Читать книгу: «España en el diván»
Título original: España en el diván
© Enric Juliana, 2014.
© de la cartografía: Marta Juliana, 2014.
© de la imagen de la página 391: Sancho besa los pies al Caballero
del Verde Gabán, Biblioteca de Catalunya.
© de esta edición digital: RBA Libros, S.A., 2014.
Avda. Diagonal, 189 - 08018 Barcelona.
www.rbalibros.com
REF.: OEBO662
ISBN: 9788490562161
Composición digital: Víctor Igual, S. L.
Queda rigurosamente prohibida sin autorización por escrito del editor cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra, que será sometida a las sanciones establecidas por la ley. Todos los derechos reservados.
Índice
DEDICATORIA
CITA
PRÓLOGO. PRIMERAS PALABRAS EN EL DIVÁN
LA ESPAÑA DE LOS PINGÜINOS
PRÓLOGO
I. EL SIMULACRO DE LAS DOS ESPAÑAS
UN VIAJE A CÁDIZ
2. EL GRÁFICO DE MARIANO RAJOY
SÍSIFO EN EL BARRIO DE SALAMANCA
3. ZAPATERO, ¿UN SUÁREZ DE IZQUIERDAS?
4. LA NOCHE QUE GONZÁLEZ HIZO VUDÚ A MARAGALL
5. LA LEYENDA DEL CAFÉ PARA TODOS
EL FERRARI DEL SEÑOR RUS
6. AUGE Y DOMINIO DEL GRAN MADRID
MEDITACIÓN EN EL DESIERTO DE PITIS
7. EL MALESTAR DE CATALUÑA
OTEANDO EL FUTURO CON UN TORO PARLANCHÍN
8. SOBRE LA FRIVOLIDAD CATALANA
EL 18 DE BRUMARIO DE PASQUAL BONAPARTE
9. Y EL PRIVILEGIO VASCO SEGUIRÁ EN PIE
10. TRES RETRATOS DE GALICIA
11. TEORÍA DE LA CATÁSTROFE
EL ALTAR DE ATOCHA
12. CATÓLICOS DIFUSOS, CONSUMIDORES ASUSTADOS
ELOGIO DE LA INMACULADA CONCEPCIÓN
EPÍLOGO
BIBLIOGRAFÍA
LA DERIVA DE ESPAÑA
1. CAROLINGIA YA NO VIVE AQUÍ
2. LA EUROPA FILIFORME DEL 2030
3. UN LUGAR LLAMADO REGIÓN
4. ZAPATERO ANTE EL EFECTO MODIGLIANI
5. DON MARIANO RAJOY EN TIEMPOS DE OBAMA
6. EL CENTRO CON EL SUR
7. LAS TIERRAS LOGÍSTICAS DE JAUME I
8. EL GRAN LUXEMBURGO
9. SUCEDE EN CATALUÑA
10. ¡MADRID Y CORRIGE ESPAÑA!
11. ANDALUCÍA, LA INTOCABLE
12. EL VERDADERO SUR (EL NOROESTE)
13. DESAFÍO AL PAPA
14. SOSTIENE OLIVARES
MODESTA ESPAÑA
1. EL CABALLERO DEL VERDE GABÁN
2. EN CAMPO ABIERTO
3. EL PARTIDO ALFA
4. EL HOMBRE QUE NO PENSABA EN LOS ELEFANTES
5. CATALUÑA DESPUÉS DE LOS HERMANOS MARAGALL
6. LA CONSTITUCIÓN DE GADES
7. EL COLLAR DE LA PALOMA
8. LA RECENTRALIZACIÓN
9. LA VARIABLE MEDITERRÁNEA
10. EL DOMINÓ DE LA EUROPA DEL SUR
APUNTE DESDE EL CASTILLO DE ALMOUROL
11. EL HOMBRO DEL CARDENAL
12. ESPAÑA, AÑO 2050
EPÍLOGO
BIBLIOGRAFÍA
NOTAS
Para Ana Czeizler
«España: una gran ballena varada en las playas de Europa».
EDMUND BURKE,
político y ensayista,
impulsor de la rama conservadora
del liberalismo británico, siglo XVIII.
PRÓLOGO
PRIMERAS PALABRAS EN EL DIVÁN
Me dijo Juanjo Millás: «Escribes sobre la política española como si fueses un corresponsal extranjero». Me lo dijo, si no recuerdo mal, en una cena con un grupo de amigos en Madrid. Año 2005. Uno de los momentos álgidos de la «crispación», esa detestable parodia de los años treinta que sirvió para sujetar los cables de la Segunda Restauración en tiempos de bonanza económica. Políticos y periodistas jugando a rojos y azules sin riesgo de romper la vajilla. Ahora es distinto. Ahora hay preocupación, no vaya a ser que se rompa todo. Cánovas y Sagasta. Sagasta y Cánovas. En tiempos de calamidad hay que medir un poco más las palabras. Se siguen diciendo y publicando muchas barbaridades, pero los tonos más agresivos se reservan ahora para el circuito Twitter y para los canales marginales de televisión.
Correspondí a Millás con una sonrisa y creo que balbuceé alguna explicación sobre el periodismo y la media distancia. La media distancia del corresponsal. La sagrada media distancia. La idealizada frialdad anglosajona, que empezó a recalentarse hace ya unos cuantos años. La mirada distante —aparentemente distante— es difícil de disimular cuando te acostumbras a ella. Es un parapeto. Es un refugio. Es una excusa. Es un camuflaje. Escribir siempre como si fueses un corresponsal extranjero. Cuando se adquiere ese hábito es difícil abandonarlo. Existe toda una leyenda sobre el mal acomodo del corresponsal cuando regresa a casa. No se siente bien, todo le resulta extraño y le disgusta tener que volver a unos asuntos domésticos que creía haber dejado atrás, quizá para siempre. Le ocurre lo mismo que a Ismael, protagonista de Moby Dick, la novela principal de Herman Melville. Cada año, cuando llegan las lluvias de noviembre, el corresponsal tiene unas ganas irresistibles de abandonar tierra firme y volver a embarcar.
Fui corresponsal en Italia durante poco más de tres años —nada que hoy pueda impresionar a nadie: dos horas de avión, un país bello, acogedor y enrevesado, un laboratorio de los desórdenes europeos, un idioma fácil de entender, aunque no tan fácil de manejar— y al regresar de Roma a Barcelona no entendía nada. Primavera del año 2000. Tres meses en una nube, intentando comprender qué significaba la mayoría absoluta de José María Aznar. Pasé cuatro años en Barcelona observando la creciente acritud de la política española, conjugada con un consumismo que ya había dejado de existir en Italia. Conservo un vivo recuerdo de ese contraste. La juerga española frente a un inusitado recato italiano. Una exhibición consumista nunca vista, frente a la impostada austeridad de un país que después de haber reventado las costuras durante los bulliciosos años ochenta parecía acostumbrarse a un lento y constante declive, con crecimientos estadísticos que apenas superaban el 1,2 % del PIB en el mejor de los años. Mientras en España todo lo que era sólido parecía chapado en oro, la Italia del miracolo se amoldaba dolorosamente a un incierto estancamiento. El triunfal regreso de Silvio Berlusconi, una vez garantizada la implantación del euro, fue la última gran fantasía consumista de la sociedad mediterránea que inventó el desarrollismo. Creían que con el magnate populista volvería el tiempo de la lira fácil. Yo estaba allí. La fiebre navideña en las tiendas de la calle Pelai de Barcelona y las navidades en el barrio Aurelio de Roma, donde lo más lujoso en los escaparates eran los panettones de chocolate. Aquel contraste no era normal.
Y asistí, atónito, a las trágicas jornadas de marzo de 2004 desde la mesa de subdirectores de La Vanguardia, el único gran diario que no atribuyó la autoría de los atentados de Madrid a ETA. Busquen en la hemeroteca y no hallarán ese titular en la portada. Mérito del editor y del director, que supieron mantener la cabeza fría en un momento extraordinariamente complicado. Recuerdo, con vértigo, la jornada de reflexión del 13 de marzo. Las manifestaciones ante las sedes del Partido Popular. Las desgraciadas comparecencias de Ángel Acebes, ministro del Interior, intentando restar importancia a la pista islámica. Las intervenciones televisadas de Mariano Rajoy, nervioso y consciente de que la situación se le estaba escapando de las manos, y la alocución de Alfredo Pérez Rubalcaba, aprovechando con acentuado sentido de la oportunidad los errores del adversario. En Italia había visto cosas políticamente sorprendentes, pero nada tan fuerte como lo de aquel sábado 13 de marzo de 2004 en España. Un mes después aterrizaba en Madrid para estrenarme como cronista político. Distante corresponsal de la política española, según Juan José Millás.
De pequeño, en la escuela, siempre tuve un poco la cabeza en las nubes. «Persiguiendo nubes blancas paso la tarde de invierno...», cantaron años más tarde Lole y Manuel y al oírlo, durante el servicio militar en Almería, me emocioné. Me gustaban las redacciones de tema libre y una vez escribí que de mayor quería ser una nube para poder contemplar el mundo desde arriba, desde la distancia, y ver venir los acontecimientos, uno tras otro. Supongo que en esa confesión infantil hay materia suficiente para acudir al psicoanalista. En otra ocasión, la maestra de dibujo nos mandó componer un bodegón y dibujé una escena de taberna con los naipes desparramados sobre la mesa y cuatro tipos a su alrededor, entre ellos un pirata con parche en el ojo. La profesora me cogió cariño y cada año explicaba aquella anécdota a sus alumnos. El bodegón Juliana.
Al poco de llegar a Madrid, con cuarenta y siete años bien cumplidos, me enamoré de las nubes de Castilla y me entraron ganas de dibujar otro bodegón. Con las cartas sobre la mesa, por supuesto. Y con unos tipos muy particulares a su alrededor. El bodegón de la política española. Tenía edad suficiente para intentar escribir ese libro. Y nubes no faltaban. Las nubes de Madrid, muy velazqueñas en otoño, son las más bellas de Europa.
Así nació La España de los pingüinos (2006). Después vino La deriva de España (2009) y más tarde, Modesta España (2012). Los tres títulos agrupados en este volumen. El tríptico de una década inesperada en la que España se asomó a la ventana del optimismo y acabó cayendo desde un sexto piso, puesto que seis fueron los puntos del PIB que como mínimo se han perdido en esa brutal caída. La década que nos ha cambiado la vida.
LA COLINA DE LA PROSPERIDAD, LA LADERA DE UN VOLCÁN
Diez años. Desde las manifestaciones contra la guerra de Irak en 2003 hasta el regreso del Partido Popular al poder en pleno cataclismo económico. Diez años que no son fáciles de resumir. Hay en estos momentos un exceso de adjetivos catastrofistas en circulación. Las cosas están mal —para muchísimas personas, muy mal—, pero el PIB español sigue por encima del billón de euros. La gráfica de la evolución de la riqueza española desde 1850 parece el perfil de un volcán polinesio: una extensa y modesta llanura que sufre un brusco bajón en 1933 —consecuencia de la Gran Depresión y antesala de la guerra civil— y no comienza a subir hasta 1960, iniciando entonces una vertiginosa escalada con algunos altos en el camino. Hemos bajado estos últimos seis años, pero seguimos en lo alto, dibujando la «U» del cráter. Y no sabemos si el volcán será estromboliano, vesubiano o peleano. Cuanto más viscosa es la lava, mayor riesgo de explosión de los gases retenidos en el interior del cono. Una explosión del Vesubio sepultó Pompeya y Herculano. El estallido del monte Pelée en la isla de la Martinica destruyó la capital de la isla, Saint Pierre, matando a 28.000 personas en 1902. Si en el interior del cráter se forma una laguna, el volcán se llama freato-magmático y la explosión también puede ser terrible. Así ocurrió en la isla de Krakatoa. Los más pacíficos son los volcanes hawaianos, la lava es líquida y fluye constantemente, con facilidad, ladera abajo. Son ollas enormes que no explotan. Con un PIB de un billón de euros y una desocupación oficialmente cifrada en el 24 %, vivimos bajo un volcán de nuevo tipo. No sabemos qué pasará.
España es uno de los países del mundo que más ha aproximado su renta per cápita a la de Estados Unidos en los últimos sesenta años. En España hay en estos momentos muchos problemas acumulados y una grave crisis de expectativas, pero nunca la gente de este país había tenido tanto que perder.
La acumulación de riqueza dibuja el perfil de un volcán polinesio, y el gráfico de las variaciones cíclicas de la renta (por periodos de cinco años) se asemeja al cardiograma de una estación sísmica. Constantes altos y bajos: fortísima caída en la segunda mitad de los años treinta (colapso de la República y estallido de la guerra civil), leve subida y recaída en los cuarenta, fuerte tirón hacia arriba en los sesenta, la caída de la crisis del petróleo (muerte del general Franco y periodo de transición política), recuperación asociada al ingreso en la Comunidad Económica Europea, el tropiezo de los noventa (factura de la reunificación alemana y eclipse de Felipe González), la turbo-recuperación aznariana y esa caída en vertical desde 2007/2008. En el momento de escribir estas líneas (finales del año 2013) hay señales que indican una posible salida de la recesión con dos variantes que nadie puede pronosticar con certeza: sólida recuperación después de la fuerte devaluación interna de los últimos cinco años o estancamiento duradero, a la japonesa, con leves repuntes al alza. (Sin la riqueza y la estabilidad social de Japón.) Evidentemente, las consecuencias políticas de ambos escenarios pueden llegar a ser muy diferentes.
Al corresponsal que de pequeño quería ser una nube no le gustan los catastrofismos. El corresponsal ha nacido en Badalona, una de las ciudades más complejas del cinturón industrial barcelonés, y sabe qué es pasarlo mal. Sabe lo que es la crisis en la industria; esa crisis que entre los años setenta y ochenta desmochó una ciudad de pequeñas y medianas empresas —talleres, muchos talleres, y las sirenas de las fábricas pautando el amanecer—, cuyo ayuntamiento se enorgullecía de administrar el municipio con mayor variedad de implantaciones industriales en toda España. Cada año se celebraba una feria industrial denominada Exponente. Orgullo local. Desarrollismo, aceleración, masificación. Un municipio que entre los años sesenta y setenta vio multiplicada por cuatro su población, pasando de 50.000 habitantes de la etapa alfonsina y republicana a más de 200.000 en el momento de iniciarse la crisis del petróleo. En esa línea del PIB, que se dispara hacia arriba después del Plan de Estabilización de 1959, está Badalona.
Al corresponsal distante no le gustan los catastrofismos y por ello tuvo un sobresalto al ver la portada del segundo libro incluido en este volumen (La deriva de España). Los diseñadores proponían la imagen del globo terrestre con la península Ibérica desgajándose de Europa, perdida en medio del Atlántico como aquella Balsa de Piedra que imaginó el escritor portugués José Saramago. Una balsa perdida en el océano de la globalización, quizá rumbo a Brasil. Quien tenga hijos en Latinoamérica en busca de un porvenir, sabe lo que significa esa imagen. Me impresionó y maticé el título: La deriva de España, que no es exactamente lo mismo que España a la deriva.
La década de la incierta deriva. La década del desfondamiento, podríamos decir, puesto que la actual crisis ya no pone en jaque de manera preferente los empleos en la industria, sino que afecta con desigual intensidad a un amplio abanico social, con efectos parecidos a los de una epidemia. En un mismo sector, en una misma profesión, en una misma ciudad, unos sucumben y otros sobreviven. Los que logren sobrevivir serán más fuertes. Y algunos de ellos, mucho más ricos. La década darwinista, quizá sería el título más adecuado. Acelerado como nunca y espoleado por la telemática y las redes digitales, el capitalismo ha puesto en marcha otro de sus tormentosos reajustes. «Destrucción creativa», decía el economista Schumpeter. Y la ola esta vez nos ha pillado de lleno. España se dejó seducir por la especulación y se despreocupó de la industria. Las élites españolas llegaron a creer en el final de los ciclos económicos que profetizaban algunos ideólogos de la turbo-economía, hoy escondidos bajo las piedras.
La sacudida recorre todo el Mediterráneo, el de arriba y el de abajo, y volvemos a habitar una de las zonas más hirvientes del planeta. Esa toma de conciencia geográfica también es hoy muy pertinente para saber qué lugar ocupamos en la cadena de desórdenes del mundo. Abramos el atlas. Sur de Europa y norte de África: una de las zonas críticas del planeta. Deudas, debilidad industrial, envejecimiento de la población en la orilla europea; tensión demográfica (alto porcentaje de varones de entre 20 y 35 años sin perspectivas de mejora) y graves dificultades orgánicas para el crecimiento económico en la vertiente norteafricana. Ahí es donde estamos. Ese es nuestro lugar en el mundo.
La década ominosa creo que sería otra buena definición, pero la expresión ya se halla patentada y los historiadores la usan para referirse a la segunda restauración del absolutismo entre 1823 y 1833, tras el fracaso del Trienio Liberal y la irrupción de los Cien Mil Hijos de San Luis en socorro de Fernando VII, el rey felón.
LOS PINGÜINOS ANTE EL TEATRO DE LA «CRISPACIÓN»
Un retrato de los años que han puesto a España entre paréntesis. La España de los pingüinos tiene como argumento principal la teatralidad de la crispación política. El país nada entre burbujas y la competición política comienza a adoptar tonos extremistas. José María Aznar ha importado de Estados Unidos las teorías de la polarización de la opinión pública que tan buenos rendimientos dieron al Partido Republicano tras los dos mandatos de Bill Clinton. Después de los atentados del 11 de septiembre de 2001 en Nueva York y Washington, el impetuoso líder de la derecha española cree haber hallado la piedra filosofal: sumarse a la cruzada contra el terrorismo internacional para acabar de acorralar a ETA y trazar una fuerte línea de tensión que coagule al electorado conservador y dificulte la agregación del voto de izquierdas: créditos baratos y ley de partidos. Consumo alto, frente antiterrorista, acoso al Partido Nacionalista Vasco y primer intento de fracturación del nacionalismo catalán (cantos de sirena al sector más conservador de Convergència i Unió y foco beligerante sobre Esquerra Republicana para acrecentar su electorado). El PSOE de José Luis Rodríguez Zapatero intenta darle la vuelta a este despliegue táctico: propone el pacto antiterrorista, apoya discretamente la alianza del PSC con Esquerra y deja que Jesús Eguiguren, exponente del sector más vasquista del PSE-PSOE, explore la vía del diálogo con la rama política de ETA. La guerra de Irak actúa como catalizador. Las protestas en las principales ciudades del mundo son el reverso de la formidable capitalización de los atentados del 11-S por parte de los neoconservadores. Las protestas contra la guerra son la primera señal masiva de inquietud y disconformidad de las clases medias occidentales, especialmente europeas, ante el nuevo curso del mundo diez años después del derrumbe del Muro de Berlín.
La gente de clase media media, con un empleo aún seguro —funcionarios, empleados públicos, profesionales, trabajadores cualificados—, intuye que los nuevos desprendimientos que se avecinan pueden caer esta vez sobre su cabeza. No va mal encaminada. Las protestas en Barcelona adquieren tal dimensión que son mencionadas por George Bush padre: «Las manifestaciones de Barcelona no nos dictan la política», declara el expresidente de Estados Unidos ante una convención de empresarios petroleros en Texas. En Barcelona, la protesta es muy intensa en los barrios centrales de la ciudad —las clases medias—, menos intensa en los barrios obreros, y tenue, muy tenue, en la parte alta, en el Upper Diagonal. Diez años después ese, exactamente ese, es el mapa del pronunciamiento soberanista catalán: el distrito del Eixample está lleno de banderas estelades (independentistas), la periferia metropolitana observa el fenómeno con una discreta división de opiniones (la procesión va por dentro), y los barrios altos se muestran fríos y distantes, pese a que en las reuniones familiares hay contraste de pareceres.
En 2003, las clases medias ya captaban una inquietante vibración en el aire: el mundo se está llenando de inseguridades y la promesa de una paz perpetua comienza a saltar por los aires. En algunas ciudades europeas esta percepción fue especialmente intensa. Es el caso de Barcelona, cuyas clases medias levantan hoy la bandera de la independencia catalana o reclaman una consulta sobre esta cuestión (no es lo mismo). Es el caso de Milán, capital italiana del diseño, de la moda y de las finanzas, gobernada por primera vez desde hace decenios por un alcalde de la izquierda. Es el caso de París. Roma, con un nuevo alcalde de izquierdas tras el golpe de péndulo que llevó a un antiguo militante del neofascismo a la primera magistratura de la ciudad. Ámsterdam. Londres, ayer gobernada por la izquierda del Labour Party, hoy con un alcalde conservador excéntrico. Y también Madrid, pero en este caso con amortiguadores. Madrid es la capital del «aznarato», el más voluntarioso y férreo intento de la derecha española de conseguir una posición de incontestable dominio a través de las urnas. Cuando todo lo que era sólido estaba chapado en oro, en Madrid circulaba demasiado dinero como para salir al balcón en el barrio de Salamanca o Chamberí dando golpes de cucharón a una cazuela contra la guerra de Irak. Las manifestaciones de Madrid fueron importantes, pero las riendas de la ciudad nunca las perdió Aznar.
La España de los pingüinos habla de ese momento. El título obedece a una historia que me contaron en 1984 durante un largo viaje en coche por toda Yugoslavia, desde Eslovenia hasta Macedonia. Los habitantes de la antigua federación yugoslava tenían dos opciones a la hora de pedir el pasaporte: podían hacer constar su nacionalidad de origen (eslovena, croata, serbia, macedonia...) o inscribirse como yugoslavos. Quienes optaban por la nacionalidad «federal» apenas superaban el 8 % del censo y comenzaron a ser denominados, despectivamente, los «pingüinos», gente rara que se adhería a una identidad escasamente enraizada. Si los «pingüinos» hubiesen supuesto el 25 % de la población, Yugoslavia no habría explotado en guerra civil. No sé lo que habría pasado, pero no habría explotado de aquella manera tan sangrienta. Recientemente, los pingüinos han reaparecido en la política internacional. Durante la última oleada de contestación social en Turquía (primavera del 2013), los pingüinos se convirtieron en el símbolo de las protestas. La cosa funcionó de la siguiente manera. Mientras la gente se manifestaba en la calle, principalmente en la plaza Tashkim, epicentro de la revuelta, la televisión turca ofrecía documentales sobre pingüinos. Mientras la CNN norteamericana informaba de las manifestaciones, la CNNTürk, emisora local bajo franquicia, pasaba imágenes de los palmípedos de la Antártida. Inmediatamente comenzaron a aparecer pingüinos pintados en las paredes de Estambul y los manifestantes comenzaron a portar pancartas con pingüinos. Un animal distante y simpático. Una excelente metáfora política. No me resisto a guardarme una anécdota del día de Sant Jordi del año 2006. La editorial me invitó a firmar libros en algunos puntos de Barcelona y por la mañana coincidí, codo con codo, con el filósofo bilbaíno Jesús Mosterín, autor de varios tratados a favor de los derechos de los animales. Mosterín comenzó a mirar de reojo el título de mi libro, hasta que no pudo aguantarse:
«Oiga, ¿qué le han hecho los pingüinos?», me preguntó muy seriamente.
«Nada, nada, no me han hecho nada. Es solo una metáfora política», le respondí y acto seguido intenté explicarle, de manera muy resumida, la historia yugoslava. Me escuchó amablemente, pero no podía evitar un gesto de contrariedad. Creo que el filósofo que de joven colaboró activamente con el doctor Félix Rodríguez de la Fuente veía en aquel título un acto de explotación ideológica de los inocentes pingüinos.
Ese primer libro contenía una anotación muy inocente que he querido conservar en esta compilación de los tres títulos. El subtítulo. Una visión antibalcánica del porvenir español: la concordia es posible. He efectuado rectificaciones mínimas en los textos manteniendo su tono original. Correcciones de estilo, algunas fechas erróneas, algunas reiteraciones, algún adjetivo calificativo que merecía ser retocado.
Una visión antibalcánica del porvernir español, escribí en la portada de ese primer libro. Vaya inocentada. Ese subtítulo parece hoy muy naíf. La balcanización parece posible y la concordia está hecha añicos, si tomamos como referencia los medios de comunicación y las redes sociales, el nuevo escaparate costumbrista. ¿Realmente es así? ¿Ya no hay margen para el arreglo?
Asumo con toda responsabilidad ese ingenuo subtítulo. Borrarlo sería un error. Cuando el Tribunal Supremo nos llame a todos a declarar en el Valle de Josafat, siempre podré alegar que en 2006, con cuarenta y nueve años recién cumplidos, escribí un libro favorable a la concordia en España. Espero que sirva de atenuante.
Todavía cabe alguna posibilidad de que esa frase tenga cierto contacto con la realidad venidera. Pese a todas las inflamaciones en curso, sigo pensando que no hay balcanización hoy en España. Quien conozca un poco lo que pasó en Yugoslavia entre los años ochenta y noventa sabe que en España no existen tantos odios acumulados, ni las diferencias étnicas y religiosas de los Balcanes, tierra de frontera entre el cristianismo y el islam en la Europa continental; tierra de frontera entre católicos y cristianos ortodoxos; tierra de frontera entre el antiguo imperio de los Habsburgo y el antiguo imperio Otomano; tierra de frontera entre la nueva Europa bajo el paraguas de la OTAN y el debilitado glacis ruso; tierra de frontera entre la zona de influencia alemana y la nueva zona de influencia turca.
Yugoslavia era una superestructura de corte autoritario, que sin llegar a los extremos de los regímenes estalinistas, había encerrado un mosaico de pueblos difíciles de conciliar. Tras la muerte del mariscal Tito y la caída del Muro de Berlín, la república federal de los eslavos del sur solo podía sobrevivir con un inteligente y gradual ensamblaje con la Comunidad Económica Europea. Y en Europa no hubo una política unitaria respecto a Yugoslavia. Las viejas apetencias se pusieron en marcha. Alemania quería completar su nueva área de influencia con Eslovenia y Croacia; el Vaticano apostó fuerte por la independencia de Croacia, tierra de frontera entre el catolicismo y la ortodoxia greco-eslava; Francia, para contrarrestar a Alemania, rehízo su vieja cordialidad con Serbia; viendo el reparto del pastel, la Italia de Bettino Craxi apuntó a Montenegro (así lo reconoció el exministro de Asuntos Exteriores, el socialista Gianni de Michelis, en un extenso documental de la BBC), y Turquía no tardó en enviar suministros a Sarajevo cuando vio en peligro a la comunidad eslavo-musulmana de Bosnia. Y Washington apostó fuerte. Los norteamericanos querían llevar la OTAN lo más cerca posible de las fronteras de Rusia. Por el norte apoyaron las tres independencias bálticas. Por el centro abrieron las puertas de la Alianza Atlántica a Polonia, Hungría, Chequia y Eslovaquia. Y por el sur escogieron Albania como cabeza de puente —la desastrada Albania que nadie quería, excepto algunos industriales italianos—, para después fijar la atención en Kosovo. Concluidas las guerras balcánicas, la instalación militar ubicada cerca de Pristina, capital de Kosovo, es una de las mayores bases de Estados Unidos en el mundo. Kosovo es una base de Estados Unidos en la puerta de entrada a los Balcanes. Muerto Tito, la unidad yugoslava estaba rota; en Europa prevalecieron las viejas apetencias nacionales, y Estados Unidos aprovechó con energía y ambición esas contradicciones. Estados Unidos acabaría siendo el Gran Pacificador de los Balcanes en llamas.
Rotos los engranajes internos y sin una política de contención externa, el mosaico yugoslavo acabó rompiéndose violentamente, con un último factor detonante: la población masculina estaba muy acostumbrada al manejo de las armas, como consecuencia de la doctrina militar de movilización permanente del Ejército Popular —«el pueblo en armas» ante una posible invasión soviética—, y los depósitos de munición y armamento estaban muy diseminados por todos el país.
No son esas las coordenadas de España. Ni lo serán. Tierra de frontera con el islam, puente con Latinoamérica y pieza clave para la continuidad de la zona euro, la estabilidad política y financiera de la endeudada España (deuda privada y pública por valor del 378 % del producto interior bruto) es un deseo hoy compartido por Estados Unidos y por los principales centros de poder europeos. Alemania quiere tranquilidad y garantías de pago. A Francia, que debe medir constantemente fuerzas con Alemania, no le interesa una España excesivamente debilitada. La Italia estatal tiene fuertes intereses en la economía española y es radicalmente contraria a todo escenario de fragmentación territorial en el interior de la Unión Europea, porque el secesionismo difuso en el valle del Po no es un asunto en absoluto archivado. Al Vaticano no le interesa nada una dislocación de la monarquía católica española. Solo Londres observa las cosas de otro modo, puesto que Gran Bretaña tiene unos intereses específicos. Londres quiere conservar el peñón de Gibraltar, estratégicamente revalorizado con el nuevo cuadro de tensiones en el norte de África; siente un vivo interés por el cuadro clínico del sur de Europa en la medida en que esa áspera realidad cuestiona el triunfo de una Europa germanizada y le gusta convocar referéndums: los ingleses siempre han sigo grandes fabricantes de reglas de juego. Eso es todo. El mundo no está esperando que España se despedace. Conviene saberlo. En este sentido, sostengo tozudamente que es necesaria una visión antibalcánica del porvenir hispánico. Una posición antibalcánica significa rechazar el odio como motor de la dinámica política. Significa sentido del límite y voluntad de pacto. Creo que en España aún hay margen para ello.
La concordia es posible, decía también el subtítulo de La España de los pingüinos, el primer libro de este volumen. Llegados a este punto, las carcajadas se oyen hasta en Pernambuco. El problema viene de lejos. Francesc Cambó escribió lo siguiente en el libro titulado Per la concòrdia (1927). «La hostilidad que hoy se respira contra Cataluña —más densa que nunca— no se dirige solamente contra las manifestaciones del hecho diferencial catalán, sino contra la existencia y el nombre mismo de Cataluña. Es totalmente innegable, por otro lado, que en Cataluña la sensación de una hostilidad viva y constante provoca un sentimiento similar. Creo que la animosidad de la que hoy Cataluña es objeto es mucho más intensa que el sentimiento con el que Cataluña responde. [...] Yo tengo una confianza absoluta en que los rencores catalanes cederían rápidamente ante las primeras manifestaciones de comprensión y afecto que viniesen del resto de España».
Parece escrito ayer mismo este párrafo de Cambó. La recaída está siendo intensa y muchas fibras emocionales están rotas, quizá para siempre. En el plano emocional, España ha perdido a Cataluña. También conviene que se sepa. El sentimiento de fastidio de una parte importante de la sociedad catalana —una parte muy importante que seguramente hoy se aproxima al 70 % de la población— vive con disgusto la pertenencia a España. Un disgusto difícil de medir por las encuestas, puesto que oscila en función de los acontecimientos. Un disgusto esencialmente reactivo que a su vez ha provocado un mayor enfado en amplias zonas de la sociedad española. La mancha de aceite se ha extendido. «Si se quieren ir, que se vayan», comienza a ser un comentario frecuente en algunos foros, aunque no sea esa la corriente dominante en las encuestas. La trama de los afectos está seriamente dañada, pero no rota del todo. Se avecinan en este aspecto tiempos posiblemente decisivos. La palabra «concordia» chirría hoy en España, pero aún tiene sentido utilizarla.
La España de los pingüinos, escrita durante el verano y el otoño de 2005, expone la «extrañeza» de mucha gente ante el negocio político de la crispación. Políticos, intelectuales y periodistas jugando a azules y rojos sin miedo a romper la vajilla, cuando todo lo que era sólido parecía chapado en oro. La élite empresarial mirando hacia otra parte, pendiente del BOE, del precio del dinero y de las oportunidades de negocio en Latinoamérica. Es ese un libro escrito cuando la fiesta aún parecía eterna, ZP estaba en la cresta de la ola y la esperanza en el futuro parecía de cristal duralex. Le regalé un ejemplar al entonces presidente del Gobierno, una vez que un grupo de periodistas fuimos convocados a la Moncloa para ser informados sobre el alto el fuego de ETA. Recuerdo su cara de perplejidad al leer el título.
REIVINDICACIÓN DE LA GEOGRAFÍA
La deriva de España, segundo texto de este volumen, es una reivindicación de la geografía como instrumento de análisis político. Mapas, mapas, mapas. Lo comencé a escribir durante el verano de 2007. Recuerdo que fue un agosto doloroso. A veces escribir fatiga mucho. El primer libro había salido a chorro, el segundo costaba más. Tenía la sensación de haberme metido en un pantano. La crisis económica estaba latente pero era muy difícil adivinar su evolución. El Gobierno la negaba de manera tajante —«nubes pasajeras que tienen su origen en la política de los neocon norteamericanos», proclamaba Zapatero—, mientras la oposición auguraba la inminencia del Apocalipsis. Estaba en juego el carril argumental de la campaña electoral en ciernes (elecciones generales en marzo de 2008).
Empantanado el Estatut de Catalunya y en puntos suspensivos el alto el fuego de ETA, Zapatero se vio obligado a sacarse el cheque-bebé de la chistera en el debate sobre el estado de la nación de julio de 2007. Por primera vez en la historia de la Segunda Restauración, la socialdemocracia recurría a una subvención directa para evitar la dispersión de su base electoral. Después vendría la quita de 400 euros en la declaración del IRPF. El Partido Popular decidió embestir con fuerza —¿alguna vez el PP no ha embestido con fuerza?— para situar el tema de la crisis en el centro del debate público. Entonces, en septiembre, ocurrió algo verdaderamente sorprendente. Emilio Botín, presidente del Banco de Santander, invitó al presidente del Gobierno a visitar el vasto complejo de oficinas que la entidad tiene en la localidad madrileña de Boadilla del Monte, la Ciudad Financiera de Boadilla, y poco antes del almuerzo ambos comparecieron ante las cámaras de televisión. Botín, en mangas de camisa y tirantes, lanzó el siguiente mensaje: «Estás haciendo un gran trabajo en economía. Soy optimista respecto a la economía española a corto y a largo plazo».
Sentado frente al primer banquero del país, también en mangas de camisa, Zapatero sonreía, sonreía, sonreía. Zapatero siempre sonríe. El Partido Popular había comenzado a perder unas elecciones que aún no estaban convocadas. Y Zapatero tardaría un año en decidirse a pronunciar la palabra crisis. Botín tenía buenos motivos para lanzar un cable a Zapatero. La primera entidad financiera española estaba consolidando su entrada en el mercado británico tras la compra del banco inglés Abbey en 2004 y los sectores hostiles de la City tenían a España en el punto de mira. Cualquier noticia negativa sobre la evolución de la economía española era especialmente perjudicial en aquellos momentos. El Santander y toda la banca española no querían ni oír hablar de crisis en aquel momento, puesto que sus responsables sabían el gigantesco volumen de los riesgos contraídos. A la hora de analizar los vaivenes de la política española desde que la crisis amanece en los mercados financieros norteamericanos hasta que, tres años después, el presidente Zapatero se ve obligado a cambiar radicalmente de política por imperativo del Directorio Europeo (tras sendas llamadas telefónicas del presidente de Estados Unidos, Barack Obama, y del primer ministro de la República Popular China, Wen Jiabao), hay que tener en cuenta, entre otros factores, la excelente comunicación que hubo entre el liderazgo socialista y el primer banquero del país. Zapatero tenía varios motivos para no pronunciar la palabra «crisis».
Mapas, mapas, mapas. La deriva de España es una reivindicación de la geografía política, siempre con el deseo de ir un poco contra la corriente. En 2009, en plena propulsión de las redes sociales como nuevo método de comunicación interpersonal e instrumento de promoción comercial, reivindicar la geografía, esto es, la importancia política del lugar físico, podía parecer un contrasentido. El mundo parecía haberse vuelto «ageográfico»: poco importa el lugar donde estés, si tienes una buena conexión de Internet. Mentira.
En septiembre de 2013, cuatro años después de aquella excursión geográfica, la editorial RBA pone a la venta la traducción al castellano del último libro de Robert D. Kaplan, uno de los más lúcidos analistas de la escuela realista norteamericana. El libro se titula La venganza de la geografía. Cómo los mapas condicionan el destino de los hombres. Recomiendo su lectura. Y recomiendo un pequeño ejercicio de memoria sobre los principales acontecimientos del verano de 2013: reaparición del litigio por Gibraltar, represión sangrienta en Egipto y terrorífica evolución de la guerra civil en Siria...
La geografía ha vuelto. Encadenamiento de crisis económico-financieras en el sur de Europa. Oleada de estallidos sociales en el norte de África y Medio Oriente. El Mediterráneo vuelve a ser una de las regiones candentes del planeta, como lo era en los años setenta, cuando Mao Zedong le comentó al presidente norteamericano Gerald Ford que estuviese alerta ante un posible expansionismo soviético en el sur de Europa y le aconsejó que Estados Unidos favoreciese, lo antes posible, el ingreso de España en la Comunidad Económica Europea. Invierno de 1975. Conversaciones en Pekín, pocas semanas después de la muerte del general Franco. Treinta y ocho años después, el gran anfiteatro mediterráneo, cuna de la humanidad, vuelve a ser una zona de fuerte tensión. La evolución política y económica de España estará condicionada por ese marco geográfico, pese a que la tendencia dominante en los grupos dirigentes españoles es tomar decisiones con el mapa atlántico en la cabeza. Madrid piensa con el mapa atlántico. Barcelona percibe mejor el mapa mediterráneo, pero tiende a idealizarlo y a minimizar sus riesgos. Mapas, mapas, mapas.
La reivindicación de la geografía es apasionante pero nos puede conducir a una suerte de determinismo. El propio Kaplan en su libro sugiere una visión hobbesiana del mundo, en la que las fuentes de identidad locales vuelven a tomar fuerza ante el objetivo debilitamiento de los estados nacionales, como consecuencia de la globalización y la incierta construcción del imperio europeo. Vuelven las fuerzas primigenias y acentúan la tendencia a la anarquía del mundo posterior a la lucha entre dos grandes bloques. Kaplan ya publicó en el año 2000, un libro titulado La anarquía que viene. En la escuela realista norteamericana hay siempre un trasfondo pesimista. Visión cruda de un mundo que siempre tiende al descontrol. Frente al determinismo geográfico, los economistas norteamericanos Daron Acemoglu y James A. Robinson proponen otro enfoque en el ensayo Por qué fracasan los países, que ha alcanzado una notable influencia en los círculos académicos. Ni los mapas, ni la historia, ni la tradición cultural, ni la raza, ni la religión son determinantes en el destino de una sociedad: lo más importante es la naturaleza de sus instituciones políticas. Esta es la tesis de Acemoglu (de origen turco) y de Robinson. Su libro ha tenido mucho impacto y de él surge el concepto de «élites extractivas», acogido con entusiasmo por la crítica neomarxista. Los dos autores se hallan muy lejos del marxismo. Liberales convencidos pregonan la importancia de las instituciones inclusivas, permeables al control social, como clave del éxito económico y no cesan de reivindicar el liberalismo anglosajón como piedra angular de la prosperidad en el mundo.
Los mapas de La deriva de España intentan transmitir tres ideas: la crisis supone el final abrupto de una cierta fantasía española que se sentía liberada de sus contingencias históricas y geográficas; con la crisis vuelven los problemas irresueltos y las distintas ópticas sobre los mismos, y, finalmente, la actual problemática no podrá ser analizada, digerida y resuelta de manera exclusiva por el centro. Harán falta otras cartografías. Pienso que este es uno de los nódulos cruciales del momento español.
Si el Gran Madrid (extraordinaria superposición del poder estatal, con los principales cuarteles generales del poder financiero, los antiguos monopolios privatizados, el poder mediático y la alta magistratura) estuviese en condiciones de absorber y metabolizar todas las contradicciones españolas del momento actual, el cuadro político sería hoy radicalmente distinto. El panorama, sin embargo, es otro: inaudito debilitamiento de la institución monárquica, brutal erosión de los principales partidos políticos y espectacular caída de la confianza ciudadana en los principales líderes (el jefe del Gobierno y el jefe de la oposición con ratios de desconfianza ciudadana que superan el 80 y el 90 %, respectivamente), debilitamiento general de las principales instituciones, con la significativa excepción del ejército, la policía y la Guardia Civil; caída en picado de la confianza en la banca y en la gran empresa; desconfianza en los jueces y en el Tribunal Constitucional... Y, en términos comparativos, una menor erosión de las comunidades autónomas y los gobiernos locales. Figuras al alza: el pequeño y el mediano empresario, los cuerpos y fuerzas de seguridad del Estado, los investigadores científicos, los médicos, los maestros, las ONG, Cáritas (no los obispos ni la Iglesia como institución) y el Príncipe de Asturias. (Fuente: 5.º Barómetro de Confianza Institucional del Instituto Metroscopia, elaborado entre el 15 de junio y el 12 de julio de 2013.) Un panorama increíble si nos lo hubiesen dibujado en 2004.
En pleno vendaval gana lo que aún es sólido, lo que funciona ante nuestros propios ojos, lo que ayuda y da confianza, lo que aún puede simbolizar un futuro estable. La sociedad española se ha puesto al abrigo, a la espera de que vengan tiempos mejores, y el centro —geográfico y político— no está en condiciones de absorber todas las contradicciones. Podríamos decir que el gran proyecto de Aznar ha quedado a medias. Las alteraciones en el ciclo electoral (victorias del PSOE en 2004 y 2008) y la crisis económica de alguna manera han ralentizado el proceso de consolidación de Madrid como la megalópolis rectora de la vida española, al estilo de las grandes capitales latinoamericanas. El Partido Popular lo intenta de nuevo con los procesos de recentralización en curso, pero a Madrid le faltan unos cuantos millones más de habitantes y un pulmón económico aún más potente.
La segunda ciudad, Barcelona, se defiende, espasmódicamente, con sus propias debilidades, con una apuesta política arriesgada que se le puede escapar de las manos, con una cierta idealización de sus posibilidades, pero aún está en condiciones de intervenir en el guion. Barcelona tiene una de las deudas más bajas de todas las grandes ciudades españolas, se ha convertido en una pequeña potencia turística (el aeropuerto de El Prat ya rivaliza directamente con el de Barajas), tiene marca internacional... Barcelona está en el mapa del mundo gracias al genio maragalliano del 92. Para entender la actual cuestión catalana hay que partir de Barcelona. Pase lo que pase en España en los próximos años, Cataluña no sucumbirá en el marco resultante de la crisis gracias a la potencia de la ciudad de Barcelona, gracias a sus profesionales, gracias a la supervivencia de Caixabank en el holocausto español de las cajas de ahorro, gracias a un tejido industrial que es capaz de liderar las exportaciones españolas con un 26 % del volumen total, gracias a una sociedad todavía dinámica.
ENTRA EN ESCENA EL CABALLERO DEL VERDE GABÁN
Modesta España se publica tres años después, cuando la crisis económica es una brutal evidencia y ya se ha producido el cambio de Gobierno, con la victoria del Partido Popular de Mariano Rajoy por mayoría absoluta en las elecciones de noviembre de 2012. Si en el libro anterior habíamos usado la cartografía del mundo que viene para llegar a la conclusión de que España se halla en una incierta deriva, tres años después la pregunta pertinente es hacia dónde se encamina la nave. En qué punto del océano Atlántico se halla la Balsa de Piedra imaginada por el novelista José Saramago; qué tumbos está dando la ballena durante siglos encallada en las estribaciones de los Pirineos (Edmund Burke, padre del conservadurismo liberal inglés, siglo XVIII). Respuesta: España se encamina hacia la modestia. España vuelve a ser un país modesto y cuanto antes acepte esa realidad, para los siglos de los siglos, mejor para todos.
En el primer libro, el corresponsal distante pidió ayuda a los pingüinos para describir la extrañeza de tanta gente ante el espectáculo de la «crispación» política. En el segundo, los mapas y la idealización de la geografía servían para explicar que la crisis es algo más que una pérdida provisional de empuje económico: es una tremenda dislocación del mundo que creíamos estable después de los acontecimientos de Berlín, Praga, Bucarest y Moscú de finales del siglo pasado. Es el fin de una ilusión y de una alucinación; aquella España en la que todo lo que era sólido parecía chapado en oro no volverá a existir.
En el tercer libro pedí ayuda a Miguel de Cervantes Saavedra. Mejor dicho, pedí ayuda a mi buen amigo y vecino (cuando estoy en Barcelona) Francisco Rico, académico de la lengua y principal especialista en la obra de Cervantes. Dándole vueltas a la idea de la modestia di con un personaje del Quijote, que viene como anillo al dedo para dibujar un arquetipo moral de lo que podría ser la austeridad como nuevo pacto social: el Caballero del Verde Gabán, el caballero castellano con el que se encuentran Don Quijote y Sancho después de haber derrotado al Caballero de los Espejos. Don Diego Miranda es propietario rural castellano, no muy rico, pero tampoco pobre, que cabalga camino de su casa, vestido con un verde gabán, pues era costumbre en aquella época que la gente suficientemente aposentada luciese prendas de vistosos colores cuando salía al campo. Don Diego Miranda es un espíritu burgués en una España que aún no conoce la máquina de vapor. Invita a Don Quijote a su casa cuando ya se ha dado cuenta de que cabalga junto a un chalado. Le da cuerda y no se burla de él. Asiste atónito a la escena de los leones —Don Quijote abriendo la jaula de los leones que el emir de Argel ha regalado al rey de España para batirse con las fieras, indolentes, que ni siquiera le hacen caso— y finalmente arriban a la casa de las tinajas, supuestamente ubicada en Villanueva de los Infantes, en la que Don Diego Miranda y su familia abren el armario erasmista. Esta es la clave del relato. Rico me la confirmó, me dio pistas y me pidió templanza: «No confundas a Cervantes con un pastor protestante. Cervantes pertenecía a un mundo en declive y tuvo la lucidez y la ironía de percibir el cambio de época. Es como un antiguo soldado de la División Azul que anticipa, gustoso, la Transición».
El Caballero del Verde Gabán invita a un historicismo nostálgico y acaso improductivo. ¿Cómo habría sido una España en la que hubiesen logrado enraizar las ideas reformistas de Erasmo de Rotterdam? Está perfectamente documentado que las ideas del reformista católico holandés alcanzaron una notable influencia en la corte de Carlos I, gozando los primeros erasmistas españoles de la protección del rey-emperador. Los libros de Erasmo entran por el puerto de Santander en su viaje de regreso del principal puerto holandés. Castilla vende lana a la fría Europa del norte y los marineros vuelven con la paga y El Manual del Buen Cristiano, uno de los libros de Erasmo (escrito en 1503) que alcanzará mayor difusión en Europa. La corriente reformista inquieta a la Iglesia local, y la Conferencia de Valladolid marcó el punto de inflexión. Los teólogos de la escuela de Salamanca —Francisco de Vitoria entre ellos— ejercen la acusación; los teólogos de la Universidad de Alcalá, la defensa. Cuando la condena ya parece segura, el inquisidor general Alfonso Enrique de Lara, a su vez atraído por las ideas de Erasmo, suspende las sesiones. Carlos I abdica y los libros de Erasmo comienzan a entrar en el índice de libros prohibidos tras el Concilio de Trento. La Contrarreforma se pone en marcha y Felipe II se apresta a dirigir un imperio enorme. El rey que siempre viste de negro traslada la capital a Madrid y pasa largas temporadas encerrado en el enigmático Escorial. Primera estación del encapsulamiento español. Se acabó Erasmo.
La modestia. Aún hoy, en el punto más crítico de la crisis, hablar de modestia suena mal en España. Los libros sobre el mal momento español comienzan a amontonarse sobre la mesa, algunos muy bien escritos, como el doliente ensayo de Antonio Muñoz Molina Todo lo que era sólido; otros, sagaces y con propuestas de reforma radical del sistema, como el interesante ensayo del economista César Molinas, Qué hacer con España. La crítica es severa, con esa severidad tan característica de los españoles cuando las cosas van mal dadas. El lamento de Muñoz Molina es tan solemne que ha puesto en guardia a otros escritores. Sin medias tintas, el escritor Javier Marías lo ha acusado de oportunismo en un artículo titulado «Los años de la distracción». Muñoz Molina sostiene que es culpa general de la intelectualidad española no haber alertado a tiempo de los males que se estaban incubando en España. Marías le responde que unos han estado distraídos en Nueva York (Muñoz Molina dirigió el Instituto Cervantes de Nueva York durante el mandato de José Luis Rodríguez Zapatero) y otros no. Interesante pugna. Interesante discusión sobre el sentido de la oportunidad.
Desengañémonos, el Caballero del Verde Gabán poco tiene que hacer en España. El Pacto de la Modestia podría ser una buena fórmula para los próximos años. El reverso de los Pactos de la Moncloa. Siguiendo la estela del pacto italiano de 1976 entre la Democracia Cristiana y la CGIL, el principal sindicato del país, con el Partido Comunista Italiano detrás de los cortinajes, el Gobierno de Adolfo Suárez, los principales partidos españoles y el principal sindicato en aquel momento (Comisiones Obreras) acordaron una política de contención salarial (la inflación era del 24 % y se acordó que los incrementos salariales tendrían un tope del 12 %) a cambio de una fiscalidad de carácter progresivo sobre las rentas del trabajo (creación del IRPF), un marco de garantías sindicales (Estatuto de los Trabajadores) y un programa de inversiones para el fomento de la escuela pública. Objetivo: evitar la suspensión de pagos de España en un momento de grave riesgo de involución, puesto que una parte del estamento militar no lograba digerir las reformas de Suárez. Los grandes protagonistas del pacto fueron UCD, el Partido Comunista y Comisiones Obreras. El PSOE se sumó de mala gana (su objetivo era derrotar electoralmente a Suárez y temía una «pinza» a la italiana entre los centristas y los comunistas). UGT ni siquiera estuvo presente en el acto de la firma. Aunque no se cumplió en todos sus puntos —al cabo de un año Suárez conminó a ceder a la presión de la derecha—, el breve «compromiso histórico» de 1977 logró estabilizar el país.
Décadas más tarde, los Pactos de la Moncloa han sido muy idealizados y suelen ser invocados como ejemplo de una concordia sin conflicto social, que jamás ha existido. Los trabajadores aceptaron una pérdida de poder adquisitivo para poder detener la rueda infernal de la inflación, a cambio de un marco de garantías sindicales (protección del empleo estable y fortificación de los sindicatos) y de unas perspectivas de mejora generacional (fuerte fomento de la escuela pública en los grandes núcleos urbanos), iluminadas por la promesa del ingreso de España en la Comunidad Económica Europea. Sobre los mimbres de este compromiso social se redactó la Constitución de 1978 y se produjo la alternancia en el poder en 1982. Pese a las enormes dificultades del momento, había horizonte de mejora. Y comenzaban a circular las tarjetas de crédito. La VISA también estuvo presente en los pactos escritos y no escritos que facilitaron la Segunda Restauración. Había horizonte y una cierta posibilidad de llegar a final de mes.
Ahora hay mucha bruma en el horizonte y el país está endeudado hasta las cejas. España debe el equivalente al 378 % del producto interior bruto, la tercera mayor deuda del mundo (en relación a la riqueza nacional) después de Japón (506 %) y Reino Unido (501 %). El 82 % de esa deuda, aproximadamente unos ochocientos veinte mil millones de euros, corresponde a los créditos contraídos por las familias. Los créditos al detalle que todos los bancos ofrecían alegremente gracias al bajo precio del dinero, con el entusiasta beneplácito del Banco Central Europeo y el Deutsche Bundesbank, puesto que el núcleo carolingio europeo necesitaba estimular la demanda periférica para poder financiar los elevados costes de la reunificación alemana. Crédito, crédito, crédito. Lo que vino después es conocido. El circuito financiero internacional quedó estrangulado en 2007 por la cadena de pánico provocada por las hipotecas subprimes y demás productos tóxicos de las finanzas norteamericanas, el núcleo carolingio logró resistir la embestida gracias a la enorme potencia de su industria exportadora, mientras la periferia sur, muy endeudada, quedaba colgada del palo de la brocha. Así estamos.
El 13 de enero de 2012, en pleno acoso a las deudas soberanas del sur de Europa, se produjo en las costas de Italia un accidente naval de alto valor simbólico. El crucero Costa Concordia encalló frente a la isla del Giglio en la Toscana. El capitán había dado órdenes de acercar la nave a la isla, donde vivían unos familiares suyos. Una escena propia de Amarcord, aquella gran película de Federico Fellini. La gente saludando a la nave. Una película de Fellini, efectivamente. En el momento de efectuar la maniobra, el capitán estaba con una joven moldava de veinticinco años, que había trabajado como bailarina para la compañía naviera. El barco encalló y al cabo de una hora, en medio de la oscuridad y el caos, el capitán Francesco Schettino se dio el piro a bordo de una lancha salvavidas, así que la nave quedó al mando de la torre de control del puerto de Livorno. Los italianos tienen una extraordinaria facilidad para los gestos teatrales.
La cobarde actuación del capitán Schettino ilustra el signo de una época: la huida de las élites cuando se hace evidente el colapso del sistema. Los directivos bancarios que han abandonado sus puestos con jubilaciones millonarias, conscientes de que las entidades que habían comandado estaban a punto del naufragio. Los dirigentes políticos que esconden la cabeza bajo el ala. La huida de la ciudad en llamas es una de las nuevas facetas del abuso de poder. El pacto que podría proponer hoy el Caballero del Verde Gabán es el siguiente: «Austeridad en todos los ámbitos de la sociedad, protección básica para todos y estímulo de la iniciativa personal; yo me sacrifico y tú, capitan Schettino, no te escaqueas».
No es una formulación nueva. A mediados de los años noventa, en plena crisis del petróleo, Enrico Berlinguer, secretario del Partido Comunista italiano, lanzó la denominada «cuestión moral», un pacto de austeridad a cambio de garantías sobre los derechos de los trabajadores y un paso atrás en el proceso de colonización de las estructuras del Estado por parte de los partidos políticos. Una relectura de aquellos textos de Berlinguer es hoy sumamente interesante, puesto que nos conecta con el actual debate sobre las élites extractivas.
Cuando el profesor César Molinas defiende una reforma radical de la ley de partidos que ponga a las organizaciones políticas bajo control ciudadano (rendición de cuentas, congresos democráticos cada año, elecciones primarias) no está muy lejos de algunas de las ideas que el secretario general del PCI exponía al periodista Eugenio Scalfari, director del diario La Repubblica, a mediados de los años setenta. Berlinguer era un comunista atípico. Hijo de una familia aristocrática de la isla de Cerdeña de lejano origen catalán, ya había sorprendido a todos invocando a santa María Goretti (una joven campesina que fue asesinada al resistirse a un intento de violación) como ejemplo moral para los jóvenes italianos. Enjuto, discreto, renuente al espectáculo periodístico, tenía algo de franciscano. Fue muy popular en el periodo de crisis de los setenta y murió relativamente joven, de un ictus, sin llegar a ver la fenomenal oleada hedonista que recorrió Italia en los años noventa. Italia siempre va un poco por delante. España se emborrachó una década más tarde con una fantástica presión especulativa sobre su dimensión solar: suelo y sol. Hipotecas, promociones inmobiliarias, instalaciones turísticas y bonificaciones fabulosas para la implantación de huertos solares. El pacto de la austeridad requeriría hoy en España una ética del retroceso. No será posible.
Modesta España concluye con la victoria electoral de Mariano Rajoy en noviembre de 2012 y la consolidación del Partido Popular como Partido Alfa de las clases medias españolas. Desde entonces parece que haya pasado una eternidad y el Partido Alfa parece haberse marchitado. La crisis ha sido implacable, ha estado a punto de hacer estallar todo el sistema financiero español, se ha tenido que pedir ayuda al exterior para apuntalar los bancos, y el oscuro caso del tesorero Bárcenas ha abierto en canal las interioridades del primer partido político español. La popularidad de todo el sistema político-institucional está por los suelos y Cataluña está dando pasos hacia la secesión. ¡Toma modestia!
UN CICLO ELECTORAL DE DOS AÑOS
El Partido Alfa está en dificultades, el Gran Madrid no es capaz de cargar sobre sus espaldas el liderazgo del momento español, adoptando comportamientos cantonales que perjudican objetivamente a todas las demás autonomías (dumping fiscal, excepciones normativas...), la Comunidad Valenciana vive una dolorosa digestión de la crisis y el ciclo electoral que se avecina presenta grandes interrogantes. Enormes interrogantes. Los dos principales partidos están desgastados, pero las supuestas fuerzas de sustitución —IU y UPyD— no despuntan con fuerza. Se elevan en las encuestas, pero aún no perforan el cuadro realmente existente. Izquierda Unida crece, pero carece de un liderazgo y de un ideario capaz de invadir en profundidad el electorado del PSOE, que comienza a girar, al menos retóricamente, a la izquierda, para taponar ese flanco. El avance de IU parece ser especialmente intenso en Andalucía, donde el nuevo grupo dirigente socialista tiene necesidad de asentarse mediante unas elecciones anticipadas que harán aún más complejo el ciclo electoral.
El partido socialista es la gran incógnita. Tremendamente debilitado ante la opinión pública tras el agónico final de mandato de José Luis Rodríguez Zapatero, busca rehabilitarse con la celebración de unas elecciones primarias abiertas a toda la sociedad, siguiendo la senda del Partido Democrático italiano y del Partido Socialista francés, que, en caso de concluir con éxito, podrían suponer una radical novedad en la vida política española. Para ello se estima que debería conseguir una participación mínima de entre ochocientos mil y un millón de electores. (En Italia, el duelo en el partido democrático entre Pier Luigi Bersani y Matteo Renzi llegó a congregar a tres millones de personas en las urnas a finales de 2012.) Las primarias socialistas podrían ser un catalizador, pero conllevan también el riesgo de una posible deriva populista de los candidatos, ansiosos de captar a su favor el malestar de la gente con el establishment y con la situación económica. Un cierto viraje del PSOE a la izquierda parece del todo inevitable tras la celebración de su conferencia política en Madrid a principios de noviembre de 2013 y tras la lectura de un exhaustivo y solvente informe sociológico de la revista Temas, publicación mensual dirigida por el sociólogo José Félix Tezanos e históricamente inscrita en el área guerrista del PSOE.
En España, decía este informe, comienzan a darse las condiciones para un potencial vuelco a la izquierda sobre un fondo de extrema desconfianza de los ciudadanos con los políticos, los partidos, las principales instituciones del Estado y —atención— los medios de comunicación. En España, a finales de 2013, nadie se fiaba de nadie. Los pingüinos se han irritado, la deriva sigue siendo muy incierta a pesar de las primeras señales de mejora en el cuadro macroeconómico y la modestia sigue brillando por su ausencia. Parece declinar el tiempo de las mayorías absolutas, con la consiguiente posibilidad de nuevas e inciertas alianzas. Las elecciones locales y autonómicas previstas para mayo de 2015 serán en este sentido un gran banco de pruebas, a izquierda y a derecha. Es posible que estemos ante un nuevo periodo de reagrupación y reformulación de los espacios políticos, con los dos principales partidos disminuidos pero no desarbolados.
El Partido Alfa intentará transformarse en el Partido Moderantista ante el fantasma del Frente Popular (el «Frente Popular Separatista» ya se comienza a escribir en la prensa conservadora de Madrid ante una posible articulación del PSOE, Izquierda Unida y los catalanistas de izquierda, al estilo de 1931). El gran interrogante es CiU. ¿Seguirá existiendo Convergència i Unió al final de esta legislatura? ¿Cuál será su peso electoral? En caso de seguir existiendo con un peso electoral notable en Cataluña, ¿mantendrá el nacionalismo catalán clásico el criterio de no ofrecer la investidura al segundo partido más votado? En el momento de escribir estas líneas la respuesta sería negativa. En las actuales circunstancias, CiU podría dar la presidencia del Gobierno al PSOE para abrir un nuevo espacio de maniobra que evite el colapso del proyecto soberanista catalán y la consiguiente debacle electoral. Es más, el grupo dirigente catalán está trabajando con la idea de agotar la legislatura con la esperanza de que las elecciones parlamentarias catalanas de otoño de 2016 (esa sería la fecha si se cumpliesen los plazos) tengan lugar en un contexto político español más abierto. Con esta perspectiva, CiU podría sobrevivir.
La novedad, sin embargo, es la que acabo de detallar: por primera vez en treinta y seis años, el partido del catalanismo burgués y mesocrático podría estar dispuesto a apartar al partido vencedor de las elecciones generales y a aliarse con la izquierda española para evitar el colapso de la Generalitat y aliviar la fuerte presión que le llega de abajo. Insisto, aires de 1931: la Lliga Regionalista, desbordada, sus cuadros más jóvenes enrolados psicológicamente en una nueva Acció Catalana Republicana, el socialismo catalán fragmentado y Esquerra Republicana concentrando el voto de cambio. Todo regresa..., sin regresar nunca del todo.
Y el Partido Nacionalista Vasco expectante, muy expectante, mientras administra las primeras señales de fatiga en su distrito industrial.
El Partido Alfa intentará transformarse en el Partido Moderantista para advertir a las clases medias españolas de los riesgos que pueden amenazar la integridad de España y, por encima de esa integridad, la lenta recuperación económica que auguran los grandes indicadores y los analistas del Ministerio de Economía. La previsión oficial es un crecimiento del 0,7 % del PIB español para el año 2014. Esa es la previsión oficial, rebajada voluntariamente por el Gobierno para favorecer un mayor efecto optimista si verdaderamente se cumple la previsión real de un crecimiento de entre el 1,2 y el 1,4 %, que podría comenzar a tener efectos reales sobre el empleo a principios de 2015, el año electoral decisivo. Evidentemente, a estas alturas nadie con dos dedos de frente se atreve en España a prometer el cuento de la lechera. Las señales son positivas, muchos economistas sugieren la posibilidad de un relanzamiento entre mediano e intenso de la economía española como consecuencia de los efectos de la devaluación interna y el buen comportamiento de las exportaciones.
Si ese fuese el cuadro en 2015, el Partido Alfa transformado en Partido Moderantista podría llamar a los españoles a seguir la senda de un centrismo pragmático y operativo con sede en Madrid, tenaz en la reducción del modelo socialdemócrata, firme en la defensa de la Constitución y la integridad nacional, y a la vez discretamente dispuesto a negociar y conceder algunas flexibilidades a Cataluña para evitar el estallido de la olla a presión. Hay antecedentes. José María Aznar en el año 2000 advirtiendo a los españoles contra una posible llegada de los comunistas al Gobierno de la mano del PSOE de Joaquín Almunia, entonces interesado por la experiencia francesa de Lionel Jospin y la alianza de centroizquierda en Italia. En 2000, la economía española crecía a un ritmo superior al 3,5 % anual, la gente tenía trabajo, la tasa de consumo era una de las mayores de Europa, los créditos circulaban a granel y la borrachera inmobiliaria tenía el sabor del euforizante rebujito, esa manzanilla rebajada con refresco de gaseosa que sirven en la Feria de Abril de Sevilla y en las fiestas de otras localidades andaluzas.
La situación actual es muy distinta. Los sectores sociales damnificados por la crisis económica son muy amplios, las clases medias se han debilitado —no han desaparecido, como en ocasiones pregona la literatura catastrofista—, y las diferencias sociales se están acrecentando en España. La recuperación podría producirse en forma de mancha de leopardo tanto en términos sociales como territoriales: más intensa en unos sectores que en otros, más acelerada en algunos territorios que en otros. El comportamiento del área mediterránea puede ser decisivo en este aspecto. El Partido Moderantista intentará reagrupar su base electoral con un discurso en estos momentos perfectamente previsible: confianza en el futuro, prudencia, moderación y unidad. Deberá cuidar el flanco por el que crece Unión para el Progreso y la Democracia (renovación del estamento político y defensa cerrada del uniformismo español) y a la vez mantener puentes con la política catalana. Si nos aproximamos a un nuevo tiempo de alianzas, la navegación del Partido Moderantista deberá ser un zigzag sin muchas brusquedades: sobre el eje de la recuperación económica, retener a los electores del PSOE que le dieron su confianza en 2011, evitar más fugas hacia la UPyD y evitar convertirse en el sexto partido en Cataluña, donde probablemente deberá renovar a su cabeza de cartel. Aunque hoy no lo parezca, esa navegación es posible. Es posible si a finales de 2014 el crecimiento de la economía española alcanza ese 1,4 % con el que sueña el cuadro de mando del Ministerio de Economía. Si España entrase en esa dinámica asistiríamos a una estabilización política que hoy nos puede parece increíble ante la enorme proporción de las desgracias acumuladas en los últimos cinco años. Ninguna sociedad, sin embargo, opta voluntariamente por la desesperación y el desamparo. Si las señales de mejora demuestran una cierta solidez, la gente se agarrará a ellas... En su actual estado de fragilidad y con el enorme peso de la deuda, la evolución de la economía española está sujeta a muchos factores imponderables. En este sentido, pocas veces desde 1936, el destino de este país había estado tan vinculado a los avatares internacionales.
Propongo tres ecuaciones para el ciclo electoral de dos años que ahora comienza:
a) Recuperación económica intensa, igual a estabilización política, con una cierta posibilidad de renovación de la mayoría absoluta por parte del Partido Alfa transformado en Partido Moderantista. Un intenso baile en las elecciones municipales y autonómicas a la derecha le será difícil de evitar. Perder las municipales y sufrir algún tropezón fuerte en las autonómicas (Valencia, pongamos por caso) no significará automáticamente perder las elecciones generales.
b) Recuperación de mediana intensidad, acompañada de conflictos sociales, igual a mayorías relativas, con recuperación visible del partido socialista. Alianzas abiertas, en las que no cabría descartar una Gran Coalición abierta a un pacto con la corriente moderada catalana.
c) Recuperación baja o mínima, igual a fuerte fragmentación del mapa político con vuelco a la izquierda. Los dos próximos años serán muy interesantes. Serán decisivos. Y se harán muy largos.
EL FACTOR K.
Y llegamos finalmente al factor K. K de Katalonien, palabra que en estos dos últimos años ha comenzado a ser pronunciada en los pasillos de la Cancillería y del Bundestag, en Berlín. El factor que desde hace más de ciento cincuenta años condiciona, modula y determina aspectos esenciales de la vida española moderna. La nación del noroeste que se resiste a ser asimilada por la nación-estado. El factor K. desde que el general Joan Prim i Prats dijo: «¡Los Borbones nunca jamás!», y se puso a buscar por Europa una dinastía que garantizase una verdadera Constitución liberal a España. El factor K. de la Primera República. («La República de los catalanes», decían en Madrid). El factor K. de las tensiones políticas, culturales y psicológicas entre el Madrid deprimido de 1898 y la Barcelona industrial que quería mandar en España y que nunca encontró la manera de hacerlo. El factor K., que en 1914 conduce a la Mancomunitat de Catalunya, la primera experiencia de Gobierno regional en España. El factor K., que se asusta cuando las pistolas resuenan en Barcelona y cree que el pronunciamiento del capitán general de Barcelona, Miguel Primo de Rivera, puede ser una solución en 1923. El factor K., que al cabo de cuatro años contempla, horrorizado, cómo Primo de Rivera disuelve la Mancomunitat. El factor K. del Pacto de San Sebastián. El factor K., que conduce España a la Segunda República. El factor K., que sustituye el noucentisme burgués de la Lliga por el populismo mesocrático de Esquerra Republicana: «La caseta i l’hortet» y el teniente coronel Francesc Macià. El factor K. en El corto verano de la anarquía que escribirá, al cabo de los años, Hans Magnus Erzensberger a propósito de la única experiencia revolucionaria europea con clara preponderancia anarquista. El factor K. de mayo del 37, cuando los comunistas se imponen a los anarquistas. El factor K., que acaba sacando de sus casillas a Juan Negrín.
El factor K., que los militares creen haber destruido en 1940. El factor K., que redescubre Dionisio Ridruejo, jefe ideológico de la Falange, cuando abraza el ideal democrático y la literatura de Josep Pla: «En Barcelona comprendí lo que había combatido desde la lectura de unos cuantos libros, solo desde los libros». El factor K., que en 1954 reúne por primera vez en toda España, en Montserrat, a combatientes de los dos bandos. El factor K. de la resistencia cultural. El factor K. de la Assemblea de Catalunya, sin la cual el final del franquismo habría sido más transitivo, lento, gradual y autoritario. El factor K. sin terrorismo (un brote que fue sofocado). El factor K. en el insólito retorno de Josep Tarradellas, acto escénico que acaba de legitimar la Transición y el nuevo régimen monárquico. El factor K., que conduce a las 17 autonomías. El factor K., que estuvo a punto de convertirse en el factor J. P.: la larga hegemonía patriarcal de Jordi Pujol. El factor K. en los Juegos Olímpicos de Barcelona, la mayor gloria escénica de la España democrática. El factor K., que asienta gobiernos cuando se acaban las mayorías absolutas gonzalistas. El factor K., que encumbra a Aznar y que Aznar, insensatamente, menosprecia. El factor K., que en 2004 aportó los votos suficientes para la derrota del aznarismo. El factor K., que en 2008 volvió a apoyar a Zapatero y le hizo creer —erróneamente— que todo iba bien. El factor K., interpretado por los hermanos Maragall. El factor K., que rescata ERC de un rincón de la historia. El factor K., que no se ilusionó mucho con el nuevo Estatut —al principio—, y que después vivió como una ofensa su agónica tramitación y «cepillado». El factor K., que creía haber hallado un nuevo orden con el regreso de CiU al poder. El factor K., que se inflama a medida que ese nuevo orden aplica los recortes ordenados por Bruselas y Madrid. El factor K., angustiado por la crisis económica. El factor K. del Onze de Setembre de 2012. El factor K. inflamado, que conduce a Artur Mas a convocar elecciones anticipadas y a aparecer como Moisés en los carteles. El factor K., que se resiste a Moisés. El factor K., que se niega a apoderar a CiU como intérprete exclusivo del malestar. El factor K., que coloca a CiU y a ERC en directa competición como intérpretes del nuevo momento. El factor K., que puede haber generado una complejidad política por encima de sus posibilidades. El factor K., que arrincona al PSC y abre brechas en el PSOE. El factor K., que interesa en Europa. El factor K., que crea recelos en Europa. El factor K., que pone nerviosos a tantos españoles de buena voluntad. El factor K., que saca de sus casillas a algunos españoles de no tan buena voluntad. El factor K., que hace bailar la brújula del Gobierno. El factor K. con el que Aznar organizaría la reagrupación electoral del centro derecha al grito de «¡Santiago y cierra España!». El factor K., que inquieta al presidente Rajoy: no puede perder alianzas en Cataluña ante una próxima legislatura en la que es probable que no haya mayorías absolutas. El factor K., que acabará introduciendo cambios en el ordenamiento español. El factor K., que algún día tendrá estatuto europeo. El factor K., que probablemente nunca tendrá un estado nacional independiente de corte clásico. El factor K., que hace de Cataluña el lugar más democrático de España. El factor K., que hace de Cataluña el lugar más reiterativo de España. El factor K., que viste camiseta del Barça. El factor K., que durará años y años...
Los tres libros reunidos en este volumen están escritos, en muy buena medida, desde la perspectiva K. España vista por un periodista que participa del factor K., desde que pronunció sus primeras palabras y comenzó a entender lo que le contaba su abuelo de los viejos tiempos en que iba a la escuela, l’Escola del Treball de Badalona, y las libretas las escribía en catalán, y los mapas, unos mapas preciosos, coloreados a mano, también. El factor K., aprendido en Badalona, donde el metal siempre ha sido impuro y las hablas diversas. El factor K., que no me impide amar a Cervantes y sentir admiración por el Caballero del Verde Gabán.
El factor K., que no romperá España, pero que jamás se rendirá como nación.
Madrid, 5 de enero de 2014
LA ESPAÑA DE LOS PINGÜINOS
Una visión antibalcánica del porvenir español:
la concordia es posible
PRÓLOGO
No es este un libro sobre la refundación de España, ardua tarea que ni siquiera podrían proponerse, en santa alianza, todos los volúmenes almacenados en la Biblioteca Nacional. Tampoco trata de propagar la idea de que otra España es posible, porque el autor es muy escéptico sobre tal posibilidad. España es la que es y mucho será que en los próximos años no empeore más de la cuenta. A Europa —y España hoy es Europa— no le esperan tiempos fáciles.
Pero tampoco quisiera ser este un relato pesimista sobre el porvenir español, ya que ello entraría en flagrante contradicción con una de las ideas que aparecen en el subtítulo de la portada: la concordia es posible. Un mayor grado de concordia, un mayor nivel de entendimiento cívico son posibles en España. Estoy convencido. (El lector permitirá que en este preámbulo y en algunos pasajes del libro utilice la primera persona del singular, aunque no soy un gran entusiasta de ello. Decía Indro Montanelli que a los periodistas la utilización del yo solo debería serles autorizada a partir de los setenta años, cuando se supone que ya tienen cosas verdaderamente importantes que contar. Pido la venia para dar un poco más de fuerza al texto y no tener que recurrir reiteradamente a ese sujeto tan incómodo que es el autor.)
Un cierto grado de concordia parece posible, pero tampoco eso supone que otra España esté a punto de amanecer, ni que en un futuro más o menos inmediato vayan a desaparecer las tres grandes líneas de tensión que sacuden a diario los pilares de lo que todavía podríamos denominar la «arquitectura nacional»: el modelo territorial; la morfología del poder económico; y los mecanismos sociales aún decisivos en la producción de la conciencia colectiva, esto es, el sistema escolar y los medios de comunicación.
Una síntesis —en el sentido hegeliano del término— de las tensiones en curso, aunque solo fuese parcial, seguramente recibiría el apoyo mayoritario de la sociedad española en unas próximas elecciones legislativas, puesto que en la España democrática la idea de avance social sigue estando muy asociada a la capacidad de tejer acuerdos, más que a la fuerza para imponer dogmas. Y si la síntesis fuese acompañada por la esperanza razonable de una definitiva desaparición del grupo terrorista ETA, el triunfo político del actual Gobierno podría llegar a ser notable. Parece que está trabajando en ello; unos días con mayor acierto que otros.
Pero también cabe la posibilidad de que la síntesis fracase, especialmente en el flanco catalán, auténtica piedra de toque del momento español. Factor absolutamente previsible durante un cuarto de siglo, Cataluña parece haber abandonado estrepitosamente su tradicional papel amortiguador. «El seny, ¿dónde está el seny?», se pregunta mucha gente en Madrid, olvidando que toda sociedad instalada durante un prolongado periodo de tiempo en un determinado cuadro mental, necesita una sacudida. Y no hay sacudida sin fantasía. Está históricamente demostrado que la sociedad catalana se ve poseída cada cierto tiempo por un compulsivo deseo de fantasía. Cataluña fue decisiva en la derrota electoral de José María Aznar en marzo de 2004 (puesto que fue Aznar quien realmente perdió aquellas elecciones) y Cataluña puede acabar llevándose por delante a José Luis Rodríguez Zapatero, al PSOE y a toda la izquierda española por un periodo de veinticinco años o más.
Síntesis o desbarajuste. A punto de alcanzar el ecuador de la legislatura, la lucha entre ambas posibilidades se halla muy equilibrada y ello explica el extraordinario clima de tensión que parece haberse instalado en el país de manera perenne. La crispación —estado casi natural de la política española en los últimos diez años— no se moverá de sitio hasta que los ciudadanos vuelvan a ser convocados a las urnas para dictar sentencia; para revalidar o no los resultados del 14 de marzo de 2004. Del contenido de esa sentencia dependerá el futuro en mayúsculas: la manera como España se insertará en los importantes cambios de rumbo a los que Europa está abocada. Todo tiempo es importante, pero los años 2006 y 2007 pueden ser tanto o más decisivos para España como lo fueron 1977 y 1978.
¿Por qué La España de los pingüinos? ¿Acaso no se ha vertido suficiente ironía sobre la débil identidad nacional española para ahora asociarla a la imagen de uno de los animales más cómicos que existen?
De pequeño me gustaba mucho la geografía. Era mi asignatura preferida. Aprender geografía era una manera de soñar; de poseer realidades lejanas y extrañas en un tiempo en el que aún se viajaba poco. De todos los países europeos, el que más me llamaba la atención era la República Federal Socialista de Yugoslavia. El nombre de algunas de sus repúblicas era fascinante para un niño de diez u once años. Montenegro sonaba a Montecristo, a novela de Alejandro Dumas. Macedonia era nombre de postre pero también de leyenda griega. La K de Kosovo tenía algo del conde Drácula. Me intrigaba Kosovo. De mayor, cuando tuve oportunidad de ver mundo, primero me enamoré de Italia, pero no dejé escapar la ocasión de conocer un poco a fondo Yugoslavia. Recorrí el país de arriba abajo y evidentemente fui a Kosovo. Recuerdo que llovía a raudales en la carretera de montaña que desde Titogrado (hoy Podgorica) conduce a Peč, la vieja capital serbia en territorio hoy kosovar-albanés, de la que tanto se hablaría a finales de los años noventa. Verdaderamente, parecía que me acercaba al castillo del conde Drácula. En Peč no encontré rastro alguno de Nosferatu, pero sí de algo peor. Era 1986 y en el ambiente comenzaba a palparse la tensión que seis años después provocaría la sangrienta desintegración de Yugoslavia y posteriormente —otros seis años después— la guerra de Kosovo. También tengo constancia directa de ambos acontecimientos. Años después pisé las ruinas de la Biblioteca de Sarajevo destruida por las bombas de fósforo de la artillería serbia y el Viernes Santo de 1999 vi desfilar por el paso fronterizo de Kukës a miles de albano-kosovares expulsados de sus hogares a punta de pistola. Es una tarde que recordaré siempre. Vagando por los prados de aquel poblado minero perdido entre las altas montañas de Albania, comprendí que en Europa todo sigue siendo posible. ¡Todo sigue siendo posible!
De una crónica pillada al vuelo hace ya muchos años he extraído el título del libro. El corresponsal explicaba que los habitantes de la República Federal de Yugoslavia debían hacer constar su nacionalidad de origen en el documento de identidad, teniendo la opción de acogerse a la nacionalidad federal. Esto es, podían declararse serbios, croatas, eslovenos, musulmanes de Bosnia, macedonios..., pero también tenían derecho a definirse oficialmente como «yugoslavos». Apenas el 10 % de la población se acogía a esta fórmula, artificiosa, pero a la vez superadora de las viejas divisiones nacionales. En algunas repúblicas esa minoría pronto comenzó a recibir el mote de los pingüinos, por su rareza; por su débil adhesión a las identidades primigenias.
Las cosas podían haber discurrido de otra manera. Si tras la muerte del mariscal Tito hubiese habido un 20 o un 25 % de pingüinos, en Yugoslavia seguramente no habría estallado la guerra civil. El pingüino es un animal raro pero pacífico. (Probablemente la guerra tampoco habría estallado si los principales países europeos, especialmente Francia, Gran Bretaña y Alemania, se hubiesen comportado de manera decente ante la inevitable crisis de aquel desgraciado puzzle. Pero no lo hicieron. Prefirieron abalanzarse sobre el botín balcánico, cada uno en pos de sus propios intereses, antes que fijar unas normas de transición que evitasen el drama.)
Pero ¿por qué La España de los pingüinos? La idea me la dio José María Aznar. El expresidente del Gobierno declaró a finales de septiembre de 2005, pocos días antes de que el Parlament de Catalunya aprobase el proyecto de reforma de su Estatuto de autonomía, que España corría el riesgo de balcanizarse. No me sorprendió la dureza de la afirmación, porque es evidente que Aznar participa desde hace tiempo de la idea, muy bien teorizada por algunos laboratorios de ideas norteamericanos, de que la dureza en el lenguaje es una herramienta cargada de futuro, como lo fue la poesía en tiempos de Gabriel Celaya.
Ni siquiera me indigné, aunque en España, concretamente en Madrid, hoy está de moda vivir indignado. (Uno se levanta, pone la radio y oye un señor gritando que está indignado. Uno llega a la oficina y antes de darle los buenos días, su compañero de trabajo le hace saber que está indignado. ¡Qué bien se vive indignado!) La verdad es que no me indigné al leer el augurio balcánico del señor Aznar; pero al cabo de un rato exclamé: ¡La España de los pingüinos! Las palabras del líder del Partido Popular habían tenido la virtud de activar mi memoria —los links, que se les llama ahora— enlazando la vibrante actualidad política española con el vago recuerdo del día en que siendo niño abrí las páginas de mi atlas escolar y descubrí que había una tierra que se llamaba Kosovo. E imaginé que allí, entre aquellos nombres tan raros, quizá moraba el conde Drácula: el hado maligno.
El expresidente del Gobierno sabía muy bien lo que decía —creaba el campo semántico necesario para caracterizar la iniciativa del Parlamento catalán como una grave amenaza para la tranquilidad del resto de los españoles—, pero no estoy tan seguro de que supiese de qué hablaba. Esta disociación no es hoy infrecuente. Para combatir en las trincheras de la política hay que saber lo que se dice y, sobre todo, saber calcular los efectos. Dominar la materia de la que se habla es cada vez menos necesario en una cultura política en la que el discurso está siendo sustituido por el flash televisivo. España no es Yugoslavia ni lo será nunca.
Semanas después tuve ocasión de almorzar en Madrid con un diplomático de la embajada de Croacia. Una persona joven, muy interesada por España, apasionada por las posibilidades de ingreso de su país en la Unión Europea, y perpleja ante la virulencia del lenguaje político español. Este fue su comentario: «Cuando oigo hablar del riesgo de balcanización de España, no puedo sino sonreír. ¿Realmente saben lo que están diciendo? Tienen ustedes un país rico y estupendo que en nada se parece a lo que era Yugoslavia a finales de los años ochenta. Pero oigo expresiones en los medios de comunicación que superan en agresividad a las cosas que nos dijimos allí. ¡No jueguen con fuego!».
España no es Yugoslavia ni lo será nunca. Pero hoy muchos españoles seguramente se sienten pingüinos ante el alto grado de tensión que tantos días alcanza la atmósfera política. Raros, ante el abuso gratuito de la violencia verbal. Extraños, ante la imposibilidad de compartir identidades sin ser recriminados, desde uno u otro lado, por falta de pureza y convicción. Curiosa paradoja: se nos dice que el mundo avanza hacia la superposición de los sentimientos de pertenencia; se nos exigen flexibilidades de todo tipo —flexibilidad mental, flexibilidad laboral, flexibilidad emocional— para afrontar inciertos retos de futuro, pero la inflexibilidad ideológica y política tiende a apoderarse del espacio público. Se nos emplaza a tener iniciativa, a ser valientes en definitiva, pero las toxinas del miedo envenenan cada vez más rincones de la vida social. Ser pingüino es hoy una manera de contemplar el mundo. No la más cómoda. Ni tampoco la más segura. El mantenimiento de la media distancia fatiga, puesto que obliga a establecer una tensión constante con los profetas de la catástrofe y con los cada vez más numerosos portadores de verdades absolutas. No es fácil ser pingüino. Incluso es posible que se rían de ti: ¡incauto apaciguador!
La que sigue es una crónica del panorama político español desde la óptica de un pingüino catalán que reside en Madrid. Es el intento de configurar un punto de vista propio, que no me atrevería a denominar «tercera vía», porque la última vez que en este país se habló de una «tercera España», quienes se apuntaron a la causa fueron literalmente triturados.
Como todo buen estoico, el pingüino ha de saber que las mejores batallas, también las intelectuales, son aquellas que se afrontan desde la certeza de que la derrota, tarde o temprano, llegará. Hemos venido al mundo a sucumbir. Solo desde la certeza de la derrota, la contemplación de los acontecimientos puede devenir un placer e incluso, si la suerte nos sonríe, una victoria.
I
EL SIMULACRO DE LAS DOS ESPAÑAS
Podríamos empezar con una anécdota, una anécdota relativamente reciente. Podríamos comenzar con la Confraria del Cava de Sant Sadurní d’Anoia encargándole el cartel de la Setmana del Cava de 2005 a Ágatha Ruiz de la Prada, diseñadora española de prestigio y esposa de Pedro José Ramírez, director del diario El Mundo, el periódico español que más interés ha mostrado por informar a sus lectores sobre las campañas de boicot a los productos catalanes a propósito del proyecto de reforma del Estatuto de autonomía de Cataluña. Un interés estrictamente periodístico, por supuesto, que un domingo de octubre se tradujo en la publicación de una página entera con los nombres de todas las empresas catalanas mencionadas en los sitios de Internet promotores del boicot; sitios a su vez anónimos gracias a esa milagrosa cualidad de la Red que permite dar visibilidad a todo tipo de ideas y comportamientos sin perjuicio alguno para la identidad real de sus promotores. Como las octavillas de antaño. Como los pasquines que en la época renacentista los ciudadanos romanos disconformes con la autoridad pontificia colocaban de noche a los pies de Pasquino, un busto helénico ubicado en una de las callejuelas cercanas a la plaza Navona.
Podríamos comenzar con más anécdotas. La de Esperanza Aguirre Gil de Biedma y Pasqual Maragall i Mira juntos y sonrientes, casi cogidos de la mano, la noche del 7 de noviembre de 2005, día de estreno de Cuatro, en aquel momento el más joven canal de televisión analógica en España. Bajo la batuta del periodista Iñaki Gabilondo, Maragall y Aguirre confesaron su amistad ante las cámaras —una amistad que va más allá de la estricta cordialidad política—, mientras sus respectivos partidos se tiraban España por la cabeza en la sede del Senado. Sonrientes, intentando quitar hierro a la trifulca territorial, ambos daban la imagen del político próximo, simpático y responsable: tranquilos, que en el fondo no pasa nada. Tranquilos, que todo lo que estáis viendo y oyendo estos días no es otra cosa que un simulacro.
En tiempos complejos y atribulados, la anécdota, la pequeña historia, siempre se revaloriza: informa a la vez que entretiene. Gracias a estas dos anécdotas, el libro que el lector tiene entre las manos no ha comenzado con Karl Marx. No debería ser pecado arrancar un texto con una cita marxista, pero a estas alturas del siglo incluso podría resultar algo pedante. Es inevitable acudir a él si queremos hablar de la historia como simulacro. Dice Marx en el primer capítulo de El 18 de Brumario de Luis Bonaparte. «Los hombres hacen su propia historia, pero no la hacen a su libre arbitrio, bajo circunstancias elegidas por ellos mismos, sino bajo aquellas circunstancias con que se encuentran directamente, que existen y les han sido legadas por el pasado. La tradición de todas las generaciones muertas oprime como una pesadilla el cerebro de los vivos». El filósofo de Tréveris había estudiado a fondo a Hegel, tan a fondo que quiso enmendarlo con ironía (aunque Marx prefería el sarcasmo): «Hegel dice en alguna parte que todos los grandes hechos y personajes de la historia universal aparecen, como si dijéramos, dos veces. Pero se olvidó de agregar: una vez como tragedia y la otra como farsa».
¿Estamos, pues, ante la reencarnación de las dos Españas como farsa?
No es fácil dibujar con trazo claro una panorámica del momento español. Y todavía es más difícil hacerlo sin recurrir a ese viejo y siniestro tópico. Estamos hablando de dibujar pacientemente una panorámica, no de fotografiar un instante o de obtener una de esas secuencias rápidas que las cámaras digitales capturan con gran diligencia con solo pulsar un botón.
La España en Polaroid muestra una realidad aparentemente enloquecida. El brillo de los colores, seguramente demasiado saturados, es reflejo de una economía estadísticamente boyante que desde hace doce años no conoce retroceso y es motivo de admiración en la Unión Europea. El fondo es vivaz, pero todos los objetos, personas e instituciones aparecen con el contorno difuminado por el exceso de movimiento. Más que bullicio se aprecia un ambiente de gran excitación, que en algunas instantáneas apunta a la histeria. Aquí, el presidente de una empresa eléctrica blande la Constitución para defender en nombre de la patria su bien remunerado puesto. Allá, el dirigente de un pequeño partido con una posición momentáneamente privilegiada en el Parlamento —gracias a la misma Constitución que el empresario invoca en vano— se ha subido a un taburete y amenaza con poner patas arriba un entramado estatal que tiene más de quinientos años de historia. En esta otra instantánea, un académico de la Lengua, prócer del segundo idioma más hablado del mundo después del inglés, aparece sudoroso y sofocado ante la posibilidad de que el catalán, ese primo hermano que sobrevive a duras penas en el noreste peninsular, obtenga un certificado europeo. En aquella otra, el presidente de una región pobre que ha conquistado la dignidad gracias a la solidaridad de los españoles medianamente ricos —y también gracias a la interesada generosidad de los alemanes— escupe a quienes le han ayudado. En esa otra, representantes políticos de quienes han ayudado a la región pobre a ser menos pobre descubren el rendimiento electoral de decir basta, ya hemos pagado bastante; en un ángulo de la misma Polaroid algunos de los que hablan de expolio, que es una manera fina de decir robo, son los mismos que hace tres años aseguraban haber pactado «con Madrid» el mejor sistema de financiación de la historia.
Hay más. En aquella otra aparece el presidente del Gobierno vestido de arcángel amonestando a su antecesor, disfrazado de Lucifer; por el encuadre se diría que ha sido tomada en una fiesta escolar. Hay un montón de Polaroids. Y es curioso que en todas ellas aparezcan periodistas, pero más curioso aún es que ninguno de ellos haya sido sorprendido tomando notas, cosa que sería su obligación, sino conspirando, como si les aburriese el viejo oficio de narrar. Son interesantes las fotografías instantáneas. Vivaces y contrastadas, ofrecen mucha información. Pero puestas una al lado de la otra no acaban de ofrecer un panorama coherente.
Toda panorámica exige un ángulo de observación estable. Y el primer problema español es que ese punto nunca acaba de estar bien fijado: se mueve constantemente y es objeto de agotadora discusión. Los franceses, por ejemplo, observan su país desde lo alto de la torre Eiffel y nadie, hasta la fecha, ha puesto en cuestión que París sea el único gran mirador posible. Los británicos tienen Londres como indiscutible punto de mira y están afrontando con gran sentido práctico la reclamación de los escoceses, desde hace siglos no muy conformes con la exclusividad del punto de vista inglés. Alemania ha recuperado Berlín como centro, pero con todas las cautelas que le imponen la historia y los amortiguadores de la Constitución federal. Portugal se mira desde Lisboa y se pregunta, cada vez con mayor angustia, qué hace tan sola frente al inmenso Atlántico. Y la enrevesada Italia es un sistema de ciudades más que de regiones, en el que las rivalidades locales, siempre atemperadas por la Iglesia católica, apostólica y romana, conforman la verdadera identidad nacional; los unos no pueden vivir sin los otros.
Visto el mosaico europeo, sería fácil concluir que el renovado enfrentamiento entre las dos Españas, la de derechas y la de izquierdas, la católica a ultranza y la laicista, la unitaria y la federal, la centralista y la soberanista, la conservadora y la libertaria, la liberal y la socializante, la pronorteamericana y la más europeísta..., está alimentando a toda máquina un conflicto irresoluble. De nuevo, como en los años treinta, los dos bandos se temen hasta traspasar la frontera del odio y sueñan despiertos con la derrota irreversible del adversario. La síntesis parece imposible. ¡Ay del pingüino que ose observar el campo de batalla desde los dos ángulos a la vez! Ninguna de las dos Españas podrá helarle el corazón, puesto que el pingüino es un animal habituado a la intemperie, pero se le puede caer el pelo. Por el estrés, claro está.
No hay mínimo común denominador, pero tampoco parece previsible una victoria definitiva de uno de los dos bandos ni en el plano electoral, ni en el ideológico, ni siquiera en el mediático, el último gran polígono de tiro que ha construido la modernidad. Quizá sea este el verdadero misterio de la identidad nacional española: ser español consiste en estar severamente enfrentado a los del otro bando.
Las dos Españas despiertan todas las mañanas a millones de oyentes. El pasado curso se puso de moda en Madrid, entre gentes más bien proclives a la izquierda, afeitarse o desayunar con la COPE, la combativa emisora episcopal. «Así me pongo las pilas», decían entre risas. Además de explicar, en parte, muy en parte, el aumento de audiencia que registró la cadena, la anécdota aporta una pista interesante para proseguir con nuestro relato y con la sospecha de que la actual recreación del viejo drama hispánico tiene una notable dosis de simulacro. Y de negocio, también. Es una dramatización que siendo falsa, no acaba de ser del todo incierta.
Las dos Españas no solo presiden las mañanas, sino que acompañan a centenares de miles de personas a lo largo de toda la jornada. Cuando acuden al quiosco a comprar la prensa o cuando capturan chismes y opiniones cada vez más inflamadas, a través de Internet. Las portadas de la mayoría de los diarios conforman un mosaico singular. Negro sobre blanco y con buenas fotos en color, cada día se publican relatos diametralmente opuestos sobre una misma realidad. Sin apenas puntos en común, sin un marco mental que parezca capaz de integrarlos. De manera que un marciano recién aterrizado en el paseo de la Castellana o un lector de provincias poco entrenado en la gimnasia de la crispación, podrían llegar a dudar de la propia existencia de España. Quizá sea ese otro rasgo definitorio de la moderna identidad nacional española: una pelea constante con la propia noción de realidad.
Esa sensación, sin embargo, se relaja cuando el pingüino se distancia de Madrid y se ubica en alguno de los puntos de observación de la denominada periferia: Barcelona, Valencia, Sevilla, A Coruña o Bilbao, por citar las otras cinco ciudades más pobladas. Observado desde estas atalayas, el panorama es inicialmente distinto, como más sereno; pero no nos hagamos ilusiones, pronto una bruma entorpecerá la visión. Una bruma y un lamento. Barcelona se siente esquilmada y maltratada por la pujante y poderosa Madrit. Valencia acusa a Barcelona de negarle el agua. Sevilla teme que el próximo final de las subvenciones europeas coloque de nuevo a Andalucía en la pendiente y se aferra suspicaz a la bandera de la solidaridad. A Coruña, más escéptica, comparte rivalidad con las otras seis ciudades gallegas (Ferrol, Santiago, Vigo, Lugo, Ourense y Pontevedra) y el hondo sentimiento de que los gallegos también tienen derecho al orgullo. Y en Bilbao quieren vivir en paz, quieren seguir mandando en su casa, no entregar ni un céntimo a la caja común —en eso consiste el fuero— y conservar los puestos laboriosamente conquistados en Madrid desde que los vizcaínos comenzaron a ocupar cargos en la corte de Felipe II.
Esto es lo que hay, pero sería un grave error confundir la actual fibrilación (en medicina, contracción incontrolada de las fibras del músculo cardíaco) con la España de los años treinta, la que consagró el mito fratricida. Aquellas dos Españas que helaban el corazón surgían de muy abajo, tenían hondas raíces. Eran hijas de la decadencia del imperio y de un siglo XIX desgraciado e incapaz de vertebrar un Estado moderno que hoy existe y funciona bastante mejor de lo que todos tendemos a creer, sumidos como estamos en la cultura de la queja. Aquellas dos Españas estaban en la plaza mayor de cada pueblo, en cada fábrica y en cada campo. Olían a miseria, a resentimiento y a Edad Media.
¿Estamos entonces ante una mascarada, ante una inflamación de la opinión provocada por los partidos políticos y los medios de comunicación, necesitados ambos de la figura del antagonista para afianzar su personalidad? Aunque la respuesta positiva a ambas preguntas conlleva el riesgo de abonar la repulsiva idea de que la política y su fiel acompañante, el periodismo, pueden llegar a ser enemigos del pueblo, hay datos más que suficientes para creer que el revival de la España cainita es un vulgar simulacro. El mito de las dos Españas está siendo reciclado para dar forma al necesario antagonismo entre los dos polos —derecha e izquierda— que todavía hoy siguen siendo imprescindibles para articular la democracia en Occidente. No hay democracia dinámica sin derecha e izquierda, llámense socialistas y liberales, socialdemócratas y democristianos, liberales y conservadores, o demócratas y republicanos.
Aparentemente la lucha es a muerte, pero ninguno de los dos polos se atreve a colocar en primer plano los dilemas a los que deberá enfrentarse la sociedad española en muy pocos años, como el déficit estructural de la sanidad pública o la insuficiencia del actual modelo educativo para satisfacer las exigencias de la nueva división internacional del trabajo. Los mitos del pasado, que tanto estimuló José María Aznar con su personalidad obsesiva, han regresado con un manto paródico, a modo de placebo. Así, la izquierda se esfuerza en demostrar que la derecha sigue siendo tan retrógrada como en tiempos del cardenal Segura y la derecha revive con fruición los fantasmas de 1934: el pacto del PSOE con Esquerra, la fatídica pareja de insurrectos y separatistas; la alianza de los infieles.
Es mucho más cómodo, e intelectualmente más fácil, juguetear con las emociones que nos ha legado el pasado —aun a riesgo de que alguna chispa acabe provocando un desastroso incendio— que adelantarnos a los quebraderos de cabeza del futuro que viene. No hay coraje para comenzar a explicar a los ciudadanos que se acerca el día en que habrá que pagar cierta cantidad para ir al médico o cierto porcentaje de las operaciones quirúrgicas, si se quiere seguir disfrutando de un servicio sanitario público de calidad. Tampoco lo hay para plantear una reorganización a fondo del gasto de las administraciones en beneficio de la enseñanza pública. ¿Es eficiente un país cuyo sector público se esfuerza en cubrir el déficit de diez u once televisiones públicas y apenas puede incrementar el número de ordenadores por aula?
La política, no lo olvidemos, vive al día. La política, como a menudo recuerdan los italianos, embebidos de Maquiavelo, es el arte de saltar de una coyuntura a otra, siempre en busca de vientos más favorables. Correspondería a las organizaciones sociales y a los medios de comunicación subrayar los retos de fondo y sacudir a la política de su imprescindible tendencia al regate corto.
Eso hoy no ocurre en España. Quizá porque la conjunción de intereses entre la política y los medios de comunicación ha devenido demasiado intensa. La promiscuidad entre política y periodismo ha alcanzado registros nunca vistos, en Madrid y fuera de Madrid. Aparentemente, muy aparentemente, ello beneficiaría al periodismo por haberse apoderado de un nuevo espacio de poder: el dictado de la agenda diaria. La agenda diaria, sí; pero no del planning mensual, trimestral y anual. En una danza ritual que se repite cada mañana, las portadas de los diarios y las tertulias de radio parecen ser más decisivas que los comités directivos de los partidos y que el propio Consejo de Ministros.
Potenciado por Internet, el periodismo de intoxicación parece el amo en un cuadro extraño y en ocasiones delirante. Pero quien va a pagar más cara la desvergonzada promiscuidad con la política será el periodismo. Cada vez son más los ciudadanos que desconfían de la industria de la información. Comienza a parecer demasiado obvio el interés de algunos por el mantenimiento de un clima artificial de sobreexcitación. Teorizar sobre un fenómeno que ha roto los límites de la evidencia no tiene ningún sentido. Solo cabe sentarse y esperar tranquilamente a que el cadáver del periodismo populista pase ante el campamento de la clase media reflexiva. Habrá una reacción a favor del periodismo cívico. La habrá.
El simulacro de las dos Españas es también una manera de chapotear en la modernidad líquida, esa brillante metáfora de nuestros tiempos acuñada por el sociólogo polaco Zygmunt Bauman, un hombre sabio y anciano. Una época, la nuestra, en la que ya no se esperan Grandes Soluciones para los Grandes Problemas. Un tiempo propicio para la búsqueda de viejos asideros en el almacén de la historia. Una época óptima para el reciclaje del pasado.
La fantasmal reaparición de las dos Españas como catalizador de las tensiones colectivas sería así la peculiar respuesta hispánica a la actual fase de estancamiento y retroceso del ideal europeo, de reestructuración de la división internacional del trabajo y de inseguridad colectiva. Francia busca desesperadamente retener la grandeur que se le escapa de las manos. Alemania, como quedó demostrado en las elecciones de septiembre de 2005, intenta mantener como sea el escudo de protección social que en los años cincuenta le ayudó a salir de la pesadilla. Gran Bretaña, la última en ser golpeada por el terrorismo, se aferra al sentido práctico, del que Tony Blair se ha erigido en indiscutible campeón. Los escandinavos desentierran antiguos y fríos recelos. Italia oscila entre el populismo y el incierto deseo de llevar a cabo un nuevo Risorgimento... ¿Y España? España recrea aquel cuadro de Goya a orillas del Manzanares: hundidos hasta las rodillas, dos hombres se muelen a palos.
Un grito, un rugido, parece surgir hoy de las entrañas de Europa: ¡Adentro! Adentro como el caracol cuando advierte el peligro. Así, el primer ministro francés Dominique de Villepin, que se estrenó en el cargo reeditando un viejo libro sobre Napoleón, proclamó el deber del Estado de velar por la propiedad francesa de las grandes firmas industriales, nada más conocerse que Danone podía ser adquirida por una multinacional norteamericana. Y en Roma se desvelaban las conversaciones telefónicas del gobernador del Banco de Italia, Antonio Fazio, católico de misa diaria, en impúdica alianza con empresarios y banqueros para reforzar el catenaccio e impedir que los españoles del Banco Bilbao Vizcaya comprasen la Banca Nazionale del Lavoro, auténtico mausoleo de las finanzas opacas. Italia para los italianos. ¡Adentro!
En Alemania, parcialmente inmunizada del virus nacionalista, una escisión izquierdista del SPD hace acto de presencia en el mercado electoral con un discurso frontalmente anticapitalista y con sombras de chauvinismo en la reivindicación de un mayor papel protector del Estado. Perdida la inocencia multicultural, Holanda también se repliega, apuntillando sin piedad el proyecto de Constitución europea. ¡Adentro!
Aparentemente, solo Londres mantiene la compostura, pero la integración de Gran Bretaña en el euro ha desaparecido del campo de las posibilidades. También aparentemente, entre invocaciones a la pluralidad interna y a una azucarada «alianza de civilizaciones», la España del socialista José Luis Rodríguez Zapatero parecería distanciarse del repliegue. ¿Seguro? Difícilmente puede refugiarse España en el cascarón de un unitarismo nacional que nunca acabó de funcionar, ni siquiera en los tiempos que podía haber alcanzado su máximo prestigio y esplendor. No es un búnker muy cómodo que digamos. En España también se grita ¡adentro!, pero cada uno para su casa. También a la hora de situarse a la defensiva, España se manifiesta plural, ¡no uno, sino diecisiete cascarones!
Un interesante diagnóstico del momento español lo escribió poco antes de las elecciones legislativas de marzo de 2004 el periodista Jesús Cacho. Es uno de los hombres bien informados de Madrid. Cacho conoce bien los entresijos del poder económico en España; tan bien que flanqueó durante un tiempo el intento del banquero Mario Conde de convertirse en el Silvio Berlusconi español, en la decisiva fase previa a la privatización de las grandes empresas públicas españolas. Conde y sus amigos sabían que la salida al mercado de los antiguos monopolios del Estado iba a suponer el primer gran cambio de escala después de la integración de España en la Comunidad Económica Europea (CEE) y, por consiguiente, una auténtica revolución en las relaciones de poder. No es nada extraño que fuese en aquella época cuando empezó a hablarse de la segunda transición.
La confluencia de otros dos factores propiciaba un horizonte verdaderamente dionisíaco para gentes con ambición y voluntad de poder como Conde. La incipiente debilidad del Gobierno del PSOE, desestabilizado por el escándalo de los GAL y el despliegue de la televisión privada en España. La definitiva pérdida del monopolio de Televisión Española (roto por primera vez en 1983 con la puesta en marcha de TV3 en Cataluña) dejaba abierta la posibilidad de que un conglomerado financiero-mediático intentase el asalto al poder. Si Berlusconi, un aventurero que había ganado su primer sueldo como cantante de cruceros, lo había logrado en Italia, el ambicioso abogado de Tuy y sus amigos no querían ser menos. Conde lo intentó, fracasó y acabó en la cárcel. Y Cacho, que supo apartarse a tiempo del héroe caído, dejó escrito un best seller, Asalto al poder, cuya lectura sigue siendo de gran utilidad para comprender algunas cosas importantes de la España de hoy.
La tesis de Cacho era la siguiente: En España se va a iniciar muy pronto una nueva y colosal batalla por el poder, con el foco puesto en una etapa en que la economía tendrá un crecimiento menos dinámico, ya que disminuirán los subsidios europeos. En esa batalla se va a dilucidar quiénes mandarán en una España próspera, pero algo menos rica. A fecha de hoy, los fondos europeos se siguen cobrando, la economía todavía sigue creciendo a un ritmo superior al 3 % anual, pero es evidente que la lucha ya ha comenzado.
El Partido Popular, que habló catalán en la intimidad cuando José María Aznar necesitaba los votos de Jordi Pujol, acusa ahora al PSOE de someter a España a la centrifugadora catalana. El PSOE, que en tiempos de Joaquín Almunia criticaba a Aznar de ser demasiado generoso con los nacionalistas catalanes, hoy parece medio dispuesto a admitir que Cataluña se defina como nación en su nuevo Estatuto. Convergència i Unió, que para apaciguar al PP dio sus votos para el trasvase del Ebro —proyecto decisivo para modificar la articulación territorial en favor del eje Madrid-Valencia, dejando a Barcelona en segundo plano— ha estado navegando durante dos años bajo la bandera del nacionalismo maximalista, quizá porque no le quedaba otra opción. Esquerra Republicana, independentista por las mañanas, visita la Moncloa por las tardes... con el recelo de que CiU haya estado allí a la hora de los postres.
Un cierto perfume tragicómico sí que flota en el ambiente. Son tiempos de reciclaje, en los que lo viejo vuelve para decir cosas nuevas. Una época para sentirnos pingüinos: perplejos y extraños ante tanto simulacro. Perplejos pero apasionados por conocer el signo de los tiempos. Apasionados pero también temerosos de que alguna metáfora la acabe cargando el diablo. De que salte una chispa mala.
Acabemos como hemos comenzado. Con Marx: «La revolución social del siglo XIX no puede sacar su poesía del pasado, sino solamente del porvenir». La incertidumbre del siglo XXI probablemente también necesita poesía y la busca en todas direcciones. En el pasado y, cada vez con mayor dificultad, en el porvenir.
UN VIAJE A CÁDIZ
El carnaval de Cádiz es hijo de un cruce raro. Un poco de Venecia, un poco de Génova y un mucho de las Antillas sobre fondo andaluz. En febrero, los cielos de la bahía gaditana son tan limpios que envuelven la ciudad con una atmósfera transparente y entusiasta. Viajar a los carnavales de Cádiz mientras Madrid bulle y la parodia de las dos Españas alcanza el cénit de la excitación en las tribunas radiofónicas es un auténtico gozo. Pasear por Cádiz en invierno es un ejercicio del todo recomendable para mesurar la distancia real entre la inflamación artificiosa de la «vida pública» y la vida a ras de tierra.
Entusiasta, portuario e irreverente, el carnaval de Cádiz es un prisma que descompone la mala leche ambiental. Hay mucha vida y poca política en las letras de sus coplas y tangos. He aquí una breve antología de los temas más aplaudidos en el concurso de 2005 en el Gran Teatro Falla, mientras España, clamaban los tribunos, se hundía irremisiblemente en el abismo: el despertar femenino, entre tópicos y verdades; la dignidad del homosexual, del maricón dicen en Cádiz, tema de digestión lenta, siempre servido con unas risas; algún pescozón a la Casa Real, por aquello de rendir culto al atrevimiento; ecos de Aznar y de la guerra de Irak; alguna pulla contra Ibarretxe y alguna referencia, escasa pero dolida, a los catalanes que no quieren ser de España, reflejo de la eterna dignidad andaluza siempre orgullosa ante el desprecio. Y mucho enfado con la Iglesia católica, amonestadora y romana; capones a granel a una jerarquía visigótica que desde los púlpitos de Madrid, Toledo y Valencia aquel invierno reñía todos los domingos y fiestas de guardar.
El carnaval de Cádiz es heredero del viejo teatro de marionetas de la Tía Norica, un Pulcinella gaditano que triunfó en pleno vendaval del ochocientos: el asedio de los franceses, la batalla de Trafalgar; el nacimiento del héroe galdosiano, el joven Gabriel Araceli, hijo pobre del barrio de la Caleta; la aprobación de la Pepa, la traición de Fernando VII y a partir de aquí el enloquecido carrusel de un siglo que culminaría con la tragedia de 1936.
De ese elenco de acontecimientos gaditanos, el más recordado es la batalla de Trafalgar, que acaba de cumplir doscientos años. Molestó en algunos ambientes madrileños que los ingleses se adelantasen en la celebración de la victoria del almirante Nelson con una gran parada en la bahía de Portsmouth, a la que el 29 de junio de 2005 acudieron 250.000 espectadores, presididos por la reina Isabel II. Bulle en Madrid un nacionalismo español de combate que se ha impuesto el título de liberal: muchos nacionalismos europeos, grandes y pequeños, tienden hoy a proclamarse liberales, quizá por precaución, ya que la «marca» nacionalista aún no se ha repuesto de las quemaduras sufridas en el drama de Yugoslavia. La primicia inglesa —la batalla tuvo lugar el 21 de octubre de 1805— sería bajo su ardiente punto de vista la demostración irrefutable de que la Nación española se halla bajo mínimos, desmayada y sin pulso.
En este ambiente de relativa nostalgia por una derrota naval que nada bueno podía presagiar, ya que el siglo concluyó con otra catástrofe en los mares —la humillación de la escuadra del almirante Cervera en Santiago de Cuba, el 3 de julio de 1898—, ha tenido cierto éxito de público la novela Cabo Trafalgar con la que el escritor Arturo Pérez-Reverte ha sabido adelantarse muy hábilmente a la efemérides, publicándola un año antes. Resulta muy interesante comparar el relato de Pérez-Reverte con Trafalgar, el primero de los episodios nacionales de Benito Pérez-Galdós, auténtico best seller de la segunda mitad del siglo XIX, en dura competición con El Criterio de Jaime Balmes, Pepita Jiménez, de Juan Valera y Peñas Arriba de José María Pereda, flanqueados los cuatro por la poesía de Espronceda y Zorrilla.
Es interesante regresar por un momento al tiempo de Galdós. España cargó el peso de la derrota a los franceses, convirtiendo al inepto almirante Villeneuve en un cómodo chivo expiatorio. Durante años se pronunciaba así, con énfasis: «el-inep-to-Vi-lle-neu-ve». Pésimo comandante de la flota hispano-francesa, Pierre Charles Jan de Villeneuve se suicidaría en Rennes antes de rendir cuentas ante Napoleón, aunque otras versiones apuntan a que fue asesinado por orden del Emperador, que no quería oír sus justificaciones en público y aparecer como el responsable de su ascenso a jefe de la Flota Francesa del Mediterráneo. La catarsis Villeneuve permitió ensalzar como verdaderos héroes a los tres comandantes españoles mortalmente heridos en combate, Gravina, Churruca y Alcalá-Galiano. Pero la novela de Galdós no se ensaña con el francés. El suyo es un patriotismo moderno, didáctico, humano e incluso irónico; algunos pasajes del libro son antiheroicos. Trafalgar irradia un optimismo de fondo encarnado en el ascenso social del joven narrador, el picaro Gabriel Araceli, que acabará siendo alguien en este mundo. Gabriel se muestra mucho más despierto ante el caos de la batalla que el atolondrado Fabrizio del Dongo, que Stendhal ubicó, atónito y premonitorio, en el gran fregado de Waterloo. Galdós promueve el ideal moderno de nación con precaución, como si supiera el material explosivo que lleva entre manos. No es Trafalgar una novela patriotera.
En el libro de Pérez-Reverte, los franceses son pérfidos y cobardes —a ver si te enteras Zapatero— y la marinería española, valiente, ardorosa y arrojada, como siempre lo es el buen pueblo antes de ser fatalmente enredado por los jefes y la política. He ahí una vieja melodía española que resultará familiar al lector. A los pocos meses de publicar Cabo Trafalgar, quizá todavía excitado por la pólvora de los cañones en la amura de estribor, el autor escribía lo siguiente en el suplemento de los domingos del diario ABC: «Esa es nuestra desgracia: los políticos. La plaga de la langosta. La perra historia de España. Cómo es posible que estas langostas bajunas y analfabetas se atrevan a devastar una España que ni aman ni comprenden».
El periodista Pérez-Reverte, además de poseer una escritura fluida, tiene éxito. Mucho éxito. Ha intuido que había un vacío y se ha lanzado en plancha para ser el primero en retomar el anhelo patriótico con la pluma; en ser el capitán de una nueva literatura nacional-popular española, trepidante, cinematográfica, espectacular, bien documentada y muy cargada de onomatopeyas, muchas putas, coños y cojones; una literatura en la que el pueblo llano siempre tiene razón y la culpa es de los de arriba, que no se enteran.
De semblante casi siempre contrariado, el creador del Capitán Alatriste es un tipo listo y perfectamente contemporáneo. Poseído por un malestar inquebrantable, habla de la Nación con nostalgia, incluso con rabia, quizá porque percibe su ausencia. Quizá porque ese es un barco que ha cambiado de rumbo y ya navega lejos de las costas gaditanas. En tiempos de Stendhal y de Galdós, de Gabriel Araceli, de Fabrizio del Dongo y de Julien Sorel, la construcción nacional era una rotunda promesa de ascenso social. Agotado su recorrido como Fin Último y sin perspectivas claras de reencarnarse en la maltrecha unidad europea, no puede asegurarse que el nacionalismo vaya a la deriva, pero su actual navegación resulta inquietante. Si no corrige el rumbo puede acabar dando vueltas a un solitario islote. El islote de Perejil o, puestos a fabular, la isla de la Plenitud Negada. ¡Cagondiez!, que escribiría Pérez Reverte.
Hay que ir a Cádiz en febrero. Sigue siendo un buen espejo del alma liberal española; de la de verdad. Un alma con deseo de libertad. Un alma alegre.
2
EL GRÁFICO DE MARIANO RAJOY
Transcurridos apenas unos meses de las elecciones legislativas de marzo de 2004, Mariano Rajoy adoptó la costumbre de mostrar un gráfico a quienes acudían a visitarle a su despacho de la calle Génova, en el séptimo piso de la sede central del Partido Popular. Planta que comparte con Ángel Acebes, instalado este en el despacho que perteneció a José María Aznar. Mascando un puro y con ese gesto tan habitual en él de mostrarse un poco de vuelta de todo, el líder de la oposición enseñaba al visitante una cartilla rectangular con dos líneas en diente de sierra. La línea azul correspondía a la intención de voto del PP a lo largo de los dos últimos años y la roja mostraba la evolución del PSOE en el mismo periodo de tiempo. La línea roja solo superaba claramente a la azul en dos casillas: la correspondiente a febrero de 2003 —cuando tuvieron lugar las grandes manifestaciones contra la guerra de Irak— y la de marzo de 2004. Rajoy enseñaba la cartilla y no hacía grandes comentarios, como si invitase al interlocutor a sacar sus propias conclusiones. «Las cosas nos iban razonablemente bien, pero...», venía a decir, como un veterano administrador que muestra la evolución de los asientos en un libro del Registro de la Propiedad.
El gráfico mostraba con bastante claridad cómo el PP estaba en perfectas condiciones de consolidarse como la nueva «mayoría natural» de un país sociológicamente escorado hacia el centro izquierda. No es ningún secreto estadístico que España tiene el corazón ligeramente a la izquierda. Cada país es hijo de su historia y cuarenta años de dictadura no se borran de un plumazo (ni con un aznarato). La ligera tendencia a la izquierda es cierta, pero también lo es el creciente pragmatismo de las clases medias: al igual que en el resto de Europa, que en Estados Unidos y en otras naciones del mundo desarrollado, la marcha de la economía pesa mucho en la inclinación final de los electores. Primum vivere.
Y al PP la gestión económica le iba de perlas. De los catorce años de Gobierno de Felipe González había heredado una economía dinámica y abierta al exterior, repuesta de las traumáticas secuelas de la reconversión industrial y oxigenada por unas magníficas ayudas de la Unión Europea que suman un billón de pesetas anuales, esto es, el 1 % del producto interior bruto. No estaba mal la herencia del «pedigüeño», mote con el que Aznar quiso descalificar a González cuando este negociaba con sus socios europeos la cuantía de los fondos de cohesión. La herencia no era mala y, además, las arcas del Estado se hallaban rebosantes de dinero tras la privatización de las grandes empresas públicas, circunstancia que no se volverá a repetir en la historia: lo vendido, vendido está. Herencia saneada, dinero en caja y petróleo barato. Podría decirse que en marzo de 2000 el PP estrenó la mayoría absoluta bañado en oro negro: ¡a 25 dólares el barril! (tras el huracán Katrina, en septiembre de 2005, la cotización del barril llegó a superar los 70 dólares). Y China aún no había despertado del todo. La coyuntura internacional era medianamente aceptable; había negros nubarrones en el horizonte después de los atentados de Nueva York, pero ninguna guerra a gran escala estaba todavía en marcha. Los españoles consumían como jamás lo habían hecho. En términos globales, España iba más que bien, aunque no todo el mundo se beneficiase por igual de la excelente e irrepetible coyuntura. Conviene subrayar este último adjetivo: el PP se consolidó en el poder a caballo de una irrepetible coyuntura económica.
El gráfico de Rajoy era veraz. La corriente principal avanzaba a favor de su partido y solo podía ser interrumpida por dos acontecimientos trágicos: la guerra y el terrorismo. La vehemencia con que Rajoy mostraba el gráfico a sus visitantes contribuía a alimentar un rumor que circuló intensamente por Madrid inmediatamente después de las elecciones del 14 de marzo de 2005. Decepcionado por la derrota electoral, Rajoy habría irrumpido en el despacho del presidente del Gobierno en funciones —el despacho de la calle Génova que ahora ocupa Acebes— con el siguiente comentario: «Tú y tu maldita guerra...».
No es ningún secreto que Rajoy nunca fue un entusiasta de la adhesión española a la invasión de Irak. Como tampoco lo fue Rodrigo Rato, el único miembro del Gobierno que se atrevió a discrepar sobre este asunto en una reunión del Consejo de Ministros. Pero también es sabido que el PP cerró filas y celebró como un gran triunfo político el voto unánime de sus diputados en favor de la intervención militar cuando, en marzo de 2003, la oposición logró forzar una votación secreta en el Congreso de los Diputados con el vano propósito de abrir algún tipo de fisura en el monolito gubernamental.
Los sondeos indicaban en aquel momento que más del 80 % de la población española estaba en contra de la política del Gobierno en este asunto. Hacía años que no se producía un divorcio tan acusado entre la mayoría gubernamental y la opinión de la calle. Pero había más factores en contra. La decidida oposición del papa Juan Pablo II a la guerra no podía ser un mensaje ignorado por el centro derecha español. Sin embargo, el PP cerró filas firme como una roca, conforme a esa vieja tradición hispánica que obliga a seguir al jefe por encima de todas las cosas. Quedaba claro que España ha sido, es y seguirá siendo durante bastante tiempo un país caudillista. Basta viajar por Europa o tomar un poco de distancia desde cualquier otro punto del planeta para constatarlo.
Pero el gráfico de Rajoy también podía ser interpretado de otra manera. Si el PP solo pudo ser desbordado electoralmente por una confluencia de factores excepcionales, quedaba abierta la posibilidad de noquear relativamente pronto al novel Gobierno Zapatero. El PSOE ganó las elecciones del 14-M con 10,9 millones de votos, fruto de una movilización extraordinaria del electorado de izquierdas, en la que fueron factores determinantes el descontento juvenil y la movilización de muchos abstencionistas crónicos que decidieron acudir a votar, más contra Aznar que a favor de Rodríguez Zapatero. Si ello fuese realmente así, los populares podrían abrigar esperanzas de un pronto regreso al poder. Al PSOE no le será fácil suscitar de nuevo un altísimo grado de movilización de su electorado potencial, como ya se vio en las elecciones europeas de junio de 2004, tres meses después del 14-M, casi zanjadas con un empate. Aquel que sufra más desmotivación entre los suyos perderá. Y el Estatut de Catalunya puede ser un gran acicate para desmovilizar al electorado de izquierdas.
No hay victoria electoral sin congregación de los incondicionales. Lo cual significa que el PP también debe trabajar para mantener intacto y muy cohesionado su electorado de marzo de 2004, que también fue excepcionalmente cuantioso: 9,6 millones de votos. La política parece en ocasiones muy compleja, pero los esquemas tácticos, tan bien destilados por ese gran laboratorio social que es Estados Unidos, son en ocasiones de lectura bastante simple. Una de las reglas norteamericanas dice lo siguiente: después de una derrota electoral, lo primero que hay que hacer es retener a los incondicionales e intentar que el adversario no se afiance; después ya habrá tiempo para los indecisos.
Retener a los incondicionales e intentar que el adversario no se afiance. Esa ha sido la labor a la que se ha dedicado el Partido Popular durante la primera parte de la accidental legislatura socialista. Lo que aún no está definitivamente claro es si lo ha hecho de la manera más eficaz posible o si, por el contrario, ha beneficiado al adversario con su perenne agresividad.
En septiembre de 2005, con más de quince meses de legislatura a cuestas, los sondeos apuntaban más bien en esta última dirección. El método de oposición de Rajoy era mal valorado. Había logrado un cierto deterioro de la imagen angelical de Zapatero, con la consiguiente estabilización de una ventaja de seis puntos a favor del PSOE (uno más que en las elecciones de marzo), pero con un fuerte coste de imagen: el estilo PP solo era aprobado por el 38 % de los encuestados y Rajoy se mantenía en zona de suspenso. En octubre, sin embargo, las encuestas sufrieron un cambio espectacular: el PP empataba e incluso se ponía por delante del PSOE como consecuencia del malestar generado en amplios sectores de la sociedad española por la propuesta de reforma del Estatuto catalán. La política de agresividad permanente parecía dar sus frutos. La línea dura podía sentirse más que satisfecha: ¡una inversión de ocho puntos en poco más de treinta días! La línea azul despegaba por fin en el gráfico de Rajoy captando votos en el campo del adversario.
Y, sin embargo, estas mismas encuestas —que obviamente provocaron escalofríos en la Moncloa— seguían censurando la política de oposición del PP y otorgando a Rajoy un menor crédito que al presidente del Gobierno. ¿Eran un bache pasajero del liderazgo socialista o apuntaban a una recuperación estructural del centro derecha? Seguramente habrá que esperar al final de la legislatura para salir de dudas. Los primeros cuatro años de Aznar en la Moncloa también tuvieron muchos vaivenes en las encuestas: hubo meses en que el PSOE se colocaba por delante y al final el PP obtuvo la mayoría absoluta. La situación, obviamente, no es la misma, pero cada vez está más claro que los ciclos políticos se han vuelto bastante impredecibles.
En el XV Congreso del PP, celebrado en octubre de 2004 en Madrid, el líder de la oposición intentó un cierto aggiornamento mediante una táctica verdaderamente muy gallega. Invitó a Alberto Ruiz-Gallardón a efectuar uno de los discursos inaugurales del congreso, a sabiendas de que el alcalde de Madrid no desaprovecharía la ocasión para reafirmar su perfil moderado. Que a su vez sería replicado por el ala dura. Tal polarización habría permitido al nuevo líder del partido ubicarse en una interesante posición intermedia, capaz de ensamblar y articular las dos almas del partido. Efectivamente, Ruiz-Gallardón no desaprovechó la ocasión y dejó dicha una frase para la historia: «Algo habremos hecho mal».
Furibundo ante tamaño atrevimiento, Aznar utilizó su discurso en la sesión de clausura para efectuar un férreo llamamiento al cierre de filas. El congreso le aplaudió a rabiar y Rajoy, elegido sin problemas presidente del partido, tuvo que dejar para mejor ocasión los malabarismos centristas y colocarse en la estela aznariana. Ángel Acebes, el rostro que los españoles más asocian a las aciagas jornadas de marzo de 2004, fue elegido secretario general, y Eduardo Zaplana, estilista levantino, siguió al frente del grupo parlamentario. La continuidad quedaba sellada. Un año después, en vísperas de las vacaciones de verano de 2005, el dirigente catalán Josep Piqué lanzaba un torpedo contra la línea de flotación de Acebes y Zaplana. «Sus nombres están demasiado asociados al pasado», dijo Piqué, pero al cabo de veinticuatro horas pedía públicamente perdón a través de los micrófonos de la cadena COPE, tras ser desautorizado por Rajoy. ¿Actuaba por cuenta propia Piqué? La vida interna de los partidos suele ser muy complicada y el PP no es una excepción. Rajoy desea impulsar una cierta renovación del centro derecha español, pero también parece evidente que el de Pontevedra no posee la suficiente fuerza de propulsión para imponer un enérgico cambio de rumbo. Rajoy no es un hombre propenso a la aventura, ciertamente, pero su imagen pública y su política siguen estando condicionadas por la manera como fue elegido: a dedo.
Parece evidente que el primer partido de la oposición está obligado a seguir una trayectoria ondulante hasta el próximo ciclo electoral. Sus actuales dirigentes intuyen que algo debe cambiar, pero no pueden echar por la borda a la vieja guardia aznariana, porque ello significaría dar la razón al heterodoxo Ruiz-Gallardón («algo habremos hecho mal») legitimando así, de manera plena, la victoria electoral del PSOE. Y ese es uno de los nódulos principales de la actual situación en España: el PP acató la victoria socialista, sin aceptarla políticamente. De la misma manera que no aceptó la última y pírrica victoria de Felipe González en 1993. Si en aquella ocasión la furibunda oposición a la continuidad de los socialistas en el Gobierno acabó funcionando —por agotamiento del cuerpo electoral—, podría deducirse que la táctica de la embestida sin descanso puede volver a tener éxito. La pregunta es si Zapatero representa hoy lo mismo para la sociedad española que lo que representaba González en 1993, con catorce años de Gobierno a cuestas.
Volvamos al principio. Al gráfico de Rajoy. ¿Por qué Aznar aproximó tanto el carro de la victoria al abismo de la guerra? La respuesta puede que sea muy simple: precisamente porque las cosas le iban muy bien. Quizá valga la pena intentar una aproximación psicológica al personaje.
El tercer capítulo del libro Retratos y perfiles, dedicado a su esposa, es particularmente interesante. En él confiesa que Ana Botella ha sido la persona más importante en su vida y relata con mucha franqueza cómo le ha ayudado a orientar su vida en momentos decisivos. Explica Aznar lo siguiente, a propósito de los inicios de su carrera política: «Cuando nos mudamos a Madrid, Ana seguía resistiéndose a que yo me comprometiera tanto como ya lo estaba haciendo en la política. Nunca he tenido una oposición más persistente. Siguió oponiéndose hasta que un día intervino decisivamente. En 1982 me habían propuesto presentarme a las elecciones para ser diputado por Soria, lo que significaba ingresar definitivamente en la política profesional. Tuve algunos disgustos en Soria, porque Alianza Popular no estaba bien organizada todavía, y aquel proyecto no cuajó. A la vuelta a Madrid tenía pendiente una llamada de Fraga que, evidentemente, iba a hacerme una nueva propuesta. Yo me empeñé en no devolver la llamada para no verme en un nuevo compromiso, hasta que Ana, en uno de sus arranques de genio, se plantó y me dijo que si lo que a mí me gustaba era la política y quería dedicarme a la política, ella estaba de acuerdo y ella me apoyaría a fondo. Terminó animándome a que levantara el teléfono para contestar la llamada de Fraga. Así empezó todo».
Salvando muchas distancias, el episodio que narra Aznar guarda cierta similitud con un pasaje de la biografía de Jordi Pujol en el libro El virrey, del periodista José Antich, el mejor retrato que se ha escrito del expresidente de la Generalitat. En la primavera de 1960 un grupo de jóvenes catalanistas organizaron un arriesgado acto de protesta en el Palau de la Música Catalana, donde el Orfeó Català tenía previsto dar un concierto de homenaje al poeta Joan Maragall con asistencia del general Francisco Franco. A última hora, por decisión expresa del gobernador civil Felipe Acedo Colunga, se prohibió que el concierto incluyera el Cant de la Senyera, himno a la bandera catalana escrito por el abuelo del actual presidente de la Generalitat, Pasqual Maragall. Iniciado el acto, un grupo de jóvenes se levantó para entonar la canción, lanzando unas octavillas tituladas Us presentem al general Franco («Os presentamos al general Franco»), cuyo texto había redactado Pujol. Era el 29 de mayo de 1960. Las detenciones comenzaron de inmediato y a las dos de la madrugada Pujol fue alertado de la conveniencia de ocultarse. Al futuro presidente de la Generalitat —cuenta Antich— le asaltaron las dudas, pero la actitud de su esposa fue decisiva. Pujol, que entonces tenía treinta años, se mantuvo en su domicilio a la espera de la policía. Ello le supuso un consejo de guerra y una condena de siete años de prisión, de los que cumplió tres. Estas fueron las palabras de Marta Ferrusola: «Ahora es el momento de quedarse. Cuando nos casamos me dijiste que Cataluña podría pasar por delante de nosotros. Pues bien, ahora es el momento. Yo estaré a tu lado en todo, pero es ahora cuando hemos de dar el do de pecho».
Dos matrimonios de clase media ante la disyuntiva de la política en dos momentos muy distintos de la historia de España. Dramáticamente distintos. Dos historias que seguramente corroboran aquella vieja idea de que detrás de un hombre importante suele estar la mirada vigilante de una mujer fuerte.
La trayectoria de los Aznar simboliza, a mi modo de ver, el despertar político de la España conservadora después de los años de mayor hegemonía política, cultural e incluso psicológica de la izquierda antifranquista. Su biografía es la historia de una afirmación sociológica que se hallaba pendiente al menos desde finales de los años sesenta, cuando comenzó el declive del Régimen. Ambos, Aznar y Botella, son hijos de familias conservadoras y opositores a un puesto en la función pública inmediatamente después de finalizar la carrera universitaria. El Madrid de clase media en estado puro. Ana Botella fue la primera en aprobar, consiguiendo el puesto de técnico de Administración del Estado, y Aznar le siguió, sacando inmediatamente después plaza de inspector fiscal. Corría 1977, el año cero de la nueva democracia española.
Se ha dicho muchas veces que a Aznar se le subió el triunfo a la cabeza. Y posiblemente sea cierto. Jordi Pujol, que es un buen conocedor de la política y de la textura de los hombres que se dedican a ella, ha emitido el siguiente diagnóstico sobre su antiguo socio parlamentario: «Se entusiasmó demasiado cuando vio que el viento soplaba muy a su favor». El ejercicio del poder suele acentuar e incluso alterar el carácter. Y la Moncloa tiene fama de casa encantada. Tiene síndrome, dicen. Enamorado de su habilidad para las situaciones de alto riesgo, Adolfo Suárez llegó a comportarse en la última fase de la transición como una reencarnación del Llanero Solitario. Convencido de su fortaleza política y de llevar a cabo una misión providencial, Felipe González proclamó en un congreso del PSOE, allá en 1986, que el hombre de la derecha que algún día habría de sucederle aún no había terminado los estudios de bachillerato, ignorando que ya había aprobado las oposiciones a inspector de Hacienda. Y aunque seguramente sea pronto para enjuiciar de manera definitiva a José Luis Rodríguez Zapatero, algunos gestos del actual presidente dejan entrever un culto creciente y quizá temerario a su capacidad intuitiva.
Personas que frecuentaron la Moncloa durante la segunda legislatura del PP dan cuenta de un Aznar exultante, radicalmente seguro de sí mismo y absolutamente convencido de poder garantizar a su partido una larga permanencia en el poder. La famosa foto de las Azores es muy elocuente al respecto. George W. Bush aparece en el centro de la imagen como un cowboy con la Biblia protestante en el bolsillo. Tony Blair está allí porque cree que ha de estar —Gran Bretaña difícilmente podía dar la espalda a Estados Unidos—, pero su semblante serio delata temor e incluso espanto. Los hechos posteriores han dado razón sobrada a su inquietud. Y Aznar, ¡está contento! Sonríe satisfecho, no por el hecho de haber decidido el comienzo de una guerra (cabe suponer), sino por lo que la situación supone de culminación biográfica: la rotunda afirmación de un hombre que se ha sentido profundamente menospreciado por sus adversarios.
En aquella foto, vale la pena recordarlo, hay dos personajes invisibles. El anfitrión y el que debía haber sido el invitado más simpático, el hombre de los chistes. El primer ministro portugués José Manuel Durao Barroso cedió la isla y sirvió las Coca-Colas, pero prefirió no salir en el retrato, quizás advertido por un sexto sentido, quizá por el extraño vuelo de las aves aquella tarde en el cielo del Atlántico o quizá por la astucia adquirida durante su juvenil militancia marxista-leninista en la Revolución de los Claveles. (Durao perteneció al PCPML, el partido extremista que en 1974 pedía por las calles de Lisboa el jolgamento publico dos criminosos fascistas.) El otro ausente era Silvio Berlusconi, que unos días antes había sido discretamente invitado a comer en las estancias del Vaticano y finalmente decidió quedarse en Roma. Su ausencia demostró, una vez más, que los italianos son insuperables en el arte de verlas venir. Periodistas que viajaron de regreso a Madrid en el avión del presidente español cuentan cómo este se paseaba por el pasillo de la aeronave fumando un habano de notables proporciones con cara de enorme satisfacción. El verano anterior había leído las memorias de sir Winston Churchill.
Pero Aznar tenía un plan. Un plan que no era nada descabellado, se esté de acuerdo o no con sus ideas. Consciente de las contradicciones del proyecto europeo y bien informado de las debilidades estructurales del eje franco-alemán —en este aspecto puede afirmarse que los hechos le están dando toda la razón— vio en la guerra de Irak la posibilidad de colocar a España en un plano privilegiado de las relaciones internacionales, forjando una estrecha alianza con Estados Unidos. España seguiría siendo una potencia de tipo medio, pero se convertiría en la primera de las potencias medias e incluso podía ver colmada la aspiración de ingresar en el G-8. El precio a pagar, lógicamente, era el incondicional apoyo a la estrategia de Bush en el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, puesto que España no estaba en condiciones de ir a Irak en primera línea de combate al igual que los británicos, aunque esta hipótesis llegó a ser sopesada por alguno de sus colaboradores.
Mientras maduraba el «salto de calidad» en el plano internacional, se trataba de asegurar una nueva mayoría absoluta para el Partido Popular antes de que el ciclo álgido del centro derecha comenzase a declinar y fuesen necesarios nuevos pactos parlamentarios con CiU o con otras fuerzas periféricas. Había que aprovechar la siguiente legislatura para favorecer una renacionalización del PSOE (con la posible ruptura interna de los socialistas, muy posiblemente en Cataluña) para pactar con el nuevo partido socialista —acaso liderado por José Bono— una reforma de la ley electoral que liquidase el papel arbitral de los nacionalistas en el Parlamento español, sobre la base de introducir, al igual que en Alemania, una cuota mínima de votos en toda España. Un cambio de tales características (que seguramente habría obligado a CiU a establecer un acuerdo estable con el PP al estilo de la CSU bávara) obligaba a retocar la Constitución de 1978, que determina la base proporcional de la ley electoral. No es una ficción. Es la hoja de ruta que Aznar tenía in mente el día que voló a las Azores, explicada por personas que conocían muy bien su contenido. Es la hoja de ruta que vuelve a estar presente en los editoriales de algunos diarios madrileños al calor del fenomenal debate que ha propiciado el Estatut de Catalunya.
Ello contribuye a explicar la razón por la que el PP acogió con tanto alborozo el nuevo Gobierno tripartito catalán en noviembre de 2003. El pacto de los socialistas catalanes con Esquerra Republicana era un inmejorable punto de apoyo para incrementar la presión sobre el PSOE. Estamos hablando de un partido socialista muy susceptible de ser desestabilizado por el flanco territorial y en cuyo interior Pasqual Maragall despertaba muy pocos entusiasmos. Cuando en enero de 2004 los servicios secretos españoles tuvieron noticia del estrambótico encuentro del recién estrenado conseller en cap de la Generalitat de Catalunya, Josep-Lluís Carod-Rovira, con dirigentes de ETA en el sur de Francia, el guion de la inminente campaña electoral quedaba escrito.
Así llegamos al 11-M, al tramo final del gráfico de Rajoy. No hay datos que demuestren que Aznar manipuló de una manera absolutamente deliberada la información oficial sobre los salvajes atentados terroristas de Madrid. La primera información policial que aquel día llegó al Gobierno apuntaba a ETA, impresión que de inmediato quedó corroborada por la temprana comparecencia pública del lehendakari vasco Juan José Ibarretxe. La hipótesis encajaba plenamente con la dinámica política en marcha: si ETA había hecho estallar los trenes, Esquerra Republicana era moralmente culpable por mantener tratos con gente capaz de cometer un crimen de tal magnitud. Y si ERC era culpable, el PSOE también lo era, por haber permitido el pacto de los socialistas catalanes en la Generalitat. Una mayoría absoluta de 200 diputados podía estar al alcance de la mano. La posibilidad de enmendar los pactos de la transición con el consiguiente refuerzo del Estado-nación se convertía en algo más que una hipótesis. El 11 de marzo por la mañana la mayoría absoluta estaba al alcance. Solo había que estirar un poco el brazo.
La dinámica puesta en marcha con las primeras declaraciones oficiales del Gobierno era casi imparable. Cuando comenzaron a llegar datos que apuntaban en dirección contraria a la hipótesis de ETA, la bola de nieve ya no podía detenerse sin transmitir la sensación de que el Gobierno había mentido y que rectificaba a marchas forzadas, impelido por el miedo de perder las elecciones. Era muy difícil modular el mensaje, admiten personas que vivieron la crisis muy de cerca. Ángel Acebes, el granítico y disciplinado ministro del Interior, nunca ha sido un campeón de la comunicación política. El principal problema de Acebes no era tanto la información que transmitía, sino el tono que empleaba; el mensaje siempre subyacente en sus palabras contenía un siniestro silogismo: si ha sido ETA, la culpa es de Esquerra, y si la culpa es de Esquerra, debe pagarla el PSOE. Cada vez que aparecía en televisión, el ministro del Interior transfería sentimientos de culpa a una base sociológica amplísima. Lo cual avivó el deseo de millones de españoles de que no hubiese sido ETA. Y acabó motivando las manifestaciones del día de reflexión, en las que los socialistas, tanto o más asustados que el Gobierno, tuvieron una participación muy relativa. Así se fraguó el vuelco del 14-M en opinión de quien firma estas líneas, que vivió los acontecimientos, minuto a minuto, en la redacción de La Vanguardia, el único diario de gran tirada que no dio por cerrada la responsabilidad de ETA en la masacre.
La tesis que acabo de exponer, admitida como válida o aceptable por personas relevantes del PP, quizá sea poco sofisticada si se compara con las enrevesadas y delirantes teorías conspirativas que durante meses se han publicado en la prensa de Madrid hasta traspasar el límite del aburrimiento y, en algunos casos, del delirio. Es una explicación simple: la autoría de ETA encajaba y enriquecía una dinámica política imparable. Por eso no se detuvo: porque en sí misma era imparable. Nunca hay que perder de vista que las situaciones complejas obedecen en muchas ocasiones a mecanismos relativamente simples. En el 11-M a José María Aznar y al Partido Popular les falló la inteligencia emocional. Y les perdió el sueño, seguramente fugaz, de que en aquellas circunstancias era posible alcanzar los 200 diputados.
Imaginemos otros escenarios posibles; nada descabellados si tenemos en cuenta experiencias posteriores como el comportamiento del Gobierno británico tras los atentados de Londres en julio de 2005. Si antes de la manifestación de repulsa en las calles de Madrid José María Aznar hubiese comparecido en la Moncloa o en el Parlamento, junto con el jefe de la oposición y con todos los presidentes autonómicos sin excepción —¡ay del que hubiese rechazado la invitación!—, el clima en las horas previas a la jornada electoral posiblemente habría sido otro, y su desenlace, distinto. Si la opinión pública hubiese sido informada por un portavoz menos implicado en el combate electoral como, por ejemplo, el secretario de Estado de Seguridad, Ignacio Astarloa, un hombre templado, o por el director general de la Policía, siguiendo la pauta británica, el PP probablemente seguiría hoy en el Gobierno. Si aquellas horas dramáticas se hubiesen gestionado de manera distinta, las manifestaciones ante las sedes del partido del Gobierno quizá no se habrían producido, y de haberse registrado —impelidas por la extrema izquierda o por otras fuerzas— se habrían girado contra el PSOE. El día 11 de marzo del 2004 a la derecha española le falló la inteligencia emocional. Pero suponer que, en parecidas circunstancias, un Gobierno de izquierdas lo habría hecho mejor es mucho suponer.
SÍSIFO EN EL BARRIO DE SALAMANCA
Hevia es uno de los restaurantes que cierran tarde en el barrio de Salamanca. Aquella noche de abril de 2004, en una de las mesas al fondo del local seis jóvenes valores de la Administración saliente celebraban sus últimas horas en los aledaños del poder con una botella de Moët & Chandon. Podía haber sido la fiesta de cumpleaños de cualquiera de ellos, pero flotaba sobre el grupo un aura de nostalgia, apenas corregida por el nervio de quienes están familiarizados con el mando. Había en aquella escena el aliento romántico de toda joven guardia: una tensión que no es indiferente a la ideología pero que la cabalga, la domina y le dice con el gesto, con la mirada o simplemente con la manera de estar, que el instinto siempre será superior. Que en la vida siempre hay que saber llegar en el momento oportuno.
Eran cuatro hombres y dos mujeres con el aire de los perdedores que todavía se saben fuertes. Dos de ellos, quizá los más débiles del grupo, tenían un reflejo acuoso en la mirada, la tristeza por una ilusión perdida; quizá calibraban en aquellos momentos lo que significa una carrera frustrada. Ellas exhibían el orgullo desafiante que solo pueden mostrar las mujeres jóvenes de la derecha moderna, porque el instinto les susurra que serán vencedoras por partida doble. Porque en la historia está escrito que algún día el vendaval volverá a ser favorable a los suyos —más temprano que tarde, seguramente— y porque para ellas, como para todas las mujeres instruidas, se están abriendo horizontes novísimos que, aun siendo arduos, invitan a la ambición. Para ellas hay mundo.
Como en todos los grupos, se adivinaba un jefe. Un hombre de tez más bien oscura, férreo, con la mirada incisiva de un clérigo iraní y la barba pulcra y bien recortada de un jesuíta en las misiones del Paraguay. Era él quien administraba el champán, el placer del grupo, el ritmo de la velada. Con parsimonia y con una discreción elegante, de manera que la botella no quedaba nunca encima de la mesa, ni la servilleta blanca que envolvía su cuello dejaba leer durante más de tres segundos las letras doradas de la marca francesa: aquello no era, no os lo penséis —quería decir el gesto— un conciliábulo cualquiera, o la juerga de un grupo de constructores brindando por una recalificación en Benidorm. El hombre que parecía mandar tenía necesidad de mostrarse calmado, sereno, con la agresividad contenida de quien sabe que la apariencia de unos nervios de acero es imprescindible para mantener a raya, al menos por un tiempo, a los depredadores.
Mi impresión aquella primera noche en Madrid fue la de haber aterrizado en una ciudad en algún modo mutilada; como si Madrid padeciese una limitación intrínseca para el romanticismo, a diferencia de otras capitales europeas, pongamos por caso París, Viena o Praga e incluso la muy escéptica Roma, donde todavía flota un aire de ensoñación. Madrid no sueña, actúa. Madrid es hoy terriblemente concreta: en ella se está para ganar. Para intentarlo, una y otra vez.
Y aquel grupo de jóvenes transmitía la sensación de haber sufrido un fatal accidente en la pista de despegue. Una pista asfaltada e iluminada par la férrea tenacidad de Aznar. Habían topado con el Hado, ese encadenamiento fatal de las cosas que en España siempre acaba manifestándose cuando algo parece que se resuelve, que se decanta definitivamente. El Hado, o la incapacidad de superar la última prueba. La más difícil de todas las pruebas: la que exige tener en cuenta cómo reaccionarán los perdedores si todo discurre conforme a los planes previstos.
¡Ay, el alma de los otros! La imposibilidad de una exaltación permanente en un país áspero, vividor, sentimental y receloso de los vencedores; descreído y tantas veces delirante. Sísifo habita en muchas partes, pero en el barrio de Salamanca celebraba la caída de la piedra, ladera abajo, con una botella de Moët & Chandon.
Estas notas las escribí recién llegado a Madrid, en abril de 2004. Casi dos años después, en el momento de redactar estas líneas, me parecen demasiado líricas. Los catalanes tenemos una cierta tendencia a dejarnos impresionar por los momentos que percibimos importantes. Y abril de 2004 era un momento objetivamente importante. En todos sus detalles.
Más adelante he tenido la ocasión de conocer personalmente a algunos de los jóvenes que compartían mesa y champán en el restaurante Hevia. Con quien aquella noche me pareció el jefe he tenido la oportunidad de mantener más de una larga conversación, en mi doble condición de periodista y de pingüino. Es una persona inteligente. Una tarde, en un tranquilo restaurante asturiano del barrio del Viso, intenté explicarle en qué consiste hoy el catalanismo, labor ardua, incluso para quienes estamos familiarizados con el tema. En un momento determinado, mientras yo desplegaba mis cuadros sinópticos de viajante catalán en Madrid, me dijo lo siguiente: «Mira, no es que no lo entienda, es que me produce mucha fatiga. No lo veas como un desprecio; ese es un punto de vista en el que no me quiero colocar». El punto de vista, he ahí la cuestión, apreciado pingüino.
Mi interlocutor estaba convencido y, evidentemente aún debe de estarlo, de que los tiempos venideros exigen una severa reafirmación del Estado-nación. Y también el regreso a un cierto centralismo para que los servicios públicos sean más eficaces, la sociedad se sienta más protegida y esa unidad político-económica denominada España pueda competir mejor en un mundo cada vez más agreste e imprevisible, en el que algunas zonas del planeta van camino de estallar o de quedar políticamente desarticuladas. Seguramente había leído con atención La anarquía que viene, uno de los imprescindibles ensayos del periodista norteamericano Robert D. Kaplan.
Mi interlocutor sería definido en Barcelona, no sin cierto desdén, como un nacionalista español. Y posiblemente sea un nacionalista español. Pero entre el tópico y la realidad hay muchos matices interesantes. El catalanismo, en su conjunto, todavía tiende a asociar el nacionalismo español a un concepto antiguo, a una imagen roñosa: un españolismo resabiado por la pérdida de Cuba y Filipinas; un cuerpo de funcionarios casposo y poco trabajador devorando churros con café con leche a las once de la mañana; un militar cabreado o un locutor de radio insultando cada mañana a los políticos catalanes para excitar a su audiencia y alimentar las encuestas del Estudio General de Medios. Catalunya Ràdio, la emisora pública de la Generalitat, que en el momento de su fundación rendía culto a la BBC británica, ha adquirido la costumbre de reemitir en su programa matinal fragmentos enteros de las encendidas alocuciones de Federico Jiménez Losantos en la COPE, con el evidente propósito de calentar también a su audiencia. He ahí un fenómeno de realimentación bastante interesante para quien desee estudiar el actual momento español bajo el enfoque de la antropología. El ensayista francés René Girard, estudioso de los orígenes de la rivalidad mimética, se pondría las botas. Dice Girard: «Las rivalidades miméticas segregan en cantidades crecientes envidia, celos, resentimiento, odio, todas las toxinas más nocivas, no solo para los antagonistas iniciales, sino por todos aquellos que se dejan fascinar por la intensidad de la pugna. Y cuanto más se envenena su antagonismo, más se parecen los antagonistas» (Veo a Satán caer como el relámpago, Anagrama, 2002). «¡Quieren rompernos!», claman unos. «¡Nos expolian!», responden los otros.
La novedad, bajo mi punto de vista, la radical novedad, consiste en que ese nacionalismo español ya no responde a la tópica caricatura del franquismo, sino que sigue las pautas de un pensamiento moderno atormentado por el futuro de la democracia. Estamos ante un nuevo liberalismo de combate que defiende una férrea pervivencia del Estado-nación frente a las incertidumbres de la unidad europea. Es un punto de vista que también interesa a un sector relevante de las nuevas generaciones del nacionalismo catalán, especialmente en Convergència Democrática de Catalunya, donde se observa una sensible disminución del europeísmo desde la retirada de Jordi Pujol.
Volvamos a nuestro interlocutor, que seguramente tenía razón al sentirse abrumado aquella tarde por mis explicaciones sobre los arcanos del catalanismo. Por primera vez en muchos años, después del polvoriento final del franquismo y de los malabarismos transitorios de la UCD, la derecha española vuelve a sintonizar directamente con corrientes poderosas del pensamiento contemporáneo. Los ocho años de Aznar han contribuido notablemente a ello. La Fundación de Estudios y Análisis Sociales (FAES) —en cuyas siglas algunos creen ver un mensaje oculto, el acrónimo de Falange Española— se ha convertido en el principal laboratorio de ideas políticas que opera en España, muy bien financiado por el Estado y por diversas empresas privadas, y muy bien conectado con otras instituciones similares de Europa y Estados Unidos. La FAES, ahora presidida por el propio Aznar, ha establecido una conexión neuronal muy fuerte con ese liberalismo de combate que fluye desde la galaxia neoconservadora, tan decisiva en la Administración Bush pero quizá no tan monolítica como en ocasiones se cree desde la izquierda, históricamente muy poco habituada a que le disputen la primacía en el terreno de las ideas.
La visión hiperrealista —pesimista quizá sea un adjetivo más adecuado— que articula el pensamiento neocon («Vamos hacia un mundo totalmente anárquico y por lo tanto hemos de replegarnos alrededor del Estado nacional para que la democracia y el capitalismo liberal puedan sobrevivir a los graves peligros que les acechan») ha sido como una transfusión de vitaminas a la idea doliente de una España condenada a la desintegración si no se pone freno a los nacionalismos periféricos y al proceso de centrifugación del Estado. Casi ciento veinte años después del desastre del 98, quién iba a decirle a la derecha española que encontraría su nuevo horizonte espiritual ¡en Estados Unidos!
Tuve ocasión de asistir en una ocasión, como observador, a un seminario de la FAES; un debate en un hotel de Madrid sobre «las estrategias del buenismo» (el sentimentalismo progresista como arma de combate de la izquierda). Me impresionaron cuatro cosas: el buen nivel intelectual de casi todas las intervenciones; un firme deseo de ganar la batalla de las ideas; que las críticas más severas a la izquierda fueran formuladas por antiguos izquierdistas presentes en la sesión; y la convicción unánimemente compartida de que el PSOE no descansará hasta el día que pueda liquidar al PP. Casi al final del turno de intervenciones pedí la palabra para aportar alguna idea al debate. En mi opinión, el denominado buenismo de las izquierdas es una emanación de la cultura católica, un fenómeno que en España cobra unas particulares características en la medida que en nuestro país el catolicismo en estado difuso se halla muy desvinculado e incluso enfrentado a la jerarquía eclesiástica. Y me atreví a formular también otra observación: «Si ahora estuviese en una reunión de la Fundación Alternativas, del PSOE, seguramente una de las conclusiones unánimes sería que el PP no descansará hasta que consiga liquidar al partido socialista. Ustedes les temen mucho y ellos también a ustedes. Me parece que ese es uno de los problemas de España». Creí leer una cierta perplejidad en algunas miradas.
3
ZAPATERO, ¿UN SUÁREZ DE IZQUIERDAS?
En la distancia corta la primera impresión que transmite José Luis Rodríguez Zapatero es de una cierta frialdad; una frialdad profesional, acentuada por su estatura y por el color claro de sus ojos.
Sin parecérsele físicamente, Zapatero recuerda en algunas cosas a Adolfo Suárez: una misma pasión por el juego táctico y una acusada creencia en el poder taumatúrgico de determinadas frases. Si el abulense acuñó el «puedo prometer y prometo», el de León ha patentado el «valor de la palabra dada» en su discurso de investidura. Ambas expresiones tienen un timbre medio luterano: el timbre de una ética castellana precapitalista, como de notaría antigua, muy anterior a las disquisiciones teóricas de Max Weber; un eco del gran valor que los primeros comerciantes castellanos —el trato de lana con Flandes— confería al compromiso verbal. Por esa puerta, proclive a prescindir de la tutela y del aval de la Iglesia católica, empezó a infiltrarse el erasmismo en Castilla hasta que fue machacado por la Inquisición, como muy bien explica Miguel Delibes en esa apasionante novela que es El hereje. No quiero decir con ello que Suárez y Zapatero, en otros aspectos muy distintos, sean epígonos de una Castilla que pudo haber sido protestante; constato tan solo el apego a una cierta manera de ser, o a una cierta manera de parecer.
Al igual que Suárez, Zapatero también ha llegado a la presidencia del Gobierno sin haberse ejercitado prácticamente en otra actividad profesional que no sea la política. Felipe González ejerció durante unos años de abogado laboralista y aunque esa actividad tuvo durante el franquismo un marcado carácter político, sus primeros años de aprendizaje tuvieron lugar extramuros del sistema institucional. José María Aznar realizó un recorrido distinto. Lo primero que hizo el de Valladolid después de obtener su licenciatura universitaria fue buscar una puerta de acceso a la ciudadela del Estado. Aprobadas las oposiciones a inspector de Hacienda, Aznar trabajó unos años como funcionario y después dio el salto a la política. Aunque durante un tiempo Zapatero impartió clases de Derecho en la Universidad de León, su cuna profesional ha sido el Congreso de los Diputados, donde ingresó en 1986 con solo veinticinco años, siendo el diputado más joven de aquella legislatura. Puede decirse que Zapatero es el primer presidente de la democracia formado íntegramente en el Parlamento y, por consiguiente, en su circunscripción electoral. Lo que equivale a decir que es un hombre muy habituado a la rudeza y a los golpes bajos que forjan el carácter en los primeros escalones de la política profesional. La política no es un juego versallesco, ni en provincias ni en la Carrera de San Jerónimo.
La primera biografía del actual jefe del Ejecutivo, Zapatero, presidente a la primera del periodista leonés Óscar Campillo, retrata muy bien la pasión por la táctica de un joven aprendiz de político que conoció el oficio en las tripas del PSOE castellano-leonés, lidiando con los curtidos dirigentes del sindicato de la minería, duros como el pedernal y con patente guerrista en el zafarrancho interno. Zapatero sabe lo que es arriesgar la carrera en un congreso provincial del PSOE de León, en 1993, en pleno declive de la era González, donde tuvo que intervenir la policía porque los «críticos» de Ponferrada amenazaban con tirar por la ventana al secretario de Organización de la ejecutiva.
No, la política en provincias no es un juego. Y el periodista Campillo dibuja a Zapatero como un hombre ambicioso y poseído por una gran pasión, hasta el punto de cambiar el destino del viaje de bodas, París por Sevilla, para estar presente en un congreso del partido. Duro en el juego táctico, frío en el cálculo, con mucha capacidad de aguante, sabe ser muy afable en el trato personal. Su principal habilidad: abrazar al adversario. Un hombre, por lo tanto, más inclinado a las astucias de la inteligencia emocional que a la rudeza de las unidades de choque. Un venusiano, que no un marciano (ya saben, la vieja polaridad entre Marte y Venus, invocada por los consejeros de la Administración Bush durante los prolegómenos de la guerra de Irak, cuando Europa era reticente).
A diferencia de alguno de sus antecesores en la Moncloa, Zapatero no parece condicionado por ningún complejo de inferioridad, pero se declara depositario de un claro mandato familiar: honrar la memoria de su abuelo, fusilado por los franquistas por negarse a secundar el golpe de Estado de julio de 1936. La memoria del capitán Juan Lozano, extremeño, oficial de una unidad de Infantería en León, lector voraz, estudiante de Derecho y masón, es el elemento fundacional de la biografía política del actual presidente del Gobierno. Así quedó de manifiesto en el debate de su investidura, cuando citó textualmente un emotivo párrafo del testamento de su abuelo ante la mirada emocionada de su padre, que le seguía atento desde la tribuna de invitados del Congreso. Con cierto ánimo de provocación podría decirse que Rodríguez Zapatero es el primer presidente socialista de la historia reciente de España.
¿Acaso Felipe González no lo era? González fue —es todavía— un socialdemócrata con ribetes cristianos y acento meridional. Un agnóstico que no cree en Dios pero se interroga sobre su existencia, según confesó él mismo hace unos años en el curso de un debate convocado en Barcelona por la Comunidad de San Egidio. Hijo de una familia de clase media de Sevilla ajena a la tradición republicana, González se formó en ambientes católicos, estudió unos años en la Universidad Católica de Lovaina (Bélgica) y convirtió el equilibrio social en la premisa central de su mandato: modernizar España para lograr una mejor redistribución social y territorial de la riqueza. A González ningún sudor frío le recorrió la espalda en el verano de 1985 cuando decidió embarcarse en el yate Azor, el antiguo barco de recreo del general Franco propiedad del Patrimonio del Estado, con el evidente propósito de reafirmarse como nuevo e indiscutible garante de una nueva y larga etapa de tranquilidad social. El Azor felipista navegó de Lisboa a Rota y ya nadie más volvió a subir en él.
De haber estudiado en Bélgica, Zapatero seguramente lo habría hecho en la Universidad Libre de Bruselas, temida aún hoy por la Iglesia católica como uno de los grandes templos del Libre Pensamiento. Y al yate de Franco no habría subido. Zapatero posiblemente representa mejor que González la continuidad de la tradición laica y republicana del socialismo español y de los lazos urdidos por su antigua base social, sin los cuales el PSOE, divido y cuarteado tras la derrota de la República y casi hibernado por el exilio, no habría logrado sobrevivir como sujeto político. Sin esas complicidades —y sin la decisiva ayuda del Partido Socialdemócrata Alemán de Willy Brandt— el partido socialista llevaría hoy otro nombre en España. Habría sido fundado ex novo en 1977, como pretendían el grupo del profesor Enrique Tierno Galván (PSP) y los embriones socialistas (FSP) que maduraron al margen del PSOE en varios puntos de España.
Cándido Méndez, actual secretario general de la UGT, sabe explicar la importancia de las complicidades en el interior de la familia socialista de manera elocuente: Felipe González y el anterior líder de la UGT, Nicolás Redondo, acabaron mal porque tenían ideas muy distintas sobre la relación que debía existir entre el Gobierno socialista y el sindicato de su misma cuerda ideológica, pero también porque entre ellos había muy poco en común. «Entre José Luis y yo —explica Méndez, hombre muy afable en la sobremesa— hay mucha más complicidad porque venimos de un mismo pasado; mi padre, socialista extremeño, conoció a la familia de Zapatero».
Pero volvamos a la analogía con Suárez. Zapatero también parece amar el riesgo. Me llamó poderosamente la atención su actitud durante la Pascua Militar de 2005. Era el 6 de enero y el ambiente estaba muy cargado tras la aprobación en el Parlamento vasco del denominado Plan Ibarretxe, episodio que en aquel momento era visto como un torpedo en la línea de flotación del nuevo Gobierno socialista. Los tres diarios que en Madrid compiten por el público más orientado al centro derecha tocaban aquellos días a rebato y el ministro de Defensa José Bono, muy sensible a ese tipo de llamamientos, no desaprovecharía aquel soleado día de invierno para recordar ante el rey Juan Carlos que las Fuerzas Armadas son garantes de la unidad de España. En la recepción celebrada en el Palacio Real, Zapatero parecía más excitado que preocupado. Rodeado de periodistas, transmitía la imagen de un avezado jugador que espera impaciente el comienzo de una gran partida de póquer; parecía disfrutar.
Zapatero es tan aficionado al póquer como al mus, dato muy a tener en cuenta dado que la política española no puede entenderse sin la dinámica de ese popular juego de naipes, que los vizcaínos exportaron a medida que emigraban a Madrid para emplearse en la Corte y servir al Rey. El fenomenal embrollo político de Euskadi, el llamado laberinto vasco, no se entiende sin el mus. El órdago, el gran envite del mus, es la verdadera unidad psicológica de la política española. Y la tendencia del catalán medio, como quien estas notas escribe, a sentirse extraño en el ruedo ibérico, sobre todo cuando el ruedo se calienta, en algún modo debe de estar relacionada con la muy relativa popularidad del mus en Cataluña, donde fue rebautizado de manera un tanto grotesca como butifarra.
La valentía de Zapatero —la irresponsabilidad añadirían de inmediato no solo sus críticos, sino todos los amantes del realismo político— quedó demostrada el día que decidió el regreso a casa de las tropas españolas destinadas en Irak, apenas investido presidente del Gobierno. Es difícil imaginar al astuto Felipe González tomando una decisión de tal calibre. No digamos a Javier Solana, al que seguramente le daría un calambre en la mano antes de firmar una orden que pudiese importunar a Washington. ¿Es Zapatero un temerario? El aparato de propaganda gubernamental se ha esforzado en divulgar la imagen de un Zapatero muy seguro de sus intuiciones, aunque algunas de ellas, como la presunta victoria de John F. Kerry en las elecciones presidenciales norteamericanas, hayan acabado bastante lejos de la diana. Acertada o no —ello se verá con el tiempo—, la decisión de repatriar las tropas de Irak requería un cierto arrojo. La reacción de Washington fue airada. «Zapatero, presidente accidental», escribió un editorial de The Wall Street Journal (25/XI/2004), diario de referencia de la Administración Bush y también de José María Aznar, que dice no leer más que ese periódico, después de «hojear» la prensa española.
Los americanos, ciertamente, se enfadaron, pero veinte meses después las relaciones diplomáticas habían entrado en cierta fase de reconducción. Veinte meses después, la retirada de tropas de Irak ya no era un tema exclusivamente español. Romano Prodi, expresidente de la Comisión Europea, reformista católico y candidato del centro izquierda en las elecciones legislativas italianas, anunció que adoptaría una decisión similar en caso de victoria. Y antes de que estallasen las bombas de Londres, Tony Blair comenzó a lanzar mensajes sobre una posible retirada parcial de las tropas británicas. Tal y como evolucionan las cosas en Irak —en el desastre de Irak—, habrá que ver si dentro de tres años siguen habiendo miles de soldados de Estados Unidos en un país que parece condenado a morir cuarteado por una sangrienta guerra civil, seguramente para mayor ganancia de Irán.
La retirada de Irak fue el golpe de efecto que selló el contrato de Zapatero con la mayoría social que le dio apoyo en las dramáticas elecciones del 14-M. Si para el Partido Popular esa fecha se ha convertido en un trauma psicológico difícil de superar, para el PSOE también constituye un cierto problema, más moral que político. Nadie ha discutido la legitimidad de su victoria, pero una pregunta sigue siendo razonable: ¿cuál habría sido el resultado de las elecciones sin las bombas de Madrid?
El PP no acepta ni aceptará como dato político estructural, como realidad de fondo, que la corriente principal de la sociedad española haya girado bruscamente hacia la socialdemocracia en el momento en que los conservadores garantizaban un crecimiento anual de la economía superior al 3 %; cuando España, al menos desde el punto de vista estadístico, «iba bien». Quizá por ello los socialistas no pierden oportunidad de recordar que en el último tramo de la campaña electoral —antes de que estallasen las bombas de Madrid— los sondeos ya pronosticaban el sorpasso, producto del descontento de amplios sectores de la sociedad con los modales del aznarismo. Así lo afirma, por ejemplo, Manuel Villoría, asesor personal de Zapatero durante la campaña, en el libro Ciudadano Zapatero, una crónica muy bien documentada del periodista Luis R. Aizpolea sobre el último gran cambio político en España.
Lo mismo sostiene el publicista Juan Campmany en su El efecto ZP, libro en el que explica las claves y los pormenores de la exitosa campaña publicitaria que le encargó el PSOE. Campmany revela que dos días antes de las elecciones, cuando la tesis de la autoría de ETA aún prevalecía en la opinión pública, un sondeo encargado por el PSOE otorgaba tres puntos de ventaja a los socialistas (finalmente fueron cinco), aunque el 68 %de los encuestados pronosticaba que el partido vencedor sería el PP. El publicista también afirma haber tenido acceso a un informe interno de los socialistas, según el cual la mayor recuperación de voto por parte del PSOE se produjo antes de los atentados, cifrando en un 7,7 % el porcentaje de electores que decidieron su voto tras la masacre. Seguramente no es esa la opinión del Partido Popular.
El libro de Campmany invita a la curiosidad. Nunca un publicista había reivindicado con tanto ahínco en España su contribución profesional a una victoria política todavía reciente. Podría haberlo hecho, por ejemplo, otro publicista barcelonés, Joaquín Lorente, autor de la campaña que contra todo pronóstico dio el triunfo a Jordi Pujol en las primeras elecciones al Parlament de Catalunya en 1980. Lorente tardó dieciséis años en apuntarse el tanto. En 1996 publicó el libro Casi todo lo que sé de publicidad, en el que explicaba que la clave publicitaria del éxito de Pujol fue la consagración del concepto sucursal. Identificando a los demás partidos catalanes, a excepción de Esquerra Republicana, como sucursales de Madrid, Pujol logró una excepcional concentración del voto catalanista en las siglas de CiU (curiosamente, el término sucursal fue introducido en el vocabulario político de Cataluña por el núcleo primigenio del PSC, pero eso ya es otra historia y de ella hablaremos más adelante).
El libro de Campmany también ayuda a entender en qué estadio se halla hoy la imparable fusión entre política y mercadotecnia. La política enfocada como estrategia comercial, sin subterfugios ni pelos en la lengua.
Consciente de enfrentarse a un adversario muy superior en medios, el equipo de Zapatero se planteó el lanzamiento del candidato alternativo a la presidencia del Gobierno de la manera más incisiva posible, recurriendo sin complejos a técnicas de publicidad política que hasta hace unos años llevaban la etiqueta de «americanas». Ahora ya no. Ahora ya no hay partido español que no haya enviado a alguno de sus jóvenes valores a participar en alguno de los muchos cursillos de mercadotecnia electoral que se imparten en Estados Unidos.
Y una vez obtenida la inesperada victoria, la comunicación política de la Moncloa ha seguido por la senda americana: los editoriales de la prensa son leídos con atención y las fogosas epístolas dominicales de algunos directores de periódico son tenidas relativamente en cuenta. Pero en la mesa de Miguel Barroso, primer secretario de Estado de Comunicación de la etapa Zapatero, también se hallaban, muy a mano, informes y retratos sociológicos bastante alejados de la política como el dossier de tendencias de consumo que anualmente elabora la agencia de publicidad Carat. Es este un enfoque que concede mucha importancia a los telediarios, pero que no pierde de vista que en la configuración del cuadro de referencias (los marcos mentales sobre los que ha teorizado el sociolingüista George Lakoff, nuevo autor de cabecera de los demócratas norteamericanos), tan importantes son la prensa, las tertulias radiofónicas o los informativos de televisión, como las series televisivas en horario de máxima audiencia y los spots publicitarios de mayor éxito. El mundo no empieza y acaba en el informativo de las nueve de la noche.
Barroso es un personaje bastante atípico en el mundo de la comunicación política. Atípico y hábil. Supo retirarse a tiempo en septiembre de 2005, una vez diseñadas las líneas básicas de la política comunicativa del Gobierno y resuelto el reajuste del mapa audiovisual. La secretaría de Estado de Comunicación es en la política del siglo XXI lo que el jefe de Policía era en los albores democráticos del siglo XIX: el hombre que maneja los hilos más sensibles de la información. Y Barroso debe de haber sido el primer «jefe de Información» que no muere abrasado por el cargo en los últimos diez o quince años.
Periodista con ambiciones literarias y exmilitante de Bandera Roja, el grupo más intelectualizado de la extrema izquierda española de los años setenta, Barroso ha combinado el trabajo en la Administración (en los años ochenta fue jefe de prensa del Ministerio de Educación con José María Maravall) con tareas de dirección en la empresa privada, llegando a ocupar en París una de las vicepresidencias de la cadena de productos culturales FNAC, excelente observatorio de las tendencias que moldean la sociedad contemporánea.
Estando Barroso cerca de Zapatero se entiende la marca ZP. Ambos tienen un toque oriental. Zapatero, astuto por naturaleza, ha aprendido en los primeros escalones de la brega política que abrazar al contrario suele ser la mejor manera de neutralizarle, sobre todo en una ciudad como Madrid, donde se suele luchar con el bate de béisbol en la mano. Zapatero acostumbra a hablar con algunos de sus más temibles adversarios. Bien lo saben algunos directores de diario de Madrid, reiteradamente invitados a tomar café en la Moncloa, y locutores como Federico Jiménez Losantos, al que el presidente del Gobierno ha llamado en alguna ocasión para comentarle sus editoriales radiofónicos («Federico, hoy me has dado fuerte»). Alumno de la misma escuela zen, a Barroso le encantan los restaurantes orientales. No es difícil imaginárselo en una de las mesas del Café Saigón, en la calle María de Molina, conspirando con el móvil, desde el fondo de un local que parece copiado de una novela de Graham Greene.
Volviendo al libro de Campmany, no deja de ser un hecho significativo la rapidez de su publicación. Vivimos una época en la que los éxitos hay que rentabilizarlos de inmediato, quizá porque cada vez es más difícil pronosticar lo que ocurrirá a corto y medio plazo. El sociólogo polaco Zygmunt Bauman disecciona muy bien esta incertidumbre en su tesis sobre la modernidad líquida, el nuevo estadio de evolución de las sociedades occidentales en el que mañana puede ocurrir de todo.
La publicación de los secretos de la campaña socialista y la explícita presentación de la figura de Zapatero como un gadget publicitario nos conduce a la otra cara del actual liderazgo socialista: a su posible fragilidad. Desde el primer día, Zapatero ha debido combatir la idea de que es presidente por accidente o, peor aún, de que lo es gracias a la claudicación de una parte de la sociedad española ante la amenaza terrorista. Los dirigentes del PP no se han atrevido a esgrimir públicamente este segundo discurso, pero es una idea bastante presente en comentarios y opiniones de la prensa de oposición. En el ala más dura o quizá más ideologizada del centro derecha existe la convicción de que la sociedad española se ha convertido con el paso del tiempo en un magma con muy poco pulso, sin carácter; una sociedad acomodaticia, capaz de mirar hacia otra parte mientras ETA y Batasuna imponían su ley en las calles del País Vasco, o capaz de votar masivamente a la oposición después de un brutal atentado que intentaba poner de rodillas a un Gobierno gallardo, aliado sin complejos con los Estados Unidos de América. Un gobierno que se había puesto en pie para acudir sin miedo a la nueva guerra mundial contra el terror islámico, la nueva emanación del Mal, como anteriormente lo fueron el fascismo y el comunismo. Esa es su visión. Y observado con esta lente, Zapatero es un pelele. O, más aún, un cómplice objetivo del enemigo. Los exégetas del liberalismo de combate se frenan aquí, quizá para no escribir a continuación que, en tiempos de guerra, la connivencia con el enemigo suele castigarse con la pena de muerte. Pero también esto llegará algún día a escribirse. También esto oiremos.
Un hombre débil, sin embargo, deja de parecerlo el día que se enfrenta a serios problemas y comienza a dar la sensación de que puede con ellos. Decíamos antes que la retirada de las tropas de Irak selló el contrato del nuevo presidente con la nueva mayoría electoral, en la medida en que una decisión tan drástica transmitía un incisivo mensaje: alguna cosa había cambiado, no solo en relación con la era Aznar, sino en relación al propio pragmatismo acumulado por el partido socialista.
Mucha gente creía que Zapatero trampearía la situación invocando razones de Estado —los atentados de Madrid proporcionaban un buen argumento para afirmar que en aquel momento no se podían adoptar decisiones que pudiesen ser interpretadas por Al Qaeda como un signo de debilidad—. Pero no fue así: cumplió lo prometido. El PSOE comenzaba la legislatura con el apoyo de un bloque social mayoritario, aparentemente sólido, en el que apenas quedaba espacio para otro partido de izquierdas. Zapatero conseguía diluir a Izquierda Unida sin necesidad de combatirla. Bastaba con abrazarla fraternalmente.
Este es un dato importante, aunque difícil de observar desde Barcelona, puesto que Cataluña es casi la única comunidad en la que los poscomunistas han logrado robustecer un espacio político propio gracias a su habilidad para apoderarse de la marca ecologista. Lo cual no deja de tener su ironía: los herederos del PSUC, partido fundado en 1936 y admitido como miembro de pleno derecho de la III Internacional Comunista en plena égida de la electrificación («¡electricidad y soviets!», gritaba Lenin) administran ahora un cómodo espacio electoral de entre el 8y el 10 %de los votos combatiendo con ahínco la línea de alta tensión que deberá alimentar el AVE Madrid-Barcelona.
Confinada Izquierda Unida en toda España a un modesto 5 %por ciento, según parecen confirmar los últimos sondeos, el margen de maniobra del PSOE para ganar la partida al PP en las circunscripciones electorales donde los dos grandes partidos se hallan muy empatados se ve notablemente ampliado. Es por ello que Aznar siempre ha defendido con uñas y dientes la existencia de un único partido del centro derecha, aun a costa de asumir parte del discurso de la extrema derecha: una sola oferta electoral frente a las dos de la izquierda. También por ello Aznar cortejó a Julio Anguita, hasta conseguir la tan preciada pinza, sin la cual Felipe González no habría sido derrotado en 1996. El problema de la pinza es que encumbró al PP pero acabó reportando muy pocos beneficios al jupiterino Anguita. Muy oxidada por dentro, Izquierda Unida es hoy una entidad política con difícil futuro, a menos que alguno de los vientos que soplan desde el centro de Europa —el no de una parte de la izquierda francesa a la Constitución europea y la reciente escisión del SPD en Alemania— le den nueva vida en los próximos años.
El PP tampoco favorece el vuelo de esa nube de tristeza que siempre parece envolver a Gaspar Llamazares. El férreo acoso de los populares a las iniciativas socialistas ha reforzado la adhesión al PSOE de amplias franjas del electorado juvenil —que en otros países optan por la abstención—, por los ecologistas o por la extrema izquierda. La manifiesta irrupción de la Iglesia católica en el combate político ha contribuido también a ello. He ahí otra simpática paradoja: los obispos están contribuyendo a noquear lo poco que queda del comunismo en España.
Pero ¿hasta qué punto el nuevo electorado socialista forma un bloque estable, un bloque histórico coherente? El no de los jóvenes a la guerra de Irak, ¿es fruto de una sólida convicción o el mero reflejo de su miedo a un mundo hostil y, en buena medida, incomprensible e inabarcable? En febrero de 2003, en plena efervescencia de las manifestaciones contra los planes bélicos norteamericanos, me quedé bastante perplejo el día que mi hija menor, una pingüina que en aquel momento tenía once años, me explicó que en el recreo de la escuela habían jugado a la manifestación contra la guerra. Al cabo de unos días, por las calles de Barcelona topé con una manifestación de adolescentes que gritaban airadamente contra la guerra y me vi a mí mismo treinta años atrás, gritando por las calles de Badalona contra Franco, mientras a lo lejos —treinta años atrás, no ahora— se oían las sirenas de los grises. Evidentemente, estábamos contra Franco. Pero también trabajábamos a favor de nuestra biografía: aquello daba sentido a nuestros primeros pasos como adultos y nos proporcionaba el timbre heroico que no sabíamos ver en nuestros padres. Más tarde nos daríamos cuenta, ¡ay!, de que su heroicidad consistía en el trabajo cotidiano y en el sacrificio para que los hijos pudiesen estudiar. Luchábamos, en un plano más simbólico que real, por unas expectativas que nos parecían negadas. El tapón saltó y la vida siguió su curso.
¿Qué tapón pueden hacer saltar los jóvenes de hoy? El nuevo desorden mundial seguirá su incierto guion al margen de todas las manifestaciones que pueda haber en el planeta, al menos a corto plazo. Pocas épocas como la actual han mostrado con tanta crudeza lo difícil que es modificar el rumbo de las cosas.
Por ello la política de los socialistas de centrar la primera fase de su agenda de Gobierno en asuntos relativamente fáciles, pero capaces de suscitar una férrea oposición de los sectores más conservadores de la sociedad, ha logrado transmitir la sensación de atrevimiento y novedad. Los precios de la vivienda son muy difíciles de bajar y la construcción de pisos de protección oficial es un proceso lento y muy dificultoso en el actual mercado inmobiliario, pero agilizar el divorcio o autorizar que los homosexuales puedan contraer matrimonio civil solo exige redactar una ley y esperar a que la derecha y los obispos se echen a la calle.
Atónito, aunque cada vez más acostumbrado a algunas de las cosas que se escriben en Madrid, más de una vez he llegado a la conclusión de que el continuo pressing del PP está siendo el gran flotador de Zapatero. Un Gobierno puede hacer cosas mal, muy mal incluso; el actual Gobierno de España hace cosas mal, seguro, pero todo no. Cada vez que el señor Gabriel Albiac (primer traductor en España de Toni Negri, el gran teórico de la extrema izquierda italiana) escribe con prosa doliente en el diario La Razón que la Nación está a punto de irse al garete, el PSOE gana un minuto de expectativa de vida. Y cuando el vaticinio lo formula el señor Pío Moa (antiguo miembro de los GRAPO, un hombre que en los años setenta conspiró contra el advenimiento de la democracia), el minuto de Albiac se convierte en un cuarto de hora. Es el principio de Arquímedes aplicado al histrionismo: todo Gobierno sufre un empuje hacia arriba proporcional a la exageración de las críticas que recibe. Siempre que... siempre que el crecimiento de la economía se mantenga en positivo.
Con todas las cautelas que hoy exige cualquier previsión a medio plazo, los expertos sostienen que, de no mediar un gran contratiempo, a España le quedan al menos dos años de crecimiento sostenido en la cota del 3 % anual, envidiable porcentaje que en estos momentos solo iguala Grecia en la Unión Europea, mientras Francia sestea y Alemania e Italia entran y salen de la recesión. Esa es la expectativa y ese es el núcleo de la situación: el depósito del coche está lleno.
No es esa una mala imagen. Imaginemos que Zapatero conduce un coche con el depósito lleno por una carretera no muy bien asfaltada. Una falsa maniobra (la difícil negociación del Estatut de Catalunya, por ejemplo) puede provocar que se salga de la calzada. Un pedrusco en punta (el repunte sangriento del terrorismo de ETA) sería un pinchazo seguro. Agazapados en los márgenes de la carretera, Rajoy, Acebes, Zaplana y Esperanza Aguirre (atención, mucha atención a la presidenta de la Comunidad de Madrid) esperan que el percance se produzca lo antes posible ya que el conductor es novel y parece atolondrado. Las elecciones autonómicas en Euskadi y Galicia le fueron bien al PSOE, pero no tan extraordinariamente bien como se podía prever. Aún no ha logrado poner el motor a cien. Aún hay fundadas esperanzas de que se la pegue, sobre todo al comprobar cómo ha subido la temperatura del agua —casi al límite— después de la aprobación del proyecto del nuevo Estatut. Los catalanes fueron quienes derrotaron a Aznar, los catalanes pueden ser también la tumba de Zapatero.
Mientras, en Washington hay un hombre que observa la escena de otro modo. Conoce el coche, sabe que el motor es resistente, concede una relativa importancia a la inexperiencia del conductor, que tanto le recuerda a Suárez, pero no aparta la vista del indicador del combustible, porque sabe que no será fácil repostar cuando se acabe la gasolina del crecimiento económico. Quizás entonces, piensa, sea la gran hora de un mecánico con mucha experiencia... Un mecánico como Rodrigo Rato, actual presidente del Fondo Monetario Internacional.
Ese puede que sea el panorama, excitado por la gran incógnita catalana: el Estatut ofrece al PSOE la posibilidad de consolidarse como partido central de la democracia española, pero también encierra el gravísimo riesgo de hacerlo descarrilar, bien en Cataluña, bien en la España meridional. Las encuestas de otoño de 2005 fueron un serio aviso al respecto. Aunque los ciclos políticos han perdido solidez y amplitud, dos factores pueden jugar a favor de Zapatero: el crecimiento de la economía y una oposición demasiado secuestrada por los profesionales de la excitación. ¡Pero todo es tan efímero en estos tiempos líquidos e inciertos!
4
LA NOCHE QUE GONZÁLEZ HIZO VUDÚ A MARAGALL
Los grandes hoteles de Madrid suelen tener un aire más solemne que los de Barcelona, cuyo punto fuerte —débil, en algunos casos— suele ser el diseño arquitectónico. Los hoteles de Barcelona han pasado por el filtro del 92, un tamiz del que ha salido una ciudad tan obsesionada por el deseo de estar al día que comienza a padecer brotes neuróticos. Barcelona está espléndida, pero se encuentra mal. Padece angustia. Su última obsesión es la limpieza: se ve a sí misma sucia y desarreglada. No soporta el desorden de los nuevos tiempos y la molicie de muchos de sus hijos, entregados a una adolescencia perpetua. Barcelona tardará tiempo en poder contemplarse a sí misma de una manera serena.
El hotel Villa Magna del paseo de la Castellana viste los oropeles capitalinos. Es un hotel lujoso. El 18 de marzo de 2005 la Fundación Femando Abril Martorell entregaba en uno de sus salones el Premio de la Concordia a Jordi Pujol, con discurso de presentación a cargo de Felipe González. El Premio a la Concordia es uno de los gestos que mantiene en vida el idealizado recuerdo de la Unión de Centro Democrático, con el propósito de mantener tersas unas mínimas complicidades políticas en un momento débil del ciclo de la memoria. Es también un homenaje a Fernando Abril Martorell, el gran copiloto de Adolfo Suárez, un valenciano hábil y decisivo en el proceso constituyente.
Pujol había llegado a Madrid todavía inquieto y disgustado por la escena vivida semanas atrás en el Parlament de Catalunya a propósito del hundimiento de un túnel del metro en el barrio barcelonés del Carmel. En la sesión extraordinaria que debatió este asunto, Pasqual Maragall, a su vez muy irritado por la agresividad de la oposición convergente que le recriminaba haber hundido a un barrio obrero en la miseria, abrió la caja de los truenos al acusar a los anteriores gobiernos de CiU de cobrar sistemáticamente una comisión del 3 % a los adjudicatarios de obras públicas. «Ustedes tienen un problema y ese problema se llama tres por ciento», les espetó en el momento más tenso de la discusión. Era una acusación grave, que el presidente de la Generalitat había retirado enseguida, después de ser amenazado por el líder de la oposición, Artur Mas, de abandonar la ponencia de la reforma del Estatuto de autonomía. Lo cual encrespó todavía más los ánimos.
La prensa de Madrid acusó de inmediato a los políticos catalanes de taparse las vergüenzas a cambio de poder arañar más competencias y dinero al Estado. Todos los viejos prejuicios sobre la clase política catalana volvían a estar en circulación: peseteros, egoístas y corruptos bajo una capa de suficiencia y complejo de superioridad moral. Simplemente frívolos, enmendaban los más lúcidos. Zarandeado por la tormenta que él mismo había desatado, Maragall intentaba frenar el torbellino de la peor manera posible, alimentándolo con declaraciones desconcertantes a la prensa, como la de comparar el Gobierno de la Generalitat con «una mujer maltratada» [sic].
Pese a su notable inteligencia, Maragall es un hombre que encaja mal las críticas. Aquellos días parecía confirmarse la fábula del plato de cerezas, una pequeña historia que su padre, el filósofo Jordi Maragall, había contado en una ocasión en una entrevista periodística. En el curso de una comida familiar uno de los hermanos Maragall puso la mano en el plato de cerezas de Pasqual y le quitó un puñado de ellas; ofendido, su reacción fulgurante consistió en estrellar el plato contra el suelo. Cincuenta años después, el presidente de la Generalitat había arrojado al suelo su autoridad institucional —la «autoritas», sin la cual es imposible gobernar una situación tan compleja como la catalana— al no soportar la deliberada embestida del jefe de la oposición. Tan estudiada, tan evidente y tan furiosa que bastaba con dejarla pasar para que se estrellase contra el burladero. Bastaba con haber leído una sola vez a Maquiavelo. Pero no es seguro que entre las muchas lecturas del presidente de la Generalitat figure El Príncipe. Él mismo ha reconocido que no es hombre de intensas y continuas lecturas. No lee en exceso; recibe constante información de quienes leen. Con o sin Maquiavelo, Maragall aquel día arrojó al suelo la capacidad de moderación, la función patriarcal —«pairal», se dice en Cataluña— inherente a la presidencia de la Generalitat. Todavía hoy no está del todo recompuesta. Aquel día comenzó a escribir el final de su carrera política.
Aquel día, en Madrid, Pujol temía ver abollada su respetabilidad justo en el momento en que su figura comenzaba a atravesar el umbral de la historia: el cobro de comisiones ilegales es un delito. Traía el discurso preparado desde Barcelona, con algunas expresiones muy duras. «A veces hay gente que enloquece», decía uno de los párrafos en clara alusión a Maragall. Era una pulla envenenada, cruel incluso. Desde hace años el actual presidente de la Generalitat está siendo sometido en Cataluña, y fuera de ella, a una persistente campaña de desprestigio consistente en divulgar el falso rumor de que es un alcohólico, una persona con verdaderos problemas de equilibrio psicológico. En la última campaña electoral catalana, Mas le acusó en una ocasión de padecer delírium, trémens; la prensa captó el detalle y al día siguiente tuvo que retractarse. Menos sutil, «La linterna», el programa nocturno de la COPE que dirige el periodista César Vidal, parodió a Maragall como si estuviese literalmente borracho.
Pero con lo que aquella noche no contaba Pujol era que la crítica más fuerte a Maragall fuese pronunciada por Felipe González. Pese a que su partido ha logrado regresar al Gobierno bastante antes de lo previsto, el expresidente sigue envuelto por una nube sulfurosa. Da la impresión de que González mantiene una sorda e inextinguible tensión mental con el mundo y con el espectro de José María Aznar, al que detesta y considera un auténtico majadero. Seguramente se siente maltratado por la historia, dolencia bastante común entre los hombres que han permanecido largos periodos de tiempo en el poder.
González tiene el don de la palabra. Todavía hoy es el político español que mejor habla, y tardará años en llegar quien le supere. Cuando sus palabras disparan dardos envenenados, hay que estar allí porque es un espectáculo. Nada más levantarse de la silla ya se vio que la noche iba a ser elocuente. Antes de disparar, González achina los ojos y suele mirar de reojo. Luego se oye el ruido sordo de la cerbatana. «Al hablar de Jordi Pujol no podemos sino expresar añoranza, ¿me entiendes bien, Jordi?, he dicho añoranza», empezó diciendo González con un tono de voz que sin dejar de ser coloquial delataba una profunda irritación con la situación creada en Cataluña. El ministro de Economía Pedro Solbes asistía impasible a la escena como Peter Ustinov en el papel de senador en una película de romanos. Santiago Carrillo, que el día anterior había sido homenajeado por su noventa aniversario (con la asistencia de Pujol, manifiestamente dispuesto a recibir aquellos días el apoyo de la izquierda española), escuchaba hierático, con ese aire tan suyo, a medio camino entre el casticismo y el Politburó del Soviet Supremo. Quizá meditaba sobre la de vueltas que llega a dar la vida: la vieja guardia de la transición, la memoria del difunto Abril Martorell, él mismo, Pujol, González..., González dándole estopa a los nuevos.
Y González prosiguió: «Algo tan serio como Cataluña no se inventa. Cataluña ya está inventada y cuando quiere construirse algo sólido debe hacerse respetando los cimientos». ¿Te enteras, Maragall?, le faltó decir. Pujol escuchaba algo azorado y su esposa, Marta Ferrusola, asentía con la cabeza. Aquello más que un premio a la concordia parecía una ceremonia de vudú.
Los periodistas tomábamos notas a toda velocidad, pensando en cómo llegar a tiempo para incluir las palabras de González en la segunda edición; íbamos a toda pastilla, pero no pude evitar que mi memoria empezase a trabajar por su cuenta. Recordaba una escena muy intensa vivida en 1984. Treinta de mayo en la plaza Sant Jaume de Barcelona.
«El govern, el govern central ha fet una jugada indigna! D’ara en endavant, d’ètica i de moral en parlarem nosaltres, no ells» («¡El gobierno, el gobierno central ha hecho una jugada indigna! De ahora en adelante, de ética y de moral hablaremos nosotros, no ellos»), clamaba Pujol desde el balcón del Palau de la Generalitat frente a una multitud enardecida que llenaba la plaza, protestando por la querella que el Ministerio Fiscal acababa de presentar contra los antiguos gestores de Banca Catalana. La lista de querellados estaba encabezada por Jordi Pujol, el hombre que aquella tarde había tomado posesión de la presidencia de la Generalitat tras haber ganado las elecciones autonómicas por segunda vez consecutiva, alcanzando la mayoría absoluta.
Antes de acudir a la plaza Sant Jaume, miles de nacionalistas se habían congregado ante la sede del Parlament portando carteles en los que se comparaba a Felipe González con Felipe V, el Borbón que en 1714 asedió y derrotó a Barcelona, alineada con los Austrias en la guerra de Sucesión. Aquella noche, Pujol acabó de cimentar las bases de su duradera hegemonía política en Cataluña, ya que ante los ojos de buena parte del catalanismo estaba siendo objeto de una represalia política de los socialistas, de los socialistas de Madrid y de los socialistas de Barcelona. La opinión pública estaba dividida en dos bandos: los que creían que Pujol había utilizado Banca Catalana para apoyar la resistencia cívica y cultural del catalanismo a la dictadura, y aquellos que creían que el president, al igual que cualquier otro ciudadano, debía ser juzgado si se hallaban indicios de delito en la gestión de un banco privado. El PSC de Raimon Obiols, Narcís Serra y Pasqual Maragall tardaría casi veinte años en poder traspasar el círculo de tiza que aquella noche se trazó alrededor de los socialistas, marcándoles como fuerza hostil a la nación catalana.
Y ahora, veintiún años después, Felipe González, el hombre que había sido acusado, unas veces veladamente, otras de manera más explícita, de haber querido meter a Pujol en la cárcel, asumía abiertamente su defensa. Ahora reivindicaba a su antiguo adversario y trataba de veleidoso a Maragall, el dirigente socialista que había logrado romper el círculo de tiza, con una difícil e imprevisible alianza con Esquerra Republicana. Aquella noche en Madrid acabé de entender aquella frase, creo que de Balzac, que dice que la política es una conspiración permanente.
Felipe González tenía al menos tres motivos para lanzar una crítica tan ácida a Maragall. En primer lugar, la solidaridad entre los veteranos estadistas. Cuando abandonan la política activa, los grandes líderes que se han combatido, tienden a reconocerse mutuamente los méritos. Es un rasgo de humanidad. En segundo lugar, el compadecimiento. González ha experimentado en propia carne las acusaciones de corrupción. Sabe lo que es una cacería y ha llegado a la férrea conclusión de que los climas de sospecha permanente erosionan el sistema democrático y que esa erosión siempre acaba perjudicando más a la izquierda que a la derecha. La izquierda siempre está más necesitada del entusiasmo popular, que flaquea cuando el sistema pierde credibilidad. Y en tercer lugar, Maragall no es santo de su devoción. Nunca lo ha sido, aunque le respeta después de haber soportado su tenacidad durante el periodo de gestación de los Juegos Olímpicos de 1992. González fue quien le bautizó como «la gota malaya» por su persistencia en el proyecto —finalmente conseguido— de que la alcaldía de Barcelona liderase la organización de los Juegos. No iba desencaminado Maragall: el indiscutible éxito de los Juegos le consagró como la gran alternativa a Pujol. González seguramente nada tiene en contra del acento catalanista del actual presidente de la Generalitat, pero recela abiertamente de sus tesis en favor de una revisión a fondo de los mecanismos de redistribución territorial de la riqueza en España. Lo fácil sería decir que González piensa ante todo en los intereses de Andalucía, en los intereses de la España meridional, de la que proviene y a la que en buena medida pertenece.
Pero González va bastante más allá de la simple defensa del Sur. Seguramente teme que el debate que promueve Maragall (que no es otro que el de objetivar la contribución fiscal de Cataluña para así demostrar que es necesaria una revisión al alza de los fondos que ahora recibe) es susceptible de abrir no ya la caja común, sino la de los truenos, en un momento en que España está a punto de ver disminuidos los fondos de cohesión de la Unión Europea. La imagen de una España meridional que ve recortados sus ingresos presupuestarios —primero por Bruselas y después por la presión de los catalanistas sobre el Gobierno socialista— es un fantasma que persigue a amplios sectores del PSOE desde el inicio de la legislatura. Porque son unos jacobinos, apostillaría de inmediato, un nacionalista catalán. Unos sí y otros no tanto, sería seguramente la respuesta más ceñida a la realidad.
El temor que anida en el PSOE es que en los próximos años, que no serán nada fáciles en el plano europeo, pueda romperse el paradigma que presenta al socialismo como garante de una creciente igualdad entre los españoles y sus respectivos territorios. No es esta una bandera cualquiera. Es la bandera. En un país en el que desde hace doce años consecutivos la economía crece en términos estadísticos, la idea de igualación se ha consolidado como un componente esencial de la mentalidad colectiva, sobre todo en las regiones del centro-sur. La idea de igualdad es un elemento sustantivo de la actual identidad nacional española. Podría decirse que esa identidad —que la nueva intelectualidad de derechas, muy alimentada por antiguos izquierdistas, ve débil y acomplejada— prescinde de las grandes referencias históricas, ya que la dramática historia de España no puede abrazar a todos, y las sustituye por el mito de la igualación. En ausencia de grandes mitos históricos que puedan ser compartidos por todos, la identidad reposa mejor en el ideal de la igualdad, en el binomio «democracia igual a prosperidad». Si un día ese binomio se rompe, habrá serios motivos para preocuparse.
José Félix Tezanos, director de la revista Temas, canal de expresión del sector guerrista del PSOE, argumentaba ese temor en el número de mayo de 2005, exclusivamente dedicado a la reforma de los Estatutos de autonomía. La prosa de Tezanos es un poco espesa, pero se entiende: «Hay bastantes indicios de que se está formando una mezcla compleja de actitudes y situaciones en las que confluyen percepciones críticas, insatisfacciones contenidas, sentimientos de agravios, desconfianzas políticas, signos de impaciencia y confusiones interpretativas que, unidas a un eventual horizonte de incertidumbre económica y de insatisfacción por algunas regresiones sociales, pueden acabar conformando un cóctel de efectos políticos difíciles de anticipar en nuestro mapa electoral».
En el mismo número de Temas, Alfonso Guerra, presidente de la Fundación Pablo Iglesias y de la Comisión de Política Constitucional del Congreso de los Diputados, recordaba que España es uno de los países más descentralizados del mundo, junto con Australia y Canadá, y añadía: «Se pretenden mecanismos de financiación que violan los principios de solidaridad interterritorial y de igualdad».
González quizá no sería tan taxativo como Guerra, pero sabe perfectamente que Pujol nunca planteó una revisión estructural de la redistribución de la riqueza en España, sino que apostó por reformas parciales del sistema de financiación, de acuerdo con su acreditado gradualismo. El propio Pujol lo ha admitido recientemente: «Reconozco que no supe concienciar a la sociedad catalana de la gravedad del déficit fiscal». Si un hombre que gobernó durante veinticuatro años, diez de ellos con mayoría absoluta, no pudo organizar una sola campaña sobre el «expolio» de Cataluña, es que no quiso organizarla. Él sabrá exactamente por qué.
De la misma manera que él también sabe por qué se opuso, casi hasta el último minuto, a que Convergència i Unió diese su voto favorable al proyecto de reforma del Estatut de Catalunya. No fue por el mero deseo de preservar su biografía, su lugar en la historia de Cataluña, como malignamente hacían correr en septiembre de 2005 los propagandistas del socialismo catalán. Es indudable que a Pujol le preocupa su lugar en la historia —como quedó claro en el acto del hotel Villa Magna—, pero el expresidente de la Generalitat sigue siendo un hombre políticamente activo.
Un hombre que conoce bien España y que, por lo tanto, es capaz de calibrar la fuerte repercusión emocional que la iniciativa catalana ha tenido en amplios sectores de la sociedad española. No debe extrañar que haya sido él mismo el primero en plantear que si el Estatut es aprobado, Cataluña deberá ofrecer a cambio una mayor implicación política y emocional en la política española: Cataluña deberá sentirse también española; a su manera, pero española.
Pujol también sabe que la aprobación del nuevo Estatut en las Cortes puede suponer el anclaje definitivo de Cataluña en España y el fin de la ambigüedad que tanto benefició a su partido. El nuevo Estatut pone fin —ahora sí— a su larga y sabia etapa. Si no se aprueba en las Cortes, el futuro de la política catalana es totalmente impredecible. Si por el contrario resulta aprobado, es probable que un día haya ministros de Convergència i Unió en el Gobierno español. ¿En la próxima legislatura?
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LA LEYENDA DEL CAFÉ PARA TODOS
Lo explica el periodista Gregorio Morán en Historia de una ambición, biografía no autorizada de Adolfo Suárez que armó notable revuelo a finales de los años setenta. El gran malabarista de la transición comenzó a labrar su fama de hombre audaz el día que consiguió incluir Segovia —provincia de la que era gobernador civil— en el III Plan de Desarrollo, tras un curioso diálogo con el general Franco. «Cómo le va, Suárez», le había preguntado el dictador. «No sé qué decirle, excelencia», replicó Suárez. «¿Qué quiere decir?», inquirió Franco. «Que no sé, Excelencia, si los segovianos se sienten ciudadanos de segunda clase», respondió el incisivo gobernador, que aquel mismo año 1968 había sorprendido gratamente a los Príncipes esperándolos con un ramo de flores en una gasolinera para agasajar su primer viaje oficial a la provincia. Segovia acabó beneficiándose de las ayudas estatales y Suárez subió un peldaño más de la ambiciosa carrera que debería conducirle a la presidencia del Gobierno, previo paso por la dirección de Televisión Española. Quizás aquel día el intrépido abulense comenzó a imaginar el «café para todos» que patentaría años más tarde con el nombre de Estado de las Autonomías.
Pese a sus innegables méritos —hoy muy ensalzados en la hora más triste de su biografía— no parece que Suárez fuese tan buen calculador a largo plazo. Dejemos que lo explique José Manuel Otero Novas, ministro de la Presidencia durante la etapa constituyente. «En el proyecto de Constitución que mi Subsecretaría Técnica entregó a Suárez en la Semana Santa de 1977, figuraba un esquema de organización territorial basado en una amplia descentralización administrativa de carácter general, acompañada de unos estatutos de autonomía de sustancia federal para algunas regiones», escribe en Asalto al Estado, reciente ensayo de muy recomendable lectura para entender mejor si no todas las claves, sí los orígenes de ese galimatías piadosamente bautizado como la «cuestión territorial».
Cuenta el antiguo colaborador de Suárez que la idea inicial (y al parecer aceptada oficiosamente por el presidente) era la de proceder a una descentralización claramente «asimétrica» que distinguía entre regiones comunes y regiones «con problemas especiales de integración»: el País Vasco, Cataluña y, probablemente, Galicia. Se trataba de agrupar las provincias en un nuevo sistema regional con amplias competencias administrativas, pero sin poder legislativo. A su vez se promulgarían dos o tres Estatutos Singulares de contenido federal, con asamblea legislativa propia y competencias más extensas. Estos estatutos no serían iguales entre sí. Y las provincias también tendrían la posibilidad de no sumarse a ninguna región, circunstancia que posiblemente habrían aprovechado Segovia, León y Logroño. Era un esquema asimétrico que remitía a la Constitución republicana de 1931 y también a la Constitución italiana de 1948, que abrió la puerta a cinco regiones «especiales» (Sicilia, Cerdeña, Val d’Aosta, Trentino-Alto Adige y Friuli-Venezia Giulia) para neutralizar los movimientos separatistas alentados por la mafia en la isla de Sicilia después del desembarco de las tropas aliadas en 1943.
Este guion nunca llegó a convertirse en una propuesta formal de la Unión de Centro Democrático, puesto que el Gobierno Suárez nunca remitió a las Cortes ningún proyecto de Constitución que sirviese de base para el debate. Otero cuenta que así lo pidió expresamente la oposición, principalmente el partido socialista. Entre 1977 y 1978 los artículos se fueron pactando uno a uno, en un fatigoso proceso en el que todos los partidos propusieron, cedieron y tantearon; sobre todo, tantearon. Suárez nunca llegó a pronunciarse de manera tajante sobre la filosofía de la organización territorial. Su terreno preferido era el de la táctica, las jugadas audaces, como el reconocimiento de Josep Tarradellas como legítimo presidente de una Generalitat restablecida a la vez que provisional. Otros ministros centristas, como el andaluz Manuel Clavero Arévalo, titular en 1978 de la cartera de Regiones, eran claramente hostiles al reconocimiento explícito de la singularidad de Cataluña y el País Vasco, que Otero Novas defendía, incluyendo en la lista a su Galicia natal. Unos tiraban para un lado; otros, para otro, y Suárez, insomne y estoico —había días que apenas comía una tortilla— controlaba la baraja. Fue un mago, dicen hoy sus exégetas. «Parece el tahúr del Mississippi», dijo de él Alfonso Guerra, entonces tribuno de la plebe.
La nueva Constitución esbozó el reconocimiento de la singularidad catalana, vasca y gallega al definir España como una nación que se compone de «nacionalidades y regiones», pero diluyó la asimetría al dejar abierta la puerta a que otras regiones pudiesen alcanzar niveles de autonomía similares a los tres territorios que plebiscitaron sus Estatutos de autonomía durante el periodo republicano. Las demás regiones serían autonomías de «vía lenta», inicialmente sin asamblea legislativa y sin plenitud de competencias, pero con posibilidad de alcanzarla tras un periodo transitorio de cinco años. El «café para todos» no se serviría de golpe, pero los camareros irían pasando cada cierto tiempo a fin de que todos los clientes que lo deseasen pudiesen llenar la taza. La Constitución no era del todo uniformista, pero salió de fábrica con el software necesario para serlo a medio plazo.
Solo un pacto de hierro entre los grandes partidos podía haber impedido la consiguiente carrera territorial para «no ser menos» en un país en el que la envidia acababa de ser magistralmente retratada por el escritor Fernando Díaz-Plaja en un libro de gran éxito titulado El español y los siete pecados capitales. La calculada ambigüedad de la Constitución permitía sortear la amenaza militar, pero a su vez estimulaba una nueva competición regional. Esta no tardó en empezar. Y comenzó en Andalucía.
Andalucía es la región más poblada de España, razón por la cual cuenta con la mayor cuota de representantes (61) en el Congreso. El partido que logra ganar claramente en Andalucía no tiene asegurada la victoria en las elecciones legislativas, pero se hace con una base casi decisiva para lograrlo. La hegemonía política en Andalucía es un bien muy preciado. Y el nuevo grupo dirigente del PSOE, forjado en Sevilla alrededor de la figura de Felipe González, era perfectamente consciente de ello. Como también lo sabían Clavero Arévalo y el andalucista Alejandro Rojas Marcos, que en las elecciones generales de 1979 había logrado un muy buen resultado para el Partido Socialista de Andalucía, colocando a cinco diputados en el Congreso. Fuentes solventes —por ejemplo, el historiador Charles Powell, autor de La historia de la España democrática— apuntan que Rojas Marcos recibió generoso apoyo del Gobierno Suárez, deseoso de debilitar al PSOE en su fortín andaluz.
Como puede verse, la lucha política en clave territorial no es un fenómeno nuevo, aunque haya quien se empeñe en creer que la tendencia a la centrifugación —¡España se nos va!— comienza en noviembre de 2003 con los bigotes del señor Carod-Rovira. El grito de combate «¡Nosotros no vamos a ser menos!» tiene casi tantos años como la democracia.
El 28 de febrero de 1980 Andalucía aprobó por referéndum —en contra del Gobierno Suárez, que solicitaba a los andaluces el voto negativo— su adhesión al máximo nivel competencial previsto por la Constitución y ello tuvo, al menos, cuatro consecuencias importantes: desató una crisis interna que acabaría con la UCD; afianzó al PSOE como abanderado de la igualdad; hizo imposible distinguir entre las comunidades históricas y las demás; y puso en marcha una dinámica de emulación que todavía hoy no se ha frenado —Canarias, Comunidad Valenciana y Navarra pidieron de inmediato seguir también la vía rápida del artículo 151—. La primera ronda de cafés estaba servida.
Vendrían más. Sería arduo explicarlas todas con detalle. Alarmados por el riesgo de desbarajuste y presionados por el intento de golpe de Estado del 23-F, el PSOE y la agonizante UCD pactan en 1981 acompañar el café con un vaso de sifón, pero la ley Orgánica de Armonización del Proceso Autonómico (LOAPA), inspirada por Eduardo García de Enterría con un claro propósito uniformista, será anulada por el Tribunal Constitucional en 1983. Entre 1982 y 1986 se acaban de tramitar todos los estatutos pendientes. PSOE y PP pactan en 1992 reforzar la simetría del sistema facilitando nuevas competencias a las autonomías más rezagadas. El PSOE pierde la mayoría absoluta en 1993, abriéndose un periodo de siete años en el que los partidos nacionalistas (CiU y PNV, principalmente) aprovechan su papel de bisagra en el Parlamento español para reclamar nuevas competencias, esta vez por la vía extraordinaria del artículo 150.2 de la Constitución.
Entretanto, en Europa también comienzan a servir café. La aprobación del Tratado de Maastricht en 1992 establece un cierto horizonte federal en el que los Estados nacionales pierden competencias «por arriba». La cesión más importante se refiere a la economía: la dirección estratégica de la política económica queda en manos del Banco Central Europeo.
Y en España vuelve la época de las mayorías absolutas. El PP la alcanza en 2000 con un discurso muy centrado en el País Vasco, donde el PNV promueve un proyecto soberanista de corte confederal. Aznar comienza a articular su beligerante discurso contra el «barullo», pero ello no le impide culminar el traspaso de la Sanidad a todas las autonomías; decisión que, por cierto, aleja del Gobierno central la responsabilidad política de futuras modificaciones —recortes o imposición de tasas— en un servicio básico del modelo social europeo.
El PSOE recupera el Gobierno en abril de 2004 con la promesa de tramitar en las Cortes la reforma del Estatuto catalán que salga aprobada de su Parlamento, admitiendo también el reajuste de los demás estatutos. Esquerra Republicana, partido verbalmente independentista, se suma a la nueva mayoría parlamentaria. Y el 29 de septiembre de 2005, el Parlament de Catalunya aprueba con 120 votos a favor y 15 en contra un proyecto de reforma del Estatut de 1979 que define Cataluña como nación, apura los márgenes constitucionales hasta el límite en el ámbito de la financiación —sin alcanzar la cota del concierto económico vasco— y sitúa las competencias transferidas fuera del alcance de nuevas leyes orgánicas uniformadoras. A finales de septiembre el Parlament de Catalunya, ante la apatía de la sociedad catalana (apatía más aparente que real como se irá viendo a lo largo de la legislatura) ponía las bases de la transformación federal del Estado español. ¿Fue ese un día histórico para la «España plural» o el que abrió la fosa del Gobierno Zapatero?
En esta nueva ronda el café parece que tiene un sabor bastante más fuerte. La prensa de oposición anuncia la inminente desaparición de España. El expresidente Felipe González dice sentir una creciente preocupación por los riesgos de «centrifugación». Alfonso Guerra avisa de que la bandera de la igualdad corre peligro. El presidente andaluz Manuel Chaves anuncia que todo lo que consiga Cataluña lo reclamará para Andalucía: «¡No seremos menos!». El presidente valenciano Francisco Camps le sigue los pasos: «¡Nosotros tampoco!», y así lo hace constar en una cláusula adicional de la reforma del Estatuto valenciano. El eco de la rivalidad mimética llega a todos los rincones de España. Excitado por la cafeína, el locuaz presidente extremeño Juan Carlos Rodríguez Ibarra invita a los catalanes «a meterse los cuartos donde les quepan». Más sosegado, el ministro de Economía Pedro Solbes desvela que el Estado central ya solo gestiona el 20 % del gasto público, descontando la Seguridad Social y el pago de la Deuda Pública; que los municipios administran otro 20 % de las reservas de «café» y que el 60 % del cafetal ya está en manos de las autonomías. España se ha convertido en uno de los países más descentralizados del mundo, pero nadie parece muy feliz por ello.
El exministro Otero Novas describe bastante bien en su reciente libro la dinámica de los últimos veintisiete años. «Pronto comenzó a verse que la homogeneización aceptada por Suárez se haría a partir de los “techos máximos” y ello abriría una espiral diabólica que acabaría dañando gravemente a la nación. Me parecía increíble que no supiésemos ver que de la literatura del renacer regional del siglo XIX surgió un deseo de autonomía, pero más que de autonomía, de reconocimiento de la diferencia, de la particularidad, de la variedad del fuero propio. De modo que una vez homogeneizadas todas las comunidades, las históricas plantearían de manera inevitable nuevas reivindicaciones; con lo que, una vez conseguidas, las comunidades no históricas volverían a exigir la homogeneización; que, al ser conseguida, daría pie a otra reivindicación posterior de las históricas, y así sucesivamente [... ] hasta que llegaría un punto en el que la única diferencia posible con el resto de España sería la independencia».
Preocupado por el porvenir de la nación, pero sin utilizar el lenguaje truculento de los profetas de la catástrofe, el exministro de Suárez llega a la conclusión de que hubiera sido mucho mejor para España que la Constitución de 1978 hubiese fijado, sin ambigüedades, dos niveles de autonomía, reconociendo de una manera explícita la diferencia del País Vasco, Cataluña y Galicia. Y seguramente tiene razón. Reconociendo a Sicilia como región especial los italianos, mucho más flexibles que los orgullosos españoles, no acabaron con la mafia pero sí con el separatismo siciliano.
Pero lo que Otero Novas no dice, quizá llevado por su entusiasmo historicista, es que del complejo cuadro resultante el único privilegio objetivo que existe hoy en España, la única realidad que merece tal nombre, es el cupo fiscal vasco, esto es, el derecho de los ciudadanos de la comunidad autónoma vasca a no aportar prácticamente ni un céntimo a la caja común. Los vascos —y en buena medida también los navarros— han seguido sin complejos el consejo de Rodríguez Ibarra. Se han puesto los cuartos allí donde les cabían: en el bolsillo de las diputaciones forales.
Hace ya meses, pero podría haber sido ayer porque la cantinela de la «desintegración de España» se ha convertido en el disco más oído todas las mañanas, tuve ocasión de subrayar este enfoque en un debate radiofónico en Onda Cero con Nicolás Redondo Terreros, ex secretario general del Partido Socialista de Euskadi, crítico acérrimo de la línea Zapatero y defensor a ultranza de la igualdad entre los españoles. Subrayé con cierta impertinencia la idea de que el cupo vasco es el único privilegio realmente existente en España, hasta que Redondo Terreros, españolista de toda la vida, no pudo más y exclamó: «¡Has de saber que el País Vasco tiene sus peculiaridades!». Fue un placer oír a un defensor de la igualdad entre los españoles defendiendo con tanto ardor la peculiaridad fiscal vasca.
Sin embargo, no deja de ser curioso que el nacionalismo catalán nunca se haya quejado del privilegio vasco, objetivamente inalcanzable para Cataluña, por mucho que se haya invocado en los debates de la reforma del Estatut. Un fuero similar para la Generalitat catalana significaría la quiebra del Estado español, objetivo que está muy lejos de la ambición programática del catalanismo (incluida CiU, hoy todavía en fase de expiación por sus pecados con el PP) y, lo que es más importante, del deseo de la gran mayoría de la sociedad catalana, con muchos vínculos sentimentales, psicológicos y económicos con el resto de España. El cupo vasco no solo es intocable, sino que parece innombrable, lo cual no deja de ser otra paradoja en un país en cuyas mañanas radiofónicas se discute de todo y se dicta sentencia sobre todo.
Hay una posible explicación lógica a tanto silencio: el problema de ETA exige no complicar más las cosas vascas. Y otra casi totémica: el cupo remite a los viejos fueros y estos a las guerras carlistas del siglo XIX, a la Historia en mayúsculas. Con lo que podríamos llegar a la conclusión de que la Constitución de 1978 fue respetuosa con el Mito y muy ambigua con el presente histórico. Se quiso dejar el juego abierto. Ello explica la mención explícita al principio de proporcionalidad en la elección de los diputados, con la consiguiente posibilidad de que los partidos nacionalistas jugasen el papel de bisagra en el Parlamento —no es fácil obtener la mayoría absoluta en España— y asumiesen el rol de lobbystas en Madrid. Ese fue el pacto. Ese fue el pacto que José María Aznar soñó con romper en el apogeo de su ceñudo mandato.
Casi treinta años después, las 17 autonomías han madurado y tienen todas forma esférica. Me explicaré. Dotadas de un alto nivel de competencias, administrando el 60 % del gasto público, con miles de funcionarios a su servicio, con medios de comunicación propios en la mayoría de los casos y con gran capacidad de influencia en los medios privados, los gobiernos autonómicos han consolidado unos sistemas de poder muy autorreferenciales. Basta leer la prensa regional española, con cabeceras de muy notable calidad, o sintonizar los canales autonómicos de televisión. La primera vez que me vino a la mente la imagen de las esferas fue camino del puerto de Pajares al escuchar por radio el anuncio de un diario, creo que La Voz de Asturias, que regalaba a todos sus lectores la bandera del principado con motivo del día de Asturias, el 8 de septiembre. España crujía, se hundía en la ciénaga —clamaban los grandes tribunos de Madrid—, pero los asturianos, ajenos a la debacle nacional en ciernes, se regalaban banderas azules con la cruz de la Victoria de Pelayo. Otro periódico creo que ofertaba una botella de sidra.
Son 17 esferas que hablan muy poco entre sí, ya que carecen de sistemas de comunicación transversales al margen de las estructuras internas de los dos grandes partidos. Son diecisiete esferas que se observan de reojo, cuando no compiten directamente entre sí, rozando en ocasiones el insulto. El caso de Cataluña y Valencia es el más evidente y merece tratamiento aparte. Pero es muy significativo lo ocurrido el pasado verano entre Castilla-La Mancha y Murcia, cuando una avioneta espía fletada por los manchegos violó el espacio aéreo murciano para fotografiar desde las alturas los embalses clandestinos de los astutos agricultores de la huerta, que a su vez reivindicaban un mayor caudal del trasvase Tajo-Segura.
El Estado autonómico presenta rasgos burdos que alimentan el discurso nostálgico de un centralismo que muy difícilmente volverá. Hay algo malsano en la actual dinámica territorial, pero ello no oscurece una verdad mucho más importante: las autonomías han contribuido notablemente a la modernización de España, adelantándose en buena medida al futuro. Europa tiende claramente a la descentralización. Los alemanes fueron forzados a ella como vacuna contra un IV Reich; los británicos, campeones del sentido común, están afrontando con realismo el malestar de Escocia; los italianos marean la perdiz y avanzan, sin avanzar, hacia un cierto esquema federal. Portugal se planteó la regionalización y al final tuvo miedo. El país es pequeño y grandes son sus recuerdos del Imperio del Mar: Portugal teme la división. Y la compleja crisis de Francia es también la crisis del centralismo. Sin las autonomías, España no habría aprovechado con tanta eficacia los fondos de cohesión y demás ayudas europeas. No hay duda de que las autonomías le han ido bien a España.
Y, sin embargo, nubarrones de crisis se perfilan en el horizonte. Después de un ventenio relativamente feliz, en el que los ciudadanos mantuvieron la costumbre de otorgar al Gobierno central y a los ayuntamientos la máxima responsabilidad de sus problemas, la sociedad comienza a pedir explicaciones a los Gobiernos regionales: naufragio del petrolero Prestige, hundimiento de viviendas en el barrio barcelonés del Carmel, incendio forestal de Guadalajara, problemas de regadío... son ejemplos muy elocuentes de ello. Y como hemos visto antes, uno de los asuntos clave del Estado del bienestar, la continuidad o no de la asistencia sanitaria universal y gratuita, se halla hoy en manos de los Gobiernos regionales. Suya será la responsabilidad de aumentar los impuestos para pagar unos servicios que pronto no podrán ser financiados totalmente por los presupuestos públicos. Suya será la responsabilidad de implantar fórmulas de copago, o de recortar gastos, o de reducir el número de funcionarios. Suya será la responsabilidad y los ciudadanos así lo perciben. Ello contribuye a explicar la inaudita tensión que está generando el debate sobre la reubicación de Cataluña en el Estado autonómico.
Es un momento contradictorio. Los cambios de escala que genera la actual fase del desorden mundial —crisis del horizonte federal europeo, terrorismo islámico, deslocalizaciones industriales, globalización informativa y cultural— empujan a favor de una cierta reafirmación del desdibujado Estado nacional, pero a su vez la traducción local de los problemas globales deviene muy intensa. Puede que las autonomías españolas se encuentren en los próximos años en medio de imprevistos vendavales que exigirán a sus gobernantes mucho talento político y mecanismos de cooperación hasta la fecha inexistentes. El ejemplo más claro es el de las eurorregiones. La de Galicia con el norte de Portugal; la temida eurorregión mediterránea (Cataluña, Aragón, Baleares y Comunidad Valenciana con el Mediodía francés); el País Vasco con la Francia aquitana. Más una posible expansión de Andalucía en Marruecos, en la que podrían participar Murcia y Extremadura.
Pero no nos dejemos llevar por la fantasía. Diecisiete mercados políticos están hoy en marcha en España gracias a la ambigüedad de la Constitución de 1978. Diecisiete esferas cada vez más excitadas a medida que los discursos tradicionales de la política entran en crisis y la radicalidad en el lenguaje y en las actitudes deviene el fetiche de moda. El amuleto preferido para conjurar un horizonte en el que solo se ven incertidumbres.
No es una España balcánica como sostiene Pío Moa, el más conspicuo portavoz de una nueva extrema derecha que pretende hacer negocio vendiendo correajes «liberales» y profecías de la catástrofe. España no es la Yugoslavia de 1990, pero está por ver si el actual formato del Estado de las Autonomías resiste las tendencias centrífugas que su propia ambigüedad ha generado. Andalucía —quizá más que la Cataluña del nuevo Estatut— vuelve a ser la clave. El envite catalán —que el Gobierno Zapatero hará todo lo posible por matizar, pero que no podrá neutralizar— puede convertir a Andalucía en el punto débil del PSOE, como en su día lo fue de la UCD.
Y si Andalucía decidiese seguir la senda de Cataluña, ¿dónde se detendría entonces la dinámica entre diferencia y uniformidad? ¿En la Comunidad Valenciana, con la «cláusula Camps» que prevé incorporar a su Estatuto todas las asimetrías que surjan en el camino? ¿En Canarias? ¿En Aragón?... Cataluña aparece estos meses como el punto crítico del galimatías hispánico. Pero no pierdan de vista a Andalucía.
EL FERRARI DEL SEÑOR RUS
Hay dos tipos de hombres bajos. Los que al mirar hacia arriba proyectan un sincero resentimiento contra el mundo y los que, poseídos por una cierta idea oriental y por lo tanto relativa de la pequeñez, se arman con una sonrisa orgullosa antes de tomar la palabra. Son los bajos altos. El señor Alfonso Rus, ex alcalde de Xàtiva y actual presidente del Partido Popular en la provincia de Valencia, pertenece a esa segunda categoría. El señor Rus, que comenzó vendiendo cacerolas en Xàtiva mientras la madre del cantante Raimon esperaba el regreso de su hijo, «sola al carrer Blanc», se hizo rico con el comercio de electrodomésticos. Y gracias a ello posee un Ferrari ganado con las manos limpias. Entre vítores y aplausos de sus correligionarios, así lo aseguró ayer, nueve de febrero de 2005, en los salones Reina de su localidad natal, minutos antes de ponerlo a disposición de Mariano Rajoy para salir de Xàtiva por todo lo alto.
El Partido Popular valenciano se halla en trance de «mascletà». Van como una moto. O lo aparentan muy bien. Un punto sobreexcitado, Francisco Camps, presidente de la Generalitat valenciana, completó el prólogo con una invocación al optimismo que seguramente haría palidecer de envidia a su homólogo de Barcelona. Camps cerró su alocución con un triple «¡España, España, España!», capaz de helar la sangre de los pancatalanistas valencianos que en las elecciones del 14 de marzo de 2004, después de veintisiete años de democracia y de grandes discursos sobre la entelequia de los Països Catalans, lograron la proeza de sumar el dos por ciento de los votos.
Rajoy subió al estrado reconfortado por la imagen de un partido cohesionado como los granos del arroz que se sirvió a los comensales. Se le veía satisfecho después del debate vasco en el Congreso: su popularidad ha subido en las encuestas y Paco Umbral ha escrito, generoso como una verónica, que el suyo fue el mejor discurso de la democracia. En Madrid, la prosa suele ser mayestática.
Cuando Rajoy está en forma exhibe una ironía cortante como un farallón de Finisterre. Entre vítores y volutas valencianas, ayer reivindicó el «sentido de la indiferencia». Son quiebros finos que gustan a la base de su partido, gente con una idea fija de España y un cierto sentido jerárquico de la existencia. Gente de orden. Por primera vez en mucho tiempo, el PP parece hallarse en una fase sutil y a la vez barroca: pide un sí para Europa que reverbera como un no y acaba invitando a la abstención. A la salida del mitin, entre campos y palmeras, esperaba el Ferrari del señor Rus cual carroza del papa Borja. Ningún obispo valenciano fue visto por el lugar.
Escribí este texto sobre la campaña electoral del referéndum europeo en un hotel de Xàtiva repleto de ángeles barrocos. Creo que me inspiraron, aunque lo que más me impresionó fue el zócalo del vestíbulo, pintado de purpurina hasta media pared. ¡Valencia es extraordinaria! Transmite una energía que puede llegar al delirio. Una energía que solo se encuentra en algunas ciudades italianas, sobre todo de Florencia para abajo. Creo que uno de los problemas de Cataluña con Valencia consiste precisamente en no haber captado bien esa fuente de energía impulsiva, grandilocuente, en ocasiones brusca y en otras rozando lo grotesco. El desprecio del catalanismo por el mundo de las fallas, por poner un ejemplo extremo, ha sido un error colosal. Ciertamente no es fácil casar la nostalgia del noucentisme —el permanente deseo catalán de poseer un orden propio— y los suspiros de Salvador Espriu por el «Nord enllà, on la gent és lliure, neta, desvetllada i feliç» («Más allá del Norte, donde la gente es libre, limpia, despierta y feliz»), con el populismo fallero.
La tendencia a despreciar el alma popular cuando esta se aleja de unos cánones idealizados —orden, virtud, mesura y sentido— es una característica recurrente del nacionalismo catalán, del catalanismo en general, en las últimas décadas. Este desprecio posiblemente sea resultado de una serie de frustraciones, entre las cuales no puede pasarse por alto la evolución que vivió el catolicismo en Cataluña después de la guerra civil. Acomodado con los vencedores de la guerra, pero a la vez necesitado de marcar distancias con el nacional-catolicismo oficial e imperante, fue acentuando su tonalidad jansenista (dícese de la tendencia del catolicismo francés a confundirse con la Reforma protestante) hasta confluir con los impulsos renovadores del Concilio Vaticano II. Un ideal de austeridad y autenticidad comenzó a cambiar la estética de las parroquias y a chocar fuertemente con cualquier manifestación barroca de la religión, con cualquier tipo de barroquismo. La estética austera del aggiornamento católico no fue exclusiva de Cataluña, evidentemente, pero en ella adquirió una especial intensidad. También fue muy intensa en el País Vasco, aunque con matices distintos.
También la izquierda marxista catalana elaboró una visión de la «cuestión valenciana» que la realidad, pasados los años y destilados los impulsos contradictorios de la transición, se ha tomado la molestia de desmentir. Una actividad frecuente en los años setenta entre los jóvenes más intelectualizados de la izquierda catalana era viajar a Valencia para rendir homenaje al escritor Joan Fuster, autor de Nosaltres els valencians, un ensayo que marcó intelectualmente a toda una generación. Fuster, depositario de una vasta cultura humanística que va de Montaigne a Antonio Gramsci, planteaba, muy en síntesis, que la renovación de la sociedad valenciana solo era posible en comunión con Cataluña, en aquel momento avanzadilla indiscutible de la modernidad. La renovación, el futuro, no podían venir de Madrid, del Madrid reaccionario y casposo del franquismo. Fuster fue idealizado como el intelectual más completo del catalanismo y aún hoy su criticismo, la agudeza de su pluma y la leyenda de su vida solitaria en Sueca —donde sufrió algunos intentos de atentado— sigue fascinando a los jóvenes catalanistas más escorados a la izquierda que ven en él, no sin nostalgia, un gran ejemplo de intelectual incorruptible. Son escasos los libros críticos con su obra.
La mejor síntesis de ambas visiones, la católica y la fusteriana, se halla, en mi opinión, en la espléndida obra del cantante Raimon, algunas de cuyas canciones son auténticas teofanías pasadas por el tamiz de Gramsci. Fue Raimon Pelegero, siempre socarrón como buen valenciano, quien me contó por teléfono la historia del señor Rus. Es un relato divertido pero también lleno de perplejidad por la evolución de Valencia en las últimas décadas: su pujanza, pero también su indiscutible fusión con los intereses estratégicos de Madrid. «No sé si ese modelo va a aguantar mucho tiempo», me comentó.
El señor Esteban González Pons cree que sí. Que va a aguantar y que Valencia incluso puede superar a Barcelona en algunos frentes económicos, como ya ocurre con el tráfico portuario. Conocí al conseller portavoz del Gobierno valenciano una mañana de invierno en el Café de Oriente de Madrid, un buen lugar para conversar e incluso para conspirar. Doctor en Derecho Constitucional y experto en informática, González Pons es un ejemplo de cómo la política sigue atrayendo a gentes de alta calificación profesional. No es un hecho infrecuente entre la nueva generación de dirigentes del PP. En aquellos meses la batalla entre zaplanistas (el sector del partido afecto al anterior presidente autonómico Eduardo Zaplana) y los oficialistas (el nuevo grupo dominante, liderado por el presidente Camps) estaba en su punto álgido y dejaba entrever, solo entrever, la pugna entre dos modelos sociopolíticos distintos; entre dos perspectivas de futuro para la Comunidad Valenciana. Una, la continuidad pura y simple de un crecimiento basado en la explotación intensiva de los cuatro grandes recursos del litoral levantino (el turismo, el negocio inmobiliario, la agricultura de regadío y la industria manufacturera más o menos sumergida); la otra, el avance hacia una mayor diversificación, habida cuenta de que estas cuatro fuentes de riqueza están mostrando con bastante claridad cuáles son sus límites.
El turismo no puede crecer hasta el infinito y tiende a exigir mayores estándares de calidad. La construcción intensiva en la costa conlleva la amenaza del colapso urbanístico. Desestimado el trasvase del Ebro, la perspectiva de inundar la costa valenciana de campos de golf obviamente mengua. Y China no deja conciliar el sueño a constructores de juguetes y zapatos, que ya sueñan con deslocalizar en Marruecos y en otros países de mano de obra barata. Pese a esos nubarrones, la economía en Valencia se halla todavía en una fase de aceleración, enfatizada por la próxima celebración de la Copa América de Vela en la capital de la comunidad, cuyos beneficios serán equivalentes a los de unos Juegos Olímpicos.
González Pons es un hombre que habla muy rápido. Es listo y le gusta impresionar. Es muy valenciano. Me explicó la diplomacia secreta que tejieron Zaplana y Pujol, cuando ambos eran presidentes. El hombre puente entre ambos era el exconseller catalán Joan Rigol y los encuentros se celebraban, con gran discreción, en Madrid para no entorpecer los discursos maximalistas de ambas partes: el anticatalanismo feroz de los populares y la evangelización catalanista en tierras paganas, bien subvencionada —muy bien subvencionada— desde Barcelona, pero con muy magros resultados políticos. Un cuadro más que sorprendente: ¡Madrid, vértice de los Països Catalans!
También me contó con vehemencia y gran lujo de detalles la campaña que el Gobierno valenciano iba a poner en marcha para reivindicar el trasvase del Ebro y responsabilizar de la escasez del agua al egoísmo del tripartito catalán: «¡Un tubo así de grande y una triste gota que cae». Llegados a este punto, le pregunté si no creía que el anticatalanismo ha llegado ya a un grado de saturación, puesto que desde el propio empresariado valenciano comienzan a alzarse voces que reclaman un mejor entendimiento con Barcelona. Dos fueron las respuestas de González Pons, ambas de un realismo bañado en agua de Valencia: «Tenemos el problema de la extrema derecha, que es muy anticatalana; es un hecho que el PP no puede soslayar y que no se agotará hasta que haya pasado una generación». Y añadió: «Evidentemente hemos de intentar tener buenas relaciones con Cataluña, pero no vamos a permitir que Pasqual Maragall organice la eurorregión mediterránea como un vasto dominio de Barcelona».
Fue una conversación interesante, con un final que me dejó algo perplejo. El conseller había aprovechado su estancia en Madrid para localizar un negocio de derribos muy recomendado por sus materiales antiguos. Acababa de comprar unas piezas de cerámica blancas para una casa de campo recién adquirida en el Maestrazgo. Lo explicaba con una jovialidad y un brillo en la mirada no muy frecuentes en la Cataluña medio jansenista y luterana, donde el disfrute de los bienes suele hacerse —al menos en público— con cierta contención.
«Tengo un amigo —remató González Pons entre risas— que está convencido de que vivimos en una época que se parece mucho al siglo IV; un tiempo de gran confusión en el que los patricios abandonaron las ciudades para ir a vivir al campo».
Desde aquel día procuro dedicar algunos ratos libres a documentarme sobre el siglo IV.
6
AUGE Y DOMINIO DEL GRAN MADRID
Decíamos en el capítulo anterior que el Estado de las Autonomías le ha ido bien a España. Le ha complicado el mercado interior de la política hasta extremos que pueden llegar a ser inquietantes, es cierto, pero también le ha permitido anticiparse al futuro, cosa que no ocurría desde hace siglos.
Sin unas administraciones regionales ambiciosas y sometidas cada cuatro años al escrutinio electoral, España no hubiese sacado tanto provecho de su ingreso en Europa. Seguramente se han cometido errores, pero la cuantía y el nivel de aprovechamiento de los fondos de cohesión pactados con Bruselas han sido motivo de envidia en todo el continente. Que se lo pregunten si no a los italianos del sur, que solo han visto la mitad de dinero que los españoles, drenada, además, por los tentáculos de la mafia. Puede afirmarse sin riesgo alguno de error: España es el país que más beneficios ha obtenido de su integración en la Comunidad Europea. Solo Irlanda podría asegurar lo mismo con cierto énfasis. Portugal y Grecia no pueden quejarse, pero han sufrido muchos más altibajos.
La sociedad tiende a identificar este sostenido clima de progreso material con la democracia. Esa es la clave, en mi opinión, de la actual identidad nacional española, aunque quizá no estarían de más algunos gestos de agradecimiento a los que han pagado, ya que pronto dejarán de hacerlo. En centenares de pueblos del norte y del sur de la península deberían erigirse monumentos al contribuyente alemán desconocido. O, en su defecto, en cada plaza mayor una placa debería rendir homenaje al modelo social renano —hoy por ti, mañana por mí—, al que Konrad Adenauer y Willy Brandt tengan en los cielos, ya que tardaremos bastantes años en volver a oír hablar de él.
Pero como tantas veces ocurre, el vértigo del día a día, la ausencia de una perspectiva adecuada, dificulta la percepción de lo evidente. Cuando España deje de percibir los fondos de cohesión —a una velocidad que todavía está por decidir y que constituye uno de los retos básicos del actual Gobierno socialista—, la nostalgia por el cheque de Bruselas mostrará con mayor claridad cuán positivos han sido los últimos dos decenios.
Las autonomías han contribuido a dar un formato moderno al Estado en tiempos de vacas gordas. Queda ahora por ver cuál será su papel cuando las vacas, poco o mucho, se vean obligadas a adelgazar. Quizás España se convierta entonces en ese irreparable patio de Monipodio que tanto dicen temer los nostálgicos del centralismo. O quizá, contra pronóstico, quede reforzado el Estado nacional gracias a la flexibilidad adquirida; gracias a un nuevo sentido del equilibrio y a la puesta en marcha de estrategias de cooperación hasta ahora inéditas y poco imaginadas. Pero no adelantemos acontecimientos: los próximos diez años se presentan tan inciertos como apasionantes.
De otra cosa también podemos estar seguros. Uno de los mayores beneficiarios del Estado de las Autonomías ha sido Madrid. Lejos de adelgazar a la capital, la descentralización le ha ayudado a engordar. Y de qué manera. Además de la estatua ecuestre de Carlos III y la placa dedicada a los héroes del 2 de Mayo, en la Puerta del Sol debería figurar una lápida de homenaje a las autonomías, para la que me atrevo a proponer el siguiente texto:
Madrid rinde tributo y gratitud a las regiones y nacionalidades de España por su contribución al asentamiento y modernización del país, sin la cual la Villa y Corte no habría podido alcanzar con tanta prontitud el rango de ciudad universal. Dedicadas las autonomías a sus menesteres, a la abnegada labor de reconstruir viejas identidades nacionales y al despertar de inquietudes regionales hasta aquel momento apagadas, Madrid dispuso de las energías en tiempo y forma necesarias para consagrarse como capital indiscutible de las Españas, como necesario punto de encuentro entre Europa y la América Latina y sede indiscutible de los monopolios del Estado privatizados. La ciudad, agradecida y emocionada por los ingentes beneficios obtenidos, así lo reconoce, con el deseo de que tan insigne gloria perdure.
La descentralización, efectivamente, le ha quitado a Madrid muchos problemas de encima. Cuando alguna cosa no acaba de funcionar en un hospital de Gijón, ningún funcionario corre el riesgo de perder el sueño en el complejo de los Nuevos Ministerios; sea grave o liviano, el problema deberá resolverlo un empleado de la Junta del Principado de Asturias. Si en Cataluña se hace del todo necesaria la construcción de nuevas cárceles, ningún director general del Ministerio de Justicia deberá romperse la cabeza para encontrar los terrenos adecuados y gestionar los consensos sociales adecuados para equipamiento tan antipático. Y si un pavoroso incendio forestal se declara en la provincia de Guadalajara y once agentes forestales mueren carbonizados durante las labores de extinción, la inevitable polémica recaerá en la Junta de Castilla-La Mancha, cuya consejera de Medio Ambiente lo más probable es que se vea obligada a dimitir, por respeto a las víctimas y para evitar daños políticos mayores: activado el cortafuegos, las llamas del debate difícilmente alcanzarán a los funcionarios del ministerio correspondiente.
Madrid se ha quitado mucho peso de encima, sí. Varios ministerios, otrora saturados de demandas y solicitudes —Sanidad, Educación, Obras Públicas y Vivienda, Justicia, Cultura, Agricultura...—, han visto notablemente aligerada su carga de trabajo, sin merma del empleo público. La capital de España se mantiene, según estimaciones fiables, en la cota de los 400.000 funcionarios, incluyendo en esta cifra al ayuntamiento y a la autonomía. Las comunidades autónomas han creado sus propios cuerpos funcionariales, imitando en muchos casos las estructuras de la Administración central, mientras que en los ministerios no ha habido cesantes. Algún día, si vienen vacas flacas, se tendrá una noticia más precisa de ello: se calcula que en la actualidad hay en España unos 2,2 millones de funcionarios, sumando todas las administraciones públicas.
Pero la clave del turbo-Madrid no son los ministerios centrifugados; no caigamos en el tópico todavía tan grato en Cataluña o, mejor dicho, en determinados sectores de opinión de Cataluña, del Madrid perezoso y funcionarial que se pone a trabajar a las once de la mañana y que en un pispás ya está escaqueándose en el bar. Como veremos a continuación, el Gran Madrid viene de lejos y se alimenta de nutrientes muy diversos, aunque el plato principal, también aquí, lo aportó Europa. En los esperanzados años ochenta, mientras las competencias administrativas del Estado salían de la estación de Chamartín con el expreso de provincias, nuevas plataformas de poder aterrizaban en el aeropuerto de Barajas inmediatamente después del ingreso de España en la Comunidad Económica Europea. Empresas multinacionales, bancos extranjeros, sociedades financieras, operadores logísticos e inmobiliarios elegían Madrid como centro de operaciones en un país con todos los ingredientes para el «milagro económico».
Atrás, muy atrás, comenzaba a quedar la descripción que de Madrid hizo Josep Pla en 1921. Un retrato duro, implacable, sin concesiones; muy alejado de las narraciones épicas de la guerra civil: «Es un mundo muy mezclado. Veréis en Madrid un pueblo llano que todavía huele a Edad Media y habla como en las zarzuelas, que malvive con un pequeño comercio miserable. Veréis también obreros con mono azul. En las tabernas aparece el chulo de cada casa de vecindad, un poco pálido, con la espalda dibujada con tiralíneas y un pañuelo de seda blanca anudado al cuello, muy bien planchado. El chulo juega a las cartas con el chato de la esquina, el jorobado del vecindario y el zapatero remendón del sainete popular. Siempre hay una chica que lo espera. Y por las calles, entre un ir y venir de gente vaga y aceitosa, entre corrillos que se hinchan y se deshinchan, el organillo desafinado y una carreta tirada por bueyes lentos, oiréis a veces, en medio de unos ruidos infernales, la voz de una mujer que os grita en la oreja de una manera terrible e histérica: ¡Juanitaaaaa!» (Madrid, 1921).
Muy atrás también quedaban La corte de los milagros y las Luces de Bohemia de Valle-Inclán, y todavía más lejos la atroz descripción de Benito Pérez Galdós en la cuarta serie de sus Episodios Nacionales, cuando Pepe Fajardo, héroe liberal de Las tormentas del 48, regresa a Madrid tras una larga estancia en la Italia casi garibaldina: «No tuvo la Villa y Corte mis simpatías cuando en ella entré: parecióme un hormiguero, sus calles estrechas y sucias; su gente, bulliciosa, entrometida y charlatana; los señores, ignorantes; el pueblo, desmandado; las casas, feísimas...».
¿Por qué en los ochenta la mayoría de las multinacionales y grandes compañías extranjeras elegían la mayor parte de las veces Madrid, y no Barcelona u otra gran ciudad española? No por un oscuro conciliábulo, aunque en la capital de España las conspiraciones nunca faltan. En primer lugar, por una razón bastante obvia: Madrid ya era en aquel momento una gran capital económica, forjada por los planes de ordenación del franquismo y por la creación en 1964 de un área metropolitana de 22 municipios que convirtió el centro de España en la principal área industrial del país. En 1970, Madrid rozaba los cuatro millones de habitantes, contra el millón y medio de Barcelona, dotada también de un área metropolitana, algo más reducida y, sobre todo, más fiscalizada por una oposición democrática muy atenta a los desmanes urbanísticos. Casi cuatro millones de habitantes y cincuenta mil barraquistas tenía Madrid el día que murió Franco.
Al llegar la democracia Madrid ya no es la ciudad gris y funcionarial que aún aparenta, pero todavía son muy recientes las imágenes de la capilla ardiente del dictador y acontecimientos tan siniestros como el asesinato de los abogados laboralistas de la calle de Atocha. La movida y el alcalde Tierno Galván pondrán color al blanco y negro de la transición hasta llegar a la gran rampa de despegue europea. A partir de aquí empieza un tremendo proceso de aceleración que aún hoy no ha finalizado.
Apuntemos solo algunos hitos. En primer lugar, la puesta en marcha de la televisión privada. Los nuevos canales rompen de manera definitiva el monopolio de Televisión Española, pero no el monopolio de Madrid como centro manufacturador del imaginario colectivo español: al contrario, la visión de España desde el centro se multiplica por tres, con la consiguiente repercusión en el ámbito de la publicidad y de la cinematografía. Televisión, publicidad y cine conforman el trípode de oro de las sociedades contemporáneas: suya es hoy el alma de los pueblos. Importantes agencias de publicidad ubicadas desde los años sesenta en Barcelona comienzan a emigrar hacia Madrid, que es donde se corta y reparte un pastel cada vez más grande. Barcelona tiene fama de producir buen teatro, pero si un actor quiere de verdad triunfar en el cine deberá olvidarse de las Ramblas y buscar un lugar bajo los focos allí donde están el dinero, las productoras, las ideas —unas geniales, otras no tan buenas, como siempre— y la oportunidad de dar el salto hacia América. Que se lo pregunten si no a la siempre elegante Ariadna Gil, hija del abogado independentista August Gil Matamala, amigo y asesor de Josep-Lluís Carod-Rovira en las largas sobremesas que el líder de Esquerra Republicana comparte en el restaurante Pitarra. Mujer de una serenidad admirable, Ariadna Gil declaraba el pasado mes de septiembre en el diario El Mundo: «Madrid no odia a Cataluña». Tenía razón. El problema español, por mucho que algunos se empeñen, no es el odio. España no es Yugoslavia. El problema es el reparto del poder; del poder real. Con el trípode televisión-publicidad-cine bien afianzado en Madrid, ¿quién se atreve a hablar de centrifugación de España?
Viene a continuación otro hito del Gran Madrid, todavía más importante que el anterior: la privatización de las grandes empresas públicas. La obligación —por mandato europeo— de colocar paulatinamente en el mercado los antiguos monopolios del Estado provoca a principios de los años noventa un enredo de colosales dimensiones. El caso Mario Conde pone fin a la edad de la inocencia de la democracia española. El ambicioso banquero acabará en la cárcel, pero la dinámica desatada a su alrededor se llevará por delante primero al vicepresidente Narcís Serra y después a Felipe González, aliviado por su «dulce derrota» de 1996.
Conde encarna una gran ambición personal, pero también es reflejo de las enormes perspectivas existentes a principios de los años noventa: las fusiones bancarias, la salida a Bolsa de los antiguos monopolios estatales, los previsibles cambios en las cúpulas de los mismos, la convergencia del poder financiero con los grupos de comunicación..., en definitiva, un fenomenal cambio de escala en las estructuras del poder económico y político. Gigantescas sumas de dinero circulan por Madrid cuando a finales de los noventa se oye el reclamo de la Bolsa, excitada por la dinámica especulativa de la nueva economía punto com. El mismo fluido también financiará el desembarco en Latinoamérica de los antiguos monopolios españoles —Telefónica, Repsol, Iberia...— una vez que el Gobierno Aznar, blindado por la mayoría absoluta, haya logrado colocar al frente de ellos a personas de su círculo de confianza.
La burbuja bursátil se deshinchará relativamente pronto, Internet proseguirá su implantación y desarrollo sin tanta excitación, y el dinero —que no se crea, ni se destruye, tan solo busca cómo multiplicarse— se desviará en avalancha hacia el mercado inmobiliario en un área metropolitana que crece, imparable, por los cuatro costados. Anchas son las dos Castillas y, si hiciese falta, también Extremadura. ¿Quién habla de centrifugación de España?
Ahí tenemos al Gran Madrid del siglo XXI. Una megalópolis que no aparece en los mapas oficiales pero que va más allá de las fronteras de la comunidad autónoma que preside la señora Esperanza Aguirre. Se extiende por el norte hasta alcanzar el acueducto de Segovia; baja por el sur hasta Toledo (ahora conectada con Madrid vía AVE) y prosigue hasta Ciudad Real, que gracias a la estación de la línea Madrid-Sevilla de alta velocidad está experimentando un gran desarrollo; por el oeste, superado San Lorenzo del Escorial, merodea las murallas de Ávila y apunta a Extremadura; y por el este alcanza de lleno a Guadalajara, que vive un proceso de expansión similar al de Ciudad Real gracias a la ubicación en sus proximidades de una de las cuatro estaciones de la línea Madrid-Lleida del AVE.
Es interesante explicar el caso de Guadalajara. La estación del AVE se halla en el término municipal de Yebes, a unos diez minutos en coche de la capital de provincia, y a su alrededor se está construyendo una potente ciudad residencial (9.500 viviendas con los consiguientes equipamientos comerciales y una previsión de 30.000 habitantes) que llevará el nombre de Valdeluz, aunque ya empieza a ser conocida como Avelandia. La duración del trayecto en tren desde Madrid es de veintisiete minutos, perfectamente equiparable a lo que se tarda en recorrer cualquiera de las grandes líneas del metro madrileño. He ahí un buen ejemplo de los cambios de dinámica social y de las tensiones que el tren de alta velocidad provoca a lo largo de su recorrido. Cada estación del AVE es un manantial de plusvalías. Un manantial que todavía no ha llegado a Barcelona. Pero de Barcelona hablaremos con detalle en el próximo capítulo. Concluyamos ahora con la letanía: ¿Quién habla de la centrifugación de España?
El señor José Luis Leal, presidente de la Asociación Española de la Banca (AEB), habla más bien pausado. Me sorprendió su enfoque sobre el crecimiento de Madrid en el curso de una entrevista matinal con otros colegas de La Vanguardia en su despacho de la calle Velázquez. Leal recibe en una estancia decorada como una excelente veduta veneciana. «Bueno, ya ven —nos dijo el exministro de Economía de Adolfo Suárez—, Madrid, como siempre, creciendo en todas direcciones, sin ningún plan previo. Ya veremos cómo acabará. En cambio, ustedes en Barcelona creo que tienen una visión más estratégica, creo que calculan mejor».
Me quedé perplejo, porque al igual que muchos otros catalanes había aterrizado en Madrid con la íntima convicción de que en las alturas de la capital de España ha estado funcionando durante estos últimos años un Gran Comité Director, uno de cuyos objetivos sería romper de manera irreversible la vieja dualidad Madrid/Barcelona..., a favor del centro, claro está. Es un pensamiento muy propio de estos tiempos. La creencia de que existe una verdad oculta, unas fuerzas invisibles operando al otro lado del telón, probablemente alivia la enorme sensación de incertidumbre que caracteriza nuestro presente. No entendemos nada, pero alguna explicación debe de haber. De ahí, seguramente, el éxito de la novela El código Da Vinci y sus numerosas secuelas. O la aparición en las librerías de un título como Los masones, ensayo histórico en el que el escritor y radiofonista de la COPE César Vidal pretende demostrar que la izquierda española ha estado permanentemente guiada —desde la proclamación de la República hasta la elección de Felipe González como secretario general del PSOE y la imprevista victoria electoral de José Luis Rodríguez Zapatero— por la más temible de las sociedades secretas.
De las palabras de Leal no cabe deducir, sin embargo, que en Madrid no se conspire. ¡En Madrid se conspira a destajo! Pero cada día hay tantas conspiraciones en marcha que la idea de un Gran Rector, a poco que se reflexione, resulta verdaderamente pueril. ¡Madrid es un todos contra todos! El crecimiento de Madrid obedece a una suma de factores que en los últimos años han alcanzado un alto grado de retroalimentación. Unos aceleran a los otros: la transformación de la ciudad en el gran fortín electoral del centro derecha; la llegada de Aznar al poder y su posterior mayoría absoluta; la potenciación del punto de vista central en el entramado mediático con el consiguiente refuerzo de los enfoques periféricos particularistas; las privatizaciones y las ambiciones por ellas desatadas; la plataforma euro-americana; las burbujas especulativas, primero Internet y después el ladrillo —todo ello en un marco geográfico decididamente propicio para la expansión—. Ubicada en el centro de la Meseta, Madrid puede crecer lo que quiera. Podría llegar hasta Lisboa. Otra cosa es que este modelo acabe generando a medio plazo serios problemas de articulación social —como muchos temen, no solo Leal— ya que una eficaz y potente red de ferrocarril metropolitano, siendo muy importante, no es la panacea.
Seguramente hay más visiones como las del señor José Luis Leal. Pero son difíciles de encontrar, sobre todo en la prensa. Quizá porque la dinámica centrípeta del Gran Madrid ha contribuido a sedimentar una vieja creencia de gran calado político, ideológico e incluso psicológico: la idea de que Madrid es España, la idea de que cualquier posible merma de su poder es una quiebra de España. No es esta una cuestión meramente retórica. La crónica confusión entre Madrid y España expresa un problema muy de fondo, un problema verdaderamente grave: ¿Hasta qué punto existe una clase dirigente española con una visión auténticamente «nacional»? ¿Existe una clase dirigente española verdaderamente patriótica? ¿Existe una clase dirigente capaz de integrar y dirigir el país en la actual fase posnacional o ha dejado de existir definitivamente, como ya apuntaba el gran periodista catalán Agustí Calvet, Gaziel, en los amargos años cuarenta?
MEDITACIÓN EN EL DESIERTO DE PITIS
Bajas en Pitis y te encuentras en medio del campo. En muy pocas ciudades del mundo el metro debe haber llegado antes que las casas y las calles, tal como ocurre en Arroyo del Fresno, solar inmenso en el extremo norte de Madrid. Donde el mapa pone Pitis hubo hace años un poblado de chabolas, pero hoy es un lugar tranquilo, lento, de una nitidez objetiva, como los diálogos trenzados por Rafael Sánchez Ferlosio en El Jarama; un desierto donde solo las tercas chicharras son testigos de que la carestía de la vivienda va en serio.
Desde esta estación perdida en el páramo castellano se ve cómo Madrid avanza, imparable, como una unidad de destino en lo inmobiliario. Arroyo del Fresno es el más retrasado de los seis barrios de inminente construcción (Sanchinarro, Monte Carmelo, Las Tablas, más los ensanches de Vallecas y Carabanchel) que aportarán a la capital de España otros 225.000 habitantes, cifra equivalente a toda la provincia de Segovia y parte de la de Ávila.
Es un buen lugar Pitis para comprender el significado exacto, preciso, del arco histórico que comienza con el pacto del hotel Majestic y acaba con los idus de marzo de 2004. Primero, la entente con CiU, la broma del catalán en la intimidad; e inmediatamente después la definitiva aceleración de Madrid en busca de la megalópolis, de la ciudad planetaria cabeza de puente con Latinoamérica. Con una fuerza centrípeta más que suficiente para reabsorber energías que la descentralización, el ingreso en Europa y el Estado del bienestar han propiciado en su periferia inmediata, esto es, en Castilla y León, Castilla-La Mancha, Extremadura y La Rioja.
Contemplada desde este ángulo, la retórica igualitaria de José Bono y Juan Carlos Rodríguez Ibarra se descodifica bastante mejor. Ahí va un dato, uno solo. Albacete (152.000 habitantes), índice de vejez: 13,5 por ciento; plazas de residencia por mil habitantes: 54,9. Santa Coloma de Gramenet (115.000 habitantes), índice de vejez: 14,8 por ciento; plazas por mil habitantes: 33,2. Ninguna gran ciudad catalana, pese a disponer —no todas— de un mayor índice de riqueza estadístico, cuenta con un mayor número de plazas de residencia para ancianos que Albacete, Ciudad Real, Cuenca, Guadalajara y Toledo («Anuario Económico de España, 2004»).
Roto el crecimiento cero de Madrid, defendido hasta principios de los años noventa por el PSOE de Joaquín Leguina y José Barranco con una ingenuidad que hoy parece sacada de un cuadro con angelitos barrocos; consolidado el glacis del Centro y amortizado el suave fru-frú del pacto del Majestic, el siguiente paso del impetuoso aznarismo fue la búsqueda del mar vía Valencia, la campaña levantina con el agua del Ebro como nuevo Jordán. Ya decía Ortega en su España invertebrada que la mente castellana es la mejor dotada para articular «la España integral»... con ríos de cemento, campos de golf y el ceño fruncido... Un vergel de plusvalías era la promesa, y el grito de guerra: «¡A por ellas que son de regadío!».
Visiones desde el desierto de Pitis, mientras el sol comienza a caer aplomo en un Madrid jovial y sin primavera. Es fascinante vagar por su periferia con ojos de novato: un metro que no se acaba nunca, con estaciones bautizadas así en lo nacional (Guzmán el Bueno, Antonio Machado, avenida Ilustración...), como en lo civil (Valdezarza, Peñagrande, Lacoma...); el tren hasta el Pozo del Tío Raimundo y de nuevo Atocha, todavía con un nudo en la garganta. Visiones de Pitis, donde uno cree oír a Pier Paolo Pasolini, que murió en un descampado... los últimos versos de «II canto popolare»: «a la luz de un tiempo que comienza / la luz de ser aquello que aún no se sabe».
7
EL MALESTAR DE CATALUÑA
En la medida que los asuntos de Cataluña siempre aparecen bastante vinculados al pasado, vamos a empezar con una anécdota no muy antigua, pero sí lo suficientemente alejada en el tiempo. Era invierno de 1989. Jordi Pujol estaba invitado a pronunciar una conferencia en el Saló de Cent del Ayuntamiento de Barcelona, dentro de un ciclo sobre el Estado de las Autonomías al que habían sido invitados los presidentes de todas las comunidades autónomas. Los Juegos Olímpicos estaban próximos y el Ayuntamiento barcelonés era entonces un hervidero de iniciativas políticas. Comenzaba a ser bastante evidente que Pasqual Maragall ambicionaba ser algo más que el alcalde olímpico de Barcelona.
Como es habitual en él, Pujol situó con gran habilidad su visión de Cataluña en el cuadro general: España, Europa y el mundo. De una manera un tanto retórica se preguntó si seguía siendo cierta la vieja idea, todavía muy anclada en el catalanismo, de que Cataluña va bien cuando España (la España central) va mal, y viceversa. En un momento dado se dirigió a los asistentes y haciendo uso de uno de sus trucos preferidos, les lanzó una pregunta: «¿Han leído ustedes Asalto al poder? Si no lo han leído, háganlo y verán que no sale ningún catalán».
El presidente de la Generalitat se refería a un libro que en aquel momento estaba teniendo mucho éxito. Escrito por el periodista madrileño Jesús Cacho, Asalto al poder narra, con tintes verdaderamente hagiográficos, la trayectoria ascendente del banquero Mario Conde y documenta con gran profusión de detalles la despiadada lucha que a finales de los años ochenta estaba teniendo lugar en los círculos financieros y mediáticos de Madrid, en vísperas de la privatización de los grandes monopolios del Estado y en plena eclosión del negocio de la televisión privada. Asalto al poder es un retrato sesgado pero muy vivo, muy veraz, de una época que conviene no perder nunca de vista para entender algunas de las claves del presente español. Y, efectivamente, en aquella ordalía para determinar quién de verdad mandaba en España, no sobresalía ningún apellido catalán. Pujol se limitó a lanzar la pregunta, sin añadir ningún comentario a la respuesta negativa, que se daba por sobrentendida. No, no había ningún catalán de relieve en el torbellino de las finanzas madrileñas. O mejor dicho, sí que lo había, pero su ambicioso campo de actuación todavía parecía pivotar entre los campos de petróleo de Kuwait y los círculos de negocio de Barcelona. Era Javier de la Rosa, también conocido, con el paso de los años y de los escándalos, como el financiero catalán. (En un arranque de generosidad, cuyo motivo y alcance todavía no está del todo explicado, Pujol llegaría a calificar a De la Rosa de empresario modelo. Fue una de las frases más infelices de su dilatado mandato: no hay presidente de la Generalitat sin corona de espinas.)
Aquella tarde en el Saló de Cent, quizá sin saberlo, Pujol leyó las cartas de su futuro. Trece años más tarde, por decirlo un poco al estilo de Gabriel García Márquez, cuando el patriarca del nacionalismo catalán se vio bajando lentamente las escalinatas de mármol del Parlament de Catalunya después de haber empatado las elecciones y perdido la presidencia de la Generalitat, debería recordar el día en que su perspicacia le llevó a descubrir el hielo; la fría realidad de una Barcelona que comenzaba a quedar detrás de Madrid. Aquel día esa cosa y otras muchas más que iban a suceder aún no tenían nombre, pero con los años lo irían adquiriendo, con gran variedad de acentos y de disgustos: «pérdida de peso»; «si no espabilamos nos convertiremos en el Santander del Mediterráneo»; «déficit fiscal»; «expolio». Aquella tarde en el Saló de Cent, Jordi Pujol vislumbró el acontecimiento sin el cual es imposible explicar qué diablos ha pasado en Cataluña después de la efervescencia de los Juegos Olímpicos.
No era fácil captarlo en aquel momento, puesto que Barcelona se hallaba presa de una grandísima excitación. Las Olimpiadas constituían un reto formidable para una ciudad muy acostumbrada a lamerse las heridas. El reto, como es sabido, acabaría superándose con un sobresaliente. Preocupado por la proyección política que el acontecimiento olímpico estaba dando a Maragall, Pujol había ideado un poderoso contrapunto consistente en la construcción de un grandioso parque de atracciones en el litoral de Tarragona, provincia clave en futuras elecciones autonómicas. El proyecto no era fácil y para ello requirió el apoyo financiero de De la Rosa, calificado entonces de empresario modelo.
Mientras Maragall fortalecía y enriquecía Barcelona y su área metropolitana, los nacionalistas se preocupaban de fomentar el litoral de Tarragona y Girona y las comarcas interiores, para que la riqueza y el poder no se concentrasen todos en Can Fanga (nombre entre distante y despectivo con el que en algunas comarcas catalanas todavía se refieren a la ciudad de Barcelona). Ese era el gran debate del momento en la prensa catalana: cosmopolitas contra ruralistas, patriotas contra metropolitanos. Cataluña ha dedicado en los últimos años muchas energías a discusiones de este tipo. Con tanta intensidad y prosodia que hoy, al contemplarlas a la luz de los problemas actuales, es casi imposible no enrojecer.
Quince años después, el dogma metropolitano está siendo aceptado por el nacionalismo. En un seminario del grupo L’Opinió Nacionalista celebrado en mayo de 2005, el profesor Joan Manuel Tresserras, uno de los intelectuales mejor cualificados del entorno de Esquerra Republicana, teorizaba lo siguiente: «El mundo del futuro será una gran red de megalópolis; si Cataluña quiere contar en el mundo del futuro, debe esforzarse en convertir Barcelona en una gran megalópolis, como ya lo es Madrid». Y en un reciente encuentro de empresarios convocado por La Vanguardia en la ciudad de Filadelfia (Estados Unidos) —el diario organiza desde hace unos años un fórum anual en el extranjero, para poder analizar la coyuntura económica de Barcelona y Cataluña desde una saludable distancia— todas las opiniones convergían en un mismo punto: la Barcelona metropolitana ha de ser la gran plataforma de Cataluña para competir en el mundo.
Lejos, muy lejos, quedan, por lo tanto, los tiempos en que Jordi Pujol decidía borrar de un plumazo la Corporación Metropolitana de Barcelona, temeroso de que el partido socialista —con Maragall a la cabeza— convirtiese la administración supramunicipal en un contrapoder de la recuperada Generalitat. Lejos quedan también los tiempos en los que Pujol clamaba contra una Cataluña hanseática —en referencia a la Hansa, la liga de 90 ciudades bálticas impulsada en el siglo XIV por la burguesía mercantil de Bremen y Danzig—. Nadie discute hoy que el futuro económico de Cataluña pasa en muy buena medida por la capacidad de Barcelona de tejer en los próximos años una potente red de intereses que baje hasta Valencia, pase por Zaragoza y suba hasta Toulouse, sin olvidarse de las Baleares.
La disolución de la Corporación Metropolitana en 1987 complicó de manera objetiva la adopción de decisiones estratégicas —la ampliación de la red del metro, el trazado del AVE y la ampliación de la Feria de Barcelona, por poner tres ejemplos de primer orden— cuyo retraso ahora duele, sobre todo cuando Barcelona se mira, quizá de una manera demasiado obsesiva, en el espejo de Madrid.
Los dos grandes partidos catalanes, PSC y CiU, se han combatido desde su fundación sin tregua ni descanso, porque sin ser lo mismo, se parecen mucho: ambos compiten desde 1980 por el espacio central de la sociedad catalana. Pujol tenía razones más que fundadas para sospechar que la «Corpo» (así la llamaban los alcaldes socialistas) podía acabar convirtiéndose en un contrapoder de la Generalitat, de manera que optó por actuar a la defensiva, muy a la defensiva. Cortó por lo sano. Y Maragall, que ya veía el trampolín de los Juegos Olímpicos en el horizonte, seguramente no supo ofrecer a tiempo un pacto adecuado: por ejemplo, la presidencia de la Corporación para Pujol o para el consejero de Política Territorial del Govern de la Generalitat, y la vicepresidencia para el alcalde de Barcelona. No hubo «compromiso histórico» en 1987. Las consecuencias del desbarajuste metropolitano no se verían claras hasta después de los fastos olímpicos.
Transcurridos quince años desde la crisis hanseática, amortizados los beneficios más inmediatos del éxito olímpico y concluida la etapa (1993-2000) en la que Convergència i Unió logró desempeñar un decisivo papel de bisagra en el Parlamento español, el diario La Vanguardia comenzó a prestar especial atención a la pérdida de posiciones de Barcelona respecto a Madrid. A lo largo de 2002 se publicaron una serie de reportajes en los que se ponía en evidencia los retrasos estructurales que el área de Barcelona estaba acumulando en diversos ámbitos: escaso crecimiento de la red del metro; indefinición sobre el trazado del AVE y grandes incógnitas sobre su posible conexión con el aeropuerto de El Prat; retraso en la construcción de la tercera pista de aterrizaje y en los planes de ampliación de las terminales aéreas; cancelación de los pocos vuelos directos entre Barcelona y Estados Unidos; inexistencia de una línea de ferrocarril de vía estrecha entre el puerto y la frontera francesa; pérdida de competitividad de la Feria de Montjuïc en relación al moderno recinto IFEMA de Madrid; crónico cuello de botella en la carretera N-II; sensación de agravio por el gran número de peajes en las vías de acceso a Barcelona; posible desaparición del salón de moda Gaudí en beneficio de un certamen centralizado en Madrid... Una larga lista. El fiel retrato de un estado de ánimo.
La lista era larga y se ampliaba a medida que el debate iba cuajando. La aprobación en el Parlamento español del Plan Hidrológico Nacional con el apoyo del joven sector soberanista de Convergència i Unió (que desoyó el criterio de Pujol y de Josep Antoni Duran Lleida, reticentes a dar un sí explícito al trasvase del Ebro) reforzó la sospecha de que el Gobierno Aznar apostaba fuerte por Valencia para debilitar a Barcelona. E incluso había una guinda futbolística. La mala racha del F. C. Barcelona, sumido en una fuerte crisis de liderazgo frente a la pujanza de los «galácticos», contribuía a alimentar la sensación de declive.
No hace falta glosar la influencia de La Vanguardia en Cataluña. Al cabo de unas semanas, el debate estaba presente en todos los medios de comunicación, incluida la televisión autonómica. De inmediato se encendieron las señales de alarma en todos los partidos. Y como es frecuente en política, la interpretación en clave conspirativa tampoco tardó en dar señales de vida. El Partido Popular creía estar ante una campaña de descrédito de la acción del Gobierno central en Cataluña, de la que solo podían beneficiarse los socialistas. Personalidades relevantes de CiU acusaron veladamente al diario de fomentar la «desmoralización del país», en un momento muy delicado para los nacionalistas, puesto que Pujol había anunciado la retirada y el hombre que debía sucederle, Artur Mas, no acababa de despegar en las encuestas. En CiU afirmaban estar convencidos de que aquella era una campaña orquestada por el ministro Josep Piqué. En su opinión la estratagema era la siguiente: se trataba de dar primero la sensación de que Barcelona estaba quedando rezagada respecto a Madrid, para que después llegase Piqué, cual Séptimo de Caballería, con el anuncio de importantes inversiones del Estado en Cataluña.
Los socialistas, teóricos beneficiarios del debate, parecían desconcertados. El alcalde de Barcelona, personalidad muy proclive a situarse a la defensiva, interpretó que aquella era una campaña que apuntaba directamente a su cabeza. El teorema de Joan Clos decía lo siguiente: «Van a por mí porque saben que Maragall ganará la presidencia de la Generalitat». Los asesores económicos de Clos se esforzaban en demostrar que la aceleración de Madrid se debía a la reinversión en la capital de España de los grandes beneficios de las privatizaciones, pero no esbozaban ningún gesto de reclamación, ninguna queja. El mensaje era simple, muy simple: «Nosotros no tenemos la culpa».
En el curso de un debate en BTV, emisora local de televisión dependiente del Ayuntamiento, el periodista Xavier Vidal-Folch, director adjunto del diario El País, preguntó al alcalde de Barcelona por qué razón no se colocaba al frente de la protesta. Persona cordial, pero de opiniones vehementes, Vidal-Folch llegó a sugerir un nuevo tancament de caixes (protesta fiscal contra el Gobierno español que tuvo lugar en Barcelona en 1899, consistente en la abstención en el pago de las contribuciones). Aunque aquel boicot fracasó al ser proclamado el estado de guerra —una derrota más que sumar al doliente panteón del catalanismo—, el nombre del alcalde de la época, el médico Bartomeu Robert, no ha sido olvidado. Clos, también médico de profesión, se quedó mirando a Vidal-Folch estupefacto; hubo unos segundos de silencio hasta que el alcalde, esbozando una sonrisa, decidió cambiar de tema.
Renunciando a emular, ni que fuera tímidamente, al legendario doctor Robert, el doctor Clos complicó de manera extraordinaria su futuro político al configurarse como pieza débil del complicado tablero catalán. El alcalde seguramente tenía al menos tres motivos para no ponerse al frente de un movimiento cívico contra el Gobierno: su natural prudencia —aficionado a la navegación y la aeronáutica es un hombre más habituado a sortear borrascas que a atravesarlas—; el temor a perder las inversiones del Estado en el Forum 2004, considerado entonces el objetivo central de su mandato; y la decisión estratégica del PSC de reducir su perfil de partido metropolitano para poder diluir ante el resto de Cataluña la imagen de un Maragall solo interesado por Barcelona.
La despolitización del Ayuntamiento en el instante en que Barcelona se convertía en detonante de una crisis estructural de la política catalana seguramente es uno de los datos más relevantes y extraños de este relato. He ahí a un jugador de ajedrez que renuncia a mover la dama en el momento en que la partida puede inclinarse a su favor. ¡Qué estrategia más sorprendente!
La campaña de La Vanguardia, si es que puede llamársele así, no respondía a ningún interés oculto. ¡Todos los partidos se consideraban perjudicados! En realidad reflejaba una creciente preocupación en los círculos empresariales de la ciudad por la evolución de Barcelona. Preocupaba la pérdida de dinamismo respecto a Madrid, aunque ese no era el único punto de referencia. Posteriores pronunciamientos del Círculo de Economía, de la Cámara de Comercio de Barcelona y, en menor medida, del Fomento del Trabajo, dieron una dimensión más programática a un debate que fue calando en la calle.
Permita el lector una anécdota. El periodista Eugeni Madueño, en aquel momento redactor jefe de la sección local del diario, llegó en una ocasión muy excitado a la redacción de la calle Pelai con la siguiente historia. Un taxista le había arengado: «¡Aprieten fuerte los de La Vanguardia, no dejen que los de Madrid nos quiten el salón Gaudí!». Es evidente que a ningún taxista le interesa que su ciudad pierda un salón ferial, pero aquella tarde pensé en el mitológico rapto de Europa: el AVE que no llega, el aeropuerto que no crece, los peajes que no bajan y... ¡encima nos secuestran a las modelos!
Transcurrido más de un año desde el inicio de la polémica, Pasqual Maragall, que había asistido silencioso a los primeros compases del debate, publicó en julio de 2003 un artículo en el diario El País en el que intentaba trasladar el estado de ánimo catalán al resto de España. El título del artículo, «Madrid se ha ido», causó perplejidad en la capital y alimentó un poco más su fama de excéntrico. El entonces aspirante a la presidencia de la Generalitat sostenía que Madrid se había disparado en exceso: se había convertido en una auténtica megalópolis, en un nódulo más de la red que conecta las ciudades más potentes del planeta (Nueva York, Los Ángeles, Miami, París, Londres, Sao Paulo...), lo cual exigía —en su opinión— un gran movimiento de reequilibrio interno.
Maragall situaba la angustia de Barcelona en el contexto español: reivindicaba una España menos radial, menos polarizada por el Gran Madrid, y una renovación de los equilibrios existentes antes del despegue galáctico de la región central de España. Una vez más su diagnóstico era brillante pero, también una vez más, su manera de expresarlo era manifiestamente mejorable. ¡Madrid se ha ido! En una ciudad que se considera la quintaesencia española, aquella frase parecía escrita ya no por un pingüino, sino ¡por un extraterrestre! Maragall daba en el clavo, pero a costa de pillarse los dedos. Su fama de tipo raro sería hábilmente explotada en el futuro por todos sus adversarios, a los que él mismo serviría en bandeja reiteradas oportunidades de caricaturizarlo. Pero esa es otra historia, con ecos intensos y recientes.
Ahora lo que interesa consignar es que a finales de 2002, a mitad de la segunda legislatura del Gobierno Aznar, en la opinión pública catalana ya había cuajado la idea de que la mayoría absoluta del Partido Popular perjudicaba los intereses generales de Cataluña. Los modales de Aznar no hacían sino confirmar, una y otra vez, esa sensación: la famosa foto con los pies encima de la mesa en la reunión del G-8 en Canadá; la negativa a incorporar los distintivos autonómicos en las matrículas de los coches aludiendo despectivamente a las «chapas»; la prosopopeya que rodeó la boda de su hija en la basílica de El Escorial... El estilo Aznar chocaba frontalmente en Cataluña con ese trasfondo medio luterano, medio jansenista, del que hemos hablado en un anterior capítulo.
Cataluña se sentía mal. Y Pujol, que es hombre que oye crecer la hierba, lo captó muy bien al ver la amplitud que adquirió en el área de Barcelona la huelga general convocada por los sindicatos en julio de 2002. A partir de aquel momento, Convergència comenzó un peculiar proceso de despegue del PP, un distanciamiento dubitativo y gestual que en las crónicas políticas recibió un apelativo curioso: la escenificación. Visto ahora con la suficiente perspectiva, parece evidente que el Gobierno Aznar no supo valorar políticamente lo que significaba el creciente desapego de la sociedad catalana. La esposa de Aznar, la perspicaz Ana Botella, sí se percató de ello, pero cuando ya era demasiado tarde para corregir el rumbo. «Cuando leí las cifras de participación en Cataluña, enseguida me di cuenta de que íbamos a perder las elecciones», declararía la mujer del expresidente del Gobierno días después de la debacle del 14-M.
La interiorización por parte de la sociedad catalana de que Barcelona se quedaba peligrosamente atrás ha sido —está siendo— un factor determinante en la evolución del ciclo político catalán y español. Conviene retener ese dato, porque todavía está vivo. El gran debate político que está suscitando el proyecto de reforma del Estatut de Catalunya es el reflejo más claro de ello. Seguramente se equivocan quienes ven la propuesta catalana como un artefacto circunstancial, como una suerte de monstruo salido del gabinete de los doctores Frankenstein, Maragall y Zapatero. Toda iniciativa política de calado —y el Estatut lo es— encierra siempre componentes tácticos, pero cometen un error, un serio error, quienes no saben leer la iniciativa catalana como la cristalización política de un malestar hondo, cuyo principal motor de propulsión ha sido y es la sensación de declive de Barcelona.
Un motor al que se irían sumando otros impulsos, otros malhumores, entre los años 2003 y 2004. Las protestas contra la guerra de Irak, que en Barcelona alcanzaron proporciones gigantescas, cabalgaban sobre ese malestar de fondo. La clase media barcelonesa se volcó con auténtica pasión no solo en las manifestaciones de febrero y marzo de 2003, sino también en las caceroladas convocadas de manera más o menos espontánea a través de Internet. El elegante distrito del Eixample parecía por las noches una ciudad sudamericana sublevada contra Tirano Banderas. El tancament de caixes del siglo XXI consistió en salir al balcón y aporrear una cazuela con un cucharón de madera. La izquierda catalana participaba en la protesta y asistía al espectáculo fascinada. Todo gesto insurreccional, aunque sea el de unas clases medias asustadas ante el nuevo rumbo del mundo, suele activar las glándulas salivares de la izquierda, incluso de la más moderada. Hasta el extremo de ignorar los peligros que encierra la ley del péndulo en tiempos de gran excitación.
Los socialistas, como se vería meses después, erraron el diagnóstico al atribuir la intensidad de la protesta a un mero estallido anti-Aznar. No percibieron adecuadamente que aquella gran supuración de malestar iba más allá de la caricatura del presidente del Gobierno en los guiñoles de Canal Plus. No se dieron cuenta de que era síntoma de incertidumbres más hondas y contradictorias. En muchos de los balcones donde sonaban las cacerolas contra el terceto de las Azores hoy cuelgan pancartas contra la construcción del túnel del AVE en el subsuelo del Eixample. ¡La mesocracia irritada con el PP por el retraso del AVE, teme ahora que su llegada provoque vibraciones o algún otro percance en unas viviendas, que valen una fortuna! Los malhumores por Irak se han transformado al cabo de tres años en un creciente malestar por los ruidos nocturnos, las peleas callejeras y la creciente banalización de la vida urbana en una Barcelona inundada de turistas jóvenes por las compañías aéreas de bajo coste. Nueva meca del turismo urbano, Barcelona se ha convertido en un tótem de la tolerancia, en una nueva Ámsterdam que irrita y desconcierta a sus clases medias. Vivimos tiempos complejos y contradictorios.
El peor error de percepción seguramente lo cometió el alcalde Clos, quien, en abril de 2003, acudió a las elecciones municipales con un lema melifluo y muy alejado del nervio de los tiempos: Barcelona, la millor ciutat del món («Barcelona, la mejor ciudad del mundo»). Perdió cinco concejales y aún lo está llorando.
Maragall, más agudo, comenzó a sospechar que la situación se torcía para los socialistas. «El cambio en Catalunya está maduro, quizá demasiado», advirtió poco antes de las elecciones municipales. El ambiente estaba muy caldeado y los partidos pequeños —Esquerra Republicana e Iniciativa per Catalunya— estaban mostrando mucha destreza a la hora de interceptar el voto de los jóvenes y de lo que podríamos denominar el català emprenyat (el «catalán cabreado»), el catalanista de corazón, irritado por los pactos de Pujol con el PP y a la vez desconfiado de la ambigüedad estructural de los socialistas. A principios de 2003, las encuestas otorgaban a Maragall una ventaja de siete puntos sobre CiU; en el verano del mismo año, la ventaja ya solo era de tres puntos. Convergència no se recuperaba espectacularmente; era Esquerra, y, en menor medida, ICV quienes interceptaban la corriente de cambio.
Los acontecimientos que siguieron después fueron pésimos para las expectativas de Maragall. La crisis del PSOE en la Asamblea de Madrid devolvía a la memoria de los españoles la imagen de un socialismo cutre e incorregible al que se añadiría, a modo de escarnio, el bochornoso espectáculo del Ayuntamiento de Marbella. El liderazgo renovador de Rodríguez Zapatero parecía noqueado y Maragall quedaba al albur de sus evidentes limitaciones escénicas —dicción poco clara e ideas brillantes pero mal explicadas—, mientras CiU ponía la maquinaria propagandística de la Generalitat a cien, sin reparar en gastos. El mensaje de que Artur Mas representaba un sólido relevo generacional comenzó a movilizar al electorado nacionalista. El partido en el poder jugaba a fondo sus cartas. ¿La alianza con el PP?, ¿Aznar?, ¿el trasvase del Ebro? Connais pas...
La campaña electoral de CiU fue dirigida con bastante más talento que la del PSC. El joven David Madí, nieto de Joan Baptista Cendrós, uno de los mecenas del catalanismo en tiempos de Franco, le ganó la partida al perspicaz Miquel Iceta, fogueado políticamente como analista de la Moncloa cuando Narcís Serra ocupaba la vicepresidencia del Gobierno. La tríada Mas-Pujol-Duran Lleida acabaría desbordando a Maragall, que a media batalla vio cómo su campaña era saboteada sin contemplaciones por José Bono y Juan Carlos Rodríguez Ibarra, enemigos jurados del socialismo catalanista. Bono aprovechó la ocasión para servirse por todo lo alto el plato frío de la venganza, ya que el apoyo del PSC a Rodríguez Zapatero había sido decisivo en el XXXV Congreso del PSOE. Maragall le había impedido acceder a la secretaría general del partido; él ahora haría lo posible para alejarle de la presidencia de la Generalitat.
En un último intento de enderezar el rumbo de una campaña que desfallecía, Zapatero, cuyo destino político parecía entonces indisolublemente ligado al de Maragall, lanzó el órdago —siempre hay un órdago a punto en la política española— en el mitin final de campaña, celebrado en el Palau Sant Jordi de Barcelona. En caso de llegar al Gobierno, el líder del PSOE se comprometía a apoyar la reforma del Estatut que aprobase el Parlament de Catalunya. Era un órdago pero no un farol, si hacemos caso a quienes aseguran que Zapatero siempre estuvo convencido de que iba a ganar su primer combate por la presidencia del Gobierno. Pero el envite está ahora, en el momento de redactar estas líneas, sobre la mesa de la Comisión Constitucional del Congreso. Y quema. Vaya si quema.
Con el voto del 89 % de los diputados del Parlament de Catalunya el proyecto de reforma del Estatut ha levantado una fenomenal tormenta política en toda España, con grave riesgo para la estabilidad electoral del partido socialista. Exultante por el nuevo cuadro político creado, Mariano Rajoy, líder de la oposición, declaraba: «El Estatut es la soga en la que se está ahorcando Zapatero». En algunos sectores del PSOE la imagen de la soga también resultaba grata...¡para ahorcar a Maragall!
Maragall ganó las elecciones por un muy escaso margen de votos lo que, en términos políticos, fue leído como una derrota, como un fracaso que estuvo a punto de provocar su retirada la misma noche de los comicios. CiU le aventajó una vez más en número de escaños. Mas y Madí casi consiguieron lo imposible, pero... se olvidaron de los donuts... —de los independentistas—. Con 23 diputados, Esquerra Republicana había interceptado claramente la corriente de cambio y se convertía en árbitro de la situación. Y un árbitro con tan brillante resultado difícilmente podía convertirse en satélite del renovado astro convergente. El malhumor de Pujol la misma noche electoral —«¡Callad!», les dijo a sus militantes, alborozados en los elegantes salones del hotel Majestic— era como una pantalla de radar detectando peligros inminentes. Quizás agotado por el esfuerzo, quizá convencido de que Esquerra no osaría traicionarle, Mas se tomó unos días de descanso en las islas Canarias. Cuando volvió del archipiélago, la crema catalana ya estaba casi a punto. Esquerra se aliaba con los socialistas. Solo hacía falta un poco de escenificación.
Lo que viene a continuación seguramente ya forma parte de la memoria más reciente del lector. La victoria de Zapatero situó a ERC en el eje de la nueva mayoría parlamentaria española, y al PSOE en la difícil tesitura de cumplir con la promesa del Palau Sant Jordi. ¿Por qué difícil? Porque la reclamación catalana supone romper el actual uniformismo autonómico. La demanda de más recursos —mediante una mejora estructural de la financiación de la Generalitat y una inversión en infraestructuras más acorde con el peso de Cataluña en la economía española— difícilmente puede atenderse sin modificar, aunque sea mínimamente, el statu quo de los últimos veintiocho años. Con el agravante de que en un corto periodo de tiempo las regiones más pobres de España verán reducidos progresivamente los fondos europeos.
¿Cómo recortar por arriba (fondos europeos) y por abajo (financiación autonómica), casi al unísono, sin poner gravemente en peligro la bandera igualitarista que Felipe González y Alfonso Guerra izaron en los años ochenta como victorioso estandarte de la socialdemocracia española? ¿Cómo no hacerlo, si la mayoría electoral socialista —volcadas Madrid y Valencia en favor del PP— depende del voto mayoritario de los catalanes, tanto como del de los andaluces? ¿Cómo contentar a los orgullosos catalanes sin soliviantar a los suspicaces andaluces?, ¿cómo tranquilizar a Chaves sin sacrificar al heterodoxo Maragall? He ahí el estrecho sendero por el que avanzan Zapatero y su talante después de la aprobación del proyecto de reforma del Estatut.
Un sendero que la peculiar evolución del cuadro político catalán hace todavía más accidentado. A la corriente social de fondo, a la sensación de decadencia que he intentado explicar de la manera más objetiva posible en este capítulo, se yuxtapone una tremenda competición interna en el interior del catalanismo. CiU, por primera vez en la oposición después de veintitrés años de poder y con cierto riesgo de supervivencia a medio plazo, lucha a brazo partido para que el PSC no le arrebate de manera definitiva la centralidad social y, sobre todo, para que Esquerra no le suplante como principal fuerza nacionalista. Cualquier nuevo retroceso en ambos frentes —la centralidad social y la primacía en el campo nacionalista— podría resultar letal a medio plazo.
Afirmación nacional y aceleración de la pugna interna: fuertes deseos de conjurar un posible declive de Cataluña como motor económico y a la vez dura lucha intestina. Solo así se entiende, por ejemplo, que en los primeros nueve meses de la actual legislatura CiU, ERC y también el PSC tramitasen en el Congreso de los Diputados cien iniciativas parlamentarias en defensa de la lengua e identidad catalanas: una al día, si se descuentan los periodos vacacionales. ¡Es la voracidad de los catalanes!, clama el periodismo madrileño de combate. En el teatro de guiñol hispánico, la escena en la que todos le arrean al catalán siempre ha tenido un éxito asegurado. «Es el catalán ladrón de tres dedos...», escribió Quevedo, literato de talento, pero también hombre de fino olfato a la hora de buscar la protección del poder.
¿Acaso Cataluña ha perdido el seny? Más bien cabría hablar de una sociedad que padece las angustias de la era postindustrial algo alejada de la sombra tutelar del Estado. Gracias al Estado, Madrid ha despegado de manera espectacular como capital planetaria; gracias al Estado, la España meridional se ha alejado de la miseria; gracias a un viejo pacto con el Estado, el País Vasco y Navarra gozan de un privilegio que nadie les reprocha (el único privilegio realmente existente en España), el privilegio de no aportar ni un solo euro a la caja común del Estado. ¿Y Cataluña? «¡Ladrona de tres dedos!», responde el coro.
¿Es Cataluña un compendio de virtudes que la malvada España centralista se resiste a reconocer? En el próximo capítulo hablaremos de ello, de las virtudes y, sobre todo, de los defectos. Quedémonos ahora con una sola idea: la ciudad de Barcelona es la piedra de toque del malestar catalán.
OTEANDO EL FUTURO CON UN TORO PARLANCHÍN
El taxi corría veloz hacía la calle Mayor con la emisora episcopal a toda vela. Al llegar a la Puerta del Sol, el pasajero sufrió un subidón. El mítico kilómetro cero aparecía tomado por una gigantesca lona de la película Torrente-3, mientras la radio daba paso a los comentaristas de fondo: una de aquellas fracciones de segundo en las que el cerebro no sabe si leer o escuchar. «Pensaban que solo era un imbécil... y acertaron», decía el anuncio de la película. «César, estoy indignadísima. Esto es peor que lo del 36. España está acabada», aullaba por el dial una señora. Y César, buen cristiano, la jaleaba.
Aunque el pasajero ya está habituado a las emociones fuertes de Madrid, un calambre le sacudió la parte posterior del córtex cerebral, que es donde se genera la conciencia del entorno y de uno mismo. Fue una sacudida breve. Un destello autorreflexivo —«Dios mío, qué estoy haciendo aquí»— con el consiguiente impulso de pedir al taxista que frenara: caballero, hasta aquí hemos llegado. Pero otro impulso —somos pura contradicción— interceptó la catalana indignación. Tenía prisa por llegar a la calle Mayor. Tenía una cita apasionante en La Torre del Oro, el bar más castizo del centro de Madrid. Una cita con ese gazpacho mágico del que ya les he hablado en alguna ocasión. Un gazpacho aderezado con una punta de comino que da visiones. Una experiencia mística.
Quizá por verme algo traspuesto, los camareros incrementaron la ración. En condiciones normales basta un sorbo para comenzar a entender a José Ortega y Gasset. A los dos sorbos, rememoré, cruzados y trenzados, los discursos de Ortega y Manuel Azaña en las Cortes Constituyentes de 1931 a propósito del primer Estatuto de Catalunya. Ortega, conllevante: «Cuando alguien es pura herida, curarle es matarle; esto es lo que acontece en el problema catalán». Y Azaña, pragmático: «Los catalanes dicen: “Queremos vivir de otra manera dentro del Estado español”. Y yo les digo que la pretensión es legítima porque la autoriza la ley, nada menos que la ley constitucional».
Al tercer sorbo, creí oír voces. La cabeza de toro colgada al fondo del local me hablaba. Un toro negro como el azabache, fiero a perpetuidad y rodeado de fotos. En una esquina, el general Franco departiendo con El Cordobés; en otra, el comandante Ernesto Che Guevara en Las Ventas con un puro descomunal y el brillo aventurero en la mirada. Una pálida luz de neón coronaba el astado. Aquello era un altar persa. Mitra, Zaratustra... Aquello era una visión. Así hablaba el toro:
—Son ustedes muy pillos, los catalanes. Usted mismo: que si la media distancia, que si la ironía, que si me siento tan extraño en Madrid como en Barcelona... ¡Pamplinas! Hacen ver que no les acaba de importar España, pero nadie se la toma más en serio. ¡No ven que España es una quimera! Se están equivocando con sus proclamas federales. Cuanto más hablan del problema de España, más contribuyen a su existencia. Queriendo combatirla y modificarla, están fortaleciendo su débil identidad.
Estupefacto, pero gratamente sorprendido por el usted, que ya creía definitivamente desterrado, me atreví a responder.
—Será porque no nos encontramos muy cómodos en ella. A los catalanes siempre nos gusta tener un proyecto entre manos. Hace unos años, la idea dominante era caminar, nord enllà, por la ruta de Carlomagno. En uno de sus arrebatos, Jordi Pujol incluso llegó a decir que éramos como los lituanos. Luego la Europa federal comenzó a esfumarse. ¡Nos hacía falta un proyecto! Y como usted sabrá, Pasqual Maragall sin proyecto se aburre mucho. Fíjese cómo ha reaccionado este verano. Solo ha puesto el acelerador a fondo cuando algunos de sus antiguos amigos han comenzado a escribir que mejor sería que se retirase. ¡Incautos! Maragall, ante todo, es tozudo.
—Su aventura quizá se lleve por delante a Zapatero. Sería una gran paradoja: Aznar fue derrotado por los catalanes y Zapatero puede estrellarse por querer congraciarse con Cataluña. ¡Son ustedes imposibles!
—Zapatero es mucho más calculador de lo que parece. Y sus relaciones con Maragall no están en el mejor momento. En la entrevista en la Moncloa hubo palabras fuertes.
—Algún día alguien deberá escribir qué se dijeron Zapatero, Maragall y Mas. Mas salió como transfigurado. Parece otro. Son ustedes la monda. ¡Mira que coger el puente aéreo para acudir a una cita secreta en Madrid!
—Mas ha ganado muchos puntos estos días. Hay quien ha escrito que acaba de matar al padre, pero yo diría que se ha emancipado de la intransigencia y de esa pésima imagen del català emprenyat. Creo que Mas ha descubierto que la estrategia de dinamitar la legislatura ya no era el camino más corto. Diciendo sí al Estatut, Convergencia vuelve a contaren la política española. Veremos cosas.
—¿Un gobierno de coalición en España?
—No vaya usted tan rápido, amigo toro. Pero no olvide que los catalanes somos pactistas y que hay una mayoría sociológica que se siente parte de España. ¿Le interesa a La Caixa un drama con España? ¿Le interesa a los obreros de Seat? Quizá sí que le interesa a algún professorino impertinente que con la seguridad que le da el sueldo del Estado elabora fabulosas teorías sobre una independencia indolora. Ese radicalismo de dibujos animados entrará en crisis. Puede que pronto emerja la alianza de los catalanes productivos: los empresarios de la Diagonal con los sindicalistas del Baix Llobregat. Si ello ocurre, Maragall y Mas competirán por liderarla. No habrá estropicio.
—Que Mitra le escuche
—Y la emisora católica también.
Escribí este artículo el día después de la aprobación del proyecto de reforma del Estatut d’autonomia de Catalunya en la cámara parlamentaria catalana. Era sábado 1 de octubre. Mientras tecleaba en el ordenador, los cristales de la antigua redacción de La Vanguardia en la calle Oquendo de Madrid todavía reverberaban por el clamor contra la iniciativa catalana, surgido de las entrañas de la España conservadora.
¿Solo de la España conservadora? No. Como demostrarían las encuestas al cabo de unos días, la oleada de indignación iba mucho más allá e invadía amplias franjas de terreno de la izquierda, sobre todo en Madrid y en la España meridional. Por primera vez desde las elecciones del 14 de marzo de 2004, el Gobierno socialista parecía perder la iniciativa política ante la contundente presión de sus opositores. Era visible el nerviosismo en las filas socialistas, cuando no la crispación, por una iniciativa que algunos consideraban letal para la cohesión social de España y para el futuro del PSOE como abanderado de la igualación —más que de la igualdad— entre los españoles. Como siempre, las voces más críticas eran las del presidente extremeño Juan Carlos Rodríguez Ibarra —rozando el insulto, en un alarde de populismo cuasi peronista— y la de José Bono, el Hombre que Espera. Como en el breve y afamado cuento de Augusto Monterroso, el día que España despierte, Bono estará ahí.
Pero detrás de esos dos tenores, era perceptible el enfado y la profunda irritación de Felipe González y Alfonso Guerra, los dos grandes artífices del renacimiento del PSOE como partido de la igualación. José Luis Rodríguez Zapatero parecía decidido a modificar la ecuación socialdemócrata retomando algunos hilos del PSOE republicano: bajo su mandato, el Gobierno socialista tomaba la bandera de la radicalidad democrática y parecía dispuesto a introducir una cierta asimetría en el templo sacrosanto de la igualación, donde «nadie es más que nadie», según reza el viejo adagio castellano.
¿Soportará España esta torsión? En el momento de escribir esas líneas, el diagnóstico no estaba nada claro. La onda choque contra la iniciativa autonomista catalana superaba con creces la previsión del Gobierno y de los propios partidos catalanistas, incluido el PSC de Pasqual Maragall y José Montilla. Una vez más se demostraba que la cuestión catalana resulta mucho más perturbadora y excitante que el drama vasco.
Eran días para rememorar a Francisco Fernández Ordóñez, quien pocas semanas antes de morir, en el verano de 1992, habría confesado sus temores a Felipe González: «Felipe, el gran problema de España será Cataluña».
También eran días para recordar una frase tremendamente provocadora de Jordi Pujol cuando era presidente de la Generalitat; frase por la que inmediatamente pidió disculpas: «¿A cuántas personas hemos de matar los catalanes para caer tan simpáticos como los vascos?».
Desde aquel día el toro negro de La Torre del Oro sería mi más venerado oráculo.
8
SOBRE LA FRIVOLIDAD CATALANA
«Ara ja no direu que no sóc prou catalanista» («Ahora ya no podréis decir que no soy suficientemente catalanista»). Esta frase, atribuida al presidente Lluís Companys, no figura en todos los libros de historia de Cataluña pero se da por cierta. Companys la pronunció poco antes de retirarse del balcón del Palau de la Generalitat la noche del día 6 de octubre de 1934, inmediatamente después de haber proclamado el Estado Catalán de la República Federal Española ante varios centenares de personas congregadas en la plaza de Sant Jaume. Companys se dirigía a los miembros de Esquerra Republicana y de Estat Català que le acompañaban en el balcón, consciente de que el desafío que acababa de lanzar al Gobierno de la República (coalición del Partido Republicano Radical con la CEDA que se hallaba en plena crisis tras la caída del gabinete Samper) recalificaba su biografía: desde aquel instante, Companys dejaba de ser un republicano de orientación obrerista para ingresar por la puerta grande en la pléyade del catalanismo. En ella permanece.
La rebelión de la Generalitat —coordinada con la revuelta obrera promovida por el PSOE y los sindicatos en Asturias— fue sofocada al cabo de veinticuatro horas por el general Domingo Batet, cuyas tropas no encontraron gran resistencia. Josep Dencàs, el hombre que debía tomar el mando de unas fantasmales milicias nacionalistas, acabó huyendo por la red del alcantarillado. Años después, en plena guerra civil, reaparecería con el descabellado plan de colocar a Cataluña bajo la protección del dictador italiano Benito Mussolini. Excluido de la pléyade, de Dencàs se habla más bien poco en Barcelona. Por pudor, sobre todo.
La mejor narración del Sis d’Octubre se la debemos al periodista Agustí Calvet, Gaziel, insigne director de la La Vanguardia en los años treinta. Su relato debería ser de obligatoria lectura en todas las escuelas de Cataluña. «Es algo formidable —escribe Gaziel tras oír por radio a Companys proclamando el Estat Català—. Mientras escucho me parece que estuviera soñando. Eso es, ni más ni menos, una declaración de guerra. ¡Y una declaración de guerra —que equivale a jugárselo todo, audazmente, temerariamente— en el preciso instante en que Cataluña, tras siglos de sumisión, había logrado, sin riesgo alguno, gracias a la República y la Autonomía, una posición incomparable dentro de España, hasta erigirse en su verdadero árbitro, hasta el punto de poder jugar con sus gobiernos como le daba la gana! En estas circunstancias, la Generalitat declara la guerra, esto es, fuerza a la violencia al Gobierno de Madrid, cuando jamás el Gobierno de Madrid se atrevió ni se habría atrevido a hacer lo mismo con ella».
Aquella noche Gaziel lloró de rabia y vio confirmada su intuición de que la República iba a acabar mal. Pero volvamos a la frase de Companys, porque emite dos reflejos de nuevo muy presentes en la densa actualidad política de Cataluña: el narcisismo de las pequeñas diferencias y la frivolidad.
Comencemos por la primera idea. Es una expresión acuñada por Sigmund Freud para referirse a la natural tendencia de la psicología humana a agrandar las diferencias. Cuanto más nos asemejamos, más necesidad tenemos de separarnos, hasta el extremo de insuflar vida propia a las «pequeñas diferencias», que suelen ser las más corrosivas, las más difíciles de superar. El filósofo alemán Peter Sloterdijk, uno de los intelectuales contemporáneos de mayor interés, sostiene que una de las características fundamentales de la moderna sociedad de masas es la tendencia frenética a la diferenciación. En la sociedad vertical del Antiguo Régimen se venía al mundo perteneciendo a un estrato social inamovible: uno nacía aristócrata o plebeyo. Tras la Revolución francesa y la victoria de la Ilustración, la democracia ha creado una sociedad horizontal en la que las diferencias sociales son constantemente inventadas y absorbidas. Y los medios de comunicación —añade Sloterdijk— contribuyen a dar un carácter frenético a esa inagotable lucha entre igualdad y diferencia.
Desde hace más de un siglo —desde los albores de la modernidad industrial— ese combate se libra de una manera muy particular en Cataluña. Como hemos visto, tras cometer la mayor insensatez de su vida, Companys se dirige a sus compañeros de gobierno y de partido y les dice: «Ya no soy tan diferente de vosotros».
Demos ahora un salto en el tiempo: de 1934 a 1976. Meses después de la muerte de Franco, una destacada organización eclesiástica, el CIDOB, organizó en Barcelona una serie de conferencias titulada «Les terceres vies» («Las terceras vías») con la intención de que los principales partidos políticos, todavía ilegalizados, diesen a conocer su ideario: ¡Todos resultaron ser catalanistas y de centroizquierda!
Los que en 1976 se ubicaban más a la derecha, los liberales anglofilos de Ramón Trías Fargas, tomaron el nombre de Esquerra Democràtica. Jordi Pujol se hizo el sueco: adoptó el ideario de la socialdemocracia escandinava. Los socialistas se hallaban divididos en dos grupos —el PSC de Joan Reventós y el PSC de Josep Pallach— aparentemente irreconciliables: el primero se proclamaba autogestionario, y el segundo, socialdemócrata... alemán. La federación catalana del PSOE apenas existía. Muy disminuida, Esquerra Republicana exhibía más historia que ideología. Y los comunistas del PSUC también apuntaban al centro: tácticamente eran muy pragmáticos y habían adoptado la fórmula del eurocomunismo italiano para penetrar mejor en las clases medias. Solo la derecha provinente del franquismo y la extrema izquierda insurreccional quedaban fuera de una retícula en la que pronto empezó un frenético combate por la diferencia. Las elecciones democráticas cada vez estaban más cerca y se iban a disputar entre el modelo sueco, el alemán y el italiano. Cataluña siempre tan europea.
Los primeros en mover pieza fueron los socialistas de Reventós. Ellos eran quienes más podían aspirar a la victoria electoral, pero necesitaban urgentemente diferenciarse de todos los demás: de los socialistas moderados de Pallach; del grupo de Pujol, en menor medida; pero, sobre todo, del PSUC, que entonces era el partido mayoritario de la izquierda, el Partido en mayúsculas. Aun siendo formalmente independiente, el PSUC mantenía una estrecha relación orgánica con el Partido Comunista de España; era un partido autónomo pero no del todo independiente. Los socialistas autogestionarios comenzaron a acusar al PSUC de ser una sucursal del PCE, a la vez que intentaban desbordarlo por la izquierda, recordando su pasado estalinista y reivindicando como patrimonio propio a las víctimas del comunismo soviético en el periodo republicano: los trotskistas del POUM y los anarquistas de la CNT-FAI.
Lanzado al mercado político el estigma de la sucursal, este no tardó en quemar la frente de sus inventores. En 1977 los socialistas de Reventós alcanzarían un decisivo acuerdo electoral con el PSOE de Felipe González, que los convertiría en el partido más votado en Cataluña. El triunfo en las primeras elecciones autonómicas de 1980 parecía seguro. Hasta que apareció Pujol —con diferencia, el más hábil de todos los políticos catalanes— con el espantajo: los aliados del PSOE eran ahora los nuevos sucursalistas; peores incluso que los del PSUC. Pujol ganó y, evidentemente, dedicó muchas energías a que el círculo de tiza trazado alrededor de la izquierda no se borrase en los años venideros. El caso Banca Catalana fue de gran utilidad para ello. De manera que la historia política de Cataluña en los últimos veinticinco años también puede explicarse como la lucha tenaz y constante para subrayar o borrar ese círculo de tiza. Para agrandar o disminuir las pequeñas diferencias.
Cuando en 1999 el Gobierno de CiU pasó a depender de los votos del Partido Popular, en el Parlament de Catalunya se abrieron nuevas posibilidades geométricas: era Pujol quien ahora matrimoniaba con la sucursal más alejada de la retícula catalanista. Muy convencido de sus habilidades tácticas después de diecinueve años de gobierno, los nacionalistas creyeron que el trayecto, aunque accidentado, era transitable: CiU y PP disponían de sobrados medios para influir en la opinión pública. No contaba seguramente con la decisión de Aznar de aprovechar su mayoría absoluta para renacionalizar España y, de pasada, desinhibir sus modales políticos. Es en este contexto que el socialista Pasqual Maragall asume como propias dos reivindicaciones que la minoritaria Esquerra Republicana venía enarbolando en solitario: la reforma del Estatut y la modificación estructural del sistema de financiación de la Generalitat. Ambos asuntos —vetados a Pujol por el PP— se convertirían en el nuevo círculo de tiza. En su interior se desarrolla hoy el combate.
Un combate con grandes destellos de frivolidad. ¿Cómo es posible que un líder como Josep-Lluís Carod-Rovira, cuyo partido teóricamente aspira a un cambio de régimen en España, se permita irritar al pueblo de Madrid declarándose enemigo de la candidatura de la ciudad a los Juegos Olímpicos? ¿Cómo se entiende que el presidente de la Generalitat, representante del Estado en Cataluña y principal estandarte de una institución que debe velar por la libertad de culto y la no discriminación de los ciudadanos por motivos religiosos, se permita bromas de goliardo con una corona de espinas en el curso de un viaje oficial a Israel y Palestina? ¿Cómo encaja que un partido que proclamó en el año 2002 haber pactado con el Partido Popular «el mejor acuerdo de financiación de la historia», sostenga ahora que Cataluña es objeto de un brutal expolio? ¿Se han vuelto locos los catalanes?
Podríamos decir que se han vuelto frívolos, si la frivolidad no fuese, desde hace años, una tendencia cada vez más presente en la política y la sociedad catalanas. ¿En qué consiste esa frivolidad? De viaje en Galicia con motivo de sus últimas elecciones autonómicas, tuve ocasión de hablar largamente de ello con el escritor Suso de Toro. Fue una mañana de junio muy fructífera, paseando arriba y abajo, bajo los porches del centro de Santiago. Sostiene Suso de Toro que el toque frívolo de la intelectualidad catalana tiene mucho que ver con el relativo grado de autosuficiencia adquirido en los últimos veinte años. «Yo escribo en gallego, pero si quiero tener un porvenir como escritor debo traducir inmediatamente mis libros al castellano, porque en gallego, aun teniendo mucho éxito, no voy a vender más de tres mil ejemplares. A mí me interesa el público español. A mí me interesa España, pero me gustaría una España distinta, no siempre sometida al dictado de Madrid». De Toro destilaba con estas palabras la esencia del galleguismo: el deseo de sanar una vieja humillación, de dejar de ser ciudadanos de segunda.
Y añadía: «La diferencia estriba en que un escritor en catalán puede vender un poco más. No mucho más, pero un poco más. Puede acariciar una cierta sensación de triunfo sin necesidad de que su libro se traduzca de inmediato a la lengua castellana. Pero siempre será un triunfo a medias, un triunfo insuficiente; siempre tendrá la sensación de que le falta algo. La frivolidad catalana creo que se deriva de esa tensión entre la confortabilidad de la esfera propia y la insatisfacción: de la ambigua sensación de poder actuar como si España no existiese».
«Actuar como si España no existiese». He ahí la clave. Después de veinticinco años de autonomía son diversos los sectores de la sociedad catalana —funcionarios municipales, funcionarios autonómicos, maestros, profesores y catedráticos, profesionales liberales de foco local, periodistas empleados en los medios públicos de comunicación, trabajadores autónomos, modestos comerciantes y pequeños industriales— que pueden vivir «como si España no existiese». Sobre todo cuando en sus biografías no figura ningún vínculo familiar o sentimental con otras regiones españolas o se halla muy debilitado por el relevo generacional. Los citados sectores no representan a toda Cataluña y ni siquiera se aproximan a la mayoría sociológica. Pero, en estado de excitación o de agravio, conforman una minoría muy incisiva y muy bien representada en los medios de comunicación. Su exponente más representativo es el català emprenyat (el «catalán cabreado»), un hombre inquieto e incluso aturdido por la evolución del mundo (al igual que millones de europeos y al igual que millones de ciudadanos de todo Occidente) que acaricia una ensoñación: si Cataluña fuese independiente, todo funcionaría mejor.
Que nadie se burle. El catalán —como buen católico, aunque no vaya a misa y no simpatice demasiado con la Iglesia— cree en la voluntad. En la buena voluntad. De alguna manera, se cree depositario de un mandato moral. El Forum 2004 de Barcelona pretendía «mover el mundo». En un artículo en La Vanguardia sobre la guerra de Irak («El estropicio de Irak», 17-3-2003), de gran lucidez en muchísimos aspectos, Jordi Pujol se preguntaba sobre la «sinceridad» del papa Juan Pablo II en este asunto; esto es, un católico catalán y, por lo tanto, medio jansenista, esbozaba un juicio moral al Papa de Roma. Un ejemplo más. Pasqual Maragall está convencido de que Barcelona y Cataluña —o sea, él mismo— podrían jugar un gran papel mediador en Oriente Medio. Su gran ilusión el pasado otoño era la celebración en Barcelona de la II Conferencia Euromediterránea.
En el Consejo de Seguridad de la Naciones Unidas, Cataluña haría maravillas. No es una burla. Es la expresión de una voluntad. Es la realidad reflejada en el espejo cóncavo de la calle del Bisbe, menos esperpéntico que aquel callejón del Gato que Ramón María del Valle-Inclán elevó a la fama.
La gran mayoría de la sociedad catalana mantiene, de manera desigual, el sentimiento de pertenencia a España, como queda reflejado una y otra vez en todas las encuestas. La mayoría de los ciudadanos se consideran tan catalanes como españoles o algo más catalanes que españoles, pero siempre compartiendo las dos identidades. ¿Por cuánto tiempo? Esta es la pregunta que se formulan —sinceramente angustiados o no— quienes desde España observan con alarma la deriva política catalana. La respuesta solo puede ser a la gallega: depende. Depende de la evolución futura de la actual fase posnacional de las democracias occidentales; depende del grado de satisfacción que el actual Gobierno español (y los venideros) sepa dar a las reclamaciones de la comunidad más compleja del tablero hispánico; de la reacción emocional del resto de España a estas reclamaciones; y de los contradictorios procesos en curso en el interior de la propia sociedad catalana.
La evolución del cuadro mundial —alarma terrorista, creciente carestía del petróleo, crisis casi irreversible del horizonte federal europeo, fortísima irrupción de China e India en la división internacional del trabajo, descenso general de las exportaciones, deslocalizaciones industriales, asentamiento de la inmigración— generará en los próximos años turbulencias de distinto tipo, pero no parece descabellado afirmar que los estados nacionales europeos experimentarán una cierta reafirmación, pese a que nunca volverán a ser lo que fueron. En tiempos de incertidumbre, el Estado siempre reemerge.
Ello puede provocar fuertes e imprevisibles tensiones en toda Europa. Y en Cataluña puede que colisiones nunca vistas. Su tronco central, siempre ambiguo, siempre ambivalente, puede perder flexibilidad. Veamos dos pequeños ejemplos.
El señor José Martínez, vecino de Cornellà y obrero de Seat, comienza a tener motivos para estar preocupado por su empleo. La fábrica de Martorell va bien, pero el grupo Volkswagen va mal. Cada vez cuesta más vender coches en Europa, aunque el mercado español (20 % del total de ventas) sigue batiendo récords. Obviamente, al señor Martínez le interesa que Seat venda más coches en Europa y en el resto del mundo, pero ve el mercado interior con alivio; le gustaría que su empresa siguiese batiendo marcas en España. Es muy posible que el señor Martínez, que seguramente está afiliado a Comisiones Obreras y que nunca ha sentido ninguna hostilidad hacia el catalanismo —entre otras razones porque sus hijos ya hablan perfectamente el catalán— comience a sentir una cierta inquietud cuando oye algunos discursos radicales y reiteradas burlas a España en programas de radio y televisión catalanes. «España» no solo es el lugar donde nacieron sus padres, sino que también es el mercado que su empresa, cuando vienen vacas flacas, no puede perder o ver mermado. De ello dependen en buena medida la integridad de su salario y el futuro de su puesto de trabajo.
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