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HEATHERLEY

FLORA THOMPSON
HEATHERLEY
TRADUCCIÓN DE PABLO GONZÁLEZ-NUEVO

SENSIBLES A LAS LETRAS, 75
Título original: Heatherley, 1944
Primera edición en Hoja de Lata: octubre del 2021
© de la traducción: Pablo González-Nuevo
© de la presente edición: Hoja de Lata Editorial S. L., 2021
Hoja de Lata Editorial S. L.
Avda. Galicia, 21, 4.º E, 33212 Xixón, Asturies [España]
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Diseño de la colección: Trabayadores culturales Glayíu
Corrección: Tania Galán Álvarez
ISBN: 978-84-18918-19-3
Producción del ePub: booqlab
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ÍNDICE
Laura se aleja
Gentes del lugar
Jardín de chicas
El señor Foreshaw
El viento en los páramos
Los Hertford
Vivir sola y disfrutar
Los Jerome
He tenido compañeros de juego, he tenido amigos…
El pueblo en tiempos de guerra
El nuevo siglo
Peregrinaje de posguerra
LAURA SE ALEJA
Una cálida tarde de septiembre de las postrimerías del siglo pasado, una muchacha de unos veinte años atravesaba sin saberlo los límites de Hampshire desde uno de sus condados limítrofes. Llevaba un vestido de lana de color marrón, una capa hasta la cintura del mismo tejido y un gorro de piel de castor adornado con dos pequeñas plumas de avestruz colocadas a ambos lados de su cabeza como signos de interrogación. Este atuendo, que sin duda resultaría horrendo desde el punto de vista moderno, le había proporcionado un gran apoyo moral durante su viaje en tren. La falda, cortada lo estrictamente necesario para evitar el contacto con el suelo y la necesidad de sujetarla salvo en los días lluviosos, era, tal y como la modista le había asegurado, lo último en ropa para el campo. El sombrero lo había comprado esa mañana al pasar por Londres. Le había costado nueve chelines, once peniques y tres fártings de la libra que había reservado para gastos hasta cobrar el primer salario en su nuevo puesto, pero no se arrepentía de la extravagancia, pues hacía juego con su pelo y sus ojos marrones, y además la ayudaría, o eso esperaba, a causar buena impresión al llegar al final de su viaje. «Una buena primera impresión supone la mitad de la batalla», solían decirle cuando era niña, y hoy tenía muy buenas razones para causar una impresión positiva, pues en los últimos tiempos había tenido que conformarse cubriendo breves periodos vacacionales en distintas oficinas de correos y albergaba la esperanza de que este nuevo puesto llegara a ser permanente. Algunos vecinos de su aldea empezaban a considerarla un culo de mal asiento, y esa clase de gente no era bien vista por los habitantes de la campiña en aquella época. El argumento de que trabajar en una de las oficinas de correos más grandes, aunque fuera por un breve periodo de tiempo, suponía una valiosa experiencia laboral no había convencido a sus padres, pues a su modo de ver la experiencia era algo que se obtenía de forma natural, no algo que había que buscar. Preferían la estabilidad y la seguridad.
Pero en aquellos momentos Laura no era consciente de su apariencia y había dejado de preocuparse por la impresión que iba a causar. Incluso el desconcierto al descubrir que nadie había ido a buscarla a la estación —quizá por un error suyo— se le había olvidado en cuestión de minutos, pues enseguida había dejado atrás el sombrío camino que salía del pueblecito en la vaguada para llegar a campo abierto, donde por primera vez en su vida vio los brezales en plena floración. Reconoció inmediatamente las flores por las miles de descripciones que había leído sobre ellas y el lugar donde crecían —siempre al norte del Támesis, o eso creía Laura—, y desde su más temprana infancia había conservado la imagen de las colinas cubiertas de brezo y los páramos de las novelas y poemas de Walter Scott. Comparada con aquella vívida realidad, su idea preconcebida resultaba burda y fría.
De un color violeta pálido, como las flores de un ciruelo, el brezo se extendía bajo la luz del sol entre los tonos dorados del tojo tardío. Pequeños y esbeltos abedules se erguían aquí y allá amarilleando entre helechos y serbales salpicados de bayas rojas. El polvoriento camino blanco por el que había llegado hasta allí estaba desierto y solo se escuchaba el zumbido de las abejas entre las flores y los lastimeros quejidos de una bandada de pardillos que revoloteaban de arbusto en arbusto. Desde donde estaba pudo ver a lo lejos, en el horizonte, una larga y ondulante hilera de colinas de un azul tenue que, a ella que procedía de una tierra de llanuras y campos de cultivo, le parecieron montañas. El aroma del brezo y los pinos inundaba el aire, que tenía el dulzor propio del vino y resultaba curiosamente excitante para alguien que se había criado en el ambiente húmedo, denso y cargado de polen de los condados agrícolas. Permaneció en el borde del campo tanto tiempo como consideró prudente, respirando profundamente y contemplando la escena con la satisfacción propia de un descubridor. Después, embargada por una insólita sensación de ligereza, continuó caminando colina arriba hacia el conjunto de tejados rojos que pronto aparecieron entre las copas de los pinos.
Heatherley, como descubrió después, no era en absoluto un pueblo en el sentido estricto de la palabra, sino poco más que un asentamiento de creación reciente que consistía en un par de caminos bordeados de tiendas, una posada de nueva construcción con un artístico letrero y varias casas y chalés modernos, muchos de los cuales tenían en sus ventanas carteles de «Se alquilan habitaciones». Desde que un famoso científico descubriera las virtudes del aire de los páramos y un artista de la Royal Academy inmortalizara el escenario en algunos de sus cuadros, el lugar había nacido para atender las necesidades de los residentes de las grandes casas y los huéspedes de los hoteles que habían ido brotando en torno a los hitos paisajísticos más estimados en un radio de varios kilómetros. Había otros asentamientos similares en el municipio, pero hasta el momento ninguno de ellos disponía de oficina de telégrafos. De modo que, aunque en el futuro llegaría a ser desbancado, Heatherley era y seguiría siendo durante unos pocos años el principal centro postal.
La oficina de correos de Heatherley se encontraba en un bonito edificio de azulejo rojo con grandes aleros de madera y un escaparate donde se exhibían artículos elaborados en piel, como agendas y neceseres, biblias y libros de salmos, carteras y marcos fotográficos. Junto a la puerta había una vitrina con tarjetas postales de paisajes locales. En aquella época aún no se imprimía ninguna otra clase de ilustraciones. Los retratos de actrices de comedias musicales, que pronto se pondrían de moda, eran inimaginables. Y todavía faltaba mucho tiempo para que se popularizaran las viñetas cómicas a todo color. No obstante, el moderno toque publicitario ya estaba presente en muchas de ellas con leyendas como «La Suiza inglesa», que acompañaban a las fotografías de panoramas reseñables de la zona. Eran las típicas vistas de los páramos ingleses, hermosos en su pequeña escala, pero en absoluto comparables con la grandeza alpina; por lo que el nombre probablemente había sido idea de alguna lumbrera local ansiosa por explotar la belleza de la región. En ciertos ambientes solían referirse a la conocida colina más cercana a Heatherley como el Pequeño Parnaso, por la cantidad de poetas y escritores que frecuentaban sus laderas. Pero aquella tarde Laura no se detuvo a contemplar las vistas impresas en las postales ni a leer sus pies de foto. Abrió tímidamente la puerta y se presentó.
Puesto que no era fácil encontrar un alojamiento humilde, había acordado con la administración que, hasta que dispusiera de su propia habitación en el pueblo, viviría con la familia del director de correos. De modo que en cuanto entró la acompañaron a la sala de estar de la parte trasera de la oficina y la dejaron en manos de la esposa de su nuevo jefe. La habitación era muy diferente de todas las que había conocido a lo largo de los últimos años. No era la típica sala de una trastienda con su aparador para exhibir la plata, el suelo de linóleo y fotografías enmarcadas en las paredes, sino la morada de gente, al parecer, algo más refinada. Y sin embargo a Laura le pareció, no en aquel momento sino un poco después, que había algo extraño y sombrío, incluso siniestro, en aquella estancia. La única ventana, quizá porque estaba situada en un lateral de la casa, en paralelo a la cual discurría un sendero hacia la parte trasera del edificio, había sido reforzada con una mampara de vidrio pintado a través de la que se filtraba una luz tenue y coloreada. Una enorme vitrina de madera de roble profusamente labrada, cuya forma recordaba a los armarios de los juzgados de la época jacobina, ocupaba prácticamente toda la pared del otro lado, y había numerosos muebles de menor tamaño y características semejantes. Más tarde supo que la mayoría de ellos habían sido elaborados y tallados personalmente por el que sería su patrón, que se dedicaba al negocio de la fabricación de muebles y tenía su taller en algún lugar de la parte trasera de la casa. Las paredes de la habitación estaban pintadas de un sencillo verde salvia y el único cuadro a la vista era una reproducción firmada de la obra de un artista local.
Todo aquello despertó su curiosidad, pero Laura solo tuvo tiempo de echar una apresurada mirada a su alrededor, pues naturalmente lo correcto era prestar toda su atención a la esposa del director. La señora Hertford era una mujer tan inusual para su época y su posición como lo era su salón. Era alta, delgada y marchita, de hombros caídos, rostro muy pálido y lacio cabello de un rubio apagado cuyo recogido le ocultaba parcialmente las orejas. Se encontraba en los últimos meses del embarazo y llevaba un largo vestido verde con las hombreras adornadas con numerosos bordados. Tenía una voz melancólica y se movía de forma pausada y silenciosa. Laura pensó que su rostro era el más triste que había visto jamás.
La acompañaban dos niños. El primero era un chiquillo muy parecido a su madre y vestido con un trajecito que podría haber sido confeccionado con la misma tela que el de ella. Se mostró muy educado, aunque demasiado silencioso y serio para su edad, y Laura pensó que había estado llorando. Tanto la madre como el niño parecían vegetales o flores que hubieran sido criados en la oscuridad, lejos del sol. La bebé, que acababa de despertar de su siesta vespertina, era una niña preciosa con las mejillas del color de las rosas silvestres, ojos oscuros y un bonito pelo ensortijado. Aún conservaba el calor de la cuna y estaba llena de vida y reía sin parar. Cuando la recién llegada la cogió en brazos y la sentó en sus rodillas la pequeña la abrazó inesperadamente agarrándose a su cuello y la besó. Su cálida bienvenida reconfortó a Laura, que no dejaba de percibir la inexplicable tensión que imperaba en la estancia.
Cuando la señora Hertford supo que Laura había llegado caminando desde la estación pareció al mismo tiempo sorprendida y algo turbada. Su marido, explicó, tenía intención de ir a recibirla en su cochecito de tiro. ¿Estaba segura de no haber visto el carro de color marrón, con un poni blanco y negro? Laura respondió que estaba muy segura y no le dio importancia a que no fueran a recibirla. Había dejado su arcón en la consigna de la estación y había disfrutado mucho del paseo. No se lo habría perdido por nada del mundo. Entonces el niño pequeño, Cecil, regresó después de hacer un encargo de su madre y dijo que Miffy, el poni, estaba fuera, en el corral, y que William le había dicho que papá se había marchado después de cenar, no sabía adónde, y tampoco había comentado nada de recoger a la muchacha; a lo que su madre respondió que sin duda el señor Hertford debía haberlo olvidado —era muy olvidadizo a veces— y le propuso a Laura ir a ver su habitación.
Más tarde, en la oficina de correos, Laura conoció a la ayudante cuyo puesto iba a ocupar. La señorita Smithers era una mujer de cuarenta años que tiempo atrás había trabajado en la Oficina Central de Telégrafos de Londres y había sido retirada del servicio con una pequeña pensión tras sufrir una crisis nerviosa. A juzgar por sus frecuentes tics y la tensa y ausente expresión de su cara, cualquiera habría dicho que estaba al borde de un nuevo colapso. Se marchaba de Heatherley a la mañana siguiente y William, el chico para todo, se encargaría de llevarla en el coche a la estación, pero no sin contarle a Laura que el hogar que estaba a punto de abandonar distaba mucho de ser feliz. El señor y la señora Hertford tenían terribles peleas. Habían tenido una no haría más de dos horas, lo que explicaba que nadie hubiera ido a buscarla y el tenso ambiente que la aguardaba a su llegada.
—Pero no me pregunte el porqué —añadió—. Nunca he sido capaz de encontrar el menor sentido o motivo para sus disputas. Supongo que todo se debe a que ella es incapaz de controlarlo. Por lo general, en esos casos, la culpa es de la esposa. En lo demás no tengo nada que objetar, son bastante dignos para ser gente de campo y dudo que sus discusiones le vayan a afectar a usted tanto como a mí. Soy sensible por naturaleza. Y no hay nada que hacer al respecto.
Laura sería la nueva «encargada de la oficina». Es decir, se ocuparía de llevar a cabo, con la colaboración de una ayudante, todas las labores relacionadas con el correo y el telégrafo y haría a diario las cuentas, que debían ser firmadas por el director, que era el responsable de la entidad ante las autoridades. Aparte de garantizar la eficiencia del trabajo y de custodiar el dinero y otros artículos de valor, el señor Hertford tenía poco que hacer en la oficina. Pero no era ningún explotador. La administración conocía su manera de trabajar y no tenía nada que objetar al respecto, y después de haber pagado los salarios de sus ayudantes, de sus propios ingresos, solo le quedaba un pequeño margen a modo de recompensa por sus responsabilidades y, claro está, para pagar la renta. La oficina de correos no era más que una actividad complementaria de la principal fuente de ingresos que suponía su propio negocio.
La ayudante de Laura, Alma Steadman, era una bonita muchacha de dieciocho años que vivía en el pueblo, de ojos azules y dulce temperamento. Una de las responsabilidades de Laura fue enseñar a Alma a manejar el telégrafo de una sola aguja que había sido instalado recientemente en la oficina. Era un pequeño armarito con un ventanuco que habían colocado en un corto pasillo situado entre la oficina abierta al público y la sala de estar. Su manejo consistía en teclear las letras de los mensajes salientes en código Morse y recibir los entrantes observando —o leyendo por sonido, según la habilidad del operador— la aguja montada en un dial verde que se movía a izquierda o derecha sobre dos sondas sonoras de metal. La aguja en movimiento emitía un bonito tintineo musical que debía ser escuchado e interpretado, por aquellos preparados para hacerlo, a cierta distancia del aparato. La vida de Laura en Heatherley transcurriría al ritmo de ese melódico tintineo, y años después su mera mención o el recuerdo del lugar le hacía volver a escucharlo al instante, oler el aroma del brezo, la turba y los pinos y contemplar de nuevo las luchas e inquietudes de todas aquellas vidas que durante una época se mezclaron con la suya.
Hace mucho tiempo que el viejo instrumento de una sola aguja desapareció de las oficinas de correos dejando espacio a otros inventos de mayor eficacia y más sencillo manejo. Sin embargo, durante la estancia de Laura en Heatherley, era un símbolo de progreso y todo aquel que conocía sus misterios era considerado un trabajador eficiente y perfectamente preparado. Tras la marcha de la señorita Smithers, la única que sabía manejarlo en el pueblo era Laura, y hasta que Alma fue lo bastante competente para hacerlo sola, su jornada de trabajo era de doce horas diarias, sin la posibilidad de disfrutar del medio día de descanso semanal y con dos horas de servicio los domingos por la mañana. Habían acordado que en cuanto Alma estuviera cualificada y pudiera quedarse sola ante el aparato ambas se turnarían para finalizar su jornada a las seis.
La noche de la llegada de Laura, poco antes del cierre de la oficina, apareció el señor Hertford. Ella no lo había oído entrar, pues llevaba zapatos de suela blanda que no hacían ruido, y al dar media vuelta se encontró con él de pie a su espalda. Era un hombre moreno y delgado de unos cuarenta y cinco años que podría haber resultado atractivo de no ser por el peculiar tono de su tez, de un feo color oscuro entre el malva y el gris, y el extraño y salvaje brillo de sus ojos. Reírse en silencio era una de sus costumbres. Era serio por naturaleza y raramente sonreía, pero cuando algo despertaba su peculiar sentido del humor echaba la cabeza hacia atrás y reía sin emitir un solo sonido. Otro inquietante hábito suyo era citar en susurros fragmentos de la Biblia o versos de poetas. «Mía es la venganza…» o «Ser o no ser…», cuchicheaba sin motivo aparente al coger su pluma para firmar las cuentas del día o incluso sentado a la mesa con su familia.
Sin embargo, a pesar de estas y otras peculiaridades, a Laura le agradaba el señor Hertford en muchos aspectos. Esa noche le dio la bienvenida cordialmente y enseguida demostró ser un hombre razonable en sus relaciones comerciales y experto en lo concerniente a su negocio. Mientras duró su trato con Laura tuvo un notable éxito con la fabricación de muebles, que sus clientes de temperamento artístico diseñaban para sus hogares. También había tallado y reparado diversos elementos de la ebanistería de una capilla privada en casa de un residente católico del pueblo. Construyó y adaptó las estanterías para el estudio de la casa de verano de un poeta y enmarcó cuadros para la galería de un miembro de la Royal Academy. No participaba en los asuntos locales y raras veces se relacionaba con los clientes habituales de la oficina, muchos de los cuales pensaban que Laura era la directora y como tal se dirigían a ella. No obstante, el director disponía de un mostrador reservado para recibir a los clientes de su propio negocio, y resultaba evidente por la naturaleza de sus entrevistas que estos tenían buena opinión de su talento y sus gustos. Se dio, por ejemplo, el caso de un galerista que, viéndose obligado a acatar la normativa vigente, necesitaba cierta cantidad de marcos dorados para exhibir una serie de dibujos en blanco y negro —marcos que no le servirían para nada una vez concluida la muestra—. El señor Hertford le sugirió utilizar marcos de ébano, pues a simple vista parecían ligeramente dorados y más tarde podría lijarlos para recuperar el color original de la madera. Durante estas entrevistas no siseaba ninguno de sus versos ni reía en silencio. Se mostraba tranquilo y solícito, pero no demasiado solícito, ya que después de todo era un maestro artesano discutiendo su trabajo con un cliente.
Había leído mucho y conocido mundo. Cumplidos los veinte había pasado muchos años en Australia y durante sus idas y venidas había aprovechado la oportunidad para explorar aquellos puertos del Mediterráneo donde estaba permitido desembarcar. Era todo un maestro en el arte del debate y oírlo discutir sobre política y teología con su hermano, que vivía cerca, fue toda una revelación para alguien que, como Laura, había aglutinado sus escasos conocimientos sobre el mundo real casi exclusivamente a través de los libros. En esas ocasiones su rostro se iluminaba de entusiasmo y abandonaba su entonación habitual para expresarse con diáfana convicción.
En materia de fe, su hermano era inconformista y acudía devotamente a la capilla de su comunidad. El señor Hertford, por su parte, no aparecía por la iglesia ni por capilla alguna y, a juzgar por las opiniones que manifestaba en conversaciones ordinarias, era más bien escéptico. No obstante, durante los mencionados debates, defendía con vehemencia la necesidad de una sólida curia formada por sacerdotes, obispos y arzobispos, mientras que su hermano abogaba sin concesiones por el autogobierno de las congregaciones. Intercambiaban palabras como «sacerdotalismo» y «jerarquía» y a menudo sus ánimos se exaltaban de tal modo que el hermano se levantaba y abandonaba la casa sin dar las buenas noches. Pero en su siguiente encuentro volvían a empezar como si nada hubiera ocurrido.
Durante estas discusiones, la señora Hertford permanecía sentada sin decir palabra en un sillón, cosiendo junto a la chimenea mientras mechones de su pálido cabello caían desordenadamente sobre su labor. Le agradaba ver a su marido ocupado y concentrado, pero a ella no le preocupaban esa clase de cuestiones. Su pasión era la música y en sus escasas horas de paz doméstica solía cantar o tararear arias de ópera y hablaba de tiempos anteriores a su matrimonio, cuando había tenido ocasión de escuchar a tal o cual cantante o pianista famoso, o recordaba las veladas musicales en la casa donde había trabajado como gobernanta, en una época en que sus servicios de acompañante estaban muy solicitados. Se veía obligada, por tanto, a vivir de esos recuerdos, pues no tenía piano propio. Y solo en una ocasión mientras Laura la conoció salió de su casa para escuchar música.
Aquello sucedió durante una serie de conciertos de música de cámara que tuvieron lugar en el por aquel entonces recientemente construido salón de actos de la localidad más cercana. En la oficina de correos se vendían entradas y había un programa de las actuaciones, por lo que la organización había tenido el gesto de enviar al director un abono de dos guineas para asistir a varios de los eventos a modo de agradecimiento.
La señora Hertford salía tan poco —y cuando lo hacía no llegaba a ausentarse más de una hora— que su asistencia al recital causó cierto revuelo en la casa. Alma se había ofrecido voluntaria para preparar el té y cuidar de los niños, por lo que sin su ayuda Laura estaría especialmente ocupada en la oficina de correos. La señora Hertford se había preparado especialmente para la ocasión y estaba elegante vestida de negro con toques de amarillo, y el cabello pálido cubierto por un sombrerito de encaje negro adornado con ramilletes de prímulas artificiales. Todos, excepto su marido, se acercaron a las ventanas o a la puerta para verla marchar. Alma sostenía en sus brazos al nuevo bebé, y su madre parecía muy feliz y animada cuando se giró ligeramente al llegar a la esquina para sonreír y devolverles el saludo. Regresó a casa exultante, con el corazón henchido por la música que acababa de escuchar, en especial la interpretación al piano de la señorita Fanny Davies. Sin embargo, esa misma noche su marido tuvo uno de sus más feroces estallidos de mal humor y ella se fue a la cama llorando. El abono de la oficina de correos no volvió a utilizarse durante el resto del ciclo de conciertos.
Laura nunca había presenciado el comienzo de uno de esos enfrentamientos domésticos y durante algún tiempo sus causas, reales o imaginarias, constituyeron para ella un misterio. Durante la comida todo parecía ir bien entre ellos. Entonces, antes de la hora del té y mientras trabajaba apaciblemente con el telégrafo, desde donde era inevitable escuchar la mayor parte de lo que sucedía en la sala de estar, llegaban a sus oídos los insultos que profería una de las partes y las desconsoladas lágrimas de la otra. Cuando su marido lo permitía, la señora Hertford le atendía con la actitud servil de una esclava, y cuando sus estallidos de furia por fin se apaciguaban ella no parecía sentir el menor resentimiento, tan solo un patético deseo de hacer las paces lo antes posible. Y en efecto, una frágil tregua reinaba fugazmente entre ellos, aunque raras veces duraba más de una o dos semanas. A medida que pasaba el tiempo, Laura casi llegó a acostumbrarse a entrar a comer para encontrarse la mesa sin el mantel puesto y al señor Hertford sentado a solas junto a la chimenea con aire sombrío, después de que su mujer se encerrara con los niños en el dormitorio. Tras lo cual, durante varios días, el señor y la señora Hertford evitaban comunicarse directamente en la mesa y cuando querían decirse algo se dirigían a Laura, con la que ambos seguían llevándose bien. Cada pocas semanas aparecía en casa una nueva doncella para ayudar a la señora Hertford con los niños y con las tareas domésticas, pero ninguna duraba más de un mes. Algunas apenas un día o dos. Después de alguno de los arrebatos del señor Hertford, la madre de la muchacha en cuestión se presentaba para dejar claro que no iba a permitir que atemorizaran a su hija con esa clase de disputas y acto seguido se marchaba con sus pertenencias en un fardo bajo un brazo y la otra mano sosteniendo con firmeza y ternura la de la muchacha, que por lo general iba llorando.
La única persona que ayudó a Laura a hacer más tolerables aquellos primeros tiempos en Heatherley fue su ayudante en la oficina, Alma Steadman. Era una muchacha bajita y de constitución bastante robusta, con un bonito pelo castaño oscuro y grandes ojos azules. «La muchacha menuda de ojos azules», era la descripción que daban los clientes que deseaban hablar con ella pero no sabían su nombre. Aunque su aspecto era el típico de muchas chicas de la campiña, su carácter no era nada común. Era buena y sincera y, aunque hasta el momento había vivido completamente protegida del mundo y sus problemas, no era ninguna ingenua. Dotada de un buen gusto innato y un gran sentido del humor, era una de esas raras personas capaces de vivir felices y satisfechas con lo que tienen sin desear ningún cambio en su vida. La tempestuosa convivencia de los Hertford le afectaba incluso menos que a Laura. Para empezar, estaba menos expuesta a sus discusiones, y por otra parte se negaba a creer que fueran causadas por nada más grave que una acusada incompatibilidad de caracteres. Las parejas casadas, aseguraba, suelen tener esa clase de desencuentros. Y aunque Laura seguía convencida de que el motivo de las disputas de los Hertford obedecía a algo más grave que simples desacuerdos matrimoniales, al menos durante un tiempo se sintió más tranquila y reconfortada.
Pero lo que a Laura más le gustaba de Alma era su afición por la lectura, y en especial por la poesía. No tanto por la obra de los grandes poetas o por poetas menores de fuerte personalidad como por cosas más pequeñas y exquisitas con un toque de magia o fantasía. Recitaba de memoria El mercado de los duendes de Christina Rossetti, El tritón abandonado de Matthew Arnold o La belle dame sans merci de Keats. Rossetti era su poetisa favorita y gracias a ella oyó hablar Laura por primera vez de la obra de Coventry Patmore. A Alma parecía gustarle todo lo pequeño y exquisito. Las violetas y las campanillas de invierno eran sus flores favoritas y prefería encontrar un umbrío rincón del bosque cubierto de musgo donde las primaveras crecen sobre la nudosa corteza de un árbol a contemplar un vasto paisaje donde el brezo púrpura se extiende hasta el horizonte en toda su gloria. A veces se enzarzaban en pequeñas disputas sobre sus preferencias y en una ocasión Laura escribió para ella un pequeño poema que comenzaba así:
Tú hablas de primaveras en ramilletes fragantes [y hermosos,
de prímulas y cardaminas cuyo aroma inunda los prados [rumorosos,
pero yo el brezo prefiero,
el brezo con olor a miel,
el resplandeciente brezo gitano,
¡esa es la flor que yo quiero!
Aunque el buen gusto de Alma era innato, no por ello había dejado de cultivarlo. Ella, sin embargo, no se había visto obligada a llevar a cabo sus propios descubrimientos en literatura como había hecho Laura. Su padre era jardinero y la señora para la que trabajaba impartía una clase los domingos por la tarde y realizaba lecturas de poesía para un selecto grupo de chicas del que Alma formaba parte. Entre ellas estaban también dos sobrinas de la señora, su doncella, la encargada de la lavandería y una profesora en prácticas de la escuela del pueblo. Cada semana la señora Camden leía un poema escogido personalmente del cual comentaba los aspectos más bellos e interesantes y que las chicas debían aprender de memoria para recitarlo el domingo siguiente. De ese modo pretendía moldear su gusto y sin duda en el caso de Alma el plan funcionó a la perfección. El único inconveniente que Laura veía en dicho plan era que había limitado bastante las posibilidades de su alumna. Alma había asimilado de tal manera los gustos de la señora Camden que ya no tenía el menor interés en aventurarse más allá y no confiaba en absoluto en su propia opinión. Contaba con la ventaja de saber con buen criterio qué libros y poemas merecían su amor y respeto, pero de ese modo nunca llegaría a experimentar la emoción que Laura sentía al descubrir algún libro o poema que despertaba su admiración y averiguar más tarde que era considerado una obra maestra.
Alma era alegre y optimista por naturaleza. Las desgracias, injusticias y desigualdades de la vida humana no se cernían sobre ella como una oscura nube en el horizonte. Cuando se enteraba del infortunio de alguna persona se apenaba sinceramente y hacía todo lo posible por ayudar o consolar a los afectados. Sin embargo, esos eran para ella casos aislados, no indicios de que el mundo no funcionaba del todo bien. Laura, por otro lado, tenía tendencia, como solía decirle la gente, a ver el lado oscuro de la vida. En aquellos años había estallado la guerra de los Bóers y ella no podía evitar imaginar las escenas de sufrimiento que tendrían lugar en aquellos campos de batalla —en los que, no obstante y según muchos de los que la rodeaban, pronto alcanzarían la victoria— y apenarse pensando en los hogares destrozados del enemigo o en las mujeres de los bóers encerradas en campos de concentración y llorando a sus muertos o angustiadas pensando en el destino de los que aún vivían, igual que las mujeres británicas lloraban y se angustiaban por los suyos. Y lo cierto es que sufría profundamente pensando en su hermano que estaba allí con su regimiento, en especial cuando transcurrían meses sin que ni ella ni su familia recibieran una carta suya.
Cuando Alma la encontraba «melancólica», como ella misma solía decir, trataba de animarla de la manera más encantadora e inocente, que a menudo resultaba simple hasta la estupidez, hasta que conseguía robarle una sonrisa. Mientras ordenaba el correo nocturno leía en voz alta las direcciones de las cartas pronunciándolas de forma grotesca —Swanage… Swanaggie, Metropole… Metropoly, Leicester… Lycester, etcétera—; escondía el anillo de Laura, que solía quitarse para lavarse las manos, o encerraba al gato de la oficina en la consigna del correo certificado y fingía que era un tigre en una jaula. Un día apareció con una mosca muerta en la palma de la mano y se la enseñó a Laura con gesto serio diciendo: «¿No era este el moscón que te atosigaba?».
Tras conocer a Alma, Laura creyó durante un tiempo que al fin había encontrado aquello que aún no tenía, una verdadera amiga de su mismo sexo y edad. Sin embargo, nunca llegaron a ser íntimas. Alma vivía en el pueblo y allí tenía sus intereses y amistades de siempre. Además, pasaba gran parte del tiempo libre con el muchacho que después sería su marido. De modo que su vida ya estaba completa. No obstante, mantuvieron la buena relación que había nacido entre ambas desde que se conocieron, y cuando años después Laura recordaba aquellos tiempos sentía que le debía mucho a su dulce y saludable influencia.
A pesar de la compañía de Alma, con quien pasaba varias horas al día, y la de los nuevos amigos que iría conociendo, Laura se encontraba en una posición incómoda, pues las semanas transcurrían y seguía sin encontrar una habitación en el pueblo, por lo que en numerosas ocasiones estuvo a punto de presentar su renuncia para buscar un puesto más agradable en otro lugar. Pero lo cierto es que al final pasaba muy pocas horas en compañía de los Hertford. Estaba más que satisfecha con su trabajo en la oficina, pues disfrutaba del ajetreo y el estímulo que suponía tener muchas cosas que hacer. La nueva clientela era interesante y en su tiempo libre, mientras duraba la luz del día, tenía a su alcance un paisaje completamente nuevo y emocionante que explorar. Y lo cierto es que carecía del dinero necesario para volver a mudarse. Estaba segura de que su madre habría movido cielo y tierra con tal de ayudarla de haber conocido sus circunstancias, pero hacerlo habría supuesto para ella un enorme sacrificio. Y aunque tenía otros parientes que lo habrían hecho gustosos, el horror que le habían inculcado desde niña a pedir prestado le impidió recurrir a ellos.
De modo que se quedó en Heatherley y allí tuvo todo tipo de experiencias, agradables y desagradables. «Si los diecinueve son malos, peores son los veintiuno», decía un viejo refrán de la región donde nació. Un autor contemporáneo se había referido a ese periodo vital como «la Calle Siniestra». A pesar de todo, la calle siniestra de Laura no lo fue tanto. Pero de todas formas tuvo que recorrerla de principio a fin y el destino quiso que lo hiciera en Heatherley.
GENTES DEL LUGAR
Durante sus primeros tiempos en Heatherley, Laura sentía de cuando en cuando que se había extraviado en un mundo completamente nuevo. Uno más próspero y cómodo, más sofisticado y en muchos aspectos mejor comunicado e informado, pero también menos amable, sólido y estable que el que ella había conocido al nacer. Esa impresión se podía achacar en parte a las constantes idas y venidas de visitantes y turistas que por allí pasaban con un ánimo estrictamente vacacional, pero también a que en ese nuevo municipio pocos de los que allí vivían lo habían hecho desde su nacimiento o desde que eran niños. Algunos comerciantes, hombres casados con familia, todavía se referían a Birmingham, Londres o Shropshire como su hogar. Los dos médicos de Heatherley eran nuevos en el pueblo, igual que lo era el párroco, pues la iglesia era de construcción reciente. La mayoría de los trabajadores se habían instalado allí para ganarse la vida, igual que Laura, y ninguno de ellos había tenido tiempo de echar raíces aunque hubieran tenido intención de hacerlo.
Pero esas sensaciones no eran suscitadas únicamente por el lugar. Los tiempos estaban cambiando y la gente cambiaba con ellos. Laura se había perdido varias etapas de dicha transformación. En los condados agrícolas como su lugar de nacimiento la gente continuaba siendo en lo esencial igual que cuando ella era niña. Los que habían nacido en el campo, con muy pocas excepciones, vivían y morían en el mismo lugar. Las nuevas ideas tardaban en alcanzarlos y con frecuencia eran mal recibidas cuando al fin llegaban. Los viejos nombres familiares sobrevivían generación tras generación en las aldeas. Y los mismos campos, con sus cultivos anuales, contribuían a reforzar ese sentimiento de continuidad.
Al romper con su propio pasado personal y asentarse en un lugar sin tradiciones, los habitantes de Heatherley parecían vivir estrictamente en el presente. El pasado, y en especial todo lo relacionado con el campo, poco o nada significaba para ellos. Y cuando miraban hacia el futuro veían un futuro de cambio, un merecido retiro cómodo y tranquilo para sí mismos —y, quizá más vagamente, para el mundo en general— y el advenimiento de la era de bonanza que prometían los profetas de la prensa con la llegada del nuevo siglo, cuando sería inventada la nueva maquinaria que haría todo el trabajo y los hombres podrían disfrutar de un ocio ilimitado mientras vivían leyendo los tabloides por el irrisorio precio de un penique al día.
Entretanto, se sucedían nuevas modas en el vestir y nuevas maneras de vivir, llegaban nuevos visitantes al pueblo con dinero para gastar, nuevos chismorreos que difundir y nuevas ideas que comentar extraídas de la prensa diaria —nuevas hoy y olvidadas mañana—, que con el paso del tiempo constituían su principal preocupación al margen de lo más inmediato y familiar. En esencia no eran diferentes del resto de la humanidad. Tenían sus esperanzas y miedos, sus gustos y sus fobias, trabajaban duro en sus negocios, atendían a los clientes de sus tiendas y a los huéspedes de sus apartamentos, soportaban los problemas y los reveses vitales con el esperable valor, sacrificándose por los que amaban o aceptando que otros lo hicieran por ellos, pues aunque las ideas y las costumbres pueden cambiar, la naturaleza humana es inmutable.
Y en efecto, las ideas y costumbres estaban cambiando. Los comerciantes de Heatherley eran más independientes que los clásicos tenderos de los pueblos en su manera de abordar a la clientela. Y, por lo general, cultivaban una actitud de tómelo o déjelo que a su modo de ver debía caracterizar a todo británico nacido libre. Sus tiendas eran más pequeñas y no tan bien cuidadas como las de los pueblos y villas que Laura había conocido siendo niña. Y esos tenderos no hacían gala de aquel orgullo tan característico por sus productos ni de su habilidad para satisfacer al cliente propia de los carniceros o dependientes a la antigua usanza. Muchos de los residentes más adinerados recibían semanalmente sus provisiones de Whiteley’s o de los almacenes del Ejército o la Armada. Y algunos de los más pobres mezclaban negocios y placer los sábados por la tarde haciendo sus compras semanales en el pueblo más cercano. Ni ricos ni pobres sentían la obligación moral de gastar su dinero en las tiendas locales y se limitaban a comprar donde pensaban que iban a encontrar los productos más frescos o baratos.
También se habían relajado otro tipo de costumbres. Por ejemplo, el dueño de la casa solariega, que en un pueblo más anticuado y a falta de título nobiliario sería conocido como el terrateniente y gobernaría su pequeño reino con mayor o menor benevolencia, para los habitantes de Heatherley era sencillamente el señor Doddington, pongamos por caso, que vivía en tal o cual mansión. No ejercía una especial influencia sobre los habitantes de la localidad, que lo respetaban en la misma medida que a cualquier otro ciudadano que pagara puntualmente sus facturas. Cuando regresaba de alguno de sus viajes por el extranjero, se relacionaba con aquellos vecinos que consideraba sus iguales, pero no pretendía conocer a todos sus conciudadanos ni consideraba su deber interesarse por la salud y el bienestar de los que conocía. Se decía que era un buen patrón para los que trabajaban en sus propiedades o que era amable con sus empleados y sus familias cuando tenían problemas o se enfrentaban a la enfermedad. Pero dicha amabilidad, junto con otras muestras de caridad, si las había, no eran en absoluto oficiales. Vivía su vida en privado como cualquier caballero, igual que los otros veinte que había en la vecindad, pero nada en su comportamiento le hacía parecerse al tirano quisquilloso o al benévolo señor que en parroquias más anticuadas aún era conocido como «nuestro amo».
Entre médico y paciente siempre se establece hasta cierto punto una relación personal, pero aunque los dos médicos de Heatherley eran queridos y respetados por su buen hacer profesional, la relación entre unos y otros no era la de los viejos médicos rurales con sus pacientes. Cuando Laura era niña, lo recordaba bien, en la mayoría de los casos solía haber un gran afecto y también gratitud entre ambas partes. Cuando alguna mujer de la aldea con pocos recursos iba al pueblo a pagar la factura del doctor —o más frecuentemente algún plazo de la misma—, llevaba consigo una pequeña ofrenda a modo de agradecimiento (unas setas, un conejo, una botella de vino casero o de kétchup) y solía decir «Sé que no es gran cosa y él ya tiene bastante, pero siento que lo que ha hecho por nuestro fulanito no se puede pagar con dinero». En el nuevo orden el dinero era considerado pago más que suficiente. La gente recibía facturas mucho mayores y las pagaba con más o menos premura, gruñendo como es menester, y la deuda se consideraba liquidada.
En Heatherley, las casas y chalés que se mezclaban con las tiendas estaban habitadas por jardineros, cocheros y otros trabajadores de las mansiones más grandes, por familias de hombres que llevaban a cabo diversos oficios para el constructor local y por viudas y mujeres solteras que alquilaban apartamentos. Realmente no había gente pobre y pocos podían ser considerados «gente del campo» en el sentido estricto del término. Para encontrar a los nativos del lugar había que salir del pueblo. Allí, dispersos por las largas y estrechas vaguadas cubiertas de brezo, había pequeños y antiguos hogares, cada uno de ellos con dos o tres campos donde los descendientes de los habitantes originarios de la zona cultivaban a la menor escala posible, ejercitaban al máximo sus derechos comunales sobre la tierra y vendían a los recién llegados huevos, mantequilla y productos de sus huertos. También mantenían viva una vieja industria local, la manufactura de pequeñas escobas redondas de jardín, llamadas escobones, para las que utilizaban los tallos largos y duros del brezo; los que se dedicaban a este oficio aún eran conocidos por el añejo nombre tradicional de escoberos.
Durante sus largos paseos, Laura llegaría a toparse más adelante con alguna de estas casitas bajas de los escoberos, con almiares de heno de sus propios campos y otras pilas parecidas a los almiares, pero mucho más grandes y altas, de escobones nuevos con mangos de un blanco resplandeciente, recién pelados y listos para ser transportados al mercado.
No obstante, al llegar a Heatherley su interés inmediato se centró en las celebridades que por allí pululaban. Y sin duda en aquella época había muchos más especímenes de famosos que de escoberos. La viuda del famoso científico que había dado a conocer el lugar seguía viviendo en la casa por él construida y a la que poco después había añadido una verja de cuatro metros de altura recubierta de brezo para ocultar la vista de las nuevas edificaciones de todos aquellos que se habían beneficiado de su descubrimiento. Un juez que también era hombre de letras había fijado allí su residencia de fin de semana; un explorador del continente africano que recientemente había acaparado los titulares de la prensa había alquilado una casa amueblada; y también un joven editor, cuyo nombre no tardaría en hacerse familiar para muchos lectores, visitaban con frecuencia la localidad. Había numerosos escritores y artistas, muy conocidos y no tanto, y en aquel momento eran los escritores los que parecían otorgarle a la localidad su particular excelencia. El primer domingo por la mañana que pudo salir a pasear había visto a un hombre alto que se apoyaba en una muleta, de barba hendida y pelirroja y ojos vivaces e inquietos, rodeado por un grupo de hombres más jóvenes que parecían alimentarse de cada sílaba que pronunciaba. El hombre alto con la muleta, según le dijeron, era escritor. No hacía mucho tiempo que había llegado y nadie sabía qué escribía, pero sí que era respetado en Londres. Es muy inteligente, decían, muy inteligente sin la menor duda. Sus seguidores eran jóvenes del pueblo que, después de que se hiriera la pierna en un accidente en bicicleta, habían empezado a visitarlo los fines de semana. Laura había sido una voraz lectora desde su más tierna infancia. Hasta el momento había vivido la mayoría de sus aventuras gracias a los libros, de modo que ver de repente a un escritor en carne y hueso fue para ella tan excitante como lo sería para cualquier joven de hoy encontrarse a una estrella de cine en plena calle. A ese autor en particular volvería a verlo muchas veces y tendría el placer de oírlo conversar ante el mostrador de la oficina de correos cuando se encontraba allí con sus amigos. Igual que a otros escritores, cuyos nombres y obras ya conocía.
En especial cierto escritor que había inventado un nuevo tipo de ficción cuyo éxito sigue floreciendo hoy en día, si bien su autor, como él mismo lo habría expresado, hacía largo tiempo que lo había «superado». El suyo era la clase de libro capaz de llegar a todo el mundo, jóvenes y viejos, intelectuales y simples, y por aquel entonces había alcanzado una gran notoriedad que al parecer había causado una profunda impresión a los ciudadanos de Heatherley. No tanto por sus cualidades literarias como por el grandioso y elegante baile que habían celebrado en el nuevo hotel de la colina para conmemorarlo. Apenas pasaba un solo día sin que ese autor se presentara en la oficina de correos como una repentina ráfaga de brisa, que daba la impresión de llenar por completo la estancia con su graciosa presencia y su jovial y profundo tono de voz. Durante sus paseos por el pueblo siempre tenía un amable saludo para todo el mundo, ricos y pobres, conocidos y desconocidos por igual. Era probablemente el hombre más popular de toda la vecindad. Eran pocos los vecinos que no habían leído al menos uno de sus libros, y muchos lectores locales estaban convencidos de que se trataba de uno de los más grandes escritores vivos del momento.
Otro residente, también novelista, aunque de un estilo bien diferente, acababa de causar sensación al publicar una de esas novelas «problemáticas» que tan frecuentes eran en la década de los noventa. Era un libro serio escrito por un reconocido maestro del estilo y tanto el tema que trataba como su manera de abordarlo sin duda resultarían legítimos y sobrios para cualquier lector actual. Pero entonces se desató una tormenta de críticas a cuenta de su dudosa moralidad. Se escribieron cartas a los periódicos al respecto, se pronunciaban sermones en su contra los domingos y la novela incluso llegó a ser vetada en algunas librerías. Todo aquel que conocía de vista al escritor o que había pasado alguna vez por delante de su casa sintió de repente el irrefrenable deseo de leer su libro, de modo que en el pueblo se compraron numerosos ejemplares que circularon de mano en mano hasta que prácticamente todos los mayores de edad lo habían leído y se habían formado su propia opinión al respecto. Los lectores solían escandalizarse inicialmente al tiempo que sentían una deliciosa excitación. Quién habría pensado que aquel hombre menudo y de aspecto tranquilo, con su cuidada barbita gris y los prismáticos colgados del cuello era capaz de concebir y escribir una historia tan impactante. ¿Sería llevado a juicio por ello? Muchos habían oído hablar acerca de procesos judiciales a libros indecentes, y algunos que habían disfrutado en secreto leyendo su novela parecieron bastante decepcionados cuando todo el escándalo suscitado por su publicación fue decayendo, mientras su autor seguía paseando libre y aparentemente indiferente a la tormenta que se había desatado por su causa.
Otro asiduo visitante de la oficina de correos era Richard Le Gallienne, un joven poeta cuya obra gozaba entonces de gran estima en los círculos literarios. En aquellos tiempos los poetas aún vestían como tales. Pocos años antes, no muy lejos de Heatherley, era habitual encontrarse con el mismísimo Tennyson, una noble figura vestida con capa negra y sombrero de ala ancha, caminando por los brezales y murmurando para sí mismo algún verso al que estaba dando forma. También era frecuente ver a George MacDonald en una silla de ruedas, con su hermoso cabello blanco y un abrigo escarlata, recorriendo las calles del pequeño pueblo en el valle. Ambos habían sido figuras reverenciadas por toda la vecindad y eran considerados casi un bien comunitario. Por el contrario, el nuevo y joven poeta que realmente vivía en Heatherley no era demasiado conocido ni estimado en su tierra, por así decirlo.
Debería haber sido capaz de atraer más atención, pues circulaba a todas horas por la parroquia en su bicicleta a gran velocidad, con su largo y brillante pelo descubierto, su ligereza casi femenina y una gracia natural que resaltaba aún más con su camisa blanca de seda, su gran pajarita de artista y sus pantalones bombachos de terciopelo. Pero era joven. Su retrato no aparecía en los periódicos el día de su cumpleaños junto a un titular que le declaraba gloria nacional y sus obras elegantemente encuadernadas no eran escogidas por miles de lectores como regalo navideño o de aniversario. Para el conjunto de la comunidad era como si no existiera.
Estas y muchas otras personas frecuentaban la oficina postal y, desde su pequeño mostrador de correos, Laura tenía ocasión de observarlos a diario. Algunos eran fantásticos conversadores y cuando dos o más amigos se encontraban allí ella se entretenía escuchándolos. A veces deseaba que alguno de los brillantes comentarios que lanzaban al aire como canicas de colores volara en su dirección, pues en su vanidad juvenil estaba convencida de que sería capaz de atraparlo y devolverlo tan limpiamente como cualquiera de los hombres a quienes iban dirigidos. En su relación profesional con ellos descubrió que, por regla general, aquellas personas de cierto nivel intelectual, al igual que las que gozaban de una posición social notable, eran de trato fácil y agradable. Eran los que habían tenido escaso éxito y los que deseaban ascender en el escalafón, pero disfrutaban de una posición social insegura, los que se daban demasiada importancia y solían tratarla con condescendencia.
Después estaban los bohemios de la literatura y las artes que, a pesar de que el pueblo se había convertido en un lugar elegante, seguían apareciendo con su mochila al hombro y se alojaban en alguna pensión o apartamento. Durante un tiempo se pudo ver a un joven que había alquilado un cuarto en una pensión y enseguida dio a entender que estaba allí para escribir una novela. Era una criatura larguirucha y de notable estatura que con su negra capa Inverness y su sombrero de ala ancha parecía un artista vagabundo salido de alguna viñeta de la revista Punch. Para empaparse del ambiente local, como él mismo habría dicho, trabó relación con un mal bicho de la vecindad, un pícaro más o menos de su edad que nunca tenía trabajo y de quien se sospechaba que se dedicaba a la caza furtiva, además de ser a todas luces un canalla malhablado.
Los residentes de mejor condición no se relacionaban con él, aunque debido a su peculiar apariencia todos en el pueblo eran capaces de reconocerlo a simple vista. Para los parroquianos más convencionales se trataba de un personaje risible, objeto de burla, que solía suscitar guiños de complicidad. Uno de los peores recuerdos de Laura fue haberlo visto una noche regodeándose por la victoria en la guerra de los Bóers, medio borracho y cogido del brazo de una chica de unos catorce años. La joven contemplaba con adoración su rostro embotado y estúpido mientras le ayudaba a llegar dando bandazos por la calle hasta su alojamiento. Quizá no fue del todo malo para ella que días después lo encontraran muerto, con unas pocas monedas en el bolsillo y una gran deuda contraída con el propietario de la pensión. Se había suicidado.
Su muerte causó una gran impresión en el pueblo. La gente estaba horrorizada, no tanto por la pérdida inútil de una vida tan joven como por el baile que se había organizado la noche siguiente en el salón de reuniones situado sobre su habitación. El baile se celebró, y mientras arriba reinaban el jolgorio y la alegría, en el piso de abajo yacía el cuerpo inerte de una persona cuya vida a buen seguro había comenzado llena de esperanzas para no llegar a nada.
Laura tuvo ocasión de presenciar la triste secuela de esta historia. Un hombre maduro de aspecto respetable, un dependiente o quizá un pequeño comerciante que parecía ser el padre del joven fallecido, llegó al pueblo al día siguiente para estar presente durante la investigación y organizar el funeral. Entró en la oficina de correos para enviar algunos telegramas y Laura no pudo evitar darse cuenta de que mientras los escribía, tras apartarse a un lado del mostrador, sus lágrimas caían sobre los formularios telegráficos y sobre su paraguas cuidadosamente enrollado.
Un personaje bien distinto era el joven de gafas, serio y educado, que durante todo un verano alquiló habitación en una de las casas de los escoberos. Se había instalado allí inicialmente para recuperarse tras una enfermedad, pero al parecer también tenía ambiciones literarias y estaba escribiendo una novela. Solía aparecer por la oficina en horas de poco ajetreo y charlaba con Laura sobre libros, citando largos fragmentos y preguntándole cuáles eran sus autores preferidos, lo que a ella le resultaba muy halagador, aunque él no solía esperar a que le respondiera. Una vez, mientras se refugiaba en la oficina de un fuerte aguacero que obligó a todo el pueblo a permanecer en casa, le habló acerca de la novela que estaba escribiendo. Había llegado a un punto algo problemático y necesitaba consejo. Según la trama originalmente prevista, ahora debía describir un suicidio. Toda la historia dependía de ello, pero temía que algún futuro lector pudiera llegar a verse influenciado por el comportamiento de su personaje.
Era incapaz de renunciar a esa idea preconcebida. No obstante, parecía tan sinceramente angustiado al tiempo que daba por sentado que alguien llegaría a leer su obra que a Laura le hizo gracia la situación y trató de aliviar su pesada carga moral quitándole importancia al asunto. Pero él se ofendió y su floreciente amistad quedó truncada para siempre. Sin embargo, tuvo tiempo de hacerle un impagable regalo al descubrirle a George Meredith, cuya obra enseguida admiró hasta tal punto que habría sido capaz de pasar los más estrictos exámenes sobre las tramas y personajes de sus novelas y, de haber tenido algún oyente, habría podido recitar la mayoría de sus poemas más breves. Sus novelas le descubrieron un mundo completamente nuevo, un mundo en el que las mujeres existían por derecho propio y no simplemente como un mero complemento del hombre, fueran amadas o no. Diana de Crossways, Lucy Feverel, Sandra Belloni, Rose Joceline y la más querida de todas, «esa refinada pícara de porcelana», Clara Middleton. Las amaba a todas, y su galante espíritu y su brillante ingenio la llenaban de alegría. Decidió aceptar la palabra del autor y creer que existían mujeres así, aunque jamás se había cruzado con ninguna que fuera la mitad de encantadora, y en el fondo veía su mundo como un paraíso exclusivo para gente educada y de noble cuna que a ella le había sido vedado por nacimiento.
Con el tiempo, el fervor inicial fue disminuyendo y la deslumbrante visión del mundo de Meredith fue retrocediendo hasta ocupar un segundo plano de su conciencia, como algo que siempre le pertenecería pero que había dejado de ser primordial en su día a día, y el incienso de su admiración pronto ardió en otros altares, como suele suceder en la juventud. Pero cuando las fiebres de su entusiasmo estaban en su apogeo, fue un domingo de verano a Boxy Hill para contemplar desde la distancia el exterior de la mansión Flint, aunque no tuvo la suerte de ver también a su ídolo. En aquella época, Meredith era ya mayor y se había convertido en un inválido, de modo que a esa hora a buen seguro estaría disfrutando de su reposo vespertino. No obstante, tuvo la satisfacción de conocer su residencia y las vistas que él mismo contemplaba desde sus ventanales, con el atractivo extra de explorar la colina y sus alrededores. Evitando a las numerosas parejas de amantes desperdigadas por todas partes, Laura ascendió hasta la cima y allí se sentó, como una reina en su trono, para dar cuenta de los bollos de pan dulce y la botella de jarabe llena de leche que había llevado en su bolsita de tela con bordados, que durante todo el camino se mecía adelante y atrás colgada de su brazo. Después recorrió bajo un sol ardiente el largo camino de regreso a la estación de Mickelham, sin poder evitar los piropos de algunos excursionistas —que, como tribu, eran mucho más groseros entonces que en la actualidad—, y tras el viaje en tren completó el recorrido a pie hasta llegar a casa, donde al fin se acostó muy cansada, pero feliz por haber completado su piadoso peregrinaje.
Las novelas de Meredith y otras decenas de libros contemporáneos solía encontrarlos en las estanterías de una tienda situada frente a la oficina de correos. «Madame Lillywhite, sombrerería y sastrería, ropa para bebés y auténtico encaje, se prestan libros (con frecuencia llegan cajas de Mudie’s), artículos de papelería y materiales para artistas». Todo eso podía leerse en un cartel colocado sobre la puerta y en letras blancas esmaltadas sobre los dos escaparates. Madame Lillywhite era una dama menuda y entrada en años, siempre exquisitamente vestida, que debió haber sentido verdadera pasión por sus existencias de auténtico encaje, pues siempre remataba sus propios modelos con cuellos, puños, volantes y otros perifollos de ese delicado material. Sobre sus cabellos ya grises y pintorescamente peinados acostumbraba a llevar un chal drapeado de encaje del estilo de las mantillas españolas; un toque personal que en aquellos tiempos no resultaba tan estrafalario como podría parecer hoy en día, pues muchas damas de cierta edad solían llevar esa clase de tocados incluso en interiores. Su negocio iba viento en popa gracias a los turistas y visitantes y contaba con la ayuda de varios empleados, entre ellos, y durante un tiempo, un joven de piel morena nacido en la India. Madame raras veces se dejaba ver por la tienda, excepto para mostrar sus tesoros de auténtico encaje a clientes muy selectos. Sus colegas comerciantes la consideraban cuando menos rara, demasiado rara, pues no eran del tipo de gente que aprecia la excentricidad. Por encima de todo aborrecían que se hiciera llamar madame. A ella no parecía preocuparle lo más mínimo lo que pensaran y se limitaba a hacer negocios a su manera, principalmente con la clase de clientes que en un primer momento la habían animado a establecerse allí. Una vez al mes tomaba el tren a Londres y regresaba con una pequeña selección de elegantes y carísimos sombreros y otros artículos, muchos de los cuales había adquirido por encargo de algún cliente habitual. Sin duda fue una pionera que abrió camino a esas exclusivas tiendecitas de sombreros y vestidos que en la actualidad proliferan por doquier.
Laura no podía permitirse comprar allí su ropa, pero gracias a los estantes de madame y a las cajas del señor Mudie no tardó en entrar en contacto con la literatura más reciente. Además de novelas había poemarios y obras de teatro y también ejemplares de publicaciones periódicas como Atheneum, Siglo XIX y Quarterly Review, por lo general números atrasados que podía tomar prestados por un penique. Laura era capaz de leer «hasta que le estallaba la cabeza», como solía decir su madre, y terminaba tan rápido los libros que tomaba prestados que a menudo le daba vergüenza devolverlos demasiado pronto, pero su insaciable avidez de novedades la impulsaba a seguir adelante.
A veces los clientes conversaban en la oficina de correos sobre alguna novedad literaria que ella había leído y escuchaba sus opiniones con gran interés para compararlas con la suya. No tardó en descubrir que los hombres de letras de aquella época no solían mostrar un gran entusiasmo por los libros ajenos, a menos que el autor formara parte de su propio círculo de amigos. Kipling, por ejemplo, que entonces había alcanzado el cenit de su fama y prestigio y aparecía a menudo en la prensa, no era uno de los favoritos de la colonia. En el mejor de los casos, su obra solía recibir tibios halagos. Laura oyó decir a una señora que ella y su marido se referían a él en casa como «El Gran Ruido» y otra declaró orgullosamente que cierto escritor al que nombró había criticado con dureza su obra en un artículo. Sin embargo, no hay mejor prueba que el tiempo, y lo mejor de la obra de Kipling aún perdura, mientras el escritor de aquel artículo, como supuesta autoridad en la materia, ha caído en el olvido.
Esa clase de conversaciones resultaban entretenidas cuando Laura estaba ociosa y tranquila para disfrutarlas, pero tal cosa no era frecuente. Su trabajo la mantenía muy ocupada, en especial durante los meses de verano, y casi siempre surgían complicaciones que dificultaban aún más su ya de por sí ajetreada rutina. La cuestión más apremiante era conseguir que los telegramas locales se entregaran con rapidez. Contaban con cinco mensajeros durante el verano y tres en invierno, que en teoría eran más que suficientes para repartir los cuarenta o cincuenta telegramas entrantes que solían llegar a diario en temporada alta. Sin embargo, en la práctica no bastaba. La distancia que había que cubrir era muy grande y las casas estaban tan alejadas entre sí que a menudo se producían importantes retrasos. Por ejemplo, en cuanto el mensajero número 5 desaparecía en su bicicleta llegaba otro telegrama para la misma dirección hacia donde acababa de partir, u otra cercana, de modo que no había más remedio que esperar el regreso del mensajero número 1 para proceder a su entrega. La normativa de correos permitía recurrir a mensajeros eventuales para hacer frente a dichas emergencias, pero en esas ocasiones no aparecía ninguno a tiempo, pues la mayoría de los vecinos solían estar ocupados atendiendo asuntos más lucrativos. Las altas instancias de correos no entendían o no querían entender dicha casuística local y a menudo las quejas a causa de algún telegrama entregado con retraso ensombrecían la jornada de Laura.
Un fajo cada vez más grueso de papeles estuvo viajando durante semanas desde Londres hasta la oficina central, desde la oficina central a Heatherley, desde Heatherley nuevamente a la oficina central de correos y desde allí otra vez a Londres, hasta que Laura recibió una seria reprimenda por lo ocurrido, antes de que el problema se diera por solventado. Todo comenzó con un telegrama que debería haberse entregado durante una terrible tormenta eléctrica. Los habitantes más ancianos del pueblo aseguraban no haber visto nunca nada semejante. Los ensordecedores truenos y los violentos relámpagos pronto fueron seguidos por un auténtico diluvio. Y una vaca resultó muerta en el prado detrás de la oficina de correos, tal y como contó un joven mensajero cuando regresó calado hasta los huesos y temblando de miedo después de su última entrega. Laura fue expresamente hasta el taller del director de la oficina de correos para consultarle si debía o no enviar al chiquillo a hacer otra entrega con semejante tormenta y empapado como estaba, y ambos estuvieron de acuerdo en que era del todo descabellado hacer algo semejante y en que ni las autoridades ni la persona a quien iba dirigido el telegrama desearían que lo hiciera hasta que el tiempo hubiera mejorado. Por tanto, Laura envió al niño a su casa para que pudiera quitarse la ropa mojada y escribió en el dorso del telegrama el motivo del retraso: «Grave tormenta en curso».
Poco después llegó un telegrama de la central de correos dirigido a ella con una severa nota de queja del destinatario y una petición oficial de explicaciones «acerca de las circunstancias que acompañaban a las condiciones climatológicas que motivaron la decisión de no entregar el telegrama». Al responder ofreciendo las «explicaciones» exigidas, Laura se centró en la insólita violencia de la tormenta y las condiciones en que se encontraba el mensajero, haciendo hincapié en su corta edad, además de añadir como prueba la vaca muerta en el prado. Pero si esperaba que las altas instancias se mostraran dispuestas a aceptar tales razonamientos, iba a llevarse una decepción. «Las condiciones climáticas», decía el siguiente comunicado, «no son excusa para demorar la entrega de un telegrama cuando hay un mensajero disponible. Su respuesta al número 18, en tal y cual fecha, es altamente insatisfactoria. Por tanto, ahora deberá entregar estos documentos, junto con el telegrama debidamente cumplimentado, y evitar a toda costa que incidentes similares vuelvan a repetirse». En un arrebato de valor, Laura se hizo cargo de la situación tal y como ordenaba la dirección y respondió a la misiva de la siguiente manera: «Lamento profundamente el error. Se tomarán las medidas necesarias para que no vuelva a suceder». Y tan inocua fórmula pareció surtir efecto y satisfacer a los afectados, pues no volvió a saber nada del asunto.
En aquella época, la red telefónica no había llegado a las zonas rurales y el telégrafo era el único medio de comunicación rápido y disponible en todo momento. La gente lo utilizaba para toda clase de cosas que hoy en día se resuelven «a golpe de teléfono»: invitar a amigos que vivían cerca, informarse del progreso de enfermos convalecientes o hacer pedidos a cualquier comercio. Se trataba de telegramas en ocasiones largos como cartas y en absoluto urgentes en apariencia, enviados por personas adineradas o impulsivas. Algunos podían ser cartas de amor y muchos romances prometedores tomaban forma y alcanzaban desenlaces felices o desastrosos por mediación de Laura.
Un suceso algo excepcional puede servir para ilustrar la casi increíble distancia que hemos recorrido en materia de comunicaciones desde aquellos tiempos anteriores al teléfono y los automóviles. Una pareja que hasta el momento no había tenido hijos y vivía en una gran casa de campo cerca de Heatherley aguardaba con avidez la llegada de tan anhelado momento. Eran ricos y la mujer no andaba muy bien de salud, pero, tras largo tiempo, su sueño estaba a punto de cumplirse, por lo que naturalmente no escatimaron en gastos a la hora de organizarlo todo. Para empezar, solicitaron con un mes de antelación a la oficina de correos un servicio telegráfico completo día y noche, desde el momento en que saliera de cuentas hasta el nacimiento del bebé. El motivo de esto, como trascendió después, era estar en contacto permanente con el especialista londinense que atendía a la mujer. Si finalmente el parto comenzaba después de la medianoche, el doctor viajaría en un tren especial desde Waterloo.
Cuando llegó el gran día, no obstante, no fue necesario recurrir a toda la parafernalia, pues el bebé (un bebé muy sensato) decidió hacer su aparición a una hora en que el telégrafo y los trenes funcionaban con plena normalidad. En cualquier caso, el elaborado programa no había sido diseñado para atender la llegada de un príncipe o una princesa sino al hijo de un simple caballero de la campiña; lo que nos ayuda a hacernos una idea del enorme cambio que supuso en las zonas rurales la llegada de avances relativamente recientes como el teléfono y el automóvil. Hoy día, por supuesto, cuando se aproxima la hora en tales circunstancias, la paciente ya suele estar ingresada en un hospital o su marido dispone de vehículo propio para llevarla a tiempo. O quizá si la familia disfruta de medios económicos suficientes, la madre pueda dar a luz en casa a la criatura con total seguridad haciendo únicamente una llamada telefónica para conseguir la atención necesaria.
Cuando los enfermos más pobres tenían que ir al hospital no podían contar con que los llevaran ambulancias de silenciosos y potentes motores. Viajaban, a menudo sentados, en cualquier vehículo de tiro disponible. No había autobuses motorizados para transportar a la gente durante sus vacaciones o para ir a hacer la compra al pueblo más cercano. En Heatherley ni siquiera los había tirados por caballos. Los más pobres iban a pie a todas partes y los más ricos lo hacían en carro, en calesa, en carruaje o en coche de institutriz.
Las carreteras rurales aún no habían sido asfaltadas, sino que estaban a merced del polvo y el barro dependiendo del día o de la estación del año. En verano, con tiempo seco, cada vehículo que transitaba por ellos se veía obligado a atravesar una densa nube de polvo blanco. Aunque nadie parecía darse cuenta ni se quejaba de ello. Al contrario, se sentían afortunados por disponer de lo que consideraban buenas y modernas carreteras en lugar de los antiguos caminos de carros.
Al terminar el siglo, en partes relativamente modernizadas del país como el municipio al que pertenecía Heatherley, había poca conciencia de clase. Exceptuando las zonas rurales más remotas, parecía haber llegado a su fin la época en que todo miembro de una comunidad —hombre o mujer— conocía su lugar en la escala social, que estaba además perfectamente definido. Laura recordaba alguna de las historias que solía contarle al respecto la ingeniosa patrona de sus tiempos de aprendiz. Un sastre retirado que llevaba un par de años viviendo en el pueblo después de mudarse desde una ciudad había sido invitado a la casa del hacendado para conocer su colección de monedas, por la que había mostrado interés.
—Oh, pero ese lugar es enorme —había comentado mientras conversaba con la señorita Lane—. Llevo toda la mañana preguntándome por qué puerta debo entrar.
La señorita Lane lo había mirado de arriba abajo con aire meditabundo antes de preguntar:
—¿Qué le regala el hacendado por Navidad, faisanes o conejos?
—Oh, conejos —había respondido el hombre, visiblemente sorprendido por la pregunta—. Y es muy amable de su parte, siendo yo un recién llegado.
—Entonces —respondió la directora de correos como quien dicta sentencia— debería usted entrar por la puerta lateral.
Al parecer, un regalo de caza implicaba igualdad social, que no financiera, lo que permitía al beneficiario del mismo ascender los escalones del pórtico, llamar al timbre y ser acompañado hasta el salón principal por un criado con librea. Los conejos, por otra parte, no solo servían para elaborar pastel de carne, también indicaban un lugar intermedio en la escala social. Si los invitados que entraban por la puerta lateral disfrutaban de algún refrigerio en casa del hacendado, por lo general lo hacían en la sala del ama de llaves o en la alacena del mayordomo. No obstante, aún había otra subdivisión en dicha clase y el maestro de la escuela, el director de correos o un granjero arrendatario también podían tomar el té servido especialmente en la biblioteca en la exclusiva compañía del señor de la casa. De ahí que posiblemente, ya que el señor Purvis había mostrado interés por la colección de monedas del hacendado, si iba correctamente vestido y disimulaba su acento también tendría ocasión de disfrutar de dichos honores.
Los ciudadanos corrientes que recibían latas de sopa como muestra de generosidad debían dirigirse a la puerta trasera y, una vez llevada a cabo dicha transacción, se les obsequiaba, según su sexo, con una jarra de cerveza y lo que se conocía como «un tentempié» en el quicio de la puerta, o con una taza de té en la sala del servicio. Ninguno de los que pertenecían a los dos estratos más bajos veía nada denigrante en esta división, y de haberles preguntado al respecto muchos habrían respondido que preferían que las cosas fueran de ese modo, pues se sentían «más cómodos». Además, la comida y bebida eran buenas, aunque el espíritu democrático todavía brillara por su ausencia.
Sin embargo, los tiempos y las ideas estaban cambiando. Las personas que Laura había llegado a conocer mejor tras un tiempo en Heatherley consideraban a sus vecinos más ricos como clientes, potenciales clientes o simplemente como personas más ricas que vivían cerca de su casa. Los más pobres que ellos eran gente que solía alegrarse ante la posibilidad de ganar un chelín o dos cuando tenían algún encargo que hacerles. El término «caballero» solía definir a aquellos que podían y estaban dispuestos a pagar lo que debían, pues gozaban de medios para hacerlo holgadamente, y por extensión también a los que podían y estaban dispuestos a hacer lo mismo con tal de que nadie les hiciera sentirse inferiores. Los pobres todavía hablaban a veces de «la nobleza», pero al no tener ya nada que esperar o temer de dicha clase sentían poco o ningún interés por lo que hacían. Tampoco había aún indicios explícitos de hostilidad entre clases. Cada una de ellas se limitaba a mantenerse en su parcela como si unos y otros fueran nativos o habitantes de países distintos. El antiguo orden, con sus prejuicios sociales y su presunción de superioridad por un lado y la habitual autodegradación por el otro se había desmoronado, pero con él había desaparecido también la antigua hospitalidad y el cálido y humano sentimiento que hermanaba a unos hombres con otros como si fueran miembros de un mismo cuerpo. Se estaban formando otras agrupaciones y combinaciones que en un futuro próximo representarían dicho sentimiento de unidad, pero aún contaban con pocos adeptos. La mayoría seguían luchando a solas sin esperar ni desear otra cosa que lo que ellos mismos pudieran conseguir con su propio esfuerzo. El conocimiento se difundía con mayor facilidad, aunque no por ello la gente parecía más sabia. Y un nuevo sentimiento de independencia abocado a fortalecer la dignidad humana crecía en los corazones de hombres y mujeres. El viejo orden social había caído y, aunque pocos de los que vivían entonces se daban cuenta, el largo y doloroso proceso de construir uno nuevo estaba comenzando. De las brutales tribulaciones que tanto ellos como sus hijos tendrían que soportar antes de que dicho proceso se completara, los hombres y mujeres de aquel tiempo eran todavía felizmente inconscientes.
JARDÍN DE CHICAS
Las muchachas de aquella época —o las «Chicas de hoy», como las llamaban en los titulares de la prensa— eran tildadas de maleducadas y atrevidas a la hora de vestir, hablar y comportarse, además de carecer de respeto por sus mayores y de cualquier atisbo de encanto femenino. Algunos afirmaban que se trataba de un signo más de la decadencia de los tiempos. Un siglo moribundo, decían, ha de ser necesariamente una época de virtudes agonizantes. Aquellos cuyos modales y falta de moral condenaban los adultos eran los hijos degenerados de una era enferma. Decían que la juventud moderna era muy fin de siècle, expresión que pronunciaban de las más diversas maneras, pero siempre con tono de desaprobación.
También los jóvenes se declaraban a sí mismos fin de siècle, igual que hacían para referirse a la mayoría de las cosas, pues era sin duda el eslogan del momento. No obstante, cuando lo empleaban chicos y chicas que creían estar a la última lo hacían con autocomplacencia, nunca con desdén. Nuevas ideas e ideales inundaban el aire, se decían, como una brisa fresca y libre que se abría paso en la vieja y rancia atmósfera de convencionalismos. Y lo que para sus mayores era libertinaje para ellos era gloriosa emancipación. En círculos más avanzados que los que Laura frecuentaba, las jóvenes modernas ya habían logrado liberarse de algunas de sus ataduras. Gozaban de mayor libertad para pensar, hablar y actuar que sus madres y abuelas cuando tenían la misma edad. Cuando el nuevo siglo fuera aún joven, afirmaban, su libertad sería completa. Y cuando las de su sexo tuvieran por fin el derecho al voto serían iguales que los hombres en prestigio y oportunidades. También la posición de las mujeres en el hogar sería muy diferente cuando ellas dispusieran de armas para luchar por su propio bienestar y el de sus hijos.
Sin embargo, tales ideas no habían calado en las zonas rurales. Las chicas que Laura conoció en Heatherley era fin de siècle únicamente de forma literal, es decir, porque habían nacido en los últimos años del XIX. Por supuesto, conocían a esa nueva mujer por su reputación, ya que se había convertido en una figura habitual para todo aquel que leía la prensa, representada generalmente con vestimenta casi masculina y con las manos extendidas para apropiarse de los privilegios de los hombres mientras un bocadillo salía de su boca exigiendo «¡El voto para la mujer!». «¿El voto para la mujer?», decían sus padres y hermanos. «Ya les daría yo votos si de mí dependiera. Les daría una buena azotaina en el trasero y las obligaría a quedarse en casa, que es donde deben estar».
A pesar de que jamás habían visto a ninguna, las madres y las hermanas mayores describían a estas nuevas mujeres como «un puñado de feas y desmañadas criaturas incapaces de conseguir marido». «Preferiría verte muerta», decían los padres a sus hijas, «antes que vestida de pantalones y gritando por el derecho al voto». Por suerte, dicho dilema no solía plantearse. Tan terrible semblanza de la «nueva mujer» era advertencia más que suficiente para que las jóvenes de la campiña la rehuyeran como si fuera la peste y se concentraran en ser femeninas.
Vestidos de muselina con volantes lo bastante largos como para barrer el suelo y engancharse y desgarrarse en las zarzas, sombreros blandos de paja adornados con ramilletes de flores, interminables fulares y pañuelos, velos y boas, constituían el atuendo femenino ideal. En su tiempo libre ellas mismas bordaban flores de seda teñidas de colores crudos en respaldos de sillas, guardapelos, cepillos y neceseres, fundas de tetera, bolsas de agua y hervidores para su ajuar, que en esencia eran una colección de artículos supuestamente imprescindibles que cualquier chica casadera debía atesorar «para cuando llegara el momento de formar su propio hogar». Toda chica que hubiera acumulado la mayor y más variada cantidad de artículos era considerada por sus mayores una muchacha buena e industriosa y merecedora de un buen esposo. Aunque lo cierto es que nadie sabía a ciencia cierta de qué iban a servirle todas esas cosas a cualquier marido. A menudo llamaban a Laura para admirar el contenido de alguna de esas colecciones y con frecuencia ella comparaba en silencio a sus orgullosas propietarias con las aves hembra que empiezan a hacer acopio de ramitas antes de que aparezca el macho o de escoger siquiera el lugar donde construirán su nido.
Las chicas consideradas «afortunadas» por conseguir marido se daban finalmente la satisfacción de utilizar el contenido del ajuar para embellecer su nuevo hogar. Pero no todas eran igual de afortunadas. Laura había tenido una amiga que al cumplir veintiséis años sin haber recibido lo que se conocía como «una oferta» subastó todos los artículos de su ajuar y se compró una bicicleta con las ganancias. La bicicleta obtuvo el éxito que el ajuar no había conseguido, ya que seis meses después se había casado con el propietario de una tienda de bicis donde se había detenido durante una de sus excursiones para una pequeña reparación. Nadie supo si se arrepentía o no de haberse desprendido de sus hermosos bordados. Probablemente no, pues pasaba sus días de casada trabajando con su marido en el nuevo y floreciente negocio y según se decía estaba ganando una pequeña fortuna enseñando a niñas y mujeres a montar en sus nuevas bicicletas.
Todo el mundo se desplazaba sobre dos ruedas en aquellos tiempos. En Londres, las chicas y mujeres de la buena sociedad pedaleaban todas las mañanas alrededor de los parques, pues preferían esta nueva modalidad de ejercicio a cabalgar a lomos de un caballo en el Row. Durante los fines de semana, el campo rebosaba de gente que huía de los suburbios en sus bicicletas. A veces, los domingos por la tarde Laura iba con alguna amiga hasta el cruce de la carretera principal para ver a los ciclistas que pasaban en una interminable corriente de parejas, tríos y pequeños pelotones. Las mujeres pedaleaban vestidas con largas faldas cuyos bajos sujetaban con gomas en los tobillos y blusas con amplias mangas «de obispo» que se hinchaban con el viento. De cuando en cuando aparecía una mujer vestida con bombachos y sombrero masculino con una larga pluma decorativa en un lateral, y un leve murmullo se extendía entre los espectadores. Sin embargo, eran pocas las que llevaban pantalones y la prenda, que raras veces era del gusto de la gente de mediana edad y a menudo era utilizada por mujeres robustas, pronto fue desbancada por la falda pantalón, que contaba con una abertura especial para pedalear, pero seguía cayendo hasta los pies en el momento en que la amazona desmontaba. Los ciclistas de la carretera procedían de diversos pueblos de los alrededores. Las chicas de Heatherley —exceptuando a las comprometidas que eran consideradas privilegiadas por contar con un acompañante masculino— no solían ir, como ellas mismas decían, «a ver el desfile de los domingos», pues era considerado «vulgar», y en tanto que vulgar era también un tabú.
De modo que los domingos, entre misa y misa, las que por el momento seguían libres y sin compromiso solían dar pequeños paseos en parejas o tríos mientras conversaban. Por lo general, la charla se imponía al paseo. A menudo se detenían en plena conversación y cuando el tema se agotaba se daban cuenta de que ya era hora de regresar. Esas eran las chicas del pueblo que Laura conocía mejor. Las hijas de los comerciantes, dependientas y vendedoras de diversos negocios cuyos padres tenían apartamentos en alquiler o regentaban pequeñas granjas. También había chicas de otros pueblos y de casas más aisladas en la campiña o dispersas por los brezales, que en su mayoría vivían cerca y podían desplazarse fácilmente a pie, de edad y posición social lo bastante similares como para ser incluidas en el grupo o, como también lo llamaban a veces, «la pandilla».
La mayoría de ellas había tenido más ventajas educativas que Laura. Algunas habían estudiado en internados; otras en escuelas elementales que, estando en condados más cercanos a Londres, eran mucho más modernas que las de municipios rurales apartados como el de Laura. Conocían, al menos de nombre, gran variedad de temas que, como solían decir, habían «visto» en la escuela. Pero si tales cuestiones habían llegado a despertar su interés, este había desaparecido o había llegado a disgustarlas. Ocasionalmente, durante una conversación, alguien citaba una fecha o el nombre de una ciudad o un río, o repetía como un loro uno o dos versos de algún poema popular, y entonces todas exclamaban: «¡Pero dejemos a los chicos esos temas lúgubres! ¡Gracias a Dios los días de escuela han terminado!».
La vida hogareña y familiar, el concienzudo desempeño diario de sus deberes y la lealtad hacia sus amigas eran sus puntos fuertes. Había enfermeras natas entre ellas y hábiles gestoras a la hora de llevar la casa, y casi todas sin excepción sabían sacar el máximo partido a su apariencia personal sin dejar de comportarse de forma civilizada.
Eran, en esencia, buenas chicas. Afectuosas, solícitas y generosas, buenas hijas y hermanas, y sin duda estaban preparadas para convertirse en buenas esposas. Se enorgullecían de su bondad tanto como de su femineidad. Y uno de los versos que citaban más frecuentemente era «Sé buena, dulce doncella, y que piensen los demás» de Kingsley, que repetían con gusto en las ocasiones importantes.
En general, formaban una pandilla bastante sentimental, y aunque todas se llevaban bien, muchas tenían una amiga especial dentro del grupo con la que iban a todas partes y lo hacían todo. Estas parejas eran reconocidas y no solían suscitar comentarios entre las demás. Siempre decían «habrá que preguntar a Maud y Fanny» o a «Mary e Isobel». Caminaban cogidas de la cintura, respondían preguntas dirigidas a la otra y a veces incluso vestían de forma parecida. Otro aspecto sentimental común en el grupo había sido tomado de la canción de Tennyson Ven al jardín, Maud. El «jardín de chicas» era el nombre con que habían bautizado en privado su asociación. «Una nueva rosa para nuestro jardín de chicas», decía alguna muy seriamente cuando aparecía alguien nuevo. «¡La reina de nuestro jardín de chicas!», exclamaba otra al ver a una de sus amigas con un nuevo y favorecedor sombrero o vestido. No hace falta decir que las ideas abstractas no les interesaban lo más mínimo, del mismo modo que por lo general ignoraban todo lo que sucedía o existía fuera de su habitual radio de acción. Preferían ser consideradas buenas que inteligentes, y quizá en ese sentido representaban mejor a la mayoría de las jóvenes de la época que otras chicas más adelantadas a su tiempo.
En aquellos años los juegos de palabras todavía eran una muestra aceptable de sentido del humor. Si era bueno, un juego de palabras podía provocar risas o al menos una indulgente sonrisa en círculos más intelectuales que los que Laura tenía ocasión de frecuentar. Sin embargo, las modas en ingenio, igual que en el vestir, jamás sobreviven al exceso de popularidad. Y con la llegada del nuevo siglo, el arte del juego de palabras se había devaluado demasiado como para perdurar. Todo el que era capaz de hablar hacía sus pinitos de vez en cuando sin tomárselo en serio, ya fueran estrellas de variedades o sacerdotes, padres de familia, doncellas, tenderos o ayudantes de carnicero. Incluso los doctores más eruditos y los catedráticos universitarios podían llegar a caer en la tentación ante esta debilidad verbal. Las chicas que Laura conocía entonces eran grandes aficionadas y los juegos de palabras salían de su boca con la misma facilidad que el oro, los diamantes y las perlas brotaban de los labios de la muchacha del cuento de hadas. Uno de los recuerdos más perdurables que Laura conservaba de Heatherley era de un día en que todas las chicas de la pandilla regresaban de un pícnic encaramadas en un viejo carromato, tres delante y tres atrás, con los sombreros adornados con guirnaldas de rosas, sonrientes con las mejillas sonrojadas y la frente perlada de sudor y apretujadas unas contra otras tan plácidamente como si se desplazaran sobre un colchón de plumas.
—Esta mañana íbamos bien cargadas —comentó una de las chicas inocentemente.
—¡Es que no somos precisamente ligeras de cascos! —respondió otra con reputación de ingeniosa.
Eso bastó para que todo el cargamento de muchachas rompiera a reír a carcajadas, todas excepto una de las chicas que tardó en captar el chiste hasta que otra le susurró al oído:
—¡Por el peso, idiota! ¡Por el peso!
Su carcajada a destiempo volvió a desatar las risas del grupo y al final tuvieron que frenar a la vieja yegua gris y detener el carro en un lado de la carretera para que las chicas bajaran y se tumbaran a la sombra sobre la hierba hasta calmarse. Una de ellas se lanzó desde lo alto con tal abandono que tuvieron que advertirle que estaba enseñando las piernas. Al oírlo se puso muy tiesa y sujetó la falda a la altura de las rodillas. Pues, como alguien comentó, cualquier hombre que pasara por allí podría haberla visto. Al oír el comentario todas parecieron calmarse, de modo que volvieron a subir al carromato y la conductora azuzó a la vieja y leal yegua para todo de su padre y retomaron la marcha a través del húmedo crepúsculo que olía a brezo y madreselva.
Un grupo así sería considerado hoy en día poco cultivado. Situado justo en el extremo opuesto estaría el té literario al que Laura fue invitada. Los invitados, según le explicaron, debían llevar puesto algo relacionado con el título de un libro, lo que pronto se convirtió en motivo de preocupación para ella, pues sabía que algunas de las chicas pensaban asistir elegantemente vestidas, algo que ella no se podía permitir. Su primera idea fue ir como La dama de blanco, pero enseguida decidió no hacerlo porque su único vestido de ese color era uno fino de verano y ya estaban en invierno. Después recordó que tenía un pequeño broche con forma de molino de viento que, prendido en el pecho junto a una borla y un lazo de cadarzo amarillo, pensó que le serviría para aludir a El molino de Floss, de George Eliot. Finalmente, nadie adivinó de qué obra se trataba, pero lo mismo sucedió con los símbolos de la mayoría de los asistentes. Algunos eran bastante simples. Una chica llevó un pequeño globo de cristal en alusión a El ancho mundo, la novela de Susan Warner. Otra besaba y acariciaba de cuando en cuando a una muñequita y los que habían leído el libro recientemente exclamaron «¡Mi amorcito!». Grandes esperanzas estuvo representada por la expresión facial de una invitada, que al entrar en la habitación señaló la mesa del té ya preparada y expresó con mímica que le encantaría probar todo aquello lo antes posible. Aunque quedó visiblemente decepcionada cuando alguien sugirió que su novela era Un lunático a la fuga.
Tras una excelente merienda en una casa donde los libros de gastronomía eran la lectura favorita, la pandilla jugó a lo que consideraban pasatiempos de carácter libresco, juegos de preguntas cruzadas y respuestas disparatadas. Uno de ellos, probablemente sugerido por un artículo de la revista femenina de la que la anfitriona había sacado la idea de celebrar el té literario, consistió en una serie de preguntas a las que cada invitada debía responder por escrito.
¿Prefieres a Dickens o a Thackeray?
¿A Tennyson o a Browning?
Así comenzaba el juego, aunque la cosa no tardaba en perder altitud:
¿Carne blanca o roja?
¿Manzanas o peras?
¿Lirios o rosas?
¿Piel morena o clara?
¿Hombres o mujeres?
Por lo que más bien parecía que Muriel, la anfitriona, se había limitado a sustituir las ideas del escritor por otras de cosecha propia. En cualquier caso, el juego de las preguntas logró animar al grupo y consiguió que se divirtieran. Y a continuación optaron sin más preámbulos por juegos tan poco literarios como el veo-veo y los pares.
Fue una velada muy agradable en la que los placeres más mundanos no tardaron en imponerse al entretenimiento intelectual. ¡La confortable estancia, el cálido fuego en la chimenea, la mesa exquisitamente preparada con la plata de la familia y las mejores porcelanas, además de los deliciosos pasteles de carne caseros, los canutillos dulces y las magdalenas de mantequilla que se deshacían en la boca!
Laura tendría que haber hecho algún que otro ajuste horario en el trabajo para poder asistir al té literario de no haber coincidido con un festivo nacional, pues por lo general ella y Alma se alternaban para disfrutar del día libre. Sin embargo, las chicas que vivían en casa y no estaban sujetas a horarios laborales iban constantemente a tomar el té, desfilando de casa en casa con tanta frecuencia y con tal entusiasmo y jovialidad que a Laura le recordaban a los curas de Shirley. En esas ocasiones, al menos en apariencia, ninguna de ellas tenía penas en el corazón ni otro pensamiento en la cabeza que no fuera pasárselo lo mejor posible. «Un corazón tan grande como un globo y un cerebro del tamaño de un mosquito», comentó un viejo y cínico amigo de Laura cuando ella le contó una anécdota sobre una de las chicas que organizaban las fiestas. Pero, aunque Laura las defendía, sabía en el fondo de su corazón que la naturaleza humana no podía simplificarse de esa manera. A medida que fue conociendo mejor a sus amigas descubrió que gran parte de su frivolidad y su actitud aparentemente descerebrada como grupo era una mera pose, si bien una pose inconsciente, motivada por su firme determinación de parecer absolutamente femeninas. Desde que eran niñas les habían dicho —y ellas lo habían creído de pe a pa— que el pensamiento era un privilegio de hombres y que el papel de la mujer en el plan divino no era otro que mostrarse encantadora. No obstante, por separado, cada una de las chicas tenía una vida que vivir para la que tanto el corazón como el cerebro eran necesarios.
Esto quedó demostrado tiempo después por la misma muchacha cuyo carácter había resumido el viejo señor Foreshaw con su irónica frase. En efecto, no era una joven brillante y su desafortunada costumbre de reír demasiado a menudo acentuaba injustamente esa impresión. Pero cuando las circunstancias lo requirieron demostró ser capaz de dirigir el pequeño negocio de su difunto padre, al tiempo que apoyaba a su madre viuda proporcionándole todas las comodidades.
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