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¡Corre Vito!

¡Corre Vito!© David Martín del Campo, 2013
D. R. © Ilustración de portada y diseño de interiores: Daniel Moreno
D.R. © Editorial Cõ
Leemos Contigo Editorial S.A.S. de C.V.
edicion@editorialco.com
Cõeditor digital
Edición: Febrero 2021
Diseño de portada: Gabriela León
Características tipográficas aseguradas conforme a la ley.
Prohibida la reproducción total o parcial sin autorización escrita del editor.
Esta obra fue escrita con el apoyo del Sistema Nacional de Creadores de Arte SNCA / Conaculta
Índice
1 .
2 Un gallo se apaga
3 Un tesoro verde
4 Reyes sin cabeza
5 Te irás con dos pies
6 En la noche del gamo turqui
7 Alas tiene la corazón
8 El sal te hará libre
.
¿Cómo sabe uno lo que va a hacer hasta que llega el momento? Es una pregunta estúpida.
J. D. Salinger
ALGÚN DÍA IRÉ AL MAR. Sí, como lo oyes. Eso iba pensando esta mañana mientras el sol me entibiaba a través de la ventanilla. Sí, algún día, y dejaba volar la imaginación hasta el anuncio en lo alto del edificio. Cancún a la mano, ahora tres vuelos diarios. Los demás pasajeros no miraban nada, es decir, permanecían pensativos, adormilados, como si la vida fuera una gran siesta de la que no debiéramos despertar.
Cada cual hace de sus días lo que quiere. O lo que puede. Yo, por mi parte, suspiraba al perder de vista el anuncio aquél de la muchacha en tanga anaranjada. ¿En nanga ataranjada? Todo fuera como suspirar. Los deseos van más lejos, rebasan a nuestros sentidos. Igual que un relámpago inesperado, súbitamente nos depositan en otra dimensión. Se alzan, llegan a cualquier parte y tú lo debes saber: los deseos mueven al mundo.
Eso iba pensando cuando un nuevo pasajero subió al colectivo. Alzó la nariz, con gesto extrañado, tratando de reconocer aquel rastro. Una cuadra atrás habían descendido dos mujeres que venían del mandado, dejándonos el aroma revuelto del epazote, las guayabas y las mandarinas. Siempre he tenido un olfato tremendo, para mi mal. Traté de acomodarme, aprovechando el espacio extra, dispuesto a viajar de uno a otro anuncio publicitario porque el deseo, no sé si te habrás percatado, habita en esos destellos panorámicos.
La combi tenía averiado un amortiguador. Chillaba al frenar, al arrancar, al pasar los baches. Nada es perfecto, me dije, y noté que el nuevo pasajero acariciaba instintivamente su pequeño portafolios. Cada cual sus misterios, sus obsesiones, sus resquemores. Ni modo que le preguntara, perdone, ¿qué lleva ahí guardado?, y me puse a imaginar. En un portafolios como ése puede caber cualquier cosa, me dije cuando todos, el conductor y los tres pasajeros, escuchamos aquella explosión. ¿Será día de San Juan?, pensé inmediatamente, pero cómo, si no es 24 de junio.
Lo que son las cosas: en ese preciso momento descubrí ahí arriba, coronando un edificio ruinoso, otro anuncio de Cancún. Y la tanja naranga. Hasta sentí que aquella muchacha y yo, en algún momento (uno nunca sabe) fundiríamos nuestros destinos. ¿Por qué no? Tal vez en una presentación de libros, de esas llenas de solteronas buscando garañón, me la encuentro a la hora de atacar los drinks... Eso es lo mejor de las presentaciones de libros, y tú te lo pierdes, porque además de que te ahorras la lectura, puedes tomar dos o tres cubas gratis y comer canapés de salmón ahumado. Gracias a los presentadores, que resumen el contenido y citan los párrafos más notables, te llevas una idea general del volumen, porque eso es lo importante en la vida: tener ideas, ¿no? Y tú además lo sabes, yo jamás he leído un libro.
Imaginé entonces que ella preguntaría: ¿De modo que tú eres Vito Beristáin? Uuuy, ¿te imaginas? De seguro es aeromoza porque... y ahí estaba el otro cuetazo. Y otros dos, seguiditos y no tan distantes. El chofer volteó a mirar al pasaje, como esperando que alguien dijera eso que todos estábamos adivinando pero nadie se atrevía a nombrar. Qué incómoda situación. Es lo malo de viajar en transporte público. De tan caballeroso y condescendiente pierdes tu propia identidad. ¿Quién soy yo, de quién esta voz, oh, dioses del Viaducto?
El conductor disminuyó la velocidad y en la esquina de González Ortega, porque veníamos por el Eje Uno, casi se para para voltear hacia donde procedían las detonaciones. ¿Se para-para? Ahí estaba un voceador de periódicos que también permanecía a la expectativa. Seguramente se trata de un pleito de cantina, dijo el chofer al acelerar de nueva cuenta, pero entonces nos llega el “ta-ta-ta” inconfundible de una metralleta. Para qué nos hacíamos tarugos: aquellos eran disparos.
Debe ser un asalto, dijo con un hilito de voz la muchacha que iba en el asiento delantero, y el chofer, un bigotón enfundado en una camiseta del Guadalajara, asintió en silencio. En lo que se fija uno en esos momentos de tensión, ¿verdad? Digo, por lo de la camiseta de las chivas del Guadalajara. Y el nuevo pasajero, el del portafolitos que iba junto a mí, se persignó.
Avanzábamos despacio, con más curiosidad que cautela, cuando en la siguiente cuadra cruza a toda velocidad una patrulla de policía; la torreta lanzando destellos rojos y la sirena con un escándalo ensordecedor.
Ya los van a agarrar, volvió a musitar la muchacha que viajaba junto al conductor. Era de ésas muy seriecitas, los cuadernos apretados contra el pecho y que creen que su papá no bebe más que cerveza. En ese momento aparece otra patrulla por detrás de la combi, nos da alcance y nos rebasa por la derecha de modo que todos pudimos ver al policía que iba asomado con un rifle entre las manos. Pinche ciudad, dijo el tercer pasajero, pinche violencia, y yo, la verdad, no comenté nada. Está bien que, como dijo mi abuela, nací para algo grande pero hay ocasiones en que las palabras no sirven para un demonio. Además, ¿qué puedes decir en circunstancias como ésa? Y en lo que te lo cuento la balacera ya se había generalizado. Al “ta-ta-ta” que sonaba por un lado le respondían con un tiroteo más grave, como si fueran disparos de escopeta. Total, que la mañana había perdido su tibieza y yo comencé a sudar frío.
Me voy a desviar por Circunvalación, anunció el chofer, y todos asentimos en silencio. Mientras más lejos de ahí, mejor. Sobre todo porque un tercer aullido se había sumado al de las otras patrullas y como la balacera iba en aumento nos empezamos a encomendar, digo, Diosito santo, si me han de matar mañana, permíteme antes conocer el mar. Yo mejor me bajo, musitó de pronto la muchachita nerviosa de los cuadernos.
Un helicóptero se había sumado a la batida y cruzaba el cielo por encima de nosotros. “Rac-rac-rac” de ida y “rac-rac-rac” de regreso. Qué fascinante mirar a los guardias artillados asomando como si fueran de un comando israelí. Entonces sentimos el frenazo porque casi chocábamos con un auto lleno de agentes que nos cerró el paso. Y otra vez, en la distancia, el tiroteo renovándose. Tuvimos que desviarnos por una callecita paralela. El pasajero que iba a mi lado miraba estupefacto a los cinco guaruras que salían corriendo del vehículo. Miraba el helicóptero y luego me miraba a mí como si yo pudiera explicar ese caos. En realidad no estaba mirando nada. Sus ojos eran el miedo mismo y comenzó a mascullar: Yo creo, yo creo... sin completar la frase. Observé fijamente su portafolios. Era de esos pequeñitos que cargan los vendedores de puerta en puerta. Alguna vez intenté el oficio, ¿recuerdas?, pero todo quedó en el mes de prueba y los zapatos agujerados sin lograr la firma de un solo seguro de vida. Será que nadie se piensa morir.
Yo creo, yo creo, yo creo que me voy a bajar, dijo por fin el tartamudo, y el chofer disminuyó la velocidad. Estábamos a dos cuadras de Circunvalación. Cruzando la avenida quedaríamos al otro lado del peligro, además de que ya no se escuchaban disparos. Sólo quedaba el ruido, en la distancia, de las sirenas. Ha de ser horrible morir con ese escándalo en los oídos, pensaba cuando el conductor frenó bruscamente y la camioneta volvió a soltar su chirrido. Fue cuando el tipo que viajaba a mi lado aprovechó para saltar por la puerta corrediza. Irse sin pagar y el chofer que ni el intento hizo de cobrarles, ni a él ni a la muchacha de los cuadernos abrazados, que también nos abandonaba.
La tibieza de noviembre es como el abrazo de un amigo, pensé, y entonces descubro a mi lado el portafolios del tartamudo. Estaba por decírselo al chofer, que ya arrancaba, cuando da otro frenazo al momento que un tipo enchamarrado se le cruza a media calle. “Aquí dejaron un...” le decía, pero me interrumpo al reconocer esa pistola tantas veces blandida en las películas de acción.
El tipo sube torpemente y encañona al chofer, ¡síguete derecho, cabrón!, le ordena, ¡y tú qué me ves hijo de la chingada!, me dice a mí, no yo a ti. “¡Derecho, derecho, métele, cabrón! ¡Me vale madre si te pasas el alto!” El de la camiseta del Guadalajara no tuvo más remedio que obedecer, tironeando la marcha con nerviosismo. ¡Métele, métele!, gritaba el tipo, ...y mucho cuidado con hacerte el listo. Gruñía resollando, como doliéndose, y entonces me amenaza meneando la pistola. “Tú quietecito, cabrón”. Sí, quietecísimo. Acomoda a su lado el saco de lona verde que llevaba y se queja: Fue ese cabrón del Bichi. Después abre la chamarra negra y se mira la herida en un costado, ¡hiiijo de la chingada!, gime con horror, si lueguito se ve que nos estaban esperando.
Traté de no mirarlo. Demasiada violencia ha perseguido a mi familia y fijar la vista en el tipo, pensé, me podría costar la vida. Por lo menos un cachazo en mitad del rostro. La combi atravesó la avenida sin obedecer los semáforos, a pesar de los conductores que protestaban pegados al claxon. Nos adentramos por las tranquilas calles de la colonia Michoacana. ¡Métele, métele!, no te hagas pendejo, gruñía el tipo incrustando el cañón de la pistola en la barriga del chofer, quien viajaba más pálido que un refrigerador.
Cuadras más adelante se nos cruzó un agente de policía en motocicleta. Van cazando incautos por esas calles poco transitadas, automovilistas mal estacionados o sin los documentos en regla. El conductor sacó a su paso la mano izquierda fuera de la ventanilla, como si quisiera refrescarse, pero hasta yo me di cuenta que le hacía señas desesperadas; sólo que el policía iba pendejeando y ya se había distanciado.
¡Te lo advertí! El grito fue simultáneo al disparo a quemarropa, y el chofer se desplomó. ¡Imbécil, te lo advertí!... y como pudo el tipo controló la conducción. Apagó el motor y la combi se detuvo en mitad de la avenida Gran Canal por la que circulábamos.
Quedamos parados frente a una tintorería que soltaba chorritos de vapor. Ahora tú, ¡ándale, qué esperas!, me grita el tipo, ¡vente a manejar! Y no tuve más remedio que obedecer. Salté el respaldo, empujé el cuerpo enfundado en la camiseta del Guadalajara y di marcha al motor. Ahora la pistola se encajó entre mis costillas. No sabes qué sensación tan desagradable; si te da hipo eres hombre muerto, y la nerviosa amenaza: ¡Qué esperas güey, ándale o también te suelto un plomazo!
Arranqué con cierto jaloneo, ...no estoy acostumbrado, me disculpé de entrada, y el amortiguador chirri que chirri. A veces Mario y Silvano me prestan su volkswagen... es decir, me prestaban. Avancé a media velocidad, tratando de no pegarme mucho a la banqueta porque la combi andaba mal de alineación. El tipo, sin embargo, ya no dijo nada. Iba como pensativo, con los pies sobre el cuerpo del chofer, que comenzaba a teñirse de rojo. Me chingaron, se quejó de pronto, y al tentalearse la herida oculta por el chamarrón negro, me chingaron, repitió.
Ay, Vito tan menso, pensé para mis adentros. Todo sería distinto si no te hubieras prestado a esa otra ronda en el gimnasio. Hubieras salido quince minutos antes, hubieras abordado otro colectivo y ya estarías en tu casa comiendo sopa de fideos como la gente decente... no que ahora. “Hubiera”, tiempo perfecto del verbo Pendejo.
Síguete derecho, busca una clínica... el consultorio de un doctor, dijo el tipo al aflojar el arma. “Pero pronto, carajo”.
Gran Canal desemboca, según sospecho, por el rumbo de Tepeyac, pero como el tránsito se estaba poniendo pesado el tipo me indicó que doblara hacia la derecha. Así llegamos a una calle más tranquila, y otra indicación con la pistola y vuelta a la izquierda, hacia el norte. Estábamos en la colonia La Esmeralda y me encarrilé con más confianza.
Vieras qué suave se siente manejar una combi: tú ahí arriba y los demás autos achaparrados a tu paso. Entonces el tipo vuelve a quejarse: me chingaron, me chingaron, y masculla sin fuerza, ¿no ves por ahí un doctor? Da un cabeceo, suelta el arma, pero enseguida se repone y la vuelve a empuñar. La incrusta en mi costado y respondo con un hilo de voz: no, ninguno, a lo mejor más adelante. “Pues métele gas. Date vuelta en esa pinche calle y cómprame una cocacola. Tengo mucha sed”.
El chofer, lo que son las cosas, da entonces un respingo en el piso. ¿Ya estiraste la pata, pendejo?, le pregunta el tipo y al voltear trato de guardarme un retrato suyo. Qué puedo decir, ¿que se parecía un poco a Héctor Bonilla, el que anuncia Bacardí en la televisión? Quizá, aunque más moreno. Entonces dice: “Estoy empezando a sentir un mareo de la rechingada, ¿no hay por ahí un doctor? Búscale por la avenida San Juan de Aragón, hay varias clínicas de aborteros... Carajo; necesito que me den unas puntadas, si no me voy a desangrar...”
La verdad todo esto lo decía en balbuceos deshilvanados y yo tratando de obedecer en silencio. ¿Has olido la sangre alguna vez? ¿Así, en abundancia? La sangre de un fanático de las “chivas rayadas”, ¿en qué es distinta a la sangre legendaria de José María Morelos, fusilado aquí a diez cuadras? Rebasé a un carrito de helados, su tintineo ambulante, y se me ocurrió preguntar: Oiga, ¿no preferiría una paleta de limón, para la sed?
Qué insolente, ¿verdad?, pero el tipo no respondió. Imaginé que aguantaba desconcertado y que ya soltaría un balazo para reventarme el hígado. En lo que esperaba el disparo pensé que me hubiera gustado probar un helado de fresa, el último, sobre todo porque el calor ya comenzaba a apretar. “Hubiera”, el verbo de imposible conjugación.
Nada tan delicioso como un gelato alla frágola. Desaceleré. Ahí adelante se anuncia un doctor García Moncada, dije, es una clínica veterinaria pero que muy bien podría... y frené totalmente. El tipo había perdido el conocimiento. Permanecía recostado contra la portezuela. Volví a arrancar. ¿Y si estaba muerto?
Avanzábamos a vuelta de rueda, en segunda, y una cuadra después detuve la marcha frente a un lote baldío. ¿Se siente usted bien? Pensé en arrebatarle la pistola pero también que el tipo podría reaccionar; en eso el arma escurrió sobre sus muslos, como entregándomela. Dos occisos enfriando balas ya eran demasiado. ¡Qué no hay nadie que venga en mi auxilio!, quise gritar, y pensé en ti, siempre conmigo, siempre ausente.
La calle estaba desierta, a no ser por dos perros asoleándose en la acera de enfrente. Apagué el motor y una sensación de plenitud me comenzó a invadir. Ahí terminaba la ciudad y comenzaba, nuevamente, mi vida. Qué maravilloso bienestar me envolvía: un alborozo de inmensa gratitud. Miré los hilos de polvo que arrastraba el viento por aquel extenso terregal y sentí, como nunca, la necesidad de cantar. Sin darme cuenta comencé a tararear, “no vale nada la vida, la vida no vale nada, comienza siempre llorando, y así llorando se acaba...”, y entonces tuve una revelación: si no abandonaba la combi en ese preciso momento me iban a implicar en un crimen confuso del que no tenía la menor idea. Solté la pistola sobre el asiento. Y lo peor de todo, que el caso de Mario y Silvano aún era reciente. Había que irse de ahí, ¡pero ya!
Entonces recordé el portafolios del tartamudo. Extendí el brazo hacia el asiento posterior y lo recuperé. ¿Cómo era aquel pasajero? Lo guardé en el saco de lona verde y al hacerlo descubrí una montaña de dinero. Sí, una montaña de dinero. “Qué tesoro”, me repetí al contemplar esos fajos de billetes. Fue cuando descubrí que la calle, lo que son las cosas, se llamaba Aguamarina. ¡Aguamarina!
Avancé con la bolsa al hombro y media cuadra después me encontré con varios niños que venían del colegio. Se correteaban pateando una lata, cargando sus mochilas, sudando. Recordé mis días de felicidad a la intemperie en el MU, cuando la aritmética era una tortura y el recreo de mediodía lo más próximo al paraíso. “El respeto al derecho ajeno es la paz”, estableció el Benemérito de las Américas. Nunca lo olviden, decía la profesora Olga, y el derecho a lo ajeno; qué ¿es la paz del respetable? Je, je.
Al doblar la esquina me topé nuevamente con aquel hombre que, ante mi sorpresa, no dudó en ir a mi encuentro. ¿Cuántas personas en la vida son las que solamente vemos dos veces? No una ni muchas: sólo dos veces. Algún romance efímero, algún cobrador, algún sacerdote en el confesionario. Ahí estaba, pues, el hombre.
Se me acercó sin dudarlo un instante, paso a paso y sin decir palabra alguna. “Qué lleva”, me dijo por fin, a lo directo, mientras hacía tintinear las campanitas de su carro. Será que a los golosos se nos nota en la distancia. Cincuenta millones de pesos, me dieron ganas de responderle, pero no sabía la cantidad exacta. Una paleta de fresa, le respondí entonces, porque además el calor ya resultaba exasperante.
Aquel hombre era de esos que solamente ves dos veces en la vida. La primera como un saludo, la segunda como despedida. Eso me dijo aquel padre en el confesionario: “No quiero volver a verte, ni saber tu nombre ni escuchar tanta insensatez”. Y lo que luego siguió.
El nevero era un hombre mayor, frisando los setenta. Guardaba las monedas en el mandil y no pudo evitar la mirada curiosa. Trae una mancha en la manga, y me señaló el hombro derecho. Es sangre, precisó. Tenía razón. Me desprendí de la chamarra deportiva y se la entregué. Yo creo que sí le quedará, le dije, y seguí mi camino. Me descubrí absolutamente relajado con aquella paleta de fresa en la mano, que ya comenzaba a fundirse. Qué deleite los helados.
Así que ahora trato de conciliar el sueño. Son las dos de la madrugada y no me he puesto la pijama. Te miro y no respondes, pero así está bien. Trataré de soñar, si es el caso, con la muchacha de tanga anaranjada.
Un gallo se apaga
1
Fuimos a ver Mujer bonita. Una película romanticona, de ésas que al final terminan enamorados y queriéndose para siempre. Fui con Patricia, que ni se deja ni sabe besar. Es linda mi novia, aunque no tanto como Julia Roberts. Me gusta contarle mis sueños, se divierte con mis locuras. ¡Y cómo pide la desgraciada!, que si las palomitas, que si los chocolates, que si el vaso de pepsi. Será que nació para casarse con un millonario.
Una vez traté de sobrepasarme con ella, y la verdad me asusté. Llevaba falda corta y... ¡claro que ella! Habíamos ido a ver una película cachonda al cine París. En un pasaje aburrido de la historia, cuando Ives Montand y Annie Girardot discuten sobre el rumbo que deben tomar, porque están de vacaciones y entonces, como no queriendo la cosa, volteé para decirle algo al oído... y allí va mi mano por debajo.
¡Nombre! Ella como que se tardaba en protestar y yo con la sorpresa porque la canija... ¡no traía chones! Qué, ¿no usas?, me dieron ganas de preguntarle, y entonces vino la bofetada. ¡Vito cabrón!, ¿quién te crees que soy? Y los demás en la sala, ¡ya déjala, ojete!, ¡shhhhh!
Me había pedido que fuéramos a la función de las cuatro porque más tarde iría con sus primas para arreglarse un vestido. Les encanta eso de subirle aquí, bajarle allá, apretarle acullá. Nunca me deja acompañarla, son puras viejas chismosas, se defiende ella.
Así que regreso solo a casa y el único que me comprende es Mister Estopa, ya sabes, mi perro. ¿Regresosolo?
Me puse a pensar, ¿por qué no usará pantaletas? Vaya que es difícil preguntar esas cosas, pero ella me dejó de a cuatro al aclarar, ¿qué no sabías que cuando hace calor las mujeres no aguantamos la ropa interior? ¿Tú andarías bajo el sol con una faja, un brasier, unas medias, un corpiño y encima la blusa y la falda? No supe qué responder. Ve y pregúntale a tu mamacita, si tanta curiosidad tienes.
Así es Patricia Maldonado.
De regreso del cine fui a buscar a Mario y Silvano, pero en el camino me acordé que habían ido a pegar propaganda en su cochecito, sin mí, por andar con la que/no/se/deja/agarrar. Me caes bien porque contigo me desaburro, me dice la muy cruel, y yo que muero por robarle un beso. Estábamos en la película, en la escena ésa cuando Julia Roberts se deja abrazar por Richard Gere luego de haber discutido en la calle que si sí, que si no... es cierto, ¡cómo discuten las parejas en las películas! Entonces le digo, ¿a que no puedes besar como Julia Roberts?, y ella me contesta, claro que sí, güey, tráeme a Richard Gere y ya verás. Es su estilo.
Y luego ocurrió aquello.
Hoy temprano fui a recoger los folletos que mandamos hacer para el trío, y cuando venía de regreso me alcanza la tía Cuca en el portal del edifico. ¡Vito, Vito! ¡Una desgracia! “¡En la madre!”, pensé, “ya se murió mamá”. Pero no. Los que se habían muerto eran los marsellinos; es decir, Mario y Silvano.
Cómo, qué, cuándo. Pero cómo, qué... y vuelta a preguntar. Uno se transforma en un tarado a la hora de afrontar la muerte. Resulta que Mario y Silvano, mis compañeros en el trío, habían ido a cartelear de noche, y quién sabe qué confusión hubo que los balacearon en su volkswagencito. Los encontraron en la madrugada, amontonados y tiesos, por el rumbo de Chimalhuacán. Ahorita los están velando en la agencia del ISSSTE, me dice mi tía, y así como iba, luego que me prestó cincuenta pesos, fui a darles alcance. Es decir, a sus caváderes.
No, no cadáveres, porque desde chico me ha gustado la palabreja, que suena a panteón judío: “caváderes”.
Yo voy a vivir cien años; por lo menos 94, como el sargento De la Rosa. ¿Cómo quién? Era el viejito que sacaban lleno de medallas en los festejos del 5 de Mayo, porque era el último combatiente vivo de la Batalla de Puebla en 1863. Me acuerdo, entre brumas, que mamá lo señalaba en el desfile militar, porque a mamá siempre le han gustado los uniformes. Todo por cosa de la abuela, pero ella sí era caso perdido. “Ya nos invadieron los españoles, ya nos invadieron los franceses, ya nos invadieron los gringos, ¡sólo falta una guerra contra los chinos!”, bromea los domingos, en que se permite sus tequilas.
Bueno, yo hablando de tarugada y media y los caváderes de mis amigos pudriéndose en la funeraria.
Llegué cargando el paquete, y cuál no fue mi sorpresa cuando me encuentro ahí, además de los parientes de los marsellinos, un chorro de periodistas, fotógrafos, camarógrafos de la tele y hasta un representante del candidato de la coalición. Ahora resulta que los marsellinos fueron asesinados por andar pegando propaganda opositora y se han convertido en mártires. ¿Será?
Me acuerdo de esas tardes que eran más parranda que otra cosa. Llevábamos varios six en el cochecito y pintábamos bardas y más bardas copiando las consignas que traía anotadas Silvano, y cuando se descuidaban yo empezaba con mis ocurrencias. Donde decía: “Un futuro de justicia para la juventud”, metía mi tremendo punto y coma, de modo que fastidiaba la frase: “Un futuro de justicia; para la juventud”. Y donde había que poner “Guarderías y desayunos escolares harán un país más luminoso”, iba yo a meter mi silabita nefasta y aquello quedaba: “Guarderías y desayunos escolares harán un país más voluminoso” Y en vez de discutir, porque me acusaban de todo, de priísta y de hijo de Fidel Velázquez, nos agarrábamos a brochazos, y no te cuento cómo llegábamos a casa, escurriendo engrudo y cerveza.
Y ahora los marsellinos son caváderes.
Los folletos que mandamos hacer... deja empujar las cobijas para leer bien, dicen así: “Grupo Romántico Los Marsellinos. Un trío para amenizar sus fiestas y reuniones. Canciones y boleros, rancheras y tropicales. Nos las sabemos todas. Agustín Lara, José Alfredo Giménez”, sí, con G, “Álvaro Carrillo, Guty Cárdenas, Gonzalo Curiel, Armando Manzanero, José José. Llámenos y nos arreglamos. Por hora o por velada. También atendemos serenatas” y luego vienen nuestros nombres, “Silvano Andrade, guitarra clásica. Mario Talavera, requinto”, ¿será?, y luego yo, “Vito Beristáin, voz”. ¿No me pudieron poner, siquiera, “tenor”? Pero ya para qué.
Aquí están las fotos que nos mandamos tomar, con bigotito artificial para vernos menos chamacos, y en la parte de atrás la entrevista que nos hicieron en el periódico Avance donde confundimos todo, charros con mariachis, Tecalitlán con Tlaquepaque, Consuelito Velázquez con María Greever. ¿Haz de creer? Lo que pasa es que nos contrataron para cantar en una boda y uno de los invitados resultó que era periodista y nos entrevistó al final, cuando ya andábamos todos, los marsellinos y él también, más pedros que San Pedo Domecq. Además que el famoso periodista, de apellido Comesaña, nos cobró doscientos pesos por la nota. Lo que es el precio de la fama, ¿verdad?
Bueno, y ahí estaban los caváderes de los marsellinos y yo con el paquete de los folletos. No salía de mi confusión. ¿La gente se muere para siempre? Como que estaba esperando que aquello fuese una broma, que de pronto alguien gritara, “¡bueno, ya, se acabó!” y todos, los deudos y los periodistas soltaran de pronto la carcajada porque Mario y Silvano saldrían de sus ataúdes, que eran modelo económico, y limpiándose el maquillaje recuperarían su color y sus ganas de vivir. Pero los caváderes no tienen ganas de vivir. Los caváderes no mean, no ríen, no rezan como los demás, Dios te salve, María, llena eres de gracia, el Señor es contigo y Bendita tú eres, entre todas las mujeres... ¡Carajo! ¿Por qué me quitaron a mis amigos? ¡Por qué acabaron con Los Marsellinos! ¿A quién hacían daño pegando propaganda del Frente Democrático Nacional! Y lo peor, ¿por qué preferí el cachondeo con Patricia en el cine Variedades que acompañar a mis amigos en su último trance?
Estaba pensando eso en la cafetería de la funeraria porque tú bien lo sabes: no me gusta llorar en público. Es más, no me gusta llorar. Demasiadas lágrimas han corrido en mi familia como para anegar otro mar. Fue cuando se me acercó un primo de Silvano, que es ingeniero y vive desde hace años en Guadalajara. Me explicó que se acababa de bajar del avión y que votará por el PAN. Como si tuviera que ver una cosa con la otra. Las elecciones son el domingo próximo, es decir, de mañana en ocho. De las pendejadas que habla uno cuando no tiene de qué hablar. Comenzó a revisar los folletos que asomaban del paquete que había puesto sobre el mostrador. Sacó uno y lo comenzó a leer en voz baja. Cómo me cae mal la gente que no puede leer sin mover los labios. En eso pensaba, y en muchas otras cosas cuando de repente me dice, sincerándose: “Ni modo Vito, se acabó el gallo”, y le dije que sí, que ni modo... y me quedé helado. Acababa de recordar la frase.
Pero eso fue hace tres años y la pobre anciana ahora también es caváder.
“Se acabó el gallo”, repitió, y yo me quedé piense y piense. Entonces el ingeniero Andrade (nunca me acuerdo de los nombres propios) me comenta al devolverme el folleto, no van a servir. “Mira, aquí dice que se arreglan, que cobran por hora o por velada, que les llamen... pero no tiene apuntado el teléfono”.
Era cierto; qué tarugos. Y yo con la frasecita martilleándome la cabeza, le digo entonces para que se le quitara lo mamón. “Tienes razón, no van a servir, se nos olvidó ese detalle... además de que tu primo y Mario son cadáveres”.
Qué pinches los velatorios. Como que no te acostumbras a ver esas caras mustias, y lo peor: esas mujeres que lloran y lloran en los rincones, como la mamá de Mario, que no se dejaba consolar. ¡Suéltenme, suéltenme; así estoy bien!
Oye Vito, una pregunta, me dice entonces el primo de Silvano. ¿Por qué se pusieron ese nombre tan jacarandoso?, digo, como trío. ¿Los Marsellinos?, le subrayo, pues por una sencilla razón. Mario y Silvano, que son las guitarras, viven en el edificio de Marsella, la calle de Marsella, a la vuelta de mi casa. Por eso los tres somos, es decir, éramos Los Marsellinos. Y entonces, al aceptar la crudeza del verbo en pretérito, me solté a llorar sobre el hombro de ese joven ingeniero que había llegado una hora antes de Guadalajara y que votará por Acción Nacional.
2
Después de todo no era tan antipático el primo de Silvano. Traía guardada una anforita y sin preguntar me sirvió un generoso chorrito en el café. Ah, qué alivio aquel ron. Esos gestos son de los que no se olvidan. Nos fuimos sincerando mientras afuera de la cafetería los periodistas entrevistaban al representante del candidato. Hasta me empecé a creer eso del atentado que, ante los reflectores de televisión, insistían en llamar “masacre fascista”. Mira, lo peor, ¿sabes qué es lo peor de todo?, preguntó el ingeniero Andrade. Ni idea, contesté porque ¿puede haber algo peor que morirse? Mira, lo peor de todo, me dice, es que hoy era su cumpleaños, su cumpleaños de Silvano. Mira nomás: iba a cumplir veinte años, y ya el Señor lo llamó a su lado.
La verdad yo guardaba más amistad con el gordo Mario. Siempre ocurre eso con los amigos comunes: Juan es más amigo de Pedro, Pedro de Carlos, Carlos de Roberto. ¿Qué es la amistad, después de todo? Una complicidad para siempre, “amor sin sexo”, como dijo una vez Carlos Monsiváis en la presentación de un libro.
Quedarte sin amigos debe ser como ingresar un poco al manicomio. Y mira quién lo dice. Yo al menos te tengo a ti... que es como no tener a nadie, ya lo sé. Pero, ¿sabes inge?, le dije al primo de Silvano luego de probar mi café piqueteado: Nunca en mi vida he leído un libro. Y el otro, como si nada. Volvió a sacar su ánfora, de ésas que llaman “pachitas”, y se apostrofó (qué verbo) el último chorrito. ¿Ni siquiera el de Cien Años en el Laberinto de Soledad?, me preguntó a punto de ofendido.
Ni siquiera.
Pero qué ignorante el inge. Una cosa es que no hayas leído un libro completo y muy otra que no hayas empezado mil o que no sepas quién es García Márquez o Ángeles Mastretta. En la vida hay que estar informados... en la muerte no. Se me ocurrió decírselo: “La muerte es desinformación”.
El inge Andrade puso cara de ah, cabrón, ya se le subió. Es lo malo de soltar así mis genialidades. Nadie me entiende, soy un incomprendido. ¡Bu bú...! mamacita; dame la teta... Eso es algo de lo que nunca se privó Silvano. Su mamá, cuando éramos más chicos, tenía unas sorbederas de miedo. Yo creo que por eso nos hicimos amigos. Entonces los tres, Silvano, Mario y yo vivíamos en el mismo edificio de Marsella pero luego, con la crisis, nos tuvimos que cambiar a otro “menos ostentoso”, como decía el tío Quino. Y bye bye a las mámerson de la mamá de Silvano.
¿Te acuerdas de las tetotas de tu tía?, me dieron ganas de preguntarle al primo de Silvano, pero en ese momento saludaba a quién sabe qué pariente. ¿Y ahora, qué van a hacer?, le dije. ¿Mis tíos? ¿Qué van a hacer mis tíos? No sé. Mira, supongo que aguantar vara. Mira, ha de ser terrible perder así un hijo.
Qué conmovedor. Hasta me dieron ganas de platicarle la tragedia de mi hermanito, pero ya lo he dicho: en casa han escurrido demasiadas lágrimas. El día que escriba la historia de mi familia me volveré famoso. Y el otro: Mira, no es que sea curioso pero ¿cómo fue que se hicieron grupo? Digo, ¿cómo se hizo el trío Los Marsellinos?, preguntó el ingeniero Andrade porque así es su estilo, hablar a empujones. Debe ser de los que van al WC a las cinco y a las cinco y media.
Es una historia muy larga, le comencé a explicar, pero comenzó en serio con el terremoto de 1985. Como tú sabrás los temblores de aquel 19 de septiembre transformaron a los habitantes de esta urbe. (“Esta urbe”, ¡uf!). Es cuando sabes que la vida tiene prioridades: primero tú mismo, “¿estoy vivo, entero?”; luego tus seres queridos, “tía Cuca, ¡hazte para acá, te va a caer encima la Virgen!...”, luego los demás, tus amigos, los vecinos, la sociedad civil, como ahora llaman los articulistas de La Jornada al populacho.
¿Que cómo estuvo lo de la Virgen? Es que mi tía Cuca, que vive en el departamento de junto, es como mi segunda madre. Una mujer entrona. Antes tenían una farmacia, ella y mi tío Quino, pero luego quebró. Ya sabes, la crisis la crisis. Andaba medio lastimada de una rodilla y me pidió que la acompañara a misa de siete. Ya teníamos una semana yendo así, yo medio interesado porque al regreso me invitaba a desayunar en un café de chinos. Y es que así de ñango como me ves puedo comerme diez panqués, dos cafés con leche y un helado de fresa sin que me pase nada. Si me preguntaras, por ejemplo, ¿qué prefieres, una noche con Meg Ryan o tres helados de fresa en Chiandoni?... Bueno, te respondería que los tres helados.
¿Que por qué? No, no soy gay. Lo que pasa es que los helados me los zumbo como de rayo y no hay problema, pero en cambio la noche con Meg Ryan, imagínate: en primer lugar hablo un inglés al estilo Trucutú: aiguantufocllu. ¿Teimaginas?¿O qué le dirías? Gud mornig, Meg. Mai neim is Vito, ¿du llu wan tu quis mai pito? ¡No maaames, inge! Pues cuándo. Eso es lo que epistemológicamente hablando se llaman sueños guajiros. Acostarse con Jane Fonda, con Sarah Fawcett, con Bo Derek, con Julia Roberts, con Bibí Gaytán. ¡Sí, Chucha, como no! Igual que esos Ché guevaritas que pululan en La Alameda los domingos, repartiendo hojitas de apoyo al pueblo de El Salvador, Guatemala, Perú y anexas. No se puede hacer el amor con Meg Ryan ni la revolución los domingos al mediodía. A no ser que esa noche Meg te dijera, a la luz de una vela: “Ah, tu voz misteriosa, Vito Beristáin, que el amor tiñe y dobla en el atardecer, resonante y muriendo. Así en horas profundas sobre los campos, he visto doblarse las espigas en la boca del viento”, ¿verdad? Eso sería otra cosa. Pero la Ryan no debe hablar ni el español suficiente para pedir un cigarro. Y a propósito, ¿me regalas uno?
No, yo no escribo nada. Es poesía de Pablo Neruda... ¡Pero claro que no! ¡Jamás he leído un libro, inge! Lo que pasa es que revisando los suplementos culturales te enteras de todo. Y yo en el gimnasio, para no aburrirme, me leo tres o cuatro periódicos al día. Ah, lo del temblor y la Virgen... Acompañaba esa mañana a mi tía Cuca. Llegamos cuando la misa ya había comenzado y en lo que nos persignábamos empezó a temblar. El padre se quedó con la palabra de Dios, materialmente, en la boca. ¿Nunca te ha tocado un temblor dentro de una iglesia? Estábamos en la Sagrada Familia, a la que siempre vamos, y nomás comenzaron a columpiarse los candiles, zuuum, zaaam, de aquí para allá, y el padre Fritz no sabía si quitarse el micrófono, llevar el cáliz a la sacristía o de plano agazaparse bajo el altar. Sí, agazaparse.Todos se pusieron de pie, y digo todos, aunque no éramos más de veinte los feligreses ahí mirándonos como lelos, y entonces ¡pácatelas!, que escuchamos cómo se desploma el edificio ahí enfrente y yo dije, la que sigue es la iglesia, si ya estaba de Dios... Entonces vemos que un viejito que estaba tratando de ganar la puerta se cae y comienza a revolcarse. ¡Y es cuando descubro que la Virgen de Guadalupe, que estaba en el altarcito junto nosotros, también se viene abajo! Le digo a mi tía, ¡cuidado, hazte a un lado! y en lo que ella se aventaba hacia el pasillo se me ocurrió que yo la podría atrapar. A la Virgen, menso. Salvarla, retenerla entre mis brazos, que no alcanzara el piso. Y en lo que trataba de agarrarla en el aire, ¡fuu!, pesada como venía se estrelló y se hizo añicos. Pasó a medio metro de mí y la verdad, si me cae encima no estaría hablando aquí contigo. Sería un mártir guadalupano: San Vito de Sotolupazio. ¿Cuál fue el milagro? ¿Que no me cayera encima o que mi impulso haya sido insuficiente? No, no es lo mismo.
Fuimos a ver si el viejito no se había lastimado al resbalar con aquel tremendio vaivén. Pero no. Había sufrido un infarto y estaba más muerto que Obregón en La Bombilla. Regresamos a casa descubriendo en cada esquina un edificio derrumbado, muchos otros que habían quedado colapsados... fue el tecnicismo con que comenzaron a llamar a los que quedaron a punto de cascajo. Íbamos pensando lo peor, andando con prisa, angustiados, pero afortunadamente nuestro edificio quedó entero. Luego hicimos una brigada de rescate, Mario, Silvano y yo con otros vecinos, y estuvimos durante varias semanas en labores de salvamento. Lo triste es que no sacamos a nadie con vida, y si te contara los caváderes que localizamos... Caváderes, caváderes, no me interrumpas... Si te contara cómo quedaron no te acababas esas galletas que estás sopeando.
En las horas de descanso, cuando los jefes de brigada liberaban a los voluntarios, nos quedábamos cantando un rato fuera del edificio. Qué otra cosa podíamos hacer. Nos acompañábamos con una guitarra que se carranceó tu primo Silvano en un departamento colapsado. Fue cuando nos comenzaron a llamar así, “los marsellinos”, y luego de aquello nos seguimos juntando para ensayar y no caer en las garras de la drogadicción... juar, juar. Hasta que a un licenciado que tiene por ahí su despachito se le ocurrió contratarnos para amenizar el bautizo de su Benjamín. Nos dio quinientos pesos y todos pensamos, sin decirlo, “¡money, dinero, l’argent!” A mí el que me enseñó a cantar en serio fue mi tío Quino. Pero esa es otra historia.
A estas alturas del cuento el inge se me quedaba viendo con curiosidad. Ya conozco esas miradas sorprendidas, como sugiriendo ¿que nunca te para la boca? Mira, yo me sé otra anécdota, dijo en lo que pareció su turno, me sé otra anécdota pero más divertida. Mira, es la anécdota del viaje express a Acapulco. Sí, le dije, ¿la anécdota del “puente” de muertos en 1984? ¿Que cómo lo sé?, porque yo también iba a ir, pero la Maldonado no me dejó. Por eso no conozco el mar.
Pati Maldonado era entonces mi novia. Luego nos dejamos y ahora andamos otra vez juntos. En plan fresa, ya te imaginarás. El caso es que ella me advirtió: si te vas con tus amigotes olvídate de mí... y decidí quedarme.
Ya conoceré algún día el mar; no se va a evaporar de aquí a entonces, ¿verdad? Y se fueron en el vochito negro, que entonces era seminuevo, Mario, Silvano y un primo suyo bien pendejo, según me contaron, que le dicen “el Miramira” porque nunca entendía nada y todo lo explicaba dos veces.
“Yo soy el Miramira”, dice entonces el ingeniero Andrade. “Digo, así me dicen a mis espaldas, pero yo no soy así. Yo soy distinto”.
Es una de mis características más notables: meter la pata a todas horas. Y qué, ¿me disculpaba? Nunca me imaginé que fueras tú, le dije, además todos tenemos siempre anécdotas que contar. Como tus anécdotas que contaste, ¿verdad? Además no te conocía. “Es que vivo en Guadalajara desde chico. Me llevaron a estudiar allá y vengo de vez en cuando. Como ahora. ¿Qué te contó Silvano del Acapulco Express?” Y le digo, lo que tú debes saber, me imagino. Todo se organizó de improviso un jueves por la noche, antes del “puente de muertos”. Que juntáramos todo el dinero que se pudiera porque el viernes temprano, a las seis de la mañana, saldríamos hacia Acapulco. Y esa medianoche yo, más emocionado que Neil Armstrong en la luna, le llamo por teléfono a Pati para contarle el plan. ¡Nombre, para qué le hablé! “Ya sé a qué van, ¡ese lugar está lleno de putas, de gringas que nomás quieren coger, se van a emborrachar todo el tiempo y van a tener un accidente en la carretera!”
Le colgué, la verdad, más asustado que molesto. Lo pensé un rato, y luego me ganó el cariño. Volví a llamarle y le dije no te preocupes, he decidido no ir, ¿qué te parece si mañana vamos al cine?
Bueno, tú lo sabrás mejor que yo, le dije al ingeniero Miramira, y entre los dos exhumamos el recuerdo. Salieron de la ciudad amaneciendo y seis horas después, porque iban como bólido, se hospedaron en unos bungalitos económicos. Luego luego se fueron a la playa Condesa, que no sé donde quede, y mientras Silvano y su primo se metían a nadar, porque creo que rentaron un par de llantas, de esas de tractor, dejaron a Mario en la orilla, porque no sabía nadar, se disculpó. Se quedó el gordo cuidándoles la ropa y la hielera mientras los otros dos se adentraban con sus llantotas, explorando las aguas aturquesadas de ese paraíso tropical mientras a lo lejos, en la playa, escuchaban la música de los mariachis y el rumor sedante del oleaje. ¿Qué os parece?
Como a las tres horas regresaron de su navegación y cuál no va siendo su sorpresa que Mario, más borracho que Paco Malgesto en tarde de toros, tenía un grupo de mariachis a su servicio y en ese momento pedía que le tocaran, otra vez, Paloma Negra. Igual que el mesero del “beach-bar”, ya le había pedido una botella de Chivas Regal y tres órdenes de ostiones a la Rockefeller... son gratinados, con salsa inglesa y un chorrito de Tabasco. Total, que entre el mariachi y el mesero les debían más de mil pesos, y sólo llevaban quinientos. Los mariachis protestaban manoteando: Ya le tocamos El abandonado, luego Qué bonito amor, y más luego Dos palomas al volar. Igual el mesero, cobrándole hasta las perlas de la Virgen. Tuvieron que dejarles el dinero que llevaban y lo demás: los relojes, la llanta de refacción y el autoestéreo del coche. Y así, sin retornar al hotel para evitarse otro pleito, directamente de la playa, embadurnados de arena y malhumor, llegaron a México poco después de la medianoche. ¿O no?
Sí, sí, el “Acapulco Express”, reconoció el ingeniero tapatío. Mira, por aquí guardo una foto, dijo. Me la enseñó y qué tristeza reconocer allí, de nueva cuenta, la barriga feliz de Mario, la melena rebelde de Silvano, la camiseta percudida de su primo que entonces sugirió; mira, vamos a la capilla. Ya se me acabó el ron.
Al llegar junto a los dos ataúdes, que les habían encimado banderas del Frente Electoral como si fueran los Niños Héroes de la Posmodernidad, reconocí a los veteranos de Los siete Quinos; más viejos y panzones. Traían sombrero de charro y sus instrumentos. En llegando yo, pero sin verme, se arrancaron con la notas de Cruz de olvido y comenzaron a cantar muy sentimentalosos. Me les emparejé cuando iban en eso de “...la barca en que me iré, lleva una cruz de olvido, lleva una cruz de amor, y en esa cruz sin ti, me moriré de hastío”. Habían llegado con mi mamá y con la tía Cuca, porque ellos nos apadrinaron cuando fundamos Los Marsellinos, pero luego murió el tío Quino y de los siete que quedaban uno le dio un traspiés y otro murió de un brinco, así que sólo quedan cinco, cinco, cinco, aunque arrugados y panzones, como ya te dije.
Luego cantamos la Canción mixteca y luego Dios nunca muere. Qué impresionante cantar entre los deudos, sin que nadie te aplaudiera y todos soltando suspiros y lagrimones mientras yo me esforzaba por sostener el tono cuando aquello de “...muere el sol en los montes, con la luz que agoniza, pues la vida en su prisa, nos conduce a morir”.
Entonces, cuando los cinco Quinos ya se retiraban, se paró la mamá de Mario en el rincón donde sollozaba y se vino derechito hasta donde yo me despedía del ingeniero Andrade. Me abrazó y me dijo, no sabes lo mucho que mi hijo te quería. Cuídate, Vito, cuídate mucho y que Dios te bendiga porque lo vas a necesitar.
Así que, como dijo el primo de Silvano, ya se acabó el gallo y de los Marsellinos sólo quedo yo, que viviré cien años. Sólo quedo yo, que es decir una voz, una simple voz que ahora está demasiado fatigada y sencillamente quiere dormir, si me permites.
3
No hay que darle demasiada importancia a lo que no la tiene. Me he quedado sin amigos y vagabundeo como loco por las calles de mi colonia, la Juárez, la colonia de colonias. Han pasado, qué, ¿siete semanas? y lo que más extraño es su compañía musical. No su “compañía” a secas, esa posibilidad de platicar y ensoñar conjuntamente, porque por fortuna tengo muchos otros amigos y los compañeros de la facultad. Además está Patricia Maldonado, que a ratos me acaricia la cabellera y se me queda viendo como si estuviera ante un canario enfermo. Está también el menso de Arturo, con el que paso metido siete horas en el gimnasio, y mamá y la tía Cuca. Eso es lo que tengo... ¡Y Estopa!, mi perro consentido, mi único perro, que ahora paseo para que se cague y se mee fuera de casa. Un perro es un perro y a pesar del collar, el pedegree y los puñados de croquetas, lleva una vida de perro.
¿Qué es la compañía musical? Es algo distinto a la amistad. Una suerte de camaradería, como la de los soldados en guerra, como la de los beisbolistas en un partido, como la del boxeador y su manager antes de la pelea. Es una complicidad de miradas, una sugerencia al retrasar una entrada, un acompasarte cuando andas enronquecido. Y ahora que Los Marsellinos no existen, que los hizo polvo un crimen que la prensa no pudo explicar... digo, ahora que no existen quedan esas melodías en la memoria, que nos aprendimos luego de ensayar noche tras noche. Queda, y triste es recordarlo, la música que soltamos al aire en algunas veladas, siete bodas y varias serenatas de novios envalentonados por el mezcal.
No hay mal que dure cien años, me dijo mamá al día siguiente del funeral. Y aquí entre nos, insistió luego que retornamos a casa, los más terribles son los primeros cien días. Velos contando, Vito. Anótalos al acostarte como un bálsamo para el sueño. Habrá fechas en que olvidarás esa rutina y un día terminarás por arrumbarla. Eso hice cuando perdimos a tu hermano, y ya ves; pude superar el trance. Me lo dijo con cierto temor, como recordando mi semana negra.
Aquello fue cuando tenía cinco, tal vez seis años, ya no recuerdo bien. Llegué a casa bañado en lágrimas y la tía Cuca le dijo a mamá, no te preocupes, ya se le pasará. Pero al día siguiente seguía ahí anegando mi camita. No comía. Dicen que no comía. No dormía. Dicen que no dormía y que nada me consolaba. Llorar y llorar y llorar, tanto que por eso odio las lágrimas. Todo comenzó en una sala de cine y al salir dijo mamá, ay, qué muchacho tan susceptible. Pero como seguía pasmado en mi cama, así me llevaron con el doctor. La primera vez no le dio importancia, la segunda me mandó una colección de vitaminas y emulsiones, además de solicitar que me practicaran un encefalograma, que por entonces estaban de moda. Era una forma de decir, no digan que no intentamos los más avanzados recursos de la ciencia, y todo para ver si mi llanto incontenible no estaba originado en un tumor cerebral. Finalmente no me hicieron los estudios, en parte porque eran muy caros y en parte porque apareciste tú. Según ellos todo se resolvió por arte de magia. Así me hallaron esa tarde en el tapetito de mi recámara, tan campante y platicando contigo. ¿Y con quién más, si no?
Todo fuera como llevar la vida de Estopa. Despertar y corretear por el departamento hasta que logra colarse en la primera cama que se le ofrezca, generalmente la mía, porque mamá es muy rezongona a esa hora. A todas. Luego mear en la terraza que da a la calle y a ver quién tira esos periódicos sancochados. Luego zamparse un platón de leche, más tarde una ración de croquetas, que son más baratas que la carne, y después, a la hora de la comida, robar lo que pueda al pie de la mesa, entre gruñidos suplicantes, además que luego llega la tía Cuca con sus desperdicios, que ya quisiéramos de almuerzo en domingo. Luego salir a pasear en esa expedición callejera donde se conjuntan los instintos y las funciones excretorias. Ni modo, así son los perros y Estopa, hasta donde conozco, pertenece a la especie.
Sin tratar de evitarlo, como otras veces, pasamos por el edificio de Marsella donde vivían Mario y Silvano. Los papás de Silvano se mudaron la semana pasada a Celaya, para llevar una vida más tranquila, de modo que ya no podré suspirar por aquellas tetotas de mi infancia. Además de que ninguna teta es lo que fue. Los papás de Silvano, sin embargo, no precisaron de qué van a vivir. Aquí manejaban una dulcería por la Merced. ¿Pondrán un ranchito de cabras para producir cajeta?
Y como siempre, en presencia de los gitanos, mi fiel Estopa se pone a ladrarles furibundo. Abundan en la colonia. Uno los encuentra juntos, desafiantes, murmurando maldiciones en su habitual actitud de ociosos profesionales. Lo mismo en el portal del edificio Marsella que en los alrededores de la Plaza Washington o en las mesitas del café Esmirna. “Egiptanos” al fin, huelen a misterio, visten de negro, tienen miradas oscuras y hablan ese dialecto entre húngaro y turco que sólo su madre entiende. Por eso los odia mi fiera mascota, por apestosos y bandidos.
En ese edificio vivía La Güera. Sin lugar a dudas era la más misteriosa de todas las gitanas, la más sabia, la más respetada y la más vieja. Habitaba en la planta baja, de modo que se le hacía fácil trasladarse con su silloncito hasta el portal, donde se protegía del sol en los días calurosos y se arrimaba a la resolana durante el invierno. Ahí mismo pescaba a sus clientes, los sentaba en un banquito y por veinte pesos te leía la mano, es decir, a ellos, y por cincuenta te echaba la “baraja mestiza”, es decir, a ellos. Los niños del barrio le tenían verdadero terror. “La Güera tiene cola de rata, por eso lleva esa faldota que le tapa hasta los tobillos”. “Se come sus propias menstruaciones, con pan rancio y jocoque, por eso la boca le hiede como le hiede”. “La Güera tiene pito de cerdo, y cuando el que ella escoge no se la coge, ella se lo coge”. Leyendas y más leyendas en torno a esa misteriosa gitana en el edificio donde vivían los marsellinos.
Y cuando un cliente le gustaba... digo que le gustara para leerle la suerte, no había uno que se le escapara. “Acércate tú, guapeza como el luna llenas. ¿No les tienes temor a los fortunas? ¿No quieres saberla el día en que serás feliz de amores y dineros?”, porque La Güera nunca dominó los géneros ni los números, y ahí apoltronada, mentando madres a los vagos que la rodeaban, seguramente sus nietos, aquilataba el mundo con sus ojos grises y entre rizos que malamente peinaba.
Más de una vez he soñado con La Güera. Antes eran horribles pesadillas de las que despertaba jadeando porque esa gitana era lo más parecido a una bruja de revista ilustrada, aunque mirándola bien, aspecto por aspecto, no era del todo fea. Se ve que fue una mujer guapa, ¿dónde he oído esa frase?, pero los ropajes que llevaba, mantillas, pañolones, cintos, mascadas y toda suerte de colgajos, ofrecían un conjunto por demás impresionante. “Ven, sonrisa de miedos, que este Güera no te dice el mentira”. Seguramente se cambiaba una vez cada año y se bañó cuando arribó a las Américas. “Anda que te echo el cartas y te digo quién fuiste ayer y quién eres en los mañanas”.
Pero a mí no. ¿Te acuerdas?
Iba a visitar a Silvano cuando sabía que su mamá estaba lavando en la azotea, y al entrar en su edificio, paso a pasito y no corriendo como los demás, La Güera me llamaba, “acércaste, acércaste niño Vitus. Ven y déjame mirarte la verdad en tus ojos”. Y allí iba yo, obediente, orgulloso porque a nadie sino a mí me decía esas voces de misterio. “Ten cuidado. Un día te va a embrujar, Vito”, me advertía Silvano. “La próxima vez que te llame”, me suplicaba Mario con las ansias tropezando en sus palabras, “te fijas si es cierto... si es cierto que tiene tres chichis”.
Y no, cómo. Además que solamente tenía dos. Eso lo supe por las veces, que fueron pocas, cuando me abrazaba, acercaba su boca con la intención de besarme, me soltaba con el aliento agrio de vino y cigarro, “cuánta verdad miro en tus ojos, cuánta que es mucho y te llenarás de fortunas”. Y entonces yo, provocándola, le ofrecía mi mano izquierda en gesto insolente, como quien dice, órale, allí la tienes, y ella protestaba, evitaba verla, se volteaba de un golpe que la hacía tambalearse en su silloncito. “No, no, Vitus. ¡Contigos no, contigos no!”, y me palmeaba la espalda con su mano como de cura porque La Güera no tenía, la verdad, manos de mujer.
Ahí estaba yo, ante el edificio de Marsella, con el indomable Estopa ladrándole a los gitanos. Ellos esperaban, tan campantes como siempre, las últimas luces de la tarde. Mirándolo de reojo mascullaban palabras incomprensibles que mi perro contestaba desgañitándose, y que seguramente querían decir te envenenaré esta noche, morirás con una daga de plata en el corazón, te arrancaré la lengua con mis dientes enfermos. Por eso nunca lo dejamos dormir en la terraza. Pero a mí nunca me dicen nada.
A mí los gitanos de la Plaza Washington me saludan con respeto, y hasta con veneración. Se les nota en las miradas. Será por aquello que me dijo, esa otra vez, La Güera. Fue poco antes de morir, una retahíla de insensateces, como dicen que endilgan los moribundos para liberarse de sus demonios. “Un gallo se apaga”, me dijo esa tarde, y otras mafufadas que no vale la pena recordar.
Finalmente mi perro de bolsillo había ladrado hasta cansarse, había cagado, había meado y era la hora de retornar a casa. Yo también tengo derecho a mi turno, ¿no crees? Sólo que yo soy más discreto.
4
El MU ya no es lo que fue. He tardado mucho en pisar nuevamente su patio cuadriculado con rayas superpuestas, en blanco y amarillo, de las canchas de basquet y volibol. Quién sabe qué resquemores guardamos ante los recuerdos infantiles, como si uno fuera un mal hijo de la escuela y no nos quedara más que renegar de sus aulas pretéritas... “Sus aulas pretéritas”, ¿de dónde saqué semejante mamada?
Desde que salí de la secundaria, allá por el remoto 1983, he tardado cinco años en retornar a la escuela. Visitarla con ese aire de superioridad que da el saberlo todo: el ciclo de Krebs, las ecuaciones de segundo grado, los principios del Derecho Constitucional Mexicano.
La verdad es que antes fui a buscar a Patricia a la papelería donde despacha como técnica de fotocopiado. Le pagan una miseria y se la pasa leyendo novelitas ilustradas donde el amor es confundido con la garañonería. Qué manera de corromper su juvenil espíritu, pienso yo, pero no hallo una lectura más edificante que sugerirle. Será que nunca he leído un libro en mi vida. Por eso soy distinto a toda esa masa de babalucas que leyeron en tercero de secundaria El llano en llamas. Que me perdone don Juanito Rulfo por la majadería, pero con la simple lectura de un cuento suyo, aquel que se llama “Diles que no me maten” —que sí leí— uno queda impregnado suficientemente de esa atmósfera brumosa donde las culpas, los atavismos campiranos, las venganzas, la nocturnidad y el espíritu taciturno de los rancheros resuelven nuestras vidas igual que un huarache resbalando en el camino de polvo requemado que lleva a Luvina. ¿Qué tal?
Además si el maestro de maestros tapatío se dio el lujo de escribir solamente dos libros, ¿por qué no darse un lujo mayor y leer solamente un cuento suyo? Ponte a pensar. Pero total, que iba buscando a Pati Maldonado y hete ahí que me hallo con que su negocio estaba cerrado celebrando las fiestas patrias. Y yo me pregunto, heideggerianamente hablando, si ella no está en la papelería (A) y no está en su casa (B), debe estar en otro punto (C). Lo cual prueba la lógica del silogismo y lo recabrona que puede ser una muchachita de tan apetitoso cuchuflax. Y así, andando de ocioso y con un poquitín de celos que me podrían haber conducido a un plano superior de la mismísima fregada, me topo de pronto con el MU. Qué largo camino tenemos los predestinados porque lo que en realidad deseaba era reencontrarme con la maestra Olguita, mi profesora de sexto año.
Jamás fui un alumno sobresaliente, de esos de 9.9 y las uñas recortadas. Mi padre nunca me ayudó en las tareas escolares y no aprendí a sumar sin el auxilio de los dedos. Es un reflejo condicionado que conservo aún ahora que estoy inscrito en la Facultad de Arquitectura. Bueno, y si mi padre no me ayudó no fue ciertamente por falta de ganas. Pablo Beristáin abandonó el hogar cuando yo tenía dos años de nacido. Así que por falta de ganas, no fue. Ya voy a comenzar otra vez con la pequeña tragedia de la familia Beristáin. ¡Ay!, mi papá nos dejó en el peor de los desamparos... ¡sob, sob!
Pero la verdad es que no. Digo, hay que reconocerle a mamá su esfuerzo, esos desvelos de siempre que le permitieron, lo que se dice, sacarnos adelante. Nada más faltaba, ¿verdad?, que alguien se deje “sacar atrás”. Mi hermana Magdalena sí se acuerda de papá. Como entre sueños, dice ella. Es la encargada de guardar los pocos recuerdos que dejó él en su intempestivo abandono. También se acuerda de mi hermanito, que era un año menor que yo, y del día en que sufrimos su pérdida y se desencadenó, obviamente, el naufragio del hogar. Por eso Magda se hizo más independiente, seria, responsable. A veces no sé si es mi hermana o una tía más. Se casó jovencita y tiene un marido de tres efes que le puso una casita en Ciudad Satélite. Tiene una sirvienta, dos coches, tres televisiones, cuatro hijos y cinco centavos en el monedero. Pero así le gusta llevar la vida.
El centro escolar Miguel de Unamuno está en la calle de Nápoles, es idéntico a la mansión de los Locos Adams, y por comodidad todos lo llamamos así, el MU. Ya te imaginarás, a la directora, Marta Huitrón, también por comodidad y porque tiene el puesto desde que don Porfirio zarpó en el Ipiranga, le decimos Doña Buitrón. No era yo, definitivamente, un niño de 9.9, ni de 8 ni de 7.5 y, si quieres saberlo, mejor ni preguntes. Me retirarías tu amistad. ¿Importa mucho en la vida sacar 10 siempre? “10 en Finanzas”, “10 en Sexo”, “10 en Chingonometría” que es la ciencia de cómo dominar el mundo cuando cumples 25 años. ¿Te imaginas?, y me faltan cuatro.
Bueno, tú lo preguntaste: en Finanzas saco, digamos, un 4. En Chingonometría un 8 y en Sexo un 11, pero más bien en el aspecto privado de la materia. Qué, ¿te mata la curiosidad?
Ahí estaba yo ante el patiecito del MU, esta mañana, mirando los festejos del Día de la Independencia. Un niño güerito la hacía de Miguel Hidalgo, el padre de la patria; otro morenito iba disfrazado del padre José María Morelos y una niña medio tiesa, con cara de sacar 10 en todo, era la Corregidora de Querétaro. Cada uno, en su turno, tenía que decir un pequeño parlamento ante el micrófono y los demás alumnos, como cuatrocientos, iracundos por esa ceremonia tan mamona, se alzaron en armas y agarraron a los tres libertarios, los encueraron, los destriparon, los colgaron de los güevos. Juar, juar. No, en serio, el festejo era bastante formal. Ya sabes, desfile de la escolta abanderada, palabras de una señora de la asociación de padres de familia, palabras del nuevo director del colegio, un tipo medio calvo y simpaticón, y luego, uno por uno, los tres insurgentitos vestidos de insurgentotes. El que la hacía de Morelos, la verdad daba pena. Créeme que jamás ganará el concurso de oratoria en las juventudes del PRI. Se dejaba vencer por el pánico escénico porque de seguro nació para cajero del Banco Nacional de Crédito Agropecuario. “¿De cuan cuan cuánto es su cheque?” porque así leía el pobre. Y estando ahí junto a la reja, mirando aquella ceremonia con más nostalgia que emoción, buscando entre la chiquillería al Vito Beristáin que alguna vez fui, de pronto alguien me nombra y me invita.
¡Era la profesora Olga! Me había reconocido desde un rincón del patio y ya me invitaba: Bienvenido, joven Beristáin, acompáñenos por favor, acompáñenos. Y abriendo la reja me condujo discretamente junto al coro de muchachos, mientras la pequeña Corregidora, con desplantes de musa de la CTM, recitaba de memoria y extendiendo uno y otro brazo: “Y si la Patria son estos horizontes... y si la Patria son estos peones... y si la Patria son su lengua hermosa y la sabiduría de sus ancianos”. Te lo juro que eso dijo: “estos peones”. Al terminar le aplaudieron más que a los otros dos, así son las feministas desde pequeñas, y te auguro que así le aplaudirán cuando sea electa senadora por Michoacán, porque de seguro nació en Maravatío. ¿Cuánto vas?
Entonces la profesora Olga anunció al tomar el micrófono: Y ahora cantaremos todos el Himno Nacional. Sírvanse entonarlo con respeto y seriedad... en el coro nos acompañará un distinguido ex alumno de este Centro Escolar Miguel de Unamuno, el tenor Vito Beristáin Téllez. ¡Atención!, y sueltan la cinta de la grabadora con el consabido MI-RE-DO-RE... del Mexicanos al grito de guerra, el acero aprestad y el bridón... Y las voces de los otros doce chamacos, ya sabes, junto a mi voz eran como balidos entrando al matadero. En un momento creí adivinar, por ahí, las sonrisas de Mario y Silvano, ¡pero cómo, si son caváderes desde hace tres meses! Ya sabes las alucinaciones que luego me vienen. Me quedé hasta el final de la ceremonia, cuando ya los cuatrocientos salvajes del MU salían del patio cual bisontes en miniatura. Me quedé porque tenía que platicar con la profesora Olguita. Pero platicar de qué si desde hacía por lo menos cuatro años que no nos veíamos.
No es que la profesora Olga se haya convertido en una anciana, pero lo que en unas personas relumbra como experiencia, en otras es simple y llanamente edad. Me pidió, si tenía tiempo, que la acompañara a tomar un refresquito. Así, en diminutivo. Qué cosas tiene la vida, como dice la canción de Alberto Cortés, uno sale en busca de su novia y termina compartiendo confidencias con la profesora que nos enseñó el uso del gerundio. Desde luego que acepté. Se veía que tenía ganas de hablar, de hacerme una gran confesión y así, después de que firmó el control de asistencias, le comenté en tono juguetón si la terrible directora de antes, doña Buitrón, no estaría ya regañando angelitos en el cielo, y ella me lo confirmó: ¿te enteraste? Habrá sido en alguno de los edificios colapsados en el terremoto, insistí por hacer plática, y ella, asombrada, quiso averiguar, ¿quién te lo contó?
Nos encaminamos a la nevería Chiandonni, donde tengo crédito y preparan unos helados de fresa que nomás contártelo ya se me hizo agua la boca. Les ponen una ruedita de crema chantilly, una cereza en la corona y le clavan tres galletas gofrenatas. Por eso tengo crédito ahí, porque no hay visita en que no coma por lo menos dos al hilo, y hubo la ocasión, cuando celebraba mi reencuentro con la Maldonalds, en que me comí cuatro. No, no me acalambré por la empalagada. Si me dieran a escoger entre un helado de fresa y una noche con Meg Ryan... ¿ya te lo expliqué, no?
La profesora Olga, tan recatada como siempre, pidió una cocacola y una nieve de limón en copa de cristal. Me preguntó por Magda, mi hermana, por mamá, por la tía Cuca y por el tío Quino. Le tuve que contar la muerte del tío Joaquín, que cayó en el cumplimiento del deber y con el sombrero que apenas si cupo dentro del ataúd. Cual debe. Luego recordamos a varios compañeros de aquel ya remoto sexto año de primaria. La flaca Santiesteban, el negro Arias, el aplicado Morales, que era medio rarito, dijo ella, “el Picapiedra”, que ya no pudimos recordar su nombre, y “la brillantitos” Olguín, que siempre llevaba una diadema como de reina de carnaval. El día que osamos escondérsela se volvió una fiera y le rompió los dientes a Oseguera, que era el que iniciaba esas travesuras.
Brava, “la brillantitos”, dijo la profesora luego de un suspiro, y tú qué, Vito. Me imagino que estudiarás Letras, o Teatro, o algo relacionado con el Arte. Sí, lo pronunció con mayúsculas: ARTE. Qué responderle, Dios mío. ¿Que nunca he leído un libro en mi vida? Capaz que me escupe la Coca. En vez de contestar le ofrecí uno de los folletos de Los Marsellinos, que llevaba por pura casualidad. Que se enterara del firmamento musical que su pupilo había conquistado, y me atreví a mentir, lo cual no es mi costumbre: “Una vez ya estuvimos con Raúl Velasco en su programa”. A la profesora Olguita le comenzaron a temblar los labios. No estaría tan fría su nieve de limón, pensé, cuando me espetó, sin quitar la vista de ese tríptico póstumo. “Tú, Beristáin, siempre fuiste mi favorito”. Hice un rápido cálculo matemático, porque el momento lo requería; a ver, yo tengo 21 años entrados; ella debe tener, no sé, 36 más 9, ¡45 años!, aunque representa como 54...
No, imposible. Por ahí no va la cosa. No puede ir. No debe.
Pues me hubiera pasado de año con diez, dije con mi mejor sonrisa. Ya ve maestra, nunca se imaginó el genio musical que tenía ahí enfrente. “Sí, Vito. Sí lo supe. Sobre todo aquel Día de las Madres, ¿te acuerdas?”
Lo había olvidado, musité, aunque no, ¡claro que me acordaba! Hubo un acto central en el Miguel de Unamuno. Primero tocó turno a Gerardo Morales, el aplicadito que recitó el Brindis del Bohemio, le siguió una representación abreviada de Los árboles mueren de pie, de Alejandro Casona, que prepararon los de quinto año, aunque se les olvidaban los parlamentos. Después el profesor Berlanga, que daba Historia en secundaria, leyó un largo fragmento de La Madre de Máximo Gorki, la novela, se entiende, porque Berlanga era comunista y ahora, al parecer, será diputado por el Frente Cardenista. Como fase final del acto, cuando las madres ya se retiraban porque ese 10 de mayo el sol pegaba como si en El Cairo, la maestra Olga Millán anunció un brevísimo acto musical, me acuerdo que subrayó lo de brevísimo, y enseguida me empujaron al foro donde el profesor Macías, que daba música, se acomodó al piano que habían conseguido para el festejo, y sin más anunció ella: “Nuestro mejor cantante infantil les ofrecerá tres deliciosas canciones románticas”.
Debo hacer ahora un reconocimiento al profesor Macías. Él fue quien me dio la primera lección para vencer al temible trío formado por Pan Nico y Escenico. Me dijo Macías en el ensayo de la víspera: vas a cantar en un campo de melones; tú imagínate como Pedro Infante cuando solfeaba en Guamúchil antes de ser famoso, de modo que esas cabezas llenando el patio serán un campo de melones. ¡Le vas a cantar a los melones de Guamúchil! ¿Está entendido? Sí maestro, y nació, pues, la “teoría escénica del melonar”, que ya quisiera Grotowski.
Canté las tres piezas que habíamos ensayado: Cabellera Blanca, de Agustín Lara, Morenita Mía, de Armando Villarreal y al final, A la Orilla de un Palmar, de Manuel M. Ponce. ¡Nombre!, fue mi revelación porque, la verdad, le eché un sentimiento como nunca, sobre todo en aquella frase que se vuelve medio travestida, “soy huerfanita, ay, no tengo padre ni madre, ningún amigo, ay, que me venga a consolar”, y como todavía no enronquecía, las señoras aún presentes, que eran la mayoría, ¡otra, otra, otra!, comenzaron a exigirme, pero como no habíamos practicado más que esas tres canciones, ni modo, me aventé una segunda vez con la del palmar, y ¡otra vez, otra vez, otra vez! gritaban en el patio del Miguel de Unamuno, así que ahí les vamos, el profe Macías y yo, en mi catarsis, solté el micrófono y como Pedrito en los tomatales de Sinaloa me aventé en inspiradísimo spianato. Aquello fue la apoteosis; hasta me espanté, la verdad. Lo más triste de todo, como en las películas de Chaplin, fue que mamá no pudo asistir al festival. Entonces trabajaba como burra y ni modo. Qué, ¿me iba a entregar a las lágrimas?
“Yo te abracé, toda emocionada. ¿Te acuerdas, Vito?”
Sí que me acuerdo, le respondí a la profesora Olga. Lo que no me perdonaré nunca, dijo al terminar su cocacola con nieve, fue que nunca te presenté. ¿Ah, sí?, ni me acordaba, volví a mentir. Lo importante del canto es el timbre, sostenerlo y “castigar la voz”; me lo decía el tío Quino, recordé. Y entonces ella, suspirando al mirar el folleto de Los Marsellinos, volvió a preguntar, ¿y son buenos, tus compañeros?, los indicaba, a Mario y Silvano, en un gesto que me pareció homicida. Sí, muy buenos, mentí por tercera vez, como San Pedro. Tienen un contrato exclusivo con Dios, je, je, solté la bromita, pero la profesora Olga se quedó como si nada. Nos miramos un par de veces más, y suspiramos. ¿Qué más podíamos contar? Me gustaría que platicáramos otro día, dijo a la hora de pedir la cuenta. Tú de tus proyectos, y yo de mis... asuntos. Desde luego, maestra. Cuando usted quiera. Eso es lo que te quería decir, dijo, es decir, disculparme. Mira, en esta servilleta te apuntaré mi dirección porque todavía no tengo teléfono. Para cuando quieras visitarme, sin compromiso. Sí, muchísimas gracias, maestra. Para lo que se te ofrezca... y es que, la verdad, nunca me perdonaré no haberte anunciado por tu nombre en el festival del Día de la Madre.
Nos despedimos dándonos un beso, más rutinario que sincero, sospechando que ese sería nuestro vistazo final. Ella se encaminó por Londres y yo por Dinamarca. De repente un grito que me hace voltear. “¡Vito, Vito! ¡Ya me acordé! Era Gálvez. Gálvez Monroy”. ¿Era quién? “¡Cómo quien?”, en la distancia, “¡el Picapiedra Gálvez Monroy!” Tenía razón.
Me dirigí a casa y en el camino, serían las cuatro de la tarde pasadas, me desvié hacia el edificio de la Maldonalds. Ahí la descubrí cuando descendía del auto de su primo Evaristo. Se despidieron de beso, casto, y entonces, cuando el simpático primo arrancaba en su Ford, me reconoció en la distancia. Quiúbole, Vito, ¿dónde andas?
Aquí me tienes, a tus órdenes, contándote estas tribulaciones tan patéticas. A ti, a ti, no te hagas.
5
Estamos llenando un crucigrama, Arturo y yo, en la recepción del gimnasio. Él porque quiere aprender, como los animalitos de la canción de Cri-crí, y yo por ocioso. “Natural de Nueva Zelanda.
Indígena de los mares de Tasmania”, me pregunta de repente. ¿De cinco letras? Sí, verticales. Pues “maorí”, ¿no?, le digo, y al completar el sector se me queda viendo con el lápiz en la boca, como si yo fuera Albert Einstein. Un día no se aguantó. Oiga don Vito, ¿por qué sabe tantas cosas?, preguntó al detener el vaivén del trapeador. Qué les responde uno, entonces, a los Arturos de la vida. Lo más incómodo es que nunca me quita eso del “don”, aunque le lleve unos cuantos años. Yo no sé cosas, le refunfuñé, “yo sé la vida”. Y la verdad, fue peor.
Y hablando de cosas, éstas no marchan demasiado bien en mi existencia. Dejé de asistir a la Facultad, Pati Maldonado me rehúye, el Estopa tiene parásitos y no se levanta de su camastro. Pero vayamos por partes, como dijo el sabio rey Salomón. Todo tiene su origen, para qué negarlo, en la desintegración de Los Marsellinos. Desintegrándose más, desde luego, deben estar Mario y Silvano comidos por los gusanos y retornando al polvo de la nada. Han pasado ya cuatro meses desde que los balacearon para dejarme en la más cruel orfandad musical. Ya nomás canto en la regadera, como las cuarentonas enamoradas, “soy, la reeeina de los mares” y siento que mi voz se irá en el primer taxi a la mano. ¿Qué le dice entonces uno a su voz en retirada?
Eso me pasó esta mañana al cepillarme los dientes. Hacía las gárgaras de rigor y al escupir aquello descubrí que mi voz escurría por el desagüe. Fui con mamá, que estaba de un humor de perros, y le hice desesperadas señas. Que viniera al lavabo, que atajara mi voz, que me salvara. Y ella, “¡qué tienes, Vito!”, porque debe conocer muy bien los síntomas de un paro cardiaco. Le señalaba mi garganta, mi lengua, el flujo del agua. “¡Qué, qué! ¿te tragaste el tapón del caño? ¡JesúsMaríayJosé!” Y yo como mimo en la zozobra. ¡Mi voz, jefa!, solté con la risotada. ¡Se fue por el bújero!
Es una forma práctica de averiguar si uno es querido, aunque mamá odia oírme diciendo esas corrientadas. Jefa, bújero, quéondaqueonda. Y como no tiene el recurso de la madrecita estándar, “ay, si tu padre te escuchara”, la abrazo muy querendón, le aprieto la cintura, le doy un besote en la nuca y la dejo, la verdad, turulata y que si lista para el diván. Debías de buscarte un galancín garañón, le digo entonces, porque la jefa, sea dicho con todo respeto —¡oh, mister Eddie Poe!—, aguanta todavía un zandungazo. Y se lo digo y se sonroja. Que si no seré mandado, pero ella lo sabe. Y se lo pierde, como le dijo la tía Cuca la otra noche en que se tequileaban dizque recordando al tío Joaquín: “Tienes tus telerotas, hermana, ¡pero como de estuata municipal!... pura mirancia y na nay de agarrancia”. Y las carcajadas que llegaban hasta la calle.
Así es mi tí Cuca a la hora del tequila: se transforma en Mistress Hyde. Una destrampada que no perdona estuatas ni pudores. Sí, estuatas, estuatas. ¿Nunca las has visto, digo, a las dos así de simples cuando pierden la chaveta? Tienes razón. Qué vulgares, ¿verdad?
Pero están pendientes aún los tres asuntos que me carcomen el alma: mi novia que se hace la ausente, la Facultad de Arquitectura a la que ya no voy desde hace tres semanas y mi perro enfermo de lombrices.
Lo de la Facultad es lo que más me duele porque, ya lo debes suponer, qué futuro tendré si abandono mis estudios universitarios. Ni modo que me fosilice como administrador de este gimnasio, entregando jaboncitos, llevando las cuentas del primer turno, soportando los puñetazos cuando no llega el sparring de mi categoría, que es welter. Como dice el manager que entrena a los pupilos en el anexo, “Vito, no sirves para tirar, pero qué bien resistes”. Alguna vez imaginó que podría hacer de mi un campeón, como hizo con el “Alacrán” Torres allá por 1970, pero la verdad es que yo no sirvo para ablandar. Siempre busco el izquierdazo a la mandíbula, noquearlos y sanseacabó. Además que no me gusta que me toquen la cara, la protejo demasiado y eso me quita eficacia. Le tiro al bulto cuando ya no está. Vamos, por decirlo con más claridad, soy igual a un punching-bag con patas.
Que por qué me protejo la cara. Mírame nomás. Quizá no sea el rostro más hermoso de la colonia Juárez, pero me defiendo. ¿Por qué crees que cayó la Patita Maldonado? Mala donna, ¿me la dona la Maldonalds? Bueno, claro, además del rollo aquel que le tiré, su persona ha herido mi alma, le dije aquella vez en Chiandonni, pero es una herida que llevaré con amor hasta el último de mis días. ¿Te acuerdas? Y la muy romántica, cayó. Cacayó.
Entonces ni como administrador del gimnasio ni como sparring ni como arquitecto. La verdad es que no veo resuelta mi vida. Y no es que llevara demasiado mal la carrera, pero me aburría tanto. Me aburría la idea de verme lidiando con albañiles, ofreciendo proyectos, completando planos en el Despacho del Arquitecto Remigio Ballesté y Sánchez de los Monteros & Asociados, ya sabes, mientras más nombre más culeros. Como que yo nací para otra cosa, como dijo mi abuela antes de quedar loca. ¿Nunca te lo había contado?
La historia de mi abuela es un misterio. Una leyenda, una epopeya, una novelita rosa con ribetes proletarios. No, no me estoy burlando; lo que pasa es que mamá odia hablar de todo eso. Mamá odia el pretérito, ésa es la verdad. Bueno, el caso es que mi abuela, antes de quedar totalmente gagá, predijo algo que todos se creyeron: que yo nací para algo importante. Cuentan que me alzó al cielo, porque estaba medio fornida, y jugueteando como si me ofreciera al sol, pronunció mientras clavaba sus ojos en los míos, “Vito, criatura santa, tú naciste para algo grande”. De esas frases suyas quedaron algunas más regadas en la memoria de la familia, como aquélla del “Vivere parvo” que citaba siempre, ya cuando loca, en la casa donde murió de amor. ¿Está claro?
Bien. El segundo punto de mi atribulado desasosiego, el distanciamiento de Patricia Maldonado, no merece mayor comentario. En parte tiene razón la hermosa raposa. ¿Qué futuro tendría a mi lado? Ni modo que la instale como afanadora en el Gimnasio Menchaca donde me desempeño como Gerente Administrador. Mucho amor y pocos centavos, ¿sabes a qué me suena? En lo que no íbamos tan mal era en la cantada con Los Marsellinos; había noches en que nos llevábamos hasta mil pesos, más las propinas, pero llegó la noche funesta aquélla, y del trío quedé nomás yo.
No sé. A lo mejor la fermosa dama de mis anhelos tomó a mal las suplicantes palabras que al oído le murmuré una noche de luna trémula. Sí, mucho me temo que esa sea la razón de fondo, porque hay modos y hay modos de solicitar el cúchuro a una moza de nobles sentimientos, sobre todo cuando le habéis reventado el brasier en el último asiento del cine mientras le murmurábais, con acento apasionado, ay, Maldonalds, vámonos ya al cinq-letrres donde te voy a contar una historia de amor, tú que me encontraste en un negro camino, como un peregrino sin rumbo ni fe. Y ella, en febril respuesta, mientras se anudaba el tirante de la prenda, me responde con abnegación: mejor vamos a ver la película. Se está poniendo interesante. Y luego: la angustia de Kierkegaard, el desamparo de José Alfredo, la distancia de Magallanes. Y del cuchuflax, ni hablar. Nada, nada y más nada.
En cuanto a mi fiel mascota, el temible Estopa, qué decir. Permanece todo el día tumbado en su camastro, casi no prueba alimento, casi no gruñe, casi no es perro. Hoy por la mañana lo pesé en la báscula de la tía Cuca. Ha perdido cuerpo: ya sólo registra cuatro kilos y medio. ¡Qué sería de mí si viera desvanecerse su figura, que me da protección y gozo? No lo quiero ni pensar... Son los oxiuros, dijo el veterinario, y Santa Penicilina debe obrar el milagro para que el vivaracho can vuelva a ser lo que fue, me llene el espíritu de sosiego y no caiga más en estas negras hoquedades.
“Droga, brebaje, medicamento mezclado. Poción preparada también en la cosmetología”, me plantea el buen Arturo, mi escudero en el gimnasio. ¿De cuántas letras?, le pregunto, y él cuenta, uno por uno, los casilleros del crucigrama. “Siete, horizontales, comienza con M”. ¿Con eme?, repito... pues “mejunje”, ¿no? Y el buen Arturo, de nueva cuenta, alza la vista y me ofrece sus ojos admirados. Sí, don Vito: mejunje.
Qué fácil puede ser la felicidad. ¿Por qué nos obcecamos en ser opacos, pusilánimes y desenamorados? ¿No lo crees así? Por lo pronto, en vez de rosas rojas para una Patricia como ausente, le compraré un diccionario al noble Arturo. Lo merece y así, cultivando su espíritu, dejará de quitarme el tiempo.
6
No creo en los milagros. Es decir, no creo en la gente que reza todas las mañanas para que no le caiga un rayo ni le suban la renta. No creo en los matachines danzando en el atrio de la Basílica del Tepeyac para que este año las lluvias sean puntuales y se les dé la milpa. No creo en las solteronas parando de cabeza a San Antonio para que una noche en el bar de Sanborns conozcan al licenciado azul que les ofrezca, al tercer vodka-tónic, cala, cama y casa. No creo en los milagros pero esta noticia, que ahora reposa ante mis ojos, tiene algo de eso.
Todo se remonta a los días previos a mi naufragio vocacional porque hoy, aunque quiera, ya no podré regresar a la facultad de Arquitectura. He perdido el derecho a exámenes por la acumulación de faltas. Sólo pude cursar el primer semestre, y de las cinco materias la única que no reprobé, por desertor, fue Cálculo Estructural I. La vida es un cedazo permanente en el que tarde o temprano quedas fuera de registro. Es, por decirlo con simpleza, un llano de medianías. Pregúntale a cualquier niño su pequeñito sueño de grandeza: quería ser piloto de carreras pero es el cobrador del gas que va de puerta en puerta. “¿Dónde dejaste tu Ferrari?”, dan ganas de preguntarle. Muchos otros quieren ser Presidente de la República y el Presidente de la República no es más pendejo que el vecino de abajo, ¿te enteraste? Ayer rompió la tubería del gas y obligó a que los bomberos llegaran raudos y sofocados.
El que se dio cuenta fui yo, que tengo olfato de perro dálmata. Desperté a medio edificio hasta que dimos con la fuga: el vecino del departamento 2, en la planta baja, que se había levantado a medianoche a prepararse un te de tila; tropezó en la cocina, porque no había encendido la luz, y al caer pateó el tubo del suministro. Lo sorprendimos tratando de arreglar el desperfecto con una cinta de masking tape. “No pedí auxilio porque no los quería despertar”, se disculpaba luego que los bomberos casi derriban a golpes la puerta de su departamento. ¡Hazme el favor! Igualito me imagino al Presidente con su masking tape por aquí y por allá, parchando pendejada tras pendejada. Y que conste que no soy de izquierda, ni de derecha ni de arriba ni de abajo. “Yo soy Vito”, simplemente, como cuentan que dije un día, hace lustros, cuando me decidí por fin a hablar. “Yo soy Vito”, pero entonces tú no existías, ¿o sí?
¿En qué íbamos? Ah, sí, lo del milagro del periódico. Todo se remonta al año pasado. Estábamos en clase de Cálculo Estructural cuando el maestro, el ingeniero Pedro Dabou, nos pregunta qué ocurriría si una cúpula fuera sometida a un esfuerzo continuo de carga “en los límites de sus especificaciones”. Todos sabíamos la respuesta: que la cúpula se rompería como una cáscara de huevo al recibir el pisotón, pero cómo expresarlo matemáticamente. Y como nadie respondía y a mí la verdad ya me comenzaban a valer un cacahuate todas las materias, dije con absoluto desparpajo: Pues se quiebra, maestro. “Sí, claro que se quiebra, pero de qué modo”. Entonces el problema no era la fórmula, dos más dos son cuatro, sino de qué modo cuatro es cuatro. Y luego hizo un gesto insolente, como de qué gentuza se nos cuela en la Universidad. Y eso, el modito, sí que me calentó. “Pues se quiebra poco a poco, si eso es lo que quiere que le digamos, como está ocurriendo con la cúpula de Catedral”.
Se me quedó mirando el tal Pedro Dabou igual que si me hubiera sorprendido en la cama de su esposa. “¿De qué está usted hablando, joven...?” Pobre pendejo; no se había aprendido mi nombre. “De lo que está usted oyendo, profesor... De que la cúpula de la Catedral Metropolitana se está resquebrajando por la sobrecarga que le provoca el paso continuo del Metro debajo de sus cimientos”. ¡Eso, eso!, gritó el ingeniero, “el verbo es res-que-bra-jamiento. O sea, el momento en que el domo, que es su parte exterior, comienza a transmitir una sobrecarga en el arranque del estribo y, por la compresión sobre el hemisferio inferior, que es la cúpula, provoca la aparición de grietas que luego se transformarán en fisuras y desprendimientos: o sea, como bien dice este joven, el verbo es res-que-bra-jamiento. Apúntenlo en sus cuadernos”.
¿Oíste bien el verbo? Yo resquebrajamiento, tú resquebrajamientas, él resquebrajamienta a su madre, ¿verdad? Y entonces, al concluir la clase, por mi apellido me llama el ingeniero Dabou: “Joven Beristáin, ¿quiere venir un momento?” Y que me confiesa.
Yo no he tenido muy buenas experiencias en eso de las confesiones. Por eso ahora si tú me preguntas ¿tienes fe?, no sé qué te respondería. Hay un Vito Beristáin que sí cree en todo: que Dios Padre creó el Universo, el perfume de las gardenias y la Ley de Gravedad. Pero hay otro Vito que no cree, y perdona el galicismo, una pura chingada de nada. Es más, como Kierkegaard, cree en la nada absoluta y que nada merece explicación porque nada tiene sentido. El único sentido de la vida, a fin de cuentas, según este segundo Vito que a veces soy yo, es el billete. Dime que no es cierto, que no se anda bajando los pantalones Carlos Salinas para que el Banco Mundial le preste una lana, que no hay amor duradero si no duermes con una mano metida en una caja de billetes, que hasta la Madre Teresa con sus obras piadosas no anda, en última instancia, pidiendo limosna a nivel internacional para que sus pobres leprosos tengan cura, crezcan sanos y se conviertan, con el tiempo, en unos criminales hijos del resentimiento y la envidia. Así es, mi buen, y perdona la crudeza de mis palabras, pero sin dinero no baila el perro ni hallas el necesarísimo cuchuflax que le dé sosiego a tus noches de suspiro, vacío y masturbación. ¡Hazme el favor!, qué patético me estoy poniendo, ¿verdad?
Pero... ¿qué te decía? Ah, sí, lo del ingeniero Dabou, ahora tan sonriente en la foto del periódico. Y el asunto del milagro que no me debía yo creer. Bueno, esa vez cuando me llama el profesor luego del intercambio de puyas, pensé: me va a correr de su clase. Y me dije, tú me expulsas y yo te parto la madre. No, en serio, tengo una izquierda letal cuando le atino a la quijada del contrincante, pero más bien sirvo para recibir. Soy un punching-bag con patas... ¿ya te lo había contado?
Óquei, óquei, óquei, voy a concentrarme: entonces me pregunta el profesor Dabou que cómo sé eso de la cúpula de la Catedral. Pura intuición, le digo. Lo que pasa es que el mes pasado, que fue aniversario de la muerte de mi tío Quino, acompañé a mi tía Cuca a misa en Catedral. Anda medio mal de una rodilla y no le gusta caminar sola por la calle, y luego, casi siempre, me invita a merendar. Es como mi segunda madre. Y el ingeniero Dabou, enternecido por mis confesiones, me dice mirando su reloj, ¿y luego? Pues eso, que mientras ella rezaba inclinada en el reclinatorio, ¿reclinada en el inclinatorio?, de pronto recibo yo una señal. Y es que ya he tenido varias en mi vida. Luces, destellos que se abren en el tiempo y en los cuales logro ver el futuro, en una fracción de segundo, cosas terribles que luego se cumplen, como a usted, que a leguas se ve que su mujer, que debe ser rubia, le pone los cuernotes con su socio del despacho Dabou & Salum a esta hora mientras pierde su tiempo conmigo. Claro, eso no se lo dije, pero es cierto. La señal que tuve en la Catedral era sencilla. Me venía del cielo, una especie de llamado supremo, pensé, y a cada rato, cuando la tía Refugio pasaba a un nuevo misterio, porque le da re duro al rosario... a ver repite: le da re du ro al ro sa rio, bueno, pues ahí está otra vez la señal: una especie de baño celestial, como talco, que me caía encima. Cada ratito, fiiii, un soplo de polvito, como si Dios me dijera, Te Estoy Viendo, Vito, Deja De Pensar En La Maldonalds Porque Eso Solo Ella Sabrá Si Dártelo O No... es que Dios debe hablar con mayúsculas, y otra vez, fiiii, el polvito que me venía del cielo mientras la tía Cuca pasaba al siguiente misterio. Hasta la piel se me puso chinita. Pues qué, pensé, ¿a poco me voy a morir ahorita al salir de Catedral? Así que voltié hacia arriba... Oquei, volteé, entonces, hacia la cúpula donde está el Espíritu Santo como volando en un cielo de oro. ¿El que qué?, me pregunta el ingeniero Dabou, que debe ser más ateo que una sopa de lentejas. Veo la paloma que está en la cúpula y descubro una pequeña fisura de la que, cada rato, como le decía, se desprendía un chorrito de cal, fiiii, y que me venía a caer precisamente sobre la cabeza. ¿Que cómo sé que era cal? Pues porque lo probé y sabía a gis, como en el kínder, y entonces la tía Cuca termina con su rosario y el polvito me seguía cayendo, cada lapso de esos que le cuento, y fue cuando tuve la revelación: ¡el Metro! Pues claro, debe ser el convoy del tren subterráneo que cada cuatro minutos pasa por debajo de catedral, la hace retumbar toda y terminará por llenarla de fisuras. Así es como supe, ¿verdad maestro?, que la cúpula se está resquebrajando. Igual que una cáscara de naranja al sol y un día se vendrá abajo sepultando a los feligreses que, de ese modo, llegarán más pronto con Dios. Usted no cree en Dios, ¿verdad?, y su mujer, que es rubia, sí. ¿O no?
Se me quedó mirando el ingeniero Dabou con ojos crecidos, quizá horrorizados. Así pasa cuando tengo una revelación, porque yo nací para algo grande, según dijo mi abuela antes de enloquecer. Y me dice, “te voy a pasar con be, el curso, por tu actitud tan inquieta. Y por tu aportación de hoy, je, porque ése es el verbo: resquebrajamiento”.
Y aquí lo tienes ahora, en la foto del periódico, con el Regente y el Arzobispo de la Ciudad mirando los tres hacia la cúpula de la majestuosa Catedral Metropolitana, casi un año después de aquella clase de Cálculo Estructural. El ingeniero Dabou, que ahora ha sido nombrado, a ver, déjame leer: “coordinador del Fideicomiso Pro-Rescate de la Catedral”, mira la nota, donde se anuncian los trabajos de salvamento arquitectónico de ese monumento de la fe católica, “antes que su cúpula sea desmoronada por el intenso tráfico local de vehículos”. De modo que el verbo cambió, ahora es des-mo-ro-na-miento.
Y al salir del salón, aquella vez, me acuerdo, el ingeniero Dabou inquirió, como si de paso. Perdona, perdona, qué, ¿tú la conoces, a Selene? A quién. A Selene, mi mujer... es que sí, tienes razón. Es rubia.
¿No te lo dije? Y yo que no hallo qué hacer con ésta, “mi actitud tan inquieta”. Por eso yo no creo en los milagros, y menos ahora que ya naufragó mi barco vocacional y no seré arquitecto del despacho Dabou & Salum & Beristáin. El milagro será sobrevivir en las medianías. Míralas, asómate a la ventana ahora que regresan a casa después de las horas de oficina. Ha de ser muy dura la vida sin tenerte a ti.
7
La que ahora se va es la mamá de Mario. Viuda desde hace años, se mudará con su hijo mayor que vive en Culiacán. Con el tiempo todas las madres se convierten en un problema. Es decir, dejan de ser una adoración, dejan de ser personas, se convierten en eso: un problema. Yo jamás intentaré semejante osadía con mamá. Jamás la abandonaré, jamás dejaré de darle sus cincuenta pesos semanales... no vaya a caer en las redes de la avaricia; jamás la privaré de sus arrumacos eufóricos cuando la levanto del piso en tremendo abrazo, la aprieto y la besuqueo en la nuca. Le digo: “Rorra, consígase un viejo rico, jareoso y sabrosón”, porque mi madre, y no creo excederme en mis apreciaciones, como que se quedó en la sopa a la hora del Banquete del Amor. Qué injusto, ¿verdad?
Me mandó un recado con uno de los niños gitanos. Que si la podía visitar, que me quería dar algo, que necesitaba “decirme adiós”. No, no escribió despedirse, anotó eso: decir adiós. Y fui a la tarde siguiente, después de comer. Al llegar al Edificio Marsella los recuerdos se me vinieron encima como granizo. Hasta me sentí un poco anciano.
Cómo explicarlo. Es que en ese edificio tuve algunas de las grandes revelaciones de mi existencia. La vez, por ejemplo, en que Silvano cazó una paloma en la azotea arrojándole una toalla encima, la mató luego con un clavo, la desplumó y la cocinó en una olla, y todo porque eso había leído en un libro de Salgari. Ya ves porqué no hay que leer libros. Nadie pudo meterle el diente y terminamos despidiéndola por la taza del excusado. La tarde en que miré por primera vez un cuchuflax en mi azorada infancia. Era una sirvientita, medio niña, medio mañosa, que nos cobraba veinte centavos por bajarse su calzón morado para que mirásemos aquello, y un tostón por tocarlo. El único que se animaba era Mario, porque era el mayor de los tres y porque le daban un peso de domingo. La ocasión, también, en que dos gitanos se pelearon en el portal del edificio, navaja en mano, gritándose cosas horribles: “besarás la mierda de tu madre”, “morderás a Dios hasta llorar”, “ahorcado serás con las tripas de tus hijos”, y luego, cuando uno alcanzó al otro, La Güera, que siempre se la pasaba allí sentada, alzó la mano y dijo, “ya habló el sangre, dejan de pelear y se dan el manos”... y así ocurrió. El heridor vendaba al herido, le decía palabras tiernas, se besaban y se topeteaban como borreguitos descarriados. En el Edificio Marsella, la verdad, aprendí la vida.
Y así me tienes llegando a la cita con la madre de Mario. Aún viste de negro, como si hubiera enviudado por segunda vez. ¿Que a qué se dedica... bueno, se dedicaba la señora? A coser, sobre todo manteles, que luego vendía, según el gordo Mario, en El Palacio de Hierro. Pero yo creo que exageraba. Y a propósito, ¿nunca te conté el chiste del niño gangoso? Ah, pues ahí tienes que un día llega el visitador del censo a la casa de este niño y le pregunta, “¿está tu papá en casa?, es que le queremos hacer unas preguntas”, y el niño gangoso, “no, no ehtá”, entonces el del censo insiste, “¿y no estará por ahí tu mamá?”, a lo que el niño responde, “si ehtá, pero ehtá cohiendo”, entonces el visitador se le queda viendo con malicia, le dice, “ah, entonces sí está tu papá”, y el gangoso aclara, “no, pendeho, ehtá cohiendo con ahuja e hilo”. ¿No te vas a reír?
La mamá de Mario me explicó todo eso, lo de su mudanza y que ojalá pueda soportar el calor de Culiacán, que ya se compró un ventilador porque no le gustaría retornar como una basura derrotada. Sí, eso dijo, “una basura derrotada”. Hablamos de todo y de nada, ya sabes, de mis estudios en la Universidad, y ni de broma se me ocurrió decirle que ya abandoné Arquitectura. Platicamos de mis mañanas en el gimnasio, donde me gano el pan atendiendo a toda esa galería de acomplejados queriendo lucir bíceps y tríceps, abdómenes como de tabla de lavar y muslos de futbolista. Si los oyeras conversar se te caerían las plumas de vergüenza, “sesque la soya le saca la fibra al cuerpo... sesque la libido te reseca el músculo”, y otros comentarios de alta ciencia. Por eso me concentro en los periódicos que llegan al gimnasio, antes de que se los lleven los gorditos al sauna; porque por eso se compran: para terminar amazacotados en las bancas del baño turco.
Todo eso le contaba a la mamá de Mario, con tal y que no volviera con aquello de que el gordo me quería mucho y qué suerte tuve al no acompañarlos esa noche en que los dejaron, a él y a Silvano, como cribas en el volkswagencito negro. Total, que me entrega la guitarra del gordo porque ella para qué la iba a estar cargando por las llanuras sinaloenses. “¿Estará afinada?”, preguntó, como obligándome a empuñarla. Así que la saqué del estuche, la pulsé y no, claro que no, si tenía las cuerdas bien guangas. Esperó a que la afinara y me pidió, como no queriendo la cosa, que le cantara algo. Nunca he sido un gran guitarrista, pero de que me sé acompañar, me sé. Así que le canté Sin ti, con ánimo boleroso, no hay clemencia en mi dolor, la esperanza de mi amor, te la llevas al fin.
Y aquí la tengo conmigo ahora. La guitarra y el estuche, que le viene un poquito grande porque es de esos antiguos, duros, que se abren como ataúd. Y es que con ese instrumento nos inauguramos como Los Marsellinos, ¿te acuerdas?, un trío romántico para amenizar sus fiestas y reuniones.
Como fue el cumpleaños de Magda, mi hermana, me la llevé el domingo para alegrarnos un poco... ¡A la guitarra, zonzo! Nos fuimos en taxi y ella nos regresó al anochecer en su coche nuevo, sin radio ni tapetes, pero nuevo. Había invitado a doña Patricia Maldonado, mi Dulcinea Rejega, porque ya es tiempo que la familia, lo que queda de mi familia, se vaya aclimatando a ella. No, no quise decir adaptando ni acostumbrando. Dije lo que oíste, “aclimatando”, porque la Maldonalds es adorable como una mañana de abril, caótica e impredecible como un huracán. Tanto que, de último momento, me salió con que su primo Evaristo la había invitado a un torneo de boliche, y como tú nunca me llevas más que al cine, dijo ella, he optado por la diversón. ¿Nos quieres acompañar?, creo que cuesta cien pesos el boleto.
¿Pagar cien pesos para ir a ver a una bola de boludos lanzando bolas para hacer carambolas? Jiar, jiar, no me salió el chiste ¿verdad? Pues no. Que se vaya con su simpatiquísimo primo que, la verdad, ya me está cayendo en la punta de donde te platiqué, y nomás me entere, y nomás me entere de que al primo se le olvidan las fronteras a que obligan los lazos consanguíneos, se acordarán de mí. Además que cien pesos no tengo, bueno, no para ir a un emocionante torneo de boliche donde el orgasmo de una chuza te obsequia una sonrisa de felicidad clasemediera que dura una semana. Lo que sí que me ofendió fue lo de mi afición de años, ¿qué tienen contra el cine? Hasta la peor de las películas, por ejemplo La guerra de las galaxias, es mejor que cualquiera de nuestros días rutinarios bendecidos por la crisis, la violencia y el sida. Además el cine es el único lugar donde Pati, de vez en cuando, se deja besar. Cómo me gustaría que un día ella se volteara, me desabotonara la camisa, me besara el tórax y dijera, con trémulas palabras: Vito, llévame al cielo, o donde tú quieras. Me cae que la llevaría, que para eso sí tengo ahorros. Y no precisamente al cielo.
Ya hasta me puse charrascaltroso, ¿te fijas?... Pero no. Fuimos a casa de Magdalena Beristáin en Circuito Poetas, al pie casi de las mismísimas torres de Ciudad Satélite, sin la suculenta compañía de la Maldonalds. Ni modo. El amor suavecito no existe, y si es suavecito no es amor. Eso lo dijo el Diógenes del Bajío, de nombre José Alfredo. ¿Voy muy rápido?, dijo el precoz don Eyaculio.
Qué quieres que te cuente. Las reuniones familiares de mi gente siempre terminan bordeando el pantano de la cursilería. No hay vez en que juntas las tres Téllez: mamá, la tía Cuca y Magdalena mi hermana, aquello no concluya humedecido por las lágrimas en subjuntivo... si no hubiésemos perdido a mi hermanito, si papá no hubiera abandonado el hogar, si el tío Quino no hubiera ido a ésa, la Serenata Fatal. Entonces yo prefiero subirme al cuarto de televisión, mirar alguna película con todo y anuncios de Bacardí, retozar con mis sobrinos y, cuando se quedan dormiditos, curiosear entre los trofeos del ingeniero Sologuren, mi cuñado, que todos los domingos sin falta se va a jugar golf al campo de Chiluca.
Afortunadamente había llevado la guitarra de Mario, como te dije, que a partir de ahora será “la guitarra”, y nos pusimos a cantar luego de los brándises y el cafesiano. Sí, con los brándises y el cafesiano, como dice mi tía Cuca, nos pusimos a cantar, te digo, algunas melodías de sus tiempos: Chacha linda, Buenas noches mi amor, Vereda tropical. Luego llegó ese vacío que vela toda reunión. Como si un fantasma nos acariciara el rostro, uno por uno, recordándonos el privilegio de estar ahí juntos, vivos, cariñosos. Fue cuando mamá dijo, porque tiene sus ocurrencias, “yo creo que ya debe haber muerto”. Se refería, obviamente, a papá.
Magdalena trajo, sin consultar, una botella nueva de brandy Torres. Es el que prefiere mi cuñado Manolo y siempre está de oferta en Aurrerá. Sirvió los vasitos en silencio, porque ya sabíamos que mamá iba a soltar, como si el concurso de los 64 mil pesos, las últimas escenas de su película inolvidable: que papá trabajaba en el bar del hotel Reforma, que era irresponsable y veía enormes cucarachas rojas, que había noches en que definitivamente no llegaba a casa, que cuando joven era más guapo que Emilio Tuero, que lo había parido una tal “hija de Francia” legendaria, que cuando se fue, como la canción “para ya nunca más volver” tendría yo qué, ¿dos años y medio?, y lo más curioso, que le decían El Semáforo porque tenía un ojo azul y otro café. “El izquierdo era el azul, su parte francesa”.
Excusando que tenía que ponerle las pijamas a sus criaturas, Magdalena me llamó al piso de arriba. Dejé la guitarra y regresé a la estancia de los trofeos. “Mira lo que me encontré la semana pasada en que estuve escombrando”, me advirtió. Era una vieja fotografía, mi padre y yo, de meses pero sonriente, encuadrados en un marco de caoba. Como el retrato era en blanco y negro no se apreciaba bien aquel detalle peculiar, sus ojos de semáforo, y no pude reprimir un suspiro de absoluta vacuidad. Era imposible el escrutinio de la sonrisa, entre dolorida y lánguida, de mi padre Pablo Beristáin. Y que Dios lo guarde en su gloria, si es el caso. ¿Dónde habrá terminado sus días ese hombre de semblante taciturno, ese rostro anónimo, ese pobre tipo derruido por la culpa? Nunca lo sabremos.
Entonces Magda desbarató el marco. Mira esto, me dice al zafar la fotografía, que yo recordaba entre la niebla de la memoria. ¿Ya viste? Y sí, ahí detrás y con elegante caligrafía, mi padre había inscrito con punta de lápiz: “Mi lindo mateware, nada te faltará”. Y una fecha. Fue tres semanas antes de que nos dejara, susurró Magdalena al volver a insertarla bajo el cristal. ¿Qué habrá querido decir con esa mafufez, mi querido mateware?, y allá abajo el traqueteo de mi cuñado arrastrando los palos de golf, su fatiga y los abrazos a la suegra, nos distrajeron. ¿No se toman otro brandisito? Y yo preguntándome mientras descendíamos por las escaleras: ¿Ya habrá terminado el torneo de boliche? ¿Le hablo a la ingrata Maldonalds? ¿Le hablo o no le hablo? ¿Y si no la encuentro? Ya sabes, me la vivo preguntándome.
Un tesoro verde
1
Al despertar me percaté de que no había dormido. Todo fue un sueño a ojos abiertos y ahora, es decir, entonces, estaban como picados por arena. Miré el reloj, las ocho pasadas. Llegaría tarde al gimnasio, si decidía cumplir con mis obligaciones. No me quedó más que acudir al botiquín del baño para aplicarme doce gotas de colirio. Llamé por teléfono al gimnasio y pronto, muy pronto, contestó el buen Arturo. ¿Todo bien?, indagué, y por si preguntaba el patrón por mí le eché una mentira piadosa: que había tenido una hemorragia nasal a consecuencia del uppercut en la víspera, cuando me obligaron a alternar de sparring. Que llegaría en una hora. Don Paco, el patrón, fue compadre del tío Quino y por eso conseguí ese empleo tan prometedor.
Qué carita, me saludó mamá cuando colgué el teléfono. Y qué, ¿no vas ir hoy a trabajar? Sí, claro que sí. ¿A poco crees que sólo tú tienes derecho al insomnio? Y ella, que es fulminante cuando quiere, apostrofó con tono melodioso, ausente de neutralidad: “Patricia Maldonado”. No le contesté y volví a meterme al baño. Que la regadera se llevara los malos humores y las diez mil escamas de mi epidermis muerta. ¿No viste el documental del Discovery Channel? Sin darme cuenta, de pronto ya estaba canturreando Adolorido, adolorido, adolorido del corazón, por una ingrata... y supe que igual como yo, Rockefeller y Azcárraga debían estar cantando, a esa misma hora, en la ducha. Cada uno en la propia, se entiende.
¿Tú crees que mi nombre, Vito Manuel Beristáin Téllez, suene a nombre bursátil, de altas finanzas, capo di capo en el mundo del bisnes? Que te suena a qué. ¡Mira hijo de tu...! Ni te burles, cabrón, ¿cómo que nombre de locutor de la XEW? Me sequé aprisa, me talquié el áitevoy, me volví a poner los mismos calcetines, que no tienen agujeros. Nada tan denigrante como un dedote asomando por el reloj de un calcetín. Regresé a la recámara con el torso desnudo y me hallé con mamá dizque escogiéndome una camisa del clóset. ¿Y ahora que milagrito vamos a pedir?, preguntó como si nada. Que qué. Y seguí su mirada hasta media cama, donde descansaba el pequeño portafolios del tartamudo de ayer. Si no es con la Virgencita de Guadalupe, que sea con el moreno San Martín, ¿verdad?
Mamá no es muy creyente, como la tía Refugio. “Con ir a misa cuando te dan ganas y rezar cuando te dan ganas, y si Dios cree en uno, te salvas. Él ya sufrió por nosotros y la vida no es una competencia de agonías”, dice ella. Sobre todo eso, cuando está presente la tía Cuca: “si Dios cree en uno”. Cómo odio que ella se entrometa en mis cosas... ¿mis cosas? Y como no sabía bien a bien de qué estaba hablando, hice mi numerito infalible cuando la quiero expulsar del cuarto. ¿Qué estás haciendo?, todavía preguntó ella. Qué no ves, me voy a cambiar los calzones porque éstos me aprietan... pero no te apures. Nomás no volties.
Oquei: voltees.
Y se salió, como siempre, sin decir nada. Yo nomás hago constar: el día que hallen a mi mamá muerta con un cuchillo en mitad del cuello, que no me echen a mí la culpa. La vida promiscua genera muchos casos de suicidio, como los lemmings noruegos, así que no me jodan, les diré a los del servicio forense. Corrí el pasador de la puerta, que es un ganchito de esos de a peso, y abrí el famoso portafolios de imitación de piel. Era cierto: tenía varios juegos de estampitas religiosas: San Martín de Porres, la Virgen de Fátima, la del Carmen, la de Guadalupe, Santa Rosa y San Francisco de Asís.
Traté de acordarme del pasajero aquel en la combi, el momento en que nos abandonó y la tétrica escena que se perdió...
Solté todo y hurgué bajo la cama. Sí, ahí estaba el saco de lona verde, intacto. Pensé: “Si mamá hubiera descubierto este dinero, ¿tú crees que andaría tan tranquila?” Y así como estaba, en calzones y húmedo, vacié el costal sobre la cama. ¡Uta! ¡Eran como cincuenta fajos de billetes, de quinientos y de mil pesos!, además de una pistolita que parecía de juguete. ¿Eran? ¡Son!, porque ahí los tengo todavía, metidos todos, porque apenas si cupieron, dentro del estuche de la guitarra. La que fue de Mario, ya te acordarás. Metí el estuche al fondo del clóset y dejé la guitarra detrás del restirador, de modo que no estorbe. Terminé de vestirme, me zampé el café con leche y una concha blanca, lo más rico que hay después de una nalga jarocha, y así salí de casa a cumplir con mis obligaciones laborales, obsequiándole a mi fiel Estopa un cariñoso arrumaco y medio bolillo duro. Quién le manda ser perro.
Llegué al gimnasio unos minutos antes que don Paco, así que no hubo necesidad de explicar nada. Eso sí, el buen Arturo, nomás verme, aventuró: “A que ya se te hizo con la Maldonalds”. Pobre Arturo, nunca completó la educación primaria, de lunes a viernes duerme entre las lonas del anexo de boxeo y tiene el labio leporino. Además que no pesa más de cincuenta kilos, así que todo lo relacionado con el amor y el erotismo lo pone como rehilete. El día que se le ocurrió a Patricia visitarme, por pura puntada, Arturo quedó hecho un pocito de baba. “Qué guapa, qué guapa” estuvo repitiendo toda la tarde, pero mejor hablemos de otra cosa porque ese asunto ni levanta ni termina de hundirse.
Luego de atender la remesa de toallas limpias y el suministro del combustible para la caldera, que tiene una fuguita medio preocupante, revisé los periódicos del día. La Jornada no mencionaba el caso, El Universal traía una nota a dos columnas titulada “El asalto bancario número 55 queda, una vez más, impune” y narraba cómo los bandidos habían huido “con un modesto botín”, luego de herir a dos policías bancarios que vigilaban la sucursal Aztecas del Banco del Atlántico. Dejé eso y le hice un guiño a Arturo, que estaba boleando a uno de los clientes: que me cuidara el mostrador, que ahorita vengo. Fui al sauna y entré como iba, con zapatos y ropa, lo cual prohíbe el reglamento. Le pedí a un gordito que me prestara su ejemplar de La Prensa, y como el otro dudaba le argumenté al apoderarme del periódico: es que creo que me saqué el Melate. Fui a la recepción y comencé a hojearlo sobre el mostrador. Las planas, humedecidas como hojas de tamal, no mencionaban el caso... hasta que en la página 24, a todo lo ancho, se anunciaba: “Trágico Bancazo: dos muertos”.
Mira, aquí traigo la nota recortada. ¿Quieres que te la lea?
“Dos muertos y 300 000 pesos es el saldo del violento asalto ocurrido ayer al mediodía en la sucursal Azteca del Banco Atlántico. Según testigos presenciales, los asaltantes arribaron al inmueble poco antes del mediodía, bien vestidos y se formaron en las varias colas de varias cajas de atención al cliente”. Sí, eso dice, “varias colas de varias cajas”. Luego, sigue contando la nota, “cuando el presunto líder de la banda gritó ¡al suelo todos!, todos obedecieron al ver el despliegue de armas que sacaron de entre sus ropas. Eran, al parecer, cinco los asaltantes, que inmediatamente saltaron las ventanillas de cristal y obligaron al personal de la institución de ahorro a entregar todo el dinero en caja. Tres eran los criminales que se desplazaban a su antojo por la sucursal bancaria, despojando incluso a varios clientes de sus caudales, porque el cuarto ladrón, posesionado de una metralleta Uzi, mantenía a raya a los dos guardianes de la sucursal, de nombres cabo Zenaido V. y sargento Saúl Rosas. Hubo entonces un momento de confusión, cuando el sistema interbancario de alarma entró en operación, y que atrajo a varios coches patrulla de la policía metropolitana, incluso un Helicóptero del Escuadrón Zorros (de acción inmediata) que sobrevolaba la zona vigilando un plantón de maestros en la cercana Plaza de Santo Domingo. Ese momento fue aprovechado por los heroicos agentes del orden, que no habían sido desarmados por los delincuentes en un acto de imperdonable olvido, ya que los citados policías Rosas y Zenaido desenfundaron y accionaron sus armas, desafortunadamente no con la premura necesaria. El hampón que empuñaba la metralleta, en ese preciso instante disparó dos ráfagas del arma, hiriendo de gravedad en el vientre a los referidos agentes del orden, que cayeron ipso facto. El quinto cómplice, que esperaba a sus secuaces fuera de la sucursal bancaria, tripulaba una camioneta deportiva, color roja y sin placas, en la que huyeron los maleantes luego de abordarla con toda premura. En total el asalto no duró más de cinco minutos, tal vez un poco más, lo que concitó la reunión de muchos elementos de las diversas corporaciones policiacas que vigilan la zona: judiciales, zorros, montada de granaderos, y que provocó, asimismo, un prolongado y confuso tiroteo que milagrosamente no derivó en más víctimas. Según el gerente de la sucursal Atlántico bancaria, C. P. Alberto Castro, el monto del botín habría sido de 300 mil pesos, aproximadamente, pero que hace falta un conteo puntual de lo robado en cada una de las cajas. Para fortuna de los ahorradores, en este asalto, que es el número 55 de lo que va del año, el Seguro Bancario protege sus caudales, de modo que no verán mermados los mismos a pesar del ilícito. El titular del sector Primer Cuadro de la policía metropolitana, Capitán Jesús Bello, aseguró que se han reunido varias pistas que permitirán la captura, que dijo inminente, de ese peligroso grupo delictivo, sin poder darlas a conocer, obviamente, por razones obvias. Al cierre de la edición la salud de los policías Zenaido y Rosas fue reportada en el Hospital Rubén Leñero de la SSA, como finados, porque las heridas que presentaban, ambos, eran de carácter letal. La opinión pública, por lo mismo, se pregunta, de quién es el tesoro supuestamente resguardado por las instituciones de crédito. ¿No merecen una mayor vigilancia?”
Qué tal, ¿te la leo otra vez? Obviamente que por razones obvias no.
Alcé la vista y me encontré con la mirada acusadora de Arturo, como diciendo, ¿y de cuándo acá andas tan preocupado por la convivencia ciudadana? No le hice caso y seguí hojeando el periódico, aunque me temblaban las manos. Pasé muy mala noche, le dije, porque además se me notaba. ¿Ya trapeaste el salón de las pesas?, que es un modo humillante de correrlo, porque a esa hora se reúnen allí los maricas del mallón verde, que luego te explico. ¿Y si toda la faena de la víspera había sido un sueño? Qué, me dije, ¿no viajé ayer con una pistola incrustada entre las costillas durante media hora? Está bien que sea famoso por mi delirante imaginación, pero ¿y las estampitas religiosas del tartamudo, son también puro cuento? Así me torturaba al hojear, para adelante y para atrás, el ejemplar de La Prensa. ¿Y el chofer de la combi? ¿Y el asaltante herido del chamarrón negro? ¿Y yo?
Nada tan terrible como una noche de insomnio, aunque, en mi caso, tenía justificación. Estuve tentado de telefonear a casa, averiguar si a mamá no se le había ocurrido escombrar el clóset. Agarrar el dinero y dar el enganche de una casita de interés social en Ciudad Jardín, que es su sueño dorado: todo con tal de alejarme de mi amada Pati Maldonado. ¡Y lo hallé! Ahí estaba, en la contraportada del periódico, el chofer muerto de la combi 2187 de la ruta Lagunilla-Aragón Bosque, según explicaba la nota. La fotografía, a pesar del acercamiento, no era tan repelente como las de los policías Zenaido y Rosas, de la página 24. Será que para mí ya es un asunto familiar. La nota se circunscribía a un recuadro encimado en la gráfica, donde el conductor, con su camiseta de las chivas rayadas del Guadalajara, es decir, su caváder, asomaba por la ventanilla de la camioneta. Redactada con un estilo impecable, esta nota informaba que el chofer, de nombre Juan Pérez Carrillo, de 29 años de edad, había sido ultimado abordo del vehículo en las inmediaciones de la colonia La Esmeralda, “posiblemente por una venganza del sindicato de permisionarios del transporte público”. Entre los objetos hallados en el interior de la combi, añadía el reporte, se encuentra un cuaderno escolar con el nombre de R. Luna, seguramente la muchachita nerviosa que viajaba al frente, y un sobre de dinero, vacío, con el rasgo aprobatorio de “V.B.”, prendas que podrían llevar a la localización de los últimos pasajeros de la ruta, y obtener así valiosos testimonios para el esclarecimiento de ese crimen solitario.
¡¿Y el tipo del chamarrón?! grité, más que alarmado, pero me contuve porque allá venía el entrenador del anexo, seguramente para suplicarme que lo auxiliara como sparring en una ronda de box. Guardé el periódico bajo el mostrador y ante el escrutinio de Arturo, que disimulaba al esforzarse con uno de sus crucigramas. “V.B.”, por cierto, no significa Visto Bueno, como sugiere la nota que más tarde recorté. Son mis iniciales, “Vito Beristáin”, porque ayer fue día de paga. Doble y más que doble, por cierto.
2
Me dieron en la fisura. Sería que estaba muy desvelado y con la cabeza en otro planeta, el Planeta del Billete. A pesar del protector que llevaba, el boxeador aquel, un chamaco oaxaqueño, chaparrito y todo logró colocarme un recto a la nariz que me hizo ver estrellas. Estuvieron a punto de llamar a la ambulancia, cuando de pronto comencé a reaccionar. Otra vez el hilito de sangre en el lado izquierdo y esa jaqueca que con medio puñado de aspirinas —¿te fijaste? “jaquecaquecón”— se medio alivia. Qué horrible es caer noqueado, aunque ni te enteras.
La otra vez fue hace dos años, cuando parecía prometer como valor welter de los Baños Paco Menchaca, pero mi guardia, siempre muy cerrada, es mi perdición. No logro ver al rival, lo busco a ciegas tirando zurdazos, y de tanto no ubicarlo llega de pronto el gancho al hígado que te dobla, ¿de dónde vino?, el recto a la barbilla colado entre los guantes. En aquella ocasión me hicieron una radiografía porque pensaron que era fractura del tabique nasal, pero el diagnóstico fue más leve, “una fisura”, que es decir no te preocupes, en dos semanas nos vemos nuevamente sobre el ring. Y sí, la verdad me gusta pelear, tirar golpes para cimbrar al contrincante, lanzar mis zurdazos como dardos homicidas porque cuando logro conectar una mandíbula, aquello se acaba. Pero no duró mucho mi promesa: en el boxeo, como en la cama, hay que hacerse temprano de fama. De otro modo quedas como candidato a sparring, sucedáneo de sombra, punching-bag con patas. ¿Ya te lo había dicho?
Hoy es sábado y me dieron permiso de ausentarme en el gimnasio. Pensará don Paco, como ya ocurrió una vez, que de otro modo se verían obligados a trasladarme directamente a la funeraria. Fue en abril pasado, durante la Semana Santa. Uno de los chamacos “mosca”, que es lo que mejor preparan en el anexo, recibió un upper que lo dejó pivado. Es lo malo de pelear sin protector, todo llega como viene. Ahí estuvo el chamaco en los vestidores, tumbado sobre la banca, quejándose de un dolor detrás del ojo. Le dieron tres aspirinas y lo mandaron a casa en taxi. Al día siguiente, que era Jueves Santo, amaneció otra vez con el dolor; para la tarde ya no veía y, como todo mundo estaba de vacaciones, hallaron médico hasta la medianoche, pero era ya demasiado tarde. Estaba sordo y hemipléjico, y en lo que llegaba la ambulancia fue caváder. Sí, caváder. Se llamaba Jesús, lo que son las cosas, y no cumplió los veinte años. Sí, como Mario. Oye, qué memoria, ¿eh?
Así yo esta mañana, puse el ganchito de la puerta y me quedé echado en la cama. No me dolía la cabeza, afortunadamente, pero tenía dificultad para respirar. Saqué el estuche de la guitarra, lo abrí a un lado de la cama y me tumbé para acariciar con una mano aquella montaña de billetes.
Desperté cerca del mediodía y pregunté si había llamado la Maldonalds. Que no. Me dí un baño y le telefonié a la papelería.
Óquei: le telefoneé. Pensé no encontrarla, fugada en uno de los tours bohemios con su primo Evaristo, pero ahí estaba ella, “¿Casa Hoyos?”, lo cual se presta a las bromas más estúpidas, ¿verdad? La noté tristona, flemática, suspirituosa. Te invito al cine, Patruya, luego nos vamos a merendar bisquets al café de chinos, o lo que tú quieras. Es una frase que, según me han dicho, resulta infalible con las cuarentonas, “o lo que tú quieras”. Lo que yo quiero es ir a Nuevayor, güey, me dijo. Eso ya lo sabes. Pero oquei, vamos al cinito y a los bisquets, pero quietecitas las manos, ¿eh, Vito?
Odio que me hable en diminutivo, odio que me llame güey aunque sea de cariño, odio que me diga “quita, quita, que tienes las manos frías”. O lo que tú quieras, Maldonalds mía, o lo que tú quieras porque me gustas cuando callas, al teléfono, y estás como distante, en la papelería, y estás como quejándote, cuando no pasa el camión de regreso, mariposa en arrullo, a la hora del cine, y me oyes desde lejos, cuando te hablo de mis sueños, y mi voz no te alcanza, cuando te ausentas con tus primas, déjame que me calle, Patucaldonas, con el silencio tuyo.
¿Qué tal, eh? No, cuál plagio. Puritita envidia, ojete.
Dicen que el asesino regresa siempre al lugar del crimen. Eso fue lo que se me ocurrió en la tarde para hacer tiempo mientras Patronalda Maldicia regresaba de casa de sus primas, ese aburrido “club de Lulú” donde hablan de sus cosas. ¿Te fijas? Cuando no hacemos tiempo hacemos el amor, y cuando no hacemos el ridículo. Total, que siempre estamos haciendo cosas, maldades o favores, pero siempre “hacemos”. Claro, hoy desperté muy filosófico, pero cómo iba a estar tan tranquilo ahora que soy un perseguido por la ley.
Llegué a la famosa sucursal del Banco del Atlántico en la esquina de Aztecas y República de Perú, y conforme iba acercándome sentí que la adrenalina me encendía por dentro. Ya sabes, esas gotitas de sudor helado que empiezan a bajarte por el sobaco, y yo caminando tan tranquilo, al fin que era sábado, las manos en los bolsillos, que es la mejor forma de aparentar inocencia. Además que te puedes rascar los jíbaros, pero no era el caso. Y cuál no va siendo mi sorpresa que al acercarme, como a media cuadra, descubro a una patrulla estacionada allí enfrente. ¡En la madre!, pensé, ¡me están esperando!, pero luego me dije, cómo, a no ser que me haya delatado mi mamá, pero delatarme de qué si no se ha enterado de nada y para ella, antes que el imperio de la ley está el enganche para su casita de interés social que ya Dios, algún día, dirá. Los dos policías estaban vigilando la colocación de un enorme cristal junto a la entrada del banco, y adentro varios funcionarios observando el trabajo. Así pasa: siempre hay dos o tres pendejos trabajando a sudor partido y encima de ellos media docena de huevones, jefes, coordinadores y directores “supervisando” la faena. Sí, eso dije, a sudor partido. Entonces me dije: voy a obrar con normalidad... pero: ¡Qué es la normalidad!, estuve a punto de gritar, y antes de que sucumbiera presa del pánico recordé la lección del profesor Macías y su Teoría del Melonar. Algún día te la contaré, no comas ansias, así que me detuve, con la curiosidad normal de cualquier ciudadano normal, a ver el momento en que los albañiles terminaban de montar el vidriote sobre las guías de aluminio. Afortunadamente se habían detenido también dos señoras, de esas que visten con la elegancia de 1942, como si se hubieran acostado cuando el hundimiento del “Potrero de Llano” y se acabaran de levantar ayer, y una de ellas comentaba en voz alta, para impresionar a su amiga y para ver si alguien le tiraba un lazo: “Y aunque no me lo creas, ahí mismo hubo siete muertos. Yo los vi”.
Uno de los funcionarios gerenciales, eso sí, vestido de sport “porque es sábado”, se la quedó mirando mientras supervisaba la aplicación del gusano de silicón. “Bueno”, se corrigió la señora que llevaba un abriguito de piel de conejo, “una amiga que lo vio me lo dijo esa misma tarde, y este señor no me dejará mentir, ¿verdad? ¿Verdad que fueron siete muertos?”
El tipo suspiró, volteó hacia los policías de la patrulla, pero éstos seguían leyendo sus novelitas de porno-soft. Se vio obligado a precisar, con una sonrisa conmiserativa, “no, señora. Aquí no murió nadie, no exagere usted. Ya bastante problema tenemos con lo que inventan los periódicos”. La otra elegante de 1942 volteó a mirar a su compañera con ojos ofendidos, como diciendo, ¡quién miente, quién miente!, así que la del abriguito de peluche, insistió, “pero sí fue cierto que se llevaron medio millón de pesos que ya nunca serán recuperados, ¿verdad?” Uno de los albañiles pujaba contra el filo del cristal, que no lograba encuadrarse en la guarda del muro, así que los otros dos fueron en su ayuda porque la tira de silicón ya comenzaba a fraguar. El funcionario se hizo a un lado para permitir la operación, y ofreciéndonos un semblante invadido por la impaciencia, anunció para deshacerse de nosotros los mirones: “Sí, sí, se llevaron todo el dinero que quieran, y si se lo encuentran por ahí... ¡se los regalo, por Dios!, pero ahora déjenos trabajar”.
Regresé más tranquilo a casa. Mamá no estaba así que le dejé una notita. Que iba al cine con Patricia, que le dejaba cincuenta pesos en la cocina para que se fuera a merendar con la tía Cuca a la pizzería San Marcos. Familia de golosos, la mía, y le di, por lo mismo, una ración doble de croquetas a Estopa. El infeliz perro se me quedó mirando, extrañado, tratando de averiguar mis toneladas de culpa. “Yo qué, yo qué”, le dije, porque no me voy a poner a explicar los perfiles del destino que me estoy empezando a imaginar, ¿verdad?
Fuimos a ver Hannah y sus hermanas en el cine París. Patricia bostezaba a cada rato y no me dejó asirle la mano. “Te sudan mucho, Vito, ¿qué no te das cuenta?” Y tenía razón. Pero cómo no me iban a sudar si después de los cortos, cuando fui a la dulcería a comprarle sus gaznates me topé con el tipo del chamarrón negro. Es decir. De espaldas era igualito, la misma chamarra y el mismo gesto de llevar algo escondido ahí dentro; sólo que éste no se parecía, como el otro, a Héctor Bonilla. ¿Habrá muerto? ¿Habrá huido? ¿Me andará buscando?
¿No es la vida, finalmente, un sueño?, ya lo dijo don Peter Calderón en los anuncios de Dormi Mundo. Se lo comenté a Pati en el café de chinos, una hora después, ¿y si un día se realizara el más grande sueño de tu vida?, oh gitana, mujer extraña, de mala entraña que se me fue.
“Esa es una pregunta estúpida”, dijo ella al terminarse su café con leche, y ante mi ceño extasiado que le decía, al mejor estilo María Grever, soñé que tu cariño era mío y los besos de tu boca, ella se adelantó, sanguinaria: “Entonces no estaríamos juntos, Vito, ¿para qué me jodes con esas preguntas? Mejor dispárame otro bisquet. Ando de antojo”.
3
Ahí me tienes yendo a la sucursal Aztecas para decirles: “Disculpen, pero ahora que regresaba de la chamba me hallé en la combi este dinerito, que creo que ustedes perdieron”. Y el gerente, ah sí, caray, era un faltante de caja que ya empezábamos a notar. Qué amable, ándele, regrese cuando quiera. ¡Y oiga, espere!... Se me olvidaba decirle; muchas gracias, señor.
Sí Chucha, cómo no.
Primero lo primero: yo no soy un ratero. Segundo lo segundo: ese dinero tiene que regresar a su origen. Y tercero: ¿cómo le hago para deshacerme de estas tentaciones que cruzan mi alma cual buitres del desierto?
Todo esto me preguntaba la otra tarde, mirando desde mi cama el estuche de la guitarra en lo alto del clóset, acariciando a Estopa que es la única persona que nota los descalabros de mi ética. Sí, lo que oyes; Estopa es persona y mi ética está descalabrada por aquello que el gerente del banco —cuarto lo cuarto— exclamó el sábado anterior: “Y si se encuentran por ahí ese dinero... ¡se los regalo, por Dios!” Eso dijo el director fiduciario, o lo que sea, enfundado en sus jeans. Estaré loco y lo que quieras, pero eso dijo, ¿o no? Y como el que lo halló fui yo, pues que me dispensen las señoras de 1942, pero Dios prefirió ponerlo en mis manos y no en las de ellas, que deben tener artritis. Además que yo, por mi edad, tengo más futuro. Y mi abuela dijo un día que yo había nacido para algo grande. O sea que aquí me tienes luego de la proeza que realicé esta mañana.
Me bañé como siempre, desayuné como siempre y no como siempre alcé el estuche de la guitarra y me dirigí al Banco del Atlántico para poner fin a mis congojas. Llegué poquito después de las ocho y media porque además no quería llegar tarde al gimnasio. Claro, los policías se me quedaron viendo al entrar con el estuchote, que además pesa sus kilitos, y luego luego, mirando el armatoste aquél se me dejaron ir, los dos, y amablemente pero con las manos en sus armas, qué se le ofrece, joven. Seguramente quedaron ciscados por el ilícito que ahí ocurrió días atrás.
Yo me dije entonces, esto es tener la sangre fría, pero qué otra me quedaba. No pienso pasarme la vida cuestionándome sobre mi destino y las estrellas que iluminan su devenir. Quisiera tener información sobre sus planes de inversión, les dije. Entonces me indicaron la oficinita del fondo donde me esperaba, con la misma curiosidad en los ojos, el Señor Gerente. Pensé que iba a ser el del sábado, pero era otro, medio calvo y no llevaba pantalones vaqueros. Yo creo que al otro lo corrieron porque aquí entre nos les han de decir a los muy guajes: “Al primer robo los suspendemos una semana, al segundo le rebajamos a la mitad el sueldo, al tercer robo ¡al demonio... a vender pepitas a la calle!”
Todo eso iba pensando mientras el gerente peloncito, que era muy buena onda, me saludaba y me daba los pormenores de los planes de inversión: que si a plazo de siete o 28 días, que si cetes o cuenta activa, y al final: ¿De qué monto estamos hablando? Pues la verdad, todavía no sé, y alcé el estuche, sopesándolo, como quien se pregunta ¿cuánta billetiza cree usted que quepa aquí? El otro sonrió, estuvo a punto de soltar una carcajada... “Quequepaquí”, ¿te fijaste?
No, en serio, le digo al Gerente Buena Onda, es una cantidad importante, pero antes tengo unas dudas. Dudas como cuáles, me dice el peloncín. Principalmente dos: la primera es que se trata de un patrimonio grande, cómo decirle, una gran cantidad de dinero que no es mía, no nada más mía, pero tampoco de mi madre ni de mi tía Cuca ni de nadie en particular. ¿Cómo le diré? Un dinero que nos cayó, digamos, como de milagro, ¿usted cree en los milagros?, y que por lo mismo quiero retribuir... al Cielo. Se me quedó mirando, mirando, y ya sé lo que esos ojos significan: a éste ya le tronó el árbol de levas. “¿Y la segunda?” La qué. “La segunda duda principal”, insistió el Gerente Que Perdía La Paciencia. Ah, pues se trata de la confianza, es decir. Si uno abre una inversión de ésas que usted nombra, y luego hay una devaluación tremenda, o en un terremoto se cae el banco, o se roban todo el dinero, o yo qué sé, si hay una guerra... ¿qué pasa con ese dinero? Es decir, no entiendo... la pregunta es, ¿de quién es el dinero de los bancos?
Se me quedó mirando otra vez, mirando y mirando. Luego sonrió y me preguntó, confianzudo: ¿No quieres una Coca? No muchas gracias, le dije, tengo que llegar al gimnasio. Y el otro, en buena onda, ¿qué deporte practicas? No, ninguno en especial, y ni modo de decirle que mi especialidad es que me acomoden tremendas madrizas como sparring. “Soy gerente administrativo de los Baños Paco Menchaca”, y a mucha honra, me faltó añadir. El Gerente Regálame Una Peluca lanzó una mirada nostálgica al estuche de la guitarra, dijo como adivinando: Yo pensé que eras músico... ¿Nunca oíste hablar de Los Reallytrú? “¿Los qué?”, ahora fui yo el que preguntó. Los Reallytrú, insistió mi asesor financiero. Yo era el requinto, pero el grupo tronó en 71, ya sabes. Las envidias.
Las envidias, claro, repetí porque el Gerente Poco Peluche estaba a punto de confesarme todas sus desdichas, es decir, que lo único interesante de ese puesto era el billetote y lo demás de su vida una miseria existencial. Bueno sí, le dije como consuelo, a veces tocaba con unos cuates en un trío romántico. Nos llamábamos Los Marsellinos, pero como al tipo eso le valía absolutamente madres y se dio cuenta de que conmigo perdía su cotizadísimo tiempo, dijo para concluir, no te preocupes, por tus dudas. A lo primero hay que responder, eso del dinero que quisieran invertir para la cosa piadosa, es muy sencillo. Se abre una cuenta en fideicomiso y se nombra al sacerdote, al párroco, al que quieran, como beneficiario de los intereses. Sobre la segunda duda voy a ser un poco duro. Mira, el dinero que hay en los bancos, institucionalmente hablando es de los ahorradores, pero en verdad no es de nadie. Si se pierde nadie pierde porque para eso están los seguros... y si hay una guerra. Oye, ¿no estarás exagerando?
De modo que no es de nadie. Eso dijo el Gerente Que Fue Requinto, y se levantó del silloncito ejecutivo, me extendió la mano poniéndose a mis órdenes, me entregó su tarjeta y con el escritorio de por medio insistió por segunda vez: Estamos a tus órdenes. Y todo porque había llegado otro cliente de su mismo rango, medio calvo y medio cacheteado por la vida.
Iba saliendo de la sucursal tan quitado de la pena que hasta pensé, el sol tiene un raro esplendor, escucho al viento pasar y veo al policía que me cierra el paso. Me pone la mano sobre el pecho y yo pensé, felicidad, no te vuelvo a dejar porque me señala hacia el otro policía que me señala hacia el gerente que está alzando el estuche de la guitarra, como diciendo... ven acá, pilluelo. Tenemos que platicar.
Otra vez el sudor frío. Te lo aseguro, voy a morir de un infarto. Así que llego al rincón y Mister MuchMoney coloca el estuche sobre su escritorio y me advierte, con tono severo: “Se te estaba olvidando tu tesoro”. Sí, ¿verdad? Me lo entrega, pero inmediatamente, como arrepintiéndose, me suelta: “El Cuatza blús”. ¿El, qué?, le digo al empuñar el catafalco de la billetiza... ni así me dejaron regresarles el botín.
“El Cuatza blús”, insiste. “¿Nunca lo escuchaste?” No, la verdad no. ¿Quién lo tocaba? Y el Gerente Nostálgico lo dijo como si acabara de superar el gran calambre de la vida: Nosotros, Los Reallytrú ...era una especie de bajou al estilo del Creedence Clear-Water, pero inspirado en lo nuestro: el río Coatzacoalcos.
No, la verdad no, y me despedí otra vez prometiéndome nunca más volver a pisar ese maldito recinto: la bendita sucursal Aztecas del bendito Banco del Atlántico bendito.
4
Estaba durmiendo tan tranquilo, con el cuerpo medio charrascaltroso, no preguntes porqué porque casi nunca me acuerdo de mis sueños. Porquéporquéporqué. El caso es que de repente, así como así me levanto de la cama y repito esa palabra como relámpago: “tesoro”.
Estaba sudando y resollaba igual que si hubiera corrido los 400 metros con obstáculos. Primero pensé que me iba a morir, insisto, de un infarto. Luego, como no me morí, volví a repetir esa palabra, “tesoro”, y no tuve más remedio que encender mi lamparita, ir al ropero, abrir el cajón donde guardo Las Cosas Trascendentes, y apechugar. Saqué el cuadernito donde llevo mis anotaciones existenciales y busqué la hoja donde había apuntado aquello. Fue hace años, cuando estaba por cumplir los diecisiete. ¿Quién iba a pensar, entonces, que mi vida se transformaría en estos días de vértigo y destino? Y sí, ahí está esa segunda frase: “Tendrás un tesoro verde”.
La primera de las siete frases tenía añadida una palomita, como si fuera un reporte escolar. Se la puse la noche del velorio de Mario y Silvano. Me acuerdo de la plática con el primo de Silvano, al que le decían “el Miramira”, ¿te acuerdas? Dijo aquello de que, muertos Los Marsellinos, “ni modo Vito, se acabó el gallo”. Y aquí está la frase que me había soltado La Güera esa tarde horrible: “Un gallo se apaga”.
¿Nunca te conté eso? Será que entonces no era tan supersticioso. Además que... deja buscar. Mira, aquí está el recorte del periódico. La nota esa que concluye: “La opinión pública, por lo mismo, se pregunta, de quién es el tesoro supuestamente resguardado por las instituciones de crédito. ¿No merecen una mayor vigilancia?” El “tesoro”, vistas así las cosas, es el que me entregó el tipo del chamarrón negro en la combi. ¿”Me entregó”?, bueno, es un decir.
Todo lo predijo La Güera aquella tarde en que el ventarrón parecía arrancar los árboles, la ropa en los tendederos, los anuncios de las azoteas. Deja hacer memoria.
Me acuerdo que estábamos en exámenes finales. Mario se había colado a la dirección del Miguel de Unamuno por una ventila y logró robar del escritorio de doña Buitrón el examen final de Física. Era un secreto y la posibilidad de sacar, de perdida, un ocho. Quedamos de vernos en su casa por la tarde y estudiar la estrategia para que no se notara esa expropiación educativa. Después de comer se soltó aquella tolvanera tan horrible... ¿es que habrá alguna bonita?, y no tuve más remedio que acudir así al Edificio Marsella. Al entrar, resguardándose tras el portal, me esperaba La Güera.
La verdad que para entonces la gitana ya no era aquella mujerona que arrojaba chispas y gargajos. Apenas si hablaba, apenas si tenía clientes, apenas si era La Güera. Y como siempre al pasar, me llamó: “Vitus, Vitus, déjame mirar tus ojos de verdades”. Y ahí me planto junto a ella, cómo está, doña Güera, le digo, cómo nos trata la vida, digo, por no dejar. Y ella, que era malhablada por naturaleza, me dice: “Jodidos, Vitus. Estoy jodidos”.
Jodido iba a estar yo si no subía al departamento de Mario donde estaban destripando ese examen robado, porque el secreto corrió como reguero de pólvora y medio salón se arrebataba, en esos mismos instantes, las cinco páginas fotocopiadas de la prueba. ¿Me vas a echar las cartas, Güera?, le dije, como siempre, porque ella tenía un estilo especial de practicar la cartomancia. Le llamaba el “modo mestiza” y consistía en leer dos tantos de baraja: la española y, aunque no me lo creas, la baraja de nuestra lotería. De los dos mazos había que sacar siete pares de cartas, de manera que iba leyendo, por ejemplo, el Tres de bastos y La Estrella, el Rey de oros y El Apache, el Siete de espadas y La Dama. Eso sí, cuando aparecía El Alacrán, La Güera se emocionaba, decía “fortunas, fortunas, fortunas” porque, según ella, esa baraja anunciaba un cambio “de todos y nadas”. Los pobres recibían herencias inesperadas, los bien casados sufrían crisis de adulterios, los enfermos de leucemia curaban como de milagro.
Pero ella me dijo, aquella vez, “no Vitus, tú no estás de cartas”, y le extendí mi mano, sabiendo que ahí terminaría todo, con su asustado rechazo. Pero esa ocasión La Güera ni se inmutó, ¿se estará quedando dormida?, pensé. “Ahí tienes mi mano, Güera”, le insistí, y ella tan tranquila, sí, Vitus, aquí está todo. Levantó sus ojos y me previno: “Pero tres cosas primeros”.
La verdad, sorprendido por su aceptación, dije que sí. Órale, doña Güera. “Te lo diré un vez, Vitus, un solamente vez. No se la contarás a nadien, Vitus. A nadien. Y tercera, tú la explicarás y tú la cumplirás, Vitus. Yo no estoy para decir más que el horóscopos que dices en tu esta mano”, y sin esperar más y bajo el ominoso ulular de aquel ventarrón que se colaba por todo el edificio, La Güera comenzó a decir, apenas si tocándome la zurda:
“Un gallo se apaga, Vitus. Primero”.
“Tendrás luego un tesoro, un tesoro verde”.
No pude resistir, y pregunté, con absoluta impertinencia: ¿Para mí? ¿Encontraré un tesoro? Y ella, con ojos de pocos amigos y como advirtiéndome del sacrilegio:
“Sí, tendrás... pero será para la morena. Ella te lo pedirás”. “Más luego veo reyes sin cabeza, ay, Vitus, y tú sin sosiegos”. “Más luego te irás con dos pies, donde la arcángel”.
“Pero retornarás con él, te perderás en la noche del gamo turquí”. “En después, Vitus, alto serás porque alas tiene la corazón”. Entonces La Güera suspiró, dejó mi mano y dijo con una sonrisa apenitas:
“Y sí, Vitus. El sal te hará libre”.
Me la quedé mirando con ojos, ya te imaginarás, de absoluto desconcierto. Está bien que tenía dieciséis años y los pájaros cagan para abajo, pero qué clase de mafufadas me acababa de decir esa anciana peleada con el jabón. Se lo dije, no sin cierto escalofrío en el vientre y anexas: Ay, doña Güera, usted sí que fuma yerbabuena.
Ella sonrió. Volvió a suspirar y me miró nuevamente los ojos. Le encantaba mirarme las pupilas. Repetirme: “cuántos verdades, Vitus. Cuántos verdades miro allí encerrados”, y luego la muy cabrona, y perdonando, me dio una nalgada para correrme y decir: “Anda, ya apuras que te esperan para la escuelas estudio. Anda Vitus. Anda, ándales”.
Y me fui corriendo, como si disparado por aquel vendaval que no aflojaba, porque llevaba cuatro de promedio en Física y sin la secundaria terminada no sirves ni para vender jaletinas en el Metro. Sí, sí: jaletinas.
Al entrar en el departamento del gordo se me ocurrió preguntar: ¿y quién le dijo a la gitana que estamos en exámenes? Pero nadie supo responder, naufragando como estaban en ese mar de ecuaciones. Resolvimos como pudimos el cuestionario y quedamos de no buscar nadie el diez porque aquello sería muy sospechoso. Además que, de descubrirse el hurto, Mario sería expulsado del MU y podría caer en las garras de la drogadicción y todos a un tiempo, porque entonces era nuestro grito de guerra: “¡Di NO a las gordas!” Juar, juar. Yo saqué un siete, Mario ocho y los otros ojetes, diez. Ya sabes, la solidaridad humana.
Cosa curiosa, al salir del Edificio Marsella nos encontramos con una noche estrellada, cristalina, que invitaba a levantar la mano para robar un lucero. Cosa curiosa y obvia, después de aquel vendaval llevándose los chones mismos de San Peter. Lo que son las cosas, ahora que me acuerdo esa noche que fuimos al Chaindoni a celebrar nuestra victoria sobre Newton, Copérnico y Niels Bohr, fue cuando vi, por primera vez, a Pati Maldonado. Se acababa de cambiar a la Juárez, según me enteré, luego de abandonar la ciudad gótica de Tlatelolco. ¿Quieres saber qué es lo que más me impresionó de ella? Mejor no te digo porque luego luego me acusas de vulgar.
Llegué a casa y, por pura puntada, me puse a transcribir aquellas voces misteriosas que me había soltado La Güera. Todo el tiempo y toda la noche no estuve más que repíteme y repíteme esas siete frases...
“Un gallo se apaga”.
“Tendrás un tesoro verde”.
“Veo reyes sin cabeza y tú sin sosiego”.
“Te irás con dos pies donde la arcángel”.
“Retornarás con él y te perderás en la noche del gamo turquí”. “Alas tiene la corazón”.
“El sal te hará libre”.
Como para enloquecer a cualquiera, ¿verdad? Sobre todo esa frase del gamo turquí, “te perderás en la noche”, que inspira toda clase de alucinaciones. Por eso saqué siete en el examen de Física... Y aunque habíamos quedado en que no le pediría explicaciones a La Güera, llegué a la conclusión de que no me podía pasar la vida con esos augurios tan tenebrosos. Augurios que finalmente no significaban nada, pensé entonces, pero qué incomodidad vivir con esa profecía tan ominosa. Después de comer fui directamente al Edificio Marsella con mi cuadernito bajo el brazo.
Al llegar me percaté de que hasta en eso La Güera se saldría con la suya. No me explicaría nada ni añadiría una coma a sus palabras. La estaban velando.
El funeral se había preparado en uno de los departamentos de los gitanos, en la planta baja, y alrededor del ataúd, que era de madera, las plañideras gritaban desconsoladas: “¡Ay, mi Güera, que eres tan bueno!... ¡Ay, mujera, nos quitas los ojos!” Y yo ahí, asomado como pendejo, era el único no gitano en esa guarida que olía a meados de gato y cuero rancio. De pronto el gitano ciego, que nunca salía de esa covacha, se levantó de la sillita donde se rascaba la barba. Todos callaron para escucharlo, porque el anciano, que solamente veía sombras, preguntó: “¿Vitus?”, y me llevaron en silencio hasta él.
Aquello era impresionante: cientos de veladoras encendidas, un cristo negro, o quemado, del que colgaban guirnaldas de claveles. Un chivo de bronce alzando los cuernos y embadurnado de ajos. El gitano ciego entonces me toca el hombro y musita quién sabe que sortilegio, me besa la mano y la suelta. Luego hace que le bese la suya, la pone sobre mi pecho, en el lado izquierdo, y sonríe. Dice en cristiano, porque fue lo único que le entendí: “Peregrino”, y me suelta. Me da una palmadita, que me vaya. Me nombra tres veces: “Vitus, Vitus, Vitus”. Salgo del departamento y observo que al pasar junto a los demás gitanos, de negro y con chalecos dorados, bajan la vista, como despidiéndome.
Así que ahora, tantos años después, palomeo en el cuadernito la segunda frase.
Para qué me hago tarugo: tengo una misión que cumplir. Además que debo cuidar el “tesoro” y entregárselo a la morena... cuando me lo pida. Patricia Maldonado, con un poquito de esfuerzo, pasa por tal. Sobre todo cuando se asolea en la azotea de su edificio. ¿Se azotea en la asolea? ¿Y esos ruidos?
Es mamá que por Dios, me dice sin poder abrir la puerta porque le he puesto el pasador. “¿Vito, no podrías escoger otra hora para ensayar? Son las cuatro de la madrugada y no me dejas dormir con tu canturreo. No seas desalmado hijito. Van a pensar los vecinos que lo haces adrede”.
¿Cómo ves?
5
Por fin me animé a contar el dinero. Es una cantidad ciertamente respetable. Con ella podría adquirir, ya hice las cuentas, nueve volkswágenes. O un cádillac y medio, ahora que los han vuelto a importar. Desde luego podría comprarle su casita a mamá en Ciudad Jardín. Mudarnos ahí, ser felices, de interés social y llevarnos a la tía Cuca como “dama de compañía”. ¡Y Estopa, desde luego! Adquirir para él 17 toneladas de croquetas Campeón. Yo creo que alcanzaría para todo eso.
He seguido cumpliendo con mis obligaciones en el gimnasio, pero ahora, cada vez que me conminan a prestarme como sparring, los mando pero que si ya al mismísimo demonio. Ya me cansé de exponer mis facultades mentales al arbitrio brutal de sus pitecantropos amateurs, le dije a don Paco Menchaca, y se me quedó viendo con cara de “joder, Vito, que no es para tanto”, y me dio la razón. Para qué arriesgarnos, ¿verdad?
Al pobre de Arturo lo subieron una vez al ring, a pesar de que apenas si da el peso mosca. Se la pasó bailoteando, muy ligerito, hasta que un “volado” en el oh, sí quieres, lo mandó de regreso a su consabido trapeador. A veces me pongo a pensar en la miseria que representa mi vida: tres salarios mínimos, una madre menopáusica, una novia frígida, una carrera artística truncada por el cruel destino y un perro que se mea en los muebles. Luego pienso en Arturo, que nunca terminó la secundaria (yo creo que ni la primaria), que duerme bajo el cuadrilátero del anexo, come en los merenderos del mercado Abelardo L. Rodríguez, nunca puede completar un crucigrama y cuya máxima aspiración en la vida es comprarse un walkman. Entonces me digo: Vito, eres un hombre afortunado.
Bueno, eso me ponía a pensar antes, porque ahora, como bien sabes, tengo una misión que cumplir, aunque la verdad no le hallo el modo. Será cosa de tener paciencia, esperanza y resignación. Como los profetas.
El viernes pasado hubo merienda en casa de Magda, mi hermana, y no pude desaprovechar la oportunidad. Era el cumpleaños de uno de mis sobrinitos, que se llama como yo, y me disculpé diciendo que esa tarde tenía un “compromiso financiero”. Mamá se me quedó viendo con ojos maliciosos y me vi obligado a explicarle: Mira, adorada jefecita, el otro día me hallé 76 millones de pesos en la combi que me traía de los baños de don Paco, y voy a consultar qué hacer con ellos. No dijo nada y fue al departamento de junto, donde vive la tía Cuca, para que le prestara su abrigo. Luego, mientras esperaban el taxi que las llevaría hasta las remotas tierras de Ciudad Satélite, mamá hizo un comentario cruel: “Nada más no vayan a usar mi cama”.
La gente, hay que decirlo, no soporta la verdad. No la entiende, no puede vivir con ella. ¿Y qué quieres?, ¿que le aventara el estuche de la guitarra y como en las películas se desparramara por la sala aquella montaña de billetes? Si la gente no cree en mis palabras es que no cree en mí, y si no creen en mí es que no merecen mi cariño. ¡Oh, oh, fiel Estopa; huye conmigo hacia una comarca donde no imperen la mentira ni la perfidia!
Bajé a la calle, fui a un teléfono público, y que conste que fue idea de mamá, llamé a Casa Hoyos donde mi adorada Patucaldonas labora como Experta en Fotocopiado. Le plantié... le planteé la situación, que podíamos rentar una película ahora que ya mandamos componer la videocasetera, que podíamos mandar traer una pizza y, desde luego, un litro de helado de fresa. “¿No me andarás queriendo coger, cabrón?”, indagó mi dulce amada. “Ya sabes que contigo, Vito, lo que quieras sin quitarme el vestidito”, insistió con su voz como un susurro del estío. Es tan graciosa, cuando quiere, mi prenda amada, que le dije sí, lo que tú digas, nada más dile a tu mamá que vamos a ir a la segunda función del cine Versalles, para que no te regañe.
Lo que siguió fue un poco confuso, pero debo relatártelo con la mayor objetividad posible.
La tía Cuca y mamá partieron en su taxi a las cinco pasadas. Patricia Maldonado llegó a casa cerca de las seis. De inmediato le ofrecí una cerveza de lata y le pedí que se acomodara en la sala. Es decir, que se sentara en el único sofá que tenemos. Yo, recién bañado, fui a poner un poco de música. Chico Boarque y su voz seductora. Me senté junto a la Maldonalds, con mi cerveza, y le propuse un brindis: “Por nuestras vidas, que van a cambiar radicalmente”. Ella como que no lo aceptó del todo, y no esperó mucho para contestar: Ay, Vito, siempre me cambias la jugada y siempre es lo mismo.
Yo me hice como que no entendía, sobre todo porque la malvada traía su minifalda roja. Aunque es de piernas delgadas, Patricia llevaba una blusita con escote de pruébele marchante. No sabes cómo me gustas así, le dije, que te hayas vestido así para venir a... “¿A qué?”
Pero ella no reparó en mi turbación. “Vengo directamente de la papelería”, me advirtió, “lo que pasa es que... íbamos a reunirnos con mis primas, pero el plan se deshizo. Tienes suerte”. No, en serio, Pati. Quiero hablar en serio contigo.
¿En serio? Como que se olió aquello medio raro. ¿A qué horas regresará tu mamá? Odio eso, el plural de las “horas” para todo. A qué horas son, a qué horas tienes, pero no iba a ser ése el momento de mi corrección gramatical. No sé bien, mi vida, pero de seguro que no antes de las doce. Son muy picadas, mamá y la tía Cuca, cuando se les aparece un tequila de por medio. Ya te irás acostumbrando...
Patricia me lanzó una mirada de pocos amigos. Fue hasta el aparato de música y le picó el stop a la voz de Chico Boarque mientras susurraba para sí: qué güeva. Prefirió preguntar, ¿y qué película rentaste? No, ninguna, estuve a punto de confesarle, pero recordé que la tía Cuca había ido al Videocentro en la víspera, y por ahí estaba el caset de renta por 48 horas. Ésta, le dije al hallarla, y se la entregué. ¿Éeesta?, comentó ella al revisarla, y me di cuenta que era El miedo no anda en burro, protagonizada por la India María. Son los gustos clásicos de la familia. Al menos no tiene letreritos, me defendí, porque la Patruya está más miope que un topo, siempre se le van los subtítulos en el cine, y lo peor, que la vanidad le impide usar anteojos.
¿No quieres otra cerveza?, le sugerí una vez que decidimos mejor no ver nada, pero ella no. “Me hace daño, ya sabes, luego luego me suelta del estómago”. ¿Cuál es la diferencia que hay entre el hombre romántico y el garañón? ¿Cuál la que va de una dama suspirituosa a una chamaca jareosa? Le ofrecí un roncito con sidral, que hallé en la cocina, y le dije qué tal si me dejas cantarte un rato. Eso sí le gusta, que le cante.
Traje la guitarra del cuarto, me acomodé en una silla y me arranqué con ésa de Bonita, como aquellos juguetes, que yo tuve en los días, infantiles de ayer, que a la Maldonalds le fascina. Después prendimos la tele y vimos que en el canal once estaban pasando El Golpe, con Robert Redford y Paul Newman. Acababa de comenzar. Mejor vemos ésa, dijo ella, pero no apagues la luz. Porque me conoce.
¿No la has visto? Luego te la cuento, pero tampoco es la gran maravilla.
Y estaba por terminar, yo abrazando a mi Patuca, porque eso sí se deja, cuando se voltea y me hace la gran pregunta: “¿Y la pizza?” Y la pizza, repetí, porque la verdad es que la había olvidado. Quedé de pasar por ella, en el Pizza Hut de la esquina, para que no se enfríe, mentí. La aparté de jamón canadiense, volví a mentir. Bueno, dijo ella, pensativa, sin quitar la vista del televisor. Aquí te espero, ya sabes cómo va a terminar, ¿no?, al final siempre agarran a los bandidos. Yo te platico. Y allá voy a la calle para cumplir los caprichos de mi amada. “Al final siempre los agarran”, sí Chucha.
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