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EMANUEL LÓPEZ

Melchor v Gaspar v Baltasar


López, Emanuel

Melchor v Gaspar v Baltasar / Emanuel López. - 1a ed. - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Autores de Argentina, 2021.

Libro digital, EPUB

Archivo Digital: online

ISBN 978-987-87-1520-9

1. Narrativa Argentina. 2. Novelas. I. Título.

CDD A863

EDITORIAL AUTORES DE ARGENTINA

www.autoresdeargentina.com

Mail: info@autoresdeargentina.com

Queda hecho el depósito que establece la LEY 11.723

Impreso en Argentina – Printed in Argentina

Índice de contenido

PORTADA

CRÉDITOS

ÍNDICE

REGRESO A CASA

LOS JUGUETEROS

EL PRIMER REPARTO

MONSTRUOSO

COMPLICIDAD

PUNTO DE PARTIDA

LOS TESTIGOS

DECISIÓN

EL MANTO

LA CAÍDA

EL PRINCIPIO DE ALGO NUEVO

EIJI

EL REY SELECTO

LA HECHICERA

RECORDAR

LARGA VIDA AL REY

EL SONIDO DEL VIENTO

BASTET

ASIGNACIÓN

MÁS

SU PRIMERA TAREA

EL FAVOR

EL CAMINO

SEGUNDO INTENTO

LA LLEGADA DE LA REINA Y LA HECHICERA

EL DÍA DE LOS REYES MAGOS

CAMBIO DE TURNO

LA ESTRELLA EN EL CIELO

EL PRIMER ATAQUE

EL SEGUNDO ATAQUE

LA CALMA ANTES DE LA TORMENTA

REENCUENTROS

1

2

3

4

MELCHOR vs. GASPAR vs. BALTASAR

LUEGO DEL COMBATE

DESCENDIÓ A LOS INFIERNOS

LA PALABRA DE LOS SEÑORES Y SEÑORAS

INTERLUDIO. EL CUENTO DE LOS ÁNGELES

EL REGRESO

AL TERCER DÍA, RESUCITÓ DE ENTRE LOS MUERTOS

FIN POST MORTEM

SINOPSIS

Gracias a Guido y a Karina por ayudarme con esta obra.

Este libro está dedicado a vos, papá.

Gracias por cuidarme, amarme y alentarme a hacer lo que me gusta.

REGRESO A CASA

El rey mago Melchor medía alrededor de un metro setenta. Su barba y cabello eran largos y plateados. Sus ojos eran de un azul intenso. Llevaba una túnica roja con capa azul y una corona dorada.

Gaspar era el más alto, medía dos metros. Tenía cabello y barba color café, igual que sus ojos. Vestía una túnica blanca con capa amarilla y un turbante blanco en la cabeza.

Baltasar, el tercer rey mago, medía alrededor de un metro setenta, igual que Melchor. Su tez era morena, su barba era la más corta y de color negro azabache. Usaba una túnica anaranjada, una capa verde y un turbante blanco.

Durante el camino de regreso, los tres reyes vieron el reino de Herodes el Grande. Desde donde estaban pudieron apreciar la magnificencia de sus tierras y de sus construcciones. Edificios, monumentos, templos, palacios y demás construcciones imponentes. Recordaron aquel a quien le habían avisado que el nuevo rey había nacido. Aquel hombre que les había inspirado gran desconfianza y les había hecho arrepentirse de sus palabras cuando este les solicitó que le trajeran noticias sobre el recién nacido.

Se miraron entre sí y consideraron que era mejor no arriesgarse a que Herodes los viera y se generase algún tipo de conflicto que pudiera escalar a mayores. Alineándose entre los tres para formar un triángulo, los reyes cerraron sus ojos y aguardaron. El viento sopló cada vez más fuerte y la arena se arremolinó a su alrededor. Unos fugaces destellos sobresalían de la arena, como si esta estuviera hecha de estrellas. A los pocos minutos, el remolino de arena se detuvo y tanto los hombres como sus camellos habían desaparecido.

LOS JUGUETEROS

Inspirados por la dicha que les trajo su aventura, tan solo unos pocos días después de dicho evento, los tres reyes ya estaban casi listos para su nuevo objetivo; sin ser conscientes de la fuerza que los impulsó a actuar en tiempo y manera exactamente idénticos. Averiguaron las necesidades materiales de los niños en su pueblo y se propusieron satisfacerlas todas en una sola noche.

Cuando estuvieron completamente listos, abandonaron temporalmente el rol de reyes, y asumieron exclusivamente el de magos. Cada uno estaba en una habitación gigante, como si fuera otro templo, pero totalmente vacío y oscuro. Una vez allí, se prepararon.

Sintieron un nudo en el estómago en el momento en que se alistaban. Respiraron profundamente. Acto seguido, brotaron destellos y humo de sus manos, como si fuera polvo estelar lleno de diamantes.

Del suelo comenzaron a brotar juguetes y herramientas. Emergían como si se tratara del nacimiento de varios árboles. Las habitaciones antes vacías comenzaban a carecer de espacio, cada vez más rápido. Cada uno creyó haber oído la respiración de los otros dos mientras conjuraban los regalos.

Al tener todo listo, la habitación de cada uno estaba llena de diversas cosas, como instrumentos musicales y muñecos. Con un mero movimiento de sus manos, todos los objetos se convirtieron en pequeñas luces, como las estrellas que uno ve desde la tierra. Sacaron de sus trajes una cantimplora vacía y las luces se dirigieron de forma autónoma hacia el interior de esta, y dejaron la habitación completamente desierta antes de irse.

EL PRIMER REPARTO

En cuestión de minutos, cada uno había dejado su regalo en la casa de cada destinatario. Cuando volvieron a sus dormitorios, se imaginaron lo orgulloso que estaría el verdadero rey por sus acciones cuando este fuera mayor.

Ver las caras sonrientes de las personas, los residentes de sus ciudades, les permitió volver a sentir que hacían algo que los alejaba de sus monótonas vidas. No es que hubieran sido malos gobernantes, pero, simplemente, ya no encontraban algo que los sorprendiera o les generara el placer de usar su magia para algo tan ambicioso y, a la vez, solidario. Un dejo de culpa les dio a entender que habían sido egoístas y que, en cierta forma, habían abandonado a su pueblo.

Un viento cálido acarició sus rostros y cerraron los ojos. Inmersos en un breve trance, pudieron verse los tres. Desconociendo el origen de la magia responsable, se dieron cuenta de que habían actuado en perfecta sincronía, tanto en sus actos como en el momento en el que los llevaron a cabo. Atribuyeron dicho suceso a la influencia del verdadero rey, quien los felicitaba por su obrar y les pedía repetirlo. Así, acordaron fijar esa noche como la que todos los años repartirían regalos, no solo a sus reinos, más allá también.

Nuevamente, sintieron un retorcijón en sus estómagos que comenzó a agravarse. Fueron perdiendo el equilibrio y cayeron. Fuertes vómitos reemplazaron las arcadas que comenzaron a sentir. Luego vinieron las convulsiones. Sus sirvientes no aparecían, ¿por qué? Creyendo que estaban por morir, perdieron el conocimiento.

MONSTRUOSO

Los reyes magos estaban uno junto al otro. Despertaron al mismo tiempo y de un sobresalto. Estaban muy desorientados. Se miraron entre sí, se reconocieron. Miraron a su alrededor, no entendían qué había sucedido. Sus camellos estaban junto a ellos, muertos de deshidratación, la peste de sus cuerpos en descomposición los enfermaba. Se levantaron y miraron con detenimiento.

No muy lejos se encontraban unas enormes construcciones. El trío se dirigió hacia allá con la esperanza de encontrar ayuda. A medida que se acercaban comenzó a hacerse más nítida la imagen. Aquel lugar estaba desierto y los hogares estaban bañados en sangre. El aire estaba viciado con la esencia de la violencia y la carnicería.

Horrorizados, los reyes se acercaron para ver qué era lo que había pasado allí. Dentro de cada hogar había un camino de sangre que los conducía hacia una imagen horrible, la de niños pequeños masacrados por la tiranía de un hombre monstruoso.

Cada uno se alejó del hogar en el que husmeaban, sus miradas se cruzaron y compartieron un intenso sentimiento de dolor, horror y desesperación. Deseaban olvidar lo visto y regresar a sus reinos. Pero, más que nada, desearon morir cuando se dieron cuenta.

Sin esforzarse en pensarlo, casi instintivamente, como si una voz dentro de ellos les contestara antes de preguntarse, lo supieron. Sabían quién había sido el hombre que había realizado tan brutal acto. Un amargo y profundo sentimiento de culpa cayó sobre ellos. Por obra suya, Herodes había sido advertido del nacimiento del nuevo rey y, por temor a perder su reino, había enviado a sus tropas a asesinar a cuanto niño encontrasen. Durante sus lamentos comenzaron a sentirse mareados y acabaron desmayándose otra vez. Con un fuerte espasmo, despertaron al mismo tiempo de lo que parecía una pesadilla.

COMPLICIDAD

Cada uno de ellos se despertó debajo de las sábanas de telas finas que cubrían las amplias camas de sus grandes habitaciones de sus inmensos palacios; era medianoche. Un sudor frío recorría sus rostros; eran como lágrimas que competían por ver cuál llegaba primero al mentón (las de Gaspar llegaron primeras). Sus respiraciones se agitaron y por momentos gritaron del horror. Sus alaridos hicieron que fueran asistidos por sus devotos sirvientes. Aprovecharon la ocasión para demandar tanta agua como pudieran traerles y buscaron serenarse lo más pronto posible.

Cada uno sabía que los otros dos hacían los mismos movimientos: reincorporarse, beber el agua igual de rápido. Sintieron desesperación, miedo, angustia y un dejo de locura con terror, una transición de emociones al unísono. En dicho estado, ordenaron ser dejados a solas, lejos de la mirada y escucha de cualquier otra persona. Pese al miedo de sus fieles por descuidarlos, los reyes quedaron a solas. Los tres miraban al vacío, sabiendo que los ojos de otros dos estaban allí. Un modo de comunicación inusual, jamás antes usado por ellos. De hecho, ni siquiera sabían que podían hacerlo. Necesitaban indagar, y su método de comunicación era insuficiente.

Melchor, Gaspar y Baltasar se aproximaron a los balcones de sus dormitorios. La mayoría de la población estaba durmiendo en sus hogares. Ellos, en su soledad, y al mismo tiempo, compañía, miraron al cielo. Observaron el firmamento como lo habían hecho individualmente en el pasado. Solían admirar los astros, encontrar constelaciones y anotarlas. Tomaban notas de cometas, enanas blancas, supernovas. Vieron estrellas nacer y otras morir. Tal era su poder que el cielo y el espacio se abrían a ellos como las cortinas de un escenario.

Cerraron sus ojos y se concentraron. Mientras se esforzaban por realizar su cometido, recordaron aquel impulso que los había hecho seguir a la estrella que inició todo. Rememoraron un instintivo deseo de seguirla, y la intuición de que cada uno se encontraría con otros dos viajeros, y así los tres iniciarían aquel viaje con un final aún incierto para ellos. Tales remembranzas trajeron más amargor a sus vidas. No era para menos, no podían permitirse olvidar, y la situación tampoco se los permitía. Rememorar reiteradas veces sus pecados, su mal involuntario y la tragedia que cayó sobre los inocentes. Casi que los tres se hubieran lanzado a llorar, no por falta de ganas, eso les sobraba, pero se contuvieron para buscar explicaciones y, quizás, una posible redención.

Melchor y Baltasar comenzaron a sentir un aroma a olíbano en el aire en el momento en que, mientras tenían sus ojos cerrados, visualizaron una pequeñísima luz blanca.

Gaspar y Baltasar, debajo de sus párpados, veían una pequeña luz dorada flotando delante de ellos.

Melchor y Gaspar sintieron el aroma a mirra que habían llevado una vez a través del desierto y, al mismo tiempo, podían ver una pequeña luz plateada.

No había dudas, ya estaban en sincronía total, podían comunicarse como si estuvieran cara a cara. Dada la posibilidad, dieron lugar a su conversación.

Baltasar preguntó si podían escucharlo correctamente. Los otros dos confirmaron.

¿De dónde había venido ese sueño?

Ninguno sabía.

El motivo era claro, tenían que ver lo que Herodes había hecho.

¿Qué hacer entonces?, se preguntaron los tres.

¿Hacer? ¿Qué se podía hacer? ¿Justicia?

Definitivamente justicia.

¿Cómo iban a impartirla? ¿Debían ir desde su postura de reyes, imponerse frente a otros reinos y exigir justicia ante otro? ¿Podría esto escalar a mayores conflictos?

No estaban seguros de nada, y solo veían como único escenario posible una guerra entre reinos. Una guerra que diera lugar a más muertos, niños sin sus padres, padres sin sus niños. Más sangre derramada. Cómo enjuiciar al rey Herodes, el Grande, sin arriesgarse a una guerra era su mayor preocupación.

Su pesimismo solo les permitía imaginar ese escenario. En un silencio prolongado, consideraron una posible solución, una más sencilla, que no los enorgullecería, pero era mucho mejor que otro baño de sangre.

PUNTO DE PARTIDA

Los reyes se reunieron. Lejos de ser un reencuentro cálido, se trataba de un encuentro amargo que anunciaba tragedia. Decidieron hablar de lo que más les importaba debatir en ese momento; cómo, por qué, y quién les había vinculado las mentes y si les mostraron la masacre esperando que sucediera aquello que estaban por hacer.

Algo estaba pasando, algo por encima de ellos.

¿Cómo saber de qué se trataba?

¿Algún truco mágico que les permitiera saber?

Difícil saber cuál, pues tenían que rastrear en profundidad.

Más que en profundidad, era como ir de persona en persona preguntando si los habían estado haciendo actuar de forma idéntica.

¿Entonces qué?

¿Alguna teoría?

Otro rey, una reina, hechiceros, hechiceras, cualquier cuarta persona que se estuviera intentando comunicar y alertarlos.

¿Alertarlos? ¿Aquello que vieron había pasado o iba a pasar?

¿Informarles entonces? ¿Estaban siendo informados? ¿Reprochados? ¿Criticados?

¿Serían castigados?

Primero corroborar que aquello haya sucedido.

Sus pueblos, ¿qué pasaría si ellos se fueran?

Debía ser algo rápido, ir y averiguar.

De efectivamente haber sucedido, ¿qué hacer?

¿Debían hacer justicia? ¿Deberían usar aquel método que habían pensado los tres?

Antes de seguir formulando preguntas, acordaron ver por sus propios medios si el pueblo realmente había sido masacrado, su regreso sería mucho más doloroso de lo que podrían soportar. Debían armarse de valor, de aquel poder de voluntad que les permitía superar los miedos con los que todo ser humano, rey, mago o todo junto, lidiaba, pues les era algo natural. Este no era el único sentimiento en sus corazones, también sentían dolor, culpa, tormento, desesperación e incertidumbre ante la situación. La estabilidad de sus reinos se vería amenazada si se dejaban dominar por ellas.

Tratando de ignorar esta vorágine que atormentaba sus mentes, decidieron ponerse en marcha. El peregrinaje había terminado, ya no necesitaban montar un camello e ir lentamente hacia Belén. Por lo tanto, se alistaron y tomaron una fuerte bocanada de aire, retuvieron aquella bola de oxígeno dentro por unos segundos y exhalaron lentamente. Luego, desaparecieron de donde estaban.

LOS TESTIGOS

Aparecieron donde habían estado antes de que terminara su visión. Vieron a varias personas limpiando la sangre de las paredes, sus ojos estaban empapados en lágrimas. Los cuerpos de los asesinados, envueltos en telas y arrastrados por carretillas.

Los pocos que se voltearon a ver a los reyes se acercaron desesperados a pedir ayuda. Les decían que había sido Herodes, que necesitaban protección, que no sabían cuándo este volvería a atacar ni por qué.

Los reyes preguntaron acerca del nazareno, pero los pueblerinos no supieron la respuesta a tal incógnita. La incertidumbre era lo peor que les pudo haber sucedido, era mucho más desagradable que si les hubieran respondido está bien o fue brutalmente asesinado. No había cuerpo, pero no sabían en manos de quién podría estar. Las posibilidades eran a merced de Herodes o de cualquier otro ser vivo que ellos no conocían.

Las voces de las personas comenzaron a resonar con fuerza en sus oídos. Empezaron a temblar del dolor en sus cabezas por tanto ruido. Miraron a aquellos cuyos ruegos eran cada vez más insoportables, sus ojos se habían oscurecido y los pedidos de ayuda habían sido sustituidos por palabras como asesinos, monstruos, repulsivos, entre otras.

Los reyes se miraron con desesperación y, con un movimiento mágico, volvieron a desaparecer del lugar sin dejar rastro. No lo pudieron atestiguar, pero las personas que les estaban reprochando habían salido de una especie de trance, como si sus cuerpos hubieran sido usados de la misma forma que un niño usa un juguete.

DECISIÓN

Ya era claro para ellos. Lo que habían visto efectivamente había sucedido, ya no podían hacer nada para remediarlo. Entre sus límites, manipular el tiempo estaba más allá de ellos. De esta forma, lo único que podían hacer era lamentarse, apretar los dientes, llorar y golpear los muros a su alrededor.

¿Qué tipo de rey permitiría la matanza de inocentes? ¿Cómo podía ser digno de proteger a su pueblo si era tan inconsciente? Por más que esa ciudad no fuera parte de sus dominios, ¿con qué descaro se atrevían a llamarse reyes?

Tanta vergüenza, tanto dolor, tanto rencor. Los sentimientos fueron mutando, volviéndose cada vez más oscuros. Seguían mentalmente vinculados, podían comunicarse entre sí, y así pudieron decidir su accionar como consecuencia de lo ocurrido.

EL MANTO

Melchor, Gaspar y Baltasar habían abandonado su título de reyes en menos de un mes, luego de haber decidido qué harían frente a los trágicos sucesos que azotaron a Belén. Cada uno había elegido a alguien de confianza para que llevara el mando.

Melchor le otorgó el mando a un antiguo amigo y compañero, un hombre que había conocido hacía años en un viaje a otras tierras. De allí provenía ese amigo, de un país muy lejano, con rasgos distintivos y fácilmente identificables para los ciudadanos originarios de las tierras de Melchor. Este hombre le había salvado la vida al mismo rey, y, desde entonces, nunca se apartó de su lado. También lo ayudó a tomar decisiones importantes y afrontar grandes problemas propios de cualquier otro rey. Era la persona en quien él más confiaba, y de quien estaba seguro que desempeñaría un excelente rol.

Gaspar seleccionó a un muy íntimo amigo que había conocido en su infancia, cuando este aún no había asumido el trono. Nadie sabía de esta persona hasta que fue coronada, pues ninguno de los dos permitió que se supiera, Gaspar se había asegurado que quienes los hubieran visto juntos lo olvidaran. No era costumbre que un hombre tuviera amigos tan íntimos o que las mujeres tuvieran amigas así. En esto, Gaspar opinaba que era un pensamiento que no debía ser modificado a través de la magia, sino a través de la progresiva concientización y aceptación de la sociedad.

Baltasar le delegó el reinado a su hermana menor, doce años más joven que él, muy joven para ser reina, pero suficientemente madura e inteligente como para poder desempeñar su nuevo rol apropiadamente. Se podría esperar que un rey pueda existir sin una reina, pero no al revés; sin embargo, Baltasar se había encargado de hacer entender a su pueblo que las cosas no debían ser así. Por primera vez en su historia, habría una reina independiente al mando de las tierras que pertenecían a Baltasar.

Habiendo cambiado de vida, los magos desaparecieron de sus hogares en una nube llena de estrellas, para luego aparecer a unos kilómetros de las tierras de Herodes, preparándose para lo que estaba por venir.

LA CAÍDA

Sumergido en una enorme bañera, el Grande reposaba su cabeza contra el borde de esta mientras reflexionaba. La incertidumbre de un misterioso futuro lo aquejaba. Se preguntaba si había logrado acabar con su futuro rival. El vapor del agua lo ayudaba a relajarse y, por momentos, repetía la misma pregunta. El cargo de conciencia le era mínimo, casi inexistente. Se veía a sí mismo como el indicado, el más digno, el merecedor de todo lo bueno.

Sentirse de dicha forma era, según su criterio, la razón por la que sus actos eran incuestionables. Creerse dueño de la verdad representaba el sentirse a sí mismo como quien tiene la sabiduría y conocimientos necesarios para actuar de forma correcta, sin necesidad de consultar, sin necesidad de pensarlo muchas veces, sin necesidad de cuestionarse.

Ser el elegido era ser el único, aquel cuya misión era guiar al mundo hacia un destino mejor, aunque eso implicara llevar a cabo actos que pudieran ser severos, pero necesarios.

Ser el Grande era más que un simple título, apodo, sobrenombre o como uno quisiera llamarlo; era, para él, una insignia, un distintivo, una bandera que anunciaba quién era él y qué representaba. Ser el Grande era anunciarles a quienes oyeran de él que podían descansar tranquilos, sabiendo que había alguien justo, un guía capaz de iluminar el camino de los ciegos, sanar al enfermo, y derribar muros con solo una palabra. Pero, por sobre todas las cosas, un alfa y un omega, un líder severo e incuestionable, la figura de autoridad máxima a quien nadie debía provocar.

Su mente se despejó y, en su trance, solo habitaban la confianza, la fuerza, pero también la sangre. Ese último pensamiento fue descartado inmediatamente por el Grande. Él no era sanguinario. Él actuaba siempre por el bien mayor, guiando a su pueblo hacia la iluminación. Su pensamiento, entonces, fue reemplazado por palabras, como digno, noble, asesino, tirano, monstruo, profano, barbárico, bestia, abominable, entre muchas otras.

Herodes se levantó de un salto y salió de su bañera. Estaba asustado. Él no habría pensado en tales palabras para definirse, era impropio de él. Algo no estaba bien, algo le estaba metiendo esas palabras en la cabeza. Al primer paso que dio, resbaló y cayó de lleno al suelo. Se golpeó el rostro y su nariz comenzó a sangrar. Sus pulmones comenzaron a llenarse de mucosa y le costaba respirar. Trató de reincorporarse, pero volvió a resbalar y caer.

Herodes, el Profano, se reincorporó, buscó a sus sirvientes, pero no había nadie a la vista. Herodes, el Abominable, llamó, pero nadie respondió. Herodes, el Barbárico, bramó, pero nadie lo escuchó. Herodes, el Monstruo, tosió y luego escupió sangre, pero nadie acudió. El profano comenzó a desangrarse por todos sus orificios. El moribundo se acostó boca arriba, incrédulo de lo que estaba pasando, esperando despertar de una horrible pesadilla. El tirano, asesino despiadado, vio una aureola boreal dorada, al mismo tiempo que sentía un olor a incienso y mirra. Herodes, el Condenado, exhaló su último aliento y sintió su alma siendo arrastrada más allá del alcance de los tres magos.

EL PRINCIPIO DE ALGO NUEVO

Otro aniversario de su noche de regalos. Esta tradición los hacía sentir completos, alegres, más de lo que lo habían sido en mucho tiempo. No lo veían como una banalidad de regalar objetos materiales y saciar el capricho desmesurado de las masas. Se trataba de estar perceptivos a aquellas necesidades que ellos pudieran cumplir sin interrumpir el ciclo de vida de cada individuo, sin involucrar a otras personas en algo en lo que no necesitaban involucrarse; algo que no necesitaban saber, de lo que no necesitaban participar y que, al final, pudiera traerles complicaciones. Cada aniversario era cosa de magos, los que una vez fueron reyes.

Con la ayuda de unos camellos potenciados por sus trucos, sus viajes eran mucho más cómodos, menos laboriosos, igual de rápidos y más amplios. Solo debían parar cada tanto para que estos se alimentasen. Pero el alimento de estos camellos mágicos no era algo extravagante como uno se esperaría de un ser sobrenatural. No comían polvo estelar ni bebían alguna especie de elixir mágico. Para nada. Para aquellas nobles criaturas era algo tan sencillo como césped y agua.

La gente les quería agradecer con regalos como pan y otros alimentos, pero ellos, humildemente, pedían pasto y agua para sus camellos. Así, esto se volvió tradición.

Una vez terminada su tarea en una casa, pasaban a la otra. La velocidad de sus actos era superior a la comprensión, lo que les facilitó mucho su trabajo. Su pequeña contribución al mundo, su manera de sentirse cómodos con ellos mismos y hacer algo que los hiciera olvidar todo por una noche, se volvió su razón de ser.

EIJI

Sin importar cuán poderoso un mago pueda llegar a ser, cuando se está demasiado cansado y malherido para moverse, se puede volver muy difícil invocar a la magia. Y ese fue el caso de Melchor antes de ser rey. Se encontraba en un lugar que solo conocía por rumores. A pesar de que era un hombre muy dedicado a la investigación, le resultaba irreal que hubiera un lugar en el mundo que no conociera. El sitio que había buscado estaba en un pantano que, como todo lugar misterioso, se encontraba apartado de toda civilización, a lo lejos, en el corazón de algún territorio sombrío. Melchor se había adentrado con la confianza de que tendría la situación bajo control, después de todo, no le faltaba experiencia en dichas áreas.

Ya dentro del enorme pantano, el joven Melchor recorrió imprudentemente el territorio, todo producto de su ego. Este era tan elevado que se las había ingeniado para embarcarse por sí solo, obviamente. Durante su trayecto, no se había dado cuenta de que, sutilmente, estaba siendo guiado por un gas inodoro e incoloro, el cual era producto natural del lugar y tenía su antecedente de atraer distintas criaturas para luego acabar con ellas.

De esta forma, Melchor no se percató hasta que fue demasiado tarde que, detrás de troncos, ramas y lianas llenas de musgo, terminó en un enorme charco de barro. Visualmente no parecía nada extraordinario, era fácilmente eludible, sin embargo, no pudo avanzar ni un paso más. Forcejeó y trató de agarrarse de lo que fuera, pero no dio resultado. El fango comenzó a hundirlo más y más. Esto no era lo peor, pues el charco comenzó a agrandarse hasta parecer un enorme pozo. El barro comenzó a burbujear y el gas, que lo había llevado hasta donde estaba, tomó un color púrpura y un olor rancio que comenzó a marearlo. Pasaron los minutos y Melchor terminó hundido hasta el pecho, se encontraba en un estado de trance y su rostro era el de un moribundo en su último momento. Unas ampollas llenas de pus salían de su rostro y, sin notarlo, el resto de su cuerpo se quemaba lentamente. Lo último que recordó antes de ser salvado fueron unas luces púrpuras. Allí mismo fue sujetado por un hombre de aspecto juvenil, pero sin duda mayor que Melchor. Este muchacho se había parado sobre una raíz sobresaliente del árbol más cercano, que lo dejó perfectamente posicionado para tomar a Melchor por los brazos bajo las axilas y jalar hacia arriba hasta liberarlo del fango. Ambos cayeron sobre pasto, donde estaban a salvo, al menos hasta que los gases volvieran a su estado invisible para atraerlos a ambos a un destino funesto. Para evitar dicho final, el hombre cargó a Melchor en brazos y salió corriendo. El olor del mago era asqueroso y su calor le lastimaba los brazos a su rescatador, pero aun así siguieron hasta el final.

Al cabo de, aproximadamente, una hora, Melchor recobró el conocimiento, pero seguía sumamente exhausto. Miró a su alrededor y vio a su salvador. Este le mantenía la mitad superior del cuerpo arriba usando sus piernas para que Melchor se apoye. El mago no podía hablar, tenía la boca reseca y todo le ardía. El hombre intentó darle agua, sin embargo, de esta apenas unas pocas gotas podían llegar a su garganta sin que Melchor se ahogara. Con un ademán de su mano, le pidió al hombre que le quitara la ropa y ver su estado. El sujeto hizo una mueca.

—No creo que quieras ver eso —advirtió—. Mandé a llamar a un curandero, está en camino.

Melchor negó con la cabeza y volvió a hacer su ademán mientras exhalaba profundamente. Con miedo, el hombre le quitó la ropa al mago y dejó expuesta una piel y carne atrofiadas por el calor. La mirada del sujeto fue de pura angustia al ver cómo Melchor contenía sus lágrimas.

No debe faltar mucho —dijo el hombre para animar al mago—. Respira, enfócate en mantenerte despierto.

Negándose, Melchor apartó a aquella persona con otro ademán, dejando a este desconcertado. Cerrando los ojos, el mago posó su palma en el pecho y se concentró. Pasaron unos minutos y nada. El mago tosió varias veces y el otro intentó asistirlo, pero Melchor lo rechazó nuevamente. Volvió a concentrarse, aunque nuevamente terminó todo en un montón de tos. El mago se tomó un momento para prepararse; tomó aire, lo retuvo y lo exhaló prolongadamente. Apretó los dientes y se esforzó por no desmayarse en su nuevo intento.

Una cortina de polvo dorado brotó de su mano y cubrió todo su cuerpo. Se mantuvo así unos minutos a los ojos del hombre hasta que las partículas doradas se esparcieron con el viento, dejando al descubierto a un Melchor con el cuerpo casi igual a como le había quedado cuando lo sacaron del pozo. Sus heridas se habían cerrado y su cuerpo ya no hervía, pero su piel seguía igual de desfigurada. Pidió un poco más de agua con una seña y pudo tragar una buena cantidad. Finalmente, el mago se dejó caer al suelo. Allí, intentaba recuperarse mientras se esforzaba por hablar con su salvador.

 – Gracias —dijo Melchor.

 – Tranquilo, no te esfuerces —respondió el otro—. Tienes suerte de que yo también estuviera haciendo excursión en ese lugar.

 – Estoy bien, puedo hablar… No recuerdo haberte visto antes.

 – Seguro que no, vengo de otro lugar, uno bien lejano.

 – ¿Cómo te llamas?

 – Me llamo Eiji —respondió el hombre.

 – Yo me llamo Melchor…

 – ¿Melchor como el hijo del rey?

 – Soy el hijo del rey… —respondió con cansancio.

 – Diablos —dijo Eiji—. No sé si deba quedarme entonces. Quizás tu padre quiera cortarme la cabeza si te ve así conmigo.

 – Claro que no… Yo le diré… Le diré que me ayudaste… estarás bien. Te agradecerá.

 – Bueno, eso es un alivio… —Se quedó dubitativo hasta que decidió seguir—. Entonces… ¿es cierto el rumor? ¿Tú y tu padre pueden hacer magia?

 – De vez en cuando…

 – ¿No pueden usarla siempre?

 – No es prudente… puede hacer daño.

 – ¿Y qué hay de lo que te pasó? ¿Podrás sanar por completo?

 – Creo que eso va a ser imposible… mi cuerpo está demasiado dañado… ni mi padre ha curado tales daños.

 – ¿Ven esos daños muy seguido?

 – Los vi una vez… cuando un hombre prendió fuego su casa por accidente.

 – ¿Y qué fue de él?

 – Murió.

 – ¿Entonces vas a morir?

 – No lo creo… espero que no. Quisiera seguir al menos hasta poder estar con una mujer.

Pasaron un par de horas más, pero no solo vino el curandero, sino que también habían llamado a un grupo de hombres del rey que lo cargaron a una carroza. Antes de que se lo llevaran, Melchor miró por última vez a Eiji.

 – Denle un mapa o algo. —Se dirigió el mago a sus súbditos—. Quiero que ese hombre llegue a nuestro reino para agradecerle por salvarme. Y tú… —dijo a Eiji—. Ven en tres días, seguramente estaré con la fuerza suficiente para recibirte.

Se le entregó un pergamino en el que le anotaron en el mismo momento las instrucciones de cómo llegar a su nuevo destino. Eiji hizo una reverencia propia de su tierra natal y los vio irse. Miró fijo a ese grupo hasta que desaparecieron de su vista, una ocasión que él aprovechó para ir en sentido contrario. En medio de la civilización habitante de un pequeño pueblo, Eiji pudo divisar una tienda abandonada, maltratada y venida abajo. Dentro de ella, vio un pequeño destello y él fue a su encuentro. El lugar estaba vacío y oscuro, pero era obvio para Eiji que la sombra que lo rodeaba no era natural, pues comenzó a sentirse vigilado y nervioso. En ese momento, él escuchó una voz femenina.

 – Felicidades —dijo aquella enigmática presencia—. Te ganaste la confianza del príncipe.

 – ¿Va a estar bien? —preguntó Eiji, avergonzado.

 – Claro que va a estar bien —aseguró—. Después de todo, tienes que seguirlo a dondequiera que vaya para ganarte su aprecio. Eventualmente todo te saldrá bien. Tendrás un reino propio, superior al de tus hermanos, y podrás hacer lo que se te plazca.

 – Mientras no muera…

 – Mientras no muera, ¿qué? ¿Es una amenaza? ¿Ahora te arrepientes de conspirar? El muchacho ha quedado hecho un carbón viviente. ¿Recién ahora entiendes de qué va esto?

 – ¿Qué quieres decir?

 – No es necesario que lo sepas —dijo la sombra, impaciente—. Vete de una vez. Tienes que alistarte para tu recibimiento glorioso.

Eiji se dio media vuelta, agachó la cabeza y salió de la tienda. No se molestó en mirar atrás, si bien no pudo ver a aquella criatura en ningún momento, ya no se sentía azotado por su presencia, por lo que dedujo que ya se había ido.

EL REY SELECTO

Darjan era alguien distinguido por su humildad y afán por buscar nuevas formas de ayudar. Se había especializado en la filosofía y se interesaba mucho en la democracia, ambicionando el bien comunitario y la igualdad para todas las personas.

Para su desgracia, se le había aconsejado mantenerse callado, mantener un perfil bajo. Le dolía en lo más profundo de su alma tener que resignarse a tal cosa, pero sabía bien por qué se le había dado esa recomendación. Sus ideales no serían tomados en cuenta, puesto que el hacerse notar podría llegar a atraer el interés de los demás por conocer sus preferencias. El rey mismo debía ser privado también de esta información, ya que ni este lo aprobaba. Solo el joven príncipe era el que conocía el secreto de Darjan, y se lo celebraba en silencio.

Ambos se conocían desde pequeños y siempre habían sido inseparables. Cuando llegaron a una edad un poco más madura, Darjan y su amigo Gaspar fueron conociéndose a sí mismos en profundidad, y se encontraron ante la agradable sorpresa de que se sentían de igual manera. Todo lo que les diera alegría, esperanza, y placer, eran idénticos en mente y alma. Su vínculo se estrechó, más que cualquier otro. Pero estaban al tanto de que solo ellos podrían entenderse, que el resto no lo haría, sino que los rechazaría.

En otros lugares del mundo, el vínculo que ellos compartían no sería mal visto, todo lo contrario, sería de lo más normal. Y pensaron en huir juntos a esas tierras. Pero les parecía ridículo que solo su gente rechazara lo que allí denominaban mal comportamiento, y, aprovechando la posición asegurada que recibiría Gaspar, no dejarían pasar la oportunidad de introducir el cambio en las tierras que los vieron nacer.

Ninguno se sentía incómodo teniendo que llamarse al silencio hasta que el príncipe asumiera el trono, pero reconocían que la idea era muy prometedora y podría llegar a funcionar. Con el sueño de un lugar mejor, tomaron el compromiso de no darse a conocer hasta que las piezas estuvieran en su lugar.

Llegado el momento tan ansiado por ambos, Gaspar asumió el trono con cierto dejo de culpa al sentir alivio por la muerte de su propio padre. Estando a cargo de toda la ciudad y sus habitantes, Gaspar se las ingenió para iniciar un proceso de respeto a la diversidad. Cuando él renunció, fue continuado por Darjan, quien ya tenía suficiente aceptación del pueblo como para poder seguir con dicha labor con mayor facilidad.

Aun con la ausencia de su querido predecesor, Darjan se sentía acompañado. Sentía a su amigo dándole aliento en sus sueños y cada vez que se sentía abatido. Cada aniversario en que se celebraba el envío de regalos, el nuevo rey se asomaba por el balcón de su dormitorio, esperando ver pasar a su amado amigo por el cielo para dejar sus presentes. Y, cada vez que lo hacía, podía sentir una brisa cálida que lo abrazaba y soplaba al oído, dejándolo con una bella e incomparable dicha. Todos los años esperaba paciente por dicha noche al igual que los niños, y se sentía joven de nuevo, los recuerdos de la infancia y la adultez; desde que se conocieron hasta que se despidieron.

LA HECHICERA

Rita era una mujer de cabello largo y plateado. Sus ojos eran de un color esmeralda que brillaba intensamente en la oscuridad. Vivía aislada del resto del mundo, en una casa enorme, de unos nueve metros de alto y que usaba como columnas los troncos de cuatro árboles que se alineaban para formar un cuadrado. Entre los troncos se alzaban muros de ladrillo blanco. Casi en la cima, donde estaba la mayoría de las ramas y sus hojas, había una pirámide de madera con tejas rojas. Algunas de estas ramas se encontraban dentro de la casa y se habían adherido a los muros cual planta trepadora, proveyendo mayor soporte a la estructura.

Una noche, una reina se apareció en su hogar, su nombre era Bastet, inspirado en el de la antigua diosa. Era de tez morena y cabello negro azabache. Usaba un vestido blanco que contaba con dos pares de tirantes, uno naranja y otro verde. Avanzó hacia Rita, quien la esperaba en el centro de la sala. Al detenerse delante de su anfitriona, ambas se saludaron.

 – Buenas noches, Rita, la hechicera.

 – Buenas noches, Bastet, reina maga y hermana menor del antiguo rey Baltasar… —Luego de un breve silencio, prosiguió—. Hecho el saludo formal, pasemos a un trato un poco más informal, si no, no me sentiría cómoda.

 – Gracias por decir eso —dijo Bastet con una sonrisa en el rostro.

Se dirigieron hacia una mesa ubicada detrás de Rita y tomaron asiento. Sobre esta ya había unos vasos, copas y dos jarras, una con agua y la otra con vino.

 – ¿Qué quieres beber? —preguntó Rita.

 – Agua estará bien —respondió.

 – Agua para ambas, entonces —dijo mientras servía para ambas—. Bueno… ¿a qué debo tu presencia en mi hogar?

 – Es mi hermano, el antiguo rey. Como lo mencionó en su saludo estoy segura de que lo ha conocido.

 – Lo vi una vez —admitió—. Parecía buen sujeto.

 – Lo es —corrigió Bastet—. Pero estoy preocupada.

 – Me imagino, que hayas venido hasta aquí, dejando a tu pueblo solo y vulnerable, ¿es que no te preocupa lo que les pueda pasar? —inquirió.

 – Me importa, pero también me importa mi hermano. Mi gente está bajo el cuidado de mis más confiables consejeros. He seleccionado cuidadosamente a cada hombre y mujer que asumirían mis tareas cuando me ausente. El reino y sus habitantes están a salvo —aseguró ella.

 – Entonces, dime ya, ¿qué es lo que te ha hecho venir?

 – Mi hermano ha desaparecido.

 – ¿Desaparecido? ¿No deseará estar a solas?

 – ¿Y perder comunicación con su hermana luego de tantos años comunicándonos? Está desaparecido y no sé qué le pasó.

 – Es parte del trío que reparte regalos a los niños, y estamos cerca de su noche. ¿No se estará preparando para ella?

 – Lo dudo, su compromiso nunca ha sido impedimento para que nos hablemos.

 – Y quieres que lo busque.

 – Es correcto —concluyó Bastet.

 – Muy bien. Lo haré por el respeto que le tengo a tu hermano… y porque me caes bastante bien —respondió Rita—. Pero, si no aparece, puedes estar segura de que desapareció de la faz de la tierra.

Rita se alejó de la mesa y se paró a unos metros de Bastet. Tomó aire y comenzó a batir sus manos, las cuales se rodearon de un humo esmeralda como sus ojos. Comenzó a hacer calor, el agua que estaban bebiendo comenzó a burbujear. Habiendo pasado alrededor de dos minutos, el brillo verde y la temperatura elevada desaparecieron lentamente. Rita se volteó hacia Bastet.

 – Un hechizo rastreador. Dame unos días y te diré qué resultados tengo —dijo.

 – Te agradezco mucho por tu ayuda, esperaré ansiosa —respondió ella.

 – ¿Deseas que te ayude a volver a tu casa?

 – No te preocupes —aseguró Bastet—. Seré reina, pero también soy maga. No podré hacer hechizos tan grandiosos como los tuyos, aunque sí puedo viajar de regreso rápidamente.

Bastet se volteó y caminó hacia la puerta de entrada, posó la mano sobre esta. Al instante, su cuerpo se convirtió en humo con olor a incienso y rápidamente este desapareció. Rita sonrió de la sorpresa.

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