado el conflicto y han promovido políticas de tipo expansionistas. Mientras que para los neofascistas el Estado, el líder y el pueblo son prácticamente sinónimos, los conservadores desconfían de la concentración del poder en una burocracia estatal.

Sin embargo, puede suceder que los temores a ciertos enemigos externos e internos lleven a los conservadores a creer que la solución se encuentra en la concentración del poder en un líder fuerte, algo que ocurrió en la Europa de principios de siglo XX, y hoy, en el conservadurismo popular, ya encontramos algunas tendencias que deben preocuparnos, como son su búsqueda por una democracia más directa y con menos instituciones representativas.

La Argentina después de la tormenta

Dado el panorama que he descripto hasta aquí, podemos asumir que, en los próximos años, la Argentina enfrentará un escenario más incierto que en el pasado cercano. Por lo tanto, su margen para cometer errores será menor de lo que fue durante un orden liberal que la encontró alejada de los grandes conflictos internacionales. En efecto, quizás el mayor desafío que enfrentará, tanto la Argentina como el resto de los Estados sudamericanos, sea evitar que la disputa entre China y los Estados Unidos se traslade, de manera violenta, a nuestra región.

Imaginemos por un momento que Brasil termina aliándose con los Estados Unidos y la Argentina con China (o viceversa). De suceder esto, podríamos transformarnos en algunos de los Estados por medio de los cuales Beijing y Washington podrían resolver sus disputas a una distancia segura de sus fronteras. Este sería un escenario novedoso para nuestra región, dado que durante la Guerra Fría la presencia soviética en Sudamérica fue poco relevante. Sin embargo, este no es el caso de China, que no solo tiene presencia económica considerable en los países del Cono Sur gracias a sus inversiones y compatibilidad económica, sino porque no despierta el rechazo que generó la Unión Soviética. La subsistencia de instituciones como la Iglesia católica o el mismo sector privado no depende de la presencia de China, como sí ocurrió en el caso de los soviéticos.

¿Cuál debería ser, entonces, la estrategia de un país como la Argentina ante este escenario? En principio, debería intentar mantener buenas relaciones con la mayor cantidad de países posible, pero especialmente con las dos grandes potencias. Somos un país en vías de desarrollo que necesita incrementar su comercio y recibir inversiones desde el exterior. Formamos parte del hemisferio occidental, lo cual significa que durante varias décadas más estaremos en la zona de influencia de la mayor potencia militar del planeta: Estados Unidos. Existen, por lo tanto, motivos políticos y económicos por los cuales resulta fundamental mantener una buena relación con Washington y Beijing.

Aunque la estrategia parece clara, su implementación no lo es. Y esto es, en parte, porque mantener un equilibrio entre los Estados Unidos y China dependerá de que estos acepten que la Argentina mantenga lazos cercanos con ambos. Si el nivel de conflictividad entre estos dos Estados se incrementa, llegará el momento en que tomar partido por alguno se volverá inevitable.

Si bien enfrentamos incertidumbres respecto a la evolución del sistema internacional y nuestro lugar en este, creo que deberemos seguir tres ideas rectoras. La primera consiste en la necesidad de formar una alianza con otros países de peso medio para que, de esta manera, podamos defender el multilateralismo. El orden liberal tal vez esté llegando a su fin, pero esto no significa que el mundo deba dejar de estar regido por un orden basado en reglas de juego claras. El multilateralismo nos permitirá incidir en la conformación de un orden internacional que, además de proteger nuestros intereses, debe mantener en la agenda global temas fundamentales, entre los que se encuentran la lucha contra el cambio climático, las metas para el desarrollo sostenible impulsadas por la ONU y la coordinación de las políticas económicas para evitar que se produzca una nueva depresión global.

Para que el multilateralismo sea exitoso, tendrá que adaptarse a la nueva realidad. En un orden conservador tendrán mayor éxito aquellas organizaciones internacionales que no posean grandes estructuras propias y que no le demanden soberanía a sus Estados miembros. Es probable, entonces, que foros como el G7 y el G20 ganen protagonismo, lo cual no significa que debamos volver a un modelo idéntico al del concierto de Europa. La complejidad del mundo actual es tal que requiere de organismos técnicos que puedan hacer respetar las reglas que facilitan, por ejemplo, el buen funcionamiento del comercio internacional.

Otra de las ideas rectoras debe ser el fortalecimiento de la alianza estratégica que mantenemos con Brasil. Recordemos que antes del establecimiento de la alianza, a fines de los años 70, vivíamos en una hipótesis de conflicto permanente que traía inestabilidad a toda Sudamérica. La alianza entre Buenos Aires y Brasilia ayudó a bajar los niveles de conflictividad y permitió la creación del Mercosur que, dado la posible regionalización del comercio global, debería retomar centralidad en los próximos años.

¿Cómo mejorar nuestras relaciones con Brasil? En primer lugar, por medio de la desideologización de la política exterior tanto de Buenos Aires como de Brasilia. Dado el posible traslado del conflicto entre las potencias a nuestra región, esta relación estratégica se ha vuelto aún más importante que en el pasado y su preservación debe ser una política de Estado, más allá de las diferencias ideológicas que puedan existir entre los gobiernos de ambas capitales.

Por último, para que cualquier estrategia tenga éxito, debe contar con los instrumentos adecuados para llevarla a la práctica. Como veremos a lo largo de este trabajo, la Argentina de hoy enfrenta enormes déficits institucionales, tanto dentro del Estado como en la sociedad civil. Necesitamos modernizar nuestras Fuerzas Armadas, darle mayor protagonismo a un cuerpo diplomático que puede brindarle cierta continuidad a nuestra política exterior e invertir más y mejor en la educación pública. Por otra parte, nuestras universidades y think tanks deben ser foros en los que se debata y elabore el pensamiento estratégico de la Argentina. Nada de esto será posible si antes no emerge una clase dirigente capaz de pensar y actuar sobre la base de una “cierta idea de la Argentina”.

Sección II

CAPÍTULO 2

LIBERALES PROGRESISTAS Y CONSERVADORES POPULARES

Si bien el conservadurismo popular aún no ha llegado a la Argentina, este movimiento ya ha transformado la vida política de numerosos países. En este capítulo presento aquellas notas en las que describí su surgimiento, su evolución y, en particular, su rechazo a las élites gobernantes. Las asocia al liberalismo progresista y las culpa por haber dejado de defender los valores a intereses de sus sociedades. Algunos de sus referentes son Vladimir Putin de Rusia, Narendra Modi en India, Jair Bolsonaro en Brasil y el expresidente de los Estados Unidos, Donald Trump.

También veremos en este capítulo que el conservadurismo popular no solo afecta a la política doméstica sino también a la política exterior. Por un lado, porque sus líderes tienden a ser más nacionalistas que sus predecesores, lo cual dificulta la colaboración internacional, pero también son más realistas. Esto último puede traer mayor estabilidad al sistema internacional.

Algunos de los temas que trato a continuación son la posible transformación del conservadurismo popular en algo más peligroso, es decir, en algún tipo de neofascismo. También me pregunto si este fenómeno, junto con la ola nacionalista, llegará en algún momento a la Argentina y, si esto sucede, cómo deberíamos reaccionar. Por último, menciono el crecimiento del movimiento evangélico como un factor clave a la hora de entender las transformaciones políticas que están ocurriendo en América Latina. Esta revolución silenciosa es, de hecho, uno de los pilares sobre los que se sostiene el conservadurismo popular en nuestra región.

Un mundo menos liberal y más conservador

El mundo ya no es lo que era y esto afectará la vida de los argentinos. ¿Cuáles son algunos de los cambios que han tenido lugar y qué debería hacer la Argentina para enfrentar las amenazas y aprovechar las oportunidades que le presenta el nuevo sistema internacional?

Un primer cambio ha sido el surgimiento de una nueva camada de líderes conservadores que está modificando la política doméstica de sus países. Si bien Trump, Bolsonaro, Putin, Erdogan, Modi y Netanyahu, para mencionar tan solo algunos casos, pueden ser calificados como “conservadores”, ellos presentan una serie de novedades. A diferencia de los conservadores del pasado, no se muestran respetuosos del principio de moderación ni de las jerarquías sociales establecidas. Al contrario, cuestionan fuertemente a un establishment “liberal y progresista” que, según su visión, ha dejado de defender los intereses y los valores de sus poblaciones.

El nacionalismo de estos líderes también ha puesto en crisis a los organismos internacionales que, para su buen funcionamiento, necesitan que los Estados les cedan cierto grado de soberanía. La ONU, la Unión Europea y la OMC son algunas de las instituciones que han perdido influencia en años recientes. Esto significa que será más difícil coordinar el accionar de los Estados para combatir amenazas como el calentamiento global o el creciente proteccionismo comercial.

Por otro lado, el realismo de los conservadores populares en política exterior ha llevado a que se acelere un conflicto estratégico entre China y los Estados Unidos que, por ahora, viene dándose en el campo político, económico y tecnológico aunque, si no es manejado de manera prudente, podría trasladarse al plano militar.

Pero también el mundo le presenta oportunidades a la Argentina. Entre estas, podemos mencionar el incremento de los lazos económicos que nos unen con otras naciones. Los posibles acuerdos –como el del Mercosur con la Unión Europea– tienden a fomentar la llegada de inversiones debido al establecimiento de reglas de juego más claras y estables.

La Argentina de hoy enfrenta un escenario más complejo que en el pasado porque, si bien siguen existiendo oportunidades, los costos de llevar adelante una política exterior cambiante y poco clara serán mayores de lo que fueron durante el orden liberal que lideró los Estados Unidos.

¿Qué debemos hacer? En el corto plazo, hay que implementar políticas públicas que fortalezcan las capacidades estatales en áreas clave, como son la educación pública y la defensa nacional, generando al mismo tiempo las condiciones para que el sector privado gane competitividad. Si se piensa en el largo plazo, tendremos que formar una nueva clase dirigente que, a través de los lazos de confianza y una visión compartida de país, pueda no solo impulsar la inserción exitosa de la Argentina en el mundo sino también su desarrollo económico y social.

El conservadurismo popular en su mejor momento

En 2019 publiqué el libro La rebelión de las naciones. Crisis del liberalismo y auge del conservadurismo popular, (2) donde argumento que gran parte de los cambios que estábamos observando en el escenario internacional se debían al surgimiento de un nuevo movimiento político: el conservadurismo popular. ¿Cómo le ha ido a este movimiento a partir de entonces?

En primer lugar, repasemos cuáles son algunas de sus principales características. Como su nombre lo indica, el conservadurismo popular continúa con la tradición conservadora, por lo cual no debe extrañarnos que algunas de sus banderas sean la defensa de la religión, la nación y el modelo tradicional de familia. Si bien los conservadores populares son capitalistas, están dispuestos a subordinar la eficiencia económica a otros objetivos, como son la estabilidad social o la seguridad nacional. Asimismo, su política exterior tiende a ser realista.

Lo que diferencia a los conservadores populares de los conservadores tradicionales es que carecen de moderación y son profundamente antielitistas. De hecho, denuncian a las clases dirigentes actuales (progresistas en lo social, liberales en lo económico y cosmopolitas en lo internacional) por haber dejado de representar los intereses y los valores de sus pueblos. Esto ha llevado a algunos de sus líderes a promover una forma de democracia más directa, alejada del modelo republicano liberal.

En dicho libro menciono la experiencia de algunos conservadores populares. Entre ellos Vladimir Putin en Rusia, Recep Erdogan en Turquía, Benjamin Netanyahu en Israel, Donald Trump en los Estados Unidos, Narindra Modi en India, Jair Bolsonaro en Brasil y los líderes de Polonia y Hungría. Incluso sostengo que Xi Xinping, líder de China, posee algunas características que lo acercan al conservadurismo popular.

Del otro lado del debate están los liberales progresistas, defensores del orden liberal que se consolidó luego de la caída del Muro de Berlín y que se sostiene sobre tres pilares: la promoción de la democracia liberal, la globalización y las instituciones internacionales. Algunos de sus representantes en aquel momento eran Emmanuel Macron, en Francia, y Justin Trudeau, en Canadá.

Repasemos lo que sucedió durante el último año donde, como anoté en el capítulo anterior, numerosos conservadores populares incrementaron su poder en las urnas. Con un 64 % de los votos, Modi logró imponerse en India por un margen más amplio que en la elección anterior, y lo hizo con un discurso aún más nacionalista. En Gran Bretaña, Boris Johnson no solo ganó la elección sino que transformó su partido, de conservador tradicional a uno conservador popular. En Brasil, Bolsonaro tiene hoy el mayor nivel de aceptación desde el inicio de su mandato. Putin logró la aprobación, con casi el 80 % de los votos, de una reforma constitucional que seguramente le permitirá ganar su reelección con comodidad. En Polonia, Andrzej Duda consiguió la reelección y en España surgió el Vox, partido que alcanzó el tercer lugar en las elecciones realizadas a fines de 2019.

El mayor golpe que ha sufrido el conservadurismo popular fue fruto de la debilidad de Trump, quien perdió la elección presidencial. Si bien esta debilidad es más un producto de su manejo de la pandemia que de sus ideas, esta derrota electoral es probable que marque un cambio de tendencia a nivel global debido a la importancia que tiene Estados Unidos.

Por otra parte, el liberalismo progresista continúa a la defensiva. Macron parece haber modificado algunas de sus posturas y se abraza a un discurso más cercano a la derecha tradicional francesa, gaullista, que al liberalismo progresista. Probablemente esto se deba a la pérdida de respaldo que su visión original sufrió luego de la aparición de los chalecos amarillos. Y, como dijimos, sería un error creer que el triunfo de Joe Biden es una clara victoria del liberalismo progresista. Como dijimos, el Partido Demócrata no solo se fue hacia la izquierda sino que los liberales progresistas han perdido influencia en la cultura de su país, cediendo espacio a una nueva generación de intelectuales que prioriza el feminismo, la lucha contra el racismo y otras causas, en lugar de defender el pluralismo y la libre discusión de ideas. Solo en el Partido Laborista en Gran Bretaña el liberalismo progresista ha podido tomar el control de la mano del moderado Keir Starmer.

En definitiva, el conservadurismo popular no solo ha logrado sobrevivir la pandemia sino que parece haber ganado fuerza. Por este motivo, resulta fundamental estudiar un fenómeno que, probablemente, también llegue a nuestro país.

Ante el posible (pero evitable) resurgimiento del fascismo

Tengo la sensación de que gran parte de los cambios políticos que tendrán lugar como consecuencia de este nuevo coronavirus serán el resultado de lo que suceda en la derecha. Más precisamente, de la interna que tenga lugar entre las diversas tradiciones que la conforman. ¿Cuáles son estas tradiciones?

El lado más oscuro de la derecha lo representan los movimientos nacionalistas que surgieron a principio de siglo XX en Europa. En su momento, estos movimientos fueron revolucionarios, ya que, si bien buscaron inspiración en el pasado mítico de las sociedades, eran esencialmente modernos. El fascismo, por ejemplo, vio en el Estado al único representante de un pueblo supuestamente homogéneo. Proponía abandonar la democracia liberal para elegir, por aclamación, a un hombre fuerte que pudiese hacer uso del aparato estatal para guiar al pueblo a un destino de gloria. Semejante concentración de poder devendría en el totalitarismo y en un nacionalismo que, una vez llevado al campo de la política exterior, fomentó el expansionismo territorial. Como sabemos, este experimento culminó con la caída de los gobiernos nacionalistas de Alemania y Japón al final de la Segunda Guerra Mundial.

Quizá la vertiente más conocida de la derecha sea el liberalismo. La mayoría de los liberales valoran, ante todo, al individuo y a la razón. Promueven las libertades individuales, el estado de derecho y el equilibrio de poderes que tiene lugar gracias a las instituciones republicanas. Por el contrario, suelen desconfiar del rol que las religiones juegan en la vida pública y se oponen, mayoritariamente, a todo tipo de nacionalismo. En el plano económico defienden al capitalismo, a la competencia y a un Estado que se limite a cumplir ciertas funciones básicas. En política exterior, suelen promover la democracia liberal, los organismos internacionales (como la ONU o la OMC) y el libre comercio. Con la caída del Muro de Berlín, las ideas liberales pasaron a dominar el discurso político y económico, siendo la globalización uno de sus principales resultados.

Por último, los conservadores buscan alcanzar un equilibrio entre el individuo, el Estado y la sociedad civil. Dentro de esta última, aprecian el rol que juegan las pequeñas comunidades, las familias y las religiones. Si bien el conservadurismo valora la nación, considera que lo que une a sus integrantes no es una etnia en particular (como lo hacían el nazismo y otros movimientos nacionalistas) sino una historia y una cultura en común. Finalmente, los conservadores suelen oponerse al relativismo moral, algo que ven reflejado, en mayor o menor medida, en el resto de las ideologías modernas.

Dado que ya he escrito sobre el tema, no me detendré aquí a discutir sobre la naturaleza del conservadurismo popular. Tan solo diré que si bien este movimiento continúa con la tradición conservadora, se diferencia de esta en un aspecto central: es antielitista. En efecto, el conservadurismo popular ataca a las clases dirigentes actuales, a las que considera liberales y progresistas, porque no representan los intereses y los valores de sus pueblos. Donald Trump lo fue, mientras que Recep Erdogan, Narendra Modi, Jair Bolsonaro, Vladimir Putin y Boris Johnson son algunos de los líderes que pertenecen a un movimiento que hoy en día se encuentra en plena expansión.

Pensando a futuro, creo que uno de los mayores peligros que enfrenta el mundo es el resurgimiento del fascismo. El liberalismo y el conservadurismo son moral y políticamente aceptables, pero el fascismo claramente no lo es.

¿Cómo podría ocurrir ese resurgimiento? Mediante la transformación del conservadurismo popular en un movimiento similar al fascista. En principio, esto parece poco probable dado que las diferencias entre el conservadurismo y el fascismo son considerables. Mientras que el primero valora la religión, desconfía del Estado y es realista en política exterior, el segundo defiende las posturas opuestas. Sin embargo, y al igual que ocurrió en la Europa de principios del siglo XX, los temores a los enemigos externos e internos del pueblo podrían llevar a que las sociedades, y los conservadores en particular, crean que la solución se encuentra en un Estado y un líder todopoderoso. De hecho, en su defensa de un modelo de democracia más directa, el conservadurismo popular ya presenta ciertos rasgos autoritarios. También debemos considerar la posibilidad de que, enfrentados con el posible ascenso al poder de la izquierda, muchos liberales opten por apoyar una versión aggiornada del fascismo.

Debemos velar por que esto no ocurra, en especial en momentos en que la proliferación del Covid-19 está generando gran temor en las sociedades. Los mejores representantes del conservadurismo y del liberalismo tienen por delante la responsabilidad de establecer una clara línea entre lo que es aceptable y lo que no lo es. Nuestro futuro puede depender de ello.

El conservadurismo popular, en ascenso: ¿llegará a la Argentina?

Pocos libros marcaron tanto una época como El fin de la historia, de Francis Fukuyama. La tesis central de esta obra, publicada en 1992, es que con la caída del Muro de Berlín la lucha entre las ideologías había llegado a su fin. Si bien a partir de ese momento podrían producirse retrocesos, lo cierto es que la democracia liberal junto al capitalismo finalmente habían triunfado y se expandirían por todo el mundo. Por otra parte, sus grandes rivales, el comunismo y el fascismo, habían fracasado.

Pero la historia nos da sorpresas. El análisis de Fukuyama había dejado de lado otra visión de la sociedad: la del conservadurismo. Esta tradición de pensamiento y gobierno es alimentada por diversas corrientes, entre las que se encuentran la doctrina de la Iglesia católica, el pensamiento del filósofo alemán G. W. F. Hegel y el del británico Edmund Burke. Para los conservadores, el bienestar de los individuos y de la comunidad depende, en gran medida, de la fortaleza de la sociedad civil y de los grupos intermedios que la componen, siendo las familias y las agrupaciones religiosas los más importantes. El Estado y las libertades individuales son aceptados, pero únicamente como parte de una organización social más amplia y profunda que, según el conservadurismo, promueve la buena vida.

Durante el conflicto entre Occidente y la Unión Soviética, conservadores y liberales, que históricamente habían sido rivales, conformaron una alianza intelectual y política que tuvo como principal objetivo enfrentar al comunismo. Pero una vez finalizada la Guerra Fría, el liberalismo se alejó de las posturas que defendieron dirigentes como Ronald Reagan y Margaret Thatcher para adoptar aspectos del ideario progresista, como son la agenda de género o el rechazo a todo tipo de nacionalismo. Emergió entonces el liberalismo progresista de nuestros días, aquel que defienden políticos como Trudeau y Macron. En parte por convicción y en parte por conveniencia, el liberalismo progresista se terminó convirtiendo en la ideología de gran parte de las élites, aquellas que defienden al liberalismo en lo económico (como globalización y libre mercado) y al progresismo en lo social (donde están el secularismo y el feminismo).

Si en su momento el triunfo de la democracia liberal fue el gran catalizador de la historia, hoy parece serlo el rechazo al liberalismo progresista y a las élites que lo postulan. Cuando recorremos el mapa del mundo, observamos el surgimiento de una nueva camada de líderes políticos que a las posturas tradicionales del conservadurismo le suman un fuerte elemento antielitista. Entre ellos se encontraba Trump en los Estados Unidos, y perduran Putin en Rusia, Boris Johnson en Gran Bretaña, Modi en India, Erdogan en Turquía, Bolsonaro en Brasil y Netanyahu en Israel.

¿Qué características tienen estos líderes y su ideología, a la que denomino conservadurismo popular? En primer lugar, son nacionalistas. También son capitalistas, pero desconfían de la versión más ambiciosa de la globalización. Rechazan, por ejemplo, la libre migración y están dispuestos a imponer barreras al libre comercio para incrementar los ingresos de algunos sectores de la población o ejercer presión sobre otros Estados.

Se oponen a la agenda progresista y llaman a defender el modelo tradicional de familia. Celebran, por otra parte, la participación de la religión en la esfera pública y suelen formar alianzas con las instituciones religiosas de sus países. En política internacional son realistas. Por lo tanto, evitan ideologizar la política exterior y no buscan expandir un determinado modelo de gobierno alrededor del mundo. Otras características son su lenguaje “políticamente incorrecto” y su hábil manejo de las redes sociales, a las que utilizan para “saltearse” a los medios tradicionales de comunicación.

Mientras que los conservadores tradicionales se mostraban moderados y respetaban las jerarquías sociales, los conservadores actuales atacan al establishment porque consideran que, debido a su progresismo y liberalismo, ya no representa los intereses y los valores de sus sociedades. Esto los ha llevado a cuestionar ciertas instituciones republicanas y a promover una forma más directa de democracia en la que ganan protagonismo los hombres fuertes y los plebiscitos, como el que definió la salida de Gran Bretaña de la Unión Europea.

En la actualidad, el conservadurismo popular se encuentra en plena expansión. Johnson ha transformado al Partido Conservador británico en un partido conservador popular, y Modi instaló exitosamente el nacionalismo hindú en India. En nuestra región, los índices de aprobación de Bolsonaro han subido. Por lo contrario, liberales progresistas como Macron y Trudeu sufren bajos niveles de aceptación y enfrentan a conservadores populares en sus países.

Las implicancias del auge del conservadurismo popular son enormes y afectan la vida de millones de personas. Modifican, por tomar un caso, las relaciones entre los Estados. Por un lado, facilitan la estabilidad del sistema internacional, puesto que las guerras causadas –o justificadas– por motivos ideológicos se han vuelto menos habituales. Pero, por otro lado, dificultan, debido al mayor nacionalismo, el tipo de cooperación que resulta necesario para combatir el calentamiento global o establecer políticas comerciales y monetarias que eviten una nueva crisis económica global.

En definitiva, el ascenso del conservadurismo popular es el tema de nuestro tiempo. ¿Llegará en algún momento a la Argentina?

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22 октября 2025
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9789874803115
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