Читать книгу: «El universo mental»
Francesc Vieta y Mercè Fèrriz
El Universo Mental
¿De veras es un sinsentido nuestra existencia?

1ª Edición: Enero 2019
© 2019 – Francesc Vieta Pascual y Mercè Ferriz Gil
© Fotos Portada: Francesc Vieta y Mercè Ferriz
© Diseño cubierta: Francesc Vieta y Mercè Ferriz
Maquertación y compaginación: Veronika Plainer
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ISBN formato papel: 978-84-945608-8-0
ISBN formato ebook: 978-84-945608-9-7
A tothom
«No cesaremos en la exploración y el fin de todo nuestro explorar será llegar a donde empezamos y conocer el lugar por vez primera»
T. S. Elliot, Little Gidding
El porqué de todo esto.
Viaje en busca de un tesoro.
De dónde venimos, dónde estamos y hacia dónde vamos
es lo que nos plantearemos para intentar definir
nuestro movimiento voluntario.
Es decir, el por qué de todo esto.
A ello deberemos sumarle los efectos de lo imprevisible,
lo llamado azar, si queremos entender finalmente
adónde hemos llegado.
El universo físico no es la única realidad. Hay también un universo mental. Ambos universos son la esencia de la realidad. No son iguales, pero forman parte de una simetría esencial. Lo que conocemos del universo físico nos ayuda a entender mejor cómo funciona la mente, ya que lo que conocemos y comprendemos de lo físico es un relato mental sobre aquello que, aparentemente, es de otra naturaleza. La esperanza que nos guía es que, comprendiendo mejor ambos universos y su conexión, logremos entendernos mejor y guiemos de manera más pacífica y coherente nuestros movimientos relacionales como especie.
De dónde venimos
No partimos de cero. Muchas otras personas ya han navegado antes por el universo de lo mental y sus descubrimientos nos han guiado en nuestra labor y nos guiarán en esta aventura. Somos una pareja de psicólogos en busca de un tesoro. Deseamos comprender mejor la relación entre lo físico y lo mental.
En nuestros inicios nos guió un interés vocacional por la mente y el sufrimiento emocional, propio y ajeno, que nos llevó a formarnos académicamente. Cursamos estudios de psicología en sendas universidades públicas de Barcelona y continuamos nuestra formación clínica individual dentro de la escuela psicoanalítica. Cuando nos conocimos, ambos llevábamos unos años de actividad profesional como clínicos, en servicios de salud mental comunitaria y en consulta privada. La práctica clínica y nuestra tendencia a la libertad de pensamiento, pronto nos ayudó a entender que es enriquecedor estar abiertos a todas las visiones inteligentes sobre el funcionamiento mental. Sin banderitas ni militancias.
En este recorrido personal aprendimos que la psicopatología, desde sus inicios, se fue desarrollando centrándose mayoritariamente en describir estructuras, en clasificarlas, ordenarlas, con la idea de poder identificar claramente el dolor mental en las personas que lo sufren. Gracias a este gran esfuerzo colectivo, todos los interesados en la materia nos fuimos aclarando. Uno de los resultados evidentes de este esfuerzo ha sido cambiar el rechazo y la estigmatización de los trastornos mentales y las personas que los sufren, por un progresivo acercamiento y comprensión, acompañados de un trato cada vez más empático. Sin embargo, como ya iremos insistiendo, nada permanece inmóvil en este universo, y para entender el movimiento mental, el cambio en el estado psíquico, necesitamos poner el acento en el factor temporal. Si el espacio nos va bien para conocer estructuras más o menos permanentes de la mente, el tiempo nos puede ir bien para entender mejor cómo se mueven. Cómo evolucionan. Por ejemplo, la claustrofobia se entiende como un miedo intenso (fobia) a los espacios cerrados (claustro) que dificulta en mayor o menor grado la vida de la persona que la sufre:
«Una de mis primeras fantasías de pequeño, muy vívida y terrorífica, era la de entrar en un callejón sin salida. En concreto la experiencia mental, casi tan real como cuando recibes una descarga eléctrica, era la de penetrar en una cueva cuyas dimensiones sólo permitían la entrada de una sola persona a gatas. Me metía en la cueva porque quería ver adónde me llevaba, sin reparar que tras de mí venía una hilera inacabable de gente que me seguía en mi exploración. El terror aparecía repentinamente, cuando llegaba al final del camino y me esperaba una pared… y la gente seguía entrando…»
A este tipo de vivencias angustiantes los psicólogos les ponemos la etiqueta de claustrofobia. La explicación que clásicamente se ha dado del terror, ha puesto el acento en el tipo de espacio que lo genera: un espacio reducido. Desde Einstein, en el mundo físico, ya no se habla de espacio sin incluir la dimensión temporal. En el universo mental pasa lo mismo: el espacio mental, que nos permite entre otras muchas cosas, “ver” más allá de nosotros mismos y entender que el otro es alguien que también dispone de una mente, ya no se puede entender sin incluir la vivencia temporal. En el ejemplo personal que os hemos explicado se puede apreciar muy claramente: ¿Qué os parece: ¿es el tipo de espacio, cueva reducida y pared final, lo que explica el terror?
Es evidente que si la cueva fuera muy amplia y terminara en pared sería muy distinta la respuesta emocional. Si mis expectativas fueran las de hallar una salida al exterior podría sentir decepción, pero no terror. Además, al permitir el movimiento de toda la gente sin obstáculos, no habría problema en girarse y salir por donde habíamos entrado sin más dificultad. Por tanto, el espacio favorece el tipo de vivencia que puede desarrollarse en él. De ahí que la referencia al claustro (etimología) esté justificada. Fijémonos ahora en el factor temporal de dicha experiencia: El espacio, cueva, es reducido, de acuerdo, pero a medida que pasa el tiempo, se va reduciendo más porque tras de mí una hilera de gente va ocupando el espacio físico. El terror no aparece hasta que la realidad física de la pared final y la imposibilidad de dar inmediatamente media vuelta, se me hacen evidentes. Lo terrorífico no es sentirse atrapado en un espacio tan reducido, sino el hecho de tomar consciencia de que no hay tiempo suficiente para salir vivo de dicha situación. La angustia no es debida sólo al espacio, que no permite demasiada libertad de movimientos; sino también, y de manera decisiva, a la vivencia de que el sentimiento de estar atrapado no cesará jamás, o a tiempo.
Nuestro interés por el espacio-tiempo1 nos condujo a otros parámetros físicos que parecen estar también presentes en el universo mental: movimiento, velocidad, inercia, masa, gravedad…. Aquí empieza el viaje. El asombro por el cosmos del que formamos parte es otro aspecto que compartimos. Si nos tumbamos una noche a mirar las estrellas, es fácil que sintamos un impacto estético abrumador, y probablemente muchas preguntas acudan a nuestra mente. El universo macroscópico es inimaginablemente grande y el microcosmos subatómico inimaginablemente diminuto. Somos parte de esta inmensidad y también de esta pequeñez... ¿Cómo son en nosotros esos trazos del micro y el macrocosmos original? ¿Qué relación existe entre el universo del que formamos parte y nosotros, que lo observamos?
Venimos de un recorrido histórico repleto de fantásticos descubrimientos; de mucho conocimiento acumulado sobre lo sustancial y lo mental, sobre materia y espíritu, sobre carne y alma…. aunque todavía no está integrado. Venimos de un tiempo en el que un conflicto bélico implícito entre ciencia y religión impide dicha integración.2
Dónde estamos
Ambos universos, físico y mental, muestran aspectos explícitos, que podemos observar. Algunos son cuantificables y mesurables; en cambio, hay otros aspectos de lo físico y lo psíquico que son implícitos, como las leyes que gobiernan el universo, o la relación entre la conducta de un individuo y su actividad mental. Lo latente no es observable directamente a través de nuestros sentidos. De hecho, sólo puede advertirse si, además, pensamos. Entendemos que pensar es un acto creativo que implica confrontar distintas observaciones, distintas informaciones, e integrarlas coherentemente gracias a ingredientes emocionales como la curiosidad, el interés, la ilusión, la esperanza… que orientan nuestra atención. Al contrario de lo que hoy en día parece ser trending topic en neurociencias: la mente nos engaña, nosotros sentimos y pensamos que las emociones, aunque no podemos negar que nos pueden confundir, también nos guían para entender mejor la realidad. Partimos de lo evidente: somos seres físicos y mentales. Un ser humano está hecho de materia, por tanto, es un ser físico que se rige por las leyes fundamentales de la Naturaleza, que gobiernan el comportamiento de todo lo que está hecho de materia conocida. Estamos sometidos a la gravedad, nuestros átomos tienen núcleos gobernados por las interacciones nucleares débil y fuerte y a su alrededor orbitan electrones que se conectan electro-magnéticamente con otros átomos del entorno. Los seres humanos somos además seres conscientes. El Universo del que formamos parte se auto-observa a través nuestro. Es a través de esta conciencia, del pensamiento, del impulso emocional, del deseo por conocer, de toda la acumulación e integración compleja de conocimiento honesto, que los humanos hemos podido descubrir que existen las leyes fundamentales de la Naturaleza. Gracias a que valoramos emocionalmente el descubrimiento de dichas leyes y su comprensión, podemos ir conociendo cada vez mejor la realidad física que nos forma y que nos rodea.
Para emprender este viaje por el universo psíquico hemos dirigido nuestra atención hacia el Cosmos: En primer lugar, porque formamos parte de él, aunque a menudo parece que los humanos lo hayamos olvidado3; pero también por la fascinación que despierta en nosotros. Así fue como empezamos a leer sobre física. Hemos leído a cosmólogos, a físicos cuánticos, a científicos divulgadores que desean compartir con otras personas los avances de sus respectivas disciplinas, lo que entienden, lo que conocen, qué se está haciendo y hacia dónde vamos. Como psicólogos, algunas de las cuestiones que se plantean nos parecen muy difíciles de comprender; otras veces entendemos la teoría, pero lo vemos de distinta manera; si bien lo que más nos emociona es darnos cuenta de hasta qué punto lo que nos explican los científicos sobre el cosmos, conecta con lo que conocemos acerca de cómo funciona la mente y el mundo emocional humano. Hay Implícita una simetría e intuimos que la clave está en un juego de espejos. Pero no nos adelantemos. Nuestra intuición debe ser confirmada. Para llegar a la sala de los espejos antes debemos emprender este viaje, sin saber exactamente cuál es nuestro destino final…y ¡disfrutar del recorrido! Tenemos muchas ganas de compartir nuestra aventura y de conectarnos con otros que nos ayuden a entender más y mejor. Para empezar, podríamos decir lo siguiente:
Toda la materia y la energía interaccionan; se relacionan según unas leyes fundamentales. Los seres humanos somos una amalgama dinámica de materia y energía, idéntica en lo fundamental a la materia y energía que componen todo lo que conocemos, desde lo más diminuto a lo más grande; desde una partícula subatómica a un supercúmulo de galaxias. Por razones que nos transcienden y que desconocemos, somos capaces de observar y comprender el universo. Esto lo logramos gracias a una inteligencia que no es de nuestra propiedad, que no hemos creado los humanos. El comportamiento de todo el Universo es inteligente, está gobernado por unos órdenes, como nos muestra la existencia de las leyes naturales. No es una inteligencia que emerge del planeta Tierra, pues antes de su formación ya existían los órdenes y esa coherencia en el Universo, y evidentemente antes del nacimiento evolutivo de la humanidad.
Esto nos parece difícil de negar, pues todo el edificio del conocimiento científico se basa en dicha premisa:
«Podemos ir conociendo y entendiendo cada vez mejor el comportamiento de todo lo que podemos observar, que forma parte del TODO del que surgimos, y podemos crear nuevos conocimientos, puesto que existen unas leyes que son previas a nuestra existencia y que dan coherencia a lo que llamamos Universo».
También nos parece curioso que toda la comprensión alcanzada hasta ahora permita situar al ser humano justo en una posición intermedia, en cuanto a escalas se refiere, entre el universo de lo micro y el de lo macro. Es decir, si observamos la partícula más pequeña conocida y la agrupación más grande con un orden dinámico diferenciable, y comparamos ambos tamaños, resulta que puede considerarse que una persona está en medio de las enormes distancias que separan los tamaños de lo minúsculo y de lo enorme…4 Esto ¿es así por alguna razón? No lo sabemos, pero es así y no de otra forma. Sin embargo, esta posición intermedia nos ha permitido el descubrimiento de lo muy grande y de lo muy pequeño. La construcción de aparatos capaces de ampliar nuestra observación inteligente de lo macro y de lo micro, nos ha traído al espacio-tiempo presente. Ahora sabemos que lo micro es tan grande como lo macro. Sólo que desde nuestro lugar y momento en el universo, lo micro es, si lo comparamos con nuestro tamaño, tremendamente pequeño. Esta posición intermedia nos brinda la oportunidad de tender puentes que vayan de lo increíblemente gigante a lo inmensamente diminuto. Por otra parte, durante el cambio del siglo XX al XXI hemos asistido al nacimiento y desarrollo exponencial de la red global. Puede parecer que antes no existía una conectividad relacional, pero es precisamente por su preexistencia implícita que ha podido finalmente manifestarse. Todas las personas formamos parte de una malla relacional. Se puede pensar como un tejido compuesto por todos los vínculos, implícitos y explícitos, entre personas del mundo, incluyendo los del mundo interno de cada individuo, a lo largo de toda la historia humana. Estos vínculos son físicos, cognitivos y afectivos. La malla o matriz relacional humana es heterogénea y dinámica; es decir, cambia continuamente. Existen en ella puntos, o mejor dicho, nódulos de mayor concentración de actividad mental, que crean masa. Físicamente los identificamos explícitamente como familias, grupos, colectivos, comunidades, lobbies… Dichas agrupaciones de seres humanos crean y comparten narrativas que acaban funcionando dentro de la malla como un planeta, ejerciendo su propia gravedad. Por ejemplo, en la cultura occidental el relato generalizado sobre la muerte conduce a sentir y a vivir el envejecimiento, como una pérdida absoluta de facultades, como una degradación, hasta la desaparición total. Si bien hay informaciones5 que contradicen este modo de entender el proceso vital, no consiguen variar la inercia gravitatoria de sentir la vejez y la muerte según dicho relato. Lo que como individuos pensamos, sentimos y hacemos influye en la matriz y viceversa.
Supongamos que pudiéramos observar la matriz relacional como psicólogos clínicos. Tal vez diríamos que presenta un dominio insuficiente del mundo emocional y relacional, que se manifiesta en un sufrimiento o dolor colectivo. A estas alturas todos sabemos que existe una incoherencia flagrante entre lo mucho que hemos avanzado tecnológicamente y el uso que, en ciertos contextos, se hace de la tecnología. Por una parte, podemos combatir enfermedades causantes de mucho dolor, de una manera muy sofisticada, y al mismo tiempo usar esos conocimientos y esa tecnología también para causar dolor y destrucción, como evidencia el progreso de la industria armamentística.
Otro indicador del deficiente dominio emocional de la malla, son los persistentes desajustes entre sus distintos colectivos, entre diferentes culturas, entre géneros, entre generaciones, entre condiciones socioeconómicas, entre religiones, entre ciencia y religión… que derivan directa o indirectamente en violencia. ¡No tenemos resuelto el tema de la violencia! A pesar de saber, a ciencia cierta, que la violencia genera más violencia. En el campo del conocimiento existe un pulso terrible, una guerra implícita entre ciencia y religión: no estamos pudiendo atender bien la necesidad que tenemos de acompasar nuestro avance tecnológico y de conocimientos, con nuestra necesidad emocional de que todo esto, toda esta curiosidad y búsqueda de respuestas, siga dando un sentido a nuestra existencia. Un sentido que no sea ni un refugio tranquilizador en brazos de un creador omnipotente, aunque inconsistente con nuestros descubrimientos; ni tampoco una huída hacia la nada, la insignificancia absoluta y, por tanto, el sinsentido. Nuestra sed de conocimiento es tan importante como nuestra necesidad emocional de hallar una comprensión coherente de nuestra existencia en el universo.
Entonces… ¿dónde estamos?
Estamos en un momento crucial: o damos un salto evolutivo o seguimos hacia una autodestrucción inércica.
Hacia dónde dirigirnos
Nos preguntamos entonces si nuestra naturaleza humana nos lleva inexorablemente al conflicto violento. Es decir: « somos así; no hay más remedio que aceptarlo»; o bien « no estamos condenados a la autodestrucción porque somos capaces de evolucionar si logramos conectarnos y entendernos mejor». Nosotros apostamos por esta segunda posibilidad y creemos haber alcanzado algunos avances esperanzadores. La sensación de que hay algo que puede y debe hacerse para variar esta inercia autodestructiva es muy evidente. Ciertamente ya hay signos de cambio, pero no ha habido un golpe de timón importante. Nuestro sueño tiene que ver con esto. Es lo que recogemos en este cuaderno de bitácora. Como estudiosos y clínicos de la mente, Psicólogos o Psíquicos, valoramos y nos impresiona el conocimiento científico adquirido a lo largo de los siglos acerca del Cosmos. Resultan muy inspiradores tanto la evolución del conocimiento del Universo como el descubrimiento de las leyes que lo gobiernan y los conceptos que han permitido ir entendiéndolo. La realidad física parece sostener la credibilidad de nuestros tiempos. Para muchos, real es aquello que se puede constatar físicamente. Sin embargo, la interpretación y comprensión de todo lo que nos rodea es un producto mental. Nuestra comprensión evolutiva del universo y de nosotros mismos se da gracias a la conexión entre tres sentidos básicos del movimiento mental: la curiosidad creativa con la que investigamos, la capacidad reflexiva con la que orbitamos alrededor de nuestro objeto de estudio, y la receptividad esperanzada con la que esperamos los resultados. Nuestras ganas de comprender y de compartir nuestro entendimiento nos ayudan a conocer nuestro universo.
Hoy en día en el mundo científico aún domina la idea de que la primera realidad es física y que lo mental surge o emerge de esta realidad. Este principio es indemostrable científicamente. El mismo relato que ha ido construyendo la ciencia moderna reconoce que hay un límite infranqueable para la física de la materia. El origen de todo, el inicio del Big Bang, no se puede investigar con herramientas físicas. Además de ser indemostrable científicamente que lo mental surge de lo sustancial, es importante que nos demos cuenta de que se trata de una visión antropocéntrica. ¿Por qué? Porque da por sentado que lo mental humano es todo lo mental del universo.
Aun así, confiamos en que lo que han comprendido los físicos acerca de la materia, puede guiarnos en la búsqueda de las leyes que rigen lo mental, pues lo que sí podemos afirmar tranquilamente es que están relacionados de algún modo. Albergamos Grandes Esperanzas de poder conectar de una manera coherente lo esencial de la Física de la materia con lo esencial del conocimiento de la Mente. A lo largo de este trabajo, intentaremos trasladar nuestro asombro al descubrir que los parámetros que parecen gobernar el universo físico, pueden explicarnos parte de la dinámica del universo mental.
El deseo –y la urgencia- de reparar la desconexión emocional que existe entre el avance tecnológico y el uso a menudo irresponsable que hacemos de él, nos impulsa a establecer vínculos con otros que, como nosotros, observan distintos aspectos de la realidad: se trata de compartir e integrar lo que cada uno en su disciplina ha ido descubriendo. Creemos que así podremos evolucionar y puede que superar algunas de nuestras incoherencias evidentes, como poner la tecnología al servicio de la destructividad. Al fin y al cabo nosotros confiamos en la capacidad evolutiva… también en lo emocional. Y, además, como muchos otros, sentimos que estamos en un momento crucial.
El dilema está entre seguir la inercia que nos lleva a la autodestrucción o variar nuestro movimiento de manera inteligente.
Pero para variar la dirección, ante todo, debemos confiar que en el primer paso hallaremos un suelo que nos sostenga…Confiar, esperar que así sea.
Si no esperáramos nada no nos moveríamos.
Desde un punto de vista psicológico la esperanza es un ingrediente fundamental del movimiento inteligente-emocional. Tiene que ver con el deseo de superación de un cierto estado presente. Este ingrediente está claramente conectado con un concepto científico fundamental: evolución. Un ejemplo de movimiento inteligente- emocional evolutivo es el trato a la infancia. ¿Qué es mejor para que un niño o niña aprenda algo, amenazarlo y obligarlo violentamente hasta que lo aprenda, o dedicar más tiempo y atención del que habíamos calculado, de manera que pueda ir asimilando a su ritmo el aprendizaje? En esto ya hemos evolucionado.
Centraremos nuestro interés y atención en la malla relacional, en la mente colectiva, que expresa un movimiento que puede ser comprendido; y no sólo esto, sino que también puede transformarse. ¿Cómo? Por nuestra parte creemos que una buena manera de empezar es haciendo un esfuerzo por entender e integrar de manera más coherente los movimientos evolutivos e involutivos de la matriz. Dicho de otro modo, tomar conciencia de lo que nos ayuda a conectarnos mejor entre todos y lo que nos lo dificulta. Al igual que un matemático debe conocer los métodos adecuados para resolver una integral, por ejemplo, también para integrar coherentemente el conocimiento y las vivencias emocionales que lo acompañan, existen unas herramientas indicadas. Si queremos entendernos mejor debemos conocer el universo mental. He aquí una buena razón para acompañarnos en este viaje.
Integrar los descubrimientos en los diferentes campos del conocimiento humano, lleva a una mejor comprensión de la realidad. Una idea simple pero inspiradora sería que, en el conocimiento de la realidad, cada uno aporta su singular pieza en el puzzle, y para completarlo necesitamos todas las piezas. El amor, en este caso por el conocimiento, es un elemento esencial.
En un grupo humano, por ejemplo, si sólo tenemos en cuenta los pensamientos de aquellos integrantes del grupo que lo expresan en voz alta, no entenderemos bien la dinámica grupal. Para conocer y entender mejor cómo funciona un grupo, debemos tener en cuenta el comportamiento del grupo como un todo y de cada uno de sus integrantes y las relaciones que se establecen entre ellos. Esto puede hacerse extensivo a colectivos de observadores. Por eso nos parece coherente la confianza depositada en el trabajo interdisciplinar.
Puede que para cambiar la inercia también debamos revisar las jerarquías: a quién le otorgamos el poder sobre el conocimiento de la realidad, a quién excluimos, a quienes obviamos… Sin entrar ahora en detalles, si observamos la historia del conocimiento humano y los juegos de poder que lo han dominado, y lo dominan, observaremos una tendencia constante: lo explícito inevitablemente es lo primero que se descubre. Es más valorado, luego se le otorga más poder explicativo y a menudo es confundido con lo único real. De esta tendencia se deriva la ley del más fuerte y la dificultad para valorar lo implícito como por ejemplo la vagina respecto al pene, la receptividad respecto a la iniciativa, la belleza interior respecto a la belleza externa, los recursos internos versus la riqueza material, la violencia implícita respecto a la violencia explícita y así con otros pares como la comunicación no verbal y la comunicación verbal, la memoria procedimental y la memoria explícita, lo mental y lo físico, el tiempo y el espacio…. Los caminos trazados no son pocos. Pero aún no son suficientes. Los vínculos que se pueden construir son muchos…todavía. A esto nos referimos con el trabajo interdisciplinar. De ahí nuestra insistencia en construir puentes entre mente y materia, entre emoción y acción.

Puente colgante inca. Grabado de Ephraim George Squier. s XIX
Entonces, ¿Hacia dónde nos dirigimos?
¡Demos el salto! Emprendamos el viaje, con la esperanza de hallar
un suelo que no sólo sea físico y que nos sostenga mejor a todos.

https://elojodelpezz.blogspot.com/2015/
Nuestra comprensión evolutiva del Universo
es fruto de la conexión entre la curiosidad creativa
y la receptividad esperanzada.
Nuestro impulso a compartir nuestros hallazgos
acerca del universo nos permite
expandirlos en el espacio y en el tiempo,
generando nuevos frutos evolutivos,
en la sinapsis entre iniciativa y receptividad.
1 Aportaciones desde el modelo del espacio-tiempo mental al modelo de expansión diádica de E.Tronick. ; 2. Receptividad e iniciativa. Mercè Ferriz Gil y Francesc Vieta Pascual. www.psicoterapiarelacional.es
2 Vieta-ferriz, 2015. Cuento sobre el conocimiento del universo.
3 La dificultad cada vez mayor de poder ver el cielo estrellado, especialmente en grandes núcleos urbanos, favorece esta desconexión.
4 Abrams, Nancy.E., Primack, Joel R. El nuevo universo y el futuro de la humanidad. ED. Antoni Bosch Editor, 2013
5 Destacamos en este sentido lo que puede derivarse de la indestructibilidad de la energía postulada por la 1ª. Ley de la termodinámica, así como la eternidad del movimiento implícita en la 1ª. Ley del movimiento de Newton, las investigaciones científicas acerca de las experiencias cercanas a la muerte (ECM) , en especial los trabajos recogidos en el trabajo de Van Lommel, P. Consciencia más allá de la vida. Ed. Atalanta, 2015.
La partida
La noche es oscura,
de acuerdo, pero…
¡mirad las estrellas!
Tendidos sobre el suelo…
observamos el cielo iluminado
El universo conocido es físico. Parece estar ahí afuera. Lo podemos observar. Y sin embargo formamos parte de él. Estamos en él. Los entendidos en la materia nos aseguran que todos los objetos de este universo se hallan unidos a través del espacio-tiempo. Comprender esta realidad supone un esfuerzo impresionante. Avanzar en dicha comprensión requiere una enorme ilusión, una increíble valentía y una profunda esperanza. Mostrar una nueva manera de entender algo tan grande, tan universal, es todo un desafío. Se dice que “En el universo físico hay más estrellas que granos de arena en todas las playas del mundo”. La luz de algunas de esas estrellas aún no nos ilumina, porque no han nacido o lo han hecho tan lejos y en un tiempo cósmico tan relativamente reciente, que para nosotros aún no existen; la luz de otras estrellas nos sigue llegando, a pesar de haber muerto hace ya tiempo. Es una cuestión de espacio, tiempo y de la velocidad de la luz en cruzarlo.
Existe otro universo que está inextricablemente unido al físico. Es el universo mental. También en el universo mental todos los objetos se hallan unidos a través del espacio-tiempo. La luz que cruza ese espacio-tiempo es la que da sentido a todas las cosas. En el universo mental esa luz es la conciencia, que nos permite conocer el Cosmos a través de la conexión emocional, cuya riqueza y gama de matices, quizás infinitos, intentamos captar, comprender y transmitir. La cantidad, la cualidad y la calidad de esta luz dependen, en primera instancia, del espacio y del tiempo.
Lo que conocen las disciplinas físicas acerca del universo del que formamos parte, puede servirnos de guía al navegar por el universo mental. El hecho de formar parte de ese cosmos físico, de estar compuestos en última instancia por los mismos elementos básicos, sigue despertando en muchos de nosotros el deseo de comprender cómo se conectan lo físico y lo mental. Si pensamos en el momento y el lugar actuales, veremos que hoy en día hay - a lo largo y ancho de nuestro pequeño planeta-, conocimientos suficientes para alcanzar un nivel de comprensión distinto. Muchos de estos conocimientos están desconectados. Distintos colectivos de personas, especialistas en diversos campos, estamos desarrollando, muy a menudo de forma aislada, saberes acerca de múltiples materias o aspectos de la realidad. Relacionar estos distintos conocimientos alberga grandes esperanzas: puede que nos conduzca a un nivel de comprensión más universal, que nos transforme como individuos y como especie.
En este cuento científico vamos a intentar honestamente guiarnos siempre por aquello más universal, en el sentido físico y mental del término…Por tanto, consideraremos al ser humano, a los animales, las plantas, los objetos, las estrellas, los planetas, todas las galaxias y quizás alguna sorpresa aún muy oscura, como elementos físicos que observamos con nuestra mente.
Nuestro viaje a través del universo mental comienza mirando las estrellas.

Origen

¿Qué sabemos del big bang?
Sabemos que surge de un espacio-tiempo muy, muy, muy reducido.
¿Infinitamente reducido? ¿Una singularidad?
Sabemos que los distintos componentes esenciales de la energía
-que se manifestarán luego en diferentes estructuras fundamentales
de la materia -y las fuerzas de la naturaleza
se relacionan en una intimidad infinitamente densa,
y que, de repente, a través de un tiempo infinitesimal…
gracias a un aumento crítico del calor implicado en la relación-
en un espacio tan, tan reducido, se expande a una velocidad enorme,
promoviendo otro tipo de vinculación que generará nuevas estructuras.
Estructuras que nacen al tener muchísimo más espacio
y gozar de una temperatura muy inferior.
Una mínima asimetría en la distribución entre materia y antimateria,
-quizás provocada por una inflación súbita-
permite la existencia explícita de nuestro universo expansivo.
Así pues, los elementos esenciales son: singularidad, espacio-tiempo, energía, relación calorífica, velocidad y asimetría…
¿Cómo empezamos?
Siempre hubo algo… aunque sólo fuera una posibilidad... una de las infinitas que podrían haberse manifestado… Y de esa potencial existencia, que más tarde recibiría el nombre de Nada, nació un universo, que mucho después sería nombrado como Todo… Y entonces sí… empieza el cuento, porque el tiempo también quería darle vida a toda esta eclosión de energía…
Hubo una vez, pues, un universo de luz concentrado en un punto tan ínfimo, que parecía infinitamente pequeño. Todo lo que hoy conocemos surgió de él. Nosotros también. Era una configuración espacio-temporal ridículamente diminuta; billones de veces más pequeña que un átomo; este infinitesimal espacio-tiempo contenía todas las posibilidades del universo que hoy conocemos, de lo físico y de lo mental.
Cuentan que hubo una explosión cósmica que liberó el espacio y el tiempo, y el punto diminuto se expandió, y se expandió…y sigue expandiéndose. Luz y partículas configuraron un sinfín de elementos de distintas características, propiedades y apariencias: estrellas, galaxias, sistemas solares, planetas…
A este universo pertenecemos nosotros. Surgimos de él como una suerte de combinación de materia física y energía, capaz de observarse a sí misma, a su entorno y pensar. Pensar para comunicar, compartir y ampliar evolutivamente nuestro conocimiento. Cómo esto ha sido posible es todavía para nosotros un misterio.
El vacío
«En la actualidad creemos que una fluctuación cuántica en un vacío absoluto, provocó un desequilibrio que llevó al nacimiento simultáneo del espacio, del tiempo, la materia y la radiación, como un todo (…). La Física que conocemos sólo empieza a ser una herramienta práctica para describir el Universo a partir del instante t = 10 -43 segundos»
Alberto Fernández Soto. Orígenes.6
En el modelo científico que impera, todo aquello que no presente una actividad física explícita y no pueda ser medido –es decir expresado en un lenguaje matemático- es descartado como elemento explicativo de la realidad. El nacimiento del universo no pudo surgir de la nada absoluta, como sostienen algunas de las religiones más extendidas y la propia ciencia materialista.
Vacío absoluto significa que nunca hubo nada, ni hay nada, … ni nunca habrá nada.
Esto no son meras palabras. Es un modo de pensar que incluye el tiempo. La teoría de la evolución es una teoría científica aceptada, pero que sólo cobra sentido cuando se toma el factor temporal como elemento organizador de toda la información. Sin dicho factor nadie entendería cómo alguien puede decir que el ser humano proviene del mono. Sólo nos explicamos la insistencia incoherente en el vacío y la nada absolutos en base a una guerra pasional -que ya parece eterna- entre Ciencia y Religión; y la obsesión de la ciencia materialista por descartar para siempre la idea de un Dios creador. Pero si podemos abrir cierta perspectiva respecto a este fenómeno de la matriz de relaciones que forma la Humanidad, y nos dedicamos a pensar científicamente, aprovechando el conocimiento alcanzado, incluso llegaremos a sonreír al saber que del vacío, -de allí donde aparentemente no había nada- surge TODO.
En realidad, lo que la Ciencia puede afirmar acerca del nacimiento del universo es que se produce en el espacio-tiempo más pequeño que se conoce, la Era de Planck. La física que nos permite conocer el Cosmos reconoce que todo su poder explicativo alcanza hasta este límite infranqueable…el Muro de Planck. La ciencia materialista, pues, ha llegado hasta la puerta de un misterio. Nada físico puede traspasar el muro para mirar y entender que ocurre más allá del espacio-tiempo más pequeño que conocemos.
Era de Planck.
La luz, que es energía electromagnética, tiene ante nuestros ojos la apariencia de algo continuo e ininterrumpido. Así lo creyó la Ciencia hasta prácticamente la llegada del siglo XX, cuando se consideraba resuelta casi la totalidad de los enigmas físicos de la Naturaleza. A finales del siglo XIX y comienzos del XX, nadie en la comunidad científica se cuestionaba que la energía fuera continua. Por tanto, era virtualmente imposible aceptar que la raíz de los inconvenientes que presentaba la interpretación de algunos fenómenos físicos, se debía a esta convicción. Fue el físico Max Planck quien, en un acto de desesperación, formuló que el aparente flujo continuo de la luz, podría en realidad ser un flujo de pequeñísimas partes: pequeños paquetes de energía que llamó cuantos, de ahí el nombre de Física Cuántica. Esta manera de abordar el problema de la emisión y la absorción de la energía electromagnética, es decir de la Luz, creó una nueva concepción del mundo físico. En realidad, es una idea muy parecida a la concepción atómica. Aunque nos parezca que la materia es densa y compacta, en realidad está formada por minúsculos núcleos y electrones que nunca llegan a tocarse. De un modo similar un rayo de luz, aparentemente continuo, es en realidad una sucesión de paquetes de energía. Es discontinuo.
Hagamos una pausa para poder entender bien qué implica este hecho. Aunque en la extensa bibliografía divulgativa consultada no hemos hallado una explicación clara de sus implicaciones, todas las explicaciones reconocen la discontinuidad del flujo energético. Incluso algunos autores se atreven a reconocer que todo lo que percibimos es en realidad discontinuo, aunque no nos lo parezca7. Pero tenemos la clara impresión de que hay consecuencias derivadas de la discontinuidad energética que aún no se reconocen. Parecería como si lo único que puede afirmarse científicamente es que la transmisión y recepción de energía a nivel atómico es a saltos; sólo determinados niveles de vibración electrónica, regulados por un valor pequeñísimo, llamado constante de Planck, pueden desembocar en la transmisión y/o recepción de energía. De acuerdo, para nosotros estos saltos, esta discontinuidad en la transmisión de la energía y la información implica algo más. Vamos a simplificarlo de una manera muy gráfica para entendernos: si representáramos, por ejemplo, un haz que para nosotros es continuo, como un rayo láser, podría ser como el dibujo 1. Si en cambio se trata de una sucesión discontinua -discreta como dicen los físicos- de paquetes de energía, más bien la representaríamos según el dibujo 2.
Cada cuanto de energía del haz discontinuo se halla separado del siguiente. Separado por algo, ¿no? ¿Qué es entonces lo que separa y une cada paquete de energía si resulta que TODO lo que conocemos es en última instancia energía discontinua, aunque no nos lo parezca?

Un momento…
Advertid que decimos que separa y une. La unión es lo que le da la apariencia de continuidad a la energía. La separación es lo que desconocíamos. Y claro, entonces la tentación de llamarla Nada es muy grande…
Finalmente, ¿qué separa y une cada bloque de energía? ¡¡Desde luego es un misterio!! Pero si tuviéramos que decir algo…diríamos que entre paquete y paquete energético pasa un ratito ínfimo en un lugar muy, muy pequeñito que no es energía explicita. De manera que lo que separa cada cuanto es un espacio y un tiempo…. ínfimos; de hecho, es el espacio-tiempo más pequeño que se conoce. La era de Planck.
¡¡¡Y, atención madames et monsieurs!!!… Es el espacio-tiempo que da lugar al nacimiento del Cosmos. Esta separación mide 10ˉ³⁵ cm. Un fotón de luz tarda 10ˉ⁴³ segundos en cruzarla a 300.000 km/seg. Es la Era de Planck.
El origen del Universo
La Ciencia hoy puede calcular, entre otras muchas cosas, la edad del Universo (unos 14 mil millones de años). Y también intentar imaginar y obtener datos del origen del Cosmos, gracias a nuestros antecesores y a increíbles herramientas como los gigantescos aceleradores de partículas. El modelo científico más extendido de nuestros tiempos acerca del origen del Universo se conoce cómo la Teoría del Big Bang. Según este modelo, si retrocedemos hacia los orígenes del Cosmos, cuanto más nos acercamos a su nacimiento más elevadas son su temperatura y densidad; más reducido es el espacio y más joven es el tiempo. Las condiciones físicas se vuelven cada vez más extremas. El alcance de nuestra Cosmología científica puede retroceder hasta el instante 10−43 segundos del inicio o tiempo cero.
Detengámonos aquí. Para darnos cuenta del alcance de la precisión científica actual, hagamos la siguiente reflexión: si dividiéramos lo que dura un segundo mil millones de veces y tomáramos una de estas porciones de segundo tan absurdamente pequeñas, ésta seguiría durando millones de veces más que el instante 10−43 del que estamos hablando. Un valor realmente muy, muy, muy pequeño.
Parecería, pues que – estando tan cerca- ya sólo es cuestión de retroceder hasta alcanzar el momento cero, que desvelará todos los misterios acerca del nacimiento del Universo. Pero antes de llegar a ese instante inicial hay un muro, el muro de Planck. No es un muro material, sencillamente es el límite infranqueable de la Física de la materia. Pretender observarlo físicamente sería como intentar mirar dentro de un agujero del tamaño de un átomo encendiendo una cerilla que está formada por billones de átomos. Es verdad que estamos hablando de un instante tan diminuto que eso y nada parecería ser lo mismo. Pero lo importante es que hay un límite a lo que la física puede explicar con sus recursos. Hace falta una nueva manera de abordar el conocimiento de nuestros orígenes, de nuestra esencia. La luz física no puede iluminar y observar dicho instante primigenio, se necesita otra clase de luz..., luz psíquica, consciencia. La ciencia, en su estudio de la materia, nos ha guiado hasta este instante; ahora debemos atar cabos a base de pensamiento puro… Esencia no material.
Lo máximo que puede afirmarse es que a partir del instante 10-43 segundos, reinaron en el universo condiciones extremas: entonces era un punto denso y pequeño, precedido por un espacio-tiempo ínfimo, llamado era de Planck. Lo que une el nacimiento del Universo y la era de Planck es que allí donde físicamente no se puede entrar e investigar qué hay y donde se creía que no había nada, es donde nace el universo. Y además este espacio-tiempo tan diminuto es el que une y separa cada paquete de energía. Es la frontera de nuestro conocimiento acerca de la realidad física. Así pues tenemos:
• Un instante y un lugar incognoscible físicamente.
• En ese espacio y en ese momento se produce el nacimiento de nuestro Universo.
• Además, este mismo espacio-tiempo es el que separa y une cada cuanto de energía explícita.
• Seguramente porque la Ciencia de la materia no puede conocerlo, este espacio-tiempo es confundido con la nada, el vacío absoluto, cuando en realidad es un océano infinito de ondas de probabilidad cuántica.
Ahora atemos cabos. El Universo no nace de una esencia sustancial. El origen no es, finalmente, ni el huevo ni la gallina. El Universo nace del vínculo que une y separa la energía. Nuestro origen pues no es sustancial, es relacional. Aquello que nos une y nos diferencia es nuestro principio.
Nuestro origen físico como individuos es también relacional: empieza con dos elementos muy pequeñitos, de escala no cuántica, pero si microscópica. Dos elementos similares -uno del padre y otro de la madre- diferenciados por una mínima asimetría, que se vinculan… y en un proceso que se da en un espacio y durante un tiempo, forman una sola cosa, una nueva entidad, un nuevo ser. Este nuevo ser se desarrolla inicialmente dentro de la madre, formando primero una sola entidad, y al cabo de cierto tiempo abandonará este espacio interno, el claustro, para salir al espacio exterior y expandirse.
Cuaderno de Bitácora
Todo aquello que conocemos como realidad física
está compuesto por paquetes separados de energía.
Esta separación mide 10ˉ³⁵ centímetros.
El tiempo que tarda en cruzarla un fotón de luz
es de 10ˉ⁴³ segundos.
Este espacio-tiempo se conoce como Era de Planck,
en homenaje a su descubridor.
Y aunque también es conocido como espacio vacío,
en realidad bulle de energía potencial.
Todo aquello que compone la materia conocida
en su nivel más elemental, puede comportarse
como onda o como partícula.
Dicha onda es, en realidad, una onda de probabilidad.
El universo conocido probablemente nació en dicho Espacio-Tiempo.
Nosotros estamos compuestos por los mismos elementos básicos
que forman toda la materia del universo conocido.
Estamos formados, pues,
por infinidad de paquetes de energía (cuantos)
que se relacionan, a través de sus ondas de probabilidad,
con todos los demás paquetes de energía que componen el resto del Universo.
Estos paquetes están separados por la Era de Planck. La separación ínfima
es un espacio-tiempo fundamental de nuestro ser y de todo lo existente.
De tal espacio-tiempo surge todo.
Somos espacio-tiempos y sus separaciones
que se relacionan con otros espacio-tiempos y sus separaciones.

Nuestra esperanza
¿Por qué es importante para nosotros esto que llamamos era de Planck, también conocida como Singularidad y que también representa la nada, el Vacío? La nada está conectada psíquica y emocionalmente con la desaparición de la vida, luego con la Muerte como final absoluto: «surgimos de la Nada y a la Nada volvemos» o bien «polvo eres…y en polvo te convertirás» … Estos dos pronósticos, científicos y religiosos no son muy alentadores; pero es muy importante que entendamos que, hoy en día, podemos descartarlos como pensamientos coherentes. Una posibilidad más esperanzadora y coherente es considerar que la Era de Planck sea el vínculo con el universo implícito, o como David Bohm8 lo llamó: el orden implicado, un océano infinito de ondas de probabilidad cuántica; que es todo lo contrario de la Nada y el vacío absolutos, ya que de él surge el Cosmos y la vida que conocemos.
La Era de Planck representa la discontinuidad de la energía. A nuestro entender, esto no conecta con un origen sustancial de la existencia, sino con un origen vincular, relacional. El Universo no surge de un paquete de energía original. El Cosmos surge del espacio-tiempo más pequeño que puede conocerse y que es el que, precisamente, separa y une cada cuanto de energía. Si el origen no es sustancial, todos los miedos asociados a la decadencia material, se irán diluyendo a medida que profundicemos y entendamos mejor todo aquello que nos une y que nos separa. Dicen que la física de lo diminuto, la Mecánica Cuántica, y la física de lo grande, la Relatividad General, no casan bien. Y a la vez parecen modelos inmejorables para explicar el microcosmos y el macrocosmos respectivamente. Parece ser, que el misterio está en la gravedad cuántica, la gravedad de lo muy pequeño. Hay muchos físicos que siguen apostando por unas cuerdas diminutas (cuerdas que vibrarían en dimensiones ocultas muy pequeñas, como realidad última de la que formamos parte)9. Sin embrago esta Teoría de Cuerdas sólo puede explicarse con Matemáticas cada vez más complicadas y sus esperanzas de confirmar su validez hallando ciertas partículas súper simétricas en los aceleradores, de momento parecen irse desvaneciendo.
Otro grupo importante de físicos apuestan por los lazos. Puesto que la materia parecía compacta cuando en realidad es granular, y la energía parecía continua y sin embargo no lo es, estos científicos creen que el espacio- tiempo podría funcionar del mismo modo: también sería discontinuo10. Algo parecido a lo que ocurre en el cine: tenemos una sensación innegable de continuidad al ver una película, y sin embargo se trata de fotogramas sin movimiento intrínseco, que al ser proyectados sucesivamente a cierta velocidad adoptan ante nuestros ojos una apariencia de movimiento y continuidad. Si esta discontinuidad se confirma en todo lo que forma nuestra realidad según el modelo científico- materia, energía y espacio-tiempo-, parece claro que, aunque las cosas estén separadas, se relacionan; aunque entre cada bloque de materia, entre cada cuanto de energía, entre cada bit de información y entre cada unidad básica espacio-temporal no haya nada de lo que conocemos, lo que es seguro que hay, además de la separación, es un vínculo.
Desde esta perspectiva, en nuestro cosmos las posibles combinaciones de vinculación son incalculables, infinitas, inimaginables… pero, aún así, no son de cualquier manera ni tampoco permanentemente caóticas. Nuestro Universo tiene unas leyes, un cierto orden dinámico coherente, que la Ciencia ha ido desvelando a lo largo de la historia del pensamiento Humano. La posibilidad de que en el Universo se creen cosas con sentido, hasta llegar a nuestra capacidad de entender y pensar qué es esta Realidad que nos rodea, son una prueba innegable de la existencia potencial de vínculos creativos. Si todo son cosas pequeñas separadas, podría muy bien haberse dado un cosmos sin encuentros, sin vinculación, sin órdenes coherentes complejos. Pero resulta que no ha sido así. No funciona así. Al menos no en nuestro Universo. Y aunque hubiera incontables universos en los que no se dieran estos vínculos y relaciones complejas, ni hubiera observadores conscientes, capaces de entender el Cosmos… hagamos como hacen los científicos, y no descartemos una realidad por pequeña que sea. Lo que la Física nos enseña es que entre el todo y la nada existe un universo…aún por conocer.
Nuestro Universo existe. Sobre esto no cabe ninguna duda.
¿Estamos perdidos en un Universo sin sentido e indiferente?
La Ciencia nos ha demostrado a lo largo de nuestra historia que no vivimos en el centro del Universo cómo creíamos; que somos fruto de la evolución de la materia viva. Nos ha mostrado hasta qué punto estábamos confundidos en nuestros primeros razonamientos. Y lo ha llevado a cabo con datos y pruebas generalmente irrefutables. Hemos pasado de creernos el centro de Todo, a sentirnos totalmente perdidos y diminutos en un Cosmos inmenso e indiferente a cualquiera de nuestros deseos, como aseguran múltiples y destacadas voces adheridas al materialismo. Se trata de investigadores de prestigio, que confunden su postura ideológica con un postulado científico. Si somos como una ínfima mota de polvo fruto del azar, si estamos perdidos y somos insignificantes en un inmenso espacio interestelar, indiferente a nuestra existencia… ¿cómo puede ser que, a su vez, seamos capaces de observar este todo, saber cómo nace, como crece e, incluso, atrevernos a vaticinar cómo acabará? Tal vez sea porque el universo no es indiferente a nuestro deseo de conocerlo.
Detengámonos un momento y pensemos para ser más concientes de nuestra manera de observar la existencia, el Cosmos y a nosotros mismos. La postura más aceptada que hemos hallado en la divulgación científica actual y que impregna casi totalmente la mentalidad de la sociedad occidental, podría expresarse del siguiente modo:
Nuestra existencia humana es fruto del azar absoluto. Aunque tenemos la capacidad de observar y entender la dinámica cósmica, esto no sirve para nada más que para satisfacer la curiosidad humana. Este interés no se considera una propiedad del cosmos sino algo casual, sin ningún propósito, y está destinado a desaparecer, igual que la humanidad.
Una consecuencia psicológica inevitable de esta creencia ciega en el azar absoluto, es la caída en la arbitrariedad de nuestras acciones y propósitos. Emocionalmente tiene unos efectos devastadores: si todo es un puro azar, si todo da igual porque nada tiene sentido, se produce una liberación de nuestra responsabilidad. Aunque aparentemente esto puede ser un alivio, también abre la veda a hacer un uso estúpido de nuestra capacidad inteligente y sus frutos, como evidencia la tecnología puesta al servicio de la destructividad.
Otra manera de entender y de valorar nuestra existencia sería aquella que acepta el azar como una condición básica del cosmos, pero no absoluta. También reconocer nuestra pequeñez y, a su vez, nuestra grandeza al poder entender algunas cuestiones de la dinámica cósmica, aunque sin perder de vista que lo que podamos llegar a conocer nunca igualará lo mucho que desconocemos. Que pensemos que el cosmos se observa a través de nuestro interés por conocerlo y nuestra capacidad de comprender algunas cosas, no quiere decir nada más que lo que afirmamos. Se trata de una descripción coherente de algo que no sabemos porqué ocurre: somos polvo de estrellas con un impulso emocional por conocernos y entender el universo.
Nuestra galaxia, la Vía Láctea, tiene un diámetro aproximado de 100.000 años luz y es una entre los varios billones de galaxias que, se supone, existen en el universo. Ciertamente, ante estas escalas, los humanos somos algo muy, muy, muy pequeño. Tan diminutos que podemos llegar a perder de vista el sentido de nuestra existencia. Si en comparación con la inmensidad del universo nos sentimos ínfimos, debemos recordar que lo muy pequeño- como muy bien saben los físicos- no carece de sentido. De hecho de lo más pequeño surgió todo lo que conocemos.11
Diminuto ≠ Insignificante

Planck Era. Twilight Vision, London, United Kingdom
6 El universo, la vida, los humanos. 2015, Drakontos.
7 Por ejemplo en Brooks, M. Grandes cuestiones. Física. Ed Ariel, 2011.
8 Bohm, David. La totalidad y el orden implicado. Ed. kairós, 1987
9 Lisa Randal. Llamando a las puertas del cielo. Ed. Acantilado, 2013.
10 Rovelli, Carlos. La realidad no es lo que parece. Ed Tusquets Editores, 2015.
11 Vieta-Ferriz, 2015, Cuento sobre el conocimiento del universo.
Espacio y tiempo
Todo acontecimiento físico y mental,
todo fenómeno, toda experiencia,
se da en el espacio y en el tiempo.
Ocurre en un lugar determinado
y durante cierto período de tiempo.
Cualquier experiencia
– interna y externa,
implícita y explícita,
captada, percibida, registrada a nivel corporal,
vivida, sentida, actuada, pensada…–
se da dentro de una determinada
configuración espacio-temporal.
Todos los instantes
que de alguna manera conectan
con el lugar y momento presentes
están incluidos en ella.
Los elementos del universo físico y mental
están conectados a través del espacio-tiempo.
En este sentido, toda relación
implica cierta separación en el espacio y en el tiempo.
De no ser así el otro sería, en realidad, uno mismo.
Cartas de navegación
Érase una vez… una luz con un impulso a manifestarse en algunas de sus infinitas posibilidades: plasma indiferenciado, energía pura, luz, partículas de materia y antimateria, quarks, electrones, fotones, átomos, moléculas, nebulosas, estrellas, planetas, galaxias, cúmulos de galaxias, organismos vivos, organismos concientes……. Esta energía, originariamente unitaria, requería algún tipo de dimensión para poder manifestarse, diferenciarse y vincularse de distintas maneras, mostrar distintas velocidades, atraerse, separase y rotar… evolucionar. Lo que permitió que parte de aquello que se hallaba concentrado en un punto infinitesimal se expresara fueron el espacio y el tiempo.
En nuestro Universo todo aquello que existe - de lo más grande a lo más diminuto-, es, está, se da… en algún lugar y durante cierto período de tiempo. Es a través del espacio y el tiempo que el Cosmos y la Mente expresan su realidad. Estas dimensiones son el tejido energético e informativo del que están hechos el universo físico y el universo mental. En el Universo físico del que formamos parte, espacio, tiempo, energía y materia existen a escalas muy diversas. Desde la escala humana, los físicos nos informan de destellos de energía en micro espacio-tiempos del mundo subatómico, que para nosotros resultan infinitamente pequeños e infinitamente breves; fenómenos que ocupan un espacio tan pequeño durante un tiempo tan fugaz, que les llamamos partículas virtuales… y su existencia o realidad sólo puede ser comprendida por nosotros en términos de probabilidad. Otros objetos de la realidad física ocupan un espacio abrumadoramente grande, durante un tiempo que para nosotros es eterno, como nuestra propia galaxia. Esta es la escala del macro universo. Sin embargo, los componentes esenciales son los mismos en el mundo micro y en el mundo macro. Se trata de una cuestión de espacio, tiempo e intensidad de movimiento (o energía cinética) de todo aquello que existe explícitamente.
En el universo mental también existen escalas muy diversas. A escala humana hay pensamientos muy pequeños, tan diminutos y tan rápidos, que nos parecen inexistentes. Pero forman parte de aquello que nos hace movernos voluntariamente. Cuando pensamos en ellos los llamamos automáticos, instintivos…12 Y hay pensamientos enormes, como la Mente13… un pensamiento gigante…, tanto como el Cosmos…
Cualquier experiencia, - interna y externa, implícita y explícita, captada, percibida, registrada a nivel corporal, vivida, sentida, actuada, pensada…- se da dentro de una determinada configuración espacio-temporal. Todos los instantes que de alguna manera conectan con el lugar y momento presentes están incluidos en ella. Los elementos del universo físico y mental están conectados a través del espacio-tiempo.
Intentar entender y explicar estas dimensiones es francamente difícil: es parecido a querer que el ojo se mire a si mismo. Sólo después de observar con perspectiva, es decir, mucho espacio y mucho tiempo después de haber aparecido como especie, los humanos hemos conseguido, -y aún estamos en ello-, construir un relato sobre nosotros y el Universo. Una vez tenemos un relato, podemos explicar alguna cosa acerca de qué es para nosotros el espacio y el tiempo.
Ser o No Ser ya no es la cuestión.
Las teorías cosmológicas actuales más aceptadas, nos aseguran que todo lo que forma el Universo proviene de un origen común, en el que toda la energía que forma todo lo que conocemos estuvo, hace unos 13.700 millones de años, concentrada e indiferenciada en un punto ínfimo. Sin embargo, en el Universo que hoy observamos, los objetos están separados en el espacio y en el tiempo. Todo lo que forma el Universo que podemos conocer, se halla unido y separado a través del espacio-tiempo. Ahora bien, ¿que es esta separación? ¿Qué contiene? ¿De qué se trata? ¿Cómo es a nivel físico y a nivel mental?
La energía es discontinua. Se transmite en cuantos o bloques, entre los que existe una separación espacio-temporal esencial, regulada por la constante de Planck. Nosotros deducimos que la separación, el umbral entre cuanto y cuanto, de acción, es una separación espacio-temporal: la Era de Planck. Esta separación física básica marca todas las separaciones espacio-temporales que observamos en todas las escalas de tamaños de todo lo que existe. Es decir, esta separación entre unidades básicas de energía parece ser la que marca cómo se organizan los componentes esenciales materiales y energéticos de todas las cosas del Universo: las partículas, los átomos, las moléculas, las estrellas, los planetas, las galaxias, las células, los órganos, los seres vivos, etc.
Como ya hemos dicho anteriormente, también a nivel mental lo que pensamos y sentimos está organizado espacio-temporalmente: no pensamos ni sentimos todo a la vez; hemos ido identificando y diferenciando distintos pensamientos, sentimientos y emociones, gracias a que no coinciden todos en el mismo momento y en el mismo lugar. Por lo tanto, entender a fondo qué es esta separación espacio-temporal básica, que regula cómo se acaban mostrando las cosas que forman el Cosmos, parece primordial para comprender el funcionamiento de la Mente y del Universo. Nosotros nos inclinamos a pensar que la manera cómo se organiza el Cosmos y cómo nos relacionamos como personas a través del espacio y del tiempo, comparten una dinámica similar.
En lo más básico estamos formados por el mismo tipo de energía que forma los animales, las plantas, los planetas, las estrellas…. Y todo aquello que conocemos. Como especie compartimos muchas propiedades de las que pueden extrapolarse leyes generales. Como individuos cada uno de nosotros es único. Nuestro recorrido espacio-temporal es singular. Nadie más ha vivido exactamente las mismas experiencias que nos conforman a cada uno. Entre nosotros y otro igual, existe una separación en el espacio y en el tiempo.
Una separación en el espacio y en el tiempo es para nuestra mente una condición inicial; una condición que nos permite captar contrastes y diferencias.
Si no hay diferencias no hay nada que pensar.
El espacio-tiempo más pequeño que se conoce
Durante mucho tiempo se creyó que allí donde no había energía manifiesta, allí donde no había actividad física detectable, quedaba un vacío absoluto, la nada. A pesar de que algunas corrientes dentro de la comunidad científica siguen insistiendo en la existencia de la nada, hay hoy en día muchos hechos científicos que permiten afirmar que esto no es correcto. Hoy sabemos que el vacío absoluto no existe. En Física se habla ya desde hace algún tiempo de la energía del vacío; de hasta qué punto es inestable y bulle en una actividad frenética, una danza de partículas y antipartículas que aparecen y desaparecen14. Además, debemos recordar la discontinuad de la energía: Lo que hay entre cada paquete energético básico es imposible de conocer físicamente. Es más, la teoría cosmológica más compartida, el modelo del Big Bang, sugiere que de ahí surgió el universo que conocemos. Por tanto, en la esencia primordial de TODO lo que conocemos hay una separación; Nosotros hemos planteado antes que dicha discontinuidad es un micro espacio-tiempo que separa y a la vez une cada unidad energética básica. No es verdad que dicha discontinuidad sea la Nada. No está vacía. Al revés, está llena de posibilidades. Nos conecta con lo implícito, con aquello que aún no ha nacido. Se trata de un vacío lleno de potencialidad existencial. En nuestra opinión, la integración de toda esta información nos puede ayudar a construir un relato sobre nosotros y el Universo profundamente distinto. Emocionalmente no es lo mismo seguir dando credibilidad a la existencia de la Nada que descartar esta creencia. Nada, significa que nunca hubo nada, ni hay nada, ni nunca habrá nada. Ya entendemos que a los forofos de la insignificancia les pueda entusiasmar seguir andando por esta senda… aunque evidentemente no lleve a ninguna parte....
De momento seguimos dominados por la creencia en la Nada. Se trata de una inercia mental. No podemos liberarnos instantáneamente. Pero advertimos que seguir creyendo que la Nada absoluta existe tiene consecuencias emocionales. La idea que tengamos acerca de lo que separa cada unidad energética que acaba formando todo lo que conocemos, impregna todos nuestros vínculos. Este elemento mental influye inexorablemente en lo que observamos y en el relato que de ello construimos. Si en la esencia de esa separación creemos que no hay nada, todos nuestros vínculos se verán influidos por dicha creencia y la emoción que la acompaña: creer en la nada impregna nuestra mente y, aun sin ser conscientes de ello, está presente siempre, al acecho, como una amenaza.
Si en la esencia de esa separación creemos que hay un vínculo, que une y separa todo lo que existe, sentiremos la coherencia de formar parte de una esencia común, de manera que la separación puede experimentarse como una oportunidad de expresar todas nuestras posibilidades. Las diferencias dejarán de ser amenazas y quizás sea más fácil sentirlas como una potencialidad creativa. ¡Ser o no ser ya no es la cuestión! Entonces, finalmente… ¿Qué es esa separación entre singularidades?
Esta separación es un VÍNCULO.
Un vínculo con lo implícito, con lo no colapsado, con lo no nacido… con lo que, aparentemente, ha dejado de ser…Para cambiar la inercia, debemos ir adquiriendo experiencia en el abandono del miedo a la nada y en la confianza básica de saber que estamos unidos y separados por un vínculo esencial indestructible. Necesitamos andar por este camino para adquirir confianza. Todo lo que conocemos está unido y separado por un vínculo que no puede ser explorado físicamente, pues es una incertidumbre que sólo puede ser pensada, gracias, eso sí, a la comprensión alcanzada con la Física. Si comprendemos que el límite de nuestro conocimiento científico de la física de la energía, nos lleva hasta la unión entre la física de la energía-materia y la conciencia, tal vez logremos desarrollar un relato mejor y más completo de nuestra realidad. Parece que hemos confundido el vacío, la nada, con un vínculo esencial, que no es ni puramente físico ni puramente mental, sino que es un puente entre la materia-energía y la mente.
¿Por qué es importante que entendamos el espacio y el tiempo?
Porque todo se manifiesta a través del espacio-tiempo. Una separación en el espacio y en el tiempo es elemental, primaria para la relación entre lo uno y lo otro. De no ser así lo otro sería, en realidad, lo mismo. La separación y unión entre cada cuanto de energía y cada pensamiento van creando el universo y la mente, a través de sus vínculos y sus vicisitudes. No es de extrañar, entonces, que sea de vital importancia para los humanos saber dónde estamos, de dónde venimos y adónde vamos.
Paremos un momento...
No sabemos si seremos capaces de mostrar hasta qué punto el espacio y el tiempo son esenciales en todo lo que los humanos hemos conseguido entender. Confiemos aquí y ahora en nuestra capacidad de auto-observación para pensar en nuestra propia experiencia: como organismos vivos mostramos una tendencia a mantener un equilibrio, tanto interno como respecto al entorno. Este equilibrio se consigue a través de una regulación que se da en múltiples niveles, entre partes que nos componen (moléculas, células, órganos) y el medio interno y externo. Esta regulación se produce a través de intercambios de distintas sustancias. La distancia y la duración de dichos intercambios son parámetros esenciales. Por ejemplo, el aire exterior lo respiramos y penetra dentro de nuestros pulmones. Allí se producen unos intercambios durante unos instantes que acaban transformando ese aire en energía para nuestro cuerpo y en CO2 que expulsamos de nuevo al exterior. Y así con cada bocanada de aire nuevo. Démonos cuenta cómo, en el nivel orgánico, se trata de energía, de espacio y de tiempo: aire de fuera va hacia adentro y al cabo de un ratito vuelve hacia fuera, transformado. Fuera-dentro-fuera… todo ello durante un ratito. Espacio y tiempo. Todo lo que conocemos se expresa y se regula a través estas dimensiones, a distintas velocidades. Como humanos, también gestionamos otro tipo de regulación, la de nuestras emociones. Aprendemos desde bebés a regularnos emocionalmente gracias al vínculo con las figuras de apego, aquellas personas con más experiencia, es decir, con más espacios y más tiempos recorridos, que nos crían. En el intercambio emocional con las figuras de apego, la distancia y la duración de los encuentros condicionan distintos patrones de regulación emocional, que luego trasladaremos a nuestras relaciones. Entendemos que el aprendizaje implica alcanzar cierto dominio espacio-temporal, gracias al cual, cada vez podemos regular mejor nuestras funciones corporales, nuestras emociones… en definitiva, todos nuestros vínculos:
Aprender < > (Implica) Dominar el espacio-tiempo
Como especie hemos desarrollado un lenguaje simbólico - ¡no para llenar el silencio! - sino para mejorar nuestros vínculos. Empezamos con un lenguaje oral, que es la producción voluntaria de una sucesión de sonidos, ordenados espacio-temporalmente y que representan algo con lo que nos relacionamos.
Cuando decimos: “pásame esa cuchara” la persona que está con nosotros sabe a qué nos referimos. Pero la palabra cuchara y el objeto cuchara no son lo mismo. La primera representa al objeto. Es su símbolo.
A lo largo de nuestra historia, trasladamos esos sonidos a signos escritos, que permitieron difundir mensajes más rápidamente a más personas, a mayor distancia y a lo largo del tiempo. Ahora mismo para explicar la importancia de estas dimensiones, sólo hace falta que pensemos en estas palabras que estás leyendo, que conectan con nuestro pensamiento y con el momento en el que las escribimos. ¿Qué es una palabra? En lo más básico es una sucesión limitada de sonidos unidos y separados por una cierta distancia y tiempo. Y ¿qué es una frase? Lo mismo. Una sucesión de palabras unidas y separadas por una cierta distancia y tiempo.
En la actualidad hemos alcanzado la era digital, que ha disparado la cantidad, la distancia, la velocidad de transmisión y la difusión de información entre nosotros. Gracias a nuestro dominio espacio-temporal, es decir, de estas distancias y de estos tempos, y a la extraordinaria capacidad de vincular símbolos con objetos y con la propia experiencia a través del lenguaje, acabamos pudiendo expresar un pensamiento que puede ser entendido por otra persona: “gracias por la cuchara”.
Relatividad del espacio-tiempo
El espacio y el tiempo físico y mental son la misma esencia. Así como en física clásica y en física cuántica ambas dimensiones están conectadas, pero no funcionan de la misma manera, también a nivel físico y a nivel mental espacio y tiempo se conectan, pero no se comportan igual. Es fácil comprobar cómo un mismo acontecimiento, por ejemplo, una conferencia, puede ser percibido más largo o más corto según el interés que despierte en nosotros. Cuando una charla nos interesa, nuestra atención se focaliza en lo que nos están explicando, y dejamos de estar atentos a gran parte de la información de nuestro entorno. Resulta entonces que el tiempo subjetivo, el tiempo del observador, pasa más rápido, al tener menos estímulos focalizados y menos información que procesar de otras masas temáticas.
Lo que nos dejó boquiabiertos es que lo mismo, aunque de distinta manera, ocurriera con la materia… Con Einstein entendimos que la velocidad a la que algo físico se mueve modifica el espacio y el tiempo: puede dilatarlos o contraerlos. El tiempo de los relojes puede correr más deprisa o más despacio, siempre respecto a otra medida, claro está. La velocidad de la luz es el límite máximo, por ahora conocido, a la que las cosas pueden moverse en nuestro universo físico. También en el universo mental todo está en movimiento. En este caso, según la velocidad a la que nos movamos mentalmente, percibiremos más dilatado o menos, un mismo acontecimiento en el espacio y en el tiempo. Puede que algunos se indignen ante este planteamiento y exclamen: “¡¡Pero esto no tiene nada que ver!!!!…Una cosa es que un objeto que viaja a una enorme velocidad se contraiga y otra es que una conferencia que no nos interesa se nos haga muy larga o por el contrario pase muy rápida si nos gusta!!”.
Si en la conferencia hay una persona que ha disfrutado y otra persona que se ha aburrido, la duración física del evento será la misma para los dos. Cierto. ¿Pero de verdad no tiene nada que ver una cosa con la otra? Si bien en la sala de la conferencia todos los relojes marcarán la misma duración, el tiempo y el espacio mental no serán iguales para todos. Ciertamente el espacio y el tiempo mentales del observador son subjetivos, sin embargo, no funcionan de cualquier manera. No ocurre que si nos aburrimos el tiempo pasa más deprisa… Que algo sea subjetivo no quiere decir que no responda de manera coherente a ciertas leyes generales. El universo físico y el mental están conectados, si bien no es un reflejo simétrico el uno del otro.
Espacio, tiempo y singularidad
Al igual que toda la materia del Universo, las personas también estamos formadas, en última instancia, por partículas que se mueven en este espacio-tiempo micro, cuántico, cuyo movimiento es indetectable para nuestros sentidos físicos. Podemos considerarnos como amalgamas más o menos estables y coherentes de materia. Macro-estructuras formadas por otros elementos más pequeños, es decir, por configuraciones espacio-temporales energéticas en movimiento relativo. La Ciencia de la materia nos informa de un origen común de todo lo que conocemos, y nos asegura que no hay ninguna diferencia en la composición energética en el nivel más elemental. Estos componentes relacionales primarios, como los átomos, nos conectan con ese origen universal que, dicen los entendidos, surgió de un punto diminuto e increíblemente denso. Sin embargo, por ahora no parece fácil establecer un puente claro entre el mundo de lo micro y el de lo macro. La física moderna nos muestra que existen grandes diferencias en el comportamiento de la materia y la energía en una y otra escala del espacio-tiempo.
Desde un punto de vista energético todo lo que conocemos está formado por cuantos o bloques de energía esencialmente iguales, aunque puedan diferir en su intensidad vibratoria. Entonces ¿cómo explicamos el hecho de que cierta configuración energética acabe formando un objeto y otra, una persona?
Intuimos que tiene que ver con que sus historias son distintas. Su recorrido histórico cósmico no es el mismo. Ciertos átomos de nuestro cuerpo, como por ejemplo los átomos pesados indispensables en la materia orgánica, provienen de colosales explosiones de estrellas gigantes llamadas supernovas. Parece claro que el espacio y el tiempo que cada cual ocupa en cada momento, determinan en gran medida qué y quiénes somos. Una persona puede ser definida, formada o moldeada por todos los instantes y lugares físicos y mentales que ha ocupado a lo largo de su recorrido vital. Cada uno de nosotros está formado por espacio-tiempos. Por todos aquellos lugares que hemos recorrido, en los que hemos estado física y mentalmente en sus correspondientes momentos. Si pudiéramos ver todos los instantes de una persona como en una película – toda una vida hecha película -, resulta obvio que dispondríamos de mucha más información para comprender mejor cómo han ido sucediendo las cosas para esa persona. Cada instante de su vida unido al siguiente nos proporcionaría un film de sus movimientos relacionales, que explicaría, en parte, cómo se han ido desencadenando los distintos sucesos espacio-temporales de su vida. En esos espacio-tiempos se hallan incluidas todas las relaciones que ha mantenido. En esta amalgama advertimos que habitualmente tienen un peso fundamental las distancias y los tempos que se mantuvieron, en las primeras relaciones vividas, es decir, en las experiencias nucleares, pues conforman la base sobre la que orbitan y se sostienen las experiencias posteriores (las presentes y las futuras -anticipadas, imaginadas…).
Desde el punto de vista del desarrollo puede observarse de forma bastante clara cómo el bebé, cuanto más inmaduro, más rápido se desespera cuando siente hambre, frío, dolor, angustia o cualquier otra condición que altere su equilibrio homeostático. Para él sólo hay presente, ahora. Progresivamente va pudiendo aguantar cada vez un poco más. Algo más tarde, por ejemplo, a los tres años, esto ya no le pasa cada dos por tres. ¿Cómo es posible? Entre el bebé y sus cuidadores se ha ido dando una regulación espacio-temporal. Es decir, al principio consolamos al bebé inmediatamente, ¡porque también nos angustia mucho verlo sufrir…es tan frágil! Al ir repitiendo este consuelo crece su confianza en si mismo y en nosotros; su capacidad de espera y por supuesto la nuestra también. Esta regulación mutua de las interacciones entre bebé y cuidadora permite la evolución del vínculo afectivo básico: el apego. Se trata de un juego de distancias y tiempos: cuanto más inmaduro más necesita una distancia muy reducida, por eso lo abrazamos más a menudo. A medida que el bebé se desarrolla y evoluciona nuestra relación con él, la distancia física se amplia y podemos consolarlo a veces más rápidamente, incluso desde la distancia… con palabras acompañadas de emoción. ¿Está claro o no, que es una cuestión espacio-temporal física y mental?
Todos esos instantes y lugares de los que tenemos experiencia son procesados en una actividad cerebral ininterrumpida. Todos aquellos instantes que han transcurrido, de los que hemos tenido experiencia, en un lugar y durante un cierto tiempo, desde el primero hasta el último, son instantes que precisamente nos hacen únicos y distintos. Nos conforman como una singularidad. Espacio y tiempo es la manera que ha hallado nuestra mente (y nuestro cerebro) de organizar la información. Cuando captamos el mundo que nos rodea y cuando nos relacionamos con él, la separación espacio-temporal es, para nuestra mente, una condición inicial; una condición que nos permite empezar, porque sino no podríamos empezar nada, todo sería continuo. Sin contrastes no hay diferencias. Si no hay diferencias no hay nada que pensar.
Pero podemos pensar en nosotros como singularidades que ocupan un espacio durante un cierto tiempo que nadie más – que sepamos por ahora- puede ocupar. A nivel macro nuestro cuerpo es, desde este punto de vista, un espacio-tiempo material delimitado, único e intransferible. Una singularidad. Nada, ni nadie más, ocupó, ocupa ni ocupará, el propio espacio al mismo tiempo que uno mismo. Esta es una diferenciación elemental, primaria. Posiblemente algo que nuestra capacidad de observación mental capta muy tempranamente:
El otro no ocupa mi espacio al mismo tiempo que yo,
luego, el otro no es yo.
Todo lo que conocemos, toda la energía explícita, está compuesta esencialmente por lo mismo. En nuestro universo todo es lo mismo, viajando a distintas velocidades históricas a través del espacio y del tiempo. Desde modelos psicológicos más tradicionales, se sostiene que la emergencia de la psique individual implica diferenciarnos mentalmente, es decir, tomar distancia durante cierto tiempo respecto a aquello a lo que estamos vinculados. Según este planteamiento, el bebé humano “no sabe” que está separado y vive en la confusión de creerse unido, fusionado a sus cuidadores, como si él y su cuidador fueran uno solo, tanto física como mentalmente. Según este modelo, el desarrollo psicológico se entiende como un proceso en el que progresivamente se va aclarando esta confusión y aceptando la separación. Este trabajo psíquico implica un elevado coste emocional porque, desde esta perspectiva, se considera que aceptar la separación es altamente doloroso.
Desde el modelo del espacio-tiempo mental consideramos, como otros modelos más actuales dentro del psicoanálisis, que diferenciados ya estamos: el bebé capta la realidad, es decir, que está separado, aunque aún no pueda comprenderla. Desde esta otra perspectiva el desarrollo psíquico de una persona implica ir entendiendo, en el día a día, que estar separado no es estar solo: además de la separación hay un vínculo con sus cuidadores, y por tanto una dependencia, a través de la que podrá ir adquiriendo control sobre su movimiento, físico y mental.
Todos hemos quedado alguna vez con alguien que se ha retrasado y nos ha hecho esperar. O al revés, hemos llegado tarde a una cita. Pensemos un momento en lo que nos ocurre cuando estamos esperando. Cuanto más tiempo pase, más fácil es que empecemos a dudar, por ejemplo, de si nos hemos entendido con nuestro interlocutor en cuanto al lugar y momento del encuentro. También aumenta la probabilidad de que aparezcan emociones desagradables, como temores o enfado. Como psicólogos sabemos que la regulación emocional en momentos de desencuentro como éste, es más fácil para aquellas personas que en su primera etapa vital han tenido la experiencia de un vínculo seguro con sus cuidadores y sin experiencias de pérdidas traumáticas, como por ejemplo muerte temprana de figuras importantes. Lo que hacemos al relacionarnos con algo o alguien, es traducir, interpretar y regular esa separación espacio-temporal que existe entre nosotros y esa otra singularidad.
Cuando nos relacionamos con otra persona (o elemento externo a nosotros), nuestra experiencia se ve condicionada por su presencia y viceversa: tanto para nosotros como para nuestro interlocutor, el modo cómo vivimos esa separación en el espacio y el tiempo está influido por el propio estado presente, por el rastro de experiencias anteriores (pasado) y también por lo futuro, es decir por lo que cada cual anticipa y espera en el tiempo. Recordando el descubrimiento de la discontinuidad de la energía, nos percatamos de que, muy probablemente, es gracias a esa separación espacio-temporal que existen contrastes y diferencias, y los objetos y los sujetos se relacionan creando nuevas posibilidades. Nuestros interlocutores son observadores participantes que, a través de la relación, influyen en nuestro cerebro, modificando nuestro libre albedrío, de modo similar a como los experimentadores influyen sobre las partículas en el microcosmos. Todos tenemos un “mundo interno” mental y emocional singular, vinculado a lo largo del espacio-tiempo, es decir desde el pasado, pasando por el presente y hacia el futuro, con los demás mundos internos singulares. Cada manera personal de sentir la realidad, está vinculada a través del espacio-tiempo con todas las demás singularidades, formando una malla relacional física y mental humana.
Más adelante intentaremos explicar cómo el vínculo entre todas estas singularidades acaba formando esta malla o matriz relacional, que, a su vez, modula los movimientos singulares.
Puesto que el Otro no es Yo
lo que Yo experimento
no es lo mismo que está viviendo el Otro.
La experiencia es – hasta cierto punto–
única para cada elemento del universo físico y mental.
12 Nos referimos a todos los millones de movimientos automáticos que llevamos a cabo sin darnos ni cuentan y que permiten por ejemplo ir a buscar el pan en bicicleta. El movimiento más claramente voluntario de pedalear está acompañado de incontables micro movimientos que nos ayudan a mantener el equilibrio, a dirigir el vehículo, a mantener la tensión muscular de los brazos sobre el manillar, etc.
13 Entendemos aquí por Mente a una cualidad psíquica del universo y no únicamente a la mente humana. Una.muestra esencial de esta cualidad psíquica universal son las leyes fundamentales de la naturaleza, solo comprensible a través del pensamiento.
14 JOU, D. , 2012. Introducción al mundo cuántico. Ed. Pasado y presente.(pág. 228).
Memoria y probabilidad
Somos instantes de experiencia,
que ocurren en un espacio concreto,
en un momento determinado.
Instantes en el espacio-tiempo
que se relacionan.
La experiencia deja huella. Todo el conjunto de impactos experienciales, en nuestro cuerpo y mente van formando una Memoria. Hoy sabemos que no se trata de un almacén donde se guardan y amontonan los recuerdos. Nuestra memoria es una suerte de registro de todas nuestras experiencias en y con el mundo a lo largo del tiempo. Un registro de configuraciones relacionales, en el más amplio sentido de la palabra, que está en un proceso continúo de transformación: sobrescribiéndose, creándose, destruyéndose… es decir, cambiando.
Somos organismos vivos en constante intercambio de energía e información. Cada nueva experiencia de nuestra vida, activará con mayor probabilidad, aquellas memorias que conectan con la situación presente.
Somos memoria y somos probabilidad.
Memoria: resonancia mórfica
Rupert Sheldrake es el bioquímico británico que postuló la hipótesis más revolucionaria de la biología contemporánea: la Resonancia Mórfica. Aunque el rigor de sus investigaciones en la universidad de Cambridge es reconocido, sus teorías son controvertidas dentro de la comunidad científica e incluso abiertamente rechazadas por la ciencia de orientación materialista. Para nosotros, las ideas y los hallazgos de Sheldrake suponen una valiosa fuente de inspiración. Según este autor “...los sistemas naturales heredan una memoria colectiva de todas las cosas anteriores de su misma clase, sin importar lo lejos que puedan estar ni el tiempo transcurrido desde que existieron. Gracias a esta memoria acumulativa y mediante la repetición, la naturaleza de las cosas resulta cada vez más habitual. Las cosas son como son porque fueron como fueron. Por tanto, es posible que los hábitos sean inherentes en la naturaleza de todos los organismos vivos, en la naturaleza de cristales, moléculas y átomos y hasta en todo el cosmos”15.
La resonancia mórfica, por tanto, puede considerarse como un modelo que explica la memoria de la Naturaleza. Se basa en la similitud: una vez algo se ha organizado de cierta manera, es más probable que siga estructurándose de manera parecida. De modo que lo que sucede en el presente es influido por todo lo que ha sucedido en el pasado, y todo lo que suceda en el futuro en un sistema similar, será influido por lo que sucede en el presente. Este funcionamiento se a-plica a átomos, moléculas, cristales, organismos vivos, animales, plantas, cerebros, sociedades y, también, planetas y galaxias.16
La resonancia mórfica es la actividad propia de los campos mórficos (o morfogenéticos), al igual que el electromagnetismo es la actividad propia de los campos electro-magnéticos. Los campos mórficos son implícitos, del mismo modo que todos los campos de la naturaleza, pero deducimos su existencia a través de la observación que realizamos de sus efectos. Estos campos son, pues, campos de información que moldean la existencia de los individuos de cada especie, y de todas las cosas de cada clase. Este planteamiento ofrece una explicación más verosímil, a nuestro modo de ver, que la basada únicamente en la selección natural y en la transmisión genética. Explica mejor cómo adquieren, por ejemplo, los animales sus instintos y las complejísimas habilidades que muestran desde pequeños: «Cada especie animal, vegetal o mineral posee una memoria colectiva a la que contribuyen todos los miembros de la especie y a la cual conforman. Si un animal aprende un nuevo truco en un lugar (por ejemplo, una rata en Londres), les es más fácil aprender a las ratas en Madrid el mismo truco. A cuantas más ratas londinenses se les enseñe ese truco, tanto más fácil y rápido les resultará a las ratas de Madrid aprenderlo.» 17
Destacamos especialmente la idea profunda e implícita en la teoría de Sheldrake de que la realidad no parece ser algo dado que hay que ir entendiendo cada vez mejor sino, más bien, un camino por hacer en continua transformación y evolución.
Memoria cerebral
Nuestro cerebro es un potente procesador de información de la experiencia de ser y estar en el mundo. De alguna manera registra y procesa la experiencia vivida. Esta facultad de aprovechar la experiencia pasada resulta imprescindible para lidiar con el presente y anticipar lo que pueda suceder en el futuro. El espacio y el tiempo son dimensiones básicas en la configuración de los recuerdos y aprendizajes adquiridos. Sin memoria no hay aprendizaje.
En neurología, cuando se establece un cierto patrón estable de activación neuronal se habla de engrama. Se trata de una huella neurofisiológica que es la base de los recuerdos tanto corporales como psíquicos de nuestra memoria. El modo cómo se vinculan las células cerebrales parece estar relacionado con la proximidad física (coincidencia espacial) y el encendido simultáneo (coincidencia temporal). Las neuronas implicadas se comunican a través de la transmisión electro-química. Entre las células cerebrales existe un espacio en el que una neurona puede emitir ciertas sustancias (neurotransmisores) que, al ser recibidas por los neurorreceptores de la siguiente neurona, contribuyen a que ésta se active o inactive. Esta comunicación interneuronal se conoce como sinapsis. La sinapsis constituye el espacio-tiempo de comunicación entre neuronas. Una vez se han excitado conjuntamente cierto grupo de neuronas existe una mayor probabilidad de que vuelvan a hacerlo en el futuro.18 Cuando esto sucede se crea entre las neuronas un vínculo. El comportamiento de las redes neuronales parece estar relacionado con lo que en ellas cambia - a través de cada experiencia que las activa-, y la transformación, a su vez, tiene mucho que ver con la intensidad y la duración de las sinapsis; es decir, con lo que sucede en y durante su interconexión.
Sin embargo, un recuerdo no es la mera activación del engrama original: es más bien la reconstrucción de un perfil neural previo, con rasgos del engrama primario y elementos de la memoria de otras experiencias, así como influencias del estado presente de la mente en relación con su entorno.19 Desde el modelo del espacio-tiempo mental un encendido simultáneo de neuronas es una configuración espacio-temporal básica, una partícula elemental de memoria; un instante (momento) de experiencia. La experiencia es aquello que nos ocurre en un lugar determinado, en un tiempo concreto y que transforma la realidad que observamos de una determinada manera, dejando un rastro… físico y mental. Estas configuraciones espacio-temporales básicas expresan nuestras experiencias en y con el mundo.
Uno de los argumentos principales para la localización de la memoria en el cerebro es el hecho de que ciertos tipos de daño cerebral pueden conducir a una pérdida de memoria. Si el cerebro es dañado en un accidente de coche y alguien pierde la memoria, entonces la suposición obvia es que el tejido de la memoria ha debido ser destruido. Pero esto no es necesariamente así. Durante décadas los científicos han tratado de localizar la memoria en el cerebro, sin ningún éxito. Incluso con el 60% del cerebro seccionado, los animales siguen recordando aquello que han aprendido. Por ello, buscar la memoria sólo en el cerebro está condenado al fracaso, al igual que lo estaría la búsqueda dentro del televisor de huellas de los programas que uno haya visto la semana pasada: el aparato sintoniza transmisiones, pero no las almacena. La pérdida de la memoria equivaldría más a un televisor estropeado que a que las ondas que transmiten la programación hayan desaparecido.20 La hipótesis de Sheldrake es que esta memoria no existe, y que lo único que existe es el hábito y el campo mórfico. Así, recordamos nuestros actos porque somos muy parecidos a como éramos, y recordamos menos el pasado porque el hábito ha ido modificándose (del pasado, solo recordamos aquello que repasamos con cierta frecuencia). Cada especie tiene un «campo» de memoria propio. El cerebro se limitaría a sintonizar con el hábito grabado en el campo mórfico.21
Desmontando la visión antropocéntrica sobre la consciencia
A pesar de toda la investigación y los avances alcanzados en neurociencia, seguimos sin poder responder cómo un engrama neuronal –dada su naturaleza físico-química-neural- puede producir la experiencia psíquica consciente de sentir, percibir, atender, recordar, añorar…22
Tal y como sucede con la memoria, la comunidad científica de orientación materialista pretende explicar la conciencia desde un punto de vista exclusivamente sustancial. Algunas voces muy respetadas de nuestros tiempos, sostienen que la conciencia es un mero producto de nuestra actividad cerebral. Los modelos científicos más extendidos afirman que el cerebro humano es fruto de la selección natural, del azar y, en definitiva, de una evolución ciega. Desde esta óptica, este órgano fortuito, a través de su sistema de transmisión electro-química, acaba creando el pensamiento. Para nosotros esto es similar a afirmar que la vida es una propiedad creada por el planeta Tierra. No es que sea absolutamente falso, pero desde una perspectiva cosmológica resulta incompleto y obsoleto. Es una característica de nuestro Universo que si existe un planeta a cierta distancia de una estrella, pueden darse unas condiciones, como la existencia de agua líquida que, junto con otros elementos básicos, sean precursores de vida. La vida es una posibilidad de nuestro universo, que emerge cuando se dan, por lo que sabemos hasta ahora, ciertos vínculos cósmicos, o ciertas coincidencias de espacio y tiempo imprescindibles. Esta característica de nuestro Universo es la que esperanza a muchos científicos y los impulsa a buscar otros lugares parecidos a nuestro hogar a lo largo y ancho del cosmos. Es evidente que un solo cerebro no puede llegar a desarrollar todo el conocimiento que permite ir entendiendo la realidad que nos rodea. De hecho, ni con tres millones de cerebros, puestos uno junto a otro, lograríamos tal proeza. Para lograr lo que hemos alcanzado como especie, resulta obvio que debe haber toda una serie de vínculos a lo largo del espacio-tiempo, con elementos psíquicos imprescindibles.
Si no nos obsesionamos con la idea de lo sustancial como creador de todo lo existente, además de seguir investigando nuestros cerebros, podremos explorar otras sendas. Ese algo más que nos falta y que desafía nuestra comprensión de la relación entre mente y cerebro podría ser de una naturaleza distinta a lo sustancial, aunque vinculada inextricablemente a la materia. No puede explicarse la maravilla de la conciencia humana sin el impulso de la curiosidad, del interés; sin la confianza en la capacidad de poder entendernos y usar nuestra experiencia para conocer más cosas; sin sentirnos capaces de llevar a cabo acciones efectivas, que nos permitan descubrir cosas; sin la esperanza de que con nuestras acciones podamos acceder a más conocimiento y, finalmente, sin la receptividad de aquellos que esperan nuestros descubrimientos. Todos estos elementos psíquicos (cognitivos, emocionales y conductuales) tienen efectivamente una traducción cerebral, expresada a través de vínculos neuronales y en general corporales. Pero, y aquí es donde insistimos se halla la esencia de lo psíquico, no son de cualquier manera, no son neuronas que se excitan y punto… ¡HAY UNOS ÓRDENES! Evolutivamente hemos llegado hasta aquí porque en nuestro universo existen, además de un azar imprevisible, unas formas de relacionarse definidas, unos patrones, unas tendencias, unas leyes que deben descubrirse, pues expresan el modo en cómo las cosas se relacionan. Lo único importantes no es si unos neurotransmisores se mueven de un sitio a otro. Como Newton entendió, lo implícito, lo que tiene gran valor, es poder explicar cómo la Luna mantiene el vínculo gravitacional con la Tierra. Es decir, cómo mantienen ese orden implícito que no es únicamente de naturaleza física.Nos parece precipitado sostener que la conciencia es únicamente un producto del cerebro humano, una creación humana. Recuerda un poco a cuando situábamos la Tierra, y a nosotros, en el centro del universo: el cerebro humano sería un trozo de materia que, a través de su alquimia, acabaría creando el pensamiento, la conciencia, la actividad mental. No es coherente aceptar que formamos parte de un todo, que surgimos de él como todo lo demás que podemos observar, y a la vez sostener que lo mental es una creación del cerebro. Es un falso abandono del antropocentrismo. Esta posición desde la cuál observan muchos la realidad, lleva implícita la idea de que cuando algo no se puede medir, cuantificar, reconocer, calcular con las herramientas físicas de las que disponemos por el momento, quiere decir que no hay nada. Es decir, que todo aquello que nosotros no alcanzamos a percibir o entender, no es real. ¿Acaso no es ésta una manera muy antropocéntrica de mirar el cosmos? Una perspectiva más acorde con nuestro conocimiento actual es admitir que lo psíquico es una característica de este universo. En este sentido nos inclinamos a considerar que los órdenes que regulan los fenómenos naturales son de carácter psíquico y que lo psíquico es una propiedad básica del universo como lo es la atracción gravitatoria o el electromagnetismo. El orden presente en la naturaleza, formulado a través de las leyes fundamentales, así como la actividad mental humana y la consciencia, son manifestaciones de dicha propiedad universal. ¿Acaso no se ha aceptado el electromagnetismo, las interacciones nucleares y la gravitación como propiedades del cosmos, sin saber de dónde surgen?
A pesar de nuestra pequeñez somos capaces de conectar y expresar una propiedad tan creativa del Universo. Aunque no hayamos observado ningún otro ser vivo consciente a este nivel, incluso aunque fuéramos los únicos seres con consciencia del Cosmos, lo seríamos porque en el Cosmos existe la posibilidad de que se manifieste actividad psíquica consciente. Si abandonamos el miedo a aceptar otra realidad, una que no sea puramente sustancial, nuestro relato acerca de la realidad que observamos parece simplificarse sin perder coherencia. Muchas cosas que parecen muy complicadas se vuelven sencillas. Debe haber en el Universo del que formamos parte algo que nos impulsa y nos permite comprenderlo. Sólo así, creemos nosotros, se puede entender que podamos captar la inteligencia que subyace en las leyes fundamentales de la naturaleza. Puede que se trate de un campo mental que se extienda a lo largo del espacio-tiempo, necesariamente vinculado con los campos del universo físico, pues manifiesta una parte de su actividad a través de ellos. La energía que se explicita a través de este campo mental está inextricablemente unida al Universo físico. Diferenciar Universo Físico y Universo Mental es una manera de intentar ordenar la información para poder entender. El cerebro sería, entonces, un órgano material capaz de intervenir de manera muy directa, pero aún muy desconocida, en el procesamiento y transmisión comunicativa de la información psíquica, a través del espacio-tiempo.
Si bien no podemos determinar con precisión la extensión del campo mental, es lógico pensar que incluye todo lo que provoca en nosotros, los seres humanos, formar parte del Cosmos; todo aquello susceptible de ser mentalizado, representado; todo aquello que forma parte de nuestro relato consciente de nuestra experiencia de existir; pero también todo aquello que aún nos es desconocido, lo llamado inconsciente; aquellas influencias que no han sido mentalizadas explícitamente, es decir, representadas simbólicamente y que, por lo tanto, aún no forman parte de nuestro conocimiento del cosmos. La mayor parte del universo mental es implícito.
Siguiendo la hipótesis de la existencia de un campo mental, los seres humanos manifestaríamos su actividad través de las emociones y el pensamiento. Toda nuestra actividad mental individual proviene de un origen singular y a la vez relacional: nadie ha ocupado, ocupa, ni ocupará nuestro mismo espacio-tiempo. Además, dicha singularidad emerge de todas las generaciones que nos preceden y sus relaciones. Aparte de lo que sabemos que sentimos y pensamos, también somos todo aquello que aún no sabemos que sentimos y que aún no hemos llegado a pensar, por el simple hecho de formar parte de un Cosmos evolutivo. Del vínculo entre la emoción y la razón colectivas, a través del espacio-tiempo, emerge la función simbólica y el pensamiento profundo. Existe un espacio-tiempo mental que es también expansivo y evolutivo.

Imagen de https://concepto.de/sinapsis/
Probabilidad
Sabemos que de lo micro surge lo macro.
A través de la creación del espacio y del tiempo,
en un balance tensional entre movimiento expansivo,
rotativo y gravitacional,
la energía se ha ido combinando a distintas velocidades,
creando estructuras cada vez más complejas.
Desde lo macro observamos lo micro.
Y para nuestra sorpresa descubrimos
que es inimaginablemente inmenso,
inimaginablemente rápido.
Y además, dicha observación desde lo macro
detiene ese movimiento infinito de probabilidades;
de manera que… lo que podía ser muchas cosas
y estar en muchos sitios a la vez,
se decide por una sola de esas infinitas posibilidades.
Esto es el colapso de la función de onda.
Cartas de navegación.
Desde tiempos remotos la humanidad estuvo interesada en entender mejor lo más grande y empezó a buscar entre lo más pequeño. En la Antigua Grecia los filósofos meditaron sobre esta cuestión. Algunos pensaban ya entonces que la materia no podía dividirse infinitamente, por lo que debía existir una unidad o bloque indivisible e indestructible que, al combinarse de diferentes formas, creara todos los cuerpos macroscópicos que nos rodean. El concepto de átomo no se generó, pues, por medio de la experimentación, sino como respuesta a una necesidad filosófica, es decir, una necesidad del Observador, de explicar la realidad. Aún así, la investigación experimental del átomo se inició muchos siglos después.
En las distintas escalas de lo pequeño a lo grande, el átomo representa la primera estructura crítica de la materia, a partir de la cual se formarán otras más complejas. Sin la estructura atómica no se habrían podido formar ni estrellas, ni planetas ni nada grande. Sin embargo, conocemos la existencia en el interior del átomo de partículas más pequeñas aún. El mito de la sustancia única, a partir de la cual se formaría todo, sirvió como impulso investigador, pero la realidad material da indicios de que no funciona así. Parece que la materia no es la sustancia primigenia. La realidad material no está formada por pequeños ladrillos compactos. A nivel subatómico se descubre la esencia probabilística de la realidad. Entre las micro partículas que forman el átomo destacan los electrones, presentes en todos los átomos, con carga eléctrica negativa, que van formando “enjambres” o “nubes” electrónicas alrededor de los núcleos. Los núcleos atómicos están formados por protones de carga eléctrica positiva y neutrones, sin carga. Se han identificado alrededor de unos 100 tipos de átomos distintos, cuya única diferencia consiste en el número de protones del núcleo, que generalmente coincide con el número de electrones, siendo entonces los átomos de carga neutra. A partir del nivel atómico pueden formarse, a través del intercambio electrónico entre átomos, estructuras más grandes, las moléculas. Los electrones se rigen por leyes cuánticas, es decir, por los códigos relacionales de lo muy pequeñito; y son responsables de los distintos enlaces entre los átomos. Con los modelos empíricos del átomo pensamos que finalmente podríamos conocer la unidad básica de toda la materia existente. Sin embargo, existen todavía numerosas cuestiones acerca de los electrones que no se pueden explicar, y su comportamiento puede parecernos en ocasiones un puro truco de magia. Una interacción primordial en el mundo atómico es la radiación electromagnética, el intercambio de fotones entre átomos23, que marca la dinámica de nuestro universo conocido. Las relaciones atómicas se basan en la absorción y emisión de luz, y están reguladas por un parámetro pequeñísimo, la constante de Planck, que marca un mínimo umbral de vibración necesario para que se de el intercambio energético. Como ya hemos visto antes, la energía se transmite en bloques: cualquier vibración no produce un cambio; sólo a partir de cierta frecuencia, de cierto umbral, se produce el salto cuántico, el intercambio energético.
Es importante entender que en este punto de observación, a esta escala atómica, pasamos de la estructuración sustancial básica, en la que los átomos juntos acaban formando moléculas, que a su vez forman los objetos y los organismos conocidos, a adentrarnos en el microcosmos, donde la consistencia de la sustancia se desvanece; la certeza da paso a la incertidumbre, y lo explícito se vuelve implícito. La luz, es el elemento que conecta ambos universos, el de lo micro y el de lo macro, y no lo hace de cualquier manera…Si queremos hallar puentes entre lo micro y lo macro, y entre mente y cosmos, debemos adentrarnos en el misterio de la luz. ¿Cuál es su naturaleza?
La dualidad onda/partícula24.
La radiación electromagnética, en toda su gama de posibilidades, es básica en el intercambio relacional entre átomos. La Luz que podemos ver es un rango específico de frecuencia de esa radiación. Las ondas electro-magnéticas pueden expresarse de distinta manera según su frecuencia: infrarrojos, ultravioletas, rayos X, ondas de radio, etc. Resulta entonces muy importante entender el funcionamiento de la Luz. Hasta antes del nacimiento de la Física cuántica, se creía que los fenómenos de la realidad física sólo podían manifestarse de dos maneras excluyentes entre sí: o bien en forma de partículas singulares o bien en forma de ondas que se propagan a través de un determinado medio, como el aire, el agua… En el caso de la luz ¿cómo es su naturaleza? ¿Ondulatoria… o por el contrario se propaga a través de partículas? Para esclarecer está cuestión luminosa se diseñó un experimento en 1801 que después ha sido paradigmático dentro de la física del micro mundo. Fue un descubrimiento que arrojó cierta luz sobre la cuestión y sembró, a su vez, muchas más dudas: el experimento de la doble rendija25.
El experimento original de Thomas Young consistía en proyectar un haz de luz a través de una pantalla con dos rendijas y una placa fotosensible posterior, en la que quedaba registrada la energía. Si la luz estuviera hecha por minúsculas partículas, al lanzar un haz de luz sobre esta pantalla, unas partículas pasarían por una rendija y algunas otras por la otra. En la placa fotosensible se esperaría un registro de dos franjas que mostraran los impactos lumínicos de las partículas que habían pasado por una y otra rendija. No obstante, en lugar de dos franjas, el registro mostró el típico patrón de interferencia que producen todas las ondas al chocar entre sí (ver figura 3). Hasta entonces se creía que la naturaleza de la Luz era corpuscular. Sin embargo, este resultado sirvió para determinar que la luz se manifestaba como una onda. Un siglo después, ciertas cuestiones seguían sin poder ser explicadas si se continuaba considerando que la naturaleza de la luz era ondulatoria. Con el descubrimiento de Planck de los cuantos de energía, se pudo explicar la radiación de los llamados cuerpos negros, uno de los misterios lumínicos que la física de aquel momento tenía pendiente resolver.
Esto permitió que posteriormente Einstein, asumiendo la realidad de los cuantos de luz, explicara otro de los misterios de la radiación electromagnética: el efecto fotoeléctrico. Todos estos nuevos descubrimientos indicaban que se debía aceptar la doble naturaleza de la luz: su manifestación como onda y como partícula. ¡Qué lío!!

Experimento doble rendija. El primer dibujo representa lo que se esperaba que ocurriera si la luz era corpuscular. El segundo dibujo representa el patrón de interferencia que finalmente apareció.26
El experimento original de la doble rendija se fue sofisticando llevando a cabo distintas variaciones para entender esta dualidad. No sólo se envió luz, es decir, partículas sin masa, sino que también se enviaron a través de las rendijas, pequeñas partículas de materia como los electrones. No sólo la luz manifestaba la doble naturaleza onda/partícula: ¡La propia materia acabó manifestando dicha dualidad!!! Fijémonos cómo, al adentrarnos en el micro-cosmos, la materia, la sustancia que conforma la realidad, va perdiendo cada vez más consistencia.
Otra de las variaciones del experimento que más adelante pudo llevarse a cabo fue la de enviar las micro-partículas y los fotones uno a uno. Si se reproduce el experimento de Young pero enviando una a una las partículas de luz, cuando ya se han proyectado muchas, millones, en la placa aparecen las franjas de un patrón de interferencia propio de las ondas. Ahora bien, hay un hecho aún más desconcertante: si se coloca algún tipo de sensor para observar por qué rendija pasa cada partícula, el patrón de interferencia no aparece. Si se quiere saber por dónde pasa cada fotón, el registro en la placa fotográfica muestra entonces los impactos, hasta cierto punto aleatorios, de partículas. La formulación moderna asume la naturaleza tanto ondulatoria como corpuscular de la luz y de la materia. Las distintas versiones del experimento de la doble rendija muestran, según creemos haber entendido, algunas cuestiones cruciales para comprender mejor la realidad física:
• Tanto la Luz como la materia pueden comportarse como partículas o como ondas. Esto desmonta la idea de que la materia es únicamente algo diferenciado y localizado, no extendida en el espacio-tiempo.
• La idea de que las partículas que nos conforman a todos nosotros y a toda la materia que conocemos son entidades separadas, de las que siempre podemos localizar y predecir su trayectoria con precisión, también se desmorona.
• En este experimento de la doble rendija, los impactos individuales son aleatorios, nunca sabes dónde irán a parar exactamente; pero al ir acumulando impactos con el tiempo aparece un patrón de interferencia, el mismo que aparece si se envían todos los fotones de una sola vez. En el mundo subatómico se puede observar que lo individual se muestra aleatorio, azaroso e impredecible hasta cierto punto, gobernado por la probabilidad. Cuando en lugar de observarlo individualmente lo hacemos entendiendo que forma parte de un colectivo, de entre el caos aparece un orden.
• El observador neutro no existe. El observador siempre es participante de la realidad. Interacciona con ella, y lo que acaba observando incluye dicha interacción. Colocar o no un sensor en las rendijas para observar por cuál de ellas pasa cada partícula de luz, acaba determinando el modo en que la luz y la materia se manifiestan.
Una variación de este experimento, conocida como acción retardada, consiste en activar, o no, el sensor después de que la luz enviada haya atravesado ambas rendijas, pero antes de haber impactado en la placa registradora. El punto crítico donde se decide si la luz se manifestará como onda o como partícula es el paso por las rendijas. Parecería que lo lógico fuera que una vez la energía ha atravesado las rendijas, esté ya determinada su naturaleza, es decir, el modo en cómo se manifestará. Por sentido común pensaríamos que si el sensor no está activado en ese momento, esto es, cuando pasa por las rendijas, la luz es onda. Sin embargo, el experimento de acción retardada demuestra que, si se activa el sensor después de que la luz haya atravesado las rendijas, igualmente aparece el registro de partícula. En esta variación del experimento queda mucho más patente que es nuestra decisión de observar o no, nuestra elección de encender el sensor o no, la que determina cómo se manifiesta la luz. Parece ser que la naturaleza de la luz sólo queda determinada como partícula cuando nosotros decidimos observarla.
Incertidumbre y observación participante
¿Todo esto qué quiere decir? ¿Por qué es importante para nosotros? Tenemos la impresión de que, a pesar de todos estos descubrimientos, en la cultura occidental seguimos gobernados aún por las siguientes ideas:
La realidad material está completamente determinada.
Las cosas grandes están formadas por cosas pequeñitas juntas.
Lo pequeño y lo grande funcionan igual: si una cosa está aquí
no puede estar allá.
A causa del hábito, estas creencias siguen profundamente instaladas en nuestra mente colectiva, a pesar de conocer ya aspectos de la realidad que reclaman un nuevo modo de entenderla. El efecto psicológico de esta convicción es que acabamos sintiendo la realidad como algo prácticamente imposible de cambiar. ¿Cómo vamos a cambiar el mundo si lo pequeño funciona igual que lo grande? Pues bien, resulta que las cosas no son así: lo más pequeño sí que acaba formando lo más grande, pero no se comporta igual. En su esencia las cosas no están completamente determinadas. Son mucho más lábiles, plásticas y capaces de mostrarse de infinidad de maneras que ni imaginábamos. Las cosas no funcionan de cualquier manera, pero dentro de las leyes que las rigen, su capacidad para manifestarse de distintas formas es imposible de calcular. Aún así, lo mejor de la idea de que lo grande está hecho de cosas pequeñitas, sigue siendo vigente.
El tesoro nuclear de esta idea es que si entendemos cómo funciona lo pequeño, entenderemos mejor cómo puede llegar a funcionar lo grande. Aunque aún no se comprende completamente el significado del experimento de la doble rendija, permitió introducir la idea de que la partícula que queremos observar no está localizada en ningún sitio y está en todos a la vez, ya que en realidad, mientras no es registrada es una onda… una onda de probabilidad. Sólo cuando llevamos a cabo nuestra observación colapsa, es decir, se explicita; o lo que es lo mismo, queda determinada alguna de sus características particulares. En el mundo subatómico no es posible observar la realidad sin cambiarla. Lo que sí podemos hacer con las cosas grandes, como establecer dónde están, cómo se mueven, a qué velocidad van, de qué energía disponen y durante cuánto tiempo, no podemos trasladarlo al conocimiento del mundo subatómico. A ese nivel si precisamos alguna de estas variables, a la vez perdemos precisión en el conocimiento de la complementaria. Si sabemos dónde está localizada la partícula no podremos precisar a qué velocidad iba, y viceversa. Si sabemos con qué energía se manifiesta no podemos saber cuánto le dura y viceversa. Esta condición del micro mundo es enunciada en el Principio de indeterminación de Heisenberg27. De hecho, muchos físicos28 de prestigio reconocen que existe un misterio en este punto, así como un gran rechazo en la comunidad científica a debatir sobre él. El misterio apunta a que el colapso de la función de onda implica que haya un observador consciente. Cuando se afirma que la conciencia parece ser un factor determinante en el modo en cómo se acaba manifestando la luz, echamos en falta un poco más de precisión en el argumento; si sólo imaginamos que al colocar algún tipo de sensor podremos averiguar por qué rendija pasan los fotones, no apreciaremos cambios en la placa fotográfica. El mero hecho de pensar, de ser conscientes no hace que desparezca el patrón de interferencia. Además de pensarlo, debemos traducir esa idea en una materia y una acción coherentes con dicho pensamiento. Debemos utilizar un pedazo de materia, del tamaño adecuado para situarlo en una de las rendijas. Si colocamos una miga de pan, no funciona. Por lo tanto, no sólo debemos ser conscientes e inteligentes en nuestra observación. Debemos también llevar a cabo una acción coherente con nuestro pensamiento y con los objetos que manejamos. El hecho de observar llevando a cabo acciones coherentes con dicha intención, con nuestro deseo de precisar, provoca que la realidad material y energética, al menos en el micro-cosmos, se manifieste como partícula. Si no llevamos a cabo dicha intención, dicho deseo de precisión, obtendremos una manifestación ondulatoria. A nuestro modo de ver, podemos expresarlo del siguiente modo: si nuestra curiosidad es muy particular y pretendemos satisfacerla con gran precisión, el universo, la realidad, nos responde en función de ese deseo y se manifiesta en forma de partícula. Pero no satisface de una manera absoluta nuestra curiosidad, porque a través del azar nos responde de una determinada manera impredecible. Si no queremos precisar, particularizar, y en cambio deseamos generalizar…, el universo nos responde con un patrón colectivo y a la vez singular, en forma de ondas interrelacionadas.
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