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Eduardo Zannoni

El manuscrito

del brujo



Zannoni, EduardoEl manuscrito del brujo. - 1a ed. - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Libros del Zorzal, 2014.E-Book.ISBN 978-987-599-381-51. Narrativa Argentina. 2. Novela.CDD A863

Foto de tapa: Maia Croizet

©Libros del Zorzal, 2011

Buenos Aires, Argentina

Printed in Argentina

Hecho el depósito que previene la Ley 11.723

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Índice

-1- | 6

-2- | 16

-3- | 23

-4- | 32

-5- | 38

-6- | 45

-7- | 48

-8- | 63

-9- | 69

-10- | 72

-11- | 80

-12- | 85

-13- | 89

-14- | 97

-15- | 101

-16- | 103

-17- | 108

-18- | 113

-19- | 122

-20- | 129

-21- | 137

-22- | 141

-23- | 146

-24- | 160

Agradecimientos | 167

Ese estado de guerra que se nos impone no puede ser eludido, y nos obliga no solamente a asumir nuestra defensa, sino también a atacar al enemigo en todos los frentes y con la mayor decisión. En ello va la vida del Movimiento y sus posibilidades de futuro, además de que en ello va la vida de sus dirigentes.

En todos los distritos se organizará un sistema de inteligencia, al servicio de esta lucha, el que estará vinculado con el organismo central que se creará.

Fragmentos del Documento reservado del Comando Superior Peronista, 1° de octubre de 1973.

No conozco entre los pueblos cristianos, uno que tenga más ardiente el odio como el nuestro.

Domingo Faustino Sarmiento, Presidente de la Nación, Carta a Luis Vélez, 1871.

-1-

Mientras hacía esfuerzos por lograr que en la valija entrase la poca ropa que me llevaría —sólo la indispensable, claro está—, y metía en un bolso de mano unos cuantos pares de medias y varios calzoncillos, los elementos de aseo y medicamentos, algunos libros insustituibles, mis discos compactos preferidos y el pequeño equipo de audio reproductor, me invadieron diversos y contradictorios sentimientos.

Me iba de casa, y eso significaba claudicar de todo un proyecto de vida en el que no sólo contaba yo mismo. Aunque eso no me hacía sentir bien, lo había asumido como un mal necesario, es decir, como algo sencillamente inevitable. Pero al separarme debía resignar, también, espacios y rincones de la casa que conocía palmo a palmo; rincones que evocaban distintos momentos más o menos felices de nuestros años jóvenes, y otros que, después, fueron mi refugio durante las frecuentes soledades, como el entorno recoleto del escritorio donde estaba mi biblioteca. En aquellos últimos meses —¿o años?—, durante los prolongados silencios entre Vilma y yo que fueron hitos de nuestra crisis matrimonial, me aislaba allí, en la lectura, en la escritura, o simplemente dejándome arrastrar por cavilaciones sin destino.

Pero no eran tales cosas, con todo, las más importantes que dejaba. Además me separaba de mis hijos. Lo viví con culpa, no voy a negarlo. A mis hijos (Cristina de diecinueve, Luis de dieciséis, y Guido de doce) los he amado toda la vida y por supuesto los seguiré amando. Yo sabía que aunque me fuese, ellos me necesitaban (los hijos siempre necesitan de sus padres, pensaba y pienso). Si bien Vilma y yo habíamos conversado con ellos acerca de la decisión de separarnos, y habíamos tratado de hacerles comprender razones y hasta sinrazones, el hecho de irme les había causado un dolor inmenso. De eso precisamente me sentía culpable.

Ellos lloraron mucho —rectifico: lloramos— el día que les anunciamos que me iría, cosa que hicimos dándoles tiempo para que elaboraran una especie de emergente duelo que era inevitable. “Pero siempre estaré cerca de ustedes”, agregué a modo de consuelo, si es que decirles eso era un consuelo. Porque aunque nunca fui un padre demasiado presente, ellos sabían que hasta ese momento yo había estado allí, en la casa, cerca de ellos, al menos físicamente. Y que a partir del día siguiente ya no lo estaría.

La mañana acordada para mi partida, una vez concluido el último desayuno en casa en compañía de mis hijos, me despedí de ellos con un beso, y les prometí volver a verlos muy pronto. Después que partió cada cual a lo suyo —a la facultad o al colegio—, me despedí también de Vilma. Luego cargué la valija, el bolso y lo demás en el asiento trasero de mi automóvil, y partí.

A medida que dejaba atrás la casa, vi a través del espejo retrovisor la imagen de Vilma, que se había arrimado al cordón de la calle y me observaba alejarme con un gesto compungido que delataba, probablemente, cierta congoja. En ese instante yo mismo sentí que algo laceraba mi pecho. Pero ya era demasiado tarde para lamentaciones. Eran más de veinte años de casados, veinte años que son algo, no nada, como dice el tango de Gardel, veinte años que comenzaban en ese preciso instante a formar parte del pasado.

Mientras me dirigía con el automóvil hacia el departamento que me había ofrecido en préstamo Walter Carrizo, mi editor y amigo, para ocuparlo durante el tiempo necesario, hasta que consiguiera instalarme en otro más apropiado o al menos alquilar una pieza, dentro de la cabeza comenzó a darme vueltas una pregunta que podría parecer insólita. Me preguntaba una y otra vez por qué diablos me iba de casa. Era una pregunta, lo reconozco, lisa y llanamente ridícula a esa altura de los acontecimientos. La pregunta parecía dictada más por una suerte de sentimiento de culpa que por otra razón. Recién en ese momento caía en la cuenta de que había concretado en los hechos la decisión, postergada una y otra vez, de separarme de Vilma; era eso, paradójicamente, lo que me abrumaba. La pregunta me hacía vacilar, aunque sólo volver a rememorar los últimos tiempos con ella era suficiente para ratificarla.

Cuando llegué al edificio, dejé de pensar en tonterías. Logré aparcar el automóvil a pocos metros de la entrada, tomé la valija y los demás bártulos, y entré. Mi amigo me había confiado un juego de llaves: la del portal de entrada del edificio y la del departamento. Subí por el único ascensor que había y descendí en el sexto piso. Busqué la puerta y abrí.

El interior se hallaba a oscuras o apenas en penumbras. Tanteé en la pared buscando el interruptor para poder situarme en el espacio, pero simultáneamente percibí jadeos inconfundibles que partían de algún lugar del interior. Me llamó la atención que, quienes fueren, continuaran cogiendo como si nada, a pesar de que alguien había abierto la puerta de entrada. Me quedé paralizado en el vano de la puerta, asustado y en silencio porque, convengamos, es de muy mal gusto interrumpir los instantes de éxtasis y goce. De pronto los jadeos cesaron y por un breve instante se hizo un silencio absoluto. Después alguien se revolvió en la cama, o al menos se oyó un restregón entre las sábanas.

—¿Walter? —preguntó una voz masculina entre las sombras.

Dudé por un momento entre cerrar la puerta y desaparecer sin ser visto, o desafiar la situación. Opté por la segunda alternativa. Hallé al tanteo la llave de luz. Estaba parado en la entrada de un pequeño ambiente dividido por un marco rústico de madera que carecía de mampara u otro cerramiento. En la parte anterior había una mesa, un par de sillas a modo de minúsculo estar y, a un lado, a la derecha de la puerta de entrada, una cocina y un lavadero diminutos; en la parte de atrás, la cama de dos plazas, un roperito de madera y una mesa de luz a uno de sus lados, sobre la que había un teléfono. A un costado se veía una puertita de vidrio esmerilado que, se me ocurrió, debía ser el baño, y al otro costado, enfrente, una ventana que se hallaba con sus persianas de madera totalmente bajas.

Al verme, la muchacha que estaba en la cama junto a quien había preguntado por Walter se cubrió la cara con la sábana.

—¿Quién es usted? —preguntó en un tono contrariado su compañero, mientras se sentaba en la cama.

Me sentí muy incómodo en ese instante pero, como pude, respondí:

—Un amigo de Walter.

Mi interlocutor no ocultó su contrariedad.

—Caramba —dijo después de pensar un momento mientras se rascaba la cabeza—. Si hubiésemos sabido que usted llegaría tan temprano…

—¿Walter no les dijo que yo…? —me sentía francamente ridículo parado allí, frente a ellos.

—Sí, sí —admitió mi interlocutor—. Usted debe ser Agustín Lopresti, ¿no? —dijo y yo asentí con timidez—. Walter me avisó, sí. Usted viene a pasar un tiempito aquí porque... —dejó la frase sin terminar.

—Algo así —dije sin demasiada convicción, mientras la muchacha seguía cubierta por la sábana.

Quedamos ambos en silencio durante algunos segundos, hasta que él dijo:

—¿Podría dejarnos solos? Así nos damos un baño, nos vestimos y salimos en unos minutos, para que usted se instale. No vamos a tardar más de media hora.

—¿Apoyo mis cosas aquí? —pregunté, señalando el piso.

—Donde le venga bien, amigo. Esto es un quilombo, de manera que no molestarán en ningún lado. Y menos a nosotros, que ya nos vamos.

Dejé la valija y el bolso en un rincón, y sin decir más, salí. Pensé en dar una vuelta con mi automóvil para reponerme de la sorpresa. Pero ya que había logrado aparcarlo a pocos metros del edificio, preferí entrar en un barcito que divisé enfrente, sentarme junto a una ventana que me permitiera observar la calle y aguardar el momento en que los inesperados ocupantes del bulín se retirasen. Pedí un café cortado y tomé de un revistero el diario para entretenerme en algo.

Al rato salieron. Pude observarlos a ambos. Él tendría entre cincuenta y cincuenta y cinco años, es decir, más o menos mi edad. Vestía atuendos típicos de un yuppie decadente. Ella no tendría más de treinta, una rubia de buen cuerpo, tetas razonables, pero a mi gusto mejores piernas; se había colocado un par de anteojos enormes que casi le ocultaban el rostro. Típico, pensé en un arranque prejuicioso, de la mujer casada que anda de trampa. Y él, un veterano ejecutivo también casado, conjeturé con igual prejuicio. Se trata de los candidatos habituales para esa franja horaria; los que escogen la hora aún temprana sin despertar sospechas, después de que cada cual ha desayunado en su casa y, seguramente, ha despedido a su cónyuge y a sus hijos con un beso. Por eso, alguien me comentó que los hoteles alojamiento o “albergues transitorios”, como se les denomina, están atestados a esa hora.

Walter es un tipo generoso y comprensivo con aquellos a quienes aprecia, pensé, y buena prueba de lo que digo es que me lo ha ofrecido sin cobrarme un peso, el tiempo que yo lo necesite para vivir en él, aunque eso prive a sus amigos de usarlo como aguantadero para furtivos encuentros y retozos clandestinos. Aunque pensé también que por algo Walter lo tenía: no sería razonable creer que era sólo para hacer beneficencia.

Cuando ya se habían cumplido unos minutos desde que ambos pasaron frente a la ventana del bar, pagué el café, crucé la calle y volví a subir. Entré, encendí la luz y observé el entorno, que se me representó como lo que era: una verdadera cochambre. Todo parecía estar fuera de lugar. En el dormitorio el roperito estaba con las puertas abiertas de par en par, la cama revuelta, las sábanas hechas un bollo, y un par de toallas de baño en el suelo, a cada uno de los lados. Me asomé al baño: el piso estaba totalmente mojado, y alguna canilla de la bañera aún goteaba. Me acerqué a la cama deshecha con cierto temor y mis aprehensiones se confirmaron: las sábanas todavía estaban calientes y hasta me pareció que había en ellas algún rastro de semen. La puta que los parió, pensé, y al punto me abalancé al roperito para ver si había otro juego de sábanas en su interior. Nada. ¡Qué mierda, ni un juego de sábanas de repuesto! Si a nadie se le ocurría cambiar la ropa de cama, me pregunté cuántos habrían cogido sobre las mismas sábanas una y otra vez.

Yo, en cambio, iba a vivir un tiempo allí, mi caso era diferente. Fui hasta la cocinita. ¡Ay! Había de todo: una cafetera enlozada con restos de café de mil años por lo menos, algunos pedazos de pan duro en la mesada, una botella de Old Smuggler y otras de vino y de cerveza —todas vacías, por supuesto—, una sartén con sobras carbonizadas de alguna añeja fritanga. En la pileta había algunos platos sucios y vasos usados que habían sido apenas enjuagados, una verdadera mugre. Por suerte no vi cucarachas ni otras alimañas merodeando entre los detritos. En la alacena descubrí un par de vasos, frascos vacíos y algunos envoltorios diminutos con vestigios de especias, que habían sido abiertos y dejados allí nuevamente. La heladera estaba vacía; funcionaba, pero su interior también necesitaba una buena lavada de cara. Había otro sin fin de trastos y cacharros que sería inútil describir. A esa altura me persuadí de la necesidad de comprar una cantidad de cosas para hacer habitable el lugar.

Comprendí que no tenía otro remedio que serenarme, pensar en el ajuar y contratar a alguien que llevase a cabo una limpieza a fondo. Me senté frente a la mesita de la sala, tomé un papel y me concentré en hacer una lista de lo indispensable. Cuando la terminé, consulté la hora: los bancos ya habían abierto y podía sacar dinero suficiente para las compras, de manera que me puse en marcha. Al poner la llave en la puerta, se me ocurrió que sería prudente contratar los servicios de un cerrajero.

Al mediodía regresé con detergentes y otros enseres de limpieza, toallas grandes y chicas, y dos pares de sábanas nuevas, además de una razonable provisión de comestibles. No olvidé incluir dos o tres botellas de cerveza, y una de Ballantines. Encontré en la entrada del edificio, de casualidad, al portero, que lógicamente no me conocía y que recién hizo un gesto afectuoso cuando me presenté y le dije que me iba a instalar por un tiempo en el departamento que me facilitaba mi amigo Walter. Le pregunté si me podía recomendar una persona que hiciera una limpieza a fondo y también un cerrajero. El portero, que ya con más confianza me pidió lo llamase por su nombre, Eusebio, me dijo que su esposa, Dolores, se encargaba de la limpieza de algunos departamentos del edificio. Acepté de inmediato. Pensé que la primera vez la mujer iba a emplear por lo menos cuatro horas para dejar el cubículo medianamente presentable.

En dos viajes cargué todo lo que había comprado y lo subí al departamento. Dejé las cosas provisoriamente por ahí, hasta que a mi regreso pudiera acomodarlas como correspondía, y corrí hasta la cerrajería que me recomendó Eusebio. Tuve suerte, volví con el cerrajero y en menos de media hora la puerta de ingreso tenía una nueva cerradura colocada y dos llaves: una se la entregaría a Walter, claro, y la otra la usaría yo mientras viviese allí.

Probé el teléfono que estaba sobre la mesa de luz y al escuchar el tono confirmé que funcionaba. Llamé a Walter a la editorial, para anunciarle que ya estaba instalado y que tenía la intención de invitarlo a almorzar. Pero Mabel, su secretaria y también telefonista, me dijo que había salido y que no sabía a qué hora regresaría. De manera que almorcé solo, por ahí cerca, en un restaurante de la zona.

De regreso, mientras esperaba a Dolores, volví a llamar por teléfono a Walter: no estaba. En ese momento sonó el timbre. Al abrir me encontré frente a una mujer que por su aspecto imponía respeto. Traía consigo un balde y los demás elementos de limpieza. Me saludó, circunspecta, mientras echaba una mirada a los ambientes.

—Esto es un chiquero —comentó para sí, pero con voz suficientemente audible como para que yo la oyese.

—¡Qué le parece! —exclamé por decir algo que coincidiese con su observación.

—Hace como un mes vine a pedido de otros inquilinos. Se ve que se fueron y después nadie limpió nada… —comentó Dolores con fastidio—. Como de costumbre.

—¿No le avisó a Walter? —pregunté.

—¿A Walter? No, no. ¿Para qué? Si rara vez se ocupa…

—¿No viene por acá?

—Muy poco... Sólo llama por teléfono de vez en cuando. No hace más que darle la llave a quien se la pida. Usted me entiende, ¿no? Cuando se van, dejan todo hecho una roña.

—Me voy a instalar aquí solo —le aclaré a Dolores—. Me gustaría contratarla para que limpiara el departamento dos veces por semana.

—¿Quiere decirme que va a vivir aquí solo? —preguntó Dolores con sorna.

—Por algún tiempo —asentí y como prueba le extendí la llave que había reservado para Walter. Después tendré tiempo de hacer otra copia para él, pensé.

—De acuerdo —me contestó y me miró por un instante sin decir palabra, creo que con incredulidad. De inmediato guardó la llave en su delantal y se dirigió al diminuto lavadero para cargar agua. Tenía una buena tarea por delante.

—Mejor la dejo para que trabaje tranquila. Volveré en un rato —le dije.

Regresé al departamento pasadas las diez y media de la noche. Fui a un cine de Lavalle y después a cenar a una pizzería de Corrientes. Ni bien entré percibí un delicado aroma al detergente floral que Dolores seguramente había esparcido, en un auténtico acto de purificación, por todos los rincones. Encendí la luz y vi la cama hecha con uno de los juegos de sábanas que había comprado a la mañana. Los pisos lucían impecables; el del baño estaba limpio y seco; la bañera y el lavabo, así como el inodoro y el bidet, estaban presentables, y en los percheros de la pared colgaban las toallas limpias que yo también había traído. En la cocina ya no se veían restos de comida y los cacharros parecían haber recobrado su honorable naturaleza; en la parte superior de la alacena se hallaban los platos, tazas y vasos; en la parte inferior, algunos utensilios como ollas y sartenes a las que yo por cierto no recurriría.

En la salita, sobre uno de los silloncitos, estaba la valija con mi ropa, y sobre la mesa, el equipo de audio reproductor, la pila de libros y los discos compactos que había traído conmigo. Pensé en hacerle una llamada telefónica a Walter, pero me pareció imprudente interrumpirlo a esa hora.

Saqué la ropa de la valija y la acomodé en el roperito de madera, me di un baño caliente —logré regular el calefón a gas de la cocina, que por fortuna funcionaba—, me calcé un pijama, conecté el audio reproductor, coloqué en él uno de los discos, y cuando ya estaba sonando, me metí en la cama. Era cerca de la medianoche y, después de un día ajetreado como el que había tenido, lo natural era que disfrutase al entrar en contacto con las sábanas nuevas. No ocurrió exactamente eso. Si bien el baño me había relajado bastante, en ese momento me sentí un extraño entre esas cuatro paredes. Se percibía un silencio total en el entorno, un silencio sibilante, casi fúnebre. Me parecía irreal estar allí, solo, como si me hallase en nido ajeno, ajeno y vacío. Otra vez me invadió una cierta e indescriptible melancolía.

Apagué la luz y me dejé llevar por la suave música que me envolvía entre las tinieblas. ¿Era yo quien estaba allí o, en realidad, otro que creía ser yo? Me vino a la cabeza, en ese momento, el sueño de Chuang Tzu, que “soñó que era una mariposa y no supo, al despertar, si era un hombre que había soñado ser una mariposa o una mariposa que ahora soñaba ser un hombre”. Recordé haber leído, en algún lado, alguna vez, que hay ocasiones en que la realidad y la fantasía se confunden. Bien visto, eso de que se confunden sería apenas un modo de decir. Intenté formularlo de otra manera: hay circunstancias en que la realidad se tiñe con nuestras fantasías. También podríamos decir que nuestra realidad, la de cada uno, la de aquí y ahora, no es más que una ilusión o, por qué no, un sueño. No quería, sin embargo, avanzar por ese camino escarpado, ya que si hablaba yo de sueños, ¿no son ellos, acaso, reales? ¿Cuánto de real hay en un sueño? A través de estas cavilaciones me fui internando lentamente en los meandros inasibles de los territorios oníricos. En algún momento me dejé atrapar en uno de sus recovecos y me quedé profundamente dormido.

-2-

Me desperté temprano, sin saber con exactitud dónde me hallaba. Los contornos, que apenas podían distinguirse gracias al tenue resplandor que se filtraba a través de los listones de la persiana de madera totalmente baja, me resultaban extraños, ajenos. El silencio era total. Recién cuando mis ojos se posaron en la puerta de vidrio esmerilado de entrada al bañito, a la izquierda, y enseguida divisé, al frente, el equipo de música y la pila de libros que descansaban sobre la mesa de la salita, reconocí mi nuevo hábitat.

Eran las siete de la mañana, demasiado temprano aún para iniciar la jornada. Habitualmente yo no llegaba a la editorial antes de las diez. Walter solía llegar más tarde que yo. Sin embargo, ese día no habría de ser uno habitual, pensé; cuando nos encontrásemos, seguramente me preguntaría cómo estaba, si me hallaba cómodo en su departamento y todo ese tipo de cosas. Seguramente antes del mediodía mi separación ya habría tomado estado público. Con sólo enterarse Mabel, la secretaria de Walter —que, estoy persuadido, ya lo sabía a través de él—, sería suficiente. No había más remedio que aceptarlo.

Volví a cerrar los ojos y traté de relajarme. Quería dormir un rato más antes de enfrentar la realidad. Mientras me dejaba llevar, por entre los pliegues de la memoria se filtró, como entre brumas, el recuerdo de Teresita. Me resultó en verdad extraño que, justo en ese momento, apareciese la borrosa imagen de una lejana muchacha que despertó en mí el verdadero amor de mi juventud, al menos el primero del que podían dar fe mis recuerdos. Amor que no pudo ser, pero amor al fin.

Estaba en plena evocación cuando sonó el teléfono, que me sustrajo abruptamente de las especulaciones. Era Walter que, al fin, se interesaba por mi suerte.

—¡Agustín...! —exclamó desde el otro lado de la línea.

—¡Bueno, ya era hora! Desde ayer te he estado llamando para darte mi nueva dirección pero me fue imposible dar con vos… —dije con extrema ironía—. ¿Adónde te habías metido?

—Tuve un día de locos, ya te contaré. ¿Todo bien?

—Acostumbrándome a estar solo… —le contesté—. Creo que en un par de días voy a estar mejor.

—¿Venís a la editorial?

—Por supuesto.

—Entonces no tardes. Hay trabajo esperándote.

—Nos vemos —dije, y colgué.

La editorial ocupaba el quinto piso de una torre en el microcentro. Walter era su socio gerente, pero los verdaderos dueños eran dos o tres capitalistas ajenos al negocio, que sólo se hacían presentes a la hora de distribuir dividendos, de modo que Walter, en los hechos, se comportaba como si fuera el dueño.

Mientras subía en el ascensor, imaginé que todos sabrían de mi nuevo estado, pero al llegar nadie se atrevió a hacerme comentarios espontáneos al respecto. Mabel, sin embargo, fue quien se dio por enterada cuando me vio pasar camino a mi despacho y me saludó. Ella era el típico espécimen de la solterona de cincuenta y tantos que aún aspira a quemar sus últimos cartuchos. Conmigo no había tenido suerte, a pesar de habérseme insinuado algunas veces; nunca fui un hombre de caer en la infidelidad, aun teniendo dificultades con Vilma.

—Buen día, Agustín —me recibió obsequiosa, mirándome a través de sus anteojos.

—Buen día, Mabel, me alegra verte. ¿Hay alguna novedad? —le pregunté por preguntar algo, haciéndome el despreocupado.

—¿Cómo te sienta la nueva vida? —me soltó sin tapujos.

—La voy llevando... ¿Qué querés que te diga? —Ella sonrió apenas, como diciendo “no hay otro remedio”, y yo traté de zafar. —¿No llegó Walter?

—Todavía no, pero supongo que no tarda.

—Lo espero en mi escritorio.

—No te estoy echando... ¿Te convido un café?

—No, gracias, recién desayuné. Más tarde quizás.

Ya en mi oficina, observé varios originales colocados sobre el escritorio de tal modo que no me pasaran desapercibidos. Una inequívoca invitación al trabajo. Pero, dicho con franqueza, no tenía ganas de sumergirme aún en la lectura, actitud que repetí involuntariamente a lo largo de varias semanas.

A las tareas específicas como asesor de producción, que me confinaban a la lectura de originales para decidir si tenían alguna chance de llegar a las librerías, agregué una inusitada disposición para las relaciones públicas, que antes siempre había tratado de rehuir. Me mostré, para sorpresa de Walter, amable y obsequioso con cuanto aspirante a escritor, obra en mano, se acercaba con la ilusión de ver publicada su novela, sus cuentos o poemas; bien dispuesto a escuchar con atención sostenida las tramas más extravagantes, argumentos esotéricos en algunos casos, y también dramones excéntricos pergeñados en ocasiones en un barroco cultiparlista, que remedaba a autores como Mujica Lainez, Carpentier o Cabrera Infante.

Durante esos primeros tiempos me solazaba indagando, con fruición y como si realmente me interesasen, las alternativas del proceso creador del que cada autor hacía gala a la menor insinuación, y las influencias literarias de las que se confesaba tributario. Todo eso se había transformado en rituales que disimulaban la soledad de mis días. En realidad, me interesaba regresar exhausto, lo más tarde que fuese posible, a la soledad del mínimo cubil, harto del palabrerío, con la esperanza de que me venciera el cansancio y me fuera posible no pensar demasiado en mí mismo. No me resultaba fácil, sin embargo, adaptarme a mi nueva vida que me exigía, muy a mi pesar, sobrellevar la carga emocional que es inherente a la separación. Casi todas las noches hablaba por teléfono a mis hijos para que me contaran cómo se sentían y cómo andaban sus cosas. Descubrí que lo hacía obedeciendo a una necesidad compulsiva, o casi, para no sentirme culpable de haberlos abandonado. También descubrí con cierto dolor que la vida sin mí, en la casa, era una alternativa tolerable para ellos. Cuando llamaba, lo habitual era que atendiese Vilma y me pusiese al tanto de las novedades domésticas, si es que las había.

Fue precisamente en esos días que, por primera vez, tuve la sensación de que alguien me seguía por la calle cuando iba caminando a la editorial por las mañanas, o cuando regresaba, también caminando, por las noches. Habitualmente hacía a pie ese trayecto de unas veinte cuadras, pues dejé de utilizar mi automóvil durante la semana, de modo que quedaba guardado en una cochera cercana que alquilé. La caminata me permitía oxigenar mis pulmones y hacer un poco de ejercicio. ¿Quién querría vigilarme y por qué?

En una de esas ocasiones, por obra y gracia de una asociación de ideas, se me ocurrió un embrionario argumento para un thriller que aún no lograba concretar, con destino a una posible novela. La idea era más o menos esta: Carmen conjetura que Claudio, su marido, ha averiguado que ella le es infiel con Rolando, de quien se ha enamorado perdidamente. Sabe que Claudio es capaz de todo con tal de retenerla a su lado. Y por eso no duda de que también podría llegar a hacerla matar para que no sea de otro. Hace días que ve al grandote que la sigue por la calle, caminando unos cuantos metros detrás con sigilo, porque trata de disimular. Pero el grandote no puede pasar desapercibido. Su marido es un hombre violento. Durante los largos años de su matrimonio, la ha maltratado físicamente en más de una oportunidad después de reñir, casi siempre por cuestiones de celos. Ella es una mujer atractiva, y él —un macho rudo— sospecha que en el barrio ella es codiciada por más de uno. Carmen ha soportado sumisa, por temor o por cobardía, el carácter irascible de su esposo, a quien en alguna época amó y con quien tuvo un hijo, Raúl, que en buena hora para él se fue de la casa porque le resultaban intolerables las escenas de violencia que provocaba su padre y la pasividad de su madre.

Lo del grandote que sigue a la casada infiel para matarla por encargo del marido despechado me hizo recordar, a su vez, a otro grandote, este real, de carne y hueso, a quien conocí siendo yo todavía un niño. El recuerdo no fue casual: por esos días Walter estaba en conversaciones con los herederos de Rodolfo Walsh para reeditar en una misma colección sus clásicos —Operación masacre, Quién mató a Rosendo y Caso Satanowsky—, proyecto que finalmente no se concretó. Yo los había leído hacía varios años, por supuesto, pero la ocasión hizo inevitable que los releyese.

La historia del grandote ocurrió allá por 1957 o 1958, no lo recuerdo con precisión, pero seguramente después de la Revolución Libertadora. Cierto domingo mi padre, que era aficionado a las armas y que llegó a tener una respetable colección, recibió en casa la visita de un personaje extraño, en cierto modo siniestro. Según mi percepción de entonces, que es la que fija la dimensión de los recuerdos, era un hombrazo que tenía la contextura física de un oso, la densidad de un ropero. Bajó de un jeep portando consigo una pistola ametralladora impresionante que mostraba en plena calle, a la luz del día, a la vista de cualquiera. Lo acompañaba una muchacha menuda que, por su aspecto, supuse sería su amante o algo así. Este sujeto, de imponencia atemorizante, pretendía vender el arma que traía consigo; probablemente alguno de los armeros amigos de mi padre lo vinculó con él porque sabía de su afición por las armas.

La visita de este personaje quedó grabada en mi memoria por varias razones. En primer lugar, porque aseguró que pertenecía a los servicios de inteligencia del Estado –recuerdo que, inclusive, mostró una credencial–, y afirmó que la pistola ametralladora que traía consigo había sido hallada, inmediatamente después de la revolución, en la residencia presidencial, junto a la cabecera de la cama de Perón. En segundo lugar, porque dijo hallarse de paso en la provincia, de camino hacia el chaco paraguayo, donde debía llevar a cabo una delicada misión: “la caza del hombre”. Debía dar alcance a alguien que se ocultaba en la selva (sería un prófugo que huía vaya a saber uno de quién y por qué). La misión consistía en hallarlo y, sin más trámite, eliminarlo.

Por aquellos tiempos se hablaba de la persecución y muerte de opositores políticos, pero la manera descarnada y brutal con que se expresaba más bien hacía sospechar que el grandote era un mitómano o, como se dice vulgarmente, un tipo que se mandaba la parte. Recuerdo también que mostró un cuchillo que dijo ser de su propia invención, al que había bautizado con el nombre de “revientacráneos”, muy útil, explicó, para encarar la lucha cuerpo a cuerpo; la empuñadura, además de una manopla dentada que la rodeaba, incluía un afilado espolón, un colmillo de acero en el extremo del mango, destinado a ser incrustado precisamente en el cráneo del contrincante. De este modo la curiosa artesanía completaba el periplo de su acción sinérgica si, antes, habían fallado la estocada y el golpe de manopla.

Mi padre no compró la pistola ametralladora no sólo porque resultaba impensable en aquellos tiempos tener a ojos vista un arma semejante, sino además porque el oso pedía una fortuna por ella. Tampoco dio demasiado crédito a lo que parecían ser las deleznables fabulaciones del mitómano. Pero pocas semanas más tarde, no puedo precisar si en los diarios o en un semanario, se publicó una fotografía suya, vinculándoselo a una exitosa operación de tipo comando llevada a cabo en pleno centro de Buenos Aires. Me refiero al asesinato en su propio despacho de un prestigioso abogado y profesor, el doctor Marcos Satanowsky, que estaba vinculado al diario La Razón. Se informaba que el asesino sería un mercenario que había pertenecido a los servicios de inteligencia a cargo del general Cuaranta, que se llamaba Américo Pérez Griz, y que estaba prófugo en Paraguay. Por las fechas en que habían ocurrido los acontecimientos, mi padre coligió que, cuando estuvo en casa, ya venía huyendo, quizá rumbo a ese país. Cuando me mostró la publicación con la fotografía del grandote, quedé profundamente impresionado por varios días. Si la información era veraz, yo había estado frente a frente con un asesino profesional a sueldo del gobierno militar.

Tan enfrascado estaba en esos recuerdos de juventud que hice el trayecto desde la editorial al departamento sin darme cuenta casi. Cuando me hallaba a media cuadra, apuré el paso y en ese momento decidí entrar al bar de enfrente para comer alguna minuta rápida con una cerveza, o dos. Desventajas de un hombre solo, que no tiene con quien compartir la cena.

-3-

—Necesito hablarte. Te espero en mi despacho. —La voz de Walter, a través del conmutador telefónico, denotaba ansiedad.

—Voy para allá —contesté y colgué.

Cuando entré al despacho, Walter se puso de pie, me saludó con cierta solemnidad —cosa inusual en él— y me presentó a quien lo acompañaba, que se puso también de pie. Era un hombre atildado, de mediana edad, que denotaba una buena posición económica; podría haber pasado por ser un abogado o un gerente de banco. Comprendí que la solemnidad de Walter había sido pour la galerie.

—Te presento al señor Otero, perdón, al doctor Ramiro Otero.

—Mucho gusto —lo saludé, y le estreché la mano. Otero correspondió mi saludo, e hizo una solemne inclinación de cabeza; era un hombre de modales estudiados.

—Pongámonos cómodos —nos invitó Walter y se sentó tras su escritorio, mientras nos señalaba las sillas que estaban enfrente de él.

Lo observé con curiosidad: no era frecuente que me citara a su oficina a conversar con quienes lo visitaban, menos aún cuando, como imaginé en ese momento, se trataba de un autor que pretendía publicar una obra de su autoría, cuya viabilidad yo debería después dictaminar, para aconsejar su publicación o bien su devolución. Sobre el escritorio, frente a Walter, había una voluminosa carpeta que podía contener el original de un libro. Ese, evidentemente, era el motivo de la reunión.

—Desde luego no sabés qué es esto —dijo Walter ya con la pesada carpeta en la mano.

Yo me limité a sonreír, apenas.

—¿Un inédito tal vez? —aventuré, observando a Otero.

Walter hizo silencio durante un momento, lo que provocó un clima de cierto suspenso. Miró él también a Otero mientras volvía a dejar el cartapacio sobre el escritorio.

—Es un inédito, en efecto —respondió serio—. Un inédito muy singular… ¿Sabés quién es el doctor Ramiro Otero?

—El autor —respondí, tratando de sonar gracioso y convincente a la vez.

Walter asintió con la cabeza y dijo, oscureciendo el panorama:

—De algún modo, aunque no es él quien lo ha escrito.

Volví a mirar al doctor Otero, que en ese momento también asentía. Traté de tomar la cuestión en broma.

—¿Un heredero del autor quizás? —se me ocurrió preguntar, algo desconcertado.

—Un allegado de quien lo tenía en su poder —precisó Walter.

—¡Caramba! —exclamé—. Me siento verdaderamente intrigado.

—Se trata de un documento histórico —dijo Otero con un tono de afectación inusual, como para realzar la importancia de su mercancía.

—Lo es, sin duda —respondió Walter y arrastró la carpeta hacia mí—. Te pido que le des una mirada al prefacio.

—¿Ahora mismo?

—Sí, ahora mismo.

Con algo de sorpresa, atraje el grueso legajo hacia mí sin levantarlo del escritorio. Al hojearlo advertí que se trataba de un documento hológrafo, es decir, escrito de puño y letra por quien fuese su autor. Estaba precedido por dos o tres folios mecanografiados. Leí uno de los primeros párrafos: “El núcleo mafioso que rodeaba a José López Rega y que podría confundirse con una pandilla de cómicos embaucadores fue un polo de atracción hacia el cual convergieron las formas más diversas de corrupción y criminalidad impregnadas de ambiguas o explícitas manifestaciones religiosas. López Rega no fue producto necesario del peronismo, pero sin el peronismo resultaría impensable. Buena parte de las formas del terror practicado por la dictadura ya transitaban el país antes del 24 de marzo de 1976: casi dos mil asesinatos perpetrados por la acción de la Triple A (la tristemente célebre Alianza Anticomunista Argentina) amparada por López Rega en los dos años de su desenfrenada vigencia. En ese marco la Triple A constituyó el instrumento paralelo del gobierno peronista que se resistió a ser inficionado ideológicamente y a ceder sus espacios de poder. El libro que el lector tiene en sus manos cuenta la historia de la Triple A y sus acciones en defensa del Estado Justicialista a través de su propio referente: José López Rega...”.

—¿Qué es esto? —pregunté a la vez que interrumpía la lectura.

—Me parece que no leíste todo —me cortó secamente Walter.

—Por supuesto que no, te imaginarás... Te pido que me expliques de qué se trata —insistí—. No pretenderás, me imagino, que lea ahora todas estas páginas.

Walter recogió la carpeta.

—¿Te sorprende? —me dijo socarronamente.

—¡No se trata de eso! Preferiría leerlo con calma... Cómo te diría... —me parece que puse cara de desconcierto —. ¿No es peligroso publicar todo esto?

—¡Vamos, Agustín! —me cortó en seco Walter—. No estamos viviendo en tiempos del proceso militar para que pongas esa cara de sapo…

—¿Qué es lo que querés decir? —pregunté.

Walter observó a Otero, que seguía con los ojos la secuencia del diálogo entre ambos.

—El autor de este manuscrito —dijo entonces Otero con una excesiva compostura— es el señor López Rega. Fue escrito de puño y letra por él después de su extradición desde los Estados Unidos al país, en 1986. Es, de alguna manera, su legado literario. En él da cuenta del modo en que se ejecutaron las órdenes de Perón, sobre todo después del atentado que costó la vida de José Ignacio Rucci. Hay nombres, fechas, lugares, datos sobre asesinatos de la Triple A que, aunque acusan directamente a López Rega como instigador, involucran a quienes fueron sus autores materiales y sus cómplices. Además, identifica a los ejecutores y señala los móviles de la operación de Hermes IAI y los Trece... Saben de qué hablo, ¿verdad?

—¿Se refiere a la profanación del cadáver de Perón? —pregunté, previendo la respuesta afirmativa.

—Exactamente —respondió de modo concluyente Otero.

Me resultó imposible no recordar que hacía varios años ya —estábamos en 1993—, en una típica operación de comando, el ataúd que guarda los restos del general Perón en la bóveda de Tomás Perón, en el cementerio de la Chacarita, fue violentado y autores anónimos amputaron con una sierra las manos del cadáver, y sustrajeron además el sable y la gorra del difunto. El hecho tomó estado público poco más de diez días después a través de un extraño comunicado fechado el 23 de junio que firmaban “Hermes IAI y los Trece”. En él se daba cuenta de la profanación y anunciaba que las manos serían restituidas si se les abonaba la cantidad de ocho millones de dólares que el General les habría quedado adeudando, y que nunca abonó, por servicios que se le prestaron en su último retorno al país.

—¿Usted está afirmando que López Rega tuvo que ver con la mutilación del cadáver del General? —pregunté.

—No digo eso, pero recuerde que cuando se produjo este repudiable hecho, López ya se hallaba preso en el país y muchos tenían acceso a él.

—¡No me joda! —atiné a decir—. Por entonces el Brujo era un cadáver político.

—Lo era, en efecto. Pero sabía cosas, muchas cosas, y conocía a mucha gente —Otero respondía ceremoniosamente—. La P2 tuvo ramificaciones en muchos países, incluida la Argentina. Y no olvide que la conexión más denunciada fue con algunos jerarcas militares de la dictadura, a través del financiamiento de la compra de armas. También en el anterior gobierno de Juan Domingo Perón y de su esposa Isabel, Gelli tuvo importantes contactos. El señor López Rega escribió este documento como su propio reaseguro, aunque nunca llegó a utilizarlo. Lo verdaderamente trascendental —agregó Otero, adoptando un tono confidencial— es que en este libro de memorias se demuestra que la logia masónica continuó teniendo gran influencia en algunos estamentos de la renacida democracia, a partir de 1983. Quiero decir que López Rega denuncia, con aporte de pruebas que una vez individualizadas están al alcance de cualquiera que esté dispuesto a investigar, la conexión de la logia con encumbrados políticos que han tenido y que inclusive tienen en la actualidad funciones en estructuras del gobierno.

—De acuerdo pero… ¿Qué podía saber López Rega sobre la profanación? —insistí.

—Las cosas no son tan simples como parecen, señor Lopresti. Algunas hipótesis atribuyeron el hecho a motivaciones crematísticas: obtener el número de una cuenta bancaria suiza que se hallaría grabado en el anillo colocado en una de sus manos. Otras se inclinan por el móvil político: un complot contra la democracia. Algunos investigadores y periodistas han ensayado la hipótesis de que la profanación del cadáver es ideológicamente tributaria de ritos referidos al tránsito entre la vida y la muerte, es decir, entre el mundo terrenal y el inframundo. En esta línea de pensamiento, hay quienes creen que la profanación del cadáver y la amputación de las manos respondieron a un crimen inspirado en el hermetismo de ciertos ritos órficos que practica la rama de la masonería esotérica representada por Propaganda Due. La desunión del alma simbolizada por el corte de las manos somete a Perón a una nueva y perenne agonía; esto conduce a vincular el hecho con el Gran Maestre de la P2, Licio Gelli, a quien Perón conocía desde sus épocas de teniente coronel agregado militar en Italia, durante la Segunda Guerra Mundial, allá por 1940. Es bien sabido que Licio Gelli y Propaganda Due tuvieron muy importantes personeros políticos y empresariales italianos en nuestro país desde el primer gobierno peronista. Además, hablar de Licio Gelli es hablar de José López Rega, “el Brujo”, que, como también es sabido, fue el eficaz intermediario de Propaganda Due y Perón a partir de su retorno del exilio. En el prefacio, que está mecanografiado por mí y que desde luego no firmo, he tratado de situar el contexto. Lo demás son confesiones del propio autor.

—¿Por qué dice usted que “desde luego” no firma el prefacio? —lo interrumpí.

—Porque no me considero quién para figurar... Tampoco soy historiador, y por otra parte no deseo involucrarme en el hallazgo.

—¿No desea involucrarse? —pregunté y luego hice una pausa—. ¿O siente temor de que se sepa que el documento se hace público a través suyo?

—No me malinterprete, amigo. Les estoy ofreciendo…

—Un tentador negocio editorial —me apresuré a completar la idea.

—Como lo oye —ratificó Otero.

—¿De qué modo obtuvo este manuscrito, doctor Otero? —inquirí.

—Prefiero reservarme la fuente, por ahora.

—A mí me parece que sería necesario saberlo para asegurarnos por lo menos de la autenticidad del documento.

—No tema por eso. Este es el manuscrito original firmado por el propio López Rega, y también les informo que, por supuesto, conservo en mi poder una fotocopia de seguridad que he hecho certificar por un notario y que está a buen resguardo —Otero abrió la carpeta y buscó la última hoja del manuscrito. Me señaló una firma.

—De acuerdo —consentí y pensé un momento—. Pero aunque este sea el documento original, como usted dice, no sabemos si su autor fue realmente el fallecido López Rega, o si se trata de un documento apócrifo.

—¿Falsificado, querés decir? —preguntó Walter aparentando sentirse sorprendido.

—Eso mismo.

—Quien nos presentó —respondió Walter dirigiendo su mirada hacia Otero— es de la absoluta confianza de ambos. Por eso el doctor me ha entregado el manuscrito hológrafo para la edición.

—¿Cuenta usted con autorización para que editemos estas... memorias?

Se hizo un momento de silencio. Otero miró a Walter y no contestó.

—Te pido que leas este documento —dijo Walter al cabo, levantando la carpeta del escritorio y entregándomela—. Después te daré más detalles. Desde luego hay que mecanografiarlo para su edición. Ya pensaremos si intercalamos el facsimilar del manuscrito al texto mecanografiado.

—Como digas —respondí, encogiéndome de hombros.

Me puse de pie con la carpeta en la mano, y saludé al doctor Otero con una inclinación de cabeza.

—¿Podemos hablar esta tarde? —me preguntó Walter cuando estaba por salir.

—Por supuesto —le respondí.

Mientras regresaba a mi oficina con los originales bajo el brazo, se me representaron fugazmente los jodidos años que siguieron a la muerte de Perón, el gobierno de Isabel, el terror, el golpe que dio origen al proceso militar, y los años de plomo que siguieron. Por esos avatares de la política vernácula, López Rega, “Lopecito”, apodado “el Brujo”, “el Hermano Daniel” —o con algo más de gracia, por su influencia sobre Isabel—, “El Rasputín de las Pampas”, había sido detenido y trasladado al país después del retorno de la democracia, en virtud del pedido de captura que hizo un juez argentino a las autoridades norteamericanas en Miami, donde el personaje fue ubicado a través del consulado porque pretendía renovar su pasaporte argentino. Según mi memoria, hacía algo así como tres años que López Rega había fallecido mientras se hallaba detenido y acusado por un fiscal de dirigir el aparato de la Triple A. Creí recordar que nunca llegó a ser condenado porque la muerte lo arrebató del proceso judicial.

Entré a mi oficina, dejé la carpeta sobre mi escritorio y me senté. El interés de Walter en el manuscrito me había resultado extraño. Como editor solía no demostrar inicialmente demasiado interés en una eventual publicación, menos aún en la presencia del interesado. Aún así me daba cuenta de que la idea de publicar las confesiones de un personaje tenebroso como López Rega era de algún modo seductora. Seductora y peligrosa a la vez, por las connotaciones políticas del personaje vinculado a los secuestros y asesinatos políticos que anticiparon el genocidio de la dictadura militar. Si el documento era auténtico como este doctor Otero aseguraba y Walter había demostrado creer, se tornaba sospechable el modo en que el emisario lo había obtenido.

La chicharra del conmutador me sacó de mis pensamientos. Mabel me anunció que quien preguntaba por mí era Cristina, mi hija mayor. Le pedí que transfiriera la comunicación. Me alegró escucharla, y más me alegró que me propusiese almorzar juntos al concluir con sus clases de la mañana. Acepté y quedé en pasar a buscarla en una hora, a la salida de la Facultad de Medicina.

-4-

Al regreso de mi almuerzo con Cristina, devolví por puro compromiso varias llamadas y atendí un par que me hicieron dos autores ansiosos por conocer mi opinión sobre sus últimos libros. Sólo tuve un resto de ganas como para ojear oblicuamente las primeras páginas de algunos impresos que se habían apilado con el correr de los días sobre mi escritorio y apartar una novela sobre un traficante de armas latinoamericano, que intentaría comenzar a leer de inmediato; hacía más de dos meses que me la habían recomendado especialmente.

Me hallaba enfrascado en la lectura de los primeros capítulos cuando de pronto oí voces que partían del despacho de Walter, contiguo al mío. Me llamó la atención el tono por momentos altisonante de la conversación. Más que un diálogo daba la impresión de que se trataba de un altercado; era indudable que Walter y al menos otros dos estaban discutiendo. No pude desentenderme: presté atención para saber qué decían, pero las voces por momentos se superponían y no era sencillo descifrar el significado de las palabras y menos aún la ilación de las ideas.

En cierto momento escuché a Walter decir a sus interlocutores en un tono exaltado: “¡No me corran por izquierda!” Uno de ellos le respondió de inmediato: “¡Nadie te está corriendo!” La discusión bajó abruptamente de decibeles y sólo se escuchaban, esporádicamente, voces apagadas, no mucho más que murmullos. Al cabo de unos minutos los visitantes abandonaron el despacho de Walter. Oí que se cerraba la puerta y pasos en dirección a la salida. Podría haberme asomado para verlos pasar, pero era mejor guardar cierta distancia y no entrometerme en cuestiones que no me incumbían. Si la visita tenía relación con la editorial o con mi trabajo, seguramente Walter me comentaría algo, de manera que continué con mi lectura. Un buen rato más tarde entró a mi oficina.

—¿Cómo andan las cosas? —me preguntó mientras se acercaba a mi escritorio.

—¿A qué cosas te referís? —repregunté.

—Al manuscrito que te entregué esta mañana —respondió sin más rodeos.

En ese momento lo recordé. Lo busqué con la mirada y lo vi sobre una de las pilas que había encima del escritorio, en el mismo lugar donde lo había dejado —y olvidado— a la mañana. Sonreí.

—Todavía no lo he hojeado. Estaba leyendo éste... —dije y señalé el que tenía frente a mis ojos.

—Una mierda, seguramente... —comentó como al descuido, sin saber de qué se trataba ni quién era el autor. Hizo un gesto de fastidio e insistió—: Necesito que le prestes atención al manuscrito de López Rega que trajo el doctor Otero. Esto es prioritario.

—¿Por qué tanto interés? —inquirí mientras lo sacaba de la pila.

—Porque puede ser un buen negocio —respondió Walter—. Sólo eso. Por fin un best seller después de tanto tiempo...

Siempre había reconocido en Walter muy buen ojo para descubrir diamantes en bruto.

—¿Quién es Otero? —le pregunté yendo directamente al grano.

Walter me observó fijamente y me contestó:

—Te invito a que tomemos un trago en mi oficina y hablemos de eso.

Era una excelente idea, total el día no daba para más. Walter tenía una heladerita y un bargueño con bebidas importadas para los amigos, y cualquier circunstancia era propicia para saborear un buen Chivas. Como siempre que nos reuníamos en su oficina, me senté frente a su escritorio. Él sacó la botella de whisky y un par de vasos.

—¿Oíste hablar alguna vez de la Propaganda Due? —me preguntó a boca de jarro, en un tono ciertamente enigmático.

—Esta mañana Otero se refirió al tema —respondí, y no pude evitar sonreír al inferir que la pregunta de Walter implícitamente vinculaba al doctor Otero con la logia masónica italiana.

—No le veo la gracia —me cortó secamente Walter mientras servía los vasos—. Otero explicó que López Rega la integraba.

—Por supuesto sé lo que han divulgado diarios y revistas, que era una logia que lideró, en su hora, Licio Gelli y que contó entre sus miembros más conspicuos a Michelle Sindona del Banco Ambrosiano, y entre los nuestros, a López Rega, a su yerno Lastiri, a Massera, al ministro Vignes, y otros más. ¿Pero eso qué tiene que ver con Otero?

—¡Salud! —brindó Walter alcanzándome uno de los vasos mientras se sentaba.

—¡Salud! —respondí, dando un buen trago para reconfortarme—. También leí no hace mucho —proseguí para demostrarle a Walter que conocía algo del tema— un reportaje a un tal Brenneke de la CIA, quien dijo que la P2 desde comienzos de los setenta fue usada para traficar drogas, y para desestabilizar gobiernos de un modo encubierto. Todo de manera secreta para evitar que se conociera que el gobierno de los Estados Unidos estaba involucrado. Según este Brenneke, o algo así, en muchos casos la P2 operaba desde las oficinas de la CIA en Roma y en algunos otros a través de los servicios de inteligencia en otras naciones.

—Leíste bien —asintió Walter—. La P2 fue posteriormente investigada por una comisión especial del parlamento italiano, compuesta en su mayoría por parlamentarios de la democracia cristiana. La conclusión de esta comisión fue que era una organización criminal, secreta, aunque no se hubieran encontrado pruebas de crímenes específicos que se le hubiesen encomendado. Además se demostraron relaciones internacionales, principalmente con Argentina, y contactos sospechosos con la CIA…

—Y te agrego algo más —redoblé la apuesta de Walter, con un tono deliberadamente desafiante—. Licio Gelli siempre dijo ser un estrecho amigo de Perón. Creo que declaró que él fue quien introdujo a Perón en la logia cuando aún vivía en Madrid.

—Sabrás también —prosiguió Walter, sin prestarme demasiada atención— que la P2 fue objeto de máxima atención cuando quebró el Banco Ambrosiano, y más todavía cuando se produjo en 1982 la muerte de su presidente Roberto Calvi en Londres... Fue una muerte que se hizo aparecer como un suicidio pero que más tarde se reveló como un asesinato. Muchos sospecharon que la ejecución había sido obra de los miembros de la P2, por ser Calvi el custodio de sus fondos.

Asentí, siguiéndole la corriente a Walter, pero me costaba trabajo vincular todo ese asunto con el doctor Otero.

—¿Dónde estaba López Rega en 1982? —preguntó de pronto Walter, después de dar otro buen trago de Chivas.

—Supongo que en Europa… He leído que se radicó en Suiza —contesté—. De aquí se tuvo que rajar en 1975, ¿no?

—Por supuesto que estaba en Europa. Pero ¿con quién tenía íntima vinculación?

—Qué sé yo, Walter... —Me sentí como si él estuviese jugando conmigo al gato y al ratón. —Decime de una vez qué te contó Otero...

—Lo que me contó Otero no tiene mayor importancia. Bueno... alguna importancia puede ser que tenga, pero lo que nos debe interesar es lo que cuenta López Rega en el original que aún no te has dignado a leer.

—¿Cómo estás tan seguro? ¿Vos lo leíste acaso?

—Superficialmente. Gelli compartía con López Rega el culto de ritos satánicos. En 1974 obtuvo el pasaporte argentino, fue nombrado consejero comercial y eligió al embajador argentino en Italia. Muerto Perón y expulsado López Rega del gobierno de Isabel, Gelli contactó al general Suárez Mason y al almirante Massera, y festejó con ellos la llegada de los militares al poder. Pronto logró un negocio: las Fuerzas Armadas invirtieron millones de dólares en “modernización”. Los compromisos políticos y los económicos que fueron sellados entonces sobrevivieron al proceso militar y condicionaron al propio Alfonsín. Algunos de los funcionarios que debió incorporar o mantener durante su gobierno habían sido, incluso, operadores de la Triple A. López Rega da a la luz documentos secretos hasta hoy y desenmascara a varios políticos encumbrados, algunos de los cuales todavía andan circulando por ahí con patente democrática pero fueron, hace menos de veinte años, verdaderos delatores al servicio de la Triple A. ¿Me seguís?

—Entonces vos sabés bastante más que yo... ¿Por qué me estás corriendo para que descifre un manuscrito...?

—No es para que lo descifres, no se trata de un lenguaje cifrado —dijo con énfasis—. Pero quiero que me des tu opinión, para eso trabajás acá, ¿no? —sentenció Walter, dando un último trago. Miró su vaso vacío y el mío, que también lo estaba—. ¿Te sirvo otro?

Negué con la cabeza.

—Sólo te pido una cosa, decime quién es el doctor Otero —rogué a Walter—. ¿Cómo sabemos que estamos autorizados a publicar las confesiones de tamaño hijo de puta?

—No tengas temor por eso. De las cuestiones legales nos ocupamos mi abogado y yo, vos olvidate. En cuanto a quién es el doctor Otero te digo, si te tranquiliza, que me lo presentó alguien de mi confianza.

—Sos un hijo de puta —le recriminé.

—Por eso estás a mi lado —retrucó.

-5-

Era ya muy tarde cuando concluí la novela que tenía como protagonista a un traficante de armas. Un trillado culebrón sobre un tipo que se había infiltrado en estamentos gubernamentales y que, gracias a los requerimientos de las Fuerzas Armadas, había logrado concretar muy buenos vínculos comerciales, por su conocimiento del mercado local, no sólo el gubernamental, sino también el mercado marginal o informal vinculado al tráfico de armamentos. Las innumerables transacciones que cerró durante casi dos décadas le habían enseñado que ese tráfico era mucho más fluido que el de la industria aeronáutica propiamente dicha. Y a partir de allí se iniciaba una truculenta historia plagada de lugares comunes, muertes y traiciones, todas vinculadas con la venta de armamento al gobierno militar. Mi decisión ya estaba tomada: le aconsejaría a Walter no publicarlo. Me sentía agotado, y con hambre. Antes de apagar la luz de mi oficina, observé de soslayo, como al pasar, el manuscrito atribuido a López Rega. Me lo llevaría a mi casa para comenzar a leerlo, tranquilo, después de cenar algún bocado por ahí.

Al salir vi luz en el despacho de Walter. No me extrañó en modo alguno que él —de irredimibles hábitos noctámbulos— se hallase trabajando aún. Si bien Walter era casado, él y su mujer vivían solos porque, según me confió en alguna oportunidad, no habían podido tener hijos. Creo que a esa altura de los acontecimientos ese matrimonio subsistía por puro convencionalismo, de manera que no era extraño que Walter prefiriese continuar trabajando en la editorial hasta altas horas de la madrugada en lugar de regresar a su casa.

Me asomé y lo saludé. El vaso y la botella de whisky eran su infaltable compañía a esas horas en que se dedicaba a tomar —además de alcohol— decisiones trascendentes para la editorial. Me despidió con un gesto, sin alzar la vista de las pruebas que estaba revisando. Cerré nuevamente la puerta, atravesé las solitarias oficinas de la editorial, llegué al hall en penumbras y tomé el ascensor.

Como de costumbre, decidí regresar al departamento caminando. La noche estaba apacible, y no había muchos transeúntes en la zona del microcentro, de modo que caminar se tornaba un agradable ejercicio después de todo un día encerrado en el cubil del editor.

Entré a una pizzería. Pedí dos porciones de muzzarella con una de fainá y un balón de cerveza tirada. El balón llegó al punto; debía aguardar a que salieran del horno las porciones. Después de dar un buen trago, no pude resistir la tentación de abrir la carpeta. Se trataba de un manuscrito de unas trescientas páginas escritas en hojas de tamaño oficio con una letra caligráfica, casi escolar. Lo encabezaban dos epígrafes; el primero era uno de los principios herméticos del Kybalión: “El Todo es mente; el universo es mental. El Universo es una creación mental sostenida en la mente del Todo”; el segundo, un fragmento del primer canto del “Infierno” del Dante: “De donde, por tu bien, pienso y discierno/ que me sigas y yo seré tu guía,/ y he de llevarte hasta el lugar eterno/ donde oirás espantosa gritería,/ verás almas antiguas dolorosas/ que segunda muerte lloran a porfía”.

Me quedé absorto algunos momentos, especulando acerca del significado de ambos textos, pero no pude discernir exactamente qué era lo que los vinculaba. Por otra parte, relacionar el Kybalión con el “Infierno” de Dante me pareció casi una extravagancia. Aunque, después de pensarlo mejor, deduje que no cabría descartar que La Divina Comedia transitase por cauces esotéricos, sólo comprensibles por ciertos iniciados. La segunda muerte a que refiere el Dante conjuga simbolismos de raigambre antiquísima, como lo demuestra la leyenda de Osiris: la inmortalidad se asocia a la conservación del cadáver y esa es la razón de ser de la momificación. La cuestión seguramente tenía relación con la profanación del cadáver de Perón y sugería la hipótesis del crimen ritual de la que había hablado Otero. Además, asocié los epígrafes al libro Astrología Esotérica que, según recordaba vagamente, había publicado López Rega en la década del sesenta, completando el Zodíaco multicolor —editado en Brasil—, que era algo así como su primera parte, seguida más tarde por el Zodíaco vegetal y el Zodíaco musical, cuya lectura jamás me había interesado.

Me hallaba inmerso en esos razonamientos metafísicos cuando el mozo trajo las porciones de pizza, de manera que cerré la carpeta y me dediqué a saborearlas alternando los bocados con unos buenos tragos de exquisita cerveza. Mis pensamientos se dispersaron en el entorno de lo obvio que impera cuando, después de trabajar todo un día, sólo se aspira a experimentar un remedo de los placeres dionisíacos.

Cuando volvía de regreso hacia el departamento, me asaltó una duda: ¿era serio vincular la cita de La Divina Comedia con el universo esotérico? La referencia al principio hermético del Kyablión, en realidad, no me extrañaba: tenía que ver con la conocida afiliación del Brujo.

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26 марта 2025
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171 стр. 3 иллюстрации
ISBN:
9789875993815
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