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HISTORIA UNIVERSAL

XXI capítulos fundamentales

David García Hernán


ISBN: 978-84-15930-15-0

© David García Hernán, 2013

© Punto de Vista Editores, 2013

http://puntodevistaeditores.com/

info@puntodevistaeditores.com

Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley.

Índice

El autor

Introducción

I. COMIENZOS INCIERTOS. La Prehistoria de los hombres

Dificultades de estudio

El problema del origen del hombre. La cultura material

Las formas de vida en el Paleolítico

La Revolución Neolítica

El desarrollo del Neolítico

El proceso de urbanización

II. PRIMEROS PASOS. Civilizaciones de Oriente Próximo: Mesopotamia y Egipto

Mesopotamia

La importancia del marco geográfico

Construyendo civilización: la sociedad mesopotámica

La evolución histórica

Egipto faraónico

La vida y la muerte: el Nilo y el desierto

Los grandes imperios egipcios

III.EL VALOR DEL PENSAMIENTO. Grecia y el mundo helenístico

Los periodos más antiguos y la formación de lo griego

La autoafirmación política y cultural griega

Alejandro Magno y el helenismo

IV. EL TRIUNFO DE LA ACCIÓN. Roma

Los orígenes

La República romana

Asombrosa expansión

La descomposición del régimen republicano

El Alto Imperio Romano. El Principado

La sociedad romana

La evolución del Imperio

La dinastía Julio-Claudia

La dinastía de los flavios

Los emperadores adoptivos. La plenitud del Imperio

Los severos y los emperadores soldados

Diocleciano y el Imperio Tardorromano

V. ESPÍRITU QUE GUÍA Y “ASEGURA”. El cristianismo y las grandes religiones orientales

Los primeros pasos del cristianismo

La importancia del contexto histórico

Las fuentes, la doctrina y las primeros pasos hacia el afianzamiento

De la época de las persecuciones al cristianismo como religion oficial

Las grandes religiones orientales

El hinduismo

El budismo

Las grandes religiones chinas: confucianismo y taoísmo

VI. TIEMPOS CONVULSOS. Las invasiones, Bizancio y el Imperio Carolingio

Las invasiones y los reinos germánicos occidentales

Migraciones de los pueblos bárbaros

Los principales reinos occidentales

El Imperio Bizantino

Los primeros pasos del Imperio de Oriente

La era de Justiniano

El Imperio Griego

El Imperio Carolingio

La expansión de los carolingios

La disgregación del Imperio

La organización política, social y económica

VII. UNA NUEVA FUERZA. El Islam y su expansión

Los orígenes en su marco espacial

Mahoma

La doctrina

La expansión bajo los primeros califas

El califato Omeya

La dinastía abbasí

La decadencia y el fin del Imperio Árabe

VIII. INSTINTO DE PROTECCIÓN. Feudalismo y sociedad caballeresca. La Baja Edad Media en Europa

El feudalismo

La economía cambia de signo

La feudalidad como orden político y las invasiones normandas

La importancia del pensamiento político

Los orígenes de los espacios políticos europeos: monarquías nacionales y fragmentación política

La sociedad estamental y la preeminencia de la nobleza

El espíritu caballeresco y las cruzadas

La Iglesia y el clero

Campesinos y burgueses

Las innovaciones culturales

La crisis del siglo XIV

IX. CAMINOS DIVERGENTES. Los grandes pueblos amerindios

Los aztecas

Los mayas

Los incas

X. CONCIENCIA DE SÍ MISMOS. El Renacimiento

Renacimiento y Humanismo

El crecimiento de la población y de la economía

XI. PROCESOS DE AUTOAFIRMACIÓN. Los inicios del Estado Moderno y los problemas religiosos

La lenta superación del esquema político medieval

Los resortes del Estado Moderno

La importancia de la guerra

Las monarquías nacionales y la preponderancia de la Monarquía Hispánica

La crisis de la conciencia religiosa y los precipitantes de la reforma

Las reformas protestantes y la reforma católica

La Europa dividida

XII. TIEMPO DE ENCUENTROS Y DESENCUENTROS. Los descubrimientos y la América Hispana

La era de los descubrimientos

Descubrimiento y encuentro de culturas en América

La administración colonial

El sistema económico

La sociedad colonial

XIII. TIEMPOS DE MILITANCIAS. La Europa del siglo XVII

La “crisis” del siglo XVII

La Guerra de los Treinta Años

Permanencias y cambios trascendentes en la sociedad estamental

La importancia del mundo intelectual: el Barroco y la nueva ciencia

Teoría y práctica del absolutismo

XIV. UNA NUEVA LUZ. Ilustración y reformismo en Europa

La Ilustración

El despotismo ilustrado y el camino de las reformas

XV. DOMINIO SOBRE LOS ESPACIOS Y LOS HOMBRES. Vastos imperios asiáticos

Auge y caída del Gran Imperio Mogol en India

Akbar y la construcción de un gran imperio

El reinado de Aurangzeb y la decadencia

La China de los Ming y de los Qing

El Imperio Ming

La dinastía Qing

El Japón feudal y de los Tokugawa. El Periodo Edo

Nobunaga y Hideyoshi

Los Tokugawa

El Imperio Otomano

XVI. HACIA UNA VIDA MEJOR. La Revolución Industrial y el desarrollo del capitalismo

El término y el proceso

La importancia del contexto político y social

Condicionantes económicos

El desarrollo del proceso

La Revolución Industrial fuera de Inglaterra

Consecuencias y transformaciones sociales

XVII. LIBERTAD. Revolución Francesa e independencia en América

La Revolución Francesa

Terreno abonado

El periodo de compromiso liberal-burgués

Los excesos

Debilidades y contradicciones

Los límites y las consecuencias de la revolución. El régimen napoleónico

Independencia en América

Revolución e independencia en Norteamérica

Los procesos de independecia hispanoamericanos

XVIII. EL PRECIO DE LA LIBERTAD. Liberalismo, nacionalismo y colonialismo. El movimiento obrero

El liberalismo. Fundamentos teóricos

Un siglo de revoluciones

Las revoluciones de los años 20 y 30

Las revoluciones del 48

La Revolución Francesa de 1848

Las revoluciones del 48 en el centro de Europa

Las revoluciones del 48 en las tierras de los Habsburgo

El nacionalismo

Los principios teóricos

De la teoría a los hechos

El proceso de unificación italiano

La cuestión alemana

El nuevo colonianismo

El movimiento obrero

XIX. CAMINANDO HACIA EL ABISMO. La REALPOLITIK: la época de la Paz Armada y la Gran Guerra

La época de la Paz Armada

La cuestión del Lejano Oriente

Los cambios tecnológicos y la rivalidad económico-financiera

La formación de las grandes alianzas

El camino hacia la guerra

La Gran Guerra

Su dimensión histórica

Las principales operaciones

Ganar la guerra, perder la paz

XX. DISTINTAS OPCIONES. Comunismo, capitalismo y fascismo en el periodo de entreguerras

La Revolución Rusa y el nacimiento de la URSS

Otra cara del capitalismo: la Crisis del 29

Los fascismos

Rasgos fundamentales de la ideología fascista

El Estado fascista italiano

El Nacional-Socialismo alemán

XXI. LA MÁS DURA PRUEBA. De la Segunda Guerra Mundial al mundo actual

La Segunda Guerra Mundial

Precipitándose al abismo

Alemania impone su ley

El lento derrumbamiento del Eje

Funestas consecuencias y el alumbramiento de un mundo nuevo

Una perspectiva mundial: la Guerra Fría y el proceso de descolonización

La política de bloques y la guerra fría

La descolonización de Asia y África

El mundo tras la caída del muro de Berlín. ¿Una sociedad globalizada?

Bibliografía

El autor

David García Hernán es Profesor Titular de Historia Moderna en la Universidad Carlos III de Madrid. Ha publicado varios libros sobre la nobleza y el mundo de la guerra y del Ejército en la Edad Moderna, entre los que destacan La nobleza en la España Moderna (Madrid, 1992) y La cultura de la guerra y el teatro del Siglo de Oro (Madrid, 2006), aparecido en esta misma editorial. Ha recibido diversos reconocimientos, como el Premio Ejército de Investigación en 1993. Una de sus grandes preocupaciones en la actualidad es la optimización de las vías de transmisión a la sociedad de los resultados de la investigación historiográfica.

A Jaime y David. Bienvenidos al mundo que hemos hecho, para vosotros, los que llegamos antes.

¡Llegaremos al siglo XXII!

A mis alumnos de la titulación de Mayores de la Universidad Carlos III de Madrid. Gracias por enseñarme que el saber no es la meta, sino el camino.

Introducción

La voluminosa obra que tiene en sus manos el lector no está destinada al especialista ni al historiador profesional. Pero tampoco a quien no esté algo iniciado en el campo de la Historia; o al menos, a quien no tenga la suficiente curiosidad intelectual como para comprender alguna de las muchas grandezas de esta milenaria disciplina. Se dirigen estas páginas, sobre todo, a aquellos que se sienten atraídos por el pasado porque lo consideran la más fiel explicación de nuestro presente y buscan en él mensajes en los que encontrarse a sí mismos. Esto hay que tenerlo bien claro desde el principio, porque llevar a cabo este tipo de obra tan inmensamente generalista es, como probablemente opinarán algunos de mis colegas, una osadía. El intento de recoger en una síntesis de un solo volumen lo más importante de la Historia Universal implica, necesariamente, la toma de decisiones que son bastante desagradables. Sobre todo, por lo que se ha de quedar por fuerza al margen de unos límites extraordinariamente constrictivos.

Pero a pesar de obligadas limitaciones como éstas y otras muchas, he creído desde el principio, sinceramente, que no sólo era posible sino muy recomendable llevar a cabo semejante trabajo. Los historiadores nos hemos alejado con frecuencia, con nuestras interminables notas a pie de página y nuestro afán por demostrar el conocimiento de los debates historiográficos más vanguardistas, de la mayoría de los ciudadanos. Además, paralelamente a este limitativo proceso, los niveles de enseñanza —por razones que está de más explicar aquí— han caído a unos mínimos que la recapitulación es casi obligada hoy para muchísimas mentes inquietas y ansiosas de saber. Quiero decir que se hace necesaria, en más casos de lo deseable, la sistematización de los conocimientos dispersos para poner un poco de orden sobre lo que sabemos del pasado. Y al mismo tiempo preguntarse, al aproximarse a los tiempos pretéritos, por qué el mundo es como es.

Es evidente que somos nosotros quienes lo hemos ido modelando —el mundo, digo— a través de la Historia. Y cuanto más conozcamos los pormenores de ese singular y trascendente proceso, mejor disposición tendremos para afrontar el futuro. Los filósofos, que, a veces, dicen que los historiadores sólo pensamos con una parte —superficial— del cerebro, suelen pasar por alto que a nosotros nos interesan, en definitiva, las mismas cosas que a ellos. Lo que ocurre es que el camino para encontrar las respuestas es mucho menos abstracto e intrincado, ya que se basa en hechos, en acciones, en aspectos materiales y tangibles que utilizamos para llegar a la verdad. Pero, no lo olvidemos, esta vía descriptiva del historiador sólo es el método, el camino, el medio… La razón de su ciencia sigue siendo el fondo de las cosas, y sobre todo, responder como el filósofo a la pregunta “por qué”. Esta es la gran pregunta de la Historia. El dónde, el cúando, el cómo y el qué son importantes —e incluso ocupan la mayor parte del discurso del historiador—, pero siempre en la medida que tienden a responder el “por qué”.

La Historia no es lo que la gente normalmente cree. No es todo lo que ha acontecido hasta hoy. Ni siquiera el conjunto de hechos —más grande o más pequeño, dependiendo de la profundidad del conocimiento— que nos ha traído a nuestro presente. Eso es, sencillamente, el pasado. Un pasado que tiene infinitas caras, porque infinitos son los caminos que se han recorrido por los miles de millones de hombres y mujeres que nos han precedido. Pues bien, la Historia es la porción de ese pasado —minúscula, comparada con el total— que los historiadores andan rescatando en sus escritos o disertaciones públicas para poder explicar nuestro presente. Porque es el presente, y no el pasado, por contradictorio que parezca, el verdadero núcleo de la obra del historiador. El pasado, si bien es el terreno o el medio en que hace su trabajo, es sólo una herramienta que se pretende lo más fiel y bella posible, para que tenga sentido desde la propia experiencia humana el mundo en el que vivimos. En consonancia con estas ideas he intentado en todo momento en este libro ver la Historia desde el presente, profundizando en aquellos hechos históricos que he juzgado cruciales para entender el mundo actual.

Pero que no se asuste el lector. Lo que sigue no es un conjunto de elucubraciones personales sobre mi propia visión del pasado como configurador de nuestro presente. Esta obra no pretende ser brillante en sus juicios, ni excesivamente interpretativa, porque lo que se busca es el conocimiento “convencional” pero seguro, por mucho que la palabra convencional pueda tener un sentido que parece —sólo parece— hacerse sinónimo de mediocridad. Se debe entender aquí como lo que se atiene a las normas mayoritariamente observadas. Y así, estas páginas se centran en el conjunto de conocimientos históricos que son considerados tales por la mayoría de los historiadores y asimilados ampliamente por la sociedad. Aunque bien es cierto que se detienen, especialmente, en los nuevos e importantes descubrimientos que ésta última todavía no ha recibido con la suficiente amplitud. Sin perjuicio todo ello, claro está, de que se manifieste con claridad mi propia visión de la Historia de la Humanidad —como ya debe saber el lector, la objetividad total y absoluta es imposible en Historia—, aunque sólo sea por la propia selección de los contenidos.

La Historia no es algo cerrado, con unos límites finitos. No entraña un conocimiento que —como suponen algunos— se domina mejor o peor en función de la cantidad de acontecimientos o datos que se sepan dentro de esos límites. Eso sólo vale para los concursos televisivos, los exámenes de cultura general en las oposiciones u otras pruebas de semejante calibre. La Historia, como se han cansado de repetir muchos teóricos de nuestro tiempo, es una ciencia en construcción. Un conocimiento dinámico y, esencialmente, interpretativo. Eso sí, a partir de unos hechos que se denominan históricos y que se han tratado de poner de relieve en este libro.

Como es obvio, una Historia Universal es esencialmente inmensa. Pero incluso en este maremágnum de datos del pasado que son susceptibles de ser tomados en consideración, puede —y debe— existir la interpretación —no conozco otra forma de construir la Historia—. De hecho, como cuando escogemos ésta o aquélla porción del pasado ya estamos realizando, por ese sólo hecho, una acción subjetiva por cuanto el que escribe lo considera trascendente para explicar el presente y realizar así su interpretación del pasado, de acuerdo con unos argumentos que sean lo más objetivos posibles. Esto último es lo que hace que esa visión del pasado se comparta o no.

La reflexión es íntima compañera de la Historia, tanto para el que la escribe como para el que la lee. Lo que encierran las páginas que siguen es un ejercicio constante de reflexión que, a su vez, pretende, al final del camino, y a lo largo de todo él, que el lector medite sobre algo tan sustancial como el alma humana. Una reflexión que, por otra parte, estará hecha sobre la base quizás más sólida que existe en este campo filosófico tan lleno de inseguridades constantes y recurrentes. Me refiero, lógicamente, a la experiencia vivida por los hombres.

Desde luego, tampoco intenta este libro crear una nueva teoría sobre el sentido del devenir histórico. Puede respirar aliviado también el lector porque no estamos ante un denso discurso de Filosofía de la Historia. Mucho de lo que sigue es, sencillamente, el producto de unos cuantos años de investigación de un historiador profesional, y sobre todo, de las ideas globales y claras a las que ha podido llegar después de dedicar muchos más de su vida, que ya va siendo larga, a estudiar el comportamiento de las sociedades humanas en el pasado. Este historiador ha creído que podría ser muy provechoso compartir estas ideas con algunas personas, de las muchísimas que hay apasionadas por la Historia y que, por diversas circunstancias, no han podido llevar a cabo un estudio sistemático, y/o con una perspectiva amplia de la misma.

En estos últimos años he recorrido los largos y múltiples caminos de la Historia. Y he pretendido ver el pasado como es, con sus asperezas y también, con sus rayos de esperanza —que los hay—. Con esta posibilidad de enfoque tan global —y tan poco corriente en el mundo de los historiadores—, he tenido la oportunidad de considerar una serie de pautas que se repiten, independientemente del marco temporal o espacial, en todos aquellos caminos. Esta Historia es, desde esta óptica, la de una “única civilización”, la constituida por la especie humana, que en su comportamiento social ha tenido y tiene una serie de características más o menos comunes a toda ella. Y en estos aspectos de unidad, más que de diferencia, se ha basado esta síntesis que, desde luego, tiene como base los desnudos hechos históricos.

Todo historiador está obligado a penetrar en el universo mental de cada momento del pasado en el que pone su atención. Es, entonces, muy difícil encontrar un hilo conductor que engarce todas las épocas. Pero aunque es una tarea compleja y un tanto ambiciosa, he procurado averiguar cuál podía ser el hilo conductor de esta obra a partir de las diversas estancias del pasado por las que he transitado. O si se quiere, cuál podría ser la interpretación que se pudiera considerar general para toda la obra. Y en esta especie de viaje por casi todas las épocas históricas, si bien no he llegado a visitar cada uno de sus infinitos rincones, he tenido siempre en la mente esa trascendental pregunta: “por qué”. Siempre había una respuesta, o mejor dicho, una posibilidad de respuesta, en el pasado. Tanto si era fruto de las estructuras históricas existentes, del simple azar, —algo que también es importante en la Historia— o, incluso, de la conjunción de ambos factores, lo que suele ser más usual. Había que buscar, entonces, si quería encontrar un hilo interpetativo general de la obra, la pregunta sin retorno, es decir, aquella en la que no pudiera existir ya una nueva posibilidad de plantear la cuestión de la misma manera. Creía que esa búsqueda me debía llevar a la propia naturaleza del ser humano. Y así, a la pregunta de “por qué es así”, debía encontrar, simplemente, un “porque es así”. Y desde mi punto de vista, esa posición de partida, para la que no existen ya preguntas con retorno, tiene mucho que ver con la debilidad del alma humana.

Me explico. Estoy convencido de que el hombre es un ser frágil, más de lo que solemos pensar, y la Historia, por lo menos hasta ahora, lo demuestra. Los hombres siempre han tenido la necesidad de estar seguros, y creo sinceramente que las grandes civilizaciones se han ido forjando —aunque no sólo— en la medida en la que fueron capaces de satisfacer necesidades de seguridad en sus diferentes manifestaciones. Tanto si se trataba de la seguridad física —que entrañaba la conservación de la propia integridad de los individuos—, como de la material —su seguridad económica—, o la espiritual —la idea de la vida después de la muerte—, los hombres han puesto en ello, si se mira bien, la mayor parte de sus empeños. Por ejemplo, Egipto, con su religión que aseguraba la vida en el Más Allá, su disposición geográfica, en medio de desiertos, que invitaba a la seguridad física y sus recursos materiales, que aseguraban la subsistencia, pudo mantenerse como tal civilización potente durante cuatro milenios. Otro ejemplo mucho más actual: el hecho de la condición isleña de Inglaterra creo que le ayudó siempre a cumplir de un modo poco habitual con la satisfacción de la integridad física de sus habitantes, además de que su disposición geográfica y una voluntad constante de prosperidad pudieron impulsar generosamente las posibilidades de seguridad material, a partir del desarrollo del comercio. Por lo demás, su fe inquebrantable en el sistema democrático, que empieza a ser relativamente estable —seguro— ya a partir del siglo XVII, es, junto con todo lo anterior, lo que le permitió su condición de potencia verdaderamente mundial, con su gigantesco influjo posterior durante tantos años. Por no hablar, en una etapa anterior, del no menos colosal Imperio Hispánico, que tuvo en los caudales de Indias sus buenas dosis de seguridad para perpetuarse —junto con otros elementos— por tres largos siglos. Y el ejemplo más actual de todos. A veces se nos olvida que el presidente Bush fue elegido con una mayoría más que sobrada, a pesar de no haber ni siquiera localizado a Bin Laden con los mejores medios del planeta a su disposición. El pueblo norteamericano, en el debate actual de libertad versus seguridad, no cabe duda de que tomó partido por esta última. Lo que no quiere decir, a pesar de todo lo anterior, que tenga que ser necesariamente así en el futuro, sobre todo si tenemos en cuenta el carácter también abierto e independiente del devenir histórico.

De momento, las llamadas “mentalidades”, aunque muy difíciles de medir por parte de los historiadores, son muy importantes. Estoy convencido de que la sensación de un pueblo de sentirse seguro es un elemento bastante definitorio para procurarse un futuro próspero, aunque sea a corto plazo. Y es con lo que mejor se puede emprender un sólido proyecto común, tenga o no tenga utilidad para los años venideros. Al fin y al cabo es, precisamente, el ansia de seguridad lo que ha llevado al hombre a la mayor construcción que ha realizado a lo largo de su Historia: la gran muralla china... Una vez que están cubiertas esas necesidades, el hombre se lanza creativamente a la expansión, pero con la aparición de nuevas inseguridades parece que todo se vuelve a trastocar dentro de un ritmo cíclico de la Historia que, en el fondo, es tan característico de la propia vida humana.

Creo también que, si lo observamos con la suficiente profundidad, son las masas las que van guiando los grandes cambios de la Historia. Las élites, por supuesto son importantes, pero en la medida en que saben encauzar las demandas de las masas para darles lo que más desean, y también, cómo no, en su propio beneficio. Esta es una perspectiva que no sólo es cierta, sino que es bastante más atractiva para la Historia, porque nos hace a nosotros, a los hombres “normales y corrientes” los protagonistas de ella. En realidad, pienso que la Historia se mueve a partir de cómo las élites son capaces de conducir —o reconducir— los anhelos de seguridad de las masas. Y existe una constante dialéctica entre las primeras y las segundas —cuyo efecto más aparente es lo que se ha llamado, comúnmente, la lucha por el poder—. De esa dialéctica surge el hilo de la Historia, que está salpicado, también como la propia vida humana, de luces y de sombras, de momentos brillantes y lúcidos y de auténticas tragedias y sinsentidos.

El conjunto de datos y hechos históricos que se exponen en este libro creo que no sólo ayudan a tener una idea de conjunto de los principales acontecimientos de la Historia Universal, sino que corroboran este planteamiento general. En todo caso, está en manos del lector el juzgar si con los argumentos empleados, el camino ha sido bien interpretado.

Permitánseme, antes, algunas advertencias. Procurando erosionar lo más escasamente posible la idea de compendio global, se han incluido, sobre todo, aquellos temas que versan sobre aspectos comunes a muchos países, pretendiendo, ante todo, mantener una dimensión universal. Mientras que otros temas de carácter más nacional se han omitido, pese a tener sus evidentes ramificiones en la Historia Universal: por ejemplo, no se ha considerado un tema en sí mismo el de la Francia de Napoleón III.

Por otro lado, se ha querido introducir también en estas páginas algunas cuestiones elementales, pero también cruciales, de la teoría y metodología de la Historia, que siempre he considerado fundamentales para su comprensión efectiva. Este intento de mostrar “lo que hay detrás de la cámara”, es decir, el universo en el que trabaja metodológicamente el historiador, permite, entre otras muchas cosas, la consideración y valoración de los conceptos puramente historiográficos. Esos conceptos que utilizan los historiadores en sus obras y forman parte de su “oficio” como por ejemplo el de “sistema feudal”. Es seguro que, con estos fundamentos conceptuales, el lector dispondrá también de un buen bagaje para lecturas posteriores.

Sólo con el ánimo de ampliar conocimientos en el futuro, se ha procurado acercar al lector a las fuentes de la Historia a partir de unas notas a pie de página que contienen libros, a mi juicio, fundamentales de los temas tratados. Siguiendo con mi idea primigenia de que primara lo didáctico sin mella de lo científico, he procurado consignar las obras de más fácil acceso para el lector español, aunque en algún caso —excepcional— dada su inexistencia, no se ha podido evitar algún título en inglés o en francés. Estas obras aparecen en la bibliografía de las páginas finales que contiene, asimismo, otras muchos trabajos que pueden ayudar al lector como referencia para lecturas posteriores. Aunque también en este aspecto he tenido que moverme en unos límites muy estrechos para que la obra fuera realmente manejable, creo que no ha habido ninguna merma en el objetivo de que el lector dispusiera de un buen punto de partida para la profundización en los diversos temas.

Por último, no quisiera terminar estas páginas introductorias sin dirigir mi más profundo agradecimiento a quienes me ayudan siempre —ellos saben quiénes son—, y que también han hecho posible este libro. A mis alumnos de la titulación de Mayores de la Universidad Carlos III de Madrid. De su cariñoso y fructífero trato han salido muchos planteamientos de esta obra. A Ramiro Domínguez, a Cristina Pineda y a la editorial Sílex. A mi familia —madrileña y canaria— a mis amigos y a mis compañeros, que dan sentido mi vida. A mi imprescindible Raquel, que ha colaborado en la redacción del último capítulo. A Marta, Natalia y a los pequeños Jaime y David, con los que creo llegaré al siglo XXII. Para entonces, ¿se podrá tener la misma perspectiva general de la Historia?…

I. COMIENZOS INCIERTOS. La Prehistoria de los hombres

Dificultades de estudio

Se ha discutido mucho sobre la conveniencia del vocablo Prehistoria para designar aquel periodo del pasado de los hombres anterior al nacimiento de la escritura. Hoy en día ya no preocupan tanto estas cuestiones terminológicas, y se aceptan generalmente expresiones clásicas como ésa, conocidas por todos, incluso para definir científicamente grandes periodos históricos. Enseguida hablaremos de la idoneidad de ese término y, en general, de la utilización de conceptos propiamente históricos. Pero antes, como primera observación en el capítulo que ahora comenzamos, es necesario indicar algo que, no por obvio, deja de ser extremadamente importante.

Como habrá observado el lector curioso, he subrayado la expresión de los hombres; y, desde luego, lo he hecho con una intencionalidad bien clara. Se considera que el hombre es el gran protagonista de la Historia (y también, por supuesto, de la Prehistoria), centrándose así su estudio en las claves explicativas de su existencia en el transcurso del tiempo. Además, la utilización del plural en aquella expresión (los “hombres”, no “el hombre”) no es en absoluto baladí. De hecho, es una de las grandes cuestiones que iluminan algo tan complejo como la comprensión del estudio del pasado —de todo el pasado— de nuestro mundo. Todos los historiadores que se puedan atribuir con justicia tal título coinciden en que el análisis de las épocas trancurridas hasta nuestro presente sólo tiene sentido en cuanto que el hombre es un ser social; y es, precisamente, esa dimensión social, colectiva, plural, en definitiva, la que más interesa a los verdaderos amantes de la Historia. Y en el siempre movedizo terreno de la Prehistoria, por mucho que conozcamos los fenómenos de la naturaleza1, es en los hombres en quienes se han centrado, y se deben centrar, los estudios históricos sobre estos tiempos, dentro de una concepción esencialmente humanista de la Historia.

Ahora bien, ¿qué cosas de los hombres y de su existencia en el mundo que les ha tocado vivir nos interesan más? Según los planteamientos expuestos, parece un contrasentido hablar de Prehistoria como algo anterior a la Historia, y, al mismo tiempo, afirmar, como lo hemos hecho, que el objeto de estudio de esta época ha de ser la actividad humana desde un punto de vista histórico. En realidad, esto no presenta ya demasiados problemas teóricos. Hoy se acepta generalmente, como hemos avanzado, que no debemos dejarnos llevar por purezas terminológicas que no aporten claridad a las ideas del discurso histórico. Términos como feudalismo, estado moderno, burguesía, clase social, y éste de Prehistoria han sido debatidos durante años, y se han presentado múltiples definiciones. Hoy prevalece la idea del empleo de estos conceptos como técnicas instrumentales, con el objeto de hacer más funcional y coherente el discurso histórico, dentro de ideas más o menos aceptadas por todos, dictadas, en algunos casos, por el simple sentido común. Incluso hay autores que definen precisamente el trabajo del historiador a partir del empleo que hace de estos conceptos que le son “propios” o pertenecen a su “oficio”. En el periodo que nos ocupa ahora, en no pocas ocasiones se ha utilizado el término Protohistoria para designar al primer y amplísimo periodo de la Historia de la Humanidad. Sustituyendo el prefijo “pre” por el de “proto” parece que no se puede hablar de un periodo completamente desgajado de la propia Historia, y, a la vez, se establecía una distinción en aras de un supuesto mayor cientifismo. Pero nadie puede negar el hecho de que cuando hablamos de Prehistoria sabemos a qué nos referimos, y, hoy en día, con pocas dudas al respecto, es el término más utilizado con el que nos referimos a la actividad humana de esta lejanísima época, anterior a la aparición de la escritura.

El conocimiento del pasado de los hombres en la Prehistoria, como puede suponerse fácilmente, siempre ha presentado enormes obstáculos y carencias. La escasez de fuentes primarias (es decir, las originarias de la propia época, y no las que han aportado los historiadores con sus ensayos) es aquí determinante, siendo nuestros únicos apoyos otras ciencias afines, como la paleontología o la arqueología. Y además, es tanto más oscuro ese conocimiento, cuanto más alejamos en el tiempo nuestro campo de estudio. En realidad, hoy sabemos pequeñas noticias de una parte muy reducida de lo que debió de ser aquel sombrío e inmenso periodo prehistórico.

Lo que más nos interesa de los hombres en esta época es, sin duda, sus formas de vida, sus comportamientos sociales, su adaptación al medio, y, en definitiva, los elementos diferenciadores con el resto de seres de la naturaleza que les hicieron adquirir cada vez formas más complejas de convivencia y organización; en aras, todo ello, de la consecución de unos aceptables niveles de seguridad física ante un medio a todas luces hostil. Esto se fue llevando a cabo a un ritmo tan descomunalmente lento y diferenciado en el espacio que se hace muy difícil de comprender por parte de nuestras mentes aceleradas y funcionalistas de hoy en día. Los escasos testimonios encontrados de este pasado remoto han hecho que, por un lado, Arqueología y Prehistoria sean dos disciplinas íntimamente unidas, y, por otro, que la cultura material estudiada sea el punto de referencia para este tipo de estudios. De hecho, muchas de las divisiones y definiciones que utilizamos, se hacen, o bien a partir de un determinado nivel técnico para la utilización de instrumentos, o bien basándose en la abundancia de determinadas formas y de la naturaleza de objetos encontrados (como, por ejemplo, la cultura megalítica, la Edad del Bronce, las distintas cerámicas y vasos prehistóricos, etc.).

Como es a todas luces obvio, su extraordinaria amplitud es una de las caracterísiticas más importantes del periodo de la Prehistoria. Si nos acercáramos al pasado del hombre proporcionalmente en función sólo del tiempo de su existencia sobre la tierra, la parte correspondiente a la Historia propiamente dicha correspondería una mínima porción, no superior al 0,5 por ciento, mientras que la Prehistoria ocuparía todo lo demás. Pero, contrariamente a lo que ocurre en el mundo actual, dinámico hasta el extremo, el ritmo de los cambios en las formas de vida de los hombres fue en ella muy diferente. Y, bien mirado, para el observador actual es una suerte que sea así. En su permanente estado de semiinmovilismo, aquellos tiempos lejanos requieren una atención mucho más global y sintética, lo que reduce la necesidad de profundización, tanto en el tiempo como en el marco geográfico. Por eso, el espacio dedicado a la Prehistoria en una enciclopédica Historia de la humanidad de varios volúmenes, no suele ocupar, como mucho, más que el primero de ellos.

Pero esto no significa que no esté exento este periodo de gran complejidad, no sólo por su extensión, sino también por su contenido. Antes bien, todo lo contrario. De momento, para moverse por tan enorme océano de tiempo, las clasificaciones y divisiones por épocas o subperiodos se nos hacen fundamentales para conocer mejor los fenómenos históricos. Como es natural, se han hecho desde hace siglos una serie de divisiones o clasificaciones, aunque siempre de forma aproximada, y con la relatividad que implica ser, en definitiva, construcciones artificiosas sobre el pasado, hechas desde el presente por los historiadores, con unos fines fundamentalmente didácticos. En estas divisiones, los conceptos y los hitos más importantes sobre la Prehistoria son los que a continuación detallamos de una forma esquemática. Aunque sea resumiendo en exceso y tomando en consideración sólo las clasificaciones más aceptadas, es necesario este primer paso para que sepamos manejarnos en el tiempo ante la inmensidad de los periodos estudiados.

Las ciencias naturales —empleadas aquí como ciencias auxiliares de la Historia— han afirmado que la Tierra tiene una antigüedad aproximada de 4.500 millones de años. Durante todo este tiempo se han producido fenómenos biológicos y geológicos que han propiciado las primeras divisiones desde el punto de vista de los cambios esencialmente físicos de la Tierra. La Era Arcaica sería el periodo más antiguo, y también, con mucho, el más largo del pasado de la Tierra, ocupando nada menos que 4.000 millones de años. A continuación vendrían varios periodos: la Era Primaria, en la que se producen una serie de plegamientos geológicos muy importantes, y que ocuparía aproximadamente los 300 millones de años siguientes; la Era Secundaria, muy característica por la existencia de los grandes reptiles, y que se extendería más o menos a lo largo de 150 millones de años; la Era Terciaria en la que se producen espectaculares movimientos orogénicos (como la llamada orogenia alpina) que configuran buena parte del relieve terrestre actual, y que dura —siempre aproximadamente— 72 millones de años; y, por último, la era Cuaternaria, que abarcaría alrededor de dos millones de años. Esta última era tiene a su vez dos subdivisiones: el Pleistoceno, que se divide en Pleistoceno Inferior, Pleistoceno Medio y Pleistoceno Superior (periodos, estos últimos, en los que se dan la mayor parte de las glaciaciones), y el Holoceno, periodo en el que nos encontraríamos en la actualidad y que comenzó aproximadamente en el 10.000 a.C.

Pero, siendo esto importante, más trascendente para nosotros es una clasificación en función de la actividad humana. Aquí hay una gran coincidencia entre todos los estudiosos en dividir la Prehistoria en dos grandes bloques. Por un parte, el Paleolítico (o época de la piedra antigua tallada), que englobaría desde la aparición del hombre sobre la Tierra (tal vez hace siete millones de años) hasta aproximadamente el 10.000 a.C. Se dividiría a su vez este bloque en Paleolítico Inferior (hasta el 300.000 a.C.), Paleolítico Medio (hasta el 40.000 a.C., si bien hay quién prefieren hablar de la existencia entre el 300.000 y el 100.000 de un Paleolítico Medio antiguo), y Paleolítico Superior (hasta el mencionado año de 10.000 a.C., aunque también en este último caso hay autores que hablan de un Epipaleolítico que se alargaría entonces hasta el 8000 a.C.).

El otro gran bloque de la Prehistoria en función de la actividad humana es el Neolítico (época de la piedra nueva o pulimentada, según la nomenclatura tradicional), que abarcaría desde esa crucial fecha de 10.000 a.C. (aunque también muchos investigadores prefieren hablar de un mesolítico o periodo de adaptación que iría de 9000 a.C. a 10.000 a.C.) hasta el 3000 a.C. en la zona mediterránea2, momento en que comenzaría, con la Edad del Bronce en primer lugar, la Edad de los Metales. Asímismo hay que tener en cuenta que muchos investigadores adelantan esta Edad de los Metales al 6000 a.C., con el Calcolítico o Edad del Cobre. El Bronce se alargaría aproximadamente hasta el 1200 a.C. y, en este punto, comenzaría la llamada Edad del Hierro, que llegaría hasta los periodos mucho más estudiados de la Grecia Arcaica y la época de la fundación de Roma.

El problema del origen del hombre. La cultura material

De todas estas clasificaciones hay que tener en cuenta la que es para nosotros más importante, la que se refiere a la evolución y distribución en el espacio del hombre. Como no podía ser menos, en este aspecto las divisiones y esquematizaciones han sido siempre muy conflictivas; y todavía lo están siendo en un quehacer científico que está más vivo que nunca. En primer lugar, por el gran problema de la datación de los primeros hombres. Es decir, los que de forma un tanto grandilocuente anuncian los documentales y revistas de divulgación científica como nuestros primeros padres. En la actualidad existen complejos y eficientes métodos al servicio de la datación histórica. Más allá del consabido Carbono 14, los métodos más modernos empleados en el estudio del hombre y su evolución se centran en la composición genética de los testimonios del pasado; aprovechando, sobre todo, que el contenido genético del ADN se conserva en algunos medios muy propicios. Veamos algunos logros conseguidos en este campo.

Es ya lugar común en la Paleoantropología que fueron los cambios climáticos favorables de la Era Terciaria los que posibilitaron la creación de nuevas especies dentro de los primates. Así, hace unos catorce millones de años apareció en África el Kenyapithecus, considerado el antecesor, tanto de gorilas y chimpancés como de los homínidos (primeros seres con alguna apariencia de humanos). La separación entre simios y homínidos se produjo en el marco de la adaptación de estos últimos a un medio poco boscoso, mientras que en los primeros se dio todo lo contrario, manteniendo su capacidad para el desplazamiento a partir de ir colgándose de los árboles. Además, los simios casi nunca cooperaban —ni cooperan— para conseguir recursos y, más allá del grupo familiar, no comparten nada, y no reconocen las relaciones de parentesco. Todas estas cosas, sin embargo, van a ser muy significativas en los homínidos, cuyas características especiales merecen que nos detengamos en ellos con alguna atención.

En la Prehistoria se consideran dentro de los antropoides (es decir, lo simios con forma, aunque sea lejana, de hombres) dos grandes grupos que son los básicos en el proceso evolutivo: homínidos, que aparecieron primero, y homo. Estos dos grupos no tienen por qué corresponderse con un único proceso evolutivo (hoy por hoy se sabe que no existe una línea recta de evolución entre los homínidos y homo de la Prehistoria), y, de hecho, estos grupos se superpusieron en el tiempo y llegaron a coexistir muchos años. Un tema éste, desde luego, apasionante, aunque los descubrimientos que en este campo se están sucediendo en nuestros días, lo hacen a un ritmo que casi podríamos calificar como vertiginoso, lo que nos obliga permanentemente a llevar a cabo una continua puesta al día.

Los homínidos de la era Terciaria y Cuaternaria, no eran exactamente hombres, y tenían algunas semejanzas con los póngidos (simios entre los que se incluyen el chimpancé, el gorila, el orangután y los gibones), como la estructura del cráneo, los dientes o el esqueleto poscraneal. Pero se empezaron a dar algunas características esenciales, como digo, a partir de un clima más favorable. La marcha bípeda fue un factor primario fundamental para el proceso de hominización en algunos antropoides, así como la adaptación a la vida en las condiciones del bosque y el espacio abierto (a partir de diferentes modos de vida arbóreos, arbóreos-terrestres y terrestres). En la lucha contra los enemigos carnívoros, su posición más alta de la cabeza, la vista binocular y cromática, y el empleo de piedras, palos y huesos para la defensa favorecieron una mayor conservación de estos antropoides; aunque no se pudo impedir que estos seres bípedos de la Era Terciaria Superior, altamente desarrollados, poco a poco fueran desapareciendo por factores como la escasez de alimento.

Hoy en día se están sucediendo los descubrimientos también en cuanto a la datación del homínido más antiguo. Un hallazgo que ha revolucionado muy recientemente la Paleontología ha sido el realizado por un estudiante en el Chad, que encontró un cráneo que podría pertenecer al primer homínido conocido3. Corresponde al llamado Toumaï (o Sajelanthropus thadensis), que vivió hace unos siete millones de años y que tenía la cara corta y los dientes, especialmente los colmillos, pequeños, parecidos a los humanos. Más conocido es el hallazgo, en Kenia hace unos siete años, de los fósiles de un ancestro humano de unos seis millones de años. Correspondían al llamado Millenium man (después llamado Orrorin Tugenensis), que tenía una marcha bípeda bastante parecida a la nuestra. Pero, sin embargo, fue cuestionado como homínido poco después.

Mejor suerte ha corrido el Ardipithecus ramidus, cuyos restos fósiles (encontrados en Etiopía) aún se están investigando en la actualidad, y del que no se ha encontrado ninguna evidencia negativa, aunque tampoco ninguna certeza absoluta. Esos restos nos hablan de una antigüedad de unos 4,5 millones de años. La diferencia, aparentemente mínima con otros simios de su época pero que le hace ser más “humano”, es que sus caninos se habían comenzado a reducir, de tal forma que, siendo el rasgo propiamente humano más antiguo que se conoce en estos primates, podríamos decir que nosotros procedemos de esta especie o de otra similar.

Hasta hace bien poco se pensaba que el Australopithecus era el homínido más antiguo, al que se atribuían vagamente varios millones de años desde su aparición y que se habría extinguido hace unos 900.000 años. Si bien las fechas no eran en principio muy rigurosas, había, desde su descubrimiento, certezas sobre su existencia muy importantes. Vivió exclusivamente en los dominios africanos, imponiéndose al medio desfavorable merced a la fabricación y uso regular de herramientas. Tenía algunas características humanas: el tamaño del cerebro había aumentado con respecto a otros antropoides, la mandíbula se sustituyó por una curva continua sin colmillos salientes en los extremos, y la anatomía de las caderas y de los pies le permitieron mantenerse de pie y andar como un bípedo. Hoy se sabe que estas modificaciones de los Australopithecus (tan importantes que sólo han cambiado detalles pequeños del esqueleto humano hasta hoy) se remontan hasta los 3 ó 4 millones de años, y, dependiendo de sus características a partir de los restos fósiles encontrados, se ha podido hablar de varios tipos de esta especie bien diferenciados.

El más antiguo de los Australopithecus que se conocen, hoy por hoy, fue descubierto hace unos años a partir de unos fósiles de Kenia, en la cuenca del lago Turkana. Se trata del Australopithecus anamensis, que vivió entre 4,17 y 4,07 millones de años ha. Se le considera el primer homínido cierto (sin nigún tipo de duda) que ha existido. No obstante, tampoco es segura nuestra procedencia directa de este Australopithecus, aunque sí lo es que procedemos, si no de éste, de algún simio del mismo tipo. Más moderno (hasta hace poco considerado el Australopithecus más antiguo) es el llamado Australopithecus afarensis, definido a partir del descubrimiento en 1974 por Donald Johanson y los arqueólogos franceses Yves Coppens y Maurice Taïeb, en la región de Afar en Etiopía. Se trataba de un esqueleto, conservado casi entero (cosa nunca vista), de una niña prehistórica llamada la pequeña Lucy4, con 3,4 millones de años de antigüedad. Además, se han encontrado igualmente restos de afarensis en Tanzania, en el famoso yacimiento de Olduwai, y en África del Sur. Esto es lo que ha permitido llegar al conocimiento de que el Australopithecus afarensis vivió entre hace 4 y 2,9 millones de años, tenía una alimentación casi exclusivamente vegetariana y sus características físicas más importantes se resumían en una capacidad craneal de 500 centímetros cúbicos y una altura entre 1,10 y 1,35 metros; teniendo pues, a pesar de la características humanas anteriormente mencionadas, un aspecto esencialmente de simio. Pero, el bipedismo5 se constituyó en una gran fuerza que permitió abrir nuevos caminos. Se pudo mejorar con él la visión panorámica del territorio y la propia vista, además de que suponía una liberación en las manos, que se podían emplear para otras cosas: recolección, creación de intrumentos, etc. Además, estas manos presentaban dedos más anchos y yemas más amplias que en los demás primates, lo que permitió una mejor manipulación de los objetos. Todo esto requería, precisamente, una mayor capacidad craneal.

En función de la variación de peculiaridades en el cráneo y dientes apareció otra variedad de Australopithecus : el africanus, cuyos fósiles datan de entre 3 y 2,5 millones de años. Diversos autores han considerado también otras variedades de Australopithecus, como el robustus y el boisei; aunque hoy se considera más bien que forman una especie aparte, aunque muy parecida corporalmente a los Australopithecus, denominada Parantropus, con una gran especialización en su aparato masticador. Así se habla hoy del Paranthropus aethiopicus, y de los mencionados boisei y del robustus, que vivieron hace 2,6 millones de años, estuvieron más adaptados a los espacios abiertos (a las sabanas, a partir del cambio climático), y fueron contemporáneos de las primeras especies humanas.

No obstante, a pesar de todo lo anterior, no se ha podido demostrar que estos marchadores erectos Australopithecus fueran los auténticos antepasados de los humanos actuales, ni que, tal y como se creía hace unos años, seamos herederos de ellos. En realidad, los restos fósiles más antiguos de seres con características propiamente humanas (luego veremos por qué), que son los llamados homo, se remontan a unos 2,3 millones de años, según los descubrimientos en el lago Turkana, en Tanzania, y en Etiopía, aunque se piensa que pudieron aparecer hace cuatro millones de años y que duraron hasta hace 1,3 millones de años. Llegaron a coexistir, por tanto, estos primeros homo con los Australopithecus por lo menos un millón de años, lo que ha planteado no pocas dificultades para la investigación y sugestivas interpretaciones (especialmente la que hace referencia a una pretendida guerra entre especies). Entre los homo, el más antiguo es el llamado Homo habilis, que muchos consideran sucesor del Australopithecus africanus, y que vivió hasta hace 1,3 millones de años. Sus yacimientos más antiguos se encuentran también en Olduwai y se distinguía por su gran cerebro, un cráneo redondo (de hasta 660 cc.) y una cara verdaderamente humana. La diferencia con los Australopithecus es, además del cerebro mayor, que la estructura de la articulación de la pelvis y de la cadera en el Homo habilis es semejante a las del hombre de la actualidad, mientras que en aquéllos el cuello del fémur es más largo (lo que impedía el nacimiento de niños con un cerebro más grande).

El Homo habilis es el primer simio que pasa del medio del bosque lluvioso a espacios secos y abiertos (sabanas). Un cambio muy importante que permite que los homo —diferencia esencial con los póngidos— puedan vivir después en todo tipo de regiones. Además, es protagonista también de un cambio sustancial, como es su alimentación omnívora, frente a la vegetariana que caracterizaba a los Australopithecus. Pero lo más importante es que llegó a golpear una piedra contra otra para producir un filo, lo que le permitió, entre otras cosas, cortar la carne, produciendo con ello un cambio importante en la dieta y, con él, en el nicho ecológico. En una palabra, el Homo habilis tenía una característica muy típica perteneciente a los humanos: estaba dotado de capacidad para idear y crear objetos que no proporcionaba por sí misma la naturaleza, y que le eran funcionales. Un paso enorme para la humanidad.

Además, algo extraordinariamente importante. Los grupos de Homo habilis tenían una cierta complejidad, con una cohesión interna que facilitaba la vida grupal y unas primeras relaciones sociales entre los individuos. Por todo ello, tenían la capacidad de crear cultura, y esto era un salto cualitativo importantísimo; además de que, fisiológicamente, estaba relacionado con el aumento de la capacidad craneal. Precisamente esto último es lo que puede explicar que fuera proporcionalmente mayor el crecimiento del cráneo en los homo que en los Australopithecus, que ya de por sí, como hemos visto, habían aumentado bastante a partir del bipedismo.

Todas estas especies que hemos mencionado vivieron hasta el Pleistoceno Inferior y parte del Medio, dentro del Paleolítico Inferior. Aquella imagen tradicional que todos hemos tenido de que se alimentaban de la caza de grandes animales conseguida a través de trampas y grandes bandas organizadas, ha pasado a la Historia (o, mejor dicho, ya queda fuera de la Historia). Aunque menos atractiva, es más real la imagen de estos primeros homo, según se desprende de las investigaciones actuales, obteniendo carne a través del carroñeo de las presas que habían hecho otros carnívoros, sobre todo por las limitaciones técnicas que impedían una actividad cazadora. Además, no hay ninguna razón objetiva para pensar que grupos de —relativamente— pequeños humanos arriesgaran su vida para cazar grandes animales peligrosos, cuando no podían consumir de su carne más que una parte bastante pequeña, ante la inexistencia de sistemas de conservación y almacenamiento. Es una pena, pero hay que admitir que no sólo comíamos lo que podíamos a partir de los animales ya muertos, sino que, además, según se ha constatado, se trataba de las partes menos apetitosas que eran despreciadas por otros carroñeros. Así, por duro que parezca, nuestros antepasados, carroñeros marginales, tenían que esperar a que se saciaran animales como las hienas o los buitres, para poder acceder a la alimentación. Por lo demás, la caza, no llegaría hasta hace unos 200.000 años, en la transición entre el Paleolítico Inferior y el Medio.

Hasta entonces, se tuvieron que dar todavía grandes cambios en la evolución humana. El siguiente homo más próximo en el tiempo sería, según las últimas investigaciones, el Homo ergaster, que muchos autores identifican con el Homo erectus. Va a ser muy diferente de todos los homínidos que hemos visto hasta ahora, así como también del Homo habilis, por varios motivos. A pesar de que desciende de éste (esta línea evolutiva sí está clara), su altura ha variado sensiblemente, llegando hasta los 1,70 metros, con una capacidad craneal entre 900 y 1.300 centímetros cúbicos, características éstas que ya por sí mismas le acercan mucho más a nosotros. Se cacula que vivió aproximadamente entre hace 1,8 y 1,6 millones de años. Es, sin duda, el homo por excelencia de la época plena del Paleolítico Inferior, y a partir de él —cuestión importante— ya es claro que los cambios en la especie humana son debidos a los factores de adaptación técnica y sociocultural, y no por razones ambientales. La distinción que algunos autores, como Arsuaga, hacen con el Homo erectus (al que durante mucho tiempo se llamó Pitecántropus) se basa en que éste tenía un cráneo ligeramente más robusto y su existencia se había desarrollado propiamente en Asia6. De esta forma, sobrepasamos aquí el marco propiamente africano, el más antiguo, sin duda, de los antecesores de los hombres actual. A partir de este momento los homo son capaces de expandirse por otros continentes, demostrando con ello sus posibilidades (limitadísimas en otras especies) de adaptarse a otros ecosistemas más allá del medio ecuatorial.

Así, desde África se produjo hace más de un millón de años una expansión de sus homínidos evolucionados, u homo, hacia Oriente Medio (a través del Sinaí), Asia y Europa. Sólo América y Oceanía, sin ninguna conexión continental con África, quedaron fuera, de momento, de esta espectacular migración. Los restos más antiguos que se conocen de este homo erectus en Asia se han encontrado en los yacimientos de Yuangmou, Java, con dataciones que van desde los 1,7 a 1,3 millones de años, y de Zhoukoudian, en China, donde se han encontrado también restos de Homo sapiens y de seres humanos idénticos a nosotros de entre 120.000 y 30.000 años.

Pero, además de las espaciales, hay otras características muy importantes del Homo ergaster que van a tener trascendentales consecuencias para él y sus sucesores. Es quien primero fabrica los bifaces, o, como dicen los arqueólogos, el Modo Técnico II, que consiste en tallar la piedra, haciendo las correspondientes lascas, para utilizarla como instrumento por los dos lados (el Modo Técnico I se refiere, como ya habrá pensado el lector, a un solo lado). En su complejidad (se requieren capacidades mentales elaboradas, como la simetría, para idear estos instrumentos) supone un salto cualitativo importantísimo para el desenvolvimiento del homo en su medio y para perpetuar la especie. Esto es lo que se ha llamado clásicamente en Prehistoria la cultura Achelense7, originada hace un millón y medio de años, y quizás la más significativa (por los cambios que produjo) de las que se surgieron a lo largo de todo el Paleolítico.

Nos podemos preguntar cómo se pudieron llevar a cabo avances tan espectaculares como éstos. Y es que el Homo ergaster contó ya con un elemento esencialmente diferenciador: fue capaz de comunicarse con símbolos con sus semejantes a través de una forma elemental de lenguaje, lo que le permitió desarrollar a un ritmo evolucionadísimo, comparado con el de otros antropoides, sus capacidades cognitivas.

No es que otros predecesores, o incluso los simios y otros animales, no emitieran sonidos con una idea primitiva de la comunicación. Lo que distinguió —y distingue— a los humanos es la gran complejidad y especialización alcanzada con la puesta en práctica de estas facultades. Y esto vale para el lenguaje y para otras habilidades esenciales que hemos visto como el bipedismo, por ejemplo. El desarrollo del lenguaje, además, va a afectar a aspectos fisiológicos. Así, la forma arqueada de la base del cráneo, característica propiamente moderna, se alcanzó en el paso de los Homo erectus al Homo sapiens antiguo, hace unos 300.000 años, ya que esto permitió una laringe baja, con la que emitir sonidos más articulados.

Por esas fechas se debió de acceder también al control del fuego (no se sabe muy bien si por la simple conservación del mismo o por su creación), lo que obviamente, supuso cambios muy importantes. Entre ellos, aunque no es en lo primero que pensamos, hay que contar de forma prioritaria con que las primitivas hogueras centralizaban las actividades del campamento de humanos, jerarquizando a su vez el espacio de ocupación. Ahora había una mayor complejidad de la vida social, en la que se estimulaba el desarrollo del lenguaje; independientemente de que, además, se favoreciera la creación y desarrollo de nuevos instrumentos. Y eso, sin tener en cuenta las enormes ventajas del fuego para la cocción de alimentos (lo que supuso una mejora notable en la dieta), para la protección del frío, y, cosa muy importante, para ahuyentar a los animales peligrosos y poder formar grupos más grandes frente a otros competidores. Todo esto estimuló también, obviamente, las necesidades de comunicación, y produjo igualmente los cambios fisiológicos suficientes para la creación y desarrollo cada vez más elaborado del lenguaje.

Sin duda uno de los hallazgos más espectaculares que se han realizado en los últimos años, directamente relacionado con los famosos trabajos de Atapuerca, es la constatación de la presencia en Europa de un homo que sería el antecesor de los neandertales y cromañones por sus especiales características, que todavía se están estudiando en profundidad8. La denominación científica que se le ha impuesto es la de Homo antecessor y, según los descubrimientos de los restos fósiles del yacimiento burgalés, concretamente en la zona de la Gran Dolina, su antigüedad se elevaría a los 800.000 años, lo que convierte a estos restos en los más antiguos de Europa de los antecesores del hombre actual. Con una capacidad craneal de unos 1.000 centímetros cúbicos, y a pesar de que no había llegado al Modo Técnico II, estaría incluso más cerca del Homo sapiens que de otra especie. Por lo que se sabe hasta ahora podría ser el antecesor común (de ahí el nombre) de los dos tipos de sapiens: sapiens neanderthaliensis y sapiens sapiens. Por otro lado, la aparición de otros fósiles humanos también en Atapuerca, esta vez en la llamada Sima de los Huesos, con más de 300.000 años (es decir, dentro del Pleistoceno Medio) ha aportado interesantes descubrimientos. Estos restos han permitido, después de los correspondientes estudios, situar a los homínidos de esta zona en la línea evolutiva cuyo eslabón siguiente es el Homo sapiens neanderthaliensis. Esto significa la constatación de la existencia de un proceso de evolución de ámbito local, circunscrito a la región prehistórica europea.

Siguiendo con nuestro viejo continente, entre hace 800.000 y 400.000 años se fueron utilizando, después de una cultura de lascas y rascadores, las primeras hachas de mano en Europa. Muy atrás quedaban los primeros utensilios muy rudimentarios de sílex y guijarros (la llamada Pebble-Tool Culture o cultura de los guijarros) limados primero por un lado, con percusión directa (dentro de la llamada Etapa Chelense), y, más tarde, como ya hemos mencionado, por todos los extremos: Achelense; es decir, el Modo Técnico II.

Dentro ya del Paleolítico Medio, y coincidiendo con el Pleistoceno Superior, va a aparecer, en una línea independiente del Homo erectus, el Homo sapiens neanderthaliensis, los llamados neandertales, dentro a su vez de la etapa de instrumentos Musteriense. En esta etapa los utensilios están adaptados a la mano y se dan gran número de raspadores y puntas, dentro de una corriente de fabricación de utensilios mucho más elaborada. Además, representa este homo el primer tipo humano que se conoce con una vida lo suficientemente compleja no sólo para manejar el fuego, sino para enterrar a sus muertos, mostrando diversos comportamientos rituales. Se calcula que los Neandertales aparecieron por primera vez hace unos 127.000 años (aunque esta fecha se puede alargar hasta los 200.000) y vivieron hasta hace 30.000 años aproximadamente.

De hecho, tenemos restos en Eurasia occidental datados en 33.000 a.C. y su presencia se constata entre Oriente Medio y Centroeuropa. Se han encontrado testimonios directos en España, Israel, Líbano, etc. Además, los últimos descubrimientos en el sudoeste de Francia han constatado la existencia de grupos de neandertales más ligados por su vida material al Paleolítico Superior, lo que les acercaría más a la consideración de primeros pobladores modernos.

Como estamos viendo, tanto neandertales como sus supuestos sucesores, los cromañones, pertenecían a la misma especie, los Homo sapiens. Y esto es importante. De hecho, las únicas diferencias de ambos con el hombre actual es que su esqueleto era pesado y fuerte, con unos dientes grandes, y un rostro prominente. En realidad, al contrario de lo que se pensaba anteriormente, los cromañones —que, parece ser, procedían, en vez de Europa, de África— no descendían de los neandertales, e incluso convivieron como dos especies separadas durante un espacio de 10.000 años (entre el 40.000 y el 30.000 a.C.). Estos últimos tenían una apariencia más robusta e incluso una capacidad craneal ligeramente mayor, pero se adaptaron peor al medio, tanto por emplear los cromañones un modo técnico más desarrollado (el Auriñaciense), como por hacer frente éstos con eficiencia a los rigores climáticos. Esto se debía a su mejor organización a través de la utilización de un sistema extraordinariamente hábil y desarrollado para transmitir la información, con una capacidad única para manejar símbolos, y que, en última instancia, permitió la utilización de un evolucionadísimo lenguaje articulado. Pues bien, este lenguaje sólo se pudo emplear a partir de una reducción de la cara que no sufrieron los neandertales. Su mayor tamaño y su evidente corpulencia les hacía tener unas mayores necesidades respiratorias, lo que les impidió el “avance” anterior. En la Península Ibérica, los neandertales ocupararon en aquel periodo de convivencia la mayor parte de su superficie, la región bioclimática mediterránea, mientras que los cromañones ocupaban la franja del norte, la llamada región eurosiberiana.

Durante mucho tiempo ha habido una especie de prejuicio contra los neandertales que partía de la idea de que, con sus rasgos arcaicos, estaban condenados a desaparecer ante las características inequívocamente más modernas de los cromañones. Últimamente se tiende a pensar, sin embargo, que aquéllos desarrollaron capacidades bastante adelantadas, además de que tenían, como hemos visto, una capacidad craneal mayor. Construyeron hábitat complejos, decoraron, incluso, sus intrumentos, y, en definitiva, desarrollaron tecnologías propias del Paleolítico Superior y no del Medio. Lo que no hace sino abundar en la idea de que, en realidad, no se sabe con exactitud la forma en que se extinguieron estos primeros Homo sapiens.

Los cromañones eran una subespecie del Homo sapiens sapiens. Se llama —erróneamente— en muchas obras a éste último, no obstante, el Homo de Cromagnon, que, ciertamente, es el más conocido de los sapiens sapiens, y que ocupó las regiones más frías, coincidiendo con el comienzo del Paleolítico Superior (hace unos 40.000 años) en Europa. En el continente africano se ha llegado a constatar últimamente, no obstante, la existencia de este homo hace unos 100.000 años. De esta forma, el sapiens sapiens se constituye en el homo más actual, con unos rasgos ya prácticamente iguales a los del hombre contemporáneo. De hecho, son humanos anatómicamente modernos, con rasgos bien definidos como la estatura elevada, la frente recta, y el mentón marcado. Por otro lado, un acontecimiento natural muy importante que se dio con la presencia de los cromañones fue la aparición y el retroceso de las glaciaciones continentales. Estos movimientos dejaron al descubierto algunos pasos entre continentes e islas, y facilitaron la expansión humana. Es así como se produce la primera expansión masiva de homo desde Asia hasta América por la vía del estrecho de Bering.

En cuanto al empleo de instrumentos, con el Homo sapiens sapiens se dan las etapas más evolucionadas del Chatelperroniense, Auriñaciense, Gravetense, Solutrense y, sobre todo, Magdaleniense (gran desarrollo de la industria de huesos, con el arpón como elemento significativo, y del arte mueble). Ahora hay un cambio muy significativo en la cultura material. Se utilizan los utensilios compuestos, en los que se combinan la piedra y los materiales orgánicos distribuidos por su función en diversas partes de la herrramienta, como importante avance en la tecnología humana. Además, en esta época del Paleolítico Superior ha reconocido la arqueología formas más complejas de organización social. En la Europa oriental se han encontrado tumbas de comunidades y terrenos de poblados organizados; así como determinados objetos artísticos y de ornamentación personal. Los ajuares, junto con tres esqueletos de entre diecisiete y veintitrés años, descubiertos en Dolni-Vestonice (República Checa) constituyen el ejemplo más fabuloso de todo ello. En España, han aparecido restos de Cromañón en Urtiago y El Pendo. En Europa en general, ha sido muy importante el descubrimiento de los restos de Grimaldi (Mónaco), o Chancelade (Francia).

Es evidente, después de todo lo anterior, que hay que descartar aquella idea muy extendida de una única línea evolutiva de la especie humana. Los caminos de la evolución, en ocasiones continuados, fueron también distintos, existiendo todavía grandes espacios en blanco en las diferentes líneas evolutivas. Ahora bien, cabe preguntarse si el ser humano está todavía o no en un proceso evolutivo.

La respuesta a esta importante cuestión tiene mucho que ver con lo que vamos a ver a continuación: el nacimiento de los procesos de socialización que empiezan ya en la Prehistoria. En este primer periodo de la existencia del hombre sobre la tierra, la mera supervivencia, como vamos a ver, no sólo fue lo fundamental, sino prácticamente el único impulso para el desarrollo. Pero, con éste, llegaron también, a través del tiempo, las nuevas estructuras sociales y la aparición posterior de las distintas culturas. Culturas que, obviamente, son propiamente humanas, y que sitúan a la especie por encima de otros seres de la naturaleza. Este componente, cada vez más fuerte, social y cultural es lo que ha hecho al hombre ser muy diferente entre su medio natural. Y es lo que ha obrado el gran milagro (antinatural) de que el hombre ya no esté hoy inmerso en un proceso de evolución, por lo menos tal y como lo entendía Darwin. Según este “gran padre” de la teoría de la evolución9, para que se dé ésta tiene que haber selección natural, en la que los débiles van sucumbiendo ante la mayor pujanza de los fuertes, y así se va evolucionando. Con cuestiones como la superación de la mortalidad infantil, el hombre ha roto esa tendencia de la selección natural, porque ha superado lo que era una constante en otras especies y en él mismo hace relativamente poco. Algo de lo que, ciertamente, puede estar orgulloso, con lo que, como vamos a comprobar en otros capítulos de nuestra Historia, no todos son sombras y espacios de culpabilidad en el pasado de los hombres. Además, desde el punto de vista cultural, el hombre ha ido asimilando cada vez más la idea de que hay que proteger a los débiles, lo que igualmente rompe esa selección natural. Aunque muchas veces no hay que contradecir a la naturaleza, en este caso lo cultural ha vencido a lo biológico, y así se ha conseguido romper el proceso de la evolución, por la voluntad del hombre al considerarlo culturalmente mejor.

De todas formas, bien mirado, el planteamiento se puede poner al revés y ser igualmente válido. La naturaleza ha provisto al hombre de la capacidad de generar una cultura para que domine su propia evolución, lo que es ya, de por sí, una mera evolución natural. La valoración final la dejamos en manos del lector. Entre tanto, es tiempo ya de ver cómo se van creando esos espacios de sociabilidad y de cultura tan importantes y trascendentes.

Las formas de vida en el Paleolítico

El gran desarrollo de la visión (por encima del olfato y del oído), el todavía más importante aumento del cerebro, y con ello la capacidad de pensar, así como, posteriormente, la utilización de símbolos y del lenguaje, propicia el que el hombre llegue a dominar, al principio poco a poco, a las demás especies de la naturaleza. Con el tiempo va siendo capaz de utilizar instrumentos cada vez más evolucionados (coups de poings, armas, etc.) y de vivir en distintos ecosistemas adaptándose a las más variables y duras condiciones climáticas. Bípedo desde siempre (uno de sus elementos, como hemos visto, diferenciadores), el hombre continuamente ha sido omnívoro y recolector, factores que también actuaron en su beneficio.

Precisamente una de las ideas más importantes de este gran periodo del Paleolítico es que el hombre es fundamentalmente depredador de la naturaleza, a través del carroñeo, la caza y la recolección. Es, con mucho, el tipo de economía predominante de esta época. Una economía, por supuesto, de subsistencia (el hombre adquiere bienes con el objetivo casi único de su propia subsistencia), con un carácter muy amplio de aleatoriedad, ya que no es dueño de su propio destino económico, y está constantemente en función de los factores naturales y de su propia contextualización y evolución. Aunque, según las últimas investigaciones, no había crisis alimentarias permanentes en la Prehistoria10 como se creía. A partir de los estudios dentales de los restos hallados, no parece que el hambre fuera una causa principal de mortalidad en el Paleolítico. Sólo se producían las hambrunas cuando existía un desequilibrio, y sabemos que el hombre intentó mantener unas densidades de población muy bajas para no romper el equilibrio respecto a los recursos. Tampoco hay constancia de enfrentamiento generalizado, es decir, de la guerra (al menos, organizada), en el Paleolítico, ya que estos conflictos aparecen con el concepto de territorialidad, cuando hay grupos sedentarios que definen sus territorios. Obviamente, éste no era el caso del nomadismo paleolítico. Aunque sí hay muestras de canibalismo; por mucho que no se pueda generalizar este comportamiento ante la escasez de pruebas encontradas. Lo que no se sabe de manera exacta es si la carne humana era comida después de muerta o si había un acto de agresión para procurarse esta ingesta. Ni tampoco si esto formaba parte de un ritual o no. Lo único seguro es que se han encontrado señales inequívocas de humanos despiezados con instrumentos, según patrones de carnicería.

A pesar de la inexistencia de crisis generalizadas de susbistencia, la esperanza de vida es evidente que era muy reducida, siendo muy difícil que se pudieran superar los cuarenta años. Además, eran muy pocos los que se podían contar entre los que habían superado la treintena. Después de la actividad carroñera que ya hemos descrito, es en el Paleolítico Medio cuando aparecen realmente los primeros cazadores-recolectores organizados en bandas pequeñas y autosuficientes. El nomadismo que es inherente a estas actividades requiere una baja densidad de población, que se suele situar por debajo de un habitante por kilómetro cuadrado, e incluso puede que llegue al 0,3. Eso sí, la organización social de estos pequeños grupos estaba basada en las relaciones de parentesco, y no había jerarquización, lo que quiere decir que, en principio, estaríamos ante pequeñas sociedades igualitarias.

Durante los primeros tiempos de caza, y así durante miles de años, se organizaba el hombre en pequeñas bandas para cazar animales sin domesticar: mamut, caballo, ciervo, etc. Animales de los que obtenía alimento y vestido, y que utilizaba también como fuente de recursos con las actividades propias del carroñero y con la recolección de alimentos como las gramíneas. Estas actividades las llevaba a cabo de forma igualmente aleatoria y sin ninguna previsión de producción de futuro, ya que el cultivo no aparece hasta el Neolítico. La población, lógicamente, tenía que buscar un equilibrio natural entre número de habitantes de un lugar o de una tribu determinada y recursos alimenticios, lo que hacía que, para evitar problemas de subsistencias, el número de cada tribu, o grupo humano cuyos integrantes convivían juntos de una forma más o menos permanente, no fuera elevado: se ha calculado que unas cuarenta o cincuenta personas. Un número que, seguramente no por casualidad, no difiere mucho de la situación de los llamados primitivos actuales en distintas zonas del mundo. El nivel de organización política y social estaba, por tanto, poco evolucionado, siendo los rituales las formas de expresión no esencialmente económicas más complejas, dentro de un mundo muy agreste.

Al final del Paleolítico Superior cambia el clima como consecuencia del final de la Cuarta Glaciación, lo que, en el mundo mediterráneo, hace variar también las formas de vida. El hombre sale al exterior de las cuevas y empieza a vivir en abrigos (espacios enormes de una roca orientados hacia el exterior, y mucho más anchos que profundos). Su alimentación varía como consecuencia de una caza ahora de animales de más reducido tamaño, debido a las migraciones por esos cambios climáticos. Sigue siendo también recolector, y aparecen los concheros (depósitos de conchas, moluscos y peces de los que se alimenta). Es durante el Magdaleniense cuando se accede, pues, a una caza especializada, acompañada de la explotación de nuevos recursos, como el marisqueo (que cada vez fue tomando una importancia mayor), la pesca (al principio más bien caza de peces) o la recolección, así como una vida mucho más espiritual que tiene como fruto, entre otras manifestaciones, el gran arte parietal.

No obtante, hubo siempre una cierta complejidad en la vida del hombre paleolítico. Con una forma de vida primero en cuevas y abrigos, luego en palafitos y otras construcciones simples y endebles, llegó a producir manifestaciones artísticas importantes. Es en el Paleolítico Superior cuando se dan las primeras obras de arte de la humanidad: las pinturas rupestres. Con un fin básico de carácter mágico y propiciatorio de la caza, a través de los más sencillos instrumentos (manos, crines, etc.), se llevan a cabo decoraciones (más que propiamente pinturas) de las paredes de las cuevas. Se aprovechan sus concavidades y convexidades para dar mayor sensación de volumen y forma a los objetos representados, con una expresividad verdaderamente notable, a pesar de no emplear colores derivados. En la actual Dordoña, en Francia (en lo que se llama la región histórica del Périgord) y en la franja cantábrica española (de las 120 cuevas decoradas en España, 90 están en esta franja11) se encuentran las regiones del mundo con más testimonios paleolíticos y muestras del arte rupestre. Como es sabido, el santuario de Lascaux, una de las cumbres del arte universal, contiene figuras animales realmente sorprendentes; y Altamira con sus bisontes es considerada como la Capilla Sixtina del arte rupestre.

Más adelante, en las últimas etapas del Paleolítico Superior, el Solutrense y el Magdaleniense, aparece la escultura primitiva. Con unos materiales también sencillos (hueso, piedra, marfil, etc.) se llevan a cabo esculturas de bulto redondo que representan sobre todo la figura humana, destacando las llamadas venus paleolíticas. Su finalidad, con sus órganos sexuales exagerados, pudo ser la persecución de la fecundidad (como se puede ver en las famosas Venus de Willendorf, Lespugue, Laussel y otras muchas), aunque también, simplemente, un reflejo de la realidad en un mundo tan distante de la pasión actual por el aspecto físico.

La Revolución Neolítica

El autor que más ha contribuido para conocer el siguiente gran periodo de la Prehistoria que ahora abordamos, llamado Neolítico, es sin duda Gordon Childe, particularmente con obras publicadas en los años treinta del siglo pasado12. Aunque bien es verdad que algunos de sus planteamientos más importantes han sido cuestionados en los últimos años, de acuerdo con las más recientes investigaciones. Este autor británico introdujo el concepto de Revolución Neolítica, según el cual, con la aparición de este periodo histórico del Neolítico (llamado así tradicionalmente porque se hacía referencia a un nuevo tratamiento de la industria lítica, a partir del pulimento de las piedras) se produjo una radical transformación, o revolución, en las sociedades humanas. Los hombres cambiaron muy sustancialmente —de manera estructural— los principios económicos para su subsistencia, lo que significó una variación total en las formas de vida. La aparición de la agricultura y la sedentarización fueron dos fenómenos tan importantes que, a partir de entonces, ya nada sería igual que lo anterior. Se pasó (con una intensidad en el cambio sólo comparable en la Historia de la humanidad a la Revolución Industrial de finales del siglo XVIII) de una economía depredadora-recolectora de la naturaleza (una economía, en definitiva, destructora) a una economía productiva. En esta nueva situación el hombre trabajaba pensando en disponer en el futuro de alimentos, mediante una planificación adecuada de los recursos naturales orientados hacia aquel fin, por medio de la agricultura y la ganadería. El resultado, como se puede ver fácilmente, era la adquisición de algo en lo que muy seguramente venía pensando desde hacía largos años: la inequívoca tendencia a la seguridad material o económica a partir de la disposición de los alimentos suficientes.

Muy buena parte de todo esto es cierto, y se somete a pocas discusiones, a pesar del acendrado materialismo histórico que encierra aquel concepto de la Revolución Neolítica13. Ahora bien, al contrario de lo que argumentaba Childe, esta transformación no iba a ser uniforme ni caracterizada en todos los sitios por los mismos rasgos básicos. Desde sus planteamientos, el Neolítico significaba la implantación más o menos sincrónica de fenómenos tan cruciales como la vida sedentaria en las aldeas (el hombre pasa de nómada a sedentario, esencialmente), una economía, como hemos visto, de producción de alimentos, la utilización de instrumentos de molienda líticos y, por último, el uso extendido de la cerámica. Estos serían, pues, los rasgos funadamentales típicos del Neolítico. Sin embargo hoy en día no se cree que hubiera una única linea evolutiva de implantación de cada uno de ellos, ni que todos tuvieran que haber sucedido de acuerdo con esa relación de causa-efecto en la misma línea de progreso. Dicho de otra manera, no todas las sociedades habrían tenido que pasar por los mismos estadios de desarrollo que marcaba Childe. Además, no está hoy muy claro si fue indefectiblemente la agricultura lo que condujo a la sedentarización, o al revés, si se dieron primero estas nuevas actividades económicas que la renovada industria lítica o la cerámica, etc. De hecho, las sociedades cazadoras-recolectoras tenían muchas ventajas (entre ellas, la satisfacción de casi todas las necesidades de los individuos del grupo), por lo que es errónea esa imagen tradicional del paso a la agricultura, nada más conocerla, a partir de la miseria y la aleatoriedad que entrañaba la caza y la recolección. Eso sí, lo que no cabe duda es que la alfarería supuso un cambio importantísimo para la humanidad, ya que no sólo supuso un avance en el dominio del fuego, sino que fue la primera transformación de la composición química de la materia (ya no sólo se cambiaba su forma), con lo que se daba un paso más en el control de la naturaleza por el hombre. Además, en el Neolítico se produjeron los primeros tejidos, primero a partir de productos vegetales, y después animales.

El cuadro de los efectos de los diferentes logros neolíticos según aquel esquema que enunció Childe se fue desdiciendo, pues, a medida que los arqueólogos fueron excavando los restos de las primeras aldeas. Se vio entonces la gran complejidad y diversidad de situaciones, y se confirmó que la Revolución Neolítica no había sido ni instantánea ni uniforme. En una palabra, se vio claro que la agricultura no había tenido que ser obligatoriamente un prerrequisito para la sedentarización en aldeas y que éstas no siempre eran agrícolas.

Algunos autores, ante estas evidencias recientes, con respecto a la interpretación anterior, han introducido una serie de nuevos conceptos que revelan la diversidad de situaciones: Neolítico precerámico o acerámico (con agricultura y ganadería pero sin cerámica); Protoneolítico (se está operando el cambio entre la economía destructiva y la productora); y Subneolítico (se mantienen todavía formas de vida mesolíticas aunque se hayan adoptado ciertos aspectos tecnológicos de los vecinos neolíticos). Además de todo esto, hay que tener en cuenta que la agricultura y la ganadería se inventaron varias veces, en lugares distintos del globo y en épocas diferentes.

Así, está comúnmente aceptado que hubo cinco grandes focos del Neolítico: el Creciente Fértil (el más antiguo), el norte de China, el sudeste asiático, México (donde se empezó a cultivar el tomate y el maíz), y la región andina.

El desarrollo del Neolítico

En el 10.000 a.C., aproximadamente, en el principio del Holoceno, acabó la última glaciación y hubo una mejora generalizada del clima que propició grandes cambios, como una mayor flexibilidad de los grupos humanos para asentarse. Se conoce como Mesolítico al periodo que va desde el final de la última glaciación hasta la aparición de la agricultura. En él se dio una gran adaptación al medio y un gran desarollo de las actividades de la caza (con el gran prefeccionamietno de los proyectiles, por ejemplo) y la recolección. Ello produjo un crecimiento generalizado de la población ante la satisfacción de las necesidades materiales más perentorias. Además, en el Mesolítico se dio la verdadera pesca (no sólo la caza de peces) con redes, nasas, etc., y comenzó la navegación. En cuanto a los importantísimos progresos de la recolección, fue en Oriente Próximo, donde se llegaron a utilizar molinos de mano.

Mucho más negativa en este tiempo fue, sin embargo, la aparición de la guerra, constatada a través de distintos testimonios (esqueletos con muestras de violencia, e incluso representaciones en paredes y monumentos líticos), y consolidada definitivamente más tarde, en el Calcolítico, cuando los guerreros empezaron a ocupar los puestos más altos de la organización social. Por otro lado, con la sedentarización propiciada por la agricultura hubo un crecimiento demográfico verdaderamente espectacular. Un cambio que, igualmente, sólo es comparable en la Historia de la Humanidad a partir de la revolución demográfica de principios del siglo XIX. Con el Neolítico se produjo, además, una “aceleración” de la Historia en el sentido de que, desde entonces, se van a producir muchos más cambios (en una docena de milenios) que en los varios millones de años de presencia del hombre sobre la Tierra.

La meseta del Irán es el primer lugar de aparición del Neolítico (donde surgieron primero la agricultura y la ganadería), junto con las zonas al sur del mar Caspio, Siria, Palestina (parece ser que fue el valle del Jordán el primer lugar donde se empezó a practicar la agricultura, a finales del IX milenio) y la meseta de Anatolia. Zonas, todas éstas, en las que se dan de forma espontánea las especies básicas para la agricultura y ganadería. Sería, pues, en torno al final del IX milenio antes de Jesucristo cuando se empezaron a domesticar los cereales, primero los arcaicos y más silvestres, como la esprilla y la escanda, y luego los tradicionales (trigo y cebada) y diversas legumbres, así como las ovejas y las cabras, y, posteriormente, vacas y cerdos. De allí se difundió el Neolítico por vía terrestre y marítima a centros donde lo llegaron a desarrollar en toda su plenitud. Por tierra, por ejemplo, se extiende hacia Oriente (Mesopotamia) y hacia Occidente (Tracia Macedonia y Tesalia en el VI milenio), hasta llegar al Danubio y la región de Belgrado, el sur de los Balcanes y Rumanía. Por mar llega hasta Egipto (V milenio). Creta y Chipre también reciben influencias por este medio, así como el sur de Italia y Sicilia. En el V milenio a.C. la difusión del Neolítico llega hasta la costa magrebí, el Levante español, Francia y Liguria.

Las hipótesis que se han barajado sobre el nacimiento de la agricultura se han centrado, principalmente, en los cambios climáticos, que determinaron espacios naturales más propicios y el crecimiento de la población. Parece ser que la agricultura se fue introduciendo lentamente (hoy se descarta la idea de que alguien la inventara “de una sola vez” merced a una brillante idea). Su éxito se debió probablemente a las ventajas adaptativas que proporcionaba una vez probada su mayor eficacia respecto de otro medio de subsistencia. Aunque se debe tener en cuenta, según esta perspectiva, que el cambio no fue siempre unidireccional en el sentido depredación-producción. En algunos momentos los agricultores recurrirían a las estrategias de la caza y la recolección, dependiendo de lo suficientemente favorable que fuera el ambiente. Por otra parte, para asegurarse la alimentación, la mayor parte de los primeros agricultores optó por dar preferencia al cultivo de varias especies, que resultaban a todas luces más funcionales, no llegando a la dependencia de los cereales hasta mucho tiempo después. El éxito que tuvo desde el principio la agricultura en Oriente Próximo originó que se difundiera rápidamente, como hemos visto, hasta distancias verdaderamente lejanas.

En lo que se refiere a la ganadería, hay que tener en cuenta que durante mucho tiempo los rebaños, que se alimentaban de los rastrojos de la agricultura, constituían con su sacrificio un complemento a la actividad agraria cuando había problemas de alimentación. El primer animal domesticado fue el perro, que ya había aparecido en torno al 15.000 a.C., aunque no fuera de tanto aprovechamiento económico como las domesticaciones posteriores: oveja, cabra, vaca, cerdo… Además, los animales también podían, con el tiempo, ofrecer otros productos que no fueran sólo la carne. Las dos etapas que se sucedieron para la domesticación del ganado fueron: el amansamiento de los animales con el objetivo de disponer de un suministro cárnico y, después, la crianza selectiva a partir de un control de la cantidad y la calidad alimenticia.

El proceso de sedentarización, como es fácilmente observable, fue también muy importante. Las primeras aldeas (7500-6000 a.C.) tenían unas características bien definidas. Al contrario del carácter circular de la disposición de las casas de las comunidades preagrícolas, ahora, con la agricultura, hay una alineación de los poblados en forma rectilínea. Además, ahora los cimientos siguen siendo de piedra, pero las superestructuras son de adobe o ladrillos de turba. Estas aldeas estaban compuestas generalmente por varias familias extensas (la familia nuclear, de padres e hijos, más los familiares más cercanos) que estaban organizadas dentro de un esquema de sociedad tribal. Aparecieron así también los lazos de solidaridad, y el sentimiento de formar parte de una comunidad. Se han descubierto también importantes y diversas herrramientas de uso colectivo de diferentes materiales; incluso hasta la existencia de una primitiva red comercial en Oriente Próximo con zonas alejadas, lo que se convirtió en una vía para el intercambio de ideas y civilización. Por otro lado, las prácticas de enterramiento realizadas nos denotan la existencia de un sistema religioso bastante extenso en el espacio y en el tiempo.

Otros sistemas religiosos fueron seguramente los que dieron razón de ser a la cultura megalítica, ya al final del Neolítico y a principios de la Edad de los Metales, que extendió los dólmenes, menhires y ringleras por famosos lugares de Europa (Stonehenge, Carnac y nuestra Antequera, por ejemplo). Esos grandes e imponentes conjuntos de piedra eran construcciones funerarias monumentales, y los pequeños elementos estaban relacionados no sólo con los enterramientos, sino con la religión y la magia. Para que se dieran este tipo de construcciones debía haber una apreciable densidad demográfica, así como una elevada capacidad organizativa. Desde luego, aquellas afirmaciones que relacionaban esta actividad con grandes enigmas está hoy fuera de toda consideración, ya que se ha demostrado, incluso empíricamente, que con los instrumentos de la época, unos cuantos hombres bien organizados (dependiendo del tipo de monumento) pudieron llevar a cabo semejantes obras. Por otro lado, además de las explicaciones religiosas sobre el megalitismo, últimamente se están tomando en consideración argumentos de tipo social, como la necesidad de marcar territorios a través de estos símbolos, o, simplemente, para favorecer la cohesión y la integridad social a partir de la realización de un proyecto común.

El proceso de urbanización

La aldea campesina fue evolucionando poco a poco por la mejora de los recursos alimenticios, el desarrollo tecnológico para la producción de alimentos y el aumento de tamaño de las comunidades. Los poblados neolíticos más importantes y conocidos son los de Catal Hüyük, en Anatolia (fundado en el 7000 a.C., casi contemporáneo a Jericó) y las aglomeraciones de las culturas de Mesopotamia como la de El Obeid (6300-4600 a.C., el primer asentamiento importante en el sur de Mesopotamia, que dio lugar a la llamada cultura de El Obeid), Hassuna (6000-5500), Samarra y Halaf (mitad del VI milenio), con las diferentes cerámicas características de cada una de ellas. Por su parte, en Egipto casi paralelamente se estaban dando las llamadas culturas predinásticas: la cultura badariense (6500-4000 a.C.), y la amratiense (4000-3950 a.C.), en las que además del empleo de cerámicas distintivas, se empieza ya a dar atención al enterramiento de los muertos, tan fundamental en toda la historia de Egipto.

Tanto en Mesopotamia como en el país del Nilo, la ciudad y su espacio urbano, como elementos dominantes del sistema de asentamiento de la civilización, van a tener un papel fundamental. El desarrollo de la urbanización se llevó a cabo en función de diversos factores: la producción de alimentos y la sedentarización que llevaba consigo, la gestión y redistribución de estos alimentos por los miembros de las élites religiosas, las diferencias sociales establecidas a partir de diferentes grados de acceso a los bienes alimenticios, etc. Todo ello fue configurando el nacimiento de sociedades ya plenamente urbanas, con una gradual adaptación de la ciudad-asentamiento a la ciudad-templo y, posteriormente, a la ciudad-Estado. Estas ciudades iban satisfaciendo cada vez más las necesidades individuales.

En Mesopotamia también aparece un ejemplo significativo de cómo la organización social se fue haciendo cada vez más compleja y, al mismo tiempo, cerrada. La religión tuvo una gran importancia; desde luego, como medio de fomentar la idea de seguridad espiritual ante un mundo físico que no se comprende. Como la agricultura dependía básicamente de factores aleatorios, las divinidades se hallaban vinculadas a la fertilidad y a las fuerzas naturales, donde esperaban los campesinos encontrar respuestas sobre su propia supervivencia. Los dioses y sus representantes se fueron adueñando del poder de la ciudad, al mismo tiempo que su propia razón de ser propiciaba que se confiaran al templo las importantes funciones económicas de centro de la economía redistributiva. Con los años, los administradores del templo tuvieron unas atribuciones cada vez mayores, e incluso llegaron a controlar el comercio a larga distancia. La importancia arquitectónica del templo no es sino un reflejo de su conveniencia funcional-social en estas primeras sociedades urbanas. Es lo que permitió que unos pocos, los que eran afines a sus actividades, llegaran a ostentar el poder social y económico, con lo que estaban en una buena disposición para perpetuar esta estructura social tan favorable a sus intereses.

Con estos planteamientos, en Mesopotamia las ciudades se fueron extendiendo y desarrollando, bajo el llamado por los arqueólogos periodo Uruk (3750-3150 a.C.), aunque también se incluye un segundo periodo posterior, el Jemdet Nasr (3150-2900 a.C.) con diferencias no substanciales del primero. En aquel importante primer periodo Uruk, se ha detectado la ciudad de Warka, con grandes descubrimientos por parte de los arqueólogos que nos revelan la existencia de un significativo templo (el llamado Templo Blanco). Un templo que también nos indica la importancia de estos centros religiosos como elementos administrativos, hasta el punto de que hoy son los núcleos de información sobre aquellas sociedades. Asimismo, muestra la gran jerarquización social existente y la evolución de la cerámica, de la escultura (la cabeza de mármol blanco de Warka) y de la glíptica. Durante el periodo Jemdet Nasr se perfeccionan todos estos avances, incluso los escasos ensayos de escritura. Se constituye así la base del posterior florecimiento de la civilización de Mesopotamia. Y, desde luego, esta civilización mesopotámica tiene precisamente en la invención de la escritura su más alto logro. A partir del 3500 a.C., pero, fundamentalmente, del 3000 a.C. se considera que aparece y se consolida la escritura, básicamente como respuesta a las necesidades contables de la élite administrativa del templo y con un empleo cotidiano y funcional de la misma. Sobre una supercificie de arcilla húmeda se hacían incisiones a partir de una caña afilada que confeccionaba una serie de símbolos con una estructura esencialmente logográfica (cada signo o grupo de signos alude a una sola palabra), y que se hacían indelebles cuando la arcilla se secaba.

En lo que se refiere a Egipto, por este tiempo, después del perido Amratiense, se produce el denominado periodo Gerzense (3950-3000 a.C.), que es un momento de apogeo que se aprovecha para el nacimento de un estado que se puede llamar nacional, por cuanto va a ocupar una extensa franja de territorio y poblaciones diversas. Se producen innovaciones culturales materializadas en nuevos instrumentos y unas nuevas y características formas de cerámica, así como la generalización del rico ajuar funerario que nos revela, no sólo el referente primario para toda una cultura material de ultratumba ulterior, sino las relaciones de intercambios existentes ya en aquella remota época con el también próspero Oriente Próximo.

Con todo ello vemos que se produjeron extraordinarias transformaciones a partir del Neolítico. Tras él, e inmediatamente antes de la Edad del Bronce, se dio el periodo llamado Calcolítico. Comenzaría en Mesopotamia en torno al 6000 a.C. y tendría entre sus principales novedades la aparición de la metalurgia, con el cobre en primer lugar. Durante mucho tiempo el Calcolítico era sinómino de la Edad del Cobre, aunque hoy se toman en consideración otros muchos avances fundamentales de esta época, como el arado (originado en Mesopotamia en el 5000 a.C.), el regadío, el origen de la vid y del olivo, el aprovechamiento del estiércol, la domesticación de animales, como el buey y el asno, para la carga y el transporte, y la llamada revolución de los productos secundarios, que hace referencia a aquellos productos de la ganadería que no son los del consumo directo de carne: leche, estiércol, lana, etc.

La primera metalurgia se basó en dos metales que eran muy escasos, el cobre y el oro. Estos metales, sobre todo este último, estuvieron muy relacionados con la estratificación social. Las élites empezaron a atesorarlos como elementos de ostentación. Las aleaciones vinieron a significar después un gran avance tecnológico, porque, por ejemplo, permitieron mejorar el cobre al mezclarlo con un 10 por ciento de estaño, lo que produjo un metal mucho más consistente: el bronce. Un metal, éste, que se supone que apareció en Oriente Próximo hace unos 6.000 años. Posteriormente, en la zona del sudeste europeo se extendió, muy relacionada con el empleo del cobre, la cultura de los Miralles (3500-2150 a.C.), con sus famosos enterramientos (unas cien tumbas colectivas megalíticas) en Almería; y, por supuesto, la famosa cultura del Vaso Campaniforme por gran parte de la Europa central y occidental, con sus cerámicas de forma de campana invertida y su rica decoración, que ha hecho pensar a los arqueólogos que se trataba de una cerámica de lujo.

En fin, adelantos todos estos que hemos visto que nos dan buena cuenta de que el hombre o, como decíamos al principio, los hombres, habían tardado mucho en darse cuenta del potencial que llevaban consigo, pero que, una vez apercibidos, comenzaron a elevarse por encima de las demás criaturas de la naturaleza con unos cambios todavía primitivos, pero impresionantes si se comparan con la posición de partida. Se estaban dando los primeros pasos para que esta especie elegida fuera ganando algunas dosis de libertad y, con el tiempo, quizás llegara a ser dueña de su propio destino. Aunque los caminos para ello van a ser infinitamente más cortos, pero no menos complejos y, en muchos casos, dolorosos.

1 Merced a los adelantos tecnológicos, la época de los dinosaurios, por ejemplo, fue objeto de entusiasta atención por parte de amplios sectores de la población actual hace unos años, a partir de espectaculares imágenes que nos han transportado a un mundo de hace miles de millones de años. Pero eso, poco o casi nada le interesa al historiador.

2 Hay que tener en cuenta que estas divisiones cronológicas no se pueden aplicar uniformemente en todos los espacios de ocupación humana. Este esquema que hemos expuesto sólo puede ser observado bajo el prisma de la sectorialización del progreso humano y del devenir histórico.

3 Podría ser, según el director de la investigación, Michel Brunet, el último ancestro común entre el chimpancé y el género homo.

4 Se llamó así por una iniciativa bastante peculiar: por la famosa canción de los Beatles, que por aquel entonces estaba siendo muy difundida, Lucy in the sky with diamonds.

5 En 1978 la paleantropóloga Mary Leakey descubrió en Tanzania unas pisadas, en un espacio de unos diez metros de longitud, pertenecientes a dos adultos y un niño de Australopithecus Afarensis. Tenían más de tres millones y medio de años, y son la evidencia más importante de un rasgo humano fundamental: el bipedismo.

6 J.L. Arsuaga, El collar del Neandertal. En busca de los primeros pensadores, Madrid, 1999.

7 Denominada de esta forma porque se investigó por primera vez en el yacimiento de Saint-Acheul, en Francia.

8 Al frente del equipo de paleantropólogos españoles, que llevan varios lustros desentrañando los misterios de Atapuerca, están Juan Luis Arsuaga e Ignacio Martínez (autores de La especie elegida. La larga marcha de la evolución humana, Madrid, 1998). Fue en 1997 cuando comenzaron a hacer públicos sus deslumbrantes descubrimientos, que, todavía no han acabado. Hace unos meses (finales de junio de 2007) se ha encontrado en aquellos restos un premolar de un homo en la Sima del Elefante que podría tener 1.200.000 años de antigüedad, con lo que, de confirmarse estas primeras hipótesis, sería, con mucha diferencia, el europeo más antiguo encontrado hasta la fecha.

9 Baste aquí recordar su gran obra clásica, C. Darwin, El origen de las especies, Madrid, 2006.

10 Precisamente así se titulaba un libro clásico, que ha sido un manual muy recomendado sobre estos temas en los últimos años: M.N. Cohen, La crisis alimentaria en la Prehistoria, Madrid, 1981.

11 La más famosa es, desde luego, la cueva de Altamira, pero hay otras muy importantes como la cueva de Tito Bustillo, en Asturias y los conjuntos de Monte Castiello (Puente Viesgo) y Ramales de la Victoria, en Cantabria.

12 Especialmente, V.G., Childe, Los orígenes de la civilización, Madrid, 1984.

13 Childe es uno de los autores marxistas más estudiados y, como es sabido, el fundamento intelectual de la interpretación marxista de la historia pasa por la idea de que ésta sólo, o principalmente, es movida por los intereses y las fuerzas puramente económicas. Éste es el núcleo argumentativo del llamado materialismo histórico, con una influencia muy importante en las décadas centrales del pasado siglo.

II. PRIMEROS PASOS. Civilizaciones de Oriente Próximo: Mesopotamia y Egipto

Como muchos de los estudiantes de la antigua carrera de Geografía e Historia, me he preguntado en muchas ocasiones por qué ambas disciplinas iban siempre juntas, de la mano (hoy en día todavía muchas facultades universitarias en nuestro país lo son de Geografía e Historia), cuando sus objetos de estudio son, aparentemente, tan diferentes. Con el tiempo llegué a aprender una respuesta aceptable, aunque tal vez demasiado académica: las dos se encargan de buscar un mayor conocimiento de la realidad que rodea al hombre: la Geografía desde el espacio; la Historia desde el tiempo. No es que esto sea falso, ni mucho menos, pero hoy en día ya no creo tanto en esas grandilocuentes definiciones epistemológicas, que siempre son susceptibles de presentar alguna grave excepción que no casa muy bien con un concepto que se pretende general. Prefiero ir a lo más práctico, y ver, con mis propios ojos, qué estrecha relación pueden guardar en episodios puntuales, en aspectos concretos que no pueden explicarse correctamente sin recurrir a una perspectiva conjunta de las dos ciencias.

Es obvio que el hombre está influido por el medio natural, pero la acción conjunta de los hombres también condiciona el medio en el que viven. Y en pocos temas esto se ve tan claro como en el capítulo que ahora nos corresponde abordar. Tanto la mesopotámica que, como todo el mundo sabe, significa entre ríos como la egipcia, son civilizaciones que nacen y se desarrollan merced, sobre todo, al medio natural en que se encuentran, con unas condiciones favoravilísimas para ofrecer seguridades a los hombres y para que, con ellas, se desarrolle la civilización. De hecho, en el segundo caso, aunque me gustaría huir de la tan celebérrima como repetida frase de Heródoto, uno no puede por menos que resignarse a su concisa y absoluta verdad: “Egipto es un don del Nilo”. Sin esas condiciones, especialmente las fluviales, es casi seguro que los pueblos surgidos en estos espacios de la tierra hubieran pasado sin pena ni gloria por los caminos reivindicativos de la Historia. Y, sin embargo, hoy no se puede prescindir en absoluto de su condición, reconocida por todos, de espacios históricos en los que se van a dar los orígenes de la civilización.

Mesopotamia

La importancia del marco geográfico

Los ríos Tigris y Éufrates, fueron, pues, protagonistas fundamentales de la civilización que nace y se desarrolla en Mesopotamia, con un marco tan favorable como para que, mucho más recientemente que aquel genial griego, el alemán Wittfogel la denominara civilización hidráulica14. En un lugar que hoy en día se encuentra desgraciadamente en guerra (el Irak actual), los dos ríos llegan a desembocar juntos en el golfo Pérsico, pero se sabe que en la Antigüedad lo hacían por separado. Además de su extraordinario aprovechamiento agrícola, estos ríos servían como vías de comunicación que permitían acceder prácticamente a todas las direcciones adyacentes. Y en esta rica tierra se van a suceder un conjunto de civilizaciónes muy florecientes, que tienen su inicio en Sumer, en la zona más al sur. Zona que venía siendo habitada desde la Prehistoria por hombres que, sin tener unos criterios étnicos y culturales propios plenamente identificables, hablaban una lengua específica, el sumerio, y que se asentaban, ahora ya en las primeras épocas históricas (aparecida ya la escritura), en ciudades como Eridu, Ur, Lagash, Umma, Girsu y Nippur.

Más al Norte, donde se acercan los cauces de los dos ríos (al sur de la actual Bagdag), se encontraba, a partir del III milenio a.C., el llamado País de Akkad. En este territorio se encontraban las ciudades de Babilonia y Sippar; sin perjuicio de que también se llegara a llamar Babilonia no sólo a esta zona pantanosa, sino también a la fusión cultural de ambas regiones de Sumer y Akkad, que, sin duda, van a constituir el núcleo civilizador de toda Mesopotamia. A ello contribuyó su ubicación geográfica en el centro de otros pueblos, como los seminómadas de la estepa y los elemitas, que permitieron a Babilonia erigirse en núcleo abierto, cosmopolita, y, como hemos dicho, civilizador. En el norte, en la Alta Mesopotamia, se asentaba el país de Asiria, una zona mucho más seca y de no tanta influencia cultural, que sufría, pese al poder político que llegó a obtener, y a su expansionismo, la permanente ascendencia de lo babilónico.

Todos los impresionantes descubrimentos que se han dado sobre esta milenaria civilización mesopotámica, han tenido lugar a partir de arduos trabajos arqueológicos desarrollados en los dos últimos siglos. Ello se debe a que, al igual que otras civilizaciones, como la egipcia, la india o china de determinados periodos históricos, la civilización mesopotámica, a pesar de haber influido mucho en Occidente, no ha sobrevivido hasta nuestros días. La mayor parte de las excavaciones se han concentrado en la antigua Asiria, con un nombre propio que dio un gran impulso a esta ciencia (la llamada Asiriología): Robert Koldewey, que excavó nada menos que Babilonia a partir de 1889. Obviamente, para el estudio de esta civilización y sus áreas de incidencia, aparte de los testimonios arqueológicos, los documentos escritos son fundamentales, tanto por su número, como por la calidad del contenido, e incluso por su forma. Fundamentalmente son textos en escritura cuneiforme (incisiones en forma de cuña), contenida en millares de tablillas que se conservan como milenarios testigos del pasado. Pues bien, esta realidad tangible y tan expresiva, con informaciones variadas y, en muchas ocasiones, precisas, se considera, generalmente, el comienzo de la Historia. Y esto es así por la importancia que tiene el documento escrito, independientemente de otras fuentes históricas, que también ayudan, para el historiador. Son, en realidad, las fuentes primarias, es decir, las que provienen de la propia época y de los propios contemporáneos de los hechos, las que, analizadas con el suficiente rigor y contraste, van construyendo la Historia. Y, dentro de estas fuentes, no hace falta decir que la escritura se nos muestra, a todas luces, esencial.

Construyendo civilización: la sociedad mesopotámica

A pesar de los endémicos y convulsos cambios políticos, que, como veremos, jalonan la larga historia de Mesopotamia en la Edad Antigua, desde el punto de vista esencialmente cultural este conjunto histórico se puede entender como un todo. La babilónica era una cultura, como hemos anticipado, heredera grosso modo de Sumer y Akkad, y la asiria tuvo, como podremos comprobar, muchísimas influencias asimismo de la babilónica. Por ello, no es demasiado arriesgado enunciar una serie de características generales de organización de la sociedad que, con pocas variaciones, han permanecido estructuralmente estables a lo largo de su dilatada historia, y que nos dan algunas claves para comprender cómo se fue gestando la civilización.

La sociedad mesopotámica estaba asentada a la vez sobre dos planteamientos de ocupación del espacio distintos: era sedentaria, pero también nómada, o, mejor dicho, seminómada. El nomadismo de Oriente Próximo tenía la importante peculiaridad de que, lejos de la idea convencional de una constante y lejana movilización, se da a partir de unos enclaves fijos, y los pastos se van alternando en ciclos de transhumancia relativamente regulares. Así, la población urbana y la nómada coexistían. Eso sí, despreciándose mutuamente y en una constante tensión que provocó no pocos conflictos violentos. Las incursiones de pueblos nómadas fueron muy numerosas y recurrentes, y la necesidad imperiosa de salvaguardar la seguridad física de sus habitantes obligó la construcción de defensas, como la muralla de 280 kilómetros de la época de Ur. Sin embargo, como una sutil paradoja, ambas formas de entender la ocupación del espacio se complementaban desde el punto de vista económico. De hecho, el nómada siempre tendió hacia la sedentarización, lo que fue provocando la intromisión de estructuras clánicas15 en el tejido social. Estas estructuras tenían un fuerte componente familiar en la organización social, e incluso en la política, como demuestra el hecho de que, precisamente, los momentos de mayor importancia de estas incursiones nómadas, son los que suponen las “fallas” políticas que dividen, como veremos, los periodos históricos. Por ejemplo, tanto las invasiones de los amorreos como las de los arameos (y mucho más tarde los árabes) van a poner fin a sus anteriores periodos históricos.

Si hablamos de sedentarismo, el papel de la cultura mesopotámica no puede ser más principal. Es la primera de carácter urbano de la Historia de la Humanidad, con esa integración, además, del nomadismo que configuraba un peculiar estilo de vida. Por supuesto, la ciudad desempeñaba importantes tareas en el terreno administrativo, así como otras funciones que hoy consideramos de carácter esencialmente urbano. Y fue sin duda la ciudad la que jugó un papel de primer orden en la dinámica política de todos estos siglos, y la que se puede considerar también como la base de los orígenes de la civilización.

Quizás la aportación más importante desde el punto de vista social por parte de los sumerios sea la regulación de la vida cotidiana dentro de las ciudades-estado y, por tanto, lo que podríamos llamar el nacimiento del Derecho. Fueron ellos los que crearon los primeros códigos legislativos (pese a la extendida creencia de que el primer código fue el del babilónico Hammurabi), teniendo como base los usos y costumbres ancestrales. Y fueron padres, además, de una serie de avances de la vida corriente que tendrán más trascendencia que los pretendidos adelantos sin igual de los egipcios. Incluso el Derecho sumerio, investigado a partir de las tablillas que contienen multitud de pleitos, se nos presenta más liberal que el de la época de aquel gran monarca babilonio. Por otro lado, es una época ésta en la que se hizo evidente la separación entre el poder civil y el religioso, y los magnates locales se convirtieron en gobernadores del Imperio.

La comunidad, que era la base humana de la ciudad, tenía conciencia de serlo, y la organización urbana se vertebraba en torno al conjunto de cabezas de familia que formaban esa comunidad. Los que ostentaban el poder eran los más ricos (a pesar de esa especie de democratismo primitivo del conjunto de la comunidad), y formaban un consejo bajo las órdenes de un mando superior de designación real. Casi por definición, no dejaban ningún grado de poder a las organizaciones de carácter clánico o tribal, a pesar de que los máximos dignatarios, el del templo y el del palacio, se consideran los cabezas de sus respectivas macrofamilias o casas.

En la llamada ciudad-templo (anterior a la ciudad-palacio) el edificio religioso más importante era el centro de la administración. Simbolizaba el lugar que podía ofrecer más seguridad espiritual a los hombres ante sus constantes preguntas sobre la muerte y el Más Allá, pero también permitía unas grandes dosis de seguridad material. En los tiempos protohistóricos en Sumer, el templo se hacía cada vez más potente económicamente, merced a los ingresos de sus explotaciones agrícolas y ganaderas. Su importancia le venía dada, por supuesto, por el papel esencial que jugaba la religión en toda Mesopotamia, formando parte activa de cualquier dimensión humana, ya fuera cultural, política o social, impregnando, pues, todos los aspectos de la vida. El panteón babilónico era bastante complejo y, en su imagen de poder y terror que inspiraban, los dioses eran seres personales, aunque tuvieran su origen en fenómenos de carácter natural. La creencia en el Más Allá, aunque no tanto como en Egipto, era algo crucial en la vida religiosa mesopotámica. Ya en la época arcaica de los sumerios, en la ciudad de Ur, se dieron grandes enterramientos de reyes, que se han descubierto en la actualidad. En el llamado Gran Pozo de la muerte se han encontrado 74 cadáveres de servidores y concubinas del harén de un rey que fueron asesinados y enterrados con él para servirle y hacerle compañía en la otra vida. El espíritu —vivo— del difunto había ido a lo que los sumerios denominaban el País sin retorno.

La religión sumeria, y también la acadia, se adaptaba a los componentes fundamentales de una sociedad agrícola, por lo que la naturaleza tenía extraordinaria importancia en la configuración del panteón mesopotámico. El germen de la vida era fundamental, y así, el agua (generadora de los campos) y la actividad sexual (de las bestias y de los propios hombres) tuvieron un papel muy destacado. La representación de sus dioses se hacía a partir de patrones antropomórficos y con un carácter localista a través de las ciudades-Estado. La tríada fundamental durante el perido sumerio-acadio se componía de An, dios del Cielo, Enlil, del Viento, y Enki, de la Sabiduría. Además, los dioses mayores eran los patronos específicos de alguna ciudad, como por ejemplo An, dios de Uruk, Enki, de Eridu, Nanna, el dios lunar, de Ur, y su hijo Utu, el dios solar, de Larsa. El dios o dingir, en sumerio, era la proyección perfecta del mandatario de la ciudad, y éste, a su vez, era el representante o el elegido del dios. El templo era el lugar donde se sacralizaban estas creencias.

Con el tiempo, nuevos y potentes dioses se fueron sucediendo en Mesopotamia, cuyo poder iba, la mayor parte de las veces, parejo al poderío político de sus adorantes. Los más primordiales llegaron a ser Marduk (característicamente representado por un dragón) e Isthar, de Babilonia, y, por supuesto, Assur, la famosa divinidad guerrera de Asiria, considerada como la valedora de la Monarquía y el Estado. No obstante, el primero de ellos, Marduk fue quizás el dios más importante de Mesopotamia. Se le concebía como protector y libertador del hombre, y se instaló como el gran dios del estado babilónico.

En el último tercio del III milenio a.C. con Akkad, y más tarde, Ur III (llamado así por los niveles de investigación arqueológica), la autoridad se puede decir que fue pasando, poco a poco, a manos del palacio, sobre todo en la medida en que los reyes iban ganando terreno como rectores de la economía. Así, la burocracia de los monarcas llegó a asumir, entre otras funciones, la gestión minuciosa de los bienes de los templos, convirtiéndose de esta forma el templo en una pieza más del aparato del Estado, dentro de una consideración del soberano como el elegido del dios y como persona santa. Se fue dando, pues, una connivencia entre la religión y el poder civil, que, como vamos a ver a lo largo de casi todos los capítulos de nuestra Historia, se va a repetir, casi mecánicamente, a lo largo de los siglos. Más adelante veremos por qué. De momento, aquí, en Mesopotamia, se va a cimentar esa alianza, sobre todo entre los servidores del templo y el gobierno concreto de una determinada época, apoyándose a su vez el rey en el templo para cimentar y consolidar su prestigio. No era extraño, entonces, que los altos funcionarios del templo participaran activamente en la vida económica. Incluso, en el norte, en Asiria, había una relación todavía más íntima que pasa de lo simplemente factual a lo normativo. El rey llegaba a ser “vicario” del dios nacional Assur (que era el verdadero rey), confundiéndose así las funciones y competencias entre el templo y el palacio.

Tanto en uno como en otro caso, la evolución del panorama político se fue dirigiendo hacia una monarquía absoluta de ideología patriarcal con un origen, como diríamos hoy en día, de derecho divino, aunque mucho menos divinizante y sí más humanizante (en función de los acontecimientos políticos circunstanciales) que la de Egipto. A pesar de que fueron pocos los reyes en Mesopotamia que reclamaron la divinización al ser considerados genios y héroes de su país (lo hicieron más bien en un plano personal-circunstancial), la autocracia más drástica se puso en marcha. Un estilo de gobierno que —casi sobra decirlo— sería absolutamente mayoritario en Oriente Próximo.

De todas formas, hay que tener en cuenta que la palabra rey no siempre significa, en este contexto mesopotámico, la idea que tenemos nosotros de un monarca con una autoridad central y un territorio unificado. Más bien, la autoridad, también a diferencia de Egipto, estuvo muy fragmentada, y, dependiendo de los momentos, se dieron bajo esa denominación diferentes formas de gobierno. El rey podía serlo de una ciudad o de un gran territorio, con una amplia gama de competencias dependiendo de los casos. Pero había una serie de preceptos de la figura regia que fueron cumplidos, más o menos, en todas las ocasiones: el carácter dinástico, el origen divino, la imagen de poder y la búsqueda del bienestar del pueblo (que se hacía manteniendo el culto y ganando guerras, entre otras cosas). Eso no impedía que se diera con cierta regularidad una abusiva colocación de los miembros de la familia real en los puestos clave de la administración civil y militar. Algo también repetidísimo, como bien sabemos, en todas las civilizaciones y en todas las épocas. Además, estuvo muy asimilada la idea de que el monarca era, en esencia, un patriarca, un pater familias que debía actuar con justicia evitando los abusos sociales. En este sentido, el rey es también el buen pastor, que tenía derecho a enriquecerse porque su opulencia era el reflejo de su poder. Debía velar por el equilibrio y el bienestar social y, desde mediados del II milenio a.C., acrecentar el poder del pueblo y el suyo propio recurriendo incluso a la guerra para hacer más grande al país. De esta forma, la guerra no sólo estaba justificada, sino que constituía una obligación para el soberano porque era el camino para obtener “gratis” nuevas formas de energía (a través de los esclavos) y para equilibrar los gastos públicos por la obtención de un botín. Así, fueron varios los monarcas y los momentos históricos en los que se llevó al pie de la letra esta sanguinaria ideología, pero particularmente importante fue, como veremos, el expansionista Imperio Neoasirio del I milenio a.C. A esto hay que añadir que, como en otras monarquías a lo largo de la Historia, la sucesión se podía convertir, y de hecho se convirtió aquí, en Mesopotamia, en un verdadero problema. Cuando el sistema de transmisión del trono se basaba en lo dinástico, lo normal era que sucediera el primogénito, lo que acarreó no pocas dificultades con otros hermanos que se rodeaban de sus respectivos partidarios. La guerra estaba detrás, prácticamente, de cada esquina.

En lo que se refiere a los condicionantes económicos, la premisa básica de la que debemos partir es que nos encontramos ante una economía claramente de subsistencia y de carácter autosuficiente. Las fuentes de ingresos de estas gentes estaban en función, como es natural, de su tipo de dedicación, bien en el sector público o bien en el sector privado. En el primer caso, los frutos de la producción se materializaban en las raciones con las que recompensaba el templo o el palacio; en el segundo, los rendimientos agrícolas alimentaban directamente a un amplísimo sector de la población. De cualquier forma, tanto en uno como en otro caso, el margen de ganancia de los excedentes del trabajo era muy escaso. La orientación de la agricultura hacia el mercado no estaba siquiera, aún siendo favorables las condiciones naturales, en la imaginación de los mesopotámicos. El marco económico era, pues, eminentemente local, con una cultura material verdaderamente escasa y de autofabricación: la modesta vivienda, la cerámica, el vestido, etc. Lo único que realmente se solía importar (y a través del sistema del trueque) era la madera del arado y de las herramientas agrícolas más comunes, y el metal (bronce) para su revestimiento.

Ahora bien, no se puede decir que el comercio estuviera completamente ausente de este sistema económico. Las instituciones poderosas (templo y palacio) y los grandes terratenientes podían invertir sus excedentes conseguidos a base de impuestos y rentas en el comercio realizado en especie mediante el trueque. Aunque las motivaciones para el enriquecimiento por estos medios se debían más bien a razones de prestigio social que de inversión económica. Además, también existía —excepcionalmente— la figura del mercader, que hacía su oficio en el comercio de grandes distancias por medio de caravanas y que incluso se convertía en ocasiones en prestamista.

En el marco esencialmente agrario, el riego era la vida de la actividad económica, y por ello estaba establecido un complejo sistema de canalizaciones con una conflictiva organización. Ya en estos tiempos el control del agua era también origen de muchas disputas. Los aperos de labranza eran sencillos y, entre ellos, el arado era normalmente de madera endurecida a fuego con un revestimiento, como mucho, de cobre o bronce. Por otro lado, los cereales, sobre todo la cebada, ocupaban el puesto más importante —aunque no el único— de la alimentación: la cerveza era la bebida más difundida en Mesopotamia. La carne y el pescado estaban reservados a las clases más poderosas. En cuanto a la ganadería, los animales dominantes eran ovejas y cabras, empleadas fundamentalmente para las reservas de lana y cuero, y no tanto como suministradores de recursos cárnicos o lácteos. El buey, el mulo y el asno eran los animales de tiro más recurridos, como se puede ver en numerosos testimonios artísticos. El cerdo y el caballo no fueron tan importantes como los anteriores, si bien este último fue cobrando cada vez más valor por su consideración militar (sobre todo para el tiro del carro de guerra). Todavía menos utilizados fueron el dromedario y el camello, que no estaban domesticados, salvo en algunas tribus nómadas.

Una de las características más señaladas de la civilización de Mesopotamia (quizás la principal por lo que de genérica y conceptual tiene) es que la organización social está en función de la posición económica que se ocupa. El dualismo rico-pobre juega así un papel esencial, y sólo existen los rangos (el sistema es completamente ajeno a la organización en castas) en la medida en que se refiere a alguna ocupación profesional. Al darse esta importancia de lo crematístico y estar inserto el sistema socio-económico dentro de una economía de subsistencia, con la agricultura como principal actividad económica, el acceso a la propiedad o usufructo de la tierra es fundamental. Y a partir de aquí se van creando, básicamente, las diferencias sociales.

En el sector público (las tierras son propiedad del palacio o del templo), las actividades estaban encaminadas a mantener la organización estatal o religiosa desde el punto de vista burocrático y de servicio de aquellas instituciones fundamentales. Para el templo y para el palacio trabajaban miles de personas por coacción física y también por convencimiento ideológico, ya que creían que atendían a una función social sagrada. Los que mejor trabajaban eran recompensados con lotes de tierra, lo que permitía al templo o al palacio no tener que hacerse cargo de las costosas tierras marginales. Al mismo tiempo, se daba la posibilidad de acceder a la propiedad privada a los que no tenían tierras; siendo, pues, un acicate social y económico importante para el propio desarrollo del Estado. Por el contrario, la iniciativa privada estuvo siempre más ligada a la organización político-social en macrofamilias (casas), con un modelo patriarcal. Los campesinos sujetos a esta organización (prestación de servicios a la comunidad, impuestos, servicio militar, etc.) estaban vinculados a ella de la misma manera que los asalariados del sector estatal a la suya, debiendo trabajar en servicio de la comunidad. No había un concepto verdaderamente exclusivo de propiedad de las tierras que trabajaban.

Ahora bien, en Mesopotamia había una cierta movilidad social. No existía algo parecido a la nobleza hereditaria de otras civilizaciones, y las distinciones se hacían fundamentalmente por voluntad de los dignatarios del Estado (en especial el rey), y en función de las circunstancias políticas y económicas, por lo que, aunque no era fácil, sí se podía cambiar de fortuna de acuerdo con algunas coyunturas. En cuanto a la tipología social más importante, y de acuerdo con esa referencia fundamental de la posición económica, hemos de tener en cuenta que dentro de los hombres libres había esencialmente dos grados de personas: el mezquino, y el hombre o ciudadano. El primero era un tipo social débil, aunque libre, que luchaba denodadamente por la mera subsistencia. Debía acudir siempre a la llamada del rey para realizar determinados servicios en función de unos lazos de dependencia. El hombre podía desenvolverse, en cambio, sin la ayuda económica de los demás y se dedicaba al mismo tiempo a ocupar cargos de tipo administrativo, comercial o artesano, así como a la explotación por su cuenta de determinados terrenos, con lo que estaba en disposición de progresar económicamente y, con ello, socialmente. Por lo que se refiere a los esclavos, eran una minoría y no se consideraban propiamente como integrantes del tejido social, por cuanto no tenían una función eminentemente productiva. En Mesopotamia, al contrario que en otras civilizaciones, tenían, no obstante, unas ciertas dosis de —relativa— libertad y de posibilidad de acceso a los medios de producción. Pese a todo, muchos de ellos no llegaban a este miserable estado por la fuerza, sino de forma voluntaria para saldar sus deudas.

Por su parte, la familia mesopotámica tenía una estructura bastante peculiar. El padre era la figura absolutamente fundamental, hasta el punto de que, según el derecho consuetudinario, tenía el poder de la vida y la muerte sobre todos los miembros de su familia. La estructura patriarcal de la familia hacía que las mujeres estuvieran, como en otras muchas civilizaciones (realmente, casi todas), doblemente sometidas: a la voluntad del padre y a la del marido. Por si fuera poco, las esposas debían admitir la presencia de una suplente (para cuando aquélla estuviera enferma o fuera estéril) o de alguna concubina, y los únicos que podían acceder a la herencia familiar eran los hijos varones.

Sin embargo, los adelantos de esta civilización fueron realmente espectaculares. Como ya vimos en el capítulo anterior, el Neolítico había sido especialmente interesante en esta región de Mesopotamia, donde se desarrollaron varias culturas de gran significación: Jarmo, Hassuna, Samarra, Halff, Ubaid, y, más tarde, Uruk y Jemdet-Nasr. Aquí se van a dar ya, como hechos más sobresalientes, la aparición de las primeras grandes ciudades (Eridu se considera la ciudad más antigua de Mesopotamia: entre 5000 y 4500 a.C.), así como el nacimiento de la escritura. Esta última, como sabemos, estuvo relacionada en un principio con la respuesta que se tuvo que dar a la creciente complejidad que llegaron a adquirir las transacciones comerciales, que necesitaban de unos registros explícitos y perdurables para una buena gestión. La escritura entendida de esta forma es algo así como la memoria de los hechos sociales, con un grado de eficacia que daba un enorme salto cualitativo para que determinadas acciones sociales fueran cada vez más funcionales. De hecho, todas las grandes civilizaciones antiguas que se preciaran de ello tuvieron el denominador común de la escritura como punto de referencia básico para el desarrollo cultural y social (Egipto, la India antigua, China, y, por supuesto, la Mesopotamia que nos ocupa). Así, con el empleo sistemático de la escritura, esta civilización mesopotámica entra, como pionera, por los senderos de la Historia, en Sumer, la zona más al sur de este territorio entre ríos.

Pues sí, la Historia empieza en Sumer. Y así se llama, precisamente, uno de los clásicos y más recurridos libros sobre ésta época, obra de Kramer16. Tan sugestivo título hace referencia a que fueron los sumerios quienes comenzaron a producir los primeros testimonios escritos, anticipándose en dos o tres siglos a la famosa escritura jeroglífica egipcia (a la que, por otra parte, no debía nada), en casi medio milenio a las culturas del valle del Indo, y en uno entero a la de China, donde tampoco hubo influencias claras de la escritura mesopotámica. La llamada escritura cuneiforme, aparecida en Uruk en la segunda mitad del IV milenio antes de Cristo y desarrollada en la cultura de Jemdet-Nasr, es el comienzo (posteriormente se extendería por todo el Próximo Oriente y duraría hasta el I milenio a.C.) de una serie de tablillas de arcilla que hoy se cuentan por centenares de millares y que constituyen el testimonio vivo de toda una civilización.

Esta civilización sólo puede calificarse de admirable si tenemos en cuenta los notabilísimos avances que produjo y que han condicionado la Historia mundial posterior. En muchas de aquellas tablillas se pueden leer textos escolares que contenían, por ejemplo, complicados problemas matemáticos. Es, incluso, bastante probable que los mesopotámicos conocieran ya teoremas fundamentales como el de Pitágoras, y que hubieran penetrado en el álgebra, aunque no pudieran racionalizar sus descubrimientos y, así, hacerlos universales. De hecho, entre el IV y III milenio a.C. los sumerios llevaron a cabo los primeros avances matemáticos y médicos, y la implantación del sistema sexagesimal. También destacaron los sumerios —y más tarde los acadios— en astrología y astronomía. Fueron capaces de predecir eclipses de luna y solares —cosa que achacaron a poderes demoníacos—, y los astrónomos babilonios fueron alabados por escritores griegos y latinos, como Plinio el Viejo, por mucho que la astronomía estuviera ligada, sobre todo, a la adivinación del futuro de los hombres. Sobresalieron también en geografía descriptiva, y, por supuesto, en la construcción. Edificaron grandes y pesados palacios y templos con adobe y ladrillo, y con pilastras y gruesos muros para sostener las cubiertas. Muy característicos y conocidos son los zigurat, grandes pirámides escalonadas de ladrillo que tenían en su cima un templo para grandes ceremonias. El mejor conservado de todos ellos el del dios Luna Nannar, en la ciudad de Ur. Además, los relieves y las esculturas de bulto redondo, junto con la orfebrería y la glíptica, denotarán el grado de desarrollo alcanzado por esta civilización. Pero quizás el avance más importante sea el descubrimiento de la rueda, a mediados del IV milenio a.C., que se empleó en los sistemas de transporte y, posteriormente, como herramienta de múltiples mecanismos.

Otro signo distintivo de avance claro de la cultura material, como es sabido, es el empleo de la metalurgia. Por la época en que aparece la escritura en Mesopotamia también aquí nos podemos encontrar con una metalurgia de cierto nivel, que sirvió para fabricar herramientas, objetos de decoración y, por supuesto, armas. Entre las diversas aleaciones que se llevaron a cabo, la más importante fue la de cobre y estaño, resultando de ella, como es sabido, el bronce, que sería aplicado a aquellas utilidades mencionadas a partir de unas técnicas de fundición asombrosamente adelantadas para la época. Por último, hay que destacar también otra actividad con una dimensión artística importante y que, para los arqueólogos, constituye un punto de referencia esencial para determinar los sucesivos periodos históricos: la cerámica. En el IV milenio a.C. se conocía ya el torno rápido, lo que llevó no sólo a un perfeccionamiento de la cultura material, sino a la aparición del alfarero como tipo profesional.

La evolución histórica

Si hacemos un recorrido —forzosamente breve— por los distintos periodos históricos de Mesopotamia, el primer gran momento que hemos de tener en cuenta es el de la aparición y desarrollo de las ciudades-Estado de Sumer, dentro de un gran periodo que algunos autores han denominado como “El clasicismo de Eridu y Kish” (desde fines del IV milenio hasta aproximadamente el 2000 a.C.). En ese primer gran momento histórico, la zona geográfica protagonista de la civilización es la de los sumerios, cuyo origen es todavía hoy objeto de discusión historiográfica17.

Las fuentes de esta época —escritos cuneiformes como la famosa Lista Real— se refieren a los tiempos míticos (anteriores al Diluvio Universal) y a los llamados propiamente históricos18, y nos hablan ya de una época de ciudades-Estado independientes, de población mayoritariamente semítica, que muchas veces llegan a guerrear entre sí: Kish, Ur, Eridu, Uruk… A partir de 2600 a.C., las ciudades se rodean de murallas. Aparecen y se suceden los primeros personajes históricos: el rey Mesalim de Kish (2630 a 2600 a.C.), y, más adelante, el famoso Lugalzagesi (2342 a 2318 a.C.), que quiso superar la organización de ciudades-Estado y crear un intento de primer Imperio Sumerio, pero fue derrotado por el semita Sargón en su propia ciudad de Uruk.

Dentro de una civilización, como sabemos bien, esencialmente agraria, las disputas por la tierra y por el agua, fueron el origen, por estos tiempos, de la tendencia a la aparición de estados suprarregionales, más o menos extensos. Hacía falta el dominio de una autoridad superior, reconocida por todos, y que fuera capaz de dirimir los conflictos. Surgen así los nuevos periodos históricos de Akkad y de Ur III (2334 a 2000 a.C.). El primero de estos grandes estados unificados y —relativamente— estables es, pues, Akkad, con población semita, y que va a ser fundado por el mencionado Sargón (2334 a 2279 a.C.). En la ciudad de Kish, este semita de origen humilde se sublevó contra su rey y fundó una nueva dinastía. Pasó a engrosar la lista de los héroes y reyes míticos con grandes leyendas a sus espaldas, como —cuan Moisés mesopotámico— la de haber sido salvado de las aguas. Depués de vencer a las más poderosas ciudades, Sargón creó todo un Imperio, con la particularidad de que se propuso tolerar la cultura de los sumerios y la intención de crear grandes redes comerciales. Su capital será la ciudad de Akkad, y su autoridad se va a extender por toda Mesopotamia y grandes territorios adyacentes, entre los que destacan las rutas hacia Egipto. De sus relaciones con la cultura tenemos pocas noticias, salvo el hecho de que la hija de Sargón, Enkheduanna, nombrada por su padre sacerdotisa de Ur, tradicionalmente es considerada la primera persona a la que se le puede atribuir un texto literario.

Entre los sucesores de Sargón destacó Naram-Sin (2254 a 2218 a.C.), el famoso Rey de las Cuatro Zonas. Triunfó en numerosas campañas militares (de las que es paradigmática muestra la famosa estela de la Victoria, conservada en el Louvre) y se llegó a considerar como una divinidad. Pero, a pesar de que fueron un pueblo mucho más guerrero que los propiamente sumerios, los acadios van a ver también cómo se acabaría su experiencia de estabilidad con la invasión de los guteos (o qutu, pueblo del que se sabe realmente muy poco) en 2150 a.C.

Con el tiempo, el sur retoma su papel principal y los sumerios vuelven a alcanzar gran protagonismo. Todavía con la presencia de los guteos, la ciudad de Lagash va a tener ahora una gran importancia a partir del reinado, entre 2141 y 2122 a.C., del famoso Gudea, que sería muy representado en la estatuaria mesopotámica. Poco después, en Ur, una vez que los guteos fueron expulsados completamente de Mesopotamia, Urnammu instauró una nueva dinastía (la III) y va a denominarse Rey de Ur, de Summer y de Akkad. Estableció así un nuevo Imperio aglutinando esta vez a sumerios y acadios, con un eficaz aparato administrativo.

Desde su capital en la propia Ur, ordenó la realización de un catastro, la unificación de pesos y medidas, y la elaboración de un calendario común. Todo ello provocó el nacimiento del estado centralista llamado Ur III (para distinguirlo de los periodos protodinásticos anteriores II y III de las ciudades-estado). Se da, pues, a partir del siglo XXI a.C., un estado neosumerio autoritario, centralista (llega a unificar también toda Mesopotamia), con una sólida burocracia y economía, y grandes relaciones comerciales. El rey estaba al frente de un complejo sistema administrativo del que era la cúspide, y con un carácter sagrado por lo que tenía de mediador entre lo divino y lo humano.

Además, se dan en este periodo III las primeras composiciones literarias sumerias, dentro ya de la época madura de la escritura cuneiforme. En este periodo la cultura mesopotámica se fundamenta de acuerdo con los patrones sumerios y semíticos. Maduran el derecho civil y las técnicas de administración pública, lo que va a servir de modelo para los siguientes siglos de los distintos reinos mesopotámicos. El famoso poema del rey atribulado por la muerte y el más allá, Gilgamés (obra considerada como la más antigua epopeya de la Humanidad), es de este periodo.

En el último reinado de esta dinastía, el de Ibbi-Sin (2028 a 2004 a.C.) esta entidad política de Ur III se vendría abajo, fundamentalmente por la irrupción de clanes seminómadas, con estructuras macrofamiliares (concretamente el pueblo de los amorreos, entre otros), que inician un periodo intermedio al estilo de los hicsos en Egipto. Pero muy poco después, a la altura de comienzos del siglo XX a.C., comienza un nuevo gran periodo en la historia de Mesopotamia, que algunos autores han denominado como el Neoclasicismo babilónico: iría ya desde esta fecha hasta el momento de la dominación helenística, es decir, hasta el siglo IV a.C. El primer momento importante dentro de este gran periodo se corresponde con la llamada Época Paleobabilónica; es decir, la primera vez que Babilonia va a tener un papel político y cultural muy destacado en toda Mesopotamia.

En efecto, a partir del 2000 a.C. se producen una serie de luchas entre las ciudades-Estado, especialmente entre Isin y Larsa, por controlar el centro y el sur de Mesopotamia, dándose lo que se ha venido en llamar Época de los Reinos Combatientes. Por su parte, desde 1894 a.C., Babilonia, ciudad en la que se habían instalado amorreos y que anteriormente no había tenido ningún protagonismo en la evolución histórica de la región, comienza a ser un gran centro político que empieza a dominar a los demás estados amorreos a partir del reinado de Sumu-Abum (1894 a 1881 a.C.), que será el fundador de la primera dinastía babilónica. Con sus sucesores, Babilonia va a ser el reino más importante de todo Oriente Próximo y se llegará convertir en el centro del mundo, y no sólo por la belleza de sus construcciones; especialmente con el celebérrimo Hammurabi, que unificó territorialmente todo el país.

Conocemos relativamente bien este largo (más de cuarenta años) y estabilizador reinado, que convirtió a Babilonia en una verdadera potencia, gracias a diversas fuentes, entre las que destaca el archivo del palacio de Mari, descubierto a mediados del siglo pasado. En Babilonia se había restablecido lo mejor de la cultura sumero-semita anterior y el acadio, con su variante babilónica, va a ser ya, para todo lo que queda de Mesopotamia Antigua, la lengua y la cultura más utilizada. La clave de esta pujanza de Babilonia está en buena medida en la política de Hammurabi (1792 a 1750 a.C.), que extendió notablemente sus dominios, pero, sobre todo, supo compaginar su poderío militar con un gobierno justo a partir de una burocracia centralizada. Su famoso código es un auténtico monumento (teniendo en cuenta la época, claro) para corregir los abusos que trae consigo la desigualdad social y la insolidaridad de los poderosos; aunque es, ante todo, la aplicación explícita de la Ley del Talión, la del tan famoso como deleznable “ojo por ojo, diente por diente”. Artísticamente, es ciertamente notable la célebre representación del código en un espléndido basalto, que muestra al dios Shamash dictando las leyes (incluidas en la parte inferior del mismo) al gran rey.

La economía, la agricultura y la ganadería tomarían un gran impulso en este reinado, con unos grandes rendimientos cerealísticos y frutícolas. En el terreno mercantil también hubo grandes avances, a pesar de no utilizar la moneda (aunque sí avanzados instrumentos de cambio como fianzas u órdenes de pago), y de que los valores de cambio fueran el cereal y/o la plata. En cuanto a la vida cotidiana, además de la afición favorita por la caza de leones y toros salvajes, es interesante mencionar que la tan representada y característica barba de los babilonios respondía a la necesidad de hacer públicas diferenciaciones sociales tan importantes como la edad y la posición social. Igualmente importante —y todavía más deleznable— era la costumbre llamada ordalía del río, consistente en arrojar a la esposa adultera al río (para el adúltero no se contemplaba ningún castigo) esperando a que la corriente la ahogara o la salvara, decidiendo así las aguas su culpabilidad. Muy diferente fue la gran labor cultural (no sólo en literatura, sino también en astronomía, matemáticas o gramática) de esta época. Y se crearon también las bases teológicas de la religión asirio-babilónica (con los dioses nacionales Marduk, de Babilonia y Assur, de Asiria, a la cabeza). Los hititas acabarían, no obstante, con este gran poder babilónico, cuando uno de los sucesores de Hammurabi, Samsuditana (1625 a 1595 a.C.) no pudo impedir que este pueblo del interior de la península de Anatolia saqueara por completo la ciudad y destruyera el reino.

Los hititas se retiraron pronto, pero el vacío de poder resultante fue aprovechado por los Pueblos del Mar que, por aquella época, estuvieron invadiendo, como vamos a ver, distintas civilizaciones del Mediterráneo. De cualquier forma, esa nueva invasión sería también efímera, puesto que, ante la presión de los cassitas (procedentes de Khana) se instauró en Babilonia una dinastía que duró varios siglos, hasta el 1150 a.C. Durante esta dinastía se establecieron importantes relaciones con Egipto, como lo demuestra el hecho de que una princesa cassita estuviera unida en matrimonio con el gran Amenofis III.

Asiria había jugado ya para entonces algún papel importante, especialmente desde que los amorreos se adueñaron de la zona en el siglo XIX a.C. De hecho, los asirios habían dominado por completo el norte de Mesopotamia y su único rival había sido el babilonio Hammurabi. Con la decadencia de los cassitas, los asirios ocuparon Babilonia y la administraron a partir de gobernadores, que, por otra parte, no pudieron impedir un nuevo ataque, esta vez de los elamitas (gobernarían la Baja Mesopotamia durante poco tiempo), ni que se diera un tiempo de inestabilidad. Una etapa superada, no obstante, a partir de un nuevo periodo de esplendor que se iniciará con la IV dinastía de Babilonia, en la que Nabucodonosor I (1124 a 1103 a.C.) va a jugar un papel importante para que se consolide la llamada Época Babilónica media (que durará hasta el siglo VII a.C.). Aunque, desde el siglo X a.C., los babilonios, sin llegar a desaparecer, van a sufrir un claro declive de su poder, sobre todo a partir de los asirios, que se habían convertido para entonces en la potencia más importante de todo el Oriente Próximo.

A partir del siglo XIV a.C. a Asiria se la podía considerar ya una potencia internacional, sobre todo porque los pueblos limítrofes (entre ellos los babilonios y los hititas) no podían luchar por la hegemonía. Los asirios19 comenzaron entonces un periodo de enorme expansión basado en un gran poderío militar, que, a comienzos del I milenio a.C., les va a llevar hasta el Mediterráneo. Y ello a pesar de los graves conflictos internos que se desarrollaban en su propio territorio por la inestabilidad política creada a partir de la sucesión de cada rey. En el siglo IX a.C. en Asiria, una vez superada la denominada Época Asiria Media (desde el siglo XIV a.C.), va a tener lugar la llamada Gran Época Neoasiria (que durará hasta el 609 a.C.), con los importantes primeros reinados de Asurnasirpal (883 a 859 a.C.) y Salmanasar II (858 a 824 a.C.). Con el primero, Asiria ya volvió a tener gran riqueza y poder a partir de las campañas militares contra las ciudades fenicias y las tierras de los arameos. La política fue, pues, claramente imperialista, con gravosos tributos y duras condiciones para los pueblos vencidos, entre los que se encontró Israel-Sumaria, que cayó en 721 a.C. bajo Sargón II. Éste último fue, sin duda, el más emblemático de los monarcas asirios, que había heredado de los acadios no sólo el nombre, sino su espíritu guerrero y la admiración por su cultura y tradiciones. No fue extraño que casara a su hijo y heredero, el que sería terrible Senaquerib, con una princesa babilónica.

Por otro lado, las ingentes riquezas que llegó a adquirir el gran Sargón II le permitieron construir la extraordinaria ciudad de Khorsabad (con sus grandes tesoros artísticos, especialmente los famosos toros alados), en sus más de 100.000 metros cuadrados, y proclamarse Rey de la Totalidad. Algo de razón no le faltaba. El Imperio Asirio con el tiempo va a extenderse desde los montes Zagros hasta Egipto, y desde el sur del Cáucaso hasta el golfo Pérsico, merced a un ejército bien organizado (sólida infantería, con unidades de carros y de caballería) y especialmente efectivo en la guerra de asedio. En la llamada Época Sargónida (la de sus sucesores) se daría otra gran ampliación del Imperio, a pesar de que, con Senaquerib (704 a 681 a.C.), se hubo de trasladar la capital a Nínive ante la presión de la nobleza y los sacerdotes. En esta ciudad construiría este —parece ser— despiadado monarca asirio el primer acueducto de la Historia20. Con el conquistador Assurbanipal (668 a 627 a.C.) caerían nada menos que Anatolia y Egipto.

Las dotes organizativas de los asirios fueron poco comunes para la época. El Estado se asentaba sobre una compleja organización administrativa a cuyo frente estaba el gran visir. De él dependían el general en jefe, el gran intendente, el heraldo de palacio y el copero mayor. Asimismo, los eunucos de palacio llegaron a tener gran poder e influencia por cuanto conocían la lujosa vida privada de los monarcas y la familia real. Los extensos territorios conquistados del Imperio fueron divididos en dos categorías: los estados vasallos y los territorios provinciales, éstos últimos con un control militar menos férreo. Se ha dicho en múltiples ocasiones que los asirios enaltecieron la guerra y los valores guerreros hasta el extremo, y, así, fue representado este mundo en múltiples expresiones artísticas. Se concebía en un plano más bien religioso, como la lucha del Bien (los deseos de Assur) contra el Mal (el enemigo de turno). Así, los relatos de la campañas recogen increíbles crueldades cometidas por los soldados asirios sobre sus enemigos, con el despellejamiento como una práctica bastante habitual. Además, la guerra se había convertido en un buen caudal de recursos económicos.

A pesar de todo ello, este estereotipo clásico de la afición desmedida de los asirios a la guerra y sus extremas crueldades últimamente está siendo algo discutido. En parte, por la evidente tendencia a la resolución de problemas por la política y la diplomacia que se ha observado en su evolución histórica. Pero, sobre todo, porque un análisis de mayor calado de las fuentes de que disponemos permiten establecer importantes matizaciones. Para empezar, hay que tener en cuenta que la mala fama de Asiria se debe, en gran medida, a la Biblia, ya que los reinos de Judá e Israel hubieron de sufrir en sus carnes la dominación imperialista asiria, especialmente en lo que se refiere a la deportación y a una dominación que engendraba odio y más odio; y esta imagen se transmitiría con el tiempo a la cultura occidental. Pero, para ser honestos, las prácticas de los asirios no eran muy diferentes de las que se venían manteniendo durante siglos en la región de Oriente Próximo. Además, que la moderna investigación está desvelando que la cuidadosa disposición de las imágenes de crueldad en los relieves, y demás manifestaciones artísiticas asirias en determinadas dependencias de sus palacios, revelan, ante todo, la intención de amedrentar a los visitantes y embajadores extranjeros, dentro de un pensado realismo político.

Por otro lado, a pesar de aquellas pretendidas inclinaciones guerreras, también el comercio fue una destacadísima actividad económica de este pueblo. De hecho, Senaquerib empezó a utilizar sistemáticamente la moneda, acuñando piezas de bronce. Además, Asiria llegó a tener un extraordinario florecimiento cultural, como se demuestra con los grandes palacios (como el de Nínive), las famosas figuras de los toros alados, la gran biblioteca de Assurbanipal, con todo el saber babilónico, y, en general, el florecimiento del arte. Sus relieves, elaborados con una gran técnica (como se puede apreciar en la increíble Leona herida) nos dan, al mismo tiempo, abundantes noticias sobre la corte y el mundo que rodeaba a los soberanos, así como sobre la ciencia y la literatura de la época. No era pequeña cosa este saber. Fue con mucho la cultura dominante, y eso a pesar de las distintas dominaciones políticas. Baste decir que los asirios fueron nada menos que los inspiradores del entramado político y administrativo del Imperio Persa.

Sin embargo, tampoco duró tanto este gran esplendor. Había unas debilidades intrínsecas que, a decir de muchos historiadores, convertían a este gigante asirio en un ser con pies de barro, especialmente las recurrentes ambiciones nobiliarias, con todos sus efectos; y luego algo también que se repite a lo largo de la Historia: la debilidad del sistema sucesorio. A finales del siglo VII a.C., una serie de guerras civiles y los ataques de diversos pueblos, como caldeos, medos y escitas, dieron al traste con tanto esplendor. Parece que los enemigos se cebaron entonces, ante tanto odio y rabia acumulada, e hicieron desaparecer a Asiria y sus temibles ciudades de la faz de la Tierra (la destrucción de Nínive, por ejemplo, fue absoluta).

Pero todavía quedará un importantísimo momento en el que una civilización autóctona mesopotámica va a jugar un papel de relieve en la zona. Es la llamada Época Neobabilónica, que comenzará por esas fechas y terminará a mediados del siglo VI a.C. El dominio de los asirios había fomentado la resistencia de los caldeos o babilonios, pueblo instalado en Babilonia a partir de las invasiones arameas. Un jeque caldeo, Nabopolasar (que, reinando entre 625 a.C. y 605 a.C., sería el fundador de la dinastía neobabilónica), se alió con los medos (de las montañas iraníes), y en 612 a.C. llegó a conquistar Nínive, poniendo fin para siempre al Imperio Neoasirio. El monarca más importante a partir de entonces fue Nabucodonosor II (604 a 562 a.C.), que, a parte de sus grandes dotes políticas y administrativas, se anexionó militarmente gran parte de Oriente Próximo, incluyendo las dos tomas de Jerusalén (con lo que llegaron las célebres deportaciones) e hizo incursiones, aunque no lo conquistó totalmente, en el propio Egipto (570 a.C.). Llegó incluso a ser más grande el Imperio Neobabilónico que el Neoasirio.

Babilonia se convirtió por aquel entonces en la verdadera capital del mundo, con sus templos, sus palacios, con la famosa puerta de Isthar (la más hermosa de cuantas daban entrada a la ciudad), y con el zigurat que inspiró el mito de la torre de Babel. Las imponentes casas de las clases superiores, con sus no menos impresionantes jardines (entre ellos, los celebérrimos jardines colgantes), y el famoso puente de 123 metros que era el más grande del mundo, son alguno de los elementos que han dado tanta fama a esta renombrada ciudad. Las ciencias también conocerían un gran impulso, y, cómo no, el reconocimiento universal del dios Marduk. En fin, Asiria había sido la dueña de Babilonia en el terreno político, pero siempre sería su vasalla en el terreno cultural. En los tiempos de Nabucodonosor II se hizo esto más verdad que nunca.

Pero, a la muerte de este poderoso soberano, las intrigas de los sacerdotes de Marduk y el descrédito del sucesor Nabónido (el Rey Loco) dieron al traste con tanto esplendor. No se pudo impedir que el persa Ciro se presentase en 539 a.C. como el salvador de la situación, y fuera elevado a rey de Babilonia, inaugurando así un nuevo periodo, esta vez de dominación extranjera, que duraría dos siglos. Los importantes pueblos de Irán (los medos, con capital en Ec-Batana, y los persas, en Susa), se van a hacer, en efecto, señores del mundo antiguo. Con sus geniales monarcas Ciro II, Cambises (que conquistaría también Egipto), Darío I, y Jerjes I; con su sólida religión del mazdeísmo y su dios Zoroastro (o Zaratustra), con sus fabulosas capitales de Pasagarda, Persépolis y la propia Susa, y con su eficaz administración territorial basada en las satrapías, fueron dueños del mundo hasta la irrupción del gran Alejandro, el macedonio, a finales del siglo IV a.C. Así, sólo los griegos (en las mal llamadas guerras médicas) pudieron contenerlos y, con Alejandro y el subsiguiente dominio helenístico, dominarlos.

Para entonces, toda la sucesión de grandes civilizaciones que se desarrollaron en Mesopotamia habían mirado a Occidente con intención, directa o indirecta, de transmitir su cultura; y no cabe duda de que, tanto hebreos como griegos y romanos, van a tomar muchos aportes basados en su ciencia y en su capacidad para la mejora de las condiciones de la vida cotidiana. Algunos de los cuales ya los hemos mencionado, y, en su conjunto, sorprenden maravillosamente a quien se acerca a este grandísimo foco de civilización de la Antigüedad. Ahora bien, hay que tener en cuenta que, pese a haber alcanzado cotas de esplendor admirables en astronomía, matemáticas o medicina, y, sobre todo, pese al intento que se hace de ordenar y clasificar el universo, a diferencia de los griegos, la ciencia en Mesopotamia siempre estuvo ligada a la magia y la religión, reafirmando constantemente la dependencia del ser humano a las fuerzas sobrenaturales. Por ello, no había una separación funcional entre teoría y práctica, con lo que no se desarrollaron principios teóricos que hubieran resultado trascendentales. Su saber era eminentemente práctico, aplicado a la vida corriente, y no contemplaban la división entre las distintas ciencias o campos del saber. Un ejemplo muy claro de lo que estamos viendo es el concepto que tenían, generalmente, de la enfermedad: era un castigo de los dioses por la comisión de algún delito o por realizar cualquier tipo de transgresión social, y la primera forma de combatirla era empleando la magia o los sacrificios y plegarias. No obstante, también había algún margen para los grandes conocedores del cuerpo humano, que supieron ver la influencia de determinados factores como la suciedad, la comida, el polvo, etc. como causantes de las enfermedades. Por ello, este conjunto de saberes fue, a pesar de las evidentes limitaciones, una buena base para que se dieran las grandes reformas en la medicina que vendrían a partir del griego Hipócrates.

Vista en su conjunto, la impresión que se tiene de la evolución histórica mesopotámica es de pequeños avances de la cultura y de la organización social, resultantes de las largas y recurrentes convulsiones políticas, y de las circunstancias económicas. Unos avances que llegan a ser asombrosamente complejos para la época. Las civilizaciones —o, mejor dicho, los Imperios— van cayendo, pero van dejando sus legados, cuyos logros más importantes van a ser recogidos por los siguientes, de tal forma que los griegos no van a partir, ni mucho menos, de cero para instalarse en el punto de partida de la llamada civilización occidental. De hecho, siempre se ha dicho que Mesopotamia tiene más influjo en ésta que Egipto; a pesar de esa grandiosidad que cautiva a todo aquel que se acerca, como le toca ahora al lector, a las míticas páginas de su Historia.

Egipto faraónico

La vida y la muerte: el Nilo y el desierto

Todo es singular en Egipto. Egipto sí que es diferente; desde la aventura de cruzar las transitadas y anárquicas calles de El Cairo hasta el contraste extremo entre el plácido crucero por el Nilo y el desfile vertiginoso por los vivos testimonios de una civilización milenaria que desbordan nuestra mirada. Las autoridades oficiales y la mayor parte de los guías insisten en que conozcamos tanto el legado del lejano pasado faraónico como el presente, la civilización musulmana, pero los occidentales vamos derechos, como atraídos por un imán especial, hacia el Egipto de las pirámides y los templos, de los jeroglíficos y los obeliscos, como si fuera el Egipto más “auténtico”.

También es muy singular el hecho de que el Nilo sea el único gran río del planeta que discurra de Sur a Norte, lo que plantea, aunque parezca algo infantil, múltiples problemas de orientación para el viajero. Pero, sobre todo, es especial su longitud y el derroche de vida que todavía hoy (a pesar de la presa de Assuán) va sembrando a su paso. Hay un infinito contraste entre los márgenes del río (alimentados durante siglos por el fertilizador limo que arrastra la crecida y que enriquece extraordinariamente los campos) y el cruel desierto circundante. Esa gloriosa y también singular crecida (se da en pleno verano, merced a las lluvias monzónicas que, a finales de la primavera, caen en las mesetas abisinias) permitía grandes beneficios. Entre ellos, y, a pesar de las inundaciones, conseguir hasta dos y tres cosechas al año y, además, sin tener que dar reposo al suelo; simplemente, porque no lo necesitaba. Hubo un tiempo en que se consideraba este fenómeno como misterioso y milagroso. Lo que propiciaba el hecho, bastante más mundano, de que los sacerdotes recurrieran a los nilómetros (especie de pozos con marcas de altura que medían el nivel de las aguas) para averiguar hasta dónde se iba a extender la fértil abundancia que repartía el río, con objeto de saber cuántos impuestos iban a ser capaces de demandar y obtener.

Para los egipcios antiguos, el Nilo, con sus verdes campos a sus márgenes, significaba la esencia de la vida, mientras que el desierto, tanto el líbico, en el margen occidental, como el arábigo, en el oriental, la muerte. No se paraban a pensar que, incluso el desierto, cumplía su función en ese marco privilegiado donde va a florecer la civilización. Su disposición a ambos márgenes del río suponía una barrera natural para posibles invasiones, lo que permitía una seguridad física a sus habitantes a partir de la cual se pudieron emprender grandes logros. Además, como normalmente la sociedad se gobernaba desde instancias políticas autoritarias, los recursos infinitos que ofrecía la naturaleza en un lugar tan concentrado se empeñaban en un proyecto común centralizado. Y, por si este cúmulo de circunstancia favorables fuera poco, la navegación del río se podía hacer fácilmente de Sur a Norte, dejándose llevar por la corriente, y también de Norte a Sur, ya que el viento dominante soplaba en este sentido.

Así pues, el Nilo se iba regenerando y, en cierta forma, renaciendo, a través de sus crecidas, de la misma manera que el sol, que también tenía para el egipcio una influencia bienhechora, iba sucediendo periódicamente a la noche. Periodos que se repetían cíclicamente y en los que estaba por medio la acción de resurgir. La naturaleza era todo para los egipcios antiguos, y, a partir de su observación, la firme y generalizada creencia en la resurrección y en el Más Allá era una derivación lógica de estos ciclos vitales naturales: tierra yerma y fertilidad; luz y oscuridad; y, en definitiva; vida y muerte. Surgen así leyendas que tenían como nudo central la vuelta a la vida, y, de entre ellas, la de Osiris va a acompañar a toda la civilización durante milenios. Pero, sería un error creer que estamos en posesión de toda la verdad “objetiva” sobre este foco esplendoroso de civilización y de Historia. Muchos de los aspectos trascendentales de esta cultura compleja están aún por descrifrar. Egipto sigue siendo un enigma, aunque, quizás, su verdadero significado sea, simplemente, el resultado de una sociedad opulenta que lucha contra la muerte, y se empeña, con una energía milenaria, en perpetuarse como ninguna otra civilización lo ha hecho, peleando casi sobrehumanamente contra los avatares del tiempo.

Ante la magnitud ingente de las representaciones que han llegado hasta nosotros21, no cabe duda de que en la sociedad egipcia la vida se enfocaba hacia la muerte, y, desde esta perspectiva, podemos conocer mejor el sentido de un determinado arte y unas prácticas que han asombrado a las generaciones posteriores: las pirámides, los hipogeos, la momificación… Nada tan esclarecedor como tener en cuenta que cada faraón, en el momento de subir al trono, de lo primero que se preocupaba era de empezar a trabajar sobre su propia tumba22. Este enfoque hacia la muerte se puede observar en todo momento, pero especialmente en el periodo denominado Imperio Nuevo, en el que el difunto vive en el País de los Vivos durante el día y en el de los muertos durante la noche, para lo que ha comprado su preceptivo pasaje en la barca del dios Ra. Pero la idea del Más Allá y de la vida de ultratumba está siempre presente en la perdurable civilización egipcia. En cierta forma, era la manera que tenían los egipcios de alcanzar la seguridad espiritual a partir de la idea de la regeneración de la vida. Y, tan importante era esta idea religiosa, que reproduce sus valores en representaciones a través de casi cuatro milenios. Un enorme periodo en el que podemos adentrarnos privilegiadamente, desde nuestra época, por algo también muy singular. Los testimonios que han llegado hasta nosotros y que tanto asombraron a nuestros antepasados, particularmente las obras arquitectónicas, son tan abundantes gracias al empleo de la piedra utilizada (caliza, arenisca y, en menor medida, granito, basalto y alabastro). Un material que se pudo emplear con generosidad por su abundancia en la región, así como por el clima tan benévolo en no pocos emplazamientos. Esto hizo, sin duda, palidecer la proyección artística e histórica de la civilización mesopotámica, en la que el adobe y el ladrillo, como materiales más utilizados, son infinitamente más perecederos.

Uno de los rasgos más sobresalientes de esta increíble civilización es su persistencia, su evolución a lo largo de los siglos con unos mínimos elementos de cambio. Por ello, independientemente de que tengamos en cuenta más tarde las distintas etapas en las que se suele dividir el Egipto faraónico, no es demasiado arriesgado exponer ahora, con brevedad, una serie de ideas que caracterizan a toda la civilización en su conjunto, definidoras de toda ella.

Empecemos por algo casi obvio. El que tradicionalmente se haya dividido en periodos esta civilización se ha debido a la necesidad de facilitar su estudio. Pero también a que se deba resaltar la distinción entre los momentos fundamentales de creación o desaparición de la unidad política, especialmente en lo que se refiere a la unidad entre el norte y el sur del país; es decir, entre el Bajo y el Alto Egipto. Ahora bien, en todo el tiempo de su existencia, la sociedad egipcia sigue siendo durante siglos esencialmente la misma (las fuerzas de tradición son infinitamente más poderosas que las de renovación), por mucho que haya importantes momentos de modificación, como los aludidos anteriormente, sobre la territorialidad. Los periodos de unión entre norte y sur están relacionados con la centralización y la potencia política y económica. Son momentos en los que llevan las riendas del país los faraones más destacados, tanto en el orden interno (grandes construcciones y organización de la burocracia) como en el externo: se da la ampliación territorial, por el norte hasta el Sinaí y Oriente Medio, y por el sur hasta Nubia). Por su lado, la debililidad del poder del faraón coincide con los periodos de descentralización, lo que lleva a la importancia de poderes que antes eran intermedios, como los sacerdotes (pasan al primer plano de la esfera política), y los nomarcas23. Huelga decir que estos periodos de debilidad de la autoridad centralizada estuvieron más predispuestos (como realmente ocurrió) a sufrir las invasiones externas: los hicsos, los asirios, los griegos, y los propios romanos, entre otros.

En cuanto a las creencias, la vida de ultratumba era muy importante y, por supuesto, la religión en general, con esa promesa que hacía de satisfacción de las seguridades espirituales. Era una religión compleja, con una gran variedad de creencias y ritos, tanto en el espacio como en el tiempo. Se daba, pues, la coexistencia de varios cultos, e incluso hubo una distinta valoración, en función de las épocas, de los dioses. Unos dioses, que, en muchas ocasiones, tienen forma animal y antropomórfica (aunque no sólo se daba esta combinación), dentro de un contexto en el que tenía igualmente muchísima importancia la magia. Entre los cultos más generalizados, asumido por todo el país y practicado en casi todas las épocas (quizás también el más famoso para nuestra sociedad actual), está el de Osiris. En el Egipto faraónico tenía gran importancia la leyenda de Seth (dios del Desierto y encarnación del mal) y su hermano Osiris (antiguo rey del Delta). Tal vez no está de más recordar brevemente que, según aquel extendido mito, este último dios había sido matado y descuartizado (sus pedazos se esparcieron por el Nilo) por Seth. Pero Osiris, ayudado por su hermana y esposa Isis (que junta y reconstruye los trozos) vuelve a la vida; y entre los dos engendran a Horus. El faraón se va a considerar, de acuerdo con el mito, hijo de Horus y representa la unidad de Egipto. Y Osiris será, desde entonces, el dios de los muertos, el que ha de juzgar las almas (rito osiriaco) para, de acuerdo con su comportamiento, salvarlas o condenarlas.

Pero también hay que tener en cuenta (y esto se olvida con frecuencia ante la singularidad de la religión osiriaca) que los dioses locales tuvieron igualmente su importancia. Así, el dios Ptah va a ser especialmente relevante en Menfis, Ra en Heliópolis (la capital espiritual), Amón en Tebas, etc. No obstante, en el Imperio Medio y Nuevo (a partir de la XII Dinastía) se acentúan las tendencias unificadoras con la elaboración del dios supremo Amón-Ra.

Por otro lado, en el panorama político del Egipto faraónico uno de los aspectos más relevantes es que la dinámica de poder estaba basada en una monarquía de carácter absoluto y sacralizada. El faraón reunía en su persona poderes divinos y mágicos, y contenía, con el orden y la fertilidad que proporcionaba al Estado, las fuerzas del Caos. Aunque hay que resaltar, igualmente, que no era exactamente una teocracia, ya que, por ejemplo, los sacerdotes no tenían más importancia que el poder civil. El faraón, que vive en el palacio (la palabra egipcia helenizada farao significa ‘casa grande’), es el dueño absoluto de los bienes y de las personas del país. En el Imperio Nuevo este poder del faraón es imperialista (se llega, a través de campañas militares, hasta Siria y Palestina), y se acentuará por el debilitamiento del feudalismo territorial (declive de los nomarcas) y de la burguesía comerciante. Además, se envilecen todavía más en esta época las clases inferiores, aumentando el poder de los sacerdotes de Amón. El Ejército profesional, por su parte, tiene un papel protagonista en las conquistas de este Imperio Nuevo militar y expansionista. Consecuencia de esto último es la gran afluencia de esclavos, que empiezan a proliferar ahora por todo el país (y no en la época de las grandes pirámides, como casi todo el mundo cree).

Este régimen extremadamente autoritario se concibe y se justifica por la necesidad de una centralización política que asegure el orden y la defensa ante posibles invasiones; y, sobre todo, que organice, ante el problema de las distancias y las dificultades de la comunicación (exceptuando el Nilo), la economía de una forma racional, sistemática y productiva. Ante la complejidad de los transportes y la extraordinaria importancia del riego, se necesitaba, ante todo, una autoridad que controlara y distribuyera el trabajo en las obras públicas y los planes de irrigación; toda vez que la tierra se prestaba al cultivo individual de parcelas, con pequeñas explotaciones mantenidas por unidades familiares. Se buscarán así la seguridad material y económica de la población —y se lograba alcanzar en la mayoría de las épocas de esta milenaria Historia egipcia—, no sólo a través de los infinitos recursos del Nilo, sino a partir de una organización que tenía al faraón en su cabeza. Se abría así la puerta, paralelamente, a un acendrado absolutismo.

Por supuesto, el poder del faraón estaba basado en los inmensos ingresos en forma de impuestos de productos naturales o metales, que iban a parar al Tesoro Real. Esto se conseguía sin apenas dificultad, merced a las aportaciones de los campesinos, si el faraón cumplía con su cometido de asegurar el orden, mantener los canales y los diques, e intentar evitar las injusticias y la arbitrariedad evidentes de los funcionarios locales. Cuando esto no era así, se predisponía a la población hacia la rebelión o la invasión de pueblos extraños, como ocurrió, de hecho, en no pocas ocasiones.

La economía egipcia era también esencialmente agraria. La agricultura se basaba en primer lugar en la producción de algodón (incluso hoy en día el algodón egipcio es considerado como uno de los mejores del mundo) y de cereales. Entre éstos hay que destacar la cebada (la cerveza era, en aquella época, claro, la bebida nacional egipcia) y el trigo, aunque más bien habría que hablar de la escanda, porque el trigo fue introducido ya en época romana. También, y como complemento, hay que hablar de las legumbres, las frutas, y la vid. Asimismo, eran importantes los productos de la ganadería y de los cultivos industriales (oleaginosos, textiles), así como los de la caza y la pesca, con un nivel de riqueza verdaderamente importante para la época. Por otro lado, también eran productos básicos de la economía y el trabajo la piedra de sillería, que proporcionaban los rebordes de los desiertos, y la minería, a partir de la explotación de las montañas. Ésta se llevaba a cabo con los esclavos y los prisioneros de guerra, que extraían oro, cobre y piedras preciosas. Se importaba el resto de los materiales, muchos de ellos utilizados para la construcción, como por ejemplo la madera.

En una economía centralizada y dirigida como ésta, el Estado presidía todas la actividades. Era el propietario de la tierra y de las minas, organizaba incluso el trabajo de los artesanos, y alimentaba directamente a sus servidores: soldados, funcionarios y sacerdotes. Sin embargo, frente a la aparente cobertura de las necesidades básicas, no era una economía dinámica, sino que tenía múliples carencias. El comercio interior se reducía a los canales y brazos del Nilo. La vida urbana, contrariamente también a lo que suele creerse, era bastante reducida, en especial en el Imperio Antiguo. Los intercambios, ante la falta de moneda, se realizaban a través del trueque y la moneda pesada. Además de que la economía era prácticamente cerrada y autárquica, ya que apenas había relación con el exterior. No obstante todo esto, en el Imperio Nuevo (a partir del siglo XVI a.C.) hay una explotación más sistemática de las tierras fértiles, con catastros y registros de impuestos. Además, hubo una mayor prosperidad debido al botín de guerra, el desarrollo del comercio con Siria y Palestina, la explotación de las minas de oro de Nubia, y, en general, al aumento del lujo y el refinamiento del gusto.

Desde luego, como se puede suponer, la sociedad siempre había sido muy desigualitaria. Los servidores directos del rey acumulaban riquezas, y la gran masa del pueblo trabajaba sin descanso. El campesino estaba ligado al campo del faraón, y podía ser requerido para los trabajos de interés colectivo, como el mantenimiento de diques y canales. Los esclavos eran extranjeros, prisioneros, raptados o vendidos, y no tenían ningún derecho. Por su parte, los artesanos (que solían tener una gran habilidad técnica por la variedad de ocupaciones) no estaban mucho más considerados en la escala social que el campesino, aunque se situaban más cerca de los grandes personajes, se encontraban menos explotados y estaban mejor alimentados. Los soldados en el Imperio Antiguo eran poco numerosos, aunque disfrutaban de lotes de terreno como servidores ligados al Estado. En el Imperio Nuevo, como hemos visto, aumentará mucho su número.

Las dos clases superiores eran los sacerdotes (controlaban los templos y recibían sin cesar dones del faraón) y los escribas. Estos últimos eran funcionarios bien preparados, pero también bastante arrogantes y propensos al abuso de autoridad, al contrario de la plácida imagen de los escribas sentados que, en forma de tallas maravillosas, han llegado hasta nosotros. Estas dos clases privilegiadas o superiores eran casta aparte, lo que condicionaba también la rigidez y la impermeabilidad del sistema social.

Con respecto a la cultura y la ciencia, hoy no se es tan atrevido cuando se trata de atribuirles, en la construcción de las pirámides, por ejemplo, conocimientos complejos de geometría o astronomía. Sin negar que se tratara de ideas muy sugerentes de los historiadores y egiptólogos del pasado, los errores de cálculo aparecen siempre después de la primera impresión. De hecho, no existía un acceso directo a la ciencia pura, teórica y desinteresada, estando este tipo de conocimientos dominados todavía por la religión o la práctica empirista. Por su parte, la literatura se compone de narraciones populares o enseñanzas morales y metafísicas como los textos de las pirámides. En el Imperio Nuevo se crea El libro de los muertos, que es un conjunto de himnos, relatos piadosos y sortilegios mágicos escritos en papiro. El arte es quizás la actividad que más ha asombrado a la posteridad, con unas características muy singulares, y refleja sobre todo, en su unidad a través de los siglos, el espíritu religioso y el poder de la autoridad centralizada.

Hasta ahora hemos hablado en diferentes ocasiones de Imperio Antiguo, Medio y Nuevo sin hacer mayores precisiones, porque, probablemente, el lector ya conoce con claridad a qué nos referíamos con estas precisiones temporales. Corresponde ahora, sin embargo, introducirnos con mayor detalle (todo lo que nos permita la cortedad de estas páginas) en cada uno de los periodos con los que, de una forma que ya es clásica, se ha solido dividir toda la inmensa historia del Egipto faraónico.

Los grandes imperios egipcios

Del egipto llamado Predinástico tenemos pocas noticias, y, a diferencia de lo que ocurre en Mesopotamia, no se puede establecer una cronología cultural de esta época a partir de los yacimientos arqueológicos. Tenemos noticias dispersas sobre los periodos neolíticos, ya mencionados, Badariense, Amratiense y Gerzeense; y sobre, todo, la consideración ya en esta época de la dualidad entre el Alto (sur) y el Bajo (norte) Egipto. De hecho, el país se llamaba en esta arcaica época, en la que se da una primera y efímera unificación con capital en Heliópolis, Las Dos Tierras, y el soberano llevaba las dos coronas, que representaban a cada uno de estos territorios (atributos que acompañarán a la representación del faraón durante milenios). Parece ser que uno de estos soberanos fue el gran Narmer, un rey del Alto Egipto que conquistó el norte, cuyo nombre aparece en muchos monumentos de esta época.

En torno al año 3000 a.C. se da por concluido el Egipto Predinástico, y empieza la sucesión de dinastías que, a partir de entonces, va a permitir clasificar, desde el punto de vista de la monarquía faraónica, los distintos periodos históricos del país. La sucesión de capitales tiene también su importancia, ya sea en el Bajo o en el Alto Egipto. Por esto, a la Primera Etapa Dinástica (que incluye la I y la II dinastías) se la llama también Época Tinita (la capital se encontraba en Thinis, en el Egipto Medio). Se produce en este periodo, bajo el legendario rey Menes (el primer faraón dinástico del que se tiene constancia, que bien pudiera ser el mencionado Narmer), la unificación entre sur y norte, y se empieza a desarrollar con cierta complejidad la religión, con Osiris, Horus y Amón como principales dioses del periodo. También se tiene constancia en esta época de una monarquía autoritaria y “propietaria” del país, con una sociedad de castas de la que el faráon (término que, no obstante, se introducirá más tarde, en el Imperio Nuevo) es el vértice de la pirámide. Existe ya una centralización burocrática y un ejército. En el terreno de la vida material, el país se empieza a caracterizar por una economía cerrada o autárquica, con la agricultura como principal fuente de riqueza dependiente de las crecidas del Nilo, aunque aparecen ya atisbos de actividad comercial. La II Dinastía, según los últimos descrubrimientos, comprendía seis soberanos (y no nueve como decían las fuentes clásicas), y se alargaría por unos doscientos años.

A la altura del 2778 a.C., aproximadamente, comenzará el Imperio Antiguo, que quedará grabado por siempre como el periodo de las pirámides. Y eso a pesar de que no en todo este periodo se construyeron tan magníficas como las famosas de Gizeh (hubo muchos tipos y de muy diversos tamaños), aunque todas ellas edificadas a base de trineos y rampas de barro apisonado por trabajadores contratados por el faraón. Sólo tenían que cumplir un requisito estos espectaculares y conocidos enterramientos: debían erigirse en la orilla izquierda del Nilo, allá donde se ponía el sol y se pensaba que estaba el Más Allá. La III Dinastía, fundada por Sanakht, es la del célebre faraón Tsejer o Djoser (2686-2613 a.C.) y su no menos famoso arquitecto Imhotep. Fue este singular personaje quien construyó la imponente pirámide de Saqqara, que es, en realidad, una superposición de mastabas (aquellos primeros enterramientos, bastante menos monumentales, de los egipcios de la época tinita)24. Al estudio de la pirámide escalonada de Saqqara se ha dedicado toda su vida el arquitecto francés Jean Philippe Lauer, que trabajó allí durante 75 años, lo que nos ha permitido conocer los pormenores de la pirámide y del recinto funerario, con muralla incluida, que la rodeaba.

De esta III Dinastía será también el faraón Snofru, que se propuso terminar una pirámide (la de Meidum) cuyos vértices se acercaban mucho más a la verticalidad. Pero, la dinastía más famosa de este Imperio Antiguo será la IV (2613 a 2498 a.C.), que es la gran constructora de las enormes pirámides en las meseta de Gizeh, muy cerca de la actual El Cairo. Y muy cerca también de la que será capital en este periodo, Menfis, en el comienzo del delta. Menfis tendrá como dios principal al también famoso Ptah, y los faraones Keops, Kefrén (cuyo rostro parecer ser que está representado en la famosa esfinge), y Micerinos, dejarán inmortalizados para siempre sus nombres con estas obras, que todavía hoy asombran por su magnitud y su carácter enigmático. La de Kefrén, que conserva todavía en el vértice superior parte del recubrimiento original de granito, y cuyos lados son más cortos, es desde siempre la más cautivadora. Parece más espigada todo porque se encuentra sobre una base de roca más elevada) que la gran pirámide de Keops, que es, sin embargo, más grande y alta. No obstante, sus dimensiones exactas muy probablemente no las lleguemos a conocer nunca, porque fue, como todas las demás, una pirámide expoliada también en el exterior, cuando se llevaban a centenares las rocas exteriores de granito para utilizarlas como nuevo material constructivo.

En esta IV dinastía la centralización del poder y la complejidad de la burocracia es evidente. Ahora el soberano es la propia encarnación de Horus y, a partir de la V Dinastía se le considera el hijo del dios Sol Ra. En esta época, se va produciendo un aumento de poder de los sacerdotes de la ciudad sagrada de Heliópolis (la ciudad que se había convertido en la capital espiritual del país), y, ante la debilidad creciente del poder de los faraones, el sur se separa y se asiste a un primer periodo de decadencia, hacia el 2181 a.C. Se llega así al llamado Primer Periodo Intermedio, que es una etapa de transición que dura hasta el 2065 a.C., donde el poder de los nomarcas se hace más evidente y los impuestos gravan penosamente al campesino y a los pequeños propietarios.

Después de este largo periodo de decadencia, los sucesores del rey Antef consiguen unificar nuevamente el país. El faraón Mentuhotep I, de la XI Dinastía, será el artífice de esa unificación. Con la llegada de la paz y la estabilidad se da comienzo al llamado Imperio Medio, y la capital se instala entonces en Tebas, en el Alto Egipto, donde cada vez cobra más importancia el culto al dios Amón y a Ra. La mencionada XI y la XII dinastías serán aquí las más sobresalientes, con los faraones denominados Mentuhotep, Amenemhat, y Sesostris, estos dos últimos de la XII Dinastía, como principales protagonistas de un gobierno fuerte y económicamente también unificado.

Sesostris III (1878-1849 a.C.) fue el faráon más importante del Imperio Medio. Impuso la autoridad del soberano sobre la potencia de los nomarcas, y llevó a cabo exitosas campañas militares en Siria y, sobre todo, en Nubia, para que se pudieran obtener los ricos recursos minerales de esta región, además de establecer relaciones comerciales. Por otra parte, en esta época del Imperio Medio se desarrolló una pujante clase media burguesa, merced a la estabilidad del país y al crecimiento económico. En el plano cultural este periodo tiene también su importancia, porque, si bien ya no se construían aquellas enormes pirámides, se ha descubierto que se dieron los primeros pasos de las matemáticas, la medicina, la astronomía, etc.

Pero, con el tiempo, los sacerdotes de Amón van a ir cobrando cada vez más poder, y las XIII y XIV dinastías se convierten en decadentes. Así las cosas, se asiste a una nueva etapa de transición denominada Segundo Periodo Intermedio (1782 a 1570 a.C.), en el que se produce la primera gran invasión del país a cargo de los hicsos. Tradicionalmente (y no sin error) denominados Reyes Pastores, los hicsos eran en realidad emigrantes nómadas del desierto asiático que, en busca de tierras, se asentaron en el delta del Nilo aprovechando los momentos de debilidad de la autoridad egipcia. Su presencia en el país del Nilo ocuparía las dinastías XV y XVI, y mantuvieron las tradiciones y creencias egipcias. Hubo, pues, una doble administración, la de los hicsos en el norte, y la de los príncipes tebanos en el Alto Egipto, que preservaron la cultura del Imperio Medio para que se pudiera dar la apoteósis egipcia del Imperio Nuevo.

Es ésta última etapa (situada entre 1580 y 1083 a.C.) la más sobresaliente del Egipto faraónico, y la mejor conocida. Con la XVIII Dinastía (1580 a 1320 a.C.) el casi mítico Ahmosis expulsa a los hicsos del país y, desde Tebas, lo vuelve a reunificar. La capital sería, una vez más, esta ciudad del Alto Egipto, y, con los faraones Amenofis y Thutmés de esta dinastía, Egipto llega a alcanzar un extraordinario esplendor. Desde luego, no empezaría mal la XVIII Dinastía con las audaces y exitosas campañas del yerno de Ahmosis, Thutmés I, que serían continuadas por sus sucesores. El primero de ellos, Thutmés II se casó con su hermanastra, la princesa Hatshepsut, y juntos reinaron durante catorce años hasta la prematura muerte del faraón. En una regencia de aquella princesa muy recordada en la Historia de Egipto, Hatshepsut, que llegaría a usurpar el trono de su sobrino e hijastro, Thutmés III, no continuó con las campañas militares. Estableció, en cambio, importantes relaciones comerciales, con expediciones a Arabia y al famoso país del oro del Punt, e hizo construir el grandioso templo mortuorio de Deir-el-Bahari, muy cerca del Valle de los Reyes. Cuando Thutmés III, a la muerte de Hatshepsut, accedió al trono, hizo, desde muy pronto, méritos sobrados para que la Historiografía le conociera como el Napoléon egipcio. Llevaría a cabo la más ambiciosa política exterior, basada en el éxito militar, de todo Egipto. Emprendió nada menos que diecisiete campañas militares en Siria, en pos del rico comercio que Thutmés quería arrebatar al reino de Mittani. De esta forma, Egipto se convirtió en una potencia imperial, pues sus dominios englobaban muchos pueblos, razas y culturas. Las monumentales construcciones de Tebas darán buena cuenta de lo eficaz de los saqueos militares egipcios. Si bien ésta no es la época de las grandes pirámides, es sin duda la de los grandiosos templos; y sobre todo los de Karnak (su sala hipóstila o de columnas también asombra hoy incluso a los bien informados viajeros) y Luxor, para mayor gloria de Amón y de Tebas.

Sin embargo, este esplendor del Imperio Nuevo se ve ahora de forma muy diferente en los enterramientos. Los faraones se hacen enterrar en los denominados hipogeos (grandes tumbas subterráneas), en el tan árido como poco frecuentado Valle de los Reyes (las temperaturas aquí son extremas). Se pretendía evitar con ello a los ladrones de tumbas, al tiempo que se continuaba con la práctica religiosa ancestral. Al fin y al cabo, se mantenía el ciclo solar de Ra al irse a enterrar el faraón a la montaña, como si se adentrase con el sol en un enorme horizonte, para luego, como él, renacer y continuar su ciclo eterno. Como el faraón debía disponer de las cosas materiales en su nueva vida, los interiores de estas curiosas tumbas son fantásticos, con unas pinturas y bajorrelieves que nuestra generación ha tenido especialmente en el caso de la tumba de Sheti I— la suerte de conocer y admirar en la realidad25.

El gobierno de los faraones es en esta época muy autoritario, con un centralismo muy acusado, y, tanto los sacerdotes como los escribas, tienen un papel importante, aunque supeditado por completo al del faraón. El poder de los sacerdotes de Amón del templo de Karnak cada vez se hace más fuerte, y ahora es también crucial la figura del soldado, debido a las numerosas campañas en el exterior. Los sucesores del conquistador Thutmés III, como Amenofis III, continuarán su obra de esplendor del Imperio Nuevo. Ahora bien, durante el reinado de Amenofis IV (el llamado faraón hereje) se produce la fascinante época de la nueva capital, Tell-el-Amarna, en la que este faraón dirige a la sociedad egipcia al monoteísmo con la adoración del dios Atón (el disco solar), cambiándose él mismo de nombre al adoptar el de Akenatón (el que adora a Atón). El arte toma aquí unas dimensiones personalísimas, abandonando el persistente y anodino hieratismo de las figuras, y adquiriendo una naturalidad que tanto ha sorprendido a los historiadores del arte.

Pero más famoso que Akenatón es todavía su sucesor Tutankhamón, que, como también indica su nombre, vuelve al culto a Amón y al politeísmo. En realidad, este desgraciado muchacho que apenas vivió dieciocho años (la mitad de ellos en el trono) pasó sin pena ni gloria por la lista de faraones egipcios. Sólo un extraordinario descubrimiento, como fue el de Howard Carter en 1922, al hallar su tumba casi intacta (es decir, con todos los maravillosos y valiosísimos utensilios que se dejaban enterrados junto al cadáver de un soberano para que disfrutara de ellos en la vida de ultratumba) ha motivado que sea, sin duda, el más famoso de los faraones Egipcios26. La sala con sus tesoros en el caótico Museo de Antigüedades egipcias de El Cairo es una de las experiencias más asombrosas que pueden encontrar los apasionados de la Historia.

La XIX Dinastía es también gloriosa en la Historia de Egipto, y tendrá todavía un carácter más expansionista que su predecesora. Sethi I va a ser su primer faraón, pero, sin lugar a dudas, el más importante será su sucesor, el extraordinariamente longevo Ramsés II, que gobernará de 1279 a 1212 a.C. Este soberano va a poner en marcha una ambiciosa política exterior, y llega a luchar —parece ser que con una derrota más que una victoria, a pesar de las fuentes oficiales del reinado— contra los hititas en la batalla de Kadesh. Todavía más ambiciosa será su auténtica fiebre constructiva, con la que quiere llevar a cabo un reflejo monumental de su poder. Obras suyas son arquitecturas que sorprenden por su majestuosidad, como el famoso espeo (templo excavado en la roca) de Abu Simbel, que tuvo que ser transportado a trozos para salvarlo de las aguas de la presa de Assuán; o el denominado Rameseum. Pero también sorprenden por su número: en casi todas las grandes ruinas egipcias hay alguna referencia a Ramses II, aunque bien es verdad que los egipcios llaman a este soberano el faraón ladrón, porque se apropió de obras que habían construido otros, poniendo en ellas su característico cartucho27.

A partir de Ramsés II se suceden los llamados Ramésidas, que son faraones cuyos gobiernos tienen menos importancia. De hecho, a partir de esta XIX Dinastía se vuelve a producir un largo periodo de decadencia y una crisis generalizada. La XX será una dinastía decadente excepto en el reinado del faraón más famoso de esta época, Ramsés III. Él fue quien, en una batalla en el delta —que se considera que es la primera batalla naval de la Historia— venció en un primer momento el arrollador empuje de los Pueblos del Mar. Pero no por mucho tiempo. Este periodo acabará finalmente con la invasión generalizada de estas gentes de diverso origen, procedentes del Norte, que actuaban de forma conjunta. Eran pueblos que, seguramente, eran los antecesores de los etruscos, los griegos, los aqueos, y, tal vez, los filisteos, y que llevaron a cabo una invasión completa de todo el Egipto farónico. No sólo la desmembración, sino la más aguda decadencia y el caos se apoderaron entonces de Egipto en lo que se ha llamado la crisis del Tercer Periodo Intermedio (1080 a 945 a.C.). En estos momentos en Israel se dan los reinados de los reyes David y Salomón, que incluso llegará a entroncar con alguna princesa egipcia. Esta crisis generalizada y persistente será aprovechada, con el tiempo, por los asirios en el año 700 a.C., para invadir el país bajo el mando del gran Asurbánipal.

Todavía habrá una última etapa del Egipto faraónico en la que se produce un cierto renacer de los principales planteamientos políticos y culturales autóctonos de esta civilización milenaria. A partir del año 651 a.C., con el faraón Psamético I, la capital vuelve al delta, esta vez a Sais. Es una época en la que, bajo unos gobiernos menos autoritarios que en periodos precedentes, bajo los mandatos de este faraón y sus sucesores (todos ellos, como el primero, de la XXVI Dinastía: Neco, Psamético II y III), se contruyen templos que son ahora menos colosales, y el comercio llega a tener más importancia.

Tras una nueva crisis, los persas, comandados por Cambises, invadirán el país en 526 a.C., y lo dominarán hasta que los griegos, con el gran Alejandro al frente, sean los nuevos dominadores del territorio, en 332 a.C. El de Macedonia se granjeará las simpatías de los habitantes del país por su decisión de respetar los templos (se presentó como el gran protector de Amón) y la cultura egipcia, y él mismo fundó, como es sabido, la grandiosa ciudad de Alejandría (331 a.C.). Inclusó se proclamó su filiación divina en el oasis de Siwa. Después de su muerte se van a suceder los monarcas denominados Ptolomeos o Lágidas. Se convierte entonces Egipto en un reino más de los denominados helenísticos en el Mediterráneo oriental. Su rivalidad con otro de esos grandes reinos, el de los Seleúcidas, va a ser constante, así como las luchas dinásticas, denominador común en el acceso al trono. La cultura egipcia sigue siendo respetada, no obstante, en este periodo griego (los gobernadores ptolomeos adaptaron su ideología helenística a la tradición faraónica), y buena prueba de ello es el soberbio templo que se levanta hoy en Edfú, dedicado a Horus. Es el templo mejor conservado de todo Egipto (estuvo enterrado en la arena durante largos años) y nos da perfecta cuenta de lo que debieron ser estas impresionantes arquitecturas religiosas.

El último de los soberanos ptolomeos será Cleopatra (VII), amante de dos grandes romanos, Julio César y Marco Antonio. La derrota en Actium (31 a.C.) de éste último a manos de su rival Octavio provocó el suicidio de la más famosa de las reinas egipcias a manos del famoso áspid, la serpiente sagrada de los faraones, y que Egipto se incorporara, ya como provincia, al naciente Imperio Romano. Todavía durante esta dominación permanecerán los planteamientos culturales del Egipto faraónico, aunque su existencia política desapareciera ya para siempre. La huella de esta gigantesca civilización ha permanecido, no obstante, imborrable a partir de los siglos subsiguientes.

14 K.A. Wittfogel, Una arqueología gigantesca: el estudio de las antiguas sociedades hidráulicas en las repúblicas centroasiáticas de la extinta URSS, Barcelona, 1998.

15 Recordemos aquí que el clan es una agrupación de linajes o macrofamillias, y la tribu es la asociación de clanes; y tanto unas como otras son antagónicas con la organización central estatal de carácter urbano y sedentario.

16 S.N. Kramer, La historia empieza en Sumer, Barcelona, 1985.

17 Debate historiográfico que ha recibido el nombre de “el problema sumerio”. En los últimos tiempos se ha llegado a la conclusión de que no fueron originarios de Mesopotamia, sino que llegaron allí imponiéndose (otra discusión se mantiene acerca del cuándo) a los habitantes de El Obeid.

18 En esos tiempos míticos habría reyes, como los de Eridu, cuyos reinados se decía que duraron miles de años. Por otra parte, paralelamente al sentido religioso del acontecimiento del Diluvio, sí es cierto que hubo una gran catástrofe en Mesopotamia: inundaciones, maremoto o, simplemente, caída de grandes y frecuentes lluvias, en torno al 2900 a.C., según diversas fuentes que coinciden al describir esta catástrofe.

19 Su historia politica se conoce relativamente bien a partir de la Gran crónica real Asiria, entre otras crónicas importantes.

20 Hoy, sin embargo, son escasísimos los testimonios que se pueden encontrar de estos lugares fundamentales asirios, ya que los restos más importantes se encuentran actualmente en el British Museum de Londres, o en el Louvre de París.

21 Por lo que es básico el conocimiento del lenguaje jeroglífico, a partir de los descubrimientos de Champollion y sus pertinaces estudios sobre la piedra de Rosetta a principios del siglo XIX. Un hecho, que como es sabido, abrió las puertas de una ciencia nueva y apasionante, la Egiptología. El clásico libro de C.W. Ceram, Dioses, tumbas y sabios, Barcelona, 2006, con una inmensa cantidad de ediciones, sigue siendo una muy sugestiva invitación para entrar en este fascinante mundo.

22 Hay alguna excepción, como la del gran Amenofis III, pero en el sentido de que comenzaría su tumba antes incluso de que muriera su padre y antecesor, Thutmés IV.

23 Los nomarcas eran los dueños de los nomos, las regiones que, incluyendo varios pueblos y aldeas, formaban una unidad básica administrativa (ya desde antes de la primera unificación) y socio-económica.

24 La principal aportación de Imhotep como arquitecto real fue la aplicación de la revolucionaria idea de que, lejos del material perecedero (como se había utilizado en épocas anteriores), la piedra tallada, concebida como material básico, se podía utilizar como parte total de la estructura de un edificio.

25 Por desgracia, las generaciones venideras no tendrán esa suerte si siguen conservándose como en la actualidad, con los turistas tocando los impresionantes relieves con sus propias manos, merced a una irrisoria propina, y con la posibilidad de llevarse casi todo con la complicidad del policía del lugar.

26 Era la tumba denominada KV62, por corresponder a la número 62 del King Valley (Valle de los Reyes).

27 Como sabrá seguramente el lector, se llama así al anillo de forma oblonga que rodea al nombre del faraón en jeroglífico, expresando la idea de dominio y poder.

III. EL VALOR DEL PENSAMIENTO. Grecia y el mundo helenístico

“Grecia es la cuna de la civilización occidental”. Más allá de las ya casi tópicas frases como ésta, transmitidas de generación en generación por su verdad intrínseca, se ha dicho hace poco que la Historia de la Grecia Antigua es como una especie de cuento con final feliz. Un cuento protagonizado por un pequeño pueblo de los márgenes casi remotos de los grandes Imperios y civilizaciones milenarias (como las que acabamos de ver de Mesopotamia y Egipto) y que, sin embargo, llega a alcanzar cotas de cultura formidables. Sus contribuciones grandiosas en las artes y en las ciencias, pero también en la política y en la organización social, se convirtieron, además, en un legado a escala mundial en el espacio y en el tiempo, con un atractivo de difícil comparación con otras páginas de la Historia Universal. El de la Grecia Antigua es, sin duda, uno de los grandes temas de ésta28. Todavía hoy, después de miles de páginas escritas, resulta muy interesante reflexionar sobre el por qué de ese atractivo y de esa “buena prensa” historiográfica que ha cautivado, a lo largo de los siglos, a tantos espíritus. Y por qué, por ejemplo, hizo en su día que un multimillonario hombre de negocios alemán dedicara parte de su fortuna y de su tiempo a excavar los misterios de las antiguas ciudades homéricas, dando con ello una nueva dimensión al embrujo de este pueblo.

Quizás para Schliemann, el magnate aludido, su verdadero encanto descansaba en el carácter especial de esta civilización, en la que dominaba, sorprendentemente, la diversidad y la homogeneidad a un tiempo. Algo en apariencia tan contradictorio puede tener sentido, en los casi 2.000 años que abarcaría la Historia de la Grecia Antigua, si la consideramos, como lo vamos a hacer ahora nosotros, como una unidad, especialmente desde el punto de vista cultural. Y una unidad que, sin embargo, ofrece periodos muy bien diferenciados.

Los periodos más antiguos y la formación de lo griego

Un primer hecho importante de homogeneidad griega. El mar Egeo, testigo tan mudo, como extraordinariamente bello, de esta civilización milenaria, va a ser, con sus enormes posiblidades, un gran protagonista común. Estaba llamado a convertirse en el cauce por el que va a pasar a la Historia el primero (comienza aquí ya la diversidad) de los grandes pueblos griegos: el cretense, situado privilegiadamente en posición de acotar aquel mar por el sur. Es ésta, pues, nuestra primera etapa de periodización del mundo helénico. La que se ha llamado generalmente civilización cretense o minoica —o, incluso, propiamente egea—, cuya cronología podemos situar entre los años 2000 y 1450 a.C., más o menos. Cualquiera que haya visitado los palacios de Festos y, sobre todo, de Cnossos, ha podido darse cuenta, sin necesidad de mucha imaginación, de lo refinado y esplendoroso de esta civilización. Palacios y casas rematadas en terraza y unas gráciles columnas policromadas, acompañadas de una cerámica —como la de Camares— ya de gran relevancia artística, son más que suficientes testimonios de su importante grado de desarrollo y progreso material.

Los palacios juegan, además, un papel esencial. La autoridad del rey cretense (descendiente del legendario Minos, rey mítico de Cnossos que, según Homero, vivió tres generaciones antes de la Guerra de Troya) era importante; aunque no se sabe muy bien si dominaba toda la isla o sólo su región29. En torno a su poder, se llevaba a cabo una economía redistributiva, que tenía al rey y al palacio como centro que asignaba y controlaba el uso de las tierras circundantes, cuyos sufridos cultivadores tributaban para mayor gloria del palacio. La acumulación de bienes resultantes de estas actividades económicas permitió a esta monarquía llevar un modo de vida suntuoso, y, lo que era más importante, almacenar unos importantes excedentes de productos alimenticios con los que se alcanzaba una importante seguridad material. El trigo y el aceite de oliva ya eran una buena moneda de cambio, y, con otras materias primas, daban lugar a un productivo flujo comercial, siendo el mar, como decíamos, el gran escenario protagonista. Así fue como Creta llevó a cabo su llamado, tradicionalmente, Imperio marítimo; es decir, la talasocracia, que permitió, entre otras cosas, la posesión de algunas colonias en la Grecia continental. Este sistema se hizo especialmente importante a partir de 1600 a.C., una vez superada una crisis ocasionada por la destrucción de los palacios, provocada, seguramente, por importantes movimientos sísmicos. Por otro lado, a pesar de no conocer el hierro, los cretenses trabajaron muy bien metales como el cobre, el bronce e incluso el oro. Su escritura, utilizada para contabilizar aquellos excedentes y redistribuirlos, era ideográfica, y ha sido llamada por los arqueólogos Lineal A. Además, a los cretenses se les considera los inventores de instrumentos musicales antiguos, como la flauta y la cítara, e incluso del teatro.

A pesar de todo este esplendor, los cretenses no pudieron evitar que, desde el mar, un pueblo eminentemente terrestre acabara con su civilización. Se trataba de los aqueos (o lo que es lo mismo, Micenas), un pueblo situado en el centro de la península del Peloponeso caracterizado no por tanto refinamiento, pero sí por un fuerte poder militar capaz de ser exportado por gran parte de la Hélade. Aunque, bien es verdad que, en lo que se refiere a Creta, su influencia no llegó a ser total, ya que algunos aspectos de la civilización minoica fueron incorporados a las costumbres del nuevo dominio.

En esta ocasión, en un ambiente distinto, en la tierra, las grandes ciudades de los aqueos (Tirinto, Pilos y, sobre todo, la propia Micenas) aparecían como imponentes moles cuyas murallas se decía que habían sido contruidas por los cíclopes. Desde luego, legendaria había sido su irrupción en el Peloponeso, desde donde, a partir de 1600 y hasta aproximadamente 1200 a.C., van a dominar, como acabamos de decir, gran parte del mundo griego. Como en el caso de Creta, tampoco es seguro que formaran un poder político unificado con dominio sobre una misma gran área geográfica. Pero lo que está fuera de toda duda (ahí estan las imponentes ruinas de la propia Micenas para demostrarlo) es que constituían un poder fuerte con un mando real que habitaba en el palacio reciamente amurallado. Lo suficientemente fuerte como para vencer no sólo a los cretenses, sino a la lejanísima Troya, contemporánea suya y extraída de los límites de la literatura para insertarse, para siempre, dentro de la Historia, merced a los trabajos del propio Schliemann30.

El cultivo de la agricultura y las explotaciones ganaderas eran las principales fuentes de recursos de Micenas, que, por otra parte, llegó a conocer también la escritura, en este caso la llamada Lineal B. A pesar del aspecto sobrio de su civilización, observable en nuestros días en muestras tan significativas como esas imponentes murallas y los enterramientos en forma de falsa cúpula, dejaron también testimonios de sus evidentes adelantos artísticos. Entre ellos, el llamado Tesoro de Atreo, las máscaras reales realizadas en oro, que tanto asombran hoy a los visitantes del Museo Arqueológico Nacional en Atenas, y, cómo no, la famosa Puerta de los Leones; por cierto, considerada hoy como la escultura en relieve más antigua de Europa.

Tradicionalmente se ha venido diciendo, hasta hace bien poco, que es la invasión de los dorios quien acaba, desde el norte, con el poder de los aqueos, asentándose uniformemente en el sur de Grecia. Hoy, sin embargo, merced a las últimas investigaciones31, se contempla que ni era tan uniforme ni persistente ese poder de los dorios, ni fue la única causa de la caída de Micenas. Parece ser que razones como los cambios climáticos, devastadores terremotos, o una serie de subversiones sociales cobran, cada vez más, cuerpo de naturaleza. Incluso, lo que parece más real: simplemente, un agotamiento del sistema socio-económico. Pero, además, también se duda de que fuera una invasión propiamente dicha, sino más bien el paso heterogéneo de unos emigrantes, que, con discontinuidades en el espacio y en el tiempo, se fueron asentando en los territorios anteriormente dominados por la civilización micénica. Por si todo esto fuera poco, se ha llegado a decir que tampoco fueron exactamente los dorios los que acabaron con Micenas (los únicos signos materiales de los dorios se datan en la actualidad mucho después de la época de las destrucciones, en torno al 1000 a.C. o incluso más tarde) sino otros pueblos invasores. Entre ellos estarían los ya conocidos por nosotros Pueblos del Mar, que, viniendo originariamente del norte, arrasaron varias zonas de Europa y del Mediterráneo muy distantes entre sí, llegando incluso, como hemos visto, hasta el propio Egipto. En fin, la invasión de los dorios sigue siendo uno de los grandes misterios por resolver de la Historia de Grecia, aunque sí parece ser cierto que, muchas de las poblaciones jonias que huían de ellos, llegan a fundar algunas ciudades en Asia (Mileto, Halicarnaso, etc.). Unas ciudades que, como es sabido, y como veremos un poco más adelante, tantísima importancia tendrán en el aspecto cultural.

Sea como fuere, lo cierto es que la etapa que viene a continuación (entre el 1200 ó 1150 al 800 a.C.), se ha venido llamando hasta hoy los Siglos Oscuros. No en vano es una de las menos conocidas de la Historia de Grecia. Los historiadores, ayudados por los arqueólogos, han ido conociendo últimamente cada vez mejor este periodo, y ya es díficil hablar —como antes era práctica casi habitual— del “reino de la nada”; pero todavía faltan por concretar muchas grandes cuestiones y problemas históricos. Lo que es evidente, no obstante, es que la expresión de la cultura material de esta época es pobre, con una actividad semisedentaria, dedicada al pastoreo, una gran dispersión de comunidades rurales, y una organización política, como mucho, basada en jefes de tribus. No es de extrañar, por tanto, que los testimonios llegados hasta nosotros hayan sido mínimos. Aquí se hace verdad, como nunca, ese viejo principio de que, la falta de noticias para el historiador es, en sí misma también, una importante noticia.

Tanta diversidad basada en la dispersión (quizás el momento de mayor) parecía que podía llevar al final de la “aventura griega”. Y, sin embargo, hoy se acepta cada vez más que la Edad Oscura fue la cuna de la ciudad-Estado helénica, y de la cultura que vendría después, aportando una cierta base para el cambio de ritmo histórico, importantísimo, que se da en el siglo VIII a.C. En efecto, si en los Siglos Oscuros prevalecía lo heterogéneo, en lo que se ha venido en llamar el Renacimiento de la época homérica (básicamente aquel siglo VIII a.C. del que hablamos) se va a dar una de las mayores expresiones de la otra cara de la moneda, la homogeneidad. No es que se avanzara gran cosa en una centralización territorial y política, ni que se agotaran las vías de la diversidad en sus múltiples vertientes, pero Homero y el mundo que le rodeó no cabe duda de que van a dejar honda huella en los griegos. Como tampoco hay duda de que, a partir de entonces, se pueda hablar de una cultura, con sus singularidades, común. Es decir, de uno de los pilares más firmes para que este “cuento con final feliz” tenga también carácter de unidad.

“Lo griego”, como decía Heródoto, se plasma ya abiertamente en esta época en el empleo de un idioma, derivado del fenicio, de gran flexibilidad y dispuesto a ser el vehículo de exportación de la cultura. El propio Homero, considerado por los griegos como el más grande de los poetas, será quien dé, en sus grandiosas obras La Ilíada y La Odisea, la más clara muestra de las posibilidades de la lengua griega. Y, no sólo eso. Será —seguramente sin pretenderlo— el que haga creer a los griegos en una determinada mentalidad, en una escala de valores que irán acompañando al hombre griego a lo largo de los siglos. Paralelamente, con Homero lo legendario se hace, en cierta manera, al mismo tiempo Historia, al describir en sus obras no sólo el mundo de los griegos en la guerra de Troya, sino también en toda su propia época, según señalan la mayoría de los investigadores. Se transmite con sus escritos (que se enseñaban en las escuelas) toda una cultura de lo heroico, de la desigualdad, de los valores aristocráticos, del trabajo, del espíritu de sacrificio, y hasta de la apariencia física. Una cultura en la que creían firmemente los griegos de ese tiempo, y con una proyección hacia los tiempos posteriores realmente impresionante.

De momento, en la llamada Época Arcaica (periodo inmediatamente siguiente al homérico, y que comprende los siglos VII y VI a.C.), va desarrollándose el mundo de las ciudades-Estado. La famosa polis griega constituía un espacio político autónomo, con su autogobierno, y con un sentido de la participación ciudadana en los asuntos públicos nada común, que ha cautivado a todos los que se han acercado a este interesante tema. Unas 700 poleis salpicaban el espacio griego, una vez más con firme tendencia hacia la diversidad dentro de él. Muchas de estas ciudades no eran comparables ni en extensión, ni en riqueza, ni en número de habitantes y, ni siquiera, en actividades económicas. Pero lo cierto es que todas, con una gran conciencia aristocrática, eran muy celosas de su independencia frente a cualquier dominación extranjera. Estaban inmersas, cada una de ellas, en un amplio sentimiento de individualidad que podían más que la necesidad de la unión política; aunque tenían también las ideas muy claras en cuanto a la importancia de “lo griego”, que respetarán y harán valer en el transcurso de los siglos.

Buena prueba de esto último es la importancia de la religión, que guardaría siempre una estrecha relación con la política (se podía tener cualquier opinión, pero no se podía ser ateo). Paralelamente a la existencia de dioses locales, como la famosa Palas Atenea de Atenas, había una religión común. A ello contribuyó en gran medida la sistematización del panteón griego que había hecho otro gran poeta, Hesíodo (en su famosa Teogonía32) y que se desarrollará y extenderá en esta época. La gran familia de dioses que se reunían en el monte Olimpo (lugar sagrado para los griegos), transmitía la idea de una cierta dimensión humana (eran antropomórficos), al tiempo que reproducía el modelo de la sociedad aristocrática y familiar (Zeus era rey padre, casado con Hera, diosa de la Fecundidad, y con hijos como Apolo, dios del Sol). Era una forma de acercarse a la seguridad espiritual desde unos planteamientos cercanos a la propia existencia humana, y, por tanto, mucho más próximos a las posibilidades de superación del individuo. Ya sólo por esto (que no es poco), es fácil llegar a la conclusión de que el propio hombre, con sus facultades y aptitudes, es, revolucionariamente, el núcleo principal y recurrente del pensamiento griego. Con todas las implicaciones que esto va a traer consigo, sobre todo en cuanto a la obtención de algunas cotas de libertad, al menos en el terreno intelectual. Quizás no sea arriesgado afirmar que, con este pensamiento griego, del que hablaremos también un poco más abajo, había ya algún intento de soprepasar el nivel mínimo de seguridad en el que se estaban moviendo, desde siempre, los hombres. No deja de ser significativo que, con este apego a lo humano, el propio Hesíodo, diera una de las definiciones de la amistad más perfectas y que, casi tres milenios más tarde, no ha perdido ni un ápice de su valor: “un amigo es aquel que sabe todo de ti, y, a pesar de ello, te quiere”.

Los templos se fueron extendiendo por toda Grecia, y los Juegos Olímpicos (cuya primera celebración en 776 a.C. marca el comienzo de una era cronológica, la griega) constituían, al tiempo, una competición deportiva que despertaba pasiones, como hoy en día, pero también una celebración religiosa. Muy revelador es el hecho de que el impresionante templo de Zeus, en Olimpia, albergara la estatua crisoelefantina (de oro y marfil) del dios más rica y famosa de la Antigüedad33. Pero además, los juegos constituían un acontecimiento importante de socialización. Con este motivo se reunían los griegos cada cuatro años, y afluían a la todavía hoy enigmática y serena Olimpia, desde todos los rincones. Y, como es natural, se daba rienda suelta al intercambio de ideas y experiencias a través de este tipo de comunicaciones.

Por su parte, el oráculo de Delfos era otro de los santuarios sagrados para los griegos. Allí estaba el templo de Apolo, que recibía las ofrendas de las poleis, y al que se le consultaba sobre el futuro más próximo. La imagen de homogeneidad cultural que transmitía se comprueba con los severos castigos a que eran sometidos quienes osaran romper la secular tradición, o violar algunas de sus dependencias o bienes. Desde esta perspectiva, se ha dicho que, tanto Olimpia como Delfos, ejercían sobre la Grecia arcaica una influencia parecida a la que en el siglo XX han protagonizado los medios de comunicación. De hecho, en el caso de Delfos, esta hermosa y empinada ciudad se puede considerar como una especie de cerebro coordinador en lo que será luego el movimiento colonizador. Antes de emprender cualquier emigración, el oráculo de Apolo era consultado por todas las poleis34. No nos puede extrañar así, que la violación de estos recintos fuera causa de algún que otro conflicto militar de graves consecuencias.

Precisamente lo militar va a ser otra de las características esenciales que darán cierta homogeneidad a Grecia. No porque las poleis aunaran el mando militar (sólo lo hicieron, momentáneamente, para esquivar el peligro común de los persas), sino porque su forma de combatir, común a todos los griegos, era, significativamente, una expresión de su cultura y organización social. El famoso hoplita (del término hoplón, ese enorme escudo circular tan caracterísitico) era un soldado de infantería pesada. Pero era, al tiempo, algo mucho más que eso: un ciudadano que luchaba con sus armas por la polis, identificando los intereses de su ciudad con los suyos propios. La infantería de ciudadanos (el arma de los aristócratas será la caballería), organizada en cerradas líneas llamadas falanges, será el instrumento de guerra más poderoso de su tiempo. Con él van a instaurar los griegos un periodo de verdadera brillantez no sólo en su espacio, sino en buena parte de la Europa oriental y el Mediterráneo.

De momento, los griegos se abrirían al mundo a través de las llamadas colonizaciones (entre los siglos VIII y VI a.C.), símbolo, una vez más, de la homogeneidad (fue un fenómeno común a un gran número de poleis), y también de la diversidad. Cada una de ellas llevó a cabo su propio ámbito de expansión y su propia política. Entre los aspectos comunes, hay que destacar sus causas, que según las últimas investigaciones eran complejas y variadas. La presión demográfica en la ciudad colonizadora y la necesidad de mayor espacio cultivable han aparecido como las más evidentes. Pero, últimamente, también se destaca que quizás hubiera ciertas relaciones comerciales previas que pudieron preceder a los asentamientos estables. Sea como fuere, las colonias podían ser de carácter agrario (colonias típicas) o bien comercial (los emporios costeros, que tenían una especie de puerto adaptado para los movimientos comerciales). Los muy diferentes ámbitos de expansión, con miles de kilómetros entre ellos, contenían zonas ribereñas del Mar Negro (como las colonizaciones hechas aquí por Mileto o Argos), el Asia Menor (Nicea), el sur de Italia y Sicilia (la llamada Magna Grecia, colonizada por Corinto-Mégara), y el Mediterraneo occidental (Focea), incluida la propia España, con la famosa fundación de Ampurias. A pesar de que el grado de penetración en el interior continental de estos emporios costeros fue muy escaso, no cabe duda de que las colonizaciones supusieron, al menos, un puntal de la cultura griega en zonas tan alejadas de sus centros de acción.

La autoafirmación política y cultural griega

En los siglos VII y VI a.C. la política, como preocupación de los ciudadanos por el gobierno de su ciudad, estaba ya bastante desarrollada. En el espacio del ágora o plaza pública era donde se llevaban a cabo las discusiones políticas y, en general, la vida pública dentro de las poleis. Este espacio constituía el elemento simbólico de esa participación en los asuntos de todos. Por supuesto, ni ahora, ni en el posterior siglo esplendoroso de la democracia, se puede hablar de igualdad real entre todos los ciudadanos. En el fondo, siempre estaba la vieja constante de que unos pocos mandaban y todos los demás obedecían. No podía ser de otra forma en una civilización donde lo aristocrático (las familias antiguas y pudientes de la ciudad) seguía siendo no sólo el ideal homérico, sino la forma “natural”, en su cultura, de organización social. De hecho, se pueden observar en la Grecia Antigua unos presupuestos sobre el origen y la naturaleza de la nobleza increíblemente parecidos con los que se tenían que desarrollar en la Europa medieval o moderna. Por ejemplo, en la afición y casi veneración de las genealogías, que comienzan, tanto en uno como en el otro contexto histórico, y sin ningún tipo de pudor, en figuras heroicas y legendarias.

La aristocracia había controlado, de hecho y de derecho, el gobierno de las ciudades con sus intereses oligárquicos, dejando fuera de la participación activa en la toma de decisiones políticas al demos (el pueblo no noble). A partir del siglo VII a.C., no obstante, se va imponiendo en muchas poleis un sistema diferente de gobierno, llamado tiranía, basado en una acaparación de poder por un personaje que, en teoría, pretendía cuidar de los intereses del demos. Este sistema pretendía frenar las presiones aristocráticas y oligárquicas (por lo que, en principio, este vocablo no tenía una connotación negativa), pero acabó por convertirse, merced al abuso de poder de muchos tiranos, en una auténtica autocracia en la mayoría de las ocasiones. A pesar de ello (y de la poca simpatía que despiertan en la Historia, frente al deslumbrante momento de la democracia) los tiranos se interesaron algo por la disminución de los privilegios de la aristocracia (excepto los de sus propias familias, claro está…), y por ciertas obras de infraestructura que trajeron bastante prosperidad a las poleis. Tal fue el caso, por poner sólo un ejemplo, de Corinto, ciudad en la que, gracias al régimen de la tiranía se construyó un artilugio y una calzada que permitía llevar los barcos por tierra desde el golfo de Corinto al Sarónico. Esto benefició claramente al demos a partir del ahorro que suponía esa solución para las rutas navales, y, por ello, del impulso que se daba al comercio. Cípselo (en el propio Corinto), Polícrates de Samos, y Pisístrato (que llegó a ser tan amo de Atenas que pudo traspasar el poder a sus hijos Hipias e Hiparco) son algunos de los más significativos ejemplos de grandes tiranos.

Precisamente Atenas se estaba convirtiendo, ya por aquella época, en una de las más importantes ciudades de toda Grecia. Los atenienses pertenecían al pueblo de los jonios, que procedían de Beocia y se asentarón en el Ática, al sur de la península Helénica. El monte Acrópolis dominaba la zona, donde se encontraba también el famoso puerto de El Pireo. Los jonios se agrupaban en familias (genos), que se agrupaban, a su vez, en familias más extensas (fratrias). La nobleza y las clases privilegiadas se llamaban eupátridas, y formaban la aristocracia que participaba en el gobierno. El demos estaba constituido por los trabajadores, que, en su condición de hombres libres, consentían en ser gobernados por los eupátridas con tal de que no les perjudicasen en las leyes. A partir del siglo VII a.C. se desarrolló otra clase social, la de los demiurgos, que se dedicaban al comercio y pequeñas manufacturas. Durante la tiranía ateniense se aplicaron leyes duras, para prevenir los disturbios sociales, como las contenidas en la famosa legislación de Dracón (de ahí la expresión, como habrá intuido ya el lector, de “leyes draconianas”). Pero, al final del periodo, las no menos célebres leyes de Solón suavizaron las tensiones sociales que había generado el gobierno despótico, especialmente en lo que se refería a la anulación de la esclavitud por deudas; y, porque, al fin y al cabo, se abriría, con sus reformas, el camino hacia la democracia.

Por el contrario, Esparta, con su régimen singular de monarquía dual para la dirección de los asuntos políticos, tendrá un modelo y un camino diferente —mejor sería decir opuesto— en el devenir de Grecia en los próximos siglos. Esa monarquía tenía un origen plenamente aristocrático (a partir de las familias de los Agíadas y de los Euripóntidas), aunque también contaba con sus instituciones de participación y representación ciudadana. Entre sus asambleas se encontraba la Gerusia (Consejo de Ancianos), la Apella (Asamblea de los Ciudadanos de pleno derecho mayores de treinta años) y el Consejo de los Éforos (cinco ciudadanos elegidos por la asamblea, que controlaban nada menos que la conducta de los reyes o diarcas). Ahora bien, lo más característico de la sociedad espartana será su disciplina militar y su espíritu de sacrificio. Para convertirse en un buen hoplita, el entrenamiento militar y el servicio obligatorio en el Ejército duraba desde los siete a los veintiún años. Los espartanos estaban siempre dispuestos a combatir en cualquier circunstancia, según la costumbre, hecha norma, de estar siempre en guardia frente a una hipotética rebelión de ilotas (los famosos esclavos de los lacedemonios, o espartanos, que tanto aparecen en los crucigramas). Sus temores eran fundados, ya que su número superaba con creces al de los ciudadanos. Todo ello ha hecho que se perpetúe el nombre de este pueblo hasta nuestros días como sinónimo de exigencia y dureza.

Una vez más tenemos la diversidad, en este caso política y social, como nota característica griega y con una proyección en la cultura occidental bien perceptible a través de los siglos. Así, la de los griegos ha sido siempre una cultura con “buena prensa” para casi todos los análisis políticos posteriores. Para los gobiernos absolutistas y totalitarios, la capacidad de sacrificio y la rigidez de los espartanos, y, sobre todo, su estabilidad como gobierno, en pos de un único objetivo común constituían un modelo digno de imitar. Incluso algunos han considerado a Esparta como la precursora de los regímenes totalitarios, y, de hecho, algunos nazis se identificaron con esta paradigmática polis. Y no digamos del atractivo de los griegos para los regímenes democráticos, con la consideración que se ha tenido hacia la igualdad ateniense en los siglos XIX y XX de nuestra era por varios motivos. Entre ellos, sus códigos de leyes y tribunales de justicia, sus procedimientos para seleccionar a los funcionarios y garantizar su responsabilidad, y sus debates y votaciones públicas de los asuntos internos y de la política exterior. En definitiva, Esparta y Atenas son, desde esta perspectiva, mucho más que las poleis más importantes de Grecia durante varios siglos, sino, también, el reflejo de esa complejidad en la unidad que tanto ha caracterizado al mundo griego.

Ahora bien, desde el punto de vista estrictamente social y económico, existen unas semejanzas que persisten en la idea de una única comunidad cultural. Tanto en Esparta como, incluso, en Atenas, una cosa eran los aristocrátas y los ciudadanos plebeyos (ganados para los derechos políticos, por otra parte, a partir de su funcionalidad como hoplitas en la defensa de la ciudad), y otra muy distinta, los otros grupos sociales. Entre éstos había que contar a los extranjeros (metecos), los habitantes de los suburbios (periecos), los pobres (en Atenas, hasta prácticamente el siglo V a.C., sólo se tenían derechos políticos a partir de la posesión de ciertos bienes o rentas), y los esclavos, que llevaban una vida mucho más dura y no tenían derechos políticos, como tampoco los tenían las mujeres, los niños ni los jovenes menores. Como se puede ver fácilmente, de verdadera democracia, nada, ni siquiera en la gloriosa Atenas. Aun así, con esta desigualdad social evidente, y con las tensiones y rencillas sociales que desencadenaba, estas dos ciudades no dejaron de prosperar, merced a una economía boyante y cada vez más compleja.

Por su puesto, era la famosa trilogía mediterránea la que alimentaba a los griegos. Se cultivaban la vid y el cereal, con el trigo, la cebada y la avena como protagonistas principales. El olivo completaba aquella trilogía con importantes rendimientos agrícolas para la época. Legumbres, verduras, queso, y algo de carne y pescado actuarán como suplementos. La actividad agrícola era también la principal ocupación económica de los griegos, y el pastoreo (que llegó a ser muy importante) no interfería en la agricultura, excepto en los grandes pastos que necesitaban vacas y caballos. Estos últimos se consideraban bienes de gran riqueza, que, en su alto valor y caro mantenimiento, eran símbolo de una alta condición social. Los rebaños de ovejas y cabras suministraban pieles, lana, queso y algo de carne, proporcionada también por cerdos y aves de corral. Los bueyes y las mulas se empleaban para arar los campos y como animales de carga.

La de los griegos fue, pues, una población de agricultores a pequeña escala. Existía una especie de devoción de los labradores-ciudadanos por sus pequeños campos de labranza y una disposición, como decía —una vez más— Homero, a morir defendiendo la tierra de sus antepasados. De hecho, pese a que la clase de los demiurgos fue aumentando con el tiempo, entre el siglo V y el III a.C., en los momentos de mayor volumen de población, casi el 90 por ciento de los habitantes de una polis se dedicaba a las actividades derivadas del campo, aunque bien es verdad que con unas diferencias en cuanto a la propiedad agrícola bastante notables.

Con estos presupuestos económicos y sociales, que permanecen con pocas variaciones a lo largo de los siglos, entramos ya en el llamado Periodo Clásico de la historia de Grecia; es decir, los siglos V y IV a.C. La primera de estas dos centurias es el llamado Siglo de Pericles o Época de la Democracia (aunque también denominado Siglo de Oro Griego). Los historiadores se han centrado claramente, cuando han abordado esta época, en el más glorioso de los poderes y las más significativas de las sociedades del momento: Atenas. Tanto, que se ha llegado a decir últimamente que el siglo V es esplendoroso no tanto por los supuestos importantísimos cambios que se suceden en las ciudades griegas (en realidad, fue mayor la continuidad), sino por el formidable impulso del documento escrito, como novedad fundamental, en esta época. El texto escrito produjo, entre otras cosas, el que se privilegiara una visión particular del mundo de las ciudades a través del modelo de Atenas, que había sido el centro de atención de la mayor parte de los textos. Y es tan importante el influjo para la posteridad de esta avalancha de información (tanto en su cantidad como en su calidad) que al historiador de todas las épocas, e incluso al de nuestros días, le ha sido —y le es— extraordinariamente difícil hablar con otra voz que no sea la de la propia Atenas, la ciudad que se consideraba a sí misma modelo del mundo griego. Hay que tener en cuenta, pues, para esta época, que, a pesar de su evidente atractivo, no hay que tomar la parte por el todo, sobre todo si queremos huir de viejos prejuicios y posibles malformaciones históricas.

En los primeros tiempos de este, de todos modos, extraordinario siglo V a.C., se va a dar algo tan excepcional como la unidad política, aunque sea de forma coyuntural. Una unidad que va a estar cimentada en la oposición común a las ambiciones expansivas del Imperio Persa. Ese formidable poder (sobre el que ya hemos escrito brevemente en el capítulo anterior) que se expresaba en una imponente extensión territorial y administrativa, creada por Ciro el Grande y continuada por sus dignos sucesores de la Dinastía Aqueménida. La Historia de los griegos en este momento es la de una resistencia humilde, pero efectiva, contra el todopoderoso invasor (otro de los grandes atractivos de la Historia de Grecia). Y es una historia de victoria mítica cimentada en el esfuerzo de todos en pos de un objetivo común, por salvaguardar la supuesta libertad griega frente al despotismo oriental, frente a los bárbaros. En ese tiempo, precisamente, se generaliza la expresión “bárbaro”, derivada del sonido “bar, bar, bar” con el que parecía que monótonamente hablaban los extranjeros invasores. Desde entonces, todo lo que no es griego es “el otro”, el bárbaro, con una cierta visión de intolerancia que se ha proyectado a través de los siglos en la civilización occidental, y que ha sido recalcada últimamente, con algunos matices políticos, por varios historiadores y pensadores en general.

En el plano de los hechos, lo cierto es que una autoridad descentralizada y diversa, como la de los griegos, se oponía a un poder imperialista y hegemónico. Tenía todas las de perder, pero venció. Con Darío, los persas van a llegar hasta el Helesponto (forma de denominar en la Antigüedad al estrecho de los Dardanelos), cruzan el Danubio y consiguen conquistar las ciudades jónicas del Asia Menor. Con un ejército muy potente intentan después invadir el Ática, pero son derrotados por Milcíades en la famosa llanura de Maratón en 490 a.C. Más adelante, se unieron contra los persas un buen número de poleis, con Atenas y Esparta a la cabeza, aunque otras permanecerían al margen o incluso a favor de los asiáticos. En estas mal llamadas Guerras Médicas (porque los protagonistas fueron los persas, no los medos, un pueblo incluido dentro del mismo Imperio) el sucesor de Darío, Jerjes, comenzó la segunda de ellas (480-478 a.C.) con todavía mayor potencial militar. Con los espartanos reconocidos como poseedores del mando conjunto militar, y con el fortalecimiento de la flota (debido al genio de un gran estratega, Temístocles, y, sobre todo, a la explotación de las ricas minas de plata recién decubiertas en Laurión), los griegos se enfrentaron al nuevo poder invasor. A pesar de no poder parar a los persas por tierra en el famoso desfiladero de las Termópilas (escenario del célebre episodio de extremo valor del general Leónidas y sus espartanos), y del posterior saqueo de Atenas, las cosas no llegarían a más. Con un potencial considerable de trirremes (el barco de guerra tan característico de la Edad Antigua en el Mediterráneo) se va a parar a los persas, esta vez por mar, en la famosa batalla de Salamina (480 a.C.).

Ahora bien, en aquella gloriosa época, ni las naves ni las flechas atenienses salían de circunstancias fortuitas. Había detrás de ellas toda una cultura de creatividad, versatilidad y flexibilidad increíble, y una organización realmente asombrosa para la época por su complejo grado de organización, lo que multiplica todavía más el atractivo de la civilización griega. Ya hemos hablado del interés de los ciudadanos por la política y de su plena asunción de compromisos para con los asuntos públicos de la ciudad. Quizás el ejemplo más significativo de esto es que, en determinadas votaciones trascedentales, no era permitida la abstención; o, también, que había que decantarse, por fuerza, por uno u otro bando en caso de contienda civil. Por otro lado, ya hemos avanzado que la democracia ateniense no era realmente tal, ya que, entre otras cosas, no existía el sufragio universal, y porque, en realidad, eran los aristócratas, pese a su continua pérdida de influencia a partir de finales del siglo VI a.C., los que seguían dominando, entre bastidores, el panorama político. No hay que olvidar que el propio Pericles, como otros muchos cargos de alta responsabilidad, era, a fin de cuentas, un aristócrata. Además, en realidad tan sólo una décima parte de los más de 300.000 habitantes del Ática tenía plenos derechos políticos. Y esta décima parte era la que periódicamente se repartía, más o menos, el poder. De esta forma, el concepto esencial de igualdad, y el de respeto objetivo a la libertad, quedaban excluidos claramente del sistema. Pero no es menos cierto que este tipo de gobierno, en unos tiempos tan duros e intolerantes como éstos, resultaba poco menos que ejemplar; sobre todo por lo que tenía en sus principios de garante de la libertad individual, de la igualdad ante la ley, y de cierta solidaridad hacia los pobres. Veamos algunos aspectos significativos para que juzgue adecuadamente el lector.

La democracia había sido fundada en sus principios básicos en 508 a.C. por Clístenes, que, aplicando la legislación de Solón, tuvo un papel muy importante en la creación del campesinado libre que formaría la base de la democracia. Como su nombre indica, democracia era el gobierno del pueblo, y, desde el punto de vista institucional, eso se materializaba en la existencia de la gran asamblea Ekklesia. Era ésta la reunión de todos los ciudadadanos, depositaria de la voluntad de la comunidad, que decidía en última instancia todos los asuntos de una forma directa (en Atenas no había partidos políticos, ni nada que se le pareciera)35. Tan directa que, de hecho, en Atenas había unos 700 cargos, y la mayoría de los ciudadanos varones (al ser de un año de duración) había accedido a alguno a lo largo de su vida, o incluso a varios. La Ekklesia estaba formada por todos los ciudadanos varones mayores de dieciocho años, y el quórum estaba cifrado en 6.000 personas, aproximadamente un octavo de todos los ciudadanos del Ática.

Clístenes había reformado también el sistema de representación de las tribus atenienses (que operaban, a través de las fidelidades debidas al parentesco, paralelamente a la autoridad institucional del Estado), y había conseguido el establecimiento de la Boulé, o Consejo de los Quinientos, elegido por aquéllas: cada una de las diez tribus elegía cincuenta representantes. Con ello se daba cabida a esa otra variedad de autoridad de los genos y las fratrias, que actuando también como contrapeso político, preparaba las leyes que se habían de votar en la Ekklesia. El panorama era completado con la Heliaia, o jueces, que actuaban también de jurados. Todo el edificio teórico estaba modelado para evitar el abuso de autoridad, que no obstante —como no es difícil suponer— se producía en el terreno, más real, de los hechos. Ahí está el caso de Pericles, cuyo poder e influencia se manifestaba en su capacidad para, con sus intervenciones (la oratoria era absolutamente fundamental) y, sobre todo, su red de partidarios, influir decisivamente en las decisiones de la Ekklesia. Y eso sin que ocupara ningún cargo excepcional entre los más altos del Estado, aparte del de estratego o general. Cierto es que, con su política, Atenas alcanzó un desarrollo material, un progreso de la cultura y el arte, y un impulso imperialista sobre todo el espacio griego, realmente asombrosos. Pero tampoco lo es menos que sabía manejar muy bien las ambiciones y expectativas de los ciudadanos, y que, en su figura, como en toda la Historia griega, hay luces, pero también sombras y espacios oscuros36. Sólo un detalle, aunque muy significativo, de cómo se movían los hilos del poder. Habiendo decretado que sólo podían ser ciudadanos los hijos de padre y madre ateniense, posteriormente él mismo, cuando se divorció de su primera mujer y murieron sus hijos legítimos, solicitó a la asamblea que concediera la ciudadanía al hijo que había tenido con Aspasia (emigrante de Mileto), a través de un decreto especial, que no le fue difícil conseguir.

No obstante, nadie le puede negar a Pericles ser uno de los principales impulsores del extraordinariamente rico mundo intelectual ateniense. Hasta el punto de que sería acusado de despilfarrar el dinero de la Liga de ciudades griegas, que, cada vez con mayor protagonismo, comandaba Atenas, en las impresionantes obras de arte de la Acrópolis. El famoso promontorio se va convertir, sin duda, en el símbolo de lo esplendoroso del siglo V, en que Atenas se va a erigir en el centro de irradiación de la cultura griega. Entre 447 y 438 a.C. Ictíneos y Calícrates construyen el Partenón, que será decorado por el mismísimo Fidias: realizará aquí la estatua de Atenea Parthenos y las famosas metopas del friso de las Panateneas37. Hacia finales de siglo todavía hay tiempo para construir los no menos prodigiosos, Propíleos, el templo del Erecteion y el templo de la Victoria (Niké).

En el terreno de la literatura, los logros no dejan de ser sorprendentes. Como es sabido, el drama cobra una inmortal forma bajo las obras de Eurípides, Sófocles y Esquilo, y la comedia, resaltando aspectos de la vida cotidiana de la polis, con Aristófanes. Y cómo no, la filosofía, con los sofistas, continuadores del espíritu especulativo del método científico de los filósofos presocráticos. Pero, sobre todo, la monumental figura de Sócrates, que, una vez más, pero ahora con mayor profundidad, centra la explicación del mundo a través del hombre. Las ramas del conocimiento, incluido el discurso político, van a ser objeto de reflexión sistemática por parte de su gran discípulo Platón. Tanto su célebre Academia, como sus Diálogos, de gran perfección, tanto en su contenido como en la forma, son claves para el conocimiento humano y de una influencia inmensa para la filosofía posterior. A través del mundo de las ideas, Platón nos explica el funcionamiento del mundo visible e invisible.

Y para dar mayor consistencia aún a todo este mundo enriquecedor de las más altas facultades del hombre, los encargados de transmitir este ambiente (y, en cierto sentido, de hacer propaganda de él) para la posteridad: los historiadores. En esta época la Historia cobra carta de naturaleza con Heródoto (el llamado por muchos Padre de la Historia), que traslada los relatos sobre el pasado del mito legendario a la realidad humana; y, sobre todo, Tucídides, que, con sus exposiciones sistemáticas y su interés por el contraste de fuentes, empieza a dar consistencia a la recurrente idea de la Historia como Magíster Vitae.

Por otro lado, en su prosperidad como ciudad, una vez dispersado —que no extinguido— el peligro persa, Esparta va a cobrar también un gran auge, a lo largo de lo que queda de siglo. La diversidad aquí se fundamenta en una clara distinción. Esparta, fiel a su tradición, se erige, cara a la política y al futuro eminentemente militar que se aproxima, en potencia terrestre, mientras que Atenas se convierte en la potencia marítima por excelencia. De hecho, buena parte de la razón de ser de la democracia se basa en la imperiosa necesidad de conseguir remeros para la creación de una poderosa flota. Atenas sabía muy bien de la trascendencia de ésta para el comercio, el control de los mares, el transporte, la seguridad del aprovisionamiento de la ciudad y, por supuesto, para la política y la seguridad física de sus habitantes. Y no dudó en acrecentar sin descanso tan estratégica arma. Este proceso va a ensanchar por su base el concepto de demos en cuanto a su participación política, si bien en sus formas de actuación y mentalidad se seguía con la adopción e imitación de esquemas mentales de las formas de vida aristocrática. Una vez más, vemos la relación entre la organización social, el empleo militar y la actividad política. Ya no sólo los hoplitas (que tenían un cierto nivel de ingresos para poder comprarse sus armas), sino también los no pocos remeros y tripulantes de las trirremes, tenían el derecho al voto. Su participación en las guerras les daba, pues, derecho a intervenir —aunque fuera poco más que nominalmente— en los asuntos de la ciudad, lo que redundaba en un acrecentamiento del régimen participativo de la democracia en contra del mucho más restringido de los espartanos.

Pero, evidentemente, no se les ofrecía ese sustancial cambio por nada. Los sufridos marineros atenienses van a tener sobradas ocasiones de intervenir en las luchas a favor de su ciudad. El fantasma del conflicto y de la guerra, como era fácil de prever, una vez desaparecido el enemigo común (persa), va a aparecer de nuevo. Una situación, por otra parte, repetida con demasiada asiduidad a lo largo de la Historia. Las dos ciudades, Esparta y Atenas, sin duda las más ricas y prósperas, se van a enfrentar cara a cara, y van a convertir a toda la Hélade, merced a sus respectivas y complicadas alianzas (la Confederación de Delos liderada por los atenienses y la Liga del Peloponeso por los espartanos) en escenario de cruentas luchas. Estas llamadas Guerras del Peloponeso comenzaron en 449 a.C., después de una larga y tensa espera, y abarcaron prácticamente todo el Mediterráneo oriental, hasta la victoria final de Esparta. Sólo un dato, un año después de su anhelado final, en 403 a.C., el número de varones adultos que había en Atenas era aproximadamente la mitad que el de treinta años antes, y algunas ciudades, como Melos y Escíones fueron, en la práctica, aniquiladas.

La guerra había triunfado una vez más en la Historia de la Humanidad, incluso ante las más altas expresiones culturales y sociales conocidas hasta entonces. Fue, de nuevo, el denominador común en el que se vertieron casi todos los esfuerzos. A su paso, sólo desolación y más guerra es lo que se podía esperar, y, con ello —como se ha dicho hace poco— la desaparición del eje polis-ciudadano en favor de la doctrina del fin que justifica todos los medios, con la seguridad como horizonte anhelado en un clima de extrema tensión. Una seguridad que pasaba por la victoria en la guerra al precio que fuera. No es casual que, hablando en términos de auge y preponderancia, el protagonismo se incline ahora, no a la participación política, ni al nivel artístico o las posibilidades de la economía, sino al mayor nivel técnico y organizativo adquirido para poder aniquilar al adversario. Entonces el conocimiento se aplicaba también, y, sobre todo, como haría Eneas Táctico en su Poliorcética, a perfeccionar los métodos de matar38.

Los filósofos tienen todavía —e incluso aún con mayor esplendor— su papel, pero ya no ejercerán ninguna influencia práctica en los mecanismos del poder. El arte sigue siendo igualmente esplendoroso, al igual que la literatura, pero nada podrá evitar que los derroteros de la convivencia común vayan en un sentido, en el terreno de la práctica, menos elevado moralmente. Aristóteles, fundador de El Liceo y de la escuela peripatética, abordó, en su voluntad de llegar al conocimiento del mundo concreto y físico, prácticamente todas las ramas del saber: la lógica, la metafísica, la ética, la política. Su figura, como es sabido, será clave para santo Tomás y, posteriormente, para el Renacimiento, pero parece que poco pudo influir en su real discípulo Alejandro. Por otro lado, las matemáticas progresan sobre todo con la figura de Euclides, y la Historia a través de Jenofonte. En el arte, hay en esta época grandes testimonios como el Mausoleo de Halicarnaso en arquitectura, la pintura costumbrista de Apeles o las tres figuras básicas de una escultura menos idealizada en esta época: Praxíteles, Scopas y Lisipo. Pero a la hora de trazar los caminos del poder, el reduccionismo militar imperante es en buena medida lo que hace que, frente a la preponderancia que había conseguido Esparta a raíz del conflicto del Peloponeso, le suceda ahora un nuevo poder militar (sin otra base que precisamente ésa) en la hegemonía de la Hélade: la ciudad de Tebas en Beocia. La supremacía tebana se fundamentaba en el buen hacer de su extraordinario general Epaminondas, que vencerá a los espartanos en Leuctra en 371 a.C. Pero no era fácil que sólo lo militar pudiera mantener por mucho tiempo la situación, especialmente cuando una nueva potencia militar saliera a la palestra. El panorama iba a cambiar muy significativamente cuando alguien con los suficientes recursos y las idóneas dotes de mando, supiera ver que el panorama estaba maduro para una nueva invasión. Y esta vez, con el objetivo de llevar a cabo lo que nunca se había hecho en la ya larga Historia de los griegos: la hegemonía a través de la unificación política, e incluso la expansión territorial imperialista.

Alejandro Magno y el helenismo

El imperialismo que va a llevar a cabo el nuevo poder que ahora asoma, Macedonia, va a hacer que el tan criticado imperialismo ateniense en la Confederación de Delos fuera, a su lado, un juego de niños. Los recursos ahí estaban: un pueblo en el norte de Grecia que no había sufrido demasiado por las guerras y con unos vastos recursos propiciados, en gran medida, por las minas de oro del Pangeo. Y el hombre que los dirigía era también, sin duda, el más adecuado: Filipo II de Macedonia. Realmente es difícil comprender cómo este hombre al que en su vida personal se ha tildado de borracho y mujeriego hasta el extremo (atributos que debía añadir a su apariencia personal de hombre cojo y tuerto), pudiera estar tan identificado con la cultura griega; toda vez que los propios macedonios eran considerados bárbaros. Parece que hay que comprender esta inclinación en términos de poder, que él llegó a manejar magistralmente, con amenazas y acciones militares. Su discurso era claro y directo: había que abatir por completo al Imperio Persa, y conseguir (aunque en esto tenía menos adeptos) la unidad entre los griegos. No en vano se le ha llegado a llamar el verdadero creador del Imperio Macedónico. Con su impetuoso y astuto planteamiento, se abrió entonces camino, no engañando a los inocentes —por otra parte, los griegos no lo eran—, sino jugando con la ambición y la codicia de aquellos que le igualaban en falta de escrúpulos, pero no en inteligencia39.

Para impedir el irrrefrenable ascenso de Macedonia, de nada sirvieron los graves y hermosos discursos premonitorios del gran orador Demóstenes, con sus famosas Filípicas. No se pudo evitar que, junto a los recursos y el hombre, la famosa falange macedónica decidiera en última instancia. Este sistema de combate se mostró, en aquel contexto, decisivo. De hecho, no va a tener competidor en los campos de batalla de Grecia, a partir de su empleo sistemático en la victoria de Queronea (339 a.C.), frente a los atenienses y tebanos. Sus seis batallones de 1.500 hombres cada uno, armados con espada corta, pequeño escudo redondo y, sobre todo, lanza de más de cinco metros de longitud (con sumo parecido en este aspecto con los tercios españoles) le daban un aspecto sólido e imponente, y, sobre todo, tremendamente práctico. Esta falange macedónica será, por lo menos hasta la irrupción de la nueva y más perfeccionada maquinaria bélica de la legión romana (casi siglo y medio más tarde), la que va a decidir todas las opciones políticas hasta ahora, y, con ellas, la evolución histórica de la Hélade.

Pero, para ello, contribuyó también muy especialmente la aparición en escena de un genio universal de la guerra, que va a transformar por completo los esquemas del espacio griego: el gran Alejandro. Los planes de su padre Filipo podían ahora verse cumplidos en su totalidad por éste su joven hijo, que accedió al poder a su muerte, no sin ciertas complicaciones, en 336 a.C. Era evidente que Grecia ya no era la misma. Pero, si bien se había transformado profundamente en lo político, en esencia mantenía muchos de sus principios más fundamentales. Quizás el que impregnaba su cultura con mayor persistencia, el del mundo homérico y de la estimación de las cualidades propiamente humanas, era el más importante, y se puede rastrear con claridad en la evolución de la propia figura de Alejandro Magno. Parece ser que el joven monarca macedonio llevaba siempre consigo las obras de Homero, y que le hubiera gustado tener otro gran poeta, como lo tuvo Aquiles con el autor de La Ilíada, que le hiciera inmortal ante los hombres. Así, sus propias cualidades, muy propicias para desarrollar la imagen del mito, serán un elemento importantísimo; aunque también su firme voluntad de sobrepasar límites incluso humanos. Sus hechos todavía hoy asombran por lo que tienen de formación de un Imperio de lo griego hasta entonces desconocido, y sin parangón a partir de aquel tiempo: desde la península Balcánica hasta la India, pasando por el norte de África, y todo ello en un espacio de tiempo sorprendentemente corto.

Los hechos son bien conocidos. Una vez conseguido el primer objetivo de unificación de los griegos —más bien habría, quizás, que hablar de sometimiento—, Alejandro pasa el Helesponto con la mente fija en abatir al enemigo persa comandado por Darío III. Asia Menor (con las antiguas ciudades griegas), Oriente Próximo, Egipto (donde funda la ciudad de Alejandría, gran foco cultural a partir de entonces del helenismo), Mesopotamia, y la meseta del Irán (con la rica ciudad de Persépolis), se rinden inexorablemente a su paso. Una vez muerto Darío llega hasta el Kurdistán, el Turkestán ruso, y hasta las propias puertas de India, en el río Indo. A su muerte, tan sólo con 33 años (en 323 a.C.), había recorrido con sus ejércitos 26.000 kilómétros en doce años. Con aquel referente homérico, y ante lo increíblemente sorprendente de sus actos, se fue originando un respeto casi divinal y generalizado en todos sus súbditos, entre los que se extendía ya el mito y la leyenda. Ante el éxito de sus campañas, se va poco a poco inclinando Alejandro al ejercicio orientalizante del poder, que le llevará, con ese intento tan característico de fusionar las culturas oriental y griega, a la idea de la monarquía universal. Y, con ella, a ir adquiriendo, crecientemente, una dimensión más del cielo que de la tierra. Aunque —no lo olvidemos— esto último parte sólo de hipótesis —eso sí, bien fundamentadas— que han hecho los historiadores a través de los siglos, al no existir ningún documento (como es lógico, no esperaba morir tan joven) que explicara sus planes de futuro y, sobre todo, de gobierno40.

El vastísimo Imperio conquistado por Alejandro no va a continuar después de su muerte, ya que su carácter era esencialmente personal, y no institucional. Es decir, era fruto más bien de un comportamiento, y no de un sistema de gobierno. Será dividido ese Imperio, no sin ciertas complicaciones también, entre sus generales. Con ellos se dará comienzo a la última etapa de nuestro recorrido por la Grecia Antigua, la llamada Época Helenística, que se puede encuadrar entre la muerte de Alejandro y la de Cleopatra VII de Egipto en el año 30 a.C., la última reina helenística (aunque hay autores que también incluyen la construcción del Imperio por Alejandro dentro de esta denominación).

El helenismo da lugar, grosso modo, a dos efectos harto diferentes en sus tres siglos de presencia. Por un lado, a la descomposición de la unidad política griega en la creación de los tres reinos: el de los Antigónidas (Grecia y Asia Menor, con capital en Salónica); el de los Seleúcidas (el más grande, ya que englobaba la parte oriental del antiguo Imperio Macedónico, con capital en Antioquía, es decir, Oriente Próximo y Medio); y el de los Lágidas (Egipto, con los Ptolomeos y Alejandría —prototipo de gran ciudad helenística— como capital, además de Palestina, Libia y Chipre). El poder estaba basado en la burocracia (la helenización se llevó a cabo, sobre todo, en los entornos urbanos), la administración de la hacienda, y, particularmente, en la extraordinaria importancia del Ejército, fuente fundamental de autoridad.

Por otra parte, la época del helenismo en el aspecto social y cultural no cabe duda de que vuelve a ser una etapa de gran florecimiento, sobre todo a partir del contacto cultural. Al fin y al cabo helenismo es un término moderno acuñado por J.G. Droysen, con el que se hace referencia a la penetración en Oriente de la cultura griega y de elementos culturales orientales en Europa. Con este amplio y fértil intercambio como telón de fondo, se van a fundar nuevas y grandes ciudades, y el comercio va a tener gran importancia, así como la economía en general. La mujer cobra un nuevo papel en la sociedad, y la cultura se propaga por liceos y academias. Las ciencias (con la unión de la filosofía a las ciencias experimentales de acuerdo con las teorías aristotélicas, y con la aparición de figuras de Arquímedes, Estrabón o Aristarco de Samos), la literatura (con los famosos versos alejandrinos, por ejemplo), el arte (con los grandes focos de Atenas, Rodas, Pérgamo, Antioquía y Alejandría a la cabeza) y la propia filosofía (con los estoicos y los epicúreos) van a tener un nuevo esplendor.

En definitiva, los griegos vuelven a estar desunidos y aparece nuevamente la diversidad, pero con una cultura helenística, como perpetuadora y exportadora de “lo griego”, que es el denominador común de estas regiones hasta la dominación romana. Una cultura helenística que, si lo observamos con detenimiento, por mucho que tuviera en su origen, sobre todo, las concepciones y los logros la Época Clásica Griega, es la que, en realidad, proyecta su legado más directamente hacia nosotros. Las ciudades, por mucho que llegaran a tener un gran esplendor como centros de la vida política y económica —y no digamos cultural— formaban parte de una entidad territorial mucho mayor, con un mando —los reyes helenísticos— que podían incluso dejar en herencia; algo ciertamente impensable en el mundo de las poleis. Como impensable era también que fuera crecientemente importante el dominio de la vida privada de los ciudadanos corrientes, que, en su inmensa mayoría, no participarán de manera directa en las grandes decisiones políticas. Los grandes imperios occidentales, a partir de entonces serán, sin duda, más afines a estos planteamientos. Pero también tendrán en su base, como tenía el mundo helenístico, la cosmovisión del hombre del mundo clásico griego. Algo que, por supuesto, influirá con vigor en la gran construcción política y cultural que le va a suceder ahora en la civilización occidental: el mundo clásico romano.

28 Entre las síntesis más relevantes del panorama historiográfico actual sobre la Historia de Grecia podemos destacar el sistemático manual de J.M. Blázquez, R. López Melero, y J.J. Sayas, Historia de la Grecia Antigua, Madrid, 1989; y el actualizado análisis global de todo el mundo griego de S.B. Pomeroy [et. al.], La antigua Grecia. Historia política, social y cultural, Barcelona, 2001. Este último contiene al final un glosario de términos muy interesante y, sobre todo, útil; así como, para quien quiera profundizar más, una bibliografía (con más de un centenar y medio de títulos) bastante completa.

29 Esta última cuestión está siendo debatida actualmente por los historiadores.

30 Una biografía muy interesante y amena sobre este nombre propio de la Historia de la Grecia Antigua es la de E. Ludwig, Schliemann, El descubridor de Troya, Barcelona, 1990.

31 S.B. Pomeroy, S.M. Burstein, W. Donlan, y J.T. Roberts, La antigua Grecia. Historia política, social y cultural, Barcelona, 2001, p. 67.

32 Una obra fundamental, también, para lo griego, escrita entre finales del siglo VIII y principios del VII a.C. Hesíodo, La teogonía, (trad. de Luis Segalá y Estalella), Barcelona, 1996.

33 Una estatua, hoy perdida, obra del que es considerado el mejor escultor de todos los tiempos: Fidias.

34 P. Barceló, Breve historia de Grecia y Roma, Madrid, 2001, p. 37.

35 La contemplación hoy de la Acrópolis, desde el llamado Pnyx, el lugar, muy acondicionado por la propia naturaleza, donde se reunía la Ekklesia, es una de las más hermosas sensaciones que puede quien estima en su justa medida el humanismo que nació con los griegos. Uno no puede menos que pensar que, desde el punto de vista de los progresos en la capacidad humana para organizarse políticamente, allí empezó todo…

36 Una obra clásica sobre esta época, también con numerosísimas ediciones, y que sigue siendo bastante recomendable, es la de C. M. Bowra, La Atenas de Pericles, Madrid, 2003.

37 Conservadas hoy, como es mundialmente sabido, y no sin ciertas espinas para los griegos actuales, en el Museo Británico, bajo el eufemístico nombre de Mármoles de lord Englin.

38 E incluso en este campo, los griegos también aportaron su descomunal inventiva y su densa cultura: su concepto de guerra y sus formas de lucha han sido, asimismo, uno de los ejes de la llamada, en sentido amplio, cultura occidental. V.D. Hanson, Le modèle occidental de la guerre. La bataille d’infanterie dans la Grèce classique, París, 2001.

39 M. Grant, El nacimiento de la civilización occidental, Barcelona, 1975.

40 Una visión actualizada de distintas facetas de la vida y los hechos del monarca macedónico en J. Alvar y J.M. Blázquez (eds.), Alejandro Magno: hombre y mito, Madrid, 2000.

IV. EL TRIUNFO DE LA ACCIÓN. Roma

Los orígenes

Aunque parezca difícil, la de Roma es una historia que se nos presenta, si cabe, todavía más grandiosa y trascendental que la que acabamos de ver de la Grecia Antigua. Al menos en cuanto a su extensión en el tiempo (más de mil intensos años en un periodo crucial en la Historia de la Humanidad), y también, en cuanto a los efectos de su desarrollo como civilización: hay quien dice, como Claude Nicolet, que, en realidad, somos todos ciudadanos romanos41. Y es que, si los griegos tuvieron el genio del pensamiento, los romanos tuvieron la audacia de la acción subsiguiente, y extendieron el mundo y la cultura griega hasta límites insospechados. Construyeron un mundo a su propia medida, y dejaron huellas imborrables de todo ello; tanto, como ninguna otra civilización lo ha hecho hasta nuestros días. Por eso, los estudios sobre Roma no han dejado de ser uno de los nortes de la civilización occidental hasta la actualidad. Especialmente porque, en la enorme amplitud de este terreno histórico, las interpretaciones, en particular de los periodos y problemas históricos más oscuros, van cambiando a raíz de los nuevos datos que se ponen sobre la mesa, en la feliz conjunción de arqueología, epigrafía (estudio de las inscripciones en material duro) e Historia42.

Precisamente, uno de los grandes cambios que está ofreciendo a la comunidad científica el hecho de que estas disciplinas vayan tan de la mano, es el relativo al siempre controvertido problema de la fundación de Roma. Durante años —siglos, más bien— se creyó muy posible la legendaria fundación de la ciudad por Rómulo en el significativo año aportado por el más grande de los historiadores romanos, Tito Livio: el 753 a.C.43; año que llegó a ser considerado, incluso, como el punto de referencia de toda una era o cronología. Pero ni uno ni otro hecho pueden ser considerados hoy como fiables, según las investigaciones del último cuarto de siglo. Más bien, todo lo contrario. De la leyenda de los dos gemelos Rómulo y Remo, amamantados por una loba, y que dan origen a la Historia de la ciudad (Rómulo sería el primer rey romano), hoy nadie discute, según los descubrimientos arqueológicos, que todas estas circunstancias fueron prácticamente imposibles; excepto que hubo un fundador de la ciudad que tuvo el nombre del primero de ellos. Se sigue conservando aquella fecha como punto de referencia (más bien didáctico que otra cosa), pero lo cierto es que la metrópoli no pudo ser fundada antes del siglo VII a.C. Entre otras razones, porque previamente hubo de desecarse el lago donde posteriormente florecería la urbe. Así, de los reyes legendarios de Roma (por cierto, según la cronología tradicional se sucedían sólo un total de siete entre el casi cuarto de milenio que va desde 753 a 509, lo que ya de por sí parecía bastante sospechoso) únicamente los tres últimos se pueden considerar como verdaderamente históricos. Hay, pues, serias dudas, no ya sobre Rómulo, sino también sobre sus supuestos sucesores y los pretendidos logros de sus reinados: Numa Pompilio, Tulo Hostilio y Anco Marcio. El hecho de que, sin embargo, algunos historiadores todavía sigan considerando el siglo VIII como el comienzo de la gran historia de Roma se debe a que toman en consideración los poblamientos preurbanos, diseminados por las famosas siete colinas. Unos poblamientos que se dieron antes de que se estableciera, una vez desecado el paisaje lacustre, el núcleo de la ciudad en el valle —futuro foro— entre el Palatino (en esta ocasión sí es cierto, como dice la tradición, que fue el primer poblamiento de Roma) y el Capitolio. Por lo demás, en este ya largo, pero intenso debate, sobre el origen de Roma, cada vez va cobrando más adeptos la posición que han tomado los historiadores de aceptar los datos literarios, siempre que no estén en abierta contradicción con los aportados por la arqueología.

Los romanos pertenecían a la etnia de los latinos, que habitaban en la región del Lacio4, y se asentaron en aquellas colinas que suponían un marco geográfico idóneo en el valle del Tíber (en su margen izquierdo, en un vado que facilitaba la comunicación), en el centro de la península Itálica. Y, desde el comienzo, la ciudad dio muestras de una extensión muy superior a las de las otras ciudades del Lacio, con un gran desarrollo de elementos urbanos de los que carecían muchas de ellas. Tenían estos primeros romanos continuas relaciones con los etruscos, que, al igual que los habitantes de la Magna Grecia, poseían, por aquel entonces, sin embargo, un nivel de civilización superior. Precisamente el primer rey que podemos denominar como verdaderamente histórico, Tarquino Prisco, tenía un origen etrusco, dándose así una de la causas de la gran influencia de esta cultura en la ciudad. De hecho, los etruscos, cuyos dominios se extendían al norte del Lacio (entre el Arno y el Tíber) fueron la civilización dominante en Italia desde finales del siglo VII a.C. hasta bien entrado el siglo V a.C., a pesar de su carácter enigmático (su sistema lingüístico, por ejemplo, todavía no ha sido descifrado satisfactoriamente). Sabemos, sin embargo, bastante de ellos por la gran cantidad de restos arqueológicos que han resistido al tiempo, especialmente en lo que se refiere a los sepulcros, dentro de una cultura en la que la creencia en el Más Allá tiene gran importancia44. Además, la pintura mural y los bronces (la famosa Loba Capitolina, entre ellos) son muestras evidentes, por mucho que se las haya acusado de una cierta tosquedad, del grado de desarrollo de esta civilización.

Por otro lado, la cultura griega —que admiraban sinceramente— tuvo mucha importancia en el mundo etrusco. No sólo su alfabeto, sino su afición por la mitología, con una insospechada dedicación, incluso, al tema de la guerra de Troya, formaban parte de su filohelenismo. Y también el gusto por el refinamiento y la buena vida. Hasta su religión (de Etruria puede ser que proceda la famosa Tríada capitolina: Júpiter-Juno-Minerva) da muestras de esta proximidad del mundo griego. Y eso sin tener en cuenta que su propia organización política se asemejaba bastante a la de las poleis helenas. Su sistema político estaba basado en la confederación de las doce ciudades independientes etruscas, con Veyes como una de sus más representativas, así como Cerveteri, donde se encuentran, en sus tumbas, algunos de los vestigios culturales más impresionantes. No cabe duda de que esta admiración y contagio de la cultura de los griegos fue transmitida por los etruscos a los romanos. Y las representaciones teatrales o, por ejemplo, las luchas de gladiadores de Roma (palabra esta última que, por cierto, parece ser que proviene del etrusco ruma, río) tendrán su origen en aquellos habitantes de Etruria.

El mejor ejemplo de todo esto que estamos diciendo es el mestizaje cultural (etrusco-romano) llevado a cabo en el propio ejercicio del poder del primer rey romano, Tarquino Prisco. Fue el verdadero fundador y organizador de la ciudad. A él se le atribuyen hoy los supuestos logros de los monarcas legendarios, tales como las primeras reformas de la religión, o las antiguas guerras de expansión por el Lacio. Organizó, además, las primeras tres tribus romanas, así como las que serían cruciales instituciones del Senado y el Ejército. Y fue quien, desde el primer momento, puso de relieve las miras expansionistas de Roma con unas iniciales guerras de anexión por aquella región lacial. Llegó a controlar políticamente un tercio de su territorio, merced al dominio político sobre nueve ciudades y al control económico sobre pueblos vecinos como los etruscos, los ecuos o los sabinos.

Su sucesor, Servio Tulio (no se sabe si de origen también etrusco) llevó a cabo igualmente importantes reformas, como la edificación del muro de la ciudad, el establecimiento de cuatro tribus urbanas y dieciséis rústicas, la organización censitaria (que marcaba quiénes tenían derecho a intervenir en los asuntos públicos en función de sus rentas y posesiones), y el Ejército de la ciudad. En estas últimas cuestiones ya se demostraba, también desde los primeros momentos, la importancia que van a dar los romanos a los asuntos cívicos. Los habitantes de la ciudad se organizaban en centurias, a partir de sus distintas clases de ciudadanos, y de ahí se obtenía la cifra de los 6.000 combatientes que constituían la futura legión romana.

Por su parte, el último de los tradicionales reyes de Roma, Tarquino el Soberbio, a pesar de las lagunas de información que tenemos sobre su verdadera gestión de gobierno, no cabe duda de que llevó a cabo, entre otras cosas, una reforma del calendario. Ni de que fue el que precipitó la caída de la Monarquía (parece ser que, por su comportamiento despótico, basado en una tendencia populista), aunque no se conocen muy bien los pasos llevados a cabo. Es probable que esa caída de la Monarquía como régimen político se diera, tal y como dice la tradición, en el año 509 a.C., aunque también puede ser algunos años más tardía. Sea como fuere, lo cierto es que la República se empezó a afianzar en la ciudad a comienzos del siglo V, y será el régimen que hará grande a Roma hasta traspasar límites de desarrollo y de extensión territorial que nunca pudieron soñar los primeros pobladores de la ciudad. En este régimen es donde se cimenta, en su verdadera dimensión, el concepto de la ciudadanía romana.

La República romana

Como ya hemos avanzado, los romanos dieron siempre una extraordinaria importancia a los asuntos cívicos y colectivos. Y quizá por ello sobresalió la ciudad por encima de cualquier otro ente territorial del mundo antiguo. Con la asunción de la idea de ciudadano romano como un gran valor en sí mismo, y, sobre todo, por lo que aquello implicaba de ser miembro protagonista de un proyecto común, los romanos se sentían llamados, desde el principio, a realizar grandes empresas.

El sistema social y político de Roma, desde sus primeros tiempos, era extraordinariamante complejo, pero también muy singular e interesante. Para comprender en su verdadera dimensión esta vertiente cívica del pueblo romano hay que partir de la base de la vital importancia de la red de clientelas45. De hecho, toda la sociedad romana cae bajo la influencia de una serie de redes clientelares de dependencia. Los llamados clientes, establecen una relación de confianza y fidelidad con un personaje más importante que hace las veces de protector, el patrón, que dirige la clientela en cuestión. Este patrón vela por sus intereses a cambio de aquella fidelidad, y haciéndolos valer ante terceros. Estos cauces de autoridad poco definidos institucionalmente afectaban a todos los círculos de poder, ya sea económico, político o social, y en muy diversos niveles. Por ejemplo, en el nivel de la política, sólo se podían acaparar magistraturas o cargos, o se podía entrar dentro de determinada institución, a partir del apoyo de las familias nobles, que, a su vez, tenían una extensa clientela. Cuando se juntaban los apoyos necesarios, entonces se podía optar al protagonismo (en cualquier dimensión) en la vida política y pública de la ciudad. Y uno de los aspectos más significativos de este sistema es que los miembros de las élites dirigentes, en función de las circunstancias, normalmente siempre se apoyaban los unos a los otros, para dejar excluido al resto de la sociedad, con objeto de satisfacer sus ambiciones políticas46. Por eso, el sistema de clientelas era lo que, en última instancia, permitía la existencia de esa dualidad social, tan constante y característica de la sociedad romana, como eran las dos clases sociales: los patricios y los plebeyos, con unos círculos de actuación respectivos muy característicos de cada uno de ellos.

Los patricios constituían la clase social más elevada. Una auténtica élite cuyo número de componentes era muy reducido en comparación con los plebeyos. Se les consideraba descendientes de los fundadores de la ciudad, con unos privilegios y derechos reconocidos por la ley; mientras que los segundos estaban definidos socialmente por defecto: eran aquellos ciudadanos de la urbe que no tenían privilegios, aunque, en cuanto ciudadanos libres romanos, podían gozar de derechos civiles. A su vez, los patricios, la “auténtica” nobleza romana, se dividían en distintas clases: la nobleza más elevada, la senatorial, de transmisión hereditaria, y la nobleza inferior de los équites o caballeros, más numerosos, pero menos influyentes (aunque, como vamos a ver, en determinados contextos políticos jugarán bazas verdaderamente importantes).

Entre patricios y plebeyos había grandes discriminaciones, y la más importante era de índole política. Si bien teóricamente los plebeyos, en cuanto ciudadanos romanos, podían aspirar a desempeñar cargos públicos, en realidad eran los patricios quienes los acaparaban, en especial las magistraturas superiores, dominando el panorama político hasta el punto de que la situación se hizo explosiva en fecha ya tan temprana como el 485 a.C. En este año se produjo la llamada serrata del patriziato, situación política en la que los patricios, con un afán extraordinariamente corporativo, impusieron un régimen oligarqúico al acaparar, con su apoyo mutuo y recíproco, el monopolio de los cargos importantes de la vida pública. Lógicamente, el enfrentamiento era casi inevitable. La plebe quiso tener entonces protagonismo político para velar por sus propios intereses, y los plebeyos se organizaron para hacer mayor presión sobre sus reivindicaciones. De esta forma, llegaron a tener instituciones propias con las que intervenir activamente en la vida pública. Instituciones que serán muy importantes en toda la Historia de Roma, y a las que no podían acceder los patricios, a menos que, como ocurrió en alguna ocasión, renunciaran a su situación social de origen. Por lo demás, en los plebeyos vemos, de nuevo, ese extraordinario interés por la vida colectiva: asambleas propias (Concilia plebis), tribunos de la plebe, ediles de la plebe, y adopción de acuerdos propios (los plebiscitos). Y las pugnas entre patricios y plebeyos serán una constante en la Historia de la República Romana, donde ambas clases escriben algunas de las páginas más sangrientas.

La estructura política e institucional de Roma era bastante compleja, y seguro que agradecerá el lector que la resumamos aquí para recordar cuestiones básicas del funcionamiento de la vida pública. Los ciudadanos romanos, tanto plebeyos como patricios, ejercían su derecho al voto a través de cuatro asambleas o comicios: los Comicios Curiados (30 lictores con atributos de carácter religioso u honorífico); los Comicios Centuriados (ciudadanos, censados cada cinco años, repartidos en cinco clases censales y 195 centurias, cada una de ellas capaz de suministrar un contingente de cien hombres al Ejército); los Concilia plebis, asambleas de la plebe, aparentemente más democráticos, y que podían dictar plebiscitos o leyes válidas de cumplimiento entre los plebeyos; y las asambleas por tribus, que reunían a todos los ciudadanos (35 tribus) en el foro, no por su fortuna, sino en función de su domicilio. Estas asambleas elegían a los cargos de una de las dos instituciones más importantes de la política romana, las magistraturas. La otra institución de este nivel de importancia era el Senado, del que hablaremos más abajo, compuesto por los personajes que habían desempeñado en algún momento algún cargo de aquéllas.

Los diferentes puestos de las magistraturas, que podían tener o no imperium (el poder de mando y coercitivo de los magistrados superiores de Roma) eran elegidos por un relativamente corto espacio de tiempo; queriendo evitar con ello, (cosa que, a la postre, como veremos, no se conseguirá), los abusos de poder. Los magistrados más importantes eran los cónsules, las cabezas individuales visibles del poder político en Roma. Eran normalmente dos, y se elegían (por los Comicios Centuriados) para una gestión de un año. Disfrutaban del imperium, y tenían facultades amplias, como la convocatoria del Senado, el gobierno de las provincias, o la dirección del ejército (que acabará siendo, por sí mismo, otro poder —definitivo— en la vida política romana). Los pretores eran elegidos por un voto censitario que favorecía a los ciudadanos de primera clase. Sus funciones estaban relacionadas con el ámbito judicial y el Gobierno de las provincias. Por su parte, a los censores se les consideraba una magistratura superior, aunque no tenían imperium: los plebeyos llegaron incluso a tener acceso a esta magistratura relativamente pronto, en 339 a.C. Estos censores eran dos, y se elegían cada cinco años, para un mandato teórico de dos años, sobre cuestiones morales, la revisión del censo, y la renovación de las listas de senadores.

Además, de estos cargos superiores de carácter ordinario, había otros que se elegían en situaciones determinadas, como el dictador, que era nombrado para una situación de emergencia. Acaparaba amplias atribuciones de forma individual (el único cargo de la República con imperium ostentado por una sola persona), pero que no anulaba las competencias de otras magistraturas o asambleas. Por su parte, los decenviros constituían, dependiendo de las circunstancias políticas, un órgano colegiado, como su propio nombre indica, de diez miembros, que actuaban como una comisión conjunta de patricios y plebeyos, con la misión de redactar leyes y/o informar al Senado. Los tribunos militares, de número variable, tenían, extraordinariamente, atribuciones de cónsules, especialmente en el periodo 444-367 a.C.

Los demás cargos de magistrados eran de importancia inferior. En primer lugar estaban los cuestores, en distinto número dependiendo de las épocas, que se ocupaban de las finanzas; y los dos ediles curules, cuyas competenicias se basaban en el cuidado de las vías públicas, el orden público, y, en general, los servicios ordinarios de la ciudad. Por último, y también con un cierto carácter subalterno (no disponían ni de imperium, ni de poder administrativo, denominado potestas), estaban los cargos elegidos en las asambleas de la plebe. Eran los tribunos de la plebe y los ediles de la plebe. Esta clase de ediles, atendía a los asuntos de las relaciones laborales y del comercio concernientes a los plebeyos. Sin embargo, su carácter secundario era más bien ficticio, como va a demostrar la evolución de los acontecimientos. La condición de inviolabilidad de su persona de que disponían los tribunos de la plebe era el reflejo de su elección por las asambleas populares (Concilia plebis). En el fondo, se va a constituir en un poder de hecho en los acontecimientos políticos, como poder paralelo, incluso, a las magistraturas copadas por los patricios. Defender a los ciudadanos de los abusos del poder, incluyendo el derecho de veto a las decisiones de los cónsules, era su nada despreciable principal función competencial.

Como poder complementario a las magistraturas, se encontraba la otra institución básica de la política romana: el Senado. En principio, fue un órgano de trescientos miembros, que se elevaría con Sila a seiscientos, con Julio César a novecientos y, en la fase final de la república a mil, aunque luego disminuyó bastante durante el Imperio. Se encontraba fuertemente aristocratizado, ya que, según un complejo sistema oligárquico, se nutrían sus filas a partir de unas cien familias de la nobilitas : los patricios descendientes de familias aristocráticas de la ciudad y los plebeyos que tenían algún antepasado que hubiera ocupado el consulado. Sus componentes habían sido, normalmente, magistrados en alguna ocasión, y había una amplia mayoría, por tanto, de miembros patricios. En el Senado, las decisiones se tomaban a partir de la influencia que tenía la persona que planteaba las diversas mociones, ya fueran de los cónsules (casi siempre se aprobaban sus proposiciones cuando se presentaban para cuestiones de carácter inminente), de otros magistrados, o incluso de los propios senadores. La capacidad para influir sobre los demás a través de las propias proposiciones se denominaba auctoritas, y, en realidad, las decisiones se tomaban en función de esta autoridad de los hombres políticos, bien por unanimidad o por mayoría real. El Senado parecía así un órgano equilibrado que estaba, en teoría, en disposición de adoptar las mejores decisiones, por encima de cualquier otra institución, y por supuesto, de un individuo. De hecho, a lo largo de la República, el Senado tendrá gran importancia e influencia, y la política que se solía seguir era la que asentía esta alta institución. Pese a que los llamados, senado consultos, (dictámenes que partían de la institución) sólo tenían carácter indicativo para los magistrados, ninguno de ellos, aunque de derecho pudiera hacerlo, se atrevía a ir en contra de las opiniones de los senadores más respetables, por el amplio grado de auctoritas que tenían. En este caso, como en otros muchos de la Historia y de múltiples situaciones también de la vida corriente de nuestro tiempo, ésta última se situaba por encima de la potestas; es decir, del poder de derecho de un determinado cargo.

Entre las importantes funciones del Senado, había dos que sobresalían con claridad: era el depositario del erario público, y quien tomaba las decisiones en la política exterior. Además, proponía candidatos para las magistraturas, estudiaba la presentación de las leyes, y asesoraba a los magistrados en el ejercicio de su cargo. Al final del régimen republicano, no obstante, el Senado va a ceder influencia a favor de los personalismos de las grandes figuras del momento. Seguirá teniendo su importancia durante el Imperio, y con él debían contar los emperadores para su decisiones más trascendentes, por lo menos hasta el Imperio de Diocleciano. Pero en este último periodo, con la instauración del llamado régimen del Dominado, el Senado perderá, definitivamente, su influencia ante un régimen imperial ya absoluto.

En teoría, todo este edificio institucional estaba basado en un complejo, pero bello entramado, que pretendía el equilibrio de los distintos poderes para asegurar la estabilidad social y política. Así lo entendían muchos romanos, que tenían muy a gala su condición de ciudadados de la mayor urbe del mundo conocido, y exhibían por doquier esta condición de la civitas, como miembros de un proyecto común inigualable en la Antigüedad. Y así, Polibio, el historiador y político de origen griego, decía que el sistema podía parecer monárquico si un observador concentraba su atención sobre las funciones de los cónsules; aristócrático si lo hacía sobre el Senado; y democrático si lo hacía sobre los poderes e instituciones que representaban al pueblo47. Parecía la combinación perfecta para un Estado que pretendía ser el modelo de actividad cívica del mundo antiguo. Pero, como desgraciadamente suele pasar en estos casos en la Historia, era todo un espejismo. Los principios más básicos del sistema, la lex, fue quebrantada en numerosas ocasiones, y se pusieron de manifiesto, con excesiva asiduidad, las evidentes carencias del sistema. Un sistema que, precisamente, tenía en las ambiciones del poder, uno de sus principales condicionantes, hasta el punto de que, ante el complejo equilibro institucional ciudadano, un poder llegó a emerger por encima de todos: el de un ejército debidamente encauzado a unos objetivos políticos y que, en apariencia, ofrecía a los ciudadanos, como veremos, cotas de seguridad que, de otro modo, eran demasiado inestables. Las aspiraciones de libertad, sobre las que ya se habían puesto algunos buenos cimientos, se vieron así superadas por un anhelo generalizado y supremo de seguridad, cuando vinieran los tiempos convulsos.

Por todo ello, y, especialmente, por el antagonismo entre las clases sociales, surgieron graves problemas durante la República, pese a que todo quería ser controlado, en teoría, a partir de las normas que pretendían garantizar la libertad ciudadana; es decir a partir de la lex. La llamada Ley de las Doce Tablas, redactada entre los años 451-450 a.C. era la base del ius civile, regulaba las relaciones sociales entre los romanos como, según decía Tito Livio, “fuente de todo derecho público y privado”, y, durante siglos, fue aprendida de memoria en las escuelas. Era, en el fondo, un primer paso hacia la igualdad, aunque muy relativa, ante la ley, registrando y sistematizando el material legal existente. Pero los excesos de las guerras entre patricios y plebeyos de los años 134-123 a.C., con los hermanos Graco (Tiberio y Cayo) como protagonistas, serán el comienzo de las grandes adulteraciones del sistema. Con sus famosas leyes de reforma —moderada— agraria el primero, y de abaratamiento del trigo para la plebe (Ley Frumentaria y otras para mejorar la vida de amplias capas de la población) el segundo, se llegaron a utilizar poderes al margen de la ley. Tiberio, pasando por encima del Senado, se va a elevar a la condición de una especie de patrón todopoderoso de la plebe. Va a caer asesinado a partir de una traición de sus amigos, pero, ante la crisis desatada, el régimen senatorial ya no va a ser el mismo. Cayo, que va a protagonizar el resurgimiento del movimiento popular, va a dar paso a que el orden ecuestre, los équites, tengan su peso en la política romana, como preludio de su gran protagonismo en la época imperial. Pero sus proyectos también caerán en saco roto, y Cayo sufrirá igualmente una muerte violenta. Los optimates, aquella facción que apoyaba sin fisuras los planteamientos aristocráticos del Senado (enemigos por tanto de los poderes y representantes de la plebe) serán ahora los que van a cobrar el protagonismo en la política romana.

Asombrosa expansión

Para entonces, Roma ya se había ido convirtiendo en una potencia realmente temible en el ámbito mediterráneo, e incluso más allá. El asombroso proceso de expansión fue algo lento, pero increíblemente ambicioso. La primera parte de este proceso se corresponde tradicionalmente con la expansión de la Italia peninsular, y, contrariamente a lo que, por inercia, se tiende a pensar (que Roma estaba llamada por el destino desde sus primeros tiempos a ser lo que fue), sus orígenes fueron más bien humildes. En el afán de control de la Italia central se dio, después de mucho tiempo, un primer episodio importante con la toma de la ciudad etrusca de Veyes, y, pese al contratiempo de un ataque galo contra la propia Roma, se dominó después a todos los pueblos latinos en 338 a.C. En lucha ahora contra celtas, etruscos, y samnitas, los romanos se mostraron como los más perseverantes, de tal forma que, tras la batalla de Sentino (295 a.C.), contra sus más encarnizados enemigos, los samnitas (que previamente les habían hecho pasar por la humillación de las famosas Horcas Caudinas), la mayor parte de las ciudades itálicas tuvieron que reconocer la hegemonía de Roma. En el sur de la península, las también famosas guerras contra el rey Pirro de Epiro (aunque tan costosas como para que se hablara de una “victoria pírrica”) se saldaron con la expulsión de este rey, y el asentamiento del poder de Roma desde la llanura del Po hasta el estrecho de Mesina. La derrota de Pirro en Benevento (en 275 a.C.) significó, al mismo tiempo, la supremacía de Roma en toda la península Itálica.

Con estas bases territoriales, era evidente que los dos grandes poderes del Mediterráneo occidental de aquella época, Roma y Cartago, situados, incluso geográficamente, frente a frente, tuvieran que dirimir sus inevitables puntos de desencuentro en sus respectivos planes, tarde o temprano. Este largo y decisivo episodio es el que da comienzo a la expansión extrapeninsular de Italia, y es tradicionalmente conocido como el conflicto de las Guerras Púnicas (o cartaginesas). La primera de estas guerras tendrá como objetivo el control de Sicilia, en manos de la por entonces imperialista Cartago. Entre 264 y 241 a.C. se desarrolla una cruenta lucha (de las más intensas del mundo antiguo) a partir de las apetencias de Roma por esa estratégica isla, en una zona tradicional de influencia cartaginesa.

Mucho se ha hablado sobre la cronología que se ha de establecer para caracterizar los hechos más significativos de la política imperialista de Roma. Se considera, frecuentemente, la intervención de Sicilia como un acto de política exterior de gran ambición en el que, como en otros muchos, el Senado estuvo dispuesto a la guerra con la esperanza puesta en el botín. En realidad, cada vez va siendo más aceptada la interpretación de que, en realidad, Roma va a llevar a cabo una política imperialista y de expansión desde sus mismos inicios, incluso desde que la extensión de su área urbana superara con creces la de otros pueblos latinos, e hiciera valer su posición de superioridad. La guerra se había convertido en el principal factor de la política romana durante la República, ya que, en realidad, la mayor parte de los aspectos institucionales, sociales, económicos y, por supuesto, de política exterior, giraban en torno a los aspectos bélicos. Pero ahora, las cosas iban todavía mucho más allá. En el primer enfrentamiento con Cartago, Roma se va a imponer porque, volcándose de lleno en el conflicto, va a hacer valer su superioridad en recursos y, sobre todo, en potencial demográfico. Así, no sólo va a obtener lo que quedaba de la Magna Grecia, además de otras duras condiciones impuestas a los cartagineses, sino que saldrá extraordinariamente robustecida como una gran potencia en el Mediterráneo que ha cambiado, por sí misma, el mapa estratégico del mundo antiguo. Aparecía ahora Roma, con paso firme, en la escena internacional, y las monarquías helenísticas orientales la empezaron a considerar, por aquel entonces, como potencia de su nivel.

La Segunda Guerra Púnica tiene un primer escenario más lejano, España, donde los Bárquidas, jefes militares aristocráticos cartagineses, se habían establecido aprovechando las riquezas del país. Primero Amílcar, y luego Asdrúbal, pretenderán un estable asentamiento en estas tierras como compensación por la pérdida de Sicilia y Cerdeña, fundándose, en este contexto, por ejemplo, la ciudad de Cartago Nova (Cartagena). Se firmará entonces un tratado con Roma (Sagunto, 226 a.C.) por el que se pretendía limitar el expansionismo cartaginés hacia el Norte. Pero, ante las continuas provocaciones, el sucesor de ambos, Aníbal, que había jurado odio eterno a los romanos, va a emprender la lucha contra la gran potencia latina con una audacia que todavía hoy nos sorprende. Con un potente ejército en el que se incluían treinta elefantes, se planta en Italia después de atravesar los Alpes con semejantes paquidermos (nadie se explica todavía cómo). Una vez en Italia, vence a las legiones romanas en Cannas (216 a.C.), e infunde un gran terror a la ciudad porque se piensa que es la propia Roma su próximo objetivo militar (de ahí la expresión, tan repetida en las traducciones de latín de Bachillerato, Hannibal ad portas). El genio militar de Aníbal estaba ya fuera de toda duda, pero la capacidad de resistencia de los romanos (que sabían que, en el fondo, tenían más recursos) era proverbial. Y Aníbal no entró en Roma. Esperando refuerzos para mejor ocasión, se consumió su tiempo. Una tenaz estrategia conjunta de diferentes mandos romanos hizo que evacuara Italia, y, lo peor de todo, que fuera derrotado en toda regla por Publio Cornelio Escipión, el Africano, en la batalla de Zama (202 a.C.). Los cartagineses ya estaban arrinconados en su vieja Cartago, y los romanos incorporarían buena parte de España a su dominio sobre el Mediterráneo occidental.

Gracias a este nuevo salto en el control del futuro Mare Nostrum, los romanos empiezan a pensar en nuevos escenarios, esta vez en la dirección del otro lado del Adriático. El mundo griego, por mucho que ahora estuviera sumido en una profunda crisis, siempre había supuesto una especie de fascinación en lo cultural, y de admiración en lo político para los romanos. Y tal vez había llegado el momento de medirse a sí mismos en un enfrentamiento con los herederos de quienes habían expulsado a los persas, y quienes habían protagonizado las campañas del gran Alejandro. El año 197 a.C. es aquí fundamental al derrotar, en la batalla de Cinoscéfalos, el cónsul Flaminino a las tropas de Filipo V de Macedonia. Se estaba produciendo el relevo de la gran fuerza de choque de la falange macedónica por la ya suficientemente contrastada legión romana. Con ello, desde el punto de vista cultural se asistirá también a un todavía mucho más intenso e importante proceso de helenización. Y, por ejemplo, la lengua griega será ahora, con el latín, la lengua de la élite dominante romana.

Pero el año 146 a.C. es igualmente significativo. Es cuando se produce la victoria final contra Corinto, con lo que el mundo helenístico —salvo el Egipto de los Lágidas, que todavía resistirá un siglo más— caía por entero bajo el dominio de Roma. Y justo en el momento en que, con la Tercera y última Guerra Púnica (149-146 a.C.), Escipión Emiliano aniquiló toda una civilización tan floreciente como había sido la cartaginesa48. Tanto Oriente como Occidente, se ponían bajo el control de aquella ciudad del Lacio que nunca había dejado de crecer. De tal forma que, en el asombroso periodo de tan sólo tres generaciones, prácticamente todos los países ribereños del Mediterráneo llegaron a estar bajo el poder de Roma.

La descomposición del régimen republicano

Parecía que, con el innegable enriquecimiento que aportaban, en muchos sentidos, las riquezas de las anexiones territoriales, todo iba a ser un remanso de estabilidad ante las más que saludables perspectivas económicas. Además estaba la satisfacción de que la condición de ciudadano romano era respetada —y admirada— en todo el mundo civilizado. Pero nada más lejos. El ambiente social y político se irá emponzoñando progresivamente, hasta llegar a la denominada época tardía de la República. La guerra civil, la violencia generalizada, y las transgresiones de la ley se generalizan, y los conflictos internos, en última instancia, llevarán a un nuevo régimen, el Principado, dentro ya del llamado Imperio Romano.

Como hemos visto, con los enfrentamientos de los Graco ya se había traspasado de una forma clara el umbral de la legalidad política, constituyéndose un precedente que no tardará en repetirse. Las luchas entre Mario y Sila se pueden encuadrar también bajo este esquema de conflictividad interna, que llevará incluso a la guerra civil y a la dictadura. El cónsul Cayo Mario se estaba destacando como un gran general, sobre todo porque sus victorias sobre la amenaza de cimbrios y teutones lo hacían parecer algo así como un salvador del Estado. Además, se fue preocupando sinceramente por las condiciones de vida de sus soldados, a los que garantizaba, como su gran patrón (y, por tanto, dentro de unas relaciones también clientelísticas) un futuro. Con estos planteamientos, y gracias a los errores y descalabros de los optimates y los generales que les apoyaban, Mario revitalizó las pretensiones plebleyas, que habían quedado dormidas desde los Graco, y, entre otras cosas, se hizo elegir cónsul —ilegalmente— cinco veces seguidas (entre los años 105 y 100 a.C.), apoyado por los jefes populares. Aunque, con el tiempo, las intrigas políticas y su falta de determinación, hicieron que fuera una víctima de su oponente Sila, el partidario del Senado y de las tendencias propatricias.

Lucio Cornelio Sila había sido subordinado de Mario en el Ejército, y ahora, a la altura de 88 a.C., y con unas también excelentes dotes militares a sus espaldas, se va enfrentar a los partidarios del ya anciano Mario. Como si de una contradicción preconcebida se tratara, Sila marchó hacia Roma con su ejército, en abierta ilegalidad contra la República, precisamente para defender el papel legal del Senado. Apoyándose en su extensa clientela militar, llevará a cabo una intensa depuración de sus enemigos y la adquisición de sus bienes para repartirlos entre sus partidarios (las famosas proscripciones de Sila). Con este malísimo ejemplo, a partir de estos momentos había quedado establecido, al menos tácitamente, que, quien ostentara un mando supremo militar, y tuviera la aureola de gran general a partir de sus victorias, podía intervenir en política. Como tantas veces en la Historia, la dualidad de lo político y lo militar no era ya tal, y una simbiosis de las dos facetas adornaban ahora las cartas de presentación de los personajes más importantes e influyentes de Roma. Esto no podía ser otra cosa que el principio del fin de la República.

Por el momento, Sila llevó a cabo una clara dictadura (entre los años 82-79 a.C.), en la que, ciertamente, se hicieron cosas importantes en aras de garantizar la seguridad de los ciudadanos. Se mantuvo la paz exterior, se luchó contra el encarecimiento de la vida y se contribuyó al embellecimiento de Roma; todo ello hasta su propia abdicación. Pero el precedente estaba creado, y, así, la revuelta de Lépido y la conjura de Catilina anunciaban, ante todo, que algo sustantivo contra la República tendría que pasar. Poco importó que se hubiera dado un paso hacia la libertad cívica en el contexto de esta última conjura; contra la que Cicerón no sólo inmortalizó sus famosas Catilinarias49, sino todo un programa de gobierno de consenso, denominado concordia ordinum, sobre la defensa de la legalidad civil frente a los militares en general. El hecho es que el Senado va a perder mucha fuerza en la etapa final de la República, hasta el punto que se ha llegado a decir —no sin cierta exageración— que se había convertido en un lugar de “verborrea”. Ante la pujanza de los poderes “extralegales”, el que los sobornos estuvieran a la orden del día, y que se fuera paulatinamente anquilosando en sus funciones, le hizo perder un crédito que, con el desarrollo de los acontecimientos, hubiera sido fundamental en un intento desesperado de conservar la legalidad. Los generales de fama iban a convertirse ahora, incluso con el apoyo del Senado, en los hombres fuertes de la República, y se responsabilizaban, haciendo especial llamada de atención en esto, de la defensa del Estado. Era una de las primeras veces de una Historia muy larga, como veremos en otros muchos capítulos de este libro, en que las dictaduras argumentan su papel en función de la necesidad de defender al Estado ante los múltiples peligros que le acechan. Una vez más, la seguridad se había asentado como ingrediente fundamental en el elenco de posibilidades políticas.

En la persona de Cneo Pompeyo, el Senado depositará un creciente poder que iba a desvirtuar también el propio sistema republicano. Pompeyo ha sido un hombre un tanto injustamente tratado en la Historiografía —a pesar del sobrenombre de Magno—, por cuanto su figura ha sido eclipsada por la del propio César. Sin embargo, su creciente poder había corrido paralelo al de su gloria militar, basada, sobre todo, en las represiones de Lépido y Sertorio (en Hispania), y haber participado en la derrota final de Espartaco. De tal forma que, a la altura del año 71 a.C., se temía que este augusto general volviera a restaurar la dictadura de Sila, sin licenciar al Ejército. Además, las guerras contra Mitrídates IV, rey del Ponto, contribuyeron a que se le otorgaran las omnipotentes Leyes Gabinia y Manilia. Y eso a pesar de la oposición de Catón y sus partidarios, que, junto con Cicerón, velaron siempre por la defensa del papel del Senado. Por aquellas leyes, se le ofrecía a Pompeyo un poder militar máximo, que le confería, al decir de Plutarco, “no el mando de la armada, sino una monarquía y un poder sin límites sobre todos los hombres”50. Pero, el gesto de licenciar sus tropas después de despejar el peligro no fue lo suficientemente valorado (al menos no tanto como él esperaba) por los sectores más oligárquicos del Senado, lo que le hizo aproximarse a los líderes populares. Se dio así lo que se conoce comúnmente, con una denominación en realidad errónea, puesto que no había por medio ninguna situación institucionalizada y oficial, como el “Primer Triunvirato”. Por este acuerdo, de naturaleza secreta, y con los nombramientos consulares en el bolsillo, Pompeyo se unía a César (seguramente por iniciativa de éste) y a Craso, que seguía teniendo una aureola de éxito desde su triunfo sobre los espartacos. El objetivo era unir sus fuerzas para controlar no sólo al Ejército, sino también la política frente a sus oponentes, los sectores conservadores del Senado.

Durante un tiempo, todo fue bastante bien, por cuanto mantenían equilibradamente sus funciones, y cada uno de ellos gobernaba una parte de las provincias del Imperio. Los tres tenían periódicas relaciones y, en la práctica, estaban desarrollando el programa de concordia de Cicerón, representando cada uno distintos pilares del poder y sus respectivos intereses: Pompeyo el de los senadores, Craso el de los équites, y César el de los sectores populares. Pero, como no podía ser menos entre dos personalidades tan fuertes, depués de la muerte de Craso en su lucha contra los partos en 51 a.C., Pompeyo y César enfrentaron con violencia sus respectivos proyectos políticos (aunque —parece ser— no así sus personas). César, que era sobrino de Mario, se hizo cada vez más famoso, y, lo que era más importante, más querido entre sus soldados, merced a los diez años de convivencia militar, en los que completaría la conquista de la Galia. Este rico y extenso territorio iría a formar parte de un Imperio ya de por sí extraordinariamente grande. Pero, además, proporcionó dinero a César (con el que pudo influir en la política cotidiana en Roma), prestigio, y soldados. De tal modo que el gran Julio se había convertido en el patrón de unos legionarios-clientes que valoraban sobremanera la dignitas de su comandante en jefe, y muy poco sus lazos con el Estado.

Pompeyo se empezó a acercar entonces, de nuevo, al Senado y al partido conservador, toda vez que iba viendo que, con la aureola de gloria que estaba captando su compañero de consulado, se desequilibraba cada vez más la influencia personal de cada uno de ellos. Cuando el Senado, a instancias de Pompeyo (que había sido nombrado cónsul único), elimina sus poderes a César, y éste, en defensa de su dignitas, cruza el Rubicón (con su famosa frase Alea jacta est) Se hizo inevitable el enfrentamiento. En realidad César estaba invadiendo con este acto la Italia central, ya que no se podía introducir, según la ley, ningún ejército a partir de ese punto. Dará así comienzo una nueva guerra civil que se preveía encarnizada. Y ahora ya se sabía que la solución iba a ser, o César o Pompeyo, con el régimen repúblicano, después de su continuo debilitamiento, en camino de extinción.

Los frentes, a lo largo de todos los dominios romanos, son diversos (entre ellos la propia Hispania, con Munda como protagonista), pero la superioridad militar de César era demasiado evidente y a Pompeyo se le ha achacado muchas veces no haber sido lo suficientemente hábil para ganar tiempo. En los campos de Farsalia, en Tesalia, en 49 a.C., la baza de Pompeyo queda extinguida ante el poder arrollador de César. Una vez en Roma, el vencedor inapelable de la guerra civil, con sus enemigos derrotados, huidos, o, simplemente, aniquilados, el poder máximo no hacía sino esperarle. Según algunos autores, en cierta forma César fue un adelantado de su tiempo, puesto que tan vastos y complejos dominios como los romanos sólo podían administrarse y gobernarse a través de una figura unitaria que fuera la depositaria del poder centralizado. Y, se le llegó a dar un cargo tan aparentemente contradictorio como la dictadura vitalicia (recuérdese que la dictadura era un cargo de naturaleza provisional).

Por otro lado, el problema que la República venía arrastrando desde hacía siglos sobre la repartición del Ager Publicus (el patrimonio público de Roma), y que no había sido resuelto en los tiempos de los hermanos Graco, va a ser encarado por César, lo que le valió también no pocas adhesiones, no sólo de los soldados, sino del amplio espectro de clases medias y desfavorecidas. En principio considerados una buena base para recompensar a los soldados por sus servicios, los lotes de tierra del Ager Publicus se fueron acaparando cada vez más no tanto por éstos, sino por los optimates, que se hicieron más y más fuertes y emplearon estos territorios (convertidos crecientemente en latifundia) en explotaciones ganaderas. Unas explotaciones que, por otra parte, perjudicaban a los agricultores, y obligaban a que se tuviera que importar, por ejemplo, trigo de fuera de Italia, y, con ello, que se perjudicara, también, a las clases medias por el encarecimiento de la vida. Hasta tal punto que, cuando los soldados volvían de sus conquistas y se dedicaban a explotar sus reducidos patrimonios, no se encontraron en una situación lo suficientemente competitiva al haber acaparado los optimates la mayor parte del Ager Publicus. Además habían adquirido, por su potencial económico, la mayor parte de la mano de obra esclava que, de forma tan abundante, estaban suministrando las conquistas. Los sufridos legionarios se vieron así desplazados, al igual que todos los demás sectores humildes, y encontraron en César y su determinación por estas cuestiones (que le hizo aprobar dos leyes sobre la detención del parcelamiento del Ager Publicus de Italia) un honesto defensor de sus intereses, pese a las acusaciones de “monarquismo” del personaje.

Después de todos estos condicionantes, al final, en los idus de marzo del 44 a.C., se termina con la vida del encumbrado César en defensa de los límites al poder personal excesivo51. Pero este hecho no es más que el desenlace violento de un régimen repúblicano que, desde hacía ya años —décadas, más bien— estaba condenado a su desaparición, por sus propias contradicciones internas.

El Alto Imperio Romano. El Principado

Cuando Octavio, hijo adoptivo de César, y Antonio prometen vengar el famoso magnicidio, detrás de aquella conjunta proposición se encontraba también la suerte que iban a correr los hilos del poder. La República, como hemos venido afirmando, no era precisamente, en aquellos convulsos momentos, un régimen en el que apoyar el futuro inmediato del más grande Imperio de su tiempo. Y, además, la personalidad de Cayo Octavio (del que se ha dicho que incluso, sin el asesinato de César, hubiera estado llamado a desempeñar los más altos honores) había que tenerla muy en cuenta. El que pronto se llamaría Augusto, había desempeñado ya puestos importantes en el Senado y en el Ejército Haciéndose depositario de la herencia política de su padre adoptivo, tomó la iniciativa de castigar a los asesinos del divino César. Abortaba así, al mismo tiempo, las pocas posibilidades de protagonismo político para entonces del régimen republicano, con un Senado y una plebe más bien expectante ante el devenir de los acontecimientos. Junto a Marco Antonio y Lépido, lugartenientes de César con los que forma —esta vez sí— un auténtico triunvirato, y después de haber depurado a diversos opositores como Cicerón52, se emprende la persecución de los asesinos Bruto y Casio Longinos. En Filipos (42 a. de C.) son vencidos estos últimos sin paliativos, y la República queda ya hecha añicos con el reparto del poder entre los generales victoriosos. En ese reparto, Marco Antonio se encargaría de Oriente, y Octavio, de las más importantes provincias occidentales de Italia. Esto último será muy importante para su propia carrera, porque el trato allí con los veteranos de las legiones, y las medidas que tomó en su beneficio, le harán también muy popular entre aquéllos. Todo ello redundaría en un grado de auctoritas que se iba a mostrar determinante desde los primeros momentos.

Como también era de prever ante personalidades tan fuertes, a la postre tampoco resultó positivo el reparto de poder en este triunvirato. Lépido fue pronto apartado de escena, y Antonio y Octavio, frente a frente, se iban a jugar a una carta el destino del mundo. Al primero se le reprochaba su tendencia política, con sus costumbres orientalizantes, y que era una marioneta al dictado de su amante Cleopatra, en el Egipto donde había ido a refugiarse del segundo. La célebre historia de amor duraría poco, porque en la batalla de Acctium (31 a.C.) las tropas de Octavio, comandadas por el genial Agripa, harían desaparecer del mapa a estos personajes, y permitieron, de hecho, la entrada en el escenario de un nuevo régimen, que duraría hasta el final de la propia Historia de Roma: una monarquía al principio encubierta.

Me explico. Ningún romano, ni, incluso, y pese a lo que pueda sorprender, ningún emperador, hubiera calificado nunca esta etapa política del denominado Alto Imperio como una monarquía. Ésta era una palabra que seguía siendo tabú entre los ciudadanos, además de que seguían en vigor venerables instituciones republicanas, como el Senado. Pero lo cierto es que, en la práctica, y más allá de toda propaganda dirigida magistralmente por el propio Augusto, la institución del Principado (reunión de máximos poderes en el primero de los ciudadanos romanos) era una monarquía. Los romanos, en la eterna dialéctica entre libertas y securitas se van a decantar, una vez más, por esta última. Consideraban ante todo, el grado de estabilidad que ofrecía el nuevo régimen edificado por Augusto, especialmente a partir de la gran fidelidad de su Ejército, asegurada por donaciones y asentamientos de veteranos. Este régimen llamado del Principado regirá los destinos de Roma hasta que le sustituirá, como veremos, el Dominado, en el que ya el poder estatal es todavía más centralizado y explícito, y el ceremonial, junto con los cauces institucionales, va a adoptar formas, ya sin ningún enmascaramiento, de auténtica autocracia. Pero, hasta entonces, los sucesivos emperadores (muchos de ellos rechazaron el título de imperator) prefirieron gobernar con la ficción legal de que gobernaban conjuntamente con el Senado y el pueblo de Roma, y de ahí las famosas siglas S.P.Q.R. Aunque el princeps, por supuesto, hubiera ido acumulando una auténtica catarata de cargos que le hacían, con mucho, el hombre más poderoso del mundo. A comienzos del año 27 a.C. Octavio recibió el título de Augusto (es decir, el Excelso), y se le encargó que llevara las riendas del Estado.

A Augusto se le puede considerar, al mismo tiempo, un restaurador (su acción política se basaba en buena medida en el entramado institucional republicano), y un innovador, ya que fue el principal actor de la lenta instauración del nuevo sistema imperial. Con el mando de todo el Ejército, tenía, desde luego, suficientes bases para desplegar su propia ingeniería de gobierno, en la que la prudencia y la observación de la experiencia de sus antecesores jugó un papel importante. A eso hay que añadir, naturalmente, una hábil propaganda que cantaba a los cuatro vientos cualquier episodio favorecedor, por nimio que fuera, de su reinado. La redacción por el propio Augusto de la famosa Res Gestae, por ejemplo, suponía la consignación por escrito, y detallada, de todo el conjunto de grandes obras de gobierno realizadas por él mismo. Pero, además, contó con notables y eficaces colaboradores, como Agripa y Mecenas en lo político, y nada menos que Horacio, Virgilio, y el ya mencionado historiador Tito Livio, en lo intelectual, dentro de un ambiente cultural en el que, por aquel entonces, ya estaba germinando una auténtica literatura nacional latina.

Promotor principal de la llamada Pax Romana, que daría paso, en su propio gobierno a lo que se llamó después el Siglo de Oro romano, Augusto reformó el Senado (lo redujo otra vez a 600 miembros) e impuso una trascendental reforma en las provincias que duraría por siglos. Estarían divididas en dos grandes grupos: las senatoriales, gobernadas por el Senado, y las imperiales, administradas por un legado designado directamente por el emperador. Va a realizar, además, diversas reformas que acabarán, soterradamente, con el esquema político-institucional tardorrepublicano, al ir acaparando progresivamente en su persona altas dignidades, a cual más importante, dentro de la vida romana. Adoptará el imperium proconsular de forma indefinida (imperium maius), por lo que se situaba en un grado superior a todos los gobernadores provinciales, con poder militar de comandante en jefe. También adopta la potestad tribunicia de forma vitalicia. Y, después de haber sido nombrado Pontífice Máximo en el 12 a.C., se hará denominar nada menos que Pater Patriae. Es decir, el padre de todos los romanos, igualándose así a la figura mítica de Rómulo (de hecho, se le llegó a considerar como el segundo fundador de la ciudad). Algo inconcebible dentro del esquema secular republicano, que superaba incluso la acumulación de poder que había llevado a cabo, en la recta final de su vida, Julio César.

Pero, en el fondo, y tal y como cualquier observador inteligente de finales de la República hubiera podido detectar, el hecho de que fuera comandante supremo del Ejército, con la adhesión, e incluso cariño, de los veteranos, era, en ultima instancia, el verdadero eje de su poder. Y es por eso que se ha dicho del régimen de Augusto que se podría denominar como Monarquía Militar. De hecho, su grado de auctoritas había llegado a ser tal que también se le va a conceder la potestad para designar un heredero, con lo que el nuevo régimen del Principado estaba proyectado, desde el primer momento, para que se pudiera perpetuar en el tiempo a través de la estabilidad política. Y eso fue, precisamente, y por encima de todas las cosas, lo que dio Augusto a Roma. Una estabilidad que le permitiría, durante un largo tiempo, no tener demasiados problemas en el exterior (la Pax Romana se situaba aquí como norma fundamental de gobierno, pese a la ingente cantidad de kilómetros por custodiar), y, en el interior, el ansiado sosiego derivado, esta vez, de la falta de alternativa al irreversible proceso de centralización del poder político. Augusto fue, pues, un gran servidor del Estado y el faro en que pusieron los ojos sus sucesores como obra de gobierno a la que debían aspirar y, si era posible, mejorar. Por supuesto, muy pocos lo consiguieron. Y eso, a pesar de contar con una potentísima infraestructura económica, cuyos principios fundamentales de organización se habían desarrollado, como los sociales, ya en la época de la República.

La sociedad romana

A comienzos del Imperio, la ciudad de Roma había crecido hasta alcanzar la fabulosa cifra, para la época, de entre ochocientos mil y un millón de habitantes. Este aumento era debido, sobre todo, a la inmigración, más que al crecimiento natural. Los grupos sociales eran heterogéneos, y, además de los patricios y plebeyos originarios de la propia ciudad, había un gran número de campesinos italianos, que habían ido afluyendo a la ciudad en los periodos de crisis de la época tardorrepublicana. Además, albergaba la gran urbe una gran cantidad de extranjeros (comerciantes, obreros, artistas, etc.), esclavos y libertos. Las diferencias de categoría eran diversas y profundas: diferencias entre mujeres y hombres, entre naturales y extranjeros, entre libres y esclavos… Estos últimos constituían, aproximadamente, nada menos que la mitad de la población romana. Por su parte, los libertos y los ciudadanos pobres formaban la mayoría de los ciudadanos libres. Los primeros se dedicaban más bien a las profesiones liberales, y los segundos, tradicionalmente, eran la capa de la población más ávida de juegos y distracciones (otra repetidísima expresión: panem et circenses).

Entre las clases altas se encontraban los honestiores: los caballeros (u orden ecuestre), que constituían la élite municipal y cuya mayoría eran hombres de negocios, además de una seminobleza al servicio de la burocracia imperial. En la cúspide se situaba la nobleza senatorial, con unos seiscientos miembros, que ahora veía entre sus filas a italianos de todos los lugares, e incluso a ciudadanos de las provincias extrapeninsulares. Los pobres no tenían una verdadera familia (una casa, domus), pero en las clases pudientes la institución familiar era fundamental, con la figura del pater familias como protector y amo absoluto de los destinos de la misma, y con el culto a los antepasados como una de sus principales reglas morales. Por su parte, los soldados dejarán de ser elegidos por censo y se convertirán en profesionales; y las legiones romanas, que habían tenido un extraordinario éxito en las guerras de expansión, se van a encargar ahora, en el Imperio, de guardar esa Pax Romana, tanto conteniendo a los posibles invasores, como sofocando las rebeliones internas allá donde se produzcan. Se componían de unos 6.000 hombres cada una, y cada legión se dividía a su vez en diez cohortes (con treinta manípulos), con mucha importancia de la infantería pesada. Las fronteras o limes eran guardadas sobre todo, por unas veintiocho legiones a lo largo de todo el Imperio, con nada menos que 6.500 kilómetros que custodiar. Por lo que el Ejército, que, como habrá concluido ya fácilmente el lector, había tenido siempre una gran importancia, va a jugar un papel fundamental, tanto en estas cuestiones de política exterior, como, según estamos viendo también repetidamente, en los asuntos políticos internos del Estado.

La religión, como en todos los pueblos del mundo antiguo, tenía también gran importancia en Roma. Para los romanos, estaba inextricablemente unida con la política. Era una forma de redoblar la seguridad, en este caso desde el terreno espiritual, que aportaban las legiones. Eran los dioses quienes velaban en este nivel por la prosperidad del Estado. Todo acto público era un acto religioso, y todo acto religioso (excepción hecha del culto privado) era un acto público, donde había una serie de ritos como el sacrificio y la adivinación. De hecho, grandes personalidades del Estado ocupaban al mismo tiempo cargos sacerdotales y, por supuesto, el emperador ostentaba el título de Pontifex Maximus, supervisando, entre sus variadas funciones como tal, todos los colegios religiosos reconocidos por el Estado. Ahora bien, este último normalmente, no se inmiscuía en las creencias de la vida privada de los individuos. Sólo lo hacía en la medida en que podían verse afectadas con esas prácticas las instituciones oficiales. Por ello, las persecuciones por creencias se realizaban bajo la idea de que los practicantes de esas religiones —especialmente en el caso del cristianismo— constituían un peligro para la seguridad del Estado, y con la voluntad de garantizar el orden público. ¿Hay alguna muestra más evidente de la importancia que tiene el concepto sociológico de seguridad, también en el terreno religioso?

Desde los primeros tiempos, esa Tríada Capitolina compuesta por los dioses tradicionales romanos, Júpiter, Juno y Minerva, simbolizaba, de hecho, la cohesión del Estado. Eran los protectores de la ciudad, y también de los latinos y de muchos pueblos italianos, así como, igualmente lo eran los emperadores divinizados. Por su lado, Apolo y Marte encarnaban la invencibilidad, y las virtudes divinizadas, como Virtus o Fortuna, reflejaban el sistema de valores más enaltecidos de la sociedad romana. Otros dioses eran Vesta (tan especial que tenía sólo un santuario, el templo redondo de la Tholos), Saturno (aunque su culto desapareció al final de la República), Cástor y Polux, el griego Asclepios, etc. Una vez aceptado el culto de los dioses protectores, cada comunidad romana era libre para componer el resto de su panteón. Una de las cosas que siempre se han subrayado de la religión romana es su gran flexibilidad, y su capacidad para integrar otros cultos, especialmente los introducidos desde Oriente. Estas religiones se van a ver amparadas dentro de la estructura tradicional de la religión romana.

Como no podía ser de otra forma, la agricultura fue, desde siempre, la principal fuente de riqueza de Roma. Una agricultura que tenía en la esclavitud un firme aliado, particularmente a partir de la ingente muchedumbre de aquellos pobres desgraciados que fueron capturados en las campañas de Oriente. Aunque también había medianas y pequeñas explotaciones, el latifundio de mano de obra esclavista se fue convirtiendo en la forma de propiedad más extendida en el espacio del Imperio. Estaba controlado por una élite romana que tendía a vivir de las rentas, antes que invertir grandes capitales y asumir riesgos financieros en una economía verdaderamente productiva. No obstante, el aumento de número de los trabajadores del campo, y el progreso de las técnicas de irrigación, desarrollaron, durante largo tiempo, la economía agraria, y facilitaron el aumento de población. Los territorios romanos ya superaban, a comienzos del Imperio, los cincuenta millones de habitantes, y las ciudades —particularmente, la propia Roma— tenían un papel especial, no sólo en el modelo de colonización, sino en el desarrollo de la propia civilización romana, basada en la vida de la urbs. Las aproximadamente 1.500 ciudades de que se componía el Imperio potenciaron, con su descentralización, la administración imperial. Sus élites propagaron el modo de vida romano por doquier. Pero cuando sobre las ciudades y sus estamentos dirigentes, a partir del siglo III, se estableció una aguda presión fiscal y económica, perdieron vigor, y, se debilitó, consecuentemente, la presencia del poder de Roma.

Ya en el Alto Imperio, Italia había dejado de ser la gran productora de trigo, vino y aceite de tiempos de la República, e incluso en Roma había una significativa carencia de estos productos, por lo que la dependencia agraria de las provincias —que, con el tiempo, se convertirá también en dependencia de los productos manufacturados— se fue haciendo cada vez más grande. De hecho, las provincias fueron prosperando de acuerdo con su importancia como productoras. Territorios fértiles, como la Galia y Egipto, aportaron un alto grado de producción a todo el Imperio; y especial mención merece la rica Hispania, donde el trigo, la vid y el olivar nutrían las casas romanas desde siglos. Había sido esta Hispania la primera provincia romana (desde 196 a.C.), pero la última en ser pacificada; cosa que sólo se consiguió después de las últimas luchas de Augusto con cántabros y astures (26 a 24 a.C.). Superando la vieja distinción entre Hispania Citerior y Ulterior, fue dividida en tiempos del Imperio en tres provincias administrativas que fueron de las más romanizadas: Tarraconense, Lusitania y Bética. En la primera época del Alto Imperio Hispania suministraba a Roma nada menos que las dos terceras partes de la producción de trigo. Y eso por no hablar de las generosas minas dispersas por distintos lugares de la geografía española. Como es natural, esta pérdida de la preeminencia económica de Italia en el conjunto del Imperio, acabaría por pasar factura, y, desde el punto de vista político, sería, con el tiempo, una de las causas de la progresiva pérdida de su hegemonía a favor de otras zonas del Imperio.

También en este terreno de la economía, el Ejército romano era fundamental. La demanda en tantos campos y sectores económicos que propiciaba, provocaba asimismo un fuerte impacto, tanto directa como indirectamente, en casi toda la población activa. Además de los múltiples efectos transversales de una producción dirigida en cantidades masivas hacia la guerra, muchos senadores y équites, se beneficiaron de las guerras de conquista (y también bastantes conflictos se entablarán, como en otras muchas civilizaciones anteriores y posteriores, en función de semejantes voluntades). Además, los puestos de comandantes del ejército ofrecían múltiples posibilidades de botín, así como, posteriormente, el gobierno de los territorios conquistados. Cuando, con los avatares políticos, las conquistas y el Ejército no contaron con el potencial suficiente dentro de esta espiral de economía expansiva basada en la guerra, otra sangrante herida se fue abriendo en el todopoderoso Imperio Romano.

Por otro lado, las ciudades —sobre todo Roma, otra vez— se habían ido convirtiendo en los centros neurálgicos de la economía redistributiva. En el fondo, se trataba de la creación de grandes mercados de consumo a partir de la urbanización, para una producción agrícola con excedentes; lo que condujo, además, al desarrollo de una agricultura especializada en torno a los núcleos urbanos, basada en el vino, las aceitunas, las aves, el ganado, y los productos hortofrutícolas, entre otros. Esta economía, como todas las de la Antigüedad, tenía también en la explotación de minerales, una gran baza. En el mundo romano, y a lo largo de un buen número de provincias (especialmente, las occidentales, una vez que se hubieron agotado los yacimientos de Tracia y Asia Menor), fueron especialmente importantes el cobre y el plomo. Por su parte, la industria, lógicamente, se movía en niveles artesanales, con dos grandes tipos de actividades: por un lado, las que confeccionaban artículos de la vida corriente (ánforas, tejidos, metalurgia, ladrillos, etc.), y, por otro, la artesanía de lujo, con la orfebrería, sedería, y otras ocupaciones de similares características como principales actividades. Había grandes empresas artesanales especializadas en algunos productos básicos de consumo, que eran propiedad del emperador, de senadores, de caballeros, o incluso de sociedades por accciones. Cuando la actividad en cuestión englobaba a un alto número de trabajadores, éstos se asociaban en corporaciones encargadas de proteger los intereses de sus actividades, con unos dirigentes elegidos por los trabajadores y un patrón.

El comercio, por supuesto, era una actividad económica de gran trascendencia, sobre todo para un periodo de la Historia con tantas limitaciones espaciales. Se han rastreado en nuestros días las rutas más utilizadas, a través de los restos arqueológicos de la cerámica esparcidos por todos los confines del mundo romano, e incluso hasta el sur de India. Los centros más importantes se situaban en los ejes viarios y fluviales (Londres, Córdoba, Tréveris, Burdeos, etc.), que normalmente convergían hacia los puertos más importantes del Mediterráneo (Cartago, Gades, Narbona, o Alejandría, que era considerada como el más grande emporio comercial del Imperio.). En las calzadas romanas se situaban, pues, las ciudades más importantes en lo que se refiere al intercambio de productos (Lyón, Winchester, Lutecia, El Jem, etc.), con ferias y mercados de todo tipo. Y la navegación tenía extraordinaria importancia, haciendo del Mare Nostrum una especie de lago latino donde se imponía el dominio político, pero también donde se controlaban las vías más rápidas de comunicación. Y, hablando de vías rápidas, las calzadas romanas se extendían, con inteligente funcionalidad, por todos los destinos donde había intereses romanos, tanto para el desarrrollo del comercio, como para los importantes fines militares de que las legiones romanas se pudieran mover con mayor rapidez.

La moneda, y la facilidad de intercambio que provocaban ases y denarios, reconocidos por todo el mundo antiguo, fue un factor de estabilización muy importante. Y las grandes obras de infraestructura de la ciudad, como reflejo del ideal cívico de todo un estilo de vida, constituyeron también un motor importante económico. El infinito sentido práctico de la vida que tenían los romanos se tradujo en una demanda interna impresionante de obras de higiene y saneamiento colectivas y de infraestructura; así como, en general, de edificios públicos que promovieron las grandes empresas económicas y evolucionaron extraordinariamente el empleo de mano de obra. Así, no sólo aquellos celebérrimos acueductos que hoy nos cautivan a todos, sino también las obras de los foros, baños, anfiteatros, circos y centros artísticos (que se desarrollaron con profusión a partir del expolio de los tesoros de Oriente) dieron un grado de avance y bienestar impropio para la dureza de los tiempos. Y todo ello bajo el influjo de tres adelantos técnicos tan cruciales como admirables: el generalizado mayor volumen de los barcos mercantes, la invención del hormigón, y el desarrollo de sistemas eficaces para suministrar gran cantidad de agua.

No obstante, muy lentamente fue llegando un momento en que la economía se iba sumiendo en una profunda crisis, a partir de los años treinta del siglo III; y, con ella, todo el Imperio. Una crisis que tendrá múltiples aristas: problemas económicos, demográficos, rebeliones de los pueblos vecinos, cambio de las condiciones económicas y políticas, etc. El principal problema económico (dejaremos para más tarde los demás) derivaba, no de la existencia de tantos y tan grandes latifundios (como tanto se ha dicho), sino, sencillamente, del momento en que dejó de ser rentable la mano de obra esclava en una economía precisamente esclavista. En los tiempos finales de la República, se estimaba que vivían en Italia casi tres millones de esclavos, para una población de siete millones y medio. Pero ahora la cosa era diferente. Al disminuir su número y aumentar el de los libertos, lógicamente creció la demanda, y, por lo tanto, el precio pagado por un esclavo empezaba a no ser demasiado rentable ya al final de la dinastía Julio-Claudia (mediados del siglo I). En las provincias, sin embargo, no predominaba la mano de obra esclava, por lo que sus precios llegaron a ser más competitivos. Las medidas proteccionistas imperiales, como las de Domiciano en 92 d.C., no pudieron evitar que se creara un gran mercado interregional, que superó la tradicional posición económica de Italia, con centros neurálgicos en ciudades de tanta proyección comercial como las ya citadas. Además, en el Bajo Imperio romano se abandonó paulatinamente el sistema de propiedad de la tierra de latifundios por la llamada gran propiedad bajoimperial, constituidas por varios fundi que eran de un mismo propietario, aunque dispersados por varias regiones e incluso provincias. La mediana propiedad tendió a desaparecer o convertirse en grande, y la pequeña se mantuvo en el régimen de explotación familiar dirigida hacia la mera subsistencia. En todo caso, los colonos fueron los más extendidos explotadores de la tierra, y por la herencia del usufructo de generación en generación, acabaron disputando la tierra a los propietarios (que ya se veían asfixiados, especialmente los medianos y pequeños, por la presión fiscal), con los problemas que eso traía consigo. Estaba claro que la ciudad de Roma había dejado de ser el centro del mundo, y eso repercutiría, innegablemente, en el desarrollo del propio Imperio. Pero, no adelantemos acontecimientos. Volvamos al siempre apasionante gobierno político romano.

La evolución del Imperio

La dinastía Julio-Claudia

Aunque fue Augusto la cabeza dinástica de los emperadores romanos sucesivos hasta la muerte de Nerón, es a partir de su hijo adoptivo, Tiberio, cuando se habla de dinastía Julio-Claudia para designar a este primer grupo de emperadores53. Ante una situación jurídico-política tan compleja para la sucesión de Augusto (la monarquía seguía siendo un régimen proscrito en Roma) la clave estuvo, sobre todo, en el juramento de lealtad personal que le prestaron a Tiberio (que había sido designado heredero por el propio Augusto, pero que fingió no querer para sí nada más que una parte del poder), en ese crucial año 14 d.C., los cónsules, los prefectos, el Senado, el Ejército y el pueblo. Así, rechazando honores, más que acaparándolos, pudo reforzar, sin embargo, la posición del príncipe, pudiendo seguir con la ficción legal de la República cuando él, ante los ruegos del Senado de que tomara cada vez más poder, se fue haciendo más fuerte políticamente.

El cínico y misántropo Tiberio (tal y como lo describen Tácito y otras fuentes) tuvo que atender diversos problemas graves que amenazaban el régimen político, y su propia situación. Especialmente, las rebeliones en el Ejército y en los pueblos vecinos germánicos, para lo que empleó a sus generales y parientes Druso y Germánico. A partir del año 23 d.C., su gobierno estuvo exageradamente influido por el prefecto pretoriano Elio Sejano. Éste tuvo el suficiente ascendiente sobre Tiberio como para convencerle de que abandonara Roma, primero retirándose a la campaña y luego (y de forma definitiva) a Capri. Así, Sejano se hizo en realidad dueño del escenario político. Pero en el año 31 d.C., el emperador se dio cuenta de sus ambiciosos planes (parece ser que contemplaba hasta la posibilidad de asentarse en el trono), y acabó con él y sus partidarios. Durante su gobierno se produjo, además, un hecho que, en principio, no fue demasiado importante para Roma, pero que luego se convertiría en el más trascendente de todos, como fue la muerte de Jesucristo en la cruz, allá en Palestina. Pero fueron otras muchas cosas —algunas las acabamos de mencionar— las que contribuyeron a que, al final, su gestión fuera tan poco popular como para que la muchedumbre, al paso de su cadáver (en 37 d.C.) gritara con furia “Tiberio al Tíber”.

Pero todavía fue peor el reinado de su sobrino-nieto Calígula, el hijo de Germánico. Como tal, inició su gobierno en aquel mismo año 37 d.C. con un alto grado de popularidad: como es sabido, el propio sobrenombre de Calígula le venía a este Cayo Julio César de su popularidad en los campamentos romanos en su niñez, y el apodo recibido por el calzado militar que utilizaba el querido hijo de Germánico. Al año del comienzo de su reinado cayó gravemente enfermo y, una vez recuperado, pero afectado psicológicamente por la enfermedad, mandó dar muerte a antiguos colaboradores, realzar pública y exageradamente el papel de sus hermanas, e instituir un culto a su persona, con un templo y una estatua de oro en la propia Roma. Gastó con derroche y lujo el tesoro que había dejado Tiberio a su muerte, lo que le indujo a cobrar nuevos impuestos que le hicieron, finalmente, muy impopular. Una conjura dirigida por un tribuno de los pretorianos, Casio Querea, acabó con su vida en 41 d.C.

Su propio tío Claudio, que fue encontrado detrás de una cortina en esos momentos tan convulsos en palacio, fue elegido emperador por los cada vez más importantes pretorianos, la guardia imperial que, con sus 5.000 hombres, constituía el único cuerpo de tropas en Roma y en toda Italia hasta los tiempos de Septimio Severo (de hecho, el jefe de los pretorianos se llegó a considerar la segunda persona del Imperio). Cojo y tartamudo, había sido relegado Claudio de las situaciones de protagonismo en la corte imperial y en la azarosa vida política, pero, por lo mismo, pudo sobrevivir a tantos vaivenes políticos, como describe maravillosamente la brillante novela de Robert Graves (Yo, Claudio), que inmortalizará al personaje. Durante mucho tiempo, se ha creído que hubo mucho de casualidad y de involuntariedad por parte de Claudio para aceptar el trono, pero en los últimos años va cobrando forma la tesis (enunciada por Levick54) de que, en realidad, Claudio, que pudo estar al tanto de la conjura contra Calígula, jugó sus propias bazas para la sucesión. Tenía cierto talento intelectual (escribió varias obras de Historia romana en griego) y su gobierno estuvo dotado de una cierta prosperidad, tanto en el exterior como en el interior. De hecho, su famosa conquista de Britania (llevada a cabo por Plaucio, con cuatro legiones experimentadas y unos 40.000 mil hombres) fue la única agregación territorial militar que se hizo en el Alto Imperio desde Augusto hasta Trajano. En el orden interno, Claudio llevó a cabo un programa reformista de gobierno en el que tomaron casi exclusivo protagonismo sus libertos. Se preocupó por los abastecimientos de la ciudad y, entre sus grandes obras de infraestructura destaca el comienzo de la inmensa obra de un puerto en la desembocadura del Tíber. De su libertina esposa Mesalina tuvo a Británico, unos años antes de ordenar la ejecución de aquélla por querer casarse con su amante, el cónsul Silio. En un posterior matrimonio, Claudio se unió a su sobrina Agripina la Menor (hermana de Calígula), quien ya tenía un hijo: Lucio Domicio Enobarbo. Apoyada ésta por Séneca, a quien convirtió en preceptor del muchacho, y por Burro, prefecto del pretorio, consiguió, en 50 d.C. que Claudio adoptara a su hijo, que se hizo llamar entonces Nerón, desplazando también del camino del trono a Británico. Cuando tuvo oportunidad, Agripina se deshizo del propio Claudio, envenenándole con aquel plato de setas en el año 54 d.C..

Una vez que Nerón se aseguró (con dinero, como lo había hecho, en su momento Claudio), la fidelidad de los guardias pretorianos, comenzó su reinado dando algo más de margen de actuación al Senado; y, parece ser que, hasta el asesinato de su madre Agripina en el 59 d.C., esos años fueron de buen gobierno. En aquella famosa acción, Nerón quiso acabar con la asfixiante influencia y la presión de su progenitora en los asuntos de gobierno, no sin antes intentar ésta, según se rumoreaba en la época, una última atracción sobre el emperador con relaciones incestuosas. En 64 d.C. se produjo el famoso incendió que destruyó gran parte de la ciudad de Roma. Nerón aprovechó para edificar el enorme y lujoso palacio de la Domus aurea, cuyos restos hoy se pueden contemplar, en una de las visitas más apasionantes de las innumerables que se pueden hacer en la Ciudad Eterna, cerca del Coliseo. Este imponente anfiteatro tomó precisamente el nombre a partir de la estatua —coloso— de 35 metros del propio Nerón, que se hizo levantar en el vestíbulo del palacio. Fuera quien fuera el culpable de aquel terrible incendio, lo cierto es que se atribuyó a los cristianos, que muy probablemente fueron elegidos como chivo expiatorio de las iras de la plebe romana.

Hubo varias rebeliones en el reinado de Nerón. Además de una extendida conjuración para apartarle del trono, que se llevó la cabeza de cientos hombres acusados de conspiradores (entre ellos, la del propio Séneca), tuvieron importancia las rebeliones de Britania del año 61 d.C. y la de Judea del año 66 d.C. Pero el golpe de gracia se lo dio a Nerón la traición de los propios pretorianos, que aclamaron como nuevo emperador a Galba, gobernador de la provincia Tarraconense, en Hispania. Nerón tuvo que huir hacia Ostia y se suicidó en el camino, dando lugar a un periodo, aunque muy breve, de grandes convulsiones.

En efecto, en 68 d.C. dio comienzo una etapa que podríamos llamar de transición, dominada por el espectro de la guerra civil. Los primeros actos de gobierno de Galba no estuvieron, ni mucho menos, a la altura, enemistándose con demasiados poderes fácticos, entre ellos, los pretorianos. Un antiguo colaborador procedente también del Ejército, Otón, se hizo proclamar emperador en enero del 69 d.C., mandando ejecutar a Galba el mismo día de su acceso al trono. Su política fue totalmente contraria, intentando agradar a todos, pero Vitelio, aclamado emperador por las legiones de Germania se enfrentó contra sus tropas en el Po. La derrota de Otón llevó directamente a su suicidio, tan sólo tres meses después de haber tomado las riendas del Estado. Pero la posición de Vitelio era igualmente muy inestable. Vespasiano se había distinguido con sus legiones en la sublevación de Judea, en tiempos de Nerón, y ahora tenía fuertes apoyos, como el gobernador de Siria y el prefecto de Egipto. Además, las legiones del Danubio también le eran afectas, con lo que el asalto sobre Italia, con tan enorme potencial, era cuestión de días. Y así ocurrió. Primero se lanzó Vespasiano sobre la península, derrotando a las tropas vitelianas, que no pudieron contar con el apoyo esta vez de las legiones de Germania. Vespasiano se hizo dueño de la situación a finales de aquel terrible año de 69, y con él, a partir de una mayor estabilidad de gobierno, comenzó una nueva dinastía, la de los Flavios

La dinastía de los flavios

Las primeras acciones importantes de gobierno de Vespasiano se concentraron en dominar la complicada situación en Judea, donde se encontraba, al mando de las tropas romanas, su propio hijo Tito. Después de una cruenta lucha, se incendió el templo de Jerusalén y buena parte de la ciudad, y hubo una terrible represión en la que parece ser que murieron más de medio millón de judíos. Pero, a pesar del triunfo subsiguiente, y del buen comienzo en la política exterior, Vespasiano tuvo que hacer frente, desde el primer momento, a una difícil situación financiera motivada en buena parte por los costes de la guerra civil. Tuvo que recurrir a múltiples impuestos y tasas; aunque bien es cierto que, ante todo, logró imponer el orden, tan preciado para la sociedad romana. Costeó también importantes edificios, como aquel monumental anfiteatro flavio del que acabamos de hablar, el Coliseo, con capacidad para 50.000 espectadores, que terminaría su hijo Tito (Tito Flavio Vespasiano). Durante el gobierno de este último (al que había accedido en 79 d.C.) se produjo la espantosa erupción del Vesubio (el 24 de agosto de ese mismo año), sepultando las ciudades de Pompeya, Herculano y Estabias.

Después del breve reinado de Tito (79-81 d.C.) llegó al poder su hermano Domiciano. Llevó a cabo una política de edificación todavía más extensa en Roma (que había sido afectada también por el incendio del año 80), construyendo el Odeón, el famoso arco de Tito y un gran palacio en el Palatino. Pero, sobre todo, llevó a cabo una ambiciosa política exterior, luchando contra los germanos, en Escocia, asentando las fronteras en el Danubio, y rechazando a los dacios. Tampoco lo hizo demasiado mal en el terreno de la administración, pero las relaciones con el Senado empezaron a enturbiarse, y Domiciano emprendió la persecución de cientos de supuestos conspiradores, entre los que se encontraban varios cónsules y algunos miembros de la familia imperial. Estos últimos años deterioraron sensiblemente su imagen, y fue tachado de tiránico y cruel. Murió asesinado en 96 d.C. en una conspiración en la que participaría su propia mujer.

Los emperadores adoptivos. La plenitud del Imperio

Se suele considerar que, a partir de la muerte de Domiciano, se estableció en Roma un periodo de esplendor que fue el más largo y lucido de su Historia. Y razones no faltan para esta aseveración; sobre todo por la estabilidad en el orden interno (no existió algo tan característico de la Historia de Roma como la guerra civil) y porque las fronteras disfrutaron de una larga y benefactora paz. Quizás influyó bastante para ello el hecho de que los comienzos fueron mucho menos convulsos de lo que nos tiene acostumbrados la Historia de la Roma imperial. Para empezar, antes de dar muerte al odiado Domiciano, los conjurados ya habían dejado todo atado y bien atado sobre el sucesor. El cual no era otro que un respetado senador, procedente de una antigua familia republicana, que había sido dos veces cónsul y que, por supuesto, contó con el beneplácito del Senado, y, poco depués, del Ejército. La enorme baza que suponía este último apoyo se debía a que este senador, llamado Nerva, se encargó de ajusticiar a los asesinos de Domiciano, quien todavía guardaba ciertas simpatías en las legiones.

Nerva, que gobernaría sólo hasta el año 98 d.C., adoptó como hijo y sucesor a Marco Ulpio Trajano, un español nacido en Itálica que, aunque era apreciado por las legiones, tampoco había destacado sobradamente en el Ejército55. Como los flavios, Trajano llevó a cabo un importante plan de edificaciones en Roma (sobre todo el foro y la columna de su nombre, aunque esta última tal vez fue posterior), y un segundo puerto de abastecimiento a Roma. Pero quizás su acto de gobierno más famoso fue la ampliación de las fronteras del Imperio hasta el límite máximo en toda la Historia de Roma. Derrotó, con un ejército enorme de nueve legiones, al rey de los dacios, Decébalo, en Tapae (101 d.C.), pero hubo de esperar hasta 106 d.C. para la victoria definitiva y la incorporación de Dacia como provincia romana. Más tarde, se anexionó Trajano la que sería la provincia de Arabia, coincidente con la actual Jordania y con la península del Sinaí, así como Armenia, Mesopotamia y Asiria (aunque éstas dos últimas se sublevaron poco después). Trajano murió al poco tiempo, en 117 d.C., cuando volvía a Roma de sus campañas56.

A Trajano le sucedió su pariente Publio Elio Adriano, también originario de Italia, inmortalizado también para “el gran público” en otra apasionante novela, esta vez de Marguerite Yourcenar (Memorias de Adriano). Acompañó éste a su amigo Trajano en varias de sus campañas, y fue adoptado por él, aunque en circunstancias todavía hoy bastante confusas. Como confusas fueron las explicaciones que dio al Senado por la muerte de cuatro consulares que le eran hostiles en puntos muy distintos del Imperio. Lo cierto es que las relaciones con el Senado no llegaron a ser nunca buenas. Pero eso no impidió que su reinado fuera de los más eficaces (algunos historiadores llegan a decir “felices”) de la Historia de Roma. Por de pronto, entre sus múltiples actos de gobierno, llevó a cabo un programa constructivo en Roma bastante importante. De su tiempo, por ejemplo, es ese impresionante testimonio del pasado que hoy podemos contemplar en el centro de la ciudad, que lleva por nombre el Panteón de Agripa, y que majestuosamente aparece entre las intrincadas calles que hoy llegan a él57.

Pero, Adriano fue, ante todo, el emperador viajero, que recorrió hasta el último rincón del Imperio para conocer y mejor administrar sus dominios, con la cultura, especialmente la civilización griega, como uno de los nortes de su gobierno. Y todo ello con el loable objetivo de defender lo ya conseguido a partir de una política esencialmente pacifista, diríamos hoy, que se concretaba en la fortificación de los limes para contener a los bárbaros. Para Adriano, al contrario de sus antecesores, el Imperio era concebido como una realidad terminada. De hecho, renunció a las conquistas de Trajano cuya defensa se mostraba difícil o poco rentable. Los 120 kilómetros del famoso muro de Adriano, que todavía hoy atraviesa el norte de Inglaterra de este a oeste, es el ejemplo más claro de ello. Ahora bien, esta política pacifista no impidió el hecho de que aplastara con dureza los levantamientos que se habían producido en la provincia de Judea, que a partir de entonces se llamará Siria o Palestina, ni que una estatua de su persona presidiera en adelante el templo de Yavhé en Jerusalén, llamado ahora también la colonia Aelia Capitolina.

Tras una penosa enfermedad, y después de varias controversias con el asunto de la sucesión, Adriano dejó el trono al morir, en 138 d.C., a su hijo adoptivo Antonino, llamado el Pío porque entre sus primeros actos de gobierno destacó la exaltación de la memoria de su padre. Pese a no ser un emperador con gran afán constructivo, levantó un templo al divino Adriano; precisamente ese templo del que hoy conservamos unas extrañas formas, por cuanto las columnas que han sobrevivido forman parte del perímetro del edificio de la actual Bolsa de Roma. Además, también tuvo como norma fundamental de gobierno el mantenimiento de la Pax Romana. No obstante, al contrario que su predecesor, Antonino gobernó su vasto Imperio desde su capital (no llegó a salir nunca de Italia), haciendo frente a diversas sublevaciones, entre las que destacó la de Britania, donde construyó una segunda línea defensiva, también de este a oeste, pero más al norte de la de Adriano, y con una longitud mucho menor, 59 kilómetros.

Antonino dejó el trono a su hijo adoptivo de mayor edad, Marco Aurelio, que era a todas luces su favorito. De todos es conocida la afición de este emperador a la filosofía, abrazando desde muy joven el estoicismo como modelo de vida. También desde muy temprano asoció Marco Aurelio al trono a Lucio Vero, a quien no sólo dio en matrimonio a su propia hija, sino también los títulos de Augusto, tribunicio y los restantes poderes y sacerdocios, excepto el de Pontífice Máximo. Se convertía así Vero en un auténtico coemperador (la primera vez en la Historia de Roma). Participó en la guerra contra los partos, y se puede decir que ayudó a contener la amenaza que suponían sobre Roma, aunque se hubiera de firmar una paz que no sancionaba, precisamente, el sometimiento de este pueblo. Después, varios pueblos de más allá de la frontera del Danubio atacaron muy seriamente el Imperio y los dos emperadores, sacando fondos hasta de las piedras, tuvieron que ir allí para neutralizar la amenaza. Pero un contratiempo muy duro se presentó con la inesperada muerte de Vero en 169 d.C. Fue Marco Aurelio quien tuvo que, una vez más como emperador en solitario, hacer frente a los agresivos pueblos del Danubio; cosa que, por el momento, consiguió, no sin dificultad. Poco más tarde, se desarrolló el desagradable incidente de la sublevación de Avidio Casio en Siria, al hacer oídos a un falso rumor de que Marco Aurelio había muerto y erigirse él mismo en su sucesor. La guerra civil sólo la evitó la muerte del primero, pero obligó a Marco Aurelio a recorrer prácticamente todo el Oriente, durante años, preocupado por el eco que había tenido allí esa usurpación.

El final de la vida de Marco Aurelio transcurre, una vez más, en cruenta lucha contra los pueblos del Danubio. Algo que ha contribuido a que, actualmente, modernas interpretaciones demuestran que su reinado no fue tan “dorado” como lo presentaron los primeros historiadores romanos que se acercaron al tema. El objetivo era enfrentarse contra marcomanos y sármatas con la intención de ampliar las fronteras por este limes y crear nuevas provincias; aunque bien es cierto que con un papel más bien diplomático y no tan militar (desde luego, no tanto como se desprende de las impresionantes primeras imágenes del film Gladiator, de Ridley Scott, con esa diposición táctica en el bosque de las legiones romanas). Metido de lleno en esta actividad, murió en 180 d.C., dejando el trono a Cómodo, su único hijo vivo (y no al mejor de los posibles, como habían hecho sus antecesores), de cuyo reinado siempre se ha dicho que fue el comienzo del fin del Imperio Romano de Occidente.

No obstante, los comienzos parecían ser favorables, ya que, en su intención de abandonar la política de su padre, Cómodo consiguió una paz bastante ventajosa con los pueblos del Danubio, a cambio de abandonar las hostilidades. Y, además, llevó a cabo, posteriormente, una política pacifista frente a los otros pueblos, aunque tuviera que emplearse con intensa violencia dentro de sus propias fronteras. Primero con la llamada Rebelión de los Desertores, que tuvo amedrentada a buena parte de la zona occidental del Imperio. Y, luego, con la conspiración contra su persona de su propia hermana Lucila, en conexión con miembros importantes del Senado. De ambas amenazas salió indemne pese a que no abandonaría nunca la idea de que el Senado le odiaba y conspiraba contra él. Además, en un primer momento mantuvo contento al pueblo (conocida era su afición, más allá del simple ocio, por los gladiadores) y a sus legiones, a las que subió sensiblemente el sueldo. Pero su reinado fue, ciertamente, de crueldad y terror. Hizo asesinar a muchos senadores, y sus extravagancias llegaron hasta la locura. Fue asesinado por su propia esposa, algo que iba siendo cada vez más común en la alta política romana.

Los severos y los emperadores soldados

Tras la muerte de Cómodo en 192 d.C., vuelve el fantasma de la guerra civil a Roma. El vencedor de las luchas subsiguientes será el afamado general Septimio Severo, quien dio comienzo a una nueva dinastía con su acceso al trono en 193 d.C.. Como en su día Octavio Augusto (aunque bien es cierto que en menor medida) Septimio Severo, gracias a su prestigio, logró dar estabilidad a Roma y al poder imperial, en el momento en que más se necesitaba, a la par que conseguía que las fronteras de Roma se mantuvieran intactas después de tanta inestabilidad. No obstante, en los reinados de sus sucesores, la inseguridad empieza a adueñarse de la mítica Pax Romana, debido, sobre todo, a la presión que hacían los pueblos bárbaros, que, por primera vez, empiezan a quebrar seriamente el sistema defensivo romano. La debilidad de los limes es ya patente: cuando se enviaban unas tropas para reforzar una zona sensible, otros invasores aprovechaban la ocasión que se les dejaba de vacío militar, adentrándose ampliamente en el interior del Imperio. Se suceden así dañinas correrías de pueblos como los alamanes y los francos en Galia e Italia, sentando un duro precedente sobre la caída de la imagen de inexpugnabilidad del Imperio Romano.

Durante el reinado de Caracalla (el de las famosas termas), que va de 211 a 217, se consigue la igualdad jurídica de todos los habitantes del Imperio, al decretar el emperador en 212 d.C. la llamada Constitutio Antoniniana, que permitía acceder a la ciudadanía romana a los hombres libres de provincias. Por su parte, el frívolo Heliogábalo (218-222 d.C.) procurará introducir el culto oriental en Roma, aunque este intento no sobrepasará su propia vida. Por último, el reinado de Severo Alejandro (222-235 d.C.), que volverá a la tradición romana en lo religioso, acabará, como el anterior, con la muerte violenta del emperador. Desde la desaparición del último de los Severos, Severo Alejandro, Roma va a caer en un estado de crisis generalizada (es la llamada Crisis del Siglo III), que empieza a cuestionar la propia viabilidad del Imperio Romano, especialmente en los años de anarquía que transcurren hasta el 260. Hay un descenso notorio de la población (merced, sobre todo, a las epidemias), así como un retroceso importante de las condiciones económicas, y una hostilidad manifiesta de las poblaciones vecinas. Todo ello hizo que los cauces políticos transcurrieran de una forma diferente a épocas anteriores.

Para empezar, el innegable carácter militar de la dinastía los emperadores que se suceden a partir de los Severos (de 235 a 284 d.C.) está muy relacionado con la importancia creciente de las regiones periféricas del Imperio, que, entre otras consecuencias, harán que Roma vaya paulatinamente perdiendo su función de capitalidad. Los emperadores, paralelamente, no se sostienen mucho tiempo en el poder, y el hecho de que se sucedan tan rápidamente hace que la política imperial pierda mucha solidez y continuidad. Además, el que el ejército fuera el organismo que, en última instancia, legitimara el acceso al trono imperial de un determinado candidato, ponía de manifiesto —ya de una forma clarísima— la debilidad de instituciones como el Senado. Éste ya había dejado de ser la venerable institución emblemática de la res publica romana, con todas las consecuencias que esto lleva consigo. Se debilitaba también todo el sistema político romano; toda vez que aquel acceso al trono se hacía casi siempre en condiciones bastante controvertidas.

Aunque desde siempre lo había tenido, este protagonismo ahora tan directo y explícito del Ejército, se debía a que, en esta situación de crisis tan aguda y generalizada, era la única institución romana capaz de garantizar la propia supervivencia del Estado y sus instituciones. Tanto es así, que muy lejos del otrora importante protagonismo senatorial, ahora las diferentes legiones de las provincias tenían su propio candidato al trono, y ponían todos los medios de presión a su alcance para lograr sus objetivos. Por ello, estos emperadores soldados tendrán en común, además de que van a morir casi todos de forma violenta, que ninguno de ellos fue capaz de ejercer un dominio duradero y, ni mucho menos, de transmitirlo a sus hijos. Evidentemente, las pugnas por el poder (que resurgirán más adelante, a partir de la muerte de Constantino) contribuirán a fomentar la debilidad de las estructuras económicas romanas.

Como ya sabemos, en este siglo III se da una crisis económica sin precedentes. Las constantes luchas civiles y la depresión económica habían hecho variar las estructuras materiales del Imperio y, por ejemplo, se dieron síntomas tan importantísimos como la depreciación del dinero y la vuelta a una economía de trueque y autoabastecimiento; lo que llevó consigo, a su vez, a un preocupante descenso de la actividad comercial. Esto afectó extraordinariamente a las ciudades, los puntos clave del poder y del dinero imperial. Las inevitables rencillas internas por estos motivos afectarán en el orden interno, y también en el externo, en cuanto a la conservación de las barreras de contención. Cuando la presión de los extranjeros las supera, estas consecuencias de las crisis se convierten, asimismo, en causas de nuevos conflictos.

Diocleciano y el Imperio Tardorromano

Con el acceso al trono de Diocleciano (284-305 d.C.), una nueva época comienza en la ya larga Historia del Imperio Romano, tradicionalmente denominada, por oposición al Alto, el Bajo Imperio Romano. Diocleciano va a llevar a cabo la pacificación en sus dominios y la reconquista de los territorios perdidos, poniendo orden en el immenso caos en que había caído el Imperio. Su papel se puede comparar incluso con el del propio Augusto, no sólo por su esfuerzo de estabilizador, sino por su carácter de alma de un nuevo régimen político. No obstante, en la historiografía tiene un lugar mucho menos destacado que aquél, debido, sobre todo, a que su actividad propagandística no fue tan grande ni tan efectiva, y también a que persiguió duramente a los cristianos.

Una vez restaurada la Pax Romana, el cambio más importante se va a dar en el marco político-institucional, ya que, del régimen del Principado, que había prevalecido casi sin fisuras desde Octavio Augusto, se va a pasar al llamado régimen del Dominado, caracterizado por una concentración de poder todavía más amplia por parte del emperador (éste se va a atener exclusivamente a su propio criterio). Esta nueva situación de poder incluía determinados ritos de sumisión que eran impensables en el régimen salido tras el ocaso de la República, como la postración ante la figura del emperador, el hecho de que viviera en un sacrum palatium, y que su persona se convirtiera en una especie de ser sobrenatural.

El régimen del Dominado se caracteriza, a su vez, por la llamada tetrarquía o gobierno de cuatro, inaugurada por Diocleciano. Básicamente consistía en el establecimiento en el gobierno de cuatro personas, dos augustos (el propio Diocleciano y Maximiano) y dos césares (Constancio y Galerio). Entre los cuatro se repartían sectorialmente, y por competencias, el Imperio, pero los augustos tenían mayor autoridad que los césares, quienes, a su vez, estaban destinados a sucederles. No había, aunque pueda parecer lo contrario, fragmentación de la autoridad, sino una distribución racional de las funciones de gobierno, basada en la colegialidad del poder. Los augustos gobernaban con funciones sobre todo ejecutivas y/o legislativas (tales como declarar la guerra o promulgar leyes), respectivamente en Oriente (Diocleciano) y Occidente (Maximiano). Eran apoyados en sus tareas por los césares, que se ocupaban de las cuestiones de administración de las provincias. Estos cambios tuvieron muchas consecuencias, pero quizás la fundamental fue que Roma va a ir perdiendo, en el conjunto del Imperio, cada vez más importancia a favor de Oriente.

Pronto se pondrán en evidencia los inconvenientes del sistema, sobre todo por la acumulación de emperadores en funciones, que se fue dando a partir de la aclamación por el Ejército de determinados candidatos. Se producen así, a principios del siglo IV, una serie de guerras civiles entre los pretendientes al trono. De ellas destaca la librada entre Constantino y Majencio. Al final de estos conflictos quedó claro que la causa ganadora era la de Constantino, que había vencido en todas las guerras en que había participado. El resultado más evidente fue que rompió con el sistema de la Tetrarquía diocleciana, dando vía libre al reinado de su propia dinastía. Para ello, no fue de poco valor la vinculación del cristianismo en su victoria sobre Majencio en Puente Milvio (312 d.C.); ya que va a tener la oportunidad de presentar a la religión cristiana como provechosa para el bien común, muy lejos de aquella tradicional consideración como perturbadora de la seguridad del Estado. Además, casaba bien el monoteísmo y la indivisivilidad del Dios cristiano con el carácter unitario que quería implantar en el Imperio.

Constantino es presentado por buena parte de los historiadores de hoy como un auténtico monarca revolucionario, que consolidó el proceso fundamental de cambios iniciado durante la Tetrarquía en todos los órdenes de Gobierno. Entre las circunstancias más importantes en este proceso de unidad y de cierta estabilidad durante su reinado (306-337 d.C.), se encuentra, no sólo el famoso Edicto de Milán de 313 d.C. (por el que se reconocía la libertad de culto del cristianismo), sino la fundación de la residencia imperial en el Bósforo, basculando todavía más la política del Imperio hacia Oriente. Esta nueva residencia imperial se llamaría, precisamente, Constantinopla, y llegará a tener las mismas competencias y altas instituciones que la vieja Roma, pero con una disposición estratégica mucho más favorable, por su situación de encrucijada entre Occidente y Oriente.

Sin embargo, contrariamente a su propia trayectoria vital de gobierno, Constantino dividió el trono entre sus hijos y sobrinos. Eso fue un obstáculo importante para la estabilidad, pero también lo sería la excesiva burocracia de la que estaba dotado el aparato del Imperio. Una burocracia a la que se tenían que destinar recursos cuya mera obtención significaba ya serios problemas financieros. Además, el progresivo cambio de residencia de las élites romanas de la ciudad (donde les abrumaban sus cargas y responsabilidades) al campo (las villae), cerca de sus tierras, viene a poner de manifiesto el agotamiento del prestigio de la urbe y su modelo político, pero también el ocaso de la propia civilización romana.

Ya durante Constantino, pero especialmente durante los emperadores subsiguientes (entre los que cabe destacar a Constancio II, que devolvió la unidad al Imperio, y Juliano el Apóstata que, en su corto reinado de dos años a partir de 361 d.C., protagonizó una vuelta al paganismo hasta el reinado de Valentiniano), Roma se encuentra en la política exterior claramente a la defensiva. Incluso se tienen que firmar pactos desventajosos con las poblaciones vecinas, al objeto de preservar la paz. En 378 d.C. se produce la tremenda derrota de Adrianópolis, en la que fallleció el propio emperador Valente en el campo de batalla, y que, sobre todo, preludiaba las futuras y, a la larga, mucho más graves, incursiones e infiltraciones de los godos y otros pueblos germánicos. Unas incursiones —la mayoría, no obstante, lentas y pacíficas— que poco a poco permitirían que se asentaran aquí decenas de miles de bárbaros, que estaban obligados a respetar la jurisdicción de Roma. Algo que sería una carga de profundidad para el propio futuro del Imperio.

No obstante, Teodosio (379-395 d.C.), el hábil general convertido en emperador, va a afirmar con solidez la ortodoxia cristiana, convirtiéndose el Imperio en una especie de teocracia moderada. Los obispos tienen cada vez más importancia en la política romana, y se erigían en los portavoces de la política eclesiástica oficial. De hecho Teodosio, llamado el Grande (como Constantino), va a acabar no sólo con el paganismo, sino también con la herejía arriana. Nombraría augustos a sus dos hijos Arcadio y Honorio, con lo que, al final, se dividiría, ya definitivamente, el Imperio entre Occidente y Oriente.

Los sucesores de Teodosio seguirán la política de tolerancia y compromiso con los bárbaros, ocupando éstos puestos de cada vez más importancia en la administración imperial. La caída del Imperio se fue fraguando desde una época, como hemos visto, bastante anterior, pero después de terribles acontecimientos como la invasión y destrucción de la propia Roma por los godos de Alarico en 410 d.C., al final, en 476 d.C., Odoacro, rey de los hérulos, domina la Ciudad Eterna. Mandó entonces los estandartes imperiales al emperador de Oriente, con lo que se da fin (aunque otras fechas no tan simbólicas, como la mencionada de 410 d.C., podrían ser perfectamente válidas) al Imperio Romano de Occidente. Una caída, la del Imperio Romano, que, por supuesto, no era obra de un día, ni de un año, sino de una serie de problemas estructurales cuyos síntomas más evidentes hemos estado viendo a lo largo de estas páginas. En la complejidad de causas de este gigantesco declive se han esgrimido razones de tipo cultural o ideológico: se socavaron los cimientos del Imperio cuando la vertebración que suponía el culto al emperador se cambió por una crisis moral y religiosa, y por la difusión del cristianismo. También de tipo político-militar (inestabilidad del poder imperial, frecuentes guerras civiles e invasiones de los bárbaros), sociales o económicas (el descenso de la población, el aumento de la burocracia y de la presión fiscal y el declive del esclavismo). Asimismo se ha esgrimido que, con la introducción de los pueblos extranjeros en el Imperio, se produjo la progresiva barbarización del mismo, lo que, en última instancia, va a ser la clave que explica el desmoronamiento final58. Problemas todos ellos que, de una forma larga, pero constante, acabaron en el plano político y militar —no así en el cultural— con el mayor empeño civilizador de la Historia de la Humanidad.

41 C. Nicolet, Roma y la conquista del mundo mediterráneo: 264-27 a.C., Barcelona, 1984.

42 Entre las obras generales más actualizadas, con abundantes datos e interpretaciones, cabe destacar las de J.M. Roldán Hervás [et alii.], Historia de Roma, Madrid, 1987-1991; y P. López Barja de Quiroga y F.J. Lomas Salmonte, Historia de Roma, Madrid, 2004.

43 En su extraordinarimante difundida obra T. Livio, Ab urbe condita. Liber I, Barcelona, 1974.

44 Entre los más famosos sepulcros etruscos se encuentra el de los Esposos de Cerveteri, que transmiten, con sus gestos, unas contagiosas ganas de vivir al asombrado espectador.

45 Es éste un aspecto histórico sobre el que están insistiendo mucho los historiadores en los últimos años; entendido como un prisma de interpretación histórica que se aplica, prácticamente, a todas las épocas. Hasta hace poco, sólo se tenían en cuenta los cauces de autoridad oficiales o, de un modo u otro, institucionalizados. Y eso era así, lógicamente, por ser los que más documentación han generado y que, con el tiempo han llegado hasta nosotros. Sin embargo, los lazos de dependencia y autoridad paralela “oficiosos”, como los mecanismos clientelares y los favoritismos, son muy importantes, y, en algunos casos, como ha escrito un historiador moderno, Imízcoz Beunza, el grado de corrupción que generaban no es que fuera una excepción al sistema, sino que eran el propio sistema.

46 Es la tradicional teoría de las élites, presente también en casi todos los momentos históricos. Para reproducirse a sí mismas, las élites rechazan por sistema cualquier ensanchamiento de su cuerpo numérico, ya que se alteraría, precisamente, su carácter elitista.

47 Polibio, Historia universal durante la República Romana, Barcelona, 1968.

48 Una aniquilación que, más allá de la consabida idea de no haber dejado allí piedra sobre piedra, y de la siembra de los campos de sal, es desagradablemente constatable para el viajero que, en la actual Cartago, a unos pocos kilómetros de la ciudad de Túnez, espera ver allí algún resto de la atractiva civilización cartaginesa. Sólo lo romano puede ser objeto, en realidad de su atenta mirada.

49 Y con ellas, la frase, también recurrente en las citas latinas, Quosque tandem abutere, Catilina, patientia nostra? [¿Hasta cuándo, Catilina, seguirás abusando de nuestra paciencia?].

50 Plutarco, Vidas paralelas, Madrid, 1998.

51 Sobre el asesinato de César ha habido valoraciones extraordinariamente dispares. No es lugar aquí de hacer una exhaustivo resumen historiográfico. Sólo decir que, durante mucho tiempo, fue considerado un héroe y un mártir en función de este crimen, y sus asesinos unos delincuentes. El propio Dante situó a Bruto en el infierno en su Divina Comedia. Aunque, después del Renacimiento, los papeles empezaron a trastocarse. Entre esas posturas se encuentra el incontrovertible punto de vista de que, una acción política que requiere la muerte obligada de un ser humano, tiene que ser por fuerza, rechazable a nuestros ojos de hoy. Respecto a su vida, los grandes historiadores no han coincidido en absoluto en sus juicios sobre César. Para T. Mommsen y su tradicional y clásica Historia de Roma (Barcelona, 2005), fue un político honrado, con unas facultades fuera de lo común. M. Grant, El nacimiento de la civilización occidental: Grecia y Roma, (Barcelona, 1975) se centra más bien en la astucia que siempre acompañó al personaje, y, sobre todo, en la propaganda que supo utilizar para ensalzar sus no escasas cualidades. Entre las numerosísimas biografías de César destacan, por supuesto, sus propios escritos (al igual que otros muchos, se le puede considerar dentro del género de soldados-historiadores), J. César, Comentario de la Guerra de las Galias, Madrid, 1982.

52 Se cuenta que, cuando escapó de Roma y sacó la cabeza de su litera para ver si le perseguían, un soldado se la cortó con su espada de un solo tajo.

53 El papel histórico de los emperadores romanos ha sido objeto de muchísima atención desde los mismos tiempos de la Roma Antigua. Como seguramente el lector conoce, la obra clásica, que sigue siendo un inexcusable punto de referencia, es la de C. Suetonio, Los doce césares, Madrid, 1995.

54 B. Levick, Claudius, Londres, 1990.

55 Las últimas investigaciones se han acercado al controvertido tema de la explicación de por qué fue precisamente Trajano el elegido, y la respuesta se acerca cada vez más al hecho de que fue una imposición del “clan hispano”, encabezado por Licinio Sura, quien impuso su nombre a Nerva.

56 Una visión actualizada de este carismático emperador, en la obra de autoría colectiva J. Alvar, J.M. Blázquez, y J.M. Roldán (eds.), Trajano, Madrid, 2003.

57 Como seguramente conocerá el lector, incluso in situ (nunca mejor empleada la expresión…), entre los muchísmos ejemplos de testimonios romanos del pasado que hoy se conservan prácticamente tal y como se encontraron en la Antigüedad destacan, además de la maravillosa y excesivamente desconocida Lepcis Magna, en la actual Libia, el no menos asombroso conjunto de Nîmes, con sus famosas “Arenas”, la Maison Carré, y el majestuoso Pont du Gard. Por no hablar, por supuesto, de los ejemplos de la propia Roma, o de los hispanos acueducto de Segovia y teatros y anfiteatros de Mérida e Itálica. Todo ello muestra, no sólo de la perfección contructiva a la que llegaron los romanos (se suele decir que cuando, actualmente, hay una inundación, se vienen abajo todos los puentes menos el romano…), sino de su impresionante influencia en un gigantesco espacio geográfico.

58 La obra clásica de Gibbon, sigue siendo un punto fundamental de referencia sobre el viejo tema de si fue “asesinado” (es decir, si cayó por influencias extrañas al mismo, como la invasión de los bárbaros) o no el Imperio Romano. E. Gibbon, Historia de la decadencia y caída del Imperio Romano, Madrid, 2006.

V. ESPÍRITU QUE GUÍA Y “ASEGURA”. El cristianismo y las grandes religiones orientales

Los primeros pasos del cristianismo

La importancia del contexto histórico

Si todos los grandes acontecimientos y procesos históricos, por muy singulares que parezcan, tienen una deuda ineludible con los condicionantes de la época en la que nacen, en el caso que nos ocupa ahora —el origen y primera expansión del cristianismo— este planteamieno metodológico básico debe ser especialmente tenido en cuenta. Las circunstancias históricas en las que nace el cristianismo determinan no sólo su nacimiento, sino también sus primeros pasos, su estabilización como religión trascendente, y su progresiva extensión en el espacio y en las almas de cada vez más millones de seres humanos.

Así, hay que partir de la base de que la construcción política del Imperio Romano es esencial si queremos entender algo de este crucial fenómeno. Por un lado, el ambiente de resistencia al imperialismo característico de la provincia de Palestina y la necesidad de sacudirse el yugo latino, habían creado ciertas expectativas que se entremezclaban con el concepto mesiánico de la religión judía. Por otro, la propia extensión del Imperio, con sus respectivas instituciones e “infraestructuras”, sería decisiva a la hora de la propagación del cristianismo, por el cierto carácter unitario y homogéneo que tenía ese vasto espacio, lo que, obviamente, ayudaba a su rápida y más completa expansión.

Por supuesto, la piedra angular de esta asombrosa difusión fue la historicidad de la figura de Jesús de Nazaret, nacido en el Imperio de Octavio Augusto (la fecha exacta de su nacimiento se establecería varias centurias más tarde, en el siglo V, a partir de supuestos erróneos), y muerto, como hemos visto, en el de Tiberio, en 33 (lógicamente, d.C.). Su mensaje era muy atractivo, especialmente entre los pobres y humildes, y la crisis de las condiciones económicas del Imperio Romano facilitó también la expansión de sus ideas. En aquella época gobernaba nominalmente en Galilea Herodes Antipas, mientras que, como provincia romana del Imperio, esa zona en la que vivió Jesús (Syria Palaestiniensis), se encontraba bajo el mando y la administración del delegado de Roma, Poncio Pilato, su gobernador. Tras una vida muy poco conocida hasta los treinta años, se dedicó Jesús en los últimos años de su existencia a la predicación (mediante parábolas y la realización de actos que se decían prodigiosos) y al reclutamiento de adeptos entre los sectores populares en Galilea y Jerusalén. Entre los caracteres específicos de los seguidores de aquel hombre de Nazaret habría que destacar, en primer lugar, que consituían unos grupos esencialmente abiertos hacia hombres y mujeres de toda condición social, geográfica, cultural, etc.; algo muy excepecional entre las sectas de la época, extraordinariamente cerradas y exclusivistas. Además, difundían, con su maestro al frente, el atractivo mensaje revolucionario de la igualdad, y de que todos los hombres son hermanos porque son hijos del mismo padre, que es Dios; un dios que no es vengativo ni cruel, sino lleno de amor por toda la Humanidad.

Jesús fue finalmente acusado de agitación política, y ajusticiado merced a una coalición entre los dirigentes judíos y las autoridades romanas. Entre los primeros hay que considerar especialmente a los sacerdotes, que habían visto cómo Jesús había mostrado ambigüedad e indiferencia ante el significado del templo judaico, salvo para expulsar a los mercaderes y alterar con ello el ritual de los sacrificios. Esto significaba, obviamente, un menoscabo para su autoridad. La administración romana permitía, por aquella época, y como ya sabemos, cualquier desviación religiosa siempre que no fuera contra el orden público que daba estabilidad al Imperio, y que no amenazara la autoridad de éste en todos sus territorios. Dadas las circunstancias políticas, eran, precisamente, las autoridades romanas las que tenían capacidad jurídica para dictar sentencias de muerte. Y, al no contemplarse en la legislación romana delitos de opinión o religiosos, en el caso de Jesús de Nazaret los cargos de agitación y subversión parecieron los más a propósito para desembarazarse de aquel personaje tan molesto para tantos. De hecho, en el momento de su muerte, esta zona se encontraba en lo que podríamos llamar “una atmósfera social tensa”, con ciertas alteraciones que tenían en guardia tanto a las autoridades autóctonas como a las romanas. El esperado Mesías hebreo se pensaba que vendría en forma de rey guerrero y victorioso sobre los enemigos del pueblo judío, con lo que el enfrentamiento del elemento oficial del judaísmo contra los seguidores de Jesús estaba servido. Y todo ello en un mundo en el que los romanos estaban dispuestos a ahogar en sangre cualquier tipo de conspiración contra su autoridad. Por otro lado, hay que destacar también en este marco la cultura helenística, que estaba presente en las distintas colonias judías a lo largo del Mediterráneo, que van a jugar un papel importante en la difusión del cristianismo. En este sentido, hay que subrayar, entre otras, la figura de Filón de Alejandría (25 a.C. a 50) y sus ideas filosóficas que se van a constituir en un punto de apoyo esencial para la difusión de la nueva religión.

Las fuentes, la doctrina y las primeros pasos hacia el afianzamiento

Como es obvio, una de las principales preocupaciones de los historiadores sobre este tema ha sido la de desgajar claramente las interpretaciones dogmáticas, afines al mundo de la fe cristiana, de la propia realidad histórica, sin ningún tipo de condicionantes que no fueran los propiamente científicos. El problema no era fácil de solventar, ya que las fuentes más antiguas se basaban en una primera literatura cristiana cuyos objetivos eran mucho más doctrinales que históricos. De hecho, las fuentes inmediatamente posteriores a la vida de Jesús son las que fijan las líneas esenciales de la nueva religión. Además, también existía una dificultad añadida: era muy complicado averiguar las verdaderas causas del nacimiento del cristianismo por la abundante recopilación que se había hecho de material mitológico y legendario sobre este controvertido tema. Todo esto es lo que ha determinado que no haya habido un camino único para la elaboración de las Sagradas Escrituras —principal fuente doctrinal, pero también histórica— sino más bien, una continua reelaboración de éstas en los primeros tiempos del cristianismo.

Para idear el cuerpo dogmático que había de servir de referencia a las nuevas creencias, y que, por una simple cuestión de estrategia o eficacia, tenía que ser único y aceptado por todos (por lo menos, de una forma oficializada), se utilizaron tres grandes bases de fuentes o informaciones. De ellas se va a nutrir el cristianismo en la Antigüedad, aunque no siempre van a adquirir un carácter definitivo o “verdadero”.

En primer lugar, hay que destacar las fuentes oficialmente reconocidas por la Iglesia Católica, que son las que están recogidas en los Evangelios (los tres Evangelios sinópticos de Mateo, Marcos y Lucas59, y, por otra parte, el de Juan) y todas las que forman parte del Nuevo Testamento. No obstante, en realidad sólo son consideradas con carácter verdaderamente histórico, dentro de éstas fuentes oficiales, los Hechos de los Apóstoles (obra escrita por Lucas) y alguna epístola de san Pablo. En segundo lugar, hay que tener en cuenta otro tipo de fuentes que, aunque no reconocidas como canónicas por la Iglesia, tienen interés para contrastar sus informaciones, como son los escritos de los Padres Apostólicos y los Apócrifos. Por último, habría que señalar las referencias al cristianismo en autores grecorromanos, como Tácito y Suetonio; aunque hay que tener en cuenta, asimismo, que podrían ser falsificaciones. Así, a la altura de los años 170-180 d.C., en el reinado de Marco Aurelio, se fijaría un cuerpo de libros en el que, después de múltiples inclusiones y exclusiones, quedaba establecida la doctrina cristiana. Es lo que se denomina el Canon de Libros Sagrados; a pesar de que todavía circularon algunos libros no incluidos en él, pero que también fueron utilizados en las predicaciones (son los llamados Libros Apócrifos, ya fuera tanto del Antiguo como del Nuevo Testamento).

Por otro lado, además de fijar las fuentes, se hizo necesario para el cristianismo reforzar la estructura jerárquica, tarea que se llevó a cabo por los primeros grandes obispos, como Clemente, en Roma, e Ignacio, en Antioquía. Este último definió a la Iglesia como católica, expresión que venía del griego katholikos [universal]. Otros grandes “Padres de la Iglesia”, como Ireneo, Tertuliano, Anastasio, y, sobre todo, el último y más grande de ellos, san Agustín, se ocuparon de cimentar intelectualmente la obra iniciada.

Para la formación del cuerpo intelectual del cristianismo se va a partir de una serie de condicionantes ideológicos y culturales que imperaban en el momento, y que van a tener gran predicamento en el futuro. Primeramente, no hay que perder de vista lo sustancial que era en aquella época la corriente orientalizante, que estaba afectando incluso a las mismas entrañas del Imperio Romano. Además, era importante no sólo la influencia del pensamiento monoteísta, sino la idea de Dios Salvador, el mesianismo, en definitiva, que va a dar consistencia al mensaje de Jesús. Por último, la corriente ideológica estoica va a ser también determinante; sobre todo en aquellos preceptos que insistían en la existencia de una razón divina que conduce el mundo, en la sujeción de los hombres a un deber moral, y en la igualdad entre ellos. Así pues, antes incluso de que apareciera el discurso doctrinal de Jesús, no sólo desde el punto de vista político e institucional, sino también, y, sobre todo, desde el punto de vista ideológico e intelectual, el campo se encontraba ya ciertamente abonado para que aquel mensaje tuviera su acogida; y tan grande como la tuvo. Con semejante escenario cultural, las premisas fundamentales del cristianismo empezaron a tener vía libre y extenderse, primero, por los espíritus de Oriente Próximo y, luego, del Mediteráneo oriental. A grandes rasgos, dichas premisas se podían resumir en que Dios es único; el mundo está hundido en el mal, y sólo puede salvarse por voluntad divina; Dios hecho hombre redime con su muerte los pecados de la Humanidad; en el Juicio Final la verdad triunfa, y el mal es castigado, y todos los hombres son iguales y deben amarse unos a otros.

Esta última premisa llevaba consigo la idea de que la nueva comunidad cristiana se basaba en el auxilio mutuo y la beneficencia, lo que no cabe duda que influyó, en su aplicación, para que se diera su rápida e intensa expansión, sobre todo en los momentos más difíciles.

En el proceso de afianzamiento doctrinal de los primeros tiempos de la religión fundada por Jesús de Nazaret hubo varias posturas bien diferenciadas. Sobre ellas se impondrá, con el tiempo, la concepción del cristianismo que tenía Pablo de Tarso. Pero hasta que ese momento llegue, la corriente judeo-cristiana, representada sobre todo por los apóstoles Pedro y Santiago, insistía en la no separación del judaísmo tradicional, intentando un cierto sincretismo entre las dos religiones. Paralelamente, y enfrentada con claridad, se encontraba la postura de los helenistas, con Esteban a la cabeza, que propugnaban una abierta oposición a la Ley judaica, lo que implicaba repetidos ataques por parte de las autoridades. En este contexto de enfrentamiento surge, pues, la figura trascendental en la expansión del cristianismo de Pablo de Tarso; figura, por otra parte, bien conocida merced a las fuentes de los Hechos de los Apóstoles y sus propias cartas. No se sabe con certeza su verdadera inclinación ideológica en un primer momento, pero lo que está claro es que, al final, opta por un cristianismo que estuviera abierto a los paganos. Con este presupuesto fundamental, sus predicaciones se van a extender, a través de sus famosos viajes, por todo el Mediterráneo oriental, hasta Roma incluso. En el año 58 d.C. vuelve a Jerusalén, pero fue arrestado y conducido a la Ciudad Eterna, donde moriría poco después. Parece ser que Pablo fue el primero en concebir una Iglesia que estuviera a la altura del Imperio. Fue un intelectual de familia notable, él mismo era ciudadano romano. Hablaba varias lenguas, conoció varias culturas, y explotó su conocimiento de los circuitos de comunicación de su época. Todo ello le permitió reinterpretar la Biblia a la luz del Evangelio y ganar múltiples adeptos con sus viajes, sus predicaciones y sus famosas cartas, para la causa de Cristo60. Y eso en un momento en que la recién surgida religión cristiana había estado a punto de ser absorbida por el judaísmo y de convertirse en una de sus muchas sectas. En el Concilio de Jerusalén, en el 49 d.C., Pablo atacó los más característicos preceptos judíos, especialmente la circuncisión y la actitud ante los conversos gentiles. En el fondo del asunto, también se situaba el hecho de que, tanto cristianos como judíos, se disputaban el proselitismo entre la misma gente. La posterior destrucción del Templo de Jerusalén (70 d.C.) y la crisis del mundo judío, permitieron que avanzaran con fuerza los preceptos de Pablo. A partir de entonces, la influencia del cristianismo bascularía hacia Occidente.

Roma será —ya en esta época de primeros contactos— una ciudad clave para el mundo cristiano, a pesar de que Jerusalén va a conservar todavía un gran prestigio por muchas razones obvias, como el nacimiento de la religión. En el año 64 d.C. había tenido lugar el famoso incendio de la ciudad del Tíber, que, como consecuencia más importante, dará pie a la persecución y al comienzo de la oposición entre romanos y cristianos, que duraría un larguísimo cuarto de milenio. Estos últimos, en muchas ocasiones hubieron de vivir y hacer sus cultos a los mártires en secreto —en las lúgubres y santificadas catacumbas—, y darían muestras de auténtica fe cristiana en los sacrificios en el Coliseo. No obstante, hay que pensar que las catacumbas eran cementerios subterráneos, y no sólo eran usados por los cristianos. Además, el mito que también les otorga el carácter de morada de ceremonias ocultas ha de ser matizado, ya que, en realidad, su función fundamental entre los cristianos fue, como hemos mencionado, la del culto a los mártires, y, por supuesto, las autoridades estaban al corriente de sus existencia. Lo que no se puede negar es que se constituyeran en el centro de un nuevo arte profundamente espiritual, el paleocristiano, que, a través sobre todo de pinturas murales y de relieves en los sarcófagos, expresaba aspectos fundamentales de la religión y forma de vida cristianas.

Si se piensa bien, era bastante lógica (comprensible, aunque, para muchos, no compartida) la oposición de Roma y de otros pueblos al cristianismo, y los crueles episodios de las persecuciones. Al fin y al cabo, más que la intolerancia oficial, lo que de amenaza tenía la nueva religión para la autoridad estatal ejercía un papel bastante rechazable para grandes sectores de la población. Hay que tener presente que las nuevas creencias, heredadas muchas de ellas de la tradición judaica, fomentaban una tendencia excluyente y despreciativa de otros dioses (a los que se consideraba falsos o diabólicos) a través de un acendrado monoteísmo61. Y era también una religión individualista, porque se entraba en ella por decisión propia, y con el compromiso de seguir una moral que a veces era rigurosa. Además estaba la negativa a rendir culto a algo o a alguien que no fuera el propio Dios, y la posición inequívocamente purista; es decir, contraria a cualquier compromiso sincrético, toda vez que el campo de acción del proselitismo critiano era universal. A todo esto hay que sumar la animadversión que provocaba en el paganismo el hecho de no asistir los cristianos a los cultos públicos (que era considerado como traición), y de que las prácticas de la nueva religión podían incentivar el descontento de los dioses.

Esta oposición anticristiana de los primeros tiempos va a tener varios episodios cruentos, como la rebelión en el año 66 de los judíos contra Roma y la represión posterior del año 70, que produciría una gran huida. Por si fuera poco, en Transjordania el judeo-cristianismo va a desarrollarse al margen de la evolución del propio cristianismo, lo que más tarde dará lugar a la consolidación del grupo de los ebionitas o de los nazarenos, que sólo se va a extinguir en el siglo V. No obstante, al final, entre las diferentes corrientes, va a triunfar la del helenismo, personificada, como ya he dicho, en la figura de Pablo de Tarso.

Después de una especie de desorientación por los anteriores acontecimientos, se va a llevar a cabo un cristianismo eclesiástico, que da gran importancia a la moral, a las obras, al mérito, y a las instituciones. Se toman elementos del judaísmo (ritualismo) y del helenismo (la moral y los sentimientos religiosos). Y se va a poner especial cuidado en la organización de las comunidades cristianas, lo que será parte importante de su éxito. La estructura interna organizativa de la religión se hizo a imitación de la del propio Imperio Romano, con la creación de diócesis y provincias eclesiásticas. Al frente de una comunidad cristiana estaba el obispo, considerado como sucesor de los apóstoles. Los diáconos tuvieron también, en esta primera época gran importancia, y se ocupaban de administrar las tareas necesarias para la comunidad. Por su parte, el presbítero gobernaba cada comunidad de barrio. A este cristianismo de los primeros pasos, y, por lo menos, hasta el siglo V, se le puede calificar con propiedad como de religión urbana, ya que es en las ciudades donde arraigó más claramente. No obstante, con el tiempo, el marco rural llegó a tener también su importancia, por mucho que los obispos de la provincia cayeran bajo la jurisdicción del obispo de la capital (metropolitano). Esta última era la única autoridad que podía convocar sínodos provinciales. Por su parte, en Oriente existían los patriarcados, con influencia más allá de la provincia y a cuya cabeza estaba, como el propio nombre indica, un patriarca.

En este esquema organizativo y de poder, la ciudad de Roma se va a alzar con la máxima autoridad, alegando, sobre todo, la herencia del apóstol Pedro, a quien se consideraba la cabeza de los seguidores de Cristo. Pero, había, además, razones de índole más práctica: la situación de estabilidad frente al convulso mundo oriental (herético y poco consistente), la buena relación que, con el tiempo, se llegará a tener con los emperadores, y el propio poder económico. La primacía de la ciudad del Tíber se reconocería expresamente, andando el tiempo, en el Sínodo de Sárdica (343), en el que se determinó que el obispo de Roma podía vetar las decisiones más importantes adoptadas por un sínodo, como, por ejemplo, la deposición de un obispo. Sin embargo, en Oriente no había ningún patriarca que sobresaliera por encima de los demás, por lo que esta diferencia se va a convertir en fundamental para el futuro de la Iglesia occidental. Y ello a pesar de la preeminencia política que, con el tiempo, va a tener especialmente Constantinopla, primero con el propio Constantino, y luego en la época justiniana del Imperio Bizantino.

La entrada en la comunidad cristiana se hacía a través del bautismo, el más importante de los sacramentos. En los primeros tiempos era sobre todo un bautismo de adultos, mucho más que de niños, y en muchas ocasiones de personas bastante mayores. La razón de la extensión de esto último respondía a una lógica aplastante: muchos no creían en que pudiera existir realmente un segundo perdón de los pecados, y, así, pensaban las personas entradas en años que, cuanto más próximos de la muerte se bautizaran, más posibilidades tenían de entrar en el reino de los cielos62.

De hecho, el cristianismo se encontró con múltiples obstáculos también desde la perspectiva del mundo intelectual, dentro de un horizonte de tensión y enfrentamientos entre paganismo y cristianismo. Luciano lo consideraba como una secta para engañabobos o demasiado crédulos e ignorantes, que adoraban en realidad a un sofista crucificado. Celso, por su parte, en su Doctrina Verdadera63 (178 d.C.) abrió la serie de obras polémicas contra los cristianos, que se alargaría durante siglos. Defendía, desde el punto de vista doctrinal e intelectual, la religión patria romana frente al cristianismo, al que, según este autor, había que castigar por haberse salido de la concepción de que, fuera del Imperio, no existía la salvación. Celso recogía en realidad el estado de opinión de la clases altas romanas, y atacaba al cristianismo en los aspectos más irracionales, intentando aplicar la racionalidad heredada de los griegos64. Del lado cristiano, los escritos de Celso fueron rebatidos por Orígenes, a través de su famosa obra, en ocho volúmenes, Contra Celso65. En esta última, se intentó presentar al cristianismo como una religión que no era perniciosa para la sociedad ni desafiante para las estructuras de poder. Es más, se quiso ofrecer a las clases ilustradas la doctrina católica como alternativa al sistema filosófico vigente, a través de una espiritualidad perfectamente inteligible. Ya en el siglo III, a Porfidio le parecería un atentado a la razón humana la exigencia de una fe incuestionable, además de que se denostara a los ricos aunque fueran virtuosos, y que las mujeres se sintieran honradas por entregar su virginidad a Dios. Por otro lado, la sorprendente Pasión de Cristo, no fue, desde su perspectiva, precisamente una historia en la que se pudiera reconocer, en la derrota y la humillación, la grandeza del héroe griego. Sin embargo, en la siguiente centuria, San Jerónimo dio un paso muy importante en el afianzamiento del cristianismo traduciendo la Biblia al latín, y, por su parte, Eusebio de Cesárea hizo lo propio con la publicación de su famosa Histora eclesiástica, un principal exponente de la llamada Historia polémica66. Eran éstas, ante todo, muestras de que los medios cultivados cristianos ya se encontraban cerca del poder del emperador y de la aristocracia.

La, en líneas generales, época de paz de los emperadores Antoninos (Nerva, Trajano, Adriano, Antonino, Marco Aurelio y Cómodo), y los grandes trasiegos de personas, facilitan la difusión del cristianismo, con el griego como medio de expresión. Se va a ir dando un gran aporte de población media urbana como consecuencia de la crisis ideológica que vive Roma y las ventajas económicas que reporta estar dentro del circuito solidario entre los cristianos. Y se empiezan a dar ya aquí los cambios ideológicos que van a propiciar, entre otras cosas, la sustitución de la comunidad de bienes primitiva. Paralelamente, en la población en general se va difundiendo un amplio sentimiento anticristiano, materializado en las primeras persecuciones de carácter local y esporádico, que se llevaban a cabo a partir de una denuncia formal. Este nuevo panorama se ve favorecido por la imagen de radicalismo que muestran los cristianos en sus creencias y en sus prácticas, y por su “ocultismo”, que les hacían presa fácil para ser víctimas propiciatorias.

Hacia mediados del siglo II, el cristianismo empieza a ser un problema para Roma por su ya importante extensión (sobre todo en Oriente) y por la insumisión que preconiza ante las prácticas culturales romanas. Es ésta la época, no obstante, de los grandes Apologetas o defensores de la fe cristiana frente a sus enemigos: los llamados Santos Padres Apologetas, con Justino, decapitado en Roma en los años sesenta de esta segunda centuria, como uno de sus grandes representantes. Los mártires cristianos demostrarán con su sangre que, por su doctrina y su vida consecuente con la moral cristiana, podían ser capaces de sufrir hasta la muerte. Como no todos podían ser mártires, la vida retirada y ascética fue la alternativa, una vez que pasaron las persecuciones, lo que se convirtió en el precedente del monacato.

En este siglo II se dan también, paralelamente, grandes problemas internos en el cristianismo, que amenazan con la desunión para siempre, como son las herejías. Ante el evidente peligro, se impone la necesidad de superar las discrepancias a través de la tendencia hacia una organización secta-iglesia. Básicamente son tres las grandes herejías que desafían la ortodoxia de la comunidad cristiana en aquel tiempo: el gnosticismo, cuyos sostenedores creían tener un conocimiento intuitivo y misterioso de las cosas divinas; el marcianismo, que subrayaba la importancia del dios terrible y malo del Antiguo Testamento (hay pues una oposición entre el dios del Nuevo y el del Viejo Testamento), y el montanismo, que, difundido por Montano (que se decía enviado por Dios para el perfeccionamiento de la religión), destacaba la vida ascética, extendiéndose por África y propiciando dos siglos más tarde la herejía del donatismo. La respuesta que va a dar la Iglesia a estas herejías va a suponer no sólo su superación, sino la consolidación de la propia religión. Para hacerles frente, la Iglesia estableció una doctrina aceptada por todos y una nueva organización. Entre otras cosas, se acuerda la institución de un obispo único, que será una institución clave en la organización de la Iglesia. Asimismo, hubo una fijación de los escritos que debían ser aceptados como sagrados, lo que dio lugar a la delimitación estricta del Nuevo Testamento, sin sospechas dogmáticas de falsedad. Por último, se dio un establecimiento de fórmulas o profesiones de Fe; especialmente, la creencia en la Santísima Trinidad: Padre, Hijo y Espíritu Santo.

Con estas respuestas doctrinales, el cristianismo pudo alcanzar, ya en esta época, cotas de difusión verdaderamente sensacionales. Sobreviviría a las persecuciones y al ambiente hostil gracias al culto a los mártires (que perpetúan, con su ejemplo, la fe en la doctrina de Cristo), a la literatura apologética, y a la imposición de una doctrina obligatoria (ortodoxia). Con respecto a esto último, es fundamental no perder de vista que la elaboración de dogmas se fue haciendo, no para crear una determinada doctrina, sino para refutar falsas interpretaciones de las creencias después de haber reflexionado sobre ello (se convocaron asambleas de obispos). Era la unidad lo que estaba en juego, y no es muy aventurado decir que buena parte de las creencias de la Iglesia se fueron construyendo bajo la idea de la importante —o mejor dicho, vital— necesidad de la comunidad cristiana de la unidad. Una tendencia que siempre la ha caracterizado y que le ha otorgado múltiples victorias; a pesar de algunas excepciones, bien significativas, por otra parte. Y quizás la clave del triunfo del cristianismo a través de los siglos esté en que, desde sus inicios, contempló la unidad como una necesidad vital, y los dogmas obligatorios como algo necesario para la supervivencia. Ante las recurrentes quiebras y herejías, la Iglesia siempre respondía con la necesidad de la unidad. Además, su capacidad de organización y adaptación, y la extensión de la idea de su postulación como la religión verdadera y única (la que ofrecía, sin duda, la salvación, con toda la carga de seguridad espiritual que eso llevaba para quien creyera en ella) fueron los principales factores, en última instancia, del espectacular crecimiento del cristianismo, a través de todas las épocas.

Poco a poco, el cristianismo fue arraigando, pues, en la comunidades de Oriente establecidas en las grandes ciudades y puertos del Imperio Romano. En las Galias, desde el punto originario de Lyón se extendería más tarde a través del eje comercial RódanoSaona. Por su parte, en África se expandió también lentamente, pero con una gran solidez. Pero es en el espacio oriental donde gozará todavía de mayor implantación, con Alejandría como núcleo principal. Se desarrolla aquí más el humanismo helenista, en detrimento de la raíz judaica, como es manifiesto, por ejemplo, en la obra de Clemente de Alejandría.

De la época de las persecuciones al cristianismo como religion oficial

Si tomamos en cuenta todo el amplio periodo que abarcan los siglos I y II, en el esplendor del Imperio Romano, no hubo, en líneas generales, una especial ni gran animadversión contra los cristianos, a los que, al igual que a los judíos, se les consideraba, por otra parte, sectarios religiosos y fanáticos políticos. Los enfrentamientos contra ellos se daban a partir de iniciativas que provenían desde abajo; es decir, cuando se producía una denuncia, ya que se puede decir que no había en realidad una competencia entre el culto imperial y la religión pagana por un lado y el cristianismo por otro. Cuando, por razones políticas, sociales y económicas, el Estado se mostró más débil que nunca en la llamada crisis del siglo III, se agudizaron las persecuciones y enfrentamientos contra los cristianos, considerados ahora generalmente como elementos peligrosos contra la estabilidad del Imperio. Y son las élites militares las que llevan en mayor medida las riendas de este hostigamiento, con los emperadores ilirios y panonios, que sucedieron a Septimio Severo en su programa de renovación religiosa. Por otro lado, tras las persecuciones de este último emperador, de Alejandro Severo y de Filipo el Árabe, aparece una especie de relajación en las comunidades cristianas. El cristianismo se puede considerar que es ya una religión de masas, pero se da, paralelamente, una laxitud en las normas y las costumbres. Como consecuencia de ello, aflora una viva polémica sobre el perdón de los pecados, y también se observa una cierta laxitud en las jerarquías eclesiásticas.

Pero, hacia mediados de siglo, esta situación cambió radicalmente, sobre todo a raíz de las persecuciones, dentro de un esquema de política basculante de las autoridades romanas frente al cristianismo. En esta ocasión, animado por la animadversión popular hacia un grupo —minoría— no integrada en la sociedad, al que se atribuyen, como chivo expiatorio, todas las maldades, el emperador Decio se propone llevar a cabo un reforzamiento intenso de la religión pagana. El culto imperial se va a considerar entonces fundamental, y se va a perseguir a los cristianos obligando a todos los ciudadanos del Imperio a ser titular de un libellus; una especie de certificado que sería otorgado después de la ofrenda pública de un sacrificio a los dioses. Esto desencadenó, primeramente, una polémica interna en el cristianismo y una profunda quiebra moral. Ante tal estado de cosas se va a propugnar una vuelta a la Iglesia primitiva, dándose los primeros grandes movimientos ascéticos.

Con este nuevo refuerzo moral interno, los cristianos todavía tendrán que resistir más persecuciones, mucho más sistemáticas y efectivas que las del siglo precedente: interviene en ellas toda la fuerza del aparato del Estado, propiciando claramente las abjuraciones. Entre ellas hay que destacar la extrema, pero, al final, fracasada (porque en realidad no contaba con el apoyo popular), persecución de Diocleciano (303 d.C.). El balance final sería contraproducente para el paganismo romano. En realidad, las persecuciones le sirvieron al aparato represor estatal para muy poco, por no decir para nada. La política del terror y del horror no consiguió que se redujeran los adeptos al cristianismo; antes bien, aumentaron en este tiempo. En el mundo antiguo, el Estado no estaba lo suficientemente articulado para el control de todos los individuos a partir de las iniciativas del poder central. Existían muchos elementos que, en la práctica, escapaban a una autoridad “automática”; toda vez que había muchos cristianos infiltrados en los aparatos estatales. Además, los ataques de los primeros cristianos críticos fomentaron el desarrollo de los apologetas seguidores de Jesús y sus teorías, que todavía esparcieron y organizaron mejor el mensaje y el papel de la nueva religión. Los mártires, por su parte, contribuirán decisivamente, en este proceso de resistencia, a la creación de un sentimiento de ejemplaridad y lealtad que dio todavía más vigor al amplio movimiento; por mucho que su implantación fuera muy desigual en los distintos confines del Imperio Romano.

Así, Roma no supo entender a tiempo que el mundo se dirigía hacia una nueva religiosidad. El cristianismo, como otras religiones, también prometía la salvación y, con ella, la seguridad espiritual, pero ésta lo hacía atrayéndose a todas las capas sociales. Además, la imagen de una nueva sociedad, que estuviera basada en un verdadero espíritu comunitario y en la caridad humana, era una especie de respuesta sublime a una época especialmente turbulenta. Sólo con el tiempo, los emperadores empezarán a ver a los cristianos, no como delincuentes enemigos, sino como elementos inherentes a la propia constitución social y cultural romana. Depués de muchos sufrimientos, Galerio, de momento, va a tolerar la religión cristiana de forma provisional en 311, quizás pensando que la enfermedad que padecía era debida a una venganza de los cristianos por su influencia en Diocleciano a la hora de decretar la persecución. Por aquel entonces, los seguidores de Jesús de Nazaret habían conseguido alcanzar límites territoriales muy ambiciosos. Sobre todo en la segunda mitad del siglo III, y merced, entre otros factores, a la existencia de estructuras eclesiásticas muy jerarquizadas, el cristianismo va a traspasar los límites de lo urbano, y se va implantar sin mayores problemas en el marco rural. La fe de Cristo llega hasta los confines del Imperio Romano: Egipto, Capadocia y Aremnia en el Este; y norte de Italia, y regiones de Britannia e Hispania, en el Oeste, serán algunos de los grandes territorios ganados para la causa.

Ahora bien, el principal punto de referencia en el camino hacia la consecución del carácter oficial, como religión del Imperio, del cristianismo, se encuentra, como es sabido, en el famoso Edicto de Milán por Constantino y Licinio en 31367, que reconoció en todo el Imperio la libertad y la paz religiosas. Para llegar allí, parece ser que algo tuvo que haber de cierto en aquella circunstancia, tantas veces repetida —y algunas exagerada— del sueño de Constantino en la víspera de la batalla de Puente Milvio (312). Según la tradición, fue advertido mientras dormía de que grabase los signos cristianos en los escudos de sus tropas, y parece ser que a ello atribuyó el romano la victoria. Pero más importante que esto es que, ante la enorme extensión del cristianismo, Constantino se dio cuenta de que la persecución era contraproducente y, sin embargo, la captación de este ya poderoso grupo de influencia era una eficaz ayuda para la perpetuación del poder. La vinculación de Constantino con los cristianos acusa una mayor evidencia a partir de entonces. Suspendió las persecuciones, les devolvió sus bienes, restringió los cultos pagano y judío, y él mismo quiso introducirse en el conocimiento de su doctrina. En fin, utilizó el cristianismo como instrumento político, y lo hizo una cuestión de Estado. Todo esto traería enormes consecuencias (a pesar de que la Iglesia Católica nunca ha considerado santo a quien tanto la benefició con medidas como éstas). Especialmente el hecho de que un personaje absolutamente público como él, educara a sus hijos en el cristianismo. No es de extrañar, pues, que Constante y Constancio II llevaran todavía una política más procristiana que su padre.

Ahora bien, el cristianismo también tuvo que pagar su precio para ello. Necesitó alterar una parte de su esencia espiritual para adaptarse con amplitud a su entorno, y adoptar con ello un cierto marchamo pagano, y una aproximación a la organización civil. A partir del Edicto de Milán los cristianos se van a ir colocando en un lugar predominante. Y ello pese a los intentos de frustración de esta emergente fuerza casi universal por parte de distintos elementos disgregadores. Entre ellos hay que destacar el arrianismo, corriente herética que, con el tiempo, se traspasará a los pueblos “bárbaros”, especialmente los visigodos, y que expresaba la distinción entre las tres personas de la Trinidad y la subordinación del Hijo —que no era de la misma sustancia— al Padre. El emperador, dentro ya de una inercia que —hasta hoy— ha caracterizado las relaciones Iglesia-Estado, va a tomar su propia posición, más política que otra cosa, en el asunto. Va incluso a intervenir oficialmente en los conflictos internos de la Iglesia: en el Concilio de Arles (314), donde se condena al donatismo, y el de Nicea (325), que se considera el primer concilio ecuménico del catolicismo y en el que se hace lo propio con el arrianismo. Además, Constantino se va a basar en el cristianismo para el fortalecimiento de su propia autoridad; por mucho que, al final, no pudiera acabar con las disidencias.

Por su parte, los obispos hicieron bien su trabajo, y organizaron con eficaz disciplina los núcleos provinciales de la religión por todo el Imperio; toda vez que, en un estado en descomposición, como era el romano de aquella época, la Iglesia se iba ocupando cada vez más de las asistencias sociales que no procuraba él mismo. Además, las clases pudientes fueron también cada vez más conscientes de la necesidad de estrechar lazos con los obispos y la organización eclesiástica, conscientes de la nueva fuerza que iba tomando el cristianismo. Con esta potencialidad reforzada, la religión de Cristo se configura como una nueva concepción del mundo, con la aureola de liberación de la personalidad. Y pese a nuevos obstáculos, como la política contraria del emperador Juliano (llamado, precisamente, el Apóstata), y la aparición de nuevas herejías, como el nestorianismo y el monifisismo (que se cuestionaban la naturaleza humana y divina de Cristo), el cristianismo va a seguir adelante con fuerzas renovadas, como se demostrará en los Concilios de Éfeso y de Calcedonia, a mediados del siglo V. De hecho, ya Teodosio, el último emperador del Imperio Romano unido, había dominado la influencia del paganismo y el arrianismo, y con su imposición del credo católico de Nicea como la única religión oficial del Imperio, confirió a la Iglesia el protagonismo y el poder que se habían ido fraguando durante siglos, y que se extenderá durante muchos más. Oficialmente, desde el famoso Edicto de Tesalónica de 380 d.C., el cristianismo campeará a sus anchas en Europa en los largos siglos medievales.

Las grandes religiones orientales

El hinduismo

Esta compleja religión (sobre todo, a ojos de los occidentales) parece que tuvo su creación a mediados del II milenio a.C.; siendo, por tanto, una de las religiones más antiguas del mundo68. Es en aquel momento cuando pueblos de origen indoeuropeo, llegaron al valle del Indo, en el norte de la península del Dekán, en la actual India. Este importante desplazamiento, influiría sustancialmente en un decisivo cambio de espiritualidad en aquella zona, para que, en última instancia, tuviera lugar el surgimiento del hinduismo.

Se sabe muy poco —al menos desde el punto de vista estrictamente histórico— sobre este periodo de dominio ario en la India. Sí conocemos, no obstante, que sus progresos fueron lentos. Hasta que se pudo formar el primer Estado con características políticas y culturales, en la región de Magadha, en el norte de India, pasaron varios siglos. Posteriormente, se adueñaron estos pueblos de todo el valle del Ganges, y luego, entre los siglos IV y V a.C. hubo una traslación de influencia del Norte al Sur. Se dieron entonces importantes manifestaciones artísticas (particularmente en la capital, Pataliputra) y literarias (las célebres lecciones de los Upanisads), y, pese a la predominancia del brahmanismo como religión nacional, con su concepción panteísta de la divinidad, se pudo dar en India una cierta libertad de pensamiento, de la que, por otra parte, sabría sacar provecho Buda en sus caminos de reflexión.

Las ceremonias de estos pueblos invasores arios tenían su base en el culto sacrificial del fuego, al que se atribuía la renovación del universo y de la sociedad que llevaba a cabo esos rituales. Se trataba de unas ceremonias y ritos que estaban recogidas en el Rigveda, la colección de himnos del siglo X a.C. que compendiaba las tradiciones más antiguas. Se hablaba allí del hombre cósmico, Purusha, al que se identificaba con el Universo. Precisamente, de la mente de Purusha procede la Luna, de su ojo el Sol, de su aliento el Viento, etc; así como también procedían de su cuerpo las diferentes castas de la sociedad humana, de las que hablaremos más adelante. Con el tiempo, los llamados Vedas o textos sagrados redactados en sánscrito (de los que el principal es el mencionado Rigveda), van a ser la base de las creencias hinduistas. Ante todo, explicaban las impresiones de los sacerdotes sobre el sacrificio ritual69. Por su parte, los Upanisads contenían las enseñanzas de los brahmanes o casta sacerdotal. Se comenzaron a recopilar en el siglo VII a.C. y se completaron hacia el siglo V a.C. Su tono es más filosófico que los anteriores, y estaban estructurados en forma de diálogos de maestros con sus discípulos, con un contenido basado en cuestiones de especulación filosófica70.

En realidad, esta inclinación hacia la especulación filosófica se debe al reflejo que producían las propias transformaciones sociales en India, debidas al crecimiento de la ciudad y la extensión de la clase comerciante. Estos fenómenos sociales produjeron que la autoridad de los brahmanes comenzara a ser cuestionada; toda vez que el budismo estaba haciendo evidentes progresos en aquel subcontinente asiático. Ya no se situaba a los dioses en los cielos, como en la época de aparición de los Vedas, y no se consideraban supremos. Se empieza a creer en un ciclo de reencarnaciones tras la vida llamado samsara.

La práctica del hinduismo se basaba, en los primeros tiempos, en el culto colectivo de una sociedad que parece ser que ya estaba dividida en castas a partir del dominio de los invasores. Pero, con el paso del tiempo, el culto comunitario no va a ser habitual en esta religión. Al primer periodo, llamado védico, le va a sustituir en el horizonte espiritual de India, y no se sabe bien cuándo, la época brahmánica, en la que se dio mayor importancia al orden moral. Se extendió la religión interior, el ascetismo solitario y el misticismo, con unos dioses supremos que se concentraron en la llamada Trimurti: Brahma (el dios creador), Visnú (el conservador), Siva (el transformador o destructor). Se cree en un principio infinito, una realidad única (Brahman, del que el Atman es el yo mismo de todo ser vivo), y Trimurti puede ser considerada como el Uno o Todo en triple forma.

Una vez producido, en el siglo VI a.C., el desgajamiento de dos grandes grupos religiosos como el jainismo y el budismo (abiertos a todas las castas y potenciadores de la vida monacal), en el siglo I d.C. van a aparecer consolidadas dos sectas importantes: el visnuísmo y el sivanismo, según tuvieran establecida la primacía divina en Visnú y Siva, respectivamente. Estas dos grandes sectas no fueron excluyentes, tuvieron entidad propia y se convirtieron en las dos grandes ramas del hinduismo, con sus respectivos fraccionamientos, a su vez, en distintas sectas. Más adelante, a partir del siglo IV d.C., las leyendas llamadas puranas (antigüedades) extendieron los aspectos más importantes de la religión por todo el pueblo, al tiempo que el culto se hizo todavía más doméstico que público, con una gran difusión del yoga, el tantrismo y la magia. Cuando irrumpieron en India, primero el islam de los mogoles, y después el cristianismo, se produjo un sincretismo que tendió hacia el monoteísmo o hacia las devociones populares.

Por otro lado, además de las fuentes mencionadas sobre el hinduismo, los escritos más famosos son las dos grandes epopeyas compuestas entre los siglos III a.C. y III d.C.: el Mahabharata y el Ramayana, con reflexiones filosóficas sobre los rituales y mitos de esta religión, procedentes de la tradición oral popular. El primero de estos poemas, con más de cien mil versos, hace referencia a la guerra que mantuvieron por el poder dos dinastías rivales: los Pandavas y los Kauravas, pugnando por las tierras y el dominio político en el norte de la India. Incluye además el llamado Bhagavadgita (canción del señor) que, describiendo el diálogo entre un guerrero y el dios Krishna (una de las encarnaciónes de Visnú) antes de una batalla, es un texto fundamental del hinduismo clásico. El Ramayana, por su parte, es un poema mucho más corto. Está ambientado también en episodios bélicos, aunque esta vez sobre las guerras por el poder entre humanos y demonios. Al igual que otros grandes poemas antiguos del mundo occidental, como la Ilíada y la Odisea, tiene, sobre todo, un carácter didáctico, sintetizado en la instrucción sobre el dharma (el deber, o conducta correcta) y las normas sociales.

El hinduismo, en realidad, si se examina con detalle no constituye una religión ni una filosofía, sino la suma de ellas. Es un conjunto amplio de creencias y rituales que no tienen un fundador, sino una arraigada y milenaria tradición. Así, las características más importantes de este conjunto de creencias no se deben entender como las premisas básicas para la constitución de una unidad religiosa centralizada, sino con diversas manifestaciones. De hecho, no existe un dogma único ni órdenes sacerdotales. Destaca en primer lugar, entre esas características principales, la consideración de que cualquier dios, aunque no sea hinduista, es considerado como una manifestación de la divinidad. Se puede dar así la circunstancia de que un hinduista pueda adorar a otro dios sin dejar de ser hinduista. Además, se da un respeto escrupuloso por la vida, y por hacer de la no violencia un ideal trascendental en la trayectoria vital de la persona. En el —también muy característico— sistema de castas, se reconoce a la brahmánica como símbolo de máxima pureza, considerando que los deberes sociales y religiosos están en el hombre en función del nacimiento. Había cuatro castas que debían cumplir cada uno su dharma: la ya mencionada de los brahamanes o señores espirituales, que procedían de la boca de Purusha, la de los kshatriyas o señores temporales (gobernantes y guerreros), la de los vaishyas (artesanos, comerciantes y agricultores), y la de los shudras o clase trabajadora (los que hacían trabajos de tipo manual y los siervos). Estas tres últimas castas procedían de los brazos, de los muslos y de los pies de Purusha. Por debajo de esta tríada todavía se encontraban los sin casta, los intocables o avarna, que se llamaban a sí mismos dalit u oprimidos. A su vez, cada casta tenía también unas subcastas, dependiendo de las ocupaciones, denominadas jatis. Se hace evidente, pues, y a pesar de la complejidad de todo esto para el lector occidental, una clara vinculación entre el origen religioso y el establecimiento de férreas jerarquías sociales en India a partir de las castas71.

Como en el budismo, también en el hinduísmo se da importancia al principio de causalidad de las cosas: todo acto, bueno o malo, produce una consecuencia (Karma), en la vida actual o en la reencarnación. Y no es posible escapar a esta ley de causalidad del Karma; ni siquiera con el suicidio, ya que las consecuencias en la vida siguiente serían aún peores. Los hindúes aspiran a alcanzar la liberación (moksa), entendida como liberación de estas reencarnaciones, a través del deber, el conocimiento y la devoción. Para ello cuentan con la meditación, el yoga y el ascetismo. La mística tiene también gran importancia, y su objetivo supremo es la identificación del atman con el brahman.

El culto a los animales es otra de las características esenciales del hinduismo, y, especialmente (sobre todo porque es lo más conocido en Occidente), la vaca. Esta adoración derivaba del hecho social de que en los tiempos antiguos la riqueza de una familia se medía por el número de cabezas de ganado que poseía. Así, muchos dioses están relacionados con este animal, como, por ejemplo, el propio Brahma, que se había transformado en una vaca para dar alimento a los humanos a partir de su leche. Los templos eran las residencias de los dioses, y también el lugar en que se depositaban las ofrendas que aportaban los fieles a través de los correspondientes ritos. Por otra parte, todos estos ritos, de cualquier categoría, se llamaban puja. Las edificaciones religiosas se construían según las reglas de la arquitectura sagrada, y eran una representación organizada (el templo en sí era la negación del caos) del universo. En el centro del templo se encuentra la imagen del dios que lo preside, bajo una torre que representa a la montaña Meru, que simboliza el eje del mundo. Alrededor de la imagen del dios están las esferas de los dioses secundarios, la de los humanos y la de los demonios. No obstante, a pesar de la importancia de la devoción en el templo y las peticiones de los fieles a través de los rituales guiados por los sacerdotes, una parte importante de la devoción hindú se hacía, como ya hemos visto, en el ámbito doméstico. Esta práctica se basaba en la creencia de que todos los momentos importantes de la vida deben compartirse con los dioses. De esta forma, en toda vivienda hindú hay una habitación o zona de la casa dedicada a las divinidades. Así, en el altar doméstico se encuentran varios dioses, ya que cada persona de la casa tiene uno elegido.

Entre los ritos más importantes se encuentra el llamado rito funerario, la cremación, final destinado a aquellos que han sido purificados a través de los sacrificios. Se creía que el fuego daría entrada al difunto a una forma superior de existencia, además de tener la capacidad de reunirlo junto a sus ancestros familiares. Las peregrinaciones son también importantes, y se realizan a sitios relacionados con algún dios o hacia ríos sagrados, especialmente el Ganges. A este río se le considera la deidad que proporciona salud, prosperidad e hijos, y es capaz de purificar el espíritu eliminando todo pecado. Benarés, por donde pasa aquel río, es la ciudad más santa de la India. Morir allí supone la eliminación de todo el Karma negativo que un individuo ha podido acumular durante toda su existencia72.

El budismo

El budismo es una religión también más antigua que el cristianismo (con una trayectoria de más de veinticinco siglos de existencia), y, sobra decir que es igualmente una de las más importantes religiones de todo el mundo, que cuenta en la actualidad con cientos de millones de adeptos en el Asia oriental. El punto de partida de esta tan difundida religión son las enseñanzas de Siddharta Gautama, llamado Buda (el Iluminado, en sánscrito)73. Unas enseñanzas que se generan a partir de un episodio crucial en su vida y en toda la religión budista: su iluminación espiritual bajo una famosa higuera cerca de la ciudad de Benarés. Es, pues, Buda un personaje histórico que había nacido en el seno de la familia real del antiguo reino de Sakya, entre las modernas India y Nepal, a mediados del siglo VI a.C.

Lo primero que llama la atención de su doctrina es que se trata, desde sus comienzos, de una religión con gran carga filosófica, que aspira a lograr un modo de vida en el que reine la paz y la felicidad mental, a través de la eliminación de las causas del dolor y el sufrimiento de la vida humana. Este planteamiento general, que nos sirve de punto de partida para adentrarnos en los aspectos doctrinales más importantes de la religión, se debe también a las propias vivencias del príncipe Gautama. Según los textos sagrados del budismo (escritos casi todos originariamente en lengua pali, aunque más conocidos por su traducción al sánscrito), encontró en su primer contacto con el mundo, en su juventud, a un anciano, un enfermo, un cadáver y a un asceta de rostro sereno. La interpretación simbólica que hizo de todo ello Gautama, ayudado por su criado Channa, es lo que hoy se considera la base del budismo, ya que la superación de los tres primeros signos negativos (vejez, dolor, muerte) a través de la contemplación (signo positivo reflejado en el asceta) es lo que lleva a la libertad de espíritu y a la paz interior. Para el Budismo esto se consigue a través de la eliminación progresiva del deseo, puesto que llegar a no desear nada en absoluto es la base para superar el dolor. Siendo la vida —desde su punto de vista— esencialmente eso, dolor, y siendo éste causado por la ansiedad por colmar el deseo y el gozo, la mente se libera a través de la eliminación de los deseos y de toda acción. Con este olvido de sí mismo y en esta disposición de mansedumbre, siguiendo el adecuado camino o disciplina, se puede llegar al nirvana, la paz completa, que es indefinible. De hecho, según la religión budista, su mero intento de conocimiento resulta, incluso, pernicioso, por ir contra la esencia de aquel mensaje de ausencia de deseo. A este nirvana llegó el propio Siddharta Gautama (sentado bajo aquel árbol en el noroeste de India) después de haber recibido diversas enseñanzas que no le habían convencido, y luego de llevar un camino de privación y mortificaciones.

Aquellas enseñanzas que fueron a hacer mella en Siddharta dan idea del grado de tolerancia religiosa que había por entonces en India, y la capacidad que existía en esos momentos para decidir el camino espiritual. Después de estar un tiempo mendigando, y de no encontrar satisfacción con las explicaciones de los brahmanes hinduistas, se retiró al bosque durante seis años, llevando una vida de penitencia y ayuno que provocaron su extrema delgadez. Intentó sobrevivir con un grano de mijo al día, y las gentes, admiradas ante su determinación, le pedían consejo y esperaban recibir su bendición. Pero, con ello, no recibió tampoco la respuesta intelectual que buscaba. Fortaleció entonces su cuerpo para conseguir claridad de entendimiento (lo que provocó el abandono de sus seguidores y admiradores), y, un buen día, una vez recuperado con el alimento suficiente su debilitado cuerpo, fue a sentarse al pie de un bo (árbol característico de India). Allí fue, después de la correspondiente reflexión, donde encontró la explicación de la naturaleza del dolor, y, por lo tanto, de sus causas y de su remedio. Encontró, pues, la iluminación, y de ahí su nuevo nombre, con el que sería conocido mundialmente. Desde entonces, su mensaje se esparciría, a través de la predicación de la buena nueva, por Oriente, hasta alcanzar, a través de los siglos, en la actualidad, a casi la mitad de la población mundial, que sigue las ideas derivadas de este acto de iluminación. El verdadero camino está en el espacio intermedio entre el disfrute de los sentidos y las prácticas de penitencia y mortificación, que sólo entontecen (según la experiencia de Buda). Y ese camino se basa en ocho preceptos: justa visión, justos deseos, palabra justa, conducta justa, justa acción, justo esfuerzo, mente justa, activa y despierta, y justa contemplación.

Llegó, pues, por sus propias experiencias al conocimiento de que todo es relativo, y de que el mundo es una realidad cambiante. Incluso la muerte no es el final de una cadena de fenómenos, sino que continúa en nuevos nacimientos —reencarnación—, al igual que, por ejemplo, la adolescencia sucede a la vejez. Buda afirmó también que era posible escapar a la apariencia y llegar a la verdad esencial. Mediante el Karma o ley de causalidad, se llega a la conclusión de que todo ser es el resultado de otro ser, la consecuencia de una serie de concatenaciones anteriores que definen al individuo. A través de esta afirmación se ayuda a conseguir la liberación de la ilusión del yo, así como del apego a las cosas terrenales. Igualmente, se establece que los propios actos son importantes y definen el carácter de esas concatenaciones. Los actos, buenos o malos, tienen sus consecuencias, y, si no se manifiestan en una vida, lo hacen en otra. El objetivo es llegar al nirvana, donde uno puede contemplar la rueda de la reencarnación universal, siendo conocedor de las propias reencarnaciones y, por supuesto, en plena disposición de superar el dolor. Con el nirvana se extinguen los tres fuegos: dolor, odio e ignorancia. La reencarnación es, pues, el único misterio de esta religión, en el que hay que creer con fe sencilla. Todo lo demás es comprensible como resultante de un proceso intelectual74.

El primer sermón de Buda sobre estos conocimientos, dado en la ciudad santa —que también lo era, como hemos visto, para el hinduismo— de Benarés, se denominó el sutra de las cuatro nobles verdades, que constituyen, en su conjunto, el dharma, la verdad. En él puso de relieve los caracteres esenciales de la condición humana, enseñando el camino para liberarse de ella. A sus primeros seguidores les encomendó que fueran predicando este nuevo mensaje de superación de la condición humana. Como posteriormente el cristianismo, el budismo estaba abierto a todos los hombres, sin distinción de nacionalidad o castas. Allá por donde iba Buda, iba ganando también más adeptos. Y ello pese a que no se presentaba como un salvador ni un repartidor de dones, que, desde su perspectiva, sólo llevarían al fomento del deseo, sino como el transmisor de una doctrina de liberación. Entre aquellos primeros adeptos se incluyó su propia familia, con sus padres, su mujer y su famoso primo Ananda (su discípulo predilecto) a la cabeza, que le serviría de gran ayuda en el futuro.

Aunque el budismo primitivo es muy mal conocido, se sabe con seguridad que el primer centro budista de la India fue el monasterio de Jetavana, en la región de Bihar, al este del país, fundado por el propio Buda. Así pues, a diferencia de otras grandes religiones, la vida monástica en el budismo fue comenzada por el propio fundador de esa religión, que, realmente, tuvo éxito en su empresa. El monasterio de Jetavana fue el gran emisor del budismo en estos primeros tiempos por la India y países adyacentes. De tal forma que, al final de sus días, Buda había ganado gran multitud de seguidores, y era venerado en cualquier lugar que visitara, incluso hasta su muerte, acaecida en 483 a.C., en una edad bastante avanzada. No dejó ningún escrito, ni siquiera para sus más allegados, ni tampoco impuso ningún dogma. Sobre todo porque, por encima de cuestiones polémicas como el origen del mundo, a Buda le interesaban fundamentalmente las cuestiones más pragmáticas, como la superación de los problemas cotidianos y las miserias humanas. No obstante, a su muerte, unos quinientos monjes budistas se reunieron para intentar organizar y fijar en la memoria las enseñanzas de su maestro. De esta forma, se establecería el Canon o cuerpo doctrinal oficial del budismo. La versión más antigua que se conserva de estas doctrinas oficiales es la redactada en lengua pali en Sri Lanka, en el siglo I d.C., y conocida en sánscrito como Tripitaka, esto es, los tres cestos; haciendo referencia en este título al número de partes en que esta dividido su contenido.

Los monjes budistas van a llevar una vida de privaciones máximas, teniendo como uno de sus principales axiomas el que, para eliminar el deseo, había que llevar a cabo una conducta imaginativa de aborrecimiento de aquello que se iba a desear75. Mientras que los monjes vivían con muy pocos objetos personales, los monasterios, sin embargo, se fueron enriqueciendo con las donaciones de los fieles, al tiempo que se iban convirtiendo (pese a no haber perseguido precisamente eso el fundador) en centros religiosos. Es decir, el budismo se dotó de una institucionalización sin la que, de otra manera, no hubiera podido permanecer y difundirse como lo hizo. Todo esto determinó una mayor complejidad en la organización de las comunidades, su propio crecimiento, y su consolidación como centros de cultura y arte, que hoy asombran al visitante occidental.

Sin duda alguna, Buda se encontró para la extensión de su doctrina con que el ambiente le era muy favorable ya que, en esa región del noroeste de la India, había un importante descontento por los excesos del hinduismo y su sistema de castas. Estos excesos habían provocado una gran dispersión de los movimientos ascéticos y del sentimiento religioso y, con ello, la existencia de una gran variedad de sectas. De hecho, una vez acaecido el triunfo del budismo, se dio también una gran variedad de caminos espirituales. Merced a su gran carga filosófica, a la reconocida autonomía de los monjes y las distintas comunidades budistas, se dieron a su vez numerosas sectas (en el siglo I d.C. había unas treinta). No obstante, salvo excepciones, convivieron y se respetaron, siendo incluso un estímulo entre sí para la profundización en problemas intelectuales. Han persistido a lo largo de los siglos dos sectas principales: El hinayana o “pequeño vehículo”, con una tendencia tradicional y que continúa vigente en Sri Lanka, Siam y Kampuchea; y el mahayana o “gran vehículo” que preconiza la adaptación de la doctrina a los diversos pueblos y fomenta el culto a los monjes virtuosos, entregados a los demás, con una presencia predominante en China, Corea, Japón, Tibet y Mongolia.

Desde luego, un paso decisivo para el budismo se dio a mediados del siglo III a.C. cuando el gran monarca Asoka (llamado erróneamente por los occidentales el Constantino del budismo76) se convirtió a esta religión cuando estaba en camino de conquistar toda la India, siendo considerado hoy un hombre santo. Parece ser que llevó a cabo su conversión por la contemplación de los sufrimientos y miserias que provocaban sus campañas. En diversos edictos, Asoka va a condenar las fiestas tribales que eran una especie de romerías y que desarrollaban la superstición. Aconsejaba, en cambio, el respeto a los padres, la tolerancia, la liberalidad, la modestia, y la admiración por los brahmanes y ermitaños. También se llegó a declarar budista, dando incluso consejos a los monjes. Emprendió muchas peregrinaciones y mandó edificar múltiples monumentos en los lugares venerados que recordaban al fundador de la religión. Quizás su obra más delicada y famosa es el famoso túmulo o stupa (edificio religioso conmemorativo de la muerte de Buda) de Sanchi, en la India central, considerada como la joya más preciosa del arte hindú. Asoka prefirió, al final, como soberano la vía de la justicia a la de la fuerza, implantando la ley moral como fundamento de la actividad pública. Por ello, el final de su reinado se puede considerar uno de esos grandes momentos de brillantez de la Historia de la Humanidad, en los que la libertad —de espíritu— se pudo mantener, incluso por encima de los comprensibles y recurrentes anhelos de seguridad y autocomplacencia, que no encuentran ningún obstáculo para intentar hacerse efectivos.

También Asoka mandó diversas misiones, como la de Sri Lanka. Allí envió como misionero a su propio hijo Mahinda, y más tarde a su hija Sanghamitta, que fundaron numerosos monasterios, y llevaron una rama de bo donde Buda había recibido la iluminación. Después de casi 2.300 años todavía se conserva y se venera en Sri Lanka, y, según dice la profecía, este arbusto florecerá eternamente. No obstante el gran apoyo dado por Asoka, el budismo pasará por horas bajas en la India en los siglos subsiguientes; entre otras cosas por la propia debilidad del Imperio de aquel monarca, y quizás por la introducción como norma de gobierno y dominación de estos principios de bondad, en un mundo incompatible para ello. En el siglo II a.C., en la dinastía Sunga, hubo persecuciones contra el budismo, y el brahmanismo se convirtió en la religión preponderante, estableciéndose el sistema de castas (contra el que tanto había luchado Buda) por toda la isla. En un ambiente de competencia con el hinduismo, en el siglo I d.C. se dio por primera vez un rostro a la imagen de Buda, con claras intenciones de estimular la devoción popular77. Su extensión se hizo evidente, y en estos primeros siglos de la era cristiana pasó a China (aquí hubo una rica fusión con elementos del taoísmo), mientras que se extinguiría casi en la India, sobre todo por las invasiones de los hunos en el siglo V y, más tarde, de los musulmanes mogoles, como tendremos ocasión de ver, en el siglo XV. Mucho antes, en el siglo VI, el budismo había pasado también a Japón, superando en adeptos a la religión sintoísta nacional. Allí, siglos más tarde, surgiría una rama bien particular conocida con el nombre de budismo zen, de tan gran arraigo como para resitir las embestidas del catolicismo en los comienzos de la Edad Moderna78. El budista zen quiere observar el mundo sin que la mente esté ligada a los pensamientos ni a los sentimientos de apego, y tal libertad mental no puede conseguirse a través de una práctica gradual, sino mediante una idea directa e inmediata.

Las grandes religiones chinas: confucianismo y taoísmo

El confucianismo surge, inequívocamente, como respuesta a la descomposición política y social que se vivía en China en la época final, de declive, de la dinastía Zhou (o Chou), entre finales de siglo XII a.C. y mediados de siglo III a.C. A la inestabilidad política había que sumar la extensión generalizada de un fuerte régimen feudal que tenía minimizada la autoridad central, y que daba lugar a toda suerte de abusos. En este contexto, entre los siglos V y IV a.C. se desarrolla la enorme figura de Kung Fu-tse (Confucio), que se empeñó en establecer como principios rectores del Gobierno del país un elevado orden moral apoyado en una situación de orden y de justicia79.

Los distintos príncipes de China tenían en sus Estados, a su servicio, a muchos individuos dedicados a la administración y al trabajo de las cancillerías, con lo que se fue desarrollando un saber civil y una potente clase de letrados que fomentaban las buenas costumbres basadas en los saberes populares. Confució vivió en este ambiente, y, para servir con eficacia a aquellos ideales de justicia civil, abandonó en una edad madura su profesión de maestro y se propuso llevar a cabo una serie de cambios políticos, intentando convencer a los príncipes de los diferentes Estados chinos sobre la necesidad de introducir estas transformaciones. Pretendía, concretamente, una reducción drástica de los impuestos, así como de los castigos crueles e inhumanos, ya que sólo donde hubiera paz se podría encontrar la felicidad. Pero su iniciativa no tuvo éxito, sobre todo por el desinterés de las clases dominantes en cambiar el estado de cosas reinante. Desde entonces, se dedicó a profundizar en su reflexión espiritual.

Su pensamiento, más plagado de preceptos morales que esencialmente religioso, se basaba en el llamado Zen (amor, virtud, humanismo), definido por el propio Confucio como “amar a los hombres”. De hecho, más que el fundador de una religión, en Confucio debe verse un filósofo, maestro y político con unas dotes verdaderamente excepcionales. Era gran aficionado a la Historia, donde esperaba hallar ejemplos de buena conducta y de buen gobierno. Su formación era vasta en los textos tradicionales que llegaron a formar el canon llamado de los “clásicos confucianos”. Él mismo se presentaba, no como un creador, sino como un transmisor de los sabios antiguos chinos. A esos textos se añadieron más tarde, entre otros, el Analectas (que era una recopilación de los aforismos y enseñanzas de Confucio recopilados por sus discípulos) y el Mencio, con las enseñanzas de este pensador místico que vivió en el siglo IV a.C.

La más importante cualidad del hombre para Confucio era la piedad filial, y había que honrar a la familia, asegurando la descendencia y practicando el culto a los antepasados difuntos. La importancia de la figura del padre es tan grande que el hijo no puede considerar nada suyo hasta la muerte de aquél. Además, mientras el padre puede tener concubinas (y en algunos casos su propia esposa se las procura), ésta última tiene que guardar fidelidad al marido incluso después de su muerte. Para Confucio, el zen se alcanzaba a través del cultivo de las más nobles cualidades humanas: la justicia, la sinceridad, la lealtad. Para ello, el individuo debe someterese a un autocontrol y disciplina moral, y, de hecho, Confucio regula la vida del individuo hasta en los más meticulosos detalles. Esta disciplina moral individual era independiente, y estaba por encima de la virtud basada en el nacimiento que pretendían mantener las clases dirigentes aristocráticas y la nobleza feudal. La sociedad debía estar organizada en torno a la honradez y las relaciones sinceras y respetuosas entre gobernantes y súbditos, así como en las relaciones fundamentadas en el amor y la comprensión entre padres e hijos, ancianos y jóvenes, marido y mujer, etc. Sólo así se podrá llegar al estado de la Gran Similitud, en que prevalezca la paz universal y la justicia en la convivencia de todos los hombres bajo el manto de la concordia.

Los gobernantes debían buscar obligatoriamente la paz y la prosperidad y, si no era así, debían ser sustituidos, incluso por la fuerza. Habían de ser los dirigentes políticos un modelo de moralidad y de justicia, designando para los puestos más relevantes a los candidatos más capaces. Cuestión ésta que, por otra parte, explica la singular característica de la administración china de la imposición de durísimas pruebas para el acceso al funcionariado. Para gobernar, había que ser inteligente y justo, y esta misión no era patrimonio de ninguna clase social, sino que pertenecía a aquellos que pudieran asegurar la paz y la felicidad. Sólo los que eran competentes para ello debían reinar, por lo que dio mucha importancia a la educación y al talento encaminado hacia el bien y la justicia, indicando incluso que todos debían tener la educación elemental para dar a cada uno las mismas oportunidades.

Como ya hemos avanzado, Confucio no se basó en ningún credo ni culto religioso. Incluso con respecto a lo sobrenatural se mantuvo más bien agnóstico, pensando, muy pragmáticamente, que eran cuestiones que se escapaban al conocimiento humano. Su pensamiento se basaba, por tanto, en las necesidades vitales y terrenales del hombre, y el resultado debe ser un conjunto armonioso. En todo caso, como hemos visto, sí dio mucha importancia al culto a los antepasados, como reflejo más importante de la piedad filial. Así pues, las doctrinas de Confucio carecían de una determinada cosmogonía o sistema de origen del mundo, así como de una teología o concepto de la divinidad y todo lo que le es anejo. Como tampoco sostuvo la creencia de un reino de ultratumba80. Tal vez por ello, la China de la época de Confucio y de periodos posteriores se fue acogiendo también al budismo y al taoísmo (incluso, como ocurre hoy en millones de individuos, a un sincretismo de las tres religiones), pese a considerarse generalmente al maestro Confucio como el patriarca nacional.

No obstante, el cúmulo de muy bien intencionadas disposiciones morales, Confucio moriría con el amargo sabor del fracaso en lo político, en 479 a.C. Aunque con la satisfación de un auditorio cada vez mayor que quería escuchar sus enseñanzas morales. Mencio, que nació un siglo después de la muerte de Confucio, fue el más activo seguidor de su doctrina, dándole una dimensión más idealista y cercana a la mística. Insistió en la bondad de la naturaleza humana. Xunzi (siglo III a.C.), por su parte, considerado el tercer sabio del confucianismo, confiaba menos en la naturaleza del hombre, y abogaba por el establecimiento de una serie de normas que aseguraran el conveniente comportamiento social. Pero, el gran momento del confucianismo se dio en China con su reconocimiento, por parte de la dinastía Han (206 a.C. a 220 d.C.), como religión oficial, estableciéndose el culto a Confucio e imponiéndose el estudio de los clásicos sagrados. El emperador se convirtió entonces en el primer sacerdote del confucianismo, y se realizó una sistematización de la doctrina a través de las síntesis, con elementos sincréticos (del taoísmo), llevada a cabo por Tung Chung-shu. Como veremos con claridad cuando abordemos el estudio de la dinastía Ming, el confucianismo, fue, pues, un elemento fundamental de la cultura china. Y la forma de gobierno en este país se llegó a intentar que fuera la que determinó en su día el maestro Confucio, aunque el budismo y el taoísmo hicieron grandes progresos también en el terreno religioso.

Al igual que el confucianismo, el taoísmo ha configurado el pensamiento chino durante milenios, aunque en contraste con él, cuestionó su excesivo personalismo y la gran carga política de la que estaba provista la doctrina. Fundado por Lao-Tse (Laozi) en el siglo VI a.C., el taoísmo insiste en la libertad individual y la espontaneidad personal, reduciéndose lo social a una dimensión simple, al dar gran cabida a la iniciativa individual. Su principal fuente es la obra atribuida en principio a Lao-Tse, pero que hoy muchos autores consideran una creación de uno sus discípulos, Tao-te Qing (El camino de la virtud ) , un pequeño, pero difícil tratado, de inspiración filosófica y pensamientos místicos81.

Tao es un término esencial que significa camino, y en el taoísmo tiene un sentido metafísico, al considerarse como el principio universal que es el comienzo y el fin de todas las cosas, el absoluto, la síntesis de lo positivo y lo negativo, lo verdadero y lo falso. Tao está más allá del bien y del mal y se le puede llamar la madre del mundo. Los hombres quieren cambiar las cosas y el universo para conseguir el bien, aunque esto ya no es Tao, ya que el mundo es algo espiritual que no puede manejarse. El Tao es lo que es. Es un principio supremo que rige el curso del universo, y en el que todas las cosas tienen su origen y, al final, vuelven a él. Es también, aparte de lo absoluto, la naturaleza moral del hombre bueno. El objetivo del taoísmo es precisamente tomar conciencia del Tao a través de la contemplación y de la experiencia mística. Se escaparía así del mundo ilusorio y se llegaría a la verdadera liberación y a la inmortalidad. Para ello, hay que renunciar a las cosas mundanas, a los deseos y a la vertiente más egocéntrica del ser individual82.

Varios emperadores chinos se interesaron por el Tao. Se cuenta, incluso, que uno de ellos llegó a amenazar de muerte al cortesano que bostezara mientras él mismo trataba de explicarlo. Y fue la dinastía Han quien promovió el establecimiento de comunidades taoístas que se habían ido desarrollando desde el siglo II a.C. Los miembros de estas comunidades llegaron a ser considerados perfectos y modélicos en su vida religiosa. El propio Lao alcanzaría la categoría de dios como el creador de esta gran revelación. Las prácticas mágicas y una serie de actividades como las dietas, los ejercicios respitatorios, la gimnasia, etc. estaban encaminadas a la fomación de una especie de cuerpo embrionario que sería el yo inmortal después de la muerte.

Al igual que el budismo, el taoísmo igualmente recurrió a prácticas de conexión con los elementos populares, y también con las clases dirigentes, haciendo exaltación de muchas divinidades, con sus correspondientes sacerdotes, cultos y monasterios. El apoyo de los gobernantes se vio, sobre todo, cuando en el siglo VIII d.C. el emperador Xuanzong ordenó que se construyera un templo taoísta en todas las ciudades, alcanzando su máximo desarrollo con la dinastía Song (960 a 1280 d.C.). De hecho, a principios del siglo XI se publicó un gran canon de las escrituras sagradas del taoísmo.

59 Llamados así porque presentan innumerables coincidencias, que se pueden apreciar con claridad si se comparan entre sí.

60 A pesar de episodios desagradables como el que le ocurrió en la cultivada Atenas. Los filósofos y ciudadanos reunidos en el Arópago para escucharle, después de seguir con atención todo su discurso, basado en argumentos racionales sobre la existencia de un único Dios, cuando expresó que un hombre designado por Él había resucitado, le espetaron “ya te oiremos otro día sobre esto...”, y dejaron de escucharle. Hechos de los apóstoles, 17, 30 y ss.

61 Ya el propio Pablo de Tarso pudo comprobar esto en sus carnes durante su estancia en Éfeso, cuando una parte de la población se rebeló contra su predicación de un dios que negaba a los demás su condición divina.

62 El propio emperador Constantino, que se bautizó inmediatamente antes de su muerte, y después de haber hecho tanto por el cristianismo, podría haber tenido en cuenta esta consideración.

63 Celso, El discurso verdadero contra los cristianos, Madrid, Alianza, 1988.

64 Por ejemplo, no era razonable que un condenado fuera a erigirse como el salvador del mundo, ni tampoco que no fuera hijo de reyes ni que hubiera resucitado sólo para ser visto por un reducidísimo grupo de personas que, además, eran sus adeptos. P. López Barja de Quiroga y F.J. Lomas Salmonte, Historia de Roma, Madrid, 2004, p. 427

65 Orígenes, Contra Celso, Madrid, 1996.

66 Eusebio de Cesárea, Historia Eclesiástica, Madrid, 2001.

67 Mal llamado, por cierto, Edicto de Milán, por cuanto en realidad no se ha conservado tal edicto (seguramente no existió) y lo único que hicieron Constantino y Licinio en su reunión en Lombardía fue ratificar la política religiosa emprendida por Galerio, poco antes de que muriera, en su Edicto de Tolerancia. J.M. Blázquez, El Mediterráneo y España en la antigüedad. Historia, religión y arte, Madrid, 2003, pp. 640-653.

68 Así la consideran, desde luego, los propios hinduistas, que a su tradición religiosa la llaman la Ley Eterna. M. Stutley, Hinduismo: la Ley Eterna, Londres, 1985.

69 B. Vyasa, Los vedas, Madrid, 1982.

70 D. De Palma (Ed.), Upanisads, Madrid, 2001.

71 G. Flood, El hinduismo, Madrid, 1988.

72 Desde un punto de vista general, una obra importante, no sólo sobre el hinduismo, sino sobre otras religiones orientales, es la de H.C. Puech (dir.), Las religiones en la India y en el Extremo Oriente, Madrid, 1985.

73 Disponemos de buenas biografías sobre Buda, que intentan acercar el personaje al mundo occidental, como la de A. Shearer, Buda: un corazón inteligente. Madrid, 1993, y la de A. Bareau, Buda, Madrid, 1990.

74 A. R. Calle, Buda, el príncipe de la luz: su vida, su enseñanza. Madrid, 1994.

75 Como, por ejemplo, imaginar la belleza aparente de una persona en la “realidad” de un cadáver, con sus distintas fases de descomposición.

76 Aunque los dos poderosos soberanos favorecieran una determinada religión, en realidad, si se hace una historia comparada de los dos personajes, son mucho más evidentes las diferencias —en algunos casos abismales— que las semejanzas entre ellos. Por ejemplo, Asoka que está dotado, en el budismo, de una importante carga de santidad, algo de lo que carece Constantino en el cristianismo.

77 E. Conze, Breve historia del budismo, Madrid, 1993.

78 Una rama que, además, ha despertado en las últimas décadas un gran interés en el mundo occidental a partir de la publicación de la obras D. T. Suzuki, entre ellas: El Buda de la luz infinita: las enseñanzas del Budismo shin, Barcelona, 2001. Se ha relacionado su pensamiento con la filosofía de Wittgenstein y, hasta cierto punto, con la de Heidegger.

79 J. Lévi, El sueño de Confucio, Barcelona, 1994.

80 F. Caudet Yarza, El confucianismo, Barcelona, 1996.

81 L. Tse, Tao te Qing, Madrid, 2007.

82 V. García, La sabiduría oriental: taoísmo, budismo, confucianismo. Madrid, 1986.

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13 ноября 2024
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9788415930150
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