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EL PARALELO ETÍOPE
DIEGO OLAVARRÍA
EL PARALELO
ETÍOPE

© Diego Olavarría
© Malpaso Holdings, S. L., 2022
C/ Diputació, 327, principal 1.ª
08009 Barcelona
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ISBN: 978-84-18546-91-4
Depósito legal: B-3.270-2022
Primera edición: marzo de 2022
Maquetación: Joan Edo
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INTRODUCCIÓN
EL SIGLO DE ETIOPÍA
Casi ningún país de África –y por ende, del mundo– ha cambiado tanto en la última década como Etiopía. Cuando comencé a escribir este libro a inicios de 2012, Etiopía era el tercer país más poblado de África, lo gobernaba el dictador Meles Zenawi, apenas 1,1% de la población tenía acceso a internet y el gobierno llevaba veinte años enfrascado en un conflicto con Eritrea. Adís Abeba era una ciudad con poca infraestructura moderna, donde cochecitos soviéticos, burros y Jeeps de agencias internacionales se disputaban las avenidas de polvo, y en la que cruzar la calle implicaba arriesgar la vida.
En los diez años desde esos apuntes el país ha vivido una metamorfosis social impresionante. Aunque no he regresado para verlo con mis propios ojos, me basta leer los números y las noticias para saber que la Etiopía de hoy dista de la nación que visité. Por ejemplo: Adís Abeba se ha llenado de rascacielos y ahora tiene un tren elevado –financiado por capital chino– que le cambió el rostro a la ciudad. El país celebró elecciones democráticas en 2016, eligiendo como primer ministro a Abiy Ahmed, quien al poco tiempo firmó la paz con Eritrea. Las cifras anuncian transformaciones: el PIB per cápita prácticamente se duplicó en la última década, la población alcanzó los ciento catorce millones de habitantes (así, Etiopía superó a Egipto en población y es hoy el segundo país más habitado de África) y la tasa de penetración de internet pasó del 1,1% al 25%. En otras palabras: muchos de los monjes, guerreros y soldados que conocí hace diez años hoy seguro andan con smartphone.
Si las cosas marchan más o menos como hasta ahora, hacia 2050 Etiopía asemejará más un país del sudeste asiático –mitad ciudad, mitad campo, con cierta industria abocada a la exportación y una clase media pujante– que el país decididamente pobre y rural que me encontré hace unos años. Y dado que entonces será el octavo país más poblado de la tierra, su influencia cultural se habrá extendido a lo largo del continente y del planeta. Para entonces imagino que la música etíope se escuchará en los cafés de España –y que los comensales conocerán los nombres de los cantantes– y que habrá restaurantes sirviendo injeera en todas las ciudades grandes del mundo, no sólo en las de Europa y Norteamérica.
Por otro lado, Etiopía es un país cuya identidad está cimentada en un sustrato muy antiguo y profundo. Los viajeros que vuelven de ese país lo dicen hasta el cansancio: ir a Etiopía es trasladarse al pasado. Parte de eso tiene que ver con su cultura milenaria –más antigua que la de la mayoría de los países de Europa–, pero también tiene que ver con la atroz pobreza, que alberga formas de vida del medioevo. En las calles de Etiopía vi lazarillos guiando ciegos, a hombres fustigar con látigos a niños mendigos afuera de los templos. Es decir: vi cosas que no deberían seguir sucediendo en nuestros tiempos y que, sin embargo, suceden.
Otra cosa que ha cambiado sustancialmente desde que escribí este libro –y Etiopía tiene poco que ver aquí– está en la forma en que narramos y nos contamos los viajes. Son menos quienes buscan narrativas literarias de un país, y muchos más los que buscan el relato en las redes sociales; ahí con frecuencia consumen fotografías y videos donde la realidad se confunde con el montaje. Esa idea del viaje como una colección de «contenidos digitales», combinada con discursos bienpensantes que ven en el acto de emitir juicio sobre culturas ajenas una suerte de pecado colonial imperdonable, ha convertido la literatura de viajes en un género problemático: ¿qué pueden decirnos unos escritores –la mayoría hombres, la mayoría blancos– acerca de países que ni son los suyos? ¿Por qué nos señalan las fallas del mundo cuando podrían limitarse a tomarle foto a un atardecer o a un templo?
Ante la avalancha de los contenidos de viaje feel good –historias seudoconmovedoras, fotos de comida gourmet en sitios recónditos, supermodelos en tanga ante un paisaje– el recordatorio de que vivimos en un mundo imperfecto es, a mi juicio, más necesario que nunca. Reparar en las desigualdades y las paradojas de los sistemas globales contemporáneos es parte tan natural del viaje como lo son la curiosidad y la fascinación. En un mundo imperfecto, los viajes no pueden ser sino también una forma de adentrarse en esas imperfecciones. Las narrativas viajeras que relegan lo controversial y lo incómodo convierten el acto de viajar en algo inocuo y banal. Es decir, en una forma de la mentira. Y eso es imperdonable.
Quien se adentre en este libro hallará una serie de interrogantes y malestares que me pareció pertinente compartir. Recorrerá un país que, a pesar de los avances de la última década, sigue padeciendo males inimaginables. Recordémoslo: en medio de las transformaciones que sacuden a Etiopía, hay otras que inspiran pesimismo. La represión contra las minorías étnicas ha sido noticia constante desde 2016. Y en 2021, militares del norte de Etiopía amagaron con derrocar al primer ministro. Este conflicto, que ocurre al día de hoy, podría desembocar en guerra civil, aún no lo sabemos.
A pesar de esto, Etiopía es uno de los países más fascinantes que existen. Y si algo quise transmitir en este libro es eso: que Etiopía es un país que merece nuestro interés. ¿Es un país difícil, que pone a prueba nuestro entendimiento del mundo y hasta nuestra moral? Sin duda, si no lo fuera, ¿para qué escribir sobre él?
FANTASMAS DE ADÍS ABEBA
LA CAPITAL
Aterrizo en Adís Abeba a las cuatro de la mañana, el primer día del año 2012. En ninguna parte hay evidencias de festejos ni de cohetes. La ciudad está sórdidamente vacía, tenebrosa. En el aeropuerto acampan cuerpos envueltos en mantas de algodón. ¿Refugiados? ¿Inmigrantes que esperan vuelos a otros lugares? ¿Gente sin hogar que duerme en el aeropuerto para no hacerlo en la calle? No lo sé, y tampoco los despierto para preguntarles.
Viajar es cambiar de tiempo. Una actividad que exige acostumbrarse a un horario diferente: jet lag, desfase de los ritmos fisiológicos. Pero en Etiopía el desajuste es más extremo. Gracias a un antiguo pleito religioso, los etíopes nunca mudaron al calendario gregoriano. Contrario al resto del mundo, nunca acataron la orden de un papa que en su momento exigió modificar todos los relojes del mundo. Escribo esto, ya lo dije, el primero de enero de 2012, pero aquí corre algún mes de 2004. El año 2005 no llegará aquí hasta el 11 de septiembre de 2012.
En el aeropuerto de Bole. Muchas no son maletas, sino carcazas con ayuda humanitaria. Hay una mujer de Texas, se llama Anne. Treinta y tantos, suéter rojo, pelo oscuro, piel lechosa. Me dice que viene de una congregación cristiana, que juntaron medicamentos y los donarán a un hospital en Gondar, en el norte. Es la primera vez que sale de Estados Unidos y está emocionada.
–¿Ni México conoces?
–No. Demasiado peligroso.
Etiopía es muchos «únicos». El único país africano cristiano desde siempre: el Imperio se convirtió a esta religión en el siglo IV, antes que Roma incluso. El único país africano gobernado durante siglos por un rey. El único país subsahariano –negro– que tuvo civilizaciones antiguas: mientras que el resto de África atrae visitantes por sus animales salvajes y paisajes, y no por sus obras humanas, Etiopía lo hace por sus antiguos palacios, antiguas iglesias, antiguas tumbas. África es un continente en buena medida tórrido, pero la Etiopía histórica está en el altiplano, en las tierras frescas. Etiopía también fue, además de Liberia, el único que evitó caer en las garras del colonialismo europeo: en 1896 su ejército le propinó una paliza al italiano en la batalla de Adwa. Los europeos regresaron a casa con las colas entre las patas, y no volvieron a intentar invadir por treinta y cinco años. Y aunque entre 1935 y 1941 ocuparon el país, no les alcanzó el tiempo para imponer su lengua: en Etiopía se habla y se escribe en amhárico –la lengua imperial etíope–, y esa, y no el árabe ni el francés ni el inglés ni el portugués ni el afrikáans, es la lengua franca de todos los etíopes.
También: los etíopes son visiblemente distintos al resto de los subsaharianos. Las facciones cinceladas, huesos largos, piel que fluctúa entre el café muy cortado y el tamarindo, cabelleras que van del alambre al lacio más sedoso, revelan ascendencias mixtas. Un estudio genómico reciente mostró que los etíopes y sus vecinos somalíes comparten más material genético con poblaciones del Levante –Líbano, Palestina, Israel– que otros pueblos del África negra.
Vista desde el cielo, Adís Abeba (la gente le dice Adís) es una cuadrícula de casas de hojalata, islotes de árboles, cementerios muy grandes, montañas amarillas, planicies de polvo que en unos años serán también casas de hojalata porque la economía crece al 10% y esa historia ya nos la sabemos. Se ven iglesias con cúpulas redondas, algunos edificios posmodernos –unos incluso muy de acero y vidrio– y autos. Más vegetación de la que esperaría, un verdor que solo tenían las ciudades en el pasado, antes del pavimento, y que solo tendrán en unos años las ciudades ricas, las que puedan pagarse azoteas verdes.
Los coches marca Lada que la Unión Soviética exportó a sus países aliados en los ochenta aquí siguen de taxis, desvencijados, azul pitufo. Mucho Jeep, mucho minibús hecho en China. Una proporción muy alta de los autos en las calles tienen placas diplomáticas. Es decir: la minoría extranjera es dueña de una parte importante de autos. Entre los etíopes, solo los muy ricos tienen carros porque Etiopía es un país de caminantes, de gente que camina y camina y camina tanto que de pronto un día, miren, ese ganó el maratón.
Adís es una sensación familiar, a pesar de que nunca he estado en una capital africana. Quizá es la menos africana de las capitales del continente. Está a 2.400 metros de altura, en el corazón del altiplano. El aire es fresco, la altura produce una ligera y familiar falta de oxígeno que me hace sentir en casa, en México D.F.; es el mismo clima que el de esa ciudad: seis meses de lluvia y seis de sol. Nunca muy caliente y nunca muy frío. «Eterna primavera», le habría llamado un español del siglo XV. Etiopía tiene una población de ochenta y cinco millones de habitantes. Adís, la capital y ciudad más poblada, tiene tres millones: es pequeña. Desde 2008, poco más de la mitad de las personas del mundo vive en ciudades; en Etiopía, 81% de las personas aún vive en el campo. Es uno de los países más rurales que existen. Etiopía es, también, un país relativamente grande: un millón de kilómetros cuadrados, la mitad de México. Es decir: aquí aún hay tierras, más o menos, para los campesinos. Las ciudades son el producto más nuevo de un reino antiguo donde nunca hicieron falta.
Adís Abeba significa «Flor Nueva» en amhárico, y es una ciudad, sí, muy nueva. Se fundó en 1889, cuando el emperador Menelik II decidió que había que fijar una capital y establecer un gobierno moderno para Abisinia, el viejo nombre de Etiopía. Los reyes anteriores llevaban siglos en el nomadismo: iban por el país cobrando tributo en las zonas donde las cosechas habían sido abundantes e ignorando a las hambrientas. Menelik escogió Adís por su clima suave, sus bosques adyacentes y sus aguas termales (hoy ya no brotan, pero en los cincuenta abastecieron la piscina del hotel Hilton). Menelik mandó construir su palacio en el cerro de Entoto, un poco lejos de lo que ahora es el centro. Ese palacio y algunas chozas circundantes fueron la original Adís Abeba.
Hoy la ciudad se alejó de las montañas. Está abajo, en un valle. La mayoría de sus habitantes son muy pobres (en el mundo hay ciento noventa y tres países; solo unos quince son más pobres que Etiopía). Salvo por los barrios de los extranjeros y ricos, Adís es una ciudad miserable. Violencia política, enfermedades, malestar social, contaminación, marginalidad, hambre. La Flor Nueva evoca el perfume y la belleza, pero nada más falso: Adís con frecuencia es fea y huele a caño, a orines cocinados por el sol; la espesa contaminación que escupen los autos viejos impregna la saliva. La flor evoca tersos pétalos, pero Adís es dura. Una ciudad golpeada por décadas de violencia extrema, de masacres.
Si Adís Abeba fue en algún momento famosa, lo fue porque durante los años cuarenta y cincuenta las buenas conciencias del mundo tenían en alta estima a Haile Selassie, el último emperador de Etiopía. Los progresistas de Occidente lo admiraban por haberse resistido al colonialismo; dentro de África era un símbolo de esperanza para los movimientos de independencia. Los rastafaris de Jamaica lo consideraban reencarnación de Cristo.
En esos años, Etiopía se convirtió en el León de África; en el repositorio de las añoranzas de una generación idealista deseosa de una África unida y libre.
Un día eso cambió. Los papeles cambiaron. Cuando empezaron a salir las fotos de los hambrientos en los periódicos, cuando los etíopes se enteraron de que su emperador no permitía la entrada de ayuda humanitaria porque exigía una parte de las dádivas a cambio, cuando los mismos estudiantes que Selassie becó para que estudiaran en Europa volvieron a casa más iluminados de lo deseable, decididos a derrocarlo. Y lo hicieron.
Pero incluso la caída de Selassie trajo tiempos de optimismo. Las izquierdas del mundo estaban convencidas de que el nuevo socialismo etíope lideraría al continente en su época de gloria socialista poscolonial. Sería la antorcha que iluminaría el África independiente.
Adís se llenó de inversiones, de dinero, de edificios. De las instituciones de la nueva África. El optimismo duró un par de décadas. Luego todo se vino abajo.
La niña de los ojos de África, la capital de los palacios, de los jóvenes idealistas y democráticos. La ciudad más importante del reino más viejo del mundo, del país con la iglesia cristiana más antigua del continente, de una nación que inventó su propio alfabeto en tiempos en los que el resto del continente no había inventado ni el tambor. Adís tendría que ser más de lo que es ahora. Más que esta promesa rota, más que esta colección de fantasmas.
PIAZZA
A primera vista, Piazza es un barrio dilapidado y paupérrimo. Los edificios en ruinas, los niños polvorientos que venden chicles en las banquetas y las zanjas abandonadas, llenas de lodo, hacen pensar en un sitio muy en los márgenes, tal vez el equivalente etíope de los apocalípticos paraderos de Cuatro Caminos o Pantitlán en la Ciudad de México. Pero no. Piazza es el centro geográfico de Adís, el lugar desde donde la ciudad creció. No tuve que consultar una guía: me bastó fijarme en la sobresaliente cantidad de blancos que caminaban solos por la calle –turistas, funcionarios de oenegés, diplomáticos– para deducir que no me había metido en algún sitio muy inhóspito. Luego vendrían otras pistas: si uno ve pavimento o banquetas en Adís –aunque tengan hoyos y grietas–, eso garantiza que el visitante pisa una parte inusualmente próspera de la ciudad.
Piazza se llama así por los italianos que la diseñaron –el ejército de Mussolini ocupó la ciudad de 1936 a 1941–. Pero si los arquitectos de la ocupación alguna vez construyeron una explanada con fuentes, árboles y vendedores de gelatto, eso ya desapareció. En su lugar hay camellones de fango, calles repletas de minibuses chinos. Hay bardas mal erigidas, tierra desgranada y piedras cubiertas de polvo. Tal vez lo más italiano sea un viejo cine art déco que proyecta películas nacionales. «Es bonito, pero los asientos tienen pulgas», me advierte una etíope.
Piazza es una intersección de calles. Un lugar donde los etíopes que van de un lugar a otro cambian de bus, donde los turistas que no tienen dinero para quedarse en un hotel mejor se encuentran por primera vez con esta ciudad de pesadilla. Es el lugar donde me hospedo.
ITEGUE TAITU
Es probable que hace un siglo el Taitu fuera un hotel elegante. Me lo dicen los candelabros polvorientos, la escalera con balaustrada de madera, las sillas de época. Me lo dice el pianista etíope de frac que toca melodías para los turistas de chancleta. Me lo dicen las meseras –displicentes e ineficientes como pocas: ni con propinas extraordinarias es posible granjearse sus simpatías– que visten trajes rojos y almidonados, de azafata setentera. Me lo dicen los porteros estoicos de uniforme anaranjado, el crujiente piso de madera. Este hotel abrió en 1907, fue el primero de la ciudad. Se llama Itegue Taitu por una emperatriz, la esposa del emperador Menelik II, que lo administró durante años.
Hoy el Taitu cuesta cinco dólares la noche por persona, y es un lugar de mochileros desgarbados, de trabajadores chinos que esperan trasladarse a algún proyecto, de viejos turistas sexuales que llevan etíopes jovencitas a sus recámaras: viajan aquí para que les alcance para algo que en casa nunca les alcanzaría: buenos restaurantes todos los días, ocio todos los días, una mujer hermosa todos los días.
Afuera del Taitu hay porteros que, además de escudriñar a quienes entran, le hacen revisión antiexplosivos a cada maleta que cruza las rejas. El Taitu es un hotel del Estado y por ello podría ser blanco de terroristas, me explican. A los occidentales se les revisa con flojera; a los etíopes, en cambio, les hacen quitarse hasta los zapatos.
El Taitu es una estructura de madera blanca, con columnas oscuras y techos verdes. Medio gujarat, medio otomana, medio africana: un estilo excéntrico al que no logro ponerle el dedo hasta que me entero de que es obra de Minas Kherbekian, el mayor arquitecto armenio del siglo XX etíope. Sincretismos improbables de un país que resistió las colonizaciones: durante años los armenios fueron la mayor comunidad de extranjeros en el país. Llegaron huyendo del genocidio otomano y se convirtieron en capataces, arquitectos, banqueros. Construyeron los palacios y los primeros edificios de la ciudad. Esas casas –la madera hinchada, despedazada– siguen existiendo en los alrededores de Piazza. Se les podría confundir con basura. Pero son casas que no existen en ninguna otra parte del mundo, testimonios de un encuentro improbable de culturas.
No tardan en ser demolidas.
HILTON
El mundo a veces puede ser esto. Que parezca mentira es secundario. Hace unos minutos esquivaba estafadores cerca de Piazza. Hace unos minutos era objeto de los alaridos de una pareja de policías federales (No photo! No photo!) que me impidieron captar en mi cámara el letrero del edificio de la ONU. Hace unos minutos caminaba por la Plaza Meskel, frente a una avenida de dieciséis carriles tenebrosamente vacía, una obra más propia de Pionyang que de África. Hace unos minutos me soplaba en la cara el aire polvoriento de Adís Abeba, un aire lleno de tierra y basura, un aire sucio, como de obra negra. O más bien: de edificio abandonado. Porque así se siente Adís: como una obra inconclusa, como un proyecto del gobierno al que se le acabó el financiamiento. Las plazas son de la época de Selassie y Mengistu, los edificios de organizaciones internacionales (el Banco de Desarrollo Africano, las oficinas de la ONU) tienen grandes letreros art déco oxidados, los lampiones tienen los focos rotos, los anuncios metálicos (desde Meskel se alcanza a ver un enorme símbolo blanco de Mercedes Benz) presumen negocios que hace mucho desaparecieron.
Pienso: todos estos íconos están tan dilapidados como los ideales que representan: un desarrollo africano justo e incluyente, ajeno a colonialismos e injerencias extranjeras. Es imposible negarlo: la gran promesa etíope –la de un país progresista que lideraría al resto del continente en su marcha hacia un mejor futuro, la de una capital moderna y próspera– se hundió con un emperador más corrupto que López Portillo, dos guerras e innumerables alzamientos. Se disolvió de la misma forma tétrica en que lo hacen las fumarolas de pólvora después de que el ejército masacra un disturbio. Adís es, de cierto modo, el esqueleto de esa promesa, de ese anhelo. Una flor que se marchitó antes de florecer.
Entre los símbolos de esa gran capital Africana hay algunos intentos de modernidad. Quizá éste, el hotel Hilton, sea uno de los más prominentes. Confieso: no sé exactamente qué hago aquí. No me hago ilusiones: ésta no es la casta de viajero a la que pertenezco, y tampoco quisiera que así fuera. Nunca he pagado de mi bolsa por dormir en un establecimiento de este tipo, y no pienso empezar hoy. Pero vine aquí, al restaurante de la alberca del Hilton, porque estaba cansado. Porque a veces uno se cansa. Creo que Baricco lo escribió en la primera página de Seda: África cansa. Cansa más que América Latina porque aquí no entiendes, porque aquí tu piel es de otro color. Cansa más porque tu estómago no está acostumbrado a las bacterias endémicas. Y a veces necesitas el respiro de previsibilidad occidental que solo puede brindarte una cadena hotelera.
Hace unos momentos estaba en las mugrosas calles cuidándome de carteristas, y ahora, tras cruzar una reja y una máquina de rayos equis, esto: albercas y jardines. Expatriados y diplomáticos. Gente de oenegés con buenos presupuestos y gente ONU. Blancos casi todos. Business travelers que cargan club sándwiches a sus viáticos. Etíopes de clase alta con iPads y lentes Ray-Ban: más que sus jugos que valen lo de tres días de salario local, son los ademanes insolentes y sus gritos arrogantes las formas predilectas que tienen de afirmar su posición social. Desde aquí, me gustaría decir que Adís parece una mentira. Pero es lo contrario: el que se siente como un impostor es uno. O tal vez no: esto de beber cerveza en un claustro donde los meseros visten de forma impecable tiene un aire como de vida colonial, de esos tiempos en que los europeos se congregaban tras los muros del único hotel de la ciudad. Tiempos de cazadores, comerciantes de marfil, mercenarios, capataces y policías imperiales. Tiempos de ferrocarriles en construcción y puertos a los que embarcaciones de madera llegaban cargadas de rifles franceses. Tiempos de esa gente de ropa de lino y sombrero que tomaba limonada en los patios de las casas coloniales en Zanzíbar. Estoy en una versión un poco más actualizada de eso.
Atrás de mí, una veintena de niñas africanas envueltas en afelpadas toallas comen sándwiches y lo que el mesero llama chicken burgers. Hablan todas en inglés: alumnas del colegio americano, asumo. Hijas de empresarios, de miembros del gabinete, de diplomáticos africanos de otros países. La escena me devuelve a algo menos lejano que el colonialismo inglés: mi infancia en Cuba. Esos años, entre 1993 y 1997, fueron algo así. Una experiencia insular, de aislamiento tras paredes de hoteles de cuatro estrellas en La Habana. Éramos niños latinoamericanos que hablábamos inglés impecable, con un acento estadounidense que perfeccionábamos cada día en la escuela internacional. Vivíamos de piscina clorada en piscina clorada. La vida era algo que acontecía en enclaves: colegios para extranjeros y jardines de embajadas. Nuestras experiencias eran reguladas por madres emperifolladas dedicadas de tiempo completo a organizar fiestas de cumpleaños y a tener los manteles listos para las recepciones. Nuestros padres eran señores que usaban corbata los sábados, que viajaban en los asientos delanteros de autos importados conducidos por choferes cubanos quienes, a pesar de su educación socialista, no dudaban en mostrarse cafres y hostiles hacia sus compatriotas que pedaleaban bicicletas.
El Hilton, en ese sentido, me recuerda a un país y a un tiempo que ya no existen. Despierta memorias que prefiero, de momento, no recuperar. Y por eso tal vez me asusta un poco. Así que me levanto. Camino de regreso al edificio del hotel y recorro el lobby en busca de la salida. En los sillones del bar se congregan las que deben ser las prostitutas más elegantes de la ciudad. Las veo con sus mejores vestidos, sentadas y escuchando atentamente las historias de ingleses cincuentones de brazos obesos vestidos con camisetas viejas. Desde atrás de una columna una de estas mujeres me susurra con fingida pasión: Take me to your room, baby.
Le lanzo una mirada furtiva. Descubro: dos ojos fieros pero pálidos, labios marchitos, algún tipo de enfermedad de la piel creciendo a la altura de la sien. Desesperación y enfermedad mal ocultadas tras una capa de maquillaje. Un poco como Adís, pienso.
Not tonight, le respondo. Y camino hacia la puerta.
SHERATON
Los contrastes asombrosos entre norte y sur, entre lo pobre y lo rico, no me apabullan demasiado. Soy latinoamericano y es en lo que nos especializamos en mi continente: en construir palacios con vista a las chabolas distantes. São Paulo desde la terraza del Edificio Italia, la favela de Rocinha desde las arenas de Leblon en Río de Janeiro, los rascacielos de Santa Fe en el Distrito Federal vistos desde las barrancas donde pasa el desagüe: las únicas evidencias que llegan allá abajo de las cenas de ochocientos pesos que se sirven en los restaurantes de moda aparecen en calidad de residuos ya digeridos.
A pesar de todo esto nunca había visto algo como el Sheraton de Adís Abeba. Dejo el Hilton y camino hacia allá. Son trescientos metros de trayecto, pero es como cruzar el mundo: la calle que lleva de un oasis a otro atraviesa una miseria tan pavorosa como la de las zonas más truculentas de esta capital. En los senderos de tierra que bordean las casas de lámina me encuentro de frente con niños que defecan de cuclillas, con mujeres agrietadas que cargan cubetas de agua, con estanques de lodo y podredumbre. Hombres me vislumbran a lo lejos y corren hacia mí. You are looking for the Sheraton? I will show you! Come with me! Pero no es necesario: la silueta del lujoso Sheraton, rodeada parcialmente de un muro de paneles de hojalata, se distingue con facilidad desde cientos de metros a la redonda.
Nada de lo que uno puede experimentar en tiempos modernos puede preparar al visitante para el Sheraton de Adís Abeba. Quizá en la Francia del siglo XVIII era normal tener que saltar encima de algunos tullidos para llegar a las rejas de oro de un palacio, pero insisto: nunca en mi vida, ni en América Latina, me había encontrado con un contraste tan deslumbrante entre interior y exterior como el que existe entre este hotel y sus alrededores. Hace cinco años el Sheraton era parada obligatoria de los turistas: el único cajero automático del país estaba aquí. Hoy ya hay cajeros en sitios más accesibles, incluyendo el vestíbulo del hotel en el que me hospedo, el Taitu. Así que admito que mi visita al Sheraton se debe a cierta variante del morbo: me intriga saber qué se siente en un hotel de este tipo en África. Me interesa ver qué tan posible es emular la cultura de consumo occidental en un país donde el ingreso diario se mide en centavos. Porque de algún modo debe ser importante, ¿no? Ver de qué modo luce una inversión de cientos de millones de dólares en un país donde el habitante promedio vive, como bien señalan los índices de tantas organizaciones que se esfuerzan por cambiar este hecho, muy por debajo de la línea de pobreza.
Tras atravesar el umbral del estacionamiento, cruzo una explanada llena de Mercedes Benz negros, de autos con placas diplomáticas, de Jeeps de las Naciones Unidas con pesadas antenas negras para comunicación satelital en la carrocería. Entro por las puertas del palacio y, a pesar de la suciedad de mi atuendo y mis cabellos, los guardias no me cuestionan: el color de mi piel es el único argumento que requieren. Avanzo hacia el interior. Después de dos semanas en Etiopía, nunca me hubiera imaginado que algo como lo que estoy a punto de ver sería posible: una colección por docena de corbatas inmaculadas, de árabes del golfo envueltos en sus mejores túnicas, de europeos con relucientes MacBooks que revisan el mail desde sillones de fieltro rojo, de funcionarias del Departamento de Estado norteamericano –guapas, elegantes, cuerpos esculpidos por rigurosas siete horas semanales en la caminadora eléctrica– vestidas con traje sastre y tacones («los zapatos de estas personas están más limpios que el niño etíope promedio», apunto en mi libreta) discutiendo con funcionarios africanos junto a una escalera. Versiones paralelas de las mismas personas que en estos momentos intercambian saludos en oficinas de Ginebra y de Canary Wharf. Que se abrochan los botones de la camisa frente a un espejo en San Francisco. Que desayunan croissants en Santiago de Chile. Que le dan los últimos toques a su presentación de PowerPoint desde en un escritorio en Shanghái.
Camino hacia la piscina. Un letrero advierte: el costo de nadar para no huéspedes es de veinte dólares. O sea: medio mes de salario local por un chapuzón. Y a pesar de esto, distingo a un par de etíopes flotando en las aguas, cerca de un islote de árboles tropicales. Su despilfarro resulta aun más obsceno si se toma en cuenta que hoy ni siquiera hace calor.
Un poco más allá: un turista europeo con traje de baño amarillo reposa en un camastro. Atrás de él hay un muro de piedra sobre el cual se alzan algunas de esas feas láminas que desde afuera asemejan la primera línea de protección de una fortaleza o tal vez la barda fronteriza entre Tijuana y California. Noto: de este lado dichas láminas están pintadas con paisajes verdes y exuberantes para hacerlas ligeramente menos feas. También: la barda termina justo donde del otro lado acaban las casas. A partir de esto infiero que la función de la barda consiste no en servir de protección, sino en algo mucho más propio de libro de Baudrillard o de escenario distópico de la ficción especulativa: impedir que los huéspedes que comen en el café al aire libre y nadan en la piscina ensucien sus ojos con la miseria que rodea el hotel. En otras palabras: que los sabores cuidadosamente seleccionados de tu platillo no se vean abruptamente arruinados por la imagen de un niño que defeca de cuclillas, que tu conciencia no se vea de pronto asaltada por el hecho de que, mientras tú flotas plácidamente entre miles de galones de agua cristalina, los que están allá junto se siguen enfermando de cólera por no tener acceso a agua potable.
Vuelvo al lobby. Husmeando por el vestíbulo descubro un monitor electrónico que muestra la orden del día para varios de los salones. Por la tarde habrá los siguientes eventos: uno sobre ayuda humanitaria (el título dice algo de Working for Africa y participan agencias de la ONU), uno de petroleros (eso explica a los árabes que vi hace rato) y, dentro de tres horas, a las ocho de la noche, una cena con el primer ministro, Meles Zenawi.
Por una parte no puedo culparlos: Adís Abeba es una ciudad crucial para el continente. Aquí tienen sus oficinas varios organismos internacionales. Es aquí donde se formulan muchos de los acuerdos entre esta desastrosa colección de naciones «libres», «independientes» y «soberanas» que componen África. La interlocución de los actores políticos exige de estos no-lugares, de estas burbujas, –hoteles de lujo con Wi-Fi, baños desinfectados, salas con proyectores funcionales y meseros que hablan al menos doscientas palabras de inglés– para mantener las apariencias protocolarias.
Pero, por otra parte, me parece ridículo que cambiar el mundo, que «trabajar por África» sea esto: una minoría de africanos poderosos jugando al occidental, unos cuantos occidentales haciendo como que están en África cuando en realidad están en el pinche Sheraton. Todos preservando ese teatro político que insiste que la tarea de los funcionarios es esto: ponerse la mejor ropa, aislarse lo más posible de la realidad de las mayorías, decantar un discurso insulso y, al final del día, escuchar las palabras de un déspota, de un dictador, y aplaudirlas con amabilidad.
Y hacerlo en lugares circundados, cercados, donde ni los precios ni la arquitectura guardan proporción con el resto del país. En lugares donde, a pesar de las amenidades tecnológicas y lujos de vanguardia, levantar una valla sigue siendo la forma más rápida de hacer frente a la miseria.
UNIVERSIDAD NACIONAL DE ETIOPÍA
Me sorprende la velocidad con la que las cosas se restablecen en Adís. Contrario a otras ciudades marcadas por guerras cruentas, Adís no muestra cicatrices de sus conflictos. Su cuerpo se ha mantenido relativamente a salvo, sin el estigma de la pólvora ni de balas en las paredes. Las únicas huellas son las que el hombre construyó: los edificios de épocas anteriores, de historias anteriores, de ideologías anteriores. Como si no les hubiera parecido importante borrar las marcas del enemigo derrotado, los nuevos gobernantes permitieron que los palacios, obeliscos comunistas y estatuas de leones siguieran de pie por la ciudad.
El campus de la Universidad Nacional es magnánimo. Se debe a que, hasta hace cuatro décadas, fue el palacio del emperador. En ese entonces se llamaba Gannata Leul, o Paraíso de los Príncipes. Aquí se celebró la coronación de Selassie, de la que escribieron Evelyn Waugh y Ryszard Kapuściński: las crónicas destacaron las botellas importadas de champaña, el caviar, los ornamentos de oro y los peones a quienes se fustigaba a latigazos. Selassie residiría en este palacio durante casi treinta y cinco años, –periodo interrumpido en algún momento por la invasión italiana– y por ello en todos lados hay escudos imperiales labrados en piedra. Cuando comenzaron las protestas estudiantiles, el negus1 le entregó el palacio a los universitarios como símbolo de buena voluntad y espíritu democrático, y se mudó al entonces recién construido Palacio del Jubileo, un par de kilómetros loma abajo. De todas formas lo derrocarían. Sus insignias duraron más que su reinado.
En una explanada frente al palacio está el punto exacto donde, en febrero de 1937, casi matan al virrey italiano Rodolfo Graziani. Haile Selassie llevaba apenas tres meses en el exilio cuando Graziani organizó una celebración en el palacio, su nuevo hogar, en honor al nacimiento del príncipe de Nápoles. Ahí, en medio de las proclamaciones fascistas de lealtad al rey y al duce Mussolini, dos hombres de origen eritreo lanzaron granadas contra los asistentes. Treinta italianos, incluyendo el virrey, resultaron heridos.
A Grazani tuvieron que extraerle unos trescientos fragmentos de metal del cuerpo. Se la cobró cara: mandó a escuadrones de camisetas negras a la calle. El secretario federal, Guido Cortese, lo anunció unas horas después: «Hoy es el día en que mostraremos nuestra lealtad al virrey destruyendo a los etíopes. Otorgo tres días de carta blanca para que destruyan y maten a los etíopes de la manera que ustedes lo prefieran». Se estima que los camisetas negras masacraron a unos tres mil etíopes –hombres, mujeres, niños, estudiantes, funcionarios, sacerdotes, aristócratas– en tres días. El número de casas destruidas y saqueadas, de edificios incendiados, nunca se contabilizó, pero también fue alto.
Los cadáveres se apilaron en el centro de Adís Abeba. Durante esos días, las hienas se dieron banquete con los muertos bajo la mirada de los italianos, quienes dispararon contra cualquiera que se apareciera en la calle, incluidas las personas que intentaban recoger los cuerpos de sus familiares. Tres días después, la ciudad se había convertido en un vertedero de putrefacción, en un festín para los buitres. Una vez terminadas las tres jornadas de venganza, Grazani mandó construir una estatua conmemorativa en el punto donde lo hirieron: una escalinata con doce peldaños (el 12 es un número predilecto del fascismo). Hoy, la escalinata persiste. Tras la expulsión de los italianos, los etíopes pusieron, en el último escalón, la estatua de un león que descansa. No hace falta derrumbar en esta ciudad; solo reclamar, ocupar.
ITEGUE TAITU, II
Hay muchos extranjeros que no salen del Taitu. Matan el día en la terraza, sus mesas llenas de vasos vacíos, los ceniceros repletos de colillas, tazas de café frío a la mitad. Cuando salgo temprano por la mañana a la ciudad y cuando vuelvo por la noche, ellos siguen ahí, en las mismas mesas, con las mismas computadoras frente a ellos. Mochileros, turistas con camisas de safari, algún asiático de lentes que nunca se cambia de camiseta: toda esa gente que vino a Adís Abeba y se arrepintió. Todos esos turistas que esperan vuelos a lugares más lindos, más fotografiables, y mientras tanto mejor no salen a la calle.
Esas contradicciones: los turistas de países ricos viajan a los países pobres a admirar lo natural, lo antiguo. A despreciar lo nuevo. Las civilizaciones solo les interesan en calidad de ruinas. Viajan a México por Chichen Itzá. A Perú por Machu Picchu. A Egipto por las pirámides. Pocos reparan en ciudades como el D. F., Lima, El Cairo o Adís Abeba. Posible definición del turista: persona a la que solo le interesa el mundo en la medida en que es fotogénico.
Otra hipótesis: estos turistas no salen a la calle porque les urge esa dosis de internet que no se consigue en otras partes del país. A principios de 2012, el Taitu es uno de los pocos lugares de la ciudad con Wi-Fi (un módem con internet en este país se renta en unos doscientos cincuenta dólares al mes; es quince veces más caro que en un país promedio de la OCDE). La hora en un café internet vale más de tres dólares. En el Taitu te dan la contraseña con la compra de un agua mineral: es una ganga.
Aunque el internet es muy lento, el rumor de su existencia se propaga con el mismo fervor con el que sedientos viajeros decimonónicos se referían a los oasis en el Sahara. Al Taitu arriba una procesión diaria de extranjeros con laptops y iPads, todos ansiosos por contestar sus correos electrónicos y –tras una agobiante y delicada espera de varios minutos– quizá subir alguna foto de sus vacaciones a Facebook.
Como judíos medievales en una sinagoga clandestina, la minoría turista se reúne aquí a practicar la fe más global de nuestros días: la adoración al dios Wi-Fi.
PALACIO DEL JUBILEO
El palacio y sus jardines están rodeados por rejas negras con punta de pico. Dentro del complejo crecen enormes árboles verdes y frondosos que ocultan los demás edificios: el palacio, el mausoleo de Menelik II, un monasterio. Quien caminara frente a este palacio en los años sesenta y setenta habría escuchado los rugidos de los leones imperiales, aquellos que los comunistas luego ejecutarían.
Haile Selassie pasó los últimos días de su mandato aquí. Una vez que todos sus allegados se rebelaron contra él o fueron enviados a prisión, la junta del DERG comunista mandó arrestarlo. Hay una foto famosa: media docena de soldados parados bajo las columnas neoclásicas de la entrada del palacio, Haile Selassie en el asiento trasero de un Vochito blanco (la foto es monocromática; quizá fuera amarillo), listo para ser llevado a prisión militar. Mientras tanto, algunos campesinos ya habían aprovechado el caos para meter a sus animales al palacio: era año de sequía y los jardines del emperador eran de los pocos espacios donde aún crecían plantas en el país. Doce de septiembre, 1974: el día en que una dinastía cayó para que unas cabras comieran pasto.
No fue el final de Selassie. Tras el arresto, los comunistas dejaron que el depuesto emperador volviera al palacio, que ocupara uno de los edificios. Para tenerlo cerca. Una noche de agosto, mientras Selassie dormía –se recuperaba de una operación de la próstata– alguien, tal vez Mengistu Haile Mariam, líder de la junta militar, tocó la puerta de su habitación. Una vez adentro, ordenó a los enfermeros que salieran. Mengistu lo habrá mirado arropado en sus lujosas sábanas de seda: el emperador era apenas un viejo frágil y reducido, como un niño anémico que se ha quedado dormido sobre el colchón de los padres. En ese momento Mengistu habrá pensado algo muy marxista sobre la Historia. Tal vez le haya pasado por la mente la imagen de una guillotina cayendo sobre el cuello de Luis XV. O la de las balas que perforaban los cuerpos de Nicolás II y sus familiares en el sótano de un palacio en Rusia. Una imagen muy siglo XX: mezcla de violencia y de estar cambiando la Historia.
Algo así habrá pensado mientras sofocaba al emperador con una almohada de plumas.
A la mañana siguiente, los médicos anunciaron la muerte del último emperador de Etiopía. No se hizo un funeral de Estado. Ni siquiera les entregaron el cuerpo a los familiares. En lugar de eso, se ordenó arrojar el cadáver en una tumba improvisada, junto a una letrina. Echaron al rey, a la reencarnación de Cristo de los rastas, en la fosa del olvido, donde pasó diecisiete años. Lo encontraron en 1990, en una excavación. Querían poner una tubería de agua. En lugar de eso, encontraron los huesos de un rey.
CATEDRAL DE LA SANTA TRINIDAD
Los domingos, en la catedral de la Santa Trinidad, turistas rastafaris –de Estados Unidos, Europa, alguno de Jamaica– vienen a rezarle al negus, que yace aquí en una tumba de granito, a la derecha del iconostasio.
La religión rastafari se originó en el siglo XX. Fusiona las escrituras del antiguo testamento bíblico con una filosofía de vida natural, desapegada de los bienes materiales y del dinero. A raíz de una profecía de principios del siglo pasado, que decía que Cristo reencarnaría en un rey africano, los rastas comenzaron a adorar al emperador de Etiopía. Haile Selassie, nacido Ras Tafari Mekonnen, es para ellos la segunda venida de Cristo.
Uno de los rastas se llama James. Cincuentón, hijo de jamaiquinos, nacido en Nueva York. Camiseta color canario, barriga imponente, su cabello es un ramo de rastas de unos seis o siete kilos.
–Haile Selassie, Dios lo tenga en su gloria. Era nuestro rey.
–¿De ustedes?
–Sí, nuestro. De los negros. Los africanos que salimos de África. El hombre blanco nos llevó por el mundo para trabajar como esclavos, nos alejó de la Tierra Prometida. En Etiopía surgió el hombre, lo dice la Biblia. También los científicos. ¿No ves que aquí encontraron esos esqueletos del museo? ¿Cómo se llama la chica? Sí, Lucy. Pero los etíopes tienen otro nombre para ella. Creo que Dinknesh. En fin, para nosotros Selassie era la encarnación de Cristo. Era un hombre muy milagroso. ¿Sabías que el día que visitó Jamaica se terminó una sequía de años? Ese tipo de cosas pasaban con él.
–¿Y Jerusalén no es la Tierra Prometida?
–Bueno, Jerusalén es importante, pero yo creo que no tanto como Etiopía. Los africanos tenemos que estar cerca del sol y de la tierra. No nos importan tanto los edificios, las estructuras. Importa la naturaleza. Dios está en las plantas, en las flores, en la ganja. Ahí es donde yo veo a Dios. En los ríos y los árboles. En el cigarrito de mariguana que me fumo para estar más cerca de él. No lo veo en los templos de cemento y ladrillo.
–¿Tampoco en éste?
–Bueno, éste es una excepción. Aquí está el cuerpo del negus, así que tenían que construir un templo. Te diré, su dinastía sigue viva. Él tiene un nieto que vive en Londres. Desafortunadamente no es un hombre espiritual. Pero tal vez, si tiene hijos, alguno de ellos puede convertirse un día en rey de Etiopía y entonces nos seguirá guiando a nosotros, su gente.
Casi no hay etíopes que comulguen con la filosofía rasta. Los libros de historia enseñan que Selassie era un déspota que no hacía nada por los necesitados, que alimentaba a sus perros con filete mientras millones en su Imperio morían de hambre. Entre más lejano sea un lugar –o una persona– más idealizable es. Pero resulta más difícil pensar que el país donde hoy amaneciste con hambre, dolor de cabeza y hasta viste a un perro orinar un poste pueda ser la Tierra Prometida: todos saben que la principal condición de la utopía es que esté en otra parte.
PIAZZA, II
Una tarde, caminando por Piazza, un niño me ofrece chicles. En Adís, como en todo el mundo, hay oficios marginales, aunque difieren de aquéllos que suelo ver en casa. Por ejemplo: no he visto niños lavando parabrisas de autos (¿tendrá que ver con que tampoco he visto jabón líquido en toda Etiopía, sino únicamente uno ríspido, de color azul, imposible de desmenuzar?). Hay limpiadores de zapatos, pero solo llevan trapos, no grasa. En algún momento América Latina decidió sustituir importaciones; para ello desarrolló industrias. El gobierno y los nuevos empresarios invirtieron en fábricas de ropa, zapatos, jabón, chicles y dulces. La pobreza se adaptó: pulularon los boleadores de zapatos, limpiaparabrisas y vendedores callejeros de caramelos.
En Etiopía nunca se produjo gran cosa, nunca hubo mucha industria nacional. La grasa para zapatos, por ejemplo, sigue siendo un artículo desconocido, algo que los funcionarios extranjeros deben traer consigo en la maleta de sus viajes si desean zapatos relucientes. Lo que se importa, además de petróleo, son cosas elementales como los chicles de este niño, que vienen de Asia. Los baratos (fresa y plátano) valen un birr; los caros (sabor uva, importados de Taiwán) valen tres. Compro uno de los baratos.
Cálculo rápido: si el empaque con seis vale cinco birr en la tienda, significa que el niño gana veinte centavos de birr por chicle. Es menos de un centavo de euro. La ganancia es tan pequeña que en muchos países no existe la monedita que la expresa. Tal vez esa sea una definición de pobreza extrema. Miseria: el acto de trabajar a cambio de unidades microscópicas, casi invisibles. O más bien: el acto de sobrevivir con esas migajas; que eso sea la diferencia entre comer y no hacerlo. Entre vivir y no hacerlo.
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