Читать книгу: «Placer y negocios»

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Editado por Harlequin Ibérica.
Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
Núñez de Balboa, 56
28001 Madrid
© 2000 Diana Hinz
© 2020 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
Placer y negocios, n.º 1188- septiembre 2020
Título original: Mixing Business…With Baby
Publicada originalmente por Harlequin Enterprises, Ltd.
Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial. Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.
Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.
® Harlequin, Julia y logotipo Harlequin son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited.
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Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited. Todos los derechos están reservados.
I.S.B.N.: 978-84-1348-740-3
Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.
Índice
Créditos
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Epílogo
Si te ha gustado este libro…
Capítulo 1
CONSEGUÍ el trabajo! —precipitándose al interior de la pequeña librería situada en el centro del pueblo, Catrina Mitchell Jordan bailoteó llevando de la mano a la propietaria alrededor de las estanterías —. ¡Conseguí el trabajo, conseguí el trabajo, conseguí el trabajo! —finalmente completó la estrafalaria danza imitando los movimientos que realizan los jugadores de fútbol tras marcar un gol.
—Claro que has conseguido el trabajo —dijo Gracie Applegate satisfecha, colocándose un mechón de pelo plateado en su moño—. Nunca tuve la menor duda.
—Bueno, pues yo sí que lo dudaba. Si no hubiese sido por la sugerencia que me hiciste, todavía seguiría buscando en las ofertas de empleo mientras me preguntaba cómo iba a pagar el alquiler del próximo mes —de pronto, sintiéndose inundada por una intensa sensación de alivio, Catrina se apoyó contra el mostrador tratando de contener las lágrimas. Había estado sin trabajo durante semanas, y su cuenta de ahorros estaba casi sin fondos—. No sé a quién habrás llamado, ni qué es lo que has tenido que hacer para conseguir que se produjera este milagro, pero te estaré siempre agradecida. Muchas gracias.
—Qué bobada, niña. Es la empresa Arquitectura Blaine la que debe estarme agradecida por haberle enviado a la mejor contable que jamás hayan visto. Estoy segura de que mi querida amiga Martha del departamento de personal coincidirá conmigo.
—¿Existe alguna persona en Los Ángeles a la que no conozcas personalmente?
—Bueno, me imagino que habrá algunos tipos que se me habrán escapado, pero una de las ventajas de poseer la mejor librería de libros antiguos de la ciudad es que te permite conocer a muchas personas maravillosas e inteligentes. Por cierto… ¿has tenido la oportunidad de conocer al propio jefe?
—¿El señor Blaine? —Catrina negó con la cabeza, todavía algo nerviosa ante la posibilidad de tener que encontrarse con el personaje al que todas las personas que le habían presentado describían en los más elogiosos términos—. Aparéntemente un grupo de directivos han negociado un contrato muy lucrativo para remodelar un complejo de oficinas del centro de la ciudad, así que como recompensa les invitó a comer.
—Qué amable. ¿Por qué pones esa cara de sorpresa, querida?
—Les ha llevado a comer a San Francisco Gracie. Los ha metido en un avión alquilado que ha pilotado él mismo —explicó Catrina—. La gente rica me pone nerviosa. Mi hermana Laura cometió la equivocación de casarse con un hombre rico, y casi acaba con ella.
Claro está que otro hombre rico se lanzó al rescate, como si se tratara del propio príncipe del cuento de Blancanieves, pero Catrina pensaba que no se trataba más que de un caso de pura suerte.
—Vamos, vamos, querida, no puedes juzgar a todos los hombres ricos por las acciones de unos pocos. Además, si Rick Blaine fuera tan rico como se rumorea no tendría por qué alquilar un avión, ¿no crees?
Catrina no pudo evitar una sonrisa:
—No, supongo que no —los finos labios de la mujer mayor dibujaron una sonrisa, y sus ojos azules brillaron de una forma peculiar, como si supiera algo que nadie más conocía. Y probablemente era así. Gracie Applegate reunía a partes iguales la sabiduría de una abuela con la capacidad de predicción de una vidente. Catrina la adoraba. Y también la adoraba Heather. Un gorgeo llamó la atención de Catrina. Atravesó la puerta abierta y entró en la oficina de la tienda para tomar en brazos a su pequeña hija que estaba todavía adormilada—. Ya, ya, bonita, ¿has dormido una buena siesta?
El bebé tenía el pelo húmedo y revuelto y una marca rojiza atravesaba su pómulo derecho. Abrazó y besuqueó la cara de Catrina:
—Abu Gracie me da mazana.
—¿De verdad? —Catrina abrió los ojos fingiendo cariñosamente un desmedido interés por aquel comentario trivial—. Qué buena es Abu Gracie ¿no es cierto?
Mientras Heather asentía con la cabeza, Catrina dirigió una mirada curiosa hacia la mujer que se encontraba parada junto al quicio de la puerta.
—Ya que mi hijo ha decidido ser un solterón de por vida, la única forma que tengo de poder oír a un niño llamarme abuela es por medio del chantaje. Espero que no te moleste.
—Por supuesto que no me importa. Todos los niños necesitan tener una abuela. Mi propia madre falleció hace varios años, y los abuelos paternos de Heather viven a mil quinientos kilómetros de distancia.
—Ya. Eso es una lástima.
—Es lo mejor que podría pasar. Supongo que son buena gente, pero nunca se hicieron a la idea de que eran abuelos. Tengo la impresión de que se sintieron suficientemente aliviados de haber sobrevivido a la experiencia de criar a un hijo, y no tenían ningún deseo de comprometerse en criar a otro —estrechó a la niña entre sus brazos acercando la cara a su piel e inhalando con fuerza su fragancia—. Dado el desastroso resultado de su experiencia como padres, no se lo reprocho.
Gracie sonrió, pero en sus ojos había tristeza:
—El hombre debía tener alguna virtud, o una mujer inteligente como tú jamás se habría casado con él.
Un escalofrío recorrió la espalda de Catrina. El divorcio había sido complicado y amargo, y todavía sentía en su boca el desagradable sabor del fracaso:
—Dan siempre fue un hombre triste y desgraciado. Pensé que podría cambiar eso, pero no pude.
Cerrando con fuerza los ojos, abrazó a la criatura que tenía en sus brazos con tanta fuerza que protestó. Aflojó la presión, mientras le susurraba al oído palabras de consuelo.
Catrina había crecido sin padre. Él les había abandonado cuando ella era muy pequeña, y esa pérdida siempre la había marcado. Ahora marcaría a su hija, ya que Dan ni siquiera había solicitado el derecho a las visitas. En realidad nunca quiso un hijo. Y como se pudo comprobar tampoco quiso nunca una esposa. Quería una mujer de la limpieza, un chivo espiatorio y una compañía en la cama. Oyó el murmullo de unos suaves pasos, y supo que Gracie estaba a su lado antes de sentir el suave contacto de su mano en el hombro:
—A veces tenemos que pasarlo mal para saber disfrutar de los buenos momentos.
Catrina sorbió, y con una mano se limpió una lágrima que descendía por su mejilla.
—Lo sé. Pero el pensar que mi hija va a crecer sabiendo que a su padre no le importa, me rompe el corazón.
Gracie abrió la boca. Volvió a cerrarla y volvió a pensar durante un instante lo que iba a decir. Cuando por fin habló, su tono de voz era serio.
—Tal vez es que algunos hombres necesitan descubrir que es lo realmente importante en la vida. Algún día encontrarás al hombre adecuado. Es cuestión de tiempo, querida.
—No quiero un hombre. No causan más que problemas y preocupaciones, y antes o después siempre se marchan. Así que ¿por qué molestarse?
—¿Por qué? ¡Por amor!
—El amor es un mito
Gracie chasqueó la lengua.
—Demasiado joven para estar tan hastiada.
—No creo en cuentos de hadas, si a es a eso a lo que te refieres.
—Por supuesto que no crees —los ojos azules de Gracie brillaron—. Por eso te has pasado innumerables horas en mi tienda devorando las más grandes novelas de amor de todos los tiempos.
Notando cómo se sonrojaba, Catrina cambió a su hija de brazo y se colgó del hombro la bolsa de los pañales.
—Muchas gracias por cuidar de Heather. Gracias por todo. Tu amistad supone mucho para mí.
Gracie respondió con una cálida sonrisa y le apretó el hombro cariñosamente, pero según iba avanzando entre las estanterías llenas de maravillosas historias de amor y gloria, Catrina recordó una advertencia:
«No puedes contar más que contigo misma, Catti, querida. Si se lo permites, el mundo te romperá el corazón».
«Tenías razón, mamá», murmuró, «tenías toda la razón».
—Por favor, no juegues conmigo. Haré lo que quieras. Cualquier cosa —arrodillada frente a aquel ser poderoso, Catrina se inclinó, acercándose, susurrando con voz suave, mientras hacía descender los dedos suavemente—. Lo que quieras, lo que necesites, satisfaré tus deseos más inconfesables. Solo tienes que hacerme este único favor, y puedes pedirme lo que quieras —apretó la mejilla contra el frío plástico—. Seis copias, encuadernadas, antes de la reunión de las tres de la tarde. Tu manual de funcionamiento dice que puedes hacerlo. Por favor, te lo estoy suplicando. Te limpiaré el cristal y limpiaré el polvo de tu interior. Colocaré el papel con cuidado y me aseguraré a diario de que todo está en orden.
La máquina emitió un sonido chirriante, y después enmudeció.
Catrina estalló.
—O, por el contrario, puedo echar grasa sobre tu cristal, poner pegamento en tus engranajes, y llamar a desaprensivos mecánicos. La opción es tuya, compañero. Si cooperas vivirás. Si no, tengo un destornillador en mi escritorio y sé cómo usarlo.
—No sé lo que pensará la máquina, pero a mí sin duda me has convencido —Catrina se levantó de un salto, con tanta rapidez que se enganchó la falda con la máquina desgarrándosela. Él alzó las manos sobre su cabeza—. No me hagas daño —Catrina se encontró con una deslumbrante sonrisa y unos ojos azul cielo en los que brillaba la curiosidad y el humor—. Mira, estoy desarmado.
En una circunstancia normal, Catrina habría sabido apreciar lo cómico de la situación, pero aquella estaba lejos de ser una circunstancia normal. Ella estaba tensa, se sentía presionada por las expectativas de un nuevo trabajo que todavía no era del todo suyo, y avergonzada por el hecho de haber sido descubierta amenazando a una máquina:
—Si no quieres verte envuelto en un crimen, te sugiero que te vayas de aquí lo antes posible.
El hombre levantó una ceja:
—¿No hay ninguna otra salida? No pareces el tipo de persona que acabaría con una máquina indefensa.
—¿Indefensa?, ja —le ardían las mejillas, y sospechaba que debía tener el color de un tomate fluorescente—. Eso es lo que quiere que pienses
—¿Está en juego toda tu carrera?
—Si no logro presentar estos informes ante el comité de presupuestos dentro de quince minutos, es muy posible que lo esté.
—Hum, parece serio —dijo pensativo—. Tal vez pueda ayudar. Tengo cierta experiencia con máquinas.
—¿De verdad?
—Una vez reparé una podadora.
—Qué impresionante —por la vestimenta informal que llevaba se diría que aquel hombre era o bien un vendedor o un técnico de maquinaria de la empresa—. ¿Trabajas aquí?
La pregunta le sorprendió:
—De hecho, sí. ¿Por qué?
—Porque me extrañaría que a mis jefes les gustara que permitiera que un extraño metiera mano al material de la empresa. Si te cargas este dichoso trasto, yo no lo sentiré, pero la compañía puede o bien descontármelo del sueldo o despedirme, y ninguna de las dos opciones me atrae demasiado.
—Entonces tendré que ser especialmente delicado, ¿no es cierto?
A pesar de la tensión que sentía, Catrina sonrió. Aquel hombre tenía cierto carisma que era capaz de traspasar las defensas de cualquiera. Antes de poder contenerse se oyó a sí misma decir:
—Susúrrale algo dulce al oído, puede que te siga hasta tu casa.
Las pupilas de él se dilataron mostrando un interés sensual que hizo que ella se pusiera inmediatamente en guardia:
—¿Basta con eso?
Avergonzada y enfadada consigo misma por haber caído en su propia trampa aclaró:
—Si puedes hacer que esta máquina funcione, te lo agradeceré. Si no, tendrás que disculparme. No tengo tiempo para dedicarme a otras cosas.
Él comprendió su deseo de despersonalizar la conversación, y lo aceptó:
—Veré lo que puedo hacer.
Adelantándose, abrió el compartimento lateral y echó un vistazo en el interior de la máquina. Gruñó, y acercándose a una balda tomó un paquete de espirales de encuadernar y los introdujo por una ranura. A Catrina le llevó solo un instante comprender qué era lo que estaba haciendo, y al instante se sintió profundamente avergonzada.
—Por favor, no me digas que la bandeja de canutillos estaba vacía.
—Está bien, no te lo diré. Pero te recomendaría que la próxima vez que quieras que una máquina siga tus instrucciones, te asegures de que contiene todo lo necesario para poder satisfacer tus órdenes.
Tras decir eso, apretó un botón y al momento la máquina revivió. Un minuto después, el primer informe aparecía perfectamente encuadernado en la bandeja correspondiente.
Catrina deseó que la tierra se la tragara:
—Gracias.
—De nada.
Ella no necesitó mirarlo para saber que estaba sonriendo. Al levantar la vista comprobó que él había tomado uno de los informes y lo estaba ojeando.
—¿Eres un miembro del comité de presupuestos?
Él la miró como si de pronto se hubiese convertido en un marciano.
—No exactamente.
—Entonces no puedo permitirte que veas esto. Es un documento confidencial.
—No creo que al comité le importe que eche un vistazo
—Lo siento, pero la política de la empresa prohibe que cualquiera que no trabaje en el departamento de contabilidad o que no sea del comité de presupuestos vea los documentos relativos al presupuesto.
—¿De verdad?
—Sí.
—Hum. Tendré que volver a echar un vistazo a ese reglamento
—Es una buena idea —apiló todos los informes y se los puso bajo el brazo, suspirando aliviada. Había concluido su tarea, y todavía le sobraban cinco minutos. La vida era bella—. Supongo que debo llevar esto a la sala de conferencias.
—Sí, creo que debes.
Ella dudó, sin saber por qué:
—Gracias, otra vez, por tu ayuda.
Había algo extraordinariamente atractivo en la forma en la que sus ojos brillaban cuando sonreía:
—Otra vez, de nada.
Tras un instante, ella exhaló un suspiro, consiguió sonreír y salió de la habitación de fotocopiadoras, casi chocando contra un hombre de traje gris que llevaba bajo el brazo un abultado documento. Se trataba del director financiero de la compañía. Al percatarse de la presencia de Catrina le preguntó:
—¿Has visto a Rick?
—¿Qué Rick?
Él pestañeó, y después se rio como si aquella pregunta hubiese sido un buen chiste:
—Esa sí que es buena… —miró por encima del hombro de ella, hacia la sala de fotocopiadoras de la que acababa de salir—. Ah, ahí estás. Mira, los abogados del ayuntamiento están en tu oficina, y necesito tu firma en estos contratos.
—¿Ha revisado esto el departamento jurídico?
El director financiero asintió con la cabeza:
—Sí, todo lo que necesitamos es tu aprobación, y el trato está cerrado.
—Déjame que primero le eche un vistazo. Haré que Marge te lo lleve a la oficina en cuanto termine.
Catrina tuvo que apoyarse en uno de los archivadores metálicos. En la semana que llevaba trabajando allí, había conocido a docenas de empleados de la compañía, incluyendo a la mayoría de los jefes de departamento y a los altos directivos. Solo había conocido a una mujer que se llamara Marge. Era la secretaria particular del gran jefe, una de las pocas personas a las que todavía no le habían presentado… el escurridizo Rick Blaine.
Rick alzó la vista del contrato el instante suficiente para ver cómo el color desaparecía de las mejillas de la mujer. Él se había percatado minutos antes de que no se había dado cuenta de quién era, y a él, de hecho no le había importado, era consciente de que con el atuendo que llevaba tras su partido de golf parecía más el encargado de repartir el correo que el fundador de una multimillonaria empresa de arquitectura. Sin embargo, él se preciaba de conocer personalmente a todos sus empleados y no comprendía cómo era posible que no se hubiese fijado en aquella deslumbrante mujer.
La vergüenza que inicialmente reflejaron los ojos de Catrina, fue reemplazada por una furia que Rick apenas pudo percibir, antes de ver cómo se dirigía hacia la sala de conferencias.
—¿Quién es esa mujer?
—¿Qué mujer? —Frank Glasgow parpadeó, y después volvió la vista hacia donde él miraba—. Oh, ella es nuestra nueva contable. Jordan, creo que… Catherine, Caitlin… o algo así.
—Entérate.
—¿Qué me entere de qué?
Incluso después de que la ofendida señorita Jordan hubiese desaparecido en el interior de la sala de conferencias con su paquete de informes sobre el presupuesto bajo el brazo, Rick siguió mirando a la puerta fijamente esperando verla salir.
—Su nombre. Quiero saber su nombre.
—¿Por qué?
—Porque resulta de muy mala educación llamar a los empleados con un «eh, tú».
—Oh —Frank lo miró con extrañeza y aclarándose la garganta añadió—. Volviendo al contrato, creo que deberíamos negociar una clausula más favorable en…
—Sí, sí, tienes toda la razón —masculló Rick en el momento en el que la preciosa señorita Jordan volvía a aparecer por la puerta.
Ella dudó por un instante, notando su presencia, y después se dirigió rápidamente a su escritorio, donde se sentó dándole premeditadamente la espalda.
—Rick, ¿tienes un momento?
Una familiar voz de mujer atrajo su atención.
—Buenas tardes, Sandra. Me he enterado de que el equipo de fútbol de tu hijo ha ganado la liga. Enhorabuena.
—Gracias. Ha conseguido una beca deportiva en la Universidad de California en Los Ángeles.
—¿De verdad? Ese es un gran logro. Debes de estar muy orgullosa.
—Oh, sí, lo estoy.
—Te has hecho algo en el pelo.
—Oh, sí —tocándose el pelo le dedicó una sonrisa de agradecimiento—. Ni siquiera mi esposo se ha dado cuenta. ¿Te gusta?
—Muy atractivo. Resalta la belleza de tus ojos y destaca tu encantadora sonrisa.
—Adulador.
—Yo no tengo la culpa de que la verdad sea aduladora.
Sandra se sonrojó, después se aclaró la garganta, y echando hacia atrás los hombros agregó:
—Cuando por fin te cases vas a romper millones de corazones
—Bueno, pero no puedo casarme cuando la mujer más maravillosa del mundo ya está casada —dijo, levantando la mano de ella hasta sus labios—. Espero que tu marido sepa lo afortunado que es.
—Le diré lo que piensas.
—Hazlo.
Rick no dejó de mirar a la mujer hasta que esta se dio la vuelta para marcharse.
—Casi se me olvida. El personal de mi departamento me ha elegido como portavoz para que te agradezca la bonificación que nos has concedido esta semana. Has sido muy generoso.
—Yo soy el que está agradecido. Por favor, transmite mi gratitud a tus colegas por el trabajo bien hecho. Gracias a sus esfuerzos, la compañía ha podido renovar un contrato muy lucrativo que nos beneficia a todos.
Sandra estaba resplandeciente de placer:
—Se lo diré.
—Por favor, hazlo —Rick se quedó mirando a la mujer hasta que esta giró en una esquina y desapareció de su vista. Entonces, su mirada se volvió de inmediato hacia la fascinante señorita Jordan, justo a tiempo para comprobar cómo ella volvía a darle la espalda.
—Parece que por alguna razón no le he caído bien a nuestra nueva empleada —dijo a media voz sin dirigirse a nadie en particular.
—¿Hum? —Frank, a su lado, dirigió la vista hacia donde él miraba y comentó—. Probablemente está tan solo preocupada por adaptarse a su nuevo trabajo. El departamento financiero es uno de los más complejos e importantes de la firma.
Sin hacer mucho caso del comentario de Frank, Rick se dirigió hacia el escritorio de la señorita Jordan.
—Me he dado cuenta de que hemos sido interrumpidos antes de poder hacer las presentaciones de rigor —dijo jovialmente—. Soy Rick Blaine.
—Ya me he dado cuenta —dijo mirando la pantalla del ordenador como si estuviera hipnotizada por ella. Sus dedos se desplazaban por el teclado con increíble rapidez—. Encantada de conocerlo, señor Blaine —le dijo sin mirarlo.
Rick se sintió algo incómodo:
—¿Y tú eres…?
—Catrina Jordan.
—Catrina. Un nombre muy bonito. Mira, me gustaría disculparme por lo que pasó antes. No quería avergonzarte. Quiero decir, que si te sentiste avergonzada, no tenías por qué. Esta es una empresa en la que todos los empleados mantienen una relación muy cordial, nos tuteamos. No debes sentirte intimidada solo porque mi nombre aparezca en lo alto de la lista.
De pronto los dedos dejaron de teclear, y respirando hondo, ella se volvió para mirarlo.
—No estaba intimidada, señor Blaine, ni tampoco estoy interesada en flirtear en la oficina, ni con el jefe, ni con nadie. Me tomo el trabajo muy en serio, y lo hago bien. Necesito este trabajo y seré una valiosa empleada para su compañía, pero eso es todo lo que seré.
El impacto no habría sido mayor si ella le hubiese hecho tragar el teclado del ordenador.
—Exactamente, ¿cuál es la fama que tengo entre mis empleados?
—Tiene muy buena reputación —confesó ella—. Todos aquellos con los que he hablado piensan muy bien de usted.
—¿O sea, que no se me conoce como un mujeriego?
—Al contrario, todo el mundo le considera generoso y amable.
—¿Y a ti, por definición, te cae mal la gente generosa y amable?
Aquella pregunta dibujó en los labios de Catrina un amago de sonrisa que reprimió rápidamente mordiéndose el labio.
—Pido perdón por mi descortesía. La verdad es que tiene razón, me sentí avergonzada porque no sabía quién era usted y por haberme comportado como una estúpida en su presencia. Pensé que se estaba riendo de mí a propósito. Tal vez me equivoqué.
—¿Tal vez? —él movió la cabeza con un gesto deliberadamente infantil—. Volvamos a empezar de nuevo, ¿vale? —extendió la mano—. Mi nombre es Blaine, Rick Blaine. Trabajo aquí.
Ella dudó, y finalmente le estrechó la mano:
—Catrina Jordan. También trabajo aquí.
—Espero que podamos llegar a ser amigos, Catrina.
—Estoy segura de que lo seremos, señor Blaine.
—Rick.
—Está bien, Rick —y dicho esto, giró la silla y volvió a enfrentarse al ordenador.
Rick se quedó plantado junto a ella. Sabía que debía irse, pero como acostumbraba, no hizo lo que debía hacer, sino que optó por dejarse llevar por su instinto, y aprovechó la oportunidad para estudiar a aquella original mujer. La firme curva de su mandíbula, la determinación que mostraba su barbilla. Había visto el miedo dibujado en sus ojos cuando lo miraba, un miedo que le entristecía y le intrigaba a un mismo tiempo. Reconoció que Catrina Jordan representaba un reto, no solo para su ego masculino, sino también para su humanitarismo. Algo la había herido, algo a lo que todavía temía, algo que aparentemente ella detectaba en él. A pesar de que aquello le preocupaba profundamente, Rick decidió no adentrarse demasiado por aquel camino.
Quería saber más cosas sobre aquella encantadora mujer, quería saberlo todo sobre ella, qué cosas le gustaban y cuáles la disgustaban, qué la hacía reir, qué hacía brillar aquellos gloriosos ojos marrones.
Un vistazo a su escritorio le dio algunas pistas. No había fotografías familiares, ni objetos personales. No había anillo en su dedo anular, detalle del que ya se había percatado cuando la vio amenazando a la máquina. Vio una planta en el extremo de su escritorio. Era pequeña, pero estaba bien cuidada. Al lado había un vaso de papel con el anagrama de un café cercano a la oficina. Le gustaban las plantas y el buen café. En el suelo, al lado de la silla había una bolsa de deportes, con un par de zapatillas de correr atadas al asa. Probablemente hacía jogging, y él supuso que aprovecharía la hora del almuerzo para ir a correr a un parque que había cerca. Estaba todavía escrutando los objetos que la rodeaban cuando de pronto ella se volvió y le preguntó:
—¿Quiere alguna otra cosa más, señor Blaine?
—Eh… bonita planta.
—Gracias.
Sintiéndose echado, se retiró hasta llegar a donde estaba Frank Glasgow que lo miraba con expresión de claro reproche.
—No es de mi incumbencia —dijo Frank—, pero creí que tenías normas muy estrictas en contra de, bueno, de mezclar el trabajo con el placer, para expresarlo de alguna manera.
—¿Es tan evidente?
—Me temo que sí.
Frank tenía razón, las reglas eran las reglas, pero había algo en Catrina Jordan…
—Las normas son como los espejos. Nunca quieres romperlos, pero a veces los rompes.
Frank movió la cabeza:
—Espero que sepas lo que estás haciendo.
—Yo también lo espero —respondió Rick en voz baja—. Yo también lo espero.
Capítulo 2
UN café solo en vaso grande, para llevar, por favor.
Empujada por la multitud que se agolpaba frente al mostrador, Catrina trató de sacar el dinero que necesitaba para pagar la compra, cuando un cliente la golpeó el brazo, lanzando el monedero al suelo. Al agacharse para recogerlo comprobó que estaba bajo una gran bota. Definitivamente iba a ser uno de esos días…
—Perdóneme señor. ¿Señor? —dudó, después tiró del extremo inferior de los pantalones vaqueros que cubrían la bota culpable. Un hombre de barba rala la miró con extrañeza. Catrina tragó saliva e intentó sonreír—. Está pisando mi monedero.
Él parpadeó, frunció el ceño y se echó a un lado. Con un murmullo de agradecimiento, Catrina recogió su monedero, ahogando un chillido de horror al comprobar cómo se abría y un puñado de monedas salía rodando por el suelo. El pretender meterse en aquel bosque de piernas para recuperarlas era tarea para masoquistas. Catrina se pudo de rodillas y trató desesperadamente de recuperar tantas como pudo. Cuando finalmente pudo depositar sobre el mostrador las monedas, junto a su último billete de un dólar, estaba toda despeinada, con el rostro sudoroso, un agujero en sus medias, a la altura de la rodilla, del tamaño del estado de Wyoming, y la certeza de que su desodorante le había fallado.
Apenas eran las siete y media de la mañana.
Se colgó el bolso al hombro, tomó su café, y se abrió paso entre la multitud con la secreta esperanza de que se hubiese terminado su racha de mala suerte, cuando se dio de narices contra un musculoso pecho envuelto en un jersey deportivo que desprendía un aroma a jabón y cedro.
—Bueno, qué casualidad encontrarte aquí —dijo Rick Blaine abriendo mucho los ojos como alucinado por la coincidencia—. ¿La señorita Horton? ¿Catherine, no es cierto?
Ella consiguió esbozar una sonrisa, y corrigió entre dientes:
—Jordan, Catrina Jordan.
—Por supuesto, ahora recuerdo —sonrió, y abriendo la puerta de cristal la sostuvo para dejarla pasar.
Ella masculló su agradecimiento y rozándole, salió a toda prisa del establecimiento. No le sorprendió nada, cuando él se colocó a su lado.
—Veo que ambos tenemos un gusto excelente en lo que a café se refiere —y echando una ojeada al recipiente cubierto que llevaba en la mano preguntó—. ¿Café con leche, descafeinado?
—Café solo, con cafeína.
—Ah, eso lo explica todo.
—¿Explica qué?
—Tu actitud tensa y enérgica.
Ella se volvió a mirarlo:
—¿Perdón?
—No he pretendido ofenderte, por supuesto. Todo el que empieza el día con suficiente cafeína como para resucitar a un muerto, tiene derecho a estar un poco atacada de los nervios, eso es todo.
—No estoy atacada de los nervios.
—Todavía no has tomado el café.
—Con café o sin café no soy una persona nerviosa —aquel hombre era increíble, pensó Catrina, aun siendo un completo extraño se consideraba con derecho a hacer comentarios acerca de su personalidad—. Es ridículo por su parte hacer un juicio tan categórico sobre una persona que no conoce.
—En eso tienes toda la razón. Y la única manera en la que puedo reconsiderar mi absurdo juicio es rectificando esa situación. ¿Qué te parece si cenamos juntos esta noche?
Tan solo entonces se percató ella del brillo de sus ojos y comprendió que había caído en la trampa.
—No, gracias.
—¿Mañana por la noche?
—No. Gracias.
—¿Alguna vez?
—Probablemente no.
—Ah, ese «probablemente» deja una puerta abierta.
—No, no la deja —se recordó a sí misma que aquel hombre tenía el poder para quitarle el trabajo, un trabajo que necesitaba desesperadamente para poder hacerse cargo de su hija—. Por favor, no te lo tomes como algo personal. Simplemente no estoy en disposición de establecer una relación romántica, o cualquier otro tipo de relación, de hecho.
—¿Ni siquiera una amistad?
—Por mi experiencia puedo decir que la palabra «amistad» no es nada más que el término que emplean los hombres cuando quieren referirse a sexo sin compromiso.
Él se atragantó con el café, y tosió hasta que le salieron lágrimas. Cuando finalmente pudo volver a hablar, se quedó mirándola fijamente realmente asombrado:
—No te reprimas, dime lo que pienses.
Ella no pudo evitar sonreír en aquella ocasión. Él era realmente un hombre encantador, y atractivo además… En otras circunstancias, se habría sentido halagada por su interés, e incluso podría haber respondido de manera favorable—. Te pido perdón si te he insultado. Tengo la desgraciada tendencia de soltar todo lo que se me pasa por la cabeza.
—No, no, agradezco la franqueza —se paró, y le lanzó una mirada—. Es mentira, odio la franqueza.
—Les ocurre a la mayoría de los hombres.
—También es algo que les ocurre a las mujeres. Por ejemplo, ¿te gustaría que te dijeran que el agujero que tienes en las medias hace que parezca que tienes una verruga del tamaño de un puño? —sonrió al ver que ella se paraba y lo miraba fijamente—. Me imaginaba que no.
El asombro se mezcló con la diversión en el rostro de Catrina.
—Tocado, señor Blaine.
—Rick.
—Tocado, Rick.
Habían llegado al edificio de oficinas de Arquitectura Blaine. Él amablemente abrió la puerta para que ella pasara:
—Y ahora que nos conocemos lo suficiente como para ser brutalmente honestos el uno con el otro, ¿saldrás conmigo?
—No —dijo amablemente—. Pero lo sentiré más de lo que lo sentía hace diez minutos.
—Es por mis cejas, ¿no es cierto?
—¿Tus qué?
—Mis cejas. Sé que son feas, y hace que tenga cara de perro.
—Me encantan los perros.
—¿Entonces por qué no quieres salir conmigo?
Exasperada, entró en el ascensor, giró sobre sus talones y puso la palma de la mano sobre el pecho de él para impedir que la siguiera:
—Porque eres rico, arrogante y avasallador. ¿Te parece que está suficientemente claro?
Él parpadeó
—Sí, creo que sí.
El sol del mediodía era cálido, el aire del otoño fresco, y el parque estaba rebosante de actividad. Rick, situado convenientemente detrás de un cedro, veía cómo la esbelta rubia terminaba de hacer los ejercicios de calentamiento. Giró los brazos a la altura de los hombros, dejando ver un chándal con rodilleras, en el que se clareaban los codos. También las zapatillas de deporte eran viejas
No importaba, aunque hubiese estado envuelta en harapos, Rick habría seguido pensando que era la mujer más atractiva de la tierra. No sabía por qué. Fascinado, continuó mirándola mientras ella calentaba los músculos de las pantorrillas, doblándose hasta tocar con la frente los tobillos. Todos los movimientos eran fluidos y graciosos. Él siguió todos estos con avidez, cada giro, cada flexión, y tan pronto como comprobó que estaba lista para salir corriendo, salió de detrás del árbol, poniéndose justo en su línea de visión. A ella le llevó un instante reconocerlo. Él sonrió, y la saludó alegremente con la mano. Aunque estaba a varios metros de distancia, él pudo comprobar cómo fruncía en ceño en señal de sospecha. Al principio había pensado en correr a su lado, tratando de entablar conversación, pero la mirada que ella le dirigió le hizo replantearse la cuestión. En lugar de eso, simplemente dijo:
—Bonito día para ejercitarse, ¿no es cierto?
Ella lo miró sin decir nada. Rick sintió que la mandíbula se le había vuelto de piedra. Nunca en su vida se había tenido que esforzar tanto por conseguir atraer el interés de una mujer, ni tampoco había estado nunca tan decidido a conseguirlo. Era obvio que ella no se mostraba muy accesible en aquel momento, así que Rick decidió llevar su farsa un poco más lejos y comenzó a imitar los ejercicios que acababa de verla hacer. Poniendo las manos sobre las caderas, giró el torso varias veces. Por el rabillo del ojo pudo comprobar que ella seguía mirándolo. Complacido, le dirigió una de sus seductoras sonrisas, y después estiró una de las piernas tal y como ella había hecho, y lanzó su cuerpo hacia delante con la intención de tocarse el tobillo con la frente. Algo sonó en su espalda. La columna se le paralizó, y dejó de sentir la pierna que tenía estirada, mientras la otra comenzó a temblarle peligrosamente. Se percató de lo desesperado de la situación segundos antes de aterrizar de golpe con todo el cuerpo sobre el suelo. Estaba sufriendo una contractura en la pierna, y el dolor era intenso. Se agarró la pantorrilla con ambas manos y comenzó a girar sobre la hierba como una peonza sin importarle las miradas de asombro de los viandantes.
Cuando finalmente logró recuperar la compostura, el espacio que había junto al banco estaba vacío. Catrina se había ido. Rick volvió renqueando a la oficina, dolorido pero decidido. Tanto si Catrina lo quería como si no, se había convertido en un reto.
Le dolían todos los huesos de la espalda desde el coxis hasta los omoplatos. Rick exhaló un suspiro mientras escuchaba el ruido que hacía el agua al caer en las duchas del vestuario femenino. Había pensado que ella utilizaría los servicios del club deportivo que había en lo alto del edificio para ducharse y cambiarse después de correr en el parque. Comprobó que no estaba equivocado al ver su bolsa bajo uno de los bancos de la sala de aparatos.
También se imaginaba que ella habría presenciado su patética actuación en el parque, y que le habría resultado divertida. Su ego no le permitía dejar que ella creyera que él era tan inepto como para haberse hecho daño de verdad, así que se había decidido a subir allí, dispuesto a mostrarle un nuevo acto de machismo.
Ella, sin duda, sabría valorar su esfuerzo. Las mujeres siempre apreciaban las muestras de poderío masculino. Y a Rick le gustaba que ellas le admiraran. Incluso aunque no lo mereciera.
Lentamente, dolorosamente, se agachó hacia un banco de levantamiento de pesas, y estiró sobre el su cuerpo mientras apoyaba los pies en el suelo. Una percha sobre su cabeza sujetaba una barra con pesas a los extremos. No se había ejercitado demasiado en los diez años anteriores, pero en la universidad era capaz de levantar con facilidad más de cincuenta kilos, así que no se le ocurrió mirar el peso de aquel aparato. Además, aunque hubiese querido, la realidad era que no se podía mover.
Inspiró hondo, puso los dedos en torno a la barra de pesas que tenía sobre la cabeza y esperó. Minutos después, Catrina salió del vestuario con ropa de calle, y llevando la ropa de deportes bajo el brazo. Rick comprobó que se había quitado las medias rotas, y mostraba sus piernas desnudas, blancas y exquisitamente atractivas. Ella ni siquiera lo miró, y dirigiéndose hacia donde estaba su bolsa de deportes, guardó la ropa, después sacó las zapatillas de debajo del banco y las ató al asa de la bolsa. Se notaba que estaba claramente preocupada. Los labios apretados, el ceño fruncido en señal de concentración. Tenía las mejillas ligeramente sonrojadas por el contacto con el agua caliente. Rick pensó que era probablemente la mujer más bella que había visto en su vida. Se aclaró la garganta:
—Hola otra vez —ella se dio la vuelta llevándose la mano al cuello por la sorpresa, en un gesto de vulnerabilidad que él encontró sorprendentemente atractivo—. Nuestros caminos continúan cruzándose —asió con fuerza la barra de las pesas y fingió una sonrisa mientras su espalda protestaba de dolor—. Asombroso, ¿no es cierto?
Ella movió la cabeza y lo miró:
—Sí, asombroso.
—Te habría acompañado en el parque, pero no quería que te sintieras mal si comprobabas que no eras capaz de seguir mi ritmo.
Ella entonces sonrió.
—Estoy segura de que me habrías hecho tragar el polvo, suponiendo, por supuesto, que hubieses conseguido mantenerte en pie.
Bueno, al menos aquello demostraba que le había estado mirando, pensó él tratando de consolarse.
—Un pequeño contratiempo. ¿Nunca has tenido una china en el zapato?
—¿Una china?
—Endiabladamente punzante. Se metió justo debajo de mi talón. Ya sabes cómo son estas cosas.
Entre los labios de Catrina apareció un destello blanco como si estuviera mordiéndose el labio para tratar de contener una sonrisa.
—Por supuesto.
—Y además de hacer jogging, ¿qué más haces para pulirte?
—¿Pulirme?
—Ya sabes, tonificar los músculos.
—Ah, bueno, me gusta jugar al tenis. O al menos me gustaba. Ahora tengo poco tiempo.
Una pista. Rick se agarró a ella:
—Eso es asombroso. El tenis es mi especialidad —tomar una pelota, golpearla con una raqueta. ¿Qué dificultad podía tener?—. Tal vez podríamos echar una partida alguna vez.
—Tal vez.
Ella se estaba ablandando. Él podía comprobarlo en sus ojos.
—Deberías probar a levantar pesas, también. Es estupendo para el sistema cardiovascular —como para probar su afirmación levantó con un gruñido la barra de pesas, y sintió que algo crujía en la base de su espina dorsal. Los brazos se le desplomaron con si fueran espaguetis cocidos y la barra le cayó sobre el pecho.
—¿Te encuentras bien?
Él abrió la boca consiguiendo introducir algo de aire en sus pulmones:
—Quería… —sus palabras iban acompañadas de un extraño siseo que provenía de algún lugar en su interior— …hacer eso.
—¿Por qué? —preguntó ella sorprendida.
Le llevó unos segundos poder contestar:
—Bajar las pesas… —siseó— …y después levantarlas —volvió a sisear—. Así es… como funciona.
—Ya veo —murmuró ella, claramente escéptica—. Bueno, te dejo con tu calentamiento.
Rick sonrió, y consiguió con dolor asentir con la cabeza.
—Si ves a Frank Glasgow, ¿podrías… decirle que suba?
—Por supuesto —volvió a echarle una ojeada, después levantó algo más su bolsa y se fue.
Tras lo que le pareció una pequeña eternidad, Frank asomó la cabeza en el gimnasio.
—¿En qué puedo ayudarte?
—Podrías quitarme esta… maldita cosa de encima —dijo entre dientes—, y después, llévame al hospital… creo que me he roto una costilla.
—Te lo aseguro, Gracie, es absolutamente enervante. Cada vez que me doy la vuelta, ahí está él. Y además me envía regalos.
—¿Regalos? —Gracie abrió desmesuradamente los ojos—. ¿Quieres decir diamantes, perfumes y abrigos de pieles?
—Bueno, no —Catrina se aclaró la garganta y miró hacia otro lado—. Ejem, unos panties —unas medias caras en un paquete atado a una docena de globos de helio de colores que le habían llegado directamente a su casa de la mano de un mensajero uniformado que se había enfadado cuando ella rechazó el envío.
Gracie parpadeó.
—Oh, Dios mío, eso suena muy personal.
—De hecho fue una especie de broma personal. Verás, es que se me cayeron las monedas en la tienda de café, y me hice un agujero en la rodilla de mi… —poniéndose colorada de pronto, Catrina cerró la boca de golpe al ver la mirada jocosa de Gracie—. No tiene importancia, lo que importa es que creo que me está acechando.
—¿Acechándote? —bromeó Gracie—. Tal vez se trate tan solo de que le gustas. Después de todo, eres una chica muy atractiva.
—Bueno, pero a mí no me gusta.
Ella levantó una ceja:
—¿Ni siquiera un poquito?
—Tengo que reconocer que es un hombre atractivo, pero no se trata de eso. No estoy interesada en ningún hombre, atractivo o no.
—¿Te van más las mujeres?
—¡Gracie! —Catrina se rio y agitó la cabeza—. Sabes bien lo que quiero decir. Acabo de salir de una mala relación, y desde luego no tengo intención de meterme en otra.
—¿Entonces por qué no te metes en una buena relación?
La sonrisa de Catrina se desvaneció:
—Ese tipo de relaciones no existen —dijo con firmeza y convencimiento—. Mi madre vivió dos horribles matrimonios. Dos hombres la utilizaron, abusaron de ella y después la abandonaron. Mi hermana mayor se divorció de un hombre tan egoísta y narcisista que prefirió marcharse a Europa antes de tener que hacerse cargo de su propio hijo, y yo terminé con un tipo que creía que las mujeres deberían haber nacido con plumeros en lugar de brazos, y con una nevera para cervezas pegada a la espalda. Muchas gracias, pero Heather y yo estamos mejor solas.
—No todos los hombres son gallinas adolescentes.
—Claro que no, solo los que yo conozco —suspirando, puso a Heather en la trona, y le ofreció una taza con jugo para contentarla hasta que estuviera lista la cena—. Comprendo que no es justo juzgar a todos los hombres por el comportamiento de unos pocos, pero la realidad es que no puedo permitirme cometer otro error. Tengo una hija en la que pensar, una hija que significa muchísimo para mí. No puedo arriesgarme a que sufra, a que vea su confianza rota por otro papá que la decepcione y la abandone.
—Hay hombres buenos por el mundo, Catrina, hombres que son merecedores de tu amor y de tu respeto.
—¿Entonces por qué no pudiste tú encontrar ninguno? —Catrina se arrepintió de sus palabras en el mismo instante en que las estaba pronunciando—. Lo siento, no he querido decir…
—Por supuesto que has querido —Gracie había palidecido, pero intentó sonreír—. Soy la primera en admitir que cuando se trata de encontrar marido, yo no soy la más ejemplar.
—Gracie…
—No, no, tienes razón. No soy exactamente lo que se dice una experta en relaciones —desvió la mirada hacia la olla de salsa de espaguetis que hervía en la cocina de Catrina—. El hecho de que me invites a venir a cenar a tu casa una vez por semana no me da derecho a decirte cómo debes vivir tu vida. Estoy segura de que no te interesa lo más mínimo mi estúpida opinión.
—Claro que me interesa —le aseguró Catrina—. Si no hubiese querido saber tu opinión, no te habría comentado nada.
—¿Estás segura?
—Sí, estoy segura.
—No querría entrometerme…
—¡Gracie! Dime qué crees que debería hacer.
En el rostro distendido de Gracie se esbozó una sonrisa.
—Bueno, ya que me lo preguntas, creo que debes seguir haciendo lo que has hecho hasta ahora.
—He estado ignorándolo y esquivándolo.
—Exactamente.
Catrina frunció el ceño. Por alguna razón, había tenido la impresión de que Gracie pensaba que debía dar al persistente Rick Blaine una oportunidad.
—De momento esto no le ha gustado mucho.
—Dale tiempo. Simplemente sigue aparentando que no te interesa…
—¿Aparentando? Gracie, no tengo que aparentar. ¿No me has estado escuchando? No estoy interesada en Rick Blaine. ¡No, no y no!
—Por supuesto, querida, lo entiendo. En cualquier caso, continua como hasta ahora y antes o después conseguirás exactamente lo que quieres.
—Exactamente lo que quiero —repitió Catrina paladeando las palabras—. Eso sería perfecto, claro está, suponiendo que tuviera una ligera idea de qué es exactamente lo que quiero. Lo cierto es que no tengo ni idea. ¿Quiere eso decir que estoy loca?
—No, querida —respondió Gracie con una risita—. Simplemente significa que eres humana.
Capítulo 3
YA era hora de que contestaras. Llevo dos horas llamándote —Rick frenó el coche ante el semáforo en rojo, y cambió el teléfono móvil de lado—. Te has perdido una magnífica cena.
—No sabía que tuviéramos una cita.
—No la teníamos, pero la habríamos podido tener si hubieses contestado el teléfono hace dos horas.
La familiar risita femenina al otro extremo del teléfono siempre le había hecho sonreír.
—Supongo que debería sentirme halagada de que un apuesto pillastre como tú esté dispuesto a perder una magnífica noche de viernes con una vieja como yo.
—Tú no eres vieja. Eres simplemente una mujer madura.
—Adulador, no me extraña que tengas que quitarte a las mujeres de encima —su risita se transformó en una risa que le produjo un cosquilleo que le recorrió toda la espalda—. Creo que debes de haber encontrado un hueso duro de roer para tener un fin de semana libre. O eso o la joven de tu oficina que tanto te atrae no se deja persuadir tan fácilmente por tus encantos como tú habrías deseado.
—¿No es posible que un hombre reserve una noche de viernes para quedar con su madre favorita, sin exponerse a ser motivo de burla?
—Te ha dado calabazas, ¿no es cierto?
—En absoluto —un impaciente bocinazo a su espalda le hizo reaccionar. Aceleró para unirse al grupo de coches que cruzaban rápidamente la intersección—. Estoy seguro de que si la hubiese invitado a cenar, habría aceptado gustosa.
—¡Ajá! Te ha dado con la puerta en las narices, ¿no es cierto?
—No literalmente —aunque Rick estaba seguro de que eso era precisamente lo que habría hecho la aparentemente inalcanzable e indiscutiblemente bella Catrina Jordan si él hubiese tenido la osadía de plantarse en su puerta—. Simplemente no hablamos del tema.
—Sí, bueno, es difícil pedir a alguien que tenga una cita contigo si no te da ni siquiera la oportunidad de estar con ella.
Rick no pudo evitar dirigir una mirada ceñuda al teléfono móvil.
—Gracias por el apoyo y el ánimo maternal.
—¿Por qué debería animarte a que rompas otro corazón femenino?
La pregunta le dejó sorprendido.
—Nunca he roto el corazón de ninguna mujer. Todas las mujeres con las que he tenido una cita son ahora buenas amigas mías.
—Tu encanto es a la vez una bendición y una maldición, querido. Atraes a la gente como si fueras un imán, pero con la misma intensidad con la que les atrae una parte, la otra repele a todo aquel que quiera acercarse demasiado —su juicio era punzante, y tenía una carga de tristeza que Rick comprendía, aunque habría preferido que no fuera así—. Parece como si siempre deseáramos desesperadamente aquello que no podemos tener.
—Mamá, por favor, no empieces.
—¿Que no empiece qué? ¿El hecho de que me iré a la tumba sin un nieto que llore mi ausencia?
—Ya hemos discutido esto antes.
—Sí, ya lo hemos hecho. Vuelve a contarme por qué la mera idea del matrimonio y de una familia hace que tengas sudores fríos.
—Tú sabes por qué —apretó un botón del reposabrazos con más fuerza de la estrictamente necesaria. El cristal de la ventana comenzó a descender, permitiendo que insertara la tarjeta de aparcamiento por la ranura. Odiaba aquel tema, siempre lo había odiado—. Vuelo la semana que viene a Tahoe para convencer a un hombre de que renueve su casino. ¿Por qué no te vienes conmigo? Siempre te han gustado las máquinas tragaperras, y te prometo que siempre tendrás a mano monedas.
—Tienes treinta y seis años, Rick. Ya es hora de que sientes la cabeza.
—Mamá…
—¡Quiero nietos!
—Pues alquila alguno —arrepentido del tono de su voz, Rick suspiró, aparcó el coche en su plaza de garaje y añadió—. Mamá, por favor. Créeme cuando te digo que les estoy haciendo un favor a las mujeres del mundo al retirarme del matrimonio.
El tono de voz de ella se suavizó:
—No dejes que mis fallos te endurezcan.
—Tú no fallaste. Ellos fallaron.
Ella suspiró, con un deje de desencanto que a Rick le llegó al alma. Era el suspiro de una mujer herida por traiciones que se negaba a reconocer. Pero Rick si las reconocía. A pesar de las heridas, a pesar del dolor, ella todavía veía la vida a través de un velo de esperanza, con la creencia de que no existía dolor tan intenso que no pudiera ser aliviado con amor y sopa de pollo. A pesar de lo mucho que adoraba a su madre, Rick no podía evitar ver en ella la misma ingenuidad cínica que había reconocido en los ojos de Catrina Jordan. Unos ojos que reflejaban dolor y traición, pero en los que todavía brillaba una silenciosa esperanza que había llegado a tocar su corazón. No sabía por qué había sentido aquel inmediato deseo de cuidarla y protegerla. No sabía por qué su imagen ocupaba toda su mente, por qué su esencia se había apoderado de sus sueños. Era como si de pronto hubiese descubierto una parte perdida de sí mismo, un trozo de su alma que había estado perdido durante tanto tiempo que había llegado a olvidarse de su existencia.
—Rick, ¿estás todavía ahí?
—Es tarde —susurró él—. Debes descansar.
—Supongo que sí.
—¿Mamá?
—¿Sí?
Él se detuvo un instante:
—Te quiero.
—Yo también te quiero, querido. Buenas noches.
Con el ceño fruncido, Frank Glasgow salió del ascensor
—Estoy seguro de que se le informó de que sería necesario que asistiera a algunos cursos de formación.
—Sí, por supuesto…
—Entonces ya está aclarado —girando sobre sus talones, se dirigió hacia las oficinas de los ejecutivos, en el ala norte de la planta.
Catrina se precipitó tras de él.
—Pero, ¿un seminario de dos días en la otra punta del Estado? Aunque pudiera pagarme los gastos de transporte, no podría dejar a mi hija durante tanto tiempo.
—La compañía se hará cargo de sus gastos. Hable con Marta para que se encargue de la reserva de los billetes de avión y del itinerario… —Glasgow se detuvo de golpe. Giró la cabeza y levantó las cejas—. ¿Su hija? ¿Tiene una hija?
—Oh… sí. ¿Supone eso un problema?
—No para mí. Para otros, tal vez —emitió una risita, como si hubiese caído en la cuenta de una broma, después la miró con expresión divertida—. Simpatizo con su problema. Pero la clase de programación fiscal es un requisito indispensable para ocupar su puesto. ¿No le informaron de ello durante el período de preselección?
Ella se humedeció los labios:
—Sí, pero no creí que requeriría irse fuera de la ciudad durante varios días.
—¿No hay nadie que pueda hacerse cargo de la niña mientras está fuera?
—Me temo que no.
La expresión divertida dio paso al disgusto.
—Es usted una buena contable, señorita Jordan. Sentiríamos perderla.
Aquellas palabras tardaron unos instantes en hacer su efecto:
—¿Me despedirían por no poder encontrar a alguien que cuidara a mi hija?
—Por supuesto que no —Glasgow habló despacio, con la actitud exageradamente minuciosa que uno utiliza con los animales o con los niños—. Sin embargo, será despedida si es incapaz de cumplir los requisitos que exige su trabajo. Como ya le he indicado, el seminario en cuestión es uno de esos requisitos.
—Pero mi hija…
—… es su responsabilidad —interrumpió él—. Hay muchos padres en su misma situación en la empresa. Hacemos lo que podemos para facilitar las cosas, pero no estamos dispuestos a sacrificar la calidad de nuestro trabajo, ¿entendido?
—Sí, señor, entendido.
Con un movimiento de cabeza, Frank giró sobre sus talones y se fue.
—No te preocupes por Frank —le dijo una voz femenina a sus espaldas—. No pretende ser tan cascarrabias. Es simplemente un accidente que ocurre… —la mujer bajó la voz hasta convertirla en un susurro—… en cuanto abre la boca.
Catrina sonrió.
—De hecho, el señor Glasgow siempre ha sido amable conmigo. Entiendo cuál es su posición.
—Quieres decir la posición del misionero —la mujer echó hacia atrás la cabeza y soltó una carcajada tan contagiosa que Catrina no pudo por menos de sonreir—. Perdóname —dijo entre risas—. Estoy siendo una grosera, lo admito. Pero dado que Frank es mi suegro creo que me lo puedo permitir —la mujer extendió la mano—. Soy Sandy Glasgow, a tu disposición. Tú eres la nueva contable, ¿no?
—Sí, Catrina Jordan.
—Encantada de conocerte —el apretón de manos de Sandy fue cordial—. No he podido evitar el oír cual es tu problema. ¿Qué edad tiene tu hija?
—Heather tiene dos años y dos meses.
—Ah, qué tiempos, los terribles dos años. A mi hijo le salieron cuernos a esa edad, y no volvió a ser un ser humano hasta que entró en el colegio.
Catrina se rio:
—Bueno, a ella todavía no le han salido cuernos, pero es todo un elemento.
—He oído lo que decías. Ese curso de formación es aburridísimo, pero es un requisito indispensable para todos los empleados. Nuestra compañía utiliza un programa muy sofisticado que integra diseños gráficos en tres dimensiones con funciones contables y fiscales. Solo hay dos docenas de compañías que lo utilicen, y es por eso que los cursos solo se hacen en algunos sitios. Tienes suerte de que el próximo sea dentro de este estado. Yo tuve que volar a Vermont —movió la cabeza y miró a Catrina con simpatía—. ¿No hay nadie que pueda echarte una mano durante unos días?
—Bueno, hay una persona, pero no podría pedirle algo así.
—Si quieres, yo podría darte el nombre de algunas canguros profesionales, pero no son baratas.
—Eres muy amable.
No era tanto el coste lo que la preocupaba, aunque lo cierto era que no llevaba en aquel trabajo el tiempo suficiente como para haber ahorrado ni un duro. Era el simple hecho de pensar en dejar a Heather con un extraño el que le erizaba los pelos.
—De nada —respondió Sandy—. Buscaré los teléfonos, y los dejaré grabados en tu contestador automático.
—Gracias. Yo… —Catrina interrumpió la frase. Por el fondo del pasillo entró Rick Blaine acompañado de una mujer que parecía ir flotando por el aire. La mujer hablaba como loca, y Rick la miraba como si fuera la criatura más exquisita sobre la faz de la tierra.
—Tú, ¿qué?
—¿Hum? —solo cuando sintió el suave golpear de los dedos de Sandy sobre su hombro comprendió que no había terminado la frase—. Oh, yo… yo… —en esos momentos pudo ver cómo la mujer se lanzaba a los brazos de Rick.
—¡No sé cómo podría darte las gracias! —dijo la joven—. Ha sido el mejor regalo del mundo. No sé cómo podré pagártelo.
—Ha sido un placer —respondió Rick.
Seguro que lo había sido, pensó Catrina invadida por un ataque repentino e inexplicable de celos.
Detrás de ella, Sandy comentó divertida:
—Papá Noel ataca de nuevo. Esa es Ivana Trenton —susurró Sandy mientras la mujer se metía en el ascensor—. A su hijo le robaron la bicicleta en el colegio la semana pasada. Ella estaba muy afectada porque había sido un regalo de cumpleaños, y como su marido está en paro, no tenían forma de poder comprarle otra.
—¿Así que el señor Blaine le compró otra?
—Eso es lo que se rumorea.
—Ah —el descubrimiento de que Rick era tan generoso con todo aquel que se cruzaba en su camino como lo había sido con ella hizo que se sonrojara. Aquello acababa con su sospecha de que el regalo de las medias formaba parte del siniestro plan de un incorregible conquistador que lo único que pretendía era poder obtener acceso a aquella prenda íntima en el futuro. Incluso con las mejillas ardientes, no pudo evitar seguirle con la mirada.
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