Читать книгу: «Julito Cabello y las salchipapas mágicas»

●1
OH, MÍSERO DE MÍ
¿QUIÉN DIJO que lo bueno de ser niños es que no tienen responsabilidades? ¿Habrá sido un viejosaurio que se olvidó de cómo era realmente ser pequeño? Porque yo, Julito Cabello, les digo que ser niño no es fácil.
Primero, hay que ir al colegio.
Segundo, hay que comerse toda la comida.
Tercero, hay que ir al dentista. ¡Auch! (Y al colegio, ya lo había dicho).
Cuarto, hay que acostarse cuando los papás dicen “a acostarse”.
Quinto, hay que ver películas “para niños” (y hay unas zzzúper entretenidas).
Sexto, hay que darles besos a los parientes arrugados (y caras de pasa).
Séptimo, hay que hacer gimnasia o-bli-ga-toria-men-te.
Octavo, hay que hacer maquetas y a veces te quedan los dedos todos pegotes.
Noveno, hay que levantarse cuando todavía está oscuro (y hay vampiros y hombres lobo dando vueltas).
Y décimo, hay que leer libros para que después te hagan una prueba y te pregunten todo, hasta el más mínimo detalle, para pillarte si leíste un resumen, o si viste la película, o si te contaron el libro justo antes de entrar a la sala.
Entonces: NO DIGAN QUE MI VIDA ES FÁCIL, ¿OK?
Y si consideramos que en mi casa hay dos adultos (esos que se llaman papá y mamá, Julio papá y Rosa mamá), un hermano menor (Beltrán Cabello, alias el pato rockero, exniño hámster) y una bebé (María Cabello, recién nacida y con olor a leche en polvo, hasta que se hace caca), se darán cuenta de que en mi hogar hay una concentración de niños. O sea, mucha gente pequeña viviendo estresada (aunque la María duerme todo el día). Por eso les digo: prepárense para lo que vendrá. Porque como el viejo refrán fósil dice “las guaguas vienen con una marraqueta bajo el brazo” (o sea, con comida, o sea, plata, o sea lo que sea, pero bueno y para echarle mantequilla), mis papás esperaban que con la llegada de María nos convertiríamos en una panadería feliz y millonaria.
Pero no fue así.
¡Tatatatááán!

●2
EL PAN SE PUSO DURO
Y VAMOS CON LA DESCRIPCIÓN de este viejo juego protagonizado por mi familia. Mi papá es como Super Mario, pero no es plomero. Es crítico de restaurantes, entonces va a comer y después pone una nota de 1 a 7 tenedores. ¡Y le pagan por eso!
Mi mamá no es como Luigi, pero sí como la princesa Peach, pero no es princesa, es periodista. Y escribe de plantas y flores en una revista que se llama La Casa Feliz.
Luego estoy yo, Julito Cabello, el centro de este universo paralelo de videojuego virtual.
Después vienen esos dos hermanos míos de los que les hablé, que no serían ni hongos de este juego. O sea, me dan lo mismo, porque este juego es mío y yo lo inventé. ¡Ja, ja, ja! Soy malo, y qué fue.
Entonces, este videojuego es como la vida misma. O sea, mi papá va cazando monedas y saltando obstáculos para aumentar su vida y la de nosotros. Y mi mamá lo ayuda, porque a veces Mario (perdón, Julio) se cansa y hay que seguir agarrando monedas para comprar pan (marraqueta), la leche y los cereales de Beltrán (esos asquerosos de todos colores que tienen olor a perfume rasca).
El gran problema es que este videojuego ha llegado a su game over. Y ese final es el comienzo de esta triste historia.
¡Snif! (y saquen un rollo de papel de baño, que el llanto es largo).
●3
EL VIRUS ELIMINADOR
HASTA ESE DÍA (conocido como “el” día), mis papás trabajaban felices de la vida. Salían temprano, llegaban tarde, y una vez al mes, el día de pago, andaban más felices que payaso con cosquillas (fome, fome, fome mi chiste). Y siempre sabíamos qué día era ese, porque les daba por ir al supermercado y llenar los carros con todo tipo de cosas.
Además, mi papá se compraba algún condimento raro (como ají de Tasmania o jalea de moco de jirafa… ya sé, no existe, ok). Y mi mamá echaba al carro alguna planta nueva. O alguna ensalada muy cara de flores comestibles o pimentones arcoíris o tomates pigmeos.
Así era la vida-video juego de mis papás. No éramos millonarios (sin piscina, un solo auto, un solo computador, dos teles chicas), pero tampoco éramos flaitongos. O sea, éramos eso que se conoce como clase media.
Justo en la mitad.
Ni mucho ni poco.
Ni esto ni aquello.
Ni blanco ni negro.
Ni ángel ni bestia.
Ni izquierda ni derecha.
Éramos miti-miti, como helado de paleta con dos sabores.
Como Bilz y Pap.
Eso, hasta “el” día.
Fue una mañana cualquiera, en la que mi papá buscó su diario en internet, porque ese día (el viernes) salía su crítica de la semana.
La María dormía y el Beltrán se daba vueltas por el living, poniendo su nueva canción rockera favorita: una de The Clash (es que mi hermanito es un pato rockero).
Mi mamá preparaba el desayuno y yo esperaba. Pero no me esperaba lo que pasó.
—¿Tendrá un virus el computador? —preguntó mi papá, entrando a la cocina.
—Que yo sepa, no —dijo mi mamá.
—Y yo lo limpié hace poco —agregué, poniendo mi cara de “doctor informático antivirus súper Shield”.

—¡Bah!, qué raro. Es que no viene mi crítica en el diario de hoy.
…
Mi papá cree que eso lo puede causar un virus…
…
Qué tierno.
●4
NO ERA UN VIRUS, ERA PEOR
—PAPÁ —le señalé—, los virus no hacen eso.
—¿Será un virus diet? —dijo mi mamá, aprovechando de hacer un chiste.
—Es raro. Raro, raro. Desde hace años, todos los viernes sale mi crítica. Y hoy le tocaba a un restaurante que se llama La Rica Grasa, donde sirven hamburguesas de un kilo, y era tan tóxico que le puse un puro tenedor. Tengo que averiguar qué pasof.
Y mi papá, que cuando le dan los nervios se pone a toser, se puso a toser mucho.
—Cof, llamaré a mi editorf. Ya vuelvof, cof.
—Ya, Julio, calma, tranquilo —dijo mi mamá no muy convencida de sus tranquilizadoras palabras.
Nos quedamos mamá e hijo en la cocina, en silencio, mientras se oía a Beltrán intentando cantar en inglés (jura) y por otro lado se escuchaban las toses de mi papá, que hablaba por teléfonof (¡ja!). Pero no alcanzábamos a entender qué decía.
Suspenso.
Rock infantil (horroroso).
Suspenso.
Rock cantado por Beltrán (espantoso).
Y tos. Porque justo entró mi papá a la cocina, poniéndose la chaquetaf.
—Tengo que ir al diario. Parece que hubo cambios y eso tiene que ver con mi críticaf. Voy y vuelvof. Chaof.
Y se fue supersónico como nunca. Y ahí quedamos con mi mamá, mirándonos las caras, hasta que entró Beltrán, haciendo como que tocaba una guitarra eléctrica. Y se puso a cantar, poniendo cara de malo.
“No sé lo que quiero, pero lo quiero yaaaaaaa”.
Uf. Ahora está punk.
Lo que faltaba. Un pato punk.
¡Kuak!
●5
LA MAÑANA HUM
ESA MAÑANA de “el” día fue muy rara (ojo que era día feriado, por eso no estaba en el colegiooooo —voz de terror—).
O sea, mi mamá andaba como en pausa. No se le notaba qué sentía. Solo limpiaba, iba a ver a la María, le cambiaba los pañales (puf), le daba comida a Beltrán (ñam) y a mí no me decía nada (…).
Era como robot-madre-jugadora de póker (o sea, no se notaba si estaba feliz o achacada).
Las horas pasaban lentas y mi papá no volvía. Entonces aproveché de comunicarme virtualmente con mi amigo Aarón, pero solo respondía “hum”. Obvio.
Julito: Parece que mi papá puede quedarse sin pega.
Aarón: Hum.
Julito: ¿Algo más que opinar?
Aarón: A lo mejor adelgaza.
Julito: ¡Ja, ja, ja! Idiota.
Aarón: Por eso prefiero decir puro hum.
Y ahí apareció Andrea.
Andrea: Hola, boys, ¿en qué están?
Aarón: Julito me retó.
Andrea: ¿Te dijo perno?
Julito: Para. Eso es historia antigua. Lo que pasa es que a mi papá no le publicaron su crítica y puede quedarse sin trabajo (laburo, para que entiendas).
Andrea: Sé lo que es trabajo, nerd.
Julito: ¡Ahora tú me ofendiste!
Andrea: Es que se dice trabajo en todo el mundo, meganerd.
Julito: Y yo que quería ser amable hablando en tu idioma argentino.
Andrea: Ya, míster amable, pero lo importante ahora no es hablar en otros idiomas. Lo vital es qué va a pasar con tu papá.
Aarón: Hum.
Julito: Eso mismo digo. Solo hum, por ahora.
Y mientras yo lanzaba este “hum” virtual, en nuestra casa resonó un “cof” muy real. Y la puerta se abrió.
Mi mamá y yo fuimos directo a la puerta.
—¿Qué pasó, Julio?
—¿Qué pasó, papá?
Y ahí entró Beltrán.
—¿Alguien quiere rock?
—No, hijo —respondió mi papá—. Cof. No estoy muy para rock.
¡Oh, no!
Es duro ver al papá de uno tan depre, ¿no?
—¿Qué pasó, Julio?
—Pasóf que cambiaron de director del diario, mujer. Y al nuevo director no le gustó mi crítica.
—¿Por qué?
—Era director de otro diario antes, donde publicó un tiempo a ese competidor mío, Beltrán Artichoke.
¡Oh, no!
—Se llamaf Iván Gord. Cof. Y lo que más le gusta es la comida rápida, porque encuentra que todo lo demás es siútico. Y como justo escribí esa crítica contra hamburguesas y completos gigantes, parece que no le caí muy bien.
¡Oh, no!
—Entonces me dio la oportunidad de pensarlo mejor. Y si el lunes le entrego una crítica a favor de la grasa, conservo el puestof. Si nof, estoy despedido.
O sea, como un Super Mario sin monedas…
Ven: no es fácil ser niño, y niño pobre puede ser aún peor. (Aunque ser papá también es duro, ¿no?).
¡Ay, qué duro todo!
●6
Y ESE SÁBADOF
MI PAPÁ TOSIÓ EL SÁBADO como si hubiera comido una tortilla de bomba lacrimógena. (Metáfora, y fome).
Cof para allá, cof para acá. Y ninguna palabra. Solo cof.
Mi mamá andaba frenética. Esto significa que quería parecer tranquila, pero no le salía ni de casualidad. Por ejemplo, se puso a ordenar los juguetes de Beltrán.
—Beltrán, ¿qué es esto?
—Un pedazo de robot.
—¿Y sirve para algo?
—Sí, para ganarle a un pedazo de dinosaurio.
—¿Lo puedo botar?
—¿Por qué?
—Para ordenar. Tienes un montón de pedazos de juguetes y podríamos dejar solo los que están completos.
—No, mamita linda preciosa.
—¿No puedo botar ninguno?
—Es que ninguno está entero, mamá linda bella bonita de mi corazón. Son todos así.
Cabro chico extorsionador.
—¿Ni siquiera este oso sin relleno y con un solo ojo?
—Ese es el fantasma de un oso feroz ninja, mamá.
—¿Y este brazo con una espada?
—Sirve para el ataque volador antimarcianos. Es un arma secreta.
—¿Y este avión sin alas?
—Es el transporte silencioso que no ven los radares.
—¿Y este chupete?
—Ah, ese es de la María. Bótalo no más.
Y mi mamá, que solo quería tranquilizarse, separó, dejó todos los pedazos de juguetes antiguos y se fue a ver a la María con el chupete en la mano.
Parece que su limpieza terapéutica no le resultó.
Pobrecita.
Parece que la mugre es más relajante. ¡Ja!

●7
DOMINGOF
EL DOMINGO no fue mejor. Como mi papá andaba como zombi (con tos) y mi mamá estaba haciendo limpieza profunda de los baños (para tranquilizarse, jura), Beltrán estaba más loco que nunca.
Se fue al living y puso el equipo a todo volumen, apretó play y se escuchó “Pobre vaquita loca”. Puso cara de asco, sacó el disco, lo tiró por la ventana (eso pasa cuando no hay padres poniendo orden) y se puso a buscar en la radio.
Hasta que encontró rock. Y no cualquier rock. Era el rock más pesado que se puedan imaginar. Rage Against the Machine. ¡Uf!
Casi se despeinó con el sonido y luego se puso a tocar una guitarra imaginaria (eléctrica, no de palo).
—Julito, esto es rock. Soy un pato rockero, mira.
Y se puso a tocar la guitarra imaginaria con los dientes.
Se pasó. ¿Dónde vio eso? ¿En mini-YouTube?
Y estaba en la mitad de su pato-concierto, cuando entró nuestro papá, se acercó al equipo y no lo apagó. Lo desenchufó. Y fue como si hubiera desenchufado a Beltrán también, que se quedó como estatua (mascando su guitarra imaginaria).
Entonces, mi papá nos miró a los dos, con cara de loco (ojos como de pescado) y nos dijo:
—Niños, tendremos que apretarnos los cinturones.
Y se fue.
¡Plop!
¿Qué significará eso? ¿Que se nos caen los pantalones y se nos ven los calzoncillos o algo peor, ah?
No entiendo.
Por ahora.
●8
Y ESE LUNEF
NO SÉ QUÉ SONABA MÁS: si el despertador o mi papá.
COF-RING-COF-RING.
Cuando estábamos tomando desayuno con Beltrán, mis dos papás no hablaban. Solo salía una tos de vez en cuando, hasta que llegó el transporte escolar.
Dijimos “chao” con Beltrán, y nos fuimos.
Qué misterio, ¿no?
Ese día en el colegio no fue como para recordarlo. Tuve clases, tuve recreo, tuve clases. Vi a Beltrán en el patio, cuando estaba masticando una hoja de un árbol (era hámster de nuevo). Entonces hablé con Aarón, mi mejor amigo, y esta vez en vivo y en directo, para contarle lo que estaba pasando con mi papá.
—Preocúpate, hum.
—¿Por qué?
—Porque “apretarse los cinturones” significa, en lenguaje antiguo, que no hay plata. Que van a adelgazar por falta de comida.
—¿Eso significa que mi papá va a renunciar?
—¿Te queda alguna duda?
¡Uf!
La vida se pondrá difícil en la casa de los Cabello, parece.
¿Tendremos que comprar de ese papel de baño barato, el que hay en el colegio, ese que parece papel de lija?
De puro pensarlo, ya me dolió. Me dolió el alma (no sean mal pensados).

●9
EL DÍA DEL CINTURÓN
ESA TARDE, tres días después de “el” día, cuando mi mamá nos estaba dando la comida, nuestra casa estaba en silencio absoluto. Solo se escuchaba a Beltrán chupando sus tallarines.
¡Slurp!
Hasta que mi papá entró, en silencio también.
Y levantó la cabeza. Y habló.
¡Slurp!
—Bueno —señaló después del chupeteo de Beltrán—, familia, tengo algo importante que contarles. Me acabo de quedar sin trabajo.
—¿Te pusiste flojo, papá? —dijo Beltrán, tan atinado.
—No, hijo. Al nuevo director del diario no le gustan mis críticas. Y no estoy dispuesto a cambiarlas, por lo que me pidió la renuncia. Desde el día de hoy, ya no soy más crítico de restaurantes.
¡Slurp!
—Por eso tendremos que empezar a ahorrar, hasta que encuentre un nuevo trabajo.
¡Slurp!
—Les pido que apaguen las luces, que se duchen corto y que no desperdicien la comida. Tenemos que cuidar cada peso a partir de ahora.
¡Slurp!
—Por ejemplo, dejaremos de tener televisión por cable e internet.
¿Slurp?
Ahora entendí lo de apretarse el cinturón.
¡Uf! Se me fue hasta el aire. Quedé desinfladito.
De más que ahora necesito cinturón.
●10
LLUVIA DE IDEAS
ESA SEMANA fue realmente extraña (más aún).
Rara.
Mi papá se paseaba en pijama por la casa, mientras mi mamá iba a trabajar a su revista. Había conseguido escribir más para recibir más monedas, por lo que decía “chaíto” en la mañana y llegaba bien tarde, con una cara de súper agotada.
Mientras tanto, mi papá ordenaba y cocinaba hasta que nos íbamos al colegio. Y cuando no estábamos, lo visitaban sus amigos jurásicos para ver cómo estaba con la falta de pega y para tener unas reuniones algo climáticas. Mi papá les decía “tormentas de ideas”, y era cosa de ver una pizarra donde, parece, llovían esas ideas de sus amigos.
Por ejemplo, decía “fortalezas”. Y debajo ponían:
—Bueno para comer.
—Cocina decente.
—Tose mucho (broma).
—Escribe entretenido.
—Sabe de restaurantes.
Después decía “debilidades”:
—Tose mucho (no, es broma).
—No le gusta la grasa.
—Cocina con poca sal.
—Es demasiado honesto.
Esto último sí que es raro. ¿Es una desventaja ser “demasiado honesto”?
¿Es tan cruda la verdad?, ¿como un sushi? Pobre papito mío de mí. ¡Snif!
●11
DESPUÉS DE LA TORMENTA
FUERON COMO DOS o tres días con los amigos de mi papá invadiendo la casa. Se comieron todo y se tomaron todos los vinos caros que mi papá tenía como “inversión” (¡ja, ja, ja!).
Hablaban, hablaban, hablaban. Uno le recomendó fundar una universidad de la comida. Otro le dijo que escribiera sus memorias. Uno le señaló que hiciera libros de cocina.
Con Beltrán los veíamos hablar y comer, hablar y tomar, y no se iban nunca.
Mi mamá estaba hecha una furia. Solo hacía grrr (como la pantera del zoológico a las 9 a. m., antes del bistec de desayuno).
Beltrán ponía rock y había que cerrarle la puerta, porque o si no, los viejos no se escuchaban entre ellos. Y, además, la María podía despertarse.
En eso estuvieron, hasta que se terminó el pan, la mantequilla, el jamón, el queso y el vino. Entonces dijeron “chao”, todos al mismo tiempo, y se fueron (se acabaron hasta el papel del baño).
Mi papá quedó lleno de ideas, con la pizarra llena de frases y el refrigerador vacío.
Entonces, mi mamá, suave y cortante (es una pantera), le preguntó:
—¿Alguna idea buena?
—Sí.
—¿Muy buena?
—Sí, mi amor.
—Pero no estás muy convencido.
—Sí, lo estoy, pero es un cambio profundo en nuestras vidas.
¡Glup! ¿Iremos a vivir a una cueva? ¿Daremos la vuelta al mundo en un velero? ¿Iremos a colonizar la Antártica?
…
—Ya, Julio, dime.
—Poner un restaurante en nuestro garaje.
What?
¿Ponerse del lado del enemigo? ¿Un crítico de comida cocinando?
Mejor me voy a estudiar.
Parece que algún día tendré que ser yo el que mantenga esta casa, creo. Y ser el nuevo Super Mario Cabello.

●12
EL “PAPÁ CRISÁLIDA”
ESA NOCHE, mi papá se encerró en su escritorio. Se puso a estudiar libros de cocina y a navegar por internet.
Estaba planificando su golpe, su profundo cambio de vidaf.
¡Jaf!
Mi mamá se notaba preocupada, pero tenía que mantener la casa en movimiento, con bebé, pato rockero y yo. Nos mandó a la cama bien temprano. Yo creo que para quedarse meditando (y juntando miedo).
Yo, en mi cama, también estaba pensando (a veces lo hago, idiotas, qué creen).
¿Y si poníamos un restaurante chino que se llamara El Wantán con Carne? Podría resultar, porque nunca tienen carne, sino un pedacito de grasa que parece de espinilla o de liposucción de China.
Qué asco.
¿Y si ponemos una parrillada? No creo. Mi mamá, vegetariana, se muere primero. Además que contaminaríamos ene. Y toda esa sangre… ¡aj!
¿Y un restaurante de pizzas? Yo sé hacer pizzas… pero mejor que no. No quiero trabajar y es maltrato infantil. Ni muerto.
¿Y un restaurante vegetariano? Mi mamá, feliz-feliz. Pero mi papá, triste-triste.
Le gusta el pasto, pero nunca tanto.
¿Qué podía ser?
¿La Casa de los Aros de Cebolla?
¿El Rey de la Papa Frita?
¿Burger Cabello?
Me dormí con crujidera de tripas.
¿Cuál será la solución?
¿Poner una marisquería? Mejor que no, porque Beltrán vería cómo cocinan a su jaiba mascota y a su pescado amigo.
Estamos en un verdadero problema.
Y sin postre.
Me cruje la guata. ¿Ya lo había dicho?
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