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LARGO RECORRIDO, 158

Esther Kinsky

ARBOLEDA

Una novela del territorio

TRADUCCIÓN DE RICHARD GROSS

EDITORIAL PERIFÉRICA

PRIMERA EDICIÓN: febrero de 2021

TÍTULO ORIGINAL: Hain. Geländeroman

DISEÑO DE COLECCIÓN: Julián Rodríguez

La traducción de esta obra ha recibido

una subvención del Goethe Institut


© Suhrkamp Verlag Berlin, 2018

Todos los derechos reservados

© de la traducción, Richard Gross, 2021

© de esta edición, Editorial Periférica, 2021. Cáceres

info@editorialperiferica.com

www.editorialperiferica.com

ISBN: 978-84-18264-83-2

La editora autoriza la reproducción de este libro, total o parcialmente, por cualquier medio, actual o futuro, siempre y cuando sea para uso personal y no con fines comerciales.




¿Tiene sentido señalar una arboleda y preguntar: «¿Comprendes lo que dice este grupo de árboles?». En general, no. Pero ¿no podríamos expresar un sentido ordenándolos de determinada manera? ¿No podría ese orden ser un lenguaje cifrado?

ludwig wittgenstein,

Gramática filosófica

I

Olevano

I plans un mond muàrt.

Ma i no soj muàrt jo ch’i lu plans.*

pier paolo pasolini

vii / morţǐ

En las iglesias rumanas hay dos lugares, separados uno de otro, donde los creyentes encienden velas. Puede tratarse de dos nichos en la pared, de dos repisas o de un par de candeleros metálicos con velas que flamean. El lado izquierdo alberga las velas para los vivos; el lado derecho, las velas para los muertos. Cuando fallece una persona por la que, en vida, se encendió una vela en el lado izquierdo, la vela ardiente es trasladada a la derecha. De los vii a los morţǐ.

Esta costumbre de encender velas en las iglesias rumanas solamente la he visto, pero nunca la he practicado. He visto arder las velas en los sitios que tenían asignados. He descifrado las inscripciones en sus respectivos lugares –nichos sencillos en una pared, saledizos, afiligranados candeleros de hierro forjado u hojalata calada– y las he leído como si fueran nombres que designan un espacio para la esperanza, vii, y otro para la memoria, morţǐ. Unas velas iluminan el futuro; otras, el pasado.

Una vez, en una película, vi cómo un hombre sacaba la vela encendida de una pariente del nicho de los vii para colocarla en el de los morţǐ. La pasaba del cómo será al ya fue, de la fantasmagoría del futuro a la inmovilidad de la imagen recordada. El gesto, en la película, conmovía por su sencillez y resignación, pero al mismo tiempo repelía por obediente y sobrio, el mudo cumplimiento de una regla.

Pocos meses después de ver esa escena en una película, murió M. Me convertí en superviviente, en doliente. Antes de sobrevenirle a uno la condición de doliente, se puede pensar la «muerte», pero todavía no la «ausencia». La ausencia es impensable mientras haya presencia. Para el doliente el mundo se define por la ausencia. La ausencia de la luz en el espacio de los vii ensombrece el resplandor en el espacio de los morţǐ.

Territorio

En Olevano Romano vivo algún tiempo en una casa en lo alto de una colina. Conforme uno se va acercando por la tortuosa carretera que asciende desde la llanura, distingue el edificio de lejos. A la izquierda de la colina de la casa está el viejo pueblo, como acodado en torno a la empinada ladera, de color rocoso y tonos grises que varían según la luz y la intemperie. A la derecha de la casa, un poco más arriba en la montaña, se halla el cementerio, anguloso, de hormigón blancuzco y orlado de árboles negros, altos, esbeltos. Cipreses. Sempervirens, el imperecedero árbol de los muertos, una réplica a los nada severos pinos que se yergue recortada contra el cielo.

Camino bordeando la tapia del cementerio hasta que la carretera se bifurca. En dirección sudeste atraviesa olivares, y entre campos vinícolas y bambúes enmarañados se vuelve pista rural que pasa rozando un ralo conjunto de árboles. Abedules, tres o cuatro, huéspedes errantes, mensajeros dispersos rodeados de olivos, encinas y cepas, que se alzan torcidos sobre una suerte de promontorio junto a la pista. Desde el promontorio uno mira hacia la colina de la casa. El pueblo queda ahora de nuevo a la izquierda, y el cementerio, a la derecha. Un coche pequeño se mueve por las calles del pueblo, alguien cuelga ropa en la cuerda de tender bajo las ventanas. La ropa dice: vii.

Cuando, en el siglo xix, se venía aquí a pintar, aquel promontorio debía de ser un buen mirador. Tal vez los pintores, al sacar el pañuelo del bolsillo de la casaca, esparcían, distraídos e incautos, semillas de abedul de su patria color norte. Una flor de abedul arrancada al pasar y olvidada hace tiempo que formó pequeñas raíces allí, entre la hierba. Los pintores se secarían el sudor de la frente y seguirían pintando. Las montañas, el pueblo, quizá también pequeñas columnas de humo elevándose en la llanura. ¿Dónde estaba el cementerio? La tumba más vieja que encuentro es la de un berlinés fallecido en 1892. La segunda más vieja, la de un olevanés de mirada audaz y tocado con un sombrero, nacido en 1843 y muerto en 1912.

Por debajo de los abedules errantes, un hombre trabaja en su viña. Corta el bambú, poda los tallos, les quema las barbas telarañosas, los iguala en longitud. Con los tallos monta unos armazones, estructuras complicadas alrededor de las cepas en trance de brotar. Carga los puntos de intersección de varios tallos con una piedra. Allí las viti medran entre los vii a lo lejos, a la izquierda; y los morţǐ, algo más cercanos, a la derecha.

Es invierno, anochece temprano. Al caer la oscuridad, el viejo pueblo de Olevano queda sumido en la luz amarilla de las farolas. A lo largo de la carretera de Bellegra y a través de las nuevas urbanizaciones del lado norte se extiende una maraña de farolas de cruda blancura. Arriba, en la ladera, el cementerio planea en el resplandor de las innumerables lamparitas perennes que brillan ante las losas o, alineadas, en las cornisas de los panteones funerarios. Cuando la noche es muy oscura, el cementerio iluminado por las luces perpetuae flota como una isla en la negrura. La isla de los morţǐ sobre el valle de los vii.

Camino

Llegué a Olevano en enero, dos meses y un día después del entierro de M. El viaje fue largo y me condujo por unos embarrados paisajes de invierno que se aferraban indecisos a los restos de nieve gris. En la selva de Bohemia los árboles, goteando nieve reciente, enturbiaban, a través del monte bajo stifteriano, la vista del joven río Moldava, que ni siquiera tenía ya una fina randa de hielo.

Cuando, tras unas escarpadas peñas, el paisaje se fue ensanchando hacia el Friulano, sentí cierto alivio. Había olvidado cómo era el encuentro con la luz transalpina, y de súbito comprendí las remotas euforias de mi padre en cada descenso de los Alpes. Non ho amato mai molto la montagna | e detesto le Alpi,* dice Montale, pero sirven para ese descenso y salida hacia la luz distinta. A la altura del desvío a Venecia, empezaba el crepúsculo. Cuanto más oscuro se hacía, tanto más grande, plana y vasta me parecía la llanura; el termómetro cayó por debajo de cero grados, se veían luces puntuales y, según creí apreciar, incluso pequeñas hogueras esporádicas al aire libre. Me detuve en Ferrara. Éso nos habíamos propuesto M. y yo para este viaje. Ferrara en invierno. El jardín de los Finzi-Contini con nieve o niebla helada. La bruma de las pianure. Italia era un país por el que nunca habíamos viajado juntos.

Al día siguiente encontré una de las lunas del coche rota. El asiento de atrás y todos los objetos guardados allí, libros, cuadernos, fotografías y cajas con lápices de escribir y de dibujo, se hallaban salpicados de esquirlas de cristal. El ladrón sólo se había llevado las dos maletas con la ropa. Una de las maletas estaba llena de prendas de vestir que M. había usado en los últimos meses. Me había imaginado cómo su rebeca de punto colgaría de la silla en aquel lugar extraño, cómo yo vestiría sus jerséis cuando trabajara y dormiría con sus camisas puestas.

Presenté una denuncia en la policía. Había que hacerlo en la questura, situada en un antiguo palazzo de pórtico grave. Un agente de baja estatura sentado en una silla de respaldo alto y labrado detrás de la mesa de trabajo tomó nota de mi relato. Su gorra oficial, con un espléndido cordel dorado, descansaba junto a él en una pila de papeles y parecía el olvidado accesorio de un baile de disfraces de tema marinero.

Por consejo de un policía de rango inferior, que me entregó la copia del atestado, pasé las horas siguientes buscando las maletas robadas cerca del área de estacionamiento, al pie de las murallas, entre matas y arbustos. Sólo encontré una bicicleta, cuidadosamente tapada con hojarasca. Cuando oscureció, abandoné la búsqueda e hice las compras necesarias. Por la noche, mi mirada recayó en el membrete del papel de la questura: Corso Ercole I d’Este. Era la calle desde la cual se accedía al jardín de los Finzi-Contini.

A primera hora del día siguiente, partí en dirección a Roma y Olevano. Hacía un frío atroz, la hierba de las murallas estaba cubierta de escarcha, y las bocas de los vendedores ambulantes que montaban sus puestos en la Piazza Travaglio exhalaban vaho. Unos africanos destemplados merodeaban por los bares de la plaza: el día de mercado prometía más vida y oportunidades que el resto de los días laborables, un poco de comercio, alguna chapuza, tabaco, café.

Una vez pasada Bolonia, la luz, las vistas desde la autopista que recordaba de mi infancia e incluso las tiendas de las gasolineras con sus pomposas arquitecturas de chocolate ofrecían un extraño consuelo. Parecía que el mundo seguía siendo tan inocente y anecdótico, tan inmutable pese al dolor como aquel paisaje claro que se deslizaba fuera: un escenario panorámico móvil que, en mi cansancio profundo e inmune a cualquier sueño, quería convencerme de que sólo se movía él, mientras que yo me quedaba siempre en el mismo lugar; y durante un rato lo creí.

Pero tras salir de la autopista en Valmontone me encontraba en territorio desconocido, apartada de los recuerdos. Circulando a paso de tortuga por la pequeña ciudad observé cuánto se había alejado Italia de los recuerdos de mi niñez. Detrás de una pequeña cadena de colinas se extendía una llanura en cuyos confines se elevaban unas montañas. Los picos de la segunda y tercera cadena estaban nevados, podía tratarse ya de los Abruzos, que en mi cabeza continuaban asociándose, como antiguamente, a los lobos y los ladrones. Un territorio siniestro, igual que todas las montañas.

La primera mañana en Olevano lucía el sol. En las hojas marchitas de la palmera que hería la vista en la llanura que se extendía a los pies de la colina rumoreaba un viento plácido. Cada cuarto de hora tocaba una campana, seguida de otra, más metálica, a un minuto de distancia, como si necesitara aquella pausa para verificar la hora. Por la tarde, el cielo se nubló, el viento se hizo cortante y, de pronto, empezó a oírse un ruido estridente. Venía del pueblo, que parecía muy lejano, un espejismo extraño visto desde la casa de la colina, pues se tardaba pocos minutos en llegar a la plaza donde ahora se celebraba una fiesta. En ésta, al son de una música pegadiza a todo volumen, los niños recibían los regalos de la Befana, la bruja epifánica a quien las abuelas habían invocado la víspera en el pequeño supermercado para regatear descuentos en juguetes baratos. Los habían sacado de las cestas de saldos que entorpecían el paso en los pasillos: muñecas Barbie de indumentaria plateada, guerreros de neón, espadas luminosas para uso extraterrestre. Una y otra vez, una animadora lanzaba consignas que un tímido coro de voces infantiles repetía, una y otra vez oía yo la palabra «¡Bé-fa-na!», acentuada en la primera sílaba, como debía de exigirlo el dialecto.

La noche siguiente al día de la Befana las calles se colmaron de un estrépito de ciclomotores, y aprendí que allí cada sonido se multiplicaba, reverberado por innumerables superficies y, al parecer, redirigido siempre a la inhóspita casa de la colina. Acostada y despierta, medité sobre las posibilidades que tenía en aquel lugar para ajustar mi vida durante tres meses a un orden que me permitiera sobrevivir a la inesperada extrañeza.

Pueblo

Por las mañanas iba al pueblo. Cada día por una calle distinta. Cuando creía conocer todos los caminos, en cualquier parte me salía al paso una escalera, una cuesta empinada o un arco que conducían hacia una vista panorámica. El invierno era frío y húmedo, y a lo largo de los angostos corredores y escaleras el agua crepitaba en la vieja piedra. Muchas casas estaban desiertas; hacia el mediodía había una gran quietud, casi una ausen­cia de vida. Tampoco el viento entraba a las calles, sólo el sol, que por lo general en invierno no se presentaba. Veía a personas mayores que, con su escasa compra, se doblaban para hacer frente a la escarpadura. Seguro que allí la gente tenía el corazón sano, ejercitado a diario en aquellas subidas, con o sin carga, y bajo el peso de la humedad invernal. Algunos subían despacio y de un tirón, otros se detenían y tomaban aire, el aire que podía tomarse en aquel lugar sin luz ni cualquier aroma de vida. Ni siquiera olía a comida en aquellos mediodías de invierno. Los domingos de más luz, en las primeras horas de la tarde, se oían los ruidos de platos chocando y voces apagadas desde las ventanas abiertas de la Piazza San Rocco. No había gatos merodeando. Los perros ladraban a los escasos transeúntes; si tenían un huesecillo, permanecían quietos.

Luego, un día, volvió a lucir el sol. Los ancianos salían de sus casas, se sentaban a la luz del Piazzale Aldo Moro y parpadeaban por la claridad. Aún estaban vivos. Se descongelaban como lagartos. Pequeños reptiles cansados, con abrigos acolchados con ribetes de piel artificial. Los zapatos de los hombres, torcidos por el uso. A las mujeres, el viejo carmín se les descascarillaba por las comisuras de los labios. Después de una hora al sol reían y hablaban. Gesticulaban acompañadas por el crujido de las mangas de poliéster de su ropa. En mi infancia fueron gente joven. Quizá lo fueron en Roma, golfos con zapatos amarillos y ciclomotores, muchachas que querían parecerse a Monica Vitti y llevaban grandes gafas de sol, que trabajaban en fábricas durante el día y que, cogidas del brazo, participaban de vez en cuando en manifestaciones.

Sobre el valle se dispersaban nubes de humo blanquecino, más ligeras que la niebla. Tras la poda de los olivos se quemaban las ramas. Sacrificios propiciatorios, realizados a diario, ante una plaga de parásitos que amenazaba la cosecha. En los olivares, tal vez los atizadores hacían visera con la mano, examinando qué columna de humo ascendía de qué forma. Sobre todas las cosas planeaba un suave olor a incendio.

Cementerio

Por la mañana temprano, hacía la misma ruta cada día. Cuesta arriba por la ladera, entre los olivos, y, rodeando el cementerio, hacia la pequeña arboleda de abedules. El par de quioscos con las flores de cultivo de colores dulces y los arreglos de plástico de colores chillones aún estaban cerrados. Los trabajadores municipales, ocupados desde mi llegada en clarear los cipreses entrelazados, llegaban con la furgoneta y sacaban sus herramientas. Los bordes de la calle estaban sembrados de los restos de la poda: ramitas, piñones, hojas pinnadas y escamosas. Junto a la entrada del cementerio se acumulaba un montón de restos de poda de mayor tamaño, tirados de cualquier manera, salpicados aquí y allá de los jirones de los arreglos florales de plástico: cabezas de lirio rosa que se resistían a todo marchitamiento, cintas amarillas. Vista desde allí, la casa de la colina quedaba entre el pueblo, al fondo a la derecha, y el cementerio, en primer plano a la izquierda. Un orden diferente. El pueblo, quieto a la luz matinal gris azulada. Detrás de la tapia del cementerio, los hombres intercambiaban gritos.

Desde la arboleda de abedules miraba yo hacia el pueblo y el cementerio, desde el cual, por las mañanas, no llegaba sonido alguno. Sólo veía un humo blanco ascender al otro lado de la tapia y de la hilera de cipreses. Quemaban restos de árboles. Los trabajadores forestales aún no podaban, primero hacían su pequeña ofrenda. Seguramente, formaban un círculo y velaban el fuego. Cuando el humo se aligeraba, aullaba la primera sierra.

Por las tardes visitaba las tumbas. Los dos quioscos de flores estaban abiertos: el de la izquierda vendía flores frescas, crisantemos amarillos, lirios rosa pálido, claveles blancos y rojos; el de la derecha, arreglos de flores artificiales con cintas o sin ellas, corazones, angelitos e incluso globos de dimensiones varias. La florista del quiosco derecho por lo general se dedicaba a su teléfono, pero a veces lanzaba una mirada llena de torva suspicacia.

Buscaba cómo denominar las paredes funerarias que constituían gran parte del cementerio. Armarios de piedra con pequeñas losas con los nombres de los fallecidos y, de ordinario, una foto suya impresa sobre la cerámica. Rocchi, Greco, Proietti, Baldi, Mampieri. Los nombres en las tumbas eran los mismos que figuraban sobre las puertas y los escaparates de las tiendas del pueblo. Supe que las paredes se llamaban columbarios, palomares destinados a las almas. Más adelante alguien me dijo que en el habla corriente a los nichos se les llama fornetti: hornos en los que se introduce el ataúd o la urna.

A primera hora de la tarde, el trajín en el cementerio alcanzaba su punto culminante. Eran, sobre todo, hombres jóvenes los que entonces cumplían con sus obligaciones de hijos o nietos; llegaban en coche a toda velocidad, se bajaban de un salto, de un portazo cerraban la puerta del vehículo, empujaban traqueteando una de las escaleras hasta delante de su fornetto para sustituir las flores marchitas por unas frescas, desempolvar la fotografía y examinar la lamparita ardiente. Los ancianos arrastraban lentamente el paso ante los nichos, cruzaban saludos, llevaban los ramos mustios al basurero y cambiaban el agua de los jarrones para las flores que traían.

Delante de cada fornetto había una lamparita cuya forma recordaba un viejo quinqué, una vela o un candil como de Las mil y una noches. Las lamparitas estaban conectadas a unos cables eléctricos que discurrían por la orilla inferior de los pisos de los nichos y alumbraban siempre. Lux perpetua, me explicó alguien. La luz eterna. A la luz del día su débil brillo apenas se distinguía.

Los días de lluvia no quería salir, me quedaba de pie frente a la ventana. Me debatía con el cansancio ocasionado por aquel aire húmedo y pesado. A veces la lluvia se mezclaba con nieve. Desde las ventanas traseras de la casa, orientadas al norte, hacia la hondonada comprendida entre un revoltijo de angulares construcciones de nueva planta y las laderas, cubiertas por un encinar y estrechos pastos de ovejas y demasiado empinadas para edificar, veía, a mano izquierda, las recientes urbanizaciones de Olevano, la carretera de Bellegra, la plaza del mercado con su suelo de cemento liso, la nueva escuela, el campo de deporte. Arriba, a la derecha, estaba el cementerio, un palco pétreo de marco oscuro con vistas al lacerado valle. Desde su palco, los muertos podían contemplar cómo se limpiaban las ambulancias al pie de la ladera, mientras los enfermeros hablaban por teléfono o fumaban; cómo los chinos montaban sus puestos los lunes para vender enseres domésticos, flores artificiales y ropa baratos; y cómo los domingos se celebraban los partidos de fútbol en el campo de deporte aledaño al mercado. Durante los partidos resonaban en las laderas gritos y silbidos, y la cancha verde opaco relucía bajo la lluvia en tanto que, por el escarpado camino hacia el cementerio, unas ancianas llevaban despacio sus paraguas entre los olivares.

dying

Durante los primeros días en Olevano tuve un sueño.

Voy al encuentro de M. Está inmóvil en un pasillo. A su espalda hay un espacio de luz blanca. M. está como antes, tranquilo, discreto, casi rollizo de nuevo.

–There’s nothing terrible about being dead –dice–. Don’t worry.

En la duermevela me vienen a la memoria los sueños protagonizados por mi padre después de muerto. Mi padre siempre aparecía a plena luz. Hacía señas. Reía. Yo estaba en la sombra. Al principio, alejada, luego cada vez más cerca. En uno de esos sueños, él montaba en trineo conmigo, pero se quedaba atrás, en la tierra blanca, riendo, mientras yo seguía deslizándome hacia un valle sin nieve.

Aquella misma tarde vi que, más abajo en el pueblo, sacaban a un muerto del interior de una casa. Dos enfermeros conducían una camilla rodante con el cuerpo tapado hasta la cabeza, llevándola del portal a la calle, donde esperaba la ambulancia. La puerta de la escalera del edificio, de varias plantas, había quedado abierta tras su paso. Nadie seguía a los enfermeros, las persianas de todos los pisos que daban a la calle permanecían bajadas. En los balcones no había nadie que levantara la mano diciendo adiós. La ambulancia bloqueaba el tráfico en la empinada calle al pueblo y hacia el túnel que comunicaba con las tierras de más allá. Se formó un pequeño atasco, había conductores que pitaban. La camilla me pareció extrañamente alta, como deformada, un adulto habría llegado con la cabeza justo por encima de su borde y se habría sentido como un niño al contemplar al difunto. Me imaginé que, junto a la camilla, uno estaría al nivel de los ojos del muerto, a quien ya habían cerrado los párpados, pues ésta es la primera misión de los médicos o enfermeros una vez que han comprobado la muerte. El párpado del difunto se convierte entonces en una puerta falsa, como las que existen en las cámaras funerarias egipcias y protoetruscas.

La manta sobre el muerto tenía un brillo mate, parecía de un material sintético negro y pesado, como la cortina de un cuarto oscuro.

Celaje

Por las mañanas, algunas veces, las nubes estaban tan bajas que los alrededores de la casa quedaban ocultos. Se oían los autobuses remontando con fragor, se oían las campanas del pueblo tocando cada cuarto de hora. Ruidos de otro mundo y nada más que nubes. Sobre mi cabeza, los rumores del pueblo coincidían con el graznido chirriante de las motosierras del cementerio. Los podadores trabajaban también con niebla, su vocerío se oía mejor a través de las nubes que a través del aire límpido, relatos breves e impulsivos de la tierra de los morţǐ que se producían como respuestas a los sonidos interrogantes de la tierra de los vii.

En el transcurso del día las nubes se disipaban, abriéndose, esparciéndose en blandos velos que se sumergían en los valles. Todavía flotaban un rato entre las encinas del escarpado barranco, un bosquecillo ralo e inservible donde las pistas libres entre los troncos se utilizaban para abandonar objetos en desuso. Unos objetos expelidos, estragados por la vida, colgaban de través entre árboles y arbustos, detenidos por los troncos en su rodadura por la pendiente: cocinas, camas, colchones; unos musgos finos reptaban sobre las sábanas manchadas de sueños.

Por las tardes, la llanura al pie de la colina de Olevano yacía fosca y severa bajo un alto celaje de lluvia que, sobre las cimas montañosas, flotaba en el cielo, de tonos terrosos y pavonados, y veteado de una luz amarillenta. Los montes volcánicos frente a Roma se recortaban nítidos y afilados por encima de un lejano brillo nacido detrás de ellos. A veces una remota franja de sol se abría camino hacia el sudoeste, iluminando por un momento las levitantes Lagunas Pontinas, que apenas podían adivinarse cuando la luz era otra. De los olivares por debajo del pueblo y más allá, en dirección a Palestrina, ascendía humo. Incansables, los campesinos prendían fuego a las ramas podadas de los olivos y la hojarasca infestada. Ocasionalmente, de una de las vetas amarillentas del cielo nublado brotaba un rayo de luz delgado y deslumbrante para caer de soslayo, como la indicación de un dedo, sobre una de las columnas de humo, como si ésta fuese la ofrenda elegida por una mano superior.

Corazón

En los días límpidos de las primeras semanas de enero, el pueblo, iluminado por el sol que nacía entre los montes a espaldas del cementerio, parecía arrancado de la piedra roja. Desde el balcón, veía cómo despertaba transformándose en un mundo de juguete: movidas por dedos invisibles, se abrían las ventanas; un camión de la basura reculaba por las callejas, y pequeñas figuras con chalecos reflectantes acercaban los contenedores y los vaciaban en el colector. Rozando la palmera, mi mirada se posaba exactamente en la frutería, que abría a aquellas horas. Los hombres árabes disponían el género en los expositores; la luz de las naranjas invadía la calle gris. En una gran carreta se apilaba una montaña de alcachofas. En el patio, detrás del portón cerrado del establecimiento, se aglomeraban cajas de madera contrachapada junto a montones de naranjas, tomates, coles y lechugas podridos, antítesis encubierta, visible sólo desde allí arriba, de las primorosas arquitecturas frente a la tienda. Los hombres, los estantes con la fruta y las hortalizas, el camión de la basura, todo parecía un teatro lejano. O un teatro particular cuyas representaciones se contemplaban desde la distancia. No había espectadores de proximidad.

Detrás del pueblo, las colinas se elevaban azules y grises, coronada su cresta más alta por una serie de pinos parasol que, desde abajo, parecía un cortejo de gigantes petrificados, tal vez guerreros dispersos de un ejército, una retaguardia privada de toda esperanza y perspectiva de retorno, incomunicada y desabastecida, parada en aquellas alturas expuestas a las intemperies duras y rigurosas, absorta en la contemplación de los valles. Verían, desde allí arriba, cantos rodados, praderas esquilmadas, Olevano en las profundidades, quizás el pueblo a la derecha, el palco oscuro del cementerio a la izquierda, las casas de la colina en medio; un orden diferente.

Conforme subía el sol, el rojo se desvanecía y el pueblo se agrisaba. Entonces echaba yo a andar hacia el pueblo gris, hacia la frutería de los hombres árabes vestidos con anoraks y guantes negros, que telefoneaban o conversaban entre ellos con voces belísonas y música árabe de fondo. Hacían trampa al pesar y siempre te obsequiaban con algo.

Compraba naranjas y alcachofas. La bolsa era ligera, pero a la vuelta, el corazón me pesaba tanto que creía que no iba a poder llegar a casa. Me paraba una y otra vez, y, perpleja por mi debilidad, miraba el cielo y los árboles. Entonces en algunas coníferas descubrí unos ovillos blancuzcos en las horquillas y las ramificaciones superiores, hilazas claras, velos tamboriformes afinados hacia arriba, restos de nubes como capullos en los cuales estarían madurando unas mariposas raras que eclosionarían en verano para desplegar sus alas de quién sabe qué colores y posarse con temblor imperceptible sobre los fornetti, junto a las lámparas eternas, cuyo brillo se esfumaría a la viva luz del sol.

En Olevano aquella pesadez que sentía en mi corazón se convirtió en mi estado natural. Cuando subía a la casa, al volver del pueblo. Cuando de la casa caminaba, cuesta arriba, al cementerio.

Me imaginé un corazón gris, de un gris claro con un brillo barato, como el plomo.

El corazón de plomo se amalgamaba con todo lo que había visto y que se depositaba en mí. Con la imagen de los olivares en la niebla, de las ovejas en la ladera, del barranco de las encinas, de los caballos que, en ocasiones, pacían sin ruido detrás del cementerio, con las perspectivas de la llanura y sus pequeños bancales de tenue resplandor, escarchados las mañanas frías de color azulado. Con las diarias columnas de humo de las ramas de olivo ardiendo, con las sombras de las nubes, con los matojos de palidez invernal y las zarzas violáceas en los bordes de los caminos.

Pizzuti

Los nombres que presidían las entradas y los escaparates de las tiendas iban ensamblándose cada día un poco más en un texto que acompañaba a los colores de la roca y la piedra, a los ladrillos y los tejados, a las vetas y las estructuras, que mudaban con la luz y el tiempo. Sintonizaban con los sonidos de las palabras, con sus sibilantes elididas y sus sílabas mutiladas. Había en el pueblo tres zapateros. Dos de ellos acostumbraban a mirar ociosos por encima de la mampara que les llegaba a la altura del pecho y los separaba del escaparate con los betunes, cepillos, extensores y vetustas herramientas propias de su oficio. El tercero se dedicaba a lo suyo detrás de un mostrador alto, sentado en un taburete de bar. Siempre había clientes o conocidos en el local. A veces montaban tanto jaleo que se escuchaba incluso fuera, en la calle. De la pared del fondo, casi pegado al techo, colgaba un viejo cartel en el que creí distinguir la figura de Mussolini junto a un avión de guerra con los colores de Italia.

Cada día me encontraba con las mismas caras, los mismos gorros, los mismos abrigos. Aprendí algunas costumbres, como la de no tocar la mercancía antes de comprarla, formularle a la frutera mis deseos con deferencia y seguir las recomendaciones de compra del quesero, cuya hija gorda, siempre sonriente de oreja a oreja, se sentaba en un escabel junto a la caja y sumaba con gran esfuerzo los modestos importes. Únicamente en la frutería árabe, que no tenía nombre, se podían tocar las frutas y verduras, cogerlas y devolverlas a su sitio. Esas libertades sin lugar a duda generaban aquel montón de desechos en el patio cerrado a cal y canto, visible únicamente desde la altura de mi balcón.

Al volver del pueblo, pasaba por delante de un bar donde, incluso los días más fríos, había gente sentada en un banco pegado a la fachada. Al sol del invierno, aquel banco resultaba particularmente exitoso porque le daba la luz varias horas seguidas, razón por la cual debía de ser un punto de encuentro favorito de los lugareños. La gente del banco fumaba y charlaba, algunos tomaban bebidas traídas del bar, cuyo interior apenas se divisaba tras los cristales empañados. A menudo había también una chica, sentada entre los hombres fumadores, inquieta y llevando un cochecito. Cuando el niño acostado chillaba, ella lo mecía con vehemencia, los transeúntes se detenían para inclinarse sobre el niño gritón y los hombres del banco ponían sus manos, con los cigarrillos humeantes entre los dedos, sobre la mantita del bebé, con un gesto tranquilizador y mascullando frases amables. Si el niño no se calmaba, la chica se levantaba y movía el cochecito de un lado a otro, sin parar de hablar con su voz ronca y riendo a carcajadas. Llevaba el pelo corto y vestía como un chico, con chaqueta de cuero desgastada y recias botas de soldado. Pedía cigarrillos a los hombres, quienes, generosos, se los daban; ella los encendía con ansia. Tenía las manos amoratadas y agrietadas del frío, y las uñas, mordidas.

Enfrente del banco había una carnicería. La carne se suministraba por la mañana; prácticamente todos los días veía una camioneta de reparto parada, con mitades de animales colgadas en el interior. El proveedor se echaba medio cerdo al hombro y caminaba despacio y doblado, como si cargara con un ser frágil necesitado de ayuda. La pata trasera del cerdo, flácida y amarillenta, se bamboleaba por la espalda del hombre como si fuera una corteza de tocino. Después del cerdo, llevaba al local un hatajo de pollos con sus cabezas gachas, a veces también otras piezas. Terminada la entrega, el proveedor, con su bata manchada, se unía a los fumadores del banco y se encendía un cigarro, pero siempre a cierta distancia. Bromeaba con la chica ronca y parecía, en general, dado a la chanza, pues hacía reír a los presentes. Mientras tanto, la puerta trasera de su camioneta permanecía abierta y todos podían observar la mercancía sacrificada. Dentro de la carnicería, las piezas suministradas recalaban en el fondo de la tienda, donde, a través de un vano situado detrás del mostrador vitrina, se observaba al embutidor haciendo su trabajo. Los fiambres de aquel carnicero debían de tener fama y demanda, pues a diario salían de la picadora inmensas cantidades de carne para ser bombeadas por el largo tubo de tripas que un operario giraba y ataba a intervalos. A continuación, esos rollos se cerrarían con unos anillos metálicos en los extremos e integrarían, formando extensas y sinuosas cadenas, las ristras que colgaban de unas barras fijadas al techo.

En las ventanas del edificio contiguo, ubicadas casi a ras de suelo, rezaba en letra elegante Onoranze funebri Pizzuti. Unos escalones descendían hasta una puerta que siempre encontré cerrada. Tampoco advertí nunca luz en las ventanas, cuando aquel semisótano debía de ser oscuro incluso de día. Me lo figuraba como un espacio húmedo y gélido en invierno. La funeraria Piz­zuti no sólo ocupaba aquel recinto subterráneo, sino que tenía presencia en todo el pueblo; posiblemente, las ventanas rotuladas con delicadeza no indicaban más que el sitio donde se depositaban los ataúdes, un lugar muy práctico por hallarse justo enfrente de la iglesia de San Rocco, cuyas campanas eran las primeras en dar la hora y los cuartos, amén de ser las más próximas al cementerio. Más abajo, en el pueblo, había una tienda de flores y coronas Pizzuti, en la que siempre se veía a las mujeres preparar voluminosos y variopintos arreglos funerarios; y todavía más abajo, se encontraba una gran oficina que hacía las veces de tienda con catálogos de ataúdes y adornos luctuosos expuestos en el escaparate, donde se asesoraba a los dolientes. A veces, el coche fúnebre, de lustroso gris negruzco y con el mismo rotulado que las ventanas adyacentes a la carnicería, avanzaba con toda su anchura por las estrechas callejuelas; por lo general iba vacío, y siempre que tenía que tomar la curva especialmente cerrada y angosta frente a la frutería árabe, se armaba un pequeño revuelo. En ocasiones, cuando había entierro, lo vi estacionar junto a la iglesia, rebosante de flores y coronas. Las misas de difuntos se celebraban en San Rocco; nunca detecté el coche de Pizzuti delante de otra iglesia. El chófer, de librea y gorra gruesa, permanecía de pie junto al vehículo, como un vigilante, mientras del templo salían himnos. En tales momentos la plaza solía estar llena de hombres, mientras que las mujeres entraban en misa. Una vez observé cómo la multitud retrocedía para hacer pasillo a dos señoras de luto; cuando éstas franquearon el pórtico, los hombres renovaron el corro de antes, fumando y hablando con mesura. Nunca le faltaba compañía al chófer de Pizzuti, que también fumaba pero, a diferencia de quienes lo acompañaban, tenía una compostura casi marcial, algo que quizá se debía también a su pesada gorra de visera con una p dorada.

Evitaba yo mirar el ataúd que, después del oficio, abandonaba la iglesia y era introducido en el mar de flores del coche. A veces, tras mi vuelta a casa, miraba por la ventana hacia la calle donde el cortejo fúnebre, siempre modesto, se desplazaba en dirección al cementerio. Sin duda las condolencias ya se habían expresado en la plaza, y el camino al cementerio debía de resultar demasiado trabajoso para mucha gente. Nunca fui testigo de una ceremonia en la que el ataúd se colocara en un hoyo o un fornetto. Sólo me topaba con las acumulaciones de flores que se marchitaban y acababan en los montones de basura que, repartidos entre varios puntos de cremación, por lo visto se quemaban periódicamente. Había también animales trasegando entre los desechos, y, en los días borrascosos aparecían sobre todo algunos perros que se colaban por los barrotes del portón para abalanzarse sobre las flores artificiales, despedazarlas y arrastrar las trizas afuera, a la calle.

Días del mirlo

Los días se iban haciendo más largos, pero apenas más claros y cálidos. En el cementerio buscaba pájaros con el oído, mas no escuchaba ninguno, salvo, quizá, un arrendajo volando con su kriaag-kriaag, las urracas con su matraqueo, que permanecían fuera del recinto, o las cornejas negras. Éstas tendían a reunirse en grupos aparte por los alrededores de los olivares, cerca de la carretera, donde siempre se podían encontrar despojos que ofrecían alimento. Así y todo, el cementerio no estaba quieto, era permanente el traqueteo de las escaleras de mano, el rugido del agua al caer en las regaderas, el ruido de los diversos aparatos motorizados que podaban, serraban, trituraban y aspiraban la hojarasca en los rincones. Conocía los cementerios como querencias de aves, sitios frecuentados por el trepador azul, el pardillo común y el carbonero garrapinos, también por el agateador y el picamaderos negro. En vez de sus voces, zumbaba en el aire un poste repetidor que, rodeado de matas de bambú, se erguía junto a la tapia. Los vástagos diseminados de un ciprés se torcían formando ángulos rectos, como doblados por el dolor y rehuyendo el poste sonoro. Aquel ruido uniforme acompañaba como un susurro las ocasionales charlas de quienes visitaban las tumbas. Vi pájaros en otros lugares: pequeñas bandadas de mitos en los arbustos a lo largo del camino hacia la arboleda de abedules, y, los días más claros, currucas; cuesta arriba, oí jilgueros. En los olivares oía al pito verde, sin llegar a verlo nunca. Las secuencias que emitía, tintineantes y estridentes, pero a menudo desgarradoras, melancólicas y angustiadas, se convirtieron en aquellos cuatro meses de invierno en ese sonido que se fundía con el pueblo, la casa, las laderas y las arboledas, y que lo atraía todo: la luz, los colores y los siempre cambiantes matices y tonalidades de gris y azul del paisaje. En las mañanas sin lluvia, era aquél el primer pájaro que escuchaba, el cual siempre parecía abatirse con su chillido desde un punto elevado, y ese chillido, a pesar de su volumen e intensidad, se extinguía como un morir, un claudicar, un enmudecer ante algo más grande, una y otra vez sin que yo viera el pájaro, incluso cuando su voz sonaba tan cerca y tan suspensa en el espacio abierto, tan lejos de cualquier copa de árbol que su invisibilidad se antojaba inexplicable, inconcebible, como si o bien el chillido o bien la invisibilidad fueran un truco, una broma siniestra que casi a diario me gastaba alguien, a saber quién. Tampoco ayudaba la lección, aprendida en la infancia, de que al pito verde hay que buscarlo en la hierba. Aquel pájaro era un sonido que, cada vez que lo escuchaba, me hería más el alma sin tomar forma visible.

A finales de enero cayó una nieve mojada. Durante dos días las nubes estuvieron tan bajas que ni siquiera se veía el pueblo. En mis recorridos diarios al aire libre, húmedo y espeso, me afanaba entre las vaharadas que exhalaba la madera húmeda. Me cruzaba en el portón con la casera, una mujer inquieta siempre ocupada en limpiar, ordenar y arreglar meticulosamente la finca. Ésta vivía con su hermana en una casa esbelta junto a la puerta cochera. Por las mañanas, todavía entre dos luces, las oía hablar a voces. La hermana estaba en su diminuto balcón, mientras la casera, en su terraza no menos diminuta, cortaba leña o colgaba la ropa. Me la encontraba cada día, pero lo desconocía todo sobre su familia, su pasado, su vida, excepto aquellos intercambios de voces al amanecer, que a menudo sonaban a pelea, y el parpadeo de la televisión en su cuarto después de caer la tarde. Prefería esquivar su nervioso afán de orden. Sin embargo, aquel día, envuelta en el blanco y pesado vaho de las nubes, de repente parecía más calmada y comunicativa; señalaba a lo alto, refiriéndose seguramente al cielo que no se veía, y dijo: Giorni della merla!

Los días del mirlo son los últimos días de enero, supuestamente los más fríos del año en Italia. Tan fríos que, una vez, un mirlo tiritando buscó resguardo con su cría en una chimenea. El primer día de febrero lucía el sol, y el mirlo, antes blanco y radiante, salió del refugio, negro de hollín, tiznado para la eternidad, cosa que le dio lo mismo, agradecido como estaba por el calor de aquella chimenea fuliginosa. Esta anécdota sobre una emergencia y una metamorfosis, con la consiguiente moraleja, que parece un plúmbeo injerto en el cuento de invierno, se relata en distintas versiones, pero siempre está referida a esos días del año, y éstos siempre se llaman los días del mirlo.

El 1 de febrero de aquel año también hacía sol. La casera, al pasar con premura, auguró el final del invierno; el vendedor de quesos, acompañado por el cabeceo medio sonriente de su hija, explicó que el verdadero invierno no comenzaba hasta febrero. Con su mano en e delantal, señaló el nivel que la nieve había alcanzado algunos años, «¡y nunca, antes de febrero! –subrayó–. ¡Qué mirlos ni qué ocho cuartos!». Hizo un ademán de rechazo, y yo pagué mi pequeña compra a la hija, que aquel día llevaba una cofia de encaje pasada de moda, como una camarera de hotel salida de una película antigua.

Por la tarde encontré un pájaro muerto en el estrecho balcón de la casa, desde el cual alcanzaba a ver el cementerio, pero no el pueblo. Visto desde aquel ángulo, por las mañanas el cementerio colgaba a la sombra semejante a un pegote incoloro de canto vivo, pudiendo ser lo mismo una fábrica que un búnker o una cárcel, y privado de toda luz matinal. El sol brillaba ahora con fuerza y los cipreses destacaban sobre el cielo con sus figuras nítidamente recortadas. Las losetas del balcón, por primera vez desde mi llegada, estaban calientes. Muy próximo a la pared, el pajarito –todavía blando y cálido, pero ya sin vida– parecía yacer en un lecho de sol. No pude distinguir lesión alguna. Era un carbonero garrapinos, de copete totalmente negro que arrancaba en el pico y dejaba una mancha blanca en el occipucio. También tenía el cuello ceñido con una franja negra. El copete resplandecía al sol, y la pelusa de color crema del vientre se estremecía con la brisa. El lomo era gris oscuro; las alas, un poco más opacas y presentaban dos rayas de muy delicadas motas blanquecinas, en torno a las cuales el plumaje resultaba más negro que en el resto del ala. Qué minúsculos, qué inverosímilmente menudos parecen los seres cuando la vida los ha abandonado. En mi mano, el pájaro parecía tan ligero como si estuviese hueco, no pesaba casi nada, un cuerpo triste al que ahora, tan poco tiempo después de la muerte, ya apenas se lo podía creer capaz de haber tenido vida.

Aguardé hasta el crepúsculo y, cuando en el cuarto de la casera empezó a parpadear la televisión, enterré el pájaro entre los olivos que había por debajo de la terraza.

Mercado

Los lunes había mercado en Olevano. Servía de plaza la superficie de asfalto liso adyacente a la escuela, a los pies de las laderas edificadas tras la perforación del túnel. Alguna vez el mercado debió de situarse en el Piazzale Aldo Moro, mucho antes de que se le pusiera ese nombre. Cada localidad italiana tenía su plaza Aldo Moro, y éstas siempre parecían ser sitios que, por la sombra asociada a este nombre, habían sido desnaturalizados de su bella función de antaño. El túnel que convirtió Olevano en un lugar de tránsito y que traspasaba la roca no tenía, a buen seguro, más de dos décadas de antigüedad. Si alguna vez mi padre hubiese tenido una razón para llevarnos a Olevano, quizás todavía habríamos hallado un pueblo emplazado al final de la carretera sinuosa, posiblemente ni siquiera asfaltada, orientada sólo en dirección al oeste y a Roma. Unos pequeños caminos debían de conducir al interior pasando por la cima y la villa, y rozando la casa en la que me había alojado, que estaba justo por encima de la entrada del túnel, en la colina. Enfilando esos caminillos, los paseantes curiosos llegados de tierras extranjeras podían llegar hasta la Villa Serpentara, en los encinares, y hasta Bellegra. Sin duda, el túnel había trastocado y distorsionado el mapa de los olevaneses. Qué rara debía de ser la sensación de poder andar a través de la montaña en vez de tener que subir y bajar. El túnel era un tubo húmedo, en el cual siempre olía a los gases de los tubos de escape de los autobuses diésel. No era largo, sí estrecho, y describía una ligera curva. Poco después de construido, fue el orgullo de la población, incluso figuraba en las tarjetas postales. Unas fotos en sepia, en blanco y negro con bordes antaño blancos sobre el cartón firme y mate de los años pasados, mostraban la boca del túnel iluminado por la noche: la apertura en la montaña, rodeada de una costra de roca áspera y abrupta; las luces, reflejadas en el asfalto mojado; ningún vehículo, ningún viandante, se mirara por donde se mirara. Tomas de noches desapacibles. Tras la construcción del túnel, Olevano experimentó una forma de ganar tierra distinta a la de las llanuras drenadas entre mil brazos fluviales próximos a su de­sembocadura en el mar. Se construyeron casas en las laderas tramontanas, antes seguramente cubiertas de bosque, y los suelos del pequeño valle, donde confluían los arroyos de las montañas, fueron asfaltados por completo y, en consecuencua, los cauces quedaron soterrados bajo la escuela, el campo de deporte y el recinto del mercado, aprovechado a veces para otros eventos públicos. Los arroyos, reunidos en un solo curso de agua, volvían a brotar en el margen de la superficie aplanada y al pie de una peña salpicada de arbustos, desde donde corrían cuesta abajo entre mimbreras y zarzamoras. En el plano aterrazado de la peña se edificaron casas, cuyos balcones y logias colgaban directamente sobre el barranco. En numerosos puntos aledaños a la carretera de Bellegra habían nacido temerarias urbanizaciones de este tipo que, vistas desde las ventanas traseras de mi casa, parecían hechas sin orden ni concierto: amontonamientos de casas, de bloques de viviendas, de esqueletos edilicios, en parte roídos en su bruta inconclusión por el tiempo y la intemperie. Unas farolas de luz débil marcaban las calles previstas, que ni siquiera debían de tener nombres, e incluso en las casas acabadas rara vez se apreciaba una ventana iluminada. El territorio quedaba despojado de día y desolado por la noche, quizás hasta inconsolable, dada su absoluta falta de adecuación: no se prestaba ni para paisaje ni para morada.

Cada mañana, desde el balcón, veía acudir a gente por la pequeña llanura occidental, donde a esa hora las huertas dormían bajo la escarcha. En bicicletas, reducidos vehículos de reparto y, alguna que otra vez, hasta a lomos de un burro, los hortelanos transportaban su mercancía al pueblo: alcachofas, escarolas, puntarelle, coles de palmera. Después de la escarcha nocturna, descendían sobre el campo los restos del humo generado por los fuegos en el olivar. Los horticultores iban de tienda en tienda, rara vez llevaban algo al comercio árabe y nunca llegaban al mercado, reservado a las camionetas y los furgones, de los que, en un santiamén, se descargaban las mercancías y los accesorios de los puestos. El ruido que producían mientras los montaban invadía la casa todos los lunes por la mañana; pero sólo era cuestión de un rato, pues tenían práctica, ya que cada día se desplazaban a un lugar distinto para armar los mismos puestos con las mismas maniobras y vender idéntica mercancía: lotes inagotables de cojines de poliéster y mantas de forro polar, ollas de aluminio y tazas de té ornamentadas con citas de sabiduría pseudochina en un inglés defectuoso. Había también cítricos y patatas, y nunca faltaba algún comerciante con su surtido de cactus diminutos. Eso por no hablar de otros artículos con apariencia de utilidad, como abigarrados utensilios de cocina de material sintético, chaquetas de cuero artificial y abrigos de pieles de imitación, toallas, esponjas o paños de cocina. La clientela del mercado era tan escasa que a duras penas podía explicarme cómo aquellos comerciantes sacaban fuerzas cada lunes para acometer su excursión. Entre la plaza y la vía rápida había una barrera de construcciones de poca altura que albergaban algunos servicios médicos, como un laboratorio de radiología, un centro de electrocardiograma, una consulta de dentista o un dispensario para accidentes menores, y me parecía que eran aquellos servicios los que suministraban al mercado la mayor parte de sus clientes. Los cónyuges de los pacientes mataban allí los ratos de espera, y los heridos por corte recién atendidos buscaban esparadrapos económicos para cuando hubiera pasado lo peor, sosteniendo rígida y visiblemente erecta la mano vendada durante la búsqueda.

En la parte delantera del pueblo, que era el casco antiguo y que miraba al sur y al oeste, los lunes de mercado los africanos merodeaban por el Piazzale Aldo Moro procurando atraer a compradores para sus calcetines o calzoncillos en lotes de tres. Cuando hacía buen tiempo, pasaban despacio junto a las personas mayores que allí tomaban el sol, después probaban suerte con las mujeres jóvenes que llevaban a sus hijos al parque infantil. Hacia el mediodía se volvían más audaces por fuerza y entraban en las tiendas de la zona baja del pueblo, abordando a quienes compraban parmesano, naranjas o cuadernos escolares y arriesgándose a suscitar la ira de los dueños y los dependientes. Nunca fui testigo de una transacción exitosa. En una ocasión, observé a un grupo de africanos que, tras comenzar el descanso del mediodía, se juntaron en un rincón abandonado del parque para recoger los calcetines y calzoncillos en una bolsa de plástico negro. Uno de ellos se la echó al hombro, mientras otros rastreaban el suelo en busca de colillas, hurgaban en las papeleras para ver si encontraban cosas comestibles y sacaban con gesto triunfante cajas de cartón con bordes de pizza despreciados. Luego se dirigían al autobús que los llevaría de vuelta a Cave, Palestrina o a los suburbios de Roma, probablemente sin haber ingresado nada, y al día siguiente buscarían fortuna en otra parte. Nunca mendigaban y, aunque debían de saber que sus frases amables no surtían efecto, las pronunciaban en un italiano cantarín y ensayado que les daba un tenue barniz de pertenencia al lugar. Aun proponiéndomelo cada lunes, nunca les compraba nada: en mi vida ya no había utilidad para calcetines de hombre y temía que el peso de tales adquisiciones realizadas por compasión tirara del corazón de plomo con una fuerza todavía mayor que las naranjas y las alcachofas. De vez en cuando, sin embargo, los comerciantes africanos y yo cruzábamos una mirada de reojo, y yo me imaginaba que lo hacíamos para medirnos y reconocernos mutuamente como actores de un teatro de la extrañeza, algo que a buen seguro nunca percibieron los autóctonos, concentrados cada uno de nosotros en nuestros respectivos papeles, cuyo significado para el conjunto de la obra, orquestada desde un lugar desconocido, nunca se revelaría.

Manos

Cada mañana, me despertaba en una tierra extranjera. Detrás de un monte alto, donde había hoyos que conservaban la nieve, el día rompía gris y azul, a veces amarillo y turquesa. A menudo, sobre la llanura aún flotaba la bruma, formando en algunos tramos extensos bancos sueltos que parecían aguas heladas. Cada mañana me sentía como si tuviera que aprenderlo todo de nuevo. Desenroscar la cafetera, introducir el café y encender la placa de la cocina, partir el pan y poner la mesa incluso para un simple refrigerio. Los recuerdos de actividades percutían en la parte interior de mi bóveda craneal, como si en ella se agitara un mar de cuyas profundidades hubiesen emergido distorsionados. Vestirse. Lavarse. Poner vendajes. Imponer la mano.

De pie en la ventana, esperaba a que el agua de la cafetera arrancara a hervir. Miraba hacia el pueblo y la planicie que se desplegaba hasta la cordillera de los adormecidos montes volcánicos, y me imaginaba la costa en su lado opuesto, aunque sabía que estaba más lejos. La llanura era un espejismo, yo misma había comprobado que, frente a Valmontone, había una pequeña loma, pero aquel territorio plano con aldeas, caseríos, talleres, supermercados y una almazara –cerrada actualmente por la enfermedad de los olivos– entre boscajes y arboledas, me gustaba verlo como una cuenca coherente, una especie de lago antiguo que se había fugado quién sabe cuándo y dónde, y cuyo fondo alumbraría los restos de peces y otros animales acuáticos por poco que se escarbara la ceniza de los fuegos de los olivos y la tierra desmoronada de debajo.

Cuando, después de vagar sobre el paisaje, mi mirada se fijaba en mis manos posadas en el alféizar, creía ver, debajo de ellas y entre mis dedos, las manos de M., blancas, delgadas y longilíneas, sus manos moribundas, tan distintas de sus manos vivas, luciendo bajo las mías como en una imagen de doble exposición. Luego siseaba la cafetera, el café se derramaba, y mis manos vivas tenían que zafarse de las blancas manos de M. para apagar la cocina y retirarla del fuego, pero me quemaba de forma invariable y comprendía, por el dolor, que aún no había aprendido nada.

Pese a las manos desaprendidas, me iba acercando a tientas y penosamente a mi cámara y a la fotografía. La levantaba y miraba por el visor. En algún momento abrí con desmaña el envoltorio de un carrete y empecé a insertarlo. Durante años, a menudo había creído constatar cómo ciertas operaciones manuales se convertían en una parte de mí misma. Tras manejar mis negativos, sentía que cada cambio de película, la presión de las manivelas, de los carretes y de la cubierta de la cámara sobre mis yemas, el tacto liso de la cinta negra y la inserción de la lengüeta en el carrete eran operaciones que se me habían grabado físicamente e incorporado a mi repertorio dactilar. Tales manipulaciones habían creado una memoria, localizada en ese miembro del cuerpo, una memoria que entraba en acción y asumía el proceso incluso cuando mis pensamientos andaban en algo muy distinto. Cada hoja, con los cuatro compartimentos para las respectivas tiras de negativos, era un testimonio fragmentario del arraigo de esta costumbre en mis manos, lo cual me había dado satisfacción. Ahora, sentada encima de la cama, de espaldas al sol y al valle, mis manos inseguras tardaron media hora en introducir la película. Tuve que hacer memoria para saber qué significaban los números en los anillos para el tiempo de exposición y el diafragma, y cómo había que usar el exposímetro.

Cada toma era un esfuerzo. Miraba fijamente por el visor y olvidaba lo que quería ver. Fotografiaba segmentos de la llanura con fuegos entre los olivos y sin ellos, el pueblo a la luz matinal, tres columbarios en la parte nueva, posterior, del cementerio, que formaban ángulos extraños entre sí. Una vez me llevé la cámara a la arboleda de abedules y saqué fotos del pueblo y de la casa de la colina. Fotografié la viña donde el hombre viejo había preparado las cepas para la primavera. Me quedaba una toma. El cementerio estaba desierto y en silencio, era mediodía, temprano, fuera del horario de visitas. Pero entre las tapias de los nichos colindantes con la calle oí las voces de dos mujeres. Sonaban tan monótonas que pensé que rezaban, pero cuando doblé la esquina, vi a las dos mujeres que, arrodilladas en el suelo de piedra, se afanaban limpiando las losas de dos fornetti vecinos, al tiempo que conversaban en tono de letanía. A su lado había productos de limpieza y flores artificiales nuevas, amén del jarrón, como hechos de una sola pieza. No entendía apenas nada de su coloquio: su dialecto cercenaba las palabras en las raíces. Al verme, enmudecieron como si se hubiesen puesto de acuerdo. ¿Se le ofrece algo?, preguntó primero una de ellas, luego, haciéndole eco, la otra. Asustada, di un paso atrás, ¿qué iba a decir? No se me ofrecía nada. Según me pareció, observaron con suspicacia la cámara colgada de mi cuello. Debí de resultarles una intrusa, una desautorizada que allí no tenía muerto a quien llorar. A lo mejor ellas tampoco lloraban a nadie, sino que atendían por el mero sentido de la obligación los fornetti de unas tías y tíos fallecidos hacía tiempo, unos parientes lejanos sin hijos, de cuya herencia posiblemente fueron partícipes y a quienes creían deber algún servicio, como limpiar las losas y sustituir las flores de plástico, pálidas y quebradizas por la usura de los años. Mis paseos por el cementerio, entre las tumbas de personas con cuya vida extinta no me ligaba nada, bien podían parecer extraños o hasta indecorosos a los dolientes. Puse tierra de por medio y reservé la última foto para otra ocasión.

Al anochecer, junto a la ventana, contemplaba la oscuridad exterior. El crepúsculo casi siempre era agradable, a menudo el sol se mostraba en el momento del declive y el cementerio flotaba en una luz naranja que quitaba a los cipreses su apariencia de negruras troqueladas para conferirles un aspecto azul y profundo, de objetos levemente inclinados hacia el pueblo y la casa sobre la colina. El pueblo, en cambio, quedaba sumido en un gris frío hasta que se encendía el alumbrado y, detrás de las ventanas, se prendía la luz. En la llanura, la oscuridad nunca era total. A lo lejos, se veían los puntos luminosos de algunas localidades de cierto tamaño, las farolas que bordeaban carreteras pequeñas, invisibles de día, los faros de los automóviles que, al caer la noche, venían del oeste formando una cola larga e ininterrumpida que me permitía seguir con la mirada el camino por el que yo misma había venido. Cuanto más se cerraba la noche, tanto más claramente resaltaban los montes volcánicos en un cielo como iluminado desde una gran distancia. Debía de tratarse del reflejo de Roma.

Me quedaba frente a la ventana horas enteras, como en una campana que se hubiera volcado sobre mí y me trasladara a la infancia, cuando por las tardes y al anochecer, muchas veces, me había sentido incapaz de no hacer otra cosa que mirar afuera. Sólo que ahora, bajo mis manos apoyadas en el alféizar, sentía las manos de M. No las veía como por la mañana, solamente las sentía y me preguntaba si era eso lo que me había hecho desaprender mis propias manos.

Palestrina

En alguna parte del camino, un trecho después de Valmontone, había reparado en un letrero que indicaba Palestrina. Cuando en Olevano miraba al oeste desde el balcón, buscaba con la mirada aquel lugar, asociado en mi mente al compositor del mismo nombre. Lasso, Palestrina, Ockeghem, Tallis. Música que pertenecía a la luz lechosa y sin sombras de mi vida en Inglaterra, una luz que allí, en Olevano, no se daba. Muchos años atrás, mientras cantaba en una misa de Palestrina, había notado que al escuchar música me enajenaba del mundo sin asomo de tristeza, volviéndome invisible a la vez que ciega.

Con la imagen del letrero en la mente, emprendí el camino. Había pasado semanas en la ladera, con la mirada perdida en la llanura, y entonces quedé asombrada por el paisaje fracturado que aparecía abajo, a los pies de las colinas. Debió de habérseme escapado al venir por tener la vista enfocada hacia aquel lugar de la montaña, a lo lejos, donde se suponía que me esperaba un cobijo.

En cuanto dejé atrás la sinuosa y pronunciada carretera y empecé a rodar por camino llano, perdí la sensación de la extensa horizontalidad del paisaje. Los matorrales, los bosquecillos, los sauces ribereños y los árboles de alameda que, vistos desde lo alto, discurrían por la campiña como líneas suavemente onduladas, abajo invadían la perspectiva y reducían la vastedad a una sucesión de parcelas. A trasmano de la carretera, había unos edificios abandonados que alguna vez quizá fueron pequeñas fábricas o se aprovecharon para fines agrícolas. Frente a una tienda con trajes de novia a precio de saldo, unas banderas flameaban vacilantes al leve viento. En varios lugares se había comenzado a camuflar las carreteras en el paisaje, pero el intento siempre se truncaba en algún punto al alcance de la vista. En una de aquellas obras abandonadas a su suerte, quedaba una maquinaria pesada con sus neumáticos rodeados de hierbajos. El terreno edificable estaba listo, los carteles que anunciaban la construcción de viviendas sobresalían torcidos de la valla, convertidos en fragmentos mellados; a una roulotte, prevista seguramente para algún puesto de asesoría de los futuros propietarios de inmuebles, el lodo le llegaba por encima de las ruedas. Unos estorninos sobrevolaban los campos, también éstos acaso convertidos en eriales de un porvenir incierto. La tierra labrada era marrón claro con visos de violeta a la luz invernal. Me desvié a una carretera mayor y pasé ante los restos hirsutos de un semillero aledaño a un vivero de plantas tropicales. Lindaba éste con un restaurante ajardinado que tenía la palabra «hacienda» en su nombre. Unas guirnaldas de bombillas de colores serpenteaban entre árboles desnudos. Junto al portón cerrado de acceso se erguían un par de cactáceas monumentales que parecían de cartón piedra. Probablemente, el personal llevaba sombrero, y los fines de semana una banda de animación interpretaría aires mexicanos, y los músicos, los guitarristas aficionados y los desnortados tañedores de maracas originarios de las localidades esparcidas entre Valmontone y Olevano, hombres de entre cuarenta y cincuenta años, demasiado viejos para marcharse de la región, recibirían gratis modestas dosis de tequila y un magro caché al terminar la fiesta. Ahora todo estaba cerrado a cal y canto. Los músicos pasarían la noche delante de la televisión o resolviendo crucigramas hasta que llegara la primavera.

La carretera de Palestrina transcurría cuesta arriba; unas amplias curvas con escarpados barrancos a un lado y laderas boscosas al otro; un vertiginoso puente sobre una hoz; más adelante, el pequeño pueblo de Cave, con pretensiones de belleza teñida de rosa y ocre, dotado de la capacidad de evitar las fealdades de las tierras interiores de Olevano o bien de ocultárselas al viajero de paso. Estaban desmontando el mercadillo; si hubiera examinado más de cerca a los comerciantes del lunes, quizás alguno me habría resultado conocido.

Palestrina era una ciudad de gatos. Después de un intenso chubasco de aguanieve, las calles estaban desiertas salvo por los gatos, blancos, de color arena o atigrados tricolores, presentes en cualquier esquina, entrada, saliente de escalera o guarida al borde de un terreno baldío. Algunos eran confiados y optimistas, otros acechantes y miedosos, ni salvajes ni flacos como en Europa oriental, más bien guardianes perspicaces de lugares secretos, temerosos de que se les descubrieran sus enredos y sus escondites. De vez en cuando, un motorista zigzagueaba por las calles mojadas, el tableteo reverberaba en la ladera, un vehículo fantasma que seguía por el aire a escasa distancia al de la tierra. Una ronca pista sonora de la desesperanza se cernía sobre la zona.

En efecto, Palestrina resultó ser el lugar de origen de Giovanni Pierluigi, como allí lo llamaban. Se podía visitar una casa natal, fría, lóbrega y húmeda, custodiada por un vigilante extraño, al que imaginaba pasando los largos días y horas sin visitantes entregado a ensayar una mirada ardiente. Durante nuestra breve conversación aseguró no saber que en otros lugares Giovanni Pierluigi era conocido como Palestrina. A lo mejor dijo la verdad.

Subí por la empinada calle hasta que el corazón de plomo se hizo notar. Detenida entre unas pequeñas casas de color óxido y rosa, con tejados de chapa ondulada y erizados jardines rocosos, miré hacia otra llanura. Al pie de la montaña estaban los barrios del ensanche de Palestrina, caracterizados por una falta de planificación similar a la de la vertiente trasera de Olevano, pero más habitados que ésta. A cierta distancia, contrastando con los bloques de pisos de color ocre y las casitas grises unifamiliares, se situaba, como si de un islote extranjero se tratase, el cementerio, jalonado por tupidos cipreses negros que se erguían detrás de una tapia blanquecina: el traje local de los terruños de los muertos. Una necrópolis ubicada quizá desde siempre en aquel sitio, fuori le mura, ocupando el centro exacto del campo visual que se abarcaba desde allí arriba y, también, desde el santuario, emplazado un poco más abajo, a partir del cual la ciudad descendía de forma abancalada en dirección al cementerio. Un poco a la derecha, hacia el oeste, el paisaje se abría ancho y vasto, y allí, efectivamente, comenzaba Roma. Por un instante incluso creí distinguir el mar en los remotos confines. Sobre aquella extensión y el horizonte luminoso planeaba un nubarrón cárdeno de pardas curvas, desflecado en tiras y plumas trémulas de color amarillo verdoso. Por debajo de la nube, la vista era límpida y nítida hasta que volvió a llover y entonces el paisaje acabó diluyéndose en evanescencias; el propio cementerio se convirtió en un manchón borroso, con las copas de los cipreses meciéndose a la brisa.

Busqué resguardo en el museo que coronaba el viejo santuario. Las salas estaban abarrotadas de ofrendas funerarias, esculturas de piedra, vasijas y ornamentos. Contemplé los cippi de las tumbas etruscas, piedras coniformes esculpidas que marcaban las entradas de las sepulturas, acaso también su límite, como los guijarros que antes se colocaban en los cementerios judíos para señalar la línea divisoria entre aquéllas. Hasta aquí llega tu morada mortuoria. Desde una pequeña galería sobre un pozo en cuyo fondo rugía el agua, se veía el mosaico del Nilo, una descomunal secuencia de imágenes compuestas por minúsculas teselas que mostraba las legendarias criaturas, monstruos y paisajes de Egipto, una historia pictórica a lomos de aquel gigantesco río que también infundiría miedo a los romanos. El Egipto del mosaico alberga tristes centauros con cuerpos de asno, camaleones y monos varios. Unos hombres negros provistos de arcos y escudos aparecen con aspecto de cazadores. En el río hay un hipopótamo. Unas garzas volando dan la sensación de precipitarse hacia la tierra, al encuentro de una enorme serpiente medio erguida que ya devora a un pájaro.

Escampó. Hacia el oeste, por una ventana vi el sol, rodeado de celajes deshilachados de color violeta, naranja, amarillo y marrón. La luz se derramaba a través del cristal, leve y líquida. Obedecía únicamente a aquella luz que, en la vitrina, me llamara la atención una pieza: un anillo, ofrenda funeraria de una mujer, madre de dos hijos de dos padres, según decía la descripción. El anillo propiamente dicho, aquella delgada argolla metálica, era anodino, pero su engarce contenía el retrato en miniatura de la difunta, una cara seria sobre fondo oscuro, encerrada en un cristal libre de mácula, cuya talla y comba hacían que me mirase, viva e incisiva, desde una lontananza inefable.

Maria

Las nubes se metían entre las colinas y lo velaban todo con una blancura tumefacta. Caía una lluvia muy fina, de gotas a veces tan sutiles e ingrávidas que parecían corresponder a la mera humedad y condensación de la nubosidad. Los campos blancos empezaban a moverse, abriendo cauces a la mirada; asomó el cementerio con fragmentos de la tapia exterior, de las paredes funerarias, de los árboles, por lo que, en mitad de la informidad circundante, resultó mucho más próximo que de costumbre. Luego volvió a desaparecer. La luz solar se filtró por las nubes e incidió en él, mientras todo lo demás permanecía umbrío y oculto. Su recinto resplandecía dorado sobre un océano de nubes, una isla de promisión no destinada a nadie, ya que el pueblo seguía invisible, quizás hasta desaparecido.

Durante mi paseo con la cámara había perdido el cable del disparador. La dorada isla aérea del cementerio se quedó sin foto. En un primer instante sólo me preocupó la pérdida del cable, testigo de un día de invierno de dos años atrás –aquel gris y clemente invierno de muérdagos en que recorríamos las calles pensando en términos de «el año que viene» y «el siguiente» y, aún más, «el futuro»–, cuando, en una tienda de accesorios fotográficos de segunda mano, compramos aquel cable para sustituir uno que se nos había extraviado. Los dos peinamos con los dedos el mullido revoltijo de cables y disparadores que, entrelazados como culebrillas medio aletargadas por el invierno, cansadas y sin miedo, descansaban en una cesta, y al final M. sacó aquella pieza especialmente robusta de color gris claro que luego yo cogí y utilicé y que, ahora, había perdido. Mi pena por el cable formaba parte de una de las maldiciones que podía acarrear la condición de doliente y que iba conociendo de manera progresiva: lastrar los objetos con esencia testimonial. La adjudicación de un carácter partícipe a un momento del pasado. Un pequeño trozo del entonces recibe el cometido de amarrar el pretérito a la orilla rota del presente. Tretas equivocadas del desamparo que no sabe qué hacer consigo mismo.

Por la tarde escampó, y la luz, bajo un cielo de uniforme palidez, cobró una textura casi primaveral. En aquel extraño paisaje aprendí a leer las traslaciones espaciales que se producen con los cambios de la incidencia lumínica. Nunca había vivido proyectando en el paisaje una mirada tan vasta, y ahora observaba cómo cada día surgían sombras nuevas, cómo se plasmaban perfiles nuevos y la chata colina del pueblo de Paliano, situada al sur, se volvía más suave y esférica, y parecía aproximarse.

Fui en busca del cable desandando el camino que había tomado por el cementerio. Los columbarios de la parte orientada a la calle me parecieron aquel día un laberinto, las escaleras de mano estaban puestas de cualquier forma, y por primera vez noté que una de las paredes de nichos se encontraba casi vacía, en sus huecos sin nombre la gente había colocado pequeñas lámparas y depositado flores, en uno había una fotografía enmarcada, tan desvaída que apenas podía distinguirse alguna imagen. Rastreé el suelo donde creí haber visto a las mujeres el día anterior. En el otro extremo del pasillo de los columbarios, una chica daba vueltas en círculo hablando en voz alta. En un primer momento pensé que conversaba con su muerto, con aquello que yacía encerrado en el fornetto detrás de la placa de mármol, pero seguramente sólo hablaba por teléfono.

Encontré mi cable en un montoncito de desechos barridos o empujados por el viento contra una de las paredes: hojas arrancadas de flores sintéticas, broza, colillas, un mechero verde aplastado por un pie. El gris del cable se ajustaba perfectamente al claro gris hormigón de los nichos y el suelo, y si no hubiese sido por el brillo de los cabos metálicos, no lo habría visto. Estaba tirado delante de una losa con el nombre de Maria Tagliacozzi. Había muerto en 1972, en agosto, a los 60 años; figuraban como deudos un hermano y varias hermanas. Por encima del nombre había un medallón de cerámica con la foto de la fallecida, que me pareció muy distinta del resto de los difuntos retratados allí. Una hermosa mujer de rizos que le caían por los hombros, con la cara maquillada como para salir a escena y el cuello ceñido por un pañuelo de lunares. Una cara de finales de los años cuarenta o principios de los cincuenta. Tenía algo de actriz de cine, lo que podía deberse al ángulo desde el que miraba a la cámara, ligeramente de soslayo y hacia arriba, una mirada diferente a la de los rígidos retratos frontales que se veían en las demás tumbas. Traté de dar en mi memoria con una película que cuadrase con su rostro y expresión, pero no se me ocurrió ninguna. En el suelo, delante de la tumba, había una lámpara de Aladino, con una pantalla de cristal esmerilado torcida y una bombilla sin luz, a pesar de que el cable de electricidad estaba enchufado. A lo mejor había que cambiarla. ¿Quién se encargaba de su lámpara? ¿El hermano, añoso y asmático, o una de las hermanas? Era poco probable: Maria Tagliacozzi ese año cumpliría 103. ¿Tendría sobrinos? La próxima vez le llevaría una flor. Durante el resto de mi estancia, Maria Tagliacozzi podría convertirse en mi difunta olevanesa y dar así sentido a mis diarias visitas al cementerio.

Tomé la larga vereda por los olivares, contigua a la viña del anciano. Todo parecía estar dispuesto para la primavera, aunque tanto en los valles como en la llanura seguía elevándose el humo blanco de las ramas y hojas quemadas. Tratamientos de fuego y ofrendas crematorias. Sin olivos, esta región estaría perdida por completo.

Se acercaba la hora del crepúsculo cuando pasé por la viña. Los gatos arqueaban el lomo en la pálida hierba de las orillas del camino. En las huertas por debajo de la viña, hasta ahora sumidas en el sueño, palpitaba la vida. Había gente trajinando en cobertizos fabricados precariamente y perros saltando de un lado a otro a lo largo de las cercas. El territorio estaba saliendo de su hibernación y la primavera lo hacía suyo. Di un largo rodeo hacia el pueblo y llegué muy abajo, casi a la altura del Piazzale Aldo Moro, a la pequeña calle mayor. Las farolas irradiaban su luz amarillenta, los negocios estaban iluminados. Había pocos transeúntes. Ya desde abajo oí la monótona llamada de una voz de mujer. «¡Tekía! ¡Tekía!», la oí de lejos, a sabiendas de que debía de tratarse de un engaño acústico. La mujer llamaba una y otra vez, sin variar el volumen ni la urgencia del tono. Al acercarme, la vi de pie frente a una gran casa, en la esquina donde la calleja del correo y del ayuntamiento entroncaba con la calle mayor, y comprendí que gritaba «Maria». «¡Maria! ¡Maria!» De forma obstinada, sin tregua. Se encontraba ante un edificio antiguo con un ancho portón de madera labrada y numerosas ventanas; me extrañó que nunca me hubiera fijado. En algunas ventanas había luz, pero no se veía a nadie moverse por las salas. La placa de los timbres estaba iluminada, había de seguro seis pisos en el inmueble. Un poco más allá, los estantes de fruta y verdura del árabe se hallaban bajo una pálida luz. Nadie reparaba en la mujer. Ésta dio un paso atrás, hacia la calzada, como buscando una vista mejor hacia dentro, y continuó llamando impertérrita. La calle estaba saturada de su grito llamando a Maria, sin que por ello apareciera nadie que se diera por aludido. Era difícil determinar la edad de la mujer. Podía tener unos cincuenta años. Llevaba un abrigo de invierno con cinturón, notablemente más acorde a la moda que las prendas de la mayoría de las mujeres del lugar. La escena –sus gritos, sus miradas a lo alto, sus pasos hacia atrás, su propio atuendo– tenía un toque teatral, lo mismo que su forma de detenerse a esperar, de caminar luego arriba y abajo por un trecho muy corto de la acera y, por último, su manera de levantar la mano y de ponérsela en la oreja como procurando trabajosamente captar ruidos en el interior de la casa, una señal de Maria; pero, ante todo, estaba la monotonía de su llamada: era una representación para un público inconcebible que yo no podía concebir, un público que, quieto y a oscuras, estaba sentado en alguna parte y, tal vez, hasta contenía el aliento, presa del suspense.

Comercio

Cada dos semanas, un vendedor de cítricos llegaba en una de aquellas pequeñas camionetas de tres ruedas que yo recordaba de mi infancia. directamente de sicilia, prometían el rótulo de la puerta y los febriles anuncios del altavoz montado en el techo del automóvil, pero a buen seguro no venía desde el sur con aquel triciclo. Me imaginaba unas naves de almacenamiento ubicadas en alguna parte de la carretera entre Valmontone y Frosinone, quizá cerca del restaurante Hacienda, donde habría montañas de naranjas que unos proveedores sicilianos cargarían en sus triciclos de otros tiempos para, aureolados del ambiguo halo de su patria real o supuesta, hacer negocio en las pequeñas localidades con aquellos cítricos que nadie quería cosechar. En la plataforma de carga, traía naranjas sanguinas, prodigando un cariño especial a la variedad «moro», además de naranjas «blondas», clementinas y limones. Aparte del anuncio hablado, el conductor usaba una campana y un claxon tartamudo. Algunos olevaneses le compraban género, entre ellos, esporádicamente, la casera, que, cuando estaba junto al vehículo, miraba inquieta a todos lados como si no quisiera que la viesen. De tarde en tarde yo también le compraba naranjas. El hombre me miraba con gesto decepcionado y un tanto desdeñoso porque no pedía cuatro kilos, sino cuatro únicas piezas. No podía explicarle que era sólo una compra de duelo, una suerte de ritual de prueba. M. esperaba durante todo el año las pocas semanas de las naranjas sanguinas. Además, el triciclo, los anuncios del altavoz crepitante y la campana agitada por la ventanilla del conductor me recordaban mi infancia, cuando admiraba los tres ruedas italianos, que me parecían mucho más bonitos que las toscas camionetas del mismo tipo en que los vendedores de patatas recorrían, en otoño e invierno, las calles aledañas al Rin.

El hombre de las naranjas circulaba por el pueblo durante horas y horas, la bocina, la campana y los infatigables pregones del altavoz llegaban a mis oídos hasta el anochecer. Una y otra vez se producían discusiones con otros automovilistas porque avanzaba muy despacio, mientras con mirada anhelante buscaba a potenciales clientes y rozaba con indolencia las esquinas y los coches aparcados en las calles estrechas. El descanso del mediodía lo hacía en el cementerio. Estacionaba en un apartadero a escasa distancia de la entrada principal, donde el sol, cuando asomaba, daba en su vehículo. En una ocasión lo vi dormir con la boca medio abierta y la cara aplastada contra la ventanilla. Era el único de la zona que tenía un tres ruedas tan anticuado, posiblemente porque estaba en consonancia con la imagen de vendedor de naranjas sicilianas que quería encarnar.

A veces, llegaba un fontanero ambulante para ofrecer sus servicios. Sólo venía los domingos y se publicitaba para toda clase de arreglos que pudieran necesitar las cucine a gas. Pronunciaba, como por un grosero placer del arabesco, gase, a modo de palabra bisilábica con acento llano y un pequeño pero claro coletazo. Lavoro subito e immediatamente!, clamaba su megafonía, y entre los anuncios ponía una especie de música de marcha, quizá para causar alarma y conferir un deje de gravedad a la pregunta: «¿Precisa su cucina a gase de una reparación? ¿Está usted seguro? ¿Ha notado olor a gase últimamente?». Esta última frase engrosaba el repertorio más tarde, cuando todavía ningún ama de casa había salido corriendo a la calle con manos suplicantes para salvar el almuerzo. Tampoco aquel fontanero paraba en todo el día, a lo mejor hacía una escapada a Bellegra o Roiate, un pueblo de la sierra en el que únicamente vivían ancianos, pero nunca se ausentaba durante más de una hora. Según la ruta y el tiempo meteorológico, los pregones y la música sonaban nítidos o atenuados, pero siempre rebotaban en las laderas de la parte tramontana de Olevano, en la calle que pasaba entre las urbanizaciones a medio habitar, quebrándose y solapándose el tono y su eco, de modo que las palabras ya no se comprendían, a excepción de ese gase que persistía en el aire. Llegaba la primavera, los días se hacían más claros, la noche caía más tarde, florecían las mimosas y los pequeños narcisos blancos y el ornithogalum alrededor de los olivos, el verdor de la hierba de las laderas y de la llanura se volvía más intenso, y en los taludes se abrían agujeros de los que yo sospechaba que albergaban serpientes que pronto abandonarían el letargo invernal. Y en esos anocheceres aún fríos, atravesados por el canto del mirlo y colmados de una penumbra tenue y azul, irrumpía la temible pregunta del fontanero, que entretanto había renunciado a la esperanza de que hubiera alguna cocina defectuosa y que de su frase había retirado lo de subito e immediatamente, dejándola en una más simple: «¿Alguien ha notado olor a gase últimamente?».

Campo

A ratos oía los autobuses regionales de color gris y azul subir rugiendo por las empinadas curvas y suspirar con los frenos chirriando al descender. Comunicaban Olevano con la zona periférica. Cuesta arriba, seguían hacia Bellegra y, montañas adentro, Rocca Santo Stefano y, dos veces al día, hasta Subiaco, emplazado en el interior. Cuesta abajo se dirigían a Palestrina y Roma.

Por las mañanas, desde el pequeño balcón veía el cementerio en lo alto como un mamotreto gris opaco a la sombra y divisaba directamente, entre casas y olivos, la parada de autobuses ubicada justo enfrente, en la parte baja del pueblo, delante de la boca del túnel. Veía a los viajeros esperando, figurillas de juguete rodeando los vehículos que llegaban y salían, y el batiburrillo de turismos y personas que se juntaban al mediodía, cuando terminaba la escuela y mucha gente se iba a casa al mismo tiempo para la siesta. La parada era una construcción de hormigón, plana y angulosa, con un tejado en saledizo, bajo el cual los pasajeros en espera podían resguardarse cuando llovía y la sala detrás del ventanal todavía estaba cerrada. Contigua a la sala se encontraba la taquilla para los billetes, donde no atendía nunca nadie, y al fondo había un bar. Desde el bar se oteaba la llanura, una carretera nueva que serpenteaba sobre el abismo y conducía a las urbanizaciones de abajo, y un vertedero para enseres despreciados que ocupaba la antigua terraza mirador, nacido quizá de forma puramente casual y ajeno a todo propósito, un entrelugar para lo desahuciado a medio camino, para aquéllo a lo que aún no le había llegado la hora de la ausencia definitiva. El túnel y la parada flanqueaban el acceso al pueblo antiguo como dos espantajos disuasorios para cuanto llegaba de fuera, una invitación a dar media vuelta. En verano, el follaje de los plátanos y los tilos mitigaría el susto y convidaría amablemente a seguir circulando, a continuar el viaje, pero ahora, en invierno, la ramada desnuda tenía el triste efecto de unos dedos admonitorios que subrayaban una advertencia.

Con niebla, no veía un ápice de la parada; en cambio, el tartamudeo de los motores diésel resultaba aún más ruidoso y las voces de los invisibles viajeros a la espera llegaban con mayor nitidez que los días despejados; en ocasiones, hasta podía entender alguno de los nombres que gritaban.

Llevaba tiempo acariciando la idea de una partida a modo de prueba, así que un día tomé el autobús a Roma. Fue al alba; la penumbra aún se perfilaba tenue. Quienes aguardaban lo hacían de pie, a la luz de las farolas, ceñudos y con la cabeza bien abrigada entre las solapas del abrigo. Del túnel salieron sucesivamente varios autobuses, todos con destino a Roma y ya repletos de pasajeros. La mayoría de éstos debía de dirigirse al trabajo o a la escuela; había un matrimonio mayor en silencio, agarrados los dos a una pequeña y anticuada maleta de cuero; me figuré que la mujer acompañaba al marido al hospital. O viceversa. Abajo, en la llanura, el amanecer había avanzado lo suficiente para que la escarcha apareciera como una capa clara y mate sobre las superficies, sin centelleos porque aún faltaba la luz. En Genazzano y Palestrina se apearon algunos viajeros que se desperdigaron en la gélida mañana.

El autobús pasó por el cementerio de Palestrina, un armatoste monstruoso bañado por la rojiza luz matinal, situado entre las casas chatas, los bares, las tiendas y los talleres de la ciudad baja, que se deshilachaba ya adquiriendo una forma un tanto urbana, anterromana. El autobús circuló hasta Anagnina, la terminal de la línea de metro. Un ritual de aproximación escalonada a la ciudad, en mitad de una tierra de nadie seccionada por construcciones fabriles y vías de acceso a la autopista. Unas vistas a una zona vacía que no era ni rural ni urbe, despoblada, sólo transitada y sin residentes, demasiado alisada y aplanada para convertirse en suelo de usos posibles, adscrita ya a fines estrechos que asfixiaban cualquier intento descriptivo. Una tierra de la extirpación, una nueva especie de alienación zonal, distinta de la tierra de marginados de Pasolini, herida por edificaciones nuevas, aún más ceñida, más inidentificable, expropiada de todos los nombres.

Llegados de los cuatro vientos, los autobuses regionales vomitaban masas de población semirrural, en particular mujeres, que debían de trabajar en tiendas u oficinas, y estudiantes. También allí estaban los africanos, sin tarea, sin tregua, reunidos en pequeños grupos cuyo aspecto no revelaba si los guiaba el azar o algún propósito. En la helada luz de la mañana pisaban el suelo con uno y otro pie, volvían la mirada, cruzaban alguna frase, aguardaban tal vez una señal, distinguible sólo para ellos, que los hiciera moverse hacia el centro urbano.

En la plaza de Stazione Termini, de repente me abandonó todo deseo de ver la ciudad. Me sobrevino una vaga sensación de desconsuelo para el que no encontré lugar en el tiempo ni en una topografía más precisa, sólo sentía una angustia fría, veteada de imágenes del Tíber, de puentes y de vistas a las orillas desiertas y desnudas, que nada tenían que ver con la ciudad adyacente. Tomé un autobús y me bajé en Piazza Bologna, quizá porque el nombre del lugar me despertó confianza o porque aquella plaza estaba relacionada con otro recuerdo, también completamente inestable, al que esperaba poder agarrarme para hacer frente a aquel desconsuelo. Pero al bajar del autobús no hallé nada que pudiese otorgarme un mínimo de protección amable. Enfilé hacia una dirección cualquiera y, asombrada por el provincianismo descolorido, seguí una calle ancha. Apenas había viandantes, a esa hora nadie se interesaba por las tiendas de moda barata; unos jóvenes se apretujaban en pequeñas copisterías, en los alimentari del tamaño de una lata de sardinas, donde seguramente sólo compraban los clientes de paso, había mujeres indias o pakistaníes sentadas y apiñadas en el diminuto rincón de la caja registradora junto a la puerta. Al cabo de un rato, me encontré frente a una tapia alta detrás de la cual había un parque, según creí primero, hasta que vi los puestos de flores, una versión más grande y descarnada de los quioscos del cementerio de Olevano. Daba la impresión de que los puestos dividían sus cotos siguiendo criterios de cromatismo floral: había un coto rojo, uno amarillo y uno blanco; parecían flores artificiales y, al mirar de cerca, resultaron ser plantas de cultivo uniformes, con nada más que corolas, despojadas de toda hojarasca inútil. Gerbera, lirios, crisantemos.

Un coche de las onoranze funebri circulaba lentamente por la plaza de enfrente en dirección a la entrada. El séquito constaba de cinco o seis automóviles, cubiertos de polvo urbano, que transportaban a los asistentes al sepelio, personas de gesto indiferente u hosco tras las ventanillas. Quizás el muerto era un tío viejo no querido, y su herencia, incierta; pero a uno siempre le podía tocar una migaja.

Deambulé por el inmenso cementerio de Campo Verano, un camposanto densamente edificado. Las paredes con los fornetti producían el efecto de bloques de apartamentos, había colonias enteras, interrumpidas por secciones con suntuosos sepulcros y mausoleos cuya arquitectura seguía los dictados de la moda, desde el modernismo hasta el hormigón bruto de los años setenta pasando por la Bauhaus; pisos, casas, villas, palazzi para los difuntos, toda una ciudad para los muertos –con barrios ricos y pobres y el respectivo personal conmemorativo limpiando, poniendo flores o empujando escaleras de mano– enclaustrada entre carreteras de salida, líneas de tranvía y rieles de ferrocarril de la ciudad de los vivos.

Por último, llegué a la parte del Israelitico. Era más clara, más luminosa, menos resaltada por árboles negros y pompa funeraria, ordenada con menos rigor. El muro que separaba esta sección del resto del cementerio se había agrietado en torno a las tablas empotradas, el revoque de color terroso se desconchaba, afloraban los viejos y pequeños ladrillos. La palabra más frecuente que vi en las losas era astrólogo, y me pregunté qué estrellas del cielo de Roma habrían estudiado sus portadores. Había sobre las tumbas piedras y guijarros, así como alguna descolorida flor artificial. Algunos tiestos volcados, medallones agrietados con fotos. Por primera vez pensé que esas imágenes funerarias eran, con independencia del lugar –lo mismo en pueblos estirios, Olevano o Tarnów, como en Campo Verano, el cementerio junto a la estación romana de Tiburtina–, una súplica contra el olvido, un temeroso clamor de lo visible que se alzó con la posibilidad de la fotografía y que quiso ser más fuerte que el nombre. Me imaginé a quienes tenían que mirar y remirar cada céntimo antes de entregarlo al fotógrafo con el fin de tener un retrato para la tumba; o a aquéllos que, ya medio consumidos por la enfermedad, acechaban al primer fotógrafo itinerante; o la angustia de quienes ya no tenían ni dinero ni fuerzas. Luego, la carga del deber para los dolientes, obligados a mandar esmaltar un medallón a partir de la fotografía; todo ese peso y esa preocupación que les imponía la existencia de la efigie, empeñada en captar la mirada de la posteridad y a la vez mirarla a la cara y decirle algo que, según ellos, la letra no podía, ya no, comunicar.

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