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EL CAMINO ES NUESTRO
ELENA FORTÚN Y MATILDE RAS
EL CAMINO ES NUESTRO
Introducción de
Nuria Capdevila-Argüelles
Selección de
Nuria Capdevila-Argüelles y María Jesús Fraga
Anotaciones de
María Jesús Fraga

COLECCIÓN OBRA FUNDAMENTAL
Responsable literario: Francisco Javier Expósito
Cuidado de la edición: Lola Martínez de Albornoz
Diseño de la colección: Gonzalo Armero
Conversión a libro electrónico: Criteri Digital i Multimèdia, S.L.
© Fundación Banco Santander, 2014
© De la introducción, Nuria Capdevila-Argüelles
© De la selección, Nuria Capdevila-Argüelles y María Jesús Fraga
© De las anotaciones, María Jesús Fraga
© Herederos de Encarnación Aragoneses
© Herederos de Matilde Ras
ISBN: 978-84-92543-65-6
Reservados todos los derechos. De conformidad con lo dispuesto en el artículo 534-bis del Código Penal vigente, podrán ser castigados con penas de multa y privación de libertad quienes reprodujeren o plagiaren, en todo o en parte, una obra literaria, artística o científica fijada en cualquier tipo de soporte sin la preceptiva autorización.
ÍNDICE
Agradecimientos
Introducción, por Nuria Capdevila-Argüelles
Bibliografía selectiva
Procedencia de los textos de Elena Fortún
Procedencia de los textos de Matilde Ras
ELENA FORTÚN
NACÍ DE PIE
EL COMPROMISO
Cartas a la mujer tinerfeña [I]
Cartas a la mujer tinerfeña [II]
Cartas a la mujer tinerfeña. Las playas humildes
Estampas infantiles
MISTERIOS SIN DESVELAR
¿Por qué? [I]
¿Por qué? [II]
¿Por qué? [III]
¿Por qué? [IV]
¿Por qué? [V]
¿Por qué? [VI]
¿Por qué? [VII]
¿Por qué? [VIII]
¿Por qué? [IX]
LA INSPIRACIÓN DE LOS ARTISTAS
¿Por qué se han hecho tantas obras maestras? Fra Angélico, La Anunciación
¿Por qué se han hecho tantas obras maestras? Lorenzo Lotto, Los desposorios
¿Por qué se han hecho tantas obras maestras? Doménico Theotocópuli, el Greco, Retrato de un médico
¿Por qué se han hecho tantas obras maestras? La fiesta, Teniers
¿Por qué se han hecho tantas obras maestras? La Gloria, Tiziano
¿Por qué se han hecho tantas obras maestras? La Adoración de los Reyes del Bosco
LA VISIÓN DE LO SOCIAL
El drama terrible de la miseria en la región minera
La casa-escuela de los Arcos, reformatorio de espíritu liberal…
El convento incautado y las niñas que vivían al margen de la vida
Mujeres y niños procedentes de los campos de Extremadura y refugiados en Madrid
La nueva cocina madrileña impuesta por la guerra
Pequeños dramas al margen de la gran tragedia. Los evacuados sin cartilla de aprovisionamiento
GENTE MENUDA
Celia dice… En el museo
El hermano de Celia. En casa del modisto
Cuadros célebres. Las Meninas
Un cuadro y un pintor. La Primavera de Botticelli
Historias verdaderas. Sisita y don Diego
Historias naturales. El Girasol y el Sol
Historias naturales. La amapola envidiosa
Historias naturales. La rata desobediente
Un amigo en cada sitio. «Traperooo…»
Un amigo en cada sitio. El carterillo de la Sierra
Una visita a cada especie. El guacamayo me lo cuenta todo
Una visita a cada especie. La viajera que no viaja
CUENTOS INFANTILES
Colasín. Cuento para los niños
Cuentos para los chicos. Los dientes de la Luna
Cuentos para los niños. La gata de Angora y el gato atigrado
Cuentos para los niños. El hijo del samurái
ENCONTRADAS
Cogidos en su propio lazo… Cómo, estudiando la escritura y los trazos de las cartas anónimas…
Carta manuscrita de Elena Fortún a Matilde Ras (27 de abril de 1937)
Carta mecanografiada de Elena Fortún a Matilde Ras (19 de marzo de 1946)
Carta mecanografiada de Elena Fortún a Matilde Ras (7 de octubre de 1946)
Carta mecanografiada de Elena Fortún a Matilde Ras (8 de octubre de 1946)
Tarjeta postal manuscrita de Matilde Ras a Elena Fortún (h. 10 de febrero de 1952)
MATILDE RAS
LOS COMIENZOS
Primavera
La Muerte
Los personajes del Quijote
CUENTOS DE LA GUERRA
Diálogo fantástico
Diálogo imaginario
El diálogo de los siglos
Diálogo irracional
LO QUE REVELA LA ESCRITURA
Nuestras celebridades por dentro y por fuera. Retrato y estudio grafológico de D. J. Martínez Ruiz (Azorín)
Nuestras celebridades por dentro y por fuera. Retrato y estudio grafológico de D. Ramón Menéndez Pidal
REPORTAJES
Los procesos de Fray Luis de León. Quiénes fueron los verdaderos acusadores
Paul Verlaine, el genial cantor del amor, jamás fue amado por ninguna mujer
REFLEXIONES
DIARIOS
La búsqueda de sí misma
La búsqueda del interlocutor perfecto
AGRADECIMIENTOS
La idea de unir a Elena Fortún y Matilde Ras en un solo volumen antológico es el resultado de varias felices coincidencias y de nuestro propósito de rendir un merecido homenaje a dos autoras muy queridas y estudiadas por nosotras con anterioridad (Capdevila-Argüelles, 2008, y Fraga Fernández-Cuevas, 2013).
Este libro está dedicado con todo nuestro cariño a la profesora Marisol Dorao, biógrafa de Elena Fortún, con quien compartimos cartas y conversaciones en los tiempos en que, por separado y sin conocernos aún, estudiábamos a Elena Fortún. A Marisol y a su familia, en especial a su hija Belén González Dorao, debemos el acceso a la documentación sobre la escritora que su madre conserva y nuestra amistad. Gracias también a Laura y María Eugenia Moreno Ras, sobrinas de Matilde Ras, por compartir sus archivos familiares con nosotras y hacer posible que la figura de su tía se recupere.
Nuria Capdevila-Argüelles
María Jesús Fraga
NURIA CAPDEVILA-ARGÜELLES
INTRODUCCIÓN
Ha llevado mucho tiempo reconstruir y rescatar la memoria de la mujer y de las intelectuales, escritoras y artistas españolas de vanguardia, enterradas en el olvido durante el franquismo, que contribuyeron decisivamente a la modernización política, social y cultural de España en las décadas que precedieron a la guerra civil. Nombres como María de la O Lejárraga, Isabel Oyarzábal de Palencia, Hildegart Rodríguez, Clara Campoamor, María de Maeztu, Rosa Chacel, Maruja Mallo, Concha Méndez o Carmen Baroja han venido a incrementar en las últimas décadas la cada vez más nutrida nómina de mujeres escritoras y artistas activas en el primer tercio del siglo xx, la primera generación de feministas españolas con conciencia de grupo, entre las que figuran Elena Fortún, pseudónimo de Encarnación Aragoneses Urquijo (1885-1952) y Matilde Ras (1881-1969), Elena y Tilde, Fortún y Ras, autoras que vivieron una singular relación con la palabra escrita y difíciles procesos creativos entre la pujante modernidad de las vanguardias y el feminismo y el peso de la tradición, presente también en sus vidas. En las páginas que siguen se usarán indistintamente sus nombres y sus apellidos, reflejando así la cercanía de su autoría sin ansias de encumbramiento, tan diferente de la de los escritores varones.
Elena Fortún es, sin duda, la más conocida de las dos sin ser tampoco canónica. Jaime Gil de Biedma y Carmen Martín Gaite, entre otros escritores de la generación del medio siglo, se declararon inspirados por esta escritora a quien habían leído incansablemente en su infancia. El cineasta José Luis Borau llevó a la televisión en la década de 1990 la creación más importante de esta autora: el personaje de Celia y sus vivencias en Celia, lo que dice y Celia en el colegio (1934), los dos primeros volúmenes de la colección Celia y su mundo. El personaje había nacido en el suplemento de la revista Blanco y Negro, Gente menuda, en la década de 1920. Junto a los demás niños que la acompañan a lo largo de las páginas de los veinte libros editados por la editorial Aguilar hasta los años ochenta y por Alianza en la actualidad, Celia, niña libresca, noble y traviesa donde las haya, crece acompañada de su hermano Cuchifritín. Al morir su madre se convierte en la madrecita de sus hermanas Patita y Mila. A través de ella se van introduciendo otros personajes, como la inefable doña Benita, la fiel criada Valeriana o las primas de Celia, la ceceante y bizca Matonkikí y las gemelas Miss Fly y Pili. Especialistas en literatura infantil como Carmen Bravo Villasante o Paloma Uría Ríos coinciden al puntualizar que la originalidad de Elena Fortún radica en su fidelidad a la lógica infantil. Esta adhesión al punto de vista del niño hace que el mundo adulto aparezca como un sinsentido y las personas mayores como seres injustos e incapaces, en su mayoría, de pensar con nitidez o justicia, como podrá apreciarse en «En el museo» y «En casa del modisto», cuentos inéditos de Celia y de su hermano Cuchifritín. Cuentos, correspondencia, artículos y otros escritos forman el corpus recogido en este volumen.
En una carta escrita a Matilde Ras desde Buenos Aires el 7 de octubre de 1946, Fortún comenta: «el camino es nuestro y el fin es de Dios. Yo iré continuando todo como si me fuera a ir y luego Él dispondrá lo que he de hacer». Seguidamente admite la añoranza de la amiga lejana con la conmovedora declaración «te he escrito ya mil cartas con el pensamiento». Ese «el camino es nuestro» que da título a esta antología constituye una apelación al individualismo y la responsabilidad personal que no ha de sorprender en una escritora autodidacta, como tantas de su generación, mujer con sed insaciable de escritura y lectura, que vivió una vida difícil y también estrechas relaciones con mujeres, entre las que se encuentra su «Tilde querida». Esas relaciones marcaron un camino oculto de reflexión sobre el yo y sobre la identidad de género que influyó en la obra publicada de estas dos autoras y en los temas que trataron en sus textos inéditos, de los que esta antología recoge buena parte: correspondencia entre ambas, diarios de Matilde Ras y, en el caso de Fortún, el manuscrito «Nací de pie», probablemente redactado en el exilio. Este texto viene a completar el retrato de una gran escritora a la que le costó verse como tal. En el caso de Matilde Ras, sus diarios inéditos nos muestran a una mujer erudita e inteligente que se autodefine a través de dos sentimientos fuertemente intelectualizados: la melancolía y el noli me tangere. La relación entre ambas ha dejado como testimonio una serie de cartas y una entrevista, reproducidas en la parte central de este volumen, que muestran una faceta clave en la recuperación de la memoria de las mujeres creadoras de nuestras vanguardias: la de su ciudadanía íntima. Esta antología saca de nuevo a la luz las primeras colaboraciones en prensa de las dos escritoras, así como diversos escritos inéditos de ambas, sin duda textos de reveladora dimensión autobiográfica. El resto de colaboraciones periodísticas evidencian la erudición de las dos autoras y su importante contribución a la vida cultural española de principios del siglo xx.
Además de escribirse con ella durante los años de exilio en Argentina, Elena Fortún se escribió con Carmen Laforet, Esther Tusquets y Carmen Conde, entre otras. Entre las corresponsales de Matilde Ras destaca Víctor Catalá (Caterina Albert), con quien se carteó abundantemente.
Matilde Ras idealiza a su amiga ausente y le dedica su Diario, consciente, eso sí, de los cambios que el paso del tiempo y la distancia operan en ellas. Así, considera en su diario de Sigüenza, allá por 1946, cuando ya podría imaginar el reencuentro con la amiga exiliada en América, que «cuando volvemos a ver a un amigo después de muchos años, nos sorprendemos de su cambio; no porque estemos tan faltos de sentido que no comprendamos que el Tiempo ha tenido que ejercer su acción devastadora sobre él, como la ha ejercido sobre nosotros, sino porque no es posible imaginarnos la clave del cambio». Las reflexiones de Matilde, más extensas que una sentencia y menos que un ensayo, son textos sin acabar que muestran con honestidad las más íntimas tensiones de una mujer sola pero que se relaciona con personas pertenecientes a los círculos homófilos y sáficos que tan activamente influyeron en el desarrollo de las vanguardias en Madrid antes de 1936. Aunque ni Matilde Ras ni Elena Fortún vivieron su lesbianismo con la plenitud de otras contemporáneas suyas como Natalie Barrey o Romaine Brooks o las españolas Victoria Kent y Victorina Durán, encontramos en los Diarios de Matilde Ras una referencia al safismo madrileño. El 5 de marzo de 1943 Matilde Ras reanuda la escritura de su diario abandonado tras unos días de tristeza, con la pluma estilográfica que usa desde hace ocho años, «con la que me gano la vida, la que tú, Elena Fortún, me regalaste un día de Reyes en que tú fuiste nuestra Reina, la Reina Maga de aquel círculo feliz». El círculo feliz al que las dos pertenecieron no puede ser otro que el Círculo Sáfico de Victorina Durán, exiliada también en Argentina casi desde el comienzo de la guerra civil y amiga de ambas.
En su exilio bonaerense, Elena Fortún y su esposo, el dramaturgo Eusebio de Gorbea Lemmi, militar republicano y hombre de tendencias depresivas, formaron parte de una comunidad de exiliados no tan amplia como la de México, pero muy implicada en la vida cultural y política porteña. La novelista Rosa Chacel y la escenógrafa y artista Victorina Durán, Víctor para Elena, artista que como se ha mencionado había regentado el Círculo Sáfico de Madrid con anterioridad a la guerra civil, figuran entre la nómina de personas que estuvieron cerca del matrimonio Gorbea-Aragoneses en el exilio. En la misma carta de 1946 cuenta a su amiga la tramitación de su regreso a España, regreso que se producirá en 1948 y que será trágico, pues Eusebio se suicidará mientras ella está en Madrid. Dos años antes, cuando ya han pasado diez del estallido de la guerra civil, la creadora de Celia repite una idea central en el desarrollo de su personaje infantil, la idea de la vida como caminar, peregrinatio vitae, la vida como itinerancia, pero también quotidie morimur, «cada día morimos», vida y muerte siempre presentes y siempre juntas por tanto. El camino hacia la muerte, la vida, nos pertenece. Para la escritora la responsabilidad individual convive con la voluntad divina, incomprensible pero inapelable. Fue una mujer religiosa aunque alejada del dogmatismo católico, defensora de los derechos de la mujer, en especial de la educación como medio de regeneración femenina, rasgo clave en el feminismo español de vanguardia.
Matilde Ras, catalana de nacimiento, polígrafa, traductora, diarista y escritora de novela, teatro, ensayo, guiones de cine y artículos de prensa, fue relativamente conocida en el Madrid de las vanguardias. Introdujo la grafología en España, publicando diversos volúmenes sobre el tema utilizados aún hoy por quienes se interesan o se dedican a esta disciplina, y tuvo diversos consultorios grafológicos en la prensa española. Varios de sus análisis grafológicos están incluidos en este volumen. La escritura era para ella, como para su amiga, un ejercicio diario. Elena Fortún, ya terminalmente enferma, se lo dice en la carta que le escribe desde el sanatorio Puig de Olea el 30 de noviembre de 1951: «Lo de escribir no te extrañe. Es en mí un hábito y creo que seguiré haciéndolo en los últimos instantes». Matilde Ras fue una mujer culta, segura de sí misma, obsesionada por encontrar al interlocutor perfecto (tema que le interesaba sobremanera y da título a una abundante sección de los diarios inéditos de la autora), y ávida por entender las profundidades de la identidad humana. Lectora incansable de Amiel, Proust, Cervantes, Gide, Goethe y tantos otros, en una de las reflexiones recogidas en este volumen escribe sobre un excepcional sentimiento «favorecido por edades semejantes, favorecido por dioses propicios, favorecido, sobre todo, por el carácter […]: un sentimiento recíproco tan casto como la amistad y tan ardiente como el amor».
Sin que sea posible concretar plenamente las auténticas dimensiones de la relación amorosa entre estas dos escritoras, pero con evidencia suficiente para definirla como sáfica, las siguientes páginas pretenden glosar la figura de ambas y también la relación entre ellas, un amor muy similar al «favorecido» por la grafóloga, no exento de sombras, pero aun así excepcional y profundo. Matilde Ras viajó muchísimo desde su juventud, pasando bastante tiempo en París, primeramente con su madre y en los años veinte becada por la Junta para Ampliación de Estudios. Por su educación cosmopolita y sus abundantes lecturas, posiblemente también por los conocimientos de su madre sobre novela europea, no debía de ignorar que el siglo xviii había reinterpretado el amor platónico del xvii y de la época renacentista convirtiéndolo en una amistad romántica, sublimada, que se consideraba normal entre personas del mismo sexo. Al bucear en la vida íntima de las intelectuales del Madrid de las vanguardias anterior a la guerra civil, contemporáneas de Fortún y Ras, no se tarda en encontrar abundantes ejemplos de safismo y bisexualidad, junto a la exploración de los vínculos entre, por un lado, mujer y progreso y, por otro, mujer y tradición, es decir mujer, modernidad y antimodernidad. El mundo sáfico madrileño aparece también en la novela Acrópolis de Rosa Chacel.
A la hora de escribir una semblanza de estas dos autoras resulta revelador poner a ambos lados de la balanza aquello en lo que diferían y aquello que las acercó. Elena Fortún estuvo casada, Matilde Ras no. Fortún tuvo dos hijos, Ras no fue madre. Ras recibió una educación esmerada desde su infancia, Fortún llega a la autoría y al saber ya adulta, tras la muerte de Bolín, su hijo pequeño. La madre de Fortún era casi analfabeta; la de Ras, Matilde Ras Martínez, era una librepensadora culta, educada a la francesa, que desarrolló una cierta actividad en el mundo de las letras, traduciendo y prologando la novela espiritista Spiridion de George Sand, autora decimonónica emblema de modernidad, interesada en las ciencias ocultas, que se vestía de hombre y cuya bisexualidad fue de sobra conocida. Elena Fortún llegó a las letras tarde en la vida, Matilde Ras creció escribiendo. Ras gozaba de buena salud, Fortún fue de salud delicada. Murió a los sesenta y seis años tras una lenta y dolorosa agonía de la cual queda constancia en las cartas de este volumen, incluyendo la postal en la que Matilde da la bienvenida a su Elena querida, ya muy enferma, a Madrid, ciudad en la que murió en 1952. Elena admiraba la erudición de su amiga; Matilde, su espontaneidad. Elena tuvo un enorme éxito editorial desde finales de la década de 1920, Matilde no logró nunca conseguirlo a pesar de que lo intentó y a pesar de haber escrito abundantemente. De los puntos de unión entre ambas cabe destacar que las dos compartieron una honda preocupación por la muerte y el más allá, les interesaron las nuevas ciencias o las pseudociencias vinculadas a la vanguardia y al arte nuevo, como la homeopatía, la teosofía, el espiritismo o la grafología, precursora de la psicología moderna y por ello considerada de suma importancia a principios del siglo xx. Los hábitos de vida modernos son constatables en las dos: desde la desconfianza hacia la medicina convencional y el interés por la homeopatía a la costumbre de Matilde de hacer ejercicios respiratorios por la mañana con el cuerpo aún húmedo del baño y frente a la ventana abierta; desde el atuendo masculino de Elena Fortún, emblema de la modernidad, hasta el cuestionamiento de la religiosidad oficial. Además de compartir el gusto epistolar como vínculo con su generación durante el exilio, las dos escritoras fueron asiduas articulistas, beneficiándose del desarrollo de la prensa periódica en las décadas de 1920 y 1930, campo fértil de realización para las autoras femeninas que tuvo que propiciar el primer encuentro entre ellas a mediados de los felices veinte.
La ambigüedad genérica y sexual se halla abundantemente presente en los escritos de estas dos mujeres y merecería un estudio pormenorizado aparte. Fue un tema importante en la generación del 27 y en el mundo de las vanguardias. El arte había cambiado de signo, la sexualidad también. El papel del arte en la vida cotidiana del individuo y la diversidad de formas de desarrollo de la sexualidad ocuparon las mentes y la pluma de aquella generación de intelectuales en la cual las mujeres jugaron un papel clave, aún sin acabar de reconocer. El homoerotismo entre estas dos mujeres existió en un momento histórico en el que la conceptualización de la homosexualidad en general y el lesbianismo en particular se alejaba lentamente de la criminalización para patologizarse. Estas dos posiciones convivirían en un tira y afloja legal, cultural y médico durante todo el siglo xx europeo. Antes de la guerra civil, el debate sobre mujer, feminismo, progreso y regeneración social constituyó el marco de referencia del homoerotismo femenino. Rescatar a nuestras modernas del olvido sin adentrarnos en el impacto del cuestionamiento que muchas de ellas hicieron de la sexualidad, la maternidad y el matrimonio es hacer las cosas a medias. Su ciudadanía íntima es tan importante como su ser público. Nuestras modernas no formaron un grupo o generación heterosexual de mujeres casadas con los varones clave de nuestra vanguardia o del grupo del 27. De la misma manera que la identidad homosexual de dicho grupo ha sido ya abundantemente comentada por la crítica, nos queda retratar la identidad de género de aquellas modernas, desligándolas del otro masculino que condicionaba su ser y examinando la ambigüedad y las paradojas que la llegada de la modernidad produjo en ellas.
Las fotografías que se conservan de la Elena Fortún madura muestran una mujer de pelo corto, semblante grave, vestida de manera sobria y andrógina. En el magistral La mujer en España. Cien años de su historia (1860-1960) de María Campo Alange se reproduce la fotografía de Elena Fortún que ilustra la cubierta de este volumen. Es el retrato de una mujer ya situada en la madurez cuando ya era dolorosamente consciente de tener una sexualidad no normativa. Su chaqueta de corte masculino y su corbata la identificarían como moderna con todo el caudal de significados y ambigüedades que el concepto acarreaba en España en las tres primeras décadas del siglo xx. En cuanto a Matilde Ras, su fotografía muestra una mujer de aspecto distinguido. Al entrevistarla para Crónica en mayo de 1936, su amiga la describe como «amable» y «casera», buena con la pluma y con la aguja, aficionada a los arreglos florales además de a los bordados y, finalmente, el «tipo más inesperado de la fauna intelectual». La espesa trenza que ciñe su cabeza, rodeándola hacia arriba o hacia atrás dejando su cara despejada, es igual a la que tiene el personaje de Celia en los tomos centrales Celia madrecita y Celia institutriz en América, fisonomía respetada por Asun Balzola, la última de las ilustradoras de la serie, en el tardío Celia en la revolución, escrito en 1943 e inédito hasta que lo publica Marisol Dorao en 1987. En varias ocasiones en los tomos de Celia, el personaje habla de sus trenzas y del recogido que no cambia ni siquiera para ponerse de largo y asistir a un baile por primera vez siendo institutriz en Argentina, en la hacienda El Jacarandá, acontecimiento que, como es preceptivo en la prosa de Fortún, acabará en tragedia, final que, junto con la parodia, suele acompañar todas las incursiones de Celia y sus hermanas, personajes femeninos centrales de su saga, en las conductas de género femeninas heteronormativas, es decir, supuestamente correctas y esperables en las mujeres. Este rasgo de sus personajes femeninos se corresponde con la visión de sí misma que da en las cartas a Matilde, la de alguien que no sabe actuar en la vida: «incapaz de hacer nada que se parezca a un negocio, no sé vivir materialmente. A fuerza de leer, de imaginar y de escribir, he vivido fuera de la vida desde la infancia, he perdido, o he nacido sin la facultad de actuar. Lo cierto es que todas las salidas que he hecho a la vida han sido cómicas o trágicas». Esta reflexión, hecha en la etapa final de la vida, incluye un concepto vital tan representativo como el del camino: la salida del yo a lo social, del mundo que tenemos dentro, el de los sentimientos y la intimidad, al exterior. La conexión entre esta visión del ser y el mundo y el símbolo del armario en la teoría gay o queer es obvia. En esta línea, es significativo asimismo puntualizar que la autora habla de sí misma en clave de máscara, comedia o tragedia ciertamente, pero, en cualquier caso, desde la perspectiva de que el yo, la persona, es teatro, máscara. En Celia se casa vemos a la protagonista caracterizada de manera diferente, con pelo corto de muchacho, como su hermana pequeña Mila, niña aventurera de nueva generación, en unos dibujos que sitúan a Celia y a Mila en ese territorio de la ambigüedad genérica en el que tan a menudo se movieron las modernas de Madrid, a pesar de que Celia se case, a pesar de ser, como su creadora, en apariencia una mujer correctamente burguesa. Siempre queda perfilada, de una manera u otra, la representación de la no ortodoxia genérica de los protagonistas femeninos de Fortún.
El siglo xx español es el siglo de la llegada a la modernidad, y ambas autoras son hijas de la misma. La modernidad, esquiva por excelencia, recibe diferente periodización dependiendo de naciones, culturas o disciplinas. En política, por ejemplo, se habla de la democracia como el régimen moderno por excelencia, aunque esta no se convierta en la forma de gobierno dominante en Occidente hasta avanzado el siglo xx. Dependiendo del contexto, se pueden analizar representaciones de la modernidad desde el siglo xvi hasta nuestros días. Así, en ciencias políticas, el principio de la modernidad se situará en el siglo xvii, mientras que la crítica literaria tiende a situarla en el siglo xix. La ambigüedad del concepto se intensifica aún más si cabe por las connotaciones de crisis y revolución inherentes a lo moderno. La modernidad implica la ruptura con lo tradicional, con el pasado y la historia. Marca el compromiso con el futuro y con el cambio pero, a la vez, inaugura la nostalgia, inseparable acompañante de ese carácter rupturista. Uno de los valores modernos por excelencia es la igualdad, producto de sociedades secularizadas en las que la idea de la omnipotencia divina no influye en el devenir político. Sin embargo, esta idea de igualdad proveniente de la Ilustración, época que culmina en la Revolución francesa con su abanderamiento de esa moderna igualdad unida a la libertad y a la fraternidad, excluía a las mujeres, como ilustró con una ácida ironía que habría de costarle la vida la feminista Olympe de Gouges, guillotinada el 7 de noviembre de 1793. Proclamar la igualdad ciudadana de las mujeres le valió ser vista como una traidora a la esencia de su sexo, por lo que fue brutalmente condenada.
La modernidad, por su compromiso con el cambio, intensifica también el interés por lo que permanece inmutable, la esencia de los seres humanos, del arte, de la sociedad y, en el caso de España, de la nación tras el desastre de 1898 y el posterior auge del regeneracionismo. Así, a raíz del esencialismo que perdura en los discursos de la modernidad, se cuestiona tanto la identidad sexual de aquellas personas que exhiben una conducta genérica disidente como los mismo roles de género, desestabilizados y en proceso de cambio en aras del progreso que la modernidad encierra. La modernidad está, por tanto, saturada de género, entendido este como construcción cultural de la identidad sexual, factor identitario que esencializa al ser humano. A lo largo de todo el siglo xix y xx se irán reformulando lo moderno y lo antimoderno, lo masculino y lo femenino, lo público y lo privado. El avance de la mujer en el mundo cultural y en el laboral, aunque lento, irá redefiniendo constantemente los sexos en un juego de representaciones continuas que llega hasta nuestros días y que, en las primeras décadas del siglo xx español, época en la que comienzan su andadura como autoras las dos mujeres que ocupan las páginas de esta antología, tomó forma en la ampliamente debatida cuestión femenina o problema de la mujer, manifestación del regeneracionismo que agitó la vida política y cultural del país desde el desastre de 1898 hasta el franquismo y que vemos resurgir incluso en nuestros días. España es vista desde esta perspectiva como un problema pendiente de solución; la mujer, también.
La intersección entre mujer y modernidad es compleja. Desde una perspectiva de género, excluye y produce la disidencia. En las primeras décadas del siglo xx asistimos a un fortalecimiento del patriarcado que cambia de signo gracias a otro valor moderno, el de la fraternidad, esa igualdad masculinizada que continúa relegando a la mujer justo en el momento en que empieza a emanciparse y a adquirir independencia en los espacios públicos. La incorporación de una perspectiva de género en el análisis de los productos de la modernidad resulta, en primera instancia, en el forzado escrutinio del que quizás sea el arquetipo moderno por excelencia: el que deriva de la intersección entre modernidad y mujer: la mujer nueva o New Woman, garçonne en Francia, maschietta en Italia, flapper en el Reino Unido, garzona o moderna en España. Las autoras que nos ocupan representaron este nuevo tipo humano, controvertido y paradójico, vinculado a las múltiples tensiones vividas por ambas en relación tanto a su género como a su sexo. Elena Fortún compara a la mujer moderna con una paloma que aletea, metáfora usada en el calificativo inglés flapper, pues to flap significa «aletear» y la flapper, por extensión, se convierte en una identidad indefinida, a medio hacer, que revolotea confusa buscando el camino hacia delante, metida en el progreso, producto del mismo pero también amenazada por él. Al igual que hicieron escritoras ligeramente anteriores a ella como Emilia Pardo Bazán y compañeras de generación como Isabel de Palencia o Federica Montseny, retrata a la mujer como un ser a la espera de pasar un proceso de regeneración, extensible desde ella a la nación, quebrantada su grandeza al haber perdido el imperio, en fase de cambio controlado por el hombre las dos, mujer y patria. En una de sus reflexiones, Matilde recoge el pensamiento de Henri-Frédéric Amiel (1821-1881), autor de Diario íntimo y escritor que, como ella, tuvo poco éxito editorial en vida, académico que dedicó mucho espacio en su no muy abundante obra a la melancolía y que, con relación a la mujer nueva, escribió que «acaso no convenga que el espíritu de la mujer sea libre, pues abusaría inmediatamente». La cita irrita a Matilde, que, como otras modernas de la época, consideraba las diferencias entre mujeres y hombres histórica e injustamente construidas, enmendables a partir de la educación. «¡Bravo! —concluye—, los hombres no abusan nunca de ninguna clase de libertades: son unos santitos».
La modernidad genera ambigüedad en relación con la realidad sobre la que es agente de cambio haciéndola progresar. Inaugura la importancia de la subjetividad y, por extensión, de la exploración del yo, inestable y cuestionable, roto ya al menos en parte su vínculo con la esfera de representación de la tradición a la que la modernidad se opone. No ha de sorprender que en sus primeros escritos, la serie titulada «Cartas a la mujer tinerfeña» publicada en el diario La Prensa de Tenerife diez años antes del comienzo de la guerra civil, Elena Fortún hable de la cuestión femenina constatando la efervescencia del tema en plena década de 1920. Como otras autoras en su generación, relaciona el progreso al que debe someterse la subjetividad femenina con la regeneración de la patria, vista como hogar sobre el que la mujer debe operar. Cuando afirma que «al abrir los ojos a la nueva vida nos encontramos con que este hogar grande, que llamamos Patria, es como la casa de un viudo con hijos, en que todo es triste, duro, desolado, porque no hay mujer. Hay tanto que arreglar en esta casa sucia y sin gracia que no sabemos por dónde empezar y damos vueltas desorientadas», se hace eco de una serie de ideas presentes en los escritos regeneracionistas de todos aquellos, hombres y mujeres, que se aproximaron al problema de España adentrándose también en el problema de la mujer. Fortún, como Pardo Bazán en su momento, como su contemporánea Constancia de la Mora, su amiga María de la O Lejárraga o sus compañeras de Lyceum Carmen Baroja e Isabel de Palencia, retrata a la mujer como identidad que acaba de comenzar a regenerarse, receptora, como la nación, del impacto del progreso, imparable. El regeneracionismo social figura representativamente en los escritos periodísticos de la autora incluidos en este volumen. Son escritos que enseñan deleitando, deudores del institucionismo ya traten de arte, ciencias o sean entrevistas imaginarias. La perspectiva de regeneración a través del didactismo permanece incluso cuando lo que se trata son temas sociales en épocas convulsas, como en el artículo del 30 de mayo de 1937 «La nueva cocina madrileña impuesta por la guerra», en el que la autora se sitúa en el surrealismo para contar cómo alimentarse en tiempos de escasez, tema repetido en Celia madrecita (1939) y, especialmente, en Celia en la revolución (1987). En el citado artículo de La Prensa, al afirmar concluyente que «por egoísmo nos han empezado a enseñar algo más de lo que hasta ahora parecía necesario saber», está aludiendo a los primeros cambios efectuados por la modernidad en la subjetividad de la mujer, la llegada paulatina de la sociedad de consumo y el capitalismo que habría de sacar a la mujer de casa, introduciéndola en el comercio, la fábrica, el taller y la universidad, y generando también abundantes discursos contrarios a la emancipación femenina dichos sin el menor sonrojo por autores como Ramón y Cajal o Gregorio Marañón.
La representación de la homosexualidad, como cualquier representación, está sujeta a códigos que varían con la historia. Elena Fortún y María de la O Lejárraga, escritoras casadas con escritores, no se identificaron con la heterosexualidad más que en apariencia. Matilde Ras, Lucía Sánchez Saornil, Victoria Kent y Victorina Durán no se casaron y vivieron una sexualidad no normativa en una época en la que se estaba construyendo el saber sobre la homosexualidad que avanzaría junto con la homofobia hasta nuestros días. Este saber se va produciendo al hilo del desarrollo de la nueva sexología por parte de médicos europeos como Krafft-Ebing y Havelock Ellis a finales del siglo xix y principios del xx. Con Ellis, el sexólogo inglés, se cartea la española Hildegart Rodríguez. En España, Gregorio Marañón escribirá sobre los estados intersexuales uniendo tramposamente el desarrollo intelectual con las tendencias sáficas. Ángel Martín de Lucenay escribe con profusión en la década de 1930 sobre temas sexuales que incluyen la homosexualidad tanto masculina como femenina y los estados intersexuales, defendiendo la normalidad de cualquier sexualidad. En líneas generales las relaciones intensas entre mujeres no molestaban al patriarcado por cuanto podían encubrir toda clase de vínculos de amor y amistad. En su exhaustivo análisis sobre la identidad de la mujer moderna, Luengo López afirma que «fueron muchas las mujeres modernas que decidieron mantener relaciones sáficas con otras mujeres, sobre todo con aquellas pertenecientes a su círculo de amistades, intelectual o artístico». En efecto, la amistad entre Ras y Fortún comienza en una época en que la feminidad sufre un profundo proceso de resignificación. El safismo de Victorina Durán, Victoria Kent, María de Maeztu y Lucía Sánchez Saornil ha sido de sobra documentado, incluso a partir de los testimonios y la obra de estas autoras. Pero la relación entre Ras y Fortún ayuda a entender mejor los conflictos identitarios de aquellas modernas que vivieron la afectividad y también el erotismo desde posiciones diferentes a la heterosexualidad.
Como evolución cultural, la modernidad y los procesos de modernización eminentemente socioeconómicos que la impulsan tienen una consecuencia especialmente pertinente para lograr una acertada comprensión del lugar de estas autoras y del olvido que ellas y sus compañeras de generación han experimentado hasta épocas recientes. Además de modernas, son lo contrario. Poseídas por el esencialismo de los tiempos, no saben o no pueden pensar en la mujer sin desligarse totalmente de la tradición y de los roles de género tradicionales que la definen, con más rigidez entonces que ahora. Como ya se ha mencionado, la modernidad genera nostalgia del pasado. También miedo al cambio, melancolía y ansia de permanencia e inmutabilidad. Si la modernidad implica optimismo ante el proyecto de un futuro cada vez más perfecto, ese mismo futuro genera la conciencia de la fugacidad del tiempo, de la caducidad de lo humano, y la necesidad de asir lo que se va perdiendo y pensarlo melancólicamente porque es transitorio. Puede concluirse que la modernidad siempre genera lo antimoderno, el deseo del no cambio o el miedo al cambio que crea la necesidad de la permanencia inmutable y de la represión de lo nuevo.
El movimiento feminista hizo avanzar los derechos de la mujer en las primeras décadas del siglo xx. Para cuando llega 1929 y cae la bolsa neoyorquina, la visión positiva del progreso y de la urbe está siendo reemplazada por una visión negativa que se aprecia en obras tan dispares como Poeta en Nueva York de Lorca, la película Metrópolis de Fritz Lang o la novela Manhattan Transfer de John Dos Passos. El choque entre modernidad y antimodernidad no era nuevo, ya en Francia a finales del siglo xvii la querelle des anciens et des modernes lo había puesto sobre la mesa, debatiéndose acaloradamente. Este choque se da en la vida de nuestras modernas entre la época dorada de su autoría en el Madrid anterior a la guerra civil y la segunda parte de sus vidas, tras el exilio, cuando viven lo que debe entenderse como una primera muerte, simbólica, pues el proyecto de modernidad que representaron desaparece del imaginario cultural en aras del conservadurismo de la sociedad europea del medio siglo y de la España del primer franquismo, convirtiéndolas en fantasmas de la modernidad, en seres que no han resuelto el dilema que supuso su existencia a medio camino entre lo viejo y lo nuevo. El historiador Mark Mazower nos recuerda que desde el período de entreguerras y hasta el final de la Segunda Guerra Mundial los Gobiernos europeos efectuaron una política pronatalista destinada a exorcizar un «fantasma aterrador»: el de la mujer moderna. También lo diría Pilar Primo de Rivera en 1938 en un artículo que titula «La nueva mujer de España», y que parte de la premisa de que la moderna ha pasado y la nueva mujer está por llegar. Afirma: «Pasó la modernísima niña del Instituto-Escuela, joven intelectual que con severidad de nuevo Catón supo censurar los “errores”, los “defectos”, los “vicios” de un Felipe II, que no conoció la gran obra de nuestra colonización en América más que la crítica de fray Bartolomé, algo corregida y aumentada. Pasó la mujer vacía que por no saber nada, ni supo conocerse, ni supo ser mujer.
No hay sitio para ella en la España Nueva. ¡Nueva Mujer de España! Si es verdad aquello de que nadie puede dar lo que no tiene, no lo es menos que quien está lleno se desborda fácilmente y nosotras, con sencillez, sin pedantería, tenemos que dar mucho y dar bien. ¡Horizontes nuevos! ¡Horizontes de mujer! ¡Horizontes de Madre! Para formar conquistadores de Imperios, para formar hijos de España que conozcan, que quieran a su Patria, tenemos que conocerla y quererla nosotras primero».
Implícita en las palabras de la fundadora de la Sección Femenina de Falange hay una crítica a lo que Elena Fortún y Matilde Ras representaron en tanto que modernas: la valoración de la educación y del desarrollo de la mentalidad crítica, que Primo de Rivera ve antipatriarcal, es decir, feminista. Al definir a la moderna como «mujer vacía» la retrata al cabo como no mujer, desconocedora de su esencia, separada de lo específico de su sexo, la maternidad que los Gobiernos europeos necesitaban que las mujeres abrazasen para repoblar Europa tras dos guerras mundiales. Con todo, ella también, como Fortún y como otras pensadoras de vanguardia ideológicamente opuestas a Primo de Rivera, une mujer y regeneración nacional reformulando el vínculo que otrora significó la modernidad para hacerlo tradicional, maternal, doméstico, contrario a la emancipación femenina.
El Madrid del Instituto-Escuela al que asistieron los hijos de Elena Fortún es el Madrid del asociacionismo, el Madrid de los espacios en los que se desarrolló la amistad entre Tilde y Elena, un Madrid muy diferente de la ciudad a la que regresan tras los años pasados en sus respectivos exilios en Buenos Aires y Portugal. Su amistad dio comienzo probablemente gracias a las colaboraciones periodísticas de ambas autoras en Blanco y Negro. Corrían los tiempos del asociacionismo feminista, y lugares como el Lyceum Club, fundado en 1926, la Escuela de Bellas Artes de San Fernando, el Ateneo y la Residencia de Señoritas se convirtieron en punto de encuentro de las modernas de un Madrid en el que proliferaron las tertulias y los teatros de cámara. El asociacionismo femenino impulsó la cohesión política, el compromiso con la causa de la mujer y la inspiración para escribir. Generó escritura y autoría. Antes de la guerra civil, por tanto, nuestras autoras compartieron espacios de realización femenina y feminista en el Madrid republicano y prerrepublicano, tanto físicos, como los ya mencionados, como de escritura, en particular el espacio de la prensa periódica, medio clave para las ansias de autoría de las mujeres de la vanguardia, quienes vivieron, por otra parte, lo que ha de entenderse, como se ha visto, como una tensa modernidad.
Matilde Ras jamás se refiere a su Elena como Encarna. La amiga amada que añora y a la que dedica su único Diario publicado, libro que vio la luz en una edición de muy poca tirada en Coímbra y del que se reproducen abundantes fragmentos en este volumen, no es Encarnación Aragoneses Urquijo, sino su álter ego Elena Fortún, nombre tomado de una novela escrita por su esposo, Eusebio de Gorbea Lemmi, titulada Los mil años de Elena Fortún, en la que la protagonista abandona su cuerpo de mujer, visto como cárcel, para adoptar otras identidades a lo largo de diferentes etapas históricas, cambiando así su género y presentando el tema de la inversión sexual, forma más frecuente de definición de la homosexualidad en las primeras décadas del siglo xx.
El 10 de septiembre de 1941 Matilde Ras escribe una breve entrada en su diario sobre un tópico que, opina, define su identidad: noli me tangere. Dice así: «toda psicología donde está inscrito el noli me tangere —lo cual supone un retraimiento, una delicadeza, una reserva, un orgullo, una aristocracia— despierta un fondo de recelo y de despecho, vagas antipatías y sospechas insidiosas en los que llama Cocteau “los tipos hechos en serie”. Porque esos quieren enterarse de las cosas manoseándolas; ese noli me tangere es a su avidez lo que el claro cristal para las moscas: un obstáculo inexplicable e irritante».
Noli me tangere, las palabras dichas por Jesucristo a María Magdalena tras la Resurrección, según el Evangelio de San Juan (20, 17), se convertirán en un importante tema de la iconografía cristiana. Como traductora «archiconcienzuda», según ella misma se definió, parece saber que noli me tangere no puede reducirse a un «no me toques». Noli me tangere implica que nada ni nadie dependa de mí; significa «no quiero ser necesaria: quiero ser libre». Es una declaración de independencia que en el caso de Matilde conlleva una posición respecto a la modernidad. En tanto que mujer ilustrada, hija de una madre que ya era moderna, Matilde representa un estado avanzado dentro de la historia de la emancipación femenina. Al suscribir el noli me tangere desdeña la fraternidad igualitaria, que ella ve engañosa, producto del materialismo y el progreso. Esta especie de elitismo hizo que se acrecentase la distancia entre las dos escritoras tras los años de exilio. Cuando en su diario Matilde reflexiona sobre el lujo, está reflexionando sobre un componente de la modernidad que la guerra ha obligado a representar de nuevo. Ella lo entiende como necesario en la medida en que procura comodidad a la mente para que trabaje. Comodidades básicas, una cama confortable, agua fresca, mucha luz, alimentos sencillos y un espacio propio para trabajar, leer y escribir, junto con la cercanía de un interlocutor perfecto, es todo lo que requiere para vivir tranquila. De entre todos los interlocutores que pudo tener en vida destacan en este volumen Elena, que la acompaña en estas páginas, y el escritor portugués Ricardo Serra, compañero en el exilio, amigo que la cuida procurándole ese confort material que le era necesario para trabajar, pues, para ella, «el placer debe ser como el postre, el verdadero alimento de la vida es el trabajo».
De Serra subraya la afinidad intelectual que comparten. No son pareja, son amigos, en una época en la que florecen nuevas uniones entre hombres y mujeres como el companionate marriage o matrimonio de compañía, una unión entre hombre y mujer carente de realización sexual y cargada de empatía intelectual que enmascaraba sexualidades no normativas y compromisos de gestión cultural y de autoría como en el caso de María de la O Lejárraga, casada con Gregorio Martínez Sierra, ambos probablemente bisexuales y que, en cualquier caso, formaron un matrimonio de muy limitada vida íntima. Relata Matilde Ras el 5 de mayo de 1943 un viaje en tren a Lisboa que hacen juntos. En el vagón en el que están sentados, una mujer corpulenta de aspecto autoritario observa a los viajeros. Matilde otorga a este personaje secundario la facultad de saber analizar el yo, facultad que, por otra parte, ella ha ido revelando como propia a lo largo de su diario a través del análisis de los seres de su entorno y de las reflexiones frecuentes que vierte sobre la naturaleza humana apoyándolas en sus abundantes lecturas y sus trabajos grafológicos. Matilde considera que la desconocida aprecia en Ricardo Serra la «serenidad de su rostro, que encubre íntimas tempestades (¡oh, no le diste el pego, Ricardo Serra!)», y observa que esas tempestades le resultan a la severa señora «algo muy antagónico», concluyendo que su aversión al tipo humano evocado por la persona de Serra «fue tan patente que tuvo una contracción en los secos labios». Es importante destacar lo subjetivo de la interpretación de la autora, que a fin de cuentas está vertiendo su propio conocimiento del amigo y sus aludidas «íntimas tempestades». Contenida en estas palabras se halla una más que probable alusión, codificada, a la homosexualidad del hombre con el que comparte casa en el exilio. Ricardo Serra, del que apenas puede rastrearse información biográfica concreta, hecho relativamente frecuente en escritores homosexuales, salvo por la publicación de unos pocos poemas en Povo, es retratado por la grafóloga como un hombre refinado, culto y sensible; en una palabra: exquisito. Sutilmente lo afemina, invirtiéndolo, es decir, retratando posiblemente su homosexualidad. «Invertidos congénitos» era el término médico usado en la época para referirse a las personas de inclinación homosexual. Ella misma se otorga también rasgos considerados masculinos. Su independencia económica y su afición al trabajo, la esmerada educación recibida en la infancia, supervisada por el hermano mayor y por su madre, a quien recuerda con enorme cariño, la manera organizada de vivir la vida, viajando y aprendiendo, pero cuidando de la salud del cuerpo y de la mente, presentan a una mujer que desea resistir los avatares de la vida desde el compromiso con un responsable desarrollo personal.
La autoría de las mujeres se desarrolla pujante en esas primeras décadas del siglo xx en un clima de desconfianza hacia la moderna, arquetipo inquietante, deseado y temido. Textos como la novela de Victor Margueritte La Garçonne, vertida al español como La garzona, considerada escandalosa al aparecer, traducida a todas las lenguas europeas y famosa desde finales de la década de 1920 hasta la de 1950, unían el lesbianismo a la emancipación de la mujer y al feminismo de manera difusa, pues si bien es cierto que el homoerotismo se va haciendo más visible a principios del siglo xx, al hilo del avance del pensamiento científico sobre psicoanálisis y sexualidad, también lo es que la ciencia avanzaba al servicio del patriarcado y convenía en continuar representando la sexualidad de las mujeres a priori como un atributo muy simple, indisolublemente ligado a la maternidad. Sin embargo, la homosexualidad femenina fue vista por algunos analistas como una consecuencia lógica de los excesos del patriarcado, es decir, como el producto de unos tiempos caóticos. El travestismo, la bisexualidad, la identidad transgenérica, la transexualidad, el lesbianismo y la homosexualidad masculina tenían una conceptualización diferente a la actual en las primeras décadas del siglo pasado, décadas en las que se produce un aceleramiento del proceso de modernidad que ocuparía todo el siglo xx español y también un cambio en la conceptualización del lugar que ha de ocupar el arte en la sociedad, la cultura y la vida individual. A raíz de la publicación de El pozo de la soledad de Radclyffe Hall en 1928 se empezó una campaña homófoba contra el libro y su autora. En relación con este hecho es pertinente destacar los términos en los que se formularon las críticas contra una novela que, por otra parte, ni era la única que en la Europa de finales de los felices veinte trataba sobre lesbianismo ni estaba siendo mal recibida por la clase intelectual británica. El director del Sunday Express, James Douglas, de profundas convicciones cristianas, condenó de manera drástica la novela usando como argumento precisamente el, según él, preocupante aumento de la visibilidad del amor entre mujeres o la «inversión», como se denominaba entonces, congénita o adquirida. Esa visibilización del lesbianismo fue patente también en España, y contrasta fuertemente con la negación de la sexualidad femenina, o su reducción a la maternidad, que el nacionalcatolicismo propugnaría durante la dictadura, relegando la sexualidad femenina a dos opciones: por un lado la maternidad y la realización heterosexual y, por otro, la aparente negación de la sexualidad en las vidas de solteronas y monjas.
Los escritos de Krafft-Ebing, padre de la sexología moderna, junto con Havelock Ellis, fueron sustituidos en la década de 1920 por los de Freud. Los tres coincidieron en un punto: el amor homosexual, ya fuese entre hombres o entre mujeres, constituía un problema en el que la medicina debía involucrarse para elucidar si era un mal congénito o el resultado de un trauma o de un problema de crecimiento y desarrollo. No ha de extrañar que en el autobiográfico escrito «Nací de pie», incluido en este volumen y redactado probablemente en Buenos Aires, Fortún reconstruya su nacimiento incluyendo el tema de la ambigüedad genérica. Rememora que al nacer fue declarada en primera instancia niño, declaración corregida por el médico que atendía el alumbramiento. El dictamen de sexo equivocado en el nacimiento ofrece a la escritora un origen a su carácter «invertido» de adulta. La declaración de inversión en el nacimiento no puede disociarse del desarrollo de lo que Foucault llamó una scientia sexualis, que en España se manifestará en los escritos de Marañón, Novoa Santos, Vital Aza y Hildegart Rodríguez Carballeira, entre otros. Matilde Ras también narra su infancia reconstruyéndose a sí misma como una niña especial, criada en igualdad educativa respecto a su hermano varón, curiosa y ávida lectora, que, como Celia, encontraba placer en escuchar cuentos. Más frecuente que el significativo tópico del noli me tangere es la insistencia de Matilde Ras en su carácter melancólico. Su melancolía es retratada como poderosa y amplia, profunda, característica primordial de su ser. Así, afirma que, a pesar de su inclinación a disfrutar de los viajes y ser feliz por el alimento que estos procuran a la imaginación, «bajo mi traza de contento, corre el río, mucho más caudaloso que el Tíber, de mi melancolía. Y dejemos que corra». Esa aceptación de la melancolía como parte integrante del yo y de su vivir existe en diálogo con la modernidad y la identidad de género. Matilde Ras fue quijotista. Escribió sobre el ingenioso hidalgo y el mundo caballeresco de sus aventuras, viendo al antihéroe de Cervantes como la más melancólica de las creaciones literarias. Este aspecto, ocupa un lugar destacado dentro del imaginario homosexual. Aparece relacionada con el sentimiento de pérdida del amor. Tiene que ver con el saber y el conocimiento profundo del yo y sus inclinaciones, pues solamente puede sentirse melancolía ante una emoción profunda que se conoce y no se puede realizar. Este aspecto, por tanto, constituye un discurso que funciona como pared o puerta del armario en que se encierra el deseo prohibido entre personas del mismo sexo. Ambas autoras crean un armario tanto para esconder como para mostrar su homoerotismo. Gracias al trabajo de Kosofsky Sedgwick, Raquel Osborne y otras estudiosas sabemos que si bien el patriarcado parecía no prestar demasiada atención al lesbianismo, las mujeres lo vivieron ocultándolo y mostrándolo a través de códigos. El armario es un espectáculo a la vez que un espacio cerrado.
Aunque no podamos certificar el nivel de intimidad erótica al que llegaron, sí puede apreciarse una relación de amistad platónica e intensa en la que el deseo hacia la otra se hace patente al verbalizar Elena Fortún en la carta de despedida a Matilde la intensidad de las emociones que experimenta al entrar a la alcoba de su amiga y verla dormir, admirando a la vez su belleza, blanca y sublimada en el sueño. Las cartas, los diarios y otros documentos de carácter íntimo son un testimonio insustituible de entrada al armario de la afectividad de las modernas y de conocimiento de las tensiones y la culpabilidad causadas por la conciencia de una identidad genérico-sexual no normativa. Elena Fortún escribe «Para Celia. El apoyo moral de la esposa» al final de «Nací de pie», y exhibe en este texto inédito el arrepentimiento de no haber sabido domeñar el deseo. En base a su propia vida, insta a su personaje a no olvidar que «el apoyo material del matrimonio es el hombre, y tú, mujer, debes ser el apoyo moral. Si no lo eres, recibirás tu castigo irremediablemente. Si él habla en público, ¿lo tomas en broma? ¿Te burlas de su trabajo? ¿Te burlas de su manera de vestir? Es muy posible que tu marido sea ridículo, “pues carga sobre tu espalda la mitad de su ridiculez: esta es tu cruz”. No hay otro recurso a tu felicidad. Si no lo puedes sufrir, sepárate, antes de que sea tarde. Pero si lo quieres, agarra la mitad de la cruz, que él lleva con trabajo sobre sus espaldas, y como el pobre Cirineo di: ¡Adelante!».
En diversas ocasiones en su obra y también en su correspondencia, Elena Fortún hablará del peligro de la no represión. Las ideas freudianas sobre la importancia de la represión del deseo homosexual como parte del proceso de crecimiento de cualquier ser humano desembocarán en la conceptualización de la homosexualidad como fase primera del desarrollo del ser humano sano. En el artículo «El girasol y el sol», publicado el 1 de junio de 1930 en la serie «Historias naturales» de Gente menuda, Fortún critica al girasol que piensa que es único y que la luz le sigue y no se da cuenta de que es él quien inevitablemente sigue al sol, verdadero astro. Se equivoca, según el yo autor, el girasol de «cara de esgrima» al tener «delirios de grandeza» y olvidarse de que es su obligación seguir al sol, como el nombre «girasol» indica, apuntando a una esencia que nunca ha de traicionarse, lo mismo que traicionar la esencia femenina de esposa conlleva castigo y dolor, soledad y aislamiento. La culpabilidad por el suicidio de su marido la acompañará siempre. Contrasta fuertemente con la opinión de Matilde sobre sus deseos propios, definidos como «bandada de pájaros. Volaban. Se dispersaban. Iban lejos. ¡Oh, si hubiera podido seguirlos!». Implícita en esa afirmación está la melancolía de realización de otro proyecto identitario acorde con el deseo ido.
Elena Fortún muere en 1952. Matilde Ras viviría aún diecisiete años más. Matilde da la bienvenida a su amiga agonizante a Madrid con postales llenas de palabras cariñosas y el recordatorio de que la ciudad a la que ha llegado es su Madrid, que, como ella misma, le da la bienvenida. Sin embargo, el Madrid en el que ambas mueren poco tiene que ver con el que abandonaron al final de la guerra civil. La creadora de Celia fallecería el 8 de mayo, tras meses de dolorosa agonía. Matilde llegó a ver el monumento a Elena Fortún en el parque del Oeste, erigido por suscripción popular, en el que se implicó sobremanera y a cuya inauguración acudió, participando en el homenaje póstumo a Elena. Madrid aparecía en sus Diarios bajo la muy desfavorable óptica de la posguerra; era una ciudad plagada de fantasmas, sin las comodidades de Lisboa; se había convertido en la ciudad del «ya no tengo casa», del trauma y de la pérdida.
En repetidas ocasiones hará referencia Elena Fortún al papel de la ficción en su vida y al carácter de suplantación de la realidad que le otorga. Ella es lo que escribe de la misma manera que Matilde se vierte a sí misma en sus diarios, hábito de escritura que cultivó toda su vida. En ambos casos asistimos a la importancia de la dimensión autobiográfica en la escritura femenina y en el examen de la autoría y del yo, terreno este último conflictivo, sacudido por el esencialismo de la época y el choque del mismo con la modernidad, que saca a la mujer de la tradición presentándole nuevos modelos identitarios, tanto de comportamiento como de trabajo, género y sexualidad. El 13 de enero de 1947 Matilde escribe en su diario que «Elena, sin decirle nada ha acudido siempre mil veces a mí en todo lo que me hacía falta, moral o material: […] qué sería de mí sin ella, de cerca o de lejos». La genealogía de nuestro feminismo ha de entenderse y estudiarse desde la distancia impuesta a las mujeres por la guerra y el exilio. La obra de estas dos grandes creadoras fue, entre otras cosas, expresión de tensiones personales en relación con su identidad sexual y genérica, faceta que figuró de forma prominente en el debate sobre mujer y progreso articulado en la vida cultural y social de nuestro país en las primeras décadas del siglo xx. En los últimos veinte años se ha realizado una ingente recuperación de la vida y la obra de las mujeres de la vanguardia, que ejecutaron su obra junto a los reconocidos autores de la generación del 98 y del 27. Ellas son los grandes fantasmas de la modernidad española. La sociología de nuestro siglo xx y la historia de la literatura, cultura y arte españoles no estarán completas hasta que no hayamos incorporado un saber profundo sobre nuestras modernas que abarque su vida de autoras y su vida de mujeres disidentes.
N. C.-A.
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PROCEDENCIA DE LOS TEXTOS DE ELENA FORTÚN
NACÍ DE PIE
Estas anotaciones manuscritas, autobiográficas e inéditas, recogidas en un cuaderno escolar, se encuentran en el archivo de la autora que conserva su biógrafa la profesora Marisol Dorao.
EL COMPROMISO
Los seis artículos que componen este apartado fueron seleccionados de entre los publicados en el diario La Prensa de Santa Cruz de Tenerife con los siguientes títulos y fechas:
–«Cartas a la mujer tinerfeña», 3 de abril de 1926.
–«Cartas a la mujer tinerfeña», 5 de junio de 1926.
–«Cartas a la mujer tinerfeña. Las playas humildes», 29 de agosto de 1926.
–«Estampas infantiles», 17 de noviembre de 1926.
MISTERIOS SIN DESVELAR
Las reflexiones recogidas bajo el título genérico «¿Por qué?» en la revista familiar La Moda Práctica se publicaron en las siguientes fechas:
–5 de abril de 1927.
–5 y 20 de julio de 1927.
–20 de agosto de 1927.
–20 de septiembre de 1927.
–5 y 20 de octubre de 1927.
–5 de diciembre de 1927.
–15 de septiembre de 1929.
LA INSPIRACIÓN DE LOS ARTISTAS
Los cuentos reunidos bajo este epígrafe —inspirados en la contemplación de los correspondientes cuadros— se publicaron en la revista monárquica Royal:
–«¿Por qué se han hecho tantas obras maestras? Fra Angélico, La Anunciación», febrero de 1927.
–«¿Por qué se han hecho tantas obras maestras? Lorenzo Lotto, Los desposorios», abril de 1927.
–«¿Por qué se han hecho tantas obras maestras? Doménico Theotocópuli, el Greco, Retrato de un médico», junio de 1927.
–«¿Por qué se han hecho tantas obras maestras? La fiesta, Teniers», julio de 1929.
–«¿Por qué se han hecho tantas obras maestras? La Gloria, Tiziano», septiembre de 1929.
–«¿Por qué se han hecho tantas obras maestras? La adoración de los reyes del Bosco», noviembre de 1929.
LA VISIÓN DE LO SOCIAL
Los artículos seleccionados de la revista gráfica Crónica fueron publicados por la autora durante la preguerra y la guerra civil:
–«El drama terrible de la miseria en la región minera», 3 de marzo de 1935.
–«La casa-escuela de los arcos, reformatorio de espíritu liberal…», 22 de marzo de 1936.
–«El convento incautado y las niñas que vivían al margen de la vida», 6 de septiembre de 1936.
–«Mujeres y niños procedentes de los campos de Extremadura y refugiados en Madrid», 18 de octubre de 1936.
–«La nueva cocina madrileña impuesta por la guerra», 30 de mayo de 1937.
–«Pequeños dramas al margen de la tragedia. Los evacuados sin cartilla de aprovisionamiento», 18 de julio de 1937.
GENTE MENUDA
Del suplemento infantil de la revista Blanco y Negro, titulado Gente Menuda, se han seleccionado cuatro tipos de colaboraciones:
1. Episodios inéditos de las novelas de Celia (entregas de la serie que no fueron recogidas en los libros de Aguilar):
–«Celia dice… En el museo», 14 de julio de 1931.
–«El hermano de Celia. En casa del modisto», 28 de junio de 1935.
2. Divulgación artística:
–«Cuadros célebres. Las Meninas», 16 de septiembre de 1928.
–«Un cuadro y un pintor. La Primavera de Botticelli», 19 de marzo de 1933.
3. Historia natural:
–«Historias verdaderas. Sisita y don Diego», 9 de septiembre de 1928.
–«Historias naturales. El Girasol y el sol», 1 de junio de 1930.
–«Historias naturales. La amapola envidiosa», 22 de junio de 1930.
–«Historias naturales. La rata desobediente», 22 de febrero de 1931.
4. Entrevistas a niños trabajadores:
–«Un amigo en cada sitio. Traperooo…», 30 de agosto de 1931.
–«Un amigo en cada sitio. El carterillo de la Sierra», 4 de octubre de 1931.
5. Entrevistas imaginarias:
–«Una visita a cada especie. El guacamayo me lo cuenta todo», 16 de noviembre de 1930.
–«Una visita a cada especie. La viajera que no viaja», 8 de noviembre de 1931.
CUENTOS INFANTILES
Los cuentos aquí seleccionados no han visto la luz desde su publicación en la sección infantil de la revista Crónica:
–«Colasín. Cuento para los niños», 10 de enero de 1932.
–«Cuentos para los chicos. Los dientes de la Luna», 15 de julio de 1934.
–«Cuentos para los niños. La gata de Angora y el gato atigrado», 5 de julio de 1936.
–«Cuentos para los niños. El hijo del samurái», 16 de agosto de 1936.
ENCONTRADAS
Los siguientes documentos se refieren a las experiencias vividas en común por las autoras:
–Entrevista que Elena Fortún realiza a Matilde Ras publicada en la revista Crónica, 17 de mayo de 1936.
–Carta manúscrita e inédita de Elena Fortún a Matilde Ras (27 de abril de 1937), procedente del archivo del grafólogo Luis Martínez Villa.
–Carta y fragmentos de otras enviadas por Elena Fortún desde el exilio bonaerense (1946), procedentes del archivo de Matilde Ras.
–Postal enviada por Matilde Ras desde Madrid a Elena Fortún (h. 10 de febrero de 1952), conservada en el archivo de Marisol Dorao.
PROCEDENCIA DE LOS TEXTOS DE MATILDE RAS
LOS COMIENZOS
Los dos cuentos y el ensayo sobre el Quijote se publicaron en la revista barcelonesa Estvdio:
–«Primavera», núm. 3, marzo de 1913, págs. 350-355.
–«La Muerte», núm. 12, diciembre de 1913, págs. 446-451.
–«Los personajes del Quijote», núm. 2, febrero de 1913, págs. 203-216.
CUENTOS DE LA GUERRA
Los diálogos seleccionados proceden del libro Cuentos de la guerra, Barcelona, Casa Editorial Estudio, 1915:
–«Diálogo fantástico», págs. 29-32.
–«Diálogo imaginario», págs. 109-115.
–«El diálogo de los siglos», págs. 143-148.
–«Diálogo irracional», págs. 203-207.
LO QUE REVELA LA ESCRITURA
En 1922, Matilde Ras colabora en el diario ABC con una sección, «Nuestras celebridades por dentro y por fuera», de la que se han seleccionado los perfiles grafológicos de los siguientes personajes:
–«Retrato y estudio grafológico de D. J. Martínez Ruiz (Azorín)», ABC, 17 de diciembre de 1922.
–«Retrato y estudio grafológico de D. Ramón Menéndez Pidal», ABC, 3 de junio de 1923.
REPORTAJES
Como muestra de la prolífica actividad periodística de Matilde Ras, se han recuperado los siguientes reportajes:
–«Los procesos de Fray Luis de León. Quiénes fueron los verdaderos acusadores», Heraldo de Madrid, 17 de abril de 1928.
–«Paul Verlaine, el genial cantor del amor, jamás fue amado por ninguna mujer», Estampa, 17 de enero de 1931.
REFLEXIONES
Textos inéditos de Matilde Ras (escritos a mano, en su mayoría sobre cuartillas, durante los años 1944-1947) que se conservan en su archivo almacenados en varias carpetas identificadas con el término Diario. Los ocho últimos provienen de libretas hechas a mano y manuscritas tituladas Diarios, escritos durante sus estancias en París (1923 y 1925) y Roma (1955).
DIARIOS
Los fragmentos recogidos bajo el título «La búsqueda de sí misma» han sido tomados del Diario (Coímbra, Coímbra Editora, 1946) escrito por la autora durante los años de su exilio voluntario en Portugal, desde junio de 1941 hasta septiembre de 1943. Los fragmentos (inéditos) recogidos bajo el título «La búsqueda del interlocutor perfecto» pertenecen a un diario escrito durante una segunda estancia en Portugal (1947) motivada por la necesidad de gestionar la obtención del permiso de importación de la edición de su Diario de 1946, obstaculizado por las leyes de protección al libro español.
ELENA FORTÚN
NACÍ DE PIE
Bajo el título «Nací de pie» se recogen las anotaciones manuscritas e inéditas escritas por Elena Fortún en un cuaderno escolar rayado. Junto con otros documentos, fue entregado en Estados Unidos por Ana María Hug, nuera de Elena Fortún, a la profesora Marisol Dorao, biógrafa de la escritora, que lo conserva en su archivo.
El cuaderno contiene episodios autobiográficos de la infancia y juventud de Elena Fortún, ordenados cronológicamente. Los primeros se corresponden con sucesos de su primera infancia de los que sólo sus padres podrían haberle dado noticia. Es el caso de la confusión en cuanto a la determinación del propio sexo que rodeó el nacimiento de Encarnación Aragoneses Urquijo (Madrid, 1886), verdadero nombre de Elena Fortún. Episodios como este ayudarían a explicar el conflicto con su identidad sexual.
Los miedos infantiles, la beatería de la madre, sus tempranas y repetidas crisis místicas y la estremecedora presencia de la muerte se evocan con nitidez; algunos de estos recuerdos tendrán su reflejo en los relatos literarios de la autora. El impacto recibido al presenciar el solemne recitado de la recomendación del alma ante el abuelo moribundo tuvo que ser memorable, ya que la escena se evoca con tintes verdaderamente dramáticos en Celia en la revolución.
Ya en la adolescencia, Elena Fortún rememora la precisión con que se cumplen sus significativos sueños premonitorios, así como más tarde la conmoción que siente cada vez que le parece comunicarse con el espíritu de su hijo pequeño (al que llamaban familiarmente Bolín), que había fallecido en 1920, a los diez años de edad, dejando a Elena Fortún y a su esposo sumidos en una profunda crisis.
El diario concluye advirtiendo a Celia —y por extensión a todas las mujeres— de la conveniencia de reprimir el deseo, una enseñanza moral dolorosamente extraída de su propia experiencia.
—DOÑA MANOLITA, ¡por Dios! ¡Que me pierde!… —decía el médico a mi madre agotada.
—¡¡No puedo más!!
Luego de media hora de forcejeo…, y tres días de angustia, salió aquella cabecita mía morada y tumefacta…
—¡Está muerto!
—Lo que importa es la madre —dijo el médico entregándome envuelta en una sábana a las mujeres…
Y ellas, ¡Dios las bendiga!, se pusieron a darme azotes, a sacudirme…
—¡Venga, vengan acá y dejen a la criatura! ¡Café caliente! ¡Coñac! ¡Vamos, vamos…! ¡Ligeras!
Y cuando mi madre, inconsciente, estuvo colocada en la cama, un grito ronco, un vagido nada humano brotó de entre aquel envoltorio.
—¡Está vivo! —dijo mi padre.
—Está vivo y es varón…
El médico rectificó casi enseguida sacándome de entre las sábanas.
—Está viva y es hembra…
—¡Hembra!… ¡Qué se va a hacer!
Entonces mi madre abrió los ojos y dijo humilde:
—¿Lo sientes?… Yo también…
—No, hija, no… ¡Una niña! ¡Aún vamos a quererla más!
Mi madre volvió a entrar en el limbo de los débiles… Se había quedado paralítica.
•
Dos días después, mi padre envuelto en su capa cruzaba la plaza de Oriente y se le acercó una mujer.
—Señorito…, ¿sabe dónde es esu para ser ama de cría?
—¿Cómo?
—Una agencia u cosa así para colucarse.
—¿Usted es el ama?
—Sí, señoritu…
—Venga conmigo…
—¿Me engaña?
—No, mujer… Mi esposa ha dado a luz y no puede criar… Ahora mismo iba a buscar ama.
—¿Nu me engaña, señuritu? El cura de mi pueblu dice que en este Madrid engañan a los probes comu yo…
—No, mujer, no la engaño… Es aquí cerca.
Y aunque la mujer no quería ir, alguien la empujaba detrás de mi padre y así llegó hasta la cabecera de mi cuna.
—¿Es la señurita? ¿Es esta señurita la que tengo que criar?
—Sí…, esta criatura…
—¡Señurita! —decía la gallega mirándome extasiada.
—No la llame «señorita», mujer…
—Yo la llamaré siempre señurita… El cura de mi pueblo me dijo que…
—¿Usted cómo se llama?
—Antonia…
—¡Antonia! ¡Siempre san Antonio protegió a mi familia! —dijo mi madre—. ¡Bienvenida sea a esta casa, y Dios la ayude a criarme la hija, Antonia!
—¡Así sea!
•
Tenía casi dos años y no andaba.
—Debilidad —decía el médico.
—¡Pero si está tan gordita!
—No importa… Es falta de calcio…. De una madre como usted…
Sin embargo, mi madre ya andaba, apoyada en un bastón…
Mi tía, el ama, o alguna criada tenía siempre que ir cargada conmigo…
Llegamos a Segovia. Mi madre y yo nos quedamos en la catedral, mientras mi tía iba a preparar el viaje en coche al pueblo.
Yo, agarrada fuertemente a la reja de una capilla, miraba hipnotizada el interior dorado, las luces, los santos… Mi madre arrodillada a mi lado rezaba fervorosa:
—Madre mía, que ande mi nena, que ande…, que no sea una inválida como yo… ¡Madre mía Santísima! Dios te salve…
Y mi madre se dio a pasar cuentas del rosario… De pronto miró en torno y no me vio…
—¡Jesús!
Se levantó agarrándose a la verja y me buscó aterrada…
¡Allí estaba yo! Navegando tambaleante y feliz como un patito por las anchas y limpias naves de la catedral… Al ver a mi madre, lancé una carcajada y fui hacia ella…
—¡Dios mío! ¡Madre mía! ¡Mi hija anda! ¡Anda!
Cuando volvió mi tía nos encontró sentadas en un banco. Mi madre roja de la emoción.
—¡La niña anda! ¡Ha ocurrido un milagro!
•
Era rabiosilla. Acostumbrada a jugar sola, aguantaba mal que otros niños intervinieran en mis juegos.
Y menos que a todos a aquel chiquillo cabezón con las fontanelas abiertas aún y los sesos latiendo bajo la piel tenue y la pelusilla rala. El chico me quitaba todo mientras las madres hablaban… Me quitó el muñeco de porcelana, y la casita de cartón, y la campanita…
Mi madre y la suya pesaban algo sobre la mesa del comedor… Entonces, el chico, que había agarrado al muñeco por los pies, comenzó a golpearlo en el suelo…
Yo cogí una pesa dorada y fuerte: ¡el kilo! Y levantándolo en alto lo dejé caer sobre la cabeza del cabezón…
Mi madre, que había visto el movimiento sin poder evitarlo, lanzó un chillido horrible…
¡Pero aunque la pesa cayó sobre la cabeza palpitante del chico no le hizo nada!…
Casi desmayada de terror pudo comprobarlo mi madre…
•
Seis años escasos aquella noche en que me desperté oyendo rezar… En mi casa era corriente el rezo, pero no en aquel tono solemne, imponente, dramático que ahora oía…
Me escurrí de la cama y fui descalza hasta la puerta de la sala… Allí estaba la alcoba de mi abuelo, y mi madre, de pie a su cabecera, rodeada de mujeres de rodillas, decía las tremendas palabras de la recomendación del alma: «Sal, alma cristiana, de este mundo en el nombre de Dios Todopoderoso que te creó, en el nombre de Nuestro Señor Jesucristo que dio su sangre por ti…, en el nombre del Espíritu Santo que te dio su gracia…».
Mi abuelo murió esa noche y al otro día le enterraron. Mi padre, mi madre y yo le acompañamos al pobre cementerio del pueblo. Mi madre lloraba mucho, de rodillas al borde de la sepultura, y como estaba muy gruesa, mi padre tuvo que hacer muchos esfuerzos para levantarla… Yo lloré también para que todas las chicas me miraran…, pero estaba muy contenta con el vestido negro que estrenaba aquel día.
•
A la madre de mi madre la había conocido dos meses antes en un pueblo vasco… La vi y la sigo viendo, bien envuelta en un mantón negro, sentada en una silla de brazos junto a una ventana. Los pleitos la habían dejado pobre y ahora vivía de una pensión que la pasaban los mismos que ganaron el pleito último.
—¿Eres devota de san Antonio? —me preguntó, y yo no supe qué contestar, porque a los cinco años se saben pocas palabras y las que se saben tienen un significado incomprensible… ¡Devota!
—Sí, madre —contestó la mía.
Después nos volvimos a Madrid, y pasaron los meses, y murió mi abuelo, el padre de mi padre, en un pueblo de Segovia, donde nació y vivió siempre, y como ya era octubre se acabó el veraneo.
Yo iba a mi colegio de la calle del Amor de Dios, en el corazón madrileño. Un día al volver del colegio encontré a mi madre llorando.
—Hija, ¡se ha muerto la abuelita! —me dijo en el tono de las grandes ocasiones.
Luego me leyó la carta en la que lo decía y yo escuché, anonadada de que para mí se usara esa ceremonia.
—Siéntate ahí y escucha.
Y mi madre leyó la carta de mi tío:
«La víspera nos lo había dicho, pero como ya sabes cómo era no la creímos. Dijo que se le había aparecido san Antonio a los pies de su cama y le dijo: “Mañana, a esta misma hora te llevaré conmigo”. Dijo que eran como las dos de la madrugada, pero ya te digo que no le hicimos caso. Sin embargo esta mañana la hemos encontrado muerta en su cama y el médico dice que hacía como cinco horas que había fallecido.
Antes de las dos no debió de ser, porque se había tomado la leche con bizcochos que se tomaba a las doce y que todas las noches le dejábamos».
—¿Has oído, hija? ¡Ya no tienes abuelita!
—Sí.
No me importó nada, pues ni siquiera me podían poner vestido negro ya que le llevaba así desde la muerte de mi abuelo.
•
Ocho años bobos. Mi padre me llevaba al colegio por la tarde después de comer, pero antes entrábamos en el café de Zaragoza (calle de León esquina a la plaza de Antón Martín) a tomar café. El pocillo de café para los niños no costaba nada y el mozo me lo servía de buena voluntad.
Aquel día tenía que comprar un dedal… Mi padre siguió hasta el café mientras yo le compraba en la calle de León.
No tenía yo costumbre de andar sola por la calle, por eso iba temerosa desde la tienda hasta el café…
Era un mediodía radiante. Había poca gente por la calle y al doblar la esquina de la plaza…, yo muy arrimada a la pared…, sentí una feroz bofetada en un carrillo…
El sol se me nubló…, ¡pero no había nadie!
Corrí llorando hasta el café…
—¿Qué te ha pasado?
—¡Una bofetada! ¡Me han pegado en la cara muy fuerte!
—¿Quién?
—¡Nadie! ¡No había nadie!
•
Diez, tal vez once o doce años. Santander. El Sardinero. Es un domingo y mi madre, siempre enferma, duerme aún.
Las hijas del dueño del hotel, dos chicas un poco mayores que yo, a las que admiro mucho, me proponen:
—¿Quieres venir a misa con nosotras?
—Bueno.
Vamos a la ermita de San Roque, sobre el peñasco que divide dos playas. Como es temprano, sólo están en misa las criadas de los hoteles y casas particulares y alguna viejecilla….
Entra la luz lechosa de la mañana nublada y la iglesita, a esta hora, es blanca y pura como una perla.
Nos arrodillamos delante de todos, pegadas a la barandilla del altar. Sale el sacerdote y comienza la misa. Yo rezo…, de pronto no puedo rezar; un dulce bienestar me invade y siento que ya no estoy de rodillas en el suelo sino junto a la imagen, al pie de ella, en lo más alto del altar, rodeada de la luz blanca y pura de la Virgen…
Me cuesta trabajo abrir los ojos… Oigo hablar lejos…, luego más cerca…. Estoy en la puerta de la ermita rodeada de muchas personas que me dan aire.
—¡Se ha puesto mala! ¡Se ha puesto mala! —oigo decir.
•
Trece años. Es en la iglesia de San Pascual en Madrid. Recoletos. De rodillas en un reclinatorio junto a mi madre. La iglesia está oscura y como impregnada del tono sucio, barroso, gris con mucho negro de los árboles, pelados y húmedos, del paseo.
Me parece que el aire tiene el mismo color que el hábito de san Pascual, arrodillado en éxtasis, delante de la custodia…
De pronto un apacible bienestar, una suavidad dulcísima…, un huir de mí hacia el altar en sombras…
La voz de mi madre en mi oído:
—¡Hija! ¡Hija! ¿Te pones mala?
Y la calle lluviosa y gente que me mira.
—¡Un coche! ¡Un coche!
Yo:
—¡Pero si no me pasa nada!
•
Es hora de acostarnos. Mi madre ha echado la cuenta del día en la agenda y yo he terminado de hacer mis deberes para el otro día.
El pasillo está oscuro. La muchacha acaba de trajinar en la cocina, la otra muchacha recoge en un cesto la ropa de la plancha.
¡De pronto el timbre de las habitaciones! ¡El timbre que suena cuando alguien está en cama!…
—¡Mamá! —grito aterrada—. ¿Quién hay en la alcoba?
—¡Calla, loca! —dice mi madre severa—. Es el timbre de la puerta.
Las muchachas, también alarmadas, aseguran que no es el timbre de la puerta, sino el del dormitorio…
Todas juntas recorremos el largo pasillo. Mi madre va delante encendiendo las luces… Pasamos por la puerta de la escalera y mi madre la abre… No hay nadie. La escalera está completamente oscura. Son las once y los portales se cierran a las diez.
Llegamos al dormitorio de mis padres. No hay nadie tampoco… ¡Sin embargo, el timbre ha sonado!
•
En mi dormitorio hay un cuadro de san Antonio (copia de Murillo) y delante de él una lamparilla de aceite encendida.
En mi cuarto hay otras cosas. Una cómoda, un ropero, una gran percha con su cortina de satén amarillo, un gran cesto lleno de ropa.
Por la noche, si tardo en dormirme, tengo miedo porque la mariposa de la lamparilla a veces se pone a crecer desmesuradamente y a sacar todas las cosas de su sombra…, otras en cambio se hace chiquita…, es apenas un pábilo negro con un poco de lumbre en la punta…. Pero lo peor es cuando se estira y encoge haciendo correr sombras por las paredes, o chisporrotea como si se fuera a apagar y no se apaga sino que se enciende más… y es como si respirara apagándose y encendiéndose…
—¿Por qué descorres la cortina de la percha todas las noches? —me ha preguntado mi madre, que es el orden y la limpieza hechos persona.
—¿Yo?
—Sí, tú. Yo a correr la cortina para que esté tapada la ropa… y tú a descorrerla…
—¿Yo?
Estoy segura que yo no descorro la cortina, y, efectivamente, todas las mañanas está descorrida…
Esto me preocupa todo el día, y me propongo averiguarlo esta noche.
¡No me dormiré hasta ver quién descorre la cortina!
Para no dormirme, me siento en la cama. Ya todos se han acostado. A mi padre lo oigo roncar, mi madre tal vez reza su rosario… La muchacha pasó hacia su cuarto antes de entrar yo en el mío.
Justamente esta noche es de las que la lamparilla se ha vuelto loca. De pronto se estira y todo se ilumina vacilante, como si la luz y la sombra estuvieran borrachas… De pronto se achica tanto que casi no se perciben en las sombras los muebles… Se va a apagar… Chisporrotea… Tal vez se esté quemando en su llama un mosquito… ¡Huele a pábilo mojado en aceite!…
En ese momento siento el leve ruido característico de los anillos en la barra de hierro… Miro espantada… y veo descorrerse la cortina… ¡Se descorre… se descorre… más… más…!
El corazón se me ha disparado y el pecho me duele de contenerle… Me tapo la cabeza muerta de miedo… ¡La cortina se descorre sola…! ¡Sola!
•
Septiembre de 1903
Quince años, casi dieciséis. He soñado.
En el jardín que está frente a mi casa, han levantado un monumento. Es de madera roja y brillante y representa un viejo de larga barba con el brazo extendido… Los que pasen por debajo de ese brazo no volverán más…
Lo miro desde el balcón. De súbito oigo voces en la calle. Miro y veo un tropel de gentes que acompañan a dos hombres. Estos dos hombres van a pasar por debajo del brazo del hombre del monumento… ¡Uno de estos hombres es mi padre!
Quiero gritar y no puedo. Muy solemnemente llegan todos al pie del monumento y mi padre se adelanta. ¡Él pasa solo y desaparece a la sombra! Ahora el otro… ¡El otro es el tío de mi madre en cuya casa mi padre se ganaba la vida!…
También va él a desaparecer… Entonces puedo gritar pidiendo auxilio pero alguien me dice:
—No…, este no entra ahora…, ¡hasta mayo!
Y me despierto.
Cuatro días después murió mi padre, el otro señor murió el día primero del mayo siguiente.
•
Tenía diecinueve años e iba a casarme.
Faltaban sólo ocho días. Y soñé.
Soñé una voz. Nada veía, sólo oscuridad y angustia.
La voz dijo:
—No te cases. No sirves para casada.
Y yo pensé con terror: «¡Ya no tiene remedio! Tengo que casarme. ¡Es irremediable! Además estoy enamorada…».
La voz contestó a mis pensamientos:
—Dentro de diez años no lo estarás y seguirás casada.
Yo:
—¡Sí, lo estaré!
La voz:
—La pasión pasa, queda la amistad, la ternura, la confianza mutua, el cariño…, pero eso no te servirá para estar casada.
Me desperté y me casé a los ocho días.
•
Tres años más: soñé que veía la caja de un muerto y su cabeza apoyada en una almohada. Entre la almohada y su cabeza, un libro abierto por la página de la dedicatoria.
Cuatro meses después murió [su padre] y me dijo E[usebio]:
—He puesto bajo su cabeza mi libro abierto por la página de la dedicatoria…
•
Once años después. La voz, esa voz que a veces me habla:
—¡Va a morir!
—¿Quién?
La voz no contestó. Seis meses más tarde moría mi hijo.
•
Habían pasado cinco meses. Era de noche. Por la ventana abierta llegaba el olor de las eras.
Él estaba muy enfermo, tal vez iba a morir. Mi otro hijo dormía en la habitación inmediata ardiendo de fiebre. Yo me eché un momento a descansar, sobre la cama y sin desnudarme. Estaba transida de dolor.
Sentí un leve ruido y entreabrí los ojos. ¡Era mi hijo muerto cinco meses antes que venía hacia mí!
Llevaba su delantal de dril del colegio. Llegó hasta mi cama y puso sus manitas sobre las mías… No oí su voz, pero me hablaba. Me decía que todo iba a pasar, que me tranquilizara, y que él se iba otra vez…
—¡Entonces creeré que es mentira que has estado aquí! ¡No te oigo siquiera!
Me dijo, sin voz, que ahora oiría el ruido que podía hacer…
Desapareció y un golpe terrible en el cerrojo de la puerta de la calle contestó a mis pensamientos…
•
En el automóvil. Cierran la puerta y se me quedan tres dedos agarrados… Todo el mundo grita… No se atreven a abrir… Cuando abren ven que no me ha ocurrido nada, ¡ni siquiera una señal!
•
Lo peor siempre son las preguntas sencillas… Porque siempre me creo que tienen un sentido que yo no conozco. Así sucedió cuando la profesora, que sabe y bien cómo me llamo, dijo, cogiendo el catecismo:
—Decid, niña, ¿cómo os llamáis?
—Pedro, Juan, Pablo…
¡Y dijo que soy una tonta! Todos los niños se reían.
•
PARA CELIA. EL APOYO MORAL DE LA ESPOSA
El apoyo material del matrimonio es el hombre, y tú, mujer, debes ser el apoyo moral. Si no lo eres, recibirás tu castigo irremediablemente. Si él habla en público, ¿lo tomas en broma? ¿Te burlas de su trabajo? ¿Te burlas de su manera de vestir? Es muy posible que tu marido sea ridículo, «pues carga sobre tu espalda la mitad de su ridiculez: esta es tu cruz». No hay otro recurso a tu felicidad. Si no lo puedes sufrir, sepárate, antes que sea tarde. Pero si lo quieres, agarra la mitad de la cruz, que él lleva con trabajo sobre sus espaldas, y como el pobre Cirineo di: ¡Adelante!
EL COMPROMISO
Los cuatro artículos que componen este apartado fueron seleccionados de entre los publicados en el diario La Prensa de Santa Cruz de Tenerife, el medio donde se dio a conocer Encarnación Aragoneses bajo la firma de Elena Fortún, pseudónimo que la haría famosa. Encarnación tomó prestado el nombre de la protagonista de la novela Los mil años de Elena Fortún, escrita por su esposo Eusebio de Gorbea, novelista y dramaturgo por afición, y publicada en 1922. Terminó siendo el nombre con que la llamaban muchas de sus amigas —y su propio editor— y el que se ha elegido en este libro para referirse a ella. Elena se lamentaba de que le dirigiesen cartas —y cheques— a su pseudónimo, pero al final de sus días dejó dicho que en su lápida figurase el nombre de Elena Fortún y la fecha de su muerte, «nada más».
La autora escribe estas colaboraciones a su vuelta a Madrid (1926-1927), después de pasar dos años en Santa Cruz de Tenerife, donde había sido destinado su marido, militar de profesión. Elena Fortún elige, para sus primeras publicaciones, la cuestión feminista (que incluye el abolicionismo, el trabajo de la mujer y la moda), sumándose así al nutrido grupo de periodistas que impulsaron un clima favorable para la emancipación de la mujer. El conjunto de estos primeros artículos abarca también otros temas, como una serie de crónicas fruto de su primer viaje a Francia, el espiritualismo y la educación infantil.
CARTAS A LA MUJER TINERFEÑA [I]
Lectora amiga:
Deseaba encontrarme frente a ti hace mucho tiempo, casi tanto como el que he dejado de verte. He vivido dos años a tu lado, y tú, tan dulce, tan humilde, tan maternal, me has enseñado a amar todas las cosas de un modo más suave y apacible. Estoy, pues, en deuda contigo y quiero pagarte del único modo con que las deudas de amor se pagan: con amor.
Quiero hablarte de mis paisanas, y que sepas de sus inquietudes. Hay ahora una efervescencia en el mundo femenino de la que no puedes estar tú alejada; la mujer empieza a ser consciente de su misión y sale de su hogar con el ánimo de redimir a los débiles, de auxiliar a los niños y a los ancianos, de remediar lo que los hombres han abandonado ya como irremediable.
Con estas mujeres, que tratan de serlo cumpliendo su alta misión de amor, hay otras más inconscientes o más infantiles, y así, en este revuelo femenino están el fox junto al mitin feminista, el mah-jong mezclado con la conferencia y el Club de Mujeres con el cigarrillo, el voto y el abolicionismo.
No hay que desanimarse por ello; esta inquietud vibrante y nerviosa es siempre la que precede a las grandes determinaciones. Es la mitad del género humano, hasta ahora recluido en su hogar, el que quiere resolver los problemas para los que el hombre no ha encontrado solución.
¿No has visto, mujer, soltar palomas mensajeras? Suben muy alto y empiezan a dar vueltas y vueltas sobre el lugar de su partida; a veces se pierden, casi, en lo azul de los cielos, y vuelven después a bajar, desorientadas y aturdidas. Parece que van a caer, pero otra vez remontan el vuelo y tornan a dar vueltas y vueltas; hasta que, al fin, un instinto maravilloso les señala el camino en la inmensidad del espacio, y ya, seguras de la dirección, parten orientadas y decididas.
Esta es nuestra situación en estos momentos. Acabamos de salir de una vida en la que todo nos lo daban hecho; sólo se nos exigía saber cuidar del hogar y de nuestros hijos —aunque la mayor parte no supiera—.
Por egoísmo nos han empezado a enseñar algo más de lo que hasta ahora parecía necesario saber, y al abrir los ojos a la nueva vida nos encontramos con que este hogar grande, que llamamos Patria, es como la casa de un viudo con hijos, en que todo es triste, duro, desolado, porque no hay mujer. Hay tanto que arreglar en esta casa sucia y sin gracia que no sabemos por dónde empezar y damos vueltas desorientadas, sin saber si es más necesario poner paz en las peleas de los niños o un jarro con flores en la mesa del comedor.
La Prensa, 3 de abril de 1926
CARTAS A LA MUJER TINERFEÑA [II]
El día 9 de este mes se celebró el último mitin abolicionista de este curso. El doctor Juarros, presidente de la Sociedad1, nos volvió a repetir, para que no lo olvidemos, el idearium abolicionista, y nos dijo que en el mes de mayo de 1927 se celebrará una asamblea, y de ella saldrá el acuerdo de la reforma de leyes que se ha de pedir al Gobierno.
Para entonces es preciso que todos los españoles, pero sobre todo nosotras, las mujeres, estemos unidos en un mismo ideal de justicia y convencidos absolutamente de la necesidad de abolir la prostitución legal y reglamentada. Hemos podido vivir en medio de esta gran injusticia porque no pensábamos en ella, porque un pudor mal entendido nos vedaba hablar de ciertas cosas, y porque si alguna vez, tímidamente, nos hemos atrevido a protestar, nos han dicho los hombres que era un mal necesario.
Josefina Butler ha dicho miles de veces: «No hay males necesarios». Que sea este nuestro lema. No, no hay males necesarios; lo que ha habido y hay es inconsciencia, egoísmo, indiferencia.
¿Has pensado, mujer, alguna vez, en la suerte de esas desdichadas? No ha habido esclavitud comparable a la suya; explotadas por una patrona o por un mal hombre, golpeadas, escarnecidas, sin dignidad y sin decoro, sin derechos humanos, inferiores al paria de la India y al perro de nuestra casa, ven pasar los mejores años de su vida; después llega la enfermedad horrible y asquerosa, el hospital, y, si la muerte no viene pronto, la vejez miserable, inmunda y abandonada.
Y he aquí otra de las más enormes injusticias: mientras la pobre mujer enferma es recluida en el hospital y no puede salir de él a ejercer su oficio hasta que no esté completamente curada, el hombre que la infectó sigue viviendo libremente, repartiendo enfermedades, casándose y dando al mundo hijos degenerados. Las leyes las hicieron los hombres, que ni siquiera parece que nacieran de mujer.
Hay que pedir la ley de reconocimiento prematrimonial: no podemos entregar nuestras hijas, sanas y puras, a un hombre sin conciencia, capaz de contagiarles una enfermedad horrible; y para ello es necesario pedir también la ley del delito sanitario, porque no es justo que vaya a la cárcel quien atenta contra la vida de otro, mientras queda libre el que produce una enfermedad que a veces dura toda la vida.
No desaparecerá la prostitución porque esta no sea legal, como no han desaparecido los ladrones, a pesar de estar prohibido el robo; pero se limitará, sobre todo si se aprueba la ley de investigación de medios de vida, y es seguro que, así como nadie al poner su profesión en la cédula escribe «ladrón», nadie pondrá tampoco «ramera».
Las enfermedades disminuirán como han disminuido, hasta casi desaparecer, en Inglaterra, Noruega, Dinamarca y otros países. En ellos las desgraciadas que aún no se han redimido del todo tienen que justificar su vida con un oficio o trabajo honrado, se van dignificando lentamente y cuidan de evitar las enfermedades que son una vergüenza en el ambiente en que ahora viven.
En esta campaña hemos de oír cosas muy desagradables. Por ejemplo, como ya se ha dicho, que estas mujeres se encuentran muy a gusto en su vida, y que no tienen ningún deseo de salir de ella. Precisamente la inconsciencia de estas desgraciadas, que por haber caído tan bajo son ya incapaces de hacer el menor esfuerzo, por sí mismas, para salvarse, es lo que ha de movernos a mayor compasión. ¡Bendito sea Dios, que hace que ni el jorobado sepa de su joroba, ni la prostituta de su vergüenza! Esta es la justicia divina, que pone en cada espíritu, exactamente, el grado de conocimiento que necesita para vivir.
No es digno de cristianos países sostener este estado de injusticia vergonzoso, y no será verdad que el cristianismo ha dignificado a la mujer (como tanto se ha dicho) mientras miles de hermanas nuestras vivan en la mayor de las desventuras. Uno de los oradores del último mitin nos dijo que «es más digno el harén musulmán, cuyas mujeres son de un solo hombre, que las alimenta, las guarda, las considera y las hace respetar, y cuyos hijos tienen un nombre, una educación y una categoría, que esta comodidad mezquinamente económica —con economía de responsabilidad, de corazón y de bolsillo— que hace que nuestros Beni-Alí de tres al cuarto puedan disfrutar de un harén cada noche por unas pesetas».
Se dice también que para que las mujeres honradas vivamos tranquilas es preciso que existan otras que no lo sean, y que, lo mismo que los soldados luchan para que el pueblo pueda vivir en paz, ellas defienden nuestra vida honrada y la de nuestras hijas. Si esto es así, si aun inconscientemente ellas están cumpliendo un noble oficio, contesta, mujer, a quien esto te diga, que así como entrega sus hijos a la Patria, entregue también a la prostitución alguna de sus hijas. Seguramente se indignará; pero sin razón, porque es justo, de toda justicia, que en esta forma se contribuya a todas las necesidades del país. ¿Es que no se ha pensado nunca que también esas mujeres han tenido padres, que también las criaron con amor, y que hubo un tiempo en que fueron inocentes y puras como nuestras hijas? Si el villano que las perdió, abandonándolas después, las hubiera amparado, hoy serían tan honradas como nosotras.
Y en cuanto a hacernos creer que nuestra virtud se apoya en la desgracia de unos miles de mujeres, miente quien tal diga. Los hombres no son fieras. Pero si fuera cierto, si la vida fuera tan horrible como nos la pintan, nosotras no podemos querer una tranquilidad que se sustenta en la esclavitud de estas desgraciadas criaturas, y habría llegado el momento de gritar, como en días de horror gritaron las mujeres belgas: «¡Mujeres! ¡Vamos a la huelga de vientres vacíos! ¡Dejemos extinguirse a una humanidad que ha fracasado en sus más altos ideales!». Pero no: el ejemplo de otros países nos da la seguridad de que esto no es así. Tengamos fe. Ni hay males necesarios, ni humanidad malvada, ni pueden fracasar el bien y la justicia, que hablan cada vez más alto desde el fondo de nuestra conciencia.
Mujer, te emplazo para mayo de 1927. Une tu voz a las nuestras, y ayúdanos a abolir leyes odiosas y a salvar a la parte más miserable de nuestra sociedad.
La Prensa, 5 de junio de 1926
1 La Sociedad Española de Abolicionismo se funda en Madrid en mayo de 1922 bajo la iniciativa de los doctores Juarros y Hernández Sampelayo con la finalidad de lograr la supresión de la prostitución legal y la inclusión del delito sanitario en el Código Penal. Para ello se emprende una campaña de propaganda basada en la organización de mítines y la publicación de colaboraciones de sus asociados y simpatizantes en la prensa, donde contaba con el apoyo de periódicos progresistas, como El Sol, y de algunas revistas especializadas.
CARTAS A LA MUJER TINERFEÑA.
LAS PLAYAS HUMILDES
El concepto del verano ha cambiado para la humanidad en estos últimos años, y lo que antes era un lujo o una distracción es ahora la vuelta a la vida natural durante unos meses de cuerpos y espíritus fatigados por la vibración angustiosa y calenturienta de las grandes poblaciones.
Es posible que en Royan, Trouville y Biarritz, donde veranea la alta sociedad francesa, el veraneo sea un constante cambiar de vestidos para contemplarse unos a otros en la playa, en las carreras y en el casino; pero en estos pueblos de la Costa de Plata, donde veranea la burguesía y adonde vienen, en busca de sol, los ingleses y los belgas, la vida es de tan extraordinaria sencillez que no puedo resistir al deseo de hablarte de ella.
En estas playas no hay cabinas ni casetas; sólo unas pequeñas tiendas de lona, que la mayor parte de los veraneantes no utilizan, pues salen de sus casas en traje de baño y envueltos en el peignoir. No es fácil distinguir a los hombres de las mujeres, todos van vestidos lo mismo y el gorro de goma les da a todos la misma fisonomía.
A las once, estas inmensas playas de arena rubia, sin una roca y bordeadas de dunas, tienen un extraño aspecto. Todo el mundo se comporta exactamente como si estuviera solo; nadie se preocupa de nadie. Durante horas y horas se dejan tostar al sol, apenas cubiertos con el maillot, con una inmovilidad de faquires. Después del baño, la playa entera se pone en movimiento. Un grupo de mujeres esculturales hace gimnasia rítmica dirigido por una profesora que parece la diosa Juno con cabellera de oro.
Un corro de muchachos hace gimnasia respiratoria, bajando y subiendo los brazos acompasadamente. Una veintena de hombres corre por la orilla del agua con movimientos iguales y concienzudos. Unos señores gordos se doblan por la cintura, tratando de llegar a los pies con las puntas de los dedos; y una madre de familia rodeada de sus pequeños va explicándoles prácticamente todo un tratado de gimnasia.
Puede decirse que todos los bañistas están desnudos; hombres y mujeres se cubren simplemente con un sencillo maillot, y, sin embargo, no hay nada que dé una sensación más serena, más casta y más limpia que estas playas de Francia. Ni unos gemelos, ni una mirada, ni una expresión de pensamiento pecaminoso entre estos hombres y mujeres que juegan al tenis en maillot, que se bañan juntos y que pasan la mayor parte del día desnudos y tendidos sobre la arena. Parece envolverlos, como manto de Virgen, la santidad purísima de su único anhelo de salud.
Después de la merienda, los bañistas pasean, ya vestidos, por los pinares; y, aunque siguen llevando muy poca tela, su traje está tan lejos de toda vanidad que no puede atribuirse a desaprensión lo que sólo es higiene. Ellas lucen sus vestiditos de cretona de mil colores y las alpargatas sobre los pies desnudos; ellos, el pantalón de hilo blanco y la camisa de sport. Con estos trajes primitivos asisten después al teatro y al baile del casino. Los niños aún son más felices, su traje de calle sigue siendo el maillot de baño con sólo cambiar el mojado por otro seco.
Cuando llegan a estas playas los franceses del norte, rubios como ingleses y de piel blanca y sonrosada, su belleza clara se destaca del color, fuertemente tostado, de los veraneantes; a los ocho días de vida veraniega, todo su cuerpo se ha convertido en una brasa roja, de la que se desprende la piel, descubriendo verdaderas heridas que soportan con sereno estoicismo; después, poco a poco, sus fisonomías empiezan a borrarse, y apenas han pasado otros ocho días ya es difícil distinguir entre un inglés y el argelino que vende los tapices, o a una dama de Normandía de una zíngara de las que hacen música en el casino.
Esta gente se preocupa verdaderamente de su salud y piensa que, ya que no puede hacerse en un mes un sistema nervioso o unos pulmones nuevos, puede sustituir su piel anémica por otra capaz de asimilar la luz que ha de nutrir sus nervios, y fortificar unos músculos que han de dar a su cuerpo salud y belleza.
La medicina extraviada, por no se sabe qué absurdos caminos, vuelve arrepentida a la madre naturaleza en busca de la salud que perdió en muchos siglos de brebajes y de olvido de todas las leyes naturales.
Todo el mundo ha comprendido la lección y se prepara para fortalecerse, y fortalecer a esta generación que empieza a vivir sin el miedo al frío o a la debilidad que fueron los fantasmas de nuestra época.
Y, sin embargo, esta alegría que siento ante esta sana virtud que me parece sorprendida por mí, viene a entristecerla la noticia de que unas lindas e inocentes señoritas, hijas de un pintor ilustre, que en una playa del norte de España tomaban tranquilamente su baño de sol, creyendo sin duda que ya está Dios en todas partes, han sido multadas.
La Prensa, 29 de agosto de 1926
ESTAMPAS INFANTILES
La Sociedad Protectora de Animales y Plantas ha organizado una exposición de dibujos en la que sólo han tomado parte los niños de las escuelas españolas e inglesas. Supongo que los de otras naciones no han enviado porque no se ha hecho suficiente propaganda.
La exposición se ha celebrado en el salón de Nancy, y el número de dibujos recibidos ha superado lo que se esperaba. Casi todos los artistas deben de tener muy pocos años, a juzgar por la ingenuidad de sus obras y por lo incorrecto del dibujo; y todos han coincidido en poner en el margen una pequeña leyenda como explicación del asunto tratado. Esto no deja de estar muy en su lugar y demuestra que los pequeños, más razonables que los pintores modernos, procuran evitar las confusiones que pudieran surgir en la contemplación de sus cuadros. Si en las exposiciones de ahora se siguiera esta costumbre, nos evitaríamos el trabajo de averiguar si el pintor quiso hacer un pozo o un árbol, aun cuando, según el conferenciante que inauguró una exposición futurista, esta manía de saber que tiene la humanidad sólo sirva para rémora del genio artístico.
El asunto de los dibujos debe de haber sido condición impuesta por la Sociedad que sea, de animales o plantas, y si la imaginación del niño llegaba a ello, tratar de mostrar el dolor de los seres indefensos o el amor con que debiera tratárselos.
Los pequeños artistas españoles han encontrado tan a mano los asuntos de crueldad con los animales que apenas han tenido que discurrir. Así, abundan los borriquillos que tiran de un carro cargadísimo, mientras el carretero los golpea despiadadamente; los perros que huyen de los chicos que los apedrean, y, sobre todo, los caballos (tan barrigones que parece haberles servido de modelo el de bronce de la plaza Mayor) que después de muchos años de trabajos al servicio del hombre concluyen su vida arrastrando sus tripas por la arena de la plaza de toros.
En los asuntos de amor se ve que ni los niños han tenido muchos ejemplos a la vista ni sus almas recias de españoles entienden mucho de eso. Se limitan a dar de comer a los pajaritos y alguno dice que también calor en el invierno. Yo no sé qué pensarían los pájaros de esa niña que aparece en el dibujo apretando a un gorrión contra el pecho, pero me figuro que no habría de hacerles mucha gracia.
En fin, todos los dibujos son encantadores y los autores, unos buenos chicos, que por lo menos durante unas horas se han ocupado de los animales para algo que no ha sido martirizarlos.
Los dibujos ingleses son asombrosos. Es cierto que sólo han enviado los primeros premios de las escuelas, pero tienen tal arte que podrían figurar en una exposición de profesionales. Casi todos parecen copias del natural, y en sus asuntos sencillos apenas reconoce el dolor otra causa que la falta de libertad.
El pájaro que mira a través de su jaula dorada a otro pájaro que vuela libremente; el perro atado con una cadena, entristecido y escuálido, y hasta el zorro que aúlla desesperado, con una pata mordida por el cepo, mientras en las nubes se dibuja la silueta de una dama elegante envuelta en pieles, todos piden únicamente libertad.
Decididamente, la psicología del niño inglés es completamente distinta a la nuestra. El caballo que después de dar la vuelta enloquecido en el hipódromo cae extenuado y moribundo no ha tenido ni un comentador. Tal vez piensan allí que el animal no ha podido encontrar muerte más feliz, en ese simulacro de libertad del que disfruta.
Esta exposición, además del estímulo que puede haber proporcionado a los niños, sólo ha servido para que aprendamos dos cosas, que la educación artística de los niños españoles está, en general, muy descuidada, y que desgraciado del animal que caiga en nuestras manos, sea vivo o en estampa.
La Prensa, 17 de noviembre de 1926
MISTERIOS SIN DESVELAR
La revista La Moda Práctica, como indica su subtítulo, «Semanal de las familias», no se limitaba estrictamente a la moda, sino que incluía otros asuntos como la decoración del hogar, la educación de los hijos, grafología, concursos… Sin embargo, la inusitada naturaleza de las reflexiones que publicó Elena Fortún en este medio entre 1927 y 1929 justifica la pequeña introducción de la editora en el primero de los artículos de la colección, donde se dice: «la brillante y sugestiva pluma de nuestra eminente redactora, Elena Fortún, tiene la seguridad de interesar a nuestras suscriptoras por los especialísimos asuntos que en ellos se trata». En efecto, la veintena de cortos textos que forman la serie de la revista, todos ellos hermanados por un mismo título, «¿Por qué?», versa sobre los misterios del destino y el más allá, su impacto sobre la vida de las personas sensibles y sus posibles explicaciones. A lo largo de esta serie Elena Fortún ofrece algunas teorías para tratar de justificar distintos fenómenos, casi todos de carácter paranormal, que la ortodoxia científica no había podido esclarecer.
Tras su temprano rechazo de la religión católica tal como se vivía en la España más convencional, y de la que su madre había sido un exponente notable, la vida de Elena Fortún estuvo marcada por la búsqueda espiritual. Esta indagación, a veces angustiosa, que sólo se apaciguaba en los períodos de intensa creatividad literaria, la llevaría a interesarse por filosofías y doctrinas heterodoxas. Solamente en el exilio americano adquirió cierta paz al experimentar una (re)conversión y vuelta al seno de la Iglesia católica. Ella misma confesaba su trayectoria a una de sus grandes amigas (Mercedes Hernández) de la siguiente manera: «Y luego de haber sido espiritista, teósofa, y hasta rosacruz, soy profundamente católica. He vuelto a la Iglesia de mis padres, donde está todo lo que he andado buscando en la filosofía y en todas esas teorías absurdas creadas por otros buscadores de espiritualidad como yo».
¿POR QUÉ? [I]
Dicen los orientales que los milagros no se producen en torno nuestro porque vivimos demasiado ruidosamente.
Nosotros sonreímos escépticos, diciéndonos que los milagros no existen, porque la ciencia ha barrido, con sus verdades, todas las viejas supersticiones.
¿Tú lo crees, lectora amiga?
A la ciencia no le sirve toda su sabiduría para contestar a la más humilde pregunta de un niño.
Un día lo sabremos todo, y entonces seremos semejantes a dioses, como prometió la serpiente a nuestra madre, porque el árbol de la ciencia está entre nosotros y Dios mismo consiente que comamos de él.
Pero hoy somos aún ignorantes criaturas, y vivimos en un mundo maravilloso, como pobres ciegos que anduvieran a tientas por los palacios de Aladino. Él nos rodea, nos envuelve. Parece que, a veces, el misterio trata de llegar a nuestra alma: y una vez es la corazonada, otras, el sueño que se cumple, la sonrisa del recién nacido, la mano que a nosotros se tiende en los momentos angustiosos, el admirable instinto de los animales, la suerte que persigue a un desdichado y hace de un ser inútil un gran hombre… Tantas y tantas cosas incomprensibles y sorprendentes que presenciamos en el curso de nuestra vida sin querer pensar demasiado en ellas.
Vemos salir el sol todos los días por el mismo sitio y ocultarse por el mismo lado; vemos brotar los arroyos de la tierra y cubrirse los campos de flores… Pero todo ello es natural, ¡siempre ha sido así! Sabemos que la naturaleza se rige por leyes, y vivimos tranquilos mientras no las modifique.
Lo intolerable, o que nuestra sabiduría no puede admitir, es que una ley no se cumpla. Hay en ello un miedo que apenas nos podemos explicar. Si estas leyes que parecen inmutables no lo fueran, ¿qué sería de nosotros? ¿Con qué tranquilidad nos acostaríamos si no estuviéramos seguros de que mañana alumbrará el sol y correrá el arroyo y todo seguirá en el mismo sitio?
Sin embargo, no comprendemos nada. El grano de trigo que fructifica la tierra guarda, en potencia, todo un mundo; la hormiga, que trabaja afanosa, tiene su ley y su moral; los cuerpos químicos tienen sus simpatías y sus repulsiones; la luz que reciben nuestros ojos se descompone en colores que no veremos nunca; existen vibraciones que no tienen significación material, y que los sabios llaman «desconocidas», y serán sonido, o serán luz, o serán algo, para lo cual no tenemos sentidos.
Vivamos, pues, con el alma de hinojos, en espera de la revelación. Preguntémonos «¿por qué?» a todas horas, humildemente, con reverencia. Y es seguro que un día, cuando menos lo esperemos, la verdad infinita nos será revelada.
La Moda Práctica, 5 de abril de 1927
¿POR QUÉ? [II]
¿Qué es el sueño? ¿Qué es esa momentánea paralización de la vida, que así abate y entorpece a todos los seres vivos? ¿Será que el espíritu, cansado de vivir tantas horas encerrado en la cárcel de la materia, se aleja de ella?
El corazón late más despacio, la respiración se hace más lenta y profunda. Nada falta al que duerme que no tenga cuando está despierto, y, sin embargo, es como si le faltara todo, porque nada hay más parecido a la muerte que el sueño.
¿Qué cosa misteriosa y divina abandona al cuerpo, dejándole dormido? El pobre cerebro, sin brújula, juega como niño abandonado, con los recuerdos y las esperanzas, mezclando sucesos pasados, personas desaparecidas, lugares visitados en otro tiempo, con animales que hablan y fantasías extravagantes que no logran asombrarnos.
Pero hay un momento, entre el sueño y la vigilia, cuando paso a paso se acerca a nosotros el alma que nos abandonó al dormirnos y aún no hemos salido del entorpecimiento del sueño, en que este se hace clarividente y sabio. Este es el instante preciso de las grandes revelaciones.
En el libro de E. Bozzano Des phénomènes prémonitoires, se cuenta este caso perfectamente comprobado.
Tres meses antes de la batalla de Borodinó, la condesa Toutschkoff, esposa del general del mismo nombre, soñó que estando ella en una fonda de una ciudad desconocida entraba su padre llevando de la mano al único hijo de la dama, y decía a esta tristemente: «Acabó tu felicidad. Tu marido ha muerto en Borodinó». Tres veces tuvo el mismo sueño, y sintiéndose terriblemente angustiada llamó a su marido para preguntarle dónde estaba Borodinó. No lo sabía y buscaron ese nombre en el mapa, sin encontrarle.
Pasados tres meses y declarada la guerra, los sucesos ocurrieron exactamente como en el sueño. El general murió a orillas del río Borodinó, que da su nombre a una aldea, y el padre de la condesa se presentó una mañana en el cuarto de su hija con el niño ya huérfano para decirle: «Tu marido ha muerto en Borodinó».
De cada veinte personas, hay por lo menos cinco que han visto realizado un sueño; pero aunque sólo una hubiera recibido esta revelación, sería bastante para no poderlo negar.
Tal vez el alma, que vuelve a nosotros saturada del eterno conocimiento, ha reflejado, como en un espejo, los sucesos que están por venir pero que en un lugar del espacio existen ya inmóviles e inalterables como el destino.
¿Por qué el espíritu, que todo lo sabe, vive en nosotros silencioso y meditabundo? ¿Es la alegría de volvernos a ver, después de muchas horas de abandono, lo que le hace dejarnos vislumbrar el misterio?
La Moda Práctica, 5 de julio de 1927
¿POR QUÉ? [III]
En los lagos de Suiza existen unos pájaros que hacen sus nidos en las grietas horizontales de las peñas que bordean el agua. Algunos años, los pájaros anidan tranquilos casi al borde de las espumas; pero, otros, se les ve ir y venir inquietos y asustados… Vuelan en bandadas, posándose aquí y allá, indecisos y dando muestras de gran sobresalto. Al fin, la orden que reciben, no se sabe de dónde, se hace más imperiosa y precisa, y entonces, ya decididos, escogen la grieta, determinada ya de antemano por la misteriosa deidad que los dirige, y empiezan los preparativos para recibir a los polluelos, que sólo tardarán un mes en llegar.
La grieta escogida en estos casos suele estar a dos o tres metros del agua, y a veces, a cinco o seis.
Los aldeanos, que tienen la experiencia de lo que este cambio de vivienda significa, contemplan inquietos el ir y venir de los pájaros, y no dejan sus observaciones hasta que estos han escogido definitivamente su casa. Y entonces, un poco tristes, pero ya seguros de lo que va a pasar, emprenden el camino de la aldea para prevenir a todos de que «este año la crecida del lago inundará los campos».
No cabe duda de que el cerebro de los pájaros no sabe nada, ni ha podido averiguar que dentro de un mes el agua barrerá sus nidos. Las personas que todo se lo explican dicen que los animales están guiados por el instinto. Preguntadles qué cosa es el instinto y no sabrán contestar. Hemos dado nombres a cosas inexplicables, y vemos que, una vez desaparecido el nombre, no queda nada.
Para esto, como para todo, hay que volver los ojos al Oriente, donde están los hombres extáticos, que jamás inventaron nada, pero que observaron durante miles de años el vuelo de las aves, la lluvia y el sol; y ellos nos dicen, en su filosofía sutil y maravillosa, que es un solo espíritu el que cobija a todos los animales de la misma especie, y que ese espíritu, que ha trascendido más allá del tiempo y del espacio y tiene la ciencia suprema de quien nada aprendió, porque es la infinita sabiduría, ha dado la voz de alarma en el momento preciso en que la vida de la raza iba a peligrar.
¿Tienen razón los indios con su original teoría del alma grupo? Para nosotros los occidentales, un poco distraídos y ruidosos y nada contemplativos, es demasiado alambicada la idea.
Pero si desechamos el instinto, que no es nada, y no admitimos el alma grupo, sólo nos queda la inquietud del misterio en la conciencia. ¿Y quién sabe si no es lo mejor este preguntarnos todos los días, este llamar constantemente a la puerta que separa nuestro mundo conocido del que todavía no lo es? ¿No recordáis que Cristo dijo: «Llamad y se os abrirá»?
La Moda Práctica, 20 de julio de 1927
¿POR QUÉ? [IV]
Hemos recibido una carta de una suscriptora que dice así:
«Mi amiga y yo nos escribimos pocas veces, a pesar de querernos mucho. No pertenecemos a la clase de personas epistolares, y cuando nos ocurre algo importante tenemos miedo de alterar la verdad al escribir. Por esto, nuestra correspondencia se reduce a dos o tres cartas al año.
Pero he aquí algo extraordinario: cuando yo un día me decido a escribirle, nuestras cartas se cruzan y recibimos a un tiempo ella la mía y yo la suya. En el mismo día, las dos hemos sentido la necesidad de comunicarnos. Como esto se ha repetido ya muchas veces, hemos decidido poner junto a la fecha la hora, y de cinco veces, cuatro hemos coincidido.
Lo he contado a varias personas, y estas o me han dicho que todo ello es una coincidencia (lo cual me parece absurdo) o me dicen que es un caso de transmisión de pensamiento muy corriente y ya admitido por la ciencia».
El caso contado por nuestra comunicante es corrientísimo, y todos hemos podido comprobarlo alguna vez en la vida. Lo que ocurre es que preferimos creerlo una casualidad antes de dejarnos invadir por la inquietud de lo desconocido. Y sin embargo, la telepatía es ya un fenómeno conocido y explicado, y ya nos han dicho todo lo que puede decirse de las vibraciones del pensamiento y de los cerebros transmisores y receptores.
Pero ¿qué es esta vibración sutilísima de nuestro pensamiento que se pierde siempre en el aire, pero que un día, sin saber por qué, toma una dirección y va apartando toda la red de pensamientos humanos y buscando a ciegas el cerebro único en que aquel pensamiento tiene sentido? Lo que sabemos es que la enfermedad, el histerismo, la proximidad de la muerte acrecientan estos poderes sobrehumanos como si la salud hiciera recogerse al alma en el último rincón oscuro de la materia triunfante.
No debemos desechar un hecho por lo que este tenga de extraño, ni burlarnos de aquellas personas que parecen dotadas de una facultad que a nosotros creemos que nos falta. Sabemos que alguna vez todos hemos recibido una carta fechada el mismo día en que nosotros, inclinados sobre un papel, poníamos nuestro espíritu a tono con el de nuestro amigo. Lo que aún no sabemos es por qué se produce tan pocas veces y por qué no es siempre la persona más querida la que recibe esta comunicación a través del espacio.
La Moda Práctica, 20 de agosto de 1927
¿POR QUÉ? [V]
En aquel verano las trojes quedaron llenas de trigo; el pan de los hombres estaba asegurado, pero no así el de las bestias. La cosecha de algarroba se había perdido casi en absoluto y la cebada alcanzaba un precio tan fabuloso que únicamente los ricos podían dar de comer al ganado.
En el otoño todo fue bien, porque los prados tuvieron hierba abundante; pero llegó el invierno, con sus días fríos, sus vendavales crueles y la nieve cubriendo los campos. Los animales no podían salir de la cuadra y era preciso darles algo más que paja; los bueyes, que volvían tirando de las carretas ateridos y hambrientos; las vacas paridas, las novillas crecederas, todos se adelgazaban en aquel invierno interminable en que sólo el amo comía.
Tres fanegas de trigo apenas podían cambiarse por una de cebada, y los labradores se exponían a quedarse sin comer un mes para mantener un solo día a su ganado. Alguna vez se hacía un sacrificio por los más débiles, que sin este auxilio hubieran muerto; pero la mayor parte de los animales pasaba los días en las cuadras, rumiando la paja y mirando con sus ojos tristes los pesebres, que en otro tiempo estuvieron bien guarnecidos de sabrosas harinas de cebada y algarroba.
Muchas veces pasó por el magín de estos hombres que si las bestias pudieran comer trigo todo estaría resuelto; pero inmediatamente desechaban la idea como un pecado. Sólo uno mandó moler unas fanegas, y, ocultándose hasta de los suyos, se levantaba a media noche para dar pienso a sus bueyes, fatigados de arar todo el día. Bien sabía él que aquello era el pecado más negro de todos los que manchaban su conciencia; pero sus bueyes tenían hambre, eran viejos y débiles, y era preciso sacarles de aquel invierno, que no parecía tener fin. En el corazón del pobre hombre se libraba una batalla dolorosa y amarga. Él no dudaba un momento que era una espantosa profanación lo que estaba haciendo, y los héroes de Numancia, cuando mataron a sus hijos, no debieron de tener más horribles remordimientos que los que asaltaban al infeliz al mezclar con la paja puñados de blanca harina de trigo, que era como el cuerpo de Dios que había de ser baboseado y rumiado por las bocazas negras de los seres inferiores1.
Llegó la primavera, y con ella empezaron a cubrirse de hierba verde y jugosa los prados. Las vacas de mi hombre, menos escuálidas que las de los otros, fueron las últimas que salieron a pastar, y, tal vez por eso, las primeras que enfermaron del hartazgo.
Seguramente en ello no hubo misterio ninguno; los animales estaban viejos, y la salida de la cuadra caliente al campo helado les hizo más daño que a otros más jóvenes; después, aunque algo comieron durante el invierno, no fue mucho, ni bastante siquiera para saciarse, y así ocurrió que a los ocho días de salir al campo enfermaron uno tras otro y en unas horas quedaron rígidos y estirados sobre el estiércol de la cuadra.
Los ayes y las lágrimas de aquella familia que perdía toda su fortuna y el medio de vivir fueron el suceso más importante del pueblo.
El labrador no lloraba; un dolor sombrío y reconcentrado llenaba las horas de su vida. El día entero se le veía sentado a la puerta de su casa, silencioso y hostil, hasta que una mañana temprano tomó el camino de la iglesia, que no había vuelto a pisar desde el invierno, para confesar, entre sollozos que le desgarraban el pecho, su horrible pecado.
El buen sacerdote, que en toda su teología no encontró nunca nada que tratara de estos problemas campestres, escuchaba sorprendido; pero en su conciencia de hombre bueno se alzaba una voz misteriosa que le decía que allí donde un hombre de la ciudad no hallaría pecado alguno, el alma primitiva del hombre del campo, apenas desprendida del regazo de Dios, se acusaba de haber trastornado el orden natural de las cosas, sabiendo que es la mayor herejía que un ser humano se puede permitir. ¿Por qué?
La Moda Práctica, 20 de septiembre de 1927
1 El simbolismo del trigo como resurrección (una vez molido se hace pan) es muy antiguo, como lo acreditan las tumbas egipcias. No hay que olvidar que se trata de uno de los primeros cultivos del hombre y, por lo tanto, reservado para su alimento. El cristianismo se ha apropiado de la simbología del trigo; baste recordar que el pan fue el alimento de la última cena y en torno a él se celebra el sacramento de la eucaristía.
¿POR QUÉ? [VI]
El mundo moral tiene sus costumbres y sus leyes, que la humanidad ha observado dando a la experiencia popular frases y refranes que son como el título de los capítulos de la vida: «Bienvenido seas, Mal, si vienes solo», dicen las gentes cuando el dolor llama a su puerta; y el Mal, que suele venir siempre como heraldo de todas las amarguras, sonríe burlón y entra en la casa como dueño en sus dominios, preparando con ayes y lágrimas el aposento de los grandes dolores que le siguen.
Y en el hogar venturoso donde nada hacía presentir la llegada del monstruo muere la persona más necesaria y querida, enferman los jóvenes, se pierde la cosecha, y a los gritos de los que aún pueden llorar van acudiendo, como murciélagos silenciosos, la deshonra, la miseria, el hambre… ¿No habéis observado que nunca muere una persona de una familia sin que la sigan dos o tres y la desdicha caiga sobre la casa en todas las formas imaginables?
¿Y creéis que sería así si hubiéramos aprendido a recibir el dolor como emisario divino, dándole hospitalidad en un corazón limpio y humilde? No; es casi seguro que las grandes tragedias familiares vienen siempre atraídas por la manera absurda que tenemos de recibirlas.
El dolor, en la casa del justo, inclina la cabeza antes de entrar y toma la expresión de quien va a recibirle; si hay dignidad en la primera persona que sale a su encuentro, se torna digno y silencioso; pero si es recibido con gritos y maldiciones, nadie habrá que pueda echarle de una casa que tomó por asalto. Y aquí la sabiduría popular hizo también el comentario que la experiencia confirma: «En la casa del que jura, nunca falta desventura».
No puede faltar el dolor allí donde se está creando la desdicha todos los días, donde los pensamientos salen temblorosos y oscuros y parecen condenarse en una sola forma única de amargura y horror.
Es posible que la desgracia sea una de las formas que tiene el misterio de manifestarse. La muerte, que cuando nos arrebata a un ser querido la consideramos la desdicha más atroz, no cabe duda de que es uno de los más grandes misterios de nuestra vida, y que para recibirla toda reverencia y respeto nos debiera parecer pequeña.
¿Por qué, entonces, no hemos de pensar que cuando el dolor llama a nuestra puerta es la misma Divinidad la que se pone en comunicación con nosotros?
Pensaréis que con esto que os he dicho, aunque hubierais aprendido a llevar dignamente las desgracias, seguiríais sin poder resolver el problema de por qué el dolor viene siempre en rachas y parece como apresurarse a dejar caer sobre una familia, en unos meses, lo que sería natural que se repartiera en años.
Yo tampoco lo sé, amigas mías, y este es uno de los infinitos porqués de nuestra vida misteriosa.
La Moda Práctica, 5 de octubre de 1927
¿POR QUÉ? [VII]
Las cigüeñas viven en las ruinas de los templos de Egipto y hacen sus nidos en los pliegues de los trajes de los dioses de Karnak, que desde hace miles de años celebran cónclave mirándose unos a otros en un círculo extraño.
Las cigüeñas van y vienen, traen palitos grandes y chicos, cáscaras de frutas, tierra y pingajos recogidos de las calles sucias de los pueblos. Un día, cuando ya los pequeños están criados, se recibe la orden que dirige estas vidas humildes, y la bandada de cigüeñas cruza el mar, camino de Europa. Antes de llegar a tierra se separan en grupos, y unas se van a Grecia en busca de los nidos que dejaron en el Partenón, en el templo de Apolo y en todas las ruinas de los templos divinos de los dioses muertos.
Otras vienen a España, cruzan los altos picos de sus sierras y anidan en las torres castellanas, aún cubiertas de nieve (torres cuadradas, de campanitas cantarinas y ventanas en arco que guardan, cariñosas, los nidos de un año para otro).
Otras siguen su camino, sin detenerse hasta llegar a Alemania, para anidar en el puntiagudo tejado de una iglesia calvinista.
A la caída de la tarde, los animales sagrados ven ponerse el sol desde las torres de los templos de tres religiones. Sobre sus altas patas se yerguen misteriosas y blancas, estirando el cuello y haciendo sonar sus picos en un tableteo fantástico.
La silueta extraña semeja una interrogación que demanda al cielo una respuesta desde todos los templos de la tierra. ¿Por qué?
•
El Duratón es un río que cruza la provincia de Soria, y que sólo tiene de extraordinario la profundidad de su cauce, que por algunos sitios corre entre trincheras de veinte metros de altura.
En estos paredones de piedra cortados a pico tienen su nido una enorme cantidad de buitres, que viven de los pobres animales que caen en la profundidad del barranco. Las ovejas, las cabras y hasta los bueyes se acercan pastando descuidados y caen a la vista de sus guardianes en la sima, de la que no volverán a salir jamás, aunque les quedara un resto de vida.
Estos buitres, que nunca se alejan de sus murallas, desaparecieron en los días de la guerra de Crimea, y volvieron a desaparecer, camino de África, en el desastre del 21.
Indudablemente les gustan más la abundancia de la guerra y la carne humana que los prolongados ayunos en su río y las pobres bestias descarnadas que hay que disputarse a picotazos de la voracidad de todo un pueblo hambriento.
Nada de esto es extraordinario ni justificaría recordarlo en esta sección, si no fuera por la extraña manera de desaparecer estos buitres. ¿Quién les avisa de que los hombres se están matando? ¿Cómo pueden saber lo que pasa a miles de kilómetros? ¿Tienen ellos lenguaje y correos para entenderse? ¿Qué noticia en contra recibieron en la Gran Guerra para no asistir a ella, donde los gases asfixiantes los hubieran matado? ¿Por qué?
La Moda Práctica, 20 de octubre de 1927
¿POR QUÉ? [VIII]
Cuando los innumerables guerreros de Persia se encaminaban a Europa para hacer la guerra a los griegos, Jerjes, que mandaba los ejércitos, cruzó el Helesponto sobre un puente de barcas y fue a sentarse en un trono de mármol blanco que los suyos habían preparado para él.
Al contemplar desde allí las aguas del estrecho que desaparecían bajo sus naves, las orillas del mar y los campos ocupados por un inmenso hormiguero de hombres, Jerjes se consideró el más poderoso de los mortales; pero inmediatamente sus ojos se llenaron de lágrimas. Artabano le dijo:
—¡Oh rey; qué corto intervalo ha separado vuestra alegría de vuestro dolor!
—Lloro —contestó Jerjes— de tristeza por la brevedad de la vida humana; dentro de cien años no existirá ni un solo hombre de todos estos.
En aquella ocasión se engañaba el rey, porque no había de pasar un año sin que casi todos aquellos hombres hubieran desaparecido.
Pero ¿no habéis pensado muchas veces, al encontraros entre una multitud, que bastarán unos años para que toda aquella generación haya sido sustituida por otra? Los trajes, los inventos, el nombre, la belleza, todo habrá pasado, y la lamentación de Jorge Manrique (siempre nueva, porque sólo el arte es eterno, como Dios) es actual en todo momento.
¿Qué se hizo el Rey Don Juan?
Los infantes de Aragón,
¿qué se hicieron?
¿Qué fue de tanto galán,
qué de tanta invención
como trajeron?
Y, sin embargo, a pesar de que cada uno de nosotros sabe con certeza absoluta que un día no lejano será sólo un poco de polvo y bastarán unos años para que no quede ni el recuerdo de su nombre, vivimos contentos como si lo ignorásemos en absoluto.
Las multitudes ríen, se divierten, buscan los espectáculos, y nadie diría que todos ellos tienen los días contados. A unos les sostiene una fe, a otros una filosofía, a muchos nada. Su pensamiento está vacío de ideas de ultratumba; pero todos viven, como si en el fondo de su conciencia existiera la absoluta seguridad de que la vida es eterna.
¿Será que lo mismo el que espera en Dios que el que nada espera sabe que la vida no acaba con la muerte?
No sería posible resistir este horrendo caminar hacia la nada si no tuviéramos el convencimiento absoluto de seguir siendo cuando ya no seamos.
Y si no es esta seguridad, si no esperamos nada una vez concluida la vida, ¿qué sostiene nuestro cuerpo? ¿Cómo y por qué podemos seguir viviendo sin enloquecer? ¿Por qué?
La Moda Práctica, 5 de diciembre de 1927
¿POR QUÉ? [IX]
Observad que no conviene hablar mucho de nuestros éxitos; parece que al ruido de nuestra felicidad se despiertan no sé qué desconocidas sombras, que apagan las risas y las convierten en lágrimas.
Némesis era entre los griegos la diosa que castigaba todos los excesos de fortuna o de orgullo. Se la representaba con un dedo junto a la boca, para indicar la moderación de la palabra, y con un brazo figurando la medida de un codo. Es decir, dando el gran consejo de guardar mesura y silencio. «Nada de más» es la inscripción délfica que guarda de la envidia de los dioses.
Se cuenta que hubo un hombre llamado Polícrates que arrojó al mar su más precioso anillo para conjurar las desgracias que esperaba ver caer sobre su vida dichosa. Un pescador llevó a los pocos días a su palacio un pez, dentro del cual fue hallada la alhaja, y Polícrates comprendió que los dioses rehusaban su ofrenda. Esperó resignado la desgracia, que no tardó en llegar, y ella fue tal que el griego perdió la vida.
Estas historias lejanas no son tan despreciables como pudiera parecer. Los tiempos han cambiado, pero la vida es la misma y las leyes que rigen el mundo espiritual son las mismas también.
El exceso de felicidad, los éxitos repetidos siguen atrayendo, como entonces, las desdichas en torno de los felices. Es como si el ruido de una felicidad demasiado ruidosa atrajese las miradas de Némesis, que hasta entonces los tuvo olvidados.
Ahora que los dioses se convirtieron en polvo y la diosa vengadora es sólo una lejana sombra, ¿a quién culpar de una venganza que es demasiado repetida para ser negada?
A veces se piensa que la envidia que un ser feliz despierta será como un vaho turbio y espeso, que subirá a las nubes para caer convertido en lágrimas sobre la vida feliz que despertó la envidia.
El poder del pensamiento es enorme, y aún mayor el de los malos pensamientos.
La envidia de los dioses sigue existiendo, y esos dioses nunca han sido otros que nuestros pensamientos, vibrantes, que pudiendo extender la paz por el mundo se unieron sólo para odiar y maldecir.
Esta es la única explicación comprensible. Si esto no es, ¿por qué seguimos sintiendo caer sobre nosotros una maldición cuando nos encontramos en plena felicidad? ¿Por qué?
La Moda Práctica, 15 de septiembre de 1929
LA INSPIRACIÓN DE LOS ARTISTAS
Las doce colaboraciones publicadas en la revista monárquica Royal entre 1928 y 1929 reciben, al igual que los artículos de La Moda Práctica, un título común de carácter interrogativo: «¿Por qué se han hecho tantas obras maestras?». Esta insistencia sin duda refleja el afán indagatorio y pedagógico de la autora, siempre preocupada por proponer y buscar respuestas incluso a cuestiones que difícilmente se plantearía el común de los potenciales y aristocráticos lectores de Royal. La serie va precedida de una introducción, no incluida en esta edición, donde se advierte que los textos pretenden exponer el motivo por el que un artista ejecuta una determinada obra de arte. Elena Fortún, nos advierte la introductora, «ha evocado las sombras de los grandes maestros para que nos expliquen el porqué de sus cuadros».
En la mayoría de los casos, la autora interpreta, dentro del contexto histórico marcado por el tema de la obra, las circunstancias que dieron lugar a la pintura; en otras, la relación texto-pintura es aún más leve; pequeños detalles del cuadro —miradas, sonrisas— la llevan a imaginar verdaderas historias en las que intervienen personajes ajenos a la realidad presentada por los pintores.
Este conjunto puede considerarse como el intento más trabajado de Elena Fortún de escribir una colección de interesantes relatos de muy distintos estilos dentro de lo que podría denominarse periodismo especializado en la divulgación artística, pero con un fuerte componente literario.
¿POR QUÉ SE HAN HECHO TANTAS OBRAS MAESTRAS?
FRA ANGÉLICO, LA ANUNCIACIÓN
En el monasterio de dominicos de Fiesole, llamó la campana a maitines, y todas las puertas del claustro se abrieron como tumbas. De cada puerta salió un fantasma envuelto y encapuchado en una capa negra.
Alguno tosió, ¡estaba la noche tan fría!
La luna se había tendido sobre la balaustrada sin atreverse a entrar en el claustro.
Una chova miró curiosa, desde lo alto de un ciprés, el desfile de los frailes. «¿Adónde van? ¿De dónde vienen?»
La calavera que miraba al huerto con sus cuencas vacías sonrió a las ingenuas preguntas de la chova, que eran eternas y escalofriantes interrogaciones de la humildad…
Los frailes pasaron arrastrando sus sandalias, que sisearon un rezo al restregarse con las frías losas del claustro, y fueron desapareciendo por una puerta escondida en la sombra.
Después el cristal del aire vibró como si todo él hubiera salido por los tubos del órgano.
Domine, labia mea aperies et os meum annuntiabit laudem tuam, cantaron los frailes; y la luna curiosa se decidió a bajar la balaustrada, arrastrando su vestido de plata hasta la puertecilla de oro.
Todo el huerto húmedo y frío se reanimó con un soplo de primavera. Las violetas, escondidas entre la hierba, mandaron un saludo perfumado a unirse con la melodía del órgano.
Y entonces, un silbido fino y agudo se clavó como un puñal en el corazón de la noche… Una mujer descalza corrió por el huerto hasta la tapia; la sombra de un hombre se alzó por encima de las bardas y saltó ágilmente. Debió de caer en brazos de ella, porque se oyó un grito y un beso. La chova voló escandalizada…
El órgano se apagó y se hizo el silencio. La puertecilla del rincón, blanca de luna, abrió su boca y por ella salieron veinte encapuchados que arrastrando las sandalias desaparecieron en las tumbas de las celdas.
Sólo dos frailes quedaron inmóviles y callados, viendo desaparecer a los demás. El más joven miró al huerto y quedó estático, prendido en la blancura de la luna. El otro, que parecía más viejo, se acercó a él.
—Retírese, hermano Giovanni; la noche está fría y puede hacerle daño el relente. Estas madrugadas de marzo son crueles.
—¡¡Padre, déjeme!!
—Bien, hijo, bien. No tarde mucho. Que Dios le acompañe.
Y los pasos del fraile se perdieron en el claustro. Después se oyó cerrar la puerta…, después nada…
Fra Angélico continuó inmóvil mirando al huerto blanco y fragante de violetas.
Enfrente de él, el vestíbulo de la capilla, que con el legado de un rico comerciante se estaba construyendo, se bañaba en la luna y era tenue e impreciso como un sueño.
Pero ¿qué era aquella tela oscura que pendía de tres clavos en la pared del vestíbulo? El fraile nunca había visto allí cosa alguna. Tal vez la hija del jardinero habría puesto a secar algún paño de la Iglesia.
Un cuchicheo y una risa ahogada de mujer le sobresaltaron. ¿Quién reía? ¡Bah!, cosas del demonio que no descansa en su anhelo de perder almas…
Y Fra Angélico siguió inmóvil en la contemplación de la luna de plata, y el vestíbulo de jaspe…
Poco a poco, el paño oscuro que pendía del techo se fue precisando. Era un cortinón de brocado, que después de cubrir un banco arrastraba un buen trozo por el suelo. Y por la puertecilla del vestíbulo, que siempre estaba cerrada, vio el fraile avanzar a una niña delgada, tenue, translúcida…
Fra Angélico sintió el escalofrío de lo sobrenatural. Temió caer y se agarró fuertemente a la balaustrada…
La Virgen se sentó sobre el banco y el paño de brocado que le cubría, y abrió el libro que llevaba en la mano, inclinando hacia él su dorada cabeza…
Una nube pasó por delante de la luna, dejando el huerto en sombra un instante…, pero en aquel momento, en el Oriente se desgarró el cielo con luz milagrosa…
El fraile cerró los ojos aturdido, y al abrirlos vio que delante de la Virgen se inclinaba un personaje celestial.
Era Gabriel, no podía ser otro. Su vestido era de luz rosada de aurora, las inmensas alas de oro, y de oro el nimbo de su cabeza… ¿Fue su voz o fueron todas las voces del Paraíso las que cantaron?
—¡Dios te salve, María, llena eres de gracia; el Señor es contigo; bendita tú eres entre todas las mujeres!
Fra Angélico cayó de rodillas, repitiendo las palabras del ángel… Y una voz como un hilo de cristal llenó el aire de armonía:
—¡¡He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra!!
Los ojos extáticos del fraile presenciaron el divino misterio. Del cielo desgarrado por las alas del ángel brotó un rayo de oro que se tendió como una escala hasta el regazo de la Virgen, y por el celestial camino, un Alma blanca, aleteante como una paloma, vino a refugiarse en el seno virginal de la Virgen… La luz que iluminó el misterio encendió de rojo el huerto envolviendo en su gloria a un hombre y una mujer que huían, seguidos por alguien que se alzaba detrás de ellos…
Fra Angélico no vio más; los oídos le zumbaron, los ojos se le oscurecieron y cayó al suelo desvanecido…
Por la mañana, le hallaron los frailes tendido sobre las frías losas del claustro, y helado como un muerto.
Al despertar en la tarima de su celda, oyó ruidos de pasos y voces en el claustro.
—¿Qué pasa? —preguntó incorporándose asustado.
—No hable que todavía no está para ello —dijo el hermano enfermero que rezaba a su lado—. Esta noche han querido robar el tesoro del monasterio.
—¿Cómo? ¿Qué dice?
—Todos hemos creído que su desmayo tenía esa causa. Desde el claustro debió de verlo todo…
—¿Ver? ¿A quién?
—Al mozo que podó las parras el mes pasado, y que esta noche ha saltado la tapia del huerto.
—Sí…, esta noche yo he visto… ¡Bendito seas, Dios mío, que has mostrado a tu siervo la maravilla de tu amor!… Y he visto también a un hombre y una mujer que huían envueltos en luz gloriosa de milagro…
—¿Una mujer, dice? Sería la desvergonzada Fiammetta, la hija del jardinero que también ha desaparecido… Es preciso que diga eso al padre prior.
—¡Creí que serían Adán y Eva…!
—¡Hermano Giovanni, aún no está para hablar y delira!
Royal, febrero de 1927
¿POR QUÉ SE HAN HECHO TANTAS OBRAS MAESTRAS?
LORENZO LOTTO, LOS DESPOSORIOS1
El almacén de los padres de Lauretta estaba en una de las calles principales de Bérgamo.
Tuvo su origen en una pequeña tienda; pero cuando el padre de Lauretta la heredó de los suyos ya era un buen comercio. Ahora toda la casa era almacén de mercancías y sólo la parte que daba al jardín se reservaba la familia para vivienda.
Lauretta no había entrado nunca en las habitaciones donde se hacinaban los fardos, y nunca se había asomado a las ventanas que daban a la calle. Para ella no existían más que el jardín y la clara estancia donde hilaba junto a su madre.
Los domingos salía temprano para oír misa en San Bartolomé; por las tardes rezaba el rosario con la familia, y en el buen tiempo regaba los rosales o trasplantaba las azucenas del jardín.
Sólo en la feria de San Andrés le era permitido pasear con su padre y sus hermanos entre los mercaderes y cambistas que venían de Génova.
Entonces, los ojos dulces y humildes que apenas se atrevían a levantarse del suelo se extasiaban ante las sedas brillantes de los galanes, y los magníficos collares de las madonas.
Algún aventurero de Milán la miraba fijamente al pasar a su lado, y ella quedaba toda trémula como cordero recental que teme al cuchillo.
De estas salidas de tarde en tarde, y de las tempraneras de domingo a domingo, se hizo conocida y célebre en Bérgamo la belleza de Lauretta.
—¿Cuándo casas a la muchacha? —preguntaban al padre los amigos.
—No tengo prisa. Es como una paloma de Nuestro Señor.
—¿La guardas para monja?
—¡Dios no lo permita! Quiero que me dé nietos antes de morirnos su madre y yo.
Una tarde en que Lauretta estaba sola, guiando las ramas de los jazmines contra la tapia del huerto, sintió que alguien la miraba desde las bardas.
—Buenas tardes, hermosa Lauretta.
—Buenas tardes…
—¿No me preguntas por qué sé tu nombre?
—Señor…, yo no os conozco…
—No soy señor, Lauretta. Soy Lope, un paje español que te amaba antes de conocerte…
—¡Dulce Jesús mío! —gritó la muchacha, y corrió desolada a refugiarse en su cuarto.
Pero, desde aquel día, a Lauretta latíale con tal fuerza el corazón que todos los anocheceres necesitaba salir al huerto para calmarse.
El paje español, moreno y esbelto, aprendió a entrar por la puertecilla falsa, a ocultarse entre las mimosas, y a estrechar en sus brazos a Lauretta, que pasaba cerca del macizo de flores segura de ser apresada…
•
—Lauretta, hija mía: Guido, el hijo de Lorenzo de Monza, te ha pedido en matrimonio… ¿No dices nada?
—¿Qué he de decir, señor padre?
—Él te conoce de haberte visto en misa… La boda será para el mes de mayo, y hasta ocho días antes no conviene que os veáis… ¿Quieres algo para tu prometido?
—Yo, señor padre…, quería saber…
—¿Qué? Dilo sin miedo. ¡Ah, ya comprendo! Quieres saber si es joven y galán, ¿no es eso?
—No, no. Lo que yo quiero saber es si me comprará una cypriane de brocado como la de las madonas de Milán.
—¡Hija mía! ¡Cordera inocente! ¡Ya lo creo que te comprará la cypriane, y collares de berilos y rubíes como gotas de sangre…! Has de saber que es hijo único y es poderoso como el dux.
—¡Qué bien! —palmoteó Lauretta—. Entonces me dará un paje para que me lleve el devocionario cuando vaya a la iglesia… Decidle, señor padre, que el paje quiero que sea español, para que me enseñe canciones de su país…; decídselo y me haréis dichosa…
—Ve tranquila, hija mía; yo cumpliré tus encargos. Ahora ve a hilar con tu madre como si nada te hubiera dicho.
Por la noche, a la hora de dormir, habló el mercader con su esposa.
—Es tan inocente como la Santa Madona. No ha puesto reparo ninguno; ni siquiera ha mostrado deseo de conocerle.
•
En el almacén de Guido de Monza se presentó a los dos días un muchacho español, gentil y moreno, pidiendo ser admitido como paje de la bella prometida.
Tenía informes de la princesa Nanina, que le hizo venir de España a su servicio. ¿Qué por qué le despidió? Casi sin motivo. La princesa tenía un papagayo que le trajeron de Indias y que no congeniaba con el paje. El papagayo se escapó y la princesa creyó que el paje le soltó adrede.
—Un mal pensamiento, señor. En mi país no hay nadie capaz de hacer tal felonía…
•
El día de la Ascensión del Señor se casaron, en San Bartolomé, Guido y Lauretta.
Guido de Monza vestía un rico ropón de seda negra que realzaba su belleza sensual, inteligente y aristocrática.
Lauretta estaba más bella que nunca con sus lindos collares y el magnífico vestido de madona regalo de Guido.
El paje Lope, de rodillas detrás de los novios, sonreía a sus pensamientos…
Lotto, el pintor, amigo del novio y testigo de la boda, sorprendió la sonrisa del paje y el suave mirar de la novia.
Y vio a Guido, seguro de sí, mirando a Lauretta con sonrisa indulgente de hombre superior…
La vida para ellos sería muy fácil; eran jóvenes y ricos. Guido, de vuelta ya de la vida, seguiría sus negocios; haría viajes de meses para traer sedas de Persia y perfumes de Ceilán.
Lauretta, que entraba en la vida pisando con sus plantas inseguras, hilaría en las largas esperas, tendría hijos y un día vería con espanto que uno de ellos tenía los ojos negros y el talle gentil del paje español…
Lotto ha visto el amor sobre la joven pareja. El angelote gordinflón, mientras Guido pone el anillo en el dedo de Lauretta, contempla riendo socarronamente al novio como si pensara jugarle una picardía…
Royal, abril de 1927
1 El cuadro de Lotto al que se refiere la autora es el titulado Micer Marsilio Cassotti y su esposa Faustina.
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