Читать книгу: «Un príncipe y una tentación»

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28001 Madrid
© 2017 Dani Collins
© 2021 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
Un principe y una tentación, n.º 173 - febrero 2021
Título original: Pursued by the Desert Prince
Publicada originalmente por Harlequin Enterprises, Ltd.
Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial.
Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.
Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.
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Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited.
Todos los derechos están reservados.
I.S.B.N.: 978-84-1375-162-7
Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.
Índice
Créditos
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Epílogo
Si te ha gustado este libro…
Capítulo 1
ANGELIQUE SAUVETERRE contestó la llamada de los guardas de seguridad del exterior que le anunciaban que había llegado Kasim ibn Nour, el príncipe heredero de Zhamair.
Suspiró y se dejó caer contra el respaldo del asiento. No tenía ganas de ver a nadie después del día que había pasado.
–Claro. Acompañadlo a mi despacho, por favor.
Hasna ya le había avisado de que su hermano la visitaría cuando estuviera en París.
Angelique no entendía por qué el hermano de la novia quería conocer a la modista que estaba haciendo el traje de la boda, pero supuso que querría prepararle un regalo sorpresa. Por eso, no esperaba que ese encuentro fuera largo o espantoso. El día que había pasado con la princesa Hasna y el cortejo nupcial no había sido nada espantoso. En realidad, había sido muy agradable.
Solo era introvertida cuando había mucha gente y mucho jaleo. Cuando se lo contaba a alguien, siempre le extrañaba y le decía que no era tímida. Sin embargo, había sido tremendamente tímida de pequeña y le habían obligado a superarlo a la fuerza. Ya podía hablar con todo el mundo, pero le costaba mucho.
Estaba deseando que su hermana Trella pudiera ser la cara visible de la Maison des Jumeaux. Algo un tanto paradójico porque su hermana gemela tenía la misma cara que ella. En realidad, quería que Trella fuese la que hablara con los clientes nuevos, recibiera a los hermanos de la novia y organizara fiestas como la que había organizado ella ese mismo día.
Quería que Trella se pusiera bien.
Sin embargo, no iba a presionarle. Trella había hecho muchos progresos superando fobias, sobre todo durante el año anterior. Estaba decidida a asistir a la boda de Hasna y Sadiq y también estaba progresando en ese sentido.
Lo conseguiría, se tranquilizó a sí misma.
Entre tanto… Giró el cuello varias veces para intentar relajar la tensión que se le había acumulado después de horas intentado calmar los últimos nervios de la boda.
Al menos, la mezcla de seda que habían estado utilizando Trella y ella no se había arrugado mucho.
Se levantó para mirarse en el espejo de pie que tenía en un rincón del despacho. Los pantalones negros le caían impecablemente, la chaqueta ligera con los bordes bordados revoloteaba cuando se movía y el top plateado le daba luz a la cara. El maquillaje había aguantado y solo el moño estaba deshaciéndose.
Se quitó las horquillas, se lo peinó con los dedos y los mechones morenos le cayeron por los hombros. ¿Sería demasiado desenfadado?
El guarda de seguridad llamó la puerta y ya no tuvo tiempo para peinarse otra vez. Fue a abrir la puerta y la impresión fue como si hubiese salido a una noche estrellada y con una luna llena que lo iluminaba todo con su resplandor.
Se quedó deslumbrada y tuvo que hacer un esfuerzo para disimular, pero el príncipe era impresionante. Era moreno y con unos ojos marrones tan oscuros que parecían negros. Tenía una nariz completamente recta y la mandíbula muy bien equilibrada. La boca… Ese labio inferior era indiscutiblemente erótico.
El resto era impecable. Su país tenía fama de ser ultraconservador, pero él llevaba la cabeza descubierta y vestía un traje occidental hecho a medida sobre lo que sus expertos ojos adivinaban que era un físico atlético.
Tragó saliva e intentó reactivar el cerebro.
–Alteza… Soy Angelique Sauveterre. Bienvenido. Adelante, por favor.
No le tendió la mano porque habría sido imperdonable para una mujer en Zhamair. Él sí le tendió la mano, lo cual era un poco excesivo para que se lo hiciera un hombre a una mujer en París.
Angelique se la estrechó y sintió algo parecido a una descarga eléctrica cuando él cerró su poderosa mano alrededor de la de ella, diminuta. Notó que se le enrojecían los pómulos y él también pareció darse cuenta, lo cual la acaloró más todavía.
–Hola.
No le dio las gracias por recibirlo ni le pidió que le llamara Kasim.
–Gracias, Maurice –murmuró ella para despedir al guarda de seguridad–. Puedes retirarte.
Tenía mucho cuidado de no tener que quedarse sola con hombres, o con mujeres, que no conocía, pero el príncipe había llegado por medio de Hasna y Sadiq y eso le daba seguridad. Si un hombre como el príncipe tenía pensado hacer algo improcedente, entonces todo el mundo se había vuelto loco y ella no tenía nada que hacer.
Además, siempre llevaba el botón del pánico colgado del cuello.
Ya estaba casi presa del pánico. Se le había acelerado el corazón y se le habían encogido las entrañas. Tenía todo el cuerpo en estado de alerta. Hacía unos segundos se había sentido agotada, pero había bastado que le estrechara la mano para sentirse llena de energía aunque también impotente. Estaba nerviosa como una colegiala y eso era impropio de ella. Tenía dos hermanos muy obstinados y había aprendido a mantenerse firme contra la fuerza masculina más arrolladora.
Sin embargo, nunca se había encontrado con nada parecido. Encerrarse con él en su despacho le parecía peligroso. No era el tipo de peligro que había aprendido a sortear, era un peligro interior, como cuando se volcaba por completo en una creación y contenía el aliento como si estuviera en la pasarela para que la juzgaran.
–Siéntese, por favor –le pidió ella señalándole la zona de recibimiento.
Era una habitación sin ventanas y no había preciosas vista de París, pero era uno de sus sitios favoritos porque podía aislarse del mundo. Pasaba mucho tiempo en su mesa. La mesa de Trella estaba vacía, había ido a España, pero solían trabajar en un silencio muy agradable.
–Hay café recién hecho. ¿Quiere una taza?
–No voy a quedarme mucho tiempo.
Debería ser una buena noticia porque estaba reaccionando con mucha intensidad a su presencia, pero se sintió decepcionada… y eso era muy raro. Siempre se ocupaba de poner una distancia mental entre los demás y ella. Todo el mundo tendría ese efecto en ella si no lo hiciera, pero bastaba que él mirara alrededor de su espacio privado para que se sintiera desnuda, expuesta, observada, y deseosa de que le diera su visto bueno.
Él no parecía querer sentarse y ella puso las manos temblorosas en el respaldo de la butaca que solía usar cuando tenía la visita de algún cliente.
–¿Quería comentar algo concreto sobre los preparativos de la boda?
–Que tiene que mandarme a mí la factura –contestó él mientras dejaba una tarjeta en la mesa de Trella.
Angelique se dio la vuelta para mirar ese movimiento preciso y fascinante. Además, ¿quién era su sastre? Ese traje era una obra de arte.
Él la sorprendió mirándolo y ella se pasó el pelo por detrás de una oreja para disimular el rubor.
–Su majestad también se ha ofrecido. No hacía falta que se hubiese molestado. Es un regalo de boda para Sadiq y la princesa.
Él ladeó un poco la cabeza al oír la naturalidad con la que empleaba el nombre de pila de Sadiq.
–Eso me ha dicho Hasna, pero prefiero pagarla.
La miró tan directamente que a ella le pareció un enfrentamiento, como si esa conversación fuese un conflicto. A ella se le alteró el pulso.
¿Por qué era tan implacable…? ¿No estaría pensando que Sadiq y ella tenían una aventura…?
¿Por qué no iba a pensarlo? Según los titulares de todas las revistas, ella se había acostado con media Europa. Eso cuando no estaba drogándose y peleándose con las modelos, claro.
–Sadiq es amigo de la familia desde hace mucho tiempo –replicó ella ocultándose detrás de la máscara gélida que mostraba a todo el mundo–. Es algo que queremos hacer por él.
–¿En plural? –preguntó él con los ojos entrecerrados.
Ella no sacó a relucir ni a su hermana ni lo que su familia le debía a Sadiq por habérsela devuelto. Por eso era un amigo tan querido, porque nunca había buscado la gloria por su heroísmo.
–Si eso era todo quería… –ella dio por supuesto que iba a decir la última palabra sobre el asunto–. Tendría que terminar algunas cosas para su hermana.
Kasim tenía que alabar el gusto de su futuro cuñado. Angelique Sauveterre había dejado de ser una niña muy mona y se había convertido en una joven impresionante. Además, en persona, tenía una belleza más cautivadora.
Su pelo largo y moreno era resplandeciente y lo que en el ordenador le habían parecido unos ojos grises algo anodinos, tenían un color verdoso que era hipnótico. Era alta y esbelta, parecía una modelo aunque era la que las vestía, y la piel tenía un tono dorado que debía de deberse al origen español de su madre.
Las cámaras no la captaban casi nunca con una sonrisa pero cuando lo hacía, era un gesto parecido al de la Mona Lisa, lo que le permitía vivir de acuerdo a la sangre francesa de su padre, distante e indiferente.
Tenía esa expresión en ese momento, pero había sonreído abiertamente cuando lo había recibido. Tenía una belleza muy atractiva y él se había olvidado, durante un momento, de por qué estaba allí, el deseo de conquistarla se había adueñado de él.
¿Por eso estaba tan cautivado Sadiq?
–En cuanto a esas cosas que tenía que terminar… ¿Ha salido todo bien hoy?
Él sabía que había sido la prueba final del vestido de novia de su hermana y de los vestidos de las damas de compañía, así como la presentación de otra ropa que le habían hecho a Hasna. Una vez terminados los arreglos, todo se embalaría y se mandaría a Zhamair hasta la boda, que se celebraría dentro de un mes.
–Tendría que preguntárselo a las mujeres que han estado aquí, pero parecían complacidas cuando se marcharon.
Según lo que él había oído desde su ático, habían quedado encantadas por todo, desde la ropa a la bebida importada, los sándwiches y los pasteles.
–Creo que Hasna no tuvo quejas –lo rebajó él–. Por eso quiero ahorrarle la molestia de tener que reemplazar todo lo que le ha prometido.
Angelique era alta encima de los tacones. No tan alta como él, pero sí más alta que la mayoría de las mujeres que conocía, y resultó más alta cuando oyó lo que había dicho. Se puso rígida y parpadeó varias veces como si estuviera barajando distintas respuestas.
–Todo lo que hemos hecho –le corrigió ella en un tono desenfadado que era cáustico y peligroso–. ¿Puede saberse por qué no quiere que lo reciba?
–Puede olvidarse de la indignación –le aconsejó él–. No estoy juzgándola. Yo también he tenido amantes, pero llega un momento en el que hay que terminar… Y el suyo ha llegado.
–Cree que soy la amante de Sadiq y que por eso me he ofrecido a hacer el vestido de la novia y el ajuar. Es muy generoso por parte de la amante, ¿no le parece?
Ella fue soltando las palabras como si estuviera profundamente ofendida. Él se metió las manos en los bolsillos de los pantalones y se balanceó sobre los talones.
–Ha sido muy generoso que una modista de París tan famosa y exclusiva haya organizado un pase privado para un cortejo nupcial tan numeroso.
No habían asistido solo su madre y su hermana, también habían estado la madre y las hermanas de Sadiq con primas y amigas de las dos partes.
Naturalmente, el coste de todo eso no iba a mermar su fortuna. La familia del novio también podía permitírselo, y dado el patrimonio de la familia Sauveterre, según los rumores la empresa familiar había financiado un proyecto artístico disparatado, se imaginaba que Angelique tampoco pasaría penurias.
–Si la recepción de esta tarde hubiese sido lo único que le ha regalado, no me habría inmutado –siguió él–, pero ¿el vestido? Conozco el gusto de mi hermana –sabía que llegaría fácilmente a las seis cifras–. Además de los vestidos del resto del cortejo, incluidos el novio y la madre de la novia.
–Los padres y las hermanas de Sadiq también son amigos de la familia.
–Además de todo un guardarropa para que Hasna empiece su vida de casada –añadió Kasim con incredulidad–. Eso es algo más que el regalo de una amiga de la familia. Si me hubiese enterado antes, no habría esperado hasta hoy para evitarlo.
Hasna había estado hablando sin parar del gran día, pero a él no le importaban los pequeños detalles. Estaba encantado de que se casara por amor y quería que todo saliera bien, pero la decoración, la comida y los colores que iban a vestir le daban igual. Entonces, cuando se dio cuenta de que iba muy por debajo del presupuesto, algo impropio de su hermana, le preguntó cuándo le llegaría la factura del vestido.
–Si fuese la amante de Sadiq, habría querido sacarle partido. Le habría obligado a que nos trajera a su novia como pago por haber perdido su respaldo económico, que no necesito, por cierto –el tono de Angelique era cortante como una cuchilla de afeitar–. Eso no fue lo que pasó ni mucho menos. Hasna ni siquiera sabía que Sadiq nos conocía. Dijo que éramos las modistas de sus sueños y él lo organizó en secreto para darle una sorpresa. Nosotras decidimos no cobrarle.
–Ya… Es curioso que haya conseguido ocultar esa amistad tan íntima –Kasim no disimuló el desprecio– a la mujer a la que cortejó durante un año y a la que asegura amar. Podría haberlo entendido si, efectivamente, fuera un pago…
No lo habría perdonado cuando Hasna había luchado tanto para casarse por amor y había conseguido convencerlo de que Sadiq le correspondía, pero, al menos, habría encontrado un motivo para ese arreglo tan ridículo.
–¿Lo ha hablado con Sadiq? –le preguntó ella en un tono gélido y con los brazos cruzados–. Me siento tan ofendida por él como lo estoy por mí misma.
–Sencillamente, Sadiq no puede hacer lo que hay que hacer. Le aconsejaré después…
–¡No estoy acostándome con Sadiq! No me acuesto con hombres casados ni prometidos.
–Estoy casi seguro de que dejó de acostarse con él cuando se comunicó el compromiso. Sé lo que ha hecho desde entonces.
–¿Sabe él que tiene estas sospechas?
–No le juzgo por haber tenido amantes antes de prometerse. Todos las tenemos.
Aunque sí le molestaba que su cuñado se hubiese acostado con esa mujer en concreto. Sin embargo, no se preguntó por qué le molestaba. Además, siempre le había extrañado que un hombre tan apacible hubiese podido seducir a una mujer así. Siempre le había parecido que Sadiq había aprendido más en los libros que en la calle, que era serio y aplicado, y casi tan ingenuo como Hasna.
Esa mujer era sorprendentemente enérgica y habría dominado a alguien como Sadiq… lo que explicaba que él no hubiese sido capaz de terminar tan definitivamente como debería.
–Y yo… ¿qué? ¿Cree que estoy intentando engatusarlo otra vez equipando a su esposa? Su lógica no tiene ni pies ni cabeza, alteza.
Se quedó atónito por su impertinencia, algo inusitado en su vida. Se hermana era la única que lo trataba con cierto descaro y solía limitarse a meterse un poco con él, nunca era tan incisiva.
El atrevimiento de Angelique le pareció estimulante e irritante a la vez. Evidentemente, no sabía con quién estaba tratando.
–¿Por qué discute? Estoy ofreciéndome a pagarle el trabajo que ha hecho. Cuanto más se resiste a reconocer la verdad y a prometer que no volverá a verlo, más cerca estoy de perder la paciencia y de acabar con todo esto, por mucho que llore Hasna.
–¿Le haría eso a su hermana? –preguntó ella sin poder creérselo.
Ella no sabía hasta dónde llegaría, y había llegado, para proteger a su familia.
No volvería a debatir consigo mismo si había hecho bien en ese asunto. Todavía se le encogía el corazón, sobre todo, cuando Hasna seguía llorando tanto, pero había hecho lo que tenía que hacer sin reparos, y volvería a hacerlo. No volverían a romperle el corazón a su hermana. Ella amaba a Sadiq y Sadiq sería el marido fiel que ella quería. Si había que conseguir otro vestido deprisa y corriendo, lo haría.
Se quedó en silencio para que Angelique captara lo decidido que estaba.
Ella levantó la barbilla con aire beligerante e intentó mirarlo con desdén.
–¿Solo tengo que decir que soy la amante de Sadiq para acabar con todo esto?
–Además de mandarme la factura y no volver a ver a Sadiq.
–Podría donar su dinero a la beneficencia…
–Claro, pero lo importante es que no podrá reclamar esa deuda a Sadiq.
–Vaya, por fin veo cuál era mi verdadero motivo –ella levantó los brazos con asombro–. Empezaba a creer que era la amante más tonta sobre la faz de la tierra.
–No, admiro bastante tu inteligencia, Angelique.
El corazón, ya acelerado, la dio dos vueltas de campana cuando oyó que la llamaba por su nombre de pila.
–¿Vamos a tratarnos de tú, Kasim?
Fue una respuesta parecida a cuando jugaba al tenis con sus hermanos y tenía que esforzarse al máximo con cada golpe que daba. ¡Ese hombre era desesperante! Se había pasado años levantando una protección contra el mundo y él la apartaba como si fuera una telaraña. Hacía que reaccionara desde lo más profundo.
Él parpadeó cuando oyó su nombre de pila y ella se alegró.
–Tu insolencia conmigo no tiene precedentes. Ten mucho cuidado… Angelique.
Tenía las uñas clavadas en los brazos, pero le servía para mantener fría la cabeza. Se recordó a sí misma que se había preparado para ese tipo de negociaciones. Él creía que tenía la sartén por el mango, pero, en realidad, estaba amenazando la felicidad de su hermana, además de lo que su familia le debía a Sadiq.
Por todo eso, ella no quería que peligraran los preparativos de la boda ni provocar un distanciamiento duradero.
Se recordó a sí misma que lo primero que tenía que hacer era escuchar, que, al parecer, Kasim tenía la sensación de que no le atendía.
–En resumen –replicó ella con toda la calma que pudo–, ¿crees que he organizado todo esto para que Sadiq esté en deuda conmigo?
–Es posible que no económicamente. Su familia es influyente y poderosa, además de adinerada. Has conseguido resultar inocua para mi hermana y no te considerará una amenaza si más adelante entras en escena para lo que Sadiq crea que eres útil.
–¿Puedo preguntarte cómo has llegado a la conclusión de que tengo tanta sangre fría? Ni siquiera los trolls dicen esas cosas de mí en Internet.
¡Era buena! Su familia le repetía una y otra vez que era demasiado buena.
–Si tu corazón entrara en todo esto, habrías rechazado el encargo. Si te sintieras despechada, no intentarías agradar tanto a Hasna. No. Ya te lo he dicho, he tenido amantes y conozco a las mujeres desmedidamente pragmáticas. Esto es una inversión para tu futuro y lo acepto en el plano teórico, pero no cuando entra en juego la felicidad de mi hermana. No puedo permitir eso –Kasim señaló con la cabeza la tarjeta que había dejado encima de la mesa–. Mándame la factura y no vuelvas a verlo.
Él fue a marcharse, pero ello dio un paso y lo agarró del brazo.
–¡Espera!
Se quedó petrificado y miró la mano la mano en la manga antes de levantar la mirada. Su rostro reflejaba indignación y algo más, algo irresistiblemente viril.
–¿Ya hemos llegado a ese grado de confianza, Angelique?
Se giró rápidamente para mirarla y también la agarró del brazo contrario. Fue veloz y sorprendente, como un halcón que capturaba a su presa entre las garras. Se quedaron así lo que le pareció una eternidad y el corazón le latía con tanta fuerza que casi no podía llenar los pulmones.
–No hemos terminado de hablar –consiguió decir ella con un hilo de voz.
Sabía que debería soltarlo y retroceder un paso, estaba perpleja por el interés que percibía en su mirada.
Sin falsa modestia, sabía que era hermosa, y por eso le enfocaban tan a menudo los objetivos de las cámaras. Además, los hombres la miraban con deseo todo el rato.
No había ningún motivo para que reaccionara ante la avidez descarada de ese hombre, pero lo hacía y era una reacción sexual y primitiva que le abrasaba las entrañas y… Efectivamente, era un deseo recíproco. Él la miraba como si la encontrara atractiva y ella, desde luego, lo encontraba atractivo hasta decir basta. Incluso, era posible que hubiera algo químico entre ellos, porque bajó la miraba a su boca sin querer, y el anhelo se disparó.
Él esbozó media sonrisa. Ella sabía que estaba captando su reacción y que le divertía. Le dolió, se sintió torpe y transparente. No podía contener los sentimientos que se adueñaban de ella y era una cruz que llevaba a la espalda. Ese era tan intenso que no lo había sentido nunca y la alcanzaba en todos los aspectos: en el físico, el mental, el emocional… La tenía completamente cautivada.
–Sí, hemos terminado de hablar.
Él dobló el brazo que tenía agarrado ella y le puso una mano firme y cálida en la cintura mientras tiraba un poco del otro brazo para acercarla un paso.
–Pero si quieres empezar a hacer otra cosa…
¡Ni se te ocurra! Se ordenó a sí misma. Sin embargo, fue demasiado tarde, porque él estaba bajando la cabeza y ella estaba separando los labios con avidez.
Capítulo 2
ÉL SABÍA utilizar esa boca creada expresamente para el sexo y le dio un beso ardiente y sin contemplaciones.
Ella supo inmediatamente que estaba castigándola, aunque no con violencia. Quería que reaccionara, que se derritiera y se rindiera a él, que quedara claro quién llevaba las riendas… y estaba consiguiéndolo, estaba neutralizando cualquier resistencia posible, estaba conquistándola.
Sin embargo, se activó el instinto de supervivencia que tan dolorosamente había moldeado. Había aprendido a responder con un ataque a los ataques de los demás.
Le devolvió el beso con toda la rabia que le había provocado y con toda la frustración que había despertado en ella. No se limitó a aceptar el beso, lo igualó. Se puso a su altura hasta que notó el calor de su cuerpo a través de la tela de seda que llevaba encima. Luego, le mordió leve pero amenazadoramente el labio inferior e introdujo los dedos entre su pelo. Era absolutamente impropio de ella ser así de agresiva en el terreno sexual, pero ¿cómo se atrevía a presentarse allí para acusarla e intimidarla?
¿Parecía intimidada?
Notó la sorpresa de él y que… se endurecía. Esa reacción la estimuló, la excitación fue apoderándose de ella como una oleada que le sensibilizaba las zonas erógenas. Arqueó la espalda para pegar los pechos a su granítico pecho. Contoneó la pelvis contra la protuberancia que notaba detrás de la cremallera.
La abrazó con más fuerza y la besó con más intensidad, pisó el acelerador. Bajó una mano por su espalda hasta que le tomó uno de los glúteos por encima de la seda.
Era una sensación maravillosa que ella no podía dominar y se apartó un poco para dejar escapar un gemido y tomar aire.
Él gruñó y le recorrió el cuello con la boca mientras se frotaba contra ella con una intención evidente.
Angelique, dominada por la situación, le dejó. Estaba acostumbrada a que la trataran como una mezcla de trofeo y diosa en un pedestal. Ningún hombre la había besado como a una mujer que no solo deseaba, ¡que anhelaba! Aquello era completamente real, terrenal y elemental.
Inclinó la cabeza hacia atrás, la melena le cayó como una cascada y, efectivamente, era posible que estuviera rindiéndose, pero no a él, a eso, a ellos, a lo que estaban creando juntos…
Él murmuró algo bajando los labios de una clavícula al borde de la camisola.
–Sí… –susurró ella.
Se sentía rebosante, anhelaba que le tomara los pechos con la boca. Cuando él subió una mano para acariciarle un pecho por el borde…
–Espera…
Él, sin embargo, ya había tomado el disco plateado que llevaba colgado del cuello para ponérselo por encima del hombro.
La excitación lo dominó en cuestión de segundos. Estaba a punto de hacer el amor con una mujer excepcionalmente apasionada.
Entonces, se abrió la puerta e irrumpieron unos hombres armados.
El corazón le explotó e, instintivamente, intentó ponerla detrás de él, pero ella se resistió mientras gritaba:
–¡Estoy bien! ¡Orquídea, orquídea! ¡Alto, orquídea!
Ella levantó una mano como si así pudiera detener las balas e intentó ponerse delante de él como si pudiera protegerlo con ese cuerpo esbelto y delicado. Sin embargo, Kasim sentía una descarga de adrenalina como la de los intrusos y la rodeó protectoramente con los brazos mientras, un poco tarde, caía en la cuenta de que eran los guardas de seguridad que había visto al llegar.
–No pasa… nada. Tranquilos, de verdad –insistió Angelique con la voz temblorosa mientras miraba a Kasim con una expresión de humillación–. Suéltame para que pueda aclarar esto.
Él la agarraba con fuerza y tuvo que obligarse premeditadamente para relajarse.
–Estoy bien –repitió ella mientras se soltaba de él temblando visiblemente–. Sinceramente, ha sido culpa mía. Él estaba mirando mi collar y debería haberle avisado de que tuviera cuidado.
¿Que estaba mirando su collar? Tenía el pintalabios corrido y estaba congestionada desde la frente hasta el borde del top. Los guardas no eran tan tontos. Sin embargo, sí eran profesionales.
–¿Segundo nivel? –le preguntó uno.
–Nenúfar –contestó ella.
Angelique se dirigió a un panel para reiniciar algo, suspiró y volvió a su mesa para tomar el móvil con una mano todavía temblorosa.
–Gracias. Volved a vuestros puestos –añadió ella.
Los guardas enfundaron las armas, se retiraron y cerraron la puerta.
Se oyó la videollamada que había marcado ella, pero tomó un pañuelo de papel, se inclinó sobre un pequeño espejo de mesa y empezó a limpiarse los labios precipitadamente.
–Solo tardaré un segundo, pero si no…
–Oui! –exclamó una voz masculina con un gruñido.
–Bonjour, Henri.
Angelique inclinó el teléfono para ver la pantalla. Todavía parecía desorientada y abochornada, pero intentó esbozar una sonrisa firme.
Kasim estaba completamente atónito. Ese beso había sido tan placentero que solo podía pensar en seguir donde lo habían dejado.
–Je m’excuse. Ha sido solo culpa mía –siguió Angelique–. Falsa alarma. Orquídea, orquídea. Solo ha sido un simulacro.
–Qu’est ce qui c’est passé?
–Es una historia un poco larga y estoy haciendo una cosa. ¿Puedo llamarte más tarde?
–Estoy mirando las grabaciones de seguridad.
–Muy bien –replicó ella en un tono algo agobiado como si fuera a contestar una pregunta que no le habían hecho–. El príncipe sigue aquí. Por favor, ¿puedo llamarte más tarde?
–Una hora –contestó él antes de cortar la llamada.
Angelique dejó el teléfono en la mesa y resopló.
–Ramón será el siguiente, es mi hermano mayor –le informó ella justo antes de que sonara el teléfono–. Ahí está. La Inquisición española –ella se agarró las manos y miró el techo con un placer fingido–. ¡Qué divertido! Gracias.
–¿Estás echándome la culpa?
Él no podía estar más asombrado por todo lo que había pasado. Ella se encogió de hombros mientras contestaba el mensaje y volvía a dejar el teléfono en la mesa.
–¿Te apetece un café? –le preguntó Angelique mientras se dirigía hacia la balda de un rincón.
Angelique, con la mano todavía temblorosa, bajó el émbolo y sirvió dos tazas. Necesitaba algo que le calmara los nervios. Habría sido el colmo que hubiesen matado a tiros al príncipe en su despacho.
¿Qué le había pasado para dejarle que la besara así? Había estado martilleándola desde que había entrado allí y sus defensas o sus maniobras de distracción habituales no habían servido de nada. Había tenido que hacer un esfuerzo sobrehumano para que él no notara hasta qué punto la había alterado.
–¿Con leche y azúcar? –le preguntó ella para ganar tiempo antes de darse la vuelta.
–Solo.
Terminó de servirlo y tuvo que mirarlo. Él dejó de usar el pañuelo para borrarse los restos de pintalabios en la boca y se lo guardó. Parecía completamente imperturbable mientras le tomaba la taza y el plato.
Ella también tomó apresuradamente su taza y dio un estimulante sorbo del café que había enriquecido con un poco de leche.
El silencio se hizo más espeso.
Angelique intentó pensar algo que decir, pero la cabeza no dejaba de darle vueltas para encontrarle sentido al beso. ¿Qué había querido decir cuando le había preguntado si quería empezar a hacer otra cosa? ¿Qué pensaría de ella en ese momento? Su nivel de seguridad había conseguido que algunos pretendientes salieran corriendo.
Se recordó a sí misma que él no era un pretendiente, que era un dictador arrogante que estaba muy confundido. Por eso lo había agarrado del brazo, porque no estaba dispuesta a que pensara lo peor y exigiera lo peor.
–Me había extrañado que tuviera que pasar tantos controles de seguridad para llegar hasta aquí –comentó él mirándola pensativamente–. No sabía que siguiera siendo una preocupación para tu familia.
Solo faltaba que tuvieran que hablar del secuestro de su hermana y de cómo afectaba todavía a su familia, su tema de conversación favorito.
–Hacemos todo lo que podemos para que no sea un motivo de preocupación, como has podido comprobar.
Estaba intentado olvidarse de lo espantoso que había sido que los guardas de seguridad hubieran tenido que interrumpir el mejor beso de su vida solo porque había estado tan ofuscada que había cometido un error de principiante con el botón del pánico.
Sin embargo, parecía que el secuestro se había convertido en la razón de ser de esa reunión y… Muy bien. Había días en los que se remontaba a los tiempos sombríos y ese era uno de ellos.
Decidido eso, pudo pasar detrás de la mesa, apartó la taza de café con cierto dominio de sí misma y le invitó a que se sentara.
–Me quedaré de pie.
–Como quieras. En cualquier caso, sé que he captado toda tu atención. –Angelique puso las manos encima de la mesa para intentar controlarse–. Lo digo literalmente, y no vas a marcharte hasta que yo te deje.
Él resopló, pero ella notó que, efectivamente, había captado toda su atención. Notaba que su mirada la abrasaba como un sol tropical.
Tragó saliva y se alegró de llevar todavía el colgante, aunque él ya sabía que lo tenía. Tuvo que hacer un esfuerzo para no agarrarlo y que le diera tranquilidad.
–Sigues teniendo la ventaja de que quieres rechazar la ropa que hemos hecho para tu hermana –siguió Angelique intentado aplacarlo–. He oído todo lo que has dicho sobre protegerla y a mí me pasa lo mismo con mi hermana –empatía, el segundo paso en una negociación con rehenes. Era un buen ejercicio, se dijo a sí misma, otro simulacro–. Evidentemente, estás al tanto, en general, del secuestro de Trella.
Tuvo que tragar saliva para pasar esas palabras que se le habían quedado en la garganta y tenía los nudillos blancos como si fueran de marfil, pero no conseguía relajar las manos.
–Sí, sé lo que salió en las noticias de la época.
Ella lo miró sin saber muy bien lo que quería ver. La gente siempre quería detalles sórdidos, no se conformaba con lo más elemental, que el profesor de matemáticas había engañado a una niña de nueve años cuando estaba terminando el internado, que la había retenido cinco días y que la policía la había encontrado antes de que recibiera el rescate. Ese mismo día, durante la recepción por la boda de Hasna, le habían esbozado más de una pregunta.
Ella estaba acostumbrada a sortear esas preguntas, pero le escocían como sal en una herida cada vez que se las hacían.
Kasim era casi indescifrable, pero tenía una expresión parecida a la de la paciencia, como si supiera que eso tenía que ser doloroso para ella y estuviera dispuesto a esperar.
Fantástico. Empezaban a escocerle los ojos. Desgraciadamente, era una llorona. Ya sabía que lloraría más tarde, cuando hablara con sus hermanos. No era porque le hubiese alterado la falsa alarma, era porque cuando pasaba un día como ese, con tantos acontecimientos, acababa desmoronándose como una forma de liberarse.
Pospuso la crisis y estiró la espalda hasta que creyó que iba a partírsela, pero consiguió mantener la compostura.
–Lo que nunca se hizo público fue el papel que tuvo Sadiq para ayudarnos a recuperar a Trella.
Kasim dejó la taza en el plato, lo depositó en un rincón de la mesa y cruzó los brazos.
–Sigue.
–¿No puedes entender que es un motivo para que nos sintamos en deuda con él?
–Tu hermano podría darle acciones de Sauveterre International y tu otro hermano, el piloto, podría regalarle un coche. ¿Por qué esto?
–Sadiq es muy modesto, ha rechazado todas las compensaciones que hemos intentado ofrecerle. No alardea de su relación con nuestra familia. Protege nuestra intimidad de todas las maneras posibles. Por eso le queremos.
Angelique dio otro sorbo del café rebosante de azúcar e intentó encontrar las palabras acertadas.
–Como ya has comentado, su familia tiene mucho dinero, y regalarle unas acciones sería un gesto, pero nada significativo. Aparte, no le interesan los coches como a Ramón, ni mucho menos. Sin embargo, cuando tu hermana dijo que iba a hablar con nosotras para que le hiciéramos el vestido, él se emocionó porque tenía… influencia.
Maison des Jumeaux era muy exclusiva no solo por los precios, que eran desorbitados, también lo era porque Trella y ella elegían minuciosamente los clientes y siempre protegían su intimidad por encima de todo. Las famosas de las revistas de cotilleos ni siquiera conseguían una cita, y mucho menos un vestido de noche con su etiqueta cosida a mano.
–Sadiq solo apeló a nuestra amistad para que la aceptáramos como clienta, pero, naturalmente, nosotras estábamos encantadas y no íbamos a cobrarle. Él quería pagar. Creo que acabó consintiendo que no le cobráramos porque, en definitiva, la beneficiaria iba a ser Hasna, no él. Para Trella, iba a ser una manera de corresponderle personalmente. Es muy importante para todos nosotros, por ella, que le dejen hacerlo.
Era parte del proceso de readaptación. Trella se había impuesto la meta de asistir a la boda e iba a conseguirlo contra viento y marea.
–¿Tu hermana tiene una aventura con él?
–¿Eso es lo único que te interesa de todo lo que te he contado? ¡No! Y mi madre tampoco, antes de que me lo preguntes. La familia regaló las telas y Trella y yo hacemos el trabajo. No es un soborno ni un intento de que Sadiq nos deba algo, queremos contribuir a ese día tan especial de una manera que le hace feliz. Eso es todo.
Él se rascó la barbilla pensativamente.
–¿Sigues sin creerme? –le preguntó ella con desesperación.
–¿Cómo ayudó a resolver el secuestro? ¿Cuántos años tenía? ¿Quince o dieciséis? ¿Por qué conocía tanto a tu familia? –Kasim no se molestó en disimular el escepticismo–. Creía que no había ido a Suiza hasta que empezó a prepararse para entrar en la universidad.
–Confío en que esta conversación no vaya a salir de esta habitación. La policía nos ha pedido que lo mantengamos en secreto y lo hemos hecho siempre. No hablamos del secuestro en público porque hay muchos detalles que no queremos contar.
–Naturalmente –contestó él como si se sintiera ofendido porque había dudado de su integridad.
–Sabes que Sadiq es una especie de mago de la informática, ¿no? Bueno, Internet era muy joven todavía y había pocas herramientas para… indagar online. El pirateo que hizo seguramente sería ilegal hoy en día, pero ¿a quién le importa? Tenemos que agradecerle que recuperáramos a Trella. Tienes razón al decir que solo nos conocía. No éramos amigos todavía. Iba a algunas clases con mis hermanos, y cuando secuestraron a Trella, se sentaba al lado de Ramón. Vio todo lo que pasaba y se quedó espantado. Quiso ayudar y dedicó su tiempo, me atrevería a decir que muchísimas horas, a crear un código de software que le dio una pista a la policía. Si quieres más información, puedes pedírsela a Sadiq.
Efectivamente, Sadiq era un especialista en seguridad. En aquella época solo era un empollón con una pasión, pero en ese momento era parte de su actividad profesional… o su desconocido trabajo extra. Ella lo conocía solo porque su familia se lo había presentado a la persona que tenía el contrato de su seguridad. Ella no sabía siquiera si Hasna sabía que Sadiq programaba para Tec-Sec Industries.
–Confiamos incondicionalmente en muy pocas personas, pero Sadiq es una de ellas. No nos hizo un favor, salvó la vida de mi hermana. Por eso, si quiere que le haga la ropa gratis a tu hermana durante el resto de su vida, se la haré encantada, y sin preguntártelo a ti antes.
Capítulo 3
KASIM NO había esperado que ella hubiese reconocido abiertamente que había tenido una aventura con Sadiq, pero tampoco se había esperado una explicación así… y ya veía las cosas de otra manera porque no podía evitar creerla.
Aunque, evidentemente, ella había hecho todo lo que había podido para derretirle el cerebro con ese beso, y tenía que ser cauteloso.
–Aceptaré que Sadiq es lo que se llama un empollón. Efectivamente, es muy modesto y he visto que tiene esa tendencia a hacer el bien. Además, su bondad con Hasna parece sincera. Puedo creerme que quisiera ayudar a una familia de desconocidos, pero lo comprobaré con él.
–¡Adelante!
Sadiq confirmaría su versión en cualquier caso, comprendió Kasim. Era una versión mucho más aceptable que reconocer que había tenido una aventura con ella.
–Voy a tener que contárselo a mis padres…
Ya se arrepentía de que su madre supiera algo. Ya había utilizado el regalo del vestido y la ropa para incordiar a su marido y había disfrutado al comunicarle al rey que la boda de su hija podría estar acompañada de un escándalo. Podría haber puesto en peligro la boda solo por captar la atención de su marido, que tenía que compartirla siempre con Fatina.
Era agotador, y él esperaba que su madre fuera sensata, dada la presión arterial de su padre y el estado de su corazón. Era casi como si estuviera intentando provocarle un infarto, y a lo mejor estaba intentándolo. No había nada más peligroso que una mujer despechada, pero quizá pudiera desactivar lo peor con esa información.
–Me parece bien si así evitamos que nuestras hermanas se lleven un disgusto –contestó Angelique levantándose–. Espero que también mantengan en secreto esa información.
–Lo harán –afirmó Kasim olvidándose de la situación familiar al darse cuenta de que ella quería echarlo.
Él, sin embargo, no estaba dispuesto a marcharse. No había podido dejar de pensar en el beso. La forma de reaccionar de Angelique, como un boxeador que entraba en el cuadrilátero, había sido muy excitante.
–Ven a cenar conmigo.
–¡Ya! ¿Lo dices en serio? –ella parpadeó los ojos verdosos–. ¿Por qué?
Era una reacción inusitada. Las mujeres lo adulaban y casi le rogaban que las invitara.
–Tenemos que hablar de más cosas.
–¿De qué?
Él miró el pañuelo de papel arrugado y manchado de pintalabios que seguía sobre la mesa.
Ella se sonrojó, pero no solo por la vergüenza, también por el recuerdo. Un recuerdo que le alteraba el pulso.
–Eso fue un error –añadió ella mirando hacia otro lado.
–Fue una maniobra de distracción muy efectiva.
–No era lo que pretendía –replicó Angelique mirándolo otra vez.
–En cualquier caso –él se encogió de hombros–, pone algunas posibilidades sobre la mesa.
Él ya estaba imaginándose esa pasión desatada entre unas sábanas de seda, o sobre la mesa que ella tenía delante.
–No puedo.
–¿Por qué? ¿Estás con alguien? –le preguntó él con cierta tensión.
–No te habría besado si lo estuviera, ¿no?
–No lo sé…
Él se relajó. Empezaba a disfrutar con la indignación de ella, que hacía que le brillaran los ojos y reflejaba esa pasión embriagadora que había saboreado en sus labios.
–Por eso deberíamos ir a cenar –siguió él–, para conocernos un poco mejor.
–¿Estás tú con alguien? –le preguntó ella a bocajarro.
–No.
Él frunció el ceño porque no estaba acostumbrado a que le hicieran preguntas tan directas y personales.
Ella también se relajó un poco, pero también frunció el ceño de repente.
–¿Quieres hablar más de Sadiq? ¿No me crees todavía?
–Quiero salir contigo, Angelique. Como si fuera una cita. Creía que era evidente.
–¿Una cita…?
¿Por qué le extrañaba tanto? Ella retrocedió un paso, como si estuviera desconcertada, y bajó la mirada a la mesa. ¿Era timidez…?
–No suelo tener citas –añadió ella.
–Entonces, debería ser un placer para ti cenar conmigo.
Ella se rio y él debería haberse sentido ofendido si no tuviera una risa tan cautivadora. Le había hecho verdadera gracia, a costa de él.
–No voy a disculparme –ella levantó una mano cuando vio que él cruzaba los brazos y apretaba los dientes–. No ha sido solo tu engreimiento lo que me ha impresionado, también la dolorosa verdad. No tienes ni idea.
¿Engreimiento? Solo había constatado un hecho.
Ella, sin dejar de sonreír, se pasó la yema de un dedo por debajo de los ojos.
–Como muestra de gratitud por haberme reído tanto, te ahorraré que pases un mal rato. Llamo mucho la atención y no compensa salir conmigo. Lo sé porque me lo han dicho más de una vez.
La risa dejó paso a algo más sincero. A cierta resignación mezclada con algo de tristeza.
Él empezó a decir que podían cenar solos en su ático, pero se acordó de que su piso de París estaba tomado por su madre y otras mujeres de la familia.
–Entonces, en tu casa –rectificó él.
Ella negó con la cabeza, pero con un gesto que le pareció de arrepentimiento.
–Trella quiere que algunos sitios sean privados y nuestro piso de aquí en uno de ellos.
Le impresionaba la devoción que sentía hacia su hermana, y debería gustarle por eso.
–Entonces, cenaremos en un sitio público.
–Es serio, Kasim, mi fama es una cruz. Al día siguiente dirán que eres mi amante.
–¿Qué tiene de malo si pienso pasar la noche contigo?
–¿De verdad? –preguntó ella en tono burlón.
Él, sin embargo, vio que se sonrojaba más y que sus ojos tenían un brillo de curiosidad. También vio que tragaba saliva, que se humedecía los labios con la lengua y que se le endurecían los pezones por debajo de la seda del top. Sonrió.
–Estás muy seguro de ti mismo, ¿no?
–No te hagas la sorprendida, Angelique –él le miró los pechos y la pelvis que se había frotado contra la de él–. Hacemos buena pareja y a los dos nos intriga comprobar hasta dónde podríamos llegar. Si prefieres no ir a cenar, podemos empezar a comprobarlo aquí mismo… siempre que te quites el colgante, claro.
Ella levantó la perfecta barbilla con un gesto de dignidad y fue hasta la puerta.
–Maurice. Una tarjeta, por favor –pidió ella después de abrirla–. Luego saldré a cenar con el príncipe. ¿Serías tan amable de mandar a alguien para que inspeccione el restaurante que él elija?
Kasim se acercó por detrás y ella le entregó la tarjeta. Si quería ser tan insolente, sufriría las consecuencias de su… celebridad.
Él no estaba asustado. Se había enterrado, dolorosamente, el peor secreto de su familia, y las informaciones de que había tenido aventuras con mujeres hermosas solo apoyaban esa causa.
–Tus hombres pueden llamar a ese número con los detalles.
–Pasaré a recogerte a las siete –replicó él mientras se guardaba la tarjeta.
–No hace falta. Me llevará mi servicio de seguridad.
–Muy prudente…
Kasim empezó a notar que la irritación se adueñaba de él. Quizá no le importaran las consecuencias de la fama de ella, pero esas medidas de seguridad podían llegar a ser una pesadilla.
–¿Estás poniéndome a prueba? –añadió él.
Ella parecía estar diciéndole que si no podía soportar los preparativos para una cena, tampoco estaba preparado para su forma de vida en general.
–Es mi rutina diaria –contestó ella con una sonrisa.
Había aceptado ir a cenar con él porque la sacaba de sus casillas. Al menos, eso era lo que se había dicho a sí misma.
También se lo había dicho a Trella cuando la llamó por la tableta antes de que ella hubiese llamado a Henri.
–¿Qué te pasa? –le preguntó Trella con el ceño fruncido por la preocupación–. No sé… Estoy inquieta. Henri escribió para decir que tu alarma había sido una falsa alarma, pero ¿ha sido algo más grave?
Su hermana y ella no se ocultaban nada porque sería absurdo, se conocían demasiado bien. No eran videntes, a Angelique no le había importado nunca que Trella pudiera entrever su intimidad, pero tenían una conexión asombrosa. Por muy alejadas que estuvieran, sabían cuál era el estado de ánimo de la otra, sabían si estaba triste, enfadada o asustada.
Ese era uno de los motivos para que Angelique creyera que Trella estaba mejorando. Los Sauveterre eran paranoicos hasta cierto punto, pero el terror había perseguido constantemente a Trella y la había debilitado. No quería desmoronarse con ataques de ansiedad, pero la habían golpeado sin piedad durante años y ella había sabido siempre cuándo… y no había ayudado lo más mínimo a su propia sensibilidad.
La vida enclaustrada de Trella había mitigado sus peores episodios, pero, en ese momento, estaba intentando superar el miedo a aparecer en público para poder asistir a la boda de Sadiq. No se retraía por el miedo a estar rodeada de gente y en público, era porque le daba miedo que sufriera algún ataque al cambiar la rutina. Avanzaba dando dos pasos adelante y uno atrás, pero estaba avanzando y a Angelique le preocupaba que algo pudiera tirarlo todo por tierra.
–No –contestó ella con firmeza–, es que hoy he sido yo la idiota, eso es todo.
No entró en detalles sobre el beso, pero Trella se rio con ganas cuando le contó la escena de Kasim y el botón del pánico.
–Dijo que sería un placer que cenara con él, se va a enterar del placer que es.
–Hace mucho que no tienes una cita –replicó Trella–. Y más todavía con alguien que te atrae de verdad.
Ni siquiera intentó disimular con su hermana cuánto la alteraba.
–¡No sé qué me pasa! No es mi tipo, ni mucho menos.
–No tienes un tipo. Sales con hombres que hacen que tengas remordimientos si se quedan defraudados, o que sientas lastima por ellos.
–Bueno, no creo que vaya a sentir lástima por este, es…
Era indescriptible. Reaccionaba como no lo había hecho nunca. No le conmovía ni le remordía la conciencia, como daba a entender a Trella. Era una reacción mucho más profunda, la atraía.
Además, hacía que se sintiera transparente solo de pensar en él. Comentó que tenía que llamar a Henri, pero antes quiso hacerle una última pregunta.
–¿Tú qué crees…? ¿Pasa algo entre Henri y Cinnia?
Trella ladeó la cabeza mientras lo pensaba.
–Él no me ha contado nada, pero ya que lo dices…
Henri no abría la boca sobre nada si no quería que se supiera, pero si tenía que contar un secreto, se lo contaba a Trella la primera. Todos eran íntimos, pero cada uno tenía una relación especial con los demás. Todo se remontaba al día que nacieron Angelique y Trella. Dejaron que sus hermanos gemelos les pusieran los nombres y así cada uno sintió cierta responsabilidad por su hermana.
Trella y Angelique, cuando murmuraban entre ellas, decían que eran de su propiedad y los chicos solían comportarse como si sus hermanas pequeñas fueran unos gatitos que habían recogido en un centro de acogida para animales, pero era una relación que les había acompañado toda su vida. Todos se querían lo mismo, pero cuando había que tomar la mano de una hermana o empujar su columpio, se dividían espontáneamente; Henri con Trella y Ramón con Angelique. El mayor con la más pequeña y los dos intermedios juntos.
Aunque eso no quería decir que Henri protegiera menos a Angelique que a Trella y Ramón más. El secuestro de Trella había disparado los instintos de los chicos y la muerte de su padre, seis años después, cuando ellos tenían veintiún años recién cumplidos, había supuesto una vuelta de tuerca más en la responsabilidad que se habían impuesto.
Por eso, los dos exigían una explicación a la falsa alarma de esa tarde.
Angelique cortó la llamada con su hermana y llamó a sus dos hermanos a la vez.
–No puedo hablar mucho, tengo una cita –comentó ella a modo de saludo.
Sus rostros idénticos la miraron fijamente. Henri estaba en el piso de Londres que compartía muchas veces con Cinnia y Ramón estaba en el despacho de la empresa en Madrid. Los dos le prestaban toda su atención, Henri con un gesto serio y Ramón con un brillo burlón en los ojos.
–¿De verdad crees que vamos a creernos la historia de que estaba mirándote el collar? –le preguntó Ramón.
–¿De verdad prefieres otra? –replicó ella en tono desafiante.
–Soyez prudent, Geli –intervino Henri–. Las mujeres no le duran mucho y es sabido que su padre le elegirá la esposa, la típica virgen de Zhamair con toda certeza. No te aconsejo que tengas… una relación con él.
–¿Has oído, Ramón? No te hagas ilusiones.
Henri no sonrió. Llevaba unos días de muy mal genio. Ella buscó a Cinnia por detrás de él. Normalmente, siempre aparecía aunque solo fuera para saludar fugazmente.
–Tengo que irme una semana a Pekín, pero luego volveré a París. Entonces podrás dar una explicación adecuada –sentenció Henri.
Ella le deseó suerte para sus adentros, contuvo las ganas de resoplar y tomó nota de lo definitivo que parecía eso. Volvería a París. Henri solía repartir el tiempo entre Londres y París con algunas escapadas a Nueva York y Montreal. Además, lo normal era que hablase en plural para referirse a él y a Cinnia, su… acompañante desde hacía dos años.
Ramón solo presentaba a sus acompañantes a la familia si daba la casualidad de que coincidían en algún acto público. Las mujeres entraban y salían todo el rato de su vida y él estaba siempre de un lado a otro ocupándose de las actividades de Sauveterre International en España, Portugal y Sudamérica. Los dos estaban buscando adquisiciones en Asia y Australia, pero, como solía decir Ramón en broma, eran una misma persona.
–Trella me dijo que no la llevara mañana –comentó Ramón con el ceño fruncido–. ¿Te lo ha dicho a ti?
–¡No! –exclamó Angelique sin poder creérselo–. Acabo de hablar con ella y se ha despedido hasta mañana. Vamos a terminar el vestido de Hasna y a empezar a empaquetarlo todo.
¿Había estado demasiado concentrada en su cita con Kasim y había impedido que su hermana transmitiera alguna duda?
–No, me refiero a que quería viajar sola a París, con guardaespaldas, claro, pero no quiere que yo la acompañe –Ramón se rascó la frente–. Todo empezó porque le dije que tenía que ir a Río y que me quedaría allí hasta la boda de Sadiq. Ella me dijo que no hacía falta que volviera sobre mis pasos y que iría sola a París.
–Vete con ella en cualquier caso –le ordenó Henri–. Cambiaré mi agenda e iré a recogerla si tú no tienes tiempo. ¿Dónde está mamá?
–¡No! –volvió a exclamar Angelique–. Chicos…
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