Читать книгу: «Autobiografía. Contra Apión.»

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BIBLIOTECA CLÁSICA GREDOS, 189


Asesor para la sección griega: CARLOS GARCÍA GUAL .

Según las normas de la B. C. G., la traducción de este volumen ha sido revisada por PALOMA ORTIZ .

© EDITORIAL GREDOS, S. A. U., 2008

López de Hoyos, 141, 28002 Madrid.

www.editorialgredos.com

REF. GEBO292

ISBN 9788424932213.

INTRODUCCIÓN GENERAL
I. VIDA DE JOSEFO
1. Contexto histórico

Desde el 31 a. C., o quizá más particularmente desde el 27, Roma y sus dominios estaban gobernados por un príncipe. Fue Octavio Augusto el artífice de la transición del régimen republicano al monárquico y en él se inicia la dinastía Julio-Claudia que pervivirá hasta la muerte de Nerón, ya en plena guerra judaica. Unos cien años por junto son los que suman los reinados de los emperadores julio-claudios. El segundo de ellos, tras Augusto, fue Tiberio, bajo cuyo reinado tuvieron lugar los más transcendentales proceso y ejecución de la historia, precisamente en Palestina: los de Jesús de Nazaret. Los judíos le tuvieron por blasfemo, los romanos por agitador social. Josefo, nuestro autor, no fue contemporáneo de Jesús por pocos años, pues nació al inicio del reinado del príncipe siguiente, Calígula. La vida de nuestro personaje coincidió con los mandatos de este emperador, de Claudio, de Nerón, de Vespasiano 1 , de Tito, de Domiciano y… no sabemos más. Las dinastías Julio-Claudia y Flavia, por lo tanto. El gobierno directo de Roma en Palestina, salvo el régimen especial de algunos territorios, lo atendían prefectos o procuradores desde el año 6 d. C. El más famoso de todos ellos, Poncio Pilato, había sido removido en el año 36, muy poco antes de que Josefo viniera al mundo 2 .

Los avatares de la política de Tiberio y Calígula, a veces muy antijudía, así como los excesos de Pilato en su decenio de gobierno debieron de ser bien conocidos por el Josefo niño en memoria familiar, aunque no fuera en principio el entorno de nuestro autor demasiado proclive, bien al contrario, a una enemiga activa contra los dominadores romanos. Lo que personalmente pudo conocer un Josefo en uso de razón fue el período plácido de Claudio y luego el ya un poco más problemático de Nerón. En tiempos de este emperador estalló la guerra judaica, y por finta del destino fueron los dos generales —padre e hijo, Vespasiano y Tito— que dirigieron las operaciones del ejército romano en Palestina quienes sucesivamente ocuparían el trono del Imperio 3 . Josefo, como veremos, fue primero enemigo de Roma y luego su aliado; y la guerra acabó en derrota judía: destruido el Templo; el Sanedrín y los sacerdocios, carentes de autoridad y de sentido; Palestina bajo dominación de guerra; no pocas de sus gentes, prisioneras, desterradas o muertas; fiscalidad especial pesando sobre los judíos por el hecho de serlo… Esto y lo anterior es lo que Josefo conoce y vive; y el desastre es una de las cosas sobre las que nuestro autor escribe, intentando justificar siempre su extraño itinerario personal. Porque el dirigente judío de Jerusalén acabó sus días plácidamente protegido por los domeñadores y esclavizadores de su pueblo. Algunos particulares aparecerán con cierto pormenor en las páginas que siguen.

2. Familia y formación

Nació Josefo en el primer año del reinado de Gayo César 4 , es decir, Calígula, por lo tanto en 37 ó 38 d. C. No nos consta dónde, aunque es posible que ocurriera en Jerusalén. Su padre era Matías, de casta sacerdotal, lo que hace muy probable la residencia familiar en la ciudad del Templo. Por otra parte, nos dice el propio autor que tras sus andanzas adolescentes en búsqueda de su identidad religiosa volvió «a la ciudad» 5 , lo que no se puede interpretar como no sea en referencia a Jerusalén. Si en la capital de Judea tuvo su lugar de residencia como niño y joven y en ella es lo más probable que ejerciera funciones su padre, probablemente ese fue el lugar de su nacimiento. Josefo se refiere con orgullo a sus raíces familiares por padre y madre. La familia paterna era presumiblemente saducea y pretendía gloriosos entronques primordiales; la materna estaba de cerca vinculada con la casa de los Asmoneos, que había dado sumos sacerdotes y monarcas al pueblo de Israel en época relativamente reciente 6 . Hace Josefo breve reconstrucción genealógica de la rama paterna, basándose, según nos dice, en los registros públicos para salir al paso de versiones calumniosas que rebajaban su linaje 7 . Y, aunque una de las notas características del quehacer de nuestro autor es la vanidad que destilan sus escritos y avisados especialistas han podido señalar posibles debilidades en el montaje genealógico 8 , podemos aceptar como hecho cierto la nobleza hierocrática de sus dos costados familiares, por cuanto que no hay ninguna razón que nos lleve a la afirmación de lo contrario.

Recibió nuestro personaje educación en consonancia con su condición de vástago de familia sacerdotal 9 . Él mismo nos dice al respecto que hizo el correspondiente aprendizaje junto con su hermano Matías y que destacó por sus generosas dotes intelectuales 10 . Sin duda no estaba ausente de esta educación el aprendizaje de la lengua griega 11 . A poco de salido de la infancia, por los catorce años según él mismo concreta, recién superada la edad de su Bat Mitzvá 12 , destacaba ya Josefo entre los doctores por sus notables conocimientos sobre la Ley y las cosas de Israel. Pero, tal vez contra lo que se podía esperar y violentando los deseos de su familia, inició, muy joven todavía, a los quince o dieciséis años, una andadura de búsqueda religiosa que le llevó fuera de casa e incluso de la ciudad. Quiso conocer las tres sectas judías y tuvo experiencia de las tres. Dado que su familia era presumiblemente saducea, supongo que buscó círculos fariseos y esenios lejos de Jerusalén. Ninguna de las tres sectas satisfizo al despierto e inquieto jovenzuelo, que acabó por seguir a un santón del desierto —al estilo de lo que había sido el Bautista evangélico—, que se llamaba Bano. Con él estuvo tres años, pero le dejó, cuando frisaba ya los diecinueve años, por tanto entre 56 y 57, para volver a Jerusalén decantado ya hacia el grupo de los fariseos. Si anduvo fuera desde más o menos los dieciséis a los diecinueve años y fue discípulo de Bano durante un trienio, su previo ensayo de las sectas, aunque penoso, debió de ser muy rápido. Compara Josefo a los fariseos con los estoicos del mundo griego 13 , lo que me impulsa a suponer que la opción final del personaje, al margen de las razones intelectuales que le movieran hacia el rabinismo, pudo basarse en el aprecio del rigor moderado que era propio del fariseísmo. No es posible descartar, de todos modos, que la elección la efectuara nuestro hombre más que por convencimiento, por puro cálculo 14 . Si, como es probable, la familia de Josefo era saducea, la elección última del joven vástago sacerdotal debió de ser duro trago para los suyos, en una época en la que todavía el saduceísmo era celoso de su ser y su papel y no había iniciado el declive y desdibujo que poco después le llevaría al descrédito y la desaparición.

3. Dirigente en Jerusalén

Si por la opción antedicha tuvo problemas en su círculo familiar y demás entorno, Josefo no lo dice, desde luego lo superó pronto, porque a no muchos años de su regreso a Jerusalén y su paso al fariseísmo le vemos representando papeles religioso-políticos de relevancia. El primer matrimonio, ocasión para institucionalizar sus aires de independencia, hubo de facilitar las cosas dentro de la familia; la capacidad de acomodación contribuiría a evitar roces con las altas esferas saduceas. Podemos deducir que Josefo contrajo nupcias a poco de la vuelta a Jerusalén del hecho de la temprana asunción de estado por los judíos de la época, puesto que eran normales en el varón las bodas a partir de dieciocho años, según indicios rabínicos expresos, y de un detalle que muy perspicazmente destaca la especialista francesa Hadas-Lebel: en un concreto paso de la Guerra leemos que la esposa y la familia del autor estaban prisioneras en la Jerusalén asediada 15 . Como no puede tratarse todavía de la mujer que le entregó Vespasiano, debemos concluir que hubo un enlace matrimonial anterior, en principio sin hijos 16 , situable en la edad aproximada en que normalmente se casaban los jóvenes judíos situados.

Ignoramos cuáles fueron los menesteres desempeñados por Josefo en sus años de juventud adulta, aunque sin duda se trató de altas funciones relacionadas con el servicio del Templo, cual correspondía a su casta sacerdotal. De Josefo echan mano las autoridades judías para una misión en Roma, cuando los problemas del prefecto Félix con algunos importantes sacerdotes. Ese viaje, cuya finalidad era sacar de prisión a los detenidos por el gobernador y luego enviados a la capital del Imperio, tuvo lugar en tiempos de Nerón, quizá en el año 63 ó en el 64, a los veintiséis de edad del futuro escritor 17 . Josefo presenta como propia y personal la iniciativa de tal viaje, pero encaja en el talante del personaje la magnificación de sí mismo y parece poco probable que la gestión particular de un muy joven sacerdote judío de la perdida Palestina tuviera la virtud de abrir las puertas de la corte imperial y lograr la liberación de los presos, aunque fuera por la intermediación de algunos afortunados lazos de amistad cuyo estrechamiento le deparó el viaje 18 . Aunque Josefo lo cele, tal vez llevara misión oficial del Sanedrín jerosolimitano. Conocemos algún que otro caso de este tipo de embajadas, cual es el caso de la que el mismo Josefo narra en el último libro de Antigüedades 19 y otras a que se hace referencia en el relato de la guerra judaica. La aludida de Antigüedades , embajada institucional sin duda, tuvo lugar en una circunstancia remotamente similar producida por una dura arremetida del gobernador Festo, y aunque por lo general los autores tienden a negarlo o lo ponen en duda 20 , ha tentado a veces la consideración de que Josefo se refiere en la Autobiografía al mismo acontecimiento de Antigüedades , confundiendo a los sucesivos gobernadores Félix y Festo 21 . Si esta identificación estuviera en lo cierto, habría una razón de más para afirmar que el memorialista ha convertido en personal lo que fuera misión oficial judía.

Si el Sanedrín encomendó a Josefo la responsabilidad de abogar en Roma por los sacerdotes, fuera solo o acompañado, en este último caso fuera o no la cabeza de la embajada, es porque se le consideraba con la suficiente habilidad y el requerido bagaje instrumental como para que la misión tuviera unos mínimos de posible eficacia. Debía de ser brillante, negociador y capaz de hacerse entender. Incluso cabría decir que tal vez tuviera el joven sacerdote fariseo una cierta popularidad a distancia entre los judíos de la comunidad romana. Es claro que éstos, peregrinos a Jerusalén con frecuencia, tenían conocimiento bastante sobre lo que ocurría en los aledaños del Templo y sobre las personalidades de la hierocracia de la ciudad davídica. No en latín, lo más seguro, pero es innegable que Josefo se manejaba en griego. Aunque no lo diga en sus anotaciones autobiográficas, debió de comenzar su aprendizaje todavía niño, como ha quedado señalado páginas atrás. La lengua helénica era la generalmente utilizada en la parte oriental del Imperio Romano. Todas las personas de cierta cultura con pretensiones de modernidad y las llamadas a una vida de relaciones adquirían en Oriente, cuando no era su lengua materna, el conocimiento siquiera instrumental del griego. En griego funcionaban los dominadores romanos en las regiones mediterráneo-orientales y asiáticas. Para un israelita, además, la helénica era la lengua primera de muchos judíos de la dispersión, lo que la hacía más importante aún que para cualquier otro asiático semítico-hablante 22 . Josefo, pues, hablaba griego ya en la época, lo que no desmiente el que años después necesitara ayuda para redactar en aceptable griego la versión helénica de su Guerra . Todos sabemos que no es la misma posesión de una lengua la requerida para hacerse entender bien y para escribir correctamente.

Sus recursos aparte, trabajaron a favor de Josefo como embajador de Jerusalén en Roma circunstancias favorables cuales la vitalidad del núcleo judío de Roma, algún encuentro afortunado durante el camino, que le facilitó el acceso extraoficial, el difuso ambiente judiófilo que se respiraba en la Urbe, las altas relaciones de los sucesivos Herodes Agripa y las veleidades y exotismos de la emperatriz Popea. La misión logró lo fundamental de sus objetivos. Fuera o no el presidente de la embajada, Josefo debió de regresar a Jerusalén con su prestigio recrecido, aunque unas circunstancias políticas cada vez más preocupantes, que abocarían a la rebelión y crudelísima guerra, no permitieron a nuestro hombre sacar de su éxito el partido esperable, de haber sido más normal la situación de Palestina. Ignoramos cuánto pudo dilatarse la estancia de Josefo en Roma y cuándo exactamente volvió a Jerusalén. Pudo ser en el 64 ó 65, a la vuelta de la esquina del estallido bélico en cualquier caso. El enrarecimiento de las relaciones entre Roma y los judíos palestinenses no era lo que más podía ilusionar a quien venía deslumbrado de la capital del Imperio, de la Corte y de sus fáciles andanzas por los salones palaciegos. No era el estado de ánimo del joven embajador exitoso el más propio para desear la ruptura de hostilidades con los dominadores. Y, sin embargo, tuvo que afrontar la irreversible situación y amoldarse a ella.

4. Contra Roma

Aunque, cual ha quedado dicho, Josefo era personalmente contrario a cualquier clase de ruptura de hostilidades entre los judíos y los romanos, el imparable estallido revolucionario 23 le puso necesariamente en la alternativa de tomar partido, y lo hizo por los suyos. Josefo era dirigente de judíos y, en guerra los judíos, nuestro hombre asumió sus correspondientes responsabilidades. Ello no quiere decir que no intentara todo, aunque inútilmente, desde la plataforma de su popularidad, para aquietar a sus paisanos y evitar lo que podía acabar en desastre, que no en balde Roma era la invencible gran potencia del mundo conocido. El autor nos habla en la Autobiografía de sus esfuerzos y de sus razones, así como del escaso éxito de sus iniciativas ante los partidarios de la revuelta 24 , y una y otra vez va a llamar bandidos a los más decididos revolucionarios 25 . No hay razones para pensar que tengamos en esto una más de las autojustificaciones de Josefo. Es verdad que, entregado a Roma cuando escribe, pudo tener necesidad de compensar, pretextando resistencias iniciales, el haber sido dirigente militar destacado al frente de los judíos sublevados; y cabe que las razones que dice haber esgrimido entonces puedan responder a un análisis posterior, a hechos pasados. Quizás haya algo de esto, pero tal cosa no quita que fuera cierta la inicial actitud contraria del personaje a la aventura de provocar una guerra que no podía dejar de ser trágica. Téngase en cuenta que acababa de pasearse con éxito por las salas romanas en las que se cocía el poder y que volvía más deslumbrado y halagado que molesto y resentido. El fracaso a la hora de convencer a los suyos, sazonado con una cierta dosis de miedo a que le tuvieran por connivente con el dominador 26 , le hizo plegarse y asumir lo que viniera. La cara siniestra del Imperio, el gobernador Floro, pudo facilitar la resignación de Josefo ante una guerra que no quería y temía, y su traición a los influyentes amigos que dejara en Roma, al rey Agripa II, que movió tropas contra los insurrectos, y al sumo sacerdote Ananías, asesinado por los radicales alzados.

Lo que vino y asumió nuestro personaje fue el gobierno y el mando militar supremo de Galilea, en los que no le escasearon las dificultades. La guerra había comenzado mal, por un conato de enfrentamiento civil entre los insurrectos. Un zelota, de bien conocidas raíces revolucionarias, de nombre Menahem, había dado con los suyos un eficaz golpe de mano en la fortaleza de Masada, arrebatándosela a la guarnición romana, y había hecho acto de presencia en Jerusalén sin disimular sus pretensiones reales. El dirigente sublevado de la ciudad santa, Eleazar, se deshizo del atrevido y ambicioso personaje 27 . Estos gérmenes de desunión y la euforia enloquecida de los éxitos iniciales acabarían marcando el sino de la guerra 28 . Josefo advirtió sin duda la falta de sentido de la realidad que derrochaban sus paisanos. El poder supremo que ejercía sobre la administración independiente y las tropas de Galilea le tenía atrapado. Enemigo declarado, ahora, de Roma, con difícil marcha atrás, distaba mucho de ver horizonte claro y de estar convencido de su propia causa.

Josefo hizo lo que pudo: unificar, organizar, administrar, subvenir y aprestarse a la defensa, porque un levantamiento independentista contra Roma debía abocar necesariamente a una guerra defensiva. Sus esfuerzos, de todos modos, no le liberaron de la sospecha de los más radicales, sin duda porque nuestro personaje no había conseguido hacer olvidar las reticencias de antes y ocultar las dudas del momento. Además tuvo gestos concretos que podían presentarle como claudicante y traidor a la causa. De hecho, queda muy pronto abierto un abismo de incomprensión entre el gobernador y el líder radical zelota Juan de Giscala, lo que comporta nuevas fisuras en el bando de los insurrectos 29 . El de Giscala y Josefo quedan pendientes en sus querellas de la actitud que asuman las autoridades de Jerusalén. Envían éstas, con misión de investigar, a un fariseo llamado Jonatán, a quien Josefo, que no carecía de partidarios, recibe con desplantes. Parapetado en la fortaleza de Jotapata, nuestro personaje aparenta estar decidido a seguir su propia guerra al margen de zancadillas provenientes de su mismo bando, no sin dejar de anotarse significados éxitos y sensibles fracasos en una circunstancia particular cada vez más ambigua, que al final no se sabe si combate contra Roma, a favor o en contra de Agripa, o a sus propios compañeros de sublevación. Quizás está luchando sólo por la paz interior, ante la incomprensión de quienes le tienen por blando e irresoluto 30 . Cuando Roma pone al correoso general Vespasiano al frente de las operaciones y éste hace acto de presencia con sus tropas en la Palestina del norte, Josefo se encuentra metido entre dos guerras: la intestina, complicada, y la que lleva contra Roma, ahora convertida en auténticas palabras mayores 31 . Y, tras la resolución del asedio de Jotapata por los romanos, acabado en derrota para Josefo, nuestro personaje encuentra la para él más beneficiosa salida: pasarse descaradamente al enemigo.

No era éste, el de pasarse a Roma, designio preconcebido de Josefo, quien, una vez abiertas las hostilidades, pese a sus reticencias iniciales, seguramente pensó siempre llegar hasta el final, incluso cuando comenzó a tener problemas con facciones de los suyos, como se desprende de la enconada y ocurrente defensa que hizo de Jotapata contra los sitiadores romanos y de su intento, poco gallardo, de esconderse en una cisterna cuando las cosas estaban perdidas 32 . Fue una vez descubierto, cuando se las arregló para hacerse perdonar y sentar las bases de una amistad con el vencedor que sería de por vida. Quien tiene la intención de echarse en manos del enemigo no lo exaspera como hizo Josefo con los romanos en la defensa de Jotapata. Pese a las dificultades múltiples, entre las que la falta de agua no era la menor, Josefo, con denuedo e inteligencia, hizo lo posible por poner difíciles las cosas a los romanos. Los defensores se emplearon a fondo y los atacantes hubieron de hacer lo mismo. Josefo nos habla de la dureza de un asedio del que ahora comenzamos a tener apoyatura arqueológica significativa 33 . Sólo muy al final pretendió el personaje romper el cerco so pretexto de conseguir ayuda exterior, lo que a la postre no le permitieron hacer las circunstancias. Buscaba sin duda su propia seguridad, pero no entre los romanos, como lo prueba el hecho de que pretendiera zafarse de ellos, inútilmente, procurándose un escondite. Su cambio de bando fue una finta in extremis tan oportuna como habilidosa, de efectos duraderos ulteriores como es bien sabido 34 . Labor por la que no estuvo Josefo fue la del suicidio, solución por la que optaron tantos de los suyos.

5. A favor de Roma

No pocos soldados de Roma habrían degollado con gusto a aquel cabecilla rebelde, tan buscado, que tras denodada y sangrienta resistencia al asedio había querido escapar metiéndose en la cisterna. No faltaron de hecho quienes intentaron sofocarle con fuego en su escondite, aunque Vespasiano no lo permitió 35 . Se estableció entonces una curiosa negociación entre los vencedores de arriba y el escondido de abajo, los primeros deseosos de obtener la rendición y entrega del rebelde y el segundo procurando salir del trance con las mejores expectativas posibles, aunque el panorama no se le presentaba en absoluto halagüeño. Los dos primeros intermediarios fracasaron. Sólo cuando Vespasiano llevó las conversaciones a través del tribuno Nicanor, un conocido y amigo de Josefo 36 , éste se dejó convencer. Quienes con él estaban, sin embargo, no le permitieron que se entregara. Y éste es el momento de un episodio que no se sabría decir si es histórico o ficción del propio personaje: la rueda de suicidios. La cuarentena de judíos copados junto con Josefo se dispusieron a morir por la espada de un compañero por riguroso turno hasta que no quedara más que uno, quien se daría muerte a sí mismo. Josefo se las arregló para ocupar el puesto que le permitiera llegar al final de lo ronda y, contra lo previsto por todos salvo él, mantenerse vivo 37 . Sea o no cierta la argucia inteligente del futuro historiador, Josefo no se suicidó sino que acabó cautivo de los romanos. O no le pareció incompatible salvar el honor y a un tiempo la vida o prefirió la vida al honor. Cuando tantos de sus subordinados se daban muerte, Josefo hizo cuanto pudo por vivir.

En aquellas poco favorables circunstancias surgieron las bases para una amistad, que sería larga, entre Vespasiano y su hijo Tito y el prisionero judío. Éste era joven, ilustrado y menos bárbaro de lo que los romanos pudieron suponer; no en balde había sido embajador de su pueblo en la propia Roma. Su conversación debía de ser agradable y excepcionalmente inteligente. Su juego mental y su simpatía, entre la adulación y el ocultismo profético, le facilitaron las cosas ante el general vencedor. Llegó Josefo a anunciar a Vespasiano y a Tito que ocuparían el solio imperial, lo que muy poco después sería rigurosamente cierto 38 . El cautivo, aun sin dejar de serlo, pasó insensiblemente a protegido. En Cesarea, la capital romana de Palestina elegida como cuartel general por Vespasiano, estuvo Josefo durante meses, entre la enemiga romana y las deferencias del general. Vespasiano llegó incluso a proporcionarle una cautiva por esposa; probablemente sea éste el segundo matrimonio del personaje, que luego contraería tres más. Aunque la mujer era a no dudarlo judía, las circunstancias hacían de estas bodas, si algún carácter oficial tuvieron, algo bastante en pugna con las tradiciones religiosas de Israel 39 ; pero Josefo no estaba entonces para frenarse ante minucias. Su cautiverio, en fin, fue llevadero y en él iría poniendo los cimientos para el inicial relato, en arameo, sobre la guerra de su pueblo contra Roma. Seguramente le llegaba suficiente información de la marcha de los acontecimientos: los triunfos romanos, las escisiones civiles entre los judíos, el próximo e inevitable fin del propio conflicto.

Dos acontecimientos supusieron cambio de suerte para el prisionero —ya iba para dos años— de Cesarea: la reducción de la guerra a Jerusalén y a algunos bastiones del sur y, tras la muerte de Nerón y la consiguiente breve guerra civil entre pretendientes, la accesión de Vespasiano al principado del Imperio. Se cumplía la predicción de Josefo, quizá más por influencia de la predicción que por capacidad de prognosis de nuestro personaje. Vespasiano fue, como otros proclamados de la guerra civil, elegido y apoyado por sus propias tropas. Las palabras de Josefo pudieron haber sido el determinante. Su protector era, en cualquier caso, dueño del Imperio, y su amigo Tito, príncipe heredero y general en jefe responsable de los asuntos de Palestina. Lo menos que podía venirle de ello a Josefo era la libertad. Josefo viajó con el nuevo emperador hasta Alejandría y en el camino le dejó —o murió— la mujer de Cesarea que recibiera de su protector. En la gran ciudad egipcia contrajo el futuro escritor nuevas nupcias 40 . La campaña contra Jerusalén y los demás bastiones de la resistencia, Masada es el más significativo, supuso la inminencia del final de una larga guerra de cuatro años y para Josefo la ocasión de volver a su ciudad, aunque en compañía de los enemigos y trabajando en favor de ellos; como negociador para conseguir la rendición judía, su lema es que Dios está ahora del lado romano 41 . Le tocó incluso en suerte resultar herido por un proyectil lanzado desde la muralla por los defensores, para regocijo y alegría de los que le consideraban traidor 42 . Dentro de las defensas, tal vez sin que los detalles llegaran hasta el exterior, una creciente división interna 43 ponía a los familiares de Josefo en la más extrema dificultad. Cada vez más decidido prorromano, aunque en el ejército de Tito había muchos que desconfiaban del obsequioso judío, entró en Jerusalén como vencedor sobre su propio pueblo y no tuvo más remedio que, acabada la campaña, marchar a Roma en compañía del príncipe triunfador. Lo que los horrores de la guerra y los excesos romanos habían hecho e hicieron padecer a los judíos fue asumido por Josefo entre la indiferencia y alguna que otra lágrima. Se conforma con salvar la vida y lograr la libertad de algunos judíos, entre ellos su propio hermano, y con el obsequio por Tito de algunos libros sagrados salvados de la destrucción 44 . Ni siquiera la destrucción del Templo fue razón suficiente para que nuestro personaje se desviara de su amigo romano. Más le afectaron los holocaustos voluntarios, al estilo de Sagunto o de Numancia. Ni héroes ni desesperados sin salida; para Josefo eran criminales, sólo porque no habían hecho lo que él.

El viaje a Roma se hizo por el Sinaí en dirección a Alejandría, para embarcar desde allí hacia las costas itálicas. En la gran ciudad grecoegipcia reencontró, tras el final de la guerra, a la que desde poco antes era su nueva mujer, conforme más arriba se dijo. El salto a Italia lo hicieron los casados en el séquito de Tito. En Roma les esperaba la celebración del triunfo del Imperio sobre Israel, sus pretensiones políticas y sus tradiciones religiosas, y la concesión a nuestro personaje de la ciudadanía romana 45 , lo que comportó para él en adelante el gentilicio de Flavius , el nomen del Emperador, su protector. Josefo llevaba la carga de sus azares y sus remordimientos, de las incomprensiones y de sus nostalgias; y la esperanza de una nueva, plácida y prometedora vida a la sombra del Emperador y de su hijo, heredero a su vez del Imperio.

6. Últimos años

Los años postreros, oscuros, de la vida de Josefo no son los de su provecta y ya decrépita ancianidad. En principio podemos decir que Josefo tocó la vejez, pero no la vivió. En rigor, los últimos años de nuestro autor son los de su madurez. Inicia su retiro en Roma, dejando atrás definitivamente la Palestina de su juventud y de sus azares, a los treinta y tres años de edad, que no es precisamente el momento de retiro de un anciano. Bajo la cobertura, amistad y mecenazgo de Vespasiano y su casa 46 , dedicó los decenios que le quedaban de vida a narrar los hechos de que había sido testigo y a divulgar y ensalzar las tradiciones de Israel. Es ahora cuando escribe sus obras, probablemente en este orden: la Guerra de los judíos , las Antigüedades judaicas , la Autobiografía y el Contra Apión . Vive tranquilo, beneficiado sin duda del régimen económico reservado por los emperadores flavios a los intelectuales merecedores de subvención pública. El conflicto lo tiene en su casa y en su corazón. Sabemos que los problemas domésticos le llevan al divorcio de su mujer, que no es la primera, la joven judía de que se separara con tristeza cuando el estallido de la revuelta, sino la que ha tomado en Alejandría. Y el problema interno es el que desgarra al dislocado: depende de Roma y tuvo un decidido pasado antirromano; combatió con la revolución y abandonó a sus correligionarios; es judío y está entre paganos; fue vencido y está con el vencedor, de espaldas a los suyos; añora su tierra y su tradición, pero está en el exilio, aunque dorado exilio, olvidado y despreciado de los suyos. Es un patriota judío bajo patronazgo romano, la gran paradoja 47 . Todo Josefo se explica por dos necesidades internamente sentidas: la de autojustificarse siempre y por todo y la de seguir apegado, con más fuerza si cabe, a las tradiciones de Israel.

La esposa alejandrina, de la que se divorcia, le deja un hijo, Hircano, nacido el año cuarto del reinado de Vespasiano 48 , es decir, en el año 73 ó 74; otros dos niños no lograron sobrevivir. Ignoramos cuáles pudieron ser las causas profundas de la ruptura. Su mujer era, desde luego, también judía, y de esta condición compartida, pero tal vez entendida diversamente, pudieron venir las dificultades. Cuanto se ha dicho de que sería pagana y disentirían en lo tocante a la educación del único vástago es pura lucubración sin fundamento. Josefo se limita a manifestar inconformidad con su conducta 49 . Prueba nuestro hombre nueva aventura matrimonial, ahora con una cretense, de la que dice que estaba dotada de envidiables prendas y pertenecía a familia de abolengo 50 . Esta unión le dio dos hijos más, Justo y Simónides Agripa, más jóvenes respectivamente que el hermano mayor en tres y cinco años.

Las contradicciones del desplazado no generaron problemas capaces de provocar cambio en el trato con la casa imperial. Josefo siguió fiel a la amistad y benevolencia de Vespasiano y nada varió cuando accedió al trono Tito, el príncipe amigo, y más tarde Domiciano. Los emperadores Flavios mantuvieron al sacerdote escritor judío y hasta le desembarazaron de enemigos correligionarios. Domiciano en concreto le hizo honor de concesiones fiscales muy generosas. Mientras tanto iba nuestro autor redactando y publicando sus obras. Tras la salida de Antigüedades y luego de Contra Apión , tiempos ya de Domiciano, perdemos del todo la pista a nuestro personaje y los proyectos literarios que por entonces anuncia 51 no se convirtieron en realidad o, si alguno lo hizo, se perdió sin dejar rastro. Es muy probable que sobreviviera al segundo de los hijos de Vespasiano y que conociera por tanto el efímero y benéfico reinado de Nerva, que supone un cambio de Roma al respecto de los judíos domeñados; ni siquiera se puede descartar que su muerte tuviera lugar en los primeros años del imperio de Trajano frisando la sesentena. En rigor habría que asumir el laconismo de Hadas-Lebel: «Après 95, sa trace se perd» 52 . El final de Josefo se produjo oculto en una nube de la historia.

II. OBRA DE JOSEFO
1. «Guerra de los judíos »

Es ésta la primera obra escrita por Josefo, si no tenemos por independiente de la redacción griega conservada la versión original aramea publicada con anterioridad. El mismo autor, al comienzo de la Guerra escrita en griego, nos informa de la existencia del previo texto arameo y de las ayudas que precisó para una aceptable traslación a la lengua helénica. Dirigidas a diferentes tipos de lectores, una y otra de las versiones hubieron de tener matices distintos, aunque el grueso de la información recogida y su presentación fuera coincidente. Es el texto griego el conservado y de él dependen las versiones antiguas testimoniadas. La Guerra está compuesta en siete libros de desigual extensión, que los editores articulan en capítulos y parágrafos asimismo desiguales numéricamente hablando. El libro I, el más largo, consta de treinta y tres capítulos y seiscientos setenta y tres parágrafos; el de menor longitud es el penúltimo, el libro VI, de cuatrocientos dos parágrafos en diez capítulos. El título con que el propio autor se refiere a esta obra en otros escritos, es el de Perì toû Ioudaikoû polémou 53 , a saber, Acerca de la guerra judaica , aunque la tradición indirecta le atribuya denominaciones distintas 54 , los editores desde Niese hayan preferido titular Historia de la guerra judaica contra los romanos , siguiendo a un solo manuscrito, el Parisinus gr . 1425 (P), normalmente se la conozca simplemente como la Guerra de los judíos .

Esta obra de Josefo narra la historia de los judíos de Palestina desde Antíoco IV Epífanes, rey helenístico de Siria, y las guerras de los Macabeos, hasta la guerra en que sucumbieron los últimos focos de resistencia contra Roma, la fortaleza de Masada el más importante, una vez producidas la caída y destrucción de Jerusalén ante el asedio de Tito; es decir, entre aproximadamente 170 a. C. y 73 d. C. No es preciso decir que la mayor parte del relato, cinco de los siete libros, se ocupa de la primera guerra judaica desde que estalla en tiempos de Nerón hasta su definitiva resolución. En sus párrafos introductorios ensaya el autor un esquema bastante prolijo de su obra para orientación del lector que, si se va a ver, refleja sólo muy parcialmente lo que es el contenido real de cada libro y de sus partes 55 . O el cálamo le llevó a veces luego por otros caminos, o adelanta un sumario seleccionado, siendo esto último lo más probable.

Podemos resumir el contenido de este escrito josefeo de la siguiente manera: el libro I se abre con las advertencias introductorias de rigor, objeto e intención y el antedicho sumario, y repasa los acontecimientos palestinenses desde el atentado de Antíoco IV sobre Jerusalén y el Templo hasta la muerte de Herodes el Grande, pasando por las guerras macabeas y la sucesión tempestuosa de la serie de monarcas asmoneos. Se detiene, pues, por el año 4 a. C. El libro II parte del advenimiento de Arquelao y toca el cambio fundamental que en el gobierno y administración de Palestina se produce a la caída de éste en el año 6 d. C., las relaciones de Roma con los tetrarcas y la actuación de los prefectos romanos hasta los tiempos de Nerón, señalando la inquietud judía y las concreciones liberacionistas de los grupos más extremados, los zelotas, desde Judas el Galileo hasta Juan de Giscala, contemporáneo riguroso y enemigo político del autor. Una vez resumida la historia inmediatamente precedente y presentadas las causas remotas y próximas del conflicto, viene el corto libro III a presentar el estallido propiamente hablando de la guerra: Vespasiano al frente de las tropas de Roma, Josefo con la responsabilidad de Galilea, el asedio de Jotapata y la entrega de Josefo al vencedor y el anuncio al general de su accesión futura al trono imperial, así como la paulatina pérdida de la mayor parte de Galilea. El libro IV arranca de la caída total de esta región septentrional palestinense y se interrumpe en el momento en que Tito avanza hacia Jerusalén; a lo largo de los capítulos van apareciendo las actuaciones desesperadas de los zelotas y su caudillo Juan de Giscala, con la consiguiente división dentro del bando judío, y se hace referencia a la muerte de Nerón, la breve guerra civil romana y la proclamación de Vespasiano como emperador. En el libro V tenemos la primera parte de la guerra de Jerusalén; en él quedan descritos la ciudad, la situación política, militar y social de los sitiados, muy delicada, y el ejército romano sitiador, así como las medidas adoptadas, las primeras escaramuzas y el papel que correspondió desempeñar al propio Josefo. El desarrollo definitivo de la defensa y del asedio, hasta la toma de Jerusalén por los romanos, es el contenido del libro VI; pasan por sus capítulos las dificultades de los sitiados, el asalto a las murallas y la entrada de Tito en Jerusalén, cerrándose, a modo de apéndice, con una breve relación sobre las veces y circunstancias en que Jerusalén fue capturada a lo largo de la historia. El libro último, el VII, redondea el relato de la caída de Jerusalén mediante la descripción de las circunstancias que inmediatamente la siguen, especialmente la destrucción de la Ciudad Santa y del Templo, y del tratamiento dispensado a los vencidos, y continúa presentando las operaciones del ejército imperial contra los últimos bastiones de resistencia, en especial Masada, a cuya heroica defensa y drástica resolución final dedica pluralidad de parágrafos 56 , no sin referencias a algunos sobresaltos en comunidades judías norteafricanas. Un breve epílogo al final de este libro VII viene a ser el cierre conclusivo de toda la obra, en el que hace protesta de puntualidad y verdad y se somete al juicio de los lectores.

La Guerra es formalmente un clásico relato de historia, más en particular el de un conflicto, atenido sin duda conscientemente al estilo marcado por los autores antiguos, especialmente por Tucídides y por Polibio. El gran historiador ateniense del siglo V a. C. le proporcionaba un cumplido modelo por dos básicas razones: por su indiscutible saber hacer y por narrar una guerra no sólo contemporánea sino incluso vivida en parte activamente por el propio autor desde unas responsabilidades militares de gran relieve. Polibio, historiador corintio del siglo II a. C., podía ofrecer a Josefo una imagen como de espejo, porque también él había luchado contra los romanos, había pasado a la Urbe una vez vencido su pueblo y había establecido lazos de amistad con los más conspicuos de los vencedores. Josefo, sin embargo, no puede sustraerse de sus propios fantasmas. Polibio no pretendió ser el compositor de un relato de guerra, notable diferencia. De Tucídides, el profundo y casi imparcial gran historiador ático de la guerra del Peloponeso, nuestro escritor judío queda, desde luego, a considerable distancia. Tres son, en resumidas cuentas, los objetivos de Josefo, los tres imperiosos: primero, agradar a sus protectores; segundo, contribuir a evitar algún otro levantamiento de compatriotas de la diáspora, y tercero, desde luego no el menor de sus afanes, ensalzarse y autojustificarse. Esta obra fue un acto de servicio de Josefo a sus protectores, pero no desdeñó su autor la ocasión del mayor beneficio personal posible.

No se puede establecer con seguridad la fecha de composición y publicación de la Guerra de los judíos . Es probable que Josefo echara las bases a su relato en la cautividad de Cesarea y se convierte ya en cosa segura que tomaba notas en el campamento romano ante Jerusalén 57 y que, nada más llegado a Roma, comenzó a escribir de modo sistemático para justificar el mecenazgo que disfrutaba del Emperador. Como más arriba se dijo, comenzó por redactar en arameo. No sabemos cuándo pudo salir al público esta versión original; a no dudarlo, unos cuantos años antes que la griega. Para verter a la lengua helénica, tuvo Josefo dificultades y necesitó ayuda de colaboradores varios; pero el borrador en griego, sobre el que trabajarían sus ayudantes, tuvo que componerlo él, cosa que le llevaría bastante tiempo. Tanto se demoró la salida definitiva de la Guerra , que en el momento de su aparición ya circulaba algún que otro relato del enconado conflicto, muy poco del gusto de nuestro autor 58 . Parece que la publicación del texto griego se produjo al final ya del imperio de Vespasiano 59 , entre 75 y 79 d. C. Fecha post quam es la de 75, pues en este año se produjo la erección del Templum Pacis , que aparece mencionada ya en el texto de Josefo 60 . Fecha ante quam , la de la muerte del primer emperador Flavio, pues es seguro que Vespasiano conoció el texto 61 . A lo más, cabría decir que Vespasiano pudo tener copia con anterioridad a la publicación propiamente hablando; ésta, en cualquier caso, hubo de tener lugar antes de 81, año de la muerte prematura de Tito.

2. «Antigüedades de los judíos »

Es éste el más voluminoso de los escritos de Josefo. Estamos ante un extenso tratado en veinte volúmenes sobre la historia del pueblo de Israel desde los orígenes hasta empalmar con la parte inicial de la Guerra . Precisamente lo que hace aquí Josefo es tratar aquello que, por excesivamente remontado en el tiempo, le parecía fuera de lugar incluir como pórtico de su anterior obra 62 : la vieja historia de los judíos, su origen como nación y sus avatares de siglos. La intención es clara: evidenciar la gran antigüedad de los israelitas, que es tanto así como demostrar su excelencia y nobleza. El título original es Ioudaikè archailogía , en traducción latina Antiquitates iudaicae , de donde deriva la manera usual por que se le conoce entre nosotros. Preciso es entender «arqueología» en el sentido primigenio del término: relato de la historia más remota 63 . Así se aplica en referencia a los capítulos primeros de Tucídides y en el título del trabajo histórico de Dionisio de Halicarnaso: Romaikè archaiología . En este caso la designación ordinaria de la obra de Josefo responde a la pensada por el propio autor.

Los veinte libros de este largo escrito son de extensión diferente, aunque dentro de un cierto equilibrio general. Los editores organizan cada uno de ellos en un número variable de capítulos y parágrafos, que oscilan respectivamente entre los ocho y los veintidós y entre los doscientos sesenta y ocho y los cuatrocientos noventa y uno. El libro I se abre con un prólogo en el que el autor explica sus propósitos y sus razones, así como la básica dependencia bíblica de sus páginas, y entra en materia tocando las raíces de Israel —y de la humanidad toda— desde la creación hasta la muerte de Isaac. Completa el libro II la historia, ya iniciada, de los patriarcas, arrancando con la historia de Jacob y de sus hijos y llegando hasta la huida de Egipto y el paso del Mar Rojo. El libro III está dedicado al vagabundeo de Israel por el Sinaí, conducido por Moisés, hasta la llegada a las puertas de la tierra prometida. En el libro IV, que narra los primeros conatos de conquista en tierras aledañas, se cierra la historia de Moisés hasta su muerte. La conquista propiamente dicha es el contenido del libro V, dedicado a la historia de Josué y de los primeros jueces. El VI cierra el relato de la judicatura y le hace seguir el de la historia del primero de los monarcas, Saúl. La historia del rey David llena por completo el libro VII, mientras que el VIII se refiere a los hechos de Salomón y a la primera parte de las monarquías independientes de Israel y Judá, hasta la destrucción de Samaría por los asirios. El libro X sigue con el repaso de las presiones orientales en Palestina, ahora sobre el reino de Judá, e incluye la conquista de Jerusalén por los neobabilonios de Nabucodonosor y la cautividad en Babilonia. El período persa, hasta Alejandro Magno, es el objeto del libro XI, y en el XII se trata la historia helenística de Israel hasta las guerras macabeas. El libro XIII arranca después de la muerte de Judas Macabeo y acoge todo el período de la dinastía Asmonea hasta la muerte de Alejandro Janeo y sus inmediatas consecuencias. Continúa en el XIV la historia de los Asmoneos hasta las discordias romanas de la guerra civil, de las que sacará partido Herodes el Grande. Los libros XV, XVI y XVII completan la historia de Herodes hasta su muerte y sucesión por Arquelao. Arranca el XVIII refiriéndose a los gérmenes de los nuevos movimientos nacionalistas encabezados por Judas el Galileo y narra los acontecimientos de Judea, ya convertida en provincia romana, hasta el intento de profanar el Templo por parte de Gayo Calígula. El libro XIX completa la historia de la Palestina romana de tiempos de Calígula y continúa con el período de Claudio hasta la muerte de Agripa I, y el último, el XX, resume el período que va desde el gobierno de Agripa II y del prefecto Fado hasta las puertas de la primera guerra judaica contra los dominadores romanos.

Se trata de una magna obra que sintetiza toda la historia bíblica más los dos siglos previos a los momentos en que vivió Josefo. Bastante más de la mitad del escrito es una paráfrasis de los textos bíblicos, aunque altamente interpretativa, de tal manera que nuestro autor merece sin duda que se le tenga por exegeta de la Escritura 64 . Los últimos libros aportan un caudal de información inapreciable. Lo que pretende Josefo, que no escribe para sus correligionarios sino para los gentiles —como ocurre con la versión griega de la Guerra —, es presentar a quienes no la conocen la historia de Israel, la antigüedad y la importancia del pueblo judío, así como la excelencia de su religiosidad y el aprecio por los romanos, salvo excepciones, de su secular tradición. Antigüedades es a un tiempo una historia y una apología 65 . El judío afincado en Roma y protegido de romanos expresa en esta voluminosa obra cuáles son sus raíces y cómo éstas, del todo nobles, no son discordes con la sociedad del Imperio, sino que, bien al contrario, constituyen una indudable aportación de grandeza religiosa y humana. Incorpora nuestro autor una gran riqueza de haggadot o tradiciones judías entremezcladas con la síntesis histórica, que no en balde está escribiendo en momentos de auge de la compilación y reflexión rabínicas, en las que eran maestros los fariseos, y que fariseo de formación y ejercicio había sido él mismo en su juventud y primera madurez. Ello hace que esta obra exceda con mucho en interés de lo que pudo ser el originario designio de Josefo; pudo escribir para gentiles, pero resultó un caudal inagotable para los judíos. Indudablemente la composición histórica de los períodos helenístico y romano y el material interpretativo y tradicional aprovechado, sin olvidar las fuentes que utiliza y nosotros conocemos tan sólo a través 66 , hacen de Antigüedades una fuente fundamental para la historia del judaísmo.

Componer Antigüedades debió de suponerle a Josefo un trabajo de bastantes años; un esfuerzo en solitario de manejo del material y luego una labor de equipo para conseguir un griego escrito de suficiente calidad. Los especialistas creen cosa segura que también tuvo ayudas aquí, del mismo corte de las confesadas para la Guerra . No faltan quienes, apreciando detalles y rastreando reminiscencias, pretenden identificar a algunos de los ayudantes de Josefo en la redacción última de Antigüedades , y así hablan convencionalmente del secretario tucidideo o del secretario sofocleo 67 . La fecha de terminación de tan magno escrito de Josefo aparece expresamente en las líneas que le sirven de cierre. Dice el autor que coronó su obra cuando alcanzaba la edad de cincuenta y seis años y corría el año décimo tercero del reinado de Domiciano. Estas dos referencias cronológicas nos llevan hasta 94 d. C. Se introduce aquí, sin embargo, una cuestión que puede alterar todo lo referente a datación de la obra de Josefo excepto la Guerra: la de si hubo una o dos ediciones de Antigüedades y la conexa y consecuente de la fecha de publicación de los escritos menores, especialmente de la Autobiografía . Sin adelantar lo que se dirá en los apartados inmediatos, diremos aquí que una obra ya clásica de Laqueur, hace bastantes decenios 68 , pretendió ver dos conclusiones de Antigüedades 69 , una que sería la del año expresamente señalado, el 94, y otra que correspondería a la reedición de momentos posteriores. No pocos autores han seguido esta hipótesis, que ni está suficientemente fundamentada ni deja de tener alguna que otra dificultad. Quienes piensan que hubo una segunda salida de Antigüedades la sitúan en el salto de siglos, pasado el año 100 70 ; quizá sea más prudente quedarse con la letra de nuestro autor y desechar la idea de las dos ediciones 71 .

3. «Autobiografía »

Como ha señalado ajustadamente Momigliano, no ha legado la Antigüedad significativo caudal del género autobiográfico 72 . A lo más, algunos discursos autodefensivos con referencias vitales propias, y reflexiones e introspecciones que de alguna suerte son desvelamientos del sí, como podrían ser los Pensamientos de Marco Aurelio y las Confesiones de San Agustín; o, sería posible añadir, algún relato de acontecimientos concretos vividos por el autor, pero narrados con aparente distanciamiento, como los de Julio César. La presentación del propio itinerario vital, completa, minuciosa y en primera persona, no es cosa que se dé. La Autobiografía de Josefo es, pues, un hápax literario en el mundo grecorromano. La importancia de esta excepción es grande, porque la personalidad de Josefo y su itinerario vital son fascinantes, y porque nuestro autor pertenece y se refiere a unos acontecimientos y a un mundo tan atractivo como complejo. A esto se añade, ya en otro plano, la gran significación psicológica del género, que nos va presentando fenómenos siempre ilustrativos cuales la reinterpretación de la propia niñez, la autopresentación como figura singular 73 y el desvelamiento muchas veces inconsciente de la propia verdad interior; filtros e iluminación a un tiempo de la realidad personal y de contexto que es la referencia fundamental del autobiógrafo. Estamos pues, por varias razones, ante un opúsculo de subido interés.

Los editores presentan la Autobiografía , título que obviamente no se remonta al autor, como un solo libro organizado en setenta y seis capítulos y cuatrocientos treinta parágrafos. A lo largo de su texto va haciendo Josefo memoria selectiva y desigual de los avatares de su vida, arrancando de su nacimiento y su entronque familiar y acabando con la sucesión de Tito por su hermano Domiciano y los favores que la nueva pareja le dispensaron, al surco de lo que habían hecho los anteriores mandatarios de la dinastía Flavia. Es curioso que el autor antiguo cuya vida nos es mejor conocida, gracias a este texto, sea al mismo tiempo uno de los más enigmáticos en lo referente a sus últimos años, precisamente los no incluidos en el relato. La Autobiografía es, pues, fuente fundamental para el hombre Josefo, y dado que el hombre desempeñó destacado papel en su momento, también para la circunstancia histórica. Esta importancia que destaco no está reñida con la debilidad indiscutible de muchos pasajes del escrito. Por una parte, son claras las divergencias y aun contradicciones entre esta y otras obras del autor, en especial la Guerra; de otro lado, los tics egolátricos y patológicamente autojustificatorios tan patentes en este texto obligan ya, sin más, a desconfiar de ciertos extremos de lo que se afirma y apurar la crítica posible, aunque sólo sea por el próximo riesgo de hipérbole y de manipulación interesada. Josefo escribe presionado por su discutida conducta y, más particularmente, polemizando con un implacable contradictor que le ha salido, Justo de Tiberíade 74 , autor de un relato de la guerra judaica que produjo a nuestro autor profunda indignación, no sólo por la presentación general de los hechos, sino también por alusiones concretas a su persona que le dejaban malparado. Quizá porque no lo pudo evitar, Josefo se rebajó a polemizar con Justo en unas páginas que, como bien dice Hadas-Lebel, no se puede decir que le favorecieran y favorezcan 75 ; lo que no contradice el interés que encierran para nosotros, leídas con la crítica que requieren. Es el calor de la polémica y la debilidad de algunas piezas del universo político de Josefo lo que explica los aducidos contrastes entre lo que en Autobiografía afirma y lo escrito anteriormente en la Guerra .

No es fácil fijar el momento exacto en que Josefo compuso su Autobiografía , aunque es indiscutible que el escrito pertenece a los últimos decenios de la vida de su autor, es decir, a la etapa de residencia en Roma. La última referencia datable es la antedicha de la subida de Domiciano al trono del Imperio, que ocurrió en el año 81 d. C. Lo más probable es que la publicación del texto sea posterior a esa fecha, bien porque la redacción también lo sea, o porque, iniciada antes, pudiera quedar coronada después de ella. Es cierto, de todos modos, que la composición de este relato autobiográfico es posterior a la de la Guerra , texto éste que, cual ha quedado ya dicho, es el primero de los de Josefo, y no menos cierto es que circuló o desde el principio o desde muy pronto como apéndice de las Antigüedades; y, dado que el texto de Antigüedades ha hecho pensar a muchos, como vimos en el anterior apartado, que presenta dos conclusiones 76 , correspondientes a dos redacciones distintas, no es arriesgado afirmar, bien al contrario, que, si la teoría de la doble redacción responde a los hechos, la Autobiografía quedó añadida a la segunda de las ediciones de la obra larga, pues líneas antes de la segunda conclusión anticipa el autor que va a proceder a decir algo sobre su linaje y sobre los hechos de su vida 77 .

Los dos pretendidos cierres de Antigüedades enmarcan la presentación y explicación de la Autobiografía que se edita aneja, y el segundo lleva referencia cronológica muy precisa: el presente del Josefo que escribe está en el año decimotercero del reinado de Domiciano y en el cincuenta y seis de su propia edad. Estas dos concreciones temporales apuntan a 94 d. C. Suponiendo que el cierre segundo sea el más reciente, ¿es esa de 94 la fecha ante quam , o la post quam? Porque podría ser que de hecho no se esté anunciando el comienzo de su redacción, sino que la Autobiografía está terminada y se edita en añadido. Si la verdad corresponde a la segunda posibilidad y el relato de la vida de Josefo está ya cerrado en el 94, ignoramos si fue escrito poco o mucho antes. Recuérdese que la última alusión temporal interna es el advenimiento de Domiciano en el 81. Pero ¿la segunda conclusión es la que se escribió después o la de la edición original? La verdad es que, si atribuimos cronología inversa a las dos conclusiones, la dificultad nos queda un tanto atenuada. Normalmente veremos en los autores que Autobiografía es posterior a 94 y que se editó tras el salto de siglos, porque Agripa II murió en el 100 y en uno de los pasajes se le da ya por desaparecido 78 . Eso comportaría que la conclusión fechada en 94 no es la segunda sino la primera y original, cosa posible, ciertamente, pero que no llega a verse demasiado clara. Además, se ha señalado la discutibilidad de la fecha del 100 para la muerte de Agripa, que no tiene apoyos anteriores al siglo IX 79 . Por el otro extremo, propuso hace decenios Laqueur que este texto debía de ser el más antiguo de los escritos por Josefo, anterior a la Guerra y , por lo tanto, no del tiempo de la segunda publicación de Antigüedades, y que se trataría originalmente del informe redactado por Josefo para justificarse ante el Sanedrín 80 , pero esta temprana fecha propuesta y ese carácter prácticamente oficial del documento que se sugiere para la Autobiografía —y que exigiría redacción original en arameo y, por tanto, índole lingüística muy diferente a la de Antigüedades — no han recibido la común aceptación de los críticos, aunque no le ha faltado algún que otro seguidor. Así, Cohen, uno de los más recientes, ha propuesto que Josefo redactó muy pronto un borrador (él no habla de documento oficial, como Laqueur), que luego utilizó en la Guerra y más de cerca en la posterior Autobiografía 81 . Pero no es bueno asirse a arriesgadas o extravagantes hipótesis como solución de un problema que se resiste a dejar de serlo. Tal vez lo mejor, por más simple, sea aceptar el punto de vista de Rajak: la Autobiografía se publicó en el 94 d. C. como añadido a la única edición de las Antigüedades 82 . Sólo aceptando las dos ediciones de Antigüedades y la fecha tras el año 100 de nuestro escrito, ambas cosas muy dudosas, se puede decir que Autobiografía es la última obra terminada de Josefo, como hace Hadas-Lebel en principio equivocadamente 83 . Tal circunstancia parece corresponder al tratado Contra Apión , del que se ocupa el apartado siguiente.

4. «Contra Apión »

Si hápax es el género literario de la Autobiografía de Josefo, no menos ejemplo único es el opúsculo llamado Contra Apión , pues no existe, perdido el texto de la de Filón de Alejandría, ningún otro modelo de apología projudía. En cambio, sí tenemos algunos precedentes del género en la tradición griega, aunque sea a través de manifestaciones distintas de la polémica, como la oratoria o la diatriba 84 . Estamos ante un escrito en dos libros, que los editores organizan respectivamente en treinta y cinco capítulos y trescientos veinte parágrafos, y en cuarenta y un capítulos y doscientos noventa y seis parágrafos. El título de uso, Contra Apión , es convencional y desde luego no se remonta ni mucho menos al autor 85 . Apión es el nombre del personaje con el que Josefo polemiza. Las referencias indirectas 86 nos llevan a suponer un título que más o menos sería Acerca de la antigüedad de los judíos . En los parágrafos introductorios relaciona Josefo su Contra Apión con Antigüedades judías 87 ; porque uno y otro pretenden demostrar la antigüedad de las raíces históricas de Israel y porque, más precisamente, el escrito que ahora comentamos es una respuesta a las reacciones adversas que Antigüedades suscitara. Dice Josefo que su obra anterior probó suficientemente cuánto se remontan en el tiempo los orígenes de su pueblo y cómo no pocos lectores dieron escaso crédito a sus razones basándose en que los autores griegos no se hacen eco de tal pretendida antigüedad. Se ve forzado, pues, a escribir de nuevo y refutar las sinrazones de sus contradictores.

El punto de partida de Josefo es diametralmente contrario a la opinión de aquellos contra quienes polemiza. Si criticaron la presentación de hechos de Antigüedades porque los griegos no conocieron a los judíos, evidencia de que eran anteriores, nuestro autor dirá que es el pueblo helénico el más reciente y que los escritos griegos documentan lo bastante de los judíos como para que sea posible afirmar su origen remoto y la falsedad de las ideas de sus lectores adversarios. Pero hay otra cosa, relacionada con lo que precede, que para Josefo es muy importante: los judíos no constituyen una amalgama de gente baja, marginal y advenediza, sino que presentan timbres de nobleza en dilatada historia. Al defender la antigüedad, está defendiendo Josefo la nobleza de su pueblo. Dedica el libro primero a insistir sobre la posterioridad helénica y la prioridad judía. La historiografía griega queda presentada como tardía y deficiente 88 , mientras que se alude a la atávica redacción de registros y crónicas, cuidados y fidedignos, en los ambientes sacerdotales de Israel 89 . Podrán no hablar los autores griegos de los judíos, lo que no es del todo exacto, como apunta Josefo, pero ello será más por desconocimiento que por precedencia 90 , y nos recuerda cómo los viejos pueblos orientales sí han dejado en sus escritos memoria de Israel y de su vieja raigambre 91 . Todo lo más, los judíos han sido víctimas de la malquerencia envidiosa o despreciativa de algunos, especialmente de los egipcios.

En el libro segundo abre ya Josefo polémica directa contra el gramático Apión, su principal oponente, precisamente un egipcio. En casi la mitad exacta del libro, hasta el parágrafo 144, no hace nuestro autor sino refutar los errores y especies malevolentes al respecto del pueblo de Israel que propaga el alejandrino. Es evidente que Apión es su principal referencia polémica —de ahí el falso título que luego se haría popular—, pero no su adversario activo. Apión no es un contemporáneo estricto, el más conspicuo de quienes hayan podido manifestarse expresamente contra la tesis de Antigüedades , sino que se trata de un autor del pasado, aunque sea de un pasado relativamente reciente. No hay que pensar, pues, que Josefo escribe contra Apión porque éste hubiera publicado un texto contrario a las Antigüedades , entre otras cosas porque apenas habría habido tiempo, como se desprende de la cronología relativa de las dos obras josefeas, cuestión a que llegaremos en seguida. Apión, en todo caso, es la autoridad principal de los discrepantes, y es tan rigurosa y sistemática la polémica de Josefo con él, que no han faltado quienes hayan creído posible recomponer en sumario bastante explícito lo que fue el panfleto antijudío del alejandrino 92 , del que también tenemos, por cierto, tradición indirecta fuera de Josefo 93 .

La otra mitad de este segundo libro se desentiende ya del tono polémico y pasa a ser una minuciosa y pausada exposición de lo que es el judaísmo: su idea excelsa de Dios 94 , sus leyes 95 , su articulación política, sus instituciones y sus costumbres, sin dejar de insistir en la dimensión religiosa de toda la vida israelita, de modo que de Dios —y su ley— vendrán castigos a los transgresores y de Dios se espera cumplida compensación para los fieles observantes 96 . Y, desde luego, si de algo hace gala el israelita es de respeto a la tradición 97 y de fidelidad a los preceptos 98 , muy humanos por lo demás 99 , de su tradición religiosa. No deja Josefo de descender a la comparación directa del universo religioso de Israel con el del paganismo grecorromano, politeísmo inmoral y ridículo a toda vista censurable. Frente a una religiosidad, la pagana, que no resiste el más suave análisis de un hombre exigente y sabio y que, por consecuencia de su misma debilidad, no ha sido capaz de humanizar al hombre griego 100 , el judaísmo ha logrado la captación auténtica de la naturaleza de Dios, goza de unas leyes indiscutiblemente superiores y ha demostrado estar en condiciones de expandir sus ideas y suscitar seguidores.

El Contra Apión toma como referencia para el contraste el ambiente cultural griego, tanto griego antiguo como griego helenístico. Roma, salvo en la medida en que sea deudora del legado helénico, no es para Josefo el blanco para la controversia. Lo que aquí encontramos es un testimonio personal y apasionado de lo que es el judaísmo para un israelita del momento y cómo lo ve, más precisamente, un creyente ilustrado; pero siempre con el contraste de la radical debilidad del helenismo. Es como si en Roma se estuviera ventilando la pugna entre dos tradiciones, la helénica y la oriental —su más depurada representación, Israel—, y Josefo pusiera toda la carne en el asador en respaldo de la segunda. De hecho, el mundo romano se encontraba en lento proceso de orientalización y el antijudaísmo radicaba por entonces en los ambientes ciudadanos griegos. La tarea que se da Josefo, amigo de los romanos y afincado en la propia Roma, es dar a conocer la excelencia de la religiosidad y del humanismo judaicos y mostrar su superioridad sobre lo que Grecia legó a través de su dilatada, aunque reciente, y sobrepreciada tradición literaria. Hasta Homero queda rebajado en tiempo y autoridad por Josefo, quien en esto abre camino y suministra razones a un sector humanista minificador de los grandes poemas épicos primitivos de Grecia 101 . Egipto no es más que una cantera de apoyaturas, que Josefo naturalmente explota, gracias a sus anales antiguos, y el lugar en que, al presente y al próximo pasado, más claramente se manifiesta la inferioridad helénica y la malquerencia antijudaica. El enemigo, evidentemente, es Grecia.

Uno de los aspectos que más interesante hace el Contra Apión para nosotros es su gran caudal de citas de autores antiguos, acotaciones literales, resúmenes o meras alusiones. Se trata, pues, de un regalo para lo que conocemos como tradición indirecta. Unas veces se trata de autores y obras conocidos, otras de autores u obras para nosotros perdidos. En algunas ocasiones se nos dan las referencias con toda precisión, en otras de forma inconcreta e incluso anónima. Y, en diferente pero no menos importante dimensión, a veces nuestro autor es respetuoso con aquellos a quienes menciona y utiliza, a veces los manipula y traiciona. Una primera pregunta que procede formularse es la de si Josefo tuvo contacto directo con todos los escritos a que se refiere o si, con mucha o alguna frecuencia, cita de segunda mano, a través de otros autores o de antologías circulantes. Desde luego, llama la atención la enorme representación de autores anteriores que tenemos en este escrito. Hay un pasaje en concreto que ha hecho pensar a algunos que Josefo utiliza un florilegio de citas textuales de muchos autores referidas precisamente a la cuestión de la antigüedad judía: aquel en el que dice que el siguiente autor que hay en el «texto» es Beroso 102 . ¿Huella de esa supuesta antología? ¿Tan sólo una inoportuna glosa? No es fácil saberlo, y los autores modernos han tomado partido por una y otra de ambas posibilidades 103 . Estén o no en lo cierto quienes prefieren pensar que Josefo ha utilizado recopilaciones, es innegable la importancia de las citas de escritos que sólo conocemos por estos testimonios indirectos, como tampoco podemos negarle a nuestro personaje que hubiera sido lector directo de numerosas obras antiguas y, por descontado, de los escritos antijudíos que le eran cercanos en el tiempo.

La fecha de composición del Contra Apión es bastante fácil de establecer. Por una parte, sabemos de su posterioridad con respecto a Antigüedades , dado que el propio autor así lo manifiesta al decir que escribe para salir al paso de las reticencias suscitadas entre los lectores de dicha obra, y la cronología de ese otro escrito de Josefo es prácticamente segura: 94 d. C. De otro lado, tanto el primero como el subsiguiente de los textos de Josefo sobre la antigüedad de su pueblo están dedicados a Epafrodito, un liberto imperial que fuera secretario de Nerón y que, caído en desgracia, sería ejecutado por Domiciano en el año 96. El Contra Apión tiene, por tanto, el 94 como fecha post quam y el 96 como momento ante quod . El tracto temporal para la redacción y publicación de este escrito es en consecuencia bastante corto, más todavía si ubicamos la muerte de Epafrodito no en el 96 sino en el 95, como hace Troiani 104 . Esos dos aproximados años parecen suficientes para pulsar las críticas del ambiente a la primera obra y para redactar holgadamente la segunda, siendo así que ésta no es en exceso larga y que muchos de sus elementos se encuentran ya en Antigüedades . Lo que parece difícil es que fuera tiempo bastante para que Josefo se las hubiera visto con críticas escritas y publicadas.

5. Ideología

Cual se puede desprender de lo anteriormente visto, tres son los compromisos sobre los que descansa la obra de Josefo y que la hacen comprensible: sin que el orden signifique gran cosa, el primero con sus protectores romanos, el segundo con las tradiciones judías y el tercero consigo mismo. Los tres se imbrican en un curioso equilibrio general, que sin embargo se distorsiona si atendemos en particular a cada una de las obras. Así en la Guerra pesa más el compromiso con Roma, en Antigüedades y Contra Apión el que tiene con el alma israelita y en la Autobiografía se impone el que le empuja a la defensa de su persona y de su actuación. Pero este sobresalir de cada aspecto no comporta la desaparición en cada escrito de los otros dos. En la historia y religiosidad del pueblo judío encuentra Josefo sus raíces; en su entrega a Roma, la solución de su vida, y en sí mismo, el problema con el que este hombre, entre vanidoso y acomplejado, está condenado a vivir. Todo esto explica que los escritos de Josefo sean una glorificación de Israel, una justificación del Imperio y una autoexaltación personal. Sus contrarios son, y es obvio, los sustentadores de la tradición helénica despreciativa del pueblo judío, los enemigos de Roma y quienes personalmente le tachaban de sospechoso y de traidor. En Roma se le enfrentan quienes no simpatizaban con Israel; dentro de su pueblo Josefo no puede entenderse con los independentistas radicales.

Al margen de esto, que es el entramado ideológico básico de nuestro autor, debemos considerar la forma que Josefo tiene de aproximarse tanto a la esencia de Israel cuanto a la realidad del mundo y de los hombres. Quedó ya dicho que su opción última, allá por la primera juventud, fue la del fariseísmo. Pues bien, no dejó de ser nunca un fariseo. Y no sólo porque en sus escritos hace exegesis rabínica a un tiempo que historia o polémica, sino porque evidencia fidelidad a las líneas maestras de la filosofía y la teología fariseas. La secta elegida por Josefo, sin duda la más respetable y respetada de las cuatro grandes del judaísmo del momento, se caracteriza por un régimen de vida sobrio y gratificante, un cuidado especial en el estudio de la Ley y una sabia conjunción de dos principios aparentemente contradictorios: la libertad humana y la providencia de Dios 105 . Josefo confiesa que una de las cosas que le atrajeron del fariseísmo fue su sensato y exigente tenor vital, un tanto próximo a lo que era el estoicismo de los griegos. Sin duda a lo largo de su vida laboriosa fue consecuente con esta opción. Por otro lado, toda la historiografía de Josefo refleja ese reconocimiento de que la sucesión de acontecimientos tiene por determinante la necesaria conjunción de la voluntad de los hombres y los designios actuantes de Dios. Por esto último se separa Josefo de los historiadores clásicos que le sirven de modelo.

Lo que en la obra josefea hay de particular es esa idea de que la voluntad divina planea sobre la historia 106 y, sin anular el libre albedrío de los hombres, la condiciona y la dirige. Nuestro autor es un decidido providencialista. No es que los hombres y las causalidades inmanentes sean juguete de un ciego azar o de un capricho demónico, sino que una inteligencia y una bondad transcendentes va contribuyendo a marcar las pautas del devenir histórico. Eso le lleva a conjuntar en su relato una doble dimensión etiológica: la causalidad en el plano humano y la causalidad en el plano transcendente 107 . Josefo tiene claro que la historia de Israel es resultado en gran medida del seguimiento que Dios hace de su pueblo, unas veces propiciando el castigo, las más de ellas concediéndole respiros de liberación. Y si, en plenas dificultades de la guerra, él resuelve pasarse a los romanos, es —nos lo refleja insistentemente— porque cree firmemente que Dios ha decidido favorecer al gran Imperio dominador. El Dios providente de Josefo no es ni reservado ni traicionero; bien al contrario, nunca deja de comunicar mediante signos las alternativas siempre fundadas de su voluntad 108 . En esto es nuestro personaje un hijo del Libro, pero claramente en versión farisea.

La gran lección que Josefo extrae y comunica es la grandeza de Dios como modelo, el mejor, para el hombre. En el fondo, Josefo es un moralista; y habría ejercido de tal de manera más expresa, si hubiera podido escribir alguna de las obras que tenía en proyecto. El resultado de su quehacer como historiador es lo más lejano de la imparcialidad, porque el providencialismo tal cual lo asume el escritor judío es un sólido cimiento para convertir la estructura mental básica sobre la que se apoya en voluntad divina y, por lo tanto, en incontrovertible certeza. Así, Josefo es a la postre puro dogmatismo, que impregna cuanto escribe, y su pretextado servicio a la verdad histórica, que le lleva al convencimiento de que es imposible hacerlo mejor 109 , acaba en imparcialidad imposible 110 . Su principal y más admirado modelo, Tucídides, queda absolutamente traicionado.

6. Método histórico

Para los contenidos que le interesan, en gran parte muy lejanos de lo que es la tradición helénica, sin perjuicio del providencialismo de raigambre judaica que informa su modo de interpretar la concatenación de los hechos, Josefo emplea una expresión formal típicamente griega, al menos para los dos relatos grandes, los históricos, ya que Autobiografía y Contra Apión son en ellos mismos escritos carentes de estrictos paralelos en la tradición clásica precedente. Nuestro autor se atiene al modelo historiográfico griego y utiliza un griego de koiné muy respetuoso con sus antecedentes áticos. Posiblemente gracias a la ayuda de sus colaboradores de redacción y estilo, la lengua que Josefo maneja es lo bastante rica y ajustada, ornada incluso de reminiscencias y expresiones hechas o sentenciosas, como para que sea legítimo hablar de suficiente calidad formal. No es Josefo de los que se conforman con comunicar lo que se quiere sin preocupación por la forma de hacerlo; como en algún lugar manifiesta, en referencia a la recomposición de acontecimientos remotos y nebulosos, tanto importa acertar con un estilo que haga agradable la narración como atenerse a la verdad de los hechos 111 . Es el afán por que el estilo resulte cuidado y hasta elegante, en la medida de lo posible, lo que llevó a Josefo a utilizar ayudas, pese a que su conocimiento de la lengua helénica hubo de alcanzar cotas de suficiencia y a que sus lecturas llegaron a ser muy vastas 112 .

Aunque algunos adornos de su prosa pueden deberse al saber hacer de sus ayudantes de estilo, no sería justo privar a Josefo de cualquier mérito formal. Aunque uno de ellos, por ejemplo el auxiliar convencionalmente llamado «tucidideo», pueda haber introducido detalles del gran historiador ateniense, es indudable que el propio Josefo conocía lo bastante a Tucídides como para tenerle por modelo. De él es deudor, como otros muchos historiadores helenísticos y romanos, en su afán de concatenar los acontecimientos y fenómenos mediante una compleja explicitación etiológica, así como en el juego de las piezas oratorias intercaladas. Como en Tucídides, los discursos de Josefo son construcciones literarias en las que el historiador construye retórica y dramáticamente una escena, en la que, partiendo de una verosímil proximidad a lo que un personaje concreto pudiera manifestar en una circunstancia determinada, el propio autor expresa sus puntos de vista o lo que le interesa poner en esa boca ajena. Al surco de este modelo, los discursos que salpican los relatos de Josefo son más del autor que de aquellos a quienes quedan atribuidos. La proximidad formal de Josefo a Tucídides es incontrovertible, aunque algunos detalles apuntan ya en nuestro autor más bien hacia historiadores posteriores como Polibio y Dionisio de Halicarnaso. Habría que establecer, de todos modos, una diferenciación entre la Guerra y las Antigüedades . La primera es la historia de un conflicto directamente conocido y vivido por el autor, como ocurriera con Tucídides y la guerra del Peloponeso; la segunda es una gigante modalidad de la «Arqueología» tucididea. El gran historiador ateniense da la medida de sí mismo sobre todo en lo que escribe con conocimiento directo; Josefo se acerca más al extraordinario modelo de aquél en su escrito basado en información menos mediatizada. Hasta los discursos suenan con calidad diferente en una y otra de las citadas obras del escritor judío; mejor construidos y encajados los de la Guerra que los de las Antigüedades .

En lo que a vías de información se refiere, las obras de Josefo admiten simple clasificación a pares. La Guerra y la Autobiografía dependen más del conocimiento directo, y Antigüedades y Contra Apión son sobre todo deudoras de escritos anteriores. Resulta curioso, sin embargo, encontrarse con notables divergencias no entre textos derivados de información indirecta o entre éstos y otros basados en testimonio directo, sino en pasajes de las dos obras fundamentadas en autopsia del autor. Entre Guerra y Autobiografía hay claras incoincidencias, que a veces van no poco más allá del detalle, en particulares referentes a lo directamente vivido por el personaje. Ello puede indicar, y habrá de las tres cosas, deterioro de la memoria, reconstrucción de los recuerdos o variación interesada. Preciso es tener en cuenta, de todos modos, que para narrar una historia rigurosamente contemporánea e incluso de la que se ha sido protagonista, se necesita con frecuencia de información ajena, que llena vacíos o ayuda a mejorar apreciaciones. Para los acontecimientos de la Palestina en guerra, Josefo dispuso de escritos precedentes y hasta quizá de documentación más o menos oficial. En consecuencia, incluso para la recomposición de lo más inmediatamente vivido hubo de proceder nuestro historiador a un manejo de fuentes.

Las páginas de Flavio Josefo reflejan una heurística muy ambiciosa, sobre todo Antigüedades y Contra Apión . Es tanto el material ajeno citado que se hace difícil admitir que haya podido utilizarlo sin una cierta proporción de ayuda; y no me estoy refiriendo a secretarios, sino a instrumentos que le aportaran ya algo de elaboración: estudios anteriores o, más especialmente, antologías en mayor o menor medida monográficas. Para cuanto tiene que ver con la antigüedad judía el empleo de estos materiales selectos y organizados parece cosa segura, como también lo es que los autores fenicios que Josefo menciona los conoce a través de Polihístor. En nada se opone esto a la rica erudición del rabino historiador, que es indiscutible; Josefo leyó mucho, supo mucho y redactó desde un caudal ingente de lecturas, desde las más lejanas a su espíritu hasta las de un autor tan próximo a él en tantos sentidos como Filón de Alejandría 113 . La obra de Josefo es una mina de tradición indirecta, lo mismo de autores explícitamente citados, de quienes a veces se nos dan interesantísimas citas —es el caso, por ejemplo, de Manetón 114 —, que de los muy utilizados, pero sin citarlos, como ocurre con Nicolás de Damasco, fuente principal para los libros de Antigüedades , del XIV al XVII, que tratan sobre Herodes y Arquelao 115 . No es preciso decir que fueron los libros bíblicos, sobre todo los del canon judío, los que proporcionan más inagotable fuente de información a Josefo; conocía la Ley muy bien, como buen fariseo, y de ella arranca para la redacción de gran parte de sus páginas. En los bastantes libros de Antigüedades dedicados al pasado remoto de Israel, digamos que hasta el XIII, lo que tenemos es básicamente un seguimiento flexible de la documentación bíblica. Josefo cita y aprovecha, extracta y amplía, parafrasea y selecciona, respeta y corrige, altera e interpreta 116 . Hace crítica bíblica, en la medida en que cabe, aunque lo cierto es que la crítica más libre la reserva nuestro historiador para la literatura ordinaria, digamos helénica en sentido amplio, y sobre todo para la que es enemistosa con el pueblo judío o la recentísima que a él le deja en lo personal escasamente airoso. En algunos casos ni siquiera critica, sino que desautoriza sin contemplaciones o se emplea a voluntad e interés en el juego de la polémica. El prólogo a la Guerra es muy riguroso con los predecesores, a quienes reprocha su desconocimiento y su parcialidad 117 ; en Antigüedades acusa a los autores de dejarse llevar por varios intereses, pero no por el amor a la verdad 118 , y en Contra Apión minusvalora, generalizando, la tradición histórica griega 119 . Atribuye, en cambio, valor probatorio a determinado tipo de autoridades y a la documentación oficial romana 120 , como la que jalona el libro XIV de Antigüedades .

Para valorar sus fuentes y proceder a una crítica histórica que le permita aproximarse a esa verdad que es su meta, acude Josefo a un vario puñado de criterios, unos más explícitos que otros. Prefiere la autopsia a la dependencia; atribuye más autoridad a quien escribe de acontecimientos contemporáneos que al que ensaya reconstrucciones históricas de pueblos y tiempos remotos; sospecha de quienes rezuman fobias; juzga los escritos por el valor de la antropología que los impregna; aprecia la coherencia y desecha cuanto da pruebas de contradicción o anacronismo; antepone el documento a la opinión y entiende que la verdad religiosa apuntala mejor que el error una determinada presentación de hechos; acepta como salida válida la composición de testimonios o síntesis de distintos, y por último, de una serie de mecanismos críticos susceptible todavía de alargarse más, confiere un gran peso a lo que la teoría moderna de la historia denomina atestación múltiple.

7. El «Testimonio Flaviano »

Preciso es decir algo, aunque sea brevemente, sobre una cuestión que ha hecho correr mucha tinta durante siglos y sigue siendo todavía una de las piedras de toque de la crítica aplicada a los textos que nos han llegado a nombre de Josefo. Me refiero al problema que constituye el tradicionalmente denominado Testimonium Flavianum . Josefo nació muy pocos años después —tal vez siete, quizá sólo cuatro— del proceso y muerte de Jesús, que tuvieron lugar en su misma ciudad, Jerusalén. Creció, pues, y se inició en el judaísmo activo cuando la memoria del rabí de Nazaret, su predicación y los acontecimientos que tuvieron que ver con su final, estaba todavía intacta y sin duda era objeto de conversación y de juicio. Fue riguroso contemporáneo del nacimiento del cristianismo y en concreto de la comunidad primitiva de Jerusalén. Conoció sin duda a los discípulos del ejecutado, proclamado por muchos como mesías resucitado. Es indudable que Josefo estaba muy interesado por las sectas judías de su tiempo —él mismo habla de búsqueda personal entre ellas—, y no menos cierto es que el cristianismo es en origen un movimiento surgido en el propio judaísmo. Dado que nuestro autor escribe sobre la historia del judaísmo de su tiempo, incluidas las sectas, podemos preguntarnos si de su cálamo salió algo referente al cristianismo embrionario, sus personalidades y los hechos relacionados. El texto transmitido de las obras de Josefo ahí está, pero sabido es que puede haber mucha distancia entre lo escrito por un autor y lo que al final nos lega la tradición manuscrita. Interesa saber lo que hubo en los originales josefeos que tenga que ver con el cristianismo, si es que hubo algo. En caso afirmativo, importaría saber qué exactamente. Si nada escribió al respecto, se impone la pregunta de por qué guardó silencio.

En el libro XVIII de Antigüedades , precisamente el mismo en que dedica largo pasaje a las sectas judías y recoge algunos hechos de Poncio Pilato, tenemos una referencia a Jesús: el Testimonium Flavianum en sentido estricto; un pasaje ensalzatorio del nazareno 121 . En el XX está el episodio de Santiago, el tempranamente ejecutado primer responsable de la iglesia de Jerusalén, en el que hay mención marginal de Cristo 122 . Pero esto que encontramos en los códices, ¿se debe al propio Josefo o es interpolación posterior de un piadoso copista cristiano 123 ? El problema se complica, cierto que no en exceso, con la pluralidad de alusiones al cristianismo que nos ofrecen las diferentes versiones de la Hálosis , como es el caso de la veterorrusa. Este material fuerza a un juego crítico prolijo, aunque lo tardío de los testimonios y la ausencia de paralelos en el texto griego suponen motivos muy fuertes para decantarse hacia la no autenticidad 124 . La cuestión fundamental gira sobre las antedichas referencias transmitidas en el Josefo griego. ¿Son genuinas de nuestro autor —las dos, una sola— o no? La polémica al respecto estalló cuando los críticos del siglo XVI comenzaron a manifestar dudas sobre la autenticidad de los pasajes cristianos de Josefo, creció en el XVII 125 y ha seguido hasta nuestros días. Han sido muchos los autores que han defendido que estamos ante una pia fraus , un piadoso fraude de los cristianos. Los más hipercríticos dudan sobre la autenticidad de ambos pasajes; por lo general se descargan más dudas sobre el pasaje de Jesús que sobre el de Santiago.

Salta a la vista el contraste que existe entre uno y otro texto. En el relativo a Santiago se nos dice que «el hermano de Jesús, llamado el Cristo» recibió la muerte junto con otros compañeros. Teóricamente eso puede haber salido de la pluma de un judío. En el otro pasaje leemos que «Jesús fue un hombre sabio, si es que es posible llamarle hombre, porque realizó obras extraordinarias y fue maestro de quienes acogen la verdad con alegría»; sigue el texto en cuestión afirmando que Jesús era el Cristo y aludiendo a su muerte y a que «apareció resucitado, como lo anunciaran los divinos profetas». Esto es ya más fuerte para aceptarlo como original de Josefo. De ser original de nuestro autor judío, tendríamos aquí un verdadero Testimonium Flavianum , es decir, Flavio Josefo nos habría dejado testimonio explícito de su convencimiento acerca del mesianismo de Jesús. Ni que decir tiene que es altamente improbable que nuestro hombre estuviera en condiciones de emitir tal testimonio 126 . Por eso los autores tienden más a dar por original el pasaje de Santiago, aunque secluyan el inciso «llamado el Cristo», que a admitir el de Jesús, y a lo sumo aceptan de éste la posibilidad de un núcleo original generosamente glosado luego por algún autor o copista cristiano. Hay críticos que van todavía más lejos, por ejemplo quienes rechazan de manera radical por íntegramente espurios los dos textos y quienes ponen en duda también algún otro, cual el pasaje, también de Antigüedades , sobre Juan el Bautista 127 . Si al menos en el pasaje de Jesús estamos ante una interpolación, ésta debe de ser antigua, porque la conoció ya Eusebio, que la menciona y recoge 128 , y tal vez posterior a Orígenes, crítico de Josefo por no haber reconocido en Jesús al Mesías 129 , lo que parece excluir el Testimonium Flavianum .

Mas, si reducimos a nada el «testimonio flaviano», ¿no habrá que explicar el silencio de Josefo 130 ? Porque desde luego es muy extraño que un contemporáneo del cristianismo naciente del judaísmo, interesado como sabemos que estaba en las sectas y en los acontecimientos ocurridos en su propia tierra, no diga nada —ni para criticarlo, quien tanto se permite criticar— de ese movimiento que tantas fricciones había provocado y seguía provocando cuando la redacción de Antigüedades . Suponer conspiración de silencio o designio personal de callar, ante el delicado problema que está generando la Iglesia naciente en y frente al judaísmo, se antojará a algunos explicación satisfactoria, pero no faltarán quienes entiendan que no parece haber para ello motivación suficiente.

III. FORTUNA DE JOSEFO
1. Estimación

Pocos de los autores antiguos grecorromanos, que no sean los clásicos privilegiados del verso o de la prosa, han tenido tan extraordinaria suerte como Flavio Josefo. Josefo es, entre los secundarios, uno de los primeros en aprecio y utilización, por no decir que el primero absoluto. Si no hubiera sido por algún período de sospecha en el ámbito católico de la Contrarreforma, que hubo de provocar la pérdida de muchos códices, su tradición manuscrita nos habría legado muchos más ejemplares de sus escritos de los que tenemos. Josefo fue muy leído casi desde el principio entre los paganos y especialmente entre los cristianos; sólo sus correligionarios del israelitismo le ignoraron o despreciaron, sin duda por razones de carácter político y por vehemente sospecha de traición a la causa del pueblo judío. Las tradiciones magisteriales rabínicas que abocaron a la colección talmúdica no tuvieron en Josefo una de sus referencias, y no es, por tanto, a los judíos antiguos a los que debe agradecer nuestro autor judeorromano lo principal de su fortuna. Josefo fue ignorado por su pueblo y canonizado por los cristianos, ha venido a decir un autor moderno 131 con toda razón. El autor de las Antigüedades de los judíos y del Contra Apión , tratado sobre las remontadas en el tiempo raíces de Israel, escritos que son exponentes del pensamiento tradicional judío, aunque bajo forma grecorromana 132 , no ha merecido de los suyos ni la más parcial indulgencia por una de las dos caras de la Guerra y sobre todo por el itinerario vital del personaje. Sí se puede decir que han sido los círculos ilustrados del cristianismo los que han hecho posible la integración de Josefo en la cultura occidental durante siglos, con insignificantes soluciones de continuidad. Y no sólo ha influido nuestro autor en los círculos literarios, sino también en los artísticos, porque es evidente que los escritos de Josefo han inspirado no pocos particulares de la plástica cristiana durante siglos 133 .

Esa canonización, o cristianización, de Josefo es frecuentemente atribuida a Eusebio de Cesarea. Y es verdad que, con sus numerosas citas y la utilización que de ellas hace el historiador eclesiástico de época constantiniana, Josefo adquiere el título de autoridad indiscutible para cuanto tiene que ver con la historia de la salvación cual la asume la Iglesia primitiva. Sin embargo, escritores cristianos anteriores habían acudido con frecuencia y con reconocimiento de autoridad a las obras de Josefo, por lo que de Eusebio cabe decir que sigue y potencia una tradición que le precede desde bastantes decenios antes, incluso desde el propio siglo I , últimos años, si es que aceptamos una cierta influencia de Josefo, por algunos sugerida, sobre el autor del Evangelio de Lucas y de los Hechos de los Apóstoles 134 . Schreckenberg, el estudioso que más atención ha prestado al uso de Josefo por los autores cristianos primitivos 135 , deja bien claro, partiendo de alusiones y reminiscencias, que nuestro autor fue muy leído por los tratadistas cristianos anteriores al siglo IV , como lo seguiría siendo en dicha centuria y las siguientes. No a todos interesa lo mismo, cual no sería difícil explicar, y así, por ejemplo, Teófilo de Antioquía menciona repetidas veces el Contra Apión , e Hipólito de Roma se limita exclusivamente a la Guerra , mientras que Orígenes, gran lector de Josefo 136 , a lo que más frecuentemente se refiere es a las Antigüedades . En los autores de los siglos IV y V ocurre lo mismo. Porfirio cita normalmente la Guerra, y San Juan Crisóstomo reparte sus referencias entre Guerra y Antigüedades , pero lo más frecuente —Eustacio, San Basilio, San Jerónimo, San Agustín y Teodoreto de Ciro— es encontrarse con la utilización del segundo de ambos escritos. Ni que decir tiene que Eusebio de Cesarea constituye caso especial por la magnitud de la presencia josefea en sus escritos, especialmente en Historia Eclesiástica , en Crónica y en Preparación evangélica 137 . Es curioso que Eusebio, que se refiere a Guerra y Antigüedades con gran frecuencia y en niveles numéricos muy parejos, tenga el Contra Apión , una de las obras breves de Josefo, como el escrito más citado; sus referencias son casi tan numerosas como las de las otras dos obras sumadas. Aunque no fue el primero en utilizarlo como fuente, cual ya se dijo, Eusebio convirtió a Josefo en autoridad y fundamento para la identidad histórica cristiana 138 . Hubo pasajes de Josefo que quedarían con el tiempo incorporados a la colección bíblica, cual es el caso de la versión eslava y ocurre también con la tradición siríaca.

Los autores bizantinos siguieron esta misma pauta; entre ellos los de Flavio Josefo fueron escritos respetados y de uso. No sólo aportaba elementos numerosos y válidos sobre el judaísmo y sobre la emblemática caída de Jerusalén, el fin en signo visible de la antigua Ley, sino que representaba además un modo de hacer historia formalmente atenido a la tradición griega, pero también referido a los acontecimientos sagrados del tiempo bíblico y sazonado de la conveniente dosis de providencialismo 139 . Con menos fuerza que en Oriente influyó Josefo en los círculos culturales cristianos del alto medievo occidental, pero es evidente que también en esta otra parte se le aprecia y, aunque sea por traducción latina o indirectamente a través de las citas de Eusebio, se le utiliza. Más adelante mencionaremos las iniciativas traductoras de Rufino y de Casiodoro; ahora podemos aludir, junto con el mismo Casiodoro, a San Isidoro de Sevilla y, más todavía, a San Beda el Venerable, deudor muchas veces de las Antigüedades .

No hubo cambios notables al respecto de lo que decimos en la Edad Media avanzada, salvo uno, que supone real y destacable novedad: los judíos comienzan a interesarse por su antiguo correligionario. Por lo demás, Josefo siguió gozando en todas partes de bastante popularidad. Proliferaban los manuscritos en Oriente y Occidente. La época de las Cruzadas, de miras puestas en Tierra Santa, tiene a Josefo, y es fácil comprenderlo, como breviario y guía, pues no en balde aportaba información nutrida sobre Palestina 140 . Y la importancia de nuestro autor como informador y modelo para la historiografía medieval es incontestable 141 . En concreto, la General Estoria de Alfonso X el Sabio hace gran empleo de Josefo 142 . Álvaro de Córdoba conocía y manejaba las versiones latina y hebrea, a saber, el Pseudo-Hegesipo y el Josippon , de que se hablará en el siguiente apartado. Cuando más adelante estalla el espíritu humanístico del Renacimiento, Josefo es uno de los autores privilegiados. No sólo se le sigue copiando, pues existen manuscritos de sus obras fechados en el siglo XV , en el XVI y aún más tarde, sino que se le edita, se le lee, se le estudia y se le aprovecha en función de los intereses del momento. Es un autor clásico, es un autor asumido por la tradición cristiana, hace historia providencialista, aporta datos numerosos sobre el viejo Israel y trae, aunque se trate de interpolaciones y glosas, testimonios de interés sobre los orígenes de la Iglesia. Se le valora, en consecuencia. Josefo se encuentra, y no puede extrañar, entre los autores estimados por Chaucer 143 , entre los conocidos por Ciriaco Anconitano 144 , entre los que han aportado elementos a Dante 145 .

Con la escisión que provoca la Reforma, nuestro autor pasa a ser muy pronto y provisionalmente víctima. Martín Lutero conocía muy bien los escritos de Josefo y son no pocas las referencias a ellos que tenemos en los textos del reformador 146 . Esta y similares circunstancias, la vuelta a la vieja costumbre de incluir a Josefo en la Biblia y las sospechas consecuentes a los criptojudaísmos, reales o fantasmas, de algunos países puede explicar que el autor judeorromano pasara a engrosar, todo él o al menos parte, el número de los prohibidos. Desde luego, la Ratio Studiorum de los jesuitas, en sus diversos estadios de composición, y los documentos relacionados prescindieron de indicar el estudio del Josefo griego o latino, con lo que ello tiene de significativo. Y más evidencia aporta la expresa prohibición de las traducciones de Antigüedades en índices flamencos y españoles del siglo XVI 147 . Tal vez esta actitud de reserva contrarreformista hiciera algo de mella en la transmisión, la edición y la utilización de Josefo en el ámbito católico, pero no pudo con él; sus escritos siguieron circulando, aunque es verdad que con menos dificultades en los países que habían roto con Roma y en los que no tenían problemas de judaísmo clandestino. De todos modos, no llegó a ser autor del todo maldito. El helenista del s. XVI Pedro Simón Abril no olvida a Josefo en la relación de historiadores antiguos que se podían manejar en la enseñanza del griego 148 , y lo mismo ocurrirá con el dieciochesco Casimiro Flórez Canseco 149 . El hecho es que la popularidad de Josefo se mantuvo relativamente intacta 150 . Así, por traer algunos ejemplos, influyó en los escritores españoles clásicos, siguiendo larga tradición desde la literatura bajomedieval 151 ; la producción de nuestro autor continuó interesando, a la altura de la de los grandes historiadores griegos paganos 152 ; el humanista lovaniense Petrus Philicinus se inspiró en Josefo tanto como en el relato bíblico para su Dialogus de Isaaci inmolatione 153 y lo mismo podemos decir, para algo después, del Die sieben Brüder de Andreas Gryphius 154 . Posteriormente, mucho más cerca ya de nosotros, los pioneros de la exploración palestinense y de la arqueología bíblica contaron con Josefo como una de sus más preciadas fuentes de información 155 . Los manuscritos del siglo XVI y posteriores —que se siguieron haciendo, ya en papel—, las ediciones, las traducciones y las referencias de los estudiosos aportan las más claras evidencias de que Josefo no acabó desapercibido, sino que continuó siendo uno de los autores que suscitaban interés. Algo de ello reaparecerá en apartados posteriores de estas mismas páginas introductorias.

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30 января 2026
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312 стр. 4 иллюстрации
ISBN:
9788424932213
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