Читать книгу: «El Capitán Tormenta»

PRIMERA EDICIÓN REVISADA Y CORREGIDA, CANGREJO EDITORES: ABRIL DE 2016
Título original en italiano: Capitan Tempesta
© Emilio Salgari
© Jorge Grubissich, por la adaptación
© Ediciones Gato Azul, 2016
edicionesgatoazul@yahoo.com.ar Buenos Aires, Argentina
© Cangrejo Editores, 2016
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ISBN: 978-958-5532-16-8
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La transformación a libro digital de este título fue realizada por Nord Compo.
Emilio Salgari 
Emilio Salgari (Verona, 1862 - Turín, 1911) nace en una familia de pequeños comerciantes. Desde muy joven quiso ser marino. Estudió en el Real Instituto Técnico Naval de Venecia, sin que alcanzara a obtener el título de Capitán de gran cabotaje. Su experiencia como hombre de mar parece estar limitada a unos pocos viajes de entrenamiento en un navío escuela, y a uno como pasajero cuya travesía por el Adriático fue de tres meses, atracando en el puerto de Brindisi. No hay evidencia alguna de que realizase otros viajes, aunque el autor lo refiere en su autobiografía, afirmando que muchos de los personajes de sus obras están inspirados en las personas que conoció en su vida en el mar. Salgari se autodenominó «Capitán» y llegó a firmar así algunas de sus obras.
En 1882 Salgari regresó a Verona, donde organizó una biblioteca ambulante y se dedicó al periodismo. La primera producción literaria de este escritor y periodista italiano la conforman relatos breves, pequeñas composiciones líricas, y memorias. Se inició en la novela con I selvaggi della Papuasia (1883), publicada por entregas en el periódico milanés La Valigia. En el mismo año se lanza en el periódico veronés La Nuova Arena su primera novela Tay-See, publicada luego con el título La rosa del Dong-Giang. En octubre de ese año comenzó a publicarse El Tigre de la Malasia, primera versión de la novela inaugural del ciclo de Sandokán, que se editaría posteriormente bajo el título Los tigres de Mompracem. La primera novela en publicarse de forma independiente fue La favorita del Mahdi, en 1887.
Debido al gran éxito de sus obras, logró un puesto como redactor fijo en La Nuova Arena, puesto que desempeñó por 10 años. En esa época circuló un artículo del periodista Giuseppe Biasioli, en el cual se refirió al escritor como «mozo». El término ofendió tanto a Salgari que lo desafió a duelo. El resultado: Biasioli tuvo que ser hospitalizado y Salgari permaneció en la cárcel por seis meses.
En 1889 su padre se suicida, siendo éste el primero de una cadena de suicidios familiares. En enero de 1892 contrajo matrimonio con la actriz de teatro Ida Peruzzi, el amor de su vida, con quien tuvo 4 hijos. En 1892 el escritor trasladó su residencia a Turín, donde trabajó para la editorial Speirani, especializada en novelas juveniles.
En 1898 el editor Donath convenció a Salgari para que se mudase a Génova. Allí conoció al más destacado ilustrador de su obra, Giuseppe «Pipein» Gamba. En 1900 regresó a Turín. La economía familiar se fue haciendo cada vez más complicada, a pesar del trabajo incansable de Salgari para mantener a su familia dignamente. En 1907 cesó su contrato con Donath y pasó a trabajar para la editorial Bemporad, para la cual escribiría, hasta su muerte en 1911, un total de diecinueve novelas. Su éxito entre el público juvenil fue creciendo, llegando algunas de sus novelas a alcanzar tiradas de cien mil ejemplares. Sin embargo, su desequilibrio emocional y la locura de su esposa, quien tuvo que ser internada en el psiquiátrico de Collegno, cerca de Turín, le condujeron al suicidio. Después de un intento fallido en 1909, finalmente se quitó la vida, el 25 de abril de 1911. Dejó escritas tres cartas, dirigidas respectivamente a sus hijos, a sus editores y a los directores de los periódicos de Turín.
A lo largo de su prolífica carrera como escritor, Salgari escribió, según su biógrafo Felice Pozzo, ochenta y cuatro novelas y un número de relatos cortos imposible de determinar. La mayor parte son novelas de aventuras ambientadas en lugares exóticos, aunque cultivó también la ciencia ficción, en su novela Las maravillas del 2000, (1907).
Algunas de las novelas de Salgari están relacionadas entre sí, protagonizadas por los mismos personajes, constituyendo extensos ciclos narrativos, como Piratas de Malasia, el de Piratas de las Antillas y el de Piratas de las Bermudas.
El ciclo Piratas de Malasia, el más extenso de Salgari con once novelas, tiene como protagonista al pirata Sandokán, llamado «el Tigre de la Malasia», un príncipe de Borneo desposeído de su trono por el colonialismo británico (en la misma época en que la narrativa de aventuras británica enaltece su política colonialista, Salgari hace protagonista de sus novelas a un resistente anticolonialista. Los británicos —y sobre todo el llamado «rajá blanco» de Sarawak, en Borneo, James Brooke, personaje que existió realmente— son los principales enemigos del héroe, quien cuenta con el apoyo de otros personajes, como su amigo fraterno, el portugués Yáñez, o Sambigliong). El ciclo mezcla dos líneas narrativas: la protagonizada por Sandokán y Yáñez, y otra, que comienza en la India, protagonizada por el indio Tremal-Naik y el mahrato Kammamuri (Los misterios de la jungla negra) en su lucha contra los malvados thugs, adoradores de la diosa Kali. Ambas líneas confluyen en la novela Los piratas de Malasia, convirtiéndose Tremal-Naik y Kammamuri en grandes amigos y seguidores incondicionales de Sandokán y Yáñez. El principal personaje femenino de la serie es la amada de Sandokán, la inglesa Lady Mariana Guillonk, llamada la «Perla de Labuán». Conforman este ciclo:
1. Los misterios de la jungla negra (I misteri della jungla nera, 1895)
2. Los tigres de la Malasia (1896; también conocida como Los tigres de Mompracem)
3. Sandokán, el Tigre de Malasia (también conocida como Los piratas de la Malasia, 1900)
4. Los dos tigres (Le due tigri, 1904; también traducida como Los dos rivales)
5. El rey del mar (Il re del mare, 1906)
6. A la conquista de un imperio (Alla conquista di un impero, 1907)
7. La venganza de Sandokán (Sandokan alla riscossa, 1907)
8. La reconquista de Mompracem (La riconquista del Mompracem, 1908)
9. El falso brahmán (Il bramino dell’Assam, 1911)
10. La caída de un imperio (La caduta di un impero, 1911)
11. El desquite de Yáñez (La rivincita di Yanez, 1913)
A los ciclos Piratas de las Antillas y Piratas de las Bermudas pertenecen:
12. El Corsario Negro (Il Corsaro Nero, 1898)
13. La reina de los caribes (La regina dei Caraibi, 1901)
14. La hija del Corsario Negro (La figlia del Corsaro Nero, 1905)
15. El hijo del Corsario Rojo (Il figlio del Corsaro Rosso, 1908)
16. Los últimos filibusteros (Gli ultimi filibustieri, 1908. También traducida como Los últimos piratas)
Otros títulos del autor:
17. El Capitán Tormenta (Capitan Tempesta, 1905)
18. El León de Damasco (Il leone di Damasco, 1910)
19. La favorita del Mahdi (La favorita del Mahdi, 1887)
*Referencias tomadas de Biografías y Vidas. Y de la Web.
1
El Capitán Tormenta
—¡Siete!
—¡Cinco!
—¡Cuatro!
—¡He ganado!
—¡Por treinta mil cimitarras turcas! ¡Que suerte la suya, señor Perpignano! En dos noches me ha ganado ochenta cequíes. ¡Esto no puede seguir! ¡Prefiero una descarga de culebrina, aunque la bala sea disparada por esos infieles! ¡Por lo menos, no me martirizarán cuando conquisten Famagusta!
—¡Si la conquistan, Capitán Laczinski!
—¿Lo pone en duda, señor Perpignano?
De momento, sí. En tanto que estén a nuestro lado los mercenarios no será conquistada. La República sabe elegir a sus soldados.
—Pero no son polacos.
—¡Capitán, no ofenda a los soldados dálmatas!
—No pretendo tal cosa. Pero si se encontrasen aquí mis compatriotas…
Murmullos amenazadores, escuchados en torno a los dos jugadores, unidos al entrechocar de nerviosas espadas, hicieron que el Capitán Laczinski interrumpiera sus palabras.
—¡Oh! —exclamó cambiando el tono de su voz, sonriendo—. ¡Ya conocen, bravos mercenarios, que soy amigo de las bromas! Llevamos ya cuatro meses luchando contra esos perros descreídos, que han jurado agujerearnos, y sé de su coraje. De manera, señor Perpignano, que mientras los turcos nos dejan un rato en paz, continuemos nuestra partida. Aún conservo unos veinte cequíes, que están ansiando salirse de mi bolsillo.
Contradiciendo esa paz que suponía el Capitán, se oyó el estampido de un cañón.
—¡Ah, bandidos! ¡Ni por la noche nos dejan tranquilos! —exclamó—. ¡Bah! Todavía nos darán ocasión de perder o ganar unos cuantos cequíes. ¿No le parece, señor Perpignano?
—A su disposición estoy, Capitán.
—¡Tira usted!
—¡Nueve! —dijo Perpignano, lanzando los dados encima del taburete que hacía las veces de mesa de juego.
—¡Tres!
—¡Once!
—¡Siete!
—¡He ganado!
Una exclamación de contrariedad surgió de los labios del poco afortunado Capitán. Alrededor de él se oyeron algunas carcajadas, rápidamente reprimidas.
—¡Por las barbas de Mahoma! —gruñó el polaco, tirando sobre el taburete un par de cequíes—. ¿Ha pactado acaso con el demonio, señor Perpignano?
—¡Dios me guarde! ¡Soy buen cristiano!
—En tal caso alguien debe de haberle enseñado a tirar los dados. ¡Apostaría mi cabeza contra las barbas de un turco a que ese que le ha enseñado es el Capitán Tormenta!
—Juego a menudo con tan valiente caballero, pero no me ha dado la menor lección.
—¿Caballero? ¡Bah! —dijo el Capitán, con ironía.
—¿No lo considera un caballero?
—¡Bah! ¿Quién sabe en realidad de qué persona se trata?
—De todas maneras, es un joven amable y muy valiente.
—¡Un joven!
—¿Qué pretende decir con esto, Capitán?
—¿Y si no se trata de un joven?
—Probablemente no tiene todavía veinte años.
—¡No me entiende! Pero olvidemos al Capitán Tormenta y a los turcos, y continuemos el juego. No deseo ir al combate mañana con la bolsa vacía. ¿De que forma iba a pagar a Caronte, el barquero que nos lleva a muchos al infierno, sin tener conmigo un miserable cequí? Bien conoce que para atravesar la laguna Estigia hay que pagar, amigo mío.
—¿Tan seguro está de ir al infierno? —preguntó, entre risas, el señor Perpignano.

—¡Es muy posible! —replicó el Capitán, cogiendo casi furioso el cubilete y moviendo los dados—. ¡Aún quedan dos cequíes!
Esta escena se desarrollaba en una gran tienda de campaña que servía al mismo tiempo de cuartel y de cantina, a juzgar por los numerosos colchones amontonados en un extremo y los barriles acumulados tras un rústico banco.
Debajo de una lámpara de las denominadas de Marrano, que pendía del pilar central de la tienda, se encontraban ambos jugadores, y a su alrededor estaban reunidos una quincena de soldados de los que había enviado la República de Venecia, reclutados de sus posesiones dálmatas para proteger las colonias de Levante, amenazadas de continuo por la formidable cimitarra turca.
El Capitán Laczinski era un hombre grueso y de elevada estatura, fuerte musculatura, imponentes bigotes y áspero pelo rubio. Su nariz tenía el color característico de la de un bebedor empedernido y sus pequeños ojos se movían sin cesar. Tanto en sus rasgos faciales como en su manera de hablar y sus gestos se adivinaba en el al Capitán aventurero y al espadachín o "matón" de oficio.
El señor Perpignano era todo lo contrario que su rival. De bastante menos edad que el polaco, que ya contaba seguramente unos cuarenta años, se advertía en él al auténtico tipo de veneciano, alto y delgado, aunque robusto, con el cabello y los ojos negros, y la piel del semblante un poco pálida.
El Capitán Laczinski llevaba una pesada coraza de hierro, y de su costado pendía una enorme espada. El señor Perpignano, en cambio, lucía el elegante traje veneciano de la época: casaca suntuosamente recamada, que le llegaba hasta media pierna, calzón de malla de varios colores y escarpines. Sobre la cabeza llevaba la toca azul ornada con una pluma de faisán. En vez de un guerrero parecía un paje del Dux de Venecia, pese a su armamento, que consistía en una espada ligera y un puñal.
El juego había vuelto a iniciarse con entusiasmo, por las dos partes y con creciente curiosidad de los soldados. A lo lejos rugía de vez en cuando el cañón, haciendo agitarse la llama de la lámpara.
El Capitán había perdido ya —no sin grandes maldiciones— otra media docena de cequíes, cuando una de las cortinas de la tienda se alzó y un nuevo personaje, tapado con un amplio tabardo negro, y cuyo birrete se hallaba adornado por tres plumas azules. Penetró en la tienda, exclamando con acento ligeramente irónico y sin embargo lo bastante enérgico para ser obedecido:
—¡Magnífico! ¡Aquí se está jugando en tanto que los turcos pretenden demoler el fuerte de San Marcos y lo minan sin descanso! ¡Que mis hombres tomen las armas y me acompañen! ¡Allí se encuentra el peligro!
Mientras los soldados empuñaban sus alabardas, mazas de hierro y espadas de doble filo, que habían dejado juntas en un rincón de la tienda, el polaco, que se encontraba de un endiablado humor por la huida ininterrumpida de sus cequíes, había alzado la cabeza, contemplando con hostilidad al recién llegado.
—¡Hola! ¡El Capitán Tormenta! —exclamó en tono de burla—. ¡Ya podía defender solo el fuerte sin venir a dar por terminada nuestra partida! Famagusta no se entregará esta noche.
El joven era arrogante, acaso atractivo en exceso para ser un guerrero; no demasiado alto, pero esbelto, de rasgos correctos, con negros ojos. Parecía antes bien una encantadora muchacha que un capitán.
Llevaba una armadura totalmente de acero, con un pequeño escudo en mitad del peto, en el que se veían grabadas tres estrellas bajo una corona ducal.
—¿Qué pretende decir con tales palabras, Capitán Laczinski? —inquirió, sin abandonar la mano de la empuñadura de la espada.
—¡Que los turcos pueden aguardar hasta mañana! —contestó el aventurero, encogiéndose de hombros—. ¡Aún somos lo bastante fuertes para hacerlos retroceder hasta Constantinopla o a la mitad del desierto de Arabia!
—No altere el sentido de las palabras, señor Laczinski —repuso el joven—. Se refería a mí, no a los infieles.
—Usted o los turcos, para mí es lo mismo —interrumpió en forma brutal el polaco, todavía de pésimo humor por la mala suerte que con tal empeño le acosaba.
El señor Perpignano, que era un gran admirador del Capitán Tormenta y a cuyas órdenes combatía, empuñó la espada dispuesto a precipitarse sobre el polaco, pero fue interrumpido por el joven, que había mantenido una absoluta serenidad:
—La vida de los defensores de Famagusta es en exceso valiosa para jugársela de semejante manera. El Capitán Laczinski pretende reñir conmigo para desahogarse de las pérdidas sufridas o tal vez porque, como he oído decir, duda de mi valor.
—¡Sí! ¡Pongo en duda su valor! —replicó el polaco—. Es demasiado joven para tener la reputación de famoso guerrero y, por otra parte…
—¡Acabe! —agregó el Capitán, interrumpiendo con firmeza al señor Perpignano, que por segunda vez había vuelto a desenvainar la espada—. ¡Es muy entrometido, Capitán Laczinski!
El polaco derribó el taburete que les servía de mesa.
—¡Por San Estanislao, patrón de Polonia! —gritó levantando con nervioso ademán sus lacios bigotes, que pendían como los de los chinos—. ¿Pretende burlarse de mí, Capitán Tormenta? ¡Dígamelo llanamente!
—¡Ya podría haberse dado cuenta! —contestó el joven, siempre con acento burlón.
—¡Se considera muy experto espadachín si tiene la osadía de burlarse de un viejo oso polaco, muchacho! ¡Si es que en realidad es un muchacho, ya que tengo mis dudas!
Al escuchar aquellas palabras, el joven se tornó lívido y un destello de ira brilló en sus ojos negros.
—Hace cuatro meses —exclamó— que lucho en las trincheras y en los fuertes; me conocen y nos conocemos todos. Le advierto, además, que mi espada de muchacho conoce mejor a los turcos que la suya, de matón. ¿Lo ha oído, Capitán aventurero?
En esta ocasión fue el polaco quien se tornó lívido.
—¿Yo un aventurero? ¿Y me lo dice el Capitán Tormenta?
—¡El Capitán Tormenta puede lucir en su armadura una corona ducal!
—¡Yo me colocaré una real en la coraza! —contestó el polaco, riendo—. ¡Sea lo que sea, yo afirmo, duque o duquesa, que no tiene suficiente valor para enfrentarse a mi espada!
—¡Duque, ya se lo dije! —exclamó el joven Capitán—. ¡Esto lo solucionaremos entre los dos!
Los mercenarios, que se habían reunido a la derecha de su Capitán, cogieron las alabardas y dieron un paso hacia adelante, en actitud de precipitarse sobre el polaco y despedazarlo.
—¿Pone en duda mi valor? —dijo con acento irónico—. De acuerdo: todos los días un joven turco, sin duda muy valeroso, llega bajo nuestras murallas para desafiar al más experto espadachín y medir con él sus armas. Mañana no dejará de acudir. ¿Usted es lo suficientemente valeroso para enfrentarse a él? Yo sí.
—¡Me lo tragaré de un bocado! —repuso el polaco—. ¡No me amedrentan los turcos! ¡No soy veneciano ni dálmata! ¡No valen lo que los tártaros rusos!
—¡Hasta mañana!
—¡Belcebú me lleve con él si falto!
—Yo ya estaré allí.
—¿Quién será el primero en batirse?
—¡El que guste!
—Ya que soy el de mas edad, yo seré el primero; luego lo intentará usted, Capitán Tormenta.
—Que sea así, si es su gusto. Por lo menos no se podrá decir que los defensores de Famagusta se matan entre ellos.
El Capitán Tormenta cogió el tabardo que uno de sus soldados le entregaba y, poniéndoselo sobre los hombros, abandonó la tienda mientras decía a sus hombres:
—¡Al fuerte de San Marcos! ¡En ese punto es donde los turcos están minando y donde el peligro es más grande!
Y salió, sin mirar a su adversario, acompañado por el señor Perpignano y los soldados, quienes, aparte de las alabardas, llevaban arcabuces.
El polaco permaneció en la tienda y, no teniendo cómo ni con quién desahogar su mal humor, embistió contra el taburete, rompiéndolo a golpes y puntapiés, entre grandes protestas del tabernero.
La compañía de los soldados al mando del Capitán Tormenta, que tenía por teniente al señor Perpignano, se encaminó hacia el fuerte, cruzando callejuelas estrechas flanqueadas por casas de dos pisos.
La noche era muy oscura. Todas las ventanas se hallaban cerradas y los faroles apagados. Caía una lluvia menuda y continua, acompañada de un viento caluroso, enervante, procedente del desierto de Libia, que cruzaba silbando por entre los tejados.
El cañón retumbaba más a menudo que antes, y de vez en cuando un proyectil de piedra, de los utilizados en aquel tiempo, cruzaba silbando por los aires, dejando detrás una estela de chispas, para ir a caer con sordo estruendo en el tejado de alguna casa, hundiéndolo y haciendo cundir el espanto entre los moradores.
—¡Vaya noche! —exclamó el señor Perpignano, que marchaba al lado del Capitán Tormenta—. Los turcos no podían haber elegido una mas apropiada para intentar el asalto al fuerte de San Marcos.
—Será trabajo inútil, al menos de momento —replicó el Capitán—. La hora trágica de la caída de Famagusta no ha sonado aún.
—Pero no tardará en sonar, si la República no se apresura a mandar refuerzos.
—Será mejor no contar sino con el valor de nuestras espadas, señor Perpignano. La Serenísima se halla muy ocupada en proteger sus colonias de Dalmacia, y las galeras turcas navegan por las aguas del archipiélago y del Jónico, prestas a exterminar a quien pudiera acudir en nuestro socorro.
—En tal caso habrá de llegar el día en que debamos rendirnos.
—Y también dejarnos asesinar, ya que estoy enterado de que el sultán ha ordenado llevar la lucha a degüello a fin de castigar nuestra prolongada resistencia.
—¡Miserable! ¡Nosotros habremos tal vez muerto ya y no estaremos presentes en tal exterminio, Capitán! —dijo el señor Perpignano, suspirando—. ¡Desdichados habitantes! ¡Mejor sería para ellos quedar sepultados totalmente!
—¡Cállese, teniente! —repuso el Capitán—. Siento una gran tristeza al pensar en el instante en que esas fieras procedentes del caluroso desierto de Arabia penetren en Famagusta, anhelosas de sangre igual que tigres.
La compañía había abandonado ya el recinto de la ciudad, alcanzando una amplia explanada cerrada en un lado por las casas y en el otro por una larga muralla, en la cual ardían varias antorchas.
La luz de las antorchas bastaba para ver a los guerreros que se movían en todas direcciones, pero no para reconocerlos, ya que el viento hacía oscilar las llamas de modo fantasmagórico. De vez en cuando un relámpago rasgaba las tinieblas, acompañado de un estampido.
Detrás de los artilleros, una gran fila de mujeres, algunas con suntuosas ropas, avanzaba en silencio, portando a duras penas enormes sacos, cuyo contenido arrojaban por encima de la muralla, afrontando, impertérritas, los proyectiles de los sitiadores.
Eran las valerosas mujeres de Famagusta, que reforzaban las murallas, minadas sin cesar por los enemigos, con las ruinas de sus moradas, abatidas por el bombardeo de los infieles. Un ejemplo más de que la valiente actuación de las mujeres puede decidir el final victorioso de un asedio prolongado. Históricamente, han sido muchas las heroínas de todas las razas que han hecho honor a su sexo manteniendo alto el ánimo de los sitiados sin contribuir al desespero general.

2
El sitio de Famagusta
El año 1570 comenzó de una forma trágica para la República de Venecia, la mayor y más temible enemiga de los turcos.
Ya hacía cierto tiempo que el rugido del León de San Marcos se había debilitado. En primer lugar el Negroponto, en Dalmacia, y luego las islas del archipiélago griego, habían recibido las primeras heridas, pese a la heroica defensa que sus moradores opusieron a los asaltos iniciales del enemigo.
Selim II, el formidable sultán de Constantinopla, dueño del Bósforo, vencedor de húngaros y austríacos, dominador de Egipto, Trípoli, Túnez, Argelia, Marruecos y parte del Mediterráneo, solo aguardaba el momento adecuado para tomar definitivamente las últimas colonias que en Levante poseía la República.
La concesión de la isla de Chipre a la República, concretada por Catalina Cornaro, fue la chispa que encendió la pólvora.
El sultán, considerando en peligro sus posesiones de Asia Menor, y confiando en su poderío, conminó a los venecianos, sin más explicación, a que entregaran la isla. Como era de imaginar, el Senado veneciano rechazó despectivamente la intimidación.
La isla de Chipre solo tenía en aquel tiempo cinco ciudades: Nicosia, Famagusta, Baffo, Arines y Lamisso. Solamente las dos primeras estaban en disposición de ofrecer resistencia, ya que eran las únicas amuralladas.
Se dieron instrucciones para fortificar los muros todo lo posible y constituir un amplio campo atrincherado en Lamisso, para reunir las tropas venecianas, que ya estaban en movimiento, bajo las órdenes de Guillermo Zane. También se dispuso hacer regresar desde Candía a la flota de MarcosQuirini, uno de los mejores marineros con que en aquella época contaba la República.
Nada más declarada la guerra, las fuerzas enviadas por el Senado desembarcaron sanas y salvas en Lamisso, gracias a la protección de Quirini.
Aquellos refuerzos se componían de ocho mil hombres de a pie, entre venecianos y mercenarios; dos mil quinientos de a caballo y bastantes piezas de artillería. La guarnición de la isla solo era entonces de diez mil infantes, entre arcabuceros y alabarderos; cuatrocientos mercenarios dálmatas y quinientos de caballería, pero a ellos se habían unido muchos habitantes, entre ellos varios venecianos.
Conocedores de que los turcos, con muy poderosas fuerzas, habían desembarcado ya bajo el mando del gran visir Mustafá, que era considerado como el más experto y el más feroz general, los venecianos dividieron sus tropas en dos cuerpos, decidiendo atrincherarse en Nicosia y Famagusta, determinados a resistir en sus posiciones el terrible asalto de las hordas enemigas.
Mustafá, que contaba con un ejército siete u ocho veces superior en número, llegó en poco tiempo, casi sin luchar, a las murallas de Nicosia, plaza que, por considerar la mas fuerte, deseaba rendir antes.
El 9 de septiembre de 1570, al alborear el día, Mustafá lanzó sus numerosísimas tropas contra el fuerte de Constanzo y, luego de una sangrienta lucha, consiguió conquistarlo. Al verse vencidos, los venecianos se rindieron con la condición de que se les respetara la vida.
El feroz visir aceptó, pero en cuanto la ciudad fue invadida por sus fuerzas, echó al olvido su palabra, y ordenó degollar a todos los defensores y también al pueblo, porque había colaborado en la lucha. Veinte mil personas fueron muertas, convirtiéndose la infortunada ciudad en un triste cementerio.
Solamente veinte nobles —por los que el sanguinario visir esperaba un buen rescate— y las mujeres y niñas de Nicosia fueron la excepción, si bien estas últimas para ser enviadas como esclavas a Constantinopla.
Las huestes islámicas, enardecidas por tan fácil triunfo, marcharon sobre Famagusta, pensando rendirla a la primera embestida.
El 19 de julio de 1571 las huestes turcas acamparon en las proximidades de la ciudad e iniciaron el sitio. Al otro día intentaron el asalto de la población, pero fueron rechazadas con grandes pérdidas.
El 30 de julio, tras un incesante bombardeo e ininterrumpidos trabajos para minar las torres y los fuertes, Mustafá condujo por segunda vez sus tropas al asalto, y de nuevo la valentía de los soldados de Venecia triunfó. Todos los habitantes colaboraban en la defensa, incluso las mujeres.
Al fin, en octubre, los sitiados, que con sus salidas, realizadas con mucha frecuencia, lograron mantener a raya al adversario, recibieron el refuerzo prometido por la República, que consistía en mil cuatrocientos infantes, y dieciséis piezas de artillería.
Poco era semejante fuerza para una ciudad sitiada por mas de sesenta mil turcos, si bien sirvió para estimular la moral de los asediados, ya en situación desesperada, e infundirles nuevos bríos y alientos.
Desgraciadamente, los víveres y las municiones menguaban sin cesar y los otomanos, con su pertinaz cañoneo, no dejaban a los venecianos ni un momento de descanso. La ciudad se había convertido en un montón de escombros, porque fueron escasas las moradas que quedaron en pie.
Por si esto no resultase bastante, unos días mas tarde llegaba a Chipre Alí-Bajá, almirante de la flota turca, con una escuadra de cien galeras, que transportaban a cuarenta mil hombres. A partir de entonces, Famagusta se convirtió en el centro de un cerco de hierro y fuego que ninguna fuerza humana hubiera podido atravesar.
Tal era la situación al acontecer los hechos descritos en el capítulo anterior.
Una vez que los mercenarios hubieron llegado al fuerte, abandonaron sus alabardas que en aquel momento resultaban inútiles, y, colocándose en las escasas aspilleras que aún existían, armaron sus pesados mosquetes y soplaron las mechas, en tanto que los artilleros, la mayoría de ellos marineros de las galeras venecianas, proseguían el cañoneo con las culebrinas.
El Capitán Tormenta, sin atender las prudentes advertencias de su teniente, se había colocado en lo alto del fuerte, a medias protegido por un muro semiderrumbado y lleno de grietas.
Por la tenebrosa llanura que se extendía mas allá se veían relucir, en diversos lugares, puntos luminosos, seguidos de fogonazos, a los que acompañaban los sordos silbidos de los pesados proyectiles de piedra.
Los turcos, cuya fiereza iba en aumento, ante la férrea resistencia de los sitiados, minaban las trincheras para aproximarse al medio derrumbado fuerte. Si este se mantenía en pie era merced a la inmensa cantidad de materiales que las valerosas mujeres arrojaban en los fosos.
El Capitán Tormenta, silencioso e impasible, observaba los fuegos que iluminaban el campamento otomano. Al cabo de un rato, una sombra se aproximó a él, murmurando en malísimo dialecto napolitano.
—¡Aquí me tienes, señora!
El joven se dio la vuelta con rapidez, reprimiendo con dificultad un grito.
—¿Eres tú, El-Kadur?
—¡Sí, señora!
—¡Silencio! ¡No me llames de esta forma! ¡Nadie debe enterarse de quién soy!
—¡Estás en lo cierto, señora, digo señor!
—¡Otra vez! ¡Acércate!
Cogió por un brazo al hombre y lo llevó a la parte exterior del fuerte, a una especie de garita desierta, alumbrada por una antorcha.
Este era era alto y delgado, tapaba su cabeza con un turbante blanco y verde. Al cinto se veían sobresalir las culatas de dos enormes pistolas casi cuadradas, al igual que las utilizadas por los moros de Marruecos, y la empuñadura de un yatagán.
—¿Qué sucede? —inquirió el Capitán Tormenta.
—El vizconde Le Hussiere se halla con vida —contestó El-Kadur—. Me he informado por uno de los capitanes del visir.
—¿No te habrá mentido? —dijo con voz temblorosa el joven Capitán.
—No, señora.
—¡No me llames "señora"! Ya te lo he advertido. ¿Y a qué lugar lo llevaron? ¿Te has enterado, El-Kadur?
El árabe hizo un gesto de desolación.
—No, señor. Todavía no he podido enterarme. Pero confío en saberlo pronto. Acabo de entablar amistad con un jefe, que si bien es musulmán, bebe el vino de Chipre en barril, no importándole nada el Corán ni el Profeta, y espero arrancarle la verdad cualquier día. ¡Te lo juro, señor!
El Capitán Tormenta, o, para ser más exactos, la Capitana, se dejó caer sobre la cureña de un cañón, tomándose la cabeza entre las manos.
Dos lágrimas resbalaron por su bello semblante, que en aquel momento estaba muy pálido.
El árabe, un poco apartado y envuelto en su capa, aguardaba muy emocionado. Su rostro, duro y fiero, manifestaba una indecible angustia.
—¡Si yo pudiese, señora, digo señor, a cambio de mi sangre, proporcionarte la tranquilidad y la alegría!
—¡Ya conozco tu fidelidad, El-Kadur! —replicó el Capitán Tormenta.
—¡Hasta la muerte, señora, seré tu más fiel esclavo!
—¡Esclavo no; amigo!
Los ojos del árabe despidieron un destello, tornándose casi fosforescentes.
—He renegado para siempre de mi antigua religión —dijo luego de una corta pausa—, y no olvido que el duque de Éboli, tu padre, me libró, cuando yo era niño, del poder de mi despiadado amo, que todo el día me golpeaba bestialmente. ¿Qué he de hacer ahora?
El Capitán Tormenta no respondió. Semejaba estar recordando ideas que suscitaban en él penosas remembranzas, a juzgar por la expresión de su semblante.
—¡Mejor hubiera sido no haber visto nunca Venecia, la joya del Adriático, y no haber dejado las azules aguas del golfo de Nápoles! —exclamó por último, hablando consigo mismo—. ¡Mi corazón no sufriría ahora de una manera tan brutal! ¡Ah, que noche tan maravillosa junto al Gran Canal! ¡Él estaba allí, junto a mí, tan apuesto como el dios de la guerra, sentado en la proa de la góndola, diciendo bellas frases que me hacían el efecto de un canto celestial! Y eso que estaba enterado de que había sido destinado para combatir aquí y, no obstante, sonreía; sonreía mirándose en mis ojos. ¿Qué pensarán hacer de él esos monstruos? ¿Lo asesinarán poco a poco para tornar su castigo más cruel? ¡Infortunado Le Hussiere!

—¡Cómo lo amas! —exclamó El-Kadur, que había estado escuchando al Capitán sin apartar los ojos de él.
—¡Sí, lo amo! —exclamó la joven duquesa, con vehemencia—. ¡Lo amo igual que aman las mujeres de tu país!
—Tal vez con mayor pasión, señora —repuso el árabe, reprimiendo un suspiro—. Otra mujer no hubiera hecho lo que haces tú. No hubiera abandonado el magnífico palacio de Nápoles, no se habría disfrazado de hombre, contratando a su costa una compañía de soldados. Y no habría venido a este lugar a encerrarse en una ciudad sitiada por cien mil turcos, para afrontar la muerte.
—¿Acaso podría estar tranquila en mi palacio sabiendo que él se encontraba aquí y en un peligro tan grande?
Un temblor recorrió el cuerpo del árabe.
—Señora —preguntó—, ¿qué debo hacer? Tengo que aprovechar la oscuridad para regresar al campamento.
—Debes estar siempre atento, para informarte de a qué lugar lo han llevado —repuso la duquesa—. Donde se encuentre, allí iremos a salvarle.
—Mañana por la noche estaré aquí de nuevo.
—¡Si todavía estoy con vida! —contestó la joven.
—¿Qué dices? —exclamó el árabe, con acento amedrentado.
—Me he comprometido a una aventura que pudiera concluir de mala manera. ¿Quién es ese turco que cada día viene a retar a los capitanes cristianos?
—Muley-el-Kadel, hijo del bajá de Damasco. ¿Por qué razón me preguntas eso, señora?
—Porque mañana me enfrentaré a él.
—¡Tú! —exclamó el árabe, consternado—. ¡Tú, señora! ¡Esta noche iré a matarlo a su tienda, para que no acuda mañana a desafiar de nuevo a los capitanes de Famagusta!
—¡Oh! ¡No te inquietes, El-Kadur! Mi padre era el mejor espadachín de Nápoles e hizo de mí una gran esgrimista, que puede enfrentarse a los más famosos capitanes del gran Turco.
—¿Quién te ha incitado a retar a Muley-el-Kadel?
—El Capitán Laczinski.
—¿Ese polaco, que parece sentir hacia ti un secreto odio? A la vista de un hijo del desierto no hay nada oculto, y yo he advertido en él a un enemigo tuyo.
—Sí, en efecto lo es.
El-Kadur lanzó una maldición, en tanto que su rostro adquiría una salvaje expresión.
—¿Dónde se encuentra ahora ese hombre? —inquirió con sorda voz.
—¿Qué pretendes hacer, El-Kadur? —dijo suavemente.
El árabe, con rápido ademán, desenvainó el yatagán e hizo brillar la acerada hoja a la luz de la antorcha.
—¡Este acero probará esta noche sangre polaca! —dijo—. ¡Ese hombre no verá amanecer el nuevo día! ¡Así no se llevará a cabo el desafío!
—¡No harás tal cosa! —repuso la Capitana, con acento firme—. ¡Se aseguraría que el Capitán Tormenta sentía temor e hizo asesinar al polaco! ¡No, El-Kadur, no harás semejante cosa!
—¿Y he de permitir que mi señora se enfrente en una lucha a muerte contra el turco? ¿Seré capaz de verla caer muerta bajo los golpes de su cimitarra?
—El Capitán Tormenta ha de demostrar que no siente temor a los turcos —replicó la joven—. Es necesario que sea así, para disipar en todos la sospecha de lo que soy en realidad.
—¡Lo mataré, señora! —exclamó el árabe.
—¡Te lo ordeno! ¡Obedece! —contestó la duquesa.
El árabe inclinó la cabeza sobre el pecho y dos lágrimas le resbalaron por las mejillas.
—¡Es cierto! —dijo—. Soy un esclavo y debo acatar las órdenes.
El Capitán Tormenta le puso una mano en el hombro y con su más suave acento le respondió:
—¡Esclavo no; eres mi amigo!
—¡Gracias, señora! —repuso El-Kadur—. Haré lo que tú ordenes. Pero te juro que si resultas herida por el turco, le saltaré la tapa de los sesos. ¡Permite, por lo menos, que tu leal servidor te vengue si te ocurre alguna desgracia irremediable! ¿Para que quiero la vida sin ti?
—Haz lo que te parezca mas oportuno, mi buen El-Kadur. Márchate antes de que amanezca. Si no te apresuras no podrás regresar al campamento turco.
—Cumplo tus órdenes, señora. Yo me enteraré enseguida a qué lugar han llevado al señor Le Hussiere, te lo aseguro.
Abandonaron la garita y llegaron al fuerte, en el que las culebrinas y la mosquetería seguían retumbando con un estruendo cada vez mayor.
El Capitán Tormenta se aproximó al señor Perpignano, que dirigía el fuego de los hombres armados con mosquetes, y le dijo:
—Ordena que se suspenda el tiroteo durante unos minutos. El-Kadur regresa al campo enemigo.
—¿Ningún otro, señora? —inquirió el veneciano.
—Ninguno. Pero llámame Capitán Tormenta. Solamente tres personas conocen quién soy: tú, Erizzo y El-Kadur.
—¡Discúlpeme, Capitán!
—¡Que se interrumpa el fuego un instante! ¡Todavía no ha llegado el último momento de Famagusta!
La duquesa no daba las órdenes igual que una mujer, sino como un veterano Capitán: con palabras secas e incisivas que no admitían réplica.
El señor Perpignano dio la orden a artilleros y mosqueteros, en tanto que el árabe, aprovechando la momentánea interrupción del fuego, se encaminaba al reborde del fuerte, en compañía del Capitán Tormenta.
—¡Ten cuidado con los turcos, señora!
—¡No te inquietes, amigo! —contestó la duquesa—. Conozco la temible escuela de la espada acaso mejor que muchos de los capitanes sitiados en Famagusta. ¡Adiós!
Asiéndose a los salientes de las piedras, el árabe se desvaneció en la oscuridad.
—¡Cuánto me aprecia este hombre! —musitó el Capitán Tormenta—. ¡Y tal vez cuánto amor escondido! ¡Pobre El-Kadur! Hubiera sido mejor para ti permanecer en el desierto de tu patria.
Una voz lo sacó de sus reflexiones.
—¿Hay noticias, Capitán?
—No, Perpignano —replicó el Capitán Tormenta.
—¿Sabes, por lo menos, si se encuentra con vida?
—El-Kadur me ha dicho que Le Hussiere continúa prisionero.
—Me resulta extraño que esos terribles guerreros, tan poco dispuestos a dar tregua, le hayan respetado la vida.
—Eso mismo pienso yo —contestó el Capitán— y es lo que atormenta mi corazón.
El Capitán Tormenta se incorporó, diciendo:
—No va a tardar en amanecer y ese turco acudirá bajo las murallas para retarnos. Vamos a disponernos para el combate. O regreso triunfadora, o quedaré muerta, y acabarán mis sufrimientos.
—Señora —dijo el teniente—, déjame que combata con el turco. Aunque muriese, nadie me lloraría. Soy el último descendiente de los condes de Perpignano.
—¡No, teniente!
—¡El turco te matará!
Una despectiva sonrisa floreció en los labios de la duquesa.
—De no ser tan fuerte y decidida, Roberto Le Hussiere no me habría amado —contestó—. ¡Yo enseñaré a los turcos y a los jefes venecianos cómo lucha el Capitán Tormenta! ¡Adiós, señor Perpignano! ¡Jamás me olvidaré de El-Kadur ni de mi leal teniente!
Se alejó con la mano puesta sobre la empuñadura de la espada, en tanto que los cañones de atacantes y atacados rugían con creciente furia, iluminando las tinieblas de una manera siniestra.

3
El León de Damasco
El alba comenzaba a despuntar ya, iluminando la llanura de Famagusta, llena de humeantes escombros. El cañón no había permanecido silencioso durante toda la noche ni un instante y todavía arrojaba fuego, retumbando su estruendo en las viejas casas de la ciudad sitiada y en las angostas calles, la mayor parte de ellas obstruidas por las ruinas.
El Capitán Tormenta, luego de haber advertido al gobernador de la plaza de que el polaco y él aceptarían el reto coridiano del árabe, examinaba los estragos causados por los proyectiles turcos en el fuerte.
A poca distancia, el polaco, auxiliado por su escudero, se colocaba la coraza, maldiciendo de continuo, ya que jamás le parecía bien puesta. Se encontraba algo pálido y podría decirse que un poco intranquilo.
El bombardeo había sido interrumpido por ambos bandos.
En el campo otomano se escuchaban las palabras del muecín (sacerdote mahometano), que concluían siempre con una exhortación a terminar con los cristianos. En Famagusta estos efectuaban su almuerzo con aceitunas y algún trozo de pan casi incomible, ya que las provisiones escaseaban de tal manera que, para no perecer de hambre, los habitantes se veían obligados a comer hierba cocida y cuero.
Una vez que hubo acabado la plegaria del muecín pudo verse a un guerrero turco galopar en dirección a Famagusta. Iba acompañado de otro que llevaba un estandarte con la media luna y la cola de caballo sobre un trapo blanco.
Era un apuesto joven de veinticuatro a veinticinco años, ataviado con ricas ropas. Se cubría el pecho con una reluciente armadura recamada en plata. Empuñaba una cimitarra y en su faja se distinguía un yatagán de hoja un poco curvada.
Cuando se encontró a trescientos pasos del fuerte, hizo una indicación a su escudero para que plantara en tierra el estandarte, para dar a entender a los sitiados que se presentaba protegido por la bandera blanca, y exclamó con poderosa voz:
—¡Muley-el-Kadel, hijo del bajá de Damasco, desafía por tercera vez a los capitanes cristianos con armas blancas! ¡Si no admiten el reto, los trataré de viles canallas, no merecedores de luchar con los grandes guerreros de la Media Luna! ¡Que vengan, por tanto, a enfrentarse conmigo de uno en uno si tienen en las venas sangre de hombres! ¡Muley-el-Kadel los está aguardando!
El Capitán Laczinski, que finalmente había podido colocarse la coraza, se encaminó al parapeto del fuerte y con voz que semejaba el mugido de un toro, y volteando al mismo tiempo en forma terrible su imponente espada respondió:
—¡Muley-el-Kadel no retará de nuevo a los capitanes cristianos, ya que de aquí a cinco minutos lo mataré sobre el caballo igual que a una pulga! ¡Somos dos los que hemos jurado arrancarle el pellejo!
El polaco, dirigiéndose al Capitán Tormenta, le preguntó no sin cierta ironía, que no pasó inadvertida a la joven duquesa:
—Todavía tengo un cequí. ¿Cara o cruz?
—Escoja usted.
—Prefiero cara. Será un magnífico augurio para mí y desastroso para el turco. A quien le corresponda la cruz será el que se le enfrente.
El polaco tiró el cequí y lanzó una exclamación.
—¡Cruz! —dijo—. ¡Ahora tírelo usted!
El Capitán Tormenta tiró, por su parte, la moneda.
—¡Cara! —dijo con fría entonación—. Le corresponde a usted, Capitán Laczinski, ir al combate primero contra el hijo del bajá de Damasco.
—¡Lo atravesaré de parte a parte! —repuso el polaco.
El polaco subió a su caballo, a una orden del comandante el puente levadizo del fuerte descendió, y los dos valientes avanzaron al galope por la llanura. Todos los moradores y defensores de Famagusta, conocedores de que ambos capitanes cristianos habían aceptado el desafío del turco, se habían congregado en los muros, deseosos de presenciar aquel duelo a muerte.
Los guerreros venecianos y los mercenarios colocaban sus cascos y cimeras en las puntas de las espadas y alabardas, exclamando a grandes voces:
—¡Viva el Capitán Tormenta!
—¡Viva el Capitán Laczinski!
La joven duquesa y el polaco marchaban al galope, uno al lado del otro, en dirección al hijo del bajá, que los aguardaba contemplando su cimitarra.
La primera mantenía una serenidad y sangre fría completas. El Capitán aventurero, en cambio, parecía más nervioso que nunca y maldecía a su caballo, al que suponía poco preparado para semejante lucha.
—¡Tengo la certeza de que este necio animal me jugará alguna mala pasada, justo en el instante de herir al turco! ¿Qué le parece, Capitán Tormenta?
—Creo que su corcel se comporta como un caballo de batalla —replicó la joven.
—¡Usted no sabe absolutamente nada de caballos! ¡No es polaco!
—Es posible —respondió la duquesa—; yo sé más de golpes de espada.
—¡Hum! ¡ Si yo no lo librase de esa cabeza de leño, no sé de qué forma se las arreglaría usted! Pero pienso hacer lo necesario por enviarle al otro mundo y salvar mi piel, ya que tengo mucho interés en conservarla cuanto me sea posible.
—¡Ah! —contestó simplemente la duquesa.
—Aunque si solamente me hiriese…
—¿Y en ese caso…?
—Me convertiré en musulmán y seré Capitán turco. Para esos necios es suficiente renegar de la Cruz, y yo, por mi parte, renegaría incluso de mi patria, con tal de tener mando y cequíes.
—¡Gran Capitán cristiano! —comentó el Capitán Tormenta, examinándole despectivamente.
—Soy un aventurero, y me es indiferente combatir por la Cruz o por Mahoma. Mi conciencia no sufrirá por eso —contestó con cinismo el polaco—. Usted piensa de otra forma, ¿no es cierto, señora?
—¿Cómo dice? —inquirió el Capitán Tormenta, deteniendo su caballo, mientras fruncía el ceño.
—¡Señora! —insistió el polaco—. Yo no soy un estúpido, igual que los otros, para no haber advertido que el célebre Capitán Tormenta es un supuesto Capitán. Si lo desea, al instante libro un duelo con usted para abrir su coraza, de un simple golpe y sin herirla. Y demostraría a todos lo que en realidad es, señora mía. ¡En tal caso sí que reiré de verdad!
—De acuerdo; puesto que ha adivinado mi secreto, Capitán Laczinski, si no sucumbe a manos del turco, ofreceremos a los moradores de Famagusta otro espectáculo.
—¿Qué espectáculo?
—El de unos capitanes cristianos luchando entre ellos como mortales enemigos —respondió con frío acento la duquesa.
—Conforme. Pero le prometo que, ya que es mujer, le haré el mínimo daño posible. ¡Me conformaré con rajar su armadura!
—En cambio yo haré cuanto pueda por atravesarle la garganta. Así no podrá propalar un secreto que me atañe.
—Ya iniciaremos de nuevo la conversación más tarde, señora, puesto que el turco empieza a inquietarse.
Tras una pausa, agregó, lanzando un suspiro:
—¡No obstante, me sentiría feliz dando mi nombre a una mujer tan valerosa!
La duquesa ni siquiera contestó y prosiguió en silencio.
Ya se encontraba solamente a diez pasos del hijo del bajá de Damasco, que contemplaba a los dos capitanes como ponderando su fuerza.
—¿Quién va a ser el primero en enfrentarse con el León de Damasco? —inquirió.
—El oso de los bosques de Polonia —replicó Laczinski—. Si tienes largas y fuertes garras como las fieras que habitan los desiertos de tu tierra, yo tengo la imponente fuerza de los plantígrados de mi país. ¡Te dividiré en dos partes con un sencillo golpe de mi espada!
Al turco debió de agradarle la arenga, pues estallando en una carcajada y blandiendo su cimitarra exclamó:
—¡Mis armas te aguardan! ¡Vamos a ver si el viejo oso de Polonia derrota al joven León de Damasco!

Más de cien mil ojos se hallaban clavados en ambos combatientes, ya que los dos ejércitos adversarios se habían reunido en sus correspondientes campamentos, deseosos de asistir a tan caballeroso duelo.
El polaco asió con la mano izquierda las bridas de su montura, en tanto que el turco las aferraba entre los dientes, a causa de que tenía las manos ocupadas, permaneciendo después fijos los dos, como intentando hipnotizarse con la mirada.
—¡Puesto que el León no embiste, lo hará el oso! —exclamó el Capitán Laczinski, efectuando un molinete con la espada—. ¡No me agrada aguardar!
Espoleó con viveza al corcel y se precipitó sobre el turco que le esperaba cubriéndose el pecho con la cimitarra y el yatagán.
En cuanto vio a su lado al aventurero, con una ligera presión de las rodillas el turco hizo que su caballo diera un súbito salto de costado, y asestó al polaco un tremendo golpe de cimitarra.
Este, que no aguardaba semejante sorpresa, detuvo, sin embargo, el tajo con extraordinaria celeridad y contestó al instante, sucediéndose sin descanso las estocadas.
Ambos caballeros combatían con igual denuedo, cubriendo al mismo tiempo las cabezas de sus cabalgaduras para no quedar desmontados inopinadamente.
El Capitán aventurero, maldiciendo de todo, chocaba con furia su espada contra la cimitarra, intentando partirla, y en algunas ocasiones rebotaba sobre la coraza. Por su parte, Muley-el-Kadel buscaba sin cesar el pecho de su enemigo con el yatagán, haciendo saltar chispas de la armadura del polaco.
Los espectadores lanzaban de vez en cuando grandes gritos para estimular a los combatientes.
El Capitán Tormenta continuaba mudo e inmóvil en su caballo. Examinaba con atención la forma de luchar de cada adversario, en especial la del León de Damasco, para poder sorprenderle si tenía que batirse con él.
Como discípula de su padre, que tenía fama de ser una de las mejores espadas de Nápoles, ciudad que ya contaba en aquella época con los más hábiles espadachines, se consideraba lo suficientemente fuerte para enfrentarse al turco y derrotarlo sin arriesgarse.
Mientras tanto, el duelo prosiguió entre ambos campeones con mayor fiereza. El polaco, que tenía más confianza en su fortaleza que en su destreza, se dio cuenta de que el turco poseía músculos de extraordinaria resistencia, y procuró emplear una de tantas estocadas secretas que entonces se enseñaban.
Aquello fue su ruina. El turco, que quizá no la desconocía, paró el golpe con suma rapidez y replicó con otro de su cimitarra con una celeridad tal que el aventurero fue incapaz de detenerlo.
El acero le alcanzó por encima de la armadura, tocándole en la parte derecha del cuello y ocasionándole una gran herida.
—¡El León ha derrotado al oso! —exclamó el turco, en tanto que cien mil voces acogían la súbita victoria con un atronador vocerío.
El polaco había dejado caer la espada de su mano. Permaneció un instante sobre su caballo, con las manos en la herida, como si intentara contener la sangre que brotaba a borbotones y, por último, cayó pesadamente a tierra con gran fragor de hierro, quedando inmóvil al lado del corcel.
El Capitán Tormenta no parpadeó ni tan siquiera. Alzó la espada y, avanzando hacia el vencedor, dijo:
—¡Ahora nos toca a nosotros dos, señor!
El turco contempló a la joven duquesa, entre admirado y condescendiente.
—¡Tú! —exclamó—. ¡Si eres un muchacho!…
—¡Que le dará trabajo! ¿Quiere descansar un momento?
—¡No es necesario! ¡Terminaré enseguida contigo! ¡Eres en exceso flojo para combatir contra el León de Damasco!
—¡No por ello pesará menos mi espada! ¡En guardia!
—Díme, por lo menos, antes cuál es tu nombre.
—Me conocen por el Capitán Tormenta.
—No la primera ocasión que oigo mencionar ese nombre —repuso Muley-el-Kadel.
—Ni yo tampoco el suyo.
—Ya sé que eres un héroe.
—¡En guardia, que lo voy a atacar!
—Ya estoy en guardia, si bien me desagrada matar a un joven leal y valeroso como tú.
—¡Vuelvo a repetirle que tenga cuidado con la punta de mi espada! ¡Por San Marcos!
—¡Por el Profeta!
La duquesa, que además de ser una expertísima esgrimista era también muy buena amazona, espoleó su montura, pasando con la velocidad de una flecha y con la espada en la línea junto al turco.
En el instante en que este se disponía a cubrirse con la cimitarra, le lanzó una estocada hacia la gola, donde la coraza no llegaba.
Muley-el-Kadel, que ya se hallaba prevenido, detuvo el golpe con rapidez. Aunque no por completo, y la espada, al ser rechazada hacia arriba, tocó la cimera, arrancándosela y enviándola a considerable distancia.
—¡Estupenda estocada! —exclamó el León de Damasco, sorprendido—. ¡Es mejor este muchacho que el oso de Polonia!
El Capitán Tormenta prosiguió su carrera durante una veintena de metros y, obligando a su corcel a dar una veloz vuelta, se dirigió de nuevo hacia el turco con la espada siempre en línea, presta a herir.

Pasó por la izquierda, deteniendo un golpe de cimitarra, y empezó a girar en torno al turco, espoleando con energía al caballo de continuo.
Muley-el-Kadel, sorprendido por semejante maniobra, no era capaz de afrontar a un adversario tan ágil. Su caballo árabe, totalmente agotado por el cansancio, daba vueltas sobre sus patas traseras sin poder seguir al del joven Capitán, que parecía estar endemoniado.
Tanto turcos como cristianos lanzaban grandes gritos, animando a los combatientes.
—¡Valor, Capitán Tormenta!
—¡Viva el defensor de la Cruz!
—¡Muera el cristiano!
—¡Por Alá! ¡Por Alá!
La duquesa, que continuaba conservando toda su serenidad, se iba aproximando cada vez más al turco. Sus ojos relampagueaban, su cutis había adquirido un color rosado y sus rojos labios temblaban.
El círculo que iba encerrando al turco se estrechaba más a cada momento y el caballo de este empezaba a perder fuerza y agilidad.
—¡Tenga cuidado, Muley-el-Kadel! —exclamó al cabo de unos segundos la duquesa.
Casi no había terminado la frase, cuando su espada alcanzó al turco debajo de la axila izquierda, en un punto no protegido por el peto.
Muley-el-Kadel lanzó una exclamación de cólera y dolor, al mismo tiempo que en las filas bárbaras se elevaba un clamor semejante al de la marea en una noche de huracán.
En los muros de Famagusta los guerreros agitaban sus picas y alabardas, gritando con voces desaforadas:
—¡Viva nuestro joven Capitán! ¡Laczinski ha sido vengado!
En lugar de precipitarse sobre el herido y asestarle el golpe definitivo, como era su derecho, la duquesa hizo parar al caballo y examinó entre compasiva y orgullosa al joven León de Damasco, que hacía extraordinarios esfuerzos para sostenerse en la silla.
—¿Se declara derrotado? —inquirió, haciendo avanzar su caballo.
Muley-el-Kadel intentó levantar la cimitarra para continuar el combate, pero le fallaron las fuerzas. Se tambaleó, se agarró a las crines del caballo y se desplomó en tierra, igual que el polaco, entre un gran fragor de hierro.
—¡Mátelo! —gritaban los guerreros de Famagusta—. ¡No se compadezca!
La duquesa bajó del corcel con la espada cubierta de sangre y se aproximó al turco, que había logrado ponerse de rodillas.
—¡Lo he derrotado! —le dijo.
—¡Mátame! —contestó Muley-el-Kadel—. ¡Es tu derecho!
—¡El Capitán Tormenta no mata al que no puede defenderse! Es un hombre valeroso y le perdono la vida.
—No supuse que fuera tanta la generosidad de los cristianos —reconoció Muley con voz débil—. ¡No olvidaré jamás la generosidad del Capitán Tormenta!
—¡Adiós y cúrese pronto!
La duquesa se encaminaba a su caballo, cuando los turcos, enfurecidos, la rodearon.
—¡Muerte al cristiano! —exclamaban.
Ocho o diez jinetes se aproximaban enarbolando las cimitarras, decididos a vengar la derrota del León de Damasco.
Un griterío enfurecido se alzó entre los cristianos de Famagusta.
—¡Viles traidores!
Realizando un supremo esfuerzo, Muley-el-Kadel se había incorporado, pálido, pero con los ojos llameando.
—¡Canallas! —gritó, dirigiéndose a sus compatriotas—. ¿Qué hacen?
¡Retírense todos o haré que los empalen como indignos de estar entre los valerosos y nobles guerreros!
Los jinetes habían interrumpido su avance, confundidos y atemorizados. En aquel instante, dos disparos de culebrina surgieron del fuerte de San Marcos, seguidos de una lluvia de proyectiles que hizo rodar por tierra a siete de los infieles. Los demás hicieron volver a sus caballos, huyendo a todo galope hacia el campamento turco, entre las risotadas y burlas de sus camaradas, que no habían estado de acuerdo con aquella inoportuna intervención.
—¡Esa es la lección que tienen ganada! —exclamó el León de Damasco, en tanto que su escudero acudía en su ayuda.
La artillería turca no había respondido a los disparos de los cristianos.
El Capitán Tormenta, que todavía llevaba la espada en la mano, decidido a vender cara su vida, hizo un ademán despidiéndose de Muley-el-Kadel con la mano izquierda, subió sobre su caballo, y se alejó en dirección a Famagusta, en tanto que la tropa cristiana lo acogía con un verdadero huracán de aplausos y hurras.
En el instante en que se marchaba, el polaco, que no había muerto, alzó con lentitud la cabeza y le siguió con la mirada mientras murmuraba:
—¡Confió en que nos volveremos a ver, jovencita!
A Muley-el-Kadel no le pasó inadvertido el movimiento del Capitán Laczinski.
—¡Ese no está muerto! —advirtió a su escudero—. ¿El oso de Polonia tendrá el alma atornillada?
—¿Debo matarlo? —indagó el escudero.
—¡Llévame junto a él!
Apoyándose en el guerrero y conteniendo con la mano la sangre que manaba en abundancia, se aproximó al Capitán.
—¿Pretende rematarme? —inquirió este con voz lastimera—. Desde este momento soy correligionario suyo…, ya que he renegado de mi religión.
¿Matará a un mahometano?
—¡Haré que lo curen! —respondió el León de Damasco.
—¡Eso es lo que deseo!, —se dijo a sí mismo el aventurero—. Ah, Capitán Tormenta: ¡me las pagarás!

4
La fiereza de Mustafá
Aquel caballeresco duelo consolidó la fama del Capitán Tormenta, que sería considerado desde entonces la mejor espada de Famagusta. Luego del evento los turcos prosiguieron el asedio, aunque con bastante menos vigor del que los cristianos esperaban.
Parecía que a raíz de la derrota del León de Damasco una intensa desmoralización se había adueñado de los atacantes. Lo cierto es que no se lanzaban al asalto con su antiguo arrojo y que el cañoneo decaía.
Ya no se distinguía, como antes, al jefe supremo del ejército turco, Mustafá, revisar por la mañana, a continuación de la oración, a la columna de asalto, ni aparecer junto a las compañías de artilleros para animarlos.
Incluso el griterío salvaje, que siempre acababa en un terrible alarido de "¡Muerte y exterminio a los enemigos de la Media Luna!", cesó en el campamento turco. Las tropas enmudecieron y los timbales de las fuerzas de a caballo no hicieron sonar de nuevo su repique de asalto. Parecía como si alguien les hubiese impuesto el mutismo más absoluto.
Fue inútil que los capitanes cristianos intentaran averiguar el secreto. Todavía no había llegado el tiempo del Ramadán o cuaresma musulmana, durante la cual los adoradores del Profeta interrumpen sus campañas militares para orar y efectuar grandes ayunos.
La inopinada tranquilidad del enemigo, en lugar de consolar a los cercados, los desesperaba, ya que las provisiones iban disminuyendo con gran rapidez y el hambre empezaba a cundir entre la población, cuyos últimos alimentos (aceite y cuero) comenzaban también a escasear.
De esta manera pasaron algunos días, con disparos aislados de culebrina por los dos bandos, cuando cierta noche que el Capitán Tormenta y Perpignano se encontraban de guardia en el fuerte de San Marcos, observaron una sombra escalar con la agilidad de un simio por los salientes de la muralla.
—¿Eres El-Kadur? —interrogó el Capitán Tormenta, tomando con cuidado un arcabuz arrimado al parapeto y que tenía encendida la mecha.
—¡Sí, señor, soy yo! ¡No dispares! —replicó el árabe.
El hombre se asió a una tronera, alcanzó de un salto el parapeto y cayó junto al Capitán.
—Estabas preocupado por mi larga ausencia, ¿no es cierto? —preguntó el árabe.
—Tenía miedo de que te hubieran descubierto y dado muerte —respondió el Capitán Tormenta.
—No desconfían de mí. Tranquilízate. Desde luego, el día de tu desafío con Muley-el-Kadel me vieron cargar las pistolas con la intención de matarlo, como lo hubiera hecho si resultabas muerto.
—¿Va mejorando?
—Debe de tener el pellejo muy duro; ya se está restableciendo. De aquí a dos días podrá montar de nuevo a caballo. ¡Ah! Debo comunicarte otra novedad que sin duda, te extrañará.
—¿Qué novedad?
—Que también Laczinski, el polaco, se va restableciendo muy de prisa.
—¡Laczinski! —exclamaron a la vez el Capitán y Perpignano.
—Sí.
—¿No murió, entonces?
—No, señor. ¡Por lo visto los osos de los bosques polacos tienen dura la osamenta!
—¿Por qué no le dieron el golpe de gracia?
—Renegó de la Cruz y abrazó la fe del Profeta —replicó El-Kadur—. ¡Ese aventurero tiene una conciencia muy elástica!
—¡Es un canalla! —gritó encolerizado Perpignano.
—Y en cuanto se encuentre restablecido será nombrado Capitán en el ejército turco —agregó el árabe—. Uno de los bajás le ha asegurado que le brindará ese destino.
—Ese hombre debe sentir por mí un odio mortal, sin que yo le haya dado el menor motivo para ello. ¿Aún nada?
—¡Nada! —repuso El-Kadur con gesto de desolación—. Tengo la certeza de que está con vida. Me imagino que le tienen encerrado en algún castillo de la costa. Es un hombre muy valeroso a quien los turcos desearían tener entre sus guerreros, ya que les sería de mucha utilidad para conducirlos, valientes pero indisciplinados.
En aquel instante un tremendo clamor quebró el silencio nocturno. En el campamento turco sonaban las trompas y los timbales de la caballería y un vocerío enfurecido, unido a los disparos al aire de las armas.
Miles de antorchas habían sido encendidas por la extensa llanura, confluyendo en el centro del campamento, donde sobresalía la grandiosa tienda del gran visir, general supremo de las fuerzas otomanas.
El Capitán, Perpignano y El-Kadur habían corrido al parapeto del fuerte, en tanto que las trompetas de los centinelas cristianos tocaban alarma y los guerreros que habían estado dormitando se armaban y corrían hacia las murallas.
—¡Se disponen al ataque general! —comentó el Capitán Tormenta.
—No —contestó el árabe, con pausada voz—. Es una revuelta en el campamento turco, ya prevista de antemano.
—¿Contra quién?
—Contra el gran visir Mustafá.
—¿Por qué razón? —inquirió Perpignano.
—Para forzarle a continuar el asedio de la ciudad. Ya hace ocho días que las fuerzas se hallan inactivas y empiezan a murmurar.
—Todos lo habíamos observado —convino Perpignano—. Por fuerza el gran visir tiene que encontrarse enfermo.
—Al parecer disfruta de una magnífica salud. Su corazón es el que se halla encadenado.
—¿Qué quieres dar a entender, El-Kadur? —preguntó el Capitán.
—Que una joven cristiana, de Canea, lo ha hechizado. El visir, profundamente enamorado y aceptando el consejo de la bella muchacha, ha concedido una larga tregua.
—¿Puede ser que los ojos de una mujer puedan influir de tal manera? —exclamó el teniente.
—Se asegura que es una belleza extraordinaria. Sin embargo, no me agradaría encontrarme en su lugar, ya que todo el ejército solicita su muerte y proseguir la campaña.
—¿Y piensas que el visir aceptará esas exigencias? —inquirió el Capitán.
—Ya comprobaran cómo no es capaz de oponerse —respondió el árabe—. El sultán dispone de espías en el mismo campamento y, si supiese que está cundiendo el descontento entre sus guerreros, no vacilaría en obsequiar a su comandante supremo con un lazo de seda. Ese regalo invita a ahorcarse o dejarse empalar.
—¡Desgraciada muchacha! —exclamó el Capitán Tormenta, conmovido.
—Cuando esa encantadora jovencita muera, el ejército turco se arrojará sobre Famagusta como un mar tormentoso contra las peñas.
—¡Los acogeremos como se merecen! —repuso Perpignano—. Nuestras espadas y corazas son fuertes y no nos tiemblan los corazones.
El árabe inclinó la cabeza y, examinando con angustia a la duquesa, agregó:
—¡Son muy numerosos!
—Como no conquisten la ciudad por sorpresa…
—Siempre podré avisarte con tiempo. ¿Debo regresar al campamento turco, señora?
El Capitán Tormenta no respondió. Apoyado contra el parapeto, prestaba atención a los gritos de los sitiadores y examinaba preocupado los millares de antorchas que se movían en torno a la tienda del gran visir.
Los timbales, las trompas y los disparos transformaban aquellas maldiciones que brotaban de cien mil pechos en un horrible rugido, como si el campamento de los turcos hubiese sido de improviso invadido por infinidad de animales salvajes llegados desde los desiertos asiáticos y africanos.
—¿Debo regresar, señora? —insistió El-Kadur.
El Capitán Tormenta repuso, con un estremecimiento:
—¡Sí, márchate! ¡Aprovecha este momento de tregua y no abandones tus averiguaciones si deseas verme feliz!
Los ojos del hijo del desierto fueron atravesados por una sombra de infinita tristeza y contestó con tono resignado:
—Haré lo que deseas, señora, con tal de ver tus bellos labios sonreír y tu frente tranquila.
El Capitán Tormenta hizo a su teniente una indicación para que le aguardara y se fue con el árabe hasta el parapeto del fuerte.
—Me dijiste que el Capitán Laczinski no había muerto. ¡Espíale!
—¿Teme algo de ese renegado? —inquirió el árabe, irguiéndose con aspecto amenazador.
—Presiento en él a un enemigo.
—¿Por qué razón te odiaría?
—Ha descubierto que soy una mujer.
—¿Temes que esté enamorado de ti? —interrogó El-Kadur, mientras su rostro se demudaba como consecuencia de un acceso de terrible cólera.
—¡Quién sabe! —respondió la duquesa—. Acaso me odia porque la mujer ha derrotado al León de Damasco y tal vez, si bien en secreto, me ama. ¡No es sencillo entender el corazón humano!
—¡El vizconde Le Hussiere de acuerdo; pero el polaco, no! —dijo el árabe con mal reprimido despecho.
—¿Serías capaz de imaginar que me interesa ese aventurero?
—Jamás lo creería, señora. Pero de ser así… ¡El-Kadur tiene un yatagán en el cinto y lo clavaría hasta la empuñadura en el pecho de ese renegado!
Se advertía en aquel instante en el semblante del salvaje hijo del desierto tan grande expresión de ira, que el Capitán Tormenta no pudo menos que sentirse impresionado. Era una desesperación inmensa, terrible.
—¡No te inquietes, mi buen El-Kadur! —dijo la duquesa—. O Le Hussiere, o ninguno. ¡Lo quiero demasiado!
—¡Adiós, señora! —se despidió el árabe, luego de unos breves instantes—. ¡Espiaré a ese hombre, en quien adivino un enemigo de tu felicidad, igual que el León vigila la presa que agoniza! ¡Cuando tú ordenes, el pobre esclavo lo matará!
Sin aguardar a que la duquesa le respondiera, saltó el parapeto y, dejándose deslizar por la muralla, desapareció entre la oscuridad.
—¡Cómo debe de sufrir tu corazón! —murmuró la duquesa—. ¡Pobre El-Kadur! ¡Más te hubiera valido permanecer en poder de tu antiguo y feroz amo!
Mientras tanto, los gritos se habían interrumpido en el campamento turco y ya no se percibían los timbales de la caballería ni el sonido de las trompas. Solamente se veía cómo las antorchas se congregaban en distintos lugares o bien cómo se extendían en inacabable fila, que formaba una caprichosa línea de fuego en la oscuridad de la noche.
Casi no había comenzado a despuntar la aurora, cuando cuatro caballeros turcos que portaban en las alabardas banderines de seda blanca, precedidos por un trompetero, llegaron hasta debajo de la muralla del fuerte de San Marcos con el objeto de solicitar una breve tregua, para hacerles presenciar un insólito espectáculo.
Imaginando que se trataba de algún nuevo reto, los capitanes venecianos, que no deseaban excitar en demasía a aquellas fieras gentes de quienes dependía su destino, luego de un breve consejo, aceptaron prometiendo no disparar hasta después de mediodía.
Diez minutos más tarde, los sitiados, que no confiando demasiado en las promesas turcas, se habían congregado en los fuertes, vieron desplegarse en la llanura a las numerosísimas tropas enemigas desfilando por batallones como para una revista.
En primer lugar pasaron los artilleros, detrás de los cuales eran arrastradas doscientas culebrinas por caballos árabes con penachos y cubiertos con largas gualdrapas rojas. A continuación venían las compañías de jenízaros, temibles guerreros, hombres a quienes no arredraba la muerte y que una vez lanzados al ataque ni espadas, ni culebrinas, ni mosquetes eran capaces de detenerlos.
Siguieron los albanos, con sus raros vestidos de túnica blanca, provistos de larguísimos arcabuces, alabardas y ballestas de las empleadas cien añosatrás y cubiertos de cotas de acero, que seguramente se remontaban a la época de las Cruzadas. En último término apareció una inmensa columna de jinetes árabes y egipcios cubiertos por sus grandes mantos blancos, adornados con franjas rosadas.

Al son de las trompas y timbales, el poderoso ejército se dividió en varias columnas, formando en la llanura un amplio semicírculo cuyas alas desaparecían en el horizonte. Las columnas se abrieron y por entre ellas apareció cabalgando el gran visir Mustafá, con armadura de hierro bruñido y un turbante adornado de enorme penacho que relucía igual que si estuviese lleno de brillantes.
Iba tras él un heraldo con una gran trompeta, y algo más retrasada, encima de una mula blanca, una joven envuelta en un amplio velo blanco que la escondía a las miradas. A continuación cabalgaban capitanes y bajás, despidiendo fulgores a causa de sus corazas plateadas, y numerosos caballeros.
El gran visir, que marchaba delante conduciendo con segura mano a su corcel, se detuvo a unos trescientos pasos del fuerte de San Marcos. Contemplando a los capitanes cristianos, desenvainó su cimitarra y, volviéndose hacia sus guerreros, gritó:
—¡Observen cómo su visir rompe sus cadenas!
Con un inopinado movimiento hizo dar a su caballo media vuelta, poniéndolo junto a la mula, y, alzándose sobre los estribos, con un seco y tremendo golpe de cimitarra cortó por completo el cuello de la muchacha, haciendo rodar la cabeza a bastante distancia.
El cuerpo de la joven decapitada permaneció por unos segundos sobre la silla, en tanto que el blanco velo se inundaba de sangre y, por último, se desplomó en tierra, acompañado por un grito de indignación de los cristianos.
El gran visir, luego de limpiar su cimitarra en la gualdrapa de su corcel, la envainó con frío ademán, y alzando el puño en dirección a Famagusta, exclamó con terrible acento, semejante al retumbar de un trueno:
—¡Y ahora pagarán la sangre que he derramado! ¡Esta noche nos veremos!
5
El ataque a Famagusta
La amenaza del gran visir causó profunda impresión entre los capitanes, convencidos de la audacia y energía del temible guerrero, al cual se debían hasta aquel momento las victorias conseguidas contra los venecianos.
Se reforzaron las guardias, en especial las de los fuertes de defensa de los fosos, y se emplazaron las culebrinas en lugares de buena altura desde los que se dominaba la llanura y se podía barrer a los atacantes con los proyectiles. La población, ya prevenida, a pesar de su enorme debilidad como consecuencia de prolongados ayunos, sabiendo que si los turcos conseguían rebasar las murallas iba a ser víctima de las cimitarras, intentó en masa reforzar los puntos más maltrechos con escombros y cascotes procedentes de sus propias casas, ya casi todas destruidas.
Grupos de jinetes partían de la tienda del visir y del bajá llevando instrucciones a las dos alas del ejército. Los artilleros trasladaban sus piezas en dirección a las trincheras y reductos, y pelotones de zapadores-minadores se diseminaban por la planicie para no ser alcanzados por los proyectiles de los cristianos. Varios capitanes, luego de reunirse en consejo con el gobernador de la plaza, habían acordado anticiparse al asalto turco con un intenso bombardeo, con el objeto de dispersar a los zapadores y evitar que la artillería adversaria tomara posiciones. Después del mediodía todas las piezas que defendían los fuertes abrieron un endiablado fuego, llenaron la llanura de hierro y piedras, mientras los más expertos arcabuceros, protegidos tras los parapetos, disparaban contra los minadores que intentaban aproximarse, amparándose en las escabrosidades del terreno.
El fuego se prolongó hasta la puesta del sol, ocasionando muchas bajas a los asaltantes, y una vez que la noche hubo caído, las trompetas tocaron a rebato, llamando a toda la población a defender las murallas.
El ejército turco iniciaba el despliegue por la llanura en imponentes columnas, disponiéndose para el asalto general.
Las trompas otomanas se escuchaban ininterrumpidamente, los timbales redoblaban exaltando los ánimos, grandes alaridos se alzaban de vez en cuando, sonando de una forma lúgubre en los oídos de los cristianos, y en los escasos momentos de silencio el muecín estimulaba a los fanáticos, exclamando:
—¡Por Alá! ¡No hay más Dios que Alá, y Mahoma es su Profeta!
La defensa de Famagusta se centraba principalmente en el fuerte de San Marcos, ya que sabían que el máximo esfuerzo de los turcos iba dirigido hacia aquel sector, por ser la llave de la plaza.
Los mejores capitanes —entre los cuales estaba Tormenta— habían trasladado a ese punto sus compañías y veinte culebrinas de las de mayor calibre.
Los disparos de toda esa artillería, manejada por los más diestros marineros venecianos, deberían concentrarse sobre las cerradas columnas turcas, que proseguían su avance, impávidas, desafiando a la muerte.
Casi no había vuelto a reanudarse el fuego cuando El-Kadur, que abandonó el campamento turco antes que los sitiadores se pusieran en movimiento, trepó por la muralla, apareciendo ante el Capitán Tormenta.
—¡Señora —exclamó con voz temblorosa—, ha llegado el momento definitivo para Famagusta! ¡Como no acontezca un milagro, la ciudad se encontrará mañana en manos turcas!
—¡Todos estamos decididos a morir! —contestó la duquesa, en tono de resignación.
—¡Todavía hay ocasión de escapar! ¡Tapada con mi faub puedes pasar inadvertida entre la horrorosa confusión que va a seguir al ataque!
—¡Soy un guerrero de la Cruz, El-Kadur —replicó la duquesa con acento altivo—, y no dejaré a Famagusta sin una espada que sabrá cumplir con su obligación!
—¿Entonces no vienes, señora? —inquirió El-Kadur.
—¡No es posible! ¡El Capitán Tormenta no debe deshonrarse delante de la cristiandad!
—¡En tal caso, moriré junto a ti! —decidió el árabe, con vehemente acento, y añadió para sí: "La muerte todo lo extingue y el desgraciado esclavo descansará tranquilo".
Mientras tanto, el bombardeo era terrorífico. Las doscientas culebrinas turcas, artillería extraordinaria para aquella época, habían abierto fuego, tronando con inusitada potencia contra los fuertes y muros, medio derruidos.

Proyectiles de hierro y piedra llovían en gran cantidad sobre las defensas, ocasionando numerosas bajas entre los sitiados, y los tiros de mosquete eran incesantes. La siniestra llanura semejaba un mar de fuego y el estruendo era tan espantoso que tanto fuerte como murallas se estremecían y se agrietaban cubriendo los fosos de ruinas.
Los guerreros venecianos aguardaban el asalto con aspecto tranquilo, sin amedrentarse por los alaridos ni por el terrible estruendo de aquellos miles y miles de hombres, que aullaban igual que manadas de lobos hambrientos.
Todos los habitantes que estaban en condiciones de sostener un arma se hallaban en los fuertes, provistos de picas y alabardas, espadas y mazas, dominados por una loca furia, en tanto que sus mujeres y sus hijos se refugiaban entre sollozos y rezos en la iglesia principal, en medio de una incesante lluvia de bombas que destruían las últimas viviendas.
Un horrible fragor cercaba a Famagusta. Las torres, desmanteladas por el fuego de los cañones enemigos, se venían abajo con gran estrépito, en tanto que esquirlas de proyectiles de piedra saltaban por todas partes, hiriendo a guerreros, mujeres y niños.
Las huestes turcas, mientras tanto, resguardadas por su artillería, avanzaban, indiferentes al peligro, animadas por las exclamaciones del muecín:
—¡A matar! ¡El Profeta y Alá lo ordenan!
Los jenízaros se habían situado a la cabeza del ejército turco y se desplegaban por la llanura, arrastrando tras ellos a los albanos y guerreros del Asia Menor. Los zapadores que los precedían no desaprovechaban el tiempo. Protegidos por la confusión y la oscuridad llegaban con loca temeridad a la parte baja de los fuertes y las torres, amontonando barriles de pólvora para provocar brechas que dieran acceso a la infantería.
Sus esfuerzos principales se dirigían al fuerte de San Marcos, minándolo por todos los lados. Estruendosos estampidos se sucedían sin cesar, agrietando el revestimiento y derrumbando las aspilleras.
Sin embargo, la reducida fuerza de venecianos y dálmatas que todavía quedaba con vida no interrumpía el fuego, diezmando de una manera cruel las filas enemigas y cubriendo la planicie de muertos y heridos.
El estruendo iba en aumento. A los alaridos de los musulmanes respondían las plegarias y los lamentos de las mujeres y niños. En el aire, saturado de humo y de polvo, sonaban las campanas que llamaban a los habitantes de la ciudad, por si todavía quedaba alguno con vida en las casas ya incendiadas.
Las oleada de guerreros avanzaba lenta y pesadamente, colmando la llanura. Se dirigían por miles hacia la contraescarpa de los fuertes, como una marea irresistible, en tanto que las minas estallaban con fragor enorme, alumbrando la planicie con lúgubres y rojizos resplandores.
—¡Por Alá! ¡Por el Profeta! —aullaban cien mil voces, sofocando el retumbar de la artillería.
Los jenízaros alcanzaban ya el fuerte de San Marcos, cuando se provocó un inesperado relámpago, acompañado de un tremendo estampido. Una mina, que no llegó a arder, alcanzada por alguna esquirla de piedra ardiente o cualquier flecha incendiaria, acababa de estallar, destruyendo la muralla casi por completo.
Una lluvia de escombros se alzó por los aires, hiriendo o matando a numerosos jenízaros, cuya columna se había retirado atropelladamente, yendo a parar en parte contra la torre defendida por los venecianos. El Capitán Tormenta, que se hallaba junto a uno de los reductos, dispuesto a impedir el avance de los enemigos al frente de su compañía, recibió el golpe de un bloque de piedra, que le vino a dar en la parte derecha de la coraza.
El-Kadur, que se encontraba próximo a él, viendo que a su señora se le caía el escudo y la espada y se desplomaba como alcanzada por un rayo, corrió hacia ella, mientras lanzaba una exclamación de angustia y espanto.
—¡La han matado! ¡La han matado!
El-Kadur tomó entre sus brazos a la duquesa y, apretándola contra su pecho, se dirigió a la carrera hacia la ciudad sin prestar atención a los proyectiles y fragmentos de piedra que caían por doquier.
Rodeó durante un rato la muralla por su parte interior y detuvo su carrera frente a una vieja torre de la ciudad, cuya base se hallaba ya abatida por las minas y en cuya plataforma continuaban disparando todavía un par de culebrinas. El-Kadur se metió por una estrecha abertura, avanzando a tientas, con la joven aún entre sus brazos, y la depositó suavemente en tierra.
—¡Aunque Famagusta se entregara esta noche, no habrá quien descubra el cadáver de mi señora! —dijo en voz baja.
Caminó un momento entre la oscuridad, hasta que extrajo de su bolsa eslabón y pedernal y prendió fuego a la mecha, logrando una débil llama.
—¡No han dejado vacío el subterráneo! —exclamó—. ¡Hallaré lo que necesito!
De un rincón, en el que había un montón de cajas y barriles, sacó una antorcha a la que prendió fuego.
Se hallaban en un subterráneo situado en la base del torreón; que debió haber servido como depósito a la guarnición del antiguo fuerte. Aparte de las cajas y barriles, que contenían armas y municiones, se veían colchonetas, sábanas, alcuzas llenas de aceite y aceitunas, la única provisión alimenticia de los sitiados.
Sin preocuparse por el estruendo de las culebrinas que resonaba sobre su cabeza, el árabe introdujo la antorcha en un hueco del suelo y puso a la duquesa encima de uno de los colchones.
—¡No es posible que haya muerto! —exclamó con sollozos—. ¡Una mujer tan hermosa no puede morir así!
Alzó el manto con que cubrió a la duquesa y revisó la armadura. En la parte derecha se observaba una enorme abolladura con un agujero en su centro, por donde manaba sangre; el fragmento de piedra o de hierro había destrozado el acero del peto.
Con mucho cuidado le quitó la coraza y en el costado, bajo la última costilla, vio una herida que sangraba en abundancia.
—¡Si no ha penetrado en la carne ninguna esquirla del proyectil, mi señora no morirá! —musitó el árabe—. ¡No obstante, el golpe debió ser muy fuerte!
Desgarró la capa de la duquesa, y haciendo unas vendas, a las que empapó en aceite, vendó la herida con el fin de restañar la sangre. Sopló varias veces en el semblante de la joven para hacerle recuperar el sentido.
—¿Eres tú, mi leal El-Kadur? —inquirió al cabo de breves instantes la duquesa, abriendo los ojos y clavándolos en el árabe. Su voz era apagada y su cara estaba muy pálida, tan blanca como la nieve.
—¡Está viva! ¡Mi señora está viva! —exclamó el árabe—. ¡Ah, señora; creí que habías muerto!
—¿Qué ha ocurrido, El-Kadur? —interrogó la duquesa—. No me acuerdo de nada.
—Nos hallamos en los subterráneos, a resguardo de los proyectiles de los turcos.
—¡Los turcos! —exclamó la joven, pretendiendo incorporarse—. ¿Se ha rendido Famagusta?
—Aún no, señora.
—¿Y yo me encuentro en este lugar en tanto que otros se matan?
—¡Estás herida!
—¡Es verdad, noto un gran dolor aquí! ¿Me han herido con una bala o con espada? ¡No me acuerdo de nada!
—Lo que te ha desgarrado la coraza ha sido un fragmento de piedra.
—¡Dios mío, qué fragor!
—Los turcos se precipitan al asalto.
La palidez del semblante de la duquesa se hizo todavía más intensa.
—¿No tiene salvación la ciudad? —preguntó, con acento angustiado.
—Me parece que no. Oigo las culebrinas del fuerte de San Marcos que no dejan de retumbar.
—¡El-Kadur, ve a examinar lo que ocurre!
—¡No me siento capaz de abandonarte!
—¡Márchate! —exclamó la duquesa en tono enérgico—. ¡Márchate o me levanto y, aunque tenga que morir en el camino abandonaré este refugio! ¡Es el instante supremo en que todos los defensores de la Cruz luchan! ¡Tú has renegado de la fe del Profeta y ahora eres cristiano, lo mismo que yo! ¡Combate contra los enemigos de nuestra religión!
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