Читать книгу: «Isabelle por la tarde»

Шрифт:

ISABELLE POR LA TARDE

Título original: Isabelle in the Afternoon

© del texto: Douglas Kennedy, 2020

© de la traducción: María Blázquez, 2021

© de esta edición: Arpa & Alfil Editores, S. L.

Primera edición: octubre de 2021

ISBN: 978-84-18741-18-0

Depósito legal: B 13109-2021

Diseño de colección: Enric Jardí

Diseño de cubierta: Anna Juvé

Imagen de cubierta: © Mike Palmowski

Maquetación: Àngel Daniel

Producción del ePub: booqlab

Arpa

Manila, 65

08034 Barcelona

arpaeditores.com

Reservados todos los derechos.

Ninguna parte de esta publicación puede ser reproducida, almacenada o transmitida por ningún medio sin permiso del editor.

Douglas Kennedy

ISABELLE POR LA TARDE

Traducción de María Blázquez


«La misma cama, diferentes sueños».

PROVERBIO CHINO

1

Antes de Isabelle no sabía nada de sexo.

Antes de Isabelle no conocía la libertad.

Antes de Isabelle no conocía París, donde el sexo y la libertad son dos de sus temas eternos.

Antes de Isabelle no sabía nada de la vida.

Antes de Isabelle…

Visto desde la perspectiva que te dan los recuerdos…

Antes de Isabelle no era más que un chaval.

¿Y después de Isabelle?

Después del «antes» y antes del «después»… En eso se sustentan todas las historias. Sobre todo aquellas que están eclipsadas por asuntos íntimos.

Y con Isabelle siempre fue una cuestión íntima. Incluso cuando no pasábamos la tarde en los brazos del otro.

Las tardes e Isabelle.

La trayectoria exhaustiva de este pequeño relato que, para mí, es una gran historia. Porque es la historia de mi vida.

Todas las vidas son relatos fugaces. Es precisamente eso lo que hace que mi narrativa, tu narrativa, nuestra narrativa, sea fundamental. Cada vida tiene su propio significado, sin importar lo efímero o secundario que pueda resultar. Cada vida es una novela. Y cada vida, si se lo permiten, disfruta de sus tardes con Isabelle. Donde todo es posible e infinito, y tan fugaz como una tormenta de arena en el Sáhara.

Las tardes e Isabelle.

Ese lugar en el que, en un punto de inflexión de mi vida, me crucé con el constructo más escurridizo: la felicidad.

*

París.

La primera vez que la vi fue cuando tenía veintiún años, allá por 1978. Eran las ocho y dieciocho de la mañana, según mi reloj de pulsera. Tres minutos después, pasé bajo el reloj de estilo art déco suspendido sobre los gélidos terrenos de la Gare du Nord.

Enero en París. Todo noir et blanc y una oscuridad que lo invade todo. Acababa de bajarme del tren nocturno procedente de Ámsterdam. Una travesía de ocho horas interrumpida por instantes de sueño fugaces mientras iba sentado completamente recto en un estrecho vagón. Durante todo el viaje pude sentir los efectos obnubilantes de la marihuana que había inhalado en un coffeeshop de Prinsengracht, justo antes de mi partida. A la entrada del metro había una pequeña panadería en donde, con un croissant y un café cortado, calmé los efectos de una noche en ayunas. Al lado había un tabac. Pagué tres francos por un paquete de Camel que me duró un día. Unos instantes después, como todos los demás que esperaban el tren de la ligne 5 con dirección sur, era totalmente esclavo del cigarrillo de primera hora de la mañana.

El metro. A estas horas tan próximas al amanecer, aún había margen para moverse en uno de sus vagones de segunda clase. Todo el mundo exhalaba nubes de humo y de aire helado. El metro de aquel entonces se caracterizaba por un olor penetrante a madera quemada y a axilas que no conocen el desodorante. Las tenues luces fluorescentes arrojaban un fulgor subterráneo de color aguamarina a sus vagones de madera. Y los carteles te invitaban a ceder tu asiento a los mutilados en la guerra.

Tenía la dirección de un hotel en Jussieu, en el distrito 5, no muy lejos del Jardin des Plantes. Era un hotel de medio pelo con un precio tirado: cuarenta francos por noche. Seis dólares americanos. Lo que me dejaba con otros cuarenta al día para alimentarme y comprar bebida e ir al cine y fumar cigarros y visitar cafeterías y…

No sabía cómo acabar esa frase. No tenía un plan secreto ni ninguna treta preconcebidos. Me acababa de graduar antes de lo previsto por una universidad estatal del Medio Oeste. Ya había aceptado una beca en una facultad de Derecho que garantizaba a sus graduados una trayectoria sin obstáculos hacia los niveles más altos de la sociedad.

Ahora que el dinero que papá había gastado en mi educación estaba justificado, por fin me merecía sus mayores alabanzas:

—Qué bien lo has hecho, hijo —me dijo.

Lo que no le pareció tan acorde con su visión del mundo fue que, una vez que las vacaciones de Navidad acabasen, yo cruzara el Atlántico en avión.

Mi padre. Un individuo distante y taciturno. No era un monstruo, ni un autoritario espantoso, pero estaba ausente. A pesar de que nunca viajaba y de que casi todos los días estaba en casa a las seis de la tarde. Era propietario de una pequeña empresa dedicada a los seguros compuesta por él y otros tres empleados. Su padre fue un soldado profesional al que todo el mundo se dirigía como «el coronel». Una vez, en un momento de rara sinceridad, después de que mi madre muriera debido a un cáncer virulento y veloz, papá me confesó que pasó la mayor parte de su infancia temiendo al hombre de la mano de hierro. Nunca fue severo conmigo, sobre todo porque siempre fui un chico prudente, un buen estudiante. Mantuve mi cabeza gacha y trabajé duramente con el objetivo de complacer a un padre que no era capaz de mostrarme demasiado afecto.

Mi madre era una estoica. Una mujer callada, maestra de profesión, que parecía resignada a su gélido destino junto al hombre con el que aceptó casarse. Nunca discutió con mi padre, siempre se mostró como un ama de casa hacendosa que me crio con la idea de convertirme en «un buen chico destinado a cosas más importantes». De ella heredé el interés por los libros. Me compró un atlas y me picó el gusanillo por conocer el mundo más allá de nuestras rústicas fronteras. A diferencia de papá, era cuidadosamente cariñosa conmigo. Sentí su amor, me quería a su manera, aunque de forma reposada.

Cuando enfermó, yo acababa de cumplir doce años. Mi miedo a perderla era inconmensurable. Seis semanas fue lo que duró la pesadilla, desde el diagnóstico hasta su muerte. Me dijeron que su cáncer era terminal cuando solo le quedaban diez días de vida. Yo sabía que estaba enferma. Pero ella escuchaba a mi padre y seguía negando que el final de su vida acechaba de manera irrevocable. Solo fue capaz de decirme directamente que se moría la noche antes de que se la llevaran a un hospital en Indianápolis, a una hora de casa. Los siguientes días, deambulé en un estado de trauma silencioso. Ese viernes, papá vino a la escuela sin avisar, hablando entre susurros con mi tutor y, después, me hizo señas para que me fuera con él. Cuando salimos me confesó:

—A tu madre solo le quedan unas horas de vida. Nos tenemos que dar prisa.

Pero cuando llegamos, mi madre ya estaba en coma. Mi padre dejó que el oncólogo de guardia hiciera lo propio y nos confirmase que no había esperanzas de que sobreviviera a esa noche. Mamá no salió nunca del coma. No pude hablar de nuevo con ella, ni decirle adiós.

Un año después de su muerte, mi padre me comunicó su intención de casarse con una mujer llamada Dorothy. La había conocido en su iglesia. Era contable. Poseía la misma faceta reservada que papá y me trataba con una amabilidad distante. Cuando me marché a la universidad estatal para empezar mi primer año de estudios allí, ella lo convenció para vender la casa familiar y adquirir una propiedad conjunta. Yo, de hecho, respiré aliviado cuando esto sucedió. Estaba satisfecho con que papá conociera a esta mujer tan esquiva. La presión de ser un apoyo para mi padre desapareció, incluso aunque él no hubiera demostrado necesitarlo ni por asomo. Porque eso hubiera significado mostrarse vulnerable frente a su hijo. Y papá nunca se lo hubiera permitido. Dorothy me dijo que considerase la habitación de invitados como mi hogar. Le di las gracias y la usé durante las festividades importantes como Acción de Gracias o Navidad, pero, por lo general, me mantuve alejado. Ambos dijeron lo que se esperaba de ellos cuando entré en la élite de las facultades de Derecho. Pero a mi padre, siendo como era un tipo que no confiaba en el enorme y horrible mundo más allá de su propia y reducida experiencia vital (nunca había salido del país, excepto cuando estuvo en la Marina durante la guerra), no le complació la idea de que me fuera a París.

—Hijo, lo teníamos que haber hablado.

—Lo estamos hablando ahora.

Y le expliqué sin alzar la voz cómo, gracias a todos esos veranos trabajando de asistente en un despacho de abogados local, a las diez horas por semana apilando libros en la biblioteca de la universidad y a mi esmero por ser tan austero como él me enseñó, había reunido el dinero suficiente como para asumir los gastos en los que pudiera incurrir durante unos meses más allá de las fronteras de Estados Unidos. La carga extra de trabajo que había asumido los dos últimos semestres suponía que me libraría de la universidad, y de los costes que esta conllevaba, en tan solo unas semanas.

—No estoy de acuerdo, hijo.

Pero no volvió a sacar el tema, especialmente después de que Dorothy le hiciera ver que le acababa de ahorrar unos cuantos miles de dólares al haber terminado mi carrera unos meses antes de lo estipulado. La noche que me fui, papá me llevó al aeropuerto e incluso me entregó un sobre con doscientos dólares en efectivo como un «regalo de despedida». Me dio uno de sus abrazos superficiales y me dijo que le escribiera de vez en cuando. Era su forma de decirme: «arréglatelas por tu cuenta». Aunque, a decir verdad, siempre lo había tenido que hacer.

En el metro, una mujer pocos años mayor que yo miraba detenidamente mi chaqueta de plumas azul, mi mochila y mis botas de montaña. Me la imaginaba juzgándome ipso facto: «Muchachito universitario estadounidense en el extranjero y perdido». Sentí la imperiosa necesidad de romper con ese cliché, de acabar con todas las limitaciones y el sistemático conformismo de mi vida hasta la fecha. Y quise pedirle su número de teléfono y decirle: «Ya verás cuando lleve un atuendo más a la moda». Pero no sabía francés.

En Jussieu había una tienda de excedentes del ejército en la que vendían chaquetones de marinero negros, importé des États-Unis. Me probé uno. Parecía un Kerouac errante. Valía cuatrocientos francos; un precio elevado para mí. Aunque era un abrigo que llevaría todos los días durante el invierno. Y era un abrigo que me permitiría integrarme en el paisaje urbano; me haría olvidarme de mi condición de estadounidense ansioso en el extranjero.

Y estaba ansioso.

Porque estaba solo. Y apenas conocía el idioma. Y no tenía amigos. Y carecía del sentido estricto que había definido mi vida hasta este momento.

La ansiedad es el vértigo de la libertad.

Y ahora tenía libertad.

Y París.

Y un chaquetón negro de marinero.

Y la sensación de que, por primera vez, mi vida era una tabula rasa.

Con frecuencia, empezar de cero puede causar pavor. Especialmente cuando has crecido con la creencia de que es necesario contar con una certeza delimitada.

Una vez en el hotel, pagué una semana de alojamiento, cogí la llave, subí por las escaleras y cerré la puerta, dando paso a unas cuantas horas en estado de inconsciencia. Me desperté pensando: «No me debo a nada ni a nadie».

Un descubrimiento desconcertante.

*

Mi habitación del hotel: una cama antigua de metal con un finísimo colchón. Un lavabo de porcelana con manchas y unos grifos parcialmente oxidados. Un armario de madera de caoba agujereado, una mesita de café antigua y una silla. Papel pintado floral amarillento por el paso de los años y el humo de los cigarrillos. Un pequeño radiador que no dejaba de repiquetear con un compás rítmico. Vistas al callejón. Paredes que dejaban escapar los sonidos; una ruidosa máquina de escribir, un hombre con una tos seca incesante. Aun así, dormí hasta bien entrada la tarde. El aseo estaba al final del pasillo. Un inodoro para evacuar de pie y en cuclillas. Horrible. Al lado, una cabina de ducha con una vieja cortina de vinilo verde y una manguera con una alcachofa. El agua estaba caliente. Me enjaboné el cuerpo y el pelo, eliminando así los restos de mi larga siesta. Usé la toalla de baño áspera que habían dejado sobre mi cama para secarme y taparme mientras corría de vuelta a mi habitación. Me vestí y salí a ver mundo.

Nevaba. París estaba emblanquecido. Tenía hambre; no había comido nada caliente desde hacía más de un día. Encontré un lugar pequeño escondido detrás del boulevard Saint-Michel: steak frites, medio litro de vino tinto, un crème caramel por veinticinco francos. «Estoy demasiado pendiente del dinero —pensé—, del precio y del valor contradictorio de todas las cosas». La moderación y el sacrificio habían sido los dos credos principales que me habían inculcado en casa desde bien pequeño. Me quería deshacer de ellos. Sin embargo, en cierto modo, también quería sobrevivir los siguientes cinco meses sin tener que volver corriendo a casa para buscar trabajo. El 1 de junio me esperaba una pasantía estival junto a un juez federal en Minneapolis. Pero, antes de todo ello, tenía por delante esta coyuntura, este espacio sin más obligaciones que mantenerme dentro de mi presupuesto.

Caminé la mayor parte de la noche, ajeno al frío y a la nieve que todavía caía. Si no has crecido rodeado de una grandeza urbanística épica, o de cualquier cosa que contenga tan siquiera un ápice de monumentalismo histórico, París te hace sentir diminuto. A pesar de que su arquitectura me deslumbró por completo, mi atención se centró en otros lugares: en las callejuelas y los laberintos de callejones estrechos. Se podía sentir que el sexo lo impregnaba todo, desde las mujeres de la noche pescando clientes en los bordes de las aceras hasta las parejas enmarañadas en abrazos apoyadas en las paredes, las farolas e incluso contra la barandilla de piedra del Pont Neuf. Seguí el recorrido del Sena; agua gélida y oscura en un movimiento incesante. Me daban envidia los amantes. Me daba envidia cualquiera que estuviera ligado a otra persona, que no se sintiera solo en la oscuridad.

Aprendí a andar sin rumbo.

Mi primera semana en París fue simplemente eso: una caminata prolongada sin dirección concreta. Ahora, para mí, amanecía sobre las diez de la mañana. Había una cafetería al lado del hotel en la que desayuné lo mismo todas y cada una de las mañanas: citron pressé, croissant, grand crème. Era un lugar frecuentado por trabajadores locales (basureros, trabajadores de las carreteras), así que era barato. El dueño: mala dentadura, ojos cansados, siempre profesional, siempre detrás de la barra. Al cuarto día, me saludó inclinando la cabeza: «La même chose?», me preguntó. Le respondí con un bonjour y otro saludo con la cabeza. Nunca nos dijimos nuestros nombres.

Un International Herald Tribune diario no tenía cabida en mi presupuesto, pero el dueño de la cafetería tenía la edición del día anterior todos los días detrás de la barra.

—Un compatriota tuyo del hotel siempre lo compra antes del desayuno y luego lo deja en la mesa cuando se marcha —me explicó.

O al menos es lo que creo que me dijo, ya que mi francés era precario.

Il arrive quand?

Me había comprado un cuaderno, una pluma estilográfica barata, un diccionario y un libro de verbos básicos. Me había fijado la tarea diaria de aprender diez palabras nuevas y de conjugar dos verbos en présent, passé composé et futur proche cada día.

—Todos los días a las siete. Creo que no duerme mucho. Un hombre cuya mirada es el fiel reflejo de una vida de penurias.

Me gustó tanto esa descripción —«Un homme aux yeux trop mâchés par la vie»— que la escribí en mi cuaderno.

El café se llamaba Le Select. Toda una contradicción puesto que no había nada de selecto en él. Era un lugar pequeño, básico, con un puñado de mesas y sin espacios destinados al ocio. Yo no tenía experiencia en cafeterías. Solo conocía las americanas, los diners, con café americano de filtro, con gramolas y linóleos sucios, y camareras que mascaban chicle y exhibían una sonrisa cansada. El alcohol formaba parte del ritual matutino del local. La mayoría de los basureros (les éboueurs) se bebían un calvados con el café, y un par de gendarmes pasaban a menudo a por su vin rouge escanciado de botellas de un litro sin etiqueta. Nunca pagaban por sus bebidas. En Le Select aprendí el arte de procrastinar intencionadamente. Me sentaba allí hasta bien entrada la mañana con mi desayuno, mi periódico del día anterior, mis cigarrillos, mi cuaderno y mi pluma estilográfica. Nunca me echaron, nunca me molestaron. Fue así como acabé captando una idea clave de las cafeterías: la sensación de comunidad improvisada y de refugio caluroso en medio de la fría indiferencia de las calles de la ciudad.

Alrededor del mediodía, me iba a merodear a otra parte, con frecuencia a los cines de la rue Champollion. Películas del oeste antiguas, cine negro clásico, musicales desconocidos, eventos dedicados a directores: Hitchcock, Hawks, Wells, Huston… Todo en versión original en inglés, con los subtítulos en francés paseando por la parte inferior de la pantalla. Un lugar en el que esconderse por diez francos cada séance.

Séance: una sesión, pero también una reunión. Una suerte de ritual donde encontrarse.

Otra palabra para mi cuaderno.

Decidí explorar a pie los veinte distritos. Frecuenté museos y galerías. Era un habitual de las librerías con libros en inglés. Iba a garitos de jazz en la rue des Lombards. Me comí un tayín por primera vez. Estaba desesperado por mantenerme ocupado; un antídoto a la soledad de mis días y noches. Me dije que vagar aplacaría la soledad. Sin embargo, caminar sin rumbo aumentó mi sensación de nostalgia. No era infeliz en París, era infeliz conmigo mismo y era incapaz de identificar el porqué. No echaba de menos mi hogar, ni añoraba en absoluto Estados Unidos. Disfrutaba de lo novedoso que tenía por delante. Pero la tristeza, como si de una mancha persistente se tratase, se negaba a desaparecer.

La pareja de la habitación de al lado siempre estaba discutiendo. El recepcionista nocturno —Omar, un bereber del sur de Marruecos— me dijo que eran serbios. Refugiados, siempre enfadados el uno con el otro.

—Su mundo se vendría abajo si fueran amables entre sí. Así que se aferran al enfado.

El sonido de la máquina de escribir también era una constante de las noches en el hotel. No me molestaba. Me afectaba como un metrónomo; el tac, tac, tac me arrullaba en el mundo de los sueños. Una noche de mi segunda semana, al llegar tarde de una séance en un club de jazz, vi que la puerta de mi vecino estaba entornada. El humo ensombrecía la luz del interior.

—Puedes entrar —dijo una voz entre una espesa bruma. Una voz americana.

Abrí la puerta y me encontré en una versión idéntica de mi habitación, salvo porque el inquilino la había tomado como su residencia a tiempo completo. Sentado en una silla de madera curvada había un chico de unos veintitantos. Pelo por los hombros, gafas redondas de acero, con un cigarrillo entre los dientes, con la mirada empañada.

—¿Eres mi vecino? —preguntó—. ¿Debería hablarte en mi pésimo francés?

—En inglés me va bien.

—¿El sonido al teclear no te deja dormir?

—No duermo con el abrigo puesto.

—Así que has visto mi puerta abierta… ¿y has decidido pasar a saludarme?

—Puedo marcharme.

—También puedes sentarte.

Así fue como conocí a Paul Most.

—Sí, escribo. No, no he publicado ni una sola palabra. No, no te voy a contar de qué trata mi novela, lo que demuestra un gran autocontrol por mi parte. Sí, soy de Nueva York y sí, tengo un fondo fiduciario lo suficientemente grande como para que sea mi perdición.

Era un refugiado de un padre autoritario, un banquero de inversiones. De clase alta. Con contactos. Park Avenue. Episcopal de Alta Iglesia.

—El combo colegio privado más Ivy League. Entré en Harvard. Me echaron de Harvard. Falta de interés en el trabajo. Dos años en la Marina Mercante. Ey, a Eugene O’Neill le fue bien. Volví a entrar en Harvard gracias a los contactos de papá. Aprobé por los pelos. Pasé un año en el Cuerpo de Paz, enseñando a casos perdidos en Alto Volta. Superé la gonorrea, la sífilis, la tricomoniasis. Cambié Uagadugú por París hace quince meses. Encontré este hotel, negocié un acuerdo y aquí paso las noches, escribiendo hasta entrada la madrugada.

—¿Tu padre no ha intentado llevarte a casa y meterte en el mundo de Wall Street?

—Papaíto me ha dado por perdido. Mientras estuve en Alto Volta, en un instante de locura ocasionado por la fiebre del dengue, respondí a la petición del Harvard Magazine para mandarles las llamadas «Class Notes», unas breves noticias personales de los graduados. ¿Y qué fue lo que les envié? «Paul Most, promoción del 74, convive en el oeste de África con un caso de gonorrea crónica». En fin, me pareció ingenioso.

—¿Lo publicaron?

—Qué va. Pero las paredes de los Ivy oyen. Papá me escribió a través del American Express de París para decirme que a partir de entonces estaba solo, sin su generosidad, ante el malvado y enorme mundo. Por supuesto, él sabía que no podía impedirme disfrutar del fondo que su padre había creado para sus cinco nietos. Me tenían que pagar mi parte de la cuota del interés del capital cuando cumpliera los veinticinco años… Eso pasó hace siete meses, casi al mismo tiempo que papá cortó la red. Ahora tengo una paga mensual de ochocientos dólares perfectamente establecida. Dado que he negociado un descuento con los dueños de esta morada descuidada a veinticinco francos la noche, tengo mi pequeña cama en París por poco más de cien dólares al mes. E incluso me cambian las sábanas dos veces por semana.

Entonces, me preguntó dónde me había criado. Se lo conté y su respuesta fue la siguiente:

—Menudo lugar pequeño y aburrido al que llamar hogar.

Le señalé el aguardiente, un Vieille Prune, y me sirvió un vaso. Cogí uno de sus Camel. Me preguntó dónde había ido a la universidad y le conté todo por lo que me preguntaba.

—Cielos, ¿no serás el señorito «universidad estatal»? ¿Y ahora qué estás haciendo? ¿Disfrutando de un gran tour tirado de precio antes de volver para formar parte de la aseguradora agraria de tu papi?

—Empiezo en la Facultad de Derecho de Harvard en septiembre.

Eso llamó su atención.

—¿De verdad?

—De verdad.

Chapeaux. Un camarada de Harvard.

«Y alguien que no entró gracias a papaíto».

Pero ese pensamiento se quedó en el tintero.

Cambió de tema y jamás volvió a preguntarme sobre mi vida. Aunque, tras dos cigarros y tres aguardientes, hizo este comentario:

—Sé por qué estabas detrás de mi puerta esta noche. La agonía de París. La ciudad es cruel para todo aquel que está por su cuenta. Ves que todo el mundo está interconectado y eso amplifica tu estatus de chiquillo perdido. Eso, y que vuelves a la vacía y barata cama.

—Ya somos dos.

—Oh, yo tengo a alguien. Solo que no está aquí esta noche. Pero tú estás solo y eres incapaz de conectar con nadie.

Quería contradecirle, protestar, reprocharle su crueldad. Sin embargo, sabía que eso me llevaría a una lucha dialéctica, que es donde él quería que acabase. Era consciente de la trampa que me estaba tendiendo, así que contesté:

—Culpable.

—Vaya, vaya, un hombre honesto.

—¿Alguna idea de cómo me puedo sentir menos solo aquí? —pregunté.

—Asumo que sabes poco o nada de francés.

—Lo básico. No puedo mantener una conversación.

—Te podría invitar a una fiesta mañana por la noche. La presentación de un libro de un amigo de Sabine.

—¿Quién es Sabine?

—La mujer que debería estar aquí esta noche. No me pidas explicaciones.

—¿Por qué iba a hacer tal cosa?

—Un campesino con garra.

—No me crie en una granja —le espeté.

Respondió con una sonrisa de satisfacción.

—Si te invito, debo advertirte: ni seré tu acompañante, ni te presentaré a nadie.

—¿Entonces por qué me invitas?

—Porque has dicho que te sentías solo. Llamémoslo una obra de caridad.

Tomó un cuaderno y garabateó una dirección.

—Mañana por la noche a las siete.

Miró detenidamente mis vaqueros grises de campana, mi jersey marrón de cuello redondo, mi camisa azul con botonadura.

—Estamos en París. Quizá deberías ponerte algo negro.

*

Volví a la tienda de excedentes del ejército, donde me atendió el mismo hombre con cara de boxeador. Le dije lo que necesitaba y puntualicé que mi presupuesto era limitado. Me tomó las medidas de un vistazo. «Delgaducho», susurró. Después se fue a hurgar entre las estanterías. Sacó un jersey de cuello alto negro de lana que costaba treinta y cinco francos y un par de pantalones de lana negros por cuarenta y cinco francos. Tuvo que sacudirles el polvo antes de que me los probara. Me quedaban bien.

—Tengo unas botas de invierno negras de la Légion étrangère. De cuero suave y ya amoldadas. Calientes, pero no pesadas y con buena suela. Perfectas para París. Sesenta francos.

Me las probé. Me valían.

—Dame ciento diez francos por todo —agregó—. Ahora eres une symphonie en noir.

*

—Parece como si acabases de bajar del USS East Village.

Me saludó Paul Most casi antes de que entrara en la librería.

—Me dijiste que cambiara de estilo.

—Y veo que lo has hecho, marinero.

La librería se llamaba La Hune. Most estaba fuera fumando un Camel. Había una mujer con él, delgadísima, con el pelo encrespado, una chaqueta de motorista y una bufanda de seda negra.

—Esta es Sabine —explicó.

Le tendí la mano. Sabine contempló esta acción divertida y se inclinó y me dio un beso en cada mejilla.

—Mi amigo novato no tiene ni idea del protocolo local —replicó Most.

La respuesta de Sabine fue como un bofetón verbal.

Tu sais que je refuse de parler en anglais.

Most le respondió con un torrente de francés rápido en un tono que rozaba lo agresivo. Sabine hizo un puchero y le espetó:

T’es un con.

Le acababa de llamar imbécil. Oportuno.

—¿Has visto lo que has provocado? —me comunicó Most, sonriente.

Se dirigió a la puerta.

—Te veo en la barra.

La librería no era muy grande. Había estanterías repletas por todas partes, libros apilados, una multitud densa. Busqué la barra y eché mano al vino. Me choqué contra una estantería con un letrero que decía: Philo. Eché una ojeada y miré fijamente el desfiladero de volúmenes de Beauvoir, Deleuze, De Maistre, Democritus, De Morgan, Derrida, Descartes, Diderot, Dworkin…

Êtes-vous obsédé par les philosophes dont le nom commence par «D»?

La voz era tranquila, grave, en tono de broma. Me giré para encontrarme frente a una mujer con una gran melena roja y ondulada. Unos ojos intensos y verdes: transparentes, observadores e ingeniosos. Su cara era suave, con pecas, sin maquillaje. Llevaba un vestido, negro y ajustado, medias negras y botas negras. Con un cigarro entre los largos dedos, las cutículas un poco mordisqueadas. Un anillo de oro en el dedo anular izquierdo. Lo primero que pensé: vulnerable. Lo segundo: hermosa. Lo tercero: me he quedado prendado. Lo cuarto: maldigo ese anillo de matrimonio.

—¿Americano? —dijo.

—Eso me temo.

—No hace falta que te avergüences por ello.

Su inglés era inmaculado.

—Me avergüenzo de no saber francés. ¿Por qué hablas tan bien inglés?

—Práctica. Viví dos años en Nueva York. Debería haberme quedado, pero no lo hice.

—¿Y ahora?

—Ahora vivo aquí.

—¿A qué te dedicas?

Otra sonrisa divertida.

—Te gusta realizar interrogatorios. ¿Eres un abogado criminalista?

—Voy por ese camino. Déjame adivinar. ¿Eres profesora?

—¿Por qué tanta insistencia en saber lo que hago?

—Es mi necesidad natural de plantear preguntas.

—La curiosidad es digna de admiración. Soy traductora.

—¿Del inglés al francés?

—Y también del alemán al francés. Y viceversa.

—¿Dominas tres idiomas?

—Cuatro. Mi italiano es aceptable.

—Me siento un patán.

—No conozco esa palabra: «patán».

—Alguien proveniente de un lugar remoto, rústico. Un paleto.

—A ver si lo adivino, ¿el que inventó esa palabra era neoyorquino?

—Sin lugar a dudas.

Rebuscó en el diminuto bolso negro de cuero que llevaba colgado del hombro, y sacó un pequeño cuaderno negro y un bolígrafo plateado.

—¿Cómo se escribe «patán»?

Lo deletreé.

—Me encanta el argot. Es la verdadera naturaleza de los idiomas.

—Ponme un ejemplo de argot parisino.

Grave de chez grave.

Chez significa «en casa de», ¿no?

—Estoy impresionada; para ser alguien que dice no saber francés…

Le expliqué lo que hacía para aprender vocabulario.

—Qué diligencia. Entonces indudablemente no eres grave de chez grave, ya que significa «estúpido».

—A veces me siento así, estúpido.

—¿En general o solo aquí en París?

—Aquí. Ahora. En esta librería. Con toda esta gente inteligente y cosmopolita.

—¿Y te estás diciendo a ti mismo que no eres más que un «patán» —¿lo he pronunciado bien?— que proviene de un lugar remoto?

—Captas el argot con rapidez.

—Cuando eres traductora, las palabras lo son todo.

—Por lo tanto, también eres curiosa.

—Sin remedio.

Me rozó levemente el brazo, posando por un momento los dedos. Le sonreí y me devolvió la sonrisa.

—Me llamo Isabelle.

—Yo soy Sam. Es curioso que me hayas preguntado sobre los filósofos. Estaba mirando todos esos nombres en los lomos de los libros, todos los que empezaban por D, y no pude evitar pensar en lo limitados que son mis conocimientos.

1 294,87 ₽
Возрастное ограничение:
0+
Объем:
341 стр. 2 иллюстрации
ISBN:
9788418741180
Издатель:
Переводчик:
Правообладатель:
Bookwire
Формат скачивания: