Читать книгу: «Todos los pájaros cantan»
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Todos los pájaros cantan
Contenido
Portada
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Página de créditos
Resumen
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Capítulo 13
Capítulo 14
Capítulo 15
Capítulo 16
Capítulo 17
Capítulo 18
Capítulo 19
Capítulo 20
Capítulo 21
Capítulo 22
Capítulo 23
Capítulo 24
Capítulo 25
Capítulo 26
Capítulo 27
Capítulo 28
Capítulo 29
Capítulo 30
Capítulo 31
Capítulo 32
Sobre el traductor
Sobre el autor
Página de créditos
Todos los pájaros cantan
V.1: abril de 2020
Título original: All the Birds Singing
© Evie Wyld, 2013
© de la traducción, Joan Eloi Roca, 2017
© de esta edición, Futurbox Project, S. L., 2020
Diseño de cubierta: Nuria Zaragoza
Corrección: Unai Velasco
Publicado por Ático de los Libros
C/ Aragó, 287, 2º 1ª
08037 Barcelona
info@aticodeloslibros.com
www.aticodeloslibros.com
ISBN: 978-84-17743-81-9
THEMA: FA
Conversión a ebook: Taller de los Libros
Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra sólo puede ser efectuada con la autorización de los titulares, con excepción prevista por la ley.
Cofinanciado por el programa Europa Creativa de la Unión Europea

Todos los pájaros cantan
Los secretos del pasado nunca nos abandonan
Jake es una mujer huraña que vive recluida en una vieja granja en una isla del Reino Unido junto a su perro y sus ovejas. Un día, estas empiezan a aparecer muertas. Nadie sabe qué está pasando, aunque Jake está convencida de que todo es obra de una bestia misteriosa que merodea por la isla. Poco a poco, el lector descubrirá todos los secretos de Jake, que se ha refugiado en la isla para escapar de su turbulento pasado en Australia, donde dejó atrás enemigos y fantasmas.
El misterio y la naturaleza palpitan en esta tensa narración sobre la búsqueda de la redención en una intriga magistralmente trabada. Evie Wyld es una de las mejores autoras jóvenes según la revista Granta.
Todos los pájaros cantan ha ganado los premios Miles Franklin, el Premio Encore y el Premio de Literatura de la Unión Europea, y ha sido finalista del Premio Costa, del Premio James Tait Black y del Premio Bailey's.
«Una novela que destila melancolía y suspense. Wyld demuestra una gran maestría. Destacan las escenas de humor negro y la veneración sin sentimentalismos de la autora hacia la naturaleza.»
The New Yorker
«Una obra atrevida y salvaje. Desde la primera frase de la perturbadora novela de Wyld, el lector se adentra en un mundo lleno de violencia y misterio psicológico. La amenaza está presente en cada una de las páginas.»
The Boston Globe
«Por una vez, el bombo publicitario que se ha hecho de una obra es equiparable al talento que destila. La escritura de Wyld procede de un lugar profundo y algo desconcertante.»
The Sunday Times
Capítulo 1
Otra oveja, destrozada y ensangrentada, con las vísceras todavía calientes y el vapor emergiendo de su interior como si fuera un pudin recién horneado. Unos cuervos de picos brillantes pasaron a mi lado, ufanos y emitiendo unos ásperos graznidos, y, cuando agité el bastón, echaron a volar hacia los árboles y me observaron con las alas desplegadas, cantando, si es que se le podía llamar así. Acerqué una bota a la cara de Perro para evitar que se llevara un pedazo de la oveja de recuerdo y permaneció junto a mí mientras arrastraba los restos del animal muerto fuera del prado, hasta la cabaña.
Esa mañana me levanté temprano, antes de que amaneciera, y salí fuera, hablando sola y contándole al perro todo lo que había que hacer, mientras los mirlos se desperezaban en el espino blanco. Como una loca que escucha su propia voz cuando el viento la empuja de nuevo hacia su garganta, ululando como había hecho cada mañana desde que me había instalado en la isla. Los árboles se agitaban en el bosquecillo y las ovejas balaban a mi espalda; los mismos árboles, el mismo viento y las mismas ovejas.
Con aquella, ya iban dos muertes en un mes. Empezó a llover y la repentina ráfaga de viento me arrojó un pedazo de mierda de oveja a la nuca con tanta fuerza que me dolió. Me subí el cuello y me protegí los ojos con la mano.
Criiicra, frío; criiiicra, frío.
—¿De qué os reís? —grité a los cuervos, y les lancé una piedra.
Me limpié los ojos con el dorso de la mano y respiré profundamente para deshacerme del olor a sangre. Los cuervos se quedaron callados. Cuando me giré para mirarlos, vi que había cinco colocados en fila en la misma rama; me observaban en silencio. El viento me sacudió el pelo y me cegó.
La tienda de la granja de Marling tenía un cartel torcido y descolorido al pie de la entrada en el que ponía «Conejillos de indias gratis». Nunca los había visto, y ya era demasiado tarde como para preguntar. La hija del dueño, de piel pálida, estaba allí, haciendo un crucigrama. Me miró y bajó la vista de nuevo como si se hubiera avergonzado.
—Hola —dije.
Se ruborizó y movió la cabeza de forma prácticamente imperceptible para saludarme. Vestía un grueso chándal de color verde y llevaba el pelo recogido en una coleta. Tenía los ojos ligeramente enrojecidos, como cuando alguien se pasa la noche llorando o bebiendo.
Las patatas que vendían solían estar buenas, pero, cuando las cogí, noté que estaban blandas. Volví a dejarlas en su sitio y me dirigí hacia los tomates, pero tampoco tenían buena pinta. Miré por la ventana, en dirección al invernadero de la granja, y vi que todas las ventanas estaban rotas.
—Ey —le dije a la chica, que ya me miraba, con el extremo del lápiz en la boca, cuando me volví hacia ella—. ¿Qué le ha pasado a vuestro invernadero?
—Ha sido el viento —contestó, y se llevó el lápiz a un lado de la boca durante unos instantes—. Mi padre me ha dicho que dijese que ha sido cosa del viento.
Reparé en los cristales que cubrían los exteriores del invernadero, donde normalmente se exhibían macetas de ciclámenes feos con un cartel que decía la joya de tu jardín de invierno. Ahora solo había tierra oscura y vidrios rotos.
—Vaya.
—Las cosas siempre se desmadran un poco el día de Nochevieja —añadió con una voz de anciana que nos sorprendió a las dos.
La chica se ruborizó todavía más y volvió a concentrarse en su crucigrama. El hombre que habitualmente estaba al frente de la tienda estaba sentado en el invernadero con la cabeza entre las manos.
Tomé algunas naranjas, puerros y limones, y los llevé al mostrador. No me hacía falta nada; había ido a la granja más por realizar el trayecto en coche que por las provisiones. La chica se sacó el lápiz de la boca y empezó a contar las naranjas, pero se detuvo y volvió a comenzar varias veces. Olía a alcohol, enmascarado por demasiado perfume. Debía de tener resaca. Supuse que habría discutido con su padre. Dirigí la vista hacia el invernadero de nuevo y vi que el hombre seguía allí, en la misma posición, mientras el viento lo golpeaba.
—¿Llevas nueve? —preguntó la chica, y, aunque no las había contado al meterlas en la cesta, dije que sí. Apretó algunos botones de la máquina registradora.
—Debe de ser difícil quedarse sin el invernadero —comenté, y advertí el pequeño moretón azul que tenía en la sien. No me miró.
—No es tan grave. El pedido del continente debería haber llegado ya, pero el ferry no saldrá hoy.
—¿Ah, no?
—Hace demasiado mal tiempo —contestó, de nuevo con esa voz cansada que nos avergonzaba a las dos.
—No sabía que eso pasara.
—Pues sí —dijo mientras colocaba mis naranjas en una bolsa y el resto de comida en otra—. Los barcos nuevos son demasiado grandes y no es seguro salir cuando hay mala mar.
—¿Cuál es el pronóstico?
La chica me miró rápidamente y bajó la vista otra vez.
—No lo sé. Son cuatro libras con veinte.
Contó lentamente el dinero que le di. Le llevó dos intentos devolverme bien el cambio. Me pregunté qué más habría oído de mí. Era hora de irme, pero no me moví.
—¿Qué les ha pasado a los conejillos de Indias?
La chica enrojeció de nuevo.
—Ya no están. Se los dimos de comer a la serpiente de mi hermano. Había demasiados.
—Oh.
—Fue hace años —añadió con una sonrisa.
—Claro —comenté.
La chica se llevó el lápiz a la boca una vez más y bajó la vista hacia su crucigrama. Me fijé en que, en realidad, solo estaba coloreando los cuadraditos blancos.
Ya en la camioneta, me di cuenta de que había olvidado la bolsa de las naranjas en la tienda. Miré por el espejo retrovisor hacia el invernadero destrozado y vi al hombre, esta vez en pie y con las manos en las caderas, observándome. Cerré la puerta del vehículo y me marché sin las naranjas.
Empezó a llover con fuerza, así que subí la calefacción y activé el limpiaparabrisas a toda potencia. Pasé por el lugar donde habitualmente me detenía para pasear a Perro, y este se quedó sentado en el asiento del pasajero y me miró extrañado. Cada vez que me volvía hacia él, levantaba las orejas, como si estuviéramos en mitad de una conversación y yo evitara mirarlo.
—¿Qué? —dije—. Solo eres un perro.
Entonces, se giró y miró por la ventanilla.
A mitad de camino de vuelta a casa, lo sentí de nuevo y aparqué junto a la entrada de un campo vacío. Perro contempló estoicamente el paisaje desde la ventana, quieto y calmado, y yo me presioné el puente de la nariz con el pulgar para intentar apaciguar el picor mientras me aferraba a la piel del pecho con las uñas de la otra mano en un intento por disipar el viejo dolor latente que sentía cada vez que perdía una oveja, como si me cayera una gota de sangre en el ojo. Lloré sin lágrimas, dando graznidos y con la boca abierta, y la camioneta se sacudió. Sentía que algo se apoderaba de mí, pero no salía. «Tienes que desahogarte, llora a gusto»; ese era el tipo de cosas que mi madre le decía a uno de los trillizos con la esperanza de evitar una escapada al hospital. Como la vez que Cleve se cayó de un árbol y lloró hasta desgañitarse, y más tarde nos enteramos de que se había roto el brazo. Pero, en ese momento, llorar no me servía de nada, porque me impedía respirar y me dolía. Me detuve cuando empezó a sangrarme la nariz y me limpié con la gamuza que utilizaba los días en que las ventanillas se empañaban por el frío; me calmé y continué el trayecto de vuelta a casa. En Military Road, cerca de la bocacalle que llevaba a mi hogar, unos adolescentes se magreaban en la parada del autobús. Cuando me vieron llegar, uno de los chicos fingió ponerse algo en la boca y otro se subió encima de él e hizo como que arrojaba un lazo. Las chicas se rieron y me ofrecieron un corte de mangas. Al girar, el chico del lazo se bajó los pantalones y me mostró su trasero blanco.
Dejé la cafetera encima del fuego con más fuerza de la necesaria.
—Putos críos —le dije a Perro, pero estaba de espaldas y no me oyó.
Cerré la puerta de la nevera de un golpe y apoyé la frente contra ella. Acostumbrarme a la comodidad de aquel lugar había sido una estupidez. La nevera murmuró como si me diera la razón. Creer que no se echaría todo a perder había sido una estupidez. La sensación que me había invadido por primera vez al ver la casita, baja y blanca como un guijarro de piedra caliza a los pies negros de las colinas, la seguridad de que no hubiese nadie en los alrededores que pudiera observarme… Todo eso parecía formar parte de un pasado muy lejano. Busqué el mango del hacha junto a la nevera.
Tenía unas manchas marrones en la manga, donde la sangre de la oveja muerta se había quedado impregnada, así que me quité el jersey y froté la mancha con jabón en el baño de abajo. Olía como un macho cabrío, pero la idea de darme un baño con el frío que tenía no me atraía en absoluto, por lo que solo me eché un poco de agua en las axilas. Abrí y cerré las manos para entrar en calor; la derecha me dolía y crujía como cuando hay humedad y los huesos no han acabado de soldarse.
Me pasé la mano por la piel de la cara y contemplé mi reflejo en el espejo. La última vez que me había cortado el flequillo me había excedido un par de centímetros y ahora parecía una loca. Vi una huella sangrienta debajo de mi oreja.
Me encendí un cigarrillo y lo sostuve entre los labios mientras apretaba las manos con los brazos extendidos para tensarlos. Inhalé y comprobé mi tono muscular; todavía lo conservaba, aunque no había esquilado desde hacía un par de meses. «Una mujer fuerte». Observé el humo que serpenteaba desde mi boca y se desvanecía en el aire frío. La cafetera empezó a silbar y me acerqué para retirarla del fogón. Aún tenía miedo de que explotara.
Desde la ventana de la cocina, advertí el resplandor de un parabrisas en el valle. Era Don, en su Land Rover. Tiré el cigarrillo al fregadero, abrí el grifo y, luego, salí al patio rápidamente a por la carretilla. Perro me mordisqueó la corva porque estaba corriendo. Ascendí sin aliento hasta lo alto del camino, mientras las ruedas de la carretilla chirriaban, y me quedé de pie, bloqueando la carretera. Don se detuvo y paró el motor. Midge permaneció en el asiento del pasajero pacientemente, observando a Perro con su larga lengua rosada colgando.
—Por Dios, haces que se me encojan los huevos —dijo Don mientras bajaba de la camioneta. Caía aguanieve, pero yo solo llevaba una camiseta. Me miró de arriba abajo y me encogí de hombros—. Tienes un aspecto horrible. ¿Es que no duermes?
—Estoy bien —contesté, y señalé la carretilla con la cabeza.
Don la miró.
—¿Qué tienes ahí?
—Otra hembra muerta. Supongo que fueron esos chavales.
Me miró. El vaho blanco que salía de nuestras bocas flotó entre nosotros. Sacudió la cabeza.
—¿Por qué harían algo así?
—¿Por qué la gente hace lo que hace? Estarán aburridos y serán unos mierdas.
Perro saltó hacia Midge, sentada en la camioneta, y le ladró mientras ella lo miraba fijamente.
—No, no puedes echar la culpa de todo a los críos —dijo Don—. Aunque algunos sean unos condenados hijos de su madre.
—Vamos a ver, ¿qué ha pasado aquí? —preguntó a la oveja muerta, y se inclinó para observarla con más atención; tenía las manos en las caderas.
Hacía mucho frío. Crucé los brazos sobre el pecho e intenté parecer cómoda.
—La he encontrado esta mañana, cerca del bosque.
—¿Cerca del bosque?
Asentí.
Él sacudió la cabeza y rodeó la carretilla.
—Está bien muerta.
—¿Ah, sí? ¿Eres veterinario?
Don entrecerró los ojos y clavó la vista en mí, y yo me aclaré la garganta.
—Esos chavales… —dije.
Se colocó la gorra hacia atrás y me miró fijamente.
—Anoche lo pasamos bien. Tendrías que haber venido al pub, como te dije.
«Otra vez…», pensé.
—No es un lugar para mí, Don.
Me imaginaba a los hombres que habría en aquel lugar, reclinados sobre la barra y hablando en voz baja hasta que pasara una mujer y levantasen la vista. Como los tres hombres que se habían presentado la primera semana, silbando una tonadilla burlona. Don no era así. La primera vez que una hembra tuvo un parto de nalgas, lo llamé, y él vino, cosió con calma los órganos desplazados de la oveja y salvó a sus tres crías. Luego, procedió a servirme una copa y dijo con ligereza: «Todo el mundo tiene que aprender de una forma u otra».
Aun así, seguía intentándolo.
—Tres años. No has ido al pub ni una sola vez en tres años.
Eso no era cierto. Había entrado en una ocasión, pero a Don le gustaba decir lo contrario, tanto que ni me escuchaba cuando yo protestaba.
—Apareces de la nada con el brazo en cabestrillo, con aspecto de lesbiana, de hippie o de Dios sabe qué, y te instalas aquí. No hay mucha gente como tú en el pueblo. Si no tienes cuidado, pronto empezarán a contar historias sobre ti para ahuyentar a los chiquillos.
Cambié el peso de una pierna a otra mientras el frío me atravesaba la mandíbula.
—Criar ovejas ya es de por sí lo bastante duro y solitario como para que además decidas vivir como una ermitaña.
Parpadeé y hubo una larga pausa. Perro lloriqueó. Él también lo había oído mil veces.
—¿Vas a decirme qué mató a mis ovejas?
Aquello fue todo lo que pude decir.
Don suspiró y volvió a mirar al animal. A la luz de la mañana parecía tener unos cien años; las manchas de envejecimiento de sus mejillas tenían un aspecto lívido.
—Los visones pueden destrozar una oveja muerta. También los zorros. —Levantó la cabeza del animal para mirarle los ojos—. Se los han arrancado. Quizá la matara un animal y luego todos los demás se turnaron para comérsela. —Volvió a levantar los restos de la oveja un poco más y echó un vistazo por debajo, donde sus costillas formaban una cueva. Frunció el ceño—. Pero nunca he visto nada capaz de desollar un animal así.
Me palpé el bolsillo de los pantalones, donde guardaba los cigarrillos, y luego acaricié la cabeza grasienta de Perro. Un cuervo graznó. Caaacriii; otro caaacriii. Midge se irguió en el asiento y todos miramos en dirección a la valla y a los árboles oscuros que había allí.
—Di a esos chavales, o a cualquiera que le interese, que, si veo a alguien cerca de mis ovejas, le descerrajaré un tiro.
Giré la carretilla y emprendí el camino de regreso a mi casa por la colina.
—Vale, feliz Año Nuevo a ti también —dijo Don.
Capítulo 2
Nos falta una semana para terminar el trabajo en Boodarie. Estoy en la ducha al lado del cobertizo del tractor, observando la araña de espalda roja del tamaño de un pulgar que lleva desde siempre instalada en lo alto del teléfono de la ducha. No se ha movido en absoluto, salvo para levantar una pata cuando he abierto el grifo, como si el agua estuviera demasiado fría para ella.
Ha sido un día largo y caluroso; estamos a finales de marzo. Bajo la capa del tejado de uralita, el aire en la cabaña de esquilado es denso y unas moscas hinchadas revolotean en el interior. No me queda mucho champú, pero, aun así, me echo un buen chorro y noto que la espuma desciende por las curvas y recovecos de mi cuerpo; el agua fría me calma la parte inferior de la espalda, donde las cicatrices me arden y palpitan con el sudor. Por encima de mí, más allá de la araña, el cielo se oscurece rápidamente. En el campo, la noche llega pronto, no como en la ciudad, donde puedes pasarte toda la noche trabajando y no darte cuenta de si es de día o de noche, salvo por el descenso en el ritmo de llegada de los clientes. Las primeras estrellas son como agujas brillantes y, en la vieja bahía de Moreton, la higuera que cuelga sobre el cobertizo del tractor deja caer sus semillas sobre el tejado mientras duermo, y un verdugo y una cacatúa blanca se las tienen; sus quejidos teñidos de sangre llegan hasta mí. Un zorro volador pasa al ras y, de repente, el olor del lugar cambia al llegar la noche. Alguien se mueve más allá del biombo de paja que oculta la ducha. Detengo las manos, que se quedan quietas, enterradas en mi pelo, y agudizo el oído.
—¿Greg? —digo, pero nadie responde. Cierro el grifo y presto atención. La araña de espalda roja baja una pata—. ¿Greg?
Todavía tengo mucha espuma en el pelo y se me mete por los oídos. Pienso en la posibilidad de que me encuentren aquí, sola, me secuestren y me abandonen atada para que me pudra entre los altos pastos secos. De pronto, me llega un aroma a grasa y a huevos fritos. Alguien está rodeando la ducha silenciosamente. Podría ser cualquiera del equipo, o Alan, que se está quedando sordo, en busca de cinta aislante, queroseno, baterías o trapos. Pero no es él, porque, enseguida, percibo un cambio en el aire.
—¿Greg?
Estoy a menos de ciento cincuenta kilómetros de la casa de Otto, lo más cerca que he estado desde que me marché. Durante los últimos siete meses, he viajado por todo el país y he borrado cualquier rastro. «He borrado cualquier rastro», repito en silencio.
Un fragmento del biombo a mi derecha se oscurece y, a través de un agujero en la madera, veo un ojo. Doy un paso atrás, incapaz de emitir ni un sonido.
—Sé quién eres —dice el ojo—. A mí no me engañas. Sé quién eres y lo que has hecho —añade. Tiene una voz ronca y empalagosa, y huele a huevos podridos, lanolina, whisky y lugares mugrientos.
«He borrado cualquier rastro que pudiera haber dejado; han pasado siete meses y he borrado cualquier rastro», me digo, pero el corazón me late deprisa y me obligo a levantar la mano y a apoyarla en la pared para tranquilizarme. La araña reacciona, da un pequeño giro y vuelve a quedarse quieta. El ojo parpadea y pienso en clavarle la uña, pero no me atrevo a tocarlo, y no tengo ningún objeto puntiagudo con que perforarlo. El ojo sigue parpadeando; tiene el iris de un azul lechoso.
—Sé quién eres —repite.
De pronto, desaparece y la sombra se aleja. El corazón me martillea el pecho. Miro por el agujero de la madera y veo que Clare se tambalea en dirección a la cabaña. Ha estado fuera toda la semana y ha descubierto algo.
Salgo disparada de la ducha sin enjuagarme el jabón y rodeo el cobertizo hasta llegar a mi dormitorio. Me pongo unas bragas, unos pantalones cortos y una camiseta, y guardo todo lo demás en la mochila. «Si estás tan segura de que no te encontrará», me dice mi cabeza, «¿por qué estás lista para largarte? ¿Por qué todas tus pertenencias caben en una mochila?». Es cierto, lo llevo todo en la mochila, excepto mi esquiladora, que he dejado en un banco cerca de la mesa de la lana, para afilarla por la mañana. Y el caparazón de una cigarra que Greg me dio el mes pasado, cuando me pidió que me fuera a la Costa de Oro con él una vez hubiéramos terminado la temporada. La sostengo en la palma de la mano y noto cómo vibra a causa de la fuerza de mi pulso.
«Un mes en el agua. Pescaremos, nadaremos, beberemos cerveza… Nos relajaremos antes del siguiente trabajo», dijo.
Vuelvo a colocar el caparazón en la estantería y voy a buscar a Greg al comedor.
Casi todo el mundo está allí, esperando la hora de la cena, y miro las mesas en busca de Clare, pero no lo veo. Me siento al lado de Greg, que está charlando con Connor sobre motores de barcos, y trato de indicarle que quiero hablar con él poniéndole la mano en el hombro. Me aprieta el muslo por debajo de la mesa, pero no se gira. Está demasiado concentrado en la conversación.
—… corroído, se rompió y se cayó en la sentina —dice.
Connor da un trago a su lata de cerveza y responde:
—Sí, pasa eso. La gente se olvida… —De repente, eleva el tono de voz, que refleja incredulidad—… de que el agua es la enemiga del motor.
—Así es —contesta Greg, y me muevo a su lado. No quiero que nadie se dé cuenta de que hay un problema.
—¿Estás bien? —pregunta, distraído por mi inquietud.
—Tengo que hablar contigo —digo en voz baja.
Greg me mira un instante, apura su bebida y me pasa el brazo por la espalda.
—¿Podemos hablar en privado?
—Ya van a sacar la cena.
—Lo sé, pero…
—Susúrramelo.
Me inclino hacia él. Supongo que la gente cree que estamos compartiendo un momento íntimo, y a nadie le importa lo más mínimo. Alguien deja un bistec gris delante de mí y bandejas de patatas hervidas pasan de mano en mano.
Tengo la boca seca.
—¿Has visto a Clare?
—He visto su camión, así que habrá vuelto ya. ¿Por qué? ¿Qué te debe?
—Nada. Es solo que… Mira, ¿por qué no nos vamos a la costa?
Me mira desesperado, como si no tuviera la menor idea de lo que les pasa por la cabeza a las mujeres.
—Sí, eso te lo propuse yo. ¿Qué te pasa? ¿Te ha dado una embolia o qué?
Se sirve seis patatas enormes, me pasa la bandeja y yo se la entrego a Stuart, que está a mi izquierda.
—Quiero decir ahora mismo. ¿Por qué no nos subimos a la camioneta y nos largamos?
—¿Por qué? ¿Qué ha pasado?
—Nada. Es solo que quiero irme ya.
Greg me mira, confundido.
—Bueno, yo también, pero tenemos que terminar el trabajo.
—¿Por qué?
Greg mastica el bistec mientras contesta:
—¿Por qué? Pues porque esta gente son mis compañeros, y no voy a dejarlos tirados. Además, si nos vamos antes de tiempo, no nos darán la bonificación, y solo nos falta una semana. No es mucho. —Traga y alarga el brazo para hacerse con uno de los panecillos que hay en el centro de la mesa. Entonces, grita—: Sid, ¿aún es pan del que hiciste con aquella harina de mierda?
Sid no contesta, y Greg se encoge de hombros y lo utiliza para rebañar el plato.
—Confía en mí. Tenemos que irnos ahora mismo —digo.
Greg deja el pan en la mesa.
—¿Por qué «tenemos» que irnos ahora mismo? ¿Qué ha pasado? ¿Has atracado un banco?
Abro la boca para contestar, pero soy incapaz de decir nada. No puedo contarle nada.
—¿Ves? —añade, y toma de nuevo el tenedor—. No hay ningún problema. Todo es muy sencillo. Hace muchísimo calor, eso es todo. En menos que canta un gallo, estaremos en la costa.
Entonces, aparece otra bandeja llena de salchichas. Cuando se la paso a Stuart, este me mira extrañado.
—¿No te apetecen?
—¿Cómo?
—¿Es que estás a dieta?
Lo ignoro, pero Greg también se percata y pide que le pasen de nuevo la bandeja.
—Espera, espera. Si ella no quiere, ya me como yo su ración —dice, y coge dos más.
—¿Por qué te quedas tú su parte? —pregunta Stuart.
—Porque está conmigo.
—¿Qué? Eso no es justo.
—Tiene razón —dice Denis desde el otro extremo de la mesa—. Está con él, y eso quiere decir que le toca su ración.
Ojalá me hubiera servido las salchichas.
Solo tengo hasta el final de la cena para convencerlo.
Greg se ha comido mi bistec y, en ese momento, llegan a la mesa dos enormes fuentes de macedonia de frutas en almíbar, con unas brillantes cerezas rojas y pálidos trocitos de melón.
Alguien ruge:
—¿Dónde está el helado?
Sid saca un par de bloques de helado, de ese que se corta con un cuchillo pastelero y es amarillo brillante como el queso. Connor se sirve un trozo de unos cinco centímetros y lo pone sobre la macedonia de frutas.
—Me encanta que el helado se mezcle con el almíbar —dice en voz alta para quien quiera escucharlo, y luego toma las cerezas una a una entre el dedo índice y el pulgar, sosteniendo el meñique en alto, y las coloca en fila junto al plato—. Pero no soporto estas mierdas.
Clare aparece en el umbral de la puerta, contra el oscuro cielo nocturno. Las luces fluorescentes de la cabaña le confieren un halo fantasmagórico, como si resplandeciera. Se apoya en el quicio de la puerta y recorre la larga mesa con la mirada. Espero a que sus ojos se posen en mí y, cuando lo hacen, atisbo una mirada de placer en su rostro. Estoy atrapada. La pierna de Greg bombea sangre junto a la mía. Connor rebaña su plato con la cuchara y Steve, a su lado, arroja una de las cerezas rojas sobre el regazo de Stuart. Este le hace un corte de mangas sin ni siquiera levantar la mirada de su cuenco. Alan está en la cabecera de la mesa, leyendo un periódico, sin interesarse por lo que ocurre a su alrededor. Bebe cerveza. Y, entretanto, Clare mantiene la vista fija en mí y yo sé que estoy perdida, que ha llegado el fin. Entra en la sala y se acerca lentamente, pero no se detiene a mi lado. Trato de no girar el cuello para seguirlo con la mirada; intento no anticipar su siguiente movimiento. Coloca una mano en el hombro de Greg y se inclina hacia él, y me quedo rígida, esperando el momento. Greg levanta la mirada y Clare le entrega una barrita de chocolate, arrancándole una sonrisa.
—Eres un buen hombre —dice Greg—. Ahora no tendré que conformarme con esta mierda —añade, y señala la macedonia de frutas.
Acto seguido, rasga el envoltorio púrpura de la barrita. Clare permanece de pie, sin decir nada, y me mira fijamente. Greg le da un mordisco a la barrita de chocolate y me ofrece la mitad. Cuando se gira y no me ve, la arrojo bajo la mesa y la aplastó con el pie.
Recojo mi esquiladora de la cabaña, sin pensar en lo que ocurrirá a continuación. Huele bien, a sudor, estiércol, lanolina y aguarrás. No imagino alejarme de ese olor. Una comadreja rasca el tejado de hojalata. Regreso lentamente a mi dormitorio y permanezco un momento de pie en la oscuridad, desde donde veo la cálida franja de luz que llega desde el comedor, y hasta diviso el perfil de Greg, que se ríe mientras bebe cerveza y se limpia la boca con el dorso de la mano. Me muerdo la punta de la lengua al tiempo que me devano los sesos pensando en un plan de última hora para acabar con esto. No se me ocurre nada, así que me doy la vuelta y continúo mi camino al dormitorio.
Clare está tumbado en mi cama con las botas puestas, fumándose un cigarrillo. Me detengo en el umbral, pero ya me ha oído llegar y está listo, con una amplia sonrisa en la cara. Me quedo quieta y me pregunto si tengo tiempo de volverme, de regresar a la cabaña y ocultarme bajo la lana.
—¿A que no sabes dónde he estado? —pregunta mientras baja los pies de la cama y se pone en pie—. Venga, entra de una vez, cariño. Pareces una prostituta. —Su sonrisa se ensancha todavía más, si es que eso es posible. Expulsa una bocanada de humo y la niebla se instala entre los dos—. ¿Así que planeas irte? —dice, como si fuera un personaje de televisión.
Da una patada a mi mochila con delicadeza. Su voz refleja agitación.
—Fue Ben quien me contó lo de los carteles y me dijo que tus fotos estaban por todas partes allí abajo. ¿Lo sabías? Tuve que ir y comprobarlo, claro. Pero sí, eres tú.
De repente, saca un pedazo de papel doblado, arrugado más bien, de su bolsillo trasero. Lo abre lentamente mientras se ríe entre dientes para sí y lo levanta para mostrármelo. Soy yo, es cierto; es una foto en blanco y negro. En ella, estoy sentada encima de mi edredón estampado de ponis rosas, posando con una sonrisa para la cámara. Tengo un osito de peluche en el regazo y lo sostengo, aunque no se me ven las manos, ni tampoco se ve el oso, ni el edredón, ni al anciano que sacó la foto, ni el perro que me vigila fuera. Solo se ve mi rostro sonriente ante la cámara. Encima de la foto, pone perdida en letras grandes y, en la parte de abajo, veo «nieta… un peligro para su integridad física», pero no termino de leer porque todo se vuelve negro.
—Llamé al número de teléfono, Jake, ¿y sabes qué me dijeron?
—No sé de qué hablas. No es mi abuelo.
—Oh, eso ya lo sé. Ese pobre viejo, «Otto»… Tuvimos una larga charla. Fui a verlo a su granja. Aquello no es más que un redil de ovejas muertas. No paraba de decir que mataste a su perro y le robaste cuando lo único que trataba de hacer por ti era sacarte de la calle. Dijo que te llevaste todo lo que tenía, incluso su camioneta. El pobre desgraciado ni siquiera tenía medios para ir a la ciudad después de lo que le hiciste. Menos mal que los de la beneficencia le subían comida una vez a la semana hasta que arregló su vieja camioneta. También vi lo que le hiciste a esa, la destrozaste.
—No, solo…
—Lo vi todo. El pobre viejo lloró al hablar de su perro.
—Yo solo…
—Chist… —me indica Clare en voz alta.
Se levanta de la cama en un movimiento fluido, se acerca a mí lentamente y me agarra de los antebrazos, que cuelgan sin fuerza a mis costados. Me coloca frente a la mesa de trabajo y se inclina sobre mí. Tiene el pene erecto.
—Puede que a ellos los hayas engañado, pero a mí no.
Empiezo a salivar. Miro la puerta. ¿Qué pasaría si Greg llegara ahora?
—Tal y como lo veo, tienes dos opciones. Puedes convencerme para que mantenga la boca cerrada… —El aliento de Clare me llega a un lado de la cara como si fuera chocolate caliente. Susurra de tal modo que parece que vaya a gritar en cualquier momento—. Puedes enseñarme eso que todo el mundo disfrutó en Hedland… —El corazón me da un vuelco. Una parte estúpida de mí piensa: «Quizá no diría nada», pero pronto la acalla mi lado inteligente, el que sabe que no solucionaría las cosas, que no puedo permanecer aquí—. No pido mucho, solo un poco de afecto; eso es todo. No está bien tirarse a la chica de un compañero. Solo una mamada. —Y me imagino exactamente lo que sucedería: me penetraría hasta el fondo de la garganta y me agarraría el pelo con la mano. Pienso en las cosas que me diría mientras lo hace. Luego, todo sería peor; se desharía de mí de una manera u otra y, además, trataría de quedar bien—. O bien —prosigue, y me acaricia con un dedo la curva exterior de un pecho—, le digo al viejo Otto dónde puede encontrarte y, de paso, aviso también a la policía. —Empieza a desabrocharme los pantalones, me saca la camiseta y mete la mano dentro; sus dedos avanzan como gusanos para colarse en mis bragas—. Ni siquiera tendré que contárselo a Greg. Ya lo harán ellos por mí.
Uno de sus dedos encuentra mi sexo y, como un mecanismo de feria, algo salta dentro de mí y le pego un puñetazo en la mandíbula con la mano derecha. Clare se viene abajo y empieza a sangrar en el suelo. Queda fuera de combate.
No puedo abrocharme el pantalón porque me he herido la mano al golpearlo. Tengo el puño dolorido, rojo e hinchado, y noto como me palpita.
Me voy sin mirarlo, pero lo oigo moverse en el suelo polvoriento y emitir un gemido húmedo. Estoy casi segura de que le he roto la mandíbula.
Capítulo 3
Nos falta una semana para terminar el trabajo en Boodarie. Estoy en la ducha al lado del cobertizo del tractor, observando la araña de espalda roja del tamaño de un pulgar que lleva desde siempre instalada en lo alto del teléfono de la ducha. No se ha movido en absoluto, salvo para levantar una pata cuando he abierto el grifo, como si el agua estuviera demasiado fría para ella.
Observé cómo Don descendía con el coche por el valle, iluminado por los últimos rayos de sol, y me quedé de pie en la nieve, con la carretilla y con Perro resguardado tras mis piernas, hasta que desapareció por la cresta de la colina al otro lado, donde vivía. Mis botas crujían a cada paso que daba por el sendero que llevaba a la cabaña. A veces me daba cuenta de lo fuera de lugar que estaba, del modo en que me ardía la piel por el frío y de cómo me picaban el interior de la nariz y la garganta. El olor a lana mojada y a excrementos de oveja humedecidos por la lluvia era completamente distinto al olor seco y polvoriento de los rebaños que campaban a sus anchas en los enormes terrenos rojizos de mi hogar. Aquí, la tierra parecía observarme como si fuera consciente de que era extranjera y contuviese el aliento al verme pasar. Una vez le pregunté a mi madre: «¿Qué tipo de australianos somos? ¿De los que vinieron en barcos? ¿O nos trajo alguien después?». Me observó, momentáneamente distraída mientras trataba de meter los traseros blancos de los trillizos en sus calzoncillos, y, tras resoplar y apartarse un mechón de pelo de la cara, dijo: «Yo llevo aquí desde siempre, cariño», y se colocó uno de los bebés sobre las rodillas para evitar que se moviera. Nunca más volví a hacerle aquella pregunta.
Intentaba no mirar demasiado hacia los árboles, oscuros incluso de buena mañana, pero por el rabillo del ojo vi que algo parpadeaba y empecé a pensar que los árboles estaban ardiendo, pero no era nada, solo un leve movimiento a causa del viento. Las ovejas tosían y balaban. Guardé la carretilla en la cabaña y cerré la puerta. Los dientes me castañetearon al entrar en la casa. Me quité el abrigo y me senté en el sofá. Perro se subió a mi lado; estaba húmedo.
Llevaba más de un mes sin llamar. La última vez no había nadie en casa y dejé que sonara mientras pensaba en el teléfono del salón y en el modo en que el sonido hacía que las urracas salieran disparadas del porche y se instalaran de nuevo en un santiamén. Recordé la forma en que el aire se movía con el ruido, el olor a ropa olvidada en la lavadora demasiado tiempo, a los calcetines y calzoncillos de tres chavales, y a la freidora que ya no estaba pero cuyo olor pegajoso todavía impregnaba las paredes. Y me acordé también del olor de los cigarrillos de mamá, que debíamos fingir que no existían, aplastados en la puerta; y del aroma a azúcar y eucalipto, y del aliento abrasador de los árboles, que se colaban por alguna ventana abierta.
Marqué el código para ocultar mi número y tecleé la larga secuencia que me sabía de memoria. Me llevó de los tonos y los silencios de la conexión telefónica hasta mi casa. Allí apenas acababa de amanecer, pero mi madre solía levantarse temprano; siempre lo había hecho. Sonaron dos tonos y acaricié el brazo del sofá para escuchar su voz.
—¿Hola, 635? —dijo, y esperó—. ¿Hola, hola?
Oí un suspiro hueco, como un jadeo. Hacía una semana que había sido su cumpleaños. Tenía setenta y dos años.
—¡Iris! —gritó—. Está volviendo a hacerlo.
Tenía la voz ronca; quizá tuviese un resfriado o fuera alergia.
Entonces oí la voz apagada de mi hermana, quizá procedente del piso de arriba.
—¡Cuelga el teléfono de una vez, mamá, por el amor de Dios!
—Bueno, pero ¿qué le pasa al teléfono? —insistió mi madre.
Iris estaba más cerca ahora; había bajado las escaleras y entrado en la sala.
—¿Y yo qué coño sé? —Oí cómo le arrancaba el aparato a mi madre de las manos y lo sostenía entre sus dedos, llenos de anillos—. ¿Hola? ¿Hola? —Su voz sonaba aguda; se notaba que era la mayor. Escuchó mi silencio—. No sé, mamá, igual algún pervertido te ha echado el ojo.
En el tiempo en que las ondas tardaron en llegar hasta mi receptor, alcancé a oír el principio del canto de un verdugo negro —quicooo, quicooo— y, luego, la línea se cortó. De vuelta a mi salón, con la estufa eléctrica y el olor a polvo quemado, terminé de silbar su canción. Pi, pi, pi, pi, pi, pi, pi, pi, pi, pi, pi, piii. Perro levantó las orejas al oírme, aunque no se trataba de un sonido extraño para él. Empecé a hacer una serie de flexiones, pero, cuando llevaba la mitad, me detuve y miré fijamente al techo.
Preparé café y me bebí una taza mirando a la pared. Al cabo de un rato, ordené los documentos que tenía en la mesa de la cocina y los revisé. Cuando hube terminado, dejé salir a Perro para que hiciera pis, pero me quedé en el umbral de la puerta; solo llevaba unos calcetines. Guardé los papeles y me acurruqué en el sofá con un libro en el regazo, sin abrir. El viento se movía entre los árboles, se deslizaba por la chimenea y llegaba hasta el salón, donde removía las páginas de un periódico.
Al caer la noche, cerré las cortinas de la cocina y puse la radio lo bastante fuerte como para que no se oyeran los ruidos inquietantes de las hojas que se movían por el camino de piedra. Solo pude sintonizar un programa de resultados deportivos. Escuché los nombres de los lugares mientras preparaba unas tostas de sardinas. «Wigan». ¿Cómo sería Wigan? Me bastaba con el nombre para imaginármelo, y me alegré de no estar allí. Le di una sardina a Perro y aquello le hizo estornudar.
Hacía tanto frío en el salón que comí envuelta en una manta. El cielo estaba oscuro. No miré por la ventana, pero lo sentí.
«Burnley, tres; Middlesbrough, cero».
Cuando fui incapaz de encontrar más excusas para no irme a la cama, apagué la radio y silbé de forma poco melodiosa y muy fuerte mientras subía las escaleras. En el rellano, una pluma revoloteó en una corriente de aire. Me lavé los dientes y debí de arañarme una úlcera de la boca, porque, cuando escupí, salió una cantidad impresionante de sangre. Me enjuagué bien y me soné la nariz, y luego me puse una vieja camiseta para dormir. Perro se colocó a los pies de la cama. Nos miramos durante un momento antes de comprobar que mi martillo seguía bajo la almohada. Finalmente, apagué la luz. Cerré los ojos para no ver la oscuridad y traté de no reparar en los sonidos que no reconocía, a pesar de que los había oído un millón de veces antes. La tos de una oveja sonaba como la de una persona. Una zorra estaba copulando en algún lugar del bosque y sus gemidos llegaban hasta mi habitación.
Me quedé dormida, porque desperté de un sueño en el que abría la puerta del baño y me encontraba allí todas mis ovejas, devolviéndome la mirada en silencio. El cielo estaba completamente oscuro, así que no debían de ser más de las cinco. Un olor nauseabundo flotaba en el ambiente, como si alguien hubiera encendido una vela perfumada para enmascarar un hedor. La casa estaba en silencio. Perro permanecía al lado de la puerta, cerrada, con la mirada fija en el espacio bajo sus pies. Tenía el pelo erizado, las patas estiradas y tiesas, y la cola rígida y hacia abajo. Entonces se oyó un crujido en el techo, como si alguien anduviera por ahí. Contuve el aliento y escuché con atención, tratando de obviar la sangre que me retumbaba en los oídos. Todo estaba en silencio y me llevé el edredón hasta la barbilla. Las sábanas hicieron un ruido tremendo. Perro se quedó quieto en el suelo, junto a la puerta, y emitió un leve gruñido.
Me clavé las uñas en las palmas de las manos.
Entonces oí algo procedente de la pared a mi espalda, como si alguien estuviera rasgándola con un clavo desde el techo hasta la parte superior del cabezal de mi cama y se detuviese allí, trazando una línea recta y limpia. Perro se acercó a la cama y siguió gruñendo en un tono grave. Me quedé inmóvil. Todos los músculos de mi cuerpo latían al ritmo de mi corazón; también mi espalda. Tuve la sensación de que había sangrado debajo de las sábanas, de que, si me movía, la piel se me quedaría pegada a la tela y esta me la arrancaría.
«Ratas. Hay ratas en las paredes, o ratones, de esos pequeñitos, con el cuerpo marrón y diminuto; eso es todo. O la madera vieja está soltando aire, o crujiendo, porque esta noche han bajado las temperaturas. Por eso todo cruje y los ratones se pasean arriba y abajo, rascando el suelo. O es la cañería de Rayburn, que está haciendo lo de siempre porque el viento ha cambiado de dirección», pensé.
Había una calma submarina, sin viento y sin lluvia, ni siquiera el ruido de una pequeña lechuza. Solo se oía el espeso silencio. Cerré los ojos y sentí el quejido del colchón cuando Perro se subió encima y se colocó entre mis pies. La habitación se quedó en silencio y conté los latidos de mi corazón. Se oyó otro leve crujido y, de nuevo, se hizo el silencio.
Y, entonces, oí el sonido de un coche estampándose contra un árbol, un estruendo y el eco subsiguiente, y luego sentí que unas manos golpeaban rápidamente la pared. Me levanté y me puse a cuatro patas sobre la cama, inclinada como un toro, y agarré un cojín delante de mí, con el martillo en alto como si tuviera un enemigo al que golpear. Perro mordía el aire a su alrededor como si estuviera lleno de moscas.
En el silencio que siguió, Perro comenzó a aullar. Me levanté de un salto de la cama y encendí la luz. La puerta estaba abierta, completamente, como si alguien hubiera estado allí de pie, obstruyendo la salida, observándome. El pasillo estaba oscuro y parecía más largo de lo que recordaba.
—¡Jódete! —grité hacia el túnel negro, inspirando profundamente, y creí oír que alguien contestaba en un susurro.
Perro dejó de aullar, emitió un gemido y se adentró en la oscuridad del pasillo. No había nada al otro lado, solo la ventana y, en el exterior, la noche. Me puse los vaqueros que había tirado al suelo y me dirigí a las escaleras por el pasillo.
El interruptor que había en lo alto de las escaleras no estaba donde debería, así que me lancé a la oscuridad y bajé hasta la cocina, donde las luces ya estaban encendidas y Perro estaba debajo de la mesa, babeando. La saliva formaba un charquito en el suelo.
Salimos por la puerta, nos metimos en el coche, encendí el motor y conduje, aferrada al volante con las manos temblorosas. Iba directa al pueblo, decidida a presentarme en la comisaría y aporrear la puerta, pero, a medida que el corazón se me ralentizaba, también aminoré la marcha, y, finalmente, aparqué en el acceso a un campo desde el que se divisaban las luces del pueblo. Apagué el motor. Perro se acurrucó a los pies del asiento del pasajero y empezó a temblar, con los ojos muy abiertos y oscuros. Recliné la frente sobre el volante, inspiré profundamente hasta recuperar la quietud y la calma habituales, y Perro salió de su escondite y me dejó que le acariciara las orejas.
—Todo irá bien —le dije, y me miró—. Tenemos opciones. Somos listos, ¿verdad? ¿Verdad que sí?
Contemplamos cómo la luz se abría paso en el cielo y una lechuza realizaba su última ronda en el amanecer, como si fuera una nadadora solitaria en un mar vacío.
De vuelta a casa, la cocina estaba igual. Los fogones se quejaban cuando el viento soplaba por sus conductos. Desde el umbral de mi dormitorio, la cama parecía normal. No olía mal, no había nada malo.
Alisé las sábanas y coloqué la manta por encima. Justo en el borde del cobertor blanco había una mancha negra, como si la hubiera arrastrado por las cenizas de un incendio. Limpié la mancha con el dorso de la mano y desapareció. Encima del cabezal, en la pared, había otra mancha, pero esa se parecía más a una huella. Debía de haberme apoyado en la pared cuando me puse de pie chillando y había dejado la huella de una mano, clara y distinta. Los dedos estaban tan extendidos que la piel debería haberme dolido. Sin embargo, aquella mano era más pequeña que la mía. La borré con papel higiénico y saliva.
Capítulo 4
Hay un momento en el que advierto que mi relación con Greg cambia. El hecho de despertarme a su lado en mi cama es algo que simplemente sucede y el breve tiempo que tenemos antes de ir a trabajar es tan importante como el resto. No contemplamos cómo el otro duerme como en las películas; si uno despierta antes, entonces despierta al otro con un: «Eh, despierta».
Este no es momento de dormir. Tampoco yacemos en silencio mientras nos miramos fijamente. Hablamos como cotorras, devorando las palabras como si compitiéramos el uno con el otro. Mientras habla, hago flexiones. Él posa los pies sobre mis hombros y yo me muevo arriba y abajo para él. Me habla de su padre, que ya murió pero podía comerse una sandía entera con una cuchara como si fuera un huevo pasado por agua, quitándole la parte de arriba.
—Estaba gordo como una ballena. Y se sentía orgulloso. Un médico trató de convencerle para que perdiera peso, y él le dijo: «Y, entonces, ¿qué sería? Solo Joe, ¿verdad? Ya no sería Joe el Gordo y a la gente le daría igual que muriese». ¡Ja! Puto gordo.
Cuando me toca a mí, hago abdominales, porque es más fácil hablar mientras los hago, y Greg planta sus pies sobre los míos para estabilizarme. Nunca dice que le parece raro, jamás me ha comentado: «Cuidado, empezarás a parecerte a un hombre». Le cuento los detalles de mi vida, los que puedo revelarle. Le hablo de cuando aprendí a esquilar ovejas, de mi amiga Karen y, antes, de los tiburones y de la Australia rural.
Por la mañana, Sid descubre gorgojos en la harina.
—A mí no me molesta demasiado —dice—. Solo aviso por si a alguien le da asco que haya bichos en el pan.
Se hace el silencio en la mesa y Alan lo rompe desde uno de los lados de la cabaña donde se guarda la lana.
Algo ha arrancado un pedazo de carne de un mordisco a uno de los carneros. No está muerto. Es como si alguien lo hubiera desgarrado y se hubiera llevado un pedazo del animal. Las moscas sobrevuelan la herida. Connor le pega un tiro mientras todos observamos. El animal se mueve.
—Solo son los nervios —me dice Denis, como si yo fuera una histérica a la que hay que tranquilizar.
Pero en realidad pienso en lo rápido que ha ocurrido y en que ha sido un acto de compasión. Un segundo antes, el animal tenía una herida terrible, las moscas depositaban sus huevos en la carne y observaba a sus verdugos a su alrededor, y, al instante, de repente, no hay ningún peligro. «Tengo que aprender a disparar un rifle», me digo. Esa es la respuesta a todo.
Alan está a mi lado.
—Vamos a dar una vuelta, a ver si encontramos algún perro salvaje o algo así —dice.
Connor y Clare se llevan el cuerpo del carnero fuera del redil y el resto de las ovejas los observa. Es imposible saber lo que piensan.
Estoy sola con Alan en el camión. Nunca había sucedido hasta ahora; quiere decirme algo. No para de toser, con la mano en la boca, y, luego, me mira. No vemos nada durante kilómetros, nada excepto las ondas de calor del desierto y, de vez en cuando, un conejo. Alan los caza, los recoge y, después, sigue conduciendo. No hay un silencio sepulcral, pero solo decimos cosas como «allí», «lo he pillado, joder» o «un poco más cerca».
Al cabo de una hora, cuando pienso en el tiempo que he perdido y en que los demás seguro que ya me habrán superado, Alan saca las balas de la escopeta y suspira.
—No hay nada, joder —exclama, y se vuelve hacia mí. Entonces añade—: Normalmente no me meto en los asuntos de nadie. —Me aferro al volante—. Pero quería decírtelo: me parece que lo tuyo con Greg no está mal.
—Espero a que llegue el «pero», aunque no lo hace—. Los dos sois buena gente. A Greg lo conozco desde hace años; es un buen tipo. —Empieza a hacer calor dentro de la camioneta y me pregunto si deberíamos regresar o si encender el motor ahora sería de mala educación—. Y tú también tienes buen fondo. Creo que el hecho de que dos buenas personas estén juntas es algo bueno. —Alan está rojo como un tomate y me pregunto por qué nos ha puesto en esta situación—. Bueno, lo que quiero decir es que tienes que ignorar a los locos, y en este grupo hay uno o dos, eso no se puede negar. No son mala gente, pero… bueno, quizá simplemente se sienten solos.
—No entiendo…
—Vaya, que no te preocupes por Clare, eso es lo que quiero decir, joder. Está tocado del ala, pero no es mala persona. Solo está loco, y la ha liado con ese chaval… —Alan sacude la cabeza—. La madre de Arthur mandó una carta. Dice que está tratando de aprender a escribir con la otra mano. Aunque, bueno, no creo que le sirva de mucho. El chico apenas sabe leer. En fin…
—¿Ha dicho algo?
—No es eso.
—¿Qué ha dicho? —pregunto con firmeza, y mantengo los ojos fijos en las ondas de calor que emanan del desierto en la distancia.
—No importa —contesta Alan—. No me interesa lo que la gente de mi equipo haya hecho en el pasado. Joder, yo también tengo uno. Todos tenemos un pasado. Venga, encuentra a alguien que se dedique a esto y que no tenga un pasado. Si me lo dices, te pagaré. Denis lleva aquí toda su puta vida; cincuenta años. ¿Acaso crees que no está aquí porque huye de algo?
Me mira y me doy cuenta de que quiere contarme alguna cosa. Por un instante, pienso: «¿Qué hiciste tú, Alan?».
—Lo que quiero decir —prosigue— es que Clare es un quejica de mierda. Es un buen tipo, pero es un llorica. A mí no me importa eso, ni tampoco el pasado. No te olvides de que Clare y Greg son muy buenos amigos. Solo actúa como un capullo porque está celoso, pero no lo admite porque, bueno, porque es un capullo. Ser jornalero no ha sido fácil para él. Pero, vaya, podrías hablar con Greg y convencerlo para que se vaya a tomar unas cervezas con Clare una noche. Quizá eso lo apacigüe un poco. Dentro de poco, tendrá una semana libre. Eso también lo ayudará.
—Yo no obligo a Greg a pasar tiempo conmigo —contesto, con el rostro encendido. Me sorprende sentirme furiosa, no me lo esperaba.
—No he dicho eso. Es solo que, como vivimos todos juntos, quizá hacerlo sea lo más… sensato.
Resopla con fuerza. Ha dicho más de lo que le habría gustado.
Agarra los conejos por las orejas en silencio, por la ventana abierta de la camioneta. Los dos tienen un agujero limpio en la espalda. Los sostiene en alto y respira con la boca abierta mientras perlas de sangre espesa caen en el polvo naranja del camino.
—Pensaba llevárselos a Sid, para que cocinara un guiso o algo así. —Una mosca se coloca sobre una de las heridas de los conejos. Alan toma impulso y arroja los animales muertos lejos del camión trazando un gran arco—. Pero estoy seguro de que sabría a mierda —añade, y regresamos a la granja.
Me muero de ganas de volver al trabajo.
—¿Habéis cazado un tiburón? —pregunta Greg, y le sonrío. No tengo ganas de hablar. Clare me da la espalda.
Cuando hacemos una pausa para fumarnos un cigarrillo, Sid entra gruñendo y con la cara roja.
—Vale, ¿quién de vosotros ha sido, panda de putos retrasados? —pregunta de pie, delante de la mesa.
Observo a los hombres y trato de adivinar qué han hecho y quién ha sido. Clare tiene una sonrisa en el rostro debajo del bigote.
—¿Qué coño ha pasado ahora? —pregunta Alan, que acaba de llegar.
Sid aparta la mirada de la mesa.
—Ven a verlo por ti mismo —dice, y se dirige a la parte trasera, donde se encuentra la cocina.
Todos nos levantamos, lo seguimos y nos congregamos alrededor del barril de harina. Cuando Sid levanta la tapa, vemos la marca de un trasero encima.
—¡No tiene gracia, joder! —grita Sid, por encima de las risotadas de los demás. Greg se inclina hacia delante como si le doliera algo.
—Bueno, al menos sabemos quién no ha sido —añade Alan mientras se enjuga las lágrimas. Luego, señala hacia el extremo de la huella, donde se aprecia otra marca—. El culpable tiene huevos.
—Vamos a Boonderie la semana que viene —anuncia Alan a la hora de la cena—. Hará un calor de cojones allí arriba.
Nunca he estado tan al norte desde que me marché, pero los de Hedland no se mezclan con los de Boonderie. Aun así, tengo la boca seca y bebo una cerveza de un trago para humedecerla.
Sid hace pan con la harina llena de gorgojos y la huella del trasero, y lo coloca en medio de la mesa. Parece una piedra. Nadie lo toca, ni siquiera Stuart, ni con un tenedor.
Las luces están apagadas y Greg me clava sus grandes pulgares en las caderas. En la cabaña, el aire es seco y caliente. Esta noche no me encuentro muy bien; siento que los huesos me pesan demasiado. El calor se cuela por debajo del techo de metal durante el día y permanece en la cabaña por la noche, adormeciendo a las arañas. Deslizo los dedos por el pelo de Greg, para que sepa que le presto atención y recordar que debo concentrarme. Una rana croa en el exterior, así que puede que la lluvia pronto comience a golpear con fuerza el tejado. A veces, cuando llueve, lo cual no ocurre muy a menudo, parece que el agua arremete contras las arañas y las arroja sobre mi cama.
La rana se calla y una suave brisa nada hasta nuestro rincón; es como el viento que anuncia la llegada de la lluvia. Greg suspira. De pronto, recuerdo dónde estoy y lo agarro del cabello con más fuerza. Algo enorme y negro se abalanza por la entrada y se desliza por la pared del fondo hasta colocarse bajo la mesa de trabajo. Me incorporo en la cama y golpeo a Greg en la cara con la ingle al tiempo que le arranco un mechón de pelo sin querer.
—¿Qué coño haces? —pregunta, y se sujeta la cara con las dos manos.
—Hay algo ahí —contesto en un susurro, aunque está pegado a mí.
—¿Algo? ¿Qué quieres decir? —Examina la palma de su mano en busca de sangre y, luego, se pasa los dedos por la cabeza para palpar la zona donde le he arrancado el mechón—. Joder, lo que me faltaba.
—Debajo del banco. Hay algo grande.
Me mira y su expresión cambia.
—¿Grande? ¿Cómo de grande?
Busco el martillo que tengo debajo de la cama a tientas, pero no lo encuentro; está oscuro. Greg se levanta y sacude la cabeza para aclararse las ideas. Se acerca rápidamente hacia el interruptor y lo enciende. La parpadeante luz fluorescente solo proyecta sombras contra las paredes.
—Como un perro grande.
La luz se estabiliza, aunque todavía hay rincones y lugares oscuros en los que ocultarse. El banco está cubierto con un hule azul que cuelga y oculta la parte inferior. Greg agarra una tubería metálica que hay apoyada contra la pared. Me alegro al ver que lleva los calzoncillos puestos. «Esto sería mucho peor si estuviera desnudo», pienso. Le sangra la nariz, pero lo ignora y deja que la sangre le llegue hasta el labio mientras sostiene la tubería con ambas manos como si fuera un bate de críquet. Camina con cautela y lentamente hacia el banco, mirando de un lado a otro a su alrededor en busca de nuevas sombras. Tengo los pelos de la nuca como escarpias. Intento no pensar en Kelly ni imaginarme a Otto fuera, observándonos con una escopeta en las manos. Ni con su navaja barbera. Disparará a Greg y, luego, se tomará su tiempo para deshacerse de mí. Kelly dará palmadas delante de mis narices mientras contempla mi muerte. Me cortará la mano y se la dará a ella, como si fuera un trofeo. «Kelly está muerta», me digo a mí misma, pero eso no me tranquiliza.
Agarro la punta del hule con los dedos y miro a Greg, que levanta los brazos, listo para golpear a lo que sea que salga disparado de ahí abajo. Asiento, cuento hasta tres en silencio y levanto la tela. No hay nada debajo del banco. Greg deja caer los brazos y la tubería de metal cae al suelo con un gran estruendo.
—Joder, si no tenías ganas, bastaba con decírmelo.
Lo miro para ver si bromea, pero no estoy segura.
Más tarde, cuando está dormido a mi lado, me levanto de la cama con cuidado para no despertarlo, me pongo una camiseta y unos pantalones, y salgo de la cabaña. Fuera hace fresco y me concentro en mi respiración; tomo aire frío y exhalo el caliente. El cielo está cubierto de estrellas. Me siento en la valla y escucho las cigarras, los pájaros nocturnos, los bandicuts, las ratas y todos los bichos vivientes que están ahí, respirando conmigo. No muy lejos, las ovejas forman un núcleo denso y silencioso. Siento la necesidad de estar sola, de no tener que dar explicaciones a nadie, la seguridad de ser una desconocida y estar lejos. Noto un ligero movimiento detrás de mí y me vuelvo justo a tiempo de ver una sombra en la entrada de la cabaña. Es Greg; reconozco su silueta. No quiere que me dé cuenta de que está ahí, y yo tampoco quiero admitir que estoy sola, fuera, y que me ha visto, así que, cuando vuelvo a la cama al cabo de una hora, finge estar dormido y yo también lo finjo, hasta que ambos nos dormimos de verdad. Por la mañana, examina con detenimiento mi cara y dice:
—Por Dios, parece que alguien te haya dado una paliza.
Capítulo 5
La comisaría olía a sopa de tomate. Detrás de la mesa de recepción había una policía con una coleta y un rostro resplandeciente.
—Buenos días. ¿En qué puedo ayudarla, señora? —dijo, y se puso un poco roja.
Había aparcado frente a la comisaría, pensando que tendría tiempo de reflexionar sobre lo que quería decir, pero, cuando puse el freno de mano, unas caras aparecieron en las ventanas del edificio. Traté de ignorarlas, de moverme como si no supiera que me observaban, pero había olvidado cómo hacerlo. Sentí que tenía los brazos extremadamente largos y, al cruzar la carretera desierta, noté que mi trasero se movía más de lo habitual y que me controlaba las piernas. Subí las escaleras de entrada con ese estúpido balanceo.
Pensé en las pruebas que tenía. Me propuse hablar con calma y claridad. Repasé todo lo que había ocurrido el día anterior en mi cabeza, en busca de cosas sobre las que informar cuando me preguntasen: «¿Ha notado algo fuera de lo normal?».
Estaba previsto que nevara al anochecer, pero mis ovejas permanecieron ajenas a las noticias, pegadas unas contra las otras y observándome mientras avanzaba entre ellas y les rociaba las patas con spray para evitar la podredumbre del pie. Para cuando terminé, hacia las tres y media, Perro ya estaba rebozado en mierda de oca y el viento soplaba con más fuerza y hacía que gotitas de agua me salpicaran en la cara. Descendí por la colina hacia el viento procedente del mar, en dirección al sur. Hacía frío y unas pocas hojas muertas colgaban de las hayas. Perro trotaba delante de mí en dirección al perímetro del bosque, negro incluso en la oscuridad mate de los árboles, con las orejas enhiestas; la masa negra se lo tragó y una bandada de mirlos alzó el vuelo de forma repentina y pio con fuerza antes de volver a instalarse en otros árboles, donde se atusaron las plumas y sacudieron la cabeza. Probablemente se tratara de una liebre que había salido pronto. Perro no tenía la menor oportunidad de cazarla. Volvería en diez minutos, con la lengua rosada, la barriga cubierta de barro y agotado.
Eché un vistazo a mi alrededor en busca de huellas extrañas, rastros o cabellos que se hubieran quedado enganchados en la valla, pero solo encontré una colección de plumadas de ratoneros. Metí las manos en los bolsillos y sentí su valor, como si fueran animales compactos, con los huesos de las patas doblados en sus cuerpecillos grises y emplumados. A medida que avanzaba, desintegré las plumadas con los dedos.
Me había detenido junto a los escalones que conducían al camino, bajo la protección de los espinos blancos que separaban el prado superior del de abajo y que se extendía a lo largo del sendero de la costa. Desde allí se divisaban los bosques del prado más alejado, abajo, y también mi casa de dos plantas, achaparrada contra la pendiente del acantilado. Me fumé un cigarrillo. Abajo, en el prado más alejado, una de las ovejas pastaba en la zona donde la hierba todavía estaba oscurecida por la sangre de su compañera muerta. No les importaba un comino.
En el suelo, al pie de los escalones, había un puñado de colillas esparcidas. No eran de la marca que yo fumaba; estos no tenían filtro y las puntas estaban mordisqueadas, aplanadas y cubiertas de mantillo. Conté siete.
—Malditos niñatos —le dije a Perro.
Terminé de fumarme el cigarrillo y lo apagué en el suelo, allí donde otro fumador había dejado una marca negra con el suyo. Recogí las colillas y las guardé en el extremo de mi caja de cerillas. Nos dirigimos hacia la playa por el camino mientras el sol se ponía tras las nubes.
Se oyó un rumor que podría haber sido un trueno. Perro se agachó, ser irguió de nuevo y me miró.
—No es culpa mía —le dije.
Lo aceptó y siguió explorando la hierba baja como si buscara fósiles. Casi siempre lograba desenterrar algo que se había arrastrado hasta allí para morir. No había manera de saber durante cuánto tiempo había sobrevivido mi oveja, hasta dónde se había arrastrado antes de morir o lo que había visto.
Recorrimos la pequeña bahía rápidamente y vacié mis bolsillos, llenos de polvo de huesos y pelo. A la luz del crepúsculo, ascendimos la colina, de vuelta a casa, con el viento soplando a nuestra espalda.
Los cuervos estaban apostados en los árboles como capullos a la espera de florecer. De repente, me rugió el estómago y recordé el pollo que había comprado el fin de semana. Debía guisarlo, pero eso llevaría tiempo. Lo más probable era que lo aplastara con el dorso de la mano, lo metiera en el horno y me lo comiera con un poco de pan en cuanto estuviera cocinado.
Rodeé el sendero y me detuve de golpe. Frente a la caseta, había un hombre con las manos metidas en los bolsillos de la chaqueta y la mirada fija en el frente. Llevaba un pañuelo de seda en el cuello que le ocultaba la parte inferior de la cara y vestía un traje. Tenía el pelo aplastado contra el cráneo y una bolsa de polietileno colgando de la muñeca. Seguí andando como si no lo hubiera visto, pero apreté los puños hasta que me crujieron los nudillos. Lo olía, como si fuera una verdura podrida. Caminamos rápidamente hasta llegar a casa. Ya no pensaba en cocinar el pollo. Perro emitió un gruñido grave sin separarse de mí.
—Malditos niñatos —repetí para mí, solo por decir algo.
Intenté no echar a correr. Me metí en casa, cargué la escopeta, miré el teléfono y eché el cerrojo.
—Me gustaría informar de un delito. Un hombre se metió en mi propiedad —dije, y la policía comenzó a teclear afanosamente algo. Levantó la mirada.
—¿Me puede decir su nombre, por favor? —Me miró de arriba abajo, pero creo que no esperaba que lo advirtiera—. Y… mmm… ¿qué edad tiene?
Un policía salió por la puerta de un despacho que había detrás de la recepción. Tenía las sienes plateadas y llevaba un jersey que parecía cómodo encima del reglamentario.
—Ya me encargo yo, Gracie —dijo con cierta arrogancia. La mujer frunció el ceño levemente.
—Sí, sargento —contestó, y tecleó algo más rápidamente.
—Por aquí, por favor —me indicó el sargento mientras abría la puertecilla de metacrilato en la que ponía no entrar.
La mujer policía nos observó por el rabillo del ojo. Sentí que mi trasero volvía a ejercer control sobre mis piernas.
—Qué frío que hace, ¿no?
Asentí.
—Por eso tengo que ponerme dos jerséis —añadió con una sonrisa, y tiró del cuello de la prenda—. Este mes ha habido bastante trajín —continuó mientras me guiaba por el pasillo—. Entre la Navidad y Nochevieja, y justo antes del festival de la cerveza… Han llegado montones de autobuses repletos de visitantes del país.
Mientras cruzábamos el pasillo, unas caras nos observaban desde todas las puertas abiertas. La gente se reclinaba en la silla para mirarme.
—Oh —dije.
Abrió la puerta de su despacho y, con una risita y el ceño fruncido, me indicó que me sentara mientras él hacía lo mismo.
—Es un problema de logística, nada más.
Me fijé en que, desde su ventana, se veía el bosque de Hurst y en las espinosas antenas que marcaban la cárcel, oculta en las profundidades del bosque.
—Como los organizadores del festival no dan mapas con indicaciones sobre cómo llegar, tengo que enviar a mi equipo para que ayude a los visitantes… Para indicar a los autobuses dónde pueden aparcar, responder sus dudas… En fin, básicamente para que se ocupen de todo.
—Ya veo —comenté.
—En mi opinión, la culpa es de los patrocinadores. Si no tienen medios para pagar la organización y el personal necesario, mejor no montar un festival.
El sargento dejó caer la mano en la mesa con firmeza y yo me removí en la silla. Se hizo un silencio.
—Quiero poner una denuncia. Alguien se ha metido en mi propiedad.
Cambió de expresión al oírme.
—No oímos ese acento muy a menudo por esta zona— dijo—. No lo había notado antes, pero sí que lo tiene, ¿verdad?
Sonreí ampliamente, le mostré los dientes y, luego, tomé aire para continuar, pero el hombre me interrumpió.
—Mi yerno es australiano —dijo, y asintió con la cabeza—. Mi hija y él se conocieron en una conferencia en Singapur. Qué cosas, ¿verdad? En la empresa de recursos humanos en la que trabaja mi hija.
Traté de calcular cuánto tiempo debía permanecer callada para resultar educada antes de volver a cambiar de tema.
—Ahora viven en Adelaida y, claro, mi esposa siempre me está diciendo que tendríamos que ir a visitarlos, pero, en mi opinión, ellos también podrían acercarse, ¿no? Es que a mí las arañas me dan miedo. ¿Sabe cuántas clases de arañas hay en Australia?
—Yo…
—Creo que unas tres mil. ¿Sabe cuántas personas sufren picaduras de arañas al año? Unas cuatro mil personas. —El policía se reclinó en su silla y me miró—. Calcule.
—Mire —dije, y sonreí, mostrándole de nuevo los dientes—. Es que vivo sola, ¿sabe? Y…
—Ah. Sí, es un lugar solitario, demasiado como para vivir solo —me interrumpió—. Una joven como usted debería estar con alguien. Eso le levanta la moral a cualquiera.
—Ese no es el problema —respondí, tratando de no ponerme demasiado tensa—. Es que alguien está matando a mis ovejas y, ahora, hay un tipo que se pasea por mi propiedad.
—¿Es ganadera? ¿Cría ovejas? Bueno, pero no se lo calle. Ese es un trabajo duro, sin duda.
—Sí, mire, ¿podríamos…?
De repente sentí que tenía fiebre y el rostro del sargento adquirió una expresión completamente diferente.
—Claro —contestó—. Vamos a hacer el informe, así se sentirá mejor y podrá volver con sus animales. Será rápido.
—Genial. Gracias.
Sacó un bolígrafo y una hoja de un cajón de la mesa.
—Los ordenadores nunca han sido lo mío. Le daré las notas a Gracie y ella las pasará a limpio en el ordenador. Bueno, ¿cómo se llama, cielo?
—¿Cómo dice?
De repente, sentí que no corría el aire en el despacho.
—¿Eh? —Se oyó una tos en la puerta de al lado. Probablemente no se perdían palabra alguna de nuestra conversación. El sargento me miró ligeramente sorprendido con una pequeña sonrisa—. Solo necesito que me diga su nombre.
Me mordí la lengua.
—Jake Whyte.
—¿Dirección?
—Coastguard Cottage, Millford.
Levantó la mirada, como sabía que iba a hacer.
—Ah, eso lo explica todo, ¿no? Vive en la antigua casa de Don Murphy.
—Sí. Se la compré.
—No se la ve por el pueblo. Todos nos preguntábamos cuándo daría señales de vida.
Sonreí. Más dientes.
—Tendría que pasarse por el pub, hacer amigos. Así no se sentiría sola.
—No me siento sola.
—Bueno, si usted lo dice…
—Han matado a dos de mis ovejas.
—¿Cree que ha podido ser un perro salvaje?
—No. Las han destripado y destrozado.
—Bueno, le sorprendería saber lo que un perro es capaz de hacer. Una vez vi un perro de caza que iba detrás de un zorro. El bicho le abrió las costillas solo con la fuerza del hocico, sin necesidad de morderlo. El animal no duró mucho después de eso. De hecho, le digo más: escupió parte de sus entrañas. No fue nada bonito.
—Hay un grupo de chavales que merodea cerca de mi casa.
—Esta isla no es ideal para los críos, eso es cierto. Bueno, hasta una cierta edad. Se aburren. El festival de cerveza artesana es lo más excitante que tienen, y eso que se supone que no pueden entrar. —Me señaló con el bolígrafo—. Mire, le diré lo que vamos a hacer. Hablaré con ellos y les diré que la dejen en paz.
—¿Cómo sabe quiénes son?
El sargento se dio un golpecito en el lateral de la nariz.
—Me hago una idea de quiénes son los chicos problemáticos de la zona. ¿Dónde los vio?
—En Military Road.
—¿Military Road? ¿No me ha dicho que se metieron en su propiedad?
—No, eso fue otra persona. Lo vi en el sendero que lleva a la playa.
—Bueno, pero eso sigue sin estar en sus tierras.
Sentí el impulso de arrojar su té al suelo, pero me agarré a los brazos de la silla y dije, hablando lenta y claramente:
—Estaba oscuro. No debía estar allí.
El sargento entrecerró los ojos.
—¿Y qué hacía usted allí?
—Estaba paseando, ¡pero yo vivo allí! Mire…
El sargento se reclinó hacia atrás de nuevo.
—Señorita Whyte, lo cierto es que nadie ha hecho nada.
—Mis ovejas.
—Las ovejas se mueren constantemente. Es como si se lo buscaran. Eso dice mi tío, y él sabe de lo que habla. Tiene una granja de cuarenta hectáreas en Gales, donde cría corderos escoceses de cabeza negra. Nunca ha probado carne tan buena.
—No me parece que se lo esté tomando en serio —comenté. Tuve la sensación de que nunca había dicho nada con tan poca firmeza.
El rostro del sargento se apagó y su voz se volvió más suave.
—Sí me lo estoy tomando en serio, señorita Whyte. Me tomo su salud y su felicidad muy en serio. Que una mujer de su edad, con todas esas responsabilidades, viva sola no está bien. Debería bajar más al pueblo, hacer amigos. Es una lástima que el festival ya se haya celebrado, porque, aunque me quejo mucho, puede ser muy divertido.
Cerró la libreta y me ofreció una amplia sonrisa.
Parpadeé y cerré la boca. Me levanté e intenté no tropezar mientras recorría el pasillo para salir de allí. El sargento caminaba de prisa a mi espalda.
—Si está preocupada, puede llamarnos. Si ve al tipo de nuevo y está realmente en su propiedad, avíseme.
La policía de la recepción se volvió y me observó buscar a tientas el pestillo de la puertecilla de metacrilato. El sargento lo abrió. Trató de guiarme tocándome el codo ligeramente, pero yo me aparté con brusquedad.
—Cuidado —dijo, como si hubiera trastabillado.
Bajé los peldaños de la comisaría a trompicones y la fina lluvia me escupió sobre el rostro ardiente.
—Mire, se me ocurre algo —dijo mientras subía a la camioneta—. Quizá podría traer un poco de carne, unas chuletas o una paletilla, para el sorteo que se hace en el Blacksmith’s todos los miércoles. ¡Seguro que con eso hará amigos!
Apenas me di cuenta cuando se despidió de mí con la mano y me marché sin decir adiós.
Todavía era temprano, pero se divisaba una luz en el salón de té y el coche de la dueña estaba aparcado delante. Llamé a la puerta con fuerza y eché un vistazo al interior con las manos alrededor de los ojos para ver quién había dentro. La mujer que la regentaba, que no era mala persona, me vio y dijo: «Está cerrado». Pero yo me quedé ahí, mirándola. Me observó durante unos segundos y, finalmente, pareció darse por vencida. Se acercó a la puerta sacudiendo la cabeza y me aparté para que la abriese.
—Está cerrado, no abrimos hasta las once. El autobús ni siquiera circula todavía.
El autobús era un vehículo amarillo y pequeño que traía a los turistas desde las cuevas de los contrabandistas hasta el salón de té, cuya dueña se refería a él como «un lugar pintoresco». Tenía vistas al mar gris, por lo que no se veía el resto del país desde allí. Si uno lo visitaba en verano o en el momento equivocado del día, estaba lleno de familias y de críos chillando, correteando y peleándose. Cuando iba, siempre trataba de ser la primera en llegar, para asegurarme de que todo estuviera tranquilo, las mesas limpias y el aire todavía puro y libre de las exhalaciones de padres aburridos y pedos de niños.
No me moví ni dije nada; simplemente me quedé allí, de pie. Lo necesitaba. Al final, la mujer suspiró y abrió la puerta para dejarme pasar.
—No puedo seguir haciendo esto, ¿sabes? —dijo, y me limpié las botas en el felpudo antes de entrar—. Ni siquiera he montado el mostrador. Acabo de pasar la fregona. Jacob ni siquiera ha traído las pastas, así que tendrás que pasar con las de ayer. —No esperó a que contestara y señaló una mesa bajo la ventana, donde me senté—. Ni siquiera he preparado las mesas todavía, así que tendrás que esperar.
No le dije que no se molestara en hacerlo, porque sí quería sentarme en una mesa con un mantel de papel blanco y una servilleta cursi bajo el plato y la cafetera. Quería toda la cubertería que la señora siempre colocaba, como si alguien pudiera comerse un panecillo con nata y mermelada con cuchara, cuchillo y tenedor. Tres cucharillas diferentes: una para el café, otra para la nata y una última para la mermelada. Pinzas para los terrones de azúcar. Una taza blanca para el café, previamente calentada con agua caliente para mantenerla a la temperatura adecuada. Quería todo eso y las vistas al mar gris; eso era todo.
La mujer era amable incluso cuando estaba enfadada. Limpió las huellas que había dejado de camino a la cocina, salió y dispuso la mesa, y yo me aparté para que colocara las cosas. Desapareció y, cuando volvió, llevaba un delantal blanco con encaje atado a la cintura y puede que se hubiera aplicado un poco de pintalabios. Pero no me preguntó qué quería, porque ya lo sabía. Cuando llegué por primera vez a la isla, me había puesto en evidencia al pedirle un panecillo con nata de Devon.
«Me temo que solo puedo ofrecerte nata de la isla», me dijo.
El panecillo estaba un poco duro, aunque lo había calentado para ablandarlo. No importaba. Unté la nata y la mermelada, y dirigí la vista al mar mientras me lo llevaba a la boca. No me gustaba la nata, pero podía tolerarla con un poco de café fuerte. Me calenté las manos con la taza y miré la silla vacía que había frente a mí como si fuera a decirme algo. No lo hizo.
Cuando nos acercamos a la puerta, Perro levantó las orejas y tensó los hombros. Me pasé la lengua por los labios y pensé en la escopeta que había en el piso de arriba, apoyada en el armario. Intenté abrir la puerta en silencio, pero Perro salió disparado. Sus pezuñas repiqueteaban por el suelo de piedra de la cocina y por las escaleras que llevaban al primer piso. Creía que había dejado un grueso bastón al lado de la entrada, pero ya no estaba allí. Algo apestaba, como si le hubieran arrancado las entrañas a un animal. No veía a Perro, que ladraba y gruñía sin cesar. Saqué una sartén de un armario y me dirigí arriba tras él, levantándola en alto para descargarla con más fuerza.
Se oyó un fuerte golpe en el rellano junto a mi dormitorio. La barandilla tembló mientras ascendía por las escaleras corriendo. En el rellano, Perro bailaba alrededor de una enorme paloma que tenía el ala doblada en un ángulo raro y un reguero de sangre en la parte posterior.
—¡Perro! —grité, y me miró.
Ya no estaba furioso, aunque todavía agitaba la cola y tenía una pluma colgando del labio. Dejé caer los brazos, suspiré profundamente y me apoyé en la barandilla un instante. Perro aún tenía la lengua fuera y tuve que contenerlo, agarrándolo por la piel de la parte trasera del cuello para evitar que volviera a atacar al ave.
—Basta. Vale, paloma. Vale.
Me miró. Noté que el corazón le subía y bajaba en el pecho. Solo tenía que acercarme y levantarlo. Me dejó hacerlo, y evité con cuidado el ala rota. El corazón le zumbaba, pero seguía en mis manos. Perro gimoteó.
—No —espeté. Se sentó y volvió a levantarse.
La paloma agitó una de sus patas. Tenía una anilla alrededor. Sostuve el ave contra el pecho y le quité la anilla con una mano. Solo había un número de teléfono, lo cual era algo bueno; no tendría que tomar la decisión de retorcerle el pescuezo.
—Vamos a llamar por teléfono —le dije a Perro.
Los tres nos dirigimos hacia el aparato y marqué el número.
El hombre que descolgó no dijo hola.
—Esler.
—He encontrado una paloma que tenía este teléfono en la pata.
Guardó silencio.
—Se ha roto el ala.
—¿Está muerta? —preguntó.
—No, solo herida. El ala.
El hombre suspiró.
—Métala en una caja de zapatos, manténgala caliente y dele agua. Si sobrevive esta noche, ya le dirá ella cuándo estará lo bastante bien como para regresar a casa.
Colgó.
—Capullo —solté, mirando a la paloma.
Todos los zapatos que compraba venían en bolsas de plástico. Eché otro vistazo al ave. Vi que tenía un párpado cerrado y el cuello caído hacia atrás. Mientras hablaba con el hombre por teléfono, había apretado con demasiado fuerza y ahora estaba muerta.
Llevé a la paloma hacia la orilla, envuelta en papel de periódico como si fuera pescado frito. Perro saltaba a mi alrededor con un brillo en los ojos que decía que tenía ganas de matar y traté de mantener un ambiente relajado, no como si intentara deshacerme de un ave domesticada que había matado por accidente. No era una playa bonita para un entierro en el mar. Una capa de algas marinas infestada de piojos de mar cubría las rocas. A nuestro alrededor, se erigían rocas negras, de modo que, si alguien olvidaba el camino de vuelta, corría el riesgo de sentirse atrapado. Era incomprensible que las familias inglesas llevaran allí a sus hijos. Justo después de mudarme, me topé con una pareja joven cubierta de barro hasta los muslos que caminaba por el camino de espinos blancos, perdidos en la oscuridad y con un bebé cada uno. La mujer tenía la cara cubierta de lágrimas y el hombre estaba aliviado de que los llevara en coche de regreso a su bed and breakfast.
«No es un buen lugar para perderse», les dije durante el trayecto de vuelta. «Estabais a pocos kilómetros de un acantilado bastante escarpado». Lo cual era una verdad a medias.
Durante el primer verano en la isla, me preparaba la cena en la playa, bebía cerveza envuelta en una manta, escuchaba cómo las olas rompían en la arena y observaba las luces de los barcos que regresaban a Inglaterra mientras mis ojos se acostumbraban al mar negro y la luna se tambaleaba en el horizonte. Había decidido hacer lo mismo el verano siguiente, pero cada vez llovía más y, a veces, la playa olía de un modo extraño cuando llegaba el crepúsculo, como a goma quemada y forraje.
Perro se comió un cangrejo muerto. Oí crujir su caparazón al hacerse añicos. Comenzó a lloviznar y el agua lo cubrió de una película plateada. Terminó de comérselo, vio algo en las hierbas secas de la orilla y levantó las orejas. Ascendió por la pendiente, con las patas dobladas, y desapareció tras una duna, impulsándose con las patas posteriores. Mientras estaba distraído, di unos cuantos pasos en dirección al agua con las botas de goma puestas para evitar que persiguiera y destrozara el cuerpo sin vida de la paloma cuando la arrojase al agua. Resultó que estaban agujereadas. El agua helada me entraba por la suela, me rozaba los tobillos y me subía por los calcetines. Saqué la paloma del envoltorio y dejé que flotara en el mar. Intentó regresar un par de veces, pero, finalmente, tras varios intentos, se alejó más allá de las pequeñas olas que rompían en el mar, con el pecho blanco y seco, y el ala rota y torcida hacia arriba, alejándose hacia el horizonte. Luego se hundió, como si el mar la hubiera engullido. Tarareé la melodía de Titanic.
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