Читать книгу: «La guerra de los judíos. Libros I-III»

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BIBLIOTECA CLÁSICA GREDOS, 247


Asesor para la sección griega: CARLOS GARCÍA GUAL .

Según las normas de la B. C. G., la traducción de este volumen ha sido revisada por FRANCISCO JAVIER GÓMEZ ESPELOSÍN .

© EDITORIAL GREDOS, S. A. Sánchez Pacheco, 81, Madrid, 1997.

www.editorialgredos.com



El apéndice final ha sido elaborado por ENRIQUE GONZÁLEZ ALONSO .

REF. GEBO339

ISBN 9788424932688.


INTRODUCCIÓN
1. HISTORIOGRAFÍA GRIEGA E HISTORIOGRAFÍA JUDÍA

Con la Guerra de los judíos de Flavio Josefo nos topamos con un auténtico clásico del judaísmo que es fruto y, en cierta medida, la culminación de una larga tradición de literatura hebrea en lengua griega. Además, es prácticamente la única fuente de que disponemos para el conocimiento de la toma de Jerusalén y la catástrofe del pueblo judío a partir del año 70. La Diáspora de los hebreos a través de las diferentes regiones del mundo helenístico dio lugar a una amplia literatura expresada en griego. Ya desde antiguo tenemos constancia de la existencia de comunidades judías plenamente asentadas y helenizadas, que a partir del siglo III y, sobre todo, del II a. C. emprenden una actividad propagandística y apologética para dar a conocer sus tradiciones ancestrales frente a los dominadores griegos y, luego, romanos 1 .

Desde el período helenístico la literatura judía muestra un gran interés por el pasado del pueblo de Israel: se seleccionan los temas, personajes, principios y momentos más destacados y gloriosos del pasado y se exponen en la lengua y forma literaria que va a alcanzar mayor difusión en estos momentos 2 . Por ello no es de extrañar que la historiografía sea uno de los géneros más fecundos del judaísmo de lengua griega. Ahora bien, este género historiográfico cambia sensiblemente con el paso del período helenístico al romano, en consonancia con los cruciales acontecimientos de esta etapa para el pueblo judío 3 . Los autores helenísticos se dedicaron a reescribir el pasado bíblico, más que a narrar la historia contemporánea, que es lo que precisamente va a ocurrir bajo la dominación romana 4 . Tal es el caso de Demetrio, que escribió sobre Jacob y José, Aristeas sobre Job, Cleodemo y Pseudo-Eupólemo sobre Abrahán y Moisés o Eupólemo sobre David y Salomón, frente a los prácticamente únicos casos de historia contemporánea, como los Libros I y II de los Macabeos , que narraban la actividad de los judíos contra los seléucidas, o Sobre los judíos de Pseudo-Hecateo, citado por Josefo 5 como fuente para el conocimiento de la situación de los hebreos en el reinado de Alejandro Magno.

La historiografía del período imperial se centrará, más bien, en los sucesos del momento, vitales para la situación posterior del judaísmo. Hay tres fechas clave, en torno a las que girarán todas las referencias literarias, que marcan los hitos del proceso de crisis del antiguo Israel: la conquista de Palestina por Pompeyo en el 63 a. C., la destrucción del Templo de Jerusalén en el 70 d. C. por Tito y la revuelta de Bar Kokba con la consiguiente represión y última destrucción del Templo y de la Ciudad Santa por parte de Adriano en 132-135. No olvidemos tampoco que esta actitud era habitual entre los historiadores de la época, que tendían a autoelogiarse como testigos fiables de su tiempo, hasta el punto de que el escritor de historia contemporánea tenía más prestigio que el de la pasada 6 . Ello no quiere decir que se dejen de lado los relatos del pasado bíblico, sino todo lo contrario. La mayoría de estos autores escribirán los dos tipos de historia y, aún más, compondrán una historia total, integrando las leyendas bíblicas con los acontecimientos presentes. Es entonces cuando la tradición bíblica se funde con la tradición historiográfica griega de una forma consciente y explícita 7 .

Esta producción historiográfica judía de época romana se ha perdido casi en su totalidad y, a excepción de Filón de Alejandría y Flavio Josefo, sólo quedan unos pocos fragmentos, cuya cronología no siempre es fácil de precisar 8 : la Guerra de los judíos y Contra Apión de Josefo, Contra Flaco , la Embajada a Cayo y Sobre la vida contemplativa de Filón, La historia de la guerra judía de Justo de Tiberíades, persona con la que rivalizará literaria y políticamente nuestro autor, las Memorias de Herodes y los fragmentos de Judas y Aristón de Pela reflejan la situación presente de los hebreos bajo la dominación romana. Las adversas circunstancias que ahora vive el judaísmo hacen que no sea suficiente para su apologética propagandística repetir los más destacados pasajes bíblicos, como ocurrió en la etapa helenística, sino que ahora, conscientes de hallarse ante una época clave y transcendental, hay que ir más lejos y recoger por escrito estos momentos para defenderse y justificarse ante el mundo grecorromano 9 . No obstante, la mayor parte de estos historiadores judíos han compuesto también otras obras históricas que relatan tiempos bíblicos. Tal es el caso de las Antigüedades bíblicas de Josefo, Hypothetica y las biografías de Abrahán, José y Moisés de Filón, la Crónica de los reyes judíos de Justo de Tiberíades y las Historias de Talo.

Y, aunque con ciertos matices muy personalizadores, es en Flavio Josefo en quien vemos llegar a su máximo apogeo la tradición historiográfica judía, precisamente en un autor que ha abordado tanto la historia pasada de su pueblo como la presente, integrándola de un modo magistral en sus Antigüedades . Aparte de las obras ya mencionadas, Josefo es autor de una Autobiografía , en la que relata su vida y, sobre todo, ataca y se defiende de las acusaciones de su rival Justo de Tiberíades, y del discurso Contra Apión , respuesta apologética ante los ataques antisemitas, tanto literarios como políticos, que en época romana se extiende por todo el Oriente. No nos han llegado más escritos, aunque tenemos noticias de otros. Al final de las Antigüedades , XXII 12, el propio Josefo nos menciona otras obras en proyecto: un resumen de la Guerra con la historia posterior a la toma de Jerusalén y Sobre las costumbres y las causas , título de un trabajo sobre Dios y las Leyes citado en Antigüedades IV 198. Incluso Eusebio de Cesarea 10 le atribuye, erróneamente, el Libro IV de los Macabeos y Focio 11 habla de Josefo como autor de la obra Sobre la esencia de todo o Sobre la causa de todo , que más bien pertenece al cristiano Hipólito 12 .

Como ya ocurrió en el período helenístico, los autores judíos del período romano van a seguir haciendo uso de las formas griegas en la exposición y exaltación de la historia de su pueblo, van a volver sus ojos a la propia historiografía griega para así llegar a un público más amplio, en el marco de esa propaganda y apologética señaladas más arriba.

Desde el siglo III a. C., la historiografía griega había sido aceptada por varias culturas como vehículo de expresión, el babilonio Beroso o el egipcio Manetón, son ejemplo de ello. Esta pugna entre el deseo de integración con el Helenismo y el intento de mantenerse fiel a sus tradiciones étnicas propias es una constante en estas culturas, como también lo será entre los judíos. Estos últimos contaban, además, con una tradición muy consolidada de historiografía bíblica que, en muchos casos, se fundirá con los hábitos griegos. El punto fundamental de todo ello es el público a quien van dirigidas estas historias. Tales autores buscarán ser leídos por griegos y romanos, además de por los propios compatriotas, plenamente helenizados. Por eso hay que expresarse en lengua griega y en las formas literarias tradicionales griegas, habituales y conocidas por este posible auditorio. Ello no es óbice para que durante este período sigamos asistiendo también a un prolífico desarrollo de la literatura judía de tradición bíblica. Me estoy refiriendo a obras inspiradas en forma o contenido en el Antiguo Testamento que entre los siglos II a. C. y II d. C. darán lugar a un amplio elenco de apócrifos y pseudoepígrafos. Tanto estos textos «sagrados» como los históricos ya comentados son casi los únicos testimonios escritos de la historia del judaísmo en estos momentos de destrucción del Templo y de sucesivas insurrecciones, ante la ausencia prácticamente general de fuentes directas de estos acontecimientos 13 . Ahora bien, mientras que esta literatura bíblica está orientada al fortalecimiento y consuelo de la propia comunidad judía en las adversidades del momento, la historiografía adquiere un carácter apologético de justificación e, incluso, de integración ante los dominadores romanos.

2. LA PALESTINA ROMANA DE FLAVIO JOSEFO

Flavio Josefo no sólo es testigo de uno de los momentos más importantes del pueblo judío, sino que además es auténtico protagonista de algunos de sus acontecimientos 14 . Mucho había cambiado la situación desde que los Asmoneos se habían librado del poder seléucida y habían creado un estado y una dinastía nacionales. Los hebreos, que a lo largo de su devenir histórico han tenido que soportar la sumisión a dominios extranjeros, disfrutaron entonces de un auténtico florecimiento. Pero la ambición de sus dirigentes y el enfrentamiento interno entre las diferentes facciones políticas, religiosas y sociales fue minando la estabilidad de este estado judío y facilitó la irrupción de Roma en Palestina. Pompeyo invade el país en el año 63 a. C. y lo anexiona a la provincia romana de Siria. No es propiamente una anexión, pues Israel mantendrá un cierto status independiente, aunque, eso sí, sometida a la supervisión del gobernador de Siria 15 . De ahí que los reyes asmoneos y, luego, los de la familia de Herodes permanezcan aún con determinadas prerrogativas políticas y, sobre todo, religiosas: Hircano II y Antígono son los últimos monarcas de la dinastía de los Asmoneos. Entre el 37 y el 5 a. C. permanece en el trono judío Herodes el Grande, a cuya muerte se producen disturbios populares y la división del reino en tres territorios, uno para cada hijo, Arquelao, Herodes Antipas y Filipo. A su muerte Roma fue incorporando, ahora de una forma real y efectiva, a su provincia de Siria los reinos de Arquelao y Filipo. Sólo el territorio de Herodes Antipas tiene cierta continuidad con Agripa I, que gobernará hasta el 44 d. C. Tras este rey el emperador Claudio convierte la totalidad de Palestina en territorio romano a las órdenes de un procurador. Un poco más tarde este mismo emperador concedió un pequeño reino a Agripa II, personaje que siempre mostrará una sumisión total a Roma, en especial durante la revuelta judía, lo que le acarreará la ampliación de sus dominios después de la guerra 16 .

La política de los nuevos mandatarios romanos no acaba con los problemas internos judíos. La provincia de Judea es en este siglo I de nuestra era extremadamente heterogénea. Se detecta un notable contraste entre las ciudades helenizadas de la costa y las del interior, que no hace sino reproducir la eterna oposición entre los judíos de Palestina y los de la Diáspora, entre el apego a las tradiciones ancestrales y la apertura a nuevas culturas. A ello hay que añadir el tema de las sectas y de las fuertes desigualdades sociales. Todo ello dio lugar a movimientos ideológicos, revolucionarios, sectarios, etc… que van a desembocar en la insurrección antirromana.

En concreto, surgen brotes nacionalistas muy activos que chocan con actitudes favorables a Roma. El resultado de todo ello ya es conocido. La población judía se levanta el año 66 d. C. contra las autoridades romanas y empieza la guerra que culminará con la destrucción del Templo y de la ciudad de Jerusalén. La chispa que encendió el conflicto fue la actitud del procurador romano Gesio Floro que se atrevió a tocar el Tesoro del Templo. Esto, junto con otras acciones criminales, levantó los ánimos del pueblo. Tras un primer momento de división en la población entre los rebeldes y los partidarios de la paz, son las clases altas sacerdotales y los fariseos los que se ponen a la cabeza de la revuelta: José, hijo de Gorión, Anano, Jesús, hijo de Safias, Eleazar, hijo de Ananías, y nuestro Josefo. A partir de aquí sería muy largo relatar todos los incidentes, intrigas y batallas que jalonan esta guerra judía contra Roma. Tras la sumisión de Galilea en el 67 por parte de Vespasiano, los ojos de las legiones están puestos en Jerusalén, donde ante el asedio surgen facciones internas enfrentadas. En el 70 la ciudad cae por fin en manos de Tito, mientras Vespasiano acababa de ser nombrado emperador.

Pero la contienda bélica no acaba ahí: toda Palestina quedó bajo el poder de la legión X Fretensis, a las órdenes de Sexto Lucilio Baso y luego de Lucio Flavio Silva, que se dedicarán a la toma de los tres reductos judíos que quedaban, Herodion, Maqueronte y Masadá. Incluso, tras la caída de estos enclaves, se produce una nueva revuelta en Egipto y Cirene que también se convierte en un fracaso y una derrota para los judíos. En definitiva, en esta obra de Josefo asistimos a los últimos momentos de la existencia nacional del pueblo judío, antes de dispersarse por gran parte del mundo conocido.

En este contexto histórico nuestro autor participa activamente de los acontecimientos de antes, durante y de después de la guerra. Él mismo fue uno de los comandantes del ejército judío sublevado en el frente septentrional de Galilea. Fue hecho prisionero en el asedio de Jotapata en el 67, y en el campamento romano tuvo lugar uno de los hechos más curiosos de la biografía de Josefo. Profetizó a Vespasiano que sería nombrado emperador, tanto él como su hijo Tito. Como consecuencia de esta predicción, que realmente se cumplió, Josefo no sólo fue liberado, sino que llegó a ser amigo y consejero de Tito hasta que acabó la contienda. Desde entonces no se separó de la familia de los Flavios, bajo cuya protección vivió en Roma alrededor de 30 años, desde que acabó la guerra hasta finales del siglo I .

Resulta paradógico este cambio de actitud. Un personaje que procedía de la alta nobleza de Jerusalén, cuyo nombre originario era Joseph ben Matthias, un sacerdote que pretendió ser fariseo, se convierte en miembro de la corte imperial romana y adopta los tria nomina de la ciudadanía romana 17 . Esto le ha hecho merecedor del apelativo de «tránsfuga» y de «traidor». Un estudio más profundo de los hechos y escritos de Josefo, inmerso en los avatares de la Palestina de su tiempo, perfila esta simplista y precipitada calificación.

Josefo, incluso en Roma, continúa fiel a su pueblo y a su Dios. Su integración en la vida social y cultural del mundo greco-romano no es incompatible con el judaísmo. La Diáspora hebrea es, desde hace tiempo, un claro ejemplo de ello, y ahora, fuera de Palestina, nuestro autor es un miembro más de ese grupo de judíos desplazados de su tierra. Flavio Josefo fue un judío romano, un intermediario que trató de armonizar ambos mundos. Su actitud hacia Roma es positiva, ya que ve en ella una garantía de libertad y de independencia para Palestina. Su postura demuestra un convencido realismo político que distingue entre el Imperio Romano y sus representantes. Elogia a Julio César, Augusto, Vespasiano y Tito, mientras que recrimina de corruptos y criminales a Calígula, Nerón y Gesio Floro, el último procurador de Judea durante los años 64 y 65. Como veremos con detalle después, tal actitud llevará a Josefo a exculpar a Roma de la responsabilidad en este conflicto e imputarla a una minoría nacionalista de su pueblo, dado que, a su juicio, la población judía era en general favorable a la presencia romana. En este sentido la obra de Josefo permite estudiar la relación del pueblo judío con Roma durante un período histórico fundamental para Roma y Palestina, es decir, para la Palestina romana 18 .

Pero no todos los problemas de Judea residían en su enfrentamiento con Roma. El pueblo hebreo presentaba entonces una serie de conflictos sociales, en parte definidos por la guerra y sus hechos concomitantes, que habían dado lugar a un sinfin de esperanzas políticas y religiosas de tipo mesiánico, como lo demuestra la literatura apocalíptica apócrifa, en especial algunos de los Oráculos Sibilinos, Jubileos, Henoc , el Testamento de los doce Patriarcas y los Salmos de Salomón , concretamente el XVII 19 . Estos movimientos de masas fueron el caldo de cultivo de la insurrección contra Roma y no hay que perderlos de vista para poder entender de una forma completa las claves del conflicto. Nuestro autor no es una buena fuente de información para esta realidad, a pesar de que su relato presenta toda una gama de movimientos sociales, que van desde el bandolerismo tradicional de carácter rural al mesianismo auténtico 20 . Su inclinación filorromana es totalmente partidista y no lo disimula. Únicamente su obra deja entrever parte de este conflicto interno judío en la polémica política y literaria que Josefo mantiene con el historiador Justo de Tiberíades. Este personaje, activista también en la guerra, compuso otra Historia de la guerra judía , conocida también con el título de Contra Vespasiano 21 . Esta obra es una importante fuente complementaria de la Josefo para reconstruir los acontecimientos de Galilea y es quizá una de las pocas voces discordantes del judaísmo antirromano que ha podido traspasar la barrera de la historia oficial impuesta por Flavio Josefo 22 . Por lo poco que sabemos, la historia se centraba en la campaña de esta región anterior a la llegada de Vespasiano 23 , aunque lamentablemente no nos ha llegado más que un pequeño fragmento conservado por los copistas cristianos por hacer referencia a Jesucristo 24 . Seguramente en esta obra Justo atacaría a Josefo por esa actitud «poco definida», entre judío y romano, en la contienda bélica, lo que provocaría la airada reacción que se materializa en la Autobiografía . Josefo le acusa de agitador y extremista, y le responsabiliza de la insurrección de su ciudad contra los romanos 25 . El hecho de no tener ante nuestras manos esta otra versión escrita del mismo asunto nos impide llegar a saber la auténtica verdad sobre la guerra de los judíos contra Roma. Hemos de ser plenamente conscientes de ello a la hora de enfrentamos al texto de Josefo, que sin lugar a duda constituye la más importante fuente para la historia del pueblo judío durante el siglo I , durante los años precedentes a la revuelta, la propia guerra contra Roma y los años inmediatamente posteriores, cuando el judaísmo pasa por un momento de reconstrucción.

3. LA COMPOSICIÓN DE «LA GUERRA DE LOS JUDÍOS »

El primer problema que se nos plantea al enfrentarnos a esta obra de Josefo es el del título de la misma. La mayoría de los manuscritos y la tradición cristiana, sobre todo los autores más tardíos, hablan de la Destrucción del templo y de la ciudad de Jerusalén, Perì halṓseōs 26 , mientras que las ediciones modernas van encabezadas habitualmente por Historia de la guerra judía o simplemente La guerra judía, Perí toû Ioudaïkoû polémou 27 . No tenemos testimonios feacientes de cuál es el epígrafe que se remonta al propio autor, ya que Josefo emplea uno u otro término, hálōsis y pólemos , para referirse a los momentos clave de su relato 28 , aunque hay que reconocer que el segundo de ellos se acomoda más al relato original, que abarca toda la guerra contra Roma, y no sólo la toma de Jerusalén 29 .

Ante esta doble denominación se ha llegado a hablar de dos redacciones de la obra: una versión más antigua y simple, La destrucción del templo y de la ciudad de Jerusalén , y otra posterior más elaborada, La guerra de los judíos 30 . No obstante, no se puede demostrar esta hipótesis, por lo que más bien habrá que considerar una doble tradición: el cristianismo, que fijó su atención en la conquista de Jerusalén como lo más destacado de la obra de Josefo, y una línea menos confesional, que ha transmitido una denominación más acorde con los hábitos de la historiografía clásica, similar, por ejemplo, a la Guerra de las Galias de Julio César o la Guerra de Yugurta de Salustio, entre otras.

El tema de la fecha de composición, en cambio, parece más definido. La fecha post quem hay que situarla en la dedicación del Templo flaviano de la Paz en el 75, en el sexto año del consulado de Vespasiano y el cuarto de Tito 31 . Este acontecimiento se cita en el último libro de la obra (VII 158). Por otra parte en la Autobiografía (359-361) y en el Contra Apión (I 50-51) Josefo manifiesta que ha entregado una copia de la Guerra al emperador Vespasiano, que muere en el 79. Por tanto las coordenadas cronológicas hay que situarlas entre el 75 y 79, aunque algunos autores las hacen llegar hasta el 81 32 , ya en el reinado de Tito. S. J. D. Cohen 33 ha propuesto dos fechas distintas de publicación, una para los seis primeros libros, en los límites temporales antes señalados, y otra para el libro VII, una adición de la época de Domiciano, de un estilo literario notablemente distinto e inferior. Las diferencias estilísticas, en todo caso inferiores, de esta parte, así como la preeminencia dada a este emperador, hacen pensar en una composición posterior del libro, si bien hay que hacer notar que en el proemio de la obra Josefo nos habla ya de él.

Otra cuestión, no exenta de discusión, pero fundamental para clarificar la composición de la obra es el de la lengua de su redacción. El texto que nos ha llegado está en griego, que se remonta al propio Josefo, aunque no es el originario de la primera versión. Ya en el comienzo de la obra se indica que nos hallamos ante una traducción del arameo: «Por este motivo he decidido relatar con detalle, en lengua griega, a los habitantes del Imperio Romano lo que antes había escrito en mi lengua materna 34 para los bárbaros de las regiones superiores» (I 3).

En realidad no es una simple traducción, sino una reescritura, una paráfrasis, de un relato anterior 35 , sobre todo si se tiene en cuenta el concepto de Josefo sobre la traducción, de que hace un abundante uso en sus Antigüedades . Según él, esta última obra es una traducción de las Sagradas Escrituras 36 .

El pasar del arameo al griego supone un cambio de mentalidad y de óptica por parte de nuestro autor. Josefo, que hablaba y escribía en arameo, se dirige en un primer momento sólo a los judíos no helenizados de Oriente. Cuando se traslada a Roma y se convierte en un protegido de la familia imperial pasa a ser un escritor de lengua griega que se dirige a la clase dominante del momento y también a los judíos de la Diáspora helenística, el grupo más numeroso de sus compatriotas desplazados de su tierra. Flavio Josefo podría haber compuesto su obra en latín, que sin duda aprendería durante su estancia en Roma, aunque era consciente de que el griego era la lengua «oficial» o, al menos, culta del Oriente, donde estaba dispersa la mayor parte de la población judía 37 . El haber optado por el griego y no por el latín para «internacionalizar» su obra es indicio de que, a pesar de su conversión en ciudadano romano, Josefo nunca perdió de vista sus raíces hebreas, sin que ello suponga menospreciar las motivaciones políticas que también guiaron a Josefo en la composición de su Guerra 38 .

En cualquier caso, sea cual sea el texto original, el texto arameo ha desaparecido por completo 39 , tanto directa como indirectamente, aunque ha habido intentos de ver rastros de ella en las versiones siríaca y eslava 40 . Como se dirá más adelante, todas las versiones conservadas derivan del griego.

La guerra de los judíos está compuesta en siete libros que se corresponden con el plan de la obra trazado por Josefo en el proemio de la misma 41 . El relato de la guerra propiamente dicha ocupa los libros III al VI, mientras que el I y II es un resumen de los acontecimientos anteriores y el VII es un añadido con las últimas operaciones militares en Palestina, Egipto y Cirene y los honores recibidos por los Flavios en Roma. Tras el proemio (1-30), la historia parte de la sublevación de los Macabeos y, a través de los reyes asmoneos, llega al final del libro I con la muerte de Herodes, abarcando desde el 167 al 4 a. C. (31-673). En esta sucesión de luchas y maquinaciones entre Hircano II y Aristobulo II, Alejandro, Antípatro, etc… Josefo sólo detalla el reinado de Herodes el Grande. Como ya hizo Tucídides, a quien Flavio Josefo sigue muy de cerca, se intentan buscar las causas y los antecedentes del enfrentamiento bélico en el análisis de la historia anterior, desde el conflicto de los judíos con el monarca seléucida Antíoco IV Epífanes. En el libro II, que abarca desde el 4 a. C. al 66 d. C., se describen los sucesores de Herodes, Arquelao, Antipas, Filipo, Agripa I y Agripa II, y los primeros procuradores romanos (1-270). Con las actividades de los últimos procuradores se entra en las primeras llamaradas de la revuelta, como es el caso del conflicto de Cesarea (271-565) y las primeras actuaciones de Josefo en Galilea (566-646). La historia previa de la guerra, desde Judas Macabeo hasta el estallido de la misma, se corresponde con los libros XIII al XX de sus Antigüedades judías , y resulta de un gran interés, tanto histórico como de crítica textual, comparar los pasajes superpuestos y coincidentes. El libro III se centra en al campaña de los romanos en Galilea hasta el otoño del 67, con la llegada de Vespasiano a la región (1-34), la toma de Jotapata (106-339) y la captura de Josefo (340-408) como hechos más destacados. El IV recoge las visicitudes de finales del 67 hasta el otoño del 69: las últimas operaciones en Galilea (1-120), la toma de Gamala, la situación interna de Jerusalén con Juan de Giscala a la cabeza (121-409), los cambios políticos en Roma por la muerte de Nerón y la ascensión al trono de Vespasiano que, después de conquistar la mayor parte de Judea, marcha a Alejandría (410-663). El asedio de Jerusalén a las órdenes de Tito ocupa todo el libro V, desde la primavera hasta junio del 70. En el VI, hasta septiembre de ese mismo año, se narra la caída de Jerusalén y la quema del Templo. Con el libro VII se abordan los epílogos de la guerra, del año 70 al 74: el retorno triunfal de Tito a Roma (1-62), la toma de los últimos reductos judíos como Maqueronte (163-215) y Masadá (252-406), así como los nuevos brotes revolucionarios de Egipto y Cirene (407-453).

A lo largo del relato de todos los incidentes, intrigas y batallas de la guerra y de su historia precedente el autor desarrolla una serie de excursus sobre aspectos geográficos, institucionales, religiosos, filosóficos, etc…, del mundo judío y romano. Así vemos en la descripción geográfica 42 de Ptolemaida (II 188-191), Galilea (III 35-58), Gennesar (III 506-521), Jericó (IV 451-475), el Mar Muerto (IV 476-485), Hebrón (IV 530-533), Egipto (IV 607-615), Jerusalén y el Templo (V 136-247), Maqueronte (VII 164-189) y Masadá (VII 280-303), la digresión sobre el ejército romano (III 70-109), que nos recuerda a las observaciones de Polibio en las guerras púnicas, y las sectas judías, en especial, sobre los esenios (II 119-166).

Como ya hemos dicho, al final de las Antigüedades judías (XXII 267-268) Josefo anuncia una nueva síntesis de la guerra y un relato de los hechos acaecidos hasta el año 94, fecha probable de composición de esta obra. Sin embargo nuestro autor nunca llevó a cabo tal empresa.

4. FUENTES

Según manifiesta Josefo en el proemio de su obra (I 1 ss.), su presencia directa en los hechos narrados constituye uno de los ingredientes fundamentales de su historia, aunque son diversas las fuentes que se dejan sentir a lo largo de los siete libros de La guerra de los judíos . El tema de las obras y autores seguidos por el autor judío es bastante complejo, habida cuenta de que, salvo excepciones, no tiene por costumbre nombrarlos en esta obra. Por otra parte, la presencia in situ de nuestro autor en los eventos contemporáneos tampoco es prueba de una fidelidad absoluta a la realidad. Tal es el caso, por ejemplo, del tan importante relato de la intervención de Josefo en esta guerra, en el que el historiador se muestra muy descuidado y contradictorio, si comparamos el texto de la Autobiografía y de La guerra 43 .

En lo relativo a gran parte de los acontecimientos específicos de la guerra el grueso de su información se basa en observaciones personales, relatos de tránsfugas o en otros testimonios orales de origen judío, sin que ello suponga restar importancia a las fuentes escritas. En cambio, estas últimas son imprescindibles en el caso de la historia anterior a la revuelta, que ocupa una extensión importante de la obra.

La documentación escrita que Josefo pudo consultar para la confección de su libro varía según se trate de la guerra propiamente dicha o de los acontecimientos previos de Palestina. Para lo primero, aparte de las anotaciones y apuntes que el propio Josefo hizo durante el asedio de Jerusalén 44 , sabemos de la existencia de Memorias o Comentarios de los emperadores romanos que participaron en la contienda bélica, en este caso de Vespasiano y Tito. Josefo reconoce que se ha servido de estos escritos 45 , y concretamente parece seguir tales Comentarios 46 en la descripción de las operaciones militares de Galilea, Judea y Jerusalén, en el relato de la marcha de Tito desde Egipto a Cesarea 47 , así como en el ya mencionado pasaje de la organización de las legiones romanas del libro III. Igualmente hay que contar con escritos de otros personajes que también participaron en la contienda de forma directa. Minucio Félix 48 habla de un tal Antonio Juliano, que probablemente escribió sobre la guerra de Vespasiano. Quizá se trate de Marco Antonio Juliano, procurador de Judea mencionado por Josefo 49 . La valoración que el autor hace de estas fuentes es muy diversa, por una parte va a descalificar a aquellos que, aunque estuvieron presentes en los hechos, han falsificado la verdad por su deseo de halagar a los romanos o por odio hacia los judíos, y por otra va a basar la objetividad de su relato en los testimonios escritos de los emperadores que han tomado parte en la guerra. Ese es el argumento principal de su polémica con Justo de Tiberíades, a quien reprocha el hecho de contradecirse con las Memorias de Vespasiano 50 . Josefo, una vez concluida su obra, se la presentó a Vespasiano, a Tito, al rey Agripa II y a otros protagonistas del momento para que refrendaran su veracidad y exactitud histórica. Tito recomendó la publicación de la obra y Agripa II escribió una serie de cartas apoyando el relato de Flavio Josefo 51 .

Además, seguramente, en lugares puntuales Josefo ha seguido a otros autores romanos, aunque es algo que no es posible precisar por la desaparición de tales fuentes. Se han buscado paralelos, en su mayoría indemostrables, con la Historia natural de Plinio y con las Historias de Tácito, que pueden ser meras coincidencias o correspondencias por haber bebido de una fuente común. Desafortunadamente no han sobrevivido esas otras historias de la guerra criticadas por Josefo en el proemio de su obra, sólo conocemos el nombre de Justo de Tiberíades y poco más, por lo que no podemos calibrar el hipotético grado de dependencia con ellas.

Hay que contar también con que Flavio Josefo durante su larga permanencia en Roma como protegido imperial ha tenido acceso a documentación política y militar sobre Palestina en los archivos oficiales.

Más claro parece, en cambio, el origen del relato de los acontecimientos anteriores al estallido bélico, desde el capítulo 31 del libro I hasta el 283 del II, es decir, desde Antíoco IV Epífanes y la revuelta macabea hasta el procurador Gesio Floro. El relato es muy desigual, solamente detalla el reinado de Herodes y la llegada al poder de Arquelao, lo que demuestra la disparidad de sus fuentes. Esta desproporción no tiene que ver directamente con la relevancia del personaje o época en cuestión, sino con la documentación escrita que existía para ello. El modelo fundamental en este período lo constituyen las Historias de Nicolás de Damasco, amigo y confidente griego de Herodes el Grande 52 , cuyo relato terminaba con el principio del reinado de Arquelao. Para el estudio de este período cronológico podemos ayudamos de los pasajes paralelos de las Antigüedades judías . En esta obra se citan nombres de otros autores, griegos y romanos, que han podido servir de modelo para nuestro autor también en el caso de La guerra , aunque en este caso no se haga referencia a ellos. En su mayor parte se trata de fuentes desaparecidas o de las que sólo conservamos exiguos fragmentos 53 . Existió una gran obra histórica universal de Estrabón que narraba desde Alejandro Magno hasta el principado de Augusto. Josefo se inspira en ella para el período de los Asmoneos, desde Juan Hircano hasta Antígono, al menos en los libros XIII al XV de las Antigüedades 54 . Tenemos noticias de un tal Timágenes de Alejandría citado por Josefo para la historia de Antíoco Epífanes 55 , Aristobulo I 56 y Alejandro Janeo 57 . Quizá Posidonio de Apamea, Asinio Polión y otros historiadores menores o poco conocidos estén debajo de algunas informaciones del relato flaviano. Incluso Josefo llega a mencionar una vez 58 unas Memorias de Herodes, de las que no parece haberse servido para el período herodiano, aunque pudo conocerlas de segunda mano. Son, por tanto, fuentes complementarias de Nicolás de Damasco para acontecimientos de la misma etapa histórica y tal vez Josefo no los haya leído directamente, sino que sus referencias proceden del propio Nicolás de Damasco. Es éste el escritor que subyace en la historia de los Asmoneos y de Herodes en La guerra y en las Antigüedades . Las divergencias entre ambas obras de Josefo se deben a que nos hallamos ante redacciones distintas, tanto por su finalidad, por su cronología como por su forma de resumir la fuente histórica 59 .

Finalmente, el libro VII, que seguramente es un añadido posterior, es más parco en cuanto a sus fuentes. Al tratar los acontecimientos posteriores a la toma de Jerusalén, obviamente faltan los Comentarios de Vespasiano o Tito. Esta ausencia se deja notar demasiado, tanto en el estilo como en su argumento, que son sensiblemente inferiores a los libros precedentes. El contenido del mismo coincide en buena parte con algunos pasajes de los libros III al V de las Historias de Tácito y el LXVI de la Historia romana de Dión Casio, sin que podamos precisar la fuente común de tales autores.

5. SIGNIFICADO DE LA OBRA

Es realmente difícil interpretar la obra de un autor tan complejo como Flavio Josefo. Un hombre que fue judío, más exactamente de casta sacerdotal, que combatió contra Roma, que luego fue ciudadano romano y protegido imperial y que escribió su obra en griego, lengua habitual de la Diáspora, es susceptible de múltiples análisis y manipulaciones de tipo político, religioso, filosófico e histórico.

Es verdad que la tradición judía tiene un gran peso en Josefo, pero no lo es menos que su compromiso con Roma ha sido decisivo para la composición de La guerra de los judíos . Mientras que las Antigüedades y el Contra Apión son escritos de apología del judaísmo, que se incluyen en las formas y contenidos ya conocidos de la literatura judeohelenística de la defensa de la ley y de las tradiciones de sus antepasados frente al opresor, antes Grecia y ahora Roma, La guerra , por el contrario, manifiesta una clara actitud filorromana. Resulta de gran interés la comparación de la actitud de Josefo ante la revuelta en La guerra y en la Autobiografía . En esta última obra, Roma no aparece como un enemigo del pueblo judío, ya no se habla tanto de una revuelta contra el extranjero, como de una rebelión interna. Cohen 60 observa en esta cuestión dos perspectivas diferentes, una retórica y dramática en la primera y otra apologética en la segunda, de tal manera que se puede sacar la conclusión de que mientras La guerra parece destinada a un público romano o, en general, pagano, la Autobiografía tiene como potenciales lectores a los propios judíos.

La obra es tendenciosa y poco objetiva. Las circunstancias le obligaron a ello. Josefo compuso su libro en Roma a partir del año 71, cuando fue llevado allí como protegido de la familia Flavia, de Vespasiano, primero, y de Tito y Domiciano, después. El autor ha distorsionado el relato de la revuelta judía mediante un empleo parcial de las fuentes, a pesar de la labor investigadora y crítica que se ha observado en la composición de su obra 61 .

El fin primordial que persigue con este escrito es justificar y exculpar a Roma de los dramáticos acontecimientos bélicos. Aparte de los elementos de propaganda flaviana esparcidos por sus páginas, como son esos pasajes donde se destaca el papel de Vespasiano, Tito 62 o Domiciano 63 , el autor intenta demostrar que el culpable de la guerra ha sido una minoría judía que odiaba a los romanos y que Josefo denomina «sicarios», «bandidos» o «tiranos». Con ello se busca también exculpar al conjunto del pueblo judío.

A pesar de esta autodefensa del propio judaísmo, sin embargo es más destacado el peso de Roma. Se elogia a los romanos y, en especial, a su ejército. La imagen que de Roma nos transmite el discurso de Agripa II en el Xisto de Jerusalén 64 no tiene nada que ver con la de un estado totalitario y militar, sino que realmente el Imperio aparece como el auténtico heredero del mundo antiguo. Mucho se ha escrito acerca del excursus del libro III, 70-109, sobre la legión romana y su significado. Tal vez la clave nos la dé el mismo Josefo al final de este pasaje: «Me he extendido en esta descripción no para hacer una alabanza de los romanos, sino, más bien, para consolar a los vencidos y para hacer cambiar de idea a los que pretendan sublevarse» (III 108).

Efectivamente, ésta parece ser una de las finalidades de la obra: crear en todo el Oriente la conciencia de que no merece la pena rebelarse contra el poder romano. La pacificación de toda esta zona planteó serios problemas a las autoridades imperiales. No sólo los judíos manifestaron su odio y venganza en sucesivas insurrecciones contra Trajano, entre los años 115 y 117, y contra Adriano, del 132 al 135, sino también los partos, que constituían una seria amenaza. Para estos últimos va también dirigida la obra, según consta en el prefacio de la misma 65 .

Josefo, ya desde el comienzo, intentará presentarse como un historiador objetivo, como la persona idónea para relatar estos acontecimientos, ya que él ha estado en los dos campos, en el judío y en el romano, ha participado y seguido el desarrollo de la guerra y ha estado en contacto con los principales jefes y generales. A pesar de sus buenas intenciones, su historia no es objetiva: algunos hechos están deformados por su actitud apologética judía, pero sobre todo por su fuerte inclinación filorromana. El autor silencia las hostilidades contra Roma que existían en las capas populares, así como las inquietudes de tipo mesiánico que rodearon la rebelión, al atribuir el desencadenamiento del enfrentamiento bélico a un pequeño grupo de «revolucionarios».

Lo expuesto anteriormente no quiere decir que en esta obra falten elementos de la tradición religiosa de su pueblo en la consideración de los acontecimientos históricos. Cuando Josefo describe las causas de la gran guerra contra Roma no sólo alude a acontecimientos históricos precisos, sino que también lo explica como el cumplimiento de un plan divino 66 . En el fondo late una dimensión teológica muy arraigada en la historiografía bíblica 67 , pero que también cuenta con precedentes en la historiografía helenística. Josefo busca integrar la historia del presente con el pasado bíblico, y, en consecuencia, se presenta como un profeta y aduce cómo personajes de la talla de Jeremías, Ezequiel y Daniel habían previsto ya la sumisión de Palestina a Roma 68 . En tiempos difíciles para el judaísmo, como es éste, es frecuente ver la figura de Jeremías ante la destrucción de Jerusalén en época de Nabucodonosor en el 587 a. C. y el destierro de Babilonia como una emulación de las adversas circunstancias del presente 69 . La emulación de este último profeta queda patente en las palabras que Flavio Josefo expresa para justificarse en el preciso momento de entregarse, abandonar a los judíos de Jotapata y pasarse definitivamente al bando romano: «Ya que has decidido aplastar a la raza judía, tú que eres su creador, ya que toda la Fortuna se ha puesto del lado de los romanos, y has elegido mi alma para revelar el futuro, me rindo voluntariamente y conservo la vida, y te pongo a ti por testigo de que no lo hago como traidor, sino como servidor tuyo» (III 354).

Josefo actúa como un auténtico profeta inspirado por Dios cuando pronuncia su vaticinio a Vespasiano y le anuncia que se convertirá en emperador 70 . De esta forma inviste al general romano, encargado de acabar con la sublevación judía, de una autoridad divina y transcendente 71 .

El sincretismo cultural y también religioso de nuestro autor le llevará a aplicar el concepto clásico de la Fortuna y el Destino a su fe en el Dios hebreo. Tychḗ y Theós son para él sinónimos, y, lo que es más importante, ahora Dios, es decir, la Fortuna, se ha pasado al bando romano y ha abandonado al pueblo judío 72 . Así lo expresa en V 367: «La Fortuna está de su lado por todas partes y Dios, que lleva el poder de un sitio a otro, ahora se encuentra en Italia. Una ley, de gran vigencia entre los animales y entre los hombres, manda ceder ante los más poderosos y dejar el mando en manos de los que tienen la fuerza de las armas».

Pero no todo es casualidad o azar, la Providencia también desempeña su papel. Dios interviene en los actos de los hombres, como bien lo demuestran las Sagradas Escrituras. De esta forma, en el relato de la gran guerra de los judíos contra Roma, Flavio Josefo demuestra la total interdependencia de la dimensión política y religiosa que siempre ha dominado en el acontecer histórico de Israel.

6. LA «GUERRA DE LOS JUDÍOS » COMO OBRA LITERARIA

La lengua en que está redactada la obra de Josefo pertenece a ese ático convencional de la corriente literaria aticista, dominante en este siglo I y II d. C. 73 , aunque sin llegar al extremo de artificiosidad de autores posteriores como Libanio o, en general, toda la Segunda Sofística. En Josefo se observa un esfuerzo por corregir y depurar el griego de la koiné en una línea más clásica. En el fondo están los modelos de la prosa ática que, en realidad, es la que determina la presencia de algunos rasgos gramaticales en Josefo como son el empleo del dual 74 y el optativo, ya en desuso, -tt- en lugar de -ss- , formas verbales como édosan 75 junto a édōkan 76 , etc… 77

En este punto también hemos de traer a colación aquellos pasajes en los que nuestro autor nos habla de los «colaboradores» que ha tenido para llegar a la redacción griega de La guerra de los judíos . Efectivamente, la lengua materna de Josefo era el arameo, sin que ello suponga que desconociera el griego, pues, según hemos mencionado, las familias de la aristocracia judía, a la que pertenecía Josefo, iniciaban a sus hijos en esta lengua. Ahora bien, no podemos saber con certeza si Josefo sabía el suficiente griego como para redactar su historia o si, por el contrario, se sirvió de asesores 78 . Era un judío de Palestina, no de la Diáspora, donde el helenismo se había extendido en gran medida, incluso en el nivel lingüístico. Seguramente el largo tiempo que permaneció en Roma, bajo la protección imperial, le facilitó la entrada en contacto con la lengua y la literatura griegas, aunque no hasta el punto de componer una obra literaria de las características de la Guerra . Por ello, hay que dar la justa medida a la actividad de este o estos colaboradores, sin restar las aportaciones que Josefo haya podido haber hecho 79 .

Se percibe en esta versión un esfuerzo por conseguir un estilo atractivo, e incluso retórico, hasta el punto de que se hace lo posible para evitar el hiato y conseguir una aliteración expresiva, con un léxico rigurosamente griego, que apenas deja pasar los típicos semitismos que hallamos en otras obras de la literatura judeo-helenística 80 . Los pocos préstamos semíticos se encuentran en el campo de las transcripciones: así vemos en los indeclinables kṓmēs Belzedèk (III 25) o perì Gennēsàr (II 573). Pero incluso en este caso Josefo heleniza lo más posible los nombres propios. A diferencia de los Septuaginta o de parte del Nuevo Testamento , nuestro autor suele someter a la declinación los antropónimos y topónimos hebreos: Dauídou (I 61), el genitivo de David, Eleazáros (II 236; V 250, etc…) en lugar del indeclinable Eleázar, sỳn Ezekíāi (II 441), o hetérou Matthíou (VI 114). Adopta la forma Símōn (II 418, 628; VI 148, etc…) en lugar de la habitual hebrea Symeṓn . En los nombres de ciudades Josefo opta en algunos casos por la denominación helenizada habitual en las fuentes griegas: Gennesar (Gennēsár ) por Gennesaret (II 573), Batanea (Batanḗ) por Basán (III 56) o Dabarita (Dabaritta ) en lugar de Daberat (II 595).

La obra se enmarca en las normas del género historiográfico griego tanto en los modelos literarios como en los lingüísticos. Es una prosa y una lengua artística distinta de la de sus compatriotas del Nuevo Testamento que también escriben en griego más o menos en la misma época. Existen algunos estudios que han buscado paralelismos de estilo, de lengua, etc. entre el texto flaviano y el de determinados autores griegos 81 . La inspiración fundamental radica, como es de esperar, en los historiadores griegos más renombrados, como Heródoto, Tucídides, Jenofonte y Polibio, en especial en el caso del segundo de ellos, que asimismo constituye el modelo del proemio de la obra. El prefacio de la Guerra es un ejemplo literario de erudición que demuestra hasta qué punto el autor estaba iniciado en el conocimiento de la historiografía griega, pues son muchos los lugares comunes de esta parte 82 . Asimismo, Polibio constituye uno de los modelos más destacados de Josefo, habida cuenta de las similitudes que existen entre ambos: los dos escribieron durante su exilio en Roma y sintieron admiración por la grandeza romana y por su bienhacer para con sus pueblos respectivos, griegos y judíos 83 . Es posible ver una relación de dependencia en el excursus sobre la armada romana entre la Guerra , III 70-109, y las Historias de Polibio, VI 19-42, o en los lamentos por los desastres sufridos por su pueblo 84 , aunque sin llegar a ese grado de historia trágica y patética que domina en Josefo y que fue tan criticada por el propio Polibio.

Fuera de estos autores también se han señalado puntos de contacto con Homero, en el empleo de ciertos vocablos arcaicos y épicos, con Demóstenes, en el caso de los muchos discursos de la obra, y con Sófocles y Eurípides para la expresión de los momentos trágicos del relato 85 . Incluso se han visto alusiones a autores latinos, Virgilio, Salustio, Cicerón, Horacio, etc… El caso más llamativo es la resonancia épica de la toma de Troya de Virgilio (Eneida II 250 ss.) en el asedio de Jotapata por parte de Vespasiano (III 319-328). En ambos casos la caída de la ciudad tiene lugar por la noche, cuando su población está sumergida en el sueño.

La función de los discursos en la obra de Josefo ha sido uno de los aspectos más debatidos de su estilo, donde se combina con una técnica notable el relato con alocuciones en estilo directo e indirecto 86 . El grado de dependencia con la tradición historiográfica griega es evidente, si bien se ha querido ver un origen judío, sobre todo rabínico, aficionado a un lenguaje de contraposiciones y debates. Muchos son los lugares en que se inserta un discurso contrapuesto entre dos personajes: en I 620-636, por ejemplo, Herodes se enfrenta magistralmente a su hijo Antípatro ante el gobernador Varo, las palabras de Agripa II para disuadir a los judíos de la revuelta (II 345-407), el discurso del propio Josefo en Jotapata (III 362-382), de lo sumos sacerdotes Anano (IV 162-192) y Jesús (IV 239-269) frente a los Zelotes y a Simeón el Idumeo (IV 271-282), la argumentación de Josefo durante el asedio de Jerusalén (V 363-419) o el de Eleazar en Masadá (VII 232-388), sin desmerecer la calidad de algunos discursos de Tito (III 472-484; VI 34-53 y 328-350). Los modelos de esta práctica son eminentemente los clásicos de la literatura griega. Así, por ejemplo, Tucídides (II 60 y ss.) está detrás del discurso que Herodes dirige a sus tropas tras la derrota que han sufrido a manos de los árabes (I 373 ss.), concretamente las palabras que Pericles pronuncia a los atenienses desanimados por la invasión espartana y por la peste.

No obstante y a pesar de este gusto por hacer hablar a sus personajes y expresarse en los momentos culminantes del relato, sin embargo la historia de Josefo no es retórica, ni efectista, como la de los autores helenísticos Filarco o Duris tan criticada por Polibio 87 , sino que busca fijar y transmitir la verdad, con las implicaciones subjetivas y personales que conlleva toda redacción de una historia. Ello no es óbice para que Josefo incluya elementos de la llamada historiografía «trágica», como la caracterización psicológica de algunos personajes y su interés por lo irracional de determinados sucesos. El pasaje de las desgracias de la familia de Herodes es un claro ejemplo de esta contaminación de la historia con ingredientes novelescos, así como la descripción de las penalidades e infortunios de los judíos en esta guerra llevan al escritor a recurrir a la dramatización de las escenas trágicas para impresionar y despertar el sentimiento. Josefo es consciente de ello: intentará no cruzar la barrera que separa la historiografía de la tragedia y pedirá perdón cuando lo haga:

«Expongo mi opinión sobre los acontecimientos según el desarrollo de los mismos y dejo que mis propios sentimientos expresen sus lamentos por las desgracias de mi patria…. Y si el que juzga mis escritos fuera demasiado insensible para compadecerse, que atribuya los acontecimientos a la historia y los lamentos al escritor» (I 9-12).

7. DIFUSIÓN Y FAMA . VERSIONES

Con Josefo, y en especial con su Guerra de los judíos , nos topamos con una de las paradojas más llamativas de la literatura judía en lengua griega. Una obra y un autor que en principio iban dirigidos a un público judío y a un público pagano greco-romano van a encontrar sus más importantes ecos en ambientes cristianos. En efecto, es, sin ningún tipo de dudas, el cristianismo el que más ha leído, interpretado y utilizado a Flavio Josefo.

En un principio el judaísmo oficial lo ha ignorado; no ha querido contar entre sus autores nacionales con un «traidor», con alguien que ha llegado a justificar la toma de Jerusalén y la destrucción de su Templo. Los sectores rabínicos, que son los que van a dominar en el judaísmo posterior al año 70, no perdonarán nunca a Josefo el haberse pasado al bando romano ni la actitud adoptada por él en su Guerra frente a la confrontación bélica que condujo a Israel a un largo período de crisis de identidad. Este olvido ha durado hasta casi el siglo XVI , cuando asistimos a las primeras traducciones al hebreo de textos originales de Josefo. En 1566 se publica en Constantinopla la primera traducción hebrea del Contra Apión , una obra puramente apologética sin apenas polémica. Tenemos que llegar hasta 1859 para ver vertida al hebreo la Autobiografía 88 y hasta 1923-1928 para que vea la luz la primera versión hebrea de La guerra en Varsovia por J. N. H. Simchoni 89 . Únicamente hay que destacar, de forma aislada, la actividad desarrollada por una comunidad judía italiana de principios del siglo X , integrada en el Imperio bizantino, que compuso en hebreo bíblico una crónica a partir de la versión latina de La guerra de los judíos , hecha por Hegesipo en el siglo IV , de las Antigüedades judías , de los libros de los Macabeos y otros textos tardíos. Es el famoso Sepher Yoseph ben Gorion , el Josippon 90 , que nos ha llegado en tres recensiones diferentes y que luego será traducido al árabe, etíope, latín, ladino y otras lenguas eslavas y de la Europa occidental 91 . En lo que a la Guerra concierne se trata de una reescritura, donde hay unas modificaciones muy llamativas, fundamentalmente en el relato de Masadá. Una parte importante de esta obra formará parte a partir del siglo XIII de las Crónicas de Yerajmiel ben Solomón, escritor judío del sur de Italia 92 .

Hasta el siglo XIX el Josippon fue prácticamente el único nexo entre los judíos y la obra original de Flavio Josefo. Podemos decir que hasta este siglo Israel no ha levantado el veto a su historiador antiguo, que era anterior a la Misná y el Talmud , situado casi a continuación de las Sagradas Escrituras, y a pesar de algunas reticencias, su obra ha sido traducida, comentada y citada por arqueólogos, literatos, historiadores, etc., en el actual estado judío. Los acontecimientos históricos, sociales y políticos de los judíos en este siglo XX han llevado a la utilización, e incluso explotación, de la figura y temática de Josefo. En 1927 Isaac Ladman compuso el poema épico Masadá , basado en el célebre relato de la Guerra , convertido entonces en símbolo de la resistencia y supervivencia judía ante los ataques de las potencias dominadoras. La misma línea representa la trilogía del novelista alemán L. Feuchtwanger, Der jüdische Krieg (Berlín, 1932), Die Söhne (Amsterdam y Estocolmo, 1935) y Der Tag wird kommen (Estocolmo 1945) o el drama de Yehoshua Sobol, La guerre des juifs 93 (Hadas-Lebel, págs. 235-237). En definitiva, podemos decir que los últimos días de Jerusalén y del antiguo estado palestino han inspirado el nacionalismo judío literario en unos momentos en que parecía que la historia volvía a repetirse. Todo ello ha servido para rehabilitar la figura de Flavio Josefo emsombrecido desde sus orígenes como un traidor, a pesar de la oposición manifestada por determinados grupos sionistas 94 .

Por su parte, los escritores romanos y, en general, toda la tradición literaria pagana confieren a nuestro autor una consideración de segunda fila y son muy pocos los que aluden a él 95 , a pesar de que, según indica Eusebio de Cesarea 96 , sus libros estaban presentes en las bibliotecas romanas. Uno de los pocos autores que citan a Josefo es Porfirio, quien en su tratado Sobre la abstinencia (IV 11-16) incluye la descripción flaviana de los esenios 97 . Es posible, además, que determinados relatos sobre la toma de Jerusalén en la historiografía romana se hayan inspirado en La guerra de los judíos . Así parece con Tácito, Historias V 7, 1-2, en la descripción de Sodoma 98 o en la profecía sobre Vespasiano, Historias V 13, 4-5 99 , o con Suetonio, Vidas de los doce Césares V 9, en algunos hechos destacados de la biografía de Vespasiano en relación con La guerra 100 . Asimismo, el libro III de la Historia romana de Dión Casio sigue muy de cerca el relato de la toma de Jerusalén de los libros V y VI de La guerra 101 .

En cambio los autores cristianos aceptaron a Josefo y en especial La guerra de los judíos como si se tratara de algo propio. Ya en el siglo IV se sabe de una traducción de esta obra atribuida a Rufino de Aquilea 102 , dos siglos antes de que empiecen a sucederse traducciones y ediciones del corpus flaviano 103 . Este texto latino ha sido el más difundido a lo largo de la Edad Media occidental, y casi el único medio que los cristianos han tenido para acceder a Josefo; de él derivan las primeras traducciones humanistas 104 . Los Padres de la Iglesia han manifestado una gran estima por el autor judío, incluso antes del siglo IV 105 , ya que han visto en él un arma eficaz para su argumentación apologética. La destrucción del Templo y de la ciudad de Jerusalén suponía la culminación del Antiguo Testamento , el final del judaísmo, víctima de sus propios pecados, y el comienzo de una nueva era cristiana sobre las cenizas del pueblo hebreo. Eusebio de Cesarea 106 , que incluso le atribuye, sin fundamento, el Libro IV de los Macabeos , San Jerónimo (A Eustaquia XII 135, 8), que llega a dar el apelativo de Graecus Livius a nuestro autor 107 , o la alta valoración que Isidoro de Sevilla tenía de él 108 son los testimonios que han marcado una pauta de adhesión en la tradición cristiana posterior.

La obra histórica de Flavio Josefo suponía el mejor garante y la forma más científica de confirmar la fe cristiana. Sus relatos venían a corroborar a los evangelios sagrados. El famoso Testimonium Flavianum , esa breve mención a Cristo en Antigüedades , XVIII 63-64 y XX 200, ha sido el pasaje más debatido en este sentido. Desde que fue citado por primera vez por Eusebio 109 se han sucedido interpretaciones polémicas al respecto, desde una fe incondicional en él hasta actitudes más críticas que consideran este testimonio una interpolación o, al menos, una manipulación cristiana. Sin perjuicio de la realidad de estas dudas sobre la valoración plenamente histórica de Josefo, su obra ha sido tenida como un auténtico «quinto evangelio», como un texto sagrado. En la civilización cristiana occidental Josefo ha sido el historiador de la Antigüedad más leído y ha contado siempre con el apoyo de los más destacados humanistas. Con la aparición de la Reforma protestante el texto de Josefo va a ser aceptado con más entusiasmo, si cabe, por luteranos y anglicanos 110 . Es verdad que la obra más citada, con diferencia, en los ámbitos cristianos ha sido las Antigüedades y no tanto La guerra , que en el fondo no es sino una obra histórica, al estilo pagano, rodeada además de una intensa polémica dentro del propio judaísmo. Ya no en el ámbito doctrinal cristiano, sino en el puramente literario o histórico, la influencia del relato de La guerra de los judíos de Josefo es también notoria. En Francia, Jean de Léry y su Histoire mémorable de la ville de Sancerre (Lausana, 1574) toman como modelo el pasaje de la toma de Jerusalén para la redacción del asedio de la ciudad protestante de Sancerre por parte de las tropas papales. En España, por ejemplo, la General Historia de Alfonso X el Sabio utiliza su obra como fuente de información o la Crónica de la guerra de Granada de Diego Hurtado de Mendoza está inspirada en la historia flaviana 111 . Sin querer repetir aquí las obras y autores españoles por donde se pueden rastrear los vestigios de Josefo, tema que ya ha sido expuesto en el primer volumen de esta Biblioteca Clásica Gredos dedicado al autor judío 112 , quisiera simplemente añadir el testimonio de Arias Montano. Este humanista es autor de las Antiquitatum Iudaicarum libri IX , publicadas en Leiden en 1593 113 y que formaban parte del tomo VIII de la Políglota de Amberes. Los nueve libros llevan nombres de personajes bíblicos y van acompañados de mapas de Palestina, planos de Jerusalén, grabados del templo e índices de topónimos. Lo más interesante para nuestro tema es el hecho de que en los márgenes Arias Montano cita pasajes bíblicos y de otros autores, entre ellos los judíos Filón de Alejandría y Josefo. En este último caso se señala al Josefo hebreo, es decir al Jossippon , al Hegesipo , y al texto de Josefo propiamente dicho, lo que indica el amplio conocimiento que nuestro humanista tenía de las diversas tradiciones existentes sobre Flavio Josefo y que lógicamente van a confluir en esta obra.

Pasando ahora al tema de las versiones, además del Josippon y de aquella traducción latina señalada más arriba, ese mismo siglo IV es también escenario de una adaptación latina de La guerra de los judíos . Estoy hablando del texto conocido por Egesippus o Hegesippus 114 , donde sólo se incluyen cinco de los siete libros de la obra original con supresiones, adiciones e interpolaciones cristianas 115 . Ambas versiones en latín contribuyeron a la extensión y conocimiento de Josefo en el medievo occidental y popularizaron su obra, sobre todo en al época de las Cruzadas al facilitar datos de primera mano sobre la geografía de Palestina.

Posterior es una traducción al siríaco del libro VI de la Guerra , el que relata la caída de Jerusalén, la parte más dramática y conocida de la obra 116 . Esta versión fue incluida como el Libro V de los Macabeos en la Biblia vulgata siríaca. Las coincidencias con la versión eslava, que señalaremos a continuación, ha llevado a pensar, sin fundamento, que el texto sirio seguiría también aquella redacción aramea perdida de La guerra , de la que nos habla Josefo en el prefacio.

Entre los siglos X y el XIII podría fecharse la primera versión rusa de La guerra , realizada sobre el original griego, pero con importantes interpolaciones cristianas. No obstante, hay una serie de desviaciones respecto a la versión griega que han llevado a R. Eisler 117 a proponer que este texto ruso es una traducción de la primera composición aramea de la obra. No parece aceptable esta última hipótesis, sino que más bien las divergencias habría que achacarlas al proceso de manipulación, con sus adiciones y supresiones, a que ha sido sometido Josefo desde los diferentes ámbitos de su transmisión 118 .

Por último hemos de citar una traducción de La guerra y de las Antigüedades al griego popular llevada a cabo por el cretense Manuel Cartofilax en el siglo XVI 119 , durante el conocido Renacimiento Cultural de la isla de Creta.

Aparte de estos testimonios, a tenor de la popularidad de Josefo en la Edad Media, seguramente existieron otras traducciones o versiones antiguas de La guerra que han desaparecido, como ocurre con una en armenio y una georgiana de las que sólo tenemos vagas noticias 120 , sin olvidar ese texto arameo o hebreo primigenio del que nos habla el propio Josefo y que no ha dejado ningún rastro, a pesar de los intentos de hacerle antecesor directo de las versiones siríaca y eslava.

8. LA TRANSMISIÓN DEL TEXTO : MANUSCRITOS , EDICIONES Y TRADUCCIONES

Un inventario completo de los manuscritos conocidos de Flavio Josefo abarcaría una lista de más de cien testimonios, lo que evidencia la fama y difusión de la obra de nuestro autor a lo largo de toda la Edad Media, tanto bizantina como occidental 121 . Esta tradicion directa no es uniforme, sino que cada una de las obras ha sufrido una transmisión independiente. De los manuscritos que contienen completa la Guerra destacaremos fundamentalmente aquellos que han sido utilizados por la edición de B. Niese, texto que seguimos en nuestra versión castellana:

Codex Parisinus Graecus 1425, 233 fols.; siglos X -XI (P).

Codex Ambrosianus Graecus 234 (D. 50 sup.), fols. 1-69; siglo XI (A).

Codex Marcianus Graecus 383, 321 fols.; siglo XII (M).

Codex Laurentianus 69, 19, 363 fols.; siglos XI -XII (L).

Codex Vaticanus Graecus 148, 214 fols.; siglos X -XI (V).

Codex Palatinus Graecus 284, 221 fols.; siglos XI -XII (R).

Codex Urbinas Graecus 84, 291 fols.; siglo XI (C).

Estos siete códices son los que contienen el texto de la obra según la hallamos en las ediciones modernas. Dentro de ellos se diseñan dos tradiciones distintas, la formada por P, A, M y L, que parece ser la mejor, y la de V, R y C. Por su parte, el propio Niese cita en algunos casos otros testimonios manuscritos, como son:

Codex Laurentianus 69, 17, 225 fols.; siglo XII (N).

Codex Philipicus o Chentalamensis 6459, siglo XII (T).

Codex Vossianus Graecus F. 72, 138 fols.; siglo XV (L. B.).

Podríamos enumerar unos cincuenta manuscritos más donde se contiene, total o parcialmente, el texto griego de La guerra de una mayor o menor antigüedad, si bien para ello nos remitimos al catálogo más completo que existe sobre el tema. Die Flavius-Josephus-Tradition in Antike und Mittelalter de H. Schreckenberg (Leiden, 1972) ha dejado desfasados y anticuados todos los inventarios anteriores y es, sin duda, la obra de obligada consulta para conocer el proceso de transmisión del texto flaviano.

La intensa y extensa popularidad de la obra de Josefo entre los autores cristianos ha dado lugar, ya desde época relativamente temprana, a una importante tradición indirecta, anterior y complementaria de esta transmisión manuscrita directa. Sin duda es Eusebio de Cesarea, y más exactamente su Historia eclesiástica , uno de los soportes de transmisión de un gran número de citas y pasajes textuales de Josefo. Junto a este Padre de la Iglesia se ha de señalar también los Excerpta Historica del emperador bizantino Constantino VII 122 . Tampoco podemos pasar por alto aquellos fragmentos de las Antigüedades judías que son paralelos con La guerra . Estos textos coincidentes son importantes para la crítica textual y para la historia de la transmisión del texto, si bien no son textos idénticos, sino que las Antigüedades se escribieron unos veinte años después de La guerra y tal vez las circunstancias sociales y personales del autor habían podido modificar la redacción de los mismos acontecimientos históricos.

Contamos con numerosas ediciones del texto griego desde la editio princeps de A. Arlenius y S. Gelenius en 1544 en Basilea 123 . Las más destacadas son la de La guerra de los judíos de Aben Esra (Basilea, 1559), o las obras completas de Génova de 1611 y 1634; la de Oxford de 1720, con traducción latina de Hudson; la de Amsterdam de Havercamp en 1726; la de Leipzig de Oberthür de 1782-1785; la de Cardwell, sólo de La guerra , Oxford, 1837, y la de París de Dindorf de 1845-1847. Sin embargo tenemos que llegar hasta 1885-1895 para ver publicada una auténtica edición crítica de los escritos de Flavio Josefo. B. Niese es artífice de esta empresa en siete volúmenes, Flavii Josephi opera edidit et apparatu critico instruxit , en su versión maior (Berlín, 1885-1895) 124 , y en seis en la minor , ya sin aparato crítico (Berlín, 1888-1895). El tomo VI está dedicado al Bellum Judaicum . Casi contemporánea es asimismo el texto de S. A. Naber (Leipzig, 1888-1896), también en seis volúmenes 125 .

En la edición de Niese está basada la de H. St. J. Thackeray, de la Loeb Classical Library, que ha ido apareciendo en Cambridge (Massachussetts) y Londres entre 1926 y 1965 en nueve volúmenes. La guerra ocupa el II y el III.

Para esta obra de Josefo que ahora nos ocupa contamos, además, en este siglo con ediciones específicas, como es la de O. Michel y O. Bauernfeind (Múnich, 1959-1969) o la de G. Vitucci (Milán, 1974) 126 , con texto griego e italiano. Más reciente es la edición bilingüe, griego y francés, de La guerra a cargo de A. Pelletier para «Les Belles Lettres». El trabajo aún no ha sido terminado: se han publicado tres volúmenes con los cinco primeros libros de la obra en 1975, 1980 y 1984 en París.

Hemos visto ya cómo desde el final de la Antigüedad se han realizado diversas traducciones a lenguas como el latín, el siríaco, el hebreo, el eslavo, el griego popular o el armenio. Ahora pasaremos revista a las versiones en lenguas modernas realizadas sobre los textos impresos arriba señalados, y no sobre manuscritos.

Una obra tan compleja y polémica como La guerra de los judíos ha recibido la atención de los más variados estudiosos y públicos tanto por parte del propio judaísmo como del occidente cristiano. A partir del humanismo son numerosas las traducciones que han ido apareciendo a las principales lenguas vernáculas de Europa, francés, holandés 127 , alemán, italiano, inglés, y español, tanto individualmente como integrada dentro de la versión completa de todo el corpus flaviano 128 .

Al francés apareció una traducción en 1492, otra en 1516 y la más conocida en 1667 de la mano de A. d’Andilly. Esta última ha sido reeditada y adaptada al francés actual por C. Buchon en 1968 y 1973 129 . E incluso en el siglo XVIII se llegó a traducir al sueco esta obra de d’Andilly 130 . En la actualidad las versiones más destacadas son la de R. Harmand en dos volúmenes (París, 1912-1932) en las Oeuvres complètes de Flavius Josèphe , bajo al dirección de Th. Reinach, la de P. Savinel de 1977 y la de A. Pelletier, obra bilingüe comentada más arriba, donde aún faltan por aparecer los libros VI y VII.

La versión alemana más conocida es la de H. Climentz, que en 1900 aporta la traducción de La guerra en Halle 131 . Más reciente es la de H. M. Endrös, Múnich, 1965-1966 132 , y la de O. von Michel y O. Bauernfeind, Darmstadt-Múnich, 1959-1969.

En inglés, aparte de la edición bilingüe de H. St. J. Thackeray, se disponía desde 1737 de la versión de W. Whinston reeditada en varias ocasiones hasta ser revisada por R. A. Shilleto en 1889-1890. En la última mitad de este siglo han visto la luz dos traducciones de La guerra , una de G. A. Williamson (Baltimore, 1959) 133 , anotada y comentada por M. E. Smallwood, y otra de G. Cornfeld (Grand Rapids, 1982), con un gran aparato histórico y arqueológico.

También en Italia contamos con notables aportaciones: las obras completas de Josefo de F. Angiolini (Florencia, 1840-1844), cuyo volumen III lo ocupa La guerra , la clásica de G. Ricciotti, en cuantro volúmenes (Turín, 1937-1963), con abundantes comentarios, y la ya mencionada de G. Vitucci (Milán, 1974).

En lengua portuguesa, aunque existen traducciones de otras obras de Josefo, sólo contamos con una de La guerra editada en 1956 en São Paulo por V. Pedroso en su História dos Hebreus , que recoge el texto portugués completo del autor judío 134 .

Finalmente, antes de referirnos al caso de nuestro país, hemos de mencionar otras lenguas de menor difusión. Ya hemos hablado de la primera traducción hebrea de La guerra a cargo de J. N. H. Simchoni en el siglo pasado, y ahora tenemos que citar además la de S. Haggai, publicada en Jerusalén en 1964 y reeditada en 1967. La obra ha sido vertida también al húngaro por de R. Józef en 1900, con reedición de 1963, y al japonés por H. Shimmi en Tokyo, en 1972.

Desde el más reciente humanismo tenemos testimonios en España de la traducción de la obra flaviana, aunque en estos siglos XV y XVI se trata de versiones hechas a partir del texto latino atribuido a Rufino de Aquilea. De 1482 es la versión en catalán antiguo de La guerra por Nicolás Spindeler 135 y de 1492, en Sevilla, la primera edición en castellano de la mano de Alonso de Palencia 136 acompañada de los dos libros del Contra Apión . En esa misma ciudad, pero en 1532 y reimpresa en 1536 137 , se vuelve a editar esta traducción, sólo de La guerra , con diversas modificaciones y mejoras en relación con el texto de 1492, siguiendo la edición latina de Rufino de Aquilea revisada por Erasmo.

El siglo XVI español asiste también a la publicación de una de las traducciones más conocidas de esta obra: la del humanista valenciano Juan Martín Cordero (París, 1549) 138 , que ha sido reeditada incluso en este siglo. En Barcelona en 1972 139 y en Terrassa en 1988 se ha vuelto a publicar, adaptado, el texto de Martín Cordero 140 . Más reciente es la traducción de J. A. Larraya (Barcelona, 1952), sin introducción y notas, la de E. C. S. J., incluida en la traducción de la obra italiana de J. Ricciotti (Barcelona, 1960), y la de las obras completas de Josefo por L. Farré (Buenos Aires, 1961), donde La guerra , sin apenas notas, ocupa el tomo IV. En Méjico, en 1982 141 se ha publicado una traducción de La guerra de los judíos con prólogo de S. Marichalar, pero sin citar el traductor original. Aunque en la contraportada se señale que la primera edición es la de Sevilla de 1532, esta obra no tiene nada que ver con ella, sino que, por el contrario, muestra una gran dependencia de la versión de J. A. Larraya, de 1952.

Por tanto, he emprendido la traducción de La guerra de los judíos de Flavio Josefo consciente de que me hallo ante una tarea casi pionera. En efecto es ésta la primera versión castellana moderna con introducción, notas e índices, en la línea filológica de la Biblioteca Clásica Gredos. Para ello hemos tomado como base el texto de la edición citada de Niese (Berlín, 1955). No obstante, al principio de cada uno de los siete libros de La guerra indicamos en una nota textual los pasajes en que hemos optado por lecturas divergentes, presentes en otros manuscritos o conjeturadas por otros autores. Asimismo, como es costumbre en esta colección, al final de la obra aportamos un índice, que no sólo incluye los nombres propios de persona o de lugar, sino también las personificaciones, los gentilicios y aquellos términos más destacados desde el punto de vista, institucional, histórico y religioso. Completamos nuestro trabajo con un apéndice, realizado por Enrique González Alonso, que contiene en este primer volumen un mapa de Palestina en el siglo I d. C., como ayuda para la localización de los topónimos mencionados por Josefo, y tres tablas genealógicas de los reyes seléucidas, de la dinastía de los Asmoneos y de la familia de Herodes con el fin de facilitar el seguimiento del relato histórico previo al desarrollo de la guerra contra Roma. Para el segundo volumen de esta traducción hemos reservado un plano de Jerusalén y de su Templo, que servirá para la localización de todo el escenario de la toma y destrucción de la ciudad por las tropas del emperador Tito.

1 Un estudio de la presencia literaria del judaísmo en el ámbito cultural helenístico puede verse en P. M. FRASER , Ptolemaic Alexandria , Oxford, 1972, I, págs. 687-716, y II, págs. 935-1003; J. R. BARTLETT , Jews in the Hellenistic World , Cambridge, 1985; J. J. COLLINS , Between Athens and Jerusalem , Nueva York, 1986, y E. J. BICKERMAN , The Jews in the Greek Age , Cambridge, Mass., 1988.

2 N. FERNÁNDEZ MARCOS , «Interpretaciones helenísticas del pasado de Israel», Cuadernos de Filología Clásica 8 (1975), 157-186.

3 J. M. NIETO , «Historia y mito en los últimos historiadores greco-judíos», Estudios Clásicos 107 (1995), 23-39.

4 Para el estudio de los historiadores de época helenística contamos con recientes aportaciones de la mano de H. W. ATTRIDGE , «Historiography», en M. E. STONE (ed.), Jewish Writings of the Second Temple Period , Assen-Filadelfia, 1984, págs. 157-184, y de R. DORAN , «The Jewish Hellenistic Historians before Josephus», Aufstieg und Niedergang der römischen Welt II 20.1, 1987, págs. 246-297. En cuanto a las ediciones, con sus corresondientes introducciones y traducciones, hemos de citar las de C. R. HOLLADAY , Fragments from Hellenistic Jewish Authors I: Historians , Chico (California), 1983, y L. BOMBELLI , I frammenti degli storici giudaico-ellenistici , Génova, 1986.

5 Conira Apión I 183, 205.

6 Cf. Guerra I 1 y HERODIANO , I 1, 3.

7 Esta ha sido una actitud habitual en al historiogarfia bíblica, que nunca ha hecho distinción entre una edad mítica y una edad histórica; cf. A. M. MOMIGLIANO , «ll tempo nella storiografia antica», La storiografia greca = «El tiempo en la historiografía antigua», La historiografía griega , Barcelona, 1984, págs. 87 ss.

8 Los fragmentos de los historiadores judíos están reunidos en F. JACOBY , Die Fragmente der griechischen Historiker , II B, Leiden, 1926 (= 1986) y III C, Leiden, 1938 (=1969).

9 Para conocer la situación de los judíos en época imperial sigue siendo básico el libro de J. JUSTER , Les juifs dans l’empire romain, leur condition juridique, économique et sociale , 2 vols., París, 1914. Para los aspectos históricos, políticos, religiosos, etc..., uno de los trabajos más completos es el de E. SCHÜRER , Geschichte des judischen Volkes im Zeitalter Jesu Christi , 3 vols., 4.a ed., Leipzig, 1909, que ha sido reelaborado por G. VERMES , F. MILLAR y M. BLACK en The History of the Jewish People in the Age of Jesus Christ , Edimburgo, 1973-1987. Existe traducción castellana, Historia del pueblo judío en tiempos de Jesús , 2 vols., Madrid, 1985.

10 Historia Eclesiástica III 10.

11 Bibliotheca , cod. 48.

12 Muy poco probable es también que escribiera una historia de los Seléucidas; vid . el debate sobre esta cuestión en SCHÜRER , Historia ..., I, págs. 87-88.

13 Cf. J. M. NIETO , «La historia del judaísmo de época romana en los apócrifos del Antiguo Testamento: la adaptación del pasado bíblico», Sefarad 56 (1996), 127-148.

14 Para todo este período histórico, vid . SCHÜRER , Historia ..., 1, págs. 323-655.

15 Cf. P. K. HITTI , History of Syria including Lebanon and Palestine , 2, ed., Londres, 1972, págs. 280-298.

16 Un estudio detallado de los diferentes monarcas judíos de esta época puede verse en R. D. SULLIVAN , «The Dynasty of Judaea in the First Century», Aufstieg und Niedergang der römischen Welt II 8, 1977, págs. 297-354.

17 Para un análisis de la situación e integración de los judíos, en especial de Josefo, en la sociedad romana puede consultarse la reciente aportación de M. GOODMANN , «Josephus as Roman Citizen», en F. PARIENTE , J. SIEVERS (eds.), The Greco-Roman Period , Leiden-Nueva York-Colonia, 1994, págs. 329-338.

18 Cf. M. HADAS -LEBEL , «L’évolution de l’image de Rome auprès des juifs en deux siècles de relations judéo-romaines, 164 à 70», Aufstieg und Niedergang der römischen Welt II 20.2, 1987, págs. 715-856.

19 Cf. SCHÜRER , Historia ...., II, págs. 631-713; P. GRELOT , «Le Messie dans les Apocryphes de l’Ancien Testament» en E. MASSAUX y otros (ed.), La venue du Messie: messianisme et eschatologie , París, 1962, págs. 18-50; y N. COHN , Cosmos, chaos and the world to come. The ancient roots of apocalyptic faith = El cosmos, el caos y el mundo venidero , Barcelona, 1995, págs. 188-237.

20 Cf. R. A. HORSLEY , «Josephus and the Bandits», Jewish Studies Journal 10 (1979), 37-63.

21 En I 1-2 Josefo reconoce que hubo otros historiadores de esta guerra, pero que, según él, han pecado de falta a la verdad; cf. también Autobiografía 340, 357-360.

22 Una exposición de las diversas interpretaciones sobre esta disputa puede verse en L. H. FELDMAN , «Flavius Josephus Revisited: the Man, his Writings, and his Significance», Aufstieg und Niedergang der römischen Welt II 21.2, 1984, págs. 787-788.

23 Cf. HOLLADAY , Fragments ..., págs. 371 ss.

24 JACOBY , Die Fragmente ..., núm. 734.

25 Autobiografía 36-42, 344 y 391. En otros pasajes de este mismo libro se alude a Justo de Tiberíades: 9, 12, 17, 35, 37, 54, 65, 70 y 74.

26 Por ejemplo, Jerónimo, Comentario a Isaías LXIV.

27 Teófilo Antioqueno, Eusebio, Porfirio o Estéfano de Bizancio emplean los títulos de Ioudaïkḗ pragmateía, Ioudaïkḗ historía o similares. Es posible, como opina THACKERAY en su edición, págs. VI-VIII, que los cristianos tuvieran juntas las dos obras de Josefo bajo el epígrafe de loudaïkḗ historía , con los subtítulos de halṓseōs y Archaiología .

28 II 454, IV 318 y V 3.

29 Guerra I 1; Antigüedades I 4; 6; 203; XVIII 11; XX 258; Autobiografía 412. NIESE en su edición, pág. III, cree que el título original es el que aparece en el Codex Parisinus 1425, Historía Ioudaïkoû polémou pròs Rhōmaíous .

30 Esta es la hipótesis de R. EISLER en su edición de la versión rusa de La guerra, IESOUS BASILEIS OU BASILEUSAS , 2 vols., Heidelberg, 1929-1930.

31 Dión Casio LXV 15, 1.

32 Una discusión, con bibliografía, de las diferentes hipótesis y problemas de datación puede verse en L. H. FELDMAN , «Flavius Josephus revisited», Aufstieg und Niedergang der Römischen Welt II, 21.2, 1984, págs. 838-840.

33 S. J. D. COHEN , Josephus in Galilee and Rome: His Vita and Developement as a Historian , Leiden, 1979, pág. 87; cf. también el artículo de S. SCHWARTZ , «The composition and publication of Josephus’ Bellum Iudaicum Book VII», Harvard Theological Review 79 (1986), 373-386.

34 Presumiblemente se trata del arameo, si bien algunos apuntan a que se trataba del hebreo; cf. J. M. GRINTZ , «Hebrew as the Spoken and Written Language in the Last Days of the Second Temple», Journal of Biblical Literature 79 (1960), 32-47.

35 Una discusión sobre este tema puede leerse en G. HATA , «Is the Greek Version of Josephus’ Jewish War a translation or a rewriting of the first Version?», Jewish Quaterly Review 66 (1975), 89-108.

36 Antigüedades I 5.

37 El latín no obtuvo una cierta extensión hasta el período tardío del Imperio. Sobre el empleo del griego y del latín por los judíos de Palestina son recomendables los estudios de J. A. FITZMYER , «The Languages of Palestine in the First Century», Catholic Biblical Quaterly 32 (1970), 504-507, y T. RAJAK , «The Greek Language in Josephus’ Jerusalem», en Josephus. The Historian and His Society , Londres, 1983, págs. 46-64.

38 De este aspecto hablaremos con detalle en el apartado quinto de esta Introducción.

39 Incluso se ha llegado a decir que nunca existió tal versión, cf. Y. BAER , «Jerusalem in the times of the Great Revolt», Zion 36 (1971), 127-190.

40 Cf. infra el apartado séptimo de esta Introducción.

41 I 30. En otros lugares también encontramos referencia a esta división, Antigüedades XIII 72, 298; XVIII 11.

42 Cf. P. BILDE , «The Geographic Excursus in Josephus», en F. PARIENTE , J. SIEVERS , The Greco-Roman ..., págs. 247-267.

43 En especial Autobiografía 84-103 y Guerra II 595-623.

44 Contra Apión I 49.

45 Autobiografía 338, 342 y 358; Contra Apión I 53-56.

46 Cf. W. WEBER , Josephus und Vespasian. Untersuchungen zu dem judischen Krieg des Flavius Josephus , Stuttgart, 1921.

47 IV 658 y ss.

48 Octavio XXXIII 4.

49 Guerra VI 238.

50 Autobiografía 65.

51 Contra Apión I 50-51 y Autobiografía 361-366

52 Josefo no cita esta fuente en La guerra , pero sí en las Antigüedades XII 127 y XIV 9. Sobre este autor una de las últimas obras es la de B. Z. WACHOLDER , Nicolaus of Damascus , Berkeley, 1962, y para su relación con los textos de Josefo sigue aún vigente el trabajo de J. VON DESTINON , Die Quellen des Flavius Josephus , Kiel, 1882, págs. 91-120.

53 Cf. SCHÜRER , Historia ..., I, págs. 42-72, con abundante bibliografía al respecto.

54 En Contra Apión II 83-85 se cita a Estrabón al hablar de Antíoco Epífanes.

55 Contra Apión II 84.

56 Antigüedades XIII 319.

57 Antigüedades XIII 344.

58 Antigüedades XV 174.

59 En la traducción, en notas a pie de página, iremos reseñando aquellos pasajes en que Antigüedades se aparta del relato de La guerra .

60 Josephus in Galilee and Rome. His vita and development as a historian , Leiden, 1979, págs. 84-180.

61 Un análisis detallado del método historiográfico seguido por nuestro autor en la elaboración de sus obras puede verse en P. VILLALBA , The Historical Method of Flavius Josephus , Leiden, 1986.

62 Tito es el principal punto de atención de Josefo, su valor como general y su compasión como hombre son los temas más repetidos: III 64; V 59, 310, y IV 92, V 316 y VI 184-185 respectivamente. No obstante, la imagen que Tito da en la Guerra no coincide con la que aparece en otras obras de autores romanos como SUETONIO (Tito VII 1) o DIÓN CASIO (Historias LXVI 18, 1); cf. Z. YAVETZ , «Reflections on Titus and Josephus», Greek. Roman and Bizantyne Studies 16 (1975), 411-432.

63 En el libro VII (85-88), seguramente un añadido de la época de Domiciano, se destaca el papel de este emperador de forma exagerada.

64 II 345-407.

65 I 6.

66 Cf. P. BILDE , «The causes of the Jewish war according to Josephus», Journal for the Study of Judaism 10 (1979), 179-202.

67 Es el caso, por ejemplo, de II Reyes 17, 7-20; 23, 26-27 o de II Crónicas 36, 15-21.

68 Así lo expresa en Antigüedades X 79 y 276.

69 Este sentido tienen los escritos apócrifos de este período referidos a Jeremías: Paralipómenos de Jeremías y el Apócrifo de Jeremías ; cf. L. 247.-2 VEGAS , «Paralipómenos de Jeremías» , y G. ARANDA , «Apócrifo de Jeremías sobre la cautividad de Babilonia », en A. DÍEZ MACHO (ed.), Apócrifos del Antiguo Testamento , vol. II, Madrid, 1982, págs. 355-442.

71 III 392 ss.

72 Cf. H. R. MOEHRING , «Joseph Ben Matthia and Flavius Josephus: the Jewish Prophet and Roman Historian», Aufstieg und Niedergang der römischen Welt II 21.2 (1984), 864-944.

72 Para estas cuestiones puede consultarse el trabajo reciente de F. TRISOGLIO , «L’intervento divino nelle vicende umane dalla storiografia classica greca a Flavio Giuseppe e ad Eusebio di Cesarea», Aufstieg und Niedergang der römischen Welt II 21.2, 1984, págs. 977-1104.

73 En Roma es en esta época cuando se inicia el gusto aticista; cf. CICERÓN , Bruto XXXIII 51 y El orador VIII 25.

74 Por ejemplo en V 73.

75 II 410, III 31, V 420.

76 VII 45.

77 Para el vocabulario y usos gramaticales de Josefo, vid. H. St. J. THACKERAY y R. MARCUS , A Lexicon to Josephus , 4 vols., París, 1930-1955, y K. H. RENGSTORF , A Complete Concordance to Flavius Josephus , vols., Leiden, 1973-1983.

78 En Antigüedades XX 263 confiesa las serias dificultades que aún tiene con la lengua griega.

79 En Antigüedades XX 263 Josefo comenta que él es conocedor de la literatura griega.

80 J. BERNARDI , «De quelques sémitismes de Flavius Josèphe», Revue des Études Grecques 100 (1987), 18-29, ha observado algunos restos de semitismos que subsisten en la obra, en concreto aduce ejemplos del libro V.

81 THACKERAY , págs. XV-XIX, y del mismo autor, Josephus the Man and the Historian , Nueva York, 1929 (=1967), págs. 107 ss.

82 Cf. H. W. ATTRIDGE , The Interpretation of Biblical History in the Antiquitates Judaicae of Flavius Josephus , Missoula, 1976, págs. 43-51 y 57-60.

83 Cf. R. J. H. SHUTT , Studies in Josephus , Londres, 1961, págs. 102-106.

84 Historias XXXVIII 4.

85 Este es el caso del relato de las trágicas desgracias de la familia de Herodes, con el protagonismo de la clásica Fortuna, en I 431 ss.

86 Un estudio de las principales piezas retóricas de la Guerra puede verse en H. LINDER , Die Geschichtsauffassung des Flavius Josephus im Bellum Judaicum , Leiden, 1972, págs. 21-48.

87 Historias II 56, 11-12.

88 Vid. M. STEINSCHNEIDER , Die Geschichtsliteratur der Juden, l. Bibliographie der hebräischen Schriften , Francfort, 1902, págs. 89 ss.

89 No obstante, algunos de los judíos dispersos por Europa abordarán la traducción de las obras de Josefo, aunque no en hebreo, sino en las correspondientes lenguas vernáculas, como apoyo para afianzar su identidad frente a los estados europeos. Tal es el caso del judaizante español José Semah Arias, que vertió al castellano el Contra Apión , publicado en Amsterdam en 1687; cf. N. FERNÁNDEZ MARCOS , «José Semah Arias traductor de Flavio Josefo», en F. DÍAZ ESTEBAN , Los Judaizantes en Europa y la literatura castellana del Siglo de Oro , Madrid, 1994, págs. 141-154.

90 El autor de este libro confiesa seguir la obra de José, hijo de Matías, que confunde con José ben Gorión, uno de los más destacados activistas de la insurrección contra Roma.

91 Todas estas versiones parten de la edición de Constantinopla en 1510, sobre un original reelaborado en Italia en el siglo XII .

92 La historia de las diferentes recensiones, ediciones y traducciones de este texto puede verse en U. CASSUTO , Encyclopaedia Judaica , IX, Berlín, 1932, cols. 420-425, y en SCHÜRER , Historia ..., págs. 160-162. La última edición es la de D. FLUSSER en dos volúmenes (Jerusalén, 1978-1980).

93 Cf. HADAS -LEBEL , Flavius Josèphe. Le juif de Rome (= Flavio Josefo. El judío de Roma . Barcelona, 1994), págs. 235-237.

94 Vid. por ejemplo C. GIGÉE , La lune d’hiver , París, 1970, Y. YADIN , Herod’s Fortress and the Zelots’ Last Stand . 2.a ed., Londres, 1971, y Y. BAER , «Jerusalem in the Times of the Great Revolt», Zion 36 (1971), 127-190 (en hebreo con resumen en inglés).

95 Cf. H. SCHRECKENBERG , Die Flavius-Josephus-Tradition in Antike und Mittelalter , Leiden, 1972, págs. 68-69.

96 Historia Eclesiástica III 9.

97 Guerra II 119-161.

98 Guerra IV 483-484.

99 Guerra VI 312.

100 III 400 y VI 312-313.

101 Cf. I. WEILER , «Titus und die Zerstörung des Tempels von Jerusalem. Absicht oder Zufoll?», Klio 50 (1968), 151.

102 CASIODORO , Instituciones XVII.

103 La versión latina de las obras de Josefo fue editada por vez primera en 1470 en Augsburgo por J. SCHÜSSLER , si bien es mejor la edición de Basilea de 1524.

104 Son muy frecuentes los manuscritos de esta obra en los monasterios de Occidente. Un ejemplo lo tenemos en el manuscrito latino g- II- 7 del Monasterio de El Escorial, fechado en el siglo XIII .

105 H. SCHRECKENBERG , Die Flavius-Josephus ..., págs. 68 ss., recoge las citas a Josefo por parte de estos autores cristianos.

106 Historia eclesiástica III 9-10.

107 En el capítulo 13 del De viris illustribus , Jerónimo cita sólo tres autores no cristianos, Séneca, Filón y entre ellos a Josefo.

108 Epístola II 143 y IV 225; cf. H. SCHRECKENBERG , K. SCHUBERT , Jewish Historiography and Iconography in Early and Medieval Christianity , Assen-Minneapolis, 1992, págs. 79-80.

109 Historia eclesiástica I 11, 9.

110 Cf. HADAS -LEBEL , Flavio ..., pág. 229.

111 Un panorama de la presencia de Flavio Josefo en la literatura española puede verse en Y. MALKIEL , «El libro indefinido de M. R. L. de M.; Josefo y su influencia en la literatura española», Filología 13 (1968-1969), 205-226.

112 Vid. apartado III 1 de la Introducción de L. GARCÍA IGLESIAS a FLAVIO JOSEFO , Autobiografía. Contra Apión , B. C. G. 189, Madrid, Gredos, 1994.

113 Existen reediciones en 1660, 1696 y 1698.

114 Este título puede proceder tanto de la alteración del nombre latino de Josefo, Iosepus, Ioseppus o Iosippus , como de Hegesipo, historiador judío del siglo II convertido al cristianismo (cf. Eusebio, Historia eclesiástica IV 22, 8). Se ha llegado incluso a atribuir la versión a San Ambrosio y a un judío convertido llamado Isaac (JERÓNIMO , Carta a Tito 3, 9).

115 Contamos con la edición crítica de V. USANI , Hegesippi qui dicitur historiae libri V , I, Viena-Leipzig, 1932; II, Viena, 1960 (con prefacio de C. MRAS ).

116 Este texto se ha editado en la Traslatio Syra Pescitto Veteris Testamenti ex codice Ambrosiano, saeculum VI photolithographice edita por A. M. CERIANI en Milán en 1876-1883 en dos volúmenes. Existe traducción de H. KOTTEK , Das sechste Buch des Bellum Judaicum nach der von Ceriani photolithographisch edirten Peschitta-Handschrift übersetzt und kritisch bearbeitet , Berlín, 1886.

117 IĒSOUS ..., Heidelberg, 1929-1930, obra que ha sido traducida al inglés, abreviada y modificada por A. H. KRAPPE , The Messiah Jesus and John the Baptist according to Flavius Josephus recently rediscovered «Capture of Jerusalem» and other Jeswish and Christian Sources , Londres, 1931.

118 El texto ha sido editado por V. M. ISTRIN , La prise de Jérusalem de Josèphe le juif con traducción al francés por P. PASCAL , 2 vols., París, 1934-1938 (= Mónaco, 1964). Más recientemente ha salido otra edición, N. A. MESCERSKIJ , Istorija iudeskoij vojny Josifa Flavija , San Petersburgo, 1958, y otra traducción, N. RADOVICH , ll testo russo antico della Guerra Giudaica , apéndice de la edición de G. VITUCCI , Vicenza, 1974, vol. II, págs. 619-676. La edición bilingüe de H. ST . J. THACKERAY , en las obras completas de Flavio Josefo en la colección inglesa loeb, contiene en su volumen III un apéndice sobre estos textos, «The principal additional passages in the slavonic version», págs. 635-660.

119 Las dos versiones se guardan en la Biblioteca Vaticana, Barberianini Graeci 228 y 229; cf. SCHRECKENBERG , Die Flavius-Josephus ..., pág. 64.

120 Cf. EISLER , IĒSOUS ..., I, pág. XLIV, 159 y 527 ss., y F. MACLER , «À propos du Josèphe arménien», Revue d’historie des religions 97 (1928), págs. 13-22.

121 Pocos son los restos que nos han llegado de época anterior; solamente tiene relativa importancia el papiro Vindobonense 29810, fechado a finales del siglo III d. C. y que presenta fragmentos del libro II 576-579 y 582-584 de la Guerra ; cf. H. OELLACHER , Griechische Literarische Papyri II , Viena, 1939, pág. 31, y SCHRECKENBERG , Die Flavius-Josephus ..., págs. 45-55.

122 Cf. A. PELLETIER , Flavius Josèphe. Guerre des juifs , I, París, 1975, pág. 24.

123 Existe reedición de la misma en Francfort, 1617.

124 Se ha reimpreso en 1955.

125 Flavii Josephi opera omnia post Immanuelem Bekkerum recognovit , V (Bellum Judaicum 1-4), Leipzig, 1895; VI (Bellum Judaicum 5-7), Leipzig, 1896.

126 Reimpresa en 1983.

127 Ya en época reciente, desde 1564, tenemos traducciones al holandés. En Amsterdam en 1580 y en 1594, y en Leiden en 1607 y en 1659 tenemos otros testimonios de esta popularidad del autor judío en los Países Bajos.

128 Cf. J. PAITONI , Biblioteca degli autori antichi greci e latini volgarizzati , II, Venecia, 1766, s. v . Gioseffo, págs. 96-107.

129 Histoire ancienne des Juifs et La guerre des Juifs contre les Romains 66-70 après J. C. Autobiographie . Textes traduits sur l’original grec par ARNAUD D’ANDILLY , adaptés en français par J. A. C. BUCHON , préface de V. NIKIPROWETZKY .

130 Judiske historia, utaf Arnolds d’Andilly fransyska uttolkning pa swenska öfwersatt , Estocolmo, 1713-1752.

131 Se ha reeditado en Leipzig en 1990.

132 Reeditada en 1974.

133 Existe reedición de 1981.

134 En 1974 se han publicado, también en São Paulo, los pasajes más significativos de esta versión, en Seleções de Flávio Josefo .

135 VII libres dela iudayca captivitat als Emperadors ...

136 Siete libros dela guerra Judayca y delos dos libros contra Appion... bueltos de latin en Romançe Castellano por el mesmo cronista (Alonso de Palencia) .

137 Josepho de belo judayco. Los siete libros que el autentico hystoriador Flavio Josepho escrivio dela guerra que tuvieron los judios con los romanos y la destruycion de Jerusalen hecha por Vespasiano y Tito .

138 En 1557 se publica en Madrid con el título Los siete libros de Flavio Iosefo, los quales contienen las guerras de los ludios y la destrucion de Hierusalem y d’el Templo; traduzidos agora nuevamente segun la verdad de la historia por Iuan Martin Cordero .

139 Existe reimpresión de 1987.

140 No obstante, esta obra ha sido objeto de diversas reediciones anteriores, como la de 1657, la de 1791 o la de Buenos Aires de 1944.

141 Se ha reimpreso en 1988.

BIBLIOGRAFÍA

La bibliografía sobre Flavio Josefo es enorme e inabarcable, hasta el punto de que existen trabajos específicos dedicados a reseñarla. H. SCHRECKENBERG recoge las ediciones, traducciones y estudios sobre el autor judío desde 1470: Bibliographie zu Flavius Josephus , Leiden, 1968, y Bibliographie zu Flavius Josephus. Supplementum , Leiden, 1979. Más reciente es la obra de L. H. FELDMAN , Josephus and Modern Scholarship (1937-1980) , Berlín-Nueva York, 1984, que incluye unos cinco mil libros y artículos sobre Josefo y que ha sido completada con el trabajo del mismo autor, Josephus. A supplementary bibliography , Nueva York, 1986, y la de L. H. FELDMAN , G. HATA (eds.), Josephus, the Bible and History , Leiden, 1989, donde el comentario de la bibliografía ocupa más de cien páginas.

En este elenco bibliográfico presentaremos una selección breve y selectiva de aquellos títulos que puedan resultar útiles para profundizar en la Guerra de los judíos de Josefo, tanto en su aspecto histórico como filológico. No hemos recogido aquí todas las obras, normalmente sobre aspectos puntuales, citadas en las notas de esta Introducción y del propio texto. Nos limitamos a dar referencia de aquellos trabajos sobre cuestiones generales, ya clásicos sobre el tema y que siguen sirviendo de base para la investigación posterior, y de las aportaciones relativamente recientes, estén o no reseñados en las notas. El mismo criterio seguiremos para el caso de las ediciones y traducciones, donde señalaremos únicamente las últimas publicaciones críticas, las más accesibles y las que ofrecen un mayor interés, mientras que nos remitimos al apartado correspondiente de este Introducción para el resto.

A) OBRAS GENERALES

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G. VITUCCI , La guerra giudaica , Milán, 1974 (=1983).

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C) LÉXICOS Y CONCORDANCIAS

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H. ST . J. THACKERAY , M. A. MARCUS , Lexicon to Josephus , 4 vols. (hasta emphilochōreîn ), París, 1930-1955.

D) ESTUDIOS ESPECÍFICOS

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León-Valladolid, diciembre de 1996

LIBRO I

NOTA TEXTUAL


EDICIÓN DE NIESE 1NUESTRO TEXTO
47 (23) ’Ακέδασαν’Αδασάν Hudson ex AJ XII 408
85 (2) εἶχενεἶχεν 〈έν τιμῇ〉 Hudson ex AJ XIII 323
104 (6) διὰ μάχηςδίχα μάχης Destinon ex AJ XIII 393, Thackeray
117 (16) οἰκετῶνοἰκείων Herwerden
217 (1) Σέξτου’Αντιστίου Versio Latina , Schalit, Thackeray,
392 (5) ΒεντίδιοςΚυΐντος Δίδιος Hudson ex Dione Cassio LI 7
454 (5) † ἡδὺεἰ δὴ Thackeray
480 (2) τριχῶντρυχῶν coni. Niese ex AJ XVI 204
664 (20) ’Αντιπάτρου’Αντίπα PAML 2
673(1)ἑβδομήκονταδιακοσίους LVRC, Versio Latina , Hegesipo, Thackeray

1 Citamos el pasaje con el número del párrafo y, entre paréntesis, con el de la línea de la edición de Niese.

SINOPSIS
DESDE LA TOMA DE JERUSALÉN POR ANTÍOCO IV EPÍFANES HASTA LA MUERTE DE HERODES (167 - 4 a. C.)

1. Proemio.– 31. Toma de Jerusalén por Antíoco IV Epífanes.– 36. Matías. Judas. Jonatán y Simón Macabeo.– 54. Juan Hircano.– 70. Aristobulo.– 85. Alejandro Janeo.– 107. La reina Alejandra.– 120. Rivalidad entre Aristobulo e Hircano.– 141. Invasión de Pompeyo.– 160. Revuelta de Alejandro. Gobierno de Gabinio, Craso y Casio.– 183. Julio César y Antípatro.– 195. César interviene en el conflicto entre Antípatro y Antígono. Triunfo de Antípatro.– 204. Herodes, gobernador de Galilea.– 218. Guerra civil en el Imperio. Casio en Siria.– 225. Muerte de Antípatro. Venganza de Herodes.– 242. Embajada judía ante Marco Antonio. Herodes y Fasael, tetrarcas de Judea.– 248. Los partos invaden Siria y reponen en el trono a Antígono.– 265. Huida de Herodes. En Roma el Senado le nombra rey de los judíos.– 286. Antígono ataca Masadá.– 290. Herodes de nuevo en Palestina: Masadá, Jope y Jerusalén.– 303. Campaña de Herodes en Idumea y Galilea.– 323. Muerte de José, hermano de Herodes.– 328. Herodes en Jericó. Asedio de Jerusalén.– 354. Asesinato de Antígono. Intrigas de Cleopatra.– 364. Guerra de Herodes contra los árabes.– 386. Tras la batalla de Acio, Augusto César confirma a Herodes en el trono. Nuevos territorios.– 401. Herodes reconstruye el Templo de Jerusalén. Su actividad benefactora en otras ciudades.– 431. Los dramas de la familia herodiana.– 445. Intrigas de los hijos de Mariamme. Mediación de Augusto.– 455. Herodes ante Arquelao. Discurso al pueblo.– 467. Maquinaciones dentro de la corte. Rivalidad entre los hijos de Herodes.– 498. Arquelao, artífice de la reconciliación.– 513. Presencia de Euricles en la corte.– 534. El tribunal de Berito. Condena de Aristobulo y Alejandro.– 552. Impopularidad de Antípatro. La descendencia de Herodes.– 567. Conjuración en la corte y en Roma.– 578. Envenenamiento de Ferora. Se descubre la conjura contra Herodes.– 608. Antípatro regresa a Judea.– 620. Juicio de Herodes contra Antípatro.– 645. Herodes enferma y cambia su testamento.– 648. El suceso del águila de oro del Templo.– 656. Se agrava la enfermedad de Herodes. Ejecución de Antípatro.– 665. Muerte de Herodes. Arquelao es proclamado rey.

Proemio 2

La guerra que los judíos han llevado a [1] cabo contra los romanos no sólo es la mayor de las que ha habido entre nosotros, sino casi también de todas las que nos han contado que han ocurrido entre las ciudades o los pueblos. Unos escriben de forma retórica sobre los acontecimientos sin haber estado presentes en ellos, sino basándose en los hechos fortuitos y discordantes que han oído. Otros, en cambio, por adulación hacia los romanos o por [2] odio a los judíos falsifican la historia, y así sus escritos presentan en unos casos ataques y en otros elogios, pero nunca la exactitud histórica. Por este motivo he decidido relatar [3] con detalle, en lengua griega, a los habitantes del Imperio romano lo que antes había escrito en mi lengua materna 3 para los bárbaros de las regiones superiores 4 ; yo, Josefo 5 , hijo de Matías, sacerdote de Jerusalén, de raza hebrea 6 , que en un principio he luchado en persona contra los romanos y que por necesidad me he visto obligado a intervenir en los acontecimientos posteriores 7 .

[4] Cuando se produjo este conflicto, que como acabo de decir fue muy importante, la situación interna de Roma estaba en un mal momento 8 , mientras que, entonces, entre los judíos el deseo de revolución, que estaba en plenitud de fuerzas y de medios económicos, se acrecentaba con estas circunstancias confusas. Como consecuencia de esta situación extrema, los judíos deseaban conquistar el Oriente y [5] los romanos temían perderlo. En efecto, los judíos tenían la esperanza de que todos los habitantes del otro lado del Éufrates, que también eran de su raza, se alzasen con ellos, mientras que a los romanos les molestaban sus vecinos los galos 9 y la región celta 10 estaba inquieta. Después de Nerón todo eran discordias, a muchos les seducía la ocasión de apoderarse del Imperio, y el ejército deseaba un cambio para así obtener alguna ganancia. Creí que no era lógico adulterar [6] la verdad en acontecimientos de tal envergadura, y que los partos, los babilonios, los árabes más lejanos, nuestros congéneres del otro lado del Éufrates y los adiabenos 11 , conocieran con exactitud a través de mi obra cómo empezó la guerra, las desgracias que provocó y cómo llegó a su fin, y que, en cambio, los griegos y los romanos que no han participado en el conflicto bélico lo ignorasen, pues sólo han tenido acceso a obras aduladoras o falsas 12 .

Pues bien, se atreven a darles el nombre de historias a [7] estos escritos en los que me parece que no consiguen su propósito, además de que no cuentan nada verdadero. Al querer demostrar que los romanos son grandes, relegan siempre a los judíos y los humillan. Realmente no sé cómo [8] podrían parecer grandes los que han vencido a pequeños. No prestan atención a la duración de la guerra, ni a la cantidad de soldados romanos que perecieron en ella, ni a la grandeza de los generales que tanto se esforzaron en torno a Jerusalén y, creo, que al despreciar su buena actuación se les está quitando gloria.

Yo, por mi parte, he decidido no acrecentar los asuntos [9] concernientes a mi pueblo para así no rivalizar con los que ensalzan a los romanos, sino que voy a relatar los hechos de ambos bandos con exactitud. Expongo mi opinión sobre los acontecimientos según el desarrollo de los mismos y dejo que mis propios sentimientos expresen sus lamentos por las [10] desgracias de mi patria. El emperador Tito César es testigo de que a mi nación la ha destruido una lucha interna, de que los tiranos judíos 13 son los que han traído a la fuerza las manos de los romanos y el fuego contra el santo Templo. Este mismo personaje, precisamente el que lo ha saqueado, se ha apiadado a lo largo de toda la guerra del pueblo que tenían vigilado los revolucionarios, y muchas veces aplazó voluntariamente la toma de la ciudad y durante el asedio dio [11] tiempo para que los responsables se arrepintieran 14 . Si alguien viera que no actúo con verdad al hablar contra los tiranos o contra su actividad de bandidos 15 o al lamentarme por las desgracias de mi pueblo, ruego que me perdone, aunque no siga las normas de la historiografía 16 . Pues de todas las ciudades que estuvieron bajo el poder de Roma, la nuestra llegó al más alto grado de felicidad y, a la vez, a la [12] más dolorosa de las desgracias. Cuando se comparan las calamidades que todos los pueblos han tenido a lo largo de la historia con las de los judíos, aquéllas me parecen inferiores. Además, el causante de ellas no ha sido una persona ajena a nuestra raza, de modo que no me es posible poner fin a mis llantos. Y si el que juzga mis escritos fuera demasiado insensible para compadecerse, que atribuya los acontecimientos a la historia y los lamentos al escritor.

Pues bien, yo mismo también criticaría con razón a los [13] griegos eruditos 17 que, a pesar de que en su época han sucedido eventos tan importantes que, en comparación, las guerras pasadas parecen sin importancia, sin embargo se convierten en jueces y ofenden a los que se dedican a contar este tipo de acontecimientos. Y aunque les superan en estilo, son inferiores, en cambio, en su propósito. Ellos escriben las historias de los asirios y medos, como si los autores antiguos no las hubieran relatado correctamente. Y, por otra parte, [14] los historiadores modernos también son inferiores a aquéllos tanto en su habilidad de escribir como en su razonamiento de los hechos. Pues cada uno de ellos se dedicaba a escribir sobre la realidad contemporánea, y el haber estado presente en ella proporcionaba una información clara y constituía una vergüenza mentir ante personas que conocían lo ocurrido. En efecto, es digno de elogio y de alabanza ofrecer [15] a la memoria los hechos no conocidos y transmitir a los que vengan después los sucesos de su propia época. Una persona laboriosa no es la que cambia una organización y un plan ajenos, sino la que, además de relatar algo nuevo, compone de una forma particular toda una obra de historia. [16] Yo, que soy extranjero 18 , ofrezco a los griegos y romanos, con unos gastos y unas fatigas muy grandes, el recuerdo de acontecimientos dichosos. Los griegos genuinos, cuando se trata de ganancias y de juicios, tienen inmediatamente la boca abierta y la lengua suelta, mientras que cuando se trata de la historia, donde es necesario decir la verdad y relatar con mucho esfuerzo todo lo que ha pasado, se callan y dejan en manos de gente mediocre y poco entendida la tarea de escribir sobre las hazañas de sus gobernantes. Sea, pues, honrada entre nosotros la verdad de la historia, ya que entre los griegos no se le presta atención.

[17] Creí que ahora no era el momento oportuno de contar la historia antigua de los judíos 19 , quiénes eran, cómo se libraron de los egipcios, a qué regiones llegaron en su errante existencia, en cuántas se asentaron y cómo emigraron de ellas. Y, por otra parte, es algo inútil, puesto que muchos judíos antes que yo han escrito de una forma rigurosa la historia de nuestros antepasados 20 , y algunos griegos, al traducirla a su lengua materna, no se han apartado mucho de la verdad 21 .

Voy a dar inicio a mi obra en el punto en que lo dejaron [18] estos historiadores y nuestros profetas. Trataré con más detalle y con el mayor esmero que pueda lo concerniente a la guerra de mi época y, en cambio, haré un breve repaso de los sucesos anteriores a mí.

Hablaré de cómo Antíoco, llamado Epífanes, tomó a la [19] fuerza Jerusalén y cómo, después de conservarla durante tres años y seis meses, fue expulsado de ella por los hijos de Asmoneo. Después, cómo sus descendientes, al disputarse el reino, arrastraron a los romanos y a Pompeyo a intervenir en el asunto; cómo Herodes, el hijo de Antípatro, acabó con la dinastía con la ayuda de Sosio; cómo el pueblo, después [20] de la muerte de Herodes, se sublevó, cuando Augusto era el emperador de los romanos y Quintilio Varo estaba en Jerusalén. También contaré que en el duodécimo año del principado de Nerón estalló la guerra, lo que ocurrió con Cestio y lo que obtuvieron los judíos con las armas en los primeros ataques. Relataré cómo fortificaron las ciudades vecinas, [21] cómo Nerón, que temía por el Imperio tras la derrota de Cestio, puso a Vespasiano al frente de la guerra, y cómo éste, con el mayor de sus hijos, llegó al territorio judío; con qué ejército romano y cuántos aliados se extendió por toda Galilea, y cómo aquí tomó algunas de sus ciudades totalmente a la fuerza y otras a través de un acuerdo.

En este punto también expondré lo relativo a la disciplina [22] de los romanos en las guerras y el entrenamiento de sus legiones, la extensión y naturaleza de las dos Galileas 22 y las fronteras de Judea, además de la particularidad de la región, los lagos y fuentes que hay en ella, y contaré con precisión los sufrimientos de los que fueron capturados en cada ciudad, ya que yo mismo lo he visto o padecido. No ocultaré ninguno de mis padecimientos, dado que se lo voy a contar a personas que los conocen 23 .

[23] Después recordaré cómo murió Nerón, cuando los asuntos judíos se hallaban ya en una mala situación, y cómo Vespasiano, que entonces se dirigía a Jerusalén, tuvo que desistir de su propósito por su elección imperial; las señales que éste tuvo sobre el asunto y las revueltas que se produjeron [24] en Roma; cómo él mismo fue proclamado emperador por los soldados en contra de su voluntad y que, cuando fue a Egipto para poner orden en el Imperio, comenzaron los conflictos internos en Judea, cómo regresaron al poder los tiranos [25] y los desacuerdos que hubo entre ellos. A continuación contaré cómo Tito desde Egipto invadió por segunda vez Judea, cómo, dónde y qué cantidad de soldados reunió; cómo estaba la ciudad a causa de las luchas internas cuando él estaba allí, cuántos ataques realizó, cuántos terraplenes; hablaré de los perímetros de las tres murallas y sus medidas, de la fortificación de la ciudad y la disposición del santuario [26] y del Templo; de todas sus dimensiones exactas y las del altar, de algunas costumbres de las fiestas, de los siete grados de purificación 24 y de las funciones de los sacerdotes, de sus vestimentas y de las del sumo sacerdote, y cómo era la parte más sagrada del Templo 25 , sin ocultar ni añadir nada a lo que ya se conoce 26 . Luego me referiré a la crueldad [27] de los tiranos para con los de su propia raza y a la clemencia de los romanos con los extranjeros y a las veces que Tito, por deseo de salvar a la ciudad y al Templo, convocó a los sublevados para hacer las paces. Destacaré los sufrimientos y las desgracias de mi pueblo, cuánto se vieron obligados a padecer por la guerra, las luchas internas y el hambre. No [28] pasaré por alto los infortunios de los desertores ni los castigos de los prisioneros de guerra, cómo fue incendiado el Templo contra la voluntad de César 27 , cuántos bienes del Templo fueron destruidos por el fuego, la toma de la ciudad así como las señales y los signos que la precedieron, el apresamiento de los tiranos, el número de personas que fueron reducidas a la esclavitud y la suerte que obtuvo cada uno de ellos. Contaré cómo los romanos han llegado hasta el final [29] en esta guerra y han destruido totalmente todas las fortificaciones, y cómo Tito llegó y puso orden en toda la región, su regreso a Italia y su triunfo.

[30] He escrito todos estos acontecimientos en siete libros para los que aman la verdad, no por placer. Y lo he hecho sin dar ocasión a los que conocen los hechos o han estado presentes en la guerra para que me critiquen o acusen. Daré comienzo a mi narración por los acontecimientos que he citado en primer lugar en este sumario de los capítulos.

Toma de Jerusalén por Antíoco IV Epífanes

[31] Cuando se hallaban en discordia los más poderosos de los judíos, Onías 28 , uno de los sumos sacerdotes, consiguió imponerse y expulsó de la ciudad a los hijos de Tobías 29 , en el mismo momento 30 en que Antíoco, llamado Epífanes, luchaba contra Ptolomeo VI por la Celesiria. Entre ellos había una rivalidad por el poder, pues ningún noble soporta someterse a uno de su misma [32] clase. Los vástagos de Tobías recurrieron a Antíoco y le pidieron que les tomase a ellos como guías para invadir Judea. El rey, que ya estaba dispuesto a ello desde hacía tiempo, se dejó convencer y con un ejército muy grande él mismo tomó a la fuerza la ciudad y mató a un gran número de los partidarios de Ptolomeo. Dejó libertad a sus soldados para que hicieran pillaje y él, en persona, saqueó el Templo y prohibió durante tres años y seis meses los sacrificios perpetuos [33] que tenían lugar todos los días 31 . El sumo sacerdote Onías, que huyó a refugiarse ante Ptolomeo, recibió de éste un lugar en la región de Heliópolis, donde fundó una pequeña ciudad y levantó un templo similares a la ciudad y al Templo de Jerusalén. [34] Sobre ello hablaremos en otro momento 32 . Sin embargo, para Antíoco no era suficiente ni el haber conquistado la ciudad, sin esperarlo, ni los saqueos ni tantas muertes. Y así, por no poder dominar sus pasiones y por el recuerdo de lo que había padecido en el asedio de la ciudad, obligó a los judíos a incumplir sus costumbres patrias, a no circuncidar a sus hijos y a sacrificar cerdos en el altar. [35]

Todos desobedecieron estas normas, y las personas más notables fueron degolladas. Báquidas 33 , que había sido enviado por Antíoco como jefe de la guarnición, asumió con su natural crueldad las impías órdenes y no permitió ningún exceso en el incumplimiento de la ley. Uno a uno atormentaba a los hombres más importantes y públicamente hacía ver a todos cada día la conquista de la ciudad, hasta que la exageración de sus ofensas hizo que la gente oprimida se atreviera a enfrentarse a él.

Matías, Judas, Jonatán y Simón Macabeo

[36] Matías 34 , hijo de Asmoneo 35 y uno de los sacerdotes de la aldea llamada Modín 36 , acompañado por individuos de su familia, pues tenía cinco hijos, se levantó en armas y mató a Báquidas. Si bien, por temor al gran número de guarniciones enemigas, huyó inmediatamente [37] a las montañas 37 . Lleno de valor porque se le habían unido muchas personas del pueblo, bajó de allí y entabló una batalla en la que venció a los generales de Antíoco y los expulsó de Judea. Alcanzó el poder por este éxito y gobernó con el beneplácito de los suyos por haberles librado de los extranjeros. Cuando murió, dejó el mando a Judas, el mayor de sus hijos 38 .

Éste último, al sospechar que Antíoco no iba a permanecer [38] tranquilo, reunió un ejército formado por soldados del país y fue el primero que hizo un acuerdo de amistad con los romanos 39 . De esta forma rechazó con un duro ataque a Epífanes, que de nuevo había penetrado en Judea 40 . Animado [39] por este triunfo se dirigió contra la guarnición de la ciudad, pues aún no había sido aniquilada. Hizo bajar de la parte alta de la ciudad a los soldados y los reunió en la parte baja, que se llama Acra 41 . Se adueñó del Templo, purificó todo el lugar y lo amuralló, dispuso nuevos utensilios para el culto y los llevó al santuario, pues los que había antes estaban profanados, construyó otro altar y dio comienzo a los sacrificios 42 .

Cuando la ciudad acababa de recobrar sus funciones sagradas, [40] murió Antíoco y se convirtió en heredero de su reino y del odio contra los judíos su hijo Antíoco 43 . Éste reunió [41] cincuenta mil soldados de infantería, unos cinco mil jinetes, ochenta elefantes 44 y penetró a través de Judea en la región montañosa 45 . Así pues, se apoderó de la aldea de Betsur 46 y Judas le salió al encuentro con su ejército en un [42] lugar llamado Betzacaría 47 , donde el paso es estrecho. Antes de que las tropas entrasen en combate, su hermano Eleazar al ver el elefante más grande, que iba adornado con una gran torre y con parapetos dorados, y al sospechar que Antíoco estaba montado en él, salió corriendo a toda prisa desde sus tropas, se abrió paso entre el ejército enemigo y llegó [43] hasta el elefante. Sin embargo, a causa de la altura no le fue posible alcanzar a aquel que pensaba que era el rey, sino que golpeó al animal debajo del vientre y le hizo caer encima de él mismo. Así murió aplastado, de modo que, al preferir la gloria antes que la vida, no logró nada más que el intento [44] de una gran hazaña. En realidad, el que conducía el elefante era persona corriente, y en el caso de que hubiera sido Antíoco, Eleazar no hubiera obtenido otra cosa sino el parecer que había querido la muerte por la única esperanza [45] de una acción brillante. Esto fue para su hermano un presagio de lo que iba a pasar en todo el combate. Pues los judíos lucharon con fuerza durante mucho tiempo, si bien el ejército real, que era superior en cantidad y al que además acompañaba la buena suerte 48 , obtuvo la victoria. Allí murieron muchos, y Judas huyó con los que quedaban al distrito de Gofna 49 . Antíoco fue a Jerusalén y, tras permanecer en ella [46] unos días, se retiró a causa de la falta de provisiones. Allí dejó la guarnición que consideró suficiente, y llevó el resto del ejército a pasar el invierno a Siria.

Ante la retirada del rey, Judas no permaneció sin hacer [47] nada, sino que con los que se le habían unido del pueblo y con los que habían sobrevivido a la guerra luchó contra los generales de Antíoco cerca de la aldea de Adasa. Él murió en la batalla, no sin antes luchar como el mejor y matar a muchos enemigos. Pocos días después su hermano Juan también acabó su vida a causa de las maquinaciones de los partidarios de Antíoco 50 .

Le sucedió su hermano Jonatán, quien además de tomar [48] precauciones con relación a la población local, reforzó su poder a través de un acuerdo de amistad con los romanos y se reconcilió con el hijo de Antíoco 51 . Pero esto no fue suficiente para su propia seguridad. El tirano Trifón, tutor del [49] hijo de Antíoco, que había conspirado ya antes contra él, intentaba apartar a Antíoco de sus amigos. Y así, detuvo con engaños a Jonatán cuando vino con unos pocos hombres a Ptolemaida 52 a ver a Antíoco y, tras encarcelarlo, se dirigió con el ejército contra Judea. Ahora bien, Trifón expulsado de allí por Simón, hermano de Jonatán, e irritado por esta derrota, acabó con la vida de Jonatán.

[50] Simón 53 , que dirigía los asuntos de forma enérgica, tomó las ciudades próximas de Gazara, Jope y Jamnia 54 y destruyó la ciudadela 55 , una vez que consiguió tomar su guarnición. Después se hizo aliado de Antíoco 56 contra Trifón, a quien asediaba en Dora 57 antes de emprender la expedición [51] militar contra los medos. Pero aunque le ayudó a matar a Trifón, no consiguió acabar con la codicia del rey. No mucho después Antíoco envió a su general Cendebeo con tropas para devastar Judea y esclavizar a Simón. Pero [52] éste, aunque era anciano, dirigía la guerra como si fuera joven. Envió delante a sus hijos con los hombres más valientes y él mismo con una parte del ejército atacó por otra parte. Venció en todos los ataques, pues había colocado previamente [53] emboscadas en diversos lugares, incluso en las montañas. Tras su brillante triunfo en esta batalla fue nombrado sumo sacerdote y liberó a los judíos de la dominación de los macedonios 58 que había durado ciento setenta años 59 .

Juan Hircano

Simón murió en un banquete por la [54] conspiración de su yerno Ptolomeo, que había encerrado a la mujer de éste y a sus dos hijos y enviado algunos hombres para matar a Juan, el tercero de los hijos, llamado Hircano 60 . El joven, cuando se enteró de su llegada, [55] se apresuró en ir a la ciudad, pues tenía una gran confianza en el pueblo por el buen recuerdo que conservaba de los éxitos de su padre y el odio contra la injusticia de Ptolomeo. Sin embargo, este último intentó entrar por otra puerta, pero se lo impidió el pueblo que rápidamente había aceptado a Hircano. Ptolomeo enseguida se retiró a una de las fortificaciones, [56] llamada Dagón, que hay más allá de Jericó 61 . Por su parte, Hircano 62 , una vez que recibió el sumo sacerdocio de su padre e hizo sacrificios a Dios, se dirigió rápidamente contra Ptolomeo en ayuda de su madre y de sus hermanos. [57] En el ataque de la fortaleza, aunque fue superior en todo lo demás, sin embargo fue vencido por un justo sentimiento. Cuando Ptolomeo se veía abrumado por la situación, llevaba a la madre y a los hermanos a lo alto de la muralla y los torturaba a la vista de todos, y amenazaba con tirarlos desde allí si [58] no se retiraba enseguida. Ante esta visión, en Hircano podían más la compasión y el miedo que la ira; su madre, en cambio, sin ceder a los ultrajes y a la muerte que pesaba sobre ella, levantaba las manos y pedía a su hijo que no se ablandara ante los sufrimientos que recibía, ni perdonara a aquel impío, pues para ella era mejor la muerte a manos de Ptolomeo que la inmortalidad, con tal de que éste pagase su pena por los males que había cometido contra su familia. [59] Cuando Juan contemplaba la actitud de su madre y escuchaba sus súplicas, estaba decidido a atacar, pero cuando veía que ella era golpeada y torturada, se ablandaba y era dominado [60] totalmente por el dolor. Mientras que por esta causa se retrasaba el asedio, llegó el año del descanso, que los judíos celebran cada siete años como lo hacen el día séptimo de la semana 63 . Ptolomeo, al verse entonces libre del asedio, mató a los hermanos y a la madre de Juan y huyó junto a Zenón, llamado Cotilas, tirano de Filadelfia 64 .

Antíoco, indignado por lo que había sufrido por parte de [61] Simón, emprendió una campaña militar contra Judea y asedió a Hircano, tras acampar delante de Jerusalén. Juan Hircano abrió el sepulcro de David, que había sido el rey más rico 65 , y se apoderó de algo más de tres mil talentos 66 . Con trescientos de estos talentos convenció a Antíoco para que levantase el asedio y con el resto del dinero fue el primer judío que empezó a reclutar tropas mercenarias.

Luego, cuando Antíoco emprendió el ataque contra los [62] medos, se le presentó a Hircano la ocasión de vengarse. Se dirigió contra las ciudades de Siria 67 , pues pensaba que las iba a encontrar desprovistas de sus más valientes guerreros, como en realidad ocurrió. Se apoderó de Medaba y Samaga 68 , [63] junto con las aldeas vecinas, además de Siquem 69 y Argarizim y el pueblo de los cuteos 70 , que vivían cerca del templo levantado a imagen y semejanza del de Jerusalén 71 . Asimismo, en Idumea tomó otras muchas ciudades, incluso [64] Adoreon y Marisa 72 . Llegó hasta Samaria, donde ahora está la ciudad de Sebaste 73 , fundada por el rey Herodes, la rodeó por todos los sitios y puso al frente del asedio a sus hijos Aristobulo y Antígono. Como éstos no permitían pasar nada, los que estaban dentro de la ciudad llegaron a tal punto de hambre que comieron los alimentos más inauditos. Llamaron [65] en su ayuda a Antíoco, conocido por el nombre de Aspendio 74 . Éste accedió a ofrecerles su colaboración, pero fue derrotado por el ejército de Aristobulo y, perseguido hasta Escitópolis 75 por los dos hermanos, consiguió escapar. Mientras, ellos se dirigieron contra los samaritanos, concentraron de nuevo a la gente dentro de la muralla, tomaron la ciudad, la destruyeron y esclavizaron a los que vivían en ella. A pesar de que tuvieron éxito en esta empresa, sin embargo [66] no calmaron su pasión, sino que llegaron con sus tropas hasta Escitópolis, saquearon la ciudad y devastaron toda la zona que hay al otro lado del monte Carmelo 76 .

La envidia por los éxitos de Juan y de sus hijos dio lugar a [67] una revuelta de la población, que se agrupó y no paró hasta enfrentarse y ser vencida en una guerra abierta 77 . El resto de [68] sus días Juan vivió feliz y, tras un excelente gobierno durante treinta y un años 78 , murió dejando cinco hijos. Fue muy dichoso y no permitió que por su causa se le reprochase nada a la Fortuna 79 . Él era el único que gozaba de los tres privilegios más importantes: el poder sobre su pueblo, el sumo sacerdocio [69] y el don de la profecía 80 . Pues la divinidad se relacionaba con él para que no desconociera nada de lo que iba a ocurrir. Él previó y profetizó que sus dos hijos mayores no iban a detentar el poder. Conviene ahora relatar el final de estos dos hijos y cuánto se apartaron de la felicidad de su padre.

Aristobulo

[70] Después de la muerte de su padre, el mayor de ellos, Aristobulo, convirtió su poder en una monarquía y fue el primero que se puso la diadema 81 después de cuatrocientos setenta y un años y tres meses, desde que el pueblo judío llegó a esta tierra una vez liberado [71] de la esclavitud de Babilonia 82 . Al segundo de sus hermanos, a Antígono, le concedió los mismos honores que a él, pues al parecer le quería, mientras que a los otros los encadenó y encerró. También metió en prisión a su madre, que disputaba el poder con él, ya que Juan la había dejado a ella como soberana de todo el reino. Aristobulo llegó a tal punto de crueldad que dejó a su madre morir de hambre en la cárcel.

El castigo por estos hechos recayó en su hermano Antígono, [72] al que amaba y con el que compartía su realeza. En efecto, a éste también lo mató a causa de las calumnias que hicieron algunos malvados que había en la corte. En un principio Aristobulo no creía en lo que decían, pues quería a su hermano y pensaba que la mayor parte de estas falsas habladurías se debían a la envidia. Sin embargo, cuando [73] Antígono llegó glorioso de una campaña militar en la fiesta en la que es tradicional levantar tabernáculos en honor de Dios 83 , sucedió que en aquellos días Aristobulo cayó enfermo. Antígono, al final de la fiesta, subió al Templo con hombres armados, engalanado con el mayor esplendor que le fue posible, sobre todo para rezar por su hermano. Entonces, los [74] malvados se dirigieron al rey y le informaron de la escolta de los hombres armados y de la actitud insolente de Antígono, excesiva para una persona particular. Además le dijeron que venía con una tropa muy grande para matarle, dado que no se contentaba con tener sólo el honor de la realeza, cuando [75] le era posible adueñarse de ella. Aristobulo poco a poco se iba creyendo estas habladurías, muy a pesar suyo. Tomó precauciones para que no pareciera que tenía sospechas y se protegió por lo que pudiera pasar; puso a su guardia personal en una zona oscura de los subterráneos, pues él se hallaba convaleciente en un lugar que antes se llamaba Baris y que después se denominará Antonia 84 . Tras ordenar que dejaran pasar a Antígono, si estaba desarmado y que lo mataran, si venía armado, mandó a algunos hombres para que [76] le dijeran que viniera sin armas. Mientras tanto la reina, muy malévolamente, se puso de acuerdo con los conspiradores. Éstos convencieron a los que había enviado el rey para que callaran las normas dadas por Aristobulo, y dijeran a Antígono que su hermano había oído que él se había equipado en Galilea con unas armas y un atuendo militar extraordinarios, y, como no había podido verlo en persona a causa de la enfermedad, «ahora que te vas a marchar, a él le gustaría mucho verte con tus armas».

[77] Cuando Antígono escuchó estas palabras, y sin que la orden de su hermano le hiciera sospechar nada, fue con las armas puestas para enseñárselas. Al llegar al paso oscuro, llamado la Torre de Estratón, lo mataron los guardias personales del rey. De esta manera se demostró claramente que una calumnia es capaz de acabar con todo afecto y disposición natural, y que no hay sentimiento tan fuerte que pueda resistir a la envidia.

En este punto es también digno de admiración el caso de [78] Judas, individuo perteneciente a la secta de los esenios que nunca se equivocó o mintió en sus predicciones 85 . Cuando éste vio a Antígono que atravesaba el Templo, dijo a sus amigos, pues a su alrededor estaban sentados muchos discípulos suyos: «¡Ay!, para mí es hermoso abandonar la vida precisamente [79] ahora, cuando la verdad ha muerto antes que yo y una de mis profecías no se ha cumplido, ya que Antígono, ese que veis ahí vivo, debería haber sido asesinado hoy. El Destino 86 le había fijado para su muerte la Torre Estratón, que está a seiscientos estadios de aquí. Es ya la hora cuarta del día y el tiempo impide que se cumpla mi profecía». Dicho esto, el anciano se quedó [80] pensativo y triste. Poco después llegó la noticia de que Antígono había sido asesinado en un lugar subterráneo, que también se llamaba Torre de Estratón, con un nombre igual al de la costera Cesarea 87 . Esto es lo que confundió al profeta.

Inmediatamente el arrepentimiento por el abominable crimen [81] provocó una enfermedad en Aristobulo. Se consumía con el alma siempre atormentada por el recuerdo del asesinato, hasta el punto de vomitar una gran cantidad de sangre por [82] estar sus entrañas desgarradas por un fuerte dolor. Uno de los criados que le cuidaban, cuando sacaba fuera esta sangre, por Providencia divina, se resbaló en el lugar en que habían matado a Antígono y derramó la sangre del criminal sobre las manchas de la víctima que aún eran visibles. Al instante se levantó un griterío por parte de las personas que lo vieron, como si [83] el criado hubiera echado adrede allí la sangre. Cuando el rey escuchó estas voces, preguntó el motivo y, como nadie se atrevió a decírselo, él insistía más en saberlo. Finalmente obligados por sus amenazas le dijeron la verdad. Aristobulo, con los ojos llenos de lágrimas y entre los mayores lamentos que podía, [84] dijo: «No iba a pasar yo desapercibido al gran ojo de Dios por estos hechos impíos, sino que rápidamente me persigue la justicia por el asesinato de mi hermano. ¿Hasta cuándo tú, el más cruel de los cuerpos, vas a retener mi alma condenada por la muerte de su hermano y de su madre? ¿Hasta cuándo les seguiré derramando mi sangre? Que ellos reciban toda la sangre junta y que la divinidad ya no les engañe más con las libaciones de mis entrañas». Nada más decir esto murió, sin haber reinado más de un año.

Alejandro Janeo

Su mujer 88 liberó a sus hermanos y nombró rey a Alejandro, que además de por la edad parecía mejor que los otros por su moderación. Una vez en el poder, mató a uno de sus hermanos que también deseaba reinar, y al otro que quedaba lo trató con honor, porque a éste le gustaba vivir alejado de los asuntos públicos.

Luchó contra Ptolomeo, llamado Látiro 89 , que había tomado [86] la ciudad de Asoquis 90 . Y aunque capturó a muchos enemigos, sin embargo Ptolomeo obtuvo la victoria. Ahora bien, cuando éste, perseguido por su madre Cleopatra, se retiró a Egipto, Alejandro sitió y se apoderó de Gadara y Amatunte 91 , la mayor de las fortalezas que hay al otro lado del Jordán, y donde estaban los más preciados bienes de Teodoro, hijo de Zenón 92 . Teodoro, como se presentara súbitamente, [87] se apoderó de lo que era suyo y también del bagaje del rey, y mató a casi diez mil judíos. Cuando Alejandro superó esta derrota, se dirigió a la costa y allí tomó Gaza, Rafia y Antedón, ciudad que más tarde se llamará Agripíade 93 por el rey Herodes.

Así que hubo esclavizado a estas ciudades, el pueblo judío [88] se sublevó contra él en una fiesta, pues es sobre todo en este tipo de celebraciones cuando suelen estallar las revueltas judías. Y, al parecer, no habría podido dominar la insurrección, si no hubiera venido en su ayuda el ejército extranjero. Se trataba de los pisidios y cilicios, ya que no admitía a los sirios como mercenarios a causa de su odio natural contra [89] los hebreos. Tras matar a más de seis mil insurrectos, se dirigió contra Arabia, donde venció a los galaditas y moabitas 94 , y una vez que les impuso su tributo se volvió contra Amatunte. Teodoro se quedó atónito ante sus éxitos militares, por lo cual Alejandro se apoderó de la fortaleza, que había sido abandonada, y la destruyó totalmente.

[90] Después combatió con Obedas, rey de los árabes 95 , que le había preparado una emboscada en Golán 96 . Allí perdió todo su ejército, pues fue empujado a un profundo barranco y aplastado por una gran cantidad de camellos. Huyó a Jerusalén, donde el pueblo, que hacía tiempo que le odiaba, se levantó contra él por la magnitud de la desgracia acaecida. [91] Alejandro también se impuso en esta revuelta y en las sucesivas batallas acabó con no menos de cincuenta mil judíos en seis años. No obstante, no se alegraba con estos triunfos, pues con ellos consumía los bienes de su propio reino. Por ello dejó a un lado las armas y se dedicó a reconciliarse con sus súbditos por medio del diálogo. Sin embargo, ellos le [92] odiaron aún más por su arrepentimiento y por su inestable conducta. Cuando les preguntó el motivo de este odio y qué podría hacer para contentarles, ellos le respondieron que se muriera, pues había cometido tantos males que sólo se podrían reconciliar con él, aunque con dificultad, una vez muerto. Al mismo tiempo llamaron a Demetrio, conocido con el nombre de «el Inoportuno» 97 . Éste accedió sin dificultad por la esperanza de obtener grandes beneficios y llegó con un ejército. Los judíos se reunieron con sus aliados en los alrededores de Siquem.

Alejandro recibió a ambos con mil jinetes y con ocho [93] mil mercenarios de infantería. A su favor aún tenía unos diez mil judíos. El bando contrario contaba con tres mil soldados de caballería y catorce mil de a pie 98 . Antes de enfrentarse, los dos reyes, a través de proclamaciones públicas, intentaron que los soldados de uno y otro bando desertaran: Demetrio esperaba atraerse a los mercenarios de Alejandro y éste último a los judíos que estaban con Demetrio. Como [94] los judíos no desistieron en sus sentimientos ni los griegos en su compromiso, decidieron enfrentarse con las armas. Demetrio se impuso en la batalla, aunque los mercenarios [95] de Alejandro dieron muchas pruebas de valor y fuerza. El resultado del enfrentamiento fue distinto del esperado por ambas partes. En efecto, aunque Demetrio era el vencedor, sin embargo no permanecieron con él los que antes habían acudido a su llamada, sino que seis mil judíos se unieron a Alejandro, que había huido a las montañas, compadecidos de su derrota. Demetrio no soportó este cambio, sino que, al sospechar que de nuevo Alejandro estaba en condiciones de combatir y que todo el pueblo se volvería contra él, se retiró.

[96] A pesar de la retirada de los aliados, el resto de la población no dejó a un lado sus desavenencias con Alejandro. Los judíos mantuvieron contra él una guerra continua, hasta que aniquiló a un gran número de ellos y a los demás les obligó a refugiarse en la ciudad de Bemeselis 99 . Una vez conquistada esta ciudad, los llevó a Jerusalén como prisioneros. [97] La crueldad de Alejandro, a causa de su desmesurada ira, le llevó a la impiedad: hizo crucificar a ochocientos de estos prisioneros en medio de la ciudad y decapitó a sus mujeres e hijos ante sus propios ojos. Él veía los hechos mientras [98] bebía y estaba con sus concubinas. Un inmenso terror se apoderó del pueblo, de forma que la noche siguiente ocho mil adversarios de Alejandro huyeron fuera de toda Judea, y su exilio no acabó hasta que murió Alejandro. Cuando consiguió tranquilizar a su reino con estas acciones, aunque tarde y con dificultades, abandonó las armas.

[99] Ahora bien, Antíoco, llamado Diónisos 100 , hermano de Demetrio y último de los Seléucidas, fue de nuevo el comienzo de tumultos. Lleno de miedo Alejandro por el hecho de que éste avanzaba en campaña contra los árabes, hizo un foso profundo entre las montañas que están más allá de Antipatris 101 y las costas de Jope; y delante de este foso levantó un muro alto y torres de madera para así dificultar el acceso. Sin embargo esto no impidió el paso a Antíoco, pues [100] quemó las torres, cubrió de tierra el foso y pasó con su ejército. Inmediatamente se dirigió contra los árabes, sin dar mayor importancia al hecho de vengarse del que le había impedido el paso. El rey de Arabia 102 , tras retirarse a un lugar [101] más favorable para el combate, hizo volver de repente su caballería, compuesta de diez mil jinetes, contra los soldados de Antíoco que estaban desordenados. Tuvo lugar una dura batalla y, mientras Antíoco vivió, su ejército pudo resistir, a pesar de la inmensa matanza que sufría a manos de los árabes. Cuando cayó Antíoco, que siempre se exponía [102] el primero al peligro y corría en ayuda de los que se desanimaban, todos cedieron. La mayor parte de ellos murieron en el combate o en la huida, mientras que todos los demás, que se habían refugiado en la aldea de Cana 103 , murieron por la falta de provisiones, excepto unos pocos.

A partir de la muerte de Antíoco, los habitantes de Damasco, [103] por odio contra Ptolomeo 104 , hijo de Meneo, llamaron a Aretas y le nombraron rey de la Celesiria 105 . Éste emprendió una campaña militar contra Judea y en ella venció a [104] Alejandro, si bien se retiró a través de un acuerdo. Alejandró tomó Pela y se dirigió contra Gerasa 106 , pues de nuevo deseaba los tesoros de Teodoro 107 . Conquistó esta ciudad tras haber rodeado sus guarniciones con un triple atrincheramiento. [105] También sometió Golán, Seleucia y el llamado Barranco de Antíoco 108 . Asimismo, después de hacerse con la sólida fortaleza de Gamala 109 y destituir a su gobernador Demetrio a causa de las muchas acusaciones que había contra él, regresó a Judea tras una campaña de tres años completos. Fue recibido por el pueblo con alegría a causa de sus victorias, y el final de estas campañas militares supuso para él el comienzo de la enfermedad. Afectado por la fiebre cuartana 110 [106] pensó que se libraría de la enfermedad si de nuevo volvía a dedicarse a la guerra. En consecuencia, por emprender expediciones inapropiadas y someter a su cuerpo a esfuerzos por encima de sus capacidades, acabó con su vida. Murió en medio de tumultos, después de haber reinado veintisiete años 111 .

La reina Alejandra

Alejandro Janeo dejó el reino a su mujer [107] Alejandra 112 , porque estaba convencido de que los judíos le prestarían gran obediencia, dado que ella, al estar muy lejos de la crueldad de su marido y al oponerse a sus crímenes, se había atraído la benevolencia del pueblo. En efecto, sus esperanzas no quedaron frustradas. Esta débil mujer conservó el mando a causa de la fama que [108] tenía de piadosa. Cumplía muy estrictamente las tradiciones de su patria y apartaba del poder a los que quebrantaban las leyes sagradas. De los dos hijos que tenía de Alejandro, al [109] mayor, Hircano, lo nombró sumo sacerdote debido a su edad y a que tenía un carácter demasiado tranquilo como para suponer un estorbo en el poder, mientras que al más joven, Aristobulo, a causa de su audacia, lo retuvo junto a ella como a una persona particular.

Con Alejandra acrecentaron su poder los fariseos 113 , grupo [110] judío que parecía ser más piadoso que los demás y que [111] interpretaba con mayor exactitud las leyes. Ella, movida por un deseo apasionado de lo divino, les prestaba demasiada atención. A su vez, los fariseos, ganándose poco a poco la generosidad de la mujer, se convirtieron en los administradores del reino: expulsaban y hacían volver del destierro, soltaban y encerraban a los que querían. En resumen, ellos disfrutaban de las ventajas del poder, y ella se hacía cargo [112] de los gastos y dificultades. Era una mujer capacitada para administrar los asuntos más importantes; consiguió duplicar el ejército mediante un continuo reclutamiento y reunió una gran tropa de soldados extranjeros, de modo que así no sólo controlaba a su propio pueblo, sino que era temida entre los reyes extranjeros. Ella dominaba a los demás, y los fariseos la dominaban a ella.

[113] Los fariseos acusaron a Diógenes, personaje ilustre y amigo de Alejandro, de haber aconsejado al rey la crucifixión de los ochocientos prisioneros 114 y, en consecuencia, lo mataron. También instaron a Alejandra a ejecutar a los demás que habían animado a Alejandro a realizar aquella mantanza. Y como la reina se lo consentía bajo la acusación [114] de superstición, ellos mataban a los que querían. Las personas más destacadas de las que corrían este peligro acudieron a Aristobulo. Éste convenció a su madre para que perdonase a estos hombres por tratarse de personajes de alto rango, y los expulsase de la ciudad si no los consideraba inocentes. Y ellos, una vez que obtuvieron su indulgencia, se dispersaron por el país. Alejandra envió un ejército contra Damasco, [115] bajo el pretexto de que Ptolomeo oprimía a la ciudad, y se apoderó de ella, sin que ésta opusiera una resistencia importante. Por medio de acuerdos y regalos se atrajo el favor de [116] Tigranes, rey de Armenia, que estaba acampado junto a la ciudad de Ptolemaida y sitiaba a Cleopatra 115 . Aquél se retiró rápidamente del asedio a causa de los disturbios internos que había provocado la invasión de Armenia por Lúculo 116 .

Mientras tanto Alejandra cayó enferma. El menor de sus [117] hijos, Aristobulo, que no desaprovechó la ocasión, se apoderó de todas las fortalezas con la ayuda de sus criados; tenía muchos y todos eran favorables a él a causa de su audacia. Con el dinero que obtuvo en ellas reclutó mercenarios y se nombró rey a sí mismo. Así pues, su madre, compadecida [118] de los lamentos de Hircano, encerró a la mujer y a los hijos de Aristobulo en la torre Antonia. Ésta era una fortaleza situada en la parte norte del Templo, que antes, como ya he dicho 117 , se llamaba Baris y que después, cuando Antonio tuvo el mando del lugar, recibió este nombre, como las ciudades de Sebaste y Agripíade 118 se denominaban así por Augusto y Agripa. Alejandra murió, tras gobernar durante nueve años, [119] antes de haber entablado un combate con Aristobulo por haber quitado el reino a su hermano.

Rivalidad entre Aristobulo e Hircano

[120] El heredero de todo era Hircano, al que su madre en vida le había encomendado el reino, si bien Aristobulo le aventajaba en capacidad e inteligencia. Ambos entablaron una lucha por el poder en torno a la ciudad de Jericó, y en ella muchos abandonaron a [121] Hircano y se pasaron a Aristobulo. Aquél se apresuró en dirigirse con los que le quedaban a la Torre Antonia y apoderarse de los rehenes para así asegurarse su salvación. Estos rehenes eran la mujer y los hijos de Aristobulo. Sin embargo, antes de que ocurriera algo irremediable, acordaron que Aristobulo fuera el que reinara, y que Hircano disfrutara de los honores propios del hermano del rey y renunciara a lo [122] demás. De acuerdo con esto, después de reconciliarse en el Templo, frente al pueblo, y de abrazarse cariñosamente, cambiaron sus respectivas residencias: Aristobulo se quedó en el palacio real e Hircano se retiró a la casa de Aristobulo.

[123] El miedo se apoderó de los demás enemigos de Aristobulo por su inesperada subida al trono, pero sobre todo de Antípatro, que le odiaba desde hacía tiempo. Éste era de raza idumea, y uno de los principales personajes de su pueblo [124] debido a su ascendencia, su riqueza y otras cualidades. Convenció a Hircano para que se refugiara en la corte de Aretas, rey de Arabia, y recobrase su reino; y al mismo tiempo también hizo lo propio con Aretas para que acogiera a Hircano y le restituyera en el poder. Para ello desacreditaba en exceso a Aristobulo y hacía muchos elogios a Hircano [y le pedía que le recibiera], ya que era conveniente que un soberano que estaba al frente de un reino tan importante echara una mano a los que sufrían alguna injusticia, dado que Hircano había sido agraviado al ser privado del poder que le correspondía por ser el mayor. Como ya hubiera predispuesto [125] a ambos, cogió por la noche a Hircano, escapó de la ciudad y a través de una rápida huida consiguió salvarse en la llamada ciudad de Petra, donde estaba la corte real de Arabia. Allí dejó a Hircano bajo la protección de Aretas y le [126] convenció por medio de buenas palabras y de regalos para que le concediera un ejército para restituir a Hircano en el trono. Este ejército estaba compuesto de cincuenta mil soldados de infantería y de caballería 119 . Aristobulo no resistió su ataque, sino que derrotado ya en la primera embestida se refugió en Jerusalén. Y él habría sido capturado por la fuerza [127] inmediatamente, si en el momento oportuno el general romano Escauro 120 no hubiera levantado el asedio. Este personaje, que fue enviado de Armenia a Siria por Pompeyo el Grande, cuando luchaba contra Tigranes 121 , llegó a Damasco, que acababa de ser tomada 122 por Metelo y Lolio, sustituyó a estos dos generales 123 y, como se enterara de lo ocurrido en Judea, se apresuró a ir allí como si se tratara de una presa fácil.

Nada más entrar en el país salieron a su encuentro embajadores [128] de parte de los dos hermanos para pedirle ayuda. Los trescientos talentos 124 de Aristobulo estuvieron por encima de lo que era justo. Así, Escauro aceptó esta cantidad de dinero y a través de un mensajero expresó a Hircano y a los árabes sus amenazas de un ataque de los romanos y de [129] Pompeyo, si no ponían fin al asedio de la ciudad. Aretas, asustado, se retiró de Judea a Filadelfia, y Escauro se fue de [130] nuevo a Damasco. A Aristobulo no le bastó con evitar que le capturaran, sino que reunió todo su ejército y fue detrás de sus enemigos. Entabló con ellos una batalla en un lugar llamado Papirón 125 y mató a más de seis mil soldados, entre ellos a Falión, hermano de Antípatro.

[131] Hircano y Antípatro, sin la ayuda de los árabes, pusieron su esperanza en el bando contrario. Y así, cuando Pompeyo, tras entrar en Siria, se dirigía a Damasco 126 , recurrieron a él y, sin llevarle regalos y con los mismos argumentos que habían utilizado con Aretas, le suplicaron que rechazara la actitud violenta de Aristobulo y que restableciera en el poder real al que le correspondía por sus cualidades y por su [132] edad. Por su parte, Aristobulo no se hallaba en una situación de inferioridad, confiado en el carácter corrupto de Escauro, sino que se presentó también investido de todos los atributos reales que le fue posible. Como sentía rechazo a la servidumbre y no soportaba estar sometido a sus intereses de un modo humillante para lo que correspondía a su dignidad, abandonó la ciudad de Dión 127 .

Pompeyo se indignó mucho ante estos hechos y, ante las [133] súplicas de las personas próximas a Hircano, se dirigió contra Aristobulo con las tropas romanas y muchos aliados sirios. A través de Pela y Escitópolis llegó a Corea 128 , donde [134] empieza el territorio de los judíos cuando se avanza hacia el interior. Cuando se enteró de que Aristobulo se había refugiado en Alejandreo 129 , una fortaleza de las mejor dotadas que estaba situada sobre un monte elevado, le envió un mensajero para que le ordenara bajar. Él, que había sido requerido [135] de una forma tan despótica, prefería exponerse al peligro antes que obedecer la orden. Sin embargo, vio que la muchedumbre tenía miedo, y sus amigos le aconsejaban que tuviera en cuenta lo irresistible que era la fuerza de los romanos. Convencido por ellos bajó hasta Pompeyo y, una vez que manifestó muchos argumentos en favor de su justo derecho a ser el rey, volvió a subir a la fortaleza. Y como su [136] hermano de nuevo le llamara, bajó, habló sobre lo que era justo y se marchó sin que Pompeyo se lo impidiera. Se hallaba entre la esperanza y el temor: bajaba con la esperanza de convencer con súplicas a Pompeyo para que le confiara todo el poder, y volvía a subir a la ciudadela con el temor de que pareciera que se rendía. Pero cuando Pompeyo le ordenó [137] que abandonara la fortaleza y le obligó a pedir por escrito a cada uno de los comandantes de estas guarniciones que se retiraran, dado que éstos tenían el encargo de no obedecer más que las órdenes escritas de su puño y letra, Aristobulo hizo lo que se le mandaba y se marchó, indignado, a Jerusalén para disponerse a luchar contra Pompeyo.

[138] Sin embargo, Pompeyo, que no le había dejado tiempo para estos preparativos, fue inmediatamente detrás de él, y dio un nuevo impulso a esta empresa el hecho de que se enterara de la muerte de Mitrídates 130 cerca de Jericó. Ésta es la región más fértil de Judea, y en ella se producen en abundancia las palmeras y el bálsamo. De este árbol se obtiene esta sustancia que destila a través de los cortes hechos [139] con piedras afiladas en la parte baja de sus troncos. Pompeyo acampó en el lugar durante una sola noche, y al amanecer se dirigió hacia Jerusalén. Aristobulo, asustado ante su llegada, le salió al encuentro con súplicas y pudo aplacar la cólera de Pompeyo con la promesa de dinero y de entregarse [140] él mismo junto con la ciudad. No obstante, no se cumplió nada de lo acordado, puesto que los partidarios de Aristobulo no recibieron en la ciudad a Gabinio 131 , que había sido enviado en busca del dinero.

Invasión de Pompeyo

[141] Pompeyo, irritado por estos hechos, mantenía a Aristobulo bajo vigilancia, y cuando iba de camino hacia la ciudad pensaba en el ataque. Se daba cuenta de que la solidez de las murallas harían difícil el asedio, de que el barranco que había delante de ellas era temible y de que el Templo que había dentro de él también estaba tan fuertemente amurallado que, aunque la ciudad fuera tomada, éste sería un segundo lugar de refugio para los enemigos.

Durante el largo tiempo que pasó dudando sobre qué [142] hacer, se produjo en el interior de la ciudad una revuelta: los partidarios de Aristobulo pretendían luchar y liberar al rey, y los de Hircano, por su parte, pensaban en abrir las puertas de la ciudad a Pompeyo. El miedo hizo que muchos estuvieran de acuerdo con esta última postura al ver la disciplina del ejército romano. Ya vencido, el bando de Aristobulo se [143] refugió en el Templo y, una vez que cortaron el puente que le comunicaba con la ciudad 132 , se prepararon para resistir hasta el final. Los demás recibieron a los romanos en la ciudad y le entregaron el palacio real. Pompeyo envió a uno de sus generales, Pisón, con un ejército. Éste puso guarniciones [144] a lo largo de toda la ciudad, ya que no había convencido a ninguno de los que se habían refugiado en el Templo a llegar a un acuerdo. Preparaba todo lo relativo al ataque con la ayuda de los partidarios de Hircano, que estaban bien dispuestos para darle ideas y prestarle ayuda.

Él mismo en la parte septentrional 133 cubrió el foso y [145] todo el barranco con el material que trasportaron sus soldados. Era difícil llenarlo a causa de la inmensa profundidad y porque los judíos desde arriba lo impedían por todos los medios. Los romanos no habrían concluido este trabajo, si [146] Pompeyo no hubiese aguardado al séptimo día de la semana, cuando los judíos apartan sus manos de toda actividad por causas religiosas. Levantó el terraplén e impidió que sus soldados llegaran a enfrentarse, pues los sábados los judíos [147] sólo se defienden 134 . Cuando ya estaba completamente cubierto el barranco, levantó torres elevadas sobre el terraplén, acercó las máquinas que había traído de Tiro 135 y atacó la muralla. Las balistas 136 repelían a los que desde arriba impedían la acción militar. Las torres de esa parte ofrecieron una gran resistencia por su especial tamaño y esplendor.

[148] Allí los romanos soportaron muchos padecimientos, y Pompeyo se admiraba de los judíos por su firmeza y, sobre todo, por el hecho de que no abandonaban sus prácticas religiosas ni siquiera cuando estaban rodeados de proyectiles por todas partes. Y como si en la ciudad hubiera una profunda paz, con exactitud se cumplían en honor de Dios los sacrificios diarios, las expiaciones y todos los ritos 137 . Incluso, en la misma toma de la ciudad, cuando eran ejecutados en torno al altar, no se apartaron de las prescripciones religiosas de cada día. En el tercer mes del asedio a duras [149] penas los romanos destruyeron una de las torres y entraron en el santuario 138 . El primero que se atrevió a pasar al otro lado de la muralla fue Fausto Cornelio, hijo de Sila, y después de él dos centuriones, Furio y Fabio, a los que seguía su propia tropa. Rodearon al Templo por todas las partes y así mataron a los que iban a refugiarse en el santuario 139 y a los que aún oponían una breve resistencia.

Entonces muchos sacerdotes continuaron con sus ritos [150] sin alterarse lo más mínimo, aunque veían a los enemigos que venían contra ellos con la espada en la mano, y fueron degollados mientras realizaban sus libaciones y quemaban incienso, pues anteponían el culto a Dios a su propia salvación. La mayoría de ellos fueron asesinados por judíos del bando contrario 140 y una multitud innumerable se lanzó por los precipicios. Algunos, enloquecidos por la dura situación, prendieron fuego alrededor de la muralla y ellos mismos ardieron en él. Murieron doce mil judíos. Los romanos tuvieron [151] muy pocos muertos, aunque sí muchos heridos.

De entre las desgracias que entonces padecieron nada [152] afectó tanto al pueblo como el hecho de que los extranjeros pusieran al descubierto el recinto sagrado del Templo, que hasta ese momento había permanecido sin ser visto. Pompeyo entró con los suyos en la cámara del santuario donde sólo estaba permitido entrar al sumo sacerdote 141 , y contemplaron lo que había dentro: todos los objetos completamente de oro, como el candelabro, las lámparas, la mesa, los vasos y los incensarios, una gran cantidad de perfumes y un [153] tesoro sagrado de casi dos mil talentos 142 . No tocó nada de esto ni ningún otro de los objetos sagrados, sino que al día siguiente de la toma de la ciudad mandó a los guardianes del Templo limpiar el lugar y celebrar los sacrificios según la costumbre. De nuevo Pompeyo nombró a Hircano sumo sacerdote porque en el asedio le había sido favorable y porque impidió que un gran número de individuos del lugar, que estaba dispuesto a ello, luchara junto con Aristobulo. Como consecuencia de esta actuación, que era propia de un buen general, se atrajo al pueblo por su benevolencia más [154] que por el miedo. Entre los prisioneros de guerra estaba el suegro de Aristobulo, que era también su tío 143 . Hizo decapitar a los cabecillas de la guerra, concedió magníficas recompensas a Fausto 144 y a los que habían luchado con él de forma valerosa, e impuso un tributo a la región y a la ciudad de Jerusalén.

[155] Quitó a los judíos las ciudades que habían conquistado en Celesiria y las puso bajo la autoridad del general romano que se nombró para ello. De esta forma dejó sitiados a los hebreos dentro de sus propias fronteras. Reconstruyó Gadara, que había sido derribada por los judíos, para así complacer a uno de sus libertos, Demetrio, natural de esta ciudad. [156] También liberó las ciudades del interior que aún no habían sido destruidas: Hipo 145 , Escitópolis, Pela 146 , Samaria, Jamnia, Marisa, Azoto y Aretusa 147 . Igual hizo con ciudades costeras como Gaza, Jope, Dora y la que antes se llamaba Torre de Estratón, reconstruida más tarde por el rey Herodes con magníficos edificios y denominada Cesarea. Devolvió [157] estas ciudades a sus legítimos ciudadanos y las incluyó dentro de la provincia romana de Siria. Tras encomendar a Escauro que administrara con dos legiones esta zona, Judea y las comarcas que hay hasta Egipto y el Éufrates, se marchó a Roma a través de Cilicia 148 con Aristobulo y su familia como prisoneros de guerra. Este último tenía dos hijas y dos [158] hijos, uno de los cuales, Alejandro, se escapó durante el viaje, mientras que el más joven, Antígono 149 , fue conducido con sus hermanas a Roma.

Entretanto Escauro, cuando invadía Arabia, tuvo que [159] detenerse por las asperezas del terreno en Petra. Allí devastó gran parte de los alrededores y soportó algunas penalidades, pues su ejército pasó hambre. Hircano iba en su ayuda y le mandaba víveres a través de Antípatro, al que Escauro envió junto a Aretas, pues era su amigo, para que pusiera fin a la guerra a cambio de dinero. El rey de Arabia consintió en pagar trescientos talentos, y de este modo Escauro sacó su ejército de Arabia.

Revuelta de Alejandro. Gobierno de Gabinio, Craso y Casio

[160] Alejandro, el hijo de Aristobulo que se había escapado de Pompeyo, al cabo de un tiempo consiguió reunir una tropa numerosa. Molestaba a Hircano y realizaba saqueos por Judea. Parecía que iba a terminar pronto con él, pues cuando llegó estaba dispuesto a reconstruir la muralla de Jerusalén que había sido derribada por Pompeyo. Habría acabado por derrocar a Hircano, si Gabinio, enviado por Escauro a Siria como su sucesor 150 , no hubiera mostrado su valor en otras muchas [161] hazañas y sobre todo en el ataque contra Alejandro. Éste, temeroso ante su llegada, reunió un ejército más numeroso, compuesto de diez mil soldados de infantería y mil quinientos jinetes. También fortificó los lugares estratégicos como Alejandreo 151 , Hircania y Maqueronte 152 , junto a las montañas de Arabia.

[162] Gabinio envió delante a Marco Antonio con una parte del ejército y él fue detrás con el grueso de las tropas. Los soldados escogidos de Antípatro y el resto de las fuerzas judías, cuyos jefes eran Malico y Pitolao, se unieron con los oficiales de Marco Antonio y se enfrentaron a Alejandro. No mucho después se presentó Gabinio con sus tropas. Alejandro, [163] que no esperó al ejército enemigo unificado, se retiró y ya cerca de Jerusalén se vio obligado a luchar. En la batalla perdió seis mil hombres: tres mil murieron y los otros tres mil fueron hechos prisioneros. Con los que le quedaban huyó al Alejandreo.

Cuando Gabinio llegó a los alrededores del Alejandreo [164] y encontró a muchos soldados allí acampados, intentó atraérselos antes de la lucha mediante la promesa del perdón por las faltas que habían cometido. Pero, como éstos respondieron con muy poca sensatez, mató a un gran número de ellos y encerró a los demás en la fortaleza. En esta batalla se distinguió [165] el oficial Marco Antonio, que siempre se había mostrado valeroso, pero nunca de esta manera. Por su parte, Gabinio, tras haber encargado a sus hombres la toma de la fortificación, se marchó a poner orden en las ciudades que no habían sido destruidas y a levantar aquellas que estaban demolidas. Por mandato suyo fueron repobladas Escitópolis, [166] Samaria, Antedón, Apolonia 153 , Jamnia, Rafia, Marisa, Adoreos, Gábala, Azotos y otras muchas 154 . A cada una de ellas acudieron los colonos gustosamente.

Después de encargarse de esto, Gabinio regresó al Alejandreo [167] y reforzó su asedio, de modo que Alejandro, perdida ya toda esperanza, le envió mensajeros para pedir el perdón por los males cometidos y entregarle las guarniciones que aún le quedaban, Hircania y Maqueronte. Asimismo después [168] le entregó el Alejandreo. Gabinio, por consejo de la madre de Alejandro, destruyó totalmente estas fortificaciones, para que no volvieran a ser de nuevo el punto de apoyo de una segunda guerra. Ella estaba allí para aplacar a Gabinio, ya que temía por los prisioneros que habían sido llevados [169] a Roma, por su marido y por sus otros hijos. A continuación Gabinio condujo a Hircano a Jerusalén, le encomendó el cuidado del Templo y para el resto de la administración estableció [170] un gobierno aristocrático. Dividió a todo el pueblo en cinco Consejos 155 : Designó uno en Jerusalén, otro en Gadara 156 , otro se constituyó en Amatunte, el cuarto correspondió a Jericó y el quinto fue designado en Séforis 157 , ciudad de Galilea 158 . Los judíos, liberados de buen grado del poder de una sola persona, en adelante se rigieron por una aristocracia.

No mucho después Aristobulo fue el inicio de disturbios [171] al escaparse de Roma. De nuevo éste reunió a muchos judíos, unos porque deseaban el cambio y otros porque le querían desde hacía tiempo. En primer lugar se apoderó del Alejandreo e intentó reconstruir sus muros. Ahora bien, cuando se enteró de que Gabinio había enviado un ejército contra él a las órdenes de Sisena, Antonio y Serviano 159 , se retiró a Maqueronte. Despidió a la tropa inútil y solamente [172] se llevó a los hombres armados, unos ocho mil, entre los que se encontraba Pitolao, lugarteniente de Jerusalén, que se había pasado a su bando con mil soldados. Los romanos fueron detrás de ellos y, cuando se produjo el enfrentamiento armado, el ejército de Aristobulo resistió luchando valerosamente durante mucho tiempo, si bien finalmente sucumbió ante la fuerza de los romanos: murieron cinco mil, unos dos mil se refugiaron en una colina, y los otros mil, junto con Aristobulo, se dirigieron hacia Maqueronte a través de las fuerzas romanas. La primera noche el rey acampó allí, [173] entre las ruinas, y tenía la esperanza de reunir otro ejército, si la guerra le daba un momento de tregua; también fortificó la guarnición de mala manera. Tras soportar el ataque de los romanos durante dos días más allá de sus posibilidades fue capturado junto con su hijo Antígono, que había huido con él desde Roma, llevado como prisionero a Gabinio y enviado por éste de nuevo a Roma. El Senado le encarceló y dejó [174] regresar a sus hijos a Judea, pues Gabinio comunicó por medio de una carta que había hecho esta promesa a la mujer de Aristobulo como compensación por la entrega de las fortalezas 160 .

[175] Cuando Gabinio se disponía a atacar a los partos se le opuso Ptolomeo 161 . A su regreso del Éufrates Gabinio había vuelto a poner a este soberano en el trono de Egipto con la ayuda de Hircano y Antípatro, que le proporcionaron todo lo necesario para la expedición. Antípatro le procuró dinero, armas, alimentos y tropas auxiliares, y convenció a los judíos que vigilaban los accesos a Pelusio 162 para que dejaran [176] pasar a Gabinio. Ante la partida de Gabinio el resto de Siria se sublevó, y de nuevo Alejandro, el hijo de Aristobulo, incitó a los judíos a la revuelta, reunió un gran ejército y se dispuso a matar a todos los romanos que se hallaban en la región. [177] Asustado ante estos hechos, Gabinio, que ya había regresado de Egipto a causa de los tumultos, envió delante a Antípatro y así consiguió que algunos de los sublevados cambiaran de opinión. Sin embargo, treinta mil hombres continuaron con Alejandro, que deseaba entrar en combate. De esta manera, el general romano partió para la guerra. Los judíos salieron a su encuentro y se enfrentaron en los alrededores del monte Itabirion 163 , donde murieron diez mil [178] hombres y el resto se dispersó en la huida. A su regreso a Jerusalén Gabinio restableció el gobierno, de acuerdo con el deseo de Antípatro. A continuación, emprendió una campaña militar y venció a los nabateos. Sin que nadie se enterara dejó marchar a Mitrídates y Orsanes, que habían huido de Partia, y a los soldados les dijo que se habían escapado 164 .

Entonces llegó su sucesor, Craso 165 , y se hizo cargo de [179] Siria. Este personaje, para la expedición que estaba organizando contra los partos, se apoderó de todo el oro que quedaba en el Templo de Jerusalén y se llevó los dos mil talentos que Pompeyo había respetado 166 . Sin embargo, tras atravesar el Éufrates perecieron él y su ejército, aunque sobre estos acontecimientos ahora no es el momento de hablar 167 .

Después de la muerte de Craso, Casio 168 , que se había [180] refugiado en Siria, impidió el paso a los partos, que habían emprendido la invasión de esta provincia a través del río 169 . Tras salvar la región se dirigió contra los judíos, tomó Tariquea 170 , esclavizó a treinta mil judíos y mató a Pitolao que se había puesto en contacto con los partidarios de Aristobulo. Antípatro era cómplice de este asesinato. Éste estaba casado [181] con una distinguida mujer de Arabia, llamada Cipros, de la que tenía cuatro hijos: Fasael, Herodes, que luego será rey, José, Ferora y una hija, Salomé. Tenía buenas relaciones con los poderosos de todos los lugares por amistad y hospitalidad. En especial se atrajo el favor del rey de Arabia 171 a causa de su matrimonio, y cuando emprendió la [182] guerra contra Aristobulo le confió sus hijos. Por su parte Casio, una vez que obligó a Alejandro por medio de un tratado a permanecer al margen de la situación, se dirigió hacia el Éufrates para impedir que los partos lo atravesaran. Sobre estos acontecimientos volveremos más adelante 172 .

Julio César y Antípatro

[183] Cuando Pompeyo y el Senado huyeron al otro lado del mar Jónico y César se hizo dueño de Roma y del Imperio 173 , éste último liberó a Aristobulo de la prisión, le entregó dos legiones y le envió rápidamente a Siria, con la esperanza de que con él se atraería fácilmente [184] esta provincia y las regiones próximas a Judea. Sin embargo, la envidia acabó con la buena disposición de Aristobulo y las esperanzas de César. Aristobulo murió envenenado por los partidarios de Pompeyo y durante mucho tiempo no consiguió una tumba en su tierra patria. Su cadáver permaneció conservado en miel, hasta que Antonio se lo envió a los judíos para que lo enterraran en el panteón de los reyes.

[185] Escipión 174 decapitó a su hijo Alejandro en Antioquía por orden de Pompeyo y tras ser acusado ante el tribunal por los males cometidos contra los romanos. Ptolomeo 175 , hijo de Meneo, que gobernaba en Calcidia, al sur del Líbano, concedió la hospitalidad a los hermanos de Alejandro y envió a su hijo Filipo a Ascalón 176 en su busca. Éste apartó [186] a Antígono y a sus hermanas de la mujer de Aristobulo y los llevó junto a su padre. Filipo se enamoró y se casó con una de ellas 177 . A causa de esta mujer su padre lo asesinó poco después. Tras este crimen, Ptolomeo se casó con Alejandra, y por este matrimonio se convirtió en el mayor defensor de sus hermanos.

Antípatro, después de la muerte de Pompeyo 178 , cambió [187] de actitud y trató de atraerse a César. Cuando Mitrídates de Pérgamo no pudo atravesar el paso de Pelusio con el ejército que llevaba contra Egipto y tuvo que detenerse en Ascalón, Antípatro convenció a los árabes, ya que era su huésped, para que le auxiliaran, y él mismo salió a su encuentro con unos tres mil soldados judíos. Animó a los poderosos de [188] Siria para que prestasen su ayuda, a Ptolomeo 179 , que habitaba el Líbano, y a Jámblico. Por mediación de estos personajes las ciudades de la región participaron en la guerra decididamente. Mitrídates, animado ya por la fuerza que le [189] daba Antípatro, se encaminó hacia Pelusio y, como no se le permitió el paso, asedió la ciudad. En el ataque Antípatro adquirió gran renombre, puesto que abrió una brecha en la muralla que tenía delante y fue el primero que entró con sus hombres en la ciudad

[190] Así se apoderó Mitrídates de Pelusio. Ahora bien, los que custodiaban la región llamada de Onías no le permitieron avanzar más adelante. Se trataba de los judíos de Egipto 180 . Antípatro les convenció no soló para que no le impidieran el paso, sino también para que proporcionaran víveres a su ejército. Ni siquiera se le opusieron los habitantes de Menfis, [191] que voluntariamente se unieron a Mitrídates. Éste recorrió el Delta y se enfrentó a los demás egipcios en un lugar que se llama Campamento de los judíos. Antípatro se dio la vuelta en la ribera del río y fue en ayuda de Mitrídates que en la [192] batalla corría peligro con toda su ala derecha. Pues con el ala izquierda había vencido ya a los que se le habían enfrentado. A continuación se lanzó contra los que perseguían a Mitrídates, mató a un número muy grande de ellos y persiguió al resto de los hombres hasta tomar su campamento. Sólo perdió a ochenta 181 de sus hombres, mientras que Mitrídates se quedó sin ochocientos de los suyos en la persecución. Este último, salvado contra toda esperanza, se convirtió ante César en un testigo digno de fe de las hazañas de Antípatro.

[193] César animó a este hombre con elogios y buenas esperanzas a enfrentarse por él a otros peligros. En todas estas acciones se mostró como un guerrero muy audaz y llevaba las señales del valor en las muchas heridas que tenía en casi [194] todo su cuerpo. Después de restablecer el orden en Egipto y regresar a Siria, César le concedió la ciudadanía romana, la exención de impuestos y le convirtió en una persona envidiable a causa de otros honores y por la benevolencia para con él. Por indicación suya confirmó a Hircano como sumo sacerdote.

César interviene en el conflicto entre Antípatro y Antígono. Triunfo de Antípatro

En este mismo momento, Antígono, [195] hijo de Aristobulo, acudió a César y de forma inesperada fue para Antípatro la causa de un gran ascenso. A aquél le convenía lamentarse de que su padre hubiera sido envenenado, al parecer por su enemistad con Pompeyo, y censurar la crueldad de Escipión para con su hermano 182 , sin mezclar la compasión con la envidia. Sin embargo, haciendo caso omiso [196] de esto, acusó a Hircano y a Antípatro de haberle expulsado de una forma totalmente ilegal a él y a sus hermanos de toda su patria, de haber obrado con insolencia contra el pueblo, y de haberle prestado ayuda en la campaña contra Egipto no por su buena disposición hacia César, sino por miedo de las antiguas diferencias que había entre ellos y por librarse así de la amistad con Pompeyo.

Ante estas acusaciones Antípatro se quitó la ropa, mostró [197] el gran número de heridas que tenía y dijo que no había necesidad de hablar sobre su buena disposición hacia César. Aunque él se callara, su cuerpo lo hablaba a gritos. Dijo que [198] estaba admirado de la audacia de Antígono, hijo de un enemigo de Roma, de un fugitivo de Roma, que conservaba el carácter revolucionario y sedicioso de su padre, que había intentado acusar a otras personas ante el general romano y había tratado de obtener algún beneficio, cuando él debía contentarse de estar aún vivo. Y que ahora aspiraba al poder no tanto por necesidad, sino para sublevar a los judíos y servirse de sus medios contra los que le dieran ocasión de ello.

[199] Cuando César escuchó estas palabras, declaró que Hircano era la persona más digna para ser sumo sacerdote 183 y permitió a Antípatro elegir un cargo. Sin embargo, éste dejó la elección de la categoría del mando en manos de la persona que le concedía este honor. Y así fue nombrado procurador de toda Judea 184 y obtuvo el permiso para levantar las [200] murallas de su patria que estaban destruidas 185 . César ordenó que estos honores fueran grabados en el Capitolio 186 como testimonio de su justicia y del valor de este hombre.

[201] Antípatro, tras acompañar a César, regresó de Siria a Judea. En primer lugar reconstruyó la muralla que había sido derribada por Pompeyo y recorrió el país poniendo fin a los tumultos que había. Para ello, en cada uno de los casos, amenazaba y aconsejaba lo siguiente: si se sometían a Hircano vivirían felices y tranquilos y disfrutarían de sus propios [202] bienes y de una paz general. En cambio, si se dejaban convencer por las vanas esperanzas de los que querían sublevarse para obtener ganancias personales, le tendrán a él como a un señor en lugar de como a un protector 187 , a Hircano como a un tirano en lugar de como a un rey y a los romanos y a César como enemigos en lugar de como gobernantes y amigos, dado que éstos no iban a permitir que se quitase del mando a los que ellos mismos habían nombrado. Mientras decía esto se encargaba por sí mismo de la administración [203] del país, ya que veía que Hircano era torpe y muy poco hábil para desempeñar el cargo de rey 188 . Nombró al mayor de sus hijos, Fasael, gobernador de Jerusalén y de las regiones adyacentes, y envió a Galilea a su otro hijo, Herodes, que aún era muy joven 189 , con los mismos poderes.

Herodes, gobernador de Galilea

Herodes, activo por naturaleza, enseguida [204] encontró material de trabajo para su mente. Al enterarse de que Ezequías, jefe de una banda de ladrones 190 , hacía saqueos por las zonas limítrofes de Siria con un gran número de bandidos, le capturó y le mató a él y [205] a muchos de sus hombres. Esto resultó de gran agrado para los sirios. En las aldeas y en las ciudades Herodes era elogiado como el héroe que les había restituido la paz y sus posesiones. Por esta hazaña llegó a ser conocido por Sexto César, [206] familiar del gran César, que gobernaba Siria 191 . Ante la buena fama de su hermano, Fasael también deseaba adquirir un renombre similar, para lo que se atrajo a los habitantes de Jerusalén mediante un gobierno en absoluto irrespetuoso [207] ni arrogante para con la ciudad. En consecuencia, el pueblo trató a Antípatro como si fuera un rey y todos le tributaron los honores propios de un señor absoluto. Ahora bien, él no cambió el afecto y la confianza hacia Hircano.

[208] Sin embargo, en la prosperidad es imposible escapar a la envidia. Hircano, sin que nadie se diera cuenta, estaba dolido en su interior por la gloria de estos jóvenes; sobre todo le molestaban los éxitos de Herodes y los continuos mensajeros que corrían a anunciarle sus hazañas una por una. En la corte le provocaban muchas personas, para quienes la prudencia de Antípatro o de sus hijos suponía un obstáculo. Estos [209] individuos decían que al encomendar los asuntos públicos a Antípatro y a sus hijos él conservaba sólo el nombre de rey sin ningún poder. ¿Hasta cuándo cometería el error de alimentar reyes contra él mismo? Pues ellos ya no fingían ser procuradores, sino que a la vista de todos eran los señores y le menospreciaban, porque, sin que él hubiera dado ninguna instrucción o una orden escrita, Herodes había matado a muchos hombres en contra de la ley judía. Y si éste no era un rey, sino un hombre particular, era necesario que compareciera ante un tribunal para dar cuenta de ello ante el propio rey y ante las leyes de la patria, que no permiten matar a nadie sin antes haberlo juzgado.

Poco a poco Hircano se iba enardeciendo con estos hechos [210] hasta que acabó por estallar en cólera y convocó a Herodes a un juicio. Éste, por consejo de su padre y por la seguridad que le conferían sus actividades, se dirigió allí no sin antes haber distribuido guarniciones por Galilea. Llegó acompañado de un grupo de hombres fuertes, de modo que no pareciera que iba con una gran tropa a derrocar a Hircano, pero que tampoco estuviera inerme ante los ataques de la envidia 192 . Sexto César, por temor de que al joven, al estar [211] rodeado de enemigos, le ocurriera alguna desgracia, envió a Hircano unos mensajeros con la orden expresa de absolver a Herodes de la acusación de asesinato. Hircano, que además estaba decidido a ello porque quería a Herodes, lo dejó libre 193 .

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30 января 2026
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564 стр. 7 иллюстраций
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9788424932688
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