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LA ENCENDIDA MEMORIA:
APROXIMACIÓN A THOMAS MERTON
BIBLIOTECA JAVIER COY D’ESTUDIS NORD-AMERICANS
http://puv.uv.es/biblioteca-javier-coy-destudis-nord-americans.html http://bibliotecajaviercoy.com
DIRECTORAS
Carme Manuel
(Universitat de València)
Elena Ortells
(Universitat Jaume I, Castelló)
LA ENCENDIDA MEMORIA:
APROXIMACIÓN A THOMAS MERTON
Fernando Beltrán Llavador
Biblioteca Javier Coy d’estudis nord-americans
Universitat de València
© Fernando Beltrán Llavador, 2020
La encendida memoria: aproximación a Thomas Merton
2ª edición de 2020
Reservados todos los derechos
Prohibida su reproducción total o parcial
ISBN: 978-84-9134-620-3
Ilustración de la cubierta: Fernando Beltrán
Diseño de la cubierta: Celso Hernández de la Figuera
Publicacions de la Universitat de València
http://puv.uv.es
Edición digital
A mi familia, bendición y tarea
“I say that we are wound
with mercy round and round
as if with air”
(Gerard Manley Hopkins)
Índice
Nota preliminar
Abreviaturas de obras de Thomas Merton por orden alfabético
Introducción
Cronología del autor y su obra
Capítulo I: Breve semblanza de Thomas Merton
Capítulo II: Soledad en sociedad
Capítulo III: Soledad
Capítulo IV: Sociedad
Capítulo V: Sociedad en soledad
Conclusión
Bibliografía
Nota preliminar
Esta sucinta aproximación a Thomas Merton compendia cuatro fuentes principales de autoría propia, además de otro conjunto de pequeñas contribuciones en diversos foros a lo largo de 25 años desde la publicación de la tesis doctoral Soledad y Sociedad en Thomas Merton: El Nuevo Adán y la Identidad Americana, Universitat de València, Servei de Publicacions, 1993: La Contemplación en la Acción, San Pablo, Madrid, 1996; la primera edición de La Encendida Memoria: Aproximación a Thomas Merton, Universitat de València, Biblioteca Javier Coy d’estudis nord-americans, 2005; “Thomas Merton: Soledad contemplativa y compromiso solidario”, Nova et Vetera: Temas de vida cristiana, Vol. 67, No. 1, 2009, 103-160; y Thomas Merton: El verdadero viaje, Sal Terrae, Madrid, 2015.
Con una distancia de tres lustros desde la primera edición de este volumen, aunque la presente versión es una revisión de aquella y la actualiza, asumo sus deficiencias y atribuyo lo que pueda tener de valor a los estudios que han enriquecido sus páginas. La profusión de citas en el cuerpo del texto y en las notas, algunas de ellas muy extensas, es deliberada y sirve para apuntalar su vertebración básica, en realidad muy sencilla, hasta el punto de que conforman un texto paralelo que permite conocer mejor a Merton y son una invitación a la lectura de sus obras y de otros libros sobre Merton o los que él mismo leyó.
Mi sincera gratitud sigue viva a quienes de muy diversas maneras animaron esta andadura. A mi hermano José debo la idea original y su apoyo constante. Robert E. Daggy (1940-1997) y Paul M. Pearson, directores del Thomas Merton Studies Center pusieron a mi disposición los recursos del Centro, apoyaron mi investigación, facilitaron la publicación de traducciones de libros de Merton y aceptaron mi invitación a respaldar con su presencia la difusión de Merton en España. Paul Pearson sigue ayudando a materializar todas las iniciativas en torno a Thomas Merton. Thomasine (“Tommie”) O’Callaghan (1931-2014), una de las tres fundadoras de la Merton Legacy Trust, me hospedó en su casa de Louisville durante un encuentro interdisciplinar en torno a Thomas Merton y me dispensó la más cálida acogida. El hermano Patrick Hart, OCSO (1925-2019), que ejerció de secretario de Merton me prodigó su hospitalidad en la Abadía de Gethsemani, fue sumamente generoso con su tiempo y me ofreció su inestimable testimonio sobre Thomas Merton. Además de su conocimiento experto sobre Merton, Bonnie Thurston y Erlinda Paguio han hecho suyo el mensaje de Merton con el ejemplo de su vida y el regalo de su amistad. En España, tengo la fortuna de colaborar con el director de la revista Cistercium, Francisco Rafael de Pascual, OCSO, quien comparte conmigo su imprescindible perspectiva “intramuros”. Si Sonia Petisco comenzó su investigación sobre la poesía de Merton bajo mi guía, su vuelo pronto cobró impulso propio y ahora sigo su altura con gozo y gratitud. A pesar de no poder mencionarlas a todas, son muchas las personas que han apoyado esta andadura y me gustaría que se supieran también reconocidas. Mi agradecimiento se dirige ahora, sobre todo y de una manera muy especial, a Carme Manuel, por haber alentado su publicación y por el privilegio de formar parte de la nómina de esta colección única que con tanto cuidado dirige.
Abreviaturas de obras de Thomas Merton citadas por orden alfabético
| AJ: | The Asian Journal of Thomas Merton |
| AlJ: | Thomas Merton in Alaska: The Alaskan Conferences, Journals and Letters |
| AT: | The Ascent to Truth |
| AWG: | My Arguments with the Gestapo |
| BW: | Bread in the Wilderness |
| CA: | Cables to the Ace |
| CG: | Conjectures of a Guilty Bystander |
| CMP: | The Climate of Monastic Prayer |
| CW: | Contemplation in a World of Action |
| DQ: | Disputed Questions |
| DS: | Day of a Stranger |
| FV: | Faith and Violence |
| GNV: | Gandhi on Non-Violence |
| HGL: | The Hidden Ground of Love: Letters |
| IMM: | Ishi Means Man |
| LB: | The Living Bread |
| LE: | The Literary Essays of Thomas Merton |
| LF: | The Last of the Fathers |
| LH: | Life and Holiness |
| LL: | Love and Living |
| MP: | Monks Pond |
| MJ: | The Monastic Journey |
| MZ: | Mystics and Zen Masters |
| NM: | The New Man |
| NMI: | No Man is an Island |
| NS: | New Seeds of Contemplation |
| OB: | Opening the Bible |
| OCB: | Original Child Bomb |
| PS: | Praying the Psalms |
| RU: | Raids on the Unspeakable |
| RW: | Reflections on My Work |
| SB: | Thomas Merton on St. Bernard |
| SC: | Seeds of Contemplation |
| SCel: | Seasons of Celebration |
| SD: | Seeds of Destruction |
| SDM: | Spiritual Direction and Meditation |
| SJ: | The Sign of Jonas |
| SL: | The Silent Life |
| SJTM: | The Secular Journal of Thomas Merton |
| SSM: | The Seven Storey Mountain |
| TMP: | Thomas Merton on Peace |
| TMR: | A Thomas Merton Reader |
| TMSC: | Thomas Merton Studies Center |
| TS: | Thoughts in Solitude |
| VC: | A Vow of Conversation: Journal 1964-65 |
| WCT: | The Way of Chuang-Tzu |
| WD: | The Wisdom of the Desert |
| WF: | Witness to Freedom: Letters |
| WhC: | What is Contemplation? |
| WS: | The Waters of Siloe |
| WSD: | Woods, Shore, Desert (A Notebook, May 1968) |
| ZB: | Zen and the Birds of Appetite |
Un listado completo de las obras de Thomas Merton publicadas hasta el año 2018 se encuentra disponible en el libro de Sonia Petisco, Thomas Merton: Pasión por la Palabra, (Universitat de València: Biblioteca Javier Coy D’Estudis Nord-Americans, 2018).
Especial atención merece, con ocasión del centenario del nacimiento de Thomas Merton, la publicación del Diccionario de Thomas Merton de William H. Shannon, Christine M. Bochen y Patrick F. O. Connell (Mensajero, Bilbao, 2015) con un apartado al final dedicado a la obra de Thomas Merton.
Los estudiosos encontrarán recursos bibliográficos de suma utilidad en la herramienta de búsqueda del Thomas Merton Center de la Universidad de Bellarmine, en Louisville, Kentucky: http://www.merton.org/Research/bibresources.aspx
Además, en la actualidad es posible obtener numerosas grabaciones sonoras de lecciones y conferencias monásticas impartidas por Thomas Merton a sus novicios o a sus hermanos de la Orden Cisterciense de la Estricta Observancia en torno a temas específicamente monásticos además de otros, desde la perspectiva monástica, sobre los escritores Franz Kafka, T.S. Eliot, John Milton, Edwin Muir, William Faulkner, James Joyce, Rilke, etc., en: https://www.nowyouknowmedia.com/categories/thomas-merton.html
Introducción
Thomas Merton (Francia 1915-Bangkok 1968) es una figura singular en el panorama del pensamiento contemporáneo. Como su vida y pensamiento han tenido un alcance inusitado en las esferas públicas de la cultura, la política y la religión, en ocasiones se ha leído su obra de manera sesgada, escogiendo aquello que pudiera satisfacer una inclinación parcial, en menosprecio de una consideración global del conjunto de su trayectoria y de su obra. Es cierto que el carácter plural y lo prolífico de la última han abonado el terreno para un abordamiento fragmentario; no lo es menos que a su ingente producción acompaña una dimensión de profundidad que emerge de una disposición contemplativa, y por eso su crítica desborda el ejercicio de la sola reflexión. Sus años de formación ya anunciaron las que después habrían de ser sus exploraciones fundamentales. Hijo de artistas, estudiante brillante, residente en Francia e Inglaterra antes de su asentamiento en los Estados Unidos, miembro de las juventudes comunistas durante un corto periodo de tiempo, amigo bien pronto de un monje hindú que le señaló la riqueza de sus propias raíces cristianas y, en fin, poeta y ensayista, su curiosidad y la agudeza de su mente nunca le abandonarían. Desde el claustro monacal mantuvo una fecunda relación epistolar con cientos de personas así como un recuento diario de su vida, que se hizo público después de cumplir su voluntad de que sus diarios no salieran a la luz antes del año 1993, una vez transcurridos veintinco años desde su fallecimiento. Al término de su vida, su simpatía por personajes de la vida contracultural, su abierta admiración por representantes del budismo y del islamismo y su relación con figuras destacadas de los ámbitos zen o sufí, dieron lugar a toda suerte de especulaciones y rumores. Lo cierto es que su influencia crece con el paso del tiempo, y ello parece estar haciendo justicia a su obra rica y controvertida, a un tiempo ortodoxa y radical, tributaria de una tradición que se remonta a los padres del desierto pero enraizada en su tiempo, crítica en extremo desde la pasión y la compasión, desde la razón y la contemplación.1
Thomas Merton, más tarde Father Louis, pero también Uncle Louis, Tom, Uncle O’remus, Ottaviani, Wang, Llwellen, Marco J. Freesbee, Happy, Joe Zimmerman,2 de acuerdo al destinatario o la ocasión, alcanzó su popularidad con The Seven Storey Mountain, que pronto se convertiría en un best-seller en el que su joven autor relataba, desde el claustro del monasterio trapense de Nuestra Señora de Gethsemani, en Kentucky, su propio proceso de conversión al catolicismo. También a España llegó enseguida ese impactante aunque maniqueo relato, y a él acompañaron, a continuación, algunos ensayos de tono devoto así como una selección de sus diarios monásticos; de su último periodo, sin duda alguna el más universal y de una madurez renovada, contamos con las traducciones de su adaptación personal de los poemas de Chuang-Tzu y con un interesante diálogo con el estudioso y prestigioso divulgador del zen D. T. Suzuki;3 en Sudamérica muchos de sus ensayos y poemas se encuentran traducidos en revistas literarias y quedaron recogidos en libros de naturaleza miscelánea, y en España se viene realizando un importante esfuerzo editorial de recuperación, a la espera todavía de que vean la luz sus ensayos literarios y de que prosiga la publicación de su producción epistolar y poética, esta última felizmente asumida por Sonia Petisco.4 Cabe destacar la publicación en nuestro idioma de su último diario, el que recoge su peregrinaje asiático, así como de un compendio de sus diarios completos que en el original inglés se han publicado en siete volúmenes.
Merton heredó de sus padres su sensibilidad hacia toda forma de belleza en la naturaleza y el arte. A través de sus diarios prosiguió una disciplina de autoescrutinio incesante que ya iniciara su propia madre tomando notas de los progresos del niño desde su nacimiento.5 Cuando apenas contaba con seis años, esta murió, y con su padre inició una sucesión de cambios de residencia que en muy poco tiempo le hicieron conocer experiencias educativas diferentes en Francia e Inglaterra, y familiarizarse por igual con los idiomas de ambos países. A los dieciséis años, su padre muere de un tumor cerebral en Londres y queda huérfano. Dos años más tarde, el joven Merton emprende un breve viaje a Roma, y después de pasar el verano en los Estados Unidos regresa a Cambridge para estudiar francés e italiano. En 1935 se desplaza definitivamente a Estados Unidos para residir con sus abuelos maternos y estudiar en la Universidad de Columbia donde colabora en diversas publicaciones internas y redacta la tesis requerida para completar su Máster (Master of Arts), sobre el arte y la naturaleza en William Blake. En 1938, por propia decisión, y tras una primera juventud febril, resuelve recibir el bautismo en la Iglesia católica y comienza sus estudios de doctorado interesándose por la obra del poeta Gerard Manley Hopkins. Ese mismo año viaja a Cuba donde una profunda experiencia religiosa, que relata en su propia autobiografía, le hace plantearse seriamente emprender un noviciado monástico; la posibilidad de ingresar en la orden franciscana quedó descartada al confesar su involuntaria paternidad aunque, tras participar brevemente como voluntario en la obra social de la Baronesa Catherine de Hueck en Harlem, pasa un tiempo de retiro en la Abadía de Gethsemani siguiendo el consejo de su mentor Daniel Walsh, y finalmente, en diciembre de 1941, ingresa en ese monasterio trapense, como se conoce a la rama de la Orden Cisterciense de la Estricta Observancia.
Su periodo monástico comprende varias etapas netamente diferenciadas: noviciado (1942-1944), primeros votos hasta la ordenación sacerdotal (1944-1949), maestro de escolásticos (1951-1955), maestro de novicios (1955-1966) y finalmente una etapa de eremitismo (1966-68) y lo que pudiera considerarse monacato universal (1968). Diez años después de su ingreso en la abadía adopta la nacionalidad norteamericana, y a través de sus escritos comienza a pronunciarse contra la discriminación racial y hace públicas sus severas objeciones a la intervención del gigante americano en Vietnam y al uso destructivo de la fuerza atómica. En 1965 se le concede un permiso largamente esperado para vivir como ermitaño a tan sólo una milla de la abadía, en los terrenos de la misma. Tres años más tarde, en 1968, asume el encargo de buscar nuevas ubicaciones para futuras ermitas y se desplaza a Nuevo México, California y Alaska. Ese mismo año viaja por distintos puntos de Asia con motivo de un encuentro de monjes benedictinos y cistercienses en Bangkok. Allí muere en circunstancias confusas, al ser electrocutado accidentalmente por un ventilador, según una versión oficial que cincuenta años después de su muerte ha sido puesta en tela de juicio por Turtley y Martin (2018).
Su vida estuvo plagada de ironías, y la última de ellas fue quizá la más significativa. El hombre que escribiera Original Child Bomb: Points for Meditation to be Scratched on the Walls of a Cave fue devuelto cadáver a Norteamérica a bordo de uno de los aviones bombarderos del ejército norteamericano en Vietnam. En ese mordaz informe poemado Merton había descrito con estremecedora frialdad el proceso político que condujo a la devastadora explosión de la bomba en Hiroshima.6
No podemos pensar en el talante místico de Merton al margen de su producción escrita; su lealtad hacia su profesión monástica y su vocación de escritor estuvieron en conflicto permanente hasta asumir por completo que sus escritos constituían otra forma de plegaria, un modo muy íntimo de comunicación personal y de comunión universal y una opción libre a la vez que una estricta expresión de obediencia. Lo que sorprende de la obra de Thomas Merton no es tan sólo la calidad de su profusa producción sino su acogida por parte de un público muy amplio y diverso, mucho más allá de la comunidad de católicos, y hasta a veces en declarada confrontación con la misma, si bien es natural que la prodigalidad y variedad de su pluma susciten la simpatía en círculos de intereses bien dispares. En el año 2002, los editores de The Thomas Merton Encyclopedia calculaban su producción por encima del centenar de libros, que comprenden prosa ensayística, hagiografías, diarios, meditaciones, una amplia producción poética, literatura epistolar compilada en una decena de volúmenes, una novela y numerosas traducciones del latín, del francés y del español.
En esta sucinta aproximación intentaremos dar a conocer la obra de este autor prominente dentro del catolicismo estadounidense del siglo XX haciendo especial hincapié en la perspectiva de su contexto americano. La orientación didáctica del libro explica el exceso de simplificación en la presentación de los argumentos, que privilegian la voz del propio contemplativo en detrimento de mayores modulaciones críticas o estudios contextualizados, y mucho más matizados, sobre aspectos específicos que se recogen en otros volúmenes referenciados en notas a pie de página, al hilo del discurso, y en la sección bibliográfica. Ahora bien, no podemos comenzar a asumir siquiera la óptica de los estudios norteamericanos sin señalar que nada pudo quedar más lejos de la intención de Merton que la de erigirse en embajador cultural, y mucho menos ideológico, de los Estados Unidos, y menos todavía suscribir su ambición imperial. Sin embargo, también es de justicia reconocer que, junto al clima de barbarie y decadencia moral que Thomas Merton denunció de un modo implacable en Norteamérica, posiblemente ningún otro espacio podría haberle ofrecido la oportunidad de reunir y proyectar universalmente sus ensayos y meditaciones en torno a aspectos tan diversos como los que vierte en sus escritos. Merton fue adquiriendo cada vez mayor conciencia de estar habitando una tierra secular e históricamente situada, producto de acontecimientos temporales y terrenos, y no tan sólo una topología extemporánea como cabría pensar de un monasterio en la Norteamérica que llevó al primer hombre a la luna. El compromiso con la sociedad de su tiempo ha quedado bien patente en sus escritos sobre la amenaza nuclear, sobre la discriminación racial y la alternativa de la no violencia, sobre el genocidio de los habitantes originales del suelo americano, los indios nativos, y sobre tantos temas de interés nacional como mundial: los campos de concentración, el existencialismo, la contribución de Oriente a las formas de vida occidentales, el papel de la ciencia y de la tecnología en el mundo contemporáneo, y un largo etcétera, que no fueron, no obstante, sino el corolario y una derivación natural de todos aquellos otros escritos sobre cuestiones de carácter estrictamente monacal: lecturas de la Biblia, directrices sobre la vida monástica, la espiritualidad de san Juan de la Cruz, san Bernardo, Juliana de Norwich..., el estudio de las figuras del escolasticismo, los padres del desierto, así como del misticismo sufí, la espiritualidad zen, etc.
No cabe duda de que le corresponde a Norteamérica la fortuna de haber albergado en su suelo a un crítico excepcional cuyo mensaje ha tenido repercusiones de alcance global. Hay quien ha llegado a comparar la hondura de su palabra contemplativa con la de Juan de la Cruz. Desde el recinto claustral supo romper barreras temporales, geográficas y disciplinares, y hoy su reconocimiento procede tanto de los ámbitos católicos como de otras religiones y de esferas muy diversas del saber y del quehacer humano: sociológica, literaria, antropológica, política, psicológica, económica y ecológica.
El título del libro responde a la triple configuración de la hermenéutica cristiana, constituida en primer lugar por el texto, que comprende el contenido de la memoria y tradición fundadas en la Sagrada Escritura; en segundo lugar por el contexto, referido a la realidad compleja en sus aspectos sociopolíticos, económicos, culturales y religiosos; y finalmente, por el intérprete, creyente individual o suma de fieles, esto es, la comunidad eclesial en su conjunto. En esa clave, la memoria se enciende, se actualiza e ilumina la vida del mundo cuando, a la escucha del Espíritu, personas como Merton entregan su vida entera y se dejan abrasar por el fuego fundante de un amor sin límites a la vez que absolutamente personal, transformándose así en profetas7 contemporáneos y luminarias para los demás. A ese respecto el discurso del papa Francisco en el Congreso de los Estados Unidos de América el 24 de septiembre de 2015 destacó a Thomas Merton como uno de los grandes referentes norteamericanos junto a las figuras de Abraham Lincoln, Martin Luther King, y Dorothy Day, definiéndolo como “un hombre de oración, un pensador que desafió las certezas de su tiempo y abrió horizontes nuevos para las almas y para la Iglesia; fue también un hombre de diálogo, un promotor de la paz entre pueblos y religiones.”8
En cuanto a la organización del libro, su núcleo se erige en torno a la dinámica que se establece entre la experiencia de sociedad y de soledad en la vida y en la obra de Merton. El bosquejo cronológico inicial, tras este preámbulo, se propone situarlo en un mapa de su tiempo para recoger someramente la secuencia de los acontecimientos más destacados de su itinerario y de su producción escrita. El acercamiento a su persona tiene lugar desde tres perspectivas diferentes aunque complementarias: el testimonio personal de aquellos que le conocieron y tuvieron trato de cercanía con él, la convicción íntima del autor de que todos aquellos rostros que los demás vieron en él no constituían su auténtica identidad o su “rostro original”, en la imagen de ese conocido koan9 en el que un maestro zen desafía a su discípulo a que le muestre su rostro antes de haber nacido, y finalmente, la huella inestimable de sus propios diarios que, remontando la línea de su vida, habrían de establecer una continuidad casi directa con la tarea ya iniciada por su madre al tomar notas sobre el niño desde su nacimiento; hay que observar que, a excepción de ciertos periodos críticos en los que Merton se abstuvo de escribir, la redacción de los diarios constituyó una disciplina a la que habría de ser fiel hasta el término de sus días;10 de hecho, su obra entera —incluyendo poemas, cartas, ensayos, meditaciones— se puede leer como un exhaustivo registro de los movimientos de su alma.
El contenido de esta aproximación a Merton se ha organizado de manera especular, respondiendo a un esquema de viaje espiritual que refleja un arquetipo de búsqueda, transformación y retorno consustancial al desarrollo humano. Como veremos, al hilo de sus obras fundamentalmente, se aprecia un sendero de progresión desde una experiencia de soledad en sociedad hasta otra, al final de sus días, de sociedad en soledad: la primera corresponde al periodo que el propio Thomas Merton describe en su famosa autobiografía, The Seven Storey Mountain, que culmina cuando ingresa en la abadía de Nuestra Señora de Gethsemani, en Kentucky, mientras que la última se inicia en el momento en que el autor obtuvo permiso para viajar a Asia, con ocasión de un encuentro ecuménico en Bangkok, lo que le brindó la oportunidad, hasta entonces resuelta casi exclusivamente por vía epistolar, de entrar en contacto con representantes vivos y destacados de distintas corrientes de espiritualidad oriental. Los diversos capítulos hacen evidente cómo, aún en medio de tensiones e incomprensiones entre sus hermanos y sus seguidores, las exploraciones interiores del autor, su vivencia monacal y la indagación de su identidad última iban a conducirle necesariamente a una apertura compasiva hacia el mundo que antes deseara o creyera haber abandonado; esa nueva eclosión tomaría la forma de un genuino compromiso y de su implicación plena en los órdenes político, social y cultural de su nación y de su siglo mediante el vehículo de la palabra. Es de destacar en ese contexto que, tras su primera etapa de conversión y después de abrazar la regla monástica, Merton tomó la decisión, libre y consciente, de adoptar la ciudadanía estadounidense, a lo que concedió casi tanta importancia como a su profesión de fe; lejos de procurarle amparo en un nacionalismo triunfalista, ese paso decisivo iba a legitimarle en no pocas ocasiones para hacer fuertes críticas sociales desde su doble condición de peregrino hacia un horizonte escatológico de trascendencia y de ciudadano norteamericano del siglo XX.
Pese a la separación inevitable de los capítulos a efectos metodológicos y de exposición, cada uno de los aspectos que se abordan en el apartado genéricamente titulado “soledad” se corresponde con aquellos otros recogidos bajo el epígrafe de “sociedad”. De ese modo se sugiere que si la estructura monástica proporcionó a Merton un marco de soledad y autodescubrimiento, esta sería trascendida en un proceso dinámico, una auténtica peregrinación por los senderos del Espíritu; al monje, en su madurez, habría de resultarle ya difícil separar su preocupación religiosa de cuestiones políticas, éticas y culturales históricamente situadas. De la misma manera, en el claustro —crisálida de silencio, de contemplación, oración, ascesis y recogimiento abisal— se gestaron las alas que le llevarían a anunciar y multiplicar los frutos de la contemplación tan lejos de su recinto; esa fragua fue, no obstante, también el resultado de un incesante diálogo con numerosas personas que dejaron en él una impronta indeleble; no son pocos los autores que, a su vez, han reconocido la influencia que Merton ejerció sobre ellos, y su legado es de naturaleza múltiple, más allá del ámbito de la producción escrita. La noche del gran silencio, un periodo de “descreación”, de ocultamiento y de despojamiento de las máscaras ilusorias del falso yo, precedió al día de la proclamación, una nueva condición de presencia plena, de encarnación y participación comprometida con la suerte de las mujeres y hombres de su tiempo. Por último, iluminación y compasión —o satori y karuna, si se prefieren sus equivalentes homeomórficos en el budismo— son dos aspectos indisociables de ese nuevo alumbramiento en el que Merton sintió la llamada a hacer de sus semejantes partícipes de su descubrimiento más íntimo y más humano, a un tiempo personal y universal.
En lo que sigue vamos a intentar introducir a Thomas Merton en el paisaje de su siglo y en su país de adopción, presentando su relación con tres aspectos centrales en su pensamiento, a saber, las raíces puritanas de la nación norteamericana; su noción del “yo” y su relación progresiva de escisión, diálogo e integración de las vivencias de soledad y sociedad, y finalmente su visión del “hombre nuevo” como una tierra ignota y la más profunda seña de identidad religiosa.
Anthony Thomas Padovano11 adscribe la identidad americana de Merton a esa tradición constitutiva de los Estados Unidos que es la experiencia colectiva del viaje; primeramente, a través de las peregrinaciones transoceánicas por el Atlántico, y después mediante el movimiento de expansión territorial hacia el oeste. A esa tradición pertenecen, por lo demás, los periplos personales, los desplazamientos de conciencia y los relatos del yo en obras tan representativas como Huckleberry Finn, de Mark Twain, Moby Dick, de Melville, o los testimonios autobiográficos de Benjamin Franklin, Ralph Waldo Emerson, Henry David Thoreau, Henry Adams, Thomas Wolfe, Norman Mailer, Emily Dickinson, Walt Whitman, etc. Fiel también a ella, la obra de Thomas Merton, en su multiplicidad de expresiones, se organiza en su totalidad en torno a los dos ejes simbólicos del viaje y del yo, desde su primer libro reconocido, The Seven Storey Mountain, hasta su última crónica personal, The Asian Journal of Thomas Merton, publicada de forma póstuma. Padovano destaca la vinculación de la biografía de Merton con la tradición primera de la expresión literaria norteamericana, la de los puritanos, de carácter espiritual, recogida en los testimonios y relatos de conversión o progreso, o a través de los escritos en forma de sermones u homilías, que después se diversificarían en la voz secular o poética de Emerson y Whitman. Desde esa consideración, sostiene, “The Seven Storey Mountain is an American Pilgrim’s Progress. It serves in this capacity not only because of the introspective character of the search but because it deals effectively with the American temptation to substitute secular experience for spiritual substance”.12 Padovano continúa su argumentación aduciendo que Merton es heredero de las convenciones puritanas en el esquema narrativo de su autobiografía, que comprende la descripción de una atribulada juventud, una conversión adolescente que se ve pronto amenazada, un compromiso de fe posteriormente consolidado tras la superación de duras pruebas, y la necesidad de dar testimonio escrito — a mitad de camino entre la confesión y el diario— de su peregrinación, con un propósito deliberadamente pedagógico. Es interesante que recuerde que entre los puritanos se contaban poetas y ensayistas, predicadores y enseñantes, y que Merton reunió en su persona esas cuatro facetas. Así, señala entre sus precedentes la poesía autobiográfica de Anne Bradstreet, las confesiones públicas de los Mathers, las narraciones personales de Jonathan Edwards, etc.
Para abundar en la conexión íntima entre la suerte personal de Thomas Merton y el proceso de la formación ideológica norteamericana, se puede establecer cierto paralelismo entre su separación inicial —su primera etapa de contemptus mundi— y el fenómeno del separatismo religioso en la etapa de la colonización de Norteamérica. En efecto, diversos grupos de colonos sufrieron presiones de toda índole que les forzaron a cruzar el océano para comenzar una nueva vida en “otro mundo”. Su viaje entrañaba asumir una decisión surgida de una tensión difícil de explicar sin contradicciones internas, pues con su emigración emprendían a la vez una búsqueda y una huida, aunque sería impensable hablar de los colonos como de un grupo humano homogéneo y de la colonización como de un acontecimiento sencillo y uniforme. Tanto esa colonización bajo la forma de una búsqueda pastoral de lo que en su formulación más reducida podríamos denominar la “sociedad sencilla” como la colonización que se emprendía como una huida, iban a tener como consecuencia una gradual, pero inevitable, separación de la sociedad de origen, un distanciameiento a la vez geográfico, temporal, y psicológico. El separatismo religioso participa también, de una forma peculiar, de esta misma lógica —y podría decirse que el esquema descrito se aplica de manera similar a la distancia que el mismo Merton puso con respecto a la sociedad secular en la había crecido. Al igual que el fenómeno colonizador, no obstante, el separatismo religioso nunca habría de conocer un divorcio total. En el caso de Inglaterra, en sus primeras iniciativas colonizadoras, y en el del joven converso en sus primeros intentos de renuncia a su doble condición de escritor y de hijo de su tiempo, iban a ser tantos los vínculos con la sociedad de origen que podría pensarse que ningún ideal original pudo llegar a materializarse en tierras americanas, o que estos se modificaron con el decurso de los acontecimientos hasta integrar elementos no sencillos, urbanos, que habrían de dar paso a eso que Leo Marx denominó “pastoralismo complejo”.13
En un extenso trabajo Perry Miller14 traza una cartografía intelectual del siglo XVII en Nueva Inglaterra a partir de la definición y clasificación de los principales conceptos de lo que califica como “New England Mind”. Aunque el trabajo de Perry Miller ha sido objeto de posteriores revisiones y críticas15 nadie ha puesto en duda su importancia, y es todavía una referencia obligada en cualquier incursión en el campo de las ideas del puritanismo. A pesar de la magnitud de su estudio, empieza por reconocer que, desde una perspectiva amplia, el puritanismo tan sólo supuso un capítulo minúsculo, aunque trascendente, en la historia del cristianismo. Miller sostiene que este no fue exclusivo de la Inglaterra del siglo XVII, en la que encontró su origen, sino que, si se le quiere hacer justicia, obedece a una búsqueda universal de respuestas espirituales a las cuestiones eternas acerca de la naturaleza humana. Desde otra perspectiva menor, el puritanismo puede ser considerado como una entre otras muchas manifestaciones de la piedad agustiniana. En cientos de diarios y sermones puritanos asoman los significados evidentes u ocultos de las Confesiones de san Agustín, y aquí resulta esclarecedor que en The Seven Storey Mountain, la propia autobiografía de Thomas Merton, se haya encontrado un correlato contemporáneo de esa primera magna confesión espiritual. Sería injusto, sin embargo, reducir la espiritualidad de Merton a su primera etapa inicial de conversión, y confundir la similitud que guarda con la ideología puritana original con su adhesión doctrinal a la misma.16 Por el contrario, resulta obligado indicar que Merton adoptaría un deliberado distanciamiento muy crítico con el puritanismo, especialmente hacia el final de su vida monástica, cuando sometió a la sociedad americana a un fino escrutinio a partir de sus presupuestos ideológicos;17 así, en “The Wild Places”, Merton examinó las implicaciones éticas del puritanismo:
The Puritans inherited a half-conscious bias against the realm of nature, and the Bible gave them plenty of texts that justified what Mr. Nash calls a “tradition of repugnance” for nature in the wild. In fact, they were able to regard the “hideous and desolate wilderness” of America as though it were filled with a conscious malevolence against them. They hated it as a person, an extension of the Evil One, the Enemy opposed to the spread of the Kingdom of God. And the wild Indian who dwelt in the wilderness was also associated with evil. The wilderness itself was the domain of moral wickedness. It favored spontaneity —therefore sin… To fight the wilderness was not only necessary for physical survival, it was above all a moral and Christian imperative. Victory over the wilderness was an ascetic triumph over the forces of impulse and of lawless appetite. How could one be content to leave any part of nature just as it was, since “nature” was fallen and “corrupt”? The elementary Christian duty of the Puritan settler was to combat, reduce, destroy and transform the wilderness. This was “God’s work”. The Puritan, and after that the Pioneer, had an opportunity to prove his worth —or indeed his salvation and election— by the single-minded zeal with which he caused on this obsessive crusade against wilderness. His reward was prosperity, real estate, money, and ultimately the peaceful “order” of civil and urban life. In a seventeenth-century Puritan book with an intriguing title, Johnson’s Wonder Working Providence (“The Great Society?”), we read that it was Jesus Himself, working through the Puritans, who “turned one of the most hideous, boundless and unknown wilderness in the world to a well-ordered Commonwealth”.18
En otro trabajo de investigación19 se ilustraban precisamente esos elementos ideológicos en uno de los primeros escritos puritanos, la crónica del historiador y gobernador William Bradford, History of Plymouth Plantation. En ese estudio, la lectura interpretativa de Max Weber resultó reveladora. Merton ya había acudido al análisis de Weber en el ensayo al que nos referimos:
Max Weber and others have long since helped us recognize the influence of the Puritan ethos on the growth of capitalism. This is one more example. American capitalist culture is firmly rooted in a secularized Christian myth and mystique of struggle with nature. The basic article of faith in this mystique is that you prove your worth by overcoming and dominating the natural world. You justify your existence and you attain bliss (temporal, eternal, or both) by transforming nature into wealth. This is not only good but self-evident. Until transformed, nature is useless and absurd. Anyone who refuses to see this or acquiesces in it is some kind of half-wit —or, worse, a rebel, an anarchist, a prophet of apocalyptic disorders.20
La cita es pertinente desde distintas perspectivas; por un lado sitúa a Merton en la tradición de la disensión, acercándolo más a los trascendentalistas y al legado romántico norteamericano21 que a los padres peregrinos, y por otro lado establece una estrecha conexión entre el campo político y el religioso.22 Si Perry Miller ponía el énfasis en una aproximación espiritual al puritanismo, y Max Weber establece un nexo claro entre la ideología protestante y el origen del capitalismo, MacPherson establece los supuestos que, según afirma, definen el carácter político del siglo XVII. Su estudio se puede extrapolar, aún con la diferencia histórica de tres siglos, a las nociones de identidad de nuestro tiempo y arrojan luz sobre lo que Merton define como “el falso yo”.23 En breve, MacPherson señala la identificación del individuo como propietario de su propia persona y de sus capacidades, en razón de lo cual nada debe a la sociedad.24 Ahora bien, si lo que define al ser humano es su libertad respecto a la dependencia de las voluntades de los demás, eso supone que esta libertad individual podría entrar en colisión con las libertades ajenas, a menos que se establezcan unas obligaciones y límites tales que se garanticen las libertades de unos y otros. Y si lo que define a la persona es la posesión de sí misma, el juego de relaciones que se establece entre los sujetos, hombres y mujeres, es de carácter necesariamente mercantil. La sociedad política responde entonces a la necesidad de proteger las propiedades, incluida la persona, y de ordenar consecuentemente, en términos de posesión, las relaciones entre los individuos. MacPherson pone el dedo en la llaga de una de las cuestiones éticas más serias de nuestra civilización, la confusión de los valores del “ser” con los del “tener”. Por eso Merton aboga por una ética de signo contrario, más próxima a los mensajes “inútiles” del bosque que a las oscuras fábricas satánicas de la Jerusalén dibujada por William Blake; en el ensayo antes mencionado prosigue:
The Transcendentalists, above all, reversed the Puritan prejudice against nature, and began to teach that in the forests and mountains God was nearer than in the cities. The silence of the woods whispered, to the man who listened, a message of sanity and healing. While the Puritans had assumed that man, being evil, would only revert to the most corrupt condition in the wilderness, the Transcendentalists held that since he was naturally good, and the cities corrupted his goodness, he needed contact with nature in order to recover his true self.25
Destaca, no obtante, ante todo que los impulsos de dominación, expansión, conquista y posesión derivados de la ideología puritana encuentran su verdadera base en una definición distorsionada del propio tejido identitario, que configura, conjurándolos, los escenarios que constituyen la fabricación de nuestro mundo:
Thoreau realized that civilization was necessary and right, but he believed that an element of wilderness was a necessary component in civilized life itself. The American still had a priceless advantage over the European. He could “combine the hardiness of the Indian with the intellectualness of civilized man”. For that reason, Thoreau added: “I would not have every part of a man cultivated”. To try to subject everything in man to rational and conscious control would be to warp, diminish, and barbarize him. So, too, the reduction of all nature to use for profit would end in the dehumanization of man. The passion and savagery that the Puritan had projected onto nature turned out to be within man himself. And when man turned the green forests into asphalt jungles the price he paid was that they were precisely that: jungles. The savagery of urban man, untempered by wilderness discipline, was savagery for its own sake.26
Volviendo a su argumentación inicial, Padovano lleva un paso más allá su exploración de la idea de viaje como el centro de inspiración de la obra de Merton, y sitúa su correlato bíblico en la peregrinación del pueblo hebreo en busca de su auténtica patria —en el Antiguo Testamento— y en la llegada del Hijo de Dios a esta tierra —en el Nuevo Testamento—,27 desvelando así la condición paradójica de la comunidad de creyentes como transeúntes en este mundo, pero no habitantes de este mundo. En Merton el viaje arquetípico cristiano, su “pilgrim’s progress”, adoptó diversas formas: una trayectoria vital por la geografía física del orbe que partiría de Europa hasta América y desde allí finalmente a Asia hasta cerrar circularmente su tránsito por el mundo; una peregrinación religiosa desde Occidente hasta Oriente para acabar por abrazar las diversas expresiones religiosas de la Tierra desde su “catolicidad” universal; un viaje de lo secular a lo sagrado; una inmersión en las aguas profundas de la soledad; y finalmente, otra trayectoria espiral desde el orden, o desorden, del mundo pasando por esa “ciudad de Dios” que fue el claustro monástico hasta el eremitismo en ese desierto que es la “dimensión interior de nuestra condición humana”.28 Merton acabaría de vuelta nuevamente en el mundo que había repudiado, aunque esta vez de otra manera, con una percepción y una presencia transformada y transformadora, donde “mundo” y “monasterio”, “secular” y “sagrado”, “soledad” y “sociedad”, “ciudad” y “desierto” quedaron abrazados, a la vez que trascendidos, en una “integración final”, como titula uno de los ensayos más reveladores de su última etapa.29 Pues si en un momento de su autobiografía, fracasado su intento de ingreso entre los franciscanos, decide comprarse unos libros devocionales con una firme resolución: “They (the breviaries) said that if I could not live in the monastery, I should try to live in the world as if I were a monk in a monastery” (SSM: 300), su trayectoria monástica sería tal que al término de su vida se podría poner en su boca una declaración de signo totalmente opuesto: “If I could not live in the world, I should try to live in the monastery as if I were a monk in the world”.
El auténtico viaje para alcanzar la integración final, mantiene Merton, es una metanoia, un camino de transformación, una auténtica conversión de corazón, que en su caso, y para seguir su propio juego de palabras, consistiría verdaderamente en una continua “conversación” de corazón,30 con el corazón y hacia el corazón; un viaje desde un falso yo, apenas una máscara superficial, ilusoria, presa de las obsesiones de la cultura del momento —del dinero, del poder, de la banalidad, del “tener” — hasta un yo auténtico, una realidad incuestionable, una identidad profunda, “beyond the shadow and the disguise”, más allá incluso de las costumbres y usos monásticos. Para Padovano, es esa orientación del yo lo que hace de Merton un autor plenamente americano; según él, “the self has always been the great American romance… a self that explores its own identity and then tenderly and poignantly reaches out for further contact”.31 Si en la expresión escrita en prosa Padovano compara la autobiografía norteamericana por excelencia, la de Benjamin Franklin, con la de Merton, en lo tocante a la expresión poética establece un paralelo entre el poema que canta el alma de otro americano universal, Walt Whitman, en “The Song of Myself” y The Geography of Lograire, el último intento poético del monje americano, que dejó inacabado y que tejió a modo de mandala poemado, realmente como un viaje por la geografía de una dimensión arquetípica, de naturaleza recóndita al tiempo que familiar. Merton se erige en un símbolo de Norteamérica, y en un espejo de su tiempo, al reflejar, aún desbordándolas, las propias raíces europeas de los Estados Unidos y al definir su identidad más honda en términos de movilidad, sufriendo con sus conciudadanos la condición psíquica de desarraigo, de inestabilidad e impermanencia. Su eremitismo a veces resulta más cercano en su concepción al experimento de soledad de Emerson y Thoreau que al de sus predecesores en la tradición cristiana; su preocupación por la paz lo acerca a la reivindicación americana de la objeción de conciencia y a la espiritualidad de los cuáqueros; y se puede, siempre según Padovano, reconocer también en su preocupación constante por la cuestión educativa un rasgo específicamente estadounidense.
Resulta, entonces, indispensable aproximarse a la opción de vida y al conjunto de su obra situándola en ese contexto de metanoia o viaje de transformación. Para Merton, la caída del ser humano no es otra cosa sino su pérdida de sí, el olvido de su yo verdadero: “To say that I was born in sin is to say that I came into the world with a false self. I was born in a mask. I came into existence under a sign of contradiction, being someone that I was never intended to be and therefore a denial of what I am supposed to be. And thus I came into existence and nonexistence at the same time because from the very start I was something that I was not” (NSC: 33-34). Adán es cada uno de nosotros, también hoy, en nuestra condición de separación de la Tierra Pura, del Paraíso. Adán, así considerado, es una realidad sin tiempo en nuestro interior, “an archetypal mirror of ourselves”.32 La paradoja del hombre caído se debe a su pretensión de ser como Dios prescindiendo de Dios; en efecto, la humanidad es creada a su imagen y semejanza, pero no para sustituir a Dios y así considerarse creadora de sí misma. Esa es la arrogancia, la ignorancia del ego, el acto de hubris que le condena a encerrarse en su egoísmo. Ese egoísmo es, literalmente, la percepción del “ego” como “ismo”, “isla”, una insularidad de fabricación propia, aunque en realidad, Merton nos recuerda, parafraseando a Donne, que “los hombres no son islas”.
La vida espiritual, sostiene, es en realidad una suerte de viaje de descubrimiento, a la vez de progreso y de regreso, de ascenso y de recuerdo, un viaje de encuentro con nuestra identidad en Dios, y con Dios en nuestra identidad: “Ultimately the only way that I can be myself is to become identified with Him in whom is hidden the reason and fulfilment of my existence. Therefore, there is only one problem in which all my existence, my peace and my happiness dependes: to discover myself in discovering God. If I find Him I will find myself and if I find my true self I will find Him” (NSC: 34-35). Nacer como hombre nuevo supone “desnacer” como hombre viejo, revertir el exilio primigenio y restablecer el vínculo con la fuente de creación eterna; en las palabras que siguen Merton resume el propósito último del viaje espiritual, que no es sino el de desandar los pasos del viejo Adán:
After Adam had passed through the center of himself and emerged on the other side to escape from God by putting himself between himself and God, he had mentally reconstructed the whole universe in his own image and likeness… If we would return to God and find ourselves in Him, we must reverse Adam’s journey, we must go back by the way he came. The path lies through the center of our own soul. Adam withdrew into himself from God and then passed through himself and went forth into creation. We must withdraw ourselves (in the right and Christian sense) and pass through the center of our souls to find God. (NM: 117-119)
La paradoja de Merton, y la del solitario solidario, consiste en que al retirarse del mundo, redescubre el corazón del mundo, aunque esta vez ya no bajo la mirada del falso yo: “The way to find the real ‘world’ is not merely to measure and observe what is outside us, but to discover our own inner ground. For that is where the world is, first of all: in my deepest self... This ‘ground’, this ‘world’ where I am mysteriously present at once to my own self and to the freedoms of all other men, is not a visible, objective and determined structure with fixed laws and demands. It is a living and self-creating mystery of which I am myself a part, to which I am myself my unique door” (CW: 154-155). En ese mundo no hay separación entre uno mismo, los semejantes, y Dios. En soledad se encuentra la verdadera sociedad, que así deviene “comunidad” antes que “colectividad”. La sociedad es auténtica cuando, de forma orgánica, constituye “un sólo cuerpo”. En esa unidad relacional no es posible que se origine la separación del “ego-ísmo”, esto es, el aislamiento del ego que, como un cáncer maligno, genera toda suerte de fragmentaciones internas e inicia un círculo vicioso de autoengaños: “The mother of all lies is the lie that we persist in telling about ourselves. And since we are not brazen enough liars to make ourselves lie individually, we pool all our lies together and believe them because they become the big lie uttered by the vox populi and this kind of lie we accept as ultimate truth” (CG: 71). La soledad no es, en consecuencia, un repudio de la sociedad, sino una renuncia deliberada a realizar pactos de “sinsentido común”: “What the solitary renounces is not his union with men, but rather the deceptive fictions and inadequate symbols which tend to take the place of genuine social unity” (DQ: 146).
El mismo hecho de hablar en términos de oposición y dualismo —“soledad” frente a “sociedad”, “contemplación” o “acción”, “profano” y “santo”, etc.— ya delata un presupuesto de separación:
Do we really choose between the world and Christ as between two conflicting realities absolutely opposed? Or do we choose Christ by choosing the world as it really is in him, that is to say, created and redeemed by him, and encountered in the ground of our own personal freedom and our love? Do we really renounce ourselves and the world in order to find Christ, or do we renounce our alienated and false selves in order to choose our own deepest truth in choosing both the world and Christ at the same time? If the deepest ground of my being is love, then in that very love itself and nowhere else will I find myself, and the world, and my brother, and Christ. It is not a question of either-or but of all-in-one of wholeness, wholeheartedness, and unity which finds the same ground of love in everything. (CW: 155-156)
Finley nos ofrece una bella imagen para entender la paradoja de la condición del solitario, “... that of a large group of people formed in a circle. As each individual in the circle simultaneously begins to walk slowly toward the center of the circle, he or she discovers that all are inevitably drawing closer to one another. Physically, it is impossible for them all to stand at once in the precise center. But in prayer, it is possible”.33 Cristo, continúa explicando, es ese centro y, a medida que salimos de nosotros mismos para adentrarnos en Él en solitaria oración nos adentramos también en el lugar más real del prójimo, su región más transparente. En la cruz, Cristo se encuentra con Cristo. En un momento de unión solitaria con Dios llegamos al centro que, aún oculto, está en todas partes, por el que toda la humanidad clama, de modo consciente o inconsciente, y mediante el que recibe la curación de Dios. En la oración, en unidad con Cristo, guardamos a nuestros semejantes en lo más profundo de nuestro corazón y sus aspiraciones más hondas se convierten en las nuestras, pues siempre han sido las mismas. La comunión con otros resulta esencial para unirnos con Dios, y nuestra unión con Dios resulta esencial para unirnos al prójimo. La una no se sobreimpone a la otra, sino que ambas se presuponen.
La obra entera de Merton gira en torno a eso que comenzó siendo búsqueda, reconocimiento más tarde —en una relación todavía dialógica— de la verdadera identidad, y esponsal con ella finalmente; las palabras de uno de sus últimos diarios nos hablan de su propia comprensión de nuestro más profundo y verdadero yo:
Without solitude of some sort there can be no maturity. Unless one becomes empty and alone, he cannot give himself in love because he does not possess that deep self which is the only gift worthy of love. My deep self is not something which I acquire, or to which I can attain after a long struggle. It is not mine, and cannot become mine. It is no “thing” —no object. It is “I”. But the deep “I” of the Spirit, of solitude and love,... who is always alone, is always universal: for in this inmost “I” my own solitude meets the solitude of every other person and the solitude of God. Hence it is beyond division, beyond limitation, beyond selfish affirmation. (VC: 207)
Por último, en este apartado, el estudio de Sacvan Bercovitch34 es pertinente porque prolonga la reflexión sobre el origen puritano de la identidad norteamericana hasta Emerson, Melville, y Whitman. No resulta difícil extender sus conclusiones hasta personajes más recientes de la escena estadounidense y aplicar su planteamiento a Thomas Merton. En efecto, Bercovitch señala que esta identidad viene marcada por un contenido mítico excepcional que hace de ese país tan vasto una tierra que parece escapar a los límites de un “topos” particular, convirtiendo su espacio en una virtual “utopía”, un terreno susceptible de albergar los sueños y las proyecciones humanas más diversas.35 En el caso de la imaginación puritana los destinos particulares de las vidas de los colonos y su imbricación en la historia quedan sometidos a una hermenéutica tipológica que hace de la Biblia un mapa de correspondencias entre los sucesos personales y colectivos, entre los acontecimientos históricos y los designios trazados para el pueblo de Israel en la Escritura; los relatos espirituales personales giran en torno al eje dinámico de la conversión, y contemplan todo suceso bajo esa luz. El homo americanus se siente compelido a escapar de sí mismo —de su tierra en los orígenes de la primera emigración colonial, de su herencia europea más tarde, de su “vieja” y contradictoria identidad aún hoy en día— en un viaje que atraviesa ineludiblemente su propio centro, de modo tal que resulta difícil dibujar con claridad los límites entre sus movimientos de conciencia centrífugos y los centrípetos, entre su búsqueda y su huida. La tierra americana abraza, desde sus orígenes bajo ese nombre, las tensiones del emigrante en una relación de conflictos y polivalencias con su propia identidad.
La “novedad” de vida cristiana encuentra un campo fabuloso de exploración en Norteamérica. Pero el homo americanus quizá haya proyectado junto al norte luminoso que anhelaba la sombra de la que huía, la vieja imagen de sí mismo, en un nuevo y vasto continente, aumentando con este las dimensiones de su culpa. En tanto que emigrante, también Merton trascendió, integrando sus contradicciones y sin renunciar a ella, su identidad americana, al proseguir, más allá de la tierra de promisión en el Nuevo Continente, su peregrinaje por Asia, abandonando allí todo sueño para adentrarse en la fuente de la verdadera Luz:
It is neither this world nor another. It is not based on anything. Because it has no foundation, it is the end of sorrow. Nothing remains to be done. Therefore, there is no threshold, no step, no advance, no recession, no entry, no nonentry. Such is the door that ends all doors; the unbuilt, the impossible, the undestroyed, through which all the fires go when they have “gone out”. Christ said, “I am the door”. The nailed door. The cross, they nail the door shut with death. The resurrection: “You see. I am not a door”. “Why do you look up to heaven?”. Attolite portas principes vestras. For what? The King of Glory. Ego sum ostium. I am the opening, the “shewing”, the revelation, the door of light, the Light itself. “I am the Light”, and the light is in the world from the beginning. (It seemed to be darkness). (AJ: 154-155)
1 Merton fue implacable en su crítica a la iglesia institucional. En una circular de 1967, un año antes de morir, escribe: “The present institutional structure of the Church is certainly too antiquated, too baroque, and is often in practice unjust, inhuman, arbitrary and even absurd in its functioning. It sometimes imposes useless and intolerable burdens on the human persons and demands outrageous sacrifices, often with no better results than to maintain a rigid system in its rigidity and to keep the same abuses established, one might think, until kingdom come”. Sin embargo, en esa misma carta reafirma la determinación irrenunciable de su vocación: “By God’s grace I remain a Catholic, a monk and a hermit. I have made commitments which are unconditional and cannot be taken back” (en M. Basil Pennington, OCSO, Thomas Merton Brother Monk: His Quest for True Freedom, Harper & Row, New York, 1987, 188).
2 Esas son algunas de las firmas de cartas de Merton recogidas por Edward Rice, The Man in the Sycamore Tree: The Good Times and Hard Life of Thomas Merton, Harcourt Brace Jovanovich, San Diego, 1985, 43.
3 Robert Daggy, ed., Encounter: Thomas Merton & D. T. Suzuki, Larkspur Press, Monterey, KY, 1988.
4 En su edición y traducción de la selección de poemas de Thomas Merton, Oh, corazón ardiente: Poemas de amor y de disidencia, Trotta, Madrid, 2015.
5 Thérèse Lentfoehr, en su estudio sobre la poesía de Merton (Words and Silence: On the Poetry of Thomas Merton, New Directions, New York, 1979), recoge el siguiente ejemplo: “In Tom’s Book, a small diary kept by Thomas Merton’s mother for the first two years of his life, among the March-April 1915 entries is the following: ‘He said “Aye” in many different and expressive ways, watched and talked to a flower...’”. Y prosigue: “Let time telescope to the summer of 1968, when, in the second issue of Monks Pond, a diverse collection of poetry and ‘some unusual prose’, edited by Thomas Merton, a poem appears by Besmilr Brigham beginning: ‘The poet is born upon a day/embroidered with one flower.../The good poet looks into the center of the flower/where the unobserved seeds are/that grow in his own heart/and he scatters them/with the abadonment of petals.../a poet lives whole within a day/whose crest is the one flower/he teaches men to speak/into the center of themselves...’”, (1) para concluir: “It was as a poet that we first knew him” (2).
6 Sirva como muestra el siguiente extracto: “So it was decided Hiroshima was the most opportune target, as it had not yet been bombed at all. Lucky Hiroshima! what others had experienced over a period of four years would happen to Hiroshima in a single day! Much time would be saved, and ‘time is money’! When they bombed Hirsohima they would put the following out of business: The Ube Nitrogen Fertilizer Company; the Nippon Motor Oil Company; the Sumitoma Chemical Company; Sumitoma Aluminum Company; and most of the inhabitants” (OCB, sin paginar).
7 Como denomina Raboteau (2016) a estos siete americanos, “religiosos radicales (en) su lucha por la justicia social y política”: Abraham Joshua Heschel, A.J. Muste, Dorothy Day, Howard Thurman, Thomas Merton, Martin Luther King Jr. y Fannie Lou Hamer.
8 http://w2.vatican.va/content/francesco/es/speeches/2015/september/documents/papa-francesco_20150924_usa-us-congress.html
9 Término japonés propio de la práctica de una rama del zen; de él dice Taizan Maezumi Roshi, en la presentación de la compilación Barrera sin puerta, ed., Zendo Betania, Madrid, 1986, 15, que “es, en un sentido muy exacto, una piedra de toque de la realidad. Recoge un caso que representa un momento clave en la práctica y el camino de autorrealización, siendo este examinado más a partir de la experiencia que por lógica discursiva o lineal”. Véase, además, El koan zen, de Toshihiko Izutsu, Eyras, Madrid, 1980.
10 Ramón Cao Martínez ha escrito su libro sobre Thomas Merton como diarista a partir de una doble premisa: “que el Merton más genuino (o uno de los más genuinos) es, tal vez, el que se halla en las páginas de sus diarios; y que ese puede ser el Merton más accesible para la gran mayoría de las mujeres y hombres de hoy” (Ocultarse en una hoguera: Thomas Merton a través de sus diarios, Eurisaces, Oursense, 2015, 15).
11 Anthony Thomas Padovano, The Human Journey. Thomas Merton: Symbol of a Century, Ph.D. Dissertation, Fordham University, New York, 1980.
12 Ibid., 6.
13 Leo Marx, The Machine in the Garden: Technology and the Pastoral Ideal in America, Oxford University Press, New York, 1964.
14 Perry Miller, The New England Mind: The Seventeenth Century, Harvard University Press, Cambridge, Massachussets, 1939.
15 Una exhaustiva selección de estudios doctorales en ese campo de trabajo queda recogida en Montgomery, Michael, comp., American Puritan Studies: an Annotated Bibliography of Dissertations, 1882-1981, Greenwood Press, Westport, Connecticut, 1984.
16 En su propia autobiografía, al reconsiderar el término “virtud” a la luz del pensamiento de Maritain, Merton afirma categóricamente: “I was never a lover of Puritanism” (SSM: 204).
17 En sus ensayos recogidos en Thomas Merton: Preview of the Asian Journal, Crossroad, New York, 1989 bajo los reveladores títulos de “The Sacred City” (publicado por primera vez en The Center for the Study of Democratic Institutions Magazine 1, nº 3, March 1968: 73-77) y “The Wild Places” (publicado en esa misma revista en el nº 5, July 1968: 40-45).
18 “The Wild Places”, op. cit., 97-98.
19 Fernando Beltrán, William Bradford o la contradicción puritana: la paradoja pastoral en la crónica “Of Plymouth Plantation”, Tesis de Licenciatura, dirigida por D. Enrique García Díez, Facultad de Filología, Universidad de Valencia, 1986.
20 “The Wild Places”, op. cit., 99.
21 Esa es la posición que sostiene Dennis Q. McInerny, en “Thomas Merton and the Tradition of American Critical Romanticism”, en Brother Patrick Hart, ed., The Message of Thomas Merton, Cistercian Publications, Kalamazoo, Michigan, 1981, 166-191.
22 O, aún desde otra formulación todavía más general, entre el “ser humano” y la “naturaleza”. La tesis de Carolyn Merchant, desde ese punto de vista, queda resumida en estas dos citas, del principio y del final de su libro, del todo congruentes con la propia evolución de Merton. Merchant define así el presupuesto de partida de su análisis y su propósito: “New England is a mirror on the world. Changes in its ecology and society over its first 250 years were rapid and revolutionary. Only through a historical approach can the magnitude and implications of such changes for the human future be fully appreciated. What took place in 2.500 years of European development through social evolution came to New England in a tenth of that time through revolution... Yet the implications extend far beyond the confines of New England. As the American frontier moved west, similar ecological revolutions followed each other in increasingly telescoped periods of time. Moreover, as Europeans settled other temperate countries throughout the world, colonial ecological revolutions took place. Today, capitalist ecological revolutions are occuring in many developing countries in a tenth of New England’s transformation time.” Y si podemos hacer uso de la expresión utilizada por el mismo Merton, “mental ecology”, la misma queda definida igualmente por Merchant en su epílogo: “An ecological transformation in the deepest sense entails changes in ecology, production, reproduction, and forms of consciousness. Ecology as a new worldview could help resolve environmental problems rooted in the industrial-mechanistic mode of representing nature. In opposition to the subject/object, mind/body, and culture/nature dichotomies of mechanistic science, ecological science sees
complexity and process as including both culture and nature. In the ecological model, humans are neither helpless victims nor arrogant dominators of nature, but active participants in the destiny of the web of which they are a part” (Carolyn Merchant, Ecological Revolutions: Nature, Gender and Science in New England, The University of North Carolina Press, Chapel Hill and London, 1989, 1-2, 270).
23 Sintetizado, en contraste con su noción contraria, en el ensayo de William H. Shannon, “Thomas Merton and the Discovery of the Real Self”, en Brother Patrick Hart, ed., The Message of Thomas Merton, Cistercian Publications, Kalamazoo, Michigan, 1981, 192-203.
24 C. B. MacPherson, The Political Theory of Possessive Individualism, Oxford University Press, Londres, 1962, 263.
25 “The Wild Places”, op. cit., 100.
26 Ibid., 101.
27 En Thomas Merton Spirituality, Arena Lettres, NJ, USA, 1979, una grabación sobre la espiritualidad de Merton.
28 Gisbert Greshake, Espiritualidad del desierto, PPC, Madrid, 2018, 10.
29 “In December 1965, an Iranian psychologist, Dr. Reza Arasteh, asked Merton to write an introduction to a study on final integration. Tom declined, for his publisher, James Laughlin, had urged him to cut back on such writing. (Unicorn Press published a volume of Tom’s introductions, Introductions East and West). When Tom received Arasteh’s published volume in January 1968, however, he spontaneously wrote a review article on it that was published in Monastic Studies a few weeks before his death. It was reprinted as the crowning piece of the first part of Contemplation in a World of Action). Dr. Arasteh and Thomas Merton see final integration lying in a transcultural maturity that enables a person to apprehend his or her life fully and wholly from an inner ground. Such a person is, in a certain sense, ‘cosmic’, a ‘Universal Man’. He is Saint Paul’s ‘all things to all men’. This person has a deep inner freedom, the freedom of the Spirit; this person has an openness, an emptiness, and purity, entirely docile in the Spirit. No longer limited by his or her culture, this person is truly ‘catholic’, with a unified vision and experience of the One. Tom sees this precisely as the monastic ideal, this sort of freedom in the Spirit, this liberation from all that is merely partial and fragmentary in a particular culture. To indicate to Dr. Arasteh how consonant was their thinking on these matters Tom sent him a copy of ‘Rebirth and the New Man in Christianity’, in which he says, “The ‘new being’ of the Christian, his ‘new creation’, is the effect of an inner revelation which, in its ultimate and most radical significance, implies complete self-trascendence and transcendence of the norms and attitudes of any given culture, any merely human society’” (M. Basil Pennington, OCSO, op. cit., 135).
30 En el prefacio a su diario A Vow of Conversation: Journals 1964-65, Farrar-Straus-Giroux, New York, 1988, la propia editora observa al respecto: “There is no doubt that the title of this book is a play on words” (x-xi).
31 En Thomas Merton Spirituality, Arena Lettres, NJ, USA, 1979 (grabación).
32 James Finley, Merton’s Palace of Nowhere: A Search for God through Awareness of the True Self, Ave Maria Press, Indiana, 1988, 30.
33 Finley, op. cit., 64-65.
34 Sacvan Bercovitch, The Puritan Origins of the American Self, New Haven, Yale Univ. Press, 1975.
35 La última versión de la utopía pastoral americana, después del reconocimiento de la ecología como disciplina académica, la “ecotopia”, recoge los títulos de las novelas de Ernest Callenbach, Ecotopia (1975) y Ecotopia Emerging (1981) y en un intento de asimilar, de forma tentativa, las visiones, entre otras, de Loren Eiseley, Baker Brownell, Aldous Huxley, Gary Snyder y Paul Shepard. Véase a ese respecto: Bill Devall & George Sessions, Deep Ecology: Living as if Nature Mattered, Gibbs Smith Pub. Salt Lake City, 1985 (Chapter 9, “Ecotopia: The Vision Defined”, 161-177).
Cronología del autor y su obra
El cuadro cronológico de este apartado ofrece una panorámica inevitablemente reducida de los acontecimientos más relevantes de la vida de Thomas Merton y de las fechas de publicación de su obra. En esa sección, hasta el año 1945, hemos reseñado entre paréntesis las páginas de su autobiografía que hacen mención a los episodios referidos porque ella misma ya constituye un testimonio a la vez personal e histórico de ese dilatado momento de nuestro siglo que alcanza sus dos grandes conflagraciones; para los años posteriores hemos apuntado la referencia de algunos de sus otros libros. En una fructífera conversación con el primer director del Centro de Estudios Thomas Merton (agosto 1990), el Dr. Robert Daggy ya observaba que buena parte de la investigación sobre Merton ponía el énfasis de modo casi exclusivo en el periodo monástico de Thomas Merton, es decir, en la segunda mitad de su vida; para el profesor Daggy, hay que considerar a Merton como un hijo de su tiempo, y bajo esa luz, su periodo premonástico alcanza un significado de tanta importancia como el monástico; el espejo de su vida, incluyendo de manera importante su infancia y juventud, refleja de manera nítida el clima del siglo XX. El mismo Merton escribe en su autobiografía, refiriéndose al momento en el que estableció su residencia en Estados Unidos: “I considered the person that I now was, the person that I had been at Cambridge, and that I had made of myself, and I saw clearly enough that I was the product of my times, my society and my class” (SSM: 133).
Hemos prolongado la relación bio/bibliográfica hasta el año 2020, a pesar de su muerte en 1968, para dejar constancia de la publicación póstuma de sus obras, y se puede seguir de modo exhaustivo la aparición de nuevas publicaciones de Merton y sobre él mediante la revista de la Sociedad Internacional Thomas Merton, de periodicidad trimestral, así como a través de sitios electrónicos mencionados en la bibliografía.
| 1915 | 31 de enero: Nace en Prades, Francia, hijo de Owen Merton, pintor de Nueva Zelanda y de Ruth Jenkins, artista de Ohio (SSM: 3-4). | ||
| 1916 | Se traslada a los Estados Unidos (Maryland y Nueva York) (SSM: 6). | ||
| 1918 | 2 de noviembre: Nace su hermano John Paul (SSM: 8). | ||
| 1919 | Gertrude Hannah Merton, su abuela neozelandesa, le enseña a rezar, así como el nombre de las estrellas y las constelaciones (SSM: 9). | ||
| 1920 | La madre de Thomas Merton enferma (SSM: 13). | ||
| 1921 | 3 de octubre: Su madre, Ruth Jenkins, muere de cáncer de estómago en el hospital Bellevue de Nueva York (SSM: 14). | ||
| 1922 | 22 de octubre: Se traslada con su padre a Bermuda, donde asiste a una escuela primaria (SSM: 17). | ||
| 1923 | Regresa a Douglaston (Nueva York) a vivir con los padres de R. J. Merton (SSM: 20). | ||
| 1924 | Su padre, gravemente enfermo, ha de regresar a Londres (SSM: 27). | ||
| 1925 | Se traslada a Francia con su padre, y se establecen en St. Antonin (SSM: 28-44); hace dos primeros intentos de escritura (52). | ||
| 1926 | Comienza a estudiar en el Liceo Ingres, en Montauban, Francia (SSM: 48). | ||
| 1927 | Pasa el verano con la familia de los Privat en Murat, Francia (SSM: 55). | ||
| 1928 | En mayo viaja a Inglaterra: continúa sus estudios en Ripley Court (SSM: 63). | ||
| 1929 | Pasa las Pascuas en Canterbury con su padre. En agosto viaja a Aberdeen, Escocia (SSM: 68) y su padre ingresa en un hospital en Londres (69). En agosto entra como estudiante en Oakham Public School en Ruthland, Inglaterra (72). | ||
| 1930 | En junio, su abuelo Jenkins le proporciona independencia económica (SSM: 77). En las vacaciones navideñas viaja a Estrasburgo (83). | ||
| 1931 | El 18 de enero, su padre, Owen Merton, muere de un tumor cerebral en el hospital Middlesex, de Londres (SSM: 84) En las vacaciones de Pascua viaja a Roma y Florencia. Durante el verano, visita los Estados Unidos. En otoño, editor de The Oakhanian; escribe acerca de Gandhi. | ||
| 1932 | En Pascua, visita Alemania (SSM: 95). En septiembre, obtiene su certificado académico (“higher certificate”) (100). En diciembre obtiene una beca para estudiar en Clare College, en la Universidad de Cambridge (102). | ||
| 1933 | En febrero atraviesa Francia hacia Roma para una visita prolongada (SSM: 103). En verano, va a los EEUU (114). Otoño, estudios en Cambridge (118). | ||
| 1934 | Verano en EEUU (SSM: 126). Otoño, vuelve a Inglaterra para obtener su visa de residente en EEUU. Noviembre, se traslada a vivir con sus abuelos maternos. | ||
| 1935 | Enero, Universidad de Columbia (SSM: 138). Primavera, ingresa y abondona el Partido Comunista. Colabora en Spectator, The Columbian Review, Jester... | ||
| 1936 | Muere su abuelo, S. Jenkins. Encuentro con Lax, Rice, Freedgood (SSM: 158). | ||
| 1937 | Editor de Columbia Yearbook; escogido “Best Writer of the Senior Class” (SSM: 164). En febrero, lee The Spirit of Medieval Philosophy, de Etienne Gilson (171). Agosto, muere su abuela, Martha Jenkins (160). | ||
| 1938 | B.A. en Lit. Inglesa; inicia su tesis de M.A., Nature and Art in W. Blake: An Essay in Interpretation (SSM: 204). Agosto, asiste a misa en Corpus Christi (206-7). Otoño, comienza a estudiar con Daniel Walsh (218). 16 de noviembre, recibe el bautismo en la Iglesia católica, con Ed Rice como padrino (221). | ||
| 1939 | 22 de febrero, recibe su M.A. de la Universidad de Columbia (SSM: 234). Clases en una extensión de la Universidad de Columbia; artículos en periódicos neoyorkinos (236). 29 de mayo, sacramento de Confirmación. Verano en Olean, Nueva York, con Bob Lax y Edward Rice; escribe The Labyrinth (240). Otoño, clases en St. Bonaventure’s College (252). Noviembre, solicita unirse a la orden franciscana (261). | ||
| 1940 | Abril-mayo, Cuba; experiencia religiosa (SSM: 278-284). Junio, los franciscanos rechazan su solicitud (297). Verano en Olean (301). | ||
| 1941 | Pascua, retiro en Gethsemani. Agosto, trabajo social en Harlem con Catherine de Hueck, en Friendship House. Septiembre, retiro en Our Lady of the Valley Monastery, Cumberland, Rhode Island (SSM: 351). 10 de diciembre, ingresa, como trapense, en Our Lady of Gethsemani Abbey, Kentucky (363). | ||
| 1942 | 21 de febrero, toma el hábito de novicio, y adopta el nombre monástico de Father Louis. Su hermano John Paul es bautizado en Gethsemani Abbey (SSM: 394). | ||
| 1943 | Muerte de J. Paul; escribe “For My Brother, Missing in Action” (SSM: 404). | ||
| 1944 | 19 de marzo, primeros votos. Publicación de Thirty Poems (SSM: 410). | ||
| 1945 | Escribe con más frecuencia, bajo permiso, a su editor (SSM: 413). | ||
| 1946 | A Man in the Divided Sea (SJ: 13). | ||
| 1947 | 19 de marzo, profesión solemne, consagración como monje (SJ: 31-32). Exile Ends in Glory. | ||
| 1948 | 4 de agosto, muerte de Dom Frederic Dunne (SJ: 113). 23 de agosto, elección de Dom James Fox como nuevo abad (SJ: 117). 21 de diciembre, ordenación como subdiácono (SJ: 145). Figures from an Apocalypse; The Seven Storey Mountain; The Spirit of Simplicity; What is Contemplation?; What Are These Wounds? | ||
| 1949 | Mayo, ordenación sacerdotal (SJ: 181). Van Doren, Lax, Rice, Freedgood presentes. Noviembre: instrucción sobre orientación contemplativa a novicios. The Tears of the Blind Lions, Seeds of Contemplation, The Waters of Siloe. | ||
| 1950 | Selected Poems. | ||
| 1951 | 22 de junio, ciudadanía norteamericana (SJ: 330). The Ascent to Truth. Casi todo su tiempo dedicado a la dirección espiritual y a la instrucción. | ||
| 1952 | Julio, visita a Ohio. | ||
| 1953 | The Sign of Jonas. Bread in the Wilderness (SJ: 313). | ||
| 1954 | The Last of the Fathers. | ||
| 1955 | Maestro de Novicios, desde entonces y durante diez años. No Man is an Island. | ||
| 1956 | The Living Bread; Praying the Psalms; Silence in Heaven. | ||
| 1957 | The Basic Principles of Monastic Spirituality; The Silent Life; The Strange Islands; The Tower of Babel. Encuentro con Ernesto Cardenal como postulante. | ||
| 1958 | Monastic Peace; Nativity Kerygma; Thoughts in Solitude. | ||
| 1959 | The Secular Journal of Thomas Merton; Selected Poems of Thomas Merton. | ||
| 1960 | Octubre, construcción de una ermita para Merton en Mount Olivet. Disputed Questions; Spiritual Direction and Meditation; The Wisdom of the Desert. | ||
| 1961 | The Behavior of Titans; The New Man; New Seeds of Contemplation. | ||
| 1962 | Clement of Alexandria; Original Child Bomb; A Thomas Merton Reader. Dirige un retiro para la plantilla de The Catholic Worker. | ||
| 1963 | Reconocimiento académico de la Univ. de Columbia. Breakthrough to Peace; Emblems of a Season of Fury; Life and Holiness. | ||
| 1964 | La Univ. de Kentucky le concede un “Honorary Doctorate of Letters”. Come to the Mountain; Seeds of Destruction. Encuentro con el Dr. Suzuki en Nueva York. | ||
| 1965 | 20 de agosto, entra formalmente en su ermita. Gandhi on Non-Violence; Seasons of Celebration; The Way of Chuang-Tzu. | ||
| 1966 | Conjectures of a Guilty Bystander; Hagia Sophia; Raids on the Unspeakable. | ||
| 1967 | Mystics and Zen Masters. Concelebración de la ordenación de Dan Walsh. | ||
| 1968 | 13 de enero, elección del padre Flavian Burns como nuevo abad del monasterio. Mayo, visita California y Arizona. Septiembre, visita distintos puntos del país; viaja a Asia (AJ: passim): encuentro de benedictinos asiáticos y de abades cistercienses en Bangkok. 10 de diciembre, muere electrocutado en Bangkok. Cables to the Ace; Faith and Violence; Zen and the Birds of Appetite; Monks Pond. Publicaciones póstumas | ||
| 1969 | Contemplative Prayer; The Geography of Lograire; My Argument with the Gestapo; The True Solitude. | ||
| 1970 | Opening the Bible. | ||
| 1971 | Contemplation in a World of Action; Early Poems: 1940-1941; Thomas Merton on Peace. | ||
| 1973 | The Asian Journal of Thomas Merton. | ||
| 1974 | Cistercian Life; The Jaguar and the Moon. | ||
| 1975 | He is Risen. | ||
| 1976 | Ishi Means Man; Meditations on Liturgy. | ||
| 1977 | The Collected Poems of Thomas Merton; A Hidden Wholeness; The Monastic Journey. | ||
| 1978 | A Catch of Anti-Letters (with Robert Lax). | ||
| 1979 | Love and Living. | ||
| 1980 | The Nonviolent alternative; Thomas Merton on St. Bernard. | ||
| 1981 | Day of a Stranger; Introductions East and West; The Literary Essays of Thomas Merton; The Niles-Merton Songs. Introductions East and West: The Foreign Prefaces of Thomas Merton. | ||
| 1982 | Woods, Shore and Desert: A Notebook, May 1968. | ||
| 1985 | The Hidden Ground of Love: Letters on Religious Experience and Social Concerns; Eighteen Poems. | ||
| 1988 | A Vow of Conversation: Journals 1964-65; Encounter: Thomas Merton & D. T. Suzuki; cassettes on Monastic Lessons. Thomas Merton in Alaska: The Alaskan Conferences, Journals and Letters. | ||
| 1989 | Reflections on My Work; The Road to Joy: Letters to New and Old Friends; Nicholas of Cusa; Preview of the Asian Journey. | ||
| 1990 | The School of Charity: Letters on Religious Renewal and Spiritual Direction. | ||
| 1990 | The School of Charity: Letters on Religious Renewal and Spiritual Direction. | ||
| 1992 | Springs of Contemplation: A Retreat at the Abbey of Gethsemani. | ||
| 1993 | The Courage for Truth: Letters to Writers. | ||
| 1994 | Witness to Freedom: Letters in Times of Crisis. | ||
| 1995 | Passion for Peace: The Social Essays of Thomas Merton; Journals, vol. 1; At Home in the World (Letters with Rosemary Radford Ruether). | ||
| 1996 | Journals, vols. 2, 3, 4; Thomas Merton’s Four Poems in French. | ||
| 1997 | Journals, vols. 5 and 6; Thomas Merton and James Laughlin: Selected Letters; The Letters of Thomas Merton and Czeslaw Milosz. | ||
| 1998 | Journals, vol. 7. | ||
| 1999 | The Intimate Merton: His Life from his Journals. | ||
| 2001 | When Prophecy Still Had a Voice: The Letters of Thomas and Robert Lax. | ||
| 2002 | Survival or Prophecy? The Letters of Thomas Merton and Jean Leclerq. | ||
| 2003 | Seeking Paradise: The Spirit of the Shakers; The Inner Experience: Notes on Contemplation. | ||
| 2004 | Peace in the Post-Christian Era. | ||
| 2005 | In the Dark Before Dawn: New Selected Poems of Thomas Merton. Cassian and the Fathers. | ||
| 2006 | The Cold War Letters; Pre-Benedictine Monasticism. | ||
| 2007 | In My Own Words: Lent and Eastern Wisdom from Thomas Merton. | ||
| 2008 | Introduction to Christian Mysticism. A Life in Letters: The Essential Collection. | ||
| 2009 | The Rule of St. Benedict. Compassionate Fire: The Letters of Thomas Merton and Catehrine De Hueck Doherty. | ||
| 2010 | Monastic Observances. | ||
| 2011 | Fragmentos de un regalo: La correspondencia entre Thomas Merton y Victoria | ||
| 2012 | Ocampo. | ||
| 2013 | The Life of the Vows; On Christian Contemplation; On Eastern Meditation. Selected Essays. In the Valley of Wormwood: Cistercian Blessed Saints of the Golden Age. | ||
| 2014 | The Letters of Thomas Merton and Victor and Carolyn Hammer: Ad Majorem Dei Gloriam. | ||
| 2015 | Early Essays: 1947-1952; Charter, Customs and Constitutions of the Cistercians; The Letters of Robert Giroux and Thomas Merton. | ||
| 2016 | The Cistercian Fathers and Their Monastic Theology. | ||
| 2017 | A Course in Christian Mysticism; From the Monastery to the World:The Letters of Thomas Merton and Ernesto Cardenal. | ||
| 2018 | Cistercian Fathers and Forefathers: Essays and Conferences. | ||
| 2019 | Medieval Cistercian History; A Course in Desert Spirituality; | ||
| 2020 | Beholding Paradise: The Photographs of Thomas Merton. |
CAPÍTULO I
Breve semblanza de Thomas Merton
En lo que sigue vamos a intentar una sencilla aproximación a la figura de Thomas Merton desde tres puntos de vista complementarios: en un primer acercamiento recogeremos los testimonios de algunas de las personas que estuvieron más cerca de él; no es extraño todavía hoy, y aún entre aquellos que no lo conocieron personalmente, escuchar declaraciones de sincera admiración desde los ámbitos más diversos, pues al presentar de una manera abierta su vida, sus reflexiones, sus preocupaciones más hondas, íntimas y universales, Merton enseguida despierta en los lectores resortes de identificación y empatía. A menudo el lector se siente increpado, en ocasiones puede irritarse y mostrar un manifiesto desacuerdo, pero siempre se sentirá aludido personalmente y en su totalidad. Mil nombres, casi de modo literal y desde la infancia,1 intentaban vanamente esbozar su riqueza de rasgos personales y las múltiples facetas que tuvo ocasión de desplegar desde una opción de vida orientada a un sólo propósito. Debajo de los mil nombres, un sólo rostro, el de un hombre libre pugnaba por abrirse paso como un icono viviente dejando asomar tras algunos rasgos acusados una personalidad a la vez vacía y plena, o como un coro de voces que celebrara el silencio insondable desde el que emergen y con el que se funden. En una segunda aproximación, dejaremos hablar a Merton sobre sí mismo y especialmente sobre su propia noción de identidad. En el tercer acercamiento, presentaremos sucintamente y una vez más de manera obligadamente panorámica, la producción escrita de Thomas Merton, en realidad su expresión más genuina, una conversación permanente, apasionada y compasiva, consigo mismo y con sus semejantes, con su soledad y con su sociedad.
I
En su libro sobre Merton, Paul Wilkes2 puede ayudarnos a entender las razones para tal grado de empatía entre un autor y sus lectores. En esa compilación de testimonios se recogen las impresiones de algunas de las personas que tuvieron oportunidad de conocerle personalmente y el material queda organizado en torno a cinco facetas: la de escritor, profeta, amigo, monje y peregrino.
Respecto a la primera, en la entrevista con uno de sus editores, Robert Giroux, este lo considera “a remarkable American, writer, poet, thinker and monk... he was very much a man of his own times”,3 mientras que el escritor Lawrence Ferlinghetti agradece la contribución del poema de Merton, “Chant to Be Used in Procession Around a Site with Furnaces”, en la iniciativa editorial Journal for the Protection of All Beings, de 1961, en la que también colaboraron Norman Mailer, Albert Camus y Bertrand Russell.4
Ernesto Cardenal, en otro valioso testimonio, recuerda su relación con Thomas Merton en su periodo de formación presacerdotal; al privilegio de poder ser acompañado por un gran maestro espiritual, le sucedía el desconcierto por el interés que Merton mostraba por Nicaragua, por la situación social del país y por los poetas y escritores latinoamericanos en el que parecía centrarse toda su dirección espiritual. Al principio Cardenal confiesa que sentía que estaba desaprovechando esos encuentros “espirituales”, pero Merton fue haciéndole ver en esas conversaciones que no tenía por qué renunciar a las realidades de su tiempo y circunstancias particulares, que no debiera haber conflicto alguno entre la vida contemplativa y una vida de acción. Cuando Cardenal fundó la comunidad de Solentiname, en Nicaragua, al pedir a su maestro espiritual unas directrices para su establecimiento, la respuesta de este fue que la primera regla consistiría en que no habría regla alguna. “He wanted to establish a community where there were no habits, no rules, where the faithful could coexist with the communists —and this was before Vatican II”.5
La cantante Joan Baez evoca con emoción haber adaptado una melodía para el poema que Merton escribió en recuerdo de su hermano John Paul, muerto en combate en la segunda guerra mundial.6 En otra evocación, James Forest, editor del Catholic Worker, destaca la tremenda energía que Merton desplegaba y la impresión que le produjo su explicación de la celebración de la Misa: “Merton immediately started talking about the Mass as a kind of dance where in fact time does break into eternity and eternity breaks into time... This is a dance, we are doing a dance, and God is in this dance”.7
Robert Lax, poeta y amigo personal de Merton, con quien mantuvo correspondencia durante muchos años,8 hace una interesante observación que descubre la particular impronta católica de Merton al final de su vida: “Whether he agreed with Teilhard or not in all things, he certainly agreed with him in the idea that all things that go up must converge, and he could feel that particularly those in all monastic traditions of the world were beginning to converge”.9 Para W. H. Ferry, fundador del Centro para el Estudio de Instituciones Democráticas de Santa Bárbara, en California, Merton miraba el mundo con caridad en primer lugar, después con sabiduría, y por último con un maravilloso sentido de ironía. En su opinión, no fue sólo una figura religiosa sino ante todo un hombre íntegro, simplemente un ser humano sin ornamentación alguna.10
La hermana Mary Luke Tobin, fundadora del Centro Thomas Merton en Denver, pone el acento en la voz de Merton en la lucha por la conquista de los derechos civiles: “in fact he had been in correspondence with Martin Luther King, and King was coming to Gethsemani for a visit”; y enseguida añade: “Merton was always against the split, the dichotomy between spiritual and material, the political and the religious… He saw contemplation not as some abstract, otherworldly act but as reality, the real within the real”.11
Para Flavian Burns, abad de Gethsemani en 1968 y el responsable de su viaje a Asia ese mismo año, la conciencia de Dios y de su propósito en el mundo impregnan la vida y la obra entera de Merton: “I think this was why he was autobiographical in his nature. He realized himself to be a divine mystery; God created him, God had called him into being. He had divine meaning, and he was existential enough to grapple this in his own person and his own life”.12
Para John Eudes Bamberger, novicio bajo la dirección de Merton en 1950 y elegido abad de un monasterio dependiente de Gethsemani cercano a Nueva York en 1971, lo más destacable de la personalidad monástica de Merton procedía de su experiencia del perdón: “somehow, he was able, because of the experience of God, to believe that God had recreated his innocence. God gave him compassion, and that made the difference”.13 Bamberger sitúa el inicio de su vida espiritual en una experiencia que el propio Merton relata en su autobiografía, durante su estancia en Roma, poco después de morir su padre, cuando este se le hizo presente repentinamente en la habitación del hotel (SSM: 111). Su padre, que había sido pintor y que, debido al tumor cerebral, ya no podía hablar la última vez que Merton lo visitó en el hospital, seguía allí, sin embargo, trazando pequeñas figuras, santos bizantinos, diminutos símbolos de una profunda religiosidad. La presencia espiritual de su padre fue la catalizadora de una serie de definitivos cambios interiores. En cuanto a su convivencia cotidiana, los rasgos más destacados, a veces en un contraste difícil de asimilar, eran su sentido del humor a la vez que su carácter cortante, directo, en continua demanda del aprecio de los otros, accesible pero independiente: “I think part of his extroverted ways was an expression of that need to be appreciated, to be loved, as perhaps he never had been. That’s where he was complex. He also needed silence and solitude but when he was in a crowd he was very quickly the center”.14
Para Jean Leclerq, autor reconocido como autoridad en san Bernardo, el padre de los cistercienses, sobre el que ha escrito de manera exhaustiva, el carácter de la espiritualidad de Merton queda resumido en la radical orientación de la totalidad de la vida como oración: “Not so much prayer as an activity, as an obligation, a particular exercise, but a prayer life. To be a pray-er. Each one according to his environment”. Y una vez más señala cómo su soledad y su solidaridad estaban entreveradas: “The more alone he was, the more his horizons were open. So I think Merton showed that it’s for ordinary people to have a real prayer life and to be committed to universal concerns at all levels”.15
Lejos del anterior físicamente, pero no en espíritu, su santidad el Dalai Lama, con quien tuvo la fortuna de entrevistarse en su último peregrinaje asiático, lo considera “a Catholic Geshe (‘a learned one’)” y también “a holy man”, y explica al respecto: “a holy man is one who sincerely implements what he knows… and despite his knowledge or his position, lives a very simple way of life and is honest, and respects other people”.16
Para Thich Nhat Hanh,17 monje budista exiliado de Vietnam por motivos políticos, resulta difícil rememorar su aspecto, pero no su actitud: “He was open to everything. I remember that I told him about my being a Buddhist novice in Vietnam. About my life. And that was very interesting to him. He wanted to know more and more. He did not talk so much about himself”.18
Por último, dentro de esta caleidoscópica colección de testimonios, el arzobispo Jean Jadot, presidente del Secretariado Vaticano para los no cristianos en Roma, resume en tres los valores para los que Merton encontró una dimensión más honda: en primer lugar, nuestra relación con la naturaleza; a continuación, nuestra relación con la interioridad como algo natural, básico, común y esencial para todos los seres humanos y no exclusiva de ninguna élite de signo secular o religioso; y finalmente, nuestra relación con los otros de una manera completamente personal, una relación de comunión como la forma de comunicación más genuina, en comunidad por tanto mejor que en colectividad. Jean Jadot, a la luz de los escritos de Merton y de sus múltiples y variadas amistades, reconoce asimismo en su persona el carisma de un auténtico maestro espiritual.19
Con otra orientación distinta a la de Wilkes, pero igualmente valiosa, Monica Furlong, en el epílogo a su biografía de Thomas Merton,20 apunta algunos rasgos de su personalidad, luces y sombras de una vida compleja y rica, aunque también sencilla y pobre en otro sentido. Quizá debido a su orfandad temprana, a su permanente búsqueda de un hogar más allá del que pudiera ofrecerle su estancia terrena, a su necesidad imperiosa de encontrar estabilidad, se pueda entender mejor el sello de su marginalidad, su soledad constitutiva y también su enorme calor humano, ese difícil equilibrio entre una entrega compasiva y una distancia infranqueable. Pronto, señala, se sintió llamado a una misión “especial” en su vida, de modo a veces romántico, y en ocasiones extremas cercano a adoptar posturas neuróticas. La grandeza de su propósito, junto con el reconocimiento abierto de sus conflictos, contradicciones, frustraciones y equívocos, y la expresión desnuda y apasionada de todos ellos en su obra configuran un espejo de auténtica dimensión humana en el que tal vez podemos ver un reflejo de la pequeña gran dignidad compartida, el espectro de nuestra doble naturaleza, caída e inocente, contingente pero trascendente. Reconociéndose producto de su tiempo, de su clase y de su sociedad, quiso renegar de ellos para descubrir su yo verdadero en un paradisus claustralis (WS: 332-351), pero el propio monasterio, así entendido, quedaba reducido, en la clausura de un microcosmos, a otra versión sublimada del mundo que pretendía abandonar. Si su reclusión monacal iba a convertirse en un ejercicio de separación, entonces el significado religioso de la misma quedaría pervertido y disfrazaría, con oropeles de espiritualidad, un núcleo escondido de desprecio, miedo y culpa hacia la condición humana. Sin embargo, el propósito sincero de unión amorosa transformó providencialmente el potencial escenario de separación en un recinto para una cercanía más honda, en un espacio de comunión: “He plunged with extraordinary zeal into everything that made up the public consciousness of the 1960s, from presidential elections to fallout shelters, from Bob Dylan to ecumenism, from the beat poets to the renewal of the Catholic Church. He was passionately engaged”.21 La misma autora señala sus frecuentes problemas de salud, su tendencia a trabajar de manera extrema, tanto física como intelectualmente, su asombrosa capacidad de lectura y escritura, su fidelidad permanente a la regla monástica, con el cumplimiento diario de las horas prescritas para la oración y la meditación además de su exploración seria de las vías del yoga y el zen.
En todas estas aproximaciones no es difícil empezar a atisbar en el eje de la personalidad de Merton una realidad paradójica, cuando no abiertamente contradictoria, como acertadamente ha destacado en otro lugar Lawrence S. Cunningham.22 El primer hecho desconcertante, y central en esta sucinta introducción, es su exposición como personaje público. Lo que en opinión de ese autor hace de Merton una figura pública es su concepción de la vida contemplativa como un asunto que no podía quedar circunscrito meramente al ámbito privado. Cunningham sugiere que la paradoja de la elección de su milieu monástico y todas las que de ella se derivan quedan resueltas finalmente en el compromiso radical de Merton, desde las estructuras monásticas, no con ellas sino ante todo con Dios. Poseedor de un vasto conocimiento de su tradición y habiendo alzado en ocasiones la voz en favor de la reforma de la vida monástica, nunca se detuvo con especial empeño en cuestiones superficiales o meramente formales. Sin embargo, mostró un celo extremo en cuidar que la soledad monástica no se confundiera con la sutil construcción de una torre de marfil frente a la sociedad, y por eso insistió en la idea de que algunos monjes de probada capacidad y madurez pudieran establecer un diálogo serio con todas aquellas personas interesadas en las dimensiones internas del crecimiento humano y de la experiencia espiritual: poetas, filósofos, psiquiatras, artistas que pudieran reconocer en los monjes a otros “profesionales” como ellos mismos aunque deliberadamente escogen una clase de experiencia de otro orden y una visión diferente en su vida profesa.
Todas estas aproximaciones, a modo de pinceladas, pueden aún parecer una invitación a proyectar nuestra propia imaginación sobre una persona de rasgos concretos bien definidos, idealizándola de forma ingenua. En un entrañable escrito, Matthew Kelty nos describe su humanidad más cercana: manos y pies pequeños, vestir descuidado, siempre atento ante el interlocutor, de mirada rica y agradecido ante cualquier excusa para unas pequeñas pausas regaladas a una conversación siempre llena de buen humor y jovial, si bien presto a concluirla casi bruscamente cuando sentía que esta había llegado a término. Tenía un acusado sentido de la economía del tiempo, y aunque no escatimaba su dedicación a los otros, tampoco consentía entretenimientos vanos. En su opinión, “he had a great reverence for time, had a sacramental view of it”.23 Poseía una extraordinaria capacidad de concentración y era organizado y disciplinado en su trabajo; en sus escritos, añade, seguía un patrón de escritura regular hasta obtener su versión mecanografiada. Planificaba sus días hasta el menor detalle, aunque sistematizar todas las actividades no le producía tensión. Afable y abierto en la conversación, siempre ofrecía ángulos originales ante el tema que se abordara, y si bien escuchaba con sumo respeto, cuando tenía alguna firme convicción difícilmente se le podía hacer cambiar de punto de vista. Escribía con portentosa rapidez, y nunca utilizaba los periodos de siesta diurna para decansar, aunque tampoco se consentía, ni consentía a los novicios, prolongar los periodos de trabajo más allá de lo prescrito para robárselo a los tiempos asignados a la oración. Sentía una profunda aversión por lo que él consideraba decoraciones extravagantes en ciertas festividades especiales como las Navidades o Corpus Christi. Disfrutaba especialmente de las horas de oración nocturna. Respecto a su relación con la lectura, “he was fussy, though he read much and widely. He kept in close touch with the library, knew what new books came in, checked the periodicals regularly”.24 Sentía, prosigue, un gran amor por las personas y por la naturaleza, y sus caminatas por el bosque le proporcionaban horas de sencilla felicidad. Por el contrario, era poco amigo de la maquinaria agrícola, y su visión de la gestión de una granja era más romántica que práctica, aunque en otros aspectos sentía una gran admiración por los beneficios de la tecnología. Apreciaba asimismo las destrezas manuales de todo tipo, aunque él mismo era desmañado; sus habilidades culinarias eran escasas y usaba las herramientas con torpeza. Entre la comunidad no destacaba de manera especial, y hay quien tardó años en identificar al Padre Louis con el famoso escritor de la narrativa de conversión que llegó a ser un superventas. En suma: “He said what he thought and did what he thought should be done, and that was all there was to it. And what he said and what he did was rooted in love for God and man”.25 Era, concluye, un hombre plagado de intuiciones e inspiraciones, y mostraba valentía para traducirlas al terreno de lo real por medio de acciones concretas, aún a riesgo de equivocarse, y no quedó exento de algunos grandes errores. Así pues, para Matthew Kelty, Merton fue una suerte de espíritu divisorio, una “bandera discutida”, un interrogante abierto en demanda de respuesta, un hombre libre: “He belonged to nobody, free as a bird. He could not be categorized, labeled, pigeonholed. And he had vision. Putting this together makes it clear that the fire in him burned not only himself, but burned many around him as well”.26
En definitiva:
Merton reveals himself as one human being with perhaps greater possibilities than most of us (extraordinary combination of talents and interests), and undoubtedly more realizations. He stands before us —occasionally tempted to pose— as contemplative monk (man of mystical prayer, cenobite, Master of Novices, hermit); versatile writer (autobiographer, poet, novelist, commentator, critic, essayist, meditator-on-paper); passionate intellectual (probing literature, art, theology, philosophy, history, psychology, the traditions of many cultures); committed seeker of justice (for minorities, the underprivileged, the oppressed, the rejected, the ignored and forgotten ones); lover of peace (among nations, races, religious traditions, and within the individual heart). Thomas Merton does not put himself forth as a paradigm; he does not give us a model but “only” himself.27
II
Los apelativos para referirse a Thomas Merton no cesaron de proliferar: “bridgeperson”,28 “monastic sport”,29 “solitary”,30 “man of prayer”,31 “evolving monk”,32 “Zen master”,33 “monk of renewal”,34 “ecumenical monk”,35 “peacemaker”,36 “contemplative critic”,37 “friend of Latin America”,38 “monk on a journey”,39 “pilgrim in process”,40 etc. También él mismo resolvió mostrarse al mundo con multitud de nombres a modo de guiños, “disfraces” oportunos o heterónimos necesarios; detrás de todos ellos, y en su representación, se sintió llamado a una identidad sin atributos; desde ese nuevo ser continúa hablando un hombre nuevo de nombre impronunciable, y en su inefabilidad tal vez más cercano a nosotros que nuestras frecuentemente equívocas señas de identidad: “Because You have called me here not to wear a label by which I can recognize myself and place myself in some kind of a category. You do not want me to be thinking about what I am, but about what You are. Or rather, you do not even want me to be thinking about anything much: for you would rise me above the level of thought. And if I am always trying to figure out what I am and where I am and why I am, how will that work be done?” (SSM: 421). Un año antes de morir, Merton escribía de sí en los siguientes términos:
Born 1915 in Southern France a few miles from Catalonia so that I imagine myself by birth Catalan and am accepted as such in Barcelona where I have never been. Exiled from Catalonia I came to New York, then went to Bermuda, then back to France, then to school at Montauban, then to school at Oakham in England, to Clare College Cambridge where my scholarship was taken away after a year of riotous living, to Columbia University New York where I earned two degrees of dullness and wrote a Master’s thesis on Blake. Taught English among Franciscan football players at St. Bonaventure University, and then became a Trappist monk at Gethsemani KY in 1941. First published book of poems 1944. Autobiography 1948 created a general hallucination followed by too many pious books. Back to poetry in the fifties and sixties. Gradual backing away from the monastic institution until I now live alone in the woods not claiming to be anything, except of course a Catalan. But a Catalan in exile who would not return to Barcelona under any circumstances, never having been there. Recently published Raids on the Unspeakable, Conjectures of a Guilty Bystander, Mystics and Zen Masters, have translated work by poets like Vallejo, Alberti, Hernández, Nicanor Parra, etc. Proud of facial resemblance to Picasso and/or Jean Genet or alternatively Henry Miller (though not so much Miller).41
El texto es interesante por distintos motivos, pero lo que merece señalarse ahora es que en él revela cómo, de una forma asombrosa y paradójica, y a pesar de su decisión radical de adoptar una nueva forma de vida, esta iba a terminar por cumplir los designios iniciales de su madre, el proyecto educativo que Ruth Merton concibiera para sus hijos Tom y John Paul; en su temprana autobiografía el joven monje se encontraba aún lejos de sospechar tal cosa de sí mismo, y así, aún en contra de sus expectativas, el párrafo que sigue resultaría casi profético:
Mother wanted me to be independent, and not to run with the herd. I was to be original, individual; I was to have a definite character and ideas of my own. I was not to be an article thrown together, on the common bourgeois pattern, on everybody else’s assembly line. If we had continued as we had begun, and if John Paul and I had grown up in that house… we would have turned into good-mannered and earnest sceptics, polite, intelligent, and perhaps even in some sense useful. We might have become successful authors, or editors of magazines, professors at small and progressive colleges. The way would have been all-smooth and perhaps I would never have ended up as a monk. (SSM: 11)
Es cierto que Merton no terminó siendo solamente un escritor, pero uno de sus mayores conflictos de lealtad42 lo supuso el que mantuvo entre su papel de monje y de escritor durante toda su vida monástica; por otra parte, pese a su resistencia, sí acabaría después de todo siendo un autor famoso, y editor de una pequeña revista contracultural,43 y aunque no fue profesor universitario, ejerció un oficio semejante en sus responsabilidades consecutivas como maestro de escolásticos y maestro de novicios, impartiendo conferencias de carácter muy diverso.44
Con todo, no podemos pasar por alto que hay una enorme diferencia entre el joven intelectual de ropaje secular, sofisticado, familiarizado con los movimientos artísticos de vanguardia, lector ávido, y estudiante febril, peregrino mundano en Europa y América, y el mismo joven, esta vez con un hábito religioso que iba a significar mucho más que un mero cambio de apariencia, incluso si esa elección radical estuviera inicialmente impregnada de romanticismo. La diferencia radica en que su nueva vida habría de estar orientada a un sólo propósito, renunciando a cualquier otro proyecto personal, y por encima de toda otra determinación familiar o social. En su trayectoria monástica, su comprensión de lo que es un monachos habría de sufrir alteraciones hasta alcanzar resonancias universales, o podríamos decir, hasta hacerse “integradora”, esto es, inclusiva del hecho religioso esencial en cualquiera de sus manifestaciones. El monachos solitario habría de transformarse en un monachos solidario.
Quizá convenga, antes de aventurarse en la exploración mertoniana de ese “rostro original” que constituye la médula de toda búsqueda religiosa, recorrer el abanico de identidades diferentes que Merton adoptó a lo largo de su vida. Nicholls y Kent45 establecen varias etapas, muchas veces solapadas.
La primera, una etapa de búsqueda de arraigo social, resultó especialmente ardua en su caso, por proceder de una familia de orígenes distintos —su madre era estadounidense y su padre de Nueva Zelanda, y por verse obligado a pasar su niñez y juventud en tres países diferentes; esta etapa inicial concluiría significativamente con la obtención de la nacionalidad norteamericana, una década después de su ingreso en el monasterio. Ahora su condición de ciudadano extemporáneo y contemporáneo, de católico converso, primero “romano” y finalmente “universal”, y de americano por libre decisión, le iba ofrecer la oportunidad con mucha frecuencia, como deber de conciencia y como imperativo cívico, de alzar la voz ante los hechos moralmente reprobables que tuvieron lugar en los Estados Unidos o en otros países directamente afectados por las intervenciones, cuando no injerencias, políticas de su gobierno.
Antes de haber concluido esa primera etapa, de acuerdo con Nicholls y Kent, emprendería una nueva búsqueda de filiación religiosa, otra forma de pertenencia que empezaría a sustanciarse con su conversión al catolicismo en noviembre de 1938, y que continuaría consolidándose de modo firme hasta su ingreso en la orden trapense y allí, con la adopción simbólica de un nuevo nombre, Brother Louis. Bajo esta nueva guisa, tres nuevas búsquedas iban a tener lugar, derivadas de la primera, y cada una de ellas más exigente que la anterior: la del monacato, la de la contemplación, y por último, la de la santidad. Simultáneamente, su vocación de escritor experimentó distintas redefiniciones: al principio, supuso una amenaza para la vida religiosa, más tarde aportó una faceta complementaria a la de la contemplación —recordemos que Elena Malits se refería a Merton como “a meditator-on-paper”— y por último sirvió para dar cumplimiento a una llamada irrenunciable. Hacia el final de su vida veremos emerger a un monje diferente, ansioso por abrirse paso más allá del “ghetto Catholicism” y de ciertas estructuras monacales, bien que no de su espíritu, consecuente con el auténtico aliento ecuménico de los monasterios católicos, en pos de una mirada más universal y sin etiquetas particulares, la de un ser humano pleno, un “hombre nuevo” y portador, en su vida, de una buena nueva. En ese desarrollo resulta de crucial importancia su interés creciente por la vía del zen, y su afinidad con el talante espiritual de sus representantes o de representantes de otras corrientes de afín sensibilidad.46 Lejos de cualquier falso rumor, no se trataba de que renegara de su credo o de su condición; por el contrario, esa apertura suponía otra forma de hospitalidad antes que de hostilidad monástica y una expresión de libertad interior:
We begin to divine that Zen is not only beyond the formulations of Buddhism but it is also in a certain way “beyond” (and even pointed to by) the revealed message of Christianity. That is to say that when one breaks through the limits of cultural and structural religion —or irreligion— one is liable to end up, by “birth in the Spirit”, or just by intellectual awakening, in a simple void where all is liberty because all is actionless action, called by the Chinese Wu-wei and by the New Testament “the freedom of the sons of God”. (ZB: 8)
Su madurez final, de la que deja buena constancia su último diario, The Asian Journal, nos muestra una persona íntegra, transformada, capaz de establecer diálogo con personas de cualquier credo o procedencia, representantes seculares o religiosos, personas de renombre de su tiempo y hombres y mujeres corrientes, niños, jóvenes o ancianos; un observador compasivo, atento y ecuánime de la humanidad entera, del arte, de la naturaleza, de la cultura; una persona como aquella a la que él mismo se refería al hablar del místico: “In Christian mystical experience the identity of the mystic is never purely and simply the mere empirical ego —still less the neurotic and narcissistic self— but the ‘person’ who is identified with Christ, one with Christ” (ZB: 75).
A continuación, a fin de entender la multiplicidad de identificaciones de Merton, y lo que todas ellas apuntaban, conviene señalar, siquiera brevemente, las claves fundamentales de su religiosidad, basada en el discernimiento del verdadero y del falso yo, y de tal naturaleza que le conduciría a establecer un fructífero diálogo con la cultura contemporánea. Al decir de Nicholls y Kent:
Merton’s doctrine of identity appears to us not only to reflect his own authentic experience, but to be a useful contemporary language for speaking about self-transformation. As such, it provides a bridge on which traffic can move in more than one direction. This language is a kind of ecumenical lingua franca for the discussion of mysticism among people whose own symbol-systems may be very different. It touches post-Freudian psychology, humanistic and transpersonal psychologies, and the contemporary discussion of social alienation, in one direction, while in another makes contact with the Asian psychologies, Hindu and Buddhist, of liberation, self-realization and enlightenment. The student of mysticism can also walk across the bridge, provided he is able to set foot upon it, to gain entry into the theistic world of Christian mystical theology, since Merton’s way of speaking provides an intelligible meaning for its key terms. The exponent of interreligious dialogue can likewise use it to move, as Merton himself did, from Christianity to Zen or back again, and from either or both to the world of psychology and religious studies.47
Fundamentalmente, para Merton toda búsqueda religiosa supone un intento de dar respuesta a la cuestión de nuestro verdadero ser: ¿quién soy yo? Antes que metafísica, antes que psicológica, y además de religiosa, esa exploración, si es sincera, es ante todo existencial, pues requiere orientar las energías del ser entero, en su actualidad concreta, hacia esa punzante indagación. Según Merton, la pretensión del ser humano por erigirse en autor de sí mismo, separado de su Creador, es lo que da origen a un presupuesto existencial erróneo y a nuestra naturaleza “caída”. En esa equívoca creencia radica el origen de nuestro falso yo.
Todas las formas de alienación humana, en última instancia, se reducen a un error primario en la percepción de nuestro propio ser, a la ignorancia o el olvido de nuestra verdadera realidad. La búsqueda religiosa se asemeja al viaje de retorno del hijo pródigo, esto es, implica el regreso del exilio iniciado por Adán, nuestro yo verdadero antes de ser expulsado del paraíso, a nuestro hogar de origen y morada esencial. Las prácticas de purificación y ascesis religiosas, el silencio, la soledad, la oración y la contemplación no son sino medios o vehículos para el viaje de regreso a nuestro interior a fin de desandar el camino trazado por Adán para, de ese modo, restablecer el contacto con nuestro auténtico Creador. El mundo existe para el ser humano como ocasión de redención, como el lugar de encuentro entre Dios y la persona, pues en el mundo Dios se encarna en Cristo, que habita entre mujeres y hombres para mostrar la victoria sobre la muerte; pero el mundo también existe como fabricación de los sueños humanos, como una elaborada burbuja de autopercepción, un lugar de exilio y negación de Dios. La ambivalencia del término “mundo” explica por qué el cristiano está llamado a vivir en el mundo sin ser del mundo, y por qué unas veces su credo parece exigirle ser conciliador y portador de unión y otras comportarse como una espada divisoria. Una lectura a menudo ciega de esa invitación ha conducido a algunos cristianos a adoptar actitudes extremas de negación y menosprecio de las realidades materiales, cotidianas y concretas; con esa invitación, empero, señala Merton, tan sólo se nos sugiere que rechacemos aquellos aspectos del mundo que son obra de la fabricación colectiva de nuestras falsas identidades, es decir, las ficciones o “mitos” que puedan estar en el origen de sistemas totalitarios, y todas las formas de idolatría que den lugar a formas de explotación y dominio. Merton enfatiza la importancia de una vivencia real y directa, sin autoengaños, de nuestra existencia cotidiana: “From the moment you put a piece of bread in your mouth you are part of the world. Who made the bread? Where did it come from? You are in relationship to the guy who made this stuff. And what is your relationship with him? Do you deserve to be eating this stuff... do you have a right to it? That is the world and that is no illusion”.48 Sólo que esa existencia puede quedar pervertida y distorsionada si no está auténticamente anclada en el fundamento de nuestra realidad. La práctica cristiana común tiene por objeto arraigar lo concreto en lo más hondo, hasta ver a Dios en los pucheros, en la expresión de Santa Teresa, y penetrar en “el corazón de la materia”, en la imagen de Teilhard de Chardin, y esa es, a su parecer, la especial contribución que el monacato puede ofrecer al mundo. Eso explica, por parte de Merton, que su periodo de reclusión eremítica coincida con su preocupación creciente por las realidades sociales de su tiempo y su denuncia abierta y comprometida de las injusticias del momento. Porque si es cierto que el descubrimiento del verdadero yo viene facilitado por condiciones tales como la soledad y el silencio, no lo es menos que ese mismo descubrimiento viene además acompañado por un redescubrimiento del verdadero mundo, un lugar de relación, constituido por seres humanos compartiendo su humanidad, construyendo comunidad a partir de su “común-unidad”. De manera paradójica, el propio testimonio de Merton parece señalar, hay quienes encuentran la soledad en medio de sus semejantes y otros encuentran la sociedad en el corazón de la soledad más extrema. Mas el verdadero yo no aprecia en ese hecho conflicto alguno pues abraza tanto la soledad como la sociedad, mientras que el falso yo rechaza ambas; para el primero, la comunicación se transforma en comunión, y conoce la realidad por identificación con ella, mientras que para el último la comunicación se deforma en un diálogo de “ismos”, egos aislados: “egoísmos”, y conoce la realidad separándose de ella. El verdadero yo resuelve la paradoja, en soledad o en sociedad, porque sitúa su origen y su destino, su fundamento y su propósito, en Dios; desde ese encuentro con Dios se reconoce a sí mismo y a sus semejantes, y de hecho, se da cuenta de que, en realidad, no hay verdadera alteridad que no se sustente en la Persona que se esconde detrás de todos los rostros, anterior a todos los nombres.
Si Adán es el espejo arquetípico de nuestro falso yo, Cristo es el nuevo Adán, nuestro verdadero yo; y si Adán se vació de Dios para encerrarse en sí mismo, y de ese modo dar origen a su falso yo, nosotros hemos de hacer lo contrario; debemos vaciarnos, sugiere, mediante una práctica de kenosis, de nosotros mismos para llenarnos de Dios; esa es la enseñanza de Cristo y el modelo de comportamiento para el cristiano, y en ese seguimiento la falsa distinción entre “yo” y “los otros” y la separación entre “uno” y “el mundo” se desvanecen: “Once we have accepted the cross... then we become able to realize that the world is in ourselves and the world in ourselves is good and redeemed. And we can accept in ourselves both the evil and the good which are in us and in everybody else and which go to make up the world... We are the world... but we are it as redeemed. Then we see right away that the world is a question of interpenetration”.49 Nuestra identidad real es entonces un instrumento de liberación de lo ilusorio y, a un tiempo, su propia naturaleza ya es libertad: la libertad es tanto el medio como el mensaje de la revelación, su memoria encendida. La libertad final consiste en caer en la cuenta de la naturaleza dada, regalada, de la creación entera y de nosotros mismos en ella. Nuestra naturaleza real es libertad, creada al objeto de procurarnos la libertad final, esto es, la libertad de los hijos de Dios.50
Sin embargo, la tragedia humana consiste en que en cada individuo se encuentra arraigada la adopción, casi instintiva, de una suerte de teología prometeica existencial. Esta consiste, muy brevemente, en la tendencia a deformar a Dios reduciéndolo a un falso yo de dimensiones infinitas, un ego infinito, y en definitiva, una horrorosa y vasta proyección de nuestro propio sistema de autoengaños. El drama del hombre prometeico, que es la antítesis del hombre nuevo, se reduce, pues, a intentar, en un ejercicio de descomunal desafío y arrogancia que no es sino un patético gesto inútil, robar el fuego sagrado que desde el principio ya poseía de manera gratuita: en su intento, aquejado de una ceguera grotesca, se aleja cada vez más del fuego que persigue y del que nunca ha carecido: “Prometheus... cannot enjoy the gift of God unless he snatches it away when God is not looking. This is necessary, for Prometheus demands that the fire be his by right or conquest. Otherwise he will not believe it is really his own” (NM: 35). Pero, explica: “The fire Prometheus steals from the gods is his own incommunicable reality, his own spirit... Yet this being is a gift of God, and it does not have to be stolen. It can only be had by a free gift —the very hope of gaining it by theft is pure illusion” (NM: 24).
Al hombre y a la mujer contemporáneos les cabe tener la valentía de poner en tela de juicio el mecanismo de razonamiento prometeico en su existencia concreta, si se atreven a confrontar sus dilemas existenciales más acuciantes: “Perhaps I am stronger than I think. Perhaps I am even afraid of my strength, and turn it against myself, thus making myself weak. Making myself secure. Making myself guilty. Perhaps I am most afraid of the strength of God in me. Perhaps I would rather be guilty and weak in myself, than strong in Him whom I cannot understand” (CGB: 131). Para Merton, aceptar el don de nuestra auténtica identidad se resume en aceptar la prerrogativa de darnos, pues es dándonos, a su vez, como recibimos el don de nuestra íntima identidad, en sí una incondicional donación. En la lógica del falso yo, por el contrario, como nuestra identidad es “robada”, dar no supone una extensión de nuestro don, sino una privación, o una usurpación, pues Prometeo en nosotros confunde la cualidad gratuita del “ser” con el criterio de cantidad, de “tener”. Merton expresa abiertamente en qué consiste el regalo de nuestro verdadero yo, el nombre verdadero del nuevo Adán: “Love is my true identity. Selflessness is my true self. Love is my true character. Love is my name” (NSC: 60). En esa nueva identidad, el individuo abandona su burbuja solipsista para convertirse en una auténtica persona; sin “ego-ísmo”, lo personal adquiere dimensión universal y el yo verdadero se manifiesta indiviso, inclusivo, libre de condicionamientos pero también de la misma forma, libre para comprometerse de manera concreta con la suerte del prójimo, en sociedad:
The shallow “I” of individualism can be possessed, developed, cultivated, pandered to, satisfied: it is the center of all our strivings for gain and for satisfaction, whether material or spiritual. But the deep “I” of the spirit, of solitude and of love, cannot be “had”, possessed, developed, perfected. It can only be, and act according to the inner laws which are not of man’s contriving, but which come from God. They are the Laws of the Spirit, who, like the wind, blows where He wills. This inner “I”, who is always alone, is always universal: for in this inmost “I” my own solitude meets the solitude of every other man and the solitude of God. Hence it is beyond division, beyond limitation, beyond selfish affirmation. It is only this inmost and solitary “I” that truly loves with the love and the spirit of Christ. This “I” is Christ Himself, living in us: and we, in Him, living in the Father. (DQ: 160)
Por eso la insistencia casi obsesiva de Merton en trascender, sin hacer abstracción de ellos, cualquier condicionamiento familiar, cultural o religioso; con esa actitud, sin embargo, no pretendía alienarse de sus semejantes sino antes bien apelar a su luminosidad última para dar lugar a la transformación de vida a la que, según su íntima convicción, estamos libremente llamados en tanto que hijos de la luz, desde un tiempo sin tiempo, en cada presente concreto:
At the center of our being is a point of nothingness which is untouched by sin and by illusion, a point of pure truth, a point or spark which belongs entirely to God, which is never at our disposal, from which God disposes of our lives, which is inaccessible to the fantasies of our own mind or the brutalities of our own will. This little point of nothingness and of absolute poverty is the pure glory of God in us. It is so to speak His name written in us, as our poverty, as our indigence, as our dependence, as our sonship. It is like a pure diamond, blazing with the invisible light of heaven. It is in everybody, and if we could see it we would see these billions of points of light coming together in the face and blaze of a sun that would make all the darkness and cruelty of life vanish completely... I have no program for this seeing. It is only given. But the gate of heaven is everywhere. (CGB: 142)
Una de las contradicciones más evidentes de Merton la constituye el hecho de que escribiera acerca de la imperiosa necesidad del silencio en nuestra sociedad haciendo un uso exuberante de la palabra, a través de volúmenes y volúmenes de prosa. Sus primeros escritos nos anticipan una explicación que acabaría por resultar casi profética:
I am still trying to find out: and that is why I write.
How will you find out by writing?
I will keep putting things down until they become clear.
And if they do not become clear?
I will have a hundred books, full of symbols, full of everything I ever knew or saw or ever thought. (MA: 52-53)
En efecto, Merton escribió de manera sorprendentemente prolífica, incluso compulsiva, acerca de “todo lo que llegara a conocer, ver, y pensar”. El ejercicio de escritura era a la vez un instrumento de acceso a la realidad y su mayor obstáculo; una expresión desnuda de su paradoja vital más acuciante, pues la elaboración constante de esa compleja gramática del ser que fue su obra actuaba también como la punzante constatación de una inevitable duplicidad en su existencia, de un impulso crónico de carácter casi enfermizo:
His books and articles are filled with indications that for him writing was sometimes work, sometimes recreation, sometimes psychic and spiritual release, but always necessary for Merton to keep going. One suspects that often enough he wrote for reasons not unlike those of people who consume drugs and alcohol: to assure himself he was real. The present writer has listened to an incredibly revealing tape which Merton once sent to a friend in lieu of a letter. He spoke of his compulsions, and especially complained of his constant need “to secrete self-justifications like perspiration”. Indeed, some of Merton’s writing is nearly that sticky! Certainly no one can write so much under such conditions as Merton did, and have it all good.51
Con todo, la propia “enfermedad” de su escritura encierra en sí la fórmula de su definitiva “curación”. Para cada uno de sus libros se podría aplicar la pregunta que él mismo formulara con respecto al libro de los libros. En un pequeño ensayo sobre la Biblia, indica: “When you ask: ‘What is this book?’ you find that you are also implicitly being asked: ‘Who is this that reads it?’... If we ask for information about the meaning of life, it answers by asking us when we intend to start living” (OB: 27, 30).
Precisamente en la religión cristiana, la Palabra revelada ocupa un lugar central, y en el sistema de símbolos de la Escritura, el mundo es signo, y nosotros mismos “imagen” y “semejanza” de Alguien innominable. Nuestra historia sigue un decurso escatológico que es el despliegue de un “discurso” pronunciado desde la eternidad. Northrop Frye, que se ha acercado a ese libro universal desde el punto de vista literario,52 señala, con tal perspectiva, que la Biblia, en cualquiera de sus versiones y traducciones, ha actuado siempre como un artificio retórico generador de imágenes. El modo retórico de la Biblia, subraya, es la proclamación o kerygma, el vehículo de la Revelación, esto es, la información recibida desde una fuente divina objetiva por un receptor humano subjetivo. Para Frye, la Historia que contiene la Biblia posee un carácter mítico, puesto que la intención del mito no es la descripción de situaciones específicas sino su relato de forma tal que su significado trasciende estas situaciones. Lo que distingue a la Biblia de cualquier otro libro sobre la tierra es, para este autor, su peculiar estructura tipológica. La tipología es a la vez un modo de pensamiento y una forma de retórica que se despliega en el tiempo: el tipo puede encontrarse en el pasado y en ese caso el correspondiente antitipo pertenece al presente, o bien encontramos el tipo en el presente y en tal caso localizamos su antitipo en el futuro. Este modo de pensamiento articula una teoría de la historia que asume que esta tiene un sentido, que conduce a un momento que se constituirá en antitipo de los acontecimientos presentes y justificará, finalmente, el sinsentido aparente de lo que sucede en cada actualidad. La tipología, afirma Frye, podría de ese modo funcionar como una analogía de los presupuestos de causalidad que rigen nuestra visión del mundo. Si, como el entramado tipológico establece, existe una correspondencia entre los distintos planos temporales y entre los estratos sociales e individuales, así como entre el pueblo de Israel en el Antiguo Testamento y la figura de Jesús en el Nuevo Testamento, tal correspondencia incluye los acontecimientos de la vida diaria del creyente: somos, de acuerdo con ese modo de pensar, desde antes incluso de nuestro nacimiento, parte de un todo mayor que nosotros, con el que establecemos una especial vinculación, un pacto o una alianza que se cifra en un compromiso de vida con un fundamento inevitablemente religioso.
Otros autores, además de Northrop Frye, han dedicado sus estudios a la Biblia adoptando una perspectiva similar. Para Sacvan Bercovitch53 existe una estrecha relación entre la adopción de la Biblia como norma de vida y la teoría del “plain style” en la narrativa puritana; asumir tal teoría no comportaba para sus representantes renunciar al arte de la palabra sino conformar el lenguaje a las Escrituras. Esto demandaba del predicador, o del escritor, una completa renuncia a las intervenciones egóticas, pues la persona no era, en última instancia, sino un instrumento de mediación de la Palabra. La tipología proporciona, de esa forma, una explicación basada en una arquitectura narrativa que incorpora a su edificio compositivo cualquier acontecimiento real, que así deviene un episodio cargado de significados trascendentes.
De estos apuntes podemos desprender un pequeño corolario para comprender la función que ejercía la práctica de la escritura en Thomas Merton: para este, escribir significaba dar realidad a su doble identidad, de monje y de escritor, y establecer una conciliación entre su yo exterior, compulsivo,54 y en perpetua necesidad de perdón, y su yo interno, esa identidad nueva, redimida, y el instrumento para la “Escritura” de otra “Palabra”, de la cual la suya propia era expresión actualizada. La tensión surgía cuando las dos identidades funcionaban de forma dividida, o cuando la primera asumía un papel predominante sobre la segunda. Eso explica también el modo narrativo en forma de diario adoptado en buena parte de su obra, y la oscilación entre su posición ora como espectador ora como participante. Su “conversación” con el mundo era el resultado, y el propio proceso dinámico, de su experiencia de “conversión”, y simultáneamente una práctica terapéutica necesaria y creativa, que apuntaba más allá de su propia contingencia:
From his conversation with the world, Merton “returned to himself” more converted to his particular task in the world as a monk. Finally, we might say that Father Louis was more a priest for being an autobiographical writer. That writing functioned, in fact, as his ministry to men, and as the means by which it was possible for Thomas Merton to “return to himself” as this individual man. Perhaps Merton was never more a priest, i.e., a mediator between God and man, than when he was telling his life story… Merton’s account of “being who I am” is a story of a man made strong in weakness. Facing the paradoxical truth of Christianity entails a real journey into the unknown, for nobody “knows” that truth except by living it out. Merton made the journey and made it into a story which has a power to move us to undertake our own journey to become ourselves and to make of our lives a story which confesses God’s creative action. Merton speaks to us and helps those who read him discerningly to take a few steps inward, because his life quietly announces the presence of the transforming Word made flesh in Thomas Merton’s flesh-and-blood story of being and transcending himself.55
III
A continuación trataremos de presentar de forma necesariamente breve su obra, y en particular su prosa, para lo cual asumiremos la clasificación de Quinn,56 quien distingue tres estadios en su producción: un primer periodo de huida del mundo, otro de preocupación social, y un tercero de universalismo con influencias orientales; aunque la distinción se efectúa con un propósito didáctico, y destaca deliberadamente sus rasgos más acentuados, debemos indicar que algunos elementos en cada uno de ellos se pueden encontrar de manera solapada en los otras dos.
En su primera etapa Quinn incluye desde su autobiografía, The Seven Storey Mountain (1948) hasta Disputed Questions (1960), abarcando hasta un total de diecisiete libros de prosa. En el camino místico, siempre de forma muy simple, esa etapa sería el equivalente a la vía purgativa; en la vida de Merton su inicio tuvo lugar con la decisión de ingresar en la orden cisterciense, en diciembre de 1941, y su obra iba a reflejar una declarada actitud de contemptus mundi. Su biografía, a la que tendremos ocasión de acercarnos más detenidamente en el siguiente capítulo, anuncia la entrada en un interregno, un paréntesis entre el momento de su separación del mundo y su retorno al mismo, años más tarde, después de una profunda transformación interior que había de pasar por una absoluta inversión de valores: “You have contradicted everything. You have left me in no-man’s land. You have got me walking up and down all day under those trees, saying to me over and over again: ‘Solitude, solitude’. And You have turned around and thrown the whole world in my lap. You have told me, ‘Leave all things and follow me’, and then You have tied half of New York to my foot like a ball and chain” (SSM: 420).
Publicada en el mismo año que su famosa autobiografía, Exile Ends in Glory (1948) es el relato biográfico de la madre Mary Berchmans, religiosa trapense destinada en misión a Japón entre finales del siglo XIX y principios del XX; fue escrito por deseo expreso de sus superiores, y se trata de uno de los libros que peor opinión habrían de merecer a Merton años más tarde: “... there are parts of it that make my stomach turn somersaults. Where did I get all that pious rhetoric? That was the way I thought a monk was supposed to write, just after I had made simple profession” (NMI: 110). Con The Waters of Siloe (1949), Merton presenta una breve historia del monasticismo cisterciense, y en especial de la orden de la estricta observancia, desde sus orígenes benedictinos, pasando por la reforma francesa del siglo XVII de manos de De Rancé y hasta sus comienzos en el Nuevo Mundo, e incluye, además, una descripción de la vida cisterciense contemporánea. Publicada el año siguiente, What Are These Wounds? es otra hagiografía, esta vez de santa Lutgarda de Aywières, mística cisterciense que vivió entre los años 1182 y 1246; también fue un encargo de dom Frederic Dunne, entonces abad de Gethsemani.
En 1951 Merton llevó a cabo el primero, y casi el único, intento de escribir con un enfoque teológico sistemático en The Ascent to Truth, cuyo título se inspira en un ensayo de Jacques Maritain, y que persigue un triple objetivo: “to define the nature of the contemplative experience, to show something of the necessary interior ascesis which leads up to it, and to give a brief sketch of mature contemplation” (AT: 12). En ese ensayo, Merton aborda el misticismo conciliando teóricamente lo que después, en una rara y muy difícil síntesis, interiorizaría en su propia experiencia, esa aparente diferencia entre la vía catafática y la apofática (AT: 25-26), y entre la inmanencia y la trascendencia divinas:
There is no essential difference between the mysticism of “light” and the mysticism of “darkness”. In either case, the experience of God in contemplation is one in which love outstrips the intelligence and attains to Him immediately in the darkness which lies beyond all our ideas. The difference between the two schools, if we can call them such, lies in the language in which they try to express what is essentially the same experience. The mystics of “light” come down out of the cloud and clothe their knowledge of God in positive images and concepts. They know well enough that no imagery can perfectly communicate what they have experienced, but they are bent on making as good a use of concepts as they can. The mystics of “night” are just as eager to use concepts for that purpose. But they insist on the transcendent character of the mystical experience. That is why they keep emphasizing the fact that mystical knowledge is attained in a “cloud of unknowing”. (AT: 292-293)
La integración de ambas vías es de suma importancia, pues en sus extremos pueden conducir al contemplativo a posturas desviadas en relación con su lugar en el mundo, que pueden ir desde el quietismo o el angelismo hasta el hiperactivismo. Por el contrario, y en eso reside tanto el extraordinario mérito de Merton como las inmensas dificultades que encontró, el equilibrio entre ambos implica ubicar a la persona en el centro justo de una cruz que tiene por ejes la acción y la contemplación, el compromiso y el desprendimiento, la libertad absoluta y la obediencia perfecta, el punto de encuentro entre soledad y sociedad por un lado, y entre humanidad y divinidad por otro; la proporción justa entre el uso de la palabra y la renuncia a ella, el sentido adecuado de eternidad y temporalidad, y una actitud hacia el mundo de los objetos a caballo entre la reverencia, en forma de epifanía artesanal o artística, y el pragmatismo.
The Sign of Jonas (1953) es un diario de su experiencia monástica desde diciembre de 1946 hasta julio de 1952. Se abre con la profesión de votos solemnes del entonces joven monje e incluye su ordenación sacerdotal y la adopción de la ciudadanía norteamericana, y con ella, un paso decisivo hacia su regreso al orden temporal y una nueva mirada proyectada sobre el mundo, aunque todavía fluctuante entre el abrazo y la aversión; en su diario, con fecha 23 de junio de 1951, anota: “Within twenty-four hours there would be a sense in which I could definitely speak of all this as ‘my country’” (SJ: 330).
Respecto a su libro Bread in the Wilderness (1953), Merton señala en su prólogo: “This book is not a systematic treatise, but only a collection of personal notes on the Psalter” (BW: 9), y por eso, antes que una exégesis o una meditación sobre los salmos, se acerca a ellos abordando temas de simbolismo, poesía, tipología, liturgia, el sentido sacramental de las palabras, etc.
La publicación de The Last of the Fathers (1954) coincide con el octavo centenario de la muerte de san Bernardo, y con él además se conmemora la publicación de la encíclica de Pio XII, Doctor mellifluus; aunque no se considera uno de los libros principales de Merton constituye una buena muestra de su inmersión en las aguas de la tradición y al mismo tiempo su interés por los pronunciamientos doctrinales contemporáneos.
A pesar del sugerente título No Man is an Island (1955), este libro apenas incluye comentario social alguno, aunque es una continua invitación, en clave contemplativa, al encuentro de Dios en los semejantes y al del prójimo en Dios, para vislumbrar nuestro más profundo centro tras la compleja maraña de espejismos que elaboramos cotidianamente:
Your idea of me is fabricated with materials you have borrowed from other people and from yourself. What you think of me depends on what you think of yourself. Perhaps you create your idea of me out of material that you would like to eliminate from your own idea of yourself. Perhaps your idea of me is a reflection of what other people think of you. Or perhaps what you think of me is simply what you think I think of you. How difficult it is for us to be sincere with one another, when we do not know either ourselves or one another! (NMI: 194)
The Living Bread (1956) constituye una meditación sobre el sacramento de la Eucaristía y The Silent Life (1957) reúne diez ensayos sobre el régimen de vida monástico, en los que define al monje, y lo que significa su huida del mundo:
The meaning of the monk’s flight from the world is precisely to be sought in the fact that the “world” (in the sense in which it is condemned by Christ) is the society of those who live exclusively for themselves. To leave the world, then, is to leave oneself first of all and begin to live for others. The man who lives “in the world but not of it” is one who, in the midst of life, with all its crises, forgets himself to live for those he loves. The monastery aims to create an atmosphere most favorable for selflessness. (SL: 8)
De Thoughts in Solitude (1958), escrito que recoge los pensamientos sobre la vida contemplativa e intuiciones básicas de algunos momentos de meditación durante los años 1953 y 1954, interesa destacar ahora algunas palabras de su prefacio, en las que pone de manifiesto la indisociable relación entre soledad y sociedad, algo que seguiría matizando constantemente desde diversas perspectivas a lo largo de su trayectoria monástica:
In actual fact, society depends for its existence on the inviolable personal solitude of its members. Society, to merit its name, must be made up not of numbers, or mechanical units, but of persons. To be a person implies responsibility and freedom, and both these imply a certain interior solitude, a sense of personal integrity, a sense of one’s own reality and of one’s ability to give himself to society —or to refuse the gift. When men are merely submerged in a mass of impersonal human beings pushed around by automatic forces, they lose their true humanity, their integrity, their ability to love, their capacity for self-determination. When society is made up of men who know no interior solitude it can no longer be held together by love: and consequently it is held together by a violent and abusive authority. But when men are violently deprived of the solitude and freedom which are their due, the society in which they live becomes putrid, it festers with servility, resentment and hate. (TS: 13)
En ese libro insiste en presentar la soledad como una condición indispensable para el descubrimiento de la persona real. Mantiene que la presencia sola, desnuda, y en profundidad, de uno mismo permite la transparencia y el paso a la Presencia del único “Yo soy” real. En soledad, Quien sostiene nuestro ser está más cerca de nosotros que la impostura del “no soy” que trata de interponerse en todo momento entre nosotros y Él.
Aunque The Secular Journal of Thomas Merton fue publicado en 1959, su contenido incluye los diarios que escribió entre los años 1939 a 1941, y por tanto pertenece al conjunto de sus escritos premonásticos si bien, en contra de lo que el título parece sugerir, mantiene un tono marcadamente espiritual. El manuscrito, que Merton entregó a Catherine de Hueck antes de entrar al monasterio trapense, puede ser leído por el estudioso como un documento complementario a su autobiografía, pero en sí encierra un indudable valor testimonial por lo que respecta a su persona y a su tiempo.
Con Spiritual Direction and Meditation (1960), Merton cerraría esa primera etapa de su obra; se trata de un ensayo de carácter comparativamente menor, aunque no por ello menos relevante en el conjunto de su obra, destinado a un público no especializado al que hace partícipe de orientaciones para el ejercicio del discernimiento espiritual.
En su primera etapa, sintetizándola de manera forzosamente simple, vemos que Thomas Merton ha puesto el énfasis en una espiritualidad individual antes que social, aún sin negarla, y en la necesidad de distanciarse del mundo para acercarse a Dios y al otro; en esa separación, el individuo se encuentra en condiciones de regresar a sí mismo para, de ese modo, desandando el curso de su caída, pasar por el centro de su ser y acceder a su verdadero yo.
En la segunda etapa, el énfasis iba a sufrir un desplazamiento para destacar la inmanencia de la realidad divina. Si en la primera etapa todas las energías estaban dedicadas a un esfuerzo de autotrascendencia individual, y a la identificación, en soledad, del pequeño yo con el “Yo soy”, en la segunda la preocupación mayor va a ser la de la encarnación de esa identidad en el escenario de la temporalidad, en la historia y en la sociedad; ahora el contemplativo mostrará mucho celo, precisamente por haber atravesado él mismo ese proceso, en advertir al lector y recordarse a sí mismo que la pretensión de escapar del mundo con una intención salvífica individual resulta falaz e ilusoria, pues la realidad de la persona entera incluye al conjunto de sus semejantes, a la humanidad entera y a todo su entorno; si en un primer momento su comprensión espiritual presuponía una relación vertical del individuo con Dios, ahora iba a implicar una relación horizontal que indicaba la necesidad de un encuentro con Dios en sociedad.
La transición entre una y otra etapa no fue en absoluto repentina, y algunos factores habrían de jugar un papel importante en ese desplazamiento, entre ellos: su responsabilidad como maestro de escolásticos y maestro de novicios en 1951 y en 1955 respectivamente y su consiguiente contacto cotidiano con los jóvenes del monasterio; la admiración profunda que sentía por Mahatma Gandhi en quien encontraría un modelo de integridad humana y un patrón de conducta moral indiscutible en su aproximación espiritual al mundo de la política activa; su intercambio epistolar con Boris Pasternak, y el acceso a las realidades sociales de Latinoamérica a través de sus encuentros con el entonces novicio Ernesto Cardenal, bajo su dirección espiritual; la adopción de la nacionalidad norteamericana y la inspiración del papa Juan XXIII que en su pontificado impulsó en la iglesia la inclinación hacia una teología de mayor carácter social.57
En Disputed Questions (1960), perteneciente ya a ese segundo estadio de escritura, se recogen doce ensayos de carácter bien dispar, acerca del arte y la vida espiritual, sobre el ideal carmelita primitivo o sobre Pasternak, amén de un ensayo tan provocador como sugerente, “Notes for a Philosophy of Solitude”, que recibirá posterior atención en este acercamiento. En ese libro, Merton redefinirá, sin renunciar a él, el ideal de santidad para apuntar que esta ha de abrazar al mundo entero si se quiere verdadera: “The saint is therefore a ‘sacrament’ of God’s mercy in the world, the pledge of heaven, the visible expression of God’s presence in the Church and of God’s power in time to sanctify the world through the mystical body of His Christ” (DQ: 274).
The Wisdom of the Desert (1960), la traducción y el comentario de ciento cincuenta dichos de los padres del desierto, pone de manifiesto la nueva comprensión de la posición del monje actual en el mundo a la luz de la actitud de sus predecesores; haciéndose eco de la misma, propone que la responsabilidad del monje hoy tiene, ante todo, un carácter social:
The flight of these men to the desert was neither purely negative nor purely individualistic. They were not rebels against society… Nor did they fly from human fellowship —the very fact that they uttered these “words” of advice to one another is proof that they were eminently social. The society they sought was one where all men were truly equal, where the only authority under God was the charismatic authority of wisdom, experience, and love. (WD: 4-5)
En The Behaviour of the Titans (1961), Merton explora el mito griego de Atlas y Prometeo para hacer incisivos comentarios sobre nuestra cultura contemporánea, con escasas alusiones al Dios cristiano pero en cambio con repetidas críticas a la sociedad tecnocrática occidental. Su lenguaje ha cambiado de tono, acercándose mucho más a los hombres y mujeres de su tiempo, y renunciando para ello al uso familiar de una retórica exclusivamente doctrinal y devota.
Con The New Man (1961), comienza a plantear interrogantes abiertos de orden existencial. El tema central y recurrente es otra vez, pero ahora con un protagonismo casi exclusivo, el de la identidad, y para explorarlo hace de nuevo uso de la metáfora prometeica. Aunque el libro no incluye cuestiones políticas, dirige su discurso a sus coetáneos. Sus páginas sintetizan el propio sendero espiritual recorrido por el autor: primero de huida del mundo, más tarde de encuentro con Dios, y finalmente de regreso al mundo a través de Dios. Su mensaje señala que para el cristiano no puede ejercerse una acción sociopolítica realmente eficaz sin un reconocimiento de la trascendencia divina, y sin un impulso a un tiempo decididamente inmanente. Sólo la mujer o el hombre que orientan su ser entero hacia ambas dimensiones, para personalizarlas, pueden actuar íntegramente, pues su acción transformadora es la de seres humanos aspirando a convertirse día a día en nuevo Adán o nueva Eva.
New Seeds of Contemplation (1961) es una versión revisada y ampliada del libro que publicara en 1949, Seeds of Contemplation. La revisión estableció, ahora sí, un puente definitivo entre la espiritualidad individual y la solidaridad humana. En síntesis: “The more we are one with God the more we are united with one another; and the silence of contemplation is deep, rich and endless society, not only with God but with men. The more we are alone with God the more we are with one another, in darkness, yet in multitude. And the more we go out to one another in work and activity and communication, according to the will and charity of God, the more we are multiplied in Him and yet we are in solitude” (NSC: 65-66).
En Life and Holiness (1963) encontramos un retroceso a su primera etapa, en forma de breves meditaciones, algunas de índole social pero de carácter abstracto y tono formal, con constantes referencias a las Escrituras y a la encícilica del papa Juan XXIII, Mater et magistra. Como contrapunto, Seeds of Destruction (1964) está por completo dedicado a tratar problemas sociales, fundamentalmente el racismo y la guerra, de una forma crítica y directa. En él apela, por ejemplo, al Señor de la historia para abogar por la ruptura de la servidumbre de las personas negras en Norteamérica sin necesidad alguna de la aprobación paternalista del hombre blanco. El énfasis recae ahora, decididamente, sobre las implicaciones de la presencia de Dios, inmanente y encarnada, en el prójimo y en la historia: “Christians have perhaps too often been content to delude themselves with vague slogans and abstract formulas about brotherly love. They have too easily become addicted to token gestures of good will and ‘charity’ which they have taken as a total dispensation from all meaningful action and genuine concern in the crucial problems of our time. As a result they have become unable to listen to the voice of God in the events of the time, and have resisted that voice instead of obeying it” (SD: 88-89). En ese momento crucial, Merton asume plenamente la dificultad extrema de su posición como monje de su siglo: “the monastic paradox of separation from the world and yet openness to it” (SD: 219).
The Seasons of Celebration (1965) recoge material escrito por Merton hasta quince años antes de su publicación, con temas litúrgicos como eje vertebrador. Al final de su vida, le merecería una opinión deplorable y por su temática y su tono corresponde en realidad a la primera etapa de su producción.
Muy distinta a la anterior, la última y completamente representativa de esta segunda etapa, si bien preludia la siguiente, sería su breve introducción a la selección que él mismo realizara de algunos escritos de Gandhi, Gandhi on Non-Violence (1965); lo que allí afirma de Gandhi y de su pueblo, con respeto y admiración, podríamos aplicarlo al propio Merton y a su nación adoptiva: “For Gandhi the public realm was not secular, it was sacred. To be involved in it was then to be involved in the sacred dharma of the Indian people” (GNV: 8).
Con su tercera etapa, cuya semilla ya se encontraba germinando de hecho en las anteriores, e incluso en su periodo premonástico, Merton abre un periodo que, de acuerdo con una interpretación, rompe los límites del catolicismo y según otra, supone una consecuencia lógica del mismo, al entrar en contacto con tradiciones espirituales no cristianas, de origen oriental en su mayoría. En cualquiera de los casos, podemos ver en ese desplazamiento de intereses la última ocasión para el escritor de obtener una nueva perspectiva; en efecto, en las distintas estaciones del viaje hacia su libertad primera y última, Merton reunió las condiciones necesarias de distancia y desapego para ser considerado un crítico de los escenarios sucesivos de su vida: procedente de Europa y afincado en los Estados Unidos de América, pudo alcanzar una visión diferente de la segunda desde su experiencia en el viejo continente; al haber sido estudiante sin filiación religiosa alguna, dispuso de elementos de contraste para poder aplicar, como converso, una nueva mirada sobre catolicismo; por último, el viaje a Asia le iba a dar la ocasión de ejercer la última crítica global sobre el mundo occidental, incluida su dimensión religiosa. Así, en una carta dirigida a doña Luisa Coomaraswamy en 1961, Merton le anticiparía su nuevo cometido, otra vez de alcance profético, que se había marcado hacia el final de su vida:
I believe that the only really valid thing that can be accomplished in the direction of world peace and unity at the moment is the preparation of the way by the formation of men who, isolated, perhaps not accepted or understood by any “movement” are able to unite in themselves and experience in their own lives all that is best and most true in the various great spiritual traditions. Such men can become as it were “sacraments” or signs of peace at least. They can do much to open the minds of their contemporaries to receive, in the future, new seeds of thought. Our task is one of very remote preparation, a kind of arduous and unthanked pioneering. (HGL: 361)
Esas grandes tradiciones espirituales no iban a quedar limitadas, pese a la categorización que escogimos para esta etapa, al ámbito asiático. Merton entraría en contacto, además, con la fe islámica y el misticismo sufí, y con la espiritualidad del nativo americano del norte y del sur del continente. Pero fue ante todo su contacto con la espiritualidad oriental la que iba a ejercer una influencia decisiva en su nueva vivencia del cristianismo.
Sirva de ejemplo al lector cómo, en el prólogo a su libro The Way of Chuang-Tzu (1965), que para Quinn inaugura su tercera etapa, Merton confiesa abiertamente: “I have enjoyed writing this book more than any other I can remember” (WCT: 9-10); en ese mismo lugar, explica su contenido: “The whole Chuang Tzu book is an anthology of the thought, the humour, the gossip, and the irony that were current in Taoist period, the 4th and 3rd centuries B.C.” (WCT: 11). Añade a continuación que la enseñanza y el “camino” contenido en esas anécdotas, poemas y meditaciones, es característico de una mentalidad universal; esa mentalidad muestra una inclinación natural hacia la sencillez, la humildad, y el silencio, y un rechazo de la agresividad, la ambición y la autoimportancia que a menudo constituyen la urdimbre del tejido social. Encuentra su equivalente cristiano más cercano en la Biblia, en una combinación del tono guardado en el Eclesiastés y del mensaje encerrado en los Evangelios. Merton escribiría una versión personal, pero no aculturada o cristianizada, del clásico chino. Antes nos advierte del riesgo en que se puede incurrir al leer en las palabras de Chuang-Tzu, o al desprender del sabor del taoísmo y del zen, un falso evangelio de licencia moral o banal permisividad, y en esta ocasión utiliza el marco taoísta como un instrumento nuevo de exploración en su viaje hacia el auténtico yo del hombre nuevo, que si antes quedaba definido en términos de santidad, ahora hacía suya la cualidad de la sabiduría:
The wise man..., instead of trying to prove this or that point by logical disputation, sees all things in the light of direct intuition. He is not imprisoned by the limitations of the “I”, for the viewpoint of direct intuition is that of both “I” and “Not-I”. Hence he sees that on both sides of every argument there is both right and wrong. He also sees that in the end they are related to the pivot of Tao. When the wise man grasps this pivot, he is in the center of the circle, and there he stands while “Yes” and “No” pursue each other around the circumference. The pivot of Tao passes through the center where all affirmations and denials converge. He who grasps the pivot is at the still-point from which all movements and oppositions can be seen in their right relationship. Hence he sees the limitless possibilities of both “Yes” and “No”. Abandoning all thought of imposing a limit or taking sides, he rests in direct intuition. Therefore I said: “Better to abandon disputation and seek the true light!”. (WCT: 42-43)
En el prólogo al siguiente libro de esta etapa final, Raids on the Unspeakable (1966), el autor se dirige a su libro como un padre lo haría a su hijo, dándole avisos y consejos, y comenta acerca de sus obras anteriores como si fueran hermanas de aquel: “They have usually managed pretty well on their own. They were, for the most part, good mannered. Some of them were even fairly devout” (RU: 1); establece, más adelante, su propósito, lo que nos permite ver su posición en ese momento en relación con su sociedad, refiriéndose al libro en segunda persona como sigue:
You are not so much concerned with ethical principles and traditional answers to traditional questions, for many men have decided no longer to ask themselves these questions. Your main interest is not in formal answers or accurate definitions, but in difficult insights at a moment of human crisis. Such insights can hardly be either comforting or well defined: they are obscure and ironic. They cannot be translated into a program for solving all the problems of society; but they may perhaps enable a rare person here and there to come alive and be awake at a moment when wakefulness is desirable —a moment of ultimate choice, in which he finds himself challenged in the roots of his own existence. You have considered the critical challenge of the hour, that of dehumanization, and have dealt with it as you could, with poetry and irony rather than tragic declamation or confessional formulas. (RU: 2-3)
“The unspeakable”, explica, es la imagen escatológica de un vacío que contradice todo lo que se pueda formular en palabras antes incluso de que estas se pronuncien, un vacío que subyace al pronunciamiento público y a la declaración oficial, el vacío de un final que no es el del mundo necesariamente, sino un punto teológico sin retorno, “a climax of absolute finality in refusal, in equivocation, in disorder, in absurdity, which can be broken open again to truth only by miracle, by the coming of God” (RU: 4). El final de ese consejo paterno sitúa a su autor en una tradición americana afín al Thoreau de la disensión: “You are not big enough to accuse the whole age effectively, but let us say you are in dissent. You are in no position to issue commands, but you can speak words of hope” (RU: 6); con esa cautela, da inicio a un libro que es una colección de catorce ensayos muy diversos, tres de ellos ya incluidos previamente en The Behavior of Titans, y una muestra de quince caligrafías de inspiración zen.
Tras un detenido examen del siguiente libro, Conjectures of a Guilty Bystander (1966), Koch mantiene que Merton ocupa un lugar destacado en la tradición salvífica norteamericana, y establece, como lo hiciera Padovano, una filiación directa con sus predecesores puritanos; hacia el final de su vida, esa tensión creativa entre soledad y sociedad iba a apuntar hacia una solución de orden escatológico especialmente localizada en el escenario norteamericano. Koch señala:
We had already noted Merton’s belief that America was the locale for the great work of redemption. This sentiment placed Merton in the company of other American savants, from the Puritan magistrate John Winthrop, through Jonathan Edwards of the 1700s to Ralph Waldo Emerson, who invested America with sacral and cosmic powers. To be sure, as a Catholic, a Trappist monk, and a child of the twentieth century’s Lost Generation, Merton was for them a strange bedfellow; and yet, as I hope to demonstrate in examining Conjectures perhaps the Puritan fathers might have seen in Thomas Merton a “son” who had fulfilled the destiny for which they had journeyed from Europe.58
Los temas abordados en ese libro muestran, en su mayoría, efectivamente, una honda preocupación por Norteamérica; así, en la primera parte, se incluyen notas sobre el racismo en América y sobre el mito norteamericano junto a comentarios sobre el discurso inaugural de la presidencia de John F. Kennedy y un serio cuestionamiento de la actitud americana condescendiente con el uso de las armas nucleares; en la segunda parte efectúa una crítica a la admiración que sienten los americanos por la tecnología y a su acentuado materialismo; en la tercera describe distintos escenarios naturales norteamericanos que evocan la prosa de Thoreau; en la cuarta se refiere a la amenaza de la guerra y hace un comentario sobre la crisis de los misiles en Cuba, en 1962; y por último, en la sección final introduce reflexiones acerca del asesinato de John F. Kennedy. Koch refuerza su argumento, añadiendo:
The broad escathological framework of Conjectures is informed by Merton’s own experiential dependence on God, a dependence closely analogous to the Puritan sense of Providence. Merton had his own personal calling, related in his famous autobiography, a form of writing favored by the Puritans. His subsequent writing could be considered a modern New World example of the Puritan propensity for “self-examination”.59
Pero sería injusto ignorar que ese libro, además, vertía reflexiones de otro carácter, algunas de las cuales, como el reconocimiento, en un espíritu ecuménico, hacia Karl Barth y Dietrich Bonhoeffer, ya dejaban ver que la visión escatológica de Merton pronto iba a extenderse desde Norteamérica al resto del planeta. Además, la incardinación del mensaje de la Revelación en la realidad social iba a quedar cada vez más lejos de las esferas de distante abstracción de su primera etapa; así, en la misma obra escribe:
Christian social action is first of all action that discovers religion in politics, religion, in work, religion in social programs for better wages, Social Security, etc., not at all to “win the worker for the Church”, but because God became man, because every man is potentially Christ... and because we have no right to let our brother live in want or in degradation. (CGB: 81)
Y más adelante:
For the Marxian idea that the key to everything is found in history is, curiously enough, the basic idea of the Bible. We, the Christians, have forgotten this. We have reduced our religious thought to the consideration of static essences and abstract moral values. We have lost the dynamic sense of God’s revelation of Himself in history. Have we lost the sense of the movement of history toward the final, escathological fulfilment of revelation, by which all our strivings are to be measured? (CGB: 102)
Su siguiente libro, Mystics and Zen Masters, escrito en 1967, es un intento de aproximarse, siguiendo la estela conciliar de la Declaración de religiones no cristianas, a la riqueza espiritual de las diversas tradiciones religiosas de la familia humana. Para esa iniciativa contó con el absoluto respeto y la aprobación del estudioso del zen, D. T. Suzuki. El autor describe el alcance, el objeto, y el método de esa obra de proyección universal en su prefacio como sigue:
This is a free-wheeling and wide-ranging book which is more than ecumenical. Strictly speaking, “ecumenism” concerns itself only with the “household of the faith”; that is to say, with various Christian Churches. But there is a wider “oikoumene”, the household and the spiritual family of man seeking the meaning of his life and its ultimate purpose. The horizons of this book extend beyond the established forms of Christianity. However, aspects of the Christian tradition itself are not neglected. The Patristic Age, early monasticism, the English mystics, seventeenth-century mystics, Russian Orthodox spirituality, the Shakers, Protestant monastic communities are treated here, sometimes in detail, sometimes in passing. All these studies are united by one central concern: to understand various ways in which men of different traditions have conceived the meaning and method of the “way” which leads to the highest levels of religious or of metaphysical awareness. The aim of these studies is practical rather than speculative. (CGB: x)
Se aproxima en esa obra al mundo del zen de manera existencial para avanzar un paso más allá en su exploración del nuevo continente de la identidad. El zen, indica, siguiendo el hilo de las enseñanzas de Bodhidharma, consiste en una captación directa de la “mente” o del propio “rostro original” —léase “ápice del alma” o centro más profundo del ser. Esa súbita aprehensión pasa por una suspensión, por desbordamiento, de fórmulas conceptuales; consiste en “ser” mente en lugar de “tener” mente. La iluminación zen, continúa, es una penetración en el ser en su realidad y actualidad existencial, y por encima de eso, es un acto de “ser”, más allá del tiempo y el espacio. Merton compara la “budeidad” o el estado de la “mente del Buda” con expresiones cristianas como “tener la mente de Cristo” (1 Cor. 2: 16), o ser “un Espíritu con Cristo”: “El que se une al Señor es un Espíritu” (1 Cor. 6: 17). Se pregunta si nuestra equiparación del “ego empírico” con la “persona” no ha comportado una malinterpretación, desde la misma raíz, del budismo.
En esta tercera etapa, de forma especialmente acusada, vamos apreciando cómo toda la obra de Thomas Merton se ha encaminado hacia una integración dinámica de la identidad “personal”, que no meramente individual, con la social a través de sucesivas interpretaciones del relato del yo. El descubrimiento de su verdadero yo, del hombre nuevo, se iniciaría para Merton en un microcosmos del Nuevo Mundo cerrado y de cualidad casi mítica o pastoral —el monasterio como paradisus claustralis: una suerte de laboratorio religioso, en suma, en el que experimentaría, en soledad, la cualidad de Dios como Presencia inefable, a la vez “beyond and within”; más tarde atravesará un proceso de apertura, que dará lugar —en la confluencia en su ápice del alma de los aspectos inmanente y trascendente de Dios— a un segundo momento de reconocimiento simultáneo de los otros, de la sociedad, y de la historia; finalmente su visión del “yo” se redefinirá en un matrimonio de la realidad escatológica con la realidad encarnada, y en la convergencia de la identidad más personal con la más universal.
El libro posterior, Faith and Violence (1968), aunque por la fecha de publicación corresponda a esta tercera etapa, por su contenido, de carácter marcadamente social, pertenece a la anterior. Incluye el tema de la guerra del Vietnam, regresa al tratamiento del racismo en los Estados Unidos, y aborda otra vez la naturaleza de la no violencia.
Zen and the Birds of Appetite (1968) es el último libro de Merton publicado antes de su muerte, y continúa su empeño, iniciado en Mystics and Zen Masters, por hacer accesible al lector occidental la comprensión del zen. Su segunda parte la constituye un genuino diálogo de culturas religiosas como resultado de su encuentro con D. T. Suzuki. Resulta interesante señalar que, aún poniendo de manifiesto las diferencias, ambos autores encuentren un terreno espiritual común entre zen y cristianismo en la espiritualidad del místico renano Meister Eckhart.
Publicado cinco años después de su muerte, The Asian Journal of Thomas Merton nos presenta al último Merton, una persona que pudo finalmente dar expresión material a su profundo viaje interior en una peregrinación por una geografía espiritual de incomparable riqueza, de regreso al hogar de su verdadera identidad: “I am going home, to the home where I have never been in this body” (AJ: 5). El libro consta de dos partes: la primera describe, a partir de sus notas tomadas a vuelapluma, su itinerario asiático por Calcuta, Nueva Delhi, Los Himalayas, Madrás, Ceilán, y Bangkok. La segunda incluye una selección de las lecturas que le acompañaron en esa andadura. Finalmente, el libro recoge nueve apéndices, que comprenden cartas y conferencias del autor escritas en ese viaje, además de un escrito sobre meditación budista, “On Mindfulness”, debido a Bhikku Khantipalo. Uno de los editores del libro, Amiya Chakravarty, describe la auténtica personalidad integrada e integradora de Merton en esa última etapa de su incursión en pos del reino inefable, con una hermosa y comprensiva síntesis que muy pocos han podido realizar de forma tan ajustada; la calidad de su contenido justifica la extensión de la cita:
Readers of Thomas Merton know that his openness to man’s spiritual horizons came from a rootedness of faith; and inner security led him to explore, experience, and interpret the affinities and differences between religions in the light of his own religion. That light was Christianity. For him it was the supreme historical fact and the perfect revelation, but affirmations in many lands and traditions and, as St. Paul indicated, the “witnesses” were there; the witnessing continues. Merton sought fullness of man’s inheritance; this inclusive view made it impossible for him to deny any authentic scripture or any man of faith. Indeed, he discovered new aspects of truth in Hinduism, in the Madhyamika system, which stood halfway between Hinduism and Buddhism, in Zen, and in Sufi mysticism. His lifelong search for meditative silence and prayer was found not only in his monastic experience but also in his late Tibetan inspiration. His major devotional interests converged in what he called constantia where “all notes in their perfect distinctness, are yet blended in one”. Believing in ecumenicity, he went further and explored new avenues of interfaith understanding, encouraged by the open spirit of Vatican II. Not only in religion and in religious philosophy but in art, creative writing, music, and international relations —particularly in a possible world renunciation of violence— he knew the challenge of reality. Intellectual illumination and phases of doubt enhanced the religious process; therefore, in a sense, he never withdrew from the world. Sometimes a bright idea would capture his imagination, and he might tend to overvalue it in the context of conformity. Perhaps it might even be said that he had carried over an experimental attitude from his secular days and made concessions to a social culture to which, he thought on entering the monastery, he no longer belonged. But he adjusted this impulsive quality to his acceptance of the rituals and basic dogmas of his life as a monk and a priest. The search for diversities is never free from an element of risk. But his long years of arduous disciplines and his insights produced a deep religious maturity, and his encounters with other religions and religious cultures never found him unresponsive, or irresponsible in regard to his own commitment. The monk of Gethsemani did not desert his own indwelling heights when he climbed to meet the Dalai Lama in the Himalayan Mountains. In a way his discipleship of Jesus grew as he gained the perspective of divine faith; in Asia, he felt the need to return to his monastery in Kentucky with newly affirmed experiences. Thomas Merton never quite accepted a fixed medieval line between the sacred and the profane. In this he was a modern Christian thinker and believer who had to redefine, or leave undefined, the subtle balance of the religious life.60
Otros libros de prosa de Merton se han publicado de forma póstuma, como vimos en el breve repaso cronológico, pero tan sólo mencionaremos, por último, por ser relevante para este estudio, el titulado Ishi Means Man (1976), un conjunto de cinco ensayos acerca de los indios del sur y del norte de América.
Aunque no de poca importancia, en este ensayo introductorio apenas va a tener una consideración la poesía en la obra de Merton, y por eso la presentación de la misma va a quedar reducida a unas notas mínimas. Sin embargo, los lectores interesados pueden acudir al extenso y sugerente estudio doctoral sobre la poesía de Thomas Merton, y ensayos posteriores, de Sonia Petisco (Cfr. Bibliografía), que arrojan mucha luz y complementan de manera imprescindible este mismo volumen. Hay que decir que buena parte de la producción poética obedeció, como su prosa, al aliento de sus superiores en el monasterio. La editorial New Directions publicó seis volúmenes de la poesía de Merton: Thirty Poems (1944), A Man in the Divided Sea (1946), Figures for an Apocalypse (1948), The Tears of the Blind Lions (1949), The Strange Islands (1957) y Emblems of a Season of Fury (1963). A esos les siguió Selected Poems, en 1967, y por último, en 1968, Cables to the Ace, y de forma póstuma Geography of Lograire, en 1969. La opinión de la crítica en torno a la producción poética de Merton es divergente, y se resume en un considerable aprecio en algunos círculos católicos (en revistas como America, Catholic World, The Common Weal, Continuum y Renascence) y cierta indiferencia en círculos literarios no católicos (por ejemplo, The Saturday Review). Si en la prosa sus primeras influencias decisivas, aunque no las únicas, fueron las de Dante, Gilson, Maritain, Huxley y Joyce, en la poesía destacan, sobre otras muchas —desde Donne hasta Auden— las de William Blake, Gerard Manley Hopkins y T. S. Eliot.
Nos detenemos aquí tan sólo en la distinción que establece Schmidt61 de tres etapas en su producción poética. Al menos la primera de ellas (de 1944 a 1957) se corresponde casi exactamente con el primer estadio de su producción en prosa, sugiriendo en Merton la existencia de un mundo de opuestos y polaridades. Así, si en su periodo premonástico el joven poeta abundaba en símbolos de cinismo e incluso desesperación precoz hacia la naturaleza humana y sus sombras, en poemas cargados de imágenes de la guerra, la prisión, la ciudad, el invierno y el desierto, el ingreso en el monasterio iba a provocar una transformación; en principio, el cambio iba a acentuar su sentimiento de oposición al mundo, traducido en una visión dualista, con algunas imágenes de carácter litúrgico y otras evocadoras de una promesa constante, como la mañana, la luz o la primavera. El comentario de Schmidt a ese respecto resulta clarificador: “The philosophical dualism figures out through the autobiography and, tied to the tradition of American nineteenth-century romanticism, is worked out primarily in the contrasting symbols of nature and urbanization”.62 Hacia el final de los años cincuenta, sin embargo, y aunque la visión dualista persistía, Merton empezó a experimentar con un uso del lenguaje de carácter más informal por medio de un vocabulario de extracción secular; y al igual que en otras áreas, el horizonte de sus intereses en el mundo de la poesía se extendió de una forma asombrosa en los años siguientes, de suerte que el escritor contemplativo comenzó a adentrarse con fascinación creciente en la creación poética contemporánea y especialmente en la experimentación de la antipoesía: “The decade of the 1960s found the monk more than he might be expected a child of his time”.63 También en ese cambio profundo desempeñó un papel decisivo su incursión en el zen, ayudándole a acabar con esa visión marcadamente dualista del mundo. Su largo poema Cables to the Ace, un complejo experimento poético con tres voces narrativas, tres unidades describiendo momentos de paz y caos, tres “plegarias” versificadas de forma paralela y un regreso al mundo del ruido, con alusiones a Ortega, a Finnegans Wake de Joyce, al zen, a Eckhart y a Nostradamus, y con inserciones de fragmentos en idioma francés, no abandona tampoco la exploración de la identidad, que aquí se presenta, a veces con mordacidad, como un espejo roto o como una antena abierta a las voces discordantes del mundo. En un lugar de ese poema sus palabras iban a resultar proféticas:
Better to study the germinating waters of my wood
And know this fever: or die in a distant country
Having become a pure cone
Or turn to my eastern abstinence
With that old inscrutable love cry
And describe a perfect circle.64
Ese círculo habría de quedar descrito perfectamente en su vida con su periplo asiático, y su regreso a Norteamérica, ya cadáver, a bordo de un avión de guerra. En su poesía, antes, quedaría apuntado con The Geography of Lograire, una suerte de épica, a modo de mandala poético, dividido en cuatro secciones —Norte, Sur, Este y Oeste— y construido a partir de una gran cantidad de notas extraídas de lecturas fundamentalmente antropológicas. También en este poema inacabado se puede reconocer una línea de continuidad con esa tradición épica norteamericana que pasa por Whitman, Pound, Crane, Eliot y Williams. El diseño se asemeja a la construcción de un mosaico, con citas literales y parafraseadas de más de una veintena de libros: cultos en el Sur del Pacífico, diarios españoles de la conquista del Nuevo Mundo, crónicas gubernamentales de los indios sudamericanos, entre otras referencias; recoge temas recurrentes que confieren cierta unidad a la apariencia fragmentaria del libro y en una de sus interpretaciones, el poema se puede leer como la caída del mito de nuestra civilización. Para Schmidt: “The work contributes to the study of myth, world religions, and third world emergence. But perhaps it is best described as an artistic notebook of a man whose study of world myths taught him to doubt their durability, but who kept the canonical hours and said mass each day that he recorded tales of the vulnerability of myth”.65
La religiosa Thérèse Lentfoehr, finalmente, considera que la identidad poética de Merton es expresión natural de su impronta religiosa. En su compromiso social con el Nuevo Continente, y en el nacimiento del hombre nuevo, Merton exploró nuevas vías de comunicación poética para el anuncio, unas veces sublime y otras desgarrado, de esa buena nueva impronunciable; Lentfoehr concluye:
Merton’s uniqueness as a religious poet lies in his focusing on the “inner experience”, as he called it, the Goden-counter in the depths of one’s being and his striving to articulate it in his poetry. That this essential theme has its relevance for contemporary man in seeking for transcendent experience is beyond dispute. And all of this Merton could validly contain within the scope of his monastic commitment. Though he may have seemed daring at the start —and there remain those who still question his final direction —one might conclude by way of comparison with another religious poet, Hopkins, who like Teilhard de Chardin inscaped Christ at the heart of all creation. So too Merton’s distinctive voice sounds at the point vièrge of the human spirit in its God-encounter. This is the leitmotif of all his poetry, whether expressed in the delicate Zen mystical lyric in which he excelled or in the barbed ironic thrusts of his antipoetry, as in that stunning mosaic, Cables to the Ace.66
Otra fuente inestimable para el conocimiento de la vastísima geografía de la identidad de Thomas Merton es la constituida por sus cartas. Revelan a un escritor más fresco, espontáneo y plenamente humano, siempre apasionado y lleno de una simpatía profunda por su destinatario. Constituyen, además, una crónica de nuestro mundo a través de diálogos sobre cuestiones sociales, literarias, monásticas, humanas, con interlocutores procedentes de diversas confesiones, poetas, editores, políticos, activistas sociales, intelectuales, teólogos y artistas. Cercanas a las anteriores, aunque inevitablemente menos personales, son igualmente reveladoras las circulares que redactara durante los dos últimos años de su vida; en una de ellas, por ejemplo, hace pública, pese a su crítica incesante, la sincera gratitud por su vocación: “There are three gifts I have received, for which I can never be grateful enough: first, my Catholic faith; second, my monastic vocation; third, the calling to be a writer and share my beliefs with others. I have never had the slightest desire to be anything else but a monk, since I first came here”.67
Afortunadamente tenemos acceso a una última fuente para acercarnos a la identidad mertoniana a través, esta vez, del registro oral de sus conferencias en el monasterio, que empezaron a ser grabadas en 1962 a fin de que los hermanos legos pudieran beneficiarse de su magisterio. Nuestra Señora de Gethsemani guarda innumerables cintas magnetofónicas, en su mayor parte digitalizadas, cada una de las cuales contiene diversas conferencias a los novicios; además, la colección incluye una serie de charlas impartidas los domingos por la tarde para todos aquellos miembros de la comunidad que desearan asistir de forma libre. Las conferencias dirigidas a los novicios siguen un esquema de formación monástica basado en la enseñanza del sentido de los votos, la historia del monasticismo y las fuentes de la espiritualidad cristiana, una introducción a las Escrituras, etc. Las otras recogen un extenso abanico de temas: desde el sufismo hasta el marxismo pasando por temas raciales, el desarme nuclear, la revolución de los ordenadores, la muerte de Martin Luther King, la literatura de Faulkner, Eliot, Rilke, Joyce, Camus, etc. Un rostro bajo mil nombres, una sola Palabra escondida en volúmenes de verbos, una confesión desnuda y un discurso de conversión continua en forma de conversación, un viaje de profundis hacia su verdadero yo,68 un encuentro íntegro de vida y obra, de comunicación y comunión, de acción y contemplación, de soledad y sociedad en suma, unifican en su vasta obra la personalidad única y universal de Thomas Merton.
Hijo siempre adoptivo de un siglo poblado de signos contradictorios, descubrió muy pronto que ellos no eran más que emblemas de su propia condición, un recinto de soledades en difícil convivencia. En el cristianismo encontró un sentido más allá de todo sinsentido, y por eso no fue un existencialista, aunque bien entendía la sincera queja y la denuncia heroica de quienes sí lo fueron. En el catolicismo encontró una fraternidad real y universal por encima de cualquier sectarismo, muy por encima sobre todo del propio confinamiento católico. En el monasticismo encontró, intramuros, un clima de sola sociedad, una comunidad de orantes, y las mismas llagas que dejara, ahora convocadas, también ellas, a una sola búsqueda, la llama de una plegaria. Un hombre nuevo, con el eremitismo encontró otra vez, en soledad dentro de soledad, el corazón del mundo, y aunque vio que jamás lo había abandonado realmente, ahora quedaba, a sus ojos, trans-formado, o lo que es igual, conformado por la trascendencia. Desde esa soledad universal emprendió, extramuros, solitario vuelo hacia el encuentro en tierras lejanas de otros iconos vivos, de transparente soledad y diáfana sociedad. Allí, al fin sin muros, la Luz lo tomó para sí, haciéndolo un “hombre quemado”.69 En ese nuevo continente sigue siendo, para muchos, soledad compartida, íntima sociedad.
1 “... a whole chapter of names, some given, some assumed, some invented by friends: Tom Merton, Tom Feverel Merton, Merton T. F., Thomas James Merton, F. Xavier Sheridan, Mertie, Mertoni, ‘Thomas the Impostor’, Frank Swift, Marco J. Frisbee, Brother M. Louis Merton, Father M. Louis Merton, Chop-Suey Louie, Albion Leixos, Staretz Nikodim, Mittwoch, Murtlogs, ‘Eagle’ Dunaway, Benedict Monk, Father Louie, Uncle Louie, Father Ludovicus, R. Higden, Honorable Wu, Con, Bones, Father Staretz, John Stuart Mill the Younger, David Morton, Demosthenes, Captain Thurston, Arthur, Uncle Pangloss, Captain Belsford, Henry Clay, Doctor Moosehunter, Zwow, Lefty Gonxalo, Quincey, Harvey, Fred or Wolfgang, Murps, Murthwog, Captain Bashford, Harpo, Coomodore Perry, Doctor Livingston, Albert Houdini, Cassidy, Moon Mullins, Doctor Klaventook, Captain, Colonel Hopscotch, Mostwich, Hemson, Farbish, Uncle Flipper, Chauncey, Mr. Myrtle, Rabbi Vedanta... many others” (Michael Mott, The Seven Mountains of Thomas Merton, op. cit., 7).
2 Paul Wilkes, ed., Merton By Those Who Knew Him Best, Harper & Row, Pub. San Francisco, 1984.
3 Ibid., 26.
4 Ibid., 29-31. Ferlinghetti señala que unas líneas del poema pueden justificar sobradamente su elección: “How we made them sleep and purified them/How we perfectly cleaned up the people and worked a big heater./I was the commander./I made improvements and installed a guaranteed system taking account of human weakness,/I purified and I remained decent./ How I commanded./I made clean appointments and then I made the travelers sleep./And after that, I made soap./I was born into a Catholic family,/ But as these people were not goint to need a priest, /I did not become a priest./I installed a perfectly good machine./It gave satisfaction to many./When trains arrived, the soiled passengers received appointments for fun in the bathroom./They did not guess it was a very big bathroom for two thousand people./It awaited their arriva, and they arrived safely./There would be an orchestra of merry widows, not all the time, much art./If they arrived at all, they would be given a greeting card to send home: “Taken care of with good jobs, wishing you would come to our joke”.../Our work was faultless and detailed./Do you think yourself better because you burn up friends and enemies with long-range missiles without ever seeing what you have done?”.
5 Paul Wilkes, op. cit., 36-37.
6 Ibid., 44-45.
7 Ibid., 50.
8 Parte de su correspondencia se ha recogido en Thomas Merton and Robert Lax, A Catch of Anti-Letters, Sheed, Andrews and McMeel, Kansas City, 1978.
9 Paul Wilkes, op. cit.,72.
10 Ibid., 87, 90.
11 Ibid., 98-9.
12 Ibid., 110.
13 Ibid., 114.
14 Ibid., 119.
15 Ibid., 133.
16 Ibid., 147.
17 Presidente de la Delegación Budista de la Paz en Vietnam durante la guerra, propuesto por el Dr. Martin Luther King para el Premio Nobel de la Paz, y autor, entre otros dentro de su amplia producción, de los libros: The Miracle of Mindfulness, Beacon Press, Boston, 1987 y Being Peace, Parallax Press, California, 1989.
18 Paul Wilkes, op. cit., 151, 153.
19 Ibid., 156-7.
20 Monica Furlong, Merton: A Biography, Darton, Longman, and Todd, London, 1980, 333-340.
21 Paul Wilkes, op. cit., 337-338.
22 “The Life of Thomas Merton as Paradigm: The View from Academe”, en Brother Patrick Hart, ed., The Message of Thomas Merton, Cistercian Publications, Kalamazoo, Michigan, 1981, 154-164.
23 En “The Man”, Brother Patrick Hart, ed, Thomas Merton/Monk: A Monastic Tribute, Cistercian Publications, Kalamazoo, Michigan, 1983, 20.
24 Ibid., 23.
25 Ibid., 27, 30-31.
26 Ibid., 35.
27 Sister Elena Malits, CSC, Journey into the Unknown: Thomas Merton’s Continuing Conversion, Doctoral Dissertation, Fordham University, 1974, University Microfilms, Michigan, 361-362.
28 David Burrell, CSC, “On Discovering Divine Foolishness: Merton as Bridge-Person”, Robert E. Daggy et al., ed., The Merton Annual, Vol. 2, AMS Press, New York, 1989, 121-129.
29 George J. Evans, “Merton: Trappist Monk or ‘monastic sport’?”, en un polémico artículo publicado en National Catholic Reporter, September 22, 1989, que suscitó una posterior colección de respuestas de distinto signo en “Merton mélange” en la misma publicación (October, 13, 1989).
30 Thérèse Lentfoehr, en Thomas Merton/Monk, op. cit., 59-77.
31 David Steindl-Rast, en Thomas Merton/Monk, op. cit., 79-89.
32 Jean Leclerq, en Thomas Merton/Monk, op. cit., 93-104.
33 Adhelm Cameron-Brown, en Thomas Merton/Monk, op. cit., 161-171.
34 Tarcisius Conner, en Thomas Merton/Monk, op. cit., 173-193.
35 Patrick Hart, en Thomas Merton/Monk, op. cit., 209-217.
36 Daniel Berrigan, en Thomas Merton/Monk, op. cit., 219-227.
37 René Bucks, en Thomas Merton/Monk, op. cit., 229-235, y Henri Nouwen, Thomas Merton: Contemplative Critic, Harper & Row Pub., San Francisco, 1981.
38 M. Emmauel de Souza e Silva, en Thomas Merton/Monk, op. cit., 237-251.
39 Armand Véilleux, en Thomas Merton/Monk, op. cit., 261-3.
40 Donald Grayston and Michael V. Higgins, ed., Thomas Merton: Pilgrim in Process, Griffin House, Toronto, 1983.
41 Cit. en Michael Mott, op. cit., 492.
42 “A creative tension” en palabras del hermano Patrick Hart, el editor de buena parte de su obra, y de otros libros sobre Merton (en entrevista personal llevada a cabo en la Abadía de Nuestra Señora de Gethsemani, Kentucky, en agosto de 1990).
43 En 1968, Thomas Merton editó cuatro números de la revista Monks Pond, que incluían poemas, fotografías, breves ensayos de una miscelánea de autores noveles y famosos; las cuatro revistas están recogidas en una publicación conjunta: Robert E. Daggy, ed., Monks Pond: Thomas Merton’s Little Magazine, The University Press of Kentucky, Lexington, KY,1989.
44 Afortunadamente, para permitir escuchar las charlas de Thomas Merton a los hermanos legos que no podían asistir a las conferencias, muchas de ellas fueron grabadas e incluyen comentarios acerca de la espiritualidad monástica, los padres de la Iglesia, los escritores William Faulkner y Rilke, el arte, marxismo y capitalismo, etc. “The world knows Thomas Merton as both writer and monk. These tapes reveal him in another role and hereby we are able to realize that it was through this intermediary role that he moved back and forth from his complementary roles of purveyor of words and solitary. Ultimately it is through the mystery of words that the mystery of God is revealed, and this core insight is what Merton tells his students: ‘Listen and be still’” (Victor A. Kramer, “The Merton Tapes”, Robert E. Daggy et al. ed., The Merton Annual, Vol. 2, AMS Press, New York, 1989, 315).
45 William Nicholls and Ian Kent, “Merton and Identity”, en Donald Grayston y Michael W. Higgins, ed., Thomas Merton: Pilgrim in Process, op. cit., 106-120.
46 De Thich Nhat Hanh escribió: “I have said Nhat Hanh is my brother, and it is true. We are both monks, and we have lived the monastic life about the same number of years. We are both poets, both existentialists. I have far more in common with Nhat Hanh than I have with many Americans, and I do not hesitate to say it. It is vitally important that such bonds be admitted. They are the bonds of a new solidarity and a new brotherhood which is beginning to be evident on all the five continents and which cuts across all political, religious and cultural lines to unite young men and women in every country in something more alive than a program” (TMP: 153).
47 William Nicholls and Ian Kent, “Merton and Identity”, op. cit., 116.
48 Thomas Merton, “Conscience of a Christian Monk”, Life and Contemplation, Tape 4A, The Thomas Merton Tapes, ed. Norm Kramer (Chappaqua, New York: Electronic Paperbacks, 1972), cit. por James Finley, Merton’s Palace of Nowhere, op. cit., 41.
49 Thomas Merton, “Obstacles to Union with God”, Life and God’s Love, Tape 6B, The Thomas Merton Tapes, ed. Norm Kramer (Chappaqua, New York: Electronic Paperbacks, 1972), citado por Finley, James, Merton’s Palace of Nowhere, op. cit., 57. Véase también, a ese respecto, Fernando Beltrán Llavador, “Landscapes of Redemption: Thomas Merton’s vision of the world from the mount”, Belcastro, David Joseph & Raab, Joseph Quinn, eds., Merton Annual: Studies in Thomas Merton, Religion, Culture, Literature, and Social Concerns, Vol. 27, Fons Vitae, Louisville, KY, 2014, 133-148.
50 Basil Pennington distingue siete estadios en la búsqueda de libertad de Thomas Merton: “First was the quest for basic human freedom, which he exploited and abused. Then came his quest for the freedom of faith and the fuller freedom of the monastic life. Within that life he continued to seek, finding a freedom to be open to all reality. He went on to seek the freedom of the eremitical life. In all of this he was seeking the freedom of the final integration, which prepared him to enter into the ultimate freedom of the Kingdom of Heaven”, en Thomas Merton Brother Monk, op. cit., 38.
51 Sister Elena Malits, Journey into the Unknown, op. cit., 364.
52 Northrop Frye, The Great Code: Bible and Literature, Routledge and Kegan Paul, London, 1981.
53 Sacvan Bercovitch, op. cit., 26.
54 En su autobiografía podemos leer: “I had already made my simple profession. And my vows should have divested me of the last shreds of any special identity. But then there was this shadow, this double, the writer who had followed me into the cloister. He is still on my track. He rides my shoulders, sometimes, like the old man of the sea. I cannot lose him. He still wears the name of Thomas Merton. Is it the name of an enemy? He is supposed to be dead... He is a business man. He is full of ideas. He breathes notions and new schemes. He generates books in the silence that ought to be sweet with the infinitely productive darkness of contemplation... Maybe in the end he will kill me, he will drink my blood. Nobody seems to understand that one of us has got to die” (SSM: 410).
55 Sister Elena Malits, op. cit., 390-392.
56 Quinn, Mark Anthony, Thomas Merton’s Understanding of God, Doctoral Dissertation, Milwaukee, Wisconsin, December, 1982, University Microfilms International, Michigan, 1983.
57 Cfr. James Baker, Thomas Merton Social Critic, The University Press of Kentucky, Lexington, 1971, 38, 40-42.
58 William Nichols Koch, An Unexpected American Apocalypse: Escathology in the Thought of Thomas Merton and its Significance for the Myth of America, Doctoral Dissertation, St. Louis University, 1989, University of Microfilms International, Michigan, 1989, 167-8.
59 Ibid., 182-83.
60 Ibid., vii-viii.
61 Gail Ramshaw Schmidt, The Poetry of Thomas Merton: An Introduction, Doctoral Dissertation, The University of Wisconsin-Madison, 1976, University of Microfilms International, 9-11.
62 Ibid., 16.
63 Ibid., 171.
64 Ibid., 51.
65 Gail Ramshaw Schmidt, op. cit., 167.
66 Sister Thérèse Lentfoehr, Words and Silence: On the Poetry of Thomas Merton, New Directions, New York, 1979, 143.
67 Cit. en M. Basil Pennington, OCSO. Thomas Merton Brother Monk, op. cit., 186.
68 Véase Fernando Beltrán Llavador, Thomas Merton. El verdadero viaje, Sal Terrae, Santander, 2015.
69 En las últimas palabras de su autobiografía Merton profetiza, oscuramente, de sí mismo: “When you have been praised a little and loved a little I will take away all your gifts and all your love and all your praise and you will be utterly forgotten and abandoned and you will be nothing, a dead thing, a rejection. And in that day you shall begin to possess the solitude you have so long desired. And your solitude will bear immense fruit in the souls of men you will never see on earth... You shall taste the true solitude of my anguish and my poverty and I shall lead you into the high places of my joy and you shall die in Me and find all things in My mercy which has created you for this end and brought you from Prades to Bermuda to St. Antonin to Oakham to London to Cambridge to Rome to New York to Columbia to Corpus Christi to St. Bonaventure to the Cistercian Abbey of the poor men who labor in Gethsemani: ‘That you may become the brother of God and learn to know the Christ of the burnt men’” (SSM: 423).
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