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DANIELA TARAZONA
EL ANIMAL SOBRE LA PIEDRA

PARTE DE ESTA NOVELA FUE ESCRITA CON EL APOYO DEL FONDO NACIONAL PARA LA CULTURA Y LAS ARTES, POR MEDIO DEL PROGRAMA JÓVENES CREADORES 2006-2007.
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© 2008 Daniela Tarazona
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Edición digital: 2021
ISBN: 978-607-8764-37-2
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DANIELA TARAZONA
EL ANIMAL SOBRE LA PIEDRA

–¿Qué bicho es ése? –le pregunté e intuitivamente mi tono fue suave para no herirlo con mi curiosidad. Le pregunté qué bicho era aquél pero en la pregunta el tono tal vez implicara: ¿por qué hace usted esto? ¿Qué necesidad es la que le hace inventarse un perro? ¿Y por qué no un perro de verdad entonces? ¡Pues los perros existen! ¿O usted no tuvo otro modo de poseer la gracia de ese bicho más que con un collar?
CLARICE LISPECTOR
“Amor”, en Revelación de un mundo
El corazón le palpitaba con tal violencia, que hasta le hacía daño.
FIÓDOR DOSTOIEVSKI,
Crimen y castigo
I
ANUNCIACIÓN
Mi casa fue el territorio de un suceso extraordinario. Después de la muerte de mi madre un gato de color gris entró a mi cuarto y orinó bajo mi cama.
Entró mientras empacaba y me miró como si me conociese. Le grité que saliera y el corazón me brincó dentro del pecho. Su presencia me obligó a dejar el cuarto. Lo observé desde la puerta, estaba sereno aunque yo temblaba. Él subió a la cama para husmear mi equipaje. No se iba, no se inquietaba ante mi desagrado o mis aspavientos, incluso se acostó sobre el colchón. Regresé con una escoba para amenazarlo, si se quedaba quieto o se escondía no sabría qué hacer. El gato se metió bajo la cama. Es imposible sacarlo de ahí, pensé.
Era la una de la mañana, caminé de un lado a otro de la sala, amedrentada por la corpulencia del robusto animal. Descubrí la ventana de la cocina abierta, las macetas de la cornisa volteadas y dije en voz alta: “Entró por la ventana”.
El gato maulló en el cuarto, parecía estar en celo.
(El ruido del mundo a veces produce un aullido interior que contenemos.)
El gato se detuvo en la puerta de mi cuarto para lamerse el pecho. Fue hacia la cocina y escapó.
Sé cuando la ciudad se aquieta. Sucede entre las tres y las cuatro de la madrugada y apenas dura unos minutos. Es la hora en que nadie anda, el momento del silencio.
Desde que mi madre murió cada noche es de pensamientos. Llego cansada a la cama, duermo poco y despierto con temblores. Yo no estoy enferma. Quiero escapar. Ansío la fuerza que me llevará a hacerlo.
Pienso en probar suerte en la tierra de mi madre, luego dudo, porque no me sentiría bien allí, así que escojo viajar al extranjero.
La salida no está hecha de pensamientos articulados, es el deseo en estado puro: correr como un animal perseguido.
El rostro de mi madre al morir no era ya un rostro. Los pómulos estaban hundidos en la carne, el óvalo de la cara se había desparramado coronando su cuerpo endurecido. La boca de mi madre era una tajada en la piel verdosa. Antes de su cremación, le di un beso en la frente.
Han pasado semanas y esta imagen no pierde su espantosa nitidez.
Me salvaré. La fuerza que impulsa mi viaje es opuesta a la muerte. Escapo para alejarme de la pérdida. Hoy me levanté de la cama y tuve que apoyarme en la pared. Tengo vértigo.
No quiero estar en mi cuerpo, me pesan las manos como las garras maltratadas de un animal tras el esfuerzo de buscar alimento. Mi vista no percibe el brillo de los colores. Esta tarde escuché dentro de mí una voz que no era mía. Estoy entregando mi pensamiento a alguien que me habla pero cuyo rostro no concibo.
Me consuela imaginar que puedo aliviarme trasladándome a otro sitio.
Voy a sostenerme en los secretos que guardo. Sé que mi carne cuenta con atributos poderosos, desconozco cuáles, pero fundamento esta certeza en hechos verdaderos: mi capacidad de adaptación y la destreza con la que he sobrevivido en situaciones críticas. Mi cuerpo es ágil aunque a veces lo oculte. Si quiero puedo ser veloz para escapar del peligro. Ahora, esto que digo es ineludible. Siento el peso de mi cuerpo y su vigor es real. Voy a ganar vitalidad cuando habite aquel sitio. Los cambios en mi organismo ya comenzaron.
Estas variaciones también suceden en mi cerebro y han aparecido de manera espontánea. La percepción que tengo del mundo es novedosa y, al menos una vez por día, siento un espasmo en la cabeza, parecido al que se experimenta ante una fuerte impresión emocional. Comienzo a fascinarme ante las oportunidades que me brinda esta nueva realidad. Los músculos que antes respondían de manera infalible ahora están aletargados y, a cambio, tengo mayor elasticidad en las extremidades. Si me lo propongo, tuerzo los brazos al punto de poner mis dos palmas sobre los omoplatos, sin experimentar dolor o tirantez, además, mis piernas son ahora un poco más zambas, como si las rodillas se hubiesen vencido hacia los costados.
II
LA IRA
Voy al aeropuerto –le digo a la tuerta que atiende la caseta de los taxis.
Cuando el coche arranca miro la calle para comprobar que avanzo.
Entonces, una mano tomó otra mano. Mi boca besó su frente. No puedo rendirme. Muerte y transfiguración: la mano de la joven en la frente de una mujer muerta. Mi madre, la invencible, murió. Los dioses mueren.
A lo lejos, veo la barda del aeropuerto y las gradas donde la gente mira los despegues y aterrizajes de los aviones. Sentados, con un refresco en la mano, observan a los metales ocupar el aire.
Pienso que alguno de ellos verá el avión en que yo viaje. Uno de ellos sabrá que huí.
El movimiento no deja marcas. No hay cicatrices al avanzar. El suelo de las calles que conozco deja de existir para mí desde ahora. Me muevo y borro mis pasos.
Mi madre desapareció porque su cuerpo se volvió humo.
En el aire llega el sueño. Iré con una adolescente al lado durante diez horas. No quiero hablar con nadie. Espero que crean que soy muda. En lugar de pedir un jugo de tomate, señalaré el cartón y haré la señal de uno; juntaré las manos a manera de súplica para sustituir mi voz.
Un video con personajes animados dice qué puede hacerse en caso de acuatizaje. Los personajes: mujer y niño, asiática y anglosajón, se mueven como si tuviesen resortes en las extremidades y sonríen mientras simulan la emergencia.
Sonreír ante un caso de emergencia tiene lugar. Sonreír salva, es una negación suave que se acepta entre los humanos.
La adolescente saca de su bolsa un aparato de música, se pone primero el auricular derecho, luego el otro, se estira; está contenta.
Me enrosco en el asiento tanto como puedo para descansar.
El aire no parece igual cuando se vuela en un avión, es aún más ligero, menos palpable. “El aire no es palpable nunca”, murmuro con los ojos hinchados por el sueño.
Hago los gestos de muda con la azafata. Ella me mira y no sabe si responder de la misma manera o hablar. La dejo que se enrede en la duda.
La adolescente mueve levemente sus pies envueltos en los calcetines de a bordo.
Sé poco del espacio exterior. Estoy mirando por la ventana del avión y pienso en los agujeros negros. Las dimensiones son membranas del cerebro, pero no lo sabemos. Mi cerebro tiembla como el de cualquier otro ser vivo, sin embargo, me espanta reconocerlo: algo crece dentro de mi cabeza. Imagino que mi mente procede de manera inesperada; no pueden prevenirse sus patrones porque no sé qué viviré en el futuro. Nadie lo sabe.
Atravieso las nubes, voy en picada para detenerme a la altura justa y distinguir: una mujer camina por las calles cercanas a su casa; vista desde el aire, la mujer es aún más pequeña y sus movimientos se pierden en la distancia. Va a pagar el teléfono al banco. Bordea un parque y sigue caminando. La mujer no tiene rostro o sus facciones son indefinibles desde esta altura. Se para en la esquina de la avenida para cruzar, del otro lado está el banco. Mira a su alrededor y observa a los peatones que esperan como ella.
Algo sí se nota desde aquí: la mujer tiene miedo de los demás. El miedo la lleva a meterse la bolsa bajo el brazo y a cruzar sin darse cuenta de que un hombre quiere entregarle un sobre. La mujer no lo ve o hace como si no lo viera y sigue. El hombre se queda con el sobre en la mano sin ir detrás de ella. Hizo el intento pero no lo consiguió. La mujer se forma en la fila. Ya estoy cerca: noto que sus sienes palpitan como si el incremento de su presión arterial pudiera verse a simple vista. Ella es Mercedes, mi hermana.
No me había dado cuenta pero sus manos son jóvenes; está nerviosa, a cada rato vigila a su alrededor por encima del hombro. Le dice al hombre que viene detrás, en la fila:
–¿Escuchó lo que le dije a la cajera?
–¿Le dijo algo a la cajera?
Mi hermana hace un gesto reprobatorio y añade:
–Ah, claro, usted tampoco entiende.
Me despierta un sonido en la cabina del avión. La luz de los cinturones de seguridad está encendida. La azafata refuerza la petición y dice que el avión va a moverse debido al mal tiempo. Llevo el cinturón abrochado, no pensaba quitármelo; bajaré de ese avión sana y salva.
Mi hermana Mercedes habitaba otra parte pero, de cuando en cuando, reconocía que aquel sitio era imaginario.
Mercedes quiso evitar la descomposición de su propio interior. El mundo que veía era el de sus propios temblores.
Mi madre deshuesaba un pollo para la comida y no detuvo a mi hermana, aunque no sé si lo hubiese hecho.
Mercedes quiso morir desde joven. No me importa recordarlo ahora que me alejo, no me preocupa si Mercedes estuvo muerta o viva alguna vez.
Después de la caída el mundo fue negro como lo imaginaba. Mercedes abrió un ojo pero no vio. Sintió el cuerpo perdiendo peso, se aligeraron sus huesos –debe haber sonreído, sabiéndose a punto de morir. En el deleite de las nuevas sensaciones, escuchó sonidos que no pudo identificar, oyó que tiraban de ella: era el magnetismo del aire que circundaba su cuerpo desanimado.
Mi hermana crió dentro de sí misma aves que le rompieron las vísceras a picotazos. Así me lo dijo.
Me inspiré en su sufrimiento para resistir. Es preciso salvar nuestra sangre.
Me entregaré a mí misma, a mis pensamientos. En las últimas horas, frente a la contundencia de este nuevo porvenir he concluido que perderé los recuerdos.
He decidido tener una vida feliz.
Al asomarme por la ventanilla descubrí que habíamos dejado de volar sobre el mar. Vi la tierra cubierta por árboles.
III
SUEÑO CON LA SELVA
Antes de subir al avión pasé varios días sin dormir. Al mover la cabeza me mareaba, comía lo justo para no pasar hambre y empezaba a picarme la piel como si estuviera quemada por el sol. Le había contado por teléfono a mi amigo Felipe lo que me sucedía pero, debido a la cercanía de la muerte de mi madre, le resultaba natural mi malestar. Yo no creía que mis síntomas fuesen una consecuencia del duelo. Más allá del dolor que me producía aceptar que a mi madre le había llegado el tiempo de desaparecer, mi cuerpo me era extraño y contaba con una vitalidad que no conseguía explicarme.
Había observado, con enorme sorpresa, que en el último mes mis ojos aumentaron levemente de tamaño: sentía cierta tirantez que no sabría describir, semejante a la hinchazón que se tiene al despertar pero de manera sostenida a lo largo del día.
La última noche que pasé en mi casa, tuve un sueño fascinante que alentó mi propósito de huir.
Supe que no era capaz de detener los cambios de mi cuerpo –yo no lo gobernaba y con el sueño confirmé mis convicciones. Caminaba a nivel del suelo, arrastrándome sobre un manglar cuyo olor se quedó guardado en mis narinas. Años atrás había visitado la selva del sur, estuve en una zona de manglares y quedé impactada por el olor a podredumbre; lo que se desprendía de los árboles –pero también lo que allí vivía– estaba atrapado en un ciclo perpetuo de putrefacción y nacimiento. Entonces, en el sueño me arrastraba entre las varas, las hojas y el lodo del suelo. Lo más enigmático era que mi cuerpo se movía con mayor rapidez que la acostumbrada, o bien, el ritmo de mis movimientos era distinto al común. Los árboles me parecían inmensos, tan grandes que yo –o lo que quiera que haya sido yo en ese sueño– no veía el final de sus copas; era pequeña en proporción al resto. Hubo un momento en que me dio terror lo que soñaba, sobre todo, la veracidad de lo que veía y estuve cerca de despertar. Entre el sueño y la vigilia, me di cuenta de la ilusión y apacigüé el miedo. Seguí caminando, hundiéndome en ese suelo difícil; volví a disfrutar el panorama de la selva, escuché con atención sus ruidos y me detuve al sentir incomodidad en uno de mis brazos, lo examiné y desperté de golpe: no era mi brazo, era el de otro ser, el de un animal de otra especie.
A mi madre le gustaban los gatos. No decía cosas nuevas sobre ellos, lo que ya se sabe: hablaba de su agilidad, del equilibrio y la delicadeza que mostraban para caminar entre las cosas más frágiles de los estantes. Le gustaba, también, abrirles la puerta para que fueran a conocer el mundo, porque los gatos siempre volvían a la casa, a veces maltrechos o con mucha hambre, pero volvían y mi madre sentía orgullo.
Estaba contando mi sueño, pero no hablé de la alegría que me provocó soñar con la selva –una alegría por la satisfacción de ocupar ese sitio, parecía el lugar donde yo fui feliz alguna vez.
Era profundo el temor que me producía mi propia casa, por eso sentí la necesidad de huir. En los momentos de pánico los contornos de las cosas me amenazaban: las esquinas de los muebles, la irregularidad de la escalera o el perfil de la azotea –cuya abstracción era rota–: pensaba primero en la azotea, me asomaba por la puerta de la entrada y estiraba el cuello para medir su altura, mi mirada no estaba vinculada a la idea de peligro, pero me hacía ver que la azotea era un riesgo. No imaginé lanzarme de la azotea, sino que ella, en sí misma, representaba una amenaza para mí.
Mi temor se acrecentaba al recordar la enfermedad de Mercedes. Si habíamos crecido en el vientre de mi madre ¿cómo no íbamos a parecernos? Me aterrorizaba nuestra carnalidad. Luego, recuperaba la fuerza y repetía mis planes en voz alta, decía varias veces: “yo me iré”, como si fuese un conjuro.
A la par de eso, mi cuerpo seguía haciéndome saber cosas extrañas: me veía más ágil que antes, lo comprobé cuando barría debajo de la cama (después de la visita del gato) porque estaba doblándome en dos, como si mis piernas fueran sumamente flexibles, y me levanté sin ningún esfuerzo. El mareo, sin embargo, aumentaba durante las tardes y comencé con otras molestias: las manos me dolían al amanecer, sólo puedo compararlo a las pocas veces que hice tareas exhaustivas de cocina, como limpiar mariscos. Las articulaciones de los dedos me punzaban; estaba acostumbrándome a meterlas en agua caliente con sal para aliviarme. Tras el paso de los días asumí ese dolor, pues iba disipándose más o menos a las dos horas de estar en pie.
El clima cambiaba en la ciudad, comenzaban las tormentas eléctricas.
Creo que perder la conciencia fue preciso. De lo contrario, habría elegido quitarme la ropa y meterme en la cama para dormir durante el día.
Sé que hice lo necesario para viajar; en mí existía el ímpetu suficiente para resolver los asuntos prácticos: compré el boleto una tarde, en la noche hice una maleta mediana –además de la visita del gato, ese último día estuve inquieta porque al lavar los cuchillos sentí que ellos me podían cortar, como si tuviesen vida propia, me senté a respirar para dejar correr esa idea y, de súbito, una imagen vino a mi mente: la selva estaba rodeándome y me quedé dormida, era un aviso del sueño.
Ahora me sorprende mi atrevimiento de subir al avión. Ignoro cómo tomé un vuelo prolongado sin sentir un pánico mayúsculo.
El mal tiempo ha pasado. Aprovecharé para ir al baño.
En el avión los pasajeros duermen.
El baño del avión está ocupado por un hombre alto, parece alemán, espero de pie, junto a la puerta.
Me sucede algo que no entiendo. Ni siquiera habría reparado en ello de no ser por su contundencia: olí mi orina y tiene un olor distinto al de antes, es dulce.
Me como la pieza de pollo que trae la azafata. Está bañada en una salsa pegajosa. Espero que no me cueste digerirla porque también mi digestión ha cambiado, los procesos naturales de mi organismo deben estar impedidos por mi angustia.
En la charola de comida hay un bollo glaseado, también me lo como. Mientras me llevo el bollo a la boca, miro la piel de mi mano. Observo cada uno de mis brazos, llevo una camiseta verde, de manga corta, que da a mi piel un tono semejante. Tengo un pensamiento que no sé de donde viene, lo transcribo: “La piel de tus extremidades, tu cara y tu vientre dejarán de servirte pronto”. Cuando termino de pensarlo, vuelve la comezón en las extremidades, me rasco con ganas y concluyo que el nerviosismo me lleva, también, a sentir esa comezón que no cesa. Trato de dormir un poco.
Al despertar me miro la piel, la noto más blanca, incluso creo que tiene otra consistencia.
Me pellizco, froto una mano contra la otra. No siento con la misma intensidad que antes. Mi tacto ha disminuido.
La comezón sigue, si me rasco se incrementa pero no puedo dejar de hacerlo.
La adolescente despierta, tiene un sueño envidiable.
Veo que en algunas partes de mis brazos la piel se desprende.
La tierra a la que llegaré está junto al mar. Ahí la abundancia de los árboles disminuye cerca de la costa. Los árboles se alejan del mar porque no pueden crecer en la arena.
IV
MUERTE
He llegado a mi destino, estoy aliviada.
Compro el boleto de tren en la taquilla del aeropuerto. Tomo un café.
Debo haberme quedado dormida al ocupar el asiento del vagón porque no recuerdo cuándo comenzó a moverse. Mi memoria invoca las manos artríticas de una mujer anciana que viajaba sentada frente a mí, eran semejantes a las de mi madre. Ella tenía las manos sobre el vientre cuando murió.
La levanté de la cama; estaba delgada y en la temperatura de su piel se preveía la cercanía de la muerte. Me pidió que la llevara al baño y orinó. El último líquido que salió de su cuerpo se mezcló con el agua clorada del excusado.
En ese chorro mi madre se deshizo de algo delicado y vital. Su orina olía a alcanfor por efecto de las medicinas.
La muerte era inevitable: dolor, entonces. “Mi madre muere; mi madre se sujeta de la loza blanca. Resta que arañe esa superficie lisa y entonces morirá”, le grité a Mercedes, que acomodaba las almohadas en la cama.
Mi madre, en la agonía, dijo que se despegaba del suelo.
Pronunció otras palabras; fueron incoherencias en la tierra de su cerebro, que empezaba a secarse. Se había perdido el agua y morían los peces: mi madre tragaba bocanadas de aire y movía la boca con lentitud. Deseó la exhalación que no podía concretar hacía meses, quería morir respirando.
Cuando su cuerpo quedó vacío –el tono de los músculos disminuyó de pronto– puso las manos sobre el vientre, apretó los labios y, al soltarlos, Mercedes y yo escuchamos un sonido leve: su última expresión fue un gemido.
Miré de reojo a la muerte sucediendo como un trueno: era un relámpago plateado en la nuca de mi madre, de terrible alcance y sonido.
Después de unos minutos había cambiado su piel. Cuando los latidos del corazón cesan, el rostro se deshidrata y se vuelve verdoso.
Mi hermana puso una almohada más bajo su cabeza, la cobijó y repitió tres veces: “ya no irá a ninguna parte”.
En este nuevo lugar sólo existo yo y en mi pasado, los muertos. He conseguido un hostal limpio. Me baño y duermo una siesta. Al despertar, observo con incredulidad el contorno de mi cuerpo a un lado de la cama: es un pellejo fino, con mis huellas digitales y las arrugas grabadas; su tacto es similar al del pegamento que, de niña, me ponía sobre las palmas de las manos. Me miro la piel, me quito la camisa para verme el torso, no entiendo lo que descubren mis ojos: estoy hinchada, mis poros son mayores, o eso parece, y el color de mi piel es distinto. Miro de nueva cuenta el pellejo, lo recojo con las dos manos, lo palpo. En la parte que cubría mi cabeza reconozco las cicatrices de la varicela que tuve en la frente; manoseo el pellejo porque quiero recordarlo con claridad. El pellejo es mi historia. La pieza está completa. Me desprendí de él con movimientos cuidadosos.
Recojo el pellejo y lo llevo al basurero del baño. Lo miro allí, perdido para siempre, siento ganas de llorar porque no hay nadie a quien pueda contarle, me tiemblan las piernas.
Antes de dormir quise ir a la orilla del mar. Tras una hora de estar sentada en la cama viendo televisión, guardo mis cosas en la maleta y me la llevo porque no sé cuánto tardaré en volver.

Estoy desorientada. Creí que la costa estaba hacia el norte, pero llevo dos horas caminando y no sé hacia donde ir. No quiero hablar con nadie. La posibilidad de establecer una conversación me aterra ¿qué podría decir? Temo por mí misma. La tristeza ocupa mi garganta y si hablo, lloraré. Entonces, quien me escuche preguntará qué me ha pasado. Mi pensamiento no obedece, funciona de modo independiente –es como si alguien hablara dentro de mí– y, aunque camino por la calle donde suceden hechos reales, no puedo retenerlos. Me encuentro en un estado de confusión sostenida.
Hace un momento pensé que estaba desnuda, miré mi cuerpo y lo desconocí.
La piel me pica todavía. Miro mis antebrazos: se deshincharon, el tamaño de mis poros disminuyó –o eso creo, pero dentro de los músculos siento un ardor nuevo, a veces se calma y se convierte en una sensación de frío. Me rasco sin detenerme, me rasco también las piernas.
Espero un futuro que desconozco, como el de todos pero con menos gracia. Mi ambición de escapar fue vana o la salida que tomé –esto que me pasa– es la que restaba.
V
DESCANSO
Quiero subirme a una piedra de la playa, deseo quedarme allí hasta que me falte el agua. Voy. Me monto en la piedra porque es ya lo único que anhelo, me acomodo, entiendo que éste será mi sitio a partir de ahora.
El sol me calienta y los malestares del cuerpo se atenúan. Miro mis manos y noto que la piel ha engrosado en las muñecas.
Estoy aquí porque tengo el agua y la tierra reunidas. Puedo sumergirme en el mar cuando lo desee y pisar la tierra de vuelta. Necesito la procuración de los dos medios porque ya no sabría vivir de otra manera.
Poco después de llegar, siento un cansancio que me impide atestiguar ciertos hechos. Me quedo dormida.
El papel del testigo es reconocer los hechos. Pero el corazón del testigo no siempre tiene las cualidades de una estrella, no emite luz. Los testigos suelen ser personas débiles que se dejan llevar por sus pasiones y oscurecen lo que ven. De su mirada está hecha buena parte de la historia. En la vida propia, en ese limbo donde uno es uno mismo y se percibe el pulso de las vísceras, no hay otro que pueda hablar en nuestro nombre. Yo deseo dar mi testimonio porque sé que otros padecen de la misma manera sin que pueda atestiguarlo.
VI
TESTIGOS
Un hombre y un oso hormiguero que parece perro se sientan cerca de la piedra donde duermo. Los miro con los ojos entreabiertos, son como una figuración.
El hombre se pone de pie. Va de regreso al malecón. En ese momento, nota mi presencia, me ve acostada allí, durmiendo.
Ambos se acercan a la piedra.
Permanecen de pie frente a mí. Me miran. El oso estira el hocico, se inquieta, debe creer que estoy muerta.
El hombre da un paso, mientras, el oso tira en dirección opuesta porque quiere irse. El hombre lo reprime: “Espera, Lisandro”, dice.
Estoy enroscada. El hombre me toca el brazo y yo no me muevo, me gustaría que se fueran. Él insiste una y otra vez, quiere comprobar que no he muerto.
Abro los ojos; él se cautiva con mis globos redondos, de color rarísimo, que combinan el verde y el rojo. Restriego mis párpados y descubro que he perdido las pestañas. El hombre sigue viéndome como si encontrase a un animal nunca visto. Busco su mirada, él disimula y alza la vista para descansarla en el mar. Cuando gira la cabeza puedo ver su perfil. Las líneas de su cara son suaves, apenas existen sus facciones.
El oso tira de su correa, desea irse, pero él lo detiene y me mira de nuevo, dice con la voz en alto, suponiendo que no escucho bien: “¿Necesita algo?”.
Me incorporo despacio, sin fuerza, el cuerpo me duele. Bajo la cabeza hacia el suelo, esquivando sus ojos; le digo que tengo hambre.
Mi debilidad ahora es evidente: apenas puedo sostenerme en pie, me detengo del hombre como si las piernas no me respondieran, después de unos minutos consigo erguirme. El oso pega su hocico a mis pies, demuestra interés; lo empujo de vuelta, pidiéndole que se aleje. Me asusta.
Caminamos. El hombre anda con dificultad: lleva la correa del oso en la mano izquierda y el brazo derecho sobre mis hombros, sujetándome contra su cuerpo.
Al llegar a la puerta de la casa espero recargada en la pared, mientras él busca sus llaves y abre. Entramos. Lisandro se va a la cocina a beber agua y él me lleva al sillón. Me da una cobija pequeña en la que me envuelvo.
Él jala una silla y se sienta. Habla, pregunta de dónde soy y cómo me llamo. No digo nada. Se levanta para buscar una toalla. Cuando regresa yo estoy en la misma posición pero tiemblo.
Pongo la toalla sobre el sillón. Me enseña la puerta del baño.
Lisandro viene de vuelta, un poco más sereno que antes. Luego, cuando deja de rondarme, le sonrío, es una sonrisa pequeña, breve.
El hombre se ha vuelto mi compañero.
Dice que está acostumbrado a Lisandro, aunque todavía los vecinos lo vean con extrañeza. Lisandro es parte de su vida. Había estado solo hasta que lo encontró.
Quiere cortarle las garras porque le han crecido demasiado, Lisandro sufre de la misma manera que los perros de departamento: al no gastar sus uñas encima de la tierra, desarrolla garras que sólo las tijeras de jardinería pueden cortar.
Me cuenta que Lisandro estuvo enfermo de los pulmones, pues este no es su clima; el hombre se siente culpable por sus padecimientos. Cuando se enferma, Lisandro lleva la cola gacha pero eleva su largo hocico de manera honrosa.
El día que me encontraron, mi compañero le había dicho a Lisandro que el paseo le ayudaría a recobrar la salud, el bicho lo miró con ojos húmedos, como si supiera que esa vuelta por el mar sería distinta. Se resistía, cosa extraña, pues siempre había mostrado docilidad. Me dijo que fue difícil convencerlo, de vez en cuando iba a rastras, negándose a andar.
Mi compañero se sintió motivado a salir cuando vio el cielo enrojecido, “Fue el atardecer más hermoso del otoño”, recordó –pero era un engaño, claro, la pura inocencia de la vista.
Cuando sale a pasear con Lisandro está seguro de ser menos observado. Dice que la gente critica la pequeñez de sus facciones y que el desconcierto que produce es menor junto a su peculiar mascota.
VII
MI VIRTUD
En la sexta noche que paso en esta casa, mi compañero avisa que va a acostarse y pide que toque su puerta si tengo alguna necesidad. Llama a Lisandro y cierra la puerta lentamente, sin dejar de observarme. Yo descubrí que podía ver el mar por la ventana y estuve contemplándolo hasta que me dio sueño.
Le dije que estaba enferma pero es lo contrario. Mi cuerpo sabe que comienza un ciclo evolutivo. No he tenido el valor de comentárselo –nuestras conversaciones son desarticuladas y apenas puede entender lo que me sucede. Ahora que sé un poco de su historia, comprendo por qué me observa con duda pero siempre, al final de mis frases, cree y asiente. Dice que ha sido feliz pero cualquiera que lo mire con Lisandro por la calle puede decir a bote pronto que ha sufrido. Lisandro me gusta, aunque no pensé que pudiera dormir tranquila con un animal como él cerca de mí.
Nada de lo que imaginé antes se parece a lo que vivo hoy: si rememoro el discurrir de mis días pasados, su cadencia predecible, podría concluir, incluso, que nací de una noche a otra en un cuerpo que no era el de mi madre.
La hinchazón de mis facciones desapareció, a cambio, cuento con nuevas capacidades: cuando cierro los párpados puedo notar los contornos de las cosas, mis párpados son transparentes. Estas nuevas virtudes se agudizan con los días. Tengo mayor resistencia al calor y, en general, los motivos de angustia –como las voces de la gente en un sitio cerrado– ahora son asuntos sin relevancia. Me veo más tranquila, salvo en las noches, cuando se incrementa la sensibilidad de la piel que me arde al tocar las sábanas.
Al ocultarse el sol casi cualquier movimiento me cuesta, los miembros me pesan.
La piel sobre mis articulaciones es más gruesa y sé que mi olor ha cambiado. Lisandro se acerca a mí con familiaridad. También sus gestos me llevan a pensar que está reconociéndome, es cierto que me sé más animal desde que llegué.
Salimos de la casa.
Le digo a mi compañero: “Ver el mar me da esperanza. El agua no puede desaparecer porque moriríamos en el acto. Además, yo siempre me sentí anfibia. ¿Tú qué eres?”. Él se queda en silencio un momento y responde: “Yo desapareceré. No quiero decir que la muerte me llevará sino que un día desapareceré y es posible que sea para vivir en otro territorio”.
Un hombre mayor pasa a nuestro lado, se detiene, nos mira con descaro, luego dirige sus ojos a Lisandro y dice: “Estamos en decadencia”. Mi compañero baja la mirada, está furioso pero se contiene. Es posible que nuestra estampa asuste a las personas. Yo he perdido kilos y tengo un nuevo color en la piel; mi compañero no es grácil y su mirada inquieta; Lisandro, por su parte, despierta reacciones de enojo casi siempre. Yo creo que la gente se ofende al ver que tenemos un oso hormiguero como mascota. Mi compañero lo considera un animal doméstico, puede ser que la ofensa venga de ese hecho: de tener como mascota a un animal tan poco doméstico. Lo mismo soy yo: una mujer pero de otra especie.
VIII
ORIFICIO
Llegó el momento más estremecedor de mi transformación: perdí el sexo. Como mis articulaciones, ahora mi sexo está cubierto de una piel más gruesa.
Cuando decidí contárselo a mi compañero, él estaba sentado con las manos sobre las rodillas; cruzó una mano entre la otra, dedo contra dedo. Respondió que no podría llevarme al médico porque seríamos parte de un caso sin resolver. Luego, tuvo un momento de iluminación y continuó: “Eso que está pasándote puede ser producto de tu mente, yo soy vulnerable y si me enseñas tu sexo veré lo mismo que ves tú”. Nos quedamos en silencio durante media hora.
Después, preguntó: “¿Al llegar aquí sentiste alivio porque estabas junto al agua? ¿La luz del sol te satisface? Ya sé qué serás, todo coincide”.
Traté de obligarlo a que me dijera en qué estaba pensando; por fin habló: “eres una mutación, vas a ser otro animal antes de la madurez pero no lo sabías”. Me preguntó por mis síntomas, como si fuera un especialista, a muchas de sus preguntas respondí con un sí.
Le conté que tras dormir una siesta en el hostal a donde llegué, me había despertado con piel nueva y que, a la par de mi cama, estaba mi propio contorno vacío.
–Mudé de piel como las serpientes.
–Pero no eres una serpiente.
–¿Entonces?
–Una iguana o un lagarto. Mira tus pupilas.
–¿Y la desaparición de mi sexo?
–No ha desaparecido, sólo cambió. Tienes un orificio ¿o no?
–Sí. Voy a ser un reptil.
Estoy confundida. Si procuro entender esta transformación con las herramientas de mi conocimiento, me desespero. Nada de lo que sé tiene utilidad para enfrentar este fenómeno. Mi compañero, sin embargo, es más comprensivo que yo conmigo misma: él aceptó ser testigo de mi metamorfosis.
Lisandro muestra, también, mayor cariño hacia mí. Me lame el cuello al despertar y deja su hocico cerca para que lo acaricie un poco. Después se va, con ese talante presumido que muestra de repente. Lisandro es un bicho orgulloso de sí mismo. Es posible que se pregunte sobre su condición. A lo mejor, cuando está solo y en silencio, antes de dormir, tiene recuerdos de animal sobre su pasado: las aventuras de antes, la libertad; y eso lo inquieta. Pero su normalidad es la certeza de su cuerpo. Él lo usa, sabe que está vivo y que es capaz de afrontar su circunstancia, de eso deriva su orgullo.
Yo, como Lisandro, soy inofensiva para mi compañero.
Respiro de otra manera. Mi caja torácica no se hincha como antes y ese movimiento ha cambiado de ritmo. La garganta me palpita, al igual que la lengua, los pálpitos van acompasados con el aire que me entra al cuerpo.
Mi compañero me unta una cera especial sobre la piel. Dice que le parece que echo en falta un poco de humectante y que esa piel no está acostumbrada al cautiverio, sino a vivir en la selva, bajo el sol.
Sus manos me excitaron. Mi piel cambió de color para volverse rosada, abracé a mi compañero, me prendí de su espalda. Quise tenerlo. Un pensamiento erróneo atravesó mi mente: morderle el pecho, comerme su carne. Él guardó la calma, no me reclamó la fuerza de mis brazos, en cambio, dijo que cedería si yo lo soltaba. Lo hice. Mi compañero sostuvo mi cabeza entre sus manos, dijo que yo era la mujer más hermosa. Disminuí el ímpetu y goberné mis antojos. Morderlo era aceptar mi animalidad de golpe –era mejor esperar.
Poco tiempo después, sufrí mi primera parálisis. Aunque lo deseara, no podía mover la cabeza. Era como si una fuerza externa me hubiese obligado a quedar rígida, mirando una esquina del cuarto. Mi compañero no se alarmó; hizo una observación: “eres un animal prehistórico y estás viendo transcurrir el tiempo que nadie más ve”.
Vamos a nadar. Mi compañero y yo nos metemos al agua. Lisandro se queda junto a nuestras prendas.
Estoy sumergida, doy giros bajo el agua, torpemente y con riesgo. Mis movimientos son más coordinados en la tierra, en el agua no soy capaz de moverme con el dominio del cuerpo. Como esa playa tiene un arrecife enfrente, las olas son bajas y el temor disminuye.
Miro mis manos. Entre esta piel y los ojos está el agua que subraya mis límites. Aquí debajo soy más blanca, me veo saludable, y los dedos tienen mayor grosor. Ahora observo el vientre, noto que los calzones se despegan de mi piel: su cobertura es apariencia. Me hinco de cuando en cuando, me canso de estar sostenida en ese nuevo medio. En mis rodillas se han marcado las piedras del fondo: los caracoles de alguna vez. Sumerjo la cabeza de nuevo –mi compañero diría, luego, que parecía una mujer mayor, bañándome con cuidado–; intento oír ahí, debajo, el estruendo marino, entonces compruebo lo que ya se sabe: los sonidos del agua son de otro reino; la música se distorsiona, las notas se vuelven graves. Asomo la cabeza de vuelta, miro hacia la playa y busco a Lisandro; noto que la corriente me ha arrastrado hacia la izquierda y ese hecho natural me inquieta; distingo a mi compañero nadando a lo lejos. No he sido yo quien se movió y tampoco había percibido el arrastre pero estoy a merced del agua.
Ahora quiero hacerme la muerta sobre el agua, me acuesto con trabajo, floto, flotar es un suceso extraordinario. Flotar parece imposible, si se piensa. Una cosa no puede ser como otra sólo mediante su aparejamiento. La carne no es como el agua. No entiendo de qué modo conviven uno y lo otro: el aire, el avión en que vine y el agua sobre la tierra.
Miro el cielo. Las nubes corren deprisa, el sol de media tarde me hace bien. Un pez pasa cerca, presume su conciencia de animal acuático. El pez sabe que estoy aquí y esquiva mis piernas, reconociéndome.
Saco medio cuerpo del agua, me quedo un rato así, mirando cómo la sal aparece sobre mis clavículas conforme pierdo la humedad. Paso un dedo por las marcas y me lo llevo a la boca, la pruebo.
Pienso en despedirme del mar. Decido salir pero antes me tiro boca abajo, queriendo pegar el cuerpo en el fondo; lo procuro, alcanzo la arena, me acuesto, noto que mis pulmones son pequeños y que no tengo muchas reservas de aire como para jugar a ser pez. Me hinco y salgo de mi baño. Voy gateando hacia la playa, el agua toma su dirección y yo voy en contra, luego las fuerzas se equilibran.
Cuando dejo el agua y sólo queda la arena húmeda, rellena del líquido que se libera con la fuerza de mis pies sobre el suelo, siento una mordida en el talón derecho. Me duele. La sal de la piel penetra la herida, entre la arena observo la tenaza saliente de un cangrejo mediano cuyo cuerpo se encuentra oculto. La herida sangra.
Voy hacia donde está Lisandro. Mi compañero sigue en el agua. Deseo, como cuando llegué, subirme a una piedra. Ahí cerca hay unas lajas de color blanco. Le digo a Lisandro que iré hacia allá, alzo el brazo y le señalo la dirección.
Me acuesto bocabajo sobre una de las lajas. Estoy satisfecha, podría morir ahora, pienso. El ritmo de mi corazón disminuye poco a poco. El calor sobre mi piel me da placer. Me toco el sexo, trato de buscar lo que sentía, pero no lo consigo. Estoy secándome con los rayos del sol, la piedra está caliente, entonces pienso que antes de que muriera mi madre yo deseaba tener un hijo –porque antes de que mi madre muriera yo vivía con un hombre que deseaba tener hijos–, recuerdo ese anhelo, e inmediatamente después me desilusiono.
Levanto la cabeza buscando a mi compañero. Él viene saliendo del mar.
Vuelvo a mis pensamientos.
Imagino que si voy a convertirme en un reptil, debo aparearme como reptil. Pero no sé de qué modo es eso. Cuando el calor del sol ha tomado todo mi cuerpo, sucede algo que me paraliza, ya no sólo el cuello sino todo el cuerpo. Estoy, de nueva cuenta, en un estado de catatonia, detenida, intento moverme sin lograrlo. La parálisis no me da miedo. Acepto, igualmente, esa nueva costumbre.
Mi compañero se sienta junto a mí. Me vio nadar, dice: “algunas ranas se hacen las muertas para que no las cacen, otras doblan las patas y cambian su fisonomía, así su depredador no reconoce sus partes vulnerables”.
No digo nada porque estoy impedida. Quizá mi instinto distinga que me encuentro en peligro.
Él está dándome la espalda, veo que comienza a masturbarse. Lo hace durante unos minutos, incrementando la fuerza y la velocidad de su mano. Se levanta y deja sobre la arena una mancha de semen.
El instinto me lleva a sentarme encima, desnuda, y pego mi nuevo sexo a esa mancha de semen sobre la arena.
IX
MI NOMBRE
Mi compañero dice que estuve dormida durante dos meses. Me mira a los ojos, después titubea.
Saco una mano de las cobijas para rascarme la cara y veo mi brazo con asombro: han comenzado a crecer pequeñas salientes parecidas a espinas. Dentro de mí hay una nueva temperatura agradable, un poco fría. Quiero explicar más cosas, por ejemplo, la certeza de mis vísceras: siento que tengo interior. Las tripas rozan las paredes de mi abdomen, el corazón se recarga sobre los pulmones de una manera suave. No lo imaginé jamás, nunca pensé que en mi condición tuviera esas sensaciones.
Mi compañero afirmó, también, que me sucede algo cierto y que pasó horas sentado en la cama durante mi largo sueño para comprobar los cambios uno por uno: “Tu piel cambió cada día”, dijo.
A la par de esto que cuento sobre mis vísceras, siento que algo se desarrolla dentro de mí pero no puedo verlo. Lo que crece es inmaterial o al menos refleja ese principio. Puedo compararlo con el momento dudoso en que la textura de una tela revive el recuerdo de una sensación antigua.
Supe que eso desarrollándose dentro de mí iba a manifestarse.
Lisandro viene a sentarse junto a mi cama. Antes de hacerlo, revisa un orificio en el zoclo de la pared, tiene hambre. Por el suelo, una nueva hilera de hormigas camina hasta la puerta de la sala, luego da la vuelta. Lisandro saca su extraordinaria lengua y se come a varias de ellas, pero deja muchas vivas para no agotar la riqueza. Es un animal que sabe.

Esta noche mi compañero está inquieto con mi presencia. Desconoce qué hará conmigo. Creo que la primera imagen de mi rostro: aquel ojo desnudo con el que lo miré desde la oscuridad, le produjo una emoción que no supo con qué comparar. Mi mirada le recuerda algún episodio que no identifica.
Despierto en cuanto sale el sol. Es el fin del invierno y amanece a las seis y media de la mañana. Lisandro duerme y permanece así un rato más. Mi compañero está destapado, sus movimientos nocturnos por el cambio de estación, provocan que la cobija raída caiga al suelo. Lleva una camiseta verde.
Veo las plantas de mis pies ennegrecidas. Me voy a bañar.
Mi compañero duerme con la boca abierta, como si tuviese la nariz congestionada.
Escucho que tose, me asomo. No hace ningún gesto al descubrirme, como si dominara el tránsito del sueño a la vigilia y nada lo sorprendiera. Cuando se levanta, observo que lleva una bolsa pequeña de tela colgada del cuello.
Hago los preparativos del desayuno, aunque tengo que abrir todos los cajones y las puertas de la alacena para encontrar el pan que pondré en el tostador.
Describiré con detalle los cambios que he tenido. Decía de mis coyunturas, así es: las articulaciones han ganado en piel y mis rodillas han desaparecido bajo la carne. Quiero decir que la piel que las cubre se engrosó hasta el punto en que no se distingue la articulación de los huesos. Con el paso de los meses, esa piel nueva, multiplicada, se ha flexibilizado lo suficiente como para que pueda doblarla, e incluso ya tengo una arruga en la corva que marca los movimientos más recientes.
Mi mutación no es particular, todos los animales que mutan asumen las cualidades que estrenan. Para mí es igual.
Cuando era niña, en las noches de insomnio, cerraba la puerta de mi cuarto con sigilo –mi madre me había obligado a mantenerla abierta– y me aliviaba pensar en una escena: estaba convaleciente en una cama de hospital, a ella se acercaban mi madre y mi hermana para acariciarme la cabeza y tranquilizarme. Sabía que iba a morir, estaba enferma de algo incurable. Me quedaba jugando a la agonizante y así conciliaba el sueño.
Quizá despierte un día de estos dentro de un cascarón: yo dentro de un huevo, cerca de nacer. Quizá mi familia era de una especie extraña y no lo supuse.
Ahora tengo la foto de mi hermana. La observo detenidamente, como no lo había hecho. Mi hermana era hermosa, me fascina su belleza pero distingo algo que me quita el gusto: mi hermana tiene el mismo lunar que yo, ese manchón café en la pierna derecha y nunca lo dijo o lo olvidé. Miro la imagen de nuevo y descubro otra anomalía de mi memoria o, peor, mi ignorancia ante su vida: tiene vendada una rodilla y esconde la mano derecha detrás de la espalda. Busco más indicios, marcas o semejanzas en el álbum y encuentro la foto por la que he estado inquieta hasta ahora: la mano derecha de mi hermana, apoyada sobre la cama, que ella intentaba esconder al ser fotografiada, sobresale entre los pliegues del edredón: la mano tiene un color distinto al de su cara. Allí está. Mi hermana empezaba a convertirse en otra cosa y quiso evitarlo.
Hace dos días estuvimos nadando en el mar. Mi compañero sonríe más a menudo desde entonces. Le presté mi libreta para que escribiera cómo fue que le dije mi nombre.

Vamos acostumbrándonos uno al otro.
Pasa los días entretenido con mi transformación, lee regularmente manuales usados de biología que le prestan en una librería del barrio. El otro día dijo que si iba a ser un tritón podría alegrarme porque mi media de vida alcanzaría los quince años. Se burlaba.
Mi compañero tuvo una juventud hermosa. Lo sé por lo que veo: la proporción de su espalda, la anchura de su cuello. He visto fotos suyas; en la que más me gustó aparece junto a dos amigos, es una imagen tomada desde abajo, encuadrando sus torsos y detrás se ve el campanario de una iglesia.
Las protuberancias de mi piel en algunas partes de los brazos se han convertido en salientes mayores cubiertos de escamas; creo que en unos días va a sucederme lo mismo en las piernas. Estas alteraciones tienen un orden cronológico que intuyo, aunque no sé de dónde viene esa información.
Escuché una voz que dijo aparecer para informarme lo que había pasado sin que yo fuese consciente de ello, la voz dijo que estoy embarazada. Usé de manera correcta mi instinto: sentarme sobre la mancha de semen el otro día, en la playa, fue un acto certero. Mi especie, entonces, prescinde de la cópula. Somos seres que habitan el planeta desde hace miles de años y la búsqueda de la supervivencia es una intención natural. Si no hay posibilidad de copular hallamos la fecundación. Así lo hice y no erré. Compruebo que mi nuevo sexo funciona. ¿Cómo nacerá algo de mí? Dar vida es un deseo que no se formuló bajo el influjo de mi pensamiento, sino ordenado por las pautas de mi especie.
Si estoy transformándome en un reptil, ¿mi descendencia será ovípara?
Hace unas horas mi compañero intentó disipar aquella laguna mental. Dijo que tras encontrarme en la playa hablé de mi viaje por tren y que, al llegar, estuve internada en un hospital pues en mi muñeca estaba la marca pegajosa de la cinta que había sujetado el catéter del suero común. No lo recuerdo.
X
ANIMALIDAD
Me miro en el espejo. Me detengo en mis pupilas, ahora son ovaladas y verticales; el iris se ha enrojecido, en el ojo derecho tengo una mancha amarilla que antes, en mi condición previa, era color café. Las orejas han disminuido de tamaño, por lo menos a tres cuartas partes. Miro más de cerca: no tengo lunares, desaparecieron bajo el velo verdoso de mi nueva piel.
Lisandro se ha comportado de manera agresiva hoy: me ronda y, al estar cerca, gruñe en señal de rechazo. No tiene dientes porque no los necesita, su lengua le basta. Mi compañero dice que Lisandro distingue mi reciente animalidad. He decidido ignorarlo.
En las noches, los latidos de mi corazón son más espaciados. Si pienso como lo que he sido, si pienso desde el cuerpo de una mujer, me asusto y creo que puedo morirme, que mi corazón se detendrá. En el día vuelve a la normalidad, se acompasa a un ritmo sostenido y certero.
He tenido que salir cada medio día a la playa para acostarme en alguna piedra caliente. Lo necesito, las escamas se ponen más brillantes si lo hago y el dolor de mis coyunturas disminuye; el sol me reconforta. La temperatura de mi cuerpo se regula con la temperatura exterior y me sé inmortal cuando estoy sobre una piedra.
Mi compañero cree que es peligroso, que me hará daño porque las piedras se calientan demasiado, discutimos, le respondí sin que me importara el tono, argumenté que estoy aprendiendo y que debo obedecer mis instintos.
Mi olfato se ha agudizado. Y noto que si abro la boca también puedo oler por ella. A la par del descubrimiento, después de comer, paso mi lengua por la bóveda del paladar porque me duele y descubro dos pequeñas protuberancias alineadas de manera simétrica.

Lisandro y yo empezamos a competir por alimento. No imaginaba que llegara a afectarnos, es clara nuestra diferencia, pero Lisandro come hormigas y a mí comienzan a gustarme los insectos; como las arañas de la casa y los mosquitos. Lisandro gruñe cuando husmeo las esquinas, pero no estoy dispuesta a dejarlo de hacer.
XI
LO QUE OLVIDÉ
Se abre la puerta; despierto del sueño. De pie, una mujer vestida de blanco, dice mi nombre.
Quiero saber en dónde estoy, quiero que la mujer me dé los detalles, se lo pido pero no responde.
Bajo la bata del hospital estoy desnuda. Alguien me quitó la ropa interior y esa misma persona robó mi anillo de semanario. Tengo las uñas largas y son más gruesas que antes; su nacimiento se ha prolongado casi hasta llegar a la segunda falange de los dedos. Huelo a carne. Yo soy la que huele a carne, a una carne viva como la de las gallinas, al sudor de un animal de corral. Pero no soy un ave.
La mujer toma mi muñeca y ve su reloj. Después me da dos palmadas en el hombro y dice que estoy mejorando. Ella también lleva las uñas largas, sólo que pintadas de un rojo escarlata que es elegante.
Le pregunto de nuevo por mi situación. Responde que no está autorizada para hablar y que eso que deseo saber me lo dirá el médico en turno. No tengo médico tampoco, sino el que se ocupa por esta noche de las camillas anónimas como la mía.
Empiezo a llorar como una niña pequeña. La enfermera me da un pañuelo que toma de la mesa junto a la cama. No estoy triste pero algún motivo interior me lleva al llanto.
Mi cuarto en el hospital es agradable.
La enfermera revisa el suero, le echa una mirada al aparato eléctrico que me acompaña y dice que volverá.
El médico llega a mi cuarto por la noche. Asegura que es asombrosa mi recuperación y que, salvo por las deformaciones de mis manos y pies, puedo considerarme una mujer normal (sonríe cuando lo dice, como si estuviera nervioso). Me da unas pastillas para dormir. Al despertar, me duelen las dos nalgas, levanto la bata y veo los cardenales provocados por los piquetes de jeringa.
Me pongo de pie, abro el clóset del cuarto y encuentro mi maleta. Saco ropa para vestirme, me lavo la cara y, antes de salir, me asomo para comprobar que no haya ningún testigo en el pasillo del hospital. Cargo mi maleta con trabajo: las garras se me atoran en el asa. Me duele la cabeza: se lo atribuyo a las drogas de ese internamiento.
Salgo a la calle, el sol comienza a descender. Meto las manos en los bolsillos de mi chamarra para evitar la sorpresa de los paseantes.
Camino hacia el norte, llevada por mi olfato y la dirección del viento. Hacia el norte está la costa y yo quiero llegar allí.
Duermo bajo el techo de una florería. Recuerdo con cariño la mano suave de la enfermera. Creo que nunca sabré porqué desperté en aquel sanatorio. Escucho de nuevo la voz: afirma mi fortaleza y la entereza de mi espíritu; era una verdad interior que me dio el ánimo preciso para llegar hasta el sitio donde encontraría a mi compañero.
Mi transformación me fortalece; una vez convertida, nada sobre la Tierra conseguirá afectarme. Mi estirpe durará para siempre, al menos por un tiempo inmenso que la mente no puede imaginar. Mi madre, mi hermana y yo tendremos descendencia.
A la mañana siguiente, el hombre que trabaja en la florería me despierta con un puntapié. No es un golpe recio, apenas la fuerza precisa para que vuelva en mí pronto y con un susto poco traumático. Le digo que me iré enseguida, sólo necesito recuperarme del sueño y ponerme los zapatos. Le pido agua para lavarme la cara. El hombre, con unos cachetes gruesos y ya un poco vencidos por la edad, me ofrece pasar al baño.
Entro a la florería, los arreglos no son deseables. Demasiadas simulaciones de una naturaleza poco real. No hay ningún ramillete que muestre comportamientos salvajes. El baño, al fondo del local, está oscuro; bajo el pequeño fregadero hay una cubeta a punto de derramarse que recibe el goteo de la tubería expuesta sobre el techo; un goteo sin remedio, supongo.
Me lavo la cara cuidando de no rasguñarme. Saco la lengua frente al espejo y veo otra muestra innegable de mi transformación: del lado izquierdo mi lengua es más gruesa y, antes de llegar a su mitad, la superficie también ha cambiado, es una carne lisa y grisácea.
En el camino hacia la costa topo con un hombre sin piernas que pide limosna. Le dejo la única moneda que llevo. El hombre no perdió en un accidente las piernas porque en la piel que asoma bajo las aberturas de sus pantalones no hay ninguna cicatriz.
Si yo no tuviese piernas me arrastraría por el suelo. Podría enfrentar mis necesidades cotidianas si tuviera un ayudante. No tengo a nadie. Apreciaré mis piernas, entonces. La incomprensible naturaleza es generosa conmigo aunque pueda pensar lo contrario. Lejos de minimizar mi fuerza orgánica, ella ha preferido otorgarme nuevos talentos. En silencio, dando un paso tras otro, le agradezco sus consideraciones.
El viento mueve las nubes y el sol alumbra con mayor fuerza. Lo miro de lleno, sin temer que mis pupilas queden encandiladas por su luz. Cuando bajo la vista se forma una imagen en el centro de mi frente que puedo ver y sentir. Es una explosión, escucho un estruendo que me detiene, quedo sorda unos minutos y segura de que si alguien me observa, notará que millones de átomos de luz se agolpan sobre mi frente.
Más tarde entiendo, molesta por la migraña, que los dolores previos, aquellos espasmos que he sentido en la cabeza desde hace tiempo, fueron el anuncio del estallido. De nueva cuenta, acepto que ahí se formula lo que veo, siempre con misterio, con el silencio y la sorpresa ante lo natural.
Si hubiese querido hablar con cualquier persona por la calle, mientras hacía mi recorrido hacia la costa, mi voz no se habría escuchado. Mi lengua, que creció justo en ese trayecto, estaba rígida y era incapaz de moverla. Eso duró un tiempo, tal vez por horas, al anochecer me percaté de dominarla de nueva cuenta. De cualquier forma, si le hablara a alguien que despertara mi confianza ¿qué le diría? Mi mudez es necesaria o ineludible porque lo que experimento sólo puede escucharse por quien esté dispuesto. Tal vez lo único que echo de menos son las conversaciones con los demás.
Estoy compuesta por fragmentos, no soy un animal completo y, desde esa carencia, resulto extraña para quienes sí lo son.
XII
LA CAVERNA
Recordé mi viaje en tren. Tal vez el cambio de latitud, sumado a mi frágil estado de ánimo, provocaron que yo olvidara esta experiencia hasta ahora.
El cuello me dolía. Era tan profunda la alegría de saberme lejos de casa que mi cuerpo estaba endurecido por la adrenalina. Sin embargo, los malestares terminaron por superar mi alegría.
Alcé la cabeza y sentí un gran mareo. Me levanté al baño, iba deteniéndome de los respaldos que tenía al alcance; el movimiento aumentaba mis náuseas.
Quise salir y que el tren se detuviera de inmediato, pero atravesábamos un túnel. Me senté en el excusado, recargué la cabeza contra la pared y permití que el movimiento me sacudiera, mi cabeza golpeaba la pared una y otra vez. Asumí que si el tren se detenía y yo lograba bajar en el sitio que fuera, mi malestar seguiría idéntico. Pensé que los vaivenes de mi ánimo no desaparecerían, sino que iban a acentuarse. La única manera de evitar que momentos como este llegasen, era desaparecer del mundo.
De cualquier modo, saber que me había ido de aquel espacio anterior me hacía estar satisfecha. Me recuperé de manera apenas perceptible, esa fuerza limitada me permitió regresar a mi asiento.
Con los ojos abiertos, deliraba. Imaginé a mi hermana sentada en una silla, dentro de una sala amplia donde no había ningún otro objeto. Mi hermana tenía las manos juntas, como si guardara algo. Ella no me veía, pero sabía que la miraba desde fuera y escuchó mi voz.
–Mercedes, no te has ido aún.
–Estoy esperando que venga a despedirse el único amor que he tenido.
–Pero él ya se murió, Mercedes.
–No sabes nada. Los muertos no se van del mundo, hay muertos que caminan a la par nuestra pero no los distinguimos.
–¿Y le vas a entregar lo que tienes en las manos?
–No. Esto que guardo es para ti.
Me acerqué, quedé de pie frente a ella. Mercedes tenía canas entre sus rizos color castaño. Había envejecido. Estaba sentada como siempre: con los dos pies alineados, juntos, y las rodillas que también se tocaban, guardando una simetría corporal forzada.
Mi hermana extendió la mano y dijo:
–Dame tu palma derecha.
Le di la mano, me intrigaba saber qué me entregaría. Abrió las suyas y descubrí el secreto: Mercedes me miró a los ojos, habló: “Esta es una parte de mi corazón, le hice algunos tratamientos para que no se echara a perder, puedes conservarlo a menos de treinta grados y en un sitio donde no le dé la luz del sol. Una caja de madera, por ejemplo”.
El fragmento del corazón de Mercedes parecía tener la consistencia de un cristal pero cuando lo apreté, entre el dedo índice y el pulgar, el cristal se flexibilizó. Era como una perla roja aunque de mayor tamaño.

Después caí en un pozo estrecho que apenas me dio espacio para pasar. La pared raspó mis rodillas. Yo estaba yéndome, no había luz en ninguna dirección, hice un esfuerzo por mirar hacia arriba y vi la oscuridad de donde venía; hacia abajo era igual pero mis piernas brillaban, lo único que pude deducir es que había adquirido luz propia, que era fosforescente.
Estaba inerte aunque ahora hable de movimientos. Estaba inconsciente aunque ahora explique lo que sucedió. Viví un momento de ruina. Luego cesó el mareo y también la posibilidad de sentir dolor.
Miré por la ventana. El tren se detuvo. Aparenté calma para ponerme a salvo. Las personas a mi alrededor deseaban escuchar frases lúcidas y saber que su compañera de viaje era una persona normal.
Abrí mi bolsa y hurgué dentro. La vieja de enfrente, de manos artríticas, ya no estaba. Quise encontrar los caramelos que había metido para refrescarme el aliento, los toqué en el fondo de la bolsa, seguí mirando por la ventana: había dos mujeres que abrazaban a dos hombres en el andén. Mis manos toparon con algo firme. Saqué de la bolsa una caja pequeña de madera que nunca había visto. La tapa tenía un ramo minúsculo de flores secas, atrapadas en esmalte transparente, la abrí: sobre un fondo de terciopelo rojo, miré sin entender algo parecido a una perla pero de color rosa. Era una perla viva, parecía que palpitaba. Un calambre desde el abdomen me produjo un dolor intenso en el vientre. El calambre mismo, con su contundencia, me hizo vomitar. Estiré la cabeza y vomité algo que no supe identificar encima de la mesita del tren.
Es posible que la imagen amorosa que tuve: un hombre llevándome en brazos hacia la cama, y yo sostenida con las rodillas en las caderas del hombre, no haya sido una imagen sino un hecho: el hombre del tren que me llevó a la ambulancia.
XIII
OTRA PÉRDIDA DE MI MEMORIA

El dueño de la florería me había regalado un suéter azul claro, con botones al frente. Lo llevaba puesto. Disfrutaba el paseo: la gente en este lugar y ahora, de mañana, estaba contenta.
Yo me sentía alegre, también. Había recuperado la lucidez tras el mal sueño en el tren y me sentía agradecida conmigo misma porque, a pesar de los contratiempos que viví, podía llegar a este destino.
Tuve una punzada en la cabeza que, al atenuarse, se convirtió en comezón, me rasqué. Descubrí una protuberancia en la coronilla que parecía un hueso bajo la piel. ¿Me saldrá un cuerno? Me pregunté. Bajé un poco más la mano, palpé el resto de mi cráneo y descubrí con entusiasmo que contaba con una línea perfecta de varios huesos que estaban creciendo. Era la corona de un animal prehistórico, supuse.
Miré el cielo, en lo alto descubrí un águila. Sentí un miedo irracional que no conseguí combatir. Decidí meterme en una cabina de teléfono a esperar que el espantoso animal se marchara.
El paso del metro bajo el suelo provocó que se cimbrara el sitio donde estaba oculta. El peligro que experimenté y mi pánico se incrementaron. Decidí salir, no sin comprobar que el águila se hubiera alejado.
Vi una calle estrecha y poco transitada, una calle sucia donde podía esconderme. Me eché sobre el suelo porque el color de mi ropa era tenue y mi piel gris se confundía con el color del pavimento. Allí me sentí a salvo.
Después de unos minutos, algo nuevo en mi cuerpo ocupó mi atención, primero creí que se trata de la basura acumulada en esa calle, los montones de bolsas que sudaban bajo el sol, después atestigüé que el olor fétido venía de mi propia piel: me llevé el antebrazo a la nariz y olí mi piel rugosa con una inhalación profunda. El olor se quedó en mis narinas, era el olor de un animal muerto. Pensé que mi camuflaje había sido perfecto. Ningún animal que deseara cazarme se acercaría si olía a carne descompuesta.
Debió transcurrir una hora tras el susto que me provocó el águila cuando retomé el camino. El corazón me latía despacio porque el sol había llegado al cenit. Entonces vi al hombre sin piernas: iba montado en una carretilla, y lo llevaba un joven que se parecía a él. El hombre sin piernas me miró como si le fuera familiar, su mirada me desconcertó, una vez que la carretilla me rebasó, el hombre se incorporó un poco y siguió mirándome, asomándose por el costado de su cargador. Ese hombre me asustó, también.
Estaba cerca del sitio que imaginé: un acantilado sobre una playa estrecha que ninguna persona visitaba porque la marea subía de manera impredecible. Los estudiosos del mar no habían podido descifrar por qué el agua se comportaba de ese modo en ese lugar. Quizá lo que se hundía era la tierra, pero eso no podría decirse nunca, por temor a que se aterrorizaran los lugareños. Hay sucesos que los hombres no cuentan porque serían incomprensibles y, además, conducirían a desesperaciones fatales. Habría que creer, al menos, en la permanencia de los fenómenos naturales, aunque la mutación fuese su constante.
La playa estaba desierta. Alcé la cabeza para admirar la altura de esa pared. El mar hacía un ruido de bestia, el ruido de las entrañas de la tierra. Con el mar la tierra bufa, saca el aire sulfuroso, se recupera.
La brisa me produjo frío, tiritaba. Me puse bajo el suéter azul la primera camisa que encontré en la maleta.
Descubrí una caverna pequeña al fondo, en la base de la pared. Entré. Dejé las cosas en el suelo y sentí en los pies el cansancio del trayecto. Me recosté, acomodé mi bolsa como almohada y moví de lugar la caja de madera, me incomodaba al apoyar la cabeza.
Hay días que mi pensamiento es ordenado y fluye con acierto, son momentos en que noto mi natural relación con las cosas. Sin embargo, de un tiempo a la fecha dudo de la veracidad de lo que pienso. Mi compañero habló de la incertidumbre que percibía en mí, dijo que era contra-producente que me desesperara al no recordar lo sucedido el día anterior.
Ahora no sé si lo que anoté en las páginas sea cierto. Lo releo y me encuentro, además, con una afirmación previa sobre mi amnesia tras el viaje en tren. ¿Cómo pude recuperar la memoria de un hecho que no recuerdo haber vivido? Ayer, sumida en un trance para reordenar mi vida anterior, es decir, empleando mis dotes humanas que aún resisten, escribí lo que recordé sobre la llegada al hospital.
La incertidumbre: si el médico me examinó como dijo, ¿por qué no le pareció extraordinario lo que me sucede?
Creo que después de dormir en la caverna conocí a mi compañero.
Desperté con sed. Recordé que un hombre y un animal que parecía un oso hormiguero me habían llevado a su casa.
Ese hombre es mi compañero ahora. El animal es un oso hormiguero, ya lo había dicho pero lo repito para explicarme mejor. Mi compañero es rubio. El oso hormiguero tiene el pelo negro y de su cabeza salen dos franjas grises, con pelos rubios también, que se extienden a lo largo de su enorme cuerpo hasta la cola negra y erizada. Lisandro siempre tiene los pelos de la cola levantados, deben nacerle así.
He pasado frío por las tardes, y en el día necesito más sol que antes. Cada vez manifiesto mayor atracción por el sol.
Desde que llegué a esta casa, que ahora puedo considerar mía, o nuestra –de mi compañero, de Lisandro y mía–, no he tenido nuevos episodios de fetidez. Me reconforta saber que no ha vuelto a pasarme, sentiría vergüenza si mi compañero llegase a olerme así.
Mi cresta es mayor ahora. Ya se asoman los picos que me darán la distinción absoluta. No he perdido el pelo que tenía, pero sí me ha cambiado un poco el color, es ahora más claro, como si también en mis células capilares estuviera alterándose la pigmentación.
Cuando salgo a la calle llevo un sombrero de palma que engaña a los demás. Lo hago también para quebrantar la certeza de los otros. No soy lo que ven.
XIV
HOGAR
Mi compañero y yo vamos a buscar leña. Ha comenzado el frío y en las noches es mayor. Lisandro no quiere salir, sufre más que nosotros con el descenso de la temperatura.
Mi compañero dice que en el barrio alguien nos puede vender un atado de leña. Vamos a buscar a esas personas. Tocamos la puerta de cinco casas donde siempre solían venderle madera a mi compañero, pero esta tarde los vecinos tienen más frío que otras veces y su sentido de supervivencia los obliga a reducir su generosidad.
Pasamos por una casa donde está una mujer vieja en la puerta. Su puerta es como las de algunas casas antiguas, con la hoja partida en dos; ella cerró la inferior y la mitad de arriba está echada hacia la pared, por eso sólo vemos la mitad de su cuerpo. La vieja nos pregunta qué buscamos: “Leña”, dice mi compañero. Ella responde que su hermano nos ayudará.
Mi compañero se va con el hermano a traerla del cobertizo. Me quedo con la vieja, en su sala, y tengo miedo de ser abandonada ahí. Ella me muestra una casa de muñecas que construyó con basura. Los muebles están hechos de cartones de leche y las paredes de la casa son de aluminio, como si hubiera usado el interior de las latas de conservas.
Mi compañero vuelve con la leña y nos despedimos. Mientras avanzamos por la calle, volvemos la cabeza de cuando en cuando, sin dejar de sonreírles.
Mi compañero me contó que el hombre no había querido dinero a cambio de la leña. No me extrañé porque mi nueva condición también aceptaba la posibilidad de que existiesen, en el mismo mundo que nosotros, hombres que regalan sus bienes.
Esta noche mi compañero me mordió al dormir. Yo creo que estaba soñando con algún peligro y, en su descuido, pensó que yo era la antagonista de su sueño. Me mordió el hombro y desperté enfurecida. Una sustancia cremosa me llenó la boca inmediatamente, esa fue la primera vez que secreté veneno. Cierta intuición me hizo tomar mi vaso de agua, ya vacío, y lanzar dentro el escupitajo que estuve a punto de arrojarle a mi compañero. Después de librarme del veneno me quedó un sabor dulce en la boca. Miré dormir a mi compañero y supe que lo querría cuidar hasta que muriera.
La noche en que adopté mi condición cuadrúpeda, algo sucedió en el mar. En el mar siempre suceden cosas –así lo afirmó mi compañero y le di la razón–, lo que deseo escribir para comprenderlo mejor es que al ver el mar y la playa entendí mi destino.
Durante la madrugada estuvimos asustados, abracé con fuerza a mi compañero que también temblaba. Escuchamos a la gente por la calle, diciendo que vendría una tormenta.
Aquello que pasó no sólo tenía la fuerza de un mal tiempo. En el aire estaba la rabia de los hombres y sus construcciones serían destruidas por el viento.
Al despertar, aunque dormimos apenas unas horas, miré por la ventana, reparé en mis actos, iba a contenerme por temor al espectáculo que vería. Más tarde, cuando cesó la lluvia, salimos para ver de cerca lo sucedido. El mar había crecido y ahora se encontraba más cercano a la tierra, los techos de las casas pequeñas de la orilla apenas sobresalían del agua, calculé que al menos dos cuadras habían quedado sumergidas.
Las algas que cubrían las calles por donde aún podíamos caminar eran de especies distintas, pero se encontraban dispuestas unas sobre otras; formaban un manchón de un solo color y se secaban a la luz del sol que no alegraba a los pocos curiosos que habíamos salido para comprobar el fenómeno. Entre las algas, algunos peces murieron, y también vimos un pulpo negro que me produjo gran desagrado.
La tormenta me enseñó el sentido de mis mutaciones. La naturaleza no tiene fallas, sus manifestaciones son signos de adaptación. En esta costa faltaba que sucediese algo de esta magnitud. Mi compañero estaba de acuerdo. Él lleva diez años viviendo aquí y sabe lo que dice. La variabilidad de los hechos es ineludible. No hay ninguna fuerza en el universo que la impida. Como esta costa, yo necesité perder mis antiguos atributos. Además del azar, o de las condiciones que no he sido capaz de prever, en la mutación que vivo interviene mi origen. Mi madre y mi hermana presentaron los mismos síntomas. Soy de aquella estirpe, aunque he logrado la fuga. Estoy viva. Alcanzaré la consagración a través de mis actos. Por eso estoy embarazada, quiero procurar la descendencia, reproducirme.
Mi vientre tiene unas líneas que lo atraviesan de lado a lado, son similares a las arrugas de mis miembros, pero con mayor profundidad.
Cuando desperté bajé de la cama sobre mis cuatro extremidades, probé ponerme de pie pero mis patas traseras no resistieron el peso del cuerpo. Lo acepté.
Fui a la sala, mi compañero ya había despertado y estaba desayunando, escuché sus ruidos en la cocina. Lo llamé, noté que mi voz era más nasal ahora, él salió y me encontró sobre el suelo. Se puso en cuclillas para comprobar lo que estaba haciendo, me dio un beso en la mejilla y dijo: “Bienvenida al mundo”.
Las células copian lo que hacen las demás células. Es semejante a lo que observé aquella vez en el mar. El cuerpo junto al agua flota porque está en el agua. Mis células posiblemente obedecieron a las más fuertes.
La escritura se me dificulta.
Mi compañero, ahora mismo, me ayuda a escribir, yo le dicto, porque estoy cansada y no puedo seguir, menos tras mi descenso. Intenté escribir en la cama y acostarme bocabajo, sobre mi libreta, pero no puedo. Mis extremidades delanteras son capaces de andar por las paredes de roca –lo hice ayer– pero no consigo realizar tareas que requieran detalles o precisión.
Lisandro está a la par nuestra. Últimamente, mi compañero pasa un buen rato cuando nos ve juntos porque yo rodeo las piernas de Lisandro y él me mira sin moverse, como si estuviera ante un animal peligroso. Tal vez, algún antepasado mío fue depredador de sus abuelos. Aunque yo sigo reconociéndome en sus ojos.
Hay hechos novísimos, talentos de mi oído que no había descubierto. Cuando rodeo las piernas de Lisandro escucho el sonido del agua cayendo. Le he contado a mi compañero que llamaré a ese momento “el destino de la fuente”; lo disfruto pero no siempre consigo escucharla. Acabo de intentar que el agua suene pero no lo he logrado. A cambio, sentí –con enorme desconcierto– que salía un chorro de agua fría de mi ombligo. Al comprobarlo con mi vista, supe que sólo lo imaginé. Mi ombligo está seco, lo veo tal como lo he conocido siempre: pequeño, alargado, con su condición de cicatriz necesaria. No quisiera que el ombligo desapareciera pero ¿cómo oponerme si se trata de la más clara señal de mi pasado? Mi compañero dice que nunca ha visto un reptil con ombligo, fue como si pusiera en duda mi mutación.
Para defenderme, le cuento la hipótesis que formulé tras sentir agua en mi ombligo, le digo que es un aviso de que algo termina. “Sin que lo supiese –añado– es probable que mi alma humana sea líquida o una flema transparente, y haya decidido abandonar mi cuerpo, ya en tránsito hacia un orden que no es el de la razón o el lenguaje”.
La respuesta de mi compañero me asustó: aseguró que si perdía el alma humana, vendría después la extinción de mi lenguaje y mi mente sólo podría formular imágenes del desierto o la selva, dependiendo del sitio que habitara. Y si eso sucediera, yo no podría terminar este testimonio.
Ahora no me resta más que ceder. Mi bienestar depende de los paseos que damos mi compañero, Lisandro y yo. He perdido la autosuficiencia, o al menos carezco de las facultades que tenía. No puedo considerarme ya un ser humano. Vivo mi adaptación con buen talante, no me entristece saber que dejaré de ser una persona pero los cambios en mi cuerpo suceden con mayor prisa que mi capacidad para desarrollar las habilidades de mi especie.
Estoy dotada de facultades únicas. La cola que empezó a crecerme hace unos días tiene usos que aún no consigo dominar.
Estuvimos el día entero en la playa. Viví un episodio que me sorprendió. Un grupo de jóvenes encendió una fogata al atardecer y dejaron el fuego ardiendo. Me acerqué al fuego, estuve paralizada ahí, miré pasmada la manera en que se consumían los troncos y escuché los chasquidos de la madera. Las llamas eran hermosas, se alzaban en medio de la oscuridad apuntando al cielo. No quería que ese ardor terminase, si hubiera podido habría atizado la fogata para que nunca se perdiera aquel fuego.
De entonces a ahora he experimentado la plenitud. No sabía que el fuego era lo que es, ignoraba sus beneficios: conocía que daba calor pero no así; el fuego era como yo, sucedía por combinaciones que no se comprenden, surgía de lo pequeño, se alzaba, era la primera de todas las cosas.
Sé que venimos de materias que ardieron. Lo olvidé en mi vida humana, ahora lo recupero. Pertenezco a una especie con las facultades para acompañar el fuego. He comprobado la resistencia de mi piel al calor y, más aún, sé de las bondades del sol detenido sobre mi contorno; en mi piel ha ganado la sequía, nunca más he vuelto a sudar. Estoy hecha para esto, como un animal del principio de los tiempos: me encuentro adecuada y perfecta, he sido hecha para convertirme en mí.
Lisandro estuvo aspirando restos que no debía. Las escamas que suelto de repente, esos pedazos de piel parecida a las escamas de un pez pero de mayor grosor, están desperdigadas por el suelo de la casa.
Él tiene más hambre de la cuenta pero no halla hormigas. La casa no es húmeda y mi compañero barre a diario. Entonces, Lisandro, hambreado y con fastidio, aspira los objetos pequeños que yacen sobre el suelo. Pasó lo mismo que en días anteriores: inhaló mis escamas y ha estado estornudando a la manera en que un bicho de su talante puede hacerlo. Me conmueve pero sus estornudos me dan un poco de asco.
Me acerco hacia el orificio por donde salen las hormigas y le señalo que no hay alimento que pueda comerse. Me detengo frente a él, enseñándole mi cresta; le muestro que eso que acaba de comerse y que lo tiene mal es un desecho de mi piel, me restriego en sus patas, le hago saber mi consistencia, luego, cojo con la boca una de mis propias escamas y hago con muchos aspavientos un movimiento de mandíbula, aspiro fuerte por la nariz, le muestro que eso que voy a comerme no es alimento. Me trago mi propia escama, después, me las ingenio para mover la lengua como si estuviese jadeando, trato de echar la escama fuera, de vomitarla, pero me equivoco: la tragué. Lisandro me mira con los ojos que le vi al conocerlo: sus pupilas se ven humedecidas, tristes. No entiende lo que he tratado de actuarle. Prefiere darse la vuelta y salir a la sala para detenerse junto a mi compañero que trata de acomodar la persiana de la sala, que se ha vencido de tanto uso.
Empiezo a sentirme mal, la escama dura, con la consistencia de una uña, se quedó clavada en mi esófago. Pienso en comerme algo más grande, en tragarme algo que ocupe buena parte de mi esófago y arrastre a su paso la escama enterrada. Camino hacia mi compañero, procuro decirle que me dé algo de comer, quiero un insecto de cuerpo grueso, quiero comerme un escarabajo aunque no sea lo que más me guste, pero, como Lisandro, yo también me habitué a los alimentos que da esta casa y a sus agujeros. Mi compañero se agacha para sobarme los picos de la cresta, le gusta extender su mano sobre el cuerno más grande y acariciarlo. Yo no siento su mano cuando lo hace, es como si antes me hubiesen tocado el pelo sostenido en una coleta. Las protuberancias que salen de mi cuerpo son insensibles, lo mismo pasa con mis extremidades, de hecho, ahora que lo cuento, creo que la única parte que me produce sensaciones es la que está bajo mi cola. Allí la piel es más suave y es distinta a la de mi pecho y el vientre, que se han endurecido para que repte por el suelo sin experimentar sus variantes.
Busqué por las esquinas y bajo los muebles, encontré una cucaracha mediana que podía salvarme del intolerable ardor interno. La cucaracha movía las antenas, intentando ubicarse en el espacio que ya no era el del suelo sino el del aire, aunque estuviese detenida entre mis dientes. La tronché por la mitad, un líquido amarillo me humedeció los labios, tenía cierto sabor conocido, como el de mi propio veneno pero sin el dejo dulzón. Me gustó. Disfruté sobre todo el sonido leve de su rompimiento.
Mi compañero al verme comer la cucaracha, dijo: “Eres admirable, puedes alimentarte ya de cosas que antes no comías. Estás sana”. Para agradecer sus palabras hice el movimiento del cuello que me había pedido el día anterior. Si lo miraba de frente y torcía el cuello hacia cualquiera de los lados, mi cabeza cobraba una forma que a mi compañero le parecía atractiva.
Después de mudar de piel debí acudir al médico. No lo hice porque ese hecho y todos los siguientes, que me definían como un ser mutando, han sido saludables. No cabe en mi mente la duda. Los delirios, sin embargo, siguen su propia lógica, tal vez por eso hay días que no entiendo cómo he perdido mi identidad. ¿Ya no soy una persona?
Mi vientre se ensanchó. Estoy embarazada.
El presente ya no es el tiempo que vivo, ahora me encuentro aletargada dentro de un cuerpo propio pero alterado. Si bien la transformación ha sido dolorosa –me refiero a los cambios externos, de la piel, la boca y los ojos–, no experimento ninguna incomodidad en el nuevo cuerpo. Para mí esta vida es de placidez. Es como si estuviera sumergida en agua tibia, como si me encontrara en todo momento bajo los efectos de una droga alegre pero, dentro de ese magnífico estado no hay, tampoco, la mínima señal de estar viviendo una situación falsa. Soy exactamente lo que más deseé y, por eso, mi vivencia es certera. No hay orden en el tiempo por esa misma causa: mi sublimación se sostiene en la firme convicción de vivir con plenitud.
Voy a explicar lo que a estas alturas veo en el mundo. Las cosas exteriores no son como las sabía. Los objetos son transparentes, como si fuesen hechos de aire, su consistencia no es la que conocía. Por ejemplo: las sillas están detenidas en el vacío. No hay en los objetos un comienzo y un final, se encuentran unidos sin que pueda definir uno sin otro. Quizá mis primeros atisbos sobre esta situación ocurrieron cuando mis párpados adquirieron transparencia.
Decir lo que dije de las sillas es falsear la imagen que me proyectan, porque las sillas son parte del suelo, la mesa y el espacio. No puedo explicarlo mejor, me rindo ahora.
Si bien dije que en la ciudad las cosas estaban superpuestas y formaban una mancha amorfa, mi transformación me llevó a reconocer que no había tal error en el orden del mundo. La muerte de mi madre había arrancado de mi mente la conciencia de los contornos y la individualidad de los colores: ahora digo que el negro no es uno solo, sino que se encuentra contenido en el rojo, el azul y en todos los tonos de la naturaleza.
Mientras reptaba me fue imposible escribir y mi compañero sólo anotó lo que le parecía de valía. Apenas unas páginas antes, él tuvo oportunidad de contar algunos pormenores dictados por mí y escribió mi nombre como lo pronuncié. Fue entonces cuando me enamoré de él; meses antes de que esta emoción fuese contundente, supe que mi compañero también me quería. Yo no necesitaba muchas horas de sueño para recomponerme y fingía que estaba soñando para que él se acercara. Lo hizo una o dos veces, semanas antes de desaparecer. En la última, se sentó en una silla para verme dormir, entonces, dijo que no entendía de dónde había venido yo –se refería a mi origen, a mi primera vida– después, me acarició el vientre y añadió: “Moriré sin conocerte”.
¿Quién de los tres morirá primero? me pregunto antes de dormir, montada encima del sillón. Deduzco que soy la más fuerte de la casa y veré morir a mi compañero.
El cautiverio de Lisandro lo ha debilitado, no manifiesta su descontento pues algo lo obliga a continuar siendo un animal doméstico. Con el paso de los meses, he notado –mi compañero también– que Lisandro padece algo similar a la vejez.
XV
SEMEJANTES
La casa se llenó de agua. El mal tiempo se nutrió de aire; estuvimos encerrados otro invierno porque no podíamos salir a la calle. Mi compañero consiguió un edredón eléctrico y yo me metí debajo. No comí, desahuciada por el clima. Lisandro prefirió ocupar el sillón porque la humedad del suelo le había producido llagas en las patas.
Mi vientre es más grande que antes; se trata de un aumento que no puedo medir, no tengo con qué compararlo.
Es el primer día de la primavera, estamos de festejo porque la casa se secó, aunque la humedad permanece (ahora entiendo que el techo está deteriorado porque no cumple con la función primordial de guarecernos).
Salimos a la playa.
Estoy viva y saludable. El calor del sol recién aparecido en el cielo me reconforta. Mis facultades no mermaron por el mal tiempo y la falta de apetito. Este clima coincide con el final de mi transformación.
Se consumará el crecimiento de los salientes de mi nuca que le dan una forma singular a mi cráneo; en un principio la piel que cubre los omoplatos aún no era dura como el resto y me ardía continuamente porque esas salientes recias como un hueso, rasguñaban mi espalda, dejando heridas que cuando estaban por cicatrizar volvían a abrirse con la repetición del roce. Yo procuraba agachar un poco la cabeza, mirar hacia el suelo para que dejara de producirse el contacto. Ahora la piel de mi espalda ya es gruesa y resistente.
Mi compañero me preocupa. Le sobrevienen ataques de tos que no aminoran ni con grandes tragos de agua. Le dije que fuéramos a la playa, creyendo que el calor lo sanaría. Él está convencido de que la humedad horada sus órganos. “En mi interior habita el moho”, dijo. Ha empalidecido.
Las rocas del acantilado se ven más blancas por la fuerte luz del sol. En sus grietas está el mayor tesoro para mi especie: allí se guarda el calor de la piedra, por eso, tras el medio día, se esconden cientos de iguanas. Le comento a mi compañero que iré a verlas y que si teme perderme
Lisandro puede ser mi acompañante. Lisandro asume su identidad de perro guardián, me sigue hasta la base del acantilado donde veo a mis semejantes. Al llegar, una de ellas asoma medio cuerpo de la grieta y me observa. Le regreso el gesto, segura de mí misma y consigo que me deje entrar. Ella retrocede; muestra la hospitalidad suficiente para que yo decida acercarme.
Lisandro bufa, da vueltas sobre la arena marcando un círculo con sus huellas. Ese movimiento, repetido una y otra vez, hace que ellas teman y dejen la grieta con paso lento –porque no son capaces de andar aprisa. Varias alzan sus colas hacia el cielo, en gesto de desafío. Una infla su gañote hasta convertirlo en un globo de color azul con pequeñas venas atravesando su piel delgada: es hermosa.
Me molesto con Lisandro, es impertinente, me pongo a su lado y también le alzo la cola, quiero atacarlo, siento coraje y le escupo un gargajo venenoso. Lisandro da unos pasos hacia atrás y se queda quieto, me desconoce.
Pruebo la calidad de mis uñas sobre la piedra, escalo la roca unos metros y me detengo, gozo la luz sobre mi cresta. Acepto la magia, veo que mi piel es del color de la piedra, entonces, sé que aquí nadie puede notar mi existencia: soy parte de esta superficie. Entro a la grieta, me felicito en silencio –gracias a la inquietud de Lisandro la grieta es mía– estoy satisfecha un tiempo hasta que descubro, al fondo, dos ojos mirándome.
XVI
HAMBRE
He tratado de contar lo sucedido con claridad. Ahora ya no existe a mi lado ninguna persona que pueda dar constancia de los hechos. Después de adentrarme en la grieta no volví a ver a mi compañero ni a Lisandro. Regresé a la casa donde vivimos y la puerta estaba abierta. No encontré en las habitaciones ninguna pertenencia de ellos. Los armarios y los cajones estaban vacíos. Tampoco vi la cobija sobre la que dormía Lisandro.
Tal vez Lisandro llamó a mi compañero mientras yo estaba dentro de la grieta. Quizá mi compañero vio que ataqué a aquel animal de mi especie y que me lo comí.
Me comí a otro como yo, también a mí me asusta cuando lo recuerdo.
Despierto con mayor energía últimamente. Mi vientre sigue creciendo y este engrosamiento me produce una alegría que no sé cómo medir. Tengo la noción de que mi descendencia será idéntica a mí, de semejanza antinatural. Me enorgullezco. Mi madre y mi hermana no supieron sobrevivir con nuestras cualidades únicas. Yo lo hice y podré presumir mi fortaleza. La mutación alimentará el corazón de mi cría.
Escuché la voz de nueva cuenta, la voz me reveló que tendría una hija y así será.
Llegó mi esperanza.
La casa es un reino que me pertenece. Soy dueña del espacio. No traiciono a mi compañero: su debilidad reciente, acentuada por sus padecimientos, no iba a garantizarme alimento.
Lisandro ya no me daría confianza tras lo que hizo en la playa.
Eso que pasó y que ni yo ni ningún otro podemos comprobar, la huída o la desaparición de Lisandro y mi compañero, fueron necesarias para subsistir. La naturaleza me resguarda, tal como debe.
El silencio en la casa me conmueve porque estuve en un sitio como éste y su mudez hace que recupere la memoria sobre aquel lugar blanco y vacío. La casa se parece a un hospital.
Lo más relevante en este tiempo es reconocerme parada sobre mis dos piernas traseras; procuro el equilibrio que practiqué antes de reptar, ando sobre los pies y mis manos vuelven a ser manos que levanto para correr las cortinas o comprobar que los salientes que coronan mi columna vertebral permanecen idénticos. No quiero perder los atributos que me fueron dados para continuar viva. Quiero cuidarme. Busco la crema humectante que mi compañero sacó de la gaveta del baño alguna vez pero no la encuentro. En la gaveta sólo hay un espejo ovalado.
Mi hija se estremece dentro de mí. Lo hace cuando estoy bajo la regadera, estirando el cuello para que el agua lave las arrugas que guardo bajo el mentón. Entonces, ella se mueve, creo que desea nacer en el agua. La imagino: ella tiene branquias, después la convierto en ave; ella, como yo, es todas las bestias de la creación, sus cambios suman la historia animal. Mi hija es una anfibia porque cuando me meto a bañar se estremece.
No puedo decir cuántos días han transcurrido desde que estoy sola. Sumo las horas, porque sólo sabiendo el tiempo que corre entre un pensamiento y otro, logro calcular cuándo va a salir el sol.
Soy una mujer adulta. Me miro en el espejo ovalado que encontré hace unos días en el baño: conservo el hermoso rostro que he fraguado. Me satisface la belleza de mi transformación. Compruebo, además, que soy un cuerpo proporcionado, que mis manos son hermosas y producen respeto, pienso que cualquier persona querría tocarme porque una piel como la mía no se ve a diario. Mi olfato es otro orgullo, soy capaz de oler a las personas que pasan frente a la casa. Sé por sus humos el rango de edad, la digestión que elaboran, su capacidad sexual.
Mi compañero tenía los testículos pequeños. Hay hombres que tienen los testículos pequeños porque su semilla es poderosa. No necesitan un depósito mayor pues su linaje no se encuentra en peligro. Mi compañero dijo que sus hermanos se reprodujeron con éxito, sus semillas carnosas fueron hijos cuando lo desearon.
Mi compañero era laborioso y sabía ocuparse: hizo un radio con un pedazo de cartón y algunos alambres. No entiendo el mecanismo que pudo haber empleado, pero en ese radio escuché el anuncio de la guerra.
Mi compañero no lo supo porque cuando llamaron a los hombres para pelear, él no se encontraba en la casa.
No se lo comenté porque mi compañero era incapaz de matar.
No mató al escorpión que mordió a Lisandro en la cola.
El oso estuvo delirando, cerca de morir, me parece, anulado por la ponzoña. Mi compañero no vengó la enfermedad de Lisandro. Vio fijo al escorpión sobre el suelo, examinó su cola y la transparencia de sus patas. No quiso aplastarlo, comentó: “es pequeño para morir”. Salvamos a Lisandro dándole grandes platos de avena tibia que contrarrestaba el espasmo de sus músculos. Lisandro alucinaba episodios terroríficos donde moría; lo vimos en el temblor de su cabeza, en la respiración irregular que mostraba el trance de su cuerpo voluminoso a un estado leve, de pérdida.
Deshilo dos cojines de estambre. Tomo la antena del televisor y la desarmo para quedarme con dos útiles agujas, ahora mismo, acabo de detenerme tras días de tejer un juego de suéter y pantalón de punto para mi hija. El estambre está gastado pero el traje va a cubrirla del frío. Tengo que limpiar minuciosamente con mis dedos gruesos los hilos del estambre que tienen pelos de Lisandro. Formé con la acumulación de su melena perdida una voluta de pelos, es como un pequeño animal que me recuerda a Lisandro.
Salgo a buscar mayores provisiones para el nacimiento. He estado inapetente, ahora necesito comer. No hay quien procure el sustento de mi descendencia, entonces, es necesario arriesgarme; debo asumir el porvenir difícil de mi parto.
Quiero dejar por escrito que mi felicidad es tanta que no puedo explicarla: me encuentro en el estado perfecto de cualquier hembra, y no es por verme preñada, sino por comprobar que la vida no se terminará después de mí. Si yo perdiese a mi hija, la vida continuaría (de cualquier manera) porque las cucarachas que me han alimentado nos sobrevivirán. Con eso basta.
Ella esta cubierta con un líquido espeso. Aún no hemos formado el cascarón, por eso no respira todavía. Cuando la cáscara comience a fraguarse, dando vueltas dentro de mí, ella perderá sus branquias y demostrará sus nuevas capacidades respiratorias. Ahora tiene hambre de carne y yo iré a comprarla.
Imagino la carne roja y algo dentro de mi quijada se contrae, luego, mi vientre se aprieta, me pide lo que pienso.
No había reparado en el miedo que me producía salir a la calle porque estaba acompañada y mi atención se fijaba en mi compañero y Lisandro, a quienes extraño en este momento de soledad. No sé si regresaré ilesa o si, en el camino, los hombres van a atacarme, extrañados por mi piel. Llevo la escafandra de mi compañero, la bufanda bien atada al cuello y ningún centímetro de mi piel queda a la vista; cubro mis ojos con unos lentes que me cuesta llevar porque mi nariz es chata y apenas puedo sostener el armazón. No haré ninguna parada dentro del supermercado, iré hasta la carnicería sin distraerme.
Camino aprisa, no quiero perder tiempo, pero me canso pronto. Mi embarazo cobra su lugar, no tengo ya ligereza, el peso recae sobre mis piernas. Voy más despacio. Hasta ahora ningún paseante ha distinguido mi rareza y conservo la tranquilidad necesaria para no llamar la atención.
Mucha gente asiste al supermercado hoy, debe ser un día de la semana en que no se trabaja.
Me detengo frente al aparador de las carnes. Hay tantos paquetes que no sé cuál elegir. Un impulso me hace estirar el cuello, después controlo el movimiento y me agacho de inmediato para que el carnicero no se sorprenda –me pido, en silencio, dominar mis deseos, si esto puede llamarse de alguna manera sólo se me ocurriría nombrarlo brama. Estoy bramando; quiero gritarle al carnicero que me dé carne, es necesario contenerme, entonces, me callo.
El cuello regresa a una posición menos aparatosa y veo la carne empacada que comeré. Un piquete en el vientre me recuerda que esa carne no será sólo para mí, que la compartiré con ella. “Vamos a pedirla, hija mía”, le digo en voz baja.
(El huevo dentro de mí y dentro del huevo, ella, se sacuden porque en mi mente hay una bestia que quiere atacarnos. Pero la placenta amortigua los espasmos de mi hija y en esa esfera el temor se dispersa. Yo puedo amedrentar al monstruo; me concentro para pedirle que se vaya porque estoy soportando un peso milenario y, además, necesito conseguir alimento; él se repliega, va arrastrando su torpe cola que deja una hendidura profunda en la arena. Después, ese surco se convertirá en un río y alrededor crecerán árboles y plantas, en el río se multiplicarán los peces.)
Miro al carnicero que está aplanando unos bisteces: “quiero este paquete, pero quítele los huesos, por favor”. El carnicero toma el paquete y lo transporta al fondo de su recinto, ahí comienza a cortar la carne que me llevaré. No me mira sino hasta que viene de regreso, con el paquete recién armado. Me ve a los ojos, intenta asomarse y examinar mi cuerpo pero me doy la vuelta y escapo de su vista.
Pago la carne en la caja, agachando la cabeza en todo momento. Me voy a casa.
De regreso, veo a la enfermera que me atendió en el hospital. Lleva un vestido de flores y va tomada de la mano de un hombre. Admiro a la enfermera, si yo hubiese sido mujer por más tiempo encarnaría en ella y usaría vestidos así. La observo mientras tengo oportunidad, una vez que se ha ido, no puedo olvidar su imagen. Entiendo sus dotes curativas.
En casa, pongo el paquete de carne sobre la mesa. Lo abro y allí mismo comienzo a desgarrarla. El gusto de la carne cruda es poco sabroso. Pienso que un poco de sal conseguiría que me entusiasmase más. Voy a la cocina y encuentro el salero. Le pongo sal, no demasiada porque las mujeres embarazadas no deben comer sal. Mastico los pedazos largamente, para que los nutrientes sean aprovechados por mi hija.
El cascarón ha comenzado a formarse. Ella respira.
Mientras como el último bocado, siento que un diente se desprende; sucedió antes y, en poco tiempo, mi organismo creó un diente nuevo. Me quedo tranquila recordando aquella suplantación exitosa.
Mi hija no tiene dientes. Ni siquiera cuenta con algo parecido a los huesos, su estructura es cartilaginosa.
Ella se comunica por el lenguaje del embrión que sólo una madre es capaz de entender. Sus sonidos son chasquidos de lengua o gruñidos suaves cuando es insistente. No soy capaz de transcribir lo que dice porque su lenguaje es primitivo y no permite ser fijado. Si escribo el sonido de sus gruñidos, por ejemplo: “ayhugrrrrrruiiuogrrrr”, no tiene sentido; expresa emociones de animal que son intraducibles.
El cerebro de mi hija está cubierto por una caja que se inscribe dentro de otra caja mayor, como, a su vez, su cerebro está dentro de mi vientre y ambos cerebros, el mío y el de ella, dirigen mi cuerpo. La primera caja es cartilaginosa y así se conservará; la segunda cuenta con mayor dureza. Mi hija sueña con lo que yo soñé porque ella no tiene recuerdos, pero los desenlaces de estos sueños son decididos por ella, en ellos interviene la sustancia que la hace embrión; de esta manera, mi hija se diferencia de mí.
El cascarón está terminado.
Comienza a llover. Durante la lluvia nacen las ranas. Mis amigas y yo recogíamos renacuajos de los charcos cuando éramos niñas. Quien tuviese el más grande dentro de una bolsa ganaba el respeto de las demás. Después, al terminar la competencia regresábamos los bichos al agua de otro charco. Estábamos seguras, sin que supiéramos porqué, de que esos renacuajos vivían solos, nunca pensamos en sus madres. Pero las ranas no regresan a ver a sus hijos: teníamos razón.
Mi hija cuenta ahora con unas pequeñas aletas que perderá en unas horas. Son las aletas de nuestros antepasados, los peces que salieron del agua. Mi hija formará sus costillas con la estructura ósea de esas aletas; en lugar de nadar, ella se moverá como lo hago yo, ondulando suavemente sobre la tierra.
Ella tiene una glándula que yo no he desarrollado. La lleva entre los dos ojos y por allí recibirá los detalles de la luz. Es un tercer ojo que distingue la luminosidad pero no los colores.
Mi instinto ahora dibuja un porvenir de animal consagrado. Iré en unos días a buscar el sitio para dar a luz. Andaré por los rincones de la casa, pero mi hija nacerá afuera. ¿En qué sitio pondré el huevo? Quiero que sea un lugar caliente, escondido, para que no peligre. Cuando nazca tendré que dejarla –una vez que logre sacar el huevo de mi interior, me iré. No hay crueldad en mi deseo, es lo que toca.
Tuve un sueño. Hablé de mis sueños en cada ocasión pues me han revelado las mutaciones de mi cuerpo. Soñé que nada de lo que vivía era real. Si la realidad se deshace en un sueño, el sueño es absoluto. Fue un sueño en estado puro, donde mis vivencias no aparentaban ser verdaderas, escuché de nuevo la voz que dictaba lo que debía sentir. Pero esa voz no era sonora, se manifestaba de modo peculiar, mediante zumbidos que no formaban medias palabras o siquiera vocales. Sin embargo, yo entendía.
Estuve soñando con mi pasado, probablemente. No recuerdo cómo era yo, pero debo haber sido como en el sueño: hecha de carne blanca, con las mejillas enrojecidas por el frío.
Entonces volé por encima de la ciudad donde viví.
Mi compañero estaba conmigo en el sueño. Él era idéntico a mi recuerdo pero con la ropa más limpia. Íbamos tomados de la mano, bajamos del autobús y nos sentimos satisfechos al ver la cauda de humo azul que dejaba en el aire.
XVII
EL HUEVO

Me iré. Es tiempo de parir.
Caminaré hasta que encuentre el sitio idóneo. Si pusiera el huevo en la playa vendrían otros animales a comérselo, pienso.
Va a comenzar el final. Este final que recuerdo es el sello de mi vida animal, aquí se verá la vulva que me dio lugar. Seré precisa, no quiero alterar ninguno de los hechos en esta parte de mi testimonio. No diré nada que no sea lo que sucedió. Hablaré como sé hacerlo, con la valentía de una bestia.
En realidad, Lisandro se fue de la casa poco antes que mi compañero. Mi compañero no quiso hablar del tema porque un día antes lo había reprendido. Lisandro tuvo el destino de un esclavo y su lealtad terminó cuando mi compañero dejó de necesitarlo para salir a la calle. Porque llegó un día que mi compañero no salió más a la calle. Se desvistió y dejó su ropa doblada sobre la silla del cuarto.
Desde allí, cubierto por la cobija de cuadros que tenía, me dijo que cerrara la puerta y nunca más la volviera a abrir.
Desovar fue doloroso; pasé horas procurando que el huevo bajara por el conducto donde lo tenía guardado. Estuve una noche, incluso, recuperando la fuerza, tendida sobre una piedra que conservaba un poco de temperatura. Sentí horror. Si no conseguía que el huevo saliese de mí, estaría perdiéndome de lo esencial. Me constituía esa maternidad y darle lugar era lo único que podía hacer.
Subí una montaña. Desde allí observé la saliente de un río. Bajé para encontrarme de cerca con la unión de las dos aguas. Estuve detenida, analicé el comportamiento de la corriente (el agua estaba enrojecida por el atardecer) y la abundancia de los peces. Pensé que debía contenerme unas horas, hasta que el sol estuviese en el cenit para que ella no extrañara el calor de mis entrañas y así lo hice. Durante ese tiempo procuré serenarme un poco para elegir de manera acertada el lugar de mi desove.
Escogí las raíces deformes de un árbol saludable. Allí me senté en cuclillas, esperando que el momento llegara. En la orilla opuesta del río se detuvo un animal que no supe identificar, un cuadrúpedo con la cara alargada y de tamaño mediano. El animal y yo nos miramos.
Apreté los músculos del vientre varias veces, sentí que me vaciaba, que se iba de mí aquel peso liviano. Un dolor agudo me ocupó la entrepierna; el sufrimiento se extendió en el instante en que el huevo tocó la tierra.
Me puse de pie. Sobre la tierra estaba ella, esférica, de una blancura indecible. Su redondez armonizaba con las curvas raíces del árbol.
XVIII
FÁBULA
Mi desayuno es un pedazo de queso sobre el pan que me hace seguir viva. La enfermera no sabe que he estado escondiendo las rebanadas en la funda de mi almohada, si lo dijera, me quitarían la almohada. Hundo la nariz en ella para oler el pan. Nada en este lugar es triste, como no lo ha sido mi vida antes de llegar aquí. Me detuvieron porque caminé desnuda –o eso dijeron.
Sé que las manos de la enfermera son buenas manos. Su voz es dulce también. Me da lo que pido, aunque a veces cumple su trabajo con esa devoción que no puede eludir y me traiciona ante el médico.
Le conté mi testimonio y dije que un día le daría esta libreta.
Cuando me inyectan para dormir no opongo resistencia. A mi edad ya vivo de manera dócil. Hice lo que deseé.
A veces, al quedarme dormida, sueño que me acuesto sobre la piedra de aquella playa –conservo mi talento para soñar con el calor y sentirlo. Ahí estoy, el calor del sol me llena de júbilo, me encuentro paralizada por su luz pero mi sangre continúa circulando. Mi compañero está junto a mí y sonríe: señala a Lisandro que se ha orinado sobre la arena.
Hoy me desperté cuando abrieron la puerta de mi cuarto. Era la enfermera con un hombre que no conozco.
En este lugar sólo queda el silencio.
Sobre mi regazo brilla un huevo como si fuera de porcelana.
Cuando supe que permanecería en el hospital sufrí una crisis nerviosa.
Al recomponerme, por la noche, miré mi almohada y me llevé una gran impresión. En la tela se habían marcado mis ojos con el color de mi sangre. Me llevé las garras a la cara y sentí costras de sangre sobre los ojos. Había llorado como lloran los de mi especie.
La enfermera no me creyó en un principio, pero tuvo que aceptarlo al ver que no tenía heridas que justificaran el sangrado. Mis ojos estaban intactos, también la piel que los rodeaba.
Hablaré del alivio. Diré que esta metamorfosis me salvó la vida. No había sentido antes la tranquilidad que se fraguó con el tiempo: yo era feliz.
Mi naturaleza humana sobresalía pocas veces, por ejemplo, cuando no era capaz de conciliar mis habilidades prehistóricas (las cualidades magníficas para aprovechar la luz o sobrevivir sin comida), con la fragilidad emocional de los hombres. Me confundía no sentir hambre y, al mismo tiempo, verme preocupada por saber de qué manera cocería los alimentos, era indecisa y mis deseos no empataban, eran inconexos.
Sin embargo, la extraña realidad interna que me dio la transformación de mi cuerpo –¿cómo ejemplificar la vivencia si no sucede algo similar en la vida de un ser íntegro?– todavía me produce calosfríos.
La naturaleza me dejó ser otra cosa; elegí de manera superdotada mi destino luminoso.
Son épocas de gloria. Ahora sueño con jardines en los que mi cuerpo no pesa y soy un animal satisfecho. Me enorgullece ser elegida para habitar estos territorios pues, en los sueños, cuento con la seguridad de ser guiada hacia esos lugares a propósito, por una fuerza superior que no es divina y que defino como un impulso incorpóreo.
Las noches, entonces, son un regalo para mí. Y los días, aunque no cuenten con la belleza de aquellos lugares que visito dormida, también son de plenitud y serenidad. No llevo a cabo ninguna actividad porque, amando de modo intenso el estado de gracia propio del sueño, prefiero no moverme. Miro el techo de la habitación e intento ser sumamente rigurosa: no mover mis patas ni mi cabeza hacia ningún lado.
No calculé que esa parálisis voluntaria me produjera consecuencias pero así fue. Sólo quería que la serenidad no se trastocara por ninguna causa, deseaba permanecer feliz. Con el paso de los días, empecinada en la quietud, mis nervios comenzaron a atrofiarse y perdí el dominio de mis extremidades. La enfermera dijo que esa detención había afectado mi sistema urinario y que tendría que colocarme una bacinica tres o cuatro veces al día. Nunca más oriné de manera común.
Tengo la idea de ser engañada. La enfermera miente porque se lleva la bacinica con mi orina en vez de vaciarla en el excusado. Sale por la puerta con trabajo, procura no derramar el líquido y traslada mi orina a otro sitio.
La veo sobre el sillón. Tal vez el médico, deseando que mejore o prefiera la contemplación del objeto que el deleite de mis sueños y mis propios interiores, la puso sobre el sillón. El huevo parece ahora más grande, ha crecido fuera de mí. No lo comprendo.
Le digo a la enfermera que mi hija no es un aliciente y que le comente al médico que no puede acostumbrarse a usarla como un elemento para conmoverme. Le pido respeto, le reclamo: “Ella es mi hija y el cascarón que la cubre no puede estar en la oscuridad. Es blanco y por eso apenas retiene el calor de la luz. Quiero que la lleven al patio de guardias o que la dejen sobre la banqueta que bordea al hospital. Si no lo hacen, dejaré de moverme para siempre y moriré”.
La enfermera me dice que el huevo no está en la silla, que quizá yo lo perdí de vista. A veces, sus juicios me parecen confusos pero me divierte saber que ella habla y yo soy incapaz de entender el mensaje de sus palabras. “Usted habla como si yo supiese a qué se refiere”, le dije. Sin embargo, ella se empecina en hablar cada vez más de manera casi incomprensible. Las frases no están hiladas, sus razonamientos no son lógicos y hace, además, un gesto desagradable con la boca, como si juntara los labios en señal de silencio, pero los aprieta, los pega uno al otro, tal vez para contener un grito.
Ella también nació de una mujer. No se conmueve ante mis emociones, entiende que soy madre pero nunca se atreve a aceptarlo frente a mí. Pude saber, mediante mis facultades especiales, que ella habló del huevo con mi médico. Le dijo que debería estar en libertad pues había logrado desovar y el huevo mismo era de una redondez perfecta. El médico la escuchó para evitar reclamos posteriores, tomó una de sus manos y la besó como un caballero. En aquel gesto, mi médico mostró atención frente al testimonio de la enfermera, pero no reconoció el sitio que yo ocupaba en el orden de la evolución.

Ellos buscan en mí algo que me es imposible dar. Esta mañana, la enfermera me habló –una vez más, no pude entender el significado completo de lo que decía– pero sí reconocí dos palabras: placenta real. Ella dijo algo sobre eso. Pero la placenta no estaba en mí. Yo había puesto un huevo y la placenta estaba dentro del huevo, rodeando a mi hija para protegerla.
Me drogaron, estuve dormida durante tres noches o más.
Ahora me cuesta, como antes, medir el paso de los días, lo deduzco porque desde el desove transcurrieron dos semanas, contadas con exactitud gracias a la aparición de los lunares. Cada siete días aparece un lunar nuevo en mi pecho, cuento tres en la piel que cubre mi corazón. Los lunares forman un triángulo irregular.
Hablo con la enfermera, le cuento mi percepción sobre el destino de Lisandro, le digo que yo debí impedir que se perdiera. Ella se conmueve un poco. Me pide que recobre la calma porque de lo contrario me dormirán de nueva cuenta. Respondo que si yo soy un motivo de preocupación, lo justo para todos es que me dejen salir. Ella niega con la cabeza. Entonces, pienso que si le suplico que me permita escapar, quizás la convenza. Hago un trabajo interior de mucha valía y consigo que mis ojos se llenen de lágrimas. Ella me mira fijo, pide que no llore pero continúo. Mis lágrimas resbalan entre las escamas, gimo para dar mayor fuerza a mis emociones, jadeo un poco. Tras el llanto, mis lágrimas son de sangre, y ella, por fin lo acepta: “Eres un fenómeno de la naturaleza”, dice. Al salir y volver la cabeza, agrega: “El parto, en efecto, propicia la creación del vientre”.
EPÍLOGO
Escribí este libro tras experimentar la muerte de un familiar cercano: mi abuela materna. Antes de esta primera novela hacía malos poemas, así que no sabía lo que escribiría. Comencé con la historia de Irma, la protagonista, escrita en segunda persona. Ella emprende un viaje para deshacerse del dolor, para escapar del duelo. Aquel proyecto llevaba por título Terciopelo y la trama estaba imbricada entre la vida de tres mujeres: la abuela, la madre y la hija. Hice varios manuscritos hasta que di con lo que quería contar.
Tuve la beca de Jóvenes Creadores del FONCA en 2006. Allí cambié el narrador porque de manera misteriosa me apareció la palabra “yo” en medio de una página. Entonces comencé a escribir lo que seguía en primera persona y quise que la novela se leyera como el testimonio de una vida.
Lisandro, el oso hormiguero que acompaña a los personajes, está inspirado en una crónica de Lispector que se titula “Amor”; aunque en mi recuerdo haya sido un oso hormiguero y en el texto ella hable de un coatí.
A medio dormir, durante alguna noche, pensé que la psicología de la protagonista necesitaba mayor elaboración, entonces se me ocurrió transformarla en un animal. No quise que sufriera porque creo que su historia implica un ascenso en la escala evolutiva. Es un caso de éxito, a pesar de que pueda creerse lo contrario. Hice bastante trabajo de investigación sobre los reptiles, entrevisté a biólogos especialistas en ellos, leí varios libros y me sentí víbora.
Desconocía lo que ocurriría hasta que la terminé de escribir. De hecho, aún no sé de qué se trata, en realidad. Escribo guiada por mi propia necedad y cierto instinto que procuro nutrir y resguardar del mundo. El paso del tiempo ha sido benevolente con la novela, con “el animal”, como le llamo. No pasa un mes sin que tenga noticias buenas que ella sigue entregándome, y que siempre agradezco casi con la misma emoción que cuando salió al mundo.
Cuando escribí el final, supe que allí terminaría, que ya no era capaz de ir más lejos. Fue una intuición. Estaba en Tepoztlán y era de noche. No recuerdo con claridad el día ni la época del año, aunque es probable que se tratara del verano.
En 2011, tres años después de su publicación en México, la novela fue llevada a los lectores argentinos bajo el sello de Entropía. Iba a ser traducida al italiano pero luego ya no. Se hizo un espectáculo de danza, en Buenos Aires, que incluía fragmentos inspirados en ella. Una vez, durante la presentación que hice en Cuernavaca, tuve detrás de mí a una actriz disfrazada de iguana. Lo que venga después escapa de mis manos, como ha sido desde que vi el hermoso ejemplar azul con el zapato rojo la primera vez. Han pasado once años desde que El animal sobre la piedra salió de imprenta y todavía no me he despedido de él ni él de mí. Una primera novela es una primera novela.
DANIELA TARAZONA, Ciudad de México, julio de 2019
ÍNDICE
I. ANUNCIACIÓN
II. LA IRA
III. SUEÑO CON LA SELVA
IV. MUERTE
V. DESCANSO
VI. TESTIGOS
VII. MI VIRTUD
VIII. ORIFICIO
IX. MI NOMBRE
X. ANIMALIDAD
XI. LO QUE OLVIDÉ
XII. LA CAVERNA
XIII. OTRA PÉRDIDA DE MI MEMORIA
XIV. HOGAR
XV. SEMEJANTES
XVI. HAMBRE
XVII. EL HUEVO
XVIII. FÁBULA
EPÍLOGO
Daniela Tarazona (Ciudad de México, 1975) es autora de El animal sobre la piedra (México, Almadía, 2008 y Argentina, Entropía, 2011). En 2012, publicó su segunda novela El beso de la liebre (Alfaguara), que resultó finalista del premio Las Américas (Puerto Rico) en 2013. Es autora del ensayo “Clarice Lispector”, publicado en la colección Para Entender, de Nostra Ediciones (2009).
Ha sido becaria del programa Jóvenes Creadores y del Sistema Nacional de Creadores del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes. En 2011, fue reconocida como uno de los 25 secretos literarios de América Latina por la Feria Internacional del Libro de Guadalajara.
Aquella fue la última tarde que la vi.
Al día siguiente creí que mi cuarto había aumentado de tamaño. Estaba reconfortada por el sueño y me sentí capaz de sobrevivir el tiempo necesario en el encierro. Inventé una rutina de movimientos corporales que mejorarían mi salud; recorrí el cuarto a gatas y me sentí alegre ante la novedosa visión de los muebles desde abajo.
Bajo mi cama encontré el huevo. El cascarón se sentía caliente y su blancura no había variado, lo hallé sobre el suelo, encima de una cobija doblada. En secreto le agradecí a la enfermera porque había cuidado de él con sus manos suaves, como si fuera suyo.
Cuando lo tomé entre las manos descubrí que estaba vacío.
Otros títulos en esta colección
POESÍA ERAS TÚ
Francisco Hinojosa
EL RASTRO
Margo Glantz
¿HAY VIDA EN LA TIERRA?
LLAMADAS DE ÁMSTERDAM
LOS CULPABLES
Juan Villoro
DISTANCIA DE RESCATE
Samanta Schweblin
LOS NIÑOS DE PAJA
Bernardo Esquinca
¿TE VERÉ EN EL DESAYUNO?
Guillermo Fadanelli
Títulos en Narrativa
NEFANDO
Mónica Ojeda
CAMERON
Hernán Ronsino
LOS ACCIDENTES
Camila Fabbri
PAJARITO
Claudia Ulloa Donoso
LAS INCREÍBLES AVENTURAS
DEL ASOMBROSO EDGAR ALLAN POE
INFRAMUNDO
LA OCTAVA PLAGA
TODA LA SANGRE
CARNE DE ATAÚD
MAR NEGRO
DEMONIA
Bernardo Esquinca
LOS QUE HABLAN
CIUDAD TOMADA
Mauricio Montiel Figueiras
UNA NIÑA ESTÁ PERDIDA EN SU SIGLO
EN BUSCA DE SU PADRE
APRENDER A REZAR EN LA ERA DE LA TÉCNICA
CANCIONES MEXICANAS
EL BARRIO Y LOS SEÑORES
JERUSALÉN
HISTORIAS FALSAS
AGUA, PERRO, CABALLO, CABEZA
Gonçalo M. Tavares
AUSENCIO
Antonio Vásquez
LODO
EL HOMBRE NACIDO EN DANZIG
MARIANA CONSTRICTOR
Guillermo Fadanelli
EL VÉRTIGO HORIZONTAL
LA CASA PIERDE
EL APOCALIPSIS (TODO INCLUIDO)
Juan Villoro
LAS TRES ESTACIONES
BANGLADESH, OTRA VEZ
Eric Nepomuceno
PÁJAROS EN LA BOCA Y OTROS CUENTOS
Samanta Schweblin
TIEMBLA
Diego Fonseca (editor)
LA INVENCIÓN DE UN DIARIO
Tedi López Mills
EN EL CUERPO UNA VOZ
Maximiliano Barrientos
PLANETARIO
Mauricio Molina
OBRA NEGRA
Gilma Luque
EL LIBRO MAYOR DE LOS NEGROS
Lawrence Hill
NUESTRO MUNDO MUERTO
Liliana Colanzi
JAULAS VACÍAS
LOBO
LA SONÁMBULA
TRAS LAS HUELLAS DE MI OLVIDO
Bibiana Camacho
IMPOSIBLE SALIR DE LA TIERRA
Alejandra Costamagna
LA COMPOSICIÓN DE LA SAL
Magela Baudoin
JUNTOS Y SOLOS
Alberto Fuguet
FRIQUIS
LATINAS CANDENTES 6
RELATO DEL SUICIDA
DESPUÉS DEL DERRUMBE
Fernando Lobo
PROFESORES, TIRANOS
Y OTROS PINCHES CHAMACOS
EMMA
EL TIEMPO APREMIA
Francisco Hinojosa
NÍNIVE
Henrietta Rose-Innes
OREJA ROJA
Éric Chevillard
AL FINAL DEL VACÍO
POR AMOR AL DÓLAR
REVÓLVER DE OJOS AMARILLOS
CUARTOS PARA GENTE SOLA
J. M. Servín
LOS ÚLTIMOS HIJOS
EL CANTANTE DE MUERTOS
Antonio Ramos Revillas
LA TRISTEZA EXTRAORDINARIA
DEL LEOPARDO DE LAS NIEVES
Joca Reiners Terron
ONE HIT WONDER
Joselo Rangel
MARIENBAD ELÉCTRICO
Enrique Vila-Matas
LA COMPAÑÍA
CONJUNTO VACÍO
Verónica Gerber Bicecci
LOS TRANSPARENTES
BUENOS DÍAS, CAMARADAS
Ondjaki
PUERTA AL INFIERNO
Stefan Kiesbye
BARROCO TROPICAL
José Eduardo Agualusa
25 MINUTOS EN EL FUTURO.
NUEVA CIENCIA FICCIÓN NORTEAMERICANA
Pepe Rojo y Bernardo Fernández, Bef
EL FIN DE LA LECTURA
Andrés Neuman
CIUDAD FANTASMA. RELATO FANTÁSTICO
DE LA CIUDAD DE MÉXICO (XIX-XXI) I Y II
Bernardo Esquinca y Vicente Quirarte

EL ANIMAL SOBRE LA PIEDRA
de Daniela Tarazona.
Para su composición tipográfica se emplearon las familias Bell MT de 11:14 y Steelfish de 37:37 y 30:30. El diseño de portada es de Alejandro Magallanes.
El cuidado de la edición estuvo a cargo de Dulce Aguirre.
La formación de los interiores la realizó Ana Paula Dávila.
