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CUÁL ES TU NOMBRE

F. J. Gálvez



Primera edición: noviembre de 2019

© Copyright de la obra: F. J. Gálvez

© Copyright de la edición: Angels Fortune Editions

ISBN: 978-84-121212-1-6

Depósito Legal: B-25415-2019

Corrección: Teresa Ponce

Diseño e imagen de portada: Celia Valero Maquetación: Celia Valero

Edición a cargo de Ma Isabel Montes Ramírez ©Angels Fortune Editions

www.angelsfortuneditions.com

Derechos reservados para todos los países

No se permite la reproducción total o parcial de este libro, ni la compilación en un sistema informático, ni la transmisión en cualquier forma o por cual- quier medio, ya sea electrónico, mecánico o por fotocopia, por registro o por otros medios, ni el préstamo, alquiler o cualquier otra forma de cesión del uso del ejemplar sin permiso previo por escrito de los propietarios del copyright.

«Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, excepto excepción prevista por la ley»

Dedicatoria

A mi mujer, a mis hijos y a toda mi familia, pero en especial a la persona que, por alguna extraña razón que no llego a comprender, siempre ha confiado en su primogénito, y que no es otra que mi madre

El género de lo magnífico

Muchas veces resulta eficaz definir una novela en base a un género determinado. Decimos de tal obra que es una novela romántica o policíaca y, con ello, pretendemos catalogarla en un lugar donde sentirnos más o menos cómodos. A veces no parece importarnos cuál es ese género con tal de encontrar uno que más o menos se ajuste y que nos ayude a poner las cosas en su sitio.

Si usted, lector, siente el deseo de saber a qué género pertenece la novela que tiene en sus manos, lamento comunicarle que me es imposible precisárselo. Y eso, lejos de ser un inconveniente, es una de las muchísimas virtudes de esta obra.

Francisco Javier Gálvez ha escrito una novela magnífica. Ese es el único género -el de lo magnífico- que debería importarnos. Es evidente que puede definirse como una obra arraigada en el suspense, pero también tiene mucho de psicológico y de romántico y de todas esas características que podemos encontrar en la vida, porque este libro engloba la vida en su totalidad, con sus miserias y sus grandezas, con sus dudas y sus convicciones.

Fabián, el protagonista, se ve obligado a tomar decisiones que provocarían en cualquiera de nosotros la parálisis más absoluta. Su cerebro ha de evaluar miles de datos para decidir quién vive y quién no. Eso provoca que en la novela se disparen todas las balas de la realidad: a quién queremos y a quién no, quien nos ama y quien nos odia y, sobre todo, la opinión que tenemos de los demás y de nosotros mismos. Durante las páginas de la novela va quedando claro que nada es tan fácil como habíamos imaginado, que el mundo y sus gentes son más complejas de lo que suponíamos.

Esa complejidad de la vida sabe reflejarla Gálvez con maestría. Si usted empieza a leer esta obra, no tardará en constatar que está ante un escritor con un talento muy penetrante, un autor que conoce a la gente y que, por ello, nos conoce a nosotros, sus lectores.

Sé que, al terminar de leer esta historia, tendrán ustedes las mismas dudas que yo respecto al género literario al que pertenece, pero, al igual que yo, sin duda sabrán que ese género es el de lo extraordinario, de lo magnífico; en resumidas cuentas, el género del talento.

He disfrutado mucho leyendo y he sufrido con las decisiones de Fabián, he dudado con él y en muchísimas ocasiones he notado incluso que me movía a su lado. Esa mezcla entre placer y tensión es lo que define la buena literatura. Y esta novela es buena literatura, pero es algo más que eso; es literatura bondadosa. Porque hay bondad en el texto, una bondad que parece estar escondida entre las líneas de diálogo y que nos obliga, tras su lectura, a ser sustancialmente mejores.

Escribir bien es difícil. Escribir muy bien es casi imposible. Y Francisco Javier Gálvez ha conseguido lo imposible. Gracias, señor Gálvez. Gracias Paco por haberme hecho disfrutar y por haber descubierto a alguien más a quien admirar.

Juan Carlos Ortega

PRÓLOGO

«No, definitivamente no parece que hoy vaya a ser un buen día».

La temperatura de aquella mañana de abril comenzaba a ser cada vez más baja, mermando el efecto de los escasos rayos de sol que forcejeaban entre las nubes por salir. Los truenos resonaban en la distancia, presagiando el sentimiento de culpa que le engulliría en el momento en que la caja comenzase su descenso definitivo.

Anteayer no fue un día mejor, y tuvo que ver sin tapujos como una vida se iba apagando en parte por culpa suya. Ha intentado por todos los medios que el remordimiento no destroce sus principios recién adquiridos, pero sus esfuerzos no han obtenido los frutos deseados.

Nubes negras se acercan al mismo tiempo que personas de toda índole, que nunca habría creído que tenían que ver nada en su vida, aparecen en relucientes vehículos que parecen sacados de un concesionario de alto standing.

Espera agazapado al lado de una de las cruces más grandes del lujoso cementerio. No quiere acercarse, ni tan siquiera lo pretende, aunque sabe que él tendría que ser el primero en estar allí. Toda esa gente ni le conoce ni le conocerá jamás, y en unos pocos segundos ni él mismo recordará por qué está en este lúgubre lugar.

Poco a poco, las personas vestidas de negro se van aglomerando alrededor de un ataúd colmado de coronas de flores, pero él carece del valor para acercarse ni un metro más. Abajo, el sacerdote comienza su discurso de consuelo. Ninguna de las palabras que están llegando a sus oídos puede reconfortar su alma dañada y sabe que nada de lo que le pudiera decir cualquier persona, por muy enfundada en una indumentaria de sacerdote que vaya, le va a sacar del fondo de impotencia en el que está sumergido.

A lo lejos, inmóvil frente a una de las fosas de mármol, llama su atención una chica morena. No consigue ver las facciones de su rostro, pero unos mechones de pelo negro asoman bajo un gorro de lana blanco. Un abrigo largo de piel marrón no llega a tapar el excesivo brillo del charol de unas botas negras provistas de un tacón exageradamente alto. Nunca había discriminado a ninguna mujer por llevar al extremo la elegancia, pero, en este escenario, esos interminables tacones no parecen ser los más adecuados para moverse sobre una superficie cubierta de pequeños guijarros y desperdigadas zonas de césped.

Le hace gracia pensar como él, estando inmerso en lo que considera una maldición, ha vuelto a cometer el fallo de sentirse el centro del mundo. Su casi olvidado egocentrismo vuelve a hacer su aparición, pero su conciencia ha acabado golpeándole sin miramientos para hacerle entender que el dolor no es exclusividad de nadie. Ver a la chica del gorro blanco ante esa tumba de mármol le constata esa más que clara evidencia. Quizá, si se esforzara, podría conseguir ver las lágrimas desbordando sus ojos, pero se encuentra muy lejos, y las únicas lágrimas que puede percibir son las propias.

La perorata del sacerdote sobre las bondades y las vivencias de quien ahora ocupa el ataúd no hace más que confirmar que nadie de los que ahora rodean la caja de madera de roble tiene la jodida idea de la persona que era en realidad. Él debería acercarse y decir unas palabras, aunque sabe que lo tomarían por algún trastornado si llegase a revelar todos los sentimientos que guarda en su alma.

La decisión que se vio forzado a tomar un mes atrás fue la más difícil de su vida y aún no sabe, ni sabrá, si ha acertado en su juicio. Ayer Kimi no apareció y podría jurar que precisamente hoy no vaya a hacerlo. La verdad es que se ha girado un par de veces pensando que podía aparecer tras él, y realmente hoy no le importaría. Después de haber superado estas intensas semanas que le ha obligado a vivir, creía que vendría a dar también su particular despedida, pero, por lo visto, no va a ser así.

¿Una sonrisa? Ha sido solo un destello, pero la chica que hay ante la tumba ha girado su cabeza, y por un momento cree que le ha sonreído. Solo ha durado un instante que ha pasado tan rápido como el relámpago que acaba de cruzar el cielo, pero cree que así ha sido. ¿O quizá sea lo que le esté haciendo falta ahora que comienzan a bajar la caja hacia su última morada? Sí, seguramente habrá sido eso. Puede ser que su mente se haya encargado de fraguar esa ilusión. La verdad es que no importa, ya que en pocos segundos todo habrá desaparecido y lo vivido en este último mes quedará guardado en lo más profundo de su ser sin que él consiga recordar nada. Tan solo espera no volver a ser la persona que era antes de que esta historia ocurriera. Ha aprendido mucho, pero ¿a qué precio? Cree que su subconsciente lo sabrá aprovechar, por lo menos esa ha sido la teoría de Kimi. Los truenos suenan cada vez con más violencia. Parece que a esos supuestos conocidos y familiares les va a caer una buena.

ZONA DE CONFORT

Seis semanas antes.

Apenas puede abrir los ojos, pero, muy a su pesar, un fuerte olor le obliga a hacerlo. Justo enfrente se encuentra el rostro de una mujer. No tiene ni puñetera idea de quién es, pero su pestilente aliento ha sido el detonador que le ha sacado de su pesado sueño. Fabián se retira con aprensión y se queda sentado en el borde de la cama. Echa un vistazo a su compañera de lecho e intenta por todos los medios recordar las últimas horas de juerga de la noche anterior. Por más que se esfuerza, no puede ubicar a la chica morena de pelo corto que apenas cubre su desnudez con la sábana. Está dormida de lado y permanece abrazada a una almohada mancillada con una cantidad exagerada de rímel y carmín. Fabián la mira con desprecio y, poniendo su mano ante su propia boca, comprueba que su aliento no es mucho mejor que el de ella.

Ignora si sus padres se habrán enterado de algo de lo que ha sucedido esta noche, pero, por el tremendo dolor de cabeza, no sería descabellado pensar que su llegada a casa tuvo que ser de todo menos discreta. De todas formas, en la urbanización La Finca están acostumbrados a sus salidas y a sus peculiares llegadas de madrugada. Siempre ha tenido presente que si sus vecinos siguen consintiéndole sus continuas e impertinentes salidas de tono solamente ha sido por el poder que su padre posee en la ciudad de Madrid. El ser juez del Tribunal Supremo ha hecho maravillas respecto a la paciencia infinita que llegan a acumular sus acaudalados vecinos. También conoce, y asume, que cualquiera de los dueños de los chalets que conforman el vecindario puede tener en su haber un poder adquisitivo incluso mayor que el de su padre, pero el poder que otorga el estar a la cabeza del principal organismo legal del país pesa infinitamente más en la sociedad que la suma de millones de euros.

Tras vestirse con una bata, se asoma por la ventana de la casa de invitados en la que lleva sobreviviendo desde hace más de seis años. Su propio padre le obligó a trasladarse a este chalet, que, aunque dentro de la misma finca, está situado a unos cincuenta metros de la casa principal, distancia que para él siempre había sido insuficiente.

No le supuso ningún trauma la decisión de su padre, pues la piscina estaba más cerca de su nueva vivienda que de la de sus padres. La autonomía que le ofrecía su chalet de ciento cincuenta metros no estaba completa. El tener que compartir la misma entrada que sus padres le privaba de la intimidad que él desearía poseer.

Ayer cumplió veintinueve años y la celebración se le fue de las manos. Recuerda muy poco de lo que sucedió a lo largo del día, sobre todo desde que abandonó a sus dos amigos, Néstor y Humberto.

La morena de pelo corto que no deja de moverse bajo sus sábanas no tiene nada que ver con las tres chicas que lo convencieron para que abandonara el último local de copas. La última pastilla que le ofreció aquella rubia de la minifalda de cuero fue la culpable de que se colocase tanto como para que ahora no consiga recordar nada de lo que sucedió. Muchos flashes confusos acuden a su mente, pero en ninguno de ellos aparece la tía que ahora comienza a dar señales de vida.

Fabián se dirige al rincón donde están tirados sus pantalones y, con manos torpes, los registra.

—¡Gracias a Dios está aquí!

Ha encontrado su móvil en uno de los bolsillos de sus vaqueros y respira aliviado. No sería la primera vez que le ocurre, pero en esta ocasión le jodería bastante haberlo extraviado. Uno de los pocos recuerdos que tenía era el instante en el que la chica más explosiva de la primera discoteca le pasó su número de teléfono. Tras comprobar que aún seguía ahí, marca otro número en la pantalla digital.

—Buenos días. ¿Me puedes decir qué hora es?

«Bien —piensa Fabián—, al menos es española».

—No sé a quién estás llamando, pero podías pedir unos huevos fritos revueltos con ibuprofeno.

—Muy graciosa, como te llames, pero estoy pidiendo un taxi.

—¿Vas a algún sitio? Y me llamo Belinda.

La chica bosteza con los brazos en cruz sin mostrar pudor alguno al dejar sus pechos desnudos al aire.

—Precisamente el que se va a ir de aquí no soy yo —responde Fabián con desprecio.

—¡Me parece que no eres más que un grandísimo gilipollas! ¡Sabía que no me podía fiar de ti!

Fabián recibe aquel grito frunciendo los ojos y, tras encogerse de hombros, se prepara todo para liarse un porro frente a la ventana que da al jardín.

—Creo que no te he preguntado tu nombre, y por supuesto que no te voy a dar el mío. Ve vistiéndote, que te vas.

—¡Ya me dijo Marta que eras un cerdo! ¡Y que sepas que ya me dijiste tu nombre anoche, Néstor!

Fabián rompe a reír mientras enciende el porro con un mechero dorado. Le resulta gracioso comprobar como, aun yendo ciego de alcohol y drogas, su cabeza es lo suficientemente precavida para no decir su verdadero nombre en este tipo de situaciones. Pero lo que más gracia le hace es que su mente embriagada haya recurrido al nombre de su mejor amigo para fabricarse una identidad falsa.

—Mira, chica —dice señalando a la calle—, tu taxi acaba de llegar. No le hagas esperar.

Fabián coge un billete de cincuenta euros y lo tira encima de la cama con un gesto de arrogancia infinita. La chica lo mira con cara de desprecio y salta de la cama para acabar recogiendo en un brazado su ropa, que, al igual que la de Fabián, está esparcida por el suelo de la habitación.

—¡No soy ninguna puta, cabrón! —le grita en la cara mientras él se gira dando muestras de que el aliento de la mujer le vuelve a repeler.

—No te pongas así, Valeria o como te llames. El dinero no es por lo que hayamos hecho en la cama, sino para el taxi.

—¡El dinero te lo puedes meter en el culo, y la que se llamaba Valeria era mi amiga, capullo!

La chica abandona la casa de invitados desnuda mientras Fabián la observa desde la ventana mofándose de una escena tan ridícula. Tras dar otra calada al porro, suelta una sonora carcajada mientras contempla como tropieza una y otra vez sobre el césped que rodea la piscina ajeno a los acontecimientos que están por llegar y que cambiarán para siempre la forma que tiene de ver a las mujeres.

Mira el reloj de la pared y comprueba que es la una del mediodía. También se fija en como una persiana de la planta de abajo de la casa principal se cierra de golpe. Ahora sí que es seguro que hoy volverá a tener otra improductiva e interminable discusión con su padre.

Una ducha fría es el mejor remedio para recuperar en parte su habitual compostura, aunque, después de pensarlo un poco, llega a la conclusión de que esa normalidad que pretende conseguir tampoco agradará a su padre lo más mínimo.

Se ha puesto unos pantalones chinos y una camisa de cuadros rojos. Es domingo y sabe que a su madre le gusta que todos acudan a comer vestidos en condiciones, como toda la vida. Después de todo, tampoco pide tanto, y a él no le supone nada hacerlo. De hecho, la ropa de lujo es uno de los vicios a los que más le cuesta resistirse, por lo menos de los que su madre tiene conocimiento.

El salón huele a gambas a la plancha y pulpo a la gallega, pero eso no hace que la tensión que se vive alrededor de la mesa desaparezca mitigada entre los aromas a comida caliente. Fabián aún no ha dicho ni palabra, mientras que su padre pasa rápidamente las páginas de opinión de un periódico sin dirigirle tan siquiera una mirada. Un carraspeo intermitente que comienza a ser molesto sale de la garganta de Roberto. No piensa saludar a su hijo, él tampoco lo espera. Es un hombre que rezuma seriedad, y cada uno de sus 185 centímetros está esculpido a base de disciplina militar. Lleva el pelo cortado a cepillo y sus gafas, pequeñas y rectangulares, le dan un aspecto severo al tiempo que jovial. Su mujer no deja de aconsejarle que se tiña el pelo de algún color, pero él siempre se ha mostrado reacio a ceder a semejante superficialidad. No está en sus prioridades el presumir de su aspecto. Además, como él suele decir, las canas le otorgan un estatus ante sus compañeros de toga que un ridículo tinte echaría por tierra.

La gran mesa ovalada está situada en un altillo al que se accede por tres peldaños que cruzan de lado a lado, dividiendo en dos el espacioso salón. El padre de familia preside la mesa fabricada en madera de roble y justo enfrente tiene a su hijo. Desde que cumplió los dieciocho años ha sido así, arrebatando el lugar a su madre, que, con sumisa devoción, ocupa la silla al lado derecho de su esposo. Todo está perfectamente estructurado y ninguno de ellos se atrevería a cambiar por capricho el lugar asignado.

En el lado izquierdo de Roberto se encuentra un anciano que no deja de juguetear con los cubiertos mientras saborea un vino blanco. Se trata de Juan, el hermano mayor de la madre de Fabián y, por ende, su tío. No tenía mucho trato con él, pero en alguna que otra ocasión habían mantenido alguna conversación que casi siempre acababa subida de tono debido a los tintes sexuales a los que este hombre, prematuramente senil, acababa recurriendo por inercia. Su cojera y su sordera tampoco ayudaban a que las relaciones fuesen fluidas, pero lo que peor llevaba el tío Juan eran las caras de desprecio que en más de una ocasión le enviaba el juez. Roberto nunca había tenido una buena relación con su cuñado, pues este había llevado una vida que para él no había sido la más ejemplar. Sus tres divorcios, a los que se vio abocado por su gusto por las prostitutas y el alcohol, no eran la mejor carta de presentación para un hombre dedicado a implantar el estricto cumplimiento de las leyes. Una trombosis fue el detonante por el cual María Luisa decidió llevárselo a vivir con ellos, lo que provocó en la pareja decenas de broncas que siempre acababa ganando ella.

María Luisa es una mujer de su tiempo y la diferencia de edad con su esposo resulta más que evidente. Solo se llevan cinco años, pero Fabián cree que están a miles de kilómetros el uno del otro. María Luisa practica todas las variedades de deporte imaginables y desde siempre ha sido la que ha obligado a Fabián a visitar el gimnasio del centro al que ella es asidua. Él al principio se opuso, pero cambió de opinión al ver como el elitista centro deportivo estaba a reventar de guapísimas mujeres jóvenes, atléticas y, cómo no, con unas tarjetas de crédito sin límite en el interior de sus bolsos de Louis Vuitton dispuestas a ser usadas a discreción, sin control alguno.

Desde que él puede recordar, su madre siempre ha tenido el pelo rubio, pero sabe muy bien, gracias a las fotos del álbum que ella guarda en el armario de su alcoba, que desde muy joven comenzó a tener el pelo blanco, por lo que el tinte es algo vital e irremplazable para mantener su imagen a salvo de cuchicheos.

Fabián sigue ojeando el móvil sin alzar la cabeza. Su madre está ayudando a poner la mesa a Luciana, la criada. Suele hacerlo cuando la cosa se pone mal entre padre e hijo. Al pasar por su lado, toca el hombro de Fabián para intentar suavizar la tensión, aunque imagina que no tendrá éxito en su propósito.

—Tengo dos llamadas de teléfono en mi contestador. ¿Adivinas de quién?

Fabián se recoloca en la silla haciendo un gesto de hastío y se sirve un poco del vino blanco del tío Juan.

—Imagino que habrá sido el cabo primero y el tonto de las hamburguesas.

Roberto da un golpe en la mesa y varios cubiertos caen al suelo. Fabián sabe perfectamente que uno de ellos es un general de brigada que sirvió junto al mismísimo rey don Juan Carlos y el otro es un empresario propietario de una cadena de restaurantes de comida rápida repartidos por toda España y que, por desgracia para él, comparte con ellos vecindad.

—¡Son amigos míos y no voy a permitir que sigas dejándome en mal lugar ante ellos!

—¡Yo no tengo la culpa de que parezca que esos dos tíos no hayan tenido juventud! ¡Si quieren ser unos amargados, que lo sigan siendo y que dejen vivir a los demás!

—¿Ves? —dice Roberto dirigiéndose a su mujer, que acaba de llegar cargada con una sopera de plata—. Todo esto es culpa tuya. Deberíamos haberle echado de casa hace años.

María Luisa no sabe cómo reaccionar y mira a su hijo con una expresión de reproche que prácticamente queda oculta tras un gesto innato de sumisión.

—¡Estoy en casa! —La voz procede del patio y al momento por la puerta entra un chico alto y desgarbado al que pareciera que la pubertad hubiese estirado de él con especial inquina convirtiéndolo en un delgaducho jovenzuelo rubio de ojos azules—. Hola, mamá.

El chico da un beso a su madre, pero solo alza la mano para saludar al cabeza de familia.

Se trata de Daniel, el único hermano de Fabián. Atraviesa la complicada edad de diecisiete años y eso es algo que tiene alteradas cada una de sus hormonas. Las broncas de su padre respecto a sus estudios son tomadas como auténticas agresiones personales y no duda en refugiarse bajo el paraguas cobijador, comprensivo y gratuito de su hermano mayor.

Esta casa se divide claramente en dos bandos y los puñales que exhiben se mantienen perfectamente afilados. La madre es la única que intenta hacerles comprender que no tienen por qué estar siempre en continua batalla, pero ninguno de ellos ha accedido a bajar la guardia. María Luisa suele situarse en terreno de nadie e intenta arbitrar este caótico partido que día a día se hace más insoportable.

Daniel lanza la mochila sobre uno de los sofás y se dirige hacia su hermano. Este lo recibe con euforia y los dos se unen en un abrazo que su padre vigila con recelo.

—Has tardado mucho en venir, enano.

—Me he cargado a Cristian al pádel. Cada vez juega peor. Esta mañana parecía que no hubiese tocado una raqueta en su vida.

—Eso es porque yo te he enseñado todo lo que sabes, hermanito. ―Fabián revuelve enérgicamente el pelo de su hermano.

—Lávate las manos y siéntate a la mesa.

Daniel obedece a su madre y se dirige, tras librarse de los brazos de Fabián, hacia uno de los baños de la planta baja. Su hermano lo observa con añoranza. Aún recuerda cuando nació. Él tenía doce años, y nueve meses antes no se había tomado la noticia del embarazo de la mejor forma posible. No era para menos, cuando se pensaba que era el dueño y señor de la casa, de pronto, descubrió que sus padres aún seguían manteniendo relaciones sexuales. Sí, ahora lo ve con normalidad, pero a punto como estaba de entrar en la pubertad, no podía admitir que sus padres hiciesen en la cama lo que él ni tan siquiera había podido acariciar con sus pensamientos.

El rencor, envidia o pelusa, que era como le gustaba llamarla su madre, no desapareció al nacer Daniel. Todo lo contrario. Todas las lisonjas y adulaciones a esa ridícula criatura de color rosado eran recibidas por el joven con muestras de desprecio y de rencor. Fueron pasando los años y la relación entre ellos no iba a mejor. Fabián mostraba todo un arsenal de reproches hacia su hermano pequeño, que este era incapaz de comprender ni de asimilar.

Cuando cumplió los doce años hubo un cambio brusco en su particular relación. Fabián tuvo que ir a recogerle al colegio y fue testigo de cómo uno de los matones del patio, perteneciente a un curso superior, lo arrastraba por el suelo tras agarrarle de la capucha de su chándal. No sabe lo que ocurrió en esos instantes dentro de su cabeza, pero una alarma saltó en su pecho y su dormido instinto protector de la familia surgió sin que tuviese tiempo de pensar qué era lo que estaba haciendo. Saltó por encima de dos coches para llegar hasta donde ese desgraciado, que tenía que rondar los quince años, estaba humillando a su hermano pequeño.

Ante la asombrada mirada de Daniel, Fabián agarró de la pechera al grandullón del colegio y lo estrelló contra la pared más cercana. Cada queja que el grueso chico intentaba lanzar contra su atacante era contestada con una bofetada que le giraba la cara. No podía detenerse y las lágrimas del chico no le servían a Fabián para otra cosa que no fuese para seguir alterándose.

Con la última bofetada, el matón cayó al suelo sin esconder sus raquíticos y penosos sollozos ante los mirones que observaban con morbo la ridícula situación de aquel capullo que se encargaba de aterrorizarlos en el patio de recreo.

Ese momento fue crucial para ambos hermanos. Para Fabián significó el despertar de su instinto de hermano mayor y supo que jamás dejaría que nadie hiciera daño a aquel pequeñajo endeble y esmirriado. Y cómo no, para Daniel fue el primer día en el que fue consciente de que tenía a alguien a su lado para lo que le hiciese falta.

Hasta ese momento, Fabián había sido el otro matón que le amargaba la existencia en el ámbito familiar, pero ahora se acababa de convertir en su héroe personal. Cada una de las hostias estrellándose en el careto de aquel pringado le hizo multiplicar la admiración hacia su hermano mayor.

En doce años ni se le había ocurrido que Fabián podía ser su referencia, pero ahora no solo lo era, sino que se había convertido en el estandarte que iba a seguir de por vida. No le importaba lo que hiciese, él siempre le daría la razón en todo y estaría a su lado para ayudarle en cualquier contrariedad que le surgiese, tal y como había hecho por él.

Fabián se había convertido en el modelo a imitar. Su forma de hablar y vestir se veía reflejada en el influenciable joven, y no hace falta decir que eso era una de las cosas que su padre percibía con más rechazo.

Fabián no era precisamente el icono perfecto al que imitar, y Roberto se lo intentaba hacer ver, una y otra vez, con diversos reproches y ejemplos. Sabía que todos los consejos y razonamientos podían caer en saco roto, pero no iba a permitir que un hombre supuestamente maduro, con veintinueve años y sin un trabajo fijo, pudiera servir de ejemplo para nadie, y mucho menos para su hijo menor.

Tal vez se había equivocado en la forma de criar a su primogénito. El rígido reglamento que quiso imponer a Fabián desde su nacimiento no fue el más adecuado, pero en aquella época, a un joven abogado que siempre había estado influenciado por las leyes, no se le había pasado por la cabeza otra forma de llevar a cabo la educación de su primer hijo. En su casa siempre se había respirado el respeto que cada ciudadano debe tener hacia la ley y no existía ningún argumento que pudiese ir en contra de ese ideal.

Roberto obligó a Fabián a estudiar derecho, y este lo rechazó desde el minuto uno. Las hormonas no hacían más que poner zancadillas a cada uno de los planes que su padre pudiese tener para él. Fabián se caracterizó desde un primer momento por la facilidad que tenía para memorizar textos, por lo que su padre se forjó la ilusión de que seguiría una carrera de letras.

Roberto rememoraba aquellos tiempos con una tristeza infinita y no podía comprender cómo todo lo referente a la educación de su hijo se le había podido ir de las manos de aquella manera tan dramática y exasperante. Muchas veces intentó volver atrás para buscar ese detalle, ese instante en el que todo cambió, pero por más que indagó en los rincones de sus recuerdos, nunca lo encontró.

Fabián ingresó en la universidad y todo parecía ir de maravilla. Solo le quedaba un año para conseguir la licenciatura y fue ahí donde su cabeza cambió. En realidad, ya lo había hecho mucho antes, casi en la pubertad, pero fue en ese momento de su vida cuando se decidió a enseñar su cara oculta, esa que no podía sacar nada más que delante del espejo cuando estaba a solas en su cuarto. Ahí fue cuando perdió una cosa que él pensaba que nunca podría perder: el miedo hacia su padre.

Quizá las primerizas drogas blandas habían ayudado a que el respeto que sentía hacia su padre fuese desapareciendo calada a calada. Roberto no podía hacer otra cosa que observar con impotencia como el hijo que él creía tener bajo su manto protector se le escapaba como el agua de un hielo derritiéndose en su férrea mano.

Esa firmeza que él pensaba que se debía usar para conseguir un grado de respeto aceptable le había servido para creer que, solamente por imposición, su hijo se iba a convertir en un clon suyo. Roberto no lo sabía, pero estaba creando el caldo de cultivo perfecto para que Fabián recurriese a su instinto de protección. Fabián fue fallando hasta en las mínimas pretensiones de su estricto padre y, ante sus incrédulos ojos, se fue convirtiendo precisamente en las antípodas de lo que el juez había previsto para su hijo.

Antes de ser nombrado juez del Tribunal Supremo, tuvo que lidiar día sí, día también, con toda clase de individuos que tenían por norma saltarse las leyes sin importarles nada ni nadie. Él siempre había creído que los padres de esa escoria de mal vivir no habían estado lo suficientemente implicados en la educación de sus hijos y las consecuencias de esa dejadez les habían llevado a saltarse la legalidad a la torera. Esa teoría saltó en mil pedazos, como si de la luna delantera de un coche al estrellarse de frente se tratase. Todo lo que había aprendido, todo lo que había vivido, le llevaba hacia un callejón sin salida. Poco a poco tuvo que resignarse a ver como su hijo decidía tomar un camino imposible de comprender para un hombre cuyos principios estaban cimentados en la legalidad. La anarquía y la desobediencia civil ni las podía asumir ni tolerar.

No sabía mucho de su vida, y mucho menos desde que lo había desterrado a la casa de invitados. Durante esos seis años no había intentado tan siquiera acabar la carrera y sus continuas salidas eran observadas por su progenitor como una reiterada humillación imposible de soportar. Solamente el nocturno susurro conciliador de María Luisa era capaz de mitigar los deseos de echar a aquel sujeto, ahora desconocido para él, que un día fue su precioso y apreciado hijo.

María Luisa era también la culpable de que a Fabián nunca le faltase la asignación de mil quinientos euros que recibía desde que se trasladó a la casa de invitados. Ese dinero se suponía que debía servir para pagarse la comida y los gastos de la vivienda prestada, pero Roberto sospechaba que su mujer le ayudaba en esos menesteres, por lo que, seguramente, dedicaba la totalidad del dinero a sus juergas y caprichos.

Roberto no era un ingenuo y sabía que la vida nocturna en Madrid no se podía costear con la ridícula cantidad que él le tenía asignada, por lo que intuía que el capital necesario para llevar a cabo sus desenfrenos tenía que provenir de otras fuentes.

Parecía que hubiesen llegado a un pacto de silencio. El resignado juez no intentaba indagar sobre la procedencia del dinero a cambio de que Fabián no interfiriera negativamente en la vida de la familia.

Como todo contrato de conveniencia que no está por escrito y debidamente firmado por ambas partes, este tampoco parecía que se estuviese cumpliendo en sus más elementales términos, y últimamente los desprecios hacia la familia y hacia la convivencia vecinal se multiplicaban exponencialmente.

—¿Te habrás duchado en el club?

—Por supuesto, papá —contesta Daniel sin mirarle mientras se sienta a la mesa junto a su hermano—. ¿Es que crees que soy un cerdo?

—¡No consiento que me hables en ese tono!

—Has empezado tú. Parece que dudas de todo lo que hago o digo.

Fabián contempla con una sonrisa ganadora el combate dialéctico entre su hermano y su padre. Esta vez no es él el interpelado y parece disfrutar de ese momento haciéndoselo notar a su padre.

—Yo no dudo de nada —continúa el juez—, pero últimamente no se te puede decir lo más mínimo sin que saltes a la tremenda. De verdad, no sé a quién quieres parecerte. ―Sí lo sabía.

—Quizá sea porque me queda una semana para cumplir los dieciocho años y aún me sigues tratando como a un niñato.

—Solo te he hecho una pregunta sin intención y además…

—¡Callaos de una vez!

El grito de María Luisa deja a todos perplejos, pero mucho más a su esposo. No recuerda haberla visto con esa mirada, o quizá sí, hace años. Sus ojos irradian una mezcla de odio y súplica, y los cuatro la miran en silencio mientras observan como su pecho se infla y desinfla mostrando su agitación.

—¡Estoy harta de estas discusiones y de que no hagáis nada más que poner trabas a la convivencia familiar! —Ninguno se atreve a decir nada—. Escuchadme. ¿No os dais cuenta de que vivimos de una forma que muchas personas envidiarían y que matarían por tener los privilegios de los que disfrutamos? Yo intento por todos los medios que todo esto tenga sentido y que nos podamos reunir como una familia normal un domingo normal, pero ya veo que es imposible. No puedo comprender cómo aprovecháis, tanto los unos como los otros, para sacar de contexto cualquier menudencia para comenzar con una bronca que al final os llevará a una pelea en la que saldréis cada uno por una puerta distinta dejándoos de hablar por una semana, y así sucesivamente. No soporto los reproches hacia tu padre —señala a Fabián— y tampoco —mira a su esposo— los continuos tiras y aflojas que tú le haces a él. ―María Luisa se sienta al lado de su marido y este le llena un vaso de agua que ella atrapa con sus manos temblorosas—. Tenéis que cambiar. Os lo pido por favor. No puedo vivir siempre con esta incertidumbre. Hubo un tiempo en que disfrutabais cada uno de los momentos en los que coincidíais. No puedo creer que todas aquellas maravillosas vivencias hayan desaparecido. Y tú, Daniel —el chico aparta de la cara su largo flequillo rubio—, tú, hijo mío, no puedes seguir todos los frentes que vaya abriendo tu hermano a su paso. —Fabián baja la cabeza—. Él ha decidido llevar una vida que no es la que yo le deseo, pero la respeto. El que yo la respete no quiere decir ni mucho menos que la comparta, pero hace años decidí que os tenía que ayudar en todo lo que quisierais hacer, aunque tengo que admitir que se me está haciendo cuesta arriba el ver como desperdicias tu vida. —Fabián no alza la vista. Intenta parecer ausente jugando con el tenedor del pescado—. ¿Ves, cariño? Sigues eludiendo tus responsabilidades sin atreverte a afrontar el resultado de tus actos.

—Yo no he tenido nada que ver en esto, mamá —protesta Fabián mientras se marcan los huesos de su mandíbula.

—¡Por supuesto que estás involucrado en todo esto, hijo mío! —le contradice María Luisa―. No puede ser que con tus decisiones y consejos estés poniendo a Daniel en contra de tu padre. Dios no te perdonará que estés metiendo ese veneno en la piel de tu hermano.

—¡Mamá! —interviene Daniel—. Fabián nunca me ha dicho nada sobre cómo tengo que tratar a papá. Es él el que tiene que replantearse la forma en la que me trata a mí.

—¿Ves lo que has conseguido? —La mujer mira a Fabián negando con la cabeza―. Tu hermano cree que tú no tienes nada que ver en la forma en la que él percibe a tu padre. Seguro que piensa como tú, que solo lo trajimos al mundo para hacerle la vida imposible. ―La agitada mujer se lleva el vaso de agua a la boca y se moja los labios sin apenas beber―. Te quiero con locura, cariño, pero no puedes poner a tu hermano en contra de tu padre, eso es un pecado que Dios se encargará de hacértelo pagar si continúas actuando de esa manera.

—¿Dios? —Fabián se levanta de la mesa arrastrando la silla a propósito—. Siempre tienes que mencionar a Dios en estas situaciones. ¡No comprendes que tu Dios no nos va a ayudar ni a castigar!

—¡No te atrevas a decir nada sobre mis creencias!

—No son tus creencias lo que me molesta. Lo que no puede ser es que la gente, por el mero hecho de ir a misa de doce, se piense que son las mejores personas de este mundo. Precisamente las peores personas que conozco no fallan en su misa dominical.

—Ya veo que no quieres arreglar nada.

Los ojos de María Luisa comienzan a poblarse con lágrimas de amargura. El juez se levanta y enfrenta su mirada con la de su hijo.

—Una de esas personas de las que hablas, y a las que te gusta tanto criticar por ir a la iglesia, es tu madre. Además, no creo que seas el más indicado para dar lecciones de moralidad.

—¡Ya saltó el juez que llevas dentro, papá! Veo que no puedes evitar el seguir juzgando fuera de tu ámbito laboral. Deberías plantearte el no traer trabajo a casa, eso facilitaría mucho las cosas.

Roberto da un manotazo sobre la mesa con tal violencia que no cae en la cuenta de los cubiertos y los dos platos superpuestos que tiene ante él. Porcelana y acero acaban estrellándose contra en el suelo. Luciana está escondida tras la puerta que da a la cocina y ni tan siquiera se inmuta. No es la primera vez que una conversación entre padre e hijo acaba por esos derroteros.

—¡Nunca has respetado mi trabajo y me has ninguneado cuantas veces te ha venido en gana! —Las venas del cuello de Roberto se hinchan de tal modo que su mujer puede ver los latidos de su corazón a través de ellas—. Tengo un oficio donde no podemos librarnos de la responsabilidad que conlleva el que una persona acabe en prisión o que ande suelto por la calle. Quizá tú no veas en esto nada más que un trabajo en el que nos gusta ponernos unas ridículas togas, pero este es un oficio que se lleva en la sangre y no todo el mundo vale para llevarlo a cabo con la ecuanimidad que requiere.

—¿Lo ves? Ya estás volviendo a juzgarme por haber dejado los estudios.

—Yo no te juzgo para nada. Ve aprendiendo que el único responsable de lo que te suceda en la vida vas a ser tú. No culpes a nadie porque tengas una vida sin sentido que solo te gusta llenar de alcohol y posiblemente drogas.

—¡Roberto, por favor! —María Luisa no deja de llorar—. Estás hablando sin saber. El que salga de fiesta con los amigos no significa que…

—¿Quién es la ingenua ahora? —le interrumpe el juez—. ¡Por Dios, tiene veintinueve años y no se acuesta ningún día antes de las cuatro de la mañana! ¿De verdad crees que está por ahí con sus amigotes tomando zumos de naranja?

El tío Juan coge la cuchara y da un sorbo a la sopa mientras observa cabizbajo como su cuñado abandona el salón despotricando.

—Hoy sí que la has liado gorda. —Daniel pronuncia estas palabras después de soltar un silbido—. Me parece, hermano, que esta vez vais a tardar más de una semana en volver a hablaros.

VIEJOS TIEMPOS

Era solo un niño insignificante e introvertido de nueve años cuando conoció a Irene. Por lo menos es así como se sentía y como le hacían sentirse tanto sus padres como la mayoría de sus supuestos amigos. Nunca le había apasionado estudiar, pero, por una inesperada paradoja, se convirtió en el mejor y más aventajado de los alumnos del colegio Santa María del Carmen, edificio público situado en la parte alta de Ramales de la Victoria.

Sin saber cómo, comenzó a usar sus estudios como escudo ante la hostilidad que provocaba en todos los que le rodeaban. Nunca lo había llegado a comprender. Durante mucho tiempo pensó que era por sus gafas de culo de vaso, pues su corta edad le impedía tener los datos necesarios para comprender que el odio que esgrimían hacia él no tenía otra procedencia que el molesto oficio de su padre. Damián era un rudo e intransigente guardia civil que llevaba su trabajo hasta tal extremo que los habitantes de Ramales de la Victoria y los alrededores lo sufrían como una penitencia en vida. Los continuos abusos de poder no podían ser denunciados ni contrarrestados de manera alguna, por lo que cada uno de los lugareños se ocupaba de devolver esas injusticias de la forma que más a mano encontraba. Eso pasaba tanto por despreciar a la niña de once años, y hermana de Roberto, como a él mismo. Eso sí, siempre lo hacían de una forma que no supusiera que ninguno de los dos niños pudiese delatarles ante el aspirante a dictador que era su padre.

En el cuartelillo convivían cuatro guardias civiles. Los otros tres también sufrían los desfases del teniente Damián Alcázar, e intentaban compensar ante los vecinos los continuos y despóticos atropellos de su jefe al mando, aunque no siempre lo conseguían.

A Raquel y a Roberto no les quedaba otra que aguantar los constantes cambios de humor de la población sin percatarse que las únicas culpables de esos desprecios eran las acciones exageradamente estrictas de su padre.

La personalidad de Damián no se quedaba solamente en el ámbito profesional, sino que la trasladaba de forma inexorable al terreno doméstico, haciendo de su hogar un segundo y severo cuartelillo en el que sus dos hijos y su mujer debían seguir unas minuciosas y absurdas normas.

A su corta edad, Roberto soñaba todas las noches con ganarse el amor de una madre que solo vivía para cumplir cada uno de los deseos de su padre y que había relegado a un segundo plano lo de ejercer como protectora cariñosa. La envidia le golpeaba cada vez que veía a los niños del pueblo ser abrazados por sus afectuosas madres. Sabía que él nunca se vería en tal situación.

Cuando comenzó a ser consciente de que las prioridades de sus progenitores no pasaban por darle un cariño y un amor que él suplicaba con la mirada, Roberto decidió buscar esas sensaciones fuera de su entorno familiar.

Escrutaba a cada uno de los niños y niñas del colegio buscando inútilmente la complicidad que le hacía falta para sentirse querido, pero eso no hacía nada más que complicar todavía más las cosas. El sentarse a diario en lo alto de las escaleras, en silencio, observador y vigilante, le hizo ganarse una fama entre sus compañeros que él nunca llegó a conocer. «Miradlo, igual que el cabrón de su padre, siempre acechando».

Solamente una niña llamada María Luisa se atrevía a sentarse a su lado. Tenía cuatro años, era hija de otro guardia civil prematuramente jubilado, el cual, a todas luces, era la antítesis perfecta del ogro de Damián.

Aunque los vengativos niños rezumaban un odio irrefrenable contra Roberto y lo que representaba, nadie daba la espalda a esa niña que se acercaba de forma sistemática todos los días a hacer compañía al chaval. Ni que decir tiene que contar como única compañera de escalón a una niña de cuatro años no era la mejor forma de que el resto de chicos le llegasen a respetar, pero eso solo le molestó en los primeros días.

Media hora duraba el recreo y, durante ese tiempo, Roberto y María Luisa no se dirigían la palabra. Sus miradas se proyectaban al frente, silenciosas, sin buscar nada en especial, esperando a que los minutos pasasen de largo y sonase la campana para regresar a sus respectivos pupitres.

Ese verano fue especial para Roberto. Nada tuvo que ver las altas temperaturas que ese año sufrió tanto el pueblo como el resto de Cantabria, sino que un nuevo agente de la Guardia Civil apareció en el puesto del padre de María Luisa.

El nuevo parecía una persona extraña, retraída. Nada tenía de especial su aspecto achaparrado, que iba en concordancia con la imagen de su mujer. Parecían estar sacados del mismo molde y, de no conocer que eran marido y mujer, podrían haber pasado perfectamente por hermanos.

El punto contrapuesto, y la esperanza de Roberto, estaba desesperadamente localizado en Irene. Una niña que él estaba seguro de que debía ser adoptada, pues esos padres enrobinados y amorfos no podían haber traído al mundo algo tan perfecto y maravilloso.

Desde el primer momento en que la conoció, su sonrisa se quedó impresa en lo más hondo de su ser. Incluso la mella de las dos palas le favorecía, a tal punto que le fastidiaba pensar que los dientes de leche que ya no estaban pronto tendrían su repuesto.

Su pelo rubio y lacio estaba siempre perfecto. Daba lo mismo si su madre la peinaba con una coleta alta, baja o si ella misma decidía quitarse el coletero cuando saltaba a la comba. De cualquiera de las maneras que Roberto la viese, siempre la contemplaba perfecta en todo su ser.

Tenía su misma edad, y solamente compartió clase y pupitre con ella durante las dos últimas semanas del curso, pero ese escaso tiempo y el trabajo de sus padres les unieron de una forma especial.

Acostumbrado a sufrir el desprecio de la gente, el poder disfrutar de una amistad que no tuviese nada que ver con su hermana Raquel ni con su infantil escudera de recreo le había hecho recuperar la alegría de vivir.

No eran grandes cosas —unas miradas a espaldas de doña Matilde, una nota pasada bajo el pupitre o sencillamente el roce de sus manos por equivocación cuando coincidían en ir a coger la goma de borrar—, pero tan diminutos detalles consiguieron crear algo realmente bonito.

Él continuaba en el último peldaño de piedra de aquella escalera mirando al frente, sereno, y con su fiel acompañante María Luisa a su lado, pero ya no buscaba amigos ni compañeros entre el bullicio de niños que corrían de un lado a otro, pues sus ojos estaban permanentemente clavados en la figura de una Irene sonriente y despreocupada. Daba igual si jugaba a la rayuela, a la goma, al pañuelo o a la comba, pues para Roberto cualquiera de sus movimientos se convertía automáticamente en una emoción que le hacía sentirse en paz consigo mismo.

Mientras tanto, María Luisa permanecía a su lado, inamovible, sabiendo que su amigo había encontrado a alguien más en su vida, y no podía evitar que le asaltasen unos celos inocentes que no acertaba a comprender. Con tan solo cuatro años, y sin ningún hermano pequeño al que envidiar por la excesiva atención de sus padres, María Luisa estaba experimentando en su propia piel el síndrome del rey destronado.

Nunca habían hablado. Sus encuentros en lo alto de la escalera eran lo único que habían compartido este último año, pero, para María Luisa, Roberto era lo más parecido a un príncipe azul y, aunque él no dejase de buscar el contacto visual con esa recién llegada, ella no lo abandonaría jamás. Quizá no tenía en su haber la edad de Irene, pero sería paciente y esperaría para conquistarle. Después de todo, las personas crecen, y ella no iba a ser distinta. Por lo menos eso es lo que quería creer, aunque lo viera tan lejos.

VIVIENDO LA NOCHE

Cualquier noche es buena para darse una fiesta con sus amigos de toda la vida, y esta no va a ser menos. Ya han pasado dos días de la pelea con su padre y desde entonces no se han cruzado ni una sola vez. Fabián conoce perfectamente los horarios de su padre y ha hecho todo lo posible para no coincidir con él ni en sus llegadas ni en sus salidas.

El Ferrari amarillo, que su madre le regaló cuando cumplió los dieciocho años y por el que solo se mostró agradecido los primeros diez minutos, chirría en cada una de las curvas de la urbanización El Viso, que es donde residen sus dos compañeros de juergas. Son amigos desde que Fabián cambió de colegio a los trece años. Aquellos dos chicos a los que él adelantaba en dos años tenían algo especial. Tal vez fue su palmaria rebeldía lo que provocó que Fabián comenzase a unirse a ese dúo de niñatos y dejase de lado a los que eran de su edad. No fueron tiempos fáciles para él, pues eso no fue recibido nada bien por su círculo de amistades, pero los ratos de aventuras que pasaron juntos superaban con creces los inconvenientes de tener a una clase entera en su contra.

Primero recoge a Humberto en un chalet donde sabe que no es bien recibido, por lo que tiene que esperarle en la puerta acompañado de los escandalosos ladridos de dos dóberman que parecieran estar recibiendo órdenes explícitas de los padres de su amigo para mantenerle alejado de aquella suntuosa mansión.

No tarda en aparecer su amigo, engominado, en mangas de camisa y con la chaqueta de pana al hombro. Sin dudarlo, arroja la americana en los asientos de atrás y ocupa el lugar del acompañante. Tras un fuerte choque de manos, el deportivo arranca derrapando y quemando ruedas. Humberto lo mira enfadado. Conoce de sobra que eso molesta a sus padres, y también sabe que su amigo lo hace precisamente por eso. No hay nada que fastidie más al rico empresario dedicado a la fabricación de papel que un holgazán, niño de papá, le deje una estela de humo maloliente a las puertas de su casa.

Tras unas cinco rotondas llegan a las puertas de otra finca en la que tienen permiso para entrar cuando y como quieran. El padre de Néstor está divorciado y sus veintitantas parafarmacias no le dejan apenas tiempo para estar en casa. Si en alguna ocasión habían coincidido con él, siempre les había saludado con normalidad e incluso rayando el colegueo.

La puerta corredera de la entrada se abre para ellos y el Ferrari amarillo entra en la finca moderando sus acelerones. Le caen bien al farmacéutico, pero no quieren tentar la suerte. En la puerta aparece un muchacho, rubio, bien parecido, vestido con un vaquero repleto de rotos y una camiseta de manga corta ceñida, la cual deja a la vista su aspecto atlético. En su mano derecha lleva una chaqueta de cuero que arroja también sobre los diminutos asientos de atrás.

Humberto se ha bajado del deportivo para dejar pasar a su amigo a la parte trasera.

—Siempre me toca atrás —protesta Néstor airadamente—. Le podías decir a tu padre que te cambiase esta mierda por un coche en condiciones.

—Está el asunto como para ir pidiendo.

Tanto Fabián como Humberto rompen a reír a carcajadas. Fabián le ha contado parte de la discusión en el trayecto y no han dejado de mofarse del juez mientras relataba su pelea.

—En cuanto me den el BMW nuevo, no volveremos a movernos por Madrid en esta caja de cerillas —dice Néstor alzando la barbilla.

Humberto propina un puñetazo en el hombro a su amigo y le empuja para que entre de una vez por todas en el deportivo amarillo, tras lo cual se vuelve y se despide del farmacéutico, que les observa desde la segunda planta.

No tardan en abandonar la urbanización y tras cuarenta y cinco minutos se encuentran pugnando por un puesto entre la marabunta de vehículos que se mueven por la maraña de las calles de Madrid. El Ferrari amarillo hace su aparición estelar en el aparcamiento de la gran discoteca Opium. Hoy no debería estar abierta, pero han organizado una fiesta privada y va a acudir lo mejor de lo mejor de Madrid. Los tres amigos aparcan en el sitio destinado a la zona vip y se adentran en el local. El portero les saluda con un gesto que denota confianza o quizá algo más.

Roberto, padre de Fabián, no sabe a qué se dedica su hijo cuando no duerme o se emborracha, y aquí está la respuesta. Hace cuatro años conoció a Ramón, un dominicano que en esa época llevaba afincado en Madrid solamente siete meses. Como cualquier inmigrante, tuvo que buscarse la vida en medio de la crisis que España estaba sufriendo en 2013 y lo hizo donde más oportunidades podía tener un tiarrón de uno noventa recién salido de un gimnasio tercermundista en su República Dominicana natal. Las habilidades en artes marciales y el haber peleado en combates de MMA le abrieron las puertas a codearse con las altas esferas de la noche. Sus inicios fueron como un simple portero de discoteca, pero no tardó en comenzar a trabajar para todo tipo de locales de lujo. Realizaba una interminable lista de servicios privados, pero en el que más destacó fue en el de guardaespaldas. Para terminar de forjarse la fama por la que ahora es temido y respetado solo tuvo que mandar a tres tipos al hospital y uno al cementerio.

Este último caso sucedió a las cuatro de la madrugada en el estacionamiento de un local de alterne de lujo. La verdad sea dicha, el que comenzó la pelea fue un pardillo borracho al que la droga y el alcohol le habían hecho apropiarse de un valor y una fuerza imaginaria que no le valió para nada contra el ataque de la mole de ciento diez kilos que era Ramón. El borracho amenazó con una navaja al hombre que debía proteger y el dominicano no dudó en contraatacar arrebatándole el arma blanca sin dejar de propinar bestiales puñetazos a su contrincante. Apenas le duró unos segundos, y el tipo cayó hacia atrás con la mala suerte de golpearse en uno de los maceteros de hormigón que adornaban el puticlub de lujo.

Naturalmente, tuvo que ir a juicio y, de no haber sido por un testigo que lo observó todo y que suavizó los hechos de manera premeditada, Ramón podría haber llegado a dar con sus huesos en la cárcel por unos cuantos años. Salió libre tras pagar una fianza, que el ricachón al que tuvo que proteger del ataque no dudó en depositar en el juzgado, y ya en la calle comenzó una amistad con el testigo que le había ayudado a quitar hierro a la agresiva y aparentemente desproporcionada acción que el guardaespaldas tuvo hacia su agresor.

Por supuesto, y como no podía ser de otra forma, al juez Roberto Alcázar no le hizo puñetera gracia que su hijo testificara a favor de uno de los esbirros del individuo que manejaba la mayor parte de la droga que se movía por Madrid.

Ese fue uno de los conflictos peores que tuvieron que atravesar padre e hijo, y para los dos supuso un antes y un después en su relación. Como castigo, su padre decidió quitarle la paga que tenía adjudicada durante un par de meses, y ese fue el disparo de salida hacia una carrera como organizador de fiestas y discreto proveedor de sustancias de origen dudosamente legal.

El juicio que estuvo a punto de acabar en condena de prisión también hizo abrir los ojos a Ramón, que decidió buscarse la vida de otra forma, eso sí, sin abandonar el mundo de la noche que era lo que conocía a la perfección.

En los planes del grandullón dominicano no entraba asociarse en un principio con un tío de veintipocos años que se había negado a crecer, como lo hiciese Peter Pan en el país de Nunca Jamás, pero, al enterarse de que el padre de ese tío era uno de los jueces con mayor influencia en Madrid, no tardó en reconsiderarlo y no solo lo admitió como socio, sino que además le dejaba un puesto prácticamente presencial dentro de esa etérea e ilícita sociedad. Esto significaba que no tenía que estar ni en la preparación de los eventos de sociedad ni cuando recibían su peculiar mercancía en los distintos almacenes que Ramón se encargaba de alquilar.

Por supuesto, el dominicano no era tonto y nunca iba a dejar que un niño de papá se llevase la mitad de los beneficios sin hacer nada, por lo que rebajó su porcentaje a un 8020. En aquellos momentos, Fabián mantenía sus vicios con el dinero que le prestaban tanto Humberto como Néstor y accedió a ese veinte por ciento sin dudar un segundo. En alguna ocasión llegó a pensar que lo que buscaba su asociado era la protección judicial que en un futuro podía otorgarle su padre, pero no iba a ser él quien lo sacase de tan tremendo error. Ramón ni tan siquiera lo podía imaginar, pero, si alguna vez llegase a estar ante el juez Roberto Alcázar, lo último que debería mencionar es que era amigo suyo. Su padre no dudaría en aplicar la condena superior posible sin dejar escapar ni un jodido pestañeo.

El que su padre y él se peleasen como el perro y el gato era un secreto que se llevaría, si era preciso, a la tumba. Nunca lo admitiría ante él, pero reconocía para sí que, indirectamente, se había estado aprovechando toda su vida de la fama de juez estricto e intransigente que tenía su padre. En más de una ocasión, alguna puerta se había abierto solamente con mencionar el apellido Alcázar, pero jamás lo reconocería delante del juez.

Los tres amigos se adentran el local saludando a cada uno de los relaciones públicas que encuentran a su paso. Distintos chicos y chicas provistos de intercomunicadores envían cómplices sonrisas a Fabián mientras se dirigen hacia el restaurante donde les está esperando Ramón.

Solamente hay ocupadas cuatro mesas de este restaurante de comida internacional y en otra, al fondo del salón, un gigante apura con premura un chuletón de carne roja muy poco hecha.

—Veo que no esperas a nadie, socio.

El grandullón sigue con su tarea y lo mira de reojo sin demostrar ni un ápice de amabilidad hacia los recién llegados. Fabián sabe que sus dos amigos no son del agrado de su socio, pero a él eso no le importa en absoluto.

—Tengo que preparar muchas cosas antes de que comiencen a llegar los gorrioncillos pidiendo trigo y no me puedo entretener en conversaciones intranscendentes.

—Calvo de mierda, ¿me puede aconsejar un libro para hacer amigos?

El comentario de Humberto no hace ni pizca de gracia al grandullón de piel tostada y se levanta de la mesa cuando aún le queda un bocado de carne de ternera rodeada de un caldo rojizo. De un trago apura la copa de vino tinto y tras dar la mano a Fabián dirige una mirada que deja patente la animadversión hacia Humberto y Néstor.

—En la silla te he dejado la mercancía. Que no te regateen las palomitas. No venimos aquí ni a hacer amigos ni favores. El que quiera calidad que la pague, y eso lo digo también por estos dos imberbes.

Fabián sonríe reteniendo una carcajada mientras observan como la amplia espalda de esa mole abandona el comedor.

—¡Solo era un chiste! —intenta justificarse Humberto—. ¡Este tío no tiene sentido del humor! Si me hubiese dejado contárselo entero...

—Si le cuentas el chiste entero, te habría sacado a patadas de aquí. ―Las risas de Fabián cuentan ahora con la complicidad de Néstor—. Te has cagado, amigo. No pasa nada ―Fabián apoya el brazo en el hombro de Humberto—, yo también me habría acojonado, y eso que es mi socio.

Tras un momento incómodo, los tres se sientan a la mesa y entre los dos amigos intentan convencer a Humberto de que esa actitud forma parte del papel que Ramón tiene que interpretar para que el personal siga guardándole el bulto.

—El respeto en esta profesión no se gana siendo un irrisorio bonachón.

—¡Lo entiendo, no soy tonto, pero tampoco creo que siempre tenga que comportarse como un capullo!

—No es nada personal —dice Fabián mientras llama a la camarera—. Ramón es así con casi todo el mundo.

La cena transcurre entre risas y recuerdos. El marisco, la carne y el buen vino no han tardado en hacer su efecto, y Humberto ha cambiado de actitud en el mismo tiempo que han tardado en apurarse dos botellas de Pago de Carraovejas.

Los constantes envites de mal gusto que ha protagonizado Fabián hacia la camarera han sido recibidos por sus dos amigos como triunfos personales. Esos capullos impertinentes han rebasado una y otra vez los límites que se le supone a un cliente con cada uno de los comentarios sexistas y machistas. La camarera debería haber recurrido al encargado, pero sabe que el dominicano siempre tiene la última palabra.

Fabián ha tentado su suerte tras extender sobre el plato de su postre seis rayas de coca que ha machacado con la tarjeta de crédito inservible que su padre se encargó de bloquear hace tiempo, pero, como siempre, no ha sucedido nada.

Son prácticamente las doce de la noche cuando los tres acceden a la gran sala de la discoteca. Ahí es donde Fabián se mueve con más soltura, pues todo el personal está aparentemente a su disposición. Eso solamente es una ilusión que fuerza la necesidad de cobrar un sueldo y, después de todo, tampoco es tan difícil sonreír a un imbécil.

Los tres suben hasta uno de los palcos vip de la gran sala de fiestas, donde les esperan cinco chicas. Al acceder al reservado, las cinco mujeres, que no pasan de los veinticinco años, estallan en un grito de festejo al unísono, haciendo que los tres den un par de pasos hacia atrás de forma divertida.

—Tranquilas, chicas —dice Fabián—, pareciera que lleváis sin macho una eternidad.

Una chica de rasgos asiáticos se levanta de su asiento y se acerca hasta ponérsele enfrente. Es tan alta como Fabián, pero el llevar unos tacones de vértigo le da la ventaja de mirarle desde arriba con un mal disimulado desdén.

—Muchachito, nosotras podemos tener todos los machos que queramos con solo chasquear los dedos.

Fabián no retira su mirada de la escultural mestiza intentando encontrar en el rostro de la chica un gesto de duda que en ningún momento aparece. Tras comprobar que no se bate en retirada, Fabián mira a sus dos amigos y les coge por los hombros colocándose en el centro.

—Colegas, me parece que esta va a ser una noche de las que tendremos que hacer uso del cuaderno de bitácora. ¡Adelante, grumetes!

El grupo rompe a reír, aunque la descarada chica parece no querer abandonar su actitud. Fabián la esquiva y se sienta en el sofá junto a las otras cuatro que se lanzan sobre él a recibirlo con un par de besos, algunos de ellos más que peligrosamente atrevidos. Néstor decide hacerle compañía a su amigo en el sofá. No puede permitir que él solo abarque tanto trabajo, mientras que Humberto se ha decidido por acercarse a la felina asiática de flequillo recto y minifalda de cuero.

—No te enfades con él, tiene esa forma de hablar con todas las mujeres. Una vez que lo conoces te acabas acostumbrando.

—¿Tú te acostumbrarías a que una mujer te tratase como una mierda?

—Si se pareciese a ti, sí. —Humberto ve como los ojos de la mujer se abren mientras sus cejas se fruncen dándole a entender que por ese camino no hay nada que hacer―. Solo era una broma, chica. Son las doce y la noche es joven. ¿Por qué no te relajas un poco y te dejas llevar?

La chavala se queda unos segundos en silencio, mientras que Humberto intenta imaginar cómo va a ser la espantada y qué vengativa despedida va a salir de su boca. Nada de eso ocurre. Una de las chicas se deshace de los brazos de Néstor y se acerca al oído de su amiga. Todos esperan expectantes contemplar la resolución de este ataque de pundonor que ellos consideran totalmente fuera de lugar y, tras unos segundos de susurros inaudibles debido al volumen de la música, la espectacular mestiza esculpe en sus labios una amplia sonrisa que podría haber pasado por sincera en cualquier otra ocasión que no fuese esta. Tanto Fabián como sus amigos realmente no tienen ni idea de lo que la ha convencido para este cambio de actitud, y además les trae sin cuidado. La fiesta podría haber continuado de igual forma con una menos. Sabedores de que tienen cogido el toro por los cuernos solo les queda aprovecharse de ello.

La chica asiática se sienta entre Néstor y Humberto. Las parejas ya parecen estar hechas, y a Fabián no le importa lo más mínimo. Se suponía que estas mujeres sabían a lo que venían. Por lo menos eso era lo que su socio le había transmitido la noche anterior. Unos honorarios más que generosos eran suficiente argumento para que ninguna de estas «princesas» protestase por nada de lo que suceda en este palco vip.

La noche transcurre entre chupitos de tequila, cubatas e idas y venidas al cuarto de baño. Los turnos se han ido sucediendo cada veinte minutos, pero los viajes a los aseos siempre incluían a uno de los tres amigos acompañado por dos de las esculturales chicas.

Fabián se ha saltado dos de las rondas al baño, por hoy parece que no le apetece más polvo blanco y se ha dedicado a observar, como si de una rapaz a su presa se tratase, el comportamiento de cada una de las chicas hacia sus amigos y hacia él mismo.

Secuencia a secuencia, reafirma su teoría de la que se sirve para juzgar a las mujeres y a los hombres que se cruzan en su camino. Analiza cómo, por unos cientos de euros, unas chicas que podrían aspirar a vivir de otra forma mucho más digna se rebajan ante los caprichos de tres tíos que lo único que poseen es una buena tarjeta y los contactos acertados.

Observa con asombro esos rostros tan bellamente esculpidos y por momentos no puede creer que estén a su servicio. Son cuerpos salidos directamente de algunos de los gimnasios más selectos de Madrid, donde a buen seguro se castigan con el único propósito de obtener una figura por la que alguien esté dispuesto a pagar cada carrera, cada flexión abdominal y cada clase de body pump a un precio indecente.

Mientras observa como las manos de sus amigos escudriñan por debajo de las minifaldas de las chicas, él deja que una de las dos rubias baje la cremallera de su pantalón. Su vista se va acostumbrando a la penumbra y, mientras acaricia la melena rubia que se mueve arriba y abajo en su entrepierna, se fija en como la asiática no le quita ojo. Ahí es donde comprueba como la ofendida mujer del inicio de la velada se ha convertido, copa a copa, raya a raya, en la zorra que se suponía que era. Ya no quedan rastros del teatro ofrecido hace tan solo un par de horas, y puede presagiar que mañana se despertará con ella en su cama.

Fabián suelta una carcajada. Está impaciente por ver como esa puta cruza el jardín de su piscina. No hay nada más gratificante para él que rebajar a las mujeres que venden su cuerpo a su último peldaño de dignidad, despojándolas hasta del más mínimo vestigio de orgullo. Disfruta echando por tierra la arrogancia y la altivez que muestran antes de acostarse con ellas y para ello se vale tanto de sus ensayadas ofensas verbales como de librarse de cualquier resto de maquillaje tras el cual se esconden. No duda en lamer cada parte del rostro de la furcia de turno secándola luego con la almohada para librarse de esa coraza que les sirve de protección.

Son las cinco de la madrugada cuando los ocho abandonan la discoteca Opium. Las risas no han cesado en toda la noche y, tras una discusión que ha durado casi quince minutos sobre quién de los tres iba menos colocado, al final, el típico juego de piedra papel o tijera es el que ha decidido quién de ellos conducía el Ferrari amarillo. Néstor ha sido el agraciado con este dudoso privilegio. Dos de las chicas, tras vomitar dentro de un macetero, han decidido coger un taxi que las lleve a casa. Las otras tres han subido a otro taxi que se ha dedicado a seguir la estela amarilla del Ferrari. El taxista ha protestado por la alta velocidad del deportivo y los bruscos e inesperados virajes que un embriagado Néstor no ha dejado de hacer en todo el trayecto.

Queda poco menos de media hora para que comience a despuntar el día cuando los dos vehículos llegan a la parcela de Fabián. Dos de las chicas se quedan impresionadas al ver la gran casa. Este no es el caso de la espectacular asiática. Se nota de lejos que este no es el sitio más lujoso donde ha ido a parar tras una noche de juerga y se lo hace saber a Fabián mostrando su indiferencia.

—¿Tienes llave de este antro o tendremos que dormir en la calle?

Fabián sonríe entrecerrando los ojos mientras aprieta el mando de la puerta corredera. Los chirridos intermitentes que produce el gran portón de seis metros de largo al abrirse retumban en el silencio de la madrugada haciendo que un par de perros arranquen a ladrar.

—¡Putos chuchos, algún día me tendré que encargar de ellos!

Tras unas risas ahogadas los seis cruzan el césped que rodea la piscina y se dirigen hacia la casa de invitados. Fabián no ha apartado ni un momento el dedo índice de sus labios, cosa que sus dos amigos han ignorado entre risotadas.

Lo que se temía. La maldita luz de la alcoba de sus padres se acaba de encender y la silueta del juez aparece tras las cortinas. Ese es un hábito patético al que nunca se acostumbrará Fabián. Por lo menos, no tendrá que verle la cara cuando despierte de su borrachera. Si hay algo que le gusta de salir de juerga los días de diario es precisamente eso. El no ver la avinagrada expresión del rostro de su padre al despertar era un placer solo igualable a la juerga recién vivida.

Llaman tímidamente a la puerta, y Fabián se despierta tosiendo. La fría noche le ha pasado factura. Su equilibrio va y viene como si de un barco sin timón se tratase, y la marejada en la que se ha convertido su cabeza no va a amainar.

Como puede, se acerca a la puerta de la calle. Al abrirla se encuentra la única cara amable de esa casa.

—Buenos días, hermanito. ¿Cómo te atreves a hacerme madrugar? Sabes que después de una noche de jarana no soy persona hasta la tarde.

—Son las cuatro, Fabián. Esta visita no tiene nada de especial.

Daniel tan solo quiere averiguar quién le despertó anoche y ahora intenta esquivar con la mirada el cuerpo de su hermano, escudriñando el fondo para poder ver lo que hay tras él.

—Deja de golismear, anda. Te quedan tres días para cumplir los dieciocho años y estas cosas no deberías verlas aún.

—No digas tonterías, a ver si te crees que iba a ser la primera vez.

—¿Ah, sí? Mira el semental. Adelante, chico, pero luego no me llores si tienes pesadillas.

Daniel entra en la casa contando los pasos. El olor que se respira enturbia sus sentidos y puede ver el cuerpo semidesnudo de Humberto en el sofá. Una chica, que lleva como única prenda el sujetador, duerme abrazada al amigo de su hermano. Fabián sonríe con malicia y, tras coger una manta, la extiende sobre el trasero desnudo de la chica.

—No hace falta que lo veas todo. Déjate algo para la fiesta que te tengo organizada el sábado.

Daniel lo mira de reojo, pero no se hace partícipe de su sonrisa. Camina unos pasos y contempla a dos chicas durmiendo en la cama que su hermano tiene puesta en el salón. A Fabián siempre le ha dado claustrofobia el dormir en una habitación pequeña y desde el primer día instaló su cama al lado del gran ventanal que está situado a la derecha de la chimenea. Gracias a la calefacción, prácticamente nunca ha sido encendida y solamente Daniel lo había hecho alguna que otra vez cuando recibía la visita de algún amigo, siempre y cuando su hermano mayor se hubiese dignado a dejarles su vivienda. Cada uno de esos favores era considerado por el adolescente como un privilegio que su ídolo en la familia le otorgaba dando muestras de lo mucho que lo apreciaba. Su padre nunca le cedería la llave de su casa para que se pudiese quedar a solas con amigos y amigas.

Daniel abre los ojos de par en par al ver el cuerpo desnudo de la chica asiática. Sus largas piernas y sus pechos firmes se muestran sin tapujos ante él y su piel contrasta tanto con el blanco luminoso de las sábanas como con el cuerpo de la pelirroja que yace a su lado tapada hasta la cintura. La almohada está tirada en el suelo y el chico contempla con un gesto de aprensión las manchas de carmín y rímel.

—¿Eso es maquillaje?

—Eso, hermanito, es lo que les sobra a las mujeres. Todo es un artificio que solamente sirve para despistarnos y hacernos creer que significan más de lo que son en realidad. Míralas. —Fabián hace un gesto de desprecio y señala con la cabeza hacia su cama—. Solo se trata de unas zorras que han cobrado por venir a echar un polvo. Estas, querido hermano, son de las caras, pero no tienen nada que ver con la que te tengo preparada para el día de tu cumpleaños. Vas a pasar la meta de los dieciocho años con honores.

A Daniel no le hace gracia lo que su hermano le está insinuando, y mucho menos cuando lo hace echándole el pestilente aliento a la cara, pero es su hermano mayor, su defensor. No hará nada que pueda enfadarle. Si tiene algo planeado para él, lo hará le guste más o le guste menos. Sabe que es un peaje que tiene que atravesar y no dudará en pagarlo sin importar el precio. De todas formas, solo tendrá que aguantar sus «parabienes» ese día. No puede ser tan duro. Tragará saliva y cumplirá como un hombre.

Unas arcadas suenan tras ellos. Provienen del cuarto de baño y Fabián se echa la mano a la frente negando con la cabeza.

—No pasa nada, Néstor cada vez aguanta menos el alcohol y eso que anoche nos dejó a Humberto y a mí con todo el trabajo.

Fabián hace un guiño a su hermano mientras hace un gesto obsceno con la mano.

Los dos se acercan al baño y cuando llegan se encuentran con el joven escupiendo dentro del inodoro. Mientras que Fabián intenta ponerlo en pie, Daniel no puede dejar de observar el sudoroso brillo del cuerpo fibroso del amigo de su hermano. Se siente incómodo, y no sabe muy bien si retirar la mirada o seguir observando el paquete que se adivina en sus maltrechos y ajustados calzoncillos blancos.

—¡Ayúdame, coño! Este tío pesa como si estuviese muerto.

Daniel corre a auxiliar a su hermano. Lo ponen en pie y, tras colocarse a ambos lados, le ayudan a llegar hasta el salón. Los brazos en cruz del muchacho cuelgan de los hombros de los dos hermanos y Daniel no puede evitar, eso sí, sin que su hermano se percate de ello, el contacto del roce furtivo de su mano contra el carrillo del culo de Néstor.

El viernes ha llegado y toca comida en familia. Debería de haber sido el sábado, pero por causa de un problema político referente a Cataluña, su padre ha tenido que anularlo. Al juez Roberto Alcázar le hubiese gustado comer con su hijo pequeño el día de su cumpleaños, pero eso no iba a poder ser. No le hacía ninguna gracia dejar en manos de su hijo mayor la celebración de la mayoría de edad del benjamín de la casa, pero los acontecimientos recientes en la Ciudad Condal habían precipitado los acontecimientos. La declaración de independencia por parte de los consellers de Carles Puigdemont parecía pasar a un segundo plano en comparación con la cesión que estaba obligado a hacer a su hijo mayor.

Todo lo que a Roberto le parecía una mala pasada del destino era recibido por Fabián como una noticia que festejar. De haberlo planeado, no habría podido salir mejor. Dispondrá de su hermano pequeño todo el día para hacer y deshacer como le plazca sin tener que buscar el beneplácito de su padre. La guardia y custodia a la que está sometido su hermano iba a desaparecer durante un mínimo de veinticuatro horas y eso había que celebrarlo. Qué poco se esperaba que el destino ya tenía preparado otro plan que cambiaría sus vidas para siempre.

Luciana iba colocando cada uno de los cubiertos de forma impecable mientras Fabián, en silencio, volvía a replantearse los pasos a seguir el día siguiente. Los planes habían cambiado y tendría que reorganizar todo lo referente a la fiesta de cumpleaños, lógicamente.

Daniel estaba sentado enfrente de él y, mientras untaba una tostada con paté, observaba a Fabián intentando adivinar lo que estaba pasando por su cabeza. No tenía muy buenas vibraciones respecto al sábado, pero había tomado la determinación de obedecer sin rechistar a todo lo que se le propusiese.

Hacen su aparición en el salón el juez y María Luisa ayudando a llegar a la mesa al tío Juan. Fabián recibe con una sonrisa a medias a su tío, la cual borra de su rostro en el momento que su padre le clava la mirada.

El matrimonio ocupa sus respectivos asientos y Luciana aparece por la puerta llevando una pesada sopera de porcelana en sus manos. María Luisa se levanta de inmediato y la ayuda con el recipiente, mientras que Fabián ni tan siquiera se digna a mirar a la mujer que ha empleado en su educación muchas más horas de lo que lo ha hecho su propia madre. Por más que lo ha intentado, no puede sentir ninguna clase de empatía hacia la mujer del servicio.

Con Daniel se daba el caso contrario. El adolescente escuchaba cada una de las palabras de esa mujer e intentaba seguir a pies juntillas todos los consejos que le otorgaba, aun a sabiendas de que casi siempre iban en contra de los principios de su hermano.

Luciana se percató hace tiempo de la especial sensibilidad que ese rubio de ojos azules desprendía por cada poro de su piel, y todos sus consejos iban encaminados en la misma dirección. Daniel no podía recordar las veces que le había repetido a escondidas esa mujer fornida que ser diferente no es nada malo y que cada uno tiene que seguir los caminos que le dictaminen tanto su mente como su corazón.

Las largas conversaciones que mantenía con ella fueron las que forjaron el estrecho vínculo que hasta el día de hoy sigue vigente. Daniel mantiene esta relación en secreto, como si se tratase de una infidelidad inconfesable. Fabián nunca le perdonaría que tuviese un vínculo tan cercano con una persona que no fuese él, y mucho menos tratándose de la mujer del servicio. De todas formas, era muy fácil hablar con su confidente a solas, sin que nadie de la familia se enterase. En esta vivienda no solía haber nadie en la mayoría de las horas del día. Su madre se mantenía ocupada atendiendo algún evento social, mientras que su padre llegaba pasadas las siete. Y su hermano, en fin, su hermano tenía solo dos modos: «modo juerga» o «modo dormir la resaca», lo que le dejaba el campo libre para charlar largo y tendido con la colombiana.

De cierta manera, encontraba divertida esa proscrita conexión, y la bonachona mujer parecía estar en sintonía con esa forma de ver su relación. Las largas charlas se sucedían de forma tranquila, sosegada, cosa que nunca ocurría con cualquiera de los miembros de la familia. En un principio, Daniel se mostró reacio a revelar su mundo interior, pero, una vez abierto el tarro de los secretos, comenzaron a brotar con una exquisita fluidez las confidencias más ocultas del adolescente.

Al muchacho le llamó la atención el no vislumbrar ni la más mínima muestra de extrañeza en ese rostro, impregnado de amabilidad, la primera vez que le contó a esa rechoncha mujer sus tendencias más íntimas y ocultas. Él nunca se había percatado de ello, pero la confesión que le hizo, hace ahora tres años, no era ningún secreto para ella.

Lo que siempre había extrañado a Luciana era precisamente el comprobar como un detalle tan patente, y que saltaba a la vista de esa forma tan palmaria, no había sido percibido por ninguno de los componentes de la familia. Aunque una vez que analizaba el tipo de relación que mantenían entre ellos no tardaba en comprenderlo todo.

¿Cómo un tipo como Fabián, que se cree tan inteligente, puede haber dejado pasar los detalles que indicaban las inclinaciones de su hermano? Para los padres suele ser más difícil descubrirlo, pero para un tío que ha recorrido todos los ambientes de la noche, deberían ser más que evidentes las esquivas contestaciones de su hermano cada vez que él tocaba el tema del sexo.

Luciana se fue convirtiendo en el colchón donde caer cuando estaba abatido y en el escudo protector que le defendía ante sus propios prejuicios.

—Este fin de semana va a ser muy complicado, y vuestra madre y yo no volveremos hasta el martes.

—¿Quieres decirnos algo con eso, papá? —Fabián no quita la vista del televisor del fondo.

—Sé que mañana vais a celebrar el cumpleaños de tu hermano. Lo único que te pido es que seas consciente de lo joven que es, y que hagáis algo que esté relacionado con su edad, no con la tuya.

El tono hiriente de su padre no hace más que provocar en Fabián una sonrisa sarcástica.

—Lo llevaré a la Warner a ver al pato Lucas y a Batman. Seguro que se acordará para toda la vida de cuando entró en la mayoría de edad.

—No estoy dispuesto a que me toques las narices hoy. —Roberto se pone la servilleta de tela al cuello—. Tengo pensado pasar una buena sobremesa y no dejaré que lo estropees.

María Luisa se ha dado cuenta de que la tensión va en aumento y le ha hecho un gesto a su esposo desde la puerta de la cocina. Fabián se aparta para que su madre le sirva la sopa y decide comenzar una conversación con su padre para suavizar su marcha.

—El problema de los catalanes parece que es algo serio.

El juez lo observa por encima de sus gafas y tarda unos segundos en contestar.

—Sí, esta vez han ido más allá de lo previsto y tenemos que actuar con rapidez.

—¿Para eso te tienes que desplazar a Barcelona? ¿Para comprobar cómo está el asunto de primera mano?

—Es una reunión secreta. Además, no tendría que decir nada de esto. La reunión con el fiscal de Cataluña está considerada como alto secreto.

—No te preocupes, papá —ríe tras sorber de la cuchara—, no creo que mis amistades mantengan contactos con el periodismo de investigación.

—Me da lo mismo lo que sean y lo que hagan. Esta conversación no va a salir de esta casa. ¿Comprendido?

—Vale, vale, lo he entendido a la primera, top secret.

—¡Esto no es una broma, Fabián! He de tener la seguridad de que no abrirás el pico.

—¿Ves? Intento mantener una conversación normal contigo y sales a la defensiva. Esto tiene que ser debido a tu trabajo. Creo que los jueces vivís en un mundo irreal, papá.

—Mira quién me va a dar lecciones sobre lo que es la vida real. Si no fuese porque te conozco, creería que esta conversación la estáis grabando para echar unas risas en Nochevieja.

—No hay forma de tenerte contento, ¿verdad?

—¡Por supuesto que hay una forma, hijo mío! —Cuando Roberto empleaba la expresión «hijo mío» es que estaba a punto de estallar—. ¡Lo único que tienes que hacer es acabar tus estudios y encontrar un trabajo decente!

Fabián estrella su mirada de odio contra su padre y María Luisa se acerca para masajear los hombros de su hijo intentando tranquilizarle.

—Siempre acabáis igual. ¿No os cansa?

—Mamá, yo no tengo la culpa de que el juez Alcázar crea que es un dios omnipotente que tiene potestad para estar juzgando las veinticuatro horas del día a todo el que le rodea.

Las miradas cruzadas dan paso a un interminable minuto de silencio, que solamente es interrumpido por las risas del tío Juan al ver un video en su móvil.

TRECE ABRILES

Los temores de María Luisa eran infundados, y la pubertad acabó llegando, aunque ella pensaba que lo hacía de forma tardía. Ese día cumplía trece años, pero lo único que quería como regalo de cumpleaños era la presencia de ese joven de dieciocho que desde niña había idolatrado.

Su amistad había continuado a pesar de la relación que había emprendido cuatro veranos atrás junto a Irene. María Luisa nunca aceptó que Roberto se decidiese por aquella chica a la que ella nunca vio nada especial. Cada uno de los días deseó que algo o alguien rompiera aquella amistad que se forjó tras el pupitre de la clase de sexto, pero eso nunca sucedió, y ella se tuvo que conformar con ser la confidente extraoficial de Roberto. Para ello tuvo que tragarse los empalagosos secretos de amor hacia aquella rubia que había venido a quitarle lo que más quería en este mundo.

Ella nunca hizo un mal gesto. Ni una queja surgió jamás de su boca tras las largas conversaciones que mantenía con él sobre las idas y venidas de Irene. María Luisa, con sus cinco años de diferencia, intentaba dar falsos consejos sobre lo que supuestamente debería hacer su amigo para conquistarla y trataba de no escuchar nada sobre lo bien que le estaba yendo con Irene. No tenía muchos más caminos que tomar, pues cuando Irene aceptó salir con Roberto ella tan solo tenía diez años.

Irene se portaba con ella como una hermana mayor o, lo que era peor, la había empezado a tratar como si fuera la hermana menor de Roberto, cosa que la llevaba al borde de la desesperación. Seguramente, lo hacía para bien, pero cada comentario que hacía sobre la amistad sincera que le unía a Roberto, María Luisa lo interpretaba como otro obstáculo que librar.

Sopló las velas, pero no llegó. Abrió los regalos llevados por unos escasos ocho preadolescentes, pero él no apareció. Sabía dónde estaba. El puente del río Asón era su sitio preferido y solía acercarse a él sobre las seis de la tarde. Hacía tiempo que había dejado de acompañarle a pescar. De arreglarle el cebo ya se ocupaba Irene, y ella no podía dejar de pensar en ello a pesar de los festivos gritos y bailes de sus amigos.

Ya habían sonado en el reloj del salón las diez y media de la noche cuando el timbre sobresaltó al padre de María Luisa, que se había quedado dormido mientras veía un documental de animales.

María Luisa había subido a su cuarto y, a pesar del día tan ajetreado que había tenido, no había conseguido dormirse. Los resentimientos eran una carga demasiado pesada para librarse de ella solamente echando una cabezadita.

Al escuchar el chirriante sonido de las bisagras de la calle corrió hasta la puerta y pegó su oído rezando por escuchar su nombre.

—¡María Luisa! ¡Te buscan!

Un resorte en sus piernas provocó que diera un salto de alegría, pero inmediatamente después, y antes de abrir la puerta de su habitación, hizo un esfuerzo estoico para aparentar una normalidad que estaba lejos de poseer.

—¿Quién es, papá?

—Roberto Alcázar —contestó dejando al muchacho en la entrada con la puerta abierta mientras se marchaba de vuelta al sillón.

María Luisa comenzó a bajar la escalera lo más pausadamente que pudo. «¿Cómo puede estar tan guapo? Hasta las bermudas floreadas parecen quedarle bien».

—¿Has pasado buen día?

—Perfecto —contestó quedándose a un metro de distancia de él—. Demasiado ruido para como soy yo. Tú ya me conoces. No me gusta mucho el alboroto.

—Me lo he imaginado. Por eso yo…

El chico quería excusarse, pero no hacía falta. Con haber acudido para verla era más que suficiente.

—No tenías que venir —dijo con una media sonrisa—. Tú ya eres un hombre con los dieciocho años cumplidos y yo, en fin, acabo de cumplir trece.

—Sabes que eso no tiene nada que ver. Llevamos juntos desde que tenías cuatro años.

María Luisa comenzó a reír intentando frenarse para que su padre no consiguiese oírla mientras jugueteaba nerviosa con la punta de sus pies descalzos.

—¿Has ido a pescar?

—¡Claro! Con Irene.

Roberto notó al instante el cambio de expresión e intentó ocultar su sonrisa de satisfacción. Hace tiempo que se dio cuenta de lo que la joven sentía por él y, aunque tuviese a Irene, nunca ignoraría a aquella niña que le acompañaba en el patio de recreo mientras los demás le daban la espalda.

—Me lo he imaginado. ¿Es tan buena como yo de ayudante? —preguntó quisquillosa, arqueando una ceja.

—No, como ayudante no creo que tenga futuro, pero no se lo digas a ella —dijo Roberto poniendo el dedo índice sobre sus labios.

María Luisa sonrió con un entusiasmo difícil de ocultar. Podía tratarse de una mentira piadosa, pero aun así esa sería una de las frases que ella apuntaría cuidadosamente en su diario.

—Bueno, tengo que irme. Se hace tarde y es lunes. Mi padre no ve bien que llegue a las tantas el primer día de la semana.

Ella asintió con la cabeza mientras mantuvo sus manos nerviosas cogidas y escondidas tras su espalda.

—Conozco a tu padre. Más te vale llegar antes de que él se vaya a la cama.

Roberto sonrió muy a su pesar. Su padre continuaba tratándole como a un niño y eso es algo que no soportaba por más que pasase el tiempo. En más de una ocasión, hacía años, él le había contado a María Luisa que en un futuro no muy lejano abandonaría su casa para no volver jamás. Ella siempre idealizó ese momento y se imaginaba junto a él en una aventurera escapada. Ese sueño ficticio se evaporaba nada más lo veía en compañía de Irene y cada día le costaba más superar que lo que tenía ante ella era una relación consolidada.

Tras obsequiarla con una última sonrisa, María Luisa contempló impasible como bajaba los cinco peldaños en dos saltos. Tras cerrar la puerta, apoyó su espalda en ella mientras fluía en su rostro una alegría que brotaba de sus adentros con una energía imposible de reprimir.

Andando de puntillas, se acercó al salón y confirmó que su padre había vuelto a dormirse. El televisor estaba sin volumen y en la pantalla bicolor se veía como varias aves carroñeras destrozaban a una presa descompuesta. Los ronquidos de su padre comenzaban a ser cada vez más continuados y sonoros cuando, de repente, el estridente ruido del timbre volvió a sonar.

Ella no pudo sofocar un grito al ver el respingo que acababa de dar su padre, el cual, con los ojos abiertos de par en par, observaba extrañado la cercanía de su hija a la pantalla del televisor.

—¿Qué haces ahí? ¿Y quién demonios ha vuelto a llamar a la puerta?

—Solamente iba a apagarla para no gastar electricidad —se justificó a trompicones— y no sé quién hay en la puerta.

—¿A qué esperas para comprobarlo? Si es otra vez Roberto dile que no son horas para estar de visitas. Mañana también hay día.

María Luisa suplicó a Dios que su padre hubiese dado en el clavo. Después de observar por la mirilla y comprobar que era Roberto, empleó un par de segundos para arreglarse el flequillo como si unos minutos atrás no lo hubiese hecho ya. La cara sonriente del muchacho apareció en el resquicio de la puerta.

—Se me ha olvidado felicitarte.

«¿Cómo? ¿Que no la había felicitado?». María Luisa pensó que era un poco ingenuo, pues, si la conociese como ella lo conocía a él, sabría que solamente su presencia le servía y le sobraba como felicitación.

—Ni me había dado cuenta —contestó ruborizada quedando ante él más derecha que una vela sin saber muy bien qué esperar.

Roberto se acercó y le plantó tres besos: uno en cada mejilla y el último fue a parar a un escaso centímetro de sus labios. Definitivamente, esa noche iba a ser imposible conciliar el sueño. Cuando lo volvió a ver marchar con una sonrisa resplandeciente, cayó en la cuenta de que ni tan siquiera había intentado devolverle los besos, y por un instante se forjó la imagen de boba que habría visto en ella.

Ese momento pasó de inmediato y, repleta de energía, comenzó a subir las escaleras.

—¿Qué quería esta vez? —preguntó su padre medio dormido.

—Quería besarme, papá —contestó sin pensar.

—Claro, claro —refunfuñó entre dientes el agotado hombre de familia.

¿CUMPLEAÑOS FELIZ?

El Ferrari amarillo aparece chirriando ruedas en las rotondas de la urbanización El Viso. Daniel ha intentado por todos los medios arrancar algún detalle a su hermano sobre el plan previsto, pero todo ese esfuerzo realizado ha sido en balde.

Tras tocar el claxon, la puerta metálica se abre y aparece ante ellos un espectacular BMW negro, deportivo. Fabián sale de su Ferrari haciendo aspavientos y se dirige hacia el vehículo de su amigo.

—¡Jooder, tío! ¿Te has comprado el i8? ¡Es la caña!

Daniel da la vuelta al lujoso vehículo y se sorprende al ver como las dos puertas se abren hacia arriba. Néstor abandona el BMW entre risas y Fabián le empuja a modo de reproche.

—¡Qué suerte tienes, cabrón! Ya quisiera yo un padre como el tuyo para mí.

Daniel retuerce el gesto haciendo evidente su rechazo al comentario de su hermano. Tras un rápido intercambio de datos técnicos, los dos vehículos, el negro en cabeza, abandonan la urbanización.

Hoy se han levantado a las siete de la mañana. Fabián suele ser un perezoso reincidente, pero en estos casos ese pecado desaparece de su personalidad. Literalmente, ha sacado a su hermano pequeño de la cama a rastras y, tras darle un abrazo que lo ha elevado medio metro del suelo, le ha dado diez minutos para ducharse.

Humberto se ha subido en el BMW de Néstor y los dos deportivos han salido a la carretera dejando el paisaje de los edificios de Madrid a su espalda.

—¿Se puede saber a dónde me lleváis?

—Querido hermanito, hoy vamos a comer el mejor cochinillo que has probado en tu vida. ¡Nos vamos a Segovia, chaval!

Precisamente no era la carne que más le apetecía comer el día de su cumpleaños, pero ese detalle insignificante no se lo iba a dejar ver a su hermano.

En menos de una hora se han plantado en el centro de Segovia y, tras dejar los deportivos enfrente del Acueducto, los cuatro entran en un restaurante cuya fachada está decorada con una piedra similar a la del majestuoso monumento. El Mesón de Cándido era el lugar por excelencia que había que visitar por lo menos una vez en la vida. Muchos otros restaurantes tenían la calidad que se le supone a este conocido local, pero la historia de personajes famosos que han traspasado esa puerta es lo que le proporciona su encanto especial.

—Chicos, nuestra mesa está al fondo, en el reservado.

La indicación de Fabián es seguida por sus tres acompañantes y pasan de largo por la barra. Tras sentarse a la mesa, Daniel se convierte en el centro de cada uno de los brindis de los escandalosos compañeros que le ha tocado aguantar todo el día.

Las viandas no tardan en comenzar a salir, y devoran, junto a un buen vino, toda clase de embutidos, queso curado y jamón de Guijuelo.

—Ahora viene lo mejor.

Daniel se imagina lo que viene ahora, ya lo ha visto más de una vez en algún que otro documental que tenía como protagonista la gastronomía española. Los cocineros sacan sobre unos grandes recipientes de barro cocido una decena de cochinillos asados y, con el típico ritual, son despedazados usando unos platos de porcelana, que arrojan contra el suelo haciéndose añicos.

Fabián se muestra extasiado, seducido por esa ceremonia que él ha vivido unas cuantas veces más, en ese mismo lugar, pero con compañía femenina.

—Hermano, alza tu copa junto a los que van a ser tus padrinos.

El chaval no sabe muy bien a qué se refiere su hermano, pero, sin titubear, agarra el enorme balón de cristal y lo levanta llevándolo al encuentro de aquellos brazos impacientes.

—Hoy, querido hermano —comienza Fabián con voz grave—, no puedo por menos que felicitarte el día que cumples tus dieciocho años. Juntos hemos atravesado grandes dificultades y ello nos ha expuesto a tener que lidiar con todo tipo de situaciones adversas. Sabes que siempre me has tenido a tu lado y por supuesto siempre me tendrás. ―Daniel asiente con la cabeza mientras de reojo observa como todos los clientes del bar no les quitan la vista de encima—. Este gran día no sería completo si no hubiese incluido en él a mis otros dos hermanos, que, aunque no de sangre, sí que lo son de sudor y lágrimas. ―Néstor y Humberto comienzan a reír, pero dejan de hacerlo al ver la teatral recriminatoria que Fabián les lanza con su mirada—. Mi hermanito pequeño hoy ha dejado de serlo y cual crisálida se ha convertido en un hombre. —Daniel se muestra avergonzado y se cambia la copa de mano―. Estimados amigos, hoy mi hermano podría haber elegido pasar esta conmemorativa jornada con sus amigos del instituto, pero no ha sido así. Él ha sacrificado su mejor día para pasarlo con su único hermano y… estos dos indigentes. —Vuelven las risas—. Por ello, tenemos la obligación de que no olvide este día y en esta ardua tarea tenemos que involucrarnos todos, como lo harían un grupo de gladiadores en un circo romano. —Humberto y Néstor se arrancan en aplausos tras dejar unos segundos sus copas en la mesa—. Izad esas copas, amigos, y felicitemos al conmemorado.

Los tres intentan dotar del máximo decoro al momento del brindis, aunque no lo consiguen en absoluto, sobre todo después del empalagoso discurso que acaba de soltar Fabián. Los tres gritan «¡feliz cumpleaños!» al unísono, provocando más muecas de disgusto que aplausos entre los distintos comensales que apuran sus respectivos asados.

Una vez que terminan las carnes, Fabián pide la cuenta a uno de los camareros.

—¿No nos vamos a pedir postre?

Daniel no siente devoción por el pobre cochinillo asado y apenas lo ha probado, por lo que un bocado de tarta no le vendría mal.

—El postre te lo vamos a servir esta noche, y espero que te gusten los «dulces calientes».

Después de este comentario fuera de lugar de Fabián, los cuatro comienzan a abandonar el local cuando Néstor señala una de las paredes.

—¿Conocéis a ese?

«¡Mierda!». Fabián no quería que su hermano viese esa foto que cuelga de la pared y que tantas veces ha pensado en destrozar.

—¿Es papá? —dice acercándose con curiosidad—. ¿Y está con...?

—Pues claro que sí, Daniel —le interrumpe Humberto divertido—, se trata de tu padre cuando era mucho más joven y el que hay al lado es el rey don Juan Carlos. Estos dos han tenido que disfrutar lo que no está escrito.

—¡Basta ya! Tenemos que irnos.

Daniel observa extrañado la reacción de su hermano. Mucha gente en su lugar se sentiría orgulloso al ver una foto de su padre con tan ilustre compañía, sin embargo, él se avergüenza sin disimulo.

El sol comienza a ocultarse tras los edificios cuando acceden al centro de Madrid. Tras dejar los dos deportivos en un parking, se dirigen a una de las salas a las que Fabián suele acudir para comenzar sus juergas.

—¿El Thunder? ¿Me vais a meter en un sitio donde el más joven tiene vuestra edad?

—Nos insultas, amigo —interviene Humberto cogiéndole de los hombros―. Esto es solo el comienzo. No hay nada mejor que escuchar rock en directo para tomar unas copas tranquilas, y para eso el Thundercat Club es el mejor de Madrid.

—No les creas —se involucra Néstor—, a estos dos no les gustan los sitios donde se toca rock duro. Ellos vienen aquí porque a este local acude la «gente de bien». ―Hace la señal de comillas con los dedos―. Si viesen aparecer unas greñas entre la gente no tardarían ni un segundo en salir corriendo de este lugar como si les llevase Satán en volandas.

—No le hagas ni puñetero caso —arremete Fabián—, los grupos que tocan aquí son cojonudos.

—Tengo entendido que en este local toda la música es de los setenta y ochenta.

—¿Y qué hay de malo en eso, amigo? —dice Humberto—. Veo que tu hermano no te ha enseñado nada de buena música.

Los cuatro entran en el local pese a las protestas del cumpleañero. Les cuesta unos segundos acostumbrarse a la tenue luz rojiza del pub. Los camareros saludan de forma efusiva a los recién llegados y Daniel es presentado a cada uno de ellos.

Ocupan la punta de la barra que queda al lado del escenario, en el cual cuatro tíos de unos cuarenta años por barba comienzan a tomar posesión de sus respectivos lugares tras los instrumentos. Mientras que una atenta camarera les sirve una copa, los músicos empiezan a tocar una canción que a Daniel no le dice nada.

—Veo que tú y los Beatles no tenéis una buena relación —ríe Néstor.

—Tío, no sé cómo puedes salir con mi hermano y con Humberto, no parece que tengas nada que ver con ellos ni con sus maneras de comportarse.

Néstor se echa a reír a espaldas de Fabián.

—Como tu hermano se entere de lo que estás diciendo vas a tener un serio problema justo el día de tu cumple, chaval.

—No, por favor —sonríe con malicia—, solo faltaba que me pillase haciéndole una crítica.

—Tu secreto está a salvo conmigo, colega.

Néstor propina un suave golpe en el pecho del muchacho intentando transmitir una camaradería que Daniel tiene asumida desde hace tiempo. No le hacen falta esos detalles de complicidad, pues desde que le conoció siempre se comportó como un segundo hermano. Néstor era el encargado de mitigar las salidas de tono de Fabián con un tacto exquisito.

En estos momentos, en los que el alcohol comienza a nublar sus sentidos, es cuando le vienen a la cabeza las imágenes de su cuerpo desnudo tirado en el cuarto de baño. Tiene que frenar sus instintos e intentar no llevar su vista tras el turgente trasero embutido en un vaquero desgastado que se ciñe a su cuerpo como si se tratase de licra.

—¿No le dices nada a la camarera? Tiene que ser unos pocos años mayor que tú.

Fabián se acerca a la barra y la chica exhibe una sonrisa amplia y forzada.

—Maite, mi hermano estrena hoy su mayoría de edad, si quieres, tú puedes acabar con su apreciada virginidad.

Daniel no sabe dónde meterse. Mientras, Néstor se acerca a él entre carcajadas para servirle de apoyo moral ante la actitud irreverente de Fabián.

—Chicos, os aconsejo que no tentéis vuestra suerte —la joven muestra su lado más intransigente—, este no es un local donde se pueda venir buscando un polvo con las camareras. De la barra hacia dentro solo se admiten pedidos. ¿Entendido?

—Bueno, bueno, haya paz —demanda Humberto interponiéndose entre los cruces de miradas asesinas que Fabián y la camarera ofendida se están lanzando.

Fabián echa a reír de forma sarcástica y se vuelve hacia Daniel para agarrarlo por los hombros y llevárselo hacia el fondo del local.

—Esta zorra me tiene manía porque un día no me la follé. Por eso está de tan mala leche.

—No me importa de qué la conoces —dice preocupado el muchacho—. No quiero quedarme afrentado con todas las chicas que vayamos a ver hoy.

—Tranquilo, hermano. A donde vamos no te vas a encontrar con tías tan estúpidas como esta. Además, yo solo estaba bromeando. La habremos pillado en uno de esos días. Tú ya sabes.

Daniel niega con la cabeza. Sabe que no hay nada que hacer para cambiar su forma de ser, por lo que respira hondo y, de mala gana, hace como si le diese la razón. Fabián le propina un fuerte azote en el culo y los dos se acercan hasta donde, entre cuchicheos, les están esperando sus amigos.

En la hora y media que han pasado dentro del local no han conseguido empatizar, por más que Néstor lo ha intentado, con Maite. De hecho, se ha encargado de servirles todas las copas Carlos, un amigo íntimo de Fabián y asiduo a las fiestas after que organiza junto al dominicano Ramón.

La noche se ha echado sobre la ciudad y vuelven a coger los deportivos. Daniel ha protestado incesantemente por coger los vehículos cuando todos van hasta los ojos de alcohol.

—Al lugar donde nos dirigimos hay que entrar con estilo, y nuestros coches, sobre todo el bicho que se ha comprado el amigo Humberto, son la mejor tarjeta de presentación.

El Palace Vintage Vortium es el lujoso sitio donde ha planeado pasar parte de la noche Fabián. El Ferrari y el BMW aparcan en la puerta de entrada. Dos conserjes se acercan a la carrera y con una reverencia se hacen con las llaves de los dos deportivos para llevarlos al parking privado.

Daniel apenas ha oído hablar de este sitio, pero lo poco que ha llegado a sus oídos no le hace presagiar que esta vaya a ser una buena noche para él y para sus «gustos».

—¡Esto ha sido creado para dar placer a los dioses, señores!

Fabián lanza su arenga al viento y los tres se envuelven en sonoros choques de palmas mientras Daniel intenta castigarles con una mirada de escepticismo. Los espejos y el neón de la entrada hacen que el joven se sienta algo mareado, y es Néstor el que se acerca de inmediato a cogerle por la cintura socorriéndolo en el último momento.

—Chaval, ya te he dicho en el Thunder que no apurases los cubatas. Ese es un truco que aprendí hace tiempo para no acabar emborrachándome antes que tu hermano.

—Han sido los puñeteros espejos —se queja entre dientes mientras siente el calor del brazo protector de Néstor.

—Claro, los espejos y los cuatro Martin Miller que te has bebido en poco más de una hora.

—Y el vino —le susurra al oído—, el vino de Segovia creo que no me ha sentado nada bien.

—Por supuesto que sí, el vino ha tenido la culpa. Al final te vas a parecer a tu hermano más de lo que yo creía. Él siempre le echa la culpa a todo lo imaginable menos al haber bebido demasiado. Un día nos soltó que le habían sentado mal las gambas, y habíamos comido de todo menos gambas.

Los dos ríen la ocurrencia de Fabián al tiempo que escuchan un carraspeo tras ellos.

—¡Las putas gambas estaban pasadas de fecha! ¡A saber en qué sitio había comprado aquella gente el marisco!

—Por supuesto, amigo mío.

Néstor acepta como buena la coartada de Fabián y los tres se unen en un abrazo mientras Humberto hace su aparición gritándoles desde el fondo de un pasillo tenuemente iluminado.

Al abrirse las puertas de par en par, Daniel puede contemplar la exuberante decoración formada a base de una inmensa colección de plantas que están distribuidas por cada uno de los arcos que rodean el salón. Una chica se acerca hacia ellos con un contoneo hipnótico, y Fabián gira su cabeza para contemplar con actitud divertida la cara que está poniendo su hermano.

—Chaval —sonríe de oreja a oreja—, esto no ha hecho más que empezar.

—¿Y el homenajeado es…? —Aquella dentadura perfecta refulge gracias a la luz de neón mientras un escalofrío recorre la nuca de Daniel.

Fabián se acerca al muchacho y cogiéndole por la cintura lo eleva casi medio metro del suelo.

—Este es el hombre de vuestros sueños y al que tenéis que colmar de atenciones.

Daniel agradece que la luz que lanzan los focos de colores le sirva de parapeto para ocultar el fulgor de sus mejillas. Tras un forcejeo juguetón, Daniel consigue librarse del abrazo de su hermano, tras lo cual, la chica de la minifalda roja le ofrece su mano. Él interroga con su mirada penetrante a sus acompañantes y los tres, sonrisa en boca, asienten con la cabeza.

—Solo te van a acompañar a cenar —interviene Néstor con un susurro al oído—. No te hagas ilusiones, por lo menos por ahora.

El comentario de Néstor y la sonrisa bondadosa de la chica han conseguido que Daniel acepte su mano. La pareja encabeza la marcha por el largo pasillo iluminado de un color rosa que a Daniel le parece de lo más cutre y pretencioso que ha visto nunca. Dos puertas se abren de par en par y aparece ante ellos una sala pequeña donde tan solo hay una mesa redonda adornada con una barra de acero que sale del centro de la mesa y llega hasta el techo.

—Y aquí es donde vamos a cenar como los señores que somos —dice Fabián levantando las manos en señal de triunfo.

A Daniel no se le escapa el detalle de que no hay cuatro sillas alrededor de la mesa, sino ocho.

—Los señores pueden ocupar sus asientos. En breve les servirán la cena.

El tono amable de la chica hace sentirse cómodo a Daniel. Intuye que esa es la única persona que esta noche va a hacerle sentirse protegido y resguardado ante los imprevisibles planes de su hermano.

Los cuatro se sientan a la mesa y justo en ese mismo instante aparecen cuatro chicas prácticamente desnudas llevando en sus manos los platos y cubiertos, que, como todo lo que les rodea, están dotados de un toque que raya lo esperpéntico. Por lo pronto, los mangos de los cubiertos tienen la forma de una mujer desnuda y Fabián, bajo la atónita y escandalizada mirada de su hermano, se dedica a recorrer las curvas con su dedo índice parando en los lugares obscenos que resaltan en las diminutas esculturas.

—No me mires así. No estoy matando a nadie. Solo me divierto un poco.

Daniel no le encuentra la gracia y el efecto del alcohol no le ayuda a ser más permisivo con el impresentable de su hermano.

Los suaves acordes de una bachata comienzan a sonar y tras una cortina del fondo aparece una latina de curvas imposibles con el pecho desnudo. Uno a uno va besando en los labios a los cuatro comensales y Daniel se deja hacer. La chica de piel morena pide ayuda a Daniel para subir a la mesa, y este le ofrece su silla para que se sirva de ella a modo de escalera. Los contoneos de la joven acompañan cada uno de los compases de la música que ni de lejos es la que le gusta a ninguno de ellos, pero hoy parece ser la acompañante perfecta de este espectáculo visual.

La experiencia de las chicas para lidiar con los comentarios salidos de tono de Fabián está más que acreditada y ninguna de ellas borra esa sonrisa artificial de sus labios. Los pechos desnudos de las chicas casi rozan las caras de los cuatro amigos cada vez que alguna de ellas deja alguno de los platos sobre la mesa. Una enorme fuente repleta de hielo y coronada con dos docenas de ostras hace que los tres amigos rompan en aplausos.

—El mejor afrodisíaco del mundo, amigos —proclama Fabián—. Unas ostras maridadas con un Dom Pérignon son la llave que abre la puerta a un hombre o a una mujer al exclusivo mundo del placer más selecto. Eso sí —hace una pausa mientras coge una concha—, ni se os ocurra joder esta exquisitez con el típico chorreón de limón. Eso solo serviría para esconder el auténtico sabor de este exquisito molusco y, como todos sabéis, excepto mi hermanito, el sabor de algunas cosas no debe alterarse jamás.

Daniel opta por cerrar los ojos y obviar el doble sentido de todos los comentarios de su hermano y, tras volver a abrirlos, se fija con especial interés en los armoniosos movimientos de la chica que baila en el centro de la mesa. Tras un profundo suspiro se decide a coger los mandos de la que debería ser su fiesta.

Bajo la atenta mirada de su hermano, Daniel se levanta y agarra una ostra con la mano derecha y con la izquierda coge el limón que decora el centro de la fuente y lo lanza por encima de su hombro hacia atrás.

—Si mi hermano dice que se comen sin limón, es que se comen sin limón.

De un bocado se apura la ostra derramándose por sus comisuras el jugo salado que acompaña al molusco. Fabián se muestra exultante con la reacción de Daniel y, por primera vez en todo el día, parece ver en él a su próximo colega de futuras y fructíferas trasnochadas.

Después de las ostras, un convoy de distintos aperitivos comienza a aterrizar en la mesa a manos de las cuatro prostitutas de lujo. En poco más de una hora han acabado con cuatro botellas de vino tinto. El colofón ha sido idéntico al inicio de la velada y, tras servir ocho copas de Dom Pérignon, las cuatro chicas han ocupado cada una de las sillas que estaban preparadas para ellas desde un principio. Con el brazo el alto, ha sido Fabián el que ha vuelto a apropiarse del brindis.

—La noche solamente está comenzando, caballeros, y el señor don Daniel Alcázar va a probar el elixir de los dioses, que, al contrario de como piensan los eruditos de la mitología griega, no se trata de la ambrosía, sino de lo más perfecto que la creación ha podido proporcionar a los hombres: el cuerpo desnudo de una mujer.

Las ocho copas se alzan en un ceremonioso brindis, que, ante el exceso de alcohol, no llega a ser ni tan siquiera una ridícula pantomima del acto sobrio que Fabián pretendía hacer en favor de su hermano.

La chica que hasta ahora bailaba deslizándose arriba y abajo sobre la barra abandona su puesto con la ayuda de Daniel. Mientras tanto, las tres acompañantes de su hermano y amigos han comenzado con las caricias y besos hacia sus exclusivos clientes.

Los nervios del joven han desaparecido y parte de culpa la tiene el detalle de haberle dejado a la chica más joven. No debe superar los dieciocho por mucho. De hecho, él habría jurado que no llegaba a la mayoría de edad.

La chica de piel blanquecina se acerca a él y le besa con suavidad en los labios. Es joven, pero conoce a la perfección cómo manejar este tipo de situaciones. No es la primera vez que se topa con un neófito y es evidente que maneja los tiempos con un tacto magistral.

Al contrario que sus compañeras, ella no se ha decidido a atacar con todas sus armas, reservando su arsenal hasta que vea con claridad que su cliente se haya desprendido de toda su timidez.

La joven muestra unos pechos pequeños, pero inusualmente redondos y bonitos. Daniel recorre, con su vista primero y con sus dedos después, la curva inferior de sus senos. Conocía a amigos de instituto que poseían unas tetas de mayor tamaño que esta joven, pero ahora no quería pensar en eso.

No era la primera vez que besaba a una chica, aunque esta noche era verdad que estaba iniciándose, muy a su pesar, en el amor previo pago. Mientras la joven le besa con lentitud, los recuerdos del beso con Anabel a los diez años aparecen para volver a rememorar lo que sintió en ese instante tan confuso para él.

Fue también el día de su cumpleaños, pero aquel no tuvo nada que ver con el de hoy. Su madre sirvió una merienda en el jardín de casa y acudieron tanto sus amigos de clase como los niños vecinos que entraban dentro del margen de edad que su madre había impuesto como norma para poder acceder a la invitación.

Ninguna de las niñas se habría prestado a felicitarle dándole un beso. Eso era una cosa impensable para ellas y, si alguna lo hubiese hecho, habría quedado marcada en el colegio con el estigma de ser su novia de por vida. Un «felicidades», como mínimo a un metro de distancia, y el dejar un regalo envuelto con papel de colores encima de una mesa alargada les sirvió como tarjeta de entrada para la fiesta de cumpleaños.

Solamente Anabel se presentó sin nada en las manos. Era una chica extraña que llevaba poco tiempo viviendo en la urbanización La Finca y que su madre se había encargado de invitar aun a sabiendas de que a él no le hacía ni pizca de gracia.

Tenía unos ojos pequeños y profundos, y su pelo raro, raquítico y de color rojizo intentaba mantenerse en su sitio ayudado por un pañuelo blanco salpicado de flores amarillas. Su vestido era de color rosa chicle y resaltaba como una gota de tinta en un folio blanco sobre el resto de invitados a la fiesta.

Cuando llevaban casi dos horas de juegos y correrías alrededor de la piscina, Daniel se sintió agotado y se sentó en uno de los maceteros del fondo del jardín. Estaba cansado de ese día y no veía el momento de librarse de toda esa jauría de niños que parecían no tener desgaste físico alguno. El lugar elegido estaba parcialmente oculto a las miradas, lo necesitaba, y estuvo allí durante casi diez minutos, en los cuales se llegó a extrañar de que nadie se hubiese percatado de su ausencia.

—¿No te gusta jugar con ellos? —Anabel señaló con un gesto de su barbilla hacia el bullicio—. A mí me pasa lo mismo, no los aguanto.

Daniel la miró con sorpresa y por primera vez le pareció simpática. Quizá se parecía a él más de lo que le hubiese gustado reconocer.

—No me gusta jugar al fútbol ni al escondite —reconoció el chico mirando hacia el suelo mientras balanceaba sus piernas de forma nerviosa—, son unos bestias.

—Te entiendo, yo he estado a punto de caerme dos o tres veces. Creo que me odian todos.

—No digas eso. Mi madre dice que el odio verdadero comienza a partir de los treinta y tres, aunque nunca me explica el porqué.

—No comparto esa opinión. —La niña cogió una piedra y la lanzó contra una palmera baja—. A mí me han demostrado que son capaces de odiar mucho antes de lo que tu mamá te ha dicho.

—Oye, ¿puedo hacerte una pregunta sin que te enfades?

—Puedes hacerla —dijo Anabel frunciendo los ojos—, pero lo de enfadarme me lo reservo para mí.

—¿Te pasa algo en la voz?

La niña ni se inmutó ante esa pregunta y se mostró segura y risueña.

—¿Tú crees que a mi voz le pasa algo raro? A mí la tuya me parece perfecta.

Daniel no supo qué contestar y, antes de que pudiese hacer algo para evitarlo, la niña se acercó y le sorprendió con un beso en la boca.

—¿Te ha molestado? —preguntó con curiosidad.

Daniel no contestó, sus palabras habían encontrado un muro imposible de franquear, mientras que su lengua saboreaba el exquisito sabor del pintalabios de fresa que había quedado prendido de sus labios.

—Ya que no me dices nada, me voy.

El niño no salía de su asombro y, tras atrapar un resto del carmín comestible de la niña, lo extendió por sus labios mientras veía como se marchaba.

Antes de acudir a donde estaban todos los niños esperando la tarta, Daniel había recapacitado durante un buen rato sobre lo que acababa de ocurrir. ¿Tenía novia? ¿Ahora él estaba en la obligación de decirle algo? Muchas preguntas acudieron a su cabeza y ninguna parecía que fuese a resolverse esa tarde.

—¿Dónde está el cumpleañero? —La voz de su madre superaba con creces el griterío y él corrió a su encuentro.

Daniel se encontraba aturdido y la escandalosa compañía acrecentaba esa sensación. Todos se agruparon alrededor de la tarta que estaba colocada en una gran mesa redonda de granito. Las diez velas ondeaban ignorando que su integridad peligraba debido al viento que se estaba levantando, por lo que María Luisa decidió acelerar el proceso.

—Por favor, Daniel, tienes que soplar. No tenemos todo el día.

El chico obedeció de inmediato y, tras acabar la última estrofa de la renqueante canción de Cumpleaños feliz, apagó de un soplido todas las velas menos una. Todos estallaron en gritos de alegría sin percatarse de que una de las llamas seguía burlándose del niño bailando como si no hubiese pasado nada.

Esto habría acabado bien si el engreído de Javier no se hubiese dado cuenta del fallo. Javier estaba a punto de cumplir los doce años y era el niño más repelente de toda la urbanización. Era hijo de un cirujano y no se parecía en nada a su padre. La buena educación y amabilidad de ese hombre no se había transferido a su retoño ni por asomo.

—¡No ha podido! ¡No sabe, no sabe, no sabe!

El irreverente muchacho no dejaba de gritar esas palabras una y otra vez hasta que un empujón le hizo aterrizar de espaldas contra el suelo. Daniel no podía dar crédito a lo que acababa de ver con sus ojos. Anabel había hecho lo que el resto de niños deseaba desde hacía tiempo, pero que ni en sus más audaces sueños se hubiesen atrevido.

El sorprendido chaval se levantó enfurecido y sin pensárselo dos veces se dirigió contra la niña que le esperaba respirando agitada. Antes de que este llegase hasta su agresora, a María Luisa le dio tiempo a interponerse entre los dos para salvar a la enjuta chica de una más que posible agresión.

—¿No te da vergüenza atacar a una niña indefensa?

—¡Ha empezado ella! —se defendió el muchacho.

Anabel le lanzó una mirada cargada de intenciones.

—¡Te estabas riendo de Daniel en su fiesta de cumpleaños! ¿De verdad crees que he empezado yo?

El chico se sintió ofendido y mucho más tras ver las risitas de varios niños que se escondían para que este no les descubriese en plena mofa.

—¡Por supuesto que has empezado tú y, además, tú no eres una niña, me lo ha dicho mi mamá!

Daniel abrió los ojos de par en par sin comprender qué era lo que estaba intentado dar a entender el estúpido de Javier mientras este, con un ágil movimiento, sorteó la defensa de María Luisa y agarró del pelo a Anabel. Ante el asombro general, el cabello de la niña quedó colgando de la mano del alterado muchacho. Entonces pudo verlo, Daniel se dio cuenta por fin de lo que percibía raro en ella. Era un chico, y le había besado.

Quizá en otro chaval eso habría sido suficiente para que reaccionase escupiendo al suelo, pero él lo que hizo fue volver a saborear el resto de carmín con el que Anabel había dejado impregnados sus labios. Ella se dio cuenta de ese gesto y entre unas lágrimas de resignación apareció una sonrisa que fue correspondida por Daniel antes de que María Luisa la agarrase de la mano y la obligase a entrar en la casa.

Esa era la penúltima vez que la iba a ver, porque la última fue a los diez minutos saliendo de su casa en brazos de su madre que había venido a recogerla tras enterarse de lo sucedido. Tardaría algunos años más en enterarse de qué iba todo aquello de nacer en un cuerpo equivocado, pero aún le llevaría mucho más tiempo comprender por qué le había gustado tanto aquel beso.

Mientras la joven prostituta le sigue besando por el cuello y comienza a abrirle la camisa, él no puede dejar de pensar a dónde podría haber ido a parar Anabel. Nunca la olvidó por completo e investigó sobre cuál habría sido su destino después de aquella tarde. En el transcurso de sus pesquisas averiguó el tortuoso periplo por las distintas ciudades que había tenido que recorrer debido a su condición y la nula aceptación por parte de los chicos y chicas de su edad. Durante mucho tiempo pensó que aquel día ella llevaba razón y que todos los niños poseían en su interior un odio intrínseco y dormido.

El alcohol no le deja escudriñar con claridad en sus recuerdos y, por un instante, el nombre de Anabel ha estado a punto de asomar a sus labios húmedos de champán.

—¿Va a ser tu primera vez de verdad, o el capullo de tu hermano se ha quedado con nosotras?

El chico observa como los manoseos de sus acompañantes a las chicas van aumentando en intensidad y comprende que aquello está yendo a mayores.

—Mi hermano puede ser un payaso, pero en estas cosas no suele mentir.

—¿No tendrás miedo de subir conmigo a las habitaciones, verdad?

—¡Por supuesto que no! ―contesta exagerando un enfado—. Hemos venido a eso y, hasta que no lo haga, no habrá acabado la fiesta.

—Veo que te tiene controlado, chico. No es una casualidad que sea yo la que haya acabado contigo. Fabián se ha ocupado personalmente de elegirme pensando que al ser la más joven te costaría mucho menos.

—Sí, le gusta pensar en todo. Ojalá le gustase también contar con los demás para tomar sus decisiones.

La chica se retira un poco mientras sigue agarrada a su cuello.

—No quiero que hagas nada que no te apetezca hacer. Si te molesta cualquier cosa de las que te hago no tienes más que decírmelo. De todas formas, yo ya he cobrado por el servicio y tú no estás obligado a nada.

—¡Y ahora al baño turco, señores!

A Daniel no le ha dado tiempo a responder a la chica, pues Fabián le ha agarrado de un brazo y lo arrastra hacia la puerta del fondo mientras la joven se ha vuelto para enviarle una amable sonrisa que le hace rememorar la despedida con Anabel.

En pocos minutos, los tres se han desprendido de sus ropas en un aséptico vestuario. Cuatro toallas blancas que cuelgan de unas perchas metálicas acaban en las cinturas del embriagado cuarteto.

Las risas continúan mientras se dirigen a una puerta dotada con una ventanilla redonda. Daniel va en cabeza espoleado por los empujones de su hermano y, tras detenerse ante el círculo de cristal, comprueba que no puede ver nada del interior debido al vapor de agua.

—Pasa ya, no nos van a comer.

Daniel se gira hacia atrás y lanza una dura mirada hacia Fabián. No cree que con la borrachera que llevan encima lo mejor sea el calor húmedo de un baño turco. Dicho y hecho. La primera reacción que tiene su cuerpo al respirar el cálido microclima es la de expulsar todo lo que lleva dentro. Néstor se percata de ello y acude en su ayuda.

—No, amigo, no. Tienes que intentar retener en tu estómago lo que has tomado. No podríamos permitirnos volver a pagar todo lo que hemos bebido en todo el día.

Ese punto de humor es bien recibido por el muchacho, que después de respirar profundamente tres veces parece haber calmado ese primer impulso. Tras devolverle una sonrisa, Daniel vuelve a pensar que Néstor es su mejor tabla de salvación.

Los cuatro se sientan en unos bancos fabricados con diminutos azulejos blancos y la puerta vuelve a abrirse. Entre la espesa niebla aparecen las cuatro chicas llevando cada una de ellas, y como único atuendo, una botella champán y dos copas de cristal.

—¡Esto sí que es placer! —exclama complaciente Fabián—. ¿No te parece que hemos muerto y hemos subido al cielo?

Daniel sonríe a la fuerza mientras que Néstor observa la escena desde el fondo. Las chicas se intercalan entre ellos y abren las botellas al tiempo. Es evidente que no era la primera vez que lo hacían.

Los brindis se suceden sin pausa y, en más de una ocasión, Daniel está a punto de vomitar. Un gesto de Néstor desde el fondo del banco de azulejos le hace reír en su interior. El amigo de su hermano vierte a escondidas el contenido de su copa sobre su entrepierna manchando la toalla, tras lo cual hace el paripé de beber de ella. Daniel asume que tendrá que aprender alguno de los trucos que tienen que hacer los amigos de su hermano para poder seguir su ritmo desenfrenado. Las rayas de coca que se han metido al mismo tiempo que recogían las toallas también les ayudan a sobrellevar mejor la carga de alcohol, pero Daniel tiene claro que nunca probará esa forma de divertirse.

El calor sigue subiendo dentro de la sala y las chicas se esmeran para que sus clientes se sientan satisfechos con el trato. Hay dos bancadas, una enfrente de otra, y las parejas se sitúan en las cuatro esquinas de la sala, separados por unos cinco metros los unos de los otros.

El vapor de agua impide ver con nitidez las desdibujadas formas, y eso es algo que Daniel agradece y de qué manera. Justo enfrente tiene a su hermano, que ya se ha desprendido de la toalla y sobre cuya entrepierna la pelirroja juguetea con un sensual movimiento de cabeza.

La más joven de las chicas intenta que Daniel abandone su ostracismo y se abra al placer de las caricias, pero comprueba que eso va a ser más difícil de lo que había pensado. Una y otra vez acaricia la toalla buscando algún rastro de rigidez, pero lo único que percibe es la flacidez que reflejan los nervios del chico.

Daniel, por su parte, se deja hacer e intenta por todos los medios poner su mente en blanco buscando sentir alguna reacción de su miembro.

—Tú tranquilo —le susurra al oído la chica—, al final ya verás como sí puedes.

Daniel aprieta los ojos como si ese gesto bastase para que su mente pudiera evadirse y acabase llevándolo al mundo en el que a él le gustaría estar en estos momentos. «Esto no tiene pinta de acabar bien», piensa tras abrir los ojos y ver como la pelirroja se ha subido a horcajadas sobre su hermano.

Las caricias de la prostituta no surten el efecto deseado y ver culear a su hermano no parece ser el remedio para esta incómoda situación. Daniel no sabe qué hacer, pero le ayuda bastante el poder constatar como la inoperatividad de su miembro no parece importarle en absoluto a la chica, la cual no duda en agraciarle con una sonrisa cada vez que sus ojos se cruzan.

Entre la compacta neblina alcanza a ver, no sin dificultad, a los dos amigos de su hermano. Humberto se ha tumbado totalmente sobre la bancada de azulejos y la chica lo masturba de forma pausada. Al mirar hacia el lugar que ocupa Néstor, se sorprende al comprobar como, mientras la rubia recorre con la boca todo su cuerpo, él se dedica a observarle con una mirada serena. No sabe si será por culpa del alcohol por lo que Néstor no aparta sus ojos de él, pero en estos momentos eso le trae al pairo y disfruta de cada mirada lasciva que le dedica.

—¡Señores! —grita Fabián—. Creo que este es el momento en el que tenemos que buscar un sitio que sea más cómodo que estos jodidos ladrillos.

Las chicas rompen a reír y se incorporan con energía. La más joven tiende la mano a Daniel, mientras que el resto ya han abandonado la vaporosa sala. Este niega con la cabeza con una expresión de dulzura en su rostro.

—Tienes que dejar que me relaje un poco. Creo que me hace falta algo de tranquilidad.

En la cara de la chica no se aprecia sorpresa alguna y asiente con su sonrisa cristalina y experta.

—Como tú quieras. Cuando salgas solamente tienes que preguntar por la habitación 415. Allí te estaré esperando para lo que quieras. Tienes pagados mis servicios hasta el amanecer. Te esperaré tomando una copa o durmiendo, según el tiempo que te tomes para relajarte.

Las chicas han salido por una puerta y ellos por otra que les ha llevado hasta las taquillas.

—Por lo visto, a mi hermanito le ha gustado el baño turco y quiere tomarse un tiempo extra con la niña esa.

Fabián hace ese comentario sin percatarse de que la joven ha abandonado la sala poco después que ellos y que su hermano se ha quedado solo.

Han pasado veinte minutos de sosegadas reflexiones entre la húmeda neblina y Daniel ha terminado sucumbiendo al cansancio. Una mano fría le saca de su profundo y resacoso sueño provocando un sobresalto que casi le hace caer al suelo.

—¿Al final no has querido subir con la chica?

El rostro tranquilizador de Néstor se encuentra ante él con un gesto hermético y por unos instantes no sabe cómo reaccionar.

—Me he quedado dormido. Iba a subir, pero no sé…

—No tienes que darme explicaciones —le interrumpe—. Tómatelo como una pregunta retórica. Yo no soy tu hermano y por supuesto que no te voy a pedir explicaciones por nada de lo que hagas o no hagas.

—Gracias —responde desconcertado—. ¿Tú ya has…?

—Sí. —Comienza a reír a carcajadas—. Yo ya he.

Daniel asiente haciéndose cargo del sarcasmo que ha usado en su respuesta.

—Yo no he podido hacer nada. Quizá los nervios me han gastado una mala jugarreta.

—Quizá haya sido eso, sí.

Daniel se queda extrañado mirando al amigo de su hermano de arriba abajo, percatándose de que sigue con la toalla blanca del principio.

—Si has subido a la habitación con la chica, ¿por qué sigues llevando esto? ―dice señalando la prenda.

—No querrías que viniese a hacerte compañía vestido de romano.

Daniel sonríe y asiente echándose para un lado como si hiciese falta dejarle un sitio a Néstor para que pueda sentarse junto a él.

La niebla de vapor ha bajado un poco y Daniel observa como el rubio y fibroso amigo de su hermano se sienta a su lado y se recuesta contra la pared cerrando los ojos.

—La verdad es que no hay nada como un baño de vapor después de echar un buen polvo, ¿no crees?

—Sabes muy bien que eso no lo sé. El día que lo pruebe en ese orden te lo diré.

Néstor sigue manteniendo un aura de misterio en su comportamiento. La tranquilidad que rezuma es un bálsamo para el joven que prácticamente ha olvidado el gatillazo sufrido a manos de la joven prostituta.

—He notado que te gusta mirar. ¿Lo sueles hacer a menudo?

Daniel le observa suspicaz.

—¿Yo te miraba? Me parece que era al revés.

—Bueno —cede Néstor—, si te parece bien lo dejaremos en un empate técnico.

Daniel asiente con la cabeza, detalle que pasa desapercibido para su acompañante, porque en todo el momento se ha mantenido echado para atrás, con la cabeza apoyada en la pared y con los ojos cerrados.

—Esa chica hace auténticas virguerías en la cama. ¿No tienes curiosidad por saber cómo se manejan?

—Si te digo la verdad, nunca he pensado que mi primera vez tuviese que suceder en un burdel. De hecho, si mi hermano fuese de otra forma, le habría quitado esta idea de la cabeza.

Néstor sigue sin abrir los ojos mientras su respiración se hace mucho más profunda.

—Tienes muy idealizado a tu hermano. Sé que no es el mejor momento para decirte esto, pero creo que no es el más indicado para organizar la vida de nadie. Es mi amigo e iría hasta el fin del mundo si él me lo pidiese, pero de ahí a dejar que sea el encargado de decirme cómo tengo que ser y cómo tengo que comportarme va un trecho. Fabián tiene el dudoso honor de ser la persona más irresponsable, impulsiva e irracional de todas las que conozco.

—Intransigente —añade Daniel en voz baja.

—¿Cómo dices?

—Intransigente. Lo que más me molesta de él es su intransigencia.

—¿Por algo en especial?

El chico se queda en silencio, pero comprueba que esas últimas palabras han provocado que su interlocutor abandone su estado de relax y que de repente haya abierto los ojos.

—¿No contestas nada, chico? Ya sé que es un intransigente, pero te puedo asegurar que puedes llevarlo sin problemas a tu terreno usando sus propias armas.

—En algunas cosas no cedería nunca.

Néstor le mira con aplomo.

—Lánzate, Daniel. Dime lo que tengas que decirme sin tapujos.

—No —niega con la cabeza—, a ti no puedo contártelo. No estaría bien.

—Como quieras.

Néstor se reclina un poco más y entrelaza los dedos de ambas manos sobre su cintura volviendo a cerrar los ojos. Daniel le mira de soslayo intentando ocultar una curiosidad latente. Sus cuidadas manos reposan justo por debajo del ombligo, dejando en evidencia su paquete. Sus párpados aparentan estar soldados, mientras que Daniel percibe un nervioso movimiento tras ellos.

El muchacho se siente cada vez más inquieto y los nervios del principio vuelven a hacer su aparición, aunque ahora el sentimiento es distinto al que le asaltaba durante los tocamientos de la chica. Por fin se ha quitado la coraza invisible que le protegía y ahora mira directamente las formas atléticas de Néstor. Observa como su pecho marcado se mueve arriba y abajo en un movimiento acompasado e hipnótico. Sin poder evitarlo, su mirada vuelve a posarse en la toalla blanca y en el bulto que aumenta por segundos tras ella.

Los esfuerzos titánicos que ha tenido que hacer para conseguir una erección hace una hora con la joven prostituta vuelven a repetirse, pero, muy a su pesar, ahora le está sucediendo en sentido contrario. Por más que lo intenta no puede ocultar su emergente excitación, que centímetro a centímetro está comenzando a ganar terreno bajo la toalla, y lo que más le sorprende es que no le importa en absoluto.

Todos los sentimientos reprimidos hasta este día pretenden salir sin pedir permiso y ni tan siquiera contempla la posibilidad de que eso le pueda molestar a Néstor. Lo tiene tan cerca y hoy se ha portado tan bien con él que tiene que hacer verdaderos esfuerzos para sujetar su mano lejos de la piel depilada de su acompañante.

Néstor parece dormido, y por un instante cree que ha podido escuchar un ronquido. Quizá, si alargase la mano y le acariciase el vientre podría poner como excusa que estaba intentando despertarle porque le tenía preocupado. No podía creer que se estuviese planteando en serio el meter mano al que siempre ha contemplado, desde que tenía once años, como una persona adulta a todos los efectos. El exceso de alcohol podría reconvertirse en su segunda excusa, pero esto podría acabar muy mal si Néstor se decantara por contárselo a su hermano.

Otro ronquido leve y comienza a removerse mientras retuerce los labios y la nariz como si un insecto estuviese recorriendo su rostro dormido. «Tengo que intentarlo, tengo que hacerlo». Daniel se repite una y otra vez ese deseo tratando de imprimirle un carácter de orden, a lo que su mano responde alzándose de su cintura y alargándose hasta dejarse caer a unos pocos centímetros del cuerpo sudoroso de Néstor. No consigue llegar a entender cómo puede estar a punto de saltarse todas las normas morales por las que se ha visto acorralado desde el día que tuvo uso de razón.

La toalla de Néstor se afloja por momentos resbalando sobre su piel y se percibe cada vez, con más nitidez, la línea de su marcada cadera, que Daniel contempla como un prófugo lo haría con la muralla de espino que separa la prisión de su libertad.

«¡Al diablo con todo!». El muchacho resuelve apostar todo al mismo número y se decide a rozar el muslo de un Néstor aparentemente dormido. Nada, no ha hecho ni el más mínimo movimiento, y por alguna razón eso le da alas. Sus dedos han dejado de temblar y lentamente suben por la toalla hasta llegar a la zona abultada.

El dique que ha retenido durante tantos años cada uno de sus más furtivos apetitos está a punto de saltar por los aires y, sin embargo, no cambiaría este instante por ningún momento vivido en su corta existencia. Quizá, y ahora que lo piensa detenidamente, solamente ha sentido algo parecido en el pasado y fue con el beso de Anabel.

Los cortos movimientos se suceden a modo de caricias y nota como el miembro de Néstor crece bajo el algodón. La excitación se ha hecho dueña de la situación y le empuja a dar un paso más. Con un rápido movimiento desata el ya de por sí aflojado nudo de la toalla y esta se desliza hacia los lados, dejando el miembro desnudo de Néstor ante unos ojos sedientos de deseo.

Su mirada hambrienta escruta cada una de sus bellas líneas, no pudiendo retener su mano, la cual, sin apenas tocar su piel, recorre cada músculo de ese cuerpo desnudo que a él le resulta sencillamente perfecto.

Cuando se ha querido dar cuenta, su ansioso olfato se ha encontrado absorbiendo los olores naturales que desprende la piel sudorosa de Néstor. Sabe que no es nada elegante, pero, aun así, Daniel ha comenzado a olisquear ese cuerpo rebosante de lujuria hasta que se ha detenido en su entrepierna. Con el miedo de vuelta, ha comenzado a besar con delicadeza un pene que se iba endureciendo por momentos.

—Al final tu hermano se va a salir con la suya y te vas a estrenar hoy.

Daniel se sobresalta al escuchar la voz templada de Néstor, tras lo cual se retira con la misma rapidez que su cara se ha enrojecido.

—No tienes nada que temer. A mí también me gustan los hombres.

El muchacho no da crédito a esas palabras repletas de ternura.

—¿Mi hermano sabe que tú…?

Néstor comienza a reír de forma moderada intentando no ofender al chico.

—¿Tú crees que si Fabián se enterase de que me van las dos cosas volvería a hablarme?

Daniel se queda unos segundos pensativo, sin atreverse a cruzar la mirada con él.

—No lo haría. De hecho, creo que te daría una paliza.

—Para eso me tendría que dejar. —Vuelve a sonreír—. Que sea gay no significa que no tenga brazos para defenderme. Tú deberías saberlo.

Daniel asiente con la cabeza mientras nota como la temperatura de sus pómulos va en aumento.

—¿Desde cuándo sabes que a mí…?

—¿Que te van los tíos? Desde siempre, amigo mío, desde siempre. Lo que no entiendo es cómo tu hermano no se ha dado cuenta.

—Tampoco te ha descubierto a ti.

—Lo mío es distinto. A mí siempre me han gustado los hombres, pero, si tengo que acostarme con una mujer, lo hago y punto.

—Pues yo no podría.

—Ya lo he visto antes. —Vuelve a reír mientras se acerca unos centímetros a Daniel―. La pobre se ha ido pensando que no ha hecho bien su trabajo.

Daniel traga saliva.

—No pretendía ofenderla.

—¿Estás de coña? Solo estaba bromeando. Ten por seguro que esa nena no tiene ni pizca de remordimientos. Sus ojos han vivido tantas cosas que su piel se ha convertido en acero. Ninguna de tus inseguridades va a hacer mella en la conciencia de cualquiera de las mujeres que trabajan en esto.

Cada palabra que llega a los oídos de Daniel sirve para quitar algo de presión a su sentimiento de culpa. No recuerda haber tenido una conversación tan agradable y sincera nunca.

La mirada de Néstor se dirige a la toalla del chico.

—¿No te la vas a quitar?

Daniel no aparta la mirada de esos labios que más de una vez había querido besar cuando dormía en la casa de invitados.

—¿Me dejas que lo haga yo?

El chico no duda en asentir con la cabeza. «¿Cómo puede ser que con la humedad que hay aquí dentro tenga la boca tan seca?».

Néstor se levanta de su asiento y se arrodilla ante un Daniel expectante que estudia con curiosidad cada uno de los lentos movimientos que hace al acercarse a él.

—No te pongas nervioso. Yo no soy la chica de antes.

La toalla va a parar al suelo e instintivamente cierra los ojos. El calor de la lengua de Néstor abraza la punta de su pene y la sensación le resulta indescriptible. Su acompañante llevaba razón. Hoy sería el día que se estrenaría en lo referente al sexo.

—Levántate.

El chico reacciona obedeciendo de inmediato como si estuviese esperando esas órdenes desde hace años.

Los dos quedan desnudos cara a cara, sin tapujos, sintiendo como sus miembros se tocan sin pudor alguno. Mientras nota la lengua de Néstor paseándose por sus labios, su cabeza comienza a pasar página dejando atrás las dobleces morales que él mismo se había impuesto.

Todo podría haber acabado de una forma maravillosa si no se hubiese escuchado el grito desgarrador que provenía del otro lado de la puerta.

—¡Putos maricones de mierda!

La puerta golpea la pared debido a la violencia con la que ha sido abierta y el vapor de agua escapa huyendo del conflicto que se cierne sobre ellos. Los dos corren a agarrar sus respectivas toallas y, en un intento de tapar sus vergüenzas, tratan de amarrarlas a sus cinturas, resultándoles casi imposible hacerlo con la inmediatez que la situación reclama.

—¿Esto es lo que eres? ¡Un mariquita de playa!

El tono despectivo de su hermano fulmina la determinación de Daniel. Este contempla la cara de asco de Fabián y su estómago comienza a removerse.

—¿Y tú? ¡El gran amigo que siempre creí tener y que me apuñala por la espalda en donde más duele! ¿Siempre has sido así o te has vuelto por vicio?

Al escuchar estas palabras, Néstor abandona su papel de víctima y echa un par de pasos hacia él.

—¿Que me he vuelto por el vicio? ¡Siempre has sido un payaso y por eso tenemos que ocultarte cosas que para cualquier persona no tendrían la más mínima importancia!

—¿Pero qué me estás contando? ¿Te estás riendo de mí?

La saliva pastosa comienza a acumularse en las comisuras de la boca de Fabián y, como si de un incendio de verano se tratase, su indignación se aviva por momentos.

—¡Tu hermano es así desde siempre! ¡El ser gay no es como la gripe, que la coges o no! ¡O se es o no se es, así de simple! ¡Esto no es contagioso, mamón!

Fabián no da crédito a las palabras de su colega de confidencias.

—¡No quiero que te acerques a mí ni a mi hermano en tu puta vida! —sentencia Fabián―. Y da gracias de que no te denuncie, porque mi padre estaría encantado de meterte la pena máxima.

—¡Daniel es mayor de edad! —le interpela Néstor—. Y no necesita del permiso de nadie para hacer lo que le venga en gana.

—¿Así lo has planeado? ―grita Fabián—. Has estado esperando como un ave de presa a que tu víctima saliese de la ilegalidad para lanzarte sobre él.

—¡No sé cómo he podido aguantarte durante tantos años! —grita Néstor―. Tendría que haberte mandado a la mierda la primera vez que insultaste a un gay simplemente por el mero hecho de serlo.

—¡Eres un puto hipócrita! —contesta Fabián—. Bien que te reías cuando les decía lo que se merecían a esas nenazas.

Daniel se ha retirado hacia un lado y ni tan siquiera se atreve a interponerse entre los reproches de los dos amigos.

—¡Siempre te has creído más que nadie y quizá te interese saber que más de una de las tías con las que has estado se ha reído de ti en tu propia casa!

Fabián se muerde el labio inferior al ver como su amigo intenta justificar de esa forma tan patética lo que acaba de hacer.

—Daniel tiene la libertad de elegir con quién estar y hoy ha decidido estar conmigo, por lo que…

Néstor no ha podido terminar la frase. Un puñetazo seco ha impactado en su mentón haciéndole caer hacia atrás. Le ha sido imposible evitar el ataque, pero Daniel ha salido de su impasibilidad y se ha abalanzado sobre su desquiciado hermano.

—¡No le pegues! ¡Él no tiene culpa de nada! ¡He sido yo el que ha empezado todo esto!

El rostro de Fabián se muestra desencajado y su boca no deja de temblar.

—No te puedes imaginar la vergüenza que siento al tenerte como hermano. Nunca me podría haber imaginado que la sensación de asco mayor de mi vida me la ibas a proporcionar tú.

El aguante de Daniel ha llegado a su fin y se derrumba ante un Fabián imperturbable que observa con desprecio como el chico se arrodilla ante él. Néstor comienza a salir de su aturdimiento y se toca la cara mientras observa con pena las súplicas de Daniel.

—Lo que le estás haciendo hoy a tu hermano no tiene perdón de Dios. Alguien te castigará por todo esto.

Un escalofrío ha sacudido el cuerpo de Fabián al escuchar esas palabras de su amigo y, tras recuperarse de esa sensación incómoda, proyecta una patada que aterriza en la nariz de Néstor, a lo que Daniel reacciona lanzándose contra su hermano. Los dos ruedan por el suelo en un forcejeo desigual. El chico no tiene la corpulencia ni los conocimientos sobre lucha de su hermano mayor y en pocos segundos se encuentra boca abajo prisionero de un placaje inmisericorde.

La sangre brota sin cesar de la nariz de Néstor y el suelo de la sala del baño turco se convierte en un tapiz modernista elaborado con intrincados trazos rojos que se mezclan en una confusión imposible.

Daniel no deja de patalear intentando inútilmente librarse del agarre de Fabián, y este, a cada esfuerzo de su hermano menor, contesta con sendas bofetadas que restallan en la habitación de forma contundente. La indignación de Fabián no parece aflojar, ni tan siquiera al escuchar los sollozos y súplicas del acongojado muchacho, pero es un puñetazo certero en la nuca lo que le hace besar el suelo, dejando libre a Daniel. El intenso gasto de adrenalina parece haber tenido sus consecuencias, y Fabián se encuentra tendido boca arriba sin fuerzas para intentar devolver el ataque.

Néstor se incorpora patinando sobre su propia sangre y ayuda a Daniel a ponerse de pie. Fabián los observa con gesto engreído, haciendo lo posible por mantener una actitud arrogante para ocultar su orgullo herido.

—¡Hijo de puta! Nuestra amistad acaba de terminar. Vete de aquí a tomar por culo. La próxima vez que nos veamos me las vas a pagar todas juntas.

—Por supuesto que me voy a largar ―responde Néstor con la respiración acelerada mientras se presiona la nariz con su toalla—, pero Daniel se viene conmigo. Yo lo llevaré a casa.

—Eso ni se te ocurra —farfulla Fabián—. Daniel se viene conmigo.

—Tú ya no mandas en mí —replica el chico con los ojos repletos de rencor―. Me voy con Néstor. Para mí has terminado.

—¡Ni se te ocurra hacer eso! No te atreverás.

Con una expresión de desprecio en su cara, el chico hace un gesto de negación y se gira dándole la espalda.

—Ya me he atrevido, ignorante.

Daniel ha escupido estas palabras mientras Fabián intenta levantarse del suelo de forma penosa.

Néstor y Daniel se dirigen desnudos hacia los vestuarios, y la sangre de la toalla de Néstor llama la atención de las chicas con las que se encuentran en su camino. En unos pocos minutos los dos se han vestido con sus ropas y abandonan las instalaciones del burdel de lujo.

Néstor se ha aplicado dos tapones que ha elaborado con algo de papel higiénico y que no han tardado en teñirse de rojo bajo su maltrecha nariz. Daniel ha dejado de llorar, pero sus manos tiemblan como una pluma frente a un vendaval. Aun así, su mente se encuentra tan clara y diáfana como el hielo de la última copa.

Mientras corre tras Néstor, su cabeza intenta poner orden en todo este desaguisado. Se sorprende a sí mismo al comprobar como su conciencia está reaccionando con una alegría difícil de contener. No tiene nada que ver con que sienta algo por Néstor, porque no es así, sino más bien con el hecho de que, aunque todo haya tenido un desenlace tan turbulento, él se acaba de desprender de un peso que durante toda su vida le había oprimido el pecho como el pisotón de un mastodonte.

Puede que esté huyendo, pero es una huida hacia delante. Su felicidad ya nunca se vería atacada por esos miedos estériles que siempre habían coartado su libertad. Echando de vez en cuando la vista atrás, se han dirigido al parking todo lo rápido que han podido. El exceso de alcohol consumido a lo largo del día no ha desaparecido. De hecho, los dos están experimentando su punto álgido, y sus tropezones son la prueba de ello.

Una vez que abordan el BMW deportivo, Néstor, con evidente torpeza, intenta meter la llave de contacto, topándose con los grados de alcohol una y otra vez hasta que acaba consiguiéndolo. El motor ruge en la oscuridad del aparcamiento cuando, por el retrovisor, aparecen unas potentes luces que no cesan de proyectar intermitentes destellos.

Los dos giran sus cabezas para comprobar que una silueta amarilla surge de la penumbra y se dirige a toda velocidad hacia ellos. El BMW arranca derrapando, mientras que unas primerizas e inocentes gotas de lluvia comienzan a caer sobre el asfalto. Fabián se aferra con fuerza al volante de su Ferrari. No va a permitir que su hermano pequeño huya con el traidor en el que se ha convertido su mejor amigo.

Ya pasan de las dos de la madrugada y Néstor sabe que atravesar Madrid a esa hora es complicado. Fabián se topa con otro vehículo que está accediendo al burdel y a punto ha estado de colisionar con él, por lo que tiene que detenerse un par de minutos debido a la inoperancia febril del recién llegado. Este lapsus de tiempo le ha servido al deportivo negro para conseguir una ventaja inesperada, que aprovecha para huir del acecho de la mancha amarilla del retrovisor.

Después de cuatro maniobras fallidas, Fabián se ha bajado del Ferrari y prácticamente ha sido él, tras abrir la puerta del conductor, el que ha terminado de completar los giros necesarios para alejar el Audi de la salida. Los nervios se trasladan a sus manos y pies, y por primera vez comprueba en su propia piel como el combinado de alcohol y tensión es una mezcla explosiva para manejar con un mínimo de decoro los mandos de un vehículo tan potente.

El BMW continúa con su desatinada huida mientras Néstor y Daniel no cesan de dirigir sus miradas una y otra vez a los retrovisores. Poco a poco se van quitando de encima a los vehículos lentos que van encontrando a su paso. Frenazos, virajes y cambios inesperados de carril son los incómodos ingredientes de una fuga desesperada.

Fabián conoce a la perfección el recorrido hacia su casa, pero desconoce el destino que Néstor y su hermano puedan haber elegido. No tiene muchas más opciones y, tras arriesgar en algunas maniobras más de lo debido, decide aflojar la marcha. La borrachera sigue teniendo un papel protagonista en todo este disparate y, tras rozar su paragolpes contra uno de los muros de hormigón de un túnel, concluye que la mejor opción es levantar el pie del acelerador.

Diversos y confusos pensamientos se aglutinan en su cabeza. El odio hacia lo que ha visto esa noche está aniquilando sin misericordia unas entrañas ya de por sí podridas por el resentimiento.

El BMW acaba de abandonar la M50 y Daniel le reclama a Néstor que detenga el vehículo. A trompicones se baja del deportivo justo en el momento en que las arcadas hacen su aparición. Néstor se acerca a él y lo rodea con sus brazos.

—¿Te encuentras bien?

Daniel se limpia las comisuras de la boca mientras gira su cabeza hacia él.

—Sí, me encuentro mejor, pero mi estómago no está coordinado con mi cabeza.

Una sonrisa forzada aparece en el rostro del chico cuando a lo lejos escuchan el sonido de un vehículo. Ignoran que esas luces no pertenecen al Ferrari amarillo, por lo que suben al vehículo y emprenden la huida por una carretera saturada de curvas cerradas.

Hace un buen rato que Fabián ha abandonado la idea de alcanzarles y en la oscuridad de la madrugada ha emprendido la marcha a casa. Néstor y Daniel ignoran esto y creen que bien podría estar cerca de darles alcance. Desconocen y temen la posible reacción de Fabián, a sabiendas del desproporcionado comportamiento al que las drogas y el alcohol suele abocarle.

La sinuosa carretera parece estrecharse por momentos y Néstor se frota los ojos intentando buscar una concentración ya de por sí mermada por la resaca que comienza a hacer estragos en sus reflejos.

—Si quieres conduzco yo ―propone Daniel—. En más de una ocasión he llevado el coche de mi hermano en un circuito cerrado.

Néstor niega con la cabeza. Bastante tiene con mantenerse despierto para ahora dejar en manos de un principiante bebido el capricho recién adquirido por su padre. Los ojos se aguan y, una y otra vez, intenta abrirlos mediante unos aspavientos que a Daniel, por alguna razón, le parecen hasta graciosos.

—Deberíamos parar —insiste el chico— y, si tenemos que enfrentarnos con él, lo haremos y punto.

El agotado conductor vuelve a negar con la cabeza. En su mente solo existe un objetivo: llegar lo antes posible a su casa. Allí descansarán.

La mente de Fabián está a muchos kilómetros de esa desierta carretera. Recuerda los momentos vividos con su hermano desde que este comenzó a verlo como su héroe, pero esa bonita evocación desaparece al irrumpir las imágenes del baño turco.

En otra carretera próxima, los derrapajes se suceden en cada una de las curvas mientras Daniel se agarra al cinturón de seguridad con todas sus fuerzas. Tiene miedo y ahora no es de su hermano. Néstor cree que el vehículo que le sigue pudiera ser el de Fabián, por lo que su pie aumenta la presión sobre el acelerador para dejarlo atrás.

Solo les quedan unos pocos kilómetros para llegar y la respiración acelerada de Daniel se escucha por encima del ruido del motor mientras las luces del vehículo que llevan detrás se alejan en el retrovisor.

Néstor consigue por fin su pequeña porción de calma, sin darse cuenta de que eso no es lo mejor para alguien al volante. Tras unos minutos de no ver luz alguna, el cuerpo de Néstor se relaja sin percatarse de que el coche se va escorando peligrosamente hacia el arcén.

Daniel también se ha sentido aliviado al ver como nadie les seguía y, tras tumbar un poco el asiento, su mente ha decidido tomarse un descanso. Un ligero temblor le despierta sobresaltado. «¿Me he dormido? ¿Qué está ocurriendo?».

Gira su cabeza y comprueba aterrorizado que Néstor tiene los ojos cerrados. Todo sucede en segundos. Tras lanzar un grito, el chico agarra el volante y con un gran esfuerzo intenta volver a llevar el deportivo al centro de la calzada, pero cuando Néstor consigue despertar, las dos ruedas laterales ya van por fuera del alquitrán.

Con los ojos de par en par contemplan horrorizados como una curva se les ha echado encima en el último instante. Daniel se gira para mirar a su protector, a lo que Néstor reacciona encogiéndose de hombros mientras una lágrima, que nunca llegará a caer, surca su rostro resignado.

El Ferrari de Fabián cruza a ralentí las puertas metálicas de la residencia del juez. No hay nadie esperándole. Su padre tenía previsto llegar sobre el mediodía del martes, por lo que le queda mucho tiempo para sobreponerse a la resaca y al resentimiento que siente hacia su hermano.

El martilleo de su cabeza convierte en mortificante cada uno de los movimientos que realiza para ponerse en pie. En más de una ocasión ha pensado en deshacerse del teléfono fijo que su padre instaló en la casa de invitados, y hoy podría ser el día. Cuatro veces ha sonado y ha ignorado ese timbre inoportuno. Una quinta vez es demasiado y con paso cansino se dirige hacia el terminal que está colocado al lado de la chimenea.

—¿Sí? —A su voz le cuesta arrancar―. ¿Qué ocurre?

—Fabián, ¿dónde te habías metido?

La voz de su madre suena asustada y repleta de tensión. ¿Quizá ha distinguido un llanto, o su castigadora resaca le ha hecho imaginárselo?

—¿Es que ocurre algo, mamá?

Una pausa turbadora se hace dueña de la conexión.

—Se trata de tu hermano, cariño.

—¿Mi hermano? —«Ya está», Fabián piensa que seguro que se ha adelantado y les habrá soltado una versión a sus padres que ni de coña coincidirá con la suya—. ¿Qué ocurre con Daniel, mamá?

—Ha tenido un accidente y...

La retenida congoja da paso a un llanto desesperado cuando una voz se oye al lado.

—Ya hablo yo.

Fabián reconoce enseguida la ronca voz de su padre mientras la impaciencia por saber de qué narices estaba hablando su madre se hace insoportable.

—No sé qué ocurrió anoche y tampoco el motivo por el que tienes tu teléfono apagado. Lo único que sé es que tu hermano se encuentra en el hospital Infanta Cristina y está grave. El vehículo de tu amigo Néstor se salió de la carretera y Daniel iba con él.

—Yo..., yo... no sé

El tartamudeo de Fabián es cortado de raíz por su padre.

—¡No es el momento de las explicaciones! —grita el juez—. En cuanto nos han avisado del accidente hemos salido de Barcelona hacia Madrid y nos queda poco más de media hora para llegar. Imagino cómo habrá sido tu noche, pero intenta adecentarte un poco. Te quiero ver en el hospital cuanto antes.

Los pensamientos se agolpan en su mente intentando inútilmente clasificarlos con un mínimo de orden. Su padre ha cortado la llamada sin despedirse, y Fabián se ha quedado mudo mirando su reflejo en el espejo que tiene justo detrás de su cama. Tras acercase, ha comprobado que sus ojeras muestran sin piedad los estragos de la noche anterior, al tiempo que percibe en su mirada una ausencia de vida que le hace estremecerse.

No ha llegado a pasar una hora desde la llamada cuando el Ferrari amarillo ha hecho su entrada en el parking del Infanta Cristina. Durante el trayecto hacia el hospital, su cabeza ha pretendido poner algo de cordura a lo sucedido la noche anterior y al fatal desenlace. Tras preguntar en recepción tanto por Daniel como por Néstor, la encargada del mostrador solo ha podido decirle la planta donde está su hermano. Los nervios se han hecho si cabe mucho más evidentes al indicarle la agria recepcionista que no está en ninguna habitación, sino en la UCI.

El pasillo se tambalea a su paso y las paredes parecen estar estrechándose como si se tratase de una trampa egipcia a punto de aplastarle. Al toparse con dos puertas de vaivén, Fabián las abre con recelo.

Su madre se levanta al verlo y se abraza a él sin dejar de llorar. Su padre se encuentra sentado en uno de los sillones de la sala de espera con los codos clavados sobre sus piernas mientras se frota el rostro con las manos.

—Mamá, no sé lo que ha podido ocurrir. Le perdí el rastro sobre las dos de la madrugada y no sé a dónde se marchó con Néstor. A ver si lo localizamos y le preguntamos a él. ¿Sabéis en qué habitación está?

Su madre irrumpe a llorar echándose dos pasos atrás.

—¿Qué ocurre? —Fabián no entiende la reacción de su madre—. ¿Lo han traído a este hospital o lo han llevado a otro?

El juez Alcázar se levanta de su asiento y abraza a María Luisa, que suspirando se acurruca en su regazo.

—Tu amigo Néstor está en este hospital.

—¿Sabes la habitación? ―pregunta confiado—. Él podrá contarnos los detalles.

—Néstor no podrá contarnos nada. —Los ojos de Fabián comienzan a mostrar que por primera vez se está haciendo cargo de la fatal situación—. Su cadáver se encuentra en el forense. Cuando los recogieron, él ya estaba sin vida. Por lo visto fue instantáneo.

—¡No, no, no, no!…

Fabián pretende eliminar de su cabeza, a fuerza de negaciones, las palabras que acaba de oír de boca de su padre y así hacer como si no hubiesen llegado a existir. Resulta curioso cómo reacciona la mente ante una noticia dramática e irreversible. Una súplica emerge para que lo que acabamos de vivir sea un sueño y que se pueda solucionar tras un sencillo despertar. Nunca sucede, y en poco menos de unos segundos entendemos que hay que proceder a asumirlo sin reparos. Fabián se encuentra en ese sórdido momento de no aceptar lo que acaba de oír.

—¿Se sabe dónde tuvieron el accidente? —acierta a preguntar.

En ese mismo instante, las puertas batientes se abren y aparecen dos guardias civiles con sus gorras en la mano.

—Hola, sargento.

—Señor —dice cuadrándose ante Roberto—, ya disponemos de más datos.

Fabián se aleja caminando de espaldas y se sienta en uno de los sillones. Sus piernas tiemblan y su mente se llena de las imágenes de juergas pasadas a junto a su amigo. Es la primera vez, desde anoche, que su cabeza ha eliminado la escena del baño turco.

—Tuvieron muy mala suerte, señor —continúa el sargento de la Guardia Civil―. Solamente les quedaban un par de kilómetros para llegar a la residencia del amigo de su hijo.

Fabián atiende en silencio al suboficial, y en su interior comienza el juego del gato y el ratón buscando el grado de culpabilidad que le toca asumir en el accidente.

MILI

Un batiburrillo de sentimientos contradictorios la aturdían y no dejaban lugar a la tranquilidad que tanto ansiaba. Por un lado, se le vino el mundo abajo cuando en el sorteo del servicio militar no solo no había salido exento, sino que le había tocado cumplirlo en un cuartel de Badajoz, en la otra punta de España. El Castilla 16 iba a ser el lugar donde tendría que pasar un año y pico de su vida, y ella lo podría ver, en el mejor de los casos, tan solo unas cuatro o cinco veces. Por otro lado, durante su periplo militar, Roberto también estaría alejado de los besos y arrumacos con los que le abordaba esa rubia que no tenía otra cosa que hacer que mostrarse con ella como la más íntima amiga que una chica de catorce años pudiese tener. No le hacían falta los abrazos y los innumerables intentos de estrechar lazos de la chica que le había arrebatado al hombre por el que respiraba.

El tren salió de Santander y ese día María Luisa lo pasó en casa llorando, a sabiendas de que el último beso que daría antes de marcharse caería de parte de su odiada Irene. ¿Qué pintaba una niña de catorce años despidiendo a un chico del que solo se suponía que le unía una inocente amistad?

Los primeros días de cuartel fueron de los más difíciles que Roberto había pasado en su vida. Sus recuerdos de la infancia volvieron a golpearle tan fuerte y contundentemente como lo haría el badajo de la campana del pueblo en la misa de doce.

Esta vez nada tenía que ver el odio que le profesaban los demás soldados con el hecho de que su padre fuese guardia civil. Para que ahora le faltasen el respeto le había bastado con que le hubiesen cortado el pelo al dos y que le colocaran un uniforme de un verde tan brillante que hacía daño a la vista apenas el sol le ponía las manos encima. Con los diecinueve recién cumplidos, tenía que volver a empezar a ganarse el respeto de sus compañeros, pero entre tanta confusión no tenía la menor idea de cómo hacerlo.

La instrucción fue terrible. «Tienes que aguantar el primer mes y medio igual que lo hizo tu padre: ¡con un par de cojones!». Con tal exigencia terminaron las dos cartas que recibió de su hogar. La primera que le enviaron estaba redactada por su hermana. Solamente ocupaba un folio y le llegó poco antes de cumplir un mes de servicio. En ella decía cosas que nunca se habría atrevido a decirle cara a cara. Él mismo tuvo que acabar de leerla en el cuarto de baño, a puerta cerrada, para evitar que ninguno de los reclutas pudiese descubrir el sonrojo que le provocaba leer aquellas expresiones de cariño.

Los dos minutos de alabanzas y redactados afectos se le habían hecho una eternidad, pero en el fondo le gustaban. Le hacían falta esas palabras como el aire que respiraba. La añoranza del que es arrebatado de su hogar necesitaba de ese tipo de expresiones, aunque nunca lo hubiese pensado antes de esto. Por supuesto que enrojeció y su cara ardía, pero la siguiente frase le hacía volver rápidamente a tocar tierra: su padre se había encargado de la posdata.

Las salidas al campo de maniobras con la mochila a cuestas y el fusil en mano eran continuas y agotadoras, y no le dejaban tiempo para otra cosa que no fuese recuperarse del cansancio cuando llegaban al cuartel ya anocheciendo.

Las zonas estaban bien definidas dentro de la compañía. La sala de estar, con la televisión al frente, estaba ocupada por los «abuelos». Se les llamaba así a los que llevaban más de nueve meses de servicio, y jamás un recluta podía ocupar ninguno de esos asientos a menos que uno de ellos lo invitase expresamente y contase con el beneplácito del resto.

En la vida militar no existía lo gratis. Cada una de las cesiones de los veteranos venía precedida de una humillación que podía ir desde traerles agua con el botijo a ir a apagar una colilla dentro de una maceta en el patio de armas. Roberto obedecía a cada uno de los abusos con total sumisión, y en ninguna de las ocasiones dijo una palabra más alta que la otra. Sí, la mayoría eran ridículos, pero servían para mantener el estatus tanto de los reclutas como de los veteranos.

A los cinco meses, los juegos y novatadas comenzaron a remitir. Ya había entrado otra remesa en la compañía, y los que estaban a punto de licenciarse exhibían todo lo aprendido contra los recién rapados. Él, desde la lejanía, unas veces sonreía, otras muchas no, a las bromas despóticas de esa gente que se creía más que nadie solamente por llevar allí encerrados más de un año.

Esa fue una época que le marcaría para siempre. Su deseo de impartir un juicio justo y castigar a los que se lo merecieran comenzó a florecer en su mente para enquistarse de una forma casi enfermiza. Comenzó a ir a la biblioteca a diario y volvió a convertirse en el chico raro. Rata de Biblioteca, ese fue el apodo por el que los que estaban cerca de licenciarse comenzaron a llamarle y fue el culpable de que hasta sus mismos reclutas se apartasen de su lado. Tan solo dos de los que entraron en la compañía de carros de combate tenían pretensiones de estudiar carrera cuando acabasen el servicio militar, pero ni ellos se atrevían a sentarse junto a ese repudiado apodado la Rata.

La biblioteca era un espacio pequeño y solamente era visitado por el páter (así se llamaba al cura del cuartel) y por algún cabo primero que estaba estudiando para ascender de rango.

En los sucesivos meses estuvo devorando todo lo que tenía que ver con derecho. Constitución, leyes que no comprendía, estatutos... Torres y torres de libros fueron pasando ante los ojos de un Roberto que, como única distensión, se permitía leer las cartas de su querida Irene.

No había semana en que no le llegasen dos de esos sobres decorados con toda clase de dibujos elaborados con ceras y rotuladores. Corazones, flores, hasta vacas y ríos formaban parte de aquellas pequeñas obras de arte. A él le gustaban, pero el trago que tenía que pasar mientras sus compañeros esgrimían sus burlas no se lo deseaba a nadie.

«¿Son de tu hermanita pequeña? ¿Me la presentas para...? ¿Es que tienes una novia de parvulario?». Ninguna de esas preguntas menoscababa su pundonor. Más de uno de esos desgraciados hubiese deseado tener en su tierra de origen a alguien que le pagase con el amor que a él se le regalaba en aquellas hojas de papel repletas de ternura.

Una vieja carpeta de piel marrón que le había proporcionado el sargento Gago hacía las veces de caja fuerte para sus releídas cartas. En su interior tenía dos apartados separados por una pieza de cartón recubierta de tela. En una parte, amontonaba con exquisito cuidado y orden cada uno de los sobres que contenían las cartas de Irene. La otra parte de la carpeta albergaba una cantidad mucho más pequeña de sobres, todos de color azul, pero colocados con el mismo cariño.

Según se hubiese dado el día, elegía uno u otro montón. Había veces que se encontraba necesitado de amor, de abrazos, de caricias y besos, muchos besos. El resto de días recurría a las de María Luisa. Sus letras reflejaban lo que sentía en cada momento y explicaba con todo detalle cada cosa que le sucedía en pueblo, por muy insignificante que esta llegase a ser. El que la hubiera perseguido un perro y casi estuviese a punto de morderle, el haber ido a pescar ella sola y haber conseguido sacar un barbo de cuatro kilos y al querer dejarlo en la cesta se le hubiese escapado de las manos, las broncas de su padre, todos y cada uno de esos nimios e insulsos detalles le producían una sensación tan agradable que le hacía volver a sentir y disfrutar del olor a verde y la humedad de las mañanas del valle en el que está enclavado su querido pueblo.

Eran dos sensaciones tan distintas cuando abría según qué sobres que a veces dudaba seriamente de a cuáles recurrir. La amistad que le había concedido aquella niña desde que tenía tan solo cuatro años pudiera ser lo más sincero que había recibido desde que tenía uso de memoria.

Irene. Irene le proporcionaba todo lo que a una relación de amistad le suele faltar: el deseo, la pasión, el saberse anhelado por encima de todas las cosas, el sexo. En alguna ocasión había intentado fantasear colocando la cara de María Luisa en el cuerpo de Irene, pero nunca funcionó. Después de pensarlo durante muchos meses, se dio perfecta cuenta de que una relación que roza la hermandad no es la ideal para forjarse una fantasía que pudiera superar ninguno de los límites que marcan la propia amistad.

Él siempre lo supo. Desde el primer momento, en aquel peldaño de piedra fría, se percató de que, para aquella enclenque y reservada niña, él, por alguna extraña razón, se había convertido en su compañero, su héroe particular, el hidalgo al que debería seguir de por vida como lo haría un fiel escudero.

Todo era tan evidente que Roberto intentaba que nadie se apercibiera de ello, por lo que no dudaba en infringirle toda clase de desprecios calculados cuando notaba que alguien del pueblo dirigía sus miradas hacia ellos.

Al principio a ella le daba por llorar, pues no entendía ninguna de esas reacciones, pero, tras unas largas explicaciones a solas, los dos llegaron a un pacto por el cual tendrían una relación oculta a ojos de los demás, eso sí, siempre de amistad. Los once años que tenía María Luisa cuando mantuvieron esta conversación le impedían discernir sobre lo que era amor y lo que era amistad, pues para ella significaba lo mismo, pero cuando fue pasando el tiempo no había noche que no maldijera el último apartado de su pacto: siempre de amistad.

Roberto obtuvo su primer permiso a los seis meses de servicio. La coincidencia con varias alertas del Gobierno impidió que pudiese hacerlo antes. Llegó a bordo de un autobús destartalado y, bajo la encina centenaria que hacía las veces de parada de autobús, se encontraba su madre con la única compañía de Irene. Al bajar las escalerillas del autobús, Roberto sintió el impulso de echar una mirada alrededor. Sabía que faltaba alguien y, conociéndola como la conocía, seguro que andaba escondida en algún lugar observando su llegada.

Roberto estaba en lo cierto. María Luisa estaba oculta tras unos arbustos que se encontraban a unos cien metros de la vieja encina. Se mordía las uñas de forma frenética mientras observaba como su mayor enemiga, aunque ella no tuviese constancia de ello, se abrazaba a su amor incluso adelantándose a su madre.

La pareja de enamorados caminaban de la mano, seguidos, a pocos pasos, por la atenta mirada de la futura suegra, aunque los peores recelos no provenían precisamente de ella. María Luisa, cual perro de caza, siguió su marcha a una distancia más que prudente. No podía permitirse que Roberto la pillase in fraganti en una maquinación tan infantil. Cualquier tontería de esas podría acabar con las esperanzas de mantener una relación con él en el futuro.

Sabía que eso era una empresa prácticamente imposible, y más cuando aún le faltaban unos meses para cumplir los quince, pero le daba lo mismo. Nunca dejaría de perseguir el sueño que le hacía más llevadera la vida en un pueblo que sin Roberto estaría vacío para ella.

¿CULPAS?

El lánguido tiempo se instala con toda su crudeza dentro de la sala de espera sin que ningún profesional médico se haya acercado a informar del estado de su hermano. Fabián no cesa de escudriñar en sus borrosos recuerdos, analizando cada uno de los momentos vividos la pasada noche. Su padre no se ha dignado a mirarle a la cara, y sus idas y venidas a la máquina de café no han cesado en las cuatro horas de espera.

Las últimas noticias proporcionadas por uno de los cirujanos no han sido las mejores. Daniel ha tenido que ser operado de emergencia del bazo y del hígado, y el traumatismo en la cabeza, debido a haber salido despedido del coche, es lo más grave.

María Luisa se acerca a su hijo llevando una botella de agua fría y se la ofrece con una expresión inanimada en su rostro.

—¿Cómo pudiste dejarle solo?

Fabián mira a su madre con la boca temblorosa, pero sus labios no se atreven a pronunciarse. No tiene sentido explicar ahora las tendencias de su hermano y de Néstor ni la comprometida situación en la que los sorprendió a ambos.

Las puertas abatibles se abren por fin, y aparece otro doctor al que ninguno había visto hasta ahora. María Luisa corre a su encuentro, pero Fabián decide quedarse sentado en su incómoda silla. Aunque está deseando echar a correr al lado de su madre para informarse de cómo va todo, sabe que un exagerado interés por su parte no iba a ser bien recibido por la actitud marmórea de su padre.

La sala de espera está a una distancia suficiente para que la conversación que mantienen no llegue a sus oídos. No le hace falta, pues los gestos que está haciendo su madre son lo suficientemente gráficos para saber que algo no va bien. Un grito nace de los adentros de la mujer y el juez tiene que agarrar a su esposa para que no caiga al suelo.

Fabián no puede creer que todo se haya complicado hasta el punto de que la vida de su hermano vaya a terminar de esta forma tan cruel. La iracunda mirada del juez se dirige hacia él de una forma despiadada, y Fabián opta por salir de ese angustioso espacio sin tan siquiera intentar informarse de cómo han sido los últimos instantes de su hermano.

La misa de Daniel y Néstor se ha celebrado en la misma catedral, pero han sido llevados a cementerios distintos. Fabián se ha despedido de su amigo cuando era introducido en el coche fúnebre y para ello solo le ha bastado un par de palmadas sobre la caja.

Humberto se ha mantenido a una distancia siempre prudencial y solamente se ha acercado a dar el correspondiente pésame a los familiares. Él no llegó a enterarse de nada y, después de percatarse de que ninguno de sus amigos estaba en aquel burdel, tuvo que pedir un taxi para volver a casa. Viendo los resultados, había sido lo mejor que pudo haberle pasado.

En los dos días que han transcurrido hasta que le han dado sepultura a su hermano, Fabián no ha cruzado ni una sola palabra con su padre. Quizá debería haberle contado algo para explicarle que no fue él el que decidió marcharse del club junto a Néstor, sino su hermano, y que ya tenía la mayoría de edad para ser responsable de sus actos.

No ha intentado dirigirse a su padre por dos sencillas y rotundas razones. La primera es porque tiene la completa seguridad de que no va a escuchar ninguna palabra que pudiera valerle para librarle de la culpa de lo sucedido, y la segunda, la que más le está atormentando, es que ni él mismo sabe si realmente se merece esa exculpación que con tanto empeño desea.

Nunca ha sido amigo de los cementerios y desde niño había justificado sus ausencias a estos obligados eventos familiares alegando diversas enfermedades tan falsas como los sentimientos de muchos de los que se acercaban a dar el pésame.

Esta vez no podía escapar de la responsabilidad que conllevaba el dar sepultura a su hermano pequeño. En su cabeza se repetían una y otra vez las últimas palabras de odio que le dedicó Daniel. Mientras, el ataúd ha comenzado su imparable descenso al foso húmedo y oscuro en el que descansará para siempre.

Multitud de personas, la mayoría personajes muy influyentes tanto de Madrid como del resto del país, se acercan a dar las últimas muestras de cariño a los desconsolados padres. Casi al mismo tiempo, Fabián ya ha abandonado la zona y se dirige, atravesando un laberinto de pasillos repletos de nichos, hacia el exterior del cementerio.

Antes de abandonar los callejones repletos de imágenes, llama su atención una de las lápidas. Se trata de una piedra completamente blanca, carente de cualquier talla que pudiese justificar la devoción hacia cualquiera de las vírgenes, santos, cristos o cualquier otro símbolo que pueda decantar hacia un lado u otro la tendencia religiosa del enterrado o de sus familiares.

Tras acercarse con curiosidad, ha podido distinguir una pequeña foto ovalada en el centro de la lápida y una solitaria frase bajo ella: «Puedes creer que eres la persona más maravillosa del mundo, pero cuando llegue el día del juicio no dudes de que el veredicto será implacable».

Fabián se agacha y observa de cerca la foto de una niña con coletas. «¿Quién ha podido poner esa esquela en la lápida de una niña? Solo una mente enferma y repleta de rencor puede haber sido la artífice de semejante parrafada».

Fabián traga saliva mientras observa con detenimiento la diminuta foto color sepia que predomina sobre el mármol blanco. El patente paso del tiempo ha convertido la foto de porcelana en algo carente de vida. En la lápida no hay escrito nada que pueda dar una pista de cómo se llamaba aquella niña, pero algo en esa mirada le provoca un estado de desasosiego.

Los días han ido sucediéndose envueltos en un halo de resignación dentro del hogar de los Alcázar. Pareciera que cada uno de ellos estuviese buscando una ubicación nueva dentro de ese hogar roto. Aunque resultase paradójico, las muestras de dolor más evidentes partían de la criada de la casa. Los llantos incontenibles de Luciana cada vez que se acercaba a servir a María Luisa o a Fabián eran contestados con una fría y acusadora mirada por parte del juez hacia su hijo.

No podía creer que, más de una semana después, su padre continuase culpándole de lo sucedido y, tras su enésima mirada de desprecio, Fabián rompe su hermetismo.

—¿Qué ocurre, papá? Yo no fui el que lo metió en aquel coche.

El juez mira incrédulo la actitud chulesca de su hijo.

—¿Cómo te atreves? —Su rabia contenida parece estar a punto de salir a escupitajos de su boca.

—Lo que ocurrió aquella noche se nos escapó de las manos, pero fue Daniel el que decidió marcharse pese a que yo intenté que no lo hiciese.

—No quiero que menciones su nombre delante de mí, ¿entiendes?

Fabián ve como el temblor de manos de su padre acaba de provocar que el vaso de vino resbale entre sus dedos y acabe manchando el mantel de lino blanco.

La aparición de la lacrimosa sirvienta hace rebajar un punto de tensión entre padre e hijo. Luciana procede a eliminar en lo posible el exceso de líquido del mantel valiéndose de un paño. Sus manos tiemblan y es María Luisa la que, agarrándola por los hombros y sin mediar palabra, la ayuda con el infructuoso trabajo. Las dos mujeres se dirigen llorando hasta la cocina. A Fabián no deja de rechinarle esa escena en la que tiene que ver como una madre que ha perdido a su hijo intenta consolar a la mujer del servicio.

El juez Alcázar conoce muy bien el idioma de los gestos y expresiones. Tantos años intentando descubrir qué se esconde tras las miradas teatrales de las distintas personas a la que ha juzgado le han convertido en un especialista en desenmascarar las emociones que, de una forma tan sutil, aparecen tras los frustrados intentos de ocultarlas. Ese sexto sentido le hace comprender inmediatamente lo que está pasando por la cabeza de su primogénito y eso le saca de sus casillas.

—No puedes aguantar que alguien de una clase inferior a la tuya sienta más la muerte de tu hermano que tú, ¿verdad?

A Fabián se le ha clavado en el alma lo que su padre le acaba de decir. Tras levantarse de su asiento con una expresión de odio marcada en su rostro, se acerca a donde el juez le espera inmóvil. Le mira desde arriba con el desprecio más absoluto, agarra la botella de vino y vierte el contenido haciendo grandes círculos sobre el mantel recién repuesto.

—Por muy juez que seas, no te atrevas a juzgarme en tu puta vida.

Descargado parte de su resentimiento, Fabián arroja la botella vacía contra el suelo de mármol haciéndola añicos, tras lo cual se marcha sin hacer caso del desesperado llamamiento lacrimógeno de su madre.

Esta noche no puede quedarse en la casa de invitados. Los metros que separan esa construcción de la casa principal le parecen una miseria para lo que a él le gustaría en esos momentos. Se ha vestido con una camisa de cuadros azules y un vaquero. Las noches de finales de febrero suelen ser bastantes frías en Madrid, por lo que agarra su chaqueta de piel y abandona la finca haciendo rugir el motor de su deportivo.

El Ferrari se detiene en una de las curvas sin poner los intermitentes de emergencia y Fabián, tras pensárselo un par de veces, abandona el deportivo. Allí se encuentra el bloque de hormigón donde se estrelló el BMW acabando con la vida de su hermano. Una vulgar vía de escape para el agua de la calzada ha sido la culpable de que la vida de Fabián haya dado un giro de ciento ochenta grados.

Las luces de un vehículo se acercan y decide que es el momento de abandonar el lugar. Antes de irse, su vista se queda parada en un ramo de flores prendido de la señal que indica la inmediatez de la curva.

Son las diez de la noche. Ni ha cenado ni tiene intención de hacerlo. El apetito que le hostiga nada tiene que ver con lo físico, sino con lo espiritual y, por supuesto, la comida no serviría a sus intereses. La única salida que le queda es que el alcohol pueda mitigar alguna de sus dudas.

El bar elegido para su intento de amnistía ha sido un lúgubre pub del casco antiguo de Madrid llamado Roncesvalles. Solamente había ido a ese lugar en un par de ocasiones y siempre obligado por su amigo y socio Ramón.

Fabián no comprende cómo un sudamericano amante de la bachata gusta de acudir a lugares tan extraños como este. Lo más normal en cualquier dominicano que se precie es acudir a locales donde suene música para bailar agarrado, pero este sitio es la antítesis de los bares destinados al jolgorio y al alterne de bailoteo. La estricta norma de la casa de tener prohibida la música y la televisión hace de este establecimiento un lugar orientado solamente a la conversación y a la reflexión. Ha elegido el día perfecto. Un miércoles a las diez de la noche es el mejor momento para encontrar la tranquilidad de un garito apartado del centro de la movida.

Al abrir la puerta de madera maciza, sin ventana que pudiese delatar lo que le esperaba en el interior, el chirriante sonido de las bisagras ha retumbado en el silencio del local. Un camarero uniformado completamente de negro seca unos cuantos vasos que acaban de salir del lavavajillas, y ni tan siquiera levanta la mirada para saludarle.

En cualquier otro momento de su vida, solamente esa indiferencia le habría valido para que, tras lanzar algún improperio a ese camarero inútil, se hubiese marchado del local haciendo una peineta sin mirar atrás. Pero hoy no es el caso, porque lo que anda buscando es precisamente lo que acaba de encontrar, silencio y apatía.

Fabián se sienta en un taburete de la barra y, apoyando los brazos en la superficie de la robusta y antigua madera, se queda mirando en silencio cómo trabaja el despreocupado barman.

—¿Tienes whisky del bueno?

El camarero deja el último vaso sobre la barra y mira al recién llegado como si le estuviese perdonando la vida.

—Tengo el mejor que hayas podido probar nunca.

La afirmación de ese chico que no debe pasar de los veinte años hace que aparezca una leve y desafiante sonrisa en los labios de Fabián.

—Pues adelante, muchacho, sorpréndeme.

El camarero se seca las manos con un paño negro que lleva prendido de su cinturón y, con una expresión inquietante, se gira hacia la parte donde está situada una ingente cantidad de botellas colocadas aleatoriamente, sin criterio alguno aparente.

El chico recorre con su dedo una a una las filas en un intento de localizar la bebida prometida y que, por lo que está tardando, debe estar a buen recaudo.

—Ajá. Ahí la tenemos, amigo.

Por un momento le han dado ganas de gritarle que él no era su amigo ni en su puñetera vida lo sería, pero ha decidido guardar silencio y observar con detenimiento como el chico se ha marchado a buscar una escalera. De puntillas sobre aquella escalera endeble y haciendo un último esfuerzo, al final consigue hacerse con la preciada botella.

El líquido de un tono acaramelado se adivina tras la etiqueta de color negro. Nada. Ni un solo número indicando la graduación. Tampoco el origen aparece por ninguna parte de la carátula. Solamente unas letras en color rojo carmesí adornan la pobre etiqueta: Yum Kimil.

—¿Estás seguro de que esto se puede beber?

El chico muestra una sonrisa confiada.

—Usted me ha pedido el mejor whisky, y se lo estoy ofreciendo. El beberlo o no se lo dejo a su libre albedrío, caballero. Solamente usted es dueño y señor de sus acciones.

El camarero deja con un contundente golpe un robusto vaso que contiene dos hielos redondos.

—¿Le sirvo? Sus deseos son órdenes para mí.

La actitud engreída del camarero es respondida por Fabián con una afirmación calmada de su cabeza. El dorado líquido comienza a caer dentro del vaso y, gracias a la ausencia de música, cada uno de los golpes de los hielos contra el cristal repica como si se tratase de campanas tocando a duelo.

Fabián acerca el vaso a sus labios y, frunciendo los ojos con desconfianza, prueba un pequeño sorbo del pretencioso líquido. No sabe cómo explicarlo, pero sus sentidos se abren de par en par apreciando la inmensa cantidad de matices que acaban de desparramarse por sus papilas gustativas. Ante la sonrisa ganadora del arrogante camarero, Fabián no puede dejar de saborear, a pequeños sorbos, una y otra vez el delicioso licor.

—Veo que le está gustando, señor. ¿Ha cumplido con sus expectativas?

Fabián apura de un trago el contenido del vaso y golpea sobre la barra reclamando una segunda carga. El camarero entiende como una afirmación el gesto de su cliente y vuelve a llenar el grueso vaso de cristal.

—¿Tienes nombre?

—Me llamo Gabriel, señor.

—¿Gabriel? Curioso nombre para alguien tan joven.

El camarero comienza a reír mientras seca los círculos húmedos que va dejando el vaso de Fabián.

—Perdone que le ponga una objeción a lo que acaba de decir. Los nombres de las personas no tienen edad.

Fabián cierra los ojos y continúa saboreando el precioso líquido entrando prácticamente en trance.

—Llevas toda la razón, muchacho. Los nombres no tienen edad y por ello nunca mueren. A las personas no nos ocurre lo mismo, ¿verdad?

El camarero asiente mientras sus chispeantes ojos parecen compadecerse del pensativo cliente que le ha tocado en su turno.

La puerta del local vuelve a gruñir abriéndose con una lentitud agónica. Tras ella aparece un anciano que de inmediato provoca un rechazo visual en Fabián.

—Buenas noches, señores —dice con voz ronca—. ¿Se puede pasar a tomar un último trago?

—Estamos aquí para ello, caballero. Tome asiento, por favor.

Gabriel le señala una de las banquetas cercanas a donde está sentado Fabián, gesto que este desaprueba y se lo hace saber retorciendo sus labios.

El anciano que acaba de entrar no forma parte del estereotipo de personas con las que Fabián podría llegar a intimar. Un gorro polar con orejeras y unas gafas de sol oscuras y redondas a lo Yoko Ono eran solamente el preámbulo de una indumentaria que no se podría describir de otra manera que no fuese como esperpéntica. Un raído abrigo largo que prácticamente arrastra por el suelo y una bufanda que en su origen debió de ser algo parecido a un blanco y que ahora se encuentra cubierta por toda clase de lamparones le terminan de otorgar el toque a mendigo que tanto desprecia Fabián.

Aun así, el que ese tipejo se sentase a su lado no ha producido en él la reacción que hace tan solo unos días le habría llevado a sacarle a patadas y arrojarlo a la acera.

—¿Puedes aconsejarme algo para entrar en calor? La noche va a ser algo más fría de lo que la época del año indica.

El camarero coge un vaso idéntico al de Fabián y lo coloca ante el anciano, cosa que él agradece con una amplia y sincera sonrisa.

Gabriel agarra la botella de Yum Kimil y llena hasta arriba el vaso del recién llegado. Ese gesto ha disgustado a Fabián que reprocha con sus cejas el que un licor tan exclusivo le sea servido al primer pelagatos que cruce la puerta.

—Tiene un gusto exquisito, señor —dice el anciano volviéndose hacia Fabián—. No todo el mundo sabría apreciar el sabor de esta bebida.

—Tan solo se trata de un whisky cualquiera —contesta con desdén.

El anciano le mira sin quitarse las gafas de sol.

—No, caballero, no. No se trata de una bebida cualquiera. Este líquido fue creado para abrir las compuertas de los sentidos.

A Fabián le llama la atención como este individuo está describiendo el sabor de la bebida prácticamente con las mismas palabras que él ha empleado en su mente.

—Quizá usted no la conozca —prosigue el anciano—, pero yo llevo bebiéndola desde hace siglos.

—Ya me parecía usted viejo, ya, pero no creía que lo fuese tanto.

Fabián sonríe mientras bebe otro trago de su vaso, a lo que su interlocutor reacciona imitándole.

—Chico, el poder que llegan a tener según qué bebidas ante la soledad de una barra es incalculable.

—¿Poder? ¿De qué diablos estás hablando, viejo? —Vuelve a aparecer el Fabián de siempre—. El único mérito que se le puede conceder al alcohol es el de poder anular durante un corto espacio de tiempo los remordimientos que nos persiguen.

Una risotada del viejo hace que el camarero ponga en sus labios una mueca extraña y se retire hacia el fondo de la barra, dejando solos a los dos frente a sus vasos.

—Chico...

—¡Me llamo Fabián!

—De acuerdo —asiente el anciano—. Tú estás hablando del alcohol terrenal.

«Ya está —piensa con hastío Fabián—, ya me ha tocado el típico loco de los cojones que merodea por los suburbios inventándose todo tipo de extravagancias. Seguro que no tardará en hablar sobre sus contactos con extraterrestres y sobre la confianza que han depositado en él para servir de intermediario ante los representantes políticos de la tierra».

—Veo que eres un pelín incrédulo.

—¡Hay que serlo! ¡Nunca se sabe si tienes delante a un loco o a un tonto!

—Estás en tu derecho —el anciano vuelve a dar otro sorbo—, pero lo que ignoras es que el líquido que estás bebiendo está elaborado con el elixir de los dioses.

Fabián alza la vista buscando al camarero para pedirle la cuenta, pero tras otear el fondo del local no consigue localizarlo.

—De acuerdo. Explícame las bondadosas virtudes de este whisky.

—Eres un pobre ignorante.

Fabián hace un intento de levantarse, pero el anciano se le adelanta y se coloca enfrente de él.

—Este líquido acaba de abrirte la puerta hacia un mundo que desconoces, pero aún no has despejado tu mente por completo.

—Mira, viejo —Fabián deja aparecer un gesto de resignación—, me has cogido en el peor momento de mi vida y no tengo ánimo para estar manteniendo una conversación con un loco.

—Es gracioso. Recurres con mucha facilidad a la palabra locura para defenderte de lo que no entiendes.

—El que no entiende nada eres tú, mírate.

El anciano se retira un paso hacia atrás y comienza a observarse a sí mismo de arriba abajo con cara divertida.

—¿No te gusta, verdad? ¿Te resulta molesto?

—¿A qué te refieres?

—A tener gente como yo a tu lado. Sí, gentuza que no merece estar en la tierra y, si han de estar, que sea a mil jodidas millas de ti.

—Pues ahora que lo dice, creo que lleva razón. No creo que tipejos como usted traigan ningún beneficio a la sociedad.

—Entiendo. O sea, ¿que la sociedad sí que puede beneficiarse de personas como tú, que consiguen emborrachar a su hermano y a su amigo para acabar juzgándoles simplemente por lo que son o dejan de ser en su intimidad?

—¿Qué coño dices?

Fabián se levanta haciendo caer su taburete y lanza un puñetazo al anciano. No puede explicarse cómo ha podido esquivarlo, pero con un lento movimiento el viejo ha conseguido que el puño pase a unos pocos centímetros de su cara. Fabián vuelve a la carga, pero esta vez es el viejo el que se adelanta golpeando con la palma de la mano la garganta de su atacante. El aire parece no querer transitar por la tráquea de Fabián y cae al suelo con el pánico reflejado en sus ojos.

El viejo se gira y toma otro trago de su vaso, mientras que Fabián, con un gran esfuerzo, consigue que el oxígeno comience a abrirse paso hacia sus pulmones.

—¿Cómo sabes lo que ha ocurrido? ¿Me conoces de algo?

El anciano comienza a reír de una forma que hace que Fabián se sienta tan asustado como lo estaría un niño.

—Se me ha olvidado decirte que bajo esta apariencia de mendigo hay un ser omnipotente y gracias a ello veo cosas que otros no pueden.

Fabián hace un repaso mental de las personas que había en el hospital, pero está completamente seguro de que, si este extraño hombre hubiese estado allí, no lo habría pasado por alto.

El viejo alarga la mano y, ante la reticencia de Fabián a aceptar su ayuda para incorporarse, comienza otra vez a reír.

—No tienes nada que temer, mi única misión es echarte un cable.

Fabián mira los sucios y deshilachados guantes con desconfianza, pero al final acaba cediendo y agarra los dedos descubiertos del hombre que le ha hecho besar el suelo.

—Estos guantes con los dedos cortados no deben protegerte mucho ante el frío.

—La protección está sobrevalorada. A las personas les hace falta notar el frío para apreciar la calidez. De nada sirve disponer de algo que te proteja de una forma tan perfecta que no te deje sentir tan siquiera un pellizco de realidad.

Fabián se reincorpora mientras piensa en estas palabras y en si tiene que poner a trabajar su percepción sobre los dobles sentidos. Pareciera que cada una de las frases que este tío suelta por su boca fuesen dirigidas contra su zona de confort.

—¿Puedes decirme cómo sabes lo que me ha ocurrido? —Fabián se muestra sumiso por primera vez.

—Leo las noticias. ¿O es que piensas que alguien como yo no sabe leer?

—No, claro que no. Yo…

—Tómate otro trago.

El camarero sigue desaparecido y es el propio anciano el que se presta para volver a llenar el vaso de Fabián.

—Salud.

El viejo levanta su vaso y, tras unos segundos de duda, Fabián hace lo propio. Después de chocarlos, los dos apuran los whiskies de un solo trago como si se tratase de un reto entre colegas.

—Así me gusta. Comienzas a comportarte como un hombre.

Fabián tose un par de veces mientras se limpia el líquido que se ha derramado por sus comisuras.

—Pon otro.

El viejo sonríe ante la orden de Fabián y accede sin poner ninguna pega.

—Mi hermano ha muerto y no sé quién ha tenido la culpa.

El anciano ni se inmuta ante la inesperada revelación.

—¿De verdad piensas que alguien tiene que ser el culpable de lo que ocurrió?

Esta vez Fabián solamente da un pequeño sorbo.

—Alguien tiene que serlo. No puedo comprender cómo un chico con toda la vida por delante tiene que acabar en el fondo de una cuneta.

—Ley de vida, chico, ley de vida. Todos hemos venido para irnos. Es así de sencillo.

—¡Yo no lo veo así de sencillo! ¿Cuántas personas hay en este mundo que se merecían la muerte antes que mi hermano?

—Vuelves a erigirte como juez. Lo hiciste aquella noche y hoy vuelves a cometer el mismo error.

Fabián mira extrañado al estrambótico hombre, pero esta vez ni se extraña de que parezca saber más de la cuenta sobre lo que sucedió aquél fatídico día.

—Aquí el único juez es mi padre. En la puta vida quisiera ser yo el que tenga que juzgar a alguien. Eso se lo dejo a los que ambicionan el poder absoluto.

—Su señoría el juez Alcázar, un buen hombre.

—¿Un buen hombre? —pregunta con un tono de rechazo—. Se nota que no conoces a mi padre en su día a día.

—No vuelvas a decir lo que puedo o no puedo saber sobre nada o sobre nadie, o volverás al suelo antes de que te des cuenta.

Fabián vuelve a beber para digerir la amenaza. Su garganta aún está resentida del certero golpe.

—Se piensa que todo en la vida debe juzgarse como lo haría en un tribunal, y esa forma de actuar la traslada a su familia.

—No se puede elegir la forma de ser —dice el anciano tras dar otro sorbo—, siempre habrá personajes y situaciones que moldearán la personalidad de un individuo, pero el interior de la persona está forjado mucho antes de que suene el primer latido de su corazón.

—Pues Dios se equivocó al formar el corazón de mi padre.

El viejo vuelve a reír de forma descontrolada antes de volver a dar otro trago a su bebida.

—Esto está comenzando a ser gracioso. ¿Ahora es Dios el culpable de lo que le ha sucedido a tu hermano?

Fabián mira con desprecio a este pordiosero que se está mofando de cada cosa que dice.

—Solo ha sido una forma de hablar. Si existiese un dios no habría consentido que mi hermano muriese.

—Te propongo una cosa. Si tú fueses Dios, ¿quién debería haber perdido la vida esa noche?

Fabián se queda callado mientras saborea un par de tragos y reflexiona sobre la hipotética pregunta.

—El primero, mi padre —sentencia con amargura.

—¿Tu padre en el puesto de tu hermano? ¿Y quién moriría por Néstor?

—¿Por qué tiene que morir alguien más?

Las risas vuelven a hacer su aparición.

—Ya estamos llegando al origen del problema. Por lo que veo, si tú fueses Dios, no permitirías que nadie en este mundo muriese. Veo que estás llegando a un punto de magnanimidad que nunca habría creído posible en el antiguo Fabián.

—¿Antiguo Fabián?

—Por supuesto. El antiguo Fabián siempre estará a un instante hacia atrás del presente. Y creo que, si hace un par de semanas alguien te hubiese propuesto la posibilidad de que no debería morir nadie, ni por un segundo se te hubiese ocurrido acceder a ello.

Fabián se queda pensativo mientras asiente con la cabeza. Sabe que este viejo loco lleva razón.

—Siempre has creído que el trabajo de tu padre es pan comido. No me malinterpretes, a mí no me molesta qué cosas puedas decir sobre él, pero hoy te estás metiendo en el terreno de lo divino, y eso no puedo consentirlo.

—¿Qué quieres decir? ¿Vas a volver a atacarme para defender a tu Dios? Tienes que saber que mi madre ha intentado llevarme por el camino de la doctrina cristiana y, como puedes ver, no le ha servido de mucho.

—Lo veo, salta a la vista —vuelve a dar otro trago—, pero también veo que estás equivocado conmigo. Yo no vengo a convencerte de la existencia de ningún dios o de ningún cielo. Mi misión consiste en convertirte en lo que más odias.

—No me digas, genio de la lámpara. —Esta vez es Fabián el que ríe con ganas—. ¿Me vas a convertir en mi padre?

—Aprovecha, porque las bromas están a punto de acabar, chico. No te convertiré en tu padre, pero sí en lo que representa.

—Explícate, viejo, me parece que el alcohol te está comenzando a afectar más de lo que crees.

—¿Qué alcohol? Estamos bebiendo agua cristalina.

Fabián emite un gruñido despectivo y se gira para volver a rellenar su vaso. Tras coger la botella, vierte su contenido sobre unos hielos que se han reducido a su mínima expresión, pero lo que cae en el fondo del vaso nada tiene que ver con el dorado elixir. Fabián comprueba asombrado como el vaso se llena de un líquido transparente que está muy lejos de parecer whisky.

—¿Esto es una broma, o algún truco?

—Aquí el único que se está intentando engañar eres tú, chico. Hoy has venido a este bar con un solo propósito, emborracharte para olvidar todo lo que te ha sucedido la última semana, y tu mente necesitaba hacerte ver que lo que tomabas era una bebida repleta de alcohol. El poder de la mente, chico, el poder de la mente, nunca lo menosprecies.

Fabián mira en todas direcciones buscando un responsable al que culpar.

—Alguien se está riendo de mí y voy a descubrir de quién se trata.

El anciano niega con la cabeza mientras vuelve a dar un sorbo a su vaso.

—¡Sal de donde estés cabrón, seas quien seas! Te mataré por lo que estás haciendo.

—Vuelves a hacerlo. Esta vez te has convertido en juez y verdugo. Tu currículum se va acrecentando a pasos agigantados.

—Maldita sea —gruñe Fabián—. Tú eres el cómplice de quien está intentando volverme loco. Ya lo veo claro —Fabián se detiene un instante para reflexionar—, te has compinchado con mi padre para castigarme.

—Tu padre no tiene nada que ver en esto. Te lo he dicho antes. Te voy a convertir en lo que más odias. A partir de hoy tú serás el juez.

Fabián lo mira con la cara desencajada sin saber muy bien si reír o salir corriendo de este cutre pub para dejar atrás esa situación surrealista.

—Por lo que dices, has podido conseguir lo que ni mi padre hubiese podido hacer en dos vidas. Gracias a Dios he podido terminar de una jodida vez la carrera de derecho.

Fabián bebe un trago y lo escupe al notar el insípido sabor del agua.

—Te lo he dicho. Eso no es whisky.

Fabián se limpia los restos de agua de su boca mientras mira de arriba abajo al impasible anciano.

—¿Se puede saber cómo te llamas, viejo?

El anciano vuelve a beber, y Fabián se percata de que su bebida sigue manteniendo el color dorado.

—No tengo un nombre en concreto. Algunas culturas se han empeñado en llamarme Parca, la Señora de la Guadaña o sencillamente Muerte, pero tú puedes llamarme Kimi.

Fabián intenta ignorar lo que le está dando a entender el anciano y se centra en el último nombre.

—¿Kimi? ¿Y eso es una abreviatura de...?

—De nada chico, de nada.

—No me gusta que me llames chico —protesta Fabián—.

—Tú no has dejado de llamarme viejo y no me he quejado ni una sola vez.

Fabián busca de forma nerviosa la presencia del barman, pero no consigue localizarlo.

—No hace falta que hables con el camarero. Ya me encargo yo de la cuenta.

—¿Tú? No tienes aspecto de llevar encima ni un puto euro. Más bien parece que no hayas comido caliente desde hace años.

—¿Ves? En eso llevas razón, pero aun así yo me encargaré de pagar tu deuda.

—No soy de los que se dejan invitar por un desconocido.

—Te he dicho mi nombre, por lo que ya he dejado de ser un desconocido. Pero, aparte de esa tontería, puedes dar por seguro que yo nunca pago nada sin que luego lo cobre con sus respectivos intereses.

—No dices más que estupideces, y ya me estoy cansando de esta pantomima.

Fabián se levanta del taburete y, tras colocarse su chaqueta de piel, inicia el camino hacia la puerta.

—¡Chico!

Fabián se detiene en seco antes de abrir la gruesa puerta de madera, pero ni se molesta en girarse.

—¿Se te ha olvidado decirme alguna chorrada más, viejo?

—Te acabo de nombrar juez y no me has dado las gracias. Veo que eres un desagradecido.

—¡Ya está bien, todo tiene un límite!

Fabián baja los cinco peldaños de un salto y se sitúa a unos pocos centímetros de la cara del anciano. En las oscuras y redondas gafas de sol puede ver reflejado su propio rostro, sudoroso y desencajado.

—Sabes muy bien que estoy deseando golpearte, pero no lo voy a hacer. Aunque, si te rompiese esas ridículas gafas, le haría un favor a la humanidad.

El anciano ni se altera y tan solo sonríe de manera confiada mientras con extrema suavidad deja las gafas sobre la barra. Fabián se queda petrificado. Esos ojos vacíos de vida y libres de arrugas no parecen corresponderse con la imagen de un anciano e incluso piensa que, si no fuese por la mortecina expresión de su rostro, bien podrían pertenecer a un niño.

—¿Eres ciego? —pregunta mientras se acerca a esas pupilas sin brillo.

El anciano vuelve a reír a carcajadas mientras se coloca las gafas.

—¿Te ha parecido que era ciego cuando te he pegado el puñetazo?

La rabia reaparece en la rígida boca de Fabián y sus dientes chirrían al tiempo que sus nudillos vuelven a tornarse blancos.

—No sé si estás ciego o no, pero tus ojos están muertos y creo que tú no tardarás en hacerles compañía.

La sonrisa del anciano desaparece de repente y los huesos de sus mandíbulas, cubiertos por una descuidada barba, se marcan de una forma grotesca. Fabián no se esperaba esa reacción y por eso da unos pasos hacia atrás en el momento que el viejo lanza su vaso contra la pared de espejo que hay tras la barra, provocando que una lluvia de cristales salte en todas direcciones.

—El único ciego que hay aquí eres tú. Crees que mis ojos carecen de vida y que no son capaces de discernir entre el bien y el mal, pero desde que viniste al mundo has sido tú el que te has ido convirtiendo en un ser insensible, engreído y resentido. Una y otra vez has despreciado todos los esfuerzos que hacía tu familia para normalizar un comportamiento despreciable. Nunca has querido asumir ninguna responsabilidad sobre lo que ocurre a tu alrededor, pero eso hoy se va a terminar.

—Veo que no te has dejado mucho en el tintero —replica Fabián con sorna―. No sé cómo te has enterado de algunas de las cosas referentes a mí, pero no tienes ni puta idea de lo que he tenido que pasar en mi vida.

—Puedes estar seguro de que sé todo lo referente a lo que tú llamas «tu vida». Por eso, a partir de mañana, conocerás a tres personas y tendrás que decidir cuál de ellas deberá morir.

Fabián se muerde la lengua, cierra los ojos y decide que toda esta locura tiene que terminar de una vez.

—No sé quién cojones te crees que eres. Lo mismo te has escapado de algún manicomio y me ha tocado la china de tener que aguantar todas las chorradas que sueltas por la boca. En algún sitio tiene que haber un loquero al que muy pronto harás feliz con toda esa paranoica parafernalia, pero yo no voy a escuchar ni una sola palabra más de alguien que se cree Dios.

—Pobres humanos —se compadece el viejo—, todo lo arregláis mencionando a un dios etéreo y abstracto. ¿Qué te hace pensar que yo me creo Dios? Sois vosotros los que, desde el principio de los tiempos, habéis necesitado creer en algo más grande que lo que tenéis ante vuestros ojos.

—Entonces —se atreve a intervenir Fabián—, si no te crees Dios, ¿cómo puede ser que me estés encomendando una misión para decidir quién tiene que morir y quién no?

—¡Basta ya de tonterías! Tienes que aceptar dos cosas. La primera es que una de esas tres personas va a morir sí o sí. Eso es algo que tú no podrás cambiar y tan solo podrás influir en cuál de ellos tiene que venir conmigo. Considera que te acabo de convertir en un ayudante exento de sueldo.

Fabián asiente como el que lo haría ante un ejército de pacientes huidos de un psiquiátrico.

—¿Y la segunda cosa?

—La segunda cosa que debes respetar es que no me gusta una mierda que me compares con no sé qué dios. Si por un momento has esperado que te descubra el secreto de la vida, te has equivocado de medio a medio. Yo solo soy el encargado de mantener el orden natural de las cosas. Los seres vivos nacéis para morir, esto es así de sencillo y, si quieres que todo lo que te va a ocurrir en treinta días te sea más llevadero, más te vale que lo asumas lo antes posible.

Esto es más de lo que la aturdida cabeza de Fabián puede aguantar. Por un momento ha comenzado a creerse las palabras del viejo, pero una brisa eléctrica se cuela por la puerta entreabierta y le saca de ese estado de estúpida credulidad.

—¿Treinta días? ¿Se supone que ese es el tiempo en el que tengo que decidir sobre la vida de una persona?

—De tres personas, chico, de tres.

No puede aguantar ni un segundo más en ese antro. Fabián sube los cinco peldaños y antes de abrir la puerta suelta un último improperio:

—¡Viejo loco, púdrete!

El portazo de despedida retumba en la calle desierta como un trueno en la lejanía, y los cuatro intermitentes del Ferrari sirven como única fuente de luz a un Fabián completamente desquiciado.

VOLVER A SENTIR

¿Cuántas veces maldeciría aquel día que optó por esconderse y vigilarlo desde la distancia? ¿Cien? ¿Mil? Está segura de que fueron más, muchas más. Por supuesto que le era imposible saber, ella no tenía dotes de adivina, que a los dos días de que Roberto estuviese de permiso en el pueblo, su abuela Encarna iba a enfermar y ella se toparía con la obligación de tener que marcharse junto a su madre a visitarla a un pueblo de Burgos. Roberto estaría en Ramales de la Victoria durante diez días, y su única esperanza pasaba por que su abuela mejorase pronto. Cada noche soñaba con recibir esos tres besos con los que la obsequió el día de su cumpleaños.

Nada de eso sucedió. Su abuela empeoró y, ante la disyuntiva que se planteaba, su madre se decantó por la peor opción. María Luisa tendría que quedarse a cuidar de aquella quejumbrosa anciana muy a su pesar.

Los días en Villadiego pasaban carentes de sentido. Ese día cumplía quince años, pero ese pueblo aburrido no parecía el adecuado para aprovechar la ocasión.

Durante los meses que llevaba al cuidado de su abuela y de los diferentes animales que se movían por dentro de la casa como si se tratase del arca de Noé, María Luisa nunca había dejado de escribir cartas para mandarlas con destino a Badajoz. Para ello se servía de la candidez de una gruesa vela. El único momento que encontraba para escribir era por la noche, cuando la casa estaba en calma, y todas y cada una de las bestias habían sido recluidas en su redil. Sin remordimiento alguno, a su abuela la tenía considerada como a estas últimas y, por supuesto, eso también lo reflejaba en todos los escritos que enviaba a cruzar España de una punta a la otra.

Roberto reía con cada una de las ocurrencias de María Luisa y en verdad que añoraba a esa criatura de Dios que llevaba sin ver desde hacía un año. Él había visitado en un par de ocasiones el pueblo, pero no disponía ni de medios de transporte ni económicos para viajar a Villadiego.

El escollo del dinero no era mal menor, pero lo que más le echaba atrás era que un viaje de esas características le habría hecho albergar falsas esperanzas a María Luisa. En realidad, ella nunca le había dicho de forma directa lo que sentía por él, pero, por los libros que ávidamente leía en aquella oscura biblioteca militar y por su corta experiencia con Irene, sabía que cuando alguien ama a una persona no hay velo que pueda ocultar ese sentimiento ni luz que pueda cegar a quien va dirigido.

Su cabeza peleaba una y otra vez para aclarar lo que sentía hacia ella, pero cada asalto tan solo servía para reafirmar el amor que le profesaba a Irene. En sus largas reflexiones, llegó a la conclusión de que no sería ni el primero ni el último que pudiese llegar a confundir una amistad sincera con un amor verdadero, pero esas dudas se esfumaban cada vez que recibía una carta de Irene.

De hecho, lo que consolidó lo que hasta entonces había sido una relación etérea basada en furtivos roces en los labios y escuetos coqueteos a escondidas fue lo que ocurrió en su último permiso. Coincidió con las fiestas patronales y fue la noche en la que juró que nunca habría más mujer que la que yacía desnuda a su lado en aquel pajar del tío Anselmo.

Para los dos, esa fue su primera vez, y lo vivieron con el deseo y el temor que cualquier joven inexperto hubiese sentido tras esperar ese momento durante tanto tiempo. Irene se lo confesó. Nunca habría otro para ella, y él le creyó porque pensaba lo mismo. Nada ni nadie podría separarles nunca.

Pasaron los meses y, en todo ese tiempo, María Luisa tuvo que conformarse con la única postal que recibió el sábado siguiente a su cumpleaños. En ella, Roberto había intentado resumir lo mucho que se acordaba de ella y de los viejos tiempos, pero ese escrito comenzaba y terminaba de una forma que hizo que algo se rompiera en su interior.

Querida amiga:

Estoy escribiendo esta postal justo el día de tu cumpleaños. Estoy seguro de que has disfrutado de ese precioso día junto a algún noviete que te haya conquistado por tierras burgalesas. Si es así, espero que seas tan feliz como yo lo soy con Irene.

Después de tanto tiempo tengo muchas ganas de verte.

Se despide de ti, un amigo para siempre.

Esa postal acabó con la fortaleza que, ladrillo a ladrillo, había construido para aislarse del mundo que le había tocado vivir. Cada vez odiaba más estar ejerciendo de sirvienta para una vieja que más que enferma estaba loca.

Más de un reproche había enviado a su madre con lastimosas palabras escritas sobre por qué le había tocado a ella y no a su hermano Juan el cargar con aquella penitencia. Sabía que Juan había tenido que emigrar a Francia para ganarse la vida, pero eso a ella le traía sin cuidado. Habría aceptado cualquier trato con tal de no aguantar el infierno de casa donde pasaba encerrada todo el día.

Todos sus males se veían minimizados al lado de la decepción sufrida al recibir esas palabras de Roberto. Nunca nadie había recibido tantas palabras confirmando una amistad tan sincera y las había rechazado como si se tratase de una maldición. La frustración que sentía al comprobar que para su amor era solamente una simple y mera amiga le hacía llorar cada noche en la soledad de su habitación.

Su cuerpo iba madurando, pero nadie se apercibía de ello. En ese pueblo dejado de la mano de Dios no había ni un chico que le llamase la atención y que pudiese disfrutar del salto que estaba dando de niña a mujer.

Sus ansias por volver a Ramales de la Victoria habían desaparecido, y mucho más cuando recibió la noticia por parte de su madre. «Qué mala leche gasta la muy…», pensó al enterarse de que Roberto e Irene se habían comprometido justo el año siguiente a la licenciatura del mozo.

Dieciséis lozanos años tenía en su haber cuando comenzó a descubrir la belleza del pueblo donde llevaba dos años sufriendo de despecho. Un chaval, Kiko, fue el encargado de hacerle ver el encanto de cada uno de sus rincones. La plaza del pueblo con sus soportales presididos por columnas de piedra y madera, el pequeño puente que servía para cruzar un pequeño arroyo y que parecía que en cualquier momento se iba a venir abajo, su iglesia, el peñón al que solían ir a tomar la merienda las tardes que hacía bueno y que consideraban suyo particular, y sobre todo le gustaba el pequeño rincón de la plaza donde solían quedar para sus primeros lances amorosos.

¿Cuánto tiempo había pasado encerrada en casa de su abuela negándose a ver que existía un mundo más allá de Roberto y de la estúpida Irene? Realmente ni lo sabía ni quería saberlo. Ahora solo pensaba que Kiko podía servir como sustituto, y la verdad es que no lo estaba haciendo mal del todo el muchacho.

Aún le quedaban unos meses para cumplir los diecisiete, y su mente apenas sufría ya deslices sobre lo de no andar trayendo imágenes del pasado. Total, ¿para qué? No le hacían falta y ella no las echaba de menos.

Su abuela hacía tiempo que no necesitaba de su ayuda, pues la bronquitis que estuvo a punto de llevársela a algún sitio, que seguro que no era el cielo, acabó remitiendo y confirmó la teoría de María Luisa de que no había cosa que fuese peor que la madre de su madre.

No sabía lo equivocada que estaba al respecto. Un jueves cualquiera, la anciana sencillamente no se despertó. Allí estaba, tendida, callada de una puñetera vez. ¿Cuántas veces había deseado verla así? Y ahora que su sueño se había cumplido, se sorprendió al comprobar que no albergaba ni una pizca de sentimiento victorioso. ¿Lástima? ¿Pena? No se los merecía, pero en esos momentos creyó necesario otorgarle esos melancólicos y mustios sentimientos.

La muerte de la vieja tuvo una consecuencia en la que no pensaba desde hacía mucho tiempo. Tendría que volver a Ramales de la Victoria junto a su madre. No deseaba hacerlo, no en esos momentos, pero la casa era arrendada y el dueño había decidido no volver a alquilarla. Por ley nunca podría haber echado a la vieja bruja, pero muerto el perro…

Kiko fue a despedirse de su novia, aunque nunca habían usado esa palabra para definir lo que había entre ellos, a las diez de la mañana. Él jamás lloraba, pero esa fría mañana lo hizo. Ella no derramó ni tan solo una lágrima. Bien podía haberlo hecho solamente por empatía, pero, debido a su habitual e injustificada frialdad, se habría confundido con compasión. Muy a su pesar y por mucho que lo intentó —qué lástima no haber tenido un trozo de cebolla a mano—, María Luisa no pudo obsequiar al mozo con una lágrima que le sirviese de despedida y de compañía hasta su supuesto regreso.

KIMI Y SUS REGLAS

En lo referente a la resaca, el despertar ha sido incluso peor que el día del burdel. Es jueves y sabe que este día va a hacérsele cuesta arriba.

Tras tomarse un zumo de tomate con pimienta y sal se ha acercado al ventanal de la casa de invitados. Contempla a lo lejos como su padre está despidiéndose de su madre con un beso en la mejilla. «Ahí va el omnipotente e íntegro juez. Si supiese que yo ahora tengo sus mismos poderes, sus tripas se retorcerían como serpientes».

Fabián no puede evitar una sonrisa de incredulidad al pensar en la posibilidad absurda de que el loco de la noche anterior le hubiese dicho la verdad. No puede creer que aguantase las estupideces de un vagabundo durante tanto tiempo. Definitivamente algo ha cambiado en su forma de ser, pues, si esto mismo le hubiese ocurrido antes de perder a su hermano y a su amigo, no habría dudado en largarse en el mismo momento de ver aparecer a semejante personaje.

Su madre también ha salido. Si hay algo que no deja pasar es su diaria visita al psicólogo de la familia. Normalmente solo acudía a la consulta una vez al mes, pero desde que ocurrió la desgracia no ha pasado día sin acudir a su cita. Fabián, por el contrario, no ha visto la necesidad de recurrir a la ayuda de ningún profesional pese a la insistencia de su madre. De hecho, hace más de diez años que dejó de acudir a la consulta del doctor Castillejo.

Aunque pueda parecer paradójico, la conversación que mantuvo la noche anterior con el viejo loco le valió como ayuda en su justa medida. Por supuesto, no le sirvieron de nada sus paranoias, pero el golpe recibido y el no poder dominar la situación por completo, le había hecho reflexionar sobre sus propios demonios.

Aunque el viejo loco había llegado a ser insoportable, Fabián determinó que había contribuido a que su mente se hubiese desprendido de una parte importante de carga emocional. Al haberle arrebatado el papel de macho alfa, su mente reaccionó liberándole de parte de las responsabilidades que le estaban atormentando. Cada vez más, esto le parecía un capítulo de ese programa de adiestramiento de perros que solo veía para ver si el chucho se decidía a morder a aquel supuesto gurú.

Hoy va a ser un día complicado. Tiene que acudir a la comisaría a recoger los efectos personales de su hermano. Deberían haber sido sus padres los encargados de ir, pero, a sabiendas de que su madre no podría soportarlo, él se ha ofrecido a hacerlo. Ha quedado a las ocho de la tarde, por lo que ahora intentará volver a dormir un poco para darle tiempo al zumo de tomate con sal para que haga su trabajo.

El sargento Vidal le espera en su despacho y ante él hay una caja de cartón con los enseres de su hermano. La cartera de Daniel se encuentra destrozada y de sus maltrechos compartimentos surge una foto deteriorada. Los dos hermanos están abrazados y subidos en un montículo de piedra coronado por una cruz. Un aluvión de sentimientos le atacan al recordar ese día en el que sus padres consintieron que él se lo llevase a una excursión junto a sus dos amigos.

Aunque la emoción le impide hablar, las lágrimas no llegan a aparecer. El llanto no ha surgido desde el fatídico día, y eso es algo que no le deja vivir. De hecho, la última vez que han estado a punto de aflorar sus sentimientos fue la noche anterior. El viejo ha sido la única persona que ha conseguido llevarle a un estado de excitación cercano al llanto. Puede que solo se hubiese tratado de impotencia, pero el haber sido anulado a manos de aquel trastornado había sacado su lado más visceral.

Ya en la calle, Fabián consigue detener un taxi.

—Lléveme a la calle Arrastradero.

—¿Número, señor?

—No tengo ni idea, pero el nombre del bar es Roncesvalles.

El taxista hace una mueca de desprecio y asiente con la cabeza.

—Sé cuál es, señor. Tardaremos unos veinte minutos.

Fabián no sabe muy bien por qué ha decidido acudir otra vez a ese lugar. El sargento le ha entretenido más de una hora mientras detallaba cada una de las pertenencias, e incluso ha tenido que rechazar un anillo que pertenecía a su amigo Néstor.

Durante el recorrido han pasado por la Gran Vía y por un momento le ha parecido ver al anciano sentado en una de las jardineras con las que se delimitan las calles peatonales, pero seguramente solo se ha tratado de una ilusión óptica. Puede ser que su subconsciente tenga la necesidad de sentir lo mismo que la noche anterior en el Roncesvalles. El taxi se detiene unos metros antes de llegar al local y el taxista se despide de Fabián con un distante «que usted lo disfrute».

Al abrir la puerta del local comprueba como hoy sí que tiene la compañía de un puñado de clientes, pero lo que ha desaparecido es el sonido chirriante de las bisagras. «Bien podían haberlas engrasado ayer», pensó. El taburete que ocupó está vacío y por inercia vuelve a sentarse en él. Algo en su interior le obliga a repetir el mismo patrón que la noche anterior.

Detrás de la barra aparece un camarero al que la alopecia lleva sin respetarle mucho tiempo. Tiene treinta años aproximadamente, pero el poco pelo blanquecino que asoma de sus sienes le hace aparentar otros diez más. Una cosa le llama la atención. «Este tío no lleva el uniforme con el que iba ataviado Gabriel. Debe tratarse del dueño, pues va vestido de calle». Un vaquero raído y una camisa de cuadros grandes, tipo leñador, le da una apariencia de todo menos de camarero.

—¿Qué le pongo, caballero?

A Fabián le cuesta recordar. De hecho, durante todo el trayecto que ha pasado dentro del taxi no ha dejado de intentar recuperar el nombre del whisky en cuestión.

—Creo que se llama Yun Kimin o algo así.

—¿Algo así, señor? ¿No sabe lo que quiere tomar y pretende que yo sí lo sepa?

El camarero le mira extrañado mientras seca un vaso con un paño.

—No sé muy bien el nombre porque iba demasiado borracho —reconoce Fabián—, pero sé que estaba en la última fila y que tenía una etiqueta negra.

El camarero muestra su escepticismo mientras escudriña entre las docenas de botellas desparramadas por las estanterías de cristal.

—Siento decirle que es la primera vez que escucho esa marca, y tenga en cuenta que llevo en el gremio más de catorce años.

Fabián saca su teléfono y molesto vuelve a meterlo en su pantalón tras comprobar que no tiene señal de internet.

—¿Puede dejarme un móvil? —Fabián extiende la mano como si el camarero tuviese la obligación de obedecerle.

—¿Usted no tiene?

Fabián niega con la cabeza.

—Por favor. Aquí no tengo internet y solo quiero buscar el nombre de la bebida para que sepa usted de qué estoy hablando.

—Escríbalo en una servilleta y estaré encantado de buscarlo por usted, porque no tengo pensado dejar que fisgonee mi teléfono.

Ante la agria contestación y con un gesto de la mano, Fabián pide el bolígrafo que prende del bolsillo de la camisa del camarero. Este se lo deja a regañadientes. Una venta bien vale una concesión. Fabián garabatea en una servilleta de papel las letras que consigue recordar: Yun Kimin.

El susceptible camarero teclea cada una de las letras en su móvil y tras unos segundos de búsqueda le muestra la pantalla a Fabián.

—Quizá usted ha querido decir Yun Kimil.

—¿A qué espera? —increpa Fabián impaciente—. Dele a buscar, ya ha visto que existe.

El camarero duda un instante. No está acostumbrado a que un cliente cualquiera intente imponer su ley en su local, y mucho menos con la impertinencia con que lo está haciendo Fabián.

—Aquí lo tiene, señor. Su whisky.

El camarero sonríe de forma socarrona mientras deja el aparato encima de la barra para que Fabián compruebe lo que aparece en la pantalla.

Yun Kimil: Dícese de la deidad más influyente de la cultura maya. Este Dios es el que encarna la muerte y el inframundo. También se le llama Ah Puch (el descarnado). Está considerada como una deidad malévola, la cual solo tiene el objetivo de sembrar la muerte.

Fabián teclea con desesperación «bebida alcohólica Yun Kimil whisky», pero la frase «no se han encontrado resultados» provoca que lance el móvil sobre la barra.

—¡Oye, tío! ¿No habrás venido a montar un follón?

El camarero tantea la porra que oculta bajo la barra y que en más de una ocasión ha servido para persuadir al borracho de turno. Fabián respira hondo. No está dispuesto a marcharse sin alcanzar el embriagador punto de la noche anterior.

—Póngame el mejor whisky que tenga, amigo.

—Esa actitud ya me gusta más. ¡Oído cocina!

El camarero vierte una porción generosa de Johnny Walker Etiqueta Negra.

—Le puedo asegurar que lo que menos le va a gustar de este whisky es su precio.

—¿Cree que eso me preocupa?

El camarero agarra la botella y, cuando va a cerrarla, Fabián se adelanta con un gesto de su mano.

—¡No! No quiero que te la lleves.

El camarero asiente sonriéndose.

—Lo que mande el señor. Solo tiene que avisarme si quiere hielo.

No lleva prisa, no le esperan en ningún sitio, y los tragos se suceden con calma. El camarero ha decidido ignorarle y eso es algo que Fabián agradece sorbo a sorbo. Son casi las doce y su mente se ha anquilosado de tal manera que no se ha llegado a fijar en la cara de ninguno de los que han entrado en el local. Cada vez que la puerta se abre, se gira para observar al cliente que entra. Ni tan siquiera alza su mirada. Solamente con verles de cintura para abajo sabe que no son la persona que espera.

La botella ha caído por completo y Fabián alza su mano para pedir otra.

—Lo siento, creo que por hoy ya está bien.

—¿Pero qué demonios dices? —Con torpeza accede a su cartera y lanza dos billetes de quinientos euros sobre la barra—. Tengo dinero de sobra para beber lo que me venga en gana.

—No me importa el dinero que tenga, señor. Aquí cerramos a las doce los días de diario. Normas de la casa.

—No me gusta que la gente vaya inventando normas sobre la marcha ―acusa Fabián―, tu empleado me dejó quedarme mucho más tiempo anoche.

El camarero niega con la cabeza mientras agarra uno de los billetes de quinientos.

—Por eso mismo creo que debe dejarlo por hoy. Está comenzando a decir tonterías.

—¿Me has llamado tonto? —La boca pastosa de Fabián se topa una y otra vez con su propósito de hablar correctamente.

—No era esa mi intención —miente mientras deja el cambio sobre la barra―, pero la única persona que abre y cierra este bar soy yo. Jamás he contratado a un camarero. ¿No se ha dado cuenta de que no hay mucha clientela?

Fabián no puede creer que se esté riendo de él de esa forma tan burda.

—Entonces no me tomas por tonto, sino por loco. Anoche estuve aquí bebiendo y me atendió un camarero con un uniforme negro. Precisamente él fue el que me sirvió ese whisky que he buscado en tu móvil.

—¿Se refiere al whisky que no existe? —Una carcajada retumba en el ya vacío local―. No sé qué drogas consume usted, pero me está diciendo que anoche tomó una bebida que no existe y que se la sirvió un camarero que tampoco existe, y todo eso en mi local. Señor, si no está loco, lo está disimulando fatal.

—¡Basta ya! —Fabián da un golpe sobre la barra y los dedos del dueño vuelven a acariciar la porra—. ¡Anoche estuve aquí mismo bebiendo con un viejo loco!

—¡Me parece que el único loco que hay por estos lares es usted! —replica con sorna el camarero—. Además, caballero, ayer fue miércoles y es el único día de la semana que cierro por descanso.

—¿Cómo dice? —Una expresión de asombro aparece en el rostro de Fabián.

—Digo que no sé dónde demonios estuvo usted anoche, pero le puedo asegurar que aquí no fue. Y con esto creo que vamos a dar esta conversación por zanjada, señor.

La paciencia del camarero ha terminado y agarrando la porra sale de la barra en dirección a Fabián. Este no sabe cómo reaccionar a lo que ese hombre acaba de decirle y con visibles síntomas de confusión se deja empujar hacia la calle. Una vez en el exterior cae sobre la acera chocando contra un contenedor de basura.

—No quiero volver a verte por aquí —decreta el dueño del Roncesvalles para inmediatamente después cerrar la puerta con un sonoro golpe.

En un primer momento, el alcohol le impide ponerse en pie, pero tras dos intentonas consigue agarrarse a uno de los coches aparcados en la acera. Con gran esfuerzo acierta a llegar hasta la pared y comienza a gatear calle abajo. Cuando asume que de esa forma no llegará muy lejos, decide usar su teléfono móvil. Tarda unos segundos en poder fijar la vista sobre la pantalla, pero al final lo consigue y, tras comprobar que la cobertura ha vuelto, logra llamar a la compañía de taxis. Acaba de constatar que el consejo de Néstor de registrar el número vinculándolo en la agenda con un «AAtaxi» fue todo un acierto.

Ha tenido que mirar en varias ocasiones para dar la información del número exacto de la calle Arrastradero en la que se encuentra, pero un enorme trece dorado, colgado de una fachada de granito le ha sacado del aprieto.

—Por favor, vengan a recogerme enseguida. Me encuentro muy mal y…

No le ha dado tiempo a terminar la frase. Una arcada le ha obligado a arrodillarse entre dos coches. Todo el whisky consumido corre ahora calle abajo mientras las contracciones y las toses no le conceden tregua alguna. De repente, escucha una voz:

—Salto a la una, llego a la luna. Salto al dos, termino en el sol. Brinco hasta el cuatro y sigo hasta el seis. Llegaré hasta el trece porque ninguno me veis.

Fabián se plantea si lo que está escuchando es real o si por fin ha acabado perdiendo la razón.

—Salto a la una, llego a la luna. Salto al dos, termino en el sol. Brinco hasta el cuatro y sigo hasta el seis. Llegaré hasta el trece porque ninguno me veis.

Lo que más le llama la atención de ese estúpido cántico no es la letra, ya de por sí infantil, sino de donde proviene. Fabián se ha vuelto y se ha quedado sentado en el suelo, apuntalado contra la rueda del vehículo que le ha servido de apoyo mientras vomitaba. Si no fuese por lo extraño de la escena, le parecería ridícula. Ante él se encuentra una niña jugando a la rayuela, como si fuese lo más normal del mundo que a esas horas cualquier crío pudiese andar por la calle a solas. Fabián calcula que pudiese tener entre ocho o nueve años, pero, con el vestido blanco ceñido a la cintura por un lazo negro y con la falda hasta las rodillas, bien podría aparentar otros dos años menos. El pelo, de un intenso color negro a juego con los ojos de la niña, está recogido en dos coletas laterales y su flequillo, cortado con una impecable línea recta, parece ser fruto del fallo de una aprendiz de peluquera que se hubiese pasado de frenada.

—Niña, ¿podrías callarte un rato? Estás jodiéndome la borrachera.

—Salto a la una, llego a la luna. Salto al dos, termino en el sol. Brinco hasta el cuatro y sigo hasta el seis. Llegaré hasta el trece porque ninguno me veis.

Fabián no ha acabado de recuperarse de los esfuerzos realizados y el ver a esa escandalosa niña saltar sobre las casillas dibujadas con tiza no le está ayudando para nada. Tras unas cuantas arcadas más, Fabián cae en la cuenta de que los cánticos de la niña han cesado. Se limpia la boca y, cuando ha terminado su penoso intento de querer desprenderse de las manchas de su camisa, se asusta al ver que la niña está a su lado.

—¿Te encuentras bien?

Fabián la mira con recelo.

—No quiero meterme donde no me llaman, pero ¿no tienes otra cosa que hacer que darle la murga a un desconocido?

La respuesta de la niña es una sonrisa siniestra cargada de condescendencia y Fabián la recibe con un escalofrío mientras observa como se aleja en dirección a las casillas dibujadas con tiza. Esta vez hace el recorrido sin cantar y al llegar al número trece se queda parada con la mirada clavada en la figura de un Fabián que sigue sentado en el suelo apoyado contra el neumático del coche.

—Tú no eres un desconocido para mí, chico.

—¿Có-cómo has dicho, niña? —El miedo hace su aparición al escuchar esa última palabra.

Una amplia sonrisa aparece en los labios de la niña, tras lo cual vuelve a hacer el recorrido de las casillas, pero esta vez de espaldas.

—Yo solo he dicho que tú no eres un desconocido para mí.

La niña se ha quedado parada sobre el número uno.

—No, niña, no. Quiero decir que cómo me has llamado. Te has referido a mí como «chico».

La niña suelta una carcajada y, mientras salta de casilla en casilla, le contesta divertida:

—Tú te has referido a mí como «niña». La verdad es que no sé por qué te quejas, chico.

La niña vuelve a hacer el mismo recorrido mientras Fabián mira en todas direcciones para asegurarse de que lo que está viendo forma parte de la vida real. Por unos momentos ha pensado en recurrir al típico pellizco que pudiese sacarle de un probable sueño, pero al final ha desistido soltando una risotada de incredulidad.

—Bueno, niña, voy a dejar que te salgas con la tuya. —El tono burlón de Fabián es recibido por la niña con un gesto hostil—. Pero ¿podrías decirme cómo me llamo? Si de verdad me conoces, tendrías que saber mi nombre.

—Te cuesta mucho admitir que sabes quién soy. Tú te llamas Fabián y no te ofendas, pero me parece un nombre ridículo.

Fabián no sale de su asombro y decide pellizcarse el antebrazo. El tono dulce de la niña parece estar ocultando un enigma que, a pesar de las disparatadas cábalas que su mente está llevando a cabo, no consigue o no quiere descifrar.

—Mira, niña del demonio, no he salido hoy para aguantar chiquilladas, por lo que ya te estás largando a casa. Tus padres deben estar preocupados.

—¡No soy hija del demonio! —contesta enfadada—. ¡Tú conoces mi nombre, pero te da miedo decirlo!

A Fabián le coge por sorpresa la reacción de la niña y casi ha podido percibir en su timbre de voz un tono escalofriantemente varonil.

—¿Te llamas Kimi? —El murmullo de Fabián apenas consigue atravesar la tensa atmósfera que se ha creado entre ambos.

—Premio para el caballero. —La niña celebra con unos saltitos a pies juntillas la respuesta de Fabián—. ¿Ves como cuando quieres, puedes?

—Tú no puedes ser Kimi. Ese era el nombre de un mendigo que conocí anoche.

—¿Bebisteis un licor llamado Yun Kimil?

Fabián teme contestar y vuelve a mirar alrededor para cerciorarse de que nadie le está gastando una broma de mal gusto.

—Ese no es el nombre de ninguna bebida, sino de un dios maya.

—Otro acierto. Estás en racha. Aunque creo que has tenido que mirarlo en internet. Tienes que viajar más. Los viajes llenan muchos vacíos.

—Vale, listilla, ¿y se puede saber qué significa Kimi? ¿También es algo relacionado con dioses mayas? Lo mismo eres una diosa y tengo que arrodillarme ante usted.

Fabián hace una reverencia que casi le hace caer al suelo. Al ver ese traspiés, la niña comienza a reírse de él, pero eso solo dura un instante. De repente se queda en silencio y su expresión se endurece de forma dramática.

—Creo que te lo dejé bien claro anoche. Yo no soy ningún dios de ninguna de vuestras asumidas religiones. Mi humilde trabajo consiste en designar quién tiene que abandonar el mundo terrenal.

—No entiendo por qué usas las creencias mayas si la religión no te importa una mierda.

—Tengo derecho a divertirme, chico. ¿Tú no lo encuentras divertido? Pues deberías haber visto la cara que pusiste cuando el camarero te dijo el significado de esas palabras.

La niña comienza a reír a carcajadas, cosa que a Fabián le resulta cada vez más molesto.

—Si es así como te diviertes, prefiero que sigas con tu juego de la rayuela.

Fabián no cae en la cuenta de que con cada una de las contestaciones está dando por cierta la hipótesis que, hasta hace unos minutos, nunca hubiese podido asumir y que no es otra que creer que todo lo que está diciendo esa niña es cierto.

—Chico, tienes que comprender que mis obligaciones no suelen darme muchas alegrías, por lo que me las tengo que ingeniar para encontrar algo de diversión en los lugares más insólitos. Sencillamente, me resultó divertido verte beber agua pensando que era algún whisky carísimo. Eres tan predecible.

—¡Basta ya! —Fabián propina una fuerte patada a una papelera desparramando su contenido por toda la acera—. No voy a seguir aguantando toda esta mierda. Creo que ya te has reído de mí lo suficiente, niñata.

En ese mismo instante aparecen las luces de un taxi al fondo de la calle.

—Aquí te quedas, niña.

—Kimi, chico; me llamo Kimi.

—¿Ah? ¿Ese nombre no era inventado?

—Para nada. Lo cogí también de las creencias mayas. Simplemente me gustó. ¿A ti no?

—Por mí como si te quieres llamar Heidi. Ese es mi taxi. Aquí te quedas con tu rollo maya.

Tras la señal de Fabián, el vehículo se detiene justo a su altura y, a trompicones, entra en el cálido interior del taxi. Fabián se resiste a mirar hacia atrás para ver qué cara ha puesto la niña al verle marchar, pero al final su curiosidad le hace ceder. Ahí está, saltando de casilla en casilla, pero, al llegar al número trece, la niña se queda parada y sin mirar hacia él levanta el brazo y le muestra su dedo corazón. Nunca una peineta le había molestado tanto.

—¡Que te jodan, niña!

El taxi abandona el centro de Madrid y se adentra en la carretera nacional. El taxista no ha llegado a decir ni una sola palabra, y la verdad es que Fabián tampoco está por la labor de iniciar una conversación insustancial.

—Estos críos cada vez son más insoportables, ¿verdad?

—¿Cómo dice?

Fabián se encontraba a medio camino entre el mundo de los sueños y el monótono ronroneo del motor cuando esa pregunta le ha cogido por sorpresa.

—Me refería a su hija. No parece que hayan terminado muy bien.

—Perdone, señor. No quiero estar dando explicaciones de mi vida, pero le puedo asegurar que, si esa niña fuese mi hija, le habría dado su merecido.

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Возрастное ограничение:
0+
Дата выхода на Литрес:
13 ноября 2025
Объем:
611 стр. 3 иллюстрации
ISBN:
9788412121223
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Bookwire
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