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Diario de un confinamiento
Cubierta y diseño editorial: Éride, Diseño Gráfico
Dirección editorial: Ángel Jiménez
Diario de un confinamiento
© Eduardo Galán
© Éride ediciones, enero 2022
Espronceda, 5
28003 Madrid
Éride ediciones
ISBN: 978-84-18848-33-9
Diseño y preimpresión: Éride, Diseño Gráfico
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Eduardo Galán
Autor teatral, guionista, novelista, profesor de Lengua y Literatura, ensayista y conferenciante habitual. Ha publicado numerosos estudios literarios y varias ediciones críticas de obras de la literatura española. Sus obras teatrales se han representado en numerosos países extranjeros.
De 1993 a 1996 fue presidente de ASSITEJ, (Asociación Española de Teatro Infantil y Juvenil). Entre 1996-2000 ocupó el cargo de Subdirector General de Teatro del INAEM (Ministerio de Cultura). En 2004 fundó Secuencia 3 Artes y Comunicación. Actualmente forma parte de las Juntas Directivas de SGAE, de la Academia de la Artes Escénicas y de la Asociación de Productores y Teatros de Madrid (APTEM), de la que es secretario general.
Entre sus obras más representadas, sobresalen Nerón, La curva de la felicidad, Los diablillos rojos, Hombres de 40, Historia de 2, Maniobras, Felices 30, La mujer que se parecía a Marilyn, Esperando a Diana, Tres hombres y un destino, La posada del arenal. Su último estreno es Blablacoche.
Ha realizado numerosas adaptaciones de obras clásicas, todas ellas representadas: Un marido ideal, de Wilde; Tristana, de Peréz Galdós; El zoo de cristal, de Tennessee Williams; Anfitrión, de Plauto; La Celestina, de Fernando de Rojas; El Galán Fantasma, de Calderón de la Barca; El fantasma de la ópera, de Lloyd Weber; La dama duende, de Calderón de la Barca y también adaptaciones de cuentos clásicos para niños, como La Cenicienta, de Charles Perrault.
Como novelista sobresalen La pasión de Alma y la novela para niños SOS Salvad al ratoncito Pérez.
Para mi hijo Armide,
quien, sin saberlo,
me ha ayudado a encontrarme
en estos tiempos del confinamiento.
Y para los niños etíopes, compañeros
de Armide, que fueron adoptados
en el mismo verano de 2014.
Prólogo
Hay muchos tipos de prólogos. Cuando estos preliminares —aperitivos que edulcoran, justifican, explican, agradecen y tratan, en definitiva, de captar la benevolencia del lector, en una suerte de introito halagador de voluntades y motivador de aquiescencias— son escritos por uno mismo, el autor de la obra literaria protege su mundo de voces externas que enturbien o distorsionen su sentido, impidiendo que el curioso observador y amistoso opinante lo anticipe en un fugaz y ligero vuelo. Pero, en otras ocasiones, la generosidad del creador invita a expresarse en su obra —siquiera tangencialmente— a una voz distinta, a la que abre y confía su secreto, antes de que este, vestido de libro, inicie su viaje.
Hay muchos tipos de prólogos. Escritos siempre desde la confianza y la amistad, existen prólogos que constituyen cartas de presentación para quien toma la alternativa en el difícil ruedo de las letras. En estos casos, el prestigio del presentador ofrece lustre y apoyo a la obra presentada, de cuya valía da fe al anteponer su nombre en ella. En otras ocasiones, escribir un prólogo es un guiño cómplice entre colegas que comparten intereses y vivencias comunes, y deciden vincular sus nombres en un testimonio de afecto y respeto mutuos. Pero también existe el prólogo que, como los teloneros que acompañan a las grandes figuras del rock en sus giras, cobra lustre por preceder a estas en su espectáculo, amenizando los minutos de espera previos a su aparición sobre el escenario. A dicha categoría pertenece este, que Eduardo Galán me ha confiado en un acto de amistosa complicidad de la que me siento orgulloso y halagado. En cualquiera de los casos mencionados, un prólogo no es más —no debe serlo— que la antesala desde donde se anuncia la llegada del verdadero anfitrión de una fiesta a la que hemos sido invitados.
Para quien tenga este libro en sus manos, Eduardo Galán probablemente no necesite presentación alguna. O quizá sí, pues esta obra se aleja del medio y el género habituales del autor, uno de los dramaturgos de mayor recorrido en la escena española contemporánea, con más de tres décadas de teatro a sus espaldas. Lo conocí personalmente hace ahora dos años, en la última representación de Nerón —una de sus creaciones— en el Teatro Bellas Artes de Madrid. Yo acababa de publicar una Historia del teatro español en la que le dedicaba algunas páginas, y las primeras palabras que crucé con quien era para mí un referente de nuestra dramaturgia, a quien admiraba desde la cómoda distancia que otorga el anonimato, confirmó la idea que me había creado de él a partir de la lectura de sus obras: cercano, distendido, sincero, humilde y deliciosamente frágil en la inocente confianza con que abría su mundo a quien solo acababa de conocer. Creo que la conexión fue rápida y, junto con el respeto recíproco, no tardó en surgir el afecto.
Eduardo Galán, hombre, era —es— un vivo reflejo de todos los personajes emanados de sus ensueños de autor. La humanidad que transmiten sus textos se manifiesta en cada uno de los actos de su vida mortal —la otra, la del creador, es imperecedera—, en una absoluta coherencia entre existencia y obra que el paso del tiempo ha venido a demostrar. Más aún en este tiempo precipitado y detenido que acabamos de vivir y en el que estamos aún inmersos, detonante de la obra que el lector tiene ahora en sus manos: el Diario de un confinamiento que, además de ser la plasmación diaria, durante sesenta y ocho días —más alguno añadido, en su colofón—, de la angustia colectiva vivida en Madrid, en España y en el mundo, en una primavera robada que jamás olvidaremos, constituye la expresión íntima de un yo encerrado, confinado, enfrentado diariamente al ejercicio de adentrarse en su interior, en sus recuerdos y en su conciencia, en un viaje íntimo —compartido por un grupo de allegados a quienes se lo mostraba «religiosamente»— al pasado, desde la perspectiva de un presente incierto y amenazante, puesta la mirada en un futuro anhelado. Interesante meditación, realizada en circunstancias semejantes a las de tantos otros escritores y artistas que crearon sus obras en momentos históricos de terribles catástrofes colectivas; lo que convierte este texto en mucho más que un relato en primera persona de los sucesos vividos por todos nosotros entre marzo y junio de 2020, sino en unas memorias, un libro epistolar y unas confesiones llenas de interés, que nos trasladarán desde la Guerra Civil hasta nuestros días, en un recorrido plagado de anécdotas e intimidades, públicas y privadas, que harán las delicias de los aficionados a conocer la intrahistoria de las diferentes épocas. Con muchas insinuaciones —el autor tuvo, en otro tiempo, cargos de responsabilidad pública que lo acercaron a los círculos de poder y le permitieron ver y vivir acontecimientos dignos de ser ocultados en la prudencia del silencio— y confidencias abiertas, Eduardo Galán traza un recorrido sin plan previo, en el que las ideas saltan de su mente al papel, en un verdadero fluir de conciencia solo filtrado por su inequívoca —e ineludible— condición de escritor.
Son muchos los amigos que Eduardo ha ido creando a lo largo de un recorrido biográfico lleno de anécdotas y experiencias al alcance de pocos. Muchos de ellos aparecen en las páginas de este diario, normalmente con su nombre de pila. La mayoría son personas pertenecientes al mundo del arte y la cultura —también de la política—, destacados representantes de la vida teatral española de los últimos cuarenta años —Enrique, Jesús, Ramón, Celso, Fernando, Antonio…—, cuya mención invita a reconocer a los personajes que se adivinan tras ellos. Otras veces las menciones se hacen explícitas, dando entrada en su obra a figuras fácilmente reconocibles: Juan Carlos Pérez de la Fuente, Pérez Sierra, Calixto Bieito, Lina Morgan, Luis Lorente, José Luis Alonso de Santos, Fernando Rojas, Adolfo Marsillach…
Sus recuerdos del periodo entre siglos en que ocupó el cargo de Subdirector General de Teatro, o de los tiempos en que escribía discursos para los políticos durante su etapa como asesor del Ministerio de Educación y Cultura —experiencia suficiente para que el autor confiese su desencanto hacia estos—, ofrecen algunos de los momentos más interesantes —también más comprometidos— de una obra en la que resulta difícil no sentirse atrapado por cada nuevo capítulo. Cual si de una novela por entregas se tratara, pero sin ruta establecida alguna, movidos —tanto el autor como sus lectores— al albur de la sorpresa, la intriga por conocer el contenido de cada uno de los setenta latidos que componen este mosaico de recuerdos y permanentes reflexiones sobre la existencia, mantiene vivo el interés por seguir descubriendo al personaje que se oculta —más bien se muestra, se descubre, se revela— en las páginas de este diario.
Aprenderemos con él a compartir —haciendo viva la expresión «diario compartido», empleada por el autor para definir su obra— las emociones que afloran en la rememoración de un tiempo anterior a su propia existencia, cuando su padre estuvo a punto de ser fusilado dos veces en plena Guerra Civil y el miedo que dejó impregnado en su progenitor esta experiencia; un miedo que revoloteará en la obra como una sombra que se extiende hasta conectar con un presente en el que la amenaza de la muerte y el temor han vuelto a dominar y determinar nuestra vidas; o el aliento de generosidad y vida mostrado por su madre enfermera, cuando atendía con amorosa dedicación a los moros heridos en el frente de batalla. La historia de aquellos días bien podría ser el argumento de una novela digna de ser llevada al cine. Pero también nos adentraremos en los recuerdos de un Eduardo Galán que nos dejará conocer al Eduardo que fue cuando niño; su educación en uno de los muchos colegios religiosos de la España del franquismo; las incipientes dudas nacidas en su pubertad, entre la fe y la razón, la moral y el deseo, donde se gestó la permanente contradicción vital que lo ha acompañado hasta hoy —«Sé que vivo en la contradicción, como mi admirado Unamuno»—; sus anhelos de juventud, cuando aspiraba a convertirse en un novelista de éxito; su accidentada relación con las motos y otras múltiples anécdotas de su vida, entre las que destacan las vinculadas a su experiencia como profesor de literatura —interrumpida por su larga etapa ministerial—, que dejará una indeleble huella en el dramaturgo en que pronto se convertirá, muy presente en este diario de marcado componente literario, donde las citas de autores y textos que lo han acompañado —citas que emanan cultura y lecciones de vida— y construido como hombre y escritor son permanentes: Quevedo, el romancero, Gil de Biedma, Machado, San Agustín, Espronceda, Dámaso Alonso, Lorca, Juan Ramón Jiménez, Salinas, Baroja, Unamuno…
La literatura ha sido también ese refugio conocido y fiable al que Eduardo Galán ha acudido durante su confinamiento. Las obras que lo han acompañado en su obligado retiro asoman en un baile de tentadores títulos, incitadores de conciencias letraheridas: El diario de Ana Frank, Terra alta, La sociedad literaria del pastel de piel de patata de Guernsey, Rayuela… Pero es en el séptimo arte donde el autor ha encontrado mayor consuelo y compañía en su encierro, rescatando películas de un cine clásico que son parte primordial de la formación estética de quien se formó y forjó, como hombre y autor, en el siglo XX: Casablanca, La reina de África, 1984, 2001: Odisea en el espacio, El planeta de los simios, Vacaciones en Roma, El malvado Carabel, Doctor Zhivago, Sabrina, Desayuno con diamantes, Vacaciones en Roma, Una habitación con vistas, Anny Hall, Anna y sus hermanas, Bésame tonto, Primera plana, Con faldas y a lo loco…
Adentrándose en la metaliterariedad en muchos momentos, las referencias a su propia obra literaria son también frecuentes en las páginas de este diario. Descubrimos los procesos creativos del escritor, su método de trabajo, sus estímulos y modelos, sus proyectos actuales y futuros… Galán no guarda nada —o casi nada— en el tintero y desnuda su forma de enfocar la creación; pero también, abriéndonos la puerta a la estancia donde habita su yo más sincero —el de sus contradicciones, sus hipocondrías y debilidades—, su manera de pensar y sentir, sin dobleces, arriesgándose a ser juzgado y sin que parezca importarle en exceso. Es aquí donde asoma la verdadera fortaleza y autenticidad del Eduardo Galán hombre, dispuesto a ejercer su derecho y obligación de ser libre, adentrándose en la incorrección política si es preciso —«lo políticamente correcto me aburre y trae al fresco»—, en una actitud que resulta hoy heroica ante la imposición avasalladora de los modernos valores, monopolizadores de las nuevas virtudes morales de nuestro tiempo —«Siempre pensé que la lengua evolucionaba por el habla espontánea del pueblo y no por el empeño de una élite de poder»—; o al denunciar la crispación enfermiza de una sociedad dispuesta a devorarse, desde el enfrentamiento y el odio permanentes, con o sin virus.
Y he pronunciado por fin la palabra virus, esa que he tratado de esquivar desde el comienzo, como Eduardo se obstina en su diario en emplear el eufemismo «esto» para evitar referirse con su nombre propio a la pandemia que desde hace meses azota a la humanidad, y que en el momento en que escribo estas palabras acumula el dato desorbitante de más de 13 millones de contagios en el mundo y cerca de 600.000 fallecidos; y la cifra no deja de aumentar. Pocos días después de nuestra reclusión, cuando Eduardo Galán inicia su relato, el 18 de marzo de 2020, España despertaba con 14.500 contagios oficiales, que se elevarían a 72.000 diez días después. Inconscientemente, a medida que transcurren los días, y sin ser este el propósito de su autor, que rehúsa dar fuerza con sus palabras a una realidad con la que ha convivido muy de cerca, el diario se convierte en una suerte de cuaderno de bitácora que nos permite comprobar la evolución de una epidemia que extiende imparable, e implacable, su poder destructivo. El 7 de abril ya son 140.000 los contagiados, y a comienzos del mes de mayo se superan los 215.000 contagios, con más de 25.000 muertos… Cifras, números, estadísticas que pasarían a integrarse en nuestras vidas, diluyendo el terrible dolor oculto tras ellas en la fría e insensible parsimonia del dato informativo, a las que no tardamos en acostumbrarnos como nos acostumbramos hace tiempo a convivir con una realidad convertida en ficción gracias al poder sedante e ilusorio de la pantalla.
Como es ilusión para la mayor parte de nosotros cuanto sucede lejos de nuestros hogares, al otro lado del mundo; en Etiopía, por ejemplo, ese rincón de África que transformó la vida de un ya maduro Eduardo Galán, en 2014, cuando se trasladó a su capital, Adís Abeba, para encontrarse con su nuevo hijo, Armide, a quien va dedicado este libro, junto al resto de niños etíopes que fueron adoptados en aquel verano de hace tan solo seis años, cuyo recuerdo, por muchas razones, ha aflorado en el transcurso de un confinamiento que le ha hecho revivir, con renovada intensidad y emoción, aquellos días.
Si este diario nació con la finalidad de las rayas que trazan los presos sobre la pared de sus celdas, para ser dueños del tiempo al aprisionarlo en la ficticia sensación de control que ofrece el cómputo de los días y las horas, o como remedio contra el tedio de la monotonía y, muy pronto, al comprobar su efectividad balsámica, para servir de cómplice consuelo o curioso entretenimiento de muchos de los amigos a quienes se lo enviaba, su escritura no tardó en manifestar su reparador efecto sobre el propio autor, quien, al sumergirse en un viaje interior que lo llevó a encontrarse consigo mismo, descubrió lo que fue y, tras un sincero análisis de su pasado inmediato, obtuvo una enseñanza de vida, saliendo de esta experiencia decidido a modificar sus prioridades: «no quiero vivir aceleradamente como antes del confinamiento. Quiero sacarle el jugo a la vida antes de que el jugo me saque de la vida. Quiero saborear el placer de los afectos y el valor de la conciliación».
Las reflexiones de contenido existencial que acompañan cada una de las peripecias del autor —en mi opinión, uno de los principales valores y aciertos de este libro— evolucionan desde la duda y la contradicción permanentes, el agnosticismo esperanzado de quien, como Unamuno, hubiera querido creer, y un escepticismo vital que trata de trascender su componente agónico a través del humor —rasgo ineludible de su obra teatral, visible también en este diario—, hacia una madurez emocional, un equilibrio interno y una fe renovada en el hombre basados en el amor y el deseo de vivir: «sueño con una vida plena y distinta, a corazón abierto. […] Sueño con un mundo en el que la conciliación sea algo habitual y no el enfrentamiento […]. Creo que habrá un mundo en el que cada vez más seres humanos pensarán en el otro».
Eduardo Galán es un hombre agradecido. Agradecido por todos los dones recibidos en la vida, entre ellos sus muchos amigos, a quienes tiene presentes en todo momento y con quienes dialoga, en un largo monólogo donde su voz se encuentra recogida; agradecido de sus experiencias, de sus padres, sus amores y sus hijos; y por el privilegio de haber tenido la fortuna de vivir su confinamiento con las comodidades de quien vive en el «primer mundo».
La experiencia de compartir con él este Diario de un confinamiento, a lo largo de su confección, en cada una de las entregas que nos enviaba a quienes le seguíamos, y de haber vuelto a leerlo después, cuando poco a poco, aún con recelo, nos hacemos la ilusión de haber retomado nuestras vidas, me ha permitido conocer mucho mejor a Eduardo Galán; no al que ha nacido, sino al que ya era. Te invito, amigo lector, a realizar con él este viaje personal y compartido en el que no existe espacio para el aburrimiento, la desesperación, la negatividad o la apatía; y, como su autor, aprender a vivir en el otro, a revivir, agradeciendo siempre el maravilloso regalo de la existencia.
José Luis González Subías
Julio de 2020
A modo de prólogo
Hay fechas en la vida de una persona que nunca podrá olvidar y siempre las llevará consigo. Hay fechas en los pueblos, y sus gentes, que perfilan su idiosincracia. Hay fechas en la humanidad que forman parte de la historia universal y de su acervo. Así es el día a día de todos nosotros, marcados por nuestros hechos singulares, los de nuestra cultura y, muy por encima, los de nuestra genética.
Todos recordamos el cumpleaños de algún ser querido. Es de común memoria fechas que se marcaron en el almanaque popular y se celebran con festejos locales, incluso recordamos acontecimientos o sucesos mucho más allá de nuestras fronteras pero que no forman parte de nosotros. Sucesos en otros países o continentes que, por su gravedad, impactaron en nuestra mente, pero no en nuestra formación. Se han necesitado muchos siglos para que las comunicaciones globarizaran el planeta y las noticias, acontecimientos y sucesos se conocieran a la par en todos los lugares del planeta.
Hay una fecha, variable en pocos dígitos, que afectó a todos los continentes por igual, y a nosotros, en particular, el 14 de marzo de 2020. Ese día se decretó el estado de alarma en España y, por tanto, el confinamiento.
Con fechas similares todos los países del mundo fueron decretando estados de alarma más o menos restrictivos. Toda la población mundial estaba afectada por un mal difícil de combatir y contra el que no teníamos armas adecuadas ni conocidas con las que hacer frente. Nos vimos abocados a permanecer en nuestros domicilios por temor y prevención ante las consecuencias de la pandemia como años atras sufrió la población de muchos países, protegiéndose en los túneles del metro y refugios ante la amenaza de los bombardeos.
Ahora no sentíamos el estruendo de las explosiones, no había signos de violencia ni bocinas que anunciaban la llegada de la aviación, tan solo contábamos con la televisión que nos anunciaba, tenaz y perseverante, el número de heridos y fallecidos en la contienda.
El 18 de marzo, Eduardo Galán, mi admirado dramaturgo, comenzó el ritual de enviarnos, diariamente, por whatsapp, a un grupo de «privilegiados», sus vivencias, sensaciones, angustias, pesares, sorpresas y todo aquello que brotaba de su interior. Tuvimos la suerte de comprobar cómo un sentimiento individual se convertía en una corriente universal. No importaba que fueras escritor, estudiante, ama de casa, policía, ingeniero, deportista, funcionario, artista, rector universitario o empleado de algún comercio. Todas y cada una de las palabras que iba sacando de la mochila del corazón, todo aquello que nos hace ser conscientes de ser y sentir, eran propiedad de cada uno de nosotros sin distinción de raza, sexo o religión. El ser humano cuando se despoja de su etiqueta social se convierte, en palabras de Eduardo, en un ser totalmente vulnerable: Frágiles. Somos frágiles y vulnerables. No ha hecho falta que salte una alarma nuclear ni que el calentamiento del planeta nos lleve a la destrucción, y este virus nos tiene encerrados en casa a medio mundo. Nos creíamos dioses creadores y dominadores de la vida, nos sentíamos seguros con las comodidades del primer mundo, nos permitíamos el lujo de despreciar al diferente y poner frontera a los subsaharianos. Pero un virus ha echado por tierra nuestra consistencia. No somos nada. Ni tan siquiera «polvo enamorado», como escribió Quevedo.
Y así, dos días después de acabado el estado de alarma, el 23 de junio de 2020, Eduardo dió por cerrado este diario que, sin pretenderlo, es el diario de todos y cada uno de nosotros, seres apátridas, víctimas de un verdugo sin rostro, pero que hemos escrito casi 100 días de nuestra historia.
Ángel Jiménez
(1) Miércoles 18 de marzo de 2020
Cuando esta tarde me he preguntado qué día era hoy: ¿martes, miércoles, jueves? ¿17, 18, 22…? He llegado a la conclusión de que debería escribir un diario o, mejor, unas divagaciones de un confinamiento. No lo escribo por afán de inmortalidad ni para que nadie me lea. No lo escribo para recordar cómo viví estos días cuando todo haya terminado. Lo escribo como hacían los presos políticos de la Dictadura, cuando iban haciendo rayas en las celdas, para saber el tiempo que iba transcurriendo.
Lo escribo para que mi cabeza, tan dada a la fantasía y a la especulación, se relaje y así evitar que me asolen las enfermedades somáticas que desde hace años me asedian con regularidad: colon irritable, herpes zoster, lumbalgias insoportables, lesiones de piel, ahogos como en los infartos… De hecho, el colon irritable me sorprendió anoche mientras escribía. Decidí parar y ver una película. Como no se puede ir a los médicos, me automediqué y me tomé un diazepam, que tenía en casa de otras ocasiones.
Durante el día no he respondido a algunos wasaps, más que nada porque en el río de mensajes recibidos con consejos e información sobre la enfermedad, se me han quedado retrasados. Y hace un rato he recibido dos mensajes iguales de dos amigos: «¿Estás bien? ¿Te pasa algo?». He contestado: «Estoy bien, ¿por?» Las respuestas han sido idénticas: «Como no respondías, pensaba que ya te habías contagiado».
Hoy el presidente Sánchez ha hablado en el Congreso ante los poquísimos diputados que estaban presentes para explicar el decreto que aprobó ayer el Consejo de Ministros (y Ministras para los políticamente correctos o quienes se sitúan en el feminismo militante). Advierto, por si algún día esto cayera en manos de algún lector despistado, que lo políticamente correcto me aburre y me trae al fresco.
Acabo de leer que en España hay ya más de 14.500 contagiados oficiales. A saber cuántos serán los reales. Hace nada, diez días, tenía lugar la masiva manifestación de la mujer del 8 de marzo. Desde el lunes 9 la enfermedad se hizo evidente y ha llegado el pánico. La guerra del virus.
Me estoy releyendo «El diario de Ana Frank». Ese sí que es un confinamiento real y duro. Sí que lo fue, y acabó con la detención de las dos familias judías holandesas a manos de los nazis alemanes.
Recomiendo su lectura en estos días. Nosotros podemos ir al súper, a la farmacia, incluso algunos deben ir a trabajar… Nosotros corremos el riesgo de contagiarnos. A la familia de Ana Frank le esperaba el seguro campo de concentración o la muerte. No hay comparación posible.
(2) Jueves 19 de marzo de 2020
Frágiles. Somos frágiles y vulnerables. No ha hecho falta que salte una alarma nuclear ni que el calentamiento del planeta nos lleve a la destrucción, y este virus nos tiene encerrados en casa a medio mundo. Nos creíamos dioses creadores y dominadores de la vida, nos sentíamos seguros con las comodidades del primer mundo, nos permitíamos el lujo de despreciar al diferente y poner frontera a los subsaharianos. Pero un virus ha echado por tierra nuestra consistencia. No somos nada. Ni tan siquiera«polvo enamorado», como escribió Quevedo.
Hasta los políticos poderosos se han contagiado. Recuerdo nombres: Torra, presidente de la Generalitat de Cataluña, Díaz Ayuso, presidenta de la Comunidad de Madrid, Irene Montero, ministra de Unidas Podemos, otra ministra del PSOE, la mujer del presidente del Gobierno… No hay fronteras. No hay límites.
Hoy he ido al súper. Me ha impresionado. A la entrada, una dependienta protegida con mascarilla nos obligaba a mantener la distancia antes de entrar, nos echaba desinfectante en las manos y nos entregaba unos guantes de plástico. Luego un silencio sepulcral en el interior, como si asistiéramos a un sepelio.
Caras largas, más bien asustadas o de angustia. Y muchas mascarillas. Más de la mitad de los compradores llevaban mascarilla. Yo no la tengo. Reconozco que me he dejado invadir por la ansiedad y el temor al contagio. He llegado a casa enfermo. Con todas las medidas de precaución tomadas.
No me queda tiempo para aburrirme. Al contrario. Ni siquiera para leer libros pendientes ni para escribir proyectos que esperan almacenados en el ordenador o en la memoria. Duermo más. El tiempo vuela. Pierdo el control de los días. Es jueves, pero podría ser martes.
Sexto día de confinamiento. Me gustaría imaginarme cómo se siente un recluso al que le han condenado a diez años cuando se encuentra en el sexto día de prisión.
Recuerdo ahora las historias que me contaba mi madre de la Guerra Civil. No le hacíamos ni caso.
Pasábamos de sus batallitas. Nos las contaba, no con aire de heroísmo, sino como explicación de unos hechos. Mi madre vivió la guerra en la zona de Franco, en Córdoba. Estaba terminando la carrera de Farmacia. Y tuvo que colaborar en el Hospital General de la ciudad como enfermera. Obtuvo allí su título de enfermera (más tarde terminaría su carrera de Farmacia). Allí, en el hospital, atendió a numerosos heridos del frente de batalla, a muchos moros, de los que vinieron de África a luchar junto al General sublevado Franco. Recuerdo que a finales de los años 60, siendo yo un niño, venían en Navidades y en verano por la casa de mis padres algunos moros con sus familias desde París en dirección a Marruecos.
De vacaciones. Siempre le llevaban regalos a mi madre. Y mi madre se sentía muy orgullosa de ellos en una época en que ya se rechazaba a los moros en España. Por diferentes. Mi madre nos decía que eran personas honestas y muy agradecidas. Y eso era cierto. Mi madre, durante los bombardeos en Córdoba, en lugar de bajarse a los refugios del hospital, como hacía la mayoría de médicos y enfermeras y los pacientes que podían caminar, se quedaba con los heridos asumiendo que podía morir en el bombardeo.
Los moros le repetían que jamás en sus vidas lo olvidarían. Y no lo olvidaron.
Recuerdo esta anécdota porque en estos días hay muchos voluntarios jóvenes que están ayudando a los mayores a hacerles la compra, ir a la farmacia y atenderles en todo lo que necesitan. Siempre he creído que vivimos en un país solidario. Estoy seguro de que España es uno de los países más solidarios del mundo.
(3) Viernes 20 de marzo de 2020
Esta tarde me ha llamado mi amigo Juan. De mi edad. Necesitaba hablar, distraerse:
—Te llamo para pedirte que sigas escribiendo tu diario y continúes compartiéndolo con nosotros. Necesito leerte.
—Bueno, Juan, es una bobadita este diario. Son divagaciones para espantar el pesimismo y alentar la resistencia.
—Por favor, sigue. Estoy encerrado en una habitación en casa. Con mi baño y mi ordenador, eso sí.
Pero la comida me la dejan en una bandeja en la puerta y mi familia habla conmigo por el móvil. Hoy he estado en el centro de salud. Me encontraba muy mal, llevaba tres días con fiebre, tos seca y una debilidad espantosa. Por fin me han permitido ir al médico.
—Te has contagiado, ¿verdad?
—Sí. Un médico vestido como un buzo me ha atendido a dos metros de distancia. Me ha preguntado los síntomas y me ha dejado claro que es coronavirus. No me hacen pruebas. Medicación, la que ya sabes: paracetamol cada ocho horas. Parece que la fiebre baja y que se puede controlar. Que en casa estaré mejor.
Mi amigo Juan es biólogo, emprendedor, y acaba de publicar una novela sobre el sueño del hombre: la inmortalidad en la tierra, no tras la muerte. Excelente novela que hay que leer: «Atanathos». Y le he dicho:
—Tenemos que vivir hasta los 120 años como tú aseguras siempre. Confío en ti. Siempre digo que vamos a llegar a los 120. Así que vas a vencer al puñetero virus. Ponte bueno, que eres mi ejemplo y mi referencia.
—No me queda otro remedio o mi novela no se venderá. Iría contra las ideas que defiendo —me ha respondido con sentido del humor—. Estamos cerca de nuestro sueño de vivir eternamente en vida…
Inmortales. Nos soñábamos inmortales. Los de mi generación fuimos educados en la inmortalidad del alma por herencia del ambiente franquista de cuarenta años de dictadura, en los que vivieron y se educaron nuestros padres. Muchos fueron sinceramente creyentes y religiosos, otros lo fueron empujados por la situación política de entonces. Me eduqué en una época en la que predominaban los colegios de curas y monjas y se nos enseñaba el Catecismo de la Iglesia católica. Yo fui a un colegio religioso. Desde la muerte de Franco la vida en España ha cambiado. La mayoría de aquellos niños que acudíamos a misa lo hemos dejado de hacer y hemos hecho profesión del agnosticismo, ateísmo o simple enfriamiento de la fe. Sin embargo, nos hemos seguido considerando inmortales. La medicina nos prolonga la vida y nos permite soñar con llegar a ser centenarios con un razonable buen estado físico. La ciencia ha ocupado el lugar de la religión, como mostraba Pío Baroja en «El árbol de la ciencia». Los clásicos nos acompañarán siempre.
A finales de los años 90 del siglo XIX, Andrés Hurtado, el protagonista de la novela de Baroja, decide estudiar Medicina en la Universidad de Madrid. La religiosidad externa de su tiempo y el estudio de la filosofía de Kant y Schopenhauer le van alejando progresivamente de la fe religiosa. Poco a poco va sustituyendo la religión por la ciencia. Basa toda su esperanza en el conocimiento científico. Sin embargo, la ciencia le falla en un momento fundamental de su vida, como a nosotros ahora, que nos deja solos y vulnerables ante la pandemia.
Tengo la impresión de que ahora el mundo se nos ha venido abajo como se le vino a Andrés Hurtado.
¿Cómo es posible que la ciencia no hubiera previsto esta catástrofe mundial del coronavirus y su expansión? ¿Cómo es posible que los científicos no hubieran alertado a los dirigentes políticos del peligro real que corría toda la población? ¿O les alertaron, y son los políticos unos auténticos estúpidos? ¿Dónde podemos depositar nuestra fe? Este tiempo de confinamiento nos ayudará a situarnos a todos en una dimensión diferente en nuestras vidas.
Nos creíamos inmortales. Dato de esta noche de viernes: más de veinte mil contagiados y más de mil fallecidos en España. Y esto no se detiene. Seguimos encerrados en nuestras casas luchando contra un enemigo invisible. No, invisible, no. Un enemigo potencial. El enemigo es el otro, el vecino, el compañero de trabajo, el caminante que acude a la farmacia o al súper o, muy a su pesar, se dirige a su trabajo.
Cualquiera de nosotros es un potencial portador del virus. Cualquiera de nosotros es un leproso, un apestado. Por la calle nos apartamos en las aceras, nos esquivamos, nos alejamos, nos detenemos, hasta podemos gritar histéricos si el otro cruza la distancia de seguridad. Leprosos. Todos somos posibles leprosos. Es difícil vivir en el miedo al otro.
Recuerdo hoy otra batallita de la Guerra Civil. Esta es de mi padre. Ayer contaba una de mi madre.
Nada más empezar la guerra estuvo tres veces frente a un pelotón de fusilamiento. Y nunca llegaron a dispararle. Tenía veintiún años. Vivió hasta los 91. Se supo siempre frágil y vulnerable. Pero esa es otra historia. La contaré otro día.
De momento, sigo creyendo en los cientos, miles de personas que están trabajando por nosotros y desafiando al miedo en hospitales, farmacias, supermercados, laboratorios, policías, bomberos… Son frágiles y valientes. Gracias por vuestro valor y generosidad.
(4) Sábado 21 de marzo
En mi primera entrega de este diario hablaba de recuerdos de mi madre, que había sido enfermera durante la Guerra Civil. Contaba que, cuando yo era un crío, algunos marroquíes en las vacaciones cruzaban de Francia a Marruecos por España en coche y paraban a verla como agradecimiento por sus cuidados en el hospital en aquellos años en los que habían participado en nuestra guerra a las órdenes del general Franco.
De niño no le daba importancia a lo que aquello significaba: el agradecimiento es algo que no debemos jamás olvidar. Y estos marroquíes, a los que a veces miramos con distancia y les relegamos en nuestro país, saben de la gratitud. Esta misma gratitud que ahora estamos mostrando con nuestros aplausos de las ocho de la tarde a los sanitarios. Hoy me ha llamado mi hermano mayor (somos seis, y yo el menor) y me ha dicho que no recordaba la visita de nadie. Durante el día he mantenido mi duda: ¿no habré fabulado la historia de mi madre y jamás existieron esas visitas? Temía haberme inventado el recuerdo.
Afortunadamente, mi hermano Jose me ha confirmado que eran ciertos mis recuerdos. Y cierta la gratitud de los marroquíes.
Me pregunto cómo serán nuestros recuerdos de este confinamiento dentro de unos años y cómo lo contaremos a hijos y nietos... ¿Nos habrá dejado alguna huella? ¿Nos habrá hecho mejores personas?
Escribiendo estas líneas me ha venido a la memoria una de las mejores obras de teatro (convertida en cine) sobre la Guerra Civil: «Las bicicletas son para el verano», de Fernando Fernán Gómez. El autor (y actor y director) había vivido la guerra y había padecido el hambre de Madrid durante aquellos años de asedio. Lo que más me gusta de su obra es el espíritu de solidaridad que se respira. Hoy los voluntarios que ayudan a los mayores son un ejemplo más de solidaridad en estos tiempos.
Poco a poco, voy hablando con amigos que están siendo infectados por el coronavirus. Hoy he vuelto a hablar con mi amigo Juan. Parecía animado y me aseguraba que estaba mejor, cuando le ha entrado un golpe de tos interminable y ha tenido que colgar. Luego me ha enviado un wasap: «Estoy bien. Sigue escribiendo por favor». Sanará sin duda. Es fuerte y optimista. A media tarde he recibido la llamada de mi amigo Enrique, del mundo del teatro, para pedirme que siguiera escribiendo este diario y se lo enviara:
—Me entretiene en el tiempo que paso en la cama, con fiebre y con pocas ganas de hacer nada.
Enrique es un hombre que se ha hecho a sí mismo. Huérfano desde niño, empezó siendo boxeador de jovencito en su Valladolid natal y muy pronto compró una carpa para ir llevando espectáculos. Ha sido un hombre triunfador en el mundo del teatro. Inteligente, amable, educado, saldrá adelante seguro. Pero me ha impresionado oírle. Tampoco le han hecho pruebas.
A media tarde, me ha dado las gracias por el segundo envío de este diario Victoria, amiga, madre de un hijo de dieciséis años con el que vive. Los dos están contagiados. Me enviaba wasaps con mucho ánimo. Esta enfermedad hay que vencerla, me decía.
Hace poco rato, mientras estaba escribiendo este diario, leo un wasap en el que me informan del coronavirus que está padeciendo Juan Antonio, que ha salido en televisión y en prensa. Juan Antonio es profesor de Inglés de secundaria y productor de cine («El jugador de ajedrez»). Fuimos compañeros en el Instituto Beatriz Galindo (Madrid). Una persona encantadora, sensible y emprendedora. Una historia terrible la de su contagio y su experiencia hasta que le acogieron en La Milagrosa. Dura su estancia. Ya en casa, pero todavía sin recuperarse del todo… Le escribí un wasap y me respondió al instante.
He tenido que ir a la farmacia a la caída de la tarde. Estaba anocheciendo. Las calles desiertas. Personas solitarias con sus perros. Cerca del metro, dos jóvenes iban juntos para entrar en el solitario suburbano de Madrid. En la farmacia, amabilidad extrema. Pero impresiona la imagen de la farmacéutica y de su auxiliar: protegidas por una pantalla de plástico transparente con visera, para evitar que las gotitas que transmitimos al hablar les puedan llegar a boca, ojos o nariz. ¡Cuánto personal de las farmacias habrá sido contagiado ya!
Miedo. Percibo el miedo allá donde voy. Percibo el miedo en todos nosotros. No sentir miedo sería temeridad. El miedo sirve para poner en estado de alarma nuestros sentidos y evitar en lo posible la propagación del virus. Miedo de quienes se saben más vulnerables por la edad o por patologías anteriores.
Miedo de los familiares y amigos. Miedo de todos nosotros. Hay que vencer el miedo y hay que resistir alegres y positivos, me repito. Pero soy consciente de nuestra fragilidad. Mortales. Somos mortales, y no dueños de nuestro destino. Apenas somos una gota de agua de lluvia que va a caer a un río y se funde con sus aguas hasta desembocar el mar. Y a veces nos creemos que somos la dura montaña que resiste las olas del océano. No somos más que una sombra imperceptible en la historia de la humanidad.
Miedo. Miedo de vivir y de morir. Miedo de no saber vencer el miedo. Miedo. No puedo olvidarme del miedo que debieron de pasar en la guerra. Y ya no nos quedan padres que lo vivieran. Mañana contaré la experiencia de mi padre. Del miedo que padeció. Creo que nuestro miedo no puede ser superior al que sintieron nuestros padres y abuelos entonces. Cuánto podíamos haber aprendido de aquellas generaciones.
A ser positivos, como ellos lo fueron.
(5) Domingo 22 de marzo de 2020
Dicen que en las circunstancias de máximo riesgo se conoce la realidad íntima de los seres humanos, nuestras grandezas y nuestras miserias. Esta mañana entrevistaban en la radio a un hombre del teatro madrileño (un gran artista, sin duda), muy querido por los medios de comunicación y por las administraciones. Durante los cinco minutos que ha durado la entrevista solo se ha quejado de su amargura por haber tenido que cancelar un próximo estreno y el perjuicio económico que iba a sufrir al no recibir ingresos y tener que afrontar muchos gastos, difícilmente superables cuando se restablezca la situación. Ni una palabra de solidaridad para el resto del teatro madrileño, ni una palabra de preocupación para los ciudadanos (que están sufriendo ERTES, despidos, problemas de salud) ni de cariño y reconocimiento para nuestros héroes de los hospitales. Como artista y creador le admiro, por supuesto.
Pero en estos momentos necesitamos grandeza para iluminarnos el camino de la esperanza.
La anécdota me recuerda a los comentarios sobre Séneca que escribía mi amigo Pepe (pintor y estudioso de las artes) y que compartía conmigo esta mañana. En su escrito señalaba las contradicciones y las sombras en la obra y en la vida del filósofo cordobés. ¿Fue Séneca un gran hombre? ¿Quién es un gran hombre (o una gran mujer)? En mi opinión, la vida de un gran hombre está llena de sombras, como la vida de cualquiera de los mortales. Pero la diferencia entre un gran hombre y uno de nosotros es que en la vida y obra del primero encontramos momentos de indudable luz para todos los de su tiempo y para los de todas las épocas. Esa luz, que transmitía y sigue transmitiendo, es lo que le hace grande. Las sombras son las que le hacen humano.
Cada día en Madrid tienen lugar numerosas historias anónimas de grandeza humana. No solo en los hospitales. En todas las familias que cuidan a sus enfermos y a sus mayores. En los numerosos cantantes que están subiendo a las redes canciones nuevas de este momento para compartirlas con todos y animarnos. La solidaridad es la norma y no la excepción.
No quiero dar números de contagiados. Prefiero recordar que esta mañana he salido a comprar el pan y un pollo asado. Las calles desiertas, silenciosas, en alerta. En la cola del pan, casi dos metros de distancia. Mascarillas que empañan las gafas de quienes las usamos. Mascarillas sin ninguna validez real, que nos envalentonan y nos hacen sentirnos más seguros. Mejor no mirar a la cara a nadie, volver la cabeza cuando nos cruzamos en una acera y separarnos al máximo. Incluso, si la acera es estrecha, bajarnos a la calzada de los coches: no moriremos atropellados. No hay tráfico. Sin embargo, al doblar una esquina, casi nos hemos chocado una jovencita y yo. Los dos girábamos por el interior. ¡Susto! ¡Frenazo!
¡Ay!, ha gritado ella. ¡Lo siento!, me he disculpado yo. Nos hemos separado inmediatamente y me he despedido diciendo: «¡Suerte!». Según me iba, me dice: «Perdona, es que soy muy hipocondriaca». Seguro que no más que yo, he pensado.
Me ha acordado de Nat, personaje de mi próximo estreno teatral «Blablacoche», previsto (si es posible) para finales de mayo en Colmenar Viejo. Nat va cargada de desinfectante de manos, toallitas limpiadoras y todo tipo de precauciones para no pillar ninguna bacteria durante su viaje en BlaBlaCar. La obra está terminada de escribir en el otoño, antes del alumbramiento de la nueva peste que nos asola.
¿Quién me lo iba a decir? Un personaje muy actual. Nat hoy seríamos todos. Y es que la realidad, como escribía García Márquez, es superior a la ficción. Hay que volver a leer sus memorias: « Vivir para contarla», en donde hacía referencia a que la realidad de la selva colombiana era más mágica que la de« Cien años de soledad».
Luego en casa he seguido con mi rutina de lectura, escritura, pelis, aplausos… Y a preguntar a mis amigos contagiados cómo se encuentran. Buenas noticias, Victoria está bastante mejor y recuperada. Y
Juan, aunque esta mañana había entrado en crisis de ansiedad (habitual en los enfermos de coronavirus), al final de la tarde estaba más tranquilo y físicamente más recuperado.
La rutina (escribir este diario, tal vez leerlo quienes me leéis) nos ayuda a superar el confinamiento, como le ayudaba el avecilla al prisionero del romance anónimo medieval hasta que un día… Pero mejor recordaré el poema para terminar este domingo lluvioso (tendré que volver a posponer la historia del casi fusilamiento de mi padre, o más bien fusilamientos, al principio de la Guerra Civil):
Que por mayo era, por mayo, cuando hace la calor, cuando los trigos encañan y están los campos en flor, cuando canta la calandria y responde el ruiseñor, cuando los enamorados van a servir al amor, sino yo, triste, cuitado, que vivo en esta prisión, que ni sé cuándo es de día ni cuándo las noches son, sino por una avecilla que me cantaba el albor. Matómela un ballestero; ¡Déle Dios mal galardón!
(6) Lunes 23 de marzo
Décimo día de confinamiento. Pablo, maravilloso artista y excelente persona, me contesta a mi escrito de ayer: «Muy buena reflexión. No podemos quejarnos tanto los de la profesión». La misión del artista, como la de los grandes payasos, es reinventar la vida para los demás con nuestras historias, con nuestras obras de teatro, películas, series, programas… El payaso puede estar triste y sentirse angustiado, pero siempre parecerá alegre y festivo para los niños. Así es la mayoría de la profesión escénica. No lo dudéis. Y volveremos a entretener, divertir y emocionar al público en cuanto «esto» se termine.
Hoy he llamado a mis amigos contagiados. Juan ha mejorado considerablemente. No tiene fiebre, en su aislamiento escucha ópera, lee, escribe y se siente cómodo hablando por teléfono. Vive, eso sí, con el temor de que la enfermedad no acabe de irse y pueda amenazar con regresar. Como le ha ocurrido a mi amigo Enrique, que ayer estaba sin fiebre y hoy le ha vuelto con fuerza. Mi amiga Victoria está muy recuperada. Otros, sin embargo, van cayendo… Ánimo. No estáis solos. No es una guerra entre nosotros.
Al contrario, formamos parte del mismo bando: el de la vida.
Me he puesto a ordenar mi armario. Es increíble la ropa que acumulamos. La guerra consumista se nos antoja ahora absurda. Vivimos en el exceso. Con lo que acumulamos en los armarios en los países ricos vestiríamos a toda la población de los países del tercer mundo. ¿Nos servirá de algo este encierro? No estamos en un zulo, aunque queramos hacer el símil. Recomiendo la premiada película «La trinchera infinita ». El protagonista se pasa más de treinta años encerrado en un zulo, viendo el mundo por un agujerito. Y nos quejamos de los treinta días que vamos a estar en nuestras casas, sin el miedo de que nadie nos venga a buscar para encarcelarnos o fusilarnos…
Cuando «esto» se termine… escribía en el primer párrafo. «Esto» es un eufemismo. Ya no quiero escribir «coronavirus». No se merece mi respeto este microbio que nos está envenenando la vida. En plena Guerra Civil eran muchos los que decían «cuando esto se termine»… Evitaban pronunciar la palabra«guerra», como si no nombrándola esta desapareciera. No desaparece, pero la condenamos a ser innominada. «Esto». La guerra me recuerda que prometí hablar de los casi fusilamientos de mi padre.
19 de julio de 1936. Madrid permanece mayoritariamente leal al Gobierno de la República salvo el Cuartel de la Montaña, en donde el general Fanjul y numerosos falangistas toman las armas… En menos de veinticuatro horas el intento de sublevación es sofocado. La destrucción es total. Mientras tanto, el coronel del Regimiento de Transmisiones del Pardo quiere sublevarse, pero no se atreve a acudir en defensa de sus compañeros. En la madrugada del 20 de julio da la orden de subirse a los camiones para cruzar por el Alto de los Leones y unirse a las tropas «nacionales», que controlan Segovia. Tres camiones se quedan sin gasolina poco antes de alcanzar la cima y no pueden continuar su viaje. En uno de ellos viajan mi padre, que hacía la mili en El Pardo. Se libra por los pelos el hijo de Largo Caballero, compañero y amigo de mi padre en el regimiento, porque marcha en otro camión. Más tarde su destino será trágico, cuando Franco se niega a intercambiar a Primo de Rivera, preso de los republicanos, por el hijo de Largo Caballero. En seguida llegan los milicianos y los guardias de asalto. Les ordenan formar una fila al borde de la cuneta. En un extremo los oficiales, a su lado los suboficiales y a continuación cabos y tropa. El que parece que está al mando ordena que apunten a todos. Los soldados gritan y aseguran que no son golpistas. La muerte les espera. Disparan contra los oficiales, que caen al instante. Vuelven a apuntar y disparan contra los suboficiales. Llega otro grupo de milicianos. Ordena que no disparen contra la tropa y que se los lleven presos a la Cárcel Modelo de Madrid.
En la Cárcel Modelo van encerrando a militares, a políticos de derechas y a personas acusadas de apoyar la rebelión. Llegan a juntarse más de 5.000 presos en menos de un mes. El 22 de agosto, una galería del sótano arde y el fuego se va extendiendo por toda la cárcel. Ante el miedo de que puedan fugarse los presos, les conducen al patio. Han entrado numerosos milicianos, fundamentalmente anarquistas, con deseos de ajustes de cuentas; y familiares de los presos. En medio de la confusión, van colocando a los presos en las paredes y ordenando su ejecución sin mucho criterio y sin el consentimiento del Gobierno de la República. Familiares con carnés de los partidos republicanos acuden a salvar a los suyos, si consiguen encontrarlos. En el último instante, cuando mi padre ya está contra la pared con otro grupo de soldados, un amigo de mi abuelo consigue verle, enseña su carné de la UGT y lo salva. Se lo lleva inmediatamente.
Luego su historia se complica: le llaman a filas en la zona republicana, pero una lesión de corazón (posiblemente originada por una angina de pecho ante la angustia de sus dos fusilamientos) le impide volver a tomar las armas… Una noche del mes de noviembre del 36 tiene que huir de su casa con mi abuelo (militante de Izquierda Republicana) por los tejados de Madrid. Pero esa es otra historia que prometo contar. Mi padre vivió el miedo de una forma feroz y no lo perdió en su vida: «Niño, no montes en bicicleta, que te puedes caer… Eduardo, no llegues tarde de noche, que te pueden atracar…» No me gustaría vivir a partir de ahora instalado en el miedo por culpa de «esto». Lo superaremos.
(7) Martes 24 de marzo
Undécimo día de confinamiento. Fue mi amigo Pepe quien me instó a escribir este diario y a compartirlo.
En nuestra conversación telefónica de esta tarde elogiábamos a nuestros sanitarios por su valor y entrega.
También, por supuesto, a las fuerzas de seguridad del Estado, militares, personal de tiendas de alimentación, agricultores, ganaderos, transportistas… En tiempos de crisis el heroísmo deja de ser una excepción para convertirse en una norma y en un hábito. De ahí que sigamos aplaudiendo con entusiasmo a las ocho de la tarde. Nos planteábamos qué podíamos hacer el común de los ciudadanos por los demás, qué podíamos hacer nosotros en concreto.
—Tú, continuar escribiendo tu diario y compartirlo —me ha dicho.
Así es. Los que no sabemos hacer nada útil podemos contar historias. En los tiempos de las cavernas los hombres salían de caza para alimentar a la tribu y se jugaban la vida. Las mujeres se quedaban en la cueva cuidando de los niños y de los ancianos. Algunos hombres, pésimos cazadores, veían peligrar su sustento. De manera que tuvieron que inventar una forma de ganarse el favor de la tribu para comer con los demás. Unos desarrollaron la expresión plástica y nos dejaron muestras de las maravillosas pinturas rupestres. Otros desarrollaron sus capacidades verbales y empezaron a relatar las hazañas de sus compañeros, cómo rodeaban al bisonte, cómo uno le provocaba y salía corriendo para que los demás le sorprendieran con sus primitivas lanzas y armas de caza. Ponían emoción a la historia mientras la tribu comía la carne alrededor del fuego. Como premio, pintores y narradores orales podían también comer del asado común. De esta literatura oral nos hemos alimentado en nuestro oficio de escribir.
Aquí estoy, compartiendo mi diario con ciento veintisiete amigos o conocidos a través del WhatsApp y con más de 50 contactos de correo electrónico. Solo tres personas me han pedido que no continúe con los envíos por agobios, exceso de información... Y otros muchos me contestáis pidiéndome que continúe escribiendo y compartiendo. Sé que no tiene nada de heroica esta actividad, pero los que no sabemos cazar… contamos historias. En estos días de confinamiento son necesarias. Mejor que sentir la presión en el pecho cada vez que un amigo nos envía un wasap desde el hospital, nos deja un audio con los horrores que ha vivido en las urgencias, o sabemos de aquellos que están en casa pasándolo muy mal con la enfermedad. Pero «esto» no va a poder con nuestras ilusiones, con nuestro enorme apetito de vivir y mejorar la vida de todos.
Me ha emocionado escuchar hace un rato en Antena 3 a Antonio Banderas. Le preguntaban por la situación que estaba atravesando con su compañía de 90 personas en «A chorus line» y cómo saldría adelante. Su intervención ha sido ejemplar. Ha venido a decir que no podía quejarse de nada cuando tantos conciudadanos lo están pasando tan mal y les espera un camino incierto en cuanto nos recuperemos de «esto». Si el otro día comentaba la tristeza que me había producido uno de mi gremio (del teatro) con sus quejas personalistas por las pérdidas que «esto» le estaba ocasionando, hoy Banderas nos habla de la ilusión por mejorar, por seguir peleando una vez que se recupere la normalidad, por ser útil a los demás.
Ayer dejé sin terminar la historia de mi padre en la Guerra Civil. Después de haberse salvado de dos posibles fusilamientos, tuvo que huir con mi abuelo por los tejados de Madrid. Mi abuelo, que llegó a Madrid para hacer la mili desde su pueblo natal, Montoro (Córdoba), aprendió el oficio de carpintero. Con un amigo del pueblo montaron un modestísimo taller de carpintería en la calle (no paseo) de las Delicias, muy cerca de la estación del AVE. Poco a poco, aquel taller fue creciendo y especializándose en trabajos de ebanistería. Dio trabajo a muchos amigos de su pueblo, a muchas familias, a las que se trajo a Madrid…
Debió de ser (no lo conocí) un hombre comprometido con sus ideas sociales y con su gente. Al principio de la guerra siguió trabando con normalidad. Su piso se ubicaba sobre el tejado de su taller. Una noche del mes de noviembre del 36, a las dos de la madrugada, aporrearon la puerta. Se asomó mi abuela a la ventana y vio a milicianos del POUM armados. Por las acusaciones de aquel tiempo (mi abuelo era de Izquierda Republicana y no comunista), habían decidido ir a buscarle. Abrió mi abuela la puerta y preguntaron por mi padre y mi abuelo en el momento en que estos saltaban por una ventana trasera que daba a los tejados de viviendas de una manzana de casas. Les persiguieron sin éxito. Mi padre y mi abuelo lograron refugiarse en casa de unos amigos. Desde allí, con un salvoconducto que les facilitó Izquierda Republicana, se encaminaron a un pueblo de Jaén, en la sierra del Segura, junto al pantano del Tranco. En aquel pueblecito, ubicado en zona republicana, convivieron con unos amigos y familiares socialistas sin ningún problema hasta el final de la guerra.
Gratitud. De ello hablaba en días anteriores. Una vez terminada la contienda, mi padre fue a Córdoba a ver su novia (mi madre, la enfermera). Coincidía la visita con un desfile de los llamados de la «Victoria».
Mi padre tuvo que acompañar a mi madre y a dos hermanos de mi madre, que habían participado en la guerra en el ejército franquista como alféreces provisionales (se licenciaron como capitanes) y que profesaban las ideas de los vencedores. Contaba mi madre que, durante aquel desfile, mi padre se negó a levantar el brazo, símbolo del saludo fascista de los vencedores. Acto seguido mis tíos le propinaron una paliza. Aquello les mantuvo a mis padres y a mis tíos separados durante muchos años, hasta casi entrada la democracia. Mi padre me contaba que él no había levantado el brazo en señal de agradecimiento con las personas «represaliadas» que le habían acogido en aquel pueblo de Jaén durante la guerra. Nunca supe qué ideas profesaba mi padre en aquellos años. Pero siempre me quedó clara la lección de la gratitud. La misma que ahora debemos sentir por los sanitarios y todas las personas que están dando lo mejor de ellas por nosotros.
(8) Miércoles 25 de marzo
Duodécimo día de confinamiento. Quisiera evadirme y no hacer mención a nada de «esto», pero me resulta difícil olvidarme de los amigos hospitalizados o enfermos en sus domicilios. Me ha dolido saber que mi amigo Ramón está hospitalizado, luchando contra el virus, con neumonía, cuando además padece asma. Es fuerte y lo vencerá. Estoy seguro. Y está lleno de talento y de imaginación creadora. No quiero pensar en amigos contagiados ni en números de contagios, ni quiero dejarme invadir por el miedo. «No vayas a comprar, no te arriesgues, quédate en casa». Pero en algún momento hay que salir a comprar, con las máximas precauciones posibles. El miedo es necesario para mantenernos alerta, no para provocar la parálisis absoluta. Sé que la situación mejorará en unos días. Sigamos luchando juntos sin reproches ni ataques. Me duele leer en diferentes chats en los que participo, sean de izquierdas o de derechas, cantidad de comentarios contra el rival. Para mí solo hay un enemigo: «esto». Ya habrá tiempo de confrontaciones.
Yo no voy a alimentar las polémicas. No daré mi opinión sobre la gestión de la crisis ni por el Gobierno ni por las comunidades autónomas.
Hoy he disfrutado con dos películas clásicas de toda la vida: «Casablanca» y «La reina de África».
Las había visto varias veces, pero cada vez disfruto más volviéndolas a ver. Eso tienen los «clásicos» (cine, obras literarias, cuadros, esculturas, edificios): resisten el paso del tiempo, y seguimos contemplándolos por su belleza y su poder de fascinación y comunicación. Los diálogos de «Casablanca» son ejemplares, una historia romántica de amor y de amistad con grandeza. Dos tipos corruptos como Rick y el policía francés son capaces de los mayores actos de generosidad. Su final es emocionante, viéndolos a los dos caminar de espaldas en busca de un destino alejado de los nazis: «Este puede ser el principio de una gran amistad». Rick (Humphrey Bogart) renuncia, además, a la mujer a la que ama en un acto de generosidad difícil de igualar. «La reina de África», o el amor que nace de la generosidad y el desafío del peligro de la naturaleza y de los soldados alemanes en la Primera Guerra Mundial. Naturaleza, un barquito destartalado, pequeño, navegando por las caudalosas aguas de los ríos del centro de África entre los rápidos y toda clase de peligros (animales, selva, tiros). John Huston dirigió con talento esta película llena de humanidad.
Son días para contemplar cine humano. Por lo menos a mí me llena de fe en la vida y en los seres humanos, no siempre virtuosos ni ejemplares, pero dotados de una gran fuerza para la generosidad. Una virtud que hoy derrochan a raudales nuestros sanitarios.
Estos días he llenado el diario de recuerdos de mis padres durante la guerra civil española. No puedo dejar de comparar «esto» con el «esto» de aquella generación. No sé si mis recuerdos son absolutamente veraces, no hablo de los que he contado, lo digo en general. Pero sí sé que, modificándolos o cambiando el punto de vista, siempre nos acompañan en nuestro caminar por la vida y van moldeando nuestra personalidad. Lo importante no es la verdad de los recuerdos, sino cómo los recuerdos nos han dejado huella y nos han ayudado a entender la vida de una u otra manera.
Recuerdos del colegio, de cuando éramos niños… Estudié en un colegio religioso (lo escribo con respeto desde mi agnosticismo) que nos marcó a mis compañeros y a mí de forma muy distinta. Muchos salieron devotos creyentes y practicantes. Otros nos alejamos de la religión. Pero todos recordamos de forma parecida a nuestro profesor de Literatura. Una excepción, una gota de agua en el desierto, una estrella en la oscuridad de la noche en el océano. Nos dio clases durante tres cursos, entre los 13 o 14 años y los 16, si no recuerdo mal. En los años 70, poco antes de morir Franco. Todavía había censura de libros en España. Nos hizo leer muchísimo: clásicos, Pío Baroja, Unamuno, Wenceslao Fernández Flórez... Nos leía en clase a Lorca y sobre todo al poeta León Felipe, prohibidísimo por la censura. A mí me contagió del peligroso virus de la escritura en libertad. Recuerdo cómo una vez nos contó que de joven, en la universidad, había disfrutado de experiencias sexuales. ¡Y era sacerdote! Nos impresionaba que fuera tan directo con nosotros en una época en la que el sexo era casi peor que «esto» de hoy. En sus charlas en la capilla solía hablarnos con una enorme variedad de palabrotas: «Joder, sois unos gilipollas que no servís para nada. Pedazo de cabrones y vagos», para luego darse la vuelta, arrodillarse ante el crucifijo y decir:«Perdona, Señor, no sé lo que digo, pero es que son unos pedazos de cabrones». Javier Andreu, ya fallecido, nos marcó en aquel tiempo, y su recuerdo me acompaña siempre. Jamás me empujó al mundo de la fe, sino que me animó a ser libre, a elegir por mí mismo y a leer al «peligrosísimo» Miguel de Unamuno de «Mi religión y otros ensayos breves», de «La agonía del cristianismo» y otros ensayos. Los recuerdos, en fin, configuran nuestro camino en la vida. Y «esto» que estamos viviendo hoy se convertirá algún día en recuerdos. ¿Cómo nos acompañará y nos moldeará la personalidad? ¿Cómo lo transmitiremos a las siguientes generaciones? ¿Aprenderemos algo? ¿Nos hará diferentes, mejores personas, ciudadanos más respetuosos y civilizados, más exigentes con los poderes públicos y con nosotros mismos?
(9) Jueves 26 de marzo
Decimotercer día de confinamiento. Mi amigo Carles, teatrero castellonense, me «regaña» cariñosamente por haber escrito en días anteriores «los que no servimos para nada… contamos historias». No puedo resistirme y voy a reproducir sus acertadas palabras: «¿Qué crees que hacen los aburridos, los encerrados, los sanitarios para desconectar de sus tensiones; las cajeras, los repartidores, los policías, las miembros de seguridad y tanta y tanta gente...? LEER LIBROS, VER PELÍCULAS, ESCUCHAR MÚSICA, DISFRUTAR CON LAS OCURRENCIAS DE LOS ARTISTAS. Esos que no sirven para nada. ¿Qué sería del ser humano sin gente como tú y como yo? ¿Cómo desconectarían, cómo se entretendrían, cómo pensarían?»
Somos útiles para la salud mental y, como consecuencia, para la salud física. Es cierto, querido Carles, servimos para bastante más de lo que a veces creemos. En la Guerra Civil, de la que tanto estoy hablando en este diario, permanecieron abiertos los teatros y los cines. Las representaciones escénicas se interrumpían cuando sonaban las alarmas, y actores, técnicos y público bajaban a refugiarse en los sótanos hasta que pasaba el bombardeo. ¡Cómo no recordar la obra teatral «¡Ay, Carmela!», de Sanchis Sinisterra, adaptada también al cine! La pareja de cómicos que, en medio de la niebla de una noche, se confunden de carretera y acaban llegando a un pueblo dominado por el ejército franquista en lugar de llegar a un pueblo del área republicana cerca de Madrid. En la película, Pajares y Carmen Maura atrapan nuestra atención.
Merece la pena volver a ver la película o a leer la obra. Humor, ternura, sensibilidad… Miedo y valor. Y un público deseoso de distraerse y olvidarse del drama de la guerra.
Hoy con «esto» los teatros están cerrados. Ya abrirán, y volveremos a llenarlos mucho más que antes.
Pero hay muchas plataformas, muchas productoras y teatros que están ofreciendo obras gratuitas. Cito la de dos amigos: www.pentacion.com (Teatro La Latina y Teatro Bellas Artes de Madrid) y www.teatroflumen.es (Valencia). Son dos ejemplos. El público amante del teatro puede ver obras actuales.
Y las películas, las series, la música, los libros… nos acompañan y nos ayudan. Los creadores, los productores, los técnicos, todos los profesionales que trabajan en las artes están (estamos) contribuyendo también con nuestras aportaciones a sobrellevar este confinamiento. Y más adelante volveremos en vivo.
A pesar de la situación, seguiremos trabajando para entretener y emocionar a la población. Hemos tenido que suspender o aplazar estrenos teatrales. En mi caso, teníamos previsto el estreno de mi comedia«Blablacoche» a finales de mayo en el auditorio de Colmenar Viejo. Imposible ensayar, imposible construir la escenografía… Hemos retrasado el estreno a primeros de octubre. Una «road movie» llena de humor y con toques de thriller para que el público pueda reír, divertirse y, también —¿por qué no?—emocionarse. La acción transcurre en un Blablacar. Se verá un coche real, un Audi 4 descapotable, los asientos delanteros se moverán lateralmente y los traseros se alzarán con un sistema hidráulico.
Necesitaremos reírnos y olvidarnos de los días en que «esto» nos provoca angustia, pánico y mucho dolor.
Mi amigo Ramón lo va a dirigir con mucha sabiduría y talento. Ramón es hijo de una actriz cómica maravillosa, nieto del célebre dramaturgo Alfonso Paso (en los años 60 llegó a mantener en una misma temporada seis obras diferentes a la vez en Madrid) y biznieto de Enrique Jardiel Poncela. En estos días recomiendo la relectura de su novela «¿Pero… hubo alguna vez once mil vírgenes?» y, entre otras muchas, sus comedias «Eloísa está bajo un almendro» y «Cuatro corazones con freno y marcha atrás».
Al fin y al cabo, mañana viernes 27 celebramos el Día Mundial del Teatro. A continuación, podéis ver el coche que pondremos en escena en «Blablacoche». Recién comprado.

Un montoreño de mi edad, Bartolomé, me escribe para contarme algo que desconocía de mi padre. ¡Ay, los recuerdos! Pensaba que mi padre votaba al centro derecha, pero en verdad nunca le pregunté sobre sus ideas políticas. Me escribe: «Preciosa y angustiosa historia de don Antonio Galán, era un hombre de palabra, bondadoso pero recto y sus ideas las llevaba hasta el final. Como curiosidad, por si no lo habías oído nunca, me dijo en una ocasión que el mejor político que había conocido era Felipe González». ¡Qué poco sabemos a veces de los padres! ¡Qué poco saben los padres de los hijos! En este confinamiento tenemos la oportunidad de conocernos mejor. Seamos positivos.
He incluido este apunte de Bartolomé no para hablar de política sino de los recuerdos. Me pregunto en estos días: ¿Qué recordarán mis hijos de mí? ¿Qué anécdotas contarán? ¿Qué imagen les quedará de mí más allá de nuestras conversaciones, discusiones, vida en común…? ¿Son útiles los padres? ¿Lo fueron los nuestros? ¿Lo estamos siendo nosotros? Responderé con una imagen: en medio de la fuerza de un río, bastante tenemos con nadar contra la corriente. Los padres somos los que nadamos en los rápidos de un río contra la corriente y tratamos de no hundirnos. Lo escribo con una sonrisa y con la esperanza de dejar el mundo mejor de lo que nos lo encontramos. Por esto tal vez escribo.
(10) Viernes 27 de marzo
Decimocuarto día de confinamiento. Los que vivimos el 23F magnificamos su significado dramático de lo que pudo ser y no fue. Apenas doce horas de angustia. Ni muertos ni heridos. Sin embargo, en mi generación aquel episodio quedó mitificado, quizá porque evidenció la inviabilidad del regreso a la dictadura y el afianzamiento de la España democrática. Ahora nos está correspondiendo vivir «esto», que no olvidaremos jamás, mucho más impactante y dramático. Frente a los bombardeos de la Guerra Civil, nuestra mayor proeza consiste en buscar comida en los supermercados.
El otro día mencionaba la influencia que mi profe de Literatura había tenido en mi vida. Hablando de este asunto con Juan, compañero de clase de aquel entonces, nos hemos preguntado qué educación recibimos en un colegio del Opus Dei que decía defender una religiosidad moderna y además alejada del franquismo. Mientras que en el Instituto Ramiro de Maeztu cantaban el «Cara al sol» antes de empezar las clases, nosotros rezábamos una avemaría, luego el ángelus a las doce y otra oración al terminar las clases.
Aquello sucedía a finales de los sesenta y principios de los setenta.
Ante la educación sentimental tan cerrada y agobiante solo había dos respuestas posibles: o nos aproximábamos al ideario del Opus Dei o nos alejábamos y mostrábamos interés por el sexo contrario de una forma exagerada. Mis amigos Juan, Ramón (cronista de guerras, no el teatrero) y yo, entre otros muchos, pertenecemos al segundo grupo. Algunos de mis compañeros se ordenaron sacerdotes y la mayoría mantiene su fe y práctica religiosa. Aquella educación me hizo más daño que otra cosa. Se hartaron de decirnos que todo lo relacionado con la lógica atracción sexual o amorosa era pecado, desde un beso a bailar «pegados» en una discoteca. Como si viviéramos en los años 40 o 50, los años más represores del franquismo.
Por eso aquel cura, «don» Javier Andreu, fue un bicho raro entre tanto adulto moralista. Recuerdo hablar con él en privado de mis ardores juveniles y él escucharme y entenderme. Muchas veces, cuando mis alumnos de segundo de Bachillerato leían y comentábamos en clase «San Manuel Bueno, mártir», de Unamuno, lo identificaba con «mi» don Javier Andreu. Don Manuel era un sacerdote humano, que conmovía al pueblo, que ayudaba a todos en sus tareas, pero que encerraba un gran secreto: no creía.
Pensaba que, si confesaba al pueblo su verdad, el pueblo moriría de tristeza y de angustia. Muchas veces me he preguntado si «mi» don Javier no creería tampoco. Mi amigo Juan hoy me ha confirmado que él también lo había pensado. Podemos estar equivocados.
Mi padre, el hijo del carpintero de Izquierda Republicana y agnóstico, fue un hombre muy religioso, lo que me sorprendía por la gran admiración que sentía por su padre. Posiblemente sería la influencia de mi abuela, mujer devota —beata— de su tiempo. Recuerdo que, de adolescente, cuando le comentaba a mi padre que en el colegio me presionaban para que fuera a hacer ejercicios espirituales (o «retiros», como los llamaban) y que tuviera cuidado con las chicas, él me respondía: «No vayas si no quieres. La fe es algo voluntario. Y con respecto a las chicas, es normal que te gusten y que quieras estar con ellas». No me cuadraba con las ideas del Opus Dei que profesaba. Era muy distinto de los que conocía.
También recuerdo que en el primer curso de carrera (último año de Franco vivo) me compraba semanalmente (a petición mía) la revista «Triunfo» (cuya línea editorial estaba muy próxima al PCE de Santiago Carrillo). Yo, como joven aspirante a escritor e intelectual de la época, me veía en la obligación de leer todo aquello y, además, de ocultar mi pasión por el fútbol, que jugaba y veía sin contarlo en la facultad. Entonces el fútbol estaba mal visto en el círculo de jóvenes escritores. Recuerdo que en primer curso de carrera me llevaba a casa la propaganda ilegal de mis amigos del PCE y del PTE (Joven Guardia Roja), porque, como decían ellos, yo no tenía cara de sospechoso. Guardaba la propaganda en un cajón de mi armario, debajo de las camisas. Nunca lo supieron mis padres ni mis hermanos. Eso ocurría durante el curso 1974-75, con Franco vivo y los grises en las puertas de cada clase. Yo ni estaba afiliado ni me sentía próximo a los ideales del comunismo, pero siempre he sido amigo de mis amigos. Quizá era lo que había aprendido en casa. Mi padre, que heredó el taller de carpintería de mi abuelo, mantuvo como encargado al amigo de mi abuelo, el de la UGT, el que le había salvado la vida. Tras su jubilación, mi padre le entregaba en mano mensualmente un sobre con una considerable cantidad de dinero que le ayudaba a mejorar su pensión. En aquellos años mi padre no supo hacer la reconversión industrial y se medió arruinó. Tuvo que cerrar. Pero esa es otra historia. Yo tendría catorce años.
Por asociación de ideas, me vienen ahora anécdotas de los cuatro años en que trabajé como vocal asesor en el Ministerio de Educación y Cultura. Me encomendaron la tarea de escribir discursos: «Eres escritor, ¿no? Las ideas te las daremos nosotras (ministra y secretaria general)». En una ocasión uno de mis compañeros tuvo que escribir, a principios de agosto, el discurso del rey para la inauguración del curso escolar. Como no debía de sentirse muy inspirado, decidió hacer un corta y pega del discurso que él mismo había escrito cinco años antes y enviárselo al jefe de gabinete de la ministra. Este, que llevaba poco tiempo en el cargo, se lo envió a la ministra y la ministra a la Zarzuela. Pero allí alguien descubrió el autoplagio. Me llamaron, me lo contaron y me obligaron a regresar de mis vacaciones para escribir yo aquel discurso. Me cuidé mucho de tomar ideas prestadas. Pero lo cierto es que a veces me inventaba citas de escritores clásicos o incluso me atrevía a inventarme autores inexistentes. En lugar de llamarme la atención, me felicitaban por mi cultura. Como se alargue mucho el confinamiento, la memoria podría traerme recuerdos olvidados. ¿Es o no es selectiva la memoria? ¿De verdad queremos recordarlo todo?
(11) Sábado 28 de marzo
Decimoquisnto día de confinamiento. Más de 72.000 contagiados y demasiados fallecidos. Confío en que el célebre pico se esté ya alcanzando y comience la recuperación. Mientras tanto, hay que levantar la moral y tratar de animarnos unos a otros. Estos días he dejado de estar pendiente de las noticias. Acabo de buscar en Google las cifras. Pensaba que jamás viviría una guerra por muchos atentados islamistas que viviéramos o mucha fiebre independentista que hubiera. Pensaba que el ser humano había desarrollado un sistema de convivencia en el mundo occidental que nos permitiría alojarnos en el bienestar y la paz social.
No era consciente de que los humanos no somos los dueños del planeta ni de la salud. No era consciente de que la ciencia y la tecnología no eran tan poderosas. Al fin y al cabo, somos seres finitos y limitados, incapaces de controlar lo incontrolable. « Carpe diem» era el lema de los romanos. Sabían mejor que nosotros que la vida es breve y que había que aprovechar el momento. Leamos a nuestros escritores barrocos, a Góngora, a Gracián o a Quevedo.
Eran plenamente conscientes de nuestra vulnerabilidad. Quevedo expresa su fragilidad en uno de sus sonetos: «¡ Fue sueño ayer; mañana será tierra! / Poco antes, nada; y poco después, ¡humo! / ¡Y destino ambiciones, y presumo / apenas punto al cerco que me cierra!». Sartre y Camus, a su lado, unos aprendices del existencialismo. Pienso en mis amigos, amigas, en hospitales o aislados en una habitación de sus casas. Se recuperarán. Saldrán fortalecidos. Hay experiencias que nos cambian el sentido de la vida.
Me preocupan los niños, como mi hijo Armide (de 11 años), que están llevando este confinamiento con una valentía y un comportamiento ejemplares. Lo sé por los chats de padres (como en la película de Santiago Segura «Padre no hay más que uno», divertidísima comedia que pone en evidencia la todavía hoy menor implicación de los padres —hombres— con los hijos, al menos en muchos casos). Los niños no reclaman chuches, soportan estar encerrados en casa sin quejarse, necesitan el contacto con los amigos y aguantan. Son conscientes de lo que está pasando. Les viene mejor la rutina de la semana, en la que tienen que dedicar las mañanas a hacer las tareas que les ponen sus profesores en las webs de los colegios.
Hoy sábado, Armide ha pasado un día descolocado. En el fin de semana no hay que estudiar y ha perdido su rutina. Por la tarde, jugando con la Play y sus amigos a distancia (hablan entre ellos) ha recobrado el ánimo. Necesitan verse, contarse cosas, jugar, estar juntos. Por eso a las ocho, mientras aplaudíamos a los sanitarios, le he dicho: «Cuando seas mayor, recordarás que aplaudías a los que están arriesgando su vida por nosotros. Vuestra generación debe cuidar al máximo el planeta y ser más solidarios». Sabía de lo que le hablaba. Aprenderán, sin duda, lo que no aprenderemos los padres.
Hablando de padres, mi amiga Marta me escribe: «¡Me parto con lo que cuentas de los discursos!!! He tomado nota para una función». Es escritora. Y añade: «Y con respecto a tu padre está claro que es una figura importantísima para ti». Tanto mi padre como mi madre me dejaron huella. Creo que todos los padres dejamos huella para bien o para mal. Con la edad vamos reconociendo su herencia. Mi padre, que tanto y buen ejemplo me dejó, también estuvo un poco distraído conmigo en algún momento de mi vida.
Lo comento con simpatía, jamás como reproche. El día en que recogí en la Facultad de Filología la última papeleta de la carrera, llegué a casa deseando contarlo. Mis padres y varios de mis hermanos estaban ya sentados a la mesa comiendo. Pedí que me escucharan un momento, que tenía que darles una noticia importante. Muy ceremonioso y esperando un aplauso me dirigí a mi padre:
—Papá, ¡mi última papeleta! ¡He terminado la carrera!
Mi madre me felicitó, me dio dos besos, mis hermanos también se alegraron. Mi padre guardaba silencio. De pronto me mira y me pregunta:
—Pero, hijo mío, ¿tú qué carrera has estudiado?
No me lo tomé a mal. En absoluto. Tenía demasiadas preocupaciones en aquella época. No me dejó huella negativa. Creo que fue bueno para mí que no estuviera encima. Sus miedos (herencia de aquellos intentos de fusilamiento) me hubieran hecho más hipocondriaco de lo que soy. En cualquier caso, creo que no se debe ser tan exigente con los padres. La mayoría hace lo que puede.
Quería haber recordado cómo se filtraban noticias a la prensa cuando estuve de asesor. Cómo participé en algunas y cómo la responsable política negó todo y culpó a un inocente. Cosas de la política.
Otro día lo recordaré.
Hoy me siento afectado por lo que he leído de Holanda y lo que me han contado mis amigos Carlos y Luis, que viven en Leiden. Anoto este enlace para recordarlo: https://www.elconfidencial.com/mundo/europa/2020-03-27/paises-bajos-coronavirus-colapso-cultura-muerte_2517808/. La manera de afrontar el contagio es radicalmente distinta a la de nuestro país. Los mayores deben asumir que ya han vivido y que han de dejar sitio a los más jóvenes. Es cierto que en la cultura nórdica se produce un alejamiento de los hijos hacia los padres y que los mayores no suponen sabiduría ni experiencia, sino una carga económica y sanitaria. ¿Qué mundo reconstruiremos cuando »esto» acabe? Me emociona que en Madrid, desde donde escribo, y en toda España, haya legiones de voluntarios jóvenes ayudando a los mayores, llevándoles comida y medicinas, atendiéndoles. «Creo en el hombre» (como escribía el poeta Gabriel Celaya). Miremos nuestras calles y veamos como la mayoría está siendo responsable. Fe de vida. A pesar de la historia de la humanidad.
(12) Domingo 29 de marzo
Decimosexto día de confinamiento. Echo de menos pasear por Madrid Río y por el Retiro, salir con la bici por la Casa de Campo, ir a mis clases de pilates, montar en el metro para ir a reuniones de trabajo, acudir a estrenos de teatro, cenar con amigos, dar un abrazo, viajar, moverme con libertad… Sin embargo, me doy cuenta de que ahora nos comunicamos los unos con los otros con más intensidad y sinceridad, nos interesamos por la salud y el estado de ánimo de los demás, nos preocupamos por los que tienen síntomas de «esto» o están hospitalizados y con oxígeno luchando por su vida, tenemos tiempo para atendernos, todo aquello que en la vida antes de «esto» nos resultaba imposible. Sin darnos cuenta, estamos valorando más los vínculos de afectos que hemos ido estableciendo a lo largo de la vida.
Estoy cansado de tanta información sobre «esto» que nos llega constantemente por redes y WhatsApp y de las críticas políticas de un lado y de otro. Yo no los reenvío. El exceso de información nos altera. Nos separa. Es algo que nos aleja del sentimiento de fragilidad compartida que estamos mostrando en estos días. Ya habrá tiempo de discutir. Compartir, unir, sentirnos acompañados en esta guerra desconocida. Me he llevado una gran alegría cuando hoy, tras enviar mi diario, Alba, una joven actriz y amiga, me escribe:« Hola Eduardo. Al hilo de tu diario quería compartir una reflexión, y es que creo que nos estamos perdiendo la lección más importante de todas. Que hay que dejar las fronteras atrás y ser todos la misma especie. Y buscar la solución juntos a nuestro enemigo en común. Que siento no será el último, sino el primero». Los jóvenes pueden y deben cambiar el mundo. «Esto» lo hará posible.
Un mundo en el que el odio y la venganza dejen de ser moneda habitual de cambio. Esta mañana he terminado de leer «Terra alta», novela policíaca de Javier Cercas, ganadora del Premio Planeta de 2019.
Me la regalaron por mi cumpleaños en octubre. Me daba pereza leerla. Adoro narraciones suyas (mezcla de ficción y de realidad) como «Soldados de Salamina», «El impostor» o «Anatomía de un instante » ( la crónica más lúcida del 23F). Admiro al escritor valiente que, viviendo en Girona, domingo a domingo en« El País Semanal» manifiesta su crítica al poder independentista de Puigdemont, primero, de Torra después. Me gustan las personas que vencen el miedo. Pero temía que la novela me defraudara. Me ha conquistado por el hilo conductor del odio y la venganza. ¿Qué pasó durante la Guerra Civil? Familiares, amigos, conocidos, vecinos, denunciándose en un lado y en otro para que fueran encarcelados o asesinados. No alimentemos el odio. Es mucho más lo que no une que lo que nos separa. Coincido con Alba. «Esto» nos lo está poniendo a la vista.
Comparto mi preocupación por las personas amigas contagiadas, la mayoría en proceso de recuperación: Juan, Victoria, Enrique, Yolanda, Sonia, Ramón, Chus, May (la mujer de José María)… Me impresiona cómo me responden a menudo al recibir mi diario. Hoy Chus me ha escrito: «Lloro mucho con tu Diario del Confinamiento, pero son lágrimas sanadoras. Así que muchas gracias. Aunque lo de los discursos es divertidísimo». Contaré secretos en las próximas entregas. Cuando siento la tentación de abandonar este diario y dedicar mi tiempo a escribir teatro (mi próximo proyecto), me acuerdo de mis amigos contagiados. Si en algo puedo serles útil, debo serlo. Como lo ha sido durante años mi amigo el cronista de guerras Ramón, también compañero de colegio. Oírle narrar sus experiencias cruzando los frentes entre tiros en medio del combate, permanecer en un hotel en una ciudad sitiada y bombardeada… para contar al mundo lo que realmente está pasando. ¡Qué lecciones nos dan también muchos periodistas con su información puntual y veraz!
Mi amigo Juan se está recuperando. El miércoles termina su aislamiento. Debió de contagiarse instalando una pequeña mampara en la farmacia de su mujer. Gracias a él están evitando el contagio. Un ejemplo más de solidaridad.
Después de cenar y antes de acostarme, escribo este diario. Lo dejo dormir y a la mañana siguiente lo corrijo. Hoy me he despertado con mucho frío y un poco de fiebre. Me he tomado paracetamol y bebo agua. Ahora a esperar. Confío en superarlo y poder continuar este diario con optimismo y tratando de poner mi granito de arena para salir todos adelante. Tengo que ponerme bien y no colapsar más las urgencias. La solidaridad es fundamental y darnos ánimos. Seguiré escribiendo y compartiendo.
(13) Lunes 30 de marzo
Decimoséptimo día de confinamiento. 22:00h. Me acabo de levantar de la cama para escribir mi diario. «Esto» no nos puede gobernar a sus anchas. Podrá hacernos daño en el cuerpo, pero debemos ser positivos y poner todo nuestro empeño en vencer a este enemigo de la humanidad. En esta guerra, afortunadamente, el enemigo no es otro hombre, no es otro país ni son los amigos, los vecinos, los familiares, como lo fueron en la Guerra Civil. Decidí contribuir con el envío de este diario por si le ayudaba a alguien y voy a seguir.
Estoy en casa, aislado en mi habitación. Cada día estaré mejor: paracetamol, reposo y mucha agua. Otros amigos están en el hospital, ingresados con complicaciones y neumonía. Me acuerdo de ellos. Y con fortaleza, están recuperándose y enviándonos wasaps de ánimo, dándonos ejemplo.
En el chat de antiguos compañeros de mi colegio han subido un video de las noticias de Antena3 en el que entrevistan a nuestro compañero Vicente, sacerdote y capellán. Desde mi agnosticismo confesado en este diario, me emociona ver la valentía y entrega de los capellanes que están en los hospitales dando consuelo espiritual a los creyentes. Otra lección de generosidad y solidaridad. ¡Gracias, Vicente, por tu valor! Fe y razón. En mi caso enfrentadas, desde mis lecturas adolescentes de Unamuno («El sentimiento trágico de la vida») y posteriormente de Schopenhauer, Sartre… Estoy convencido de que la fe es un arma cargada de futuro para los enfermos. Y para los familiares. Los que la perdimos hemos de buscar otros recursos para estar positivos y esperanzados. Recuerdo la fe de mi madre, cuando nos decía ya mayores y separados (a tres de los seis hermanos): «Lo que yo quiero es veros en el cielo, cuando todos nos hayamos muerto».
Ojalá pudiera creer. «Quiero creer», rezábamos en el padrenuestro en mi juventud en la Iglesia de los mexicanos, muy alejados de la religiosidad tradicional que viví en mi colegio del Opus Dei. Pero no acabó de convencerme. Creo que fue el filósofo griego Gorgias quien afirmaba, simplificando lo que leí de joven:
»Si después de la muerte hay un cielo, ¿por qué la temo, si lo veré? Y si no hay nada, ¿por qué la temo, si no me enteraré?» Era un sofista. En mi opinión, los que creen deben respetar a los que no creen y al revés, y no caer en las atrocidades de la guerra, cuando ser católico practicante en el bando republicano tenía graves consecuencias, como no ser practicante en el bando franquista, que tenía las mismas.
¿Aprenderemos a respetarnos y apreciarnos un poquito más al darnos cuenta de que somos pobres mortales indefensos en esta pandemia?
Que la vida iba en serio uno lo empieza a comprender más tarde
–como todos los jóvenes, yo vine
a llevarme la vida por delante.
Dejar huella quería
y marcharme entre aplausos
–envejecer, morir, eran tan solo
las dimensiones del teatro.
Pero ha pasado el tiempo
y la verdad desagradable asoma:
envejecer, morir,
es el único argumento de la obra.
Acertado poema de Jaime Gil de Biedma, que me dio a conocer un día y me lo recitó tomando unas cervezas mi amigo Pepe, diseñador gráfico, pintor, estudioso de las artes, a quien ya he mencionado anteriormente. En la fiesta de graduación de mis alumnos de segundo de Bachillerato, hace cuatro o cinco años, me correspondió hablar en nombre de los profesores y leí este poema. A los padres les rozó la piel del alma. Les impresionó. « Que la vida iba en serio» es algo que se comprende cuando adquirimos conciencia real de nuestra finitud y vemos como posible nuestra desaparición de este mundo. En tiempos de guerra es una realidad. Y ahora, supongo que «esto» nos abre los ojos a todos, de cualquier edad: somos frágiles y vulnerables. No somos dueños de la vida y mucho menos de nuestro futuro. Hemos aprendido de niños —y me temo que así educamos a los hijos— que teníamos que labrarnos un futuro, considerando que la juventud y una edad «madurita» nos permitiría gobernar la barca de nuestras vidas y nuestro destino. Ilusión absurda. No somos dueños del tiempo ni propietarios de nuestro destino. Rupturas de relación porque carecen de futuro, cuando pueden tener presente. Es lo único que tenemos: presente. Ni siquiera pasado. El tiempo pasado ya no existe. Y el futuro está por llegar. Otra vez los latinos y su «carpe diem» (vive el día).
Me asaltan los recuerdos de mi vida en estos días de confinamiento. Ya he contado que en el colegio fuimos bastantes los que sentimos la pasión del deseo con fuerza, como es propio de la adolescencia y la juventud. Mi padre, que vivía en la contradicción entre su implicación religiosa y su mundo interior, debió de regalarme algunos de estos genes. Quizá puedan servirme para entenderme mejor. Recuerdo que, cuanto tenía ochenta y ocho años, le operaron de la cadera. La noche en que volvió a casa, al parecer y según testimonio de mi madre (de la misma edad), intentó mantener relaciones sexuales con ella. Debía de ser muy activo. Y mi madre se negó diciéndole: «¡Antonio, que te acabas de romper la cadera y ahora me la vas a romper a mí!». Me lo contaba mi madre muerta de risa cuando en alguna ocasión le hablaba con confianza de mi visión sexual del mundo, quizá algo exagerada. «A quien los suyos parece, honra merece», me decía aplicando el conocido refrán. Mi amigo Arturo, psiquiatra psicoanalista argentino, con quien he escrito dos obras de teatro, y que ahora está muy malito por el párkinson, me repetía cuando hablábamos de estos asuntos: «En algunas personas, el deseo no se calma con la edad. Al contrario, aumenta. Pero te das cuenta de que tu cuerpo ya no responde». Y yo le preguntaba: «¿Me lo dices por tu experiencia o es una conclusión del diván?» ¡Qué complejas y diversas somos las personas!
(14) Martes 31 de marzo
Decimoctavo día de confinamiento. Esta noche no me he puesto a escribir en el ordenador portátil de mi habitación.... «Esto» da la lata más de lo que quisiera. Me gustaría ser más fuerte o tener más coraje, olvidarme de la ansiedad, pero me resulta difícil Así que estoy escribiendo con el móvil desde la cama, pasada ya la media noche. Me pregunto cómo lo han ido llevando mis amigos contagiados, unos leves y otros ingresados. Sigo imaginándome cómo soportaríamos una guerra las generaciones actuales, que vivimos en el estado del bienestar desde hace muchos años y nos hemos acostumbrado a la seguridad del sistema. No estamos habituados ni a la frustración ni al sufrimiento. Hace tiempo que se ha impuesto entre los más jóvenes y los menos jóvenes la idea de que hemos venido al mundo a ser felices (y todo lo que nos aleja de nuestra felicidad individual nos sobra), en contraposición con la visión de la tierra como un «valle de lágrimas» del que hablaba el cristianismo.
Vivimos en la civilización creada por el cristianismo hace dos mil años, por mucho que las iglesias hayan perdido feligreses y la sociedad sea laica. Mi hijo Armide, que estudia quinto de primaria, me protesta a veces por haberle apuntado a clases de Religión en lugar de Valores. Le doy dos razones. La primera, porque creo necesaria una formación religiosa, un conocimiento de las ideas, iconografía y tradiciones del cristianismo. Por supuesto, que también sería importante recibir unas nociones mínimas de otras religiones y de la mitología grecolatina. La cultura europea desborda imágenes e ideas del cristianismo, tanto en el arte (pintura, escultura, arquitectura religiosa) como en la literatura y en la música. Los estudiantes de secundaria, sin unos mínimos conocimientos de la historia y simbología del cristianismo, apenas comprenden las manifestaciones artísticas y literarias. Un poeta civil como Lorca dedica varios romances del «Romancero Gitano» a episodios bíblicos o religiosos: por ejemplo, su formidable romance« Martirio de santa Olalla» (la joven cristiana emeritense a la que los romanos cortaron los pechos por no abjurar de su fe cristiana) o el « Romance de Tamar y Amnón» (una historia de incesto y violación entre hermanos, de la que habla la Biblia). Por no citar obras y obras de Lope y Calderón, por no poner más ejemplos de cientos de autores europeos. Y segunda razón, porque Armide, que fue adoptado en Etiopía con cinco años, llevaba puesta una cruz de madera. Sus padres biológicos debieron de ser creyentes. Él se rebela:
«Pero yo no creo y tú no vas a misa». Reconozco que la mía es una contradicción. En ese sentido soy muy unamuniano, muy contradictorio. Basta con ver la formidable película de Amenábar, «Mientras dure la guerra», para comprender la contradicción unamuniana.
A este respecto, uno de mis sobrinos me escribe, comentando mi diario de ayer, y me anima a alimentar la fe: «Me vas a permitir un breve comentario respecto al “ojalá pudiera creer”, simplemente nunca dejes de desearlo, pero sobre todo nunca dejes de pedirlo. Si tu anhelo es sincero, Él te encontrará».
En la ya mencionada novela «San Manuel Bueno, mártir», Unamuno pone en relación al sacerdote con Lázaro, un indiano ateo que vuelve al pueblo y no va a misa. Pasea mucho con él por el lago, y un día el pueblo ve a Lázaro en la iglesia y comulgando. Poco a poco nos enteraremos de que Lázaro «se había convertido» al conocer el terrible secreto de don Manuel: «—Pero ¿es usted, el sacerdote, el que me pide que finja?
—¿Fingir? ¡Fingir, no! ¡Eso no es fingir! Toma agua bendita, que dijo alguien, y acabarás creyendo.
—¿Y usted, celebrando misa, ha acabado creyendo?
Él bajó la mirada y se le llenaron los ojos de lágrimas. Y así es como le arranqué su secreto».
Lo que si tengo claro es que hay dos principios que deben guiarnos la conducta. El primero lo repetía mi padre, recordando a mi abuelo el carpintero republicano: «Lo importante es ser buena persona». Una idea muy de Antonio Machado: «Soy, en el buen sentido de la palabra, bueno» (Autorretrato). Y el segundo me lo enseñó mi amigo José María, agustino: «Ama y todo te será perdonado», máxima de san Agustín.
Lo cierto es que hacer algo por los demás y salir de nosotros mismos nos ayuda. En una ocasión, tomando un café con mi amigo Arturo, el psiquiatra, me pedía que le contara mis ansiedades, cuando habíamos quedado citados para que me hablara él de sus problemas. Como por aquel entonces yo estaba atravesando una crisis, me puse a hablar. Cuando me callé y le dije: «Hemos quedado para hablar de ti, no de mí», me respondió: «Escuchándote y ayudándote, me ayudo a mí mismo».
Algo similar me debe de estar pasando al escribir este diario. Esta noche no tenía fuerzas y no pensaba escribir nada... Pero sigo recibiendo cariñosos mensajes pidiéndome que continúe enviando el diario, que ayuda. Este que reproduzco ahora es de un chat de ciencia (El Ateneo). Le doy las gracias a la persona que me ha escrito, a la que no conozco. Me ha ayudado a no pensar en el «esto» invasor y a pensar en quien me lee: «Hoy, Eduardo, te he leído por primera vez y me has llegado al alma. Sigue por favor y cuídate.
Espero que te recuperes pronto».
(15) Miércoles 1 de abril
Decimonoveno día de confinamiento. Sí, soy un privilegiado. Comencé a escribir este diario para contribuir con mi crónica diaria a sobrellevar mejor el encierro a aquellos amigos y conocidos que quisieran leerme. Sentirme útil. Y ahora resulta que, en estos días de mi leve enfermedad, recibo numerosos mensajes cariñosos de personas que reciben mi diario. ¡Cómo no seguir escribiéndolo! Ánimo, Ramón, Enrique, Pablo, Vicente, Yolanda y tantos amigos que estáis luchando. Me alegra saber que Victoria, Carmen, Chus, Sonia… se están restableciendo. Juan, mañana jueves por la mañana, deja de ser «El prisionero de Zenda», como yo le llamaba, sale de su cárcel y podrá caminar libre por su casa.
Me considero un privilegiado. Por mil razones. Por haber vivido en tiempos de paz en un país occidental y democrático del primer mundo. Por vivir en un país que, a pesar de la pandemia y de los rápidos contagios, ofrece un sistema sanitario para todos, con sus múltiples deficiencias, claro. No quiero ni pensar qué podrá pasar en Etiopía cuando «esto» llegue allí. Estuve en Adís Abeba en el verano de 2014 para realizar los trámites de adopción de mi hijo Armide. Las calles sin asfaltar, barro a raudales, pues el verano es la estación de las lluvias tropicales; las vías del tren todavía entonces en construcción, y chabolas y chabolas y más chabolas. Aterrizamos de madrugada. Nos fueron a buscar de la casita de los niños una voluntaria española y dos jóvenes etíopes en una especie de todo terreno de hace sesenta años (no exagero), destartalado y vetusto. Nada más salir del aeropuerto entramos en un barrio de chabolas.
Pasaron veinte minutos y seguíamos entre chabolas. Pensé: «Nos están secuestrando». La capital de Etiopía es un vasto «chabolal» en el que de muy vez en cuando encuentras un chalé con concertinas y algún edificio aislado. En una ocasión en que fui a comprar Biodramina para uno de los niños, recorrí seis farmacias. Por fin, en la última me vendieron un blíster, no la caja. Carecen de medicinas básicas.
He empezado a leer una novela escrita en forma epistolar y que transcurre en Inglaterra después de la Segunda Guerra Mundial titulada « La sociedad literaria del pastel de piel de patata de Guernsey». Curioso título. Mi amigo Alberto me la compró por Amazon y me la envió en los primeros días del confinamiento.
Me ha hecho recordar mi regreso a las aulas en el IES Beatriz Galindo, tras quince años sin dar clases, en septiembre de 2011. Estaba asustado. ¿Me acordaría de dar clases? ¿Recordaría la materia? Entre otros cursos, me correspondía dar clases en 1º de Bachillerato, cuyo programa abarcaba tanto temas de lengua como de literatura (desde la Edad Media hasta el siglo XVII incluido). En el departamento había un acuerdo de lecturas mínimas. Se empezaba por un título medieval. Perdido como andaba y en crisis de pánico, pensé: «Si la primera obra que les mando leer es una medieval, no llego a Navidad». Me la jugué y les propuse como mi primera lectura obligatoria una novelita actual escrita en forma de correos electrónicos, una apasionante y apasionada historia entre dos personajes desconocidos que, por error, entran en contacto por email. « Contra el viento del norte», de Daniel Glatauer. Mis compañeros me miraban sorprendidos. No era una obra literaria del programa, ni de prestigio. Además, el deseo (el sexo) estaba presente. Fue un éxito absoluto. Entonces no había WhatsApp y los correos eran moneda de uso común de los adolescentes. La leyeron todos, porque se la recomendaban unos a otros. Y además, muchos padres. Algunos incluso se compraron la segunda parte. Luego leímos «el romancero», partes de «la Celestina», «el Lazarillo», numerosos capítulos de «el Quijote», Lope, Tirso, Calderón… Todavía inseguro como profe, al inicio de aquel curso pedí a los alumnos que redactaran en casa un comentario de texto del romance de Abenamar:
«Abenamar, Abenamar, moro de la morería, El día que tú naciste Grandes señales había» (...)
Corregí los ejercicios. Y en el recreo me fui a tomar café con algunos compañeros al Pitu:
—Estoy muy contento. Decíais que el nivel había bajado mucho. ¡Sois unos exagerados! ¡No sabéis qué comentario tan bueno me han entregado de «Abenamar»!
—¿Lo han redactado en clase? —me preguntó Carlos.
—No, en su casa
—¡Tú eres gilipollas! Ahora lo copian todo de Google. No te enteras…
No, claro que no me enteraba. En los quince años que no había dado clase había cambiado el mundo y la enseñanza con la revolución de Internet. Habían desaparecido las enciclopedias y había nacido san Google.
Cuando apenas tenía 25 años y daba clases en el Instituto Príncipe Felipe, me creía que iba a revolucionar la didáctica de la literatura, como jovencito soberbio deseoso de alcanzar la fama con una gran novela… Un estúpido.
Pensaba que no debía mandar leer obras clásicas. Mi jefe de departamento de entonces (Vicente Tusón, autor de los más famosos libros de texto de Lengua en la editorial Anaya con Lázaro Carreter) me dejaba bastante libertad. Un día me pregunta:
—¿Te gusta el whisky?
—Nada —respondí sin entender su intención.
—Vamos a empezar una tertulia literaria en el pub de en frente del instituto todos los miércoles por la tarde. —En aquella época dábamos clase todas las tardes—. Estás invitado. Pero con una condición: debes tomarte un whisky.
Así que empecé a ir. Pedía mi whisky reglamentario. Al principio rechazaba su sabor. Pero un día pedí el segundo.
—¿No decías que no te gustaba el whisky?
—Sí, pero ahora me gusta.
—Lo mismo les pasará a tus alumnos. Aborrecerán las primeras lecturas de los clásicos. Pero un día empezarán a saborearlos y los amarán siempre.
Ya no tomo whisky, pero sí continué mandando lecturas de los clásicos, salpicadas con obras actuales.
(16) Jueves 2 de abril
Vigésimo día de confinamiento. Antes de «esto» éramos muchos los que no encontrábamos tiempo para tomar un café con un amigo y alimentar la amistad, acelerados por los quehaceres profesionales diarios.
Sobre todo, en las grandes ciudades era difícil encontrar tiempo para cultivar el afecto. Todo lo arrasaba la imperiosa y urgente necesidad de nuestras obligaciones laborales. Y apenas tampoco lo encontrábamos para cuidarnos la salud: deporte, paseos, pilates, yoga… Ahora, confinados en casa, comenzamos a valorar que lo prioritario es la vida, conservar la vida y los afectos.
Como le ha pasado a mi amigo Fernando, con 73 años, ya en edad de riesgo. Esta tarde le avisa su mujer: «Fernando, se ha caído la vecina», una mujer de ochenta años, «…y no puede levantarse del suelo.
Por favor, ve a ayudarla». Mi amigo se queda pálido, inmóvil durante casi cinco minutos. Comienza a pensar: «La vecina está confinada desde el principio, no me va a contagiar, pero va todos los días una chica a limpiar la casa y a cocinar. Ha podido dejar virus. Y, además, en este momento está dentro otra vecina que no guarda las normas higiénicas. Corro mucho riesgo». Fernando está paralizado. La mujer insiste: «No hay nadie más que pueda ayudarla. ¿Vas o no vas?». Fernando es un deportista nato. Está fuerte. Con su club ciclista todos los años se va a Zaragoza en dos etapas: 350 kilómetros en bici en dos días. Se arma de valor, se pone unos zapatos, un forro polar, una mascarilla y unos guantes. Entra en la casa dando voces: «¡Todo el mundo fuera, lejos de mí, que nadie se me acerque!» Levanta a la anciana y la sienta en un sofá, tras comprobar que se encuentra bien. Vuelve a su casa, echa toda la ropa a la lavadora, se desinfecta, se ducha y respira tranquilo. Venció al miedo. La vida es lo primero, sin duda.
A los dieciséis años se ve y se vive la vida de otra manera, sin ver el peligro y soñando con el futuro.
Enfrentándome a los miedos de mi padre (que no quería ni que tuviéramos bici) y contando con el apoyo de mi madre, que siempre alentó mis sueños, me compré una Ducati de 50 centímetros cúbicos. ¿Padre o madre: quién nos influye más y conforma nuestra personalidad? Mientras mi madre se hacía un dossier de prensa de mis inicios como escritor, mi padre me decía: «Los escritores no servís para nada». No se lo tuve en cuenta, como tampoco su oposición a comprarme la moto. Por aquel entonces me eché una novia que estudiaba en mi clase de COU. Un día, a la hora de comer, tras dejarla en el portal de su casa, en el primer cruce me arrolló una moto de gran cilindrada. No llevaba casco. Entonces no era obligatorio. Salté por los aires, me golpeé la cabeza contra el suelo y me quedé tendido contra el asfalto. No se me olvidará nunca que me vi recorriendo el célebre túnel (es la primera vez que lo escribo) y, de repente, me vi fuera de mi cuerpo viéndome tirado en el suelo y observando a la gente que intentaba reanimarme. Al poco tiempo recuperé la consciencia. Estuve cuarenta y ocho horas en observación por posible traumatismo cerebral.
Seguí montando en moto. No era consciente, a pesar de todo, de nuestra fragilidad.
Me gustan las personas claras y directas, las que dicen lo que piensan y piensan lo que dicen. Como mi amigo Jesús, estos días al frente de los productores de teatro, resolviendo los problemas de todos y ayudando al sector de las artes escénicas (grandes y pequeñas empresas) de una forma eficaz y ejemplar. «Me ganó para su causa» cuando una vez, a finales de los 90, cuando yo ocupaba el cargo de subdirector general de teatro del Ministerio de Cultura y me dijo en mi despacho: «No sé lo que tienen los cargos, que todos os atornilláis al sillón». Era verdad. El poder es una droga adictiva. Se llega con el afán de ayudar a los ciudadanos (así lo creo), pero luego engancha, como el sexo y las drogas. Me gustó su valentía y su sinceridad. Me gusta que no haya cambiado.
Mabel y José Luis, del chat científico Ateneo, a quienes no conozco, me animan a seguir escribiendo el diario. Les doy las gracias, porque este diario me evade de la angustia de no saber cómo me afectará el bicho mañana; espero seguir mejorando. Gracias por animarme. Como Helio, padre de una profesora («apasionada con transmitir a sus alumnos, de secundaria, su pasión por la literatura»), a quien le está reenviando mi diario. Solo apasionándonos por la materia que enseñamos, logramos transmitir a los alumnos interés por el conocimiento y el aprendizaje. Lo perciben y pueden interesarse hasta por los logaritmos (que, por cierto, jamás comprendí). «Me encanta el diario de ayer. Tienes una vida muy interesante», me escribe Pepe, y me anima a seguir contando experiencias. Sí, « confieso que he vivido», como el título de las memorias de Pablo Neruda.
Es verdad, en todos los órdenes de la vida. A principio de los noventa, una mañana temprano iba en mi coche a mi instituto, en aquel entonces en las afueras de San Sebastián de los Reyes. Tuve la desgracia de sufrir un accidente contra una moto. Me bajé a socorrer al motorista. Era un alumno mío de COU. ¡Terror!
La ambulancia le llevó al hospital, donde le operaron. Una vez que la policía me tomó declaración, me llevó el director al hospital y estuve allí con los padres del chico mientras le operaban. Se me hizo interminable la espera. Salió bien. Pero, aun así, me dieron la baja psicológica por quince días. No podía volver a clase. Sin ser el responsable del accidente, no podía perder el sentimiento de culpa, tan frecuente en la educación judeocristiana. En aquel curso habíamos proyectado en el salón de actos la película « El club de los poetas muertos» y había llevado a un coloquio a la actriz Aitana Sánchez-Gijón, que había sido alumna mía de años antes… Primer día de vuelta a clase tras la baja. Primera hora de la mañana con el grupo del chico accidentado, que, lógicamente, estaba recuperándose en su casa. Pensaba que los alumnos me iban a clavar puñales con la mirada. No sé ni cómo fui capaz de estar una hora en el aula. Al terminar, cuando suena el timbre, el delegado de clase se sube en su mesa, le siguen todos los compañeros y empiezan a recitar: «¡Oh, capitán, mi capitán!», como en la película. Siempre he pensado que en la enseñanza funciona mejor el cariño que la represión.
(17) Viernes 3 de abril
Vigesimoprimer día de confinamiento. ¡Comienzan las vacaciones escolares de Semana Santa! ¡Cuántos planes cancelados! Los niños ya no tendrán que estar con las tareas diarias, y los padres intentarán conciliar sus teletrabajos, sus crisis de ansiedad, con los estudios de los hijos… En el chat de padres saltan chispas por esta situación en la que algunos se sienten desbordados. Percibo una excesiva preocupación por el aprendizaje. No aprenderán suficientes Matemáticas, Naturales, Sociales, Inglés… Me refiero a los de primaria y primeros cursos de secundaria. ¿Y qué? Me pregunto.
¿Qué es más importante para los niños de hoy: aprender contenidos o interiorizar unas vivencias únicas, que ojalá no vuelvan a vivir en sus vidas? El mundo entero está prácticamente confinado. Y los niños (entre los 6 y 13 años) son plenamente conscientes de la situación. La mayoría es responsable y hace sus tareas. No bajan al parque, no practican deporte, no juegan unos con otros, no tienen momentos de verdadero esparcimiento. Respetan las reglas. Sé que aprender contenidos es importante. Pero esto no lo van a olvidar nunca. Sin pensar ni reflexionar, asimilarán la idea de que somos seres frágiles y que el mundo entero necesita la colaboración de todos y la solidaridad entre personas y países, que no hay fronteras ni razas ni religiones ni ideologías que nos separen. La vida es prioritaria, como los afectos… ¿Y nos parece menor este aprendizaje que la cantidad de conceptos de materias que han de estudiar? Cuando daba clases en el instituto manifestaba que lo importante no era que aprendieran Lengua o Matemáticas, sino que aprendieran gracias a las diferentes materias a ser personas libres, responsables y preparadas para el aprendizaje y disfrute, a lo largo de sus vidas, de la ciencia y de las artes. Utópico, ¿verdad? Hace un par de años recibí un correo de un antiguo alumno al que le di clases en segundo de Bachillerato hará unos ocho años. Arrastraba suspensos y le resultaba difícil asimilar el estudio de la Lengua y la Literatura, pero le animaba a ser él mismo. Me escribía: «Estoy trabajando de mecánico en Múnich. Soy feliz. Gracias a tus clases y a obligarme a ir un día al Museo del Prado a ver unos cuadros y a describir lo que veía y lo que sentía frente a los lienzos y luego contarlo en clase, siento un gran interés por el arte y la cultura».
Mi primer año como profesor fui un auténtico desastre. Un mes antes de cumplir los 23 años me contrataron en el colegio del Prado, en el que había estudiado años antes. En el mes de noviembre, cuando alboreaban los primeros fríos y encendieron la calefacción, un radiador del aula en donde impartía clases empezó a gotear. Un alumno me propuso:
—Profe, si me dejas, yo lo arreglo, que soy manitas.
Yo, que era bastante ingenuo, le permití que tocara el radiador mientras continuaba mi clase. De repente saltó un chorro de agua espectacular… En un minuto se inundó la clase y tuve que desalojarla. Avisé al responsable de mantenimiento del cole, pero tardó en llegar. Mientras tanto, se había inundado la segunda planta en la que estábamos y la primera. El agua caía en cascada por las escaleras. Se desalojaron todas las aulas. El director, Felicísimo, me llamó a su despacho:
—¡Eduardo! ¿Tú eres tonto o qué? ¡¡¡¿Cómo le dejas a un chico de quince años que manipule un radiador?¡¡¡ ¡Eres un inconsciente!
Yo bajaba la cabeza y no sabía qué responder. Pensaba: Estoy despedido. Solo llevaba dos meses ejerciendo mi profesión y me había lucido.
—Porque fuiste antiguo alumno, no te voy a despedir. Pero aprende la lección.
No sé si la aprendí. En ese curso, al salir del cole por la tarde, daba también clase en tercero de Magisterio en una escuela privada. Los chicos y las chicas eran de mi edad. Intentaba parecer serio y muy profesional, pensando que me respetarían más. Los alumnos (y las alumnas) me proponían ir a tomar una cerveza al acabar las clases, que, lógicamente, no aceptaba. Además, uno de aquellos alumnos, Enrique, había sido compañero mío del colegio. Intentaba mostrar la seguridad de la que entonces carecía.
En un examen le corregí una falta de ortografía a una alumna de unos cuarenta y tantos años, una reconocida periodista que llevaba un programa de radio. Le devuelvo el examen corregido y me dice:
—Eduardo, me has corregido «perenne» por «pereMne», y me has bajado 1 punto por ortografía en el examen. Creo que te has equivocado.
—No —respondí muy seguro de mí mismo—, es con «M».
Entonces no había móviles y no podíamos consultar en Google. Al día siguiente, al entrar en clase, pedí disculpas en público y reconocí mi error. Me iba a ser difícil en aquel grupo enseñar las materias de Literatura Española y Didáctica de la Lengua (ya era osado impartir esta segunda asignatura sin ninguna experiencia docente). Frente a lo que temía, gané en respeto y autoridad. La verdadera autoridad de un profesor no reside en gritar, amenazar, castigar o suspender mucho. La verdadera autoridad reside en el conocimiento y en la capacidad de empatía con los alumnos. Reconocer los errores es más inteligente que empeñarse en mantener siempre la razón.
Con el tiempo, en mi segunda época de profe en el Instituto Beatriz Galindo, les contaba muchas anécdotas de las vidas de los autores. Si leíamos, por ejemplo, un fragmento del «Canto a Teresa», de Espronceda, les contaba primero cómo en el exilio en Londres el poeta se enamoró de Teresa, mujer casada con un militar liberal también exiliado. Temerosos de que les pegara un tiro, huyeron a París. Allí les persiguió el militar. Nueva huida a Lisboa. Otra vez el militar. Entonces Fernando VII levanta el exilio a los liberales. El militar se cansa de perseguirles. Vuelven a Madrid, y en Madrid Teresa se aburre de Espronceda y regresa con el marido. El poeta romántico, abandonado y hundido, ahíto de dolor, escribe: «¿Quién pensara jamás, Teresa mía, / que fuera eterno manantial de llanto, / tanto inocente amor, tanta alegría, / tantas delicias y delirio tanto? / ¿Quién pensara jamás llegase un día / en que perdido el celestial encanto / y caída la venda de los ojos, / cuanto diera placer causara enojos?». Al hablarles antes del sufrimiento y de la historia amorosa del poeta, penetraban en la esencia de estos versos y los leían con cierto interés. Por eso, cuando en una ocasión un compañero me preguntó por qué les gustaban mis clases a mis alumnos, le respondí:
«Porque soy el HOLA de la literatura».
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