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La rama quebrada

MISIÓN A LAS ISLAS PROHIBIDAS

Aileen E. Lantry


Gral. José de San Martín 4555, B1604CDG Florida Oeste, Buenos Aires, Rep. Argentina.

Índice de contenido

Tapa

Dedicado a:

1 - Truenos y relámpagos

2 - Comienzos, gozos y pruebas

3 - Bebé por la borda

4 - Barreras derribadas

5 - Nghata, el sacerdote del diablo

6 - La rama quebrada

7 - Chascos y victorias

8 - La Segunda Guerra Mundial y las Islas Salomón

9 - Los soldados de Dios en acción

10 - Hombres y adolescentes audaces

11 - El matafuegos de Dios

12 - La historia de Wilfred Bili

13 - Los desafíos de Pitcairn

14 - Dios controla los vientos, las olas y los troncos

15 - Aves que vuelan y construyen

16 - Victoria en la Isla Savo

17 - El milagro del bote Sea Ray

18 - Kopiu, devastada y restaurada

La rama quebrada

Misión a las islas prohibidas

Eileen E. Lantry

Título del original: Broken Stick. Mission to the Forbidden Islands, Review and Herald Publ. Assn., Hagerstown, MD, EE.UU., 2010.

Dirección: Liliana G. de Utz

Traducción: Claudia Blath

Diseño: Ivonne Leichner

Ilustración: Shutterstock

Libro de edición argentina

IMPRESO EN LA ARGENTINA - Printed in Argentina

Primera edición, e - Book

MMXXI

Es propiedad. Copyright de la edición original en inglés © 2010 Review and Herald Publ. Assn. Todos los derechos reservados.

© 2012, 2021 Asociación Casa Editora Sudamericana. La edición en castellano se publica con permiso de los dueños del Copyright.

Queda hecho el depósito que marca la ley 11.723.

ISBN 978-987-798-352-4


Lantry, Eileen E.La rama quebrada : Misión a las islas prohibidas / Eileen E. Lantry / Dirigido por Liliana G. de Utz. - 1ª ed . - Florida : Asociación Casa Editora Sudamericana, 2021.Libro digital, EPUBArchivo digital: OnlineTraducción de: Claudia BlathISBN 978-987-798-352-41. Literatura piadosa. I. G. de Utz, Liliana, dir. II. Blath, Claudia, trad. III. Título.CDD 230

Publicado el 10 de febrero de 2021 por la Asociación Casa Editora Sudamericana (Gral. José de San Martín 4555, B1604CDG Florida Oeste, Buenos Aires).

Tel. (54-11) 5544-4848 (opción 1) / Fax (54) 0800-122-ACES (2237)

E-mail: ventasweb@aces.com.ar

Website: editorialaces.com

Prohibida la reproducción total o parcial de esta publicación (texto, imágenes y diseño), su manipulación informática y transmisión ya sea electrónica, mecánica, por fotocopia u otros medios, sin permiso previo del editor.

Dedicado a:

El capitán y el maquinista del barco misionero adventista de las Islas Salomón, Maui (Luz).

Su experiencia, habilidad, dedicación y amor cristiano son una bendición para todos los que navegan con ellos.

1 Truenos y relámpagos

Estaba totalmente camuflado, echando una mirada furtiva a través de la densa vegetación tropical de la selva.

Detrás de él, escondidos sobre una roca alta, se agazapaban entre cuarenta y cincuenta guerreros suyos. Cada uno tenía un garrote y lanzas de cinco metros de largo hechas de palmera negra con unas filosísimas puntas envenenadas. De pie con la frente en alto, recio, el líder observaba, con una ira encarnizada que ardía en su interior. ¡Cómo se atrevían esos intrusos a violar su playa sagrada! Ningún extraño se atrevía a pisar este lugar especial, declarado santo por los dioses que gobernaban esta isla de Bellona en las Islas Salomón. Y si se atrevían, nadie vivía para contarlo. Con lealtad intensa él defendería el dominio de sus dioses héroes: espíritus controlados por el diablo.

Su mirada penetrante percibía a cada hombre que descendía de la escalera del barco hasta el bote. Seguía cada brazada mientras remaban en silencio hasta la costa, remolcaban el bote hacia la playa, y ponían el pie en la arena. Lentamente caminaron hacia las cuevas y las casas de los dioses de la isla que estaban escondidas dentro de las cuevas.

Este explorador de la isla del Mar del Sur y sus marineros hicieron una pausa y echaron un vistazo alrededor para divisar alguna señal de vida. No vieron al hombre ni a sus guerreros sumamente camuflados que los observaban en silencio desde el acantilado que dominaba la playa.

Entonces, sin poder contener su ira por más tiempo, el líder dejó escapar un potente grito. Este resonó contra los acantilados volcánicos como un estruendo. Los intrusos se quedaron paralizados en su caminata, mirando para todos lados febrilmente para ver de dónde provenía el sonido. Aterrorizados, vieron al guerrero saltar de la saliente de la roca seguido por su ejército en rápida sucesión. Los guerreros aterrizaron en la arena y, gritando al unísono, corrieron a toda prisa con garrotes y lanzas para atrapar y matar a los intrusos.

A este explorador del Mar del Sur le pareció que se abalanzaban sobre él de una forma tan rápida y mortal como el destello de un rayo. Los asustados hombres dieron media vuelta y huyeron de la arremetida mortal. Llegaron hasta el bote un poco antes que la horda, lo empujaron hasta el oleaje y remaron con furia hasta su barco. Muy de cerca, los guerreros aún furiosos se zambulleron en las olas, agitando los garrotes y arrojando lanzas a los hombres que huían.

Tres días después el explorador entró en la Bahía Kopiu del lado del mar abierto de la gran isla de Guadalcanal. A medida que su barco se acercaba, vio que había isleños que parecían estar trabajando con un hombre y una mujer blancos. Dos niñitos blancos jugaban con varios niños negros. Ancló el barco y tomó un bote hasta la costa.

El joven de cabello oscuro y rizado se adelantó y le extendió la mano al explorador.

–Bienvenido a la aldea Kopiu. Soy Norman Ferris, misionero aquí en Guadalcanal. Esta es mi esposa, Ruby, y nuestros hijos.

El viajero sonrió.

–¡Qué bienvenida tan diferente a la que recibí hace pocos días cuando desembarqué en una islita a casi 150 kilómetros al sudoeste de aquí! ¡Casi me matan!

–Usted debe haberse detenido en la islita llamada Bellona –le dijo Norman–. Me han hablado mucho de esos polinesios altos, fuertes y corpulentos. Ellos no permiten que nadie llegue a la costa. De hecho, mantienen una comunicación directa con el diablo y, entre muchas otras cosas, él los hace levitar.

El explorador asintió. Todo parecía ser posible con estos hombres que infundían temor.

–Al usar este poder sobrenatural –continuó Norman– se elevan y flotan en el aire por cortas distancias. Muchas de las bahías que rodean Bellona están dedicadas a sus dioses, y pescar en las bahías prohibidas o, incluso, acercarse a las cuevas y las casas donde se supone que viven sus dioses demonios, supone una muerte segura.

–¡Ya lo creo! ¡El jefe de los guerreros casi nos liquida! Puede estar seguro de que nunca más iré allí.

Para terminar su historia horripilante, el visitante agregó:

–Esa isla siempre estará fuera de los límites para mí. Yo no soy rival de ese tipo enorme que llamo “Truenos y relámpagos”.

Después de que el hombre se fue, los pensamientos de Norman constantemente se dirigían hacia los guerreros endemoniados de Bellona y la isla cercana de Rennell. Sentía una profunda simpatía y compasión por el hombre al que el explorador llamaba Truenos y Relámpagos, por sus fieles guerreros y la gente que vivía allí bajo el control del diablo. Norman se enteró de que el verdadero nombre del jefe era Tiekika. También supo que los belloneses decían que una voz que hablaba a través de criaturas extrañas demandaba que ellos atacaran y mataran a todo el que se acercara a los lugares de residencia de sus dioses especiales. Norman odiaba la manera en que Satanás manipulaba la mente de esta pobre gente.

Los belloneses y los rennelleses son más altos y fuertes que los isleños indígenas de Salomón. Los habitantes de Guadalcanal parecían muy laissez faire comparado con la gente de Bellona y de Rennell que eran mucho más belicosos. Los jefes tribales belloneses siempre eran hombres, mientras que la sociedad de Guadalcanal era más matriarcal y permitía que las mujeres poseyeran tierras y tuvieran la última palabra en muchas cosas.

Norman Ferris también sabía que el gobierno había aprobado una ley para preservar a estas dos islas como sitio de estudio antropológico sin contacto con ninguna influencia externa. Estas restricciones afectaban a todos los misioneros de todas las denominaciones, quienes tenían prohibido pasar la noche en cualquiera de las dos islas. Al considerar estos dos factores, ¿cómo podría llevarles el evangelio de amor y paz?

Su preocupación se profundizó al recordar el mandato de despedida de Jesús: “Id y haced discípulos a todas las naciones” (Mat. 28:19). ¿Dios, lo estaba llamando a él para enfrentar a estos asesinos? ¿Debería tratar de conseguir permiso del gobierno para visitar estas islas? Su agitación mental se intensificaba cuando se preguntaba: ¿Quiere Dios que ponga mi vida en peligro y que posiblemente le cause un gran sufrimiento a mi esposa y a mis hijos? Día tras día luchaba con Dios en oración, rogando: Por favor, Dios, muéstrame tu voluntad. Poco tiempo después, Norman recibió una respuesta. Sintió que Dios le habló personalmente a través de 2 Timoteo 1:7: “Porque no nos ha dado Dios espíritu de cobardía, sino de poder, de amor y de dominio propio”.

Esa promesa le dio paz. Con esto, supo que no necesitaba temer sino confiar en el poder del amor de Dios. Ahora podía contarle a Ruby su gran carga.

Esa noche, después de que los niños se fueron a dormir, la tomó de la mano y le dijo:

–Ruby, conversemos un rato. Necesito compartir contigo mi lucha por la gente de Bellona y Rennell.

Su esposa escuchó pensativamente y en silencio. Después de expresar sus convicciones, Norman se detuvo unos momentos para dejar que ella piense, entonces le preguntó:

–Ruby, ¿Dios podría estar pidiéndome que sea el que abra el camino del evangelio de la gracia a estos polinesios maravillosos? Ellos también deben conocer que están incluidos en el gran plan de salvación de Dios por medio de la gracia. Recuerda la promesa de Efesios 2:6 que dice que Dios nos resucitó con Cristo y nos sentó con él en los lugares celestiales. Ese “nos”, ¿no incluye a estos salvajes controlados por el demonio? –preguntó.

Ruby se quedó perpleja.

–¿Me estás diciendo que un hombre como Tiekika y sus guerreros asesinos, al aceptar la gracia de Dios, algún día puedan sentarse con Jesús en los tronos celestiales?

Norman señaló su Biblia.

–¿Por qué no? Si Dios puede salvarnos a nosotros, ¿su gracia no es suficientemente grande para incluirlos a ellos? Admito que no comprendo plenamente el versículo siete y el impresionante significado de “las abundantes riquezas de su gracia en su bondad para con nosotros en Cristo Jesús”. Pero puedo creer que todo lo que Dios dice, lo hace. Dios se especializa en hacer lo que a los seres humanos nos parece imposible.

Ruby sonrió.

–Entiendo lo que quieres decir –su sonrisa se convirtió en una risa entre dientes–. ¡¿Puedes imaginarte a esos guerreros altos y feroces de Bellona sentados humildemente en los tronos con Jesús, alabándolo por las riquezas de su gracia?!

Conversaron, oraron y leyeron más promesas. Entonces Ruby lo miró y le dijo:

–Norman, no irás solo a Bellona. Dios irá delante de ti. Él estará contigo y nunca te dejará. No debes tener miedo.

Norman la abrazó.

–Entreguémosle todo nuestro ser a él una vez más. Renovemos nuestra dedicación. Confiemos en que Dios utilizará nuestra entrega para abrir el camino para llevar su amor a Bellona.

Durante los meses siguientes, Norman hizo contactos favorables con el jefe Tapongi de la Isla Rennell. Dado que ningún extraño podía quedarse en esa isla durante la noche, el jefe permitió que Norman se llevara con él a seis muchachos de la isla para aprender a leer y escribir. Entre ellos estaba su hijo, Moa, que rápidamente aprendió el idioma inglés, aprendió a cantar y tradujo himnos al rennellés.

Norman sintió la impresión del Espíritu Santo de que había llegado la hora de ir a Bellona. Primero pasó por la isla cercana de Rennell para buscar a su joven amigo, Moa, que había traducido el canto “Cristo me ama” al bellonés y al rennellés, que son casi idénticos.

Evidentemente, los aldeanos de Bellona vieron el barco a mucha distancia en el mar. Asombrados, observaron que el barco ancló en una de las bahías sagradas. Inmediatamente, una multitud de aldeanos se reunió en los acantilados altos sobre la playa para ver cómo morían los extraños a manos de su dios héroe, porque pisar esta tierra santa hubiese significado la muerte incluso para un bellonés. Sus ojos seguían maravillados a medida que el hombre blanco, con la tripulación del barco, remaban hasta la orilla y desembarcaban en la playa sagrada. ¿Por qué los reunía en un semicírculo? ¿Por qué se quedaban parados y hacían ese ruido? Podían entender las palabras, pero ¿qué significaba “Cristo me ama”? El temor se convirtió en ira. ¿Esos extraños le estaban pidiendo a su dios que les hiciera daño a ellos?

Para ese entonces, Tiekika y sus hombres habían corrido hasta la roca que dominaba la playa sagrada. Detrás de Tiekika, sus fieles guerreros se agazapaban con lanzas y garrotes.

–Nadie escapará esta vez –gruñó–. ¡Sus cabezas muy pronto estarán colgadas en la casa de nuestro dios!

Entonces escuchó ese extraño ruido. Al no haber escuchado nunca cantar, musitó en un ronco susurro:

–¡Deben estar echándonos una maldición!

La ira y el odio aumentaron en su mente. Sus ojos salvajes vigilaban cada movimiento de los intrusos. Vio que el hombre y la tripulación se arrodillaban en la arena e inclinaban la cabeza. Oyó palabras que no podía entender. ¿Podrían estar orando a sus dioses malignos?

Cuando Norman se levantó de sus rodillas, observó a un anciano y a algunos niños que estaban más adelante en la playa, probablemente buscando almejas.

–Iré solo para ver si puedo hacer contacto con la gente de la isla. Quizá podamos comunicarnos.

Tomó su maleta médica y un libro negro. Se volvió a poner el sombrero y comenzó a caminar hacia donde estaba el anciano, que parecía amigable. Esto lo llevó más arriba de la playa, cerca de la roca alta.

De repente, un grito exorbitante retumbó por toda la bahía. Norman levantó la vista justo a tiempo para ver que un hombre alto y musculoso saltaba de la roca seguido de cuarenta o cincuenta guerreros. Caían parados y corrían velozmente hacia él, con las lanzas preparadas. Norman no tuvo oportunidad de correr, ni tampoco se le ocurrió la idea. Al levantar la vista al cielo y elevar una oración a su Amigo celestial en busca de sabiduría y protección, el misionero solitario supo que podía enfrentar cualquier situación.

Entonces se quitó el sombrero y lo puso sobre la arena. Él sabía que esto sería tomado como un desafío por los guerreros paganos que lo rodeaban. Era costumbre de los isleños que trazar una línea en tierra o colocar un objeto en tierra constituía un desafío. Con el sombrero en la arena, Norman retrocedió como un metro para esperarlos. Intentar huir significaría una muerte segura.

Norman había ido a Bellona para representar a Dios, en quien depositaba su confianza. Él sabía que el diablo huye ante el enorme poder de Dios, así que ahora esperó. Sin aliento, la tripulación y Moa observaban con temor en sus rostros. Si Norman y Dios fracasaban, ellos también morirían.

Entonces la furia demoníaca se apoderó de Tiekika. Traspasó el sombrero, agarró la camisa de Norman y le rasgó la espalda. Luego, su mano fuerte sujetó con fuerza el brazo blanco. ¿Era un espíritu demoníaco o un hombre? Tiekika estrujó los músculos hasta que el dolor, como una antorcha abrasadora, ardió en el cuerpo de Norman. Mientras constantemente elevaba una oración suplicando mucho coraje y fe, Norman esperaba, no el golpe mortal, sino que Dios actuara.

Entonces uno de los hombres de más edad que observaba gritó:

–¡Déjalo vivir!

Tiekika le respondió con otro grito:

–¡No! ¡Él muere!

En ese momento, Tiekika pareció sentir que un brazo más fuerte se apoderó de su brazo y, con una torsión de muñeca, Tiekika sintió poder, como un tiro de karate. Para sorpresa de ambos, el guerrero imponente y musculoso perdió el equilibrio, fue arrojado a la arena y quedó postrado.

¿Un poder angelical sobrehumano había asumido el control? Se oyó un grito seguido de risas de la gente reunida en la ladera. Tiekika se puso de pie de un salto, dio media vuelta y corrió lo más rápido que pudo a lo largo de la playa. Sus guerreros lo siguieron. Desaparecieron en la selva.

Norman sabía que cuando Dios envía un ángel mensajero, el poder divino vence a Satanás. Allí, solo, al saber que había estado en presencia de un ser celestial, Norman sintió que le corrían escalofríos por la espalda y comenzó a transpirar en todo el cuerpo. Lo sobrecogió un inmenso alivio al darse cuenta de que Dios continuaría utilizando su poder para vencer al enemigo en el terrible conflicto entre Cristo y Satanás. Dios había ganado el primer round en la batalla. ¡La victoria llegaría a Bellona!

Norman les hizo señas a los aldeanos que esperaban en el acantilado para que vinieran a reunirse alrededor de él y de la tripulación. Bajo la dirección de Moa, comenzaron a cantar: “Cristo me ama, esto sé...”. Lentamente, los aldeanos comenzaron a llegar. Con profunda simpatía Norman observó las llagas que supuraban y las horribles úlceras en carne viva tanto en adultos como en niños, así que abrió su maletín médico y les brindó atención a los más necesitados. Luego les hizo señas de que se unieran a él para orar de rodillas. Moa tradujo su oración:

–Oh Dios, que hiciste los cielos y la tierra, oro por Tiekika, por sus guerreros y por estos queridos aldeanos, para que ellos sepan que los amas. Oro para que crean en el poderoso Dios cuyo poder y fortaleza es más fuerte que cualquier guerrero o dios demoníaco. Ven a esta isla y trae paz y gozo a cada uno. Oro en el nombre de Jesús. Amén.

Con eso, Norman regresó al barco con la promesa:

–Volveremos.

2 Comienzos, gozos y pruebas

Norman Ferris y sus dos hermanos se criaron en la Isla Lord How, a setecientos kilómetros al noreste de Sidney, Australia. A los niños les encantaba escuchar a sus padres misioneros relatar historias bíblicas como la de Daniel en el foso de los leones y la de David y Goliat. Se emocionaban con cada nueva historia de su campo misionero favorito, las Islas Salomón. Los tres muchachos posteriormente admitieron que estas historias del culto diario influyeron en las decisiones de su vida.

Desde muy pequeño, Norman entregó su vida a Jesús, al recordar las palabras de su padre: “Dios tuvo un solo hijo, y este fue misionero”.

A los 19 años, Norman se inscribió en el curso misionero del Colegio de Avondale, en Cooranbong, Australia, con un único propósito en mente: servir a Dios como misionero en las Islas Salomón. En 1921, a este disperso archipiélago de islas montañosas y largos arrecifes de coral al noreste de Australia solo se podía llegar mediante un vapor desde Sidney y, dependiendo de las condiciones climáticas, el viaje duraba entre dos semanas y un mes. Las Islas Salomón, que se extienden alrededor de 1.500 kilómetros en dirección sureste con seis islas principales y unas 992 islas más pequeñas, atolones y arrecifes, se componen de cadenas montañosas densamente forestadas, atravesadas por valles profundos y angostos.

Los lazos familiares y de los clanes en las pequeñas aldeas diseminadas a lo largo de la costa marina siguen siendo muy fuertes. Un 93 % son melanesios y un 4 % son polinesios que hablan más de ochenta idiomas locales diferentes, además de 120 dialectos. Se comunican mediante el “pijin de las Islas Salomón”, una mezcla de inglés y dialectos nacionales.

En el siglo XIX, varias misiones cristianas se reunieron para asignar determinadas islas a diferentes iglesias. Debido a la influencia de los misioneros, un gran porcentaje de la gente de las Islas Salomón dice ser “cristiana de algún tipo”, pero rara vez su estilo de vida ha cambiado con respecto a sus prácticas paganas. Sin embargo, esta modalidad parecía compatible con la identidad de su clan.

De modo que la mayoría de las aldeas de una isla dice ser anglicana mientras que en otra isla las aldeas están compuestas de católicos romanos. La mayoría de las islas principales se hicieron evangélicas de los Mares del Sur, de las Iglesias Unidas, o metodistas, bautistas, testigos de Jehová o de la Asamblea de Dios. Las diferentes misiones competían por el territorio. No obstante, la comisión no asignó ninguna isla a los adventistas del séptimo día. Así que los primeros misioneros llegaron a la conclusión de que Dios quería que entraran en todas las islas. Este plan propendía a crear fricción.

A pesar de conocer estos desafíos con los que probablemente se enfrentaría, la pasión de Norman por las misiones crecía día a día. Captaba cada vez más el milagro de la salvación por la gracia de Dios. Comprendía que Dios dará este poder transformador incluso hasta al isleño más salvaje. Visualizaba que la promesa de Efesios 2:6: “asimismo nos hizo sentar en los lugares celestiales con Cristo Jesús”, incluía a todos sus hijos preciosos. Anhelaba ayudarlos a entender el plan de Dios. Para Norman, el plan eterno de Dios le ofrecía a todos una relación con Dios aún más estrecha que la que tienen los ángeles con él.

En el curso misionero del Colegio de Avondale, la mirada perspicaz de Norman se clavó en una chica vivaz, Ruby, que compartía su amor por Dios y las misiones. Siempre que podían, comentaban sus sueños de ver que muchos isleños de las Islas Salomón aceptaran la buena nueva de la salvación. Cuando terminaron el curso misionero en 1923, su amor mutuo los unió. La Asociación le pidió a Norman que cubriera una vacante como director de carpas para reuniones de evangelización, mientras que Ruby trabajaba en el Sanatorio de Sidney. Luego, al ver la dedicación de Norman, la Asociación le pidió que fuese parte del personal permanente, después de casarse con Ruby en la iglesia de Concord, en Sidney, el 5 de octubre de 1925.

En su primera tarea como pastor de una iglesia pequeña, Dios bendijo el empeño de ambos y levantaron una iglesia de tamaño considerable. Los dirigentes de la Asociación observaron su dedicación a Dios y, a fines de 1926, los invitaron a ir como misioneros a las Islas Salomón.

Mientras esperaban sus certificados de salud durante varios meses, ambos tomaron clases sobre cómo tratar enfermedades tropicales. En ese entonces se sentían inquietos por comenzar su obra misionera en las Islas Salomón y se frustraron por la cantidad de tiempo que tuvieron que esperar. Pero después de comenzar con su misión, se dieron cuenta de que Dios había dispuesto que dedicaran tiempo extra a aprender estas valiosas habilidades médicas. Esto facilitó una clave para mostrar su amor y el amor de Dios. Con esta habilidad, mitigaron muchas clases de enfermedades que mortificaban a los isleños. Dios abrió una puerta para que pudieran utilizar los métodos de Jesús de ofrecer salud física al igual que espiritual.

El 16 de marzo de 1927, Norman y Ruby comenzaron sus aventuras misioneras en las Islas Salomón, entre las tantas aldeas de la Laguna Marovo. La belleza espectacular de la Laguna Marovo consiste en una expansión colorida de aguas tranquilas que se extiende por casi cien kilómetros a lo largo de la costa de la enorme isla de Nueva Georgia en la provincia occidental. Plagada de miríadas de isletas y atolones de un verde vivo, muchas en la actualidad están habitadas de aldeas prósperas que piden que los misioneros vayan a enseñarles.

Mientras estudiaban el idioma, por las mañanas Norman enseñaba mediante un intérprete en la Escuela de Capacitación de Batuna, supervisaba a los alumnos en las huertas de la misión y trabajaba en el aserradero por las tardes. Este aserradero producía la madera que Norman utilizó para construir su primer hogar. La construcción le llevó varios meses.

Los Ferris disfrutaban especialmente los fines de semana cuando partían del puesto misionero en canoa y frecuentaban las tantas aldeas junto a la laguna. Con su equipo médico a mano, visitaban cada hogar.

Después de conversar un rato, trataban las úlceras tropicales, la malaria, las afecciones de la piel y otras enfermedades. Antes de dejar el hogar, siempre oraban con la familia. Así hacían amigos para Jesús.

Después de vivir varios meses en la isla Nueva Georgia, Ruby se enfermó terriblemente. La malaria la debilitó y la quinina convirtió sus mejillas rosadas en amarillas. Luego descubrió que estaba embarazada. Como su intensa enfermedad no cedía, los futuros padres oraron fervorosamente en busca de sabiduría y dirección de parte de Dios. ¿Qué quería Dios que hicieran: arriesgar la vida del bebé y de Ruby o regresar a Australia?

Abrazando a su amada, Norman oró:

–Dios, ¿qué haremos? No queremos estar separados. Ambos amamos a las personas de este lugar. Por favor, muéstranos qué es mejor para la obra misionera que nos diste, y por el querido bebé que ya amamos.

La respuesta llegó cuando los dirigentes de la Misión decidieron que, debido a la salud de ella y del futuro bebé, Ruby debía regresar a Australia, y quedarse con sus padres hasta que naciera el bebé. Con lágrimas, la triste pareja se despidió. Ruby dio a luz una hermosa niña el 15 de enero de 1928, en el Sanatorio de Sidney. La llamó Norma en honor a su papá.

Cuando la bebé Norma tenía apenas pocos meses, Ruby reservó un vapor para Brisbane, y luego continuaría hasta las Islas Salomón. Aunque se sentía debilitada por sus frecuentes accesos de malaria, sintió la obligación de regresar con el papá de la bebé. La falta de sueño debido a que la bebé tenía cólicos, se sumaba a su cansancio. Dos días después, cuando llegaron a Brisbane, la bebé Norma contrajo una forma de gastritis. Como estuvieron en el puerto todo el día, la preocupada madre se puso en contacto con un médico. Después de examinarla, el médico le habló amablemente pero con firmeza:

–Mi querida primeriza, usted no debe ir a los trópicos con esta bebé enferma y delgada. Ella morirá. ¡Por favor, no siga!

Ruby se puso en contacto con la única mujer que conocía en Brisbane, que la ayudó a encontrar una amiga que la acogería hasta que ella pudiera notificar a su familia en Sidney. Al regresar al barco, les contó su problema a los encargados. Sin compasión, descargaron todas sus posesiones en el muelle, incluyendo un catre, pañales y mucho más, a las diez de la noche. Afligida, vio zarpar el barco que la habría llevado hasta el hombre que amaba, sin ella.

La hermana de Ruby, Mary, enfermera profesional, sacó pasaje en un barco que transportaba pasajeros a lo largo de la costa de Australia. Pronto llegó a Brisbane para atender a la madre enferma y a la bebé. Regresaron juntas, y se dirigieron directamente al Sanatorio de Sidney. Incluso en el sanatorio, la bebé Norma lloraba casi continuamente y dormía poco hasta que Ruby se agotó tanto que apenas podía moverse. Después de varias semanas una pediatra, la Dra. Freeman, regresó al sanatorio de un curso de posgrado sobre atención infantil al que había asistido en Irlanda. Ella inmediatamente le suspendió la dieta prescrita y le dio Granose, un cereal integral cocido. En pocos días Norma cambió: no más diarrea, dormía mejor y era una bebé feliz. Durante las semanas siguientes la pequeña Norma se alimentó con Granose y leche. Obviamente se había vuelto alérgica a la otra dieta.

Ahora, con la esperanza de partir pronto, Ruby llevó a su bebé para una última consulta. La doctora le advirtió:

–Usted tiene una bebé hermosa y sana ahora. Sin embargo, no puedo permitir que la lleve a los trópicos por un par de años.

Llena de desesperación y frustración, le escribió a Norman contándole el problema con todo detalle. Él respondió a su carta: “Mi querida Ruby, estoy muy triste por ti, pero estoy feliz de que la pequeña Norma ande tan bien. Tendrás que decidir entre dos alternativas difíciles. Primero, dejar a la bebé con tu hermana Mary, y regresar conmigo hasta nuestro próximo furlough1. Segundo, si no puedes dejar a nuestra preciosa bebé, deberé posponer nuestra obra misionera aquí y regresar hasta donde está mi querida familia. Entiendo plenamente tu problema, pero no creo que sea correcto que yo sea el que te diga qué hacer. Tú tendrás que tomar la decisión. Te amo y estaré orando para que hagas la voluntad de Dios. Te amo, Norman”.

Ruby alzó a su hermosa hijita de cabellos rizados y lloró angustiada.

–¡Ayúdame, Dios! Por favor, muéstrame tu voluntad. ¿Debo dejar a mi querida bebé, o debo regresar al trópico y servirte allí con mi esposo? ¿Cómo puedo dejar a mi preciosa bebé?

De repente un texto bíblico percutió en su mente con toda su fuerza. “El que ama a padre o madre más que a mí, no es digno de mí; el que ama a hijo o hija más que a mí, no es digno de mí; y el que no toma su cruz y sigue en pos de mí, no es digno de mí” (Mat. 10:37, 38).

Con una intensa lucha, Ruby escogió llevar su cruz y dejar a su preciosa Norma. Sabía que no podría encontrar a nadie mejor que a su hermana Mary para que la atendiera.

El corazón de Ruby casi se quebró cuando el vapor zarpó del muelle. Pero sintió paz al saber que el amor de una madre puede ser egoísta si se interpone en el camino de servir a Dios y el bienestar de su hija. Su sacrificio le parecía poco al considerar que Dios dio a su único Hijo a la raza humana para siempre. Ella sentía urgencia de unirse a su esposo para llevar salvación a las personas que vivían en la oscuridad del paganismo y que si aceptaban el amor de Dios algún día podrían estar más cerca que los ángeles sentados con Dios en su trono.

Lleno de alegría de tenerla de vuelta después de meses de separación, Norman con mucho gusto le devolvió los deberes hogareños a ella. Entre las tareas de ayudar a Norman con la obra misionera, Ruby hacía hermosos vestidos para enviárselos a Norma, y a menudo pensaba en Ana de la Biblia que hacía túnicas para su hijo Samuel. Con gozo le agradecía a Dios por la casita que Norman había construido íntegramente con la madera del aserradero mientras ella estaba en Australia.

Apenas se había secado la pintura de su nueva casa cuando la junta de la Misión les pidió que se trasladaran a la isla Vella Lavella, una isla más pequeña del grupo de Nueva Georgia al noreste de Batuna. Vivirían en una aldea llamada Dovelle. ¿Por qué se los necesitaba allí? La respuesta decía: “Deben ocupar el lugar de la familia Lee, que acaba de perder a su hijito, Noel, debido a una enfermedad. El señor y la señora Lee regresaron a Australia”.

Al llegar a Dovelle, Ruby y Norman inmediatamente comprendieron por qué había muerto el pequeño Noel. Ellos amaban a los afectuosos nacionales, pero odiaban la suciedad extrema de la aldea. Su casa, hecha de material nativo con un techo de hierro y piso de tablas, tenía una cocina aparte. El suministro de agua, acumulada en un tanque de hierro en el techo, constituía un lugar ideal para criar mosquitos anófeles. No solo abundaban los mosquitos, sino que las moscas pululaban por todos lados, alimentándose de excrementos humanos en los arbustos de las inmediaciones. Descubrieron serpientes y ciempiés en lugares inesperados. Su desafío era cómo poder enseñarle a esta querida gente a vivir pulcramente. Si tan solo escucharan y se atuvieran a una higiene sencilla y práctica, podrían evitar la mayoría de las enfermedades.

Ya que ninguna ruta penetraba la selva espesa y las montañas escarpadas, a Norman le encantaba llevar a Ruby en lancha por el distrito de la isla, visitando todos los hogares de las aldeas. En un viaje descubrieron a Nellie y Norman Watkins, a quienes habían conocido como compañeros de viaje en el vapor cuando llegaron a las Islas Salomón. Norman Watkins administraba una plantación de copra, producto de la pulpa seca del coco, que exportaba.

En esa visita, la afectuosa Nellie recibió a Ruby con una amplia sonrisa y le dijo:

–Ruby, veo que estás esperando tu segundo bebé. Tú sabes que el Hospital Metodista es una institución limpia con un buen médico. Y funciona en Munda, a solo ocho kilómetros de aquí. ¿Te gustaría quedarte con nosotros cuando estés en fecha?

–¡Eso sería una gran bendición! Muchísimas gracias. Aceptaremos tu ofrecimiento –sonrió Ruby con gratitud.

Algunos meses después, mientras visitaban el distrito, anclaron su lancha en el muelle de la plantación una semana antes de la fecha prevista para el parto. Como llegaron después de la puesta de sol, decidieron pasar la noche en la lancha y mudarse a la casa de los Watkins por la mañana. Cansados del viaje, Norman y Ruby se fueron a dormir temprano. A eso de las diez de la noche Ruby despertó a Norman.

–¡El bebé está en camino! ¡Vayamos ahora!

Norman despertó al maquinista.

–¡Apresúrate! Debemos ir al hospital inmediatamente.

Una y otra vez el maquinista probó, pero el motor no encendía. Con desesperación, Norman saltó de la cubierta y corrió hasta la casa de los Watkins.

Al oír las palabras: “Ruby está con trabajo de parto”, entraron en acción. Pronto los cuatro se apretujaron en una lancha neumática con motor fuera de borda para hacer los ocho kilómetros hasta Munda en tiempo récord. El dolor de las contracciones le decía a Ruby que el bebé estaba muy avanzado.

Enormemente aliviado de estar en el hospital, Norman siguió a la enfermera y a Ruby hasta su cuarto. Pronto llegó un saludable varoncito, llorando vigorosamente. Lleno de gozo, Norman vio a su primer hijo, al que llamaron Raymond Harrison.

Poco después del nacimiento de Ray, llegó la noticia de que un fuerte ciclón había volado el techo de la casa de la Misión Dovelle. Como sabían que no valía la pena reparar la estructura y que no podrían volver a esa zona con un nuevo bebé, Norman tomó una lancha y empacó las pocas pertenencias que pudo encontrar. Como la isla Nueva Georgia no estaba lejos, regresaron al Colegio de Batuna y frecuentemente visitaban a los creyentes de Lavella.

Como el distrito de Batuna no tenía casa en la que pudiera vivir la familia Ferris, el presidente de la Misión sugirió que Ruby y el bebé regresaran a Australia.

–Como faltan pocos meses para tu furlough –le dijo a Norman– pronto te reunirás con ellos.

Eso hicieron.

En el largo viaje de regreso a Sidney, Ruby oraba con mucha frecuencia y fervor para que Norma la aceptara como su madre. Con alegría se emocionó al ver su hijita robusta pero tímida. La pequeña Norma observaba con curiosidad a esta nueva persona. Mary la tomó de la manito y la llevó hasta donde estaba Ruby, diciendo:

–Mamá, tu mamá.

Pasó solo poco tiempo hasta que el amor se abrió paso. La pequeña Norma lentamente se acercó a ella y levantó las manos. Ruby alabó a Dios cuando Norma la abrazó fuerte. ¡Qué alegría tener a su pequeña en sus brazos!

Pero las continuas altas temperaturas y los días que pasó en cama sufriendo los escalofríos periódicos y la fiebre de la malaria dejaron a Ruby debilitada y anémica. Gradualmente se volvió incapaz de amamantar al bebé Ray. Con el paso de las semanas él no aumentaba de peso. Cuando creció lo suficiente, la papilla de Granose marcó una gran diferencia. Pronto sus enormes ojos azules brillaban y sus mejillas rosadas lo hacían que fuera un bebé adorable.

Finalmente llegó el día cuando recibieron una carta de Norman: “Estoy yendo a Australia por la vía de las Nuevas Hébridas, y pasaré por la casa de mis padres antes de llegar a Sidney”, escribió. “Como está a más de 640 kilómetros al noreste de Sidney, tú y los niños, ¿podrían tomar el vapor para que nos encontremos en la Isla Lord Howe?”

¡Qué gran reunión cuando llegó el barco! Norma, casi por cumplir sus tres añitos, miraba suspicazmente a su papá. Él comenzó a jugar con ella usando globos y una pelota de goma blanda. Las escondidas eran muy divertidas también. Muy pronto, el amor y el afecto que él le prodigó la conquistaron. Qué alegría inundaba el corazón de Norman al alzar a Norma y al pequeño Ray, que ahora tenía ocho meses.

¡Gloriosa unión familiar: jugar con los niños, disfrutar de picnics en la playa y compartir las bendiciones de Dios con los abuelos llenó su taza de alegría! Ahora Norman podía contarles historias misioneras a sus padres, sobre la conducción y el poder de Dios, así como ellos solían leerle historias de las Islas Salomón a él y a sus hermanos cuando eran niños.

El resto de los tres meses de licencia pasaron volando al visitar a los padres de Ruby en Sidney. Muy pronto, la familia misionera de cuatro integrantes se embarcó en el vapor que los llevaría de regreso a las Islas Salomón. Pero Satanás tenía un plan siniestro para destruir su felicidad.

1 Nota del editor: Furlough es una licencia especial de vacaciones para todos los misioneros u obreros que trabajan en otro país fuera del de origen.

3 Bebé por la borda

Relajados en las sillas de la cubierta mientras vigilaban a los niños que jugaban, Norman le explicó los planes de viaje a Ruby.

–Después de varias semanas en mar abierto, atracaremos en el puerto de escala más cercano, en la isla de Rendova, del grupo de Nueva Georgia. La lancha misionera interisleña, Kima, nos llevará hasta la Laguna Marovo, en la isla Nueva Georgia.

Cuando desembarcaron en Rendova, descubrieron que la Kima estaba anclada para pasar la noche. Los vientos fuertes azotaban las velas y la violencia de los mares frustró cualquier plan de partir aquella noche. Cuando los Ferris abordaron la Kima, descubrieron que estaba repleta de nacionales y sus pertenencias, que también iban hasta Marovo.

Con la esperanza de que por la mañana las aguas se calmarían, Norman le explicó a Ruby:

–Lo siento, cariño, pero no queda espacio en la cubierta. Tendremos que acostarnos en el techo de la cabina, sin colchones.

Por la mañana el clima no cambió. Dado que el camino más corto los llevaría a través de mares agitados, el capitán escogió el camino más seguro. Eso implicaba viajar durante todo el día hasta la punta norte de la isla Nueva Georgia, antes de poder dirigirse al sur y entrar en la laguna. Como la embarcación se movía y se sacudía casi sin control, la tripulación puso las velas para estabilizar la lancha.

Al volante, Norman observaba a su buen amigo, Kata Rangoso, un hombre gigante, bien parecido y de espaldas anchas. Rangoso, hijo de un jefe cazador de cabezas, se hizo cristiano a los quince años. Su mente brillante pronto captó los principios de liderazgo que solo Dios, mediante el estudio de la Biblia, podía enseñarle. Ya en 1930, Rangoso era muy querido por la gente de las Islas Salomón occidentales por su conducta humilde aunque elevada, además de su fidelidad. Muchas veces Norman había viajado con él. Como capitán de la pequeña embarcación, conducía la lancha con cuidado. La proa de la lancha pegaba contra cada ola con un ruido sordo mientras los pasajeros se agarraban de lo que podían.

Un miembro de la tripulación le comentó a Norman:

–¡Estoy contento de que él sea el capitán de esta lancha! Observe su destreza inusual en aguas turbulentas.

Luego agregó:

–Hubiese querido entrar a la laguna por el camino más corto que conocemos más. Sin embargo, estoy seguro de que tendrá sumo cuidado al pilotear esta lancha a través de esta entrada angosta y peligrosa a la laguna.

Con frecuencia, Rangoso les daba seguridad con una amplia y tranquila sonrisa.

Tarde en la noche entraron en las aguas tranquilas de la Laguna Marovo.

–¡Qué alivio después de tantas horas de golpear olas y de ser sacudidos por el mar tempestuoso! Estoy agotada y tengo hambre –exclamó Ruby.

–No tenemos ninguna posibilidad de llegar hasta donde está nuestra comida. Espero que podamos desembarcar pronto. Como esta es la laguna más grande del mundo, puede llevar un tiempo.

Norman advirtió que ella bostezaba y agregó:

–Mi querida, ahora que estamos en aguas tranquilas, ¿por qué no aprovechas la fresca brisa marina y descansas allí arriba en el techo de la cabina? Yo la pasaré bien viendo cómo Rangoso alumbra con su linterna a través del espejo de la superficie de las aguas en busca de mojones. Quizá pueda aprender para el futuro.

–¿Estás seguro de que estará todo bien? –preguntó Ruby.

–Él ha navegado estas aguas en canoas y en embarcaciones misioneras durante años. Supongo que conoce casi cada roca sumergida en esta laguna, además de todos los canales seguros.

Aliviada y satisfecha, Ruby subió hasta el techo, y se acostó. Norman puso a la pequeña Norma a la izquierda de ella y al bebé Ray sobre su brazo derecho. Como se sintió segura, pronto se quedó dormida. Mientras tanto, Norman observaba de cerca mientras Rangoso constantemente verificaba sus mapas y escrutaba con su linterna.

Con repentina violencia al Kima dio una sacudida hacia el lado del puerto. Sin siquiera ver una ondulación en el agua, la lancha había golpeado contra una roca sumergida que no figuraba en el mapa. Todo lo que estaba sin atar en la cubierta se deslizó y cayó al agua, incluyendo las pertenencias de los misioneros. Rangoso trató desesperadamente de enderezar la lancha, pero la quilla había dado contra una ranura de la roca y se resistía a salir. El impacto catapultó al mar a la tranquila Norma. Inmediatamente su madre gritó desenfrenada:

–¡Norma cayó por la borda! ¡Rápido! ¡Rápido! ¡Está en el agua!

Un miedo espantoso se apoderó de Ruby. Los recuerdos de casi haber perdido a Norma cuando era bebé inundaron su mente, pero al recordar la manera en que Dios utilizó a las personas para que su pequeño cuerpo recuperara la salud le dio esperanzas ahora.

Jimaru, el hermano de Rangoso, y otro tripulante rápidamente se zambulleron por la borda. Salió solo con una canasta de batatas. Instantáneamente Rangoso se lanzó a lo profundo de la laguna buscando frenéticamente entre el coral traicionero. Aferrada a su bebé, Ruby lloraba y oraba por lo bajo, mientras que Norman oraba en voz alta. Rangoso regresó a la superficie para tomar aire, y de nuevo desapareció en la profunda oscuridad. Norman, como no era un buen nadador como los nacionales, sostenía a su esposa y al bebé en el peligroso techo inclinado, observando ansiosamente el haz de la linterna que barría el agua.

Rangoso extendía las manos para aquí y para allí, orando:

–Por favor, Dios, ayúdame a encontrar a la pequeña.

Sus manos tocaron una canasta que había caído de cubierta, luego una piedra cubierta de malezas. Se dio vuelta y sintió algo suave: ropa, pelo. Entonces puso a Norma sobre sus hombros y dio una poderosa patada sobre el coral del fondo del mar, sin importarle de que pudiera cortarse sus toscos pies descalzos. Un momento después colocó a Norma en los brazos de su padre. Norman la tomó de los pies y la sacudió suavemente para sacarle el agua, y ella comenzó a llorar.

¡Qué sonido bienvenido fue ese!

–Gracias a ti, Dios, y a Rangoso –oró la madre agradecida–. No parece afectada por el baño. ¡Muchas gracias!

Alguien gritó órdenes.

–Todos avancen, y veamos si yendo rápidamente hacia atrás el peso cambia y juntos podemos quitar la lancha de la roca.

Norman se apresuró a ayudar a Ruby y al bebé. Al llegar al centro de la lancha, de repente esta giró y arrojó al agua a ellos tres y a muchos otros a estribor. Los miembros de la tripulación rápidamente saltaron para auxiliarlos y los ayudaron a subir a bordo. En bajamar, la posición de la lancha se volvía precaria, y el pequeño bote que llevaban a remolque posiblemente no les serviría de mucha ayuda para sobrevivir.

Rangoso escogió a dos tripulantes y les dijo:

–Por favor, tomen el bote y busquen ayuda en la aldea más cercana. Podría estar a kilómetros de distancia.

Desaparecieron en la oscuridad. Pasaron horas angustiosas mientras el Kima lentamente se hundía cada vez más en el mar. Las mujeres se sentaron en la popa como patos listos para zambullirse al agua. Esperaban, oraban y escuchaban en la oscuridad. Después de lo que parecieron horas, oyeron el ruido de los remos de una canoa. Inmediatamente se elevaron muchas oraciones agradeciendo a Dios por oír y responder sus plegarias de ayuda.

Rangoso puso a todas las mujeres y niños en la canoa. Los aldeanos los llevaron a una isla deshabitada a una media hora de distancia del naufragio. Ruby casi no se daba cuenta de que no tenía comida, pero sin un refugio se convirtieron en carnada para miles de mosquitos. Dos cabecitas descansaban sobre su falda. Agradecida por sus dos hijos, contempló las brillantes estrellas que se esparcían de a millares como joyas sobre su cabeza. Eso le hizo recordar un versículo bíblico que describía la vida de Rangoso: “Los entendidos resplandecerán como el resplandor del firmamento; y los que enseñan la justicia a la multitud, como las estrellas a perpetua eternidad” (Dan. 12:3). Cuando se zambulló tres veces para salvar a Norma, Ruby comprendió que Rangoso entregaba todas sus energías para llevar a las personas al amor de Dios. Su corazón se llenó de gozo al contemplar los primeros rayos del alba que culminaban en un glorioso amanecer. Ruby contemplaba a este muchacho pagano que se crió en las tinieblas y el temor. Ahora que era un líder transformado, su vida lucía más brillante que el sol naciente. Sí, pensó Ruby, un día Rangoso se sentará con Dios en un trono especial para reinar con él.

La canoa llegó a eso de las nueve aquella mañana. Norman le había pedido a uno de los hombres de la aldea que le alcanzara una cajita de Weet-Bix a Ruby y a las mujeres y niños que esperaban. Norman y Ruby la habían traído de Australia. Mientras compartía estas nutritivas galletitas para desayuno, Ruby pensó: Ese es mi querido esposo, siempre pensando en los demás. Recordó que no teníamos nada para comer desde ayer.

A eso de las tres de la tarde se produjo la marea alta. Con ayuda extra de los hombres de la aldea, la lancha volvió a flotar una vez más. No encontraron daños, salvo una pequeña pieza de cobre que se perdió de la quilla. A la mañana siguiente llegaron al colegio de Batuna, cansados y consumidos. La familia Ferris estaba agradecida por el alojamiento temporal en una de las casas del personal de la Misión.

Una semana después, la Junta Misionera envió un mensaje a Norman y Ruby: “¿Estarían dispuestos a unirse a Jugha y abrir misión en la gran isla de Guadalcanal? Jugha está trabajando solo entre los adoradores de demonios, y este desafío ha llegado a ser demasiado para él. Necesita la ayuda de ustedes”.

–Jugha tiene una historia interesante –le explicó Norman a Ruby–. El padre de Kata Rangoso capturó a Jugha en una cacería exitosa. Su padre era el jefe de la aldea en la Laguna Marovo, y tenía planes de ofrecer al muchacho como sacrificio, un holocausto, en su culto demoníaco. Era una costumbre horrible usada para expresar gratitud por la victoria.

–Sin embargo, en el ínterin antes de sacrificar al muchacho, el jefe vio potencial en él y decidió adoptarlo como hijo. Permitió que Jugha fuese a la escuela de la Misión con Kata Rangoso y juntos entregaron su corazón a Jesús. Él y Kata se bautizaron en 1918. Jugha ha dedicado su vida a compartir su amor por Jesús. Estoy seguro de que nos encantará formar equipo con él.

A sugerencia del dirigente de la Misión, Norman cargó la lancha misionera Melanesia, con materiales de construcción y herramientas. Su primera tarea fue levantar un pequeño refugio de dos habitaciones, una casa para su familia en un pedazo de terreno donado en la Bahía del Trotamundos, en Guadalcanal. Ruby se quedó con los niños mientras Norman y la tripulación de la lancha trabajaban construyendo la casa temporaria.

Aunque estaban separados, tanto Ruby como Norman oraban para que el Espíritu Santo les enseñara de qué manera podían hacer que Jesús fuese atractivo para estos paganos. ¿Cambiarán su crueldad, temor y odio por paz, amor, esperanza y gozo? Después de toda una vida de adoración demoníaca, ¿podrían desear a un Dios que los quería tanto que murió por ellos? Al recordar de qué manera Dios había resuelto tantos problemas y dificultades por ellos durante los últimos siete años, reunieron coraje, porque la gracia de Dios no tiene límites.

Pero Norman sacudió la cabeza al estudiar la propiedad que le dieron a la Misión. Una colina escarpada se extendía casi hasta la costa de la Bahía del Trotamundos. Debía construir la casa en esa pendiente casi vertical donde el nivel de la puerta trasera daba contra el suelo. La parte de adelante, que descansaba sobre enormes troncos, debía ser suficientemente alta como para que viviera la tripulación de la lancha abajo. La cocinita se parecería más a una alcoba.

Debajo de él las casas de la aldea salpicaban la playa. Legalmente, cada familia pertenecía a la Iglesia de Inglaterra o a la misión católica. En la práctica y en su estilo de vida, los aldeanos vivían en la indecencia y el paganismo. En su ignorancia, seguían sin discusión las órdenes de sus sacerdotes. Norman ya veía evidencias de que estas personas sencillas no tendrían nada que ver con este nuevo misionero.

Noche tras noche Norman se iba a dormir orando:

–Padre celestial, danos sabiduría, tacto y amor para saber cómo llegar a estas preciosas personas que nos has llamado a servir. Muéstranos cómo comenzar.

4 Barreras derribadas

Cuando Norman terminó el refugio temporario de dos habitaciones en la Bahía del Trotamundos regresó a buscar a Ruby y a los niños. Cargaron todas sus pertenencias en la lancha Melanesia y arribaron con una terrible tormenta. Era 1932. Los aldeanos los miraban con desconfianza y no permitían que los recién llegados cambiaran alimentos frescos para ellos o la tripulación de la lancha.

De noche, los mosquitos los atacaban en masa, hasta que Norman concibió la idea de quemar viruta mojada y espantarlos con el humo. Sin embargo, se alegraron al descubrir que, a pesar de las constantes picaduras, la malaria prácticamente no existía en esa región. La salud de ellos mejoró enormemente mientras estuvieron cerca de la Bahía.

Como su casa se encaramaba en la ladera de una montaña, en los días lluviosos patinaban y resbalaban por el sendero barroso hasta la aldea de abajo. Sin embargo, una calle corta hecha por el gobierno pasaba por el medio de la aldea, libre para todos. Como a Norma y a Ray les encantaban estas caminatas, Norman y Ruby los llevaban seguido, con la esperanza de hacer amistades. Continuamente suplicaban:

–Dios, ayúdanos a superar las barreras. Todos nos consideran impostores.

Una mañana, mientras Norman trabajaba en la instalación de un tanque para mejorar el suministro de agua, un hombre subió por el sendero hasta donde estaba él. Norman le preguntó en inglés pijin:

–¿Qué nombre tienes? –que quiere decir “¿Qué te trae por aquí?”

–Esposa tener muy enfermo. Más mejor esposa tener usted venir a ver.

Norman llamó a Ruby:

–La esposa de este hombre está enferma y quiere que tú [esposa tener usted: Ruby] bajes y veas qué puedes hacer para ayudarla.

Al hacerle preguntas, Ruby descubrió que Lizzie, su esposa, había estado con dolores de parto por uno o dos días. El bebé había nacido, pero Lizzie retuvo la placenta. Por dos o tres días ellos habían escuchado gritos entre los arbustos. Ahora sabían por qué.

Ruby rápidamente puso agua caliente en un balde. Tomó su botiquín médico y siguió a Mechael hasta el lugar de parto. Quedó estupefacta al ver a Lizzie acostada en el piso frío sin ninguna manta, semiconsciente. Ella reconocía a Mechael como el maestro de la escuela de la Iglesia de Inglaterra de la aldea. Se preguntaba por qué había acudido a ellos cuando la aldea tenía tantos prejuicios contra ellos.

Después de algunas manipulaciones, la placenta salió sin complicaciones. Como conocía la costumbre nativa de que no está permitido que las mujeres vuelvan a la aldea después de dar a luz por al menos siete días, y a veces dos semanas, Ruby sugirió algo que era estrictamente tabú:

–Lizzie, ella morir. Llevar a casa tibio. Necesitar abrigo.

Mechael aceptó el pedido de Ruby. Ahora el bebé y la madre estarían en camino de recuperación nuevamente. Al día siguiente, Norman miró sorprendido hacia abajo de la colina.

–¡Ven, Ruby! –la llamó–. Mira el aluvión de mujeres que suben por nuestro sendero montañoso cargadas con canastas llenas de alimentos. Vayamos a recibirlas.

Llenas de sonrisas, explicaron en pijin:

–Lizzie, ella vivir. Pequeninos comer.

¡Qué ofrenda de gratitud por salvar a una madre y a su bebé! Muy agradecidos, los misioneros aceptaron la comida mientras las mujeres la ponían en la cocina improvisada. Después de que se fueron, la feliz pareja reunió a sus hijos y se arrodillaron a orar.

–Gracias, Dios. Tú abriste un camino para derribar la barrera y poder hacer amigos en esta aldea. Por favor, envía a tus ángeles para ayudarlos a comprender el plan de Dios, para que reciban tu reino eterno.

Desde ese día los aldeanos acudían para ser tratados de sus tantas enfermedades. Los misioneros daban inyecciones, vendaban llagas y ayudaban cada vez que se los llamaba. La unidad del amor formó un vínculo firme entre ellos. La tripulación de la lancha se sumaba a ellos mientras caminaban por la calle hasta el puesto misionero católico. Al visitar cada hogar, la tripulación, en su propio idioma, les contaba historias bíblicas de Jesús a los ávidos niños y a sus padres.

El sacerdote estaba perdiendo la confianza de la gente, así que ideó un plan astuto. Convencería a los ignorantes de que su poder superaba al del misionero blanco. Para demostrar lo que decía, le dijo a la gente que él podía hacer que la sangre de Cristo cayera del cielo. Esta caería sobre todo el que fuera a arrodillarse para recibir el perdón del pecado.

Previamente, el sacerdote había hecho arreglos para que un muchacho nativo se escondiera en el cielo raso de la iglesia con un gallo recién degollado. En el momento preciso, apretaría al gallo sobre un pequeño orificio y la sangre fluiría. Funcionó por algunos momentos, y la gente se convenció. Entonces el muchacho habló con voz fuerte y clara:

–Sangre tener este cocaraco secar, terminar. Más mejor usted matar un cocaraco más. [La sangre de este gallo se secó. Necesita matar un gallo más.]

Debido al engaño del sacerdote, perdió su influencia. Dios transformó esta mentira para su gloria. Los miembros católicos acudieron a Norman para solicitar un maestro para sus hijos. Complacido, Norman alabó a Dios por el gozo de ubicar a un calificado adventista nacional en esa aldea.

Todos los sábados de mañana la tripulación y los misioneros se reunían para la Escuela Sabática debajo de su casa. Un sábado, durante el canto, un hombre alto y fornido llegó a los trancos por el sendero y demandó:

–Yo querer tú bombear. Pequenino tener mucho enfermo.

Sin duda había visto a los misioneros usar una jeringa larga para lavar la infección de las úlceras y pensó que eso le quitaría el problema al cuerpo de su bebé.

Norman explicó en pijin:

–Nosotros nunca prestamos nuestras cosas médicas a nadie. Después del “lotu” [culto] iremos a tu aldea a ver a tu hijo enfermo.

Terminado el culto, Norman y Ruby llevaron el botiquín médico hasta esta aldea de paganos donde los cerdos, los perros y la gente vivían todos juntos. Descubrieron que una niña de 18 meses no había movido los intestinos por tres días. Lloraba fuerte, como si le doliera. Ruby comenzó a preparar una mezcla que pronto la aliviaría. Pero antes de poder dársela a la niña, la madre y toda la familia huyó despavorida al matorral y se negaban a que Ruby se les acercara. Solo una persona de la aldea permitió que Norman la ayudara con una inyección, una mujer que sufría de una horrenda úlcera tropical sangrante y sobre la que gusaneaban las moscas. Con tristeza regresaron a su casa orando:

–Fácilmente podríamos haber curado la constipación de la niña. Por favor Dios, muéstranos cómo ganar la confianza de estos queridos paganos.

A la mañana siguiente, Ruby se apresuró a ir a la casa de la niña enferma. Quedó horrorizada y atónita con lo que vio. El sacerdote del diablo había hecho un corte profundo de tres centímetros alrededor de los glúteos de la pequeñita de un lado del ano hasta el otro. La niñita estaba semiconciente. El padre se dirigió a Ruby para contarle por qué permitió que el sacerdote del diablo cortara a su bebé. ¡Fue para “permitir que el diablo saliera”! El sacerdote del diablo fruncía el ceño mientras observaba cómo Ruby hacía un vendaje de ungüento balsámico sobre el profundo corte, diciendo una y otra vez en pijin:

–¿Cómo pudo hacer una cosa tan absurda?

Miró con dureza al sacerdote del diablo, luchando por controlar su enojo:

–Lo denunciaré al gobierno por este hecho horrible. Esta bebé de seguro morirá.

A la mañana siguiente, al acercarse a la aldea, oyeron gritos de duelo. La madre estaba sentada sobre una tablilla de madera sosteniendo a la pequeña bebé. Ruby se sentó a su lado, la abrazó y lloró:

–Lo lamento mucho, mucho. ¿Cuántos hijos tienes?

Ahogada por la pena la pobre madre respondió:

–Este hacer cuatro chicos terminar morir.

El corazón de Ruby se quebró al pensar en sus dos hijos, abrigados y felices en casa, comparados con esta pobre madre pagana que había perdido a sus cuatro hijos, por ignorancia. ¡Cómo debe apenarse Jesús cuando esta querida gente rechaza el poder sanador del evangelio de Cristo, que les daría vida, salud, paz y gozo!

Poco después de esto, Norman tuvo un severo ataque de dolor intenso, que no respondía al tratamiento. (Probablemente eran cálculos renales.) El dolor se volvió tan fuerte que Ruby temía la posibilidad de tener que enterrarlo en este solitario puesto misionero. La tripulación y los maestros oraban por él mientras preparaban la lancha para llevarlo al hospital más cercano, en Tulagi, en las islas Florida, a mas de diez horas de distancia. Partieron, pero el mar agitado dificultaba el viaje, así que se refugiaron en una islita durante la noche. Cuando llegaron al puerto a la mañana siguiente, los médicos le dijeron que el vapor Malaita partiría al día siguiente, en dirección a Sidney.

–Usted necesita ayuda médica profesional –le dijeron a Norman–. Necesita tomar ese barco.

Con un dolor terrible, Norman accedió.

Y así Norman se embarcó en el vapor para Sidney y la tripulación de la lancha regresó con Ruby y los niños a la Bahía del Trotamundos. Estos leales nacionales cristianos cuidaron fielmente y protegieron a la pequeña familia hasta que Norman regresó, completamente recuperado, seis semanas después.

Por ese entonces, la junta misionera cayó en la cuenta de que esta zona de Guadalcanal necesitaba una escuela de capacitación para futuros obreros. Norman comenzó a buscar un terreno adecuado y finalmente se dirigió al funcionario del gobierno con este pedido.

–Señor, queremos construir una escuela para la gente de esta zona. Encontré un terreno muy apropiado en la Bahía de Kopiu que consta de más de 145 hectáreas. Esta propiedad está ubicada a unos diez kilómetros de la costa del estrecho de Marau. Me gustaría firmar un contrato de locación por 99 años.

Después de una investigación, le otorgaron la locación y Norman firmó los papeles respectivos. El dueño, un jefe, puso su impresión del pulgar junto a la firma de Norman, con lo que quedó legalizada la construcción de una escuela.

Su partida de la Bahía del Trotamundos causó tristeza a los amados aldeanos que querían tanto. Ruby nunca olvidó a la madre que había perdido a sus cuatro hijos que se aferraba de ella llorando:

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