Читать книгу: «Ciudadanos de las dos ciudades»

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Versión impresa, ISBN: 978-607-99522-3-5

Versión digital, ISBN: 978-607-99522-4-2

Los textos aquí presentados fueron arbitrados (doble-ciego) y dictaminados por especialistas nacionales.

Posteriormente fueron revisados, corregidos y modificados por los autores antes de llegar a su versión final.

Dirección editorial: Miryam Meza Robles

Cuidado de la edición: Felipe G. Sierra Beamonte

Corrección de estilo: Óscar Díaz Chávez

Diagramación y diseño de portada: Carlos A. Vela Turcott

Versión digital: Daniel P. Estrella Alvarado

Impreso en México



A mi querida madre, Laura Delia Quintanilla de Cantú, que con

su alegría y fortaleza ha sido una fuente inagotable de inspiración.

A mis pacientes feligreses de San Josemaría, con una disculpa

por no haberlos atendido mejor, y con el mayor agradecimiento

por lo mucho que me compartieron.

Índice

Presentación

Introducción

Los dejó admirados

Un texto clave

Formación para la participación

Con optimismo y buen humor

Descanso y contemplación

Cuando llega el verano

El descanso de los hijos de Dios

Evitar el atolondramiento

Septiembre, mes de la patria

Un aspecto de la caridad

El ejemplo de los primeros cristianos

Príncipe de la paz

“Mi paz les doy”

Tres propuestas

Pedro entre nosotros

Una grata noticia

La “sombra” de Pedro

El quinto Evangelio

Los “gritos” de las piedras

Eventos de especial significación

Con san Josemaría a la Villa de Guadalupe

Una ocasión privilegiada

Como los antiguos peregrinos

En familia

¿Matrimonio igualitario?

Arma poderosa

Lepanto

Contemplar el rostro de Jesús con María

Proteger la santidad de la familia

Avanzar por el camino de la misericordia

“La puerta santa del alma”

La Iglesia es madre

La alegría de los hijos de Dios

La dignidad del cristiano

El “Padre amoroso” que nos contempla

San José: ¡trabajo bien hecho!

Dios trabajando en un taller de carpintería

La virgen de Fátima: 1917-2017

Una sorprendente aparición

El tercer secreto

San Josemaría y la virgen de Fátima

El mes de la Biblia, san Jerónimo y nuestra vida interior

Padre y doctor

La Escritura en la misa

En el umbral de la eternidad

La ciudad permanente del cristiano

Un rico insensato

La caída de las hojas

“Podemos arreglarlo”

Una bonita canción

“Escombros y semillas”

Verdad, posverdad, proverdad y elecciones en México

Un concepto luminoso

Tiempo de elecciones

Pasión por la verdad

Posverdad: mentira emotiva

“Participar para transformar”

Las imperfecciones de la democracia

Orientaciones puntuales de nuestros pastores

Participación responsable en la vida pública

Un compromiso voluntario y generoso

Cuidar y perfeccionar nuestra joven democracia

Información y participación

Jesús, los jóvenes y la vocación

“Vengan y lo verán”

El próximo sínodo

No ser eternamente niños

La Iglesia es de Cristo, pero también nuestra

“Repara mi casa”

Santa e indefectible

Un nuevo álbum en nuestra vida

Esperanza con realismo

Gimnasia espiritual

Ante la actual estridencia, diálogo sereno y razonado

Un desgaste muy costoso

El legado del pensamiento griego

Deberes ciudadanos del cristiano

Tiempo de graduaciones

Empezar bien el día

La verdad: una alta cumbre

Fe y razón, las dos alas del espíritu

“Una ola blanca y poderosa”

Dos llagas dolorosas

Y dos líneas de acción

Un gesto conmovedor

La libertad de los jóvenes hijos de Dios

Algo no está funcionando bien

¿Libertad o mera espontaneidad?

“La verdad los hará libres”

Cuando Jesús llama…

Un personaje a la puerta

Ante todo, fe

Pero también acción

Hacer más con menos

San Juan Pablo Magno

Un legado imponente

La Divina Misericordia en el centro

Al pan, pan, y al vino, vino

San Juan Pablo, ¿magno?

Matar a un ruiseñor

Una grave cuestión

Muchísimo más que un ruiseñor

Hombre y mujer, distintos y complementarios

“Cumbres nevadas”

La cruz en las entrañas del mundo

Hoy como ayer

Educación, verdad y democracia

Una situación delicada

Educación y cultura para la democracia

Educación en la verdad y en el amor

Un buen profesor

Reflexiones para un año que comienza

Una posible tentación

La pequeña semilla y el árbol frondoso

La grandeza y debilidad de nuestra libertad

San José: en su mes y año, “valentía creativa”

Una personalidad imponente

Inspiración para los padres de familia

Ir a donde el Señor quiera

“Otros que vienen las continuarán…”

Un breve balance

Muchas gracias a todos

Epílogo: la alegre música del Evangelio

Una consigna de Cristo

Hijos de Dios y hermanos entre nosotros

Buena música, no ruido de campanas rotas

Una reacción muy original

Referencias

Presentación

El 6 de abril de 2015, lunes de Pascua, temprano por la mañana recibí una inesperada llamada telefónica. Se me comunicaba que el vicario regional de la Prelatura del Opus Dei (Obra de Dios), institución a la que pertenezco desde hace muchos años, quería conversar conmigo en la Ciudad de México. El resumen de aquel amable encuentro era plantearme si estaría dispuesto a trasladarme de Monterrey, donde residía y trabajaba como sacerdote desde hacía quince años, a la Ciudad de México, con el objeto de ser párroco de la iglesia de San Josemaría en la zona de Santa Fe.

Aunque aquello me desconcertó mucho, pues no había trabajado en algo así nunca (mi tarea pastoral se había limitado desde mi ordenación sacerdotal a atender labores apostólicas de la Prelatura, mayoritariamente con estudiantes universitarios), accedí con gusto. Al poco tiempo se formalizaron las cosas y pude tomar posesión de mi nuevo cargo a principios del mes de junio. Y ahí permanecería por espacio de seis intensos años, hasta el mes de abril de 2021.

Fue una gratísima experiencia, llena de situaciones novedosas para mí, en la que lo más importante, como podrá fácilmente comprenderse, fue la interacción con incontables personas. Me encontré con una comunidad muy comprometida en la tarea de difundir el Evangelio de Cristo en todos los ambientes de la sociedad. Aprendí mucho de los sacerdotes que colaboraron conmigo en esa tarea, de los órganos consultivos de la parroquia, de los diversos grupos, del personal de servicio, etcétera.

Siempre consideré que mi prioridad tenía que ser la atención a cada alma. Me propuse que cada persona que, por cualquier inquietud espiritual, se acercara a la parroquia y al párroco fuera acogida y atendida del mejor modo posible. Para cumplir esa tarea disponía, como todo párroco, de las diversas celebraciones litúrgicas, especialmente de la eucaristía dominical, unida a ese entrañable momento, al terminar la misa, de saludo y diálogo con los feligreses y sus respectivas familias. También dediqué amplios espacios de mi tiempo para recibir en mi oficina o en el templo a quien quisiera confesión, dirección espiritual o simplemente orientación sobre algún asunto personal.

Aproveché, entre otros, un canal de comunicación empezado por mis predecesores, la redacción de los editoriales de una publicación bimensual de la parroquia.

En esos textos que además de impresos se subían a nuestra página web me propuse, casi desde el principio, abordar temas un poco más amplios que la mera vida parroquial. Con cierto énfasis en las cuestiones que propone la Doctrina Social de la Iglesia, a la que me he sentido atraído desde mis tiempos de estudiante universitario en la carrera de leyes de la Universidad Panamericana.

Esa colección de editoriales es la que ahora ofrezco a los lectores. Temas, como expresa el título de esta publicación, relacionados con los deberes de un cristiano tanto para con la Iglesia como para con la sociedad civil. Quise, por lo mismo, conservar la redacción original, un tanto coloquial, de un párroco con sus feligreses. Es mi ilusión que puedan despertar en quien los lea un mayor compromiso con las exigencias de su vocación cristiana en los dos ámbitos, espiritual y terreno, eclesial y civil.

Al leerlos será evidente que, además de las referencias a la Escritura y al Magisterio de la Iglesia, en los editoriales ocupa un lugar muy destacado la enseñanza de san Josemaría Escrivá, fundador del Opus Dei. Es el patrono de la parroquia y me pareció un deber de justicia y de gratitud proceder así.

Pido a la virgen María, bajo su advocación de Guadalupe, que la lectura de estos textos consiga la meta antes aludida de despertar en el lector el propósito de vivir mejor su compromiso cristiano en esta difícil etapa de la historia de la Iglesia que estamos atravesando.

Pbro. Francisco A. Cantú

Los Pinos, Coahuila, julio de 2021

Introducción

Los dejó admirados

Un día, nos cuenta el Evangelio, se presentó ante Jesús un grupo heterogéneo de personas. Procedían principalmente de los llamados herodianos (cercanos al rey Herodes y, por tanto, colaboracionistas con las autoridades romanas) y fariseos, los acérrimos defensores de las grandes tradiciones religiosas del pueblo elegido, los más observantes (externamente) de la ley de Moisés. Tenían, por tanto, posturas contrapuestas, pero paradójicamente se unen contra el que consideran su enemigo común: Jesús de Nazaret. Como consignan los tres evangelios sinópticos (Mateo, Marcos y Lucas) en aquella ocasión querían tenderle una trampa. Y para conseguirlo, le plantean una cuestión particularmente espinosa: el tributo al César. En efecto, pocas cosas resultaban más odiosas al pueblo que el injusto yugo al que el dominador romano los tenía sometidos. Aquellos interlocutores introducen su pregunta de una manera aparentemente amable: “Maestro, sabemos que eres sincero y que no te importa lo que diga la gente, porque no tratas de adular a los hombres, sino que enseñas con toda verdad el camino de Dios. ¿Está permitido o no, pagarle el tributo al César? ¿Se lo damos o no se lo damos?”.[1]

La artimaña fue captada inmediatamente por el Señor. Dijera lo que dijera quedaría mal. Si afirmaba que lo pagaran, lastimaría gravemente la sensibilidad del pueblo, que vería en esa respuesta una especie de traición a sus más hondos anhelos de justicia y libertad. Si, por el contrario, se ponía en contra de Roma, y negaba la obligación de pagar el tributo, los herodianos presentes tendrían un magnífico pretexto para acusarlo ante Poncio Pilato de subversión, de atentar contra los supremos intereses del imperio.

Pero Jesús nota su hipocresía y responde: “¿Porqué me ponen una trampa? Tráiganme una moneda para que yo la vea”. Se la trajeron (un denario) y él les preguntó: “¿De quién es la imagen y el nombre que lleva escrito?”. Le contestaron: “Del César”. Entonces les respondió Jesús: “Den al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios”. Y los dejó admirados.[2]

En su sencillez y concisión, la respuesta del Señor revela su grandeza. No era una salida evasiva o diplomática, era poner las bases firmes para el comportamiento de sus discípulos a lo largo de la historia. Jesús no se pone de parte de los judíos ni de los romanos, sino que, elevándose sobre aquella coyuntura particular, apunta a una solución de fondo: La armoniosa y, ciertamente muy difícil, conjunción de los deberes para con Dios y con el Estado. El cristiano habrá de cumplir, lo más esmeradamente posible, sus obligaciones con ambos poderes, pues pertenece a ambas ciudades, la celestial y la terrena.

Un texto clave

Con el paso de los siglos el Concilio Vaticano II, al recoger una amplísima reflexión teológica de la tradición cristiana, exhortará a sus hijos, “ciudadanos de las dos ciudades, a que se afanen por cumplir fielmente sus deberes temporales, guiados por el espíritu del Evangelio”. Puntualiza con firmeza que “se alejan de la verdad quienes, sabiendo que nosotros no tenemos aquí una ciudad permanente, sino que buscamos la futura, piensan que pueden por ello descuidar sus deberes terrestres, sin comprender que ellos por su misma fe están más obligados a cumplirlos, cada uno según la vocación a la que ha sido llamado”.[3]

En este luminoso texto está contenida la propuesta que se ofrece al lector en las páginas del breve ensayo que tiene en sus manos. Quienes hemos tenido la gracia de recibir la vocación cristiana por medio del bautismo, estamos llamados no sólo a conquistar la santidad por el ejercicio de las virtudes humanas y sobrenaturales, procurando imitar a Jesucristo, nuestro insuperable modelo, sino también a configurar, con la luz de su mensaje, las estructuras temporales de la sociedad.

Formación para la participación

Un grave problema para la Iglesia en México y en el mundo ha sido desde muy antiguo la apatía de los católicos para las cosas que se refieren a la política y, más en general, a aquellas actividades que inciden ampliamente en el bien común. Los últimos romanos pontífices lo han denunciado con insistencia. San Josemaría, por su parte, lo vislumbró con agudeza desde los primeros tiempos de la fundación del Opus Dei. Por eso, quiero incluir aquí dos largas citas de una de sus cartas más antiguas, fechada en enero de 1932, es decir, muy poco después de la fecha fundacional (2 de octubre de 1928), aunque entregada a sus hijos espirituales en 1966, muy probablemente reelaborada.

La primera se refiere a la importancia de la intervención de los católicos en la actividad política:

La presencia leal y desinteresada en el terreno de la vida pública ofrece posibilidades inmensas para hacer el bien, para servir: no pueden los católicos (…) desertar de ese campo, dejando las tareas políticas en las manos de los que no conocen o no practican la ley de Dios, o de los que se muestran enemigos de su Santa Iglesia.

La vida humana, tanto la privada como la social, se encuentra ineludiblemente en contacto con la ley y con el espíritu de Cristo Señor Nuestro: los cristianos, en consecuencia, descubren fácilmente una compenetración recíproca entre el apostolado y la ordenación de la vida por parte del Estado, es decir, la acción política. Las cosas que son del César, hay que darlas al César; y las que son de Dios, hay que dárselas a Dios, dijo Jesús.[4]

La segunda cita nos ofrece una ponderada explicación de esa apatía generalizada que antes mencionamos:

Es frecuente, en efecto, aun entre católicos que parecen responsables y piadosos, el error de pensar que sólo están obligados a cumplir sus deberes familiares y religiosos, y apenas quieren oír hablar de deberes cívicos. No se trata de egoísmo: es sencillamente falta de formación, porque nadie les ha dicho nunca claramente que la virtud de la piedad –parte de la virtud cardinal de la justicia– y el sentido de la solidaridad cristiana se concretan también en este estar presentes, en este conocer y contribuir a resolver los problemas que interesan a toda la comunidad.

Por supuesto, no sería razonable pretender que cada uno de los ciudadanos fuera un profesional de la política; esto, por lo demás, resulta hoy materialmente imposible (…) por la gran especialización y la completa dedicación que exigen todas las tareas profesionales, y entre ellas la misma tarea política.

Pero sí se puede y se debe exigir un mínimo de conocimiento de los aspectos concretos que adquiere el bien común en la sociedad, en la que vive cada uno, en las circunstancias históricas determinadas.[5]

Con optimismo y buen humor

Es patente para quien tenga un mínimo de formación cristiana que, en la actual situación por la que atraviesa la Iglesia, sus enseñanzas básicas sobre temas vitales para la persona y la sociedad se encuentran sometidas a un fuerte rechazo por la cultura secular dominante. El matrimonio y la familia, el derecho de los padres a la educación de sus hijos, la libertad religiosa, la propiedad privada, la defensa de la vida y tantas cosas más se proponen en los grandes canales que configuran la opinión pública (radio, cine y televisión; redes sociales; periódicos y revistas, etc.) en términos ajenos o abiertamente hostiles a la propuesta cristiana. De aquí la importancia de abordar estos grandes asuntos y de hacerlo con mucha claridad en el fondo, pero con la mayor serenidad en la forma. En búsqueda siempre de las áreas comunes con los diversos actores políticos de la sociedad, desde las que sea posible alcanzar acuerdos con el diálogo abierto y respetuoso. Y, como alguien ha propuesto, sin alzar la voz, incluso con una sonrisa.

Con la luz de la fe, sabemos que la verdad está de nuestro lado. Tenemos, por tanto, los hijos de Dios que mantener en todo momento una actitud optimista y esperanzada. Nuestro gran desafío es mostrar esa verdad con el ejemplo y la palabra, de modo convincente y atractivo. Esta publicación es una modesta aportación a esta causa. Ahora bien, llevar a la práctica el mensaje del Evangelio y de la enseñanza social de la Iglesia es una tarea, como podrá comprenderse, descomunal. Está por encima de la limitada capacidad de cada uno de nosotros considerados individualmente. Pero unidos por la fe y el amor podemos lograr que las cosas cambien. No nos quedemos, por tanto, con los brazos cruzados o, peor aún, con quejas o lamentos que no conducen a ninguna parte. Una vez alguien me hizo considerar una atinada comparación. Si, en una noche oscura, se enciende una pequeña luz en un inmenso estadio vacío y apagado, obviamente el estadio no quedará iluminado pero esa pequeña luz se podrá apreciar desde cualquier rincón del estadio. De eso se trata. Encendamos cada uno una pequeña luz en nuestro lugar del estadio y, con la ayuda de Dios, entre todos conseguiremos iluminarlo. Es el Señor quien lo ha dicho: Ustedes son la luz del mundo.[6]

[1] Marcos 12, 14.

[2] Marcos, 15-17.

[3] Concilio Vaticano II, Gaudium et spes, núm. 43.

[4] Mateo 22, 21. San Josemaría, carta 9-I-1932, en Cartas I, edición crítica, n. 41, a-b.

[5] Ibidem, núm. 46, a-c.

[6] Mateo 5, 14.

Descanso y contemplación
Cuando llega el verano

Cada año, al llegar el periodo de vacaciones escolares, se nos presenta la oportunidad de cambiar de actividad y de convivir más estrechamente con la familia. En algunos casos, lo tradicional será dejar el lugar en que ordinariamente se vive, para trasladarse a algún sitio más fresco y tranquilo. Tal vez algún rincón en las montañas o alguna casa cercana a la playa. En cualquier caso, para muchos de nosotros se trata de una época distinta que conviene aprovechar bien.

Por eso, quisiera servirme de esta ocasión para recordar aquel comentario de san Josemaría: “Descanso significa represar: acopiar fuerzas, ideales, planes… En pocas palabras: cambiar de ocupación, para volver después –con nuevos bríos– al quehacer habitual”.[1]

El domingo pasado escuchamos en el Evangelio de la misa la amable invitación del Señor a sus discípulos: “Vengan conmigo a un lugar solitario, para descansar un poco”. Y es que, como anota san Marcos, “eran tantos los que iban y venían, que no les dejaban tiempo ni para comer”.[2] Jesús, que pedía mucho a sus discípulos, también les daba mucho, los cuidaba de modo constante, casi maternalmente. Y no se le escapaba la importancia de esos momentos de distensión que todos necesitamos en la vida. Hay que reconocer con humildad que no somos máquinas ni ángeles (creaturas puramente espirituales), sino hombres o mujeres, seres de carne y hueso que, naturalmente, al cumplir con nuestros deberes ordinarios de trabajo, experimentamos, como dice también la Escritura, “el peso del día y del calor”.[3] Por eso, no es sólo razonable, sino muy conveniente, descansar. Pero hemos de hacerlo de modo inteligente y cristiano.

Un peligro, por ejemplo, sería ante la fatiga abrir puertas falsas. Buscar el rompimiento del estrés con alguna evasión que nos pueda dañar tanto el cuerpo como el alma. Los ejemplos los conocemos todos: desorden en las comidas o bebidas (especialmente peligroso, como es evidente, en el caso del alcohol), sumergirnos en las redes sociales y dar entrada a imágenes provocativas e inconvenientes o que simplemente nos hagan perder el tiempo; deslizarse hacia compras compulsivas, etc. Por experiencias amargas, todos sabemos que por ese camino realmente no se descansa, al contrario. Se suele entrar en un peligroso círculo: cansancio-evasión-adicción-frustración-más cansancio-más evasión...

El descanso de los hijos de Dios

Como cristianos, ante todo, hemos de escuchar la recomendación de Jesús cuando nos dice “vengan a mí todos los fatigados y agobiados y yo los aliviaré”.[4] Las vacaciones son una excelente oportunidad para practicar algún deporte, entrar en contacto con la naturaleza, hacer una buena lectura… pero sin dejar, por ningún motivo, de tratar al Señor. Habría que buscar momentos de tranquilidad para descubrirlo en nuestro interior y entablar un diálogo sencillo y franco que nos permita recuperar la paz o ahondar en ella. Como tantas veces se ha dicho, bastaría suponer que Él nos pregunta: “¿Cómo estás?, ¿qué me cuentas?, ¿cómo van las cosas?”. Y, partiendo de ahí, mantener una conversación serena y relajada que nos ayude a centrarnos mejor.

De la oración mental bien hecha, de ese diálogo sencillo e íntimo, vendrán sin duda luces nuevas para enfocar adecuadamente las propias vacaciones y, quizás, también para ver si hubiera algo que cambiar en nuestra tarea ordinaria. Entonces, bien ubicados ante Dios y ante nosotros mismos, podremos acometer con alegría la convivencia familiar o social. Una persona que procura mantenerse cerca de Dios no avasalla a los demás al practicar un deporte o evita las trampas en los juegos de mesa; comparte con gozo con los otros las cosas buenas que se va encontrando por la vida, ya sea un buen libro, una pieza musical o un paisaje natural. Una rica vida interior es la mejor plataforma para alcanzar todo tipo de profundas y enriquecedoras satisfacciones. Como recuerda el papa Francisco en su encíclica Laudato si (Alabado seas), por ese camino se logra una auténtica actitud contemplativa, la apertura al estupor y maravilla de la Creación que con tanta frecuencia encontramos en los santos y, especialmente, en ese gran patrono de los ecologistas que es san Francisco de Asís.

Las vacaciones son un momento privilegiado para leer o releer el fabuloso Libro de la Creación, escrito por Dios mismo. San Agustín, con su singular elocuencia, predicaba:

Interroga a la belleza de la tierra, interroga a la belleza del mar, interroga a la belleza del aire que se dilata y se difunde, interroga a la belleza del cielo (…) interroga a todas estas realidades. Todas ellas te responden: Ve, nosotras somos bellas. Su propia belleza es su proclamación. Estas bellezas sujetas a cambio, ¿quién las ha hecho sino la Suma Belleza no sujeta a cambio?[5]

Evitar el atolondramiento

Dios es un Padre bueno, no lo olvidemos, que ha querido dejar grabada su imagen en todas sus creaturas. El problema es, muchas veces, que nosotros tenemos la mente y el corazón un tanto embotados y no lo percibimos. No hace mucho recibí un mensaje electrónico en el que el autor, con prosa poética y hermosas fotografías de paisajes naturales, invitaba a una visión positiva y optimista, luchando contra la tristeza. A manera de estribillo repetía: No estás deprimido, no. Estás distraído, atolondrado.

Algo de razón tiene. Queridos hermanos, los invito a abrir los ojos del cuerpo y del alma y a disfrutar en estos días de tantas cosas hermosas y sencillas como el Señor ha puesto en nuestras manos: mariposas, pájaros y ardillas; estrellas, conchas y caracoles; amaneceres y atardeceres; flores, bosques, ríos y mares… Y a hacerlo unidos en familia. Así lo quiere la Iglesia que, por medio del Papa, nos recuerda: “En la familia se cultivan los primeros hábitos de amor y cuidado a la vida, como por ejemplo el uso correcto de las cosas, el orden y la limpieza, el respeto al ecosistema local y la protección de todos los seres creados. La familia es el lugar de la formación integral, donde se desenvuelven los distintos aspectos, íntimamente relacionados entre sí, de la maduración personal”.[6]

A la virgen del Carmen le pido que nos conceda a todos la gracia de descansar bien este verano, combinando armónicamente la convivencia familiar, el ejercicio físico, el enriquecimiento cultural y, sobre todo, la contemplación espiritual.

Que Dios los bendiga.

Santa Fe, Ciudad de México, julio de 2015

[1] San Josemaría, Surco, núm. 514.

[2] Marcos 6, 30-31.

[3] Marcos 20, 12.

[4] Marcos 11, 28.

[5] San Agustín, Sermón 241, 2, citado en el Catecismo de la Iglesia católica, núm. 32.

[6] Papa Francisco, Alabado seas, núm. 213.

Septiembre, mes de la patria
Un aspecto de la caridad

El mes de septiembre anuncia la llegada del otoño. En nuestro medio aumentan las lluvias, baja un poco la temperatura, algunos árboles cambian de follaje y, una nota muy mexicana, por todas partes –en los automóviles, en las fachadas de las casas, en los edificios públicos– aparecen banderitas tricolores.

Y es que, en efecto, para nosotros este mes es el de la patria. Con el aniversario de nuestra independencia nacional, celebramos gozosa y un tanto ruidosamente nuestra mexicanidad. Pienso que los mexicanos, de una forma u otra, experimentamos, en particular en estos días, una compleja amalgama de sentimientos que tienen como fondo un noble y sincero amor por la tierra que nos vio nacer. Apreciamos, con una nueva luz, nuestras tradiciones y cultura, nuestra música y cocina, y tantas cosas más.

Cristo mismo, nuestro modelo en todo, amó tiernamente a la capital de su pueblo. San Lucas lo recoge con una conmovedora expresión de afecto: “Jerusalén, Jerusalén (…) ¡Cuántas veces he querido reunir a tus hijos como la gallina reúne a sus pollitos bajo sus alas!”.[1] San Pablo, por su parte, expresa en diversas ocasiones el legítimo orgullo que le provocaba pertenecer al pueblo de Israel y con frecuencia anima a los cristianos a cumplir sus deberes ciudadanos. A los fieles de Roma, por ejemplo, les propone: “Denle a cada uno lo que se le debe: (…) a quien impuestos, impuestos; a quien respeto, respeto; a quien honor, honor”.[2]

Se trata, para nosotros, de exigencias muy concretas que son como una prolongación del amor a nuestros padres y abuelos. El Catecismo de la Iglesia católica lo subraya con firmeza: “El amor y el servicio de la patria forman parte del deber de gratitud y del orden de la caridad”.[3] Y esto implica, entre otras cosas, la obediencia y respeto a las legítimas autoridades, aunque obviamente sea legítimo manifestar de modo respetuoso nuestro disentimiento cuando fuere oportuno.

El ejemplo de los primeros cristianos

Emociona constatar en la célebre Epístola a Diogneto, a propósito de aquellos discípulos de finales del siglo ii, que “habitan en su patria, pero como forasteros; toman parte en todo como ciudadanos y todo lo soportan como extranjeros; toda tierra extraña es para ellos patria, y toda patria, tierra extraña”. Vivían, pues, una doble nacionalidad: pertenecían a la ciudad celestial, pero sin apartarse de la ciudad terrena. Estaban en medio del mundo, cumpliendo sus deberes, amando intensamente a su patria sea cual fuere, pero a la vez con la mirada clavada en el cielo.

San Josemaría, desde muy joven insistía también en que

ser “católico” es amar a la Patria, sin ceder a nadie mejora en ese amor. Y, a la vez, tener por míos los afanes nobles de todos los países. ¡Cuántas glorias de Francia son glorias mías! Y, lo mismo, muchos motivos de orgullo de alemanes, de italianos, de ingleses…, de americanos y asiáticos y africanos son también mi orgullo. –¡Católico!: corazón grande, espíritu abierto.[4]

Hagamos nosotros lo mismo. Aprovechemos estos días para fomentar el amor a México (o, si se fuera extranjero, a la propia patria) con un corazón universal. Con auténtico patriotismo, pero sin esas exageraciones nacionalistas que tanto daño han hecho y siguen haciendo a la sociedad. Procuremos, también, ir un poco más allá de la mera celebración externa y folclórica. Revisemos, por ejemplo, además del antes mencionado deber de respeto y obediencia a las autoridades, si estamos cumpliendo con las exigencias patrióticas que nos pide nuestra vocación cristiana. Si, por ejemplo, trabajamos honesta y cabalmente, si atendemos con delicadeza nuestros deberes familiares, si pagamos los impuestos que en justicia nos corresponden, si prestamos algún servicio social o profesional. Y un punto particularmente importante y delicado: si amamos con radicalidad la verdad en todas sus manifestaciones. Porque debemos estar persuadidos de que, sin verdad en nuestras vidas, abrimos espacios a la corrupción y a la injusticia. Esa terrible corrupción pública y privada que nos está ahogando tiene su última raíz en la mentira.

Nuestra fe nos ofrece una poderosa luz para perfeccionar y embellecer todas las realidades humanas. También las que se refieren al patriotismo. Termino con otro pensamiento de san Josemaría recogido en Surco: “Ésta es tu tarea de ciudadano cristiano: contribuir a que el amor y la libertad de Cristo presidan todas las manifestaciones de la vida moderna: la cultura y la economía, el trabajo y el descanso, la vida de familia y la convivencia social”.[5]

Santa Fe, Ciudad de México, septiembre de 2015

[1] Lucas 13, 34.

[2] Romanos 13, 7.

[3] Catecismo de la Iglesia, núm. 2239.

[4] San Josemaría, Camino, núm. 525.

[5] San Josemaría, Surco, núm. 302.

Príncipe de la paz
“Mi paz les doy”

En la Noche Buena, la liturgia de la misa nos propone un texto en el que el profeta Isaías describe con intensos oráculos su visión del futuro rey que habrá de salvar al pueblo elegido. Entre sus cualidades hay una de singular belleza. El anhelado Mesías será “Príncipe de la paz”.[1] Efectivamente, queridos hermanos, la noche bendita de Navidad, según nos cuenta san Lucas, los ángeles que anuncian a los pastores la noticia del nacimiento del Salvador, proclaman gozosos: “Gloria a Dios en el cielo y en la tierra paz a los hombres de buena voluntad”.[2] Nuestro Señor ha venido a la tierra para establecer un reinado de paz. Un reinado que, comenzando en este mundo por medio de la Iglesia, alcance su plenitud en la vida eterna.

La fiesta de Cristo Rey que pone fin al año litúrgico y la ya cercana celebración de la Navidad nos invitan a reflexionar sobre esta importante dimensión de la obra de Cristo y, consecuentemente, de sus discípulos. Él ha venido, insisto, para llenarnos de paz: “La paz les dejo, mi paz les doy”,[3] afirmó a los más íntimos en la Última Cena.

El papa Francisco nos lo recuerda tenazmente:

La paz no “se reduce a una ausencia de guerra, fruto del equilibrio siempre precario de las fuerzas en pugna. La paz se construye día a día, en la instauración de un orden querido por Dios, que comporta una justicia más perfecta entre los hombres”.[4] En definitiva, una paz que no surja como fruto del desarrollo integral de todos, tampoco tendrá futuro y siempre será semilla de nuevos conflictos y de variadas formas de violencia.[5]

Siendo esto así de claro, nos causa una gran pena constatar que este precioso bien –la paz– tan delicado y frágil, sea constantemente roto por los hombres. ¡Qué frustración e impotencia nos provoca, un día y otro, la dramática violencia que impera en amplias regiones de nuestro país! Al contemplar tanto sufrimiento nuestra sensibilidad cristiana no puede permanecer indiferente. y es lógico que nos preguntemos: y yo, ¿qué puedo hacer? ¿Qué puedo aportar para mejorar aunque sea un poco este terrible panorama? ¿Cómo conseguir que la riqueza de la paz de Cristo no quede arrinconada en el cofre de nuestras almas, sino que sea compartida y multiplicada en la vida de otras personas?

Tres propuestas

Se me ocurren tres cosas muy puntuales y al alcance de todos. En primer lugar, acudir con fe segura y esperanza inconmovible al Príncipe de la paz para que actúe en los corazones de los hombres infundiendo sentimientos de concordia y reconciliación. Lo que para nosotros es imposible, no lo es para Él. Hagamos todos un nuevo esfuerzo por reconciliarnos, por acercarnos a quienes, por las razones que sean, la vida nos ha distanciado (más o menos amargamente) en este año que termina. Luego, otro propósito, acentuemos nuestro afán de reparación. Levantemos con nuestra oración, nuestro sacrificio y con nuestro diario trabajo bien hecho, una gran columna de incienso que perfume y desagravie al Señor por las múltiples ofensas que recibe con esos actos de odio, violencia e injusticia. Y, en tercer lugar, podríamos empeñarnos en ser, en el lugar concreto que ocupamos en la sociedad, “sembradores de paz y de alegría” como siempre predicó san Josemaría Escrivá.[6] Dar un tono menos enfático y crítico a nuestras conversaciones, buscar una amable disculpa para quien haya dicho o hecho alguna tontería, dar un giro positivo y alentador, más cristiano, a las situaciones difíciles que puedan presentarse en el ambiente donde nos desenvolvemos.

En una homilía dirigida en la solemnidad de Cristo Rey, nuestro patrono proclamaba: “Si pretendemos que Cristo reine, hemos de ser coherentes: comenzar por entregarle nuestro corazón. Si no lo hiciésemos, hablar del reinado de Cristo sería vocerío sin sustancia cristiana”.[7] Y, acto seguido, proponía algo muy práctico: ejercitarnos diariamente en el espíritu de servicio: “Servicio. ¡Cómo me gusta esta palabra! Servir a mi Rey y, por Él, a todos los que han sido redimidos con su sangre”.[8] Meditemos despacio estas palabras y obtengamos consecuencias.

Que la Virgen Santísima, Reina de la paz, nos ayude a difundir con obras y de verdad la paz de Cristo. En las próximas fiestas y siempre.

Santa Fe, Ciudad de México, noviembre de 2015

[1] Isaías 9, 5.

[2] Lucas 2, 14.

[3] Juan 14, 27.

[4] Pablo VI, Populorum Progressio, núm. 76.

[5] Francisco, Evangelii gaudium, núm. 219.

[6] San Josemaría, Es Cristo que pasa, núm. 30.

[7] Ibidem, núm. 181.

[8] Ibidem, núm. 182.

Pedro entre nosotros
Una grata noticia

El pasado 12 de diciembre, al habitual gozo de festejar a nuestra madre de Guadalupe, se añadió la alegría de saber que el papa Francisco quiso celebrar en esa fecha una misa en la basílica de San Pedro, en Roma, en la que aludió detenidamente a su próximo viaje a nuestra tierra. Apenas iniciado el Año Santo de la Misericordia, el romano pontífice aprovechó la ocasión para poner en las manos de la virgen morena los frutos de su viaje y, de alguna manera, de todo el Jubileo que tenemos por delante.

En un momento de su intervención dijo:

Que la dulzura de su mirada [de la Guadalupana] nos acompañe en este Año Santo, para que todos podamos redescubrir la alegría de la ternura de Dios. A ella le pedimos que este año jubilar sea una siembra de amor misericordioso en el corazón de las personas, las familias y las naciones. Que nos convirtamos en misericordiosos, y que las comunidades cristianas sepan ser oasis y fuentes de misericordia, testigos de una caridad que no admite exclusiones.

Es una clara llamada a agrandar el corazón, a revisar si no habrá en nosotros mismos algún viejo resentimiento que convenga arrancar en este año nuevo que estamos comenzando. Luego añadió para alegría de todos nosotros: “Para pedirle esto, de una manera fuerte, viajaré a venerarla en su santuario el próximo 13 de febrero. Allí pediré esto para toda América, de la cual es especialmente Madre”.

Ese mismo día se hizo público el programa del viaje apostólico del Papa a México, un programa en el que evidentemente Francisco ha querido privilegiar, como es su costumbre, a los más débiles: enfermos, migrantes, indígenas, encarcelados… La visita será, sin duda, un constante ejercicio de las obras de misericordia. Pienso, de modo particular, que el Papa nos ofrecerá a todos los mexicanos un bálsamo de ternura en las heridas que nuestra sociedad ha recibido en los últimos tiempos. Será esperanzador escuchar su palabra y comprobar que, como padre bueno y misericordioso, nos consolará en nuestras tristezas. No está de más recordar que el propio Cristo, que tantas veces consoló a sus discípulos, pidió a Pedro que hiciera lo mismo: “Yo he rogado por ti para que tu fe no desfallezca; y tú, cuando te conviertas, confirma a tus hermanos”.[1]

Con el ejemplo y la palabra del santo padre seremos impulsados a vivir, con la mayor intensidad que seamos capaces, el ejercicio de la misericordia. Hay mucho sufrimiento cerca de nosotros, mucha miseria humana y espiritual. Y, especialmente en este año, debemos sentirnos convocados a encontrarnos con nuestros hermanos sufrientes. Decía bellamente san Agustín que “la misericordia es una cierta compasión ante la miseria ajena nacida en nuestro corazón, que nos impulsa a socorrerla en la medida en que nos sea posible”.[2] Descubramos cerca de nosotros ese dolor y busquemos suavizarlo. Al menos con un poco de afecto y conversación:

Hoy [son también palabras del Papa], que las redes y los instrumentos de la comunicación humana han alcanzado desarrollos inauditos, sentimos el desafío de descubrir y transmitir la mística de vivir juntos, de mezclarnos, de encontrarnos, de tomarnos de los brazos, de apoyarnos, de participar en esa marea algo caótica que puede convertirse en una verdadera experiencia de fraternidad, en una caravana solidaria, en una santa peregrinación.[3]

La “sombra” de Pedro

Entre los diversos títulos con que se designa al supremo pastor de la Iglesia está el entrañable de sucesor de san Pedro. El hecho de que Francisco venga a México es, desde una perspectiva de fe, que Pedro esté entre nosotros. Que su amable sombra nos dé un poco de frescura cuando nos encontramos un tanto sofocados por la aridez del camino. De inmediato, en este contexto, viene a la memoria el pasaje de los Hechos de los Apóstoles cuando se nos narra que multitud de fieles se colocaban por donde Pedro iba a pasar, para que al menos su sombra los alcanzase.[4] Eso es lo que más necesitamos en estos momentos. Aliento en la gran batalla de vivir y difundir el Evangelio.

No olvidemos, además, que unidos a Pedro fortalecemos la unidad de toda la Iglesia. Otro gran tema de mucha actualidad. Hace años san Josemaría pedía a uno de sus hijos espirituales: “Ofrece la oración, la expiación y la acción (…) para que todos los cristianos tengamos una misma voluntad, un mismo corazón, un mismo espíritu: para que omnes cum Petro ad Iesum Per Mariam! –¡que todos, bien unidos al Papa, vayamos a Jesús, por María!”.[5]

Preparémonos, pues, durante estas semanas para que la semilla que, Dios mediante, sembrará el papa Francisco en las almas de sus hijos mexicanos, caiga en buena tierra. Tierra removida, abonada, humedecida por la gracia de Dios y nuestra lucha personal. Que Santa María de Guadalupe nos acompañe en este camino.

Santa Fe, Ciudad de México, enero de 2016

[1] Lucas 22, 31.

[2] San Agustín, La Ciudad de Dios, ix, 5.

[3] Francisco, Evangelii gaudium, núm.87.

[4] Hechos 5, 15.

[5] San Josemaría, Forja, núm. 647.

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26 февраля 2026
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9786079952242
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