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Siempre él
Elle Kennedy y Sarina Bowen
Serie Para siempre 1
Traducción de Magdalena Garcías

Contenido
Página de créditos
Sinopsis
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Capítulo 13
Capítulo 14
Capítulo 15
Capítulo 16
Capítulo 17
Capítulo 18
Capítulo 19
Capítulo 20
Capítulo 21
Capítulo 22
Capítulo 23
Capítulo 24
Capítulo 25
Capítulo 26
Capítulo 27
Capítulo 28
Capítulo 29
Capítulo 30
Capítulo 31
Capítulo 32
Capítulo 33
Capítulo 34
Capítulo 35
Capítulo 36
Capítulo 37
Capítulo 38
Capítulo 39
Capítulo 40
Capítulo 41
Epílogo
Sobre las autoras
Página de créditos
Siempre él
V.1: febrero de 2022
Título original: Him
© Sarina Bowen y Elle Kennedy, 2015
© de la traducción, Magdalena Garcías, 2022
© de esta edición, Futurbox Project, S. L., 2022
Todos los derechos reservados.
Los derechos de traducción de esta obra se han gestionado mediante Taryn Fagerness Agency y Sandra Bruna Agencia Literaria, SL.
Diseño de cubierta: Paulo Cabral - Companhia das Letras
Corrección: Gemma Benavent
Publicado por Wonderbooks
C/ Aragó, 287, 2.º 1.ª
08009, Barcelona
www.wonderbooks.es
ISBN: 978-84-18509-33-9
THEMA: YFM
Conversión a ebook: Taller de los Libros
Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra sólo puede ser efectuada con la autorización de los titulares, con excepción prevista por la ley.
Siempre él
Una noche loca cambió sus vidas para siempre
Jamie Canning nunca ha entendido qué ocurrió para que, de pronto, su mejor amigo, Ryan Wesley, dejara de hablarle y lo echara de su vida tras la última noche del campamento de hockey del verano en que cumplieron los dieciocho. Para él solo fue una noche de diversión en la que se dejaron llevar por culpa de unas copas de más.
Por otro lado, Wesley siempre se ha arrepentido de haber persuadido a su amigo para experimentar con los límites de su relación. Ahora, sus equipos de hockey van a enfrentarse y Wesley por fin tendrá la oportunidad de disculparse por haberle hecho el vacío a su amigo durante cuatro años. Sin embargo, en cuanto ve a Jamie su corazón late más fuerte que nunca. ¿Puede una noche de borrachera arruinar una amistad para siempre? ¿O es esta la oportunidad que ambos necesitan para aprender más sobre el otro… y sobre sí mismos?
Una historia de autodescubrimiento y amor best seller del USA Today
«Me leí Siempre él de una sentada. ¡Es buenísimo! Si tuviera que elegir a dos autoras para escribir una novela juntas, sin duda escogería a Bowen y Kennedy.»
Colleen Hoover, autora best seller del New York Times
«El modo en que Sarina y Elle cuentan el enamoramiento entre estos dos chicos es atemporal y hermosamente real».
Audrey Carlan, autora best seller
«¡Siempre él ha sido mi lectura favorita del año! Apasionada, sexy, romántica, divertida y con mucho corazón. ¡Adoro a Jamie y a Wes!».
Lauren Blakely, autora best seller
«Siempre él es todo lo que no sabía que faltaba en mi biblioteca […]. No he podido evitar enamorarme de esta novela. Una lectura obligatoria.»
Jane Little, Dear Author
«Llena de pasión y sumamente dulce. Empecé a leer Siempre él a las diez de la noche y lo terminé al amanecer. ¡Me encantan estos chicos!»
Amy Jo Cousins, autora de Off Campus
«Una lectura romántica […] con detalles muy tiernos y unos personajes secundarios muy bien construidos.»
All About Romance
#wonderlove
Capítulo 1
Wes
Abril
Hay bastante cola en la cafetería, aun así, seguro que llegaré a la pista de hielo a tiempo. A veces todo encaja.
Este fin de semana, mi equipo de hockey ha pasado las dos primeras rondas preliminares del Campeonato Nacional Universitario de la NCAA y nos hemos clasificado para el campeonato de la Frozen Four. No sé cómo he sacado un notable alto en un trabajo de historia que escribí en un coma inducido por el cansancio. Y mi sentido arácnido me dice que el tipo que tengo delante no va a pedir una bebida complicada. Por su manera de vestir, para mí que es un hombre sencillo.
En estos momentos, el viento sopla a mi favor. Estoy concentrado. Los patines se encuentran afilados y la pista, lisa.
La cola avanza y le toca a don Aburrido.
—Un té negro pequeño.
¿Veis?
Un minuto más tarde, llega mi turno, sin embargo, cuando abro la boca, la joven camarera suelta un gritito.
—¡Madre mía, Ryan Wesley! ¡Enhorabuena!
No la conozco, pero el jersey que llevo me convierte en una superestrella al menos durante esta semana.
—Gracias, preciosa. ¿Me pones un expreso doble, por favor?
—¡Marchando! —grita mi pedido a su compañera, y añade—: ¡Date prisa! ¡Tenemos un trofeo que ganar!
¿Y a que no lo adivináis? Se niega a aceptar mis cinco dólares.
Después de meter el billete en el bote de las propinas, salgo de la cafetería y me dirijo hacia la pista de hielo.
Mi humor es excelente cuando entro a la sala de proyecciones de las lujosas instalaciones del equipo en el campus de Northern Mass. Me encanta el hockey. Lo adoro. En unos meses, empezaré a jugar como profesional y me muero de ganas.
—Señoritas —saludo a mis compañeros mientras me dejo caer en mi asiento habitual. Las filas se distribuyen en un semicírculo de cara a una pantalla enorme en el centro de la sala y, cómo no, son de cuero acolchado; el lujo de la Primera División en su máxima expresión.
Desvío la mirada hacia Landon, uno de nuestros defensas de primer curso.
—Qué mala cara, colega. —Sonrío—. ¿Todavía te duele la barriguita?
Landon me responde con una peineta, no obstante, es un gesto poco entusiasta. Tiene un aspecto horrible, y no me sorprende. La última vez que me crucé con él, sorbía una botella de whisky como intentando que llegase al orgasmo.
—Tío, tendrías que haberlo visto cuando volvíamos a casa —suelta uno de tercero llamado Donovan—. Iba en calzoncillos y quería tirarse a la estatua de enfrente de la biblioteca sur.
Todos estallan en carcajadas, incluido yo, porque, si no me equivoco, la estatua en cuestión es un caballo de bronce. Lo llamo Galletita, y me parece que no es más que un monumento conmemorativo a un exalumno asquerosamente rico que logró entrar en el equipo ecuestre olímpico hará unos cien años.
—¿Intentaste cepillarte a Galletita? —pregunto al novato con una sonrisa.
Se sonroja.
—No —responde malhumorado.
—Sí —corrige Donovan.
Las risas continúan, pero ahora estoy distraído por la sonrisa burlona que Shawn Cassel me dirige.
Supongo que puedo considerar a Cassel como mi mejor amigo. De todos los miembros del equipo, es con quien más me entiendo. Además, a veces, quedamos fuera de los entrenamientos, pero el de «mejor amigo» no es un término que utilice a menudo. Tengo amigos. Un montón de amigos, en realidad. ¿Puedo decir con sinceridad que alguno de ellos me conoce de verdad? No lo creo. No obstante, Cassel casi lo hace.
Pongo los ojos en blanco.
—¿Qué?
Se encoge de hombros.
—Landon no es el único que se lo pasó bien anoche. —Ha bajado la voz, aunque importa más bien poco. Nuestros compañeros se encuentran demasiado ocupados burlándose del chaval por sus travesuras equinas.
—¿A qué te refieres?
Tuerce la boca y contesta:
—Me refiero a que te vi escabullirte con ese cabeza de chorlito. Seguíais desaparecidos cuando Em me arrastró a casa a las dos de la madrugada.
Enarco una ceja.
—No veo el problema.
—No lo hay. Pero ignoraba que te dedicases a corromper heterosexuales.
Cassel es el único del equipo con el que hablo de mi vida sexual. Como soy el único jugador de hockey gay que conozco, es un terreno delicado. Es decir, si alguien saca el tema, no voy a callarme y esconderme en el armario, aun así, tampoco lo proclamo a los cuatro vientos.
La verdad es que mi orientación sexual es quizá el secreto peor guardado del equipo. Los chicos lo saben y los entrenadores también. Simplemente, no les importa.
A Cassel sí, pero de una manera diferente. No le importa una mierda que me guste acostarme con tíos. No, quien le importa soy yo. En más de una ocasión me ha dicho que estoy desperdiciando mi vida por saltar de un encuentro a otro con desconocidos.
—¿Quién ha dicho que fuera heterosexual? —replico con sorna.
A mi amigo le entra la curiosidad.
—¿En serio?
Vuelvo a arquear una ceja y él se ríe.
La verdad es que dudo que el tipo de la fraternidad con el que me enrollé anoche sea gay. Es más bien heteroflexible, y no voy a mentir: ese fue el atractivo. Resulta más fácil liarse con los que luego, por la mañana, fingen que no existes. Una noche de diversión sin ataduras, una mamada, un polvo, lo que sea que su coraje líquido les permita probar, y desaparecen. Actúan como si no hubieran pasado las horas previas admirando mis tatuajes e imaginando mi boca alrededor de sus pollas. Como si no hubieran pasado sus codiciosas manos por todo mi cuerpo mientras suplicaban que los tocara.
Las aventuras con los gais son potencialmente más complicadas. Podían querer algo más; una relación o promesas imposibles.
—Un momento… —Le llamo la atención tras analizar lo que me ha dicho—. ¿A qué te refieres con que Em te arrastró a casa?
Cassel aprieta la mandíbula.
—Es justo lo que parece. Se presentó en la fraternidad y me sacó a rastras. —Su cara se relaja, pero no demasiado—. Estaba preocupada por mí. No le contestaba los mensajes porque me quedé sin batería en el móvil.
No digo nada. Hace tiempo que desistí de intentar que Cassel vea cómo es realmente esa chica.
—Habría acabado hecho un desastre si ella no hubiera aparecido. Así que… sí, supongo que tuve suerte de que viniera a buscarme antes de que me emborrachara demasiado.
Me muerdo la lengua. No, no me voy a involucrar en su relación. El hecho de que Emily sea la chica más pegajosa, cabrona y loca que he conocido no me da derecho a interferir.
—Además, sé que no le gusta que salga de fiesta. No debería haber ido ya de entrada…
—Ni que estuvierais casados —suelto.
Mierda. Adiós a lo de mantener la boca cerrada.
La expresión de Cassel se ensombrece.
Me apresuro a retractarme:
—Lo siento. Eh… no me hagas caso.
Sus mejillas se hunden y tiene la mandíbula tensa como si quisiera molerse los dientes hasta hacerlos polvo.
—No. Eso… Maldición. Tienes razón. No estamos casados —dice, y murmura algo que no logro entender.
—¿Qué?
—Digo que… no todavía, al menos.
—¿No todavía? —repito horrorizado—. Por el amor de Dios, tío, por favor, por favor dime que no te has comprometido con esa chica.
—No —responde con rapidez. Luego vuelve a bajar la voz—. Pero no deja de insistir en que quiere que le pida matrimonio.
¿Matrimonio? Con solo pensarlo, se me pone la piel de gallina. Maldita sea, voy a ser el padrino en su boda, estoy seguro.
¿Es posible hacer un brindis sin mencionar a la novia?
Por suerte, el entrenador O’Connor entra en la sala antes de que esta locura de conversación haga que la cabeza me dé más vueltas.
La estancia se sume en el silencio cuando entra el entrenador. El hombre es… autoritario. No, más bien aterrador: mide un metro noventa y cinco, tiene el ceño siempre fruncido y lleva la cabeza afeitada, no porque esté calvo, sino porque le gusta parecer un cabrón de cuidado.
Comienza la reunión recordándonos, uno por uno, qué hicimos mal en el entrenamiento de ayer. Algo innecesario por completo, pues esas críticas aún me arden por dentro. La fastidié en una de las prácticas de duelos, hice pases que no tenía que hacer y fallé el gol cuando lo tenía a tiro. Fue uno de esos entrenamientos de mierda en los que nada sale bien, y ya he prometido que me pondré las pilas cuando salgamos al hielo mañana.
La postemporada se reduce a dos partidos cruciales, por lo que tengo que estar atento. Necesito estar centrado. Northern Mass no ha ganado un campeonato de la Frozen Four en quince años y, como anotador principal, estoy decidido a cosechar dicha victoria antes de graduarme.
—Muy bien, manos a la obra —anuncia el entrenador en cuanto termina de echarnos en cara la pena que damos—. Empezaremos con el partido Rainier contra Seattle de la semana pasada.
Mientras la imagen congelada de un estadio universitario llena la inmensa pantalla, uno de nuestros extremos izquierdos frunce el ceño.
—¿Por qué con Rainier? En la primera ronda jugaremos contra Dakota del Norte.
—Nos centraremos en ellos la próxima vez. Rainier es el que me preocupa ahora.
El entrenador le da al portátil que está sobre el escritorio y la imagen en la pantalla gigante se descongela. El sonido de una multitud resuena en la sala de proyecciones.
—Si nos enfrentamos a estos tipos en la final, lo pasaremos mal —comenta el entrenador en tono sombrío—. Quiero que observéis al portero. El chico es perspicaz como un halcón. Tenemos que encontrar su punto débil y explotarlo.
Centro la mirada en el partido que se está disputando y me fijo en el portero de uniforme negro y naranja que está en el área de juego. Sin duda, es muy perspicaz. Evalúa el campo de juego con la mirada firme, aprieta el palo con fuerza y para el primer tiro que le llega. Es rápido. Atento.
—Mirad cómo controla el rebote —ordena el entrenador mientras el equipo contrario suma otro tiro a puerta—. Fluido. Controlado.
Cuanto más lo observo, más inquieto estoy. No puedo explicarlo. No tengo ni idea de por qué se me eriza el vello de la nuca; algo de ese portero me pone alerta.
—Coloca el cuerpo en un ángulo perfecto. —El entrenador suena pensativo, casi impresionado.
Igual que yo. Esta temporada no he seguido a ninguno de los equipos de la costa oeste. Me he mantenido muy ocupado centrándome en los de nuestra zona y analizando las grabaciones de los partidos para encontrar la forma de ganar. Pero, ahora que la postemporada ha comenzado, es momento de evaluar a los equipos contra los que podríamos enfrentarnos en el campeonato si llegamos a la final.
No dejo de observar y analizar. Maldita sea, me gusta cómo juega.
Conozco su forma de jugar.
Lo reconozco desde el preciso instante en que el entrenador dice:
—El chico se llama…
«Jamie Canning».
—… Jamie Canning. Es de último curso.
Mierda.
Joder, maldita sea.
Mi cuerpo ya no está alerta, sino temblando. Hace tiempo que sé que Canning va a Rainier, aun así, cuando busqué información sobre él la temporada pasada, descubrí que había sido relegado a portero suplente y sustituido por un joven de segundo año del que se rumoreaba que era imparable.
¿Cuándo recuperó Canning la titularidad? No voy a mentir, le seguía la pista, pero dejé de hacerlo cuando la cosa empezó a rozar el acoso. Quiero decir, es imposible que él se interesara por mí, no después de que yo acabara con nuestra amistad como un imbécil.
El recuerdo de mis acciones egoístas es como un puñetazo en el estómago. Maldición. Fui un amigo horrible, una persona horrible. Era mucho más fácil lidiar con la vergüenza cuando Canning estaba a miles de kilómetros, pero ahora…
El miedo me sube por la garganta. Lo veré en Boston durante el torneo. Puede que incluso me enfrente a él.
Hace casi cuatro años que no nos vemos ni hablamos. ¿Qué demonios le voy a decir? ¿Cómo puedes disculparte con alguien por haberlo apartado de tu vida sin tener una explicación?
—Su juego es perfecto —apunta el entrenador.
No, perfecto no.
Se repliega demasiado rápido, un movimiento que siempre fue un problema para él, ya que, al regresar a la red cuando un tirador se acercaba a la línea azul, le proporcionaba un mejor ángulo para disparar. Además, siempre dependió demasiado de las almohadillas, por lo que creaba oportunidades de rebote.
Me muerdo el labio para no desvelar esa información. Contar a mis compañeros de equipo las debilidades de Canning me parece… mal, supongo. Sin embargo, tendría que hacerlo. En realidad, debería, porque nos jugamos la maldita Frozen Four.
Con todo, hace años que no coincido con Canning. Es probable que hubiera perfeccionado su estilo desde entonces. Hasta puede que ni siquiera tenga los mismos puntos débiles.
Yo, por otra parte, aún conservo los míos. Tengo la misma jodida debilidad de siempre. Sigue ahí mientras miro fijamente esa gran pantalla; mientras veo a Jamie Canning detener otro vertiginoso cañonazo; mientras admiro la gracia y la precisión mortal con la que se mueve.
Mi debilidad es él.
Capítulo 2
Jamie
—Estás muy callado esta mañana, incluso para ser tú. —Holly desliza los dedos por mi espalda hasta llegar a mi trasero desnudo—. ¿Piensas en la Frozen Four?
—Sí —respondo. Técnicamente no es mentira. Seguro que esta mañana el viaje del viernes a Boston ronda por la cabeza de otras dos decenas de jugadores. Y en la de tropecientos aficionados.
Sin embargo, no solo pienso en ganar. Ahora que por fin nos dirigimos al campeonato, es hora de aceptar la idea de que podríamos enfrentarnos a Northern Mass. ¿Y quién es el jugador estrella del equipo? Nada menos que Ryan Wesley, mi antiguo mejor amigo.
—¿Qué pasa, cariño? —Holly se apoya en un codo para observarme. No suele quedarse a dormir, pero el maratón de sexo de anoche duró hasta las cuatro de la mañana, y me sentiría como un imbécil si la hubiera metido en un taxi a esas horas.
Con todo, no tengo claro lo que opino de tenerla acurrucada en la cama a mi lado. Dejando de lado el espectacular sexo matutino, su presencia me incomoda. Nunca le he mentido sobre lo que hay entre nosotros, o lo que no hay, no obstante, tengo bastante experiencia con las chicas para saber que, cuando aceptan ser amigas con beneficios, una parte de ellas espera conseguir un novio.
—¿Jamie? —me llama.
Empujo a un lado esa línea de pensamientos preocupantes y la reemplazo por otra.
—¿Alguna vez te ha despedido un amigo? —pregunto para mi sorpresa.
—¿Qué? ¿Como si fuera alguien para quien trabajas? —Sus grandes ojos azules siempre me toman en serio.
Niego con la cabeza.
—No. El máximo goleador del Northern Mass era mi mejor amigo cuando iba al instituto. ¿Conoces el campamento de hockey en el que trabajo en verano?
—¿Elites? —Asiente.
—Sí, buena memoria. Antes de ser entrenador ahí, fui alumno. Y también lo era Wes. El tipo estaba como una cabra. —Me río para mis adentros al recordar su aspecto desaliñado—. El chaval era capaz de cualquier cosa. En el centro de la ciudad hay un tobogán para trineos. En invierno puedes deslizarte con uno hasta el lago helado, sin embargo, en verano está cerrado y rodeado con una valla de tres metros de altura. Un día va y suelta: «Tío, cuando se apaguen las luces, saltamos esa cosa».
Holly me masajea el pecho con una de sus suaves manos.
—¿Lo hicisteis? —pregunta.
—Por supuesto. Estaba seguro de que nos descubrirían y expulsarían del campamento, pero nadie nos pilló. Eso sí, Wes fue lo bastante inteligente como para traer una toalla para deslizarse. Yo acabé con quemaduras en la parte posterior de los muslos por tirarme del maldito tobogán.
Holly sonríe.
—Aún me pregunto cuántos turistas tuvieron que borrar las fotos que tomaron del lago Mirror. Cuando Wes veía a un turista preparado para disparar, siempre se bajaba los pantalones.
Su sonrisa se convierte en una risita.
—Parece alguien divertido.
—Lo era. Hasta que dejó de serlo.
—¿Qué pasó?
Coloco las manos detrás de la cabeza e intento aparentar indiferencia, a pesar de la ola de incomodidad que me recorre la columna vertebral.
—No lo sé. Siempre rivalizábamos. Durante nuestro último verano juntos, me retó a una competición… —Me detengo, porque nunca le cuento cosas personales de verdad a Holly—. No sé qué pasó exactamente. Cortó el contacto conmigo después de ese verano. Dejó de responder a mis mensajes. Tan solo… me despidió.
Holly me besa el cuello.
—Suena como si continuaras enfadado.
—Así es.
La respuesta me pilla por sorpresa. Si ayer me hubieran preguntado si había algo que me molestara de mi pasado, habría dicho que no, pero ahora que Ryan Wesley ha vuelto a plantar su culo alocado en mi conciencia, se me ha removido todo de nuevo. Que se vaya a la mierda. Es lo último que necesito antes de los dos partidos más difíciles de mi vida.
—Y ahora tendrás que enfrentarte a él —señala Holly—. Es mucha presión.
Me frota la cadera. Creo que tiene planes para nosotros que implican otro tipo de «presión». Quiere ir a por el segundo asalto, pero no tengo tiempo.
Le atrapo la mano y le doy un beso rápido.
—Tengo que levantarme. Lo siento, nena. Nos ponen una grabación en veinte minutos.
Deslizo las piernas por el lateral de la cama y me giro para contemplar las curvas de Holly. Mi amiguita con derecho a roce es muy sexy y mi pene da un pequeño respingo de agradecimiento por lo bien que lo hemos pasado.
—Qué pena —lamenta Holly al tiempo que se tumba de espaldas de manera muy tentadora—. No tengo clase hasta la tarde.
Se pasa las manos por el vientre plano hasta llegar a las tetas. Con los ojos clavados en mí, se pellizca los pezones y luego se lame los labios. Mi polla no lo pasa por alto.
—Eres malvada y te odio.
Recojo los bóxeres del suelo y aparto la mirada antes de empalmarme de nuevo.
Ella suelta una risita.
—A mí tampoco me gustas.
—Ajá. Sigue creyéndote eso.
Aprieto los labios. A solo seis semanas de la graduación, no resulta prudente iniciar una conversación juguetona sobre lo mucho que nos gustamos. Lo nuestro es del todo casual, sin embargo, últimamente ha dejado caer comentarios sobre lo mucho que me echará de menos el año que viene.
Según ella, solo hay setenta kilómetros entre Detroit (donde viviré) y Ann Arbor (donde estudiará medicina). No sé qué haré si empieza a consultar apartamentos de alquiler a mitad de camino entre ambas ciudades.
No, no me apetece nada tener esa conversación.
Sesenta segundos más tarde estoy vestido y me dirijo a la puerta.
—¿Te importa cerrar al salir?
—No, tranquilo —responde, y su risa me detiene antes de que pueda girar el pomo—. No tan deprisa, semental.
Holly se levanta para darme un beso de despedida, y yo me obligo a quedarme quieto y devolvérselo.
—Nos vemos —susurro. Es mi despedida habitual. Hoy, sin embargo, me pregunto si hay otras palabras que espera escuchar.
Pero, desde que la puerta se cierra y ella se queda al otro lado, mi cabeza ya está en otra parte. Me cuelgo la mochila al hombro y salgo a la neblinosa mañana de abril. En cinco días estaré en la costa este intentando ayudar a mi equipo a ganar el campeonato nacional. La Frozen Four es un subidón. Participé una vez hace dos años, en cambio, por aquel entonces era el portero suplente.
No jugué y no ganamos. Me gusta pensar que ambas cosas tienen relación.
Esta vez será diferente. Esperaré en la portería, la última línea de defensa entre el ataque del otro equipo y el trofeo. Esa presión es suficiente para asustar incluso al portero más sereno de los deportes universitarios. Pero el hecho de que la estrella del otro equipo sea mi antiguo mejor amigo, el cual dejó de hablarme de repente, es un asco.
Me encuentro con varios de mis compañeros en la acera a medida que nos acercamos a la pista. Se ríen de las travesuras de alguien la noche anterior en el autobús, bromean y se empujan unos a otros a través de las puertas de cristal de camino al reluciente pasillo.
Rainier realizó una gran remodelación de la pista hace unos años. Es como un templo del hockey, con banderines de la liga y fotografías de los equipos en las paredes. Y eso no es más que la zona pública. Nos detenemos frente a una puerta cerrada para que Terry, un delantero de tercero, pase su identificación por el lector láser. La luz parpadea en verde y entramos a la opulenta zona de entrenamiento.
Todavía no he entablado conversación con nadie, pero nunca he sido tan hablador como el resto, así que ninguno me lo reprocha.
En la cocina del equipo, me sirvo una taza de café y tomo una magdalena de arándanos de la bandeja. Este lugar me hace sentir como un mocoso mimado, pero resulta útil cuando me quedo dormido.
Diez minutos más tarde estamos viendo la cinta en la sala de vídeo y escuchando el análisis del entrenador Wallace. Se encuentra en el podio con un pequeño micrófono que le amplifica la voz para que se oiga hasta en la última fila. Aun así, no lo escucho. Estoy demasiado ocupado viendo a Ryan Wesley volar por el hielo. Miro un vídeo tras otro de Wes, que atraviesa la línea de defensa como si fuera humo y crea oportunidades de gol con nada más que polvo de hielo e ingenio.
—El número dos en anotación ofensiva del país, el chico tiene unos cojones de acero —admite nuestro entrenador a regañadientes—. Y va tan rápido que sus oponentes parecen mi abuela de noventa y siete años.
Una vez más, un disparo imprevisto vuela hacia la red. La mitad de las veces, el Wes de la pantalla ni siquiera tiene los modales de parecer sorprendido. Simplemente, se desliza con la gracia y la facilidad de alguien que ha nacido con hojas de acero bajo los pies.
—Al igual que nosotros, Northern Mass habría llegado a la final el año pasado, pero en la postemporada se vieron perjudicados por las lesiones —explica el entrenador—. Son el equipo que derrotar…
Las imágenes resultan hipnóticas. La primera vez que vi a Wes patinar fue el verano de después de séptimo curso. A los trece años, todos nos creíamos muy buenos por el simple hecho de asistir a Elites, el campamento de entrenamiento de hockey de primera categoría en Lake Placid, Nueva York. Cómo rugíamos. En casa éramos los mejores, el equipo a batir en los partidos de hockey en el estanque.
En general, hacíamos el ridículo.
Sin embargo, incluso mi yo gamberro de secundaria veía que Wes era diferente. Desde el primer día del primer verano en Elites, me impresionó. Bueno, al menos hasta que descubrí lo cabrón que era. Después de eso, lo odié durante un tiempo, pero el hecho de que nos asignaran como compañeros de habitación me impidió seguir odiándolo.
Durante seis veranos seguidos, el mejor hockey que jugué fue contra Ryan Wesley, que tenía una visión brillante y una muñeca de acero. Pasaba los días intentando seguir el ritmo de sus rápidos reflejos y sus cañonazos voladores.
Cuando terminaba el entrenamiento, suponía un reto aún mayor. ¿Quieres echar una carrera hasta la cima del muro de escalada? Pregúntale a Wes. ¿Necesitas un cómplice que te ayude a entrar en el almacén del campamento a altas horas de la madrugada? Wes es tu hombre.
Estoy seguro de que los habitantes de Lake Placid suspiraban de alivio cada agosto cuando terminaba el campamento. La gente podía por fin retomar una vida normal que no incluyera ver el culo desnudo de Wes en el lago todas las mañanas durante su sesión de baño en pelotas.
Damas y caballeros: Ryan Wesley.
El entrenador habla sin parar desde la parte delantera de la sala mientras Wes y sus compañeros de equipo hacen su magia en la pantalla. Los momentos más divertidos que he pasado sobre una pista han sido con él. No es que nunca me hiciera enfadar, lo conseguía cada hora, pero, al mismo tiempo, sus retos y burlas me convirtieron en un mejor jugador.
A excepción de aquel último desafío. Nunca debí aceptarlo.
—Es el último día —se burló de mí mientras patinaba hacia atrás más rápido de lo que la mayoría de nosotros podía hacia adelante—. Todavía tienes miedo de enfrentarte a mí en penaltis, ¿eh? Aún lloriqueas por el último.
—Y una mierda —respondí.
No tenía miedo de perder contra Wes; todos lo hacían. Pero era difícil ganar a unos penaltis y ya le debía a Wes un paquete de cervezas. El problema era que mi cuenta bancaria estaba a cero. Al ser el último de seis hijos, enviarme a ese lujoso campamento suponía todo lo que mis padres podían hacer por mí. El dinero que había ganado cortando el césped ya me lo había gastado en helados y contrabando.
Si perdía una apuesta, no tenía con qué pagarle.
Wes patinó de espaldas en círculo a mi alrededor tan rápido que me recordó al Diablo de Tasmania.
—No por cerveza —aclaró como si me hubiera leído el pensamiento—. Mi petaca está llena de Jack, gracias a la paliza que le di a Cooper ayer. Así que el premio consistirá en algo diferente —concluyó, y dejó escapar una risa malvada.
—¿Como qué?
Conociendo a Wes, implicaría algún tipo de exhibición pública y ridícula. «El que pierda tendrá que cantar el himno nacional en el muelle de la ciudad con los huevos fuera». O algo así.
Coloqué los discos en fila y me dispuse a lanzarlos. El primero salió disparado y casi le dio a Wes, que cruzaba la pista a toda velocidad. Me preparé para el siguiente tiro.
—El que pierda se la chupa al que gane —dijo justo cuando tomaba impulso.
No le di al dichoso disco. Ni siquiera lo rocé. Wes soltó una carcajada y derrapó hasta detenerse.
Por Dios, el tipo sabía cómo jugar conmigo.
—Te crees muy gracioso.
Permaneció de pie mientras jadeaba a causa de todo ese patinaje rápido.
—¿Tan seguro estás de que vas a perder? No debería importarte el premio si confías en ti mismo.
De repente, sentí cómo me empezaba a sudar la espalda. Me tenía entre la espada y la pared, y lo sabía. Si rechazaba el reto, él ganaba. Sin embargo, si aceptaba, me tendría en jaque antes incluso de que el primer disco volara hacia mí.
Me quedé allí como un idiota, sin saber qué hacer.
—Tú y tus juegos mentales —murmuré.
—Ay, Canning —se rio Wes—. El noventa por ciento del hockey son juegos mentales. Llevo seis años intentando enseñarte eso.
—De acuerdo —accedí a regañadientes—. Acepto.
Soltó un silbido a través de la máscara y dijo:
—Ya pareces aterrorizado. Será divertido.
«Solo se está quedando contigo», me convencí a mí mismo. Podía ganar en los penaltis. Entonces le devolvería los juegos mentales y rechazaría el premio, por supuesto. Pero así podría amenazarle con el hecho de que me debía una mamada. Se lo recordaría durante años. Fue como si el dibujo de una bombilla se encendiera sobre mi cabeza. Dos podían realizar juegos mentales. ¿Por qué no me había dado cuenta de eso antes?
Coloqué un disco más y lo lancé con fuerza para que pasara por delante de la arrogante sonrisa de Wes.
—Esto va a ser pan comido —aseguré—. ¿Qué tal si nos jugamos esos penaltis, en los que te voy a patear el culo, justo después de comer? ¿Antes de la competición de despedida del campamento?
Durante un breve instante, su confianza se desvaneció. Estoy seguro de que lo vi: el repentino destello de «la he fastidiado».
—Perfecto —respondió al final.
—Vale.
Recogí el último disco del hielo y lo metí en el guante. Luego me alejé patinando, como si nada me preocupara. Ese fue el último día de nuestra amistad. Y no lo vi venir.
En la parte delantera de la sala, se reproduce otra cinta que destaca la estrategia ofensiva de Dakota del Norte. El entrenador ya no piensa en Ryan Wesley.
Pero yo sí.
Capítulo 3
Wes
La silueta de Boston aparece por la ventana del autobús antes de que esté preparado.
Northern Mass se encuentra a solo una hora y media del pabellón TD Garden. El campeonato de la Frozen Four siempre se celebra en una pista neutral, no obstante, si este año hay alguien que cuente con la ventaja de jugar en casa, ese soy yo. Me he criado en Boston, así que jugar en el estadio de los Boston Bruins es un sueño hecho realidad.
Al parecer, también es el sueño del cabrón de mi padre. No solo se recrea con poder invitar a los imbéciles con los que trabaja a mi partido, sino que además quedará como un campeón. Le bastará con alquilar una limusina, en lugar de un avión privado.
—¿Sabes qué es lo que más me gusta del plan? —pregunta Cassel desde el asiento contiguo mientras hojea el itinerario que nos ha repartido el coordinador.
—¿Que este evento es la mayor convención de grupis del hockey?
Cassel resopla y contesta:
—Vale, lo que tú digas. Pero yo me refería a que estaremos en un buen hotel, no en un cuchitril en la carretera.
—Tienes razón. —Aunque el hotel, sea cual sea, no le llega ni a la suela de los zapatos a la mansión que mi familia posee a solo unos kilómetros. Sin embargo, eso no lo mencionaría jamás. No soy un esnob, sé que la riqueza no implica sabiduría ni felicidad. Si no, que se lo pregunten a mi familia.
Pasamos la próxima media hora atrapados en un atasco porque Boston es así. Son casi las cinco cuando por fin bajamos del autobús.
—¡Dejad el equipo dentro! —grita el coordinador—. ¡Tomad solo lo que necesitéis!
—¿No hace falta que carguemos con el equipo? —Cassel se siente eufórico—. Boston, aquí estoy. Vete acostumbrando a esta vida, Wes. —Me da un codazo—. Seguro que el año que viene, en Toronto, tienes un asistente que te lleve el palo de un lado para otro.
No quiero gafar mi contrato con la liga profesional antes de jugar el campeonato, así que cambio de tema:
—Eso suena genial. Me encanta cuando otro tío me agarra el palo.
—Te la he dejado a huevo, ¿verdad? —pregunta mientras recogemos nuestras bolsas de la acera en la que el conductor las ha tirado.
—En bandeja.
Dejo que Cassel entre por la puerta giratoria primero para poder sujetarla y atraparlo dentro.
Atascado, Cassel se gira para hacer una peineta. Cuando no suelto el mango, se da la vuelta de nuevo y se dispone a desabrocharse el cinturón y enseñarme el culo a mí y a cualquiera que pase por delante del hotel este ventoso viernes de abril.
Libero la puerta y le doy un empujón que hace que reciba un golpe en el trasero casi desnudo.
Así somos los jugadores de hockey, no nos pueden sacar de casa.
Y entonces entramos en el reluciente vestíbulo.
—¿Qué te parece el bar? —pregunto.
—Abierto —responde Cassel—. Y eso es lo único que importa.
—Estoy completamente de acuerdo.
Encontramos un rincón en el que no molestemos a nadie para esperar a que el coordinador reparta las habitaciones. Tardará un rato, porque el vestíbulo está cada vez más lleno. En nuestro lado de la sala reinan el verde y el blanco; se ven chaquetas del Northern Mass por todas partes.
En cambio, al otro lado de la estancia, otro color capta mi atención: el naranja. En concreto, la combinación de naranja y negro de las chaquetas de otro equipo. Los jugadores entran entre empujones por las mismas puertas que acabamos de cruzar y, en general, se comportan como animales llenos de testosterona. Lo normal.
De pronto, la habitación se tambalea cuando fijo la mirada en una cabellera rubia como la arena. Me basta con mirarlo de reojo para reconocer la forma de su sonrisa.
Mierda, Jamie Canning se aloja en este hotel.
Todo mi cuerpo se tensa a la espera de que gire la cabeza, de que me mire, pero no lo hace. Se encuentra demasiado absorto hablando con uno de sus compañeros de equipo y riéndose de algo que este acaba de decir.
Solía troncharse así conmigo. No he olvidado el sonido de su risa: grave, ronca y melódica de una forma despreocupada. No había nada que desanimara a Jamie Canning; era el epítome de «dejarse llevar», supongo que gracias a la actitud relajada típica de los habitantes de California.
No me había dado cuenta de lo mucho que lo echaba de menos hasta ahora.
«Ve a saludarlo».
La voz en mi cabeza es persistente, aun así, la silencio en cuanto aparto la mirada de él. Con la inmensa culpa que me corroe, resulta evidente que se trata de un buen momento para disculparme con mi viejo amigo.
Pero ahora no me siento preparado. No aquí, con toda esta gente alrededor.
—Parece que es hora punta —musita Cassel.
—Eh, tío. Tengo que ir a comprar algo. ¿Me acompañas? —Es una idea al azar, pero me sirve.
—¿Claro?
—Vamos por la puerta trasera —indico, y lo empujo hacia una salida cercana.
Fuera me doy cuenta de que estamos cerca de un gran centro comercial lleno de tiendas de souvenirs. Perfecto.
—Vamos. —Tiro de Cassel hacia las primeras tiendas.
—¿Te has dejado el cepillo de dientes?
—No, tengo que comprar un regalo.
—¿Para quién? —Cassel se cuelga la bolsa al hombro.
Dudo antes de responder. Nunca he compartido mis recuerdos de Canning con nadie. Son míos. Cada verano, durante seis semanas, él era mío.
—Un amigo —admito al fin—. Uno de los jugadores de Rainier.
—Un amigo —repite Cassel y suelta una risita por lo bajo—. ¿Intentas mojar antes del partido de mañana? ¿A qué tipo de tienda me llevas?
Maldito Cassel. Debería haberlo dejado en el abarrotado vestíbulo.
—Tío, no es eso. —«Aunque ojalá lo fuera»—. Canning, el portero de Rainier…, éramos muy amigos. —Y añado a regañadientes—. Hasta que fastidié nuestra amistad como un imbécil.
—¿Quién? ¿Tú? Qué sorpresa.
—¿A que sí?
Observo la hilera de escaparates. Están repletos de tonterías para turistas en Boston que, por lo general, siempre ignoro: langostas de juguete, banderines de los Bruins, camisetas del Freedom Trail. Sin duda, algo de aquí será perfecto para lo que tengo en mente.
—Venga. —Guío a Cassel hacia la tienda más cursi y busco en las estanterías. Todo es muy estrafalario. Levanto un muñeco de Benjamin Franklin y lo dejo en su sitio.
—Mira qué gracioso —dice Cassel divertido, y me enseña una caja de condones de los Red Sox.
Me río antes de pensar si es una buena idea.
—Sí, aunque no es lo que busco.
Da igual lo que elija, no puede estar relacionado con el sexo. Solíamos enviarnos todo tipo de regalos de broma, cuanto más obscenos, mejor.
Pero esta vez no.
—¿Puedo ayudarles en algo? —pregunta la dependienta, que lleva un atuendo colonial y un vestido encorsetado con volantes.
—Claro, preciosa. —Me apoyo en el mostrador con un gesto de lo más chulesco y sus ojos se agrandan un poco más—. ¿Tienes algo con gatitos?
—¿Gatitos? —Cassel se atraganta—. ¿Por qué con unos malditos gatitos?
—Juega con los Tigres, ¿recuerdas? —Es obvio.
—¡Claro! —La encorsetada dependienta se anima ante la petición, quizá porque es imposible que su trabajo sea más aburrido—. Un segundo.
—¿De qué va esto? —Cassel tira la caja de condones sobre la mesa—. A mí nunca me compras nada.
—Canning y yo éramos compañeros de campamento. Buenos amigos, aunque solo nos veíamos seis semanas al año. —Seis semanas muy intensas—. ¿Tienes amigos así?
Cassel niega con la cabeza.
—Yo tampoco. No antes de aquello y tampoco después. No hablábamos durante el resto del año. Nos enviábamos mensajes y la caja.
—¿La caja?
—Sí…—Me rasco la barbilla—. Creo que empezó por su cumpleaños. Cuando cumplió… ¿catorce? —Joder, ¿éramos tan jóvenes?—. Le envié una coquilla lila horrorosa. Lo metí en una de las cajas de habanos de mi padre.
Todavía recuerdo envolver el paquete en papel marrón y con un montón de cinta para que llegara de una pieza. Tenía la esperanza de que lo abriera delante de sus amigos y se muriera de la vergüenza.
—¡Mirad! —La dependienta regresa y coloca una serie de objetos en el mostrador. Ha encontrado un estuche de Hello Kitty, un gato de peluche enorme con una camiseta de los Bruins y unos bóxeres blancos con gatitos.
—Estos. —Le doy los calzoncillos. No quería ir a por ropa interior, pero los gatitos son incluso del mismo naranja que los del equipo—. Ahora, para sumar puntos, necesito una caja. Si puede ser, parecida a una de puros.
La dependienta vacila:
—Las cajas para regalo tienen un coste adicional.
—No hay problema.
Le guiño un ojo y se ruboriza un poco. Me está mirando los tatuajes que sobresalen por el cuello de la camiseta. No puedo culparla; la mayoría de las mujeres lo hacen. Aún mejor, los hombres también.
—Voy a ver qué encuentro —contesta, y se escabulle.
Me vuelvo hacia Cassel, que está mascando chicle y me observa sin entender nada.
—Sigo sin pillarlo.
Vale, cómo se lo explico.
—Pues, unos meses más tarde, recibí la caja por correo. Sin ninguna nota. Tan solo la misma caja que le envié, pero esta vez llena a rebosar de Skittles lilas.
—Qué asco.
—Qué va, tío. Me encantan los Skittles lilas. Aunque tardé un mes en acabármelos. Había un montón. Pasado un tiempo, volví a enviarle la caja.
—¿Qué llevaba?
—Ni idea. No me acuerdo.
—¿Qué? —Cassel se sobresalta—. Pensaba que ibas a rematarlo.
—No exactamente.
Hasta ese momento no me había dado cuenta de que el regalo que contenía no era lo importante, sino el hecho de enviarlo. Por mi parte, como cualquier otro adolescente, sufría la rutina de ir a clase y a los entrenamientos, y de tener que hacer los deberes y comunicarme a través de mensajes y gruñidos. Cuando la caja aparecía sin avisar, era como si fuera Navidad, pero mil veces mejor. Mi amigo había pensado en mí y se había molestado en enviarme algo.
A medida que crecíamos, las bromas se volvían cada vez más ridículas: caca falsa, bolsas de pedorretas, una señal de prohibido tirarse pedos, pelotas antiestrés en forma de pechos. El regalo en sí no parecía tan importante como el hecho de tener un detalle.
La dependienta regresa con una caja para regalo que es más o menos del tamaño adecuado, aunque no se abre por arriba como la que usábamos.
—Esta servirá —digo, sin embargo, no me satisface del todo.
—Así que… —Cassel echa un vistazo alrededor de la tienda, ya aburrido—. ¿Le vas a enviar esta?
—Sí, seguro que tengo la antigua en mi casa. —Si no fuera un imbécil, sabría dónde—. Rompí la cerradura hace unos años, así que habrá que usar esta.
—Voy a preguntarle al coordinador si ya tiene las llaves de nuestra habitación —dice Cassel.
—Sí, vale —respondo mientras observo cómo la dependienta envuelve los calzoncillos en papel de seda y los mete en la caja.
—¿Quiere poner una nota? —me pregunta antes de dedicarme una sonrisa y una mejor vista de su escote.
«Eso no funciona conmigo, cariño».
—Por favor.
Me pasa una tarjeta de cartulina y un bolígrafo. Escribo una sola palabra y lo dejo caer en la caja. Ya está. Enviaré este regalo a la habitación de Jamie en el hotel en cuanto regresemos.
Luego, cuando pueda llevarlo a algún lugar tranquilo, me disculparé. No hay manera de deshacer el desastre de hace cuatro años. Es imposible retractarme de la ridícula apuesta a la que lo presioné o del incómodo resultado. Si pudiera retroceder en el tiempo y frenar a mi estúpido yo de dieciocho años para que no hiciera esa tontería, lo haría sin dudarlo.
Pero no es posible. Ahora, solo puedo armarme de valor, estrecharle la mano y decirle que me alegro de verle. Puedo mirar a esos ojos marrones que siempre me dejan sin palabras y disculparme por ser tan imbécil. Y después puedo invitarlo a una copa y tratar de dirigir la conversación hacia los deportes y las bromas. Temas seguros.
El hecho de que haya sido el primer chico al que quise y el que me hizo enfrentarme a cosas aterradoras sobre mí mismo… Bueno, no diré nada de eso.
Y entonces mi equipo machacará al suyo en la final. Pero así es la vida.
Capítulo 4
Jamie
Nos espera una noche tranquila en el hotel, un acontecimiento con el que, probablemente, la mitad de mis compañeros se mostrarán descontentos. Sobre todo, los jugadores de primer y segundo año que participan en la Frozen Four por primera vez y que esperaban salir de fiesta como locos este fin de semana. Sin embargo, el entrenador ha echado por tierra la idea en un santiamén.
Estableció las normas antes de que nadie pudiera recoger los menús en la cena del equipo: toque de queda a las diez, nada de alcohol, drogas o travesuras.
Los alumnos de los cursos superiores conocemos el procedimiento, por lo que ninguno de nosotros se ha sentido especialmente desanimado mientras subíamos en el ascensor a nuestro bloque de habitaciones en la tercera planta. El partido es mañana, lo que significa que esta noche hay que tomárselo con calma y aprovechar para dormir.
A Terry y a mí nos han asignado la habitación 309, cerca de las escaleras, así que somos los últimos que quedamos en el pasillo cuando nos dirigimos a la puerta.
En cuanto la alcanzamos, nos quedamos paralizados.
Hay una caja en la alfombra. Es de color azul pálido y no lleva envoltorio, solo una tarjeta blanca pegada en la parte superior en la que se lee: «Jamie Canning».
¿Qué narices?
Lo primero que me pasa por la cabeza es que mi madre me ha enviado algo desde California, no obstante, en ese caso, habría una dirección, un sello postal e incluso su letra.
—Eh… —Terry arrastra los pies antes de poner los brazos en jarras—. ¿Crees que es una bomba?
Me río.
—No lo sé. Pon la oreja y dime si hace tictac.
Él responde con una risita.
—Ya veo. Qué gran amigo eres, Canning. Me pones a mí en la línea de fuego. Bueno, olvídalo. Es tu nombre el que aparece en la puñetera caja.
Ambos miramos el paquete de nuevo. No es más grande que una caja de zapatos.
A mi lado, Terry frunce el ceño, finge estar aterrorizado y grita:
—¡Dime qué han traído!
—Tío, que buena referencia a Seven —digo, realmente impresionado.
Él sonríe.
—No sabes el tiempo que he esperado una oportunidad para hacer eso. Años.
Nos tomamos un momento para chocar los cinco y me pongo en cuclillas para recoger la caja porque, por muy entretenida que sea la conversación, ambos sabemos que el asunto es inofensivo. La meto bajo el brazo y espero a que Terry pase la tarjeta para abrir la puerta. Los dos entramos en la habitación a grandes zancadas: él enciende la luz y se dirige a su cama, mientras yo me tumbo en el borde de la mía y levanto la tapa de la caja.
Con el ceño fruncido, desenvuelvo el papel de seda blanco y saco el suave manojo de tela que hay dentro.
Desde el otro lado de la habitación, Terry exclama:
—Tío…, pero ¿qué coño?
Ni idea. Me encuentro frente a un par de bóxeres blancos con gatitos de color naranja brillante, incluido uno atigrado colocado con intención justo en la entrepierna. Cuando los sostengo por la cintura, cae otra tarjeta con una palabra escrita: «Miau».
Y, maldición, esta vez reconozco la letra.
Ryan Wesley.
No puedo evitarlo. Suelto un bufido tan fuerte que Terry arquea las cejas hasta que se le disparan. Ignoro la reacción de mi amigo, demasiado divertido y desconcertado por el significado del regalo.
La caja. Wes ha resucitado nuestra vieja caja de bromas, aunque no tengo ni idea de por qué. Yo había sido el último en enviarla y recuerdo que me sentí muy satisfecho con mi elección de regalos: un paquete de piruletas. Porque, bueno, ¿cómo podría resistirme?
Wes no había devuelto nada. No había llamado ni enviado ningún mensaje de texto, carta o paloma mensajera. Ni una sola palabra suya durante tres años y medio.
Hasta ahora.
—¿De quién es? —Terry me sonríe, visiblemente entretenido por el ridículo regalo que tengo en las manos.
—Holly. —Su nombre sale de mi boca con tanta soltura que me sorprende. No sé por qué he mentido. Es bastante fácil decir que los calzoncillos son de un viejo amigo, un rival, lo que sea, sin embargo, por alguna razón, no me atrevo a contar la verdad a Terry.
—¿Es una broma privada o algo así? ¿Por qué te enviaría calzoncillos de gatitos?
—Eh, ya sabes, a veces me llama gatito. —Pero ¿qué narices digo?
Terry reacciona en de pronto.
—¿Gatito? ¿Tu novia te llama gatito?
—No es mi novia.
Aun así, el tema es discutible. La risa lo desborda y quiero darme una patada por haberle dado una información tan comprometedora que, sin duda, utilizará en mi contra hasta el fin de los tiempos. Debería haber mencionado que eran de parte de Wes.
¿Por qué narices no lo he hecho?
—Eh, si me disculpas —dice sin dejar de reírse mientras se dirige a la puerta.
Entrecierro los ojos.
—¿Adónde vas?
—No te preocupes, gatito.
Un suspiro se me atasca en la garganta.
—Vas a llamar a todas las puertas y a decírselo a los chicos, ¿verdad?
—Ajá.
Se va antes de que pueda protestar, pero, a decir verdad, no me importa demasiado. Los chicos me recordarán lo del gatito durante unos días, ¿qué importa? Tarde o temprano uno de mis compañeros de equipo hará el ridículo y le tocará ser el blanco de las bromas.
Cuando la puerta se cierra detrás de Terry, vuelvo a mirar los calzoncillos y sonrío sin querer. Maldito Wes. No estoy seguro de lo que significa, aunque debe de saber que he venido a la ciudad por el campeonato. ¿Tal vez sea su forma de disculparse? ¿De darme una ofrenda de paz?
En cualquier caso, tengo demasiada curiosidad como para ignorar el gesto. Tomo el teléfono, llamo a la recepción y espero en la línea a una impresionante versión para ascensor de «Roar» de Katy Perry. Eso me hace reír, porque, ya sabes, «roar» significa «rugir». Miau.
Cuando el recepcionista responde, pregunto si hay un número de habitación asignado a Ryan Wesley. No me cabe duda de que el mar de chaquetas verdes y blancas en el vestíbulo significa que se encuentra en el hotel.
—No puedo proporcionar el número de habitación de otro huésped, señor.
Eso hace que me detenga durante un segundo, porque es evidente que Wes pudo averiguar el número de mi habitación. Pero estamos hablando de Wes, seguro que le ofreció a alguna mujer de la recepción que echara un vistazo a sus abdominales.
—¿Señor? Podría intentar conectarlo por teléfono.
—Gracias.
Suena, pero nadie responde. Mierda. No obstante, todavía queda una cosa más que probar. Busco en mi teléfono para comprobar si su número sigue entre mis contactos. Y aparece. Supongo que nunca me enfadé lo suficiente como para borrarlo. Le envío un mensaje de solo cuatro palabras: «Sigues siendo un listillo».
Cuando suena el teléfono un segundo después, espero a que diga que mi mensaje ha sido rechazado y que Wes cambió el número hace mucho tiempo. Que se joda.
Sin embargo, el mensaje es distinto.
Wes: Algunas cosas no cambian.
No puedo evitar contestarle en mi cabeza: «Pero otras sí». Eh, mira cómo me enfado. ¿Qué sentido tiene eso? Así que le suelto otra cosa:
Yo: Entonces, ¿es un regalo para saludarme o de esos que dicen «que te jodan, perdedor, os vamos a patear el culo»?
Su respuesta:
Wes: ¿Ambos?
Sentado en la cama del hotel, sonrío al móvil. Me da la sensación de que la cara se me va a partir en dos. En realidad, es la nostalgia de una época más sencilla de mi vida en la que las decisiones más importantes consistían en qué ingredientes añadir a las pizzas o qué chorradas enviar por correo a mi amigo.
Pero de todos modos me gusta. Por lo que mi siguiente mensaje dice:
Yo: Tal vez bajo al bar un rato.
Wes: Aquí estoy.
Cómo no.
Me guardo el teléfono en el bolsillo y abro la mochila. Me dirijo a la ducha y me relajo, dejando que el agua se lleve las preocupaciones de este día tan largo. Necesito recomponerme. Y me vendría bien afeitarme.
Tal vez me entretengo demasiado.
No sé qué esperar de Wes. Con él, nunca se sabe, lo cual es una de las razones por las que siempre me cayó tan bien. Ser su amigo era una auténtica aventura. Me arrastraba de una situación loca a otra y yo lo acompañaba con alegría.
Me comporté como un amigo fiel. Hasta la locura del final.
En la ducha del hotel, respiro profundamente el aire húmedo. Holly tenía razón. Sigo enfadado. Todo eso tendría sentido si al menos Wes y yo nos hubiéramos peleado.
Sin embargo, no era el caso. Solo me retó a una competición de penaltis. Y, ese día —la penúltima tarde del campamento—, alineamos los discos con perfecta imparcialidad. Él me lanzó cinco tiros y yo, los mismos.
Los penaltis nunca son fáciles y, cuando defiendes la red contra Ryan Wesley, el patinador más rápido con el que he jugado, menos aún. De todas formas, lo habíamos hecho lo bastante a menudo como para que anticipara sus llamativos movimientos. Recuerdo que me reí después de haber detenido los tres primeros tiros. Sin embargo, luego tuvo suerte: me ganó una vez y marcó otro gol en un rebote improbable en el tubo.
Tal vez otra persona se asustaría un poco al darse cuenta de que había dejado pasar dos, pero yo estaba tranquilo. Al final, sería Wes el que se atragantaría. No solía jugar como portero, pero yo tampoco disparaba mucho a puerta. Metí los dos primeros tiros. Luego, me paró los dos siguientes.
Todo se reducía a un lanzamiento y percibí el miedo en sus ojos. En mis entrañas, sabía que lo conseguiría.
Había ganado limpiamente. El tercer tiro pasó por encima de su codo y aterrizó con un golpe en el fondo de la red.
Dejé que se retorciera las tres horas siguientes —durante toda la cena y la estúpida ceremonia de entrega de premios que celebraron al final del campamento—. Wes permaneció más callado que de costumbre.
Esperé a que volviéramos a nuestra habitación para soltarlo.
—Creo que recogeré mi premio el año que viene —dije con toda la despreocupación que puede reunir un chico de dieciocho años—. En junio, tal vez. O en julio. Te mantendré informado, ¿vale?
Me hubiese gustado escuchar algún suspiro de alivio. Hacer sudar a Wes por una vez resultó divertido, pero su cara no delataba nada. Sacó una petaca de acero inoxidable y desenroscó lentamente la tapa.
—Es la última noche del campamento, amigo —dijo—. Será mejor que lo celebremos.
Bebió un buen trago y me la pasó.
Cuando la cogí, sus ojos brillaban de un modo indescifrable.
El whisky era difícil de tragar. Al menos el primer trago. Hasta ese momento, no habíamos bebido más de una o dos cervezas, guardadas en nuestras taquillas. Que nos pillaran con alcohol o drogas habría supuesto un verdadero problema. Por lo que no tenía ningún tipo de paciencia con al alcohol. Sentí el calor del licor deslizarse por mi garganta justo cuando Wes anunció:
—Veamos algo de porno.
Ya han pasado casi cuatro años y me encuentro temblando en el baño del hotel. Cierro el grifo y tomo una toalla de la pila.
Supongo que es hora de bajar y comprobar si nuestra amistad tiene arreglo. Lo que sucedió aquella noche fue una locura, pero no una digna de recordar. Lo superé sin problemas.
En cambio, Wes no. No hay otra explicación de por qué cortó por lo sano.
Espero que no saque el tema a relucir. A veces es mejor dejar las cosas como están. A mi modo de ver, una noche de borrachera y estupideces no debería marcar una amistad de seis años.
Aun así, cinco minutos después, me siento muy nervioso cuando bajo por el ascensor. Además, odio la sensación de picazón en la columna vertebral; no me pongo tenso a menudo. Es probable que sea la persona más tranquila que exista, lo que sin duda guarda relación con el hecho de que mi familia es la definición andante de un californiano despreocupado.
El bar se encuentra a rebosar. No me sorprende. Es viernes por la noche y el hotel sigue lleno debido al torneo. Todas las mesas y zonas reservadas están ocupadas. Tengo que ir de lado para esquivar a la gente y no veo a Wes por ninguna parte.
Tal vez no sea más que una idea estúpida.
—Perdonen —digo a un grupo de hombres de negocios que bloquean el paso entre la barra y las mesas. Sin embargo, siguen riéndose de alguna broma y no se dan cuenta de que bloquean el paso.
Estoy a punto de volver a subir cuando lo escucho.
—Mamones.
Solo una palabra, pero reconozco la voz de Wes al instante. Profunda y un poco ronca. De repente, me transporto al instituto, a esos veranos en los que escuché esa voz burlándose de mí, desafiándome, chinchándome.
Un conjunto de carcajadas sigue a su comentario, entonces, giro la cabeza para buscarlo entre el grupo de jugadores de hockey que hay junto a la pared del fondo.
Él mueve la cabeza al mismo tiempo, como si percibiera mi presencia. Y, mierda, vuelvo a viajar en el tiempo. Parece el mismo, aunque diferente. Lo veo distinto pero igual.
Todavía lleva el pelo oscuro despeinado y la barba desaliñada, si bien ahora es más corpulento. Músculos sólidos y hombros anchos, más delgado que voluminoso, no obstante, definitivamente más fornido que a los dieciocho años. Lleva el tatuaje tribal en el bíceps derecho, eso sí, ahora hay mucha más tinta sobre su piel bronceada. Otro tatuaje en el brazo izquierdo. Algo negro y de aspecto céltico que asoma por el cuello de la camiseta.
No deja de hablar con sus amigos mientras me acerco. Por supuesto, sigue rodeado de gente. Olvidaba lo magnético que resulta; como si ardiera con más combustible que el resto de nosotros.
Un piercing que le atraviesa la ceja capta la luz cuando gira la cabeza, un guiño de plata apenas un tono más claro que sus ojos gris pizarra, que entrecierra cuando por fin nado a través del mar de gente para llegar a su lado.
—Joder, tío, ¿te has puesto mechas en el pelo?
Hace más de tres años que no estamos en la misma habitación y… ¿eso es lo primero que me dice?
—No. —Pongo los ojos en blanco a la par que me deslizo en el taburete que hay junto al suyo—. Es el efecto del sol.
—¿Todavía haces surf todos los fines de semana? —pregunta Wes.
—Cuando tengo tiempo. —Levanto una ceja—. ¿Aún te bajas los pantalones y enseñas el trasero sin razón aparente?
Sus compañeros de equipo estallan en carcajadas a nuestro alrededor y las risas retumban en mi pecho.
—Joder, ¿siempre ha sido así? —pregunta alguien.
Una sonrisilla asoma por la comisura de la boca de Wes.
—Nunca he privado al mundo de la belleza masculina que me ha dado Dios. —Alarga el brazo para posar su gran mano en mi hombro y me da un apretón. Me suelta de nuevo en una fracción de segundo, pero siento su calor—. Chicos, os presento a Jamie Canning, un amigo de la infancia y el portero de esos gamberros de Rainier.
—Hola —digo con torpeza. Luego miro a mi alrededor, en busca de un camarero. Necesito una bebida en la mano, aunque sea un refresco, sin embargo, con el local tan abarrotado, el único camarero a la vista no está cerca.
Observo el vaso de Wes. Es algo gaseoso: una Coca-Cola, por lo que parece. O quizá zarzaparrilla, siempre la ha preferido. Es evidente que su entrenador les ha dado la misma charla sobre no beber.
Wes levanta la mano en el aire y la camarera se gira bruscamente en nuestra dirección. Él señala su vaso y ella asiente con la cabeza como si de una orden divina se tratara. Wes le dedica una sonrisa, su divisa favorita para los favores. Entonces, percibo otro destello metálico.
Lleva un piercing en la lengua. Eso también es nuevo.
Y ahora estoy pensando en su boca. Maldita sea. Los últimos cuatro años de silencio entre nosotros cobran un poco más de sentido de golpe. Tal vez algunas payasadas de borrachos sí que son capaces de arruinar una amistad.
O quizá eso es una mierda y, si continuásemos siendo amigos, podríamos haber superado una hora de estupideces hace mucho tiempo.
Mientras tanto, hace demasiado calor en este bar. Si la camarera me trae una zarzaparrilla, voy a tener la tentación de echármela por encima. Y el silencio entre mi examigo y yo se alarga cada vez más.
—Está muy lleno —consigo decir apenas.
—Sí. ¿Quieres un trago? —Me ofrece su vaso.
Bebo con avidez y nuestros ojos se encuentran por encima del borde del vaso. Su confianza ha disminuido un milímetro o dos. Me pregunta con la mirada si aguantaremos la próxima media hora.
Al tragar, tomo una decisión.
—Lástima que a los Bruins los destrozaran los Ducks el mes pasado.
Veo que el destello de arrogancia vuelve a la velocidad del rayo.
—Eso fue pura suerte. Y una decisión pésima en el tercer tiempo. Tu ala tropezó con sus propios pies de pato.
—Con un poco de ayuda de tu defensa.
—Oh, a la mierda. Te apuesto veinte dólares a que los Ducks no pasan de la primera ronda este año.
—¿Veinte es todo lo que estás dispuesto a perder? —Jadeo—. Parece que tienes miedo. Veinte y un vídeo en YouTube proclamando mi grandeza.
—Hecho, pero, cuando pierdas, harás ese vídeo con una camiseta de los Bruins.
—Claro. —Me encojo de hombros. La noche se hace más llevadera.
La camarera aparece con dos vasos de zarzaparrilla y le dedica una sonrisa hambrienta a Wes. Él le desliza un billete de veinte.
—Gracias, preciosa.
—Avísame si necesitas cualquier cosa —dice, excediéndose un poco. Por Dios. Los jugadores de hockey no se topan con muchos problemas para echar un polvo y, desde luego, es evidente que mi viejo amigo tiene dónde elegir. Además, está muy buena. Buenas tetas y sonrisa agradable.
Ni siquiera le mira el culo perfecto mientras se aleja.
En cuanto desaparece, Wes abre los brazos y sonríe al grupo de jugadores de hockey que lo rodean.
—Vaya panda de nenazas estamos hechos, ¿eh? Zarzaparrilla y ginger ale un viernes por la noche. Que alguien llame a la policía. Necesitamos una partida de dardos o algo.
—¡Hockey de mesa! —grita alguien—. He visto uno en la sala de juegos.
—¡Cassel! —Wes golpea al tipo que está a su lado—. ¿Quién ganó nuestra última partida?
—Tú, imbécil. Porque hiciste trampa durante los penaltis.
—¿Quién, yo?
Todos se ríen. Pero mi mente se queda atascada en los «penaltis».
Cómo no.
Capítulo 5
Wes
La universidad se ha gastado mucho dinero en una suite ejecutiva en el TD Garden, un lujoso palco privado con un deslumbrante ventanal con vistas al estadio que va desde el suelo hasta el techo. Sin embargo, las botellas de Dom Pérignon que se entregaron para celebrar la victoria fueron cortesía de mi padre. El muy imbécil disfruta de nuestra victoria como si también hubiera estado en el hielo; incluso lo he oído presumir ante uno de sus amigos de que fue él quien me enseñó ese movimiento de triple salto con el que he marcado el gol de la victoria en el tercer tiempo.
Y una mierda. El viejo no me enseñó nada. Desde el momento en que fui capaz de sostener un palo de hockey, se gastó el dinero en entrenadores, preparadores y en cualquiera que pudiera convertir a su único hijo en una superestrella. El único mérito que le reconozco es el de firmar con su nombre en un cheque.
El equipo de Canning se encuentra en estos momentos en la pista de hielo y se enfrenta a la misma presión que nosotros antes. El entrenador nos ha dejado beber una copa de champán a cada uno. Jugaremos la final mañana por la noche y quiere que permanezcamos atentos. Sin embargo, no debe preocuparse por mí. Tengo zarzaparrilla como bebida. No solo para fastidiar a mi padre, sino porque el partido que estoy viendo me provoca un nudo en el estómago y el alcohol solo lo empeoraría.
Quiero que Rainier gane.
Quiero enfrentarme a Canning en la final.
Quiero fingir que no siento nada por él.
Supongo que tendré que conformarme con dos de esos tres deseos, pues no puedo fingir que no me gusta. Verlo de nuevo anoche lo complicó todo.
Joder, qué sexy estaba. Muy sexy. Es un guaperas californiano: grande, rubio y atractivo. Con unos ojos marrones enternecedores y sorprendentes en un chico rubio. Sin embargo, es una sensualidad discreta. Jamie Canning nunca hizo alarde de su encanto en todo el tiempo que lo conocí. A veces creo que ni siquiera es consciente de su jodido atractivo.
—Oh, mierda —canta uno de los veteranos cuando un jugador de Rainier lanza el que podría ser el tiro de la semana.
Es un golpe limpio, pero hace que el jugador contrario rebote en las tablas como una pelota de goma y caiga de bruces sobre el hielo.
Rainier está dispuesto a ganar. Juegan de forma agresiva, todo el tiempo a la ofensiva. No creo que Yale haya hecho más de una docena de lanzamientos a puerta, y ya ha pasado una buena parte del tercer tiempo. Canning ha parado todos los tiros menos uno, y el que ha dejado pasar ha sido totalmente fortuito, que se ha estrellado en el poste y le ha proporcionado a Yale un rebote que el centro ha vuelto a marcar. Casi he podido oír el silbido del disco cuando ha pasado zumbando por el guante de Canning, apenas un nanosegundo demasiado rápido para que se lo tragara.
Ahora, el marcador está empatado uno a uno, a falta de cinco minutos. Contengo la respiración a la vez que deseo que los delanteros de Rainier hagan algo.
—Tu hombre, Canning, es firme como una roca —comenta Cassel, que toma un pequeño sorbo de su champán como si fuera la maldita reina de Inglaterra.
—Está tranquilo bajo presión —coincido con la mirada clavada en la pista. El ala izquierda de Yale realiza un tiro de muñeca flojo que Canning detiene sin problemas, con un lenguaje corporal casi aburrido mientras mantiene la posesión del disco antes de pasarlo a uno de sus alas.
Los jugadores de Rainier rompen la defensa de Yale y se lanzan al ataque.
Pero mi mente sigue pensando en el último intento de gol, en la forma en que Canning se ha enfrentado al jugador de Yale. Ni siquiera puedo contar las veces que estuve en esa misma posición, volando hacia mi compañero, mandándole tiro tras tiro.
Excepto que la última vez que nos enfrentamos, yo era el que estaba en la red. La última barrera entre Jamie Canning y una mamada.
Me gusta pensar que no le dejé ganar a propósito. Soy competitivo, siempre lo he sido. No importaba lo mucho que deseara tener el miembro de Canning en la boca. No importaba que, si ganaba, sabía que tendría que permitirle retirarse de la apuesta. Defendería esa red con todo lo que tenía. O no…
Porque es innegable que, cuando ese disco pasó volando, una parte de mí se emocionó.
—Dicho esto, no me importaría que perdieran —dice Cassel y se gira para sonreírme. —Sé que es tu mejor amigo y todo eso, pero me sentiría mejor enfrentándome al portero de Yale que al don Temperamento ese de ahí.
Cassel tiene razón. Canning representa una amenaza mayor. ¿Y sus debilidades? Han desaparecido. Ahora es una maldita estrella de rock. No me extraña que haya recuperado la titularidad.
Aun así, no quiero que pierda. Quiero que nos enfrentemos en la final. Quiero verlo y punto. Ya he experimentado una derrota aplastante: si su equipo pierde, sé que no estará de humor para pasar el rato, ponerse al día, volver a conectar…
«¿Chupárnosla?».
Ahuyento ese pensamiento. Nunca aprendo, ¿eh? La última vez que «chupar» entró en la ecuación, perdí a mi mejor amigo.
Es curioso, estoy convencido de que todo el mundo se arrepiente de lo que dice: de algún insulto que lanzas sin querer; de una confesión que desearías retirar; o, tal vez, de una broma insensible que en realidad no querías soltar.
¿La única frase que lamento? «Veamos porno».
Una vez pronunciadas esas cinco palabras ya no había vuelta atrás, y ni siquiera puedo echar toda la culpa al alcohol, porque unos cuantos sorbos de una petaca no te convierten en un idiota borracho. Sabía lo que hacía y cómo engatusaba a Canning. Me estaba cobrando la maldita apuesta, lo cual resulta bastante irónico porque el ganador había sido él. El premio era suyo, aunque, en realidad, no; era mío. Porque la necesidad de tocarlo parecía superior a la de respirar.
Todavía recuerdo la cara de sorpresa que puso cuando entré en la página porno de mi portátil. Escogí una escena suave, al menos para mí. Puse el ordenador sobre el colchón y me tumbé en la litera de abajo como si nada.
Durante un largo momento, Canning no se movió. Esperé, tenso, mientras decidía si sentarse a mi lado en la cama o subir a la litera de arriba. Sin mirarlo, le pasé la petaca. Lo oí engullir. Tragó en un suspiro y luego se colocó a mi lado.
No me arriesgué a mirarlo durante varios minutos. Nos tumbamos de espaldas y nos pasamos la petaca de un lado a otro mientras veíamos a dos tíos practicar sexo con una rubia pechugona en la pantalla.
—¿Cómo compararías tu técnica con la de ella? —Canning se desternilló con esta ocurrencia y el estómago se le sacudió incluso mientras miraba el portátil.
Para él, solo era el divertido resultado más reciente de nuestras travesuras competitivas. Iba a burlarse de mí, como siempre hacíamos el uno con el otro.
Pero para mí no era una broma. Acababa de pasar el último año intentando aceptar mi cada vez más evidente atracción por los hombres. La torpe pérdida de mi virginidad con una chica durante el tercer año de instituto significó una señal de alarma bastante grande. No me había sentido atraído por ella, pero necesitaba probarlo. Para estar seguro. Apenas fui capaz de que se me levantara, e incluso entonces, lo conseguí porque me imaginaba a…
Canning. Jamie Canning.
Había estado enamorado de mi mejor amigo hetero desde hacía mucho tiempo. Sin embargo, no podía decírselo. Mi única opción era seguirle el juego.
—Bueno, siempre se me ha dado bien sujetar los palos.
Jamie resopló.
—Solo tú podrías presumir de esto.
—Te lo digo a menudo, Canning. No hay que tener miedo. Pase lo que pase.
Dios, qué cabrón que fui. Porque el miedo ni siquiera entraba en la ecuación. Todo lo que sentía era un deseo puro y doloroso mientras estaba tumbado junto a Jamie. El año anterior había disfrutado de un par de sesiones de morreos borrachos y de un intercambio de pajas con un chico de clase. No obstante, incluso entonces, no había estado seguro al cien por cien.
¿Acostarme en la cama con Canning? Ardía en deseos de hacerlo.
En la pantalla, la rubia gemía como una loca. En medio de un trío y disfrutando. Canning se quedó callado durante un rato. Me quedé tumbado e intenté mantener la respiración uniforme, sin embargo, no pude resistirme a echar un vistazo furtivo a su entrepierna un minuto después. Y entonces se me cortó la respiración, porque, joder, estaba empalmado; una larga y gruesa erección se notaba por debajo de sus pantalones cortos. Yo la tenía igual de dura, y sé que lo notó. Probablemente, pensó que se debía al porno. Maldición, esa sería la única razón por la que él se había excitado.
Pero yo no. Mi polla palpitaba por él.
A mi lado, tragó con fuerza.
—Interesante elección, Wesley. Teniendo en cuenta lo que está en juego. No te obligaré a que me la comas.
Sonrió.
—Prefiero regodearme en la gloria de saber que por fin has extendido un cheque que no has podido cobrar.
Entonces puso esos magníficos ojos en blanco y la piel me ardió.
—¿Qué? —dije con la esperanza de que disimular la lujuria que desprendía mi voz—. ¿Crees que soy demasiado gallina para chupártela?
Giró la cabeza para encontrarse con mis ojos…
—¡No tengo ninguna duda!
Los gritos del capitán de nuestro equipo me sacan de mi ensoñación por los recuerdos. Con todo el estadio alborotado, los aficionados gritan mientras el marcador se ilumina y las pantallas instaladas por todas partes muestran la palabra «¡gol!» en letras enormes amarillas.
Se me cae el alma a los pies cuando me doy cuenta de quién ha marcado: Yale.
Maldita sea. Yale ha marcado y yo estaba demasiado distraído para verlo. Ahora van dos a uno y queda un minuto y medio para acabar.
—Me he despistado —comento a Cassel—. ¿Qué ha pasado?
—Uno de los defensas de Rainier ha provocado el penalti más estúpido de la historia. —Niega con la cabeza, asombrado—. El idiota acaba de regalar la victoria a Yale.
No, aún no han ganado. Todavía hay tiempo para que Rainier se reagrupe. Todavía hay tiempo, maldita sea.
—Tu chico no ha tenido ninguna oportunidad en esa ofensiva —añade Cassel.
Se me revuelven las tripas. Pueden decir muchas cosas sobre Yale, pero lideran la NCAA en cuanto a la ventaja numérica se refiere. Cada vez que jugábamos contra ellos durante la temporada, el entrenador pronunciaba una desalentadora frase antes de salir de los vestuarios: «Si acabas en el banquillo contra Yale, pierdes».
Rezo para que esas palabras no sean proféticas, para que Rainier pueda remontar esto, pero mis oraciones no obtienen respuesta.
El silbato final suena en el TD Garden. Rainier ha perdido.
Capítulo 6
Jamie
Hemos perdido.
Hemos perdido, joder.
Aturdido, avanzo por la rampa hacia los vestuarios. El ambiente que me rodea es sombrío. Asfixiante. Sin embargo, nadie busca culpables.
No hay rabia hacia Barkov, que le ha puesto la zancadilla al delantero de Yale sin ninguna razón aparente: el chico ni siquiera tenía el disco.
No hay recriminaciones hacia nuestra defensa, que inexplicablemente se ha venido abajo durante esa ofensiva.
Y nadie me acusa de no haber sido capaz de detener ese último disparo que ha acabado en gol.
Sin embargo, por dentro…, me culpo a mí mismo.
Debería haberlo parado. Debería haberme lanzado más rápido, haber extendido más el brazo. Debería haberme lanzado sobre ese maldito disco y no haber permitido que se acercara al área.
Me entumezco. Estaba desanimado porque mi familia no había viajado desde California para verme jugar. Ahora agradezco que no me hayan visto perder. Excepto por el televisor. Junto con otros millones de personas…
Maldita sea.
De vuelta a la habitación del hotel, encuentro a Terry sentado en la cama, con el mando en la mano. Pero el televisor se encuentra apagado, de modo que él contempla una pantalla negra.
—¿Terry? ¿Estás bien?
Levanta la vista rápidamente.
—Sí. Es solo que… —La frase muere antes de acabar.
Los próximos días van a ser así. Lo presiento. Teníamos tantas ganas de llevarnos este título a casa, a Rainier. Habríamos demostrado a nuestras familias y a la universidad que todos estos años de sacrificio habían valido la pena.
No hemos demostrado nada.
—Sigue siendo la temporada más victoriera en treinta años —dice Terry lentamente.
Me tumbo en la cama.
—¿Victoriera es una palabra?
—No, si se trata de nosotros. —Los dos nos reímos, pero su risa termina en un suspiro—. Ese ha sido mi último partido, Canning. El último. No me ha fichado la Liga Nacional de Hockey, como a ti. Dentro de tres meses llevaré traje y estaré sentado tras un escritorio.
Mierda. Es realmente deprimente.
—He jugado al hockey durante quince años y, desde hace media hora, soy socio junior en la división de banca de inversión de Pine Trust Capital.
Madre mía. Espero que las ventanas de nuestra habitación no se abran porque me da miedo que salga a una cornisa. O que lo haga yo.
—Tío, necesitas alcohol y una chica. Como ayer.
Su risa es sombría.
—Mis primos vienen a recogerme. Habrá bebida y bares llenos de tetas.
—Menos mal. —Me doy la vuelta para estudiar el techo de la habitación—. Sabes, es muy probable que nunca juegue un solo partido de la Liga Nacional de Hockey. ¿Portero de tercera? Detroit podría hacer un banquillo con las medidas exactas de mi culo. Con suerte, me permitirán «jugar» como suplente del portero canterano.
—Seguirás teniendo esa camiseta y también a las grupis.
Le suena el teléfono y desliza el dedo por la pantalla para contestar.
—Nací preparado —dice a la persona que llama—. Ahora mismo bajo.
Luego me pregunta:
—¿Vienes con nosotros?
¿Voy? Es evidente que necesito un trago, pero, de momento, mi espalda está pegada a la colcha.
—No estoy listo —admito—. ¿Te envío un mensaje en una hora para ver dónde estáis?
—Más te vale —contesta.
—Hasta luego —me despido mientras la puerta se cierra con un chasquido.
Durante un rato, me regocijo en mi propia miseria.
Mis padres me llaman al teléfono, sin embargo, no respondo. Serán increíbles, como siempre, pero ahora no quiero escuchar palabras bonitas y alentadoras. Necesito sentirme mal. Emborracharme. Correrme, tal vez.
Llaman a la puerta con firmeza y me levanto para abrir. Es probable que sea un compañero de equipo dispuesto a ayudarme con la parte de emborracharme de las actividades de esta noche.
Abro la puerta de un tirón y me encuentro con Holly de pie, con la cara manchada de pintura naranja y negra, una botella de tequila en una mano y limas en la otra.
—¡Sorpresa! —exclama.
—Cielos, Holls. —Me río—. Dijiste que no ibas a venir.
—Mentí.
Me dedica una gran sonrisa y abro más la puerta.
—No podrías haber llegado en mejor momento.
—¿En serio? —me desafía y se escurre por mi lado—. ¿Ni siquiera aquella vez que te eché una mano en el baño del tren justo antes de nuestra parada?
—De acuerdo, tal vez entonces.
Jamás me he alegrado tanto de verla. Necesito una distracción y eso es lo que Holly y yo siempre hemos sido el uno para el otro.
Se pone manos a la obra y corta las limas sobre la mesa del hotel con un cuchillo que ha sacado del bolso. ¿Sé elegir a mis amigos o qué?
—Vasos —ordena Holly por encima del hombro.
Creo que esta noche podría ir directamente a por la botella, no obstante, por su bien, miro a mi alrededor y encuentro un par en el armario junto al televisor. Los saco y ella los llena antes de que me dé cuenta.
—Toma. —Me ofrece un vaso y levanta el otro en el aire—. Por patear culos y superar nuestras decepciones.
Me estudia con esos grandes ojos azules, como si buscara algo.
—Es un buen brindis —murmuro—. Gracias.
Cuando acerco mi vaso al suyo, sonríe como si hubiera ganado algo esta noche. Al menos, uno de los dos lo ha hecho.
—Hasta el fondo, fortachón. Después voy a desnudarte.
Me gusta cómo suena eso. El tequila se desliza por mi garganta y, entonces, le dejo meterme una lima en la boca. Nos reímos y saboreamos el agrio sabor cítrico. Luego, la empujo sobre la cama. Me gustaría desatar toda mi tensión sobre esta chica sonriente, aun así, respiro hondo. Holly es muy pequeñita y la mitad del tiempo me preocupa aplastarla.
Me coloco de rodillas sobre la cama y ella se echa hacia atrás mientras se quita la blusa. Mi camisa cae al suelo antes de que pueda colocarme encima de su cuerpo y procuro que la mayor parte de mi peso no recaiga sobre ella. Excepto mis caderas, que se hunden ligeramente sobre las suyas, y mi miembro se despierta como diciendo: «Mirad lo que tenemos aquí».
Holly me agarra la cabeza y me tira hacia abajo para besarme. Saboreo la lima y el tequila, y a la chica que se ve felizmente dispuesta.
—Mmm —gime—. Lo llevo esperando todo el día.
Yo también, aunque no lo sabía. Cierro los ojos de golpe, me hundo en su boca y en ese hermoso refugio del olvido. No hay partido ni gol justo antes del pitido. No hay decepción, solo una chica sexy debajo de mí y algunos chupitos más por beber.
Y un golpe en la puerta.
—Joder —gruñimos Holly y yo al unísono.
—¡Canning! —Una voz me llama desde el pasillo.
La voz de Wes. Oírla me saca del momento.
—¿Tienes que abrir? —Holly jadea.
—Me temo que sí —susurro—. No será más que un momento, lo prometo.
—Vale —resopla y me da un empujoncito en el pecho—. Pero voy a por más tequila.
—Eres increíble —insisto y me agacho para recoger su camiseta. Ignoro la mía en aras del tiempo. En cuanto se tapa, cruzo la habitación y abro la puerta.
—Hola —saludo a Wes.
Espero que se lance a una perorata de «mala suerte». Wes es muy competitivo, aunque nunca metería el dedo en la llaga. Sin embargo, extrañamente, se queda callado y parpadea desde el pasillo.
—Hola —repite tras una larga pausa—. Yo solo…
No dice nada más. Se fija en que voy medio desnudo y en la presencia de mi follamiga sirviendo tequila.
—Esa es Holly —digo con calma—. Holly, este es un viejo amigo, Ryan Wesley.
—¿Un chupito? —ofrece ella desde el otro lado de la habitación. Está sonrojada y con el pelo revuelto.
Quizá me encuentro en el mismo estado, de todos modos, Holly no parece avergonzada, así que no me preocupa.
—Wes, ¿vas a entrar?
—No —contesta enseguida, y la palabra suena como un trozo de piedra que cae sobre una superficie dura—. Solo quería decirte que siento que no nos enfrentemos mañana—. Se mete las manos en los bolsillos en una rara muestra de humildad—. No será lo mismo.
Alza las comisuras de los labios, pese a ello, la sonrisa no se refleja en sus ojos.
—Lo sé. —Mi voz denota la decepción de la que esperaba escapar esta noche—. No como en el campamento.
—Me encantaba ese lugar —dice Wes, que se frota la nuca.
—Todavía entreno allí.
Pretendo terminar la conversación, así que no tengo ni idea de por qué añado:
—No es lo mismo sin ti.
Es cierto, pero este ya es el día más emocionalmente intenso de mi vida y no necesito nada más en lo que pensar.
—Ya me marcho —dice Wes, que señala con un pulgar hacia los ascensores—. Tú, eh, cuídate, si no nos vemos mañana.
Da un paso hacia atrás.
Ahora mismo, no sé qué hacer. Mi equipo volverá a la costa oeste por la mañana. No nos quedaremos para la final. No estoy seguro de que Wes y yo tengamos más que decirnos ahora mismo. Pero ¿se trata de eso? Siento un fuerte impulso por añadir algo más, por retrasar su partida.
No obstante, estoy destrozado, confundido y agotado. Y él se va alejando de mí.
—Nos vemos —digo con brusquedad.
Mira por encima del hombro y se despide con la mano.
Me quedo allí como un idiota un rato más y él dobla la esquina hacia los ascensores.
—Jamie. —Holly me llama en voz baja—. Aquí tienes tu bebida.
De mala gana, cierro la puerta. Cruzo la habitación, le quito el vaso y me lo bebo de un trago.
Ella lo retira vacío.
—Bueno, ¿por dónde íbamos?
Ojalá lo supiera.
Capítulo 7
Wes
—Sabes que acabamos de ganar el campeonato nacional, ¿verdad? —repite Cassel por centésima vez en la última hora. Muestra esa sonrisa engreída de rey del mundo que ha llevado toda la noche. Incluso antes de los cuatro tragos de vodka que se ha tomado.
—Sí, lo sé.
Mi tono es ausente mientras recorro con la mirada el abarrotado y recalentado bar que hemos elegido como cuartel general de la celebración. Las bebidas del bar del hotel son ridículamente caras, así que hemos decidido aventurarnos en otro lugar por la noche. Y, según la búsqueda de Donovan en internet, este pequeño bar de mala muerte tiene bebidas a mitad de precio los domingos y, al parecer, no saben a orina.
Sin embargo, me importa una mierda el sabor del alcohol. Solo me interesan sus efectos. Quiero emborracharme. Quiero ponerme hasta arriba para no pensar en lo idiota que soy, joder.
La voz de Cassel me saca de mis oscuros pensamientos.
—Entonces deja ese humor de perros —ordena—. Somos campeones nacionales, tío. Hoy hemos aplastado a Yale. Les hemos hecho morder el polvo.
Es cierto. El resultado final ha sido de dos a cero a favor de Northern Mass. Hemos barrido el hielo con nuestros oponentes, debería alegrarme. No, debería estar extasiado. Es para lo que entrenamos todo el año. En cambio, en lugar de saborear la victoria, me encuentro demasiado ocupado lamentando que Canning tenga novia.
Sí, amigos, Jamie Canning es heterosexual. Qué sorpresa.
Uno pensaría que ya había aprendido la lección. Pasé seis años esperando que la atracción no fuera unilateral. Quizá un día un interruptor se activaría de repente y él pensaría: «Emmm, me gusta Wes, sin duda».
O tal vez se daría cuenta de que le atraen las dos cosas y se pasearía por la otra acera.
Sin embargo, ninguno de esos escenarios había sucedido. Nunca ocurriría.
A mi alrededor, los chicos ríen, bromean y rememoran sus momentos favoritos del partido de esta noche, y nadie se da cuenta de que estoy callado. No dejo de pensar en Jamie y su chica, ni en el polvo que interrumpí.
—Necesitamos otra ronda —anuncia Cassel, que busca a nuestra camarera en la sala principal.
Cuando la localizo, detrás del mostrador, echo la silla hacia atrás con brusquedad.
—Voy a pedirla —anuncio a los chicos y me alejo de la mesa antes de que pregunten por qué me he vuelto tan caritativo.
En la barra, pido otra ronda de chupitos para el grupo, luego apoyo los antebrazos en el mostrador de madera astillada y estudio las botellas de licor de los estantes. Llevo toda la noche bebiendo cerveza, pero no me sirve de nada. Tengo que emborracharme más. Necesito algo más fuerte.
Se me revuelven las tripas cuando poso la mirada en una reluciente botella de bourbon, la bebida preferida de mi padre. Aunque el suyo es mil veces más caro.
Desplazo la mirada hacia la fila de botellas de tequila. Canning bebía tequila anoche. Sigo observando. Jack Daniel’s.
Oh, mierda. Es como si cada frasco del maldito bar estuviera lleno de recuerdos.
Antes de que pueda detenerme, mi mente regresa a ese último día en el campamento, a la petaca de plata que le pasé a Canning y a la pregunta burlona que le lancé.
—¿Crees que soy demasiado cobarde para chupártela?
Lo pensó durante un minuto.
—Creo que es una mala idea decir que Ryan Wesley es demasiado cobarde para hacer algo.
—Eso es cierto.
Se rio, pero sus ojos volvieron a la pantalla. Una vez más, dejó que me librara, si bien yo no quería que me dejara libre. Quería liberarme. Cuanto más hablábamos de sexo, más seguro estaba. Únicamente pensaba en tocar a mi mejor amigo. Para mí, no se trataba de un reto, sino de puro deseo.
En la pantalla, la rubia estaba de rodillas mientras se la comía a uno de los chicos y se la meneaba al otro. Jamie dio un sorbo a la petaca antes de pasármela. A mi lado, movió las caderas y tuve que reprimir un escalofrío. Lo que más deseaba mi corazón estaba sentado a mi lado.
Y, además, excitado.
Su mano se había movido y ahora descansaba justo por encima de la cintura de los pantalones cortos. Acarició el punto bajo sus abdominales, como si le picara, pero era obvio que quería hacer algún reajuste estratégico.
Bebí un trago de whisky en busca de valor. Luego me lleve una mano a la entrepierna.
—Esto me está matando —dije. Fue la declaración más sincera que había hecho en todo el día. Deslicé la mano lentamente por mi pene duro y la volví a subir. Sentía sus ojos en mí y en mi mano. Y eso me volvió aún más loco. Me olvidé de la pantalla. Prefería protagonizar mi propio acto en solitario aquí mismo, con mi par de ojos marrones favoritos como único público.
Mi corazón comenzó a latir con fuerza, consciente de lo que estaba a punto de hacer.
Había un acantilado en la piscina que nos gustaba, una caída de seis metros hasta el lago, y esa noche era como si estuviera de pie sobre él. Como si me arrastrara hacia el borde y lo llevara conmigo. Recuerdo que un año, cuando Canning tardaba tanto en saltar, perdí la paciencia y lo empujé entre risas mientras lo veía caer hasta el agua.
Pero esta vez no podía hacerlo. No podía empujarle. Él tenía que saltar.
Me lamí los labios secos.
—De verdad que necesito cascármela. ¿Te importa?
El momento de vacilación que tuvo casi me mata.
—Adelante. Nos duchamos en el mismo sitio, ¿verdad? —Se rio—. Cagamos en el mismo lugar, aunque hay paredes.
Aquí no había ninguna.
Metí la mano en el pantalón y me agarré ansioso la polla. Sin embargo, no la saqué. Solo le di un lento repaso por debajo de los calzoncillos.
La sorpresa se reflejó en sus ojos y luego brilló en ellos algo que me dejó sin aliento. No era ira. No era molestia.
Era excitación.
Santo cielo, le gustaba ver cómo me masturbaba. Y ninguno de los dos miraba ahora el portátil. La mirada de Canning permanecía pegada al lento movimiento de mi mano bajo los pantalones cortos.
—Tú también puedes—. Odié el sonido ronco de mi voz en ese momento, porque sabía que tenía un objetivo—. Adelante. Así será menos raro para mí.
Demonios. Era como la serpiente que le arrojó la manzana a Eva. O más bien el plátano…
Las malas analogías desaparecieron de mi estúpido cerebro un momento después, cuando Jamie se metió la mano en los calzoncillos y se sacó el miembro.
Mi corazón se agitó en mi pecho al verla. Era rosada, gruesa y perfecta. Con los dedos de una mano, acarició la parte inferior, de arriba abajo. Un toque muy ligero. Envidié esos dedos.
Sostuve mis sensibles testículos y traté de respirar profundamente. Tenía el pecho tenso a causa del deseo. Estaba justo ahí, su cadera me rozaba. Quería agacharme y llevármelo a la boca. Lo deseaba tanto que hasta podía saborearlo.
Sus ojos volvieron a la pantalla. Sentí que se hundía un poco más en la cama. Ahora, los dos nos masturbábamos en serio. Su respiración se hizo más superficial y ese sonido me provocó otra descarga de lujuria. Quería ser yo quien le hiciera jadear así. Entonces su ritmo decayó y levanté la vista para averiguar por qué.
El vídeo había terminado. Había elegido uno que solo duraba unos minutos y ahora la pantalla permanecía congelada en un menú de vídeos, donde destacaba la foto en miniatura de un plano horrible del culo gigantesco de una mujer.
—Eh… —Jamie soltó una carcajada—. Eso no me sirve.
Entonces, algo se apoderó de mí.
En el hockey, cuando se presenta una oportunidad de gol, un buen jugador tiene que reaccionar de inmediato. Es exactamente lo que sucedía aquí. La puerta se había abierto un poco, y pretendía entrar.
—Podrías reclamar tu premio —espeté.
Sin dejar de acariciarse, dejó escapar un suspiro acalorado.
—¿Me estás retando?
—Ajá.
Le costó tragar. Parpadeó y en sus ojos se reflejaron un desfile de emociones que no pude seguir. Reticencia. Excitación. Confusión. Excitación. Irritación. Excitación.
—Yo… —Se rio, con la voz ronca. Se detuvo y se aclaró la garganta—. Te reto a hacerlo.
Su mirada se fijó de nuevo en la mía y casi me corrí allí mismo. Mi miembro se había hinchado en la mano y palpitaba. Me dolía, pero de alguna manera me las arreglé para poner un tono despreocupado, mi característico tono de voz que la mitad de las veces es una absoluta fachada.
—En fin. Esto debería ser interesante.
El leve indicio de pánico en su rostro era inconfundible, pero no le di tiempo para que echarse atrás. Lo deseaba muchísimo. Siempre lo había deseado.
Me solté y me acerqué para cubrirle la mano con la mía. Se tensó y, por una fracción de segundo, pensé que iba a apartarme.
No lo habría culpado.
Entonces me soltó y dejó mi mano allí sola. Estaba sujetando su miembro. Por fin. Estaba caliente y duro, y las puntas de su suave vello púbico rubio me hacían cosquillas en las yemas de los dedos. Apreté y todo el aire pareció salir de su cuerpo; su torso casi se fundía con el colchón. Mi boca era un desierto, mi pulso, un fuerte tambor que resonaba en mis oídos.
Pasé la palma de la mano por todo su paquete y actué como si lo que hacía no fuera gran cosa. Entonces dije:
—Joder, creo que estoy borracho.
Parecía lo correcto. Como si el alcohol fuera la razón por la que hacíamos aquello. El alcohol era nuestro pase.
Funcionó, porque se atragantó:
—Yo también.
Pero su voz era ahumada y distraída.
Y tal vez estaba borracho. Quizá el rubor de sus mejillas se debía al whisky y no a la sensación de mi otra mano mientras le bajaba más los calzoncillos. Tal vez, su respiración se aceleró debido al alcohol que circulaba por sus venas y no porque mis dedos se enroscasen alrededor de su pene.
Me moví en el colchón y me arrodillé frente a él mientras realizaba movimientos lentos arriba y abajo. El cuerpo me palpitaba con una necesidad incontrolable; una erección me pesaba entre las piernas. Sin embargo, la ignoré. Jamie parpadeó dos veces cuando me levanté por encima de él, y observé su cara para analizar su reacción. No parecía horrorizado, sino excitado.
Había fantaseado con aquel momento durante años y no podía creer que de verdad estuviera aquí.
—¿A qué esperas, Ryan? Chúpamela ya.
Me quedé sorprendido. Solo me llamaba Ryan cuando se burlaba de mí, y ahora mismo lo estaba haciendo para que le hiciera una mamada.
Madre mía.
Mi bravata vaciló por un segundo hasta que vi cómo el pulso le martilleaba en el hueco de la garganta, y me di cuenta de que se encontraba tan nervioso y excitado como yo.
Tomé aire y bajé la cabeza.
Luego cerré la boca sobre la punta hinchada y chupé.
Jamie alzó las caderas al instante y soltó un gemido al estremecerse.
—Oh, joder.
Recuerdo que me pregunté si alguna vez se la habían chupado. La conmoción y el asombro en su voz habían sido tan crudos. Tan sexy. Me lo pregunté, pero no por mucho tiempo, pues pronto empezó a susurrarme órdenes más calientes y sucias.
—Más —murmuró—. Toma más. Tómalo todo.
Lo metí más profundamente en mi boca, casi hasta el fondo y, justo cuando gimió, lo solté. Deslicé la lengua a lo largo de su larga y dura longitud hasta que esta brilló. Lamí la humedad que goteaba de su punta y su sabor me impregnó la lengua e hizo que me mareara.
Se la estaba chupando a mi mejor amigo. Era tan surrealista. Era lo que había soñado durante tanto tiempo, y la fantasía no era nada comparada con la realidad.
—Joder, sí.
Las caderas de Canning se mecieron mientras lo tomaba en mi boca de nuevo.
Lamí la cabeza de su miembro, provocando, saboreando, y luego me la volví a tragar hasta el fondo. No me atreví a mirar hacia arriba. Tenía demasiado miedo de mirarlo a los ojos, de que viera en mi cara cuánto lo deseaba.
—Joder, Wes, se te da demasiado bien.
El elogio consiguió que me encendiera. Santo cielo. Le excitaba penetrarme por la boca.
De repente, enredó los dedos en mi pelo y apretó mi rostro contra su cuerpo cuando me lo metí lo más profundo que pude.
—Oh, mierda. Sigue así, hombre. Deja que te folle la boca.
Cada palabra ronca que decía me hacía arder. Sabía que yo disfrutaba con aquello. Pero ¿y si él también? Qué locura. Aceleré el ritmo y apreté su miembro en cada embestida, más fuerte de lo que creía que le gustaría, con todo, él seguía murmurando: «más fuerte, más rápido».
Apreté los ojos mientras le daba vueltas, decidido a que perdiera el control y sintiera la misma necesidad urgente que causaba estragos en mi cuerpo.
—Wes… —Un sonido ahogado salió de sus labios—. Joder, Wes, vas a hacer que me corra.
Me tiró del pelo hasta hacerme daño y los abdominales se le tensaron mientras sus caderas se movían más rápido. Unos segundos después, gimió. Un sonido ronco vibró contra mis labios cuando se quedó quieto, empujó profundamente y se corrió dentro de mi boca mientras yo me tragaba hasta la última gota.
—¿Esperas que una de esas botellas te levante un cartelito que diga «pídeme»?
Una voz masculina me devuelve al presente. Parpadeo, desorientado. Sigo en el bar, de pie junto al mostrador, sin dejar de mirar las botellas de licor. Mierda. Me he distraído por completo. Y ahora estoy medio empalmado, gracias al recuerdo de mi última noche con Jamie Canning.
Trago saliva y me doy la vuelta para encontrarme junto a un extraño que me sonríe.
—En serio —añade, y amplía la sonrisa—. Llevas casi cinco minutos mirando esas botellas. El camarero se ha rendido al intentar preguntarte qué querías.
¿El camarero había hablado conmigo? Pensará que soy un bicho raro.
Sin embargo, el tipo que se encuentra a mi lado no parece un bicho raro. Es muy guapo, en realidad. Tendrá unos veinte años, lleva unos vaqueros desteñidos, una camiseta de los Ramones y un tatuaje que le cubre la manga del brazo derecho. Una mierda tribal, mezclada con calaveras, dragones y algunas otras imágenes brutales. Es más delgado de lo que suele gustarme, pero tampoco está escuchimizado. No es del todo mi tipo, aunque no puedo decir que no me atraiga en absoluto. Definitivamente, es material para ligar y, por la forma en que me mira, sé que le gustaría.
—¿Estás con esos chicos? —Señala la mesa de los que llevan las chaquetas de hockey.
Asiento.
—¿Qué celebráis?
—Hemos ganado el campeonato nacional esta noche. —Hago una pausa—. El campeonato de hockey universitario.
—No me digas. Enhorabuena, tío. Así que juegas al hockey, ¿eh? —Su mirada se detiene en mi pecho y mis brazos antes de deslizarse de nuevo a mi cara—. Se nota.
Sí que le gustaría.
Miro hacia la mesa y Cassel capta mi atención. Sonríe al ver a mi acompañante. Acto seguido, se vuelve hacia los chicos, riéndose de algo que acaba de decir Landon.
—¿Y cómo te llamas? —pregunta mi desconocido.
—Ryan.
—Yo soy Dane.
Vuelvo a asentir. Me siento incapaz de mostrar algún encanto. Ni comentarios chulescos ni insinuaciones descaradas. Esta noche he ganado un campeonato y debería celebrarlo. Debería invitar a este tipo tan atractivo a mi hotel, colgar el cartel de «no molestar» en la puerta para que Cassel entienda la indirecta y follarme a Dane.
Sin embargo, no quiero hacerlo. Solo estaría tratando de sacar a Canning de mi sistema y después me sentiría fatal.
—Lo siento, tengo que volver con los chicos —digo bruscamente—. Ha sido un placer charlar contigo, tío.
Cruzo el bar antes de que pueda decir otra palabra. No me giro para ver si parece decepcionado o para asegurarme de que no me sigue. Me limito a tocar a Cassel en el hombro y decirle que me marcho.
Pasan otros cinco minutos antes de que pueda convencerle de que no he sido abducido por extraterrestres. Alego que me duele la cabeza, culpo a la adrenalina, a las cervezas, a la temperatura y a todo lo que se me ocurre hasta que al final desiste de convencerme de que me quede y consigo irme del bar.
Hay veinte manzanas hasta el hotel, pero decido caminar en lugar de ir en taxi. Me vendrá bien un poco de aire fresco y tiempo para despejarme. No obstante, ya he recorrido diez manzanas y mi cabeza sigue sin relajarse. Permanece empañada con imágenes de Canning.
No logro dejar de recordar cómo lo encontré anoche. Su pelo sexy, el rubor en sus mejillas. Si no había echado un polvo, estaba a punto de hacerlo. Y la chica estaba muy buena: un pequeño duendecillo con grandes ojos azules. Siempre le han gustado las más bajitas.
Rechino los dientes, me quito a la chica de la cabeza y pienso en la despedida que compartimos Canning y yo.
«El lugar no es lo mismo sin ti».
Sonó como si hubiera querido decir eso. Diablos, tal vez era su intención. Habíamos pasado los mejores veranos de nuestras vidas en Elites. Resultaba evidente que una mamada no le había arruinado todos los buenos recuerdos.
Me meto las manos en los bolsillos, me detengo en un paso de peatones y espero a que el semáforo se ponga en verde. Me pregunto si volveré a verlo. Quizá no. Los dos nos hemos graduado, estamos a punto de empezar nuestras vidas después de la universidad. Él vive en la costa oeste; yo me dirijo al norte, a Toronto. Es poco probable que nuestros caminos se crucen.
Tal vez sea lo mejor. Dos míseros encuentros este fin de semana, apenas dos, y, sin embargo, de alguna manera, han conseguido borrar los cuatro años que me ha llevado superarlo. Es obvio que no puedo estar cerca de Canning sin desearlo. Sin querer algo más.
Pero este fin de semana no ha sido suficiente para mí, maldita sea.
Tomo el teléfono antes de que pueda darme cuenta, me detengo ante un expendedor de periódicos y me apoyo en la caja metálica mientras abro el navegador. La página tarda en cargarse, aunque, una vez que lo hace, encuentro los contactos bastante rápido. Ojeo el listado del personal hasta que doy con el número de teléfono del director del campamento. Me conoce. Le gusto. Además, durante los últimos cuatro años, me ha acosado para que vuelva.
Me haría el favor si se lo pidiera.
Pulso el número. Luego vacilo con el dedo sobre el botón de llamada.
Soy un bastardo egoísta. O tal vez un maldito masoquista. Canning no puede darme lo que necesito, pero, aun así, lo deseo. Quiero todo lo que pueda conseguir: una conversación, un regalo de broma, una sonrisa, lo que sea. Quizá no logre tener el filete, no obstante, me conformo con algunas sobras.
No puedo… No puedo olvidarlo todavía.
Capítulo 8
Jamie
Junio
—Oye, ¿Canning?
—¿Sí?
Pat, el director del campamento, se ha acercado al área para hablar conmigo. No quito los ojos del partido que estoy supervisando, aun así, no resulta grosero.
—Te he conseguido un compañero —dice.
—¿En serio? —Son buenas noticias. Cada verano, Pat se pelea por los entrenadores. Este año también. Los chicos como yo se gradúan y se van. Quiere a los mejores instructores en su campamento, pero los mejores están muy solicitados.
Este año soy uno de ellos. Debo ir a Detroit para el campo de entrenamiento dentro de seis semanas, lo que significa que Pat tendrá que encontrar a alguien que me sustituya. Lo miro durante una fracción de segundo, antes de centrarme en el partido de los chicos.
Me evalúa, y no sé por qué.
—Sé amable con él, ¿vale?
Tardo un momento en contestar, porque no me gusta la dirección que lleva el partido. Los chicos están a punto de estallar. Puedo sentir que la tensión aumenta.
—¿Cuándo no soy amable? —pregunto distraído.
Una mano firme se posa en mi hombro.
—Eres el mejor, chico. Aunque tu portero va a saltar de un momento a otro.
—Ya lo veo.
Es como ver un accidente. Sé lo que va a ocurrir, pero las fuerzas ya se encuentran en movimiento y no puedo detenerlas.
Mi mejor portero, Mark Killfeather, ha parado veinte lanzamientos en este escarceo. Con rápidos reflejos y un cuerpo grande y ágil, Killfeather posee todas las características físicas que requiere un buen guardameta.
Por desgracia, también tiene un temperamento fulminante. Y el talentoso delantero francocanadiense del otro equipo ha estado jugando con él, como si de un violín se tratara, todo el día, provocando y burlándose en cada ataque.
Veo la jugada que prepara el canadiense. Da un pase atrás para su amigo en la línea azul y retoma el disco mientras los defensas del otro equipo se atascan en las esquinas. Finta hacia la izquierda, luego a la derecha… y envía un platillo volante que pasa por delante de Killfeather. Es una jugada preciosa hasta que el chico canadiense rocía al portero con virutas de hielo y lo llama stupide.
Como si se tratara de un bumerán, Killfeather lanza su palo con la fuerza suficiente para romperlo como una cerilla contra las tablas. Cae sobre el hielo, astillado.
«La cuenta, por favor». Hago sonar el silbato.
—Se terminó el partido, se acabó el tiempo.
—¿Pourquoi? —protesta el agresivo delantero—. ¡Queda tiempo en el reloj!
—Habla con tu entrenador ofensivo —digo, y hago un gesto para que se vaya. Luego me acerco a Killfeather, que jadea en la red y se ha quitado el casco para dejar al descubierto esa sudorosa cabeza. Solo tiene dieciséis años y los aparenta. Mientras otros chicos de su edad descansan bajo el sol o se entretienen con videojuegos, él se ha pasado las horas en la pista de patinaje.
Yo era igual. Fue una buena vida y no la cambiaría por nada, además, me sirve para recordar que todavía son niños. Así que no empiezo con un: «Oye, imbécil, acabas de destrozar un palo de cien dólares».
—¿Quién es tu portero favorito, chico? —pregunto en su lugar.
—Tuukka Rask —responde de inmediato.
—Buena elección. —No soy fan de los Bruins, pero el hombre tiene un excelente historial—. ¿Qué cara pone después de que le metan un gol?
Killfeather enarca una ceja.
—¿Por qué? Solo bebe un trago y se vuelve a poner la máscara.
—No pierde la cabeza y tira el palo —comento con una sonrisa.
El chico pone los ojos en blanco.
—Lo entiendo, pero ese tipo es un imbécil.
Me inclino y arranco la red del pincho para que el hielo vuelva a salir a la superficie.
—Hoy has hecho un gran trabajo. Realmente excepcional.
Killfeather sonríe.
—No obstante, tienes que aprender a mantener la calma y te voy a decir por qué. —Su sonrisa se desvanece—. Rask permanece tranquilo cuando mete la pata. Sin embargo, no es porque sea mejor persona que nosotros, tampoco es que medite o no se enfade nunca. Simplemente, sabe que dejar todo atrás es la única manera de ganar. De verdad: cuando bebe ese trago de agua, ya ha pasado página. En lugar de decir: «Tío, ojalá no lo hubiera hecho», dice: «Muy bien, ahora tengo una nueva oportunidad para detenerlo».
El chico fija la mirada en los patines.
—¿Sabes eso que dicen de los peces de colores? Sus recuerdos son tan cortos que, cada vez que nadan alrededor de la pecera, todo vuelve a ser nuevo.
Sonríe.
—Entrenador Canning, eso es muy profundo.
Oh. Me mata ser el entrenador Canning durante unas semanas al año. Aunque me encanta este trabajo.
—Sé mi pez de colores, Killfeather. —Le doy un golpecito en las almohadillas del pecho—. Olvida todas las estupideces que te dice ese tipo, el mundo está repleto de imbéciles que te irritarán por diversión. Tienes las habilidades. Puedes hacer el trabajo, pero solo si no dejas que te lo arruine.
Al fin, me mira.
—De acuerdo. Gracias.
—Vete a las duchas —digo y me alejo patinando hacia atrás—. Luego saca la tarjeta de crédito y compra otro palo.
Lo dejo, me desabrocho los patines y me pongo las Converse. Cuando eres el entrenador, no tienes que equiparte. Basta con los patines y el casco. Llevo pantalones cortos de montaña y una sudadera de la Universidad de Rainier. Y me dan de comer tres veces al día en el comedor del campamento.
¿He mencionado que este es un buen trabajo?
Al salir de la pista de patinaje, paso por delante de todo tipo de recuerdos deportivos olímpicos. La pista en la que estaba hace un minuto intentando hacer entrar en razón a un portero de dieciséis años es la misma en la que el equipo de Estados Unidos ganó en 1980 el oro olímpico. Así que hay fotos del «milagro sobre el hielo» por todas partes. Durante los meses de invierno, hay más atletas per cápita en esta pequeña ciudad que en cualquier otra. La gente se traslada aquí para entrenar hockey, patinaje, saltos de esquí y pruebas alpinas.
Pero, cuando abro las puertas de cristal, es un cálido día de junio. El lago Mirror brilla en la distancia y tengo que cubrirme los ojos. El pueblo de Lake Placid se encuentra a cinco horas de Nueva York o Boston. La ciudad más cercana es Montreal, a dos horas. En medio de la nada, se ubica este bonito pueblo turístico rodeado de lagos vírgenes y la cordillera de los Adirondack.
El paraíso, a menos que necesites acceso al aeropuerto.
Pero hoy no es mi caso. Paso por delante de una tienda de esquí y una heladería, contando las horas hasta la cena. Esta ciudad me produce mucha nostalgia, tal vez por ser la mía. Cuando eres el más joven de seis hijos, nada es solo tuyo. Por esa razón, quise jugar al hockey: en mi familia todo se reduce al fútbol. Ningún Canning había pisado los Adirondacks hasta que me invitaron al campamento. De hecho, dejar el nido familiar para venir siendo un adolescente fue como aventurarme en un viaje a la luna.
Son las cuatro. Tengo tiempo para ir a correr o a nadar, no obstante, tendré que cambiarme de ropa.
Todos los campistas y entrenadores duermen en una antigua residencia que se construyó para alojar a los atletas europeos en los Juegos Olímpicos de invierno de 1980. El edificio se encuentra a cinco minutos a pie de las pistas. Subo las escaleras y paso por una placa que describe a los ocupantes originales, así como las medallas que ganaron, pero no me detengo. Tras unos años en el lugar, dejas de impresionarte.
Mi habitación está en el segundo piso y siempre subo por las escaleras en lugar de por el viejo y chirriante ascensor. El tenue pasillo huele a friegasuelos y a las lilas que florecen fuera. Además de un tufillo a calcetines viejos. No se puede tener un edificio lleno de jugadores de hockey sin eso.
Estoy a tres metros de mi puerta, con las llaves en la mano, cuando percibo que hay alguien parado junto a ella. Eso basta para sobresaltarme. Y entonces me doy cuenta de quién es.
—¡Jesús!
—Todavía me llamo Wes —dice, y se aparta de la pared—. O Ryan. O imbécil.
—¿Eres…? —Casi me da miedo decir las palabras, porque me ha dejado fuera de su vida durante mucho tiempo—. ¿Mi compañero de cuarto?
Abro la puerta de la habitación para hacer algo con las manos. Una oleada de alegría se acumula en mi estómago. La sola idea de pasar otro verano loco con Wesley… No puede ser verdad.
—Bueno… —Su voz es inusualmente cautelosa. Y gracias a que la luz de la puerta abierta se derrama en el pasillo, veo bien su cara por primera vez. Parece preocupado. Tiene la mandíbula tensa y los ojos hundidos.
Qué raro.
Entro en la habitación y arrojo las llaves sobre la cama.
—Iba a salir a correr. ¿Te apetece venir? Puedes ponerme al día. Supongo que entrenas para Pat, de lo contrario, no estarías aquí.
Asiente y, cuando me quito la camiseta, se mete las manos en los bolsillos y se da la vuelta.
—Pero tenemos que hablar.
—De acuerdo. —¿Sobre qué?—. Podemos hacerlo mientras corremos. A no ser que estés engordando después de tu gran victoria.
Se ríe.
—Vale.
Desde el pasillo toma una gran bolsa de lona.
—Pat acaba de decirme algo en el entrenamiento sobre encontrarme un compañero de cuarto. Se refería a ti, ¿verdad? ¿Me tomaba el pelo?
Sin dejar de darme la espalda, Wes asiente. Luego, se quita la camiseta desteñida por encima de la cabeza. Y, madre mía, es enorme. Tiene tatuajes y los músculos marcados hasta donde alcanza la vista.
Había olvidado que la última vez que estuvimos aquí juntos éramos tan solo unos chicos. Adolescentes. Parece que fue ayer.
—Tienes una buena habitación —comenta a la par que se pone un jersey y un pantalón de deporte.
Es cierto. En lugar de unas literas, hay camas gemelas empotradas en las paredes y, además, una amplia porción de suelo entre ellas.
—Los entrenadores disponen de un poco más de espacio para respirar. He vivido aquí los últimos tres años.
Se da la vuelta.
—¿Te sueles alojar con alguien en particular?
—Con quien sea. —Me pongo una camiseta de deporte y las zapatillas de correr. Atármelas me lleva unos segundos más, y estoy ansioso por salir de aquí y correr. Tal vez Wes deje de actuar como un bicho raro y me diga lo que le ronda la mente—. ¿Vamos?
Le da una patada a su bolsa.
—Dejaré esto aquí.
—¿Dónde lo guardarías sino?
Hace una mueca, y no sé por qué.
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