Читать книгу: «En la tormenta»

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EN LA TORMENTA
Flynn Berry

Traducción de Luz Achával Barral
para Principal Noir


Contenido

Portada

Página de créditos

Sobre este libro

Dedicatoria

Cita

Primera parte

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Capítulo 13

Capítulo 14

Capítulo 15

Capítulo 16

Capítulo 17

Capítulo 18

Capítulo 19

Capítulo 20

Capítulo 21

Segunda parte

Capítulo 22

Capítulo 23

Capítulo 24

Capítulo 25

Capítulo 26

Capítulo 27

Capítulo 28

Capítulo 29

Capítulo 30

Capítulo 31

Capítulo 32

Capítulo 33

Capítulo 34

Capítulo 35

Capítulo 36

Capítulo 37

Capítulo 38

Capítulo 39

Capítulo 40

Capítulo 41

Capítulo 42

Capítulo 43

Capítulo 44

Capítulo 45

Capítulo 46

Capítulo 47

Capítulo 48

Capítulo 49

Capítulo 50

Capítulo 51

Tercera parte

Capítulo 52

Capítulo 53

Capítulo 54

Capítulo 55

Capítulo 56

Capítulo 57

Capítulo 58

Capítulo 59

Capítulo 60

Capítulo 61

Capítulo 62

Capítulo 63

Capítulo 64

Capítulo 65

Capítulo 66

Capítulo 67

Capítulo 68

Agradecimientos

Sobre la autora

Créditos
En la tormenta

V.1: abril, 2020

Título original: Under the Harrow

© Flynn Berry, 2016

© de la traducción, Luz Achával Barral, 2018

© de esta edición, Futurbox Project S.L., 2020

Todos los derechos reservados.

Publicado mediante acuerdo con Penguin Books, un sello de Penguin Publishing Group, una división de Penguin Random House LLC.

Diseño de cubierta: Mario Arturo

Imágenes de cubierta: Arturas Kerdokas / Emily Timmons / Yevhen Rehulian / Chris Wilkinson

Corrección: Ana Robla y Rocío Gómez de los Riscos

Publicado por Principal de los Libros

C/ Aragó, 287, 2º 1ª

08009 Barcelona

info@principaldeloslibros.com

www.principaldeloslibros.com

ISBN: 978-84-17333-93-5

IBIC: FH

Conversión a ebook: Taller de los Libros

Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser efectuada con la autorización de los titulares, con excepción prevista por la ley.

Para J.A.B.

Vamos a ver, ¿qué adelantamos con las evasiones?

Estamos atrapados y no podemos escapar.

—C. S. Lewis, Una pena en observación

En la tormenta
Como si Elena Ferrante hubiera escrito Broadchurch

Cuando Nora se baja del tren para visitar a su hermana Rachel, lo último que espera es descubrir el cadáver de esta en el salón de su casa familiar, víctima de un brutal asesinato. Muy pronto, en medio de la investigación policíaca que rodea al crimen, Nora se sumirá en una espiral de angustia y temor, como si los secretos del pasado hubieran despertado. El miedo de Nora se transforma en una obsesión implacable: encontrar al asesino de su hermana, aunque eso suponga poner en riesgo su propia vida y no distinguir la verdad de la mentira.

Flynn Berry nos regala una narración de tono perfecto, un thriller literario de suspense psicológico y un personaje inolvidable, Nora, que transita entre heroína y víctima e inocente y culpable.

«Un emocionante thriller para fans de La chica del tren y de Perdida: una lectura compulsiva escrita por una nueva y original voz.»

The New York Times Book Review

«La trama te envuelve desde la primera línea.»

The Huffington Post

Ganadora del Edgar Award a la mejor novela debut

Primera parte
Cazadores


Capítulo 1

Ha desaparecido una mujer en Yorkshire del Este. Se esfumó de Hedon, cerca de donde nos criamos. Cuando Rachel se entere de la desaparición, pensará que ha sido él.

El cartel colgante del Surprise, un cuadro de un clíper en un mar verde, cruje con el viento. El pub está en una calle tranquila de Chelsea. Tras acabar el trabajo en la calle Phene, he venido a almorzar y a tomar una copa de vino blanco. Soy asistente de una paisajista. Su especialidad son las praderas. Quedan como si nadie las hubiera tocado.

En pantalla, un reportero se mueve por el parque donde vieron a la mujer por última vez. La policía y sus perros se dispersan por las colinas detrás del pueblo. Podría contárselo a Rachel esta noche, aunque arruinaría la visita. Tal vez no tenga nada que ver con lo que le ocurrió a ella. Incluso puede que a la mujer no le haya pasado nada malo.

Los albañiles de enfrente han terminado de comer. Las bolsas de papel blanco están hechas una bola a sus pies y se apoyan contra los escalones bajo el frío sol. Ya tendría que haber ido a tomar el tren a Oxford, pero espero en el bar con el abrigo y la bufanda puestos mientras un inspector de investigación de la comisaría de Hull pide al público cualquier información sobre la desaparición.

Cuando el programa pasa a hablar de la tormenta en el norte, salgo, dejo atrás el cartel colgante y doblo en la siguiente esquina, hacia la calle Royal Hospital. Camino por delante de los jardines de césped recortado de Bourton Court. De la agencia inmobiliaria. Casas soleadas en Chelsea y Kensington. Yo todavía vivo en una torre de edificios en Kilburn. La escalera siempre huele a pintura y las gaviotas se lanzan contra los balcones.

Obviamente, no tengo jardín. Ya se sabe, en casa del herrero, cuchillo de palo.

Por la calle Sloane bajan taxis negros. A los costados de los edificios las ventanas reflejan pequeñas esferas brillantes. En la librería están expuestas unas nuevas traducciones de Las mil y una noches.

En una de las historias un mago bebía una poción hecha de una hierba que lo mantenía joven. El problema era que la hierba solo crecía en la cima de una montaña, así que cada año el mago engañaba a un joven para que escalara la montaña. «Lanza la hierba», decía el mago. «Luego iré a buscarte». El joven lanzaba la hierba. No puedo recordar el final. Tal vez se acabara ahí. He olvidado el final de la mayoría de las historias, excepto el más importante: que Scheherazade vive.

Después de algunos minutos en el metro, vuelvo a salir, subiendo por las escaleras hasta la estación de Paddington. Compro el billete y una botella de vino tinto en la tienda Whistlestop de la estación.

En el andén, el tren comienza a hacer ruido. Ojalá Rachel se mudara a Londres. «Pero, entonces, ya no podrías venir aquí», dice, y la verdad es que adoro su casa, una antigua granja en una pequeña colina, con dos olmos viejos a los lados. El susurro de los árboles en el viento llena las habitaciones del piso de arriba. Y a ella le gusta vivir allí, vivir sola. Hace dos años estuvo a punto de casarse. «Por poco», dijo.

En el tren, apoyo la cabeza en el asiento y contemplo como los campos invernales se suceden. Mi vagón está vacío, excepto por algunos viajeros que han salido pronto del trabajo por el fin de semana. El cielo está gris, adornado en el horizonte por una cinta púrpura. Hace más frío aquí, fuera del pueblo. Lo veo en las caras de la gente que espera en los andenes de las estaciones. Una fina corriente de aire silba a través de una grieta en la base del cristal de la ventana. El tren es una cápsula iluminada que viaja a través del paisaje de carbón.

Dos niños encapuchados corren junto a mi vagón. Antes de llegar a alcanzarlos, saltan un muro de poca altura y desaparecen por el terraplén. El tren se sumerge en un estrecho seto. En verano, hace que la luz en el vagón se vuelva verde y titilante, como si estuviera bajo el agua. Ahora el seto está tan desnudo que la luz no cambia en absoluto. Vislumbro pajaritos en los huecos de las ramas, enmarcados por las enredaderas.

Hace unas semanas Rachel mencionó que estaba pensando en criar cabras. Dijo que el espino blanco que hay en el fondo de su jardín es perfecto para que trepen. Ya tiene un perro, un enorme pastor alemán.

«¿Cómo crees que se va a sentir Fenno con respecto a las cabras?», pregunté.

«Loco de felicidad, probablemente», contestó.

Me pregunto si todas las cabras trepan por los árboles o solo algunos tipos. No la creí hasta que me mostró fotos de una cabra de pie en el borde de una rama de cedro y otras cuantas en una morera blanca, aunque ninguna de las fotos mostraba cómo habían conseguido trepar. «Usan las pezuñas, Nora», dijo Rachel, lo cual no tiene ningún sentido.

Una mujer viene por el pasillo con un carrito y le compro un Twix para mí y un Aero para Rachel. Nuestro padre nos decía que éramos unas niñitas caprichosas. «Cuánta razón», decía Rachel.

Observo la larga extensión de campo. Esta noche le contaré lo de mi residencia artística, que comenzará en dos meses, a mediados de enero. Serán doce semanas en Francia, con alojamiento y una pequeña beca. Me presenté con una obra que escribí en la universidad llamada El novio ladrón. Es vergonzoso que no haya hecho nada mejor desde entonces, pero ya no importa, porque en Francia escribiré algo nuevo. Rachel se alegrará por mí. Nos servirá una copa para celebrarlo. Más tarde, en la cena, me contará alguna cosa que haya pasado en su trabajo durante la semana y yo no le diré nada sobre la mujer desaparecida en Yorkshire.

La bocina del tren, un aullido largo y grave, suena cuando atraviesa las montañas calizas. Intento recordar lo que Rachel dijo que cocinaría esta noche. La veo deambular por la cocina, moviendo el enorme bol de castañas hasta el borde de la encimera. Coq au vin y polenta, creo.

Le gusta cocinar, en parte por su trabajo. Dice que sus pacientes le hablan todo el tiempo de comida, ahora que no pueden comer lo que quieren. A menudo le preguntan qué cocina y a ella le gusta darles una buena respuesta.

Unos techos de arcilla con chimeneas se elevan sobre un alto muro de ladrillos, que crece junto a mí y luego se enrosca alrededor de la aldea. Más allá del muro, hay un campo de arbustos secos y setos con algunos caminos que lo atraviesan. En la linde, un hombre con sombrero verde quema rastrojos. Las hojas chamuscadas suben con las corrientes de aire y dan vueltas en el cielo blanco, flotando sobre el campo.

Saco de mi bolso la carpeta de propiedades para alquilar en Cornualles. En verano, Rachel y yo alquilamos una casa en Polperro. Las dos tenemos unos días libres en Navidad y hemos planeado reservar una este fin de semana.

Polperro se encuentra sobre los pliegues de un barranco costero. Hay casas encaladas con techos de pizarra acurrucadas en los riachuelos verdes. Entre los dos acantilados, hay un puerto y, pasando un rompeolas, un puerto interior, lo bastante grande como para una docena de veleros pequeños, con casas y bares construidos en el muelle, a la orilla del agua. Cuando la marea está baja, los barcos del puerto interior descansan con los cascos sobre el lodo. En el extremo oeste del barranco hay dos casas cuadradas de comerciantes: una de ladrillos marrones, como de tweed, y la otra blanca. Sobre ellas, unos pinos recortan el cielo. Pasando las casas de los comerciantes, en la punta, hay una pequeña casa de pescadores construida en las rocas. Es de granito irregular, así que, en los días de niebla, se confunde con las rocas de alrededor. La casa que alquilamos estaba en un cabo, a diez minutos caminando de Polperro, siguiendo la costa, y tenía una escalera privada con setenta y un escalones construidos en el acantilado que llevaban a la playa.

Amaba Cornualles con una pasión loca y celosa. Tenía veintinueve años y acababa de descubrirlo, pero me pertenecía. La lista de cosas que amaba de Cornualles era larga, pero no estaba terminada.

Incluía nuestra casa, por supuesto, y el pueblo, la península de Lizard y la leyenda del rey Arturo, cuya cuna estaba unos kilómetros más arriba por la costa en Tintagel. El pueblo de Mousehole, pronunciado «maussol». Daphne du Maurier y su «Anoche soñé que volvía a Manderley»… Claro que lo soñaste. Cualquiera que abandonara ese lugar lo haría. Los miradores en los techos de las casas. Las fotografías en los pubs de naufragios y de los vecinos del pueblo vestidos con largas faldas marrones y chaquetas, empequeñecidos junto a los cascos rotos.

Cada día tenía que reescribir la lista. Añadí los pinos y las empanadillas del Crumplehorn Inn y la cerveza córnica. Nadar, tanto en el mar abierto como en las cuevas tranquilas en las que se filtra el agua. Todo el rato, realmente, incluso mientras dormíamos.

«Todo es mejor aquí», dije.

«Bueno…», contestó Rachel.

«¿Qué es lo que más te gusta de Cornualles?», pregunté. Ella gruñó. «Si no, puedo decirte qué es lo que más me gusta a mí».

«Bueno… para empezar, el mar», contestó ella.

En todo caso, le gustaba más que a mí, y está incluso más emocionada que yo por volver. No ha sido ella misma últimamente. Se la ve muy tensa por el trabajo y siempre está cansada.

En la siguiente estación, el conductor avisa a los pasajeros de posibles retrasos mañana por culpa de la tormenta. «Excelente», pienso, «así que va a nevar».

Pasamos por otro pueblo, donde ahora los coches tienen las luces delanteras encendidas. Parecen canicas de un amarillo pálido bajo la tenue luz del atardecer. Entonces, el tren gira alrededor de una alameda y se endereza al entrar en Marlow.

Rachel no está en la estación. No es algo extraño. A menudo acaba tarde su turno en el hospital. Salgo del andén bajo una luz tan apagada que los techos del pueblo parecen estar ya cubiertos de nieve. Me alejo del pueblo en dirección a su casa, y pronto estoy en el tramo abierto de la carretera, una estrecha cinta asfaltada entre granjas.

Me pregunto si va caminando a mi encuentro con Fenno. La botella de vino tinto me da golpes en la espalda. Me imagino la cocina de Rachel. El bol de castañas y la polenta burbujeando sobre el fogón. Un coche se acerca y me aparto hacia el arcén. Disminuye la velocidad cuando se aproxima y la mujer que conduce me saluda con la cabeza antes de acelerar de nuevo.

Apresuro el paso. Siento como la respiración me calienta el pecho y tengo los dedos fríos, enroscados, en los bolsillos. Sobre mi cabeza, unas oscuras nubes se congregan y, en el silencio, el aire me provoca un zumbido en los oídos.

Y entonces veo la casa. Subo la colina y la gravilla cruje bajo mis pies. Su coche está aparcado en la entrada; probablemente acabe de llegar. Abro la puerta.

Me tropiezo hacia atrás antes de saber qué problema hay en la casa, como si algo hubiera venido volando hacia mí.

Lo primero que veo es al perro. Está ahorcado, colgado de su correa desde lo alto de las escaleras. La cuerda cruje mientras el perro gira lentamente. Sé que es algo horrible, pero también es impresionante. «¿Cómo has hecho eso?», me pregunto.

La correa está enrollada en un balaustre de la barandilla. Debe de haberse enredado y caído, ahorcándose. Pero hay sangre en el suelo y en las paredes.

Estoy hiperventilando, aunque todo a mi alrededor está tranquilo y en silencio. Tengo que hacer algo urgentemente, pero no sé qué. No llamo a Rachel.

Subo las escaleras. Hay un rastro de sangre en la pared justo por debajo de mi hombro, como si alguien se hubiera apoyado en ella mientras subía. Donde termina el rastro, hay huellas de manos de color rojo en el escalón siguiente, y en el siguiente, y luego en el rellano.

En el pasillo del primer piso las manchas se vuelven caóticas. No veo huellas de manos. Parece como si alguien se hubiera arrastrado, o hubiera sido arrastrado. Me quedo mirando las manchas y, entonces, después de un rato, bajo la vista al pasillo.

Oigo mis propios sollozos mientras me arrastro hacia ella. La parte delantera de su camisa está negra y húmeda, y la levanto suavemente apoyándola en mi regazo. Le coloco la mano en el cuello y trato de encontrarle el pulso; luego acerco la oreja a su rostro para oír su respiración. Le rozo la nariz con la mejilla y un escalofrío me baja por la nuca. Le hago el boca a boca, pero entonces, me detengo. Puede que le haga incluso más daño.

Apoyo la frente contra la suya y el pasillo se oscurece. Mi aliento deambula por su piel y su pelo. El pasillo se cierra a nuestro alrededor.

Mi teléfono nunca tiene cobertura en su casa. Tengo que salir para llamar a una ambulancia. No puedo dejarla, pero bajo torpemente por las escaleras y salgo de la vivienda.

Nada más colgar, ya no recuerdo lo que he dicho. No se ve a nadie en ninguna dirección, solo las casas de los vecinos y la montaña tras ellas, y en medio del silencio me parece oír el mar. El cielo se enturbia y alzo la vista. Me llevo las manos a la cabeza. Los oídos me pitan como si alguien gritara muy fuerte.

Espero a que Rachel aparezca por la puerta, con cara de confusión y agotamiento, mirándome fijamente a los ojos. Me paro a escuchar, esperando oír sus pasos suaves, cuando oigo las sirenas.

Tiene que bajar antes de que llegue la ambulancia. Todo habrá acabado cuando alguien más la vea. Le ruego que baje. La sirena se escucha cada vez más fuerte y mis orejas se alzan y se alejan de la mandíbula, como si estuviese sonriendo. Fijo la vista en la puerta y la espero.

Y, entonces, la ambulancia se hace visible, acelerando por la carretera entre las granjas. Llega a la entrada, la gravilla sale disparada de debajo de las ruedas y, cuando las puertas se abren y los técnicos de emergencias corren hacia mí, no puedo hablar. Una mujer entra en la casa y, luego, un hombre me pregunta si estoy herida. Miro hacia abajo y veo que tengo la camiseta manchada de sangre. Como no contesto, empieza a examinarme.

Me aparto de él y corro escaleras arriba tras la mujer. El rostro de Rachel mira hacia el techo. Su pelo oscuro se encharca en el suelo y tiene los brazos a los costados. Le veo los pies, embutidos en unos gruesos calcetines de lana. Quiero rodear a la mujer y apretarlos entre mis manos.

La técnica de emergencias coloca el dedo en el cuello de Rachel y, luego, toca el mismo punto de su propio cuello, bajo la mandíbula. No la oigo, porque estoy haciendo ruidos. Me ayuda a bajar las escaleras. Abre las puertas de la ambulancia, me sienta en la plataforma y me pone una manta térmica sobre los hombros. Mi camiseta húmeda se enfría y la tela se me pega al estómago. Me castañetean los dientes. La mujer enciende un calefactor y el calor invade la ambulancia y me calienta la espalda, hasta que el vapor se pierde por culpa del aire frío.

Pronto, llegan coches patrulla, y los policías enfundados en uniformes negros se agrupan en la carretera y suben por el jardín. Los miro; mi mirada salta del rostro de uno al del siguiente a la velocidad de un rayo. Del cinturón de alguien se escapan unos crujidos estáticos. Espero a que uno sonría y confiese que todo es una broma. Un agente clava un poste en la tierra y coloca una cinta delante de la puerta, que se queda rebotando en el aire.

Empiezo a ver borroso y, de repente, todo desaparece por completo. Estoy muy cansada. Trato de observar a la policía para contarle luego a Rachel lo ocurrido.

El cielo se vuelve espuma, como si la cresta de una gran ola invisible se nos echara encima. «¿Quién te ha hecho esto?», me pregunto; pero eso no es lo importante, lo importante es que vuelvas. En la casa del otro lado de la carretera, el granero donde normalmente aparcan está vacío. Un profesor de Oxford vive allí. «El granjero caballero», lo llama Rachel. Tras la casa del profesor, la cresta de la montaña es prácticamente un acantilado vertical, con caminos empinados tallados en la piedra. Miro la cresta hasta que parece que se desprende y comienza a acercarse.

Nadie entra en la casa. Todos esperan a alguien. El agente que ha colocado la cinta en la puerta está de pie, delante, custodiando la entrada. En el prado junto a la casa del profesor, una mujer monta a caballo. Su casita de campo se encuentra detrás del prado, al pie de la cresta. El caballo y la jinete galopan trazando un gran círculo bajo un cielo cada vez más oscuro.

La mujer se inclina hacia delante por el viento y me pregunto si ve algo: la casa, la ambulancia, los policías de uniforme de pie en el jardín.

Una puerta se cierra de golpe en el acceso a la casa y un hombre y una mujer caminan por la gravilla. Todo el mundo observa a la pareja mientras avanzan por la colina. Ambos llevan abrigos de color tostado y las manos en los bolsillos. Los bajos de las prendas ondulan a su paso. Tienen la mirada fija en la casa; entonces, la mujer mira en mi dirección y nuestros ojos se encuentran. El gélido viento me abofetea. La mujer levanta la cinta y entra en la casa. Cierro los ojos. Oigo pasos que se aproximan por la gravilla. El hombre se pone en cuclillas a mi lado. Espera.

Unos colores se mueven tras mis párpados. Pronto volverá el negro y, entonces, oiré el suspiro de los olmos por encima de mí. Si bajo las escaleras, veré nuestros platos en el fregadero y sobre los fogones. Los restos de polenta que se han secado en el fondo de la olla. Las cáscaras de castaña que hay sobre la encimera, abandonadas donde las hemos pelado mientras nos quemábamos los dedos.

Si voy a su habitación, veré las sombras de los olmos plantados al sur parpadeando sobre los tablones. El perro estará dormido, despatarrado bajo la cama, lo bastante cerca como para que Rachel deje caer el brazo por el borde de la cama y lo acaricie. Y veré a Rachel, dormida.

Abro los ojos.

Capítulo 2

El hombre en cuclillas junto a mí me saluda. Se sostiene la corbata contra el estómago. Tras él, el viento alisa la hierba en la colina.

—Hola, Nora —dice. Me pregunto si nos conocemos. No recuerdo haberle dicho mi nombre a nadie. Debía de conocer a Rachel. Tiene la cara grande y cuadrada y los ojos caídos; intento situarlo en algún evento del pueblo, la noche de la fogata o la recaudación de fondos de los bomberos—. Inspector Moretti. Soy de la comisaría de Abingdon.

Qué shock. Nunca conoció a Rachel, en su pueblo no hay inspectores de homicidios. Para poner una queja seria lo más probable es que tengas que ir a Oxford o a Abingdon. Recorremos el camino de la entrada y dos mujeres con trajes de forense pasan junto a nosotros y entran en la casa.

Mientras nos alejamos en el coche, no puedo respirar. Miro por la ventanilla la hilera de plátanos que pasan como un destello. Habría pensado que sería como un sueño, pero no es así. El hombre que conduce a mi lado es real, el paisaje que se ve por la ventana es real, y la humedad que me pega la camiseta al estómago, y los pensamientos enmarañados en mi cabeza.

Quiero que el shock me dé un poco más de tiempo, pero la aflicción ya está aquí, cayó como una guillotina cuando la mujer puso el dedo en el cuello de Rachel. No paro de pensar en que nunca volveré a ver a mi hermana, en que estaba a punto de verla. Mientras pasamos por Marlow, me doy cuenta de que estoy hablando conmigo misma en mi cabeza. No hay nadie más ahí. Normalmente, cuando tengo la insólita sensación de observarme a mí misma pensar, moldeo mis pensamientos en forma de cosas que decirle a Rachel.

Me hundo en el asiento. Los coches nos adelantan en la autopista. Me pregunto si el inspector siempre conduce tan despacio o solo cuando hay alguien más en el coche. Me doy cuenta de que no he estado mirando las señales de la carretera para comprobar a dónde me está llevando. Una parte de mí desea que me lleve a un campo húmedo y oscuro, lejos de las luces del pueblo. Sería simétrico. Una hermana asesinada y luego la otra, en un espacio de unas pocas horas.

Lo hizo. Luego rodeó la casa y volvió a la entrada, y me convenció de que me fuera con él mientras los demás estaban distraídos. No es difícil convencerme. El miedo ya está aquí, presionándome el pecho. Cojo un bolígrafo del bolso y lo sujeto con fuerza bajo el muslo.

Espero a que disminuya la velocidad en una curva en dirección a una fábrica abandonada o un huerto vacío. La autopista está repleta de ángulos muertos, así que tiene muchas posibilidades. Me preparo para clavarle el boli en el ojo y luego volver corriendo a la casa. Rachel estará sentada en el salón. Levantará la vista, con el ceño fruncido. «¿Funcionó?»

Pero aparece el cartel de Abingdon, y el inspector sale de la autopista, frenando al final de la vía de acceso. Tiene la cara flácida y los ojos fijos en el semáforo a través del parabrisas.

—¿Quién lo ha hecho? —pregunto.

No me mira. El intermitente hace tictac en el coche en silencio.

—Todavía no lo sabemos.

El semáforo cambia y pone el coche en marcha. El cartel luminoso de la policía de Thames Valley da vueltas en un poste a la entrada del edificio.

En un espacio abierto del piso de arriba, un hombre pálido con un traje oscuro colgando de los hombros está de pie frente a una pizarra blanca. Cuando nos oye entrar, se aleja de la pizarra, en la que acababa de pegar una foto de Rachel.

Se me escapa un quejido. Es la foto de la página web del hospital, su rostro ovalado está enmarcado por el cabello oscuro. Su cara es tan familiar que es como si estuviera mirándome a mí misma. Es más pálida y tiene los rasgos más marcados. Yo puedo desaparecer en una habitación, ella no. Ambas tenemos pómulos altos, pero los suyos acaban como pomos. En la fotografía sonríe con la boca cerrada, los labios se estiran ligeramente hacia los lados.

En la sala de interrogatorios, Moretti se sienta frente a mí y se desabrocha el botón de la chaqueta del traje con una mano.

—¿Está cansada? —pregunta.

—Sí.

—Es por el shock.

Asiento. Es extraño estar tan cansada, y también tan asustada, como si mi cuerpo estuviera dormido pero recibiendo descargas eléctricas.

—¿Puedo ofrecerle algo? —pregunta.

No sé qué quiere decir y, como no contesto, me trae un té que no me bebo. Me ofrece una sudadera azul oscuro y unos pantalones de chándal.

—Por si quiere cambiarse.

—No, gracias.

Dice naderías durante algunos minutos. Tiene una cabaña en Whitstable.

—Es precioso cuando la marea está baja —comenta.

Me pone nerviosa, incluso cuando habla del mar. Me pide que le diga lo que vi nada más entrar en la casa. Oigo como la lengua se me separa del fondo de la boca con un clic antes de cada respuesta. Se frota la nuca y la presión de la mano hace que baje la cabeza.

—¿Vive aquí con ella?

—No, vivo en Londres.

—¿Es habitual que venga a visitarla un viernes por la tarde?

—Sí, vengo a menudo de visita.

—¿Cuándo fue la última vez que habló con su hermana?

—Anoche, sobre las diez.

El cielo se ha oscurecido, así que veo los cuadrados color cuarzo pálido de las luces de la oficina al otro lado de la carretera.

—¿Y cómo la oyó?

—Como siempre.

Por encima de su hombro, uno de los cuadrados amarillos se apaga. Me pregunto si cree que lo he hecho yo. Lo dudo, la verdad, y el miedo a que lo piense es distante, como otra carga profunda pero que apenas me alcanza. Por un momento, desearía que me estuvieran acusando. Así lo que sentiría en este momento sería otra cosa —preocupación, indignación, rectitud— diferente a esto. Lo cual es nada, como despertarse en un campo y no recordar cómo has llegado hasta allí.

—¿Cuánto durará esto? —pregunto.

—¿Qué?

—El estado de shock.

—Depende. Puede que algunos días.

En una oficina al otro lado de la calle, una mujer de la limpieza levanta el cable de la aspiradora y aparta las sillas de su camino.

—Lo siento —dice—. Sé que quiere irse a casa. ¿Le parecía que Rachel estaba preocupada por algo últimamente?

—No. Bueno, un poco, por el trabajo.

—¿Se le ocurre alguien que quisiera hacerle daño a Rachel?

—No.

—Si se hubiera sentido amenazada, ¿se lo habría dicho?

—Sí.

Nada de esto es propio de ella. No me cuesta nada imaginarme la otra cara de la moneda. Veo a Rachel, empapada de sangre, sentada en esta silla y explicando pacientemente al inspector cómo mató al hombre que la atacó.

—¿Tardó mucho? —pregunto.

—No lo sé —contesta. Yo inclino la cabeza contra el zumbido de mis oídos. La mujer que llegó con él abre la puerta. Tiene la cara suave y regordeta, y el pelo rizado recogido en un moño.

—Alistair —dice—, ven un momento.

—¿Rachel tenía novio? —dice Moretti cuando regresa.

—No.

Me pide que escriba los nombres de los hombres con los que salió alrededor del último año. Escribo cada letra cuidadosamente, comenzando por el más reciente y remontándome dieciséis años atrás, al primer novio que tuvo en Snaith, donde nos criamos. Cuando termino la lista, me siento en la mesa que tengo delante con los puños cerrados y Moretti se queda de pie junto a la puerta e inclina su pesada cabeza cuadrada sobre el papel. Lo observo para ver si reconoce alguno de los nombres de otros casos, pero su expresión no cambia.

—El primer nombre —digo—. Stephen Bailey. Estuvieron a punto de casarse hace dos años. Se veían de vez en cuando. Vive en West Bay, en Dorset.

—¿Fue violento con ella alguna vez?

—No.

Moretti asiente. De todos modos, Stephen será la primera persona que eliminarán. El inspector sale de la habitación y, cuando regresa, tiene las manos vacías. Pienso en el pub de esta tarde y en la mujer desaparecida en Yorkshire.

—Hay algo más —digo—. Alguien atacó a Rachel cuando tenía diecisiete años.

—¿La atacaron?

—Sí. El cargo habría sido lesiones físicas graves.

—¿Conocía al atacante?

—No.

—¿Detuvieron a alguien?

—No. La policía no la creyó.

No atacada, pero no de la manera en que ella lo describió. Sospecharon que había intentado robar a alguien o prostituirse y que la habían rechazado violentamente. Eran los últimos policías de la vieja escuela, preocupados por lo que había bebido ella y por que no hubiera llorado.

—Ocurrió en Snaith, en Yorkshire —dije—. No sé si aún tienen el registro. Fue hace quince años.

Moretti me da las gracias.

—Necesitaremos que se quede por la zona. ¿Tiene algún lugar donde dormir esta noche? —pregunta.

—La casa de Rachel.

—No puede quedarse allí. ¿Hay alguien que pueda venir a recogerla?

Estoy muy cansada. No quiero tratar de explicar esto a nadie, ni esperar en la estación a que llegue uno de mis amigos de Londres. Cuando el interrogatorio termina, un agente me lleva en coche al único motel de Marlow.

Ojalá nos estrelláramos. Un camión cargado con postes de metal circula delante de nosotros en la calle Abingdon. Imagino que la cinta de nailon se rompe, los postes de metal caen a la carretera, se mueven de un lado a otro y que uno de ellos me clava al asiento del coche.

La calle principal de Marlow se curva como una hoz, con la plaza en un extremo y la estación de tren en el otro. El Hunters está al final de la hoz, junto a la estación de tren. Es un edificio cuadrado de piedra de color crema con persianas negras. Cuando el agente me deja en el motel, hay algunas personas esperando en el andén y todos se vuelven para mirar el coche de policía.

Cuando llego al Hunters, cierro la puerta y pongo la cadena. Recorro la pared empapelada con la mano, luego apoyo la oreja en ella y contengo la respiración. Quiero oír una voz de mujer. Una madre hablando con su hija, quizá, mientras se preparan para irse a dormir. Pero ningún sonido atraviesa el muro. «Probablemente estén todos dormidos», me digo a mí misma. Apago las luces y me deslizo bajo la manta. Sé que lo que está pasando es real, pero de alguna manera sigo esperando que ella llame.

Capítulo 3

«Hoy debíamos ir a Broadwell a comer crêpes con arándanos rojos y al museo», pienso cuando me despierto, enfadada porque nuestros planes se han pospuesto.

A medio camino entre la cama y el baño, me fallan las rodillas. Me derrumbo, pero es como si algo tirara de mí hacia abajo. El perro gira colgado del techo. Rachel está tirada, hecha una bola contra la pared. Hay huellas rojas de manos en las escaleras. Hay tres balaustres limpios en la barandilla y uno sucio, donde está atada la correa del perro.

No sé cuánto tiempo estuve así. En algún momento decido lavarme. No me puedo duchar, porque creo que huelo su casa en mi pelo. En lugar de eso, me desnudo y me paso una toalla mojada por el cuerpo y contemplo como la tela se vuelve rosa y marrón.

Me visto, meto la ropa de ayer en una bolsa de plástico y la llevo al cubo de basura que hay en la parte trasera del motel. Se me hace raro, como si estuviera deshaciéndome de pruebas, pero la policía no me dijo que la guardara. Tendrían que haberme indicado mejor qué hacer. Paso junto a un cuadro de una cacería de zorros en el pasillo, en el que algunos cazadores vestidos de rojo se esconden tras los árboles.

Mientras subo las escaleras, Moretti llama para decir que tiene algunas preguntas más que hacerme.

—Haré un comunicado de prensa en una hora. El comunicado no incluirá nada sobre el perro.

—¿Por qué no?

—La gente se obsesiona con ese tipo de cosas. No puedo prepararla para lo que ocurrirá si se convierte en noticia nacional. No podemos decirle que no hable con la prensa, pero puedo asegurarle que no ayudará al caso. Se entrometerán y, cuando se aburran, buscarán algo que llame la atención sobre Rachel.

—¿Qué podría llamar la atención?

—Lo peor de ella.

Un agente me recogerá en el Hunters a las cinco. Decido esperar en mi habitación. Tengo seis horas sola por delante hasta que llegue y me pregunto si aguantaré hasta entonces.

Unas horas más tarde, alguien llama a la puerta.

—Algunos huéspedes se han quejado —dice la directora del motel.

En el pasillo, tras ella, las lámparas están encendidas. Lleva una bufanda de tartán; quiero decirle que viví un tiempo en Escocia. Mi hermana fue a visitarme.

—El ruido los molesta.

—Lo siento.

Tengo que apoyarme en el marco de la puerta. No he comido ni bebido nada en todo el día. Lo de la comida va a ser un problema.

—Avíseme si necesita algo —dice—. Lo siento mucho. Estamos viviendo una mala racha. Primero Callum y, ahora, su hermana.

—¿Callum?

—El joven del pueblo que murió en un accidente en la carretera de Bristol. Solo tenía veintisiete años.

Ahora lo recuerdo. Rachel fue una de sus enfermeras. Pienso en compartir con la mujer lo que Rachel me contó sobre él, pero decido no hacerlo.

A las cinco, un agente me recoge y vamos en coche hasta Abingdon. En la sala de interrogatorios, Moretti dice:

—No hemos dado con su padre. ¿Tiene contacto con él?

—No.

—¿Estaba Rachel en contacto con él?

—No.

Los tubos de la calefacción suenan en el techo. Fuera, es de noche y está nublado. En Lancashire y Cumbria ya está nevando. El inspector no ha preguntado por nuestra madre. Ya debe de saber que murió hace mucho tiempo, poco después de que yo naciera.

—¿Cuándo fue la última vez que habló con su padre?

—Hace tres años.

—¿Tiene antecedentes de violencia?

—No —contesto, aunque no estoy segura de que sea cierto—. Es frágil. Rachel era mucho más fuerte que él. ¿Tienen que decirle lo que ha pasado?

—Sí.

Les costará encontrarlo. Decidió dejar de cobrar ayudas cuando comenzó a desconfiar del Gobierno. Rachel tenía una postal de él de hace unos meses en la que decía que estaba en Blackpool, cosa que decido no contar al inspector.

—¿Han hablado ya con Stephen? —pregunto.

—Estuvo en su restaurante todo el día.

La información me alivia y me siento una traidora por desconfiar de él. La adoraba.

—¿Qué tipo de vehículo conduce su padre? —dice Moretti.

—Ya no conduce —contesto. Comienzo a explicarle que es un alcohólico, aunque la palabra siempre ha sonado demasiado refinada para describirlo. Moretti ya debe de saber algo de esto. Tiene un historial. Alteración del orden, allanamiento, robo…

Un agente llama a la puerta y Moretti se excusa un momento. Miro hacia la sala de investigación. Uno de los inspectores come patatas fritas de una bolsa de aluminio y papel y el aire huele a vinagre.

Ojalá Fenno estuviera aquí, conmigo, sentado sobre las patas traseras junto a mi silla. Quiero apoyar la mano en su suave cabeza. La última vez que visité a mi hermana, le di un baño. Le protegí los ojos con la mano mientras le aclaraba el jabón del pelaje. Cuando lo envolví en una toalla, se apoyó en mí y nos quedamos así durante mucho tiempo, mientras la cálida humedad me empapaba la camiseta.

Cuando Moretti vuelve, añade:

—Lo que necesitamos ahora de usted es un informe sobre cualquier cosa inusual en la rutina de Rachel. Podría ser algo tan pequeño como un cambio de ruta en su camino al trabajo. Amigos nuevos, una actividad nueva…

—No sé nada. Dijo algo sobre apuntarse a un gimnasio en Oxford para poder nadar en invierno, pero aún no lo había hecho.

—¿Algo más? ¿Algún cambio en el hospital?

—No.

—¿Le gustaba su trabajo?

—Sí, la mayor parte del tiempo. —Había tenido una época difícil al comienzo de su carrera profesional, cuando estaba estudiando para ser enfermera especializada mientras trabajaba como enfermera titulada. Me dijo que volvía a casa en bici deseando que alguien la atropellara para poder descansar—. Decía que era exigente, pero que le gustaba.

Moretti me escudriña y me pregunto si estoy poniendo a prueba su paciencia. Dentro de poco el interrogatorio acabará y me tendré que ir. No me imagino qué haré después.

—¿Quiere beber algo? —pregunta, y yo asiento.

Mientras prepara el té, trato de pensar en algo que decirle, pero no recuerdo ningún cambio en las costumbres de Rachel. Leo el folleto de una fundación de apoyo a víctimas y testigos de crímenes. «La vida puede hacerse añicos tras un asesinato», dice. «Cosas sencillas como pagar facturas o contestar el teléfono pueden resultar difíciles».

Quiero preguntar a Moretti qué hace en Whitstable, y cada cuánto va allí. Se lo contaré a Rachel, seguro que lo querrá saber. Bebemos el té en silencio.

—El domingo, Rachel dijo que había quedado con alguien llamado Martin.

Moretti se gira hacia mí.

—¿Y adónde fueron?

—No me lo dijo. Era por la noche, así que supongo que irían a cenar a algún sitio. Le pregunté si era una cita y me dijo que no. Dijo que era un amigo del hospital.

—¿Sabe su apellido?

—No me lo dijo.

—¿Cuándo decidió Rachel que se quería mudar? —pregunta Moretti.

—No quería mudarse.

—Visitó a un agente inmobiliario hace dos semanas.

—¿Adónde se iba?

—A St. Ives. —La costa norte de Cornualles. Se me acelera el pulso por la emoción. Me encanta St. Ives. Podré ir a visitarla—. Rachel tenía planeado mudarse y no durmió en su casa esta semana. Pensamos que es probable que alguien la estuviera amenazando.

—¿Dónde se estaba quedando?

—Con Helen Thompson.

Moretti se pone en pie y yo lo sigo, demasiado perpleja para protestar.

—El sargento Lewis va a Marlow. Se ha ofrecido a dejarla en el hotel —dice.

Un hombre alto con acento del sur de Londres me espera en el pasillo. En el ascensor de bajada dice:

—Lamento lo de su hermana.

Cuando las puertas se abren, lo sigo hasta su coche. La lluvia comienza a repiquetear en el parabrisas mientras nos abrimos paso entre el tráfico.

—¿Dónde va la gente después?

—Se van a casa —dice.

Los limpiaparabrisas escurren el agua del cristal.

—¿Cuánto hace que es policía?

—Ocho años —dice, y se inclina hacia delante en un cruce para controlar el tráfico en dirección contraria—. Me doy dos más.

Capítulo 4

Rachel compró la casa en Marlow hace cinco años. Su pueblo es perfecto. Hay edificios de madera pintada en la calle principal. También está la plaza. Los tejos en el extremo largo de la plaza. El reloj amarillo del ayuntamiento. Los dos pubs. La iglesia y el cementerio de la iglesia. El riachuelo. La gasolinera.

El Duck and Cover es el pub de los comerciantes. Se llamaba de otra manera, Duck and Clover, hasta que alguien tapó con pintura una de las letras. El Miller’s Arms es el pub de la gente que va y viene todos los días del trabajo. Sirve Pimm’s y solo retransmite deportes durante el Mundial y el campeonato de Wimbledon. Rachel pensaba que, con el tiempo, se produciría una confrontación explosiva entre los bandos. La esperaba con ansias. Apoyaba firmemente al Duck and Cover.

«No queremos convertirnos en otro Chipping Norton», decía. «Es importante que la gente que trabaja aquí pueda permitirse vivir aquí».

A excepción del Miller’s Arms, el pueblo no ha cambiado demasiado, al menos por ahora. No hay tiendas de ropa ni de artículos del hogar en la calle principal. Hay una fiesta de primavera y una cena para recaudar fondos para el cuartel de bomberos.

«¿Por qué antes no había tanta gente que tuviese que hacer un largo trayecto para ir al trabajo?», pregunté.

«Ahora los trenes son más rápidos».

Hay otro pueblo, más grande, a la misma distancia de Londres, con un pub famoso, pero Rachel nunca corregía a la gente cuando los confundían, ni cuando le decían que habían estado en el Hand and Flowers.

Rachel dijo que había algo raro en el pueblo. No recuerdo exactamente cuándo sucedió. Fue hace poco, después de que volviéramos de Cornualles. No la dejé terminar. Estábamos desayunando en su casa. Me acababa de levantar y no quería oírlo. Sabía por su tono de voz que lo que estaba a punto de contarme era horrible. Sabía que tenía que pararla. Me tomé un croissant de frambuesa y un espresso. Tenía su pueblo.

La bodega. La sociedad de ahorro y préstamo para la vivienda. El gallo dorado del tejado del Hunters. La biblioteca. Los gemelos que trabajan para el pueblo. El toldo amarillo del Miller’s Arms. Los álamos frente al taller mecánico.

Creía que los gemelos eran una sola persona hasta que los vi a ambos a la vez lavando un camión de la basura. Ambos llevaban gafas de sol de espejo, tenían el pelo largo y tenían rottweilers.

«¿Tienen perros idénticos?», pregunté.

«No, es el mismo perro», contestó Rachel.

El Hunters no va demasiado bien. Hay doce habitaciones y solo otros dos huéspedes. Es noviembre, pero según Rachel tampoco se alojó nadie aquí en verano. Dijo que solo sigue abierto por el bar que hay debajo de las habitaciones. Esto me viene bien, ya que no planeo irme.

Cuando vuelvo de la comisaría, robo un cuchillo de trinchar de la cocina. Lo coloco bajo la cama, así, si dejo caer el brazo por el borde del colchón, podré agarrarlo. Luego, me hundo en la cama, preguntándome qué quería decirme Rachel, y dejo que la oscuridad me envuelva el rostro.

Capítulo 5

Los primeros pasajeros ya están esperando en la oscuridad del andén cuando salgo a comprar los periódicos al quiosco de enfrente la mañana siguiente y los traigo al vacío salón del motel. La habitación está cubierta de papel verde con lirios dorados del valle. Antiguamente, los jinetes desayunaban aquí antes de salir de cacería.

Rachel no está en el Telegraph. No está en el Independent, el Sun, el Guardian ni el Daily Mail. Si ninguno de los periódicos nacionales ha sacado la noticia, tal vez no ha ocurrido.

Pero aparece en la portada del Oxford Mail. El periodista debe de tener una copia de la autopsia. Me entero de que murió a causa de una hemorragia arterial. La hora de la muerte fue entre las tres y las cuatro de la tarde. La apuñalaron once veces en el estómago, el pecho y el cuello. Tenía heridas defensivas en las manos y los brazos.

Estoy sentada en la mesa leyendo el artículo y, de pronto, estoy a cuatro patas sobre la alfombra. Los dibujos del papel pintado comienzan a moverse. Tengo la boca abierta.

Cuando el dolor más fuerte remite, me repliego contra la esquina de la habitación. Coloco los periódicos en la chimenea vacía. Quiero quemarlos, pero no tengo cerillas.

Llamo a la paisajista. Le digo que ha habido una muerte en la familia y que no sé cuándo podré volver a Londres. Esta manera de decirlo me agrada, como si no fuera Rachel quien ha muerto, sino algún otro familiar, una tía o nuestro padre. Me dice que me tome todo el tiempo que necesite, pero no me ofrece un permiso retribuido. Lo cierto es que no la culpo. No es ese tipo de trabajo.

Llamo a mi mejor amiga, Martha. Quiere venir y quedarse conmigo, pero le digo que necesito estar sola de momento.

—¿Cuándo vas a volver a casa? —pregunta.

—No lo sé. El inspector me ha pedido que me quedara por la zona.

—¿Por qué?

—Necesitan información sobre ella, supongo.

Le pido a Martha que se lo diga a nuestros amigos y le doy también los números de los amigos de Rachel. Alice vive en Guatemala. No tengo su número y espero que Martha tampoco lo encuentre. Me reconforta que, para ella, Rachel siga viva y esté bien, como si eso lo hiciera, en parte, verdad.

Después de las llamadas, camino hacia su casa. Es una tarde de domingo de finales de noviembre y algunas personas pasan a mi lado en coche, de camino a hacer sus recados. No me creo que esté planeando sobrevivirla, seguir con mi vida sin ella. La carretera que lleva a su casa, una tira de asfalto negro, se alarga ante mí.

El artículo en el periódico no mencionaba al perro. La policía estará contenta. Todavía lo veo, colgando de lo alto de las escaleras. Un pastor alemán grande. Me sorprende que el balaustre de la barandilla soportara su peso.

Con la primera luz del alba, unas figuras uniformadas se mueven entre la maleza en el borde del jardín de Rachel. Salgo de la carretera frente a la propiedad de su vecino y camino alrededor del prado de los caballos. Tras él, un sendero trepa por la cresta.

Voy despacio y, a veces, me detengo y extiendo la mano para mantener el equilibrio sobre las rocas, hasta que estoy al otro lado del valle de la casa de Rachel. Todas las luces están encendidas y unas figuras se mueven tras las ventanas del piso de arriba. Cuento dieciocho personas buscando en la hierba, bajo un cielo agitado. La cinta azul todavía tapa la puerta y hay un hombre de uniforme de pie junto a ella.

Comienza a nevar. Una ráfaga de humo blanco se condensa sobre el borde del acantilado. Hay alguien en la casa del profesor, debajo de la cresta. Me agacho hasta que veo su techo y la chimenea. Unos tirabuzones de vapor se elevan hacia el cielo y se funden con la nieve. El profesor camina por la entrada de su casa mientras echa puñados de arena amarilla y sal. Desde el borde de su finca, mira hacia la casa de Rachel, al otro lado de la carretera. Tiene los hombros caídos y una bolsa de papel vacía.

Se queda ahí de pie, esperando, creo, a que alguien baje de la colina para poder preguntar si hay novedades. Seguramente ya lo han interrogado. Imagino que tiene lágrimas en los ojos. Le gustaba Rachel. Y pienso que debe de haber pasado la noche asustado; tal vez no consiguiera dormir.

Levanto la vista y siento dolor en el pecho. La nieve para, planea, gira en rápidos remolinos horizontales. Camino hacia el lomo de la cresta y me alejo del borde del precipicio, atravesando una franja de árboles bajos y retorcidos. Apenas son más altos que yo, atrofiados por el viento. Una rama con un trozo de tela amarilla rígida colgando sobresale de uno de ellos. Piso una roca plana y, cuando caigo al otro lado, aterrizo en un revoltijo de latas de cerveza y colillas. Siento un hormigueo en la nuca y un calor me recorre la piel. Levanto la mirada lentamente y, allí, enmarcada por un espacio entre los árboles, está la casa de Rachel.

Las ramas forman un óvalo, como el marco de un retrato, a su alrededor. En el crepúsculo, veo a gente moviéndose de una habitación a otra dentro de su casa. A medida que anochece, las imágenes en las ventanas se ven más claras y nítidas. No tenía cortinas, excepto una, en el baño. Veo la gasa blanca, pero solo llega hasta el travesaño. Se le podría ver la coronilla cuando se lavaba los dientes en el lavabo, cuando salía de la ducha…

Alguien bebía Tennent’s Light Ale y fumaba Dunhills y la observaba. Rebusco en la cresta, detrás de mí. Agarro una piedra afilada y giro sobre mí misma. Las latas y hojas secas crujen bajo mis botas. Espero a que aparezca un hombre. No estoy asustada, quiero ver quién le hizo esto. A medida que pasan los minutos, la posibilidad de que alguien más esté aquí disminuye, hasta que se evapora por completo.

Por el hueco que hay entre las ramas, observo la nieve caer sobre su casa. La cresta está tan tranquila que me parece que oigo como la nieve sobre el suelo helado. Una desolación absoluta se apodera de mí. Los hombres que buscan en los alrededores se adentran más en el bosque. Noto que la nieve se funde con las colillas, que se ablandan y expanden.

Llamo a Lewis, cuyo coche está aparcado al final del jardín de Rachel. Le veo agacharse para pasar bajo la cinta y salir de la casa. Se queda de pie en la entrada, con su abrigo oscuro. En silencio, saca el teléfono del bolsillo y mira la pantalla.

—Hola, Nora.

—He encontrado algo.

—¿Dónde estás?

Salgo rápidamente al camino, frente a los árboles espinosos, y agito el brazo.

—Aquí.

Gira la cabeza y entonces me ve. Se detiene. Su rostro es un borrón distante. La corbata se le retuerce con el viento y los pantalones le quedan holgados

Para cuando lo oigo en el camino, estoy helada. Cuando aparece en el hueco que hay entre los árboles, sé por su expresión que tengo una pinta absurda.

Lewis me mira, con el rostro flácido y triste, a través del óvalo en las ramas. «Dos años más», dijo en el coche, pero sé que desearía que no le quedara ninguno. Las ramas espinosas forman un arco sobre él.

Se agacha bajo ellas y se coloca en cuclillas para observar el suelo. Me pregunto si espera no encontrar nada, si cree que he estado vigilando para nada. Al ponerse de pie, se gira y mira la casa, enmarcada en el hueco entre los árboles; un óvalo perfecto, como si alguien hubiera recortado las ramas. Deja caer los hombros.

—Alguien la estaba observando —digo.

—Nora —contesta Lewis—, ¿por qué viniste aquí?

Me saca una cabeza y le plantea la pregunta al espacio que hay encima de mí.

—Quería ver la casa.

Asiente, con la mirada puesta en el acantilado.

—¿Pensaste que alguien estaba observando a Rachel?

—No.

Miramos hacia el valle y las arboledas que forman charcos oscuros sobre la nieve blanca. A la luz del día, un hombre sería invisible aquí arriba y, por la noche, podría acercarse más. Lo imagino rodeando la casa, poniendo las manos en las ventanas.

Un hombre con traje de forense —la fina tela se estira sobre sus zapatos y se tensa en la parte de la cabeza— sube por el camino. Lewis le pide que guarde el material en una bolsa y comenzamos a bajar por la cresta. Delante de mí, Lewis deja un rastro de pisadas en la nieve. Más allá del extremo derecho de la cresta, el bosque a sus pies es una sucesión de entramados.

Bajamos por la roca apresuradamente y aparecemos detrás del prado de los caballos. Sigo a Lewis hasta la carretera, y siento las piernas cada vez más pesadas mientras caminamos penosamente por la nieve.

—¿Tienes hambre? —pregunta.

El Emerald Gate tiene mesas de plástico y fotografías retroiluminadas de los platos sobre la caja registradora. Un joven con uniforme de cocinero levanta una cesta de metal de la freidora y la agita antes de sumergirla de nuevo. El olor a aceite me hace la boca agua. Mi última comida de verdad fue hace dos días, en el pub de Londres.

Observo como las perlas de jazmín se abren en mi té, mareada y fascinada. Me presiono las mejillas con los puños hasta que alcanzan mis ojos. Lewis desliza las rodillas bajo la mesa y parece que la silla le queda pequeña. Me paso el pulgar por la mejilla, que tiene arañazos de las espinas de los árboles.

Nuestra comida llega a la barra. Lewis ha pedido tortitas mu shu y yo también, ya que no podía afrontar tener que tomar una decisión. El ritmo de la comida me calma: poner cucharadas de la mezcla en la delgada tortilla, doblarla en un triángulo, mojarla en la salsa de ciruela. Las preparamos y comemos en silencio mientras la nieve se mueve bajo las farolas.

—Nora —dice—, ¿por qué fuiste a la cresta?

—Te lo he dicho, quería ver la casa.

Tras la barra, el cocinero sirve sopa wonton en recipientes de plástico y el olor salado del caldo flota hasta nosotros.

—¿Dijo Rachel algo en alguna ocasión que te hiciera mirar allí?

—No.

Doblo los bordes de la tortilla. Lewis ha dejado de comer y me observa.

—¿Desde cuándo tenía el perro? —pregunta.

—Desde hace cinco años, cuando se mudó a Marlow. Ella tenía veintisiete.

Mojo la tortilla en la salsa de ciruela.

—¿Pasó algo importante ese año?

—No.

—Pero escogió un pastor alemán.

—Mucha gente lo hace —contesto.

—Encontramos unos papeles en su casa. A ese perro lo crió y lo entrenó una empresa de seguridad de Bristol.

Me quedo quieta con la cuchara a medio camino del plato.

—¿Qué?

—Venden perros adiestrados para defensa.

Recuerdo a Rachel en el césped, dando órdenes mientras Fenno corría a su alrededor. Dijo que tenía que entrenarlo para que no se aburriera.

—Me dijo que lo había adoptado.

—Tal vez tenía miedo —dice Lewis—, por lo que había pasado en Snaith.

Recuerdo que, cuando terminó, Rachel no podía caminar. Tenía todas las uñas rotas por haber luchado contra él.

—¿Crees que fue él? —pregunto.

—No lo sé.

—¿Por qué esperaría quince años?

—Tal vez la estaba buscando.

Capítulo 6

Habíamos ido a una fiesta la noche que la atacaron. Era la primera semana de julio y yo tenía un trabajo en la piscina del pueblo como asistente júnior del socorrista, lo cual significaba que, si tres personas se estaban ahogando en extremos opuestos de la piscina, yo podía rescatar a la más pequeña.

La mañana de la fiesta fue un «día abrasador», según Radio Humberside. «Tengan cuidado ahí fuera», dijo el presentador, cosa que me pareció exagerada. La tostada saltó y la tetera eléctrica silbó. Abrí la puerta corredera con el pie y desayuné con la espalda contra el cristal.

Tenía los pies estirados sobre las piedras del patio y nuestro padre estaba trabajando en una zona de obras en Sunderland. La entrada se libraba de la presencia de su AMC Gremlin, el coche más pequeño y feo del mundo. Rachel decía que éramos «niñas de la llave», aunque técnicamente no lo éramos, ya que la puerta nunca estaba cerrada. Cuando le dije esto, me contestó: «Deja de decir tonterías».

Rachel todavía estaba dormida cuando me marché para ir a la piscina. La persiana de su habitación estaba enganchada en una esquina y la luz brillaba sobre su pálido brazo y su pelo oscuro. Cerré la puerta y bajé haciendo retumbar las escaleras. Mi padre una vez me preguntó si bajaba las escaleras de esta manera a propósito, para hacer el mayor ruido posible. La puerta de malla se cerró de un golpe detrás de mí y me dirigí a la calurosa y vacía calle. Habían embargado la mitad de las casas; caminé sin prisa por el centro de la calle, apartándome el pelo de la cara.

Después de mi turno, en la piscina fui a casa de Alice. Rachel había quedado conmigo en la puerta y observé como se formaba su silueta tras la red metálica.

«¿Qué tal el trabajo, Nora?», me preguntó Alice.

«Sin ahogamientos».

Salimos hacia la fiesta a las nueve. Rachel iba delante y Alice y yo la seguíamos cogidas del brazo. Mi hermana iba con pantalones cortos tejanos y una camisa azul marino holgada. Llevaba sandalias que se ataban al tobillo y tenía una pulsera de tela en la muñeca, y el pelo suelto le caía sobre la espalda. Habíamos echado vodka en una lata de Coca-Cola e íbamos tomando sorbos mientras caminábamos, y todo el alcohol se había quedado flotando en la parte de arriba, así que al llegar a la casa ya estábamos borrachas.

Cuando entramos en la fiesta, todo el mundo empezó a abrazar a los demás, incluidas algunas personas que ya estaban allí juntas cuando llegamos. Rafe me pasó el brazo por encima y me llevó a la cocina. Allí bebí otra Coca-Cola con vodka, y luego otra.

Perdí a Rachel. Jugamos al Yo nunca, pero nadie se acordaba de las reglas, y entonces ella salió de la cocina y se apretujó a mi lado en el sofá. Apoyé la cabeza en su hombro. Olía como si acabara de fumarse un cigarrillo. Le levanté el pelo y me lo llevé a la nariz, para respirar a través de él como si fuera un filtro.

Después de eso, todo se vuelve borroso.

Recuerdo estar vaciando una cubitera en un vaso, luego tirarlo al suelo y estar de rodillas, escarbando bajo la nevera con una mano.

Más gente entraba.

Otro vodka con Coca-Cola.

Rachel estaba en la cocina, con el pelo recogido en un moño alto, bebiendo un vaso de agua y hablando con Rafe. Tenía los pómulos redondos y los labios rosados.

Estaba terriblemente cansada y chocándome con todo. Subí las escaleras, lo cual fue interesante, porque no podía ver por debajo de mis rodillas.

Cerré los ojos. Entonces, alguien se inclinó hacia mí en la primera luz de la mañana, insólita, casi neón. Estaba en una cama individual, durmiendo de lado junto a Alice.

«Nora, me voy caminando a casa. ¿Quieres venir conmigo o quedarte?».

La mano de Rachel estaba sobre mi brazo.

«Me quedo».

Me acurruqué en el hombro de Alice y volví a dormirme.

La cosa fue que, aquella mañana, ni siquiera me volví para mirarla. Lo he imaginado después, una y otra vez. Recostándome sobre mi hombro, girándome para verla. Su rostro se vería pálido bajo la luz azul neón del exterior, con el pelo colgando hacia delante como dos largas cortinas.

«Da igual. Iré contigo».

Capítulo 7

A la mañana siguiente me dirijo al acueducto por la calle Cale. El camino tiene casi veintiún kilómetros y mi plan es caminar lo bastante como para aclarar mis ideas. La noche anterior, en el Emerald Gate, le pregunté a Lewis:

—¿Vais a buscarlo?

—Sí —dijo él.

Tal vez ya esté en Snaith. No me imagino cómo va a ser posible encontrarlo, después de quince años. Ya fue difícil durante las semanas posteriores al ataque.

Me agacho para pasar por un hueco en el seto y salgo al acueducto, por la parte del recorrido a la que la gente trae a sus perros después del trabajo y los fines de semana. El corazón me da un vuelco. Hace tres semanas, Rachel y yo vinimos aquí con Fenno. Le lanzamos una pelota de tenis por turnos. Nos limpiamos las manos en los vaqueros. Cuando un perro de aguas portugués salió de la calle Cale, Rachel se partió de risa con la reacción de Fenno.

Mientras se lanzaba a saludar al otro perro, Rachel se secó las lágrimas de los ojos y su boca tomó la forma de una media luna.

«Está literalmente temblando de felicidad«, dije.

«Lo sé», contestó Rachel, «lo sé».

Rachel escogió al perro por protección. Lo compró hace cinco años, poco después de mudarse aquí. Lewis cree que se sentía insegura viviendo sola en el campo, más expuesta que en Londres. Tal vez pensó que él podría encontrarla.

Me alejo del pueblo caminando junto al acueducto. El combustible que está siempre en mi estómago se enciende y me siento en llamas. No oigo nada, aunque no soy consciente hasta que estoy bastante lejos del pueblo y me doy cuenta de que mis zapatos deben de haber estado haciendo ese ruido sobre el camino desde que empecé a andar.

Acecho entre las granjas, mientras las llamas se extienden por todo mi cuerpo. La rabia no se va. Después de un par de kilómetros, me detengo y lloro con la cara entre las manos. Caigo de rodillas. Incluso con las piernas contra el suelo helado, sigo ardiendo, y el fuego se eriza desde mi columna.

A la vuelta, paso por una avellaneda y una curva, y hay una figura en el camino, delante de mí.

Al acercarme veo que es un hombre con un abrigo largo. Tiene un Staffordshire bull terrier y lo lleva con correa, lo cual es extraño. La mayoría de la gente deja a sus perros correr por el acueducto. Cuando estamos cerca, el perro trota hacia mí para saludarme, tirando del hombre. Este sonríe. Es calvo, con la barbilla prominente y la nariz chata, como un bóxer.

—Esta es Brandy —dice.

Extiendo la mano para que la perra me huela. Aprieta su nariz húmeda contra ella y el dolor se vierte en mí. Le rasco detrás de las orejas y sus ojos se arrugan y la cola se agita de un lado a otro. Aunque hace frío, ha estado sudando. Veo su piel rosada entre las líneas que conforma el pelaje apelmazado por el sudor.

El desconocido no lleva guantes, y la mano que sostiene la correa está roja y agrietada. El ligero abultamiento de su estómago se marca contra el abrigo.

—Buena chica —le digo a la perra.

Esta fija los ojos en los míos con la atención característica de los bull terriers y me pregunto contra quién se lanzaría si él me atacara.

Un cuervo grazna en el campo y, cuando el hombre se gira para mirar, le doy la vuelta a la chapa de la perra. Denton. Viven en la calle Bray, cerca del parque público. No sé si me ha pillado leyéndola.

—¿Suele escaparse? —pregunto, y señalo la correa.

—No —dice él—. Un amigo mío dejó a su Staffordshire suelta y su vecino la disparó.

La perra me huele la muñeca, con los ojos muy abiertos y un poco desviados.

—Antes se usaban como niñeras —digo.

—Lo sé. Mi amigo se lo dijo a la policía. Al que disparó no le pasó nada. Ni siquiera le amonestaron.

Reconozco la cosechadora en el campo que tenemos al lado y me doy cuenta de lo lejos que estamos aún del pueblo. Un kilómetro y medio, por lo menos.

—¿Eres Nora? —pregunta.

No nos conocemos. Tiene barba gris de pocos días y algunas líneas profundas le cruzan la frente.

—Sí.

—Rachel venía a menudo por aquí —dice—. No me lo creo.

De repente, la perra se pone alerta. Me vuelvo y miro detrás de mí, pero el camino está vacío.

—La vi esa misma mañana —dice él.

Se me seca la boca. La manga de su abrigo tiene un pequeño desgarro en el dobladillo. ¿Se lo hizo mi hermana?

—¿Dónde?

—En su casa. Había una fuga de agua en el baño. Pasaron unos cuantos días hasta que se dio cuenta. Hay una grieta en mitad del techo.

Me enderezo. Estamos solos, entre campos monótonos y removidos. Miro su mano roja retorcer la correa.

—¿Y te llamó?

—Soy fontanero. Si necesitas ayuda con la casa o lo que sea, házmelo saber —dice.

Lleva el abrigo cerrado hasta la barbilla que deja solo las manos y la cabeza expuestas. Busco rasguños o moretones, pero, si los tiene, están escondidos.

—Mi madre murió el año pasado. Hay mucho que resolver, estaría encantado de ayudar.

Se aleja caminando. Empiezo a ir en dirección a Marlow y, una vez lo pierdo de vista, corro.

Mi teléfono no tiene cobertura hasta que llego a la calle Cale.

—¿Han interrogado ya a alguien llamado Denton?

—Sí —contesta Moretti—, Keith Denton.

No pensaba que me lo fuera a decir. Creía que los interrogatorios de la policía eran confidenciales, y por un momento me pregunto a quién le ha contado que habló conmigo.

—Estuvo en casa de Rachel el viernes.

—Lo sé. Uno de los vecinos vio su furgoneta. Lo interrogamos en comisaría el sábado.

—¿Por qué lo dejaron marchar?

—No tenemos fundamentos para arrestarlo. Nuestros técnicos todavía están haciéndole pruebas a la furgoneta. Tiene prohibido abandonar la zona.

—¿Comprobaron si tenía heridas?

Rachel tenía heridas defensivas y el perro estaba entrenado por una empresa de seguridad. Habría intentado protegerla.

—No encontramos ninguna prueba para incriminarlo. Según dice, Rachel estaba perfectamente cuando él dejó la casa.

—¿Dónde estuvo entre las tres y las cuatro?

—Descansando.

—¿Dónde?

—En su furgoneta, junto al estanque. Pasó la noche anterior en vela en un trabajo en Kidlington.

—¿Lo vio alguien?

—Estamos confirmando sus movimientos con testigos y cámaras de seguridad.

Debe de sacar algún provecho por contarme esto. Debe de ser una técnica. Me pregunto si piensa que esta información desencadenará algún recuerdo en mí. Que Rachel se encontraba con sus amantes en el estanque, tal vez, o que el lugar tiene algún significado.

—¿Era él quien la observaba desde la cresta?

—Nora, todavía no lo sé. Sabremos más cuando lleguen los resultados del laboratorio.

La calle principal se ve extraordinariamente hermosa y civilizada, y tiemblo de alivio por no estar más tiempo a solas con él.

El toldo amarillo del Miller’s Arms golpetea en el viento. Las suaves nubes se ven como mármol en el reflejo de las ventanas de la biblioteca. Hay una docena de personas en la calle y una de ellas, una mujer de pelo oscuro y ojos azules de caleidoscopio se para frente a mí.

—Nora, lamento mucho lo de tu hermana.

—¿Eres del hospital? —pregunto.

Ella niega con la cabeza.

—¿Te apetece una taza de té?

Sonríe y me aprieta el brazo, y tengo la sensación de que la gente de aquí va a cuidar de mí. Vamos al Miller’s Arms. Dispone el té delante de mí y me sonríe, alentadora. El alivio de estar con otra persona, en el calor de la compañía, me hace hundirme en la silla.

Es posible que acabe de conocer a su asesino. Esta información me ruge en los oídos. Aunque sea solo unos minutos, quiero un lugar seguro.

Solo había estado en el Miller’s Arms una vez. Mi bebida era blanquecina y espumosa y tenía una violeta flotando en la superficie. Eso me encantó.

—Joder —exclamó Rachel.

Su pastel de pescado llegó con una pinza de cangrejo moteada saliendo de la masa, lo que la apaciguó.

—¿Compensa lo de la violeta? —pregunté.

—No, definitivamente no.

—Lo siento —digo ahora a la mujer que tengo delante—. No recuerdo tu nombre.

Ella deja la taza y el tintineo contra el plato es muy doméstico, muy incongruente.

—Sarah Collier. Trabajo en el Telegraph.

Me doy cuenta, con un latigazo de vértigo, de que el resto de la gente de la sala nos está mirando. Me levanto y salgo a la calle.

Sarah me alcanza fuera. Ha dejado su abrigo en el pub y está ahí de pie, temblando, con un jersey color crema y las manos metidas bajo los brazos.

—No voy a preguntarte nada. Solo estoy aquí por si necesitas hablar.

—No voy a hablar con la prensa.

—¿Te dijo Alistair que dijeras eso? —pregunta—. No tienes que escuchar todo lo que te dice.

No quiero que Sarah sepa dónde estoy viviendo, así que camino hacia la plaza. Cuando me giro a mirar, la puerta del Miller’s Arms se cierra tras ella. Paso la plaza y giro hacia la calle Salt Mill. A un lado hay un monumento conmemorativo, y mi primer pensamiento es que es para Rachel. Me llevo la mano a la boca. Hay velas y pilas de flores blanquecinas. Entonces veo la camiseta de fútbol clavada en la valla y una carta donde pone «Callum».

La pequeña casa adosada detrás de la valla parece vacía. Rachel me dijo que murió en septiembre, su familia no la habrá vendido todavía. Espero hasta que la calle está desierta y me agacho para leer algunas de las cartas. Los mensajes muestran a personas aprisionadas por su muerte y angustiadas por ella. Muchas lo describen como un héroe. O nadie sabía cómo era, o lo sabían y no les importaba.

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9788417333935
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