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DANIEL MONTOYA

Estados Unidos

vs. China

Argentina en la nueva

guerra fría tecnológica


Montoya, Daniel

Estados Unidos versus China : Argentina en la nueva guerra fría tecnológica / Daniel Montoya ; prefacio de Facundo Manes. - 1a ed. - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Vértice de Ideas, 2020.

Libro digital, EPUB

Archivo Digital: descarga

ISBN 978-987-47757-5-7

1. Geopolítica. 2. Nuevas Tecnologías. 3. Guerra Fría. I. Manes, Facundo, pref. II. Título.

CDD 327.16

Diseño y armado de interior: Laura Restelli

Diseño y armado de cubierta: Julio Parissi

Ilustraciones de interior: Roger Mantegani

© 2020, Daniel Montoya

Derechos de edición en castellano

reservados para todo el mundo.

© 2020, Vértice de Ideas

Grupo Editorial Deldragón

edicionesdeldragon@gmail.com

www.deldragonediciones.com.ar

ISBN 978-987-47757-5-7

Queda hecho el depósito que prevé la ley 11.723

Ninguna parte de esta publicación, incluido el diseño de la cubierta, puede ser reproducida, almacenada o trasmitida en manera alguna ni por ningún medio, ya sea eléctrico, químico, mecánico, óptico, de grabación o de fotocopia, sin permiso previo del editor.

ÍNDICE

1  Agradecimientos

2  Prólogo de Facundo Manes

3  Introducción

4  1989. Berlín.The Wall Estado a la carga Zeitgeist reaganiano Un peso, un dólar Nostalgia. Good Bye, Lenin!, de Wolfgang Becker

5  2001. Nueva York. Los escombros Perfume de petróleo Chinatown No bombardeen Buenos Aires Fanatismo. Vivir al límite, de Kathryn Bigelow

6  2008. Nueva York. La timba El dinero nunca duerme, Paul Perforen, perforen, perforen No pasarán a las silobolsas Codicia. Trapped, de Baltasar Kormákur

7  2016. Washington. El playboy Mid midwest ¡Pará, mi amor, esto está muy Shanghái! Volver al Libertad. Diarios de Harley-Davidson

8  2020. Wuhan. Los murciélagos ¿1930, 1973, 2008? Estados Unidos vs. China. Segundos afuera La vara de los Fernández Pánico. Contagio, de Steven Soderbergh

9  Epílogo. Un avión argentino de cuatro motores

10  Bonus. Elecciones en Estados Unidos Zoom con Robert Shapiro El turno –aún no oficial– de Joe Biden

11  Sobre libros, artículos, películas y series

AGRADECIMIENTOS

Nuestras vidas no son nuestras. Del útero a la tumba, estamos atados a otros, pasados y presentes.

David Mitchell, Cloud Atlas

Una de las tareas más desafiantes en cualquier orden de la vida es agradecer a quienes nos brindaron apoyo para la ejecución de una misión. En este caso, para un cometido de orden personal. Más aún cuando la tecnología y las redes sociales abrieron una cancha de intercambio instantáneo permanente, donde resulta prácticamente imposible registrar la procedencia difusa de muchas ideas, enfoques, datos e imágenes. En tal sentido, el progreso moderno nos convirtió en imitadores seriales. Hoy, más que nunca, nuestras vidas están atadas a las de otros. Basta con abrir cualquier red social, Facebook, Instagram, TikTok o Twitter, para comprobar la catarata interminable de similitudes. Por ello, empiezo, antes que nada, por reconocer el aporte difuso de innumerables fuentes que agrupo bajo el rótulo “Arcón de la Inteligencia Social”. A todos aquellos con quienes interactué durante estos años, vía Twitter especialmente, gracias. La contribución, para mí al menos, fue importantísima.

Del ámbito de los hombres y mujeres de carne y hueso, agradezco, en primer término, a quien me motivó a correr más largo en esta oportunidad. “Sentate a escribir un libro mientras te recuperás”, me aconsejó mi amigo Facundo Manes, luego de consultarlo tras una molesta parálisis facial, en ese momento en vías de desaparición. En un mismo plano, ¿cómo no habría de valorar que Emma Bole me haya abierto su casa en Córdoba para recobrarme, a la par de facilitarme todo para que me sentara a escribir con tranquilidad durante ese largo encierro forzado? Asimismo, reconozco muy especialmente a mi padre, Santiago, siempre predispuesto a brindar soporte, compartir su acervo tanguero y, lo más importante, su sabiduría, parrilla y buena bodega. También le debo un reconocimiento especial a mi amigo Manuel Tagle, por haberme brindado apoyo en mis estadías mediterráneas, no solo con su invalorable amistad, sino también con su consejo deportivo y algún vehículo de su fantástica concesionaria.

Dado que la génesis de este libro está muy vinculada a un trabajo de campo en el Medio Oeste de Estados Unidos para las elecciones presidenciales de 2016, debo especial gratitud a Sofía Pescarmona por su apoyo en aquella oportunidad. También, a quienes se prestaron, con enorme generosidad, a brindar sus valiosos testimonios. Robert Shapiro, de la Universidad de Columbia; Chris Borick, del Muhlenberg College; Thea Lee del Economic Policy Institute; Naomi Lamoreaux, de la Universidad de Yale; un grupo de trabajadores de la planta Alumisource en Monessen Pensilvania; Tom Coyne, alcalde de Brook Park, y John McNally, alcalde de Youngstown. En un mismo plano, a todos los colaboradores al paso, animados a aportar su mirada como encuestados al azar. También a Harley-Davidson de Nueva York, por su aporte de una moto sin la que hubiese sido imposible semejante recorrido. A mi hermana, Silvia, gracias. A Martín de Nicola, gracias. A Roger Mantegani, gracias. ¡A buscar sus pinturas dentro del libro!

No es casual que dejara para el final a mis seres queridos más cercanos, con quienes compartimos este largo viaje que abarca casi todos los terremotos analizados en este libro. Con Andrea, todos, desde Berlín hasta Wuhan. Con Mateo, salvo el primero, todos los otros. A él tengo que agradecerle, especialmente, la música de su propia cantera para varios cortos realizados en el Medio Oeste estadounidense, al igual que para otros realizados en las calles de Buenos Aires, difundidos a través de YouTube. Por último, parafraseando al personaje de ficción David Mitchell de la película de las hermanas Wachowski, nuestra vida hoy en día también está atada a la de nuestras mascotas como nunca lo estuvo antes. En esta dimensión, hago un reconocimiento especial a Pompi, Chiqui y Yaca. No obstante, ello vale también para una dimensión pasada, donde siempre atesoro recuerdos de mis abuelos, Lalita y Carlos, y de mi madre, Estela. Hasta me parece escuchar a menudo su voz: “Daniel, estudiá”. Lo sigo intentando.

PRÓLOGO de Facundo Manes

“Sentate a escribir”, fue mi respuesta. Me acuerdo de que hacía calor, eran las primeras semanas del año y Daniel me comentó sobre un problema de salud que lo obligaba (como muchas veces sucede) a cambiar de planes. Tenía que enfocarse en su recuperación y en nuevos proyectos. Salir por arriba. Escribir un libro era una oportunidad impensada hasta poco tiempo atrás. Este libro.

Parece que me hizo caso porque Daniel, evidentemente, se sentó a escribir. Todavía no estábamos atravesando la pandemia (al menos no declarada en nuestro país como tal) que desató esta enorme crisis sanitaria, social, económica y, cada vez más, emocional. Pensar la Argentina por aquel tiempo que parece un siglo fue muy distinto a tener que repensarla a partir de lo que nos pasó y pasó en el mundo. Seguramente antes habíamos pensado en las décadas de estancamiento y la enorme gravedad de la situación social y económica que nuestra sociedad viene padeciendo generación tras generación, mientras que ahora nos planteamos la profundización de aquel diagnóstico. Los datos de pobreza e indigencia dolían, y ahora duelen más. La inequidad en la distribución del ingreso ya era costumbre. Y ahora es peor. La calidad de la educación obligatoria preocupaba.

Y ahora, a la fuerza, debemos construir modos y modelos nuevos, y privilegiar el derecho de que cada uno de los chicos y cada una de las chicas de nuestra patria tenga al menos la posibilidad de tener clases de alguna manera. La desinversión en el sistema de salud era alarmante, y hoy nuestra peor pesadilla es el colapso. Y a pesar de este panorama tremendamente crítico, no podemos ponernos de acuerdo. Los sesgos, la lucha por el pedacito de poder que a uno le toca, el privilegio de los intereses particulares o sectoriales por sobre los generales no cede ni siquiera frente a este panorama estrepitoso. Deberíamos preguntarnos ya y a viva voz: ¿por qué no aprovechamos el tremendo sacudón que nos generó la pandemia y, entre todos, tratamos de salir por arriba y ponernos a escribir una nueva historia? Para eso vamos a tener que trabajar mucho, pero fundamentalmente hacer tres cosas: ser creativos, ser solidarios y dejar de hacer lo que venimos haciendo hace décadas y décadas. Debemos intentarlo.

De una vez por todas tenemos la obligación de planificar un país para los que vendrán. Nuestra sociedad es profundamente desigual. Desde hace décadas, cada vez hay más argentinos que, no solo, no pueden planificar su futuro, sino que ni siquiera pueden pensar su presente. Ese es el testimonio más claro de que hemos fracasado. Esto nos tiene que avergonzar y obligar a establecer acuerdos, consensos, pactos pero de verdad, de esos que firman unos y se siguen implementando años después, que den lugar a políticas de Estado, no solo a políticas circunstanciales que, por valiosas que sean, contribuyan a resolver problemas coyunturales. La misión consiste en dejar atrás la pelea política que inmoviliza o nos lleva de un lado a otro, para dar lugar a la cooperación. Lograr que lo que trascienda sea el Estado y no los gobiernos. Privilegiar –como dice el preámbulo de nuestra Constitución– el bienestar general.

Una pregunta importante es si queremos intentarlo. Y la gran pregunta es cómo lograrlo. Las páginas que siguen son un puntapié inicial para responderla. Ponen el foco en el potencial argentino que da el conocimiento. Allí radica la revolución que necesitamos. No podemos pensar en igualar oportunidades si no garantizamos una educación obligatoria de calidad que genere las condiciones para una educación superior al servicio del país. Porque eso es lo que nos permitirá optimizar todo lo bueno que ya tenemos. Pensar que lograremos mayor producción y riqueza sin mayor inversión en educación, ciencia, tecnología e innovación es arrancar al revés. Es el conocimiento lo que nos dará la llave para reinventarnos.

“Un avión argentino de cuatro motores” es una propuesta de política de Estado para nuestro país. Piensa a la Argentina desde un lugar diferente, asumiendo lo que hemos venido haciendo. Aceptarlo es un gran avance. Propone una Argentina del futuro basada en consensos, en el diálogo social (el de verdad, no el de las fotos), que valore lo mejor que tenemos. Pero, fundamentalmente, nos deja un aporte esperanzador: tenemos con qué hacerlo.

La pandemia nos paralizó, acrecentó nuestra vulnerabilidad y nos hizo más débiles. Las consecuencias ya las estamos viviendo y sabemos a ciencia cierta que los próximos tiempos serán aún más difíciles. Sin embargo, la historia de la humanidad nos muestra una y otra vez que las grandes crisis generaron grandes transformaciones sociales. Esta tragedia que estamos viviendo también nos permite pensar en oportunidades. Pero no hay forma de aprovecharlas si no hacemos algo diferente, algo mejor. Depende de nosotros.

INTRODUCCIÓN

Los metafísicos de Tlön no buscan la verdad, ni siquiera la verosimilitud: buscan el asombro.

Jorge Luis Borges, “Tlön, Uqbar, Orbis Tertius”.

No hubo ningún plan para aislarme por el Covid-19 en Córdoba, mi terruño de origen, donde pasé muchos instantes de felicidad durante mi niñez y juventud. Soy cordobés, aunque ya mitad porteño. Simplemente fue casual que el quinto gran terremoto alrededor de esta etapa de la globalización me sorprendiera fuera de Buenos Aires, recuperándome de una parálisis facial. Aclaro por las dudas. No fue fortuita la alusión a esta versión de la globalización. No nos creamos tan originales. Muchos de nuestros próceres más emblemáticos del siglo XIX y principios del XX, Sarmiento, Rosas, Urquiza o Roca, desde distintos lugares y posiciones políticas, fueron testigos de un intenso intercambio de bienes y servicios, fuera originado por la explotación de recursos naturales, la construcción de ferrocarriles o los flujos de capitales, versus la versión actual, donde concurren poderosos inversores industriales internacionales, desconocidos para los usos y costumbres de aquella época.

Sin embargo, la génesis de este libro arranca mucho antes de esta pandemia. Puntualmente, en 2016, mientras recorría los estados del viejo cinturón oxidado de Estados Unidos sobre una moto, gloria de la mecánica estadounidense, como la Harley-Davidson, en vísperas de la elección que consagró presidente a Donald Trump. Muro con México, revisión del NAFTA, ruptura del Acuerdo Comercial Asia-Pacífico, retiro del Acuerdo de París, “América primero”, “Hacer América grande de nuevo”. Intuía que venía un gran terremoto internacional por delante y, tanto en calidad de analista político como apasionado de las dos ruedas, no me quería perder, por nada del mundo, la oportunidad de realizar una investigación de terreno. En especial, en una región que fue el epicentro industrial del mundo hasta mediados de los años setenta, pero que cedió protagonismo productivo a China, uno de los objetivos de las arremetidas tuiteras de Trump y, varios años más tarde, el país de procedencia de este virus que paralizó al mundo.

Las monumentales viejas acerías de Pensilvania y Ohio, los vestigios de plantas autopartistas de Detroit, el cementerio Lake View de Cleveland, toda una cantidad de hitos del antiguo esplendor arrasado por un profundo proceso de transformación económica, que reverdeció los textos de Joseph Schumpeter sobre los ciclos de destrucción creativa del capitalismo. En este caso, uno novedoso alrededor de una fase inédita de la globalización, signada por el traslado de plantas industriales a Oriente. China en particular, con el consecuente impacto social y político que, unos años más tarde, tanto capitalizó Donald Trump electoralmente, con su nostálgico mensaje dirigido a votantes blancos, sin estudios universitarios, que recuerdan ese mundo por sí mismos o por boca de sus padres. Para la Argentina no son desconocidas ese tipo de contradicciones, entre las sucesivas olas de transformación mundiales que fueron dejando a su paso cuantiosos clubes de ganadores y perdedores.

Por un lado, habrá nostálgicos de la modernización promovida por la Generación del 80, con huellas indelebles como los parques inspirados por paisajistas franceses, red de trenes administrada por compañías británicas o los bosques de Palermo y Retiro. Por otro, habrá críticos del endeudamiento a partir de bonos emitidos en Londres y el posterior default de 1890 o, unos años más tarde, el Pacto Roca-Runciman de 1933. Sin perjuicio de ello, ¿quién puede negar que fueron brotes de un proceso internacional al que nos integramos, con aciertos y desaciertos, con buena voluntad y con fines espurios, pero donde hubieran cabido infinidad de opciones políticas posibles, salvo quedarse al margen? Los ambientes mundiales de época son como los familiares: no se eligen, nos tocan. Por ello, mejor concentrarse en el análisis de la olas en boga a la luz de la imperiosa necesidad de mejorar nuestras capacidades científicas, empresariales y estatales. Sin ellas, el desarrollo de la Argentina es una quimera.

En este plano, tomo la caída del Muro de Berlín como el gran mojón de esta reflexión, elaborada a partir de varios meses de encierro forzados por un virus “Made in China”, que inmovilizó al planeta. En aquellos escombros, comienza a forjarse la dinámica de la globalización actual. Es el fin de la contienda ideológica entre Estados Unidos y la derrotada Unión Soviética. El kilómetro cero, rotulado por Francis Fukuyama como el “fin de la historia” fue en 1992, apenas tres años después del desplome del Muro de Berlín. Parecía el virtual cierre de toda disputa política e ideológica. Estados Unidos triunfante, la Unión Soviética por el suelo. “Partido finiquitado”, dirían en el ambiente deportivo. América Latina –y la Argentina en particular–, festejó así como padeció semejante fuerza arrolladora, bajo una serie de consignas económicas catalogadas como Consenso de Washington. Ellas marcaron a fuego el devenir de esta primera etapa de la globalización con fuerte sello e impronta económica.

Además, el liderazgo militar indiscutible de Estados Unidos sellaba aún más el candado de la historia. Poderío de fuego para asegurar mares y puertos abiertos, sistema económico sin rival alguno a la vista y, por si ello fuera poco, la usina cultural de Hollywood, distribuyendo imágenes del paladar de muchos consumidores, no solo de nuestro continente, sino también del resto del mundo. Un triplete perfecto, en comparación a un viejo contrincante que dejaba tras de sí una montaña de escombros en la ciudad que lo viera entrar triunfal en 1945, más una cantidad de hitos derruidos de un modelo colectivista derrotado, como la isla cubana. En retrospectiva cinematográfica, todo ese cúmulo de sensaciones que capta Good bye, Lenin!, la película de Wolfgang Becker que relata la historia de una disciplinada socialista que cae en coma en 1989, despierta tras la caída del muro y sus familiares le venden el diario de Yrigoyen. Una realidad a la carta, plagada de los viejos lugares conocidos, déjà vu.

A partir de ese primer gran terremoto global, fueron doce años de reinado indiscutible de Benjamin Franklin. En la Argentina, los vientos soplaron tan intensos que hasta anclamos nuestra débil moneda al dólar, con un inolvidable vínculo uno a uno que, para muchos argentinos, implicó viajar por todo el planeta al ritmo pegajoso del “deme dos”. Era un esquema monetario de tanta fortaleza, que se mantuvo vigente por una década. En un país marcado históricamente por los vaivenes económicos, un récord asombroso. No obstante, sería tan imposible explicar semejante resiliencia, abstrayéndose del primer terremoto de Berlín de 1989 y el consecuente mundo unipolar liderado por Estados Unidos, como clarificar su final en diciembre de 2001, prescindiendo del segundo gran sismo que enfrentó la globalización. El atentado a las Torres Gemelas en setiembre de ese año. Con un escaso presupuesto de US$400 000, un grupo de terroristas árabes le asestó al gran imperio moderno el primer mazazo en territorio local, uno que no había sufrido en ninguna guerra mundial ni regional.

Por esa vía, la primera fase de esta globalización con eje en la economía sufría un tremendo revés en el plano de la seguridad de la gran capital financiera mundial, nada más y nada menos. De esa forma tan brutal, mediante un ataque de relojería coordinado, así como pergeñado sobre el propio sistema de aviación civil de Estados Unidos, terminaba la marcha victoriosa, con cancha libre, de la gran superpotencia. “Una gran obra de arte” lo bautizó el compositor alemán Karlheinz Stockhausen, en un juicio cuestionable en su dimensión ética pero irrefutable en el plano de una simple evaluación costo-beneficio. Así terminaba la marcha a paso de vencedores, y la historia que se había precipitado a clausurar Fukuyama unos años antes volvía a inaugurarse salvajemente, pero no en Berlín, sino en Nueva York, a través de la acción de un enemigo fantasmagórico, apenas identificable por las cámaras de seguridad aeroportuarias.

Semejante traspié inducido por el terrorismo le terminó dando espacio a China, el gran actor internacional alternativo, que aprovechó para abandonar su antiguo papel de amortiguador asiático del poderío soviético, para ocupar un rol protagónico versus Estados Unidos en la competencia por la silla vacante de la extinta URSS. Al igual que los años 90, esta nueva realidad mundial tuvo enormes repercusiones en nuestro continente. Los años de crecimiento “a tasas chinas”, impactaron positivamente en el precio de los alimentos, la principal fuente de generación de recursos de la mayoría de las economías latinoamericanas. De tal forma, cobró cuerpo en la región la idea de países y líderes activos en las áreas sociales que, en cierta forma, encarnaban las antípodas del ciclo anterior. Hugo Chávez en Venezuela, Lula da Silva en Brasil y Néstor Kirchner en Argentina, en contraposición a los liderazgos promercado de la década anterior, como Rafael Caldera, Fernando Cardoso y Carlos Menem.

“La rebeldía paga” podría ser el eslogan emblemático de la época. Comenzaron a gestarse diferentes clubes de países emergentes. Uno de los más destacados, aquel formado por Brasil, Rusia, India y China, cuya sigla pasó a ser BRICS luego de que se sumara Sudáfrica. También se consolidó la Unión de Naciones Sudamericanas, UNASUR, conformada por casi todos los países del continente, la Argentina entre ellos, a través del Mercosur. En una palabra, prosperaron una cantidad de emprendimientos, endebles muchos de ellos, tendientes a balancear el tablero político internacional, mediante la conformación de polos de poder alternativos a Estados Unidos. Por cierto, las condiciones eran muy propicias. Una ráfaga de fanatismo de un minúsculo grupo de terroristas de Medio Oriente había dejado al desnudo las debilidades de seguridad de una gran potencia mundial, incapaz de garantizar la propia protección de sus aeropuertos, menos aún la del corazón del sistema financiero mundial, Wall Street.

De ese modo, emergió un viejo actor de la política internacional pero en las Torres Gemelas, con un fanatismo y una precisión inusitados. Pocas películas tratan con profundidad ese fenómeno como lo hace Kathryn Bigelow en Vivir al límite. ¿Cómo explicar semejante conducta humana que le agregó un nuevo capítulo sobre seguridad y métodos de guerra a la globalización pero, a su vez, también le mostró su capacidad de afectarla en el plano económico por vía del daño a uno de sus principales motores, Estados Unidos? A partir de allí, para la Roma moderna, las cosas nunca volverían a ser como antes. El alivio temporal llegaría por vía de reformas fiscales y financieras, que no solo tuvieron magros resultados, sino que terminarían pariendo el siguiente temblor de la globalización, con aparente centro en una burbuja inmobiliaria que, en realidad, era apenas la punta del iceberg de un desbocado sendero de desregulación y sofisticación financiera, abierto en tiempos de Ronald Reagan.

Dos enormes traspiés en el transcurso de siete años. Dolorosamente para Estados Unidos se acababa la marcha triunfal posterior a la Segunda Guerra Mundial, con su producto doméstico creciendo a un ritmo promedio de 4% anual por casi treinta años, entre 1945 y 1973. Expansión de la industria automotriz, boom inmobiliario, auge del gasto militar, formación de grandes corporaciones, infraestructura vial, esplendor de los medios de comunicación. La época del sueño americano como sinónimo de movilidad social ascendente. Los tiempos de la América grande, guardada en el arcón de los recuerdos, reflotada durante seis años por Ronald Reagan, entre 1983 y 1989, o reeditada por siete años por Bill Clinton, entre 1992 y 1999. Sin embargo, todo lo que vino después, a la par de los dos tremendos terremotos de 2001 y 2008, fueron vaivenes. El espasmo de 2004-2005 en tiempos de George W. Bush y, a partir de ahí, ningún año con un crecimiento mayor al 3%. Vale para Barack Obama, también para Donald Trump.

No obstante, el impacto del primer cachetazo a la seguridad nacional de 2001, US$3,3 billones o un tercio del producto doméstico estadounidense según New York Times, no tuvo las consecuencias locales, menos para el resto del mundo, de la mal llamada crisis de las hipotecas de 2008. De menor a mayor, este terremoto obligó a las principales financieras internacionales a depreciar el valor de sus préstamos por más de US$2 billones. Pero, en el aspecto sustancial, este shock produjo pérdidas globales por US$15 billones o un quinto del PBI mundial de 2008, según estimación del ex Standard & Poor’s, Mark Adelson. En tiempos modernos, 2009 fue el primer año donde la producción se contrajo en términos reales. Semejante descalabro abrió un sinnúmero de puertas para la creatividad y el análisis. Una de ellas, abordada por el policial islandés Trapped. Tras la crisis financiera, un pequeño pueblo helado de ese país se convierte, para los intereses chinos, en un atractivo nodo comercial de la ruta con Oriente.

Otras excelentes series como Ozark, relataron el auge del lavado de dinero y el narcotráfico. “Cuando los bienes raíces se hundieron, el dinero de las drogas era el único efectivo para apuntalar a los grandes bancos”, Jonah Byrde, textual. Ningún enfoque es excluyente del otro. Los efectos del crack financiero fueron tan persistentes que muchos expertos aseguran que los mercados financieros tardaron una década en normalizarse. Un momento bisagra, no solamente en el plano mundial, sino en el ámbito de la política estadounidense. En cierta medida, el clima pesimista abierto por semejante trauma inauguraba una nueva década marcada por el crecimiento débil, el estancamiento de la productividad —ergo, de los sueldos—, la caída del comercio internacional y, en el plano político, el malestar con la globalización, así como el ascenso de líderes populistas, tanto por izquierda como por derecha. Unos y otros, con un denominador en común: un discurso político binario. Amigo-enemigo. Nosotros-ellos. Polarización. Grieta.

Lo que pocos o casi nadie imaginaba es que este devenir, que volvía a encontrar suelo fértil en el seno de las democracias europeas, extendería su mano a una potencia occidental históricamente percibida como guardiana de los valores que hacen tanto a la esencia como al conflicto fundamental dentro de los sistemas democráticos. Igualdad versus libertad. Más aún, ¿quién podría negar que a lo largo del siglo XX, Estados Unidos había funcionado como última línea de defensa ante el embate de los totalitarismos occidentales y, a continuación, como barrera de contención contra la difusión del orden político soviético? En tal sentido, Norteamérica fue mucho más que un faro de atracción para vanguardistas, como Alexis de Tocqueville o Juan Bautista Alberdi. También fue el gran actor político que puso de rodillas a Japón con la bomba atómica, así como atajó a la vieja URSS en todos los teatros bélicos posibles. Corea, Vietnam, América Latina, Europa y continúan las firmas.

En definitiva, para el viejo continente, ¿cómo generaría pavor el ascenso de figuras menores como Nigel Farage, Marine Le Pen, Beppe Grillo o Alexander Gauland, tras haber experimentado a Adolf Hitler, Benito Mussolini, así como la destrucción masiva y el genocidio en dos guerras devastadoras? Ello no significa que la actual desazón europea con la democracia no sea alarmante. Según Pew Research Center, el descontento sobrepasa la mitad del electorado de Hungría, Francia, España, Italia y el Reino Unido. Sin embargo, ello no supone, ni de cerca, un clima propicio para la incubación de un totalitarismo, como aquel descripto por Ingmar Bergman en El huevo de la serpiente, para la Alemania ulterior al desplome de 1930. En todo caso, lo que dejó estupefacto al mundo en 2016, fue el desembarco de Donald Trump en la Casa Blanca. Si de algún lado tenían que soplar vientos populistas con tintes autoritarios, era de Europa. En todo caso, de Oriente. Nunca de Estados Unidos, baliza política histórica de Occidente.

En ese aspecto, el cuarto espasmo de la globalización moderna, representado por el triunfo del magnate inmobiliario, abrió un escenario mundial inédito. Tan inesperado, que sus socios del Tratado NAFTA se desayunaron con la amenaza de una revisión del acuerdo, así como la terminación del muro fronterizo con México. Los europeos, con la advertencia de revisión de la factura de la OTAN. Los países de la región Asia-Pacífico, con la ruptura del Acuerdo TPP. Los chinos, con la intimidación de una guerra comercial. El mundo, con la salida de Estados Unidos del protocolo ambiental de París. De esa forma, Donald Trump no dejaba casi ningún nido internacional sin patear. Era un tiempo de nuevos muros y una de sus primeras víctimas fue la administración Macri, que emprendía una política para insertar a la Argentina en un mundo en contracción. En particular, su Gobierno tomó la fatídica decisión de apoyarse en la entrada de capitales, en un contexto de reversión de los intercambios globales, cualesquiera fueran.

Así, la Argentina volvía al FMI en 2018, en vísperas de un año electoral donde las políticas de ajuste emprendidas no habían hecho más que devolver al poder a un peronismo que acarreaba sobre sus espaldas la reciente triple derrota en Nación, Provincia y Ciudad de Buenos Aires, al igual que tres debacles electorales de medio término: 2009, 2013 y 2017. Un verdadero intríngulis político, no resuelto aún. Encima, ahora, agravado por un sismo que hizo crujir a la tierra de nuevo. En este caso, un estallido no originado por la caída de un imperio, por la debilidad de seguridad interna explotada por el terrorismo, por la detonación de una burbuja financiera, ni por el triunfo electoral de ninguna figura exótica como Donald Trump. Nada de eso. El quinto terremoto de la globalización, que nos retrotrajo a los tiempos de la Segunda Guerra Mundial en términos de la redefinición del rol de los estados nacionales, emanó de una pandemia nacida y criada en China, que puso a dos tercios del planeta en cuarentena.

“Es demasiado temprano para valorarlo”, sugirió el expremier chino Zhou Enlai cuando le preguntaron en 1972 acerca de la convulsión generada cuatro años antes por el Mayo Francés. Lejos de este espíritu cauteloso, tradicional en la cultura oriental, el temblor mundial del Covid-19, está en pleno desarrollo como para aventurar el devenir de esta crisis, que se podría haber previsto, de no haber mediado el ocultamiento de información por parte del régimen chino. No obstante, el impacto y la magnitud de las primeras reacciones de los principales actores de la globalización exceden cualquier comparación con los sismos mencionados anteriormente. Empezando por China, primer afectado directo y foco de propagación del virus, que tendrá su primera expansión económica modesta desde 1976, año de fallecimiento de Mao. En especial, en sectores ligados a la producción de manufacturas y exportación de bienes de marcas emblemáticas como JCB, Nissan, Tesla y Geely, entre otras.

Por su parte, Estados Unidos aprobó un paquete inédito en tiempos modernos de US$2 billones, un 10% de su PBI, que abarca desde pagos tipo asignación universal hasta fondos para empresas pequeñas y grandes.

A los efectos de comparar la magnitud de los diferentes eventos, negro sobre blanco, basta con ponderar el impacto financiero generado en la industria del transporte aéreo. Mientras que los atentados terroristas ejecutados con aviones de bandera estadounidense en 2001 derivaron en la creación de un fondo de rescate por un valor de US$15 000 millones, la pandemia del Covid-19 está generando reclamos por un valor que supera el tripe del anterior: US$50 000 millones. Asimismo, también impacta la contraposición con la crisis financiera de 2008. Aún siendo el mayor colapso económico tras la depresión de los años treinta, engendró un paquete asistencial de US$860 000 millones, versus los US$2 billones actuales. En términos de seguro de desempleo, esta crisis arrancó con tres millones de solicitudes, frente a los quinientos mil de 2001 y los setecientos mil de 2008.

En resumen, un panorama catastrófico para la economía estadounidense, que no difiere del escenario ruinoso que prevén los países líderes de la Unión Europea, Alemania y Francia, al lanzar un plan de rescate por un valor equivalente al 22% y al 12% de su producto doméstico, respectivamente. El calibre de semejantes medidas económicas excepcionales marca el tiempo que viene por delante. En lo inmediato, estados nacionales más activos, redefinición de sus roles principales y, en paralelo, una esperable revisión del actual proceso de globalización guiado por fuerzas económicas, en detrimento de otras dimensiones visiblemente subestimadas, como la salud pública. En particular, la abrumadora evidencia a favor de algunos países orientales como Corea del Sur, China y Japón, explicada tanto en términos de culturas como de aplicación de recursos organizacionales y tecnológicos, deja sobre la mesa una serie de grandes interrogantes para muchos países occidentales, con excepción de Alemania, quizás.

“A la vista de la epidemia, quizá deberíamos redefinir incluso la soberanía. Es soberano quien dispone de datos. Cuando Europa cierra fronteras, sigue aferrada a viejos modelos de soberanía”, planteó el filósofo coreano-alemán, bestseller, Byung-Chul Han, en una reciente columna en El País, de Madrid. ¿Ocurrirá ello a instancia de esta crisis que convierte en realidad la catástrofe de ficción del film Contagio? Quizás una gran respuesta provenga pronto de Estados Unidos a instancias del proceso electoral en puerta, el mayor plebiscito de Occidente. En particular, está por verse si el modelo aislacionista y de ataque a todas las instancias de cooperación mundial promovido por Donald Trump deja espacio a enfoques superadores en lo organizacional, político y tecnológico. ¿Generará este nuevo terremoto un nuevo hito en la carrera por el liderazgo mundial entre estas dos súperpotencias, donde Estados Unidos, además de sus constatadas debilidades de seguridad y económicas, acuse ahora recibo de sus flaquezas sanitarias?

De verificarse tal tendencia, ello implicará un enorme giro en la evolución política más reciente. Sin ir más lejos, el magnate inmobiliario convirtió en pilar de su campaña 2016 la impugnación a la reforma de salud impulsada por Barack Obama en 2010, prometiendo sustituirla por otra que nunca llegó a ver la luz. En ese aspecto, el proceso electoral 2020 abrirá la oportunidad de una profunda revisión en esta materia y, eventualmente, su amplificación al terreno de la cooperación internacional, un área que, en términos generales, también sufrió un duro embate en la campaña política anterior. Al presente, la prédica trumpista abarcó desde una ruptura con diferentes acuerdos internacionales, hasta un duro cuestionamiento al rol de los organismos multilaterales creados en la posguerra. El último, a la Organización Mundial de la Salud. A la luz de la crisis en desarrollo, quedó a la vista que la salud pública corrió muy por detrás de una globalización económica liderada por grupos transnacionales con nombre y apellido.

Reverdecimiento del espíritu de cooperación inmediato posterior a la Segunda Guerra Mundial versus profundización de los rasgos de populismo nacionalista que marcaron el devenir político de la última década. Esta es la difícil encrucijada global presente tras este sismo originado en un área minimizada —y hasta casi olvidada— como la salud pública. En particular, un sector donde la Argentina, con luces y sombras, exhibe una cierta y verificada fortaleza, en comparación con el resto de América Latina. En nuestro país, resulta tan factible encontrar servicios sanitarios que funcionan bien, como otros que lo hacen mal. De ningún modo puede hablarse de un malestar generalizado. La Argentina es más bien una Torre de Babel, con evidente incomunicación entre quienes padecen los problemas y aquellos que administran las soluciones. En particular, hay un gran déficit de coordinación entre los tres principales actores del sistema, los hospitales públicos, las obras sociales y los servicios privados prepagos.

En tal aspecto, esta pandemia que aún está haciendo sentir sus primeras terribles e inéditas consecuencias, nos hará sentir su rigor económico, más que en la salud pública propiamente dicha. ¿Quién podría objetar que funcionamos con menos problemas en este último ámbito que en el plano material, cuando el ingreso per cápita no crece desde hace una década en el marco del flagelo estanflacionario, apenas interrumpido por algunas subidas efímeras en 2011 y 2017? Ni qué hablar del largo plazo, donde la Argentina decae en participación económica desde mediados de los años 70 ante cualquiera de los patrones de comparación razonables, para un país que tuvo y aspiró históricamente a cierta gravitación mundial. A raíz de ello, la “criogenia” obligada por el sars-CoV-2, causante del Covid-19, nos trajo una mezcla de ocasión y exigencia de articular y racionalizar el sistema de salud pero, en simultáneo y de forma urgente, de reorganizar las bases de un sistema económico maltrecho y marcado a fuego por el fracaso recurrente durante casi medio siglo.

Esta es la pregunta del millón. La que abordo en este hermoso recorrido de escritorio y moto. Cambiaron el contexto global y las fuerzas políticas, pero siempre chocamos contra la misma pared. Lo misterioso es que ello ocurrió en entornos opuestos, donde la plasticidad del peronismo para adaptar su guión ideológico a los vientos mundiales no alteró el final, frente a las tozudas caídas de las administraciones de De la Rúa y Macri, que ensayaron políticas sin anclaje de época. “Conmigo, un peso un dólar”, “en diciembre no hay más cepo”. Gloria de Menem 1991-1994, Tequila 1995, rebote 1996-1999, explosión 2001. Esplendor de Kirchner 2003-2007, crisis financiera 2008-2009, recuperación 2010-2011, estanflación 2012 en adelante. Éxtasis, susto, reanimación y caída. “Vos siempre cambiando, ya no cambias más”, El Cuarteto de Nos, dixit. Este es el desafío que me propuse en esta hibernación forzada, exorcizarme del maleficio argentino de seguir cambiando para no cambiar más y, a la par, soñar juntos con un final feliz inédito.

1989. BERLÍN. THE WALL

“Defíneme el siglo XX en una sola palabra”. La respuesta a semejante desafío tiene múltiples opciones posibles, todas correctas. “Colectivismo”, “Estado”, “guerra” y “Berlín”, entre otras. En cuanto a la primera, la Revolución Rusa de 1917 abre una nueva dimensión en la historia mundial. En cierta forma, ese trascendental episodio es el monolito misterioso introducido por Stanley Kubrick en la película 2001: Odisea del espacio. A partir de su aparición, ya nada será igual en la marcha de los acontecimientos mundiales. El asalto al Palacio de Invierno del zarismo por parte de los bolcheviques no solo generó un nuevo paradigma, sino que activó un sinnúmero de novedosas referencias, comportamientos y fuerzas políticas a escala planetaria. Por empezar, la fundación de partidos comunistas en el propio seno de países occidentales, algunos de ellos, con democracias consolidadas inclusive. Alemania 1918, Estados Unidos 1919, Francia 1920, Italia y España 1921, Gran Bretaña 1928.

No obstante, en Oriente y por simple cercanía geográfica al epicentro revolucionario, el brote prendió más fuerte que en ninguna otra área del planeta. En simultáneo con Occidente, emerge el Partido Comunista de China en 1921, un actor preponderante de la política internacional actual que, mediante sucesivas mutaciones, se adaptó a la perfección a los cambiantes vientos de época. “No importa que el gato sea blanco o negro, mientras cace ratones”. Así describió ese preciado atributo de plasticidad del régimen chino el líder reformista Deng Xiaoping en 1962, a poco más de una década de la revolución que encaramó a Mao en el poder. Que la economía capitalista pudiese funcionar con un régimen autoritario de partido único no cabía en el libreto de muchos intelectuales influyentes, empezando por Milton Friedman. La libertad comercial no redujo el área de influencia del poder político chino, como lo vaticinó el famoso economista y creían, con cierta inocencia, sus más fieles seguidores.

En ese aspecto, si el siglo XX dejó un primer saldo nítido, fue el auge de un gran polo de poder colectivista, cuya esfera de influencia no solo se concretó en el terreno de flamantes gobiernos comunistas o socialistas, sino en la difusión internacional de un clima, así como de un modelo político, que estimuló reformas e incrementó el poder del Estado en áreas sociales y de regulación de la actividad económica. Puntualmente, las ideas colectivistas se fueron plasmando en una seguidilla de países asiáticos como de Europa del Este, aunque tras la depresión de 1930, también al interior de los grandes faros democráticos de Occidente. Abandono del patrón oro, seguro de desempleo, vivienda social, nacionalización de la minería, aumento de impuestos a la clase media. Una enumeración de iniciativas encaradas por el gobierno británico durante aquella década que, no solo, impulsaron la recuperación económica en sectores industriales, sino en actividades relativas al espectáculo: radio, TV, cine y teatro.

Del otro lado del Atlántico, el presidente Franklin Roosevelt tomó en paralelo en Estados Unidos una serie de resoluciones estatales englobadas bajo la bandera del New Deal, que también alcanzaron con el tiempo la categoría de monolito de Kubrick en el ámbito del intervencionismo público. Así como la toma del Palacio de Invierno de los zares fue una referencia hasta romántica para muchos simpatizantes de la causa socialista, el Nuevo Trato adquirió el mismo estatus para los defensores del rol del Estado. Muchos de ellos, incipientes escuderos de las ideas del economista John Maynard Keynes. En Europa continental, la historia para Alemania no transcurrió por un carril diferente. Control de precios, de salarios, de industrias estratégicas y del comercio exterior. En resumen, la última gran contienda bélica mundial del siglo XX no tuvo asistencia —más allá de cierta estigmatización— de ninguna democracia con Estado mínimo, tampoco de ningún capitalismo de libre mercado funcionando en su esplendor.

En este sentido, la foto de Yalta protagonizada por Franklin Roosevelt, Joseph Stalin y Winston Churchill, representó la aniquilación de uno de los tres vértices del triángulo político de mediados del siglo XX pero, de ninguna manera, un debilitamiento del proceso de colectivización mundial en auge con la revolución bolchevique de 1917. Quienes imaginaron que al brutal balance de muertes que había dejado la guerra lo sucedería un profundo proceso de liberalización y de retracción del Estado, en sus funciones militares en particular, terminaron decepcionándose. A los 32 millones de muertos de la Unión Soviética, a los 17 de millones de China, a los 7 millones de Alemania, a los 4 millones de Polonia y a los 2 millones de Japón o Yugoslavia, no sobrevino una contracción drástica del gasto militar sino, por el contrario, su estabilización hasta mediados de los 70, en 8% del producto doméstico de Estados Unidos o de la Unión Soviética.

Por ello, quien apele a la referencia válida de Berlín para describir el hilo conductor de la trama del siglo XX debería discriminar entre la primera ronda de 1945 y la segunda de 1989. Mientras que la primera fue anticipada por una carrera loca de expansión militar y de ampliación de las funciones estatales, en Alemania, Estados Unidos o la Unión Soviética, la segunda vino precedida de una revisión del modelo de intervención estatal por parte de uno de los grandes polos políticos. En particular, la crisis del petróleo de 1973 clausuró para Estados Unidos una saga de crecimiento de tres décadas posterior a la segunda guerra, donde el PBI no paró de expandirse a un 4% anual. En ese terreno, Ronald Reagan representó un punto de inflexión decisivo en la política de Estados Unidos, no por la profundidad de las reformas, sino por la promoción de un nuevo clima político. En ese plano, la antigua estrella de cine fue el cuarto gran personaje del siglo, a la par de Stalin, Roosevelt y Deng Xiaoping.

Los nuevos vientos de época trajeron, por primera vez en casi un siglo, las políticas de retracción del Estado y de promoción del libre mercado al centro del discurso político oficial. En particular, mediante alusiones acerca de reducir el gasto público, recortar los impuestos, desregular la economía y contener la expansión monetaria.

La visión del Gobierno sobre la economía se podría resumir en unas pocas frases cortas: si se mueve, ponle impuestos, si se sigue moviendo, regúlalo. (...) Las ocho palabras más terroríficas en lengua inglesa son: soy del Gobierno y aquí estoy para ayudar. (...) La primera obligación del Gobierno es proteger a la gente, no dirigir sus vidas. (...) Las mejores mentes no están en el Gobierno. Si hubiera alguna, el sector privado se las robaría. (...) El Gobierno es como un bebé. Un canal de alimentación con un gran apetito por un lado, y ningún sentido de la responsabilidad por el otro.

Ronald Reagan textual. Discurso premonitorio de los tiempos políticos por venir.

Estado a la carga

Berlín 1989 fue una debacle tan terminal para el régimen político y económico colectivista encarnado por la Unión Soviética como lo fue Nueva York 1930 para la versión de las democracias liberales materializadas, hasta ese momento, por el tándem Estados Unidos-Gran Bretaña. En especial, la depresión económica del 30 disparó una larga marcha de expansión del Estado, imparable hasta fines de los años 70. El crack financiero le picó el boleto al sector público a la Adam Smith, acotado a funciones básicas como defensa, justicia y educación. En general, el típico Estado de fines del siglo XIX y principios del XX, donde el Gobierno no insumía más de un 15% del producto doméstico generado. Desde ese momento, arranca una competencia con nuevos actores de época. En el caso de la Unión Soviética, los planes quinquenales orientados a la promoción de la industria pesada sustituyeron la Nueva Política Económica, con participación privada, de los primeros tiempos de la revolución.

La colectivización de la agricultura fue un paso necesario para que la ex URSS abandonara su perfil rural en la década del 30 y pasara a desarrollar su industria pesada. Por supuesto, no hubo ninguna mano invisible que hiciera semejante magia. Si lo sabrán los viejos productores rurales ucranianos, que sufrieron una tremenda hambruna, con millones de muertos en el camino. No obstante, el objetivo deliberadamente planificado comenzó a funcionar y la propia prensa internacional destacó esos logros durante aquellos años. Planta de tractores en Járkov y Stalingrado, planta automotriz AMO en Moscú y Nizhni Nóvgorod, planta hidroeléctrica Dniéper, acerías en Magnitogorsk y Kuznetsk, red de negocios de maquinarias y plantas químicas en los Urales. “Rusia desarrolló su propia industria de maquinarias, desde instrumentos pequeños de precisión hasta máquinas pesadas de prensado, también maquinarias agrícolas que la independizaron de las importaciones”, apuntaba el Financial Times en noviembre de 19321.

En cuanto a Alemania, el consagrado historiador inglés Ian Kershaw hizo un exhaustivo balance acerca del debate relativo a la inspiración de la política económica del régimen nazi, condensada en su plan cuatrienal de 1936. La literatura académica analizada por Kershaw en la obra La dictadura nazi abarca desde argumentos referidos a la dependencia del Estado de los intereses capitalistas, in memorian Antonio Gramsci, hasta evidencia acerca de una industria subordinada a los intereses del partido. En un plano intermedio, la idea de una coalición mixta entre la dirigencia nazi y la élite alemana de los negocios. En presencia de tanto análisis divergente, todo sustentado en investigaciones sólidas, mejor hallar un denominador común. Una conclusión rápida indica que el partido nazi y el Estado jugaron un rol que descarta la idea inocente de que las fuerzas del mercado hayan operado sin intervención colectiva centralizada, sea para expandir la producción agropecuaria, reentrenar la fuerza laboral, regular el comercio exterior o conseguir autoabastecimiento de algunos productos.

Por el lado de Japón, su política económica se ajustó más rápido que ninguna otra al shock generado por la crisis del 30. Al final de 1931, tomó el timón del área un funcionario que, tras algunos años, sería identificado como el Keynes japonés, Takahashi Korekiyo. Las consecuencias fueron inmediatas. Abandono del patrón oro, flotación del yen y depreciación de la moneda. Asimismo, expansión fiscal y monetaria, financiada con la emisión de bonos del Gobierno, al igual que con la reducción de las tasas de interés. Ello condujo a Japón a una rápida reactivación, que lo llevó a ser el primer país en dejar atrás la depresión del 30. De todos modos, los intensos vientos bélicos de época terminaron otorgándole, a partir de 1936, un rol estelar a la dirección centralizada, al estilo soviético. Ministerio de planificación, programa de movilización de recursos, ley de movilización nacional, promoción de industrias pesadas, eliminación de industrias livianas, entre otras medidas de estatización de la economía.

En el mundo anglosajón, el Reino Unido se aproximó con más timidez a la planificación que Alemania y Japón. Tal circunstancia no impidió que los británicos, aún siendo fervientes cultores del individualismo y el Estado liberal á la Adam Smith, experimentaran tras el derrumbe del 30 el avance del sector público en la planificación y el control centralizado de la economía, así como de la sociedad. En particular, Gran Bretaña abandonó el patrón oro casi en simultáneo con Japón. Ello le abrió las puertas del crédito doméstico a las empresas, así como la posibilidad de recuperar capacidad exportadora. En el plano laboral, el Gobierno sancionó la ley de desempleo en 1934 y, en simultáneo, la ley de áreas especiales que activó el desarrollo industrial en Gales del Sur, Tyneside, West Cumberland y Escocia. Qué mejor muestra de esa política que el monumento, aún en pie, de la acería Ebbw Vale Steelworks, una historia paralela a la de Bethlehem Steel Plant, rememorada por Donald Trump en su campaña 2016.

“Los primeros cien días”. Esta frase está tan incorporada al vocabulario político actual que pocos recuerdan a su autor intelectual. Franklin Roosevelt, New Deal, Estados Unidos 1933. Un sacudón de estantería que selló el tono de época tras el crack del 29. No era momento para ninguna mano invisible, sino para la planificación y la iniciativa estatal urgente. Aumento del gasto público, obras civiles, ley de emergencia bancaria, salario mínimo, jornada laboral máxima, seguro de desempleo, sistema de seguridad social, regulación de la actividad agropecuaria, sindicalización, convenciones colectivas de trabajo, construcción de oficinas postales, puentes, autopistas y parques. Todo un repertorio político al que la Segunda Guerra terminaría por darle envión, siendo no solo la columna vertebral económica, sino también la política durante casi medio siglo. A través de esas iniciativas, Franklin Roosevelt logró aglutinar a los votantes blancos del sur, del norte y a la clase trabajadora sindicalizada del Medio Oeste.

En el plano material, la conformación de la Autoridad del Valle del Tennessee fue uno de los grandes monumentos al espíritu de planificación del momento. Al igual que la ley de áreas especiales del Reino Unido, en un ámbito casi desconocido hasta ese momento: el desarrollo regional. La flamante Agencia concentró una serie de competencias legales, antes dispersas en diferentes oficinas estatales. Ello convirtió un área deprimida que sufría inundaciones periódicas en una región igualmente desbordada pero de actividad económica, sea originada por el sector agropecuario o por el transporte de mercaderías entre los estados integrantes de la cuenca fluvial. Alabama, Carolina del Norte, Georgia, Kentucky, Misisipi, Tennessee y Virginia. Sumado a ese enorme impacto como fuente de energía limpia y barata, los reactores nucleares pasaron luego a formar parte del complejo de defensa nacional, mediante sus capacidades para incinerar plutonio y producir tritio para compañías privadas del sector.

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Дата выхода на Литрес:
22 октября 2025
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172 стр. 4 иллюстрации
ISBN:
9789874775771
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