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Los colores de tu alma

Emma Hurtado Martín


Primera edición en ebook: Diciembre, 2020

Título Original: Los colores de tu alma

© Emma Hurtado Martín

© Editorial Rara Avis

ISBN: 978-84-18616-04-4

Prohibida la reproducción total o parcial, sin la autorización escrita de los titulares del copyright, en cualquier medio o procedimiento, bajo las sanciones establecidas por las leyes.


Para todas aquellas mujeres que cada día luchan

por continuar, para las que son fuertes como guerreras

y para las que creen que rendirse es mucho más fácil

que continuar peleando.

Es vuestro momento.

Para Silvia, la primera lectora de esta historia.

PRIMERA PARTE:

Leyre.

Me aferro a la taza de café mientras acomodo la espalda en la pared. Creo que, de mi nueva casa, este es mi lugar favorito. Paso las horas muertas mirando por la alta ventana, que llega hasta el suelo, donde me siento para contemplar a la gente de la calle. Me gusta seguirlos con la mirada, imaginar dónde van, tratar de adivinar sus nombres solo por sus ropas, su rostro o por el ritmo de su caminar.

El sonido de la tele siempre de fondo porque odio el silencio que me rodea si no escucho ese constante zumbido a mi espalda. Me tranquiliza, me obliga a pensar que no estoy sola. Odio quedarme sola.Un niño, en la calle, cruza el paso de cebra sobre su patinete y una mujer pasea a su perro, ambos ajenos a los ojos indiscretos que los siguen. El halo de siempre los envuelve como una cálida manta de colores, aunque eso solo yo puedo verlo.

Ese don es solo mío.

El alma del niño es de colores cálidos, como el verano, mientras que en la de la mujer predominan colores más rosados. He tenido tiempo suficiente como para aprender a clasificar esas tonalidades: el color amarillo corresponde a la inocencia, a la ternura, mientras que el rosa es un poco más serio. No hay amarillo en el alma de la mujer y es que solemos perder esa inocencia a medida que crecemos.

En el alma de la mujer también hay cicatrices. Son pocas y todas remendadas, pero bastante evidentes. Me pregunto qué las habrá creado; quizá un desengaño amoroso ya superado o un sueño que nunca pudo llegar a cumplir. Son almas sanas, a pesar de todo, las almas de personas felices.

Nunca olvidaré el día que se manifestó en mí este don. Era una niña, estaba jugando en el parque y de repente, el arcoíris se manifestó, rodeando a una de las niñas que se columpiaba. A pesar de los rápidos movimientos de su cuerpo, ese extraño halo la seguía, continuaba pegado a la pequeña y ella no parecía darse cuenta del color que la rodeaba. Aparté la vista de ella y la posé sobre las madres que nos vigilaban, charlando alegremente. Todas tenían sus propios colores y en algunos casos, el aura se veía interrumpida por cortes. Eran como heridas. En algunos casos estaban cosidas, remendadas, mientras que en otros el corte era tan profundo que podía ver a través de él.

Grité, asustada, cuando bajé la vista a mis manos y también vi la nube colorida que parecía haberse materializado a nuestro alrededor sin previo aviso.

Las madres acudieron a socorrerme, malinterpretando el motivo de mi miedo, pero solo me sentí a salvo cuando mi abuela me rodeó con sus brazos y me llevó a un lugar apartado.

—¿Qué ocurre, mi niña? —pregunto, clavando sobre mis ojos los suyos, de color azul como el agua de mar.

Me horroricé al ver que ella también lo tenía: el color. Los suyos, sin embargo, eran mucho más variados que los del resto de las madres. Tenía el amarillo de la inocencia, el rosa de la madurez y el azul, que más tarde aprendí que estaba relacionado con el positivismo y la ilusión. Aunque también tenía cicatrices, todas tan profundas que a pesar de que la mayoría estaban remendadas, me hicieron soltar una exclamación de confusión.

—Hay… algo. A vuestro alrededor, todos lo tenemos…

Lejos de mirarme como su hubiera perdido la cabeza, mi abuela me sonrió. Jamás olvidaré esa sonrisa, tan cálida, tan sincera. Me volvió a rodear con sus brazos, esta vez, susurrándome al oído:

—Oh, pequeña, no tengas miedo.

Es increíble lo que un abrazo pudo hacer por mí en ese momento. Su abrazo. El miedo se esfumó por el simple hecho de que ella parecía estar feliz. Sentí la calidez bajo sus brazos y supe que no había nada que temer, porque ella estaba conmigo.

Fue increíble lo mucho que pudo hacer un abrazo.

El sonido de la puerta interrumpe mis pensamientos y cuando me vuelvo, encuentro a mi compañera de piso irrumpiendo en el salón.

—Ah, hola —saluda, algo confusa al verme aquí—. Pensé que estarías trabajando.

—Tenía el día libre en la oficina.

—Oh, qué suerte.

Preferiría tener que trabajar hoy, la verdad; eso sí que sería una suerte. No me gustan los días libres: todavía no conozco esta nueva ciudad lo suficiente como para preparar algún plan y el silencio de esta casa se me hace ensordecedor. Paso los días libres aquí encerrada, completamente sola, mientras miro por la ventana a esa cantidad de gente caminando alegres. Los envidio. Muchísimo.

—Sí, una suerte —respondo, volviendo a posar la vista en la calle.

Samantha es un verdadero torbellino, aunque no me hace falta mirar el color de su aura para saberlo; cualquiera lo encontraría reflejado en esos ojos color avellana. Su brillo ilumina todo su rostro, transmite la energía que tiene en su interior. Tiene una larga melena oscura que resalta sobre su piel mulata y cae sobre su espalda como una cascada tan negra como el ala de un cuervo.

Pero para qué mentir, en mi caso, lo primero en lo que me fijé de ella fue en los colores de su aura, donde hay tantos que incluso el mismísimo arcoíris sentiría envidia. Tonos amarillos, rojizos, azules y verdosos rodean a la chica en un halo misterioso, que me obliga a recorrerlos uno por uno cada vez que se cruza en mi mirada.

Y eso que llevamos ya dos meses viviendo juntas y he tenido más encontronazos con ella de lo que me gustaría.

—Tu madre llamó ayer, por cierto, mientras estabas en el supermercado.

Pongo los ojos en blanco sin siquiera molestarme en volver a mirarla. Sé que a mi madre no le gusta que haya venido aquí, a Madrid, tan lejos de casa. Sé que ha dejado de alegrarse por mí cada vez que la llamo para decirle que he encontrado un nuevo trabajo y que cada vez que habla conmigo, insiste en venir a verme, a pesar de que mi respuesta siempre es negativa.

—Dijo que te dejaste la guitarra en casa —continúa Samantha, al ver que no contesto—. No sabía que tocaras la guitarra.

Su tono vuelve a ser alegre, pero yo solo despego la mirada del cristal para levantarme y refugiarme en mi cuarto.

—Oh, sí, bueno... tocaba. Hace mucho que no toco. No se me daba bien.

Esa estrategia es la misma que lleva usando mi madre dos meses, desde que vivo aquí. Sé que quiere que vuelva, sé que quiere verme y me ha insistido en numerosas ocasiones en que debo llevarme la guitarra y las viejas partituras que adornaban mi habitación de San Sebastián para volver a tocar.

Sé que quiere que vuelva a cantar.

Pero ahora mismo, mi voz se negaría a salir de mi garganta, se quedaría atrapada en mi cuello, asfixiándome.

No quiero volver a cantar y por el momento no quiero volver a casa. Estoy aquí para empezar una nueva vida, para conocer a una nueva Leyre y traer mis antiguas cosas no va a ayudar a que pueda empezar con esa difícil tarea.

Cierro la puerta tras de mí, cortando la voz de Samantha, que creo que me devolvía una respuesta.

Me encuentro entonces cara a cara con la chica que me devuelve la mirada en el espejo. No me gusta que el espejo esté frente a la puerta y siempre que mis ojos se detienen sobre él cuando entro, suelto una maldición.

No me gusta lo que veo.

No me gusta esa chica paliducha y delgada que me devuelve la mirada, de cabello corto, negro teñido, aunque el recuerdo de que fue rubio es evidente en las raíces que empiezan a mostrar su verdadero tono. Lo único que me gusta de la chica del espejo son sus ojos, azules como el mar, igual que los de mi abuela. Su don no es lo único que heredé de ella, aunque si me hubieran dado a elegir, hubiera querido recibir todas aquellas cosas por las que siempre la admiré.

Aunque eso ya da igual, al fin y al cabo, hace algunos años que ya no está.

Mi aura tampoco me gusta porque no tiene colores. Es completamente gris, como un día de tormenta. Las cicatrices la recorren entera, colmándola de agujeros a través de los que puedes ver el paisaje de mi espalda. Ninguna está remendada.

Todavía.

Para eso estoy aquí; para remendarlas. Y no me marcharé hasta que no lo haya conseguido.

Cuando vuelvo a escuchar la puerta cerrarse, salgo de mi escondite: Samantha debe de haberse marchado a trabajar o habrá quedado con alguna amiga para ir a una cafetería. A veces también la envidio a ella, me gustaría poder seguir su ritmo, poder contar con alguien con la que salir a tomar algo y olvidarme de los fantasmas que abordan mi cabeza.

En un intento de hacer precisamente eso, pongo la tele de nuevo, esperando de que su zumbido invada en el pequeño salón que Samantha y yo compartimos. Hay una película mala de Antena 3, y a pesar de que ya está empezada, la dejo puesta, aunque no le hago demasiado caso.

Pascal salta de pronto sobre mi regazo, sobresaltándome. Gira sobre sí mismo y se acurruca a mi lado, con la cabeza lo suficientemente cerca de mi mano como para que con solo un corto movimiento pueda rascarle entre las orejitas.

Cuando me mudé aquí, Samantha me advirtió de que su gato solía ser algo desagradable con los extraños, que no le gustaban demasiado las visitas y que necesita pasar contigo mucho tiempo antes de permitirte un mínimo de confianza. Conmigo, por supuesto, es diferente; siempre tan cariñoso y cercano. Supongo que tiene que ver con el hecho de que siempre me haya llevado bien con los animales. Ellos también pueden ver el alma de las personas, como yo. Por eso lo tienen fácil para con una breve mirada ver más allá de la capa más superficial que todo el mundo deja ver. Pascal es receloso con los desconocidos, pero cuando me vio por primera vez, recuerdo que ladeó la cabeza, curioso. Se acercó a mí con lentitud y me olisqueó antes de dejarme acariciar su pelaje completamente negro.

Vio en mí, por primera vez en mucho tiempo, una compañera, alguien como él.

El alma de los animales no tiene colores, como la de las personas, todas son blancas. Puras. A ellos no les mueven deseos egoístas o superficiales, tampoco sentimientos complejos, no van más allá de la alegría, la tristeza, la añoranza o el miedo. Todas sus cicatrices se remiendan enseguida, en el momento que encuentran a alguien con quien compensar ese dolor pasado. Pascal tiene algunas cicatrices, pero están olvidadas, tanto, que apenas son perceptibles. Samantha me contó que lo rescató de la calle cuando se mudó a Madrid, que le habían abandonado y maltratado por su pelaje completamente negro, probablemente alguien lo suficientemente supersticioso como para tragarse los bulos que relatan por ahí sobre los gatos negros.

Pero mi compañera le dio un nuevo hogar, le dio el cariño que siempre había necesitado y Pascal sanó sus cicatrices en cuestión de meses. Ahora, supongo que apenas recuerda una vida anterior y si todavía lo hace, la olvidará con el tiempo, en el momento que haya compartido con Samantha y conmigo los suficientes momentos felices para él.

Ojalá las cicatrices fueran tan fáciles de sanar para nosotros. Ojalá sirviera con compensar el daño, con olvidar un tiempo anterior y con dar gracias por haber logrado superarlo. No. Definitivamente los humanos somos mucho más complejos, mucho más… complicados. Nuestras almas no son puras, se van ensuciando con las decisiones que tomamos, vemos en ellas reflejadas nuestra naturaleza.

Y las cicatrices nunca dejan de ser parte de nosotros, por muy remendadas que estén.

Pascal me lame la mano cuando dejo de acariciar su cabecita y me devuelve un maullido.

—Es nuestro secreto, ¿verdad, Pascal?

Me tomo su segundo maullido como un asentimiento.

Siento como el silencio me arrastra

a la más profunda oscuridad y como

me acaricia con sus largos y huesudos

dedos.

Los gritos ensordecedores se clavan en

mi cabeza, hieren mi piel como espinas

de rosal cortando mis brazos. Mi alma.

El arcoíris desaparece y torna a un color

grisáceo.

Dolorida.

Angustiada.

Muerta.

Porque todo está muerto en el silencio.

Y ahora, todo es silencio.

Leyre.

Samantha.

Leyre y yo llevamos cerca de dos meses viviendo juntas y, a pesar de eso, tengo la sensación de que vivo con una extraña. Apenas pasa tiempo en casa; por lo que me ha contado alguna vez tiene tres trabajos: uno de turno de mañana, otro de tarde y otro de fines de semana. Además, creo que estudia una carrera a distancia, algo de economía o ADE. No estoy segura porque siempre que trato de hablar con ella, me rehúye, se marcha a su habitación como acaba de hacer o se limita a dedicarme respuestas cortas con las que es imposible seguir una conversación y eso que me considero una buena conversadora.

Algo me dice que debería dejar de intentarlo, que, si quiere estar sola, no soy nadie para romper ese equilibrio, pero lo cierto es que el orden y el equilibrio siempre me han sacado de quicio. No me puedo creer que una persona pueda llevar la vida que lleva Leyre: siempre trabajando o encerrada en casa. A veces me pregunto si no necesitará a una amiga, alguien que esté a su lado. Si yo tuviera la vida que ella lleva, me volvería loca, loca de remate.

El timbre resuena por todo el salón con insistencia, por eso, no me hace falta siquiera preguntar quién está en el portal para imaginar que se trata de Álex. Casi puedo oler desde aquí esa colonia tan empalagosa de frutos del bosque que se echa últimamente a pesar de que no ha terminado de subir las escaleras.

Llega jadeando y colocándose las enormes gafas de pasta, que siempre le bajan hasta la punta de la nariz.

—¡Estas escaleras van a acabar conmigo un día! Ya podías haberte mudado a un primero, Samantha Reyes.

—Así haces ejercicio, que se te está cayendo el culo.

Ella me lanza una fingida mirada envenenada antes de sonreír. Quizá no le costaría tanto subir la escalera si no fuera tan cargada: lleva una mochila a la espalda, la bandolera del portátil y un bolso colgado del hombro. No me hace falta que empiece a hablar antes de imaginar a lo que ha venido, lo que me hace soltar un bufido exasperado antes de tirarme sobre el sofá, espantando a Pascal.

—¡Por dios, Álex! ¡No me digas que has venido a…!

—A ponerme al día —responde por mí—. Pues sí, y tú vas a decirme todo lo que habéis hecho toda la semana.

—Se supone que estás de baja, ¿sabes? Disfruta un poco de la libertad.

—No puedo disfrutar pensando que estáis haciendo todos mis trabajos y que yo no estoy ahí para ayudar y nuestros jefes tampoco disfrutan, ya te lo digo…

Pongo los ojos en blanco. Estoy casi segura de que ese miedo es infundado: no va a perder su trabajo por estar una semana de baja, por mucho que ella se empeñe en pensar que, si no está ella en la oficina, el mundo se detiene.

—¿Qué te dijo el médico? —pregunto, mientras ella se acomoda en el sillón.

Apenas he tenido tiempo de hablar con mi amiga tras su baja, tan solo intercambiamos algunos WhatsApp y cuando he insistido en ir a verla, ella siempre me respondía que no estaba en condiciones. Solo sé lo que me ha dicho en esos mensajes: que estará de baja una semana y que tenía que ponerla al día de todos nuestros proyectos, para que pudiera trabajar desde casa, cosa a la que yo, por supuesto me negué. Álex necesita descansar, no estar pendiente del trabajo de la oficina, pero parece que la cabezonería de mi amiga no se puede ignorar tan fácilmente y hace un rato me ha llamado, diciéndome que estaba de camino a casa.

—Que es por el tratamiento hormonal —responde, encogiéndose de hombros—. Efectos secundarios.

Sabía que esas pastillas tenían muchos efectos secundarios, al fin y al cabo, deben de ser como una bomba para el cuerpo de alguien. Álex, sin embargo, empezó el tratamiento hace unos meses colmada de ilusión y no parece que ningún vómito, dolor de cabeza o mareo vaya a quitarle eso. Siempre ha sido como un saco de alegría; esa sonrisa parece un tatuaje en su rostro, uno que no se va por todas las adversidades que vengan.

Yo, sin embargo, trago saliva, un poco más preocupada que ella.

—Vaya.

Le resta importancia con un movimiento de mano, mientras coloca el portátil sobre sus piernas y señala lo que considera verdaderamente importante.

—¿Qué habéis hecho esta semana?

Suelto un bufido, echando la cabeza hacia atrás y haciendo que mi pelo se desparrame por encima de la funda de estrellas que cubre nuestro sofá, para que Pascal no lo llene de pelos. Trato de memorar lo que hemos hecho durante toda la semana, pero eso solo me arranca una mueca algo malhumorada. No me gusta nuestro trabajo en la empresa de ilustración; adoro dibujar, adoro dedicarme a lo mío… pero odio la monotonía que se respira en ese lugar, el poco margen que tenemos para demostrar todo lo que sabemos hacer.

—Nos han pedido que diseñemos un cartel para un concurso de poesía. —Llega a mi mente, al fin.

—¡Oh! —es la única respuesta por parte de mi compañera, que supongo que piensa lo mismo que yo.

—Sí, ¡oh! —Guardo un momento de silencio antes de volver a suspirar—. Qué mal, Álex... Yo no estudié bellas artes para trabajar haciendo carteles de poesía, yo quiero acceder a galerías, enseñar mis dibujos...

Quiero poder hacer lo que se me antoje, poder ser yo misma en mis creaciones. Es lo que más adoro del arte: el hecho de poder expresar de alguna manera lo que ni siquiera las palabras pueden hacerlo. Poder ser yo haciendo algo bello. Es en lo que pienso mientras mis manos pasean rápidas sobre un papel, con un lápiz en la mano o mientras diseño mi próxima acuarela.

En la empresa de ilustración no nos permiten libertad, siempre nos obligan a adaptarnos a sus parámetros, siempre sus mismos parámetros absurdos. Si mostráramos por ahí un diseño mío y otro de Álex, nadie diría que la autora es diferente porque siempre hacemos los mismos malditos trabajos.

—Ya, pero subir tus dibujos a Instagram no te da dinero, Sam, y esto —señala la pantalla de su portátil—, paga tu alquiler.

A pesar de que tiene más razón que un santo, no puedo evitar reír.

—¿En qué momento has empezado a hablar como los adultos? —La golpeo con un cojín, descolocando sus gafas.

—¡Eres adulta! ¡Asúmelo de una vez!

Eso es lo que a ella le gustaría. Vuelvo a sonreír, mientras me obliga a reenviarle el email del pedido del cartel para poder leer lo que tenemos que hacer, lo que me obliga a volver al tema inicial. Entonces, mi sonrisa se congela en mi rostro al imaginar la terrorífica realidad a la que mi amiga tanto teme.

—¿De verdad crees que podrían despedirte por cogerte una baja?

No hay una respuesta inmediata; se echa hacia atrás, colocando la espalda sobre el cojín y suelta un suspiro, subiéndose las gafas a su lugar. Cuando hablo, noto un toque amargo en sus palabras:

—Ya sabes que se lo pensaron mucho a la hora de contratarme, no quisiera darles incentivos para que se lo piensen mejor y...

—Pero… ¡qué dices! —interrumpo—. Eres una de las mejores ilustradoras, tus dibujos son increíbles.

Es la verdad: Álex siempre se ha tomado más en serio este trabajo que yo. Desde que nos conocimos en la universidad, en realidad, se lo ha tomado todo mucho más en serio que yo. Siempre fue una de las mejores de la clase, se esforzó por tener un expediente impecable, obtuvo becas de excelencia y en cuarto curso incluso la contrataron en una beca de colaboración. Cuando nos graduamos, hace ya un año, a pesar de ese impecable historial, no encontró trabajo de inmediato. Yo misma llevé su currículum a la empresa en la que acababa de entrar, que no era ninguna maravilla, pero al menos serviría para que pudiera seguir pagando su alquiler y no tuviera que volver a casa de sus padres. Pidió a la universidad una carta de recomendación, se encargó de que su excelente rendimiento quedara bien remarcado, llevó algunas de sus mejores obras a la entrevista… y a pesar de eso, se lo pensaron demasiado. Son las injusticias por las que tienen que pasar las mujeres como Álex: puedes tener un excelente currículum, que por el simple hecho de que te consideren diferente, pueden prescindir de ti.

En ese tipo de mundo vivimos.

—Además, si te despidieran iría yo detrás, no estaría de parte de esa injusticia —añado, apretando los puños al imaginar que tuviera que pasar por eso por el simple hecho de enfermar.

—Sabes que no te dejaría hacer eso —responde, con un tono algo más duro.

—¡Es lo que deberíamos hacer todos! Si se comete una injusticia, arremeter contra ellos, al fin y al cabo, el cliente es el que selecciona, ¿te has planteado qué pasaría si todos le hiciéramos boicot a una gran empresa?

Es un pensamiento que siempre he tenido muy presente. ¿En qué nos convierte el hecho de saber lo que está ocurriendo y mirar hacia otro lado? Ese nivel de cobardía, de pasotismo, en mi opinión, te convierte en lo mismo que la persona que comete la injusticia. Hay quien no nos conformamos con no mirar hacia otro lado, hay quien queremos ir más allá. Quien quiere luchar hasta el final, pero no puede porque se encuentra completamente sola en su causa. Sé de sobra que nadie me seguiría y no estoy segura de si eso me apena o me saca de mis casillas.

—Eso es imposible.

—Por culpa de ese pensamiento vivimos a su merced. —Niego con la cabeza, cruzándome de brazos.

Álex me dedica una sonrisa agradecida; no sé en qué momento ha ido a por mi portátil y lo ha encendido, pero me quedo embobada mirando el fondo de pantalla de nuestro viaje a la Toscana, el que hicimos juntas cuando terminamos el grado. Reímos, abrazadas, con la impresionante Italia a nuestra espalda.

—¿Has empezado con el diseño del cartel? Veo que no.

Me muerdo el labio inferior, dedicándole una mirada de disculpa. Por supuesto que no lo he empezado: no he encontrado fuerzas ni ganas para empezar ese trabajo por encargo tan… poco esperanzador. Siempre que empiezo un diseño así me pregunto si pasaré el resto de mi vida haciendo carteles para externos a los que lo único que les interesa es que su mensaje quede claro, sin importar el diseño de detrás, por mucho trabajo que haya costado. No valoran el arte, no está bien pagado y… la empresa no parece hacer nada por poner remedio a eso. Ellos son felices con embolsar su tarifa, en mi opinión, demasiado baja teniendo en cuenta los quebraderos de cabeza que nos trae a los ilustradores.

—He estado ocupada y...

El sonido de unos pasos en la habitación de Leyre me interrumpen. La joven tose un par de veces antes de volver a sumirse en el silencio al que debe estar habituada. Álex me mira, con el ceño fruncido.

—¿Está la rara? —pregunta, confusa y abre mucho los ojos cuando me ve asentir—. ¡¿Qué dices?!

—¡Álex! —la amonesto—. No es rara...

He hablado a mis amigas de mi compañera de piso y todas parecen estar de acuerdo con Álex en que es una rarita. No me gusta que empleen ese calificativo con ella, de hecho, no me gusta nada esa palabra. Todos somos raros a nuestra manera, pero algunos tenemos la suerte de encontrar quien comprenda y adore nuestras rarezas. Probablemente si Leyre viera mi habitación colmada de dibujos también pensaría que soy una rara, pero Álex comparte conmigo el amor por el dibujo. Es una de las cosas que nos unió desde el principio y por el que esta amistad continúa a pesar de que ya no vamos a la universidad. Estoy segura de que la vida que lleva Leyre tiene una explicación lógica, aunque, a decir verdad, si yo trabajara tanto, me volvería completamente loca.

—No… casi nada —ironiza Álex, volviendo a posar la mirada en el portátil.

—Creo que tenía el día libre en la oficina, aunque no me ha dado detalles...

—¿Habéis mantenido una conversación normal en todo este tiempo?

Es evidente que no, aunque no puedo decir que no sea porque yo no lo he intentado una y mil veces, pero Leyre siempre huye a su habitación antes de que pueda profundizar un poco más en los pensamientos de mi compañera de piso.

—Lo intento, pero nunca parece dispuesta a hablar. —Me fijo en el lugar que siempre ocupa cuando está en casa: frente al cristal—. Había pensado que tal vez pudiera invitarla a cenar o algo así, para conocerla.

—No creo que quiera salir por ahí, si nunca lo hace.

Una loca idea cruza mi mente de pronto. Una loca idea que quizá no sea tan mala.

—Quizá pueda solucionar eso...

Leyre.

Paso el resto del día estudiando y cuando me planteo salir a dar un paseo, la lluvia torrencial que lleva chocando con los cristales de mi habitación toda la tarde me recuerda que no es el mejor día para salir. Es tarde, fuera hará frío, así que con un suspiro hastiado tengo que convencerme de que no podré dar mi paseo hoy. Me gusta pasear, perderme por las calles mientras escucho una música de fondo con mis auriculares, pero nunca tengo tiempo para hacerlo. Hoy, el primer día libre que tengo en semanas, llueve y hace un frío propio de San Sebastián. Allí llovía mucho más que aquí, por eso, cuando me fui, seleccioné un sitio algo más cálido, aunque es evidente que no ha sido suficiente.

Samantha parece que ha pasado el día con alguien, pues he podido sentir el aura de alguien más en el salón, aunque no he prestado demasiado atención: no parecía un alma distinta a cualquier otra, tenía colores y cicatrices, sí, pero nada fuera de lo común.

Cuando por fin salgo de mi fortaleza, supongo que Samantha habrá terminado de cenar y se habrá ido a su habitación, por eso casi me sobresalto cuando la encuentro en el salón, poniendo una mesa para dos. Olfateo el ambiente, comprobando que algo se está cocinando en el horno.

—Hola… —saludo, algo confusa—, ¿tienes invitados?

—Lo cierto es que no, esto es para nosotras.

No me considero una persona fácil de impresionar, al fin y al cabo, poseo un don digno de la ciencia ficción, pero debo admitir que las palabras de mi compañera logran impresionarme. ¿Para nosotras? ¿Insinúa que está preparando la mesa para que cenemos juntas? En este par de meses nunca lo hemos hecho, aunque a decir verdad en estos meses apenas hemos mantenido una conversación digna de ese nombre.

Las excusas que puedo poner para volver a mi refugio pasan por mi cabeza casi de inmediato, pero algo en esa sonrisa con la que me mira hace que cuando intente soltar cualquiera de ellas, boquee como un pez fuera del agua, sin llegar a decir nada con sentido. Creo que ella imaginó cuáles son mis intenciones y me hace un gesto para que calle.

—Escucha… sé que no hemos compartido demasiadas palabras y no hemos pasado nada de tiempo juntas, a pesar de que compartimos piso y… no me gusta, la verdad, estoy acostumbrada a llevarme bien con mis compañeros de piso y quiero que contigo sea igual… si tú quieres, claro. Por eso he pensado que deberíamos empezar por conocernos un poco mejor.

El pitido del horno interrumpe lo que estoy a punto de contestar y por un momento creo que no ha sido casualidad, que de verdad el universo quiere que me guarde las excusas y las palabras y no destroce esa sonrisa sincera que Samantha me dedica. Ella acude corriendo a recoger lo que quiera que ha terminado de hacer en el horno y me fijo en su jersey ajustado y en su falda de cuadros mucho más corta de lo que yo la llevaría. Siempre va descalza. Es algo que me saca de mis casillas. Extiende los pelos de Pascal de un lado a otro, por no hablar de lo frío que está el suelo y…

Por Dios, estoy hablando como mi madre.

Me presenta la comida en una bandeja navideña, a pesar de que todavía estamos en noviembre y cuando la coloca en el centro de la mesa, hace un gesto para que me siente frente a ella.

—¿Pizza? —pregunto, al ver lo que ha sacado del horno.

Ella me dedica una carcajada antes de responder, orgullosa:

—Mini pizzas —corrige—. Son mucho mejor que la pizza: están igual de ricas, pero son pequeñas y lo pequeño siempre es mucho más cuqui. Ven, siéntate, no dejes que se enfríen.

No sé qué es lo que hace que finalmente me siente, pero estoy segura de que no son las mini pizzas, a pesar de que Samantha coge la primera con avidez y le da pequeños mordisquitos mientras sopla para que se enfríe. Supongo que es el detalle, esa sonrisa sincera y… la verdad es que también me gustaría conocer un poco más a fondo a mi compañera de piso. Vine a Madrid con intención de empezar una nueva vida, conocer gente nueva, amigos nuevos… quién me dice a mí que Samantha no podría formar parte de esa nueva vida, quizá como amiga o simplemente alguien con quien poder cenar al llegar cansada del trabajo.

Parece contenta cuando me sirvo un par de esas cosas pequeñas y precocinadas en el plato y sonrío tras el primero mordisco.

—¿Sabes? Llevamos casi dos meses viviendo juntas y ni siquiera sé con certeza de dónde eres.

—De San Sebastián.

Abre muchos los ojos en una mueca impresionada, como si le acabara de decir que nací en la mismísima Atlántida.

—¡Vaya! Tiene que ser un sitio muy bonito, ¿por qué viniste aquí?

Vuelve el silencio entre nosotras; Samantha roe una de sus pizzas, mientras mis manos se echan a temblar. Las oculto debajo de mi sudadera, demasiado grande para mi esmirriado cuerpo; ella no parece percatarse de mi incomodidad ante esa pregunta, por eso, prefiero no pensar demasiado una respuesta estándar, la misma que doy cuando me hacen esa misma pregunta en el trabajo o en alguna entrevista.

—Necesitaba cambiar de aires. San Sebastián es bonito, muy bonito... Pero cuando llevas veintitrés años allí se empieza a quedar un poco pequeño. —En parte, no es mentira. Ella queda satisfecha con la respuesta y veo el momento de cambiar de tema—. ¿Y tú?

Se limpia la boca con una servilleta y sus ojos se iluminan de pronto. En su aura se dibujan unas espirales alegres, que remueven todos sus colores, dejando una mezcla preciosa, similar a la paleta de un artista que se dispone a pintar un paisaje. Le gusta hablar de ello, sea lo que sea.

—Nací en Nueva York, pero me he criado en Barcelona. —Pestañeo, confusa, sin esperar esa respuesta y eso la hace reír—. Mi madre era estadounidense y mi padre viajaba allí a menudo por trabajo, vivieron juntos un par de años, pero mi padre echaba de menos España y no tardó en volver. Mi madre insistió en que lo mejor para todos era que me llevara con él.

De pronto, poco a poco, las espirales desaparecen y el movimiento torna a un tono mucho menos alegre, los colores vuelven a su lugar, alrededor de la muchacha y una marcada cicatriz a medio remendar se abre paso entre ellos, mostrándose mucho más evidente. Supongo que tiene que ver con su madre, pero no me atrevo a preguntar más al respecto. Ella tampoco parece dispuesta a seguir hablando.

—Oh, y... —busco entre mis opciones una que trate de rebajar la tensión y disolver el silencio—, ¿llevas mucho tiempo viviendo aquí?

Logro mi objetivo y la sonrisa vuelve a su rostro; coge otra pequeña pizza y la mordisquea mientras se cruza de piernas sobre la silla. Imagino a mi madre en la sala, mirándola con horror y preguntando qué clase de posición es esa para estar en la mesa, pero yo lo único que hago es soltar una pequeña carcajada.

—Me mudé para estudiar Bellas Artes en la universidad y desde entonces aquí sigo. —Se encoge de hombros—. No me disgusta esto, la verdad, hay muchas más oportunidades de trabajo.

En eso tiene razón, de hecho, creo que me ha comentado alguna vez que trabaja en una empresa de ilustraciones. Yo también he tenido suerte en ese aspecto y he conseguido tantos puestos como me he planteado. Desde el primer momento que puse un pie aquí, supe que no quería desaprovechar el tiempo y que quería abordar todo lo que estuviera a mi alcance, por eso tengo tres trabajos: uno por las mañanas, como recepcionista en una academia de inglés, otro por las tardes, como teleoperadora, y uno los fines de semana, como dependienta en un supermercado. Llego a casa tan agotada que hay días que solo vivo para dormir y trabajar, pero eso me impide estar en casa. Sola. Entre el silencio. No me gusta esa sensación, no me gusta tener tiempo para pensar, por eso, para los escasos días libres que tengo, me apunté a la universidad a distancia, donde curso un par de asignaturas de economía. No me interesa demasiado la economía, pero era de lo único que quedaban plazas, así que no tuve muchas oportunidades donde elegir.

Sé que todo el mundo piensa que estoy loca, que vivo para trabajar, que si no necesito el dinero no tiene sentido tener tantos trabajos, pero a mí tener la cabeza ocupada es lo que me ayuda a sobrevivir.

Pero prefiero tampoco pensar en eso, por eso, interrumpo el silencio continuando con la conversación:

—Bellas Artes tiene que ser una carrera muy bonita.

Samantha parece sorprendida con mi comentario y es que imagino que no recibirá demasiados comentarios como ese. Conozco muy de cerca los prejuicios, al fin y al cabo, yo también fui a la universidad en San Sebastián y esos están a la orden del día aquí, en Donosti y en la Conchinchina.

—¿Qué estudiaste tú?

Pensar en eso también me transporta a un tiempo que no quiero recordar, pero al menos guardo algunos buenos recuerdos de esa época. La universidad, la ilusión por graduarme, salir ahí fuera y trabajar en lo que siempre quise.

—Estudié Educación Primaria en San Sebastián y… también fui al conservatorio de música.

—¿De verdad? ¡Entonces sí que debes tocar bien!

No tenía que haber dicho eso. Me he ido de la lengua y ahora preguntará. No quiero responder, por eso, hago un gesto con la mano, tratando de restarle importancia.

—No creas, hace mucho que no. —Y, sin embargo, pensar en la música, hace que una bonita calidez inunde mi pecho—. Tocaba el piano y después aprendí a tocar la guitarra, pero lo dejé hace unos años.

—¿Por qué?

Dos palabras, dos simples palabras que se clavan en lo más profundo de mí y me arrebatan el habla. Boqueo de nuevo, sin tener muy claro cómo contestar. ¿Por qué lo dejé? Ni yo misma lo sé. La música siempre me hizo feliz, me dio ganas para continuar, para enfrentarme a las situaciones complicadas. En el fondo, la echo de menos, pero para llegar a ese sentimiento hay que recorrer una espesura de miedo. Y el miedo es más fuerte.

En mi caso, siempre es más fuerte.

Samantha parece comprender que ha metido la pata y se apresura a disculparse, pero no hace que me sienta mejor.

—Oh, perdona, he sido una cotilla.

—Da igual.

El pesaroso silencio vuelve sobre nosotras como un pesado manto del que no me puedo deshacer. Siento ganas de encender la tele y tenerla de fondo, pero supongo que ese gesto sería algo maleducado para Samantha, que ha organizado todo esto con intención de conocernos mejor, por eso, intento volver a una conversación sencilla:

—He visto tus dibujos, son muy bonitos.

Los suele dejar tirados por toda la casa, así que es complicado no verlos. A mí, por el contrario, me gusta el orden. Me gusta que cada cosa esté en su lugar, ocupando el espacio que se le ha asignado, por eso, las cosas de Samantha parecen siempre estar rompiendo ese orden, pero a veces no me importa porque eso me hace ver sus pequeñas obras de arte. Es cierto que son bonitos, admiro mucho esas manos, capaces de crear verdaderas maravillas.

—¿De verdad lo crees? —Es la segunda vez que logro sorprenderla con un cumplido.

—Sí, a mí nunca se me ha dado bien dibujar.

—Es cuestión de práctica, supongo que como la música.

Quiero decir que nunca es suficiente con practicar, que también tienes que sentir esa necesidad por lo que haces. Ese cosquilleo cuando tus dedos acarician las teclas del piano o el evadirte con las primeras notas musicales. Hay que sentir pasión para practicar sin descanso hasta que comienzan las mejorías. Supongo que ella siente lo mismo al dibujar, como un escritor al escribir o un escultor al agarrar el dintel. No basta con practicar sin descanso, también hay que vivirlo.

Y creo que eso es lo que me falló a mí, el motivo por el que lo dejé. Había desaparecido ese sentimiento; cuando tocaba, no sentía nada, tan solo el incesante vacío al que ya me había acostumbrado.

¿De qué servía seguir con eso si era yo la primera que no disfrutaba con mis obras?

Terminamos de cenar entre conversaciones banales y yo casi que agradezco ese cambio en el que dejamos de hablar de nuestros pasados y nos remontamos a nuestro presente, a nuestros empleos, compañeros de trabajo, anécdotas del día a día…

Estoy a punto de decir que me voy a la cama, que mañana tengo que madrugar, cuando Samantha me pide que no vaya sin hacer una última cosa. Espero, mientras saca de uno de los cajones del salón un tablero de ajedrez y una caja con las figuras.

—¿Sabes jugar? —me pregunta, a lo que respondo con un asentimiento—. ¿Una partida antes de ir a dormir? ¿Por qué no lo ponemos interesante? ¿Qué te parece si nos jugamos arte?

Samantha.

—¿Jugarnos arte? —pregunta Leyre, algo confusa mientras observa cómo coloco las piezas—. Creo que no te sigo.

Levanto la mirada durante un segundo para encontrarme cara a cara con la duda de sus ojos. Sonrío. Es como el brillo inocente de los ojos de un niño, solo que mucho más serio y… casi apagado. Pero a pesar de eso, todavía puede verse dibujado en sus pupilas azules como el cielo. Nunca me había detenido a observar sus ojos. Son muy bonitos.

Me levanto, todavía sonriendo.

—Es fácil: yo me muero de ganas por verte interpretar algo con la guitarra y además lo único que se me da bien es dibujar. —Señalo el tablero, preparado para el juego—. Si tú ganas, te hago un dibujo, el que tú quieras, has dicho que son bonitos, así que te lo dedicaré solo para ti, pero si yo gano... en tu próximo viaje a San Sebastián traes tu guitarra.

Logro hacer que abra mucho los ojos, como si no esperara para nada lo que tengo en mente. Vuelvo a acomodarme en el suelo, con las piernas cruzadas y una evidente invitación en mi forma de mirarla para que tome asiento. Ella lo hace, algo tímida; también se sienta en el suelo, con el tablero delante, pero con una expresión no demasiado convencida.

—Samantha, no sé yo si...

—¿Por qué no? ¿Tan mala eres?

Sin querer, parece que atino en el punto exacto que la hace fruncir el ceño y que la duda abandone su rostro, de hecho, cuando vuelve a hablar, capto un cierto tono resignado en sus palabras:

—Fui campeona de varios torneos en mis años de instituto.

No tiene pinta de ser la típica que jugaba al ajedrez en el instituto, aunque en realidad, no me la imagino cumpliendo ningún rol en el instituto. Quizá la chica guapa de la que todos estaban enamorados en secreto. Podría cumplir ese rol si quisiera: es guapa y diría que también inteligente. La imagino con ropa de hace diez años y con el pelo a la altura de la cintura y confirmo que, en efecto, sería la chica de la que yo me habría enamorado en el instituto.

Aunque, a decir verdad, yo era una enamoradiza de manual, creo que en esa época me habría enamorado de cualquiera que me mirara de la forma que Leyre me mira y que tuviera una figura femenina.

—¡Genial! Así estamos igualadas. —Me acomodo sobre el cojín en el que me he sentado—. También se me da bien el ajedrez.

Cuando mira las piezas, esta vez encuentro interés. Se muerde el labio inferior, todavía pensativa y finalmente se encoge de hombros con una seguridad que no había visto todavía en ella.

—Lo cierto es que hace mucho que no juego y no puedo decir que no a una partida.

A modo de respuesta, giro el tablero hasta que las fichas blancas quedan frente a ella.

—Venga, te dejo las blancas, empieza.

Movemos ficha un par de veces cada una y no puedo evitar darme cuenta de que las manos de Leyre, siempre ocultas bajo sus anchas mangas largas, se mueven con decisión sobre el tablero. Una decisión que nunca habría jurado propia de ella. Mi vista se mantiene fija sobre su rostro cuando piensa en el siguiente movimiento o cuando trata de ocultar una sonrisilla, supongo que al imaginar que próximamente logrará su objetivo de acabar con alguna de mis piezas.

—Entonces... ¿campeona en el instituto? —pregunto, cuando se deshace de mi primer peón.

Asiente, casi diría que orgullosa antes de volver a mover a su alfil.

—Mi hermana iba a clases y practicaba conmigo en casa. —Se encoge de hombros y sonríe—. Al final resultó que se me daba mejor a mí que a ella.

Leyre nunca habla de su familia, de hecho, si no fuera porque su madre la llama al fijo de casa un par de veces a la semana, intentando hablar con ella (a veces sin éxito), diría que la joven no tiene familia. Es una opción algo cruel pensar que alguien está solo en el mundo, pero por mucho que he intentado sonsacar a Leyre temas de conversación triviales como la familia o su procedencia, ella siempre me evitaba. De hecho, casi me parece un milagro lo mucho que he conseguido esta noche.

Ha sido una buena idea, por mucho que Álex me dijo que Leyre nunca querría compartir esto conmigo. De hecho, ahora me siento orgullosa de mi decisión y de no haber hecho caso a mi amiga. Leyre ha resultado ser una chica de lo más interesante: nunca diría que toca la guitarra ni que hubiera ido a la universidad. No somos tan diferentes, al fin y al cabo, hay un tema que nos une y que a mí me parece que es lo suficientemente fuerte como para no dejar escapar la oportunidad de conocer más a fondo a mi compañera de piso: las dos somos aficionadas del arte, las dos lo hemos estudiado en profundidad… y lo normal sería que las dos quisiéramos ganarnos la vida con él.

Supongo que hay algunos puntos de ella que todavía se me escapan.

—Yo no tengo hermanos —continúo con la conversación anterior—. Bueno, ahora sí, uno pequeño... Mi padre volvió a casarse hace poco y acaba de darme un hermanito.

—Oh, eso es genial —responde ella, con tono alegre.

Hace unos meses mi padre tuvo un hijo con su actual pareja; un pequeñín de lo más adorable llamado Marcos que por desgracia solo puedo ver cuando voy de visita a Barcelona.

—Volveré a verle en navidad —celebro, sonriente—, cuando vuelva a Barcelona, mientras tanto solo veo cómo crece a través de las fotos que me envía Amanda, la mujer de mi padre.

Cuando Leyre sonríe, no puedo evitar pensar que por primera vez estoy viendo una alegría sincera en su rostro. No pueden fingirse ese tipo de gestos, esa forma en que un rostro brilla ante una idea o pensamiento.

—Siempre quise ser profesora de música, los niños son pura alegría.

Pestañeo, incrédula ante la noticia. Durante la cena me ha revelado que estudió Educación Primaria, pero nunca imaginé que tuviera tan claro que quería ser profesora de música. Eso hace que un montón de preguntas aborden mi mente de repente: si lo tiene tan claro… ¿por qué está aquí?, ¿por qué tiene tantos trabajos y ninguno relacionado con eso? Debería estar en San Sebastián, dando clase de música, como afirma que siempre quiso.

A pesar de que deseo hacerle todas esas preguntas, prefiero callar, finalmente. Por su gesto me queda claro que no quiere hablar del tema y no soy quién para hacerle ningún interrogatorio.

—A mí no me terminan de convencer —respondo, aprovechando el tema que hemos dejado abierto—, aunque supongo que es porque siempre he vivido alejada de ellos... de pequeña siempre quise tener un hermano. —Se muerde el labio inferior de nuevo, mientras medita su siguiente movimiento—. ¿Profesora de música entonces?

—Sí, aunque lo cierto es que dejé a medias la oposición. Debería retomarlo algún día, aunque ahora mismo no me veo como profesora.

Esta vez es ella la que logra confundirme.

—¿Por qué no? —No puedo evitar preguntar.

Parece una pregunta algo complicada de responder para ella, porque suelta un suspiro y clava la vista en la pared, como si en las motas de gotelé pudiera encontrar la respuesta. Tras unos segundos en los que me da tiempo a mover ficha, se encoge de hombros, restándole importancia.

—Antes me hacía feliz pensar que podría llegar a dar clase, ahora... —Hace una pausa antes de negar con la cabeza—. No sé, es complicado.

Se olvida de la pregunta centrándose en su siguiente movimiento, uno que no me da tiempo a analizar, antes de preguntar:

—¿Para qué retomar la oposición entonces?

Esta vez, no se deja tiempo para meditar la respuesta, de hecho, es como si ya la tuviera bien clara. Como quien se tatúa en su piel su filosofía de vida, Leyre me revela la suya:

—No me gusta dejar las cosas a medias.

Comprendo entonces lo diferentes que somos: ella debe de ser una de esas personas tan serias y entregadas que, aunque odien lo que hacen, no abandonan. Su cuerpo no deja de trabajar y su mente no se permite plantearse ni un segundo el poder apartarse y dejar todo a un lado. Yo, por el contrario, no soy capaz de hacer nada si no tengo claro un objetivo. Si no creo en él. He abandonado mil ideas, mil proyectos, por el simple hecho de que no me motivaba continuarlos. Siempre lo he hecho orgullosa, sabiendo que es lo mejor para mí.

Pero Leyre no parece ser de esas personas. No parece ser como yo.

—Eso es de ser muy cuadriculada, ¿no crees? —Sé que no comprende por dónde voy en el momento que me lanza una mirada confusa, así que me humedezco los labios antes de explicar—: Obligarte a terminar algo en lo que no te ves trabajando...

—No podría dejarlo abandonado —se niega, interrumpiéndome—. Espero algún día poder cumplirlo.

Todo hace clic de pronto en mi cabeza: no puede abandonarlo porque todavía es lo que más desea, por mucho que trata de olvidarlo cobijándose en una vida ajetreada en la que no se deja tiempo ni para respirar. Prefiero no hacer más preguntas al respecto porque sé que ella no está dispuesta a responder nada más y porque comprendo lo duro que puede llegar a ser un tema como estos para alguien. Yo misma lo vivo cada día, siempre que me pregunto qué será de mi futuro, si trabajaré en la oficina toda la vida o si tendré el valor algún día para dejarlo.

Aparto al instante esos pensamientos de mi mente: tampoco yo quiero hacerme daño esta noche.

—Si eso te hace feliz espero verte terminarlo. Todos deberíamos cumplir los sueños que siempre hemos deseado. —Sonrío, cerrando el tema—. Nos lo merecemos.

—¿Cuál es el tuyo?

Su pregunta es como una bofetada, no porque me cause dolor, sino porque no me espero que de pronto los roles cambien y ella sea la que pregunte y yo la que responda. Me concedo unos segundos extras para pensar fingiendo que no la he oído, a pesar de que ha sido bastante clara:

—¿Qué?

—Tu sueño —aclara, también con una sonrisa que apenas es una curvatura en sus labios cerrados—, ¿cuál es?

Lo tengo claro y, a pesar de eso, me encuentro sonrojándome al contestar.

—Siempre quise poder acceder a una de esas becas para artistas en las que viajas por todo el mundo para ver, conocer e inspirarte —revelo, tragando saliva—. Después, quizá, exponer mis obras para que todos puedan verlas...

Las palabras se quedan atascadas en mi garganta. Bajo la vista, lo que ella malinterpreta y se apresura a disculparse:

—Oh, lo siento mucho.

—No —niego, volviendo a sonreír para demostrar que no pasa nada—. Es solo que… mucho me temo que estoy lejos de conseguir algo así: el arte no está demasiado valorado y… tampoco tengo conocidos que puedan ayudarme. Algunos de mis compañeros de universidad han conseguido más en este año que yo desde que salí de la carrera.

Es un tema con el que llevo castigándome mucho tiempo: han pasado más de dos años desde que terminé la carrera y no he logrado nada de lo que me había planteado mientras que ya he visto algunas obras en exposición de antiguos compañeros míos. Algunas están colocadas en pequeñas exposiciones y más que por su talento están ahí por conocer a «x» persona importante. Sé que no debería avergonzarme por ello, pues cada uno alcanza las oportunidades que se le ofrecen y que quizá en un futuro yo tenga las mías, pero no por ello puedo evitar sentir ese pinchazo de culpabilidad cuando un antiguo compañero nos invita a ver su obra en yo qué sé qué exposición o cuando otra conocida me dice que han seleccionado su diseño para un cartel publicitario. Su diseño. El que ella ha diseñado y creado, no sintiéndose obligada a seguir los parámetros de una empresa.

—Bueno… tú tienes un trabajo, ¿no? —Sonríe, tratando de animar la mueca decepcionada que se me habrá quedado.

—Uno que no me entusiasma —respondo—. Donde no se valora una obra y donde todas son anónimas. Tan solo hechas por la empresa de ilustración.

Leyre oculta sus ojos como cielo en un gesto que vuelve a pretender ser una disculpa, pero yo sonrío, aunque en una sonrisa menos sincera, tratando de restarle hierro al asunto.

—Paciencia supongo, seguro que todo va cambiando poco a poco.

—Supongo.

La partida continúa en silencio y puedo comprobar que, tal y como afirmaba Leyre, es buena. Es como si ya pudiera ver mis movimientos antes de que los haga, pero, a pesar de eso, mi padre me enseñó los mejores trucos y puedo hacerle frente, incluso con ventaja.

Aunque, finalmente y disimulando, dejo que haga ese movimiento que le da la victoria, a pesar de que hace unos cuantos que podía haberlo evitado e incluso tenderla una emboscada.

Pero esta no es mi noche.

Sonríe, victoriosa, y tras ayudarme a recoger las piezas, todavía liberando orgullo por cada poro de su piel, se despide alegando que es muy tarde y que mañana tiene que trabajar.

Y yo no puedo evitar soltar una carcajada silenciosa al pensar qué haría si supiera que la he dejado ganar. Supongo que es hora de que prepare mis pinturas, aunque tengo más que claro qué voy a dibujar.

Manos que oprimen mis muñecas,

uñas que se clavan en mi piel y la

sangre dejando una carretera escarlata

a su paso.

Me despierto entre jadeos y aún con

la mente nublada me pregunto:

¿Pesadilla o recuerdo?

Tal vez ambas.

Leyre.

Leyre.

Pasan tres días hasta que logro sacar un momento para mí y es tras el trabajo de tarde, a casi las nueve de la noche. Parece que Samantha no está y es que no he tenido oportunidad de encontrarme con ella desde su improvisada cena y la partida de ajedrez.

Por primera vez en mucho tiempo, esa noche dormí bien, sin pesadillas. Me acosté con una sensación de felicidad que hacía mucho que no sentía y creo que fue eso lo que ahuyentó a los malos pensamientos. Fue agradable. Hacía mucho tiempo que no disfrutaba de algo agradable.

Creo que ha sido eso lo que me ha movido a llamar a Lucía, a pedirle que venga a verme, a pesar de la hora que es. Ella, por supuesto, ha aceptado y me aseguró que se pasará en cuanto eche el cierre a su tienda. Lleva mucho tiempo queriendo verme y sé que recibir mi llamada la invadió de felicidad. Fue agradable volver a hablar con ella y me encuentro ilusionada por una visita por primera vez, también en mucho tiempo. Incluso he cocinado. Antes, adoraba cocinar y lo cierto es que todos me decían que se me daba muy bien. Coloco un bol con ensalada en el centro de la mesa y espero que el horno suelte el pitido que indique que el pollo con limón está preparado.

Cuando suena el timbre, sin embargo, no puedo evitar sobresaltarme, a pesar de que voy rápida al telefonillo. Me asomo al descansillo pasados unos minutos, con el ceño fruncido, algo preocupada por todo el tiempo que está necesitando para subir. Lucía es algo más joven de lo que debería ser mi abuela Marian, probablemente ronde los sesenta y cinco, pero a juzgar por la energía que todavía lleva dentro cualquiera podría asegurar que es mucho más joven.

Al fin, escucho sus jadeos al principio de la escalinata.

—Malditas sean estas dichosas escaleras —protesta, cuando se deja ver—. Niña, si quieres acabar con esta pobre vieja ya podías haber buscado un método menos cruel.

Me arrebata una sonrisa, pero no solo su comentario: es agradable ver que la mujer no ha cambiado ni un ápice desde la última vez que nos vimos. Su melena castaña continúa tan resplandeciente como siempre ocultando sus canas y cortada con cuidado a la altura de los hombros. Apenas un par de arrugas surcan su rostro y es que Lucía siempre ha sido muy cuidadosa con la cosmética de la piel, lo que parece que está dándole resultados ahora. Su estilo, por supuesto, impecable, la ropa moderna se ajusta a su cuerpo como un guante y es que no dudo de que ella misma se la haya hecho a medida.

—Pasa, Lucía, qué placer verte.

Lucía me rodea las mejillas con las manos y me da un beso en la frente. Huele a flores. Es algo que no ha cambiado tampoco.

—Mira qué guapa estás, te sienta bien estar aquí, quién lo diría, con este aire envenenado que respiramos.

Irrumpe en el salón, pasando entre el marco de la puerta y yo, y cuando entro detrás, veo cómo ya está analizando cada rincón de la casa. Supongo que le parecerá horrible, sin estilo alguno, pero la verdad es que no me he parado a hacer este salón algo mío y me sorprende que Samantha no lo haya hecho tampoco, teniendo en cuenta que lleva viviendo aquí mucho más tiempo que yo. Es completamente impersonal, como las fotos de un piso piloto. Lucía trata de ocultar su gesto, pero lo percibo antes de que pueda lograrlo por completo.

—Te ofrecería algo para tomar, pero la cena está casi servida.

Esta vez es su turno de sonreír.

—¡Qué maravilla! Supongo que mantienes ese don tuyo de chef. Yo he tenido que aprender también algo de cocina casera, aunque sabes que siempre he odiado cocinar, pero qué le vamos a hacer… una debe quitarse comida basura a medida que se hace vieja.

Exagero una mirada de arriba abajo, mostrándole que no es para tanto. Quizá ha cogido unos pocos kilos desde la última vez que nos vimos, pero es que hace ya mucho de eso. Creo que todavía vivía mi abuela Marian. Lucía y ella fueron amigas inseparables. Recuerdo los veranos que la abuela invitaba a Lucía a pasar las vacaciones con nosotras. Yo, que siempre he formado parte de esa casa tanto como su propietaria, también disfrutaba de su compañía. Nos contaba cómo su negocio iba creciendo, cómo se había convertido en una conocida modista, aunque nunca me dio esa sensación, supongo que porque no me cuadraba que alguien famoso pudiera estar en un pequeño pueblo de Guipúzcoa. Pero ni un verano faltó para hacer compañía a mi abuela hasta que esta se fue, incluso se mantuvo firme a su lado cuando la abuela empezó a enfermar.

—Pero si estás estupenda —señalo, aceptando un beso que planta en mi mejilla.

—Será por fuera, pero por dentro... ¡ay! —Se sienta en el sillón, dejándose caer con esfuerzo—. ¿Y tú qué, niña? ¿Cómo te va la vida por aquí?

Lo cierto es que a pesar de que Lucía vive aquí, no he hablado demasiado con ella de mis logros en la capital, de hecho, me costó mucho informarle de que me había mudado porque no tenía demasiadas ganas de ver a nadie, aunque ahora que la tengo aquí, no puedo más que arrepentirme de que no haya venido antes. Verla ha sido como regresar a los veranos en el norte, junto a mi abuela.

—No me puedo quejar, la verdad.

Creo que se queda un poco escasa la respuesta, dado que pide más información:

—¿Cumple Madrid tus expectativas?

La pregunta, tan específica, me hace pensar un momento. No creo que viniera con unas expectativas firmes, aunque por el momento este lugar ha logrado ofrecerme empezar una nueva, que era lo que iba buscando. Aunque esto prefiero no revelárselo, al menos, por el momento.

—Dado que no venía más que con la expectativa de alejarme lo máximo posible de casa, supongo que sí. No era complicado hacerlo.

—Ya veo. ¿Y a tu don? —pregunta, de sopetón—. ¿Qué tal le ha sentado el cambio?

Supongo que ella estará acostumbrada a tratarlo como un tema más, como algo que tenemos en común y que no tenemos por qué esconder, pero a mí me cuesta algo más. Me aseguro de que, tal y como creía, Samantha no está en casa y una vez que he confirmado que la puerta de su habitación está abierta, con todo su desorden a la vista, es cuando puedo hablar.

—Me abrumaba al principio ver tantas auras, la verdad —revelo—. Cuando veía una gris tenía que hacer un esfuerzo por no tratar de consolar a esa persona y cuando veía una negra... —Tengo que hacer una pausa—. Aquí es frecuente la oscuridad.

Lucía conoce mi don porque fue el motivo que la unió a mi abuela Marian, hace ya muchos años. No estoy segura de cómo surgió ese encuentro entre ambas, pero creo que el mito de que una mujer podía ver el alma de las personas llegó hasta una joven y asustada Lucía, que no encontraba sentido a ese don que siempre la había hecho especial. Lucía fue en busca de aquella mujer y cuando dio con mi abuela, esta no dudó en ayudarla, de donde nació una amistad que duraría años. Nunca me contaron más detalles y lo cierto es que yo nunca he sido una niña tan curiosa como para preguntarlo todo, por lo que me conformé. Me bastaba con tenerla en casa todos los veranos y que hubiera alguien más que compartiera esa sensación de ser diferente.

Lucía es una médium, puede comunicarse con los fantasmas que se aparecen ante ella, algo que siempre me ha confundido, supongo que porque de pequeña siempre sentí miedo de un don como ese y ahora porque no alcanzo a comprenderlo del todo.

—Hay muchas personas malas por ahí sueltas, Leyre, que no te engañen sus caras amables.

Su tono torna a uno más duro al que no sé bien cómo responder. Ella lo sabe bien; lleva mucho más tiempo aquí que yo, pero es algo que no dejará de horrorizarme nunca. Las almas negras, tan llenas de maldad que esta colapsa cualquier otro sentimiento. Cuando me cruzo con una de ese estilo, instintivamente me echo a temblar. A veces corro, en una dirección aleatoria, me da igual, lo único que me importa es huir de su lado para que no pueda hacerme daño.

—Lo sé, pero... —mis palabras quedan presas en mi garganta.

—Cuando yo vine a Madrid la primera vez, tuve que marcharme a la semana —me revela ella, tras soltar un suspiro—. Era terrible. No podía siquiera dormir. Las voces me perseguían, sus miradas no me daban tregua y los más osados hasta se manifestaban ante mí. En ciudades grandes hay muchas más auras perdidas.

—Ya imagino —respondo, simplemente.

—A la semana tuve que volverme a Oviedo, cansada de todo esto. Fue tu abuela la que descolgó el teléfono para llamarme idiota, para decirme que no perdiera la oportunidad de hacer realidad mi sueño solo por miedo a un don. Nuestro don.

Pensar en la actuación de mi abuela me hace sonreír. Ella siempre vio nuestros dones como precisamente eso; un don que debíamos aprovechar porque habíamos sido afortunadas. Trato de repetírmelo cada día, de tener la misma visión que ella tenía, pero a veces me cuesta.

—Ella siempre tan tajante.

Logro contagiar a Lucía de mi sonrisa.

—Y tenía razón. Volví y aprendí a convivir con todo esto, ¿y sabes qué? Me gustó. He ayudado a más fantasmas y familias aquí de las que puedo contar, además de cumplir mi sueño de poner mi propia tienda de costura que fue creciendo hasta darme todo lo que tengo. Tu abuela me enseñó una lección muy valiosa: no puedes dejar que tus fantasmas te invadan, que el miedo arremeta contra la ilusión, porque si le dejas, es capaz de derribarla y quizá nunca más puedas levantarla. En mi caso, fantasmas fue en sentido literal, pero todos los tenemos de una manera u otra.

No me he dado cuenta en qué momento ha alcanzado mi mano, pero ahora la estrecha con fuerza. Sé que mi abuela no estaría orgullosa de mi miedo, de la forma que escapé de mis problemas, tratando de ocultarlos tras mi espalda, como quien cierra con llave una habitación llena de trastos, pero en ese momento era lo que necesitaba y no me arrepiento de estar aquí. Me arrepiento de, en el momento en el que imagino volver, mis manos me tiemblen y los fantasmas me invadan. Es complicado. Todo es demasiado complicado.

—Me intento obligar a recordar sus enseñanzas, pero a veces es complicado hacerme caso.

Lucía también suspira.

—Hay días oscuros, pero en todos puede entrar la luz, si tú se lo permites.

Aprieto los puños, conteniendo las lágrimas que amenazan con rodar por mis mejillas.

—Otra frase de la abuela Marian. —Intento reír, pero creo que el sonido que emito es más que evidente que es un sollozo—. La echo de menos.

—Yo también, niña, pero... ¿Sabes lo que nos diría si nos viera llorar por ella?

Esta vez, sí que logro soltar una carcajada sincera.

—Si en vez de tanto llorar os dedicarais a trabajar, podríais compraros ya dos mansiones —imito la voz de la abuela, lo que sonsaca una sonrisilla a Lucía.

El pitido del horno nos saca de esta conversación en la que preferiría no haber entrado nunca y por suerte para mí, tras servir la cena, no volvemos a ella. Hablamos de trabajo, de los viejos tiempos, de los veranos en Guipúzcoa y de las ganas que tiene Lucía de volver a esa casa. Incluso planeamos informalmente una escapada a la casa de la abuela, de la que todavía tengo las llaves. Y por segunda vez en mucho tiempo, río con sinceridad y los fantasmas me dan tregua una vez más.

Tanto, que cuando Lucía se marcha, casi siento pena, me entran ganas de organizar otra noche como esta, a pesar de que he llegado tan cansada de trabajar que solo tengo ganas de irme a dormir. Lucía, a modo de despedida, vuelve a tomarme las manos para decir, casi tímida:

—Niña, dentro de poco es tu cumpleaños, me gustaría tomarte las medidas para hacerte un vestido. Que no sea negro, que tienes unos ojos muy bonitos y no resaltan con tanto negro.

No puedo responder de inmediato a esa oferta porque me pilla completamente desprevenida. ¿Cómo ha podido acordarse ella y no yo de que dentro de poco es mi cumpleaños?

—Ummm, sí, supongo que no tendré problema en pasar cualquier día por la tienda.

—Eso sería maravilloso, mi niña. Buenas noches.

Como si tan solo necesitara sus mejores deseos para que esta noche duerma bien, en efecto, de nuevo, vuelvo a dormir de un tirón.

Samantha.

El teléfono empieza a sonar cuando acabo de entrar en la ducha. Suelto una maldición antes de apagar el grifo y salir en busca del móvil, que he dejado abandonado sobre el lavabo. Frunzo el ceño al ver que es un número desconocido y me permito un par de segundos antes de descolgar.

—¿Sí?

Lo primero que escucho es un sobresalto, como si la persona que está al otro lado no esperara que lo fuera a coger tan rápidamente y después, unas palabras que incluso tan solo de oídas, se notan algo nerviosas:

—Hola... ¿hablo con Samantha Reyes?

Es una voz femenina que por mucho que hago memoria, no logro ubicar, lo que hace que de pronto mi corazón dé un vuelco y sin quererlo, centenares de ideas negativas crucen mi mente.

—Sí, soy yo...

Como si mis palabras fueran el bálsamo que la mujer necesita, de pronto parece que se relaja, su voz torna a una mucho más tranquila y logro yo también relajarme un poco. Por desgracia me han llamado más de una vez para darme malas noticias y este no es el tono que utilizan, por eso, opto por envolver una toalla alrededor de mi cuerpo desnudo con la única mano libre que me queda y abandonar el baño, donde hay demasiado eco como para que mi interlocutora pueda escucharme correctamente.

—Hola, Samantha, es un placer hablar contigo por fin... —Hace una pausa—. Me llamo Gloria y soy la propietaria de un café en el centro. Mi hija sigue tu trabajo por redes sociales desde hace un tiempo y me preguntaba si estarías interesada en una colaboración entre ambas.

Podía haberme esperado muchísimas cosas, pero esta sí que no. Siento cómo mi corazón vuelve a latir a toda velocidad, esta vez de entusiasmo y a pesar de que me recuerdo no hacerme ilusiones hasta que no tenga toda la información completa, cuando respondo, la alegría es más que evidente en mis palabras:

—¿Una colaboración?

—Sí, quizá una pequeña exposición en el café con tus obras favoritas... Ya sabes, para que todo el mundo pueda verlas, supongo que podrías llevar de más para vender. —No estoy segura de si vuelve a hacer una pausa o soy yo que he dejado de escuchar—. Había pensado en tus obras de paisajes del mundo... eso tendría mucho tirón, podría quizá ambientar el café en lugares exóticos y ofrecer comidas de allí, ¿qué te parece la idea?

Quedo muda durante unos segundos. Es mi primera colaboración y ni más ni menos que con una de mis colecciones favoritas. Se trata de unas cuantas obras que muestran ciudades del mundo, coloreadas con acuarelas y que estuvieron expuestas durante un tiempo en la universidad, pero que por mucho que intenté moverlas, preguntar en exposiciones y visitar museos, nadie estaba interesado en ellas. Opté por rendirme y subirlas a las redes sociales para que mis seguidores pudieran verlas. Allí sí que fueron valoradas, a decir verdad, recibí infinidad de felicitaciones que hicieron que por primera vez estuviera más que orgullosa de mi trabajo, pero nada fue más allá.

Hasta ahora, supongo, que parece que ha llegado el momento de desempolvarlas y volver a ponerlas a punto.

—Lo cierto es que me parece una idea maravillosa. —Esta vez, ni siquiera me molesto en ocultar la ilusión.

—¿De verdad? ¡Es fantástico! Podríamos quedar esta tarde y terminar de rematar los detalles.

—¡Genial! Muchísimas gracias por la oportunidad.

Estoy a punto de volver a darle las gracias, una y mil veces más. Nunca imaginará lo importante que es esto para mí, lo que vale una oportunidad como esta para alguien como yo, que solo ha recibido negativas.

—Gracias a ti, querida, ¿sobre las seis? Te paso ubicación.

—Perfecto, nos vemos allí.

Cuando cuelgo, tengo la sensación de que el mundo es un poco más bonito, de que, por fin, la suerte empieza a sonreírme un poco. Suelto un gritito de emoción y por alguna razón lo primero que hago es correr a la habitación de Leyre, en busca de alguien a quien poder contarle la noticia, olvidando por completo que lo único que cubre mi cuerpo es una toalla mal enrollada. Por supuesto, no está, de hecho, debe de estar en el trabajo, así que tampoco debería llamarla.

Pero sí que llamo a Álex, con tantos nervios, que casi no atino a encontrar su contacto en la lista. Pero nada más abrirla me topo con un nombre en el que no había pensado e inmediatamente me siento mal por ello: Papá.

Mi padre. Él debería ser la primera invitación que haga, ya que si esto es posible supongo que es gracias a él, a que me pagó la universidad aquí, el piso y todo lo que necesité durante los cuatro años de carrera. Hace mucho que no nos vemos. Hace meses, de hecho, desde la última vez que fui a Barcelona.

Suelto un suspiro algo apenado y selecciono ese contacto antes que ninguno.

Pero no parece haber nadie al otro lado. Tres tonos. Cuatro tonos…

Y su voz de pronto, descolgando.

—¿Papá? —pregunto, imaginando que me dirá que no puede hablar o que le pillo ocupado, como siempre.

—¡Sammy! ¡Hola! Cuánto tiempo sin hablar...

Puedo notar la culpa en su voz, por eso, prefiero no hacer que se sienta mal. Hoy no. Hoy le llamo para una buena noticia y nada podrá chafar eso.

—Lo sé, he estado algo liada —respondo, cargando sobre mis hombros el peso de la distanciada relación que hemos ido construyendo año tras año.

—Yo también, la verdad. Iba a llamarte, pero...

Como siempre, silencio. Imagino que ahora vendrá una excusa como otra cualquiera. Parece que todas nuestras conversaciones siguen los mismos parámetros.

—Ya —respondo, sin más.

—¿Qué tal todo por ahí? —Mi padre siempre con ese tono alegre que todo el mundo dice que yo he heredado. Al principio, me sentía orgullosa de que me sacaran parecido con mi padre. Un hombre que ha conseguido todo lo que se propuso con el trabajo de sus sueños y que siempre estuvo dispuesto a todo por su familia. Ahora, empiezo a dudar de que todavía me incluya en su familia. Hace dos años se casó con una compañera del trabajo con la que tenía una relación y ahora tienen un bebé de cuatro meses. Fui a verle cuando nació y desde entonces, no he vuelto a Barcelona. He tratado de hablar un par de veces con mi padre, pero nuestras conversaciones siempre han sido cortas y superficiales.

—Bastante bien, de hecho, te llamo para decirte que me han ofrecido exhibir una exposición de mis trabajos —No puedo reprimir más la noticia y lo suelto de golpe, arrancándome una sonrisa.

Su reacción es mucho más célebre de lo que esperaba y eso me hace soltar una carcajada. Las lágrimas inundan mis ojos y siento cómo la calidez de la felicidad inunda mi pecho.

—¿De verdad? ¡Pero qué maravilla!

—La propietaria de un café se ha interesado por mis paisajes del mundo... ¿recuerdas que sacaba las ideas de esas enciclopedias tuyas de ciudades?

Mi padre siempre ha adorado viajar, de hecho, es lo que más le gusta de su trabajo, pero antes de tenerlo, no podía permitirse ir a todos esos lugares exóticos que veía en la televisión y en los libros, por eso empezó a coleccionar enciclopedias de ciudades del mundo, prometiéndose que alguna vez los visitaría en persona. Yo también pasé horas mirando esos libros, cuando él no estaba y me quedaba sola, pensando que algún día podría acompañarle. Si iba a hacerlo, debía conocerlo todo de aquellos lugares, por eso, leía y releía una y otra vez esos tomos. Después, empecé a dibujar sus imágenes. Al principio eran bocetos que dejaban mucho que desear y después, con más práctica, volví a inmortalizarlos en el lienzo. Es por eso por lo que siento que, si esto es real, es gracias a mi padre, a pesar de que estaba de viaje, siempre me dejó la esperanza de que podría visitar todos esos lugares a través de sus imágenes.

—¡Sí! Desde bien pequeña con esos enormes tomos... —el tono de su voz me hace soltar una carcajada, pero más me emociona cuando se vuelve tan enternecedor como siempre—. Me alegro mucho por ti, Sammy.

—Eres al primero al que tenía que invitar, porque yo...

—¿Invitarme? Oh, Sammy, cuánto lo siento, pero no voy a poder ir.

De pronto, todo se rompe. Me siento como si hubiera expuesto un lienzo con mi mejor obra, hecha con todo el sentimiento y alguien la hubiera rajado de arriba abajo. Y es que, en realidad, casi puedo sentir cómo, en efecto, dentro de mí algo se rompe. Trago saliva, intentando contener las lágrimas. Sabía que era demasiado bueno, que volver a lo que éramos antes era complicado y que una buena noticia y una llamada de teléfono no supondría ningún cambio. Lo sabía cuando ha descolgado, ¿cómo he podido olvidarlo a medida que hablábamos?

—¿Qué? Pero... ¿por qué?

—Mañana mismo voy de viaje a Turquía y no vendré hasta pasado un mes y después tengo que preparar el viaje a Japón. Supongo que, a la próxima, ¿no?

Su tono sigue siendo alegre, a pesar de que acaba de romperme el corazón. A pesar de que una lágrima ya desciende por mi mejilla, él no capta cómo mis palabras tiemblan. Él siempre tan positivo, tan feliz. Una mala noticia nunca podría tumbarlo y creo que por eso me siento tan terriblemente mal porque yo me haya echado a llorar. Él no lo siente, yo debería ser igual, pero nunca se me ha dado demasiado bien ocultarme tras una sonrisa de papel.

—Supongo —es lo único que puedo añadir.

En esta ocasión, mi padre suspira, consciente de que no me he tomado su negativa como el hecho de no poder asistir a la exposición.

—No te disgustes, Sammy —intenta consolarme, aunque es evidente que se le da esto tan mal como a mí disimular la tristeza—, te enviaré mis mejores deseos y un regalito que te compré en el Cairo la última vez que estuve, espero que no se fastidie con el viaje.

—No importa, papá, ya me lo darás cuando nos veamos en navidad.

Durante un segundo, espero otra negativa. Quizá un «Oh, lo siento, Sammy, es que pasaré la navidad en Cancún» o un tajante «No sabía que vendrías por navidad, se nos ha olvidado por completo contar contigo». Últimamente es como me siento, como si mi propia familia se hubiera olvidado de mí, si ya no existiera o como si el hecho de vivir lejos hubiera erosionado nuestra relación, aunque cuando me fui de Barcelona, ya germinaba la semilla de este horrible sentimiento.

Pero, por suerte, en esta ocasión mi padre me deja un halo de esperanza:

—Claro que sí, no te preocupes, anda... Mis mejores deseos para ti, pequeñaja, espero que salga todo bien.

Escucho voces al otro lado del teléfono e imagino que mi padre está en la oficina, por lo que está buscando las palabras para colgar y volver al trabajo. Por mi parte, no puedo contener más el tembleque en mi voz que me evidencia, así que supongo que lo mejor es seguir la corriente de su despedida.

—Ya nos veremos entonces.

—¡Un abrazo!

Y me cuelga, sin dejarme tiempo para añadir nada más. Pero no hay nada más que añadir. Niego con la cabeza, tratando de apartar estos pensamientos de mi mente. Ya tenía que haber imaginado que mi padre no vendría, que no le daría importancia a algo tan simple como una exposición en un café. Ni siquiera sé si imaginó lo importante que es esto para mí.

A él nunca le terminaron de convencer las ideas que brotaron en la cabeza de su hija cuando le dijo, con tan solo seis años, que quería ser artista, que pintaría cuadros y que los colgarían en museos, en mansiones y hasta en la misma Moncloa. Siempre consideró que mi futuro estaba junto a él, en la empresa en la que trabaja.

No podría comprender lo mucho que necesitaba esto, una oportunidad. Lo inmensamente feliz que me hace que, por una vez, mi trabajo sea reconocido.

Por eso, me obligo a que no duela, o, al menos, lo intento, pues cuando vuelvo a abrir el grifo de la ducha y el agua que escurre por mi piel, se mezcla con las lágrimas que también descienden, de nuevo, por mis mejillas.

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9788418616044
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