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UNIVERSALES

Av. Luis Thayer Ojeda 95, of. 510, Providencia,
Santiago de Chile.
www.polvoraeditorial.cl

ÉTIENNE BALIBAR
UNIVERSALES
Feminismo, deconstrucción, traducción.
1ª Edición, Santiago: Pólvora ed., 2021. 270 p.;
14 × 21,5 cm.
ISBN: 978-956-9441-40-0
ISBN DIGITAL: 978-956-9441-46-2
DISEÑO EDITORIAL Y PORTADA Camila González S.
CORRECCIÓN DE ESTILO Gonzalo Geraldo
Cet ouvrage, publié dans le cadre du Programme Gabriela Mistral d’aide à la publication, a bénéficié du soutien de l’Institut Français du Chili.
Esta obra, publicada en el marco del Programa Gabriela Mistral de ayuda a la publicación, contó con el apoyo del Institut Français du Chili.

© 2021, Pólvora Editorial
Diagramación digital: ebooks Patagonia
www.ebookspatagonia.com info@ebookspatagonia.com
Étienne Balibar
UNIVERSALES
Feminismo, deconstrucción, traducción
*
Traducción y posfacios de
Jacques Lezra, Iván Trujillo & Francisca Gómez

Índice
ADVERTENCIA PRELIMINAR
EQUIVOCIDAD DEL UNIVERSAL
RACISMO, SEXISMO, UNIVERSALISMO. RESPUESTA A JOAN SCOTT Y JUDITH BUTLER
Racismo y sexismo: ¿una sola “comunidad”?
La institución y la función discriminatoria de lo universal
“Esencia humana”, “normalidad” y “diferencias antropológicas”
CONSTRUCCIONES Y DECONSTRUCCIONES DEL UNIVERSAL
Primera conferencia
Segunda conferencia
SUB SPECIE UNIVERSITATIS: DECIR EL UNIVERSAL EN FILOSOFÍA
Estrategias de disyunción
Estrategias de subsunción
Estrategias de traducción
DISCUSIÓN CON ALAIN BADIOU SOBRE EL UNIVERSALISMO
UNA NUEVA QUERELLA
Diferencias antropológicas y subjetividad “humana”
El deseo de saber
Tres aporías de la universalidad
“Las lenguas se hablan”
POSFACIOS
Jacques Lezra. Malêtre: del axioma de la traducción
Iván Trujillo. Universalidad, violencia, ficción. Entre dialéctica y deconstrucción
Francisca Gómez. Forzar la igualibertad. La fragilidad de la ciudadanía como institución política
Advertencia preliminar
Universales. Feminismo, deconstrucción, traducción, es el título que hemos escogido para este libro de Étienne Balibar, Des Universels. Essais et conférences, cuya traducción amigablemente nos ha confiado y que ahora presentamos a los lectores de habla castellana. Los tres últimos términos de este título sin duda no agotan la variedad de temas, tópicos y autores que aborda este texto, pero sí constituyen puntos de intensidad dentro de su decurso. Sobre todo, porque son términos que este libro trata a plena conciencia como designando en principio instancias que deberían resultar problemáticas para todo intento de enunciación del universal. En este sentido, y para ralentizar toda maniobra de salida rápida de problemas con cuya complejidad Balibar nos confronta sin evasivas, hemos querido contribuir con tres comentarios al final del libro y que ponen de relieve algunos de los alcances relativos al modo en que Balibar trata estos temas.
Esta traducción, a tres voces, se urde entre Los Ángeles y Valparaíso, llevándonos cosa de dos años; dos últimos años que han estado atravesados por acontecimientos que vuelven extremadamente urgente las reflexiones propuestas en este libro. A las rebeliones sociales contra el racismo del nacionalismo blanco en los Estados Unidos y contra treinta años de consenso neoliberal en Chile, se sumó la pandemia del coronavirus, la que, si su gestión política contribuyó a impedir la reelección del ahora expresidente Trump, no ha impedido en Chile que un proceso constituyente se abra camino en medio del gobierno del presidente Piñera. Para Balibar, el universal de la comunidad no es nunca igual a sí mismo. Por eso no se puede rechazar sin apelación al universalismo por sus compromisos con una historia, con una geografía y una cultura determinada. Este libro vincula los discursos universalistas con la equivocidad de lo universal. Con el hecho de que, si bien toda enunciación de lo universal está situada en un marco geográfico e histórico que lo afecta en su forma y en su contenido, esta enunciación es menos un factor de unificación que de conflictos entre seres humanos y consigo mismos. Porque lo universal es contradictorio, porque da lugar a una dialéctica sin fin prestablecido, somos universales siendo singulares, es decir siempre manteniendo una relación de malestar con las formas, instituciones, discursos y prácticas que nos inscriben en los límites de una comunidad.
Algunas palabras sobre la traducción. Porque se trata de un conjunto de ensayos y conferencias concebidas originalmente en inglés, no hemos dejado de consultar la versión del libro en inglés On Universals. Constructing and deconstructing community (Fordham 2020). Cuando Balibar cita un texto en alemán, por ejemplo de Marx, hemos optado por traducir la cita tal y como él mismo la consigna para preservar sus opciones de traducción. No obstante hemos incorporado las traducciones al castellano respectivas. En la medida en que ha sido posible, hemos incorporando en las notas las referencias en castellano.
Finalmente, agradecemos a Étienne Balibar por brindarnos su apoyo para esta traducción y a Editorial Pólvora por la edición de este libro. También a Javier Pavez por hacer una revisión pormenorizada de sus notas.
Los traductores
Valparaíso, Chile; Los Ángeles, California
Febrero 2021
Equivocidad del universal
Esta obra recopila una serie de ensayos y conferencias que abarcan un período de un poco más de diez años, que cada vez concebí como la búsqueda de una misma investigación. Llegó el momento, me parece, no para darle una “conclusión”, sino para probar su continuidad y complementariedad. Para hacer esto, los he adaptado al francés (ya que habían sido redactados en inglés, en diversas circunstancias que indicaré más adelante), los he uniformado y a veces completado (particularmente, con algunas referencias indispensables).
Su objetivo es plantear como problema nuestra concepción del universal, para contribuir a la clarificación de los debates sobre el sentido y el valor del universalismo. Esta noción, discutida calurosamente hoy en día (podríamos hablar de una “querella del universalismo” como antes, a propósito del humanismo) no podría ser unívoca, debe ser pluralizada, o más bien diferenciada, por dos razones cuyo conjunto produce una dialéctica sin fin establecido: por una parte, toda enunciación del universal (por ejemplo, los “derechos del hombre”) está situada en un marco geográfico e histórico (que podemos llamar: una civilización) que la afecta en su forma y contenido; por otra parte, la enunciación del universal no es tanto un factor de unificación de los seres humanos, como de conflicto entre ellos y con ellos mismos. Digamos que ésta sólo une dividiendo. Todavía hace falta intentar poner un poco de orden en esta equivocidad del universal, que a la vez engendra el extravío de los discursos universalistas y ayuda a formular la exigencia que los atraviesa.
El corazón de este trabajo está constituido por dos largos ensayos que intentan una problematización original de las contradicciones del universal, y por consiguiente, de su dialéctica. En uno, resultado de conferencias dictadas en 2005 en los Estados Unidos, “Construcciones y deconstrucciones del universal”, me apoyo esencialmente en Hegel y en su posteridad (hasta Derrida) para desplegar la noción de una universalidad conflictual, pasando de la enunciación a la dominación, y de ésta a la subjetivación de los portadores del universal que miden el ser de la comunidad con el ideal de universalidad. En el otro, resultado de mi contribución a una investigación internacional de la revista Topoi sobre las tareas de la filosofía contemporánea (2006), examino la articulación del problema de la universalidad con aquel de la universidad, y describo las tres grandes estrategias desarrolladas por los filósofos modernos (de Spinoza y Hegel a Wittgenstein, Quine y Benjamin) para pensar sub specie universitatis: disyunción, totalización, traducción. La figura del conflicto hegemónico, discutida en los primeros ensayos, se encuentra así proyectada en el interior del discurso filosófico por medio de su institución característica (que habrá circunscrito la práctica de los filósofos durante más de tres siglos), pero también confrontada con sus alternativas y relativizada en su alcance especulativo. Totalizar lo pensable no es la única manera de universalizarlo.
Estos ensayos están enmarcados en dos “discusiones”, en las que me enfrenté a las posiciones y a las objeciones de autores contemporáneos que defendieron —entre otras— una posición diferente a la mía, a la cual, no obstante, pido prestadas preguntas y nociones para mí importantes: en particular a Alain Badiou, Judith Butler y Joan Scott (pero también evoco ahí formulaciones de Barbara Cassin, Dipesh Chakrabarty, Françoise Duroux, Jean-François Lyotard, Giacomo Marramao, Jean-Claude Milner, Jean-Luc Nancy, Jacques Rancière, Gayatri Spivak y Michael Walzer).
Finalmente, en un après-coup redactado especialmente para este volumen, intento precisar nuevamente, lo que a mi parecer forma el carácter esencialmente paradójico de la idea de universalidad, tanto en su construcción teórica como en sus aplicaciones prácticas, enumerando (sobre la base de las discusiones precedentes) tres aporías, relativas al “mundo”, al sujeto colectivo (el “nosotros” y sus “otros”), a la comunidad política (la “ciudad” o “ciudadanía”), cuyo conjunto confiere a la nueva querella de los universales, de los cuales somos sus participantes, su carácter indisociablemente filosófico y político. Y trato de articularlos con otros temas que han llegado al primer plano de mi trabajo filosófico en estos últimos años, en particular el de las diferencias antropológicas y el de la traducción desigual de las lenguas que “se hablan” entre sí. A la noción de un multiversum que se situaría, no más acá sino más allá de la unidad, se puede hacer corresponder al nivel de los individuos la figura de un sujeto cuasi-transcendental, para quién la cuestión ontológica que lo constituye, al mismo tiempo que lo condena a errar, es precisamente la de la multiplicidad de las diferencias de lo humano. De esta noción creo, junto con otros, que el complejo de las prácticas de traducción entre idiomas provee el modelo más verosímil.
De allí este título, como una interrogante más que como una tesis: Universales (Les universels). Porque necesariamente hay muchos que se entienden entre ellos en muchos sentidos; es decir, se dividen (pollakhôs legomena), y cuya serie no se ha acabado (infinita infinitis modis). Y porque nosotros mismos somos “universales”, singulares cada vez, en la relación incómoda [malaisée] por definición que mantenemos con las formas, las instituciones, los discursos y las prácticas que nos inscriben en las fronteras de las comunidades de donde recibimos nuestras palabras y nuestros lugares.
Racismo, sexismo, universalismo Respuesta a Joan Scott y Judith Butler1
Hace algunos años publiqué dos textos en los cuales enunciaba proposiciones relativas a las paradojas y ambigüedades del concepto de universalismo. No, es importante precisarlo de inmediato, para recomendar su abandono, descalificarlo moral y políticamente, sino para plantear la pregunta por su construcción, su transformación, su permanente refundación.
En el primero,2 intenté mostrar que es imposible trazar una línea de demarcación neta entre las dos nociones aparentemente antitéticas de racismo y de universalismo (o declarados como tales por la mayor parte de los discursos “antirracistas”, cuyo fondo común y casi oficial es el humanismo ético). Exponía que “universalismo y racismo son contrarios determinados, lo que hace precisamente que cada uno afecte al otro desde el interior”.3 De manera que un elemento de universalidad y de universalismo antropológico (cierta concepción de la esencia humana o del modelo humano) sigue trabajando en la constitución de los discursos racistas modernos (que jerarquizan los tipos o los grupos humanos en función de su relación diferencial con esta esencia y ese modelo), lo mismo que un elemento de discriminación, incluso de exclusión genérica, siempre está asociado a la constitución de una idea general del hombre que identifica sus características o los valores fundamentales y les confiere así una función normativa.
En el segundo de estos textos,4 intenté aplicar un esquema de análisis inspirado en Lacan (la tripartición de lo real, lo imaginario y lo simbólico) a lo que me parecía como la equivocidad intrínseca de la noción del universal o de la universalidad. Estudié en su oposición y su interdependencia lo que llamé una “universalidad real” (la interacción de individualidades y comunidades en un mismo “mundo”, o en una misma “mundialización”, pero también su distribución en lugares desiguales, en relaciones de dominación, de “mayoría” y de “minoría”), y luego una “universalidad ficticia” (la constitución de normas éticas por medio de las cuales, en toda comunidad institucional, la identidad de los sujetos es reconocida socialmente e interiorizada por ellos mismos), finalmente una universalidad “ideal” o “simbólica” (en la cual, las pertenencias comunitarias son puestas en tela de juicio, no por una idea de la humanidad, sino debido a una reivindicación de igual libertad, o de emancipación de las clases en lucha contra las diversas formas de la dominación). Fue entonces cuando tomé el ejemplo del feminismo y de lo que, con una terminología que tomé prestada de Jean-Claude Milner, llamé, siguiendo a Françoise Duroux, la “clase paradójica” de las mujeres, para mostrar cómo una reivindicación de este tipo puede ser llevada a la vez por un grupo determinado, o más exactamente por una diferencia determinada, y, sin embargo, concernirle a toda la sociedad, ya que esta diferencia tiende a subvertir, reconstituir sobre otras bases, la relación política misma (que en las sociedades modernas, lleva en particular el nombre de ciudadanía).5
Ahora bien, sucede que estas dos series de proposiciones, desfasadas entre sí, pero que tendían siempre a problematizar las relaciones del universal y de la comunidad (Allgemeinheit y Gemeinwesen, se dice en alemán, lo que inmediatamente hace resaltar lo cercano de las dos nociones), o incluso de la identidad y la diferencia, han dado lugar a dos tipos de utilización que de alguna manera las han enfrentado unas contra otras. Desfasadas entre sí, especialmente en la medida en que unas tendían más bien, a propósito del racismo, a describir el lado negativo del universalismo considerado como una positividad histórica; mientras que las otras, a propósito de los movimientos de emancipación y principalmente del feminismo, tendían a conceptualizar la negatividad infinita que confiere al universalismo su capacidad de subversión política. Porque enfrentadas, al menos han sido privilegiadas alternativamente por lecturas que no sacaban de ellas las mismas consecuencias teóricas.
Estos efectos contrastados me parecieron tanto más interesantes por cuanto procedían en particular de teorías feministas comprometidas en la reflexión y en la acción para una transformación de la ciudadanía, y a través de ella, de la institución misma de lo político en las democracias contemporáneas. Me encontré así, obligado a comprometerme con mayor seriedad en el problema de la construcción del universal. Específicamente, debí reexaminar el problema de la articulación entre una crítica del particularismo, del comunitarismo y de las discriminaciones, y el reconocimiento del valor de las diferencias, así como sus implicaciones antropológicas. Parecía que no nos podíamos contentar con yuxtaponer un cuadro negativo y un cuadro positivo. Estos son algunos de los primeros elementos de este nuevo examen que quisiera proponer hoy, comenzando por dar breves indicaciones sobre las discusiones a las que me acabo de referir.
En uno de los ensayos reunidos bajo el título Excitable Speech. A Politics of the Performative,6 “Sovereign Performatives”, fechado en 1995, Judith Butler se refirió a mi ensayo “Le racisme: encore un universalisme”, preguntándose si la tesis que ahí se desarrolla, aquella de una presencia del racismo en el centro de las “nociones corrientes” (o dominantes) de la universalidad, podía conciliarse con un uso político, normativo, de lo universal para legitimar la represión por parte del Estado de los “discursos de odio” (hate speech), racistas y sexistas, que reclaman ciertos teóricos y teóricas “radicales”, frecuentemente juristas de formación, utilizando, en particular, una categoría de performatividad que les permita borrar la distinción entre los discursos seguidos de efectos (por ejemplo, los insultos racistas y sexistas) y los actos (principalmente los actos de violencia y de discriminación). Judith Butler sostiene que si bien las formas dominantes, institucionales del universalismo están vinculadas con representaciones racistas y sexistas, como yo lo había propuesto, no se puede presumir un consenso sobre los valores universalistas (como la igualdad) para encargar al Estado la eliminación de las violencias verbales que estigmatizan las minorías. Pero debemos reconocer al mismo tiempo, una “vulnerabilidad” que afecta irreduciblemente a la relación de los individuos con el lenguaje común del que no son los amos, y poner en obra estrategias para revertir el discurso de agresión racista y sexista, preparando la extensión de la universalidad a los grupos o comportamientos descalificados, y cuestionando su función de naturalización normativa de las diferencias.
Por su lado, en la introducción de su obra histórica y política Only Paradoxes to Offer,7 Joan W. Scott acercó su propia defensa a favor de un “universalismo pluriversalista”, fundado en la historia del feminismo moderno y de las contradicciones de la ciudadanía a la francesa, al uso que yo había hecho de la idea de “clase paradójica” y de una universalidad ideal que tiende más bien a transformar la comunidad como tal, más que a integrar tal o cual “minoría” en la comunidad dada de los ciudadanos —especialmente cuando la minoría en cuestión está conformada por la mitad de la humanidad—:
La paradoja que estudia este libro es la que nace de la coexistencia, en el interior del discurso republicano, de dos universalismos contradictorios: el individualismo abstracto y la diferencia sexual. Cualesquiera que hayan sido las especificidades de sus reivindicaciones […] las feministas debían luchar contra la exclusión y por el universalismo apelando a la diferencia de las mujeres —la misma que, en primer lugar, había conducido a su exclusión.8
Pero esto sólo es posible si las mujeres, disociando la idea de diferencia de sexo (en inglés: gender) de aquella de particularidad o de esencia “genérica” de las mujeres, aparecen en su reivindicación de paridad con los hombres como verdaderas representantes de un ideal de libertad y de igualdad fundador de la ciudadanía, ideal a la cual ésta, históricamente, ha sido incapaz de mantenerse fiel.
Estas dos lecturas me honran, pero a la vez me desconciertan. Sin duda no conviene forzar su oposición, ya que convergen ampliamente para denunciar la colusión de la discriminación con el universalismo abstracto o, si se quiere, “burgués”. Pero es innegable que éstas apuntan filosóficamente en dirección opuesta. Y si éstas pueden hacerlo, es porque los textos a los que hacen referencia comportan ellos mismos una innegable ambivalencia. La cuestión es saber si esta ambivalencia no está más que en la expresión, lo que señalaría su insuficiencia, o si reside en la cosa misma, lo que marcaría su complejidad. Butler me hace decir que la universalidad no puede instituirse sin excluir, entonces se contradice necesariamente a sí misma. Scott me hace decir que toda exclusión está expuesta a la impugnación de aquellos (o aquellas) que vuelven contra sí mismos sus propios principios. Mientras que el punto de vista de Butler es el del sujeto y las estrategias de sujeción o de resistencia que se cruzan en él, el punto de vista de Scott es el del ciudadano (o más bien de la ciudadana) y de la manera en que su institución opera la transcripción, o quizás, incluso la formulación de los “derechos del hombre”. Como mínimo, esta ambivalencia requiere una clarificación. Ésta confirma la idea que el universalismo no podría estar ordenado de manera simple, ya sea por parte de las instancias de dominación (como tienden a hacerlo las teóricas de la diferencia y del derecho a la diferencia), ya sea por parte de las instancias de liberación (como tienden a hacerlo las teóricas de la igualdad y del progreso de la igualdad), sino que constituye más bien, como yo lo había propuesto, el “lugar de la lucha” contra la dominación estructural y la violencia que ésta provoca. Pero ésta plantea el problema de saber cómo aplicar en la práctica un principio de decisión que diferencia al universalismo o permite elegir circunstancialmente entre sus usos. Y a la vez, plantea la cuestión filosófica de saber si la deconstrucción de la evidencia o de la simplicidad aparente de los discursos universalistas no remite a oposiciones que serían más originarias, o más determinantes, que las del universalismo y el particularismo, o del universalismo y la discriminación. Particularmente, pienso en una oposición de la universalidad como “inclusión” o “integración” (que designé en otro momento como universalidad extensiva) y de la universalidad como “no-discriminación” (que designé como universalidad intensiva), e incluso en la de la insurrección emancipadora (no necesariamente violenta, o puntual, desde luego) y de la constitución jurídica de los derechos, o finalmente, en aquella de la norma objetiva igualitaria y de la singularidad o de la excepción subjetiva.9 Todas estas interrogantes llevan a una reflexión de conjunto sobre las relaciones entre la institución, la comunidad, la identidad individual y colectiva, que plantean, en mi opinión, la antropología filosófica y a las cuales —por razones que indicaré brevemente en la conclusión— creo que hay que atribuir una importancia fundamental para la filosofía, y en particular, la filosofía política (pero, como ustedes sin duda ya lo saben, no distingo esencialmente la filosofía política de la filosofía propiamente tal).
Bosquejaré, no la solución sino la simple posición de estas interrogantes, en el orden que sigue. Primero, volveré al significado de una hipótesis que yo había adelantado hace algunos años y que me parecía especialmente amenazada por las incertidumbres en la interpretación de la idea de universalidad que acabo de mencionar. A continuación, intentaré mostrar por qué es importante otorgar un significado central al hecho de la institución en el examen de las relaciones paradójicas entre discriminaciones racistas o sexistas y el discurso de lo universal. Este análisis me conducirá entonces, en el plano propiamente filosófico, a proponer un concepto de “diferencia antropológica” susceptible de ayudar a discriminar entre varios usos de las nociones, indisociablemente metafísicas y políticas, de identidad, de esencia o de naturaleza humana, de norma y de normatividad. Finalmente, para introducir a mis hipótesis de conclusión, recordaré lo que constituye la paradoja —infranqueable, de cierta manera— de las relaciones entre política de emancipación (o como igualmente se puede decir, con ciertas precauciones, “política de los derechos del hombre”) y comunidad política. Vasto programa, dirán ustedes, pero no pretendo más que dibujarlo esquemáticamente.
Racismo y sexismo: ¿una sola “comunidad”?
La tesis que yo había creído poder adelantar, concernían a la relación paradójica del racismo y del universalismo en la época moderna. Efectivamente, muchos historiadores y analistas concuerdan en considerar que, en sus diversas variantes —racismo biológico basado en el mito de una desigualdad de razas humanas y, en primer lugar, de una distribución de la especie humana en “razas” distintas, racismo cultural basado en la transformación de las tradiciones lingüísticas o religiosas en antagonismos hereditarios, como en el caso del antisemitismo—, el racismo es un fenómeno esencialmente moderno. Sin embargo, esencialmente me importaba distinguir de una determinación intrínseca del universalismo por el racismo, y recíprocamente, una simple utilización social y política del universalismo por un sistema de dominación que se lo apropia, en cierto modo, en forma “privada” (como se ha podido ver especialmente en la historia de la colonización europea y, en general, del eurocentrismo o del occidentalocentrismo provocado por la colonización).
A este respecto, mostré que las representaciones de una jerarquía de razas o de culturas humanas constituyen un aspecto privilegiado del proceso por el cual las naciones se representan su propia “elección”, es decir, la misión de la cual se sienten investidas para salvar, gobernar, o liberar al mundo del mal que lo abruma. Y mostré, en sentido inverso, después de Michèle Duchet y también de los teóricos de la Escuela de Frankfurt, que la representación de un progreso de la especie humana hacia el conocimiento y la democracia es inseparable de la identificación de “valores” (por ejemplo, los valores individualistas, o aquel de la racionalidad) según los cuales, a su vez, los grupos humanos están jerarquizados y virtualmente discriminados de acuerdo con la mayor o menor capacidad que demuestran para adoptarlos por cuenta propia10. En otros términos, me preguntaba sobre la posibilidad de identificar lo que haría la esencia del hombre, o el telos (el “fin”) de la especie humana, sin plantear tipos de perfección y de imperfección (el “sobrehumano”, el “infrahumano”, el civilizado y el bárbaro), sin instituir “fronteras de lo humano”, externas y sobre todo interiores. Pero, ante todo, sin ignorar las condiciones objetivas, históricas, en las cuales se cristaliza tal formación ideológica (y que, con Wallerstein, se podría relacionar con la constitución de la economía-mundo capitalista y de su propia “concepción del mundo”), traté de identificar las raíces subjetivas. Y creí que podía relacionarlas con lo que yo llamaba un deseo de saber inseparable del “ser en el mundo” de los individuos y de las colectividades, que los conduce a imaginar su propia identidad, o su propio “lugar” en la multiplicidad de la especie humana, de manera fija, unívoca; es decir, mediante una clasificación y una naturalización de las diferencias. Y la función de este deseo de saber me llevó a formular la hipótesis que la “comunidad racista”, en la que los grupos dominantes (pero quizás dominados también) proyectan su propia identidad o esencia común y de los que excluyen imaginariamente a los otros, no es sin duda fundamentalmente diferente a la “comunidad sexista” (antes que nada, la comunidad de “machos”, o con mayor exactitud, aquella que se basa sobre los valores viriles misóginos y homofóbicos), por no decir que prácticamente coincide con ella.11 Me basaba, al respecto, en la observación de las constantes connotaciones sexuales del imaginario racista, y de las connotaciones raciales del imaginario sexista, sobre la complementariedad de las funciones que desempeñan el racismo y el sexismo en el desarrollo del nacionalismo y, especialmente, de sus formas agresivas, militaristas, así como, a contrario, sobre el modelo positivo que representa el feminismo para una práctica efectiva del antirracismo. No una destrucción del enemigo, basada en el modelo que la “lucha de clases” democrática misma no ha repudiado completamente, o una simple autonomización de los dominados, sino una descomposición y una recomposición de la comunidad, que implica la transformación de sus “costumbres” y de su inconsciente colectivo, a la vez que la del modo de pensar.
Tal presentación, a mi modo de ver, siempre tiene la ventaja de demostrar que el racismo y el sexismo se arraigan en procesos de identificación (esencialmente inconscientes) constitutivos de la personalidad, que son a la vez indisociables de la pertenencia de los individuos a una comunidad (y de su “formación” con miras a la comunidad), como lo había señalado Freud en 1921 en Massenpsychologie und Ich-Analyse (“Psicología colectiva y análisis del Yo”),12 y por lo tanto, son representativos de un mismo “malestar de la cultura”. Sin embargo, esta presentación tropieza con dificultades que los análisis de Judith Butler señalan. Es así que los procesos de dominación (y el “paso al hecho” violento) racistas o sexistas son naturalmente susceptibles de instrumentalizar, no sólo sus respectivos prejuicios (y por tanto, reforzarse mutuamente), sino también las resistencias que éstos suscitan. Hay un uso “racista” del feminismo, como existe un uso “sexista” del antirracismo, cuyas relaciones actuales entre el Occidente euro-americano y el mundo islámico dan una ilustración cotidiana. Por lo tanto, no es posible imaginar —salvo en una especie de comunismo utópico de las luchas de emancipación, regularmente desmentido en la práctica— una convergencia o una fusión de los movimientos de resistencia al racismo y al sexismo, aunque cabe suponer (y muchos lo hacen) que tienen, de cierta manera, un “mismo” adversario.
Pero este adversario, ¿es realmente “el mismo”? Podemos dudar que así sea… En realidad, la sobredeterminación de uno por el otro (que ha sido puesta en evidencia por grandes obras históricas y antropológicas, como la de George Mosse a partir del ejemplo nazi)13 no impide que la relación de las dos formaciones ideológicas y “culturales” con la institución sea profundamente diferente, aunque sólo sea por el hecho que el sexismo es un modo de dominación que tiende a la inclusión (incluso al encierro doméstico) de sus víctimas, mientras que el racismo resiste a esta inclusión y tiende a la exclusión, a la segregación, a la eliminación al menos en el plano social y político. Y en esto que sus respectivas historias remiten a una temporalidad totalmente diferente.
La institución y la función discriminatoria de lo universal
Por eso mismo, debemos decir algunas palabras sobre la función central que desempeña la institución en la asociación paradójica del discurso universalista y de las prácticas discriminatorias. Lo que también significa que la noción de institución no puede revestir aquí un significado unívoco. Quisiera insistir, muy rápidamente, en tres puntos que de hecho están estrechamente ligados entre sí.
El primero consiste en recordar que, en su dimensión histórica e incluso transhistórica (o si se quiere, de “larga duración”) tanto como en su dimensión cotidiana y vivida, las estructuras de comportamiento racistas y sexistas son absolutamente indisociables de la existencia de instituciones tales como la familia y el Estado (estrechamente asociadas entre sí, por otra parte, y cada vez más, desde el momento en que la familia fue “nacionalizada” e integrada en la “política social” de los Estados). Tomar en cuenta las instituciones permite en primer lugar escapar de los peligros simétricos del psicologismo (que ve en las discriminaciones, el reflejo de una fobia del otro y de la alteridad inherente a la relación intersubjetiva o interpersonal, y por ende, curable o incurable, según las filosofías, por medio de la moral y de la educación) y del sociologismo (que ve en esto el reflejo de determinismos colectivos fundamentalmente externos a la acción de los individuos). La institución (podría decir también el poder, o mejor, las relaciones de poder, en la perspectiva propuesta por Foucault, pero con tal de no olvidar nunca que las relaciones de poder están inscritas en la materialidad de las instituciones) constituye la mediación esencial entre los individuos y las colectividades históricas: es ésta la que determina la formación de su subjetividad, el modo de su “interpelación en sujetos”, como decía Althusser, y que determina por contragolpe sus comportamientos recíprocos de inclusión y de exclusión, de reconocimiento y de discriminación. Pero, sobre todo, la institución constituye la fuente, o el punto de cristalización, de representaciones, de comportamientos discriminatorios. Lo vemos de manera deslumbrante en la forma en que la institución nacional reproduce lo que he llamado la “etnicidad ficticia”,14 los significantes raciales permiten trazar, al menos imaginariamente, la frontera entre los nacionales y los no-nacionales, o los “verdaderos” nacionales y los nacionales “falsos”, “ilegítimos”, pero desde luego también, en la forma en que la institución familiar normaliza las conductas sexuales, prescribiendo lo que es “normal” y reprimiendo, estigmatizando, persiguiendo lo que es “perverso”, siempre en función de una distribución desigual de los papeles entre los sexos o géneros. Y al mismo tiempo, ésta constituye el blanco del racismo y del sexismo. Hablé hace un momento, con Freud, del “malestar de la cultura”: eso significa concretamente, malestar de la familia, malestar del Estado. Estos últimos años, en Europa, el resurgimiento del racismo en relación más o menos directa con la constitución de los trabajadores inmigrantes como chivos expiatorios de la crisis de la forma nación y los efectos socialmente destructivos de la mundialización, ha puesto claramente en evidencia que el racismo “espontáneo”, de hecho, es siempre un discurso implícitamente dirigido al Estado, al cual se le “exige” cumplir su promesa implícita, que es “preferir a los nacionales” a expensas de los extranjeros, y al que, contradictoriamente, los individuos más débiles temen a su vez, el exceso de poder y la impotencia, el derrumbe de la soberanía.15
Estos efectos de poder o de institución son tanto más determinantes cuanto tratemos con instituciones universalistas, o con poderes cuya función y competencia son la institución de lo universal. No sólo en el sentido que he llamado “extensivo”, el que tiende a incluir en la esfera de influencia o en el dominio de obediencia de un poder determinado, al máximo de individuos e idealmente, a la humanidad entera (lo que podemos llamar, la dimensión imperialista de instituciones de poder), pero sobre todo en el sentido que he llamado “intensivo”, el que asigna a la institución de poder (por ejemplo, la nación republicana) y a su propia “autoridad”, la función de desligar a los individuos de sus pertenencias y subordinaciones tradicionales, de abolir o neutralizar las estructuras de coacción o de discriminación (por ejemplo, al decretar que “todos los hombres son iguales ante la ley”, “nacen y permanecen libres e iguales en derechos”, etc.). Podemos concederle a Foucault que el movimiento de la modernidad tiende a privar progresivamente a la forma de la soberanía, de su privilegio político y social en beneficio de mecanismos de poder más institucionales, menos “excepcionales”, que son los de la disciplina y de la gubernamentalidad. Sin embargo, es más difícil concederle, si él lo sostiene, que la modernidad atenúa la función de institución de lo universal que pertenece a las propias estructuras de poder “universalistas”. Pero entonces, ¿cómo comprender que —contradictoriamente— la eliminación de coacciones y de discriminaciones signifique, en un mismo movimiento, la aparición de nuevas coacciones y discriminaciones?
La única respuesta posible, desde luego, es que el principio de estas coacciones-discriminaciones ya no es el mismo, que incluso está de alguna manera invertido con respecto al de los antiguos poderes estatutarios y de privilegios de casta. En otras palabras, constituye lo inverso a la institución de la igualdad característica de los poderes universalistas. Así como he tenido la oportunidad de sostenerlo en varias ocasiones, dando deliberadamente a esta tesis una forma lo más radical posible, especialmente cuando discutía a mi vez la paradoja al menos aparente que constituye para las revoluciones fundadoras de la modernidad que han proclamado la universalidad de los derechos del hombre, el hecho de haber excluido de la ciudadanía, de entrada, a los trabajadores manuales, a las mujeres, a los esclavos o, en general, a los colonizados, las exclusiones que se hacen a partir del principio de igualdad (o de igual libertad) son, en cierta forma, mucho más profundas y mucho más profundamente inconscientes, que las exclusiones que derivan directamente de un particularismo comunitario o de una representación jerárquica de la especie humana enlazada con un sistema de castas. Ya que sólo pueden justificarse si, de una manera u otra, uno representa al otro, al excluido interior o exterior, como “no hombre” o “no persona”, si se le corta de la especie humana, o más exactamente, de lo que se supone que constituye (y por eso mismo se convierte en) la esencia normativa de lo humano, o el objetivo final del desarrollo de la humanidad (por ejemplo, la “racionalidad”).16 Proceso, manifiestamente, de una violencia simbólica extrema, y en ocasiones estrechamente asociado también a los extremos de la violencia física, a las formas extremas de la humillación, de la insensibilización y del exterminio.
Pero aquí se presenta —en todo caso, para nosotros occidentales, e insisto en ese punto ya que hablo en Tokio, a donde he venido, entre otras razones, para tratar de “descentrar” algo mi punto de vista occidentalocentrista espontáneo— una dificultad considerable que complica terriblemente el análisis tanto como la exposición histórica. Es que no estamos tratando con un modelo único de la institución de lo universal, sino que tenemos al menos dos, de edad diferente a primera vista (no es simple), y sobre todo de principio diferente: tenemos el modelo del universalismo religioso, el de las religiones llamadas precisamente “universalistas”, lo que para nosotros occidentales quiere decir “monoteístas”, y tenemos el modelo del universalismo político, o mejor, jurídico-político, el que implementan los Estados-naciones sobre todo cuando se presentan como republicanos y democráticos, y que intenta prolongarse al nivel superior, el de las instituciones internacionales. Las exclusiones que determinan no tienen el mismo principio: la herejía, en efecto, no es la diferencia cultural, aunque haya pasajes e interferencias entre ellas (lo vemos bien en el caso del antisemitismo) y, si la transición de una a otra puede ser ella misma representada como un devenir de lo universal, una modernización o secularización, un “desencantamiento del mundo” (Weber) que conservaría ciertas formas de legitimación de la autoridad y de inclusión “subjetiva” de los individuos en la comunidad universal (ante todo la moralidad, especialmente la moralidad familiar). Yo mismo tuve ocasión, hace varios años, de proponer la idea de que la “crisis de la forma nacional del Estado” comenzaba irreversiblemente, con la mundialización, mientras que la “crisis de la institución religiosa de la comunidad” no se había acabado en absoluto, incluso estaba en sus comienzos, y suponiendo que ésta fuera acabable.17 No me parece que, desde entonces, el curso de las cosas haya invalidado este diagnóstico. Pero el problema para interpretar sobre esta base las combinaciones concretas y contradictorias de liberación y de discriminación (por ejemplo, en el campo de la familia, de la desigualdad de sexos y de la moral sexual), es que creemos saber aproximadamente lo que es un Estado, justamente porque esta forma política ha estado prácticamente “universalizada” en la historia moderna, de manera que todos los individuos del mundo tienen que tratar con Estados más o menos consistentes. Aún cuando, en verdad, no sabemos lo que es en general una “religión”. Incluso tenemos fuertes razones para creer que este término no es unívoco, excepto en lo imaginario occidental, tal como se constituyó sobre la doble base del desarrollo del monoteísmo judeo-cristiano e islámico, luego de la “secularización” más o menos completa de las sociedades cristianizadas e islamizadas. Pero si el término religión no es unívoco, el de universalismo tampoco puede serlo. ¿Es el budismo (si hay uno) una “religión”? Lo que es más, ¿una religión universalista? (así es como tenemos la tendencia de representarnos las cosas en Occidente). ¿Y cuál es entonces, su principio de exclusión? ¿A menos que las “religiones” y el devenir religioso del Extremo Oriente no tuvieran que representarse, desde el punto de vista del universalismo, como relativizando la pretensión del monoteísmo de exhibir el tipo de universalismo religioso y el punto de partida de la evolución teológico-política?18
No pretendo responder estas interrogantes, pero puedo notar, antes de pasar al punto siguiente, y en espera de desarrollos más completos, que ellas repercuten en dos otras estrechamente relacionadas entre sí, fundamentales para el análisis de las contradicciones del universalismo. La primera concierne a la noción y la institución de la igualdad. Mejor, ésta concierne a la relación intrínseca, a la vez discernible e indiscernible, separable e inseparable, de igualdad, identidad y homogeneidad. Observemos que estos tres términos franceses (¿y en japonés?) en ciertos contextos, pueden ser traducidos por el mismo término alemán de Gleichheit, lo que es un indicio notable del carácter intrínseco, interno a la universalidad misma, de la contradicción a la que nos enfrentamos, así como la cercanía de los términos alemanes: gemein, allgemein y Allgemeinheit, Gemeinwesen, Gemeinschaft (“común”, “universal”, “universalidad”, “comunidad”) señala que esta contradicción está específicamente vinculada al hecho de que lo universal se instituye y por ende, se realiza, se hace valer en la historia, en la medida que éste se convierte en el ideal y la norma de la comunidad (cf. también en latín tardío el doblete universitas y universalitas). La condición de la igualdad entre los hombres, más profundamente, entre los sujetos a los que se reconocen los derechos de ciudadanía, es una identidad al menos tendencial, una manera “idéntica”, y así universal, de referirse a sí mismos, por ejemplo de considerarse individualmente como (únicos) responsables de sus actos. Y por lo tanto, es fundamentalmente una homogeneidad colectiva: ahora bien, observémoslo bien, aunque prácticamente no sea equivalente, ni del punto de vista del sentido, ni del punto de vista de las consecuencias políticas, ver esta homogeneidad como “racial”, “cultural”, o como resultado de la sumisión a valores trascendentales comunes, el principio lógico de la construcción de la identidad es, sin embargo, el mismo, y en todos los casos éste conduce potencialmente a la exclusión de un resto de inhumanidad o de subhumanidad.
A esta cuestión se articula estrechamente una segunda, que no quisiera decir más especulativa, porque me parece que nos acerca, al contrario, a lo concreto de la política, en todo caso, de lo que constituye su motor histórico. Quiero decir con esto, la cuestión de saber si las contradicciones de la universalidad, la coexistencia paradójica de los principios universalistas (laicos o religiosos), y la oscilación de nuestra concepción de identidad subjetiva entre los dos polos a la vez antitéticos y casi indiscernibles de la igualdad y de la homogeneidad o del “mismo” (que un discípulo de Lacan describiría probablemente como el aspecto simbólico y el aspecto imaginario de la pertenencia colectiva), que he intentado demostrar que son inseparables del proceso institucional de lo universal, le competen simplemente a los efectos de la institución, o bien deben asignarse a sus propias condiciones de posibilidad. Lo que podríamos llamar (según el modelo del “proceso constituyente” del que habla un autor como Antonio Negri) el proceso instituyente, es decir, el proceso de formación de las instituciones comunitarias (y especialmente de lo político), sean las que sean. Lo que está en liza en esta cuestión (no sería difícil señalar que, desde los inicios de la edad clásica al menos, aparece en toda reflexión sobre la esencia de lo político, a través de debates sobre la servidumbre voluntaria, el rol respectivo del contrato y de la ley, etc.) es evidentemente considerable. Los desafíos aquí involucrados se juntan con la cuestión de saber cómo, por ejemplo, en nuestra concepción de la relación entre los “derechos humanos” universales y abstractos y los “derechos del ciudadano” positivos e históricos, articulamos el momento insurreccional con el momento constitucional, es decir, el momento en el que situamos la crítica de todas las dominaciones y discriminaciones existentes, con el momento en el que situamos el surgimiento del poder, la distribución de roles, de funciones, y por tanto de identidades subjetivas, individuales y colectivas, que inscriben los derechos en el campo social.19
Si consideramos que las contradicciones de la universalidad surgen solamente después de su institución, lo que significa también que, de alguna manera, su concepto (o su “idea”) sigue siendo irreductible a la institución, podemos imaginar que una conversión, o una revolución, o una invención democrática permitirían controlar y corregir estos efectos contradictorios de cierta forma por adelantado, instituir una universalidad pura, radicalmente igualitaria y no exclusiva, o un poder que se niegue, se ponga trabas o se derrote a sí mismo; un poder que sería un “no-poder” (como los teóricos del comunismo marxista habían soñado con un Estado que sería un “no-Estado”). En cambio, si pensamos (lo cual es mi caso) de un modo más “pesimista” pero no necesariamente más resignado, que las contradicciones se determinan a nivel del propio proceso instituyente, o de la posibilidad de la institución (sin la cual, de hecho, no hay humanidad histórica), entonces estamos obligados a admitir, no que la forma de las contradicciones de lo universal o el grado de violencia de su actualización sean inmutables, sino que el principio mismo de su surgimiento es irreductible. Y en este sentido, que incluso más allá del Estado y de las religiones, o de la institución familiar más o menos profundamente controlada por el Estado y por las religiones, y revelador privilegiado de su crisis, las discriminaciones fundamentales como el racismo y el sexismo no desaparecerán pura y simplemente, sino que adoptarán formas nuevas susceptibles de combinarse o de oponerse, y seguirán siendo el desafío de una lucha fundamental por la definición de una política emancipadora. Una lucha aún más decisiva y difícil quizás, considerando que estas formas progresivas o regresivas se inscribirán en el marco de una progresión “real” de la universalidad, de una universalización efectiva de los discursos en alguna medida universalistas (que es un aspecto característico de lo que se llama mundialización, a la que la estructura del mercado, de los intercambios, de la comunicación, ya proporciona un soporte institucional). Es esta última hipótesis, la que yo querría, para concluir, tratar de precisar en el plano filosófico.
“Esencia humana”, “normalidad” y “diferencias antropológicas”
Existe una gran filosofía clásica que, a su manera, ya ha intentado superar la aporía que acabamos de encontrar: la que consiste en inscribir en el nivel mismo de las condiciones de posibilidad de la institución la contradicción interna de lo universal, o el hecho para lo universal de no poder realizarse más que en la forma de una “identificación” discriminatoria que contradiga su propio principio. Esta filosofía es la de Hegel, de la cual dependemos más que nunca, y si tuviera tiempo, me ofrecería a hablar detenidamente sobre esto. Digamos aquí simplemente, que el principio de la solución hegeliana (tal como está desarrollada particularmente en la Fenomenología del espíritu, pero se puede encontrar ese eco en todas sus demás obras) consiste en pensar la contradicción como inherente, incluso antes de la institución, o en su seno (de manera cuasi-transcendental), a la enunciación de lo universal. Querer enunciar el universal (y para Hegel no podemos no quererlo, éste es el principio mismo del movimiento histórico y, en especial, del movimiento histórico de la emancipación), o darle un nombre, o formular sus principios, los derechos y las obligaciones derivadas de éstos en cuanto a la relación de los hombres entre sí (aunque se trate de “ama a tu prójimo como a ti mismo” o de “los hombres nacen y permanecen libres e iguales en derechos”), es inevitable, es siempre ya particularizarlo, incluso cuando nos imaginamos no haber inscrito aún ningún contenido, sino haber enunciado solamente una forma vacía. No hay forma sin contenido, o forma neutra (por ejemplo, los principios revolucionarios implican una “propiedad de sí mismo” del individuo o un “individualismo posesivo”, Hegel lo dijo antes que Marx). Y así el universal es susceptible de funcionar como una particularidad contra otras (que las reprime y las descalifica), lo que significa en la práctica, como una norma moral, jurídica, religiosa, escondida bajo la apariencia de una constatación, o una manera de la humanidad de definir su propia esencia. Creo que esta caracterización de los efectos de la enunciación de lo universal es profundamente exacta, y que, sobre todo, tiene el mérito de llamar nuestra atención sobre el hecho que la institución de lo universal, necesariamente, es también un proceso que se desarrolla en el elemento del lenguaje y bajo el constreñimiento de su estructura. Pero esta elucidación, en Hegel, es inseparable de un segundo movimiento, mucho más ambiguo, aunque también está estrechamente relacionado con nuestro problema: quiero decir, el hecho que Hegel no suprima tanto, verdaderamente, la referencia a la identidad como polo de referencia universal en relación con la cual las “diferencias”, las “particularidades”, las “singularidades”, son identificadas, clasificadas y jerarquizadas según puedan o no contribuir a la reproducción de una u otra forma de comunidad. Para él se trata más bien de desplazarla, de inscribirla en otro lugar (que es también, en cierto modo, el lugar mismo del Otro, lo que Hegel llama el Espíritu Absoluto, en donde podemos leer, no exactamente el movimiento de la historia, sino el principio de su inacabamiento, de su progresión infinita, y también de su coherencia o de su sentido).
Es como decir, como lo había sostenido Derrida (concretamente en “Les fins de l’homme” de 1968),20 que Hegel es, radicalmente, un crítico del “humanismo teórico” y de las definiciones de la esencia humana en que se basa (por ejemplo, la humanidad como racionalidad, consciencia, etc.), ya que el humanismo teórico es por excelencia, una figura (finita) de la enunciación de lo universal. Pero esto no quiere decir que Hegel no sea un metafísico: al contrario, el poder de su crítica del humanismo, y por lo tanto, de su elucidación de las contradicciones del universalismo religioso, jurídico, moral, político, virtualmente también médico o “biopolítico”, etc., viene de haber encontrado un modo de recrear la metafísica, y así reafirmar el primado de la identidad, haciendo de ella una metafísica de la identidad propia del Espíritu en su devenir, es decir, en la historia, que pasa por todas las figuras particulares de contradicción del universal y las relativiza todas. Ahora bien, hoy vivimos en una edad “poshistórica” a la vista de esta figura de la dialéctica, no en el sentido de una desaparición de la historicidad, sino en el sentido de una desaparición del postulado, o de la ilusión, de la univocidad del devenir histórico. Es por eso que nosotros estamos en condiciones de captar lo que Hegel, con toda su grandeza, no podía comprender, es decir, que la dialéctica del universal en la historia tiene también la función de una norma, que tiene también como principio, como la metafísica de la esencia, o la metafísica de lo trascendental, el producir sus propias exclusiones internas, aunque no fuera sino trazando a priori una frontera entre la barbarie y la civilización, o las civilizaciones del “pasado” y las civilizaciones del “futuro”.
Es por lo que quisiera a mi vez, oponer a la problemática hegeliana otra problemática, por medio de la cual trataré de comprender, al menos como principio, lo que inscribe las contradicciones del universal (y en particular las que se traducen en la persistencia, la renovación incesante del racismo y del sexismo) no solamente por el lado de los efectos de la institución, sino por el lado de sus condiciones de posibilidad, o de lo que he llamado hipotéticamente el proceso instituyente. Esta problemática, en vez de depender de la dialéctica, en todo caso en el sentido hegeliano, sugiero que depende de lo que en Francia se llamó en el siglo pasado el estructuralismo: lo que también es una manera de indicar que no pretendo en absoluto ser el inventor, aunque quizás en esta forma esquemática no se encuentra en ninguno de los autores que han afirmado ser del estructuralismo, o que han permanecido aún más dependientes de lo que querían, al desmarcarse de sus exposiciones canónicas. Esta problemática se centra en la idea de diferencia antropológica, y por lo tanto, por definición, se deriva de un intento de reactivación de lo que antes se llamaba antropología filosófica, en una relación necesariamente muy estrecha con la antropología social, cultural y psicoanalítica.21
La interrogante que se nos plantea es, en resumen, la de la equivalencia entre el punto de vista de la esencia humana, sin el cual no habría naturalización de las diferencias entre individuos y entre grupos, no hay representación de estas diferencias al prescribir los caminos de la identificación individual o colectiva, y el punto de vista de la norma que gobierna la formación de las instituciones, permitiendo a los poderes soberanos o disciplinarios regular las conductas de los individuos y clasificarlos ellos mismos, en última instancia para controlarlos o inducirlos a controlarse a sí mismos (lo cual es aún mejor). Debo decir al respecto, que no hago una diferencia fundamental entre un punto de vista de la “normalidad” y un punto de vista de la “normatividad”, o simplemente, veo las dos caras de una misma estructura, una objetiva, la otra subjetiva.22 En el fondo, lo que pienso es que la equivalencia de la esencia y de la norma, la esencialización de las normas sociales y la interpretación normativa de las características de esencia atribuidas a la naturaleza humana (tal como la oposición de culturas que obliga a los individuos a elegir su pertenencia, o incluso la distribución de las múltiples formas de sexualidad entre los polos femenino y masculino, de la pasividad y de la actividad, etc.), remite a un mismo principio de diferencia antropológica que se realiza en una multiplicidad (pero quizás, no una infinidad) de campos, es decir, prácticas esenciales para la reproducción y la institución de la vida: el de la diferencia de “culturas”, el de la diferencia de “sexos”, el de la diferencia entre las facultades “manuales” e “intelectuales” del trabajador, el de la diferencia entre “salud” y “enfermedad”, etc. Pero estos términos son siempre problemáticos, porque de lo que se trata sobre la idea de diferencia antropológica, es justamente el hecho que lo humano no puede escapar de la división, de la escisión en tipos o modelos de individualidad opuestos, aunque el lugar de esta escisión u oposición no pueda fijarse nunca de una vez por todas, salvo, precisamente, por instituciones que tienen necesariamente un carácter coercitivo, es decir, violento. La idea de una humanidad que no incluya la distinción entre lo masculino y lo femenino, o entre la salud y la enfermedad, es impensable o carece de sentido en el horizonte de nuestra historia, pero la cuestión de saber en qué consiste la diferencia, o la idea de fijar un criterio tal que pueda trazarse una frontera, delimitando de manera unívoca el ámbito de los hombres y el de las mujeres, o el ámbito de la salud y el de la enfermedad, es igualmente carente de sentido. Es necesario entonces “negociar” la diferencia, fijarla a la vez (lo que es el rol, o más bien la condición de posibilidad, de la institución) y girarla, subvertirla, desplazarla de manera incesante.
Me atrevería a decir, por lo tanto, que el universalismo, no sólo como estructura dominante sino como principio insurreccional, o exigencia ideal e infinita de emancipación, y las discriminaciones racistas y sexistas, tienen la misma fuente. O más bien, ya que esta formulación de corte metafísico es muy poco satisfactoria, que se producen en el mismo “lugar”, uno vecino del otro, en una tensión permanente. Pues representan, uno y otro, un intento de pensar lo impensable, o lo inasible de la diferencia antropológica, o mejor dicho, diferencias antropológicas, mutuamente heterogéneas aunque siempre se recorten, y ante todo para representar su aplicación a la especie humana, a la vida social, a la experiencia individual. Las diferencias antropológicas son la materia de toda construcción comunitaria, incluyendo la de una comunidad de derechos, de iguales o de ciudadanos en determinadas condiciones históricas, pero son también, por su inestabilidad y su carácter inasible, el resorte de los excesos inversos: el exceso simbólico, que lleva a buscar la emancipación más allá de toda figura instituida de la comunidad, en una especie de “comunidad sin comunidad” (J.-L. Nancy)23 que siempre ha sido ideal, la pasión, y en un sentido el espejismo de herejes y revolucionarios, y el exceso imaginario, que impulsa a redoblar la comunidad de una coraza identitaria y normativa, al precio de la exclusión, cuando no es la eliminación de la alteridad lo que la amenaza desde el interior, como su “eterna ironía” (Hegel).
Finalmente, se ve que no deseo elegir entre el punto de vista que creí poder leer en Judith Butler y el que creí encontrar en Joan Scott. Pero es porque me parece que su antagonismo (relativo, me apresuro a precisarlo) remite a las condiciones mismas de la política.
1 Conferencia dictada en la universidad de Tokio el miércoles 9 de octubre de 2002.
2 Étienne Balibar, “Le racisme: encore un universalisme”, en La Crainte des masses: politique et philosophie avant et après Marx (París: Galilée, 1997), 337-51. Publicado originalmente en inglés con el título “Racism as universalism”, en Masses, Classes, Ideas: Studies on Politics and Philosophy before and after Marx, trad. por James Swenson (New York: Routledge, 1994) 191-204.
3 Balibar, “Le racisme: encore un universalisme”, La Crainte des masses, 345.
4 Étienne Balibar, “Les universels”, La Crainte des masses, 419-54. Publicado originalmente en inglés con el título “Ambiguous universality”, en Politics and the Other Scene, trad. por Daniel Hahn, Christine Jones, James Swenson y Chris Turner (Londres: Verso, 2002), 146-175.
5 Françoise Duroux, “Une classe de femmes est-elle possible?”, texto inédito, 1987 [una traducción italiana se publicó en 2016 en el volumen: Étienne Balibar, Françoise Duroux y Rossana Rossanda, Comunismo e Femminismo, trad. por Alisa del Re y Maria Grazia Grazzini (Turín: Einaudi, 2016)]; Jean-Claude Milner, Les Noms indistincts (París: Seuil, 1983). [Ed. cast.: Jean-Claude Milner, Los nombres indistintos, trad. por Irene Agoff (Buenos Aires: Manantial, 1999)].
6 Judith Butler, Excitable Speech. A Politics of the Performative, cap. 2 (Nueva York-Londres: Routledge, 1997), 71-102. Ed. fr.: Judith Butler, Le Pouvoir des mots. Discours de haine et politique du performatif, trad. por Charlotte Nordmann (París: Amsterdam, 2008). [Ed. cast.: Judith Butler, “Performativos soberanos”, en Lenguaje, poder e identidad, trad. por Javier Sáez y Beatriz Preciado (Madrid: Síntesis, 2004), 125-74].
7 Joan Wallach Scott, Only Paradoxes to Offer (Cambridge: Harvard University Press, 1996). Ed. fr.: Joan Wallach Scott, La Citoyenne paradoxale. Les féministes françaises et les droits de l’homme, trad. por Marie Bourdé y Colette Pratt (París: Albin Michel, 1998). [Ed. cast.: Joan Wallach Scott, Las mujeres y los derechos del hombre. Feminismo y sufragio en Francia, 1789-1944, trad. por Stella Mastrangelo (Buenos Aires: Siglo XXI, 2012)].
8 Scott, Las mujeres y los derechos del hombre, 12.
9 Étienne Balibar, La proposition de l’égaliberté [1989], (París: PUF, 2010). [Ed. cast.: Étienne Balibar, La igualibertad, trad. por Víctor Goldstein (Barcelona: Herder, 2017)].
10 Michèle Duchet, Anthropologie et histoire au Siècle des Lumières (París: Maspero, 1971). [Ed. cast.: Michèle Duchet, Antropologia e historia en el Siglo de Las Luces: Buffon, Voltaire, Rousseau, Helvecio, Diderot, trad. por Francisco González Aramburo (México D. F.: Siglo XXI, 1976].
11 Evidentemente, pensamos aquí en toda la obra de Colette Guillaumin que explora esta relación. Ver en particular Sexe, race et pratique du pouvoir. L’idée de Nature (París: Côté-femmes, 1992).
12 Sigmund Freud, “Psicología de las masas y análisis del yo”, en Obras completas. Volumen 18, trad. por José L. Etcheverry (Buenos Aires: Amorrortu, 1992), 63-136.
13 George Mosse, Nationalism and Sexuality: Respectability and Abnormal Sexuality in Modern Europe (Nueva York: Howard Fertig, 1985).
14 Étienne Balibar, “Racisme et nationalisme”, en Étienne Balibar y Immanuel Wallerstein, Race, nation, classe. Les identités ambiguës (París: La Découverte, 1988), 54-92. [Ed. cast.: Étienne Balibar, “Racismo y nacionalismo”, en Étienne Balibar y Immanuel Wallerstein, Raza, nación y clase (Madrid: Iepala Textos, 1991), 63-110].
15 Étienne Balibar, “De la préférence nationale à l’invention de la politique”, en Droit de cité [1998] (París: PUF, 2002), 89-132. [Ed. cast.: Étienne Balibar, “De la preferencia nacional a la invención de la política” en Derecho de ciudad. Cultura y política en democracia, trad. por María de los Ángeles Serrano (Buenos Aires: Nueva Visión), 87-128].
16 Ver toda la obra de Geneviève Fraisse, a partir de Muse de la raison. La démocratie exclusive et la différence des sexes (Aix-en-Provence: Alinéa, 1989). [Ed. cast.: Geneviève Fraisse, Musa de la razón. La democracia excluyente y la diferencia de los sexos, trad. por Alicia H. Puleo (Madrid: Cátedra, 1991)].
17 Retomé este tema en Saeculum. Culture, religion, idéologie (París: Galilée, 2012).
18 En L’Avenir du christianisme (París: Desclée de Brouwer, 1999), Stanislas Breton explicó que un cierto budismo (cuya enseñanza él había recibido en Tokio) indicaba la dirección de la superación de la “religión” en el interior del propio cristianismo. [Stanislas Breton, El porvenir del cristianismo: La laicidad y el espacio interreligioso, trad. por Enrique Hurtado López (Bilbao: Ediciones Mensajero, 2002)].
19 Me aproximo aquí, evidentemente, lo mejor que puedo a las formulaciones de Jacques Rancière en La mésentente (París: Galilée, 1995) relativo a la oposición de la “policía” (que distribuye las partes sociales, dejando siempre de lado algunas “sin partes”) y a la “política” que cuestiona el principio mismo de la distribución reclamando la parte de los sin-parte”). Pero creo que es necesario llamar “política” más bien, a la unidad contradictoria de estos dos aspectos como uno de los dos polos. [Ed. cast.: Jacques Rancière, El desacuerdo. Política y filosofía, trad. por Horacio Pons (Buenos Aires: Nueva Visión, 1996)].
20 Jacques Derrida, “Les fins de l´homme”, en Marges de la philosophie (París: Minuit, 1972), 129-64. [Ed. cast.: Jacques Derrida, “Los fines del hombre”, en Márgenes de la filosofía, trad. por Carmen González Marín (Madrid: Cátedra, 2008), 145-74].
21 Retomé estos temas en un largo ensayo, Étienne Balibar, “Universalité bourgeoise et différences anthropologiques” (publicado inicialmente en la revista L’Homme), que forma la conclusión de mi recopilación Citoyen sujetet autres essais d’anthropologie philosophique (París: PUF, 2011), 465-515. [Ed. cast.: Étienne Balibar, “Malestar de sujeto. Universalidad burguesa y diferencias antropológicas”, en Ciudadano sujeto. Vol. 2. Ensayos de Antropología Filosófica, trad. por César Marchesino (Buenos Aires: Prometeo, 2014), 283-336].
22 Sobre este tema complejo en la lectura de Foucault, ver en particular el libro de Stéphane Legrand, Les normes chez Foucault (París: PUF, 2007).
23 Jean-Luc Nancy, La Communauté désoeuvrée (París: Christian Bourgois, 1986). [Ed. cast.: La comunidad inoperante, trad. por Juan Manuel Garrido (Santiago: Lom, 2000)]. Jean-Luc Nancy, La Communauté désavouée (París: Galilée, 2014). [Ed. cast.: La comunidad revocada, trad. por L. Felipe Alarcón (Buenos Aires: Mardulce, 2016)].
Construcciones y deconstrucciones del universal24
Primera conferencia25
Permítanme comenzar con algunas aclaraciones a propósito del título bajo el cual fue anunciada mi conferencia y de la forma en que lo interpretaré. Insisto en no dejar ningún equívoco en cuanto al hecho que no voy a exponer una doctrina ni bosquejar una teoría sobre el universal y el universalismo. Y desde ese punto de vista, tal vez decepcionaré sus expectativas. Una vez más, voy a tantear formulaciones que tocan cuestiones del universal y hacerlos trabajar. Por definición, estas son preguntas filosóficas —nos podríamos preguntar incluso, si no son por excelencia las preguntas filosóficas, ya que la filosofía es la disciplina que intenta decir el universal, o “frasear” (como diría Lyotard) bajo la modalidad del universal (sub specie universitatis)— matiz sobre el cual volveré. Pese al riesgo que esto comporta, de encerrarme en una especulación no sólo abstracta sino vacía, quisiera intentar elaborar un cuestionamiento que atraviese las aporías inherentes a diferentes instancias de enunciación del universal, conllevando cada vez retos políticos, morales y sociales, al explicitar el principio filosófico común, si no invariante.
“Construcciones y deconstrucciones del universal”. ¿Por qué este título entonces? Ante todo, es la huella de un plan que había pensado, alzando cara a cara dos tipos de enfoques privilegiados por los filósofos, que tienen en común, el pensar que lo universal (si existe) ciertamente no es un dato (como hecho o como idea), pues depende de un proceso.26 Más aún, es un proceso en el cual sus “contrarios” (lo particular, lo relativo, la toma de partido, etc.), no dejan de afectarlo de vuelta o de cuestionarlo. Salvo que, para algunos filósofos (entre los cuales, el más significativo a mi parecer siempre es Hegel), el proceso del cual hablamos es una construcción progresiva del universal pasando por la interiorización a su concepto mismo de sus opuestos, transformados a partir de entonces en mediaciones de su propio desarrollo, hasta que de esta dialéctica surja una figura concreta del universal. Mientras que, para otros filósofos, el proceso en cuestión está destinado a perder el control de su propia idea, o de su propio problema, en una diseminación sin fin. Haya inventado o no el término deconstrucción, Derrida aquí es para mí la referencia ineludible, porque él sometió a una lectura crítica todas las antítesis del universal, es decir, las oposiciones binarias que parecen indisociables de su definición misma, comenzando por la oposición “lógica” del universal y de lo particular y, por tanto, con la identificación del universal con lo que difiere de lo particular, con el fin de poner en cuestión el efecto de simetría del cual procede la apariencia de su autosuficiencia y de su validez absoluta. De esta manera, se van despejando poco a poco todas las figuras del exceso, del resto, de la suplementariedad que desbaratan la simetría de las antítesis del universal, pero sobre todo porque sostienen su construcción en su represión misma. Figuras de lo que no es ni universal ni particular, como tampoco ni natural ni cultural, ni masculino ni femenino, ni racional ni existencial, etc. Aplicando un modo de pensamiento hegeliano a la idea de una construcción del universal, habría podido preguntarme cómo se forman en ella lo finito y lo infinito, la contingencia y la necesidad, cómo intentar leerlo en términos de resolución de contradicciones o en términos de desplazamiento de diferencias. Habría explorado, a la vez, las afinidades con diferentes figuras “concretas” o “prácticas” del proceso dialéctico: el progreso, la educación, la revolución, todas las cuales han sido asociadas a la idea de universalización, o de realización del universal en el tiempo, en la historia, en el mundo, en la vida. Aplicando enseguida a diferentes textos (incluyendo los de Derrida mismo) la idea o el proyecto de la deconstrucción, habría intentado afrontar la dificultad con la que tropiezan muchos de sus lectores: toda noción fija, “esencia” o “relación”, se presenta en Derrida como deconstruible, salvo la deconstrucción misma, porque ella no es una idea o un método, sino una práctica sin regla. Lo que no deja de conducir a esta inquietante consecuencia: que los ideales típicamente universalistas o universalizables —como la justicia, la democracia, el cosmopolitismo, las Luces— o al menos su nombre, deben conservar una validez performativa, como si ellos formaran los nombres “propios-impropios”, “determinados-indeterminados”, de todo lo que puede abrir nuestra historicidad a las figuras esencialmente imprevisibles de su alteridad y de su alteración por venir.27
Sin embargo, ver sólo esa manera de proceder, ¿me habría conducido inevitablemente hacia la absurda obligación de elegir entre esos dos estilos o esos dos enfoques y, por consiguiente, a transformarlos a ellos mismos en abstracciones antitéticas? No tardé en comprender que un encadenamiento mecánico de ese tipo, sería infiel tanto a un filósofo como al otro; y si siempre ha sido imposible leer a Derrida fuera de su relación íntima y conflictiva con el hegelianismo, es igualmente imposible leer hoy en día a Hegel haciendo abstracción de Derrida. Lo que significa, más claramente: Hegel, sin duda, procede a una construcción de lo universal (en cuanto figura del absoluto, en cuanto idea, universalidad concreta o dialéctica, en cuanto proceso o, como él dice en la Lógica, en cuanto “método”). Pero él no lo hace nunca sin simultáneamente proceder a una deconstrucción: al “comienzo”, en cuanto momento de crítica o de “tachadura” preliminar (del ser, del sujeto, de lo inmediato: los fundamentos tradicionales del universalismo filosófico), y sobre todo al “fin”, cuando descubre (y nos descubre) que el infinito, el absoluto nombran una subversión de la representación, el elemento no representable de la experiencia o de la historia, prohibiéndole al mundo encerrarse en sí mismo o “totalizarse” en la figura de una consumación.28 Pero esto quiere decir también, aunque menos evidentemente quizás: cuando Derrida procede a la deconstrucción del universal en cuanto esencia metafísica, tachadura de lo aleatorio y de lo imprevisible, “posibilización de lo imposible”, propiación y apropiación del pensamiento o de la vida por medio de nombres y de instituciones, etc., él ya está también construyendo una cierta universalidad —incluso si es en la modalidad de la ficción, de la superación hiperbólica de instituciones dadas (como en la idea de “la universidad sin condición”) o de la negación interior (tal como lo expresa la famosa fórmula de lo “mesiánico sin mesianismo” y, en términos más generales, todas las enunciaciones en la forma “X sin X” que él toma prestado de Blanchot), o del doble rechazo (“ni humano ni no-humano”).29 Todas estas modalidades, son efectivamente enunciados del universal. En todo caso, lo cierto es que no recubren sus enunciados contrarios, como a veces se ha supuesto. Está claro que la idea derridiana de la différance no es para nada “relativista”. Así es que tendré que conservar la huella de mi intención original, pero en lugar de pasar abstractamente de un momento de construcción a un momento de deconstrucción, intentaré darle juego a cada uno al interior del otro. Haré un uso extensivo de nociones y de proposiciones que se pueden encontrar en Hegel, pero en la medida en que sea posible de una manera que implique ya su deconstrucción. Estoy convencido que se puede aplicar a Hegel (y exacto, muy particularmente a Hegel) lo que Derrida dice, por ejemplo, de Platón: desde el momento en que su filosofía debió escribirse como un texto, y que nosotros la consideramos en el proceso de su escritura, permanece inacabable e imposible de identificar con la figura de totalidad de un sistema —por muy dominante que haya sido ese sistema desde el comienzo, y por muy inevitables los efectos de sujeción que produce—.30
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Es así como procederé en la articulación de mis problemas:
1) En un primer momento, recordaré la demostración que nos propone Hegel en la Fenomenología del espíritu: la enunciación del universal (y, en consecuencia, su inscripción, su institución, su realización histórica) entraña inmediatamente que se vuelque en su contrario (lo particular, lo contingente), o produce su negación. Pero me pregunto si esta paradoja, la cual podríamos decir que constituye por excelencia el teorema de Hegel a propósito de lo universal, realmente sólo tiene un significado negativo o representa una descalificación de todo universalismo. Tal vez lo universal no sea en sí mismo nada más que lo que se enuncia, precisamente, en esta modalidad tan particular.
2) En un segundo momento, me interesaré en las implicaciones de otra terminología: aquella de la ideología, generalmente relacionada con el uso que ha sido propuesto por Marx. En un comienzo no dice otra cosa que lo que decía Hegel, pero lo dice en el otro sentido: no en aquel de la reducción del universal a lo particular, sino en aquel de la elevación de lo particular al universal. La ideología según Marx no es otra cosa que el lenguaje mismo del universal, en cuanto borra la particularidad del interés, de “la toma de partido”, de la situación que expresa. Es por esto que enunciar el universal es instalarse “en” la ideología, o más bien es descubrir que desde siempre estábamos ahí. Pero el concepto de ideología implica también que el lenguaje del universal, de cierta manera, no tiene exterior, ya que la resistencia a su “dominación” (Herrschaft) se da esencialmente en la forma de una disidencia interna, o de una contra-interpelación. De esta forma, la categoría de ideología (que al mismo tiempo pierde toda connotación reductiva) no hace otra cosa que describir el lenguaje del universal indicando también la ambivalencia intrínseca de éste, y permitiendo exhibir sus puntos de herejía.
3) Para terminar, pondré en discusión una de las estructuras que articulan la enunciación del universal con la producción (o la manifestación) de sujetos, de los cuales nos vemos llevados a decir que no son “sujetos universales”, sino más bien “sujetos del universal”. Esta estructura es indisociable del hecho que el universal se convierte en el ideal con el cual el sujeto individual mide el valor y las obras de una comunidad, igual como se sirve de él para comparar diferentes comunidades y considerarlas como absolutas o relativas, necesarias o contingentes, etc. Tal vez se trata en realidad de la estructura que por excelencia subjetiva el universal, y bajo la cual se manifiestan para los sujetos los conflictos internos de la universalidad, por lo tanto, también la que lleva las disidencias, las herejías al seno de la universalidad, o las fallas de la ideología.
En esta formulación, sin embargo, sin duda perciben ustedes algo así como una restricción o una precaución, lo que quiere decir que me será necesario reexaminarla de manera crítica. Esto deriva del hecho que otros filósofos han privilegiado una estructura totalmente diferente de universalización del sujeto: la estructura de equivalencia, estrechamente vinculada a instituciones como el mercado, el tribunal; en resumen, todo lo que Hegel situaba en la categoría del universal “abstracto”, pero que Marx, o los “utilitaristas” como Spinoza o Hume, e incluso Deleuze a su manera, consideraron como una forma autónoma de subjetivación del universal. Quizás es necesario admitir que, si hay un ideal de la comunidad susceptible de ser enunciado sub specie universitatis, pero también una idea de solidaridad universal, o de fraternidad, o de hospitalidad más allá de la comunidad, hay también un ideal de la equivalencia en la reciprocidad y en el intercambio que es universalizable, y a la vez una idea de igualdad o de “comercio” (o del “don”) que excede la equivalencia y se sitúa así del lado de una génesis completamente diferente del universal.
No tengo, por cierto, la ambición de desarrollar aquí plenamente todos estos puntos, pero me dije que no sería inútil haberlos registrado previamente para indicar el horizonte en el cual pretendo situar el trabajo (o el juego) que deseo someter a ustedes bajo la categoría del universal. Entraré ahora verdaderamente en materia.
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Comencemos por la inscripción del universal. Es necesario seguir aquí la extraordinaria demostración que Hegel ha proseguido en todas sus obras, pero que constituye sobre todo el hilo conductor de su exposición en la Fenomenología, donde aquella permite encadenar las figuras de la conciencia. Esta demostración interviene dos veces, siguiendo dos esquemas dialécticos aparentemente distintos. Uno es concreto, histórico; el otro es estructural y formal.
Concretamente, Hegel describe los discursos “universalistas” que aparecieron en la historia (occidental), y muestra que por el sólo hecho de su enunciación, con un contenido determinado y un propósito determinado, significa que en ellos el sujeto del saber o de la cultura (que él llama “conciencia”) busca reconciliar su certeza interior y sus criterios de verificación subjetiva con la verdad objetiva, “sustancial”, la universalidad se invierte en su contrario: tarde o temprano aparece como un discurso particular, que excluye otros consciente o inconscientemente, y que de vuelta es excluido (desafiado, amenazado) por ellos. En última instancia, esto quiere decir que en el discurso del universal no existe sólo lo “falso”, sino la impostura y el autoengaño. Tales son, por ejemplo, los casos de la “razón observante” (nombre con el cual describe la metodología de las ciencias de la naturaleza en la edad clásica, después de la revolución galileana y newtoniana) o de la politeia, la “constitución-de-ciudadanía” de la Grecia antigua, de la cual Hegel sostiene (interpretando Antígona de Sófocles) que excluye de su sistema de valores cívicos la “ley divina” (ctónica) de la fraternidad y de la piedad filial.31 Pero el ejemplo más importante tal vez, es aquel del conflicto entre los discursos de la fe (implícitamente: religiosa) y de la autonomía de la razón (la “Ilustración”), que precede inmediatamente la entrada en escena de la “visión moral del mundo”.32 Esta dialéctica de la fe y de la razón es el eje de la modernidad; y Hegel se propone explicarnos que, oponiéndose en cuanto al contenido de la verdad y remitiéndose uno al otro la acusación de impostura, ambos discursos comparten de hecho la misma presuposición de un poder de comprensión del mundo puramente intelectual (Einsicht), y descansan en el reparto de lo verdadero y lo falso —en lo que aparecen como realizaciones miméticas de la misma idea del universal—. Todos conocemos este aspecto de los dilemas del pensamiento moderno, que ha contribuido de manera decisiva a configurar lo que llamamos “la modernidad”. Ésta se basa en la aplicación de un principio lógico que Hegel heredó de sus predecesores (en particular de Spinoza): determinatio negatio est, lo que quiere decir que determinar el universal o expresar sus propiedades, dotarlo de un lenguaje y de una finalidad propia, es ipso facto mostrar que no es “universal”, sino solamente relativo a una concepción determinada del mundo, dicho de otra manera, que constituye un discurso particular.
Pero la argumentación de Hegel va más lejos que esa inversión de una categoría en su contrario, en la forma de lo que llamaríamos hoy una contradicción performativa. El movimiento que ésta describe implica el ejercicio de una fuerza, incluso de una violencia que hace que el universal no pueda sostenerse en la estabilidad de una representación finita, sino que debe buscar la totalidad, la inclusión de todas las determinaciones bajo un “cierto punto de vista”, antes de volver a caer de este modo en la absolutización de un concepto parcial (y sesgado). Mientras más un discurso es totalizante (como lo son justamente los de la fe y la razón), más se expone al surgimiento de la oposición, de la negación y de la escisión. Nuevamente, esta tesis está magníficamente ilustrada en el caso del discurso de la “Ilustración”, lo que la hace para nosotros el arquetipo del universalismo: cuanto más hace del universal una forma pura, racional (una forma de la “razón pura”), más se basa en realidad en postulados antropológicos, sobre una imagen del hombre y del humano que reprime toda una parte inconsciente de sí misma. Más todavía, se basa por tanto en la presencia de un no-dicho, en su propio seno. No nos confundamos, sin embargo, con el sentido de este argumento: lo que nos dice Hegel no es que los discursos del universal, al enunciarse, hayan sido víctimas de una “caída” en el infierno del mundo material, o en un campo de realidad empírica que los habría traicionado y privado de su pureza original. No es (neo)platónico. Ya que precisamente los discursos del universal no existen antes de su enunciación, éstos coinciden con su operación. Los discursos del universal siempre están ya inscritos en un contexto que Hegel describe, de hecho, como un contexto de escritura, y él no estaría en capacidad de proponernos un tal relato abstracto de su constitución y de su descomposición, repitiendo su propio movimiento histórico, si no los tratara como textos en el universo y en la red de todos los textos. En este punto, precisamente, podemos volvernos hacia lo que he llamado una exposición formal o estructural de la dialéctica de la enunciación del universal que, como tal, manifiesta su reversibilidad.
Este otro argumento se presenta en los comienzos de la Fenomenología, en el capítulo sobre la “certeza sensible” (sinnliche Gewissheit), que de hecho no tiene nada que ver ni con los “sentidos” ni con lo “sensible” en el sentido ordinario, sino que concierne a lo que Émile Benveniste, en una serie de textos claramente inspirados por la lectura de ese desarrollo, llama “la apropiación subjetiva de la lengua” y “el aparato formal de la enunciación”, prestando su atención a la función de los operadores que permiten, a un sujeto determinado, introducirse en el universo del lenguaje o de la expresión, tales como los pronombres personales (Yo, Tú, Nosotros), los demostrativos (esto, aquello), los adverbios de tiempo y de espacio (ahora, aquí), y quizás igualmente los conectores proposicionales como la negación.33 Tales operadores sintácticos abren inmediatamente la posibilidad de universalizar lo particular y de particularizar el universal, de subjetivar lo objetivo y de objetivar lo subjetivo: Yo estoy [suis] aquí ahora, diciendo la verdad para ustedes, y esta verdad puede ser cualquiera, ustedes pueden ser cualquier persona, yo mismo puedo ser cualquiera… Pero también: dependiendo si yo soy [suis] tal o tal, que estemos aquí o allá, que hablemos tal o cual lengua —todas cosas completamente contingentes—, la verdad que enunciamos ya no será la misma, inclusive ya no será verdadera.
Detengámonos aquí un instante y volvamos a nuestro problema inicial. Una manera simple de comprender la significación de los análisis de Hegel y de mostrar su pertinencia con respecto a los debates contemporáneos, sería reformular todo operando una distinción entre el universal, o la universalidad como tal, noción que parece que debe permanecer como un ideal inaccesible, una “cosa en sí” que no podemos conocer, pero que podemos también representarnos como un ideal regulador y, por otra parte, diferentes universalismos, que expresarían una demanda de universalidad o una tentativa de expresar y de realizar el universal, incluso para apropiárselo. Por diferentes razones, no puedo descartar enteramente dicha sugerencia. La tensión entre lo infinito y lo finito, o el poder constituyente y las instituciones constituidas, bien parece corresponder a una dualidad inherente a los enunciados del universal, o a algunos de entre ellos. Así, en un contexto político-religioso, el filósofo americano Michael Walzer ha propuesto distinguir entre un universalismo “misionero”, trascendente y un universalismo “ejemplar”, que podríamos también llamar universalidad inmanente; uno y otro son detectables, señala él, en el texto de la Biblia. Y yo mismo en diversas ocasiones he recurrido a una distinción descriptiva entre una universalidad “extensiva”, que podríamos también llamar universalismo, y una universalidad “intensiva” cuya mejor ilustración —tal vez la única, de hecho— es representada por la “proposición de la igual libertad” entre los seres humanos, donde sea que ellos se encuentren reunidos en comunidad, por muy grande o pequeña que sea esta comunidad.34 En ambos casos, encontramos la idea de una tensión que opone dos maneras diferentes de relacionarse con la institución histórica. Esto llama igualmente nuestra atención al hecho que los “universalismos”, como lo ha explicado muy bien Alain Badiou en su libro sobre San Pablo, remiten a fundaciones institucionales, hacia las cuales éstas se orientan para enseguida derivar sus consecuencias (permanecerles “fieles”, en el lenguaje de Badiou).35
Siguiendo el hilo conductor hegeliano, quisiera poner este hecho en relación con una realidad que ha marcado gran parte de nuestra historia contemporánea, en la medida en que ésta precisamente nos hace experimentar la disolución de las fronteras detrás de las cuales las doctrinas universalistas instauran imperios y protegen su monopolio de la interpretación de la verdad, lo que llamaré la experiencia de la universalidad del conflicto entre los universales. De ahí, la realidad de universalismos en competencia que pueden transformarse en guerras a muerte entre universalismos. Esta realidad es sobre todo visible en el campo político y teológico-político: en el siglo XX, el liberalismo y el comunismo han desarrollado, uno y otro, discursos universalistas que no comportaban solamente un aspecto extensivo, a partir del cual tendían a eliminar a su adversario para erigirse en “ley del mundo” y en “ley de la humanidad”, sino un aspecto intensivo tendiente, al menos en teoría, a instaurar la igual libertad y la igual dignidad de los individuos y de los grupos humanos a través de sistemas de mediaciones diferentes (por un lado, la “propiedad”; por el otro, la “fraternidad”). Y en la actualidad, la confrontación de universalismos seculares y religiosos, que de manera desconcertante parece reconducir el conflicto de la fe y de la razón descrito por Hegel en su capítulo sobre la Aufklärung, aunque siguiendo una trayectoria histórica muy diferente, no deja de ilustrar nuevamente el hecho que el universal no puede enunciarse en la forma de un discurso universalista, con sus fundamentos y sus fines, sin verse apropiado y sin convertirse igualmente, en consecuencia, en el medio de una apropiación del pensamiento, de la lengua y de la vida misma por los sujetos que lo portan o se vuelven sus agentes.
Notemos, sin embargo, la ambigüedad de tal proposición: todo lo que se describe como una apropiación podría también serlo como una expropiación, o mejor todavía, siguiendo la expresión oximorónica forjada por Derrida, como una “exapropiación”.36 En aquel caso, el mismo gesto de enunciación que conduce a una cierta doctrina hacia la universalidad en detrimento de su contrario (así el liberalismo o el comunismo, los “derechos del hombre” o el “derecho de Dios”), y la transforma en “posición” limitada, en “opinión” particular, en “propiedad” de algún sujeto, es también lo que la expone a las condiciones y a los riesgos del universal, lo que destruye sus mecanismos de defensa contra la pretensión de universalidad —en particular, aquella que postula una disponibilidad y una traductibilidad ilimitadas—. A aquellos que no verían aquí más que una especie de feria de opiniones y de doctrinas, todas compitiendo en un mercado universal para obtener una posición dominante en términos de reconocimiento o de validez, yo diría por mi parte que ellos no encaran el problema. El “mercado” no es, en efecto, más que una de las estructuras materiales e institucionales que entrañan la anulación o la relativización de las fronteras entre universos semánticos o universalismos en competencia. El hecho importante es que todo discurso universalista sea siempre confrontado con su antítesis, con sus límites o exclusiones internas y, finalmente, con lo que ha reprimido.
Pero otro aspecto de este sistema de de-limitaciones recíprocas es aún más paradójico, y debe conducirnos a dejar de lado esta distinción todavía demasiado simple entre el universal como tal y el universalismo en singular o en plural, que es de hecho una distinción metafísica: el hecho que, desde que llega al primer plano uno de los grandes conflictos que resultan de la elevada pretensión de ciertas “verdades” y ciertos “valores” en nombre del universal —así, el conocimiento científico o el imperativo de la responsabilidad moral, o en el campo político, el valor de libertad y el valor de igualdad o de justicia—, el punto sensible no es la competencia entre los universalismos (a la manera del liberalismo y del comunismo), que denota en el fondo la existencia de un punto en común, inclusive si se trata de un punto de herejía, un acuerdo que refiere al desacuerdo mismo y lo que en él está en juego, sino más bien el reenvío a una heterogeneidad fundamental. Encontramos aquí algo muy cercano a la paradoja hegeliana de la “certeza sensible”, que es mucho más radical que la competencia de las opiniones: no hay lenguaje común. Digamos esta vez con el lenguaje de Jean-François Lyotard: las “frases” (o fraseos) del universal no son mutuamente presentables, ni siquiera en la forma de un debate contradictorio, ellas perfilan una yuxtaposición violenta de significados y de pretensiones incompatibles, que él llama un “diferendo”.37 El diferendo lyotardiano es, en muchos aspectos, una reformulación de la paradoja hegeliana de la contradicción inherente a la enunciación del universal, que tiene en cuenta por anticipación la multiplicidad de los enunciados mismos (mientras que la primera formulación de Hegel conllevaba una dimensión solipsista, preparando de lejos la definición de un “saber absoluto” perteneciente a un mismo “Sí” —Selbst— pero situado de alguna forma más allá de la universalidad).
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