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Consejos sobre la salud

e instrucciones para los obreros médico-misioeros

Elena G. de White


Gral. José de San Martín 4555, B1604CDG Florida Oeste, Buenos Aires, Rep. Argentina.

Índice de contenido

Tapa

Prefacio

Sección I: La necesidad del mundo

Multitudes afligidas

Una raza degenerada

La violación de la ley física

Se necesita una obra de reforma

El panorama

Religión y salud

El amor de Cristo como poder sanador

Cómo curaba Cristo

El médico cristiano como misionero

Efectos de hábitos equivocados

Un mundo no amonestado

Sección II: Elementos esenciales de la salud

Conocimiento de los principios básicos

Sabiduría de las obras de Dios

Gobernar el cuerpo

Adoptar una alimentación sencilla

Comprados por Dios

Cultivar la habilidad

Temperantes en todo

El mundo no es nuestro criterio

Ejercicio físico

Aire puro y luz solar

Respiración profunda

Supersticiones relacionadas con el aire nocturno

Influencia del aire fresco

Higiene escrupulosa

Hacer comidas sencillas

Hábitos físicos y salud espiritual

Abandonando las carnes

Evitar la glotonería

Lecciones de la experiencia de Juan el Bautista

Benevolencia y rectitud en la vida de casados

Consejos con respecto a la maternidad

Rehusar la contaminación del tabaco

Usar tabaco es contrario a la piedad

Veneno engañoso

Abstinencia de narcóticos

Dominio propio y oración

Efectos malignos del té y el café

Evitar el uso de drogas venenosas

Vestir saludablemente

Poder de la voluntad

Debidamente ocupados

Control de la imaginación

Moderación en el trabajo

Temperancia en el trabajo

Orden y limpieza

Baños frecuentes

Cómo preservar nuestra sensibilidad

A un hermano

Sección III: Dieta y salud

Relación de la dieta con la salud y la moral

Poder del apetito

Fidelidad en la reforma pro salud

Participantes de la naturaleza divina

Resultados de rechazar la luz

Fidelidad a las leyes de la salud

Cocina sana

Aprender a cocinar

Un talento esencial

Pan perjudicial

Hay que cambiar el régimen

Combinación dañina

Alimentos desabridos

Dieta empobrecida

Extremos en el régimen alimentario

Excesos en el comer

Madres sobrecargadas

La glotonería es pecado

Evitar las normas falsas

Sección IV: Vida al aire libre y actividad física

Ejemplo de Jesús

Naturaleza: un libro de lecciones

En el campo

La fuente de salud

El valor de la vida al aire libre

Ejercicio, aire y luz solar

El plan original

Confinamiento en la escuela

Métodos más sencillos

Equilibrio entre trabajo físico y mental

Resultados de la inacción física

Cultura física

Salud y eficiencia

Períodos de relajamiento

Luz del sol en el hogar

Entretenimientos prohibidos

Ejercicio como medida de restauración

El caminar como ejercicio

Males de la inactividad

Abramos las ventanas del alma

Sección V: Sanatorios: sus objetivos y propósitos

Propósito de Dios para nuestros sanatorios

La iglesia ha sido calificada para el servicio

Aguas vivificantes para almas sedientas

Los sanatorios y la obra evangélica

Necesidad de instituciones en muchos lugares

En todo el mundo

El Sanatorio de Sydney debe impartir educación

Ventajas de la agricultura

Advertencia contra la centralización

Deber hacia los pobres

Nuestros sanatorios del sur de California

El sábado en nuestros sanatorios

Los grandes sanatorios son innecesarios

Entretenimientos en nuestros sanatorios

Ánimo mutuo

No presentar con insistencia los conceptos denominacionales a los pacientes

Para todas las sectas y clases

Tratamiento médico, vida recta y oración

Centros de influencia y entrenamiento

Elevada vocación de los empleados del sanatorio

Sustitutos adecuados

Sección VI: Obra institucional de éxito

El secreto del éxito

Cultura moral e intelectual

La reforma pro salud y el sanatorio

Resultados del esfuerzo fiel

Mantener una norma elevada

Ubicación de los sanatorios

No entre los ricos

No para los buscadores de placer

Condiciones en la ciudad

Economía en el establecimiento de sanatorios

Ventajas de las construcciones de madera

Economía en el funcionamiento

Lealtad a nuestras instituciones

El sanatorio como campo misionero

Adhesión a los principios

Para la gloria de Dios

El capellán y su obra

Mantener la pureza de la verdad

Por el bienestar de los demás

Clase de obreros que se necesitan

El tacto es esencial

Cómo tratar el sentimentalismo

Poder ennoblecedor de los pensamientos puros

Crítica y censura

Resultados de albergar un pecado

Contemplar a Jesús

Cooperación entre colegios y sanatorios

Imparcialidad en los sueldos

Economía por principio

Compensación

No salarios exorbitantes

Ayudar a los necesitados

Los obreros de los sanatorios

Reconocimiento del trabajo honrado

Ejemplo de Cristo

Sencillez y economía

Sección VII: El médico cristiano

Un llamamiento responsable

Obra del médico por las almas

Esfera de los directores médicos

Preparados para toda buena obra

Dando testimonio de la verdad

Cura mental

Compasión como la de Cristo

Paciencia y simpatía

Mensaje para nuestros médicos

Los médicos deben conservar su energía

Obra que perdurará

Cada uno en su lugar

Peligros y oportunidades

Peligros del éxito

La Biblia como consejera

Calificaciones necesarias

Oración por el enfermo

Sumisión y fe

Fe y obras

Gratitud por la salud

Influencia del médico

Obediencia y felicidad

Sección VIII: Enfermeras y auxiliares

Seguir los métodos de Cristo

Trabajo de casa en casa

Llamamiento a ser médicos misioneros

Deberes y privilegios de nuestros obreros en los sanatorios

Alegría

La eficiencia depende del vigor

Integridad entre los obreros

Constancia

Una situación lamentable

Olas de Influencia

El poder de las compañías

En nuestras escuelas

Falta de economía

Nuestra Influencia

Se necesita oportunidad para el cultivo del cristianismo

Sección IX: Enseñanza de los principios de la salud

La iglesia debiera despertar

Obreros evangélicos deben enseñar la reforma pro salud

Reforma en la temperancia

En los congresos campestres

Una buena obra hecha difícil

Difusión de los principios de la temperancia

Enseñar con sabiduría

Correcto ejercicio de la voluntad

Firmar el voto de temperancia

Pruebas prematuras

Dar importancia a la reforma pro salud

Apoyar una reforma continua

Vivir las convicciones y enseñar la verdad

Se necesitan sanatorios en Wáshington y otros lugares

Educar, educar, educar

Indiferencia e incredulidad

Advertencia contra los médicos espiritistas

Ruina ocasionada por Satanás

El colportor es un maestro

Distribuir las publicaciones

La invitación

Lecciones objetivas de la reforma pro salud

¿Por qué establecer sanatorios?

Sección X: Obra de los alimentos saludables

Preparación de alimentos sanos

Piedad práctica

Educar a la gente

Obra de los restaurantes

Enseñar a cocinar a los niños

Restaurantes en las ciudades grandes

Restaurantes y centros de tratamiento

Cerrar en sábado

Santidad del sábado

Alimentos sanos en todos los países

En los Estados del Sur

Como una industria escolar

Sección XI: Obra médico-misionera

Trabajo de los pioneros

Evangelismo médico

Una ilustración

Amplitud de la tarea

Limpiar nuevos territorios

Cristo, nuestro ejemplo

Una obra unida

Palabras de advertencia a un director médico

Rebelión contra la reforma pro salud

No ha de ser una obra separada

Ejemplo del médico misionero

El evangelio en la práctica

Con fe y humildad

Para conseguir entrada

Evangelistas médico-misioneros

Métodos y planes

Médicos y evangelistas

Obra en las ciudades

Medio para vencer el prejuicio

Sanatorios como puestos de avanzada

El ministerio y la obra médica

Sección XII: Ejemplos para la grey

Importancia del ejemplo correcto

Nuestro deber de preservar la salud

Mentes claras

Pureza social

Ejercicio y dieta

Se necesita una reforma

Un movimiento de reforma

Sección XIII: Santidad de vida

Luces en medio de las tinieblas

Una lección de la caída de Salomón

Consejos a los médicos y enfermeros(as)

El precio de la salud

Sencillez en el vestir

Extremos en el vestir

Vestimenta inmodesta

Los padres como reformadores

Cuidado con la corrupción moral

La única seguridad

Siervos del pecado

Enceguecidos por el pecado

Santidad y salud

Un paso hacia adelante

Religión y contentamiento

La necesidad de consagración

Abstinencia total

Consejos sobre la salud

Elena G. de White

Título del original: Counsels on Health and Instruction to Medical Missionary Workers, Pacific Press Publishing Association, Mountain View, California, EE.UU. (1923).

Dirección editorial: Aldo D. Orrego

Traducción: Staff de la APIA

Diseño de tapa: Osvaldo Ramos

Diseño del interior: Giannina Osorio

Ilustración de tapa: Shutterstock

IMPRESO EN LA ARGENTINA

Printed in Argentina

Primera edición, e - Book

MMXX

Es propiedad. © 1923 Pacific Press Publishing Association. © 2009 Asociación Casa Editora Sudamericana.

Queda hecho el depósito que marca la ley 11.723.

ISBN 978-987-798-179-7


White, Elena G. deConsejos sobre la salud / Elena G. de White / Dirigido por Aldo D. Orrego . - 1ª ed. - Florida : Asociación Casa Editora Sudamericana, 2020.Libro digital, EPUBArchivo digital: OnlineISBN 978-987-798-179-71. Espiritualidad. I. Orrego, Aldo D., dir. II. Título.CDD 204.4

Publicado el 20 de mayo de 2020 por la Asociación Casa Editora Sudamericana (Gral. José de San Martín 4555, B1604CDG Florida Oeste, Buenos Aires).

Tel. (54-11) 5544-4848 (Opción 1) / Fax (54) 0800-122-ACES (2237)

E-mail: ventasweb@aces.com.ar

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Prohibida la reproducción total o parcial de esta publicación (texto, imágenes y diseño), su manipulación informática y transmisión ya sea electrónica, mecánica, por fotocopia u otros medios, sin permiso previo del editor.

Prefacio

En el vestíbulo del Hospital White Memorial (Los Ángeles, California, EE.UU.), fundado justamente en me moria de la autora de este libro, existe una placa de bronce con esta inscripción:

“Este hospital está dedicado a la memoria de la señora Elena G. de White, cuya larga vida estuvo desinteresadamente consa­grada al alivio de las aflicciones y pesares del enfermo, el do­liente y el necesitado; y para inspirar a jóvenes y señoritas a consagrar su vida a la obra del que dijo: ʻSanen al enfermoʼ ”.

Para quienes conocieron a la Sra. de White, estas palabras abundan en tiernos recuerdos e incontables incidentes de la vida de tan generosa dama. De las mujeres que han vivido en tiempos modernos, es indudable que ninguna ha ejercido tan profunda y duradera influencia sobre la vida de sus semejantes como Elena de White. En ningún sector fueron sus enseñanzas más amplias y explícitas que en el relacionado con el cuerpo, templo del Espíritu Santo.

Durante la última mitad de este siglo, abundante luz pro­cedente de diversas fuentes ha iluminado el importante tema del cuidado de la salud. De la mente del renombrado inves­tigador médico Luis Pasteur surgieron poderosos rayos de luz que iluminaron el campo de la salud y la enfermedad. Gracias a él el mundo obtuvo conocimientos de las bacte­rias, factores causantes de muchas enfermedades. De Luis Pasteur vino la curación del ántrax, enfermedad devastadora que afligía a animales y a seres humanos. Sus esfuerzos in­cansables culminaron con el descubrimiento de una cura para la hidrofobia, una de las enfermedades más temibles de todas las épocas.

Lord Lister, al poner en práctica los principios de Pasteur en la sala de operaciones, hizo que la técnica quirúrgica fue­ra un procedimiento más seguro para la humanidad. Su genio transformó los hospitales, que por entonces eran cámaras de horrores y semilleros de gangrena, en lugares cómodos donde se promovía la curación de la enfermedad. Lister demostró que la presencia de pus en las heridas producidas por las operacio­nes era innecesaria, y de esta manera redujo la mortalidad en la sala de operaciones a una cifra relativamente insignificante.

Luego apareció en el campo médico el Dr. Semmelweiss, ginecólogo, a quien Kugelmann escribió: “Con pocas ex­cepciones, el mundo ha crucificado y quemado a sus be­nefactores. Espero que no se canse en la honorable lucha que todavía tiene ante usted”. Fue este Semmelweiss el que luchó contra el temible monstruo de la fiebre puerperal, y en cuyo cerebro surgían incansables estas preguntas: “¿Por qué mueren estas madres? ¿En qué consiste la fiebre puer­peral?” Sus esfuerzos le hicieron perder la vida, pero pudo vencer a esa terrible enfermedad.

Puedo continuar describiendo las bendiciones que el mun­do ha recibido de parte de personas como Koch, Ehrlich, Nicolaier, Kitasato, Von Behring, Flexner, Ronald Ross y otros benefactores. Pero a Elena de White se le dio una misión dife­rente. Mientras la obra de su vida y sus enseñanzas estaban en armonía con la verdadera medicina científica, fue en el ámbito espiritual del arte de sanar donde brilló con santo esplendor. Al exhortar a hombres y a mujeres a considerar su cuerpo como un legado sagrado confiado por el Altísimo, y a obedecer las leyes de la naturaleza y del Dios de la naturaleza, la Sra. White no tiene rival. Ella exaltó la santidad del cuerpo y la necesi­dad de poner los apetitos y las pasiones bajo el control de una conciencia informada e iluminada. Otros ponían énfasis en la ciencia como medio de mantener o recuperar la salud; pero a ella le correspondió la tarea de poner de relieve los factores espirituales en el tratamiento del templo del cuerpo.

Nadie ha explorado el ámbito espiritual en la extensión en que ella lo ha hecho. Realizó esfuerzos incansables desde los días de su juventud hasta la hora de su muerte a una edad avanzada. En libros, en artículos, en monografías, en folletos y opúsculos, constantemente exhortaba con tonos claros y definidos a hombres y a mujeres, a jóvenes y a ancianos, a ele­varse a un plano de vida más racional, más puro. Desde los púlpitos de las iglesias y salones de conferencias y en otras re­uniones su voz se alzaba constantemente instando a llevar una vida consagrada y cristiana en lo que se refería al cuerpo y su cuidado. Otros profesionales sacaron a luz hechos científicos concernientes a las enfermedades, sus causas y su curación; en cambio la Sra. White relacionó esto con el aspecto espiritual de la persona, manifestado en los recintos más íntimos de su psiquismo.

Podemos decir acertadamente que sus escritos prosiguen su obra de bien aun cuando ella duerme en su tranquila sepultura, con las fatigadas manos cruzadas sobre el pecho en el cual latió un corazón dedicado. Deseamos que los “consejos” con­tenidos en esta obra sirvan para bendecir, fortalecer y dirigir la vida de quienes tratan de dirigir la atención de la gente hacia nuestro bendito Dios, que es el único que posee el don de la sanidad.

El apóstol Pablo escribió lo siguiente en una carta a Timoteo:

“En una casa grande, no solamente hay utensilios de oro y de plata, sino también de madera y de barro; y unos son para usos honrosos, y otros para usos viles. Así que, si alguno se limpia de estas cosas, será instrumento para honra, santificado, útil al Señor, y dispuesto para toda buena obra” (2 Tim. 2:20, 21).

Pablo escribió estas palabras especialmente para los miem­bros de la iglesia del Señor. ¡Pero cuán maravillosamente pue­den aplicarse también a las piedras humanas que forman la es­tructura del gran edificio del arte de sanar en el mundo actual! En él trabajan doctores y enfermeras de oro, doctores y enfer­meras de plata, doctores y enfermeras de madera y de barro; además, algunos son dignos de honra, mientras que otros de deshonra. El objetivo de Consejos sobre la salud consiste en purificar la gran casa donde se practica el arte de sanar, y amol­darla a las normas establecidas por el Médico divino. En esta hora sórdida, cuando se comercializa todo lo que una vez fuera sagrado, cuando el becerro de oro se adora en todas partes, hay y habrá hombres y mujeres que anhelan los ideales más eleva­dos y que pertenecen a esa profesión superada en sacralidad por el ministerio de la Palabra de Dios. Con el sincero deseo de que esta obra contribuya a la práctica más pura y abnegada de la medicina, la presentamos a los lectores y esperamos que cumpla su misión.

Percy T. Magan

Sección I: La necesidad del mundo
Multitudes afligidas 1

Cuando Cristo vio las multitudes que se habían reunido alrededor de él, “tuvo compasión de ellas; porque estaban desamparadas y dispersas como ovejas que no tienen pastor”. Cristo vio la enfermedad, la tristeza, el dolor y la degradación de las multitudes que se agolpaban a su paso. Le fueron presen­tadas las necesidades y desgracias de todos los seres humanos. En los encumbrados y los humildes, los más honrados y los más degradados, contemplaba a almas que anhelaban las mismas bendiciones que él había venido a traer; almas que sólo necesi­taban un conocimiento de su gracia para llegar a ser súbditos de su reino. “Entonces dijo a sus discípulos: A la verdad la mies es mucha, mas los obreros pocos. Rogad, pues, al Señor de la mies, que envíe obreros a su mies” (Mat. 9:36-38).

Hoy existe la misma necesidad. El mundo necesita obreros que trabajen como Cristo trabajó por los dolientes y pecadores. Hay, a la verdad, una multitud que alcanzar. El mundo está lle­no de enfermedad, sufrimiento, angustia y pecado. Está lleno de personas que necesitan que se las atienda: los débiles, los impotentes, los ignorantes, los degradados.

En el camino a la destrucción

Muchos de los jóvenes de esta generación –aun en las igle­sias, instituciones religiosas y hogares que profesan ser cris­tianos– están eligiendo la senda que conduce a la destrucción.

A través de hábitos intemperantes se acarrean enfermedades, y por la codicia de obtener dinero para sus costumbres peca­minosas caen en prácticas ímprobas. Arruinan su salud y su carácter. Enajenados de Dios y parias de la sociedad, esos po­bres seres consideran que no tienen esperanza para esta vida ni para la venidera. Han quebrantado el corazón de sus padres y los hombres los consideran sin esperanza; pero Dios los mira con compasiva ternura. Él comprende todas las circunstancias que los indujeron a caer bajo la tentación. Estos seres errantes constituyen una clase que exige atención.

Abundan la pobreza y el pecado

Lejos y cerca, no sólo entre los jóvenes sino entre los de cualquier edad, hay almas sumidas en la pobreza, la angustia y el pecado, a quienes abruma un sentimiento de culpabilidad. Es obra de los siervos de Dios buscar a esas almas, orar con ellas y por ellas, y conducirlas paso a paso al Salvador.

Pero los que no reconocen los requerimientos de Dios no son los únicos que están en angustia y necesidad de ayuda. En el mundo actual, donde predominan el egoísmo, la codicia y la opresión, muchos de los verdaderos hijos de Dios están en necesidad y aflicción. En los lugares humildes y misera­bles, rodeados por la pobreza, enfermedad y culpa, muchos están soportando pacientemente su propia carga de dolor, y tratando de consolar a los desesperanzados y pecadores que los rodean. Muchos de ellos son casi desconocidos para las iglesias y los ministros; pero son luces del Señor que res­plandecen en medio de las tinieblas. El Señor los cuida en forma especial, e invita a su pueblo a ser su mano ayudadora para aliviar sus necesidades. Doquiera que haya una iglesia debe prestarse atención especial a la búsqueda de esta clase de gente y atenderla.

Necesidades de los ricos

Y mientras trabajemos por los pobres, también debemos dedicar atención a los ricos, cuya alma es igualmente precio­sa a la vista de Dios. Cristo obraba en favor de todos los que querían oír su palabra. No buscaba solamente a los publicanos y parias, sino al fariseo rico y culto, al judío de noble alcurnia y al gobernante romano. El rico necesita que se trabaje por él con amor y temor de Dios. Demasiado a menudo confía en sus riquezas y no siente su peligro. Los bienes mundanales que el Señor ha confiado a los hombres son muchas veces una fuente de gran tentación. Miles son inducidos así a prácticas pecami­nosas que los confirman en hábitos de intemperancia y vicio.

Entre las miserables víctimas de la necesidad y el pecado se encuentran muchos que alguna vez poseyeron riquezas. Hombres de diferentes vocaciones y posiciones en la vida han sido vencidos por las contaminaciones del mundo, por el con­sumo de bebidas fuertes, por las concupiscencias de la carne, y han caído bajo la tentación. Mientras estos seres caídos excitan nuestra compasión y reciben nuestra ayuda, ¿no debiera pres­tarse algo de atención también a los que no han descendido a esas profundidades pero que están asentando los pies en la misma senda? Hay miles que ocupan puestos de honor y uti­lidad que están practicando hábitos que significan la ruina del alma y del cuerpo. ¿No debería hacerse esfuerzos más fervien­tes para iluminarlos?

Los ministros del evangelio, estadistas, autores, hombres de riquezas y talento, hombres de gran habilidad comercial y capaces de ser útiles, están en mortal peligro porque no ven la necesidad de la temperancia estricta en todas las cosas. Debemos atraer su atención a los principios de la temperancia no de una manera estrecha o arbitraria, sino en la luz del gran propósito de Dios para la humanidad. Si pudieran presentár­seles así los principios de la verdadera temperancia, muchos de las clases superiores reconocerían su valor y los aceptarían cordialmente.

Riquezas perdurables en lugar de tesoros mundanales

Hay otro peligro al cual están especialmente expuestas las clases ricas, y que constituyen un campo de trabajo para el médico misionero. Son muchísimos los que prosperan en el mundo sin jamás descender a las formas comunes del vicio, y sin embargo son empujados a la destrucción por el amor a las riquezas. Absortos en sus tesoros mundanales, son insensibles a los requerimientos de Dios y a las necesidades de sus seme­jantes. En vez de considerar su riqueza como un talento que ha de ser usado para glorificar a Dios y elevar a la humanidad, la consideran como un medio para complacerse y glorificarse a sí mismos. Añaden una casa a otra, un terreno a otro; llenan sus casas de lujo, mientras que la escasez acecha en las calles y en derredor de ellos hay seres humanos que se hunden en la miseria, el crimen, la enfermedad y la muerte. Los que así dedican su vida a servirse a sí mismos no están desarrollando los atributos de Dios sino los de Satanás.

Esos hombres necesitan el evangelio. Necesitan apartar sus ojos de la vanidad de las cosas materiales para contem­plar lo precioso de las riquezas perdurables. Necesitan apren­der el gozo de dar, la bienaventuranza de ser colaboradores de Dios.

A menudo las personas de esta clase son de difícil acceso, pero Cristo abrirá caminos a través de los cuales poder alcan­zarlos. Busquen a esas almas los obreros más sabios, los más confiables, los más prometedores. Con la sabiduría y el tac­to nacidos del amor divino, con el refinamiento y la cortesía resultantes únicamente de la presencia de Cristo en el alma, trabajen por los que, deslumbrados por el brillo de las riquezas terrenales, no ven la gloria de los tesoros celestiales. Que los obreros estudien la Biblia con ellos, grabando en su corazón las verdades sagradas. Léanles las palabras de Dios: “Mas por él estáis vosotros en Cristo Jesús, el cual nos ha sido hecho por Dios sabiduría, justificación, santificación y redención”. “Así dijo Jehová: No se alabe el sabio en su sabiduría, ni en su valentía se alabe el valiente, ni el rico se alabe en sus riquezas. Mas alábese en esto el que se hubiere de alabar: en entenderme y conocerme, que yo soy Jehová, que hago misericordia, juicio y justicia en la tierra; porque estas cosas quiero, dice Jehová”. “En quien tenemos redención por su sangre, el perdón de pe­cados según las riquezas de su gracia”. “Mi Dios, pues, suplirá todo lo que os falta conforme a sus riquezas en gloria en Cristo Jesús” (1 Cor. 1:30; Jer. 9:23, 24; Efe. 1:7; Fil. 4:19).

Una súplica tal, hecha en el espíritu de Cristo, no será con­siderada impertinente. Impresionará la mente de muchos que pertenecen a las clases superiores.

Por medio de esfuerzos realizados con sabiduría y amor, muchos hombres ricos serán despertados hasta el punto de sentir su responsabilidad y necesidad de rendir cuentas ante Dios. Cuando se les haga entender claramente que el Señor espera que ellos, como representantes suyos, alivien a la hu­manidad doliente, muchos responderán, y darán de sus re­cursos y su simpatía para beneficio de los pobres. Cuando su mente sea así apartada de sus propios intereses egoístas, muchos serán inducidos a entregarse a Cristo. Con sus talen­tos de influencia y recursos se unirán gozosamente en la obra de beneficencia con el humilde misionero que fue agente de Dios para su conversión. Por medio del uso correcto de su tesoro terrenal se harán un “tesoro en los cielos que no se agote; donde ladrón no llega, ni polilla destruye”. Se asegu­rarán el tesoro que ofrece la sabiduría, “riquezas duraderas, y justicia” (Luc. 12:33; Prov. 8:18).

Una raza degenerada

Me fue presentado el actual debilitamiento de la familia hu­mana. Cada generación se ha estado debilitando más y más, y la enfermedad, bajo todas sus formas, aflige a la especie huma­na. Miles de pobres mortales –con cuerpo enfermizo y/o defor­me, con nervios destrozados y con mente sombría– arrastran una existencia miserable. Aumenta el poder de Satanás sobre la familia humana. Si el Señor no viniese pronto a destruir su poder, la Tierra quedaría despoblada en poco tiempo.

Se me reveló que el poder de Satanás se ejerce especialmente sobre el pueblo de Dios. Me fueron presentados muchos en una condición de duda y desesperación. Las enfermedades del cuer­po afectan la mente. Un enemigo astuto y poderoso acecha nues­tros pasos, y dedica su fuerza y habilidad a tratar de apartarnos del camino recto. Y demasiado a menudo sucede que los hijos de Dios no están en guardia, y por tanto ignoran sus designios. Satanás obra por los medios que mejor le permiten ocultarse de la vista, y a menudo alcanza su objetivo.–Testimonios para la iglesia, t. 1, pág. 274.

La violación de la ley física 2

El hombre salió de las manos de su Creador perfecto en su constitución y de proporciones bellas. Si por más de seis mil años ha podido soportar el impacto creciente de las enferme­dades y la violencia, es una prueba concluyente del poder de resistencia con que fue dotado. Aunque los antediluvianos se en­tregaron al pecado sin restricción, transcurrieron más de dos mil años antes que comenzaran a sentirse los efectos de la violación de las leyes naturales. Si Adán no hubiera poseído originalmente una resistencia física superior a la de los hombres que viven en la actualidad, la raza humana ya se habría extinguido.

A través de las sucesivas generaciones desde la caída del hombre, la tendencia ha sido continuamente hacia abajo. Las enfermedades se han transmitido de padres a hijos, una gene­ración tras otra. Aun los niños en sus cunas sufren malestares causados por los pecados de sus padres...

Los patriarcas desde Adán hasta Noé, con pocas excepcio­nes, vivieron cerca de mil años. Después el promedio de vida de los seres humanos ha ido en constante descenso.

En tiempos del primer advenimiento de Cristo, la raza hu­mana ya estaba tan degenerada que no sólo los viejos, sino también los adultos y jóvenes, eran traídos de todas partes al Salvador para que les sanara sus enfermedades. Muchos su­frían bajo el peso de miserias inexpresables.

La violación de las leyes físicas, con su consecuente su­frimiento y muerte prematura, ha prevalecido durante tanto tiempo que sus consecuencias han llegado a aceptarse como la suerte natural de la humanidad; pero Dios no creó a la raza humana en una condición tan debilitada. Este estado de cosas no es obra de la Providencia, sino del hombre. Fue producido por los malos hábitos: por la violación de las leyes que Dios estableció para gobernar la existencia humana. La transgre­sión continua de las leyes de la naturaleza es una transgresión continua de la ley de Dios. Si los seres humanos hubiesen obedecido siempre la ley de los Diez Mandamientos, prac­ticando en su vida los principios de esos preceptos, hoy no existiría la maldición de las enfermedades que inundan al mundo...

Cuando los seres humanos toman cualquier curso de acción que los hace derrochar su vitalidad o que anubla su intelecto, pecan contra Dios; no lo glorifican por medio del cuerpo y del espíritu que le pertenecen al Señor. Pero a pesar de que el hombre lo ha insultado, el amor de Dios todavía se extiende a la raza humana, concediéndole la luz, capacitando a la gente para ver que si desean llevar una vida perfecta necesitan obe­decer las leyes naturales que gobiernan el ser. Entonces, ¡cuán importante es que las personas caminen en esa luz, y que ejer­citen todas las energías, tanto del cuerpo como de la mente, para glorificar a Dios!

El pueblo de Dios debe mantenerse pur o

Vivimos en un mundo que se opone a la justicia, o a la pu­reza del carácter, y especialmente a crecer en la gracia. Hacia dondequiera que se mire se ve contaminación y corrupción, deformidad y pecado. ¡Cuánta diferencia hay entre todo esto y la obra que debe cumplirse en nosotros justamente antes de re­cibir el don de la inmortalidad! En estos últimos días los elegi­dos de Dios deben mantenerse sin mancha en medio de las co­rrupciones que pululan alrededor de ellos. Si se ha de realizar esta obra, necesita comenzarse de inmediato, inteligentemente y con fervor. El Espíritu de Dios debe tener el control perfecto e influir sobre cada acción.

La reforma de la salud es uno de los aspectos de la gran obra destinada a preparar un pueblo para la venida del Señor. Se encuentra tan estrechamente conectada con el mensaje del tercer ángel como lo está la mano con el cuerpo. Los seres humanos han considerado livianamente la ley de los Diez Mandamientos; sin embargo el Señor no vendrá a castigar a los transgresores de su ley sin enviarles primero un men­saje de amonestación. Los hombres y las mujeres no pueden violar las leyes naturales, mediante la complacencia de sus apetitos depravados y pasiones carnales, sin violar la ley de Dios. Por eso él ha permitido que brille sobre nosotros la luz de la reforma pro salud para que podamos comprender la pe­caminosidad de quebrantar las leyes que él ha establecido en nuestro mismo ser.

Nuestro Padre celestial observa la condición deplorable de las personas que –algunos por ignorancia– pasan por alto los principios de la higiene. Y es en amor y piedad por la raza humana que hace brillar luz sobre la reforma pro salud. Ha publicado su ley y el castigo por transgredirla con el fin de que todos aprendamos lo que es para nuestro más alto beneficio. Ha proclamado su Ley tan claramente y la ha hecho tan promi­nente, que se la puede comparar a una ciudad edificada sobre una montaña. Todos los seres inteligentes la pueden compren­der, si lo desean. Nadie más es responsable.

La insensatez de la ignorancia

La obra que acompaña al mensaje del tercer ángel consiste en explicar las leyes naturales y exhortar a que se obedezcan. La ignorancia no es excusa ahora para la transgresión de la ley. La luz brilla con claridad y nadie necesita ser ignorante; por­que el mismo gran Dios es el instructor de los seres humanos. Todos estamos comprometidos, por el deber más sagrado, a prestar atención a la filosofía sana y a la experiencia genuina que Dios nos está concediendo con respecto a la reforma pro salud. El Señor desea que este tema se presente ante el público de tal manera que la mente de la gente se interese profunda­mente en investigarlo; porque es imposible que los hombres y las mujeres aprecien la verdad sagrada mientras son víctimas del poder de los hábitos pecaminosos que destruyen la salud y debilitan el cerebro.

Los que están dispuestos a aprender acerca de los efectos de la complacencia pecaminosa sobre la salud y comienzan una obra de reforma, aunque sea por motivos egoístas, al ha­cerlo se colocan en el lugar donde la verdad de Dios puede alcanzar su corazón. Y, por otra parte, quienes han sido alcan­zados por la presentación de las verdades bíblicas están en una posición donde la conciencia puede ser despertada sobre el tema de la salud. Ven y sienten la necesidad de romper con la tiranía de los hábitos y apetitos que los han gobernado durante tanto tiempo. Hay muchos que, si hubiesen acepta­do las verdades de la Palabra de Dios, su juicio habría sido convencido por medio de las más claras evidencias; pero sus deseos carnales, que exigen ser complacidos, controlan su intelecto a tal punto que rechazan la verdad porque se opone a sus deseos sensuales. La mente de muchos se rebaja tanto que Dios no puede trabajar por ellos o con ellos. Antes que puedan apreciar las demandas de Dios, la corriente de sus pensamientos debe cambiar y deben despertarse sus sensibi­lidades morales.

El apóstol Pablo exhorta a la iglesia: “Hermanos, os rue­go por las misericordias de Dios, que presentéis vuestros cuerpos en sacrificio vivo, santo, agradable a Dios, que es vuestro culto racional” (Rom. 12:1). La complacencia peca­minosa contamina el cuerpo e incapacita a las personas para la adoración espiritual. Los que aprecian la luz que Dios les ha dado acerca de la reforma de la salud, poseen una ayuda importante en la obra de ser santificados a través de la verdad y de llegar a ser aptos para la inmortalidad. Pero si desprecia la luz y vive en violación de las leyes naturales, debe pagar las consecuencias; sus facultades espirituales se anublan, ¿y cómo podrá perfeccionar su santidad en el temor de Dios?

Los hombres han corrompido el templo del alma, y Dios los llama a que despierten y luchen con todas sus fuerzas para recuperar la virilidad que Dios les ha concedido. Sólo la gracia de Dios puede convencer y convertir el corazón; los esclavos de las costumbres pueden obtener poder sólo de él para quebrantar las cadenas que los aprisionan. Es impo­sible que una persona presente su cuerpo como un sacrificio vivo, santo, agradable a Dios, mientras continúa practican­do hábitos que lo privan de su vigor físico, mental y moral. Nuevamente el apóstol dice: “No os conforméis a este siglo, sino transformaos por medio de la renovación de vuestro entendimiento, para que comprobéis cuál sea la buena voluntad de Dios, agradable y perfecta” (Rom. 12:2).

Como en los días de Noé

Sentado sobre el monte de los Olivos, Jesús instruyó a sus discípulos acerca de las señales que precederían a su se­gunda venida: “Como en los días de Noé, así será la veni­da del Hijo del Hombre. Porque como en los días antes del diluvio estaban comiendo y bebiendo, casándose y dando en casamiento, hasta el día en que Noé entró en el arca, y no entendieron hasta que vino el diluvio y se los llevó a to­dos, así será también la venida del Hijo del Hombre” (Mat. 24:37-39). En nuestros días existen los mismos pecados que acarrearon los juicios de Dios sobre el mundo en la época de Noé. En la actualidad, hombres y mujeres se exceden tanto en la comida y la bebida que terminan en glotonería y borra­chera. Este pecado prevaleciente, de la indulgencia del ape­tito pervertido, inflamó las pasiones de los seres humanos en los días de Noé y los condujo a una corrupción generalizada. La violencia y el pecado alcanzaron el cielo. Finalmente esta corrupción moral fue barrida de la Tierra mediante las aguas del diluvio.

Los mismos pecados de glotonería y ebriedad entorpecie­ron las sensibilidades morales de los habitantes de Sodoma, de tal modo que el crimen parecía ser el deleite de los hombres y las mujeres de esa ciudad malvada. Por eso Cristo amonestó al mundo así: “Asimismo, como sucedió en los días de Lot; comían, bebían, compraban, vendían, plantaban, edificaban; mas el día en que Lot salió de Sodoma, llovió del cielo fuego y azufre, y los destruyo a todos. Así será el día en que el Hijo del Hombre se manifieste” (Luc. 17:28-30).

Aquí Cristo nos ha dejado una lección importantísima. Expone ante nosotros el peligro de transformar nuestro co­mer y beber en algo supremo. Nos presenta los resultados de la complacencia desenfrenada de los apetitos. Las facultades morales se debilitan de modo que el pecado no aparece peca­minoso. El crimen se considera livianamente y la pasión con­trola la mente, hasta que los principios e impulsos nobles son desterrados y Dios es blasfemado. Todo esto es el resultado de comer y beber en exceso. Cristo declara que estas serán exactamente las condiciones existentes durante el tiempo de su segunda venida.

El Salvador nos presenta un objetivo más elevado por el cual trabajar que la mera preocupación acerca de qué comere­mos o beberemos o con qué nos vestiremos. El comer, el beber y el vestirse se llevan hoy a tales excesos que se transforman en crímenes. Están entre los pecados distintivos de los últimos días y constituyen una señal de la pronta venida de Cristo. El tiempo, el dinero y las energías que pertenecen al Señor, pero que él nos ha confiado, se desperdician en la superficialidad del vestir y la lujuria por el apetito pervertido, los cuales me­noscaban la vitalidad y acarrean sufrimiento y corrupción. Es imposible que presentemos nuestro cuerpo en sacrificio vivo a Dios cuando lo llenamos continuamente con contaminación y enfermedad por causa de nuestra propia complacencia pecami­nosa. Debe instruirse a la gente acerca de como comer, beber y vestir con el fin de preservar la salud. La enfermedad es el resultado de violar las leyes de la naturaleza. Obedecer las le­yes de Dios es nuestro primer deber; es algo que le debemos a Dios, a nosotros mismos y a nuestros semejantes. En esos preceptos están incluidas las leyes de la salud.

Se necesita una obra de reforma

Vivimos en medio de una “epidemia de crímenes”, frente a la cual los hombres pensadores y temerosos de Dios se sienten horrorizados. Es indescriptible la corrupción prevaleciente. Cada día nos trae nuevas revelaciones de lu­chas políticas, cohechos y fraudes. Cada día trae su registro doloroso de violencia, anarquía, indiferencia para con los padecimientos humanos, brutalidades y muertes alevosas. Cada día confirma el aumento de la locura, los asesinatos y los suicidios. ¿Quién puede dudar de que los agentes de Satanás están obrando entre los hombres con creciente ac­tividad, para distraer y corromper la mente, manchar y des­truir el cuerpo?

Y mientras abundan estos males en el mundo, es demasiado frecuente que el evangelio se predique con tanta indiferencia que sólo hace una débil impresión en la conciencia o la con­ducta de los hombres. En todas partes hay corazones que cla­man por algo que no poseen. Suspiran por un poder que les dé dominio sobre el pecado, un poder que los libre de la escla­vitud del mal, un poder que les dé salud, vida y paz. Muchos que en otro tiempo conocieron el poder de la Palabra de Dios, han vivido en lugares donde no se reconoce a Dios y ansían la presencia divina.

El mundo necesita hoy lo que necesitaba 1.900 años atrás: una revelación de Cristo. Se requiere una gran obra de refor­ma, y sólo mediante la gracia de Cristo podrá realizarse esa obra de restauración física, mental y espiritual.–El ministerio de curación, págs. 101, 102.

El panorama 3

El mundo está desquiciado. Al observar el cuadro, el pano­rama nos parece desalentador. Pero con una seguridad llena de esperanza el Señor les da la bienvenida a los mismos hom­bres y mujeres que nos causan desalientos. Descubre en ellos cualidades que los capacitarán para ocupar un lugar en su viña. Si se disponen a aprender constantemente, los transfor­mará mediante su providencia en hombres y mujeres capaces de realizar un trabajo que no está más allá del alcance de sus posibilidades; les concederá poder de expresión mediante el impartimiento del Espíritu Santo.

Hay muchos campos áridos y no trabajados que deben ser penetrados por aspirantes. El resplandor del panorama que el Salvador observa en el mundo inspirará confianza en muchos obreros, quienes, si comienzan el trabajo hu­mildemente y se entregan a él de corazón, serán idóneos para el tiempo y el lugar. Cristo observa toda la miseria y desesperación que hay en el mundo, cuya contemplación haría que algunos de nuestros obreros de gran capacidad se inclinaran agobiados por un peso tan grande de desáni­mo, que ni siquiera sabrían cómo empezar a conducir a las personas al primer peldaño de la escalera. Sus meticulosos métodos tendrían poco valor. Sería como si se pararan sobre peldaños altos de la escalera diciendo: “Suban aquí donde estamos nosotros”. Pero las pobres almas no saben dónde colocar sus pies.

El corazón de Cristo se alegra al ver a los que son pobres en todo el sentido de la palabra; Se alegra al ver a los que son mansos, a pesar de las vejaciones; se alegra por el hambre de justicia, al parecer insatisfecha, que algunos experimen­tan por no saber cómo cambiar. Él recibe con agrado, por decirlo así, el mismísimo estado de cosas que desanimaría a muchos pastores. Reprende nuestra piedad equivocada dan­do la responsabilidad del trabajo, en favor de los pobres y necesitados de los lugares difíciles de la Tierra, a hombres y a mujeres dotados de un corazón capaz de compadecerse de los ignorantes y los que andan descarriados. El Señor ense­ña a esos obreros cómo relacionarse con aquellos a quienes desea ayudar. Se sentirán estimulados al ver que delante de ellos se abren puertas para entrar en lugares donde puedan rea­lizar trabajo médico-misionero. Puesto que poseen muy poca confianza en sí mismos, le rinden toda la gloria a Dios. Puede ser que sus manos sean ásperas e inexpertas, pero poseen un co­razón susceptible a la piedad; los embarga el ferviente deseo de hacer algo para aliviar la miseria tan abundante; y Cristo se halla presente para ayudarlos. Él obra a través de quienes disciernen misericordia en la miseria, y ganancia en la pérdida de todas las cosas. Cuando la luz del mundo pasa por algún lugar se descu­bren privilegios en todas las privaciones y aparece orden en la confusión; el éxito y la sabiduría de Dios se revelan en quienes parecían ser un fracaso.

Mis hermanos y hermanas, acérquense a la gente al prac­ticar su ministerio. Levanten a los abatidos. Consideren a las calamidades como si fueran bendiciones disfrazadas, y a las aflicciones como misericordias. Trabajen de tal manera que en el lugar de la desesperación brote la esperanza...

Dios, la fuente de sabiduría y poder

Quiero decir a cada obrero: Avance con fe humilde, y el Señor lo acompañará. Pero vele en oración. Esta es la ciencia de su trabajo. El poder es de Dios. Trabaje dependiendo de él, y recuerde que es un colaborador suyo. Él es su Ayudador. Su fuerza depende de él. Él constituirá su sabiduría, su justicia, su santificación y su redención.

Religión y salud 4

Algunos sostienen el punto de vista de que la espiritualidad es perjudicial para la salud. Esto es un engaño de Satanás. La religión de la Biblia no es perjudicial para la salud del cuerpo ni de la mente. La influencia del Espíritu de Dios es el mejor remedio para la enfermedad. El cielo es todo salud; y mientras más profundamente se experimenten las influencias celestia­les, más segura será la recuperación del inválido creyente. Los verdaderos principios del cristianismo se abren delante de to­dos como una fuente de felicidad inestimable. La religión es un manantial inagotable, en el cual el cristiano puede beber cuanto desee sin que jamás agote la fuente.

Existe una relación muy íntima entre la mente y el cuer­po. Cuando uno se ve afectado, el otro simpatiza con él. La condición de la mente afecta la salud del sistema tísico. Si la mente es libre y feliz, como resultado de una conciencia del obrar correctamente y de un sentido de satisfacción por hacer felices a otros, eso genera una alegría que producirá un efecto positivo sobre todo el sistema, hará que la sangre circule más libremente y tonificará todo el cuerpo. La bendición de Dios es un poder sanador, y los que son amplios en beneficiar a otros experimentarán esa bendición maravillosa tanto en el corazón como en la vida entera.

Cuando las personas que han gratificado sus malos hábitos y prácticas pecaminosas se someten al poder de la verdad divina, la aplicación de esas verdades al corazón aviva las facultades morales, que parecían haberse paralizado. El receptor posee un entendimiento más enérgico y claro que antes de fijar su alma a la Roca eterna. Aun su salud física mejora al establecer su se­guridad en Cristo. La bendición especial de Dios que descansa sobre el receptor es, en sí misma, salud y vigor.

Los que caminan por el sendero de la sabiduría y la san­tidad encuentran que “la piedad para todo aprovecha, pues tiene promesa de esta vida presente, y de la venidera” (1 Tim. 4:8). Pueden gozar de los verdaderos placeres de la vida y no se sienten perturbados por remordimientos inútiles acerca de las horas malgastadas, ni por presentimientos tenebrosos, como sucede muy a menudo con el mundano cuando no es distraído por diversiones estimulantes. La piedad no se halla en conflicto con las leyes de la salud; más bien está en ar­monía con ella. El temor del Señor es el fundamento de toda prosperidad real.

El amor de Cristo como poder sanador

Cuando se recibe el evangelio en su pureza y poder, es un re­medio para las enfermedades originadas por el pecado. Sale el Sol de Justicia, “y en sus alas traerá salvación” (Mal. 4:2). Todo lo que el mundo proporciona no puede sanar al corazón quebrantado, ni impartir paz de mente, ni disipar las inquietudes, ni desterrar la enfermedad. La fama, el genio y el talento son impotentes para alegrar el corazón entristecido o restaurar la vida malgastada. La vida de Dios en el alma es la única esperanza del hombre.

El amor que Cristo infunde en todo nuestro ser es un po­der vitalizador. Da salud a cada una de las partes vitales: el cerebro, el corazón y los nervios. Por su medio las energías más potentes de nuestro ser se despiertan y activan. Libra al alma de culpa y tristeza, de ansiedad y congoja, que agotan las fuerzas de la vida. Con él vienen la serenidad y la compostu­ra. Implanta en el alma un gozo que nada en la Tierra puede destruir: el gozo que hay en el Espíritu Santo, un gozo que da salud y vida.–El ministerio de curación, pág. 78.

Cómo curaba Cristo 5

Este mundo es un vasto lazareto, pero Cristo vino para sanar a los enfermos y proclamar liberación a los cautivos de Satanás. Él era en sí mismo la salud y la fortaleza. Impartía vida a los enfermos, a los afligidos, a los poseídos de los demonios. No rechazaba a ninguno que viniese para recibir su poder sanador. Sabía que quienes le pedían ayuda habían atraído la enferme­dad sobre sí mismos; sin embargo no se negaba a sanarlos. Y cuando la virtud de Cristo penetraba en estas pobres almas, quedaban convencidas de pecado, y muchos eran sanados de su enfermedad espiritual tanto como de sus dolencias físicas. El evangelio todavía posee el mismo poder, y ¿por qué no ha­bríamos de presenciar hoy los mismos resultados?

Cristo siente los males de todo sufriente. Cuando los ma­los espíritus desgarran un cuerpo humano, Cristo siente la maldición. Cuando la fiebre consume la corriente vital, él siente la agonía. Y está tan deseoso de sanar a los enfermos ahora como cuando estaba personalmente en la Tierra. Los siervos de Cristo son sus representantes, los conductos por los cuales ha de obrar. Él desea ejercer a través de ellos su poder curativo.

En las formas de curar del Salvador hay lecciones para sus discípulos. Una vez ungió con barro los ojos de un ciego y le ordenó: “Ve a lavarte en el estanque de Siloé... Fue entonces, y se lavó, y regresó viendo” (Juan 9:7). La curación sólo podía ser producida por el poder del gran Sanador; sin embargo, él hizo uso de los simples agentes naturales. Aunque no apoyó la medicación con drogas, aprobó el uso de remedios sencillos y naturales.

A muchos de los afligidos que eran sanados, Cristo les dijo: “No peques más, para que no te venga alguna cosa peor” (Juan 5:14). Así enseñó que la enfermedad es el resultado de violar las leyes de Dios, tanto naturales como espirituales. La gran miseria que impera en este mundo no existiría si los hombres viviesen en armonía con el plan del Creador...

Estas lecciones son para nosotros. Hay condiciones que de­ben observar todos los que quieran preservar la salud. Todos deben aprender cuáles son esas condiciones. Al Señor no le agrada que se ignoren sus leyes, naturales o espirituales. Hemos de colaborar con Dios para devolver la salud al cuerpo tanto como al alma.

Y debemos enseñar a otros a preservar y recobrar la salud. Para los enfermos debemos usar los remedios que Dios ha pro­visto en la naturaleza y debemos señalarles al único Ser que puede sanar. Nuestra obra consiste en presentar a los enfermos y dolientes a Cristo en los brazos de nuestra fe. Debemos en­señarles a creer en el gran Sanador. Debemos echar mano de su promesa y orar por la manifestación de su poder. La restau­ración es la misma esencia del evangelio, y el Salvador quiere que invitemos a los enfermos, a los desahuciados y a los afligidos a echar mano de su fortaleza.

El poder del amor estaba en todas las curaciones de Cristo, y sólo participando de ese amor por medio de la fe podemos ser instrumentos para su obra. Si dejamos de ponernos en co­nexión divina con Cristo, la corriente de energía vivificante no puede fluir en ricos raudales de nosotros a la gente. Hubo luga­res donde el Salvador mismo no pudo hacer muchos prodigios por causa de la incredulidad. Así también ahora la incredulidad separa a la iglesia de su Auxiliador divino. Ella está aferrada débilmente a las realidades eternas. Por su falta de fe, Dios queda chasqueado y despojado de su gloria.

El médico cristiano como misionero 6

Los que tienen a Cristo morando en su corazón amarán a las almas por quienes él murió. Los que en verdad le aman tendrán un fervoroso deseo de hacer que su amor sea comprendido por otros.

Me entristece ver cuán pocos tienen interés real de ayu­dar a los que viven en la oscuridad. Que ningún creyente verdaderamente convertido se conforme con vivir ociosa­mente en la viña del Maestro. A Cristo le fue dado todo poder, en el cielo y en la Tierra, y él impartirá fortaleza a sus seguidores para realizar la magna tarea de acercar a los hombres a él. Él anima constantemente a sus instrumentos humanos para que realicen la obra del cielo en todo el mun­do, y les promete estar con ellos todos los días hasta el fin del mundo. Las inteligencias celestiales –que son “millones de millones” (Apoc. 5:11)– son enviadas como mensajeros al mundo para unirse con los agentes humanos en la salva­ción de las almas. ¿Por qué la fe en las grandes verdades que predicamos no enciende un fuego ardiente en el altar de nuestro corazón? ¿Por qué, me pregunto, en vista de la grandeza de esas verdades, no todos los que profesan creer en ellas se sienten inspirados con un celo misionero, un celo que debe caracterizar a todos los que trabajan juntamente con Dios?

¿Quién dirá: “Envíame a mí”?

Debe hacerse el trabajo de Cristo. Que las personas que creen en la verdad se consagren a Dios. Debería haber cientos de feligreses empeñados en la obra misionera allí donde ahora hay unos pocos. ¿Quién sentirá la importancia y la grandeza divina de la obra? ¿Quién se negará a sí mismo? Cuando el Salvador llame a los obreros, ¿quién responderá: “Heme aquí, envíame a mí” [Isa. 6:8]?

Se necesitan misioneros tanto en el propio país como en el extranjero. Existe una obra apropiada y a mano que mu­chos descuidan extrañamente. Todos los que han gustado “la buena palabra de Dios y los poderes del siglo venidero” (Heb. 6:5) tienen un trabajo que hacer en sus propios ho­gares y entre sus vecinos. Debe proclamarse el evangelio de salvación a otros. Toda persona que ha sentido el po­der convertidor de Cristo en su corazón se transforma, en cierto sentido, en un misionero. Debe hablarse del amor de Dios a los amigos. Cada uno puede anunciar dentro de su propia iglesia lo que el Señor significa para él: su Salvador personal; este testimonio, presentado con sencillez, será de mayor provecho que el más elocuente discurso. Además hay una gran obra que hacer: tratar a los demás con justi­cia y caminar humildemente con Dios. Los que trabajan en su círculo de influencia están ganando una experiencia que los capacitará para una esfera de mayor utilidad. El trabajo misionero que se hace en el país donde uno vive prepara al cristiano para la realización de una obra mayor en el ex­tranjero.

El cuidado del enfermo

¿Cómo puede realizarse el trabajo del Señor? ¿Cómo po­dría alcanzarse a esas almas que se pierden en la medianoche de las tinieblas? Tenemos que hacerle frente al prejuicio; es difícil lidiar con una religión corrompida. Los mejores mé­todos y formas de trabajo deben considerarse con oración. Hay una forma en que muchas puertas se abrirán ante el mi­sionero. Aprenda él a trabajar inteligentemente en favor de los enfermos como enfermero o enfermera; o aprenda, como médico, a tratar las enfermedades; y si está lleno del espíritu de Cristo, ¡cuán vasto campo de servicio se abrirá delante de él!

Cristo es el Salvador del mundo. Durante su ministerio terrenal los enfermos y los afligidos fueron el objeto espe­cial de su compasión. Cuando envió a sus discípulos, los co­misionó para que sanaran al enfermo tanto como a predicar el evangelio. Cuando envió a los 70, también les ordenó que curaran a los enfermos, mientras predicaban que el reino de Dios estaba cerca. Primero debían atender la salud física, para así abrir el camino y luego la verdad llegar a su mente.

El método de evangelismo de Cristo

El Salvador dedicó más tiempo y labores a la curación de los afligidos por enfermedades que a la predicación del evan­gelio. El último encargo que les dio a los apóstoles –sus repre­sentantes en la Tierra– fue que impusieran las manos sobre los enfermos para sanarlos. Y cuando el Maestro vuelva, recom­pensará a los que hayan visitado a los enfermos y aliviado las necesidades de los afligidos.

Nuestro Salvador experimentaba una tierna simpatía por la humanidad caída y sufriente [Mat. 14:14]. Y si seremos seguidores de Cristo, también debemos cultivar la compa­sión y la simpatía. Un interés vivo por el sufrimiento de otros debe reemplazar a la indiferencia por la aflicción hu­mana. La viuda, el huérfano, el enfermo y el moribundo siempre necesitarán ayuda. Entre ellos existe una oportu­nidad para proclamar el evangelio: levantar a Jesús, espe­ranza y consolación de todos los seres humanos. Cuando el cuerpo sufriente obtiene sanidad, y se ha mostrado un interés viviente por el afligido, entonces el corazón se abre y podemos derramar el bálsamo celestial dentro de él. Si acudimos a Jesús, y obtenemos de él conocimiento, forta­leza y gracia, podremos impartir su consuelo a los demás, porque el Consolador está con nosotros.

Habrá que vérselas con una gran cantidad de prejuicios, celo falso y piedad fingida, pero tanto en el propio país como en el extranjero hay más almas que Dios ha estado preparan­do para recibir la semilla de la verdad de lo que nos podemos imaginar. Estas recibirán gozosamente el mensaje que se les presente.

No debe existir duplicidad ni doblez en la vida del obre­ro. Aunque el error es peligroso para cualquiera, aunque se cometa por equivocación, la no sinceridad en la verdad es fatal.

Trabájese con fervor y entusiasmo

No debemos ser espectadores ociosos de las escenas impre­sionantes que prepararán el camino de la segunda venida del Señor. Debemos desplegar el valor y el entusiasmo del soldado cristiano. El que no está con Cristo es su enemigo. “El que conmigo no recoge, desparrama” (Mat. 12:30). En los libros del cielo la inactividad se considera como una obra contraria al trabajo de Cristo, porque produce el mismo fruto de hostilidad abierta. Dios llama a obreros activos.

Cuanto más claramente observen nuestros ojos las maravillas del mundo futuro, más profunda será nuestra solicitud por los habitantes de este mundo. No podemos ser egoístas. Vivimos en una época especial de conflicto entre los poderes de la luz y las tinieblas. Sigamos adelante; dejemos que brille nuestra luz; difundamos sus rayos a todo el mundo. Cristo y sus mensajeros celestiales, cooperando con los agentes humanos, unirán en un todo perfecto las partes fragmentadas. Dejamos de brillar cuan­do abandonamos nuestro puesto y no demostramos interés por los demás, porque nos gusta la comodidad y preferimos no inco­modarnos. Si nos portamos de esta manera, ¡qué tremenda será la culpa y cuán terribles las consecuencias!

Algunas personas deben prepararse para llegar a ser médi­cos y enfermeras misioneros cristianos. Las puertas se abrirán y estos fieles hijos de Dios podrán trabajar entre las clases altas y las bajas. Toda influencia que podamos tener debe consagrar­se a esta tarea. De la obra misionera que se realice aquí debe surgir una cadena de luces ardientes y vivientes que circun­den la Tierra; toda voz e influencia debe hacerse eco de: “El Espíritu y la Esposa dicen: Ven. Y el que oye, diga: Ven. Y el que tiene sed, venga: y el que quiera, tome del agua de la vida gratuitamente” (Apoc. 22:17).

Efectos de hábitos equivocados

Entre los profesos cristianos del mundo existe muy poca fuerza moral. Muchos han acariciado hábitos equivocados, y las leyes físicas y morales se han descuidado hasta el punto en que la norma general de virtud y piedad es extremadamente baja. Los hábitos equivocados rebajan las normas de la salud física y entorpecen las fuerzas mentales y espirituales. La com­placencia de los apetitos y pasiones desnaturalizados ejerce una influencia poderosa sobre el sistema nervioso del cerebro. Los órganos animales se fortalecen, mientras que los órganos morales se debilitan. Es imposible que una persona intempe­rante sea cristiana, porque sus facultades superiores llegan a ser esclavas de las pasiones.–Testimonios para la iglesia, t. 3, pág. 60 (1871).

Un mundo no amonestado

Hay una enorme tarea delante de nosotros: el trabajo final de dar el último mensaje de advertencia de Dios a un mundo pecador. ¿Pero qué hemos hecho para dar este mensaje? Les ruego que consideren los muchísimos lugares donde ni siquie­ra hemos entrado. Miren a nuestros obreros que recorren el mismo camino una y otra vez mientras a su alrededor se halla un mundo descuidado, sumido en la corrupción y la impiedad: un mundo que aún no ha sido amonestado. Para mí este es un cuadro terrible. ¡Qué indiferencia más asombrosa manifesta­mos hacia las necesidades de un mundo que perece!–Testimo­nios para la iglesia, t. 7, págs. 102, 103 (1902).

1 Testimonios para la iglesia, t. 6, págs. 257-261 (1900). Las fechas entre paréntesis, junto a las páginas de las obras (traducidas o no traducidas aún), corresponden al año de su publicación en inglés.

2 Christian Temperance, págs. 7-12 (1890).

3 Testimonios para la iglesia, t. 7, págs. 257-259 (1902).

4 Christian Temperance, págs. 13, 14 (1890).

5 El Deseado de todas las gentes, págs. 763-765 (1898).

6 Medical Missionary, Enero de 1891 (t. 1, Nº 1, págs. 1, 2).

Sección II: Elementos esenciales de la salud
Conocimiento de los principios básicos 7

Muchos me han preguntado: “¿Qué debo hacer para con­servar mejor mi salud?” Mi respuesta es: Deje de transgredir las leyes de su ser; deje de complacer el apetito deprava­do; consuma alimentos sencillos; vístase en forma saludable, lo cual requerirá sencillez y modestia; trabaje saludablemente; y no se enfermará.

Es un pecado estar enfermo, porque todas las enfermedades son el resultado de la transgresión. Muchos sufren como con­secuencia de las transgresiones de sus padres. No se los puede censurar por el pecado de sus padres; sin embargo tienen el deber de investigar en qué puntos sus padres violaron las leyes de su ser, con lo que impusieron sobre su descendencia una herencia muy miserable; y al descubrir los errores de aquéllos, deben apartarse de ese curso de acción y practicar hábitos co­rrectos con el fin de promover una salud mejor.

Los hombres y las mujeres debieran informarse acerca de la filosofía de la salud. La mente de los seres racionales parecerían estar en tinieblas con respecto a sus propias estructuras físicas y cómo conservarlas en una condición saludable. La generación actual le ha confiado su cuerpo a los médicos y su alma a los ministros. ¿Acaso no se le paga bien al ministro para que estudie la Biblia en lugar de sus feligreses, de modo que éstos no tengan que molestarse en hacerlo? ¿No es obligación suya decirles lo que deben creer, y dilucidar todas las cuestiones teológicas dudosas sin que ellos tengan que realizar alguna investigación especial? Si se enferman, consultan al médico: creen todo lo que les dice y se tragan cualquier receta que les prescribe; ¿acaso no se le paga bien para que considere deber suyo entender to­das sus enfermedades físicas y los remedios que les debe dar para que se mejoren, sin que ellos tengan que preocuparse por el asunto?...

Nuestra felicidad está tan íntimamente relacionada con la salud, que no podemos gozar de aquélla sin que esta última sea buena. Para poder glorificar a Dios en nuestro cuerpo necesitamos tener un conocimiento práctico de la ciencia de la vida humana. Por eso es de importancia pri­mordial que la fisiología ocupe el primer lugar entre los es­tudios que se eligen para los niños. ¡Cuán pocas personas poseen un conocimiento adecuado acerca de las estructu­ras y las funciones de su propio cuerpo y de las leyes natu­rales! Muchos andan a la deriva sin ningún conocimiento, como un barco en alta mar sin brújula ni ancla; y lo que es peor, ni siquiera demuestran el menor interés en aprender cómo prevenir las enfermedades y conservar su cuerpo en una condición saludable.

La abnegación es esencial

La complacencia de los apetitos animales ha degradado y esclavizado a muchos. La abnegación y una restricción de los apetitos animales son necesarias para elevar y esta­blecer condiciones favorables de salud y moral y purificar la sociedad corrupta. Cada violación de los principios en el comer y el beber embota las facultades de percepción, lo cual imposibilita que la persona aprecie o valore las cosas eternas [Fil. 3:19]. La humanidad no debe ignorar las con­secuencias de los excesos; esto es de importancia funda­mental. La temperancia en todas las cosas es indispensable para la salud, y para y el desarrollo y crecimiento de un buen carácter cristiano.

Los que transgreden las leyes de Dios en su organismo físi­co no vacilarán en violar la Ley de Dios dada en el Sinaí. Los que después de haber recibido la luz se nieguen a comer y be­ber por principios, y en su lugar se dejan controlar por el ape­tito, no se preocuparán porque los demás aspectos de su vida sean gobernados por principios. La investigación del tema de la reforma en el comer y el beber desarrollará el carácter e in­variablemente pondrá de manifiesto a los que eligen hacer “un dios de su vientre”.

Responsabilidad de los padres

Los padres necesitan despertar e inquirir en el temor de Dios: ¿Qué es verdad? Sobre ellos reposa una tremenda res­ponsabilidad. Deberían poseer conocimientos prácticos de fi­siología para ser capaces de distinguir entre los hábitos físicos correctos y los perniciosos e instruir a sus hijos acerca de ellos. Las grandes masas humanas son tan ignorantes e indiferentes con respecto a la educación física y moral de sus hijos como lo es la creación animal. Sin embargo se atreven a asumir la responsabilidad de ser padres.

Cada madre debiera familiarizarse con las leyes que go­biernan la vida física. Debiera enseñar a sus hijos que la gratificación de los apetitos animales produce un efecto mórbido sobre el sistema y debilita sus sensibilidades morales. Los padres deben buscar la luz y la verdad como si buscaran un tesoro escondido. A los padres se les ha encomendado la sa­grada responsabilidad de formar el carácter de sus hijos mien­tras son niños. Tienen el deber de ser tanto maestros como médicos de ellos. Deberían comprender tanto las exigencias como las leyes de la naturaleza. Una cuidadosa conformidad a las leyes que Dios ha implantado en nuestro ser nos asegu­rará salud, y en nosotros no se producirá un quebrantamiento de la constitución que nos induzca a llamar al médico para que nos ponga otra vez en buenas condiciones.

Muchos parecen pensar que tienen el derecho a tratar su cuerpo como les plazca, pero olvidan que su cuerpo no les pertenece. El Creador, quien lo formó, tiene derechos sobre él que no pueden ignorarse impunemente [1 Cor. 6:19, 20]. Cada transgresión innecesaria de las leyes que Dios ha establecido para nuestro ser constituye virtualmente una violación de la ley de Dios, y a la vista del Cielo es un pecado tan grande como el quebrantamiento de los Diez Mandamientos. La ignorancia de este tema importante es pecado. La luz brilla sobre nosotros actualmente, y si no la apreciamos ni actuamos inteligente­mente con respecto a estas cosas, estamos sin excusas, porque el entenderlas es nuestro más elevado interés terrenal.

Sabiduría de las obras de Dios

Indúzcase a la gente a estudiar la manifestación del amor y la sabiduría de Dios en las obras de la naturaleza. Indúzcasela a estudiar el maravilloso organismo del cuerpo humano y las leyes que lo rigen. Los que disciernen las evidencias del amor de Dios, que entienden algo de la sabiduría y el buen propósito de sus leyes, así como de los resultados de la obediencia, llega­rán a considerar sus deberes y obligaciones desde un punto de vista muy diferente. En vez de ver en la observancia de las le­yes de la salud una cuestión de sacrificio y renunciamiento, la tendrán por lo que es en realidad: un inapreciable beneficio.

Todo obrero evangélico debe comprender que la enseñanza de los principios que rigen la salud forma parte de la tarea que se le ha señalado. Esta obra es muy necesaria y el mundo la espera.–El ministerio de curación, pág. 105 (1905).

Gobernar el cuerpo 8

La vida es un regalo de Dios. Se nos ha dado nuestro cuerpo para que lo empleemos en el servicio a Dios, y él desea que lo cuidemos y apreciemos. Poseemos facultades físicas y mentales. Nuestros impulsos y pasiones tienen su asiento en el cuerpo, y por tanto no debemos hacer nada que contamine esta posesión que se nos ha confiado. Debemos mantener nuestro cuerpo en la mejor condición física posi­ble, y bajo una constante influencia espiritual, para que po­damos utilizar nuestros talentos de la mejor manera. Léase 1 Corintios 6:13.

El uso equivocado del cuerpo acorta ese período de tiempo que Dios ha designado para que lo utilicemos en su servicio. Cuando nos permitimos formar hábitos equivocados por acos­tarnos a altas horas de la noche y satisfacer el apetito a expen­sas de la salud, colocamos los fundamentos de la debilidad. Y cuando descuidamos el ejercicio físico, o recargamos de traba­jo la mente o el cuerpo, desequilibramos el sistema nervioso. Los que acortan su vida de este modo, por no hacer caso de las leyes naturales, son culpables de robarle a Dios. No tenemos derecho a descuidar o hacer un mal uso del cuerpo, la mente o las fuerzas, los cuales deberían utilizarse para ofrecer a Dios un servicio consagrado.

Todos deberían poseer un conocimiento inteligente de la constitución humana, con el fin de mantener su cuerpo en las mejores condiciones para realizar la obra del Señor. Los que forman hábitos que debilitan las energías nerviosas y dismi­nuyen el vigor de la mente o el cuerpo, se hacen a sí mismos ineficientes para el trabajo que Dios les ha pedido que hagan. Por otra parte, una vida pura y saludable es más favorable para el perfeccionamiento del carácter cristiano y para el desarrollo de sus facultades de la mente y el cuerpo.

La ley de la temperancia debe controlar la vida de cada cris­tiano. Dios debe estar en todos nuestros pensamientos; nunca debemos perder de vista su gloria. Necesitamos desembara­zarnos de toda influencia que pudiese cautivar nuestros pen­samientos y alejarnos de Dios. Tenemos ante Dios la sagrada obligación de gobernar nuestro cuerpo y controlar nuestros apetitos y pasiones de tal manera que no nos aparten de la pu­reza y la santidad ni alejen nuestra mente de la obra que Dios requiere que hagamos. Léase Romanos 12:1.

Adoptar una alimentación sencilla

Si hubo alguna vez un tiempo en que la alimentación de­bía ser de la clase más sencilla, es ahora. No debe ponerse carne delante de nuestros hijos. Su influencia tiende a excitar y fortalecer las pasiones inferiores, y tiende a amortiguar las facultades morales. Los cereales y las frutas, preparados sin grasa y en forma tan natural como sea posible, deben ser el alimento destinado a todos aquellos que aseveran estar prepa­rándose para ser trasladados al Cielo. Cuanto menos excitante sea nuestra alimentación. Tanto más fácil será dominar las pa­siones. La complacencia del gusto no debe ser consultada sin tener en cuenta la salud física, intelectual o moral.

La satisfacción de las pasiones más bajas inducirá a muchos a cerrar los ojos a la luz, porque temen ver pecados que no es­tán dispuestos a abandonar. Todos pueden ver si lo desean. Si prefieren las tinieblas a la luz, su criminalidad no disminuirá por ello. ¿Por qué no leen los hombres y las mujeres y se ins­truyen en estas cosas que tan decididamente afectan su fuerza física, intelectual y moral?–Testimonios para la iglesia, t. 2, pág. 316 (1869).

Comprados por Dios 9

“¿O ignoráis que vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo, el cual está en vosotros, el cual tenéis de Dios, y que no sois vuestros? Porque habéis sido comprados por precio; glorificad, pues, a Dios en vuestro cuerpo y en vuestro espíritu, los cuales son de Dios” (1 Cor. 6:19, 20).

No nos pertenecemos. Hemos sido comprados a un precio elevado, a saber, los sufrimientos y la muerte del Hijo de Dios. Si pudiésemos comprender plenamente esto, sentiríamos que pesa sobre nosotros la gran responsabilidad de mantenernos en la mejor condición de salud con el fin de prestar a Dios un servi­cio perfecto. Pero cuando nos conducimos de manera que nues­tra vitalidad se gasta, nuestra fuerza disminuye y el intelecto se anubla, pecamos contra Dios. Al seguir esta conducta no le glorificamos en nuestro cuerpo ni en nuestro espíritu –que son suyos–, sino que cometemos lo que es a su vista un grave mal.

¿Se dio Jesús por nosotros? ¿Ha sido pagado un precio ele­vado para redimirnos? Y, ¿no es precisamente por esto por lo que no nos pertenecemos? ¿Es verdad que todas las facultades de nuestro ser, nuestro cuerpo, nuestro espíritu, todo lo que tenemos y todo lo que somos, pertenecen a Dios? Por cierto que sí. Y cuando comprendemos esto, ¡qué obligación tene­mos para con Dios de conservarnos en la condición que nos permita honrarle aquí en la Tierra, en nuestro cuerpo y nuestro espíritu, que son suyos!

La recompensa de la santidad

Creemos sin duda alguna que Cristo va a venir pronto. Esto no es una fábula para nosotros; es una realidad. No tenemos la menor duda, ni la hemos tenido durante años, de que las doctrinas que sostenemos son la verdad presente, y que nos estamos acercando al juicio. Nos estamos preparando para en­contrarnos con el Ser que aparecerá en las nubes de los cielos, escoltado por una hueste de santos ángeles, para dar a los fieles y justos el toque final de la inmortalidad. Cuando él venga, no lo hará para limpiarnos de nuestros pecados, quitarnos los defectos de carácter, o curarnos de las flaquezas de nuestro temperamento y disposición. Si es que se ha de realizar en no­sotros esta obra, se hará antes de ese tiempo.

Cuando venga el Señor, los que son santos seguirán siendo santos. Los que han conservado su cuerpo y espíritu en pureza, santificación y honra, recibirán el toque final de la inmorta­lidad. Pero los que son injustos, inmundos y no santificados permanecerán así para siempre. No se hará en su favor ninguna obra que elimine sus defectos y les dé un carácter santo. El Refinador no se sentará entonces para proseguir su obra de refinación y quitar sus pecados y su corrupción. Todo esto debe hacerse en las horas del tiempo de gracia. Ahora es cuando debe realizarse esta obra en nosotros...

Ahora estamos en el taller de Dios. Muchos de nosotros so­mos piedras toscas de la cantera. Pero cuando echamos mano de la verdad de Dios, su influencia nos afecta; nos eleva, y elimina de nosotros toda imperfección y pecado, cualquiera que sea su naturaleza. Así quedamos preparados para ver al Rey en su hermosura y unirnos finalmente con los ángeles puros y santos en el reino de gloria. Aquí es donde nuestro cuerpo y nuestro espíritu han de quedar dispuestos para la inmortalidad.

La obra de la santificación

Estamos en un mundo que se opone a la justicia, a la pu­reza de carácter y al crecimiento en la gracia. Dondequiera que miramos, vemos corrupción y contaminación, deformi­dad y pecado. Y ¿cuál es la obra que hemos de emprender aquí precisamente antes de recibir la inmortalidad? Consiste en conservar nuestro cuerpo santo y nuestro espíritu puro, para que podamos subsistir sin mancha en medio de las co­rrupciones que abundan en derredor de nosotros en estos últimos días. Y para que esta obra se realice, necesitamos dedicarnos a ella enseguida con todo el corazón y el enten­dimiento. No debe penetrar ni influir en nosotros el egoís­mo. El Espíritu de Dios debe ejercer perfecto dominio sobre nosotros e influir en todas nuestras acciones. Si nos apro­piamos debidamente del cielo y el poder de lo alto, senti­remos la influencia santificadora del Espíritu de Dios sobre nuestro corazón.

Cuando hemos procurado presentar la reforma pro salud a nuestros hermanos, y les hemos hablado de la importancia del comer y el beber, y hacer para gloria de Dios todo lo que ha­cen, muchos han dicho por medio de sus acciones: “A nadie le importa si como esto o aquello; nosotros mismos hemos de soportar las consecuencias de lo que hacemos”.

Estimados amigos, están muy equivocados. No son los únicos que sufrirán como consecuencia de una conducta errónea. En cierta medida, la sociedad a la cual pertene­cen sufre por causa de vuestros errores tanto como ustedes mismos. Si sufren como resultado de vuestra intemperancia en el comer y el beber, los que estamos en derredor o nos relacionamos con ustedes también quedamos afectados por vuestra flaqueza. Sufriremos por causa de vuestra conduc­ta errónea. Si ella contribuye a disminuir vuestras faculta­des mentales o físicas, y lo advertimos cuando estamos en vuestra compañía, quedamos afectados por ello. Si en vez de tener un espíritu animoso son presa de la lobreguez, en­sombrecen el ánimo de todos los que los rodean. Si estamos tristes, deprimidos y angustiados, ustedes, si gozaran de sa­lud, podrían tener una mente clara que nos muestre la salida y dirija una palabra consoladora. Pero si vuestro cerebro está nublado como resultado de vuestra errónea manera de vivir, a tal punto que no pueden darnos el consejo correc­to, ¿no sufrimos acaso una pérdida? ¿No nos afecta seria­mente vuestra influencia? Tal vez tengamos un alto grado de confianza en vuestro juicio y deseemos vuestro consejo, porque “en la multitud de consejeros hay seguridad” (Prov. 11:14).

Deseamos que nuestra conducta parezca consecuente para quienes amamos, y deseamos buscar el consejo que ellos nos puedan dar con mente clara. Pero ¿qué interés tenemos en vuestro juicio si vuestra energía mental ha sido recargada hasta lo sumo y la vitalidad se ha retirado del cerebro para disponer del alimento impropio que se puso en el estómago, o de una enorme cantidad de alimento aunque sea sano? ¿Qué interés tenemos en el juicio de tales personas? Ellas lo ven todo a través de una masa de alimentos indigestos. Por tanto, vuestra manera de vivir nos afecta. Resulta imposible seguir una con­ducta errónea sin hacer sufrir a otros.

La carrera cristiana

“¿No sabéis que los que corren en el estadio, todos a la ver­dad corren, pero uno solo se lleva el premio? Corred de tal ma­nera que lo obtengáis. Todo aquel que lucha, de todo se abstiene: ellos, a la verdad, para recibir una corona corruptible, pero no­sotros, una incorruptible. Así que, yo de esta manera corro, no como a la ventura; de esta manera peleo, no como quien golpea el aire, sino que golpeo mi cuerpo, y lo pongo en servidumbre, no sea que habiendo sido heraldo para otros, yo mismo venga a ser eliminado” (1 Cor. 9:24-27). Los que participaban en la carrera con el fin de obtener el laurel que era considerado un honor especial, eran temperantes en todas las cosas, para que sus músculos, su cerebro y todos sus órganos estuviesen en la mejor condición posible para la carrera. Si no hubiesen sido temperan­tes en todas las cosas, no habrían adquirido la elasticidad que les era posible obtener de esa manera. Si eran temperantes, podían correr esa carrera con más posibilidad de éxito; estaban más se­guros de recibir la corona.

Pero, no obstante toda su temperancia –todos sus esfuerzos por sujetarse a un régimen cuidadoso con el fin de hallarse en la mejor condición–, los que corrían la carrera terrenal estaban expuestos al azar. Podían hacer lo mejor posible, y sin embar­go no recibir distinción honorífica; porque otro podía adelan­társeles un poco y arrebatarles el premio. Uno solo recibía el galardón. Pero en la carrera celestial todos podemos correr, y recibir el premio. No hay incertidumbre ni riesgo en el asunto. Debemos revestirnos de las gracias celestiales y con los ojos dirigidos hacia arriba, a la corona de la inmortalidad, tener siempre presente al Modelo. Fue Varón de dolores, experimen­tado en quebrantos. Debemos tener constantemente presente la vida de humildad y abnegación de nuestro divino Señor. Y a medida que procuramos imitarlo, manteniendo los ojos fijos en el premio, podemos correr esa carrera con certidumbre, sa­biendo que si hacemos lo mejor que podamos, lo alcanzaremos con seguridad.

Los hombres estaban dispuestos a someterse a la abne­gación y la disciplina para correr y obtener una corona co­rruptible, que iba a perecer en un día, y que era solamente un distintivo honroso de parte de los mortales. Pero nosotros estamos para correr la carrera que brinda la corona de in­mortalidad y la vida eterna. Sí, un inconmensurable y eterno peso de gloria nos será otorgado como premio cuando ha­yamos terminado la carrera. El apóstol dice: “Nosotros, una incorruptible” [v. 25].

Y si los que se empeñan en una carrera terrenal para reci­bir una corona temporal podían ser temperantes en todas las cosas, ¿no podemos serlo nosotros, que tenemos en vista una corona incorruptible, un eterno peso de gloria y una vida que se compara con la de Dios? Ya que tenemos este gran incenti­vo, ¿no podemos correr “con paciencia la carrera que tenemos por delante, puestos los ojos en Jesús, el autor y consumador de la fe” (Heb. 12:1, 2)? Él nos ha indicado el camino y ha señalado todo el trayecto con sus pisadas. Es la senda que él ha recorrido, y podemos experimentar con él la abnegación y el sufrimiento, y andar en esa senda señalada por su propia sangre.

Cultivar la habilidad

No se den por satisfechos con alcanzar un bajo nivel. No somos lo que podríamos ser ni lo que Dios desea que seamos. Dios no nos ha dado las facultades racionales para que perma­nezcan ociosas, ni para que las pervirtamos en la prosecución de fines terrenales y sórdidos, sino para que sean desarrolladas hasta lo sumo, refinadas, santificadas, ennoblecidas y emplea­das en hacer progresar los intereses de su reino.

Nadie debe consentir en ser una mera máquina, accionada por la mente de otro hombre. Dios nos ha dado capacidad para pensar y obrar, y si actuamos con cuidado, buscando en Dios nuestra sabiduría, llegaremos a ser capaces de llevar nuestras cargas. Obren con la personalidad que Dios les ha dado. No sean la sombra de otra persona. Cuenten con que el Señor obrará en ustedes, a favor de ustedes y por medio de ustedes.–El ministerio de curación, pág. 398 (1905).

Temperantes en todo 10

La reforma pro salud es una parte importante del mensaje del tercer ángel; y como pueblo que profesa esta reforma, de­bemos avanzar continuamente y nunca retroceder. Es una gran cosa que podamos asegurarnos la salud acatando las leyes de la vida, y muchos no lo han hecho. Gran parte de las enfer­medades y los sufrimientos que abundan entre nosotros son el resultado de la transgresión de las leyes físicas, producto de los propios malos hábitos de la gente.

Nuestros antepasados nos han legado costumbres y ape­titos que están llenando el mundo con enfermedades. Las consecuencias de los pecados que los padres cometen al complacer los apetitos pervertidos recaen dolorosamente sobre los hijos hasta la tercera y cuarta generaciones. La mala alimentación de muchas generaciones, los hábitos de glotonería y desenfreno de la gente, han hecho que se llenen nuestros hospicios, prisiones y manicomios. La intempe­rancia en el consumo de té, café, vino, cerveza, ron y bran­dy, además del uso de tabaco, opio y otros narcóticos, ha producido una gran degeneración mental y física que crece constantemente.

¿Son estos males que azotan a la raza humana un resultado de la providencia de Dios? No; en realidad existen porque la gente ha vivido en forma contraria a su providencia y to­davía continúa ignorando sus leyes irresponsablemente. Con palabras del apóstol, apelo a las personas que no han sido cegadas ni paralizadas por enseñanzas y prácticas erróneas, a quienes están listos para rendirle a Dios el mejor servicio del cual son capaces: “Hermanos, os ruego por las misericordias de Dios, que presentéis vuestros cuerpos en sacrificio vivo, santo, agradable a Dios, que es vuestro culto racional. No os conforméis a este siglo, sino transformaos por medio de la renovación de vuestro entendimiento, para que comprobéis cuál sea la buena voluntad de Dios, agradable y perfecta” (Rom. 12:1, 2). No tenemos derecho a violar caprichosamen­te un solo principio de las leyes de la salud. Los cristianos no deben aceptar las costumbres y prácticas del mundo.

La historia de Daniel se registró para beneficio de nosotros. Él eligió una conducta que lo hizo conspicuo en la corte del rey. No se conformó a los hábitos alimentarios de los cortesa­nos, sino que propuso en su corazón no comer las carnes de la mesa del rey ni beber sus vinos. Esta decisión no fue tomada a la ligera ni de modo vacilante sino que fue con inteligencia y practicada resueltamente. Daniel honró a Dios; y en él se cumplió la promesa: “Yo honraré a los que me honran” (1 Sam. 2:30). El Señor le dio “conocimiento e inteligencia en todas las letras y ciencias” y también le concedió “entendi­miento en toda visión y sueños” (Dan. 1:17); de modo que llegó a ser más sabio que todos los miembros de la corte real, más sabio que todos los astrólogos y magos del reino.

Los que sirvan a Dios con sinceridad y verdad constituirán un pueblo peculiar, diferente del mundo y separado de él [1 Ped. 2:9]. Sus alimentos no serán preparados para complacer la glo­tonería o gratificar el gusto pervertido, sino para obtener de ellos la mayor fortaleza física y, en consecuencia, las mejores condi­ciones mentales...

La gratificación excesiva en la comida es un pecado. Nuestro padre celestial ha derramado sobre nosotros la gran bendición de la reforma pro salud para que lo podamos glorificar obedeciendo las demandas que hace de nosotros. Los que han recibido la luz acerca de este importantísimo tema tienen el deber de manifestar un mayor interés por los que todavía sufren por falta de conocimiento. Los que esperan el pronto regreso de su Salvador no deberían manifestar una falta de interés en esta gran obra de reforma. La acción ar­moniosa y saludable de todas las facultades del cuerpo y la mente produce felicidad; mientras más elevadas y lim­pias sean estas facultades, más pura y genuina será la feli­cidad. Una existencia sin propósitos es una muerte en vida. La mente debería preocuparse de los temas que se refieren a nuestros intereses eternos. Esto contribuirá a la salud del cuerpo y la mente.

Nuestra fe requiere que levantemos las normas de la refor­ma y demos pasos de progreso. Debemos separarnos del mun­do si queremos que Dios nos siga aceptando. Como pueblo, el Señor nos amonesta: “Salid de en medio de ellos, y apartaos... y no toquéis lo inmundo; y yo os recibiré” (2 Cor. 6:17). Pueda ser que el mundo los desprecie por no conformarse a sus normas ni participar en sus diversiones disipadas ni seguir sus costumbres perniciosas; pero el Dios del cielo ha prometido recibirlos y ser para ustedes un padre: “Y seré para vosotros por Padre, y vosotros me seréis hijos e hijas, dice el Señor Todopoderoso” (vers. 18).

El mundo no es nuestro criterio

El mundo no debe ser un criterio para nosotros. Hoy es cos­tumbre gratificar el apetito con comidas exuberantes y estímulos artificiales, de modo que se fortalecen las propensiones anima­les y se coarta el crecimiento y desarrollo de las facultades mo­rales. A menos que los descendientes de Adán decidan practicar la temperancia en todas las cosas, no hay ningún estímulo que se le pueda dar a ninguno de ellos para que lleguen a ser militan­tes victoriosos en la lucha cristiana. Si la practican, no pelearán como quien hiere el aire [1 Cor. 9:26].–Testimonios para la igle­sia, t. 4, pág. 39 (1876).

Ejercicio físico 11

Otra preciosa bendición es el ejercicio apropiado. Hay mu­chos indolentes inactivos, quienes no sienten inclinación por el trabajo físico o el ejercicio porque los cansa. ¿Qué importa si los cansa? La razón por la cual se cansan es porque no for­talecen sus músculos por medio del ejercicio; por tanto, les afecta el más pequeño esfuerzo. Las mujeres y niñas enfer­mas se sienten más satisfechas al ocuparse en trabajos livianos –como crochet, bordado o encaje de hilo– que en hacer trabajo físico. Si los enfermos desean recuperar la salud, no debie­ran descontinuar el ejercicio físico; porque así aumentarán la debilidad muscular y el decaimiento general. Venden un brazo y dejen de usarlo por unas pocas semanas, después quítenle las vendas y descubrirán que es más débil que el brazo que han estado usando moderadamente durante el mismo tiempo. La inactividad produce el mismo efecto en todo el sistema muscular. No permite que la sangre despida las impurezas como sucedería si el ejercicio indujera una circulación activa.

Cuando el tiempo lo permite, todos los que puedan hacer­lo debieran caminar al aire libre en verano e invierno. Pero la ropa debiera ser apropiada para el ejercicio, y los pies de­bieran estar bien protegidos. Una caminata, aun en invierno, sería más benéfica para la salud que todos los remedios que los médicos puedan prescribir. Para los que pueden caminar, es preferible caminar en vez de cabalgar. Los músculos y las venas pueden realizar mejor su trabajo. Habrá un aumento de la vitalidad, tan necesaria para la salud. Los pulmones ten­drían una actividad bien necesaria, puesto que es imposible salir al tonificante aire de una mañana invernal sin llenar bien los pulmones.

Algunos piensan que las riquezas y el ocio son realmente bendiciones. Pero cuando algunas personas se enriquecen, o inesperadamente heredan una fortuna, interrumpen sus hábitos activos, están ociosos, viven cómodamente, su utilidad pare­ce terminar; se vuelven intranquilos, ansiosos e infelices, y su vida pronto se acaba. Los que siempre están ocupados, y lle­van a cabo alegremente sus tareas diarias, son los más felices y más sanos. El descanso y la calma de la noche brindan a su cuerpo cansado un sueño ininterrumpido...

El ejercicio ayuda a la digestión. Salir a caminar después de comer –con la cabeza erguida, los hombros enderezados y haciendo un moderado ejercicio– será de gran beneficio. La mente se apartará de uno mismo y se concentrará en las bellezas de la naturaleza. Cuanto menos se preste atención al estómago después de una comida, mejor. Si constantemente temen que la comida les haga mal, muy probablemente su­cederá así. Olvídense de ustedes mismos y piensen en algo alegre.

El aire puro y los resfríos

Muchos son víctimas de la idea errónea de que si se han resfriado deben excluir el aire exterior y aumentar la tempe­ratura de su habitación hasta que sea excesivamente alta. El organismo puede estar descompuesto, los poros pueden estar cerrados por el material de desecho, y los órganos internos más o menos inflamados, porque la sangre se ha retirado de la superficie y se ha ido hacia ellos. En estos casos, más que en otros, no se debiera privar a los pulmones de aire puro y fresco. Si hay un momento en que el aire puro es necesario, es cuando alguna parte del organismo, como los pulmones o el estómago, se enferma. Un ejercicio juicioso llevaría sangre a la superficie y aliviaría los órganos internos. Un ejercicio vigorizante, aunque no violento, al aire libre, con espíritu alegre, activará la circulación, dando un brillo saludable a la piel y enviando la sangre, vitalizada por el aire puro, a las extremidades. El estómago enfermo se aliviará con el ejer­cicio. Con frecuencia los médicos aconsejan a los enfermos visitar países extranjeros, ir a las termas o navegar con el fin de recuperar la salud; cuando, en nueve casos de diez, si se alimentaran moderadamente e hicieran un ejercicio saludable con ánimo alegre, recuperarían la salud y ahorrarían tiem­po y dinero. El ejercicio, y un aprovechamiento generoso y abundante del aire y de la luz solar –bendiciones que el Cielo brinda liberalmente a todos–, darían vida y fuerza al extenua­do enfermo...

Inacción y debilidad

Los que no usan sus extremidades todos los días notarán que se sienten débiles cuando tratan de hacer ejercicio. Las venas y los músculos no están en condiciones de cumplir su función y mantener toda la maquinaria en saludable acción, cada órgano cumpliendo su parte. Los miembros se fortalecen con el uso. Un ejercicio moderado cada día impartirá fuerza a los músculos, que sin ejercicio se ponen fláccidos y endebles. Por medio del ejercicio activo y diario al aire libre el hígado, los riñones y los pulmones también se fortalecerán para hacer su trabajo. Traigan en vuestra ayuda el poder de la voluntad, que resistirá el frío y dará energía al sistema nervioso. En poco tiempo serán tan conscientes del beneficio del ejercicio y el aire puro que no vivirán sin esas bendiciones. Vuestros pul­mones, privados del aire, serán como una persona hambrienta privada de alimento. Por cierto, podemos vivir más tiempo sin alimento que sin aire, que es el alimento que Dios ha provisto para los pulmones. Por tanto, no lo consideren un enemigo sino una preciosa bendición de Dios.

Aire puro y luz solar 12

Cuando hay tiempo agradable, en ningún caso debe pri­varse a los enfermos de abundante aire fresco. Puede ser que sus habitaciones no hayan sido construidas para permitir que las ventanas y las puertas se abran en ellas sin que la co­rriente de aire los afecte directamente, exponiéndolos a un enfriamiento. En esos casos las ventanas y las puertas debe­rían abrirse en una habitación adyacente, permitiendo así que el aire fresco entre en el cuarto ocupado por el enfermo. El aire fresco resultará más benéfico para los enfermos que los medicamentos, y es mucho más esencial para ellos que su ali­mento. Les irá mejor y se restablecerán más pronto privados de alimento que de aire fresco...

Muchos inválidos han estado confinados durante semanas y meses en habitaciones cerradas, privados de la luz y el aire puro y vigorizador del cielo, como si el aire fuera un ene­migo mortal, cuando éste era precisamente el medicamento que el enfermo necesitaba para recuperarse... Estos remedios valiosos provistos por el cielo, y que no cuestan nada, fueron dejados de lado y considerados no sólo sin valor sino también como enemigos peligrosos, mientras los venenos prescriptos por los médicos eran tomados con ciega confianza.

Miles de personas han muerto por falta de agua pura y de aire puro, y sin embargo habrían podido vivir. Y miles de inválidos que están vivos, que constituyen una carga para sí mismos y para otros, piensan que su vida depende de la in­gestión de los medicamentos recetados por los médicos. Se están protegiendo continuamente del aire y evitando el uso del agua. Pero necesitan de estas bendiciones para restable­cerse. Si quisieran recibir instrucción y dejaran de lado los medicamentos, si se acostumbraran al ejercicio al aire libre y a tener aire en sus casas, en el verano y en el invierno, y a utilizar agua pura para beber y bañarse, estarían compara­tivamente bien y felices en lugar de arrastrar una existencia miserable.

Tómese en cuenta la salud de la enfermera

Los asistentes y las enfermeras que trabajan en los cuartos de los enfermos deben cuidar su propia salud, especialmente en los casos graves de fiebre y tuberculosis. No debe per­mitirse que una sola persona permanezca durante un tiempo prolongado en la habitación del enfermo. Es más seguro que dos o tres enfermeras cuidadosas y competentes se turnen para atender al enfermo en su cuarto cerrado. Cada una debería hacer ejercicio al aire libre con tanta frecuencia como sea posible. Esto es importante para los que asisten a los enfermos, especial­mente si los amigos del enfermo pertenecen a esa clase de gente que considera el aire como un enemigo cuando se lo deja entrar en la habitación del enfermo, y no permiten que se abran las ventanas y las puertas. En este caso, el enfermo y sus asistentes se ven obli­gados a respirar diariamente una atmósfera intoxicante, debido a la inexcusable ignorancia de los amigos del enfermo.

En muchísimos casos los acompañantes del enfermo ignoran las necesidades del organismo y la relación que existe entre la respiración de aire fresco y la salud, y también desconocen la influencia destructora de la vida que ejerce la inhalación del aire contaminado del cuarto del enfermo. En este caso peligra la vida del paciente, y los mismos acompañantes corren el riesgo de contraer la enfermedad y perder la salud, y posiblemente hasta la vida...

Si es posible, la habitación del enfermo debería tener una corriente de aire que circule por ella día y noche. La corriente no debería dar directamente sobre el enfermo. Existe poco pe­ligro de enfriamiento cuando hay una fiebre intensa. Pero debe tenerse especial cuidado cuando sobreviene la crisis y pasa la fiebre. Hay que ejercer una vigilancia constante para mantener la vitalidad del organismo. Los enfermos deben tener aire puro y vigorizador. Si no es posible hacerlo en otra forma, el enfermo, hasta donde se pueda, debería ser llevado a otra habitación y puesto en otra cama mientras su cuarto, su cama y sus ropas son purificados mediante el proceso de ventilación. Si los que están bien necesitan las bendiciones de la luz y del aire, y necesitan tener hábitos de limpieza con el fin de conservarse sanos, los enfermos tienen una necesitad aún mayor de estos recursos en proporción a su condición debilitada...

Algunas casas están costosamente amuebladas más para gratificar el orgullo y recibir visitas que para la comodidad, conveniencia y salud de la familia. Las mejores habitaciones son man­tenidas a oscuras. Se las priva de luz y aire, no sea que la luz del cielo dañe los muebles costosos, destiña las alfombras o manche los marcos de los cuadros. Cuando se permite que los visitan­tes se sienten en esas habitaciones de gran valor, se arriesgan a contraer un resfrío debido a la atmósfera fría que reina en ellas. Los salones y los dormitorios se mantienen igualmente cerrados y por las mismas razones. Y quienquiera que ocupe esas camas que no han estado bien expuestas a la luz y al aire, lo hacen a expensas de su salud y con frecuencia hasta de la vida.

Las habitaciones que no están expuestas a la luz y al sol se humedecen. Las camas y las ropas de cama también se hume­decen, y la atmósfera de esas habitaciones es tóxica, porque no ha sido purificada por la luz y el aire...

Las alcobas, especialmente, deberían estar bien ventiladas, y su atmósfera debe ser hecha saludable mediante el aire y la luz. Hay que dejar las persianas abiertas varias horas cada día, hay que correr las cortinas y airear cabalmente la habitación. Ni por corto tiempo debería quedar nada que contamine la pu­reza de la atmósfera...

Las alcobas deberían ser amplias, y estar dispuestas de tal modo que permitan que el aire circule por ellos durante el día y la noche. Los que han excluido el aire de sus dormitorios deberían comenzar a cambiar inmediatamente de proceder. Deberían permitir la entrada de aire gradualmente, y aumen­tar su circulación hasta que puedan soportarlo en invierno y en verano, sin peligro de resfriarse. Se necesita aire puro para mantener la salud de los pulmones.

Los que no han dejado que el aire circulara libremente en sus habitaciones durante la noche, por lo general despiertan sintiéndose agotados y afiebrados y no saben cuál es la causa. Era aire, aire vital, que todo el organismo necesitaba pero no pudo obtenerlo. La mayoría de las personas, después de levan­tarse por las mañanas, podría recibir beneficio si se diera un baño con ayuda de una esponja o, si les resulta más agradable, utilizando una toalla mojada. Eso quitará las impurezas de la piel. Luego hay que sacar las ropas de la cama, pieza por pieza, para exponerla a la acción del aire. Hay que abrir las ventanas, asegurar las persianas y dejar que el aire circule libremente por los dormitorios durante varias horas, o aun durante todo el día. En esta forma la cama y la ropa se airearán completamente y la habitación será limpiada de impurezas.

Los árboles de sombra y los arbustos plantados muy cerca de la casa son perjudiciales para la salud, porque impiden la libre circulación del aire y estorban el paso de los rayos del sol. Como resultado, la casa se humedece. En especial durante la estación lluviosa los dormitorios se humedecen y los que duer­men en las camas sufren de reumatismo, neuralgias y afeccio­nes pulmonares que generalmente conducen a la tuberculosis. Cuando hay muchos árboles, éstos arrojan muchas hojas, las que, si no se las levanta inmediatamente, se pudren e intoxican la atmósfera. Un patio hermoseado con árboles bien distribui­dos, y con algunos arbustos plantados a una distancia pruden­cial de la casa, proporciona felicidad y gozo a la familia, y si se lo cuida en forma debida no perjudicará la salud. Las casas, si esto es posible, deberían edificarse en lugares altos y secos. Si se construye una casa en un lugar donde el agua se junta alrededor de ella y permanece durante un tiempo, y luego se seca poco a poco, ese lugar produce un miasma tóxico cuyos resultados serán fiebre, paludismo, males de garganta y enfer­medades de los pulmones.

Muchas personas han esperado que Dios las proteja de las enfermedades únicamente porque así se lo pedían. Pero Dios no toma en cuenta sus oraciones porque su fe no ha sido perfeccionada por las obras. Dios no obrará un milagro para librar de la enfermedad a los que no tienen cuidado de sí mis­mos, sino que violan continuamente las leyes de la salud y no realizan ningún esfuerzo para impedir la enfermedad. Cuando hacemos todo lo posible por tener salud, entonces podemos esperar resultados positivos y podemos pedir a Dios con fe que bendiga nuestros esfuerzos realizados en favor de la con­servación de la salud. Entonces él contestará nuestra oración, si su nombre puede ser glorificado de ese modo. Todos deben comprender que tienen una obra que realizar. Dios no obrará en forma milagrosa para conservar la salud de las personas que adoptan una conducta que seguramente los hará enfer­mar, a causa de su descuido de las leyes de la salud.

Respiración profunda

Para tener buena sangre debemos respirar bien. Las inspira­ciones hondas y completas de aire puro, que llenan los pulmo­nes de oxígeno, purifican la sangre, le dan brillante coloración y la impulsan, como corriente de vida, por todas partes del cuerpo. La buena respiración calma los nervios, estimula el apetito, hace más perfecta la digestión y produce sueño sano y reparador.–El ministerio de curación, págs. 206, 207 (1905).

Supersticiones relacionadas con el aire nocturno

A muchos les han enseñado desde la niñez que el aire noc­turno es muy perjudicial para la salud y, por tanto, debe ex­cluirse de las habitaciones. Para su propio daño cierran las ventanas y puertas de los dormitorios para protegerse del aire nocturno, el cual, dicen, es muy peligroso para la salud. Se engañan en esto. En el fresco de la noche puede ser necesario protegerse del frío con abrigo extra, pero debieran proveer aire para sus pulmones... Muchos sufren enfermedades porque se niegan a recibir en sus habitaciones en la noche el puro aire nocturno. El puro y gratuito aire del cielo es una de las más ricas bendiciones de que podemos gozar.–Testimonios para la iglesia, t. 2, págs. 467, 468 (1870).

Influencia del aire fresco

El aire, ese aire que es una preciosa bendición del cielo que todos podemos disfrutar, nos beneficiará con su influencia bienhechora si tan sólo se lo permitimos. Debemos darle la bienvenida al aire, cultivar un cariño por él, y nos daremos cuenta de que es un bálsamo precioso para los nervios. El aire debe estar en constante circulación para mantenerse puro. La influencia del aire puro y fresco permite que la sangre circule saludablemente a través del sistema. Además refresca el cuer­po y promueve la buena salud. Su influencia abarca la mente y le imparte cierto grado de compostura y serenidad. El aire puro despierta el apetito, permite una digestión más completa de los alimentos, e induce un sueño más sereno y profundo.–Testimonios para la iglesia, t. 1, pág. 607 (1870).

Higiene escrupulosa 13

Cuando una enfermedad grave afecta a una familia, hay gran necesidad de que cada uno de sus miembros preste estricta aten­ción a la limpieza personal y al régimen de alimentación con el fin de mantenerse en una condición saludable y, al hacer eso, fortale­cerse contra la enfermedad. Es también de la mayor importancia que la habitación del enfermo esté debidamente ventilada desde el mismo comienzo. Tal cosa será beneficiosa para los afectados por la enfermedad, y es muy necesaria para mantener con sa­lud a los que están obligados a permanecer durante un tiempo prolongado en la habitación del enfermo...

Podría evitarse una gran cantidad de sufrimiento si todos colaboraran para prevenir la enfermedad obedeciendo es­trictamente las leyes de la salud. Hay que observar hábitos estrictos de aseo. Muchas personas, mientras están bien, no se toman el trabajo de conservarse sanas. Descuidan el aseo personal y no tienen cuidado de mantener su ropa limpia. Las impurezas pasan en forma constante e imperceptible del cuerpo a la piel, a través de los poros, y si no se mantiene la superficie de la piel en una condición saludable, el organismo es recargado con los residuos impuros. Si la ropa que se usa no se lava y se airea con frecuencia, se contamina con las impurezas expelidas por el cuerpo por medio de la transpira­ción. Y si no se eliminan con frecuencia las impurezas de la ropa, los poros de la piel vuelven a absorber los materiales de desecho que habían sido expelidos. Las impurezas del cuer­po, si no se permite su salida, son llevadas de vuelta a la san­gre e introducidas forzadamente en los órganos internos. La naturaleza, para librar al organismo de las impurezas tóxicas, realiza un esfuerzo que produce fiebre, y a esto se lo llama enfermedad. Pero aun entonces, si los que enferman ayudan a la naturaleza en sus esfuerzos utilizando agua pura, se evi­taría mucho sufrimiento. Pero muchas personas en lugar de hacer eso y de procurar eliminar las sustancias venenosas del organismo, introducen en el organismo un veneno más mor­tal para eliminar otro veneno que ya estaba allí.

Si cada familia comprendiese los resultados beneficiosos de la limpieza cabal, efectuaría esfuerzos especiales para quitar toda impureza de sus personas y de sus casas, y ex­tendería sus esfuerzos a los patios. Muchos permiten que haya cerca de sus casas sustancias vegetales en descom­posición. No comprenden la influencia de estas cosas. De esas sustancias descompuestas surgen continuamente ema­naciones que envenenan el aire. Al respirar ese aire impuro, la sangre se envenena, los pulmones se afectan y se enferma todo el organismo. Diversas enfermedades son causadas por la inhalación del aire contaminado por esas sustancias en des­composición.

Algunas familias han enfermado de fiebre, algunos de sus integrantes han muerto y los miembros restantes casi han murmurado contra su Creador debido a la aflicción que les ha sobrevenido, cuando la única causa de su enfermedad y muerte ha sido su propio descuido. Las impurezas que había alrededor de su casa han acarreado sobre ellos las enfermeda­des contagiosas y las grandes tribulaciones de las que culpan a Dios. Toda familia que aprecie la salud debería limpiar su casa y sus patios de toda sustancia en descomposición.

Dios ordenó a los israelitas que no permitieran que hubie­se impurezas en su persona ni en su ropa. Los que tenían al­guna impureza personal debían ser excluidos del campamen­to hasta la noche, y luego se requería que se limpiaran ellos mismos y sus ropas antes de poder regresar al campamento. Dios les ordenó también que no tuvieran impurezas cerca de sus tiendas y hasta una gran distancia del campamento, no fuera que el Señor pasara por allí y viera su inmundicia.

En lo que atañe a la limpieza, hoy Dios no requiere de su pueblo menos de lo que requería del Israel antiguo. El des­cuido de la limpieza producirá enfermedad. La enfermedad y la muerte prematura no ocurren sin una causa. Fiebres perti­naces y enfermedades violentas han prevalecido en vecinda­rios y en pueblos que hasta entonces se habían considerado saludables, y algunos han muerto mientras otros han quedado con una constitución quebrantada e inválidos durante toda la vida. En muchos casos sus propios patios contenían los agen­tes destructivos que enviaban venenos mortales a la atmósfera, para luego ser respirados por la familia y el vecindario. La pereza y el descuido que a veces se advierten son detestables, y es asombrosa la ignorancia del efecto que tales cosas ejercen sobre la salud. Esos lugares deberían ser purificados, especial­mente durante el verano, con cal o ceniza, o mediante el entie­rro de las inmundicias.

Hacer comidas sencillas

Para poder ofrecerle a Dios un servicio perfecto, usted debe tener un concepto claro de sus requerimientos. Debería usar el alimento más sencillo, preparado en la forma más simple, de manera que no se debiliten los delicados nervios del cerebro, ni se entorpezcan ni se paralicen, incapacitándolo para discer­nir las cosas sagradas, o considerar la expiación, la sangre purificadora de Cristo, como algo inestimable.–Testimonios para la iglesia, t. 2, pág. 42 (1868).

Hábitos físicos y salud espiritual 14

Se presenta el carácter de Daniel al mundo como un ejem­plo poderoso de lo que la gracia divina puede hacer en favor de los hombres caídos por naturaleza y corrompidos por el pe­cado. La historia de esta vida noble y abnegada constituye un estímulo animador para la humanidad entera. De esta expe­riencia podemos adquirir fuerza para resistir con hidalguía la tentación, y mantenernos con firmeza y humildad de parte de la justicia ante las pruebas más severas.

La experiencia de Daniel

Daniel habría podido encontrar fácilmente una excusa para abandonar sus hábitos de estricta temperancia; pero la apro­bación divina era de más valor para él que el favor del más poderoso potentado de la Tierra; en efecto, le eran más caros que la vida misma. Después que su cortesía le había ganado el favor de Melsar, el oficial encargado de los jóvenes hebreos, Daniel le pidió que le permitiera abstenerse de comer las vian­das reales y de beber el vino de la corte. Melsar temía que al satisfacer la demanda de Daniel el rey se disgustara y de ese modo pusiera en peligro su vida misma. Igual que muchos en la actualidad, Melsar temía que una dieta abstemia debilitara a los jóvenes, que sus fuerzas musculares decayesen y ofrecie­ran una apariencia pálida y enfermiza, mientras que las comi­das suntuosas de la mesa real los harían fuertes y hermosos y les proporcionarían una energía física superior.

Daniel le suplicó que los probara durante diez días, permi­tiendo que en ese lapso los jóvenes hebreos pudieran comer alimentos simples mientras sus compañeros participaban de las exquisitas comidas reales. Finalmente la petición fue con­cedida, y Daniel estuvo seguro de haber ganado la victoria. A pesar de su juventud, conocía los efectos nocivos que el vino y las comidas sibaríticas producen sobre la salud física y mental.

Pero al final de los diez días los resultados fueron comple­tamente opuestos a lo que Melsar esperaba. El cambio obser­vado en los jóvenes que habían sido temperantes no se vio sólo en su apariencia personal, sino también en su actividad física y vigor mental, porque superaban en todo sentido a sus demás compañeros que habían complacido las demandas de sus apetitos. Como resultado de esta prueba, Daniel y sus compañeros pudieron continuar con una alimentación senci­lla durante todo el curso de su entrenamiento en los deberes del reino.

El Señor miró con buenos ojos la firmeza y el dominio propio de los jóvenes hebreos, y los bendijo. “A estos cuatro muchachos Dios les dio conocimiento e inteligencia en todas las letras y ciencias; y Daniel tuvo entendimiento en toda visión y sueños... Y el rey habló con ellos, y no fueron halla­dos entre todos ellos otros como Daniel, Ananías. Misael y Azarías; así, pues, estuvieron delante del rey. En todo asunto de sabiduría e inteligencia que el rey les consultó, los halló diez veces mejores que todos los magos y astrólogos que ha­bía en todo su reino” (Dan. 1:17, 19, 20).

Aquí hay una lección para todos, pero especialmente para los jóvenes. El cumplimiento fiel de los requerimientos di­vinos beneficia la salud física y mental. Tiene que buscarse primeramente la sabiduría y la fuerza de Dios si se ha de alcanzar la más alta norma moral e intelectual; y, además, se necesita observar una estricta temperancia en todos los hábitos de la vida. La experiencia de Daniel y sus compañe­ros constituye un ejemplo del triunfo de los principios sobre la tentación a la indulgencia del apetito. Demuestra que los jóvenes pueden vencer mediante la observancia de los princi­pios religiosos todas las propensiones carnales, y mantenerse fieles a los requerimientos divinos, aunque esto demande un gran sacrificio.

¿Qué habría sucedido si Daniel y sus compañeros se hubie­ran sometido a las exigencias de los oficiales paganos y, bajo la presión del momento, hubiesen comido y bebido como los babilonios? Esa sola transigencia con el mal habría debilitado su capacidad de percibir el bien y aborrecer el mal. La satisfac­ción del apetito habría significado el debilitamiento del vigor físico y la pérdida de claridad intelectual y poder espiritual. Un paso equivocado habría conducido a otros, hasta que se habría cortado la conexión con el cielo y habrían sido arrastrados por la corriente de la tentación...

La vida de Daniel constituye una ilustración sagrada de lo que significa un carácter santificado. El concepto bíblico de santificación tiene que ver con el hombre completo... Es imposible disfrutar de las bendiciones de la santificación cuando una persona es egoísta y glotona. Algunos gimen bajo el peso de las enfermedades a consecuencia de los ma­los hábitos en el comer y el beber, los cuales violentan las leyes de la vida y la salud. Muchos debilitan sus órganos di­gestivos porque se dejan llevar por apetitos pervertidos. El poder de la constitución humana para resistir los abusos que se cometen contra el organismo es maravilloso: pero la per­sistencia de los hábitos equivocados en la comida y la be­bida debilitan todas las funciones del cuerpo. Tratemos de que estas personas débiles consideren cómo habrían podido ser si hubieran vivido en forma temperante, promoviendo una buena salud en vez de abusar de ella. Aun los cristia­nos profesos estorban la obra de la naturaleza al gratificar sus apetitos y pasiones pervertidos, menoscabando de ese modo sus fuerzas físicas, mentales y morales. Algunos que cometen estos errores pretenden haber sido santificados por el Señor, pero tal pretensión carece de fundamento...

La santificación es un principio viviente

Consideremos la apelación que el apóstol Pablo hace a sus hermanos, por las misericordias de Dios, de que presenten su cuerpo en sacrificio vivo, santo, agradable a Dios... La santificación no es una mera teoría, una emoción, ni un conjunto de palabras, sino un principio viviente y activo que compe­netra la vida de cada día. La santificación requiere que los hábitos referentes a la comida, la bebida y la indumentaria sean de tal naturaleza que preserven la salud física, mental y moral, de modo que podamos presentar nuestro cuerpo al Señor no como una ofrenda corrompida por los malos hábi­tos, sino como “un sacrificio vivo, santo, agradable a Dios” (Rom. 12:1).

Que nadie que profesa piedad considere con indiferencia la salud del cuerpo, haciéndose la ilusión de que la intemperancia no es pecado ni afectará su espiritualidad. Existe una relación estrecha entre la naturaleza física y la moral. Los hábitos físi­cos elevan o rebajan la norma de la virtud. El consumo excesi­vo de los mejores alimentos producirá una condición mórbida de los sentimientos morales. Y si esos alimentos no son de los más saludables, los efectos son todavía más perjudiciales. Cualquier hábito que no promueva la salud del cuerpo huma­no, degrada las facultades elevadas y nobles del individuo. Los hábitos equivocados de comer y beber conducen a errores de pensamiento y acción. La complacencia de los apetitos forta­lece los instintos animales, dándoles la supremacía sobre las facultades mentales y espirituales.

El consejo del apóstol Pedro es: “Amados, yo os ruego como a extranjeros y peregrinos, que os abstengáis de los deseos carnales que batallan contra el alma” (1 Ped. 2:11). Muchos consideran que esta amonestación se refiere sólo a los licenciosos; pero tiene un significado es más extenso. Estas palabras pueden proteger al cristiano contra la gratificación de cada apetito dañino y cada pasión. Es una advertencia muy enérgica contra el uso de estimulantes y narcóticos, tales como té, café, tabaco, alcohol y morfina. La complacencia de estos apetitos bien puede catalogarse entre las prácticas que ejercen una influencia perniciosa sobre el carácter moral del individuo. Mientras más temprano se formen estos hábitos perjudiciales, más firmemente esclavizarán a sus víctimas en el vicio, y más seguramente les harán rebajar las normas de la espiritualidad.

Las enseñanzas bíblicas causarán sólo una impresión dé­bil en aquellos cuyas facultades se hallen entorpecidas por la indulgencia del apetito. Hay miles que prefieren sacrificar no sólo la salud sino la vida misma, y aun su esperanza de alcan­zar el cielo, antes que declarar la guerra contra sus apetitos pervertidos. Una dama, que por muchos años pretendía estar santificada, dijo que si tuviera que escoger entre su pipa y el cielo diría: “Adiós cielo; no puedo vencer la afición que le tengo a mi pipa”. Este ídolo estaba entronizado de tal manera en su alma que dejaba un lugar secundario a Jesús. ¡Sin embargo esta dama pretendía pertenecer totalmente al Señor!

Los que son verdaderamente santificados, no importa dón­de se encuentren, mantendrán altas normas de moralidad al practicar hábitos físicos correctos y, como Daniel, constitui­rán un ejemplo de temperancia y autocontrol para los demás. Todo apetito depravado se convierte en una pasión descon­trolada. Toda acción contraria a las leyes de la naturaleza crea en el alma una condición enfermiza. La complacencia de los apetitos causa problemas digestivos, entorpece el fun­cionamiento del hígado y anubla el cerebro; de este modo se pervierte el temperamento y el espíritu del hombre. Y estas facultades debilitadas se ofrecen a Dios, quien rehusó aceptar las víctimas para el sacrificio a menos que fueran sin tacha. Tenemos la obligación de mantener nuestros apetitos y hábi­tos de vida en conformidad con las leyes de la naturaleza. Si los cuerpos que se ofrecen hoy sobre el altar de Cristo fueran examinados con el mismo cuidado con que se examinaban los sacrificios judíos, ¿quién sería aceptado con nuestros há­bitos de vida actuales?

Con cuánto cuidado deberían los cristianos controlar sus hábitos con el fin de preservar todo el vigor de cada facultad para dedicarla al servicio de Cristo. Si queremos ser santificados en alma, cuerpo y espíritu, debemos vivir en conformidad con la ley divina. El corazón no puede mantenerse consagrado a Dios mientras se complacen los apetitos y las pasiones en detrimento de la salud y la vida misma...

Las amonestaciones inspiradas del apóstol Pablo con­tra la complacencia propia continúan siendo válidas hasta nuestros tiempos. Para animarnos nos habla de la libertad que disfrutan los verdaderamente santificados. “Ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús, los que no andan conforme a la carne, sino conforme al Espíritu” (Rom. 8:1). A los gálatas los exhorta: “Andad en el Espíritu, y no satisfagáis los deseos de la carne. Porque el deseo de la carne es contra el Espíritu, y el del Espíritu es contra la carne” (Gál. 5:16, 17). Además indica algunas formas de pasiones carnales, tales como la idolatría y la borrache­ra. Después de mencionar los frutos del Espíritu, entre los cuales se halla la temperancia, añade: “Pero los que son de Cristo han crucificado la carne con sus pasiones y deseos” (vers. 24).

Muchos profesos cristianos asegurarían hoy que Daniel fue demasiado exigente y lo tacharían de estrecho y faná­tico. Consideran de poca monta la cuestión de la comida y la bebida como para requerir una actitud tan decidida y que pudiera involucrar el sacrificio de toda ventaja terrenal. Pero los que razonan de esta manera se darán cuenta en el día del juicio que se habían alejado de los expresos requerimientos divinos y habían establecido su propio juicio como norma de lo bueno y lo malo. Entonces comprenderán que lo que para ellos parecía sin importancia era de suma importancia a los ojos de Dios. Las demandas de Dios deben obedecerse religiosamente. Quienes aceptan y obedecen uno de los pre­ceptos divinos porque les parece conveniente hacerlo, mien­tras ignoran otro porque les parece que su observancia les demandaría un sacrificio, rebajan las normas del bien y con su ejemplo arrastran a otros a considerar con liviandad la sa­grada ley de Dios. Un “Así dice el Señor” debiera ser nuestra norma en todo tiempo.

Abandonando las carnes

El pueblo que se está preparando para ser santo, puro y refinado, y ser introducido en la compañía de los ángeles celestiales, ¿habrá de continuar quitando la vida de los seres creados por Dios para sustentarse con su carne y considerar­la como un lujo? Por lo que el Señor me ha mostrado, habrá que cambiar este orden de cosas, y el pueblo de Dios ejerce­rá temperancia en todas las cosas...

El peligro de contraer una enfermedad aumenta diez veces al comer carne. Las facultades intelectuales, morales y físicas quedan perjudicadas por el consumo habitual de carne. El co­mer carne trastorna el organismo, anubla el intelecto y embota las sensibilidades morales... La conducta más segura para us­tedes consiste en dejar la carne.–Testimonios para la iglesia, t. 2, págs. 58, 59 (1868).

Evitar la glotonería

Hay muchos que son incapaces de controlar sus apetitos y se dejan arrastrar por sus deseos a expensas de su propia salud. Como resultado de su intemperancia, el cerebro se entorpece, los pensamientos se aletargan y dejan de realizar lo que ha­brían podido hacer si hubieran sido abnegados y abstemios. Las personas intemperantes le roban a Dios las energías físicas y mentales que podrían haber consagrado a su servicio si hu­biesen sido temperantes en todas las cosas...

La Palabra de Dios coloca la glotonería al mismo nivel que el pecado de la borrachera. Este pecado era tan ofensi­vo a la vista de Dios, que le ordenó a Moisés que cualquier muchacho que se rebelara y no permitiera el control de sus apetitos –es decir, que comiera rebelde y glotonamente todo lo que se le antojara– debía ser llevado por sus padres ante los gobernantes de Israel para ser apedreado. La persona glo­tona era considerada como un caso perdido. No era útil para los demás y constituía una maldición para sí misma. A esa persona no se le confiaba ninguna responsabilidad, porque su influencia sería perjudicial para los demás, y el mundo lo pasaría mejor librándose de un individuo que sólo lograría perpetuar sus terribles defectos.

Ninguna persona consciente de su responsabilidad ante Dios permitiría que los instintos animales controlen su racio­cinio. Los que actúan de esta manera no son verdaderos cristia­nos, no importa quiénes sean ni cuán elevada sea su posición. El consejo de Cristo es: “Sed, pues, vosotros perfectos, como vuestro Padre que está en los cielos es perfecto” (Mat. 5:48). Por medio de estas palabras nos enseña que podemos ser tan perfectos en nuestra esfera como lo es Dios en la suya.–Testi­monios para la iglesia, t. 4, págs. 445, 446 (1880).

Lecciones de la experiencia de Juan el Bautista 15

Por mucho tiempo el Señor ha estado llamando la atención de su pueblo en cuanto a la reforma de la salud. Esta obra constituye una de las ramas principales en la preparación para la segunda venida del Hijo del Hombre.

Juan el Bautista avanzó con el espíritu y el poder de Elías para aparejar el camino del Señor y encaminar a los hombres por el sendero de la sabiduría de los justos. Fue un prototipo de quienes vivirían en los últimos días con el cometido divino de proclamar a la gente las verdades sagradas, con el fin de pre­parar el camino para la segunda venida de Cristo. Juan fue un reformador. El ángel Gabriel, al descender del cielo, pronunció un discurso sobre salud a los padres de Juan. Les dijo que no debía beber vino ni otras bebidas fuertes, y que debía ser lleno del Espíritu Santo desde su mismo nacimiento [Juan 1:6].

Juan se separó de sus amistades y los lujos mundanales. La sencillez de su indumentaria, una vestimenta fabricada de pelos de camello, fue una aguda reprensión para la extra­vagancia ostentosa de los sacerdotes judíos, así como para los demás. Su alimentación completamente vegetariana, de algarrobas y miel silvestre, constituía una reprensión contra la complacencia de los apetitos y la glotonería prevaleciente por doquiera.

El profeta Malaquías declara: “He aquí, yo os envío el profeta Elías, antes que venga el día de Jehová, grande y terrible. Él hará volver el corazón de los padres hacia los hijos, y el corazón de los hijos hacia los padres” (Mal. 4:5, 6). Aquí el profeta describe el carácter del trabajo que debe realizarse. Los que lleven a cabo la obra de preparar el ca­mino para la segunda venida de Cristo están representados por el fiel Elías, así como Juan vino con el espíritu de Elías para preparar el camino del primer advenimiento de Cristo. El gran tema de la reforma debe presentarse ante el mundo y la mente de la gente debe ser impresionada. El mensaje debe caracterizarse por la práctica de la temperancia en to­das las cosas, para que el pueblo de Dios se vuelva de su idolatría, de su glotonería y de su extravagancia en el vestir y otros asuntos.

La abnegación, la humildad y la temperancia que Dios requiere de los justos, a quienes dirige y bendice de manera especial, deben ser presentadas a las gentes en contraste con los hábitos extravagantes y destructivos de quienes viven en esta época depravada. Dios nos ha mostrado que la reforma de la salud está conectada tan estrechamente con el mensaje del tercer ángel como lo está la mano con el cuerpo. En nin­guna parte se encuentra mayor causa de decadencia moral y física como en el descuido de este importante tema. Los que dan rienda suelta a los apetitos y pasiones y cierran los ojos a la luz por temor a descubrir complacencias pecaminosas que no desean abandonar, son culpables ante los ojos de Dios. Quienquiera que rechaza la luz que se le da sobre un asunto, predispone su corazón para rechazar de la luz sobre otros. El que viola las obligaciones morales relacionadas con la comida y la vestimenta, prepara el camino para quebrantar las exigencias divinas que tienen que ver con los intereses eternos.

Nuestro cuerpo no nos pertenece. Dios tiene el derecho de exigir que cuidemos de la habitación que nos ha dado, con el fin de que presentemos nuestro cuerpo en sacrificio vivo, santo y agradable a Dios. Nuestro cuerpo le pertenece al Dios que nos creó, y nosotros estamos moralmente obligados a aprender la mejor forma de preservarlos de la enfermedad [1 Cor. 6:19, 20]. Si debilitamos nuestro cuerpo a causa de la autocomplacencia, satisfaciendo los apetitos y vistiéndonos al compás de modas perjudiciales para la salud, sólo por el afán de mantenernos en armonía con el mundo, nos convertimos en enemigos de Dios...

La providencia divina ha estado impresionando al pueblo de Dios para que abandone las costumbres extravagantes del mundo, se aparte de la complacencia de apetitos y pasiones, y adopte una posición firme sobre la plataforma del dominio propio y la temperancia en todas las cosas. El pueblo dirigi­do por Dios será peculiar; un pueblo diferente al mundo. Si aceptan la dirección de Dios cumplirán los propósitos divinos y someterán su voluntad a la suya. Entonces Cristo morará en su corazón. El templo de Dios será santo. Vuestro cuerpo, dice el apóstol, es el templo del Espíritu Santo. Dios no requiere que sus hijos se nieguen a sí mismos al punto de debilitar sus energías físicas. Él exige que sus hijos obedezcan las leyes naturales con el fin de promover una buena salud. El cami­no de la naturaleza es el sendero que Dios ha marcado y es suficientemente amplio para todos los cristianos. Dios nos ha colmado, con su mano cariñosa, de ricas y abundantes bendi­ciones para nuestro propio sustento y deleite. Pero, para que gocemos del apetito natural que preserva la salud y prolonga la vida, él restringe ese mismo apetito. Nos amonesta: “Cuídense de los apetitos artificiales; contrólenlos, rechácenlos”. Cuando cultivamos un apetito pervertido, transgredimos las leyes de nuestro organismo y nos echamos encima la responsabilidad del abuso de nuestro propio cuerpo y de acarrear enfermedades sobre nosotros mismos...

El dominio propio es esencial en toda religión genuina. Los que no han aprendido a negarse a sí mismos se hallan destitui­dos de la piedad práctica vital. Es inevitable que las demandas de la religión afecten nuestras inclinaciones naturales y nues­tros intereses temporales. Todos tenemos una obra que hacer en la viña del Señor.

Benevolencia y rectitud en la vida de casados 16

Los que profesan ser cristianos no debieran casarse has­ta después de haber considerado el asunto cuidadosamente y con oración, de un modo elevado, para ver si Dios pue­de ser glorificado por la unión. Luego debieran considerar debidamente el resultado de cada privilegio de la relación matrimonial, y los principios santificadores debieran ser la base de todas sus acciones. Antes de aumentar su familia, debieran considerar si Dios sería glorificado o deshonra­do al traer hijos al mundo. Debieran tratar de glorificar a Dios por medio de su unión desde el primero y durante cada año de su vida matrimonial. Debieran considerar con calma cómo pueden brindar a sus hijos lo que necesitan. No tienen derecho a traer hijos al mundo que han de ser una carga para otros. ¿Tienen un trabajo que les permitirá sostener una fa­milia de modo que no necesiten llegar a ser una carga para los demás? Si no lo tienen, cometen un crimen al traer hijos al mundo para que sufran por falta de cuidados, alimentos y ropas apropiados. En esta época veloz y corrupta no se consi­deran estas cosas. La concupiscencia predomina sin que se la someta a control, aunque la debilidad, la miseria y la muerte sean el resultado de su predominio. Las mujeres llevan for­zosamente una vida de penurias, dolores y sufrimientos por causa de las pasiones incontrolables de hombres que llevan el nombre de esposos, pero que más apropiadamente debería llamárseles bestias. Las madres llevan una existencia misera­ble, casi todo el tiempo con hijos en los brazos, esforzándose por todos los medios para darles el pan y vestirlos. Esta mi­seria se ha multiplicado y llena el mundo.

La pasión no es amor

Hay muy poco amor real, genuino, leal y puro. Este pre­cioso artículo escasea. A la pasión se la llama amor. Más de una mujer se ha sentido ultrajada en su delicada y tierna sus­ceptibilidad porque la relación matrimonial le permitía al que llamaba su esposo tratarla de modo cruel. En estos casos, al darse cuenta de que el amor de su esposo era tan vil, llegaba a sentir repulsión por él.

Un gran número de familias vive en un estado deplorable porque el esposo y padre permite que dominen sus instintos animales por sobre sus capacidades intelectuales y morales. Como resultado, frecuentemente se sienten débiles y deprimi­dos, pero rara vez se dan cuenta de que es el resultado de su conducta equivocada. Tenemos ante Dios la solemne obliga­ción de mantener el espíritu puro y el cuerpo sano, de modo que podamos beneficiar a la humanidad y ofrecer a Dios un servicio perfecto. El apóstol nos advierte: “No reine, pues, el pecado en vuestro cuerpo mortal, de modo que lo obedezcáis en sus concupiscencias” (Rom. 6:12). Nos insta a seguir adelante cuando dice que “todo aquel que lucha, de todo se abstiene” (1 Cor. 9:25). Exhorta a todos los que se consideran cristianos a presentar su cuerpo “en sacrificio vivo, santo, agradable a Dios” (Rom. 12:1). Dice: “Golpeo mi cuerpo, y lo pongo en servidumbre, no sea que habiendo sido heraldo para otros, yo mismo venga a ser eliminado” (1 Cor. 9:27).

El cuidado de la esposa

Es un error generalizado pensar que no es necesario para una mujer embarazada cambiar su modo de vida. En este pe­ríodo importante debiera aliviarse a la madre en sus trabajos. Se están llevando a cabo grandes cambios en su organismo. Este requiere una mayor cantidad de sangre y, por tanto, un aumento en la cantidad de alimentos altamente nutritivos que han de convertirse en sangre. A menos que tenga una abundante provisión de alimentos nutritivos, no puede man­tenerse físicamente fuerte, y les resta vitalidad a sus hijos. También debe prestar atención a su vestimenta. Debiera cui­dar su cuerpo del frío. No debiera malgastar su vitalidad en la zona superficial de su cuerpo por falta de suficiente abrigo. Si se priva a la madre de abundantes alimentos saludables y nutritivos, sufrirá de una deficiencia en la cantidad y calidad de la sangre. Su circulación será pobre y su hijo sufrirá la misma carencia. El hijo será incapaz de retener el alimento necesario en la producción de buena sangre para nutrir el organismo. El bienestar de la madre y el niño depende en mucho de una vestimenta buena y abrigada y provisión de alimentos nutritivos. Debe considerarse la carga extra que debe soportar la vitalidad de la madre y brindarse una com­pensación adecuada.

El contr ol del apetito es importante

Pero, por otro lado, la idea de que las mujeres, por causa de su estado especial, pueden permitirse fomentar un apetito descontrolado, es un error basado en la costumbre en vez de la razón. El apetito de la mujer en este estado puede ser va­riable, irregular y difícil de satisfacer; y por costumbre se le permite ingerir todo lo que le gusta, sin consultar a la razón en cuanto a si cierto alimento puede nutrir su cuerpo y ayudar al crecimiento de su hijo. Los alimentos debieran ser nutritivos, pero no estimulantes. Por costumbre se le permite comer, si lo desea, carne, encurtidos, comida altamente sazonada o paste­les de carne picada; se siguen solamente las inclinaciones del apetito. Este es un gran error y causa mucho daño. El daño es inestimable. Si en algún momento se necesita un régimen alimentario sencillo y un cuidado especial por la calidad de los alimentos ingeridos, es precisamente en este importante período.

Las mujeres que obran por principio, y que han sido ins­truidas correctamente, no se apartarán de un régimen senci­llo, muy especialmente en este tiempo. Tendrán en cuenta que otra vida depende de ellas, y serán cuidadosas en cuanto a sus hábitos, especialmente en cuanto al régimen alimentario. No debieran ingerir lo que no es nutritivo o es estimulante sólo porque tiene buen gusto. Hay muchos consejeros dispuestos a persuadirlas a hacer aquello que la razón les indicaría no hacer.

Nacen niños enfermos por causa de que los padres com­placen su apetito. El organismo no demandaba la variedad de alimento que les atraía. Creer que una vez que imaginamos que deseamos un alimento, éste debe pasar al estómago, es un gran error que las mujeres cristianas no debieran cometer. No debiera permitirse que la imaginación controle las nece­sidades del organismo. Los que permiten que el gusto los gobierne, sufrirán el castigo de transgredir las leyes de su organismo. Y no se termina aquí el asunto; su inocente hijo también sufrirá...

Una atmósfera agradable es esencial

Debiera tenerse mucho cuidado en rodear a la madre de una atmósfera agradable y feliz. El esposo y padre tiene la respon­sabilidad especial de hacer todo lo que esté a su alcance para aligerar las cargas de la esposa y madre. Debiera colaborar, tanto como le sea posible, con las cargas características de su estado. Debiera ser afable, cortés, amable y tierno, y especial­mente complacer sus deseos. Algunas mujeres que están es­perando familia reciben la mitad del cuidado que se da a los animales en el establo.

Consejos con respecto a la maternidad 17

Toda mujer que va a ser madre, a pesar del medio que la rodee, debe alentar constantemente una disposición alegre, sabiendo que sus esfuerzos le producirán una cosecha diez veces mayor en el aspecto físico y en el carácter moral de su vástago. Pero esto no es todo. Ella podrá, por fuerza del hábito, acostumbrarse a pensar alegre y positivamente, y fo­mentar así una mentalidad placentera y proyectar su propia disposición alentadora sobre su familia y las demás personas que la rodean.

De este modo también su salud física mejorará considera­blemente. Los principios vitales serán fortalecidos; la sangre no fluirá pesadamente, como cuando se deja invadir por la tristeza y el abatimiento. Su salud mental y moral se vigo­rizan con la animación de su propio espíritu. El poder de la voluntad será capaz de resistir las impresiones de la mente y llegará a ser un calmante efectivo para sus nervios. Debe te­nerse un cuidado muy especial con los niños a quienes se ha privado de esta vitalidad que deberían haber heredado de sus padres. La atención cuidadosa a las leyes de su ser les permi­tirá el desarrollo de condiciones mucho más saludables.

La alimentación de los niños

El período de lactancia es crítico para el niño. Muchas ma­dres, mientras crían a sus hijos, trabajan demasiado, y mien­tras cocinan su sangre se calienta con el calor de la estufa, y el niño se ve afectado seriamente, no sólo por la alimenta­ción afiebrada que recibe del pecho de su madre, sino porque la sangre se halla envenenada por una dieta malsana, que ha contaminado todo su sistema incluyendo la leche del bebé. La condición mental de la madre afecta también al niño. Si se siente desdichada, perturbada, irritable o encolerizada, el ali­mento que el niño recibe de su madre estará contaminado, y podrá ocasionarle cólicos, espasmos y, ocasionalmente, hasta convulsiones.

También el carácter del niño se afecta en mayor o menor grado por la naturaleza de la comida que recibe de su madre. Cuán importante es, entonces, que la madre mantenga una actitud mental alegre y ejerza un perfecto control sobre su espíritu mientras le da el pecho a su bebé. Si la madre actúa de esa manera no se dañará el alimento del niño, y la conduc­ta tranquila y amable que conserve mientras cuida del niño será de singular importancia para el desarrollo mental de la criatura. Si el niño es nervioso y se inquieta con facilidad, la actitud serena y cuidadosa de la madre ejercerá una influencia tranquilizadora y correctiva sobre la criatura y su salud mejorará notablemente.

Muchos niños han sido víctimas de fuertes abusos a causa del cuidado impropio que han recibido. Si estaban inquietos se les daba de comer para mantenerlos callados, cuando en la mayoría de los casos el alimento excesivo y dañado a causa de los hábitos perniciosos de la madre era la verdadera causa de su inquietud. Mientras más alimento se les daba, peor se comportaban, porque el estómago ya estaba sobrecargado...

A menudo la madre hace planes de realizar cierta cantidad de trabajo durante el día; y cuando los niños la molestan, en lugar de dedicar algunos instantes para atender sus pequeñas necesidades y entretenerlos, con frecuencia les da algo de co­mer para aquietarlos. Esta medida surte efecto por poco tiem­po, pero más tarde la situación se complica. El estómago de los niños se sobrecarga de alimentos cuando no tienen la más mínima necesidad de comida. Todo lo que se requería era un poquito de tiempo y atención por parte de la madre.

Rehusar la contaminación del tabaco 18

El tabaco, no importa cómo se use, es nocivo para el or­ganismo. Es un veneno lento. Afecta el cerebro y entorpece el discernimiento, de modo que la mente no pueda percibir las cosas espirituales, especialmente las verdades que pudie­ran ejercer un efecto correctivo sobre este vicio inmundo. Los que usan tabaco en cualquier forma no están libres ante los ojos de Dios. A los que practican este hábito sucio les resulta imposible glorificar a Dios en su cuerpo y espíritu, los cuales son de Dios. El Señor no los puede aprobar mientras usan esos venenos lentos, pero certeros, que arruinan la salud y menos­caban las facultades de la mente. Dios es misericordioso con los que practican este pernicioso hábito ignorantes del mal que les causa, pero cuando el asunto se les presenta en su luz ver­dadera, si continúan practicando su degradante vicio, entonces son considerados culpables delante del Señor.

Dios exigía que los hijos de Israel practicaran hábitos de estricta limpieza. En caso de la menor impureza debían quedar fuera del campamento hasta la tarde, y sólo podían regresar después de lavarse. En ese vasto ejército no había nadie que usara tabaco. Si hubiera habido, habría sido obligado a escoger entre renunciar a la maldita hierba o abandonar el campamen­to. Y después de lavarse bien la boca, hasta librarse del último vestigio de tabaco, se le habría permitido de nuevo mezclarse con el pueblo de Israel.

La contaminación del tabaco, una ofensa para Dios

A los sacerdotes que administraban las cosas sagradas, para que no profanaran el santuario, se les ordenaba lavarse los pies y las manos antes de entrar en el tabernáculo, a la presencia de Dios, para intervenir por Israel. Si los sacerdotes hubieran en­trado en el santuario con sus bocas contaminadas con tabaco, sin lugar a dudas habrían corrido la misma suerte de Nadab y Abiú. Y a pesar de eso, hay profesos cristianos que se postran a adorar a Dios en sus cultos familiares con sus bocas sucias con la inmundicia del tabaco...

Se requiere una estricta limpieza

Algunos hombres que han sido apartados por la imposición de las manos para administrar las cosas sagradas, a menudo pasan al púlpito con sus bocas contaminadas, sus la­bios manchados y el aliento mancillado por el tabaco. Deben hablar a la gente en lugar de Cristo. ¿Cómo podría un Dios santo aceptar un servicio tal, cuando exigía que los sacerdo­tes de Israel realizaran preparativos tan especiales antes de llegar delante de su presencia, para no ser consumidos por su infinita santidad por deshonrarlo, como en el caso de Nadab y Abiú? Estos ministros pueden tener la seguridad de que el poderoso Dios de Israel es todavía un Dios de limpieza. Ellos profesan servir a Dios mientras practican la idolatría y hacen un dios de sus propios apetitos. El tabaco es su ídolo acariciado, y a él le rinden toda clase de sagrada y alta con­sideración. Profesan adorar a Dios a la vez que quebrantan el primer mandamiento. Tienen dioses ajenos delante del Señor. “Purificaos los que lleváis los utensilios de Jehová” (Isa. 52:11).

Dios requiere hoy la misma limpieza del cuerpo y pureza del corazón que le exigía al pueblo de Israel. Si Dios era tan estricto acerca de la limpieza con ese pueblo que peregrinaba por el desierto, que pasaba casi todo el tiempo al aire libre, no requerirá menos de nosotros que vivimos en casas techadas, donde las impurezas son más evidentes, y nos hallamos some­tidos a una influencia más insalubre.

Usar tabaco es contrario a la piedad 19

Cuando contemplo a hombres que pretenden gozar de la ben­dición de una santificación completa mientras son esclavos del tabaco, que escupen y ensucian todo lo que se halla a su alrede­dor, me pregunto: ¿Qué aspecto ofrecería el cielo si se permitie­ra entrar en él a los que usan tabaco? Los labios de quienes pro­nunciaran el precioso nombre de Cristo estarían contaminados por el uso del tabaco, saturados de un aliento maloliente y aun el lino de las vestimentas se hallaría impregnado. La persona que ama un ambiente corrompido, está corrompida por dentro. Lo que se ve por fuera indica lo que hay adentro.

Hay hombres que profesan santidad pero ofrecen su cuerpo sobre el altar de Satanás, y le queman el incienso del tabaco a su satánica majestad. ¿Parece demasiado severa esta declara­ción? La ofrenda debe ofrecerse a alguna deidad. Puesto que Dios es puro y santo, y jamás aceptará nada que degrade su ca­rácter, no puede menos que rechazar este sacrificio inmundo, costoso y profano. Por tanto concluimos que es Satanás quien acepta el honor [Lev. 10:1, 2].

El hombre es pr opiedad de Cristo

Jesús sufrió la muerte para rescatar al hombre de las garras de Satanás. Vino para ponernos en libertad por medio de la sangre de su sacrificio expiatorio. El hombre que haya aceptado per­tenecer a Jesucristo, y cuyo cuerpo sea un templo del Espíritu Santo, no se dejará esclavizar por el terrible vicio del tabaco. Sus facultades pertenecen a Cristo, quien lo compró por un precio de sangre. Lo que posee pertenece al Señor. Entonces, ¿cómo pue­de ser inocente si gasta cotidianamente el dinero, que el Señor le ha confiado, para satisfacer un apetito que no es natural?

Triste despilfarro del dinero

Una enorme suma de dinero se derrocha anualmente en la complacencia de este vicio, mientras las almas perecen nece­sitadas de la Palabra de vida. ¿Cómo pueden los cristianos que entienden bien este problema continuar robándole a Dios los diezmos y las ofrendas que se usan para el sostén del evangelio, mientras ofrecen sobre el altar del placer destructivo del tabaco más de lo que dan para socorrer a los pobres o suplir las nece­sidades de la causa de Dios? Si esas personas fueran verdadera­mente santificadas, ganarían la victoria sobre cada inclinación perjudicial. Entonces todos esos gastos innecesarios se canali­zarían hacia la tesorería del Señor, y los cristianos tomarían la delantera en el campo de la abnegación, el sacrificio propio y la temperancia. Entonces llegarían a ser la luz del mundo...

La capacidad natural de percepción se entorpece

Al fumador todo le parece desagradable e insípido si no sa­tisface su vicio favorito. El uso del tabaco entorpece de tal ma­nera la capacidad natural de percepción del cuerpo y la mente, que la persona se vuelve insensible a la influencia del Espíritu de Dios. Cuando le falta su estimulante habitual, el alma y el cuerpo del fumador experimentan un hambre ansiosa, no por la justicia y la santidad de la presencia divina, sino por su ídolo acariciado. Al satisfacer sus apetitos pervertidos los cristianos profesos debilitan diariamente sus facultades haciendo impo­sible de esa manera que puedan glorificar a Dios.

Veneno engañoso

El tabaco es uno de los venenos más engañosos y dañinos que existen; y ejerce una influencia estimulante primero y luego de­presiva sobre los nervios del cuerpo. Es tanto más peligroso cuan­to que sus efectos sobre el sistema son muy lentos y casi imper­ceptibles al principio. Multitudes han llegado a ser víctimas de su maléfica Influencia.–Spiritual Gifts, t. 4, pág. 128 (1864).

Abstinencia de narcóticos 20

Nuestro pueblo retrocede constantemente en lo que se refiere a la reforma de la salud. Satanás sabe que no puede ejercer el mismo control sobre ellos como lo tiene cuando ceden a sus apetitos. La conciencia se embota, la mente se anubla y dismi­nuye su susceptibilidad a ser impresionada, cuando se está bajo la influencia de alimentos dañinos. Pero la culpa del transgresor no se atenúa porque su conciencia violada se halle adormecida.

Satanás se ocupa en corromper las mentes y destruir a las almas con sus tentaciones insidiosas. ¿Comprenderá el pueblo de Dios lo que significa la complacencia de un apetito perver­tido? ¿Abandonará el uso de té, café, carnes y todo alimento estimulante, y en cambio dedicará a la predicación de la ver­dad el dinero que gastaría en la complacencia de estos apeti­tos perjudiciales? Estos estimulantes sólo causan daño, y sin embargo vemos que muchos que profesan ser cristianos usan el tabaco. Estas mismas personas, mientras deploran los males de la intemperancia y hablan contra el uso del licor, escupen a cada rato el jugo del tabaco que están mascando. Puesto que el estado saludable de la mente depende del funcionamiento nor­mal de las facultades vitales, cuánto cuidado debiera ejercerse en evitar el uso de todo narcótico y estimulante.

El tabaco es un veneno lento e insidioso, y eliminar sus efectos del organismo es más difícil que los del alcohol. ¿Qué poder puede ejercer un adicto al tabaco contra los ataques de la intemperancia? Debe producirse una revolución contra el tabaco en el mundo antes que pueda aplicarse el hacha a la raíz del árbol. Vayamos todavía un poco más lejos. El consu­mo de té y café estimula el apetito que se tiene por estimulan­tes más fuertes, como el tabaco y el licor. Pero consideremos el asunto aún más de cerca y examinemos las comidas que se sirven diariamente en los hogares de los cristianos. ¿Se practi­ca en ellos la temperancia en todas las cosas? ¿Se promueven allí las reformas que son tan esenciales para la buena salud y la felicidad? Cada verdadero cristiano ejercerá control sobre sus apetitos y pasiones. Si no es capaz de librarse del yugo del apetito que lo esclaviza, no puede ser un siervo de Cristo verdadero y obediente. Es la complacencia de los apetitos y las pasiones lo que impide que la verdad surta efecto alguno sobre el corazón. Es imposible que el espíritu y el poder de la verdad santifiquen el cuerpo, el alma y el espíritu de una persona que se halla controlada por el apetito y la pasión.

Dominio propio y oración

Cuando Cristo se veía más fieramente asediado por la ten­tación, no comía. Se entregaba a Dios, y gracias a su ferviente oración y perfecta sumisión a la voluntad de su Padre salía vencedor [Luc. 4:2]. Sobre todos los demás cristianos profe­sos, los que aceptan la verdad para estos últimos días debieran imitar a su gran Ejemplo en lo que a la oración se refiere...

Jesús pedía fuerza a su Padre con fervor. El divino Hijo de Dios la consideraba de más valor que el sentarse ante la mesa más lujosa. Demostró que la oración es esencial para recibir fuerzas con que contender contra las potestades de las tinieblas y hacer la obra que se nos ha encomendado. Nuestra propia fuerza es debilidad, pero la que Dios concede es poderosa, y hará más que vencedor a todo aquel que la obtenga.–Testimo­nios para la iglesia, t. 2, pág. 183 (1869).

Efectos malignos del té y el café 21

El consumo de té y café también perjudica el organismo. Hasta cierto punto, el té intoxica. Penetra en la circulación y re­duce gradualmente la energía del cuerpo y la mente. Estimula, excita, aviva y apresura el movimiento de la maquinaria vi­viente, imponiéndole una actividad antinatural, y da al que lo bebe la impresión de que le ha hecho un gran servicio infun­diéndole fuerza. Esto es un error. El té substrae energía nervio­sa y debilita muchísimo. Cuando desapareció su influencia y cesa la actividad estimulada por su uso, ¿cuál es el resultado? Una languidez y debilidad que corresponden a la vivacidad artificial que impartiera el té.

Cuando el organismo está ya recargado y necesita reposo, el consumo de té acicatea la naturaleza, la estimula a cumplir una acción antinatural y por tanto disminuye su poder para ha­cer su trabajo y su capacidad de resistencia; y las facultades se agotan antes de lo que el Cielo quería. El té es venenoso para el organismo. Los cristianos deben abandonarlo.

La influencia del café es hasta cierto punto la misma que la del té, pero su efecto sobre el organismo es aún peor. Es excitante, y, en la medida en que lo eleve a uno por encima de lo normal, lo dejará finalmente agotado y postrado por debajo de lo normal. A los que beben té y café los denuncia su rostro. Su piel pierde el color y parece sin vida. No se advierte en el rostro el resplandor de la salud.

El té y el café carecen de valores nutritivos

El té y el café no nutren el organismo. Alivian repentina­mente, antes que el estómago haya tenido tiempo de digerirlos. Esto demuestra que aquello que los consumidores de estos es­timulantes llaman fuerza, en realidad proviene de la excitación de los nervios del estómago, el cual transmite la irritación al cerebro, y éste a su vez es impelido a aumentar la actividad del corazón y a infundir una energía de corta duración a todo el or­ganismo. Todo esto es fuerza falsa, cuyos resultados ulteriores dejan en peor condición, pues no imparten ni una sola partícula de fuerza natural. El segundo efecto de beber té es dolor de cabeza, insomnio, palpitaciones del corazón, indigestión, tem­blor nervioso y muchos otros males.

La indulgencia le disgusta a Dios

“Hermanos, os ruego por las misericordias de Dios, que presentéis vuestros cuerpos en sacrificio vivo, santo, agrada­ble a Dios, que es vuestro culto racional” (Rom. 12:1). Dios requiere un sacrificio vivo, no uno moribundo ni muerto. Cuando nos demos cuenta de lo que Dios nos pide, entonces comprenderemos que nos exige ser temperantes en todas las cosas. El propósito de nuestra creación es que glorifiquemos a Dios en nuestro cuerpo y espíritu, los cuales son de Dios. ¿Cómo podremos lograr este cometido si gratificamos el apeti­to en detrimento de nuestras facultades físicas y morales? Dios nos pide que le rindamos nuestro cuerpo como un sacrificio vivo. Por tanto, nuestro deber es mantener nuestro cuerpo en la condición más saludable para que podamos cumplir con sus requisitos. “Si, pues, coméis, o bebéis, o hacéis otra cosa, ha­cedlo todo para gloria de Dios” (1 Cor. 10:31).

Evitar el uso de drogas venenosas 22

Una práctica que prepara el terreno para un gran acopio de enfermedades y de males aun peores es el libre uso de drogas venenosas. Cuando se sienten atacados por alguna enferme­dad, muchos no quieren darse el trabajo de buscar la causa. Su principal afán es liberarse del dolor y las molestias. Por tanto, recurren a específicos, cuyas propiedades apenas conocen, o acuden al médico para conseguir algún remedio que contra­rreste las consecuencias de su mal proceder, pero no piensan en modificar sus hábitos no saludables. Si no consiguen alivio inmediato, prueban otro medicamento y después otro. Y así continúa el mal.

Las drogas no curan la enfermedad

Hay que enseñar a la gente que las drogas no curan la enfer­medad. Es cierto que a veces proporcionan algún momentáneo alivio inmediato, y el paciente parece recobrarse como resultado de su uso, pero en realidad se debe a que la naturaleza posee fuerza vital suficiente para expeler el veneno y corregir las con­diciones causantes de la enfermedad. Se recobra la salud a pesar de la droga, que en la mayoría de los casos sólo cambia la forma y el foco de la enfermedad. Muchas veces el efecto del veneno parece quedar neutralizado por algún tiempo, pero los resultados permanecen en el organismo y producen un gran daño ulterior.

Por causa del uso de drogas venenosas muchos se acarrean enfermedades para toda la vida, y se malogran muchas exis­tencias que hubieran podido salvarse mediante los métodos naturales de curación. Los venenos contenidos en los muchos así llamados remedios crean hábitos y apetitos que labran la ruina del alma y el cuerpo. Muchos de los específicos popula­res llamados medicamentos patentados, y aun algunas de las drogas recetadas por médicos, contribuyen a que se contraigan los vicios del alcoholismo, el opio y la morfina, que son una terrible maldición para la sociedad.

El poder restaurador de la naturaleza

La única esperanza para mejorar la situación estriba en edu­car a la gente en los principios correctos. Enseñen los médicos que el poder curativo no está en las drogas sino en la naturale­za. La enfermedad es un esfuerzo de la naturaleza para librar al organismo de las condiciones resultantes de una violación de las leyes de la salud. En caso de enfermedad hay que inda­gar la causa. Deben cambiarse las condiciones antihigiénicas y corregirse los hábitos erróneos. Después hay que ayudar a la naturaleza en sus esfuerzos por eliminar las impurezas y resta­blecer las condiciones correctas en el organismo.

Los remedios naturales

El aire puro, el sol, la abstinencia, el descanso, el ejercicio, un régimen alimentario conveniente, el agua y la confianza en el poder divino son los remedios verdaderos. Todos debieran conocer los agentes que la naturaleza provee como remedios y saber aplicarlos. Es de suma importancia darse cuenta exacta de los principios implicados en el tratamiento de los enfermos, y recibir una instrucción práctica que lo habilite a uno para hacer uso correcto de esos conocimientos.

El empleo de remedios naturales requiere una cierta canti­dad de cuidados y esfuerzos que muchos no quieren realizar. El proceso natural de curación y reconstitución es gradual y les parece lento a los impacientes. El renunciar a la satis­facción dañina de los apetitos impone sacrificios. Pero al fin se verá que, si no se le pone trabas, la naturaleza desempeña su obra con acierto y bien. Los que perseveren en obedecer sus leyes encontrarán recompensa en la salud del cuerpo y la mente.

Vestir saludablemente 23

En todo sentido debemos vestir conforme a la higiene. “Sobre todas las cosas”, Dios quiere que tengamos salud tanto del cuerpo como del alma [3 Juan 2]. Debemos colaborar con Dios para asegurar esa salud de alma y cuerpo. Ambos se lo­gran gracias a la ropa saludable...

El enemigo de todo lo bueno fue quien instigó el invento de modas en permanente cambio. No desea otra cosa que causar perjuicio y deshonra a Dios al labrar la ruina y miseria de los seres humanos. Uno de los medios más eficaces para lograr esto lo constituyen los ardides de la moda, que debilitan el cuerpo y la mente y empequeñecen el alma.

Las mujeres están sujetas a graves enfermedades, y sus dolencias empeoran en gran manera por el modo de vestirse. En vez de conservar su salud para las contingencias que se­guramente han de venir, demasiado a menudo sacrifican con sus malos hábitos no sólo la salud sino la vida, y dejan a sus hijos una herencia de infortunio en una constitución arruina­da, hábitos pervertidos y falsas ideas acerca de la vida.

Uno de los disparates más dispendiosos y perjudiciales de la moda es la falda que barre el suelo. Sucia, incomoda, incon­veniente y malsana; todo esto y mucho más puede decirse de la falda rastrera. Es costosa, no sólo por la cantidad de género superfluo que entra en su confección, sino porque se desgasta innecesariamente por ser muy larga. Cualquiera que haya visto a una mujer así ataviada, con las manos llenas de paquetes, intentando subir o bajar escaleras, trepar a un tranvía, abrirse paso por entre la muchedumbre, andar por suelo encharcado o camino cenagoso, no necesita más pruebas para convencerse de la inconveniencia de la falda larga.

Otro grave mal es que las caderas sostengan el peso de la falda. Este gran peso, al oprimir los órganos internos, los arras­tra hacia abajo, por lo que causa debilidad del estómago y una sensación de cansancio, que crea en la víctima una propensión a encorvarse, que oprime aún más los pulmones y dificulta la respiración correcta.

En estos últimos años los peligros que resultan de la com­presión de la cintura han sido tan discutidos que pocas personas pueden alegar ignorancia sobre el particular; y sin embargo, tan grande es el poder de la moda que el mal sigue adelante. Por causa de esta práctica, ¡cuán incalculable daño se hacen las mujeres! Es de suma importancia para la salud que el pecho disponga de sitio suficiente para su completa expansión y los pulmones puedan inspirar completamente, pues cuando están oprimidos disminuye la cantidad de oxígeno que inhalan. La sangre resulta insuficientemente vitalizada, y las materias tóxi­cas del desgaste, que deberían ser eliminadas por los pulmones, quedan en el organismo. Además, la circulación se entorpece, y los órganos internos quedan tan oprimidos y desplazados de su lugar que no pueden funcionar debidamente.

El corsé apretado no embellece la figura. Uno de los principales elementos de la belleza física es la simetría, la propor­ción armónica de los miembros. Y el modelo correcto para el desarrollo físico no se encuentra en los figurines de los modis­tos franceses, sino en la forma humana tal como se desarrolla según las leyes de Dios en la naturaleza. Dios es autor de toda belleza, y sólo en la medida en que nos conformemos a su ideal nos acercaremos a la norma de la verdadera belleza.

Otro mal fomentado por la costumbre es la distribución desigual de la ropa, de modo que mientras ciertas partes del cuerpo llevan un exceso de ropa, otras quedan insuficientemente abrigadas. Los pies, las piernas y los brazos, por estar más alejados de los órganos vitales, deberían ir mejor abriga­dos. Es imposible disfrutar buena salud con las extremidades siempre frías, pues si en ellas hay poca sangre, habrá demasia­da en otras partes del cuerpo. La perfecta salud requiere una perfecta circulación; pero ésta no se consigue llevando en el tronco, donde están los órganos vitales, tres o cuatro veces más ropa que en las extremidades.

Un sinnúmero de mujeres está nerviosa y agobiada por­que se priva del aire puro que le purificaría la sangre, y de la soltura de movimientos que aumentaría la circulación por las venas para beneficio de la vida, la salud y la energía. Muchas mujeres han contraído una invalidez crónica, cuando hubie­ran podido gozar salud, y muchas han muerto de consunción y otras enfermedades cuando hubieran podido alcanzar el término natural de su vida, si se hubiesen vestido conforme a los principios de la salud y hubiesen hecho abundante ejer­cicio al aire libre.

Para conseguir la ropa más saludable hay que estudiar con mucho cuidado las necesidades de cada parte del cuerpo y te­ner en cuenta el clima, el ambiente donde se vive, el estado de salud, la edad y la ocupación. Cada prenda de indumentaria debe sentar holgadamente, sin entorpecer la circulación de la sangre ni la respiración libre, completa y natural. Todas las prendas han de estar lo bastante holgadas para que al levantar los brazos se levante también la ropa.

Las mujeres carentes de salud pueden mejorar mucho su estado merced a un modo de vestir razonable y al ejercicio. Vestidas convenientemente para la recreación fuera de casa, hagan ejercicio al aire libre, primero con mucho cuidado, pero aumentando la cantidad de ejercicio conforme aumente su re­sistencia. De este modo muchas podrán recobrar la salud y vi­vir para desempeñar su parte en la obra del mundo.

Poder de la voluntad

No se valora debidamente el poder de la voluntad. Mantengan despierta y encaminada con acierto la voluntad, e impartirá energía a todo el ser y se constituirá en una ayuda admirable para la conservación de la salud. La voluntad tam­bién es poderosa en el tratamiento de las enfermedades. Si se la emplea debidamente, podrá gobernar la imaginación y ser un medio potentísimo para resistir y vencer la enfermedad de la mente y del cuerpo. Al ejercitar la fuerza de voluntad para ponerse en armonía con las leyes de la vida, los pacien­tes pueden cooperar en gran manera con los esfuerzos del médico para su restablecimiento. Son miles los que pueden recuperar la salud si quieren. El Señor no desea que estén enfermos, sino que estén sanos y sean felices, y ellos mismos deberían decidirse a estar bien. Muchas veces los enfermizos pueden resistir a la enfermedad negándose sencillamente a rendirse al dolor y a permanecer inactivos. Sobrepónganse a sus dolencias y emprendan alguna ocupación provechosa adecuada a sus fuerzas. Mediante esta ocupación y el libre uso de aire y sol, muchos enfermos macilentos podrían recu­perar salud y fuerza.–El ministerio de curación, págs. 189, 190 (1905).

Debidamente ocupados

La inactividad es la mayor maldición que pueda caer so­bre la mayoría de los inválidos. Una leve ocupación en traba­jo provechoso que no recargue la mente ni el cuerpo, influye favorablemente en ambos. Fortalece los músculos, mejora la circulación y le da al inválido la satisfacción de saber que no es del todo inútil en este mundo tan atareado. Poca cosa podrá hacer al principio; pero pronto sentirá crecer sus fuerzas, y au­mentará la cantidad de trabajo que produzca.–El ministerio de curación, pág. 183 (1905).

Control de la imaginación 24

En la creación el Señor concibió que el hombre fuera activo y útil. No obstante, muchos viven en este mundo como máquinas inútiles, como si apenas existieran. No iluminan el camino de na­die ni son una bendición para nadie. Viven sólo para ser una carga para los demás. Son nulos en cuanto a su influencia en favor del bien; pero tienen peso en favor del mal. Observen de cerca la vida de esas personas y apenas encontrarán algún acto de benevolen­cia desinteresada. Cuando mueren, su recuerdo muere con ellos. Su nombre pronto perece, por cuanto no pueden vivir ni aun en el afecto de sus amigos por medio de una bondad sincera y ac­tos virtuosos. Para esas personas la vida ha sido un error. No han sido mayordomos fieles. Olvidaron que su Creador tiene derechos sobre ellos, y que desea que sean activos en hacer el bien y en bendecir a otros con su Influencia. Los intereses egoístas atraen la mente y llevan a olvidarse de Dios y del propósito de su Creador.

Todos los que profesan ser seguidores de Jesús debieran considerar que tienen el deber de preservar su cuerpo en el mejor estado de salud, con el fin de que su mente pueda estar lúcida para comprender las cosas celestiales. Es necesario con­trolar la mente porque tiene una influencia muy poderosa sobre la salud. La imaginación con frecuencia engaña y, cuando se la complace, acarrea serias enfermedades. Muchos mueren de enfermedades mayormente imaginarias. Conocí a varios que se han acarreado enfermedades reales por la influencia de la imaginación...

Algunos temen tanto al aire que envuelven su cabeza y cuerpo de modo que llegan a parecer momias. Permanecen sentados a la casa, generalmente inactivos, temiendo agotarse y enfermarse si hacen ejercicio, ya sea en el interior o al aire libre. Podrían hacer ejercicio al aire libre en los días agrada­bles, si sólo pensaran así. La continua inactividad es una de las mayores causas de debilidad del cuerpo y la mente. Muchos de los que están enfermos debieran gozar de buena salud, y poseer así una de las bendiciones más ricas que podrían disfrutar.

Se me ha mostrado que muchos que aparentemente son débiles, y siempre quejosos, no están tan mal como ellos se imaginan. Algunos de éstos tienen una voluntad fuerte, que ejercida correctamente, sería un potente medio para controlar la imaginación y así resistir la enfermedad. Pero con demasia­da frecuencia la voluntad se ejercita de un modo equivocado y obstinadamente se niega a entrar en razón. Esa voluntad ha decidido el asunto; son inválidos, y quieren recibir la atención que se presta a los inválidos, sin considerar la opinión de los demás.

Se me ha mostrado a madres que son gobernadas por una imaginación enferma, cuya influencia sienten el esposo y los hijos. Deben mantener las ventanas cerradas porque a la madre le molesta el aire. Si ella siente frío, y se abriga, piensa que sus niños deben ser tratados de igual modo, y así roba el vigor físico a toda la familia. Todos quedan afectados por una mente, perjudicados física y mentalmente por la imaginación enferma de una mujer que se considera a sí misma la norma para toda la familia. El cuerpo se viste de acuerdo con los caprichos de una imaginación enferma y se lo sofoca bajo una cantidad de abrigo que debilita el organismo. La piel no puede cumplir su función: el hábito de evitar el aire y el ejercicio cierra los poros, los pequeños orificios por los cuales el cuerpo respira, e imposibilita la expulsión de las impurezas a través de ese ca­nal. El peso de esta labor recae sobre el hígado, los pulmones, los riñones, etc., y esos órganos internos se ven obligados a hacer el trabajo de la piel.

Así las personas se acarrean enfermedades por causa de sus hábitos equivocados; a pesar de la luz y el conocimiento, insis­ten en su proceder. Razonan del siguiente modo: “¿No hemos probado? Y ¿no entendemos por experiencia el asunto?” Pero la experiencia de una persona cuya imaginación está errada no debiera tener mucho valor para nadie.

La estación que más debiera temer el que se allega a estos inválidos es el invierno. Es por cierto invierno, no sólo afuera sino en el interior, para los que se ven obligados a vivir en la misma casa y dormir en la misma habitación. Estas vícti­mas de una imaginación enfermiza se encierran en el interior y cierran las ventanas, porque el aire afecta sus pulmones y su cabeza. Su imaginación es activa; esperan pasar frío y por eso pasan frío. No hay modo de hacerles entender que no comprenden el principio que rige estos casos. Objetan: “¿No lo hemos comprobado?”. Es verdad que han compro­bado un aspecto de la cuestión –al insistir en su proceder–, y es verdad que pasan frío si se exponen en lo más mínimo. Son tiernos como bebés, y no pueden soportar nada. Sin em­bargo siguen viviendo, continúan cerrando las ventanas y las puertas, y manteniéndose cerca de la estufa, disfrutando de su desgracia. Por cierto, han comprobado que su proceder no les ha hecho bien sino que ha aumentado sus dificultades. ¿Por qué esas personas no permiten que la razón influya en su juicio y controle la imaginación? ¿Por qué no probar ahora un procedimiento opuesto, y de un modo razonable obtener ejercicio y aire afuera, en lugar de permanecer en la casa día tras día, más bien como un manojo de mercancías que como un ser activo?

Moderación en el trabajo

Hay muchos que para ganar más dinero arreglan sus nego­cios de tal manera que mantienen constantemente ocupados a los que trabajan al aire libre y a los miembros de su familia en sus propios hogares. Sobrecargan los huesos, los múscu­los y el cerebro hasta el extremo; se mantienen archiocupa­dos con el pretexto de que tienen que realizar todo lo que pueden, porque si no lo hacen algo se perderá y eso significa un despilfarro. Creen que todo debe ahorrarse, sin importar­les los resultados.

¿Qué habrán ganado esas personas? Tal vez puedan mantener su capital, o logren aumentarlo. Pero, si consideramos el asunto desde otro punto de vista, ¿qué han perdido con esto? El capital de la salud, que es de un valor incalculable tanto para el rico como para el pobre, se ha ido perdiendo imperceptiblemente. A menudo las madres y los hijos toman prestado de los fondos de la salud, pensando que ese capital no se agotará jamás; pero para sorpresa suya se dan cuenta de que, con el correr del tiempo, el vigor de su vida ha disminuido hasta agotarse. A esas personas no les queda reserva alguna para un caso de emergencia. La dul­zura y la felicidad de la vida se ven amargadas por los dolores insoportables y las noches de insomnio. Desaparecen la fortaleza física y el vigor mental. El marido y padre que, por amor a las ga­nancias, hizo un arreglo insensato de sus negocios, aunque fuera con el consentimiento de la esposa, corre el riesgo de tener que sepultar a la esposa, y a uno o más de sus hijos, como resultado de su comportamiento. Se ha sacrificado la salud y la vida misma por el amor al dinero [1 Tim. 6:10].–Testimonios para la iglesia, t. 1, págs. 420, 421 (1865).

Temperancia en el trabajo 25

Por todas partes se ve la intemperancia en el comer, el be­ber, el trabajar y casi cualquier cosa. Las personas que se es­fuerzan por realizar una gran cantidad de trabajo en un tiempo limitado y continúan trabajando cuando su mejor criterio les indica que deben descansar, nunca son ganadoras. Viven con capital prestado; gastan en el presente las fuerzas vitales que necesitarán en el futuro. Y cuando quieran echar mano de la energía que gastaron tan irresponsablemente, fracasarán en su intento porque no la hallarán. La fuerza física ha desaparecido y ya no existen energías mentales. Entonces se dan cuenta de su pérdida, aunque no comprenden su verdadera naturaleza. Ha llegado el momento de necesidad, pero sus fuerzas vitales se han agotado. Todo el que viola las leyes de la salud, tarde o temprano experimentará sufrimientos en mayor o menor gra­do. Dios ha dotado a nuestras constituciones con energías que necesitaremos en diversos períodos de nuestra vida. Pero si las agotamos imprudentemente en los excesos de nuestro trabajo, el tiempo nos declarará perdedores. Nuestra utilidad disminui­rá y nuestra vida misma correrá el peligro de destruirse.

Como norma, el trabajo del día no debe extenderse hasta las horas de la noche Si se trabaja a conciencia durante todo el día, el trabajo extra que se haga en la noche constituirá una carga adicional impuesta al organismo y por la cual se pagará las consecuencias. Se me ha mostrado que los que se compor­tan a menudo de esta manera pierden más de lo que ganan, porque agotan sus energías y trabajan a partir de nervios so­breexitados. Tal vez no se percaten de consecuencias negativas inmediatas, pero con toda seguridad están menoscabando su organismo.

Que los padres dediquen las noches a sus familias. Dejen en el trabajo sus preocupaciones y perplejidades. Al padre de familia le sería muy provechoso establecer la regla de no me­noscabar la felicidad familiar por traer a casa los problemas del trabajo para enfadarse y preocuparse por ellos. Es cierto que a veces puede necesitar el consejo de su esposa con re­ferencia a problemas difíciles, y que ambos obtengan alivio de sus perplejidades al buscar unidos la sabiduría divina; pero cuando se mantiene la mente en constante tensión debido a asuntos de negocio, se perjudicará la salud tanto del cuerpo como de la mente.

Procuremos que las noches sean tan dichosas como sea po­sible. Hagamos del hogar un sitio donde moren la alegría, la cortesía y el amor. De este modo se transformará en un lugar atractivo para los niños. Pero si los padres se mantienen en constantes problemas, y se muestran irritables y criticones, los niños adoptarán el mismo espíritu de desconformidad y contienda, y el hogar llegará a ser el sitio más miserable de la Tierra. Entonces los niños experimentarán mayor placer entre los extraños, en malas compañías o la calle, que en el hogar. Se podría evitar todo esto si se practicara la temperancia en todas las cosas y se cultivara la paciencia. La práctica de la autodisciplina por parte de todos los miembros de la familia transformará el hogar en un verdadero paraíso. Procuremos que los cuartos sean tan alegres como se pueda, y que los niños encuentren que el hogar es el sitio más atractivo de la Tierra. Rodeémoslos de una influencia tan hermosa que no se interesen por buscar la compañía de la calle y que no piensen en los antros del vicio sino con horror. Si la vida hogareña es lo que debiera ser, los hábitos allí formados constituirán una poderosa barrera contra los asaltos de la tentación cuando el joven tenga que abandonar el refugio del hogar paterno.

Orden y limpieza 26

El orden es la primera ley del cielo, y el Señor desea que su pueblo revele en sus hogares el orden y la armonía que prevalecen en las cortes celestiales. La verdad nunca posa sus delicados pies en un camino de suciedad o impureza. La verdad no produce hombres o mujeres rudos y desordenados. Eleva a todos los que la aceptan a un nivel superior. Bajo la influencia de Cristo se lleva a cabo una obra de constante pulimento.

A los ejércitos de Israel les fueron dadas instrucciones espe­ciales acerca de la limpieza y el orden que debían caracterizar todas las cosas, dentro de sus carpas y alrededor del campa­mento, para que el ángel del Señor al pasar por el campamento no viera sus inmundicias. ¿Acaso el Señor prestaría atención a esos pequeños detalles? Ciertamente; porque el registro decla­ra que no fuera que al ver inmundicia, él no pudiera acompa­ñarlos al campo de batalla.

Aquel que se preocupó tanto para que los hijos de Israel cul­tivaran hábitos de limpieza no aprobará ninguna suciedad en los hogares de su pueblo en la actualidad. Dios desaprueba la su­ciedad de cualquier clase. ¿Cómo podemos invitarlo a nuestros hogares a menos que todo esté ordenado, limpio y puro?

Una señal externa de pureza interior

Debiera enseñarse a los creyentes que aunque sean po­bres no deben ser sucios en su apariencia personal ni en sus hogares. Debe ayudarse a los que aparentan no compren­der el significado ni la importancia de la limpieza. Hay que enseñarles que quienes representan al Dios alto y sublime deben mantener su alma pura y limpia, y que esta pureza debe extenderse a su forma de vestir y todo lo concerniente a su hogar, de tal manera que los ángeles ministradores vean las evidencias de que la verdad ha operado un cambio en su vida, purificando el alma y refinando los gustos. Después de haber recibido la verdad, los que no cambian su forma de expresarse, o su atuendo o su conducta, viven para sí mis­mos, no para Cristo. No han sido creados de nuevo en Cristo Jesús, tanto para purificación como para santidad.

Algunos son muy descuidados en su apariencia. Necesitan ser guiados por el Espíritu Santo en su preparación para un cielo puro y santo. Dios instruyó a los hijos de Israel que cuando vinieran al monte a escuchar la proclamación de la ley debían hacerlo con cuerpos y ropas limpios. Hoy día su pueblo debe honrarlo con hábitos de pulcritud y escrupulosa pureza.

Los cristianos serán juzgados por sus frutos. El verda­dero hijo de Dios será ordenado y limpio. Si bien debemos evitar la ostentación y los adornos innecesarios, de ninguna manera hemos de ser descuidados e indiferentes tocante a nuestra apariencia externa. Todo lo concerniente a nuestras personas y hogares debe ser ordenado y atractivo. Debe enseñársele a la juventud la importancia de presentar una apariencia irreprochable, una apariencia que honre a Dios y la verdad.

El ejemplo de la madre

El vestido de la madre debe ser sencillo, pero aseado y de buen gusto. La madre que viste ropas rasgadas y desaseadas, que piensa que cualquier vestido es apropiado para el hogar, sin importarle cuán sucio o descuidado esté, da a sus hijos un ejemplo que los hará ser desaliñados. Y sobre todo, perderá su influencia sobre ellos. Sus hijos no pueden evitar notar la dife­rencia entre ella y quienes visten apropiadamente; y su respeto por ella se debilita. Madres, háganse atractivas, sin necesidad de usar atuendos elaborados sino vestidos apropiados y que les queden bien. Dejen que su apariencia enseñe una lección de buen gusto. Ustedes no deben perder el respeto de sus hijos.

A los niños se les deben enseñar lecciones de pureza des­de su infancia. A temprana edad las madres deben empezar a llenar la mente de sus hijos con pensamientos puros y san­tos. Y una manera efectiva de hacerlo es manteniendo limpio y puro todo lo que hay alrededor de ellos. Madres, si ustedes desean que los pensamientos de sus hijos sean puros, dejen que el ambiente que los rodea sea limpio. Permitan que sus recámaras se mantengan escrupulosamente ordenadas y lim­pias. Enséñenles a cuidar su ropa. Cada niño debiera tener un lugar propio donde guardar su ropa. Pocos padres son tan pobres que no puedan proveer una caja grande para este fin, que puede acondicionarse con gavetas y cubrirse atractiva­mente.

Enséñense verdades espirituales

Para enseñar a los niños hábitos de orden se necesitará ocu­par un poco de tiempo cada día; pero éste no es tiempo perdi­do. En el futuro la madre verá recompensados con creces sus esfuerzos.

Hay que asegurarse que los niños tomen un baño diario y luego frotar su cuerpo vigorosamente hasta que parezca relucir. Dígaseles que a Dios no le gusta ver a sus hijos con cuerpos sucios y ropas raídas. Luego hábleseles de la pureza interior. Haga la madre un esfuerzo constante por elevar y ennoblecer a sus hijos.

Vivimos en los últimos días. Pronto Cristo vendrá para lle­var a su pueblo a las mansiones que está preparando para ellos. Pero en esas mansiones no puede entrar nada que contamine. El cielo es puro y santo, y los que pasen por las puertas de la ciudad de Dios deben revestirse aquí de pureza interior y ex­terior.

Baños frecuentes

Las personas saludables no deberían por ningún motivo des­cuidar el baño personal. Deben bañarse por lo menos dos veces por semana. Los enfermos tienen impurezas en la sangre y su piel no es saludable. La multitud de poros de la piel, a través de los cuales el cuerpo respira, se tapan y se llenan de desperdicios. La piel necesita ser limpiada cuidadosa y cabalmente con el fin de que los poros cumplan su función de librar al cuerpo de im­purezas. Por esta razón las personas enfermas necesitan las ven­tajas y bendiciones del baño, al menos dos veces por semana, y en algunos casos es necesario hacerlo más frecuentemente. Ya sea que la persona esté enferma o sana, la respiración será más fácil si se practica el baño. Gracias a él los músculos se vuelven más flexibles, se vigorizan la mente y el cuerpo, el intelecto se aviva y se despierta cada facultad. El baño relaja los nervios, promueve la transpiración general, acelera la circulación, ayuda a librar de obstrucciones el organismo, y actúa beneficiosamente sobre los riñones y el sistema urinario. El baño también forta­lece las funciones de los intestinos, el estómago y el hígado, dando energía y nueva vida a cada uno de ellos. También pro­mueve la digestión y, en vez de debilitar el sistema, lo vigoriza. En lugar de aumentar la sensibilidad al frío, un baño tomado apropiadamente fortalece al cuerpo contra el frío porque mejora la circulación; y los órganos internos, que a veces están conges­tionados, experimentan alivio porque la sangre afluye a la superficie, produciéndose así una circulación más regular a través de todos los vasos sanguíneos.–Testimonios para la iglesia, t. 3, págs. 80, 81 (1871).

Cómo preservar nuestra sensibilidad 27

Dios creó al hombre un poco inferior a los ángeles y le confirió atributos que, si son empleados correctamente, lo convertirán en una bendición para el mundo y lo impulsarán a dar la gloria al Dador. Pero si bien fue creado a la ima­gen de Dios, mediante la intemperancia ha quebrantado la ley de Dios. La intemperancia de cualquier clase adormece los órganos de la percepción y debilita el poder nervioso del cerebro de manera que las cosas eternas no son apreciadas, sino que son puestas en el mismo plano de lo común. Las facultades superiores de la mente, designadas para propósi­tos elevados, son esclavizadas por las pasiones más bajas. Si nuestros hábitos físicos no son correctos, nuestras facultades mentales y morales no pueden ser fuertes; porque existe una relación estrecha entre lo tísico y lo moral. El apóstol Pedro lo comprendía y elevó su voz de advertencia a sus hermanos: “Amados, yo os ruego como a extranjeros y peregrinos, que os abstengáis de los deseos carnales que batallan contra el alma” (1 Ped. 2:11)...

Los que han recibido luz en lo que concierne a comer y vestir con sencillez en obediencia a las leyes físicas y morales, y se han apartado de la luz que les señala su deber, también re­husarán cumplir su deber en otras cosas. Si endurecen su con­ciencia para evitar la cruz que deben llevar con el fin de estar en armonía con la ley natural, violarán los Diez Mandamientos para evitar el reproche. Algunos se niegan decididamente a cargar la cruz y a despreciar la vergüenza. Muchos abandona­rán sus principios a causa de las burlas. La conformidad con el mundo está ganando terreno entre el pueblo de Dios, los que profesan ser peregrinos y extranjeros y dicen velar en espera de la aparición del Señor. Hay muchos entre los profesos ob­servadores del sábado que están más firmemente atados a las modas y los placeres mundanos que a cuerpos y mentes salu­dables o corazones santificados...

Mediante las verdades señaladas para estos tiempos, el Señor está apartando a un pueblo del mundo y lo está purificando en Cristo. El orgullo y las modas no saludables, el amor a la ostentación y a la alabanza, todo debe ser dejado en el mundo si hemos de ser renovados en conocimiento a la imagen del Ser que nos creó. “Porque la gracia de Dios se ha manifes­tado para salvación a todos los hombres, enseñándonos que, renunciando a la impiedad y a los deseos mundanos, vivamos en este siglo sobria, justa y piadosamente, aguardando la es­peranza bienaventurada y la manifestación gloriosa de nuestro gran Dios y Salvador Jesucristo, quien se dio a sí mismo por nosotros para redimirnos de toda iniquidad y purificar para sí un pueblo propio, celoso de buenas obras” (Tito 2:11-14).

A un hermano

Dijo el ángel: “Absténgase de las lujurias de la carne que batallan contra el alma”. Ha vacilado en adoptar la reforma pro salud. Pareciera que para usted no es más que un agregado inútil de la verdad. No es así; forma parte de la verdad. Ante usted se presenta la obra más desafiante y más pesada que ja­más se le haya presentado. Mientras titubea y desaprovecha la bendición que es su privilegio recibir, sufrirá gran pérdida.–Testimonios para la iglesia, t. 1, pág. 476 (1890).

7 Health Reformer, Agosto de 1866, t. 1, Nº 1.

8 Review and Herald, 1º de diciembre de 1896.

9 Testimonios para la iglesia, t. 2, págs. 317-321 (1869).

10 Review and Herald, 29 de julio de 1884.

11 Testimonios para la iglesia, t. 2, págs. 468-473 (1870).

12 Mensajes selectos, t. 2, págs. 520-529 (1865). Publicado originalmente en Health, or How to Live, parte 4, págs. 54-64.

13 Publicado originalmente en Health, or How to Live, parte 4, págs. 54-61; reprodu­cido en Review and Herald, 5 y 12 de diciembre de 1899; y finalmente incorporado en Mensajes selectos, t. 2, págs. 520, 525-527.

14 Review and Herald, 25 de enero de 1881.

15 Testimonios para la iglesia, t. 3, págs. 71-74 (1871).

16 Testimonios para la iglesia, t. 2, págs. 339-342 (1868).

17 Review and Herald, 25 de julio de 1899.

18 Spiritual Gifts, t. 4, págs. 126-128 (1864).

19 Review and Herald, 25 de enero de 1881.

20 Testimonios para la iglesia, t. 3, págs. 623, 624 (1875).

21 Testimonios para la iglesia, t. 2, págs. 59, 60 (1868).

22 El ministerio de curación, págs. 88, 89 (1905).

23 El ministerio de curación, págs. 220-225 (1905).

24 Testimonios para la iglesia, t. 2, págs. 463-466 (1870).

25 Christian Temperance, págs. 64-66 (1890).

26 Review and Herald, 10 de junio de 1902.

27 Testimonios para la iglesia, t. 3, págs. 59-61 (1871).

Sección III: Dieta y salud
Relación de la dieta con la salud y la moral 28

Se nos ha concedido sólo una vida y cada uno debiera preguntarse: “¿Cómo puedo glorificar a Dios y beneficiar

a mis semejantes?” Porque la vida tiene valor únicamente si se la usa para alcanzar estos fines.

El desarrollo propio es un deber

El autodesarrollo es nuestra primera responsabilidad para con Dios y nuestros semejantes. Toda facultad que el Creador nos ha concedido debe ser desarrollada hasta alcanzar la ple­nitud de su capacidad, de tal manera que podamos realizar el mayor bien posible. Por tanto, el tiempo empleado en cultivar y preservar la salud física y mental está bien usado. No pode­mos darnos el lujo de impedir el crecimiento o debilitar alguna función del cuerpo o la mente. De lo contrario tendremos que sufrir las consecuencias.

Todo hombre tiene, en gran medida, la oportunidad de ele­gir su propio destino. Las bendiciones de esta vida y también las del estado inmortal se hallan a su alcance. Puede edificarse un carácter sólido y adquirir mayor fortaleza a cada paso del camino. Es posible avanzar diariamente en sabiduría y conoci­miento, y descubrir nuevas delicias al progresar, añadiendo vir­tud sobre virtud, gracia sobre gracia. Las facultades mejorarán con el uso; mientras más sabiduría se obtenga, más aumentará la capacidad de aprendizaje. La inteligencia, el conocimiento y la virtud cobrarán mayor fortaleza y perfecta simetría.

Por otra parte, el hombre también puede permitir que sus talentos se enmohezcan por falta de uso, o que los malos há­bitos los perviertan, y los corrompa la falta de dominio pro­pio y de fortaleza moral y religiosa. Entonces su trayectoria será descendente; desobedecerá la ley de Dios y las leyes de la salud. El apetito lo dominará y se dejará llevar por sus in­clinaciones. Le resultará más fácil permitir que los poderes del mal, que siempre están activos, lo arrastren, antes que batallar contra ellos e ir hacia adelante. La disipación, le enfermedad y la muerte vendrán como consecuencia. Esta es la historia de muchas vidas que habrían podido ser de gran utilidad en la causa de Dios y de la humanidad.

La tentación del apetito

Una de las tentaciones más fuertes que el hombre tiene que soportar es la del apetito. En el principio el Señor creó al hombre perfecto. Fue creado con una mente perfectamente equilibrada, y todos sus órganos estaban desarrollados armo­niosamente, tanto en tamaño como en fuerza. Pero debido a las seducciones del astuto enemigo, la prohibición de Dios fue desobedecida y las leyes de la naturaleza produjeron el pleno castigo de su transgresión.

A Adán y Eva se les permitió comer de todos los árboles de su hogar edénico, con excepción de uno. El Señor dijo a la santa pa­reja: “El día que coman del árbol del bien y del mal, ciertamente morirán” [Gén. 2:17]. Eva fue seducida por la serpiente y creyó que Dios no actuaría con ellos como había dicho. Ella comió y, creyendo que experimentaría una sensación de vida nueva y más exaltada, llevó el fruto a su esposo. La serpiente había dicho que no morirían, y Eva no sintió ningún malestar al comer la fruta, nada que pudiera considerar como muerte; al contrario, experi­mentó una sensación agradable, lo cual imaginó ser lo que los ángeles sentían. Aunque la acción de Eva era contraria al mandato explícito de Jehová, Adán mismo fue seducido por ella.

Tal es el caso aún en el mundo religioso. Los mandatos ex­presos de Dios se transgreden y, “por cuanto no se ejecuta lue­go sentencia sobre la mala obra, el corazón de los hijos de los hombres está en ellos dispuesto para hacer el mal” (Ecl. 8:11). Hay hombres y mujeres que seguirán sus propias inclinaciones, aún frente a las más claras órdenes de Dios, y luego se atreverán a orar sobre el asunto pidiéndole a Dios que les permita conti­nuar en dirección contraria a su voluntad. Satanás se acerca a tales personas, tal como lo hizo con Eva en el Edén, y ejerce su influencia sobre ellas. Porque experimentan ciertas emociones, estas personas creen estar teniendo una maravillosa experiencia con Dios. Pero una experiencia verdadera estará en armonía con las leyes naturales y divinas; la experiencia falsa es contraria a las leyes de la vida y los preceptos de Jehová.

El apetito controló a los antediluvianos

Desde la primera derrota frente al apetito, la humanidad se ha vuelto más y más complaciente, hasta que la salud ha sido sacrificada sobre los altares del apetito. Los habitantes del mundo antediluviano eran intemperantes en la comida y la bebida. Consumían carne a pesar de que en ese tiempo Dios todavía no había dado permiso al hombre para alimentarse de animales. Continuaron su forma pervertida de comer y beber hasta que la complacencia de sus apetitos depravados no tuvo límite; tanta fue su corrupción que Dios no pudo soportar más. Su copa de iniquidad estaba colmada y Dios purificó la Tierra de su contaminación moral mediante el diluvio.

Intemperancia después del diluvio

Al multiplicarse los hombres sobre la faz de la Tierra des­pués del diluvio, nuevamente se olvidaron de Dios y corrom­pieron sus caminos delante de él. Aumentó la intemperancia en todas sus formas, hasta que casi todo el mundo había caído en sus garras. Hay ciudades enteras que han sido barridas de sobre la faz de la Tierra por sus crímenes perversos y por la iniquidad que las convirtió en manchas sobre el inmaculado campo de las obras creadas por Dios. La gratificación de los apetitos pervertidos condujo a los hombres a los pecados que causaron la destrucción de Sodoma y Gomorra. Dios señala la glotonería y la embriaguez como la causa de la caída de Babilonia. La indulgencia del apetito y las pasiones fue la base de todos sus pecados.

La experiencia de Esaú

Esaú deseaba insistentemente un tipo de comida especial, y había complacido su apetito por tanto tiempo que no vio la necesidad de rehusar el platillo tentador. Permitió que su ima­ginación acariciara ese platillo hasta que el poder del apetito arrasó toda otra consideración y lo controló. Pensó que sufriría grandes inconvenientes y probablemente moriría si no conse­guía ese guisado particular [Gén. 25:32]. Mientras más lo pen­saba, más se fortalecía su deseo, hasta que la primogenitura perdió su valor y santidad ante sus ojos y la cambió por un plato de lentejas. Esaú pensó que podía disponer de su primo­genitura a su antojo, pero cuando trató de recuperarla, aun a base de gran sacrificio, sus esfuerzos fueron inútiles. Entonces se arrepintió amargamente de su impulsividad, su tontería, su locura; pero todo fue en vano. Había considerado su bendición muy livianamente y el Señor se la quitó para siempre.

Isr ael deseó las ollas de Egipto

Cuando el Dios de Israel sacó a su pueblo de Egipto les quitó la carne de su alimentación, pero les proveyó pan del cielo y agua de la roca. Pero no se satisficieron con eso. Aborrecieron la comida que se les dio y desearon estar de re­greso en Egipto, donde podían disfrutar de las ollas de carne.

Prefirieron soportar la esclavitud, y aun la muerte, con tal de que no se los privara de la carne. Dios les concedió su deseo y los dejó comer carne hasta que su glotonería produjo una plaga de la cual murieron muchos de ellos.

Puede citarse ejemplo tras ejemplo para mostrar los efectos que produce el dejarse dominar por el apetito. A nuestros pri­meros padres les pareció asunto de poca importancia la trans­gresión del mandamiento de Dios referente a no comer de un árbol que era muy bello en apariencia y cuyo fruto tenía un sabor tan agradable, pero quebrantaron su alianza con Dios y abrieron las puertas a un diluvio de culpabilidad y calamidad que inundó al mundo.

La intemperancia y el crimen

El crimen y la enfermedad han ido en aumento con cada generación. La intemperancia en el comer y el beber, y la in­dulgencia de las bajas pasiones han embotado las más nobles facultades del hombre. La razón, en vez de dominar, ha sido esclava del apetito en forma alarmante. El apetito creciente por comidas elaboradas se ha complacido hasta que se ha hecho costumbre atiborrar el estómago con toda clase de platillos. El apetito se satisface sin medida en las fiestas de placer. A altas horas de la noche se sirven meriendas sazonadas y cenas com­puestas de carnes condimentadas con salsas pesadas, pasteles, helados, té, café, etc. No es de sorprenderse que la gente que practica este tipo de alimentación sea de complexión pálida y sufra de trastornos digestivos.

La naturaleza emitirá su voz de protesta en contra de toda transgresión de las leyes de la vida. Soporta los abusos has­ta cierto límite pero la retribución finalmente llega y se deja sentir sobre las facultades físicas y mentales. Y estos efectos negativos no terminan con el transgresor, sino que las conse­cuencias de su indulgencia son visibles en su descendencia, y así la maldad se transmite de generación a generación.

Nuest ra juventud carece de control propio

Los jóvenes de la actualidad son un índice seguro del futuro de la sociedad; y al observarlos, ¿qué podemos esperar del fu­turo? La mayoría prefiere las diversiones antes que el trabajo. Les falta valor moral para negarse a sí mismos y responder al llamado del deber. Carecen de control propio y se dejan domi­nar por la ira ante la más leve provocación. Muchos viven sin principios y son insensibles a los dictados de su conciencia; y con sus hábitos de ocio y derroche se apresuran a participar en toda suerte de vicios y de este modo corrompen la sociedad, convirtiendo a nuestro mundo en una segunda Sodoma. Si los apetitos y las pasiones estuvieran bajo el control de la razón y la religión nuestra sociedad ofrecería un aspecto completa­mente diferente. Nunca fue el deseo de Dios que las condicio­nes actuales existieran. Se han producido debido a la flagrante violación de las leyes de la naturaleza.

El carácter se forma en gran medida durante los primeros años de la existencia. Los hábitos establecidos en la infancia tienen mayor influencia que cualquier don natural en la forma­ción de hombres de gran intelecto o de enanos intelectuales, porque los hábitos incorrectos pueden distorsionar y debilitar los mejores talentos. Mientras más temprano en la vida una persona adopte hábitos dañinos, más firmemente será domi­nada por ellos y más ciertamente afectarán su espiritualidad. Al contrario si se forman hábitos correctos y virtuosos en la juventud, generalmente marcarán el rumbo de la vida de quien los posee. En la mayoría de los casos se encontrará que las personas que temen a Dios y hacen lo correcto en sus años ulteriores, aprendieron esa lección antes que el mundo estam­para su imagen de pecado en el alma. Los de edad madura generalmente son tan insensibles a nuevas impresiones como la roca endurecida; pero la juventud es impresionable. Este es el tiempo para adquirir los conocimientos que se practicarán diariamente a través de la vida; durante estos años puede for­marse fácilmente un carácter correcto; es la época para esta­blecer buenos hábitos, y para adquirir y mantener la capacidad del dominio propio. La juventud es el tiempo de la siembra, y la semilla sembrada determina la cosecha para esta vida y la venidera.

La responsabilidad de los padres

El primer objetivo de los padres consistirá en la adquisición de conocimientos relativos a la forma correcta de criar a sus hijos, de tal manera que puedan asegurarles cuerpo y mente sanos. Deben practicarse los principios de la temperancia en todos los detalles de la vida hogareña.

La negación del yo debe ser enseñada a los hijos y practi­cada en forma consistente desde la niñez. Enséñeseles a los pequeños que deben comer para vivir y no vivir para comer; que el apetito debe ser controlado por la voluntad, y que la voluntad debe ser controlada por un raciocinio inteligente y sereno.

Si los padres han transmitido a sus hijos tendencias que ha­cen más difícil la labor de educarlos de manera que sean es­trictamente temperantes, y que cultiven hábitos puros y virtuo­sos, ¡cuán solemne es su responsabilidad de contrarrestar esas tendencias recurriendo a todos los medios a su alcance! Con cuánta diligencia debieran luchar para cumplir con su deber hacia sus desafortunados hijos. A los padres se les ha confiado el sagrado deber de salvaguardar la condición física y moral de sus hijos. Las personas que gratifican el apetito de un niño y no le enseñan a controlar sus pasiones, podrán ver después en el esclavo del tabaco o el bebedor de licor –con los sentidos ador­mecidos y cuyos labios pronuncian falsedad y profanidad– el terrible error que han cometido.

Es imposible que quienes dan rienda suelta al apetito alcan­cen la perfección cristiana. Las sensibilidades morales de los hijos no pueden ser despertadas fácilmente a menos que se ejer­za cuidado en la selección de sus alimentos. Muchas madres sirven una mesa que constituye una verdadera trampa para la familia. Carnes, manteca, queso, pasteles de difícil digestión, comidas condimentadas y aliños son ingeridos igualmente por adultos y jóvenes. Estas cosas realizan su labor de perturbar el estómago, excitar los nervios y debilitar el intelecto. Los órga­nos productores de sangre no pueden convertir tales comidas en buena sangre. La grasa cocinada en los alimentos dificulta la digestión. El efecto del queso es dañino. El pan de harina refinada no imparte al sistema los nutrientes que se encuentran en el pan de harina integral. Su uso regular no mantendrá al sistema en óptimas condiciones. Las especias irritan la delica­da mucosa del estómago y destruyen su sensibilidad. La sangre se afiebra y las propensiones animales se despiertan, mientras que las facultades morales e intelectuales se debilitan y llegan a ser dominadas por las más bajas pasiones.

La madre debiera aprender a presentar una alimentación sencilla, a la vez que nutritiva, ante su familia. Dios ha pro­visto al hombre suficientes medios para la satisfacción de un apetito no pervertido; y le ha concedido los productos de la tierra: una abundante variedad de alimentos agradables al paladar y nutritivos para el organismo. Nuestro bondadoso Padre celestial dice que podemos comer libremente de éstos. Las frutas, los granos y vegetales, preparados de una manera sencilla, sin especias ni grasa de ninguna clase, complemen­tados con leche o crema, constituyen el régimen más salu­dable. Imparten alimento al cuerpo y proporcionan poder de resistencia y vigor del intelecto, no producidos por un régi­men estimulante.

Los peligros de comer carne

Las personas que consumen carne en abundancia no siempre poseen un cerebro despejado y un intelecto activo, porque el consumo de carne tiende a causar gordura y entorpecer las más finas sensibilidades de la mente. La propensión a las enferme­dades se ve aumentada con el consumo de carne. No dudamos al decir que la carne no es esencial para mantener la salud y el vigor.

Los que viven con un régimen mayormente a base de car­ne no pueden evitar consumir de vez en cuando carnes enfer­mas en mayor o menor grado. En muchos casos el proceso de preparar a los animales para el mercado produce condiciones insalubres. El cuerpo de estos animales, alejados de la luz y el aire puro y obligados a respirar la atmósfera de establos sucios, pronto se contamina con materia en descomposición, y cuando esa carne es ingerida por los seres humanos, co­rrompe la sangre y produce enfermedad. Si la persona ya te­nía sangre impura, esta condición empeorará grandemente. Pero son pocos los que pueden ser convencidos de que fue la carne lo que envenenó su sangre y ocasionó su sufrimiento. Muchos mueren de enfermedades causadas directamente por el consumo de carne, pero rara vez se sospecha que ésta sea la causa. Algunos no perciben los efectos inmediatamente, pero esto no es evidencia de que no produce daño. En efecto, la carne puede estar dañando el organismo sin que la víctima lo note.

Aunque el cerdo es uno de los artículos más comunes en la alimentación de muchos, es uno de los más dañinos. Dios no prohibió a los hebreos que se abstuvieran de comer cerdo sólo con el propósito de mostrar su autoridad, sino porque no es un artículo adecuado para consumo humano. Dios no creó al cerdo para ser comido bajo ninguna circunstancia. Es imposi­ble que la carne de cualquier criatura sea saludable cuando su elemento natural es la inmundicia y se alimenta de toda cosa detestable.

El propósito principal del hombre no es la gratificación de su apetito. Hay necesidades físicas que deben ser satisfechas; pero ¿es necesario que el ser humano sea dominado por el ape­tito debido a esto? ¿Será que personas que desean ser santas, puras y perfectas, para que se las pueda presentar ante la socie­dad de los ángeles celestiales, continuarán quitándole la vida a las criaturas creadas por Dios para disfrutar de su carne como un lujo? El Señor me ha mostrado que este orden de cosas cambiará y que el pueblo peculiar de Dios ejercerá temperan­cia en todas las cosas.

La preparación correcta de los alimentos es un deber Ciertas personas parecen pensar que cualquier cosa que se

coma se pierde, que cualquier cosa comida para llenar el es­tómago será del mismo beneficio que el alimento preparado inteligentemente y con cuidado. Pero es importante disfrutar del alimento que se come. Si no lo hacemos y sólo come­mos mecánicamente, no recibiremos la nutrición apropiada. Nuestro cuerpo está constituido de lo que comemos; y para formar tejidos de buena calidad, debemos ingerir alimentos apropiados y preparados con tal habilidad que se adapten me­jor a las necesidades del organismo. Los que cocinan tienen el sagrado deber de aprender a preparar los alimentos de di­ferentes formas, de modo que sean al mismo tiempo salu­dables y agradables al paladar. Los métodos incorrectos de preparar alimentos han causado el desgaste de la energía vital de miles. Debido a esto se pierden más almas de lo que mu­chos se percatan. Esta falta trastorna el organismo y produce enfermedad. En tales condiciones no pueden discernirse con claridad los asuntos celestiales.

Algunos no aceptan que la preparación apropiada de los ali­mentos constituya un deber sagrado. Debido a esto no se esfuer­zan por aprender. Dejan que el pan se fermente antes de hor­nearlo, y el bicarbonato de sodio que le añaden para remediar el descuido de la cocinera lo hace totalmente inadecuado para el estómago humano. Se requieren conocimientos y esmero para hacer buen pan. Pero hay más religión en un buen pan de lo que muchos piensan. El alimento puede ser preparado sencilla y saludablemente, pero se requiere habilidad para hacerlo nu­tritivo y a la vez agradable al paladar. Para aprender a cocinar, las mujeres deben estudiar y practicar pacientemente lo apren­dido. Las personas sufren porque no se han tomado la moles­tia de aprender. A ellos les digo que es tiempo de despertar sus energías adormecidas y buscar conocimiento. No piensen que desperdician el tiempo al adquirir un conocimiento cabal y práctico en el arte de preparar alimentos saludables y agrada­bles al paladar. No importa cuánta experiencia tenga usted en la cocina, si todavía tiene la responsabilidad de una familia, es su deber aprender a cuidar de ellos adecuadamente. Si es nece­sario, vaya a una buena cocinera y póngase bajo su instrucción hasta que domine el arte.

Los malos hábitos en el comer destruyen la salud

Los malos hábitos en el comer y el beber destruyen la salud y, con ello, la dulzura de la vida. ¡Oh, cuántas veces una buena comida, como se la denomina, se ha consumido en detrimento del sueño y el descanso! Miles, por satisfacer un apetito per­vertido, han contraído fiebres u otras enfermedades graves que les han acarreado la muerte. Esos deleites fueron adquiridos a un costo demasiado elevado.

No porque sea incorrecto comer para gratificar un gusto per­vertido debemos ser indiferentes en lo que se refiere a nuestra alimentación. Es un asunto de vital importancia. Nadie debería adoptar un régimen empobrecido. Muchos están debilitados por la enfermedad y necesitan alimentos nutritivos y bien co­cinados. Especialmente los reformadores de la salud deberían evitar cuidadosamente los extremos. El cuerpo necesita ingerir alimento en cantidad suficiente. El Dios que concede el sueño a sus amados, también les ha provisto alimentos apropiados para mantener el organismo saludable.

Muchos ignoran la luz y el conocimiento y sacrifican los principios por ceder al paladar. Comen cuando el organismo no necesita alimentos, y lo hacen a intervalos irregulares, porque carecen de fortaleza moral para resistir la inclinación. Como resultado, el estómago recargado se rebela y sólo se produ­ce sufrimiento. La regularidad en el comer es muy importante para la salud del cuerpo y la estabilidad de la mente. Nunca debe ingerirse alimento entre comidas.

Comer muy frecuentemente es una causa de dispepsia

Muchos se permiten la satisfacción del pernicioso deseo de comer justo antes de irse a la cama. Pueden haber inge­rido sus alimentos regulares, pero porque experimentan una leve sensación de desfallecimiento piensan que deben inge­rir un bocadillo. La complacencia de esos deseos malsanos se convierte en un hábito y luego siente que no puede irse a dormir sin comida. En muchos casos este aparente desfa­llecimiento es producido por los órganos digestivos que han sido sobrecargados durante el día y que tratan de deshacerse de la gran cantidad de alimentos que ha sido depositado en ellos. Estos órganos necesitan un período de descanso total para recobrar sus energías perdidas. Nunca se debe comer de nuevo antes que el estómago haya tenido la oportunidad de recuperarse después de haber digerido los alimentos. Cuando nos acostamos por la noche, el estómago debiera haber ter­minado su trabajo de tal manera que, lo mismo que todos los demás órganos del cuerpo, pueda descansar. Pero si se le echa más comida, los órganos digestivos se ponen en mo­vimiento nuevamente y continúan funcionando durante las horas de la noche. Debido a esto el descanso se ve pertur­bado con pesadillas, y por la mañana la persona se siente fatigada. Cuando se continúa con esta práctica, los órganos digestivos pierden su vigor natural y la persona sufre de di­gestión difícil. La transgresión de las leyes de la naturaleza no afecta únicamente al transgresor, sino también a otros. El transgresor manifiesta impaciencia y se irrita fácilmente con cualquiera que no está de acuerdo con él. No puede actuar ni hablar con calma. Proyecta una sombra dondequiera que va. Así que, ¿cómo puede alguno decir: “Es asunto mío lo que yo coma o beba”?

Peligros que deben evitarse

Es posible comer inmoderadamente aun cuando se trate de alimentos saludables. No es correcto pensar que sólo porque uno ha descartado el consumo de alimentos dañinos, puede comer la cantidad que se le antoje de alimentos sanos. Comer en demasía, no importa cuál sea la calidad de la comida, es nocivo para el organismo.

Muchos cometen el error de beber agua fría con los alimen­tos. Los alimentos no deben acompañarse con agua. Ingerida con las comidas, el agua disminuye la producción de saliva; y mientras más fría el agua, más daño le causa al estómago. El agua fría o una limonada fría ingerida con los alimentos retardará la digestión hasta que el organismo haya calentado suficientemente el estómago para que pueda llevar a cabo su labor. Mastique lentamente y permita que la saliva se mezcle con los alimentos.

Mientras mayor sea la cantidad de líquido ingerido con los alimentos, más difícil se tornará la digestión, porque el líqui­do debe ser absorbido primeramente. Además, los líquidos diluyen los jugos gástricos y retardan la acción digestiva. No consuma demasiada sal; renuncie a los encurtidos, absténga­se de comidas picantes, consuma frutas con los alimentos, y la irritación que produce tanta sed desaparecerá. Pero si algo se necesita para calmar la sed, el agua pura es todo lo que la naturaleza requiere. Nunca tome té, café, cerveza, vino o licor.

Comer lentamente

Con el fin de asegurar una digestión saludable, los alimentos deben ser comidos lentamente. Los que deseen evitar los tras­tornos digestivos, conscientes de su deber de mantener todas sus facultades en una condición tal que los capacite para rendir el mejor servicio a Dios, harán bien en recordar este hecho. Si su tiempo para comer es limitado, no trague la comida rápida­mente, sino coma menos y mastique lentamente. El beneficio obtenido de los alimentos no depende tanto de la cantidad in­gerida como de su completa digestión; ni la gratificación del paladar depende tanto de la cantidad tragada como del tiempo que permanece en la boca. La persona que experimenta alguna ansiedad o emoción, o se halla apresurada, haría bien en no co­mer hasta haberse tranquilizado, porque las facultades vitales, ya alteradas, no pueden abastecer los necesarios jugos diges­tivos. Muchos, cuando viajan, mastican casi constantemente cualquier comestible a su alcance. Esta práctica es perniciosa. Si los viajeros comiesen alimentos sencillos y nutritivos a ho­ras regulares, no experimentarían tanto cansancio y se enfer­marían menos.

La temperancia en todas las cosas es necesaria con el fin de conservar la salud: temperancia en el trabajo y temperancia en la comida y la bebida. Nuestro Padre celestial nos dio la luz de la reforma de la salud con el fin de protegernos contra los peligros de un apetito depravado, para que los que aman la pureza y la santidad puedan saber cómo usar con discreción todo lo bueno que Dios les ha provisto, y para que mediante el ejercicio cotidiano de la temperancia puedan ser santificados por la verdad.

En nuestros campamentos debemos tener alimentos nutriti­vos y saludables, preparados de manera sencilla. No debemos transformar estas ocasiones en banquetes. Si apreciamos las bendiciones de Dios, si nos alimentamos con el Pan de vida, no nos preocuparemos por gratificar los apetitos. Pregúntese cada uno: ¿Cómo está mi alma? Cuando ésta sea nuestra pre­ocupación, experimentaremos un anhelo tan grande por el ali­mento espiritual, por algo que imparta fortaleza espiritual, que no nos quejaremos si los alimentos son sencillos.

Dios requiere que el cuerpo le sea ofrecido en sacrificio vivo, no en sacrificio muerto o decadente. Las ofrendas de los hebreos debían ser sin mancha, y ¿será acaso agradable para Dios recibir un sacrificio humano lleno de enfermedad y corrupción? Él nos dice que nuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo; y nos pide que cuidemos de ese templo de tal manera que sea una habitación adecuada para su Espíritu. El apóstol Pablo nos da esta admonición: “Comprados sois por precio; glorificad pues a Dios en vuestro cuerpo y en vuestro espíritu, los cuales son de Dios” (1 Cor. 6:20). Todos deben esmerarse por conservar el cuerpo en la mejor condición física posible, para que puedan ofrecer a Dios un servicio perfecto y llevar a cabo sus deberes tanto en el seno de la familia como en la sociedad.29

Poder del apetito 30

Una de las tentaciones más intensas que el hombre tiene que enfrentar se refiere al apetito. Entre la mente y el cuerpo existe una relación misteriosa y maravillosa. La primera re­acciona sobre el último, y viceversa. Mantener el cuerpo en condición de buena salud para que desarrolle su fuerza, para que cada parte de la maquinaria viviente pueda obrar armonio­samente, debe ser el primer estudio de nuestra vida. Descuidar el cuerpo es descuidar la mente. No puede glorificar a Dios el hecho de que sus hijos tengan cuerpo enfermizo y mente atro­fiada. Complacer el gusto a expensas de la salud es un perverso abuso de los sentidos. Los que participan de cualquier tipo de intemperancia, sea en comer o beber, malgastan sus energías físicas y debilitan su poder moral. Experimentarán las conse­cuencias de la transgresión de la ley física.

El Redentor del mundo sabía que la complacencia del ape­tito produciría debilidad física y embotaría de tal manera los órganos de la percepción, que no discernirían las cosas sagra­das y eternas. Cristo sabía que el mundo estaba entregado a la glotonería y que esta sensualidad pervertiría las facultades morales. Si la costumbre de complacer el apetito dominaba de tal manera a la especie que, con el fin de romper su poder, el divino Hijo de Dios tuvo que ayunar casi seis semanas en favor del hombre, ¡qué obra confronta al cristiano para poder vencer como Cristo venció! El poder de la tentación al complacer el apetito pervertido puede medirse únicamente por la angustia indecible de Cristo en aquel largo ayuno en el desierto [Luc. 4:2].

Cristo sabía que para llevar a cabo con éxito el plan de sal­vación debía comenzar la obra de redimir al hombre donde había comenzado su ruina. Adán cayó por satisfacer el apetito.

Con el fin de enseñar al hombre su obligación de obedecer a la ley de Dios, Cristo empezó su obra de redención reformando los hábitos físicos del hombre. La decadencia de la virtud y la degeneración de la especie se deben principalmente a la com­placencia del apetito pervertido.

Una responsabilidad solemne

A todos, especialmente a los predicadores que enseñan la verdad, incumbe la solemne responsabilidad de vencer en lo tocante al apetito. Su utilidad sería mucho mayor si domi­nasen sus apetitos y pasiones; y sus facultades mentales y morales serían más vigorosas si ellos combinasen el trabajo físico con las actividades mentales. Combinando los hábitos de estricta temperancia con el trabajo mental y físico, logra­rían hacer mucho más trabajo y conservarían lúcida la men­te. Si siguiesen esta conducta, sus pensamientos y palabras fluirían más libremente, sus ejercicios religiosos serían más enérgicos y las impresiones hechas en sus oyentes serían más notables.

La intemperancia en el comer, aunque se trate de alimentos de la debida calidad, tendrá una influencia agotadora sobre el organismo y embotará las emociones más sensibles y santas. La temperancia estricta en el comer y beber es altamente esen­cial para la sana conservación y el ejercicio vigoroso de todas las funciones del cuerpo. Los hábitos estrictamente temperan­tes, combinados con el ejercicio de los músculos tanto como de la mente, conservarán el vigor mental y físico y darán fuerza y resistencia a los que se dedican al ministerio, a los redactores y a todos los demás cuyos hábitos sean sedentarios...

Efectos de los alimentos estimulantes

La intemperancia comienza en nuestras mesas con el con­sumo de alimentos malsanos. Después de un tiempo, por causa la complacencia continua del apetito, los órganos digestivos se debilitan y el alimento ingerido no satisface. Se estable­cen condiciones malsanas y se anhela ingerir alimentos más estimulantes. El té, el café y la carne producen un efecto inmediato. Bajo la influencia de estos venenos, el sistema nervioso se excita y, en algunos casos, momentáneamente el intelecto parece vigorizado y la imaginación resulta más vívida. Dado que estos estimulantes producen resultados pasajeros muy agradables, muchos piensan que los nece­sitan realmente y continúan consumiéndolos. Pero siempre hay una reacción. El sistema nervioso, al haber sido estimu­lado indebidamente, obtuvo fuerzas de las reservas para su empleo inmediato. A todo este pasajero fortalecimiento del organismo le sigue una depresión. En la misma proporción que estos estimulantes vigorizan temporalmente el orga­nismo, se producirá una pérdida de fuerzas de los órganos excitados después que el estímulo pase. El apetito se acos­tumbra a desear algo más fuerte, lo cual tenderá a aumentar la sensación agradable, hasta que satisfacerlo llega a ser un hábito y de continuo se desean estimulantes más fuertes, como el tabaco y los vinos y licores. Cuanto más se com­plazca el apetito, tanto más frecuentes serán sus demandas y más difícil dominarlo. Cuanto más se debilite el organismo y menos pueda pasarlo sin estimulantes antinaturales, tanto más aumentará la pasión por esas cosas, hasta que la volun­tad quede avasallada y no tenga ya fuerzas para negarse a satisfacer el deseo malsano.

La única conducta segura consiste en no tocar ni probar té, café, vino, tabaco, opio ni bebidas alcohólicas. La ne­cesidad que tienen los hombres de esta generación de in­vocar en su ayuda el poder de la voluntad fortalecida por la gracia de Dios, con el fin de no caer ante las tentaciones de Satanás, y resistir hasta la menor complacencia del ape­tito pervertido, es dos veces mayor hoy que en las generaciones pasadas. Pero la actual tiene menos dominio propio que las anteriores. Los que han complacido su apetencia por estos estimulantes han transmitido sus depravados apetitos y pasiones a sus hijos, y se requiere mayor poder moral para resistir la intemperancia en todas sus formas. La única conducta perfectamente segura consiste en colocarse firmemente de parte de la temperancia y no aventurarse en la senda del peligro.

El principal motivo que tuvo Cristo para soportar ese largo ayuno en el desierto fue enseñarnos la necesidad de abnega­ción y temperancia. Esta obra debe comenzar en nuestra mesa, y debe llevarse a cabo estrictamente en todas las circunstancias de la vida. El Redentor del mundo vino del cielo para ayudar al hombre en su debilidad, para que, con el poder que Jesús vino a traerle, lograra fortalecerse para vencer el apetito y la pasión y pudiese ser vencedor en todo.

Muchos padres educan los gustos de sus hijos y forman su apetito. Les permiten comer carne y beber té y café. Los ali­mentos a base de carne y altamente sazonados, y el té y café, cuyo consumo algunas madres fomentan en sus hijos, los pre­paran para desear estimulantes más fuertes, como el tabaco. El uso de éste despierta el deseo de ingerir bebidas alcohólicas; y el consumo de tabaco y bebidas reduce invariablemente la energía nerviosa.

Si las sensibilidades morales de los cristianos se aguzaran en el tema de la temperancia en todas las cosas, podrían, por su ejemplo y comenzando en sus mesas, ayudar a los que tie­nen poco dominio propio, a los que son casi incapaces de re­sistir a los clamores de su apetito. Si pudiésemos comprender que los hábitos que adquirimos en esta vida afectarán nues­tros intereses eternos, y que nuestro destino eterno depende de que nos habituemos a ser temperantes, lucharíamos para ser estrictamente temperantes en el comer y beber. Por nues­tro ejemplo y esfuerzo personales podemos ser instrumentos para salvar a muchas almas de la degradación de la intem­perancia, el crimen y la muerte. Nuestras hermanas pueden hacer mucho en la obra de salvar a los demás, al poner sobre sus mesas únicamente alimentos sanos y nutritivos. Pueden dedicar su precioso tiempo a educar los gustos y apetitos de sus hijos, a hacerles adquirir hábitos de temperancia en todas las cosas, y a estimular la abnegación y la benevolencia para beneficio de los demás.

Los resultados de la indulgencia

No obstante el ejemplo que Cristo nos dio en el desierto de la tentación, al negarse a complacer el apetito y a vencer su poder, son muchas las madres cristianas que, por medio de su ejemplo y la educación que les dan a sus hijos, los están preparando para que lleguen a ser glotones y bebedores. Con frecuencia se permite a los niños que coman lo que prefieren y cuando quieren, sin tener en cuenta su salud. Son muchos los niños a quienes se educa desde su infancia para que lleguen a ser glotones. Por causa de la complacencia del apetito pade­cen de dispepsia desde su tierna infancia. La sensualidad y la intemperancia en el comer se desarrollan y fortalecen con el aumento de vigor. El poder mental y físico es sacrificado por causa de la indulgencia de los padres.

Fidelidad en la reforma pro salud 31

Estoy encargada de dar a nuestra iglesia entera un mensaje tocante a la reforma pro salud, porque muchos han dejado de ser fieles a sus principios.

El propósito de Dios para sus hijos es que éstos alcancen a la medida de la estatura de hombres y mujeres perfectos en Cristo Jesús. Para ello deben hacer uso conveniente de todas las facultades de la mente, el alma y el cuerpo. No pueden de­rrochar ninguna de sus energías mentales o físicas.

El asunto de la conservación de la salud tiene una impor­tancia capital. Al estudiar esta cuestión en el temor de Dios aprenderemos que, para nuestro mejor desarrollo físico y espi­ritual, conviene que nos atengamos a un régimen alimentario sencillo. Estudiemos con paciencia esta cuestión. Para obrar atinadamente en este sentido necesitamos conocimiento y dis­cernimiento. Las leyes de la naturaleza existen, no para ser resistidas sino acatadas.

Los que han recibido instrucciones acerca de los peligros del consumo de carne, té, café y alimentos demasiado con­dimentados o malsanos, y quieran hacer un pacto con Dios por sacrificio, no continuarán satisfaciendo sus apetitos con alimentos que saben son malsanos. Dios pide que los apetitos sean purificados y que se renuncie a las cosas que no son bue­nas. Esta obra debe ser hecha antes que su pueblo pueda estar delante de él como un pueblo perfecto.

La responsabilidad personal

El pueblo remanente de Dios debe ser un pueblo converti­do. La presentación de este mensaje debe tener por resultado la conversión y santificación de las almas. El poder del Espíritu de Dios debe hacerse sentir en este movimiento. Poseemos un mensaje maravilloso y precioso; tiene una importancia capital para quien lo recibe, y debe ser proclamado con voz fuerte. Debemos creer con fe firme y constante que este mensaje irá cobrando siempre mayor importancia hasta la consumación de los tiempos.

Algunos profesos cristianos aceptan ciertas porciones de los Testimonios como un mensaje de Dios, pero rechazan las que condenan sus costumbres favoritas. Tales personas tra­bajan para su mengua y la de la iglesia. Es de todo punto esencial que andemos en la luz mientras la tenemos. Los que diciendo creer en la reforma pro salud, niegan sus principios en la vida diaria, causan perjuicio a su alma y producen una impresión desfavorable en la mente de los creyentes y los no creyentes.

Fortalecidos por la obediencia

Una solemne responsabilidad descansa sobre los que tienen conocimiento de la verdad: velar para que sus obras corres­pondan con su fe, que su vida sea refinada y santificada, y que estén preparados para la obra que debe cumplirse rápidamente en el curso de estos últimos días del mensaje. No tienen ni tiempo ni fuerzas que gastar en la satisfacción de sus apetitos. Estas palabras debieran repercutir con fuerza ahora en nues­tros oídos: “Arrepentíos y convertíos, para que sean borrados vuestros pecados; para que vengan de la presencia del Señor tiempos de refrigerio” (Hech. 3:19). A muchos de los nuestros les falta espiritualidad, y se perderán a menos que se convier­tan completamente. ¿Quieren arriesgarse a ello?

Muchos se privan de las ricas bendiciones de Dios por causa de su orgullo y falta de fe. A menos que humillen su corazón ante el Señor, muchos serán sorprendidos y se chas­quearán cuando resuene el grito: “¡Aquí viene el esposo!” (Mat. 25:6). Conocen la teoría de la verdad, pero no tienen aceite en sus vasos para sus lámparas. En este tiempo nuestra fe no debe limitarse a un simple asentimiento, a una simple adhesión al mensaje del tercer ángel. Necesitamos el aceite de la gracia de Cristo para alimentar nuestras lámparas, hacer brillar la luz de la vida e indicar el camino a los que están en tinieblas.

Si no queremos tener una vida religiosa enfermiza, debe­mos, sin tardanza y con celo, trabajar por nuestra salvación con temor y temblor. Muchos no son en manera alguna fieles a sus votos bautismales. Su celo se ha enfriado por causa del formalismo, los deseos mundanales, el orgullo y el egoísmo. Algunas veces están emocionados; pero no caen sobre la Roca, Cristo Jesús. No vienen a Dios con corazón quebrantado por el arrepentimiento y la confesión. Aquellos en quienes se produce una verdadera conversión manifestarán los frutos del Espíritu en su vida. Dios desea que quienes tienen tan poca vida espiri­tual comprendan que la vida eterna no puede otorgarse sino a los que han llegado a ser participantes de la naturaleza divina y han huido de la corrupción que reina en el mundo por causa de la concupiscencia.

Sólo el poder de Cristo puede obrar, en el corazón y la men­te, la transformación que deben experimentar todos los que quieran participar con él de la nueva vida en el reino de los cielos. El Salvador dice: “El que no naciere de nuevo, no pue­de ver el reino de Dios” (Juan 3:3.) La religión proveniente de Dios es la única que nos puede conducir a él. Para servirle convenientemente es necesario haber nacido del Espíritu di­vino. Entonces seremos inducidos a velar. Nuestro corazón será purificado, nuestra mente renovada, y recibiremos nuevas aptitudes para conocer y amar a Dios. Obedeceremos espontá­neamente a todos sus requerimientos. En eso consiste el culto verdadero.

Dios exige que su pueblo progrese constantemente. Debemos aprender que la satisfacción de nuestros apetitos es el mayor obstáculo que se opone a nuestro progreso intelectual y a la santificación del alma. No obstante todo lo que profe­samos en lo que concierne a la reforma pro salud, algunos de entre nosotros se alimentan mal. El halago de los apetitos es la causa principal de la debilidad física y mental, del agotamiento y las muertes prematuras. Toda persona que busca la pureza de la mente debe recordar que en Cristo hay un poder capaz de dominar los apetitos.

Los alimentos a base de carne

Si pudiese beneficiarnos el satisfacer nuestro deseo de co­mer carne, no les dirigiría esta súplica; pero sé que ello es im­posible. Los alimentos preparados a base de carne perjudican la salud física y debemos aprender a vivir sin ellos. Los que están en situación de poder seguir un régimen vegetariano, pero prefieren seguir sus propias inclinaciones en este asunto, comien­do y bebiendo como quieren, irán descuidando gradualmente la instrucción que el Señor ha dado tocante a otras fases de la verdad presente, perderán su percepción de lo que es verdad y segarán con toda seguridad lo que hayan sembrado.

Se me ha mostrado que a los alumnos de nuestros colegios no debe servírseles carne ni otros productos reconocidos como dañinos para la salud. Ninguna cosa que pudiese hacer apete­cer estimulantes debe ser colocada sobre la mesa. Al decirlo, me dirijo tanto a los jóvenes como a los adultos y a los ancia­nos. Absténganse de las cosas que puedan dañarlos. Sirvan al Señor con sacrificio.

Los niños deben participar con inteligencia en esta obra. Todos somos miembros de la familia del Señor; y él quiere que sus niños, jóvenes y ancianos resuelvan sacrificar sus apetitos y economizar el dinero necesario para construir capillas y sos­tener a los misioneros.

Estoy comisionada para decir a los padres: Colóquense en­teramente, alma y espíritu, del lado del Señor en este asun­to. Debemos recordar en estos días de prueba que estamos en juicio delante del Señor del universo. ¿No renunciarán a las costumbres que les causan daño? Las palabras valen poco; muestren por medio de actos de abnegación que quieren obe­decer las órdenes que el Señor da a su pueblo peculiar. Luego coloquen en la tesorería una parte del dinero economizado por medio de vuestro renunciamiento, y habrá recursos para pro­seguir la obra de Dios.

Algunos piensan que no pueden vivir sin comer carne; pero si quisieran ponerse de parte del Señor, decididos a andar re­sueltamente en la senda en la cual él nos ha guiado, recibirían fuerza y sabiduría como Daniel y sus compañeros. Dios les dará entendimiento sano. Muchos se sorprenderán al ver cuán­to podrían economizar para la causa de Dios mediante actos de renunciamiento. Las pequeñas sumas ahorradas por medio de actos de sacrificio contribuirán más para edificar la causa de Dios que las donaciones cuantiosas que no son el fruto de la abnegación.

Los adventistas del séptimo día transmiten verdades tras­cendentales. Hace más de 40 años que el Señor nos dio luz especial sobre la reforma pro salud; pero, ¿cómo seguimos en esa luz? ¡Cuántos hay que han rehusado poner su vida en ar­monía con los consejos de Dios! Como pueblo, debiéramos realizar progresos proporcionales a la luz que hemos recibido. Es deber nuestro comprender y respetar los principios de la reforma pro salud. En el asunto de la temperancia, deberíamos dejar muy atrás a todos los demás; sin embargo, hay en nues­tras iglesias miembros y hasta predicadores a quienes las ins­trucciones no les ha faltado pero que demuestran poco respeto por la luz que Dios nos ha dado tocante a este asunto. Comen según sus gustos y trabajan como mejor les parece.

Colóquense los maestros y líderes de nuestra obra firmemente sobre el terreno bíblico en lo que se refiere a la reforma pro salud, y den un testimonio definido a los que creen que vivimos en los últimos tiempos de la historia de este mundo. Debe haber una línea de separación entre los que sirven a Dios y los que se complacen a sí mismos.

Se me ha mostrado que los principios que nos fueron dados en los primeros días de este mensaje no han perdido su im­portancia y debemos tenerlos en cuenta tan concienzudamen­te como entonces. Hay algunos que jamás han seguido la luz dada en cuanto al régimen alimentario. Ya es tiempo de sacar la luz de debajo del almud para que resplandezca con toda su fuerza.

Los principios del sano vivir tienen una gran importan­cia para nosotros como individuos y como pueblo. Cuando me llegó el mensaje de la reforma pro salud, yo era débil y predispuesta a frecuentes desmayos. Suplicaba al Señor que me ayudara, y él me presentó el vasto plan de la reforma pro salud. Me mostró que los que guardan sus mandamientos deben entrar en una relación sagrada con él y, por medio de la temperancia en el comer y el beber, guardar su mente y su cuerpo en las condiciones más favorables para servirle. Esta luz fue una gran bendición para mí. Me decidí en favor de la reforma pro salud sabiendo que el Señor me fortificaría. Actualmente, no obstante mi edad, gozo de mejor salud que cuando era joven.

Algunos aseveran que no he seguido los principios de la re­forma pro salud conforme los ha preconizado mi pluma; pero puedo afirmar que he practicado fielmente dicha reforma. Los miembros de mi familia saben que ello es verdad.

“Todo para la gloria de Dios”

No prescribimos un régimen definido, pero decimos que en los países donde abundan las frutas, los cereales y las nueces, la carne no es el alimento adecuado para el pueblo de Dios. Se me ha indicado que la carne propende a animalizar la natura­leza, a despojar a los hombres y a las mujeres del amor y la simpatía que debieran sentir por cada cual, y hace predominar las pasiones bajas sobre las facultades más elevadas del ser. Si el comer carne fue alguna vez saludable, no lo es ahora. Los cánceres y tumores y las enfermedades pulmonares se deben mayormente a la costumbre de comer carne.

No hacemos del consumo de la carne una condición para la admisión de los miembros, pero debiéramos considerar la influencia que ejercen sobre otros los creyentes profesos que usan carne. Como mensajeros de Dios, ¿no diremos al pueblo: “Si, pues, coméis o bebéis o hacéis otra cosa, hacedlo todo para la gloria de Dios” (1 Cor. 10:31)? ¿No daremos un testi­monio decidido contra la complacencia del apetito pervertido? ¿Quiere cualquiera de los que son ministros del evangelio, y que proclaman la verdad más solemne que haya sido dada a los mortales, dar el ejemplo de volver a las ollas de Egipto? ¿Quieren los que son sostenidos por el diezmo de la tesorería de Dios permitir que la gula envenene la corriente vital que fluye por sus venas? ¿Harán caso omiso de la luz y las amo­nestaciones que Dios les ha dado? La salud del cuerpo debe considerarse como esencial para el crecimiento en la gracia y la adquisición de un carácter templado. Si no se cuida debi­damente el estómago, se obstaculizará la formación de un ca­rácter moral íntegro. El cerebro y los nervios están en relación íntima con el estómago. De los errores practicados en el comer y beber resultan pensamientos y hechos erróneos.

Todos somos probados en este tiempo. Hemos sido bauti­zados en Cristo; y si estamos dispuestos a separarnos de todo lo que tienda a degradarnos y a hacernos lo que no debemos ser, recibiremos fuerza para crecer en Cristo, nuestra cabeza viviente, y veremos la salvación de Dios.

Sólo cuando demostremos ser inteligentes en lo tocante a los principios de una vida sana, podremos discernir los ma­les que resultan de un régimen alimentario impropio. Aquellos que, habiéndose percatado de sus errores, tengan el valor de modificar sus costumbres, encontrarán que la reforma exige luchas y mucha perseverancia. Pero una vez que hayan adqui­rido gustos sanos, verán que el consumo de la carne, en el cual antes no veían mal alguno, preparaba lenta pero seguramente la dispepsia y otras enfermedades.

Padres y madres, oren y velen. Guárdense mucho de la in­temperancia en cualquiera de sus formas. Enseñen a sus hijos los principios de una verdadera reforma pro salud. Enséñenles lo que deben evitar para conservar la salud. La ira de Dios ya ha comenzado a caer sobre los rebeldes. ¡Cuántos crímenes, cuántos pecados y cuántas prácticas inicuas se manifiestan por todas partes! Como denominación, debemos preservar con cuidado a nuestros hijos de toda compañía depravada.

Enseñemos los principios de la salud

Deben hacerse más esfuerzos para enseñar a la gente los principios de la reforma pro salud. Deberían instituirse cla­ses culinarias para dar a las familias instrucciones tocantes al arte de preparar alimentos sanos. Las personas jóvenes y las de edad adulta deberían aprender a cocinar con más sencillez. En todo lugar donde la verdad sea presentada, debe enseñarse a la gente a preparar alimentos de un modo sencillo a la vez que apetitoso. Debe demostrársele que un régimen nutritivo puede ser alcanzado sin hacer uso de la carne.

Enseñen a la gente que más vale prevenir que curar. Nuestros médicos, como sabios educadores, deberían preve­nir a cada uno contra la satisfacción de apetitos desordenados y mostrar que el único medio para evitar la ruina del cuerpo y de la mente consiste en abstenerse de las cosas que Dios prohibió.

Se requiere mucho tacto y juicio para ordenar un régimen nutritivo destinado a reemplazar al que seguían antes las per­sonas que aprenden a seguir la reforma pro salud. Se necesita fe en Dios, una voluntad firme y el deseo de ser útiles. Un régimen deficiente arroja descrédito sobre la reforma pro sa­lud. Somos mortales, y debemos proveer a nuestro cuerpo una alimentación fortificante.

Los extremismos en la alimentación

Algunos de nuestros miembros se abstienen concienzuda­mente de alimentos que no son higiénicos, pero no suministran a su organismo los elementos que necesita para sustentarse. Los que llevan al extremo la reforma pro salud corren el riesgo de preparar alimentos insípidos y que no satisfagan. Los ali­mentos deben ser preparados de modo que sean apetitosos y nutritivos. No debe despojárselos de lo que nuestro organismo necesita. Yo hago uso de un poco de sal y siempre lo he hecho, porque la sal, lejos de ser nociva, es indispensable para la san­gre. Las legumbres debieran hacerse más agradables aderezán­dolas con un poco de leche o crema, o su equivalente.

Si bien se han dado advertencias en relación con los peli­gros de enfermedad que derivan de la manteca y al mal que ocasiona el uso copioso de huevos por parte de los niños, no debe considerarse como violación de nuestros principios el consumo de huevos provenientes de gallinas bien cuidadas y convenientemente alimentadas. Los huevos contienen ciertas propiedades que obran eficazmente contra determinados ve­nenos.

Algunos, al abstenerse de leche, huevos y manteca, no proveyeron a su cuerpo una alimentación adecuada, y como consecuencia se han debilitado e incapacitado para el traba­jo. De esta manera, la reforma pro salud ha sido desacredi­tada. La obra que nos hemos esforzado por levantar sólida­mente se confunde con las extravagancias que Dios no ha ordenado, y las energías de la iglesia se ven estorbadas. Pero Dios intervendrá para contrarrestar los resultados de ideas tan extremistas. El propósito del evangelio es reconciliar a la raza pecaminosa. Debe llevar a pobres y a ricos a los pies de Jesús.

Llegará el tiempo cuando tal vez tengamos que dejar al­gunos de los alimentos que usamos ahora, como la leche, la crema y los huevos; pero no necesitamos crearnos dificultades por causa de restricciones prematuras y exageradas. Esperemos que las circunstancias lo exijan y que el Señor prepare el camino.

Los que desean proclamar con éxito los principios de la re­forma pro salud deben tomar la Palabra de Dios como su guía y consejera. Sólo procediendo así podrán ocupar una posición ventajosa. No contrarrestemos la reforma pro salud al no reem­plazar por manjares sanos y agradables los alimentos nocivos que hemos abandonado. En manera alguna debe fomentarse el uso de estimulantes. Comamos sólo alimentos sencillos y sa­nos, y demos gracias a Dios constantemente por los principios de la reforma pro salud. Seamos fieles e íntegros en todas las cosas y alcanzaremos preciosas victorias.

Diferentes regímenes en diferentes países

Mientras combatimos la glotonería y la intemperancia, debemos tener en cuenta las condiciones a las que la fami­lia humana está sujeta. Dios ha suplido las necesidades de los que viven en las diferentes partes del mundo. Los que quieran colaborar con Dios deben reflexionar con cuidado antes de es­pecificar qué alimentos deben consumirse o dejarse a un lado. Es necesario ponernos en contacto con las masas humanas. Si la reforma pro salud se enseñara en su forma extrema a los que no pueden adoptarla por las circunstancias especiales en que se encuentran, de ello resultaría más mal que bien. Se me ha encargado que mientras predico el evangelio a los pobres les aconseje que coman lo que es más nutritivo. No puedo de­cirles: “No deben comer huevos ni leche ni crema, no deben usar manteca al preparar sus alimentos”. El evangelio debe ser predicado a los pobres, pero todavía no ha llegado el momento de prescribir el régimen más estricto.

Una palabra a los vacilantes

Los predicadores que se sienten libres para satisfacer sus apetitos están lejos del ideal. Dios quiere que practiquen la reforma pro salud. Quiere que adapten su vida a la luz que nos dio al respecto. Me entristece ver que quienes debieran ser celosos por los principios de la salud no han aceptado todavía la manera correcta de vivir. Ruego a Dios que les haga comprender que están sufriendo una gran pérdida. Si las cosas fuesen lo que debieran ser entre las familias que componen la iglesia, podríamos duplicar nuestro trabajo en favor del Señor.

Para obtener y conservar la pureza, los adventistas del séptimo día deben tener el Espíritu Santo en su corazón y en sus familias. El Señor me ha mostrado que cuando el Israel de hoy se humille delante de él y quite toda inmundicia del templo de su alma, Dios escuchará sus oraciones en favor de los enfermos y dará eficacia a los remedios empleados contra la enfermedad. Cuando el agente humano haga con fe cuanto pueda para combatir la enfermedad por medio de los sencillos métodos de tratamiento que Dios indicó, el Señor bendecirá esos esfuerzos.

Si después de haberle sido dada tanta luz, el pueblo de Dios continúa fomentando sus malas costumbres y sigue compla­ciendo sus apetitos en oposición a la reforma, sufrirá las conse­cuencias inevitables de la transgresión. Dios no salvará mila­grosamente de las consecuencias de sus faltas a quienes están resueltos a satisfacer a toda costa su apetito pervertido. Les advirtió: “En dolor seréis sepultados” (Isa. 50:11).

Los presuntuosos que dicen: “El Señor me ha sanado; no tengo necesidad de restringir mi alimentación; puedo comer y beber según me plazca”, necesitarán muy pronto, en su cuerpo y en su alma, el poder sanador de Dios. El hecho de que el Señor los haya curado misericordiosamente no es razón para pensar que pueden seguir las prácticas del mundo. Obedezcan la orden que Cristo daba después de sus curaciones: “Vete, y no peques más” (Juan 8:11). El apetito no debe ser vuestro dios.

El Señor prometió al antiguo Israel que lo preservaría de todas las enfermedades con que había afligido a los egip­cios, si tan sólo quería permanecer en él y hacer todo lo que le exigiera; pero su promesa tenía la obediencia por con­dición. Si los israelitas hubiesen seguido las instrucciones dadas y sacado provecho de sus ventajas, hubiesen llegado a ser una lección objetiva para el mundo por su salud y prosperidad. Los israelitas no realizaron el propósito divino y así perdieron las bendiciones que les estaban reservadas. Sin embargo, en José y en Daniel, en Moisés y en Elías, como en otros muchos casos, tenemos nobles ejemplos de los resultados que pueden obtenerse viviendo conforme a las normas verdaderas. La misma fidelidad producirá hoy día los mismos resultados. A nosotros se aplican estas pa­labras: “Vosotros sois linaje escogido, real sacerdocio, na­ción santa, pueblo adquirido por Dios, para que anunciéis las virtudes de aquel que os llamó de las tinieblas a su luz admirable” (1 Ped. 2:9).

¡Cuán numerosos son los que se privan de las ricas ben­diciones que Dios les reservaba en lo que se refiere a salud y dones espirituales! Muchas almas hay que luchan por alcanzar grandes victorias y bendiciones especiales para poder cumplir grandes hechos. Para alcanzar su propósito creen que es nece­sario agotarse en oraciones y lágrimas. Cuando esas personas escudriñen las Escrituras con oración, para conocer la expre­sa voluntad de Dios, y luego la cumplan de todo corazón y sin ninguna reserva o complacencia propia, entonces hallarán descanso. Sus angustias, sus lágrimas y sus luchas no les pro­curarán el descanso que anhelan. Ellas deben hacer la entrega completa de su yo. Deben hacer lo que les venga a mano, apro­piándose de la abundante gracia que Dios promete a los que oran con fe.

Jesús dijo: “Si alguno quiere venir en pos de mí, niégue­se a sí mismo, tome su cruz cada día, y sígame” (Luc. 9:23). Sigamos al Salvador en su sencillez y abnegación. Exaltemos al Hombre del Calvario por medio de la palabra y una vida santa. El Señor se allega muy cerca de quienes se consagran a él. Si hubo tiempo cuando fue necesario que el Espíritu de Dios obrase en nuestro corazón y en nuestra vida, es ahora. Aferrémonos a este poder divino para vivir una vida de santi­dad y abnegación.

Participantes de la naturaleza divina

Jesús confió en la sabiduría y fuerza de su Padre celestial. Declara: “Jehová el Señor me ayudará; por tanto no me aver­goncé... y sé que no seré avergonzado... He aquí que Jehová el Señor me ayudará”. Llamando la atención a su propio ejem­plo, él nos dice: “¿Quién hay de entre vosotros que teme a Jehová...? El que anda en tinieblas y carece de luz, confíe en el nombre de Jehová, y apóyese en su Dios” (Isa. 50:7-10).

Jesús dice: “Viene el príncipe de este mundo; y él no tiene nada en mí” (Juan 14:30). No había en él nada que respon­diera a los sofismas de Satanás. Él no consintió en pecar. Ni siquiera por medio de un pensamiento cedió a la tentación. Así también podemos hacer nosotros. La humanidad de Cristo es­taba unida con la divinidad; fue hecho idóneo para el conflicto mediante la permanencia del Espíritu Santo en él. Y él vino para hacernos participantes de la naturaleza divina. Mientras estemos unidos con él por la fe, el pecado no tendrá dominio sobre nosotros. Dios extiende su mano para alcanzar la mano de nuestra fe y dirigirla a asirse de la divinidad de Cristo, con el fin de que nuestro carácter pueda alcanzar la perfección.–El Deseado de todas las gentes, págs. 98, 99 (1898).

Resultados de rechazar la luz

La enfermedad que ha visitado a muchas familias en ________ no habría ocurrido si ellos hubieran obedecido la luz que Dios les ha dado. Lo mismo que el antiguo Israel, rechaza­ron la luz y no vieron la necesidad de restringir su apetito. Los hijos de Israel deseaban la carne y, lo mismo que muchos en la actualidad, decían: “Sin carne moriremos”. Dios les dio carne a los israelitas rebeldes, pero su maldición iba con ella. Miles de ellos murieron con la carne que tanto habían deseado aun entre sus dientes [Núm. 11:33]. El ejemplo del antiguo Israel constituye una advertencia para no hacer lo que ellos hicie­ron... ¿Cómo podemos ser tan indiferentes, y escoger nuestro propio camino, para andar tras la vista de nuestros ojos, y apar­tarnos más y más de Dios como lo hicieron los hebreos? Dios no puede realizar grandes cosas en favor de su pueblo debido a la dureza de corazón y la incredulidad pecaminosa de ellos.

Dios no hace acepción de persona [Hech. 10:34], pero en cada generación los que temen al Señor y obran píamente son aceptados por él, mientras que los murmuradores, incrédulos y rebeldes no obtendrán su favor ni las bendiciones prometi­das a los que aman la verdad y caminan en ella. Los que han recibido la luz y no la siguen, hallarán que sus bendiciones se convertirán en maldiciones y sus misericordias en juicios. Dios quisiera que aprendiéramos a ser humildes y obedientes al leer la historia del Israel antiguo, su pueblo escogido, pero que se destruyó a sí mismo al seguir sus propios caminos.–Testimonios para la iglesia, t. 3, págs. 191, 192 (1872).

Fidelidad a las leyes de la salud

Estoy convencida de que nadie necesita enfermarse en oca­sión de un congreso si observan las leyes de salud al preparar los alimentos. Si no hacen tortas ni pasteles, sino que preparan sencillo pan de harina de trigo entero y se alimentan de fruta, enlatada o seca, no necesitan enfermarse al prepararse para las reuniones, ni tampoco durante las reuniones. Nadie debiera pasar todo el congreso sin alimentos calientes...

No es necesario que los hermanos y las hermanas se en­fermen en el campamento. Si se visten en forma adecuada, de acuerdo con el fresco de la mañana y la noche, y son cui­dadosos en cambiar su vestimenta de acuerdo con los cam­bios de temperatura para preservar una correcta circulación, y observan estrictamente la regularidad en el sueño y la in­gesta de alimentos sencillos, no comiendo nada entre comi­das, no necesitan enfermarse... Los que han estado ocupados en duras faenas día tras día, ahora interrumpen su ejercicio; por tanto, no debieran ingerir el promedio habitual de ali­mentos. Si lo hacen, recargarán el estómago. Deseamos que las facultades del cerebro funcionen con vigor especial en estas reuniones y estén en las condiciones más saludables para oír, apreciar y retener la verdad, para que todos puedan practicarla al regresar de las reuniones. Si el estómago está recargado con exceso de alimentos, aunque sean sencillos, la fuerza del cerebro se usará para ayudar a los órganos di­gestivos. Hay una sensación de embotamiento en el cerebro. Es casi imposible mantener los ojos abiertos. Las mismas verdades que debieran oírse, comprenderse y practicarse se pierden completamente por causa del malestar o porque el cerebro está casi paralizado como consecuencia de la canti­dad de alimentos ingeridos.–Testimonios para la iglesia, t. 2, pág. 533 (1871).

Cocina sana 32

Muchos no lo consideran un deber, y por esta razón ni siquiera hacen un esfuerzo por cocinar su comida en forma apropiada. Esto puede lograrse en una forma muy sencilla, sa­ludable y fácil sin el uso de manteca/grasa de cerdo, manteca común o carne. La pericia debe ir unida a la simplicidad. Para lograr esto las mujeres deben leer y luego, con mucha pacien­cia, deben poner en práctica lo que han leído. Muchos sufren por no tomarse la molestia de hacer esto. A los tales les digo: “Es tiempo que despierten sus energías latentes y se pongan a leer. Aprendan a cocinar con sencillez, y a la vez de tal manera que puedan lograr platos sabrosos y saludables”.

Puesto que es equivocado cocinar sólo para gratificar el gusto o el apetito, nadie debiera pensar que una dieta empobre­cida es correcta. Muchos están debilitados por la enfermedad y necesitan una dieta sustanciosa, nutritiva y bien cocinada. Muchas veces encontramos que el pan integral nos cae pesa­do, no está bien cocido y tiene un sabor amargo. Esto es el resultado de la falta de interés por aprender y realizar bien la importante tarea de cocinar. A veces encontramos bizcochos de harina gruesa, o bollos blandos, secos, a medio hornear, y otras cosas por el estilo. Luego, algunas personas que cocinan les dirán que son muy hábiles en el estilo antiguo de cocinar, pero en realidad a sus familias no les gusta el pan integral; y se morirían de hambre si lo tuvieran que comer como parte regular de su dieta.

Muchas veces me he dicho a mí misma que eso no me sor­prende en lo más mínimo. Es la forma de preparar los alimen­tos lo que los hace tan desabridos. Tener que comer estos ali­mentos, seguramente produciría dispepsia.

Estas pobres personas que cocinan, y los que tienen que comer sus platillos, podrán decir con toda seriedad que la re­forma pro salud no les asienta bien. El estómago no tiene la capacidad de transformar pan mal hecho, pesado y amargo, en buen pan; pero ese tipo de pan sí tiene el poder de convertir un estómago saludable en uno enfermo. Los que comen ese tipo de alimento saben que se están debilitando. ¿Cuál será la ra­zón? Algunas de esas personas se consideran reformadores de la salud, pero no lo son. No saben cocinar. Preparan pasteles, papas y pan integral, pero todo es lo mismo. No hay variación y no se fortalece el organismo. Creen que es una pérdida de tiempo el dedicarse a obtener una experiencia más completa en la preparación de alimentos saludables y sabrosos.

Aprender a cocinar

Con frecuencia nuestras hermanas no saben cocinar. A las tales quiero decirles: “Yo iría a la mejor cocinera que se pudie­ra hallar en el país, y permanecería a su lado si fuese necesario durante semanas, hasta llegar a dominar el arte de preparar los alimentos y ser una cocinera inteligente y hábil. Obraría así aunque tuviese 40 años de edad”. Es vuestro deber saber cocinar, y lo es también enseñar a vuestras hijas a cocinar. Cuando les enseñan el arte culinario, edifican en derredor de ellas una barrera que las guardará de la insensatez y el vicio que de otra manera podría tentarlas. Yo aprecio a mi costurera y a mi copista; pero mi cocinera, que sabe preparar el alimento que sostiene la vida y nutre el cerebro, los huesos y los múscu­los, ocupa el puesto más importante entre los ayudantes de mi familia.–Testimonios para la iglesia, t. 2, pág. 331 (1869).

Un talento esencial 33

Es un deber religioso de los que se ocupan de la tarea de cocinar, aprender a preparar alimentos saludables en mane­ras diferentes para que puedan ser ingeridos con gozo. Las madres deben enseñar a sus hijos a cocinar. ¿Qué otro as­pecto de la educación de una joven podría ser tan importante como éste? El comer tiene que ver con la vida. Los alimentos mal cocinados, escasos y empobrecidos deterioran constan­temente la sangre al debilitar los órganos que la producen. Es de suma importancia que se considere el arte culinario como una de las fases más importantes de la educación. Existen pocas personas que realmente sean buenas cocineras. Las jó­venes consideran que llegar a ser cocineras es como rebajar­se a un oficio menor. Esto no es así. No observan el asunto desde el ángulo adecuado. El conocimiento de cómo preparar alimentos saludables, especialmente pan, no es una ciencia cualquiera...

Las señoritas deben ser instruidas concienzudamente en el arte de cocinar. Cualesquiera que sean las circunstancias por las cuales atraviesen en la vida, siempre podrán utilizar este conocimiento en forma práctica. Es una rama de la educación, con una influencia más directa sobre la vida humana, especial­mente sobre la de nuestros seres queridos. Muchas esposas y madres que no han tenido la educación correcta y carecen de habilidades culinarias, diariamente dan a sus familias alimen­tos mal preparados que destruyen implacablemente los órga­nos digestivos, producen sangre de mala calidad y acarrean frecuentemente ataques agudos de enfermedades inflamatorias y causan una muerte prematura.

Muchos han descendido a la tumba por comer pan agrio y pesado. Se me relató el caso de una sirvienta que hizo pan agrio. Como le quedó pesado, quiso deshacerse de él y ocultar el problema, de modo que les dio la masa a un par de cerdos muy grandes. Al día siguiente el dueño de casa encontró a sus cerdos muertos. Entonces realizo algunas averiguaciones y la mucha­cha confesó lo que había hecho. Nunca pensó en el efecto que tal pan tendría sobre los cerdos. Si un pan agrio pudo matar a los cerdos, aunque estos animales son capaces de devorar víboras de cascabel y casi cualquier cosa detestable, ¿qué efecto tendría sobre un órgano tan delicado como el estómago humano?

Cada niña y mujer cristiana tienen el deber sagrado de aprender inmediatamente a hacer buen pan, dulce y livia­no, preparado con harina de trigo integral no refinada. Las madres deben llevar a sus hijas a la cocina desde una edad temprana y enseñarles el arte de cocinar. La madre no puede esperar que sus hijas comprendan los secretos de las artes do­mésticas sin educación. Debe instruirlas pacientemente y con amor, haciendo el trabajo tan agradable como le sea posible, con un rostro alegre y palabras de aprobación. Si fracasan una, dos o tres veces, no las debe censurar. Ni bien vean que alguien comienza a desanimarse y está tentada a decir: “No vale la pena, no puedo hacerlo”, no es el momento de cen­surar. El fracaso ha hecho que su voluntad comience a debi­litarse. Necesita el ánimo de palabras de esperanza y aliento tales como: “No te preocupes por los errores que has come­tido. Estás aprendiendo y es de esperar que cometas errores. Inténtalo de nuevo; concéntrate en lo que haces; sé cuidadosa y ciertamente aprenderás”.

Muchas madres no se dan cuenta de la importancia de esta rama de conocimiento y, en vez de preocuparse por instruir a sus hijos y soportar sus errores mientras aprenden, prefieren hacer el trabajo ellas mismas. Cuando sus hijas cometen un error, las sa­can de la cocina diciéndoles: “No vale la pena, ustedes no pue­den hacer nada bien. Me estorban más de lo que me ayudan”.

De esta manera los primeros esfuerzos de las que quieren aprender son rechazados y su interés y entusiasmo son enfria­dos de tal manera que temen intentar de nuevo, y tratarán de coser, tejer y limpiar casas pero nunca cocinar...

Las madres deben llevar consigo a sus hijas a la cocina y edu­carlas pacientemente. Su constitución física mejorará gracias a este trabajo; sus músculos se fortalecerán, y sus meditaciones serán más saludables y elevadas al final del día. Podrán sentirse cansadas, pero ¡qué dulce es el descanso después de una canti­dad adecuada de trabajo! El sueño, ese dulce restaurador de la naturaleza, vigorizará al cuerpo cansado y lo preparará para los deberes del día siguiente. No les diga a sus hijos que no importa si trabajan o no. Enséñeles que usted necesita de su ayuda, que su tiempo es valioso y que depende del trabajo de ellos.

Pan perjudicial

A veces, durante mis ausencias de casa, sabía que el pan y el alimento en general que había sobre la mesa me iban a perjudicar; pero me veía obligada a comer un poco para sustentar la vida. Es un pecado a los ojos del cielo ingerir tales alimentos. He sufri­do por falta de alimento apropiado. Para un estómago dispéptico pueden colocar sobre sus mesas frutas de diferentes clases, pero no demasiadas en una comida. De esta manera pueden tener va­riedad y alimentos de buen gusto, y después de comer se sentirán bien...–Testimonios para la iglesia, t. 2, pág. 333 (1869).

Hay que cambiar el régimen

Las personas acostumbradas a complacer su apetito por me­dio del consumo de carnes, salsas muy condimentadas y una gran variedad de tortas y dulces, no pueden disfrutar inmedia­tamente de un régimen nutritivo, completo y sencillo. Tienen el gusto tan pervertido que no apetecen una dieta saludable com­puesta de frutas, pan integral y verduras. No deben esperar que al principio serán capaces de disfrutar de alimentos tan dife­rentes de los que acostumbraban consumir. Si no pueden gus­tar de la comida sencilla, debieran ayunar hasta que lo logren. Ese ayuno les será de mayor beneficio que un medicamento, porque de ese modo el estómago recargado hallará el descanso que tanto necesitaba; el hambre verdadera puede ser satisfecha con una alimentación sencilla.

Le tomará tiempo al paladar para recuperarse de los abusos a que ha sido sometido y recobrar su estado natural. Pero la in­sistencia en el control del modo de comer y beber hará que los alimentos saludables y sencillos sean agradables al paladar y pronto serán ingeridos con mayor satisfacción de la que disfruta un gastrónomo al comer sus platillos suculentos. Entonces el estómago no se verá afiebrado ni sobrecargado con carnes, sino que se mantendrá en condición saludable y realizará con facili­dad su labor. Esta obra de reforma no debe tardar. Se necesita realizar un esfuerzo para conservar cuidadosamente la fortale­za de las facultades vitales, eliminando toda carga abrumadora. Tal vez el estómago nunca recobre la salud, pero un régimen adecuado evitará una mayor debilidad y muchos se recupera­rán parcialmente, a menos que hayan ido demasiado lejos en su autodestrucción por causa de la glotonería.–Spiritual Gifts, t. 4, págs. 130, 131 (1864).

Combinación dañina 34

Acerca de la leche y el azúcar diré lo siguiente: Conozco per­sonas que se han asustado por la reforma pro salud, y han dicho que no querían saber nada de ella, porque hablaba contra el uso copioso de estas cosas. Los cambios deben hacerse con gran cuidado; y debemos obrar cautelosa y sabiamente. Necesitamos seguir una conducta que nos recomiende a los hombres y a las mujeres inteligentes del país. Las grandes cantidades de leche y azúcar ingeridas juntas son perjudiciales. Comunican impurezas al organismo... El azúcar recarga el organismo y estorba el tra­bajo de la máquina viviente.

Hubo un caso en el Condado de Montcalm, Michigan, al que me voy a referir. Esta persona era un hombre noble. Medía un metro ochenta y tenía un aspecto agradable. Me llamaron a visitarlo porque estaba enfermo. Antes había conversado con él con respecto a su modo de vivir. “No me gusta el aspecto de sus ojos”, le dije. Consumía grandes cantidades de azúcar. Le pregunté por qué lo hacía. Contestó que había abandonado la carne, y que no sabía qué otra cosa podía reemplazarla mejor que el azúcar.

Algunos de ustedes envían a sus hijas, que son casi mujeres, a la escuela a aprender ciencias antes de saber cocinar, cuando esto debiera ser considerado como de primera importancia. He aquí una mujer que no sabía cocinar; no había aprendido cómo preparar comida saludable. La esposa y madre era deficiente en este aspecto de su educación; y como resultado, como el alimento mal preparado no era suficiente para satisfacer las exigencias del organismo, se comía azúcar sin moderación, lo que enfermaba el organismo...

Cuando fui a ver a este hombre enfermo traté de explicarle del mejor modo posible cómo mejorar su situación, y pronto comenzó a sentirse mejor. Pero imprudentemente se esforzó más allá de sus posibilidades, comió alimentos en poca canti­dad pero de baja calidad, y se enfermó de nuevo. Esta vez no hubo remedio. Su organismo parecía una masa viviente de co­rrupción. Murió víctima de una alimentación deficiente. Trató de que el azúcar ocupara el lugar de la buena alimentación, y eso sólo empeoró las cosas.

Con frecuencia me siento a las mesas de los hermanos y veo que usan grandes cantidades de leche y azúcar. Estas recargan el organismo, irritan los órganos digestivos y afectan al cere­bro. Cualquier cosa que estorba el movimiento activo del or­ganismo, afecta muy directamente al cerebro. Y por la luz que me ha sido dada, sé que el azúcar, cuando se usa copiosamente, es más perjudicial que la carne.

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