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Primera edición: Mayo de 2013

© Dolors González

© Fotografías:

La Fageda

Guillem Valle (página 116)

Pep Botey (páginas 136-137)

© 2013 Editorial Comanegra

Trafalgar, 6 3º 4ª

08010 Barcelona

www.comanegra.com

Diseño de cubierta: Francesc Moret Maquetación: aQuatinta Producción del ePub: booqlab

ISBN: 978-84-18857-66-9

Quedan rigurosamente prohibidas y estarán sometidas a las sanciones establecidas por ley: la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier procedimiento, incluidos los medios reprográficos o informáticos, así como la distribución de ejemplares mediante alquiler o préstamo público sin la autorización expresa de Editorial Comanegra. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos, www.cedro.org) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra.


Índice

Prólogo

Un proyecto de locos

El manicomio-almacén de enfermos

Un trabajo útil para los demás

Moldes y contramoldes

Acompañar

La pensión de

Trini Trabajaremos para la gente de Olot

¡Tenemos Seguridad Social!

“Quiero volver a la vida de antes”

Los viveristas forestales de La Fageda

Haremos los mejores yogures de granja

Una fábrica pequeña, como de juguete

“Esto no va a funcionar”

La crisis de los voluntarios

Una marca cargada de emoción

La cadena de sentido

Se precisan cambios

Todo sale a pedir de boca

¿Qué tienen que ver la locura y la empresa?

Fageda Tours

Leche de primera calidad

Primero son las personas

Una historia económica que no ha sido coser y cantar

¿No puedo cobrar más?

El argumento definitivo para cerrar un acuerdo

Una empresa adulta

Un proyecto social maduro

Epílogo

Prólogo

Me llamo Cristóbal Colón y soy presidente de una cooperativa de enfermos mentales que fabrica el yogur La Fageda, probablemente el mejor yogur del mundo…

Esas fueron las primeras palabras que le oí a Cristóbal Colón como participante en el Programa de Perfeccionamiento Directivo (PPD) en el IESE en octubre de 1998. No serían las últimas…

Dieciséis años antes, Cristóbal había decidido embarcarse, de la nada más absoluta, en un deseo de llevar a cabo un proyecto empresarial que ayudara a la integración social de discapacitados psíquicos y personas con trastornos mentales severos.

La formulación conceptual era simple, pero definitiva: desarrollar iniciativas mercantiles que generaran empleos reales, estables y “con sentido”.Cristóbal construye sobre el convencimiento de que el trabajo es la principal vía de inclusión y participación en la sociedad. El trabajo no solo es una actividad vital para el sustento, sino fuente de equilibrio y de seguridad personal a través del desarrollo de la autoestima y de su contribución a la sociedad. Esa autoestima, importante para todos, es definitiva en un colectivo tradicionalmente excluido, o tratado desde el paternalismo, y con una desigualdad de oportunidades manifiesta para acceder al mercado de trabajo. En concreto, los colectivos de personas con discapacidad psíquica o con trastornos mentales severos muestran en España una obscena tasa de desempleo del 80%. Al no poder acceder al trabajo, estos colectivos de personas están en grave riesgo de exclusión. A la exclusión, se suman la marginación y el estigma social… Y al estigma, la pérdida de referencia personal y el aislamiento…


El globo de La Fageda.

Pues bien, treinta y un años después de sus inicios, La Fageda, cumpliendo con su compromiso, ha roto ese círculo vicioso, dando un trabajo retribuido a 115 empleados en el Centro Especial de Empleo y atendiendo a 45 personas en su Centro Ocupacional. La Fageda ocupa al 100% de los discapacitados psíquicos y personas con transtornos mentales severos de la comarca de la Garrotxa en Girona. Otros 120 profesionales trabajan en La Fageda… profesionales que, como suele decir jocosamente Cristóbal, “todavía no tenemos certificado de discapacidad, pero estamos en ello…”. La rentabilidad de las distintas iniciativas mercantiles, entre las que destaca por su dimensión la fabricación y comercialización del yogur, es la base sobre la que se sustenta el proyecto con fin social.

El éxito del yogur es realmente sorprendente, porque en el hipercompetitivo mercado catalán, con marcas líderes como Danone y Nestlé y la pujanza de las marcas de la distribución moderna, la Fageda es ya la tercera marca, con ventas de un millón de unidades por semana, creciendo ordinariamente a un ritmo de dos dígitos en un mercado que permanece estancado. 2.000 puntos de venta en Cataluya tienen en sus líneales los productos de La Fageda, que distribuye un producto natural, fresco y perecedero, con la máxima exigencia logística. Resulta notorio que en la comercialización no se utilizan campañas de publicidad y de promoción (no hay dinero para ello) y que los precios de La Fageda son un 40% superiores a los del líder de ventas y de dos a tres veces superiores a los de las referencias de las marcas de la distribución. Constatación evidente de cómo más de un millón y medio de consumidores catalanes valoran el auténtico “yogur de granja” fabricado en La Fageda.

El modelo de negocio también es de formulación simple y sin espacio a la sofisticación; las mejores materias primas con leche procedente de sus propias granjas, un proceso industrial integrado y pegado físicamente a las vacas productoras y un exhaustivo control de calidad, dan como resultado un yogur menos ácido, más cremoso, con más sabor y sin aditivos. Luego, la distribución en los puntos de venta de alimentación y, finalmente, los consumidores satisfechos y fieles que, a través del boca a oreja, se convierten en los principales “vendedores” del producto.

Difícilmente podría habérseles ocurrido a los rectores de La Fageda algo más difícil que competir con marca propia en un mercado plagado de multinacionales, con gigantescos presupuestos de comunicación, distribución profesionalizada y concentrada y con la exigencia logística impuesta por la comercialización de productos frescos con fecha de caducidad. Pero esa misma dificultad ha obligado a desarrollar las claves de la solidez mercantil del proyecto: producto y marca propia para llegar al consumidor final.

La Fageda no es una empresa de “discapacitados” que maquila sin valor añadido para terceros y que está permanentemente expuesta a las vicisitudes del trabajo ordenado por sus clientes industriales, que desaparecen o se deslocalizan fruto de la crisis o de la competencia internacional. La Fageda tiene producto y marca propios y reconocimiento del mercado, y esas son sus señas de identidad y su fortaleza mercantil última.

La generación de excedentes y los indicadores ordinarios de rentabilidad —precios netos, márgenes brutos, márgenes de explotación, flujos de caja, beneficios antes de impuestos…— se persiguen de forma permanente. En La Fageda es evidente que, a mayor éxito mercantil, mayores las posibilidades de éxito social sostenible. Pero el equilibrio no es nunca fácil; el proyecto empresarial siempre “pide pan” para mejorar su competitividad y su perdurabilidad, y el proyecto asistencial, cuyo indicador básico es la mejora de la calidad de vida del colectivo de discapacitados, ¡también! En La Fageda no hay accionistas que exijan dividendos, ni necesidad de marcar un valor por las acciones, pero sí hay necesidad de generar excedente; de hecho, el excedente es “sagrado”, y el dilema a resolver de forma sensata y prudente es su aplicación entre el “dividendo social” y la “reinversión mercantil”.

Detrás del fin último de La Fageda hay un proyecto empresarial fuerte. Pero el éxito de ese proyecto empresarial no es más que un medio para un fin: la integración y la mejora de las condiciones del colectivo al que sirve. La Fageda es, pues, una empresa con fuerte ideología; ideología cuyo primer rasgo se basa en la centralidad de la persona y en sus capacidades, cualesquiera que éstas sean. Por eso en su propuesta de valor no se presentan adornos de la esfera social. No se utiliza la “discapacidad” de sus trabajadores como elemento de sensibilización del consumidor. En el centro de la filosofía de actuación de La Fageda y según palabras de su fundador:

“No existen discapacitados, sino gente con distintas capacidades. En La Fageda el énfasis se pone siempre en las capacidades; nunca en las discapacidades, porque todos servimos para algo, aunque no todos servimos para lo mismo”.

El eje vertebrador de esa apuesta por la “capacidad” es el logro de un trabajo con sentido, adaptado a las características de cada persona. En La Fageda se define un trabajo con sentido como aquél que está bien hecho, es útil para los demás, está hecho con responsabilidad y de forma consciente, y así contribuye al progreso y mejora del individuo como trabajador y como persona.

La persona, toda persona, tiene la capacidad de transformación de la realidad, asumiendo su responsabilidad desde la libertad. Las personas con discapacidad psíquica y/o trastorno mental severo son ordinariamente atendidas en contextos paternalistas que las alejan de cualquier responsabilidad y, por tanto, del uso de su libertad. En La Fageda se quiere acompañar a la persona para que asuma aquellas responsabilidades de las que sea capaz (ni más, ni menos) y de esta manera pueda ejercer la libertad que, como persona, le es propia, y a través de ello, recuperar su identidad y autoestima. Esta creencia es llevada al extremo. El objetivo de la dirección es, por tanto, contribuir a que todas y cada una de las personas den lo mejor de sí mismas, anudando en el acompañamiento personalizado la firme exigencia y la ternura, cara y cruz de la misma moneda que suponen el afecto y el respeto por la persona.

Un segundo rasgo ideológico que está en la base del proyecto es el desarrollo del sentido de pertenencia a la organización. Cada persona tiene una responsabilidad dentro del proyecto, que la lleva a alinear su esfuerzo, su trabajo y su ilusión, con la misión colectiva de la organización, asumiendo plenamente la parte personal de su realización. El proyecto social acaba, por tanto, trascendiendo a cada persona, pasando de la responsabilidad individual a la responsabilidad compartida en un proyecto común. El trabajo con sentido enriquece a la persona que lo desarrolla y al colectivo en el que ésta está inmersa. El sentido de pertenencia y el orgullo de formar parte de ese colectivo y de esa iniciativa es uno de los sentimientos más potentes: sentirse parte de un grupo, de una razón de ser, de una forma de hacer. En La Fageda se aprende a jugar sin balón y para el equipo.

El tercer rasgo ideológico que da singularidad a La Fageda es la vivencia de la integridad, antesala de la confianza. Integridad entendida como la coherencia entre el pensamiento, las creencias y los actos. Integridad es hacer lo que se dice, y también, decir justamente lo que se hace. La integridad casa con la autenticidad y son condiciones fundamentales del desarrollo de la confianza hacia adentro y hacia fuera. De este modo, el “discurso” de calidad hacia el consumidor se corresponde con un control obsesivo por parte de la dirección y la trazabilidad de la producción de leche propia. El “discurso” de centralidad en las personas se corresponde con una dirección volcada en hacerla efectiva por encima de las dificultades ordinarias que suponen las adaptaciones de los puestos de trabajo. El “discurso” del equilibrio con el medio ambiente se corresponde con las políticas y actuaciones explícitas del trato de los animales o la eliminación de residuos. Finalmente, el “discurso” de configuración de Grupo sin ánimo de lucro se corresponde con un equipo de dirección que da ejemplo con la moderación de sus salarios y con un abanico salarial razonable. La confianza interna y externa es fiel reflejo de unas políticas y comportamientos de dirección coherentes con los principios. Porque los principios y valores no se formulan como deseo o como eslogan de marketing superficial, sino como camino, compromiso y vivencia coherente.

Que La Fageda es un caso singular no lo pone nadie en duda. No hay muchos modelos de éxito social con sólidas bases mercantiles que les den independencia y sostenibilidad. Por ello, la iniciativa ha sido objeto de estudio en las escuelas de negocio de medio mundo y ha recibido toda clase de premios y distinciones en diversos foros empresariales y sociales.

Pero los estudios y premios son poca cosa al lado de la mayor singularidad de La Fageda: sus personas; el colectivo de discapacitados psíquicos, los afectados por trastornos mentales severos, sus familias, el equipo asistencial y el resto de profesionales empleados en las actividades mercantiles. Porque en La Fageda cada persona es protagonista del proyecto colectivo y tiene su propia historia, personal e intransferible, ligada al mismo. Las historias de María, Eugeni, Jaume, Rosario, Eudald, Andreu, Jacob, Mamadou… personas reales de carne y hueso, singulares y distintas, con sus contrariedades, adversidades, miedos, ilusiones, esfuerzos, logros… Historias donde descubrir un grupo de gente promotor —Cristóbal, Carme, Rosa, Enrique, Xevi, Antonio…— con iniciativa, con generosidad, magnánimo en sus objetivos, con sencillez, con cabeza y con tenacidad; mucha tenacidad. Una trayectoria de más de treinta años de historia con éxitos y fracasos (unos cuantos…), pero siempre coherente en su camino hacia el destino final.

Prepárese el lector para un soplo de aire fresco que le hará reflexionar sobre la posibilidad de que en las organizaciones mercantiles la persona y su dignidad ocupen el centro. Porque tener dos piernas o ninguna, ver claramente o tener ceguera, razonar con agilidad o hacerlo con tremendas lagunas o alucinaciones, no son más que accidentes que nada dicen de la verdadera esencia de la dignidad humana… Y porque la eficacia y la justicia, aunque algunos se empeñen en oponerlas, son también caras de la misma moneda, mostrando que no están reñidos el pragmatismo y los valores e ideales… Porque hoy, más que nunca, es imprescindible que el gobierno de las iniciativas mercantiles y sociales se confíe a mujeres y hombres justos y, a la vez, eficaces… eficaces y, a la vez, justos.

Historia de una locura empresarial social y rentable: La Fageda, a través del compendio de las historias humanas ligadas al proyecto común, es un excelente ejemplo, que no deja indiferente y que muestra el empeño en poner la economía al servicio del hombre y no al revés (como suele ocurrir en demasiadas ocasiones).

Cristóbal completó con éxito su Programa de Perfeccionamiento Directivo (PPD) y, desde entonces, he disfrutado de su amistad y afecto y de muchas de sus memorables reflexiones realizadas a mis alumnos del IESE, algunas de las cuales se recogen en este libro. En mis visitas a La Fageda me sigue admirando el extraordinario ambiente de fraternidad y optimismo entre todos los empleados y el sincero agradecimiento de ellos y sus familias, verdaderas coprotagonistas de esta historia de esfuerzo, coraje y esperanza.

Animo al lector a disfrutar de estas páginas, que también contribuyen a desterrar algunos de los miedos y prejuicios que provocan los enfermos mentales. De paso, no olvide darse el placer de consumir los yogures, helados y mermeladas de La Fageda (placer único; ¡se lo aseguro!). Finalmente, si tiene un día libre, visite la iniciativa in situ, en el paraíso de La Fageda d’en Jordà en el parque natural de la Zona Volcánica de la Garrotxa, al lado de Olot (Girona) donde Cristóbal, Carme y toda su gente se desvivirán por hacerle partícipe del proyecto. ¡Vale la pena!

José Antonio Segarra

Un proyecto de locos

7 de abril de 1982. Despacho del alcalde de Olot (Girona), señor Joan Sala Villegas, economista y empresario de éxito, uno de los propietarios de la marca olotense de ropa y calzado Privata. El alcalde ha concedido audiencia a dos señores que asisten puntualmente a la cita. Uno de ellos, Josep Torrell, es un médico conocido en la comarca como coordinador de la atención psiquiátrica en la zona de la Garrotxa. Llega acompañado de un desconocido de poco más de treinta años.

—Buenas tardes.

—Buenas tardes. Ustedes dirán.

—Señor alcalde —empieza Josep Torrell—, me gustaría que escuchara a mi amigo, el señor Cristóbal Colón. Desea llevar a cabo alguna actividad empresarial en la comarca, aún no sabe cuál, con catorce personas que padecen enfermedades mentales. Su iniciativa contaría con el apoyo de la dirección del psiquiátrico de Salt.

El alcalde no responde. Está digiriendo la información. Inconscientemente, menea la cabeza y observa en silencio al acompañante.

—Hola. Me llamo Cristóbal Colón y soy psicólogo. Me disculpará, pero apenas hablo catalán. Tengo previsto montar una empresa con las catorce personas de las que le hablaba hace un momento el doctor Torrell, y mi objetivo es ofrecer trabajo a todas las personas con enfermedad mental de la comarca porque pienso que trabajar les puede ayudar en su vida.


Los primeros trabajadores compartían el claustro del Carme con los bomberos de Olot.

Se vuelve a producir un silencio extraño. El alcalde observa a ambos visitantes y a continuación revisa la agenda, con la esperanza de encontrar alguna pista que le ayude a entender qué le están contando. Una empresa de no se sabe qué, dirigida por un tal Cristóbal

Colón, psicólogo por añadidura, y que quiere contratar como trabajadores a personas con enfermedades mentales... ¿Un psicólogo poniendo en marcha una empresa? ¿Con el respaldo de un psiquiátrico?

Hasta el momento, todos los empresarios que han llamado a la puerta del alcalde para hablarle de un nuevo negocio en la comarca tenían un proyecto por desarrollar, y la mayoría disponía también de dinero para invertir. A los emprendedores que le visitan lo único que suele faltarles es encontrar a los mejores profesionales para llevar adelante su proyecto de negocio. En cambio, estos dos hombres que ahora están sentados en el despacho del alcalde pretenden seguir el proceso inverso: quieren contratar a las personas que ningún empresario acepta, no cuentan ni con un céntimo para pagarles y ni siquiera tienen un proyecto empresarial claro. Es la presencia del doctor Torrell lo que hace dudar al alcalde. De no ser por él, creería que es víctima de una broma pesada de las de cámara oculta.

Ambos visitantes esperan con impaciencia la reacción del alcalde. Pero Joan Sala necesita pensarlo. Se trata de la primera noticia que el Ayuntamiento de Olot tiene de la futura cooperativa La Fageda, y el proyecto no parece demasiado prometedor. Aun así, les hace algunas preguntas. El hombre que en lo físico es una mezcla de filósofo clásico y genio despistado y se hace llamar Cristóbal Colón responde con seriedad. Las respuestas que oye el alcalde, aunque no sean música celestial, le despiertan un interés inconcreto, pero al fin y al cabo interés. Se convence de que debe ayudar a esos dos hombres, aunque sea de manera simbólica, y decide cederles una sala grande del antiguo Convento del Carme de Olot, anteponiéndolos a una decena de asociaciones olotenses que solicitan ese espacio. No es mucho: cuatro paredes con teléfono y luz en el centro de la ciudad, pero para Cristóbal, que ha llegado a la Garrotxa con el bagaje de un propósito, unos ahorros más bien exiguos y un Doscaballos, estas cuatro paredes son una maravilla.


Llegada de la primera furgoneta con trabajo para la cooperativa a los talleres del claustro del Carme.

Años más tarde, recordando este episodio, el ex alcalde Joan Sala le diría a Cristóbal Colón: “Pudiste llevar adelante el proyecto porque no habías estudiado económicas. Si en ese momento hubieras conocido aunque sólo fuera un poco el mundo de la empresa y los negocios, ni lo habrías intentado, porque, objetivamente, el proyecto era de locos. Sí, estoy seguro: lo pudisteis hacer porque no sabíais que era imposible”.

No, no lo sabían. Ni él, ni su mujer, Carme Jordà, pedagoga y cofundora de la cooperativa. No sabían tampoco todo lo que les quedaba por sufrir y disfrutar al frente de una empresa con alma, como ellos definen la cooperativa La Fageda. Ni se imaginaban que les costaría tanto convencer a algunos familiares de las personas con enfermedades mentales de que sus hijos, hermanos o padres podían y sabían trabajar. Ni sospechaban que la necesidad les llevaría a especializarse en el negocio de los viveros forestales y que Cristóbal y dos personas más de la cooperativa terminarían por pronunciar una conferencia en el Colegio de Ingenieros Forestales de Madrid para presentar un nuevo envase de plantón diseñado por ellos. Ni creían que en la década de los ochenta salir a la calle a tomar el fresco con un grupo de personas diferentes pudiera causar tanto desconcierto entre los ciudadanos de Olot. Ni podían prever que el nombre elegido para la empresa, La Fageda, sería premonitorio —como tantas cosas en esta historia— y años más tarde conseguirían instalar la sede de la cooperativa en el centro de la Fageda d’en Jordà, el hayedo que cantara el poeta Joan Maragall. Ni se veían estudiando en una escuela de negocios. Ni habrían creído jamás de los jamases que acabarían montando una fábrica de yogures y que pasarían en ella largas noches colocándolos en palés a fin de que el único camión que tenían pudiera salir con puntualidad. Ni podían adivinar que, haciendo de la necesidad virtud, crearían el primer Centro Especial de Empleo de España que acogería con éxito en un mismo espacio a personas con enfermedad mental y con discapacidad psíquica. Ni se habrían creído que un día tendrían un “pequeño” problema protocolario por utilizar sin autorización la imagen de Jordi Pujol, president de la Generalitat, para comunicar a sus clientes que el por entonces presidente había inaugurado unas nuevas instalaciones de la cooperativa. Ni soñaban que en 2012 celebrarían el trigésimo aniversario de la escena en el despacho del alcalde de Olot ocupando el tercer lugar en el ranking de ventas de yogures en Catalunya y ofreciendo trabajo remunerado e ilusión a más de doscientas personas.


La fuente de Sant Roc, paraje emblemático de la ciudad que los primeros trabajadores de La Fageda ayudaron a recuperar.

Bueno, soñar, soñaban. De hecho, según Cristóbal Colón, “Soñar ha sido la condición indispensable para hacer lo que hemos hecho”.

El manicomio-almacén de enfermos

El 9 de febrero de 1974 el nombre de Salt salta a los titulares de los principales diarios de España. Un día antes, un grupo de médicos del psiquiátrico de este pueblo gerundense, encabezados por el doctor Víctor Aparicio Basauri, ha denunciado el trato humillante que se da a las personas ingresadas en el hospital de Salt, con unas declaraciones que conmueven incluso a los sectores sociales más inmovilistas. La denuncia pública se hace, primero, en el marco de un coloquio sobre la situación de los hospitales psiquiátricos en Catalunya, organizado por el Colegio de Aparejadores de Barcelona y, al cabo de unos días, cuando la prensa ya se ha hecho eco del evento, en un popular programa de radio de la Cadena Ser, Ustedes son formidables. El sensacionalismo con que se difunde la noticia —durante la emisión del reportaje radiofónico se llega a oír ruido de roce de cadenas para ilustrar los métodos represivos que todavía se emplean en los manicomios de la época— provoca que la sociedad descubra la situación escandalosa en que se hallan los psiquiátricos en general y el gerundense en particular.

El hospital psiquiátrico de Salt, que entró en funcionamiento en 1906 para atender a los enfermos mentales de la provincia de Girona, es en 1974 un enorme depósito donde se hacinan casi novecientas personas controladas por un contingente de 115 seglares sin calificación profesional, los denominados “mozos de manicomio”. Más de un 10% de estas novecientas personas no tiene ni una cama donde dormir y prácticamente el 100% está desasistido en todo lo relativo a atención terapéutica, por lo que sólo cabe esperar un progresivo empeoramiento de su estado mental. La terapia más generalizada, a falta de otras, consiste en psicofármacos y electroshocks. Además, el psiquiátrico, dirigido por treinta monjas dispuestas a ofrecer caridad a quien ingrese, acoge a todo tipo de personas que la sociedad rechaza o margina. No son sólo enfermos mentales, también ingresan hombres y mujeres con discapacidad psíquica, dipsómanos, indigentes, mendigos, toxicómanos...

No es la primera vez que personas de relieve público en Catalunya denuncian el nefasto funcionamiento del psiquiátrico. En 1930, una representación de diputados de Girona visitó el manicomio de Salt para planificar sobre el terreno las posibles reformas y mejoras que en él podían introducirse. A raíz de aquella visita, los miembros de la comitiva dirigieron un escrito a la Diputación en que se declaraban “dolorosamente impresionados” y exigían una serie de cambios drásticos y mejoras urgentes “considerando que los progresos de las ciencias psíquicas ponen cada día más al alcance de las instituciones benéficas los medios para obtener, en ocasiones, la curación, a menudo, la mejora, y siempre un mayor bienestar para los desdichados privados del don del entendimiento” y “considerando, vistas las pésimas condiciones en que hoy se encuentran, en el Manicomio de Salt, más que recluidos, hacinados, todos juntos, viejos y jóvenes, agudos y pacíficos, maniáticos, tranquilos y desequilibrados furiosos, que no es posible ningún tipo de mejora, sino más bien —terrible paradoja— volver incurables casos que, en otras condiciones, podrían curarse, y agravarlos todos”.

La carta reivindicativa de los diputados tuvo efectos positivos y durante unos meses pareció que podían mejorar las prácticas en el ámbito de la psiquiatría. Pero, exceptuando este paréntesis, que coincidió con los años de la Segunda República, en que se movilizaron recursos económicos para actividades de bienestar social y se impulsaron grandes proyectos que debido a la Guerra Civil quedaron inconclusos, el hospital ha funcionado desde su creación como un espacio aislado del mundo donde se puede encerrar para siempre a las personas “insanas” que no se comportan según las pautas establecidas. Así se llega a 1974, cuando son los profesionales del centro los que denuncian la situación humanamente inadmisible en que viven los ingresados. Las declaraciones del doctor Víctor Aparicio en el popular programa radiofónico, una noche de 1974, estremecen a la población. El programa presentado por Alberto Oliveras, líder de audiencia nocturna durante años, cada semana sacaba a la luz pública casos de personas desamparadas a fin de ayudarlas con acciones solidarias o bien para suscitar una reacción del gobierno franquista. Un ejemplo: en 1965 el programa dedicaba uno de sus bloques a pedir ayuda para que un desconocido misionero jesuita llamado Vicent Ferrer pudiera seguir cavando pozos en áreas semidesérticas del sur de la India, como había hecho durante los últimos ocho años. Desde luego, el caso del psiquiátrico de Salt que relataban los diarios en 1974 encajaba a la perfección con la lógica del programa y los productores no escatimaron recursos para mostrar a la población la situación indigna en que se hacía vivir a los ingresados.

En ese momento, el psiquiatra Josep Torrell era médico residente del hospital de Salt. En 1984, en el décimo aniversario del conflicto de Salt, recordaba la situación del psiquiátrico en declaraciones a la revista gerundense Presència: “Salt no era un caso excepcional. Era sólo una muestra de cómo funcionaba la psiquiatría en todo el Estado. Había una concepción del hospital como manicomio-almacén de enfermos. Faltaba personal en todas partes y no se atendía a los enfermos como era debido. No había psicólogos, ni asistentes sociales, ni médicos internistas... En Salt, concretamente, sólo había un director de centro y cuatro médicos de guardia por casi novecientos enfermos. Con estas condiciones, se imponía un tratamiento de reclusión, entendido como el único medio posible de tener a los ingresados “controlados” y que se manifestaba en deficientes condiciones higiénicas, prohibiciones diversas, control de la correspondencia, encierro en celdas de aislamiento, maltratos... A todo ello se añadía que estos manicomios estaban regidos básicamente por personal religioso, acostumbrado a un trato con los enfermos más propio de los establecimientos del siglo pasado que de las modernas tendencias psiquiátricas del momento”.


El entorno natural resulta una auténtica terapia.

En los años setenta, la psiquiatría no forma parte de la estructura sanitaria del país. Es decir, no existe una práctica psiquiátrica establecida. En el mejor de los casos, quien se lo puede permitir visita a uno de los escasos psiquiatras privados que trabajan en el país, pero la mayor parte de la población que necesita atención psiquiátrica no la recibe. Cuando alguien entra en proceso de enfermedad mental, y carece de medios para acceder a la psiquiatría privada, puede aspirar a dos situaciones: o lo encierran en el manicomio, que es un espacio de contención, no un centro terapéutico, o lo esconden en la casa familiar. Resumiendo, la atención psiquiátrica no existe, pero los enfermos mentales sí.

Desde principios de los años setenta se han alzado diversas voces autorizadas que critican con contundencia la situación de la asistencia psiquiátrica: faltan recursos y coordinación, y las condiciones de vida en los hospitales psiquiátricos son muy deficientes y atentan contra la dignidad humana de los ingresados con el uso de elementos de castigo como cadenas, correas y grilletes.

Son los últimos años de la dictadura franquista, así que la situación estalla en un contexto de efervescencia política, de sensibilización y de contestación frente a todo lo que no funciona. Es el momento de exigir cambios sociales y políticos que mejoren las condiciones de lo que hasta ahora se ha aceptado más o menos resignadamente. Y en este contexto los manicomios de España se convierten en uno de los símbolos más flagrantes de la oscura realidad de una época.

Es entonces cuando surge un movimiento clandestino en el seno de la psiquiatría institucional que defiende nuevas formas de atención: la Coordinadora Psiquiátrica. Constituido por jóvenes profesionales que han vivido los procesos contestatarios de los años sesenta, el movimiento mantiene estrechas relaciones con grupos críticos de la psiquiatría europea. Su discurso, muy influido por el marxismo, critica sobre todo la negación de derechos humanos que sufren las personas con enfermedades mentales.

La Coordinadora consigue que un grupo de profesionales asuma la reivindicación de la necesidad de cambio. A partir de 1972 se suceden diversos conflictos en hospitales psiquiátricos de todo el Estado. Las crisis protagonizadas por el personal del psiquiátrico de Oviedo y el del Instituto Mental de la Santa Creu, en Barcelona, pasan más o menos desapercibidas para la mayoría de la población, pero no para los profesionales de la asistencia psiquiátrica. En cambio, en 1972 el conflicto de Conxo, el centro psiquiátrico de Santiago de Compostela, desvela el problema a la sociedad y prepara el terreno para la crisis de Salt.

Los conflictos que se desencadenan en estos hospitales coinciden con la puesta en marcha del III Plan de Desarrollo franquista, que abarca desde 1972 a 1975. El plan establece como objetivos médicos la “promoción de la asistencia sanitaria de la población del medio rural”, así como la potenciación y el desarrollo de los hospitales. Además, deja constancia del estado calamitoso de la asistencia psiquiátrica. El Panap (Patronato Nacional de Asistencia Psiquiátrica) prevé, dentro de este plan, un aumento del número de camas en todos los psiquiátricos del Estado y un incremento en la inversión destinada a personal.

En el psiquiátrico gallego de Conxo, un grupo de profesionales dirigido por el doctor Montoya se aferra a estas declaraciones de buenas intenciones del Plan de Desarrollo e inicia en 1972 una reforma de la asistencia psiquiátrica en el centro, que pasa por establecer lazos con otras instituciones sanitarias de Orense, a fin de crear una especie de red psiquiátrica provincial. Estos intentos serán frustrados en 1975, cuando la “revolución” de Conxo termine con el despido masivo del personal del centro. Pocos meses antes, la intervención del doctor Víctor Aparicio en el programa radiofónico de la Cadena Ser ha situado el psiquiátrico de Salt en el mapa del horror de la asistencia psiquiátrica en el Estado y, seguramente, el éxito de este programa ha evitado que los protagonistas del conflicto de Salt corrieran la misma suerte que los profesionales de Conxo: en un primer momento, la Diputación de Girona pidió el despido fulminante de todos los trabajadores implicados, pero se retractó.

De los conflictos psiquiátricos de la época, el de Salt es el más conocido y el de consecuencias más inmediatas. A raíz de la denuncia de las condiciones anacrónicas en este hospital se inicia una reforma psiquiátrica que en las comarcas gerundenses se refleja en el llamado proceso de sectorización, es decir, la implantación de una infraestructura asistencial psiquiátrica distribuida por las comarcas y basada en un régimen abierto de visitas al enfermo. Lo primero que se persigue es detener el flujo de pacientes que llegan semanalmente al psiquiátrico de Salt desde toda la geografía gerundense. Esto implica la apertura de ambulatorios extrahospitalarios en las ciudades que respalden al psiquiátrico provincial y aborden la enfermedad mental desde la terapia, el respeto y la especialización. Los tres primeros centros se abren en Palamós, Figueres y Olot. Con estos ambulatorios se trata de acercar al máximo al equipo de facultativos y trabajadores de la salud al enfermo, para que una actuación rápida y adecuada in situ evite la necesidad de internar a personas que sólo sufren una crisis. El proceso de sectorización se pone en marcha. Es un plan innovador en el Estado español, a la estela de algunos ejemplos europeos, como el de Francia, el primer país que impulsa un plan de sectorización similar. Lo hace a partir de las ideas elaboradas en 1934 en Catalunya por psiquiatras como Francesc Tosquelles, exiliado en Francia después de la Guerra Civil española. Tosquelles, nacido en Reus a principio el siglo XX, ejerció como psiquiatra en el ejército republicano. Durante su juventud se había alimentado de las teorías del profesor Emili Mira, en el Institut Pere Mata, y de las corrientes culturales anarquizantes que circulaban en la Catalunya de los años veinte y treinta. Las experiencias que vivió en la guerra y el paso por un campo de concentración en territorio francés consolidaron sus teorías, que puso en práctica en Francia. Tosquelles contribuyó a dibujar el mapa de la sectorización en este país y fue pionero en la defensa de la terapia institucional, según la cual la vida en los psiquiátricos debe basarse, entre otras cosas, en la participación de los ingresados en actividades que impliquen relaciones e interacciones entre los internos y de éstos con el equipo terapéutico.

Pero volvamos al año 1974. El proceso de sectorización en Girona implica la contratación de más personal médico. No sólo para cubrir las plazas de los nuevos dispensarios que van a abrirse en las comarcas gerundenses, sino también para mejorar las condiciones de vida de las novecientas personas ingresadas en Salt y para cambiar la cultura de trabajo y el tipo de atención al enfermo que reinan en el psiquiátrico. Se contrata a psiquiatras, trabajadores sociales y psicólogos y se inicia un proceso de reforma. Es en el contexto de estos movimientos cuando Cristóbal Colón se incorpora al equipo de profesionales de Salt como auxiliar psiquiátrico. De hecho, es el primer auxiliar que entra a trabajar en esta institución y comparte categoría profesional con más de un centenar de mozos de manicomio que ya hay en ella. En teoría realizan el mismo trabajo, con idénticas responsabilidades, pero lo hacen con concepciones diametralmente opuestas. Esto genera tensiones similares a las que se producen en el área de dirección entre el equipo de gestión anterior y los profesionales de la atención psiquiátrica recién llegados. El equipo formado por nuevos psiquiatras, psicólogos y el auxiliar psiquiátrico trata de minimizar el problema y cooperar para llevar adelante la reforma. Colón pertenece a este grupo, pero pasa la jornada laboral fuera de él, unos peldaños más abajo en el escalafón jerárquico profesional. Sus compañeros, los demás mozos, no le ven con buenos ojos y lo mandan al punto más atroz del psiquiátrico: la enfermería, donde los ingresados pasan buena parte del día atados, donde se ven las crisis más violentas.

“¿Por qué tratarlos como objetos? ¿Por qué tenerlos en una habitación y dejar que las horas, los días y los años se apoderen de su piel sin darles una oportunidad? ¿Qué estamos haciendo con estas personas?”, se pregunta en sus escritos el joven auxiliar psiquiátrico Colón. Y prosigue la reflexión: “Los ves pasear arriba y abajo por el patio. Son cuerpos vivos que han perdido el alma. En este lugar [Salt], cerca de un millar de personas pasan sus días sin intimidad ni sensación de individualidad. Les han hecho perder la dignidad. Es una imagen parecida a la que hemos visto en las películas de los campos de concentración”.

Cristóbal no tardará en comprender que ha de salir de la enfermería del psiquiátrico, donde muy poco puede aportar a la reforma de la atención en la que cree. Los nuevos profesionales del hospital de Salt, entre los que se encuentran Josep Torrell y el psicólogo Josep Mateu, se trasladan una o dos veces por semana a las poblaciones con dispensarios para atender a los pacientes. Pero Cristóbal pasa el día en la zona más dura del hospital y cada vez se le hace más cuesta arriba, así que convence al nuevo equipo técnico para organizar unos talleres de laborterapia, es decir, de realización de terapia mediante el trabajo, actividad que ya ha puesto en marcha en Zaragoza y Martorell. El hospital alberga a novecientos ingresados que, en el mejor de los casos, se pasan los siete días de la semana paseando por el patio del manicomio. Es el momento de movilizarlos, de inventar actividades que puedan realizar y que den sentido a sus existencias. Se aprueba la idea y Josep Mateu y Cristóbal Colón la aplican de inmediato. Estos talleres iniciados en el psiquiátrico de Salt son el embrión de una nueva concepción que se va gestando en la mente de Cristóbal: la posibilidad de construir una empresa de verdad que resuelva problemas de verdad.

El dispensario del sector de la Garrotxa empieza a recibir visitas en marzo de 1975. Las visitas se atienden en el hospital comarcal de Sant Jaume, es decir, en el centro hospitalario que da cobertura a todos los pueblos de la Garrotxa. En poco tiempo, al dispensario se añaden los servicios terapéuticos de un club de ocio, situado en la calle San Rafael, y pronto se plantea abrir un centro de día. Josep Mateu, que se desplaza semanalmente desde Salt al dispensario de Olot, es uno de los impulsores de los talleres del club de ocio. Ve muy claro y sostiene que trabaja con personas como las demás. “Si pensamos que la persona humana es el resultado de una evolución afectiva a lo largo de su vida y que los problemas de salud mental se han de situar en fases de esta evolución que no han terminado de completarse, de algún modo todos, dentro de esta evolución, tenemos algo de anormal. La línea de la normalidad es muy relativa, porque las circunstancias ambientales son decisivas. Si se vive en una época difícil, desfavorable, el índice de enfermedades mentales aumenta porque cuesta más integrarse”, explica Josep Mateu en una entrevista publicada en la revista Presència.


Entrada a La Fageda.

En el club social de Mateu, que funciona un par de veces por semana, se trabajan diversas actividades relacionales —excursiones, lectura de diarios, juegos colectivos...—, es decir, actividades que combatan la marginación de estas personas y que las ayuden a sentirse integradas primero en un grupo y después en la sociedad. Poco a poco va aflorando la posibilidad de copiar también algunas de las actividades que ya se están llevando a cabo en el taller de laborterapia de Salt, más vinculadas al aspecto ocupacional. Con esta experiencia, los responsables del dispensario se dan cuenta de que hay enfermos que podrían realizar una tarea productiva y que ésta les beneficiaría mucho como terapia. Y eso por varios motivos relacionados con la reconstrucción de la autoestima, pero también por uno prosaico: el dinero. Vivimos en una sociedad en la que se valora el dinero. Para estas personas, ganar dinero significa, lisa y llanamente, que su trabajo tiene un valor. Pero la red de asistencia psiquiátrica carece de recursos para llevar a cabo este proyecto.

Entramos en los años ochenta con el plan de sectorización implantado en Catalunya: en Olot, por ejemplo, el psiquiatra Josep Torrell atiende a los pacientes dos días por semana y el psicólogo Josep Mateu organiza talleres con estas mismas personas. En el hospital de Salt también se empieza a notar que ha disminuido el número de ingresos y que los nuevos profesionales han implantado otro sistema de trabajo y atención a los ingresados. Por otro lado, siguen realizándose con buenos resultados los talleres de laborterapia que han puesto en marcha Josep Mateu y Cristóbal Colón. Este último ya hace unos años que ha abandonado el hospital de Salt para irse a vivir y a trabajar en centros sanitarios de Barcelona.

Todo sigue su curso hasta que un día, a finales de 1981, el doctor Torrell recibe una visita de su amigo y antiguo compañero de profesión Cristóbal Colón, que le comenta que su mujer y él están pensando en trasladarse de Barcelona a la Garrotxa, porque él cree que sería posible crear una empresa que diera trabajo a los usuarios del club social que gestiona Mateu en Olot. El proyecto también podría tener el efecto de generar empleos para los ingresados en el psiquiátrico de Salt que pudieran ser externalizados, es decir, que tuvieran autonomía para vivir fuera del hospital siempre y cuando recibieran la atención médica y asistencial necesaria. Con este proyecto, Colón aspira a llevar a la práctica la asistencia a personas con enfermedades mentales a partir de un medio productivo. Este planteamiento implica contradicciones, porque la producción es, según como se mire, la antítesis de la asistencia. Además, no tienen dinero ni un proyecto empresarial determinado. Tampoco tienen modelos que copiar en el mundo de la psiquiatría en España; como experiencias similares sólo cuentan, aparte de con el proceso que se está realizando en el hospital de Trieste, en el norte de Italia, con el trabajo con discapacitados psíquicos de las entidades agrupadas en la Coordinadora de Tallers de Catalunya. Ni saben cómo podrán efectuar la integración de estas personas en el ámbito laboral: cómo reaccionarán estos colectivos largamente marginados y cómo les recibirá el resto de la sociedad. Pero ambos amigos saben que no tienen nada que perder: si sale mal, no empeorará la situación de las personas y como mínimo habrán intentado evitar que un grupo de éstas se desgaste en un manicomio. Y disponen de un punto de partida, un nombre para la empresa: La Fageda. Cristóbal ha decidido que bautizará su proyecto empresarial con el nombre de un espacio natural que le apasiona, el lugar que ha escogido para instalarse con su familia en la Garrotxa, la Fageda d’en Jordà. En esta visita se forja una alianza fundamental para el proyecto. En adelante, el doctor Torrell se convertirá en el valedor de la iniciativa, en el hombre que dará la cara ante sus contactos de la Garrotxa para que crean en el futuro de La Fageda y respalden a su amigo.

Al cabo de unos meses tiene lugar la escena en el despacho del alcalde de Olot.

Un trabajo útil para los demás

Cristóbal Colón (el nombre indica el sentido del humor de su padre, que se confabuló con el rector del pueblo para bautizarlo así) llega al mundo de la psiquiatría desde la ideología izquierdista. Desde el inconformismo, el desacuerdo con el mundo que ha conocido. Y quizás también desde lo que el psiquiatra Jorge Barudy entiende por “resieliencia”, es decir, la necesidad de enfrentarse a la adversidad y de salir de estos enfrentamientos con nuevos recursos, latentes pero insospechados.

Nacido en el pueblo de Zuera, en el centro de los Monegros (Zaragoza), en 1949, Colón queda huérfano de padre a los trece años y se ve obligado a abandonar los estudios antes de terminar el bachillerato, con lo que él denomina “los estudios primarios típicos de un pueblo de campesinos de los años sesenta”. Aún no ha cumplido los catorce cuando la necesidad de ganarse un sueldo le obliga a trasladarse a Zaragoza para trabajar en la sastrería de un tío. Cuando llega a la ciudad, se agarra a la baranda del tranvía y hace todo el trayecto colgado del vagón para no pagar los cincuenta céntimos que cuesta el viaje. El tranvía acaba el trayecto, pero él todavía tiene que andar tres cuartos de hora antes de llegar a Torrero, el barrio suburbial y proletario donde viven sus tíos, conocido también en aquel tiempo por albergar la prisión de la ciudad.

Cristóbal entra enseguida a trabajar en el taller de sastrería y a cobrar un sueldo. Gana mil pesetas mensuales más merienda: todos los días toma una rebanada de pan con aceitunas negras. La suya es una tarea de aprendiz: barre el taller, recoge con un imán las agujas que han caído, guarda los retales de lana sobreros, enfila agujas para que el sastre maestro no pierda tiempo, hace recados, cobra facturas... En el taller, entre artesanos, adquiere el hábito de hacer las cosas bien hechas.


Cristóbal Colón

A los dieciséis años abandona el taller y entra a trabajar en la mejor sastrería de Zaragoza. Quiere aprender más. Siente curiosidad por todo cuanto sucede a su alrededor, y esta inquietud intelectual le lleva a entrar en contacto con las juventudes comunistas. Lo que ve y escucha en las reuniones políticas le convence, y en el 68, con dieciocho años, se va a París para presenciar lo que se mueve en el mayo francés. Ese mismo año asiste en Sofía, la capital búlgara, al IX Festival Mundial de la Juventud y los Estudiantes, donde unos 20.000 militantes de las juventudes comunistas de todo el mundo debaten sobre el futuro. Al regresar a Sofía, la policía le detiene y lo encierra en la cárcel de Torrero, donde permanece dos meses. Los aprovecha para leer obras de Sigmund Freud.

Cuando le llega el turno de prestar el servicio militar, con veinte años, ya tiene sastrería propia en Zaragoza. El negocio funciona y puede llevarse a Candanchú unos ahorros que le permitirán pasar una mili un tanto más soportable. Al licenciarse sabe que no volverá a trabajar como sastre, que ese oficio del que tanto ha aprendido no es para él. La inquietud por dar sentido a su vida y, especialmente, al trabajo como parte fundamental de la vida, le impulsa a buscar algo distinto. En la sastrería no halla el sentido que busca; no es lo suyo. Tiene que cambiar de trabajo. Algunos de sus compañeros del partido comunista trabajan en el psiquiátrico de Zaragoza y le hablan de la posibilidad de entrar como mozo de manicomio. Cristóbal piensa que con esta actividad podrá satisfacer su deseo de hacer significativas las horas de trabajo. El hospital, gestionado por el Panap, organiza uno de los primeros cursos para Palasí.formar auxiliares psiquiátricos con vistas a iniciar un proceso de profesionalización de este sector asistencial. Cristóbal se apunta y compagina los estudios con el trabajo en el psiquiátrico, donde impulsa un taller de laborterapia como instrumento para dignificar la vida de los enfermos mediante el trabajo.

¿Por qué esta inquietud le lleva a trabajar en un manicomio? La necesidad de ser útil a los demás gobierna su vida y le hace pensar en el misterio del ser humano, la mente. Cristóbal cree en este momento que los ideológos de la izquierda plantean una alternativa más humana, justa y razonable que la espantosa realidad del momento. El freudomarxismo se le presenta como la mejor opción para intentar mejorar el mundo. La conjunción de los planteamientos sociológicos del marxismo y de los presupuestos ideológicos del freudismo generan muchas expectativas en toda una generación de europeos. En una entrevista concedida veinticinco años más tarde, Cristóbal lo explicará así: “Del mismo modo que creíamos que las condiciones materiales podían alienar al hombre (y lo sigo creyendo) y que las represiones eran generadoras de conflictos mentales, creíamos que el progreso tenía que conducirnos necesariamente a un futuro prometedor, un futuro sin carencias materiales y en el que gozaríamos de una vida emocional equilibrada, porque no existirían elementos represores”.

En 1974, semanas después de su expulsión del psiquiátrico de Zaragoza a causa de sus filiaciones políticas, aprueba el examen de ingreso a la universidad para mayores de veinticinco años. Un compañero del partido comunista que trabaja en Barcelona le informa de que en el psiquiátrico de Martorell ha quedado libre una plaza de mozo. Cristóbal obtiene el trabajo y se queda a vivir en las instalaciones del psiquiátrico hasta que surge la oportunidad de compartir piso con un médico del centro. Cuando estalla el conflicto en Salt, Cristóbal está compaginando los estudios de psicología en la Universidad Autónoma de Barcelona con el trabajo en el hospital de Martorell. Decide que no puede perdérselo y, aunque el sueldo que le ofrecen en Salt representa la mitad del que cobra en el hospital privado de Martorell, cambia de trabajo. En Salt se dan unas circunstancias excepcionales, más propicias a la reforma que la propia institución quiere llevar a cabo, y se precisa un colectivo de profesionales para impulsarla. En Salt, Colón se implica en el movimiento que aspira a la renovación del mundo en general y de la psiquiatría en particular. Inspirado por pensadores como Gilles Deleuze, Franco Basaglia y Michel Foucault, el movimiento denuncia una realidad inhumana. En España, además, este afán de libertad se alimenta de la inminente muerte del dictador Francisco Franco.

Cristóbal se consagra al trabajo en Salt. Hace de mozo de manicomio en la enfermería, participa en los talleres de laborterapia y se pone a las órdenes del equipo de profesionales que dirige la reforma psiquiátrica en este centro para mejorar las condiciones de vida de los ingresados. Pero no tarda en sentirse decepcionado, insatisfecho. Aquello no funciona: una vez los ingresados han asimilado que pueden salir de la monotonía del patio del manicomio porque son capaces de trabajar, descubren que en el fondo eso es mentira, porque lo que hacen no es útil para nadie, no son más que manualidades para pasar el rato. Se hacen ceniceros, joyeros y demás piezas que después se acumulan en un almacén o se rompen a escondidas cuando ya no queda espacio donde guardarlos. La laborterapia tal y como se concibe en aquel momento no da sentido a la vida de los enfermos ni, por extensión, a la labor de Cristóbal, quien siempre ha pensado que “el sentido del trabajo es un trabajo con sentido”. Llega a la conclusión de que dentro del hospital no se cumple esta máxima.

En 1976, Cristóbal abandona el trabajo en Salt, decepcionado por el fracaso de la laborterapia y porque cree que la reforma del hospital tampoco funciona. Sigue interesado en el ámbito de la psiquiatría, pero necesita formarse y cambiar de aires.

Llega a Barcelona y se entera de que hay un centro en Santa Coloma de Gramenet, Aspanide, que busca a alguien para el taller de personas con discapacidades psíquicas. Se presenta a una entrevista de trabajo y consigue el puesto. En Aspanide descubre una actividad muy distinta: un nuevo tipo de atención a los discapacitados psíquicos, el estilo que promueven los profesionales de las entidades que reúne la Coordinadora de Tallers de Catalunya. Colón procede del ámbito psiquiátrico, del sector de atención al enfermo mental, y en Santa Coloma encuentra unos planteamientos radicalmente distintos de los que había experimentado en el psiquiátrico. Los profesionales de estos talleres se han formado en las escuelas de educación especial, unos centros impulsados en los años sesenta por las asociaciones de padres con hijos con discapacidades mentales. Todo ello es fruto de un movimiento encabezado por gente como J. M. Jarque, que aspira a integrar a estas personas en la sociedad.

En los años setenta, estos profesores de educación especial diseñan algunas iniciativas de gran interés para solucionar los problemas del sector. Todo parte de la pregunta que se hacen muchos de los profesionales que han dedicado años a educar a niños con discapacidades psíquicas: “¿Qué se puede hacer con un alumno de estos centros cuando llega a la edad adulta? ¿Hemos de permitir que siga con la bata de escuela haciendo dibujos en las mismas aulas que los niños de seis años?”. Estos profesionales proponen una respuesta coherente: se le ha de tratar como a un adulto. Así nacen los talleres ocupacionales para personas con discapacidad, como una evolución de los centros escolares creados por algunas asociaciones de padres. Se trata de demostrar, a partir del respeto por la dignidad de los discapacitados, que estas personas pueden trabajar, que el trabajo de verdad puede constituir una terapia útil para ellos. Tal es el punto de partida de los centros que se agrupan en la Coordinadora de Tallers. Cristóbal conecta con él enseguida y decide que colaborará en este proyecto innovador aportando su experiencia en laborterapia. Los trabajadores de Aspanide se ocupan de contar tuercas y de ponerlas en bolsas para una ferretería de la población. El trabajo no es mucho mejor que el del psiquiátrico, pero lo que le interesa a Cristóbal es que los profesionales de la Coordinadora, dirigidos por Òscar Miró, entienden que estas personas pueden trabajar y que seguramente lo necesitan para tener una vida más plena.

Colón sintoniza con la Coordinadora y sus objetivos, pero sigue sintiéndose vinculado al sector de la enfermedad mental y al psicoanálisis. Por eso abandona Aspanide y entra a trabajar en la escuela Bellaire, un centro de atención a niños autistas de orientación psicoanalítica, situado en Bellaterra, donde conocerá a su mujer, Carme Jordà.

Cuando está a punto de acabar los estudios de psicología y al cabo de tres años de formación en psicoanálisis, deja Bellaire y decide renunciar a cualquier actividad relacionada con la salud mental. También se aleja de las ideologías de izquierda. Abandona el PSUC y, en paralelo, se cuestiona profundamente las corrientes psicologistas al uso: psicoanálisis y teorías biologistas.

Sigue sin entender el mundo que le rodea, y las propuestas ideológicas de la modernidad (marxismo, existencialismo, psicoanálisis) le resultan poco convincentes. El hombre moderno, fruto de la sociedad actual, no le parece un modelo a seguir. Más bien comulga con Karl Jaspers cuando dice que el hombre moderno ha roto su relación con la realidad trascendente y ha caído en una vida superficial que le hace infeliz. “Este hombre moderno se cree enfermo porque se siente desdichado” es una frase que recuerda Cristóbal de este filósofo y psiquiatra, uno de quienes influyeron en su decisión de dar un cambio de rumbo a su vida.

Cristóbal se interesa también por las reflexiones del psiquiatra austriaco Victor Frankl y empatiza con la visión que este tiene del sentido de la vida y de cómo el vacío existencial lleva al sufrimiento del alma —“el vacío existencial es la neurosis masiva de nuestro tiempo”, escribe Frankl en su libro El hombre en busca de sentido. Además, Cristóbal se da cuenta de que el hombre moderno se deprime, convierte en patología su “mal de vivir” para eludir la responsabilidad individual frente a su destino. La gente dice que está deprimida, se siente impotente ante una realidad que la anula como individuo, y la única solución que se le ofrece son las manos expertas de los profesionales de la psique.


Comedor improvisado en el mismo espacio donde por la mañana se encontraba el taller.

Tal vez las mismas desgracias están detrás de las escandalosas cifras de suicidios y de intentos de suicidio anuales que la OMS publica en sus estudios, o de los millones de personas que se deprimen cada año en el llamado mundo rico. Los intelectuales y mucha gente de izquierdas han fallado en su diagnóstico y ni siquiera han sido capaces de reconocerlo, de admitir que se equivocaban.

Cristóbal intuye que “la modernidad y el progreso por un lado van vaciando las iglesias y por el otro van llenando los supermercados y los centros de salud mental”. Todo ello le sigue recordando las ideas de Jaspers, cuando dice que “la sociedad moderna está convirtiendo a los psiquiatras y los psicólogos en los sacerdotes de los incrédulos”.

Mientras decide cómo reorientar su vida monta un pequeño taller de carpintería en La Floresta (Barcelona). Es un artesano, sabe utilizar las manos, así que el taller de carpintería funciona lo bastante bien para mantenerlos a él y a su esposa. Carme trabaja en el centro para niños psicóticos de Bellaire. Ambos viven en La Floresta y la vida transcurre más o menos plácidamente hasta que se anuncia el próximo nacimiento de su primera hija. “El hecho de ser padre es uno de los elementos clave para la existencia de la Cooperativa La Fageda”, explicaría años más tarde. En aquel momento, en pleno ataque de responsabilidad, se obliga a pensar en su futuro laboral más deprisa de lo que tenía previsto. Sigue completamente horrorizado por el mundo que le rodea, al extremo de que la primera vez que toma en brazos a su hija recién nacida siente un hondo desasosiego. Ha de dotar su vida de sentido. Es entonces cuando toma la decisión: debe sacar partido de toda su experiencia profesional para mantener a su familia, y con el taller de carpintero no va a conseguirlo. La solución pasa por regresar al mundo de la psiquiatría, pero sin volver a las estructuras psiquiátricas formales. Por eso deberá hallar una fórmula que le permita trabajar con personas con dificultades. Esta es su vocación, y ganarse la vida sin entrar en los circuitos ya establecidos, con los que no está de acuerdo. Necesita encontrar un nuevo instrumento que le ayude a resolver el conflicto profesional que experimenta. De repente lo ve claro: el instrumento sólo puede ser la creación de un espacio externo a la propia dinámica del sistema psiquiátrico. A partir de esta reflexión, decide trabajar con personas con discapacidades psíquicas y enfermedades mentales graves, separándose de la práctica psicoterapéutica que ha marcado su carrera profesional hasta el momento.

La siguiente decisión concierne al lugar donde llevarlo a cabo. De inmediato piensa en la Garrotxa. Allí dispondrá de la ayuda de su amigo Josep Torrell, que trabaja en la comarca, y la elección será del agrado de Carme. Ella no atraviesa ninguna crisis existencial y no entiende por qué tiene que abandonar su trabajo en la escuela Bellaire; pero es de Castellfollit de la Roca, un pueblo de la Garrotxa. “¿Quieres que nuestros hijos crezcan aquí, en Barcelona, entre bosques de papelina?”, la espeta Cristóbal como argumento, y con éste y otros termina por convencerla y la familia se traslada.

Por último, visita al doctor Torrell y le describe la idea de crear un proyecto que no dependa del ámbito institucional, al tiempo que dé trabajo a personas con graves trastornos mentales de la Garrotxa, comarca que es competencia del doctor Torrell. Tiene claro que sólo se pueden crear puestos de trabajo reales en una empresa real, rehuyendo el “como si...” de la laborterapia. La experiencia de los psiquiátricos de Zaragoza, Martorell y Salt, si bien rica y estimulante, ha resultado frustrante; pero la práctica que ha adquirido en los talleres ocupacionales para discapacitados psíquicos en el ámbito de la Coordinadora le lleva a creer en la posibilidad de crear una empresa de verdad donde trabajen personas con problemas mentales. Aspira a ofrecer un puesto de trabajo real a personas discapacitadas o con problemas mentales, a que las personas de estos colectivos realicen una labor de calidad por la que perciban un sueldo y sean conscientes y responsables de la calidad de los productos que elaboren. Está convencido de que, si consigue este objetivo, podrá contribuir a dar sentido a la vida de estas personas.

En 1982 los índices de paro en España llegan al 18%, los más altos de todo el OCDE. En el sector de población de personas con discapacidades psíquicas o problemas mentales, los índices son más altos si cabe. Se acaba de aprobar la LISMI (Ley de Integración Social de Minusválidos), y entre los empresarios aún no existe la conciencia necesaria para contratar a personas con discapacitades. Para los empresarios, la calle está llena de “buenos” trabajadores en paro. Además, está la idea de que el discapacitado psíquico o la persona con trastornos mentales están muy limitados en lo que a producción se refiere. Cristóbal la matiza: “Sí, puede ser cierto, pero estas personas tienen el mismo derecho al trabajo que las otras. Además, como para todo el mundo, el trabajo puede convertirse también para ellos en una parte importante de sus vidas. Y a pesar de sus carencias pueden ser productivos”.

Para el enfermo mental, el hecho de ser excluido por el entorno laboral implica una situación de marginación social que suele potenciar desequilibrios de la personalidad. Todo ser humano emplea en su desarrollo íntegro dos canales de relación: el del entorno inmediato, la familia, donde se desarrollan las estructuras psicoafectivas, y el que establece con el resto de la comunidad, donde se formarán las capacidades psicosociales. Del desarrollo y el equilibrio que el individuo alcance en la interrelación de estos dos canales dependerá su grado de equilibrio personal y de integración en la sociedad.


Así era el taller del Carme (Olot) en el año 1982.

Resulta evidente que el trabajo es fundamental en el proceso de rehabilitación de las personas con problemas mentales y para la integración social de aquéllas que sufren discapacidades psíquicas. Por eso Cristóbal decide crear una estructura productiva que dote a estas personas de puestos de trabajo donde se puedan realizar y dejen de sentirse rechazadas por los demás.

Cristóbal no sabe aún qué va a producir la empresa, pero sí que la empresa tiene que ser productiva y competitiva. Sabe también que puede contar con Josep Torrell, quien le avalará ante políticos y empresas de la Garrotxa. El doctor siente que ha de respaldar este proyecto. Lo juzga de sumo interés, pero sabe que el país no atraviesa el mejor momento para colaborar en proyectos como éste.

La inflación en España en 1982 es galopante. Cuando en octubre se forma el primer gobierno socialista de Felipe González, los responsables de economía y finanzas encuentran unas tasas de inflación de 13,8%. El primer crédito que solicita La Fageda, por un valor de medio millón de pesetas, lleva aparejados unos intereses del 16%. En algunos momentos de estos primeros meses, incluso el propio Cristóbal se cuestiona si merece la pena continuar. A las dificultades económicas del país se suma el hecho de que hay escasa experiencia en este tipo de centros y que faltan ayudas. Pero la decisión está tomada.

En la lista de pacientes del equipo dirigido por el doctor Torrell hay catorce personas que pueden convertirse en los primeros trabajadores de La Fageda. La decisión de la cooperativa de mezclar personas con discapacidades y enfermos mentales graves no es habitual en España. En la Fageda no se experimenta, sólo se hace de la necesidad virtud; si la comarca no tiene bastantes habitantes para crear dos centros diferenciados, los profesionales atenderán a ambos grupos de personas en el mismo espacio. Además, Cristóbal tiene experiencia laboral con ambos colectivos: en los psiquiátricos ha trabajado en la atención a personas con enfermedades mentales o con discapacidad psíquica, y en el taller ocupacional de Santa Coloma, con discapacitados psíquicos. Por eso, además de las consultas pertinentes al doctor Torrell, Colón comparte desde el principio con la Coordinadora de Tallers todo el proyecto. A falta de otros, ésta es el modelo de referencia. Es la primera que ha planteado el trabajo como opción para los discapacitados psíquicos desde una perspectiva seria.

El alcalde de Olot les cede unos bajos, el comedor de una antigua escuela en el Convento del Carme. Los familiares de algunos de los catorce trabajadores ayudan a pintar el local y la directora de una escuela les cede muebles viejos. Disponen sólo de unos servicios para todos, y el comedor se ha de convertir en algunos momentos del día en vestuario de mujeres... Así empieza La Fageda, de la mano del doctor Torrell y su equipo de salud mental.

Al nacer, la Cooperativa La Fageda prevé acoger a cuarenta o cincuenta personas y cree que puede dedicarse inicialmente a trabajos manuales del ramo textil y de la imaginería religiosa, aprovechando que son dos de las grandes actividades económicas de la comarca. En esos momentos, en Catalunya hay unos sesenta talleres ocupacionales del estilo del que funcionará en la Garrotxa, la mayoría de los cuales en el área metropolitana de Barcelona. Los impulsores de La Fageda son muy conscientes de las dificultades que experimentan todos ellos.

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9788418857669
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