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Bitácora de viaje
Delcy Escorcia

© Delcy Escorcia
© Bitácora de viaje
Septiembre, 2021
ISBN papel: 978-84-685-6111-0
ISBN ePub: 978-84-685-6109-7
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Índice
PREFACIO
PRIMERA PARTE
CAPÍTULO UNO
CAPÍTULO DOS
CAPÍTULO TRES
CAPÍTULO CUATRO
CAPÍTULO CINCO
CAPÍTULO SEIS
CAPÍTULO SIETE
CAPÍTULO OCHO
SEGUNDA PARTE EL 2020
CAPÍTULO NUEVE
Capítulo DIEZ
CAPÍTULO ONCE
CAPÍTULO DOCE
CAPÍTULO TRECE
CAPÍTULO CATORCE
CAPÍTULO QUINCE
CAPÍTULO DIECISÉIS
CAPÍTULO DIECISIETE
CAPÍTULO DIECIOCHO
CAPITULO DIECINUEVE
PREFACIO
Esta es la historia que quiero contar. Es en todo caso una versión subjetiva, pues otra interpretación podría ser contada por cada uno de aquellos quienes hicieron parte de los hechos.
Entes y personajes coexistirán intercambiando roles constantemente; cada uno tendrá su papel protagónico en este inmenso escenario que es la vida. He de anteponer unos aspectos ante otros por mera conveniencia, los cuales, sin proponérmelo, pudieron rebasar los límites de la realidad.
PRIMERA PARTE
CAPÍTULO UNO
El día que abordé el avión rumbo al Viejo Continente europeo no imaginé las transformaciones que se operarían en mi interior. Desde el momento mismo en que mis pies dejaron de sentir la inercia de la tierra, elevándome hacia las nubes, y como una flecha cruzaba el espacio por encima del océano, tuve una sospecha, como otras tantas, apoyada en una corazonada nunca antes sentida.
Tan solo dos meses atrás, nunca había abordado un avión, ni lo conocía por dentro de manera real, pues absurdo es adquirir un boleto de entrada con el fin de ver el interior de una aeronave (donde está la magia), como se puede hacer en algunos veleros turísticos fondeados en la bahía de Cartagena.
El primer impedimento para aquel largo viaje fue la tarjeta de identidad de mi hijo menor, principal obstáculo que impidió la rápida tramitación del pase internacional. Las circunstancias lo habían colocado como mi compañero de fortuna, yo no quería hacer un viaje tan largo sola. Por ello, mi hija Lara decidió comprar dos pasajes de ida y vuelta. Su sueño de tenerme junto a ella no sería truncado por un impedimento menor.
Después de ser tramitado el documento por el aparato gubernamental de la burocracia colombiana, mi hijo, de dieciséis años, obtuvo el pasaporte otorgado a los menores de edad. Un impedimento menos ante las trabas del camino. Todo aquello lo afrontaba algunas veces con carácter y determinación, y en otras ocasiones de manera tibia y vacilante. La ceguera intelectual me impedía moverme hacia lo deseado con la misma fuerza de voluntad que me había impulsado hacia la consecución de otros objetivos mayores.
La motivación se encontraba todavía en estado laxo, embargada por un miedo auténtico ante lo desconocido. Como el clima invernal y las bajas temperaturas. Un día amanecía convencida de mis fortalezas físicas y mentales, pero al siguiente volvía a caer dentro de la misma incertidumbre. Presa de dudas exacerbadas, venida a menos, me creía incapaz de poseer la voluntad necesaria para afrontar todo aquello. Como al escritor de una historia cuya inspiración no alcanzaba para un suspiro y dos o tres líneas diarias le demostraban lo patético de su acción mental, de manera semejante, la inspiración para cumplir un deseo de aquella envergadura me abandonaba por intervalos; y cuando sucedía dejaba los cabos sueltos, y yo en medio de la trama como un muñeco a quien se le estaba agotando la carga. Atrapada en la mazmorra indefinida de mis dudas, los días, las semanas y los meses se sucedían y se iban desgastando; junto a ellos, las estaciones de lluvia y verano, sin atrapar la energía beta que seda y tranquiliza la actividad de los cerebros y los corazones. Otra clase de descarga vino en mi ayuda y pudo estremecer mi fuero interno más recóndito, sacándome de la zona de confort donde me situé por largos años en detrimento de mi propio espíritu imaginativo.
De manera anticipada, mi hija Lara, antes de llevarme a tierras lejanas, donde habitan estos seres curiosos llamados germanos, debía hacerme experimentar el frío en un grado menos superlativo, donde podía analizar posibles riesgos y alteraciones en mi salud. Lo planeó cuidadosamente y al detalle, y con esta carta de viaje arribó a Cartagena un hermoso día de noviembre.
Con este plan preconcebido arrancamos hacia Bogotá tiempo después, con el fin de aclimatarnos en un tour de pocos días.
Al llegar a la gran metrópolis bogotana nos dirigimos de inmediato al hostal previamente reservado, situado en el barrio de La Candelaria, cuyas callejuelas angostas hacen subidas y bajadas por el corazón mismo de la ciudad. Paseamos por lugares que hablan por sí mismos de la idiosincrasia bogotana de épocas pasadas y actuales. Ese pedazo del país donde había nacido me era extraño también. Por ello, al preguntarme mi hija cuál era el sitio predilecto a conocer como primera opción de las diferentes regiones colombianas, no dudé en responder y mi dedo sobre el mapa apuntó al valle del Cocora. Debido a ello creí saber cuál sería el primer recorrido a efectuar. Pero el itinerario de viaje trazado por la Doc (suelo llamar así a mí hija) y Dominic, su marido, dejaría por fuera la zona cafetera indicada para dar prioridad, en el itinerario de ruta en el interior del país, a otros lugares tanto o más desconocidos por mí. Ese destino y la posibilidad de ir al Amazonas fueron derogados porque hubo de sentirlo jodidamente caro.
Sobre el particular le escribió a su hermano menor, quien luego sería mi compañero de viaje, dos líneas:
Mano, lo del Cocora y el Amazonas ya no va, pero lo de las islas de San Bernardo y el Tayrona sí, también incluiremos Bogotá y Villa de Leyva en el itinerario.
Él, sorprendido, preguntó:
¿Por qué incluiste Villa Perdida en nuestro viaje?
Y recibió por respuesta:
Porque es un punto paleontológico colombiano donde existe un gran museo de fósiles.
Mi joven compañero de viaje, quien deseó por mucho tiempo estudiar paleontología, quedó satisfecho con la escogencia.
Nos fuimos hacia Bogotá el grupo de los cinco, pues además de Lara, su marido, mi hijo y yo, también se encontraba mi esposo. Fue una grata estadía en Bogotá, a pesar de que a mi marido le desagradan los mochileros, de quienes se expresó en algún momento con desdén al llegar al hostal, donde también se hospedaban varios de esos trotamundos de morral, mochila, cabello y aire andariego. La habitación estaba fría como el hielo, nada agradable colocar las nalgas sobre la loza yerta del inodoro. Fue nuestro mayor reto como iniciados en el contacto con temperaturas de aquel calibre (obvio, ¿no?) como los seres atrapados en el ardiente calor costeño que veníamos de ser.
Difícil de olvidar la imagen de Bogotá desde lo más alto del cerro de Monserrate, envuelta luego al atardecer en una espesa bruma. Ya situada la temperatura en los siete grados, nos refugiamos en una tiendita donde vendían bebidas calientes, a base de coca, panela y otras yerbas aromáticas. Permanecimos allí por espacio de breve tiempo, al calor del techo del quiosco, escuchando boleros de la vieja guardia, con la agradable atención del tendero, un rolo como de unos sesenta y siete años, quien nos contó unas cuantas experiencias con la nieve y la bruma que a veces espantaba a los visitantes. Se refirió a la nieve como un fenómeno raro, el cual solía ocurrir muy de vez en cuando.
No pudimos disfrutar plenamente del parque Simón Bolívar. Cayó ese día, a finales de noviembre, un torrencial aguacero que nos aguó la fiesta y obligó a permanecer de pie bajo el alero del quiosco principal del parque, observando caer la lluvia por espacio de dos horas. Pero a pesar del aguacero pertinaz, alcanzamos a percibir su cuidada belleza. Cuando ingresamos al sitio, al mediodía, se encontraba soleado y sin amago de lluvia.
Era el parque más extenso dentro de la ciudad, nunca visto: rebosaba de verdor, su bien recortado pasto incitaba al caminante a acostarse sobre él y descansar a la sombra de los árboles para relajarse acariciado por la tibieza de los rayitos del sol y poder admirar de cerca su lago artificial y sus serpenteantes senderos. Ese día habíamos regresado de Villa de Leyva y nos encontrábamos un poco cansados por el extenuante viaje llevado a cabo dentro de un pastudo bus intermunicipal.
Recuerdo a mi hija tumbada en el regazo de su compañero de andanzas, sobre uno de los bancos del parque. Se adormeció entre sus brazos mientras caían pequeñas frutillas maduras que golpeaban suavemente su rostro para luego rebotar sobre la tierra seca antes de ser rebasada por el agua. A pocos pasos, el lago, como un gran ojo de agua translúcido, estaba quieto. A su marido le brillaban sus ojos azules y cuando la miraba lo hacía con especial detenimiento, en la contemplación de lo humano hacia lo humano. El silencio, en ese momento, no fue quebrantado por palabra alguna, fenómeno que contrastaba en tono mayor con las sutiles notas del viento y el aire que se respiraba. Vibrando y armonizando con los caminantes en la misma sintonía. A veces pasaban deportistas trotando, pero sus tenis de goma sobre los senderos casi no se escuchaban. Mi esposo descansaba al lado de nuestro hijo. Sentí gran complacencia al comprender cómo aquella hermosa mujer había logrado colocarnos sobre la superficie de otro sitio especial del país, como quien toma las fichas del ajedrez saltando de una a otra casilla con gran destreza, maestría y singularidad en el ejercicio del juego; única manera de derribar la barrera que coloca la conciencia ante el deseo de llevar a cabo un proyecto de cualquier envergadura, con la valentía y la gallardía necesarias para abrir el umbral hacia lo realizable.
Al dejar Bogotá sentí que me quedó faltando hablar con más gente, pues un bogotano no puede arrojar una impresión global del sentir regional.
Empero, a veces, el silencio es más elocuente que las palabras. Solemos ser esclavos de lo expresado y a menudo el parloteo constante puede alterar la percepción de nuestra verdadera realidad: nos comportamos delante del gran público de x o de y manera para ocultar aquello que yace más allá de la apariencia.
Traje conmigo la huella impresa de un gran parque solitario hecho a mi manera. Me alteran las muchedumbres y el bullicio exagerado. Quién creyera que salimos huyendo del lugar, empapados, con los zapatos llenos de barro y sin tiempo de asearnos con la debida meticulosidad, con el fin de abordar el avión donde regresaríamos a la Ciudad Heroica y encontrarnos horas después en medio de un escalofriante sol.
En Villa de Leyva pasamos dos noches y un día completo. Este es un municipio situado en el departamento de Boyacá, un pueblito con encantos muy particulares. Visitamos varios de sus sitios de interés, potenciales joyas turísticas. Entre estos sobresale su gran museo llamado Fósil, construido en el mismo lugar donde fuera descubierto el Kronosaurus boyacensis. De verdad disfrutamos ver y leer con detenimiento cada pieza rotulada del lugar con el fin de comprender su grado de relevancia, significado científico y para la población misma. Pero ese sitio arqueológico se encuentra a las afueras del casco urbano, donde fueron desenterradas gran cantidad de piezas paleontológicas como partes de exoesqueletos (caparazones) de cefalópodos y ammonites. Se considera una zona de gran riqueza geológica y paleontológica, sin igual en otra parte del país; tanto como su paisaje, de una singularidad irresistible. Recuerdo también la laguna de Iguaque. En mi particular forma de ver, su verdadera belleza se encuentra afuera, en sus inmediaciones, pues la hermosa villa colonial se encuentra rodeada de fósiles, de montañas, de aguas cristalinas formadas por el embalse.
Recuerdo de viva imagen el paisaje boyacense recorrido durante cuatro largas horas de ida y vuelta. La resequedad de los árboles, cubiertos de un polvillo blanco, delataba que la lluvia había escaseado largos meses por esos parajes. A gran distancia de la fría y lluviosa Bogotá, los pinos seguían adornando las cercanías de la orilla de la carretera. La otra vegetación del departamento es agreste y diferente, donde se haya ubicada Villa de Leyva. En su plaza empedrada no había un solo árbol; algo un tanto extraño dada su conservación y su aspecto colonial de grandes proporciones. Lara, mi hija, la recuerda con agrado; no le pareció excepcional, pero sí bonita, a pesar de conocer lugares parecidos con estos atractivos tan singulares, donde agarran por la solapa al desprevenido turista, guiándolo hipnotizado bajo el influjo de los encantos históricos y naturales muy bien integrados. Allí la gente es especialmente amable y diferente en el hablar; me agradó una mujer quien parecía poseer el don de la duplicidad. Jovial y sencilla, especie casi extinta de la cual quedan pocos especímenes bajo los rascacielos de las ciudades, donde a la gente casi no le queda tiempo para entablar una buena conversación, donde el carácter se mantiene alterado por los sordos ruidos y el esmog. Pero a pesar de ello, las fronteras entre lo más gratificante de los pueblitos y las grandes metrópolis son irreales en otros lugares del mundo, como luego lo pude comprender.
El Parque Nacional Natural Tayrona, ubicado en la Sierra Nevada de Santa Marta, fue el último en aparecer en este recorrido inicial dentro del mapa. ¡Increíble! Situado a tan solo cuatro horas de Cartagena, ¡quién lo hubiese conocido antes! Es uno de los lugares más naturalmente hermosos, y exuberantes, de nuestra hermosa geografía colombiana.
Sentí cambios fisiológicos, nada semejante a lo experimentado en Bogotá, después de franquear la entrada del Tayrona. Con una gran expectativa, esa noche dormiríamos en hamacas, bajo el mismo entechado, con otros turistas y aventureros; quienes no reparan en el cómo, sino en el cuándo. Castillete fue la primera parada, luego continuamos al día siguiente abriéndonos espacios por los caminos de herradura en medio de la selva primitiva. Llegamos al primer paraje indicado, sin mucho esfuerzo, a bordo de un microbús.
Rebosaba de impaciencia, quería adentrarme en el camino lo más rápidamente posible, con ello saciar la necesidad de emociones. Pero lo primero era poder descansar muy bien para seguir la aventura.
Al anochecer cenamos arroz con pollo preparado en la madrugada antes de nuestra partida. Lo hicimos sentados sobre sillas plásticas, en la semioscuridad envolvente; los mechones a gas fueron encendidos a las siete, una hora después de anochecer. Cenamos muy animados, cada cual habló de sus primeras impresiones.
El mar estaba muy cerca, a unos cuantos pasos de nosotros, y podíamos escuchar sus sonidos, su respiración, su estremecimiento, su sobrecogedora cercanía. Dormir con el agua casi rozándonos los pies era algo nunca antes experimentado; había escrito sobre esas sensaciones sin haberlas vivido en carne propia, pero qué más daba, imaginar es vivir un poco. Era un sentimiento indescriptible, se me humedecieron los ojos a orillas del mar mientras caminábamos. Después, amparados por la débil luz plateada, mi hija recogía los desperdicios plásticos desperdigados en el camino, los más visibles, resecos, envejecidos y tostados; y los iba recolectando dentro de una bolsa.
Dormimos en las hamacas con una tremenda incomodidad por la falta de costumbre. Y porque una decena de perros habitantes del lugar se pasearon parte de la noche y la madrugada por debajo de nuestros chinchorros, rozándonos con sus cuerpos peludos; de sus bocas se escapaban sonidos raros, ahogados y fúnebres. Fue una experiencia extraña estar obligada a espantar varias veces a aquella jauría de cuadrúpedos de selva porque, al rascarse, sus patas trasmitían la vibración a mis costillas. Me desesperaba, mientras mi marido roncaba a mi lado, pues debajo de su alta hamaca no había perro alguno ladrándole a la luna, ni a otro perro, ni despierto.
Al día siguiente cada cual contó a su manera la experiencia de la primera noche. Mi marido dijo que los mochileros gringos se acostaron muy tarde y hablaron hasta por los codos. Mientras ellos agotaban el repertorio de historias, hubo algunos desvelados dentro de nuestro grupo. Por ello, prefirió abandonar su sitio de descanso a las 9:00 p. m. con el fin de presenciar el partido de repechaje entre Perú y Nueva Zelanda frente a una de las tiendas de campaña. Con el vecino, agregó. Se refería al hombre que ocupaba la hamaca situada a su lado: de unos cuarenta y cinco años, de piel curtida, quien dormía con los ojos abiertos, como un muerto, a nuestro juicio; empleado del parque.
—No hay peor cosa que ser trasnochado por unos extraños y no entender ni mierda —terminó agregando mi marido.
Los perros, las hamacas picosas y la noche larga quedaron atrás, cuando nos adentramos por la selva. Fue una experiencia extenuante de varias horas, pisando en el barro, trepando por caminos difíciles, andando por escalinatas interminables de piedra o madera… pero mis fuerzas seguían intactas al ascender y descender con arrojo.
Las provisiones colgaban dentro de bolsos a nuestras espaldas, que contenían intactos los alimentos y el agua: tres latas de atún, tres botellas y media de agua de a litro, paquetes de galletas, la ropa, toallas y billeteras. Parece poco, pero cuando uno llega a cierto grado de cansancio, aquel liviano equipaje se transforma en un pesado fardo de cocos verdes; y subiendo, la agitación es de la buena, pues pone a bombear el corazón a mil pulsaciones por minuto. Pero seguíamos adelante, con carga, garbo y dificultades que parecían muchas dada la poca experiencia de mi parte. Debido a aquella mala noche de perros, la organizadora del grupo apartó colchonetas con almohadas y sábanas, más toldo para descansar en tiendas de campaña en mejores condiciones. Y fue de lujo dormir mejor abrigados, escuchando el sonido del mar, bajo un cielo de escondites de estrellas, de túneles interminables, de agujeros negros, de extrañezas y misterios insondables. Pudimos, antes de acostarnos, extralimitarnos en la contemplación de un firmamento sin fin, sin artificios.
Dos diosas se juntaron aquella noche, se hizo posible la hechicería: la luz de la mano amiga exploradora de caminos y la de arriba, que se proyectaba tenuemente por los mismos caminos, jugando con las sombras. Pero mi hija con su acompañante, antes de dormir en Castillete, tuvieron su primera impresión. Regresando de los sanitarios, por un angosto caminito se les cruzó una culebra a ella y a Dominic. ¡Cuál sería el susto, que en tres zancadas llegaron al sitio donde se encontraban ubicadas las tiendas de campaña! Al amanecer contaron a los cuidadores del parque sobre la existencia cercana del animal rastrero; estos rieron divertidos diciendo ¡qué se trataba de una boita que andaba por ahí, un bichito de lo más inofensivo y tierno! Seguramente su mamita, la «destripadora», hubiese salido a cobrar cuentas en el caso de que alguien, sin ninguna mala intención, le aplastara la cabeza a su hijita la boita.
Antes de dormir, la pareja inspeccionó las cercanías en busca de la fugitiva, sin encontrar rastro alguno de su paradero. ¡Menos mal! Nos encontrábamos en medio de su hábitat, nosotros éramos los intrusos. Había salido al camino para anunciar su presencia y dejar claro a quién pertenecía el territorio. Pero ese juego territorial no estropeó el sueño ni a mi hija ni a su acompañante, pues a la mañana siguiente amanecieron bien despabilados y con renovados ímpetus de seguir el viaje hacia nuestro próximo destino, Cabo.
Fue otra larga caminata difícil porque las lluvias habían mojado y ablandado todo; la tierra era una masa deforme de barro; debíamos asirnos a lo que fuera para impedir caer de bruces sobre el lodo y continuar andando, pero sin hundir del todo los zapatos en el fango cenagoso. Como era una experiencia del todo nueva, la afronté sin escepticismos. El camino era largo y culebrero, pero surcado de arroyuelos y árboles unas veces frondosos y en otros parajes ralos y con ramas secas. Nos topamos también con monos tití, y verlos saltar de rama en rama junto a un pajarraco que lanzaba chillidos, hacía olvidar el cansancio.
El camino llevaba hacia una especie de laguna interior donde habitaba un cocodrilo incorporado a esas aguas tiempo atrás. El animal se asoleaba sobre los monolitos del lugar. Al desembocar en aquel sitio cerca al mar, nos encontramos con una gran cantidad de turistas, quienes lo fotografiaban desde lo alto de las rocas y este, abajo, muy cerca de la laguna, se mostraba indiferente; parecía acostumbrado a ser observado y fotografiado. Naturalmente, mi hija, quien estaba bien equipada con una cámara de gran lente, tomó fotos a diestra y siniestra al bocón de cola larga. Luego seguimos hacia Cabo, pues todavía faltaban dos horas de camino. Llegué sin aire y con un cosquilleo en la espalda. Para poder terminar aquella caminata tan larga y extenuante, hube de hacer acopio de todas mis reservas vitales inyectadas a mis pies, que se aferraban a las raíces de la vegetación, en aquella estación, maltrecha y pisoteada del camino, la cual unas veces nos desorientaba al cerrarse a nuestros pasos, y otras veces nos extraviaba abriéndose a diferentes caminos hacia ninguna parte. Mi marido caminaba a mi lado con el mismo ímpetu y con el radar al máximo.
Llegamos a Cabo como a las cinco y media de la tarde, hambrientos pero con la autoestima a tope máximo porque anduvimos sin detenernos, ni detener al grupo. Mi hija se sentía orgullosa de todos y dio las indicaciones, después de asearnos, para comer nuestra ración de la tarde. Consistía en atún, galletas, y agua. Me encontraba feliz de descansar y comer, además, porque mi equipamiento se volvía más liviano tras cada alimento, pero quedaban dos botellas de agua, la carga más onerosa e imprescindible.
El mar estaba cerca y, en su orilla, los cocoteros muy altos se mecían peligrosamente con su fardo de frutos secos en el pescuezo. Nos bañamos bajo el sol y el agua como un espejo en permanente proyección. Muy cerca se encontraban las piedras gigantes, las mismas del camino. Las olas, al golpearlas, retrocedían arrastrándose, espumosas y con mil fragmentos marinos, por la orilla.
Mi marido se sumergía como un pez y salía más allá, triunfante y con una gran sonrisa, y el cabello pegado al cráneo. Nos bañamos los tres, mientras la pareja inspeccionaba el lugar en busca de otras maravillas naturales ocultas por ahí, alguna cueva de piratas quizá, o una cabaña indígena sobre las colinas aledañas, oculta entre los matorrales.
Continuamos el mismo día hacia Arrecife. En ese último lugar, un día después, tomamos nuestra primera bebida caliente del paseo, un aromático café, sentados en el restaurante del lugar. Al mediodía almorzamos una apetitosa comida caliente con la cual repusimos fuerzas para iniciar nuestro regreso. Igual de extenuante, pero pudimos medir flaquezas, y nadie perdió tiempo ni se amilanó por las dificultades del acenso o el descenso. Solo a Dominic le dio un sofoco por el calor, la relativa humedad imperante y la poca hidratación; pues ya comenzaba a escasear el agua en nuestras provisiones.
Me detuvo la voz de Lara, quien iba adelante del grupo, con mucho ímpetu, afrontando con determinación las barreras impuestas por la naturaleza. Después de descansar por varios minutos sobre los peldaños de las escalinatas de madera dispuestas para facilitar el acenso, salimos del parque. Llegamos muy cansados al apartamento, comimos un poco y nos acostamos casi de inmediato
Agregamos al equipamiento para la temporada invernal en territorio europeo, los accesorios traídos desde Alemania; las bufandas, gorros, guantes, de poca existencia en el comercio cartagenero. Los tiquetes fueron comprados cinco meses antes, inmediatamente después de obtener los pasaportes. A partir de ese momento parecía que nada podría detener nuestro viaje hacia Alemania. Y lo mejor de todo: mi hijo y yo no viajaríamos solos.
Había llegado el momento.
El primero de diciembre partimos rumbo hacia el Viejo Continente. Dentro de un monstruo gigante, cruzamos el océano atlántico. Creí no poder con tantas emociones juntas, sentí el corazón buscando un escape para evitar una implosión dentro del pecho. El mar debajo de nosotros a gran distancia había perdido toda su magia y belleza, convertido en algo terrorífico de imaginar siquiera. Yo disolvía el nudo en mi garganta al calor de las manos de mi hijo y superaba con facilidad la ansiedad. Mantener la tranquilidad durante las siguientes casi diez horas de travesía interoceánica hacía parte del primer reto. Lara me enviaba mensajes cuando la miraba.
Aprendió a controlar sus gestos después de haber egresado de la universidad y tomar grado de médico: hay transparencia en sus ojos. Las mil caras que adquirimos al trascurrir los años, para resguardarnos de la realidad a veces cruel, y del bicho deforme de la ignorancia, quien suele premiar al falso y castigar el carácter y la integridad, aún no las posee; ella está libre de falsedades de las cuales intentamos despojarnos después, a la vuelta de los años, cuando buscamos reencontrarnos de nuevo con nuestra forma inicial y nos hallamos inmersos dentro de un calvario de dolorosos y gozosos muchas veces producto de nuestra mente rumiante. Entonces nos creemos sin remedio por haber perdido la inocencia intrínseca de nuestro ser. Los hijos se convierten en el brebaje maravilloso que nos reinicia y desdobla en otra o en otro, nuevo y auténtico.
Llegamos a la capital de los Países Bajos: Ámsterdam, y descendimos del avión. Dominic me prestó su chaqueta, más gruesa y larga que la mía, porque comencé a experimentar el frío en toda su intensidad; desde allí volaríamos a Hanover, la primera ciudad en tierra alemana. El aeropuerto de Ámsterdam era gigante, Dominic nos daba las indicaciones de cómo desplazarnos cuando nos tocara regresar, pues era muy consciente de nuestra total ignorancia al respecto. Pero los consejos del compañero de mi hija nos entraban por un oído y salían por el otro sin detenerse. Difíciles de atender las indicaciones a media consciencia, pero él no tenía idea porque seguía mostrando pantallas, puertas, pasadizos, indicando el camino que, al volver a casa, sería a la inversa. Nosotros caminábamos tratando de asimilar el momento tan especial, recorriendo un inmenso pasillo, donde un grupo de hablantes con aspecto alemán se comunicaba en holandés; más adelante pasaban a nuestro lado, en sentido contrario, viajeros con semblante oriental, quienes se expresaban en inglés; la mujer que solo llevaba al descubierto el rostro se abría paso hacia el caminador arreando una pequeña maleta. Debía de ser de origen árabe. Mientras, los carritos pasaban a nuestro lado a gran velocidad, transportando pasajeros ancianos de cuyo destino no tenía idea. Había un movimiento alucinante y frenético. Mi hijo Hugo y yo éramos literalmente arrastrados por nuestra hija, quien también corroboraba las indicaciones. Por momentos jalaba mi mano con intención de acercarme hacia ella y luego susurrar en mi oído:
—Mami escucha y pon atención, pues estas indicaciones han de servirles cuando regresen a Colombia.
Pero Colombia, en el continente americano, había quedado muy lejos, en un punto en la otra orilla del océano Atlántico que los europeos de varios siglos atrás hallaron por circunstancias fortuitas. Y en ese lugar; en ese presente, andábamos por reflejo. Mis ojos no paraban de fotografiarlo todo para grabar mis primeras impresiones dentro de un aeropuerto internacional donde llamaban a abordar por un altavoz cuyo eco resonaba a gran distancia: Pasajeros con destino a Austria, favor abordar el vuelo número trecientos cuatro. Y la voz quedaba atrás al alejarnos en busca de la sala de espera. Y en los monitores de grandes dimensiones desfilaban los diferentes destinos, con números de vuelo, horas de abordaje y números de puerta. Hugo y yo caminábamos como autómatas hasta cuando, por fin, nuestra anfitriona se percató de la imposibilidad de hacernos entender el complejo funcionamiento del aeropuerto.
—Ven, mami —me dijo tirando de mi brazo—: tomaremos algo rápido, después vamos a la sala donde debemos abordar el avión hacia Alemania.
—Ya sabes que esto apenas comienza —me dijo mi hijo asomando la cabeza. Pude apreciar el brillo fulgurante de sus ojos.
Nos sentamos en las bancas de aluminio de una barra, una de las tantas situadas a lo largo del aeropuerto, para disfrutar con un poco más de consciencia haber llegado a la primera escala de nuestro destino. El adolescente del grupo hablaba sentado al lado de su hermana y de su cuñado, con los ojos bien abiertos mientras jugaba con su cabello rojizo. Dominic, quien era prácticamente el coordinador del viaje, buscaba en su celular la hora de salida del primer tren hacia nuestro siguiente paradero. El experimentado trotamundos desde antes de cumplir sus veinte años, cuidaba de los detalles con el fin de prevenir inconvenientes de última hora.
Media hora después ingresamos al último vuelo. Merendamos en el avión: galletitas de ajonjolí con líquido de jugo envasado.
Pude ordenar un poco mis pensamientos dispersos.
¡Era mi gran viaje! El gran regalo, fruto del trabajo de mi hija, un dinero ganado con esfuerzo agotador, de noches enteras de desvelo, o en turnos de más de veinticuatro horas continuas en el hospital. ¡Eso me obligaba a disfrutarlo al máximo!
La libretica de anotaciones reposaba en algún lugar dentro de la maleta, así que debía de grabar todo, y como se me hacía difícil recordar pequeños detalles, traté de no impacientarme por eso.
«¡Eres una chica con gran imaginación!», me decía a mí misma para animarme.
Descendimos del avión; la brisa fría acarició mi rostro. La sensación duró pocos minutos porque de inmediato ingresamos al aeropuerto a recoger nuestro equipaje con el fin de tomar el primer tranvía hasta la estación de tren de la ciudad. Pero antes de dejar Hanover, la pareja decidió entrar al mercadillo de Navidad, Weihnachtsmarkt, situado en una plazoleta de una gran estación principal. Con equipaje en mano recorrimos las diferentes carpas donde vendían toda clase de productos, desde jabones con forma de flores, perfumería del lugar, bufandas, abrigos y demás. Había puestos de comida rápida al estilo lugareño; sobresalía el embutido entero o porcionado. Allí, en ese mismo sitio, probamos nuestro primer Bratwurst (perro caliente alemán): un pan con una salchicha extralarga en su interior, sin más aditamento, ni salsa alguna. Comimos de pie viendo pequeños grupos hablar en otros idiomas; el alemán, compañero inseparable de mi hija, conversaba animadamente con nosotros en un correcto español. En ese momento se acercó al grupo un hombre, quien dijo a Dominic algo en alemán, lógicamente no pude entender lo expresado por el individuo. Cuando se fue, pregunté a mi hija quién era el extraño y recibí por respuesta: «Es mendigo y anda pidiendo dinero».
Fui tomada por sorpresa, no me lo hubiera imaginado. «¿Era posible encontrar mendicidad en Alemania?». Algo tan «normal» en nuestro país.
Se desentumecieron mis sentidos por la carga emocional, despertaron del impacto producido por las construcciones fenomenales; pude reparar con más detenimiento en la gente. Dominic, conociéndome un poco, me explicó:
—Ellos piden dinero no por necesidad, pues el gobierno los ampara, cuentan con techo, comida en centros especiales, poseen seguro médico, el gobierno suple por completo sus necesidades básicas. —Pero luego se quedó cavilando sobre sus palabras—. Bueno, ahora dudo que la cobertura sea para todos —dijo tras el preámbulo.
—¡Ah! —exclamé a modo de respuesta y seguí disfrutando mi perro caliente. Aquella salchicha un poco picante sabía realmente bien.
El tren intermunicipal era otra experiencia única a disfrutar a continuación. Así que, de una experiencia, pasaba a otra igual de inédita. El tren se desplazó de una estación a otra sin mucha premura. Mi hija iba a mi lado con aire pensativo, pues estaban llegando a su final las vacaciones; debía presentarse en el hospital a trabajar al siguiente día de nuestra llegada; sin oportunidad de mostrarnos los lugares de la ciudad donde residía.
Afuera estaba oscuro y el paisaje se ocultaba, evasivo, detrás del manto de la noche. El cansancio hizo sus estragos en mi organismo, y me quedé dormida. Al llegar a Gottinger, la ciudad donde haríamos el transbordo final, lamenté mi falta de fuerzas para conocer un poco más de la ciudad. Lara me devolvió la tranquilidad explicando que esa ciudad se encontraba incluida en la lista de localidades a conocer en territorio alemán, a menos de que yo dispusiera lo contrario. Mi hijo me miró radiante de dicha, expresando:
—Sí, ma, ¿se te olvida a lo que vinimos? —Esa frase la escucharía muchas veces expuesta con gran entusiasmo.
¿Qué puedo decir? Estaba acostumbrada a estar restringida por el dinero para esa clase de eventos, y mi hermosísima amada primero se encargó de pasearnos por algunos destacados lugares de Colombia. En ese momento tomaba consciencia de que, de ñapa, nos pasearía por diferentes lugares de la Bundesrepublik, y no entendía la manera de que ella pudiera cumplir con la agenda de viaje en medio de sus obligaciones laborales. Pero me encontraba totalmente dispuesta a dejarme sorprender, mimar, seducir, y me estaba acostumbrando: Hoffnung ist keine Strategie (la esperanza no es una estrategia).
Descendimos del tren en una estación intermedia y nos dirigimos a un pasillo, luego ascendimos las escaleras eléctricas hasta el sitio donde haríamos el transbordo. Aguardamos unos interminables minutos, cansados de arrear el equipaje; mi maleta era grande y muy pesada, además del bolso y la cartera.
El siguiente tren se encontraba mejor acondicionado por dentro. En él viajamos de pie, deseando acortar la distancia para llegar lo más rápidamente posible al apartamento; imaginaba el lecho frío debido a la temperatura, que rondaba los diecisiete grados. Entibiaría el lecho con mi cuerpo, me tendería a descansar con la ropa puesta hasta el siguiente día. Llegamos a las seis de la tarde, pero parecían las ocho de la noche. No es costumbre desplazarse en taxi, por su alto costo, y tampoco es necesario gracias a la importante red de transporte público interconectada hacia cualquier destino. Descendimos del autobús a una cuadra del edificio donde quedaba situado el apartamento. En aquel momento miraba, sin ver casi, las pequeñas torres de apartamentos, sin nombre en su fachada exterior: los edificios en Alemania carecen de rotulaciones.
Entonces pensé en mi hijo mayor, quien se uniría al grupo el primero de enero. ¿Cómo se las arreglaría para encontrarnos dentro de unas especificaciones tan ambiguas? Las edificaciones, parecían hechas con el mismo molde. Se interrumpieron mis especulaciones al ingresar al interior del edificio a conocer por fin el nuevo hogar de mi hija.
Muy cálido, teniendo en cuenta el imperante frío exterior, pues inmediatamente después de llegar se prendió la calefacción del baño y demás habitaciones, dispuestos a calentar el hogar lo más rápidamente posible. Todo estaba dividido en cuartos diferentes, sin continuidad; ese particular me causaría uno que otro inconveniente al cocinar los alimentos porque ya dentro de una habitación, me quedaba completamente desconectada de las demás.
Mi hija nos condujo al dormitorio. Una hoja azul bellamente decorada sobresalía sobre la cama. Decía lo siguiente:
Bienvenidos:
Estamos muy felices de que estén hoy aquí con nosotros en nuestro pequeño hogar.
Complacidos de recibirlos, atenderlos y mostrarles algo de este bello y frío país donde habitan los germanos. Desde hoy empiezan nuestras fiestas navideñas, y esperamos hacerlos pasar inolvidables momentos.
Me sentía agradecida y turbada. Una mezcla de sensaciones me llegó de golpe. Entonces volteé mi cuerpo para abrazarla, murmurando:
—Ya estoy aquí, hija.
Al día siguiente guardé la hoja en el respaldo de mi maleta.
Desde su llegada a nuestro apartamento en Cartagena, se quebró en dos mi cotidianidad en buena convivencia junto a mi esposo y mi hermoso hijo. Pero no por ello debía privarme de los pequeños placeres que la vida me estaba brindando.
Pero «el momento esperado», es war soweit en alemán, estaba ocurriendo y todos mis sentidos estaban en completa alerta en pos de acaparar las sensaciones que ello me producía cuando era sorprendida por los detalles, tanto como a mi adolescente hijo.
No fue como creí; pues cuarenta y cinco minutos después de nuestra llegada, luego de acomodar las maletas, lavarnos y descansar un poco, salimos en vehículo hacia el centro de la localidad a buscar un lugar donde cenar. Al llegar caminamos sintiendo de verdad el frío en el ambiente, era una sensación con muchos grados por debajo de los experimentados en nuestro clima tropical. Recorrimos la pequeña ciudad con sus calles vacías, pude comprobar lo afirmado por mi hija; aquella localidad, era un «pueblo fantasma». Pero de fantasmas disciplinados, propietarios de una ciudad pulcra. En sus sitios comerciales, de hermosas fachadas, las mercancías se exhibían detrás de las vitrinas de manera atrayente, seduciendo la mirada del transeúnte. Cero ruidos, ni anuncios demasiados grandes compitiendo por sobresalir, ni luces cegadoras, ni voces humanas, nada de nada. Eran las ocho de la noche y la ciudad se adormecía amodorrada sobre sí misma. Habría que verla de día para comprobar diferencias reales con lo conocido y tan desmesurado. Recordé entonces a sus habitantes, quienes en su gran mayoría eran personas de la tercera edad, y posiblemente habían perdido la vitalidad y la motivación que insta a deambular en la noche buscando un bar, una discoteca, un restaurante, una terraza, donde conversar al aire libre con sus iguales. Pero en el interior del restaurante se encontraban algunos alemanes de mediana edad, conversando con distracción. Nos acomodamos en una mesa en la parte trasera del restaurante, bajo una lámpara de un labrado antiguo, muy bien conservada.
El sitio era diferente, especial, con una bonita iluminación y decoración alusiva a la Navidad. Había vasijas de vidrio, en todas las esquinas, de donde emergían flores ornamentales blancas salpicadas de escarcha plateada. Las vasijas floreros, decoradas por fuera con cintas del mismo color blanco, eran complementadas con borlas de Navidad translúcidas y blanquecinas. Sorprendentemente, aquella monocromía no abrumaba; por el contrario, hacía del ambiente algo agradable y acogedor. Nuestra primera comida fue a base de carne de cerdo muy bien condimentada y deliciosa, acompañada de verduras y papas. Luego disfrutamos de una copa de vino; brindamos, con los ojos brillantes del entusiasmo, por nuestra llegada sin contratiempos a nuestro destino final. Las copas se elevaron y se dejó escuchar ese tintín, recordatorio perenne de momentos memorables ocurridos en nuestras vidas. Y lo más importante; cuando ocurre, debe de haber presente más de uno. Los instantes compartidos de tal manera son verdaderos tesoros, bastones donde se apoya el cuerpo para no desmoronarse en momentos aciagos. Coloqué la copa sobre la mesa, sin probar de la bebida, pero Lara hizo un movimiento desaprobatorio y la volví a tomar rápidamente, decidida a probar mi primer sorbo de vino al mismo tiempo que los demás. Y a partir de ese momento tuve muy en cuenta aquella indicación, pues me tocaría brindar muchas veces más, en diferentes copas, con vinos fermentados en otras regiones. Mi garganta burbujearía con la embriaguez del andar, del trasegar, por el mundo alemán. Mi hijo brindó con su primera copa de vino, pues al mes siguiente cumpliría los diecisiete años de edad. Como para nunca olvidar su primer sorbo púrpura, porque lo tomó en circunstancias poco usuales.
***
Me desperté completamente a oscuras al día siguiente. El celular marcaba las siete de la mañana. Me erguí rápidamente para alcanzar a despedirme de mi hija, quien se disponía a irse a esa hora. Después de cepillar mis dientes, salí atolondrada del baño. La Doc me miró seria, peinándome el cabello con sus dedos; era su ademán de ternura más frecuente. Luego de darme algunas indicaciones del manejo del botón con el cual abrir la puerta principal del edificio, y detalles sobre la comida, se despidió con un beso. Corrí a asomarme a la ventana de la cocina que daba a la calle; la pude mirar alejarse entre las sombras. Luego de que desapareció a lo lejos, me quede ahí petrificada; mis ojos se movían de una a otra edificación. Sobresalían los hermosos techos rojos, de dos a cuatro aguas rematados en cornisas cuadradas o rectangulares. El techo parecía ocupar la cuarta parte de las casas, edificios de cuatro pisos. Las ventanas eran todas iguales, se diferenciaban tan solo en la fachada de la entrada. La oscuridad iba decreciendo poco a poco, la penumbra matinal en horas tardías era extraña a mis sentidos, perdí por completo la percepción del tiempo real.
Luego me volví a mirar. La cocina era muy espaciosa, varias mesitas de madera y estantes la adornaban; el pequeño juego de comedor, regalo del abuelo de Dominic, frente a la nevera, se veía insignificante en medio de la gran estancia. Me pareció extraño encontrar muy bien dispuestos cinco recipientes recolectores de basura; los inspeccioné con cuidado para comprobar si efectivamente me encontraba en lo cierto. La basura generada, por el momento, era el tópico menos importante a descubrir aquella mañana de inicios de diciembre lejos de la patria querida. Cociné huevos revueltos y papas (el consumo de tubérculos no es habitual en la alimentación en Alemania).
Luego de desayunar y lavar la loza y ordenar la ropa, mientras mi hijo entraba a internet a ver las novedades de nuestro país, extraje de la biblioteca un gran volumen y dediqué el tiempo restante antes del almuerzo a la contemplación de imágenes de Van Gogh. Atrajo mi atención una representación pictórica en donde olas de gran tamaño aparecían enroscadas, en forma de remolino, y el túnel en medio del cual destacaba un flash de luz. Una isla flotante con iglesia y casas emergía en medio de la cosa acuosa. Era la imagen impresa en una de las postales, regalo de la Doc, la cual expresaba lo siguiente de puño y letra, en la postdata:
La creatividad para mí es la máxima expresión de la inteligencia. Poder pintar requiere de una capacidad enorme para plasmar dimensiones y perspectivas en un papel o lienzo, de manera casi exacta sin necesidad de utilizar mediciones. Además, requiere de una sensibilidad para captar colores, brillos y emociones en objetos inanimados. Quisiera pensar que soy una persona creativa o que podría llegar a serlo. Vincent Van Gogh lo era. Pero también era un enfermo mental, una persona solitaria, psicológicamente inestable que se cortó una oreja después de una disputa con un amigo y que más adelante se disparó en el abdomen. Es un precio muy grande el que hay que pagar para ser extraordinario.
Eran cuatro réplicas de pinturas, las cuales pude apreciar con detenimiento en la quietud del hogar al volver de Alemania. La siguiente postal pertenecía a Otto Dix (1891-1969). Se trataba de una mujer sentada sola dentro de un café o de un pequeño bar. Fumaba un cigarrillo; sobre su mesa, una copa de vino a medio consumir. Toda ella estaba inmersa en sus pensamientos, parecía ignorar el mundo a su alrededor. Refiriéndose a la imagen, Lara anotó en su respaldo:
Esa mujer de allí no me inspira fealdad, ni tampoco desprecio. Prefiero pensar que es una mujer fuerte e independiente, una mujer intelectual quien sabe lo que quiere, una mujer que quizás después de muchas decepciones ya no crea en el amor. Quizás haya decidido quedarse soltera y disfrutar su vida al máximo con pasiones profundas, lecturas extensas y viajes extraordinarios. Seguramente es una mujer sin instinto materno, alguien quien decidió no tener hijos, ni marido, para dedicarse al cien por ciento a sí misma y al descubrimiento de su yo y de su felicidad.
La imagen siguiente representaba un cuadro pintado por Gustav Klimt (1862 - 1918), la cual decía lo siguiente:
Siempre he querido saber si Gustav Klimt quiso transmitir su ideal del amor en este cuadro, o si cada elemento de él tiene algo que decirnos. El hecho de que la mujer esté arrodillada y con los pies al borde de un abismo significa algo. Creo que en las relaciones de pareja siempre hay alguien en una posición de desventaja y ese alguien es siempre el que ama con más intensidad. El amor nos hace vulnerables, es un éxtasis peligroso, es la felicidad de contemplar el esplendor al borde de un abismo. Tienes que sentirte protegido para poder disfrutar de la vista.
La siguiente postal la omito por encontrarme en total desacuerdo con la interpretación idealizada que hace de sí misma mi hija. Quizás más adelante, si encuentro pertinente acotarlo dentro del contexto de un capítulo, pueda esgrimir mis argumentos o arrepentirme y dar a conocer el contenido de la misma.
CAPÍTULO DOS
Anclado sobre una colina divisamos el castillo esa tarde del primer fin de semana de estadía en Alemania. Tan solitario como el camino que conduce hasta él. No encontramos una sola alma por esos lares. Íbamos forrados hasta los dientes mi hijo y yo, porque la temperatura descendía cada día más y no queríamos exponernos a pescar un resfriado que nos aguara el disfrute de los siguientes días. Y pese a ello, por primera vez, el frío penetró hasta la piel de nuestros pies y de nuestras manos. El castillo se encontraba cerrado. Entonces Lara optó por fotografiarnos a las afueras de la monumental edificación rodeada de un patio de varias hectáreas salpicadas de pequeños lagos y mucha vegetación, árboles semidesnudos y otra clase de flora extrañamente verde para la época. Caminamos un poco los alrededores asequibles de la antigua construcción, luego nos dirigimos al centro de la ciudad; allí pasaríamos el resto de la tarde.
Cenamos en un restaurante; los colombianos pedimos comida griega, chuzos de cordero acompañados con vegetales. El alemán se inclinó por otro platillo, comida típica de otra región. Al terminar de comer, Hugo se dirigió al baño, Toilette en alemán, ubicado en el piso superior. Los demás nos quedamos disfrutando de una gran copa de Berliner Kindl Weisse, una cerveza con sabor a frambuesa y aspecto de vino espumoso, mezclada con cereal seco. Mientras, nuestra espléndida anfitriona hablaba sobre los planes para celebrar el cumpleaños de Dominic, al día siguiente. La primera intención fue celebrarlo en un restaurante en Kassel, la ciudad más cercana y conocida por él, pero se interponía entre sus planes el horario de trabajo de ella, en el hospital. Cuando se encontraban hablando sobre la segunda opción apareció Hugo, visiblemente agitado, apuntando hacia la alta ventanita del frente. Dirigimos la mirada hacia allá, para ver de qué se trataba.
¡¡Estaba nevando!!
Veía caer la nieve por primera vez a mis casi sesenta años de edad; esas pequeñas partículas, como fragmentos de raspadura de hielo, que planeaban con la delicadeza de mariposas traslúcidas. Nos quedamos en silencio, mirando hacia afuera. Dominic, respetuoso por el momento único, y mi hija tan emocionada como nosotros, pues nos había llevado hasta allá, entre otras cosas, a conocer la nieve, y su objetivo se estaba cumpliendo antes de lo previsto. Salimos presurosos a la calle para palparla; Hugo abrió los brazos y giraba sobre sus pies sin mirar a su hermana, quien lo fotografiaba tratando de captar con su lente aquel momento en el polo opuesto de lo visto o experimentado por nosotros dos.
Los transeúntes pasaban, unos presurosos, otros sin mucha premura, se cobijaban bajo paraguas negros sin darle la menor importancia al fenómeno que ocurría. Pero a mi hijo y a mí nos mantenía con las cabezas vueltas hacia arriba, hipnotizados por las partículas traslúcidas y bien definidas que flotaban y caían sobre nuestros rostros y abrigos. Di gracias a la Tierra por su perfecta inclinación, que hacía esto posible, y también por permitirme conocer aquella gracia natural invernal y las circunstancias que la provocaron. Caminamos entre la nieve y, a pesar de la lluvia blanca, la temperatura era menos sobrecogedora, se hacía muy soportable. Dominic nos explicó un fenómeno bonito, cuando la nieve desciende bajo los rayos del sol; tendríamos la oportunidad de verlo más adelante.
No nos habíamos atrevido a salir solos, a pesar de la insistencia de la pareja, quienes nos instaban a conocer los alrededores. Pasaban los días y seguíamos paralizados por el miedo a lo desconocido. Por otra parte, el clima seguía difícil de pronosticar; a días nevados seguían otros calentados por el sol, pero al atardecer llovía. El universo europeo se dejaba apreciar en todos sus contrastes: calentaba el sol, luego llovía, y por último nevaba; y todo consecutivamente en un mismo día.
¡Por fin, el nuevo el fin de semana! Salimos los tres a pesar de los pronósticos de lluvia. Dominic no pudo acompañarnos porque se encontraba en una capacitación laboral, en Frankfort.
Yo necesitaba salir al aire libre, después de días entre paredes, para ser testigo de ese dinamismo propio de la civilización alemana, pues desde aquel punto muerto donde se localizaba el apartamento, veía a diario desde la ventana unas tres almas escurridizas, sin rostro, debajo de sus capuchas.
El centro lucía calles adoquinadas. Frente de los locales, debajo de grandes sombrillas blancas, los comensales merendaban de pie, en altas mesas, hojaldre o cualquier otro bocadito ligero, acompañado con bebidas embotelladas. Podía tratarse de una especie de Pony Malta que más adelante se me presentó la oportunidad de degustar. Luego nos encaminamos hacia las afueras, a conocer los alrededores del lago. Al llegar nos embargó un frío tenaz, en el mismo grado superlativo del experimentado a las afueras del primer castillito visitado. Llegamos a paso lento a un bonito lugar con pequeños muelles; las embarcaciones con motor y lanchas eran guardadas, en plena época fría se hacía necesario para evitar su deterioro en caso de congelarse el lago. En las regatas de verano, los asistentes al evento disfrutan del aire libre en ese lugar. Pero en aquel momento, los alrededores se encontraban a solas en nuestra compañía.
Anduvimos una larga distancia. Las casas ubicadas cerca daban la impresión de ser viviendas campestres por sus grandes dimensiones, pero de aspecto similar a todas aquellas vistas en otros lugares. De grandes techos inclinados, casi cuadrados, las mismas ventanas de pedestal blanco que plegaban de variadas maneras, y su parte frontal cruzada por un entramado de madera. Pequeños árboles de hayas y robles semidesnudos eran el decorado natural cerca de la orilla del lago.
Nos deteníamos a mirarnos sobre el espejo de agua, de pie sobre algún improvisado muelle. Las aguas estaban quietas pero no se podía ver el fondo. Fuimos enterados de que, debido al intenso frío invernal, el lago llegaba a congelarse en otras épocas. Estábamos lejos del suceso, a varios grados de distancia, mas sin embargo, me seducía la idea de experimentar el contacto de un lago solidificado. A gran parte del pueblo colombiano le toca morirse sin conocer el hielo natural, a diferencia de lo descrito con impecable maestría por Gabo, nuestro premio Nobel. Ahora nos admiramos de conocer el congelamiento del agua de manera natural. El hielo conocido por la mayoría de citadinos de la época es aquel fabricado de manera artificial. La gitana del siglo XXI nos llevó a conocer el hielo natural después de solidificarse la nieve.
Vino a mi memoria un fragmento de un cuento de Oscar Wilde, leído pocos días antes en un libro que viajó conmigo hasta Alemania, el cual adquirí en una pequeña feria en Bogotá. Expresaba lo siguiente:
Decimos que somos una era utilitaria, y no conocemos la utilidad de nada, hemos olvidado que el agua limpia y el fuego purifica y que la tierra es madre de todos nosotros. La consecuencia es que nuestro arte es de la luna y juega con sombras, mientras que el arte griego es del sol y trata directamente con las cosas. Yo tengo la seguridad que en las fuerzas elementales hay purificación, y quiero volver a ellas y vivir en su presencia.
Este libro fue donado luego a la biblioteca de Lara, pues conozco su gusto por la literatura, cultivado primero bajo mi asesoría. Entre sus libros de adolescencia podemos encontrar la obra más destacada de este escritor, El retrato de Dorian Grey, y volvió a leerlo en el 2018, en el idioma alemán.
Y pensé en los peces, quienes probablemente escapaban a las profundidades para no quedar inmovilizados como momias acuáticas, o morir asfixiados, en los días en que la temperatura del agua bajaba a menos de cero grados. La ausencia de aves en los alrededores del lago era muy notoria y triste a la vez, pues la temperatura imperante también los obligaba a migrar hacia otros lugares más propicios a su vida silvestre.
Luego regresamos a cenar al centro. Había terminado por el momento nuestro escape de las paredes del hogar; comeríamos un buen abrebocas, sin tareas ni ocupaciones, preparados anímicamente para los acontecimientos posteriores. El miedo al frío se había diluido por completo. Era posible salir a la intemperie bien cubiertos de pies a cabeza, con muchas capas de ropa y un calzado adecuado. De regreso le escribí a Diego dándole ánimo, pues él también se hallaba en los preparativos para unírsenos en Año Nuevo. Le dije lo siguiente en un corto mensaje por Messenger:
Prueba superada, le perdimos el miedo al frío. Si nosotros pudimos, tú también podrás.
Pero mi encantador y práctico hijo me contestó lo siguiente:
Aún conservas el calor colombiano, espera a que pasen los días.
Y yo:
No seas aguafiestas.
El sábado siguiente mi hija tuvo un largo turno de veinticuatro horas, por eso regresaría a casa el domingo a mediodía. Ese día desperté a las siete de la mañana y sin mayores expectativas fui a preparar el desayuno. Dominic, al escuchar ruido, ingresó a la cocina con el enorme computador de trabajo entre las manos, envuelto en una pijama azul, me dio los buenos días y se dedicó a ojear el computador sentado en el comedor; le ofrecí un pocillo de café colombiano muy caliente, y lo saboreó a sorbos lentos, peinando su cabello con los dedos, concentrado en la pantalla del ordenador. Tiempo después, antes de desayunar, dijo:
—Prepárense, porque hoy los llevaré a conocer mi ciudad natal.
Partimos en el auto dos horas después. Mi hijo iba radiante a mi lado. Por lo general se enteraba de los planes primero, pues se acostaba tarde pendiente a las últimas novedades y disposiciones. Parecían confabulados para tomarme por sorpresa.
Viajaba observando el paisaje rural: no había labriegos o campesinos, ni cultivos, en los grandes campos tapizados de grama verde. Este color predominaba a pesar de la nieve caída sobre casi todo el estado de Hesse, rodeado de estados tan grandes y sobresalientes como el de Baviera. Los pueblitos existentes a lo largo de la autopista, estaban lejos; pero se podían apreciar las construcciones hogareñas, casi todas con el mismo diseño, unas más rectangulares que otras, con techos de varios aleros, de cuatro aguas, grandes y sin patios divisorios. El paisaje era un tanto homogéneo, con hangares de madera o fábricas abandonadas, una iglesia y calles pavimentadas. Estuviera donde estuviera, el pueblo tenía acceso a la red de trenes y puentes de fuerte arquitectura. La pobreza, que afecta a la gran mayoría de los pueblos colombianos, era prácticamente inexistente allá. La disposición tanto de la tierra como de las estructuras habitadas parecía irreal, sorprendente para el ojo poco habituado a tanta organización.
Llegamos a Kassel casi al mediodía e hicimos el recorrido de la ciudad en auto. Nuestro conductor experimentado perfiló el carro por una ancha avenida, creí saber cómo disfrutaba aquel recorrido. Cuántas veces lo había hecho en su infancia guiado por su abuelo. Después, de la mano de su compañera, y ahora con nosotros, su nueva familia extendida. Pude apreciar la belleza de los pinos verdes, con altura hasta de cuatro pisos, a lo largo de la carretera, casi a las afueras de la ciudad, donde se encontraba emplazada la casa donde había pasado Dominic su niñez. El abuelo se deshizo de ella un año antes de nuestra llegada.
Vimos a lo lejos la primera planta de un edificio viejo. Pudimos apreciar su fachada, las jardineras contenían pequeños arbustos desprovistos de flores, por supuesto, pero se apreciaba la exuberancia de la vegetación silvestre del lugar. Luego nos devolvimos por el mismo camino para desviarnos a conocer el palacio de los hermanos Grimm, también llamado palacio de Bellevue. Kassel fue el epicentro donde se formaron los dos hermanos como escritores. Allí llegaron a los oídos de los Grimm las historias que dieron lugar a los cuentos conocidos en casi todo el mundo y traducidos a más de ciento cuarenta idiomas; historias en principio de tradición oral, contadas de boca en boca por los moradores del lugar y perpetuadas para posteridad por la pluma de estos escritores, quienes al llegar a la ciudad transformaron todos estos cuentos salidos del imaginario colectivo de varias generaciones, en leyendas; les aportaron su visión literaria plasmando en ellos otro carácter. La artífice, una mujer cercana a la familia de los Grimm. Pude también conocer, en ese lugar, sobre los estudios destacados, hechos por los escritores, sobre el idioma alemán. Se puede tener un conocimiento sobre este aspecto de la literatura alemana porque los cuentos de los hermanos Grimm hicieron parte de la vida infantil de nuestros hijos; pero conocer en persona el ambiente cultural donde acaecieron estos hechos es una experiencia única y gratificante para quien aprecia el curso y el contexto de los hechos que condujeron a estos dos personajes a emprender una tarea tan encomiable.
Luego fuimos a recorrer un descomunal parque, tan inusual a nuestra vista como en su momento lo fuera el gran parque que se encuentra en el Caribe colombiano, en la ciudad de Santa Marta, pero a diferencia de este, el recorrido fue más placentero, sin ramas rozándonos la piel, sin miedo de resbalar y quedar estampillados sobre el barro. Muy por el contrario, la calle central era ancha y muy bien definida. Las ramas desnudas de los altos árboles, de espléndida y particular belleza, también respiraban vida. Nunca creí hacer tal afirmación, pues antes de verlos allí en formación correcta y como podados por el viento, un árbol sin hojas, para mí, se encontraba en estado moribundo, como un cuerpo a quien le han extirpado el cerebro; exceptuando a los árboles de ciruela, claro. Como en otros lugares antes vistos, en el suelo enraizaba otra clase de vegetación; y los pequeños arbusticos, unos verdes, otros ralos incluso, se mantenían florecidos.
Nos tomamos fotografías en varios monumentos. Delante de estatuas parecidas a ángeles o demonios, esculturas donde se representaba a extrañas criaturas escapadas de una imaginación surrealista. Diosas semidesnudas, las Goller Skulpturen de la Orangerie dejaban entrever su figura humana en sus más bellas dimensiones. La fastuosidad de lo creado por el hombre haciendo fila para ser observado con detenimiento, en medio de un paisaje casi idílico donde los cisnes se bañan en lagos artificiales, donde hay cabida para el reposo en el silencio, escuchando el sonido del viento, en la contemplación de uno mismo, de su interior. Accedemos a ese sitio inexplorado cuando lo creado y maravilloso se vuelca a nuestros pies; y tan solo con un movimiento de manos podemos acariciar, donde podemos entibiar la piel de los labios con nuestro aliento.
Dentro del parque había un museo de astronomía y física. En la segunda guerra mundial, Kassel fue destruida casi en su totalidad. Y la mayoría de las máquinas expuestas fueron fabricadas en la región.
Acosados por el hambre, regresamos al centro de la ciudad a conseguir una buena ración de comida en un restaurante africano. Pedimos un menú con nombre exótico. Pero cuál sería mi decepción al ver la carne del cordero desmenuzada en hilachas largas. En Colombia comúnmente la llamamos carne desmechada. La ensalada, muy escasa; pero el pan, auténtico, exótico: una tortilla redonda, delgada, colocada en forma de rollo; su textura parecida a la capa de uno de los libros del mondongo de la vaca, pero agradable al gusto. La carne, muy bien condimentada, me hizo perdonar la porción mezquina de ensalada. Reparo tanto en la generosidad y el sabor de los vegetales como en las demás porciones distribuidas en el plato. El buen sabor de la carne y la desventaja idiomática aplacaron mi descontento hacia la bella dependiente del lugar, una chica morena de rostro angular y ojos grandes de color del café tostado. La queja la daría a posteriori. Si el menú estipula «con ensalada de vegetales», no se limita a tres ingredientes bases. Ignoro el significado de ensaladas en África, pero intuyo que aquí y en la Patagonia se comprende de manera amplia el significado de este alimento tan popular cuyo costo es relativamente bajo, además de embellecer en gran medida el plato a degustar.
En Alemania existe, en el comercio, una gran variedad de vinagretas listas, pulpas de frutas ácidas, y se puede agregar además unas góticas de aceite de oliva a los vegetales frescos o cocidos. Pero claro que volveré a ese lugar ambientado de manera tan especial, con grutas y vegetación de fondo, donde imaginamos a animales salvajes tras el enrejado.
Luego volvimos a las afueras de la ciudad donde nos esperaba el ascenso hacia una elevada colina, en donde fuera erigido el monumento más representativo de la ciudad, llamado Hércules. Es una monumental escultura apoyada sobre una pirámide.
Había oscurecido y hacía un frío endiablado, parecía que el Bergpark Wilhelmshöhe (que traduce «parque en la montaña») estuviera congelado en el tiempo, con nieve perpetua. Nos resbalábamos por las escalinatas heladas, ascendiendo casi que en cuatro patas la empinada pendiente, para desde allí contemplar la ciudad encendida. Al llegar nos encontramos un telescopio. Alzamos nuestra mirada hacia el Hércules, a varios metros de altura, y lo vimos con detenimiento, esculcando cada parte de su cuerpo desnudo y escrutando sus rasgos firmes. Hacia él convergían los diferentes sentidos cardinales.
Descendimos en carro. Dominic deseaba llevarnos a otros lugares, pero nuestro deseo era permanecer dentro del vehículo cobijados por el calor de la calefacción. En otra estación del año, más acorde con nuestro clima, seguramente habríamos andado mucho más, en busca de apreciar lo que quedaba por ver, pero estábamos al borde, al límite, y el cuerpo se negaba a obedecer órdenes. Antes de emprender el viaje de regreso, visitamos una tienda africana donde ellos solían adquirir productos como plátanos, ñame, maíz, o pulpa seca de coco, inusuales en lugares como los supermercados locales. Salimos del sitio con una gran bolsa, felices de incorporar a nuestro desayuno los tubérculos acostumbrados y de poder agregar al menú alemán parte de la dieta colombiana.
Viajar de una ciudad a otra era lo más fascinante de todo, sobre todo porque se cuenta con un medio de transporte que lo facilita, con la disposición que se mantiene despierta en medio de las preocupaciones domésticas y laborales, y con los medios económicos para aquellos desprovistos de alma de mochileros. Faltaba una semana para la Navidad y la excitación se encontraba en su tope máximo. Comeríamos carne de jabalí en Nochebuena. En el hospital donde desempeñaba sus funciones de médico mi hija, trabajaba una enfermera cuyo marido cazaba jabalíes, los cuales estaban depredando el bosque. Esta acción, de cazar, era permitida por los guardabosques cuando se excedía la población de jabalíes. Y como no había probado la carne del animal en cuestión, estuve en completo acuerdo.
A pocos días, del veinticuatro de diciembre, Lara debía de concretar dos turnos.
Volvimos a viajar guiados por nuestro experto conductor, respetuoso de las normas del tránsito no sé si por mesura o por obligación, quien, con su GPS, podía llevarnos al fin del mundo si se lo pedía mi hija.
«¿Cómo son los ciudadanos de Kassel?», me preguntaba. En gran medida meticulosos y austeros, forrados hasta los dientes de negro. Los colores hermosos de la primavera y el verano se diluían con el ingreso del invierno, que dejaba a los ciudadanos envueltos en la oscuridad del negro perenne. Por las aceras nadie mira a nadie; me hubiera atrevido sin recelo a afirmar que llevan gríngolas de caballos a los costados, impuestas por ellos mismos. Pero, por otro lado, puedo ser más creativa e intentar exponer otros argumentos más acordes con la formación alemana. Son seres apropiados del conocimiento, saberes y disciplinas, maximizados a tal grado que les es engorroso aceptar la intromisión de otras culturas, temen que pueda ser alterado el orden. Hablando en términos de porcentajes, el tiempo es valioso para entretenerse en nimiedades durante los fríos días que discurren sin novedades dolorosas, como bien ocurre en mi país, donde cada día sucede algún tipo de violencia; como un asesinato, una mujer golpeada o martirizada por su propio marido, muertes en medio de una simple protesta. Esto nos ha llevado de alguna manera a temernos los unos a los otros. Insulso puede resultarles a los alemanes mirarse a sí mismos en los espejos en las vidrieras, porque cuando hay poder adquisitivo y los medios intelectuales para alcanzarlo, de alguna manera se diluye el deseo de la ostentación. Cuando en la casa de un niño nunca falta el alimento, puede mermar el deseo de comer; y lo contrario: en aquellas en donde escasea el sustento, se encuentran siempre hambrientos y deseosos de la abundancia. Así es como opera la mente humana.
La elocuencia tampoco es marcada en los alemanes, porque se aprecia el valor del silencio; del que se sabe que habla mejor de uno mismo, con más eficacia que las palabras. Es entonces, en los intervalos de silencio, cuando se puede escuchar la música que emana del interior; cuando se apaga el ruido de nuestro cerebro. Nadie te sonríe si eres desconocido. No solo vi esa conducta en las personas propiamente alemanas, sino también en los extranjeros residentes.
Un chico promedio alemán, antes de entrar a la secundaria, puede haber leído todos los cuentos de los hermanos Grimm, por lo menos así sucedía, o los volúmenes completos de Harry Potter. Se diferencian notablemente de los adultos promedio en nuestro país, quienes pueden haber leído un libro y medio al año; lo arrojan las estadísticas. El hábito no se alcanza porque tengamos una gran biblioteca en nuestras casas. Cursé la primaria y la secundaria carente de este recurso material. Había dos únicas existencias en casa, propiedad de mi padre ya fallecido; constituyeron casi por completo todo el arsenal literario de mi infancia. Los recuerdo tan bien y aún los conservo: Aura o las violetas y Flor de fango, de José María Vargas Vila.
Aura o las violetas. Fragmento del prefacio de la primera edición:
¡Cómo tiemblan los recuerdos en las páginas dolientes de este libro! Tristes rondas de las hojas muertas impulsadas por el viento de la tarde… Hay calor de cenizas en las hojas… cenizas escapadas a un columbario fatal…
Fue el primer libro que escribí en mi vida; poema de adolescencia; escrito por una embriaguez de lágrimas por un niño solitario, tembloroso aún del primer encuentro con la vida, que desgarró su corazón.
Fragmento de Lo irreparable, otra historia anexada al mismo libro en nuevas ediciones. Lleva por título «Aura o las violetas»:
La legendaria maldición no es cierta:
Dios no ha podido establecer la desigualdad entre los hombres.
Dios que es la Virtud, no manda el crimen.
Dios que es padre de los hombres, no quiere que sus hijos sean siervos de sus hijos.
Dios que es Paz, no quiere la guerra entre los hermanos.
Dios que es el padre del Derecho, no ha ordenado jamás el atentado…
Dios no ha establecido distinción de razas ni colores entre los hombres.
Dios no ha hecho ciervos ni señores.
Dios no ha coronado reyes.
Dios que es el padre de la libertad no ha sancionado jamás la esclavitud.
Todos los hombres son libres e iguales ante Dios; y hubo como un dulce estremecimiento en la conciencia humana.
Y un rumor apacible, se repitió de pueblo en pueblo: todos los hombres son iguales.
Más la sombra seguía;
La voz inspirada de Cristo, predicando la igualdad, y se necesitó diecinueve siglos para implantarla.
Y, hombres que creían en la redención de la humanidad, por el sacrificio de un Dios, no creyeron en la redención de las razas esclavas, y siguieron oprimiéndolas.
Los libros suelen zanjar surcos en el alma, donde puede crecer la hierba o brotar la semilla.
Flor de fango, con una portada negra donde sobresale una pareja de amantes rozándose los labios. Ese libro lleva en mi propiedad alrededor de treinta y seis años, pero su existencia en el seno materno la adivino entre cinco y diez años antes de terminar en mis manos. Es el libro más viejo que poseo. He intentado donarlo dos veces, pero las circunstancias lo han impedido. Ahora estoy convencida de que hará parte de mi biblioteca mientras viva.
CAPÍTULO TRES
HAMBURGO
A bordo de la caravana familiar llegué a Hamburgo.
Recuerdo aquella ciudad que llamó poderosamente mi atención al verla en un video. Se veía imponente, más que ninguna otra que registrasen mis ojos. Y se lo manifesté a mi hija. Pero ella respondió lo siguiente:
Madre, Hamburgo se encuentra entre las ciudades nórdicas, no creo que pueda llevarte allá, pues las temperaturas, cuando nos encontremos en suelo alemán podrían descender bajo cero grados.
No volví a mencionar el tema, ni en Colombia y menos en Alemania, donde experimenté el frío en su faceta más inusitada.
Ella sabía muy bien de lo que hablaba: estando en la isla de Sylt, al norte de Alemania, me escribió lo siguiente:
Hola, te saludo desde la isla de Sylt, al norte de Alemania, un lugar soleado pero templado, tres grados bajo cero; donde los bañistas se colocan la chaqueta al salir del agua. Hay un cielo copado de gaviotas que graznan y gritan a toda hora del día. Ahora estoy sentada en una especie de silla de mar en el jardín de una casa que arrendamos por cinco días a manera de hotel. Son las cinco de la mañana, hace mucho frío y Dominic todavía duerme; yo hablo contigo deseando que estuvieras aquí.
Pero estaba ahí. No en la isla de Sylt, sino en Hamburgo. Una vez más hacía posible mi deseo a pesar de sus primeros pronósticos. Era una mujer preciosa, de un temple y una determinación que se habían acentuado trabajando en ese país europeo; yo no salía de mi asombro.
La estadía en la ciudad salía bastante costosa, y además necesitaba regresar al hogar el domingo entrada la noche y presentarse al sitio de trabajo el lunes. Había que tener en cuenta que Hamburgo se encontraba a cuatro horas de camino.
Cuando entré a la hermosa estancia, en la habitación se me cuajaron los ojos, pero sin llegar a derramar lágrimas, pues alguien me observaba atentamente sin parpadear: era mi compañero de aventuras, girando sobre la silla del escritorio y enviándome un mensaje subliminal: «Nos encontramos en esta importante ciudad alemana ¿y a ti se te ocurre llorar?».
Un adolescente no podía entender los sentimientos de culpa de una madre. Los jóvenes están siempre presentes en el hoy y en el aquí, toman lo ofrecido sin preguntar nada, sin remordimientos por aquel a quien tuvieron que dejar atrás, quien también pudiera estar descolgando su morral para luego internarse en la noche, compartir las sensaciones que deja en la piel el abrigo de un restaurante o bar donde converge gente de todas las edades y de diferentes culturas, para embriagarse de vida, de distancias, de humanidad y todo el contenido en una sola copa de vino.
¡Bendita juventud que se encuentra estrenando la vida!
Y yo contaba con el apoyo de aquel joven un tanto arrogante, quien me abrazaba con fuerza y apretaba mis manos enguantadas para trasmitirme su calor cuando se percataba de que me faltaban las fuerzas para seguir andando, pues caminábamos tantas horas seguidas, y comprendía mis menguadas fuerzas, desacostumbradas a esfuerzos físicos en un clima tan poco magnánimo.
Las ciudades suelen esconder secretos en su fuero interno, tan lúgubres que inspira temor ahondar en ellos. Pero no deseaba ahondar en lo profundo del alma de la sociedad alemana, en donde los buenos, libres de pasiones enfermizas, aprendieron a convivir moviéndose en medio de esos espacios borrados y luego reconstruidos; donde ya se atenúan las cicatrices del pasado. Quería vivir, experimentar a la Alemania del presente impulsada por la fuerza creadora e intelectual de las nuevas generaciones, cuyos abuelos pudieron resurgir de las cenizas y se resistieron a reescribir la misma historia y de cuyo espíritu de perseverancia surgieron ciudades como aquella.
Hamburgo es una ciudad preciosa con más de mil puentes, dinámica en su comercio. El frío tan patente que se siente en la noche no impedía la actividad ni el movimiento humano hacia y desde su centro, al cual poco a poco llegaban los turistas y lugareños a horas nocturnas.
Posee variedad de lugares sobresalientes, y sus edificaciones son monumentales, con maravillosos canales atravesados por los iguales e innumerables puentes. Perdura en cada uno de ellos la belleza de cada época en que fueron construidos. Se puede caminar a lo largo del bulevar del río Elba, porque la calzada que lo acompaña de lado a lado dentro del casco urbano se encuentra diseñada para el disfrute; e imagino, también, para incentivar largas caminatas. Algo que hicimos, por supuesto.
Corre cerca del río Elba una brisa gélida que seca el rostro y se cala hasta los huesos; mis manos se engarrotaron con el frío; pero a pesar de todo ello no podía dejar de admirar la singular arquitectura de los lugares visitados. Es la primera percepción de la ciudad al caminarla por la noche cerca del río, a veces cegada por las luces de los barcos aparcados a lo largo del muelle.
Pero de día, y sin sentirse sobrecogida por la brisa nocturna, es otra historia. Recorrerla dentro de un moderno autobús de piso…, no encuentro punto de comparación. Tan propicia a ser observada, invita a ejercitarse recorriendo sus senderos con naturaleza viva y verde, a pesar de las bajas temperaturas, serpenteando los canales de la ciudad.
El Elba ocupa el primer puesto en importancia debido a su gran tráfico comercial, y por constituir la aorta de Hamburgo, quien en sí misma conforma un estado federado de Alemania. Por medio de la audioguía conocimos sus estrategias comerciales: existe dentro de la ciudad un importante centro civil de la industria aeroespacial, también cuenta con sobresalientes astilleros y masivos medios de comunicación.
Por todo lo enumerado, Hamburgo se ha posicionado cuarta en la escala de importancia de las ciudades sobresalientes de la cosa política y administrativa alemana.
Del transporte terrestre pasamos de inmediato al transporte acuático con el fin de contemplar el paisaje de fábula a lo largo del río.
Todo semejaba un cuento de hadas, flotaba sobre el agua el espíritu de Harmonía embelleciendo el paisaje con su vara mágica; las casas parecían colocadas allí sin alterar el orden natural. En nuestro recorrido por el río Elba nos fuimos acercando a los viejos edificios en cuyas instalaciones funciona el mercado de abastecimiento, donde se comercializa el pescado. En la orilla opuesta, medio internada en el agua, se encontraba ubicada la moderna edificación del famoso musical El rey león. Los boletos de entrada debían comprarse con varios meses de anticipación, pues se trataba de la puesta en escena de los artistas más destacados de Hamburgo y otras partes de Europa. La embriaguez del paisaje se acentuaba, se hacía cada vez más voluptuoso al descender lentamente por mi garganta, envolviéndome en oleadas de calor tras cada sorbo de vino caliente.
La conversación versaba sobre todo lo ocurrido en los días anteriores, sobre los viajes, acerca de la invitación hecha por el abuelo, postergada por sus ocupaciones recreativas hasta cuando las circunstancias le posibilitaron ejecutar la promesa de llevarnos a cenar.
Traje a colación lo que sucedió en el restaurante típico alemán llamado La Corona, y la manera tan casual como pude despejar los interrogantes que tenía al entrar al lugar. Fue un encuentro tan extraño e inédito, en circunstancias particulares, donde invitados e invitador nos expresamos en un lenguaje diferente. Debimos entendernos con señas y medias palabras. Degustamos un exquisito gulasch aconsejado por el abuelo; yo entendía que se trataba de un plato originario de Hungría. Dominic intervino para aclarar:
—Ese platillo fue adoptado por la costumbre alimenticia alemana hace ya mucho tiempo, por lo cual se duda sobre su verdadera procedencia.
Tenía razón. Pude observar que se encontraba incluido dentro del menú de un restaurante típicamente alemán.
Un barco de desproporcionadas dimensiones interrumpió la conversación al pasar junto a nosotros rumbo al mar del Norte. El agua me salpicó al entrar por debajo de la rendija de la ventanilla en el mismo instante que repartían otra tanda de vino caliente, y con el vaso de vino espumoso pude apaciguar el embrujo del paisaje dimensionado en mi mente. La barcaza seguía desplazándose lentamente, con un leve estremecimiento, cerca del astillero donde se atracaban los barcos. Recordé también al hombre de las gaviotas; había leído sobre el cuidador del hábitat de los pájaros, un islote situado en medio del río en ese territorio. Pero fue un pensamiento fugaz.
Al desembarcar, mi hija lucía radiante; los destellos del agua habían permeado el aura que la envolvía y sus blancas mejillas se notaban ligeramente sonrosadas; llevaba enredada en el cuello, debajo del largo abrigo, una bufanda roja, y sobre su cabello largo y rizado portaba un gorrito tejido en forma de boina. Usaba guantes en los días más fríos y ese día los llevaba puestos. Calzaba botas oscuras de tacón, más altos de lo acostumbrado, le cubrían hasta por encima de las rodillas. Caminaba abrazada a su marido, con mucho garbo. Cada tanto miraba hacia atrás, así inspeccionaba nuestra cercanía. Siempre atenta y dispuesta a llevarnos hacia los mejores lugares y sitios destacados de la ciudad, sin escatimar en gastos. Me sentía segura al lado de la Doc y su acompañante. Alcanzar tal grado de seguridad no había sido fácil. Sus mensajes lo expresaban a veces de manera contundente:
Estoy sintiendo un poco de peso masculino. He sentido últimamente que en mi condición de mujer tengo que hacer más esfuerzo para ser escuchada por mis compañeros hombres. Así que me toca estudiar más duro, para callarles la boca a los machistas enmascarados.
Un año después de haber llegado a Alemania, ya se encontraba calificada y desempeñaba su profesión luego de aprender el idioma. El nueve de septiembre de 2017; día de su cumpleaños, fue programado el examen de homologación del título, el cual lo superó con estupendas calificaciones, y fue felicitada por el cuerpo médicos encargado de evaluarla. Pocos meses después le entregaron el permiso de permanencia indefinida (unbefristete Niederlassung). Entonces y solo entonces consideré la posibilidad de viajar hacia Alemania. Ella era muy disciplinada en la consecución de sus metas. Con su debido contrapeso, quien además de ser su compañero representaba una ayuda fundamental en su progreso personal. En lo profesional también se encontraba en vías de alcanzar sus objetivos académicos, un posgrado.
Hace ya de eso algunos años escribí, al regresar a Cartagena, un libro centrado en los tópicos negativos y destructivos de la sociedad donde había nacido y permanecido hasta que partí junto a mi esposo. Porque al regresar a mi tierra natal, tras largos años de vivir en otra ciudad, hallé una ciudad diferente a la de mis años mozos; se encontraba llena de defectos y mucho más marginal. Pero luego pude comprender que sus carencias han sido eternas porque no ha contado con mecanismos válidos, ni buena disposición gubernamental para explotar el recurso más inagotable del ser humano: el cerebro. A las clases sociales más precarias, alejadas de las murallas de piedras, el mismo impulso de retroalimentación las mantiene circulando dentro del mismo formato.
Pero aún seguía en Hamburgo, unas veces ahí atrapando los instantes y otras veces envuelta en la niebla de mis reflexiones.
Y, en contraste, ¿cómo pudo esta ciudad transformarse de aquella manera? Su antigüedad la posibilitaba para alcanzar aquel tremendo grado de desarrollo, pero ¿dónde estaba la fuerza motriz capaz de mover la palanca para catapultarla lejos del momento aciago, después de la última guerra padecida?
Lejos, en el tiempo de los imperios caídos y sepultados por una fuerza avasalladora, y sumando la letalidad de dos pavorosos incendios descritos en sus referencias históricas, los cuales también la habían hecho declinar…, pero la razón había reencarnado para formar héroes diferentes. ¡En el presente contaban con cinco empresas en el sector creativo por cada mil habitantes!
Eso era algo desproporcionado para asimilar en tan solo un día, debía encontrarme en Hamburgo para reflexionar sobre su alta capacidad imaginativa y creadora. Su riqueza no se hallaba en el subsuelo, o en el lecho de los ríos, como el oro y otros minerales. La verdadera capacidad de esta ciudad se hallaba en la cabeza de sus ciudadanos, en la magnitud de sus creaciones, en la fuerza de sus pasiones, en la contundencia de los hechos demostrados.
Entonces mi hija se rezagó para caminar a mi lado, enlazándose a mi brazo, e interrogó:
—¿Por qué andas ida, mamita, que te pasa, no estás contenta?
—¡Claro que lo estoy! —afirmé, imprimiéndole a mi respuesta el mayor énfasis posible—. ¡Cómo podría no estarlo!
Pero ella seguía esculcándome con las rayas oblicuas de sus ojos medio orientales. Sabía perfectamente cuando mis pensamientos eran lúgubres e inciertos. Me conocía tanto como Hugo, nada podía engañarlos, mi cuerpo les revela todo: pueden mis labios estar distendidos en una sonrisa, puede que mis ojos espabilen tratando de ocultar el trasfondo de mi alma, puedo señalar otro objetivo y enfatizar lo dicho con mis palabras; pero nada de lo dicho o hecho les oculta el peso de mis pensamientos. Entonces dijo:
—Si tienes hambre o estás cansada, podemos entrar a un museo, o ir a comer ahora mismo si lo prefieres.
¿Museos? Eran, en verdad, lo más admirable y terrorífico en medio de estas magníficas ciudades. Salía de ellos muerta del cansancio dada la multiplicidad de objetos de distintas épocas existentes en su interior, bien cuidados y tremendamente ilustrativos.
¡Y los castillos!
Llegué a odiarlos. Grandes y portentosos, tanto que a veces no bastaba toda una mañana para recorrer una sola ala; derecha o izquierda. Decorados con toda la parafernalia que existía y el dinero podía comprar o darse el lujo de inventar, con mesas con decoraciones en alto relieve, esculpidas por el más febril y sobresaliente artesano de la época. Miles de cuadros colgaban de sus paredes enseñoreando a los reyes, a sus esposas, a los hijos de los monarcas de turno y a miembros importantes de la corte. Destacaba el lujo y la pompa bien acabada por la pluma o el pincel, exacerbado el sentido agudo del artista al modelar la materia y expresar sus ideales de belleza en tonos sutiles, con tiempo e imaginación para trasmitirlo al lienzo, a las paredes, a la madera, al mármol o al oro. Resaltaba en cada rincón de los espacios la riqueza del detalle, la armonía de colores y texturas, pero desbordados a tal punto que abrumaban. Un día dijo mi hijo, cansado y extenuado de recorrer pasillos que llevaban a estancias en donde no cesaba de fluir el color dorado:
—Estos reyes estaban obsesionados con el oro.
¡Qué manera tan pomposa de demostrar la riqueza! En una sola hectárea de tierra había más lujo que en toda Latinoamérica; pues claro, era el hogar de los acumuladores del botín, de la monarquía imperante allí y en toda Europa.
Recorriendo uno de esos castillos, me sorprendió ver pasar mi imagen frente a un espejo como si estuviera en otra dimensión, y me devolví para atraparla; me miraba desde el otro lado, en el mismo lugar donde lo hiciera un monarca venerándose así mismo. ¿Qué diría aquel dios terreno, omnipresente y omnipotente, si pudiera verme atrapada en su invisible imagen? Seguramente lo odiaría tanto o más de lo que yo estaba odiando su palacio. Quizás optaría por arrojarme con la servidumbre.
Y entonces le pregunté a mi propia imagen:
—¿Quién eres y qué haces aquí? Date cuenta, no solo un maldito monarca podría arrojarte de sus dominios, lo podría intentar cualquier ser común y corriente en desacuerdo con la diversidad.
Entonces quise salir corriendo, alejarme con prontitud del lugar. Pero opté por quedarme y retar a mi propia imagen, la obligué a levantar la frente, la miré a los ojos con serenidad y le sonreí. Le dije «Sigamos». Habían pagado para que yo pudiera, en ese preciso instante de la historia, ¡encontrarme allí!
El boleto de entrada no fue un tributo del pueblo a un rey; era el dinero ganado con sudor de un ciudadano, que se iba a revertir hacia el mismo pueblo; pues aquel castillo inhabitado, donde se pudieron fraguar cosas horrendas, que condujo de manera indirecta a Alemania por los destinos inciertos de épocas pasadas, constituía un viejo inmueble ahora patrimonio de la ciudad.
Optaba por seguir la rutina de caminatas trazada, así sintiera el gorgoteo de mi estómago hambriento o la necesidad de descansar en el primer quicio cercano, porque el grupo, mi grupo de acompañantes, eran jóvenes incansables que nunca se quejaban de hambre, frío, o cansancio. Y yo, la mayorcita, debía de estar a la altura de la generación dominante.
Andar en las ciudades es descubrir y tratar de descifrar su idioma junto a su cosmovisión. Atendía este monólogo de las ciudades alemanas aunque doliera verlas tan bien paradas sobre su centro gravitatorio. Cada aldea urbana del gran país era un dardo impregnado de destellos atravesando mi entendimiento después de padecer de una ceguera cognitiva de nacimiento.
Y volvía a rebobinar el audio escuchado: «Existen cinco empresas en el sector creativo por cada mil habitantes».
El peso de las palabras dolía al incrustarse en el cerebro, como un dardo, hasta el momento último, cuando la pareja decidió ir en busca del restaurante. Significaba, primero que todo, descanso; y luego calorcito, un plato a la alemana, a la francesa, o a la italiana, pero a base de pescado, por supuesto, por encontrarnos en Hamburgo. Disfrutaríamos un rato agradable con bebida burbujeante, llámese cerveza, vino de la casa o de la región en cuestión. Comiera lo que comiera, caería bien en mi estómago hambriento. Comíamos a deshoras, mi hija sabía muy bien lo que hacía: el exceso de alimento podía acarrear problemas, pues andábamos vagabundeando; impedimento real para solventar de manera rápida y conveniente las necesidades físicas. Mucho después lo comprendí así, pero en ese momento mi agudeza estaba obtusa en principios conocidos por el andariego profesional o por el mochilero de oficio. Me olvidé del «sector creativo» y los habitantes eran simples comensales, iguales a nosotros.
En la noche del mismo día comenzó a nevar, y corrimos a guarecernos en un centro comercial mientras Dominic iba en busca del auto. Partimos de la ciudad en medio de una tormenta de nieve que no cesó a lo largo del recorrido; la avenida estaba peligrosamente ocupada por una costra blanca y cristalina, muy resbaladiza, que obligaba a moderar la velocidad y seguir, con rigurosa meticulosidad, las medidas de tránsito emitidas por la radio. Primero sentí pavor, pero luego me acurruqué en mi asiento y dormí un poco, en el momento que quise despertar ya estábamos a medio camino, el vehículo se desplazaba con más prisa. La oscuridad reinante en la autopista era casi total, medio iluminada por las luces de los autos que igualmente iban de manera rápida de una ciudad a otra. La carretera se encontraba libre de buses intermunicipales o tractomulas que hicieran temblar el piso. Mucha menos congestión vehicular a pesar de que apenas se adentraba la noche. Y Dominic seguía con tranquilidad, pero atento, con los ojos fijos en la carretera.
Los días previos a la siguiente jugada de mi benefactora pasaron tranquilos en términos generales; se acercaba paulatinamente el veinticuatro de diciembre. De noche se seguían ultimando los lineamientos antes trazados. Se pulían los detalles al calor de una buena taza de té. También veíamos películas. Me acostaba temprano, a las nueve, porque en invierno la noche cae a las cuatro y media de la tarde. Debido a ese fenómeno, los días se me hacían muy cortos y el tiempo pasaba sin ver casi el sol. Hubo una noche en que mi hijo se acostó a esa misma hora porque al día siguiente andaríamos por una nueva zona urbana, buscando lo bueno y especial. De la calefacción emanaba un calorcito agradable. Antes de dormirme, pensé en el hogar lejano, al otro lado del océano. Añoré a mi marido. ¿Estaría en su turno de trabajo? ¿O en sus días de descanso? Por primera vez en treinta y seis años le había dejado solo en Navidad, convencida de que se las arreglaría muy bien en mi ausencia. De repente me invadió el morbo, el deseo de sentirlo añorar mi presencia. Pero ese estado de la conciencia llamado romanticismo no lo experimentaba mi marido.
«¿Pero qué es, en suma, el amor? —pensé luego—. ¿Era únicamente esa cosa avasalladora, perturbadora, que nos arrastra a perder nuestra independencia? ¿O la fuerza interior que se deposita con el tiempo en cada célula, que nos insta a seguir conviviendo con alguien que puede ser el opuesto de uno mismo? Ese ser quien nunca seremos, la contraparte de la balanza. Somos más que la suma de una carne urgida de otra carne. Somos dos seres humanos, quienes un día se unen en el camino por obra y gracia del destino; pero quienes deciden asumir el riesgo de vivir la misma vida, de ser padres de los mismos hijos, de dormir sobre el mismo lecho, de confiar en cosas impredecibles».
Existen mil maneras de amar, pero sensibiliza el alma saber que somos dos en la contienda.
Ya casi dormida, escuché que se abría la puerta; alguien entró sigilosamente a la habitación, caminó hasta la cama y se quedó parada en silencio. Sentía su respiración pausada, una de sus manos tocó mi frente y se deslizó hacia mis cabellos. Tal vez nos observaba como a los personajes de la obra en tercera dimensión que estaba realizando. Luego de un par de minutos, salió con el mismo sigilo y cerró la puerta. No la veía partir hacia el hospital porque me encontraba perdida en el tiempo, pues a las siete de la mañana estaba muy oscuro. Como norma general me levanto en la madrugada todos los días, pero debido a las mismas circunstancias de la noche, la mañana también se me hacía tarde, diferente.
***
FULDA
Es unas de las ciudades más bonitas que tuve tiempo de conocer en territorio alemán. Sin la opulencia de Hamburgo, sin sus miles de puentes. Su atractivo era en un grado diferente; una ciudad sin rascacielos, torres de apartamentos o barrios paralelos. Parecía anclada en el tiempo, pequeña y cultural. Dentro de sí mantenía un importante acopio de la red ferroviaria, y al igual que en las demás ciudades conocidas, podía sentirse la seguridad, motivo por el cual se andaba con un aire de libertad a veces inquietante, pues nada es perfecto. Todavía cargaba con la paranoia de sentirme perseguida por un alguien que podría salir de la nada, en cualquier esquina solitaria; uno de esos hombres que ignoran la manera de ganar el pan con el sudor de la frente y a quienes se les haría difícil imaginar el mundo de estabilidad social donde en ese momento me encontraba.
Los canales interiores de la ciudad estaban bordeados por hermosas casas con pequeños muelles sobre el agua. Imaginé a sus moradores sentados sobre sus balcones flotantes, charlando no sé de qué cosa, pero envueltos en sensaciones y sonidos de fondos naturales. Pudieron pagar miles de euros para acceder a ese entorno. Seducidos por las corrientes, navegando sobre una balsa, con los ojos cerrados. ¿¡Cómo serían las noches tras cada día!? Un evento absolutamente irresistible, vecinos del agua y más cerca de las estrellas.
«Arrobados por la límpida transparencia…» —frase de antaño y literal de algún poeta del barroco—, no tanto por su sensual belleza, que conocemos muy bien en nuestro país, sino porque el agua, no el aire, se encuentra libre de contaminación, y patos y gansos silvestres —los animalitos flotadores que mi hija perseguía con su cámara en otras ciudades con características similares— pueden multiplicarse sin alteraciones dañinas para que el proceso natural siga su curso en medio del paisaje urbano.
Fulda seguía afincada sobre tierra firme. Nos adentramos en sus laberintos empedrados parecidos a los de Bogotá, en La Candelaria. Las tiendas de artesanos exponían toda una rica gama de productos, desde platos y vasos, a vajillas de múltiples tamaños y formas con grabados de líneas y flores en colores. Trabajadores artesanales pedaleaban sus máquinas, y este movimiento hacia girar los rodillos con el fin de pulir y dejar lustrosa y brillante la superficie de la porcelana. El color, pintado a mano, era de tal precisión que parecían producidos en fábricas, pero originales y poco secuenciales. Pagaban por aquellas vasijas artesanales precios exorbitantes, algunas costaban más de cincuenta euros. Más adelante nos acercamos a otro local comercial, dentro de una casona; vendían juegos de manteles con sus individuales bordados en hilo de seda o de algodón y cubrelechos para obsequiar o para el uso personal. En otro inmueble de vieja guardia, más arriba, la materia prima de los barcos: pipas, paneras, portavasos; todo era a base de maderas nobles veteadas, muy bien pulidas, con brillo de mármol negro. Pero todo aquel conjunto de objetos en diferentes materiales comprendía un mismo eje temático, la decoración. Sus restaurantes eran igual de agradables, ornamentados con velas blancas, lámparas a media luz, grandes poltronas con cómodos y altos espaldares; con ese toque hogar. Gran cantidad de copas de diferentes tamaños y grosores sobresalían de las barras y mesas, listas para verter el licor o el vino de diversa índole de las regiones vinícolas alemanas o de cualquier parte de Europa. Colgando en los percheros, abrigos pertenecientes a los comensales de cuellos altos, de modales mesurados, de narices perfiladas, de cabello rubio natural o artificial.
De modo semejante a como lo hicimos en otras ciudades, allí anduvimos en la noche a pesar de la necesidad de regresar a casa el mismo día. A las cinco de la tarde —parecía habitual en Navidad—, el centro también se encontraba encendido. Las calles, antes solitarias, abandonadas y frías, entraban en calor.
Los mercadillos navideños eran los puntos centrales donde los transeúntes convergían en pos de sofocar el frío con un vaso de vino caliente antes o después de deambular por los pasillos. Los quioscos exhibían una rica gama de productos comestibles de la región, como variedad de embutidos; ropa y de accesorios de invierno, desde el gorro más elemental hasta el más exótico, y objetos de decoración de la época de fin de año, hacían gala debajo de ahuecadas carpas blancas.
Alguna pequeña falta idiomática en el vocabulario castellano de Dominic (es su tercera o cuarta lengua, no lo tengo muy claro), podía dar rienda suelta a la hilaridad, a la alegría. Aquella noche Dominic recordó la existencia de la escultura más pesada de toda Alemania, la cual se encontraba en ese lugar. Buscamos entonces a la señalada, pero cuál sería nuestro desconcierto al encontrarnos frente a frente con una escultura de una mujer con un niño en brazos de medianas proporciones. Era una escultura más bien pequeña si se la comparaba con las demás vistas. Entonces, lógicamente, el resto del grupo compuesto por Lara, Hugo y yo quedamos desconcertados, mirando sin comprender. Le preguntamos:
—¿Esa es la escultura más pesada?
Él reaccionó sorprendido al repetir:
—Sí, la más pesada. —Y se besó la yema de los dedos.
—¡Ah! —dijo Lara haciendo un mohín con la sonrisa—. ¡Querrás decir «la más besada», amor!
—Sí, la más besada —repitió el alemán con esfuerzo. Y todos comenzamos a reír, repitiendo «¡La más besada!», ahora sí.
Pero tampoco encajaban palabra e imagen.
—Entonces, cuenta —dije buscando poner la palabra en contexto—: ¿cómo llegó esta cándida estatua de piedra a ser la más besada de Fulda?
—Existe una tradición: la besan quienes alcanzan el título de doctor. Rinden culto a la estatua el mismo día de la graduación, estampando un beso sobre su rostro, costumbre por la cual llegó a convertirse en una especie de símbolo de sabiduría.
Otra Atenea, a la alemana. A Atenea se le rendía culto en la antigua Grecia, en la maravillosa Grecia bañada por el Mediterráneo. La deidad tuvo gran influencia en la conducta popular, y muy especialmente en la cultura y en las artes. Aquella diosa, con la caída y olvido de la cultura antigua, dejaría de influenciar el sentir de un pueblo, pero seguiría inspirando a los artistas, escultores, cuentistas y novelistas de épocas futuras.
La noche seguía impregnada de ese ambiente literario maravilloso desencadenado por una sola palabra. «¡Besada!».
Era una palabra sensual que predisponía al placer, a la aventura, a la poesía, a atrapar el instante por el instante mismo. De las carpas escapaban las esencias del vino rojo espumeante, del chocolate almibarado, del café y té. Y contrastando con esos aromas, el tóxico olor a salchicha, tan alemán.
—Mami, ¿quieres llevarte esos vasos grabados con la imagen de la ciudad de Fulda, para el recuerdo?
—Gracias, hija, agradezco tu ofrecimiento, pero prefiero andar con paso ligero. Otro día será. Y nos fuimos de la ciudad con las manos vacías, pero con el corazón pletórico de haber compartido aquellos inolvidables momentos.
***
Quince años atrás quise planear viajes con mucha antelación para llevarlos a cabo cada dos años. En ese lapso de tiempo se habría hecho posible conocer gran parte del territorio colombiano. Se hace necesario conciliar con nuestras diferentes culturas, aprender a interactuar con ellas, disfrutarlas. En la aventura de recorrer el país habitado, se posibilita un mejor reconocimiento y comprensión del territorio diverso y especial donde nacimos.
Por ello consideré necesario escaparme con mis hijos a vivir la aventura y con ello sofocar mi espíritu, obligarlo a reinventar el mundo conocido y experimentar cosas como colocarse un sinnúmero de accesorios como vestuario (primero un par de pantimedias, sobre ellas un par de medias térmicas hasta la rodilla; encima, el pantalón de tela gruesa; en la parte superior del cuerpo, la primera prenda estética que por igual sirve para resguardar los pezones. Sobre esta una blusa base, luego otra capa más, hasta llegar a la manga larga, buzo y abrigo. La bufanda se emplea por igual como una prenda importante; la encargada de cubrir de la intemperie el cuello. Por último, el gorro y los guantes).
El otro equipamiento ya se encontraba debidamente empacado para salir hacia Dresde.
Aquella era una ciudad muy bella, restaurada casi en su totalidad. Cuando se conoce el pasado de una ciudad, se aprende a mirarla desde un punto de vista más objetivo. El pasado de Dresde es escalofriante porque allí fueron quemados vivos miles y miles de alemanes, así como sus monumentos, iglesias y edificios más significativos, estructuras construidas por los monarcas sajones y renacentistas clásicos. Al terminar el Holocausto en todas sus formas más crueles, fue erigida piedra sobre piedra por los sobrevivientes zombis, quienes quedaron deambulando en medio de la ciudad humeante y carbonizada. Simboliza ahora la capacidad de los seres humanos de sobrevivir a sus peores tragedias y destrucciones. Es la certidumbre después de haber extraviado la razón, hallada debajo de las ruinas de sus iglesias, de sus propias casas, de los palacios de los reyes.
Verla tan cierta después de aquello es de fantasía; con sus esculturas empotradas en las columnas de los arcos de grandes proporciones y altura. Esculturas engarzadas como piedras preciosas en las paredes de las iglesias, en los muros de las catedrales y edificios antiguos en el centro de la ciudad, habitan en cada templo renacentista o no, reconstruidos en años de esfuerzo y dedicación. Bellísimas en su monumentalidad, tanto como los castillos proverbiales en cada una de sus ciudades, junto a sus canales que discurren por su centro; es la naturaleza coexistiendo en medio de lo materializado, es la transparencia cierta al paso de lo deshecho y contrahecho por las manos de los señores de la guerra, quienes la llevaron a la destrucción cuando imperaba el suicidio de la razón. Como heroínas, las mujeres fueron quienes reconstruyeron, piedra sobre piedra, sobre de las cenizas del fuego producido por las fuerzas aliadas por el orgullo y el desenfreno de la maquinaria bélica armada por los hombres. Es la ciudad donde ahora habitan los germanos del presente, a quienes enorgullece lo logrado sin provocar el derramamiento de una sola gota de sangre de sus propios hermanos. O de ningún otro europeo.
En esa parte de Sajonia, donde los datos nos dicen de la existencia de un poco más de quinientos mil habitantes, disfruté de la compañía incansable de los miembros de mi equipo de viajeros. De nuestros labios se escaparon palabras de admiración, de igual manera nos dejamos seducir por el paisaje de otro parque proverbial, en medio del cual se puede tocar la hierba fría, mirar los patos, escuchar graznar a los gansos antes de zambullirse en el agua, retozar en los bancos del parque. Degustamos de una cena con vino y cerveza, y sonreímos muchas veces en medio de una amena conversación. Tantas emociones juntas antes de irme a la cama me llevaron a un sueño de altares con sacerdotes de piel morena que habitaban claustros sin ventanas, iglesias católicas que visitaban los protestantes, los budistas e hindúes al mismo tiempo. Las pitonisas ya no leían el futuro, pues el futuro estaba presente, en medio de caminos circulares, enroscado en el cuerpo de las ciudades. Las ciudades convertidas en pueblos grandes sin fronteras, unidas por puentes colgantes. Los niños jugaban en los jardines, las urbes eran grandes jardines a ras de tierra y en terrazas flotantes. En ese estado onírico, los jóvenes, peculiarmente inteligentes, ignoraban las malformaciones sociales extintas, eran libres. La conciencia social de unidad y cooperación coexistía, lejos del miedo a la injusticia, relegado al pasado, relegado a los libros de historia.
Allí la ignorancia era comparada con la mezquindad y el egoísmo de los hombres opresores que un día existieran.
Las nuevas generaciones habían volcado sus ojos al sol, sus padres hacia el viento, y los viejos hacia el tiempo.
Estaba llegando el veinticuatro de diciembre. Mi hija tenía programado salir de vacaciones laborales de fin de año, a partir del veintisiete de diciembre. Faltaban unos pocos días para la fecha. Y mientras ella seguía trabajando, nosotros pasábamos de lo lindo recorriendo el país donde había nacido el hombre que luego se convertiría en su amante esposo.
Sostengo en mi mano un vaso sobre el cual hay una descripción que dice Gottinger Weihnachtsmarkt. ¿Podrá creerse? Es una palabra compuesta de quince letras y solo hay cuatro bocales. ¡Admirable!
No importa si se trata de Fulda, Gotinga o Dresde, pero intentamos entender el carácter de los habitantes de un determinado pueblo sin hablar su idioma o entender su escritura, recorriendo su localidad; pues esta lleva impresa el sello de sus habitantes y de quienes por fuerza o por flaqueza la han gobernado. Por ello las ciudades muy organizadas arrastran, permean y deslumbran. Pero ellas, a su vez, cuando sienten a un individuo inadaptado a su propia peculiaridad, a su propia sangre, como una transfusión de otro tipo, tratan de expulsarlo con un estornudo estentóreo. Ellas mismas suman y sustraen, modelan y subyugan. Pero solo la posee quien logra esculpirse a su propia forma.
CAPÍTULO CUATRO
HEARTFORT
Con sus residencias tradicionales de techos altos y rojos, con sus ventanales igual de característicos, de dos y tres pisos, sus bonitas plazas donde se alojan las fuentes de piedra talladas con medusas y hadas semidesnudas que sostienen búcaros desde los cuales se derrama el agua... Recuerdo la parte superior de una de estas fuentes, una estatua con la forma de un niño semidesnudo desafiando la gravedad sobre una concha marina. Alrededor de estas fuentes crecen los arbustos, los cuales se llenan de flores en primavera. Sobre los almacenes con grandes vitrinas, en las calles adyacentes, penden los cables eléctricos de los tranvías. En el verano, suelen encontrarse comensales al frente de los restaurantes departiendo tranquilamente, rodeados de arquitectura con fachadas de donde sobresalen los balcones a manera de púlpitos eclesiásticos.
En otras edificaciones, en su parte delantera, las estatuas gigantescas parecen sostener todo el peso de la estructura frontal.
En Erfurt se edificaron también iglesias más contemporáneas, perfectas en su forma, de líneas simples y con pocos ventanales. En los alrededores no todo es opulento, pues para sentir a plenitud la sensación de belleza y equilibrio se necesitan los contrastes y para ello basta una casa convencional en medio de una plaza, de paredes lisas, con una puerta, dos ventanas, cuatro columnas cilíndricas repartidas en paralelo para sostener la cornisa, sobre la cual se desliza un bonito alerón de tejas rojas. Pequeños detalles nos informan también de la depuración en las formas, tanto como la exquisitez de la fantástica arquitectura mostrada en las fuentes rodeadas de hierbas secas, de un tono amarillo trigo tras declinar su esplendor natural de verano. Las iglesias son reliquias a las que todavía se las pule y maquilla, con sus agujas rasgando el cielo entre interludios de épocas. Son lugares fotográficos donde mi hija ha posado tanto en invierno como en verano, cuando su cielo se expande como un telón azul y su temperatura llega a ser tibia.
Los vitrales gigantescos de las iglesias son una explosión de colores dentro de sus techos abovedados de tres pisos. Verdaderas joyas todo el tiempo abiertas al paso del turista.
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COLONIA
Es la cuarta ciudad más antigua y multicultural de Alemania, con una catedral de más de seiscientos años de antigüedad. El agua de Colonia fluye por su río como un borboteo idílico y perfumado, muy cerca a las edificaciones de madera que también desafían la gravedad. Coexisten, a pocos pasos del comercio y las tiendas modernas, un funicular actual que discurre por encima del Rin y sus terrazas, también cercanas a la gran torre del reloj. Existen edificaciones con aquel tono gris que le aportan al lugar ese toque intrascendente a una ciudad testimonio de guerras pasadas.
Atrajo mi atención una escultura situada en un pequeño parque detrás de una iglesia. Se trata del niño de la espada, erguido sobre su caballo. En el suelo, junto a él, se encuentra otro niño esquelético, quien le mira implorante sobre el suelo. Desde ese ángulo divisamos a lo lejos el puente ferroviario más moderno, construido entre 1907 y 1911. Se extiende más allá, rodeado de largos bulevares, cerca de la estación del tren (uno de los más rápidos del mundo).
Por dentro de la gran catedral de Colonia se puede apreciar gran riqueza de detalles. Los clavicordios bronceados o plateados, de cajas rectangulares enormes situadas sobre lo más alto de las paredes, parecían emanar cantos eclesiásticos. Hileras de columnas se alzan imponentes sosteniendo las cúpulas de la pesada y monumental estructura; estas se encuentran talladas y pintadas en su parte inferior.
En una esquina, en el ala izquierda, cerca del púlpito oratorio, hallábase para mí la escultura más bella del lugar. Se trata de José cargando sobre sus hombros a Jesús niño. El padre, con su tez sonrosada, su abundante y larga barba rizada, y su piel tostada, semejaba a un caminante que llega al final del camino. Arte puro fluía por todas partes, hasta en el piso, con sus detalles en retales de baldosín formando imágenes en tamaño natural. Las pinturas de los santos en los vitrales sobresalían con sus colores deslumbrantes; el rojo tan vivamente rojo, tanto como el morado, el azul, el verde. El asombro al mirar aquella explosión de matices puede llegar hasta el éxtasis, porque el arte que se aprecia en sus fastuosas dimensiones es tan sublime como palpar la textura de una delicada flor, como una caricia, como un beso.
Vista del otro lado del río, de noche, la silueta de la iglesia principal donde se afirma con gran convicción que se guardan los restos de los tres Reyes Magos, era como una alucinación de formas apuntando hacia el arco oscuro del cielo.
En Colonia, la Navidad es roja al igual que en nuestro país. Me refiero a los mercados navideños tradicionales. Se percibe el aroma de la cocina colonesa en las galletas recién horneadas, decoradas con chocolate blanco o negro y demás sabores y expuestas al público en las vitrinas. De las vineras fluía también el licor de uva tibio saborizado con especias para acompañar los bocaditos tradicionales.
Después de haber visto tanto, regresamos temprano a casa porque era Nochebuena y la cena nos esperaba adobándose para ser introducida en el horno. Ya el jabalí debía de estar impregnado de ese sabor a cerveza negra, a pimienta, a cúrcuma, a laurel y a azafrán. Las exóticas frutas encurtidas aguardaban sobre la mesa; con ellas combinadas con los vegetales y la vinagreta, se haría la mezcla. Las flores rojas, parecidas en su forma a la flor del café, seguían sumergidas en el florero de cristal, en medio de la mesa. Habían sido compradas hacía un mes y aún mantenían la frescura y el color.
La pareja había preparado todo con antelación, nada considerado importante faltaría aquella noche de celebración. Al regresar sentíamos una doble emoción: por lo ya disfrutado y por la cena del 24. Nos alistamos rápida y sencillamente mientras Lara y Dominic cocinaban el jabalí y preparaban ensaladas diferentes. Les quedó exquisito todo, en su punto; todo fue degustado con avidez, nada se salvó de nuestro paladar, vaciamos las ensaladeras, y del animal silvestre sobraron apenas pequeñas porciones de aquella carne sabrosa con gusto a hierbas aromáticas y a cerveza; jugosa. De las velas encendidas emanaba la resina perfumada, versaba la conversación sobre diferentes tópicos, ya fuera recordando lo ocurrido en el día o haciendo planes a futuro. La satisfacción imperaba y el goce de lo exquisito, elaborado por manos amorosas, se percibía en la atmósfera, en los rostros satisfechos y sonrientes, en los modales serenos y la profundidad de la palabra hablada creciendo y decreciendo como música de clavicordio.
Nos fuimos a descansar temprano; al día siguiente Lara debía trabajar su último turno del año. Desde las ocho de la mañana del 25 hasta la misma hora del siguiente día. Su descanso de fin de año comenzaba el 27 de diciembre. Notaba en ella señales de fatiga, pero sus ojos se mantenían radiantes y juveniles. Tres años después de su partida hacia Alemania, parte de su familia pudo compartir con ella la Navidad. La presencia de su hermano, con sus apuntes sarcásticos, con su gracia en el ocaso de su adolescencia, con su morbo elocuente, con sus ojos pícaros.
La Doc a veces no podía creerse el carácter y el aspecto de Hugo, aunque la irritaban algunas de sus costumbres, como cantar en inglés en voz alta, temprano en la mañana (costumbre adquirida desde niño, pero ella no lo recordaba), y le decía:
—¿Puedes bajar la voz, Hugo? Nos encontramos en un edificio donde la mayoría de sus habitantes son rusos, a quienes puede incomodar ser perturbados en horas tempranas.
—Pues ellos deben de ser conscientes de que el suelo que pisan es alemán, y no ruso. —Mi hijo exponía su punto de vista sin ser consciente de que aquellas afirmaciones podrían sonar políticamente incorrectas.
Sin embargo, la obedecía por instantes, para luego seguir la letanía. Y Lara le abría la puerta de golpe, creo yo con el fin de intimidarlo, y lo miraba seria. Y mi joven hijo sonreía sin intimidarse, diciendo:
—Perdón; se me olvidó.
Era cosa de tiempo acostumbrarse al canto del pájaro madrugón, tipo seis de la mañana en un fin de semana, sin inquietarse por la opinión de los vecinos del polo ártico, quienes nunca se quejaron. Tal vez porque en ningún momento lo escucharon, o quizás porque la cantada era tan buena como inteligible, similar a un quejido o un lamento vallenato. Pero aquello era música para mis oídos. Difería por unas notas en si mayor del ruido trasnochador de unos cuantos visitantes del parque natural el Tayrona. Su risa, igual de fuerte, nunca me ha perturbado; por el contrario, la voy a extrañar montones cuando se marche hacia las aulas universitarias, a una ciudad diferente. Mi alma va a experimentar al máximo el vacío del silencio, el eco de su risa juvenil, su encanto, su gracia, su genialidad embrionaria. Ya le estaba extrañando y faltaban meses para su partida, porque él supo llenar el vacío inmenso que dejó quien compartía todo conmigo, conocía mis facetas, mis gustos, mis afinidades. Añoré en gran medida su presencia, su música de Il Divo, Eros Ramazzotti, la fraseología poco convencional de Kallet Morales. Su voz profunda, sus aciertos, su gracia. Tuve que dejarla partir en busca de su propia felicidad.
Y entonces se iba la Navidad, con su repertorio de añoranzas, de árbol navideño, de blanca nieve, de San Nicolás; cediéndole el paso al nuevo año, y con su advenimiento llegaría este otro hijo de quien también he extrañado su profundidad intelectual, su toque de madurez.
De mis hijos he aprendido a recordar la juventud y la sabiduría intrínseca que reside en ella, de cada carácter, de cada individuo aparte que suelen ser los hijos. Pero este, en especial, parece no necesitar a los padres. Se siente a gusto con su independencia, con él mismo. Es por quien seguimos aguardando, en cualquier época del año, en los días festivos del calendario. Es un inquietante hijo de quien podemos esperar todo, y a la vez nada. Pues se nos uniría en Alemania un primero de enero. Ello lo animó a hacer un viaje interoceánico de poco más de un día, saliendo de Cartagena, Colombia, a finales de 2017 para llegar a Alemania el primer día del siguiente año, 2018.
Transportado por el túnel del tiempo. Pudo brindar en el aire, la última noche del año, una copa de champán con viajeros de procedencias disímiles.
Con la nariz metida en el computador, una mañana antes de llegar mi hija de su último turno del año, Dominic dijo:
—Prepárense, porque ahora es cuando comienza lo bueno.
No podía captar el mensaje. ¿Cómo que comenzaba lo bueno? Si lo estaba viviendo cada día desde el comienzo de nuestra aventura. Mi hijo menor me miró y emitió una carcajada estridente. Pero Dominic, quien se complacía con sus altisonancias, explicó:
—Señora, de ahora en adelante visitaremos solamente las ciudades más importantes de Alemania.
Volví la mirada hacia mi hijo, quien sujetaba las siguientes palabras:
—¡Mami, a eso vinimos! —No pudo contenerse la boca en su rostro anguloso.
Antes del 31 de diciembre anduvimos muy ajetreados aseando aquello que por falta de tiempo dejamos de hacer debidamente: las medias térmicas, abrigos, buzos. Porque después del 31 de diciembre nuestros miembros locomotores no pararían.
La mañana de ese día comenzó esplendorosa, sin ganas de nevar y con un solecito juguetón, quien iba ensanchando su espectro de luz. Deseaba el advenimiento de días más cálidos, tal como lo había pronosticado el abuelo de Dominic, un hombre octogenario particularmente interesante con quien había hablado sin entenderle. Partiríamos hacia Kassel el mismo 31 en la tarde, primero a visitar al abuelo y luego a reunirnos con los suegros de Lara en casa de uno de sus tíos, y esperar en familia el nuevo año.
Disfrutamos de la compañía amable de los miembros de casa, y con los padres de Dominic nos entonamos con copas de buenos vinos. Vimos un filme, una especie de ritual de fin de año para los alemanes, pero antes de eso degustamos de los diferentes sabores de la mesa: se llenaba un recipiente con pequeñas porciones de diferentes platillos y luego se introducía en una plancha de varios pisos. Se trata de una tradición Suiza. Al aparato ingenioso lo llaman raclette. Se pueden llenar los recipientes, en forma de palitas, y de acuerdo al gusto combinar los alimentos con un menú variado: quesos, rodajas de pepinillo agrio, cebollitas, tomaticos o pequeñas porciones de tomates y ajíes grandes; agregando además porciones de proteína como pollo, cerdo, camarones en salsa, queso. El pan hace de acompañante. Pero la receta original es a base de queso raclette, tocino y cebolla, y se acompaña de papa. Los demás ingredientes son opcionales.
¡Divertidísimo!
Con la llegada e impresiones de Diego, el nuevo miembro del grupo, me sentí reconfortada. Mi ánimo se había descompuesto un poco por la ingesta de vinos diferentes el día anterior. Pisar tierra europea para él fue diferente, pues posee un completo mecanismo de orientación espacial, el cual le funciona tanto en Colombia como en la Conchinchina, parecida a la de su padre y su cuñado. Dentro de ese nuevo ambiente de efervescencia sentí ascender de nuevo aquella oleada de calor al rostro, motivada por las palabras de mi hija:
—Mami, preparen sus maletines pues volveremos a Fráncfort mañana, donde pernoctaremos por tres días para alcanzar a conocerla mejor. Descansen bien, nos espera un recorrido de más de dos horas en carro.
Comenzamos la tarea de inmediato, mientras Diego desempacaba los regalos. Varias bolsas de café Juan Valdés; unas dejaría en casa y, las demás, para el abuelo y los padres de Dominic, a quienes también pertenecían los obsequios de dulces típicos de Colombia: dulce de plátano maduro, conservas de leche. Después de empacar hasta el paraguas (porque en Alemania el clima invernal, como lo he acotado antes, puede cambiar tres veces al día), agradecí a quien me permitía aquel tremendo lujo de visitar y conocer en parte tantas ciudades del país, con el auspicio de mi hija y en la grata compañía de los varones del grupo familiar.
La gran familia estaba lista para lo que fuera.
No voy a referirme a una ciudad detrás del velo del olvido, sujeta a los vaivenes del azar político, tampoco he de hacer referencia a los seres que la habitan, que padecen de grandes necesidades sin resolver en medio de un tejido urbanístico de zozobra e inseguridad.
Voy a referirme a Fráncfort del Meno, la ciudad de los arcos frontales, donde coexiste un conglomerado forjado a fuerza de trabajo, moldeado y menos hostil; donde sus artistas se puedan expresar, donde pensadores junto a académicos sean capaces de inventar nuevas políticas y se recreen en la cultura. Puede, en cierto modo, esta ciudad albergar problemáticas sociales de las que pocas ciudades en el mundo se encuentran libres.
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